De la oportunidad Naranja al exponer el propio pellejo

Vivimos en medio de un modelo social, cultural y económico que prioriza el individualismo, propicia la competencia, el sálvese quien pueda, y donde quienes tienen más siempre buscan sacar ventajas a costa de los demás. ¿Es posible superar esta lógica?

 

“La guerra de clases existe y nosotros los ricos la estamos ganando”, fue la declaración dada por Warren Buffett hace algunos años, frase que indica la conciencia de clase que tienen los más adinerados, la misma que no tienen los asalariados (trabajadores rasos y clase media), que son los que peor están parados en esta lucha asimétrica.

 

En el juego capitalista quienes cuentan con mayor capital tienen mayores efectos multiplicadores en la acumulación de su riqueza, y quienes están privados del acceso a las oportunidades incrementan significativamente su propia exclusión. En un estudio reciente (A Broken Social Elevator?) la Ocde muestra que en los países donde peor distribuyen su riqueza, la dificultad para que una persona de ingresos bajos alcance los ingresos medios de la sociedad es mucho mayor. Mientras que en un país como Dinamarca se requiere de dos generaciones para que esto suceda, en Colombia se requiere de 11.

 

En términos globales, el economista francés Thomas Piketty demostró el incremento desmedido de la desigualdad. Mientras que en 1980 el 16 por ciento del ingreso mundial era acaparado por el 1 por ciento de la población más rica (por ingresos), en 2016 este sector social pasó a concentrar el 22 por ciento de la riqueza mundial1.

 

En el caso de Colombia, el ingreso del 1 por ciento más rico es 11 veces el ingreso de la clase media (33 millones de personas); y entre 2010 y 2015 la riqueza de este segmento minúsculo de la población logró incrementarse casi en 250 billones de pesos2.


La gran desigualdad manifiesta en Colombia y el mundo urge un cambio. No solo por los problemas sociales que genera (violencia, suicidios, enfermedades mentales, etc) sino porque un pequeño grupo de personas muy poderoso ponen entre dicho la viabilidad de toda la vida humana en el planeta, sometiéndonos, por demás, a una dictadura donde el interés de ellos se muestra como si fuera el interés de las mayorías.



Es un cambio necesario, que de acuerdo con el pensamiento de Nassim Nicholas Taleb, solo puede empezar con la transformación de los principios éticos y morales imperantes. La moral predicada por el Neoliberalismo es falaz: aquello de que todos trabajando con el mejor esfuerzo logramos que la riqueza colectiva, de una u otra forma, genere oportunidades para los más excluidos, es falsa. Sucede más bien todo lo contrario, el asimétrico juego donde unos pocos se enriquecen más y muchos otros son excluidos, produce un escenario en el que unas masas manipulables son sometidas, utilizadas, infrigiéndoles un enorme daño.

 

La moral propuesta por Taleb enseña que debemos tener alto nivel de responsabilidad por las acciones que emprendemos y que tienen afectación (cierta o incierta) sobre el bienestar de otros. La crisis financiera de 2008 es un buen ejemplo. Allí unos pocos especuladores amenazaron la estabilidad económica de una nación generando quiebras, desempleo y, siguiendo el estudio de Angus Deaton (El gran escape), problemas de alcoholismo, depresión y suicidios. La solución planteada por Taleb es que si quienes alimentaron esta gran burbuja especulativa hubiesen tenido una porción importante de capital propio involucrado en sus operaciones, y no como sucedió, que en su mayoría se trataba de recursos de terceros, el antecedente y desenlace de la crisis hubiera sido diferente. A esto él lo llama poner en riesgo su propio pellejo (skin in the game).

 

El principio skin in the game abarca toda la elaboración de política pública y sería el principio que haría más justa la responsabilidad y el beneficio de su implementación. Así, por ejemplo, entre los modelos económicos que buscan asegurar un ahorro para la vejez, juzgado por el rasero de Taleb, estaría mejor ponderado el régimen de prima media que el régimen de ahorro individual. Puesto que si no coexistiesen los dos modelos sino solo el primero, los policy makers al estar involucrados deberían preocuparse por solucionar la informalidad del país y mejorar las condiciones de ingresos de la gran mayoría, ya que de esta depende el funcionamiento del sistema y el hecho que se garantice un ingreso vitalicio para la vejez de todos.

 

En caso que solo funcionase el régimen de ahorro individual el principio skin in the game obligaría a que los administradores privados de estos recursos mantuvieran una porción importante de su patrimonio (40% o más) invertidos en los portafolios en los que está el ahorro que los aportantes están destinando a su vejez. De esta forma los mismos administradores serían justos en el costo de las tarifas de administración, serían moderados en los riesgos asumidos, y buscarían las estrategias y coberturas financieras que mantuvieran al menos el valor real de los recursos administrados más un rendimiento garantizado que diera cuenta del costo de oportunidad mínimo de una inversión en pesos. Pero como no es así, el escenario que se tiene es que a la primera generación de pensionados por este régimen les están devolviendo el ahorro sin poderles garantizar un flujo vitalicio, porque lo ahorrado resulta inferior a lo aportado.

 

En el tema de reforma tributaria es donde más presente está la lucha de clases, porque la pugna por quién recibe la carga tributaria para obtener los ingresos de funcionamiento e inversión de la nación, casi siempre la pierden los grupos de medianos y bajos ingresos frente a los más ricos, porque estos últimos dominan a los policy makers a favor de sus intereses mediante el financiamiento de sus campañas electorales. El principio justo por el que debería guiarse la tributación –si no estuviese expuesta a esta distorsión– es el de la progresividad, esto es, que quien tiene mayor ingreso aporta más.

 

En Colombia este principio nunca se ha aplicado. El Estatuto Tributario tiene varias exenciones que han sido introducidas con la intención de atraer la inversión extranjera para, supuestamente, impulsar el desarrollo económico. Así las cosas tenemos, por ejemplo, que la industria extractiva puede deducir el pago de regalías de los impuestos de renta, dejando de pagar anualmente COP 2 billones. Totalizando los beneficios tributarios, la industria minera y petrolera deja de pagar a la nación, cada año, COP 8 billones. En el caso del sistema financiero la cifra es parecida, con el agravante de que ninguno de estos dos sectores son intensivos en trabajo; en otras palabras, estos sectores generan muy poco empleo.

 

Esta falta de progresividad en el ingreso de la nación es un factor limitante en la progresividad del gasto público social. Un sistema de acceso gratuito y universal a la educación superior en Colombia se estima con un costo de COP 16 billones al año (más o menos la misma cifra que el sector extractivo y financiero dejan de aportarle a la nación). Y esta limitación se traduce, a su vez, en una traba a la movilidad social. Si Colombia el acceso universal a la educación superior, podría desarrollar los talentos y capacidades de los jóvenes sin que importara su capacidad socioeconómica, logrado así un mayor desenvolvimiento individual y colectivo de los mismos.

 

El economista Jacob Mincer mostró que el ingreso de las personas se incrementa más que linealmente en función del número de años de escolaridad. Limitar la escolaridad de las personas, además de limitar la movilidad social, tiene otros varios efectos. Uno es el que no desarrollan criterios y capacidades para entender y tomar acciones frente a los problemas complejos de ser ciudadano e incidir acertadamente en propuestas programáticas que sean progresivas y favorables para romper las trampas de pobreza, favoreciendo de este modo al 1 por ciento más rico que cada vez acapara mayor riqueza. Y otra es que la movilidad social sería favorable para todos (incluyendo al mismo 1% más rico) porque habría mayor demanda de sus productos, logrando así un círculo virtuoso.

 

Contrario a la evidencia, en Colombia impera el principio opuesto al skin in the game. Los conductores en un semáforo no ven la precaución de detenerse antes de alcanzar la luz roja sino que ven la oportunidad de no detenerse sin importar el riesgo que implica esta acción sobre los demás usuarios de las vías públicas. Llamemos a esto oportunidad naranja. Que es aplicada de forma general por toda la sociedad colombiana. Por ejemplo, en las filas para abordar Transmilenio hay personas que quieren llegar primero al bus, sin respetar a quienes intentan ‘civilizar’ un sistema de transporte precario. La oportunidad naranja también resalta cuando las EPS no revelan las operaciones de compra de medicamentos y al regulador no le queda otra opción que construir mecanismos regulatorios con base en la información de precios, que sí son observables en otros países.

 

Sin embargo, hay un tema adicional por entender, la posibilidad de superveniencia de la raza humana está en juego, se necesita de un menor crecimiento que no agote los recursos no renovables y que no vulnere la calidad de vida de las personas con alta carga laboral. Ahora el problema es más profundo, además de aplicar skin in the game debemos pensar en políticas económicas que reduzcan la sobreproducción de bienes materiales y que trasladen la actividad económica hacia el cuidado del otro, que es lo que propone el ambientalista Tim Jackson. Con ésta son urgentes las transformaciones morales que necesita una especie que está llevando su propia vida a la extinción.

 

DA2497 art p7

 

 

1 Ver Informe sobre la desigualdad global 2018 en https://wir2018.wid.world/files/download/wir2018-summary-spanish.pdf
2 Ver La pobreza ahoga a la clase media en https://www.desdeabajo.info/ediciones/item/29112-la-pobreza-ahoga-a-la-clase-media.html

 

Publicado enColombia

Vivimos en medio de un modelo social, cultural y económico que prioriza el individualismo, propicia la competencia, el sálvese quien pueda, y donde quienes tienen más siempre buscan sacar ventajas a costa de los demás. ¿Es posible superar esta lógica?

 

“La guerra de clases existe y nosotros los ricos la estamos ganando”, fue la declaración dada por Warren Buffett hace algunos años, frase que indica la conciencia de clase que tienen los más adinerados, la misma que no tienen los asalariados (trabajadores rasos y clase media), que son los que peor están parados en esta lucha asimétrica.

 

En el juego capitalista quienes cuentan con mayor capital tienen mayores efectos multiplicadores en la acumulación de su riqueza, y quienes están privados del acceso a las oportunidades incrementan significativamente su propia exclusión. En un estudio reciente (A Broken Social Elevator?) la Ocde muestra que en los países donde peor distribuyen su riqueza, la dificultad para que una persona de ingresos bajos alcance los ingresos medios de la sociedad es mucho mayor. Mientras que en un país como Dinamarca se requiere de dos generaciones para que esto suceda, en Colombia se requiere de 11.

 

En términos globales, el economista francés Thomas Piketty demostró el incremento desmedido de la desigualdad. Mientras que en 1980 el 16 por ciento del ingreso mundial era acaparado por el 1 por ciento de la población más rica (por ingresos), en 2016 este sector social pasó a concentrar el 22 por ciento de la riqueza mundial1.

 

En el caso de Colombia, el ingreso del 1 por ciento más rico es 11 veces el ingreso de la clase media (33 millones de personas); y entre 2010 y 2015 la riqueza de este segmento minúsculo de la población logró incrementarse casi en 250 billones de pesos2.


La gran desigualdad manifiesta en Colombia y el mundo urge un cambio. No solo por los problemas sociales que genera (violencia, suicidios, enfermedades mentales, etc) sino porque un pequeño grupo de personas muy poderoso ponen entre dicho la viabilidad de toda la vida humana en el planeta, sometiéndonos, por demás, a una dictadura donde el interés de ellos se muestra como si fuera el interés de las mayorías.



Es un cambio necesario, que de acuerdo con el pensamiento de Nassim Nicholas Taleb, solo puede empezar con la transformación de los principios éticos y morales imperantes. La moral predicada por el Neoliberalismo es falaz: aquello de que todos trabajando con el mejor esfuerzo logramos que la riqueza colectiva, de una u otra forma, genere oportunidades para los más excluidos, es falsa. Sucede más bien todo lo contrario, el asimétrico juego donde unos pocos se enriquecen más y muchos otros son excluidos, produce un escenario en el que unas masas manipulables son sometidas, utilizadas, infrigiéndoles un enorme daño.

 

La moral propuesta por Taleb enseña que debemos tener alto nivel de responsabilidad por las acciones que emprendemos y que tienen afectación (cierta o incierta) sobre el bienestar de otros. La crisis financiera de 2008 es un buen ejemplo. Allí unos pocos especuladores amenazaron la estabilidad económica de una nación generando quiebras, desempleo y, siguiendo el estudio de Angus Deaton (El gran escape), problemas de alcoholismo, depresión y suicidios. La solución planteada por Taleb es que si quienes alimentaron esta gran burbuja especulativa hubiesen tenido una porción importante de capital propio involucrado en sus operaciones, y no como sucedió, que en su mayoría se trataba de recursos de terceros, el antecedente y desenlace de la crisis hubiera sido diferente. A esto él lo llama poner en riesgo su propio pellejo (skin in the game).

 

El principio skin in the game abarca toda la elaboración de política pública y sería el principio que haría más justa la responsabilidad y el beneficio de su implementación. Así, por ejemplo, entre los modelos económicos que buscan asegurar un ahorro para la vejez, juzgado por el rasero de Taleb, estaría mejor ponderado el régimen de prima media que el régimen de ahorro individual. Puesto que si no coexistiesen los dos modelos sino solo el primero, los policy makers al estar involucrados deberían preocuparse por solucionar la informalidad del país y mejorar las condiciones de ingresos de la gran mayoría, ya que de esta depende el funcionamiento del sistema y el hecho que se garantice un ingreso vitalicio para la vejez de todos.

 

En caso que solo funcionase el régimen de ahorro individual el principio skin in the game obligaría a que los administradores privados de estos recursos mantuvieran una porción importante de su patrimonio (40% o más) invertidos en los portafolios en los que está el ahorro que los aportantes están destinando a su vejez. De esta forma los mismos administradores serían justos en el costo de las tarifas de administración, serían moderados en los riesgos asumidos, y buscarían las estrategias y coberturas financieras que mantuvieran al menos el valor real de los recursos administrados más un rendimiento garantizado que diera cuenta del costo de oportunidad mínimo de una inversión en pesos. Pero como no es así, el escenario que se tiene es que a la primera generación de pensionados por este régimen les están devolviendo el ahorro sin poderles garantizar un flujo vitalicio, porque lo ahorrado resulta inferior a lo aportado.

 

En el tema de reforma tributaria es donde más presente está la lucha de clases, porque la pugna por quién recibe la carga tributaria para obtener los ingresos de funcionamiento e inversión de la nación, casi siempre la pierden los grupos de medianos y bajos ingresos frente a los más ricos, porque estos últimos dominan a los policy makers a favor de sus intereses mediante el financiamiento de sus campañas electorales. El principio justo por el que debería guiarse la tributación –si no estuviese expuesta a esta distorsión– es el de la progresividad, esto es, que quien tiene mayor ingreso aporta más.

 

En Colombia este principio nunca se ha aplicado. El Estatuto Tributario tiene varias exenciones que han sido introducidas con la intención de atraer la inversión extranjera para, supuestamente, impulsar el desarrollo económico. Así las cosas tenemos, por ejemplo, que la industria extractiva puede deducir el pago de regalías de los impuestos de renta, dejando de pagar anualmente COP 2 billones. Totalizando los beneficios tributarios, la industria minera y petrolera deja de pagar a la nación, cada año, COP 8 billones. En el caso del sistema financiero la cifra es parecida, con el agravante de que ninguno de estos dos sectores son intensivos en trabajo; en otras palabras, estos sectores generan muy poco empleo.

 

Esta falta de progresividad en el ingreso de la nación es un factor limitante en la progresividad del gasto público social. Un sistema de acceso gratuito y universal a la educación superior en Colombia se estima con un costo de COP 16 billones al año (más o menos la misma cifra que el sector extractivo y financiero dejan de aportarle a la nación). Y esta limitación se traduce, a su vez, en una traba a la movilidad social. Si Colombia el acceso universal a la educación superior, podría desarrollar los talentos y capacidades de los jóvenes sin que importara su capacidad socioeconómica, logrado así un mayor desenvolvimiento individual y colectivo de los mismos.

 

El economista Jacob Mincer mostró que el ingreso de las personas se incrementa más que linealmente en función del número de años de escolaridad. Limitar la escolaridad de las personas, además de limitar la movilidad social, tiene otros varios efectos. Uno es el que no desarrollan criterios y capacidades para entender y tomar acciones frente a los problemas complejos de ser ciudadano e incidir acertadamente en propuestas programáticas que sean progresivas y favorables para romper las trampas de pobreza, favoreciendo de este modo al 1 por ciento más rico que cada vez acapara mayor riqueza. Y otra es que la movilidad social sería favorable para todos (incluyendo al mismo 1% más rico) porque habría mayor demanda de sus productos, logrando así un círculo virtuoso.

 

Contrario a la evidencia, en Colombia impera el principio opuesto al skin in the game. Los conductores en un semáforo no ven la precaución de detenerse antes de alcanzar la luz roja sino que ven la oportunidad de no detenerse sin importar el riesgo que implica esta acción sobre los demás usuarios de las vías públicas. Llamemos a esto oportunidad naranja. Que es aplicada de forma general por toda la sociedad colombiana. Por ejemplo, en las filas para abordar Transmilenio hay personas que quieren llegar primero al bus, sin respetar a quienes intentan ‘civilizar’ un sistema de transporte precario. La oportunidad naranja también resalta cuando las EPS no revelan las operaciones de compra de medicamentos y al regulador no le queda otra opción que construir mecanismos regulatorios con base en la información de precios, que sí son observables en otros países.

 

Sin embargo, hay un tema adicional por entender, la posibilidad de superveniencia de la raza humana está en juego, se necesita de un menor crecimiento que no agote los recursos no renovables y que no vulnere la calidad de vida de las personas con alta carga laboral. Ahora el problema es más profundo, además de aplicar skin in the game debemos pensar en políticas económicas que reduzcan la sobreproducción de bienes materiales y que trasladen la actividad económica hacia el cuidado del otro, que es lo que propone el ambientalista Tim Jackson. Con ésta son urgentes las transformaciones morales que necesita una especie que está llevando su propia vida a la extinción.

 

DA2497 art p7

 

 

1 Ver Informe sobre la desigualdad global 2018 en https://wir2018.wid.world/files/download/wir2018-summary-spanish.pdf
2 Ver La pobreza ahoga a la clase media en https://www.desdeabajo.info/ediciones/item/29112-la-pobreza-ahoga-a-la-clase-media.html

 

Publicado enEdición Nº249
Hacia una cultura antagonista en Colombia

Una de las leyes de la acción dramática es que a la estrella debe enfrentársele un antagonista que se oponga a sus designios. En La tempestad, la mejor de las obras de Shakespeare y la más incomprendida, el invasor Próspero ha esclavizado a Calibán, el habitante originario de la isla. Éste no se doblega ante el atropello de Próspero. Al contrario.

Calibán: Tengo que comer. Esta isla es mía por mi madre Sícorax, y tú me la quitaste.

Próspero tiene un vasallo, el espíritu Ariel, que busca alcanzar la libertad siendo servil al dominador que ha despojado de la isla a su dueña, la hechicera Sicorax.

Próspero: ...salvo el hijo que ella parió aquí, un pecoso engendro, ningún humano había honrado esta isla.

Ariel: Sí, su hijo Calibán.

Próspero: ¡Torpe! ¿Quién, si no? Calibán, que ahora está a mi servicio.

Éste lo ha sometido a la condición de enemigo y monstruo. Calibán se rebela; un auténtico revolucionario que a ojos de su dominador es un:

Próspero: ...¡ponzoñoso esclavo, engendro del demonio y tu vil madre!

Calibán: Entonces te quería y te mostraba las riquezas de la isla, las fuentes, los pozos salados, lo yermo y lo fértil. ¡Maldito yo por hacerlo! Los hechizos de Sícorax te asedien: escarabajos, sapos, murciélagos. Yo soy todos los súbditos que tienes, yo, que fui mi propio rey; y tú me empocilgas en la dura roca y me niegas el resto de la isla. (1)

Oprimido-opresor; identidad; soberanía; resistencia ante la injusticia, distintas palabras podrían resumir lo descrito por el dramaturgo inglés en estos pasajes. Lo novedoso de todo ello es que solo hasta hace medio siglo, gracias a la relectura realizada por Fernández Retamar de La tempestad y del Ariel de Rodó es cuando los latinoamericanos descubrimos en Calibán el símbolo del insumiso espíritu latinoamericano; el antagonista por excelencia. Y, desde esta perspectiva es posible vislumbrar un rol activo de la cultura, al lado de la política y la economía con el objeto de transformar la sociedad.

En este sentido, hoy, como en épocas pasadas, se replantea un tema siempre vigente: el papel que la cultura debe tener en la lucha por la inclusión, la dignidad social y el respeto a los derechos humanos. En particular, en sociedades en abierta disputa política, la cultura se torna relevante toda vez que Próspero, con su ropaje actual, influye en la desinformación mediante la censura, a veces abierta, a veces velada; y aun así, debe dar paso a las múltiples voces de Calibán para que la memoria de miles de desaparecidos perdure, así como la de las víctimas de varias décadas de confrontación armada.

En ese reto, y en abierta confrontación con un modelo económico y social que desprecia la más amplia inversión social por sometimiento a dictámenes económicos multilaterales, toman vigencia preguntas nacidas desde el quehacer cultural como: ¿De qué forma la estética, el arte y el pensamiento crítico pueden participar, hoy, en la constitución de un activo y renovado liderazgo social que contribuya a poner freno a las derivas totalitarias, clasistas, racistas y segregadoras que anuncian el gobierno de Trump en Estados Unidos, el ascenso de la ultraderecha en Europa, la vuelta del fundamentalismo neoliberal a América Latina, y los aires cada vez más fuertes de venganza y de exclusión política y social que recorren a Colombia y que podrían cerrar la ventana de esperanza –de resolución de su largo conflicto interno– que empieza a entreabrirse?

Pero también, ¿Qué papel puede jugar hoy la cultura en la batalla por el liderazgo y la dignidad social? ¿Cómo la producción cultural puede contribuir a articular antagonismos sociales frente a la extensión del neoliberalismo? ¿De qué modo, en definitiva, podría la cultura crítica contemporánea contribuir a la articulación y extensión de una imaginación política antagonista, que nos permitiera vislumbrar nuevas formas de ser en común y abriera el camino hacia la construcción social de otras lógicas de vida? (2).

¿Para qué una cultura antagonista?

Toda sociedad, del tipo que sea, requiere de voces críticas, y el espacio necesario para que las mismas tengan eco; voces sin las cuales el autoritarismo de los colores más diversos, pueden tomar forma. Sueño y reto de democracia radical que permite precisar que una cultura antagonista es aquella que, en la vena de Calibán, se opone y presenta alternativas viables de información, de entretenimiento, y de pensamiento a la cultura hegemónica que impera en un lugar o una época determinada. Una que se atreve a decir la verdad, así sea incómoda y, sobre todo, molesta a los grupos hegemónicos porque no la pueden digerir con facilidad (3).

Siendo así, ¿por qué es necesario propender en Colombia por una cultura antagonista en los días que corren? El país tiene una larga historia de control social, político, económico y educativo que se origina en el nacimiento del Estado en el siglo XIX, consolidada con la entrada del país en la denominada Modernidad. Larga historia que explica y resume parte de los niveles de exclusión y negación de la disidencia conocidas a lo largo y ancho de su territorio, las mismas que no encontraron otra vía que la armada para ser escuchadas.

Es dentro de esos niveles de exclusión y control social que la biopolítica, como forma específica de gobierno que aspira a la gestión de los procesos biológicos de la población, tuvo, desde hace un siglo, claras manifestaciones en nuestra sociedad. Basta recordar el debate vivido en 1920 en torno a la tesis impulsada por dos intelectuales, López de Mesa y Jiménez López, sobre una supuesta degeneración de la «raza» colombiana que pretendía, en últimas, la aprobación de una ley en el Congreso para «blanquear» nuestra población, imitando las caducas teorías de «civilización o barbarie» impulsadas en el sur para auspiciar la inmigración de centroeuropeos.

La derrota de la tesis degenerativa dio lugar a otra forma de control social, esta vez a través de la medicina e higiene pública cuando se pasó a proscribir la chicha en favor de la cerveza, que comenzaba a ser producida por grupos económicos de ascendencia alemana, así como por otras prácticas relacionadas con la higienización de la población: el indio, el individuo de las clases populares se consideraba «sucio» mientras que se estimulaba el ideal del aseo. Como dice Bolívar Echeverría, se propugnaba un ideal de «blanquitud», más que de blancura en la piel (4).

La educación, que desde la Regeneración –y antes– se entregó por el Próspero criollo en monopolio a la Iglesia católica, apenas si dejó espacio a una presencia minoritaria de enseñanza no confesional.

Desde el aspecto político, el bipartidismo de hecho, establecido por una única élite económica y política, cruzó el cerrojo para impedir el acceso al poder de cualquier engendro de Calibán, movimiento social, progresista, anarquista, obrero o revolucionario, al punto que su influencia perdura de facto aun después de la extinción del Frente Nacional. La prueba es que medio siglo después no ha existido un presidente que provenga de afuera de los partidos tradicionales.

El control social sobre la economía ha sido igual de persistente, a través de propiciar altos niveles de endeudamiento para la adquisición de vivienda, del despojo sistemático de la tierra a campesinos, colonos e indígenas. Como lo expresa Foucault: “No es la sociedad mercantil la que está en juego en este nuevo arte de gobernar [...] La sociedad regulada por el mercado en la que piensan los neoliberales es una sociedad en la que lo que debe constituir el principio regulador no es tanto el intercambio de las mercancías sino los mecanismos de la competencia” (5).

Así las cosas, ¿cómo no propender, ahora más que nunca, por una cultura antagonista que se oponga a esa permanente reinvención de los dispositivos de biopolítica por parte del sistema capitalista bajo el que vivimos? Un sistema que busca dominar y controlar el tiempo libre en el cual desarrollamos nuestras prácticas culturales, no solo para extender y ahondar su apetito comercial, sino para ahogar cualquier intento de sublevación por parte de las mayorías sociales. Pretensión dentro de la cual el teléfono inteligente, como una de las últimas comodidades para la interacción humana, opera al mismo tiempo como el anzuelo de la adicción de estar «conectado» las veinticuatro horas y, al mismo tiempo, el testigo y registro de todos los pasos, gustos, búsquedas, mensajes y conversaciones de su usuario.

Así vivimos hoy, dice Byung-Chul Han (6) un exceso de positividad. La sociedad neoliberal no tiene cabida para la negatividad, tan necesaria. Y precisamente, esta negatividad es la que debe fungir como antagonista al protagonismo del que goza el culto a la positividad, al éxito en la isla de Próspero. La cultura dominante impulsa la frenética persecución del «alto rendimiento». Es una constante global. La que vivimos no solo es la sociedad de la transparencia (la intimidad derrotada) sino también del cansancio ante la presión sin pausa. O se es exitoso o simplemente se fracasa, parece ser el dilema que acosa al individuo. Por ello, las cuatro enfermedades modernas surgen de la privación de la negatividad. La depresión, el síndrome de déficit de atención con hiperactividad, el trastorno límite de personalidad y el síndrome de desgaste ocupacional son las respuestas del individuo a la intolerante sociedad del alto rendimiento (7).

Lo anterior va ligado a la invasión de la intimidad hasta hacer que ésta se desvanezca del todo. Así es la sociedad de la transparencia, aquella que no admite velos, muros o puertas. Todo es trasparente: desde los ventanales de los gimnasios, hasta las fachadas de cristal, pero lo más grave, la vida íntima desaparece y se convierte en espectáculo, bien sea por una paradójica voluntad exhibicionista del individuo o porque la sociedad capitalista invade, viola, y transgrede cualquier intento de privacidad.

El modelo social dominante, en sus variables sociales, culturales, políticas, económicas, mantiene así unos patrones de sometimiento al individuo para que no tenga forma de expresar su inconformidad; para anestesiar su dignidad y solapar cualquier intento de antagonizar contra el sistema. La incongruencia es que el mensaje detrás del consumismo de “sé auténtico” es en realidad una invitación a permanecer dentro del rebaño, a uniformizarse en la forma de vestir, de pensar, de educarse, de ingerir alimentos, de esparcirse.

La sociedad hegemónica tiene su propia verdad y la impone, a través del dominio que ejerce sobre las formas mediáticas que controla. El ciudadano termina por aceptar lo que recibe por los medios como el reflejo de la realidad. En el mejor de los casos, intuye que la información que recoge es sesgada o filtrada por los intereses de los grupos de poder, pero son pocas las opciones para encontrar versiones distintas a las que pueda confiarle su credibilidad.

Decir la verdad y el rol del intelectual

Es a la cultura antagonista a quien cabe la misión de decir la verdad, lo cual no es fácil ni sencillo. Brecht afirmaba en 1934 que existen cinco dificultades para quien quiere decir la verdad y luchar contra la mentira y la ignorancia: 1. Debe tener el valor de decir la verdad. No debe doblegarse ante los poderosos, pero tampoco debe engañar a los débiles. 2. Debe tener la inteligencia necesaria para descubrir la verdad, pues no siempre es fácil lograrlo. 3. La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben. Es el arte de hacer la verdad manejable como un arma. 4. Hay que tener la capacidad de discernimiento para poder confiar la verdad, la cual no puede ser simplemente escrita; hay que escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los lectores descubren la verdad juntos. Y, 5. Se debe proceder con astucia para poder difundirla (8).

Sobre esto último, el escritor acude a la alegoría, trastoca tiempos y espacios para decir lo vedado. Piglia, en plena dictadura argentina, publicó Respiración artificial para atacar veladamente el régimen militar, apelando a hechos ocurridos cien años atrás. Así las cosas, el intelectual, cuando está alineado con la causa de los oprimidos, es el personaje más incómodo para las hegemonías culturales, políticas y económicas de cualquier país. Ya Said había afirmado que el intelectual tiene un rol de antagonista en la sociedad. Desempeña el papel de francotirador, de “amateur”, en el sentido que ejerce una actividad «impulsada por la solicitud y afección, más bien que por el provecho, el egoísmo y la estrecha especialización» (9) y de perturbador del status quo. Su deber es hablarle claro al poder.

Por su lado, Gramsci habló del intelectual orgánico en función del grupo social al que pertenece. El de la clase o grupo hace las funciones de organizador y de dirección de todos los niveles de la sociedad, mientras que el de la clase que aspira a conseguir el poder, puede cumplir y cubrir distintas funciones, y en momentos de crisis política ejercer todas. En cualquier caso, el intelectual juega un rol específico en la organización de la cultural (10).

En consecuencia, el intelectual es mirado con sospecha, máxime si está en función de francotirador y no de organizador de la cultura dominante. Al intelectual, cuando funge como tal lo etiquetan como iluso, estúpido, desconectado de la realidad o simplemente no se le escucha, pues hacerlo implicaría un grave peligro para el status quo.

Calibán en Latinoamérica

Fernández Retamar puso en su lugar en los años sesenta a Rodó y el Ariel publicado en 1899. Rodó propendió por un intelectual latinoamericano de carácter espiritual para enfrentarse al pragmático monstruo consumista norteamericano que denominó Calibán. Equivocó los nombres, pero no el enemigo, comentó alguna vez Benedetti. Retamar se encargó de revelar que el verdadero personaje no es el aéreo Ariel –en verdad un lacayo de Próspero–, sino el rebelde Calibán. El salvaje dispuesto a mestizar la blanca raza de Próspero engendrando miles de nativos en su hija Miranda.

El Calibán (11) de Retamar es el llamado a un pensamiento y a una filosofía latinoamericana con voz propia; que se aleje de las influencias y alabanzas eurocéntricas, que denuncia a los intelectuales “ventrílocuos” que repiten de manera mecánica el discurso que viene del otro lado del Atlántico. Promueve, en la misma línea de la filosofía de la liberación, un pensamiento crítico con mentalidad emancipadora y fuertes vínculos con la cultura y el pensamiento popular.

Se trata, dentro de ese reto, de auspiciar y proteger, entre otros, unos medios de comunicación que propicien el debate al poder existente. Una forma es a través de un sistema nacional de comunicación alternativo, que suponga la «articulación de una base de significados y relaciones producidas desde la práctica de la comunicación social y humana natural; pero orientada a la construcción del hecho comunicacional». Es decir, se trata de generar una conciencia crítica que elabore desde la experiencia popular, alternativa y comunitaria, para transformar la realidad: un sistema no orientado a promover versiones oficiales, ni procurar la institucionalización de los proyectos comunicacionales, sino a favorecer la decisión de particulares, de comunicadores populares en su pluralidad (12).

¿Cuál es la oportunidad? Generar nuevas subjetividades que se alineen con los movimientos sociales para oponerse a la cultura hegemónica; «subjetividades solidarias, colectivas, cooperativas, y democratizadoras de los espacios de organización y de la toma de decisiones» (13). Valorar lo que construye la sociedad siempre marginada, a través de la diversidad de sus procesos organizativos, realzando esas otras voces, imágenes, creaciones, subjetividades todas ellas que, sin duda, podrían contribuir al surgimiento y consolidación de otra Colombia, una en igualdad, justicia y paz.

Posibilidades y manifestaciones de una cultura antagónica en Colombia

El Acuerdo Final entre el Gobierno y las Farc permitió aflorar muchas de las realidades del país: entre ellas, la falta de una distribución equitativa de la tierra, la continuidad de la concentración de la riqueza, la pervivencia de una democracia formal y la falta de oportunidades y garantías para ejercer una oposición política. También explicitó algunas de las realidades sociales y culturales que explican, no solo los orígenes sino el por qué de la persistencia del conflicto.

Esto es importante dado que el asunto cultural es el eje del Acuerdo. No es sorpresivo que la palabra cultura aparezca más de cien veces, en especial, en el punto relativo a la participación política y la apertura democrática para construir la paz. Allí se afirma la necesidad de garantizar una cultura de convivencia, tolerancia y solidaridad, que dignifique el ejercicio de la política y brinde garantías para prevenir cualquier forma de estigmatización y persecución por motivo de sus actividades políticas, de libre opinión o de oposición; de una cultura de respeto por la diferencia.

A propósito de lo anotado sobre los medios alternativos, es significativo que el Acuerdo establezca: «[...] en un escenario de fin del conflicto, los medios de comunicación comunitarios, institucionales y regionales, contribuirán al desarrollo y promoción de una cultura de participación, igualdad y no discriminación, convivencia pacífica, paz con justicia social y reconciliación, incorporando en sus contenidos valores no discriminatorios y de respeto al derecho de las mujeres a una vida libre de violencias» (14).

Así las cosas, creemos que más que un Acuerdo para deponer las armas y cesar un conflicto armado es una hoja de ruta para resignificar el país en clave de convivencia, armonía y justicia social. Están dadas las condiciones, al menos en el papel, para que surja y se consolide una cultura antagonista opuesta a esa otra cultura descrita aquí como hegemónica y dominante, y que está, en gran parte, afianzada por los grandes medios de comunicación y sus instrumentos mediáticos. Cabe entonces, al intelectual orgánico, desarrollar, en conjunto con las «nuevas subjetividades», colectivas y populares, estrategias culturales, comunicativas, de expresión, que puedan ejercer un contrapeso en la opinión pública al logrado por los medios oficiosos en vastos sectores de la misma, como el logrado, hay que admitirlo, por la derecha que detentó el poder entre 2002 y 2010 y hoy se erige como el principal enemigo del Acuerdo Final.

Para concluir, algunas de las manifestaciones artísticas y culturales elaboradas durante los últimos años en Colombia se pueden enmarcar dentro de una cultura antagonista. Para comenzar, la obra artística de Alejandro Obregón quien en 1963 ganó el Salón de Artistas Nacionales la pintura Violencia, una obra desgarradora que muestra a una mujer embarazada, asesinada. Su cadáver en descomposición es un grito contra la violencia que afecta a los más desprotegidos. Obregón, había plasmado antes las masacres de estudiantes de 1956. Más reciente, es necesario citar la poesía de Nelson Romero, en obras como Música Lenta, la obra cinematográfica de César Augusto Acevedo La tierra y la sombra, que muestra la explotación, asedio y expulsión de los corteros de sus tierras por parte los ingenios azucareros, la exposición itinerante 300 artistas por la Paz impulsada por Espacio Compartido, y entre muchas obras de la literatura actual, las novelas En esta borrasca formidable y Palabrero del autor de este artículo. En los medios de comunicación alternativa, el periódico y la editorial Desde Abajo es ejemplo de una voz crítica e independiente.
No hay duda de que la cultura antagonista toma forma cada vez más delineada en el país. Es el momento para hacerlo, justo cuando la paz es frágil y está amenazada por tantos contradictores ocultos detrás de gritos patrióticos que en realidad lo que quieren es preservar sin apertura ni cambio alguno el sistema imperante, para que las mayorías sociales se mantengan anestesiadas y así poder prolongar los demenciales niveles de concentración de riqueza que el país padece, el monopolio del poder político, y en su base, como soporte de todo su control económico, político y social, su mismo dominio cultural, soporte de la hegemonía sobre la cual gobiernan. γ

1. Shakespeare, W. The tempest, I, 2. En The complete Works, Oxford, 1991, I, 2, pp. 1172-1173.
2. Fundación Alejo Carpentier, Universitat de València, (2017) Coloquio internacional Valencia 1937/La Habana 2017, La Habana, 28 al 30 de noviembre de 2017. Intelectuales, política y cultura. Convocatoria.
3. Editorial, (2005) Por una cultura antagonista ([Consejo de Redacción] octubre 2005), Revista Laberinto, Nº 18, Málaga, p. 3.
4. Echeverría, B (2010) Modernidad y blanquitud, Era, México.
5. Foucault, M. (2007), El nacimiento de la biopolítica. FCE, México, p. 268.
6. Han, B. Ch., (2013) La sociedad de la trasparencia, Herder, Barcelona, pp.11-13.
7. Han, B-Ch. (2012) La sociedad del cansancio, Herder, Barcelona, p. 11.
8. Brecht, B., (1934) Las cinco dificultades para decir la verdad, Revista Laberinto, Nº 6, Junio 2001.
9. Said, E.W., (1996) Representaciones del intelectual, Paidos Studio, Barcelon, p. 90.
10. Gramsci, A., (1997) Los intelectuales y la organización de la cultura, Nueva visión, Buenos Aires., pp. 9-11
11. Fernández Retamar, R. (2000) Calibán y otros ensayos: Calibán revisitado y Calibán quinientos años más tarde, La Habana, 2000.
12. Sistema público nacional de comunicación popular, alternativa y comunitaria (2017) en https://investigacionubv.wordpress.com/2012/03/10/comunicacion-alternativa-y-comunitaria-en-venezuela/
13. ANRed (2003), La comunicación alternativa no es solo contrainformación, es cultura antagonista, en http://www.argentina.indymedia.org/news/2003/01/75851.php
14. Gobierno Nacional-Farc (2016) Acuerdo Final, La Habana, p. 46.

* Escritor, editor, periodista y docente universitario. En junio de 2017 publicará El juego del retorno, quinteto, un libro de relatos con la editorial de la Universidad de Antioquia.

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