Lunes, 05 Noviembre 2018 06:34

Brasil incuba el huevo de la serpiente

Brasil incuba el huevo de la serpiente

La amenaza del fascismo se acrecienta en el país vecino de la mano del colapso económico y la crisis de inseguridad. El riesgo del Estado fallido. El Mercosur se debilita e impacta en la posibilidad de inserción comercial de la Argentina.

Descomposición y fascismo


En Brasil prevalecen condiciones comparables a aquellas que facilitaron el avance del fascismo durante la década de 1930. Siguiendo a Karl Polanyi en su Gran Transformación, el (neo)liberalismo se tradujo allí en un proceso de extrema privatización de la vida cotidiana, circunstancia que derivó en el desesperado llamado al orden y la disciplina en las últimas elecciones. Para Polanyi el sistema liberal colapsó en los años 30 por las características intrínsecas a la utopía liberal: la pretensión de que el mercado auto-regulado permitiría el bienestar colectivo. Para esta utopía la propia fuerza de trabajo y la naturaleza deberían reproducirse mediante relaciones de compraventa sin otra orientación que la ganancia. Pero la mercantilización lleva implícita una desagregación social contra la que permanentemente se oponen mecanismos de auto-protección: tanto en términos de organización social y productiva como a través de la reivindicación política por normas y derechos universales. El autor muestra cómo la desarticulación social provocada por el desmoronamiento del mercado generó como reacción el surgimiento de propuestas totalitarias.


Desde 2013 la mayor parte de los brasileños sufren un colapso económico. Sus efectos se sintieron especialmente en el mercado de trabajo y en las condiciones de vida de los sectores populares. Desde 2014 a 2018 la desocupación abierta alcanzó 13 por ciento, mientras que entre la población ocupada el trabajo informal supera 40 por ciento. Recuérdese que desde 2017 el trabajo formal se encuadra en la nueva reforma laboral que precariza sus condiciones. Junto al colapso económico se deterioraron las instituciones políticas y el aparato estatal. Aunque el Estado de Derecho siempre fue una formalidad para pocos, en las periferias urbanas el espacio público fue privatizado por bandas de narcotraficantes y grupos para-militares: Durante 2017 se registró una tasa de 30,8 asesinatos cada 100 mil habitantes, unos 64 mil homicidios. El desamparo y la virtual desaparición del Estado facilitan la propagación de iglesias evangélicas como exclusivos lugares de socialización en territorios carentes de servicios públicos. Una vez que la izquierda abandonó el trabajo de base, notorio en los años 80, estas iglesias y sus redes de negocios se desempeñan como equivalentes a punteros de barrio de usos múltiples: imponen disciplina y autoregulación, dan contención espiritual, ayudan en la desesperada búsqueda de empleos. Y aunque puedan parecer objetivos contrapuestos, en forma simultánea promueven la familia patriarcal y la posmoderna ideología del emprendedorismo individual.


Es en estas condiciones socioeconómicas donde debe pensarse el masivo apoyo al discurso de extrema-derecha. La restauración del orden, la disciplina y las jerarquias son hoy prioridad para la mayoría de los brasileños. “Brasil arriba de todos y Dios arriba de todo”, reza el lema y nombre oficial de la coalición electoral recientemente vencedora. ¿Las iglesias evangélicas y los movimientos políticos de extrema derecha son mecanismos de autoprotección de la sociedad en los términos de Karl Polanyi? Aunque en una escala simbólica efectivamente representan un urgente llamado al orden por encima de cualquier otro objetivo o valor, sean éstos los derechos humanos o la libertad de enseñanza, al promover políticas económicas neoliberales, como la privatización y los ajustes fiscales, y al santificar las prácticas individualistas del emprendedorismo en desmedro de la acción colectiva, agudizan la descomposición estatal y el desamparo social. De no revertirse estas tendencias, es más probable que Brasil se convierta en un Estado fallido a que devenga en un régimen fascista de tipo clásico sustentado en un Estado todopoderoso como aquellos que estremecieron al mundo en la década de 1930.


** Profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), Brasil, y la Universidad Nacional de Moreno (UNM), Argentina.
** Profesor de la Universidad Federal Fluminense (UFF), Brasil.

 

 

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Domingo, 04 Noviembre 2018 05:29

Trump a referéndum

Trump a referéndum

Las elecciones legislativas y de gobernadores en Estados Unidos, que habitualmente giran en torno a asuntos estatales y locales, se han transformado este año en un referéndum nacional sobre el presidente Donald J Trump, a dos años de su elección sin mayoría en el voto popular.

El martes 6 de noviembre los votantes estadounidenses podrán elegir a los gobernadores de 36 estados y tres territorios. Los republicanos controlan ahora los gobiernos de 33 estados, de los cuales 26 están en juego en esta elección. Nueve de los 16 estados con gobernadores demócratas están en disputa, además del gobierno de Alaska, ahora en manos de un independiente.


En el Senado actualmente los republicanos ocupan 51 curules, los demócratas 47, y políticos independientes tienen los dos restantes. Estarán sujetos a elección 33 curules, de los cuales 23 los tienen actualmente los demócratas, ocho los republicanos, y dos los independientes.


Asimismo están en juego los 435 escaños de la Cámara de Representantes, donde los republicanos tienen una mayoría de 235. Los demócratas necesitan ganar al menos 25 escaños más de los que tienen para alcanzar la mayoría.


Tradicionalmente la participación ciudadana en las elecciones en Estados Unidos es baja, y no todos los ciudadanos habilitados para votar siquiera se registran para hacerlo. En las elecciones presidenciales de 2004 concurrió a votar el 58 por ciento de la población en edad de votar; en las de 2008 el mismo porcentaje; en las de 2012 el 55 por ciento y en las de 2016 el 55,5 por ciento.


Las elecciones legislativas normalmente atraen a menos del 40 por ciento de los votantes del país. Pero este año hay indicios de que la concurrencia podría superar el 50 por ciento. En los estados donde el voto anticipado empezó hace varias semanas, más de 20 millones de votantes han emitido su sufragio, lo cual supera en mucho la participación en las elecciones legislativas y de gobernadores de 2014.


El factor principal de esta concurrencia es Donald J Trump. Una encuesta del diario USA Today y la Universidad de Suffolk encontró que el 35 por ciento de los votantes se proponía sufragar contra candidatos que apoyan a Trump, y el 23 por ciento daría su voto a los políticos que se alinean con el presidente. Sólo el 24 por ciento de los encuestados señaló que Trump no es un factor relevante en su decisión de por quién votar.


El martes próximo se sabrá si Trump tiene ahora el respaldo popular mayoritario que no alcanzó a tener hace dos años, a pesar de ganar las elecciones presidenciales (el sistema electoral no es proporcional).


VOTO CON EL BOLSILLO.


Tal como ocurre en todas partes, los votantes en su mayoría están demasiado ocupados con sus vidas cotidianas como para seguir paso a paso las tramas políticas y, en el caso actual, las piruetas de Trump, las investigaciones sobre la injerencia rusa o los adulterios del presidente.


La mayoría vota de acuerdo a cómo percibe su propia situación económica y sus perspectivas de prosperidad.


Si se toma el producto bruto interno (Pbi) como medida de la situación económica general, Trump sale ganando. El Pbi creció a una tasa anual de 3,5 por ciento en el tercer trimestre de este año, seguido de un incremento de 4,2 por ciento en el trimestre anterior, que fue el más alto desde 2014.


El índice de desempleo está en 3,7 por ciento, el más bajo en casi medio siglo, y el índice Dow Jones casi ha rozado los 27 mil puntos. La inflación se mantiene por debajo del 2 por ciento anual, algo que la Reserva Federal considera saludable.


La otra cara de esta moneda es que, si bien hay más gente empleada, los sueldos reales siguen estancados y cada vez los estadounidenses deben trabajar más horas para ganar lo mismo. Los millones de nuevos empleos creados desde la Gran Recesión –que elevó el desempleo al 10 por ciento en octubre de 2009– son trabajos temporarios, changas, subcontrataciones sin seguro médico ni licencia paga ni días por enfermedad.


El recorte de impuestos que el Congreso le obsequió a Trump a comienzos de 2017 incluyó beneficios temporarios para la clase media y trabajadora, pero beneficios permanentes para las corporaciones y los acaudalados. Ahora que el efecto de esos impuestos sobre los ingresos de los laburantes se ha ido diluyendo, también se evapora la ilusión que representaron. Y todavía los consumidores no han empezado a percibir el impacto sobre los precios que tendrán los aranceles decretados por Trump a las importaciones desde China.


Detrás de la cortina de humo que Trump levanta casi día tras día con alguna declaración ofensiva, está la realidad de largo plazo: el salario real promedio en Estados Unidos ha estado estancado por décadas y la brecha de ingresos continúa ensanchándose.


Según el Economic Policy Institute, con sede en Washington, el 1 por ciento de las familias más ricas del país tiene ingresos 25 veces superiores al 99 por ciento de la población.
Según un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde), el país cuenta con la mayor desigualdad de ingresos y el porcentaje más alto de trabajadores con ingresos bajos que cualquier otra economía avanzada, porque los desempleados y los que viven de changas reciben poco apoyo del gobierno y quedan más aplastados por la ausencia de un sistema firme de negociación colectiva.


LA VIOLENCIA.


Dos semanas antes de la elección, el Servicio Postal distribuyó 15 paquetes que contenían bombas rudimentarias y que estaban destinados al ex presidente Barack Obama, el ex vicepresidente Joe Biden, la ex secretaria de Estado Hillary Clinton, el ex ministro de Justicia Eric Holder, el ex director de la Agencia Central de Inteligencia John Brennan y el ex director nacional de Inteligencia James Clapper. La lista de destinatarios incluyó también a los senadores demócratas Cory Booker y Kamala Harris, la representante Maxine Waters, el actor Robert de Niro, los multimillonarios George Soros y Tom Steyer, y la cadena televisiva Cnn.


Todos ellos tienen en común que han sido críticos muy locuaces del presidente Trump. Soros y Steyer, además, comparten el hecho de tener raíces familiares judías. En el caso de Cnn, la cadena figura al tope de los medios que Trump ha denunciado como “enemigos del pueblo”.


Las autoridades detuvieron en Florida a César Sayoc, un simpatizante de Trump, quien ha sido acusado por varios crímenes, incluidas las amenazas a ex gobernantes.


Cuando todavía no había concluido la distribución postal de las bombas, un hombre intentó ingresar a una iglesia de la comunidad negra en Kentucky; luego fue a un almacén cercano, donde mató a un hombre, salió al estacionamiento y mató a otro. La policía detuvo a Gregory Bush, sospechoso en los asesinatos de Maurice Stallard y Vickie Jones, ambos negros.
El sábado 27 un individuo armado con un rifle AR-15 y varias pistolas irrumpió en la sinagoga Tree of Life, en Pittsburgh, y al grito de “¡Que mueran los judíos!” mató a 11 personas e hirió a seis, incluidos dos agentes policiales que lo enfrentaron.


Robert Bowers, el sospechoso detenido por la mayor matanza de judíos en la historia de Estados Unidos, no es un admirador de Trump. En realidad actuó porque, según sus declaraciones en la plataforma Gab, de Internet –una especie de Twitter pero frecuentada por nazis y supremacistas blancos–, cree que Trump no hace lo necesario para impedir la invasión de los inmigrantes.


La conexión entre la violencia en Pittsburgh y la inmigración, sin embargo, está presente en la retórica incendiaria y xenófoba de un presidente que inició su campaña en 2016 diciendo que los mexicanos son violadores y traficantes de drogas, que ha descrito a los países africanos como “agujeros de mierda”, y que ha mencionado a los musulmanes como indeseables. La lenta marcha desde América Central hacia el norte de algunos miles de guatemaltecos, hondureños y salvadoreños ha servido para que Trump alarme a sus votantes con el peligro de una “invasión”. Trump ha dicho, sin pruebas, que entre los peregrinos hay “gente del Oriente Medio”. La cadena Fox, que funciona como máquina de propaganda a favor de Trump, ha señalado, entre otros “peligros” que representarían esos morenitos, que pueden traer enfermedades infecciosas al país.


Una semana antes del ataque en Pittsburgh, unas 270 sinagogas en Estados Unidos participaron de una ceremonia ecuménica anual, el Sábado Nacional del Refugiado, una campaña patrocinada por la Sociedad Hebrea de Ayuda al Inmigrante (Hias, por sus siglas en inglés), una organización mundial fundada en 1881.


Bowers, otro marginado solitario como Sayoc, nombró específicamente a Hias y repitió algunas de las declaraciones de Trump y Fox acerca de los inmigrantes. Al parecer, Bowers cree que los inmigrantes indocumentados están financiados por los judíos y que vienen a Estados Unidos “a masacrar a mi gente”.


CARAS NUEVAS, ELLAS.


La “trumpización” de las elecciones de medio término puede resultar en un fortalecimiento del nacionalismo y la xenofobia del presidente o en una vinculación tóxica entre el presidente y muchos candidatos republicanos que le siguen la corriente.


Tras la semana violenta y los exabruptos de Trump, una encuesta Gallup mostró que el índice de apoyo al presidente bajó cuatro puntos, al 40 por ciento, y el de repudio subió cuatro puntos, al 54 por ciento. Según el promedio de encuestas de Real Clear Politics, los numeritos dan 52,6 por ciento de repudio y 44 por ciento de aprobación.


Lo que sí es seguro es que el resultado tendrá un claro matiz de género.


Por un lado, este año el número de mujeres postuladas para cargos electivos es mayor que nunca, y la tendencia es claramente más notoria en el Partido Demócrata. Quince de las 22 mujeres que buscan un sitio en el Senado son demócratas, al igual que 183 de las 235 candidatas para la Cámara de Representantes, 12 de las 16 que buscan gobernar un estado, y 2.380 de las 3.365 postuladas para las legislaturas estatales.


Un caso notable es el de Stacey Abrams, quien aspira a convertirse en la primera gobernadora negra de Georgia y que aparece en las encuestas casi empatada con el republicano Brian Kemp, quien alardea de sus simpatías por Trump.


Junto con ello, desde la elección de Trump hace dos años ha crecido la brecha de género en la alineación partidaria. Según una encuesta del diario The Washington Post y la cadena Abc News, el porcentaje de mujeres que se inclinan a favor del Partido Republicano ha bajado a 32, comparado con el 37 que hubo en promedio entre 2010 y 2017.
Según la misma encuesta, las simpatías hacia Trump también varían de acuerdo al género. El 45 por ciento de los hombres encuestados aprueba la gestión de Trump, comparado con el 32 por ciento de las mujeres.


Un año después de la eclosión del movimiento #MeToo –que visibilizó la incidencia de casos de violación, abuso y acoso sexual en la sociedad– el proceso de confirmación de Brett Kavanaugh –acusado de agresión sexual por cuatro mujeres, incluyendo la psicóloga Christine Blasey Ford, quien dio su testimonio ante el Senado– como magistrado del Tribunal Supremo de Justicia reabrió la polémica nacional sobre el tratamiento que reciben las mujeres cuando denuncian la violencia sexual. Un asunto que, en el caso de Trump, quien se ha jactado de “agarrarlas (a las mujeres) por la concha”, sería mejor no mencionarlo.


ASUSTALOS QUE FUNCIONA.


Al aproximarse las elecciones, Trump se las ha arreglado para hacerle sombra a todas las campañas políticas a nivel municipal, de condado o de estado, y ha entrado en un frenesí de declaraciones escandalosas y twits tecleados a las tres de la mañana.


Su táctica es simple: por un lado, identifica “enemigos del pueblo” (su favorito es “the media”, la prensa), entre los que incluye a los inmigrantes, y, por otro lado, les dice a sus votantes que la nación corre un peligro existencial por las amenazas de esos malvados.


La Caravana de la Esperanza le ha servido en bandeja una excusa. Según distintas fuentes, son entre 3.500 y 7 mil los centroamericanos que marchan hacia la frontera de Estados Unidos, donde piensan solicitar el asilo que la ley les ofrece. Trump ha convertido esto en un cuco.


Al término de la Guerra de Vietnam, Estados Unidos aceptó a casi 120 mil refugiados vietnamitas, y cinco años más tarde el país acogió a unos 135 mil cubanos que salieron por el puerto de Mariel. Ahora una caravana de menos de 10 mil hombres, mujeres y niños empobrecidos se ha convertido, en la retórica de Trump, en una invasión; y para detenerla el Pentágono ya ha movilizado 5 mil soldados, casi la misma cifra de tropas que Estados Unidos tiene en Irak.


En las últimas dos semanas Trump se ha declarado “nacionalista”, un término de uso muy poco común en Estados Unidos, porque trae la connotación de “nacionalismo blanco”. Y al menos en una ocasión dejó de lado su afiliación con el tradicional Partido Republicano y se describió como estando al frente de un “movimiento”. Movimiento y nacionalista, juntos, tienen un cierto tufo…


Trump ha definido su política exterior como “America First” (“Estados Unidos primero”), y quienes recuerdan la historia relacionan fácilmente esa consigna con Charles Lindbergh, el primer piloto que, en 1927, realizó un vuelo transatlántico en solitario. Hacia 1941, Lindbergh se convirtió en el portavoz principal del America First Committee, una organización con 800 mil miembros que sostenía que Inglaterra procuraba arrastrar a Estados Unidos a la guerra mundial.


El aislacionismo, expresado en la era de Trump por la denuncia de acuerdos internacionales y desplantes hacia viejos aliados, engrana con el miedo que el presidente instila hacia los extranjeros.


Una semana antes de la elección anunció que firmará un decreto que acabará con la práctica de otorgar la ciudadanía estadounidense a aquellos niños que nacen en el país de padres que no son ciudadanos, sean o no sean inmigrantes documentados.


La enmienda 14 de la Constitución estipula que “todas las personas nacidas o naturalizadas en Estados Unidos y sujetas a su jurisdicción son ciudadanos de Estados Unidos y del estado en el cual residen”.


Trump, quien lanzó su carrera política hace casi una década poniendo en duda que Barack Obama fuera ciudadano estadounidense, sabe que tal decreto causará demandas legales y constitucionales, pero lo que importa ahora, en estos días, es fustigar a sus simpatizantes para que concurran a las urnas.


TRUCOS VIEJOS.


Estados Unidos no tiene un sistema electoral ni sus ciudadanos portan una credencial cívica para votar. Cada uno de los 50 estados tiene sus propias leyes electorales y sus requisitos de documentación para sufragar.


Desde 2010, en los estados donde los republicanos controlan la legislatura se han multiplicado las “leyes de voto”, que, usando diferentes vías, restringen el acceso ciudadano al sufragio, con el argumento de evitar fraudes.


Así, por ejemplo, en Dakota del Norte la ley exige ahora que los ciudadanos se registren indicando un domicilio específico: número, calle, ciudad. En ese estado viven miles de indígenas que residen en reservas y cuya única dirección es una casilla postal.


En otros estados se exige ahora la presentación de un documento, que puede ser la licencia para conducir, con una foto. Cientos de miles de personas, especialmente los pobres, los inmigrantes, o ancianos, no tienen esos documentos ni el dinero para adquirirlos.


Otra maniobra legal ha sido la “purga” de los padrones electorales, un trámite que responde a las realidades de diferentes sistemas electorales. Alguien que votó en 2014 o 2016 puede haberse mudado a otro estado, donde deberá registrarse. La “purga” busca, asimismo, quitar del padrón los nombres de personas fallecidas. El problema está en que el uso de las “purgas” ha mostrado ciertas tendencias: en Georgia, por ejemplo, donde los negros son el 32 por ciento de la población, 72 por ciento de los “purgados” son negros.
Varios de los estados donde estos trucos han funcionado estaban sujetos, en virtud de la ley de derechos de voto de 1965, a vigilancia especial del gobierno federal, por su tradición de establecer requisitos e impedimentos destinados a restringir el voto de los negros. En 2013, gracias al voto de una mayoría conservadora de magistrados, el Tribunal Supremo de Justicia anuló los artículos de esa ley que mantenían a esos estados bajo la lupa.


Trump, quien ni siquiera se molestó en llamar por teléfono a su predecesor y ni a las otras personas que recibieron paquetes explosivos, sí lamentó el ataque a la sinagoga en Pittsburgh. Después de todo, su hija Ivanka es judía conversa, su yerno Jared es judío, sus nietos son judíos, y está allí presente la estrecha simpatía por Biniamin Netaniahu, quien como es lógico recordó que no se debe tolerar el antisemitismo.


Pero en medio de todo esto, Trump es Trump y continuará hasta el día mismo de la elección su táctica única y favorita: atacar, atacar, atacar. En lugar de aceptar que su propia retórica ha removido la escoria en los márgenes de la decencia política de Estados Unidos, Trump culpa a “the media” y los otros “enemigos del pueblo”.


El martes se sabrá si el entusiasmo notable de los votantes por concurrir a la elección respondía a un respaldo mayoritario a Trump, o a un clamor por que cese el reality show.

 

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Jueves, 01 Noviembre 2018 06:39

Las estrategias no son para siempre

Las estrategias no son para siempre

Ahora que el panorama inmediato es oscuro. Ahora que ya no podemos esperar nada sino de nuestras propias luchas, puede ser un buen momento para hacer una pausa y reflexionar sobre los caminos que venimos recorriendo en las últimas décadas.

En Brasil triunfó Jair Bolsonaro. A eso se agrega la victoria de Mauricio Macri enArgentina, del uribista Iván Duque en Colombia y el viraje derechista de Lenín Morenoen Ecuador.
En su conjunto, el mapa político ha virado fuertemente hacia posiciones antiobreras, antifeministas, en contra de los pueblos originarios y negros. El avance del racismo, el machismo y la violencia antipopular llegaron para quedarse un buen tiempo.


Aunque cambien algunos gobiernos, esas actitudes arraigaron en nuestras sociedades, incluso en el seno de algunas organizaciones populares.


Estamos ante un viraje de la sociedad, a lo que se suman los cambios negativos de gobiernos.


Por eso creo que es un buen momento para la reflexión, sin dejar de profundizar las resistencias, de mejorar las organizaciones y enfrentar los desafíos más urgentes.
Durante la primera mitad del siglo XX el núcleo de las organizaciones populares eran los sindicatos, por oficios primero, de masas cuando comenzó la industrialización en algunos países.


En todo caso, los sindicatos eran el centro de las resistencias y del cambio social. Eran el eje de la acumulación de fuerzas, de la conquista y la defensa de derechos.
En el ámbito político, la acción colectiva aspiraba a implantar una sociedad más justa a través de varios mecanismos, a veces contradictorios pero complementarios siempre.
Donde se pudo, las izquierdas y los nacionalismos populares acudieron a elecciones. Pero la comparecencia electoral no era un fin en sí mismo, sino una parte de una estrategia mucho más abarcadora que desbordaba siempre el cauce electoral.


Tiempo de revoluciones


Hubo levantamientos de masas e insurrecciones, como el célebre Bogotazo de 1948 ante el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en Colombia.


O el levantamiento obrero del 17 de octubre de 1945 en Buenos Aires, que quebró el poder de la oligarquía e impuso un gobierno popular.


En otros países, como Brasil, Chile y Perú, los movimientos y las izquierdas ocuparon desde el espacio legal electoral hasta las calles y los campos en acciones diversas, siempre dirigidas a un mismo fin: imponer la fuerza de los de abajo.


Hubo también revoluciones. En 1911 en México y en 1952 en Bolivia, que marcaron a fuego la historia de ambos países, más allá de las derivas posteriores de cada proceso.
Con la revolución cubana cambiaron los ejes. Una parte sustancial del campo popular se volcó en la lucha armada, en todos los países del continente.


En el mismo período, la segunda mitad del siglo XX, hubo también insurrecciones (15 levantamientos obreros sólo en Argentina entre 1969 y 1973), además de la histórica Asamblea Popular en 1971 en Bolivia y los potentes Cordones Industriales en el Chilede Allende, formas de poder popular desde abajo.


Todas las formas de lucha estaban combinadas: la electoral, la insurreccional y la guerrillera.


El embudo electoral


Con el neoliberalismo, luego de las dictaduras del Cono Sur, las cosas cambiaron de forma drástica.


Las guerrillas centroamericanas y colombiana dejaron las armas para adentrarse en discutibles pero necesarios procesos de paz.


En los 90, las izquierdas dejaron de prepararse para encabezar insurrecciones (como las que hubo en Ecuador, Bolivia, Venezuela, Paraguay, Perú y Argentina que derribaron una decena larga de gobiernos), para focalizarse en el terreno electoral.


En este punto veo dos problemas, derivados de apostar todo en la estrategia electoral, como única opción imaginable.


El primero es que la diversidad de formas de lucha ha sido uniformizada por la cuestión electoral, lo que debilita al campo popular.


Siempre pensamos -y yo sigo pensando- que concurrir a las elecciones es tanto como jugar en el terreno del enemigo de clase. Lo que no quiere decir que no haya que hacerlo. Pero no debemos jugar sólo en ese espacio, desarmando los poderes populares.


El segundo es que las patronales y las elites están vaciando las democracias, dejando en pie sólo un cascarón electoral.


El panorama sería así: podemos votar cada varios años, elegir presidentes, diputados y alcaldes. Pero no podemos elegir el modelo económico, social y laboral que queremos.
Eso está fuera de la discusión. Por eso digo que tenemos elecciones pero no tenemos verdadera democracia.


En este punto es cuando veo necesario hacer la pausa del debate.


Ellos están dejando de lado incluso las libertades democráticas. Es lo que se proponeBolsonaro cuando dice que va a “poner fin al activismo”, o cuando Patricia Bullrich, la ministra argentina de Seguridad, asegura que hay “connivencia entre los movimientos sociales y el narco”, dando así carta blanca a la represión.


Estamos ante un recodo de la historia que nos impone evaluar lo que hemos aprendido y lo que venimos haciendo, para encarar las insuficiencias y ver por dónde seguir.
Limitarnos sólo al terreno electoral es tanto como subordinarnos a la burguesía y al imperio, atados de pies y manos a su agenda.


¿Entonces?


Las estrategias no se inventan. Se sistematizan y generalizan, lo que ya es bastante.


En la historia de las luchas de clases, las estrategias las definía un pequeño círculo de varones, blancos ilustrados en comités centrales o direcciones de partidos de izquierda y nacionalistas.


Eso no volverá a suceder, porque se trataba de una lógica patriarcal que los movimientos de mujeres se están encargando de desmontar.


Creo que tenemos dos caminos para avanzar. Uno es recordar lo que hizo el viejo movimiento obrero y el otro lo que están haciendo los pueblos originarios y negros.


La primera consiste en recuperar, no imitar, aquel rico universo proletario que contaba con sindicatos, ateneos, cooperativas, teatro popular, universidades populares y bibliotecas, en un amplio abanico de iniciativas que incluían la defensa del trabajo, la organización del tiempo libre y del consumo, la formación y la diversión.


Todo ello por fuera de los cauces del Estado y del mercado. La clase podía hacer toda su vida, menos el horario de trabajo, en espacios auto-controlados.


La segunda es observar lo que vienen haciendo los pueblos. En comunidades indígenas y en palenques/quilombos encontramos todo lo anterior, más espacios de salud y de producción de alimentos y de reproducción de la vida.


En Argentina hay 400 fábricas recuperadas, en Colombia 12 mil acueductos comunitarios y en Brasil 25 millones de hectáreas recuperadas en una reforma agraria desde abajo.
Lo que propongo es pensar la transición al mundo del mañana desde esos espacios, no desde los Estados.


Lo que sueño es que ese mundo nuestro crezca y que pongamos en ese crecimiento lo mejor de nuestras fuerzas.


Si además de todo esto, vamos a las elecciones y las ganamos, mejor aún.


Pero sin desarmar este mundo nuestro.

Por Raúl Zibechi
31 octubre 2018 0

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Brasil confirma la instauración de un nuevo ciclo de gobiernos de derecha en el continente

La derecha está diciendo lo que piensa y le está yendo bien, está teniendo más pegada que con los discursos moderados. Se vuelve tan extrema que se hace espectacular.

Con el triunfo de Bolsonaro ya son todas las experiencias progresistas que se se han visto sacudidas, castigadas por el voto popular. La derrota de Evo en 2016, cuando se jugaba su reelección fue sorprendente. Y el avance del macrismo en las legislativas de 2017 quizá más sorprendente aún, después del ajuste económico que desarrolla en caliente. La última experiencia electoral de Ecuador a principios de 2018 y las legislativas en Venezuela en 2015, en todas pareciera concretarse una tendencia general hacia la derechización del continente, no solo como una situación producida por algunos malestares sino por un “recambio” de epoca.

Volver al poder en Brasil, además de Argentina, no parece ser una situación automática de desgaste de la izquierda ya que la derecha no solo ha ganado sino que se está perpetuando, con táctica y legalismo, pero también en los imaginarios. La derecha está diciendo lo que piensa y le está yendo bien, está teniendo más pegada que con los discursos moderados. Se vuelve tan extrema que se hace espectacular. Digamos que la derecha se popularizó porque supo leer el momento de los sectores populares en todo el continente y no solo por errores de la izquierda, aunque estos fueron la puerta de entrada al debilitamiento de los liderazgos y la incapacidad de producir sustitutos populares.
Si el lulismo está alarmado, para los brasileños es un volver al Orden y Progreso, un saludo a su bandera.

Sin embargo, la izquierda y los movimientos políticos progres que realizaron la toma del poder político en la primera década del XXI en toda América Latina ha mantenido una fuerza política que le permitirá ser oposición firme. Eso se ha demostrado en los mismos comicios, una gran fuerza social y política que, aunque este descendiendo su nivel de influencia, tiene un enraizamiento que puede cambiar nuevamente la correlación de fuerzas en lo que se debilite a su contendiente por las consecuencias de la liberalización de la economía.

El 44% de Haddad terminó siendo no tan bajo como se esperaba. Los movimientos políticos como el chavismo, el peronismo, partidos como el PT, intentarán mantener sus fuerzas, y en paralelo ir reinventando su política para que en vez de que tienda a “minorizarse”, dividirse y nuclearse en torno a una figura, pueda rediseñar una agenda pública que abra su relación con la gente y que mantenga los lazos con un porcentaje muy importante y decisiorio de los que se han ido a la derecha los últimos años, los desencantados que están generando “mayorías abstencionistas” y sus propias filas que pueden tender a escindirse como ocurre al Peronismo.


Falta ver si se mantiene el escenario electoral como espacio privilegiado para la aplicación del poder o si veremos emerger otros escenarios como el militar. En Nicaragua, Venezuela, Argentina o Brasil el riesgo es alto para la democracia, incluso la más formal, la del voto. Para saber desenlaces aun faltan varios años, menos en Argentina donde las presidenciales son en 2019.

La derecha latinoamericana, ahora liderada por Bolsonaro y su propuesta abiertamente derechista, no solo es una acentuación de la situación de crisis en la izquierda, es la reesperanza de los populares por la política, ahora desde la derecha. Cómo mínimo tiene el balón y hay que ver cómo juega la izquierda en el terreno defensivo de oposición, para lo cual luce un poco obesa en este momento, muy poco preparado para ir a las calles nuevamente a reconquistar territorio.

Si Macri está creando el modelo de transición hacia un orden liberal no tan atropellado como el que se ensayó en los 90, Bolsonaro va a acelerar ese tránsito porque son dueños del discurso que permite el mantenimiento de apoyo de las masas electorales. La izquierda sigue usando el discurso restauracionista que por ahora las mayorías no quieren recordar.
Pero no solo discursos, el voto popular se está moviendo hacia nuevas demandas que van entrando en la periferia de la “gramática derechista” mientras salen de la “órbita progre”. Los primeros le sacan brillo a las nuevas condiciones mientras que los segundos le rehúyen. La izquierda se queda sin pelear esos votos y tiene un error de origen a la hora de captar a las nuevas generaciones que no tiene vinculación directa con las experiencias neoliberales de los 90 ni dictatoriales de los 70. Hasta ideas básicas como la de igualdad pasaron de fatigar a irritar al electorado popular. En todo caso lo que demuestran los resultados electorales del continente es que los sectores populares no eran de izquierda, sino que se situaban allí en una coyuntura, y la hegemonía de Gramsci les pasó muy lejos.

El voto va del igualitarismo hacia la seguridad, porque hay nuevas sensibilidades al respecto en los sectores populares; se traslada desde la exigencia de políticas sociales redistributivas hacia el “orden” en la economía, porque hay un sector importante en ascenso que va prefiriendo la autosostenibilidad que la relación clientelar con el Estado.
También impactan las dudas que genera en las nuevas generaciones un liderazgo con mucho tiempo en el poder y que a su vez pide la reelección. El gran éxito de la derecha es que está sacando del poder a la izquierda por medio de voto y aunque utilice maniobras jurídicas, lo hace en el contexto de asumirse mayoría y aprovecharse de un descrédito en el uso del poder de la izquierda. Hasta allí no hay invento mediático. La satanización de las redes sociales proviene de la intelectualidad analógica de la izquierda que se volvió senil y no quiere aceptar el cambio social que ella misma diseño, aunque no con los resultados esperados.

La izquierda-en-el-poder no supo leer este cambio en las demandas populares. Con su táctica de la negación de las dificultades y errores se impidió ella misma procesar y dar respuesta a nuevas exigencias que han surgido, entre otras, por el debilitamiento del modelo redistributivo que implementaron exitosamente los Gobiernos populares. Si la idea de crisis fue el eje discursivo de la izquierda en la resistencia, ahora es una categoría “superada”.


Mención aparte requiere la demanda en contra de los medios de comunicación que se escucha en todos los políticos de izquierda. Después de muchos triunfos electorales, ningún dirigente explica por qué los medios tienen la potencia de aniquilamiento que no tuvieron en los años de auge de los movimientos populares. En todo caso, después de varios años en el poder, más que denuncias contra los medios se deja colar una impotencia radical y pareciera que terminal, para entender la sociedad red de Castells, o para ser más humildes, para montar un canal que la gente quiera ver.


Si la izquierda latinoamericana le perdió el respeto a los medios y los develó insuficientes, no ha podido hacer lo mismo con las redes sociales porque repitieron el modelo de la mediática tradicional y mucho menos entendieron la generación millenial que ingresaba a ser parte importante del electorado y a quienes se le repitieron las fórmulas tradicionales de la política en momentos en que la dirigencia era cuestionada, con y sin razón, de corrupta y recién acomodada o como mínimo de un proletario que acepta “coimas” [sobornos].

Son diez millones de electores los que sacó Bolsonaro al PT. Especialmente de algunas capas, pero en líneas generales, millones de votantes que acompañaron durante la última década a Lula, hoy lo hacen por una derecha radicalizada. Y ahora lo hacen sin complejos ni culpas, por las derechas de todo el continente, ahora sin excepción.

La cuestión no es solo en América latina. En el reciente libro Regreso a Reims, el francés Didier Eribón relata cómo, en su tierra natal, obrera y comunista, ahora la gente apoya al ultraderechista Frente Nacional: “El [auge] del Frente Nacional se puede interpretar, al menos en parte, como el último recurso con el que contaban los medios populares para defender su identidad colectiva y, en todo caso, una identidad que sentían igual de pisoteada que siempre, pero ahora también por quienes los habían defendido y representado en el pasado”.”
Las respuestas de Evo en 2016 y Correa en 2018 a sus respectivas derrotas —relacionadas con la reelección — aún reproducen un discurso impotente contra el poder mediático, todo decorado de un discurso oficial “restauracionista” que luce conservador ante la iniciativa simbólica de la derecha, porque no puede recapturar nuevas demandas, expectativas y sensibilidades de los sectores populares .


Alejandro Grimsom lo explica muy bien refiriéndose a Argentina, pero es extendible para América latina: “El problema aquí surgió cuando la narrativa sobre los logros se distanció crecientemente de las percepciones sociales. Cuantos más problemas se generaban en la realidad económica, más se concentró el gobierno en narrar lo logrado en esta década”. Y con más puntería aun: “Cuando la derecha se apropió de los términos ‘cambio’ y ‘futuro’, eso ya implicaba una derrota cultural. Ya ha sucedido lo mismo en otros momentos de la historia, como cuando se inició la revolución neoconservadora. Los proyectos populares o de izquierda se colocan a la defensiva”.


Pero la cantidad de votos y la experiencia acumulada puede hacer retomar el poder a la izquierda latinoamericana, siempre y cuando se mantengan las elecciones como mecanismo de discernimiento del debate político. La judicialización de la política, en ambos bandos parecen abrir otro rumbo de consecuencias impredecibles donde gobierna el que tiene poder en las fuerzas armadas y los tribunales.

La cuestión de la izquierda después de la crisis actual es sobre el uso del poder político. Es factible abrir una nueva agenda de cambios que reentusiasmen a diversos sectores sociales o solo “para que no gobierne la derecha”, lo que execra a la izquierda a una muy disminuida zona de confort.

Un filósofo y político radical venezolano llamado Alfredo Maneiro hablaba, en los 80, en plena derrota de la izquierda, del “agua mansa” en relación a detectar las partículas que se encuentran cuando el agua parece tranquila, pero es la misma agua de la nueva ola que vendrá y producirá significación al renacimiento simbólico que se da en la quietud. Ese es el trabajo de los movimientos progres que llegaron al poder y hoy se encuentran en una encrucijada.

Por Ociel Alí López
Sociólogo, analista político y profesor de la Universidad Central de Venezuela

publicado
2018-10-29 11:27:00

 

 

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Miércoles, 31 Octubre 2018 08:29

Brasil: neoliberalismo y fascismo periférico

Brasil: neoliberalismo y fascismo periférico

Durante la recta final de la campaña presidencial de 2016 en Estados Unidos, la señora Clinton preguntaba insistentemente al público que acudía a escucharla: ¿A poco no están mejor ahora que hace ocho años cuando Barack Obama acababa de ser elegido? Hillary quería hacer pensar a la gente que gracias a las políticas de Obama la economía se había recuperado de la crisis.


Pero para muchos de los asistentes a los rally de campaña de la candidata demócrata la respuesta era claramente negativa: el desempleo seguía siendo considerable, muchos habían perdido sus casas, las deudas con los bancos seguían asfixiándolos, los salarios se mantenían bajos y hasta su pensión mensual se contraía. La forma de contestar en una manifestación, ya sea a mano alzada o con griterío, nunca es una buena opción, así que el público optó por llevar la respuesta al día de las elecciones. Muchos prefirieron no votar, otros de plano favorecieron a Trump. Gracias al Partido Demócrata y su complicidad con el neoliberalismo, triunfó quien con gran instinto oportunista había entendido el resentimiento de la gente.


El domingo pasado triunfó en Brasil el candidato del protofascismo Jair Bolsonaro. La prensa internacional se ha apresurado a llamarle el Trump tropical porque esa victoria electoral tiene varios paralelismos importantes con el ascenso del Donald a la Casa Blanca. En ambos políticos se anida un instinto perverso y sádico frente a minorías, mujeres, extranjeros y migrantes, así como un claro desprecio por el medio ambiente y la negación del cambio climático (al igual que Trump, Bolsonaro ya ha anunciado que abandonará el Acuerdo de París). Sus inclinaciones estuvieron escondidas durante los 27 años que estuvo en el Congreso, pero en la campaña se desplegaron sin frenos. Mucho se ha escrito sobre estas características de personalidad en ambos personajes, pero más allá de esto hay otro rasgo en común que tiene que ver con la evolución de la vida política en Estados Unidos y en Brasil.


Es un hecho que el éxito de Trump fue resultado del fracaso del Partido Demócrata para ofrecer alternativas al neoliberalismo. De hecho, los Clinton consolidaron el viraje del partido demócrata hacia el neoliberalismo y de esa forma le dieron la espalda a la base política de dicho instituto político. Obama fielmente siguió la misma trayectoria y frente a la crisis nombró a Timothy Geithner como secretario del Tesoro. Este personaje había sido funcionario en el Tesoro bajo la dirección de Rubin (que a su vez venía de Goldman Sachs) y también había sido presidente del banco de la Reserva Federal de Nueva York. A la hora de escoger, Obama siguió los consejos de Geithner y se inclinó por rescatar a los bancos en lugar de pensar en la gente. Así, en lo más álgido de la crisis, el Partido Demócrata optó por salvar al mundo financiero y abrirle las puertas a Trump.


Quizás a muchos les parezca una exageración decir que el triunfo de Bolsonaro en Brasil es la consecuencia de los errores estratégicos que cometió el Partido de los Trabajadores (PT). Después de todo, los golpes en contra de Dilma y Lula fueron descaradas maniobras de manipulación que carecieron de bases legales para fundamentar la destitución de la primera y el encarcelamiento del segundo. Pero si bien se cometieron varios errores serios, lo más importante es que mientras el PT estuvo en el poder nunca se planteó buscar opciones estratégicas alternas al neoliberalismo. Su programa puede describirse como un intento por administrar el neoliberalismo y darle rostro humano a las fuerzas del capitalismo salvaje. Eso lo hizo por medio de invertir en varios programas sociales que sacaron a varios millones de la pobreza. Y durante un tiempo parecía que la misión de ponerle cara humana al neoliberalismo podría cumplirse. No era necesario tocar ninguno de los pilares del modelo económico neoliberal, ni en materia de política fiscal o monetaria, ni en el renglón de la regulación para el sector financiero.


Mientras la economía brasileña pudo apoyarse en los altos precios de los productos básicos, la restricción fiscal del aumento en el gasto social pudo manejarse. Pero con los efectos de la crisis financiera global y la terminación del súper ciclo de los precios de commodities, la economía brasileña entró en recesión, los ingresos fiscales cayeron y ya no fue posible continuar con el maquillaje del modelo económico. Las fuerzas del neoliberalismo actuaron muy rápido para consolidarse: desde 2016, cuatro meses después del golpe que destituyó a Dilma, se aprobó una reforma constitucional que pasará a ser recordada como una de las más grandes locuras económicas de la historia: se impuso una reducción en el gasto primario equivalente a 5 por ciento del PIB cada año durante los siguientes 10. ¡Adiós al gasto social!


Las lecciones son claras. El neoliberalismo no perdona a quien quiera maquillar sus contradicciones, aunque se comprometa a no tocar las piezas clave del modelo económico. El odio ideológico va de la mano con la intolerancia económica.


Twitter: @anadaloficial

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Victoria de Bolsonaro entre gritos de "¡Viva... Volvió la dictadura!"

El candidato de ultraderecha gana con 55.18% de votos por 44.82% del petista Haddad

A eso de las ocho de la noche de este domingo, lo que se anunciaba, acorde con las encuestas, se confirmó: el ultraderechista Jair Bolsonaro, un capitán retirado del ejército brasileño, se convirtió en el quinto presidente electo por el voto popular desde el retorno de la democracia a Brasil, en 1985, luego de 21 años de dictadura militar.

Bolsonaro ganó con 55.18 por ciento (57.7 millones de votos) por 44.82 por ciento (46.8 millones de sufragios) de su contrincante, el izquierdista Fernando Haddad, con 99.91 por ciento del escrutinio.

Por primera vez un candidato de extrema derecha que además de declararse misógino, racista y homófobo, defensor de la dictadura y de la tortura, y que aseguró a una colega diputada que no la violaba "porque no lo mereces", que dijo que ningún hijo suyo se casaría con una negra porque todos habían sido "muy bien criados", y que calificó a la ONU (Organización de las Naciones Unidas) de "nido de comunistas", pues sí, alguien de semejante perfil, obtuvo la mayoría de votos del electorado brasileño.

Defensor de un programa económico que se pretende de un liberalismo fundamentalista, retrógrado absoluto en términos de educación pública, el capitán Bolsonaro, una vez oficialmente electo, se pronunció tan pronto se conocieron los resultados oficiales.

En su primera aparición, por una red social, se mostró titubeante leyendo de manera insegura un texto que no parecía ser de su autoría, esparció frases de difícil comprensión, pero destinadas a incendiar los ánimos de sus seguidores más fieles.

Aseguró, entre otras cosas, que librará al país del peligro "comunista o socialista", defenderá a la familia y sus tradiciones, y tendrá como base de decisiones la Biblia y la Constitución.

Luego obtuvo la "bendición" del autonombrado obispo evangélico Magno Malta.

En los pronunciamientos de Bolsonaro hubo una formidable e impresionante secuencia de frases sin conexión y de anuncios confusos, especialmente en lo que se refiere a la economía.

A partir de ahora se abre un espacio amplio y cubierto de niebla respecto de qué pasará en el país latinoamericano más poblado, el más poderoso en términos económicos y el que hasta hace muy pocos años, en los dos mandatos presidenciales de Luiz Inácio Lula da Silva, ocupó un espacio destacado en el escenario global.

Ayer se comprobó que la distancia entre los electores del ultraderechista y de Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores (PT) de Lula, fue significativa: unos 11 millones de votos.

Menos de la diferencia con que Lula fue electo en 2005 frente a Geraldo Alckmin –casi 20 millones de votos–, pero mucho más de los que Dilma Rousseff obtuvo frente a su adversario en 2014, Aecio Neves (unos 4 millones).

La tan esperada "ola" que habían anunciado los seguidores de Haddad, ministro de Educación en el gobierno de Lula y ex alcalde de Sao Paulo, no resultó, aunque sí logró disminuir de manera significativa la distancia que los separaba.

Con eso, se aseguró un espacio sólido para la oposición al gobierno que asumirá el primer día de 2019.

Dicen analistas que lo que se abre en Brasil es una inmensa ventana que exhibe un océano de dudas.

Bolsonaro trató de mostrarse como un candidato ajeno a la política, a pesar de una carrera de casi tres décadas en el Congreso.

El ahora presidente electo, mientras fue candidato, exhibió un formidable talento para anunciar, por voz propia o de sus asesores, medidas que causaron impacto en la sociedad y en sectores específicos de la economía, pero sin mayores consecuencias, por inviables.

Anunció fusiones de ministerios que luego rechazó, medidas radicales de privatizaciones que luego matizó; en resumen, nadie puede saber de verdad qué pretende en el campo de la economía, y menos en los demás rubros.

Esta ha sido la primera disputa electoral en la que no hubo un solo debate cara a cara entre los candidatos, y en que el vencedor se limitó a hacer apariciones por las redes sociales.

Arropado por líderes de izquierda, Haddad se dirigió a la militancia petista en un hotel de Sao Paulo, donde pidió respeto para sus "46 millones de votantes", en un emotivo discurso en el cual prometió seguir luchando "con coraje" por la democracia.

El ex alcalde de Sao Paulo, de 55 años, fue designado candidato del PT en sustitución de Lula, su líder histórico, quien purga desde abril una pena de 12 años de cárcel por delitos de corrupción y lavado de activos, a la que fue condenado sin que se presentara prueba alguna de su culpabilidad.

El Movimiento de los Trabajadores sin Tierra divulgó en Twitter un video en el que se ve a elementos del ejército en vehículos militares sumarse a las celebraciones en las calles de Río de Janeiro por el triunfo del ultraderechista.

El pasado rabioso de Bolsonaro, su incitación a la violencia, así como el vacío de su discurso, indican tiempos turbulentos.

La noche de este domingo que había sido de luz y alegría en la mayor parte de las ciudades brasileñas, tan pronto de supo de la victoria de Bolsonaro se desataron actos de violencia en varios puntos del país.

Sitios en que se concentraban electores del derrotado Haddad, fueron blanco de acciones relámpago de seguidores de Bolsonaro, con agresiones sin mediar palabra.

Se reportaron, de manera documentada, acciones violentas en más de 20 ciudades brasileñas.

El gran temor, dicen observadores y analistas del muy complejo cuadro brasileño, se refiere no tanto a qué hará el ultraderechista cuando asuma la presidencia, sino qué harán, de aquí y hasta entonces, las muy furiosas milicias que lo respaldan.

Pasadas las siete de la noche (hora local), un grito de júbilo contagió a los miles de seguidores reunidos afuera del departamento de Bolsonaro en Barra de Tijuca, en la zona oeste de Río.

Más tarde, a eso de las 10 y media de la noche (hora local), en Niterói, ciudad vecina a Río (al otro lado de la bahía de Guanabara, separada por 13 kilómetros de puente) surgieron camiones del ejército desfilando a cuenta de nada entre una multitud que gritaba "¡Volvió la dictadura! ¡Viva"!

¿Quién los convocó? ¿Bajo órdenes de quién dejaron los cuarteles?

Ese es el cuadro con que se enfrentará el país a partir de hoy.

 

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Lunes, 29 Octubre 2018 05:52

Vademécum electoral en EU

Vademécum electoral en EU

En más de un sentido, las elecciones que se celebrarán el próximo 6 de noviembre, en las que se renovará la Cámara de Representantes, parte de la de Senadores, las gubernaturas de 36 estados y miles de legislaturas locales en Estados Unidos, serán los comicios más importantes en muchos años. Es la opinión de millones de personas y diversos observadores políticos, lo mismo en los medios de comunicación que en la academia. Será un referendo sobre la política del actual presidente, quien ha profundizado la división en la sociedad, como ni el propio Nixon logró con todas sus perversidades. La pérdida de su popularidad es consecuencia de frecuentes traspiés, su apoyo al racismo, la xenofobia, el ultranacionalismo, el nativismo más rampante y su política antipopular. El electorado ve con temor y frustración la continuidad de esa política destructiva. En el Partido Republicano, al que el presidente simula pertenecer, hay gran preocupación frente a la posibilidad de perder la mayoría en la Casa de Representantes y posiblemente el Senado. La preocupación parece haber tocado también la puerta de la Casa Blanca, por lo que el mandatario se ha subido al avión presidencial para realizar una de sus actividades favoritas: pronunciar discursos a lo largo y ancho del país denostando a los medios de comunicación, las minorías afroestadunidenses, latinas, indígenas y, por supuesto, a los migrantes. Su ataque a la caravana de hondureños raya en lo patético.

La mayoría de los candidatos del Partido Republicano cifran sus esperanzas en el discurso del presidente y en la capacidad del aparato electoral para escatimar de una u otra manera el voto de cientos de miles de electores de varios estados que gobiernan los republicanos. Para ello han creado diferentes estratagemas con el fin de suprimir el voto, especialmente el de las minorías que mayoritariamente apoyan a los candidatos del Partido Demócrata. Existen diversos trabajos de investigación que han demostrado la forma en que las elecciones son decididas con base en dichas estrategias.

Uno de esos trabajos es de Ari Berman, colaborador de revistas como Mother Jones, New York Times Magazine, Rolling Stone, y también es investigador de The Nation Institute. En su libro La moderna lucha por el voto, describe la forma en que se han trazado los distritos electorales, conocida como Gerrymander, agrupando arbitrariamente a los votantes, con el fin de dar un número mayor de sufragios a una u otra de las fuerzas contendientes en los comicios.

El diseño se elabora cada 10 años en la mayoría de las legislaturas estatales, con información del censo de población. Hace varias décadas la mayoría legislativa en aproximadamente dos terceras partes de los estados ha sido controlada por los republicanos (The Atlantic/ 24/10/18). Por tanto, han sido los encargados de agrupar a los electores más convenientes a su causa.

Históricamente, la supresión del voto ha sido un estigma para Estados Unidos (The Guardian 13/10/18), pero este año pudiera superar cualquier antecedente. En una entrevista reciente en la cadena de radio pública, Berman dio cuenta de la forma en que se han "purgado" las listas de electores en Georgia, Kansas, Wisconsin, Texas, Carolina del Norte y Alabama, con el fin de coartar el voto de cientos de miles de ciudadanos. Los casos más escandalosos de corrupción electoral se han dado en Georgia y Alabama, donde los responsables de organizar los comicios y actuar como árbitros son también los candidatos del Partido Republicano. En estos estados, la supresión de electores ha sido masiva. Las posibilidades de que las argucias se multipliquen a lo largo de Estados Unidos son muy altas, según Berman.

Si los republicanos llegan a perder alguna de las dos cámaras, gubernaturas o legislaturas locales, será porque millones de votantes están hartos del gobierno de Trump, y habrán logrado sortear las triquiñuelas para suprimir su voto.

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Lunes, 29 Octubre 2018 05:46

Dos palabras

Dos palabras

 A lo largo de más de 25 años reportando sobre Estados Unidos para La Jornada nunca imaginé que algún día tendríamos que usar dos palabras para informar sobre la realidad nacional de este país: "fascismo" y "socialismo".

Pero desde las campañas electorales de 2016 y su culminación en el triunfo de un bufón peligroso, esas dos palabras se han vuelto necesarias. Primero, las malas noticias:

La violencia ultraderechista vinculada con los neonazis y otras agrupaciones supremacistas blancas, nutrida por la retórica explícitamente racista, xenófoba, antimigrante y "nacionalista" proveniente de la Casa Blanca tuvo su expresión más reciente en lo que la Liga de Anti-Difamación (principal organización judía de defensa de derechos civiles) califica como el peor ataque mortal antisemita en la historia del país: 11 muertos y seis heridos en una sinagoga en Pittsburgh. El responsable acusó a los judíos de apoyar a refugiados "morenos" y musulmanes que están invadiendo al país para destruir a "mi gente". Esto, en una semana en la que otro ultraderechista envió 14 bombas a prominentes críticos de Trump –casi todos calificados como "enemigos" por el mandatario– y el asesinato al azar de dos personas afroestadunidenses en un supermercado por un hombre que antes buscaba ingresar para matar a afroestadunidenses en una iglesia.

Vale subrayar que todos estos atentados de "terror" y odio violento de los días recientes –como gran mayoría de los incidentes de tiroteos masivos en los últimos años– han sido realizados no por mexicanos o centroamericanos, ni por otros inmigrantes "criminales", ni por musulmanes, sino por hombres estadunidenses blancos.

La ultraderecha y sus seguidores aquí tienen una larga historia de violencia, pero nunca antes han contado con un presidente que habla su mismo idioma y que activamente alienta el racismo, la xenofobia, el sexismo y el antisemitismo que los caracteriza.

Hace unos días en un mitin electoral en apoyo de candidatos republicanos, Trump proclamó que es "un nacionalista", y se opone a los "globalistas". Los "nacionalistas blancos" entendieron perfecto y, como señala el profesor de historia en la Universidad de Michigan Juan Cole, Trump está imitando a Mussolini, quien se definió como un "fascista nacionalista".

Aquí, según la narrativa ultraderechista, los "nacionalistas" combaten al "complot internacional judío", o a veces "comunista", contra este país. Por eso cuando Trump se declaró "nacionalista", su público empezó a corear "encarcelen a Soros", el prominente filántropo judío liberal que tanto es usado como ejemplo de ese "complot" (poco después recibió uno de los paquetes-bomba), y quien ha sido culpado por el presidente y/o sus aliados de promover la migración, incluso de financiar la caminata de centroamericanos. Trump sonrió y se sumó al coro.

El profesor Jason Stanley, de la Universidad de Yale, alerta que Trump está empleando las tradicionales políticas fascistas para promover su agenda.

El profesor Henry Giroux, de la Universidad McMaster, considera que esta agenda política está produciendo "una formación económico-política que llamaría fascismo neoliberal". Señala que el “fascismo empieza con idioma y se vuelve una fuerza organizativa para formar una cultura y legitimar lo que se pensaba era inimaginable, como la violencia indiscriminada contra grupos enteros: negros, inmigrantes, judíos, musulmanes… Trump enmarca a sus críticos como enemigos del pueblo estadunidense. Esto es verdaderamente un resurgimiento de la ideología fascista actualizada para el siglo XXI”.

Respondiendo a la noticia del asalto contra la sinagoga, el cineasta Michael Moore expresó su solidaridad en un tuit, y preguntó si alguien en este país aún recuerda que había un acuerdo de que "ante la primera señal de fascismo, lo frenaríamos antes de que creciera y se convirtiera en algo peor. Bueno, ese momento es ahora".

Ahora hay un masivo coro de repudio y resistencia por todo el país que grita "no pasarán". Entre ellos (tema de la segunda parte de esta columna) los que afirman que en un futuro próximo, Estados Unidos será socialista.

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Brasil: las democracias también mueren democráticamente

Nos hemos acostumbrado a pensar que los regímenes políticos se dividen en dos grandes tipos: democracia y dictadura. Tras la caída del Muro de Berlín en 1989, la democracia (liberal) pasó a considerarse casi consensualmente como el único régimen político legítimo. A pesar de la diversidad interna de cada uno, son dos tipos antagónicos, no pueden coexistir en la misma sociedad, y la opción por uno u otro supone siempre lucha política que implica la ruptura con la legalidad existente.


A lo largo del siglo pasado se fue consolidando la idea de que las democracias solo colapsaban por la interrupción brusca y casi siempre violenta de la legalidad constitucional, a través de golpes de Estado dirigidos por militares o civiles con el objetivo de imponer la dictadura. Esta narrativa era, en gran medida, verdadera. No lo es más. Siguen siendo posibles rupturas violentas y golpes de Estado, pero cada vez es más evidente que los peligros que la democracia hoy corre son otros, y se derivan paradójicamente del normal funcionamiento de las instituciones democráticas.


Las fuerzas políticas antidemocráticas se van infiltrando dentro del régimen democrático, lo van capturando, descaracterizando, de manera más o menos disfrazada y gradual, dentro de la legalidad y sin alteraciones constitucionales, hasta que en un momento dado el régimen político vigente, sin dejar de ser formalmente una democracia, aparece como totalmente vaciado de contenido democrático, tanto en lo referido a la vida de las personas como de las organizaciones políticas. Unas y otras pasan a comportarse como si estuvieran en dictadura. Menciono a continuación los cuatro principales componentes de este proceso.


La elección de autócratas. De Estados Unidos a Filipinas, de Turquía a Rusia, de Hungría a Polonia se han elegido democráticamente políticos autoritarios que, aunque sean producto del establishment político y económico, se presentan como antisistema y antipolítica, insultan a los adversarios que consideran corruptos y ven como enemigos a eliminar, rechazan las reglas de juego democrático, hacen apelaciones intimidatorias a la resolución de los problemas sociales por medio de la violencia, muestran desprecio por la libertad de prensa y se proponen revocar las leyes que garantizan los derechos sociales de los trabajadores y de las poblaciones discriminadas por razones étnicas, sexuales o de religión. En suma, se presentan a elecciones con una ideología antidemocrática y, aun así, consiguen obtener la mayoría de los votos. Los políticos autocráticos siempre han existido. Lo nuevo es la frecuencia con la que están llegando al poder.


El virus plutócrata. La forma en la que el dinero ha venido descaracterizando los procesos electorales y las deliberaciones democráticas es alarmante. Al punto de preguntarse si, en muchas situaciones, las elecciones son libres y limpias y si los responsables políticos actúan por convicciones o por el dinero que reciben. La democracia liberal se basa en la idea de que los ciudadanos tienen condiciones de acceso a una opinión pública informada y, sobre su base, elegir libremente a los gobernantes y evaluar su desempeño. Para que esto sea mínimamente posible, es necesario que el mercado de las ideas políticas (los valores que no tienen precio, porque son convicciones) esté totalmente separado del mercado de los bienes económicos (los valores que tienen precio y sobre esta base se compran y venden). En tiempos recientes, estos dos mercados se han fundido bajo la égida del mercado económico, hasta tal punto que hoy, en política, todo se compra y todo se vende. La corrupción se ha vuelto endémica.


La financiación de las campañas electorales de partidos o de candidatos, los grupos de presión (o lobbies) ante los parlamentos y los gobiernos tienen hoy en muchos países un poder decisivo en la vida política. En 2010, la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, en la sentencia Citizens United v. Federeal Election Commission, asestó un golpe fatal a la democracia estadounidense al permitir el financiamiento irrestricto y privado de las elecciones y decisiones políticas por parte de grandes empresas y de super ricos. Se desarrolló así el llamado dark money, que no es otra cosa que corrupción legalizada. Ese mismo dark money explica en Brasil una composición del Congreso dominada por la bancada armamentista ("de la bala"), la bancada ruralista ("del buey") y la bancada evangélica ("de la Biblia"), una caricatura cruel de la sociedad brasileña.


Las fake news y los algoritmos. Durante cierto tiempo Internet y las redes sociales que generó se vieron como una posibilidad sin precedentes para la expansión de la participación ciudadana en la democracia. En la actualidad, a la luz de lo que sucede en Estados Unidos y Brasil, podemos decir que serán más bien las sepultureras de la democracia, en caso de que no se regulen. Me refiero en particular a dos instrumentos: las noticias falsas y el algoritmo.


Las noticias falsas siempre han existido en sociedades atravesadas por fuertes divisiones y, sobre todo, en periodos de rivalidad política. Hoy, sin embargo, su potencial destructivo a través de la desinformación y la mentira que propagan es alarmante. Esto es especialmente grave en países como la India y Brasil, en los que las redes sociales, sobre todo WhatsApp (cuyo contenido es el menos controlable por estar encriptado), son ampliamente usadas, hasta el extremo de ser la más grande, e incluso la única, fuente de información de los ciudadanos (en Brasil, 120 millones de personas usan WhatsApp). Grupos de investigación brasileños denunciaron en el New York Times (17 de octubre) que de las cincuenta imágenes más divulgadas (virales) en los 347 grupos públicos de WhatsApp en apoyo a Bolsonaro, solo cuatro eran verdaderas. Una de ellas era una foto de Dilma Rousseff, candidata al Senado, con Fidel Castro en la Revolución cubana. Se trataba, de hecho, de un montaje realizado a partir del registro de John Duprey para el diario NY Daily News en 1959. Ese año Dilma Rousseff era una niña de once años. Apoyado por grandes empresas internacionales y por servicios de contrainteligencia militar nacionales y extranjeros, la campaña de Bolsonaro constituye un monstruoso montaje de mentiras a las que la democracia brasileña difícilmente sobrevivirá.


Este efecto destructivo es potenciado por otro instrumento: el algoritmo. Este término, de origen árabe, designa el cálculo matemático que permite definir prioridades y tomar decisiones rápidas a partir de grandes series de datos (big data) y de variables, considerando ciertos resultados (el éxito en una empresa o en una elección). Pese a su apariencia neutra y objetiva, el algoritmo contiene opiniones subjetivas (¿qué es tener éxito?, ¿cómo se define el mejor candidato?) que permanecen ocultas en los cálculos. Cuando las empresas se ven obligadas a revelar los criterios, se defienden con el argumento del secreto empresarial. En el campo político, el algoritmo permite retroalimentar y ampliar la divulgación de un tema que está en boga en las redes y que, por ello, al ser popular, es considerado relevante por el algoritmo. Sucede que lo viral en las redes sociales puede ser producto de una gigantesca manipulación informativa llevada a cabo por redes de robots y de perfiles automatizados que difunden entre millones de personas noticias falsas y comentarios a favor o en contra de un candidato, convirtiendo el tema en artificialmente popular y ganando así incluso más destaque por medio del algoritmo. Este no tiene condiciones para distinguir lo verdadero de lo falso, y el efecto es tanto más destructivo cuanto más vulnerable sea la población a la mentira. Fue así como en 17 países se manipularon recientemente las preferencias electorales, entre ellos Estados Unidos (a favor de Trump) y, ahora, Brasil (a favor de Bolsonaro), en una proporción que puede ser fatal para la democracia.


¿Sobrevivirá la opinión pública a este envenenamiento informativo? ¿Tendrá la información verdadera alguna posibilidad de resistir ante tal avalancha de falsedades? He defendido que en situaciones de inundación lo que más falta hace es agua potable. Con una preocupación paralela respecto a la extensión de la manipulación informática de nuestras opiniones, gustos y decisiones, la investigadora en computación Cathy O’Neil designa los big data y los algoritmos como armas de destrucción matemática (Weapons of Math Destruction, 2016).


La captura de las instituciones. El impacto de las prácticas autoritarias y antidemocráticas en las instituciones ocurre paulatinamente. Presidentes y parlamentos electos mediante los nuevos tipos de fraude (fraude 2.0) a los que acabo de aludir tienen el camino abierto para instrumentalizar las instituciones democráticas; y pueden hacerlo supuestamente dentro de la legalidad, por más evidentes que sean los atropellos y las interpretaciones sesgadas de la ley o de la Constitución. En los últimos tiempos, Brasil se ha convertido en un inmenso laboratorio de manipulación autoritaria de la legalidad. Esta captura ha hecho posible la llegada a la segunda vuelta del neofascista Bolsonaro y su eventual elección. Tal como ha ocurrido en otros países, la primera institución en ser capturada es el sistema judicial. Por dos razones: por ser la institución con poder político más distante de la política electoral y por ser constitucionalmente el órgano de soberanía concebido como “árbitro neutro”. En otra ocasión analizaré este proceso de captura. ¿Qué será de la democracia brasileña si esta captura se concreta, seguida de las otras capturas que esta hará posible? ¿Será todavía una democracia?

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

 

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“Brasil se juega el destino de la democracia”

El experto analiza la contundente victoria en primera vuelta del ultraderechista Jair Bolsonaro. Por qué el 28 de octubre se juega la continuidad del régimen democrático. La embestida de la derecha contra el PT, el “fascismo financiero”, los medios y las iglesias evangélicas.

Boaventura de Sousa Santos (Coímbra, Portugal, 1940) es una de las voces más autorizadas dentro de la sociología jurídica y un referente indiscutido en el pensamiento político y social contemporáneo. Entrevistado por PáginaI12, el investigador sostiene que la segunda vuelta representa en Brasil “un auténtico plebiscito sobre si (ese país) debe seguir siendo una democracia o pasar a ser una dictadura de nuevo tipo”. A continuación, explica por qué trabajadores, jóvenes, sectores medios, afroamericanos, marginados, hombres y mujeres del pueblo dieron su voto a un candidato que grita a cuatro vientos y con orgullo que, de ser presidente, sus políticas no estarán justamente a favor de ellos.


–¿Cuáles son para usted las razones del triunfo del candidato de la ultraderecha Jair Bolsonaro en primera vuelta?


–Es una situación muy compleja porque Brasil, en este momento, es casi un laboratorio de transformación política conservadora en el continente. No solamente en el continente, en el mundo. Pienso que en la primera década del milenio Brasil fue, junto con otros países de América Latina, el país que más mostró las potencialidades de una transformación progresiva de las sociedades altamente desiguales, altamente discriminatorias, como son todas las sociedades que salieron del colonialismo europeo. Los avances fueron notables, por ejemplo, en términos de hambre. Durante estos períodos la gente ya no se iba a dormir hambrienta. Como decía Lula, “mi ambición es que la gente coma tres veces al día”. Y muchas otras políticas que intentaron disminuir la pobreza, ampliar el acceso a los bienes públicos, mejorar los bienes públicos de educación, de salud, de acceso a la universidad, y también medidas antidiscriminatorias contra la población negra, que es la mayoría, pero que ha sido siempre una minoría política. También se consiguieron avances notables con políticas afirmativas, de cuotas, para las mujeres. Fue un progreso notable. Y entonces, casi repentinamente, todo se derrumba, todo colapsa. Luego de esto los elementos antidemocráticos de la sociedad brasileña tomaron el liderazgo. Podríamos decir que en el tiempo anterior la lógica democratizante de la sociedad brasileña tenía predominio sobre la lógica antidemocrática, que es típica de una sociedad oligárquica, colonial, muy desigual y discriminatoria. Este desequilibrio se transforma rápidamente como si fuera un péndulo, donde las fuerzas antidemocráticas toman el liderazgo.


–¿De qué manera lo hicieron?


–Primero, esas fuerzas antidemocráticas de inmediato cuestionan los resultados electorales de 2014 de la ex presidenta Dilma, y empiezan de inmediato un impeachment y una guerra total contra el PT. Esta guerra va a ser realmente muy agresiva porque busca eliminar rápidamente de la memoria del pueblo los beneficios del período anterior, al transformar al PT en un grupo de bandidos corruptos que desgraciaran el país. Se llevó adelante una demonización del PT terrible en los medios tradicionales, convencionales, sobre todo desde la TV Globo, y también en los periódicos oligopólicos. Fueron todos unánimes en demonizar al PT. Por eso, la narrativa que se impuso fue la narrativa de la corrupción. A partir de aquí, la narrativa políticamente correcta es una narrativa antipolítica, en contra de la corrupción, una política despolitizada. Tenemos que luchar contra la corrupción y para eso es necesario que la policía y el sistema judicial actúen, y la operación Lava Jato es el mejor ejemplo de todo este movimiento. Una primera observación es que se dio una especie de reversión muy rápida y muy sorprendente para mucha gente. Brasil, el país del Foro Social Mundial (FSM), el país del Movimiento de los Sin Tierra (MST), considerado el más importante del continente y del mundo, repentinamente ve atacadas todas estas conquistas y no reacciona de manera rápida. Y esto va a durar hasta la prisión de Lula. Hasta que Lula fue a prisión no vimos un movimiento social muy organizado de resistencia a este golpe institucional, y cuando la resistencia surge es casi una resistencia negativa, es decir, una resistencia para pedir por la libertad de Lula, pero ya no por las políticas de aquel otro período, sino por la injusticia de su condena. Esto ha sido una primera fase; después entran en juego otros factores.


–¿Cuáles, por ejemplo?


–Creo que entraron otros factores que de alguna manera desbordaron las intenciones de las oligarquías que organizaron el golpe. Yo creo que muchas de ellas organizaron el golpe con el intento de restaurar la democracia; una democracia que no amenace sus ganancias. Porque la resistencia contra el PT empieza cuando hay una crisis del capitalismo global, una crisis financiera después de 2008, una crisis que venía también de una cierta atenuación del ritmo de desarrollo de China. Hay una crisis de ganancias del capital y una amenaza al capital financiero; entonces de inmediato intentan reaccionar. No fueron los empresarios los primeros en reaccionar sino el capital financiero, que va a tomar el liderazgo. Va a abrir espacios para fuerzas que estaban latentes en una sociedad colonial, desigual, donde los cambios son recientes. Una sociedad que empezó a luchar contra el racismo apenas diez años antes; el racismo estaba en la cabeza de la gente, incluso de aquella que ha sido beneficiada por Lula.

–¿Esos avances y esas reivindicaciones no lograron construir una nueva cultura política?

–Creo que las políticas no fueron sostenibles durante mucho tiempo para crear otra cultura. El mismo PT no intentó crear otra cultura ciudadana; intentó crear más consumidores, pero no una cultura ciudadana, o una cultura campesina de comer cosas saludables, por ejemplo. Era plata para ir a comer comida basura de los fast food y las comidas todas procesadas en detrimento de la agricultura campesina. Entonces, esos demonios que fueron sueltos, y que vienen de un pasado de grandes desigualdades, surgieron exactamente en la persona de Bolsonaro. Esta corriente está en todo el continente. Vemos de alguna manera lo que ocurre en la Argentina, y muy claramente lo que pasa en Colombia, que es muy grave, y de alguna manera en Ecuador también. El avance de las fuerzas democráticas va a ser rápidamente neutralizada por fuerzas antidemocráticas que estaban dormidas.

–¿Pero cómo se explica que un sector tan amplio de las clases populares haya apoyado a un candidato que se presenta abiertamente en contra de las políticas que los beneficiaron?

–Primero, las medidas antipopulares del gobierno después del golpe, que son muy claras, no tienen un impacto inmediato en la vida de la gente, como habíamos visto en Portugal y en Europa con las llamadas políticas de austeridad. Algunas medidas no entran en el bolsillo de las familias de un día para el otro. Por ejemplo, Temer quiere privatizar y eliminar el sistema de salud, pero todavía no lo hizo, no tuvo la oportunidad todavía. Lo que quiero decir es que los impactos en las familias, en los bolsillos de la gente, tardan dos o tres años en repercutir. Por eso en una parte inicial es fácil para los medios de comunicación convencer a la gente. Los medios fueron muy agresivos y llevaron la situación de la política para la ética. No son las medidas que interesan. Y todavía hoy vemos que Bolsonaro no habla de su política económica. Es la ética contra la corrupción; los honestos contra los corruptos. Ahora, toda la gente está a favor de los honestos, entonces si los medios bombardean todos los días con la lucha contra la corrupción... El segundo factor que entra aquí es la dimensión internacional. En Brasil, y no solamente, actúan los medios oligopólicos y las oligarquías locales. No se han dado cuenta de que el imperialismo norteamericano estaba buscando una oportunidad para revertir todas estas políticas progresistas que amenazaban su dominio, que se atenuó un poco cuando Estados Unidos estuvo muy preocupado por Irak y abandonó un poco el continente. Pero el golpe de Honduras fue la primera señal de que Estados Unidos estaba volviendo al continente; desde entonces, en 2012 Fernando Lugo en Paraguay, y después Dilma. Aquí se puede ver que hay otra dimensión imperial muy fuerte, que no es la dimensión de la imposición militar de la dictadura, sino la transformación de una democracia nacionalista y desarrollista, pero nacionalista, por la sustitución de una “nueva” democracia, como la llaman ahora los militares en Brasil.

–¿En qué consiste esa “nueva” democracia?

–Es una democracia sin Partido de los Trabajadores, una democracia amiga de los mercados, y una democracia que abre toda la economía a la ganancia del capital internacional. Bolsonaro es el símbolo de todo esto. Y ahora se hace claro todo el apoyo internacional, del mercado digital, la propagando digital, a Bolsonaro. Es una conjunción de trabajo militar y económico internacional, dos nuevas fuerzas que actúan en el continente. Los militares con políticas de contrainsurgencia psi-sociales: no son armas, son fake news, herramientas bien entrenadas por servicios de inteligencia de Inglaterra y Estados Unidos a lo largo de los tiempos. También están los think tanks de Estados Unidos, que hablan de privatización, de liberalización. Hay aquí una estrategia del continente global del imperio en cuanto a que Brasil era particularmente importante de neutralizar por los BRICS. Una política fundamental.

–De ahí que usted hable de Brasil como un laboratorio...

–Si gana la extrema de Bolsonaro esta corriente va a ganar un poder enorme, no solamente en el continente, sino también en Europa. Italia será el primer blanco de esta política de extrema derecha, que sigue también con Hungría y con Polonia. Si los demócratas brasileños logran vencer esta corriente antidemocrática de extrema derecha, será una señal muy poderosa para todo el continente de que esta gente no es invencible, y de que internet no hace todo. En esto es en lo que estamos. Es una situación muy dramática, porque en este momento en Brasil se juega el destino de la democracia en el continente, y en el mundo de alguna manera.

–¿Cree que Bolsonaro realmente llevaría a la práctica lo que sostiene su discurso radical?

–Pienso que si Bolsonaro gana va a ser todavía peor de lo que dice, porque las medidas van a ser brutales y va a haber resistencia popular. Y como va a existir resistencia, los militares ya están diciendo que hay que mantener la paz en el país, y mantener la paz para ellos es reprimir. Bueno, de hecho, la represión ya está en las calles. Los grafitis que aparecen en los baños de las universidades dicen que, si Bolsonaro gana, la universidad va a ser Columbine (en alusión a la masacre de la Escuela Secundaria de Columbine), es decir, una masacre en la universidad. Es muy preocupante porque para los mercados financieros no interesa que Bolsonaro sea racista, sexista u homofóbico, porque lo que quieren es ver cómo va a arreglar la economía. Siempre con la idea de que cuando empiece a crecer la economía todo va a ser mejor. Como hicieron de hecho con la Argentina, que ahora está bajo el comando del Fondo Monetario Internacional (FMI). Intentaron hacerle lo mismo a los portugueses y no funcionó. Sabemos que es una ilusión, como lo sabemos en Europa; intentaron decirles lo mismo a los portugueses y no funcionó, pero Grecia está todavía luchando. Realmente creo que con Bolsonaro vamos a pasar un momento muy difícil, y no sé si la democracia sobrevive en Brasil. Con Haddad no sería fácil tampoco, porque los fascistas están sueltos en las calles en este momento, y no va a tener a los militares de su lado, que están del lado de Bolsonaro. Por otra parte, si algo fatal pasara con Bolsonaro, su vicepresidente es general. Es decir, los militares están seguros. No se habla de la enfermedad de Bolsonaro, hay un misterio enorme. Si algo le pasara, tiene un vice que es aún más agresivo en su discurso. Esta lógica de los militares, de regresar a la política por vía democrática, es lo que me preocupa. La Argentina, de alguna manera, eliminó esa posibilidad a través de una transición en que los militares fueron a prisión. En Brasil no; en Brasil los militares condicionaron la transición hasta hoy. Ahora dicen que no son ciudadanos de segunda clase y que quieren intervenir en la política. Y lo están haciendo a través de Bolsonaro y su vice.

–¿Qué sucede con los partidos de izquierda brasileños?

–Creo que en Brasil la unidad de las izquierdas podría haber sido distinta de lo que fue, y tal vez un candidato como Ciro Gómez podría ser mejor candidato que Haddad, porque la demonización del PT fue muy fuerte. Ciro Gómez fue ministro de Lula pero no era del PT. Por la situación, creo que en este momento la lucha no es “izquierdas del mundo, unidos”, sino “demócratas del mundo, unidos”. Si la extrema derecha llega a la presidencia, lo que va a crear no es un fascismo de tipo antiguo, sino un fascismo de tipo nuevo, esto es, reducir la democracia a lo mínimo, con mucha exclusión social y mucha represión. Es por eso que hay dos cosas en Bolsonaro muy importantes: el terror y la ideología. Las dos son fuertes. El régimen puede ser formalmente democrático, pero la sociedad es cada vez más fascista. Se disemina un fascismo social y se impulsa la lógica de la guerra civil.

–Sostiene que “la tragedia de nuestro tiempo es que la dominación está unida y la resistencia está fragmentada”. ¿Le parece que esto explica, en parte, el presente de Brasil?

–El drama es que el caso brasileño muestra muy claramente que la derecha se sirve de la democracia pero no quiere servir a la democracia. Si le es útil bien, sino demonizan, hacen golpes y pueden destruirla. Por eso he dicho que las izquierdas en su pluralidad son las que pueden garantizar, en este siglo reaccionario que tenemos, la defensa de las democracias. Pero la fuerza de las fuerzas de derecha es tan grande que las izquierdas tienen una dificultad enorme para discutir sus diferencias y buscar una alternativa. En este momento vemos en Brasil que todos se juntan a defender a Haddad, que es correcto, pero hay que hacerlo sin condiciones. No es de esperar que haya una renovación o repensar las izquierdas en este contexto, porque hay que defender lo mínimo, que es la democracia. Necesitamos que la izquierda defienda la democracia, y para defenderla eficazmente, la izquierda tiene que transformarse. Tiene que articularse con los movimientos sociales antisexistas y antirracistas, los sindicatos tienen que estar unidos con los otros movimientos, y los partidos tienen que convertirse en movimientos con democracia participativa interna, que es la única que nos puede defender de la corrupción, porque la corrupción fue muy grande dentro del PT. Una cosa es la corrupción para hacer campaña política y otra cosa para tener un departamento, como se dice del caso de Lula, que se tiene que probar judicialmente. Ahora, que hubo corrupción, hubo corrupción. La izquierda debe que decir “corrupción cero”; no puede haber un gobierno de izquierda con un mínimo de corrupción. Y aquí hay una esperanza porque Haddad es dentro del PT el político que representa lo más honesto. En esta renovación de la que hablo hay que discutir las diferencias y unirnos las izquierdas y lo que es común sin dejar de tener las identidades, como estamos haciendo en Portugal. Se está intentado la unión de las izquierdas, pero sabemos que las condiciones defensivas lo hacen muy difícil. Ahora en Chile hay un Frente Amplio (FA); es interesante. Es decir, se están intentando unir en otra base. Es un proceso histórico largo. Nosotros estamos impacientes, pero la historia tiene mucha paciencia.


–Se dice que en Brasil la iglesia evangélica salió a apoyar abiertamente a Bolsonaro. ¿Se la puede considerar un actor con capacidad de movilizar masas?

–La iglesia evangélica en la Argentina y Brasil son dos fases del mismo proceso. Avanza siempre por cuestiones que tienen que ver con la familia, la sexualidad, el aborto, etc. Pero cuando tiene bastante poder, toma una posición política global, ya no es el aborto, es el candidato más fascista y más reaccionario que puedan imaginar. Y lo vemos ahora en su fase más avanzada de las iglesias evangélicas en Brasil, que han dicho muy claramente que están detrás de Bolsonaro y lo financian, lo promueven. O sea ya no es una política de orientación sexual, de derechos de las mujeres, o derechos reproductivos, ahora es la política global que pone en claro su blanco fundamental: una economía neoliberal, abierta y a la disposición de los Estados Unidos. Las iglesias evangélicas están muy conectadas con las iglesias evangélicas de los Estados Unidos, como en África, son ellas las misioneras del neoliberalismo global y obviamente, por implicación, del imperialismo norteamericano. Empiezan por cuestiones no políticas, la familia, la concepción, por ejemplo, hasta que llega un momento en el que adquieren fuerza, y dicen “este es el candidato”, y entonces entran directamente a la política.

–¿Qué sucede con la Iglesia Católica?

–La Iglesia Católica se quedó paralizada en todo este proceso. Muy tardíamente, ahora con el papa Francisco, intenta animar a decir, por lo menos, que no se debe votar por Bolsonaro, o que se debe votar para defender la democracia. Pero la iglesia católica está desarmada. Esto fue un proceso histórico que viene desde el papa Juan Pablo II de desarmar la Teología de la Liberación y armar la Teología de la Prosperidad. La primera era católica, la segunda es evangélica. Cayó la primera, subió la segunda. La gente necesita de religión, la católica se debilitó en los barrios y la periferia, y las evangélicas entraron.

–A pocos días de la segunda vuelta en Brasil, ¿más esperanza que miedo, o más miedo que esperanza?

–Más miedo que esperanza. Lo que hay que notar es que Brasil está testeando instrumentos que pueden ser útiles al mundo en general. Por ejemplo, acaban de hacer una petición internacional a Google y Facebook sobre el WhatsApp. Se mostró claramente que solamente el ocho por ciento de la red de Whatsapp que fue por Bolsonaro vehiculó verdades, ocho por ciento, probado por análisis de técnicas bien hechas en Brasil. Entonces solicitaron a Facebook y a Zuckerberg que limiten las posibilidades de extensión de esto, pero Facebook y Whatsapp están diciendo que es demasiado tarde, que no se puede; no quieren hacerlo. En India, cuando sucedió la ola de masacres por culpa de noticias falsas que corrieron por WhatsApp, éste pudo limitar la divulgación de las noticias falsas. Brasil es una prueba fabulosa para esto, y muy inquietante. Como diría el gran poeta portugués Fernando Pessoa, es un tiempo de inquietud, que va a pasar. Pero hay que decirle a la gente que está en la lucha, luchen. Hay energías de la sociedad brasileña que están emergiendo ahora. Me dirán, ¿demasiado tarde? No sé... Vamos a ver.

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