Retroceso laboral de las mujeres por la pandemia

En 2020 se registró una contundente salida de mujeres de la fuerza laboral, quienes, por tener que atender las demandas de cuidados en sus hogares, no retomaron la búsqueda de empleo.

 

"El impacto en el nivel de ocupación y condiciones laborales de las mujeres en América Latina y el Caribe generó un retroceso de una década en los avances logrados en materia de participación laboral en el continente", afirmó Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Cepal, durante la presentación del informe especial Covid-19 sobre la autonomía económica de las mujeres en la recuperación pospandemia

Según el documento, en 2020 se registró una contundente salida de mujeres de la fuerza laboral, quienes, por tener que atender las demandas de cuidados en sus hogares, no retomaron la búsqueda de empleo, La tasa de participación laboral de las mujeres (es decir, mujeres buscando trabajo) se situó en 46 por ciento en 2020, seis puntos por debajo que en 2019, cuando 52 por ciento de las mujeres en América Latina y el Caribe estaba trabajando o buscando trabajo. La de los hombres también cayó, pero sigue siendo significativamente mayor incluso que en niveles pre pandemia: 69 por ciento. 

Con este dato, el nivel de desempleo (que es un cociente entre la población desocupada y la que busca trabajo) puede llegar a dar más bajo. La Cepal calculó que el 12 por ciento de mujeres desempleadas en 2020 se elevaría al 22,2 por ciento si se asume la misma tasa de participación laboral de las mujeres de 2019. Es decir, si se asume que la cantidad de mujeres buscando trabajo disminuyó no por falta de necesidad de ingresos sino por frustración o un aumento de la demanda de las tareas de cuidado.

Por sector

Además de los efectos a nivel agregado, se esperan impactos de distinta magnitud en los sectores económicos. Desde el punto de vista de género, muchos de ellos cuentan con alta participación femenina, lo que impacta en el  vínculo con el trabajo de las mujeres. El 56,9 por ciento de las mujeres que participan del mercado laboral están expuestas por trabajar en sectores de alto riesgo como el comercio; la manufactura, sobre todo las maquilas en méxico y el Caribe; en el turismo, donde una de cada diez mujeres vivían de ese sector en el Caribe; hogares (trabajo doméstico remunerado); actividades inmobiliarias y servicios administrativos y de apoyo.

Uno de los más dañinos en términos de género, informalidad y a su vez imprescindibilidad es el trabajo doméstico remunerado. Se caracteriza por un alto nivel de precarización, y por la imposibilidad de ser realizado de forma remota, por lo que ha sido uno de los sectores más golpeados por la crisis. En 2019, previo a la pandemia, alrededor de 13 millones de personas se dedicaban al trabajo doméstico remunerado, el 91,5 por ciento mujeres. No obstante, en el segundo trimestre de 2020 los niveles de ocupación en el trabajo doméstico remunerado cayeron en la mayoría de los países, incluso por encima del 40 por ciento en el caso de Chile, Colombia y Costa Rica.

En este marco, Bárcena alentó a los gobiernos a “priorizar en sus estrategias de vacunación al personal de salud -incluidas las personas que prestan servicios asociados de limpieza, transporte y cuidados-, y a quienes se desempeñan en los sistemas educativos y en el trabajo doméstico, en su mayoría mujeres, que son un pilar fundamental para el cuidado y la sostenibilidad de la vida”.

El sector salud tampoco queda exento de la discriminación por género: un 73,2 por ciento de empleadas en el sector de la salud son mujeres que han tenido que enfrentar una serie de condiciones de trabajo extremas, como extensas jornadas laborales, que se suman al mayor riesgo al que se expone el personal de la salud de contagiarse del virus. Todo esto en un contexto regional en el que persiste la discriminación salarial, porque los ingresos laborales de las mujeres que trabajan en el ámbito de la salud son un 23,7 por ciento inferiores a los de los hombres del mismo sector”, remata Alicia Bárcena.

Reactivación económica 

Ante este análisis de situación, desde la Cepal planten propuestas concretas para lograr una recuperación transformadora con igualdad de género. "Además de transversalizar la perspectiva de género en todas las políticas de recuperación, se requieren acciones afirmativas en el ámbito de las políticas fiscales, laborales, productivas, económicas y sociales, que protejan los derechos de las mujeres alcanzados en la última década, que eviten retrocesos y que enfrenten las desigualdades de género en el corto, mediano y largo plazo", afirma Bárcena. 

En este contexto, “urge promover procesos de transformación digital incluyentes que garanticen el acceso de las mujeres a las tecnologías, potencien sus habilidades y reviertan las barreras socioeconómicas que estas enfrentan, de manera de fortalecer su autonomía económica”, subrayó Alicia Bárcena. Resaltó el reducido esfuerzo fiscal del 1 por ciento del PBI regional que conlleva la propuesta de canasta básica digital de la Cepal (que incluiría una conexión básica y un dispositivo para 40 millones de hogares no conectados a Internet). El organismo calcula que podría impactar positivamente en una de cada cuatro mujeres del continente latinoamericano.

Por otro lado, aseguró que América Latina y el Caribe debe invertir en la economía del cuidado y reconocerla como un sector dinamizador de la recuperación, con efectos multiplicadores en el bienestar, la redistribución de tiempo e ingresos, la participación laboral, el crecimiento y la recaudación tributaria.

Además, destacó la importancia de “avanzar en un nuevo pacto fiscal que promueva la igualdad de género y que evite la profundización de los niveles de pobreza de las mujeres, la sobrecarga de trabajo no remunerado y la reducción del financiamiento de políticas de igualdad”.

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La pandemia refuerza la miseria de los sectores empobrecidos

La brecha económica y social, más profunda que nunca

Los más ricos del mundo se recuperaron en 9 meses 

Los más pobres del planeta, necesitarán 10 años

 

Mientras los más pobres del mundo necesitarán al menos una década para recuperarse de la crisis actual, los multimillonarios –las mil mayores fortunas del planeta- recuperaron en solo 9 meses sus pérdidas momentáneas.

Así lo sostiene el Informe El virus de la desigualdad publicado este 25 de enero (https://www.oxfam.org/es/informes/el-virus-de-la-desigualdad) por la ONG internacional Oxfam. Aparece el mismo día en que el Foro de Davos comienza su edición virtual 2021. Denominado la Agenda de Davos, el Foro Económico Mundial se da cita entre el 25 y el 29 de enero conectando a más de mil participantes, representantes del mundo económico y del poder político.

El informe de Oxfam refuerza, acompaña y fundamenta, también, las múltiples reflexiones que a partir el pasado sábado 23 y hasta el 31 de enero promueve el Foro Social Mundial virtual. Según los organizadores, al 24 de enero, se registraban 7660 inscriptos de 134 países y 660 actividades previstas. En muchas de las cuales el tema central gira en torno al impacto de la pandemia y las alternativas sociales y populares para superarlo.

Oxfam hace parte de la Protesta Global para luchar contra ladesigualdad(https://www.fightinequality.org/ ), una alianza internacional que convoca a movilizaciones en diversos países de Asia, África y América Latina en esta última semana de enero.

En su informe se pregunta cómo recomponer un mundo devastado por el coronavirus ( https://www.oxfam.org/es/informes/el-virus-de-la-desigualdad) en el cual más de dos millones de personas han perdido la vida, y cientos de millones se están viendo arrastradas a la pobreza. Y anticipa una respuesta global: se ha demostrado que “es posible poner en marcha políticas transformadoras que antes de la crisis eran impensables. No hay vuelta atrás. No podemos volver a donde estábamos. En lugar de ello, la ciudadanía y los gobiernos deben responder a la urgente necesidad de construir un mundo más justo y sostenible”, enfatiza. Con el convencimiento que la acción de los gobiernos es esencial para proteger la salud y los medios de vida, acota.

El diagnóstico pre-crisis, según la ONG, evidencia “la fragilidad colectiva, así como la incapacidad de nuestra economía, profundamente desigual, de beneficiar al conjunto de la sociedad”. Y recuerda, por ejemplo, que según Forbes, entre marzo y diciembre del 2020, la fortuna de las 10 personas más ricas del mundo (milmillonarias) creció en 540.000 millones de dólares. Se refiera a: Jeff Bezos, Elon Musk, Bernard Arnault (y familia), Bill Gates, Mark Zuckerberg, Larry Ellison, Warren Buffett, Zhong Shanshan, Larry Page y Mukesh Ambani.

Para la elaboración de El virus de la desigualdad se entrevistaron a 295 economistas de 79 países. El 87 % de ellos comparte esta caracterización de la crisis y de las opciones futuras. Y concuerda con el pronóstico que la desigualdad de ingresos va a seguir creciendo en sus respectivos países a consecuencia de la crisis sanitaria.

La ONG cita a Antonio Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas, con quien comparte el diagnóstico actual de la civilización humana. “Se ha comparado al COVID-19 con una radiografía que ha revelado fracturas en el frágil esqueleto de las sociedades que hemos construido y que por doquier está sacando a la luz falacias y falsedades: la mentira de que los mercados libres pueden proporcionar asistencia sanitaria para todos; la ficción de que el trabajo de cuidados no remunerado no es trabajo; el engaño de que vivimos en un mundo post-racista; el mito de que todos estamos en el mismo barco. Pues si bien todos flotamos en el mismo mar, está claro que algunos navegan en superyates mientras otros se aferran a desechos flotantes”.

Datos desgarradores

Y la ONG hace su propia descripción del planeta Tierra. Un mundo en el que casi la mitad de la humanidad tiene que sobrevivir con menos de 5,50 dólares al día, en el que, durante 40 años, el 1 % más rico de la población ha duplicado los ingresos de la mitad más pobre de la población mundial y, en el cual el último cuarto de siglo, el 1 % más rico de la población ha generado el doble de emisiones de carbono que el 50 % más pobre, agravando la destrucción provocada por el cambio climático.

Analizando datos esenciales, Oxfam afirma que la pandemia de COVID-19 tiene el potencial de aumentar la desigualdad económica en prácticamente todos los países del mundo al mismo tiempo, realidad hasta ahora desconocida –en cuanto a ese nivel de impacto global- desde hace más de un siglo, cuando se comenzaron a registrar datos esenciales.

El aumento de la desigualdad podría obligar a que se tarde, como mínimo, 14 veces más en reducir la pobreza -hasta el nivel previo a la pandemia- que el tiempo que han tardado las mil personas más ricas del planeta -en su mayoría hombres blancos- en recuperar su riqueza. 

“La recesión ya ha acabado para los más ricos”, afirma Oxfam. Desde el inicio de la pandemia, incluso, la fortuna de las 10 personas más ricas del mundo ha aumentado en medio billón de dólares, cifra que permitiría financiar sin problema alguna la vacuna universal contra el COVID 19. En paralelo, esta situación sanitaria desencadenó “la peor crisis laboral en más de 90 años, y cientos de millones de personas se encuentran subempleadas o sin trabajo”.

Una vez más las mujeres y los sectores marginalizados pagan los precios más altos de la crisis, afirma la ONG coincidiendo con diversos informes que en los últimos meses han publicado organismos de las Naciones Unidas, como la OIT, FAO, PNUD etc. A nivel mundial, las mujeres están sobrerrepresentadas en trabajos mal remunerados y precarios, que han sido los que más se han visto afectados por la crisis del COVID-19, enfatiza. Las mujeres constituyen aproximadamente el 70 % de la fuerza laboral a nivel mundial en el ámbito de la salud y la atención social, empleos esenciales, pero a menudo mal remunerados que además las exponen a un mayor riesgo de contraer el virus.

En Brasil, por otra parte, las personas afrodescendientes tienen un 40 % más de probabilidades de morir a causa del coronavirus que las personas blancas. En Estados Unidos, si la tasa de mortalidad de las personas de origen latino y afroamericano hubiese sido la misma que la de las personas blancas, se hubieran podido evitar 22.000 decesos de esos grupos.

Las zonas más pobres de países como España, Francia e India presentan tasas de infección y mortalidad más elevadas. En el caso de Inglaterra, las tasas de mortalidad de las regiones más pobres duplican a las de las zonas más ricas.

Un reciente estudio científico muestra que el impacto del COVID 19 en los barrios más populares de la ciudad suiza de Ginebra -sede principal europea de las Naciones Unidas- es significativamente mayor que en las zonas de población rica de la misma ciudad. El estudio fue dirigido por el doctor Idris Guessous, responsable de uno de los servicios del Hospital ginebrino HUG. ( https://lecourrier.ch/2021/01/19/plus-dimpact-dans-les-quartiers-pauvres/ ).

El Programa Mundial de Alimentos (PMA) de las Naciones Unidas estima que, a causa de la pandemia, el número de personas en situación de hambre extrema alcanzaría los 270 millones de personas a finales de 2020, lo que supone un incremento del 82 % con respecto a 2019. Con estas cifras, Oxfam calculó que la crisis provocada por la pandemia sería la causa de que murieran de hambre entre 6.000 y 12.000 personas al día a finales de 2020.

Perspectivas

En cuanto al futuro, OXFAM no duda en desarrollar su hipótesis rectora. La clave para lograr una rápida recuperación económica frente a la pandemia es la adopción de modelos económicos más justos.

Y tomar medidas que están a la mano y que solo exigen una clara voluntad política de los Gobiernos. Por ejemplo, la imposición de un impuesto temporal sobre los beneficios excesivos obtenidos por las 32 multinacionales que mayor riqueza han acumulado desde que comenzara la crisis, hubiera permitido en 2020 una recaudación de 104.000 millones de dólares. Cantidad suficiente para financiar prestaciones por desempleo para trabajadores y trabajadoras, así como para proporcionar apoyo económico al conjunto de niños, niñas y personas mayores de los países de renta media y baja.

Oxfam finaliza su informe proponiendo Cinco pasos para conseguir un mundo mejor. Mas igualdad; economías más humanas; libre de explotación y con seguridad de ingresos; donde los más ricos paguen los impuestos que les correspondan de manera justa; y se priorice la seguridad climática.

Y sostiene que la construcción de “nuestro nuevo mundo debe basarse, en primer lugar, en una reducción radical y sostenida de la desigualdad”. Los gobiernos deben establecer metas concretas de reducción de la desigualdad, y sujetas a plazos precisos. El objetivo no debe limitarse a volver a los niveles de desigualdad previos a la crisis, sino que debe ir más allá para construir, con carácter de urgencia, un mundo más justo.

La lucha contra la desigualdad, incluyendo la desigualdad racial y de género, debe ser un elemento central del rescate económico y de las iniciativas de recuperación. Para las personas en situación de pobreza, las mujeres, las personas negras y personas afrodescendientes, los pueblos indígenas y demás comunidades históricamente excluidas y oprimidas de todo el mundo, esto significaría que por fin sus gobiernos darían prioridad a sus necesidades, concluye

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Lunes, 25 Enero 2021 05:39

Pandemia y desasosiego social

Pandemia y desasosiego social

Nuevas manifestaciones de protesta relacionadas con la pandemia de coronavirus que azota al mundo tuvieron lugar el fin de semana en Dinamarca, en dos ciudades de Holanda, en España y en Brasil.

Con el repunte invernal de los contagios de coronavirus, en diversos países se han recrudecido los descontentos sociales de todas clases: mientras algunos sectores reprochan, con o sin razón, una mala gestión de los recursos sanitarios ante la pandemia, otros, delirantes, enarbolan teorías de la conspiración según las cuales el Covid-19 no existe, fue fabricado para controlar (o diezmar) a la población, y las medidas de mitigación de la contingencia son inútiles, un engaño, o bien parte de un plan para controlar a la gente.

Otro frente de malestar es el de las campañas de vacunación: hay inconformidades por los programas y calendarios oficiales de inoculación de la población, en particular por una lentitud que es atribuible en buena medida al ritmo de producción y abasto de los biológicos, pero también por injusticias reales o imaginarias en la manera en que se han establecido las prioridades con los distintos grupos poblacionales. En el otro extremo ha cobrado fuerza la vieja y paranoica leyenda urbana que atribuye a las vacunas efectos devastadores y hasta mortales en la salud de quienes son inoculados, aunada a la que se empeña en explicar el brote epidémico de Covid-19 como un mero proyecto de negocios de las empresas farmacéuticas.

Con todo, las exasperaciones colectivas más preocupantes y sustantivas no están relacionadas con políticas de salud pública ni con teorías de la conspiración, sino con las desastrosas consecuencias económicas de las medidas de mitigación adoptadas para frenar el ritmo de las infecciones.

Las disposiciones de distanciamiento social y reclusión han dejado sin trabajo a centenas de millones de personas en todo el orbe, han acabado con negocios medianos y pequeños y han devastado de manera severa sectores enteros de las economías, como el de los servicios turísticos y el transporte aéreo.

Los gobiernos de la mayor parte de las naciones se ven atrapados, en este punto, en la difícil disyuntiva de reabrir las actividades productivas para permitir una recuperación, pero con el riesgo de provocar de esa forma rebrotes aun más severos de la pandemia, o mantener e incluso reforzar las medidas preventivas, con lo que colocan a grupos poblacionales en una situación de pobreza o de mera supervivencia.

La mayor parte de los estados han optado hasta ahora por buscar un equilibrio entre cierre y desconfinamiento, pero los resultados no son alentadores: las reaperturas parciales son insuficientes para impulsar la recuperación y el mantenimiento a medias de las medidas sanitarias preventivas no ha logrado reducir el ritmo de contagios en forma significativa.

De esta manera va tomando cuerpo, en buena parte del mundo, la perspectiva alarmante de una inestabilidad social y política que de manera inevitable agravaría la circunstancia de penuria económica y restaría fuerza y presencia a las instituciones gubernamentales ante la pandemia.

Sería, en suma, la devastadora conjunción de tres crisis distintas, pero interconectadas, capaz de provocar un trágico caos. Hoy más que nunca es necesario que los gobiernos actúen con sensibilidad y sentido social para atender los descontentos justificados y empeñarse en un rescate sin precedente de los más vulnerables.

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Un hombre camina con sus pertenencias en una de las zonas inundadas durante la temporada de huracanes en Honduras.

Si la situación en Honduras era complicada antes de 2020, la pandemia y los dos huracanes que azotaron el país han llevado a miles de personas a unirse a la última caravana migrante hacia EEUU

 

Bajo un puente y resguardada en carpas de plástico en un suburbio de San Pedro Sula, Lilian María describe sus muchas preocupaciones tras meses a la intemperie. Su barrio desapareció por la ferocidad de las lluvias, pero ahora lo único en lo que piensa es saber algo de su hijo. Se despidió de él hace poco más de una semana, cuando se incorporó a la última caravana migrante que intenta avanzar por Centroamérica con dirección a Estados Unidos. "Estoy pensando en él, porque a saber si lo golpearon o si está preso", dice en el campamento improvisado donde duerme desde el paso del huracán Eta.

Si la situación social en Honduras era complicada antes de 2020 -con un 40% de la población viviendo en indigencia y un 70% en pobreza-, el coronavirus y los dos huracanes que azotaron la región a finales del año pasado terminaron de darle el tiro de gracia a una población cansada de no encontrar respuesta en las autoridades.

Abandonados a su suerte, acosados por la violencia de pandillas, la delincuencia, sin opciones laborales y con un sistema de salud colapsado que ya contaba con una ocupación del 90% antes del confinamiento, muchos prefieren jugársela con la esperanza de garantizar a sus familiares una vida mejor a través del envío de remesas, que representan el 20% del Producto Interior Bruto nacional. Ya no escapan de forma anónima y clandestina, con los riesgos que implicaba caer en manos de alguna red de trata de personas durante el camino. Ahora, como lo han hecho en distintas caravanas desde 2018, vuelven a organizarse para protegerse de manera colectiva.

"No nos llega ni para tortilla, ni queso"

Lilian María y su familia vive bajo lonas entregadas por iglesias cercanas y se alimentan a base de comida donada. Su hija acaba de dar a luz. "La acabo de traer del hospital, bien tiernita. Y no tiene ni cama", lamenta la mujer hondureña. "No nos llega ni para tortilla, ni queso", continúa para describir la precariedad que, dice, empujó a su hijo a sumarse a las cerca de 9.000 personas que partieron unidas desde la estación de autobuses de San Pedro Sula el pasado viernes. El plan, explica, consistía en que él migrase a Estados Unidos para ayudar a su madre, su hermana y al recién nacido.

En el punto de partida de la caravana estaba también el pasado viernes María Belén, de 22 años y también oriunda de Chamelecón, en las afueras de San Pedro Sula. La joven decidió invertir el poco dinero en llegar a México por su cuenta en varios autobuses y esperar allá a la caravana para ir juntos hasta la frontera norteamericana.

No ha tenido suerte. Su intención se vio frustrada cuando la policía guatemalteca la detuvo y la deportó, a pesar de que el convenio CA4 permite circular libremente y sin necesidad de un pasaporte por los tres países que limitan con Honduras. Desde el pasado fin de semana, buena parte de la caravana se encuentra varada en Guatemala, después de que las fuerzas de seguridad del país frenasen su camino con porras y gas lacrimógeno. Alrededor de 1.800 integrantes del grupo han sido ya deportados a Honduras.

"Volveré a intentarlo el mes que viene"

Una vez retornada a su país, María Belén ha regresado el mismo campamento donde vive Lilian María. Su vivienda también se ha perdido tras las inundaciones: "Me fui para darle a mi mamá y a mi abuela lo poco que teníamos y que perdimos por el huracán. La casa, todo".

La hondureña cuenta que no pudo estudiar el Bachillerato porque tuvo que abandonar los estudios para ponerse a trabajar. "No me daba tiempo para seguir estudiando porque acá no dan oportunidades para que uno se prepare mejor", explica la mujer. No quiere vivir de la caridad, insiste, y la única salida que encuentra es volverlo a intentar. Ya tiene fecha para partir de nuevo hacia Estados Unidos: "Salgo el mes que viene. A ver si la suerte me acompaña", remata.

Quien sí regresó al terreno donde tenía su casita es Mayra Suyapa. Con láminas de chapa y nylon ha tratado de reconstruir su vivienda, aunque más alejada del río. "Donde nosotros vivimos está feo. Ni maquinaria -para limpiar la zona- nos han traído, está empozada toda el agua también", con el peligro que representa por la propagación de enfermedades. Y continúa describiendo la tragedia que pasaron: "Hasta un tío se me ahogó, enrollado en una hamaca. Lo rescataron los bomberos. Ahí está en la morgue todavía creo yo, no lo hemos ido a reclamar, no tenemos ni ataúd, ni cómo enterrarlo".

Aunque el Valle de Sula -una de las zonas agrícolas más productivas, al norte del país- haya sido uno de las regiones más afectadas por los huracanes, se calcula que casi la mitad de toda la población hondureña fue damnificada por el paso de Eta e Iota. Desde todos los departamentos se sumaron integrantes a la caravana migrante. Johnatan Josué, de Lempira (sector occidental), aceptaba el riesgo que implicaba. Nora Torres, de Danlí, El Paraíso (al sur), se fue por la necesidad de empleo: "Si se trabaja, es para el día a día", decía para describía la realidad de un país donde más de la mitad de los asalariados antes de la crisis de la COVID-19 trabajaban en la economía informal. Estos empleos han caído desde el inicio de la pandemia lo que ha disparado la mendicidad en el país.

Esperanzados con Joe Biden

"Acá la verdad no se puede vivir", decía Junior Alexander justo antes de emprender la caminata que pretendía atravesar Centroamérica y México, hasta llegar a EEUU. Este hombre partió de Tegucigalpa con su mujer y su hija para unirse con la caravana migrante en San Pedro Sula. Ellos también perdieron su casa a causa de la catástrofe climática. Tampoco tienen ya donde vivir.

También desde la capital de Honduras se había sumado Norma Amador, quién igualmente se quedó en la calle por las inundaciones. Ella, como tantos otros, se encontraba esperanzada de que la investidura de Joe Biden implicara un beneficio para los migrantes. Las expectativas con el cambio de administración en Estados Unidos con inversamente proporcionales a su enojo con el gobierno hondureño. Sus quejas llegan sobre la falta de anticipación ante la inminente llegada del huracán Eta, el primero de los dos huracanes que golpearon en un lapso de diez días.

El presidente entrante ha prometido dar la nacionalidad a once millones de inmigrantes en situación irregular que se viviesen en EEUU antes del 1 de enero de 2021. Ella no cumpliría ese requisito, pero se aferra a él a ciegas. "Esperamos en nombre de toda la caravana que cumpla su palabra y que nos ayude. Que nos de oportunidad. Nosotros somos personas luchadoras que queremos salir adelante, no tenemos nada. Solo pedimos un poquito de trabajo".

 

San Pedro Sula (Honduras) — 23 de enero de 2021 21:11h

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Jueves, 03 Diciembre 2020 05:58

El virus arrasó con el salario en el mundo

El virus arrasó con el salario en el mundo

Informe de la Organización Internacional del Trabajo

 

La crisis tiene un impacto mucho más fuerte en los segmentos más desprotegidos del mundo laboral, que además son los peores pagos. En consecuencia, la pandemia aceleró la desigualdad hacia el interior del mundo del salario. 

La pandemia no sólo destruyó empleo a lo largo y ancho de la economía global sino que también generó una caída de los salarios en dos tercios del mundo, alertó este miércoles la Organización Internacional del Trabajo (OIT). La crisis tiene un impacto mucho más fuerte en los segmentos más desprotegidos del mundo laboral, que además son los peores pagos. En consecuencia, la pandemia aceleró la desigualdad hacia el interior del mundo del salario. El informe destaca que la caída de las horas de trabajo derivó en una baja de la masa salarial del 6,9 por ciento entre las trabajadores mujeres, superior a la merma del 4,7 en los varones. Y pone el foco en un fenómeno inusual de esta crisis: la masiva reducción voluntaria de salarios y los subsidios masivos de parte del Estado.

Según la OIT, en los años previos a la pandemia (2016-2019) el poder adquisitivo del salario registró un leve incremento, de entre el 0,4 y el 0,9 por ciento en las economías avanzadas. En ese grupo, el mejor desempeño se dio en la República de Corea, en donde el salario subió un un 22 por ciento y en Alemania (15 por ciento). En cambio, en Italia, Japón y Reino Unido el salario real se redujo. Entre 2008 y 2019, el salario real se más que duplicó en China. A contramano del mundo, en la Argentina el salario real se redujo en promedio alrededor de un 15,7 por ciento desde fines de 2015 hasta fines de 2019, calcula la UMET. Ese deterioro se explica por una inflación desbocada durante el gobierno de Mauricio Macri junto a caída de la producción y deterioro financiero.

El impacto de la crisis

"La crisis imprimió una presión a la baja en el nivel o en la tasa de crecimiento de los salarios medios de dos terceras partes de los países. En otros países como Brasil, Canadá, Francia, Estados Unidos e Italia, el salario medio aumentó como reflejo de la pérdida sustancial de puestos de trabajo entre los trabajadores con salarios más bajos", indica la OIT. 

El informe detalla que la crisis "afectó muy especialmente a los trabajadores con salarios más bajos y en consecuencia aumentó las desigualdades salariales". Por otro lado, "la crisis no ha tenido las mismas consecuencias para las mujeres que para los hombres. Son ellas quienes más sufren los efectos adversos", advierte el organismo, y muestra que "la masa salarial perdida a consecuencia de la caída de las horas de trabajo fue del 6,9 por ciento en el caso de las mujeres, frente al 4,7 por ciento en el de los hombres".

Sostén estatal y reducción voluntaria

"Para una selección de 10 países europeos los subsidios al salario permitieron compensar el 40 por ciento de la pérdida de masa salarial, incluido el 51 por ciento de la pérdida de masa salarial provocada por la reducción de las horas de trabajo", dice la OIT.

Muchos gobiernos definieron que la ayuda sea una porción del salario mínimo, como los casos de Croacia y Letonia (75 por ciento del salario mínimo) y Polonia (del 50 al 90 por ciento). En el caso de la Argentina, el salario mínimo se estableció como un techo, al definir un tope de dos veces ese monto, mientras que en Luxemburgo se puso ese máximo en 4,5 veces.

Una de las particularidades que tuvo el comienzo de la crisis de la pandemia es que el cierre violento de la oferta global de la economía amenazó con la quiebra masiva de empresas, con lo cual se negociaron en muchos rubros en países de todo el mundo reducciones temporarias de manera voluntaria en los salarios. El informe de la OIT muestra que el 35 por ciento de los trabajadores de los Estados Unidos, 30 por ciento del Reino Unido y 20 por ciento de Alemania cobraron menos en marzo que en febrero y enero de este año. 

La OIT destaca en este punto el caso de la Argentina "en donde el gobierno prohibió los despidos sin causa a través de acuerdo que incluyó el recorte del 25 por ciento de los salarios por sesenta días en los sectores bajo confinamiento". También menciona el caso de Chile, en donde "la proporción de empresas que llegaron a acuerdos de reducción temporaria de salarios pasó del 6,6 por ciento en abril al 8,4 por ciento en julio y hasta el 15 por ciento en algunos rubros". También se detalla medidas similares aplicadas en Paraguay, Uruguay, Etiopía, India y Burkina Faso.

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Jessica Bruder, autora de 'País Nómada'. Foto: Todd Gray

Decenas de miles de trabajadores estaounidenses se han lanzado a la vida en la carretera. Utilizan vehículos para alternar trabajos estacionales y han formado sus propios códigos. La periodista Jessica Bruder los siguió durante tres años para presentar un ensayo periodístico.

 

“No he dormido”, justifica Jessica Bruder para no conectar la cámara durante la entrevista. No es para menos, es 4 de noviembre y Estados Unidos sigue sin tener claro quién será el próximo presidente. De hecho, hoy es 15 de noviembre y aunque la victoria de Joe Biden ha sido clara, la transición presidencial no está tan clara como parece. “Nuestros nervios están disparados”, continúa Bruder “esperábamos que Biden ganase de manera aplastante. Sigo creyendo, sigo siendo optimista, en que va a ganar, pero el solo hecho de que Trump esté tan cerca es aterrador, es terrible para el futuro del país”.

Pero la llamada no es para discutir sobre las elecciones estadounidenses, sino para hablar de País Nómada (Capitán Swing, 2019) un ensayo periodístico sobre las vidas de un puñado de trabajadores que viven en la carretera, en furgonetas, autocaravanas y otros vehículos adaptados. El ensayo ha dado lugar a una película Nomadland, sin estrenar en España, que ganó el León de Oro del último festival de Venecia.

Esa vida nómada ha dado lugar a una subcultura pero, antes que eso, a un ejército laboral de temporeros formado mayoritariamente por personas mayores —muchas de ellas sobrepasan los 70 años— que migra en busca de currillos estacionales y aspira a no pasar demasiado frío en invierno y mantener unos ahorros para sus gastos imprevistos. Son, en gran medida, víctimas del colapso de la clase media en Estados Unidos que decidieron salirse por la tangente y eliminar el principal gasto que marcaba sus vidas: los derivados de un mercado de la vivienda averiado para las mayorías. 

“Me pregunto si a la gente le habría llamado la atención en un libro como País Nómada si no hubiera sido por Trump y no se hubieran sentidos concernidos por los marginados, los desfavorecidos que hay en América”, valora Bruder. Pero el libro en su totalidad fue escrito durante la administración de Barack Obama, porque, como reconoce, los problemas que estaba siguiendo son muy profundos y sistémicos: “Cuando observas la desigualdad arraigada, los salarios planos y el creciente ritmo de crecimiento de los alquileres, te das cuenta que son problemas que estaban ahí hace mucho tiempo, que ya forman parte de la historia de Estados Unidos. No es que hayan comenzado con Trump, creo que antes de él ya teníamos mucho trabajo que hacer como sociedad. En primer lugar, para construir una economía que sirva a la sociedad antes que un mercado que tiene a la sociedad como un apéndice”.

¿De verdad había mucha diferencia, para gente como la que has seguido en País Nómada, entre que ganase Trump o que ganase Biden las elecciones del 3 de noviembre? 


Bueno, sí me preocupa que Trump encuentre formas de atacar la Seguridad Social y el Medicare, así como muchos de los programas depauperados de la Seguridad Social que todavía tenemos. En la carretera, mucha de la gente que encontré no tenía ni siquiera la oportunidad de votar. Además, este año todo es distinto con el covid. El hecho es que, como son nómadas, tienen que tener direcciones postales falsas. Es muy probable también que, cuando se abrieron las urnas, ellos no estaban en el Estado en el que estaban registrados para votar. Así que muchos, pase lo que pase, están marginados de ese proceso.

Da la sensación de que son personas que viven al margen también de la dicotomía entre dos países que ha marcado estas elecciones.


Desde un punto de vista más general, cuando yo estaba en el camino, el país ya estaba dividido. Pero no de la manera en lo que está ahora. Entre la gente a la que seguí en ese viaje, conocí a algunos que no votaban, otras que iban a votar por Hillary Clinton y algunos otros más “libertarios”. Ha habido quien ha querido hacer un mapa que explicase que la subcultura nómada que he seguido la forman los blancos enfadados que están con Trump... No es algo que encaje completamente. En la carretera encontré a gente con todo tipo de experiencias. Pero, independientemente de eso, sí que pienso que lo que ha hecho la Administración Trump no ha sido positivo para ellos. Por ejemplo, ha aumentado la diferencia entre lo que cobra un CEO respecto a la paga de un trabajador. Si ves la desigualdad salarial en América, cuando yo estaba escribiendo el libro, era de 270 a uno. El año pasado, los CEO ganaron 320 veces más que el trabajador medio. Antes, en 1965, la diferencia era 21 a uno. Este es uno de los grandes problemas de Estados Unidos, es una nación muy rica pero la forma en que esa riqueza se distribuye es problemática. Hace que la movilidad social sea imposible. Es una amenaza real a nuestra democracia. 

Las personas que aparecen en País Nómada no cumplen el estereotipo de lo que de forma despectiva se llaman los “red necks”, son, de hecho náufragos del colapso de las clases medias a las que haces referencia.


Sí, son gente que lidia con toneladas de inestabilidad. Creo que es psicológicamente tranquilizador para la gente agrupar a estos nómadas en categorías: “son todos derechistas” o “son hijos del rust belt” o “son gente que se arruinó”. Y de nuevo, tengo que insistir en que no conocí a todas las personas que se lanzan a la carretera. Estuve trabajando en ello, viajando con este grupo de gente durante tres años. Mi experiencia no es la de una socióloga o una estadística, aunque sí pude ver que había múltiples procedencias y circunstancias. Creo que, en una cultura como la nuestra, especialmente en una época de miedos, es fácil para nosotros mirar a grupos de gente que no comprendemos y convertirlos en otros, en una especie de “sombra” u opuesto a lo que somos nosotros mismos. Una lección para mí es que esta gente puede ser cualquiera. Racialmente, étnicamente, no hay tanta diversidad, pero en términos de estatus socieconómico y nivel formativo hay mucha diversidad. 

Son historias de crisis personales y de un sistema en crisis, pero también hay un canto a la alegría de vivir y la resiliencia.

Creo que es gente que está muy acostumbrada a sentirse machacada por el sistema. De nuevo, por los sueldos bajos, los alquileres altos, la ansiedad constante acerca de si serán capaces de seguir viviendo “una vida normal”. De forma que, cuando encuentran una manera de dar un paso al costado de ese día a día, encuentran un sentimiento de liberación. Pero las cosas van bien hasta que dejan de ir bien, porque si tú estás viviendo en una furgoneta, y ese es tu hogar, y no tienes ahorros, estás a una rotura de motor de llegar a la “ciudad del sinhogarismo”. Así que sí, puedes tomártelo como la libertad de la que hablaba Janis Joplin en esa vieja canción “Libertad es solo otra forma de decir nada que perder”. Pienso en George Orwell escribiendo en París y Londres y me doy cuenta de que cuando has abandonado o has sido expulsado de la sociedad de masas, la vida sigue sucediendo. Quizá se esperaba que la gente con la que me he encontrado iba a pasarse la vida quejándose o presentándose como víctimas, pero todos necesitamos despertarnos cada mañana y seguir haciendo lo que hacemos. Son los protagonistas de su historia. Así que fue bastante sorprendente ver cómo estaban tratando de sacar el máximo provecho de lo que tienen, aunque para muchos de nosotros lo que tienen no sea suficiente. También fue importante encontrar una especie de “comunidad” que empuja contra el tipo de alienación que domina nuestra cultura. Porque pienso que, de una manera extraña, dejar de lado la cultura de la productividad, de las “metas”, del individualismo, aporta cierto alivio. Por supuesto, viene con un montón de inconvenientes, pero esos vínculos, el sentimiento de compartir, de compañerismo… es algo de lo que la cultura mainstream debería aprender.

País Nómada me recordó a una obra de Barbara Ehrenreich.
Por cuatro duros. Es increíble. Ella es increíble. Hay otra autora, Rebbeca Solnit, que me gusta mucho, que escribió Un paraíso construido en el infierno, que podría haber mencionado en mi libro. Solnit sostiene que hay una serie de micro-utopías que crecen rápidamente en torno a los desastres. Sucede cuando se producen terremotos que la gente se une, se encuentra. Lo vi en Nueva York como alguien que vivía en el centro de la ciudad durante el 11 de septiembre de 2001. En las semanas y los meses después de aquello, la gente se trataba mejor entre sí, y con el mayor espíritu de comunidad que nunca he visto en Nueva York. Es una paradoja horrible que esta respuesta conjunta se dé en circunstancias así. La pregunta sería cómo podemos aprender a hacerlo sin ese dolor.

País Nómada también me remitió a una obra de los años 30 del siglo XX, Boxcar Bertha, de Ben Reitman. ¿Crees que hay similitudes entre la historia de esa subcultura, la larga tradición de viajes en tren, con sus códigos, sus consejos y sus narrativas?


Sí, definitivamente hay paralelismos. El libro está dedicado a un amigo mío, Dale Maharidge. Su primer ensayo se llama Journey to nowhere (“Viaje a ninguna parte”). En los 80, se subió a trenes de carga con gente desposeída, que buscaba trabajos. Fue muy interesante hablar con él mientras llevaba a cabo este proyecto. Porque, en aquella época, a quien se encontró mayoritariamente fueron hombres, y en la actualidad ves a multitud de hombres y mujeres. Es un fenómeno interesante. Hay cosas que permanecen aunque hayan cambiado, como el hecho de que estas personas se dejaban mensajes unas a otras en forma de jeroglíficos para saber dónde pueden ir, qué sitios son seguros, etc. En la actualidad, utilizan la web para dejarse esos mensajes y consejos: qué Walmart es seguro para llevar la furgoneta, cuál no lo es. Hay un sentimiento de camaradería compartido en afrontar la adversidad juntos. El hecho de que la economía los excluye, y el hecho de que la sociedad de masas los mira por encima del hombro y los contempla como inadaptados, los hace cohesionarse como una subcultura.

¿Sigue aumentando el número de personas en esta situación?


Una de las cosas que más me preocupan en este momento es la situación con el covid. Y el hecho de que mucha gente ha perdido su trabajo. Cuando comience el año, vamos a ver una oleada de gente expulsada de sus casas, es cuando expira la moratoria de la mayoría de desahucios. Y vamos a ver esta situación terrible: hay tantísimas casas vacías y tantísima gente que ha sido desplazada que muchos de los nómadas que aparecen en el libro —incluidos los del Rubber Tramp Rendezvous— están posteando vídeos explicando cómo la gente puede vivir en un vehículo si es desahuciada. La cuestión es, cuando tienes cierta cantidad de personas viviendo en la carretera, pueden hacerlo de manera encubierta, pero cuando tienes masas y masas de gente viviendo así, en un país en el que muchas ciudades legislan para hacer ilegal dormir en un vehículo, tienes un problema importante. Y creo que es terrorífico. También está el simple hecho de saber que muy pronto va a haber mucha, mucha gente, ahí fuera, y cómo eso va a influir en la gente que ya está viviendo así.

Una de las cuestiones que explican el fenómeno que describes es el enorme beneficio que una compañía como Amazon obtiene de estos trabajadores itinerantes. ¿Hay alguna manera de hacerlos responsables de esta situación de precariedad?


La gente me pregunta, ¿por qué no se sindican, porque no funcionan en equipo? Básicamente porque están en tránsito y se quedan poco tiempo en los sitios. No tienes el tipo de solidaridad y de organización a largo plazo que te permitiría obtener derechos de un empleador como Amazon. Creo, sin embargo, que hay cosas importantes pasando en este momento en torno a Amazon. El pasado año saqué una historia, que fue portada de Wired, sobre la comunidad somalí y del África occidental en Minneapolis. Fueron de los primeros en organizarse y sentar a Amazon a una mesa para negociar con los trabajadores. Ahora, hay un grupo llamado Athena que es una organización enorme tratando de poner a esa compañía bajo control. En el caso de los nómadas es complicado estar a la cabeza de estos movimientos. Muchos de ellos son tan precarios que, tristemente, están agradecidos por el trabajo, incluso aunque se les explote. Pero esta gente que vive a tiempo completo en comunidades más tradicionales, han llegado a un punto de decir “basta ya”. No creo que vayamos a ver ese movimiento social partir de los nómadas. Es muy interesante que esté viniendo de esas comunidades procedentes de África occidental, en cuanto conservan lazos culturales muy fuertes. Si alguien viene a Estados Unidos desde Somalia hay muchas oportunidades de que hayan pasado por la guerra civil o situaciones extremas. Son comunidades fuertes, que están preparadas para unirse contra la adversidad, precisamente por esas experiencias anteriores.

Por Pablo Elorduy

@pelorduy

15 nov 2020 06:53

Publicado enSociedad
Las mujeres en Colombia ganan un 27% menos que los hombres

En Colombia, poco más del 50% de las mujeres en edad de trabajar está fuera de la fuerza laboral y las que tienen un empleo ganan un 27% menos que los hombres. La cifra se desprende del informe Mujeres y hombres: brechas de género en Colombia, de ONU Mujeres, la Consejería Presidencial para la Mujer y el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), que presenta un panorama detallado sobre la situación económica, educativa y de violencia contra las mujeres en Colombia entre los años 2008 y 2019.

El documento muestra como un avance que la participación laboral de las mujeres se ha incrementado en más de seis puntos porcentuales pasando 46.4% a 53.1%, pero reconoce que persisten enormes desigualdades que comienzan desde la adolescencia y son aún más fuertes en el campo. La brecha con relación a los hombres es todavía de 20,8 puntos (73,9% de ellos son parte de la fuerza laboral). “La incorporación de las mujeres a los mercados laborales ha tenido un importante avance, pero todavía sucede en condiciones desventajosas que se expresan en mayor desempleo, mayor informalidad, concentración en ciertas ocupaciones y también, en las partes inferiores de las estructuras jerárquicas y, en la persistencia de la brecha salarial”, indica el informe presentado este martes.

Pero estar en el mercado laboral tampoco les garantiza condiciones iguales. Aunque trabajan diariamente 2 horas y 10 minutos más que los hombres y además se encargan de labores de cuidado en sus hogares, ganan mensualmente un 27% menos que ellos. “Las opciones laborales de las mujeres están sumamente limitadas por la responsabilidad de las actividades domésticas y de cuidados no remuneradas, que recae desproporcionadamente en ellas”, dice el informe soportado en las estadísticas del DANE. Y esas condiciones laborales desventajosas se reflejan en los índices de pobreza: por cada 100 hombres en hogares pobres, hay 118 mujeres.

Para Patricia Fernández Pacheco, Representante Adjunta en ONU Mujeres, una de las novedades de la publicación es el enfoque en el trabajo doméstico no remunerado. “Ya venía siendo asunto de análisis antes de la pandemia del covid-19. Esta crisis ha evidenciado la sostenibilidad en su distribución pero también un reconocimiento a su valor económico”, dijo. En Colombia – agrega Fernández- la producción de servicios de cuidado no remunerado en su mayoría realizado por las mujeres equivale al 20 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB). “De los 37 mil millones de horas que se dedican anualmente al cuidado y bienestar de la población sin recibir pago, 29 mil millones lo realizan las mujeres, mientras que los hombres dedican 8 mil millones de horas”, explicó.

Violencia contra las mujeres

“El embarazo y la maternidad en adolescentes es una expresión de desigualdades de género y también de etnia”, agrega el informe en el que se entregan datos sobre el número de niñas madres y de matrimonio infantil, una práctica que se considera lejana pero es real en muchas regiones de Colombia. De acuerdo con las cifras, en 2018, 7.453 niñas de 10 a 14 años y 220.868 adolescentes de 15 a 19 años han tenido al menos un hijo.

“Los nacimientos de niñas menores de 14 años representan menos del 1% de los nacimientos totales. No obstante, detrás de estos casos, se configuran graves violaciones a los derechos humanos de las niñas que deben ser investigados desde una perspectiva de género y de protección de la niñez, así como de garantías de no repetición”, recomiendan las tres instituciones. En Colombia, los actos sexuales con menores de 14 años son un delito en el código penal.

La publicación aborda también cómo la discriminación de género tiene su “expresión extrema en actos sistemáticos de violencia que se cometen contra ellas”. Revela que en 2019 fueron asesinadas 1.001 mujeres, de acuerdo con del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses y que los agresores eran en su orden parejas o exparejas, amigos, conocidos y familiares de las víctimas. “Los asesinatos de mujeres presentan características particulares, permeadas por relaciones de género asimétricas, en una estructura de violencia sustentada por una sociedad que normaliza, justifica y perpetúa la violencia al desvalorizar y degradar a las niñas y mujeres”, se observa en la publicación.

Lo mismo que ocurre en la violencia sexual. Solo en 2019 se hicieron 26.158 exámenes médicos por presunto delito sexual, de los cuales el 86,1% fueron practicados a mujeres y de estos, una abrumadora mayoría (85,6%) correspondieron a niñas y jóvenes menores de 18 años. “Por cada hombre víctima de presunto delito sexual se presentan seis mujeres víctimas”, aclara el libro, que aporta datos como la incidencia de delitos sexuales concentrados en los domingos o las prácticas más comunes contra las mujeres.

Por Catalina Oquendo

Bogotá - 10 nov 2020 - 20:53 COT

Publicado enColombia
Linda Chesser en su autocaravana con la que recorrió EEUU para escribir su libro 'País nómada'. IMAGEN CEDIDA POR CAPITÁN SWING.

Jessica Bruder recorrió durante tres años 24.000 kilómetros para escribir 'País nómada' (Capitán Swing), una crónica sobre el nuevo modelo de trabajo estadounidense: cientos de miles de trabajadores itinerantes viviendo en furgonetas y vagando por el país para encontrar un empleo mal pagado, extenuante y con apenas derechos. Y, como telón de fondo, una crítica demoledora de Amazon como paradigma del capitalismo de Estados Unidos.

 

Una crónica sobre el fin de la clase media y sobre un modelo económico que se está imponiendo con un ímpetu que desafía el Estado de derecho y la estabilidad social. Esto es lo que retrata la periodista y profesora de periodismo Jessica Bruder en País nómada. Supervivientes del siglo XXI, que acaba de editar Capitán Swing: un reportaje de 300 páginas producto de tres años de trabajo que llevaron a Bruder a recorrer 24.000 kilómetros a lo largo y ancho de Estados Unidos. El balance es rotundo y desolador: "Este capitalismo [en Estados Unidos] está expulsando a la clase media y a las personas mayores de la sociedad", dice Bruder a Público.

La película basada en el libro, producida y protagonizada por Frances McDormand, obtuvo el León de Oro el pasado 12 de septiembre en el Festival de Venecia. McDormand interpreta a Fern, un trasunto de la personaje principal del libro, Linda Chesser, una exasesora académica en la Universidad del Estado de Washington que tenía de 68 años cuando conoció a Bruder y que es una de los cientos de miles de trabajadores itinerantes que deambulan por las carreteras y los campos de trabajo de ese país nómada, como si fueran de nuevo los años treinta.

Ese telón de fondo de País nómada está poblado con dos tipos de personajes: Por un lado, empresas como Amazon, responsables del auge del modelo económico y laboral cada vez más agresivo para el trabajador, un modelo que se extiende como un tsunami a consecuencia del declive de la industria manufacturera estadounidense (Bruder cuenta los casos del cierre en 2011 de una planta de US Gypsum, fabricante de placas de yeso, y de la empresa de fundición de cobre propiedad de Phelps Dodge que cerró en 1987).

Por otra parte, los de abajo, los ciudadanos de ese país nómada: las personas, en su mayoría, de más de 60 o 70 años que habían sido clase media y hasta media alta durante décadas y que, de pronto, a esa edad, se quedaron sin nada debido a un capitalismo sin red de coberturas sociales públicas. Así que para sobrevivir tuvieron que declararse en bancarrota o venderlo todo, comprarse una furgoneta y convertirse en trabajadores itinerantes. Como aquellos que ya retrató John Steinbeck en Las uvas de la ira, libro y autor que Bruder cita en varias ocasiones. Los Estados Unidos de aquellos años treinta de la Gran Depresión retratados por Steinbeck regresan casi un siglo más tarde, esta vez a los Estados Unidos del capitalismo financiero y la economía telemática y digital.

"En aquella crisis hubo mucha gente que tuvo que recurrir a la itinerancia, pero cuando las cosas se recuperaron volvieron a sus trabajos y a su vida de clase media del sistema tradicional", dice Bruder. "Sin embargo, creo que ahora es diferente –añade–, porque la deriva de este capitalismo hace indicar que no vamos a regresar al modelo previo, a la situación anterior. Todos los trabajadores itinerantes piensan que ya no hay ni habrá en la sociedad un espacio para ellos, así que están formando una nueva comunidad en la carretera de personas en su misma situación".

Bruder cuenta en País nómada que en enero de 2011 visitó la planta de US Gypsum. El exdirector de la cadena de suministros dijo: "He enviado algunos currículos, pero sin resultado... Puede que acabe talando leña para ganarme la vida". Monika Baker, una joven de 22 años que buscaba trabajo en la planta y se encontró con su cierre, dijo: "Tendré que trabajar en una tienda de Walmart o de Lowe". Empire, el pueblo construido junto a la fábrica quedó vaciado en pocas semanas y hasta su código postal (89405) fue anulado por las autoridades. Situaciones así son la antesala de la furgoneta, la carretera y los campos de trabajo.

Bezos y su riqueza de 200.000 millones de dólares

Esta situación económica, unida a la práctica inexistencia de un modelo social público en Estados Unidos (la sanidad, la educación y las pensiones son eminentemente privadas, el despido es libre, no hay bajas laborales pagadas ni desempleo, etcétera), fue el terreno abonado que terminaría por denominarse como el modelo Amazon, que acabaría implantándose tras la crisis económica de 2008 y sigue haciéndolo con la actual de la pandemia. De hecho, el propietario y fundador de la compañía Jeff Bezos no ha dejado de incrementar su riqueza desde la llegada del coronavirus, con un patrimonio que el pasado 27 de agosto un valor récord de 200.000 millones de dólares.

"Estamos en una situación tremenda en la que el 1% más rico de Estados Unidos ha doblado la porción de su riqueza desde 1980 al mismo tiempo que el país registra datos récords en desigualdades sociales", dice Bruder, quien denuncia en el libro que "la sociedad estadounidense es la más desigual de todos los países desarrollados".

Si a un capitalismo sin red de coberturas públicas, con los salarios estancados desde hace años y los precios de la vivienda en alza se le añade una crisis económica (2008) o dos (2020), la situación de máximo riesgo recae principalmente en la población de mayor edad. Esas fueron las que Bruder encontró como trabajadores itinerantes en su periplo por las carreteras y campos de trabajo de Estados Unidos. Todas ellas, además, cumplían un patrón común: personas que sufren un golpe de la vida (un divorcio, quedarse en el paro en los últimos años de la vida laboral, contraer una deuda médica por una enfermedad repentina) que, en un sistema como el estadounidense, resulta ser fatal, de manera que a sus 60 o 70 años sólo les queda una opción para huir de la indigencia: hacerse como sea con una vieja furgoneta y echarse a la carretera en busca de un trabajo por mal pagado dondequiera que esté. Todo eso de un hogar fijo, una comunidad donde arraigar, unos vecinos estables, se acabó.

"La gente que yo conocí en la carretera piensa sobre todo en poder ganar algo dinero para poder jubilarse definitivamente. Claro que no hay muchas opciones para eso en Estados Unidos, con un salario mínimo federal de apenas 7,25 dólares la hora [6,15 euros]. Es disparatado. Nadie debería estar condenado a endeudarse para proveerse de lo básico y poder cubrir cubrir sus necesidades básicas como ser humano", dice Bruder.

La vivienda y la educación, dos derechos básicos fundamentales, atraviesan malos momentos en Estados Unidos. En febrero, la deuda por estudiar alcanzó su récord histórico de 1,54 billones de euros. Es muy frecuente que en EEUU cualquiera que haya estudiado una licenciatura en la universidad y después un máster amase una deuda de 100.000 o 200.000 dólares.

Por otro lado, los desahucios están también en cotas récords. A falta de datos oficiales para todo el país, una base de datos creada por unos investigadores de la Universidad de Princeton revela que en 2016 un total de 2,3 millones de personas fueron expulsadas de sus viviendas. El Estado de Virginia ocupó el triste primer puesto nacional en esa clasificación con una ratio de desalojos del 5,12% (más del doble que la media nacional). Es decir, que cada cada año cinco de cada cien viviendas reciben una orden de desalojo. En algunas ciudades del Estado esa cifra llegaba al 10%.

Amazon creó en 2008 su primera estrategia de contratación de trabajadores itinerantes, el programa CamperForce. Según cuenta Bruder, la empresa había tenido problemas para contratar a personas en momentos de actividad punta. Amazon lanzó entonces de forma experimental esta iniciativa para el almacén de Coffeyville, Kansas, para el período de navideño de máxima actividad. Resultó ser un éxito y ahora es un patrón para toda la compañía en Estados Unidos. Los almacenes de Amazon son el lugar donde acaban esos cientos de miles de seres humanos convertidos en hormigas casi invisibles que van yendo y viniendo a lo largo y ancho de su país en busca de un trabajo mal pagado, con malas condiciones, extenuante, con escasas coberturas y sin apenas derechos laborales asociados. Olvídese de un salario mínimo decente, de una cobertura médica digna, de una asociación sindical, de un horario razonable o de una baja laboral pagada.

Medidores de productividad en tiempo real

El retrato que hace Bruder de las condiciones de trabajo en los almacenes de Bezos son la distopía hecha realidad. Y no sólo por lo que le cuentan a Bruder sino por lo que la propia periodista experimentó en carne propia: se hizo contratar por uno de ellos, en Haslet, Texas, con un tamaño de 19 campos de fútbol.

Cuenta Bruder que en las instalaciones de Amazon hay medidores de productividad personales en tiempo real y cualquier descenso puntual en la curva de productividad es acompañado de una reprimenda, dispensadores de analgésicos en las paredes para combatir el dolor, pasillos interminables poblados por trabajadores que llegan a caminar veinte y treinta kilómetros diarios en jornadas extenuantes entre robots sherpas "de color naranja, 100 kilos de peso y que parecen aspiradores gigantes", y cintas transportadoras… Todo ello, por supuesto, con el recordatorio generoso de que la empresa valora enormemente que no estén sindicados ni organizados.

"Para este tipo de trabajadores, que están yendo y viniendo y no tienen arraigo en un sitio concreto, es muy complicado asociarse en un movimiento organizado a medio o largo plazo", dice Bruder, que denuncia que "hay muchos ejemplos de gestores de Amazon que impelen a sus trabajadores a no que se organicen ni se asocien, hay hasta vídeos sobre esto". A pesar de todo, añade la escritora: "Creo que existe en Estados Unidos un interés renovado por estas organizaciones y por el poder del trabajador frente al empresario y por cómo pueden organizarse los trabajadores para luchar por sus derechos y sus condiciones laborales. En diciembre de 2019 cubrí una historia para la revista Wired sobre cómo la comunidad africana en Mineápolis (Minesota), fundamentalmente somalíes, se había convertido en la primera organización de gestión laboral estable en Amazon en términos de reclamar mejores condiciones de trabajo para los empleados". En cualquier caso, Bruder recuerda en su libro que una investigación de Morning Call de 2011 "reveló [en los almacenes de Amazon] unas condiciones de explotación similares a las de los talleres clandestinos".

"De todos modos", dice Bruder, "yo misma trabajé en Amazon [también lo hizo en una planta de remolacha azucarera en Dakota del Norte], pero el libro no es sobre mí. Entré en Amazon para entender las condiciones en que trabajaban las personas sobre las que escribía y qué podían sentir viviendo situaciones así, pero no para convertirme en un personaje del libro. Realmente la idea no era infiltrarme sino estar durante unos días en el mismo mundo que esos trabajadores itinerantes".

Aunque en País nómada son mencionadas otras empresas como Walmart o Uber, Amazon es la que tiene una presencia nuclear. "Amazon es enorme y domina muchísimo el mercado en Estados Unidos y la gente no sabe de la existencia de estos trabajadores itinerantes", dice Bruder, que añade: "Tenemos un sistema que en teoría fomenta la competición y tiene leyes antimonopolio, pero eso ha dejado de funcionar: Amazon es una compañía muy singular en términos de lo que hace y del poder que tiene en la economía".

Linda Chesser es la persona central de esa odisea hacía ninguna parte que narra Bruder. Pero enseguida Bruder descubrió que no era un perfil estrambótico entre los trabajadores itinerantes. La reportera encontró a gente como Don Wheeler, de 69 años, quien en su anterior vida había trabajado con un buen puesto en una empresa de informática; su salario había llegado a ser tal que gastaba 100.000 dólares anuales (85.000 euros) pero "en la nueva vida", cuenta Bruder en libro, "ha aprendido a sobrevivir con 75 dólares [64 euros] a la semana". También aparece LaVonne Ellis, una periodista de 77 años, que había trabajado para la cadena nacional ABC y como directiva de una emisora de Mineápolis. También recorría el país en su furgoneta y acampaba aquí y allá según el trabajo que encontrara.

"En Estados Unidos hay cientos de miles de personas así, hay estimaciones y las recojo en su libro, aunque no hay datos, y esto es muy preocupante. Ahora, además, debe haber mucha más gente por la crisis desatada por la pandemia", dice Bruder. "Realmente deseo que alguien estudie este fenómeno porque es uno de esos terrenos donde es imprescindible tener datos. El problema es que para ejercer tus derechos realmente en Estados Unidos es muy importante tener un trabajo en un lugar estable: el seguro de salud depende del trabajo, para obtener el permiso de conducir uno ha de tener una dirección estable en algún sitio, para votar también, etcétera, y estamos hablando de una gran cantidad de población".

Entre los datos indirectos que ofrece Bruder en País nómada destaca éste: casi nueve millones de personas de 65 años o más siguen trabajando en Estados Unidos, un 60% más que diez años antes, y sólo un 17% de los estadounidenses prevé dejar de trabajar en sus últimos años de vida.

"Arruinado, solo y sin casa"

A lo largo de las 300 páginas de País nómada las personas con las que habla Bruder comentan su situación, unos con más pesar que otros, pero ninguno de ellos carga contra las grandes fortunas o las empresas que están promoviendo este modelo económico y laboral y tampoco se cuestiona frontalmente el sistema del país, simplemente, comentan con resignación que el modelo en el que vivían se ha terminado. Como hace Bob, un trabajador itinerante que lanzó una web para contar su experiencia y reflexiones; escribió: "Hubo un tiempo en que teníamos un contrato social que establecía que, si una persona cumplía las normas (estudiaba, conseguía un empleo y trabajaba duro), todo iría bien. Ya no es así. Uno puede hacerlo todo bien […] y aun así acabar arruinado, solo y sin casa".

Para explicar esto, Bruder recurre a sendas frases de los escritores norteamericanos Kurt Vonnegut y John Steinbeck. Los estadounidenses pobres se burlan de sí mismo y ensalzan a los más afortunados que ellos, dijo el primero. "Y Steinbeck dijo algo parecido: que los americanos no se revelaban porque se consideraban todos no como obreros sino como capitalistas temporalmente avergonzados", dice Bruder.

Según cuenta Bruder en el libro, muchos no se califican de trabajadores itinerantes, simplemente se ven dentro de una fase transitoria para ganar algo de dinero porque puntualmente les ha ido mal. Incluso, hay quien presume con orgullo de ser uno de esos que trabaja duro. Un trabajador itinerante le contó a Bruder: "Hay muchísimos quejicas indolentes, holgazanes y vagos deseosos de quejarse de casi cualquier cosa y no es difícil encontrarlos. Yo no soy uno de ellos".

Bruder describe alguna oferta de trabajo sin salario asociado y otras en la que señalan que lo importante es la experiencia de trabajar y de conocer a gente nueva, qué más da las condiciones. En el fondo de esto, como cuenta la periodista en País nómada, hay una concepción casi nacionalista o religiosa del trabajo. Como le dijo el antiguo supervisor de calidad de la instalación de la planta de US Gypsum, Calvin Ryle, que había trabajado 39 años y 7 meses en la misma hasta que cerró: "Lo peor que puede ocurrir en una fábrica es echar el cierre. Aquí participamos en la construcción del país".

"Sin embargo", dice Bruder, "todo esto se produce en un sistema que se basa en poner todo el riesgo sobre los hombros del trabajador, que tiene la falsa apariencia de que todo es posible y eso se traduce como la existencia de un grado máximo de libertad. Y cuando las cosas te van mal el sentimiento más común es la vergüenza".

"Mucha gente que conocí y que trabajaban en almacenes de Amazon acaban sus jornadas laborales exhaustos y su vida depende del cheque con el que cobraban su sueldo. Para protestar o clamar contra esa situación supondría poner toda esa responsabilidad sobre sus hombros. Es una situación realmente difícil para ellos", dice Bruder.

Linda Chesser recorría con su furgoneta los campos de trabajo de Estados Unidos, pero tenía un plan. Se acercaba a los 70 años y no podía seguir así toda la vida. Quería comprar un terreno e instalarse. Una casa sostenible. Muchos trabajadores itinerantes, cuenta Bruder, tienen sueños anticonsumistas: hacerse una casa sencilla con sus propias manos y materiales duraderos, que use energía solar o eólica, pozos de agua, que aproveche el agua de la lluvia y vivir así con lo mínimo. Nada de esa cultura de comprar en el centro comercial o por internet para tirarlo todo al poco tiempo o que se rompa y volver a la misma rueda una y otra vez a costa de la tarjeta de crédito.

Linda encontró primero un terreno muy barato en el árido suelo de Arizona. Lo allanó y trató de construir una casa. "Pero aquellas tierras eran demasiado cálidas", dice Bruder, "fue demasiado para ella, así que las donó a una organización, Home in Wheels Alliance, que ayuda a las personas nómadas y los trabajadores itinerantes. Después de eso, Linda se mudó cerca de Taos, un pueblo de unos 5.000 habitantes en el Estado de Nuevo México. Allí planea construir sus proyectos de vida sostenible y sencilla junto a otros cuatro amigos que encontró en la carretera: Gary, LaVonne y una pareja que vivía en un autobús escolar". Todos ellos tienen más de 70 años. Será la Ítaca que dé el carpetazo final a tantos años en la carretera.

Washington

12/10/2020 07:58

Por manuel ruiz rico

@ManuelRuizRico

Publicado enSociedad
Honduras San Pedro Sula Foto: DW.

Cientos de personas migrantes comenzaron a caminar este miércoles 30 de septiembre por la noche desde San Pedro Sula -en el norte de Honduras- hacia la frontera con Guatemala, usando una ruta migratoria muy transitada en tiempos del COVID-19.

Durante semanas, se convocó -desde las redes sociales- a una nueva caravana de migrantes que saldría desde una estación de autobuses de San Pedro Sula el 1 de octubre. Sin embargo, la mayoría de las personas que se reunieron el miércoles decidieron no esperar y partieron en la oscuridad de la noche con mochilas y, muchos, con mascarillas. Los grupos se encaminaron rápidamente a lo largo de la carretera, algunos recibiendo la ayuda de conductores, mientras otros continuaron caminando hacia la frontera con Guatemala.

Esta caravana avanza solo dos semanas después de que Guatemala reabriera sus fronteras, tras mantenerlas selladas durante meses para frenar la propagación del coronavirus. Varios Gobiernos de la región dieron a conocer que estaban pendientes: la agencia de inmigración de México dijo en un comunicado que haría cumplir la migración "segura, ordenada y legal” y que no haría nada para promover la formación de una caravana de migrantes.

Por su parte, la Embajada de Estados Unidos en Honduras aseguró -a través de su cuenta en Twitter- que la migración a Estados Unidos era más difícil que nunca en este momento y más peligrosa debido al COVID-19. Pero los factores de expulsión que impulsan a las personas migrantes de Centroamérica no han disminuido durante la pandemia.

La salida del nuevo grupo el miércoles por la noche recordó a una caravana de migrantes que se formó hace dos años -poco antes de las elecciones de mitad de período en Estados Unidos- que se convirtió en un tema electoral con una retórica antiinmigrante. En los últimos años, las personas migrantes irregulares centroamericanas comenzaron a viajar en grandes grupos buscando seguridad y, en algunos casos, evitando el costo de traficantes.

1 octubre 2020

(Con información de DW)

Publicado enInternacional
La Organización Mundial del Trabajo calcula que se han perdido 500 millones de empleos en cuatro meses

La Organización Mundial del Trabajo aumenta en cien millones la previsión de pérdida de empleos proyectada en junio.

Redacción El Salto

24 sep 2020 06:13

El primer síntoma de la crisis económica derivada del covid-19 es la pérdida de empleos en todo el mundo. Son ya 500 millones de trabajos perdidos en el segundo cuatrimestre del año en comparación con los meses de septiembre a diciembre de 2019. La cifra aumenta en cien millones las pérdidas que la Organización Mundial del Trabajo estimó el pasado mes de junio.

En el segundo cuatrimestre del año se perdieron un 17,3% de las horas trabajadas en el mundo en el periodo anterior al covid-19, si bien las diferencias entre áreas geográficas son significativas. En el sur europeo la pérdida de horas fue del 23,9%. En esta zona se han perdido 23 millones de puestos de trabajo en lo que va de año. 

La evolución de la crisis sigue poniendo en solfa el trabajo en todo el mundo. Los continentes americanos son los más afectados en el tercer cuatrimestre. Se perderán casi un 20% de las horas de trabajo realizadas en el último tramo de 2019. La caída, no obstante, se apacigua en todo el mundo: se pasa del 17,3% al 12,1% en el porcentaje de horas perdidas.

Para la OIT, el escenario optimista para el último cuarto del año incluye una pérdida de solo el 5,7% respecto al mismo periodo del año anterior. El escenario base sitúa las horas en un -8,6% y el escenario pesimista estima un nuevo récord en la destrucción de empleos: una pérdida del 18% de las horas trabajadas. Es decir, se produciría una destrucción de 515 millones puestos de trabajo en una jornada base de 48 horas semanales.

España es el decimoprimer país en el que se han perdido más empleos, por detrás de Moldavia y nueve países americanos (EE UU, Brasil, Canadá, México, Chile, Ecuador, Costa Rica, Colombia y Perú por orden de menor a mayor pérdida). En todo caso, la OIT estima que el 92,2% del empleo perdido en España se ha producido como inactividad —es decir, a través de mecanismos como los Expedientes de Regulación Temporal de Empleo— y solo un 7,8% se acumula al paro ya existente.

La caída masiva de las rentas y salarios es otro de los aspectos más preocupante de la evolución de la crisis: se han perdido uno de cada diez dólares desde enero.

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