Un mercado público en Hermosillo, un Estado al norte de México, en diciembre pasado.Norte Photo / GETTY

En su reporte anual de riesgos globales, Eurasia Group destaca el “intenso” calendario electoral de la región y sus posibles consecuencias para las finanzas públicas

 

La división política en Estados Unidos, la lentitud y mal manejo de la vacuna contra el coronavirus, los bajos precios del petróleo son algunos de los diez riesgos más importantes para el mundo en 2021 identificados por la consultora Eurasia Group. En su reporte publicado esta semana, el director general, Ian Bremmer, y su presidente, Cliff Kupchan, destacaron también a América Latina argumentando que su “decepcionante” desempeño económico atenta contra el desarrollo.

“A medida que emergen de la pandemia, los países de América Latina enfrentarán versiones más nítidas de los problemas políticos, sociales y económicos que ya estaban enfrentando antes de la crisis”, dice el reporte. “No habrá disponibilidad generalizada de vacunas hasta bien entrado el segundo semestre de este año, y los países de América Latina están mal posicionados para hacer frente a otra ola de coronavirus antes de esa fecha”.

Las cuestiones económicas ya están pasando a primer plano, dice el reporte, y no hay liderazgo global en modelos políticos ni estándares comerciales a seguir. El resto de los riesgos identificados por Eurasia Group para este año son el coronavirus, el cambio climático, las tensiones geopolíticas entre China y EE UU, la privacidad y el acceso a los datos personales, los ciberataques, la debilidad de la economía en Turquía y la salida de la canciller alemana Angela Merkel.

“Al igual que 2020 fue abrumadoramente sobre respuestas de atención médica a la covid-19 (y cuántos Gobiernos se equivocaron), 2021 se tratará abrumadoramente de respuestas económicas a los síntomas persistentes de la covid-19 y al tejido cicatricial (la carga de la deuda y políticas des-alineadas), incluso cuando las vacunas se despliegan y la emergencia sanitaria se desvanece”, apuntan los expertos. En EE UU, por ejemplo, a pesar de tener uno de los inventarios de vacunas más grandes, las autoridades han admitido que la campaña de vacunación ha tardado más de lo esperado, retrasando la reactivación económica.

En países emergentes, la baja capacidad para proporcionar estímulos y redes de seguridad significa que estos efectos se sentirán más fuerte, dice el reporte. “El problema será más agudo en América Latina, Medio Oriente y el sudeste asiático”, señalan, “los programas de vacunación en mercados emergentes se verán ralentizados por una infraestructura deficiente para la distribución”.

“En América Latina, los principales puntos conflictivos políticos se puntualizan ya en el intenso calendario electoral de este año: elecciones legislativas en Argentina y México, así como elecciones presidenciales en Ecuador, Perú y Chile. Estos cinco países han experimentado un deterioro fiscal significativo, derivado de aumento del gasto para mitigar el impacto económico de la pandemia”, dice Eurasia. La consultora augura un debilitamiento del Gobierno del presidente Alberto Fernández en Argentina en las elecciones, y un buen resultado electoral para el presidente de México Andrés Manuel López Obrador. Los resultados de la elección de este verano, asegura la consultora, será favorable para el partido del presidente mexicano, preservará su mayoría en el Congreso y la popularidad de López Obrador permanecerá alta. “Esto permitirá que su agenda continúe y se deteriore el clima de negocios”, apuntan.

En Ecuador, Chile y Perú, el descontento social pudiera abrir la puerta a candidatos populistas, asegura Eurasia. “Dado el aumento de la pobreza, la creciente desigualdad y el alto desempleo, los gobernantes no estarán dispuestos a tomar decisiones políticamente costosas, como recortar el gasto en servicios sociales; de hecho, las elecciones serán un incentivo para los políticos, especialmente a los del poder legislativo, a impulsar políticas que ejerzan una mayor presión sobre las finanzas de sus países”.

Por Isabella Cota

México - 08 ene 2021 - 03:07 UTC

Publicado enEconomía
Miércoles, 30 Diciembre 2020 05:41

Hacia una eco-ética mediante la educación laica

Hacia una eco-ética mediante la educación laica

El Cambio global es un problema social y político urgente. Necesitamos una cultura laica y humanística que sepa asimilar el conocimiento científico para hacer frente al Cambio Global

Se entiende por Cambio Global al conjunto de cambios ambientales que afectan a la Tierra como sistema. De estos, los controlables son los factores de origen antropogénico, que afectan a las funciones de los ecosistemas proveedores de los servicios ambientales necesarios para nuestra supervivencia y bienestar. Estos servicios se suelen clasificar en servicios de abastecimiento (alimentos, agua, madera, energías renovables, etc.), de regulación (regulación hídrica, depuración del agua, fertilidad natural del suelo, control de la erosión, polinización, control de plagas y especies exóticas invasoras) y culturales (disfrute recreativo, estético, espiritual, etc.) (EME, 2011).

Las actividades humanas que más inducen el Cambio son la transformación de uso del suelo, el calentamiento climático inducido, la contaminación de atmósfera, aguas y suelos, las perturbaciones en los ciclos biogeoquímicos, la introducción de especies exóticas invasoras y la sobreexplotación de los ecosistemas.

Dado que el Cambio Global obedece a múltiples relaciones causales, con efectos a diferentes escalas espaciales y temporales, su evolución es incierta. Esta incertidumbre dificulta la toma de decisiones por parte de los gestores y la comunicación con los diferentes grupos sociales.

El Cambio Global incluye el cambio climático o calentamiento global, donde se ha puesto el peso de las políticas internacionales y los umbrales de alarma más conocidos por la población. También incluye la pérdida de diversidad biológica amparada por los objetivos incumplidos una y otra vez del Convenio de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica (CDB), ya que la mayoría de los países no reconocen la importancia de la biodiversidad para la supervivencia de sus poblaciones a largo plazo. A pesar de la evidencia proporcionada por la Evaluación Global de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES, por sus siglas en inglés)

Aunque el Cambio Global es un problema social que atañe a toda la humanidad, ya que precisa de cambios urgentes y revolucionarios en los modos de vida, otros temas menores nos distraen de la solución. Por el momento, y a pesar de los esfuerzos individuales de personas concienciadas, no parece que haya una respuesta coordinada, adecuada y contundente ante tal amenaza de calibre planetario.

Ante los intereses monetarios de grandes corporaciones y la complicidad de los políticos, la inacción y dispersión de las acciones ciudadanas adolece de la fuerza necesaria para presionar convenientemente a los gobiernos, últimos responsables de la aplicación de las correspondientes medidas y propuestas por las directivas y convenios internacionales.

Entre las causas de esta aparente desidia o falta de voluntad de la sociedad podemos incluir:

  • La ignorancia de gran parte de la sociedad para entender adecuadamente temas científicos y ambientales complejos.
  • La dificultad de las personas para comprender las relaciones y las tramas ecológicas que nos hacen dependientes de la biosfera, así como el efecto de las perturbaciones de las actividades humanas en intensidad y extensión sobre los ecosistemas a corto y largo plazo.
  • La gente quiere certezas y rechaza la incertidumbre característica del avance científico en general y del cambio global en particular, esperando respuestas y soluciones rápidas.

Las reacciones psicológicas más frecuentes ante los efectos de un cambio global varían desde:

  • La negación de los hechos (bien utilizada por los negacionistas del cambio climático).
  • La delegación de responsabilidades en terceros (políticos, científicos o líderes armados de soluciones tecnosalvadoras),
  • La inacción basada en las creencias que siguen los dictados de falsos dioses, ya sea en los designios divinos restauradores, ya sea en la diosa madre naturaleza esperando que reajuste su equilibrio ecológico.
  • El afrontamiento del problema con bienintencionadas medidas individuales pero que a veces pueden resultar contraproducentes por su parcialidad y su efecto rebote.

Sumado a estas actitudes y comportamientos dispares de diferentes grupos sociales la ciudadanía se encuentra dividida por las distracciones que el poder utiliza para perpetuarse (aislar y dividir, confundir, enfrentar, crear opinión y silenciar las contrarias, generar miedo para ofrecer soluciones parciales, ofrecer lideres falsos etc.).

Las barreras psicológicas que impiden y dificultan una acción conjunta e integrada de la población ante el Cambio Global y la demanda política de su solución disminuirían con un mejor manejo de la incertidumbre a través de una educación laica y mejora de la información, educación y formación ambiental.

Conclusión

Para luchar contra el Cambio global y adaptarnos a un mundo cambiante y de incertidumbre creciente se requiere dotar a la sociedad una nueva cultura eco - lógica y, por tanto, laica, que integre los aspectos humanístico-científicos y que implique desde lo local a individuos, entidades y estamentos y se coordine internacionalmente.

Para ello es necesario redundar en una mayor y mejor educación y formación cultural que capacite para comprender y asimilar los mensajes científicos en general y los de índole ambiental en particular, en un marco humanístico que postule unos principios básicos de ética ecológica y equidad humana. Lo que constituiría las bases de un mayor poder social para elegir y destituir a los responsables políticos que no estén a la altura de alcanzar los retos ambientales prometidos.

 

Por Ana María Vacas Rodríguez. doctora en Biología. Ha sido Profesora asociada del Departamento de Ecología de la UCM e Investigadora del Centro Investigaciones Ambientales de la Comunidad de Madrid Fernando González Bernáldez. Miembro del Grupo de Pensamiento Laico, integrado además por Nazanín Armanian, Francisco Delgado Ruiz, Enrique J. Díez Gutiérrez, Pedro López López, Rosa Regás Pagés, Javier Sádaba Garay y Waleed Saleh Alkhalifa

30/12/2020

Publicado enMedio Ambiente
Sábado, 26 Diciembre 2020 09:14

Calentamiento global: las cifras esquivas

Calentamiento global: las cifras esquivas

Desde su estudio detallado, en 1974, la evolución del agujero de la capa de ozono ha sido objeto de múltiples teorías. La más afianzada a partir de la década de los 80 fue la que atribuye su extensión y profundidad a la contaminación del medio ambiente con aerosoles, combustión de energéticos fósiles, depredación de bosques, sequías provocadas por desviación de ríos y el comercio del agua, etcétera. El agujero es responsable de permitir el paso a la superficie de la Tierra de rayos UV y gama que la sobrecalientan. El calentamiento global se tradujo paulatinamente en un cambio climático, cuya progresión gradual y sistemática coloca en peligro la posibilidad de la vida misma (de seres humanos, animales y plantas).

En 2019 todo parecía indicar que esta teoría era prácticamente infalible, hasta que llegó la pandemia. Tal y como lo reporta Noticias ONU, la contaminación ambiental creció como nunca antes y fue el segundo año más cálido registrado desde 2016. Pero las sorpresas comenzaron en abril de 2020. El agujero en la capa de ozono comenzó a cerrarse y en agosto volvió a ensancharse como nunca lo había hecho, tanto en su extensión como en su profundidad. La temperatura terrestre subió varios grados centígrados, superando incluso las cifras de 2019. En principio, todo esto resulta en cierta manera inexplicable.

La pandemia del nuevo coronavirus trajo consigo una súbita y masiva reducción de la actividad industrial en todo el planeta y, con ello, del consumo de aerosoles y combustibles fósiles. Disminuyó, como nunca había sucedido, por motivos completamente ajenos a cualquier política ecológica, la cantidad de sustancias contaminantes que se arrojan sobre la atmósfera. Alcanzando incluso niveles de descenso menores que los que se preveían en el Acuerdo de París para estabilizar nuestra condición ecológica. Pero si la cantidad de contaminantes se redujo a lo largo de tantos meses, ¿por qué entonces continuó en aumento la temperatura en la superficie terrestre?

Los científicos se han visto obligados a recurrir a otras teorías, ya no las que ligan directamente la depredación industrial de la naturaleza con el crecimiento del agujero en la capa de ozono. De por sí ya existían otras teorías; mismas que fueron opacadas por el gran relato que homologaba el calentamiento global con una suerte de juicio final a la vuelta de la esquina (hace dos meses se publicó un reloj que contaba las horas que nos separaban de la destrucción final, siete años en total). Esas interpretaciones alternativas partían de otras premisas: el cambio de orientación de los ejes magnéticos de la Tierra, perturbaciones de la órbita terrestre alrededor del Sol, el sobrecalentamiento del núcleo terrestre, etcétera.

Durante décadas, la teoría que ligaba a la contaminación ambiental con el calentamiento terminal fue uno de los grandes centros narrativos de la izquierda en su crítica al capitalismo contemporáneo. Después apareció el ecologismo light, la idea de que el capitalismo contenía las opciones y los ingredientes necesarios para hacer frente al colapso ecológico que se avecinaba. Quien negaba esta visión era fustigado como "negacionista" y conservador. ¿Pero qué pasaría si se revela que el calentamiento global se debe a alguna de las propiedades cambiantes de la physis actual del globo terrestre más que a nuestra fruición depredadora? Simplemente entonces habría que enfriar a la Tierra, como se enfría una casa con aire acondicionado o los alimentos que se resguardan en el refrigerador. Hoy existen opciones biotecnológicas para lograrlo.

¿Se evaporaría entonces el gran relato sobre la crisis ecológica final? No, en absoluto. Quienes hoy esgrimen este argumento son los grandes centros de la reproducción industrial y financiera del sistema. Con la 5G, pronto asistiremos a la aprobación de leyes que prohíbirán circular a vehículos de combustión interna (para que la gente se vea obligada a adquirir un automóvil eléctrico), a la condena del uso de estufas (para promover la venta de las llamadas cocinas inteligentes). La revolución tecnodigital que se encuentra en marcha cambiará todos los dispositivos que nos relacionan con el mundo, desde el cepillo de dientes hasta el televisor y el coche. Incluso tu computadora actual. La lógica del consumo y del capital desatadas en un nuevo y patético esplendor. Esa revolución requiere, como argumento de legitimación, la imagen del apocalipsis ecológico.

La verdadera crisis ecológica no se encuentra en algún futuro escatológico. Sucede a cada día frente nuestras narices. En nuestras urbes desérticas y delirantes, en las viviendas casi carcelarias de la actualidad, en los sitios de encierro en que han devenido las heterotopías de nuestro mundo. Si algo demostró la pandemia es que el lugar más amenazante para la vida (de humanos, animales y plantas) es la gran urbe, fruto en parte del comercio de las formas de vida. El dilema, como algún día lo intuyeron Ivan Ilich y Jean Robert, es la configuración de un hábitat que se encuentre a la medida de los seres (humanos y animales) que habitan el planeta. Por ahí debería acaso comenzar la nueva crítica al capitalismo.

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Entre el límite y el deseo: líneas estratégicas en el colapso de la civilización industrial

Casi nadie ha entendido que la pandemia del covid-19 no tiene nada de evento aislado y excepcional, sino que es un simple momento de un proceso mucho más amplio: el colapso ecosocial.

 

El gran shock que generó el confinamiento total de la primavera de 2020 va quedando cada día más lejos. Hace ya meses que vivimos una “nueva normalidad” que ni es nueva, ya que sigue poniendo el capital y el crecimiento por delante de la vida, ni desde luego tiene nada de normal. En vez de haber aprovechado la parada en seco de los meses del confinamiento para poner en marcha un cambio de rumbo radical, nuestras sociedades se han aferrado al miedo y al continuismo y, de manera desesperada, luchan porque todo siga igual y cuanto antes se normalice, se regularice, se estabilice.

Empatizamos con el sufrimiento de muchas familias y negocios que están viéndose obligadas a enfrentarse a situaciones de tremenda precariedad debido a las medidas políticas de gobiernos como el del Estado español. Nada más lejos de nuestra intención decir que éstas deberían ser abandonadas o desatendidas. No obstante, es un error mayúsculo no ser capaces de ver que de seguir con la particular manera de vivir, de producir, de consumir, de transportarse, etc. que han generado las sociedades capitalistas industriales, el sufrimiento en un futuro cercano será mucho mayor y afectará probablemente a toda la humanidad.

Nuestro gran problema sigue siendo que, de manera profunda, casi nadie ha entendido que la pandemia del covid-19 no tiene nada de evento aislado y excepcional, sino que es un simple momento de un proceso mucho más amplio: el colapso ecosocial.

Aunque casi todo lo que ha sucedido en los últimos años lo deja claro, nos cuesta ver que la supuesta normalidad (sociedades opulentas, en crecimiento perpetuo y con un acceso garantizado a los combustibles fósiles) que constituyen las sociedades occidentales de la segunda mitad del siglo XX son la verdadera excepcionalidad.

Han sido esas sociedades ricas e irreflexivas las que han dilapidado nuestro patrimonio fósil para poner en marcha una Gran Aceleración que por el camino ha devastado los ecosistemas, modificado el clima, erosionado los suelos, contaminado el agua… Y los incendios masivos, los fenómenos climáticos extremos, las sequías, las crisis económicas y muchas otras cosas que inundan hoy nuestros periódicos no son más que los síntomas de esa gran enfermedad terminal que es el colapso de nuestra civilización. Un colapso que no debemos entender como un fenómeno puntual o unitario, sino como un largo proceso de descomposición que afectará de manera desigual a diferentes países y, dentro de éstos, se cebará mucho más con la población más desprotegida.

Sin entender lo anterior es muy difícil que podamos realmente hacer una política que ponga la vida, la libertad, la igualdad y la estabilidad de Gaia por delante de todo lo demás. Al fin y al cabo, empeñarnos en retornar a una normalidad que nunca lo fue es lo contrario a lo que necesitamos hoy. La estabilidad no volverá, el crecimiento no continuará y nuestro modo de vida está en sus estertores. Nos enfrentamos a límites y a daños generados por nuestras dinámicas de extralimitación que hacen no solo indeseable, sino imposible seguir adelante como si nada ocurriera. Y el nuestro no es un problema técnico. Las y los expertos no serán capaces de dar con una nueva tecnología que lo resuelva todo, ni la burocracia del estado encontrará una política infalible que nos permita seguir adelante con nuestra vida como si nada. El nuestro es un problema global y radicalmente político. Lo que está en juego es nuestra manera de vivir (que necesariamente va a tener que cambiar profundamente), y quienes protagonicemos ese cambio tenemos que ser las personas organizadas de forma colectiva.

Pese a que todos los poderes fácticos se nieguen a reconocerlo, en el futuro cercano nos esperan grandes discontinuidades sociales y metabólicas. La pandemia del covid-19 ya nos ha servido para comprender a qué se pueden parecer esas disrupciones, pero lo peor está aún por llegar. En los próximos años, lustros tal vez, todo apunta a que viviremos escasez de energía que se podrá transformar en desabastecimiento de alimentos, en problemas de acceso a combustible, en paralizaciones industriales, etc. También tendremos que vivir con un clima cada vez más inestable y que, hagamos lo que hagamos, nunca volverá al estado de equilibrio del que todas las sociedades humanas agrícolas habían disfrutado hasta el día de hoy. Olas de calor, sequías, grandes tormentas y huracanes, falta de agua dulce, deshielos… Todo ello ha llegado para quedarse, y para poner en jaque nuestro modelo urbano, nuestro sistema agroalimentario industrial o nuestra gestión del agua.

Frente a todo ello, ¿qué haremos? ¿Seguir adelante como si nada pasara? ¿Mantener vivo a toda a costa un capitalismo industrial suicida? Nuestra obligación es articular una política que navegue entre el límite y el deseo. Aunque parece que ya lo hayamos olvidado, la pasada primavera nos ha enseñado algo: que es posible poner por delante del capital a las personas. Y esa enseñanza es imprescindible si queremos tener alguna oportunidad de colapsar mejor, de garantizar vidas dignas, libres e igualitarias en el nuevo equilibrio al que hemos empujado a Gaia. Pero eso no es suficiente, pues por delante de las personas tenemos que poner a la vida. La vida no es únicamente humana, sino que abarca al resto de especies animales y vegetales. Solo en ese todo, las vidas de cada una de las especies son posibles. Es urgente que vayamos disolviendo nuestro arraigado antropocentrismo para poner en el frontispicio a Gaia como un todo que, como dice Jorge Riechmann, construyamos una poliética que sea capaz de mirar más allá de los muros de la ciudad humana.

Empecemos por lo “fácil”: poner por delante a la vida humana significa, en primer lugar, asumir e interiorizar los límites de Gaia. Comprender que las ilusiones del crecimiento infinito, de la abundancia ilimitada y de la naturaleza como algo inerte son malos marcos para entender lo que nos está pasando: necesitamos una Nueva Cultura de la Tierra.

Pero ese límite es también un límite a nuestro propio hacer, tiene que convertirse en una autolimitación colectiva. Esta es la receta mejor para evitar todo autoritarismo, incluido el que ha acompañado al Estado de Alarma. ¿Somos capaces de hacer de la selección de aquello imprescindible para la vida un ejercicio colectivo y asumido? La frugalidad, la modestia, son valores que tienen que venir a sustituir a la competitividad y la ambición. Vivir mejor con menos, decimos desde el ecologismo social. Al menos con menos energía, con menos consumo, con menos desigualdad, con menos injusticia, con menos destrucción socioecológica.

Poner límites también a quienes nos condenan con su hybris desmedida. Debemos unirnos entre iguales para construir una institucionalidad autónoma que, por un lado, nos libere de la expropiación que las élites nos imponen a través del salario y la gestión. Pero que también fuerce a un reparto de toda la riqueza injustamente acaparada por éstas. Por tanto, desalarizar y construir soberanía alimentaria, energética, tecnológica, política. Cuanto más autonomía tengamos, más capaces seremos de garantizar las necesidades sociales sin depredar y combatir, de autolimitarnos en el seno de Gaia y, al mismo tiempo, mejor nos defenderemos de los inevitables ataques de las élites y de los estados. Por tanto, expropiar, repartir el trabajo y la riqueza, okupar o garantizar un mínimo vital para todas aquellas que lo necesitan son políticas básicas. Alumbrar una fuerza que construya pero que también defienda, poner en marcha un ejercicio de autolimitación colectiva que sea una expresión de libertad y de autonomía social. En este trabajo hemos esbozado una hoja de ruta de cómo se podría hacer esto para la economía española durante la década 2020-2030.

Pero este límite nunca llegará si se presenta como alegato lógico, como conclusión política incuestionable. Nuestra acción tiene que navegar entre el límite y el deseo, pues éste último es el único capaz de activarnos, de movernos. Un deseo que, a su vez, se encontrará en la raíz del conflicto que el escenario que detallamos inevitablemente comporta.

No podemos asumir que el poder, el neoliberalismo, el capitalismo industrial, ha ganado definitivamente la batalla del deseo y ha hecho de nosotras y nosotros seres únicamente capaces de desear aquello que el Estado y el mercado nos ofrecen. No podemos porque una verdadera evaluación del límite nos lo impide pero, sobre todo, porque el ser humano ha demostrado a lo largo de su historia (y en el presente también) que puede vivir dignamente en armonía con la naturaleza. Ese, por tanto, es un horizonte de deseo antropológicamente posible y una realidad para muchas sociedades humanas, como por ejemplo algunos pueblos originarios.

¿Por qué son tan persuasivos los cantos de sirena de nuevas propuestas como el Green New Deal (GND)? Precisamente porque pretenden poder aunar la necesidad de asumir el límite con el deseo generalizado entre las “clases medias” occidentales de que casi nada en nuestro modo de vida cambie. Una solución a todas luces falsa, ya que la realidad es que nuestro deseo de no tener que cambiarnos nos lleva a minusvalorar la profundidad del ejercicio de autolimitación que tenemos por delante, incluso del ejercicio de autolimitación que supondría un GND mínimamente realista. Tal y como exploramos en este trabajo, un GND que se acerque a los recortes de emisiones recomendados por el IPCC (que sabemos que son ecológicamente insuficientes), además de apostar por las renovables tiene que volcarse hacia la agroecología, diezmar el coche privado, restringir fuertemente la aviación internacional (el turismo)… Un auténtico vuelco a la subjetividad neoliberal.

Parece por tanto poco probable que un GND mínimamente realista, que implica profundas transformaciones en nuestro modo de vida, pueda convertirse en una opción parlamentaria de mayorías a corto plazo (ya veremos qué sucede a medio plazo en un escenario tremendamente cambiante como el que estamos viviendo). Menos probable aún es que algún Estado tenga la capacidad o el deseo de hacerlo realidad, pues no en vano dependen para su funcionamiento de los impuestos y los mercados financieros que, a su vez, solo pueden desviar fondos fruto de la reproducción del capital. Y, lo que es más importante, las luchas ecologistas atravesadas por la suficiencia austera y la redistribución parecen lejos de estar en disposición de marcar el ritmo de la articulación social.

Por tanto, la construcción de aterrizajes de emergencia en el colapso tendrá que navegar entre las grietas y las zonas grises del sistema, en el disenso, y asumir que el conflicto es inevitable. En ese camino, no hay solución buena ni única. Nadie tiene una solución infalible. Para que llegue a buen puerto ese aterrizaje, no podemos asumir que la transformación del deseo, y por tanto de los modos de vida, está más allá de la acción política posible o realista. Nuestra obligación es, en cambio, politizar el deseo y conectar con la antigua aspiración de la emancipación social. La nuestra tiene que ser una transformación también antropológica, y por tanto no podemos admitir que el triunfo en ese ámbito del neoliberalismo es irreversible. O, si lo hacemos, tendremos que asumir que el ecocidio seguido de genocidio que generarían los peores escenarios de colapso ecosocial es también inevitable.

Solo si somos capaces de anhelar vivir de otro modo, solo si ponemos al tejido de relaciones sociales densas, al tiempo, al aire, a la naturaleza, al trabajo vivido con sentido, al contacto con la tierra por delante del consumo, del dinero o de la mercancía podremos aterrizar de manera lo menos traumática posible. Necesitamos trabajar por la reconstrucción de eso que Mumford llamaba neolítico y que hoy podemos entender como una forma de vida a la vez comunitaria, sostenible, justa y autónoma. Esa es una batalla clave en el plano del deseo. En el informe que citábamos antes, el único escenario capaz de respetar los límites ecológicos era en el que trabajábamos menos horas en total. De ese tiempo de trabajo, dedicábamos más a labores de cuidados en el hogar y menos al empleo remunerado, tanto si era en el sector público, como si era en el privado. Además, era un escenario en el que surgía un nuevo tipo de trabajo, hoy casi inexistente, que era un trabajo comunitario destinado a satisfacer necesidades básicas. Un tipo de trabajo que, potencialmente, tiene mucho más sentido vital que el asalariado. Desde nuestro punto de vista, un escenario capaz de estimular el deseo de muchas personas.

Ahora mismo, los deseos todavía pivotan mayoritariamente entre continuar como si nada en lo económico, pero siendo conscientes de que los tiempos están cambiando, y una transición ecológica que permita vivir más o menos como ahora, ejemplificada en el discurso público del GND (que no en su hipotética materialización). Los Trump apuestan por la economía fósil, que es sin duda la más productiva, al tiempo que refuerzan las fronteras y los imaginarios de confrontación imprescindibles para mantener su poder en un orden que se resquebraja. Están sabiendo leer nuestro tiempo, en función de sus intereses, mejor de lo que parece. Quienes defienden el GND parten de tener una conciencia, al menos parcial, de la crisis socioecológica, pero hacen promesas imposibles de cumplir y que no están a la altura de los retos ecológicos, que no son solo energéticos, sino mucho más complejos. Despliegan un horizonte de deseo de muy corto recorrido y con una alta potencialidad de generar desencanto.

La gran batalla en el campo del deseo en los próximos años o lustros no va a ser la de si se hace la transición hacia una economía sostenible. Eso va a suceder inevitablemente. La disputa va a ser qué tipo de transición triunfa. Por un lado, la ecofascista o la ecoautoritaria: mantener unos altos estándares de vida de las élites, para lo que abrazarán relatos conservacionistas y de defensa de “lo nuestro”. Ya lo hizo el partido nazi y lo empieza a hacer la ultraderecha europea. El cuento de la criadasería un horizonte de deseo (de las élites) en un territorio estéril fruto del Capitaloceno.

El otro gran horizonte de deseo es el que se conforma con el reparto del trabajo y de la riqueza, la sencillez, la lentitud, el placer derivado de tejidos sociales densos o el encuentro íntimo con la naturaleza. Ese encuentro basado en el conocimiento, en el trabajo y en el amor que de ambos se deriva, como nos enseñan ya los movimientos neorrurales. Es el que permitiría materializar una transformación socioeconómica inspirada por el decrecimiento, la relocalización, la integración en los ciclos naturales (es decir, una economía agroecológica y no industrial), y la distribución de la riqueza y el poder. Este es el horizonte de deseo que ahora mismo se encuentra más escondido, menos articulado y más entrelazado con otros deseos contradictorios, pero que probablemente exista más de lo que pensamos. Es el que impulsa a quienes anhelan prejubilarse o a quienes emplean sus vacaciones en peregrinar. Es el deseo que lleva a muchas a abandonar la ciudad y volver a poner los pies en la tierra. Es el deseo, también, de aquellas que deciden trabajar en clave cooperativa y escapar de las imposiciones absurdas del crecimiento. Éste será el único deseo compatible con algo que podamos considerar vidas buenas cuando las vidas que antes calificábamos de buenas (las del consumismo) ya no sean factibles.

Ese horizonte de deseo es imprescindible hacerlo crecer ahora. De no hacerlo, en su hueco crecerá el deseo ecofascista. Y nada hace crecer más el deseo que ver a otras personas viviendo felices. Necesitamos estimular que amplias capas sociales quieran imitar a quienes trabajan en una cooperativa con condiciones laborales dignas y en trabajos socialmente necesarios, viven en edificios ecológicos diseñados para maximizar las amistades y los apoyos mutuos, o comen fruta sabrosa cogiéndola directamente del árbol que cuidan.

Pero eso no es suficiente. Necesitamos estimular el deseo recuperando nuestra capacidad de soñar con otras economías y sociedades, algo que nos parece hoy casi imposible porque el capitalismo y el estado, al cercenar nuestra autonomía económica y política, también han cortado las alas a nuestra capacidad de imaginar otros mundos. Por eso, para poder soñar alto tenemos que ir materializando a la vez los sueños. Es decir, construir vidas autónomas que nos permitan fantasear con sociedades autónomas y, de paso, posicionarnos mejor para defenderlas cuando llegue el momento de hacerlo.

Por Luis González Reyes

@luisglezreyes

Adrián Almazán

23 dic 2020 06:00

Publicado enMedio Ambiente
Miércoles, 23 Diciembre 2020 05:28

Por un Pacto Ecosocial con la desobediencia

Por un Pacto Ecosocial con la desobediencia

Por definición un pacto plantea un acuerdo entre dos o más partes, muchas veces solemne, donde se establece una obediencia a cumplir los puntos establecidos en lo que puede ser o no un contrato formal, en ocasiones conseguido incluso debajo de la mesa.

Tan agobiante definición puede generar confusiones, más cuando erradamente se mete en un mismo saco a todos los pactos nacidos en estos convulsos tiempos. Pese a ello, el Pacto Ecosocial del Sur no plantea un acuerdo formal para cumplir una hoja de ruta cerrada ni propone un listado de demandas dirigidas a los gobernantes. No es un pacto con el poder, ni para acceder al poder; este pacto enuncia ideas de cambio de las fuerzas sociales que lo impulsan.

Vivimos la peor crisis moderna de la humanidad; una crisis que rebasa al azote sanitario del coronavirus pues se descubren las fracturas multifacéticas y sistémicas de la civilización dominante. En medio de esa crisis, y pese al aislamiento físico, un grupo de personas sintonizadas desde hace tiempo elaboró un documento corto proponiendo -lo que a mi juicio es- un pacto con la desobediencia, buscando alternativas sistémicas y concertadas con diversos procesos sociales.

En clave de transiciones (en plural), sin olvidar el horizonte utópico, se plantean nueve puntos de acción:

  • una transformación tributaria solidaria donde “quién tiene más, paga más”; anular las deudas externas estatales y construir una nueva arquitectura financiera global, como primer paso de reparación histórica de la deuda ecológica y social contraída por los países centrales desde la colonia;
  • crear sistemas nacionales y locales de cuidado donde la sostenibilidad de la vida sea el centro de nuestras sociedades, entendiendo al cuidado como un derecho que exige un papel más activo del Estado en consulta y corresponsabilidad permanente con pueblos y comunidades;
  • salir de la trampa de la pobreza extrema con una renta básica universal que sustituya las transferencias condicionadas focalizadas de herencia neoliberal;
  • impulsar la soberanía alimentaria combinada con políticas que redistribuyan la tierra, el acceso al agua y una profunda reforma agraria, alejándose de la agricultura industrial de exportación y sus nefastos efectos socioambientales;
  • construir economías y sociedades postextractivistas para proteger la diversidad cultural y natural desde una transición socioecológica radical, impulsando salidas ordenadas y progresivas de la dependencia del petróleo, carbón y gas, de la minería, y de los grandes monocultivos, frenando la deforestación masiva;
  • recuperar y fortalecer espacios de información y comunicación desde la sociedad, actualmente dominados por los medios de comunicación corporativos y las redes sociales que forman parte de las corporaciones más poderosas de nuestros tiempos, para disputar los sentidos históricos de convivencia;
  • fortalecer la autonomía y sostenibilidad de las comunidades locales frente a la fragilidad de las cadenas globales de producción, para potenciar la riqueza de los esfuerzos locales y nacionales;
  • y, concluyendo este listado siempre preliminar, propiciar una integración regional y mundial soberana favoreciendo los sistemas de intercambio local, nacional y regional, con autonomía del mercado mundial globalizado y enfrentando al monopolio global corporativo.

Muchas de estas ideas aparecen en otros documentos elaborados en estos años, no solo durante la pandemia. La diferencia radica en que este Pacto Ecosocial propone acciones concretas a corto plazo sin olvidar las utopías y la imperiosa necesidad de construir imaginarios colectivos, para acordar un rumbo compartido de transformaciones radicales y una base para caminar con plataformas de lucha en los más diversos ámbitos de nuestras sociedades.

La crisis desnudada por la pandemia ha potenciado las desigualdades y muestra, quizás con más brutalidad que antes la incertidumbre y fragilidad de nuestro futuro, siempre en juego. Nos toca enfrentar un mundo desigual e inequitativo en extremo, plagado de todo tipo de violencias (patriarcales, racistas, extractivistas…) que aumentan aceleradamente con la pandemia. Pero también es una enorme oportunidad para (re)construir nuestro futuro desde principios básicos para una vida digna: el cuidado, la redistribución oel reparto, la suficiencia y la reciprocidad, desde bases comunitarias y autonómicas antes que estatales. En concreto, el campo principal de acción aparece en donde podemos actuar propiciando vidas mancomunadas, en espacios comunes: plurales y diversos, con igualdad y justicia, con horizontes construidos colectivamente, para resistir el creciente autoritarismo y construir simultáneamente todas las alternativas posibles.

En realidad este Pacto viene desde abajo, desde los movimientos sociales y la Madre Tierra (origen y base de todos los derechos); eso sin ocultar la responsabilidad de quienes lo redactaron. Este Pacto surge, en definitiva, desde múltiples luchas de resistencia y de re-existencia en nuestra región, incluso se sintoniza con la larga memoria de los pueblos originarios, algunas de cuyas más importantes organizaciones lo respaldan.

Así, desde esas luchas, reflexiones y realidades se propone este Pacto Social, Ecológico, Económico e Intercultural desde el Sur, desde América Latina, desde Abya Yala y Afro-Latinoamérica, proyectándolo a los sures del mundo, convocando a desobedecer y confrontar al poder para enterrar al mundo del capital y crear un mundo nuevo. Y para conseguirlo, caminando desde el aquí y el ahora, quienes escribimos este Pacto buscamos horizontes de transformación civilizatoria, en esencia postcapitalistas, tanto para superar el antropocentrismo, como la colonialidad, los racismos y el patriarcado. El fin es construir un mundo donde quepan muchos mundos -un pluriverso- pensados desde las perspectivas, deseos y luchas de los pueblos y sus derechos.-

NOTA: este artículo fue publicado en el Boletín 74: “Activistas por la vida” de EntrePueblos / EntrePobles, diciembre 2020. https://www.entrepueblos.org/publicaciones/boletin-74/

Por Alberto Acosta. Economista ecuatoriano. Profesor universitario. Compañero de lucha de los movimientos sociales. Juez del Tribunal Internacional de los Derechos de la Naturaleza. Ministro de Energía y Minas del Ecuador (2007). Presidente de la Asamblea Constituyente del Ecuador (2007-2008).

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La contaminación del aire ha sido reconocida en el certificado de defunción de Ella Kissi-Debrah, fallecida en 2013. — THE ELLA ROBERTA FAMILY FOUNDATION

Un tribunal de Reino Unido ha dictaminado la primera muerte por contaminación del aire en el mundo a una niña de nueve años que vivía a 25 metros de una carretera con altos niveles de polución.

 

Después de tres años de sufrir convulsiones y tras 27 visitas al hospital por problemas respiratorios, Ella Kissi-Debrah, de tan solo nueve años de edad, fallecía en 2013 por una supuesta "insuficiencia respiratoria aguda y asma grave". Su madre, Rosamund Addo-Kissi-Debrah, y la pequeña vivían en Lewisham, un municipio al sureste de Londres, a tan solo 25 metros de una carretera muy concurrida. Este miércoles, la justicia británica ha reconocido que los altos niveles de contaminación de la zona son la causa de su fallecimiento, convirtiendo el caso en el primero en el mundo que señala la contaminación atmosférica como la causa de una muerte humana.

"Este veredicto es para ella y para otros niños que podrían sufrir ataques severos de asma. Creo que su legado podría ser traer una nueva Ley de Aire Limpio y no solo estoy hablando solo del Gobierno británico sino de los gobiernos de todo el mundo, para que se tomen este asunto en serio", declaró Adoo-Kissi-Debrah a los medios tras la sentencia del tribunal. Según informa Fundación para el Clima, el juez de instrucción, Philip Barlow, comprobó que los niveles de contaminación del aire de la vivienda de la niña superaban los límites legales establecidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Tras la muerte de su hija, Rosamund Addo-Kissi-Debrah cofundó la fundación Ella Roberta Family, que lleva a cabo varias campañas para conseguir un mejor tratamiento del asma y en defensa del aire limpio, y considera este veredicto como un hecho "histórico". Finalmente, "después de siete años de lucha, la contaminación del aire ha sido reconocida en el certificado de defunción de Ella", aplaude, a su pesar, Adoo-Kissi-Debrah.

 

MADRID

16/12/2020 22:07

VIVIANA CALERO GÓMEZ

 @vivi_calero

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En primer plano, el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, en Bruselas, y en la pantalla el presidente francés Emmanuel Macron, durante la cumbre climática.Foto Ap

 A finales de siglo la temperatura del planeta podría aumentar 3 grados, alerta António Guterres, secretario general de la organización

 

Londres. El secretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU), António Guterres, pidió ayer a los gobiernos, cinco años después de la firma del Acuerdo de París, que declaren estado de emergencia climática y cumplan con sus objetivos de recortar las emisiones de gases de efecto invernadero, dado que las medidas tomadas hasta el momento no han contribuido a aliviar esta situación.

La cumbre sobre el clima que reunió a los firmantes del Acuerdo de París fue virtual y se llevó a cabo a distancia. Todos los oradores participaron desde sus países y sus discursos se transmitieron en esta capital y en Bruselas.

Si no cambiamos de rumbo, nos podríamos dirigir hacia un aumento catastrófico de la temperatura (media) de más de 3 grados Celsius este siglo, explicó Guterres en la cumbre telemática de este aniversario. Sorprendido, preguntó ante jefes de Estado y de gobierno conectados: ¿Puede alguien todavía negar que enfrentamos una emergencia dramática?

Guterres hizo hincapié, en plena crisis por el Covid-19, en que el mundo ahora es 1.2 grados más caliente que durante la época preindustrial, y que si no cambia de rumbo, podríamos alcanzar un aumento catastrófico de temperatura de 3 grados a finales de siglo.

Hace cinco años, en París, los países se comprometieron a luchar para que el incremento de la temperatura media del planeta estuviera claramente por debajo de 2 grados Celsius, y si era posible, de 1.5, en relación con la era preindustrial.

Respuesta desigual

Los países decidieron asumir el reto, aunque de forma desigual. Las decenas de representantes ofrecieron modificaciones menores a compromisos existentes o promesas de iniciativas más audaces antes de unas discusiones cruciales en Glasgow en 2021, en lugar de algún cambio mayor en las políticas para acelerar el fin de los combustibles fósiles.

Xi Jinping, presidente de China, el principal contaminador del planeta, aseguró que reducirá 65 por ciento sus emisiones de carbono respecto a su PIB, de aquí a 2030, en comparación con los niveles que lanzaba en 2005.

India, el cuarto emisor mundial, tiene previsto recurrir a fuentes de energía renovables para lograr el equivalente a 450 GW de aquí a 2030. De aquí a 2047, en el centenario de su independencia, India no solamente alcanzará sus propios objetivos, sino que sobrepasará sus expectativas, aseguró el primer ministro, Narendra Modi, en su discurso.

La Unión Europea anunció el viernes un incremento en la reducción de emisiones, que será de 55 por ciento de aquí a 2030, cuando su meta anterior era de 40 por ciento. Gran Bretaña, coanfitrión de la cumbre, se comprometió a reducir sus emisiones a 68 por ciento.

La canciller alemana, Angela Merkel, prometió casi 500 millones de euros para apoyar a los países más pobres en la protección del medio ambiente.

El presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, aseguró en un comunicado que la representación del país se reintegrará al Acuerdo de París desde el primer día de su mandato, en enero próximo, después de que Donald Trump la sacó.

Biden aseguró que no hay tiempo que perder, por lo que el presidente francés, Emmanuel Macron, le respondió en inglés: Bienvenido de vuelta, bienvenido a casa.

El presidente argentino, Alberto Fernández, anunció una reducción de las emisiones del país a un nivel de casi 26 por ciento, mientras su par chileno, Sebastián Piñera, llamó al planeta a reducir sus emisiones a 45 puntos en los próximos 10 años.

El mandatario de Ecuador, Lenín Moreno, reveló que su país despliega planes de adaptación al cambio climático y de descarbonización para 2050, sin dar más detalles de estas iniciativas.

El impacto del cambio climático es cada vez más considerable desde que se alcanzó el Acuerdo de París, en 2015, con incendios en Australia y California, y el colapso de capas de hielo en el mundo. Cada vez es mayor la presión popular para que los líderes escuchen las advertencias de los científicos

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Cambio climático: cinco años del Acuerdo de París, y queda todo por hacer

Tres noticias en las últimas semanas pueden dar un giro a la crisis climática. Por orden cronológico, el compromiso de China de llegar a la descarbonización total en 2060, la derrota de Donald Trump en las elecciones norteamericanas que devolverá a este país al Acuerdo de París, y el compromiso de la Unión Europea de reducir sus emisiones en un 55% para 2030. Son tres razones para mirar esta década decisiva con una renovada esperanza de que las cosas pueden cambiar.

El Panel científico de Naciones Unidas advirtió que esta década es definitiva en la lucha contra el cambio climático: para evitar ese cambio climático catastrófico – por encima de 1,5 º C – es imprescindible que para el año 2030 hayamos reducido globalmente las emisiones que causan el cambio climático en un 50%. Es ahora o nunca: no hay otro camino que reducir drásticamente las emisiones. La parte buena es que sabemos que podemos hacerlo.

Las grandes corporaciones de combustibles fósiles han hecho un enorme daño al clima, evitando avances en la reducción de emisiones por la acción constante de sus lobbies, bien alimentados históricamente con fondos petroleros. Conviene no olvidar esto en los años duros que tenemos por delante.

El negacionismo climático y el lavado de imagen de la industria sucia ("greenwashing") son dos productos directos de esos fondos.

Recuerdo como si fuera hoy que en la COP22 (Cumbre de Marrakech) el ambiente era de enorme pesimismo. Un año después de la firma del Acuerdo de París, Trump había ganado las elecciones y anunció su salida del tratado. Aquello puso en riesgo la pervivencia misma del Acuerdo. Hubo que superar la depresión colectiva y se conformó un gran consenso en que la lucha por el clima debía seguir delante con o sin Estados Unidos, y afortunadamente el proceso siguió adelante aunque malherido.

Las enormes movilizaciones juveniles en todo el mundo tuvieron el efecto de volver a poner el clima en la agenda política. Millones de jóvenes unidos al grito de "No hay Planeta B" fueron capaces de despertar la conciencia global. Pero el coronavirus ha caído como una losa en las movilizaciones, cuyo impacto se ha minimizado en medio de la actual pandemia. Es imprescindible que el empuje social, liderado por la juventud, retome con fuerza sus movilizaciones porque aún queda todo por hacer.

Las soluciones al cambio climático no son fáciles. Hace falta una mezcla de concienciación global,  innovación tecnológica, cambios en el modelo económico y distintos patrones de consumo. Una auténtica revolución debe ponerse en marcha y solo estamos en sus comienzos. Pero puede hacerse: hacen falta para ello enormes dosis de activismo social y de acción política.

Desde mi punto de vista, vamos demasiado despacio.  Podemos conseguir poner en marcha esa revolución, pero hay que apretar el acelerador. En este caso no se trata tanto de heroicas acciones individuales, como de esfuerzos colectivos de cambio. El sistema capitalista ha hecho demasiado hincapié en convencernos de que podemos solucionar el cambio climático con pequeñas acciones individuales, pero obviando en ese mensaje la inmensa responsabilidad de las grandes corporaciones en este problema. Por ello hace falta voluntad política y gobiernos fuertes y firmes en la convicción de que son necesarios compromisos más fuertes que los actuales. Hay que recordarlo: si no aumenta la ambición, no lograremos evitar un cambio climático catastrófico.

Las cosas han empezado a cambiar para mejor gracias al esfuerzo de muchísima gente, pero todavía estamos muy lejos de poder respirar tranquilos. La concentración de CO2 en la atmósfera sigue aumentando, y los recortes de emisiones son demasiado cortos, pero no caigamos en el desánimo. La lucha debe continuar, porque aún estamos a tiempo de llegar.

Por Juantxo López de Uralde

12 diciembre, 2020

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Sábado, 12 Diciembre 2020 05:46

Respiramos un holocausto interminable

Respiramos un holocausto interminable

Los gases contaminados que respiramos no son los de hoy, sino el cúmulo de los execrados en el pasado más el tiempo presente. La polución esconde un misterio. Pasa desapercibida, hasta que la vista se alza sobre el horizonte donde se concentran los humos. Igual sucede con las bolsas de basura; desaparecen una vez alcanzan el contenedor. La realidad es que el dióxido de carbono sigue en la atmósfera durante siglos, al menos desde que Watt inventó la máquina de vapor.

Respiramos un holocausto interminable de la naturaleza, convertida en una furiosa abstracción. Un cúmulo de combustiones procedentes de las entrañas de la tierra formada por una masa vegetal ingente, cuya energía permite vacacionar hasta en las antípodas.

Hace décadas que millones de personas fuera de contexto colonizan los vergeles. Los combustibles fósiles permiten estos saltos fascinantes en el espacio-tiempo. Para ello es necesario prender con furia ese caldo de origen orgánico formado con infinita paciencia durante millones de años, aunque devorado en tan solo unas centurias gracias a los capos de un capitalismo depredador.

Sería fácil detenerse en el humo del carbón y el petróleo, pero la clave del desastre está en el ciudadano/a, convertido en un sujeto pasivo ante un mercado absurdo. El dejar hacer de Smith es fiar al caos unos recursos prestados.

Esta radical explotación de la naturaleza crea escepticismo. Si bien las tesis de Malthus son falsas, subsiste el pesimismo de que somos demasiados. Cuando las urbes alcanzan el paroxismo, solo queda reconstruir el pasado con fidelidad e imitar la vida rural. Respirar el aire limpio sin que dañe los pulmones su pureza. Resta entonces un mundo de perennes alternativas: medicina, monedas, educación; un espacio ruralizado sin feudos ni vasallos, en medio de una tecnología salvaje y devoradora de horas.

Georgescu Rohen ya señaló la solución. El decrecimiento económico como solución ante la ruina del medio que habitamos. Y se puede hacer de muchos modos sin volver a la caverna. Es cierto que llegar a un consenso político con el objetivo de disminuir la producción y la codicia parece imposible, porque se anunciaría como la auténtica extinción del ser-consumidor.

Una extraña sensación queda tras el tópico "salvemos el planeta". ¿No es mejor dejarlo así, que fenezca bajo el deseo irrefrenable? Seguro que hay Tierras impolutas, prístinas, parecidas a la que habitamos y dispuestas para el recreo.

No solo el dióxido de carbono permanece en el aire durante varias generaciones. También los químicos y los transgénicos se acomodan en las células humanas. Los pesticidas que sirvieron para las guerras pueblan los torrentes sanguíneos de ciudadanos cultos como los europeos. En el brillante documental ¿Cuánto ensuciamos cuando limpiamos? (Patrick D. Coheh, 2018) muestra la verdadera huella que dejan las grandes corporaciones como Monsanto (hoy parte de Bayer, la mayor agroquímica del mundo) y cómo funcionan los lobbies en Bruselas. Esa es la clave. Una guerra, una cadena de montaje, un nuevo mundo de ingenieros pretenciosos, y cuando la paz llega, solo hay que dosificar esos materiales mortíferos para domesticar la naturaleza humana y vegetal. Ahí está el cáncer.

Responsabilizar a los ciudadanos es demagogia, porque los representantes políticos de la salud pública no toman decisiones valientes. El ecocidio es ya una marca sobre el conjunto de los cuerpos de los niños y las niñas nacidos o por nacer.

Las plagas clásicas eran intermitentes, pero cuando la peste perdura en la sangre, en los ríos, y flota silenciosa en el aire durante centurias, es que algo está definitivamente roto

12/12/2020

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Errata Naturae acaba de publicar 'El murciélago y el capital', el último libro de Andreas Malm. Foto: Rainer Christian Kurzeder

Investigador experto en crisis climática, escritor y activista, Andreas Malm cree tan poco en la respuesta de los gobiernos a la emergencia global que plantea la necesidad de acabar con el gran capital fósil mediante un movimiento social que presione desde abajo a los Estados usando la desobediencia civil e incluso el sabotaje. Dos de sus obras acaban de llegar al mercado de libros en castellano.

 

Se puede ser profesor de Ecología Humana de la Universidad de Lund (Suecia) y una de las voces expertas más relevantes a nivel internacional sobre crisis climática, por un lado, y escribir un libro titulado Cómo dinamitar un oleoducto —de próxima publicación por Errata Naturae, así como formar parte del grupo Klimax, partidario de la desobediencia civil y el sabotaje, por otro. De hecho, Andreas Malm (Fässberg, Suecia, 1977) plantea la necesidad de que los Estados se preparen ya para “derribar” corporaciones como ExxonMobil, BP, Shell o Total para frenar la debacle climática.

Escéptico con los gobiernos del mundo respecto a la respuesta ante esta emergencia pero ferviente creyente en un movimiento popular que, desde abajo y lejos de los Estados, obligue a estos a actuar de forma contundente contra la mayor crisis de la humanidad y del planeta desde la última glaciación, dos de sus libros acaban de llegar al mercado en castellano. En su último trabajo, El murciélago y el capital: coronavirus, cambio climático y guerra social (Errata Naturae, 2020), profundiza en los orígenes de la pandemia de covid-19, sus causas y sus consecuencias desde un punto de vista económico y medioambiental. Además, Capitán Swing acaba de editar Capital Fósil: el auge del vapor y las raíces del calentamiento global, un volumen publicado en 2017 que Naomi Klein calificó como “la historia definitiva sobre cómo nuestro sistema económico creo la crisis climática”. 

Equiparas un mundo en permanente pandemia de covid-19 con el que resultaría de una “vuelta a la normalidad” pero en un planeta con un cambio climático desbocado. ¿Hay salida? 
Hay una salida: podemos nacionalizar todas las empresas de combustibles fósiles y ordenarlas que dejen de producirlos y, en lugar de poner CO2 en la atmósfera, volver a enterrarlo. Y, por supuesto, ordenar a todas las empresas de combustibles fósiles que ya son propiedad de los Estados que hagan lo mismo. Y cambiar toda la economía mundial de esa base energética a la energía solar y eólica. También revertir la deforestación, dejar que las selvas tropicales vuelvan a crecer sobre los pastos de ganado y las plantaciones de soja y regenerar franjas de territorios desde Australia hasta Alabama. Hay una salida; la ruta es bastante conocida. Solo algunos intereses muy poderosos bloquean el camino. Ahí es donde debe emprenderse la lucha.

Llamaron locos a quienes plantearon medidas drásticas para frenar la emergencia climática pero cuando se tomaron al llegar el covid-19 nadie vio ninguna locura. ¿Una economía de guerra para fabricar paneles solares y aerogeneradores a ritmo de bombarderos en la II Guerra Mundial es posible?Por supuesto, no hay nada técnicamente inviable al respecto. De hecho, esta pandemia ha demostrado que los Estados conservan la capacidad de interrumpir los negocios, simplemente ordenando el cierre de las empresas, y cambiar los esfuerzos productivos hacia el único objetivo de supervivencia. Claramente podrían hacer lo mismo en el frente climático. Nunca más deberíamos creer la mentira de que sería demasiado incómodo, demasiado perturbador y desagradable hacer la transición de los combustibles fósiles. En ese sentido, la pandemia le ha dado al movimiento climático algo de munición propagandística. Solo necesitamos usarlo de manera efectiva. 

La mayoría de los gobiernos se ha tomado la lucha contra el covid-19 como una guerra, movilizado ingentes recursos económicos e incluso paralizando su actividad económica. Sin embargo, ningún ejecutivo se ha tomado igual una amenaza del calibre de la crisis climática. ¿Hay respuesta a la pregunta de por qué a los gobiernos del mundo no les tembló la mano para paralizar la economía con el covid-19 y, sin embargo, ni se plantea algo así frente a la amenaza global del cambio climático?
Esta es una pregunta compleja que debe responderse en varios niveles, si es que puede responderse satisfactoriamente. Es algo que no deja de desconcertarme. Primero, y quizás lo más obvio, es que las medidas tomadas para combatir el covid-19 se han anunciado como temporales. Nadie está hablando de un cambio permanente en nuestra forma de vida: es una pausa, una interrupción desafortunada, y volveremos a la normalidad tan pronto como podamos. Un alejamiento de los combustibles fósiles sería permanente. Marcaría una transición que nunca se revertirá: no vamos a dejar de quemar combustibles fósiles para salvar el clima de un colapso total y luego reiniciar unos meses o años después. Las medidas que están ahora en vigor se pueden vender a todo el mundo, incluido al capital, como un precio alto que debe pagarse solo por un corto período.

Por otro lado, una transición ecológica y un alejamiento de los combustibles fósiles no tendrían que incluir nada parecido a los inconvenientes extremos de un encierro: no aislaría a las personas en sus hogares, no prohibiría las multitudes o las pequeñas reuniones, no desconectaría la vida cultural, no destrozaría prácticamente todas las interacciones humanas. Estos aspectos cuasi totalitarios de un confinamiento no servirían para un cambio de la energía fósil a la renovable. En este sentido, debería ser mucho más fácil para los gobiernos implementar un programa de acción de emergencia climática. Incluso podría mejorar la vida de las personas, no sería necesario convertirla en tantas pesadillas solitarias. En última instancia, la diferencia parece reducirse a los intereses de clase. Abandonar los combustibles fósiles significa liquidar todo un departamento de acumulación de capital, lo que se conoce como la industria de los combustibles fósiles.

La razón por la que no se toman estas medidas tiene menos que ver con las molestias que causarían a la gente común como con la extraordinaria cantidad de poder concentrado en esta industria. El distanciamiento social y restricciones similares no amenazan a ninguna fracción de la clase capitalista con una sentencia de muerte, pasar a cero emisiones sí.

Asimismo, el contraste se evapora cuando se considera que los Estados de todo el mundo también han intentado, aunque mal, proteger a los ciudadanos de los eventos climáticos extremos recientemente. Han enviado a los bomberos a las llamas y han evacuado a las poblaciones en peligro por los huracanes. Combatir los síntomas es algo que los Estados pueden hacer —ya sea de manera pobre o eficiente—, tanto en lo que respecta al clima como al coronavirus. Pero en ninguno de los campos parecen capaces de perseguir las causas. Se ha dejado que los impulsores de las pandemias se aceleren en 2020 tanto como los del calentamiento global: lo más importante es que la deforestación se está acelerando este año como nunca antes. La devastación del Amazonas central alcanzó un nuevo pico el verano pasado, y el Gobierno indonesio acaba de abrir sus selvas tropicales a inversionistas extranjeros para una tala ilimitada. 

No existe una receta más segura para más pandemias que la deforestación; en esto, la ciencia es unánime. Es mediante la tala de bosques, y los bosques tropicales en particular, que los patógenos entran en contacto con poblaciones humanas como el SARS-CoV-2, transportado por murciélagos, cuyos bosques han sido arrasados ​​en los últimos años, particularmente en el sureste Asia, lo que los obliga a viajar con sus virus a algún otro lugar, donde se topan con humanos. Y, sin embargo, en lo más profundo de la segunda ola de la pandemia del covid-19, todavía no hemos visto una sola iniciativa en ningún lugar del mundo para frenar la destrucción de los bosques tropicales. En cambio, la tendencia es una aceleración. Visto desde este ángulo, los Estados han abordado el problema de la pandemia tan irracionalmente como lo han hecho con el clima: echando más leña al fuego, más rápido.

La del covid fue una crisis casi repentina. El cambio climático, aunque se acelera y tiene consecuencias devastadoras que aparecen de repente, lleva décadas fraguándose y es gradual. ¿Cómo se convence a la humanidad para actuar rápido ante un problema que, si bien ya está aquí, apenas notamos en el día a día?
No creo que sea el caso de que apenas lo notemos en el día a día. En todo el mundo, la experiencia de un clima cambiante se está volviendo omnipresente. Esto es particularmente cierto en gran parte del sur global, donde las personas son azotadas por un huracán, un tifón, una sequía, una inundación, una invasión de langostas y una ola de calor extrema tras otra, ¡ciertamente lo notan! Y los acontecimientos recientes en los Estados Unidos también forman un conjunto de experiencias lo suficientemente ricas para una declaración nacional de emergencia climática. 

Creo que este problema es, al menos, tan sorprendente a simple vista como el microorganismo invisible llamado SARS-CoV-2. Los Estados podrían darle el estatus oficial de una amenaza existencial y combatirla por todos los medios necesarios; no hay nada en la naturaleza perceptiva del problema climático que se interponga en el camino. Se trata de política, no de notoriedad. Eso también se aplica a las personas, muy numerosas en los Estados Unidos, que reaccionan a cada evento climático extremo negando el cambio climático en un tono aún más alto. Tal negación no tiene su origen en la dificultad de percibir los impactos climáticos, sino en los intereses, privilegios e identidades que se basan en los combustibles fósiles y las tecnologías que impulsan.

Convencer a la humanidad de actuar es el arte de decir: todos sabemos que el peligro está aquí; podemos ver que nuestra casa está en llamas; ahora vamos a empezar a correr y a dejar atrás los combustibles fósiles lo más rápido que podamos. Creo que las mayorías en muchos países se sumarían a ese mensaje al menos con la misma facilidad con la que han aceptado las restricciones del covid-19. Pero requeriría estar preparado para enfrentar los poderes que prosperan y defienden los combustibles fósiles. Exigiría que los Estados se preparen para derribar corporaciones como ExxonMobil, BP, Shell y Total y poner fin a sus operaciones por completo.

La lucha contra el covid-19 encaja en una ideología que hoy mueve el mundo: el nacionalismo. La lucha contra la emergencia climática solo puede funcionar mediante el multilateralismo. ¿Eres optimista al respecto?¿O solo actuarán las naciones cuando sus puertos estén anegados y sus reservas de agua por los suelos? 
¡Hay pocas razones para ser optimistas sobre naciones y Estados! Nada indica que lanzarán reducciones radicales de emisiones, incluso si sufren consecuencias inmediatas como las que mencionas. Por ejemplo, Australia, que experimentó una catástrofe infernal de incendios forestales que terminó hace menos de un año, ¿ha llevado a la nación a eliminar gradualmente la producción de carbón? Al contrario: esa industria todavía se está expandiendo en el país que se incendió debido a la combustión de carbón y otros combustibles fósiles. Así que no hay razón para creer que las naciones entrarán en acción automáticamente cuando sus propios territorios sean quemados por el calor. El único actor que puede obligarlos a hacer lo necesario es un movimiento popular, ejerciendo presión desde abajo, desde fuera del Estado. Vimos los contornos de tal escenario en 2019, cuando el movimiento climático alcanzó su punto más alto de fuerza masiva hasta ahora y llevó el tema a la cima de la agenda política. Desafortunadamente, nuestro movimiento prácticamente ha desaparecido durante la pandemia. Debe ser revivido con urgencia, ya que es la única fuente de esperanza de que podamos hacer progresos en el clima antes de que sea demasiado tarde.

Para las organizaciones que conforman el movimiento por el clima, el enemigo es claro: el poderoso capital fósil. ¿No deja de ser una paradoja que el peor enemigo de la humanidad ahora mismo sea un grupo dentro de la propia humanidad?
No realmente: los peores enemigos de la humanidad siempre han sido algunos humanos, no extraterrestres u otras especies o, de hecho, la humanidad en su conjunto. Piensa en los nazis. O los amos de esclavos. O cualquier otro autor de crímenes épicos contra la humanidad. Las catástrofes inducidas por humanos tienden a ser causadas por algunos humanos en contra de otros: esta es la regla histórica más que la excepción.

La crisis climática atacará primero a los que menos tienen. El covid-19, sin embargo, se ha centrado en las naciones más ricas. ¿Los gobiernos con más recursos solo actúan si el peligro es para los de arriba?
Sí, creo que una parte de la explicación de las medidas dramáticas emprendidas para combatir el covid-19 es que este se ha cebado, y continúa cebándose, con las partes más prósperas del norte global. Este tipo de miseria suele estar reservado para el sur y los pobres, se puede permitir que se infecten. Esa ha sido durante mucho tiempo la lógica de la pasividad frente a la crisis climática. Pero esta explicación también se ve tensionada por la circunstancia de que los impactos climáticos ahora descienden regularmente sobre los países ricos, en particular los Estados Unidos o Australia, sin que se tome ninguna acción correspondiente.

Seis nombres son comunes a las listas de las diez naciones que más gases de efecto invernadero producen y los diez países con más muertes por covid-19. ¿Ironía del destino?
Sí, pero creo que esto ha cambiado a lo largo del año. Desde que escribí mi libro en abril, en la lista de los siete países con más muertes por covid-19, ahora, a fines de noviembre, encontramos a Brasil, India, México e Irán, que no se encuentran entre los principales emisores. Así que, al parecer, la ironía estaba ahí solo en la fase inicial de la pandemia.

Incendios en Australia y California, plagas en África… Dices que “ningún jinete del apocalipsis cabalga solo y las plagas no se presentan en singular”. ¿El siglo XXI será el siglo de las plagas y las anomalías climáticas?
Aparentemente, ¡pero no se detiene ahí! La crisis ecológica comprende todo un conjunto de bombas de tiempo esperando a estallar. Colapso de insectos, agotamiento del suelo, desechos plásticos, contaminación del aire... Todas estas cosas y mucho más eventualmente volverán, a menos que se aborden de inmediato, enérgicamente y de manera integral y sin respeto por los intereses de la clase capitalista. En otras palabras: el siglo XXI será el de una emergencia crónica, de un desastre tras otro derivado de cómo la economía capitalista domina y destruye la naturaleza. Pero no tiene por qué ser así. Todavía hay tiempo para dar la vuelta, pero debido a que hemos esperado tanto y debido a que ya se ha hecho tanto daño, el cambio tendrá que ser casi revolucionario en alcance y escala. Y cuanto más esperemos, más drástico todavía tendrá que ser.

Por Pablo Rivas

@PabloRCebo

28 nov 2020 04:49

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