Las políticas exteriores de América Latina en tiempos de autonomía líquida

El debate político y académico en torno de la noción de autonomía que se inició en la Guerra Fría vuelve a cobrar vigencia, pero partiendo de diagnósticos y supuestos diferentes. Las políticas exteriores de América Latina sufren hoy un doble acoso sistémico: los embates de Westfalia y Mundialización, con procesos de concentración y de difusión del poder. En un contexto de agudización de la dependencia de la región, las políticas exteriores deberán prepararse para los escenarios más restrictivos y adversos, fortaleciendo las capacidades de resiliencia frente a acontecimientos inesperados, mitigando riesgos y aprovechando oportunidades.

 

Introducción

En la tercera década del siglo xxi, las políticas exteriores de América Latina están sometidas a un doble acoso sistémico: la intensificación de la disputa hegemónica Estados Unidos-China, con sus consecuentes turbulencias, y la aceleración de una tendencia global hacia el caos y la entropía, con sus derivaciones e incertidumbres críticas. La multiplicación y transversalización de los riesgos globales, así como los desafíos geopolíticos, geoeconómicos y geotecnológicos que plantea la disputa sinoestadounidense, demandarán de mayores capacidades de resiliencia de los Estados-nación para adaptarse y salir adelante de escenarios más restrictivos y adversos. Ese doble juego, en un contexto de deterioro económico-social y de múltiples crisis en los países de la región, introduce nuevas presiones y tensiones en los espacios de autonomía. 

Sobre el final de la segunda década del siglo xxi, el declive relativo del poder estadounidense en el hemisferio occidental viene acompañado de la amenaza del uso de la fuerza, interferencia militar, ruptura de consensos de posguerra y mayor inclinación a la imposición por sobre la consulta y el respeto a las decisiones de los socios. La novedad de esta transición hegemónica con respecto a anteriores es el avivamiento de la rivalidad con China, una potencia no occidental en ascenso que desafía en los campos económico, financiero, tecnológico y comercial a eeuu. Aunque se desconoce la duración del proceso y si China finalmente trasladará su poder económico al campo militar con mayor presencia fuera de sus fronteras, uno de los escenarios plausibles podría ser la elevación de los niveles de pugnacidad como consecuencia de una mayor asertividad y de un más frecuente uso de la diplomacia coercitiva.

Si hoy las narrativas de unidad latinoamericana como Patria Grande, Nuestra América o Indoamérica están en franco retroceso frente a un mosaico de realidades desagregadas sin vínculos con acciones colectivas, ¿ingresamos en una era de postautonomía? ¿Es posible, entonces, seguir pensando en términos de instancias regionales necesarias para preservar la autonomía? ¿Es necesario desarmar los marcos políticos que dieron forma a las concepciones de autonomía y comenzar a diseñar los trazos de nuevas experiencias menos arraigadas en los dogmas, las utopías o las dicotomías, y más realistas, graduales, acotadas o parciales, pero internacionalmente viables? Estos interrogantes constituyen la materia de reflexión de este artículo.

Un mundo de arenas movedizas

Para entender el sistema global contemporáneo, es necesario remitirse a la caída del Muro de Berlín en 1989. El mundo que devino con la Posguerra Fría era lo más parecido a un cosmos para Washington: liderazgo global indiscutido, primavera democrática liberal y auge de la economía de mercado. El famoso «fin de la Historia» era, en realidad, una vuelta de página y un anuncio de futuro redentorio sin contrapesos: la idea de que era posible una sociedad cosmopolita mundial y, en consecuencia, una mayor confianza en el futuro de la paz y la democracia en el mundo. Sin embargo, aquella transición solo trajo consigo un espejismo de mediano plazo: la aparente reducción de la incertidumbre mundial estaba asentada en un excesivo optimismo de las elites occidentales sobre las oportunidades de la globalización.

La era de la entropía en la que están ahora inmersos los Estados-nación es una versión pesimista, en términos normativos y filosóficos, de la famosa teoría de la «interdependencia compleja»1. El crecimiento exponencial de los canales de contacto transnacionales no es fuente exclusiva de beneficios, sino que también multiplica las incertidumbres y transversaliza los riesgos globales. Los más importantes en términos de impacto son ambientales: calentamiento global, fallas en la acción climática, desastres naturales, pérdida de biodiversidad, desastres ambientales provocados por los seres humanos y crisis del agua. A estos se suman los geoeconómicos, geopolíticos, socioespaciales y geotecnológicos: fraude o robo de datos, ciberataques, fallas de la gobernanza global, crisis alimentarias, fallas de planeamiento urbano, armas de destrucción masiva, migración forzada, flujos financieros ilícitos, crisis financieras y pandemias2. Antes, se suponía que la noción de riesgo era un intento de regular el futuro; hoy, los desafíos son del presente y del corto plazo, lo que acorta los tiempos para la cooperación internacional y el diseño de políticas públicas destinadas a mitigarlos.

El escenario actual se parece a una contienda entre dos polaridades: el mundo de las interacciones entre Estados, o Westfalia, de un lado; y el mundo de la globalización y las interacciones transnacionales más allá de los Estados, o Mundialización, del otro. Las tensiones y contradicciones entre un proceso de concentración del poder internacional que supone el primero y un proceso de difusión de ese mismo poder que introduce el segundo son bien palpables. Westfalia pone el acento en los Estados-nación, las fronteras, el territorio, la soberanía y el control de los flujos transnacionales. Mundialización diluye la noción de fronteras, dejando traslucir el papel de los actores no gubernamentales, las grandes corporaciones digitales, la banca financiera multinacional, las organizaciones criminales y los movimientos sociales transnacionales de ambientalistas, feministas o de derechos humanos, entre otros. En este contexto, asistimos a una situación crítica en la que coexisten fuerzas centrífugas y fuerzas centrípetas del orden internacional. La competencia geopolítica y la globalización del capital aumentan las tensiones y plantean desafíos de escala macroscópica y microscópica a la autonomía de los Estados-nación.

Una región en caída libre

A medida que los cambios sistémicos toman cuerpo, se consolida la tendencia a la pérdida de gravitación política de América Latina en el mundo. Cuando se creó la Organización de las Naciones Unidas (onu) en 1945, 20 de los 51 miembros iniciales eran países latinoamericanos. Hoy, son 193 países miembros y la dispersión del voto de la región, así como el menor peso específico del Grupo Regional de América Latina y el Caribe (grulac), le restan aún más influencia como bloque. Según el índice de poder militar de Global Firepower de 2006, Brasil, México y Argentina ocupaban, respectivamente, las posiciones 8, 19 y 33; en 2020, Brasil está en el puesto 10, México en el 38 y Argentina en el 433. En el Soft Power Index, Brasil se ubicó en el lugar 23 en 2015, en el 24 en 2016 y en el 26 en 2019; mientras que Argentina mantuvo el puesto 304. Hoy asistimos a un escenario políticamente fragmentado, en el que las iniciativas de integración regional, como el Mercado Común del Sur (Mercosur), la Comunidad Andina de Naciones (can), la Alianza del Pacífico (ap), la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (alba), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) y la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) atraviesan situaciones de irrelevancia, estancamiento o desmantelamiento, según el caso.

Al tiempo que la región declina y pierde peso político en Westfalia, se observa una preocupante tendencia a la desinserción económica en Mundialización. Sobresale, en ese mundo, el pronunciado declive de la participación de América Latina en las cadenas globales de valor. De una participación en el total de exportaciones mundiales de 12% en 1955, la región pasó a 6% en 2016, para llegar a su peor performance de 4,7% en 20185. Las solicitudes de nuevas patentes tecnológicas provenientes de la región equivalían a 3% del total global en 2006, bajaron a 2% en 2016 y llegaron a un insignificante 0,62% en 20186. Los gastos en investigación y desarrollo como porcentaje del pib en el transcurso de dos décadas se mantuvieron estancados en un promedio de 0,65%7. La pandemia de covid-19 llevará a la mayor contracción económica de la historia de la región, por lo que revertir esa trayectoria declinante de siglos será aún más difícil.

La impotencia que experimenta la región es, además, consistente con una tendencia que persiste hacia la desintegración y la fragmentación política y económica. El menor volumen del mercado regional y la escasa participación en cadenas de valor regionales se explican por el perfil de especialización productiva y de los socios comerciales predominantes de los países de la región. La especialización se centra en «cadenas cortas» (de pocos países) y de baja complejidad económica, con escaso o nulo valor agregado, como las agroindustriales, en las que el grueso de las exportaciones son bienes finales o intermedios que suelen ser consumidos en el país de destino, lo que disminuye la participación regional «aguas abajo» o en futuras exportaciones de los países que compran a la región. Las dinámicas comerciales empujadas por el ascenso económico de China (el primer socio comercial de Sudamérica, salvo para Colombia, Ecuador y Venezuela, que mantienen a eeuu como primer socio) refuerzan la «primarización» o la escasa diversificación de las economías e incrementan los incentivos para buscar atajos bilaterales fuera de los espacios de convergencia regionales8.

En la tercera década del siglo xxi, los obstáculos a la integración regional serán enormes; es la era de la Cuarta Revolución Industrial, en la que unas pocas potencias tecnológicas y unas pocas empresas digitales tendrán un peso cada vez mayor. La tendencia a la concentración de mercado y geográfica de los polos de innovación en tecnologías disruptivas es alarmante. China y eeuu detentan 90% de las 70 principales plataformas digitales, 78% de las patentes de inteligencia artificial, 75% de las patentes de tecnología blockchain, 50% del gasto global de internet de las cosas y 75% del mercado de computación en la nube9. Si se consolida la tendencia que muestra la región a la dependencia tecnológica, la adquisición de proyectos de transferencia de tecnología «llave en mano» y la falta de inversión en infraestructura y desarrollo científico para la producción y la difusión de tecnologías disruptivas, se estará ya no en una situación de periferia, sino de marginalidad en Mundialización.

Un tablero de disputas

Para abordar la situación geopolítica regional, hay que subrayar un cambio de rango y ritmo en la política de los Estados-nación. La región pasó de un sistema predecible, relativamente constante, con ciertos principios de concertación interestatal y de resolución autónoma y pacífica de conflictos hacia uno inherentemente desconocido, errático, fragmentado y desprovisto de regularidad de comportamientos. Ni escenarios de equilibrio de poder ni de hegemonía regional son ya esperables. Quizás resulte más adecuado referirse a la noción de «vacíos regionales» que son ocupados por potencias extrarregionales y/o empresas transnacionales y actores no estatales, según las capas y tejidos de la geopolítica que estén en tensión. 

A medida que se hace más pronunciado el declive de la región, aumenta su nivel de exposición y vulnerabilidad frente a la interferencia externa. La presencia de eeuu en Centroamérica y el Caribe, así como los lazos con Colombia y Brasil, tienen como pretexto la «guerra contra las drogas» y el acorralamiento a Venezuela, pero su verdadero propósito es incrementar la injerencia militar en la región. La internacionalización de la crisis venezolana y su no resolución tienen como protagonistas a tres grandes potencias extrarregionales: eeuu, China y Rusia. Brasil puede ser un potencial espacio de conflicto para Francia, su vecino de la frontera norte en la Guayana Francesa, que arremete contra la deforestación del Amazonas. La mayor exposición a ciberataques, la presencia ilegal de varias potencias y buques pesqueros en el espacio marítimo del Atlántico Sur, el rearme de Reino Unido en las islas Malvinas o una batalla geopolítica que podría librarse por los recursos naturales en la Antártida ante un eventual escenario de vencimiento del Protocolo de Madrid en 2048 sobre prohibición de la explotación de recursos minerales y la protección del medio ambiente, dejan traslucir el principal dilema de Westfalia en la región: ¿cómo ejercer un control efectivo de los entornos terrestre, marítimo, aéreo, cibernético y espacial que al mismo tiempo preserve la autonomía, en un contexto de declinación pronunciada y de deterioro económico y social?

La competencia geopolítica no es exclusiva del ámbito estratégico y militar. Westfalia intenta, además, domar a Mundialización, llevándola hacia su propio reducto con medidas que tienden a una mayor politización o «securitización» del comercio, las finanzas y las transferencias tecnológicas. El nexo entre seguridad, comercio y finanzas se hace evidente tras el lanzamiento, en 2019, de la iniciativa «América Crece» de eeuu, que busca ofrecer una plataforma para financiar a su sector privado y contrarrestar el avance de proyectos chinos en la región, como la Iniciativa de la Franja y la Ruta (conocida también como la nueva Ruta de la Seda), propuesta en 2013, y el Banco Asiático de Inversión e Infraestructura, creado en 2014. En tanto, la vinculación entre seguridad, control de datos y tecnología es palpable en el intento del Departamento de Estado de prohibir a Huawei y detener el avance de la tecnología 5g de origen chino en la región. Como respuesta, existe una decisión de Beijing de impulsar activamente una diplomacia más coercitiva y asertiva. La denominada «diplomacia de los lobos guerreros»10 es reflejo de un discurso más confrontativo de los embajadores chinos, pero también síntoma de una elevación de los niveles de tensión con eeuu y Taiwán, de una mejor calibrada y quirúrgica penetración política y económica en la región a través de acuerdos con gobiernos subnacionales y de una todavía resistente agenda política que vincula asistencia o ayuda con objetivos diplomáticos, como muestran los casos de establecimiento de relaciones con Panamá en 2017, República Dominicana y El Salvador en 2018, o la mayor presión recibida por Paraguay durante la pandemia en 2020; todos estos, países que tenían estrechas relaciones con Taiwán, considerado por China como una provincia. 

Si bien son palpables una elevación de los niveles de pugnacidad y una ampliación de los rangos de disputa en la región, sería errado sostener que la politización de Mundialización coloca a los gobiernos latinoamericanos frente a una disyuntiva o cálculo de elección entre pertenecer a uno u otro bloque. No asistimos a una segunda Guerra Fría, sino a una intensificación de una disputa hegemónica en un marco de profunda interdependencia económica entre ambas potencias. Las capas económicas, financieras, comerciales, tecnológicas y migratorias entre Washington y Beijing están imbricadas. Washington y Moscú intercambiaron solo 4.000 millones de dólares en 1979, el mejor año. Hoy, eeuu y China comercian ese monto en solo tres días de intercambios. Las inversiones entre ambos alcanzaron los 260.000 millones de dólares, y la tenencia de bonos del Tesoro en manos chinas es de 1,6 billones11. De allí emerge la gran contradicción de este tiempo: mientras Westfalia y las batallas geopolíticas dividen a eeuu y China, Mundialización y las dinámicas de la economía política internacional los unen.

Surfeando en la autonomía líquida

A lo largo de la historia, para América Latina, la noción de poder no ha estado centrada principalmente en la influencia, sino en la autonomía. Como señala Benjamin Cohen, la influencia es poder sobre otros, la autonomía es poder para implementar políticas y resistir presiones12. Las conceptualizaciones convencionales sobre las grandes potencias se preguntan cómo lograr lo primero, los enfoques teóricos que abordan como objeto de estudio a los países de la periferia se plantean cómo incrementar lo segundo. Por eso, la autonomía ha estado siempre en el corazón de las investigaciones sobre política exterior del Sur global.

La conceptualización de la autonomía en América Latina se inicia en la Guerra Fría y tiene como padres fundadores a Juan Carlos Puig en Argentina y a Helio Jaguaribe en Brasil. Aquellas interpretaciones partían de dos premisas fundamentales en el campo de las relaciones internacionales: a) el sistema internacional es jerárquico, y no anárquico, como sostienen los realistas y los liberales, y b) los proyectos nacionales y las creencias de las elites determinan el tipo de relaciones a que aspira un país con las grandes potencias. La noción de «autonomía heterodoxa» se caracterizaba, así, por una disposición de la elite a no confrontar totalmente con los intereses estratégicos de la potencia dominante, pero en simultáneo postular un proyecto en gran medida disidente, especialmente en lo que hace a la defensa de los intereses nacionales13

Una segunda ola de estudios sobre la autonomía hace su aparición en la Posguerra Fría. En el «realismo periférico» de Carlos Escudé, la noción de autonomía aparece asociada a la idea de confrontación producto de una sobreestimación del margen de maniobra de los Estados débiles, que no distinguía entre la autonomía que un Estado posee (que es consecuencia de su poder) y el uso de esa autonomía14. En la primera década del siglo xxi, Roberto Russell y Juan Tokatlian retoman ese debate, planteando la noción de «autonomía relacional». A diferencia de Escudé, sostienen que la «autonomía relacional» no es confrontación ni aislamiento, sino disposición de un país a actuar de manera independiente y en cooperación con otros, en forma competente, cooperativa y responsable15. Los autores proponen, además, una escala de grados a lo largo de un continuo cuyos extremos son dos situaciones ideales: dependencia total o autonomía completa. La autonomía, desde esta categorización, es siempre una cuestión de grado que depende fundamentalmente de las capacidades, duras y blandas, de los Estados y de las circunstancias externas a las que se enfrentan16.

Hay, finalmente, una tercera ola de estudios que aporta una diferenciación analítica de la autonomía, ya no en cuestión de grados, sino en la clasificación de los subtipos de autonomía. Los académicos brasileños Tullo Vigevani y Gabriel Cepaluni clasifican la noción de autonomía para explicar la evolución del caso brasileño en tres formas: «autonomía en la distancia», cuando el país confronta con las normas e instituciones internacionales y con la gran potencia, a la vez que tiende al aislamiento y el desarrollo autárquico; «autonomía en la participación», cuando la orientación externa se basa en un compromiso por la gobernanza global y las instituciones multilaterales; y «autonomía en la diversificación», cuando se asienta principalmente en las relaciones con el Sur global17. La «autonomía con adjetivos» habilita la comparación sincrónica entre países y la comparación diacrónica de un mismo país a lo largo del tiempo. 

El debate sobre la autonomía hoy continúa vigente, pero parte de diagnósticos y supuestos diferentes de aquellos que dieron origen a las reflexiones de los padres fundadores en el Cono Sur. En primer lugar, las actuales tensiones entre Westfalia y Mundialización son una manifestación de las contradicciones que genera un orden internacional en el que coexisten fuerzas centrífugas y fuerzas centrípetas, tanto en el plano estatal como en el no estatal, que combina simultáneamente niveles de concentración y difusión del poder, dinámicas de conflicto y de interdependencia, de competencia geopolítica y de cadenas de inserción en la globalización, de control territorial y de flujos transnacionales, en escalas macroscópicas y microscópicas18. En segundo lugar, la autonomía ya no es una disposición que ejerce de manera libre y deliberada exclusivamente una elite: las sociedades son más complejas y la política exterior no es distinta del resto de las políticas públicas. En la actualidad, las fronteras que definen la orientación externa de un país están abiertas a la influencia e interposición de distintas e intrincadas dinámicas multiactorales (entre actores estatales y no estatales) y multinivel (entre gobiernos nacionales y subnacionales).

Lejos de la solidez inquebrantable de la «autonomía heterodoxa» de la Guerra Fría, la autonomía hoy sigue siendo posible, pero es más líquida y frágil. La sociología reflexiva del cambio ofrece una interpretación válida sobre el comportamiento de los Estados19. En un mundo entrópico, las condiciones de actuación de los países pueden cambiar antes de que las formas de actuar se consoliden en conductas determinadas. Frente al doble acoso sistémico que plantean los procesos de transición hegemónica y de entropía e incertidumbre –los embates de Westfalia y Mundialización– en un escenario de agudización de la dependencia de la región, las políticas exteriores latinoamericanas tienen menor margen para la contestación o la resistencia. Sin embargo, eso no debe llevar a un juicio imposibilista y paralizante que únicamente preste atención a los limitantes de estructura y subestime las potencialidades de agencia. La construcción de horizontes posibles y viables para la acción externa está tanto en reconocer la fragilidad de los escenarios globales y regionales como en la capacidad de los Estados de anticiparse y ser resilientes frente a la adversidad y los acontecimientos inesperados, mitigando riesgos y aprovechando oportunidades.

El no alineamiento o la neutralidad como alternativa a una subordinación automática, ya sea a Beijing o a Washington, aparece hoy en la retina de académicos y políticos20. La prescripción normativa de mantener una posición equidistante frente a las dos potencias es correcta, pero insuficiente para un mundo y una región que cambiaron. Para mejorar la capacidad negociadora y fortalecer la respuesta frente a la multiplicación y transversalización de riesgos globales, los países de la región que busquen preservar márgenes de maniobra deben pensar menos en el «espíritu de Bandung» y más en un «espíritu de abacc Plus». La agencia de control nuclear entre Argentina y Brasil (abacc), creada en los años 90, es un ejemplo que perdura en un terreno dominado por potencias nucleares. También la reciente alianza entre México y Argentina para producir la vacuna contra el coronavirus o el Centro Argentino-Brasileño de Biotecnología (cabbio) son muestras del potencial de las agendas de nicho. Sin embargo, será también necesario que esas agendas técnicas escalen hacia una comunidad de sentido que solo surgirá de la existencia de un sustrato político, económico y social cimentado por valores comunes, intereses mutuos y objetivos estratégicos compartidos entre países de la región.

Reflexiones finales

El horizonte futuro de América Latina estará signado por un conjunto de tensiones que se derivan de la confluencia de crisis simultáneas asociadas a riesgos globales: crisis sanitarias, crisis de desigualdad social, crisis climáticas y de pérdida de biodiversidad, y crisis de endeudamiento y de inestabilidad financiera. La convergencia de esas crisis compromete las perspectivas de desarrollo sostenible de los países, multiplicando los riesgos, aumentando la imprevisibilidad de los escenarios futuros y reduciendo la capacidad de respuesta del Estado y de la sociedad. Estos riesgos sistémicos repercuten, además, en una disminución de las propiedades de resiliencia y las capacidades de adaptación de las políticas exteriores, las cuales resultan estratégicas frente a los escenarios de concentración del poder en Westfalia y a las tendencias de difusión del poder en Mundialización. Para preservar los márgenes de autonomía y limitar al máximo la interferencia externa, las políticas exteriores tendrán que jugar inteligentemente en las deficientes instituciones regionales existentes, pero de manera complementaria forjar sociedades estratégicas múltiples con distintos países que podrán encabezar, según sus trayectorias, diferentes agendas temáticas, tales como salud, género, reducción de desigualdades sociales, ambiental, infraestructura, regulación de la tecnología, protección de recursos naturales, financiamiento externo, transferencia tecnológica, entre otros. Se deberá seleccionar y priorizar «enclaves de autonomías» a través de diplomacias de nicho. No solo gobiernos centrales, también provinciales y locales, actores de la sociedad civil, científicos, empresarios y ciudadanos pueden contribuir a reforzar una renovada «diplomacia 3m» (multidimensional, multiactoral y multinivel). Será necesario anteponer las cuestiones temáticas a las dogmáticas, trazando lazos entre los campos técnicos y los ámbitos políticos, económicos y sociales de la cooperación regional.

En tiempos de «autonomía líquida», la preservación de márgenes de maniobra dependerá más de la anticipación y la adaptación que de la rigidez. El debate en relación con las políticas exteriores parece haber dejado atrás la dicotomía entre autonomía y dependencia, para girar en torno de una diferenciación analítica de grados y tipos de autonomía. Ello implica considerar que existen constantes transacciones entre ambas lógicas ante una complejización de los actores, las agendas y las dinámicas externas. La «autonomía líquida» es un tipo de «autonomía con adjetivos» que supone proactividad, variaciones y flexibilidad ante los desafíos y las oportunidades que plantean los escenarios de Westfalia y Mundialización. También puede implicar cierto tipo de pragmatismo defensivo para ofrecer concesiones en temas específicos que serán funcionales para ganar márgenes de maniobra y resultados en otras batallas. Hoy no se trata de «autonomía en la resistencia», sino de «autonomía en la resiliencia». Quizás el desafío de estos tiempos sea prepararse para los escenarios futuros más restrictivos o adversos, comprendiendo las potencialidades y los limitantes que plantean los entornos mundiales y regionales, para poder articular políticas que contribuyan a alcanzar los escenarios más deseables con objetivos estratégicos de cooperación regional modestos, alcanzables y realizables en el corto y el mediano plazo.

  • 1.

Randall L. Schweller: «The Age of Entropy» en Foreign Affairs, 16/6/2014.

  • 2.

Foro Económico Mundial: «Global Risks Report 2020», 12/2020, disponible en https://reports.weforum.org/global-risks-report-2020/.

  • 3.

Global Firepower: «Military Strength Ranking», Ginebra, 12/2020, www.globalfirepower.com/countries-listing.asp.

  • 4.

Soft Power Index: «The Soft Power 30: A Global Ranking of Soft Power 2019», Portland / Facebook / USC Center on Public Democracy, 12/2020, https://softpower30.com/wp-content/uploads/2019/10/The-Soft-Power-30-Report-2019-1.pdf.

  • 5.

Banco Mundial: «Solución comercial integrada mundial (WITS)», 12/2020, https://wits.worldbank.org/default.aspx?lang=es.

  • 6.

WIPO: «Solicitudes internacionales de patente por país de origen», 12/2020, www.wipo.int/export/sites/www/pressroom/es/documents/pr_2020_848_annexes.pdf#annex2.

  • 7.

Banco Mundial: «Gasto en investigación y desarrollo (% del PIB)», 12/2020, https://datos.bancomundial.org/indicador/gb.xpd.rsdv.gd.zs?locations=zj-z4,.

  • 8.

Daniel Schteingart, Juan Santarcángelo y Fernando Porta: «La inserción argentina en las cadenas globales de valor» en Asian Journal of Latin American Studies vol. 30 No 6, 2017.

  • 9.

Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD): Digital Economy Report 2019, Ginebra, 12/2020, https://unctad.org/es/node/27419.

  • 10.

Xhou Zhu: «Interpreting China’s ‘Wolf-Warrior Diplomacy’» en The Diplomat, 12/2020.

  • 11.

Congressional Research Service: «US-China Trade and Economic Relations: Overview, 2020» en Focus, 12/2020, https://crsreports.congress.gov/product/pdf/if/if11284.

  • 12.
  1. Cohen: Currency Power: Understanding Monetary Rivalry, Princeton UP, Nueva Jersey, 2015.
  • 13.

María Cecilia Míguez: «La autonomía heterodoxa y la clasificación de las políticas exteriores en la Argentina» en Revista de Relaciones Internacionales, Estrategia y Seguridad vol. 12 No 2, 2017.

  • 14.

José Briceño Ruiz y Alejandro Simonoff: «La Escuela de la Autonomía, América Latina y la teoría de las relaciones internacionales» en Estudios Internacionales vol. 49 No 186, 2017.

  • 15.
  1. Russell y J. Tokatlian: «De la autonomía antagónica a la autonomía relacional: una mirada teórica desde el Cono Sur» en Perfiles Latinoamericanos No 21, 2002.
  • 16.

Letícia Pinheiro y Maria Regina Soares de Lima: «Between Autonomy and Dependency: The Place of Agency in Brazilian Foreign Policy» en Brazilian Political Science Review vol. 12 No 3, 2018.

  • 17.
  1. Vigevani y G. Cepaluni: «A política externa de Lula da Silva: a estratégia da autonomia pela diversificação» en Contexto Internacional vol. 29 No 2, 2007.
  • 18.
  1. Tokatlian: «Crisis y redistribución del poder mundial/Crisis and Redistribution of World Power» en Revista CIDOB D’Afers Internacionals No 100, 2012.
  • 19.

Zygmunt Bauman: Modernidad líquida, FCE, Ciudad de México, 2015.

  • 20.

Carlos Fortín, Jorge Heine y Carlos Ominami: «Latinoamérica: no alineamiento y la segunda Guerra Fría» en Foreign Affairs Latinoamérica vol. 20 No 3, 7-9/2020.

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El presidente argentino, Alberto Fernández, pagó 250 millones de dólares de deuda externa a finales de marzo. Después abrió un proceso de renegociación con acreedores. CASA ROSADA

Las enormes cantidades desembolsadas por Ecuador y Argentina en época de crisis sanitaria y social recuperan el debate de si es legítimo negarse a pagar los pasivos que históricamente acompañan a la región.

 

La Asociación de Cartoneros de Guayaquil se preparaba para elaborar los primeros doscientos ataúdes de cartón, una vez colapsado el sistema sanitario municipal y la estructura funeraria, mientras el presidente de Ecuador, Lenín Moreno, pagaba una cuota de 326 millones de dólares de deuda externa. Desesperante desde el prisma social y humano, escrupuloso desde la óptica del capitalismo liberal.

También a finales de marzo, con la covid-19 llamando a la puerta, pagó 250 millones de dólares Argentina, atrapado sin remedio en una deuda pública externa (multilateral, bilateral y privada) que se difumina en las estadísticas oficiales. Los números –a 31 de diciembre de 2019– marcan una deuda bruta de la administración central de 323.065 millones de dólares, de los cuales 73.399 millones correspondían a deuda externa con organismos multinacionales y bilaterales. Todavía habría que sumar la deuda pública externa en manos de bancos y fondos de inversión extranjeros, porque el 77,89% de esa deuda pública bruta es en moneda extranjera (251.635 millones de dólares).

En los años setenta, con las crisis del petróleo, se inauguró la nueva era de la deuda externa en América Latina. "Masas de capital del petróleo fueron depositadas en el sector bancario, fundamentalmente en Europa y Estados Unidos", describe para Público el economista José Castillo, de Izquierda Socialista. "De estas inmensas masas de capital especulativo salen los préstamos al tercer mundo, con una tasa de intereses flotante, que en el origen era bastante baja". En 1981, Paul Volcker, director de la Reserva Federal de Estados Unidos, subió los tipos de interés hasta más allá del 20%: "A partir de entonces, la deuda se convierte en impagable".

Ya estaba a todo vapor también la maquinaria de préstamos del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. La excusa de la necesaria modernización de los países en vías de desarrollo sirvió para apuntalar también la fase multilateral de la deuda externa pública de América Latina. "Estas deudas fueron tomadas, en la mayoría de los casos, por las dictaduras militares", recuerda Castillo. "En las sucesivas transiciones a regímenes democráticos, los países, en lugar de rechazar la deuda, la terminan aceptando".

La estrategia brasileña para su deuda pública externa

Haciendo frontera con casi todos los países en problemas, pero en las antípodas en lo que a posición deudora se refiere, se encuentra Brasil, que consiguió transformar deuda en dólares a deuda en reales. "Fue un proceso largo de acumulación de reservas y cambios en la estructura de emisión de deuda brasileña, hasta que en 2006 o 2007 se alcanzó la posición de acreedor", afirma Livio Ribeiro, economista del Instituto Brasileño de Economía (IBRE) de la Fundação Getúlio Vargas (FGV).

Lo relevante, según Ribeiro, "no es la deuda pública externa" en sí misma, "sino la cantidad de deuda indexada en moneda extranjera, que puede ser tanto interna como externa". Es precisamente uno de los laberintos de Argentina, que "sigue estancada en los años ochenta, con el mismo mix de políticas económicas, con el mismo tipo de problema que se observaba a finales de los ochenta en Brasil". Livio Ribeiro valora, en conversación con este periódico, que Argentina "no ha conseguido alcanzar durante los años noventa y los años dos mil un nivel de atracción, seriedad o seguridad que permitiera a los inversores extranjeros tener confianza para colocar dinero en su economía y financiar la deuda en moneda doméstica".

Brasil aumentó, durante ese mismo periodo, su base de activos en dólares –reservas internacionales–, al mismo tiempo que disminuía pasivos en dólares. "Se mostró atractivo al capital extranjero, lo cual permitió que el Banco Central comprara dólares para guardar. Así se consiguió voltear la situación: de deudor líquido pasó a ser acreedor líquido", apunta el analista del Instituto Brasileño de Economía. La mayor parte de los países de América Latina no lo logró.

Explicaba el presidente ecuatoriano el último episodio macabro de la relación de América Latina con la deuda externa con un razonamiento basado en que gracias a abonar al día las cuotas de la deuda, Ecuador sería reconocido por fin como un buen pagador, pudiendo optar con más facilidad a nuevos créditos. Y, aunque se trate de un callejón sin salida, pronto anunció el presidente la renegociación de cuotas con los acreedores, y la llegada de 700 millones de dólares prestados por el Banco Interamericano de Desarrollo y otros 643 millones de dólares prestados por el Fondo Monetario Internacional.

Mónica de Bolle, economista brasileña, trasladaba hace unos días una lectura similar a la de Ribeiro. Para Brasil, la parte menos mala de la crisis –desde el punto de vista financiero– es que, dado que la mayor parte de la deuda pública brasileña está en su propia moneda, dado que existen grandes reservas internacionales y además no hay problema en el balance de pagos, "no hay riesgo de que el país necesite acudir al Fondo Monetario Internacional para acceder a mayor liquidez".

No han podido salvarse de esa embarazosa petición al FMI, además de Ecuador, Bolivia, Paraguay, Colombia, República Dominicana, Costa Rica, Panamá, El Salvador y Honduras. Todas estas líneas de crédito, excepto la de Colombia, son emergenciales –la de Honduras pertenece a un marco diferenciado: por encontrarse el país entre los 77 países más pobres del mundo, su deuda sí que podrá aplazarse durante unos meses–.

Consecuencias de negarse a pagar la deuda pública externa

El primer país en dejar de pagar la deuda pública externa, en 1982, fue México, provocando un efecto dominó. A partir de ahí se encadenan una sucesión de planes de ajuste para intentar renegociar y pagar esas deudas. "En los noventa ya se reconoce que es imposible", cuenta José Castillo, incluso con agresivos planes de ajuste e intervención de grandes compradores de deuda –a base, por ejemplo, de privatizaciones de lo público en los países afectados–. Ni vendiendo los países por pedazos se conseguía rebajar la deuda.

"Las cesaciones de pago (default) han sido una constante en la historia de la deuda pública externa de América Latina. Hay muchos casos, del más diverso tipo, de gobiernos revolucionarios y de gobiernos normales". En palabras de Castillo, que en 2001 llegara el momento del no pago de la deuda en Argentina "facilitó que una masa de fondos pudiera ser aplicada a la recuperación económica y social".

Consecuencias comerciales, según el economista argentino, "puede haber". Eso sí: "Las consecuencias apocalípticas –te invaden, te aíslan–, no existen. A Argentina le embargaron una fragata, y hubo años después un juicio en Estados Unidos contra los fondos buitre". Tanto él como su partido abogan por dejar de pagar la deuda externa. "En la relación costo-beneficio, hoy sale mejor no pagar. ¿Quién tiene crédito en el mundo de hoy? A escala mundial de están rompiendo las cadenas de pago". El Ejecutivo de Alberto Fernández, de momento, ha iniciado un proceso de renegociación con todos sus acreedores.

Argentina, Ecuador, en su día también Brasil, Uruguay, y el resto de países de la región saben por experiencia que los préstamos habitualmente llegan con severas condiciones. La mayoría de programas de las instituciones financieras internacionales, además de solicitar cuadrar el balance de pagos, exigen certezas, austeridad y ajustes, que traducido al español de América Latina significa recortes, pérdida de derechos y opresión.

06/05/2020 08:19

Por VÍCTOR DAVID LÓPEZ

@VictorDavLopez

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El agotamiento del desarrollo, la confesión de la CEPAL

Lo que puede ser interpretado como la confesión de una derrota que afecta a toda América Latina ha pasado casi desapercibida. Se acaba de admitir que todas las estrategias de desarrollo implementadas en la región están agotadas. No sólo eso, sino que además se fracasó en todas ellas. Esa es la confesión de la secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL).

A pesar de la gravedad de la declaración, no reaccionaron ni los gobiernos, ni la prensa, ni los actores ciudadanos directamente vinculados a la temática del desarrollo. Es más, la secretaria de CEPAL, Alicia Bárcena, avanzó más afirmando que el extractivismo, o sea la exportación de materias primas, es el que está agotado porque “concentra riqueza en pocas manos y apenas tiene innovación tecnológica” (1).

Estamos ante la confesión de la máxima autoridad del organismo económico más importante del continente, el que por un lado tendría que haber contribuido a evitar ese fracaso, y por el otro, haber asegurado el camino hacia lo que ellos conciben como un desarrollo virtuoso que reduce la pobreza y la desigualdad. Reconocer que nada de eso ha sucedido es admitir que la CEPAL no tenía estrategias realmente efectivas para ese propósito, o si se asume que sus propuestas eran las adecuadas, entonces los gobiernos serían los culpables por no haberlas seguido. Cualquiera de las dos posibilidades tienen muy graves connotaciones.

La admisión del fracaso

Resulta sorprendente que semejante confesión pasara desapercibida. Habría que preguntarse si la secretaria ejecutiva de la CEPAL reconoce eso en público porque ya todos los saben, y como muchos que son responsables de un modo u otro, nadie se ofenderá ni exigirá asumir las responsabilidades por ese fracaso. Es que hay un aire de fatalismo creciente en el continente que se siente en estas y otras situaciones que hacen a las estrategias de desarrollo.

Esto contrasta con el entusiasmo con que se discutía sobre desarrollo en el pasado reciente, tanto por políticos como académicos y militantes. Desde inicios de los años 2000 proliferaron en América Latina todo tipo de ensayos sobre otros modos de organizar el desarrollo, incluyendo cambios en el papel del Estado, la regulación de los mercados y las políticas públicas. Aquel ímpetu estuvo directamente asociado con los gobiernos progresistas, y a medida que éstos languidecieron, las expectativas con sus versiones del desarrollismo también menguaron.

La CEPAL navegó bajo distintas tensiones y ambigüedades frente a los ensayos desarrollistas del siglo XXI. Nunca fue una promotora entusiasta de algunas de sus versiones, coma la bolivariana, pero contribuyó a legitimar los modos más moderados, como el de Brasil bajo Lula da Silva. No abandonó sus propias propuestas, como las que en los años noventa postulaban la “transformación productiva” o la inserción en la globalización comercial. Más allá de los énfasis, la CEPAL se mantuvo fiel al credo del crecimiento económico como motor indispensable del desarrollo, y ponía su esperanza en ciertas regulaciones para educir la pobreza y la desigualdad.

Crecimiento económico y extractivismos

Asegurada la adhesión al crecimiento económico, se hacen concesiones que no lo pongan en riesgo. En ello está el origen de la aceptación de los extractivismos. De ese modo, la CEPAL llegó a apoyar el concubinato de los extractivismos con todo tipo de planes y estrategias de desarrollo, conservador o progresista, enfocándose en que se mejorara la gestión tecnológica (más limpios), se aumentara el dinero recaudado (económicamente más beneficiosos), y que se apaciguara la protesta ciudadana (menos conflictivos). Toleró los extractivismos a pesar que ello iba en contra de la temprana prédica cepalina que cuestionaba un desarrollo basado en exportar materias primas. Lo hizo porque esperaba que permitiera acumular capital que de alguna manera sirviera a cambios estructurales y a reducir la desigualdad. Como consecuencia, la CEPAL nunca fue una voz enérgica en denunciar sus severas consecuencias negativas.

Por ello, es tremendamente llamativo que ahora, en 2020, se reconozca que los extractivismos concentran la riqueza, apenas tienen innovación tecnológica y son parte de ese desarrollo que fracasó. Todo eso es lo que han dicho las organizaciones ciudadanas, unos cuantos políticos y un puñado de académicos, desde hace más de una década, sin ser reconocidos por la CEPAL.

Por el contrario, la comisión contribuyó a un nacionalismo de los recursos naturales, que sobre todo desde el discurso progresista insistía, en las exportaciones de materias primas para asegurar el crecimiento económico, y desde allí desplegar planes sociales. La discusión se centró, por ejemplo, en la recaudación fiscal sobre los extractivismos y no en el tipo de desarrollo que éstos implicaban. No se entendió que ese modo de apropiación de recursos naturales tienen impactos locales de todo tipo, pero que además generan condiciones que impiden una diversificación productiva.

Como ya se adelantó, esta situación es llamativa porque esa adhesión a los extractivismos en cierto modo contradice la prédica inicial de la CEPAL a favor de la industrialización y la autonomía comercial. Recordemos que el mandato fundacional de la comisión, en 1948, y luego bajo Prebisch en la década de 1950 y parte de 1960, se volcó a defender una industrialización, la revisión de los términos de intercambio, e incluso un mercado común continental. No es que estuvieran en contra de grandes emprendimientos mineros o petroleros, sino que consideraban como condición de atraso que éstos sirvieran únicamente al papel de proveedores de materias primas hacia el mercado internacional. Los extractivismos, en cambio, debilitan las opciones para una industrialización y a la vez imponen subordinaciones en el comercio externo, ya que deben aceptarse todas sus reglas si se quieren seguir exportando materias primas.

Cambio de rumbo y vuelco estructural

Con el paso del tiempo, la CEPAL poco a poco se apartó de aquellos propósitos para atender otras prioridades en el desarrollo. Por ejemplo, las propuestas cepalinas de la década de 1990 de una “transformación productiva con equidad” sumó un abanico tan enorme de metas, que varias de ellas terminaron siendo contradictorias entre sí (2). Por ejemplo, su adhesión a la globalización entorpecía su propuesta de industrialización, mientras que la insistencia en el crecimiento económico hacía imposible una sustentabilidad real. El “regionalismo abierto” de la CEPAL acentúo esos problemas (3). Las propuestas cepalinas nunca tuvieron un contenido teórico ni un apoyo político que permitiera atacar los obstáculos a la industrialización o a otra inserción comercial.

Más recientemente parecería que la CEPAL se recuesta más sobre el debate global acerca del desarrollo, como el que ejemplifica la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible o los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Sin duda, nadie puede estar en contra de perseguir algunas de las metas en esas plataformas, como asegurar el agua potable o el saneamiento, pero esos esquemas no suplantan ni resuelven las especificidades latinoamericanas.

Entonces no puede sorprender que la CEPAL tenga muchas dificultades en lidiar con la coyuntura actual y se sienta más cómoda en el pasado reciente. Se lanzan múltiples estudios sobre asuntos muy actuales, como el impacto de China en el continente, pero a la vez se sigue apuntando al neoliberalismo de las décadas de 1980 y 1990 como explicación de los problemas de hoy. Es así que cuando Bárcena admite que América Latina perdió las opciones de industrializarse, de promover la innovación y de reducir la brecha de desigualdad (otra confesión demoledora), lo explica culpando al neoliberalismo, que a su vez refiere a Milton Friedman y el Consenso de Washington.

Al hacerlo de ese modo, es como si se olvidara que en siglo XXI la región pasó por una fase de fenomenal crecimiento económico y en varios países se desmontaron unas cuantas de aquellas reformas de mercado. En sus explicaciones se desvanece la variedad de regímenes políticos que se sucedieron en el continente, cada uno con su ensayo sobre el desarrollo, desde Néstor Kirchner en Argentina a Juan Manuel Santos en Colombia, o desde Hugo Chávez en Venezuela a la irrupción de la extrema derecha en Brasil. Cualquier análisis del desarrollo actual requiere analizar estas circunstancias latinoamericanas.

Del mismo modo, no está nada claro si realmente se entienden todas las implicancias que tiene confesar el agotamiento del programa extractivista en particular y del desarrollo en general. Es que Bárcena afirma que hace falta una “vuelta estructural del modelo” para revertir ese agotamiento. Ese es otro propósito compartible, pero la duda está en qué entienden por “estructural” y por cambio en la CEPAL. Una reversión en las estructuras que resultan en las exportaciones de materias primas implicaría, por un lado una desvinculación selectiva de la globalización, y por el otro una integración regional dentro de América Latina aunque bajo otras premisas en organizar la industrialización. Es necesaria una postura muy distinta frente a la globalización, a los mercados globales y a su institucionalidad, como los acuerdos de la Organización Mundial de Comercio. La CEPAL nunca avanzó decididamente en ese tipo de cuestionamientos y alternativas, y por ello no está claro cuán estructural es el cambio que pregonan.

Los fantasmas de Prebisch

¿Qué dirían los fantasmas de Prebisch y sus compañeros de aquella CEPAL si escucharan que hoy se reconoce que todas las opciones de desarrollo fracasaron? ¿Qué sentirían al constatar que las materias primas siguen siendo los principales rubros de exportación de América Latina? ¿Cómo reaccionarían al observar la sucesión de planes de industrialización que no llegan a consolidarse?

Estas y otras interrogantes están vigentes porque la mirada de aquel estructuralismo inicial y los debates sobre el desarrollo de cuño prebischiano siempre criticaron la dependencia en exportar materias primas propia de los extractivismos. Una y otra vez intentaban apartarse de esa adicción.

No puede negarse que la situación actual de América Latina es muy distinta a la de 1948, cuando se creó la CEPAL. Por lo tanto es comprensible que las propuestas actuales difieran de las de aquellos años. Del mismo modo, las ideas de Prebisch de aquel tiempo, enfocadas en un “desarrollo hacia adentro”, no pueden ser trasladadas a la actualidad como un todo, aunque muchos de sus aportes siguen vigentes, y varios de los que fueron desechados merecerían ser resucitados. Tampoco puede olvidarse que el mismo Prebisch actualizó sus concepciones sobre el desarrollo, como lo hizo en 1981 en uno de sus últimos libros, “Capitalismo Periférico” (4).

Pero lo que sí se echa de menos son actitudes como las de Prebisch y su equipo en aquella CEPAL, avanzando en análisis críticos y rigurosos, independientes pero a la vez comprometidos con América Latina, y enfocados en buscar alternativas. Decía Prebisch en 1963: “Es todavía muy fuerte en América Latina la propensión a importar ideologías, tan fuerte como la propensión de los centros a exportarlas”, y para ser más claro agregaba: “Ello es residuo manifiesto de los tiempos de crecimiento hacia afuera”. No rechaza el aporte desde otros ámbitos y regiones, pero insistía en que “nada nos exime de la obligación intelectual de analizar nuestros propios fenómenos y encontrar nuestra propia imagen en el empeño de transformar el orden de cosas existente” (3).

Aquella “vieja” CEPAL producía ideas novedosas como respuestas a los problemas más agudos de su tiempo, y muchas de ellas fueron muy incisivas y por ello fueron tan resistidas. Los gobiernos no eran indiferentes, algunos las rechazaban otros intentaban aplicarlas cada uno a su manera. Había una visión, una aspiración y hasta un sueño de una gran narrativa de cambio, el “empeño” en transformar el orden actual, y es ese talante el que se fue desvaneciendo con el paso de los años.

Es esa postura, esa intransigencia en buscar el camino propio, la que más se necesita hoy en día dado que se reconoce que la propia idea de desarrollo está en crisis. No solo ha colapsado la concepción del crecimiento económico perpetuo, sino que eso también ha arrastrado en su caída a la categoría desarrollo. La confesión muestra que la CEPAL de alguna manera lo comprende, y que seguramente también lo entienden muchos dentro de unos cuantos gobiernos latinoamericanos. Es insostenible la tesis simplista de un crecimiento económico que asegura el desarrollo, ya que casi todos los países pasaron recientemente por una fase de expansión pero sin solucionar problemas como formalidad del empleo, equidad o industrialización. Hoy también es evidente que la propia idea de desarrollo está agotada. Se ha probado de todo, y el resultado final ha sido muy magro.

Este reconocimiento sería una oportunidad notable para abordar otro tipo de alternativas que estén ubicadas más allá del desarrollo. Pero como todos son más o menos responsables de este agotamiento, parece ser que siguen operando las barreras que impiden dar ese paso. Tal vez sea necesario rescatar del olvido a los fantasmas de Prebisch para, como él decía, “encontrar nuestro propio camino”

 Notas:

(1) América Latina ha perdido el tren de la política industrial y la innovación, I. Fariza entrevista a A. Bárcena, El País, 7 febrero 2020.

(2) La transformación productiva con equidad. La tarea prioritaria del desarrollo en América Latina y el Caribe en los años noventa. CEPAL, Santiago, 1990.

(3) El regionalismo abierto en América Latina y el Caribe. La integración económica al servicio de la transformación productiva con equidad. CEPAL, Santiago, 1994.

(4) Capitalismo periférico. Crisis y transformación. R. Prebisch. México, Fondo de Cultura Económica, 1981.

(5) Hacia una dinámica del desarrollo latinoamericano. R. Rebisch. México, Fondo de Cultura Económica, 1963 (2da ed., 1971), pág. 20.

Eduardo Gudynas es analista en temas de ambiente y desarrollo en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES). La versión completa de este artículo está disponible en EconomiaSur.com Twitter: @EGudynas

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Lourdes Casanova, Directora del Instituto de Mercados emergentes

La profesora de la universidad de Cornell (EE UU) llama al regreso de los bancos de desarrollo: "Hace falta algo más que solo mercado y la región no puede ir en dirección contraria"

La receta de crecimiento de las últimas décadas ha dado un giro drástico: de la idea de que la mejor política industrial es la no política industrial, que tantos adeptos sumó en las últimas décadas, se ha pasado, en unos pocos años, a la revalorización de la figura del Estado como timón que fije el rumbo a largo plazo. "Hemos entrado en otra fase", confirma Lourdes Casanova (Fraga, 1958) directora del Instituto de Mercados Emergentes y profesora de la Escuela de Administración Samuel Curtis Johnson, ambos adscritos a la Universidad de Cornell. Y América Latina —una de las regiones que más de cerca sigue desde la academia— no puede ser ajena a esta nueva realidad: “Ha de tenerla en cuenta. Hay una vuelta a los bancos de desarrollo en todo el mundo, muchos países de la región se han dado cuenta de que hace falta algo más que solo mercado y la región no puede ir en dirección contraria. En Estados Unidos, por ejemplo, han crecido las voces que piden al Estado tener un papel importante en la puesta en marcha de la red 5G, algo que habría sido impensable hace unos años”, apunta en conversación con EL PAÍS en un céntrico hotel neoyorquino, a un paso de Central Park.

La revalorización de la función rectora del Estado ha exhibido la realidad contraria, sobre todo en América Latina: "Que igual se ha ido demasiado lejos en la desindustrialización de sus economías a la busca de beneficios a corto plazo. Claramente, se han equivocado en renunciar a una política industrial". En un mundo cambiante, subraya Casanova, la necesidad de planes a largo plazo es más importante que nunca. "Y eso es, lamentablemente, todo lo contrario a lo que vemos en muchos países latinoamericanos, donde los bandazos y cambios de dirección son demasiado frecuentes, y apenas se piensa en medio y largo plazo. El consenso en torno a políticas de futuro es lo que da fuerza a una

La sempiterna ausencia de valor añadido sobre las exportaciones latinoamericanas es, apunta, un buen ejemplo de a qué se refiere cuando habla de ausencia de planificación con luces largas. “Pensemos en la soja: Argentina y Brasil se han convertido en dos de los mayores productores mundiales de soja, en buena medida para abastecer el mercado chino. Pero hasta ahora no han sido capaces de darle un valor añadido al producto”. ¿Se puede hablar de maldición de las materias primas? "Ni mucho menos; solo hay que ver los casos de Canadá, EE UU, Australia o Nueva Zelanda. Son una bendición, pero solo si eres capaz de agregarles valor. No tiene sentido, por ejemplo, que una de las mayores partidas de importaciones de México sea la gasolina: no es normal exportar petróleo e importar carburante".

La otra gran lección del discurrir de la economía global en los últimos años es que la lucha por ver quien produce más barato "se ha terminado". Es una batalla, afirma la profesora de Cornell, que ha ganado Asia: primero China —"que ahora ya ha pasado a otra fase, de inversión, a la que hay que prestar mucha atención, porque participa cada vez en más compras de empresas en el extranjero"— y, más recientemente, Vietnam y Camboya. "Es algo que tiene que aprender América Latina y, muy especialmente, México, un país que hoy por hoy tiene un coste laboral incluso más bajo que China cuando, a la larga, lo que sirve es la escala, la cadena de valor y el tamaño del mercado interno".

La integración comercial, clave para el crecimiento

En su abanico de recomendaciones, Casanova, hoy referente en una universidad que compite en las grandes ligas de las universidades estadounidenses tras años de docencia en la prestigiosa escuela francesa de negocios Insead, no se limita a los Gobiernos y llama también a la reflexión a los grandes capitales latinoamericanos. "Tener una de las sociedades más desiguales del mundo lastra mucho el crecimiento: tienen que recuperar el espíritu de sus antecesores, que era contribuir al desarrollo de sus países". También ser conscientes, añade, de que "para que sus empresas prosperen es necesario que aumente el consumo. Y de que la pobreza y la desigualdad no son solo problemas éticos gravísimos, sino una rémora para el crecimiento económico".

¿Vamos hacia una mayor integración comercial en América Latina? Cada año, según un reciente informe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la región afronta una factura superior a los 11.000 millones de dólares por, en vez de tener un único acuerdo comercial, contar con dos grandes bloques (la Alianza del Pacífico y Mercosur) y una treintena larga de acuerdos bilaterales. No será fácil, pero el camino a seguir es, "inevitablemente", integrarse más para poder competir como bloque. "Ojalá llegue pronto. Pero, mientras tanto, hay que acabar con la fragmentación en la medida de lo posible: impide coordinar los esfuerzos de desarrollo de tecnología y de innovación, que deberían ser regionales. Cada país, simplemente, no puede hacer la guerra por su cuenta"

Por Ignacio Fariza

5 NOV 2019 - 14:44 COT

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La ONU alerta de que el auge mundial del consumo de opioides ya es una “crisis” en África

El informe anual sobre drogas advierte del gran aumento del uso del tramadol fuera de los circuitos médicos regulados

 

 

El auge mundial del consumo de opioides sintéticos está lejos de detenerse y el abuso de estas sustancias ya está provocando una "crisis" en zonas del planeta como África y Oriente Próximo, alerta el Informe mundial sobre drogas 2019 de la ONU presentado este miércoles en Viena.

El estudio pone el foco en la enorme popularidad que está adquiriendo el tramadol, una presentación que proporciona los efectos analgésicos típicos de los opioides. También se utiliza como relajante y para mejorar el rendimiento intelectual y físico.

"Esto hace al tramadol atractivo para amplios sectores de la sociedad, incluyendo estudiantes durante los exámenes y conductores de autobús y taxi en una serie de países en desarrollo que, de otra forma, no usarían opioides", señala el informe.

Las incautaciones de esta sustancia en todo el mundo han pasado de 10 kilos en 2010 a 125.000 en 2017 y la ONU alerta sobre su impacto en la salud en una región del planeta con escasos recursos. El tramadol para uso no médico es elaborado ilegalmente en el sudeste asiático y tiene en Nigeria su principal puerta de entrada a África.

La oficina de la ONU advierte que, aunque esta droga no ha recibido la misma atención mediática que sustancias como el fentanilo, es un peligro que "requiere igualmente la atención internacional". La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte de que el uso no médico del tramadol "tiene el potencial de precipitar el abuso y la dependencia de la droga".

En Nigeria cuatro millones de personas, un 4% de la población adulta total, probó esta droga al menos una vez en 2016. En Egipto el tramadol es ya la segunda droga más consumida entre los alumnos de secundaria y también se ha detectado un extendido uso en Irán y Palestina.

"El uso no médico de opioides en África es un grave problema", alerta Angela Me, la principal autora del informe. Según Me, se ha desarrollado un mercado propio de producción y venta ilegal de tramadol, con dosis mucho más altas que las del producto farmacéutico que se compra con receta. La ONU señala que la facilidad de acceso, su menor precio y la noción de que al ser un medicamento —en España se vende como analgésico con receta—  es menos peligroso explican su elevado uso.

Más allá del tramadol, el informe concluye que la población que consume opiáceos —término que incluye un grupo de sustancias que van desde el opio natural y sus derivados, como la heroína, a moléculas sintéticas como el fentanilo y el tramadol— aumentó un 56% en los dos últimos años. La ONU considera que la crisis que vive Estados Unidos, con decenas de miles de muertes, no está ni de lejos acabada.

Más muertes

El informe de la ONU también destaca que el consumo de drogas causa más muertes que nunca y que el mercado ilegal está en máximos históricos. Naciones Unidas ha elevado su estimación de muertes vinculadas al consumo de drogas en el mundo hasta unas 585.000 en 2017, frente a los 450.000 fallecimientos que calculó que se produjeron en 2015. Esta subida se debe a una mejor comprensión de la situación global gracias a nuevos datos, entre otros, procedentes de India y Nigeria, dos de los países más poblados del mundo.

Estos datos "completan y complican aún más la imagen global que plantean los desafíos que afrontamos", resume en el informe el director de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), Yuri Fedotov. En 2017 unos 271 millones de personas —el 5,5% de la población mundial de 15 a 64 años— consumió drogas, una cifra similar a la del año anterior, pero un 30% mayor que la de 2009. De esos consumidores, los más problemáticos son los que tienen graves problemas de drogodependencia, que pasan de 30,5 a 35 millones debido a los nuevos datos aportados por la India y Nigeria.

La droga más popular es el cannabis, con unos 188 millones de consumidores, pero las más letales, con diferencia, son los opioides, causantes de dos tercios de las muertes atribuidas al consumo de estupefacientes. 

Por el lado de la producción, tanto el opio como la cocaína alcanzaron niveles récords, mientras que las drogas sintéticas siguen expandiéndose. La producción mundial de cocaína en 2017, estima el informe, alcanzó un récord histórico con 1.976 toneladas, un 25% más que el año anterior. El 70% de esta producción, con una pureza del 100% procede de Colombia, país que entre 2013 y 2017 prácticamente triplicó la superficie destinada a su cultivo al pasar de 48.000 a 171.000 hectáreas, recoge la ONU.

También la cantidad de cocaína incautada por las fuerzas de seguridad es la mayor de la historia:  1.275 toneladas, un aumento del 13% respecto al año anterior y un dato que parece apuntar a una mejora de la cooperación policial internacional. Los enormes decomisos de cocaína realizados significan que "la cantidad de cocaína disponible para el consumo ha aumentado a un nivel más lento que la producción", señala el informe. Pese a ello, destaca la ONU, el consumo de esta droga "está creciendo en Norteamérica y Europa Occidental".

La producción de opio estimada en 2018 ascendió a 7.790 toneladas, cifra de las más altas de la serie histórica, aunque inferior a la del año anterior. Afganistán es de largo el mayor productor de opio del mundo, pero detrás se sitúa ya en 2017 México con 586 toneladas, después de superar a Myanmar. Los cultivos de adormidera en México han subido anualmente en la última década desde las 6.900 hectáreas de 2007 a las 30.600 de 2017.

Las drogas sintéticas también están en auge y siguen expandiéndose. En Asia, el continente más poblado, son las más consumidas. La ONU reconoce que es difícil hacer estimaciones sobre estas drogas sintéticas, pero el incremento de las incautaciones y el descenso de los precios apuntan a un mercado en continua expansión.

EFE

Barcelona / Viena 26 JUN 2019 - 13:41 COT

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Bolsonaro en EEUU: el placer de la sumisión

Mientras la Bolsa de Valores de Sao Paulo bate todos sus récords históricos, superando los 100.000 puntos, el presidente Jair Bolsonaro aceleró el paso de la subordinación de Brasil a la Casa Blanca, y al Pentágono en particular, al liberar la base de cohetes de Alcántara para ser utilizada por EEUU, además de otros países.

 

La visita de Bolsonaro y algunos de sus ministros a Washington tuvo perfiles casi grotescos. El ministro de Economía de Brasil, Paulo Guedes, dijo a los empresarios estadounidenses:
"Tenemos un presidente con cojones para controlar el gasto público". Siguió de largo:"Tenemos un presidente que adora la Coca-Cola y Disneylandia", para finalizar la tirada comparando el gasto público con el 'estatismo soviético'.


Días antes de la visita de Bolsonaro a EEUU, el presidente de Petrobras, Roberto Castello Branco, se despachó con una frase que muestra lo que están pensando en el Gobierno: "Como liberales, somos contrarios a las empresas estatales. Petrobras privatizada y el BNDES extinto, serían mi sueño".


La comitiva presidencial se deshizo en elogios y expresiones de 'amor' a EEUU, con este tipo de declaraciones que nunca conforman al oyente, precisamente porque muestran la baja estatura del interlocutor. Mantuvo una reunión con Steve Bannon y una polémica e innecesaria visita a la sede de la CIA en Virginia, la primera que realiza un presidente brasileño.
El hijo del mandatario, el diputado Eduardo Bolsonaro, dijo a los medios que la CIA es "una de las agencias de inteligencia más respetadas del mundo" y que la visita pretendía "abordar asuntos de la región". En sus encuentros afirmó que EEUU tiene la capacidad militar y económica para "liberar Venezuela", contradiciendo la posición expresa de las Fuerzas Armadas de Brasil.


Más allá de los dislates dialécticos, el presidente firmó un acuerdo largamente acariciado por el Pentágono, como es la autorización para usar la base de cohetes de Alcántara "con fines pacíficos", con lo cual EEUU obtiene ventajas, al estar situada muy cerca de la línea ecuatorial, lo que permite abaratar costos de lanzamiento.


En la reunión con Trump, Bolsonaro se negó a descartar la opción de una invasión armada a Venezuela para derrocar a Nicolás Maduro, en evidente contraste con la posición adoptada por el vicepresidente, general Hamilton Mourao, que descartó esa posibilidad en la reunión del Grupo de Lima en Bogotá a fines de febrero.


Brasil está a la deriva. La estrecha alianza con EEUU es apenas una muestra del desconcierto que ya empieza a calar entre los propios militares. Las declaraciones de los altos cargos resultan aún más desconcertantes. No solo proponen privatizar Petrobras y el banco de desarrollo (BNDES), sino también el Banco do Brasil. Se asegura que Vale —la segunda minera del mundo— en realidad no es privada porque está bajo control de los fondos de pensiones de empresas estatales, y pretenden 'reprivatizarla'. Llegan incluso a barajar la idea de reducir hasta el 50% el funcionariado estatal, apostando a la digitalización para no sustituir a quienes se jubilan


El diplomático Paulo Roberto de Almeida, dimitido del Instituto de Investigaciones de Relaciones Internacionales, asegura que el canciller Ernesto Araújo está tutelado, y probablemente lo esté todo el Gobierno, por parte de los militares.


"Se estableció una especie cordón sanitario en torno al canciller y a la propia Itamaraty (Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil), porque el canciller subvirtió la jerarquía de mando del ministerio, algo que los militares consideran inaceptable". Concluye afirmando que "para los militares es inaceptable la subordinación a EEUU".


Entiendo que Brasil está en una encrucijada. Los militares tienen los principales resortes del Gobierno en sus manos, pero carecen de una orientación definida sobre el papel que el país debe jugar en el mundo y en la región, y un mínimo proyecto de nación que involucre a toda la población, no solo a las clases altas.


El politólogo José Luis Fiori detalla los principales desafíos que enfrenta Brasil en esta era de profundos cambios geopolíticos: la plena integración y ocupación de la Amazonia; la defensa de los yacimientos marítimos de petróleo en el Atlántico Sur; la expansión económica hacia el Pacifico, ya que China es su principal socio comercial; construir alianzas en su 'entorno estratégico', o sea Suramérica y la costa occidental de África; y finalmente, la proyección internacional del país.


Sin embargo, Brasil va en la dirección opuesta. En lo interno, 53 millones dependen aún del plan Bolsa Familia que traspasa alimentos y subsidios a los más pobres y el 50% de la fuerza de trabajo recibe menos de un salario mínimo. Está entre los diez países más desiguales del mundo y en proceso de desmontar servicios educativos y de salud, entre otros.


La vulnerabilidad interna que provocan las disparidades sociales, regionales y raciales, puede estallar en cualquier momento haciendo trizas la respetabilidad de los uniformados. Aún quienes no comulgamos con la dictadura militar brasileña (1964-1985) ni con el anticomunismo que inspiró su gestión, debemos reconocer que en esas dos décadas Brasil se industrializó, se realizaron obras de infraestructura vitales, millones de pobres dejaron las áreas rurales para integrarse como empleados en las grandes ciudades.


Aquellos militares tenían un proyecto de nación, crearon y defendieron las empresas estatales en las áreas consideradas estratégicas. ¿Hacia dónde va un país que pretende privatizar sus empresas decisivas, poniendo en jaque la soberanía nacional? ¿Estarán los militares dispuestos a aceptar la privatización de Petrobras, o de sus áreas más importantes, perdiendo una herramienta clave para orientar la economía y el país?


En esta era de turbulencias globales, cuando la superpotencia pierde su hegemonía y el centro del mundo se traslada de Occidente hacia el continente asiático, amerita debates serios y profundos sobre el papel que debe jugar cada nación y cada región. No es con bravatas machistas contra el 'marxismo cultural' como podrá ponerse de pie Brasil. Cuando soplan vientos de conflictos mundiales, no hay otro camino que aferrar con fuerza el timón y mantener el norte para llegar a buen puerto.

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De la fiesta por la Democracia y la Libertad de 8ª Conferencia Latinoamericana y del Caribe de la CLACSO, al Estado de Sitio por La Cumbre del G-20

A Buenos Aires centro la recorre un fantasma en medio de la bronca que se armó por el quilombo bochornoso en la antesala de la final fallida de la Copa Libertadores de América entre River Plate y Boca Juniors.

 

El silencio es un habitante desconocido que aparece en cada esquina mimetizado en la soledad de las calles, auspiciado, ordenado más bien por el Gobierno de Mauricio Macri para recibir a los representantes del gran capital financiero transnacional que del 29 de noviembre al 1 de diciembre realiza en la Capital Argentina la reunión del G-20. Es la materialización de la globocolonización del Norte, que demanda de los ciudadanos bonaerenses y de los extranjeros presentes, el confinamiento en su ciudad. El centro ha sido dividido en parcelas con fronteras cerradas por gendarmes policiales que impiden la salida y entrada a las mismas. La ciudad estará cercenada: el espacio aéreo, los aeropuertos, el mismo Río de La Plata, La Plaza de Mayo y por ende la zona aledaña a la casa de Rosada. El Obelisco, los trenes y el subte (metro) al servicio de los intereses del sistema financiero internacional que controla los gobiernos.

 

 

Los avisos luminosos que en la avenidas y calles regularmente informan a los conductores con “Siempre prioridad al peatón” ahora se cambiaron por ordenanzas micro que espetan los cortes, las prohibiciones, los impedimentos que deben guardar los bonaerenses y los miles de turistas so pena de infringir la ley autoría de Macri que obsecuente desaloja a quienes construyen la vida cultural de esta magnifica ciudad para que la habite el miedo donde el proyecto Neoliberal se sienta a todo confort: finalmente el silencio y el miedo son su alimento. Las mismas órdenes se leen en los ascensores de los edificios, en los hoteles y en las mas diversas páginas de internet.

 

En la Avenida de Mayo, el silencio es interrumpido por los radios que los efectivos de la fuerza de Policía Federal Argentina portan apostados en cada esquina. En los kioscos donde se adquieren los diarios cuelga la portada de Página 12: “ALERTA ROJA” y en la parte superior desnuda la situación: “El Gobierno se prepara como para una posible guerra” En el marco del G-20 los principales hospitales de la Ciudad de Buenos Aires suspendieron las cirugías y las licencias de los profesionales. Sólo atenderán pacientes de PAMI si hay riesgo de vida. Se menciona “la presencia de una inminente hipótesis de conflicto”.

 

 

Aunque las marchas y otras manifestaciones fueron prohibidas la fuerza social se impuso y a expensas del Premio Nobel de Paz, Adolfo Pérez Esquivel, el gobierno se vio obligado a permitirla poniendo la responsabilidad de lo que suceda por fuera de los márgenes institucionales, en los convocantes a la protesta. El Nobel responde que la seguridad es responsabilidad del Estado: la marcha fue convocada para las 15 horas de éste 29 de noviembre. Llegará este bullicio multicolor de dignidad frente a la Casa Rosada donde durante 2.119 semanas las madres de la Plaza de Mayo marchan por la justicia y la memoria de los desaparecidos. Ellas los están esperando. En la última marcha, hace 8 días un jueves como hoy la icónica fundadora del movimiento de las Madres de la Plaza de Mayo Hebe de Bonafini manifestó “Este Gobierno es lo más terrible después de la dictadura”

 

Contrasta este aire rioplatense contaminado por la presencia imperial del G-20, con la fiesta contrahegemónica que se vivió en esta ciudad durante La 8ª Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales y La 26ª Asamblea General del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y El Primer Foro Mundial de Pensamiento Crítico que enarbolaron las banderas de la luchas por la igualdad, la justicia social y la democracia, realizados entre el 17 y el 23 de este emblemático noviembre.

 

En consonancia Hebe de Bonafini frente a los operativos de seguridad por la cumbre del G-20 manifiesta: “Tienen mucho miedo porque son una basura, están cagados”.

 

 

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*Educador popular, profesor universitario

Foto tomada de: L20 Argentina 2018 | Labour 20

Publicado enInternacional
Miércoles, 29 Noviembre 2017 18:19

La farándula de la ciencia

La farándula de la ciencia

Para argumentar la importancia de divulgar la ciencia en Colombia se compara, como siempre, con Europa y EE.UU, dejando de lado las condiciones que llevaron a estos países a esa posición de vanguardia. Por ejemplo, la inversión en CyT allí supera el 2.5 por ciento del PIB, mientras que en Colombia es el 0.3.

Desde hace un par de años en Colombia aumenta la divulgación y visibilización de la ciencia a tal punto que ahora se realizan eventos para enseñar a la comunidad académica a explicar sus publicaciones ante el público en general. Esto, basado en la idea de que en Colombia sí hay ciencia pero hace falta divulgarla. Sin embargo, esta idea lo que hace es ocultar dos realidades evidentes: 1. Colciencias nunca ha tenido un presupuesto adecuado para el reto de desarrollar la Ciencia y Tecnología (CyT desde ahora) en nuestro país y 2. Colciencias ha inflado los índices de medición del GrupLac para estar bien posicionado en las mediciones internacionales.

Para argumentar la importancia de divulgar la ciencia en Colombia se compara, como siempre, con Europa y EE.UU, dejando de lado las condiciones que llevaron a estos países a esa posición de vanguardia. Por ejemplo, la inversión en CyT allí supera el 2.5 por ciento del PIB, mientras que en Colombia es del 0.3. Además, aquellos países y grupos de tales, han sostenido esos porcentajes durante décadas y sin descanso, dado que desde hace décadas comprendieron que solo en el largo plazo esta prioridad logra los propósitos buscados. Así pues, estos cambios no se consiguen en un periodo presidencial.

Algunos científicos del país, en su afán de mostrar los avances de sus investigaciones se han ido convirtiendo de a poco en “instagramers” y “tuiteros” de las redes sociales en los que muestran algunas gráficas o imágenes en centros de investigación con leyendas del tipo: “Aquí aprendiendo de los mejores con los mejores” refiriéndose, claro está, a algún amigo suyo. Hay una inmensa preocupación, por mostrar la pertinencia de la CyT en el país, pero una poca preocupación por desarrollarla adecuadamente, a tal punto que nos parece que estamos avanzando cuando compramos un instrumento de laboratorio que sabemos manejar pero que no entendemos el detalle de su funcionamiento para así producir algo nuevo con él. Perspectiva científica que nos sigue manteniendo en el subdesarrollo económico, pues un par de años después tendremos que pagarle al vendedor por el mantenimiento o reparación cuyo valor, en algunos casos, excede el precio que se pagó por el instrumento.

Una muestra de lo anotado es la idea del director actual de Colciencias, Dr. César Ocampo, que propone poner en órbita cinco satélites para monitorear el medio ambiente y el territorio colombiano, esto es sin duda una gran idea. Sin embargo, al leer el artículo publicado por El Tiempo sobre los detalles del proyecto, lo que en realidad se quiere hacer es contratar una compañía extranjera que construya satélites, los ponga en órbita y nos entregue las imágenes o datos para ser analizados. Lo que convierte la gran oportunidad de darle al país un envión para que entre en la era espacial, en un plan para hacer un análisis de imágenes que luego serán puestas en las redes sociales para hacer farándula científica.

Valdría la pena, en una perspectiva de largo plazo, iniciar con ese dinero el plan Colombia Espacial e iniciar la construcción y puesta en marcha del primer satélite colombiano en órbita. Esto no se haría en un año sino en 5 o 10, pero nos daría la oportunidad de poner en un proyecto de esa magnitud a los mejores científicos e ingenieros del país, pues la complejidad de este tipo de proyectos es alta, cosa que sabe muy bien el Dr. Ocampo por su experiencia en la NASA. Luego, cuando logremos el primero, los siguientes serán cuestión de tiempo y lograremos una capacidad que estaría a la par de México, Argentina y Brasil. En ese momento, nos podríamos dedicar a divulgar los resultados mediante aplicaciones para teléfonos celulares y, si se quiere, programas de ciencia ciudadana donde sea la gente la que haga el análisis de las imágenes en línea con una página web destinadas para esto, y así contribuir al conocimiento de nuestro país.


No podemos seguir siendo importadores de ciencia que sabemos usar pero que solo entendemos para “mejorar” los registros de Colciencias. Los científicos del país tenemos la obligación de ponerle un freno a esta tendencia que premia los índices y castiga las investigaciones a largo plazo, porque no producen artículos rápidamente. Recuerden: las fotos con rectores y personalidades no son publicables.

Lunes, 04 Septiembre 2017 06:58

Llega la versión europea del ALCA

Llega la versión europea del ALCA

De cerrarse el acuerdo se reducirán brutalmente los márgenes aplicables de políticas industriales, comerciales y tecnológicas. Argentina avanza a cualquier costo para mostrar una mayor integración al mundo y seguir soñando con la “lluvia de inversiones”.

 

Tragedia histórica



Desde el intercambio de ofertas que tuviera lugar en mayo de 2016, se han producido importantes avances en la negociación para la conformación de un tratado de libre comercio entre la Unión Europea (UE) y el Mercosur. En el caso del bloque sudamericano las negociaciones se han realizado en absoluto secreto y con una total falta de transparencia respecto de la sociedad civil. La falta de información se mantiene a pesar de las promesas de la ex Canciller Susana Malcorra de compartir datos con legisladores nacionales así como del compromiso asumido por distintos funcionarios de alto rango del Ministerio de Relaciones Exteriores argentino con las cámaras industriales y las centrales sindicales, en ambos casos preocupadas con respecto a los impactos del acuerdo sobre la producción y el empleo.


¿A qué responde ese secretismo y opacidad en las negociaciones? Fundamentalmente a que, bajo las condiciones actuales de negociación, se trata de un pésimo acuerdo para Mercosur en general y para Argentina en particular. Ello responde a que durante la negociación se han impuesto los intereses de UE de diversas formas: 1) al excluir de la negociación a las carnes bovinas, el biodiesel y el etanol, productos que concentran las mayores oportunidades para Mercosur; 2) al definir una serie de productos “ultrasensibles” dentro del universo agrícola, para los cuales UE va a presentar su oferta de liberalización una vez que se hayan definido las elecciones presidenciales en Alemania; 3) al incluir nuevos temas de negociación de interés de UE, tales como “comercio y desarrollo”, “comercio electrónico”, “empresas estatales”, “materias primas y energía”, “pequeñas y medianas empresas” y “subsidios”; 4) al imponer la inclusión de múltiples cláusulas que exceden los compromisos aceptados por los países de Mercosur en el marco de la Organización Mundial del Comercio (OMC); y 5) al obligar al bloque regional a que flexibilice crecientemente sus posiciones originales a favor de un acuerdo más equilibrado.


En suma, Mercosur se encuentra realizando múltiples concesiones en la negociación ante una región profundamente más desarrollada, por lo que de cerrarse el acuerdo se reducirán brutalmente los márgenes aplicables de políticas industriales, comerciales y tecnológicas. Los análisis de impacto existentes muestran que la eventual firma del acuerdo generará resultados comerciales positivos sólo en el caso de UE, mientras que Mercosur se verá perjudicado por un mayor déficit comercial bilateral y por la reprimarización de su producción y su oferta exportable, allende la consabida inundación de productos industriales de media y alta tecnología provenientes de Europa.


Los funcionarios del gobierno argentino reconocen sotto voce que se trata de un acuerdo nada beneficioso para el país en términos comerciales. Sin embargo, la definición política al más alto nivel es la de firmar a cualquier costo el acuerdo con un doble objetivo: por un lado, fortalecer la “señal política” de que Argentina se acopla al mundo a través de la firma de acuerdos de libre comercio; por el otro, esperar ingenuamente que este mal acuerdo en términos comerciales provoque la añorada “lluvia de inversiones”.
Doce años después de que se produjera el rechazo a la conformación de un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), nos encontramos en un punto similar. Si bien la negociación entre Mercosur y UE no tiene la misma connotación negativa –sólo por no estar involucrado en la negociación Estados Unidos, el más claro exponente del neoliberalismo mundial– el repaso detallado de sus capítulos y sus cláusulas nos lleva a concluir que se trata en términos objetivos de un acuerdo tremendamente ambicioso, que excede claramente los temas estrictamente comerciales, y que se lo puede considerar como aún más nocivo que el ALCA para las posibilidades de desarrollo futuro de la región.


Estamos ante la consumación en tiempo real de una tragedia histórica para las posibilidades de industrialización y desarrollo futuro de Argentina, con consecuencias que serán irreversibles sobre el tejido industrial y la posibilidad de generar empleo de calidad y bien remunerado.

 

Por Carlos Bianco, docente investigador de la Universidad Nacional de Quilmes y asesor de la Secretaría de Relaciones Internacionales de la CTA de los Trabajadores.

Publicado enEconomía
Domingo, 28 Mayo 2017 06:15

El origen

El origen

Brasil está sumergido en una crisis de proporciones que esta teniendo impactos negativos en la región. Restar importancia al lugar central que ocupa en la dinámica económica y política de su entorno geográfico es una muestra de desconocimiento del recorrido histórico del líder latinoamericano. No sólo aparecieron cientistas sociales que han empezado a minimizar la relevancia de Brasil como potencia, sino que también han concentrado la explicación del estallido exclusivamente en la debacle de los políticos asociada con una red de corrupción pública-privada. De ese modo desplazan del debate el origen que gatilló el derrumbe y que dejó al desnudo las miserias de un sector importante de la clase política y del establishment brasileño. Ese punto de partida es la crisis económica precipitada por un descomunal ajuste fiscal y monetario. La descomposición de una forma de hacer política y de un sector de la clase política brasileña es el síntoma del desastre económico al que condujo una estrategia de gestión dominada por la bicicleta financiera y el ajuste permanente.


El dispositivo para exculpar a las medidas económicas de castigo a los sectores populares con concentración de la riqueza se basa en orientar el análisis acerca de una clase política decadente. Así quedan libres de responsabilidad quienes han promovido e implementado iniciativas que lanzaron a la principal economía latinoamericana a la depresión. Es la inversión del sentido común. Brasil se hunde, en un contexto externo no tan favorable, cuando comienza a satisfacer todas las demandas del establishment, especialmente la de reducción del gasto público social. El objetivo exigido era la destrucción de las bases económicas del populismo. La ortodoxia económica arrastró al país de ese modo hacia el desastre. La inestabilidad política, característica de las históricas alianzas brasileñas en un Congreso atomizado, ha sido potenciada por la crisis económica.


Otras experiencias en la región e incluso en Brasil enseñan que las tormentas políticas son manejables cuando la economía ofrece indicadores positivos en un contexto de bienestar general. Las crisis políticas con desenlace en represión, muertes y desorden social son consecuencia de una crisis económica previa desencadenada por el ajuste. Cuando comienza ese circuito de deterioro, la política y la economía se van retroalimentando, pero el origen se encuentra en lo último.


La habilidad del poder económico dominado por la lógica de las finanzas globales, cuyos representantes públicos en cargos o en los medios son economistas de la ortodoxia o heterodoxos conservadores, es desentenderse de los efectos de medidas que castigan a la mayoría de la población y hunden a la economía en la recesión. Cuando irrumpe la reacción por el hastío social por la pérdida del bienestar, gran parte de la clase política no sabe dar respuesta a esa situación porque, convencida por ideología o comprometida por negocios corporativos, se abrazó a los verdugos o son parte de ellos. En ese momento comienza la cacería de políticos, arrinconados por casos ciertos o inventados de corrupción o por la ineptitud en la gestión diaria, pasando a ocupar el lugar de los principales culpables de la crisis. Es repudiable el manejo irregular de fondos públicos y la red de corrupción pública-privada asociada a campañas políticas o enriquecimiento personal. Esa clase política obviamente es responsable de la debacle pero lo es, fundamentalmente, por haber dispuesto programas que hunden a la economía en la depresión.


Causalidad


La debacle económica brasileña con su derivación en la política tiene antecedentes en la región que sirven para entender la causalidad de esos procesos. El caso argentino puede ofrecer dos experiencias no muy lejanas para comprender en forma amplia la secuencia de una crisis generalizada.


El derrumbe del gobierno de Raúl Alfonsín, con saqueos, muertes, represión y entrega adelantada del poder político, fue el saldo traumático de una política económica que derivó en hiperinflación. Fue el fracaso de economistas radicales que no supieron como administrar los efectos negativos de un contexto internacional desfavorable y las pujas por los recursos públicos entre la banca acreedora y los grupos económicos locales, entonces denominados “Capitanes de la Industria”. El liderazgo político se diluyó al quedar subordinado a la lógica del ajuste, que comenzó con la llamada “Economía de guerra” de 1985. Con breves períodos de cierta estabilidad, el deterioro se fue acelerando hasta el estallido en 1989. El ocaso de Alfonsín fue el síntoma de una economía desquiciada.


Varios de los economistas que transitaron esa experiencia reincidieron en el gobierno de la Alianza de Fernando de la Rúa y fueron parte de otro acontecimiento traumático en términos políticos (hoy sus ahijados del Torcuato Di Tella son funcionarios del gobierno de Macri). El saldo final fue la crisis de 2001 donde se sucedieron cinco presidentes en pocos días. Fue otro fracaso de un grupo de economistas que no supieron, estaban convencidos o no se animaron a romper con la lógica del ajuste de la convertibilidad, hasta que fue convocado el padre de la criatura para terminar de desmadrar el cuadro económico. Además de un marco externo que no ayudaba, la economía venía de una recesión que había comenzado en agosto de 1998 por la inflexibilidad extrema que imponía la paridad cambiaria inamovible por ley. La crisis política fue consecuencia de medidas económicas regresivas que castigaron a gran parte de la población.


El ciclo político del kirchnerismo es la contra cara de esos procesos caóticos. La preservación del bienestar general en ese período de doce años pese al shock externo negativo de 2009, la irrupción de la restricción externa en 2011 y la devaluación del 2014, incluso con un sendero económico no tan bueno en el segundo gobierno de CFK, permitió mantener la fortaleza política. No hubo ajuste ni endeudamiento. El establishment postulaba con ganas la inminencia del estallido de una crisis económica y, tras ese deseo, la anunciaba una y otra vez sin éxito, para debilitar al gobierno con la expectativa de un derrumbe político. No pudieron cumplir con esa meta pese a que lo intentaron con entusiasmo. CFK terminó el mandato y se despidió con una Plaza de Mayo colmada. La situación de la economía en ese último año de gobierno, con un crecimiento de 2,5 por ciento, logró desarticular las fuerzas de inestabilidad provenientes de la política.


El recorrido económico de la gestión de la Alianza macrismo-radicalismo es inquietante teniendo en cuenta lo que está sucediendo ahora en Brasil y las experiencias traumáticas que se vivieron en el país en el pasado reciente. Analistas del establishment eluden evaluar la debilidad económica de base. Plantean que los interrogantes que tiene el poder para decidir inversiones se deben al temor a un eventual retorno del populismo con el triunfo electoral de CFK. Los intelectuales orgánicos del macrismo saben que tienen que adelantarse en la construcción del sentido para que el fracaso neoliberal no sea identificado en el origen de sus propias recetas. El argumento que ya han instalado es que la economía no arranca y puede ser que no arranque por la presencia dominante en el escenario electoral de CFK. Es una excusa para eludir los profundos desequilibrios que existen en el frente fiscal, financiero y del sector externo. La restricción no es la figura y lo que representa Cristina, o sea la situación política que enfrenta el gobierno, sino la economía que no logra reactivarse para consolidar un proyecto de y para las elites.


La economía está transitando una crisis autoinfligida con elevados costos sociales y laborales. La emisión descomunal de deuda facilita su maquillaje. El crecimiento acelerado de las Lebac y del pago de intereses de la deuda del Tesoro Nacional son dos potentes perturbadores de la estabilidad. Cuando la política no pueda dar respuesta a esas dos restricciones, no será la incertidumbre de un eventual resultado electoral débil del oficialismo lo que acelerará la crisis económica, sino que será oportuno recordar, como enseña hoy el caso brasileño y las experiencias argentinas de 1989 y 2001, que el deterioro económico fue el origen para la posterior debacle política de otro capítulo neoliberal.


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