El incumplimiento a los acuerdos de paz por parte del Estado colombiano. Las consecuencias psicopolíticas

El no cumplimiento de los acuerdos firmados entre Gobierno e insurgencia en La Habana, y la decisión del gobierno Duque de liderar un movimiento en contra de los acuerdos de paz, se traduce en efectos psicológicos para toda la población colombiana. Acá diez de estos efectos.

Mucho se ha hablado por estos días sobre los terribles efectos jurídicos, políticos, económicos y morales que tiene el hecho histórico de que el Presidente de la República de Colombia lidere un movimiento en contra de los acuerdos de paz logrados entre el Estado colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejercito del Pueblo Farc-ep; después de más de seis años de negociación y de 50 de confrontación armada. Pero muy poco se ha hablado de los efectos psicopolíticos tan devastadores que tiene para toda una nación el hecho de tener un gobierno que decide desconocer o burlarse de los acuerdos hechos por el mismo Estado que dice gobernar.

Es muy grave lo que está sucediendo en términos psicológicos. Desconocer o burlarse de un acuerdo de esta naturaleza trae consecuencias psicológicas no sólo para las víctimas que están esperando verdad, justicia, reparación y no repetición. El conjunto de la sociedad colombiana recibe una poderosa carga simbólica cargada de mensajes profundamente destructivos que impactan la psique colectiva y hacen que se abra la puerta a la naturalización de todo tipo de actuaciones delictivas, dañinas, dolorosas e incluso horrorosas con plenas garantías estatales de impunidad.

Una de las consecuencias más desastrosas del saboteo a los acuerdos de paz por parte del gobierno Duque tiene que ver con la perdida de todos los referentes de actuación moral. Siendo el máximo jefe del Estado quien decide boicotear lo acordado sin ningún tipo de recato ético o moral; la sociedad en su conjunto queda totalmente desorientada, perdida y confundida moralmente y, por lo tanto, se abre la posibilidad social de instaurar un régimen totalitario y violento en donde los derechos humanos, la democracia o el respeto por los demás, nada importa. Tal como reza el slogan del gobierno Duque: duélale a quien le duela. Ésta es la máxima de alguien que piensa y actúa cínicamente.

Si el Jefe de Estado desconoce el valor sagrado que tienen los acuerdos políticos que traerían la paz a millones de seres humanos en Colombia, ¿qué se puede esperar de cualquier otro ciudadano? Veamos diez consecuencias psicopolíticas directas del boicoteo descarado a lo acordado en La Habana:

Se llama desde la propia institucionalidad a fomentar la agresividad social mediante la negación de los pactos de no agresión que se construyen en toda sociedad. Todas las relaciones entre seres humanos están basadas en acuerdos implícitos o explícitos. Algunos de ellos se elevan hasta lo sagrado. Cuando alguna de las partes rompe unilateralmente lo acordado, se da inicio a una escalada de agresiones que pueden llevar a la guerra que se había parado mediante negociación política. Esto es peor cuando quien boicotea lo acordado representa a la máxima figura del Estado. Somos propensos a la agresión. Sólo basta un fanático con poder para llevar a millones de seres humanos al borde de la destrucción total.

Se consolida la violencia política como deseo. Cuando un sector de la sociedad que se encuentra en el gobierno, desea llevar al otro a la guerra y a la confrontación no dialogada, se genera un clima generalizado de deseo de muerte física o simbólica de todo lo que se vuelva contrario a estos ideales guerreristas. La tristemente célebre imagen de un abuelo de Medellín amenazando a un joven menor de edad por llevar una camiseta en contra de la guerra de Uribe-Duque da cuenta de los efectos logrados por la élite gobernante en contra de los acuerdos de paz.

Se fortalece el rencor como sentimiento nacionalista. Cuando una nación percibe que de nada sirve dialogar, negociar o concertar, se siente autorizada para el ejercicio de todas las formas posibles de maltrato y abuso sobre los otros. Al no encontrar referentes morales legítimos en las figuras del Estado, se cae en una especie de animalización, sentimentalización o embrutecimiento rabioso y rencoroso hacia todo aquello que sea señalado por el jefe de Estado como peligroso y maléfico. Detrás de todo ello se esconde un profundo temor a la verdad.

Se instala el odio como forma de relación. El odio es una construcción social que se instala en la mente y los corazones de la gente, propósito que se logra –generalmente– desde condiciones de poder como la presidencia de un país, un alto cargo religioso o una figura mítica trascendental. Pero el odio tiene implicaciones psicopolíticas muy peligrosas cuando se eleva desde el desconocimiento de acuerdos políticos de suma importancia para un país. La ecuación es muy sencilla: a mayor respeto por los acuerdos menor es el sentimiento de odio entre las partes. A menor respeto por lo acordado, mucho mayor será el sentimiento de odio nacional entre propios hermanos.

Se ratifica una mentalidad embaucadora y traicionera. Quien desconoce o intenta boicotear un acuerdo de trascendencia humana como lo es la terminación de un conflicto armado, siempre será recordado como un embaucador y traicionero. El problema es que se busque llevar dicho modelo de embaucación y traición a todo un país o una región. Es muy peligroso para una sociedad ser dirigida por esas mentalidades embaucadoras y traicioneras. Si vemos la protesta social de estos día, muy pronto nos daremos cuenta que es el resultado de un sentimiento de engaño y traición con respecto a aquellos acuerdos que han hecho los gobiernos en nombre del Estado. La minga del Cauca habla de más de mil acuerdos no cumplidos por el Gobierno. La protesta del magisterio también habla de incumplimiento de acuerdos. Si somos gobernados por esa mentalidad embaucadora y traicionera es muy fácil seguir siendo cómplices de la muerte y la destrucción de los otros sin ningún tipo de reparo ético o moral.

Se pierde el sentido del honor como garante de las relaciones. Lo primero que se cuestiona cuando se rompe o boicotea un acuerdo es el sentido del honor propio y ajeno. Quien rompe unilateralmente lo acordado renuncia a su propio honor y daña el honor del otro con quien se negoció. Pero también rompe el sentimiento nacional que esperaba beneficios con los acuerdos. Faltar a la palabra por parte de un Jefe de Estado es muy grave. Con ello se da paso a múltiples males nacionales, pues se renuncia al carácter de dignidad que merece todo ser humano. Caer en el deshonor y la deshonra es lo peor que le puede pasar a toda una sociedad.

Se pierde la fe en todo lo institucional. En un sentido general la fe puede ser considerada algo muy parecido a la esperanza. Cuando nadie cree en las instituciones que le gobiernan se cae en una especie de sociedad jalonada por la mentira y el engaño. Todo el mundo sabe sobre las mentiras y los engaños con que el gobierno Duque ha presentado sus boicoteos a los acuerdos de Paz. Pero la perdida de la fe en última instancia da cuenta de una espiritualidad precaria que sabe que están pasando cosas terribles y no se hace cargo de ello. Por ejemplo, todo el mundo sabe que con boicoteo a los acuerdos se quiere ocultar un montón de cosas del conflicto armado: quién ordenaba los actos atroces, quién los ejecutaba, quién los financiaba, quién los encubría, quién distorsionaba la noticia, etcétera.

Se promueven malas conductas sociales como la impunidad y la corrupción. Cualquier acuerdo político que se logre entre contendientes armados debe contemplar ciertas pretensiones de verdad, justicia y no repetición. Para el caso de los acuerdos de paz, esto está contemplado en la JEP. Si el propio gobierno quiere romper lo acordado es muy sencillo deducir que le tiene miedo a la verdad, a la justicia y la no repetición; y se lanza al precipicio de la impunidad favoreciendo la tremenda corrupción sobre la cual se mantiene. Siempre he sostenido que con la dejación de las armas por parte de las Farc-ep, la insurgencia logró desarmar al Estado y lo ha colocado contra las cuerdas en términos de su legitimidad moral. No se puede negar que vivimos en un estado perpetuo de impunidad y corrupción que ha carcomido todas las esferas de la sociedad. Pero intentar boicotear lo acordado por parte del mismo Estado, es una inyección más de brutalidad que seguramente se convertirá en caldo de cultivo para todo tipo de violencias.

Se instala una ética del horror. Después de muchos años investigando sobre la psicohistoria del conflicto armado y la violencia política en Colombia; no me cabe la menor duda de que la élite colombiana ha logrado construir toda una ética del horror que se refleja en una especie de deber ético y moral de asesinar o desaparecer todo aquello que ponga en riesgo los intereses de dicha élite. La JEP pone en riesgo buena parte de dichos intereses al colocar al descubierto muchos secretos atroces de nuestra sociedad. El problema es que dicha ética del horror se enraíza socialmente y se dirige psicopoliticamente desde el ocultamiento sistemático de la verdad.

Se acepta pasivamente el cinismo y la impunidad como valores. Es muy grave que un gobierno asuma el cinismo y la impunidad como valores al desconocer los acuerdos firmados por el Estado. Quien así actúa lo hace con pleno conocimiento de las consecuencias desastrosas que este tipo de actuaciones puede traer para un país. Y disfruta y siente placer con ello. Se ríe de todo el mundo. Se burla de los otros en su propia cara. Juega a tener el poder para destruir. Si esto es llevado al conjunto de la sociedad, quiere decir que históricamente hemos vivido en la mentira y el olvido; y esto es lo que se quiere seguir promoviendo. Por eso la gente no reacciona sino que se paraliza e incluso se vuelve cómplice de la atrocidad.

* Director www.catedralibremartinbaro.org

Publicado enColombia
Martes, 30 Abril 2019 17:26

Las consecuencias psicopolíticas

Las consecuencias psicopolíticas

El no cumplimiento de los acuerdos firmados entre Gobierno e insurgencia en La Habana, y la decisión del gobierno Duque de liderar un movimiento en contra de los acuerdos de paz, se traduce en efectos psicológicos para toda la población colombiana. Acá diez de estos efectos.

Mucho se ha hablado por estos días sobre los terribles efectos jurídicos, políticos, económicos y morales que tiene el hecho histórico de que el Presidente de la República de Colombia lidere un movimiento en contra de los acuerdos de paz logrados entre el Estado colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejercito del Pueblo Farc-ep; después de más de seis años de negociación y de 50 de confrontación armada. Pero muy poco se ha hablado de los efectos psicopolíticos tan devastadores que tiene para toda una nación el hecho de tener un gobierno que decide desconocer o burlarse de los acuerdos hechos por el mismo Estado que dice gobernar.

Es muy grave lo que está sucediendo en términos psicológicos. Desconocer o burlarse de un acuerdo de esta naturaleza trae consecuencias psicológicas no sólo para las víctimas que están esperando verdad, justicia, reparación y no repetición. El conjunto de la sociedad colombiana recibe una poderosa carga simbólica cargada de mensajes profundamente destructivos que impactan la psique colectiva y hacen que se abra la puerta a la naturalización de todo tipo de actuaciones delictivas, dañinas, dolorosas e incluso horrorosas con plenas garantías estatales de impunidad.

Una de las consecuencias más desastrosas del saboteo a los acuerdos de paz por parte del gobierno Duque tiene que ver con la perdida de todos los referentes de actuación moral. Siendo el máximo jefe del Estado quien decide boicotear lo acordado sin ningún tipo de recato ético o moral; la sociedad en su conjunto queda totalmente desorientada, perdida y confundida moralmente y, por lo tanto, se abre la posibilidad social de instaurar un régimen totalitario y violento en donde los derechos humanos, la democracia o el respeto por los demás, nada importa. Tal como reza el slogan del gobierno Duque: duélale a quien le duela. Ésta es la máxima de alguien que piensa y actúa cínicamente.

Si el Jefe de Estado desconoce el valor sagrado que tienen los acuerdos políticos que traerían la paz a millones de seres humanos en Colombia, ¿qué se puede esperar de cualquier otro ciudadano? Veamos diez consecuencias psicopolíticas directas del boicoteo descarado a lo acordado en La Habana:

Se llama desde la propia institucionalidad a fomentar la agresividad social mediante la negación de los pactos de no agresión que se construyen en toda sociedad. Todas las relaciones entre seres humanos están basadas en acuerdos implícitos o explícitos. Algunos de ellos se elevan hasta lo sagrado. Cuando alguna de las partes rompe unilateralmente lo acordado, se da inicio a una escalada de agresiones que pueden llevar a la guerra que se había parado mediante negociación política. Esto es peor cuando quien boicotea lo acordado representa a la máxima figura del Estado. Somos propensos a la agresión. Sólo basta un fanático con poder para llevar a millones de seres humanos al borde de la destrucción total.

Se consolida la violencia política como deseo. Cuando un sector de la sociedad que se encuentra en el gobierno, desea llevar al otro a la guerra y a la confrontación no dialogada, se genera un clima generalizado de deseo de muerte física o simbólica de todo lo que se vuelva contrario a estos ideales guerreristas. La tristemente célebre imagen de un abuelo de Medellín amenazando a un joven menor de edad por llevar una camiseta en contra de la guerra de Uribe-Duque da cuenta de los efectos logrados por la élite gobernante en contra de los acuerdos de paz.

Se fortalece el rencor como sentimiento nacionalista. Cuando una nación percibe que de nada sirve dialogar, negociar o concertar, se siente autorizada para el ejercicio de todas las formas posibles de maltrato y abuso sobre los otros. Al no encontrar referentes morales legítimos en las figuras del Estado, se cae en una especie de animalización, sentimentalización o embrutecimiento rabioso y rencoroso hacia todo aquello que sea señalado por el jefe de Estado como peligroso y maléfico. Detrás de todo ello se esconde un profundo temor a la verdad.

Se instala el odio como forma de relación. El odio es una construcción social que se instala en la mente y los corazones de la gente, propósito que se logra –generalmente– desde condiciones de poder como la presidencia de un país, un alto cargo religioso o una figura mítica trascendental. Pero el odio tiene implicaciones psicopolíticas muy peligrosas cuando se eleva desde el desconocimiento de acuerdos políticos de suma importancia para un país. La ecuación es muy sencilla: a mayor respeto por los acuerdos menor es el sentimiento de odio entre las partes. A menor respeto por lo acordado, mucho mayor será el sentimiento de odio nacional entre propios hermanos.

Se ratifica una mentalidad embaucadora y traicionera. Quien desconoce o intenta boicotear un acuerdo de trascendencia humana como lo es la terminación de un conflicto armado, siempre será recordado como un embaucador y traicionero. El problema es que se busque llevar dicho modelo de embaucación y traición a todo un país o una región. Es muy peligroso para una sociedad ser dirigida por esas mentalidades embaucadoras y traicioneras. Si vemos la protesta social de estos día, muy pronto nos daremos cuenta que es el resultado de un sentimiento de engaño y traición con respecto a aquellos acuerdos que han hecho los gobiernos en nombre del Estado. La minga del Cauca habla de más de mil acuerdos no cumplidos por el Gobierno. La protesta del magisterio también habla de incumplimiento de acuerdos. Si somos gobernados por esa mentalidad embaucadora y traicionera es muy fácil seguir siendo cómplices de la muerte y la destrucción de los otros sin ningún tipo de reparo ético o moral.

Se pierde el sentido del honor como garante de las relaciones. Lo primero que se cuestiona cuando se rompe o boicotea un acuerdo es el sentido del honor propio y ajeno. Quien rompe unilateralmente lo acordado renuncia a su propio honor y daña el honor del otro con quien se negoció. Pero también rompe el sentimiento nacional que esperaba beneficios con los acuerdos. Faltar a la palabra por parte de un Jefe de Estado es muy grave. Con ello se da paso a múltiples males nacionales, pues se renuncia al carácter de dignidad que merece todo ser humano. Caer en el deshonor y la deshonra es lo peor que le puede pasar a toda una sociedad.

Se pierde la fe en todo lo institucional. En un sentido general la fe puede ser considerada algo muy parecido a la esperanza. Cuando nadie cree en las instituciones que le gobiernan se cae en una especie de sociedad jalonada por la mentira y el engaño. Todo el mundo sabe sobre las mentiras y los engaños con que el gobierno Duque ha presentado sus boicoteos a los acuerdos de Paz. Pero la perdida de la fe en última instancia da cuenta de una espiritualidad precaria que sabe que están pasando cosas terribles y no se hace cargo de ello. Por ejemplo, todo el mundo sabe que con boicoteo a los acuerdos se quiere ocultar un montón de cosas del conflicto armado: quién ordenaba los actos atroces, quién los ejecutaba, quién los financiaba, quién los encubría, quién distorsionaba la noticia, etcétera.

Se promueven malas conductas sociales como la impunidad y la corrupción. Cualquier acuerdo político que se logre entre contendientes armados debe contemplar ciertas pretensiones de verdad, justicia y no repetición. Para el caso de los acuerdos de paz, esto está contemplado en la JEP. Si el propio gobierno quiere romper lo acordado es muy sencillo deducir que le tiene miedo a la verdad, a la justicia y la no repetición; y se lanza al precipicio de la impunidad favoreciendo la tremenda corrupción sobre la cual se mantiene. Siempre he sostenido que con la dejación de las armas por parte de las Farc-ep, la insurgencia logró desarmar al Estado y lo ha colocado contra las cuerdas en términos de su legitimidad moral. No se puede negar que vivimos en un estado perpetuo de impunidad y corrupción que ha carcomido todas las esferas de la sociedad. Pero intentar boicotear lo acordado por parte del mismo Estado, es una inyección más de brutalidad que seguramente se convertirá en caldo de cultivo para todo tipo de violencias.

Se instala una ética del horror. Después de muchos años investigando sobre la psicohistoria del conflicto armado y la violencia política en Colombia; no me cabe la menor duda de que la élite colombiana ha logrado construir toda una ética del horror que se refleja en una especie de deber ético y moral de asesinar o desaparecer todo aquello que ponga en riesgo los intereses de dicha élite. La JEP pone en riesgo buena parte de dichos intereses al colocar al descubierto muchos secretos atroces de nuestra sociedad. El problema es que dicha ética del horror se enraíza socialmente y se dirige psicopoliticamente desde el ocultamiento sistemático de la verdad.

Se acepta pasivamente el cinismo y la impunidad como valores. Es muy grave que un gobierno asuma el cinismo y la impunidad como valores al desconocer los acuerdos firmados por el Estado. Quien así actúa lo hace con pleno conocimiento de las consecuencias desastrosas que este tipo de actuaciones puede traer para un país. Y disfruta y siente placer con ello. Se ríe de todo el mundo. Se burla de los otros en su propia cara. Juega a tener el poder para destruir. Si esto es llevado al conjunto de la sociedad, quiere decir que históricamente hemos vivido en la mentira y el olvido; y esto es lo que se quiere seguir promoviendo. Por eso la gente no reacciona sino que se paraliza e incluso se vuelve cómplice de la atrocidad.

* Director www.catedralibremartinbaro.org

Publicado enEdición Nº256
Las principales enfermedades mentales tienen una sorprendente base común


Depresión, esquizofrenia, autismo y trastorno bipolar son más similares de lo que sus síntomas indican


La base física de las enfermedades mentales es uno de los grandes avances del conocimiento en los últimos 100 años, pero el diagnóstico sigue basándose en los síntomas y en el comportamiento porque no se pueden detectar en un análisis de sangre, por ejemplo. Esto empieza a cambiar ahora que se ha encontrado que las principales enfermedades mentales comparten unos patrones de actividad genética parcialmente coincidentes.


El análisis de centenares de cerebros de pacientes mentales fallecidos ha revelado este solapamiento en la depresión, el autismo, la esquizofrenia y el trastorno bipolar, pero no en el alcoholismo. Las posibilidades que abre este trabajo para un diagnóstico preciso y unos mejores tratamientos son esperanzadoras, según los miembros del equipo internacional que publica sus resultados en la revista Science.

Que determinadas variaciones en el ADN de un individuo predisponen a ciertas enfermedades mentales es algo que se lleva años comprobando, pero se desconoce cómo lo hacen y cómo afectan los factores ambientales.


Sobre la base de 700 casos, se encontró una coincidencia significativa en la forma de expresión de muchos genes en la corteza cerebral de pacientes con autismo, esquizofrenia y trastorno bipolar. Por otra parte, existe otro solapamiento de expresión genética anormal entre la esquizofrenia, el trastorno bipolar y la depresión. Curiosamente, el trastorno bipolar coincide más con la esquizofrenia que con la depresión, al contrario de lo que suponían los expertos. La llamativa excepción a estas coincidencias es el alcoholismo, que no está relacionado con la depresión como factor de riesgo genético, como se suponía, ni con las otras tres principales enfermedades mentales.


Pero además de estas coincidencias o no coincidencias, algunos de estos trastornos, como la depresión y el autismo, presentan su firma genética propia. Muchos genes están hiperactivos tanto en la esquizofrenia como en el autismo, pero mucho más en el autismo, mientras que autismo, esquizofrenia y trastorno bipolar comparten además cambios importantes en la comunicación entre neuronas.


“Estos descubrimientos proporcionan una firma molecular, patológica, de estos trastornos, lo que supone un gran paso adelante”, explica Daniel Geschwind de la Universidad de California en los Ángeles, que ha dirigido el trabajo. “Mostramos que estos cambios moleculares en el cerebro están conectados a las causas genéticas subyacentes, pero no comprendemos todavía los mecanismos mediante los que estos factores genéticos producen esos cambios”, reconoce.


La esquizofrenia, concretamente, podría ser un efecto secundario de la evolución del complejo cerebro humano, aventuran unos especialistas, que han estudiado también diferencias en la actividad genética en la zona frontal del cerebro de pacientes de esta enfermedad respecto a sujetos sanos. “Esta es el área del cerebro que se desarrolló la última y la que más nos diferencia de otros primates no humanos”, dice Brian Dean, de la Universidad Swimburne, en Australia. “Se piensa que la esquizofrenia se da cuando factores ambientales disparan cambios en la expresión genética en el cerebro humano de personas con susceptibilidad genética a la enfermedad”.


El trabajo se publica en Schizophrenia y detalla 566 casos de expresión genética anormal en la zona frontal y cambios mucho menos numerosos en regiones próximas. “Se sabe que estas áreas del cerebro están implicadas en los rasgos característicos de la enfermedad”, añade Dean. Un hallazgo especialmente interesante es una ruta metabólica en la que figuran 97 de estos genes, un nuevo objetivo para intervenir con futuros tratamientos farmacológicos mejores y más eficaces.

La incertidumbre reina en Venezuela tras el retiro de la mitad de su dinero en efectivo

El ministerio del Interior explica que la medida representa un golpe contra un plan activado desde

Estados Unidos

Este lunes perduraba la incertidumbre en Venezuela horas después de que el presidente Nicolás Maduro, amparado en el decreto de emergencia económica de comienzos de año, ordenara la salida de circulación del billete de 100 bolívares, el de mayor valor, y que representa, según cifras del Banco Central de Venezuela (BCV), el 48% del dinero en efectivo que circula en la economía local.


En horas de la mañana el ministro del Interior Néstor Reverol ofreció una rueda de prensa televisada, a la salida de una reunión de emergencia con la banca privada y del Estado. Reverol dio detalles para explicar la inesperada medida presidencial.


De acuerdo con el ministro responsable de la seguridad interna, “mafias especuladoras” han venido extrayendo grandes lotes de papel moneda hasta por un monto total que calculó en 300 millardos de bolívares (un poco menos de 300 millones de dólares, de acuerdo a la tasa de cambio predominante en el mercado paralelo no oficial). Dijo que la operación es patrocinada por Estados Unidos y gestionada a través de una ONG que no identificó. Según el funcionario, los artífices del contrabando prometían a los operadores un pago de 120 bolívares por cada billete de 100 bolívares exportado.


Reverol reiteró la versión de Maduro, que aseguraba que las ciudades fronterizas de Cúcuta y Maicao (en los departamentos colombianos de Norte de Santander y La Guajira, respectivamente) son los epicentros geográficos de la operación. Caracas viene exigiendo al Gobierno colombiano de Juan Manuel Santos la erogación de un decreto que permite a los comerciantes de las ciudades fronterizas establecer el valor de las divisas extranjeras.


Sin embargo, con apoyo de gráficas, el funcionario reveló que en naciones europeas como Alemania, Chequia y Ucrania se encuentran almacenes repletos de billetes venezolanos extraídos subrepticiamente.


Con esta versión, el Gobierno da un significado político a lo que pareció en un principio una medida de alcance exclusivamente macroeconómico. En el último mes, la moneda local se devaluó un 59% y generó una crisis sin precedentes, al liquidar la posibilidad de pagar con dinero en efectivo en los comercios y provocar un aumento de precios que acabó con el poder de compra de la moneda local. Aunque los académicos aún no hablan de hiperinflación, lo que ocurre en Venezuela es un incremento casi a diario de los precios. El dólar se ha convertido en el bien más preciado entre los venezolanos, que están dispuestos a pagar cualquier precio con tal de protegerse de las subidas. El Fondo Monetario Internacional ha pronosticado una inflación del 720% para este año.


Luego de la publicación de la resolución en la Gaceta Oficial, los venezolanos tendrán 72 horas para depositar esos billetes en las taquillas de la banca pública. Pasado ese tiempo, tendrán diez días adicionales para acudir a la sede del Banco Central de Venezuela y cambiarlos. Mientras tanto, el billete de mayor denominación será el de 50 bolívares, toda una complicación adicional a las gestiones de la vida diaria en un país al borde del colapso. Ese billete de máxima denominación equivale a poco más de un céntimo de euro al tipo de cambio paralelo. El Ministerio del Interior y la policía política coordinarán el complejo operativo que supondrán las largas filas de personas intentando cambiar su dinero.


Se espera que el próximo jueves 15 de diciembre entre en circulación de forma progresiva el nuevo cono monetario (el conjunto de monedas y billetes de curso legal) anunciado el por el Banco Central de Venezuela. El de menor valor será el de 500 bolívares y el de mayor valor de 20.000. Este último billete equivale a unos cinco dólares de acuerdo con la cotización de la moneda local en el mercado negro.


El viernes pasado el propio presidente del BCV, Nelson Merentes, decía que el nuevo portafolio de billetes conviviría en la calle con el viejo cono, hasta la total desincorporación de este. Pero en menos de 48 horas y antes de que entren en circulación los nuevos billetes, Nicolás Maduro cambió el panorama.

Este lunes es asueto bancario en Venezuela, por lo que los verdaderos efectos de la medida presidencial se empezarán a ver el martes. Se anticipan días de caos: la plataforma de pagos electrónicos se ha visto muy afectada tras la detención, hace diez días, de cinco directivos de la principal empresa encargada de su gestión; según versiones de prensa, desde entonces muchos comerciantes no han podido cobrar las transacciones efectuadas en sus establecimientos con tarjetas de débito y de crédito.


Justamente el lunes, las busetas de transporte público en las principales ciudades del país empezarían a cobrar un precio de cien bolívares por pasaje, un alza autorizada por el Gobierno. Como, por tanto, los operarios de esas busetas se preparaban para recibir muchos billetes de 100 bolívares, ahora ilegales, el ministro de Transporte, Ricardo Molina, anunció una campaña especial para canjearlos.


El domingo se dio a conocer también un decreto gubernamental por el que se dictan medidas preventivas de prisión para todos los ciudadanos que sean sorprendidos “con grandes cantidades” de billetes de 100 bolívares, según reza el documento sin mayor precisión.


Caracas 12 DIC 2016 - 12:09 COT

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Conforme los líderes y expertos del mundo continúan negando la realidad de una depresión mundial –ni siquiera utilizan el término–, las opciones imposibles que enfrentan gobierno tras gobierno son más y más obvias todos los días.

Consideremos lo que ha ocurrido justo el último mes.

Estados Unidos tuvo sus peores cifras de desempleo en mucho tiempo. Sí, hubo algunos nuevos empleos, pero 95 por ciento de éstos correspondió a los trabajadores temporales del censo. Los empleadores privados añadieron apenas 10 por ciento de los empleos que se suponía añadirían. Pese a esto, se ha vuelto políticamente imposible conseguir con votos del Congreso más dinero para incentivos. Y la Reserva Federal ha dejado de comprar valores y bonos hipotecarios del Tesoro, que habían sido las dos estrategias principales para incrementar los empleos. ¿Por qué? El llamado en favor de recortes deficitarios ha crecido muy fuertemente.

La consecuencia más inmediata puede verse a nivel de los presupuestos de cada uno de los gobiernos de los estados. El costo de Medicaid ha subido por la crisis económica. El costo lo asumen los estados en lo individual. El año pasado habían recibido la ayuda de mayores subsidios federales gastados en Medicaid. Estos subsidios no los va a renovar el Congreso. El gobernador Edward Rendell, de Pennsylvania, dice que esto aumentará en dos tercios el déficit presupuestario de su estado, y forzará a dejar cesantes a 20 mil profesores, oficiales de la policía y otros empleados gubernamentales. Por supuesto, esto se suma a la pérdida de servicios médicos para mucha gente.

En Gran Bretaña, el nuevo primer ministro, David Cameron, dice que cortar los préstamos es "el asunto más urgente que enfrenta Gran Bretaña hoy". El Financial Times resume sus propuestas en un encabezado: "Cameron lanza una era de austeridad". Y la evaluación de esta política es: "Si el gobierno va a efectuar reducciones tan abruptas en el gasto, es evidente que no podrá evitar que se dañen los servicios de primera línea. Los recortes serán más brutales aun que cualquier cosa que se haya contemplado durante el gobierno de Thatcher".

La canciller federal alemana Merkel ha anunciado su versión de la austeridad: recortes profundos e inmediatos en el gasto público, que se incrementarán anualmente durante los próximos cuatro años. También ha anunciado nuevos impuestos a las líneas aéreas. Las aerolíneas mundiales respondieron de inmediato que esto dañará su capacidad para reducir los balances negativos y salvarlos de la bancarrota. Las tasas de desempleo en Alemania se incrementarán, pero los beneficios por desempleo se reducirán. Otros gobiernos en Europa más Estados Unidos están urgiendo a Alemania a que gaste más y exporte menos, con el fin de restaurar la demanda mundial. Merkel rechazó estas demandas diciendo que la reducción de la deuda era su prioridad.

El primer ministro japonés, Naoto Kan, advirtió a su país que la situación de la deuda estaba tan mal que incluso Japón podría enfrentar una situación comparable a la de Grecia. Para remediar esto, propuso algunos incrementos fiscales, más regulación en el ámbito financiero, y nuevas clases de gastos público.

En medio de esta súper austeridad en el norte, ha ocurrido una cosa muy notable, que parecería casi no haberse notado. Como todo mundo sabe, España es uno de los países europeos que está en dificultades económicas ahora debido a proporciones de deuda muy grandes. El 30 de mayo, Fitch Ratings se unió a otras compañías calificadoras para reducir la calificación de los bonos españoles de AAA a AA+. La cuestión es por qué. Justo el día anterior, el Parlamento español había votado a favor de los más profundos recortes presupuestarios en 30 años.

Recortes presupuestarios son supuestamente lo que Alemania y otros han estado pidiendo que pase en Grecia, España, Portugal y otros países amenazados por demasiada deuda. España respondió a esta presión. Y justo porque lo hizo, Fitch Ratings la bajó de rango. Brian Coulton, la persona en Fitch que está a cargo de calificar a España, dijo en su declaración de bajarle el rango: "El proceso de ajuste a un menor nivel de sector privado y de endeudamiento externo materialmente reducirá la tasa de crecimiento de la economía española a mediano plazo".

Así que así está la cosa, te condenas si lo haces y te condenas si no lo haces. Los especuladores financieros han creado una caída desastrosa en la economía-mundo. Se arrojó entonces la pelota para que los estados resuelvan el problema. Los estados tienen menos dinero y más demandas pesan sobre ellos. ¿Qué pueden hacer? Pueden pedir prestado, hasta que aquellos que prestan dinero ya no lo hagan o exijan una tasa de interés demasiado alta. Pueden aprobar impuestos, y los negocios dicen que esto cortará su capacidad para crear empleos. Pueden reducir gastos. Y además del terrible dolor que esto inflige a todos, pero especialmente a los más vulnerables, esta acción también reducirá la posibilidad de crecimiento, como el señor Coulton apunta que sucederá en España.

Por supuesto, hay un sitio muy grande para reducir gastos: lo militar. Los gastos militares proporcionan empleos pero muchos menos que si el dinero se utilizara de otro modo. Esto no se aplica únicamente a quienes más gastan, como Estados Unidos. Un aspecto virtualmente no comentado acerca de los problemas de la deuda de Grecia es su pesado gasto en el rubro militar. ¿Pero hay gobiernos listos a reducir significativamente los gastos militares? Eso no parece muy probable.

Así que, ¿qué pueden hacer los estados? Intentan una cosa hoy, y otra mañana. El año pasado, eran los estímulos. Este año, es la reducción de la deuda. El año siguiente, serán los impuestos. En cualquier caso, la situación se pondrá peor y peor.

¿Puede China salvarnos? Stephen Roach, un muy agudo analista de Morgan Stanley, parece pensarlo, siempre que el gobierno "estimule el crecimiento privado". En ese caso, el alza en los salarios la compensará una productividad mayor. Tal vez. Pero el gobierno chino se ha resistido a una política así hasta ahora, no por razones económicas sino por razones políticas. Su impulso de mantener una estabilidad política ha sido fundamental hasta ahora. Es más, aun Roach tiene una gran temor –que la golpiza a China en Washington conduzca a sanciones comerciales. Yo mismo pienso que eso tiene una alta probabilidad, conforme la situación económica estadunidense continúa deteriorándose.

La salida a todo esto no es un pequeño ajuste aquí o allá –sea de la variedad monetarista o keynesiana. Para emerger de la caja económica en que el mundo se encuentra se requiere de una remodelación a fondo del sistema-mundo. Esto con seguridad tendrá que venir, ¿pero qué tan pronto?

Por Immanuel Wallerstein
Traducción: Ramón Vera Herrera


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La diferencia entre el remedio y el veneno es muchas veces una cuestión de dosis. Pero la dureza de esta crisis ha simplificado el dilema a los gestores públicos, que afrontan la mayor recesión desde la Segunda Guerra Mundial. A la carrera, Gobiernos y bancos centrales han puesto en marcha una intervención económica conjunta sin precedentes. La quiebra del sistema financiero, la acelerada destrucción de puestos de trabajo y la zozobra empresarial fuerzan una respuesta masiva. El debate sobre algunas consecuencias indeseables de estas medidas, palidece frente a la polémica de si son necesarios más recursos públicos. Porque responsables políticos y expertos coinciden en que esta intervención ha alejado, por ahora, el riesgo de una depresión como la que asoló el mundo occidental entre 1929 y 1933. Pero muchos sostienen que la amenaza sigue ahí, agazapada en un futuro lleno de trampas.

¿Esta crisis va a ser como la del 29, o peor? La pregunta encabezaba, hace un año, la portada de Negocios, en el arranque de la nueva etapa de este suplemento. Réplicas que parecían definitivas se han desmoronado con igual contundencia. La respuesta se abre paso con mucha dificultad y aún dista de estar clara, con sorpresas desagradables en cada esquina de las estadísticas. "No se vio nunca un deterioro tan rápido, ni tan siquiera en la Gran Depresión", sostuvo Paul Volcker, ex presidente de la Reserva Federal, ante los congresistas estadounidenses en febrero pasado. El domingo pasado, sin embargo, iluminó este sombrío panorama al abrir una rendija al optimismo. "Desde luego, estamos en una Gran Recesión", dijo, pero no en una depresión como la de los años treinta del siglo pasado.

La distinción no es pequeña, aunque no cambie, a bote pronto, la vida de millones de personas que se están quedando sin trabajo. Un estudio presentado esta semana por el Fondo Monetario Internacional (FMI) destacaba que las crisis generadas por descalabros financieros -ninguno ha sido tan intenso como el destapado por el tocomocho de la titulización de hipotecas basura en EE UU-, y con repercusiones globales son las más dañinas. Y según el pronóstico del Fondo, esta recesión destruirá ya este año una porción (1,3%) de la actividad económico mundial de 2008, un recorte que será mucho más acusado en los países ricos (un 4%).

Pero la Gran Depresión fue mucho más que eso. En Estados Unidos, el epicentro entonces y ahora de la crisis, el PIB retrocedió un 30% entre 1929 y 1933; la tasa de paro subió del 3% al 25%; un 60% de los estadounidenses entró en la pobreza. Y dos millones de personas se vieron forzadas a vivir en la calle. El brutal impacto de aquella crisis en Alemania ayuda a explicar la llegada del nazismo, y en último caso, la Segunda Guerra Mundial.

Que un referente tan sombrío sea el termómetro de esta crisis da fe de su brutalidad. "Es una exageración que refleja el calor del momento", decían sobre la comparación con el crash de 1929 los analistas de JPMorgan hace un año, en lo que era el reflejo de una opinión muy extendida.

Hasta septiembre pasado, la comparación era esgrimida como una amenaza latente por algunos académicos distinguidos, como el último Premio Nobel, Paul Krugman. Y el director gerente del FMI dio voz entonces a lo que los dirigentes de medio mundo daban por hecho: "Se empieza a ver el final de la crisis financiera". Resultó otro de los muchos pronósticos bienintencionados que la realidad se encargó de pulverizar. Apenas unas horas después, la quiebra de Lehman Brothers puso de rodillas al sistema financiero mundial. Y la crisis mostró su auténtico rostro, con rasgos que esta vez sí, recordaban ya a la Gran Depresión.

"Entonces estuvimos muy cerca del colapso", rememoró a mediados de marzo el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, en una insólita entrevista concedida a la cadena CBS. Es una afirmación recurrente en los últimos meses, pero esta vez sirvió al responsable del banco central estadounidense para sostener que lo peor había pasado. Y despejar un futuro endiablado. "Veremos el final de la recesión, posiblemente este año", afirmó Bernanke. Y zanjó: "Hemos evitado el riesgo de una depresión".

Bernanke sabe de lo que habla. En la academia, se le tiene por uno de los mayores estudiosos de la Gran Depresión. Pero su mensaje, un pistoletazo de salida oficial en la carrera hacia la recuperación, quedó oscurecido por el enésimo escándalo en las retribuciones a los ejecutivos de la aseguradora AIG, uno de los emblemas más sonrojantes de la crisis. Hace dos semanas, el mensaje se difundió con un altavoz más potente. "Se empiezan a ver rayos de esperanza", proclamó el nuevo presidente de EE UU, Barack Obama. "Hay tímidos signos de que el agudo declive de la actividad podría estar frenándose", coreó Bernanke, que ya había acuñado la frase de que empezaban a verse los primeros "brotes verdes" de la recuperación.

Los datos que maneja Bernanke sirvieron a Volcker, ahora asesor de Obama, para vaticinar también que la Gran Recesión no entrará en fase depresiva. Y para sustentar la opinión mayoritaria de los analistas. "Es muy probable que la recuperación sea en 2010; en Estados Unidos será antes, bien a finales de este año o a principios del próximo. En Europa, donde la recesión empezó después, sería a finales de 2010. El problema es que también es muy probable que sea lenta", sintetiza Guillermo de la Dehesa, presidente del influyente Centro de Investigación en Política Económica (en sus siglas inglesas, CEPR).

Pero el club de los escépticos ante una próxima recuperación no es precisamente exiguo. "La raíz de la crisis está en el sector financiero, y como las nuevas previsiones del FMI indican [elevan el agujero de los activos tóxicos a tres billones de euros] el problema está muy lejos de resolverse", afirma Luis Garicano, profesor en la London School of Economics. "Los precios de los activos siguen cayendo, particularmente los inmobiliarios, y estos activos son el colateral [la garantía] de muchas deudas", advierte.

Hace unos meses, la recuperación, que en el reino de las estadísticas es equivalente a revertir tasas negativas en positivas, se situaba en la segunda mitad de 2009. Ahora, ya no se espera la buena nueva hasta 2010. Pero la línea de defensa de los que argumentan que esta vez va en serio es sólida. Los brotes que Bernanke mira con lupa de siete aumentos anunciarían la cosecha de lo sembrado: la quiebra de Lehman Brothers, además de anunciar la catástrofe, dio pie a un activismo público inaudito. Para descongelar el crédito, los bancos centrales han bajado los tipos de interés al mínimo, han prestado dinero a mansalva para sostener la liquidez y algunos, como la Reserva Federal o el Banco de Inglaterra, se han liado a crear billetes para comprar deuda. Los Gobiernos no le han ido a la zaga. Según el cálculo del FMI, la expansión fiscal de los países del G-20, el foro que integra países ricos y emergentes, inyectará en la economía real cuatro billones de euros (casi cuatro veces el PIB español) entre 2008 y 2010. Por no hablar de la manta de recursos públicos comprometidos en sostener a la banca bajo la voluntariosa promesa de futuros beneficios para los contribuyentes.

"Los analistas miramos ahora las bondades de lo que llamamos la segunda derivada: la actividad económica sigue cayendo, pero a un ritmo cada vez más moderado", explica Vicente Pallardó, director del Observatorio de Economía Internacional, de la Universidad de Valencia. "El último trimestre de 2008 y el primer trimestre de 2009 han supuesto, muy probablemente, el peor momento de la recesión. De todas formas, el problema no es un trimestre más o menos, sino lo tenue que puede ser la recuperación", insiste Pallardó.

En el último año y medio, las burbujas inmobiliarias reventaron una detrás de otra. Los mercados de Reino Unido y EE UU, los primeros en caer, acaban de dar las primeras señales de vida, con tenues repuntes en la venta de vivienda y los precios en algunas áreas urbanas. Las últimas entregas de las encuestas sobre la confianza a los consumidores en EE UU, el sentimiento económico del empresariado alemán o sobre las carteras de los gerentes de compras de la zona euro reflejan mejoras en las expectativas, aunque sobre mínimos históricos. El aumento del crédito y el ritmo inversor han devuelto a China a la senda de un crecimiento robusto. Y las Bolsas, aupadas por la mejora de los valores bancarios, los anuncios de medidas de la administración Obama en el sector financiero y la confirmación del esfuerzo conjunto del G-20, han encadenado seis semanas al alza.

La frialdad con la que los analistas bursátiles, tan dados a la euforia antes de la crisis, han recibido la última escalada de la Bolsa llama la atención. Llueve sobre mojado: es la quinta vez desde que empezó la crisis que las cotizaciones mundiales suben más de un 10%, para precipitarse después en caídas mucho más profundas. Como ya advertía Charles P. Kindleberger en su clásico manual sobre crisis financieras, la afirmación de que los mercados de valores anticipan la recuperación económica es "un cliché". "La verdad es que las Bolsas han pronosticado seis de las últimas tres recesiones", ironizó.

Las Bolsas son todavía terreno para los más arriesgados. ¿Los indicios de recuperación dan, al menos, para aconsejar al inversor ordinario que vuelva? Para los analistas de Citigroup, la respuesta es clara: "La economía, los beneficios empresariales y la evolución del crédito están diciendo: no todavía". En su informe estratégico de abril, los expertos del gigante estadounidense repasan 40 indicadores mundiales en busca de los "brotes verdes" anunciados por Bernanke. Hay 32 que siguen en caída libre y sólo ocho mejoran o ya están en tasas positivas.

El último pronóstico del FMI, publicado esta semana, es en realidad, más de lo mismo: desde el verano pasado, cada revisión de datos empeora a la anterior, la recuperación se aplaza un par de trimestres más y las tasas de paro previstas aumentan: en los países avanzados ya están por encima del 10%, en España enfilan el 20%. Tras los porcentajes, millones de personas sin trabajo.

¿Por qué esta permanente revisión a la baja de las expectativas parará aquí? La respuesta está en el retardo con el que actúan las medidas publicas sobre la economía. El consenso es que, a mediados de 2010, deberían estar empujando la recuperación con todas sus fuerzas. Y la duda es si será suficiente. "La reciente mejora en algunos indicadores podría desvanecerse rápido. Hay un claro riesgo de marcha atrás si la actividad económica no responde a los estímulos públicos", advierte en otro informe James Knightley, economista de ING.

La mayoría de los expertos concuerdan en que el dique construido por la intervención pública aleja la amenaza de la depresión. Y abundan los que creen que los riesgos derivados de la deflación, de la precaria situación de las cuentas públicas y privadas en países de Europa del Este y América Latina muy endeudados, o de un sector financiero aún sin sanear pueden concretarse en otro embate que quebraría el muro de contención.

"Las medidas adoptadas todavía no son suficientes, necesitamos iniciativas más agresivas para sanear los bancos, una intervención mucho más agresiva del Banco Central Europeo, y más expansión fiscal de países como Alemania, que todavía tienen capacidad para ello", dispara Kevin H. O'Rourke, profesor en el Trinity College de Dublin. La insistencia de O'Rourke, uno de los más reputados historiadores económicos en el ámbito internacional, viene avalada por la fuerza de los argumentos. Acaba de publicar, junto a Barry Eichengreen, experto en macroeconomía de la Universidad de Berkeley, un informe comparativo con la Gran Depresión (ver gráfico). Y el poder destructivo de la Gran Recesión en la economía mundial se revela hasta ahora mayor.

De hecho, O'Rourke y Eichengreen creen que ya estamos en una depresión, pero confían en que dure poco. "Los estímulos fiscales y monetarios deberían ser capaces de frenar esta espiral, en algún momento del próximo año", acota el profesor de Berkeley, "pero una recuperación estable requiere arreglar antes la banca de Estados Unidos".

"La mayoría de los pronósticos ahora son como tirar una moneda al aire, pero si tengo que apostar por algo yo lo que veo para los próximos años se parece mucho a la última crisis de Japón", afirma Michele Boldrin, catedrático de la Washington University, en Saint Louis (EE UU). Boldrin descarta la depresión, aunque reconoce: "En esta crisis, ya fui demasiado optimista".

Para Boldrin, la Gran Recesión dejará como herencia años de crecimiento débil, lastrado por un sector financiero con la tensión baja. "Estados Unidos ha optado por no intervenir, en la esperanza de que poco a poco los activos tóxicos volverán a tener mercado. Eso es lo que ocurrió en Japón y dejó a los grandes bancos en estado de semiinconsciencia, débiles, sin capacidad para arriesgar en más créditos", indica el catedrático italiano, que colabora en España con Fedea y el Instituto Flores de Lemus. "Al problema del sector financiero, hay que añadir un fenómeno más profundo, el desplazamiento de la producción manufacturera a los emergentes. Cuando despertemos de la crisis en Europa, descubriremos que en India y en China producen muchas más cosas que antes", avisa.

"No es posible la recuperación sin que la crisis financiera se resuelva", insiste Garicano. Pero el profesor de la London School of Economics, cree que buena parte de la solución pasa por dejar quebrar varias entidades. "En Islandia, y ahora en Irlanda, los Gobiernos han garantizado sistemas bancarios enteros, cuyo valor es superior a la capacidad de pago de esos países", subraya Garicano. "En entidades sin riesgo sistémico se debe usar la bancarrota, en vez de obligar a los contribuyentes a cubrir las pérdidas", afirma este profesor universitario, que recuerda que la aseguradora AIG se ha hundido por garantizar impagos que nunca pensó que se producirían.

Un experto español en bancos centrales, que pide anonimato, cree que las exigencias desde el otro lado del Atlántico para que el Banco Central Europeo compre también deuda y baje más los tipos de interés no deberían atenderse. "No creo que sean necesarias las mismas medidas que en Estados Unidos", afirma. Por el lado fiscal, quedan por despejar las dudas sobre su efecto real en la economía: en esta tesitura, familias y empresas suelen primar el recorte de deuda y el ahorro frente al gasto y la inversión. Y el vertiginoso aumento de la deuda pública, multiplica las incertidumbres sobre nuevas medidas.

Los expertos que piden más madera a Gobiernos y bancos centrales se parapetan en el recuerdo de la actuación de Herbert Hoover, presidente de EE UU durante el crash de 1929, para espantar cualquier tentación de aflojar el paso. "Hemos pasado lo peor", dijo Hoover en mayo de 1930, cuando surgieron los primeros brotes de la recuperación. Dos años después las chabolas que daban precario techo a centeneras de miles de estadounidenses se conocían por el nombre de hoovervilles. A falta de más ayudas públicas, si los brotes que nacen hoy no dan fruto en 2010, argumentan, el estrecho desfiladero que transitan los responsables políticos desde el inicio de la crisis, puede convertirse en un alambre en el que hacer equilibrio. Con la depresión, otra vez, de fondo.

ALEJANDRO BOLAÑOS 26/04/2009

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A comienzos de 2007 fue Alan Greenspan (por entonces ya había abandonado la presidencia de la Reserva Federal) quien dio el alerta acerca de la próxima llegada de la recesión en los Estados Unidos, la profecía se cumplió hacia el fin de ese año. Ahora ha sido Gordon Brown, primer ministro de Inglaterra el que ante la Cámara de los Comunes a comienzos de febrero de 2009, en plena recesión, anunció  la llegada de la depresión global.  Como era de esperarse la palabra maldita fue rápidamente desmentida oficialmente que la atribuyo a una “gaffe” (1), una expresión involuntaria de Brown, pero el tema quedo instalado precedido por un cierto número de comentarios y artículos de especialistas coincidentes con esa afirmación.  Casi al mismo tiempo el presidente de Francia, Nicolás Sarkozi, califico a la crisis como “la peor desde hace un siglo” y en su conferencia de prensa del 9 de febrero Barak Obama coincidió con esas visiones “catastrofistas” (realistas).

2009 aparece como el-año-de-todos-los-peligros, es muy difícil pronosticar el ritmo de la crisis en curso sobre todo porque no tiene precedentes en la historia del capitalismo; su carácter sistémico, su pluralidad (económica, energética, militar, institucional, tecnológica, ambiental, ideológica) y las interrelaciones entre sus diversas componentes le confieren un comportamiento errático, casi (pero no totalmente) impredecible.

De todos modos un conjunto de indicadores nos están señalando que el acople recesivo global que se fue desarrollando durante 2008 está ahora ingresando en una nueva etapa caracterizada por grandes caídas productivas y aumentos de la desocupación en los países centrales y en la mayor parte de la periferia.  Se trata de la instalación de un acople depresivo global avanzando ante la impotencia de los gobiernos de los países ricos que constatan como las lluvias de millones de millones de dólares, euros, etc., arrojados sobre sus mercados no consiguen frenar la avalancha.

Al igual que en el comienzo de la etapa anterior el motor de la crisis se encuentra en los Estados Unidos donde durante el último trimestre de 2008 y en el comienzo de 2009 aparecieron datos alarmantes anunciando la inminente llegada de la depresión.



En el cuarto trimestre de 2008 el Producto Bruto Interno promedio cayó a una tasa anual de 3,8% (si descontamos la acumulación de inventarios la caída supera el 5%), la producción industrial bajó 11 %, el consumo de bienes durables 22 %, el de bienes no durables 7 % y las exportaciones 22 %, las informaciones disponibles del primer mes de 2009 (consumo, desocupación, cotizaciones bursátiles, algunos sectores industriales decisivos como el del automóvil, etc.) indican que la tendencia recesiva se profundiza.  A las caídas en la producción y el consumo se agrega el rápido aumento del ahorro personal, impulsado por el temor a la desocupación y a la pérdida de ingresos, que reducirá aún más el consumo lo que a su vez empujará hacia abajo a la producción industrial.  A lo largo de 2008 se puso en marcha el clásico círculo vicioso recesivo donde el consumo, la producción y la inversión interactúan negativamente: la recesión provoca más y más  recesión. Se ha producido un rápido empobrecimiento del grueso de la población, en algunos casos se trata de pérdidas de riquezas ilusorias como lo fue el aumento burbujeante de acciones y valores inmobiliarios que impulsaban el consumo de sus beneficiarios y en otros de pérdidas reales de empleos, salarios y viviendas.

Dos informaciones pueden ser útiles para evaluar la magnitud del desastre, la primera referida a la contracción de la riqueza provocada por el colapso financiero.  La llamada riqueza neta de la población norteamericana (valor de las propiedades, acciones, etc., menos deudas) había descendido a comienzos de 2009 en unos 14 billones (millones de millones) de dólares corrientes respecto del valor promedio de 2007, cifra equivalente al Producto Bruto Interno de los Estados Unidos (2).

La segunda información nos ilustra sobre el impacto social de la crisis, la desocupación “oficial”, es decir la registrada de ese modo por el gobierno, creció gradualmente a lo largo de 2007 y se aceleró desde mediados de 2008, en octubre incluía a más de 10 millones de personas, en diciembre superaba 11 millones (7,2% de la población económicamente activa).  Sin embargo esa cifra subestima el problema porque a los 11,1 millones de desocupados oficiales de diciembre de 2008 (3,6 millones más que en diciembre de 2007) es necesario agregar 2,6 millones de desocupados de “larga duración” (con 27 semanas o más sin empleo), ese sector aumento en 1,3 millones de personas durante 2008, por otra parte los trabajadores precarios llegaban a unos 8 millones (eran 4 millones 600 mil un año antes).  Sumando desocupados oficiales. crónicos y trabajadores precarios se llega en diciembre de 2008 a casi 22 millones de personas, eran 13 millones 500 mil un año antes (3); se trata del salto al vacío de más de 8 millones de personas.

Insolvencia y aceleración de la crisis

Los principales indicadores económicos y sociales nos señalan que la crisis se acelera y que el aumento de ritmo apunta hacia una gran salto cualitativo, un hundimiento catastrófico de la economía norteamericana que seguramente arrastrará al conjunto del sistema global.

El Producto Bruto Interno real creció a una tasa anual del 3,3 % en el segundo trimestre de 2008, tuvo una leve cifra negativa en el tercero (-0,5%) y cayó con fuerza en el cuarto (-3,8%).

La producción industrial aceleró su descenso a lo largo del año pasado, el índice promedio del segundo trimestre cayo 0.9 % respecto del primero, el del tercero bajó 2,3 % respecto del segundo y el de cuarto trimestre descendió 3 % (4).

El consumo personal que se había mantenido estancado en términos reales durante los primeros meses de 2008 inició un persistente descenso en el segundo semestre que tiende a acentuarse a comienzos de 2009 (5).

A lo largo de 2007 y hasta abril de 2008 la masa de desocupados oficiales presentaba una curva ascendente suave, pero en mayo pego un salto del orden del 11 % a partir de allí el crecimiento de la desocupación se aceleró, en los cinco trimestres que van entre enero de 2007 y marzo de 2008 la tasa trimestral promedio de incremento del volumen de desocupados nunca superó el 1,5 %, pero en el tercer trimestre de 2008 subió al 3,5 % y el el cuatro al 5 %.  En diciembre de 2008 se produjeron 630 mil nuevos desocupados netos, en enero de 2008 se repitió aproximadamente dicha cifra (6).

El índice de precios de las viviendas desciende a velocidad creciente desde mediados de 2008, 10 % de caída a lo largo de todo 2008 (7).

En los 12 meses que van entre octubre de 2007 y mediados de septiembre de 2008 la capitalización bursátil norteamericana descendió unos cuatro billones (millones de millones) de dólares, pero solo en los cuatro meses siguientes descendió en un cifra similar, la baja mensual promedio pasó entonces de 333 mil millones de dólares para el primer período a un billón de dólares para el segundo (casi 7 % del PBI por mes) (8). En fin, la tasa de ahorro respecto del ingreso personal disponible que se había mantenido próxima de cero en los últimos años pasó del 1,2 % en el tercer trimestre de 2008 a 2,9 % en el cuarto trimestre y existe consenso entre los pronósticos conocidos para situarla en torno del 5 % antes de fin de año acentuando así la retracción del consumo (9).

Si la tendencia a la aceleración de la caída económica no puede ser frenada todo parece indicar que 2009 se producirá la Gran Depresión, mucho más grande que la de los años 1930.

Desde que se produjo el colapso financiero de mediados de septiembre del año pasado el gobierno (Bush y luego Obama) ha tratado de suavizar la caída a través de millonarios subsidios a los bancos primero y después a industrias clave como la automotriz y finalmente a los consumidores.  Sin embargo estas inyecciones de fondos que aumentan peligrosamente la deuda y el déficit público no han conseguido el objetivo buscado, ha sido así porque detrás de la crisis de liquidez, de la falta de crédito, se encuentra el fenómeno de sobre endeudamiento publico y sobre todo privado que ha colocado a numerosas empresas y a una enorme masa de consumidores en la insolvencia o al borde de la misma.  Eso no se arregla inyectando dinero en el mercado, con esas intervenciones se producen algunos alivios pasajeros que evitan uno que otro derrumbe, postergan un poco la depresión sin poder impedir su llegada.  A su vez la insolvencia y el sobre endeudamiento son el resultado de una prolongada decadencia productiva asociada al ascenso del parasitismo financiero de aproximadamente cuatro décadas de duración, es el conjunto del sistema lo que ha entrado en crisis,

Trampa global

Al igual que en el período recesivo (2008) no existe ninguna posibilidad de desacople, la articulación comercial, productiva y financiera de la economía mundial opera como una gigantesca trampa de la que nadie puede escapar.  Habrá que esperar a que el tiempo (la prolongación de la crisis) genere factores de desarticulación, de fractura capaces de quebrar la unidad del sistema, para que ello ocurra debería producirse una quiebra duradera del comercio y de la trama monetaria internacional (queda abierta la reflexión acerca de la posibilidades de supervivencia del capitalismo como cultura universal si eso llegara a ocurrir).

Por ahora el hundimiento es general, la mayor parte de los países europeos están pasando de la recesión a la depresión, Japón sigue el mismo camino. China transita hacia una fuerte baja en su tasa de crecimiento del PBI, algunos pronósticos la sitúan en torno del 6 % para 2009 con consecuencias económicas y sociales equivalentes a una recesión, Brasil y Rusia ya se han acoplado al desinfle global, la Organización Internacional del Trabajo acaba de presentar un escenario para 2009 que incluye cincuenta millones de desocupados adicionales (10).

Depresión psicológica

La depresión económica viene precedida por una ola de depresión psicológica que luego de algunos primeros pasos tímidos en medio de la recesión de 2008 se expande actualmente a toda velocidad entre las elites dominantes del mundo, el pesimismo se está adueñando del universo cultural del capitalismo, sus ilusiones de dominación imperial del mundo se van disolviendo en el océano de la crisis.  Ese  clima fue bien expresado en su momento inicial por Richard Haass, presidente del Consejo de Relaciones Internacionales de los Estados Unidos, cuando en un articulo publicado en Mayo de 2008 señalaba el fin de la hegemonía global norteamericana y el nacimiento de un mundo crecientemente despolarizado (11), es decir el principio del fin de la plurisecular y compleja construcción colonial de Occidente.  Hacia mediados de diciembre James Rickards, figura clave del aparato de inteligencia norteamericano presentó un informe auspiciado por la U.S. Navy plagado de pronósticos siniestros: desde el derrumbe del dólar y de los títulos públicos norteamericanos hasta reducciones del Producto Bruto Interno del orden del 30 % en los próximos cinco años y tasas de desocupación similares a las de los años 1930 (12).  Finalmente el último encuentro de Davos, en otros tiempos reunión estelar de la cumbre de la globalización neoliberal, estuvo dominado  por las constataciones de impotencia ante una crisis avasalladora, empresarios transnacionales y dirigentes de las grandes potencias lloraron sobre los restos de un mundo que llegaron a creer eterno.

Este acople mundial del pesimismo ideológico y la depresión económica podría ser visto en una primera aproximación al tema como el principio del fin de la post guerra fría, período de dos décadas de duración marcado por la dominación global de los Estados Unidos, un auge sin precedentes de la especulación financiera y una integración transnacional muy avanzada de los sistemas productivos, también podría ser descripto como era neoliberal enterradora del keynesianismo, del estatismo burgués desarrollista.  Sin embargo esas serían interpretaciones muy limitadas, carentes de una visión histórica más amplia ya que el llamado neoliberalismo no fue otra cosa que el discurso triunfalista de la degeneración financiera, parasitaria del capitalismo keynesiano.  En los Estados Unidos el estado militarista e interventor nunca se retiró de la escena y en las otras grandes potencias la intervención voluntarista del Estado estuvo siempre presente aunque al servicio de un capitalismo globalizado y financierizado cuya dinámica terminó por desquiciar, corromper profundamente a los sistemas institucionales en los que se apoyaba. Es toda la historia del capitalismo (sus grandes paradigmas científicos y tecnológicos, su estilo de consumo, sus sistemas productivos, su cultura imperial) lo que ahora está comenzando a navegar a la deriva.

Por, Jorge Beinstein, economista argentino, docente de la Universidad de Buenos Aires

Notas

(1), Philip Webster, "Comment: Brown on depression - a gaffe and that's official", Times Online, February 4, 2009.

(2), Federal Reserve Statistical Release, Flow of Funds Account in United States y estimaciones propias..

(3), U.S. Bureau of Labor Statistics, “The employment situation: December 2008”.

(4), Federal Reserva Statistical Release, Industrial Production and Capacity Utilization.

(5), Bureau of Economic Analysis, National Economic Accounts, Real Personal Consumption Expenditures.

(6), U.S. Bureau of Labor Statistics-

(7), House Price Index, OFHEO, U.S. Office of Federal Housing Entreprise Oversight.

(8), World Federation of Exchanges.

(9), Personal Saving Rate, U.S. Bureau of Economic Analysis, National Economic Accounts.

(10), “Global jobs losses could hit 51 m”, BBC News, 2009-01-28.

(11), Richard Haass, “The Age of Nonpolarity. What Will Follow U.S. Dominance”, Foreign Affairs,  May/June 2008.

(12), Eamon Javers, "Four really, really bad scenarios", Politico.com, 17 de diciembre de 2008.






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Martes, 09 Diciembre 2008 11:02

Las vacas flacas

En unos cuantos meses brutales, las perspectivas de la economía mundial se han deteriorado a velocidad extraordinaria. Parecía que los países ricos se encaminaban a una recesión poco profunda, de la que saldrían con cierta dificultad; ahora lo que se ve venir es una depresión económica. Como muestra de su creciente preocupación por los consumidores estadunidenses, el 12 de noviembre el Tesoro y la Reserva Federal enfocaron sus esfuerzos al rescate de préstamos para autos, estudios universitarios y tarjetas de crédito. Los bancos centrales, hasta hace poco tan temerosos de la inflación, ahora reducen las tasas de interés para evitar que descienda demasiado. No será fácil: la deflación –caída generalizada del nivel de precios de bienes y servicios– podría estallar el año próximo. Sin embargo, al recordar la década de los 30 del siglo pasado, los políticos procurarán que no se instale y convierta la crisis en catástrofe.

Pensar en que los precios disminuyan puede parecer raro cuando la inflación aún es incómodamente alta. En EU llegó a 5.6% en julio, la tasa más alta desde 1991. En el mismo mes, en el área del euro se elevó a 4%. En Gran Bretaña alcanzó 5.2% en septiembre, muy por encima del 2% que era la meta del gobierno. La inflación alta fue en su mayor parte resultado del alza en los productos básicos durante el primer semestre. La inflación subyacente, que excluye costos de alimentos y energía, fue mucho más estable.

Desplome del crudo

No obstante, a partir del verano el auge de los productos básicos se ha convertido en caída, lo que ha cambiado dramáticamente el panorama de la inflación. El precio del barril de crudo se desplomó de un pico de 147 dólares en julio a menos de 60 dólares en días recientes. El índice de The Economist de precios de los productos básicos, petróleo excluido, cayó 40% desde julio. Si los precios de las materias primas se mantienen en estos niveles bajos, la variación interanual en los precios al menudeo de alimentos y combustibles será muy negativa en 2009.

Eso se sumará a otra presión a la baja sobre la inflación. A medida que las economías se hunden en la recesión y el gasto se reduce, las empresas tendrán que competir denodadamente por las ventas mediante una muy cuidadosa política de precios. El exceso de la oferta es evidente en la bolsa laboral de EU: la tasa de desempleo se elevó a 6.5% en octubre. Un año antes era de apenas 4.8%.
Los bajos precios de alimentos han tenido un rápido efecto sobre la inflación en China, que cayó a 4% en octubre de su pico de 8.7% en febrero. En el mundo rico, un periodo de deflación parece más posible en EU que en Europa. Los costos del crudo constituyen un gran porcentaje de los precios que los consumidores estadunidenses pagan por la gasolina: menores impuestos y aranceles a los combustibles significan que las oscilaciones de los mercados petroleros tienen mayor efecto sobre los precios en la gasolinera. El combustible para motores representa una porción más grande en el gasto de los estadunidenses, de manera que la baja de precios reducirá aún más la inflación. Los precios tienden a ser menos “firmes”: responden más rápido a las condiciones económicas porque los mercados son más flexibles que en Europa. Un dólar más fuerte incrementará las presiones deflacionarias en EU, aunque las mitigará en otras partes.

Es probable que la caída interanual de los precios del petróleo sea más marcada en el tercer trimestre del año próximo, cuando la base sea el punto más alto de este verano. Economistas de Goldman Sachs consideran que el índice inflacionario de EU será negativo durante un periodo. La inflación en el área del euro estaría, por entonces, en camino de alcanzar un punto bajo, también, aunque los precios en realidad no bajen. Al hablar después de que el Banco Central Europeo (BCE) redujo medio punto sus tasas de interés, el 6 de noviembre, Jean-Claude Trichet, director del banco, admitió que la inflación podría caer muy por debajo del techo de 2% que el BCE se había fijado para el año próximo. Pero esa disminución sería “de corta vida y sin importancia” para las decisiones sobre tasas de interés. El Banco de Inglaterra ve la deflación como algo más que un riesgo remoto. Su Informe sobre la inflación, publicado el 12 de noviembre, prevé que las tasas de inflación serán de entre –1% y 3% en un plazo de dos años. Es la primera vez que la previsión de variables del banco, que acierta nueve veces de cada 10, considera una deflación.

Un descenso en la inflación debe ser una buena noticia para las economías. Eleva los ingresos reales de los consumidores y amplía los márgenes de ganancia de las empresas. Sin embargo, hay algo pernicioso en una caída tan grande y tan rápida. Como la caída en los precios encarece la deuda, los hogares endeudados se apresurarán a pagar préstamos, mientras otros consumidores se beneficiarían de un aumento en su capacidad de compra. Si la deflación se instala, la brecha de la demanda que dejarían los que salen de deudas no sería cubierta por el efectivo de los consumidores ricos, quienes tienden a gastar con menos liberalidad.

Una mezcla letal de precios a la baja y alto apalancamiento podría fomentar una “deflación de deuda” como el que describió por primera vez Irving Fisher, economista estadunidense, en 1933. En este esquema, las empresas y consumidores sobrendeudados se apresuran a liquidar sus préstamos al tiempo que el crédito se agota. Eso daña la demanda y provoca reducciones de precios. La deflación, a su vez, aumenta el costo real de la deuda, lo cual significa que las tasas de interés reales no pueden ser negativas, y por tanto son indeseablemente altas. Eso fomenta aún más el pago, de manera que, en palabras de Fisher, la “liquidación se derrota a sí misma”.

La teoría de Fisher tiene interés más allá de lo académico. Recientes encuestas de la Reserva Federal y el BCE mostraron que la mayoría de los bancos endurecieron sus criterios crediticios en octubre en comparación con los de julio. Tal era la preocupación en EU, que el 12 de noviembre los reguladores indicaron que analizarían las políticas de dividendos de los bancos que no incrementaran su colocación crediticia.

Colapso en el gasto

Las encuestas revelaron también cierta renuencia al crédito, lo que concuerda con un colapso en el gasto. Los pedidos extranjeros de bienes de capital alemanes se derrumbaron 14% en septiembre, lo que sugiere que las empresas de todo el mundo reducen su inversión. Las ventas de automóviles en EU y Europa caen en picada. Minoristas estadunidenses, como Neiman Marcus, JC Penney y Gap, reportaron descensos de dos dígitos en ventas durante el año que finalizó en octubre. La información de las ventas al público en Gran Bretaña también es sombría, lo que constituye una gran preocupación para las firmas que han sufrido el deterioro de sus capitales y ahora están muy endeudadas. Si las ventas no responden a las reducciones de intereses, algunos minoristas podrían recurrir a elevados descuentos conforme se aproxima la Navidad.

Los mercados de valores esperan que los precios al consumidor en EU desciendan hasta 2% durante el próximo año, de acuerdo con Mark Capleton, del Banco Real de Escocia. En el área del euro se espera que la inflación se acerque a cero. Cuando los precios se elevaban con rapidez, los bancos centrales temían que, en respuesta, las expectativas inflacionarias a los consumidores ascendieran también. Ahora estarán igual de interesados en evitar que caigan demasiado. Eso significa que, muy pronto, las tasas de interés en los países ricos podrían bajar a cero; algunas ya están muy cerca de hacerlo.
Sin embargo, la deflación no es el único temor. Los inversionistas parecen sumamente interesados en cubrirse contra toda clase de resultados. “El mercado de opciones nos indica que la incertidumbre inflacionaria se ha disparado”, dice Capleton. Eso refleja el temor de que los gobernantes se extralimiten en su esfuerzo por enfrentar la deflación.

Fuente: EIU
Traducción de texto: Jorge Anaya
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