Sábado, 20 Octubre 2018 17:11

Lula, de vegetariano a carnívoro

Santiago Ibañez

En los últimos meses, Brasil ha puesto sobre la mesa que la política siempre es “más compleja”. El estallido del Lava Jato y la lucha anticorrupción empoderaron a una parte de la Justicia pero, lejos de mejorarla, erosionaron la ya débil democracia brasileña; la presidenta Dilma Rousseff comenzó su segundo mandato con un programa volcado hacia el neoliberalismo y terminó destituida en medio de acusaciones de comunismo; la ley de “ficha limpia”, aprobada durante el gobierno de Lula, acabó por cerrarle el paso a la candidatura presidencial. Es difícil reducir lo que ocurre en Brasil a una “proscripción” del ex presidente obrero, pero tampoco se puede dejar de advertir la saña de una parte de las elites contra el Partido de los Trabajadores, y sobre todo contra lo que representa, junto con la debilidad de las pruebas en el caso por el que se lo condenó.

Lula, que alguna vez fue considerado parte de la “izquierda vegetariana” –“me encanta ese tipo”, dijo Barack Obama– terminó considerado por muchos como la encarnación de la “izquierda carnívora”. La lucha de clases soft que durante su gobierno mejoró la situación de los de abajo sin quitarles a los de arriba terminó por ser considerada intolerable para las elites. El caso de Brasil confirma que las clases dominantes sólo aceptan las reformas si existe una amenaza de “revolución”, y la llegada al poder del PT estuvo lejos de la radicalización social. En todo caso, la experiencia petista terminó exhibiendo unas relaciones demasiado estrechas entre el gobierno y una opaca “burguesía nacional” (como frigoríficos o constructoras) que debilitaron su proyecto de reforma moral de la política.

Sin que se haya producido el ascenso de una alternativa “antipolítica” emergente desde el Poder Judicial, como podría haber sido la candidatura del juez Sérgio Moro, una parte de la población se vio seducida por la “antipolítica” de ultraderecha con resonancias militares de Jair Messias Bolsonaro, que hace campaña con biblias y balas y reivindica sin complejos la dictadura del 64.

Sin embargo, finalmente el nuevo escenario parece propicio para una resurrección del “lulismo”: con un presidente sin popularidad (Michel Temer cuenta con la aprobación de un escaso 4%), sin candidatos moderados fuertes y con un Lula que aún encarna un “momento feliz” de Brasil, el postulante del PT Fernando Haddad hoy no sólo “es Lula” –y hasta imita su voz ronca en un spot– sino que representa una opción democrática contra el autoritarismo, moderada contra el extremismo violento, feminista contra la misoginia y diversa contra la discriminación. Al mismo tiempo, la promesa de un “Brasil feliz de nuevo” revela las dificultades para proponer imágenes de futuro, en un contexto de crisis intelectual y programática de los progresismos latinoamericanos.

*Jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad.
© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

Miércoles, 17 Octubre 2018 06:40

Bolsonaro es una creación de la clase media

Bolsonaro es una creación de la clase media

El 17 de marzo de 2016 la pediatra María Dolores Bressan envió un mensaje a la mamá de Francisco, un niño de un año, diciéndole que renunciaba "con carácter irrevocable" como pediatra de su hijo porque ella y su esposo "forman parte del Partido de los Trabajadores (él, del PSOL)".


Su comportamiento fue avalado por el Sindicato Médico de Rio Grande do Sul, cuyo presidente dijo que esa actitud le hizo ganar su "admiración" y que ella debe estar orgullosa por la decisión tomada


Ese año en la ciudad de Brasilia escuché, en diferentes espacios, un relato que me dejó perplejo. Una madre salía del cine abrazada a su hija, en un shopping lujoso de clase alta. Fueron golpeadas porque las confundieron con lesbianas.


En el mismo período, el comandante de un vuelo de Avianca que salía de Salvador, llamó a la Policía para expulsar al actor Érico Brás por considerarlo una "amenaza" para los demás pasajeros. Brás es un conocido actor de la Red Globo, pero es negro y mantuvo una discusión por el lugar donde debía colocar las maletas su esposa, también negra, porque no había espacio suficiente. El actor dijo que fue "tratado como un terrorista". Ocho pasajeros salieron del avión en solidaridad en un acto que fue calificado como racista, por el tono y los modales de la tripulación.


La exposición Queermuseu — Cartografías de la Diferencia en el Arte Brasileño, que llevaba un mes en cartel, en setiembre de 2017, en el centro Santander Cultural en Porto Alegre, fue cancelada por el banco que la auspiciaba por el vendaval de reproches que recibió en las redes sociales. Los críticos acusaban a la muestra artística de "blasfemia" y de "apología de la zoofilia y la pedofilia".


Se trataba de 270 obras de 85 artistas que defienden la diversidad sexual. Las críticas provinieron del Movimiento Brasil Libre (MBL). En un comunicado, el Santander llamó a reflexionar "sobre los retos a los que nos debemos enfrentar en relación con las cuestiones de género, diversidad y violencia". Pero la amenaza de boicot pudo más que cualquier razonamiento.


Todos estos hechos, a los que podrían sumarse una enorme cantidad de otros muy similares, sucedieron mucho antes de la campaña electoral, cuando Jair Bolsonaro era un personaje poco conocido por los brasileños. Mi propuesta es entender que la sociedad fue virando hacia la derecha, lentamente primero, de modo exponencial desde las manifestaciones de junio de 2013 que comenzaron como una protesta contra el aumento del transporte urbano, organizadas por grupos juveniles de izquierda.


La derecha militante, formada por pequeños grupos de clase media, sobre todo estudiantiles, comprendió que había llegado su oportunidad para salir de la marginalidad política y se volcó a la calle ante la pasividad de la izquierda gubernamental, en particular del PT y los sindicatos.


Hasta ese momento los grupos de derecha eran minoritarios, pero ya no marginales.


Antes de junio de 2013, una nueva derecha había ganado los centros de estudiantes de universidades estatales como Minas Gerais, Rio Grande do Sul y Brasilia, espacios donde antes dominaba la izquierda. En 2011, la derecha ultra convocó a marchas contra la corrupción en 25 ciudades, siendo la de Brasilia la más numerosa con 20.000 personas con el apoyo de la Orden a Abogados de Brasil (OAB). Recién en 2014 nacen los grupos que convocaron a millones por la destitución de Dilma Rousseff: Movimento Brasil Livre, Vem Pra Rua y Revoltados On Line.


Luego del triunfo de Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones, las agresiones de sus partidarios estallaron en todo el país, pero principalmente en el sur y en el estado de Sao Paulo. El caso más grave fue el asesinato del maestro de 'capoeira' de 63 años, en Salvador, que recibió doce puñaladas de un partidario de Bolsonaro por identificarse con su adversario.


En apenas una semana se registraron hasta 50 agresiones contra gays y lesbianas, contra negros y mulatos y contra personas que llevaban pegatinas de la izquierda.


Las agresiones y la intolerancia provienen de las clases medias angustiadas ante la posibilidad de perder sus privilegios de color, de clase y de género. Los agresores suelen ser varones blancos, que viven en barrios 'nobles', como se llama en Brasil a los barrios de clase media para distinguirlos de las favelas y los barrios plebeyos.


En una sociedad fuertemente estratificada, con una potente herencia colonial, las nuevas clases medias necesitan diferenciarse de los pobres y se identifican con los más ricos. Porque saben que su repentino y reciente ascenso es frágil y temen deslizarse, en medio de la crisis, cuesta abajo hacia los estratos de los que provienen.


Por eso se aferran a algo, como el náufrago se aferra a una madera que ahora lleva el nombre de 'orden' y 'seguridad', en una sociedad violenta que es la más desigual del mundo.
Esta nueva derecha no puede combatirse con argumentos ideológicos, ni aplicándole adjetivos como "fascista" que solo entiende una minoría militante formada en universidades. La clave está en la disputa viva de la vida cotidiana. Eso es lo que vienen haciendo en las últimas décadas las iglesias evangélicas y pentecostales, con un éxito sorprendente.


Defienden un patriarcado fundamentalista, con la intención de retrotraer las relaciones sociales al siglo XIX. Han levantado miles de templos, sobre todo en los barrios pobres y favelas, desde donde proclaman sus verdades y han jugado un papel destacado en el crecimiento de la nueva derecha.


Los pentecostales atacan la cultura negra para disciplinar a los más pobres, que encuentran en las religiones de origen africano formas de relacionarse sin mediaciones, horizontales y con cierta autonomía en espacios propios, como los 'terreiros'. En apenas cinco años, las denuncias por "intolerancia religiosa" crecieron 4.960%, de 15 en 2011 a 759 en 2016.


Atacan también a gays y lesbianas y a quienes defienden el aborto. Con una masa de 42,3 millones de personas —22% de la población—, los evangélicos son determinantes en las elecciones brasileñas. Tienen mucha más responsabilidad en el viraje derechista de los brasileños que el propio Bolsonaro, quien, sin embargo, se ha beneficiado de esa inflexión reaccionaria.

 

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Jair Bolsonaro y sus colaboradores con el lema de campaña: Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos.

La investigadora franco-marroquí habla de cómo funciona la lógica de la “teología de la prosperidad” en el vecino país. Los evangelistas están en todas las esferas de poder: en el aparato judicial, en la política, en la policía.

La ficción es una disciplina que depende de la realidad. Esta, a veces, suele ser más impresionante que todas las ficciones juntas. El Brasil que está a punto de elegir a Jair Bolsonaro como próximo presidente de la República es una de las historias reales más ficticias que se puedan conjeturar. La periodista franco marroquí y especialista de América Latina Lamia Oualalou la cuenta desde su más insólita raíz: el movimiento evangélico que se apoderó del primer país católico del mundo y, desde allí, mucho antes de las elecciones presidenciales,derrotó a la izquierda brasileña en la intimidad de los templos de las múltiples iglesias evangélicas que pululan en el país. Su investigación periodística publicada en francés por les Editions du Cerf, Jésus t’aime, (Jesús te ama) es la crónica resplandeciente y rigurosa de un movimiento de vagos arraigos teológicos que fue trepando por la columna vertebral del país humilde y periférico abandonado por el Estado, la Iglesia Católica y la misma izquierda. La nación que en los años 60 vio nacer la teología de la liberación perdió ante lo que la autora llama “la teología de la prosperidad” y sus elocuentes y disparatadas escenificaciones: la Juda Cola remplaza a la Cola Cola, Bolsonaro es un un santo al lado de Satanás, es decir, el PT, los pastores de las iglesias evangélicas son los nuevos millonarios del Brasil y los propietarios de los principales medios de comunicación que pusieron al servicio del candidato que salió a la cabeza de la primera vuelta.


Lejos de las radiografías fáciles, la investigación periodística de Lamia Oualalou demuestra que el auge del evangelismo es una forma de respuesta a la ausencia del Estado, que su arraigo en la urbanidad periférica responde al alejamiento de la Iglesia Católica de esas áreas y que su pavorosa influencia política se apoya en el abandono de las clases más vulnerables por parte de una izquierda que las dejó huérfanas. Jesús Te ama es un libro oriundo de la raíz más profunda del Brasil, donde la periodista (Le Figaro, Mediapart, Europe 1, Le Monde Diplomatique) vivió muchos años. En esta entrevista con PáginaI12, Lamia Oualalou recorre el camino paradójico de una doble victoria, la de los evangelistas y Bolsonaro, paralela a la derrota de la izquierda y de la Iglesia del papa Francisco.


–Con los resultados de la primera vuelta de las elecciones en Brasil y el peso considerable que han tenido en ella los evangelistas ¿se puede decir que hay una expansión del evangelismo en América Latina?


–Sí hay una expansión en México, en Argentina, en Chile. En Brasil vemos la consecuencia de la influencia de los evangelistas directamente en las elecciones: los pastores evangelistas llamaron a votar por Bolsonaro. Hoy tenemos una buena parte de la población brasileña que no sólo es evangélica sino que también sigue lo que le dice el pastor. Esto ha tenido y tendrá un impacto muy complicado porque el PT no sabe hablar con los evangélicos. Ese ha sido uno de los grandes errores que ha cometido en el pasado.


–Usted demuestra en su investigación que esa expansión del evangelismo es una respuesta a la ausencia del Estado…y algo más.


–Hubo varios factores combinados. Por un lado, poco a poco la Iglesia Católica fue desapareciendo de los lugares más populares, sobre todo de las nuevas ciudades y las favelas que se crearon con una velocidad enorme después de los años 70. La Iglesia Católica tiene aquí un problema de presencia urbana: en las favelas y las ciudades emergentes la Iglesia Católica no entra. En ese mundo suburbano, pobre, con gente oriunda por ejemplo del Nordeste, no hay lugares de sociabilización. Lo único que existe es el templo evangélico: allí pueden cantar, hacerse de amigos, dejar a sus hijos. No están presentes ni el Estado con sus ayudas (salud, trabajo, educación), ni la Iglesia Católica, pero sí los evangelistas que suelen prestar algunos de esos servicios. Los evangelistas, en Brasil, ocuparon el espacio del Estado con el consiguiente impacto cultural y político que ello acarrea: la gente sólo escucha la radio evangélica, ve la televisión evangélica, acude a los grupos evangélicos de Facebook y WhatsApp. La gente vive encerrada en ese mundo. Y claro, viven en ese círculo porque los partidos y movimientos progresistas, el PT por ejemplo, abandonaron a esta gente. Al final, lo que ocurrió es que se cortaron los puentes para dialogar con la gente humilde.


–¡Qué enorme y dolorosa paradoja!:Brasil fue la tierra donde se forjó la Teología de la Liberación y hoy se ha vuelto la cuna del evangelismo, al que usted define como una “teología de la prosperidad”.


–La lógica de la teología de la prosperidad es fascinante porque le dice al miembro de la Iglesia que, básicamente, tiene derecho a todo: a la salud, a una buena vida material. ¡ Y eso ahora mismo y no en la próxima vida !. Y si no lo tiene ya es porque no sabe exigir. Esto implica un cambio con respecto a la relación con Dios: Dios tiene que darte eso y sólo tienes que saber pedírselo. Y para pedírselo debes formar parte del grupo evangélico, pagar y rezar. Y al final, de alguna forma funciona: cuando los evangelistas dicen “deja de beber y vas a encontrar un trabajo”, la gente termina trabajando más y mejor sin estar borracha. Por eso la gente termina viendo que hay un impacto positivo en su vida, aunque lo que obtengan sea mínimo.


–La izquierda brasileña parece que tampoco entendió el tema de la teología de la prosperidad.


–No, claro que no y eso ha sido otra tragedia. La izquierda interpretó la teología de la prosperidad de forma muy básica. La leyó únicamente como una adaptación del neoliberalismo. Es cierto que hay una parte de consumismo, pero también existe una fuerte lógica de solidaridad. Hoy se pagan las consecuencias: lo que empezó con Dios se convirtió en un enorme movimiento moralista, anti PT, anti intervención del Estado.


Los evangelistas están en una lógica de consumo capitalista. No obstante, es preciso resaltar que ese era el discurso de todo el país. Incluso en los años de Lula se decía “ahora todos los brasileños pueden ser ciudadanos porque tienen acceso a una tarjeta de crédito” (Guido Mantega, ex ministro de Hacienda). Para mucha gente, los años de Lula le dieron más legitimidad a la teología de la prosperidad. Ese discurso se apoderó de todo el país. El evangelismo también es una forma de ascenso en la escala social. Ni el trabajo, ni la política ni el sindicalismo lo permiten.


–Los evangelistas hicieron un trabajo de penetración sector por sector: sedujeron a los deportistas, a los actores, a los surfistas, a la policía, al crimen organizado, etc, etc. Sectorizaron su expansión.


–De hecho no hay una Iglesia evangélica sino muchas. Su único punto en común es la fuerte personalidad de los pastores. Los evangelistas tienen una visión de marketing sobre la sociedad. Hacen una Iglesia que interesa a la gente que juega al futbol, otra Iglesia para los gays porque están excluidos, otra Iglesia más rigurosa y una más permisiva. Esto termina teniendo una fuerza increíble porque siempre acabas encontrando una Iglesia a tu gusto. Están igualmente en todas las esferas de poder: en el aparato judicial, en la política (tienen 90 diputados), en la policía. Si van a la página de la policía militar verán que una parte de las ayudas sociales están organizadas por los evangelistas. Hasta son mayoritarios en las cárceles. En Río de Janeiro, de las 100 representaciones religiosas que están presentes en las cárceles 92 son evangélicas. El Estado lo permite porque ha perdido si capacidad de intervención..


–Con Bolsonaro y sus respaldos evangélicos estamos ante una doble derrota: la del PT y la del Papa Francisco.


–Creo que cuando vino a Brasil el papa Francisco se dio cuenta de que era demasiado tarde. Las imágenes del viaje del Papa con millones y millones de personas correspondían a barrios católicos. Cuando les preguntaba a los evangelistas qué pensaban de Francisco, muchos de ellos no sabían quién era el Papa. Y estamos hablando del primer país católico del mundo. Además, para no perder terreno, una parte de la Iglesia Católica termina en muchos casos imitando a la Iglesia Evangélica. El Papa tuvo que aceptarlo. La única manera de cambiar la situación actual es con un trabajo de terreno. Pero la gente que está en Brasil fue nombrada por los dos papas anteriores (Benedicto XVI y Juan Pablo Segundo) y hoy no repercute lo que ordena Francisco. Derrota también del PT, claro. Como la izquierda brasileña abandonó a las poblaciones pobres esta población se fue cada vez más a la derecha. Encima la campaña se articuló en torno a WhatsApp, detalle que el PT tampoco entendió.


–En suma, Bolsonaro no estaría donde está sin los aportes de los evangelistas. Estos derrotaron al PT en los templos antes de las elecciones.


–El entendió muy bien cómo hablar con ellos. No es evangélico (su mujer sí) pero aceptó toda una parte del circo evangélico: pidió a un Pastor que lo bautizara y acude con frecuencia a los actos evangélicos. En este momento de crisis y de miedo él viene con este discurso de orden, de matar a los bandidos. A esto se le agrega el trabajo de demonización del PT que emprendieron los pastores. En los templos se dice que la crisis y la recesión son culpa de satanás, y ese satanás es el PT. Presentan al PT como si fuera un partido radical cuando en realidad es de centro- izquierda. Distribuyen una retórica que nada tiene que ver con la realidad y la gente cree. Además, los evangelistas trabajaron el tema de los medios. La segunda televisión del país es propiedad de Edir Macedo, el Obispo de La Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD). Macedo puso todo su aparato mediático al servicio de Bolsonaro. El poder de Bolsonaro va a depender mucho del poder de los pastores evangelistas. El PT intenta a la apurada acercarse a ese electorado, pero es tarde. Lo que habría que hacer es deconstruir la imagen de los pastores y demostrar que son bandidos, que son las principales fortunas del país. Pero esto no se lleva a cabo en un par de semanas.

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Trump pierde la guerra sexual y gana la judicial

La confirmación del juez Brett Kavanaugh en la Suprema Corte alteró la correlación de fuerzas cuando el Poder Judicial se encuentra en manos de una mayoría de cinco jueces conservadores, del total de nueve –con salarios de 260 mil dólares al año–, lo que explica la feroz batalla que se libró con todo tipo de "armas sexuales" que epitomizan la pornocracia de EU (http://bit.ly/2A6O6xv).

El hipotético caso de un impeachment por el Congreso puede ser rechazado por la Suprema Corte, donde Trump cuenta ya con mayoría, de acuerdo con las reglas de la caníbal democracia de EU.

The Wall Street Journal, asociado a Fox News –que apoya a Trump– reveló que las manifestaciones en el Capitolio en contra del nombramiento del mancillado juez Kavanaugh fueron financiadas por el mega-especulador George Soros (https://on.wsj.com/2A7Vf0O).

Sólo Dios sabe si el imputado acosó sexualmente a Christine Blasey Ford hace 36 años, en su época preparatoriana.

Lo que sí sabemos los humanos es que el clan de los Clinton se cobró 20 años después la vendetta de la factura contra Kavanaugh, quien había redactado el caso del "vestido azul" de la "becaria" Lewinsky.

Se trata(ba) de desprestigiar aún más a Trump y al Partido Republicano como una caterva de degenerados, a unos días de las elecciones intermedias del 6 de noviembre: susceptibles de trastocar los órdenes doméstico/regional/global.

Mucho dependerá qué tanto daño causó la demolición sexual del juez Kavanaugh y del mismo disoluto Trump, quien con tantos escándalos sicalípticos hasta parece estar blindado, como sucedió con Mitrídates, rey del Ponto en 160 AC, quien de tanto ingerir veneno en pequeñas dosis consiguió su inmunidad tóxica.

Estamos a 22 días de saber si la votación favorable para el juez Kavanaugh en el Congreso, con bendición expedita de la FBI, tendrá un efecto desfavorable para el Partido Republicano o, al contrario, repercutirá con un sonoro bumerán.

El Partido Demócrata centró sus ataques en los presuntos acosos sexuales de Kavanaugh –impugnados por el movimiento #Metoo, relevante en el caso del cineasta Harvey Weinstein (http://bit.ly/2A6ZfhM), íntimo de la cábala de los Clinton–, mientras el Partido Republicano se confinó como defensor de la "presunción de la inocencia": inalienable derecho democrático.

Aquí el Partido Demócrata cometió un el error jurídico al pretender que una acusación, sea cierta o falsa, equivale a una condena inapelable, omitiendo la legítima defensa del impugnado.

The Economist, de los banqueros esclavistas Rothschild, dio vuelo al movimiento #MeToo “Sexo y Poder (https://econ.st/2A6Yrte)”, que tiene todos los derechos democráticos para denunciar, pero sin perder de vista los sacrosantos elementos de defensa y de presunción de la inocencia: cuando se puede caer en la ultrajante injusticia de que se es culpable hasta no demostrar que se es inocente.

El 6 de noviembre se reconfigurará la cartografía. Trump, más que su etéreo impeachment, se juega su relección: un verdadero referéndum.

Hoy la sociedad de EU parece dividirse más en una "guerra de sexos" que en su verdadera disparidad económica, profundizada dramáticamente.

NYT expone los fuertes lazos de los bancos y las corredurías con los candidatos del Partido Demócrata, según cifras de Center for Responsive Politics, y que han superado a los supuestamente pudientes del Partido Republicano (https://nyti.ms/2QK3NAn).

Los omnipotentes financieros del Partido Demócrata son George Soros, de 88 años, y el "judío-episcopalista" Tom Steyer, de 61 años, entrenado en Morgan Stanley y Goldman Sachs, y dueño de Farallon Capital con 20 mil millones de dólares.

Wall Street también juega con sus "supercomputadoras" de High Frequency Trade que pueden redireccionar el voto, como avisó con su abrupta caída de 800 puntos que luego rebotó.

¿Los Demócratas apuestan a las finanzas de Wall Street, mientras los republicanos lo hacen con el petróleo?

Vienen 22 días escalofriantes.

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Sábado, 13 Octubre 2018 06:28

Un huracán llamado Bolsonaro

Un huracán llamado Bolsonaro

El ascenso vertiginoso de la ultraderecha tiene raíces históricas, sociales y culturales que es necesario desentrañar para ir más allá de los adjetivos. Las elites dominantes han abandonado la democracia como instancia de negociación de intereses opuestos y parecen encaminarse hacia un enfrentamiento radical con los sectores populares. En Brasil esto significa una guerra de clases, de colores de piel y de géneros, donde las mujeres, los negros y los pobres son el objetivo a batir. 

 

La arrasadora victoria de Jair Messias Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones brasileñas, es el mayor tsunami político, social y cultural que ha vivido este país en su historia. Si dejamos de lado las posturas elitistas y conspirativas, debemos aceptar que la gente sabía a quién votaba, que no lo hicieron engañados ni presionados. Más aún, esta vez los grandes medios no jugaron a favor del candidato ultraderechista, difundieron sus bravatas y no escatimaron críticas.


Para completar este breve cuadro, debe saberse que Bolsonaro tuvo muy poco tiempo en los espacios gratuitos de la tevé, los que en otras ocasiones cambiaron las preferencias electorales. Por pertenecer a un pequeño partido sin casi representación parlamentaria (el PSL, Partido Social Liberal), debió utilizar las redes sociales, donde tuvo una performance muy superior a la de los demás postulantes. Se presentó como el candidato antisistema aunque lleva 27 años como diputado, y consiguió captar los sentimientos en contra del establishment de la mayoría de los brasileños.


Bolsonaro surfeó y alentó la ola social conservadora, machista y racista, pero no fue el hacedor de esos sentimientos. Los aprovechó porque coinciden con su forma de ver el mundo.
La tormenta política del domingo pasado llevó hasta las instituciones a personajes desconocidos, como Eduardo Bolsonaro, el hijo, que reunió 1,8 millones de votos para lograr su banca de diputado, la mayor votación para ese cargo en la historia del país. La desconocida abogada Janaina Paschoal, que fue una pieza clave en la destitución de Dilma Rousseff en 2016 (fue una de las autoras del pedido de impeachment contra la expresidenta), fue electa con el mayor caudal de votos que se recuerda para su cargo de diputada estatal, en el estado de São Paulo. Kim Kataguiri, un joven impresentable animador del Movimiento Brasil Libre (MBL) que llenó las calles en 2015 y 2016 contra el PT, fue electo por el derechista Demócratas (DEM) y aspira a presidir la Cámara de Diputados federal.


EL CENTRO DERROTADO


La derecha en su conjunto consiguió 301 de los 513 escaños de la cámara baja (véase nota en página 13), un aumento sustancial, ya que en 2010 tenía 190 diputados y en 2014, 238. La izquierda perdió uno respecto a las elecciones de 2014: obtuvo 137 diputados, pero en 2010 había alcanzado 166. El gran derrotado fue el centro, que cayó a 75 escaños, de 137 en 2014. Entre los partidos, el MDB de Temer y el PSDB de Fernando Henrique Cardoso son los grandes derrotados con apenas 31 y 25 diputados respectivamente. Hubo además una proliferación de nuevos partidos con escasa representación, pero que en su conjunto suman 95 escaños, la mayoría de la derecha (la organización de los datos anteriores, en las categorías “izquierda”, “centro” y “derecha”, fue hecha por el Centro de Estudios de Opinión Pública de la Universidad Estatal de Campinas y fue publicada por el Observatório das Eleições)

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Las tormentas tienen resultados como el que mostró la primera vuelta: no dejan nada en su lugar, sacan a la superficie aquello que estaba sumergido y, tras el desolador panorama del día después, enseñan las heces que nadie quería ver. Pero muestran también que, debajo y detrás de las heridas, hay caminos posibles que las fuerzas institucionales y sus acomodados analistas se niegan a transitar.


El día después enseña varios hechos que deben ser desmenuzados para avizorar lo que puede depararnos el futuro inmediato: el ¡Ya Basta! que pronunció la sociedad en 2013, la herencia de la dictadura militar, el fin del lulismo y las limitaciones de la izquierda para afrontar los nuevos escenarios.


EL FACTOR JUNIO 2013


Fue el momento decisivo, el que formateó la coyuntura actual, desde la caída de Dilma hasta el ascenso de Bolsonaro. Junio de 2013 comenzó con manifestaciones del Movimiento Pase Libre (MPL) contra el aumento de las tarifas del transporte urbano, que consiguió movilizar alrededor de 10 mil personas. Se trata de una agrupación juvenil formada en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, que encarna a los jóvenes estudiantes de las ciudades y tiene formas de organización y movilización horizontales y festivas.


La reacción de la policía militar fue, como siempre, brutal. Pero esta vez la población de las grandes ciudades sorprendió a todos, al salir a las calles por cientos de miles y hasta millones. A lo largo del mes, 20 millones ocuparon las calles en 353 ciudades. Fue un evento fundamental de la historia reciente de Brasil, que mostró los altos niveles de descontento y frustración social pero, a la vez, la potencia transformadora que anidaba en la sociedad.


El PT no entendió que se trataba de un clamor pidiendo más: más inclusión, mejores servicios sociales, más igualdad, exigiendo un paso más en las políticas sociales que se venían aplicando, lo que implicaba tocar los intereses del 1% más pudiente del país. El gobierno y su partido retrocedieron espantados, sin comprender que podían ponerse al frente las multitudes para desbloquear un sistema político que jugaba a favor de las elites.


Suele sucederle a los que están arriba, que los murmullos de abajo los inquietan, porque sueñan con la paz social para seguir representando a los ausentes. En efecto, la representación es un teatro que sólo funciona si los representados ocupan las sillas para que los representantes se hagan cargo del escenario.


La ultraderecha, sin embargo, supo interpretar las debilidades de la presa (el gobierno del PT), como esos cazadores contumaces, entendió los puntos flacos de la presa (la corrupción) y se lanzó con saña en una guerra de rapiña. Los resultados están a la vista. La izquierda vació las calles en junio de 2013 y se las dejó a una derecha que desde las vísperas de la dictadura (1964) había perdido toda conexión con las multitudes. El PT y el conjunto de la izquierda perdieron la única oportunidad que habían tenido de torcerle el brazo a la derecha y las elites.


Luego vinieron las millonarias manifestaciones contra el gobierno del PT, la ilegítima destitución de Dilma, la multiplicación de los sentimientos contra los partidos y el sistema político y, finalmente, el crecimiento imparable de Bolsonaro. Es cierto que la crisis económica es el telón de fondo de todo este proceso, que polarizó aún más a la sociedad. Pero había otros caminos si la izquierda hubiera dejado los cómodos despachos para aquilatar los verdaderos dolores de la población más pobre.


LA HERENCIA DE LA DICTADURA


Brasil es el único caso en la región en el que no hubo un Nunca Más, ni juicios a los militares y civiles del régimen. Lo peor es que para buena parte de la población —además de las elites por supuesto—, la dictadura fue un buen momento económico y representó el lanzamiento de Brasil como potencia regional.


La dictadura generó importantes inversiones en obras de infraestructura, consiguió un crecimiento económico sostenido en la década de 1960 y comienzos de 1970, hasta que llegó el estancamiento. En el imaginario de muchos brasileños, fue un período positivo, tanto en lo económico como en la autoestima nacional. Fueron los años de oro de la geopolítica brasileña delineada por el general Golbery do Couto e Silva que llevó al país a tener una presencia determinante entre sus vecinos y convertirse en la principal potencia regional, al doblegar a la Argentina en la vieja competencia por la expansión de influencias.


Según el filósofo Vladimir Safatle, “la dictadura se acomodó a un horizonte de democracia formal pero en lo subterráneo estaba allí, presente y conservada. Las policías continuaron siendo policías militares, las fuerzas armadas siguieron intocadas, ningún torturador fue preso y se preservó a los grupos políticos ligados a la dictadura” (Agencia Pública, 9-X-18). En consecuencia, cuando la Nueva república nacida luego de la dictadura (1964-1985) comenzó a naufragar, el horizonte de 1964 reapareció como el imaginario del país deseable, para una parte sustancial de la población.


Como ejemplo de esta realidad, están no sólo las brutales declaraciones de Bolsonaro contra gays, lesbianas, negros e indios, sino las de importantes personalidades del sistema judicial. El nuevo presidente del Supremo Tribunal Federal, José Antonio Dias Toffoli, justifico días atrás el golpe de Estado de los militares diciendo que prefiere referirse a ese momento como el “movimiento de 1964” (iG Último Segundo, 1-X-18). Safatle asegura que “no conseguimos terminar con la dictadura” y opinó que el PT podría haberlo hecho pero ni siquiera lo intentó, pese a que Lula alcanzó un increíble 84% de aprobación cuando dejó el gobierno.


Otras consecuencias de la continuidad de la dictadura en democracia, es la composición de las instituciones del Estado. En el parlamento los sectores más reaccionarios vienen creciendo de formar sostenida desde 2010 y alcanzaron la hegemonía en 2014. El bloque ruralista que apoya el agronegocio y rechaza con violencia la reforma agraria, cuento con casi 200 diputados, mientras la bancada evangélica oscila en torno a los 76 diputados. La “bancada de la bala” (que defiende la pena de muerte y el armamento de la población) pasó de no tener ningún senador a conseguir 18 sillones de los 54 que estaban en disputa (Uol, 9-X-18).


En el mismo sentido puede registrarse la abrumadora presencia de militares en el equipo de campaña de Bolsonaro, empezando por su candidato a vicepresidente, el general Hamilton Mourão, que defiende desde la eliminación del aguinaldo hasta una nueva Constitución, pero sin asamblea constituyente. Quizá lo que mejor revela el espíritu de esta ultraderecha, son los pasos dados por Bolsonaro cuando estaba en el proceso de elegir a su vice: uno de los sondeados fue el “príncipe” Luiz Philippe de Orléans e Bragança, descendiente de familia imperial (Carta Capital, 5-VIII-18).


EL FIN DEL LULISMO


El fin del lulismo tiene dos raíces: la crisis económica de 2008 y el nuevo activismo social. La paz social era la clave de bóveda del consenso entre trabajadores y empresarios, así como de un “presidencialismo de coalición” que albergaba partidos de izquierda y de centro derecha, como el MDB de Michel Temer.


Las consecuencias de la crisis económica de 2008, que derrumbó los precios de las commodities y derechizó a las elites, sumada a las jornadas de junio de 2013 que hicieron añicos la paz social, enterraron el llamado consenso lulista. Cuando apenas había inaugurado su segundo gobierno, el 1 de enero de 2015, Dilma Rousseff se propuso calmar al gran capital a través de un ajuste fiscal que erosionó buena parte de las conquistas de la década anterior.


El descontento de la base social del PT fue capitalizado por la derecha más intransigente. Recordemos que Dilma ganó con el 51 por ciento de los votos, pero meses después su popularidad se situaba por debajo del 10 por ciento. Con el ajuste fiscal el PT perdió una base social laboriosamente construida, que se había mantenido fiel al partido durante dos décadas de derrotas, antes de llegar al poder.


Lo cierto es que el lulismo no fracasó, sino se agotó. Durante una década había proporcionado ganancias a la mayoría de los brasileños, incluyendo a la gran banca , que obtuvo los mayores dividendos de su historia. Pero el modelo desarrollista había llegado a su fin, ya que se había agotado la posibilidad de seguir mejorando la situación de los sectores populares sin realizar cambios estructurales que afectaran a los grupos dominantes. Algo que el PT aún se niega a aceptar.


En el terreno político, la gobernabilidad lulista se basaba en un amplio acuerdo que sumaba más de una decena de partidos, la mayoría de centro derecha como el MDB. Pero esa coalición se desintegró durante el segundo gobierno de Dilma, entre otras cosas porque la sociedad eligió en 2014 el parlamento más derechista de las últimas décadas, que fue el que la destituyó en 2016.


Otra consecuencia del ascenso de la derecha más conservadora, es la crisis de la socialdemocracia de Cardoso. El PSDB perdió toda relevancia, así como el MDB y el DEM que eran la base de la derecha neoliberal. El PSDB se formó en 1988 durante la transición a la democracia y la redacción de la Constitución. Junto al PT fueron los rivales más enconados de la política brasileña, pero a la vez era los dos principales partidos capaces de aglutinar una amplia colación a su alrededor, algo que le permitió a Cardoso gobernar entre 1994 y 2002.
Los resultados del candidato presidencial del PSDB, Geraldo Alckmin, el 7 de octubre, de apenas el 4 por ciento de los sufragios, enseñan la crisis del partido histórico de las elites y las clases medias blancas urbanas. Su base social emigró a Bolsonaro, por lo menos en las elecciones federales, aunque aún conserva cierto protagonismo en el estado de São Paulo, donde se asientan sus núcleos históricos. El descalabro de este sector, neoliberal pero democrático, puede tener hondas repercusiones en el futuro inmediato, independientemente de quién gane el domingo 28.


LA IZQUIERDA SIN ESTRATEGIA


Lo que se viene ahora es una fenomenal ofensiva contra los derechos laborales, contra la población negra e indígena, contra todos los movimientos sociales. Con o sin Bolsonaro, porque su política ya ganó y se ha hecho un lugar en la sociedad y en las instituciones. Cuando dice que hay que “poner punto final a todos los activismos en Brasil”, está reflejando un sentimiento muy extendido, que pone por delante el orden a los derechos (Expresso, 8-X-18).


No es un caso aislado. La ministra de Seguridad argentina Patricia Bullrich, acaba de lanzar su propio exabrupto, esta semana en una entrevista televisada, al vincular los movimientos sociales con el narcotráfico, abriendo de ese modo el grifo de la represión. Se trata de desviar el sentimiento de inseguridad hacia los actores colectivos que resultan obstáculos para implementar medidas más profundas contra las economías populares y la soberanía estatal sobre los bienes comunes.


Sobre el futuro inmediato, el cientista político César Benjamin señala: “Temo que un gobierno de Boslonaro sea peor que el gobierno militar. Hay una movilización de grupos, de masas que lo apoyan, que el régimen militar nunca tuvo. Una vez que llegue a la presidencia, un hacendado de Pará puede entender que llegó la hora de lanzar sus pistoleros, un policía que participa de un grupo de exterminio entenderá que puede ir más lejos”. Concluye con una frase lapidaria: “El sistema vigente de los años 80, especialmente desde la Constitución de 1988, ya no existe más” (Piauí, 8-X-18).


Cuando la izquierda apostó todo a una democracia claramente deficiente, sucedieron dos cosas. Primero, se evidenciaron sus dificultades a la hora de moverse en el borde de los cauces institucionales, como lo hacen todos los movimientos sociales. Hacerlo, significaría poner en riesgo los miles de cargos estatales y todos los beneficios materiales y simbólicos que conllevan. En cierto sentido enseñó su incapacidad de cambiar su estrategia, cuando la derecha sí lo hizo.


Segundo, optar por este camino suponía no tomar en cuenta que para los sectores que la izquierda dice representar, como los jóvenes y las mujeres de las favelas —los más atacados por el sistema del “orden”—, nunca hubo democracia verdadera. Estos sectores se ven forzados a moverse en el filo de la legalidad, porque, usando un concepto de Fanon, en la “zona del no-ser”, donde los derechos humanos son papel mojado, la sensatez les dice que no pueden confiar en las instituciones estatales. La impunidad del crimen de Marielle Franco habla por sí sola.


Limitarse al terreno electoral es suicida para un movimiento de izquierda, cuando del otro lado están rifando las libertades mínimas. Entre la lucha armada de los 60 y la adhesión ciega a elecciones sin democracia, hay otros caminos posibles. Los que vienen transitando tantos pueblos organizados para recuperar la tierra, cuidar la salud, el agua y la vida. Si algo nos enseña el Brasil de estos años, es que hace falta tomar otros rumbos, no limitados a la estrategia estatista, probablemente inciertos, pero que tienen la virtud de abrir el abanico de posibilidades.

 

Por Raúl Zibechi
Brecha

 

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Viernes, 12 Octubre 2018 06:11

La urgencia de buscar nuevos caminos

La urgencia de buscar nuevos caminos

La abrumadora votación que recibió Jair Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones brasileñas, que lo colocan en las puertas de la presidencia, son una buena oportunidad para que las personas de izquierda reflexionemos sobre la necesidad de transitar nuevos caminos. No alcanza, por tanto, limitarse a denunciar lo que ya sabemos: el carácter militarista, autoritario y ultraderechista del candidato. Hay que explicar porqué medio país lo vota y qué implicaciones tiene para el proyecto emancipatorio.

Brasil vive una profunda fractura de clase, de género y de color de piel que se expresa de forma nítida en los partidos de la derecha, que han delineado sus objetivos de forma clara y transparente: quieren instalar una dictadura pero manteniendo el sistema electoral. La izquierda cree en una democracia inexistente, asentada en una imposible conciliación de clases. Si Bolsonaro es fascista, como dicen el PT y sus intelectuales, debemos recordar que nunca fue posible derrotar al fascismo votando. Hace falta otra estrategia.

La otra es la fractura geográfica: un país dividido entre un sur rico y blanco y un norte pobre y negro/mestizo. Lo curioso es que tanto el PT como los principales movimientos sociales nacieron en el sur, donde tuvieron algunos gobiernos estatales y municipales. Esa región es ahora el epicentro del hondo viraje hacia la derecha, con claro contenido racista y machista.

Debemos explicarnos las razones por las cuales las élites y las clases medias acomodadas han producido este fenomenal viraje, desertando de su partido preferido, la socialdemocracia de Fernando Henrique Cardoso, hacia Bolsonaro. Han abandonado la democracia y apenas conservan las elecciones como máscara de la dominación.

La razón principal la explica el filósofo Vladimir Safatle. "Brasil llega a 2018 con dos de sus mayores empresas siendo públicas, así como dos de sus mayores bancos. Además, con un sistema de salud que cubre a 207 millones de personas, gratuito y universal, algo que no tiene ningún país con más de 100 millones de habitantes" (goo.gl/KRX6EE). Agrega que las universidades no son sólo para las minorías ricas y concluye que "Brasil llega a los días actuales en una situación muy atípica desde el punto de vista del neoliberalismo".

El autoritarismo es el modo de imponer la agenda que necesitan el sistema financiero, el agronegocio y las mineras para seguir acumulando riqueza en un periodo de crisis sistémica. No lo pueden hacer sin reprimir a los sectores populares y criminalizar sus movimientos. Por eso Bolsonaro convoca a militares y policías y se permite amenazar al activismo social, con modos muy similares a los de la ministra de Seguridad argentina Patricia Bullrich, quien acusa a los movimientos sociales de mantener relaciones "muy estrechas" con el narcotráfico, cuando todos sabemos que es la policía la que los ampara (goo.gl/eLWyNZ).

El racismo, las violencia anti-LGBT y el odio a la izquierda de las clases medias brasileñas, muestran la cara oculta del país con mayor desigualdad del mundo. No quieren perder sus privilegios de color, de género, de posición geográfica y de clase. Poco les importa que sean asesinadas más de 60 mil personas cada año, en su inmensa mayoría jóvenes, negros, pobres, porque saben que es el precio para mantener sus privilegios.

Ante este panorama las izquierdas no deben seguir aferradas a una estrategia que fue esbozada para otros tiempos, cuando el diálogo de clases era aún posible. En el anterior medio siglo hemos pasado de la estrategia de la lucha armada a la estrategia puramente electoral. Ambas tienen en común el objetivo de la tomar del poder y enfocan todas sus baterías en esa dirección.

Este péndulo es nefasto porque coloca a los sectores populares sólo como apoyo logístico o como votantes, siempre al servicio de vanguardias o caudillos, pero nunca como protagonistas de sus vidas políticas. Ante nosotros algunos pueblos originarios, comunidades negras y un puñado de movimientos están transitando otros caminos, por fuera de las instituciones pero sin confrontarlas abiertamente.

Están abriendo espacios en los territorios de los pueblos que juegan un doble papel: resistir creando vida. En los recientes años hemos reporteado, como otros compas, quizá miles de resistencias creativas en todos los países de la región. Son caminos que lo recorren por sí mismas, sin que ninguna vanguardia o partido les indique los pasos a seguir.

Si en algún momento decidieran tener presencia electoral, lo harán desde esos "poderes en movimiento" pero sin desarmarlos. Lo que no tiene el menor sentido, es que mientras la burguesía está desmontando una democracia que le sirvió durante el periodo de los estados del bienestar, nos limitemos a actuar sólo en ese terreno, colocando todas las construcciones previas en peligro.

La estrategia puramente electoral nos deja a merced de los de arriba, menos al puñado de cargos que saltan del partido al Estado, en un viaje sin retorno.

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Jueves, 11 Octubre 2018 05:51

Brasil en peligro: tres bombas reloj

Brasil en peligro: tres bombas reloj

La democracia brasileña está al borde del abismo. El golpe institucional que se inició con el impeachment contra la presidenta Dilma Rousseff y prosiguió con el encarcelamiento injusto del expresidente Lula da Silva está casi consumado. La consumación del golpe significa hoy algo muy diferente de lo que inicialmente pensaron muchas de las fuerzas políticas y sociales que lo protagonizaron o no se opusieron. Algunas de esas fuerzas actuaron o reaccionaron con el convencimiento genuino de que el golpe pretendía regenerar la democracia brasileña por vía de la lucha contra la corrupción; otros entendieron que era el modo de neutralizar el ascenso de las clases populares a un nivel de vida que más tarde o temprano amenazaría no solo a las élites, sino también a las clases medias (muchas de ellas producto de las políticas redistributivas contra las que ahora se movilizan). Obviamente, ninguno de estos grupos hablaba de golpe y ambos creían que la democracia era estable. No se dieron cuenta de que había tres bombas reloj construidas en tiempos muy diversos, pero con la posibilidad de explotar simultáneamente. Si esto ocurría, la democracia revelaría toda su fragilidad y posiblemente no sobreviviría.


La primera bomba reloj se construyó en el tiempo colonial y en el proceso de independencia, se accionó de modo particularmente brutal varias veces a lo largo de la historia moderna de Brasil, aunque nunca se desactivó eficazmente. Se trata del ADN de una sociedad dividida entre señores y siervos, élites oligárquicas y el pueblo ignorante, entre la normalidad institucional y la violencia extrainstitucional, una sociedad extremadamente desigual en la que la desigualdad socioeconómica nunca puede separarse del prejuicio racial y sexual. A pesar de todos los errores y defectos, los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) fueron los que más contribuyeron a desactivar esa bomba, creando políticas de redistribución social y de lucha contra la discriminación racial y sexual sin precedentes en la historia de Brasil. Para que la desactivación fuera eficaz sería necesario que dichas políticas resultaran sostenibles y permanecieran durante varias generaciones a fin de que la memoria de la extrema desigualdad y de la cruda discriminación dejara de ser políticamente reactivable. Como esto no ha sucedido, las políticas tuvieron otros efectos, pero no el efecto de desactivar la bomba reloj. Por el contrario, provocaron a quien tenía poder para activarla y hacerlo cuanto antes, antes de que fuera demasiado tarde y las amenazas para las élites y las clases medias se volvieran irreversibles. La avasalladora demonización del PT por los medios oligopolistas, sobre todo a partir de 2013, reveló la urgencia con la que se quería poner fin a la amenaza.


La segunda bomba reloj se construyó en la dictadura militar, que gobernó el país entre 1964 y 1985, y en el modo en que se negoció la transición a la democracia. Consistió en mantener a las Fuerzas Armadas (FFAA) como último garante del orden político interno y no solo como garante de la defensa contra una amenaza extranjera, como es normal en las democracias. “Último” quiere decir en situación de disposición para intervenir en cualquier momento definido por las FFAA como excepcional. Por eso no fue posible castigar los crímenes de la dictadura (a diferencia de Argentina, pero en la misma línea de Chile) y, por el contrario, los militares impusieron a los constituyentes de 1988 veintiocho párrafos sobre el estatuto constitucional de las FFAA. Por eso también muchos de los que gobernaron durante la dictadura pudieron seguir gobernando como políticos elegidos en el Congreso democrático. Apelar a la intervención militar y a la ideología militarista autoritaria quedó siempre latente, a punto de explotar. Por eso, cuando en los últimos meses los militares comenzaron a intervenir más activamente en la política interna (por ejemplo, apelando a la permanencia de la prisión de Lula), parecía normal, dadas las circunstancias excepcionales.
La tercera bomba reloj se construyó en Estados Unidos a partir de 2009 (golpe institucional en Honduras), cuando el Gobierno estadounidense se dio cuenta de que el subcontinente huía de su control mantenido sin interrupción (con la excepción de la “distracción” en Cuba) a lo largo de todo el siglo XX. La pérdida de control contenía ahora dos peligros para la seguridad de Estados Unidos: el cuestionamiento del acceso ilimitado a los inmensos recursos naturales y la presencia cada vez más preocupante de China en el continente, el país que, mucho antes de Trump, se consideró la nueva amenaza global a la unipolaridad internacional conquistada por Estados Unidos tras la caída del Muro de Berlín. La bomba comenzó entonces a construirse, no solo con los mecanismos tradicionales de la CIA y el Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad (también conocido por su denominación anterior, Escuela Militar de las Américas), sino sobre todo con los nuevos mecanismos de la llamada defensa de la “democracia amiga de la economía de mercado”.


Esto significó que, más allá del Gobierno estadounidense, la intervención podría incluir organizaciones de la sociedad civil vinculadas a los intereses económicos de Estados Unidos (por ejemplo, las financiadas por los hermanos Koch). En consecuencia, es una defensa de la democracia condicionada por los intereses del mercado y, por eso, descartable siempre que los intereses lo exijan. Esta bomba reloj mostró que ya estaba lista para operar en Brasil desde las protestas de 2013. Fue mejorada gracias a la oportunidad histórica ofrecida por la corrupción. La gran inversión norteamericana en el sistema judicial se inició a principios de 1990, en la Rusia postsoviética, y también en Colombia, entre muchos otros países. Si la cuestión no es el regime change, la intervención tiene que ser despolitizada. La lucha contra la corrupción es precisamente eso. Sabemos que los datos más importantes de la operación Lava Jato fueron proporcionados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos. El resto fue resultado de la miserable “delación premiada”. El juez Sérgio Moro se transformó en el agente principal de esa intervención imperial. Solo que la lucha contra la corrupción por sí sola no será suficiente en el caso de Brasil. Lo fue para neutralizar la alianza de Brasil con China en el ámbito de los BRICS, pero no será suficiente para abrir plenamente Brasil a los intereses de las multinacionales. Es que, como resultado de las políticas de los últimos cuarenta años (algunas venidas de la dictadura), Brasil tuvo hasta hace poco inmensas reservas de petróleo fuera del mercado internacional, tiene dos importantes empresas públicas y dos bancos públicos, y 57 universidades federales completamente gratuitas. Es decir, es un país muy distante del ideal neoliberal, y para aproximarse al mismo se requiere una intervención más autoritaria, dada la aceptación de las políticas sociales del PT por la población brasileña.


Así surgió Jair Bolsonaro como el candidato “preferido de los mercados”. Lo que él dice sobre las mujeres, los negros o los homosexuales o acerca de la tortura poco interesa a los “mercados”. Poco interesa que el clima de odio que él creó esté incendiando el país. En la madrugada del pasado lunes 8, el conocido maestro de capoeira Moa do Katende fue asesinado en Salvador por un seguidor de Bolsonaro a quien no le gustó que el maestro expresara su apoyo a Haddad. Y esto es solo el comienzo. Nada de esto interesa a los “mercados” con tal de que su política económica sea semejante a la del dictador Pinochet en Chile. Y todo lleva a pensar que lo será, pues su economista jefe tiene conocimiento directo de esa infame política chilena. El político de extrema derecha estadounidense, Steve Bannon, apoya a Bolsonaro, pero es solamente la cara visible del respaldo imperial.

Los analistas del mundo digital están sorprendidos con la excelencia de la técnica de la campaña bolsonarista en las redes sociales, que incluyó microdireccionamiento, marketing digital ultrapersonalizado, manipulación de sentimientos, fake news, robots, perfiles automatizados, etcétera. Quien vio la semana pasada en la televisión pública norteamericana (PBS) el documental titulado Dark Money, sobre la influencia del dinero en las elecciones de Estados Unidos, puede concluir fácilmente que las fake news en Brasil (sobre niños, armas y comunismo, etcétera), son la traducción al portugués de las que el dark money hace circular en Estados Unidos para promover o destruir candidatos. Si algunos centros de emisión de mensajes tienen sede en Miami y Lisboa es poco relevante (pese a ser verdadero).


La victoria de Jair Bolsonaro en segunda vuelta significará la detonación simultánea de las tres bombas reloj. Y difícilmente la democracia brasileña sobrevivirá a la destrucción que provocará. Por eso la segunda vuelta es una cuestión de régimen, un auténtico plebiscito sobre si Brasil debe continuar siendo una democracia o pasará a ser una dictadura de nuevo tipo. Un muy reciente libro mío circula hoy bastante en Brasil. Se titula Izquierdas del mundo, ¡uníos! Mantengo todo lo que digo ahí, pero el momento me obliga a una invocación más amplia: demócratas brasileños, ¡uníos! Es cierto que la derecha brasileña reveló en los últimos dos años una afección muy condicional a la democracia al alinearse con el comportamiento descontrolado (más bien controlado en otros sitios) por parte del poder judicial, pero estoy seguro de que amplios sectores de ella no están dispuestos a suicidarse para servir a “los mercados”. Tienen que unirse activamente en la lucha contra Bolsonaro. Sé que muchos no podrán pedir el voto por Haddad, pues tanto es su odio al PT. Pero basta que digan: no voten por Bolsonaro. Imagino y espero que eso sea dicho públicamente y muchas veces por alguien que en otro tiempo fue gran amigo mío, Fernando Henrique Cardoso, expresidente de Brasil y, antes de eso, un gran sociólogo y doctor honoris causa por la Universidad de Coímbra, de quien pronuncié el discurso de elogio. Todos y todas (las mujeres no tendrán en los próximos tiempos un papel más decisivo para sus vidas y las de todos los brasileños) deben involucrarse activamente y puerta a puerta. Y es bueno que tengan en mente dos cosas. Primero, el fascismo de masas nunca lo hicieron masas fascistas, sino minorías fascistas bien organizadas que supieron capitalizar las aspiraciones legítimas de los ciudadanos comunes a vivir con un empleo digno y seguridad. Segundo, al punto que llegamos, para asegurar un cierto regreso a la normalidad democrática, no basta que Haddad gane: tiene que hacerlo con un holgado margen.

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

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Brasil: arrollador avance de la nueva derecha

Con casi la mitad de los votos (46%) el ex capitán Jair Bolsonaro le saca casi veinte millones de sufragios a Fernando Haddad y se coloca en óptimas condiciones para ser elegido presidente en la segunda vuelta, a celebrarse el 28 de octubre. Con esta votación, puede hablarse de una 'oleada' a favor del candidato del Partido Social Liberal (PSL).


Ante la magnitud de este resultado, de poco sirven los adjetivos como 'fascista' para dar cuenta de su arrasadora votación ya que, aunque no son completamente desacertados, no alcanzan para comprender el estado de ánimo que ha llevado a los brasileños, en apenas cinco años, a realizar un viraje del apoyo a la izquierda hacia la ultraderecha.

La primera lectura consiste en constatar que Bolsonaro tuvo apoyos consistentes en todos los sectores sociales, pero de forma destacada entre los varones blancos y jóvenes de clase media con mayor nivel educativo. Esto representa una desviación respecto al apoyo que reciben otros candidatos de derecha, como Donald Trump. El estudio mencionado, que refleja las intenciones de voto de la base social más fiel a Bolsonaro, destaca que recibe mayor cantidad de votos entre los menores de 34 años, entre los evangélicos y los pentecostales y, sobre todo, entre bachilleres y universitarios.


Para este sector el principal problema de Brasil es la corrupción y en segundo lugar la violencia, muy por delante de la salud, el desempleo y la educación. Pero lo que más diferencia a sus votantes de los demás candidatos es el apoyo a la pena de muerte y al porte de armas, cuestiones que Bolsonaro defiende como puntos centrales de su programa político.


La segunda es la fractura geográfica. Los estados del sur, los más poblados, más blancos y con nivel de vida más alto, votaron en masa por Bolsonaro. En Sao Paulo, el más poblado y rico, alcanzó 53% frente a 16% de Haddad. En Santa Catarina 65%, en Paraná 56% el y en Rio Grande do Sul 52%. Lo curioso, sin embargo, es que fue en estas regiones donde nacieron el Partido de los Trabajadores, la central sindical CUT y el Movimiento Sin Tierra hace ya cuatro décadas.


En el norte negro y pobre, el panorama es el contrario. En Bahía el candidato del PT llegó al 60%, en Piauí al 63% y en Maranhao al 60%. Esta región había sido esquiva al PT hasta que Lula alcanzó el gobierno en 2003 y puso en marcha políticas sociales como Bolsa Familia que suponen transferencias monetarias para las familias con menores ingresos.


La tercera cuestión se relaciona con un profundo cambio de orientación de las elites económicas y sociales. Desde que comenzó el período neoliberal en la década de 1990, la opción electoral de la derecha fue el partido de la socialdemocracia (PSDB) del ex presidente Fernando Henrique Cardoso, que gobernó durante dos períodos y entregó el mando a Lula en 2003. La división entre el PSDB y el PT, los dos mayores partidos de Brasil, marcó durante tres décadas el mapa político del país.


Pero ahora el candidato del PSDB, Geraldo Alckmin, obtuvo una votación casi marginal (4,7%), lo que supone un cambio fenomenal ya que las bases sociales del partido emigraron en masa hacia Bolsonaro. Es probable que uno de los resultados principales del triunfo del ex capitán, sea el hundimiento de este partido. En todo caso, debe constatarse que las elites que lo apoyaron desde el primer momento, dejaron de creer en la conciliación entre las clases sociales y también en la democracia.


La cuarta consiste en constatar que las principales bancadas de la cámara electa siguen siendo el agronegocio, la minería, la 'bancada de la bala' que defiende armarse contra los delincuentes y la 'industria de la fe', o sea las iglesias evangélicas y pentecostales. Estos sectores se hicieron fuertes en el Parlamento en las elecciones de 2014 que ganó Dilma Rousseff (PT), y fueron los que impulsaron su ilegítima destitución.


La quinta es la máscara antisistema que se colocó Bolsonaro mientras la izquierda representa a la política tradicional. A lo largo de toda su campaña criticó a los grandes medios como O Globo y se vio forzado a buscar influencia en las redes sociales ya que tuvo muy poco tiempo gratuito en la televisión. Esta situación, sumada a su perfil y sus declaraciones, le labraron una imagen antisistema que le permitió conectar con profundos sentimientos que atraviesan a la sociedad brasileña.


Por el contrario, Haddad y el propio Lula forman parte de la tradicional y desprestigiada clase política, que la población identifica con la corrupción y la ineficiencia. Y esto es grave porque el PT llegó al gobierno con la esperanza de producir cambios, pero muy pronto se adaptó al sistema, comenzó a practicar sus peores vicios y nunca realizó una autocrítica seria. Los intelectuales del PT se limitaron a negar la corrupción y atribuir todos los problemas a la derecha, los medios y los jueces caprichosos y derechistas que se ensañaron con Lula.


Los demás aspectos que pesaron en esta elección son más evidentes, como la crisis económica que comenzó en 2013 y de la cual el país aún no se recuperó, con elevados niveles de endeudamiento de las familias y precariedad laboral. Un clima de violencia creciente, en gran medida auspiciado por el narcotráfico, que habilitó a los gobiernos a emplear a los militares en el orden público. Una parte de la población percibe a los uniformados como salvadores y defiende la creciente militarización de las grandes ciudades.


En este clima de desesperanza y desintegración de la sociedad, el discurso oportunista de Bolsonaro ha calado muy hondo. La impresión es que esta ultraderecha llegó para quedarse. Sin duda, los brasileños no votaron engañados y optaron por un 'macho alfa' que le dijo a una diputada "a usted no la violaría porque es muy fea" y cree que lo negros son inferiores.


Tal vez haya que concluir con la historiadora Lilia Schwarcz, una de las intelectuales más respetadas de Brasil, quien sostiene que "hay un deseo de ver a la dictadura como una utopía que mejoraría la seguridad, la economía y la estabilidad". En efecto, el régimen militar (1964-1985) sigue siendo visualizado por buena parte de la población como un período de bonanza, crecimiento y necesaria mano dura.


Todo indica que pese a tener el Parlamento a su favor, en caso de llegar al poder, Bolsonaro no podrá cumplir la mayoría de sus promesas y que su Gobierno será inestable y tendrá una fuerte oposición en la calle y en algunas instituciones.

 

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El éxito de Bolsonaro da nueva fuerza al auge global de la extrema derecha

La victoria del ultra brasileño en primera vuelta refuerza las tesis y las prácticas autoritarias recientes de muchos líderes mundiales


El imparable avance del populismo de extrema derecha está a punto de sumar un nuevo socio en el poder. El claro triunfo de Jair Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones brasileñas, con un 46% de los votos frente al 29,2% de Fernando Haddad, obligará a un vuelco inesperado en las próximas tres semanas para evitar que el país más grande de América Latina, el quinto más poblado del mundo, esté gobernado por un político autoritario y retrógrado. Una espiral que parece no tener freno y con particularidades propias de cada país que guardan muchas semejanzas entre sí.


La historia de Bolsonaro es la historia de la victoria de Donald Trump; del Brexit; del rechazo al proceso de paz de Colombia; del triunfo en Italia del ultraderechista Matteo Salvini y del populista Movimiento 5 Estrellas; de la consolidación de Marine Le Pen en Francia. La historia de que las emociones, especialmente el miedo y el odio, mueven más que cualquier programa político. La del extendido hartazgo con las clases dirigentes, que en el caso de Europa son consideradas responsables de la crisis económica y el deterioro de la calidad de vida de amplios sectores de la sociedad; y en el caso de América Latina, acusadas de erosionar las instituciones aprovechándose de ellas para corromper. Hasta el punto de que la mera promesa de que se les va a combatir pesa más que quien lo vaya a hacer sea un partidario de la dictadura militar, machista, racista y homófobo.


Infalible de nuevo, la estrategia que ha seguido el ultra brasileño se asemeja mucho a la de los casos anteriores: un uso del lenguaje tosco a costo cero; continuas críticas a los medios tradicionales mientras construye los suyos y hace un uso inmejorable de las redes sociales para lograr sus fines. En todos los casos, prima un componente nacionalista fuerte y un culto a la personalidad que supera los de sus rivales. Como Trump en campaña, Bolsonaro también se ha valido de sus hijos para emplearlos de portavoces. Uno de ellos, al principio de la carrera presidencial, celebró un encuentro con Steve Bannon, el que fuera estratega de Trump. No hay evidencia de que haya un plan coordinado a nivel mundial, pero sí de que se retroalimentan unos a otros y se aprovechan de la oleada ultraconservadora.
El más que probable triunfo de Bolsonaro no solo tendrá repercusión en Brasil. Asoma a América Latina, donde el autoritarismo campa en Venezuela, Nicaragua y camina por Guatemala, por citar el ejemplo más reciente, a los días más inciertos de su historia reciente. Además, insufla una dosis de adrenalina al avance de la ultraderecha en todo el mundo, una victoria de las élites más conservadoras —los mercados brasileños han recibido con serpentinas los resultados del domingo— que optan por difuminar el peligro de personajes como Bolsonaro bajo el paraguas de que hay que tomárselo en serio, pero no tanto. Que, en definitiva, lo que dice son bravuconadas y que así no gobernará.


El país encara ahora tres semanas decisivas sumido en una polarización que obligará a los dos aspirantes a convencer a los electores de que opten por lo que han rechazado hasta ahora. En el caso de Bolsonaro, es la pregunta del millón: ¿cómo va a dirigirse al centro si ser un radical de extrema derecha le ha llevado hasta donde en teoría no debería haber llegado? ¿le compensa el esfuerzo cuando reniega de él el 44% del electorado? Mientras, Haddad previsiblemente le arrojará todo lo que tenga a mano, es decir, todas las armas de la vieja política, que tan bien maneja, o manejaba, el Partido de los Trabajadores. La formación tradicional de la izquierda brasileña ahondará en los ataques contra el exmilitar, a quien acusa de no respetar los derechos humanos y de querer hacer retroceder 40 años al país.
Pero Bolsonaro tiene a su favor que nada de esto es nuevo, ni le ha frenado hasta ahora. Es más, el desinterés brasileño por la democracia, un sentimiento que se creía inexistente hasta que llegó a él, parece protegerle de cualquier ataque. Y a la vez, el antipetismo (contrarios al PT), un sentimiento que se sabía grande pero no hasta qué punto, le hace de combustible inextinguible. Si hace diez días, más del 59% de los votantes del militar era antipetista declarado, ahora le queda seducir al desencantado centro, que acaba de quedarse huérfano: él quizá no es el candidato perfecto, pero para ese sector, al menos no es el PT.


Considerablemente mayor es el desafío al que se enfrenta Haddad. Ahora más que nunca, debe ganarse los votos reservados para Lula da Silva a la vez que debe librarse de la alargada sombra de su mentor para ganarse al menos parte del electorado antipetista. Su única esperanza de derrotar a Bolsonaro es unificar esos dos bandos, enfrentados desde hace años, y erigirse en candidato del centro, precisamente donde reina el antipetismo y donde mayor es la tentación de pasarse al bando de Bolsonaro. Para ello tiene la baza de presentarse en esta segunda vuelta como un demócrata mayor que su rival. Y que la gente, esta vez sí, confíe en ello.

 


 

La nueva composición del Congreso de Brasil tras la elección del domingo

 

Los hijos de Bolsonaro tienen banca

 

Javier Lafuente

 

El partido del candidato ultraderechista pasó de tener un escaño en 2014 en Diputados a 52 representantes. En esa Cámara el PT es mayoría, aunque redujo el número de diputados. El PSDB y el MDB perdieron mucho espacio.

 

Las elecciones generales en Brasil cambiaron la composición del Congreso, donde las caras nuevas serán las protagonistas. Fueron elegidos el domingo los 513 diputados que componen la Cámara de Diputados y 54 senadores de todos los estados, para renovar dos tercios de la Cámara alta.


En el Senado la renovación fue abrumadora. De los 54 escaños puestos en juego, 46 serán ocupados por novatos (el 85 por ciento), lo que representa el mayor recambio del Senado en la historia de Brasil desde la vuelta a la democracia, en 1985. 


En la Cámara baja, el Partido de los Trabajadores (PT) –tradicionalmente fuerte en el Legislativo– logró un porcentaje considerable de las preferencias y consiguió quedarse con 56 escaños. Si bien el número lo coloca como la principal fuerza en diputados, lo cierto es que el PT redujo su representación, ya que hasta ahora contaba con 68 integrantes en el recinto.


El Partido Social Liberal (PSL), una agrupación históricamente menor que sirvió como plataforma electoral del ultraderechista Jair Bolsonaro, logró elegir a 52 diputados. Se trata de un crecimiento nunca visto en Brasil si se tiene en cuenta que tras los comicios de 2014 sólo tenía un miembro en la Cámara baja. El éxito de los hijos de Bolsonaro ratificó el ascenso del candidato que ganó el domingo la primera ronda de las elecciones presidenciales, con el 46 por ciento de los votos (con victorias contundentes en el noroeste, centro, sur y sudeste). 
Eduardo Bolsonaro, de 34 años, fue reelegido diputado por San Pablo, el estado más poblado del país, y se convirtió en el legislador más votado de la historia brasileña con más de 1,8 millones de votos. Su hermano Flavio Bolsonaro, de 37 años y hasta ahora diputado regional en Río de Janeiro, fue elegido el domingo por su parte como senador por ese estado por el PSL.


Los tradicionales Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB) y Movimiento Democrático Brasileño (MDB), de la centroderecha, perdieron muchísimo espacio y se presume que pasarán de controlar buena parte del devenir del recinto a ser simplemente actores secundarios en busca de alianzas y coaliciones. La bancada centroderechista del MDB, el partido del actual presidente, Michel Temer, perdió casi la mitad de los escaños que tenía (64), pero sigue siendo numerosa con 34 escaños. También el histórico centroderechista PSDB perdió 20 diputados y tendrá sólo 29 en la próxima Cámara.


En total, nueve partidos lograron formar bancadas de entre 25 y 40 integrantes, por lo que se espera que, como históricamente ocurrió en la política brasileña, las negociaciones entre agrupaciones serán importantísimas en el funcionamiento legislativo a partir de 2019. Según analistas, la correlación de fuerzas en el nuevo Congreso podría inclinarse a favor de Bolsonaro debido al poderoso elemento conservador entre los partidos que lo conformará: pequeños partidos cercanos al sector agrícola o a las iglesias evangélicas.


Una de las sorpresas en la nueva composición legislativa fue la elección de Joenia Wapichana como diputada nacional, la primera mujer indígena que ocupará una banca en la Cámara baja. La abogada fue electa con un 3,17 por ciento de los votos en el amazónico estado de Roraima. Wapichana, nacida Joenia Batista de Carvalho pero que adoptó como apellido el nombre de su etnia indígena, fue también la primera mujer aborigen graduada en una facultad de Derecho en Brasil y también estudió en la Universidad de Arizona, en Estados Unidos. La diputada electa por el partido Rede Sustentabilidade, de Marina Silva, es la segunda indígena que llega a la Cámara Baja brasileña, detrás de Mario Juruna.

 


 

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Antiprogresismo: Un fantasma que recorre América Latina

Lejos de ser solo «un Trump», Jair Messias Bolsonaro es un candidato con tintes fascistas en un país con mucha menos solidez institucional que Estados Unidos y que ya vive altas dosis de violencia política. Los resultados expanden el ya existente bloque parlamentario BBB (buey, biblia, bala) hacia dimensiones hasta hoy desconocidas. Pero el antiprogresismo no se limita a Brasil. Se expande por toda la región y pone en riesgo los avances democráticos de las últimas décadas.
 
Sí, ayer en la primera vuelta ganó, como escribía un corresponsal, un político autoritario, racista, machista, homófobo; una persona que encarna los valores más retrógrados acaricia la Presidencia de Brasil. Obtuvo más votos de los que anticipaban las encuestas, arañó un triunfo en la primera vuelta y tiñó con sus colores casi todo el país, salvo el nordeste. Brasil y América Latina se enfrentan, así, a un nuevo escenario que ya no es solamente el fin del ciclo progresista y su eventual reemplazo por fuerzas de derecha o centroderecha en el marco de la democracia, sino un corrimiento de las fronteras hacia otro terreno: el potencial triunfo en segunda vuelta de un candidato que, mediante una campaña llena de biblias y balas, reivindica abiertamente la dictadura, hace alarde de la violencia y desprecia todos los valores que fundamentan el sistema democrático.


No es solo «un Trump», es un candidato con tintes fascistas en un país con mucha menos solidez institucional que Estados Unidos y que ya vive altas dosis de violencia política. Los resultados de ayer expanden el ya existente bloque parlamentario BBB (buey, biblia, bala, en referencia a terratenientes, pastores evangélicos y ex-integrantes de fuerzas de seguridad) hacia dimensiones hasta hoy desconocidas. Como dice un periodista de El País, la «B» de Bolsonaro los terminó articulando a todos ellos. Y los dejó a las puertas del poder.
La principal razón del crecimiento de Bolsonaro está ligada, para la historiadora Maud Chirio, «a la construcción de la hostilidad hacia el Partido de los Trabajadores (PT) y a la izquierda en general. Esta hostilidad recuerda el anticomunismo de la Guerra Fría: teoría del complot, demonización, asociación entre taras morales y proyecto político condenable. Bolsonaro se apropió de este simbolismo de rechazo, que se sumó a las implicaciones del PT en casos de corrupción. No se trata solo de un desplazamiento de los conservadores hacia la extrema derecha, sino de una adhesión rupturista». Como ya advirtiera el historiador Zeev Sternhell, el fascismo no solo era reacción, sino que era percibido como una forma de revolución, de voluntad de cambio frente a un statu quo en crisis.
No es posible, desde el progresismo, rehuir las responsabilidades por estos años de gobiernos «rosados». Que tanta gente esté dispuesta a votar a un Bolsonaro para evitar que vuelva el PT es en sí mismo un llamado a la reflexión, más aún cuando eso ocurre en las zonas más «modernas» de Brasil, donde nació un partido que enamoró a toda América Latina y hace años que viene perdiendo apoyos. Como expresión de este rechazo, Dilma Rousseff, contra todas las encuestas preelectorales, quedó fuera del Senado en Minas Gerais. Y el PT hizo mucho por debilitar su épica originaria, su integridad moral y su proyecto de futuro. Pero no solo a eso se debe el rechazo.


Como hemos señalado en otra oportunidad, la lucha de clases soft que durante su gobierno mejoró la situación de los de abajo sin quitarles a los de arriba terminó por ser considerada intolerable para las elites. El caso de Brasil confirma que las clases dominantes solo aceptan las reformas si existe una amenaza de «revolución», y la llegada al poder del PT estuvo lejos de la radicalización social; al mismo tiempo, impulsó políticas en favor de los «de abajo» en un país tradicionalmente desigual. En todo caso, la experiencia petista terminó exhibiendo relaciones demasiado estrechas entre el gobierno y una opaca “burguesía nacional” (como frigoríficos o constructoras), que socavaron su proyecto de reforma ética de la política y terminaron por debilitar la moral de sus militantes.
Es decir, el actual rechazo a los partidos progresistas que gobernaron tiene una doble dimensión. En toda América Latina está emergiendo también una nueva derecha que articula un voto que se opone a los aciertos. El racismo como rechazo a una visión racializada de la pobreza, y el conservadurismo contra los avances del feminismo y las minorías sexuales. El crecimiento del evangelismo político y la popularidad de políticos y referentes de opinión que declararon la guerra a lo que llaman «ideología de género» son algunos de los vectores para la expresión política de un antiprogresismo crecientemente virulento.


«Estamos en guerra, estamos a la ofensiva. Ya no a la defensiva. La Iglesia por mucho tiempo ha estado metida en una cueva esperando ver qué hace el enemigo, pero hoy está a la ofensiva, entendiendo que es tiempo de conquistar el territorio, tiempo de tomar posición de los lugares del gobierno, de la educación y de la economía», exclamó en el Centro Mundial de Adoración el pastor evangélico Ronny Chaves Jr. durante la campaña presidencial de Costa Rica, en la que un candidato evangélico pasó a la segunda vuelta en abril de este año. Es cierto, también hay que decirlo, que Rousseff se alió con ellos, pero ahora muchas de estas iglesias, como la Universal, parecen «ir por todo» sin necesidad de pragmáticas alianzas con la izquierda.
Las nuevas extremas derechas atraen, además, parte del voto joven y construyen líderes de opinión con fuerte presencia en las redes sociales. Estos movimientos se presentan incluso como antielitistas, aun cuando –como ocurre con Bolsonaro– su propuesta económica sea ultraliberal y sea apoyada con entusiasmo, en la última fase, por los mercados. Como ha señalado Martín Bergel, ha venido siendo muy eficaz un relato que asocia a la izquierda con los «privilegios» de ciertos grupos, que pueden incluir hasta a los pobres que reciben planes sociales, frente al pueblo que «realmente trabaja y no recibe nada».


El progresismo continental se encuentra así frente a una crisis profunda –política, intelectual y moral–. La catastrófica situación venezolana –difícil de procesar– viene siendo de gran ayuda para las derechas continentales. Por no hablar de los silencios frente a la represión parapolicial en Nicaragua. En este contexto, el reciente llamado de Bernie Sanders a constituir una nueva Internacional progresista–que tenga como ejes el rechazo al creciente autoritarismo alrededor del mundo y la lucha contra la desigualdad– resulta tan oportuno como difícil de pensar en una América Latina donde gran parte de las izquierdas se entusiasma con figuras como Vladímir Putin, Bashar al-Asad o Xi Jinping como supuestos contrapesos al Imperio.


A diferencia de encuentros anteriores, cuando las izquierdas constituían fuerzas expansivas en la región, la última reunión del Foro de San Pablo en La Habana en julio pasado estuvo marcada por los discursos centrados en la «resistencia» y el atrincheramiento. El lugar elegido –La Habana– y la presencia de figuras históricas del ala más conservadora del gobierno cubano contribuyeron a un repliegue ideológico en un discurso antiimperialista cargado de nostalgia hacia la figura del fallecido comandante Fidel Castro y sin espacios para un análisis reflexivo de las experiencias –y retrocesos– de estos años. La defensa cerrada de Nicolás Maduro y Daniel Ortega fue la consecuencia lógica de esa deriva. Pero recuperar las capacidades expansivas requiere salir de las zonas de confort ideológicas y de la autovictimización.
Parafraseando una expresión francesa respecto a su propia extrema derecha, Bolsonaro logró «desdiabolizarse». Y de ganar el balotaje, no estará solo en el mundo. Al mismo tiempo, nadie en la región –en medio de los retrocesos integradores– será capaz de ponerle límites. Un triunfo del ex-capitán sería uno de los mayores retrocesos democráticos desde las dictaduras militares de los años 70, sin que hoy podamos anticipar las consecuencias. La imagen de un votante que se filmó apretando los botones de la urna electrónica con el cañón de un revólver –obviamente votando en favor de Bolsonaro– fue una de las postales de una jornada que no anticipa nada bueno para Brasil ni América Latina.

 

*Nueva Sociedad

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