Lunes, 28 Octubre 2019 08:27

En Buenaventura gana Victor Vidal

En Buenaventura gana Victor Vidal

Buenaventura hace historia, al llevar a Victor Vidal a la alcaldía distrital, a nombre del movimiento Cívico que lideró el Paro de 2017. El triunfo se logra con el aval del Polo Democrático en alianza con Colombia Humana y la Unión Patriótica, lo que representa en buena medida la pluralidad y la diversidad de los sectores populares, los sindicatos, las organizaciones sociales y el llamado voto de opinión.

Una contundente victoria del pueblo contra las viejas maquinarias que hicieron como es costumbre, millonarios despliegues en publicidad con cuatro candidaturas de la política tradicional.

Con Víctor Hugo Vidal Piedrahita gana la decencia y gana un pueblo que supo derrotar a puro corazón y sin dinero, mostrando claridad y conciencia de su momento histórico, el derroche de publicidad de varias de las campañas opositoras.

El triunfo de la campaña Cívica es el final feliz de una gesta heroica del pueblo de Buenaventura, que había comenzado en 2017 y supo madurar tras dos años de trabajo en el seguimiento a los acuerdos, que se habían firmado con el presidente nobel Juan Manuel Santos.

Es también un esperanzador comienzo que tiene la desafiante tarea de concretar las reclamaciones del pueblo de Buenaventura, acumuladas por años.

Al final de la tarde e inicio de la noche del domingo 28 de octubre, en la sede principal de la campaña en La Calle Cundinamarca, el pueblo desbordó de alegría, mientras cantaba en coro varios de los temas que sirvieron de animación a la campaña ganadora.

En rueda de prensa Víctor Hugo Vidal Piedrahita declaró su compromiso de trascender la instancia local, trabajando para convertirse en referencia nacional como el mejor alcalde no solo de Buenaventura, sino de Colombia entera. El pueblo se lo merece, afirmó el virtual alcalde de Buenaventura inevitablemente emocionado.

Al fondo se escucha a rabiar, el coro ya conocido nacionalmente de que "El pueblo no se rinde carajo".

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La candidata a la alcaldía de Bogotá por Alianza Verde, Claudia López (c), celebra su triunfo en las elecciones regionales junto a los senadores colombianos Jorge Enrique Robledo (i) y Antanas Mockus (d) este domingo, en Bogotá (Colombia). EFE

BOGOTÁ (Sputnik) — Bogotá y las principales ciudades de Colombia eligieron alcaldes alejados del oficialismo nacional y se inclinaron por candidatos de centroizquierda, según los resultados escrutados por la Registraduría Nacional.

En Bogotá, con 100% de las mesas escrutadas, la candidata por el partido Alianza Verde (centroizquierda) Claudia López, se hizo con 1.108.541 votos (35,21%) frente al candidato independiente Carlos Fernando Galán, que sumó 1.022.362 (34,28%).

Mientras, en Medellín (noroeste), un bastión tradicional de Uribe, el candidato independiente Daniel Quintero Calle fue elegido alcalde para el periodo 2020-2023, con 303.278 votos (38,56%), según el escrutinio del 99,95% de votos.

En Cali (suroeste), el centroizquierdista Jorge Iván Ospina Gómez, también del partido Alianza Verde, se hizo con la alcaldía con 295.884 sufragios (37,98%), de acuerdo al escrutinio del 99,21% de las mesas.

En Barranquilla (norte), Jaime Pumarejo Heins es el alcalde electo al obtener 308.612 sufragios (62,44%), según datos de 99,71% de las mesas.

Pumarejo Heins fue ministro de Vivienda y pertenece al partido de centro-derecha Cambio Radical, aunque contó con el respaldo de una coalición de varios partidos compuesta por el CD de Uribe, el Partido Liberal, Partido de la Unidad Nacional y el Conservador, lo que lo llevó a superar al izquierdista Antonio Eduardo Bohorquez (partido Polo Democrático), que sumó 66.169 votos (13,38%).

En Bucaramanga (nordeste), el empresario Juan Carlos Cárdenas, sin ninguna experiencia previa en política pero que se ha desempeñado en el sector privado como ingeniero civil de la Universidad Industrial de Santander alcanzó 141.768 sufragios (48,36%) este domingo.

Durante la jornada, un total de 36,6 millones de personas estaban habilitadas para votar y elegir, a nivel departamental, gobernadores y diputados y, en los municipios, a alcaldes, concejales y ediles.

Según la Registraduría, para este domingo se imprimieron 156.222.420 tarjetas electorales, mediante los cuales se eligieron 1.101 alcaldes, 32 gobernadores, 1.101 concejos municipales, 32 asambleas departamentales y 1.040 juntas administradoras locales.

De acuerdo con la Consejería Nacional para la Reincorporación (CNR), 308 candidatos del partido de izquierda FARC (surgido tras la desmovilización de la guerrilla) participaron en los comicios en 23 departamentos y 85 municipios.

"Son 101 excombatientes y 207 no excombatientes. Hay 18 candidatos a asambleas, 15 a alcaldías, 249 a concejos y 25 a juntas administradoras locales (ediles)", precisó el organismo, que destacó que el departamento de Antioquia contó con el mayor número de aspirantes de la antigua guerrilla a cargos de elección popular, con un total de 42.

La Fiscalía General de Colombia, que dispuso de 8.894 funcionarios, entre fiscales, asistentes e investigadores, para las elecciones locales de este domingo, reportó que a lo largo de la jornada se registraron 36 detenciones por delitos electorales en diferentes regiones del país, mientras que 146 más fueron detenidas por orden judicial por hechos no relacionados con los comicios.

Por último destacó que en desarrollo de los operativos de control se incautaron más de 450 millones de pesos (unos 132.350 dólares) que serían usados para la compra de votos.

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Domingo, 27 Octubre 2019 15:00

Contra el realismo político

Contra el realismo político

En este mes, en estas fechas, es inevitable hablar de elecciones. Un enorme aparato publicitario, estatal y privado, se ha encargado, casi desde el comienzo del año, de repetirnos la importancia del evento y quiénes son los candidatos y candidatas. Sí, los candidatos, aureolados con los logos de su partido o grupúsculo, ya que pocas personas se enteran del contenido de sus programas; a la gran mayoría les tienen sin cuidado.

Realidad criolla. No obstante, el hecho político más importante del mes es el levantamiento popular, principalmente indígena, en Ecuador. Y no es “en otro país”. Junto con Venezuela son los vecinos más influyentes en nuestra situación. No es posible ignorar las identificaciones culturales, el comercio fronterizo, el permanente trasiego de personas (hoy, obviamente, la catastrófica inmigración de venezolanos), y la vida en común a uno y otro lado de la línea artificial. Basta recordar que el departamento de Nariño es, hoy por hoy, uno de los más violentos y afectados por el narcotráfico, así como los de Norte de Santander y Arauca, particularmente la región del Catatumbo, en nuestra frontera oriental (Ver “La guerra no para en el Catatumbo”, página 9). Con el agravante de que hoy las relaciones oficiales, institucionales, se encuentran seriamente averiadas. Pero, claro, el pueblo colombiano está obligado a pensar en una puesta en escena donde lo que se juega no es el destino del país sino los destinitos fatales de los miles de candidatos y candidatas. El destino, como se sabe, ya viene escrito.

En efecto, cuando este número del periódico esté en circulación, llegará el momento de los balances, en apariencia el más importante. Como diría Serrat: “Y con la resaca a cuestas/ vuelve el pobre a su pobreza/ vuelve el rico a su riqueza/ y el señor cura a sus misas”. Sí, por un día se olvidó que cada uno es cada cual. He ahí la trampa de las elecciones: individualiza e iguala a todos. Los números, sólo los números, nos dirán quién ganó y quién perdió. No importa cómo se consiguieron esos números. Y lo peor: nada nos garantiza que lo que gana sea una propuesta de política pública. Lo más probable es que sea una figura, sustentada en la maquinaria clientelista, en el poder del dinero, en el poder de la violencia abierta y brutal, o todos los anteriores; en el menos malo de los casos, sustentada en la “popularidad” que es el componente fundamental en las grandes ciudades. Popularidad que se obtiene en una mínima proporción con la biografía pero sobre todo con una costosa publicidad abierta o disfrazada. Si al final representa un cambio, será sólo fruto de una afortunada coincidencia. ¿Pero es que alguien estaba pensando en un cambio?

Así las cosas, lo que más sorprende es que todas las agrupaciones, grandes, pequeñas y minúsculas, de carácter nacional (unas pocas), regional o local, que se presentan como distintas y alternativas, algunas francamente de la “izquierda”, están de acuerdo en que “hacer política” es competir en las elecciones. Una idea equivocada que se ha impuesto como consenso. El error probablemente proviene de una creencia muy colombiana, que lleva más de medio siglo (o más todavía), según la cual la única alternativa a lo electoral sería la acción armada. Se desconoce aquello que, en Europa y Estados Unidos, entre finales del siglo XIX y principios del XX, solía llamarse acción “extraparlamentaria”, o “social”, como sencillamente la denominaban los anarquistas.

Lo más inquietante, de todas maneras, es que no parece vislumbrarse aquí ninguna idea de cambio. –Como es lógico, ese sería el criterio de diferenciación frente al mundo político del establecimiento–. Cabría, para empezar, una pregunta: ¿creen estos grupos que, desde las posiciones, por ahora exiguas, en los cuerpos colegiados y en los ejecutivos municipales o departamentales (más escasos), se podría inducir algún cambio de rumbo en las políticas públicas? O, aceptando el terreno electoral en gracia de discusión: ¿No sería necesario conseguir, previamente, un cambio sociopolítico que permitiera otro tipo de condiciones para la competencia? La oronda respuesta de “nada va primero, lo uno ayuda a lo otro y viceversa” que es la habitual, francamente no convence.

Además, en unas campañas electorales como éstas, en las que no se ventilan asuntos de contenidos, no hay posibilidad de diferenciación. Los grupos a los que hemos estado haciendo referencia ni siquiera lo intentan. Todos compiten por hacerse un lugar en el “centro”; adobándose, según el público, con diferentes proporciones de temas “políticamente correctos” que no resultan suficientes para ganar una identidad. El recién nacido Partido de la Farc, por ejemplo, quiso debutar, haciendo honor a su calificativo de revolucionaria, exponiendo las ideas fuerza de su orgullosa tradición y de su épica –a la que, por lo demás, tenía legítimo derecho– y luego de la desaprobación y de innumerables rechazos, incluidos los de los amigos, terminó reduciendo su programa a la defensa del Acuerdo de Paz; últimamente, al mínimo, que es la reincorporación de los excombatientes a las actividades productivas en condiciones de posibilidad comercial y seguridad física.

No hay, pues, partidos, ni movimientos, ni siquiera grupos, con señas de identidad. Lo único que podemos identificar son personajes, con mayor o menor presencia en los medios. Para ello, probablemente, es para lo que más sirve detentar una curul o un cargo público. Todo, en medio del más absoluto vacío ideológico (Ver “Encuestas electorales…”, página 10). Pero no seríamos tan injustos de atribuirlo a defectos individuales o decisiones equivocadas. Seguramente es la atmósfera de los tiempos que corren. Cuando aludimos a la voluntad de “cambio” lo hicimos deliberadamente para señalar apenas el más elemental rasgo de diferenciación. Porque lo que ha quedado sepultado con el pasado siglo, y no sólo en Colombia, es la propia idea, no digamos ya de revolución, sino simplemente de transformación, y con ella el cultivo de las esperanzas. Ha desaparecido así el referente que antaño evocaba el vocablo “izquierda”. El tamaño de las ambiciones llega, si acaso, al de “lo menos malo”, cuando no a la filosofía de “peor es nada”.

En aquella confusión del mínimo común denominador no es posible identificar a la famosa izquierda, ni a los grupos que la componen, como no sea por lo que dicen de sí mismos o por lo que les atribuyen los otros. ¡La izquierda es un acto de fe! Votar por Holman Morris en Bogotá, por ejemplo, es votar por la izquierda. ¿Por qué? Al final es la “derecha”, la más cerrera y ultramontana, la que define quienes son de “izquierda”. La categoría, según las conveniencias, puede abarcar desde Jesús Santrich hasta Roy Barreras. Desde Orlando Fals Borda hasta Ernesto Samper, pasando por Antanas Mockus. Por eso es tan difícil llevar a la práctica la popular recomendación que ya es un cómodo lugar común: “¿por qué no se une toda la izquierda?” La respuesta es sencilla: porque no se sabe dónde ni cómo colocar la línea divisoria.

No se nos oculta la objeción inmediata, de uso corriente en la politología. La argumentación presentada –se diría– corresponde a un andamiaje de “grandes relatos”, propio de una modernidad ya superada. Es completamente vano seguir en busca de la “izquierda perdida”. No hay diferenciaciones social o históricamente necesarias; las diferenciaciones son contingentes y transitorias, o mejor, coyunturales. Por ejemplo, en Colombia, tiene que ver con el cumplimiento y puesta en marcha del Acuerdo de Paz que es la materialización concreta de la oposición entre guerra y paz. Algunos de manera más callejera dirían: entre uribistas y no uribistas. El problema consiste en que un partido político e incluso una corriente política, están obligados a dar respuestas a un conjunto significativo de problemas de diferente orden; históricos, seguramente, pero también de coyuntura. Y ese conjunto de respuestas tiene que ser coherente para que conquiste credibilidad.

Desde luego, el punto que más se menciona como ejemplo es el de la lucha contra la corrupción. Y, ciertamente, es de innegable actualidad. Un problema que tiene, tan clara diferenciación, consiste en que, en el plano de las imágenes y las consignas, nadie se ubica en el lado de la corrupción. Corre por cuenta del debate que cada quien haga el señalamiento en los demás. Una puja moralista. Y no tiene nada de raro que termine ganando quien cuente con más poder mediático (y judicial). Una mancha –cierta o falsa– puede acabar con la reputación de todo un partido. El Polo jamás se levantará de la tragedia de haber postulado y respaldado a Samuel Moreno a quien siguen condenando a decenas de años de prisión, una y otra vez, con una sevicia que jamás destinarían a un tipo como el otro Moreno, el exfiscal. Además, se le aplica también la reflexión anterior. ¿Qué coherencia tiene, por ejemplo, una candidata que prometa incorruptibilidad a toda prueba y guerra implacable contra los corruptos si al mismo tiempo coincide con los adversarios en política económica y social?

Pero no es un problema solamente de los grupos y partidos a los que venimos aludiendo. Si así lo fuera, estaríamos, tal vez, perdiendo el tiempo. A la hora de los balances cada quien habla de la fiesta según como le haya ido en ella. Y en la discusión siempre va a triunfar el realismo político. Es posible que, en la pequeña dinámica que hemos señalado pueda faltar grandeza pero no deja de haber algunos dividendos y así puede continuarse indefinidamente. El verdadero problema toca con nuestro pueblo. Es poco lo que se le está ofreciendo que apunte a transformar sus condiciones de vida, no sólo materiales sino espirituales, pero también a los mecanismos, espacios y procesos por desatar para que desde sus intereses y fuerzas se desate una acción por el cambio. “Solo el pueblo salva al pueblo”, era común escuchar décadas atrás. Pero, ¿acaso se le está consultando? ¿Acaso se abren los canales para desde sus fuerzas se confronte abierta y de manera decida al establecimiento? Esto a pesar que desde algunos sectores de opinión se observa la queja y el temor acerca del avance de la “derecha”. Pues bien, aparte de lo que ya tenemos, no se sabe cuánto más podrá llegar.

En todo caso, semejante peligro solamente podrá ser conjurado cuando aparezca una corriente, que apoyada en espacios de participación social realmente convocantes y decididos por el liderazgo del ‘común’, que prometa un vuelco verdaderamente cautive y arrastre, despertando esperanzas, desatando energías comprimidas por décadas de negaciones y mala vida, y ofreciendo fuertes convicciones. Mientras la misma toma cuerpo, ninguna alternativa podrá provenir de esta retórica de las pequeñas cosas, del moralismo del cambio en el comportamiento individual y del “pensamiento positivo”. Si algún imperativo es hoy oportuno en Colombia es éste muy sencillo: ¡poner fin a esta filosofía de la resignación!

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Encuestas electorales, espectáculo político y distorsiones de la democracia

Las encuestas electorales son guías determinantes en un contexto caracterizado por el exceso de información. Pero distorsionan el proceso democrático, porque restringen el debate y la formación ciudadana, y le imprimen una tendencia conservadora que dificulta el tratamiento de problemas sociales fundamentales.

 

Las encuestas no siempre acompañaron los procesos electorales. De hecho, la normalidad con que hoy se realizan y publican sorprendería a los fundadores de los regímenes representativos. Por ejemplo, el jacobinismo revolucionario, en su afán por salvaguardar la concepción monista de la soberanía, que en su perspectiva residía en el pueblo soberano o la nación, mostró especial preocupación por prevenir cualquier información de un grupo particular que pudiera revelar, reivindicar para sí o manipular la voluntad general. El auge de las encuestas electorales se retrotrae a los años setenta del siglo XX, en un contexto en que convergen dos grandes procesos.

Primero, el crecimiento de la industria del mercadeo, en la transición del fordismo –que privilegiaba la oferta y concebía el salario como anticipación para la realización de las mercancías– hacia el postfordismo –volcado a garantizar la demanda y, por lo tanto, en busca de mecanismos que permitieran un intercambio más fluido entre la fábrica y el mercado.

Segundo, la crisis de los dispositivos que durante la mayor parte de su historia permitieron a los regímenes democráticos hacer efectiva la representación política: partidos políticos y sindicatos, principalmente. Con anterioridad, los partidos tendían a corresponder con los clivajes (de clase, regionales, ideológicos) de una sociedad. La crisis de representación radica en cierto modo en la desaparición de esa correspondencia y el ascenso de fenómenos como la personalización de la política, en los que las encuestas juegan un papel clave. En este contexto, los políticos profesionales alcanzan el poder ante todo gracias a sus capacidades mediáticas, no por ser de extracción social similar a la del electorado o por representar una ideología determinada.

Además, la política actual se caracteriza por un fenómeno de opacidad por exceso de luz que pone a las encuestas en primer plano. Durante mucho tiempo la democracia estuvo asociada a la idea de publicidad, como aquello que es transparente y está a la vista de todos formando un espacio de referencias comunes. Hoy en día existe un exceso de transparencia que no redunda en mayor publicidad, puesto que aunque se ha ampliado el rango de dominios de la vida social e individual a la vista de todos, no necesariamente coadyuvan a la formación de ese mundo en común. Frecuentemente, como resultado del predominio de información socialmente irrelevante pero políticamente determinante, como pueden ser ciertos datos sobre la vida íntima de los personajes públicos, se hace casi imposible el avistamiento de aquello que la reivindicación de transparencia trataba de hacer visible: todo lo atinente a los negocios públicos y la vida en común materia del gobierno y el Estado.

En otras palabras, así como la total ausencia de luz impide ver, demasiada luz también imposibilita el funcionamiento del ojo. Los ciudadanos son constantemente bombardeados por todo tipo de informaciones, cuya cantidad, velocidad y vida efímera hacen casi imposible su procesamiento, con lo cual incluso los criterios de ordenamiento de los datos, la relevancia o la urgencia, por ejemplo, entran en crisis. Por esa razón, las encuestas electorales se han convertido en un insumo determinante para la orientación política. Investidas con la legitimidad que provee el conocimiento científico especializado, son un factor nodal para dotar de sentido la realidad individual y colectiva.

Quizás el principal argumento a su favor es que confieren a una elección mayor legitimidad, puesto que funcionan como un tamiz que permite agregar los intereses mayoritarios en un número reducido de alternativas en contienda. Sin embargo, desde que se originó el gobierno representativo hubo mecanismos de “perfeccionamiento” del procedimiento electoral, como la segunda vuelta, que no presentan las desventajas de las encuestas. Aún suponiendo que siempre se realizan con rigor estadístico y sin la mediación de intereses partidarios, económicos y de otro orden, lo que ya es mucho suponer, las encuestas distorsionan el proceso electoral, restringiendo el debate y convirtiéndolo en un espectáculo de masas más que en un espacio para la construcción de ciudadanía.
La supresión del debate

Las encuestas son la máxima expresión del modelo de democracia como mercado electoral, construido sobre las ruinas de la figura del ágora griega que, incluso con la mediación representativa, estuvo en la base de los razonamientos fundantes de los regímenes republicanos modernos.

Al igual que el mercadeo de cualquier producto, las encuestas electorales tienen por objeto no solamente revelar sino fundamentalmente formar las preferencias de los “consumidores”, en este caso ciudadanos electores, y orientar lo que se percibe como una “competencia” entre quienes ofrecen sus mercancías. La representación del electorado que proveen tiene una eficacia performativa, puesto que influyen decisivamente sobre la acción de todos los actores comprometidos, electores y potenciales elegidos. De esa manera, las encuestas trastornan por completo el sentido del mecanismo electoral.

En primer lugar, los sondeos no están orientados a la elección de lo mejor, de esa aristocracia del conocimiento por la que apostaban los federalistas norteamericanos a fines del siglo XVIII, sino de quien mejor comportamiento exhibe durante la campaña, representado en porcentajes de opinión favorable o potenciales votantes. Por lo tanto, la representación ideal de las campañas, vistas como debates públicos sobre problemas socialmente relevantes y sus soluciones, ha cedido ante la metáfora de una carrera, que tiene a las encuestas como el principal indicador de éxito.

En efecto, gracias a los sondeos, durante el proceso se van “eliminando” propuestas y candidatos, no de acuerdo a la solidez de sus argumentos o la factibilidad de sus propuestas, sino a su registro en las encuestas, que cada cierto tiempo permiten saber “quién va ganando”. Como consecuencia, la elección final, por el efecto que las mismas encuestas tienen en el proceso, no es entre las mejores opciones sino a lo sumo entre las más populares.

En segundo lugar, las encuestas restringen el debate electoral, no solo porque “eliminan” opciones de elección con arreglo a criterios ajenos a la ponderación y crítica pública de sus argumentos y propuestas, sino también porque no aportan información relevante sobre los problemas sociales, puesto que solo informan a la ciudadanía sobre la favorabilidad de los candidatos o de sus propuestas.

Esto las distingue de las adhesiones, uno de sus antecedentes históricos consistente en la publicación de listados de firmas de notables a favor de un candidato y las razones de su respaldo. Las adhesiones hacen parte del posicionamiento en medio de un debate político, mientras las encuestas pretenden medir la favorabilidad de las opciones en competencia sin que necesariamente se aporten insumos para ese debate.

 

El espectáculo de masas

 

Debido a las restricciones que implanta sobre el debate público, la preponderancia de los sondeos ha restado a los procesos electorales la posibilidad de constituirse en foros para la educación y cualificación política de la ciudadanía. Esto implica una renuncia al ideal ilustrado del progreso y la perfectibilidad humana cimentado en la educación y, por consiguiente, la mejora de los seres humanos mediante la práctica de la democracia.

Lo determinante en la “competencia” no son los argumentos ni las propuestas sino el posicionamiento en las encuestas y, más que proyectos políticos, lo que se elige son personas. En consecuencia, el proceso electoral tiende a convertirse en un espectáculo en donde todo vale y en el cual los insumos para descalificar un participante comprenden cualquier información que pueda escandalizar y lo anule como adversario legítimo. Lo que debería ser un debate sobre problemas socialmente relevantes, termina convertido en un corrillo sobre toda clase de aspectos de la vida de los candidatos que los puedan proyectar en términos de favorabilidad o, al contrario, que los confine en el espacio de la incorrección política.

Por eso, las campañas se desenvuelven en medio de señalamientos personales, falacias ad hominem, y acusaciones sobre conductas marginales o socialmente consideradas como inadmisibles. El formato de reality show, usado con mucha frecuencia para parodiar el proceso electoral, parece ahora una ajustada representación del mismo. La eficacia de una campaña se define en proporción al éxito que consiga en la inducción de comportamientos de masa en los ciudadanos electores, más que por el convencimiento a partir de procesos dialécticos o pedagógicos.

De acuerdo con la clásica concepción de Gustave Le Bon, en la masa los individuos tienden a despojarse de su capacidad de raciocinio y ceder ante la manipulación, la sugestión e incluso el “contagio”. En efecto, la posición política que orienta la elección, mediada por el indicador de la encuesta, no proviene fundamentalmente de un razonamiento individual sobre propuestas y argumentos, como se esperaría según el ideal ilustrado de ciudadanía, sino de la toma de partido por alguna de las opciones que encabezan la “competencia”. Las preferencias iniciales, quizás fundadas en dicho razonamiento, ceden al final ante los insumos recibidos durante la campaña pero principalmente a los resultados de las encuestas. De ahí la predominancia en las fases finales del llamado “voto útil”, a favor o en contra, la más grande perversión del proceso electoral.

 

Una distorsión funcional

 

Las encuestas electorales presentan más aspectos disfuncionales para el funcionamiento de la democracia y refuerzan la tendencia conservadora del modelo mercantil, incluso obviando la economía política del problema en escenarios concretos, es decir, las relaciones de poder y los intereses que medran tras su realización y sus resultados, y asumiendo que siempre se siguen procedimientos estadísticos rigurosos.

Quienes realizan las encuestas son empresas privadas, presumiblemente con un conocimiento técnico idóneo. Los costos de su realización introducen una desigualdad de partida entre los competidores, en el caso de sondeos por encargo de candidatos determinados o partidos. Sus resultados, como cualquier otro dato, tienen interpretaciones pero, en este caso, hay unos intérpretes calificados que generalmente son los mismos técnicos que las diseñan. Tanto las firmas encuestadoras como los intérpretes, sin embargo, no tienen una responsabilidad política respecto de la ciudadanía. Puesto que pertenecen al sector privado y ofrecen una mercancía, los criterios éticos en los que se desenvuelven corresponden al de una industria, no al de actores que intervienen activa y determinantemente en la orientación de las preferencias electorales. En fin, la disposición de esta información, por transparente y neutral que sea, puede incluso ser útil para legitimar el fraude a distintos niveles. Por ejemplo, en contextos de alta corrupción es usada como un indicador esencial para determinar los capitales a invertir y la cantidad de votos a comprar y vender.

Por otro lado, las encuestas y la forma como perfilan el proceso electoral imprimen a la democracia una tendencia conservadora. En la lógica de las encuestas, el objetivo es formar una mayoría antes del escrutinio final, lo que no necesariamente implica persuadir o convencer una mayoría, pues aparecer a la cabeza del sondeo es en sí mismo un dato fundamental para obtener votos. Por lo tanto, crea incentivos a los candidatos en contienda para dejar de lado las propuestas de transformación social radical, las que van a las “raíces” de los problemas socialmente relevantes, porque este tipo de propuestas necesariamente afectan determinados sectores de la sociedad. En su lugar, se prefieren propuestas indeterminadas, indefinidas o nebulosas que no afecten de modo sustancial a ningún sector, o al menos a ningún sector con el poder suficiente para oponerse.

Ese modelo del votante medio tiene su correlato en el hecho de que el proceso electoral así definido termina por privilegiar el corto plazo. En aras de la eficacia de las campañas para ascender en las encuestas, no solamente se excluyen las propuestas de cambio social sustancial, sino que se privilegian problemas de relevancia inmediata, de urgencia, porque son los que más fácilmente pueden impactar en las encuestas. El objetivo de las campañas, más que proponer, será capturar la tendencia ganadora, esto es, la que se refleje mejor en, o sintonice mejor con, los resultados de los sondeos.

Una consecuencia adicional de este mismo problema es la ampliación de la brecha entre representante y representado, que es inmanente a la democracia. La representación política se basa en un mandato libre, de tal manera que los electores no pueden confinar la voluntad de sus representantes, pero siempre hubo unos mecanismos para premiar o castigar su responsabilidad, por ejemplo se podría castigar al partido por el desempeño de sus miembros individuales en determinados cargos. Ahora bien, en un contexto en donde no se eligen proyectos de largo plazo sino personas, con propuestas no referidas a problemas socialmente relevantes, etéreas e imprecisas para no afectar un sector en concreto o enfocadas en tendencias de opinión efímeras, esa responsabilidad tiende a difuminarse.

 

Un mal innecesario

 

Como se ha visto, los aportes de las encuestas electorales al proceso de elección y a la democracia en general son bastante pobres. Su existencia se justifica por los intereses, económicos y políticos creados a su alrededor. Las regulaciones legales actuales muy rara vez tienen en cuenta los efectos aquí discutidos y se limitan a determinar formas y tiempos en los que se pueden realizar y publicar los sondeos, sin reparar en lo determinantes que son para el proceso en su totalidad. No obstante, la pregunta sobre el qué hacer con las encuestas electorales debería enmarcarse en una discusión más profunda sobre la reforma de las instituciones políticas en su conjunto.

En efecto, las instituciones políticas dominantes son anacrónicas respecto a las lógicas, el funcionamiento y los tiempos que caracterizan el mundo contemporáneo. Fueron diseñadas en correspondencia con las sociedades occidentales de finales del siglo XVIII, ajenas a las experiencias de aceleración temporal y compresión espacial que comportan tecnologías como los ferrocarriles y, aún más, las actuales tecnologías de transporte y comunicación.

Esta asincronía entre instituciones políticas y mundo social produce tensiones que afectan los principios éticos y políticos que aquellas se propusieron operacionalizar. Las encuestas, en particular, deben ser evaluadas en función del ideal de debate público en una democracia, el tipo de ser humano y de ciudadano que se quiere formar y, sobre todo, la capacidad de las instituciones democráticas para responder a problemas neurales del mundo contemporáneo cuyos tiempos son perentorios como, por mencionar el ejemplo más dramático, la crisis ambiental global.

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Domingo, 27 Octubre 2019 05:55

La amarga victoria de Evo Morales

Un grupo de policías frente a una protesta en La Paz, este domingo. REUTERS

El presidente de Bolivia se impuso en primera vuelta, pero pierde apoyos, afronta denuncias de fraude y debe lidiar con una crisis de legitimidad

Los bolivianos tardaron cuatro días en conocer los resultados de las elecciones del pasado domingo. Una mayoría, que coincide a grandes rasgos con los votantes de Evo Morales, se los creyó. Amplios sectores de la sociedad los rechazan y dan crédito a las denuncias de fraude de la oposición, encabezada por el exmandatario Carlos Mesa. Muchos, de todos los signos, critican la actuación del Tribunal Supremo Electoral, el órgano encargado de velar por la transparencia de los comicios que interrumpió durante casi 24 horas el escrutinio electrónico sin ofrecer suficientes explicaciones. Lo que sucedió esta semana en Bolivia refleja la brecha abierta en el país y, al mismo tiempo, el desgaste del presidente y la sensación de que algo parece haberse quebrado.

Morales ganó en primera vuelta, a falta de la auditoría anunciada por la Organización de los Estados Americanos (OEA), pero lo hizo con el porcentaje de apoyos más bajo desde que asumió el poder en 2005. El partido de gobierno, Movimiento Al Socialismo (MAS), obtuvo casi 300.000 votos menos que en 2014, pero a ese dato hay que añadir el incremento del padrón: el 20 de octubre hubo cerca de un millón de votantes más que entonces. Morales obtuvo el 47% de los sufragios, frente al 61% que logró en 2014. Es decir, 2,88 millones de votos ante, como recordó esta semana el presidente, 3,17 millones, incluyendo el voto en el extranjero.

La oposición tradicional de las clases medias y altas, sobre todo urbanas y especialmente en el bastión de Santa Cruz, ha sumado otro tipo de descontento: el de los jóvenes e incluso los sectores populares. Eso se percibe, por ejemplo, en los mercados de El Alto, el municipio con mayor concentración de indígenas de Bolivia. Los simpatizantes de Morales se mezclan con quienes lo fueron y ya no lo son, o los que simplemente han entrado en una fase de desencanto pero lo siguen votando porque no les gustan las alternativas. Juana Gutiérrez, con tres hijos, regenta un puesto de frutas en la feria de La Ceja. “Todo es muy complicado”, dice en referencia a la situación económica. “Pero antes estaba peor”. Juana habla de su hija Jessica, que pudo matricularse en la universidad y estudia Trabajo Social y, en vísperas de los comicios, afrontaba el debate sobre la continuidad del presidente con expectación. “Que sepamos no hay nada escrito, pero veremos”. En El Alto se impuso Morales con mayoría absoluta, un 55%, pero el domingo en los colegios electorales no faltaban los mestizos que exhibían su apoyo a Mesa. Incluso el pastor presbiteriano ultraconservador Chi Hyun Chung obtuvo en este municipio casi un 15% de apoyo.

A las protestas contra el Gobierno se unieron hace ya meses comunidades indígenas, sobre todo las afectadas por los incendios forestales en la Amazonia. Y también sectores cocaleros, a los que las autoridades acusan de utilizar dinamita en las movilizaciones, que esta semana han derivado en episodios de violencia y han dejado decenas de heridos.

El mandatario minimiza, si embargo, esta tendencia, y la achaca a la ofensiva opositora. “Siempre hemos subido”, recordó el pasado jueves en una conferencia de prensa en la que denunció un intento de “golpe de Estado interno y externo”. “Debemos reconocer seguramente algunos errores. Pero tanta mentira, tanto odio que ha creado últimamente toda la oposición siento que afectó. Y tanto engaño, especialmente algunos grupos juveniles”, agregó. “Hemos estado avanzando, avanzando, avanzando... ¿Quién no quisiera tener más voto, más apoyo? Por supuesto. Además, llevamos 13 años, 14 años. Tal vez hay algún desgaste, lo reconozco. Internamente también tenemos diferencias”, consideró.

Esta circunstancia tiene que ver en buena medida con la crisis de legitimidad generada por la derrota en la consulta sobre reelección indefinida de 2016. El resultado fue pasado por alto por el Constitucional y el Tribunal Electoral, que le permitieron presentarse a estas elecciones. El número de votos que cosecha sigue siendo muy elevado. Pero al mismo tiempo su discurso, centrado en el crecimiento, los buenos datos económicos y la estabilidad, comienza a proyectarle como un representante del establishment del que siempre quiso mantenerse al margen.

Sostiene el profesor de Ciencias Políticas y sociólogo Fernando Mayorga que el “estilo de Gobierno” de Morales se caracteriza, entre otros rasgos, por la presencia de los dirigentes de las organizaciones sociales. Lo resaltó esta semana el propio mandatario: “Este movimiento campesino indígena no viene de politólogos”. Queda por ver si ese respaldo se mantiene en el tiempo. Morales, si se confirman los resultados del recuento, gobernará hasta 2025.

 

Por Francesco Manetto

La Paz 26 OCT 2019 - 21:07 COT

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Conteo oficial da triunfo a Evo Morales y evita segunda vuelta

La Paz. Al finalizar el conteo oficial tras las elecciones presidenciales del domingo, el Tribunal Supremo Electoral de Bolivia (TSE) confirmó ayer los 10 puntos de ventaja que el presidente Evo Morales obtuvo sobre su rival, el ex mandatario Carlos Mesa, lo que le permitiría evitar una segunda vuelta.

La presidenta del TSE, María Eugenia Choque, validó en conferencia de prensa que Morales obtuvo 47.08 por ciento de los votos, mientras Mesa logró 36.51 por ciento. El cómputo ya había sido publicado en el sitio del tribunal y daba cuenta de una diferencia de 10.57 por ciento entre ambos candidatos.

La ley indica que para ganar en primera vuelta un candidato debe obtener 50 por ciento más uno de los votos o lograr 40 por ciento y tener una diferencia de al menos 10 puntos porcentuales sobre el segundo postulante más votado.

Choque no anunció un ganador oficial ni aceptó preguntas; sólo explicó que el "conteo final fue absolutamente transparente. Que vengan el que quiera hacer auditoría, no tenemos nada que esconder", ante las críticas de un posible fraude.

Un giro en la proyección del voto entre el domingo y el lunes tras un corte por 24 horas en la transmisión de los conteos alimentó las sospechas.

El conteo se atrasó porque en la región de Beni se anularon cuatro casillas. Sin embargo, tras una resolución del tribunal regional se revocó la decisión y fueron validadas. El presidente de tribunal local, Rodolfo Coímbra, explicó que se determinó que la anulación no era válida, porque se pudieron corroborar firmas que faltaban.

Morales dijo estar dispuesto a ir a una segunda vuelta para ganar un cuarto mandato, si una auditoría demuestra que su victoria en las elecciones fue producto de un fraude.

“Convocamos a organismos, partidos opositores: vayan municipio por municipio, voto por voto, a hacer esa auditoría, ese reconteo para saber. Y si estaba equivocado, si demuestran, si hemos perdido en la primera vuelta, nosotros podemos dar una yapita (añadido), una paliza en la segunda vuelta con seguridad”, desafió el gobernante.

Seis ciudades vivieron ayer una nueva jornada de protestas callejeras contra el mandatario. La Paz quedó paralizada por un bloqueo y un paro que realizaron vecinos en diferentes puntos de la ciudad. Los manifestantes se pusieron la bandera boliviana en la espalda y gritaron: "¡Mi voto se respeta!"

También hubo protestas en las ciudades de Cochabamba, Sucre, Chuquisaca, Tarija y Potosí.

La Defensoría del Pueblo informó que se registran 27 personas heridas y 57 detenidos.

Al aumentar la presión desde el exterior, el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, António Guterres, declaró que el organismo apoyaba que la Organización de los Estados Americanos audite los resultados, como lo solicitó el mismo gobierno boliviano.

La Unión Europea, Estados Unidos, Argentina y Colombia pidieron por separado una segunda vuelta para restituir la "credibilidad en el proceso electoral".

Venezuela, Cuba y México a su vez felicitaron a Morales por la victoria.

La Red en Defensa de la Humanidad celebró el triunfo del Movimiento al Socialismo y lamentó que "esta indiscutible victoria" no sea reconocida por la oposición boliviana. https://bit.ly/365x159

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El Frente Amplio busca evitar un ballotage con la derecha

El río, que los uruguayos llaman mar, fluye tranquilo y constante en este viernes de sol. Una tranquilidad que parece de otro mundo si se la compara con las crisis económicas de Argentina y Brasil, y más aún con la revuelta popular que se vive en Chile.


Cuando este domingo 27 de octubre los uruguayos vayan a las urnas tendrán la opción de votar por la continuidad del proyecto del centro-izquierdista Frente Amplio (FA), tras 15 años de gobierno. Un proyecto que mejoró, con algunas limitaciones, indicadores económicos y cambió la matriz energética. Y en el que por primera vez hay renovación, dado que no se postulan los políticos históricos José “Pepe” Mujica y Tabaré Vázquez, que termina en marzo su segundo mandato.

El candidato del FA es el exintendente de Montevideo, el socialista Daniel Martínez, quien lidera los sondeos (le otorgan entre 40 y 43 por ciento), pero no le alcanzaría para ganar en primera vuelta. Martínez se enfrenta a una oposición de derecha fragmentada: en segundo lugar en intención de votos se ubica el senador Luis Lacalle Pou, del Partido Nacional o Blanco (entre 24 y 29 por ciento), con su promesa de shock y reducción de un déficil fiscal que hoy es de 4,9 por ciento, similar al de Argentina.

En el tercer lugar aparece el candidato del Partido Colorado, Ernesto Talvi (entre 11 y 13 por ciento) seguido muy de cerca por el ultraderechista Guido Manini Ríos, excomandante en jefe del Ejército que lidera Cabildo Abierto (entre 9 y 12 por ciento). Un Bolsonaro a la uruguaya.

Por la peatonal Pérez Castellano en la Ciudad Vieja una pintada enuncia: “Tus sueños al Frente”, en apoyo al partido de los colores rojo, azul y blanco. Un vendedor de un local de artesanías, Juan De Carli, afirma que siempre votó al Frente Amplio. “Es la opción del cambio. El acceso al estudio, a la medicina gratis gracias al Fonasa (Fondo Nacional de Salud). Se pasó de 380 mil afiliados a mutuales a 2 millones y medio de afiliados al sistema integral”. En el puesto de enfrente, buscando unos discos de vinilo, Mario Pérez, dueño de una pequeña empresa se sincera: “Quiero que se vayan. No soy de izquierda. Los uruguayos estamos mal. Tenemos mucho asistencialismo a los pobres. Yo tengo que laburar, bo”. Se le pregunta a quién va a votar, duda y responde: “no votaría a nadie”.

El enojo de este señor de 57 años contrasta con la explicación de Daniel Olesker, ex ministro de Salud y Desarrollo Social durante el gobierno de Mujica (2009 a 2014). “En estos 15 años hubo un aumento del 60 por ciento del salario; se crearon 300 mil puestos de trabajo, más los 300 mil empleos informales que se blanquearon. Hubo un cambio tributario: se bajó el IVA y se eliminó el impuesto a los sueldos. Esto contribuyó a que creciera el mercado y también el turismo interno”. El economista sintetiza: aumento salarial, más empleo y reducción de la carga tributaria de los trabajadores. Y da un ejemplo. “una pareja de una docente y un cajero hoy tienen en términos de poder de compra el doble de lo que era en 2004”.

Olesker destaca que en estos gobiernos del FA Uruguay fue saliéndose de la dependencia con Argentina y Brasil que tenía en los años noventa. “Se dio una modalidad de crecimiento económico más diversificado, con fuentes de energía renovables”. Tras la última crisis energética, Uruguay cambió su matriz productiva: hoy la electricidad es 97 por ciento de energías eólicas y solares. Asimismo, crece la expectativa por la inversión de una nueva papelera UPM, que miran de reojo los ambientalistas. Se va a instalar en el centro del país, entre Paso de los Toros y Durazno.

De su lado, el candidato Lacalle Pou, hijo del expresidente Luis Alberto Lacalle, presenta un plan de gobierno haciendo énfasis en “Austeridad, Competitividad, Seguridad Social, Conocimiento y Cultura”. El senador afirma que bajará el gasto sin aumentar impuestos ni tarifas públicas. “Se puede ahorrar en torno a 900 millones de dólares por año” afirma el candidato de la derecha, prometiendo “eficiencia” en la asignación de recursos en las empresas públicas sin restar fondos a educación, salud o vivienda. Este conjunto de expresiones de buena voluntad de parte del aspirante neoliberal, exhibe un aroma familiar para quien vivió la experiencia de la debacle de Macri. Los críticos de Lacalle Pou sostienen que un eventual gobierno de la derecha reducirá el gasto social. Y recuerdan que “Cuquito”, como llaman al hijo de “Cuqui” Lacalle, no ahorró elogios a Macri ni a Piñera.

Más complicado estuvo por estas horas el candidato Ernesto Talvi, quien tuvo que aclarar que “jamás” aseguró que Chile fuera un país modelo. El economista liberal asegura que durante la campaña dijo “hasta el cansancio” que tomaba a Chile “como ejemplo en dos aspectos, en el manejo del dinero de los contribuyentes y del Estado y en la política que los ayudó a salir a la conquista de los mercados del mundo”.

“La región se incendia y mira con admiración a Uruguay”, titula el diario local La República. Hay mucho por rescatar de un modelo que navega por aguas tranquilas.

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Sábado, 26 Octubre 2019 06:13

Contra el realismo político

Contra el realismo político

En este mes, en estas fechas, es inevitable hablar de elecciones. Un enorme aparato publicitario, estatal y privado, se ha encargado, casi desde el comienzo del año, de repetirnos la importancia del evento y quiénes son los candidatos y candidatas. Sí, los candidatos, aureolados con los logos de su partido o grupúsculo, ya que pocas personas se enteran del contenido de sus programas; a la gran mayoría les tienen sin cuidado.

Realidad criolla. No obstante, el hecho político más importante del mes es el levantamiento popular, principalmente indígena, en Ecuador. Y no es “en otro país”. Junto con Venezuela son los vecinos más influyentes en nuestra situación. No es posible ignorar las identificaciones culturales, el comercio fronterizo, el permanente trasiego de personas (hoy, obviamente, la catastrófica inmigración de venezolanos), y la vida en común a uno y otro lado de la línea artificial. Basta recordar que el departamento de Nariño es, hoy por hoy, uno de los más violentos y afectados por el narcotráfico, así como los de Norte de Santander y Arauca, particularmente la región del Catatumbo, en nuestra frontera oriental (Ver “La guerra no para en el Catatumbo”, página 9). Con el agravante de que hoy las relaciones oficiales, institucionales, se encuentran seriamente averiadas. Pero, claro, el pueblo colombiano está obligado a pensar en una puesta en escena donde lo que se juega no es el destino del país sino los destinitos fatales de los miles de candidatos y candidatas. El destino, como se sabe, ya viene escrito.

En efecto, cuando este número del periódico esté en circulación, llegará el momento de los balances, en apariencia el más importante. Como diría Serrat: “Y con la resaca a cuestas/ vuelve el pobre a su pobreza/ vuelve el rico a su riqueza/ y el señor cura a sus misas”. Sí, por un día se olvidó que cada uno es cada cual. He ahí la trampa de las elecciones: individualiza e iguala a todos. Los números, sólo los números, nos dirán quién ganó y quién perdió. No importa cómo se consiguieron esos números. Y lo peor: nada nos garantiza que lo que gana sea una propuesta de política pública. Lo más probable es que sea una figura, sustentada en la maquinaria clientelista, en el poder del dinero, en el poder de la violencia abierta y brutal, o todos los anteriores; en el menos malo de los casos, sustentada en la “popularidad” que es el componente fundamental en las grandes ciudades. Popularidad que se obtiene en una mínima proporción con la biografía pero sobre todo con una costosa publicidad abierta o disfrazada. Si al final representa un cambio, será sólo fruto de una afortunada coincidencia. ¿Pero es que alguien estaba pensando en un cambio?

Así las cosas, lo que más sorprende es que todas las agrupaciones, grandes, pequeñas y minúsculas, de carácter nacional (unas pocas), regional o local, que se presentan como distintas y alternativas, algunas francamente de la “izquierda”, están de acuerdo en que “hacer política” es competir en las elecciones. Una idea equivocada que se ha impuesto como consenso. El error probablemente proviene de una creencia muy colombiana, que lleva más de medio siglo (o más todavía), según la cual la única alternativa a lo electoral sería la acción armada. Se desconoce aquello que, en Europa y Estados Unidos, entre finales del siglo XIX y principios del XX, solía llamarse acción “extraparlamentaria”, o “social”, como sencillamente la denominaban los anarquistas.

Lo más inquietante, de todas maneras, es que no parece vislumbrarse aquí ninguna idea de cambio. –Como es lógico, ese sería el criterio de diferenciación frente al mundo político del establecimiento–. Cabría, para empezar, una pregunta: ¿creen estos grupos que, desde las posiciones, por ahora exiguas, en los cuerpos colegiados y en los ejecutivos municipales o departamentales (más escasos), se podría inducir algún cambio de rumbo en las políticas públicas? O, aceptando el terreno electoral en gracia de discusión: ¿No sería necesario conseguir, previamente, un cambio sociopolítico que permitiera otro tipo de condiciones para la competencia? La oronda respuesta de “nada va primero, lo uno ayuda a lo otro y viceversa” que es la habitual, francamente no convence.

Además, en unas campañas electorales como éstas, en las que no se ventilan asuntos de contenidos, no hay posibilidad de diferenciación. Los grupos a los que hemos estado haciendo referencia ni siquiera lo intentan. Todos compiten por hacerse un lugar en el “centro”; adobándose, según el público, con diferentes proporciones de temas “políticamente correctos” que no resultan suficientes para ganar una identidad. El recién nacido Partido de la Farc, por ejemplo, quiso debutar, haciendo honor a su calificativo de revolucionaria, exponiendo las ideas fuerza de su orgullosa tradición y de su épica –a la que, por lo demás, tenía legítimo derecho– y luego de la desaprobación y de innumerables rechazos, incluidos los de los amigos, terminó reduciendo su programa a la defensa del Acuerdo de Paz; últimamente, al mínimo, que es la reincorporación de los excombatientes a las actividades productivas en condiciones de posibilidad comercial y seguridad física.

No hay, pues, partidos, ni movimientos, ni siquiera grupos, con señas de identidad. Lo único que podemos identificar son personajes, con mayor o menor presencia en los medios. Para ello, probablemente, es para lo que más sirve detentar una curul o un cargo público. Todo, en medio del más absoluto vacío ideológico (Ver “Encuestas electorales…”, página 10). Pero no seríamos tan injustos de atribuirlo a defectos individuales o decisiones equivocadas. Seguramente es la atmósfera de los tiempos que corren. Cuando aludimos a la voluntad de “cambio” lo hicimos deliberadamente para señalar apenas el más elemental rasgo de diferenciación. Porque lo que ha quedado sepultado con el pasado siglo, y no sólo en Colombia, es la propia idea, no digamos ya de revolución, sino simplemente de transformación, y con ella el cultivo de las esperanzas. Ha desaparecido así el referente que antaño evocaba el vocablo “izquierda”. El tamaño de las ambiciones llega, si acaso, al de “lo menos malo”, cuando no a la filosofía de “peor es nada”.

En aquella confusión del mínimo común denominador no es posible identificar a la famosa izquierda, ni a los grupos que la componen, como no sea por lo que dicen de sí mismos o por lo que les atribuyen los otros. ¡La izquierda es un acto de fe! Votar por Holman Morris en Bogotá, por ejemplo, es votar por la izquierda. ¿Por qué? Al final es la “derecha”, la más cerrera y ultramontana, la que define quienes son de “izquierda”. La categoría, según las conveniencias, puede abarcar desde Jesús Santrich hasta Roy Barreras. Desde Orlando Fals Borda hasta Ernesto Samper, pasando por Antanas Mockus. Por eso es tan difícil llevar a la práctica la popular recomendación que ya es un cómodo lugar común: “¿por qué no se une toda la izquierda?” La respuesta es sencilla: porque no se sabe dónde ni cómo colocar la línea divisoria.

No se nos oculta la objeción inmediata, de uso corriente en la politología. La argumentación presentada –se diría– corresponde a un andamiaje de “grandes relatos”, propio de una modernidad ya superada. Es completamente vano seguir en busca de la “izquierda perdida”. No hay diferenciaciones social o históricamente necesarias; las diferenciaciones son contingentes y transitorias, o mejor, coyunturales. Por ejemplo, en Colombia, tiene que ver con el cumplimiento y puesta en marcha del Acuerdo de Paz que es la materialización concreta de la oposición entre guerra y paz. Algunos de manera más callejera dirían: entre uribistas y no uribistas. El problema consiste en que un partido político e incluso una corriente política, están obligados a dar respuestas a un conjunto significativo de problemas de diferente orden; históricos, seguramente, pero también de coyuntura. Y ese conjunto de respuestas tiene que ser coherente para que conquiste credibilidad.

Desde luego, el punto que más se menciona como ejemplo es el de la lucha contra la corrupción. Y, ciertamente, es de innegable actualidad. Un problema que tiene, tan clara diferenciación, consiste en que, en el plano de las imágenes y las consignas, nadie se ubica en el lado de la corrupción. Corre por cuenta del debate que cada quien haga el señalamiento en los demás. Una puja moralista. Y no tiene nada de raro que termine ganando quien cuente con más poder mediático (y judicial). Una mancha –cierta o falsa– puede acabar con la reputación de todo un partido. El Polo jamás se levantará de la tragedia de haber postulado y respaldado a Samuel Moreno a quien siguen condenando a decenas de años de prisión, una y otra vez, con una sevicia que jamás destinarían a un tipo como el otro Moreno, el exfiscal. Además, se le aplica también la reflexión anterior. ¿Qué coherencia tiene, por ejemplo, una candidata que prometa incorruptibilidad a toda prueba y guerra implacable contra los corruptos si al mismo tiempo coincide con los adversarios en política económica y social?

Pero no es un problema solamente de los grupos y partidos a los que venimos aludiendo. Si así lo fuera, estaríamos, tal vez, perdiendo el tiempo. A la hora de los balances cada quien habla de la fiesta según como le haya ido en ella. Y en la discusión siempre va a triunfar el realismo político. Es posible que, en la pequeña dinámica que hemos señalado pueda faltar grandeza pero no deja de haber algunos dividendos y así puede continuarse indefinidamente. El verdadero problema toca con nuestro pueblo. Es poco lo que se le está ofreciendo que apunte a transformar sus condiciones de vida, no sólo materiales sino espirituales, pero también a los mecanismos, espacios y procesos por desatar para que desde sus intereses y fuerzas se desate una acción por el cambio. “Solo el pueblo salva al pueblo”, era común escuchar décadas atrás. Pero, ¿acaso se le está consultando? ¿Acaso se abren los canales para desde sus fuerzas se confronte abierta y de manera decida al establecimiento? Esto a pesar que desde algunos sectores de opinión se observa la queja y el temor acerca del avance de la “derecha”. Pues bien, aparte de lo que ya tenemos, no se sabe cuánto más podrá llegar.

En todo caso, semejante peligro solamente podrá ser conjurado cuando aparezca una corriente, que apoyada en espacios de participación social realmente convocantes y decididos por el liderazgo del ‘común’, que prometa un vuelco verdaderamente cautive y arrastre, despertando esperanzas, desatando energías comprimidas por décadas de negaciones y mala vida, y ofreciendo fuertes convicciones. Mientras la misma toma cuerpo, ninguna alternativa podrá provenir de esta retórica de las pequeñas cosas, del moralismo del cambio en el comportamiento individual y del “pensamiento positivo”. Si algún imperativo es hoy oportuno en Colombia es éste muy sencillo: ¡poner fin a esta filosofía de la resignación!

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Jueves, 24 Octubre 2019 08:15

El deber de acompañar

El deber de acompañar

¿Quién hará lo que tenemos que hacer, y nadie podrá hacer, nadie, si no lo hacemos todos juntos? Martí

 Han publicado esta semana la información sobre la posible entrega de veinte mil millones de pesos por parte del clan Uribe a las iglesias cristianas para que orienten en voto a sus rebaños hacia los candidatos del Centro Democrático.

En muchos lugares del país, sin que las capitales departamentales estén exentas de ello, fluye el dinero del narcotráfico y sus lavadores hacia los candidatos que, no solo defenderán sus intereses, sino que devolverán con contratos, inversiones y empleos lo que invierten sus financiadores. Por supuesto, los grandes grupos económicos también invierten, incluso a varias bandas, en candidatos que retornaran con creces las sumas recibidas.

En este escenario turbio y maloliente, brillan con luz propia los candidatos que participan en la asimétrica justa, sin otro respaldo que sus vidas, largas o breves, consagradas al servicio de las comunidades.

Lo menos que podemos hacer como ciudadanos, es acompañar con nuestro voto. No como una dadiva, sino como un deber elemental. Con la conciencia plena de que un voto sufragado sin anhelo diferente al aliento a la pureza en el proceder, tiene el valor infinito de apostar por la virtud, por la capacidad, por ese valor tan olvidado y tan indispensable en los tiempos barbaros que corren: la honestidad.

Por otra parte, consideramos que ante la incapacidad de los liderazgos genuinamente democráticos por alcanzar acuerdos decisivos en la tarea vital de reencausar desde los poderes del Estado el proceso de paz (atacado de la forma más vil que cabe imaginar: afirmando que se le defiende, mientras se da rienda suelta a los ataques criminales), es necesario apoyar desde las ciudadanías las opciones democráticas más opcionadas y dar un ejemplo de unidad fraterna desde abajo.

En el caso de Bogotá, hay candidaturas a edilato como los de Jorge Caceres en Puente Aranda, con una larga vida consagrada a mejorar las condiciones concretas de vida de los humildes y a promover la organización popular, o Christian Robayo en Ciudad Bolivar, con un desempeño ejemplar en su primer periodo como edil; y hay candidatos al Concejo como David García, con excepcional capacidad en la crucial tarea de elevar la cultura de nuestras comunidades.

Con relación a la Alcaldía Mayor, nuestro voto acompañara a Claudia López, por encarnar una opción democratizadora en un escenario decisivo para la ciudad y para las elecciones presidenciales del 2022. Es por Claudia López, no por Sergio Fajardo, que tiene no poca responsabilidad en el retorno del uribismo al poder.

Hay muchas mujeres y hombres que contemplan la política como deber sagrado, como servicio sin mácula, como una labor asumida para responder de modo ejemplar a la confianza de quienes no venden su conciencia. Los nombres mencionados, son unos de muchos, que son muy pocos frente al oprobio imperante.

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Evo Morales denunció un intento de golpe de Estado

La Organización de Estados Americanos pidió al Gobierno que más allá del resultado que arroje la elección llame al ballotage

 El presidente de Bolivia, Evo Morales, denunció que está en marcha un intento de golpe de Estado orquestado desde la derecha. A su vez, afirmó que el país está en estado de emergencia e hizo un llamado a los organismos internacionales a defender la democracia boliviana. Durante la tarde del miércoles se realizó una masiva marcha en apoyo al presidente boliviano, que copó el centro de La Paz. La opocisión también salió a la calle y tuvo su protesta más fuerte en Santa Cruz de la Sierra .Mientras tanto continúa el escrutinio definitivo que parece orientado a confirmar la victoria en primera vuelta del Movimiento Al Socialismo (MAS), evitando el ballotage. La Organización de Estados Americanos (OEA) pidió al gobierno que más allá del resultado que arroje la elección llame al ballotage.

Evo Morales consideró que las protestas opositoras motivadas por la demora en la difusión de los resultados definitivos forman parte de un intento de golpe de Estado. "¿Cómo se expresa el golpe? No dejan que se haga el conteo de las elecciones. Queman instituciones del estado como las infraestructuras del Tribunal Supremo Electoral en los departamentos (provincias)”, dijo Morales desde el Palacio Quemado, sede del gobierno boliviano. Así hacía referencia a los ataques que sufrieron en los últimos días los órganos electorales en algunas provincias como Chuquisaca y Potosí. En estos lugares es donde se registraron las demoras en la entrega de las actas por las que el escrutinio definitivo se extendió. “Estoy seguro de que con los votos de las áreas rurales vamos a ganar en la primera vuelta”, sostuvo el líder del MAS. Convocó a sus seguidores a permanecer en estado de emergencia y no responder a las provocaciones de la derecha boliviana e internacional.

Centenares de campesinos, mineros, indígenas, sindicalistas y funcionarios estatales marcharon hasta la plaza Mayor de San Francisco con banderas bolivianas y del oficialista Movimiento al Socialismo (MAS), en respaldo a Morales. Los dirigentes que tomaron la palabra reclamaron respeto por sus votos en apoyo al presidente y lanzaron advertencias en contra de la derecha opositora, que según denunciaron quiere desconocer el triunfo de Morales en primera vuelta. "El pueblo trabajador, campesino, el pueblo que vive en los barrios populares urbanos, ese pueblo que ha votado mayoritariamente por Evo, va a defender este proceso y lo va a hacer pacíficamente, con concentraciones multitudinarias en las que están todos los sectores", dijo el viceministro de Coordinación con los Movimientos Sociales, Alfredo Rada. Hubo momentos de tensión entre quienes marchaban y algunos ciudadanos que los abuchearon o silbaron, aunque los incidentes no pasaron a mayores.

La oposición cuestiona el resultado de las elecciones por la interrupción en la carga de los cómputos provisorios del domingo a la noche, cuando el escrutinio llegó al 84 por ciento. Sin embargo, en 2014, ese mismo sistema llegó al 70 por ciento durante el día de las elecciones; y en 2016 al 80 por ciento. Los resultados provisorios de la elección del domingo mostraron una diferencia entre Morales y Carlos Mesa, del partido opositor Comunidad Ciudadana (CC), del 7.87 por ciento. El lunes cuando se reactivó el escrutinio la diferencia superaba por milésimas los 10 puntos y le daba el triunfo sin ballotage.

Esto motivó movilizaciones y el llamado a un paro indefinido en varias regiones de Bolivia, convocadas por el colectivo de organizaciones civiles de nueve departamentos. La protesta comenzó a tomar cuerpo en Santa Cruz de la Sierra (900 km al este de La Paz), pero se extendió a Potosí y Cochabamba. El Comité de Defensa de la Democracia, que aglutina espacios cívicos de todo el país, anunció también la resistencia civil ante la posible victoria de Morales y su adhesión al paro. Las oficinas del Tribunal Supremo Electoral fueron el foco de las protestas y algunos de sus locales fueron incendiados.

Por su parte, el candidato presidencial por el CC, Carlos Mesa, segundo en los resultados preliminares, llamó a una movilización permanente en defensa del voto. "Vamos a estar movilizados (...) hasta que se reconozca que la segunda vuelta debe realizarse porque fue lo que legítimamente votó el pueblo boliviano", aseguró Mesa. Además convocó a los otros siete candidatos que participaron de la elección a formar un bloque de unidad en “defensa de la democracia". "Que nuestro amado país no entre en el camino de la dictadura al que quiere llevarnos el presidente Morales", sostuvo.

La Misión de Observación Electoral (MOE) de la OEA en Bolivia consideró como mejor opción la realización del ballotage para dirimir la reñida elección, señaló el vocero de la organización. "En el caso de que, concluido el cómputo, el margen de diferencia sea superior al diez por ciento, estadísticamente es razonable concluir que será por un porcentaje ínfimo. Debido al contexto y las problemáticas evidenciadas en este proceso electoral, continuaría siendo una mejor opción convocar a una segunda vuelta", señaló el director del Departamento para la Cooperación y Observación Electoral de la OEA.

A pedido del canciller boliviano, Diego Pary, la OEA aceptó hacer un análisis del proceso electoral. Se encargarán de verificar el conteo y todo el proceso, así como los aspectos estadísticos y la cadena de custodia. Pero advirtieron que las conclusiones deben tener un carácter vinculante para todas las partes.

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