MÚSICA DESDE OTRAS COORDENADAS

Miércoles, 05 Mayo 2021 06:37

Frankenstein revisitado

Frankenstein revisitado

 Con angustia, el paciente expresa: "Busco a la mujer ideal". Acuciosa, la terapeuta inquiere: "¿La real le da miedo?"

Ahora bien. ¿Cambiaría la pregunta si el paciente angustiado dijera que anda buscando la "sociedad ideal"? De mi lado, creo que si el paciente fuese mujer, ambas inquietudes hubieran tenido otra formulación. Porque de lo que llevo aprendido, los devaneos masculinos raramente han sido de su interés. Moraleja (tentativa): la mujer, el hombre y la sociedad "ideales", nunca existieron.

Obviamente, sería pueril concluir que luchar por ideales es un error. A no ser, claro, que los anhelos de cambiar la realidad naufraguen en meras declaraciones ideológicas.

La noción moderna de ideología empezó a tomar forma durante la Gran Revolución (1789-99). Desde entonces, con disímiles connotaciones, gravita en la política, la economía, la sociedad y la cultura, usándose para señalar emociones, conciencia, intereses, proyectos, ilusiones, programas políticos… siga usted.

Implícita y sugestivamente, el vocablo ideología aparece con los primeros indicios de una sicología social: “Todo lo síquico tiene su origen en la sensio (sensibilidad, percepción)”, apunta el filósofo inglés Thomas Hobbes en Sobre el hombre (1658). Una sicología social que los protagonistas de la Gran Revolución encendieron al rojo vivo.

Con ligereza binaria, se ha dicho que los términos izquierda y derecha provienen de la ubicación de los asambleístas franceses con respecto al centro del presídium. A la izquierda, "los de abajo" (jacobinos); a la derecha, "los de arriba" (girondinos).

No obstante, en su biografía Fouché, el genio tenebroso (1929), Stefan Zweig señala que en las bancas de arriba estaban "los de abajo" (o jacobinos: Danton, Marat, Robespierre), y en las de abajo "los de arriba" (o girondinos: Brissot, Condorcet, Roland).

Mientras que "afuera", faltaba más, estaban los sans coulottes (sin calzones). Es decir, la plebe que tomó La Bastilla y derrocó a la monarquía, para luego ser tropa en los ejércitos de la revolución y, con Napoleón, eficaces verdugos de los pueblos de Europa.

La Gran Revolución quedó consagrada en los magníficos óleos "ideales" de David. Y en los "reales" de Goya, o en la novela Los dioses tienen sed (Anatole France, 1912), devorando a sus hijos. O hijas. Entre ellas, Olympia de Gougés (1748-93), autora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791), quien para escándalo de "los de abajo" y "de arriba" decía que el matrimonio era "la tumba de la confianza y el amor".

Vertientes ideológicas de la cultura y la filosofía política occidental, que con Lord Byron y el Che alcanzaron cotas máximas de expresión. El poeta tenía una goleta llamada Bolívar, admiraba al general José Antonio Páez (1790-1873) y estuvo a punto de enrolarse en la guerra de independencia de Venezuela. Bueno, murió en la de Grecia, aunque de sepsis (1824). Y en México, el Che se incorporó a la lucha victoriosa de Cuba, peleó sin suerte en el Congo colonial y murió asesinado por la CIA, tras ser abandonado por los comunistas bolivianos (1967).

¿A partir de cuándo buena parte de los pensadores y luchadores sociales de América Latina le dieron las espaldas a nuestra historia, y emulando liberales y conservadores empezaron a razonar con matrices ideológicas eurocéntricas que se pretenden universales?

Pero ahí siguen y ahí están: pendientes del pensador de moda europeo, y remachando sus ideas bajo las formas del colonialismo ideológico y la dependencia intelectual.

Junto con Manuela Sáenz y Eva Perón (a las que ya dediqué breves ensayos), siempre regreso con Mary Shelley. Una mujer que recurrió a la imaginación, para dar cuenta de la realidad. ¿Acaso Frankenstein (1818) no es una metáfora del delirio masculino cuando se olvida que "ciencia sin conciencia es ruina del alma"?

La Gran Revolución abrió de par en par las puertas del romanticismo y el idealismo modernos. Y con Frankenstein, Mary Shelley dio cuenta de los errores y horrores de las ideologías que subestiman (o de plano pierden) la brújula política.

El invaluable legado de la Gran Revolución, mujeres como Olympia de Gougés y personajes como el poeta Lord Byron y el Che, muestran con claridad que ideología y política son dedo y uña, o están predestinadas a naufragar cuando se aventuran en el mar de los sargazos.

Publicado enSociedad
Miércoles, 31 Marzo 2021 05:20

¿Arrancó la "Internacional Bolsonarista"?

¿Arrancó la "Internacional Bolsonarista"?

La vida del activista estadunidense "Jake Angeli" (alias de Jacob Anthony Angeli Chensley) corre peligro: el servicio gastronómico de la cárcel donde fue recluido después de su participación en el asalto al Capitolio no incluye "comida orgánica".

Conocido en las redes como QAnnon Shaman o Yellowstone Wolf, Jake vivió sus horas de gloria cuando en el "templo de la democracia" el mundo lo visualizó portando una lanza con el torso desnudo, gorro sioux de piel de búfalo, tatuajes celtas y cuernos de vikingo.

Sin embargo, nada trascendió acerca del manojo de documentos que Jake habría tomado de los despachos de republicanos y demócratas, saqueados por los revoltosos e incautados por la FBI.

Entre los documentos, un misterioso borrador o minuta titulada La Internacional bolsonarista, que nos hizo llegar un periodista de Washington DC que pidió reservar su nombre.

La minuta da cuenta de la reunión clandestina que, luego del triunfo de Joe Biden, habría sostenido el secretario general de la OEA, Luis Almagro, con siete cancilleres sudamericanos.

Al aquelarre habrían asistido el brasileño Ernesto Araujo (canciller del presidente Jair Bolsonaro); el uruguayo Francisco Bustillo (íd., Luis Lacalle Pou); el paraguayo Federico González (íd. Mario Abdo Benítez): la colombiana Claudia Blum Capurro (íd, Iván Duque); el ecuatoriano Luis Gallegos Chiriboga (íd. Lenin Moreno); el chileno Andrés Allamand (íd. Sebatián Piñera), y el peruano Mario López Chávarri (íd. Martín Vizcarra).

A modo de petit-comité y sentados alrededor de una mesa redonda en un sótano de la OEA (blindado para evitar cámaras y grabaciones), Almagro dio la bienvenida a los convocados y fue al grano:

“Queridos amigos: no todo está perdido. Nuestro jefe y guía de Occidente perdió las elecciones, pero consiguió 74 millones de votos. Por ello, decidí formar un comité internacional de emergencia que, desde ya, será conocido como "la Internacional Bolsonarista" (IB).

Almagro explicó que la IB se proponía reforzar "nuestras democracias" contra los avances del populismo en México, Argentina y Bolivia, "el respaldo de Cuba al necio de Maduro" y que, de no haber objeciones, así quedaría constituido:

Presidente ad honorem: Jair Bolsonaro.

Comisario político: Mario Vargas Llosa.

Y "para no burocratizar las cosas", agregó el jefe de la OEA, tres ­secretarías:

Etica y transparencia, a cargo del ex presidente de Argentina Mauricio Macri;

Derechos humanos, a cargo de los ex presidentes de México Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto;

Asuntos constitucionales, a cargo del "presidente de Venezuela" Juan Guaidó.

A los efectos prácticos, la IB contaría con cinco secretarías de apoyo:

Capacitación: para aspirantes latinoamericanos a ser reconocidos como embajadores de Washington en sus países, a cargo de Enrique Krauze.

Operaciones especiales (logística, explosivos, contratación de expertos en "daños colaterales"), a cargo del ex presidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez, y el cubano Carlos Alberto Montaner.

Prensa y difusión: Andrés Oppenheimer, Jorge Ramos, y el "comunicólogo" ecuatoriano Jaime Durán Barba.

Consultores: Mario Quiroga y Andrés Pastrana, ex presidentes de Bolivia y Colombia.

Jefe de meseros y acopio de bebidas varias: Jorge Castañeda, ex canciller de México.

En la minuta se apunta que ­paralizados de ideológica emoción, los siete cancilleres se miraron entre sí y luego, con crecientes golpeteos de aprobación sobre la mesa, terminaron eufóricos y gritando "¡sí-se-pue-de!", "¡sí-se-­pue-de!"

Con una cucharita, Almagro hizo sonar un copa para calmar a sus invitados, y delegó la palabra al único orador, el canciller Araujo, quien cerró el aquelarre negando la influencia humana en el cambio climático, considerándolo un "dogma" que apunta en particular a "aumentar el poder de China".

El discípulo de Bolsonaro agregó: “Nuestra lucha es contra el populismo y el ‘marxismo cultural’, la heterosexualidad, las carnes rojas y el petróleo”. Y en cuanto a la epidemia que ha convertido a su país en una bomba de contagio global, usó la insólita expresión "sadismo abortivo": “Vamos bien. Dios ha decidido que a mediados de 2021, tendremos medio millón de muertos. ¡Pero en Brasil viven 220 millones! Entonces, el aborto es más preocupante que el coronavirus. Quieren una sociedad donde nadie nazca, ningún bebé y menos el niño Jesús. Incluso, pregunto: ¿el ‘sadismo abortista’ de la izquierda no se deriva de una afirmación nihilista de estar matando a Cristo antes que nazca cada bebé?”

Sin comentarios, Almagro levantó la sesión y, rápidamente, los cancilleres retornaron a sus países para comunicar la buena nueva.

Publicado enInternacional
Kyle Glenn - https://unsplash.com/photos/IFLgWYlT2fI

La coalición entre el autodenominado “centro” político y la izquierda representada por Gustavo Petro, se ve obstaculizada por diferencias ideológicas de fondo. El “centro” no parece estar dispuesto a resolver las demandas sobre reformas estructurales acalladas durante la guerra, que emergieron con el proceso de paz y fueron representadas por Petro en 2018.

Parece a destiempo, pero no es así. Las disputa por la presidencia empezó a agitarse desde mediados de diciembre con la reunión del expresidente Uribe y representantes del llamado “clan Char” en la hacienda El Ubérrimo. Los detalles del encuentro no trascendieron al ámbito público, pero la noticia fue suficiente para que otros actores iniciaran sus apuestas de cara a la contienda electoral. Así, el 28 de enero de 2021, en un club del norte de Bogotá, se dieron cita varios sectores del autodenominado “centro” político.

Allí concurrieron Sergio Fajardo, de Compromiso Ciudadano; Humberto de la Calle, Juan Manuel Galán y Juan Fernando Cristo, con trayectoria en el Partido Liberal; representantes del Partido Verde, como Angélica Lozano, y Jorge Robledo del movimiento Dignidad, la divisa electoral del Moir. Aunque no parece ser un consenso, algunos de ellos, como Fajardo y Lozano, se pronunciaron contra una consulta popular que incluya a Gustavo Petro, de Colombia Humana, para forjar una candidatura presidencial unificada, argumentando que su propósito es ofrecer una alternativa a la “polarización”, supuestamente producida por el antagonismo entre el uribismo y el excandidato presidencial.

De cerrarse la posibilidad de una coalición entre los sectores “alternativos” para la primera vuelta presidencial, a realizarse en mayo de 2022, podría repetirse el escenario de 2018, cuando los votos se dividieron entre Petro y Fajardo, forzando a una segunda vuelta con el candidato del uribismo, Iván Duque, que le dio el tiempo suficiente para alinear contra Petro la totalidad de las fuerzas políticas tradicionales.

En la exclusión de Petro se expresa el temor a que el candidato pueda imponerse en la eventual consulta, especialmente sobre su anterior contrincante, Sergio Fajardo. Sin embargo, los obstáculos que enfrenta la coalición hunden sus raíces en profundas diferencias ideológicas, producto de los diversos intereses que cada alternativa representa. Si bien entre los sectores “alternativos” puede existir una oposición común al uribismo, tienen posiciones distintas e incluso antagónicas sobre la construcción de paz y el modelo neoliberal, entre otros.
El “centro”

En años recientes se ha discutido si existe un centro político en Colombia e incluso si es posible su existencia. En términos generales, tal centro puede referirse a dos fenómenos: al posicionamiento de determinados actores hacia el medio en el continuo ideológico izquierda-derecha o a una identidad política particular.


En el primer caso, los actores se ubican en relación con principios filosóficos entre dos extremos de naturaleza típico-ideal. Así, por ejemplo, se asume que determinado actor es de centro si adopta una posición moderada entre una robusta intervención del Estado en la economía para garantizar los derechos sociales (izquierda) y la absoluta “autorregulación” del mercado por la competencia individual (derecha). Desde esta perspectiva, en Colombia la mayoría de los actores políticos tienden al centro del espectro ideológico. Esta es una constante en la historia política del país. A partir del Frente Nacional los partidos tradicionales, Conservador y Liberal, tendieron a converger en el centro.

La excepción, coincidente con el declive del bipartidismo, fue el uribismo, que ha configurado una opción claramente de derecha. Pero incluso las propuestas más “radicales” de la izquierda se mantuvieron en reivindicaciones socialdemócratas: reforma urbana, redistribución de la propiedad de la tierra, apertura política, etcétera. De hecho, con posterioridad a la caída del Muro de Berlín, la izquierda de partidos y movimientos tendió hacia el centro hasta el punto de erigir la defensa de la Constitución de 1991 en su principal objetivo.

En el segundo caso, el centro como identidad política alude a un posicionamiento concreto, un proyecto que diferencia a un actor o conjunto de actores ubicándolos en una cartografía en relación ya no con principios sino con los demás actores en disputa en un campo político. El posicionamiento en el continuo izquierda-derecha es necesario pero no suficiente para determinar la existencia de una identidad política. Se requiere un discurso político que establezca las fronteras para articular unos actores excluyendo otros. Por ejemplo, el “uribismo” es una identidad política que se ubica a la derecha del espectro ideológico, pero que además ha establecido claramente unas fronteras discursivas, de antagonismo y de diferencia, con los demás actores del escenario político colombiano.

Los actores del “centro” han tenido grandes dificultades para construir una identidad, un discurso consistente que establezca dichas fronteras frente a lo que rechazan: el uribismo y la izquierda, y se exprese en un proyecto común. Pueden tender hacia el medio en el espectro ideológico, pero no configuran una identidad análoga, por ejemplo, al “uribismo” o, incluso, al llamado “petrismo”. Esa identidad ni siquiera tomó consistencia tras la elección de Claudia López, del Partido Verde, como alcaldesa de Bogotá, puesto que su proyecto no se distinguió sustancialmente de su antecesor, Enrique Peñalosa, ni de los intereses socioeconómicos que este representó, mientras en la práctica su gobierno ha dado cabida a actores de todo el espectro ideológico, incluyendo la derecha uribista.

De hecho el “centro” se convirtió en lo que popularmente se llama un “escampadero”, con propósitos meramente electorales y sin preocupación por la construcción de un proyecto alternativo de país. Su principal disputa política es por representar los intereses de la parte de la clase dominante que hoy representa el uribismo. Por eso su consigna preferida, al igual que el de los uribistas, es contra la “polarización”. Allí convergen personalidades de los partidos tradicionales que buscan reinventarse como “alternativos”, muchos de los cuales hicieron hasta no hace mucho parte activa del uribismo, junto con herederos del capital político de Antanas Mockus, reencauchando su electoralmente exitosa “antipolítica” como lucha contra la “polarización”, y una parte de la izquierda.


La “polarización”

La autoidentificación de “centro” apareció en las elecciones presidenciales en 2018, con el claro objetivo de tomar distancia de Petro, y está necesariamente ligada a un rechazo de la “polarización” del escenario político. La convergencia de “centro”, formada por el Partido Verde, Compromiso Ciudadano y el Polo Democrático, tuvo inicialmente como eslogan fundamental la lucha contra la corrupción. Pero una vez se produjo el ascenso de Petro en las encuestas se utilizaron dos grandes consignas. Primero, Fajardo era el único que podría vencer a Duque, candidato del uribismo, en segunda vuelta. Segundo, Petro y Duque eran dos extremos que, literalmente, acabarían con el país de llegar al gobierno.

Tal estrategia pretendía atraer el electorado de Petro hacia Fajardo. Sin embargo, terminó por descuidar la frontera discursiva entre el “centro” y el uribismo, por ejemplo, al abandonar la lucha contra la corrupción. Incluso es probable que, ante la vehemencia con que se denunció el peligro de que Petro, asimilado al “castrochavismo”, llegara al gobierno, muchos votantes derechistas de Fajardo se decidieran al final por el uribismo. Así pues, la estrategia demostró que la incipiente identidad política del centro y su diagnóstico de “polarización” más que en un proyecto alternativo de país se basaba en el “antipetrismo”.

No obstante, las diferencias entre los actores “alternativos” no se reducen a cálculos electorales, sino que comprometen diferencias ideológicas de fondo, que hoy vuelven a obstaculizar la posibilidad de una coalición. Las propuestas de Petro no son radicales en términos de su posición en el continuo izquierda-derecha. Su “capitalismo humano”, incluso con la reconversión del modelo extractivista hacia uno basado en el “conocimiento”, a lo sumo podrían ubicarse en la centro-izquierda, puesto que ni siquiera cuestionan de fondo el rol pasivo del Estado en la economía.

¿Por qué Petro “polariza” o produce “odio de clases”, como se dijo en 2018? La respuesta tiene que ver menos con sus principios y propuestas explícitas que con aquello que llegó a representar. En efecto, ante la progresiva fragmentación y posterior huida hacia el centro del partido mejor organizado en la izquierda, el Polo Democrático, fue Petro quien, a pesar de sí mismo y de muchas de sus propuestas explícitas, representó políticamente la diversidad de demandas que emergieron con ocasión del proceso de paz.

Se trata de reivindicaciones sobre problemas estructurales aplazados por la guerra que, simultáneamente, están en la raíz de los ciclos de violencia política: redistribución de la propiedad agraria, respuestas consistentes contra la pobreza y desigualdad extremas, terminar con la exclusión política vía genocidio, garantizar verdad, justicia, reparación y no repetición, entre otras, blandidas por los actores populares en las grandes protestas que tuvieron lugar durante el gobierno Santos.


La coalición

Así las cosas, uno de los principales obstáculos para la coalición es el rechazo del “centro” no solo a Petro sino a lo representado por él, pues permite inferir que entre los “alternativos” existen concepciones muy distantes sobre la construcción de paz. La premisa que haría posible la coalición hacia 2022 es que tanto el “petrismo” como los sectores del “centro” comparten el antiuribismo y propuestas básicas como la implementación del Acuerdo de Paz, que el gobierno Duque sistemáticamente ha obstaculizado.

El problema, no obstante, es ponderar el compromiso con la construcción de paz por parte del “centro”: ¿es posible construir paz cuando varias de las demandas que justificaron el Acuerdo son concebidas como “extremas”, “polarizantes” o generadoras de “odio de clases”?

Claramente, estos sectores abanderan una concepción minimalista de la paz, que se conforma con una situación de ausencia de combates pero que no necesariamente resuelve los problemas que están en la raíz de los ciclos de violencia. Si bien esa concepción puede corresponder con lo que se pactó en La Habana, dista de las expectativas que el proceso de paz creó y no responde a las reivindicaciones que emergieron en tal coyuntura.

Por consiguiente, el rechazo del “centro” es en últimas a la posibilidad de que un gobierno de Petro implemente reformas estructurales que afecten los intereses de sectores sociales y económicos que este sector representa, esto es, una parte de la clase dominante que ya no comparte los medios con que el uribismo hace política. Muchas de las decisiones de Petro como Alcalde de Bogotá, empezando por recobrar para el Distrito la gestión del sistema de recolección de residuos, afectaron esos intereses. De hecho, la homologación de Petro con el “castrochavismo” se basa en la burda analogía entre la conservación y fortalecimiento de las empresas públicas y las políticas de nacionalización implementadas por el chavismo en Venezuela.

Eso muestra otro gran obstáculo para una eventual coalición: el “centro” no está dispuesto a tocar el modelo socioeconómico neoliberal sobre el que se basan los privilegios e intereses de los sectores que representa, ni siquiera cuando las propuestas de Petro en ese orden son tímidas.


La izquierda

Debido en gran medida a la necesidad de desmarcarse de la “lucha armada”, en las últimas décadas la izquierda colombiana se movió hacia el centro del espectro ideológico. Como consecuencia, las demandas de amplios sectores sociales han quedado sin representación política, teniendo que expresarse por vías como la protesta social. Además, dichas demandas, que emergieron durante el proceso de paz y que en otro contexto se verían como reformas modernizantes, se perciben como “extremas”. Así, el costo del desplazamiento de la izquierda hacia el centro ha sido la conservadurización del escenario político.

La fragmentación del Polo Democrático, con la separación de Dignidad, que ha pasado a engrosar las filas del “centro”, es un efecto de esa tendencia de largo plazo. Sin embargo, en la coyuntura electoral tal tendencia se profundiza. El Polo Democrático por un lado apuesta a una coalición entre el “centro” y Petro, y por otro está comprometido con el gobierno de Claudia López. De ahí que sus líderes eviten toda crítica pública que pueda comprometer la posibilidad de tal coalición.

Pero incluso las cabezas visibles de Colombia Humana parecen haber aceptado el diagnóstico según el cual el escenario político está “polarizado” y, por lo tanto, hacen esfuerzos por desmarcarse del estigma de “castrochavistas”, moviéndose hacia el centro del espectro ideológico y apostando por obtener así mejores dividendos electorales. Como consecuencia, las demandas sobre problemas estructurales de la sociedad colombiana, que emergieron con las grandes protestas en el marco del proceso de paz y que representó Petro en 2018, tiendan a quedar nuevamente sin representación política.

El diagnóstico que hoy justifica ese posicionamiento de la izquierda se basa en la premisa de que es necesario evitar otro gobierno uribista y posibilitar la implementación del Acuerdo de paz. Este imperativo relega una agenda más amplia de reformas, entre las cuales debería ubicarse el abandono del modelo neoliberal, ante la necesidad de encontrar una alianza para las elecciones presidenciales. El gobierno uribista ha tenido un efecto perverso sobre la implementación del Acuerdo y, como consecuencia, la generación de un nuevo ciclo de violencia política, que se expresa fatalmente en el genocidio político en ciernes. Por lo tanto, es comprensible que el principal propósito de la izquierda, en una situación de repliegue táctico, sea evitar otro gobierno del mismo tipo.

Sin embargo, la construcción de la paz, e incluso la implementación del Acuerdo, por tímido que haya resultado, pasan necesariamente por resolver las demandas que emergieron durante el proceso de paz referentes a los problemas estructurales que generan cíclicamente la violencia política. Por consiguiente, ese debería ser el núcleo de un acuerdo programático entre el “centro” y la izquierda, más allá de todo cálculo electoral.

 

Para suscripción:

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=suscri

 

Publicado enEdición Nº276
Kyle Glenn - https://unsplash.com/photos/IFLgWYlT2fI

La coalición entre el autodenominado “centro” político y la izquierda representada por Gustavo Petro, se ve obstaculizada por diferencias ideológicas de fondo. El “centro” no parece estar dispuesto a resolver las demandas sobre reformas estructurales acalladas durante la guerra, que emergieron con el proceso de paz y fueron representadas por Petro en 2018.

Parece a destiempo, pero no es así. Las disputa por la presidencia empezó a agitarse desde mediados de diciembre con la reunión del expresidente Uribe y representantes del llamado “clan Char” en la hacienda El Ubérrimo. Los detalles del encuentro no trascendieron al ámbito público, pero la noticia fue suficiente para que otros actores iniciaran sus apuestas de cara a la contienda electoral. Así, el 28 de enero de 2021, en un club del norte de Bogotá, se dieron cita varios sectores del autodenominado “centro” político.

Allí concurrieron Sergio Fajardo, de Compromiso Ciudadano; Humberto de la Calle, Juan Manuel Galán y Juan Fernando Cristo, con trayectoria en el Partido Liberal; representantes del Partido Verde, como Angélica Lozano, y Jorge Robledo del movimiento Dignidad, la divisa electoral del Moir. Aunque no parece ser un consenso, algunos de ellos, como Fajardo y Lozano, se pronunciaron contra una consulta popular que incluya a Gustavo Petro, de Colombia Humana, para forjar una candidatura presidencial unificada, argumentando que su propósito es ofrecer una alternativa a la “polarización”, supuestamente producida por el antagonismo entre el uribismo y el excandidato presidencial.

De cerrarse la posibilidad de una coalición entre los sectores “alternativos” para la primera vuelta presidencial, a realizarse en mayo de 2022, podría repetirse el escenario de 2018, cuando los votos se dividieron entre Petro y Fajardo, forzando a una segunda vuelta con el candidato del uribismo, Iván Duque, que le dio el tiempo suficiente para alinear contra Petro la totalidad de las fuerzas políticas tradicionales.

En la exclusión de Petro se expresa el temor a que el candidato pueda imponerse en la eventual consulta, especialmente sobre su anterior contrincante, Sergio Fajardo. Sin embargo, los obstáculos que enfrenta la coalición hunden sus raíces en profundas diferencias ideológicas, producto de los diversos intereses que cada alternativa representa. Si bien entre los sectores “alternativos” puede existir una oposición común al uribismo, tienen posiciones distintas e incluso antagónicas sobre la construcción de paz y el modelo neoliberal, entre otros.
El “centro”

En años recientes se ha discutido si existe un centro político en Colombia e incluso si es posible su existencia. En términos generales, tal centro puede referirse a dos fenómenos: al posicionamiento de determinados actores hacia el medio en el continuo ideológico izquierda-derecha o a una identidad política particular.


En el primer caso, los actores se ubican en relación con principios filosóficos entre dos extremos de naturaleza típico-ideal. Así, por ejemplo, se asume que determinado actor es de centro si adopta una posición moderada entre una robusta intervención del Estado en la economía para garantizar los derechos sociales (izquierda) y la absoluta “autorregulación” del mercado por la competencia individual (derecha). Desde esta perspectiva, en Colombia la mayoría de los actores políticos tienden al centro del espectro ideológico. Esta es una constante en la historia política del país. A partir del Frente Nacional los partidos tradicionales, Conservador y Liberal, tendieron a converger en el centro.

La excepción, coincidente con el declive del bipartidismo, fue el uribismo, que ha configurado una opción claramente de derecha. Pero incluso las propuestas más “radicales” de la izquierda se mantuvieron en reivindicaciones socialdemócratas: reforma urbana, redistribución de la propiedad de la tierra, apertura política, etcétera. De hecho, con posterioridad a la caída del Muro de Berlín, la izquierda de partidos y movimientos tendió hacia el centro hasta el punto de erigir la defensa de la Constitución de 1991 en su principal objetivo.

En el segundo caso, el centro como identidad política alude a un posicionamiento concreto, un proyecto que diferencia a un actor o conjunto de actores ubicándolos en una cartografía en relación ya no con principios sino con los demás actores en disputa en un campo político. El posicionamiento en el continuo izquierda-derecha es necesario pero no suficiente para determinar la existencia de una identidad política. Se requiere un discurso político que establezca las fronteras para articular unos actores excluyendo otros. Por ejemplo, el “uribismo” es una identidad política que se ubica a la derecha del espectro ideológico, pero que además ha establecido claramente unas fronteras discursivas, de antagonismo y de diferencia, con los demás actores del escenario político colombiano.

Los actores del “centro” han tenido grandes dificultades para construir una identidad, un discurso consistente que establezca dichas fronteras frente a lo que rechazan: el uribismo y la izquierda, y se exprese en un proyecto común. Pueden tender hacia el medio en el espectro ideológico, pero no configuran una identidad análoga, por ejemplo, al “uribismo” o, incluso, al llamado “petrismo”. Esa identidad ni siquiera tomó consistencia tras la elección de Claudia López, del Partido Verde, como alcaldesa de Bogotá, puesto que su proyecto no se distinguió sustancialmente de su antecesor, Enrique Peñalosa, ni de los intereses socioeconómicos que este representó, mientras en la práctica su gobierno ha dado cabida a actores de todo el espectro ideológico, incluyendo la derecha uribista.

De hecho el “centro” se convirtió en lo que popularmente se llama un “escampadero”, con propósitos meramente electorales y sin preocupación por la construcción de un proyecto alternativo de país. Su principal disputa política es por representar los intereses de la parte de la clase dominante que hoy representa el uribismo. Por eso su consigna preferida, al igual que el de los uribistas, es contra la “polarización”. Allí convergen personalidades de los partidos tradicionales que buscan reinventarse como “alternativos”, muchos de los cuales hicieron hasta no hace mucho parte activa del uribismo, junto con herederos del capital político de Antanas Mockus, reencauchando su electoralmente exitosa “antipolítica” como lucha contra la “polarización”, y una parte de la izquierda.


La “polarización”

La autoidentificación de “centro” apareció en las elecciones presidenciales en 2018, con el claro objetivo de tomar distancia de Petro, y está necesariamente ligada a un rechazo de la “polarización” del escenario político. La convergencia de “centro”, formada por el Partido Verde, Compromiso Ciudadano y el Polo Democrático, tuvo inicialmente como eslogan fundamental la lucha contra la corrupción. Pero una vez se produjo el ascenso de Petro en las encuestas se utilizaron dos grandes consignas. Primero, Fajardo era el único que podría vencer a Duque, candidato del uribismo, en segunda vuelta. Segundo, Petro y Duque eran dos extremos que, literalmente, acabarían con el país de llegar al gobierno.

Tal estrategia pretendía atraer el electorado de Petro hacia Fajardo. Sin embargo, terminó por descuidar la frontera discursiva entre el “centro” y el uribismo, por ejemplo, al abandonar la lucha contra la corrupción. Incluso es probable que, ante la vehemencia con que se denunció el peligro de que Petro, asimilado al “castrochavismo”, llegara al gobierno, muchos votantes derechistas de Fajardo se decidieran al final por el uribismo. Así pues, la estrategia demostró que la incipiente identidad política del centro y su diagnóstico de “polarización” más que en un proyecto alternativo de país se basaba en el “antipetrismo”.

No obstante, las diferencias entre los actores “alternativos” no se reducen a cálculos electorales, sino que comprometen diferencias ideológicas de fondo, que hoy vuelven a obstaculizar la posibilidad de una coalición. Las propuestas de Petro no son radicales en términos de su posición en el continuo izquierda-derecha. Su “capitalismo humano”, incluso con la reconversión del modelo extractivista hacia uno basado en el “conocimiento”, a lo sumo podrían ubicarse en la centro-izquierda, puesto que ni siquiera cuestionan de fondo el rol pasivo del Estado en la economía.

¿Por qué Petro “polariza” o produce “odio de clases”, como se dijo en 2018? La respuesta tiene que ver menos con sus principios y propuestas explícitas que con aquello que llegó a representar. En efecto, ante la progresiva fragmentación y posterior huida hacia el centro del partido mejor organizado en la izquierda, el Polo Democrático, fue Petro quien, a pesar de sí mismo y de muchas de sus propuestas explícitas, representó políticamente la diversidad de demandas que emergieron con ocasión del proceso de paz.

Se trata de reivindicaciones sobre problemas estructurales aplazados por la guerra que, simultáneamente, están en la raíz de los ciclos de violencia política: redistribución de la propiedad agraria, respuestas consistentes contra la pobreza y desigualdad extremas, terminar con la exclusión política vía genocidio, garantizar verdad, justicia, reparación y no repetición, entre otras, blandidas por los actores populares en las grandes protestas que tuvieron lugar durante el gobierno Santos.


La coalición

Así las cosas, uno de los principales obstáculos para la coalición es el rechazo del “centro” no solo a Petro sino a lo representado por él, pues permite inferir que entre los “alternativos” existen concepciones muy distantes sobre la construcción de paz. La premisa que haría posible la coalición hacia 2022 es que tanto el “petrismo” como los sectores del “centro” comparten el antiuribismo y propuestas básicas como la implementación del Acuerdo de Paz, que el gobierno Duque sistemáticamente ha obstaculizado.

El problema, no obstante, es ponderar el compromiso con la construcción de paz por parte del “centro”: ¿es posible construir paz cuando varias de las demandas que justificaron el Acuerdo son concebidas como “extremas”, “polarizantes” o generadoras de “odio de clases”?

Claramente, estos sectores abanderan una concepción minimalista de la paz, que se conforma con una situación de ausencia de combates pero que no necesariamente resuelve los problemas que están en la raíz de los ciclos de violencia. Si bien esa concepción puede corresponder con lo que se pactó en La Habana, dista de las expectativas que el proceso de paz creó y no responde a las reivindicaciones que emergieron en tal coyuntura.

Por consiguiente, el rechazo del “centro” es en últimas a la posibilidad de que un gobierno de Petro implemente reformas estructurales que afecten los intereses de sectores sociales y económicos que este sector representa, esto es, una parte de la clase dominante que ya no comparte los medios con que el uribismo hace política. Muchas de las decisiones de Petro como Alcalde de Bogotá, empezando por recobrar para el Distrito la gestión del sistema de recolección de residuos, afectaron esos intereses. De hecho, la homologación de Petro con el “castrochavismo” se basa en la burda analogía entre la conservación y fortalecimiento de las empresas públicas y las políticas de nacionalización implementadas por el chavismo en Venezuela.

Eso muestra otro gran obstáculo para una eventual coalición: el “centro” no está dispuesto a tocar el modelo socioeconómico neoliberal sobre el que se basan los privilegios e intereses de los sectores que representa, ni siquiera cuando las propuestas de Petro en ese orden son tímidas.


La izquierda

Debido en gran medida a la necesidad de desmarcarse de la “lucha armada”, en las últimas décadas la izquierda colombiana se movió hacia el centro del espectro ideológico. Como consecuencia, las demandas de amplios sectores sociales han quedado sin representación política, teniendo que expresarse por vías como la protesta social. Además, dichas demandas, que emergieron durante el proceso de paz y que en otro contexto se verían como reformas modernizantes, se perciben como “extremas”. Así, el costo del desplazamiento de la izquierda hacia el centro ha sido la conservadurización del escenario político.

La fragmentación del Polo Democrático, con la separación de Dignidad, que ha pasado a engrosar las filas del “centro”, es un efecto de esa tendencia de largo plazo. Sin embargo, en la coyuntura electoral tal tendencia se profundiza. El Polo Democrático por un lado apuesta a una coalición entre el “centro” y Petro, y por otro está comprometido con el gobierno de Claudia López. De ahí que sus líderes eviten toda crítica pública que pueda comprometer la posibilidad de tal coalición.

Pero incluso las cabezas visibles de Colombia Humana parecen haber aceptado el diagnóstico según el cual el escenario político está “polarizado” y, por lo tanto, hacen esfuerzos por desmarcarse del estigma de “castrochavistas”, moviéndose hacia el centro del espectro ideológico y apostando por obtener así mejores dividendos electorales. Como consecuencia, las demandas sobre problemas estructurales de la sociedad colombiana, que emergieron con las grandes protestas en el marco del proceso de paz y que representó Petro en 2018, tiendan a quedar nuevamente sin representación política.

El diagnóstico que hoy justifica ese posicionamiento de la izquierda se basa en la premisa de que es necesario evitar otro gobierno uribista y posibilitar la implementación del Acuerdo de paz. Este imperativo relega una agenda más amplia de reformas, entre las cuales debería ubicarse el abandono del modelo neoliberal, ante la necesidad de encontrar una alianza para las elecciones presidenciales. El gobierno uribista ha tenido un efecto perverso sobre la implementación del Acuerdo y, como consecuencia, la generación de un nuevo ciclo de violencia política, que se expresa fatalmente en el genocidio político en ciernes. Por lo tanto, es comprensible que el principal propósito de la izquierda, en una situación de repliegue táctico, sea evitar otro gobierno del mismo tipo.

Sin embargo, la construcción de la paz, e incluso la implementación del Acuerdo, por tímido que haya resultado, pasan necesariamente por resolver las demandas que emergieron durante el proceso de paz referentes a los problemas estructurales que generan cíclicamente la violencia política. Por consiguiente, ese debería ser el núcleo de un acuerdo programático entre el “centro” y la izquierda, más allá de todo cálculo electoral.

 

Publicado enColombia
Lunes, 25 Enero 2021 06:00

Nosotros

Nosotros

Es correcto, como han argumentado varios en la izquierda en México y otros países latinoamericanos, que Joe Biden no es un político progresista, y también que su llegada a la Casa Blanca no modificará los objetivos básicos de la política imperial de Estados Unidos. Todo progresista crítico (o sea, no liberal) en Estados Unidos está de acuerdo. Pero ese no es el punto.

Es desafortunado que algunas partes importantes (con excepciones notables) de las fuerzas de izquierda o progresistas en México y otros países latinoamericanos simplemente no han reconocido y felicitado la lucha de sus contrapartes en Estados Unidos. Aún peor, en algunos casos, han declarado que a fin de cuentas lo ocurrido políticamente en el norte "da igual" visto desde el sur. (Advertencia: aquí se repiten puntos de la columna de la semana pasada para argumentar algo muy sencillo: la lucha de los pueblos por la justicia, la dignidad y la autodeterminación en la coyuntura binacional e hemisférica requiere de la solidaridad en su sentido más amplio).

Lo que acaba de ocurrir política y socialmente en Estados Unidos no se puede entender sin poner al centro la lucha contra el proyecto neoliberal durante cuatro décadas (igual que en México y todo el hemisferio) y en particular el proyecto neofascista encabezado por Trump y sus cómplices durante los últimos cuatro años. El triunfo que se logró no se llama Biden sino la derrota de un proyecto neofascista, y con ello se abre otra etapa más de la lucha contra el neoliberalismo. Para las fuerzas progresistas estadunidenses el triunfo electoral es sólo un paso necesario con el fin de continuar la lucha para la democratización fundamental de esta superpotencia que viene de muy atrás y que aún tiene largo camino por delante.

Este triunfo se debe, en gran medida, a un mosaico de movimientos sociales progresistas en su esencia antifascistas y anti-neoliberales, incluyendo el de "vidas negras" –el movimiento de protesta social más grande de la historia del país–, diversas organizaciones latinas y de migrantes, ambientalistas, sindicalistas progresistas y toda una gama de otras expresiones, sobre todo las de nuevas generaciones. La derrota de Trump en Georgia, Arizona, Nevada y otros estados claves es fruto de estas alianzas, y son la vanguardia en la batalla contra el proyecto neoliberal. Por lo tanto, son los aliados objetivos de toda lucha contra la derecha neoliberal en cualquier parte del mundo. O sea, son más bien nosotros.

Más aún, una parte dinámica de ese movimiento está encabezado por mexicanos, centroamericanos, puertorriqueños y otros caribeños y sudamericanos, entre otros inmigrantes (como siempre a lo largo de la historia de este país). O sea, de esta manera, literalmente son nosotros.

Los que han insistido en que "da igual", ¿le han preguntado a un inmigrante mexicano o latinoamericano si "da igual" –entre el que los estaba cazando y el otro que está proponiendo legalizar a casi todos– o a los que han sido enfrentados por neonazis y otros supremacistas con bendición del gobierno anterior, o los trabajadores que fueron aplastados por la ofensiva en su contra? Obvio que Biden no es la respuesta o solución, pero no "es igual". Hitler, Franco, Pinochet y toda la lista de fascistas no eran iguales a otros políticos que colaboran en sistemas capitalistas.

Biden representa algo diferente a Trump en múltiples dimensiones, pero en torno al tema de migración, medio ambiente, justicia racial y derechos de los trabajadores es diferente no porque es buena onda, sino porque los movimientos lo están obligado a proponer y promover esos cambios en política como parte de la lucha desde abajo por la democratización a fondo del país.

La historia de Estados Unidos, incluyendo la de su relación con México y América Latina, no se escribe sólo en las cúpulas, sino por los que luchan en diferentes realidades por los mismos principios de justicia, libertad y dignidad. Eso lo entendía Ricardo Flores Magón junto con incontables más; existe una larga historia de esa solidaridad, del "nosotros" aquí y allá. ¿Cómo se nos olvidó?

Playing for Change. The Times They Are a C h anging : https://www.youtube.com/watch?v=F2NuOVgQWt8 &feature=emb_logo

Publicado enPolítica
Domingo, 20 Diciembre 2020 05:46

Trump termina, arranca el trumpismo

Trump termina, arranca el trumpismo

Un arsenal político de 200 millones de dólares y 25 millones de votantes 

 

Donald Trump finalmente perdió las elecciones, pero sigue invulnerable en su discurso de que se las robaron, de que hubo fraude. Esta mentira no es casual ni boba, es un manifiesto a futuro que varias encuestas indican convence a por lo menos un tercio de sus electores, algo así como 25 millones de personas. Trump deja el gobierno como una víctima de poderes ocultos, del "estado profundo", de las elites eternas. Este relato lo deja como un ángel caído que se sacrificó por su pueblo y puede ser más que suficiente para fundar algo inesperado en el paisaje anómico de la política de Estados Unidos, un movimiento con base popular. Trump se acabó y ahora puede arrancar el trumpismo.

Allá al norte y en inglés se puede encontrar casi todo en el menú político. Hay maoístas, hay situacionistas, hay yippies, hay nazis de toda laya y socialistas que sueñan con Suecia o la vieja URSS. También hay partidos con nombres como El Alquiler es Muy Caro o el Partido de las Familias Trabajadoras, con plataformas y militancias muy atinadas y comunitarias. Pero todo esto termina siendo ínfimo frente al eterno bipartidismo de Republicanos y Demócratas, dueños del 99 por ciento de la imaginación política del país.

Estos dos partidotes tienen una raíz moderada, comparten una negativa absoluta a cambiar el sistema y generan liderazgos francamente anodinos. Joe Biden no es ni remotamente tan anodino como Mike Pence, que parece un astronauta que nunca voló al espacio, pero está en esa frecuencia. Kamala Harris mueve el amperímetro por ser mujer y minoría étnica, pero sus ideas políticas la dejarían muy cómoda en el Senado de Raúl Alfonsín. Sólo Bernie Sanders propuso algo nuevo y hasta dijo la palabra maldita, "socialismo", y perdió la interna de su propio partido, que eligió por mucho a Biden.

Los demócratas siguen hablando de Franklin Delano Roosevelt porque fue el último líder carismático que tuvieron. Los republicanos siguen hablando de Ronald Reagan por lo mismo. Pero ni siquiera estos dos, que dejan en la sombra a figuras como Eisenhower, Johnson, Clinton, Nixon, Ford, todos los Bush y hasta a Obama, que tuvo la chance de trascender, se arriman a Trump en el nivel de magia. Trump es amado de un modo irracional y odiado con furia. Trump miente diciendo exactamente lo que sus amantes quieren oir, y no importa que sea mentira. Es porque Trump dice una verdad meridiana, que la mayoría de los norteamericanos no cuentan excepto como mercado consumidor. Sobre esta base le ganó al establishment republicano y ganó en 2016. Su frase de que podía balear a alguien en medio de la calle y no iba a perder ni un voto es exacta. Con esa impunidad desarmó todo lo que pudo del estado y se puso a hacer cosas como un muro con México.

Al día siguiente de las elecciones, Trump empezó a recaudar para pagar abogados. Juntó doscientos millones de dólares en cosa de días pese a que los grandes donantes del partido se hicieron los distraídos. Millones de donantes le mandaron lo que podían y aunque Rudy Giuliani haya cobrado mucho como abogado, esa plata alcanza para una campaña. También se arregló para poner como presidente del Comité Nacional Republicano a Ronna Romney McDaniel, la hija de Mitt Romney, el ultraconservador senador por Utah que perdió la interna con él. Ronna es un cuadro de la derecha más conservadora y está al frente de una institución muy útil a la hora de las primarias, las internas partidarias que determinan quién es candidato.

Y acá viene la herramienta fundacional del trumpismo, la de sacarse del medio a los diputados y senadores nacionales o estaduales, a los gobernadores y concejales, que sean "blandos", que no estén con Trump. Con 25 millones de seguidores hasta en el llano, con doscientos millones para hacer política, con gente que le debe favores en todo el aparato partidario, Trump tiene su propio Tea Party listo para 2022. El Tea Party fue el que inventó esto de correr por derecha a los moderados. Terminó desapareciendo porque le faltó un liderazgo carismático.

Que es exactamente lo que hay ahora.

Publicado enInternacional
Jair Bolsonaro durante una ceremonia en el Palacio de Planalto, el 19 de octubre.

Elecciones municipales en Brasil

Los postulantes, alineados en su gran mayoría con la agenda conservadora, siguen el ejemplo de la victoria de Bolsonaro y del “bloque de la bala” en el Congreso

 

Las elecciones municipales de este año en Brasil serán un examen de fuego para los representantes de las Fuerzas Armadas y los cuerpos de seguridad, que este año se han volcado a las papeletas: las candidaturas que provienen del área de seguridad han aumentado un 21% respecto de los comicios de 2016. Alineados con la agenda conservadora, policías, militares, bomberos (también una fuerza militarizada) y guardias civiles intentan, en su mayoría, pegarse a la imagen del presidente ultraderechista, Jair Bolsonaro, para conquistar los cargos de alcalde y concejal. Este año hay 8.730 candidatos a los ejecutivos municipales y los legislativos locales en 5.569 municipios. Cuatro años atrás, 6.897 dejaron los cuarteles y las comisarías para disputar elecciones. Los datos constan en la base de datos del Tribunal Superior Electoral (TSE).

En ese grupo también hay policías identificados con ideas progresistas, opositores al presidente y excapitán del Ejército. Algunos, sin embargo, no siempre están dispuestos a levantar la bandera de opositor, temiendo perder votos de los cuarteles. “Es mi primera elección, no estoy de acuerdo con casi nada de lo que defiende Bolsonaro, pero si digo algo que le desagrade a él o a sus electores, puedo perder votos entre los policías que represento”, dijo un oficial de la PM (policía militar) que es candidato a concejal en una capital y afiliado al Partido Democrático Laborista, fundado por un histórico líder de la izquierda brasileña, Leonel Brizola.

El número de candidaturas se disparó debido al éxito electoral obtenido por el presidente, pero también por los congresistas victoriosos en 2018. Ese año, hubo un salto de 36 a 102 diputados federales y senadores electos como miembros del Frente Parlamentario de la Seguridad Pública, una agrupación formada por legisladores de diferentes partidos en el Congreso y conocida como “bloque de la bala”. La diseminación de candidaturas es tan grande que en 14 de las 26 capitales hay candidatos a las alcaldías que son o fueron policías, bomberos o militares de la Marina, el Ejército o la Aeronáutica. “Es un intento de reforzar el discurso de la ley y el orden, que se hizo fuerte en la población. Dejan de lado los debates sobre educación y sanidad, por ejemplo, para discutir la seguridad, como si esta no dependiera de otros factores”, dice el politólogo David Fleischer, profesor de la Universidad de Brasilia (UnB).

Los correligionarios del “bloque de la bala”, desparramados por todo el país, también tienen en la mira un enorme contingente de votos. Datos del Anuario Brasileño de la Seguridad Pública, lanzado esta semana, muestran que policías y miembros de las Fuerzas Armadas suman 5,6 millones de personas, el 3,8% del electorado nacional. Si se tiene en cuenta el tamaño promedio de las familias brasileñas, de 3,3 personas, estamos hablando de 18,5 millones de habitantes, lo que significa un 9% de la población que está directamente ligada a policías y militares. “Tengo la misma línea de pensamiento del presidente, que defiende a la familia y la seguridad pública”, dice uno de los candidatos bolsonaristas, el coronel Alírio Villasanti, que compite para concejal en Campo Grande (en el Estado de Mato Grosso do Sul) por el Partido Social Liberal (partido de ultraderecha por el que Bolsonaro fue candidato en 2018, aunque luego se desafilió).

Según los datos del TSE, los partidos que más policías y militares lanzaron como candidatos son el citado PSL (618) y cinco siglas de su base de apoyo, y el llamado “Centrão”: Republicanos (417), PSD (413), MDB (395), PP (379) y PL (375). En la otra punta están los izquierdistas PCdoB (45), Rede (38), PSOL (25) y PSTU (1). El único intruso entre los que tienen menos candidatos de ese tipo es el derechista NOVO (5).

En el Nordeste, la región donde la oposición a Bolsonaro fue mayor en las últimas elecciones y en la que ningún gobernador es fiel aliado del presidente, hay miembros de las fuerzas de seguridad en las disputas de ocho de las nueve capitales. Solamente São Luís, capital del Maranhão, no tiene un candidato policía o militar. Y apenas en Salvador, capital de Bahia, hay una candidata uniformada de izquierda, la mayor de la PM Denice Santiago, del Partido de los Trabajadores (PT). En la región, por ahora, los candidatos no quieren vincularse directamente a Bolsonaro.

Sin afiliación partidaria desde que dejó el PSL, el presidente solo declaró su apoyo a cinco candidatos a alcalde en todo Brasil, uno de ellos es el diputado federal y capitán Wagner Sousa Gomes, del PROS, que lidera las encuestas en Fortaleza, capital de Ceará. Sin mencionar el nombre de su apadrinado, el presidente dijo en una transmisión en vivo por sus redes sociales que en Fortaleza apoyaba a un capitán. Wagner, que comenzó su carrera política luego de liderar una huelga ilegal de policías en Ceará, evita el rótulo de “alcalde de Bolsonaro” porque 64% de los electores de su ciudad rechazarían a un candidato apoyado por el presidente, de acuerdo con la encuesta publicada por el diario local O Povo.

La tentativa de la izquierda de lanzarse a conquistar un segmento tan identificado con el bolsonarismo se ha debilitado año tras año. De acuerdo con un estudio realizado por el Foro Brasileño de Seguridad Pública para su anuario, el 87,7% de estos candidatos a concejal y alcalde se identifica con partidos de derecha o centroderecha, y solo 12,4% con partidos de izquierda o centroizquierda. En 2016, la proporción era de 80,4% contra 19,7% y, en 2012, de 74,4% contra 25,6%. Las informaciones fueron obtenidas cruzando datos de la agencia tributaria, del Instituto Brasileño de Geografía y Estadísticas (IBGE) y del TSE.

Desde el punto de vista de quien milita políticamente en el área de seguridad, este aumento de candidaturas de derecha ocurrió porque la izquierda no supo aproximarse a policías y militares. “La derecha se favorece porque la izquierda siempre vio al policía como una especie de enemigo, no como un aliado, un trabajador”, dice el comisario Orlando Zaccone, uno de los coordinadores nacionales del Movimiento de Policías Antifascismo.

Candidato a concejal por el Partido Socialismo y Libertad (PSOL) en Recife, el agente de policía Áureo Cisneros dice que el gran desafío es demostrar el que el policía es un “garante de derechos y vidas”. “Nosotros no somos exterminadores de vidas, no somos el brazo armado del Estado”, dice. Otro que sigue la misma línea es el policía militar retirado Martel Del Colle, que disputa un escaño en la Cámara Municipal de Curitiba, estado de Paraná, por el PDT. “Queremos formar el bloque ‘antibala’, preservando los derechos humanos en vez de invertir en la violencia”, dice.

Para Fleischer, la tendencia es que 2020 sea un año marcado por el avance de los representantes de la seguridad en las cámaras municipales. “Es un momento en el que las personas aprovechan la angustia del electorado para explotar el mediático tema de la seguridad pública”. El politólogo resalta además que las disputas en las dos mayores ciudades del país, Río y São Paulo, pueden servir de ejemplo para las demás. En la capital paulista no hay un candidato del área de la seguridad, pero al menos dos tienen discursos semejantes a los de los policías: Celso Russomanno (Republicanos) y Márcio França (PSB). Mientras que en Río, tercera en las encuestas, la exjefa de la Policía Civil Martha Rocha (PDT) es vista como una de las candidatas capaces de romper la polarización entre el actual alcalde, Marcelo Crivella (Republicanos), y su antecesor, Eduardo Paes (DEM).

Por Afonso Benites

Brasilia - 31 oct 2020 - 22:00 COT

Publicado enInternacional
Magda Fisas, la madre del rapero asesinado en el 2013 por un miembro de Aurora Dorada, celebra el histórico veredicto (LOUISA GOULIAMAKI / AFP)

La justicia dictaminó que se trata en realidad de una organización criminal

 

Grecia enterró ayer al monstruo más oscuro que alumbró la recesión: Aurora Dorada, un partido neonazi y violento que llegó a tercera fuerza parlamentaria. En un veredicto calificado unánimemente de histórico, tras cinco años y medio de juicio, la justicia dictaminó que se trata en realidad de una organización criminal, en la cual la cúpula ordenaba, las estructuras intermedias planificaban y las bases ejecutaban los ataques a inmigrantes, izquierdistas o gais.

El jefe y fundador de Aurora Dorada, Nikos Mijaloliakos, admirador de Hitler, fue declarado culpable de dirigir la banda criminal, al igual que otros seis altos cargos, entre ellos el eurodiputado Yanis Lagos y el portavoz Ilias Kasidiaris, que ha fundado un nuevo partido. Ninguno estaba presente. Las penas, que se conocerán en los próximos días, pueden ir de 5 a 15 años de cárcel. Otras 43 personas –entre ellas, policías– fueron condenadas por pertenencia a la organización. Y Yorgos Rupakias, un simpatizante sin carnet, fue declarado culpable del asesinato del rapero Pavlos Fisas, el caso que detonó el proceso.

El veredicto fue recibido con gritos de júbilo por las miles de personas, activistas antifascistas en su mayoría, congregadas ante el tribunal de Atenas. “Estamos contentos y orgullosos. Es lo que pedíamos desde hace mucho –decía Lefteris Papayanakis, exvicealcalde de Atenas para los refugiados y miembro de un observatorio que ha seguido el juicio, en declaraciones a La Vanguardia–. Es una decisión histórica no solo para Grecia, sino para toda Europa y el mundo, porque envía un mensaje a todos los imitadores de Aurora Dorada. La democracia tiene y debe tener límites”.

Aurora Dorada, cuyo símbolo es un meandro que recuerda a la esvástica, se hizo fuerte en los barrios de Atenas más golpeados por la crisis, donde repartía comida y recogía sangre solo para griegos. Era su cara amable. Había otra más sórdida: las caceríasde inmigrantes, izquierdistas y gais en las que participaban sus escuadrones, tipos fornidos con camiseta negra que sembraron el terror en las calles. A veces se quedaba en una paliza, otras salían las navajas y a veces había muertos. El asesinato en el 2013 de Pavlos Fisas, un rapero conocido, colmó el vaso. Los líderes del partido fueron detenidos. El Parlamento les retiró la financiación y la inmunidad.

Fue el principio de un proceso que fue creciendo. Al caso Fisas se unieron el intento de asesinato de cuatro pescadores egipcios en el 2012 y el ataque a un sindicato comunista en el 2013, además de la propia estructura de Aurora Dorada como banda criminal. Los abogados de las víctimas habían subrayado la importancia de que la
cúpula del partido, y no solo los meros ejecutores de los crímenes, fueran condenados. No estaba garantizado: en diciembre del 2019, la fiscal pidió la absolución de los dirigentes y solo la condena del asesino de Fisas.

Al final, el panel de tres jueces, encabezados por la magistrada Maria Lepenioti, lo ha tenido claro. Durante el proceso han testificado antiguos miembros, se han examinado cientos de vídeos y más de 6.000 documentos –muchos secretos– que demuestran la estructura militar y jerárquica del partido, a semejanza de los nazis.

También los registros telefónicos de las noches de los ataques. “Hay un patrón que se repite: la cúpula se emitía una orden, los seguidores se reunían en las oficinas de los barrios y luego salían con motos a hacer lo encargado”, señala Papayanakis.

Muchos han descrito el veredicto como una “catarsis nacional”, una oportunidad de corregir los errores. “Hay muchas excusas para explicar el auge de Aurora Dorada: la crisis financiera, la corrupción política... la realidad es que la sociedad griega es muy conservadora. Es la hora de la autocrítica, de examinar lo que hicimos y lo que no. La gente que decía ‘sí, es cierto que son neonazis, pero han sido elegidos’. O los que les entrevistaron como si fuesen políticos normales –reflexiona Papayanakis–. Cuando pase otra vez, no podremos eludir la respuesta institucional y democrática. Espero que esto empuje al sistema de justicia a moverse, por ejemplo para poner límites al racismo y el discurso de odio. Es la justicia quien debe marcar los límites de la Constitución, pero no han ejercido esta responsabilidad. Tampoco la policía, que ha mostrado mucha simpatía hacia Aurora Dorada”.

El veredicto supone el fin de Aurora Dorada, pero no de sus ideas. A la nutrida familia ultraderechista griega se le ha sumado Griegos por la Patria, el partido fundado por Kasidiaris, que sostiene que los griegos pronto serán minoría en su país. Con solo cuatro meses de vida, y con su líder en el banquillo, suma un 1,5% de la intención de voto en los últimos sondeos.

Por Gemma Saura, Barcelona

08/10/2020 00:45| Actualizado a 08/10/2020 10:55

Publicado enInternacional
Lunes, 05 Octubre 2020 05:13

Manicomio

Partidarios y detractores del presidente Donald Trump se enfrentaron ayer en un mitin de apoyo a la policía en Macy’s Herald Square, en Nueva York.Foto AfpAmerican curios

 

 

Nadie sabe nada, o saben pero no lo dicen, o lo dicen pero es mentira, o tal vez están encubriendo algo pero son tan ineptos –igual en como han abordado la pandemia– que ni eso logran hacer bien. Es como una comedia de los hermanos Marx, pero estamos hablando de la comandancia de la última súperpotencia, la cual se ha vuelto un manicomio.

El "enemigo invisible" ha penetrando el lugar más seguro y protegido del planeta, la Casa Blanca, y contagiado al mismo que ha minimizado el Covid-19 –"afecta virtualmente a nadie", dijo la semana pasada”– y quien se ha burlado de sus propios científicos y de la necesidad de medidas de mitigación y a quien, según investigaciones recientes, es considerado el mayor propagador de información falsa sobre el Covid-19 en Estados Unidos.

Trump ha buscado evitar la responsabilidad de su manejo desastroso de la pandemia que ha matado a unas 205 mil personas en su país, pero ahora se ha convertido en el paciente en jefe de Estados Unidos. El hombre más poderoso del mundo, quien ha intentado desmantelar programas de bienestar social y salud, ahora está en un hospital público donde se practica la medicina socializada, donde el multimillonario, quien no pagó impuestos federales durante por lo menos 10 años, recibirá atención gratuita pagada por los que sí pagan sus impuestos.

En un gobierno encabezado por un mandatario que ha hecho por lo menos 20 mil declaraciones falsas o engañosas desde que llegó, según el conteo del Washington Post, no sorprende que nadie le crea nada. Desde que envío su tuit a las 12:54 de la madrugada del viernes informando que él y su esposa habían sido contagiados, la especulación ha dominado por falta de información verídica. Hasta el médico encargado del paciente número uno tuvo que confesar que no había dicho la verdad el viernes, afirmando que no "necesariamente" estaban buscando ocultar algo; o sea, se podría decir que tampoco era "necesariamente" la verdad. Pero insiste en que ahora sí le pueden creer.

Mientras tanto, no se sabe cuántas personas han sido contagiadas por el propio presidente y su equipo dentro de la Casa Blanca o en actos realizados sin medidas de sana distancia y el uso de cubrebocas a lo largo de los últimos días (eso sí, desde que se anunció que estaba contagiado, de repente y por primera vez, casi todo su equipo aparece con cubrebocas).

Buena parte de los contagios, incluido el del presidente, podrían haber surgido del acto que se llevó a cabo en la Casa Blanca el sábado antepasado, pues por lo menos ocho de las aproximadamente 150 personas que asistieron, entre ellos el magnate y su esposa, ahora están contagiados de Covid-19, así como dos senadores, el ex gobernador Chris Christie, la consejera del presidente Kellyanne Conway y el rector de la Universidad de Notre Dame. Durante la semana se informó que una asesora cercana de Trump, la presidenta del Comité Nacional Republicano, y el jefe de la campaña de relección del presidente, Bill Stepien, tienen el virus.

El jueves, aun después de saber del contagio de su asesora, al cual estuvo expuesto, Trump viajó a una reunión con unos 200 donantes y aliados, potencialmente contagiando a varios ahí.

Ahora, la Casa Blanca es un posible foco de contagio peligroso. Los gobiernos deberían por lo menos alertar a sus ciudadanos de que si están visitando la zona, eviten pasar cerca de la sede del Ejecutivo estadunidense, que ahora es incluso más nociva para la salud pública que antes.

Mientras, circulan versiones en los medios de que dentro de la Casa Blanca tampoco saben qué tan enfermo está el jefe y que hay un ambiente de alarma porque todos los que trabajan ahí podrían haber sido expuestos, pero también porque no se sabe quién está a cargo del gobierno ni las implicaciones para su futuro.

O sea, nadie sabe nada, o lo saben todo, o dicen que saben pero no o si saben, pero no quieren decir. Es un manicomio donde los pacientes dicen que tienen todo bajo control.

https://open.spotify.com/track/ 2t8GBp5kQEXVamVq4Odwe2?si=UYFN5GCYSeSUeBG_mNWtXw

https://youtu.be/T8Rfb1Jtmic

Publicado enInternacional
Brasil: una política exterior contra el «marxismo cultural»

La Fundación Alexandre Gusmão, vinculada al Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, apela a una estrategia internacional en la que dice combatir el comunismo y el «abortismo», a los que considera pilares del «marxismo cultural». Recuperando las viejas consignas anticomunistas de la Guerra Fría, promueve el americanismo y se aleja de sus verdaderas funciones estatales.

 

Un componente vital de la política exterior de un país es la promoción de los asuntos internacionales en el ámbito interno, sobre todo a través de la cooperación y la participación en espacios bilaterales y multilaterales. Pero en Brasil, las actividades de la Fundación Alexandre Gusmão (FUNAG) sugieren que la agencia actualmente considera obsoleta la promoción de valores tan cosmopolitas. Lo que se puede asumir a la luz de las actividades recientes de la FUNAG es, de hecho, su compromiso de defender a la sociedad brasileña de una supuesta amenaza comunista.

La FUNAG es una fundación vinculada al Ministerio de Relaciones Exteriores y trabaja para formar la opinión pública ciudadana en relación con la política exterior. Desde la elección de Jair Bolsonaro, ha sido evidente que los dos órganos deben alinearse ciegamente con la ideología de extrema derecha de su política exterior, como la lucha contra el «globalismo». Pero lo expresado por las acciones de FUNAG va más allá.

En vista de la decreciente credibilidad de Brasil en la arena internacional, la FUNAG parece abrazar una nueva misión. Ya no comparte información con la ciudadanía sobre la proyección internacional del país ni fomenta el compromiso popular en temas internacionales. Por el contrario, su contenido presenta características claras del populismo bolsonarista: llegar a su audiencia a través de discursos sensacionalistas, en una continua campaña electoral. Después de décadas de política exterior pragmática y autodeterminada, Brasil está rezagado en una política exterior pro-estadounidense y electoralista.

Además, una de las piezas centrales de la «continua campaña electoral» es promover una distinción continua entre el «yo» y el «otro», dividiendo a la sociedad entre aliados y enemigos. Como buena herramienta bolsonarista, este es también el discurso que impulsa la FUNAG.

En medio de las crecientes hostilidades contra China por parte de las autoridades brasileñas, incluidos ministros de alto perfil, la FUNAG abraza el incondicional alineamiento con Estados Unidos de Bolsonaro. El 11 de agosto, la Fundación promovió la conferencia «El Rescate de la relación Brasil-Estados Unidos y sus beneficios». El presentador de la charla no era otro que el hijo del presidente, Eduardo Bolsonaro, quien discutió el «sesgo ideológico de los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT)» y criticó el «tema de los médicos cubanos».

Esta postura proestadounidense, sin embargo, es la característica bolsonarista menos radical promovida por la FUNAG. La fundación parece estar actualmente especializada en combatir el comunismo y defender una agenda de valores morales conservadores. Estos temas son los más aclamados por la audiencia bolsonarista, que asocia erróneamente el comunismo con los gobiernos anteriores del Partido de los Trabajadores. En agosto, la FUNAG promovió el seminario «Cómo destruir un país: una aventura socialista en Venezuela». Exactamente un mes antes, FUNAG también llevó a cabo la conferencia «Globalismo y comunismo».

Vale la pena recordar que globalismo es el término utilizado por Bolsonaro y líderes como Donald Trump para condenar la configuración actual de la política internacional y el orden liberal internacional, incluido el sistema de las Naciones Unidas. De manera incorrecta, el canciller brasileño Ernesto Araújo vincula con frecuencia el globalismo con el marxismo cultural.

La agenda anticomunista de FUNAG es demasiado amplia para ser explorada completamente aquí. Pero uno puede hacerse una idea de su profundidad a partir del contenido sugerido por títulos sesgados como «Castro-chavismo: crimen organizado en las Américas»; «Un siglo de escombros: pensar en el futuro con los valores morales de la derecha» y «Memoria del comunismo y el virus actual de la mentira». Todos estos eventos fueron promovidos por FUNAG entre los últimos meses de julio y agosto.

Para completar la ecuación bolsonarista, el 4 de agosto la FUNAG realizó un evento alineado con los valores conservadores-cristianos: una conferencia antiaborto titulada «La importancia de promover políticas internacionales en defensa de la vida», presentada por la diputada federal conservadora Chris Tonietto quien, como Eduardo Bolsonaro, es miembro del Partido Social Liberal (PSL), ex partido del presidente Bolsonaro.

El contenido de política exterior promovido por la FUNAG no está vinculado con las prácticas de relaciones internacionales descritas por la Constitución brasileña, entre las que se encuentran la promoción de la cooperación para el progreso humano, la defensa de los derechos humanos y la defensa continua de la integración latinoamericana. En cambio, la FUNAG se dedica actualmente a complacer a las bases bolsonaristas repitiendo la misma jerga de extrema derecha de su campaña presidencial.

La FUNAG no tiene poder de decisión en la política exterior brasileña, pero sus discursos muestran la pérdida de credibilidad internacional del país. Después del declive de su estatus internacional, la política exterior brasileña se dirige a la audiencia nacional en busca de credibilidad: esta es la política exterior electoral brasileña.

Las acciones de la FUNAG también pueden contribuir a depreciar la proyección internacional construida por Brasil en sus gobiernos anteriores. La opinión pública es un componente necesario en la construcción de la política exterior. En las democracias, la necesidad de rendición de cuentas por parte de los gobiernos contribuye a tomar acciones en línea con la opinión de la mayoría. Sin embargo, cuando una agencia como la FUNAG impulsiona las perspectivas nacionales hacia el anticomunismo radical, existe un proceso similar de participación de la población en la defensa de tales valores. Y la promoción de temas vitales, como la cooperación internacional y la integración regional, quedan atrás.

En detrimento de la anterior política exterior «orgullosa y activa», la FUNAG no parece interesada en discutir el futuro del Mercado Común del Sur (Mercosur) y otros foros regionales, o la integración regional para mitigar los impactos del covid-19 en América Latina. Pero su público puede quedarse tranquilo, con la certeza de estar protegido de la amenaza comunista.

Septiembre 2020

Este artículo es producto de la colaboración entre Nueva Sociedad y DemocraciaAbierta. Puede leer el contenido original aquí

Publicado enInternacional
Página 1 de 16