Brasil: una política exterior contra el «marxismo cultural»

La Fundación Alexandre Gusmão, vinculada al Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, apela a una estrategia internacional en la que dice combatir el comunismo y el «abortismo», a los que considera pilares del «marxismo cultural». Recuperando las viejas consignas anticomunistas de la Guerra Fría, promueve el americanismo y se aleja de sus verdaderas funciones estatales.

 

Un componente vital de la política exterior de un país es la promoción de los asuntos internacionales en el ámbito interno, sobre todo a través de la cooperación y la participación en espacios bilaterales y multilaterales. Pero en Brasil, las actividades de la Fundación Alexandre Gusmão (FUNAG) sugieren que la agencia actualmente considera obsoleta la promoción de valores tan cosmopolitas. Lo que se puede asumir a la luz de las actividades recientes de la FUNAG es, de hecho, su compromiso de defender a la sociedad brasileña de una supuesta amenaza comunista.

La FUNAG es una fundación vinculada al Ministerio de Relaciones Exteriores y trabaja para formar la opinión pública ciudadana en relación con la política exterior. Desde la elección de Jair Bolsonaro, ha sido evidente que los dos órganos deben alinearse ciegamente con la ideología de extrema derecha de su política exterior, como la lucha contra el «globalismo». Pero lo expresado por las acciones de FUNAG va más allá.

En vista de la decreciente credibilidad de Brasil en la arena internacional, la FUNAG parece abrazar una nueva misión. Ya no comparte información con la ciudadanía sobre la proyección internacional del país ni fomenta el compromiso popular en temas internacionales. Por el contrario, su contenido presenta características claras del populismo bolsonarista: llegar a su audiencia a través de discursos sensacionalistas, en una continua campaña electoral. Después de décadas de política exterior pragmática y autodeterminada, Brasil está rezagado en una política exterior pro-estadounidense y electoralista.

Además, una de las piezas centrales de la «continua campaña electoral» es promover una distinción continua entre el «yo» y el «otro», dividiendo a la sociedad entre aliados y enemigos. Como buena herramienta bolsonarista, este es también el discurso que impulsa la FUNAG.

En medio de las crecientes hostilidades contra China por parte de las autoridades brasileñas, incluidos ministros de alto perfil, la FUNAG abraza el incondicional alineamiento con Estados Unidos de Bolsonaro. El 11 de agosto, la Fundación promovió la conferencia «El Rescate de la relación Brasil-Estados Unidos y sus beneficios». El presentador de la charla no era otro que el hijo del presidente, Eduardo Bolsonaro, quien discutió el «sesgo ideológico de los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT)» y criticó el «tema de los médicos cubanos».

Esta postura proestadounidense, sin embargo, es la característica bolsonarista menos radical promovida por la FUNAG. La fundación parece estar actualmente especializada en combatir el comunismo y defender una agenda de valores morales conservadores. Estos temas son los más aclamados por la audiencia bolsonarista, que asocia erróneamente el comunismo con los gobiernos anteriores del Partido de los Trabajadores. En agosto, la FUNAG promovió el seminario «Cómo destruir un país: una aventura socialista en Venezuela». Exactamente un mes antes, FUNAG también llevó a cabo la conferencia «Globalismo y comunismo».

Vale la pena recordar que globalismo es el término utilizado por Bolsonaro y líderes como Donald Trump para condenar la configuración actual de la política internacional y el orden liberal internacional, incluido el sistema de las Naciones Unidas. De manera incorrecta, el canciller brasileño Ernesto Araújo vincula con frecuencia el globalismo con el marxismo cultural.

La agenda anticomunista de FUNAG es demasiado amplia para ser explorada completamente aquí. Pero uno puede hacerse una idea de su profundidad a partir del contenido sugerido por títulos sesgados como «Castro-chavismo: crimen organizado en las Américas»; «Un siglo de escombros: pensar en el futuro con los valores morales de la derecha» y «Memoria del comunismo y el virus actual de la mentira». Todos estos eventos fueron promovidos por FUNAG entre los últimos meses de julio y agosto.

Para completar la ecuación bolsonarista, el 4 de agosto la FUNAG realizó un evento alineado con los valores conservadores-cristianos: una conferencia antiaborto titulada «La importancia de promover políticas internacionales en defensa de la vida», presentada por la diputada federal conservadora Chris Tonietto quien, como Eduardo Bolsonaro, es miembro del Partido Social Liberal (PSL), ex partido del presidente Bolsonaro.

El contenido de política exterior promovido por la FUNAG no está vinculado con las prácticas de relaciones internacionales descritas por la Constitución brasileña, entre las que se encuentran la promoción de la cooperación para el progreso humano, la defensa de los derechos humanos y la defensa continua de la integración latinoamericana. En cambio, la FUNAG se dedica actualmente a complacer a las bases bolsonaristas repitiendo la misma jerga de extrema derecha de su campaña presidencial.

La FUNAG no tiene poder de decisión en la política exterior brasileña, pero sus discursos muestran la pérdida de credibilidad internacional del país. Después del declive de su estatus internacional, la política exterior brasileña se dirige a la audiencia nacional en busca de credibilidad: esta es la política exterior electoral brasileña.

Las acciones de la FUNAG también pueden contribuir a depreciar la proyección internacional construida por Brasil en sus gobiernos anteriores. La opinión pública es un componente necesario en la construcción de la política exterior. En las democracias, la necesidad de rendición de cuentas por parte de los gobiernos contribuye a tomar acciones en línea con la opinión de la mayoría. Sin embargo, cuando una agencia como la FUNAG impulsiona las perspectivas nacionales hacia el anticomunismo radical, existe un proceso similar de participación de la población en la defensa de tales valores. Y la promoción de temas vitales, como la cooperación internacional y la integración regional, quedan atrás.

En detrimento de la anterior política exterior «orgullosa y activa», la FUNAG no parece interesada en discutir el futuro del Mercado Común del Sur (Mercosur) y otros foros regionales, o la integración regional para mitigar los impactos del covid-19 en América Latina. Pero su público puede quedarse tranquilo, con la certeza de estar protegido de la amenaza comunista.

Septiembre 2020

Este artículo es producto de la colaboración entre Nueva Sociedad y DemocraciaAbierta. Puede leer el contenido original aquí

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João Cezar Castro Rochaes profesor titular de literatura comparada de la UERJ y estudia la guerra cultural bolsonarista
  • El profesor João Cezar, experto en literatura comparada y autor del libro 'Guerra cultural y retórica del odio: crónicas de Brasil', explica las especificidades del conflicto cultural promovido por Bolsonaro e inspirado en el revanchismo de la dictadura militar

 

João Cezar de Castro Rocha, profesor de literatura comparada de la Universidad Estatal de Río de Janeiro (UERJ), se ha dedicado a estudiar lo que califica como la guerra cultural bolsonarista. Su investigación se ha publicado en un libro titulado Guerra cultural y retórica del odio: crónicas de Brasil. En una entrevista con Agência Pública enumera los elementos fundamentales que alimentan la mentalidad de la militancia bolsonarista y advierte sobre la posibilidad de radicalización de estos grupos ante el colapso del Gobierno.

Usted sostiene que existe una guerra cultural específicamente bolsonarista y que difiere de un concepto más amplio de guerras culturales ¿En qué se basa esta guerra cultural bolsonarista?

¿Cuál es el pilar de la guerra cultural bolsonarista? ¿Qué ha marcado la mentalidad de Jair Messias Bolsonaro y su clan? Bolsonaro, más que un político, es una franquicia. Hay una franquicia de políticos con el estilo de Bolsonaro. La mentalidad de Jair Messias Bolsonaro fue formada por el Ejército brasileño, pero moldeada siguiendo una línea muy particular del Ejército que está marcada por el resentimiento surgido por la repercusión de un destacado libro lanzado en 1985 y titulado Brasil: nunca más.

Este es un libro particularmente importante porque denunció las torturas, arbitrariedades y desaparición de cuerpos durante la dictadura militar [1964-1985] de una forma indiscutible. El libro recoge varios testimonios de jóvenes de 20 años tomados de los procesos de Justicia Militar y todos informan exactamente lo mismo. Algunos dicen que fueron utilizados como conejillo de indias en las clases de tortura. Es impresionante, un libro negro de la dictadura militar.

El libro fue un éxito absoluto. Se vendieron más de 100.000 copias y tuvo grandes repercusiones en el extranjero. Ayudó a consagrar, en el período de redemocratización (un período de transición que hubo al terminar el régimen militar), una imagen de las Fuerzas Armadas asociadas con la represión, la tortura y la muerte. Esto marcó a una generación del Ejército brasileño que siempre tuvo como consecuencia un proyecto revanchista, basado en un proceso revisionista. Por tal motivo, la mentalidad bolsonarista niega la existencia de la tortura. La mentalidad bolsonarista no solo niega la COVID-19, también niega las torturas de la dictadura militar.

De esta manera, se forma una mentalidad revisionista y revanchista en el Ejército porque considera que los militares ganaron la batalla en el golpe de 1964, pero perdieron la guerra con la opinión pública. ¿Qué hizo el ejército? Decidió pagar con la misma moneda. De 1986 a 1989, los militares reunieron documentos, principalmente de un cuerpo de represión, el CIE (Centro de Información del Ejército), privilegiando lo que consideraron crímenes de la lucha armada contra la dictadura en Brasil. De hecho, la lucha armada de la izquierda en Brasil mató a inocentes. Posteriormente, los militares crearon el proyecto Orvil, que significa libro al revés (en portugués). Literalmente es 'Brasil: nunca más', pero al revés. Ya no se trata de los crímenes de la dictadura, sino de los crímenes de la lucha armada. Es una larga lista de grupos armados, el desmantelamiento de estos grupos y los crímenes que los militares consideran que han cometido.

En una reunión ministerial el pasado 22 de abril, en un momento inesperado, Bolsonaro pronuncia la siguiente frase: "Si hubieran ganado en 1964, hoy tendrías suerte si estuvieses cortando caña y ganando 20 reales al mes". Parece una frase absolutamente loca: estamos en 2020, han pasado 56 años desde 1964. En ese momento, ya se habían reportado en Brasil casi 50.000 casos y 3 mil muertes por COVID-19. ¿Qué significa esta frase durante una reunión llevada a cabo para discutir la recuperación económica después de la pandemia? 

Es la retórica de Orvil, una retórica que prepara un golpe de Estado. En la introducción de Orvil, ellos (los militares) dicen que desde 1922 la historia republicana brasileña está marcada por un intento constante de los comunistas para tomar el poder para crear en Brasil una dictadura del proletariado que, dadas las dimensiones continentales, haría que Brasil fuese una China tropical. El intento más peligroso, afirman, es la infiltración de las instituciones, en especial de cultura, para dar forma a una mentalidad que conduzca al advenimiento del comunismo a través de las elecciones y no de la lucha armada ¿Es o no es el discurso completo del Gobierno? Si usted acepta esta narrativa, lo que sigue es un segundo punto: la doctrina de la seguridad nacional.

¿Se refiere a la idea adoptada por la dictadura de llevar al ámbito interno del país la lógica de la guerra para eliminar al enemigo?

Exactamente. En la narrativa de Orvil no hubo un solo día en que el movimiento comunista internacional no intentara imponer una dictadura del proletariado con el objetivo de transformar a Brasil en una China tropical. Si desde 1922 hasta hoy han intentado tomar el poder debe existir una contraparte para la defensa y esta es la doctrina de seguridad nacional.

Esta doctrina no es un invento de la dictadura militar brasileña, pues se desarrolló dentro del marco de la Guerra Fría y existe en otros países. Proporciona condiciones específicas para defender la integridad de la nación cuando es atacada por un enemigo externo. El derecho público internacional establece que, si una nación es atacada por otra con el propósito de ser subyugada, la nación atacada tiene todo el derecho de usar los medios necesarios para repeler la agresión, incluso si deben eliminar al enemigo externo para hacerlo. La Doctrina de Seguridad Nacional adaptó esta idea al ámbito interno para eliminar al enemigo, que es el subversivo comunista. Como el subversivo comunista en la narrativa de Orvil está al servicio del movimiento comunista internacional, es en cierta medida externo y, por lo tanto, una vez identificado, ¿qué hacer con él? Eliminarlo. Punto.

¿Esta idea de eliminación se daría en el plano físico o en el plano moral destruyendo reputaciones?

¿Cómo trasladas esta doctrina de seguridad nacional a tiempos democráticos? Tengo dos hipótesis. Usted ya mencionó una: la militancia virtual bolsonarista destruye reputaciones con una violencia y virulencia sin precedentes en Brasil. Destruir reputaciones no es nuevo, es algo que siempre ha acompañado a la política. Pero la forma en que la guerra cultural bolsonarista inventa sistemáticamente a los enemigos en serie y realiza rituales expiatorios es algo impresionante. De una hora a la siguiente, se invierte por completo la descripción de la persona y esta sufre una destrucción simbólica equivalente a una eliminación desde el punto de vista simbólico e individual. 

En la narrativa de Orvil, el cuarto intento de tomar el poder por parte del comunismo provino del intento de infiltrarse en las instituciones, en especial, en las de cultura: la prensa, el arte y la universidad. Todas las acciones del Gobierno de Bolsonaro están destinadas a destruir las instituciones que Orvil identifica como aquellas que tienen la intención de imponer el comunismo en Brasil. Cuando hablan de la prensa extrema (como el bolsonarismo llama a la prensa), la matriz narrativa está en Orvil.

Esta inesperada aparición de la doctrina de la seguridad nacional se correlaciona con la destrucción sistemática de las instituciones. ¿Qué sucede cuando entregas la Fundación Zumbi dos Palmares (institución pública para la promoción y preservación de los valores culturales, históricos, sociales y económicos resultantes de la influencia negra en la formación de la sociedad brasileña) a una persona que niega la existencia del racismo en Brasil? ¿Se destruye o no la Fundación de esta manera? ¿Qué sucede cuando entregas el IPHAN (Instituto Nacional del Patrimonio Histórico y Artístico), uno de los organismos más antiguos y longevos de la precaria estructura de la cultura en Brasil, a una bloguera que se define a sí misma como "turismóloga" o eliminas 6.000 becas de posgrado de la noche a la mañana? El CNPq (Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico) anunció un decreto de iniciación científica en el que elimina el área de humanidades. Esto nunca ha sucedido en ninguna parte del mundo. Es impactante, pero sigue la narrativa de Orvil.

No pueden, por el momento, eliminar físicamente a los enemigos. Yo no puedo ser eliminado físicamente. Pero pueden destruir la universidad para la que trabajo. Si lo hacen, me están eliminando desde un punto de vista profesional. Si un Gobierno puede usar todas las instituciones estatales a su favor, no hay necesidad de dar un golpe, el golpe ya está hecho.

Usted argumenta que hay tres pilares fundamentales: además de la narrativa de Orvil y la doctrina de la seguridad nacional, se está popularizando una retórica de odio que proviene en gran parte del escritor Olavo de Carvalho. ¿Cómo funciona este tercer elemento?

Una trampa en la que no caeré es discutir la filosofía de Olavo de Carvalho. Para mí, él no tiene filosofía en absoluto. Lo que me interesa señalar es que en una prédica de casi dos décadas, el autor ha creado lo que yo llamo el sistema de creencias de Olavo de Carvalho. Este sistema de creencias es una especie de punto de fuga que maximiza los elementos de Orvil y la doctrina de la seguridad nacional. Él desarrolló muy hábilmente una retórica de odio.

Lo que digo es que la retórica de odio se traslada a la doctrina de la seguridad nacional para usarse en el lenguaje mediático de las redes sociales. ¿Cuál es el objetivo de Olavo de Carvalho, un hombre de más de 70 años, para tomarse la molestia de cambiar el nombre de una persona cuando algo no le gusta? Cuando modifico el nombre de una persona para ridiculizarla, ¿acaso no estoy haciendo una descalificación que anula a esa persona? ¿El propósito de una descalificación no es la de eliminar al otro?

Además, hay otra base en esta retórica de odio de Olavo de Carvalho que llamo la exageración descalificadora. Funciona así, Olavo dice: "Nunca antes en la historia humana ha habido un ataque contra un filósofo como el que yo he recibido. En mi contra, ya se han escrito 100 mil páginas en 15 idiomas”. Es una hipérbole descalificadora porque es obvio que no hay posibilidad de que haya 100 mil páginas en la faz de la tierra contra Olavo de Carvalho, mucho menos en 15 idiomas. Pero ¿qué efecto tiene esta hipérbole? Anula el pensamiento, ya que estás de acuerdo o estás en contra, no hay otro pensamiento posible. Solo se piensa cuando hay mediación.

Entonces, convergen los tres elementos: la doctrina de la seguridad nacional, Orvil y la retórica de Olavo de Carvalho. Esta última hace que se propaguen los otros dos. Una parte considerable de lo que Olavo propone en su trabajo, desde la infiltración gramsciana hasta la toma del poder, está en Orvil. Es una combinación muy poderosa.

La guerra cultural bolsonarista es, desde el punto de vista de movilización de masas, en especial en la era digital, un fenómeno sin precedentes en la historia política brasileña reciente. Esta guerra cultural se basa en los sentimientos más arcaicos de la cultura humana. El más arcaico de todos, que es la violencia, está en la superficie de la guerra cultural bolsonarista. Nada es más primitivo que la invención constante de enemigos y la promoción del linchamiento. La capacidad que esto tiene para movilizar la estamos viendo, es una fuerza que combina la violencia y el odio.

Ahora, aquí encontramos una paradoja. Sin guerra cultural, no existe el bolsonarismo. Pero con la guerra cultural, no puede existir el Gobierno de Bolsonaro. No puedes crear enemigos constantemente si tomas en cuenta datos objetivos y si no tomas en cuenta datos objetivos, no puede haber gobierno.

Nos acercamos al momento más grave de la vida brasileña desde la redemocratización. Tendremos una recesión económica y la recuperación aún no se ve en el horizonte y el colapso del Gobierno de Bolsonaro es inevitable. Mientras mayor sea el colapso, más violenta será la guerra cultural y se hace más probable que esta guerra virtual se derrame en las calles. Este colapso acelerará el proceso de violencia, las redes sociales se volverán cada vez más violentas, los bolsonaristas serán cada vez menos y más agresivos, porque solo permanecerán los fanáticos que optarán por la violencia inesperada y fuera de control.

El bolsonarismo solo tendrá dos alternativas: aceptar el fracaso melancólico de un gobierno que ni siquiera existía o emprender la aventura del golpe autoritario. Creo que se aventurarán por lo segundo. Hay intentos de armar a los ciudadanos en todo el país, usar la policía militar en algunos estados brasileños, literalmente existe el "acuartelamiento" del gobierno: hay más soldados en el gobierno de Bolsonaro que en todos los gobiernos de la dictadura militar en 20 años. Hoy estamos viviendo una situación grave, existe un gran riesgo de golpe autoritario, que será más violento que la dictadura militar porque este deseo de eliminar las instituciones no formaba parte de la dictadura militar. La dictadura militar quería crear instituciones a su imagen y semejanza. Solo podremos detener este proceso si entendemos la lógica perversa que domina este Gobierno. Necesitamos reaccionar para preservar la democracia. Si las Fuerzas Armadas se embarcan en la aventura golpista de Bolsonaro, la situación será grave. Las instituciones están tardando demasiado en reaccionar.

 

Brasil —30 de agosto de 2020 21:27h

@agenciapublica

Traducido por Mary Gómez

Artículo publicado originalmente en Agência Pública.

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Trump no perdió tiempo con los moderados y movilizó a su tropa buscando un triunfo en el colegio electoral.  ________________________________________ Imagen: EFE

Movilizó a su base electoral y desafió a los demócratas 

 En busca de la reelección, los republicanos copiaron lo mejor de la convención demócrata y agregaron toques propios. 

 

Qué hemos aprendido? Después de dos convenciones de fiestas, ocho noches de discursos, un presidente en funciones, un exvicepresidente y un sinfín de comentarios en las redes sociales, ¿qué hemos descubierto realmente?

Más importante aún, ¿Donald Trump ha revelado si puede vencer a Joe Biden? La respuesta corta es sí. La respuesta un poco más larga es sí, probablemente lo hizo.

Las convenciones de nominación de partidos son algo extraño en cualquier momento. Es cuando el partido tiene que ponerse sus ropas más elegantes, peinarse y hacer que él y su candidato estén presentables ante la mayor cantidad de gente posible.

Esto es increíblemente difícil. En una nación donde solo hay dos partidos principales, si la gente se va a molestar en votar, es probable que sea por los republicanos o por los demócratas. Muchas, muchas personas votan de la misma manera que sus padres.

De cualquier manera, una vez cada cuatro años el partido tiene que encontrar un candidato que pueda atraer a la mayor cantidad de gente posible. O bien, dar forma y presentar a ese candidato de una manera que tenga el mayor atractivo. Al menos, así es como suele funcionar.

Las cosas han sido mucho más difíciles durante la pandemia. Habiendo tomado la decisión de transmitir en vivo todos sus eventos, siendo la celebración socialmente distanciada en ese estacionamiento de Delaware la posible excepción, los demócratas hicieron un trabajo hábil al mudarse al terreno virtual.

Varias personas dijeron que pudieron escuchar a los oradores con mayor claridad, que había una "disciplina de mensajes" eficaz y que tanto el candidato a presidente Joe Biden como su compañera de fórmula Kamala Harris dieron la información que importaba en sus discursos de apertura.

Los republicanos han mezclado más las cosas. Con una combinación de eventos en vivo y videos pregrabados, parece que el Partido Republicano vio a los demócratas, copió las mejores partes y luego agregó algunas propias. En cada presentación, Donald Trump se insertó, ya sea como participante o como espectador, ante un público ansioso por cuatro años más de su administración.

Puede ser que las convenciones no hayan movido mucho la aguja, lo que actualmente apunta claramente a favor de Biden. Pero quizás solo el 15 por ciento de los votantes vieron estos eventos, y probablemente fueron los más partidistas. El número de votantes independientes o indecisos que decidieron su voto por lo que vieron en las convenciones puede haber sido muy pequeño.

“La convención republicana se conectó con la base republicana, que es entusiastamente pro-Trump”, dijo un reconocido analista de la cadena CNN. Hubo poco o ningún atractivo para los independientes y moderados. Trump está en el 41-42 por ciento de intención de voto y quiere subir hasta el 47-48 por ciento, solo un poco mejor que su 46 por ciento en 2016, y eso debería ser suficiente para conseguir el Colegio Electoral nuevamente. En este escenario, el voto popular es irrelevante.

Entonces, ¿qué ha hecho Donald Trump para demostrar que podía vencer a Joe Biden? Simplemente ha sido él mismo, solo que más. Él y sus sustitutos han dicho mentiras, hablado falsedades, han tratado de generar miedo y pánico y han tratado repetidamente de socavar la integridad de las elecciones.

El presidente  hizo uso de los adornos del gobierno: la Oficina Oval, el Rose Garden, el Monumento Nacional Fort McHenry, los fuegos artificiales sobre el Monumento a Washington y una ceremonia de naturalización, para montar su espectáculo. Incluso Barack Obama, que habló desde el Museo de la Revolución Americana en Filadelfia, en el marco de las palabras “Nosotros, el Pueblo”, no pudo competir con eso.

En las infames palabras de la asesora saliente Kellyanne Conway, quien de alguna manera mantuvo la cara seria al afirmarlo, Trump es un defensor de las mujeres. A pesar de la abrumadora evidencia de su misoginia, hay hechos y luego hay "hechos alternativos". Todos pueden darle un giro a las cosas.

El miércoles por la noche, cuando el número de muertos por el coronavirus había pasado los 180.000,  el candidato a vice Mike Pence afirmó que el presidente había "reunido todos los recursos del gobierno federal" para abordar la pandemia. Fue como si hubiéramos entrado en una tierra de fantasía. Sin duda, muchos demócratas dijeron cosas para adaptarse a su público, pero nada en la escala de esto.

"Había tantas mentiras", dice Christina Greer, profesora de política en la Universidad Fordham de Nueva York. "Los republicanos se han convertido en un partido de mentirosos".

Donald Trump ha subrayado que utilizará todos los trucos para asegurar su reelección en noviembre. Habiéndose rodeado de un pequeño culto de miembros de la familia y fanáticos, en realidad puede creerlo. De cualquier manera, ha trazado una línea en la arena y desafió a los demócratas a desalojarlo.

“Esta elección decidirá si salvamos el sueño americano o si permitimos que una agenda socialista demuele nuestro querido destino”, dijo Trump en la cuarta y última noche de la Convención Nacional Republicana indicando, la oscura y fea campaña que se avecina.

Por Andrew Buncombe

De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Páginal12

Traducción: Celita Doyhambéhère

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Convención republicana: Donald Trump exhibe su agenda conservadora en busca de la reelección en Estados Unidos

Fe, familia y libertad son los pilares de un programa sin grandes propuestas

El presidente estadounidense reafirmó sus posturas en contra del aborto y a favor de la portación de armas y la libre elección de escuelas y el

endurecimiento de pol{iticas migratorias.

 

Desde Nueva York.Familia, fe y libertad. La campaña republicana no tiene propuestas para un segundo mandato y no siente que las necesite. Tiene en cambio una agenda conservadora basada en esos tres pilares. Porque la principal promesa de la convención partidaria de esta semana fue la de mantener Estados Unidos tal como está.

Si la Convención Nacional Demócrata habló de derechos reproductivos, la republicana puso a una ex directora de una clínica de Planned Parenthood y a una monja entre los oradores que se expresaron en contra del aborto. Si la nominación de Joe Biden incluyó pedidos de control de armas, la de Donald Trump defendió la famosa Segunda Enmienda, que permite a los estadounidenses portar armas.

La convención republicana no se mantuvo ajena a los reclamos de reformas que actualmente existen en Estados Unidos, pero si los incluyó fue para oponerse a ellos. La tercera noche de la convención fue dedicada casi en su totalidad a “celebrar a los héroes”. Es decir, a los integrantes de las fuerzas armadas y las de seguridad del país. Si a partir del asesinato de George Floyd ganó fuerza el pedido de quitarle fondos a la policía (Defund the police, en inglés), los seguidores de Trump decidieron contrarrestarlo con su propia variación: “Defend the police” (defender a la policía, en inglés).

El domingo, antes de que comenzara el evento de cuatro días, la campaña de reelección había anunciado las “prioridades centrales” que el magnate tendrá si accede a un segundo mandato. Bajo el lema “¡Luchando para vos!”, la lista constituye la columna vertebral del discurso de Trump de la noche del jueves, pero es apenas un punteo de ideas.

Una de ellas, por ejemplo, promete el desarrollo de una vacuna contra el covid-19 antes de fin de año, a pesar de que esa fecha cae dentro de la actual presidencia. Sobre este tema habló el vicepresidente, Mike Pence, durante su discurso del miércoles por la noche, aunque no dio detalles de cómo cumplirán ese objetivo. “En las próximas semanas, el presidente compartirá detalles sobre sus planes a través de discursos enfocados en políticas durante la campaña electoral”, había adelantado el anuncio del domingo pasado.

Sin embargo, tanto los discursos de esta semana como esa lista de prioridades dejan ver cuáles son los temas que obsesionan a Trump en su cuarto año de mandato. En primer lugar, la economía. Ahí, la promesa es la de crear 10 millones de nuevos puestos de trabajo en 10 meses. Solo durante marzo y abril, en Estados Unidos se destruyeron más de 22 millones de empleos. La recuperación todavía no llegó a la mitad.

El empleo, en el pensamiento de Trump, está atado al control de la inmigración. Sus promesas sobre este tema son las de impedir que quienes llegaron sin papeles al país accedan a la salud pública o a la universidad gratuita y que las empresas no puedan “reemplazar a los ciudadanos estadounidenses” con “trabajadores extranjeros de bajo costo”. Además, quiere terminar con las ciudades santuario para “restaurar” los barrios y “proteger” a las familias. Esta vez no hay mención a la construcción del muro en la frontera con México.

La política exterior será la de “Estados Unidos primero”, con la vaga idea de “terminar con las guerras sin fin”, “hacer que los aliados paguen su parte”, “mantener y expandir la fortaleza militar sin igual” del país, “borrar a los terroristas mundiales que amenazan con lastimar a los estadounidenses” y “construir un gran sistema de defensa de ciberseguridad y contra misiles”.

La relación con China es toda una sección aparte, enfocada en “terminar” con la “dependencia” de Estados Unidos de ese país. En estos puntos, el plan es un poco más específico: una segunda administración de Trump no permitirá ningún contrato del gobierno con empresas que tercericen sus servicios en China y dará incentivos fiscales a las que “traigan de vuelta” los puestos de trabajo desde el gigante asiático.

Tanto en la lista como en los discursos de la convención, la educación es solo una mención. No debería extrañarle a nadie: la principal política educativa del gobierno de Trump es la de implementar la libre elección de escuelas. En Estados Unidos, los niños solamente pueden asistir a las escuelas públicas que les corresponden por su distrito o el código postal en el que viven. Por supuesto, también pueden ir a una privada, pero eso es inaccesible para la mayoría. La libre elección de escuelas les permite, valga la redundancia, elegir la institución a la que quieren ir sin importar el lugar en el que vivan. Incluso pueden asistir a una privada si así lo prefieren y recibir algún tipo de apoyo del Estado mientras lo hacen. Para los críticos, este sistema solo favorece la privatización del sistema educativo.

Para Trump, la expansión de la libre elección de escuelas es uno de los dos únicos puntos que ameritaría una política de educación durante su segundo mandato. El otro es el de “enseñar el excepcionalismo estadounidense”, un mito que asegura que el país norteamericano, su sistema político, su historia y sus valores son únicos en el mundo.

Precisamente, la campaña decidió caracterizar el último día de convención como “Estados Unidos, tierra de grandeza”, con el presidente como orador de cierre. Esto tampoco debería sorprender a nadie. Trump llegó a la Casa Blanca con la promesa de hacer al país “grande otra vez”. Es el pilar de su mensaje. Está convencido de que lo logró y de que la crisis causada por la pandemia es apenas una interrupción que solamente él puede solucionar. Ahora, el espíritu de su nueva propuesta parece ser el de engrandecer a Estados Unidos otra vez, de nuevo.

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Brasil: ¿un "hitlerismo tropical"? II y última

Michael Löwy, el filósofo marxista brasileño, hijo de migrantes judío-austriacos que en la década de los 30 huyeron del hitlerismo, discutiendo el auge de la extrema derecha en Brasil y en el mundo –"un proceso con raíces en la crisis neoliberal y en la debilidad de la izquierda"− apuntaba a ciertas semejanzas entre Bolsonaro y el clásico fascismo europeo de los años 20-30: a) sus facetas autoritarias mezcladas con apariencias republicanas (como en los primeros años del régimen de Mussolini); b) su estigmatización de los enemigos (la izquierda, PT, las feministas, los ecologistas, los indígenas, MST, et al.), y c) su compulsivo anticomunismo. “La historia obviamente no se repite −subrayaba Löwy−, pero estas semejanzas son muy preocupantes” bit.ly/35m3oey). Enzo Traverso, por su parte, rehuyéndose a hablar del "fascismo" en caso de Trump, Orbán o Modi y prefiriendo el término de "posfascismo" −Löwy empleaba el prefijo "semi" y/o "neo"− destacaba "la antropología neoliberal" de los nuevos "hombres fuertes" que "suelen denunciar a las élites financieras, pero con las cuales mantienen lazos muy cercanos", como p.ej. Trump, "un líder posfascista sin fascismo" ( The new faces of fascism. Populism and the far-right, 2019, p. 34). Este análisis podría aplicar también a Bolsonaro sobre todo a la luz de la traversiana "dialéctica de continuidades y discontinuidades" entre los fascismos de ayer y hoy, que permite ver cómo el bolsonarismo intenta "ponerle una nueva cara" a la derecha brasileña (bit.ly/2Chzejj) reorganizando el campo de sus continuidades y discontinuidades (la dictadura, et al.) en un plano material de los intereses capitalistas.

En este sentido –y a pesar de que, como subraya Federico Finchelstein, él "es uno de los líderes populistas que más se acerca al fascismo" (bit.ly/2Z6pmlt) o de que la pandemia del Covid-19 en Brasil dio a luz una "verdadera política fascista de la enfermedad" (bit.ly/2Dg6gRD , bit.ly/3hTiQWB)− Bolsonaro, juzgando por sus propias declaraciones en las que reivindicaba la dictadura pinochetista (bit.ly/31Tqr1W), mirando las filas del propio equipo (el pinochetista Paulo Guedes) y los planes de su radical ajuste neoliberal (bit.ly/2O3AKs7), se parece, igual de acuerdo con el análisis de Traverso, más a "un nuevo Pinochet" (bit.ly/3gz3vJs) que a "un nuevo Hitler" y ésta sería su analogía histórica más adecuada, una que reflejaría mejor su lugar y papel en el sistema capitalista mundial (bit.ly/31Y3quQ). No sólo que la proliferación del "neofascismo" hoy se entiende mejor como un proyecto de defensa del "libre mercado" y el laissez-faire −como es el caso del bolsonarismo o el trumpismo, proyectos procapitalistas tan reaccionarios que hasta hace poco parecía imposible que llegasen al poder por la vía electoral y uno que en Chile subió al poder sólo gracias a las bayonetas−, sino que todo su arsenal retórico del viejo anticomunismo con Bolsonaro asegurando "haber salvado la nación que estuvo al borde del socialismo" (bit.ly/3gC3cxz) parece ser recortado y pegado de aquella época junto con todo su balbuceo y pifias (Pinochet aseguraba que “Allende llevó al país al borde del abismo y que ‘nosotros hicimos un gran paso adelante’”, mientras para el almirante Merino los bolivianos y... los brasileños eran unos "auquénidos metamorfoseados" y "seres primitivos").

Muy en este tenor, Ernesto Araujo, canciller de Bolsonaro, reseñando (sic) el libro de S. Zizek sobre la pandemia ( Pandemic!: Covid-19 shakes the world, 2020, p. 140), tildó las medidas de contener el virus, junto con la nueva ola de solidaridad global vaticinada por Zizek como "un complot comunista" −"la lucha global contra el Covid-19 quiere instaurar un mundo sin fronteras y sin libertad auspiciado por la Organización Mundial de la Salud"− y comparó el distanciamiento social a... "los campos de concentración nazis", subrayando que "ahora serán los comunistas que nos querrán encerrar en ellos" y que el lema de este aprisionamiento será igual Arbeit Macht Frei (bit.ly/2Ve8aZb) −Zizek analiza de paso este lema colocado cínicamente en las puertas de varios campos de concentración y/o exterminación− sólo para luego decir que fue "malentendido", pintarse como el más grande amigo de Israel (bit.ly/37XlSEE) y acusar al autor de Pandemic... de… antisemitismo (bit.ly/3du0qs4).

Si al lector ya le dio un vértigo intelectual es pertinente recordar que el propio Bolsonaro, que acaba de contraer este "virus comunista" (sic), dijo que "Hitler era de izquierda" (bit.ly/2C8pSqb), en sí misma una expresión del negacionismo del Holocausto (sic) y una fake news calculada para alejar las acusaciones de que él mismo fuera "un fascista" o que el mencionado lema nazi (O trabalho libertará) acabó siendo usado por su administración en los anuncios gubernamentales para la campaña de "reabrir la economía" (bit.ly/2VTjTwr). Si usted todavía siente fiebre, vértigo, náuseas, todos los síntomas del coronavirus, no es necesario reportarlos a su centro de salud más cercano. Es una reacción natural y pasajera: el neolenguaje hitleriano (¡Klemperer!) reciclado hoy por los nuevos autoritarios, junto con su retórica divisiva y antagonista convertida en su nueva lingua franca (bit.ly/2ByDQSt) –todo de lo que Jair Bolsonaro es un verdadero campeón–, son sólo los viejos delirios verbales de siempre.

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Viernes, 26 Junio 2020 06:31

Brasil: ¿un "hitlerismo tropical"?/I

Brasil: ¿un "hitlerismo tropical"?/I

Cuando Renato Aroeira, un caricaturista brasileño, dibujó a Jair Bolsonaro con un tarro de pintura negra haciendo intervenciones sobre la cruz roja, convirtiéndola en una esvástica ( Hakenkreuz) (bit.ly/37YTzWD), con un golpe de pincel captó y tocó varios procesos que tienen convulsionado a Brasil: el creciente despotismo y autoritarismo −que según algunos bordea ya con el fascismo− del errático gobierno de Bolsonaro (bit.ly/2ByWQ2J), su desastroso manejo de la pandemia del Covid-19 y su apología y blanqueamiento de la historia de la dictadura militar brasileña (1964-1985): el monero fue acusado de "calumnia y difamación del presidente de la república" con base en la Ley de la Seguridad Nacional que data aún de sus tiempos.

Aparte del virus que va infectando a la gente –y de paso al lenguaje "destruyendo la semántica, aislando el significado y trivializando la crisis" (bit.ly/37Xz0cW)−, parece rondar por el mundo también "un fantasma de las analogías". Un verdadero espíritu del tiempo ( Zeitgeist) de hacer apresuradas comparaciones históricas, sobre todo entre la Alemania de los 20/30, la Segunda Guerra Mundial y el presente. Un afán, en principio noble, que acompaña el auge global de la extrema derecha, de "sacar las lecciones de la historia" y "evitar repetir las tragedias y los errores del pasado", pero que a menudo oscurece más que explica. Esta búsqueda de paralelas que tuvo su clímax respecto a Donald Trump (bit.ly/2BC2gKt), está en curso igual respecto a Bolsonaro (bit.ly/382h699), gracias también –aparte de algunos ecos preocupantes: su desdeño a la democracia, sus políticas de odio, etcétera− a sus propias declaraciones en las que ensalzó a Hitler como "un gran estratega" (sic) o las de su ex ministro de Cultura que, con Wagner de fondo, plagió todo un discurso de Goebbels (bit.ly/2Z8SxmG). Así, para algunos, dada su conexión con sectores paramilitares −los modernos Sturmtruppen (bit.ly/2BGPFFB)− estamos observando "el ascenso de un hitlerismo tropical" (bit.ly/3dxnINO, bit.ly/2CGyhl2), él mismo es "un fascista del siglo veintiuno" (bit.ly/2VlyQau), “un Führer en Brasilia” (bit.ly/37XWn6o), o "un destructor de la democracia a la par con Hitler y Mussolini" (bit.ly/2B95TaM). No obstante, como apuntaba Richard J. Evans –historiador de la época y el biógrafo de Hitler− al margen de este uso y abuso de las comparaciones, "Por más nefastos que sean los ecos, no estamos reviviendo los años 30; en el siglo veintiuno las democracias caen de otras maneras. No habrá repetición directa" (bit.ly/3i30Nxi). Si la democracia en Brasil está agonizando, lo está haciendo a su propio modo y a su propio ritmo.

Más que al nazismo, incapaz, igual que Donald Trump (bit.ly/381da8L), de llevar a cabo una "sincronización de todos los sectores del Estado" ( Gleichs-chaltung), inmerso en conflictos internos e institucionales –dicho sea de paso he aquí un caso a qué nivel llegamos con las comparaciones: uno de los ministros bolsonaristas, el duodécimo en dejar el cargo, aludió a la pelea de su administración con el sector judicial, enfatizando su propia victimización (bit.ly/2NuUzIM), como... "La noche de los cristales rotos" ( Kristallnacht); mejor le habría quedado "La noche de los cuchillos largos" ( Nacht der langen Messer), pero incluso así, todo esto ya llegó ad absurdum...−, lo que trata de reconstruir Bolsonaro es el bloque de poder que estaba detrás del golpe de 1964 para qui-tar las restricciones puestas al capital durante los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff, por más laxos que hayan sido(bit.ly/3i1Atnh). De allí la base material de su empuje revisionista para rescribir la historia de la dictadura como "un régimen democrático de fuerza" (sic) o de su defensa de sus verdugos y torturadores, un característico afán de la derecha actual que neutralizando el pasado, trata de normalizar la toxicidad de sus políticas del presente ( wapo.st/382oJMB).

La desastrosa política sanitaria es un buen ejemplo de esto: su negacionismo de la gravedad del coronavirus −la alusión al negacionismo del Holocausto aquí parece apropiada−, su menosprecio como "gripecita" (sic), su alentar a sus seguidores a no respetar medidas de aislamiento social e incluso "a invadir los hospitales" para demostrar "que no hay tantos enfermos" (sic) y –copiados de Donald Trump− los llamados a "volver a la normalidad" con los cuales "desarrollaba un discurso que invertía la realidad, que lo absolvía y endilgaba sobre otros las responsabilidades", un verdadero "discurso genocida" (sic) di-rigido a los ricos que controlan la economía y quieren volver a ganar dinero a cualquier precio (bit.ly/2Z7dKh8), no sólo expuso límites y fallas de su propio proyecto (bit.ly/2Yv48O4), sino simplemente puso en riesgo la salud y la vida de millones de brasileños. Brasil ya es el segundo país más afectado detrás de Estados Unidos con más de 50 mil muertos por el Covid-19, entre los que –muy en el tenor con el propio racismo de Bolsonaro− "lideran" los negros (bit.ly/3eBxVdE) y los indígenas del Amazonas al borde de un verdadero genocidio (bit.ly/2B8ZDji)−, algo que llevó a unos comentaristas –¡el espíritu del tiempo no nos deja en paz!− a comparar su actitud con la "falta de compasión" –una envenenada influencia de Nietzsche (bit.ly/3fSjlOY)− de los perpetradores del Holocausto, como Hans Frank, el nefasto jefe del Generalgouverment en la Polonia ocupada (bit.ly/3dwkoT9).

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Lunes, 02 Marzo 2020 19:14

Nuevas derechas, nuevas resistencias

Nuevas derechas, nuevas resistencias

En un período como éste, sería irresponsable lanzar las campanas al vuelo creyendo que el triunfo del mundo nuevo está a la vuelta de la esquina, un sentimiento que cultivamos con fruición los setentistas y que, ahora, vuelve de la mano de las culturas juveniles y feministas, quizá por el agobio de tantas opresiones y la necesidad de respirar nuevos aires, sin más demora, aquí y ahora. Siento que es positivo para la lucha emancipatoria, porque lo peor sería congelarnos en el lugar de víctimas, esperando una mano del Estado o del caudillo de turno.

Para avanzar, necesitamos practicar un doble ejercicio. Por un lado, tantear el terreno, reconocer la realidad por desagradable que sea, sin concesiones pero incluyendo también nuestros errores e insuficiencias. La otra tarea consiste en potenciar lo que ya somos, los espacios y potencialidades de los mundos otros, no capitalistas ni patriarcales ni coloniales. En suma, resistir y crear, resistir creando, porque necesitamos espacios propios (de los pueblos, de las mujeres, de las más diversas opresiones) para fortalecer las resistencias.

Daniel Urresti, exgeneral y exministro fue el congresista más votado.  Imagen: AFP

Daniel Urresti ganó repitiendo sus mensajes de mano dura contra la delincuencia

Las elecciones legislativas dejaron preocupaciones: un exgeneral procesado por asesinato fue el candidato con más votos; un partido xenófobo y promotor de la pena de muerte quedó como tercera fuerza y una secta evangélica en segundo lugar. 

 

Las elecciones parlamentarias del domingo dejaron varias sorpresas y preocupaciones: un represor procesado por asesinato como el candidato más votado, la aparición como tercera fuerza en el Congreso de un partido radical xenófobo y promotor de la pena de muerte ligado al encarcelado ex militar Antauro Humala, hermano del ex presidente Ollanta, y la irrupción como segundos en la votación nacional de una secta evangélica ultraconservadora. Un escenario complicado para un nuevo Congreso atomizado, en el cual habría diez bancadas para 130 escaños. La primera fuerza parlamentaria, la centro derechista Acción Popular, tendrá solamente 24 legisladores.

El represor convertido en el congresista con mayor respaldo de votos es el exgeneral y exministro del Interior Daniel Urresti. Su oscura historia está ligada a los años del conflicto armado entre el Estado y el grupo maoísta Sendero Luminoso, que dejó 70 mil muertos. Urresti fue enviado en los años 80 como capitán del ejército a Ayacucho, zona andina donde nació Sendero y fue el epicentro del conflicto. Asumió la dirección de inteligencia, puesto clave en las operaciones militares. Eran tiempos en los cuales los secuestros, torturas, desapariciones, ejecuciones extrajudiciales y matanzas de comunidades campesinas, cometidas por militares y senderistas, eran cosa cotidiana en esa región.

En noviembre de 1988, el periodista Hugo Bustíos fue asesinado por los militares. Fue acribillado y luego volado con una granada en un paraje rural de Ayacucho cuando iba en una moto a cubrir el asesinato de dos personas. Los militares, que sabían de su viaje, lo habían estado esperando. Varios testimonios involucran en el crimen a Urresti, que como jefe de inteligencia tenía un importante puesto de mando. Una campesina, que vivía cerca al lugar, lo ha acusado de haberla violado el mismo día del asesinato del periodista y amenazado con matarla si hablaba. El hoy congresista electo niega los cargos y califica a sus acusadores de “delincuentes” y “terroristas”.

Después de largos años de impunidad, Urresti fue procesado, pero en 2018 fue absuelto. Sin embargo, la Corte Suprema anuló el juicio por una serie de irregularidades y el militar deberá ser juzgado nuevamente, pero ahora eso no podrá ocurrir porque estará protegido por la inmunidad parlamentaria.

 Urresti fue ministro del Interior del ex presidente Ollanta Humala (2011-2016), cargo desde el cual empezó a construirse una imagen de luchador contra la inseguridad ciudadana, aspecto clave para su triunfo electoral del domingo. Se formó esa imagen con operativos policiales con más espectacularidad y difusión mediática, que efectividad. En octubre de 2018 postuló a la alcaldía de Lima, con un mensaje de mano dura contra la delincuencia, quedando segundo. Fue derrotado, pero había comenzado a construir una base electoral.

Ahora Urresti ha ganado la elección parlamentaria repitiendo sus mensajes de mano dura contra la delincuencia. Postuló como cabeza de lista por el partido Podemos Perú, agrupación nueva formada por el cuestionado empresario José Luna, que se ha hecho millonario con el negocio de la educación universitaria de baja calidad y que tiene varias acusaciones de corrupción. En sus primeras declaraciones como congresista electo, Urresti ha buscado acercarse al gobierno de Martín Vizcarra, ofreciéndole apoyo. Después de esta victoria electoral, el represor se posiciona como un posible candidato presidencial para las elecciones de abril de 2021.

Otro que aspira a ser candidato en 2021 es Antauro Humala. El partido Unión por el Perú (UPP), que respalda a Antauro, se ha convertido en la tercera fuerza del Congreso con 17 legisladores. Pero Antauro la tiene más complicada porque está en prisión cumpliendo una condena por el asalto a una comisaría que dejó cuatro policías muertos en enero de 2005, en un farsesco intento de derrocar al ex presidente Alejandro Toledo (2001-2006). Cumple su condena en 2024, por lo que no podrá ser candidato. Pero UPP ha anunciado que utilizará su fuerza en el Parlamento para pedir la excarcelación de Antauro y que se habilite su candidatura.

UPP sorprendió con su votación en las zonas andinas más empobrecidas. Antauro y los de UPP disparan contra el modelo neoliberal y se dicen de izquierda, pero asumen posturas que los ubican en la ultra derecha: tienen un discurso xenófobo -proponen prohibir que se les dé trabajo a los extranjeros-, exigen la pena de muerte y que los militares salgan a las calles para controlar la seguridad. Homofóbico, alguna vez Antauro habló de fusilar a los homosexuales. Este extraño personaje, entre pintoresco y peligroso, es el otro gran ganador, junto al represor Urresti, de las elecciones parlamentarias del domingo.

También está la sorpresa de la secta evangélica Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal, que a través del Frente Popular Agrícola del Perú (Frepap), dejó a todos mudos con su segundo lugar, con 8,9 por ciento. Hasta el domingo nadie los tomaba en serio. Se hace llamar “israelitas” y su mayor presencia está en las zonas rurales, especialmente amazónicas y andinas.

“Los homosexuales tienen el mal enquistado en su corazón y en su sangre, pero van a tener oportunidad de conocer el decálogo universal y mediante eso van a entrar en la moral. Nuestro señor Dios de Israel creó hombre y mujer. Promoveremos en los colegios una educación con moral”, han sido las declaraciones con las que el vocero de los israelitas, Wilmer Cayllahua, probable congresista, debutó luego de su inesperado segundo lugar en las elecciones. 

El fujimorismo, duramente derrotado, ya ha comenzado a moverse para buscar acuerdos con esta secta mesiánica y ultraconservadora.   

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La verdadera historia de los errores futuros

La verdad de un sistema equivocado es el error. Para ser políticamente eficaz, este error ha de repetirse de manera incesante, difundirse ampliamente y ser aceptado por la población como la única verdad posible o creíble. No se trata de una repetición cualquiera. Es necesario que cada vez que el error se ponga en práctica lo sea como un acto inaugural —la verdad finalmente encontrada para resolver los problemas de la sociedad. No se trata de una difusión cualquiera. Es necesario que lo que se difunde se perciba como algo con lo que naturalmente tenemos que estar de acuerdo. No se trata, finalmente, de cualquier aceptación. Es necesario que lo que se acepta sea aceptado para el bien de todos y que, si implica algún sacrificio, sea el precio a pagar por un bien mayor en el futuro.

El avance de las fuerzas políticas de derecha y de extrema derecha alrededor del mundo se basa en estos presupuestos. Es difícil imaginar la supervivencia de la democracia en una sociedad en la que estos presupuestos se concreten plenamente, pero las señales de que tal concreción puede estar más cerca de lo que se piensa son muchas y merecen una reflexión antes de que sea demasiado tarde. Abordaré las siguientes señales: la reiteración del error y la crisis permanente; la orgía de la opinión y la fabricación masiva de ignorancia; y el paso de la sociedad internética a la sociedad métrica.


La reiteración del error es hoy patente. Desde hace décadas, los países capitalistas centrales, más desarrollados, han asumido la obligación política de dedicar una parte de su presupuesto a la "ayuda al desarrollo". El objetivo es, como su nombre indica, ayudar a los países periféricos, subdesarrollados, a seguir el rastro de los más desarrollados e, idealmente, a converger con estos en niveles de bienestar en un futuro más o menos próximo. Es evidente que la brecha que separa a los países centrales de los países periféricos es cada vez mayor. La llamada "crisis de los refugiados" y el alarmante aumento del movimiento de poblaciones migrantes indeseadas son los signos más evidentes de que las condiciones de vida en los países periféricos son cada vez más intolerables. Lo mismo cabe decir de las políticas de reducción de la pobreza llevadas a cabo por el Banco Mundial desde hace décadas. El balance es negativo si por reducción de la pobreza entendemos la disminución de la brecha entre ricos y pobres dentro de cada país y entre países. La brecha no ha cesado de aumentar. Del mismo modo, las políticas de austeridad o de ajuste estructural que han sido impuestas a los países en dificultades financieras, de las que Portugal y Grecia son ejemplos cercanos, no han logrado sus objetivos, y el propio FMI ha reconocido esto de manera más o menos velada ("exceso de austeridad", "deficiente calibración", etc.). A pesar de ello, las mismas políticas se imponen una y otra vez como si en aquel momento aquella fuera la mejor o incluso la única solución. Lo mismo puede decirse de la privatización de la seguridad social y, por tanto, del sistema público de pensiones. El objetivo más reciente es la seguridad social en Brasil. Según los estudios disponibles, en cerca del 70% de los casos en los que la privatización se realizó el sistema falló y el Estado tuvo que rescatar el sistema para evitar una profunda crisis social. No obstante, la receta sigue siendo impuesta y vendida como la salvación del país.


¿Por qué se insiste en el error de imponer medidas cuyo fracaso es de antemano reconocido? Son muchas las razones, pero todas convergen en la que considero más importante: el objetivo de crear una situación de crisis permanente que fuerce las decisiones políticas a concentrarse en medidas de emergencia y de corto plazo. Estas medidas, a pesar de implicar siempre la transferencia de riqueza de los más pobres a los más ricos e imponer sacrificios a los que menos pueden soportarlos, son aceptadas como necesarias e inviabilizan cualquier discusión sobre el futuro y alternativas a corto y medio plazo.


La orgía de la opinión. El error reiterado y su amplia aceptación no serían posibles sin un cambio tectónico en la opinión pública. Los últimos cien años fueron el siglo de la expansión del derecho a tener opinión. Lo que era antes un privilegio de las clases burguesas se transformó en un derecho que fue efectivamente ejercido por amplias capas de la población, sobre todo en los países más desarrollados. Esta expansión fue muy desigual, pero permitió enriquecer el debate democrático con la discusión de alternativas políticas significativamente divergentes. El concepto de razón comunicativa, propuesto por Jürgen Habermas, se basaba en la idea de que la libre formulación y la discusión de argumentos a favor y en contra en cualquier área de deliberación política, transformaba la democracia en el régimen político más legítimo porque garantizaba la participación efectiva de todos.


Ocurre que en los últimos treinta años la sociedad mediática, primero, y la sociedad internética, después, produjeron una escisión insidiosa entre tener opinión y ser propietario de la opinión que se tiene. Hemos sido expropiados de la propiedad de nuestra opinión y pasamos a ser arrendatarios o inquilinos de ella. Como no nos dimos cuenta de esta transformación, pudimos seguir pensando que teníamos opinión e imaginamos que era nuestra. Empresarios de opinión de todo tipo entraron en escena para simultáneamente reducir el abanico de opiniones posibles e intensificar la divulgación de las opiniones promovidas. Los principales agentes de esta transformación fueron los partidos políticos del arco de gobierno, los medios de comunicación oligopólicos y los sistemas de publicidad, inicialmente orientados al consumo masivo de mercancías, los cuales fueron gradualmente dirigidos hacia el consumo de masas del mercado de las ideas políticas. Así surgió la sociedad mediática y la política-espectáculo, donde las diferencias sustantivas entre las posiciones divergentes son mínimas, pero se presentan como si fueran máximas. Fue el primer paso.


El segundo paso se produjo cuando pasamos de la sociedad mediática a la sociedad internética. En este paso, el derecho a tener opinión se expandió sin precedentes y la expropiación de la opinión, de la que somos usuarios (más que titulares), alcanzó nuevos niveles. Surgieron los empresarios, tanto legales como ilegales, de la manipulación de la opinión pública, cuyo ejemplo paradigmático son las redes y las páginas de Facebook y de WhatsApp que producen “tácticas de desinformación” particularmente activas en períodos electorales, como sucedió recientemente en las elecciones para el Parlamento Europeo. La conocida organización Avaaz identificó 500 páginas sospechosas, seguidas por 32 millones de personas, que generaron 67 millones de interacciones (comentarios, likes, comparticiones). La empresa Facebook cerró 77 de esas páginas que eran responsables por el 20% de flujo de informaciones en las redes identificadas


Esta extraordinaria manipulación de la opinión tuvo tres consecuencias que, aunque pasaron desapercibidas, constituyeron un cambio de paradigma en la comunicación social. La primera fue que esta vigilancia policial de las redes se legitimó a pesar de haber controlado apenas la punta del iceberg. El recurso cada vez más intenso a los big data y a los algoritmos para llegar a cada individuo en sus gustos y preferencias, y hacerlo simultáneamente para millones de personas, hizo posible mostrar que los verdaderos propietarios de nuestra opinión son Bill Gates y Mark Zuckerberg. Como todo es hecho para no darnos cuenta de eso, nos consideramos deudores gratos de El Dorado de información que nos proporcionan y no como acreedores de un desastre democrático de consecuencias imprevisibles por las cuales ellos debían ser personalmente responsabilizados.


La segunda consecuencia es que la información que comenzamos a usar, pese a ser tan superficial, no puede ser contestada con argumentos. O es aceptada o es rechazada, y los criterios para decidir son criterios de autoridad y no de verdad. Si sirve a los intereses del líder político de turno, el pueblo es exaltado como teniendo finalmente opinión propia, capaz de contradecir a la opinión de las élites tradicionales. Si no sirve, el pueblo es fácilmente considerado como “ignorante e incapaz de ser gobernado democráticamente”. En la medida en que el pueblo sigue la opinión del líder, es el líder quien sigue la opinión del pueblo. En la medida en que el pueblo diverge de la opinión del líder, debe, como pueblo ignorante, confiar en la opinión de líder. Según le convenga, el líder populista puede aparecer ora como seguidor del pueblo, ora como su tutor. Aquí reside la razón última de la reemergencia del populismo. Este capital de confianza se crea fácilmente en la medida en que todo sucede en la intimidad del individuo y de su familia. Mientras la sociedad mediática transformó la política en un espectáculo, la sociedad internética la convierte en un show íntimo, un auténtico peep-show en el que toda la interacción afectiva ocurre entre el líder y el ciudadano, sin argumentos ni mediaciones.


La tercera consecuencia de la sociedad internética es que las redes sociales crean dos o más flujos de opiniones unánimes que corren en paralelo y, por tanto, nunca se encuentran. Es decir, en ningún caso pueden ser contradichos o ser objeto de contraargumentación en un debate democrático. Así, la política errada puede ser aceptada ampliamente si cabalga sobre uno de los flujos de unanimidad. Este es el caldo comunicacional de la radicalización política, el ambiente ideal para el clima de polarización, de odio y de demonización del enemigo político, sin que sea necesario usar argumentos discutibles y únicamente recurriendo a frases apocalípticas.


De la sociedad internética a la sociedad métrica. Vivimos otra orgía, la orgía de la cuantificación de la vida individual y colectiva. Nunca nuestras vidas colectivas estuvieron tan dependientes del número de seguidores en Facebook, de los likes en las interacciones en las redes, de los scores en los concursos, de los rankings en las universidades, en la cuantificación de la producción científica. Sabemos que la lógica de la cuantificación es extremadamente selectiva y muy sesgada por los criterios que usa y por los campos que selecciona para cuantificar. Deja fuera todo lo que es más esencial a la existencia individual y colectiva. Deja fuera sectores sociales que, por su inserción social, no pueden ser adecuadamente contados. Las personas sin hogar son contadas por ser sin hogar, y no por lo que hacen durante el día; la agricultura familiar, informal, pese a que en la mayoría de los países continúa alimentando hoy a una gran parte de la población, así como el trabajo no pagado de la economía del cuidado en casa, no cuentan para el PIB. Lo que está predominantemente a cargo de las mujeres no entra en las estadísticas del trabajo, a pesar de ser crucial para reproducir la fuerza de trabajo. Si no estuviera avalada cuantitativamente, la calidad de la producción científica no contaría para la carrera de los investigadores. Y el gran problema de nuestro tiempo es que lo que no es contado, no cuenta.


Estas son algunas de las dinámicas subterráneas que van minando la democracia y creando una cultura pública y privada indefensa ante errores de los que la derecha y la extrema derecha se van alimentando.

 

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

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Sábado, 30 Marzo 2019 06:42

La breitbartización de la política

La breitbartización de la política

Breitbart.com era una web de noticias fundada por Andrew Breitbart, que venía a representar la opinión de la derecha estadunidense clásica. En 2012, tras la muerte de su fundador, Steve Bannon pasó a ser su director ejecutivo, transformando la web en un portal de noticias cuyo objetivo era, y es, convertirse en la plataforma de la derecha nacionalista, la ahora famosa alt-right.

La alt-right, o derecha alternativa, no es más que un eufemismo para nombrar a posiciones de ultraderecha en el panorama político estadunidense, donde caben desde los nacionalistas económicos a los supremacistas blancos.


El paso de Steve Bannon de director de Breitbart a jefe de gabinete de la administración Trump simboliza muy bien lo que pasó en 8 años, donde se pasó del primer presidente negro de la historia de Estados Unidos a un personaje como Trump.


Las guerras culturales que han dado pie al ascenso de Trump y la alt-right han supuesto una breitbartización de la política, donde lo que importa ya no son los hechos en sí, sino el relato. Y ahí, la derecha ha sabido construir un relato y adaptarse muy bien al mundo del Internet y las redes sociales.


Dice el sociólogo Manuel Castells que la clave del poder hoy es la constante interacción y lucha en torno a quien controla información, y cómo se permite o no y para quién y de qué manera, la comunicación. Otro sociólogo que viene estudiando el momento de las redes sociales como una era de fragilización social, César Rendueles, plantea que después de la crisis del capitalismo de 2007/2008 ya nadie cree demasiado en la capacidad del mercado para resolver conflictos políticos (más bien los acelera), por lo que la gente deposita en la tecnología la fe en que dé lugar al surgimiento de algún tipo de nuevo orden.


El poder por tanto está hoy en disputa en torno a la información y la tecnología, y eso fue muy bien entendido por la alt-right. Mientras la izquierda seguía inmersa en dar la batalla a la industria cultural hegemónica (o en no dejarse absorber por ella), la derecha ya estaba haciendo contenido instantáneo que impactaba entre los sectores más jóvenes, nuevos votantes en muchos casos. La izquierda estadunidense intentaba disputar contenido progre en Hollywood, mientras la derecha se dedicaba a hacer memes y en una sola imagen sintetizaba el odio al establishment.


La historia nos enseña que el neoliberalismo se apropió en primer lugar del multiculturalismo, convirtiéndolo en la expresión posmoderna del capitalismo en el ámbito cultural. Después, se apropió del feminismo, e hizo de Hillary Clinton el paradigma de feminismo liberal del 1 por ciento que tan bien critica Nancy Fraser desde el corazón del imperio.


Pero la alt-right desecha la corrección política, apropiándose de la estética de la transgresión y la contracultura, que han sido expresiones habituales de la izquierda. El mejor ejemplo podría ser la revista Vice, definida por Angela Nagle como una imagen de marca construida gracias a la combinación degenerada de vacua estética hípster y transgresión pornificada. Nagle escribió Kill all Normies, disecciona las guerras culturales que han dado lugar al surgimiento de la alt-right y Trump, un troll de Twitter con un botón nuclear al alcance de su mano.
Una alt-right que se sustenta en una guerra contra el marxismo cultural y la ideología de género y que por eso encontró en Trump el ariete, el personaje ideal para encarnarla, el paradigma de la incorrección política, el supremacismo blanco y el machismo.


Y en este escenario tanto Steve Bannon como Breitbart han jugado un papel clave para ganar la batalla cultural. Bannon ha sido el estratega para lograr pasar del activismo de clic al voto, sin pasar por las calles que tanto añora la izquierda. En una sociedad en la que ya no hay emisores y receptores, sino en la que todas y todos somos emisores y receptores a la vez, la sociedad-red de Castells, o la sociedad-enjambre de Byung-Chul Han, las estrategias de comunicación deben responder a los sueños e imaginarios de la gente, pero también a los insomnios y emociones de una sociedad destrozada socialmente por el neoliberalismo, no sólo como proyecto económico, sino, sobre todo, cultural.


Bannon sabe interpretar el momento. En una de sus recientes entrevistas, y haciendo referencia al fenómeno mediático de la demócrata Alexandria Ocasio-Cortez, Bannon afirmar haber interpelado a los republicanos: “Necesitamos más camareros y menos abogados”.
Para ello, Bannon ha creado The Movement, una plataforma política para articular a l

a derecha populista, nacionalista y tradicionalista, plataforma que define como un motor evangelizador sustentado en los pilares del soberanismo, la seguridad, y la economía, algo que podemos traducir como una apuesta por un neoliberalismo nacionalista en lo económico, y un neoliberalismo excluyente en lo social, que defiende el modelo de familia tradicional y apela a la xenofobia antinmigrante.


Pero la alt-right, que por medio de The Movement ya está articulando una Internacional Populista de ultraderecha para tener una fuerte presencia en el próximo Parlamento Europeo, que ya cuenta con dos cabezas de playa en los gobiernos de Trump y Bolsonaro en Brasil, ha podido conquistar estos avances a partir de una blitzkrieg en la net war, donde el uso de las redes sociales, las fake news, y la inteligencia artificial, ha sido clave para esta guerra relámpago.


Ahí también, Bannon y la plataforma Cambridge Analytics han jugado un papel fundamental, que diseccionaremos en el próximo artículo.

Katu Arkonada, politólogo especialista en América Latina

 

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