El virus de la desigualdad económica está creciendo

Si el dinero es la fuente de la felicidad, y tener más dinero significa más felicidad, algunos de nuestros amigos multimillonarios han alcanzado niveles de felicidad sin precedentes en los últimos años, especialmente durante la pandemia, cuando su nivel de riqueza se ha disparado. Esto muestran las últimas cifras sobre la distribución de la riqueza de la Junta de la Reserva Federal que cubren hasta el tercer trimestre de 2020, y las cifras diarias publicadas por Bloomberg.

A continuación, se presenta un cuadro basado en las cifras de la Junta de la Reserva Federal. Los trimestres seleccionados representan el apogeo de la riqueza del 1% durante el régimen de Bush (3er trimestre de 2007) que fue antes de la Gran Recesión, su riqueza al comienzo de la presidencia de Obama (1er trimestre de 2009), al final de su primer mandato (4to trimestre de 2016), en su punto álgido, (3er trimestre de 2016), y en su último trimestre de 2016. Para la administración Trump, las cifras son de su primer trimestre en 2017, el punto álgido que fue justo antes de la pandemia (4to trimestre de 2019), el primer trimestre de 2020 que cubre el inicio de la pandemia, y las cifras más recientes que cubren el tercer trimestre de 2020.

 



Lo que las cifras de la Fed muestran es lo bien que, como grupo, le ha ido al 1% más rico. La recuperación de su riqueza nominal del impacto negativo de la gran recesión tardó unos cinco años en superar el punto máximo alcanzado antes de la gran recesión. Por el contrario, bajo Trump, a pesar de la pandemia y el declive económico, la recuperación de la riqueza del 1% desde su descenso en el primer trimestre de 2020 hasta su punto álgido a finales de 2019, no sólo se alcanzó en menos de un año, sino que es incluso un 4% mayor.


A 23 de diciembre, el índice Dow Jones subió un 8,4% desde donde estaba al final del tercer trimestre, y el índice NASDAQ subió un 14,3%, lo que sugiere que las ganancias del 1% para el año deberían ser mucho más altas que el 4%, dado que estas personas tienen el 52,7% de todo lo que la Fed denomina acciones corporativas y acciones de fondos mutuos.


¿Quién beneficia más al 1% más rico?: Trump contra Obama


¿Durante qué administración le fue mejor al 1%, Obama o Trump? La recuperación de sus pérdidas fue más rápida con Trump. Sin embargo, a pesar de la gran reducción de impuestos que ganaron bajo la administración Trump, Obama parece ser el ganador.


Su ganancia en riqueza nominal desde el comienzo del régimen de Trump hasta el tercer trimestre de 2020 es de 7,1 billones de dólares. Durante el período similar de la presidencia de Obama, la ganancia en su riqueza llegó a 4,76 billones de dólares. Mientras que la ganancia en dólares bajo Trump es mayor, Obama es el ganador en el porcentaje de ganancia, 30,7% a 24,4%. Sin embargo, Obama tenía una ventaja en que el punto de partida era bajo debido a la gran recesión.


Un enfoque más justo podría ser mirar a un período similar en el segundo mandato de Obama. Desde el primer trimestre de 2013 hasta el tercer trimestre de 2016, la ganancia del 1% fue de 6,57 billones de dólares. La cantidad de ganancia de riqueza si ajustamos por la inflación a 2%/año, es aproximadamente la misma cantidad de dólares que la ganancia bajo Trump. Sin embargo, el porcentaje de ganancia en la riqueza del 1% en este período bajo Obama es 30.3%, casi 6% mayor que la ganancia durante una cantidad comparable de tiempo de Trump estando en el cargo[1]


Además, la parte de la riqueza total de la nación que se encuentra en el 1% generalmente aumentó durante el tiempo que Obama estuvo en el cargo, comenzando en el 27,2% en el primer trimestre de 2009 y terminando en el 31,1% cuando dejó el cargo. Por el contrario, la parte de su riqueza durante el tiempo de Trump hasta el tercer trimestre de 2020 alcanzó un punto alto de 31,3% en el primer trimestre de 2018 disminuyendo a 30% en el primer trimestre de 2020 hasta llegar a 31% en el tercer trimestre, nunca superando el punto más alto de 31,4% durante los dos trimestres intermedios de 2016 cuando Obama era presidente. ¡Trump se puede colgar la medalla de no haber caído nunca por debajo del 30%!


Algunas personas especiales durante la pandemia


A partir del 23 de diciembre, según el Índice de Billonarios de Bloomberg, en 2020, Warren Buffet es el único perdedor de riqueza entre las 10 personas más ricas del mundo. El pobre Warren tiene ahora 84,6 mil millones de dólares, teniendo que lidiar con pérdidas de 4,62 mil millones de dólares en lo que va de año. La vida puede ser dura.


Ha habido perdedores aún mayores en 2020 entre los súper ricos. Amancio Ortega, descrito como un minorista español, ha experimentado una pérdida de 9.410 millones de dólares. El derechista Charles Koch, cuya riqueza lo sitúa en el número 20, ha perdido unos 5,85 mil millones de dólares.


Sin embargo, los perdedores son la excepción. La mayoría de los que están en la cima del 1% lo han hecho mucho mejor que sus colegas promedio. Algunos han experimentado ganancias de decenas de miles de millones


Liderando la manada encontramos a Elon Musk, cuya riqueza ha aumentado en tres dígitos en sólo un año, 127 mil millones de dólares. Su ganancia por sí sola sería lo suficientemente buena para convertirlo en el tercer individuo más rico del mundo después de Bezos y Gates. Su patrimonio neto es ahora de 155.000 millones de dólares, y su ganancia ha sido incluso mejor que la del minorista "favorito" del mundo, Jeff Bezos, que ha tenido que conformarse en lo que va de año con un aumento de 72.200 millones de dólares, casi 55.000 millones menos que Musk[2]. El peligro para Bezos es que si Musk continúa en el camino que ha seguido durante el año, pronto será el número uno, y podría ser el primero en alcanzar el trillón.


Aquí está el registro en el informe Bloomberg de los 10 grandes de EE.UU. que muestra que todos ellos, excepto Buffet, tuvieron ganancias porcentuales de riqueza que son más altas que la ganancia de un típico colega en el 1%.

 



Si las cifras aquí fueran representativas de todo un año, en un día típico de 2020, la riqueza de Musk aumentó en casi 348 millones de dólares, lo que equivale a 14,5 millones de dólares por hora, 241.628 dólares por minuto, o 4.027 dólares por segundo. El aumento de su riqueza por sí solo es suficiente para dar a los 331 millones de estadounidenses 383 dólares, que es más de la mitad de lo que el gobierno ofrecerá en el último proyecto de ley de estímulo.


¿Cuántos multimillonarios se necesitan para llegar a un billón?


Con los dedos de la mano serías capaz de alcanzar ese número mágico de un billón de dólares. Los bienes de los 10 más ricos llegan a 1.042 billones de dólares. Sus ganancias en 2020, a 23 de diciembre, son de 319.600 millones de dólares. Excluyendo al rezagado Buffet, como grupo, el aumento de su riqueza es de 324,2 mil millones de dólares.


Usando las cifras del tercer trimestre de 2020 de la Reserva Federal, las ganancias totales del 1%, en el tercer trimestre de 2020, llegaron a 1,47 billones de dólares. Las ganancias netas de los 10 más ricos constituyen por sí solas el 21,7% de la ganancia total de los aproximadamente 3,3 millones de personas más ricas en nuestros queridos EE.UU.


Los que ocupan los puestos del 11 a 20 tienen una riqueza de aproximadamente la mitad que los 10 primeros, 502.200 millones de dólares, con ganancias para en este año de casi 54.900 millones de dólares, cifra que sería de 70.000 millones de dólares si se excluyen a sus colegas que perdieron riqueza.


La riqueza total de los 20 primeros es de 1,544 billones de dólares. Esta cantidad representa el 65,4% de la riqueza total de la mitad más pobre de la población de los Estados Unidos que, a finales del tercer trimestre de 2020, poseía una riqueza de 2,36 billones de dólares. La riqueza de los 10 individuos más ricos llega al 44% de la riqueza del 50% más pobre, aproximadamente 165,5 millones de personas.
¿Impuestos sobre estas ganancias astronómicas en 2020?


No esperes que la mayoría de las ganancias de los veinte más ricos paguen impuestos. Los cientos de miles de millones en plusvalía representan principalmente aumentos en el valor de los activos que poseen. Ganancias como esas generalmente no son gravadas a menos que los activos sean vendidos (algo que probablemente no ocurrió en el caso de muchos, si es que ocurrió). En otras palabras, en contraste con los ingresos que las personas ganan por trabajar en un empleo, y que tal vez ponen en riesgo su salud y sus vidas, es probable que poca de la ganancia de riqueza de los veinte primeros vaya a la hacienda pública.


Seguro que Estados Unidos es genial. Si los barones del robo (los grandes industriales decimonónicos) vivieran hoy, probablemente sentirían envidia de la cantidad de riqueza que poseen los más ricos y sus recientes adquisiciones y, tal vez, de la felicidad que han ganado durante uno de los años más duros y tristes de nuestra historia.


Notas:

[1] En tiempos de Clinton, la riqueza del 1% subió un 87,7%, de 6,13 billones de dólares a 11,51 billones. Durante la época de W. Bush, la riqueza del 1% subió de 11,22 a 19,89 billones de dólares, una ganancia del 77,2% antes de caer durante la gran recesión a 15,91 billones de dólares en su último trimestre (una ganancia del 41,8% durante sus ocho años). Estas cifras, incluyendo las comparaciones de Trump con Obama, sugieren claramente que en los últimos 28 años al 1% le ha ido mejor bajo presidentes demócratas que bajo presidencias republicanas.
[2] A 25 de diciembre, Bloomberg indica las ganancias Musk para el año de 132.000 millones de dólares, que es 5.000 millones de dólares más que la cantidad de esta tabla.

Rick Baum
enseña ciencias políticas en City College de San Francisco. Es miembro de AFT 2121.

Publicado enEconomía
Relectura 2020. ¿Cuándo aplanamos la curva de la desigualdad social?

El tiempo pasa y nos marca de diversas maneras con sus acontecimientos, unos más fuertes, otros no tanto. De unos y otros escritos en desdeabajo en su debido momento. Hoy, en época de balances, los retomamos y les invitamos a su relectura.

 

Desnuda, sin apariencias, así quedó nuestra sociedad producto de la crisis de salud pública acelerada por el covid-19. Si bien todas las partes de su cuerpo estaban diagnosticadas al punto de llevarnos a figurar en América Latina después de Haití en rango de desigualdad, y a nivel mundial en 7 lugar, la propaganda oficial alcanzaba a desdibujar, a ocultar, nuestra desfigurada estructura con el simple manejo de cifras, de curvas y de flechas que indicaban la caída de la pobreza.

No era difícil así proceder, ya que el registro de unos pocos pesos más en los ingresos de las familias las alejaban del rango de pobres, y a estos de miserables. Pero ahora, producto de la pandemia y de la recesión económica que hundió el aparato industrial, el paro obligado, la creciente de la informalidad ha reducido los ingresos y, entonces, unos pesos menos han llevado a quienes equilibraban en la barra de la clase media a deslizarse y caer a la barra de los pobres y a estos a la de los miserables. ¿Y lo miserables?

Desnudos, así hemos quedado, pese a lo cual hay que decir que la realidad es más drástica, es de verdadero escándalo, ya que la curva de desigualdad existente y persistente en nuestro país alcanza picos inimaginables para una sociedad que se pretende democrática.

Retomemos algunos de los elementos que llevan a que la curva siempre esté en alza:

Del total nacional, la clase rica representa el 10 por ciento de la población y se queda con el 45 por ciento del ingreso producido anualmente por el trabajo de toda la sociedad. Con un agravante: el 1 por ciento de los estratos altos concentra el 20 por ciento del ingreso nacional, y el 44 por ciento de la riqueza, adicional al monopolio del poder político, estatal y mediático.

A la clase media pertenece el 40 por ciento de la población, con una participación simétrica en los ingresos del país. Los sectores populares constituyen el 50 por ciento de los habitantes y reciben sólo un 15 por ciento del total de los ingresos.

Por su parte la pobreza en el campo alcance al 41,1 por ciento, con un mal mayor: la indigencia cubre al 33 por ciento de sus pobladores. Indigencia que en las zonas urbanas alcanzaba al 7 por ciento; la pobreza ronda el 24,4.

En condiciones de pobreza están 13,5 millones. es decir, sin ingresos suficientes para cubrir los gastos que demanda el día a día, y sin acceso pleno a servicios públicos básicos.

La diferencia entre lo que tienen unos y lo que le falta a los otros es tal que el Gini de desigualdad que registra el país es de 0,528.

Estamos ante un cuerpo desmembrado en el cual, según las declaraciones de renta del año 2017, los más ricos concentraron el 95,4 por ciento de la riqueza, y el decil 1 de las más pobres aglutinó tan sólo el 0,0001, lo que da un índice de concentración Gini igual a 0,974.

Por otra parte, en la concentración del ahorro financiero, según datos de la Superfinanciera, 8.500 propietarios son dueños del 77 por ciento de los CDTs depositados en el sistema bancario, y 9.200 son dueños del 65 por ciento de los depósitos de ahorro. Como consecuencia el Gini de la distribución de los depósitos financieros es un asombroso 0.92 para los CDTs, 0.94 para los depósitos de ahorro y 0.97 para las cuentas corrientes.

Es esta realidad la que permite que alrededor de 480 empresas concentren el 57 por ciento del Patrimonio Bruto Nacional de las Personas Jurídicas (PJ) lo que da como resultado un índice de concentración Gini entre ellas de 0.7437.

Como si fuera poco, grupos de grandes propietarios que integran ese mismo rostro de extremos que es Colombia, reúne en sus manos: industria, bancos, comercio, propiedad accionaria, depósitos bancarios, de los cuales 2.681 clientes (0,01%) poseen 58,6 de los mismos, los cuales suman unos 185 billones.

Como vemos, Colombia sintetiza una sociedad con dos caras totalmente contrarias, con una oligarquía a cuyo haber está el poder en todas sus facetas, entre ellas la tierra, el 77 por ciento de la cual reposa en manos del 13 por ciento de propietarios, un 3,6 de los cuales concentra el 30 por ciento de este preciado recurso, lo que arroja un Gini de 0,829. En el opuesto de esta realidad, el 80 por ciento de los pequeños campesinos cuenta con menos de una Unidad Agrícola Familiar (UAF), son microfundistas. El 68 por ciento de los predios registrados en catastro clasifican en pequeña propiedad, la que sólo cubre el 3,6 por ciento de la superficie productiva.

No es extraño, por tanto, que nuestro país permanezca como el más desigual del continente en materia de distribución de la tierra: el 1 por ciento de las explotaciones de mayor tamaño (Unidades de Producción Agrícola, UPA, de más de 500 hectáreas) maneja más del 80 por ciento de la superficie productiva de la tierra, mientras que el 99 restante –campesinos, propietarios de minifundios– se reparte menos del 20 por ciento de la tierra productiva.

En esta disparidad entre terratenientes y minifundistas, “el 79.2% del total nacional de predios con alta participación del microfundio (64,8%) no alcanzan a cubrir los tres salarios mínimos mensuales. Lo que explica los altos índices de pobreza en las áreas rurales colombianas”.

Estamos, como es evidente, ante una curva de desigualdad que no aguanta paliativos para su reducción. Son necesarias medidas estructurales que lleven a romper el modelo económico y el régimen político que así lo permite. Para ello no sirven los tapabocas ni los confinamientos. Todo lo contrario, hay que tener la nariz descubierta para no perder el olor desprendido por el poder absolutista y así, con nauseas, alzar la voz de protesta, para lo cual la boca debe estar despejada, como el cuerpo listo para liderar la denuncia, al tiempo de la construcción de una realidad totalmente contraria a la descrita.

Precisamente, denuncia, acción, protesta, referentes teóricos claros y construcción alternativas de otro modelo social, con participación abierta y creativa de todo el tenido social, integran los compontes de la vacuna para aplanar la inmensa curva de desigualdad social que destaca en Colombia.

 

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Las mujeres en Colombia ganan un 27% menos que los hombres

En Colombia, poco más del 50% de las mujeres en edad de trabajar está fuera de la fuerza laboral y las que tienen un empleo ganan un 27% menos que los hombres. La cifra se desprende del informe Mujeres y hombres: brechas de género en Colombia, de ONU Mujeres, la Consejería Presidencial para la Mujer y el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), que presenta un panorama detallado sobre la situación económica, educativa y de violencia contra las mujeres en Colombia entre los años 2008 y 2019.

El documento muestra como un avance que la participación laboral de las mujeres se ha incrementado en más de seis puntos porcentuales pasando 46.4% a 53.1%, pero reconoce que persisten enormes desigualdades que comienzan desde la adolescencia y son aún más fuertes en el campo. La brecha con relación a los hombres es todavía de 20,8 puntos (73,9% de ellos son parte de la fuerza laboral). “La incorporación de las mujeres a los mercados laborales ha tenido un importante avance, pero todavía sucede en condiciones desventajosas que se expresan en mayor desempleo, mayor informalidad, concentración en ciertas ocupaciones y también, en las partes inferiores de las estructuras jerárquicas y, en la persistencia de la brecha salarial”, indica el informe presentado este martes.

Pero estar en el mercado laboral tampoco les garantiza condiciones iguales. Aunque trabajan diariamente 2 horas y 10 minutos más que los hombres y además se encargan de labores de cuidado en sus hogares, ganan mensualmente un 27% menos que ellos. “Las opciones laborales de las mujeres están sumamente limitadas por la responsabilidad de las actividades domésticas y de cuidados no remuneradas, que recae desproporcionadamente en ellas”, dice el informe soportado en las estadísticas del DANE. Y esas condiciones laborales desventajosas se reflejan en los índices de pobreza: por cada 100 hombres en hogares pobres, hay 118 mujeres.

Para Patricia Fernández Pacheco, Representante Adjunta en ONU Mujeres, una de las novedades de la publicación es el enfoque en el trabajo doméstico no remunerado. “Ya venía siendo asunto de análisis antes de la pandemia del covid-19. Esta crisis ha evidenciado la sostenibilidad en su distribución pero también un reconocimiento a su valor económico”, dijo. En Colombia – agrega Fernández- la producción de servicios de cuidado no remunerado en su mayoría realizado por las mujeres equivale al 20 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB). “De los 37 mil millones de horas que se dedican anualmente al cuidado y bienestar de la población sin recibir pago, 29 mil millones lo realizan las mujeres, mientras que los hombres dedican 8 mil millones de horas”, explicó.

Violencia contra las mujeres

“El embarazo y la maternidad en adolescentes es una expresión de desigualdades de género y también de etnia”, agrega el informe en el que se entregan datos sobre el número de niñas madres y de matrimonio infantil, una práctica que se considera lejana pero es real en muchas regiones de Colombia. De acuerdo con las cifras, en 2018, 7.453 niñas de 10 a 14 años y 220.868 adolescentes de 15 a 19 años han tenido al menos un hijo.

“Los nacimientos de niñas menores de 14 años representan menos del 1% de los nacimientos totales. No obstante, detrás de estos casos, se configuran graves violaciones a los derechos humanos de las niñas que deben ser investigados desde una perspectiva de género y de protección de la niñez, así como de garantías de no repetición”, recomiendan las tres instituciones. En Colombia, los actos sexuales con menores de 14 años son un delito en el código penal.

La publicación aborda también cómo la discriminación de género tiene su “expresión extrema en actos sistemáticos de violencia que se cometen contra ellas”. Revela que en 2019 fueron asesinadas 1.001 mujeres, de acuerdo con del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses y que los agresores eran en su orden parejas o exparejas, amigos, conocidos y familiares de las víctimas. “Los asesinatos de mujeres presentan características particulares, permeadas por relaciones de género asimétricas, en una estructura de violencia sustentada por una sociedad que normaliza, justifica y perpetúa la violencia al desvalorizar y degradar a las niñas y mujeres”, se observa en la publicación.

Lo mismo que ocurre en la violencia sexual. Solo en 2019 se hicieron 26.158 exámenes médicos por presunto delito sexual, de los cuales el 86,1% fueron practicados a mujeres y de estos, una abrumadora mayoría (85,6%) correspondieron a niñas y jóvenes menores de 18 años. “Por cada hombre víctima de presunto delito sexual se presentan seis mujeres víctimas”, aclara el libro, que aporta datos como la incidencia de delitos sexuales concentrados en los domingos o las prácticas más comunes contra las mujeres.

Por Catalina Oquendo

Bogotá - 10 nov 2020 - 20:53 COT

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¿Cuándo aplanamos la curva de la desigualdad social?

Desnuda, sin apariencias, así quedó nuestra sociedad producto de la crisis de salud pública acelerada por el covid-19. Si bien todas las partes de su cuerpo estaban diagnosticadas al punto de llevarnos a figurar en América Latina después de Haití en rango de desigualdad, y a nivel mundial en 7 lugar, la propaganda oficial alcanzaba a desdibujar, a ocultar, nuestra desfigurada estructura con el simple manejo de cifras, de curvas y de flechas que indicaban la caída de la pobreza.

No era difícil así proceder, ya que el registro de unos pocos pesos más en los ingresos de las familias las alejaban del rango de pobres, y a estos de miserables. Pero ahora, producto de la pandemia y de la recesión económica que hundió el aparato industrial, el paro obligado, la creciente de la informalidad ha reducido los ingresos y, entonces, unos pesos menos han llevado a quienes equilibraban en la barra de la clase media a deslizarse y caer a la barra de los pobres y a estos a la de los miserables. ¿Y lo miserables?

Desnudos, así hemos quedado, pese a lo cual hay que decir que la realidad es más drástica, es de verdadero escándalo, ya que la curva de desigualdad existente y persistente en nuestro país alcanza picos inimaginables para una sociedad que se pretende democrática.

Retomemos algunos de los elementos que llevan a que la curva siempre esté en alza:

Del total nacional, la clase rica representa el 10 por ciento de la población y se queda con el 45 por ciento del ingreso producido anualmente por el trabajo de toda la sociedad. Con un agravante: el 1 por ciento de los estratos altos concentra el 20 por ciento del ingreso nacional, y el 44 por ciento de la riqueza, adicional al monopolio del poder político, estatal y mediático.

A la clase media pertenece el 40 por ciento de la población, con una participación simétrica en los ingresos del país. Los sectores populares constituyen el 50 por ciento de los habitantes y reciben sólo un 15 por ciento del total de los ingresos.

Por su parte la pobreza en el campo alcance al 41,1 por ciento, con un mal mayor: la indigencia cubre al 33 por ciento de sus pobladores. Indigencia que en las zonas urbanas alcanzaba al 7 por ciento; la pobreza ronda el 24,4.

En condiciones de pobreza están 13,5 millones. es decir, sin ingresos suficientes para cubrir los gastos que demanda el día a día, y sin acceso pleno a servicios públicos básicos.

La diferencia entre lo que tienen unos y lo que le falta a los otros es tal que el Gini de desigualdad que registra el país es de 0,528.

Estamos ante un cuerpo desmembrado en el cual, según las declaraciones de renta del año 2017, los más ricos concentraron el 95,4 por ciento de la riqueza, y el decil 1 de las más pobres aglutinó tan sólo el 0,0001, lo que da un índice de concentración Gini igual a 0,974.

Por otra parte, en la concentración del ahorro financiero, según datos de la Superfinanciera, 8.500 propietarios son dueños del 77 por ciento de los CDTs depositados en el sistema bancario, y 9.200 son dueños del 65 por ciento de los depósitos de ahorro. Como consecuencia el Gini de la distribución de los depósitos financieros es un asombroso 0.92 para los CDTs, 0.94 para los depósitos de ahorro y 0.97 para las cuentas corrientes.

Es esta realidad la que permite que alrededor de 480 empresas concentren el 57 por ciento del Patrimonio Bruto Nacional de las Personas Jurídicas (PJ) lo que da como resultado un índice de concentración Gini entre ellas de 0.7437.

Como si fuera poco, grupos de grandes propietarios que integran ese mismo rostro de extremos que es Colombia, reúne en sus manos: industria, bancos, comercio, propiedad accionaria, depósitos bancarios, de los cuales 2.681 clientes (0,01%) poseen 58,6 de los mismos, los cuales suman unos 185 billones.

Como vemos, Colombia sintetiza una sociedad con dos caras totalmente contrarias, con una oligarquía a cuyo haber está el poder en todas sus facetas, entre ellas la tierra, el 77 por ciento de la cual reposa en manos del 13 por ciento de propietarios, un 3,6 de los cuales concentra el 30 por ciento de este preciado recurso, lo que arroja un Gini de 0,829. En el opuesto de esta realidad, el 80 por ciento de los pequeños campesinos cuenta con menos de una Unidad Agrícola Familiar (UAF), son microfundistas. El 68 por ciento de los predios registrados en catastro clasifican en pequeña propiedad, la que sólo cubre el 3,6 por ciento de la superficie productiva.

No es extraño, por tanto, que nuestro país permanezca como el más desigual del continente en materia de distribución de la tierra: el 1 por ciento de las explotaciones de mayor tamaño (Unidades de Producción Agrícola, UPA, de más de 500 hectáreas) maneja más del 80 por ciento de la superficie productiva de la tierra, mientras que el 99 restante –campesinos, propietarios de minifundios– se reparte menos del 20 por ciento de la tierra productiva.

En esta disparidad entre terratenientes y minifundistas, “el 79.2% del total nacional de predios con alta participación del microfundio (64,8%) no alcanzan a cubrir los tres salarios mínimos mensuales. Lo que explica los altos índices de pobreza en las áreas rurales colombianas”.

Estamos, como es evidente, ante una curva de desigualdad que no aguanta paliativos para su reducción. Son necesarias medidas estructurales que lleven a romper el modelo económico y el régimen político que así lo permite. Para ello no sirven los tapabocas ni los confinamientos. Todo lo contrario, hay que tener la nariz descubierta para no perder el olor desprendido por el poder absolutista y así, con nauseas, alzar la voz de protesta, para lo cual la boca debe estar despejada, como el cuerpo listo para liderar la denuncia, al tiempo de la construcción de una realidad totalmente contraria a la descrita.

Precisamente, denuncia, acción, protesta, referentes teóricos claros y construcción alternativas de otro modelo social, con participación abierta y creativa de todo el tenido social, integran los compontes de la vacuna para aplanar la inmensa curva de desigualdad social que destaca en Colombia.

 

 

 

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Publicado enEdición Nº269
Marx, Piketty y los ladrones de conceptos

Louis Althusser tras ejecutar su famoso –y problemático− "corte epistemológico" que en su obra tardía mutó en una “tensión permanente entre el ‘joven’ y el ‘viejo’ Marx” (bit.ly/2Ad2ruS), reformuló también famosamente dentro del marxismo – and with a little help of his “ friends”: Freud & Spinoza (P. Anderson, Considerations on western marxism, 1976, p. 84-85)− el concepto de la ideología.

Viéndola más allá de la "falsa consciencia" como un campo en que las prácticas e instituciones materiales del Estado están representadas de forma imaginaria con tal de asegurar la reproducción de estructuras socioeconómicas existentes, Althusser argumentaba que 1. "La ideología representa una relación imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de vida" y que 2. "La ideología tiene una existencia material" (véase: On the reproduction of capitalism. Ideology and ideological state apparatuses, 1970, 288pp).

Pese a deficiencias, su modelo se mantiene. Comprender como formamos nuestras ideas "influenciados" por nuestras instituciones –"aparatos ideológicos del Estado"− es crucial para comprender por qué seguimos reproduciendo el sistema que nos está explotando (bit.ly/3cQ5A23).

Los que piensan que algo de esto –en forma de refutación, debate "de un marxista al otro" (p.ej. Miliband vs Poulantzas) e incluso un ataque (p.ej. E. P. Thompson vs Althusser)− estaría en el nuevo y “monumental opus magnum” del “gran economista super star” –todas las comillas son como siempre muy intencionales− Thomas Piketty titulado El capital y la ideología (2019, 1200pp.), seguramente pensaban y/o siguen pensando que Piketty en su anterior y “monumental opus magnum” El capital en el siglo XXI (2013, 696pp) “actualizaba a El capital”, “avanzaba la teoría marxista para ‘la era de las desigualdades’” o que incluso era "el moderno sucesor de Marx" −no, no estoy inventando estos absurdos−, mientras ni él ni sus libros no tienen nada que ver con Marx ni marxismo (bit.ly/3goikzn , bit.ly/2Z8GqrF), son "una decepción intelectual y política apoyada por los medios" (bit.ly/35XowJQ) o, en el mejor de los casos −sin tener idea del concepto del "capital" introducido por Marx y poniéndolo en la portada de su libro e ignorar cuestiones como la explotación del trabajo, el valor o la tasa de ganancia− un "robo de título" (véase: Marx, Piketty y los ladrones de títulos, bit.ly/367YqUp).

Tras más de seis años, Piketty no sólo continúa sin entender el concepto del "capital" (una "relación social", no "un conjunto de bienes, propiedades y riqueza"), sino − ¡suprise, suprise!− tampoco entiende el concepto de la ideología (véase: Althusser, no "un conjunto de ideas que profesamos conscientemente"). Tras no haber leído El capital –como él mismo ha asegurado (bit.ly/2B2Ux7K)− para hablar del "capital en el siglo XXI", ahora − ¡suprise, suprise!− Piketty no ha leído nada sobre la ideología para hablar del "capital y la ideología".

“Lo más alucinante –le decía Frédéric Lordon debatiendo con él “de un economista marxista a un mainstream− es la manera en la que te lanzas lleno de entusiasmo a uno de los temas más populares en ciencias sociales en los pasados 150 años sin ninguna referencia y sin citar a un solo autor...” (¡sic!) ¿Marx y Engels con su Ideología alemana? ¿Adorno, Horkheimer y la Escuela de Frankfurt? ¿Alguien otro de la tradición marxista de la ideología (de ‘A’ como Althusser a ‘Z’ como Zizek)? ¿Weber? ¿Bourdieu con su "violencia simbólica" con la que “sustituía el concepto de la ‘ideología’, pero para preservarlo”? "Pero no, no hay nada. Nada. Y esto es muy desconcertante..." –le decía (bit.ly/2LurMTr).

En vez de esto hay un festival de lugares comunes y confusiones (y por supuesto "una impresionante masa de datos"). Dándole la espalda al materialismo y retrocediendo a posiciones idealistas –¡vaya "sucesor de Marx"...!− Piketty ve a las ideas, no p.ej., ¡ejem...!, la lucha de clases, como "el motor del mundo". Para él las desigualdades "son ante todo ideológicas" y "justificadas por la ideología" −como hoy por la "sacralización de la propiedad"− una "explicación" que se queda dolorosamente en la superficie. Proponiendo la circulación de bienes "para superar el capitalismo" (sic) y una suerte de "socialismo participativo" (sic) para, mediante los impuestos, “compartir ‘el capital’ (la riqueza) acumulado por los ricos” y... generado por el mismo sistema sin expropiarlos o sustituirlo con otro modo de producción, Piketty no nota como su "remedio" reproduce la misma lógica capitalista y desemboca en mero reformismo revelando inconscientemente como el propio concepto de la "desigualdad" en vías de absorción por intelectuales, políticos e instituciones dominantes, y lejos de ser ya algo subversivo se vuelve parte orgánica de la ideología burguesa para ir oscureciendo los verdaderos mecanismos del capitalismo y "salvarlo de sí mismo".

“La desigualdad −bien apunta G. M. Tamas− es un problema sociológico, mientras la explotación (algo que ningún gobierno ni la clase capitalista puede remediar como quieren p.ej. los socialdemócratas), no. Transformar la reificación, el fetichismo de la mercancía, la explotación en ‘desigualdad’ (o sea, ‘un problema político posible de solucionar gradualmente’), es, desde el punto de vista marxista, un absurdo” (bit.ly/2ZDi35r). Igual lo es hablar de la "ideología" sin entender la hondura del concepto.

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Coronavirus en Perú: el modelo entró en terapia intensiva 

La pandemia desnudó un programa  neoliberal que se jactaba de exitoso por sus buenas cifras macroeconómico

 

Desde Lima. El Perú fue el primer país de la región en decretar una cuarentena total a nivel nacional, el 16 de marzo, pero se ha convertido en el segundo país de Latinoamérica, después de Brasil, con más casos de contagio de covid-19. Son 88.541 contagios reportados y 2.523 fallecidos. En el último día hubo 4.046 casos nuevos, la jornada anterior habían sido 3.891, y 131 fallecidos, el día anterior fueron 125 las muertes. Optimista, el presidente Martín Vizcarra ha señalado esta semana que “ya se ha llegado a la meseta de contagios, ahora comenzará un lento descenso, necesitamos persistir en el esfuerzo”. La afirmación ha desatado un encendido debate. El ministro de Agricultura y once congresistas están entre los infectados.

El gobierno reaccionó rápido al decretar una temprana cuarentena cuando los casos eran 71 y no había un solo fallecido, pero en un país con 70 por ciento de informalidad, muchos que viven del día a día, y un Estado poco eficiente, incapaz de hacer llegar oportunamente las ayudas -en dinero y alimentos- dispuestas para la población más vulnerable, hacer cumplir una rigurosa cuarentena ha sido complicado.

Precarios y desordenados mercados populares donde compradores y comerciantes con un alto índice de contagio detectado se aglomeran y que recién ocho semanas después de estar en cuarentena se intentan ordenar, largas filas en los bancos para cobrar los bonos repartidos desorganizadamente por el gobierno y el transporte público, se han convertido en los principales espacios de transmisión del virus durante esta larga cuarenta.

El coronavirus se inició en los barrios limeños de clase media y alta con personas llegadas de Europa -el primer caso se presentó el 6 de marzo- pero ahora, a través de estos tres focos de contagio, se extiende en los barrios populares, donde millones viven hacinados en precarias viviendas, muchas sin agua. Un ambiente propicio para la expansión del virus.

“Una primera razón por la cual el Perú tiene más casos de coronavirus registrados que la mayoría de países de la región es porque es el país de la región que más pruebas para detectar el virus está haciendo (se han hecho más de 630 mil pruebas), y a más pruebas más casos detectados, cifras más reales, menos subregistro”, le declaró a Página/12 el médico Eduardo Gotuzzo, miembro de un equipo de expertos que asesora al gobierno.

El doctor Gotuzzo hace un balance de la cuarentena: “En un inicio tuvimos problemas para detectar y aislar los primeros casos y la enfermedad se diseminó. La vigilancia epidemiológica en ese inicio no fue la mejor. Eso se ha superado. Un grave error ha sido poner un toque de queda muy temprano (a partir de las seis de la tarde y desde el lunes pasado corrido a las ocho de la noche), lo que redujo el tiempo de atención en bancos y mercados, generando más aglomeraciones que propagan el virus. La cuarentena ha servido para reducir los contagios, sin cuarentena serían muchos más, y se ha aprovechado este tiempo para mejorar el precario sistema de salud”.

Mejorar el deficiente sistema de salud, descuidado y desfinanciado a pesar de las últimas dos décadas de importante crecimiento económico, es una carrera contra el tiempo y el avance del virus. Se está al límite. Y en algunas regiones del país ya ha colapsado, con pacientes que mueren en los pasillos de los hospitales esperando ser atendidos. Personal de salud protesta exigiendo equipos de protección.

El lunes pasado se volvió a prorrogar la cuarentena por otras dos semanas, pero esta vez con una apertura parcial de algunas actividades económicas, como la minería, construcción, industria textil, servicio de restaurantes por delivery. Con esta apertura volverían al trabajo 1,4 millones de personas y la actividad económica, reducida a un 44 por ciento con la cuarentena, debe subir a un 70 por ciento. Hay temor sobre el impacto de esta apertura en la propagación de la covid – 19.

El gobierno ha destinado unos 30 mil millones de dólares (el 14 por ciento del PIB) para responder a la emergencia por la pandemia y sus efectos. Se ha creado un bono equivalente a 220 dólares para 6,8 millones de familias -75 por ciento del total de familias del país- pero hasta ahora se ha repartido menos del 40 por ciento de ese bono, se ha postergado el pago de impuestos, para las empresas se están dando préstamos avalados por el Estado con intereses entre uno y dos por ciento y hay subsidios parciales a los pagos de planillas. Pero a pesar de estas ayudas, las empresas han dado hasta ahora licencias sin paga a más de 200 mil trabajadores.

Diversos expertos indican que este año la caída del PIB sería mayor a 10 por ciento, después de haber crecido 2,2 por ciento en 2019 y tener antes de la pandemia una proyección de 4 por ciento de alza para este año. Según Cepal, la pobreza en el Perú subiría de 20,2 por ciento a entre 23,3 y 25,2 por ciento. Esto significa entre 950 mil y 1,6 millones de nuevos pobres. Hay otro 32 por ciento que está fuera de la línea de pobreza monetaria (que es de un ingreso mensual de unos 400 dólares para una familia de cuatro miembros), pero en condición de vulnerabilidad. Analistas estiman que entre 700 mil y 1,3 millones perderían su empleo este año.

Ante a la propuesta para crear un impuesto a la riqueza, que gatilló las presiones en contra de los grupos de poder, el presidente Vizcarra señaló que en este momento de crisis “es necesaria la solidaridad de quienes tienen más”, pero su ministra de Economía, María Antonieta Alva, una joven economista de 35 años salida de la tecnocracia neoliberal, ha marcado distancias con la propuesta.

“El costo económico de esta crisis para el país será grandísimo y estimo que tardaremos por lo menos dos años en recuperarnos. Después de la pandemia tendremos una economía más concentrada, más oligopólica, porque en estos días el gobierno ha suspendido la entrada en vigencia de una ley antimonopolio”, le señaló a este diario el economista Humberto Campodónico, catedrático de la Universidad de San Marcos y columnista del diario La República.

“Esta pandemia está revelando que en el Perú con la Constitución de 1993 (dada por el régimen autoritario de Alberto Fujimori) que redujo al Estado a un rol subsidiario de lo privado, lo que hemos tenido es una modernización de escaparate, con algunas instituciones estatales útiles para el modelo neoliberal que se han desarrollado, pero lo que tiene que ver con el bienestar de la población, como la salud, la educación o el transporte público, no se ha desarrollado. No hay una base industrial diversificada, por eso tenemos una alta informalidad laboral. Esta pandemia ha puesto en evidencia que el modelo neoliberal que tenemos hace agua”, reflexiona Campodónico.

El coronavirus ha desnudado dramáticamente las profundas desigualdades y exclusiones de un modelo que se jactaba de exitoso por sus buenas cifras macroeconómicos, pero que escondía sus pésimas cifras sociales. 

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Prisioneros del machismo: la maté porque era mía

Nos guste o no somos parte del problema: la opresión de género. Ser consciente de ello es el primer paso para cuestionar las conductas machistas. Estamos sometidos, unos, los hombres, y otras, las mujeres, a vivir con estereotipos que nos enajenan y empequeñecen. Condenados cual Sísifo a repetir los mismos papeles, cualquier esfuerzo en sentido contrario se muestra estéril. Sísifo movía una pesada roca hasta la cima de una montaña y por su peso caída de inmediato, debiendo recomenzar una y otra vez la tarea. Pero cuando hablamos de machismo, los hombres se ubican en la cúspide de la pirámide y otean el mundo bajo su particular óptica, mientras las mujeres, en la base, acaban subordinadas a vivir el mundo de los hombres. Tenemos comportamientos discriminatorios, hirientes e hipócritas con las mujeres. Homófobos, machistas y misóginos. Veamos un ejemplo. Pablo Iglesias, hoy vicepresidente segundo del gobierno de la monarquía, defensor a ultranza del proyecto de la ley de libertad sexual, defendió su aprobación señalando que en el gobierno hay "mucho machista frustrado". Su compañera sentimental, a la sazón ministra de Igualdad, había sido criticada por las formas, redacción incluida, por miembros socialistas del consejo de ministros. Tal actitud de Iglesias podría considerarse un acto de compromiso feminista si la memoria reciente no lo desnudase. El susodicho se refirió a la presentadora de televisión, Mariló Montero en Instagram en el año 2016 de esta guisa: "La azotaría hasta que sangrase... Esa es la cara B de lo nacional popular... Un marxista algo perverso convertido en un sicópata".

El machismo llama a la puerta para recordar sus vergüenzas.

El machismo es un hecho social, constato una realidad. Por ello las luchas feministas nos sitúan ante la posibilidad cierta de modificar nuestras conductas. Sin embargo, las resistencias al cambio se antojan múltiples. Perder privilegios no es algo que se haga de buena gana. Igualmente presenta más dificultades desaprender que aprender. Los patrones de comportamiento son parte del proceso de socialización y en el capitalismo adoptan formas específicas. Las relaciones de género no son la excepción. Se trata de la propiedad privada, de la enajenación, entre otros, del cuerpo inmerso en el proceso de trabajo y producción. En sus formas, el capitalismo, es constituyente de una relación de explotación contraria a los valores democráticos, la justicia social y la igualdad. Anclados en la apropiación privada del plusvalor, hemos sido adoctrinados en conductas donde se entrecruza la perspectiva de género, haciendo que cada uno de los sexos interiorice comportamientos validados socialmente, bajo el parámetro de la apropiación. Colores, juegos, lecturas, estética, emociones se enlazan hasta configurar un entramado cuya expresión es una relación de dominio y subordinación en el cual la construcción de género es una máxima. Patrones considerados apropiados o inadecuados según se nazca hombre o mujer. Es una realidad social, no una condición de naturaleza. Somos homínidos, bípedos y mamíferos vertebrados. Asimismo, las hembras de la especie dan a luz y amamantan, lo cual, no supone, por naturaleza, sometimiento, inferioridad o debilidad. Las escalas de valores son hechos sociales, institucionales. Producto de un sistema de dominación que adscribe papeles. Así nace el patriarcado. Bien señala Marcela Lagarde: "Desde la dimensión de la propiedad, la mujer no se pertenece, otros deciden por ella: los hombres, cada hombre importante en su vida, la madre, el padre, los parientes, los hijos y las hijas, las instituciones (políticas, civiles, eclesiales, militares), la sociedad, los dioses, la naturaleza. La propiedad se ciñe sobre la mujer y, en este sentido, es ser-de-otros. El orden patriarcal es un orden de propiedad social y privada de las mujeres a través de la apropiación, posesión, usufructo y desecho de sus cuerpos vividos, su subjetividad y sus recursos, bienes y obras". Pero también es parte de una percepción de ser hombre. Nuevamente Lagarde: "Los hombres se tienen como objetivo de sus energías vitales, de sus movimientos y de su subjetividad, como su centro, y cada hombre al crear o al destruir, al transformar el mundo, debe buscar indefectiblemente su gratificación y su goce. El paradigma del mundo patriarcal es el hombre, y el paradigma de cada hombre es él mismo".

Inmersos en la economía de mercado, el capital como relación social no puede dejar de explotar a hombres y mujeres, como lo realice, le es indiferente. La enajenación de cuerpo y mente de hombres y mujeres bajo la lógica del capital, impide realizar la condición de dignidad que es inherente al ser humano. Otra vez Lagarde: "Todas las relaciones íntimas y públicas de los hombres están marcadas por la opresión y desde luego por la relación ganancia-goce-éxito, trascendencia masculina, complementada con el daño, la expropiación y sufrimiento de las mujeres y hombres implicados". Democratizar las relaciones entre hombres y mujeres conlleva luchar contra el capitalismo, por el desarrollo humano, contra las relaciones de explotación de la mujer trabajadora en el marco de una sociedad de clases. En esta lucha estamos comprometidos. Cuanto antes lo asimilemos, antes será posible la emancipación de hombres y mujeres. Mientras tanto, la violencia de género hará posible su máxima: "La maté porque era mía".

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Alicia Bárcena: “América Latina ha perdido el tren de la política industrial y la innovación”

Desigualdad, discriminación, cultura del privilegio, evasión fiscal, política industrial. Tras media vida lejos del debate público, este quinteto de conceptos ha pasado a primera línea en los círculos de poder en América Latina. Más aún desde el inicio de las protestas en Chile y, en menor medida, en Colombia. "La gente está cansada; y el modelo económico, agotado", repite la secretaria ejecutiva de la Cepal, Alicia Bárcena (Ciudad de México, 1952). Entre respuesta y respuesta, y con la megafonía del aeropuerto de Barajas como melodía de fondo, la jefa del brazo de Naciones Unidas para el desarrollo económico de la región apura a toda prisa un refresco antes de embarcar rumbo a Roma para participar en una cumbre de economistas auspiciada por el Papa en el Vaticano. Todo, a ritmo de vértigo.


Pregunta. La secuencia se repite desde hace años: tanto ustedes como el resto de organismos internacionales publican sus previsiones de crecimiento para América Latina y la realidad acaba desmintiéndoles poco después. ¿Demasiado optimismo?
Respuesta. Con este año van a ser ya siete de crecimiento muy bajo, y eso debe ser una señal de alerta. El contexto externo no ayuda, pero la región tiene un problema importante de productividad: es muy baja y no ha avanzado. Hay excepciones, claro, como Perú y Colombia, economías que sí crecen.


P. La región ha dejado pasar la estela del resto del bloque emergente.
R. A diferencia de muchos países asiáticos, América Latina ha perdido dos trenes: el de la política industrial y el de la innovación, dejando la toma de decisiones a las fuerzas del mercado. Está claro que ese modelo de desarrollo, sin una estrategia productiva, se agotó. Tanto en materia económica, como demuestra el bajo crecimiento, como en materia de distribución: que sigamos siendo la región más desigual del mundo quiere decir que no hemos sido capaces de repartir esa aparente expansión.


P. Durante años se dijo que el orden en política fiscal y monetaria traería el crecimiento, pero...
R. Con excepciones, la macro ha estado ordenada y estable. Y eso es importante, pero no suficiente. El problema es que no se ha diversificado la matriz productiva con conocimiento, con contenido nacional y con encadenamientos con pequeñas y medianas empresas. La gran fábrica latinoamericana de desigualdad sigue siendo la brecha entre las grandes y las pequeñas compañías. El caso de México es claro: exporta más de 1.000 millones de dólares al día, pero eso no se siente en la sociedad.


P. Estamos viviendo un proceso de reprimarización en varias economías de la región, que hacen descansar sus exportaciones casi exclusivamente en las materias primas.
R. Sí. Es un tema muy gordo, sobre todo en Sudamérica: son países que dependen de pocos productos —petróleo, cobre, plata...— y pocos mercados. Las esperanzas son Brasil, que es un país muy diverso, y Argentina, donde el nuevo Gobierno viene con la fuerza de plantear una política industrial.


P. ¿Por qué la política industrial ha sido, por muchos años, un anatema en Latinoamérica?
R. Por el neoliberalismo puro y duro; por la escuela de Milton Friedman. El consenso de Washington tuvo un gran impacto en países como Chile, y el resultado es una economía desigual y nada diversa. En general, el modelo económico que se ha aplicado en América Latina está agotado: es extractivista, concentra la riqueza en pocas manos y apenas tiene innovación tecnológica. Nadie está en contra del mercado, pero debe estar al servicio de la sociedad y no al revés. Tenemos que encontrar nuevas formas de crecer y para eso se requieren políticas de Estado. No es el mercado el que nos va a llevar, por ejemplo, a más innovación tecnológica.


P. Llevan años apuntando a la desigualdad y a la necesidad de cambiar el modelo de desarrollo de la región. Sin mucho éxito: los Gobiernos apenas les han hecho caso. ¿Siente que han predicado en el desierto?
R. Lo que ocurre es que no hemos logrado penetrar en la estructura misma: no hemos logrado un pacto social entre Estado, empleadores y trabajadores, como el de los países nórdicos, para cerrar la enorme disparidad entre el trabajo y el capital. Ahí sí siento que hemos predicado en el desierto: todos hablamos de mayores y mejores empleos, de formalización… Lo que hace falta es una vuelta estructural del modelo. En América Latina ha habido un movimiento de personas de estratos [sociales] bajos a estratos medios, pero más de la mitad de ellos no ha completado ni siquiera 12 años de estudios. El reto ahora es cómo apostarle a la educación y a las nuevas tecnologías.


P. El caso de las energías verdes es especialmente paradigmático: Latinoamérica es una de las regiones del mundo con más sol y más viento, pero en muchos países no terminan de despegar...
R. Es otro tren que América Latina no puede perder y para eso hacen falta políticas activas. Costa Rica es un caso de éxito, que pronto va a dejar de depender de las energías carbónicas. Y Chile, por el estilo. México también debe apostarle a ser carbono neutral: me queda claro que tiene que seguir produciendo petróleo, pero debe sumarse a las energías renovables.


P. El Gobierno de López Obrador no va, precisamente, en esa dirección.
R. México está en un proceso de reflexión que me gusta. El presidente ha formado un consejo de inversiones, con Alfonso Romo a cargo, y creo que en él podemos encontrar justo este equilibrio entre inversión y respeto al medioambiente.


P. Pero la apuesta de su Administración por el crudo es inequívoca.
R. Inequívoca no sé. Lo que creo que está buscando México, y veo muy razonable, es dejar de depender de las importaciones petroleras. Siendo un país que tiene reservas, debe aprovecharlas con la mejor tecnología disponible, pero también tiene que compensar esa producción con otro tipo de desarrollos más sostenibles. Tengo confianza en Romo: tiene una visión más amplia y sabe que el mundo está yendo en esa dirección, como acaba de demostrar el Foro de Davos.


P. Algunos apuntan a la aparente paradoja que supone el hecho de que las protestas, sobre todo en Chile, lleguen en el momento de mayor prosperidad material de la historia. ¿Es una cuestión de expectativas?
R. El telón de fondo es el desencanto y el enojo; un punto de quiebre del modelo concentrador de riqueza y de privilegios con instituciones que solo benefician a algunos. Eso la sociedad lo percibe, como también percibe la evasión fiscal, la corrupción y la impunidad. Hay que salir de esa propensión rentista, de concentración de la propiedad y las ganancias, y, sobre todo, de una cultura del privilegio que ha naturalizado la desigualdad y la discriminación. La gente está cansada.


P. ¿Se ha subestimado la desigualdad?
R. Definitivamente sí. Siempre se había calculado a partir de las encuestas de hogares y cuando las comparas con los registros tributarios, te das cuenta de cuánto hemos subestimado la desigualdad desde hace años. Tenemos que afinar nuestra forma de medirla. En Chile, por ejemplo, esa encuesta dice que el decil más rico gana, de media, 7,5 veces más que el más pobre, pero en los registros tributarios esa diferencia es de 25 veces. Y en algunos países de Centroamérica, de hasta 70. La desigualdad siempre se ha visto desde la perspectiva de la pobreza, pero hay que verla desde la de la riqueza.

 

La jefa de la comisión económica de Naciones Unidas para la región cree que "la cultura del privilegio ha naturalizado la desigualdad" y ve "agotado" el modelo del subcontinente

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Para Thomas Piketty la desigualdad es ideológica y política

Las desigualdades jamás son “naturales” sino edificadas por una ideología que crea las categorías divisorias: mercado, salarios, capital, deuda, entre otras, sostiene el economista francés

 

 El liberalismo volverá a temblar sobre sus raíces teológicas y un ejército de evangelizadores liberal-populistas saldrá otra vez con capa y espada a demoler la impecable demostración sobre la semilla de las desigualdades que el economista francés Thomas Piketty publica en estos días en Francia. Se trata de Capital e Ideología, el segundo libro que Piketty publica luego del monumental éxito que tuvo su primer trabajo, El Capital en el Siglo XXI, del cual circularon en el mundo más de dos millones y medio de ejemplares. Como el anterior, el nuevo libro del economista francés no preserva espacios, sino que los extiende. Son 1.200 páginas cuyo postulado central consiste en demostrar que “la desigualdad es ideológica y política” y no “económica o tecnológica”, que las desigualdades jamás son “naturales” sino edificadas por una ideología que crea las categorías divisorias: mercado, salarios, capital, deuda, trabajadores más o menos capacitados, cotizaciones bursátiles, paraísos fiscales, ricos, pobres, clérigo, nobleza, competencia nacional o internacional. 

”Se trata de construcciones sociales e históricas que dependen íntegramente del sistema legal, fiscal, educativo y político que se elige implementar y de las categorías que se crean”. Piketty derriba dos de los mitos más arraigados de la derecha: el primero postula que las desigualdades se explican en muchos casos por causas “naturales”: el segundo recurre a la existencia histórica de supuestas “leyes fundamentales”. En ningún caso. Thomas Piketty ofrece en esta mastodóntica investigación una mirada nueva sobre el proceso de la desigualdad, así como una historia con perfil mundial de las desigualdades y las ideologías que las promueven.

El credo tan famoso como publicitado en la Argentina sobre el carácter ineluctable del sistema económico liberal (“el mundo nos apoya”) se esfuma en las páginas de Capital e ideología como arena entre los dedos. No es cierto. No existe, alega el economista, ningún determinismo, menos aún una organización social con mandato “eterno”. La permanencia o no de la cultura del capital depende de la movilización política e ideológica, de que se imaginen otras formas de gestión donde las desigualdades dejarían de existir y el capital, a su vez, ya no estaría más concentrado en un puñado de poderosos. El libro de Thomas Piketty es un elixir en tiempos de horizontes tapados y retóricas repetitivas. El economista osa incluso proponer la idea de un “nuevo socialismo participativo”, de una propiedad “social” pactada mediante la cogestión o también una “propiedad temporal”. No hay tampoco, para Piketty, ningún fatalismo histórico sino una asombrosa serie de acciones y coincidencias que autorizan los cambios. 

Nada está decidido de antemano, recuerda el autor, tanto más cuanto que las relaciones de fuerza que se establecen atañen al orden material: «son sobre todo intelectuales e ideológicas. Dicho de otra forma, las ideas y las ideologías cuentan en la historia porque permiten imaginar permanentemente y estructurar nuevos mundos y sociedades diferentes”. Piketty fustiga ese pensamiento conservador marcadamente tendencioso y siempre dispuesto a “neutralizar las desigualdades” dotándolas de “fundamentos naturales y objetivos”. O sea, como la desigualdad es un proceso natural no hay manera de erradicarla. Y si se lo intenta, es, finalmente, todo el sistema que corre peligro. Esta falacia es la que preside todas las narrativas del liberalismo contemporáneo: no hay vida fuera de este sistema. Si se sale, solo habrá hambre. Falso. Más bien, en su análisis histórico de la desigualdad, el economista francés destaca que, ”en su conjunto, las diversas rupturas y procesos revolucionarios y políticos que permitieron reducir y transformar las desigualdades del pasado fueron un inmenso éxito, al tiempo que desembocaron en la creación de nuestras instituciones más valiosas, aquellas que, precisamente, permitieron que la idea de progreso humano se volviera una realidad”.

 Con esa prueba histórica Piketty abre una ventana para mostrar otro paisaje y, de paso, quebrar una de las narrativas más extenuantes de los conservadores: aquella que tapa todos los futuros repitiendo que ningún otro modelo es posible. A este propósito, el autor escribe: «las desigualdades actuales y las instituciones presentes no son las únicas posibles, pese a lo que puedan pensar los conservadores: ambas están también llamadas a transformarse y a reinventarse permanentemente”. Una vez más, nada está jugado de antemano, nada es “un fundamento” inamovible. Esa roca indesplazable es la base sobre la que se apoya el rico para seguir siendo más…rico y el pobre siempre pobre. Es el nudo de todo el repertorio capitalista: si el rico es menos rico el pobre será más pobre. Piketty presenta la desigualdad como un objeto de gran plasticidad que es perfectamente posible modelar, y así lo han hecho justamente las ideologías: ”siguiendo los hilos de esta historia –escribe—se constata que siempre existieron y existirán alternativas. En todos los niveles de desarrollo, existen múltiples maneras de estructurar un sistema económico, social y político, de definir las relaciones de propiedad, organizar un régimen fiscal o educativo, tratar un problema de deuda pública o privada, de regular las relaciones entre las distintas comunidades humanas (…) Existen varios caminos posibles capaces de organizar una sociedad y las relaciones de poder y de propiedad dentro de ella”.

Piketty proclama que “el progreso humano existe, pero es frágil porque, a todo momento, puede chocar contra las desviaciones de la desigualdad y de la identidad del mundo (…) El progreso humano existe, pero es un combate”. Original, razonado y riguroso, con un enfoque radicalmente histórico que toma incluso en cuenta la literatura, Capital e Ideología llega en el mejor momento, justo en ese punto donde sólo parecían haber diagnósticos y pocas conjeturas para diseñar otro mundo. Nunca el liberalismo había inundado tanto el espíritu humano con su mensaje unidireccional. Como el macrismo en la Argentina, su recado es en todos lados el mismo: o se suicidan con nosotros, o morirán de hambre. Piketty desarma con una precisión de relojero esa idea destilada en el 99% de los medios de comunicación del mundo. El autor llama a esa tendencia “la ideología propietarista”. Su credo globalizado consiste en repetir que cualquier iniciativa de justicia social equivale a ir “derecho hacia la inestabilidad política y el caos permanente, lo que terminará por darse vuelta contra los más modestos. La respuesta propietarista intransigente consiste en que no hay que correr ese riesgo, y que esa caja de Pandora de la redistribución de la propiedad nunca se debe abrir”. Al contrario, argumenta Piketty, no sólo hay que abrirla, sino que la historia nos prueba que ha sido abierta en muchos momentos y que, gracias a esos momentos, se construyó el progreso humano.

 El ensayo se propone precisamente esa meta: ”convencer al lector de que podemos apoyarnos en las lecciones de la historia para definir una norma de justicia y de igualdad exigentes en materia de regulación y reparto de la propiedad más allá de la simple sacralización del pasado”. Como en El Capital en el Siglo XXI, Piketty no formula rupturas revolucionarias, sino que plantea una forma radical de reorganización. No es un libro para reforzar convicciones, ni un enésimo e indigesto adoquín pseudo progresista rebosante de diagnósticos acertados y vacío de alientos futuros. Capital e Ideología es un libro para respirar, como una ventana abierta hacia un mundo donde, de pronto, no hay un sólo modelo posible sino un infinito de posibilidades.

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Colombia, estructura tributaria: Desigualdad en creciente

Un destello para la desmemoria. Durante las últimas décadas de historia en Colombia, la sociedad parece víctima del rayo “desneuralizador” que aparecía en la película de ciencia ficción “Hombres de negro”, el cual generaba una amnesia del pasado y obligaba a vivir la realidad del presente como si nada hubiese acontecido.

Vale la pena decir que, aunque este resplandor que borra los recuerdos puede ser visto en todos los aspectos de la vida nacional, para este caso incumbe con la economía nacional, basándonos para ello en el texto “Estructura Tributaria de Colombia en las últimas décadas” de Luis Jorge Garay Salamanca & Jorge Enrique Espitia Zamora.

 

Crónica de una reforma anunciada

 

Como es conocido –y sufrido–, las mayorías sobrellevamos un diario padecer: el dinero no alcanza para garantizarnos vida digna y la angustia de cómo vivir mejor es cotidiana. ¿Cómo lograrlo si cada día los impuestos nos afectan más?

Es una realidad que no es gratuita ni pretende, por parte de quienes diseñan y definen la política económica, el bienestar general, los mismos que son elegidos en cada jornada electoral con las promesas de superar la crisis económica y velar por mejorar las condiciones de vida de las mayorías.

 

 

Lemas como el de Juan Manuel Santos “Paz, equidad y educación” o el de Iván Duque “Menos impuestos y mejores salarios”, terminan siendo en la realidad ilusión para pescar incautos o simplemente mentira, pues quienes están detrás de las riendas del poder pertenecen a los sectores económicos financieros que buscan sus beneficios privados a costa de lo público, prolongando y/o profundizando con sus medidas económicas los indicadores que destacan a nuestro país en el mundo como uno de los más desiguales. Con sus medidas nunca pretenden reformas económicas para que aquellos que tienen más paguen en proporción a sus capitales, no, y contrario a toda lógica de justicia y bienestar colectivo lo que hacen es lo contrario: quienes menos tienen pagan más. Todo un despropósito.

Inconforme y cansada, nuestra sociedad pareciera no hilar ni entender la reforma tributaria que cada nuevo gobierno implementa, por lo general en su primer o segundo año de gobierno –cuando aún su popularidad no toca piso– y siempre queda “sorprendida” por las reformas y alzas económicas que el país padece entorno a los Impuestos Directos (Renta, Cree, Patrimonio y Riqueza) e Indirectos (IVA Interno, Gasolina y Consumo). Dos reformas tributarias –2016 y 2018– dan cuenta de esta desconexión entre reforma y gobierno.


Tributación en Colombia

 

La estructura tributaria vigente en el país, genera el ahondamiento y la profundización de la desigualdad social. Es así como en las últimas décadas puede verse que el funcionamiento tributario vigente entre nosotros brinda beneficios a los empresarios y capitales internacionales –denominados personas jurídicas– y por el contrario incrementa y endurece impuestos a la población entendida como personas naturales.

Desde la década de los 70 la política tributaria busca cerrar la brecha entre el impuesto de Renta y el IVA interno, pues los Ingresos Fiscales que el gobierno nacional recauda se fundan crecientemente en los Impuestos Indirectos, como el Impuesto al Valor Agregado (interno y externo), que en los últimos años aumentó más que el impuesto sobre la Renta. Una consecuencia grave de esto: mientras las mayorías pagan cada vez más impuestos, quienes más riquezas tienen pagan menos.

Veamos. Para el año 2017 la diferencia entre estos impuestos apenas se mantenía en 1.4 veces, representados en $ 31 billones –Impuestos Renta– y $ 22 billones –Impuestos indirectos–. Grave indicador teniendo en cuenta que durante la década del 70 se mantenía una relación superior a 4.3 (Ver gráfico 1). Quiere decir que en Colombia, como ya está dicho, se está llegando al punto que los que más tienen pagan menos impuestos por sus propiedades y recaudos económicos, mientras que los que menos tienen pagan más impuestos en su día a día –IVA, gasolina, consumo–, llegando casi a una igualdad de tributación entre ricos y pobres.

Para entender mejor lo anterior, es necesario tener presente que el Impuesto sobre la Renta representa cerca del 50 por ciento del recaudo fiscal del gobierno nacional, el cual se reúne sobre las personas naturales y las empresas –personas jurídicas–. Lo paradójico del asunto es que las políticas económicas y las últimas dos reformas tributarias implementadas en Colombia en vez de buscar soluciones para las mayorías beneficiaron a los empresarios y multinacionales, pues el discurso dominante insiste en que la reducción de impuestos –Tarifa Impositiva Nominal– a las personas jurídicas fomenta la inversión y la generación de empleo. Es así como las personas naturales deben pagar cada día más impuestos.
En cuestión del IVA también se benefician las empresas, pues cada vez se les reduce este impuesto, mientras que el conjunto de la sociedad debe pagarlo y vivir las consecuencias de las alzas entorno al consumo y otros aspectos (Ver recuadro IVA).

 

Beneficios para la tributación de empresas

 

Con la Ley de financiamiento –reforma tributaria gobierno Duque– aprobada en diciembre de 2018, se hacen cambios al Impuesto sobre la Renta y Complementarios de las Personas Jurídicas –empresas– en aspectos como Deducciones, Rentas Exentas y Tarifa General, estableciendo de esta manera una reducción del 33 al 30 por ciento de la Tarifa General durante el periodo 2019-2022. Así mismo, las “entidades del sector financiero que posean una renta igual o superior a los 120 mil UVT (Unidad Valor Tributario) deberán liquidar el impuesto a las tarifas del 37%, 35% y 34% para los años 2019, 2020 y 2021, respectivamente”1.

De igual manera “se extienden las deducciones a la totalidad de los Impuestos, Tasas y Contribuciones pagadas durante el año gravable. En el caso del Gravamen a los movimientos Financieros será deducible el 50% y en el del Impuesto de Industria y Comercio será deducible el 100% a partir de 2022, comenzando con el 50% en 2019”2.

Adicionalmente, hacen un descuento en la declaración de renta de las personas jurídicas más poderosas del país que llegó a ser de $496 mil millones para el 2017, multiplicando con esto el cúmulo de beneficios con que los favorece el Gobierno.
Tributación personas naturales*

El crecimiento promedio de los colombianos contribuyentes que aportaron al fisco entre los años 2000-2016 fue de un 11,8 por ciento, lo que es igual a casi 2 millones de personas. Este número no quiere decir que el nivel de adquisición económica creció y por eso cada vez aportan más colombiano, todo lo contrario, pues en el año 2000 los contribuyentes eran quienes ganaban alrededor de 5,6 millones de pesos al mes –hablando en pesos del 2018–, y en la actualidad quienes aportan son aquellas personas que ganan apenas 3,9 millones de pesos al mes (Ver Gráfico 2). Es decir, el hecho de que haya incrementado el número de contribuyentes al fisco no quiere decir que hayan aumentado los ingresos de la población, por el contrario, cada vez tienen que tributar personas con menores ingresos.

A esto debe sumarse que la Ley 1607 de 2012 redujo el monto de ingresos requeridos para declarar, pues “entre los años 2012 y 2013 se pasó de $106,1 millones a $37,5 millones”3.

 

Siguen profundizando la desigualdad

 

Esta pequeña parte de la tributación en Colombia deja entrever que lo que se está generando en la actualidad es la profundización de la desigualdad, pues quienes tienen más económicamente siempre salen beneficiados para la tributación de impuestos. ¡Injusticia! Las personas naturales cada vez se acercan más a la tributación de las personas jurídicas, ejemplo de esto es que las tributaciones entorno al Impuesto de Renta y complementarios realizados por las empresas apenas es 2,7 veces más que el correspondiente a las personas naturales. Palabras más, palabras menos, lo que estamos viviendo en este país es la profundización del neoliberalismo más salvaje, ofreciendo favores y beneficios a los ricos y grandes capitales internacionales que invierten –o pretenden invertir– acá.

Pese a todos estos beneficios los propietarios de los grandes capitales no están satisfechos. Es necesario mencionar que pese al favorecimiento que reciben las empresas y quienes más riquezas acumulan en sus bolsillos, la tasa de evasión promedio de impuestos se ubica en cerca del 39 por ciento. Esta realidad es crítica, pues cada vez es más evidente la alta concentración de la riqueza en Colombia. No hay que dejar pasar el dato de la Ocde que sostiene que en nuestro país para que una persona de la clase más baja ascienda a la clase media deben pasar alrededor de 11 generaciones, lo que implica alrededor de 250 años.


Este breve esbozo de las reformas tributarias implementando durante los últimos años en el país, dejan una cosa clara: no están cerrando la brecha de la desigualdad existente y aunque la tributación es progresiva, la distribución de los ingresos –luego de los impuestos– cada vez es peor, pues los recaudos fiscales del gobierno se sostienen desde los impuestos indirectos –como el IVA–, dejándole mayores beneficios a aquellos que realmente si deben tributar más.

Entre tanto las mayorías continúan rebuscándose el diario vivir o en algunos casos rebuscando para mantener lo poco que tienen. Sin duda, hay que “desneuralizar” la mente de las mayorías, para que veamos la realidad tal cual es, con su carga de pasado negativo y su proyección de futuro por construir, en este caso, a la medida de la imaginación y sueño de las mayorías.

 

* Es necesario decir que al analizar el tema de las personas naturales y jurídicas no se está diciendo que las primeras representan a los pobres y las segundas a los ricos, pues en lo denominado personas naturales se habla de personas con altos y bajos ingresos, de igual manera al hablar de personas jurídicas también se está hablando de pequeñas y grandes empresas.
1 Salamanca y Zamora, enero 2019, “Estructura Tributaria de Colombia en las últimas décadas”.
2 Ibídem.
3 Ibídem.

 


 

Recuadro

 

Impuesto al Valor Agregado (IVA)


Este impuesto tiene dos componentes el interno –consumo de productos de cualquier tipo, gasolina, etc– y el externo –que grava las importaciones–. En términos de recaudo este impuesto es el principal Indirecto en el país, pues su crecimiento ha logrado un recaudo en pesos corrientes de más de seis veces entre 1990 y 2017. Para el 2018 este impuesto llegó a ser el 6.3 por ciento del PIB. Actualmente el IVA Interno corresponde al 70 por ciento del recaudo y el Externo al 30 por ciento.

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