Sábado, 29 Noviembre 2008 07:56

Periodismo para desenmascarar la injusticia

Un hombre se encadena en un poste de luz en el centro de Atenas para protestar por los presos políticos, la falta de libertades, los atropellos del gobierno. Es 10 de mayo de 1974, plena dictadura de la junta militar fascista griega. En cuestión de minutos aparece la policía y lo apresa. Lo torturan. El hombre había tomado medicamentos para soportar lo más posible el dolor. Cuando los verdugos empiezan a arrancarle la primera uña de un pie habla. “Confiesa” que se llama “Hans” Wallraff y que se solidariza con la oposición antifascista. Es encarcelado.

Las autoridades no sospechan siquiera que han metido a sus calabozos a un reportero encubierto. Su primer nombre, en realidad, es Günter. Amigo de exiliados griegos en Alemania, el “periodista indeseable” formaba parte del Comité de Solidaridad con los disidentes helenos y había descubierto la colaboración secreta del gobierno alemán con la junta castrense en Atenas.

Empieza el juicio en su contra. Enfrenta una condena de al menos dos años. En su comparecencia ante los jueces –todos militares– los insulta: prostitutos de la CIA que tienen más tanques que cerebro, dinosaurios en uniforme, les dice. Los saca de sus casillas. Después logra hacer llegar al extranjero, clandestinamente, las transcripciones del juicio que se transmiten, íntegras, por la BBC de Londres y la Deutsche Welle. El gobierno le reduce la sentencia a 14 meses; tiene prisa en expulsar a Wallraff de Grecia.

El resultado de esta acción es el documental El fascismo de al lado, golpe mayúsculo para la dictadura, socia de las democracias de la OTAN.

Como un moderno Till Eulenspiegel –popular bufón de la literatura medieval germana que se burlaba y sacaba al sol los trapos sucios de la aristocracia–, el periodista encubierto se ha inventado decenas de personajes como éstos y ha lanzado decenas de acciones de wallraffeo, verbo que ha sido incorporado al diccionario alemán. Estudia largamente su rostro y el papel que va a asumir. Crea cuidadosamente su leyenda. Se maquilla y se prueba decenas de pelucas y anteojos, se mete en el rol, como un actor consumado. “Sé que ya estoy dentro de mi papel cuando empiezo a soñar con ese otro yo.

Generalmente son pesadillas de que descubren mi verdadera identidad antes de tiempo.”
Su tema central es la injusticia. Su obsesión, quitarle la máscara a la hipocresía del sistema laboral alemán. “La Constitución alemana –explica– tiene una orientación muy humanista, siendo el país donde se cometió el peor crimen contra la humanidad. El primer artículo establece que la dignidad del hombre es intocable. Pero en la realidad, hay dos Alemanias.”

La oculta, la de abajo, ha sido diseccionada en centenares de reportajes bajo su firma. Cabeza de turco, como se conoce en español su experiencia como obrero turco en el complejo automotriz de Thyssen (Ganz Unten, hasta abajo, es su nombre en alemán) y El periodista indeseable son los únicos libros suyos que circulan en México.

Cada rol, cada nuevo engaño a la clase patronal, ha generado un reportaje de implacable denuncia, uno y varios libros, documentales y próximamente una película. Inevitablemente, también provoca largas, costosas y tediosas sesiones frente a los jueces.

Titulares a modo

En algún lugar de Alemania, una mujer se suicida. El tabloide sensacionalista Bild Zeitung se solaza con la historia: “Por una depresión primaveral, afanadora se mata con su propio martillo”. Su marido, acosado por las burlas de sus vecinos y la hostilidad de la familia de su mujer, que considera que la ridiculizó públicamente, también se suicida. ¿Cómo reporteó Bild esta historia? Pues enviando a sus reporteros, disfrazados de policías, a interrogar a los familiares.

Desde la redacción, alguien descubre cómo el drama de la mujer es distorsionado en la mesa de redacción para ajustarlo a un titular más llamativo. En realidad, la mujer se había ahorcado, víctima de una crisis depresiva.

Como esta, decenas de historias falseadas destruyen vidas y reputaciones de los ciudadanos. Pero Bild vende más de un millón de ejemplares cada semana. Hasta que un día, sin saberlo, mete al enemigo en casa. Contrata a un reportero con un nombre falso, que además de cumplir órdenes tramposas y sucias de su editor, investiga las entrañas de esta publicación. Al cabo de un año, sale a la luz pública El titular. Autor: Günter Wallraff.

Se inició uno de los juicios legales más prolongados y escandalosos por difamación, usurpación de identidad, allanamiento de morada y varios cargos más. Wallraff debe pagar miles de euros para sostener su alegato legal: que la casa Springer Presse, que publica el diario, comete asesinato moral.
Diez años después publica otro libro más: El manual de Bild. Las nuevas denuncias superan al libro anterior, ya que a lo largo del proceso, recibe decenas de cartas de personas que han padecido el manejo amarillista de la revista. Cuando gana el juicio, Wallraff financia a varias víctimas de difamación en otras tantas demandas legales. El libro va en su undécima edición y cada versión contiene nuevas denuncias.

Porque este es uno de sus principios: dar seguimiento en sus casos; ser un actor y partícipe de las crisis que provoca hasta las últimas consecuencias.

Engañar a cambio de un salario

Una mañana cualquiera, Michael G. llega a su trabajo, el call center “ZIU Institut”, en una torre de oficinas en Colonia. Ha recibido un intensivo entrenamiento por parte de sicólogos que le han enseñado cómo engañar con éxito: hablar sin parar, someter al cliente potencial a una tormenta de ideas con cortes rápidos de un tema a otro para impedirle pensar con claridad. Jamás pedir datos de manera directa. Ejemplo: nunca diga ¿me da el número de su cuenta bancaria? En su lugar diga: “Bien, ahora vamos a tomar sus datos”. Poco a poco la víctima se ve envuelta en el engaño. Puede ser que del otro lado de la línea esté un jubilado a punto de comprometer todo lo que le queda de fondos para terminar su vida. No importa. Se le paga por número de clientes engañados.

Menos mal que Michael G., que en realidad es Wallraff, apunta los números de sus víctimas y por la noche, desde su casa, les vuelve a llamar para aconsejarles cómo retractarse de las compras inútiles y contratos abusivos. Cuando sale el documental, ZIU lo demanda por usurpación de funciones y personalidad. Él se declara culpable. En medio del escándalo transcurre el juicio. La oficina del consumidor lo declara “un caso no grave”. El dueño de la empresa reconoce: “Sí, mi negocio se basa en el engaño. Pero otros engañan más que yo.” Finalmente, pierde y tiene que pagar una multa de 750 mil dólares. Se le ordena cerrar el call center. Se va de Colonia pero se instala en Turquía, España, Holanda y la India. Desde ahí sigue vendiendo mentiras.

El periodista encubierto revela que los empleados de este tipo de compañías, en su mayoría estudiantes que así pagan sus carreras, no soportan la presión de la mala conciencia y que 80 por ciento abandona el empleo antes de año y medio con síndrome de burn out (desgaste) o adicción a alguna droga.

Napalm y los buenos católicos

Durante los años de la guerra en Vietnam, un fabricante de sustancias químicas –Wallraff, naturalmente– recibe una oferta, un contrato muy jugoso (falso) a cambio de fabricar napalm para subcontratistas del ejército estadunidense. El hombre es muy católico y entra en conflicto. Para lavar su conciencia, consulta con varios clérigos y teólogos, gente de la alta jerarquía, incluso funcionarios del Vaticano. Todos –excepto dos– le aconsejan firmar el contrato. Uno de ellos alega: “Mire, mi obispado tiene grandes viñedos. ¿Qué culpa tenemos nosotros si el vino de esas uvas lo venden y beben las prostitutas en los bares de mala muerte?”. Otro asegura que el napalm ayudará a acortar la guerra. “Lo malo, claro, es que entre los vietnamitas hay algunos buenos católicos. Bueno, pero ya llevaremos obras de caridad a esa gente, con sus donaciones, por supuesto”. Solamente un joven capellán de Francfort y un teólogo suizo le dijeron: “No lo haga, es un crimen”.

Blanche Petrich y Alma Muñoz /I
Publicado enInternacional
Domingo, 30 Mayo 2010 08:40

Idiotas inútiles

 Excelentísimo presidente
de la República de Colombia
Don Alvaro Uribe Vélez
 
Señor Uribe, Perdone la molestia. Me tomo el atrevimiento de hacerle llegar estas líneas atento a la airada reacción que han tenido usted y altos funcionarios de su gobierno ante la difusión pública que ha tenido el testimonio del mayor retirado de la Policía Nacional Juan Carlos Meneses Quintero. Como usted sabe, el mayor Meneses acusó a su hermano menor, Santiago Uribe Vélez, de armar y dirigir a un grupo paramilitar en los años ‘90. El testimonio también lo salpica a usted, ya que según el testigo usted estaba al tanto y/o apoyó dichas actividades.
 
Disculpe que me haya dado por aludido el jueves pasado cuando usted tildó de “idiotas útiles” a los activistas por los derechos humanos Adolfo Pérez Ezquivel y Javier Giraldo que facilitaron el testimonio en Buenos Aires y a los periodistas del diario The Washington Post que lo difundieron en Estados Unidos. Es que yo presencié ese testimonio, y ese testimonio salió publicado primero en este diario.
 
Entonces quería escribirle para darle la tranquilidad de que la entrevista con Meneses y su testimonio se publicaron porque son de un valor periodístico innegable y no por otra razón. Usted dijo que quienes difundimos el testimonio de Meneses fuimos serviciales a los intereses de los narcoterroristas. Pero no fue por el accionar psicológico de los narcos que la noticia tuvo tanta difusión en Colombia. Después de ocho años de Seguridad Democrática no me va a decir que, además de Página y el Post, las FARC manejan también a los medios colombianos, incluyendo el multimedios propiedad de la familia de su excelentísimo señor vicepresidente. Sin embargo, todos se hicieron eco de la noticia.
 
Es que, señor Uribe, vamos, hay que decirlo, sobre su hermano Santiago pesa un estado de sospecha. El testimonio de Meneses no cayó del cielo. Se inserta en un contexto que es bueno recordar. Su hermano es un importante hacendado de Antioquia, donde prácticamente nacieron las bandas paramilitares, y muy cerca de la finca de su hermano operó un sanguinario escuadrón de la muerte conocido como los Doce Apóstoles. Es bien conocido, usted lo sabrá, que los escuadrones paramilitares fueron creados por hacendados y empresarios para combatir con métodos ilegales la guerrilla y la delincuencia, y que esos grupos se vincularon con fuerzas militares y de seguridad a través de los políticos locales. En los tiempos de los Doce Apóstoles usted fue senador por y luego gobernador de Antioquia. La estrategia de los paramilitares de aliarse, o para usar un término suyo, “penetrar” la clase política colombiana fue muy exitosa. Si lo sabrá usted: cerca de un tercio del Parlamento y varios gobernadores y alcaldes, incluyendo su primo Mario, están presos o bajo proceso por sus vínculos con los paramilitares. Casi todos son o fueron aliados suyos.
 
Volviendo al estado de sospecha que pesa sobre su hermano, no es que simplemente estaba en el momento justo, en el lugar justo, y en las condiciones ideales como para gestar y financiar una formación paramilitar. Seguramente no todos los hacendados asediados por la guerrilla en los ’90 respondieron a la amenaza con escuadrones de la muerte. Hasta es posible imaginar que los Doce Apóstoles hayan limpiado a los enemigos de Santiago y (de los demás hacendados) de gusto nomás, por iniciativa propia. Pero hay más.
 
Santiago Uribe ya había sido investigado dos veces como presunto cabecilla de los Doce Apóstoles, por la Fiscalía de Antioquia en 1998 y por Fiscalía General en el 2002. En ambos casos se dictó una falta de mérito o auto inhibitorio, como dicen ustedes allá, porque las fiscalías consideraron que no había suficientes pruebas para procesar o sobreseer a su hermano. El año pasado el dirigente opositor Gustavo Petro intentó abrir una investigación parlamentaria por el mismo tema pero no consiguió suficientes votos. Usted dirá: lo investigaron dos veces porque los fiscales son idiotas útiles del narcoterrorismo, y lo acusaron en el Congreso porque el narcoterrorismo penetró la bancada parlamentaria del Polo Democrático.
 
De hecho el testimonio de Meneses corrobora los dichos de un testigo de identidad reservada que figuran en el expediente judicial de los crímenes de los Doce Apóstoles. El testigo secreto sería un agente que habría servido de nexo entre la policía local y los paramilitares. Meneses era el jefe directo de este testigo y el responsable de la seguridad de toda la zona, amén de un oficial de alto rango de la institución policial. Dada la situación en que se encontraba, bajo cualquier parámetro de razonabilidad, hay que admitir que se trata de un testigo clave.
 
Y como bien apuntó el fiscal general de su país, Guillermo Mendoza Diago, al ser consultado sobre la situación de su hermano hace un par de días: “Cuando hay resoluciones inhibitorias y sobreviene una prueba, la obligación del funcionario correspondiente es revocar dicha resolución e iniciar una investigación según lo que amerite esa nueva prueba”. De sus dichos se desprende que Mendoza Diago reabriría la investigación de su hermano, sumándose así a su extensa lista de idiotas útiles al servicio del narcoterrorismo. Le recuerdo que Santiago Uribe nunca ha sido juzgado aún por los crímenes de los Doce Apóstoles, por lo que su derecho a no ser juzgado dos veces por el mismo cimen está prácticamente garantizado.
 
Está bien, es cierto, su hermano y su vicepresidente se encargaron de recordar esta semana que Meneses había sido pasado a retiro por problemas legales y/o disciplinarios, dando a entender que es un testigo poco confiable. Yo lo entrevisté y le confieso que no le compraría un auto usado. Pero Meneses cobraba la pensión militar, sus causas judiciales se habían archivado y tenía un negocio informático que andaba bien. Todos sus afectos están en Colombia.
 
¿Qué necesidad tenía de exiliarse, pasar a la semiclandestinidad y autoincriminarse a riesgo de pasar años en la cárcel? ¿Qué necesidad tenía de confesarle a sus hijos que él es un asesino que mató y mandó a matar por orden de Santiago Uribe? ¿Todo eso por un puñado de dólares de los narcos? ¿Dónde y con quién iba a disfrutar ese dinero?
 
¿Y cómo hizo Meneses para convencer a los idiotas útiles de Naciones Unidas de que le dieran status de refugiado en Venezuela porque su vida corría peligro en Colombia? ¿Los miembros de los Doce Apóstoles que han muerto en circunstancias poco claras en los últimos años, se hicieron matar a propósito, para que Meneses tuviera una excusa para escaparse del país?
 
Qué sé yo. Hay que reconocer, señor presidente, que su jefe de Policía, el general Oscar Naranjo, estuvo rápido de reflejos. No bien salió publicado mi artículo citó al coronel Benavídez, ex jefe directo de Meneses, para un interrogatorio. Meneses me había dicho que tiene una grabación secreta de Benavídez donde el coronel avala la denuncia contra su hermano y contra usted. La cosa es que Naranjo salió del interrogatorio del coronel con un hallazgo: el testimonio de Meneses había sido comprado por un grupo narco llamado “los cambas”. El coronel no hizo declaraciones pero no importa: con lo que dijo Naranjo alcanzó para que usted, su hermano, su vice y su candidato en las elecciones de hoy salieran a difundir la idea de que Meneses es un agente del narcoterrorismo.
 
Lo que no termino de entender es lo que dijo su hermano. Explicó que el testimonio de Meneses fue armado para influir en la campaña electoral. Pero resulta que mientras su candidato se cansó de hablar del tema, el principal candidato de la oposición lo ignoró por completo. Entonces, más que de idiotas útiles habría que hablar de idiotas
 
inútiles, porque instalamos un tema en la agenda mediática supuestamente para perjudicarlo a usted, señor presidente, pero el tema lo termina capitalizando su candidato, el candidato oficialista.
 
Ojo que a mí no me molesta. Siempre digo que bastante difícil es hacer periodismo como para querer cambiar el mundo. Si la información vale, lo que se haga con ella o se deje de hacer ya no es mi problema.
 
No hace falta que diga que considero a su hermano inocente hasta que se demuestre lo contrario. Eso se da por descontado. Tampoco me compro todo lo que dijo Meneses, aunque todo lo que dijo me resulta creíble por el contexto antes mencionado. Pero me parece que no se puede negar que se trata de un testigo clave. Acusa a su hermano de asesino y a usted de cómplice. Dice que estuvo reunido con Santiago Uribe en presencia de otros testigos “unas cinco o seis veces”. Aporta datos sobre hechos, nombres y lugares en minucioso detalle, datos que podrían ser corroborados con inspecciones oculares, careos, documentos y demás diligencias judiciales para saber si dice o no la verdad. Ya verá el fiscal si conviene reabrir la causa.
 
Si no, hay otras instancias a las que tanto su hermano como los familiares de las víctimas de los Doce Apóstoles pueden acudir en busca de justicia. Usted sabe que tanto la fiscalía de la Corte Penal Internacional con sede en La Haya como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos con sede en San José de Costa Rica han realizado visitas a Colombia durante su mandato e informado sobre serias deficiencias en el funcionamiento de la Justicia de su país, sobre todo en zonas de conflicto. Es un mandato del derecho internacional que cuando las condiciones no están dadas para llevar a juicio a personajes importantes en un determinado país, las cortes internacionales tienen la obligación de intervenir y juzgar a los acusados.
 
Convengamos que su decisión de extraditar a Estados Unidos a los principales jefes paramilitares justo cuando empezaban a revelar sus contactos con políticos y militares no dejó muy bien parada a la Justicia colombiana. No es un detalle menor que la Corte Suprema recién se enteró de las extradiciones cuando los paras ya estaban arriba de un avión en vuelo a Florida.
 
Por todo lo antedicho, señor presidente, permítame la osadía de ofrecerle un consejo. Me parece que en casos como éste no conviene sacar conclusiones precipitadas sobre la salud mental de quienes difunden ciertos testimonios. Es posible que algunos no sean tan idiotas como usted piensa.
 
Saludos.
 
Por Santiago O’Donnell
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Publicado enColombia
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