Ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales aseguraron que están preparados para adoptar medidas que mitiguen riesgos.Foto tomada de la cuenta de Twitter de Arturo Herrera

Riad. Ministros de Economía y Finanzas del Grupo de los 20 (G20) resaltaron ayer que tras señales de estabilización en 2019 hay signos de un repunte del crecimiento económico mundial este 2020 y 2021, y se comprometieron a acelerar los trabajos para un acuerdo global en materia de fiscalidad internacional.

En la misma cita en Riad, Arabia Saudita, la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, consideró que "la proyectada recuperación es frágil" y el coronavirus reducirá el crecimiento mundial en torno a 0.1 por ciento este año y llevará el de China a 5.6.

En su comunicado final tras dos días de reuniones, los ministros explicaron que la recuperación proyectada está respaldada por la continuación de las condiciones financieras acomodaticias y algunas señales de alivio de las tensiones comerciales.

Admitieron, sin embargo, que todavía hay un entorno complejo, marcado por la incertidumbre derivada de dichas tensiones, el cambio climático y los efectos del nuevo virus.

"Mejoraremos la vigilancia del riesgo global, incluido el reciente brote del Covid-19", señalaron en el documento. "Estamos listos para adoptar más medidas con el fin de abordar esos riesgos".

Avanza el acuerdo sobre tributación

Respecto del acuerdo en materia de fiscalidad internacional, los ministros resaltaron los progresos en el contexto de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), con el fin de garantizar una tributación mínima de sociedades a escala mundial.

"Alentamos un mayor progreso para superar las diferencias restantes y reafirmamos nuestro compromiso de alcanzar una solución basada en el consenso con un informe final que se entregará a finales de 2020", afirmaron.

Así, los trabajos continuarán con miras a alcanzar un consenso que siente las bases para un acuerdo político en una reunión prevista para julio próximo en Berlín y la cumbre de líderes de noviembre.

El documento deberá abordar las estrategias de planificación fiscal utilizadas por las multinacionales para aprovecharse de las discrepancias de los sistemas fiscales y así trasladar sus beneficios a países de escasa o nula tributación.

El G20 representa 85 por ciento del producto interno bruto mundial y está conformado por Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Francia, Alemania, India, Indonesia, Italia, Japón, México, República de Corea, Rusia, Arabia Saudita, Sudáfrica, Turquía, Reino Unido, Estados Unidos y Unión Europea.

Covid-19 impactará el crecimiento mundial: FMI

De su lado, Georgieva apuntó que si bien el crecimiento mundial estaba listo para una recuperación modesta a 3.3 por ciento este año –por arriba del 2.9 del año pasado–, “el Covid-19 ha afectado la actividad económica en China y puede ponerla en riesgo.

Arturo Herrera, secretario de Hacienda de México, afirmó en su cuenta de Twitter que una de las últimas reuniones formales del G20 trató sobre la tributación de la economía digital. "Este es uno de los temas internacionales más importantes y en el que aún no se logra consenso entre los países, pero sobre el que esperamos llegar a un acuerdo a finales de año."

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Elizalde llamó a la creación de espacios de resistencia frente a tales estrategias de dominación en el ámbito digital. Foto: Cubaperiodistas.

La misión de las nuevas generaciones en América Latina es lograr la soberanía tecnológica, afirmó el catedrático español Ignacio Ramonet durante un debate en el Pabellón Cuba, en La Habana.

El doctor en Semiología e Historia de la Cultura disertó sobre el colonialismo 2.0 y los desafíos de la izquierda latinoamericana junto a la periodista e investigadora cubana Rosa Miriam Elizalde, quien abordó el surgimiento e impulso de internet y su progresión desde el entorno militar hasta el contexto universitario y civil.

Ramonet recordó que Fidel Castro fue uno de los primeros que entendió la importancia de internet y dispuso en Cuba la fundación de la Universidad de Ciencias Informáticas para el desarrollo de una ciencia y tecnología nacionales.

Internet nos plantea, por una parte, el enfrentamiento cultural y la presencia activa en el ciberespacio, que ocupa todo un universo simbólico, económico y cultural, liderado por grandes potencias, las cuales pujan por ese territorio digital, puntualizó.

El autor de El imperio de la vigilancia señaló que el colonialismo digital de Estados Unidos limita el ascenso de otros países e industrias cuyos contenidos pueden seducir a las grandes masas y citó los múltiples intentos para frenar a la empresa china Huawei.

Igualmente, reconoció varios ejemplos que demuestran la carrera de Corea del Sur por lograr la descolonización, entre estos, la expansión de la cultura K pop, los doramas y producciones como la multipremiada cinta Parásitos, ganadora del premio Óscar a la mejor película.

Por su parte, la doctora en Ciencias de la Comunicación Rosa Miriam Elizalde mencionó cifras relevantes para la región latinoamericana, señalada como la más dependiente en términos de infraestructura, plataformas y contenidos estadounidenses; en tanto, precisó que el 90% de todo el tráfico de datos del continente pasa por servidores de la superpotencia norteamericana.

Destacó, además, la expansión simbólica del imperio norteamericano, cuyos contenidos, estructuras y mensajes monopolizan la red de redes, devenida territorio ideal para la ciberguerra, el espionaje y la manipulación.  “El totalitarismo estadounidense utiliza este escenario para reforzar sus apetencias coloniales”, aseguró.

Las naciones latinoamericanas ocupan el ranking entre los diez países que consumen más tiempo en las redes sociales, el 81% de los jóvenes del continente utilizan regularmente Facebook y el 50% de las personas que carecen de agua potable o no acceden a los servicios básicos tienen perfiles en alguna red social norteamericana, según estudios recientes del Banco Interamericano de Desarrollo.

La también vicepresidenta de la Unión de Periodistas de Cuba describió el actual panorama regional sujeto a ser el polígono de prueba en el contexto digital con ejemplos como Bolivia, donde se crearon 6 000 cuentas falsas a través de la inteligencia artificial para generar la percepción de un supuesto respaldo al reciente golpe de Estado.

En consecuencia, Elizalde llamó a la creación de espacios de resistencia frente a tales estrategias con ejemplos como Venezuela y Argentina, que han demostrado la posibilidad, desde la izquierda, de enfrentar a la gran maquinaria de manipulación de la derecha.

Creado en 2013, el espacio Dialogar Dialogar es una plataforma para el debate con las nuevas generaciones en la nación caribeña y rinde homenaje a su inspirador, el intelectual cubano Alfredo Guevara, reconocido por sus ideas y capacidad para polemizar con los jóvenes.

20 febrero 2020 

(Tomado de Cubaperiodistas)

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Una mujer indígena participa en las recientes protestas sociales chilenas. Martin Bernetti AFP

Sin un importante incremento de la productividad será muy difícil sostener un mayor nivel de gasto social y menos aún generar mejores empleos en la región

En varios países de Latinoamérica el año 2019 será recordado como el del estallido social. Eso es particularmente cierto en el caso de Chile, pero en buena medida puede ser visto como una moraleja de lo que puede ocurrir en naciones que logran crecer, pero no son capaces de hacerlo con inclusión social. Es decir, mejorando de manera integral las condiciones de vida de las personas y promoviendo el acceso a oportunidades educativas, trabajo, salud, vivienda, seguridad, entre otras, en especial de aquellos grupos más vulnerables.

Es sabido que los países de América Latina se encuentran entre los más desiguales del mundo. Solo algunos de África son más desiguales. Pero también son de los menos innovadores. Ningún país de la región está entre los primeros 50 del ranking del Índice Mundial de Innovación 2019 de la OMPI. Aunque hoy la mirada está puesta en las urgencias que emanaron de las protestas sociales, es difícil pensar que los países latinoamericanos podrán avanzar demasiado en enfrentar los retos que tienen por delante si no se hace un esfuerzo por promover mayor innovación. ¿Suena extraño? Déjeme tratar de explicarlo.

Es claro que políticas que mejoren la inclusión social deben ser una prioridad. Pero también es importante notar que sin un importante incremento de la productividad será muy difícil sostener un mayor nivel de gasto social y menos aún generar mejores empleos, que son claves para disminuir la desigualdad.

Y sucede que en las últimas décadas la expansión económica de la región se ha sustentado fundamentalmente en el crecimiento demográfico y en la explotación extensiva de recursos naturales. Sin embargo, en varios países ya se está experimentando una transición demográfica que implica que una creciente proporción de adultos mayores deberá ser sostenida por una porción menor de personas en edad de trabajar. Ello solo será posible con un fuerte aumento de la productividad y la evidencia acumulada por años de investigación nos dice que la innovación es el factor que permite generarlo.

Por su parte, los efectos del cambio climático ya se hacen sentir en la región en forma de creciente escasez hídrica, surgimiento de nuevas plagas, inundaciones e incendios, entre otros, todo lo cual afecta la capacidad productiva en el campo agropecuario, forestal, minero o acuícola. Más aun, la necesidad de cumplir con estándares medio ambientales más elevados, así como la competencia por el uso del agua y del territorio en general, han vuelto más difícil la materialización de grandes proyectos de inversión que antes eran rápidamente aprobados, sin perjuicio de los impactos que podían tener en el entorno o en la vida de las comunidades.

De este modo, América Latina en realidad no solo enfrenta el desafío de lograr mayores niveles de inclusión social, sino el gran reto de elevar la productividad y ser más sustentable ambientalmente. Estos objetivos ciertamente se encuentran muchas veces en contradicción, pero es claro que sacrificar uno a costa de los otros no representa un camino viable e inevitablemente conducirá a nuevos conflictos.

No se me ocurre ningún camino distinto al de lograr mayores niveles de innovación para poder conciliar la necesidad de crecer económicamente con las impostergables demandas de inclusión social y sostenibilidad. En efecto, es a través de la introducción de nuevas formas de producir o de nuevos tipos de producto que se puede lograr un uso más eficiente y a la vez ambientalmente sostenible de los recursos.

¿Cómo lograr disponer de cultivos de alto rendimiento que utilicen menos agua y menos agroquímicos? ¿Cómo desarrollar embalajes de bajo costo que no utilicen plástico y que sean bio degradables? ¿Cómo utilizar más extensivamente la energía solar? ¿Cómo utilizar el potencial de la tecnología digital para extender el uso de la telemedicina?

Las oportunidades y desafíos son múltiples. Y son las empresas y los países que generen las respuestas a este tipo de cuestiones quienes estarán a la vanguardia de transitar hacia un desarrollo verdaderamente inclusivo y sostenible. El problema, claro está, es que avanzar en esa dirección requiere realizar esfuerzos que no van a rendir fruto en el corto plazo y ciertamente implica destinar recursos que hoy disputan problemáticas que políticamente son urgentes.

Sin embargo, la historia nos muestra que, enfrentados a coyunturas similarmente dramáticas, países como Finlandia, Irlanda o Corea del Sur, tuvieron el coraje de entender que no hay atajos para el desarrollo. Estas naciones destinaron, y siguen destinando, significativos recursos públicos para estimular la innovación, formar y atraer talento, y fortalecer sus capacidades científico-tecnológicas. Sus esfuerzos no tuvieron frutos inmediatos, pero hoy los resultados están a la vista.

Frente al imperativo de lograr un crecimiento económico inclusivo y sustentable, el imperativo de innovar debe ser parte fundamental del nuevo trato social que impulse una nueva ruta de progreso en América Latina.

Por Gonzalo Rivas es el jefe de la División de Competitividad, Tecnología e Innovación del Sector de Instituciones para el Desarrollo del BID.

3 FEB 2020 - 18:10 COT

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Lunes, 27 Enero 2020 06:57

Clima e incertidumbre radical

Clima e incertidumbre radical

El cambio climático y la amplia relación entre las actividades humanas y la naturaleza es hoy un factor político de primera línea. Involucra la vida misma de los seres vivos y la organización de las sociedades dentro de la complejidad en que ahora las conocemos.

Tomemos a la naturaleza de modo general, como el mundo material, incluidos, por necesidad, los seres humanos. Y consideremos el medio ambiente precisamente como el elemento en que existen personas, animales, plantas, recursos y cosas. Éste considera las interrelaciones de los seres vivos y su entorno, de donde se desprende la noción del ambiente.

Se trata, pues, del espacio, próximo o distante, del ser humano y sobre el que éste actúa, pero que, sin duda, repercute a su vez sobre él. Este proceso determina de maneras diversas su modo de vida, su misma existencia. Igualmente, define la configuración de la sociedad, las formas del gobierno y las manifestaciones del poder.

Hay una dinámica de retroalimentación entre los fenómenos naturales y los que se denominan antrópicos, es decir, los que están producidos o modificados por la actividad humana.

Las formas de organización social y su propio desarrollo modifican constantemente el sistema, como sucede, por ejemplo, de modo directo con la tecnología, las leyes y las normas, los patrones de las inversiones, el acceso tan diferenciado a los recursos. La sociedad, entonces, participa como causa y consecuencia de modo constante, ya sea en términos inmediatos o en el mediano y largo plazos.

En la disputa actual sobre las condiciones del medio ambiente y sus manifestaciones se ponen de relieve diferentes modos de aproximarse al problema, entre ellos el que se deriva del conocimiento científico, el que surge de las ideologías, el que tiene que ver con los negocios, los intereses económicos y la rentabilidad del capital y también el asociado con la pura rapiña.

El conflicto es la marca de los debates sobre el cambio climático. Es cada vez más evidente, como pudo verse recientemente en la reunión de la élite mundial en Davos. Ahí están las declaraciones de Donald Trump, quien llamó "profetas de la fatalidad" a los que sostienen la alarma ambiental y, según dice, predicen el apocalipsis.

Nada lo conmueve: pérdidas de vidas, incendios masivos, inundaciones, tormentas, especies que pueden extinguirse, destrucción de ríos y océanos. No tiene duda alguna sobre la cuestión ambiental. No sospecha.

Ofrece que su país está comprometido a "conservar la majestuosidad de la creación de Dios y la belleza natural de nuestro mundo". Al mismo tiempo promueve la industria del carbón, el fracking para aumentar la extracción de gas y petróleo del subsuelo y se retira del Acuerdo de París sobre el cambio climático, firmado a finales de 2015.

En el proceso del crecimiento económico y los patrones prevalecientes de la generación de ganancias, basados en el uso de las fuentes convencionales de energía, como los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas que generan dióxido de carbono y otros de los denominados gases invernadero), está situada la parte esencial de la disputa sobre el cambio climático global y la resistencia a una transición más acelerada de las fuentes de energía.

El secretario del Tesoro de Estados Unidos dejó muy clara la postura de su gobierno y la que sostienen muchas grandes empresas. Calificó de inviables las medidas que se exponen en torno a las fuentes alternativas de energía. Afirmó que el acceso a energías más baratas es más importante para el crecimiento que invertir en tecnologías verdes.

Con respecto a los modelos existentes de transición energética dijo que no debemos engañarnos, pues no hay manera de modelar los riesgos climáticos en un horizonte de 30 años con suficiente nivel de certeza. Añadió que la economía mundial depende del acceso a costos razonables a las fuentes de energía en las próximas dos décadas para crear empleos y el crecimiento de la economía.

Certidumbre no hay, en efecto, sobre la evolución del cambio climático, pero sí hay tendencias observables y hechos concretos que no pueden despreciarse. En este caso, el secretario del Tesoro y funcionarios y políticos en todas partes habrían de adoptar, necesariamente, la perspectiva de la incertidumbre radical.

Esta idea expresa que no sólo no sabemos lo que va a pasar, sino que además es limitada la capacidad para describir lo que podría pasar. Esto lleva a distinguir el riesgo, que puede abordarse mediante la aplicación de las probabilidades, de lo que puede llamarse incertidumbre real a la que no puede aproximarse de tal manera.

Un asunto que no puede dejarse de lado es que cualquier transición energética impone costos y exigencias tecnológicas de muy distinto tipo. Obviamente, no todos los países pueden soportar tales costos y demandas de la misma manera. Dicha transición puede significar la creación de condiciones de una creciente distancia en materia de crecimiento y desarrollo.

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Crisis climática "Es un momento crucial por la inacción frente a la crisis climática, más incluso que por el ascenso del neofascismo"

La historiadora Jo Guldi apunta como los tres mayores retos securitarios la crisis climática, la desigualdad económica y la falta de gobernanza global en el marco del congreso 'La Era de la (In)Seguridad' organizado por el Common Action Forum.

 

La historiadora estadounidense Jo Guldi participó en el debate Amenazas contra los Derechos Humanos en la Era de la (In)Seguridad, organizado por Common Action Forum (CAF), junto al ex magistrado Baltasar Garzón y la concejala de Más Madrid Maysoun Douas y expuso que, como planea su libro Manifiesto por la historia, el pensamiento de largo plazo está en crisis y el cortoplacismo de ciclos electorales es incapaz de afrontar los tres mayores desafíos: el cambio climático y la desigualdad económica –que generan oleadas migratorias– y la falta de gobernanza global. "Temas de seguridad", sentenció.

En la radiografía que hace Guldi hoy, a diferencia del 1945 en que se fundó la ONU, los gobiernos y estados están en crisis frente al alza de tecnología, finanzas y banca. Es un momento histórico crucial, "la tormenta perfecta", alerta Guldi. "Más incluso que por el ascenso del neofascismo, por la inacción frente a la crisis climática".

Algo que, en su opinión resulta de tres tormentas menores: la brecha generacional que hace que quienes no vivirán el desastre se resistan a esforzarse; la brecha norte-sur donde el Primer Mundo explotador de combustibles y fuerza de trabajo del Tercero no impulsa su desarrollo y, por último, la corrupción de instituciones que priman el beneficio económico. "¿Cómo no preservar el bien común cuando la vida depende de ello?", se pregunta.

Según Guldi la lista de instituciones corruptas es larga: los partidos y estados, pues se permite que empresas les financien y determinen sus políticas; los bancos centrales en Latinoamérica y Europa “que no siguieron el modelo de la reserva federal americana de proteger empleo y contener inflación”; el sistema de impuestos porque las élites llevan sus fortunas a guaridas fiscales mientras se aplican política austericidas; la educación pública en el mundo desarrollado, financiada por empresas como petroleras “que adoctrinan en el milagro económico del fracking”, y hasta la ciencia climatológica porque “no es generosa compartiendo datos y no ha inventado mecanismos que permitan a ciudadanos controlar el entorno con responsabilidad”. 

“¿Acaso el sistema universitario prepara a los estudiantes para la crisis climática, para ser críticos con el Estado o dar respuesta a los refugiados? No”, resuelve esta profesora Asociada en la Southern Methodist University.

La historiadora mira con añoranza el 1974 que ve año culmen de la ONU como protectora de la cultura y el desarrollo mundiales “antes de que cediera peso al banco mundial quien usa a los estados en defensa de los intereses de EEUU y el dólar”. En esos 70 “la ONU contrataba a ingenieros agrónomos para asesorar a pequeños agricultores del mundo en cómo defender sus prácticas agrícolas que, si queremos reducir las emisiones de carbono, no deben ser solo el pasado, sino el futuro”, rememora la autora del ensayo Long Land War (Larga guerra por la tierra).

Perversión del lenguaje

Otra corrupción que ataca los derechos humanos es, para Guldi, lingüística, “pues se habla de "democracia" para justificar ataques y, vía medios de comunicación, el poder nos envuelve en discursos de ‘seguridad’ cuando estamos legando a nuestros hijos una era de anarquía y quizá conflictos si muchos llegan a pensar que este no es un mundo en que merezca la pena vivir, sino luchar”.

Guldi propuso a la asamblea progresista de CAF “crear un diccionario del mal, que desenmascare las palabras corrompidas y restablezca el sentido frente al ruido”.

Motivos de esperanza

Jo Guldi declaró a Público, que no es optimista porque el cambio de mentalidad y discurso necesario “puede tardar sesenta años y, en cambio, en diez ya el desastre climático será irremediable y gran parte de la humanidad morirá”.

Cumbres de la ONU como la de Madrid “se celebran desde 1962 pero jamás afrontan quién detenta la propiedad de tierra y agua y cómo eso genera desplazamientos masivos cuando los derechos humanos tener agua, tierra y aire para subsistir sin huir”. Reivindica el Estado nación, “herramienta creada para evitar la conflictividad y proteger”, las instituciones “útiles frente al caos”, y una gobernanza responsable global “que tras los años 70 no hemos conocido”.

“Si los gobiernos no despiertan y se comprometen no resolveremos los desafíos”, insiste. “Los estados se tienen que adaptar a los mercados, para que haya una economía verde, con energías renovables, sin trabajo infantil”. “Quizá sea una causa perdida de no ser por…” y enumera factores esperanzadores:

En primer lugar, la implicación cívica que “frente a la parálisis de EEUU donde seguimos aplicando categorías de la guerra fría” siga el modelo de asambleas civiles creadas en 2016 de Irlanda o foros como CAF para articular unas Naciones Unidas ciudadanas, que extienda una red de reuniones por el planeta.

Y en segundo lugar, las posibilidades democráticas de la gestión de macro-datos (Big Data). Guldi, hija de programadora informática, aprendió a programar con diez años, el instituto lo dejó para volcarse “en materias más exigentes” como las lenguas muertas, la geografía humana, crítica teórica y la deconstrucción y, “tras comprobar que todos aprendieron a programar, pero casi nadie historia y cambios políticos” se licenció en Historia en Trinity College, Cambridge y se doctoró Berkeley, California. Hoy ejerce en la SMU de su Texas natal donde usa, con sus alumnos, el análisis de datos masivos en estudios históricos.

“Ya es técnicamente posible para el activismo democrático monitorizar el trabajo de instituciones públicas y empresas”, manifiesta Jo Guldi, “y comprobar, por el análisis de textos masivos, si un parlamento o ayuntamiento ha avanzado o retrocedido en misoginia, qué oradores participan… La monitorización exhaustiva pendiente podría ser clave contra la corrupción. Aunque ello exigiría una transparencia de los datos bancarios jamás vista”

madrid

26/01/2020 09:50

Por maría iglesias

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Domingo, 26 Enero 2020 05:46

Capitalismo verde, exterminio amable

DAVID ARENAL

Si la COP25 fue un claro ejemplo de cómo las grandes compañías deforman la realidad e imponen su falaz relato mientras nos abocan al desastre, la Cumbre Social por el Clima y toda la panoplia de movilizaciones ecologistas que han sacudido el globo durante el pasado 2019 evidencian que la sociedad civil ha abierto los ojos.

 

Si el planeta Tierra fuese un ente consciente, habría dicho “basta” hace muchos —muchísimos— años. Basta de permitir que una de las especies a las que ha regalado la existencia destruya sistemáticamente todos y cada uno de sus ecosistemas, de sus especies, de su vida. Como no lo es, el final no lo marca su hartazgo, sino sus límites físicos; y permitidme el spoiler tempranero: esos límites ya han sido traspasados.

Los seres humanos hemos vivido por encima de las posibilidades de nuestro planeta durante demasiado tiempo, y de ninguna forma existe ni existirá una solución viable a la crisis climática que se encuadre dentro de esta lógica del crecimiento sostenido e ilimitado. Es física y científicamente imposible, y todas las propuestas que se muevan dentro de esos parámetros son falsas. Todas. Es así de sencillo.

LA CEGADORA BURBUJA VERDE

“Refugiado” en 2015, “Populismo” en 2016, “Aporofobia” en 2017 y “Microplástico” en 2018. Son los términos elegidos por la Fundéu como palabras más destacadas de los penúltimos cuatro años y, curiosamente, todas ellas reflejan a la perfección distintas aristas de la realidad de la crisis climática. El conflicto que enfrenta a las élites político-económicas contra la vida en el planeta está generando millones de refugiados, un fenómeno que el neofascismo está aprovechando para ganar votos mediante un populismo que criminaliza a las personas que huyen de la destrucción originada por esas mismas élites. La aporofobia patológica que sufren —y disfrutan— los grandes multimillonarios les permite observar, impasibles, cómo se cierne la catástrofe climática sobre las clases menos privilegiadas, mientras siguen cercenando vidas humanas y especies al completo con sus microplásticos.

 “Emoji” ha sido la palabra galardonada en 2019, pero siguiendo la tendencia que se ha ido dibujando desde 2015, “greenwashing” habría sido un perfecto colofón a este lustro. No solo por su creciente presencia fuera de los círculos más especializados del ecologismo, sino también por la importancia vital —literalmente— de su significado. Como lo que no se nombra, no existe, hay que introducir el greenwashing en la opinión pública con toda la fuerza que sea posible, porque sus implicaciones semánticas señalan con firmeza a Gobiernos y grandes corporaciones como responsables últimos de un desastre climático que, aunque sea víctima de una inusitada campaña de ocultamiento y negación, ha permeado profundamente en la sociedad, como bien demuestra la Fundéu.

El greenwashing —que podríamos traducir como “ecoblanqueamiento” o, más literalmente, “lavado verde”— alude a una serie de estrategias a través de las cuales los adalides del capitalismo, principales responsables de la crisis ecológica, construyen una suerte de burbuja en la que la lógica del crecimiento ilimitado es la única realidad viable; se autoerigen como los únicos actores que pueden revertir la gravísima espiral de destrucción de ecosistemas, y anuncian a bombo y platillo que, de hecho, ya lo están haciendo. Desgraciadamente, los ejemplos nos rodean allá donde estemos, así que la comprensión del concepto es automática.

El blanqueamiento puede llevarse a cabo en forma de operación de falsa bandera, como la que intentó Ecoembes al publicar un vídeo en su perfil oficial de Instagram en el que podía verse el logo de Juventud por el Clima —Fridays for Future España, una de las plataformas de activismo ecologista más importantes a nivel mundial—. La respuesta fue inmediata, con un comunicado en el que denunciaban públicamente la utilización ilícita de su nombre y aprovechaban para dejar una definición cristalina del comportamiento paradigmático de greenwashing: “No toleraremos el uso de nuestro trabajo para blanquear sus más que cuestionables políticas”.

Las posibilidades de lavar la propia imagen crecen de forma paralela a la dimensión de la empresa en cuestión, llegando a límites difícilmente imaginables que, sacando la cabeza fuera de la burbuja verde, se tornan risibles e insultantes por lo evidente de sus intenciones. Endesa, en el contexto del inicio de la Cumbre del Clima (COP25) en Madrid, hizo una ostentación de su poder de autoblanqueamiento, situado en una esfera superior incluso a derechos fundamentales del ser humano, como lo es el acceso a la información.

Su logo copaba las portadas de todos los diarios impresos más importantes del país —El Mundo, ABC, El País, La Vanguardia, El Periódico y La Razón, entre otros—, acompañado de titulares que, de una forma u otra, colocaban a la compañía como líder en la lucha contra el cambio climático. “Endesa lidera el cambio hacia una sociedad libre de emisiones” o “Endesa presenta sus soluciones para una sociedad libre de emisiones”. Lo que no aparecía —ni aparecerá— en ninguna de esas cabeceras es la clasificación de empresas españolas más contaminantes. Curiosamente, ahí, Endesa también es líder.

El liderazgo tiene esta cosa tan adictiva que hace que, una vez liderado algo, ya se quiere liderar todo. Incluso —y especialmente— si las realidades lideradas son una y su contraria, porque así se puede ocultar su inevitable colisión y beneficiarse de ambas. Al menos, hasta que una sea devastada por la otra.

EL NEOLIBERALISMO PRESENTA: LAS CONTRADICCIONES DE LIDERARLO TODO

La COP25 convirtió Ifema en un teatro en el que, durante casi dos semanas, se representó día tras día la misma obra: las contradicciones de liderarlo todo. Líderes en contribución a la destrucción del planeta, como Coca-Cola o Chevron —segunda empresa del mundo con más emisiones desde 1965—, fueron, igual que Endesa, los grandes protagonistas del evento.

El gigante de los refrescos, que por segundo año consecutivo se situó en 2019 como empresa más contaminante (en términos de desechos plásticos) del mundo, empapelaba las paredes con un greenwashing grotesco en el que pedía “reciclar juntos”; mientras que la petrolera organizaba charlas y encuentros para buscar soluciones al mismo desastre del que es subcampeona en responsabilidad. Liderar una realidad —la lucha contra el cambio climático— y su contraria —el capitalismo sádico de crecimiento ilimitado—.

Las élites político-económicas pusieron todo su empeño en interpretar al dedillo su papel en la función y, entre bambalinas, se informó al activismo ecologista de que su presencia en el escenario estaba prohibida.

La denominada “Zona verde”, espacio reservado para albergar la voz de la sociedad civil, estuvo repleta de directivos de las grandes corporaciones que diluían cualquier tipo de reivindicación con un mínimo cariz anticapitalista. Cuando no bastaba con eso, la seguridad del recinto acudía a expulsar del mismo a activistas que tratasen de liderar alguna de las líneas de discusión con ideas exoburbuja. ¿Quién se atreve a liderar en una reunión de líderes?

En este sentido, quedan pocas dudas respecto a la supremacía dogmática de las élites en la construcción del relato de la crisis climática. Una tarea que llevan a cabo en base a una meta incontestable: establecer unos marcos de realidad que logren mutilar la capacidad de cuestionamiento del modelo actual de producción y consumo, so pena de recibir, rápida y eficazmente, el estigma de figura disruptiva, antisistema y, por ende, despreciable.

EL COCHE, EL MURO Y EL DESDICHADO REMOLQUE

La batalla por el dominio de dicho relato es, sin ningún género de duda, condición sine qua non para poder siquiera soñar con la posibilidad de frenar el cambio climático y eludir sus secuelas más graves. Si la lógica capitalista de crecimiento ilimitado es, a la vez, causa última de la crisis climática y razón de ser de las élites político-económicas, darles a estas todo el poder de decisión es una contradicción con una dosis de autodestrucción absurda.

La humanidad se encuentra a bordo de un coche que se dirige frontalmente hacia un muro indestructible e imposible de atravesar. La sociedad civil ha sido relegada a viajar en el remolque, tapada con una lona que impide ver qué hay delante; los dueños de las grandes multinacionales, en cambio, manejan el volante. Su estrategia de conducción solo puede definirse como kamikaze, sabedores de que la dirección escogida tiene un único final: el muro.

En una incomprensible huida hacia adelante, han dejado pasar todas las salidas que permitían cambiar el rumbo, desviándolo del siniestro total, hasta llegar a un punto en el que solo queda frenar. Cuanto más tiempo se tarde, más dolorosa será la deceleración; pero el acelerador sigue pisado a fondo, quizá con la única esperanza de alcanzar una velocidad tal que permita al coche despegar del suelo y superar el muro por encima. En ese caso, el remolque quedará descolgado, con una inercia vertiginosa que nos hará papilla contra la pared. Todos muertos. Todas muertas. 

A veces, las metáforas y las analogías son herramientas cuyo uso periodístico —analítico, objetivo— corre el serio riesgo de alejarse de la realidad y adentrarse en el terreno de la dramatización. Mala cosa. En otros casos, la existencia toma unos derroteros que solo pueden explicarse dejando que la imaginación trace un camino paralelo, exponiendo su verdad a modo de espejo ficcionado. La crisis climática es uno de estos casos, y el ejemplo del coche contra el muro no deforma ningún aspecto de lo que está ocurriendo, solo lo extrapola. De hecho, la necesidad de contarlo en forma de fábula es, en sí misma, la constatación de esa lona que tapa los ojos de la sociedad civil.

El coche no es un coche, sino la vida en el planeta tal y como la conocemos. El volante que controla su dirección adquiere, en el mundo real, una forma mucho más abstracta y difícil de identificar: decisiones que se ocultan, cambios de cromos que condenan a millones de muertes y escenificaciones de democracia tras las que se esconden las más crueles tiranías. La figura del remolque representa la absoluta supresión de la voluntad popular, relegada a sufrir en silencio el traqueteo del camino escogido por el coche, cuya suspensión le permite atravesar todo tipo de baches sin que sus ocupantes sean apenas conscientes, mientras detrás nos descalabramos unos contra otras.

El papel de la ya mencionada lona es, quizá, el más relevante. En origen, fue concebida para evitar las protestas de aquellos ocupantes del remolque que veían cómo pasaban de largo, uno tras otro y cada vez a más velocidad, todos los desvíos que permitían salir de la ruta hacia la devastación. Con el paso del tiempo, su efectividad resultó ser aún mayor, pues las nuevas generaciones nacidas bajo su oscura inopia empezaron a olvidar la existencia de otras carreteras y, como mecanismo de defensa de su salud mental —cobarde y conformista—, ignoraron la existencia de ese muro del que advertían sus mayores con vehemencia.

Añadir el personaje de la lona es una forma de ponerle nombre a toda esa manipulación, desde los discursos políticos hasta los medios de comunicación, pasando por literatura, series, películas y toda referencia cultural, con la que se ha logrado falsear la imagen del capitalismo como único sistema viable. “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, dijo una vez Žižek. O Jameson. O este lo escribió porque se lo escuchó decir a alguien. En la penumbra es difícil distinguir quién habla, más aún si se está refiriendo a la propia negrura que se intenta ignorar. Negro sobre negro, sobre negro.

Por último, el vuelo del coche. “Eso sí que no”, ¿verdad? “Eso tiene que ser pura retórica. Cosa de los escritores y su ansia irrefrenable por dejar una impronta estilística en la realidad cuando la describen”. Que ese sea el tipo de respuesta que se activa al procesar la imagen de las élites económicas huyendo del colapso climático solo demuestra una cosa: la lona funciona a las mil maravillas.

Allá por 2017, Douglas Rushkoff, escritor y profesor de la Universidad de Nueva York especializado en nuevas tecnologías, fue contratado para dar una charla a cinco magnates, de la que sacó una conclusión tan clara como espeluznante. “No tenían ningún interés en evitar la desgracia; están convencidos de que ya no hay tiempo para ello. (…) Sencillamente, se limitan a aceptar el más oscuro de los escenarios y a reunir la mayor cantidad de dinero y tecnología que les permita aislarse, sobre todo si se quedan sin sitio en el cohete rumbo a Marte”, escribió.

El progreso ilimitado es un pie sobre el acelerador que no cesa de empujar, disminuyendo las ya pocas posibilidades de evitar “el acontecimiento” —eufemismo empleado por los multimillonarios que hablaron con Rushkoff—; sin embargo, también es concebido por quienes conducen como una posibilidad de mantener su asiento y lograr hacer volar el coche. Poco —nada— les importa que, en ese caso, el remolque quede desenganchado y se despedace contra el muro por culpa de la velocidad que ellos mismos le han conferido. Al fin y al cabo, nunca ha sido más que una carga. 

DECRECIMIENTO VOLUNTARIO O HECATOMBE

La inminencia del desastre está rebullendo los ánimos aquí, bajo la lona. El activismo ecosocial ha logrado abrirse camino hasta la parte delantera del remolque, y está haciendo pequeños agujeros a través de los que se puede observar cómo se cierne la sombra del muro. De la misma forma en que la oscuridad cegó a las generaciones nacidas bajo el yugo ideológico del capitalismo, las franjas de realidad que han empezado a atisbarse alimentan el espíritu contestatario de una juventud que, al fin, parece haber descubierto la verdad: su única opción de salir con vida pasa por hacerse con el control de ese coche que es, en realidad, la organización social de la especie humana en el planeta Tierra.

Conceptos como Capitalismo Verde, ecocapitalismo o Green New Deal nacen al amparo de unas desesperadas élites que ven amenazadas sus despóticas posiciones por vez primera. Manteniendo el símil, pretenden tapar los agujeros de la lona, sumiendo de nuevo a la sociedad en una ignorancia tan dócil como lucrativa y erradicando la más mínima intención de llegar hasta el volante. El destino será el mismo: el muro; mas el rumbo suicida será amenizado con una apacible sensación de estar arreglando las cosas.

Dicho de otro modo: nos están dando a elegir entre morir, así, a pelo, que a nadie le apetece, y morir con Bajo la piel, de Alice Wonder, sonando en bucle en nuestros oídos y llevándonos a un éxtasis rayano en el síndrome de Stendhal. El hedonismo es una debilidad muy poderosa, pero es vital desvelar que, tras esas dos funestas opciones, existe una tercera vía que evitaría la mortal colisión: la desaceleración. O, como la llama Jorge Riechmann, “metamorfosis y autoconstrucción decrecentista”.

Urge esclarecer que lo que está en juego no es la supervivencia del capitalismo como sistema hegemónico, eso es insalvable. El colapso llegará de forma temprana e inminente cuando el agotamiento de los recursos naturales sea irreversible, obligando a la humanidad a un empobrecimiento traumático. El combate que se está librando tiene como objetivo reducir la violenta desigualdad en el reparto de las consecuencias del cambio de modelo, si es que este llega a tiempo.

La trampa del greenwashing está en ocultar dicho colapso, jugando al trile con falsas soluciones como el capitalismo verde, un oxímoron que se desmonta con una aseveración tan sencilla como la siguiente: es físicamente imposible sustituir el parque automovilístico actual con coches eléctricos, porque la cantidad de minerales existente en el planeta es insuficiente. No hay ecocapitalismo que valga sin una reducción en los niveles de producción y consumo. Ni más ni menos.

En términos técnicos, el físico Antonio Turiel sitúa el potencial máximo de las fuentes renovables entre un 30% y un 40% del consumo energético mundial actual. Es decir, la extenuación de los combustibles fósiles, un fenómeno en el que ya estamos inmersos, traerá consigo un decrecimiento energético de entre 60 y 70 puntos porcentuales.

La complejidad del término “autoconstrucción decrecentista” no es una cabriola caprichosa de Riechmann, sino que define con acierto el reto que la humanidad tiene por delante: empezar a construir su empobrecimiento de forma paulatina y equitativa antes de que este llegue por la fuerza. Es cuestión de vida o muerte. En un mundo en el que 26 personas acumulan la misma riqueza que 3.800 millones (según un informe de Oxfam), con un índice de pobreza extrema —incapacidad para satisfacer necesidades básicas como la alimentación o el acceso a agua potable— que azota al 10% de la población total, un acontecimiento rupturista tan radical podría suponer el exterminio de cientos de millones de seres humanos que, sobreviviendo ya en el alambre, verían sus vidas literalmente cercenadas.

Por ello, la cuestión de clase debe ser el elemento central de la lucha climática, y algunas investigaciones están dejando evidencias de lo que ocurrirá si las clases trabajadoras no logran articular una fuerza suficientemente sólida como para ejercer presión. Suficientemente sólida como para llegar al volante. Phillip Alston, Relator Especial sobre pobreza extrema y derechos humanos de la ONU, elaboró un informe en el que hablaba de “apartheid climático”, un concepto con el que pretende aludir a los abyectos intentos de las élites de salir indemnes de su propia calamidad. “De manera perversa, mientras que los pobres son responsables de solo una fracción de las emisiones globales, son los que pagarán el precio del cambio climático y tendrán la menor capacidad para protegerse”, concluye el australiano.

Si la COP25 fue un claro ejemplo de cómo las grandes compañías deforman la realidad e imponen su falaz relato mientras nos abocan al desastre, con el único objetivo de poder seguir llenando a manos llenas sus ya rebosantes bolsillos, la Cumbre Social por el Clima (o contracumbre del clima) y toda la panoplia de movilizaciones ecologistas que han sacudido el globo durante el pasado 2019 evidencian que la sociedad civil ha abierto los ojos. Llegar hasta el volante, pisar el freno y tratar de equiparar las consecuencias de la desaceleración es el único camino. El resto son eufemismos, circunloquios destinados a desviar las miradas hacia eso que llaman capitalismo verde, pero que también podrían llamar exterminio amable.

 

Por DIEGO DELGADO GÓMEZ

@DIEGODELGOM

2020-01-26 06:35

Publicado enMedio Ambiente
La crisis climática y los movimientos antisistémicos

"Fracaso" es el vocablo más utilizado a la hora de evaluar la 25 Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP-25), realizada del 2 al 13 de diciembre en Madrid. Luego de un cuarto de siglo y de otras tantas conferencias, el cambio climático sigue avanzando y se transforma en caos climático para los sectores populares del Sur global, los más afectados por catástrofes evitables.

En esta conferencia, los países emergentes como China, India y Brasil se mostraron contrarios a elevar las restricciones necesarias para revertir daños. Estados Unidos y Australia también jugaron un papel en el fracaso de la conferencia. En todo caso, las presiones de las multinacionales petroleras y de la geoingeniería, aliadas con los gobiernos, tienen motivos de sobra para evitar cualquier acción contundente.

En todo este proceso y durante la conferencia en Madrid, se han multiplicado las manifestaciones populares con el objetivo de presionar a las autoridades para que se involucren seriamente en el asunto.

Creo que tanto las personas activas vinculadas a ONG como las militantes ambientalistas, se equivocan tanto en sus prioridades como en los métodos de acción que están empleando. Intentaré explicarlo.

En primer lugar, difundir la idea de que los gobiernos pueden hacer algo respecto al cambio climático y que las Naciones Unidas son un ámbito para vehiculizar políticas positivas, me parece erróneo porque propagamos la confusión sobre las supuestas bondades del sistema. Todo el entramado de convenios como el Protocolo de Kioto y los Acuerdos de París, no han conseguido nada.

Que a estas alturas tengamos confianza en las Naciones Unidas, es tanto como creer en los Estados para la solución de nuestros problemas. Entiendo que las ONG acudan a cada convocatoria, porque tienen intereses comunes con el sistema internacional e interestatal. Pero me parece desacertado que las y los militantes de abajo lo hagan, porque induce a confusión y desvía la atención sobre los problemas centrales, que no son otros que el capitalismo.

La clave del cambio climático hay que buscarla en la brutal concentración de poder en el uno por ciento más rico. Hasta que no sean desplazados o derrotados, no habrá la menor chance de cambiar nada en este mundo, en particular para los sectores populares. Prueba de ello es que luego de 25 conferencias, con gastos gigantescos en traslados, hoteles e infraestructura, el poder del uno por ciento se ha incrementado y el cambio climático sigue su camino depredador.

En segundo lugar, las manifestaciones no tienen mucha utilidad. Tal vez sirven para calmar la ansiedad y el sentimiento de culpa de las clases medias globales. Llevamos casi dos siglos haciendo manifestaciones, algunas gigantescas, con millones en las calles. Los resultados son siempre los mismos: luego de la euforia, la gente vuelve a su rutina y nada cambia.

Lo que nos hace falta, es organizarnos en cada territorio, en cada barrio y en cada colonia, para autogobernarnos y no depender de los gobiernos sino de las decisiones de nuestras comunidades. Cuanto más organizado está un pueblo, menos manifestaciones realiza. Así nos enseñan los mapuche, los mayas y tantos otros pueblos que construyen sus autogobiernos.

La manifestaciones están siendo performances mediáticas de individualidades urbanas que no encuentran (no encontramos) otros modos. No condeno las manifestaciones, en las que participo a falta de algo mejor. Pero debemos aceptar que son útiles cuando desembocan en alzamientos como los que suceden estos meses.

La tercera cuestión, tal vez la más importante, es que sólo vemos una parte de la responsabilidad del cambio climático. En efecto, las multinacionales y sus gobiernos son grandes responsables, tanto las de los países del Norte como las de los países emergentes. Pero no queremos ver que la cultura consumista que practicamos es una de las grandes responsables del caos climático y del colapso al que nos dirigimos.

Si no transformamos la cultura hegemónica, no sólo la de las clases dominantes sino también la de los sectores populares, no avanzaremos un solo paso en el combate al caos climático. Esa cultura gira en torno al consumismo. ¿Quién les dice a los hindúes, por ejemplo, que no compren más coches, cuando poseen cuarenta veces menos vehículos por habitante que los estadunidenses? Para reducir el consumo, sería necesaria una dictadura feroz.

En vez de acudir como manso relleno a esas conferencias, creo que debemos dedicar nuestros esfuerzos a la construcción de arcas comunitarias para afrontar la tormenta que ya se cierne sobre nuestros pueblos. Días atrás compartí un encuentro con la universidad trashumante en Córdoba, Argentina. Todas las familias de los barrios populares sufrieron asesinatos o violaciones. La tormenta sistémica ya está entre nosotros, pero no afecta a las clases medias (por ahora) sino a los pueblos originarios, negros y pobres.

¿Seguiremos haciendo foco en encuentros por arriba?

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¿Por qué hablamos de crisis civilizatoria? Breve genealogía de nuestro actual tiempo extraordinario

El tiempo que vivimos es un tiempo extraordinario. Todo está en juego. Las posibilidades de vida en el planeta Tierra, tal y como las conocemos, pueden cambiar radicalmente. Eso, más allá de diversos imaginarios sociales sobre colapsos y apocalipsis, tiene efectos concretos en los marcos de convivencia social, los ciclos de lluvia y períodos secos, en las migraciones, la producción y distribución de alimentos, la pérdida de los últimos refugios ecológicos, la conflictividad social y geopolítica por los recursos indispensables para la vida, el nivel de los océanos, el mantenimiento de las instituciones sociales y las infraestructuras, y un muy largo etcétera.

La diferencia de este, con tiempos anteriores, pudiésemos resumirla en tres factores: uno, que llegamos a límites de capacidad de muy buena parte de los sistemas sociales y ecológicos para soportar las perturbaciones y agresiones que están sufriendo estos; dos, que los eventos sociales y ecológicos van teniendo características de eventos extremos; y tres, que dichos sistemas tienden a la caotización y que por su alto nivel de integración (dada en buena medida la globalización) pueden generar una  cadena de acontecimientos o puntos de inflexión –que también pueden ser pensados como ‘efecto dominó’– con consecuencias imprevisibles.

Pero precisamente por las dimensiones y la profundidad de esta crisis, se nos abre una oportunidad para re-pensárnoslo todo, absolutamente todo. No es sólo el problema del cambio climático, que además no se puede ni se debe segmentar como problema. No vivimos sólo una crisis de las democracias o las instituciones modernas. Tampoco esta crisis puede explicarse únicamente por una ‘escasez’ de recursos o por un ‘desbordamiento’ demográfico. Y aunque es un factor determinante, tampoco es únicamente un problema de la crisis estructural del capitalismo.

Se trata de una crisis total, esencial y existencial, que trastoca incluso el orden de la vida en la Tierra (y por tanto de las otras especies que conviven con nosotros), que nos interpela como especie en relación a nuestro rol en ella. No basta entonces rastrear sólo el ‘error’ en nuestro propio proyecto de construcción social contemporáneo, sino también el cómo se fue configurando lo que podríamos llamar la verdadera Gran Divergencia (nada que ver con lo planteado por  Huntington y Pomeranz sobre el despegue del poderío de Occidente); esto es, la que se produjo entre los patrones civilizatorios dominantes de las sociedades humanas, y los ritmos y dinámicas ecológicas y simbióticas de la Naturaleza.

Por ello, necesitamos también rastrear los antecedentes de más largo alcance de esta crisis, una de carácter civilizatorio.

¿Por qué hablamos de crisis civilizatoria?
Brechas en el debate sobre Antropoceno

Desde hace unos dos lustros el debate sobre el surgimiento de una nueva era geológica, el ‘Antropoceno’, ha cobrado gran popularidad y difusión, no sólo en el ámbito de las ciencias, sino también de las ciencias sociales y sectores del activismo global (en buena medida vinculados a reivindicaciones ecológicas). El Antropoceno tendría la particularidad de ser un período geológico en el cual el principal factor de cambio y transformación en la Tierra sería el humano.

Entre varias de las implicaciones de este debate, una de las que nos parece más interesante es que permite inscribir el debate político sobre las causas y orígenes de la crisis ecológica actual, en la propia historia reciente del planeta Tierra. Esto resulta en una invitación a rastrear factores de mucho más largo alcance temporal, y no sólo los recientes cambios en el metabolismo de las sociedades industriales contemporáneas. Esto, a su vez, nos permite enlazar con la idea de que la crisis en la que estamos inmersos es en realidad una de carácter civilizatorio.

Dos de las principales polémicas que se han generado en torno al debate sobre el Antropoceno nos pueden ayudar a dejar más claro por qué hablar de una crisis civilizatoria. La primera, tiene que ver con la crítica que se le ha hecho al concepto, por colocar al humano en abstracto como responsable de la crisis, cuando en cambio esto ha sido el resultado de patrones específicos de poder que han generado divisiones sociales y desigualdades en los procesos de apropiación, usufructo y degradación de la riqueza natural. De ahí que  Jason Moore haya hablado del ‘Capitaloceno’, señalando que es precisamente el capital y todas sus estructuras de poder, el factor que define esta nueva era geológica; o bien, Christophe Bonneuil proponga el ‘Occidentaloceno’, haciendo referencia a la responsabilidad de la crisis por parte de los países ricos industrializados de Occidente.

La segunda polémica tiene que ver con el punto de origen del Antropoceno. ¿Cuándo se produce el punto de inflexión histórico que convierte al humano o al particular orden civilizatorio, en la principal variable de transformación geológica?

A nuestro juicio, esto es fundamental pensarlo no a partir de un solo punto de origen (dado que la historia no es lineal y luego de un punto de inflexión se producen nuevas tensiones y diversas posibilidades), sino en el escalamiento de al menos tres períodos que han sido determinantes para comprender, en su profundidad, el carácter de la crisis civilizatoria.

El Imperio de los combustibles fósiles

Vayamos de adelante hacia atrás. Ciertamente el período más evidente es el radical cambio de metabolismo social y de las relaciones espacio-temporales que se produce a escala global a partir de los siglos XVIII/XIX con las llamadas ‘Revoluciones Industriales’, que van a desembocar en un cada vez más acelerado sistema mundializado de extracción, procesamiento y consumo de naturaleza, sin precedentes en toda la historia de la humanidad. Este momento particular del Antropoceno va a ir en escalada hasta que a mediados del siglo XX (con la imposición del modelo capitalista de la posguerra) se va a configurar “La Gran Aceleración”, un proceso en el cual las tasas de uso de energía, crecimiento del PIB, crecimiento de la población, de las emisiones de CO2, entre otros se disparan a niveles insospechados, intensificando esta particular relación depredadora con la naturaleza. El período neoliberal, en el marco de la llamada ‘globalización’, va a intensificar aún más este proceso.

El período previo al del Imperio de los combustibles fósiles, y constitutivo del mismo, pudiésemos ubicarlo desde mediados/fines del siglo XV en lo que se entiende como la Génesis de la modernidad capitalista colonial. Este proceso allanó el camino al particular desarrollo histórico del capitalismo, y destaca, al menos para lo que tratamos de explicar, en tres aspectos: la expansión geográfica de circuitos comerciales que, por primera vez en la historia de la humanidad, va a crear un sistema y una economía mundial; una lógica de colonización civilizatoria imperante, también expansiva, que va a tener como uno de sus objetos fundamentales a la Naturaleza (bases para la conformación histórica del extractivismo); y la configuración de patrones de poder que, como lo plantea Donna Haraway, se originaron y expresaron con fuerza en la generación de plantaciones. De ahí que Haraway reformule la apreciación sobre el Antropoceno y proponga en cambio el término  Plantacionoceno, tomando en cuenta que en las plantaciones se evidenciaron (y se evidencian aún) la conjunción entre simplificaciones ecológicas –el disciplinamiento de las plantas en particular– y el diseño de sistemas de trabajo humano forzado en torno a ellas (basado generalmente en patrones racistas). Para Haraway fue la Plantación la que generó el legado de esta nueva era geológica.
La verdadera Gran Divergencia

Pero, ¿por qué no mirar más hacia atrás, muy atrás, para poder formularnos ciertas preguntas esenciales? Hay algo aún más constitutivo, más raizal de este proceso histórico, que tiene precisamente que ver con un quiebre particular que ocurre en la ‘larga’ historia del homo sapiens, que remonta a unos 300.000 años. Dicho quiebre es en realidad ‘reciente’, y pudiésemos ubicarlo en un proceso que se desarrolló desde hace unos 9.000-7.000 años con la llamada ‘Revolución neolítica’, a inicios del Holoceno.

Ciertamente en este período se va a ir generando una multiplicación de las comunidades horticultoras, las culturas sedentarias y el surgimiento de las sociedades agrícolas, lo que al mismo tiempo va a ir produciendo un desplazamiento y progresivo desvanecimiento de las sociedades cazadoras y recolectoras, de perfil igualitario, que fueron imperantes en tiempos previos (sociedades que no tienen por qué ser romantizadas). Pero lo esencial de este proceso no es sólo el desarrollo de unas particulares condiciones materiales que van a cambiar drásticamente la forma de vida de la humanidad, sino que previamente y en ellas fueron surgiendo jerarquías que fueron configurando estructuras sociales de la dominación de unos pocos por sobre otras mayorías.

La ecología social, en especial  la obra de Murray Bookchin, contribuye a comprender dos elementos cruciales cuando hablamos de estas jerarquías: el primero es que no hay que entenderlas sólo en su dimensión inter-subjetiva (la gradación desigual que se da entre personas), sino primordialmente en su sentido socio-político y epistemológico. Es decir, en cómo estas jerarquías particulares se terminan traduciendo en sistemas integrales de dominación y en cosmovisiones piramidales y/o lineales que rompen con concepciones holísticas y fragmentan la construcción social de la realidad. El segundo elemento es fundamental: las jerarquías y los sistemas integrales de dominación son también causa y efecto de la ruptura de la relación holística que las sociedades reproducían con la naturaleza, lo que se tradujo no sólo en un enfoque de dominio sobre la misma, sino también en esquemas de organización e interacción social que van diferenciarse notablemente de la forma como lo hacen el resto de las especies.

A este, como uno de los tres períodos determinantes para comprender, en su profundidad, el carácter de la crisis civilizatoria, lo llamaremos la verdadera Gran Divergencia, dada la brecha histórica que se abre desde entonces en la relación entre los humanos, y entre estos y la naturaleza. Este momento particular del antropoceno, va a devenir en la emergencia de las grandes civilizaciones, de las economías de excedentes, de la configuración de nuevos metabolismos sociales, del surgimiento de las estructuras estatales, de la génesis del patriarcado, de la sociedad de castas y clases, de las lógicas imperiales. Se expanden las disputas por la tierra cultivable, y por ende la guerra se hace cada vez más común. En este entorno, van emergiendo los asuntos políticos y militares, con claros patrones masculinos, y estos asuntos van a escindirse, jerárquicamente, sobre la esfera doméstica.

Pero es fundamental subrayar que esta, no tenía que ser necesariamente la única evolución histórica de la humanidad, ni mucho menos la única forma que adquiriese la configuración de las civilizaciones. El comienzo de la dominación de los patrones civilizatorios jerarquizados no supuso la desaparición de otras formas de relacionamiento socio-ecológico más igualitario y armónico. Más bien revela una disputa de esta lógica civilizatoria/racista/imperial contra toda su otredad. No es una disputa que deba ser entendida en código binario. Más bien hay una enorme diversidad, grises, matices, entrecruzamientos entre ellos.

Sin embargo, lo que queremos resaltar es que los sistemas de jerarquías, la dominación de la naturaleza y el patriarcado, preceden al sistema capitalista y la modernidad. Y no son rasgos naturales, ontológicos ni inevitables. Son en realidad la expresión de una historia reciente del homo sapiens en la Tierra.

Además de la apuesta post-capitalista, el cambio es civilizatorio

A pesar de su longevidad, al día de hoy estos patrones de poder, conocimiento, subjetividad y relacionamiento socio-ecológico, persisten, aunque varíen en muchas de sus características. Son estos los pilares de esta crisis civilizatoria y, como plantea Bookchin, debemos escarbar, hacer arqueología, construir genealogía, en la vasta y milenaria historia de la sociedad jerárquica. Si el cambio tiene que ser del modelo civilizatorio, esto, repitámoslo, pone ante nosotros la necesidad de re-pensárnoslo todo.

Sabemos que es un cuestionamiento radical, porque pone en cuestión no sólo al capitalismo histórico y la modernidad colonial, sino incluso los rasgos históricos dominantes de la propia condición humana. Pero nos invita y permite reformular toda la cartografía de la transformación socio-ecológica.

No parece bastar la apuesta post-capitalista si no podemos resolver, retejer, rearticular, reconstituir el vínculo esencial entre humanos y naturaleza, compaginar nuestro estar en la Tierra con los ritmos de la vida en el planeta. No parece bastar aquella apuesta sin desarmar al patriarcado, al racismo, los esquemas de dominación jerárquica, los binarismos, las cosmovisiones fragmentadas, sin recuperar la relación holística y de totalidad con la naturaleza.

¿Es posible reformular el proyecto civilizatorio sin contar con las otras especies vivientes? ¿Es posible superar el antropocentrismo en vías hacia una nueva senda biocéntrica? Si así fuese, ¿cuál sería nuestra forma, nuestra condición, nuestro rol como humanos en esa nueva ruta?

Estos dilemas no han podido aún ser resueltos, no sólo por los conductores políticos e institucionales, o por los voceros de los saberes científicos dominantes, sino tampoco por las fuerzas políticas contrahegemónicas principales; las izquierdas incluidas. Las ideas de transformación imperantes deben ser interpeladas, escrutadas. No sólo las de progreso y desarrollo, sino la propia idea de revolución. E incluso la de emancipación. ¿Qué se revoluciona? ¿Qué se emancipa? ¿Quiénes se emancipan? ¿Cómo? ¿Por qué medios? ¿A costa de qué?

Todo esto no es un llamado a una supuesta apoliticidad. Nuestra apuesta podría ser en cambio la búsqueda de nuevas y otras politicidades. Tampoco es un llamado a una vuelta al pasado ancestral. No es posible ningún retorno. Todo debe ser reformulado, transformado, creado, desde aquí y desde ahora; desde lo que somos. Vivimos un tiempo extraordinario, y como tal, requiere de nosotros acciones extraordinarias. Se trata de una oportunidad histórica para transitar hacia otro mundo, a otra forma de relacionarnos y reproducir la vida radicalmente diferente a esta que domina el mundo.

Más allá de ser sólo una ‘eco-utopía’, este es en realidad el camino que esta larga historia civilizatoria nos ha puesto enfrente, para transitarlo. La gran crisis no es ya un panorama futuro de tiempos difíciles, de tiempos que vendrán. Es en cambio el tiempo actual. Estamos ya al interior de la gran crisis.

Ante la confusión que reina, lo mejor es siempre consultar y recurrir a los principios de la naturaleza, que tiene sus propios ritmos, sus formas simbióticas, interdependientes, cooperativas y mutuales de reproducirse. De reajustarse, de adaptarse, de transformarse. Los comunes parece ser un horizonte político constituyente, en el que pueden converger las bases de un proyecto de gestión colectiva, descentralizada y eco-social. Pero el giro a los comunes no puede esperar mucho más. Este es el tiempo de los cambios. Es ahora.

19 diciembre 2019 0

Publicado enSociedad
Dos mundos, los negocios de los gobiernos y las empresas y los pueblos con sus alternativas reales: Silvia Ribeiro

«Desde Madrid, Silvia Ribeiro del ETC Group, nos muestra por dentro la cumbre y le da forma a los debates reales; desmenuza el 2.0 de los mercados de carbono y la ofensiva por instalar falsas soluciones con técnicas de geo-ingeniería». 

Así como cuando hablamos de crisis climática nos preguntamos ¿qué es lo que realmente está en crisis?, el fracaso rotundo de la COP25 de Madrid en un contexto de la mayor sensibilización mundial que tengamos registro, con enormes movilizaciones, con el negacionismo contra las cuerdas, con las alianzas novedosas entre sectores de lo más disímiles, nos lleva a preguntarnos ¿Quiénes realmente fracasaron?

Desde Madrid, Silvia Ribeiro del  ETC Group, nos muestra por dentro la cumbre y le da forma a los debates reales; desmenuza el 2.0 de los mercados de carbono y la ofensiva por instalar falsas soluciones con técnicas de geo-ingeniería. Mientras las potencias globales escalan su disputa como borrachos peleando en la cubierta del Titanic; y los dueños del capital, el famoso 1%, sólo atina a intentar nuevos negocios con el desastre que hicieron; los pueblos del mundo estamos llenos de alternativas concretas y andando para enfriar el planeta.

Su fracaso no es el nuestro. Sacar conclusiones y ampliar las experiencias en marcha es fundamental para quienes en Argentina hemos sido parte de la derrota del proyecto neoliberal, y buscamos evitar el inicio de un nuevo ciclo extractivo. Hay alternativas concretas y potentes frente al hambre y la crisis energética, pero no vienen de la mano del capital.

#COP25 | Mientras las evidencias del cambio climático son cada vez más contundentes y se reconocen niveles de emisiones que lejos de disminuir aumentan…

Huerquen: ¿De qué nos habla la crisis climática? ¿Qué es lo que realmente está en crisis?

Silvia Ribeiro: Es importante entender a la crisis climática como una de las principales crisis que enfrenta la humanidad. La situación es realmente grave porque efectivamente hay un desequilibrio del clima, pero es parte de una crisis generalizada, tanto ambiental, de salud y económica en todo el planeta; económica en el sentido de injusticia, pero también dentro del propio capital digamos que hay crisis. La crisis climática responde a que hay una concentración mucho mayo del dióxido de carbono y de otros gases que se llaman “de efecto invernadero” (GEI) en la atmósfera y que jamás en la historia de nuestra especie sobre la tierra hay registro de tanta concentración de ellos. Esto hace el efecto de invernadero con la energía solar que entra a la tierra y no sale por estos gases produciendo el calentamiento global.

Es una crisis que no está separada a la crisis que hay en cuento a la devastación de la biodiversidad, la contaminación de las aguas, la liberación de tóxicos y químicos a los que estamos expuestos; contaminación aérea, de suelos, de alimentos… quiero decir que todo se trata en realidad del sistema de producción y consumo industrial que es la base del capitalismo, y que está dominado por muy pocas corporaciones. De hecho la concentración económica nunca ha sido tan grande. En este momento el 1% más rico de la población mundial tiene lo mismo que el 50% más pobre. Este afán de lucro es lo que hace que estemos ante esta crisis ambiental, de recursos, de salud y de enorme, enorme injusticia, que es el contexto de la crisis climática.

El clima del planeta interactúa con todos los sistemas vivos del planeta, entonces el desequilibrio del clima está significando un aumento de los fenómenos como huracanes, sequías e inundaciones; todos síntomas del cambio climáticos. En realidad de lo que depende es de la emisión de gases que son producidos por un sistema energético basado en combustibles fósiles: petróleo, gas y carbón, y del modelo agroalimentario industrial.

Las empresas petroleras de ninguna manera están dispuestas a renunciar a las enormes inversiones que tienen en infraestructura ni a las enormes reservas que poseen. Se calcula que a nivel de reservas hay unos 28 billones (millones de millones) de dólares de petróleo y hay una infraestructura instalada de alrededor de 55 billones de dólares a nivel mundial. Además la industria de los combustibles fósiles es la industria que más subsidios públicos reciben en el mundo. En 2015 varias organizaciones calcularon que la industria petrolera recibe 10.000 dólares por minuto de subsidios públicos… cada minuto, todos los días. O sea que además de estar destruyendo el planeta y a la vida de la gente reciben enormes cantidades de dinero que pagamos todos y todas.

Hqn: Justo ahora estás en Madrid en la COP25. ¿Podrías compartirnos algo del clima en el que se desarrollan las deliberaciones? ¿Hay cuestiones en debate sobre las que los pueblos podemos esperar algún elemento concreto para mejorar la situación?

SR: Ahora estoy hablando a fines de la cop25, del convenio marco del cambio climático. La parte de las Naciones Unidas que se dedica a este tema y teóricamente a enfrentarlo pero este convenio que se inició en la cumbre de Río de 1992 en estos 25 años no ha logrado, no sólo parar el cambio climático, sino que en muchos casos lo ha empeorado porque han permitido la instalación de los mercados de carbono.

Los Mercados de Carbono (MdC) permiten que alguien que produzca enormes emisiones de GEI (que son sobre todo dióxido de carbono pero también es el metano o el óxido nitroso) en lugar de reducirlas, en lugar de cambiar, lo que hacen es pagarle a otro país o a otro lugar bonos o créditos de carbono en supuesta compensación. Y construyen un mercado donde estos bonos se pueden comerciar. El MdC que se instaló a partir del Protocolo de Kioto no ha tenido ningún efecto en bajar las emisiones de gases porque solamente funciona como un nuevo negocio. Permite que los contaminadores sigan contaminando porque en teoría le pagan a otro para que no contamine, cuando ese otro ya no estaba contaminando. Y tienen un efecto peor porque además todos estos bonos y créditos se venden en mercados secundarios para cumplir con legislaciones como las europeas que tienen un “techo” de emisiones. Por ejemplo la Shell que es una de las principales empresas petroleras del mundo puede estar (y lo ha hecho) matando gente que se opone a la explotación petrolera en Nigeria, que además son indígenas que están en su territorio, o la  Texaco en Ecuador; y al mismo tiempo decir que están conservando un bosque en ese mismo país o en el país de al lado, y por conservar sus bosque limitan y desplazan a la gente que vive ahí. O sea que además que no hacen nada para el clima tienen una cantidad tremenda de impactos sobre los pueblos que viven en los bosques o que dependen de los ciclos hidrológicos. Y después lo venden como si fueran proyectos que están “ayudando frente al cambio climático”.

Lo que hay ahora es una presión grande a partir de la firma del Acuerdo de París, que firman los gobiernos en el marco de convenio de cambio climático de Naciones Unidas, donde se comprometen a evitar que la temperatura suba más de 1,5 grados hasta el año 2100 (mantenerla por debajo de los 2 grados). Lo malo es que este Acuerdo de París en su artículo 2 dice que no se comprometen a bajar directamente las emisiones de GEI sino que tiene que haber un “equilibrio entre las emisiones y lo que se reabsorbe”, o sea entre emisiones y sumideros. Eso en vez de tomar medidas reales para cambiar lo que provoca el cambio climático, plantea una contabilidad que abre la puerta a nuevos mercados de carbono. Intercambios en vez de verdaderas reducciones.

Hasta ahora estaban referidos sobre todo a las normativas del Protocolo de Kioto, dentro del convenio de naciones unidas, y el convenio termina en el año 2020. Entonces una de las cosas centrales que se está discutiendo en esta COP25 es que, como ya termina el marco que permitía el intercambio de carbono, es como se va a sustituir ese mecanismo y nuevamente… (esto está en el artículo 6 del Acuerdo de París) se habla de cómo van a ser estas transferencias entre países con la participación de empresas; cómo se van a transferir estas responsabilidades. Esto es una locura. Para ponerlo claro: se acaba el marco de mercado de carbono que daba el Protocolo de Kioto e iniciaría un nuevo mecanismo con la misma lógica. Los países que emiten mucho pueden hacer acuerdos con los países que emiten poco y “compensar”.

A esto se han opuesto todas las organizaciones de la sociedad civil, salvo las grandes ONG conservacionistas como el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), The Nature ConservancyConservation Internacional, el World Resources Institute que son grandes organizaciones sobre todo internacionales o basadas en Estados Unidos, que se llaman “conservacionistas” y son las únicas que apoyan el uso de los mercados de carbono. En general todas las demás organizaciones ambientalistas, sociales e indígenas se oponen al uso de mercados de carbono por los impactos que tienen en el medio ambiente y sobre los territorios.

Entonces en esta COP lo que se ha discutido un poco como tema central es ese y es una de las cosas que se han rechazado. Hubo incluso una protesta muy grande que se dio adentro del convenio, no solamente afuera como siempre pasa y como no estaba autorizada (porque hay que pedir hacerlo) hubo una represión violenta por parte de la policía de naciones unidas.

Lo cuento porque la paradoja de esto es que mientras en todo el mundo hay una cantidad de alzamientos porque la gente no soporta los regímenes de explotación instalados, que no se hacen cargo de las necesidades frente a las crisis de lo que sean, por otro lado dentro de naciones unidas alrededor de uno de los temas que ha levantado más protestas en el mundo (todo el movimiento juvenil etc) hay como una burbuja. Aquí se sientan los delegados de los países y lo que piden es cómo instalar nuevos mecanismos de mercados de carbono, no se ha dado ninguna respuesta a la necesidad de financiamiento de los países del sur para, por ejemplo reconversiones tecnológicas o para hacer frente a los daños que ya ha provocado el cambio climático. La paradoja es que por un lado está la gente realmente en la calle protestando por lo que vive directamente por el cambio climático o lo que entendemos que va a suceder, y por otro lado los gobiernos y las empresas adentro utilizando a la policía española y de naciones unidas para reprimir a la gente.

Dentro de la conferencia están Iberdrola, Santander, Repsol que son las compañías españolas que han pagado la infraestructura de la COP, y estaban adentro de las salas de reunión junto a los ministros de los gobiernos hablando de las contribuciones que van a hacer.

Hqn: Frente a este escenario los mismos responsables de la crisis climática proponen “soluciones” como la geoingeniería. ¿Qué es?

SR: En esta COP ha aparecido claramente y que venía de antes, que es la relación entre las industrias sobre todo de combustibles fósiles y la geoingeniería, o sea la manipulación del planeta a través de tecnologías de gran escala que teóricamente servirían para absorber carbono y enterrarlo, o crear nubes volcánicas para reflejar la luz del sol por ejemplo. Entonces de nuevo, son formas técnicas que la industria petrolera ha estado estudiando desde hace mucho tiempo y que les sirve como una nueva fuente de negocios y como una manera de decir “sí, vamos a seguir emitiendo pero tenemos tecnologías para manejar los síntomas del cambio climático”.

Sobre esto pueden leer mucho más en el  Monitor de Geo-ingeniería en donde varias organizaciones, entre ellas el  Grupo ETC, colocamos información sobre lo que es la geo-ingeniería, las técnicas propuestas, los impactos que tienen, y que tengamos una idea más precisa de lo que nos estamos refiriendo.

En esta COP en particular por lo menos dos tecnologías estuvieron por primera vez muy presentes a través de diferentes eventos. O sea, eventos paralelos mientras están las negociaciones. Las COP son como un gran festival donde las empresas, como por ejemplo la Asociación Internacional de Comercio de Emisiones de Carbono, los bancos internacionales, las empresas, tienen sus propios stand donde muestran lo que ellas piensan que sería oportunidades de negocios con el cambio climático. Es muy preocupante porque ha habido una directa manifestación con respecto a técnicas de geo-ingeniería como la “captura y almacenamiento de carbono”. Esta es una técnica inventada por la industria petrolera. En ella inyectan grandes cantidades de carbono a grandes profundidades, por lo menos 1.500 metros en pozo petroleros que tienen reservas profundas, entonces es una manera de empujar el petróleo de las reservas profundas hacia la superficie. O sea explotan más petróleo pero como el dióxido de carbono se liquidifica y se queda en el fondo (es una técnica petrolera que existe desde hace décadas para recuperar reservas profundas) le cambian el nombre y le ponen “captura y almacenamiento de carbono” y lo venden como una “técnica climática”. Esto no es que sucedió en esta COP, pero en esta COP han habido muchas menciones a que esta técnica como una solución. Que se emita el carbono pero después sacarlo del aire e inyectarlo para, paradójicamente, sacar más petróleo o dejarlo en fondos submarinos. El tema con estas tecnologías además son todos los peligros que implican; porque el dióxido de carbono en grande condiciones es tóxico y de ninguna manera está garantizado que se va a quedar en el fondo; puede incluso producir movimientos de tierra o temblores, un poco parecido al fracking aunque es otra tecnología que va mucho más profundo. Pero sobre todo es una estafa porque es un nuevo negocio para mismas industrias que provocan el cambio climático y al mismo tiempo se hace cree que con esto no es necesario hacer reducciones de emisiones de GEI reales. Hay que agregar que incluso si se usara este tipo de tecnología no sería suficiente: en este momento hay instalados unos 15 proyectos en el mundo y se necesitarían decenas de miles para que tuvieran un impacto. Entonces son tantos los aspectos de falsedad en cuanto a que es una tecnología que explota más petróleo, que además es una técnica para hacer negocios de las mismas empresas y además ni siquiera está realmente disponible, pero que da la imagen de que se puede usar esto para no tener que hacer reducción de emisiones reales.

Otro tema que es sumamente preocupante es que están hablando no solamente de captar carbono y enterrarlo sino también de hacer plantaciones masivas de biomasa, así le llaman. O sea biomasa con captura y almacenamiento de carbono (que en inglés  BECCS). De esta manera dicen que habría que plantar millones y millones de hectáreas de monocultivos de árboles u otra biomasa que podría ser soja, para después eso quemarlo y producir “bioenergía” capturando el carbono con las plantas. Todo esto es una vuelta más de la perversión, de la falsedad, porque da la imagen de que se está haciendo algo cuando tendría todos los problemas de las grandes plantaciones. Para que tuviera algún efecto en el cambio climático tendría que plantarse una superficie como 3 veces México o 2 veces la India… o sea, que no hay la cantidad de tierra para hacer eso, y habría que avanzar sobre territorios que ahora se usan para producción de alimentos o bosques naturales, y esto provocaría deforestación de ecosistemas y desplazamiento de indígenas y comunidades donde los bosques son parte de su modo de vida. Entonces la cantidad de impactos sería enorme.

Todo esto se habla como parte de la geo-ingeniería y como una opción posible que además fue señalada por el panel intergubernamental de cambio climático IPCC, que es como la referencia científica del convenio, diciendo de que si no se reducen las emisiones en el tiempo que hay que hacerlas habría que usar este tipo de tecnologías. Esto está subyacente también en las negociaciones que se están haciendo en este convenio.

Hqn: En tu opinión ¿de qué depende que podamos revertir el rumbo de abismo que representa el aumento de la temperatura global?

SR: Lo paradójico es que no hay necesidad de desesperarse porque aunque la situación es grave, como en tantas otras cosas, sí tenemos soluciones reales y las planteamos tanto adentro como afuera de la COP. Yo estoy hablando desde Madrid pero esto se ha planteado en la  Cumbre de los Pueblos en Chile, como acá en la Cumbre Social. Adentro lo hemos planteado tanto la Red Ambiental Indígena, la Red de Justicia Climática de Estados Unidos, organizaciones de África como la Fundación Home, nosotros de ETC Group, todos los que estamos en la campaña “ No Manipulen La Madre Tierra” que es una campaña internacional de organizaciones que nos oponemos a la geo-ingeniería.

Las soluciones al cambio climático pasan por supuesto en cambiar ese modelo extractivista y basado en la producción y el consumo industrial; o sea a las bases del capitalismo y el capitalismo en sí mismo. La más potente de todas las alternativas es la producción de alimentos; cambiar la cadena agroindustrial reafirmando lo que hoy ya alimenta a la mayoría de la población del mundo, que son la redes campesinas e indígenas de producción de alimentos descentralizados, a través de la agroecología y la agricultura urbana. La organización GRAIN demostró que  más o menos la mitad de los GEI están relacionados al sistema alimentario agroindustrial, no solamente la producción, sino el procesamiento y los desplazamientos a nivel mundial.

Hqn: Hay alguna experiencia de organización popular concreta que te de esperanzas en medio de este caos sobre la que te gustaría hablarnos

SR: Hay muchísimas. La producción descentralizada y localizada, agroecológica, que ya existe en muchas partes del mundo aunque no se llame así, existe y llega a la mayor parte de la humanidad. Esto está amenazado porque aunque es la mayoría de la gente solamente dispone del 25% de la tierra, apenas accede al 10% de agua, tiene poca energía aunque mucho lo recicla o es eficiente energéticamente, no produce desperdicios. Entonces todo ese sistema no solamente está produciendo alimentos y formas de vida buenas para la salud y el ambiente, sino que previene el cambio climático y la contaminación.

Acá también se presentaron grupos que trabajan con energías renovables de distinto tipo a nivel local. Aunque cuidado porque bajo las energías renovables, tanto solar como eólica que serían menos contaminantes, también están en manos de empresas trasnacionales. Pero también hay muchísimos ejemplos de soluciones locales en manos de la gente y en pequeña escala.

Es importante entender que la clave no está en una sola tecnología o un solo tipo de energía, sino que justamente se basa en la diversidad, en la comunidad, en la posibilidad de que las comunidades urbanas y rurales seamos capaces de tomar decisiones colectivas sobre cómo queremos y podemos producir todo, nuestra energía y nuestra comida.

Esto realmente está avanzando en muchos lugares. Entonces es muy paradójico, como si hubiera dos mundos: por un lado el mundo de los gobiernos y de las empresas que usan el represión en muchos niveles y el avance de estos modelos que no son soluciones; pero por otro lado se mantienen y crecen en muchos lugares no sólo las formas de resistencia sino las propuestas y alternativas reales a todo esto y que se contraponen a lo anterior.

Lo que vemos en la COP25 es que los gobiernos en lugar de avanzar hacia lo que es urgente y necesario hacen lo contrario y pretenden establecer mercado de carbono y tecnologías sumamente peligrosas como la geo-ingeniería; además garantizar que siga la explotación petrolera con enormes subsidios públicos. Pero como contraposición hay una crítica cada vez más extendida y redes concretas de solidaridad de jóvenes, de indígenas, de campesinos de ambientalistas, de sindicatos, de organizaciones feministas; todo eso estaba acá presente y seguimos en redes de justicia climática.

Fuente: Huerquen, comunicación en colectivo

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Regenerando soluciones para las personas y el planeta

El mundo se está movilizando para enfrentar los embates de cambio climático. Ya no es necesario seguir modelando el impacto del CO2 acumulado en la atmósfera. Las consecuencias las estamos viendo día a día y la ciencia lo confirma: las temperaturas han aumentado en ciertas regiones del mundo, las sequías son más prolongadas y las tormentas más fuertes y frecuentes en zonas que ya son vulnerables y poseen recursos limitados para enfrentarlas.

Adaptarse a estos cambios es algo urgente. Actuar para que el impacto del aumento de la temperatura del planeta se detenga se ha convertido en imperativo para un gran número de países, mientras para muchos estados insulares se trata de una lucha por su sobrevivencia. De allí el acuerdo logrado en París en 2015 firmado por cientos de países.

Se habla de reciclar, reutilizar, evitar envases de plástico, comer de manera balanceada, no desperdiciar lo que comemos, usar la bicicleta como medio de transporte y una larga lista de acciones que en el ámbito del ciudadano común ayudan a que nuestra huella en el ambiente sea menor. Sin embargo, el ritmo de emisión de gases va más allá de acciones individuales. Se requiere una transformación colectiva y urgente.

Estos cambios no se dan de un día para otro. Por eso necesitamos ganar tiempo, tiempo del que nos queda poco. Sin embargo, hay respuestas inmediatas y bastante sencillas. Estas respuestas se encuentran en nuestro entorno. Son soluciones basadas en la naturaleza. La tierra que está debajo de nuestros pies posee un inmenso potencial restaurador y de curación del planeta; esta solución basada en la naturaleza puede mitigar significativamente las emisiones excesivas que han acelerado el cambio climático.

Según estudios de la FAO y del Instituto Tecnológico de Zurich (ETH), es posible recuperar tierras degradadas sin competir con la producción de alimentos, las áreas protegidas o las áreas urbanas con un impacto planetario inmenso. Para que esto se haga realidad, varios expertos han estimado que se requieren 300 mil millones de dólares para implementar el grueso del plan y restaurar 900 millones de hectáreas de tierras degradadas. Ciertamente, las soluciones basadas en la naturaleza que proponemos brindarían sólo un alivio temporal de unos 20 años y luego tendría que complementarse con opciones novedosas de los sectores del transporte y la energía, usualmente más intensas en capital.

El plan que proponemos requeriría que los países aprovechen el potencial de restaurar sus tierras: Argentina, por ejemplo, tiene el potencial de reforestar 6 millones 284 mil hectáreas de bosques, aumentando en 232 por ciento su superficie forestal actual. Brasil podría sumar 8 millones 270 mil hectáreas de bosques. México tiene espacio para aumentar en 96 por ciento su superficie forestal, sumando 6 millones 326 mil hectáreas a su superficie forestal actual.

Por supuesto cada quien debería soberanamente decidir si restaura con nuevos bosques donde antes no los había, regeneración natural asistida, plantaciones forestales, pastizales o con combinaciones de éstas y otras opciones menos obvias como regenerar suelos o humedales.

Este plan no puede implementarse en solitario. Se requiere esfuerzo y coordinación a escala internacional para adoptar medidas obligatorias para revertir, mitigar o frenar las consecuencias del cambio climático.

El continente americano podría responder por un tercio del total mundial de este plan, con los dos tercios restantes repartidos entre Europa y África, donde Europa pondría el dinero y África la tierra y la mano de obra. En Asia se realizaría el tercio restante, con el apoyo de China, India, Rusia, Australia, Japón y Corea del Sur. Esta opción basada en la naturaleza daría esperanza a los estados insulares de sobrevivir y amainaría el ritmo del cambio climático. Ganaríamos tiempo, nos enseñaría a implementar proyectos y a medir su impacto, y nos mostraría la importancia de una acción solidaria en la que todos aportamos algo.

Materializar este plan para los próximos 20 años es un desafío que requiere recursos financieros, humanos y sobre todo voluntad política. Ello permitirá balancear las emisiones y evitar que en las próximas dos décadas se agrave la concentración de gases en la atmósfera, dando a los países un horizonte razonable para implementar otras alternativas y –aún más importante– para que la comunidad internacional pueda repensar el modelo de crecimiento que nos ha llevado a esta crisis global.

Por René Castro* y Julio Berdegué**

* Subdirector general de FAO encargado de cambio climático

** Representante regional de la FAO para América Latina y el Caribe

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