Antiprogresismo: Un fantasma que recorre América Latina

Lejos de ser solo «un Trump», Jair Messias Bolsonaro es un candidato con tintes fascistas en un país con mucha menos solidez institucional que Estados Unidos y que ya vive altas dosis de violencia política. Los resultados expanden el ya existente bloque parlamentario BBB (buey, biblia, bala) hacia dimensiones hasta hoy desconocidas. Pero el antiprogresismo no se limita a Brasil. Se expande por toda la región y pone en riesgo los avances democráticos de las últimas décadas.
 
Sí, ayer en la primera vuelta ganó, como escribía un corresponsal, un político autoritario, racista, machista, homófobo; una persona que encarna los valores más retrógrados acaricia la Presidencia de Brasil. Obtuvo más votos de los que anticipaban las encuestas, arañó un triunfo en la primera vuelta y tiñó con sus colores casi todo el país, salvo el nordeste. Brasil y América Latina se enfrentan, así, a un nuevo escenario que ya no es solamente el fin del ciclo progresista y su eventual reemplazo por fuerzas de derecha o centroderecha en el marco de la democracia, sino un corrimiento de las fronteras hacia otro terreno: el potencial triunfo en segunda vuelta de un candidato que, mediante una campaña llena de biblias y balas, reivindica abiertamente la dictadura, hace alarde de la violencia y desprecia todos los valores que fundamentan el sistema democrático.


No es solo «un Trump», es un candidato con tintes fascistas en un país con mucha menos solidez institucional que Estados Unidos y que ya vive altas dosis de violencia política. Los resultados de ayer expanden el ya existente bloque parlamentario BBB (buey, biblia, bala, en referencia a terratenientes, pastores evangélicos y ex-integrantes de fuerzas de seguridad) hacia dimensiones hasta hoy desconocidas. Como dice un periodista de El País, la «B» de Bolsonaro los terminó articulando a todos ellos. Y los dejó a las puertas del poder.
La principal razón del crecimiento de Bolsonaro está ligada, para la historiadora Maud Chirio, «a la construcción de la hostilidad hacia el Partido de los Trabajadores (PT) y a la izquierda en general. Esta hostilidad recuerda el anticomunismo de la Guerra Fría: teoría del complot, demonización, asociación entre taras morales y proyecto político condenable. Bolsonaro se apropió de este simbolismo de rechazo, que se sumó a las implicaciones del PT en casos de corrupción. No se trata solo de un desplazamiento de los conservadores hacia la extrema derecha, sino de una adhesión rupturista». Como ya advirtiera el historiador Zeev Sternhell, el fascismo no solo era reacción, sino que era percibido como una forma de revolución, de voluntad de cambio frente a un statu quo en crisis.
No es posible, desde el progresismo, rehuir las responsabilidades por estos años de gobiernos «rosados». Que tanta gente esté dispuesta a votar a un Bolsonaro para evitar que vuelva el PT es en sí mismo un llamado a la reflexión, más aún cuando eso ocurre en las zonas más «modernas» de Brasil, donde nació un partido que enamoró a toda América Latina y hace años que viene perdiendo apoyos. Como expresión de este rechazo, Dilma Rousseff, contra todas las encuestas preelectorales, quedó fuera del Senado en Minas Gerais. Y el PT hizo mucho por debilitar su épica originaria, su integridad moral y su proyecto de futuro. Pero no solo a eso se debe el rechazo.


Como hemos señalado en otra oportunidad, la lucha de clases soft que durante su gobierno mejoró la situación de los de abajo sin quitarles a los de arriba terminó por ser considerada intolerable para las elites. El caso de Brasil confirma que las clases dominantes solo aceptan las reformas si existe una amenaza de «revolución», y la llegada al poder del PT estuvo lejos de la radicalización social; al mismo tiempo, impulsó políticas en favor de los «de abajo» en un país tradicionalmente desigual. En todo caso, la experiencia petista terminó exhibiendo relaciones demasiado estrechas entre el gobierno y una opaca “burguesía nacional” (como frigoríficos o constructoras), que socavaron su proyecto de reforma ética de la política y terminaron por debilitar la moral de sus militantes.
Es decir, el actual rechazo a los partidos progresistas que gobernaron tiene una doble dimensión. En toda América Latina está emergiendo también una nueva derecha que articula un voto que se opone a los aciertos. El racismo como rechazo a una visión racializada de la pobreza, y el conservadurismo contra los avances del feminismo y las minorías sexuales. El crecimiento del evangelismo político y la popularidad de políticos y referentes de opinión que declararon la guerra a lo que llaman «ideología de género» son algunos de los vectores para la expresión política de un antiprogresismo crecientemente virulento.


«Estamos en guerra, estamos a la ofensiva. Ya no a la defensiva. La Iglesia por mucho tiempo ha estado metida en una cueva esperando ver qué hace el enemigo, pero hoy está a la ofensiva, entendiendo que es tiempo de conquistar el territorio, tiempo de tomar posición de los lugares del gobierno, de la educación y de la economía», exclamó en el Centro Mundial de Adoración el pastor evangélico Ronny Chaves Jr. durante la campaña presidencial de Costa Rica, en la que un candidato evangélico pasó a la segunda vuelta en abril de este año. Es cierto, también hay que decirlo, que Rousseff se alió con ellos, pero ahora muchas de estas iglesias, como la Universal, parecen «ir por todo» sin necesidad de pragmáticas alianzas con la izquierda.
Las nuevas extremas derechas atraen, además, parte del voto joven y construyen líderes de opinión con fuerte presencia en las redes sociales. Estos movimientos se presentan incluso como antielitistas, aun cuando –como ocurre con Bolsonaro– su propuesta económica sea ultraliberal y sea apoyada con entusiasmo, en la última fase, por los mercados. Como ha señalado Martín Bergel, ha venido siendo muy eficaz un relato que asocia a la izquierda con los «privilegios» de ciertos grupos, que pueden incluir hasta a los pobres que reciben planes sociales, frente al pueblo que «realmente trabaja y no recibe nada».


El progresismo continental se encuentra así frente a una crisis profunda –política, intelectual y moral–. La catastrófica situación venezolana –difícil de procesar– viene siendo de gran ayuda para las derechas continentales. Por no hablar de los silencios frente a la represión parapolicial en Nicaragua. En este contexto, el reciente llamado de Bernie Sanders a constituir una nueva Internacional progresista–que tenga como ejes el rechazo al creciente autoritarismo alrededor del mundo y la lucha contra la desigualdad– resulta tan oportuno como difícil de pensar en una América Latina donde gran parte de las izquierdas se entusiasma con figuras como Vladímir Putin, Bashar al-Asad o Xi Jinping como supuestos contrapesos al Imperio.


A diferencia de encuentros anteriores, cuando las izquierdas constituían fuerzas expansivas en la región, la última reunión del Foro de San Pablo en La Habana en julio pasado estuvo marcada por los discursos centrados en la «resistencia» y el atrincheramiento. El lugar elegido –La Habana– y la presencia de figuras históricas del ala más conservadora del gobierno cubano contribuyeron a un repliegue ideológico en un discurso antiimperialista cargado de nostalgia hacia la figura del fallecido comandante Fidel Castro y sin espacios para un análisis reflexivo de las experiencias –y retrocesos– de estos años. La defensa cerrada de Nicolás Maduro y Daniel Ortega fue la consecuencia lógica de esa deriva. Pero recuperar las capacidades expansivas requiere salir de las zonas de confort ideológicas y de la autovictimización.
Parafraseando una expresión francesa respecto a su propia extrema derecha, Bolsonaro logró «desdiabolizarse». Y de ganar el balotaje, no estará solo en el mundo. Al mismo tiempo, nadie en la región –en medio de los retrocesos integradores– será capaz de ponerle límites. Un triunfo del ex-capitán sería uno de los mayores retrocesos democráticos desde las dictaduras militares de los años 70, sin que hoy podamos anticipar las consecuencias. La imagen de un votante que se filmó apretando los botones de la urna electrónica con el cañón de un revólver –obviamente votando en favor de Bolsonaro– fue una de las postales de una jornada que no anticipa nada bueno para Brasil ni América Latina.

 

*Nueva Sociedad

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Lunes, 08 Octubre 2018 06:47

Bolsonaro, a un paso

Bolsonaro, a un paso

El ultraderechista Jair Bolsonaro cosechó 49 millones de votos, el 46,23 por ciento sobre un padrón de 147 millones de electores. Fernando Haddad, el candidato que tomó la posta ante la proscripción de Lula, obtuvo 29,21 por ciento. Hubo un 20 por ciento de abstenciones. La segunda vuelta es el 28 de octubre

 

La más tumultuosa e imprevisible elección brasileña trajo un resultado previsible - habrá una segunda vuelta entre el ultraderechista Jair Bolsonaro y, el izquierdista Fernando Haddad - y varias sorpresas negativas para la izquierda, empezando por las derrotas en las elecciones para senador de San Pablo, donde cayó el veterano y emblemático Eduardo Suplicy, y en Minas Gerais, donde la derrotada fue la ex presidenta Dilma Rousseff. Y más: también en Minas el actual gobernador, Fernando Pimentel, una de las figuras más populares del Partido de los Trabajadores (PT), quedó fuera de la segunda vuelta.


Todo ha sido muy sorprendente. En las presidenciales, Bolsonaro logró 46 por ciento de los votos, frente a 29 de Fernando Haddad, el candidato elegido por Lula. El otro candidato de centroizquierda, Ciro Gomes, se alzó con un 12,5 por ciento del voto. La segunda vuelta se anuncia como una disputa feroz, y de resultado imprevisible. Todo indica que Bolsonaro tiene consolidada su base electoral, y que a Haddad le queda la difícil tarea de unir votos tanto de la izquierda y la centroizquierda como de la derecha, especialmente del electorado de Geraldo Alckmin, el centrista socialdemócrata del PSBD, el partido del ex presidente Fernando Henrique Cardoso.


Hubo muchas sorpresas ayer. En San Pablo, por ejemplo, la más poblada y económicamente poderosa provincia del país, el derechista João Doria disputará la segunda vuelta con Marcio França, del Partido Socialista Brasileño, y no con Paulo Skaff, de la ultrapoderosa FIESP (Federación de las Industrias de San Pablo). Y el muy activo y popular Eduardo Suplicy, un símbolo del PT, quedó afuera de la disputa por un escaño en el Senado.


A lo largo y a lo ancho del mapa brasileño, hubo sorpresas de todo tipo. Para empezar, se confirmó la estampida Bolsonaro, el candidato de la extrema derecha, Jair Bolsonaro: con el 46 por ciento de los votos, logró una confortable distancia tanto del candidato del PT, Fernando Haddad, como del de centroizquierda, Ciro Gomes. La suma de los dos no llega a lo que logró el ultraderechista.


Si se observan los resultados de los partidos de izquierda y centroizquierda en todo el país, y en todos los niveles (gobernador, senador), lo que existe es una pesadísima sombra de amenazas. Y además, sobraron sorpresas, en los más nutridos centros electorales.


En Rio de Janeiro, por ejemplo, un ex juez literalmente desconocido, Wilson Witzel, de extrema derecha, saltó al ruedo como favorito para la segunda vuelta, frente a Eduardo Paes, ex alcalde de la capital carioca. En Minas Gerais, la ex presidenta Dilma Rousseff, que hasta hace cinco escasos días era la franca favorita para hacerse elegir senadora, quedó relegada a un tremendo cuarto lugar, perdiendo con los candidatos de la derecha.


Ha sido, en resumen, la gran sorpresa - y la grandísima derrota - de las fuerzas progresistas en Brasil.


Bolsonaro, con su defensa de la tortura y de la dictadura militar que imperó entre 1964 y 1985, con sus posiciones misóginas, machistas, homofóbicas y racistas, llega a la segunda vuelta con una confortable distancia de Fernando Haddad, el ungido por el ex presidente Lula da Silva.


En la mayoría de las provincias, los gobernadores electos, o los que van a segunda vuelta como favoritos, son de derecha o, en algunos casos, de extrema derecha. El diseño que se insinúa en el Congreso, igual.


Todo indica que, a partir del primero de enero de 2019, Brasil habrá retrocedido décadas en el espectro político. Las posibilidades de que Jair Bolsonaro sea derrotado en la segunda vuelta electoral parecen frágiles.


Esa ola ultraderechista, en las dimensiones en que se dio, era inesperada. Tanto la Cámara de Diputados como el Senado, para no mencionar los gobernadores de las 27 provincias brasileñas, los resultados sorprendieron. Queda por saber qué se heredará de los tiempos de Lula da Silva y Dilma Rousseff.


Las mayores sorpresas se dieron en todos los niveles. Que en el estado de Paraná el senador Roberto Requião no haya logrado un nuevo mandato de senador, o que en San Pablo el histórico Eduardo Suplicy no lograse volver al Senado, suenan como chistes de mal gusto, pero son realidad. Algunos nombres de la extrema derecha tampoco han logrado renovar sus mandatos. Pero todo eso no hizo más que contribuir a un escenario de la más absoluta confusión.


Dentro de veinte días los brasileños volverán a las urnas para confirmar su elección a presidente y, en muchas provincias, a gobernador. No hay, en el horizonte, otra cosa que un escenario confuso, de profunda nebulosidad. No se sabe, al menos por ahora, cuál es el tamaño de la derrota del PT y de las izquierdas en Brasil. Y, con eso, cuál es la dimensión del avance de la derecha más radical y retrógrada.


Y, para terminar, quedan desmoralizados los institutos que hacen los sondeos de intención de votos. Ninguno dio, ni de lejos, en el blanco: los resultados fueron absolutamente diferentes de lo que se preveía.

 

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“La forma más eficaz para equilibrar el juego político es la movilización”

Profesor de la Universidad de Nueva York, Adam Przeworski (Varsovia, 1940) es uno de los politólogos más influyentes de todos los tiempos. Sus teorías sobre los alcances de la democracia, las limitaciones y los obstáculos a los que se enfrenta y su aporte sobre la naturaleza del voto popular en estos sistemas lo convirtieron en un referente. En diálogo con PáginaI12 repasa sus aportes.

 La entrevista comenzó a gestionarse hace cosa de un año. Su agenda impedía encontrar el cuándo, pero desde entonces sugirió intentarlo, cada tanto, hasta que pudiera concretarse. Y es que Adam Przeworski reparte sus días entre la docencia, la escritura y las conferencias y charlas que brinda. En diálogo con PáginaI12, reflexiona sobre la democracia, sus alcances y limitaciones, entre otras cuestiones. El académico polaco-estadounidense analiza la viabilidad de las instituciones democráticas como mecanismos eficientes de representación política, la convivencia entre el capitalismo y la democracia, los altos niveles de desigualdad, el impacto del dinero en la política, y los efectos sobre la calidad democrática. 

–Usted ha estudiado en profundidad comportamientos electorales en sistemas democráticos. ¿Qué es exactamente lo que la gente hace cuando vota?

–Esta es una pregunta delicada, porque la respuesta depende de si nos referimos a “el pueblo”, en singular, o a “la gente”, en plural. En las democracias, el pueblo como colectividad decide quién lo gobernará y cómo, transmitiendo instrucciones al gobierno sobre lo que debe hacer. A su vez, todo lo que las personas, como individuos, pueden hacer es expresar sus preferencias entre las opciones que se les ofrece, con la esperanza de que muchos compartirán esas mismas preferencias. Sí hay que tener en cuenta que votar y elegir no son la misma cosa.


–¿Por qué el acto de votar no connota una elección?


–En los sistemas de partido único, las “elecciones” sirven sólo para intimidar a una resistencia potencial en lugar de seleccionar a los gobiernos. En muchos otros países se tolera la oposición, pero los gobernantes se aseguran que nadie tenga la posibilidad de removerlos. Sin embargo, aún cuando las elecciones no decidan quién va a gobernar, ello no significa que sean insignificantes. La celebración de elecciones no competitivas es un fraude, pero es un fraude si partimos del ideal de que la fuente última de poder reside en el pueblo. Admitir una norma y violarla en la práctica es una gestión poco convincente. Por lo tanto, aun cuando no son competitivas, las elecciones ponen nerviosos a todos los dirigentes, algo que todas las elecciones tienen en común.


–¿Cuál es su definición de democracia?


–Mi consideración de la democracia es “minimalista”: la democracia es un arreglo político en el que la gente selecciona gobiernos por medio de elecciones y tiene una posibilidad razonable de removerlos. Hay que notar, sin embargo, que esta definición asume las condiciones previas para la disputa de elecciones –los derechos y las libertades, simplemente porque sin ellas el gobierno en funciones no podría ser derrotado. Por lo tanto, esta definición no es tan minimalista como puede parecer a primera vista.


–¿Y cómo sería una democracia ideal?


–Para una coexistencia en paz, debemos ser gobernados, y serlo implica en algunas ocasiones que se nos prohíba hacer lo que queremos y en otras que se nos ordene hacer lo que no queremos. La democracia es un método para procesar conflictos entre personas con diferentes intereses, valores o normas. En todo momento y en toda sociedad existen conflictos acerca de algo. Pensemos en las divergencias y los choques que se suscitaron alrededor del tema del aborto en la Argentina. Y lo que esto significa: que siempre hay ganadores y perdedores. Incluso mucha de la gente que votó por el candidato ganador termina decepcionada por su desempeño. Aún cuando una democracia funcione muy bien habrá gente descontenta. Si valoramos este sistema, es porque permite luchar por nuestros intereses y nuestros ideales, porque repetidamente renueva nuestras esperanzas, no porque siempre obtengamos lo que queremos. Dicho esto, es obvio que algunas democracias funcionan mejor que otras, y que todos los sistemas democráticos se pueden mejorar en algunos aspectos.


–¿Qué tiene en cuenta a la hora de evaluar la calidad democrática?


–La medida en que la igualdad política se ve socavada por la desigualdad económica, específicamente, la influencia del dinero en política.


–¿Cuáles son los principales problemas con los que se enfrentan las democracias hoy?


–Sin ninguna duda, la pobreza y la desigualdad, la xenofobia y el racismo. Lo primero que se debe tener en cuenta es que las instituciones políticas funcionan en sociedades particulares, diversamente divididas por riqueza, religión, origen étnico, y otras cuestiones, y que hay límites a lo que un sistema político puede lograr. Ni siquiera los gobiernos democráticos mejor intencionados pueden hacer todo lo que la gente quiere. Por otra parte, con frecuencia sucede también que los gobiernos no saben qué hacer: creo que esto corre para la situación económica actual de la Argentina. Los límites más importantes a la democracia se originan en el capitalismo, un sistema en que las decisiones relativas a la asignación de recursos productivos –inversión y empleo– son guiadas por la competencia del mercado. El capitalismo impone límites a las decisiones que pueden ser alcanzadas por el proceso democrático, límites que atan a todos los gobiernos sin considerar su convicción ideológica.


–¿A qué se refiere con que “el gobierno (argentino) no sabe qué hacer”?


–No es sólo el gobierno que no sabe qué hacer frente a la crisis. Ni sus varios consejeros ni la oposición tienen idea. Los economistas dicen “por un lado” y “por otro lado”, y el gobierno vacila entre los lados sin que sus mediadas tengan el efecto deseado.


–Recién dijo que los límites más importantes a la democracia se originan en el capitalismo ¿Qué alternativas hay al capitalismo?


–Creo que no hay alternativas al capitalismo, por lo que la democracia está condenada a funcionar dentro de estos límites. Esto no significa que todos los gobiernos democráticos sean lo mismo: hay espacios dentro de estos límites que dependen de las condiciones específicas de cada sociedad y de su configuración política.


–Pero en líneas generales, ¿a qué se reduce la noción de democracia frente a las políticas económicas que rigen el mundo, el avance de los partidos extremistas en Europa y la enorme desigualdad?


–Son tiempos difíciles para las democracias prácticamente de todo el mundo, por todas estas razones. El mayor peligro es que algunas fuerzas políticas reclamen con éxito que la única manera de solucionar las crisis económicas, las divisiones fuertemente arraigadas en la sociedad, o las rupturas del orden público, sea abandonando la libertad política, unirse bajo un líder fuerte, reprimir la pluralidad de opiniones, en resumen, recurrir a la autocracia, el autoritarismo, la dictadura, o como cada uno lo quiera llamar. La lección que aprendemos de las experiencias recientes de Venezuela, Turquía, Hungría, y mi Polonia natal, es que las instituciones democráticas no contienen salvoconductos que las protejan de ser derribadas por gobiernos debidamente elegidos y acatando las normas constitucionales. Cuando Hitler llegó al poder, la posibilidad de un camino legal hacia la dictadura fue vista como un defecto de la Constitución de Weimar. Sin embargo, esta posibilidad puede ser general. Lo fundamental es que el desgaste de la democracia no conlleve una violación de constitucionalidad. A su vez, cuando el gobierno toma medidas que no son flagrantemente inconstitucionales o antidemocráticos, los ciudadanos que se benefician de sus políticas son lentos para reaccionar incluso cuando valoran la democracia.


–¿Por qué agrupa a Venezuela, Turquía, Hungría y Polonia?


–Porque son los cuatro países donde los gobiernos intentan remover todos los obstáculos institucionales que puedan impedir que hagan lo que quieran y pongan en jaque su perpetuidad en el poder.


–¿Cuáles son las diferencias principales entre las democracias europeas y latinoamericanas actuales?


–Suelo convertirme en blanco de críticas por decir esto, pero creo que las diferencias no son entre continentes. Chile no es Honduras, Noruega no es Rumania. La principal línea divisoria es la corrupción. El grado de corrupción en la Argentina y en Brasil no tiene paralelos en Europa.


–¿Se refiere a beneficiar a ciertos sectores o al financiamiento electoral de la política?


–La utilización del dinero para financiar la política es el azote de la democracia prácticamente en todos lados. Pero no creo mucho en la eficacia de la regulación legal. Se pueden escribir todo tipo de reglas, pero tienen poco efecto. No son eficaces porque los que supuestamente tienen que hacerlas cumplir están sujetos a la misma influencia de dinero como aquellos a los que regulan. La forma más eficaz para equilibrar el juego político es la movilización de las personas con pocos recursos económicos, los sindicatos y las organizaciones de la sociedad civil, como ocurrió en los países escandinavos hasta hace poco.


–¿Qué fue lo que ocurrió allí?


–La presencia de sindicatos fuertes que apoyaban a los partidos de izquierda hacía que los recursos financieros y organizacionales que entraban en los juegos de influencia estuvieran bien balanceados. Sin embargo, en la actualidad los sindicatos son más débiles y sus relaciones con los partidos social-demócratas mucho más distantes.
–Sostiene que “la igualdad política no es posible en sociedades económica y socialmente desiguales”. ¿Por qué?


–La respuesta fue dada por Marx en 1844, en “Sobre la cuestión judía”. Cuando la gente que es desigual en términos de riqueza, ingresos, educación, entra en el campo político, pierde todos estos atributos. Como “ciudadanos” somos todos anónimos, indistinguibles: “una persona, un voto”. Pero una igualdad política formal no es suficiente para generar una igualdad de influencia política real. Incluso cuando tienen igualdad de derechos, algunas personas carecen de las condiciones materiales necesarias para participar en política. Los derechos para actuar no son más que un vacío si se carece de las condiciones habilitantes, por lo que la desigualdad de estas condiciones es suficiente para generar desigualdad de influencia política. Por otra parte, la competencia entre los grupos de interés para influir políticamente inclina las políticas de los gobiernos a favor de aquellos que son ricos o que están mejor organizados.


–Aun si existieran los derechos para actuar y las condiciones habilitantes a las que se refirió, y considerando que partimos de la premisa de que se trata de democracias capitalistas, ¿no se trata en realidad de democracia electoral sin más?


–La relación entre democracia y capitalismo está sujeta a opiniones contrapuestas. Uno afirma una afinidad natural de “libertad económica” y “libertad política”. Libertad económica significa que la gente puede decidir qué hacer con su propiedad y su capacidad o fuerza laboral. Libertad política significa que puede dar a conocer sus opiniones y participar en las elecciones que determinarán quién y cómo gobernará. Pero equiparar los conceptos de “libertad” en los dos terrenos es sólo un juego de palabras. Si revisamos la historia nos sorprenderíamos por la coexistencia del capitalismo y la democracia. Desde el siglo XVII casi todo el mundo, a la derecha y la izquierda, creía que la desigualdad económica no podía coexistir con la igualdad política. Estas predicciones extremas resultaron ser falsas.


–Pero al mismo tiempo considera que la igualdad política no es posible en sociedades económica y socialmente desiguales..

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–En algunos países la democracia y el capitalismo coexistieron sin interrupciones durante al menos un siglo y en muchos otros países por períodos más cortos, pero sin embargo extensos, la mayoría de los cuales siguen hasta hoy. Los partidos obreros que tenían la esperanza de abolir la propiedad privada de los recursos de producción se dieron cuenta de que esta meta es irrealizable, y aprendieron a valorar la democracia y a administrar las economías capitalistas cada vez que ganaron las elecciones. Los sindicatos, también originalmente vistos como una amenaza mortal para el capitalismo, aprendieron a moderar sus demandas. Como resultado, los partidos obreros y los sindicatos aceptaron el capitalismo, mientras que los partidos políticos burgueses y las empresas aceptaron cierta redistribución del ingreso. Los gobiernos aprendieron a organizar este compromiso: regular las condiciones de trabajo, desarrollar programas de seguro social e igualar oportunidades, y en paralelo, promover la inversión y contrarrestar los ciclos económicos. Sin embargo, este compromiso hoy está roto.


–¿En qué sentido lo está?


–Los sindicatos perdieron mucho de su capacidad para organizar y disciplinar a los trabajadores y con ello su poder de monopolio. Los partidos socialistas perdieron sus linajes de clase y con ello su peculiaridad ideológica y política. El efecto más visible de estos cambios es el exorbitante aumento de la desigualdad en el nivel de los ingresos. Justamente, un punto central en el neo-liberalismo de Thatcher y Reagan era debilitar los sindicatos y abrir fronteras al flujo de capitales. Los efectos sobre la distribución del ingreso por beneficios y salarios son dramáticos. En los Estados Unidos hasta el final de los 70 y en Europa hasta el final de los 90 los salarios crecían a tasas casi idénticas a las del crecimiento de la productividad. Y de repente los salarios dejaron de crecer aunque la productividad crece. Otra cuestión que evidencia lo mismo es el hecho de que la participación de la remuneración al trabajo en la distribución del valor agregado disminuyó bruscamente. Creo que estos efectos fueron intencionados, que el neoliberalismo fue un autogolpe de la burguesía.


–Usted comentó que, por cuestiones que tienen que ver con su historia personal, sigue de cerca lo que ocurre en la Argentina y Brasil, entre otros países de la región ¿Cuál es su análisis político y económico de lo que sucede por estos lados?


–Siempre dudo acerca de opinar a fondo de países en los que no vivo. Desde el exterior, es evidente que la Argentina y Brasil enfrentan crisis urgentes, pero esto es una banalidad. La corrupción generalizada es su característica compartida, pero tengo la impresión de que la estructura de las crisis económicas no es la misma. La estructura económica de Brasil está mucho más diversificada que la de la Argentina. Brasil está experimentando un estancamiento a largo plazo, mientras que la Argentina experimenta fuertes altibajos.


–¿Hasta qué punto la intromisión de organismos internacionales en la política interna de un país –el Fondo Monetario Internacional (FMI) en el caso de la Argentina– no socava la democracia?


–Estudié el tema en detalle, y creo que los programas del FMI lastiman el crecimiento a largo plazo, principalmente al obligar a los gobiernos a reducir la inversión en infraestructura. Pero no creo que socaven directamente la democracia: después de todo, son gobiernos elegidos democráticamente los que acuden al FMI, a veces sólo para conseguir un pretexto de lo que quieren hacer de todos modos.

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Dos modelos opuestos para un país en crisis

Uno propone al Estado como activador, el otro lo ve como el problema y propone un ajuste peor que el actual, con una fuerte quita de derechos laborales y una promesa clara de reprimir las protestas sociales.

En la víspera de estas elecciones, la economía brasileña sigue estancada. Luego de una de sus más fuertes recesiones de su historia, cuando cayó un diez por ciento entre fines de 2014 y mediados de 2016, y dejó una tasa de desempleo de más del doce por ciento, se espera que crezca poco más de uno por ciento este año, repitiendo el pobre desempeño de 2017. La situación fiscal es preocupante con un déficit nominal de 7,5 por ciento del PBI, y la deuda pública está en en 77 por ciento del PBI, en términos brutos. Así, los futuros presidente y gobernadores de los estados tendrán poco espacio para implementar políticas públicas. Positivo, sólo que la inflación parece estar controlada en alrededor del cuatro por ciento anual, y que el sector externo muestra un déficit en cuenta corriente del balance de pago del uno por ciento del PBI, combinado con un elevado monto de reservas internacionales.


Vistos aisladamente, sin embargo, estos datos macroeconómicos reflejan un cuadro difícil pero reversible en condiciones normales, si Brasil volviese a crecer. El gran problema es que el país dejó de funcionar de un modo normal. En el Congreso Nacional, las disputas partidarias parecen haber pulverizado la posibilidad de llegar a acuerdos que garanticen estabilidad en los mandatos. En un país que se ha polarizado como nunca,estos impactos se sienten en lass instituciones que deberían quedar al margen de estas disputas. El antiguo dicho popular “para los amigos, todo, para los enemigos la ley”, manifestándose en interpretaciones subjetivas de leyes y procesos judiciales, pareciera estar más vivo que nunca. Económicamente, esto impacta paralizando el funcionamiento del sector público e inhibe al privado en llevar adelante obras de infraestructura esenciales para el crecimiento.


Los dos candidatos que parecen que definirán el pleito electoral manifiestan visiones y soluciones para la economía diametralmente opuestas. Por un lado, el diputado nacional Jair Bolsonaro, ex capitán del ejército, expresa la insatisfacción popular con “todo eso que está ahí”. Asesorado por un financista ultraliberal, su programa de gobierno y sus declaraciones no dejan dudas: se trata de achicar drásticamente al Estado reduciendo su prestación de servicios públicos -en especial educación, salud y jubilaciones, áreas de rentabilidad potencial para el sector privado-, una masiva privatización de empresas estatales y reducción de costos para el sector privado. También en su agenda está la flexibilización laboral y el recorte de derechos del trabajo (aguinaldo, vacaciones), contener aumentos salariales y una reforma tributaria. En suma, sería la radicalización y profundización de las reformas promercado de los 90 que fueron retomadas por el actual gobierno Temer a partir de 2016.


Por otro lado, Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores (PT), apunta a retornar las políticas de inclusión social de la época de Lula y de inversiones públicas. Considera que los problemas fiscales sólo se resolverán con nuevo crecimiento, a partir de estímulos a la demanda privada y del gasto público, financiada por los bancos públicos y el uso parcial de reservas internacionales. Además, pretende una nueva matriz tributaria que alcance a los segmentos más ricos y eliminar el “techo de gastos” implementado por Temer. Reformas estratégicas en las jubilaciones y leyes laborales demandadas por el sector privado, especialmente el mercado financiero, posiblemente se implementarían en forma atenuada y preservándose los derechos consagrados en la Constitución de 1988.


Detrás de estas agendas económicas se encuentran dos visiones de Brasil: Una sugiere que el Estado es la fuente de problemas como la corrupción y falta de crecimiento; la otra entiende que los problemas estructurales de pobreza, desigualdad y falta de dinamismo del sector privado sólo pueden ser resueltos a través de la actuación activa del Estado. De otra forma, también definen el interrogante histórico de Brasil sobre si será uno de los países con peor distribución de riqueza en el mundo, o si avanzará en convertirse en una sociedad con consumo de masa.


Ambos candidatos, caso triunfen, también abren interrogantes sobre si serían viables. Haddad puede sufrir un rápido desgaste si no consigue el retorno de los “buenos tiempos”, sobre todo ante un marco internacional desfavorable, un Congreso hostil y una sociedad dividida. Bolsonaro sugiere una trayectoria y retórica poco democrática y tendrá que enfrentar resistencias a la eliminación de derechos sociales y alteraciones tributarias. Además, aun lográndolo, tendría que lidiar con los efectos del crecimiento explosivo de pobreza y desigualdad.


Las medidas económicas de Bolsonaro parecen ser rechazadas por la mayor parte de la sociedad, ya que el gobierno Temer las viene adoptando no sin fuerte oposición y no han generado crecimiento. Sin embargo, no parece afectar su fuerza electoral. Por otro lado, el PT, pese a estar identificado con la protección de los derechos sociales y de los más pobres, sufre rechazo en todas las clases sociales. Esta paradoja podría explicarse por medio de encuestas de opinión, como una reciente de Datafolha, que reflejan que las personas parecen estar decidiendo su voto en base a una emoción –sobre todo, rabia, miedo y frustración– fuertemente impactada por redes sociales que difunden verdades, mentiras e dudosas interpretaciones. Bajo este contexto, el debate económico racional queda al margen de las discusiones políticas, y el debate de problemas reales ya no se debaten en torno a beneficios y costos de diferentes alternativas.


* Profesores de la Universidad Federal de Río Grande do Sul, Brasil.

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Viernes, 05 Octubre 2018 06:56

Bolsonaro, el polarizador

Bolsonaro, el polarizador

Encabeza las encuestas de intención de voto para la primera vuelta de las elecciones presidenciales del domingo, y tiene buenas chances de convertirse en el próximo presidente de Brasil. Jair Bolsonaro ha sabido aprovechar el profundo descontento popular por la corrupción, el desencanto con el petismo, el miedo a la inseguridad y la reacción contra los movimientos de mujeres y de minorías discriminadas. Así este ex militar ha obtenido el apoyo de sectores muy diversos. El único grupo que ha logrado unirse con éxito en rechazo a este nostálgico de la dictadura han sido las mujeres. Con el eslogan “Él no”, el sábado pasado tuvo lugar el mayor evento político organizado por mujeres en la historia de Brasil.

 

Brasil se enfrenta a una de las elecciones presidenciales más polarizadas de su historia reciente. Las constantes discusiones entre la gente contrastan con el hastío que la mayoría de los brasileños dicen sentir frente a la política.


Si la discusión política se mantiene viva a nivel social, es sobre todo debido a un hombre: Jair Bolsonaro. El candidato presidencial ultraderechista lidera las encuestas para la primera vuelta del domingo próximo con 35 por ciento de la intención de voto (según una encuesta de Datafolha de ayer).


Este ex militar paracaidista, nostálgico de la dictadura militar, ha logrado acumular el apoyo de amplios sectores de la sociedad, aprovechando sobre todo el descontento popular con la extendida corrupción en el país, la preocupación por la inseguridad y la reacción contra los movimientos de mujeres, Lgbt y de minorías discriminadas.


Pero su discurso virulento también ha sido capaz de generar un amplísimo rechazo, y el pasado sábado 29 de octubre ese rechazo lo representaron las mujeres brasileñas, que irrumpieron en el escenario político al colmar las calles de las principales capitales de los estados del país con multitudinarias manifestaciones, sobre todo en San Pablo –donde alcanzaron el medio millón de participantes– y Rio de Janeiro. A una semana de las elecciones, las mujeres se colocaron a la vanguardia de la lucha política. Protagonizaron la primera movilización masiva anti-Bolsonaro, que no fue gestada por las organizaciones sociales tradicionales ni contó con el sustento de grandes estructuras organizativas. Nació como iniciativa de una mujer, Ludmilla Teixeira, que a mediados de setiembre creó un grupo de Facebook llamado “Mujeres unidas contra Bolsonaro”. En dos semanas ya contaba con más de 3,5 millones de integrantes y rápidamente, antes de expresarse en las calles, el rechazo a Bolsonaro se transformó en un fenómeno viral bajo el eslogan #elenão (“él no”).


UN FANTOCHE CARISMÁTICO.


Jair Bolsonaro es un personaje curioso. Fácilmente irritable, suele perder la compostura ante preguntas que, aunque no muy complejas, lo obligan a pensar más allá de su estrecha zona de confort. A pesar de estar acostumbrado a ser victimario, ha conseguido presentarse como víctima (el apuñalamiento que sufrió durante un acto público el mes pasado reforzó esta imagen) y presentar la imagen de que todo el mundo está contra él porque dice lo que nadie se anima a decir.


Sus declaraciones venenosas y sus propuestas radicales de mano dura –una de sus banderas es la liberalización de las armas: “Si alguien dice que quiero darle carta blanca a la Policía Militar, para matar, yo respondo: sí, quiero”, dijo en diciembre pasado– encuentran eco en un país con índices altísimos de violencia. Ha logrado convencer de que representa lo nuevo al venderse como el “único político que no se corrompió”, a pesar de que su trayectoria parlamentaria es poco impresionante: durante sus 28 años en el Congreso, el diputado del Partido Social Liberal (Psl) sólo ha logrado hacer aprobar dos proyectos de ley que presentó. Bolsonaro cosecha apoyos en una sociedad indignada con la corrupción.


Asume su ignorancia –y se distancia así de su principal rival, Fernando Haddad, el sabelotodo de la elite académica paulista, encorsetado en la defensa del legado petista, que no ejerce la autocrítica ni asume ninguna equivocación– prometiendo “rodearse de los mejores en cada área” y “buscarle la vuelta” a los problemas del país.


Estos son algunos de los elementos que hacen que Bolsonaro convoque apoyos muy lejanos de lo que debería ser el nicho de una candidatura de extrema derecha que defiende la oligarquía blanca más rancia, que es capaz de partir al medio una placa conmemorativa de Marielle Franco en la calle y posar para una foto riendo descaradamente.


Bolsonaro ha superado ese nicho, y el riesgo de su victoria ya se ha vuelto demasiado real. Con Lula preso, el diálogo con el pobrerío quedó vacante, y en tiempos de histeria colectiva no sería la primera vez que pase a ejercerlo un fantoche con delirios fascistas que promete cuidar a los menos privilegiados, aunque en realidad los odia.


“ANTISISTEMA.


” La socióloga Esther Solano, de la Universidad de San Pablo, ha estudiado a los votantes de Bolsonaro. En su investigación, Crisis de la democracia y extremismos de derecha, explora, mediante entrevistas, los motivos para simpatizar con el ultraderechista. Solano señala que el principal es que se presenta como un “político honesto”, en contraposición a la “clase política corrupta” que gobierna el país. Eso, analiza la investigadora en su estudio, lo ha convertido en un candidato “antisistema” a ojos de sus seguidores. Además Bolsonaro consigue presentarse como un candidato con soluciones para temas muy caros a la sociedad brasileña, como la inseguridad.


“Te pueden matar en cualquier momento. Este país es horrible. Tenés una hija, sale de noche y puede ser violada. Robos, asaltos por todos lados. No se puede vivir de esta manera, siempre con miedo. Nosotros queremos soluciones”, se queja una entrevistada por Solano. Otros defienden la liberalización de las armas de fuego: “Si el Estado no nos protege, tenemos que protegernos solos. Los bandidos tienen armas y nosotros no. Es un derecho, sí queremos tener armas para defender a nuestra familia y a nuestra casa”, comenta otra entrevistada.


Otro eje central del apoyo a Bolsonaro que identifica Solano es el antipetismo –el rechazo al PT tuvo su punto más alto durante las protestas pro impeachment de 2016–, cuyo foco es la condena a la corrupción, pero también a las “políticas asistencialistas”, que generarían “parásitos del Estado”.


Solano muestra en su estudio que muchos también consideran que Bolsonaro es un líder carismático, cercano a la gente común, una imagen de la que goza Lula y que motivó a muchos de sus votantes en anteriores elecciones.


Bolsonaro suele expresar su rechazo al 50 por ciento de la población brasileña que es negra. En un acto en el Club Hebraica, de Rio de Janeiro, en abril de 2017, contó que visitó un quilombo –así se llamaban las comunidades de esclavos forajidos, y que hasta hoy son espacios de resistencia negra– y que allí las personas “no hacen nada, creo que ya no sirven ni para procrear”. Prometió que de ser electo presidente no demarcará “ni un centímetro de tierra indígena o quilombola”, porque “donde hay una tierra indígena se encuentra una riqueza debajo” que puede ser explotada. Las comunidades indígenas y quilombolas que reclaman tierras sufren en Brasil una persecución sangrienta. Según los datos de la Comisión Pastoral de la Tierra (Cpt), más de 1.800 personas fueron asesinadas en conflictos vinculados a la posesión de tierras desde el retorno de la democracia, en 1985.
La mayoría de los entrevistados por Esther Solano expresan recelos respecto del movimiento negro, del feminismo y de los movimientos Lgbt. Afirman que los integrantes de estos movimientos sí sufren discriminación, pero que “abusan de sus derechos” y que se aprovecharían de la victimización para obtener beneficios del Estado e incomodar a los que no pertenecen a esos grupos.


Un motivo para el apoyo a Bolsonaro es justamente la defensa de valores tradicionalmente conservadores. Por ejemplo, Solano entrevistó a un estudiante de 19 años que se define como gay de derecha y que cree que los homosexuales sufren discriminación, pero piensa que eso se soluciona trabajando y no reclamando: “Yo no soy víctima de nada. Eso de que los gays somos unos pobrecitos, unas víctimas, no es así. Hay que reclamar menos y trabajar más”.


REMASCULINIZACIÓN.


Joanna Burigo, coeditora del libro Tem saída? Ensaios críticos sobre o Brasil y magíster en género, medios y cultura, señaló a Brecha que Bolsonaro también representa “el fuerte rescate de una masculinidad que muchos sienten que está siendo atacada y diluida, sobre todo por los discursos feministas”, ese es un punto clave, insistió. “Eso se ve reforzado en el gesto principal de la campaña de Bolsonaro (que constantemente simula tener un arma en la mano y disparar con ella) y en fotos que se sacan sus seguidores con armas reales, en una demostración fálica.”


Es que en un país donde –según los datos del Foro Brasileño de Seguridad Pública– 164 mujeres son violadas cada día, si hay algo que parece haber logrado forjar una unidad contra Bolsonaro es su machismo indiferente y sus repetidos ataques hacia las mujeres.


En 2016 el diputado del Psl dedicó su voto a favor del impeach¬ment de la entonces presidenta Dilma Rousseff al coronel Carlos Brilhante Ustra, uno de los más feroces torturadores de la dictadura militar, verdugo de Dilma y al que Bolsonaro califica de “héroe nacional”. En 2014, en el pleno de la Cámara de Diputados, le dijo a la diputada petista y ex ministra de Derechos Humanos María do Rosário que no la violaba “porque no valía la pena”. Un hábito del candidato ultraderechista es denigrar a mujeres periodistas que lo entrevistan, incluso en vivo y en directo. Las ha llamado “vagabundas”. También ha afirmado que no necesariamente le pagaría el mismo salario a una mujer que a un hombre.
Sobre la población Lgbt, Bolsonaro no esconde nada. Ya dijo que “a nadie le gustan, sólo los soportamos”.


MUJERES DE TODOS LOS COLORES.


El rechazo a la candidatura de Bolsonaro recorre todo el espectro político. En las movilizaciones del sábado participaron mujeres tanto de izquierda como de derecha.
“Estoy aquí porque no quiero un fascista gobernando mi país. Sería un retroceso sin retorno. Luchar para que no ocurra esa tragedia es una cuestión de ciudadanía básica. Bolsonaro va contra todo lo que hemos construido en este tiempo de democracia”, comentó a Brecha Eloísa, durante el acto en la explanada de Largo da Batata, en San Pablo. Simpatizante de Geraldo Alckmin –representante de la derecha liberal y candidato del Partido de la Social Democracia Brasileña (Psdb)– y lesbiana, afirmó que votar por Bolsonaro significaría ir contra sí misma: “Cómo voy a votar por un candidato misógino, homofóbico y racista, que además no tiene propuestas. Votarlo es darle un cheque en blanco. Quien respeta los derechos humanos, quien quiere igualdad y pluralismo no puede permitir que una persona así sea electa. Entre el oscurantismo y la libertad, no hay dudas, elijo la libertad”, sentenció.


Para Jessy Dayane, vicepresidenta de la Unión Nacional de los Estudiantes (Une), que también estuvo presente en la marcha en San Pablo, Bolsonaro representa “un atraso civilizatorio” que “enfrenta a todo el pueblo brasileño”. Esta militante, que votará a Fernando Haddad, consideró que uno de los motivos para rechazarlo es que a lo largo de su trayectoria política el presidenciable representó siempre intereses que “benefician a los ricos” y perjudican a la clase trabajadora: “Cree que los trabajadores tienen que tener menos derechos, para así generar más empleos; o sea, opone el trabajo a los derechos. Y nosotras queremos justamente lo contrario: un Brasil con trabajo digno y derechos para todos”, comentó a Brecha. “Mujeres de diferentes identidades y corrientes ideológicas se unieron contra él justamente porque el fascismo, el machismo, el racismo y la ‘lgbtfobia’ son atrasos civilizatorios que nadie que defienda un mínimo básico de democracia puede defender. Y especialmente las mujeres, que sabemos que su victoria sería un riesgo para nuestras vidas”, concluyó.


En otro rincón de la multitud se encontraba Melina, una argentina que vive en Brasil desde hace siete años y que hace campaña por el candidato Ciro Gomes, un progresista de perfil nacional-desarrollista. “Yo nunca fui activista, ni me involucré mucho en política. Pero hoy soy madre de un niño de 2 años y me di cuenta de la importancia que tiene la mujer en la toma de decisiones políticas”, comentó. “Cuando escuchás hablar a Bolsonaro te das cuenta de que no piensa en invertir en las personas, lo que quiere es resolver los problemas sociales eliminando a las personas, al diferente, y lo hace a través de un discurso tosco de violencia y segregación. Yo no quiero eso para mi hijo”, comentó a Brecha, y describió el fenómeno de apoyo a Bolsonaro como una “marea de odio”. “El problema es que fue subestimado, pero es un fenómeno creciente –afirmó–, por eso estamos acá, precisamos combatirlo en las calles.”

LECTURAS DE LA MARCHA.


Para Burigo, el hecho de pasar de un grupo de Facebook a una movilización nacional en tan poco tiempo marcó un punto de inflexión en el movimiento anti-Bolsonaro. “Poner el cuerpo en las manifestaciones, que fue lo que ocurrió el sábado en todo el país, cambió radicalmente el tono de la protesta, porque es en nuestros cuerpos donde sentimos los efectos de la violencia, y son nuestros cuerpos los que estamos colocando en las trincheras de la lucha contra un futuro sombrío para segmentos de la población ya tan marginalizados en este país”, comentó.


Burigo apuntó, además, que “ningún otro grupo consiguió movilizar a tanta gente en las calles contra esa candidatura abiertamente antidemocrática, y en ese mismo impulso construir el mayor evento político organizado por mujeres en la historia de Brasil”. Pero esta analista señaló que las manifestaciones multitudinarias del sábado no surgieron de la nada y que no deben comprenderse solamente como un gesto de las mujeres para “salvar a la patria”, sino como “una continuación de la politización de las mujeres brasileñas y de nuestra participación en el debate público”.


Según Esther Solano, las mujeres tendrán un papel clave en las elecciones de este mes de octubre. “Por primera vez en la historia el voto de género está tan distante entre unos candidatos y otros. El público femenino representa la mayor parte del voto indeciso. Ese voto tiene la capacidad de tener un gran impacto en la elección, sobre todo en una segunda vuelta, que todo indica será muy ajustada”, comentó a Brecha. Sobre todo teniendo en cuenta que, según la última encuesta publicada (Datafolha, 2 de octubre), es en este público entre el cual Bolsonaro encuentra mayor rechazo. El 49 por ciento de las mujeres de ninguna manera votaría por él.


“Al partir de variables como ‘izquierda’ versus ‘derecha’, ‘militantes de partidos’ versus ‘despolitizados’, ‘elite’ versus ‘pobres’, ‘antipetismo’ versus ‘petismo’, los analistas tradicionales no consiguen explicar cómo lo femenino atraviesa esas distinciones y las torna más complejas”, comentó en Facebook Camila Maia, activista de derechos humanos y co-coordinadora del programa de política exterior del candidato presidencial Guilherme Boulos, del izquierdista Partido Socialismo y Libertad (Psol). “Para las mujeres, Bolsonaro no es sólo un candidato. Es una fuerza concreta que afecta sus relaciones en la sociedad, sus relaciones personales y familiares, especialmente con los hombres, su libertad y su existencia”, subrayó.


La candidatura de Bolsonaro ha evidenciado un abismo cultural en cuanto a los derechos de las mujeres. Una muestra de esa polarización, que incluso ha logrado dividir a las mujeres entre sí, fueron los comentarios de la profesora universitaria Janaina Pascoal, famosa por ser una de las autoras del pedido de impeachment de Dilma y hacer discursos encendidos Biblia en mano. “Las mujeres que votan a Bolsonaro saben que si el PT vuelve, seguiremos más rápidamente hacia una venezuelización. No tiene sentido quedarnos paradas en causas femeninas o feministas”, declaró al sitio Huffington Post.


El día después de las movilizaciones de mujeres contra Bolsonaro, los seguidores del ultraderechista realizaron su propia marcha. En la Avenida Paulista, de San Pablo, Eduardo Bolsonaro, diputado e hijo del candidato presidencial, reforzó el discurso de su padre. Entre otras cosas dijo: “Las mujeres de derecha son más lindas que las de izquierda” porque “no muestran los pechos ni defecan en las calles”.


La candidatura de Bolsonaro, concluyó Burigo, “es un triste síntoma cultural de la nación”.

 

Por Marcelo Aguilar
5 octubre, 2018

 

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El capitalismo universitario, el papa Francisco y el ciclo reaccionario

Vivimos un tiempo en el que las mayores anomalías ocurren bajo el manto de la más rutinaria normalidad y en el cumplimiento escrupuloso de todos los reglamentos vigentes. Son afloramientos de una cultura política y burocrática que se caracteriza por la manipulación de las reglas en la convicción de que quien es víctima de ella no tiene condiciones para identificarla o reaccionar contra ella. Constituyen la falacia de la democracia: cuando se desconoce la ética democrática, lo excepcional deja de serlo por la simple frecuencia con la que ocurre. Los verdaderos designios que lo promueven son ocultados por el barniz burocrático. Entre los ejemplos más recientes podríamos mencionar el proceso de impeachment contra la presidenta Dilma Rousseff y la manera injusta en la que se condenó y encarceló al expresidente Lula da Silva.

El pasado 29 de agosto, la comunidad de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo (PUC-SP) fue sorprendida por un documento del Consejo Superior de la Fundación São Paulo (Fundasp), órgano mantenedor de la universidad, dirigido por el cardenal Odilo Pedro Scherer. En apariencia, una normalidad impecable: la Fundación tiene legitimidad para enviar el documento, estaba prevista la revisión de los estatutos actualmente vigentes, la comunidad tiene sesenta días para responder y proponer cambios, puesto que la Fundación decidirá. Sucede que las medidas propuestas implican la destrucción de la PUC-SP tal como la conocemos y el periodo de discusión coincide (y no por casualidad) con el actual periodo electoral, en el que muchos de los miembros de la comunidad PUC-SP están comprensiblemente preocupados por el futuro de la democracia en el país y ciertamente más concentrados en esa lucha que en cualquier otra. Entre las medidas "propuestas": acabar con la elección del rector y de los coordinadores departamentales, el poder académico pasa a la Fundación, de quien el nuevo rector pasará a ser un... vicerrector, y el propio control del conocimiento producido y publicado por la editorial también pasa a la Fundación. El eufemismo de un "documento de trabajo" para lanzar una bomba atómica emerge aquí como una cruel manifestación más de la falacia de la democracia.


No abordo los detalles de algunas de las propuestas y admito que se necesitan algunas revisiones, siempre que se lleven a cabo con la participación plena y de buena fe de la comunidad de la PUC-SP y con el objetivo de preservar y profundizar la identidad de una institución cuyo trabajo académico e intervención social nos acostumbramos a respetar y admirar. Pienso sobre todo que la investigación tiene que ganar un nuevo impulso y que la situación de los docentes y funcionarios que dedicaron toda su vida a la institución debe protegerse plenamente. Me gustaría resaltar aquí (y, si es posible, denunciar) los designios más profundos a los que obedece esta iniciativa de la Fundación San Pablo decidida en este momento, un momento que es cualquier cosa menos inocente. El primer designio puede llamarse capitalismo universitario. Se trata de un movimiento global de política universitaria que ha sido promovido por el Banco Mundial, la OCDE y otras instituciones multilaterales para transformar las universidades en empresas que producen mercancías con alto potencial mercantil: conocimiento con valor de mercado (especialmente el que genera patentes) y diplomas que dan acceso a salarios de nivel medio o superior. Para ello, la gestión debe seguir la lógica empresarial: los profesores y empleados son colaboradores proletarizados y los estudiantes, clientes solventes; la responsabilidad social de la universidad reside en su consonancia con las exigencias del mercado; las áreas no rentables de la universidad deben deshabilitarse progresivamente; la precariedad de las relaciones laborales es la más adecuada para responder a las exigencias siempre cambiantes de los mercados; los productos universitarios deben someterse a unidades universales de medida que en el futuro permitan la libre comercialización global de los cursos universitarios (de ahí, los rankings y las publicaciones evaluadas según factores de impacto). En este contexto, el tradicional gobierno universitario democrático, además de ineficiente, constituye un obstáculo a la imposición de las exigencias del mercado.


El designio del capitalismo universitario está siendo promovido hoy a nivel global en las universidades privadas y en las mismas universidades públicas. Estas últimas están sujetas a la asfixia financiera con el objetivo de forzarlas a producir recetas propias que, a su vez, las obligan a actuar como si fuesen empresas privadas. Es un movimiento poderoso, pero ha encontrado resistencias fuertes, tanto en las universidades públicas como en las universidades privadas más antiguas, creadas sin la lógica de la universidad-negocio, como es el caso de las universidades pontificias. La PUC-SP es, en este momento, el laboratorio para la aplicación plena del capitalismo universitario en las universidades que todavía no son universidades-negocio. Para el efecto está contribuyendo también el hecho de que la PUC-SP es hoy (como lo fue en tiempos de la dictadura) un bastión de lucha contra el vértigo autoritario y antidemocrático que asola el país en la actualidad con la bendición del Cardenal ultraconservador que preside la Fundación São Paulo. De ahí que para esta Fundación ya no basta ser mantenedora de la PUC-SP. Es necesario ser dueña.


Pero la acción de la Fundación obedece a otro designio. Consiste en la conspiración del ala conservadora de la Curia Romana contra el papa Francisco a fin de forzarlo a su renuncia. La conspiración está en curso y los católicos brasileños deben saber que el cardenal Odilio Scherer forma parte de la misma. La Iglesia Católica osciló siempre entre la burocracia o el evangelio, entre estar del lado de los opresores o del lado de los oprimidos, entre escandalizar por la ostentación o por la penuria. En general, reservó el papado y el obispado para la burocracia, la bendición de los opresores y el escándalo de la ostentación, dejando para el bajo clero y los laicos el evangelio, la defensa de los oprimidos y el escándalo de la penuria. Siempre que se intentó transgredir esta “división del trabajo” hubo turbulencia y los Concilios no siempre fueron eficaces para neutralizarla. Con todas sus ambigüedades y fragilidades humanas, el papa Francisco ha estado dando la mano al evangelio. Las ambigüedades y fragilidades tienen que ver sobre todo con el modo en que ha tratado el tema del abuso sexual de niños y jóvenes por parte de curas y obispos. El papa Francisco ha sido vacilante en este campo, incluso cuando hizo más para denunciar tales situaciones que todos sus antecesores más recientes, en especial aquel a quienes los conservadores perdonaron todo en vista de los inestimables servicios que les prestó con su descontrolado proselitismo anticomunista: el papa Juan Pablo II. Pero no es por tal fragilidad que el papa Francisco se convirtió en un blanco a derribar. En el actual contexto, dar la mano al evangelio no es solo un acto con valor eclesial progresista. En una sociedad extremadamente desigual e injusta, dar la mano al evangelio significa no únicamente destacar la elasticidad y la prudencia aquiniana de la teología moral ante situaciones de divorcio y homosexualidad, sino también enfrentar a los poderes políticos conservadores que fomentan la desigualdad y la injusticia y se alimentan de ellas, rebelarse contra la política migratoria de Europa y de Estados Unidos, denunciar la avaricia y la miopía que agravan de manera irresponsable los cambios climáticos, declarar como anticristiana la decisión de construir muros para impedir la entrada de los condenados de la tierra, denunciar la inmoralidad general del capitalismo global que salva bancos pero no familias.


Por eso, el poder ultraconservador laico y el poder ultraconservador religioso están hoy más unidos que nunca contra el papa Francisco. Así se explica, por ejemplo, que el exconsejero de Donald Trump, Steve Bannon, al mismo tiempo que funda en Bruselas la organización “Movement” para promover la extrema derecha en Europa, esté preparando el plan de estudios del colegio religioso Instituto Dignitatis Humanae, en los alrededores de Roma, para “entrenar líderes y activistas políticos católicos conservadores”. No me queda ninguna duda de que el cardenal Odilio Scherer quiere transformar la PUC-SP en un campo de adiestramiento. No lo hará solamente si los ciudadanos y las ciudadanas progresistas, católicos o no católicos, de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo y de Brasil, se le oponen democráticamente. Sabiendo que, con eso, estarán también defendiendo el magisterio evangélico del sitiado papa Francisco.

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

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Cientos de miles de brasileñas plantan cara en la calle a Bolsonaro

Docenas de manifestaciones multitudinarias organizadas por mujeres escenifican este sábado el rechazo al candidato a la presidencia

El líder de las encuestas por la presidencia de Brasil, el ultraderechista Jair Bolsonaro, ha comprobado este sábado hasta dónde llega el rechazo que suscita en buena parte de la población. Sus muchos críticos, un 46% del electorado según las estadísticas, quienes repudian su discurso autoritario, su apego por la dictadura militar, su racismo y su homofobia, pero sobre todo su macismo, han acudido a lo largo del día a la treintena de manifestaciones que había convocadas en su contra por todo país. Todas organizadas por el colectivo civil al que Bolsonaro más ha despreciado en sus décadas de vida pública, las mujeres; y todas unidas bajo la proclama más repetida en los últimos días en la mayor potencia latinoamericana: #EleNão (#ÉlNo).


"Tengo miedo de las multitudes y esta mañana cuando me he despertado, he debatido mucho conmigo misma sobre si debía venir o no. Pero mira, aparte de mi voto, este acto va a ser el gesto más importante que puedo hacer en estas elecciones", cuenta Betty, una mujer blanca de 69 años y ojos grises tras unas enormes gafas de sol. A una distancia prudente, unos 20 metros, comienza la multitud de mujeres con pancartas, proclamas y batucadas. "No quiero retroceso, quiero un país mejor. Un país en el que Jair Bolsonaro no dé estos resultados en las encuestas".


Estamos en el Largo da Batata, una de las principales plazas de São Paulo y aquí hay docenas de miles de mujeres essgrimiendo argumentos como los de Betty. Estefani, de 15 años, por ejemplo, no puede votar y se manifiesta así contra Bolsonaro. O Tatiana, una historiadora en paro que ha venido desde Santo André, una ciudad vecina. O Flavia, de 37, que quiere que sus dos hijos, una de 9 y otro de 8, vean lo que le pasa a la gente como que va por ahí proclamando el odio. O las cientos de miles que se han hecho a las calles no solo aquí sino en una treintena de ciudades por todo Brasil, y una docena de países extranjeros. Todas participan en lo que supone la culminación del movimiento #EleNão, es decir, el mayor fenómeno político de esta fase final de las elecciones brasileñas.


En pocas semanas, lo que empezó como un modesto grupo de Facebook para mujeres ha logrado nombrar, galvanizar y catapultar un sentimiento, el rechazo a Bolsonaro, que hasta entonces estaba disperso. Sin líderes ni jerarquías, sino por células y de forma espontánea, docenas de minorías raciales, sexuales, religiosas y políticas se han ido valiendo de la infraestructura creada en redes sociales por la página Mulheres Unidas contra Bolsonaro. Si se ha podido es porque esa infraestructura no era pequeña: en cuestión de una semana, la página tenía un millón de miembros. Ahora son tres. Y, a ocho días de la votación de la primera vuelta, todos están llamados a salir a la calle para frenar a un candidato presidencial populista, militarista y también imparable.


Nunca se pensó que la página llegaría a convertirse en un arma política de semejante envergadura. Al menos nunca lo pensó su creadora, una publicista autónoma del Estado de Bahía, Ludimilla Teixeira, de 36 años. “Vi que había un clima de indignación individual contra este personaje, y su discurso de odio. Es un peligro lo cerca que está de ser presidente, para la población, pero sobre todo para mí como mujer. Un día estaba hablando por Facebook con una amiga sobre cómo toda esta indignación debería movilizarse, porque las ideas en las redes pueden ser de alcance muy limitado si se usan de forma individual. Y pensamos: ‘Vamos a abrir un grupo y convocar una manifestación’. Era 29 de agosto por la noche. Mi amiga, que es más reflexiva que yo, dijo que lo pensásemos. A las 6.30 de la mañana del 30 de agosto yo estaba creando el grupo. En 48 horas teníamos 6.000 miembros. Me conmoví y sentí esperanza”.


Un fenómeno nunca visto


Otros colectivos más tradicionales, como intelectuales o sindicatos, publicaron también sus manifiestos contra Bolsonaro. Pero ninguno tuvo el recorrido que han tenido las mujeres y su #EleNão. En parte, sin duda, porque ellas han sido el blanco de las peores barbaridades que el ultraderechista ha soltado a lo largo de 30 años de vida política. La única vez que ha sido multado por insultar a alguien fue por decirle, en 2003, a una diputada: “Yo a ti no te violo porque no te lo mereces”. También describió así a su familia: “Tengo cinco hijos. Cuatro varones y en la última ya tuve un momento de debilidad y salió niña”.


“Él encarna al patriarcado. ¿Has visto cómo se refiere a su propia hija? ‘Fue una debilidad”, se lamenta desde Bahía Maíra Motta, profesora de Filosofía de 40 años y una de las primeras moderadoras que tuvo el grupo antes de que su crecimiento se disparase. “Nosotras no somos debilidades, eso es lo que le estamos respondiendo ahora. Mira cuántas mujeres, cuántas débiles, nos estamos uniendo y mostrando que él es la imagen del fascismo en Brasil. Cuando vieron el grupo quisieron estar en él, ser escuchadas, tener voz. No podemos quedar a merced de un tío así".

Independientemente de que #EleNão logre afectar a las elecciones, el hecho de que haya logrado unir a las brasileñas ya se puede considerar de por sí un primer paso histórico, da igual hacia dónde. En este país, donde ellas conforman la mayoría del electorado, un 52,3%, y por tanto tienen una influencia incomparable en unos comicios, han sido hasta ahora ignoradas por buena parte de los políticos tradicionales, apoyados en el viejo dicho de que “la esposa vota lo que el marido”.


Las violaciones y los asesinatos por violencia doméstica no han parado de subir en los últimos años (60.018 y 1.133 respectivamente en 2017) y en el Congreso brasileño solo el 10% son mujeres. En el ranking de la Unión Interparlamentaria de naciones con presencia femenina en política, Brasil ocupa el puesto 154 de 193, solo por encima de países árabes y las islas polinesias.


Este fenómeno al menos indica que no tiene por qué ser así siempre. De vuelta a la plaza, que a las cinco de la tarde, hora brasileña, está a rebosar de mujeres. "La cuestión no es lo que me pase a mí, porque mírame, no soy gay, ni negra, ni pobre. Yo paso lo que pase voy a estar bien", explica Katrina, emprendedora de 44 años. "Pero tenemos que unirnos contra él, contra el monstruo que va a permitir la violencia entre nosotras".


Es la sensación que Maira Motta esperaba que sintiesen más mujeres cuando el fenómeno echó a andar. “Al ver que a nuestra página acudían millones de personas, le dije a Ludimilla: ‘Negra, esto va a ser una bomba'. Imagínate, la unión de las mujeres de este pobre Brasil. Nunca lo imaginé”.

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El juez Brett Kavanaugh se victimizó e imputó al "clan de los Clinton" de montar una campaña de desprestigio.F

Parafraseando a Clausewitz, la pornocracia de Estados Umidos es la continuación de la política por medios sicalípticos.La guerra civil en EU se manifiesta ahora en salvajes escándalos sexuales donde salen afectados sus dos partidos, Demócrata y Republicano: desde Harvey Weinstein (https://bit.ly/2xKv8va), pasando por la vida disoluta de Trump, hasta las acusaciones de acoso sexual contra el juez Brett Kavanaugh de hace 36 años cuando era estudiante a sus 16 años de edad.

Más que la dúctil confirmación del juez ultraconservador Neil Gorsuch, nominado por Trump, llama la atención la ferocidad del Partido Demócrata que usa todos los inmundos medios a su alcance para torpedear la llegada del juez Brett Kavanaugh a la Suprema Corte.

El "clan de los Clinton", que cuenta con enorme influencia con los demócratas del Senado, se cobra una venganza de 20 años atrás con el ya mancillado juez Kavanaugh .

El sulfuroso escándalo sexual de Bill Clinton del hediondo vestido azul de la becaria Mónica Lewinsky, que estuvo a punto de defenestrarlo, tuvo como uno de los principales actores judiciales, tras bambalinas, nada menos que a Brett Kavanaugh quien redactó la acusación del fiscal especial Kenneth Starr.

NYT arguye que "al haber aceptado el retardo de la nominación del juez Kavanaugh en el corto plazo, el presidente Trump y los republicanos del Senado operan dos apuestas en el largo plazo" (https://nyti.ms/2NQYkuF): asegurar una mayoría conservadora en la Suprema Corte y tener mejores oportunidades para conservar el control del Senado el 6 de noviembre.

Los estrategas republicanos dan por descontado que la confirmación del juez Kavanaugh provocará una reacción del voto "femenino e independiente" en las competidas elecciones de la Cámara de Representantes donde, al corte de caja de hoy, lleva ventaja el Partido Demócrata en las encuestas.

El juez Brett Kavanaugh se victimizó e imputó al "clan de los Clinton" de montar, 36 años más tarde, una campaña de desprestigio y linchamiento.

Los estrategas del Partido Republicano arremeten contra la "izquierda radical" del Partido Demócrata y su "caterva (sic) liberal en colusión con los multimedia".

La actriz pornográfica Stormy Daniels ofrece su versión erótica de su affaire en su explosivo libro Plena Revelación” (https://amzn.to/2xISVvq) donde humilla la virilidad del presidente Trump.

Más allá de su descripción urológica del presidente, Stormy Daniels alega el carácter pueril y la inseguridad de Trump.

El implacable abogado italo-estadunidense Michael Aventtis –nada casualmente del Partido Demócrata del que pudiera ser candidato a la presidencia en 2020– agita paroxísticamente los alegatos sexuales contra Trump y Brett Kavanaugh.

Quizá lo más relevante sea que Trump le confesó a Stormy Daniels que no quería ser presidente, lo cual es más que dudoso cuando hoy busca como fiera herida su relección.

The Washington Post analiza cómo #MeToo –movimiento "viralizado" en las redes sociales por el acoso sexual del cineasta israelí-estadunidense Harvey Weinstein, gran aliado de los Clinton– "ha transformado la estructura de poder en la capital de EU" (https://wapo.st/2xO5Vjw).

La comediante Chelsea Handler fustiga que “la violación sexual es correcta para todos (sic) los blancos (sic) del Partido Republicano con el fin de tener sometidas a las minorías y a las mujeres (https://bit.ly/2y3LRcm)”, mientras que la jerarquía del Partido Republicano desecha el "circo" que han montado los demócratas, comparable a la "era de McCarthy" (https://bit.ly/2R5amOZ).

En vísperas del 6 de noviembre se ha desatado una guerra civil de los sexos: las mujeres volcadas con el Partido Demócrata y los "machos blancos" con el Partido Republicano –sin contar la condena sexual del actor afroestadunidense Bill Cosby con 60 denuncias de mujeres a cuestas (https://usat.ly/2FoRaV8), escamoteadas por los demócratas.

La degradación de la pornocracia de EU derrapa en una dicotomía atroz: el Partido Demócrata pintado como andrófobo y el Partido Republicano como misógino.

Lo peor sería creer que los acusadores de hoy, acusados ayer, son menos pecaminosos 20 años después.

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Haddad camina con paso seguro hacia la elección

Las encuestas indican que los electores comienzan a vincular al flamante postulante petista Fernando Haddad con su mentor, Lula. Y esbozan una polarización entre el ex alcalde de San Pablo y Jair Bolsonaro, de extrema derecha.


Con Lula en el pecho. Dos encuestas publicadas ayer indicaron que Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores (PT), camina con paso seguro hacia el balotaje del 28 de octubre frente al capitán retirado del Ejército Jair Bolsonaro. Un sondeo de la agencia FSB contratado por el Banco BTG Pactual reveló que en una semana el ahijado de Lula creció un cien por ciento: saltó de 8 a 16 puntos de intenciones de voto contra 33 de Bolsonaro.
Otra medición realizada por la agencia MDA a pedido de la Confederación Nacional del Transporte le dio 28,2 puntos al ex militar contra 17,6 del petista.
Haddad fue proclamado como candidato el 11 de setiembre cuando Lula lo escogió como su heredero al anunciar que desistía de participar en los comicios. Ese día, al salir de la campaña, el fundador del PT tenía un 40 por ciento de votos potenciales contra el 20 de Bolsonaro.
En principio las encuestas de ayer indican que los electores comienzan a vincular al flamante postulante petista con su hacedor. Los anuncios de campaña mostraron la buena acogida que tuvo Haddad cuando se presentó, luciendo camisetas con el nombre de Lula, en la favela Rocinha de Río de Janeiro y recorriendo el centro de San Pablo.
En estos dos sondeos Haddad comenzó a distanciarse del centroizquierdista Ciro Gomes que hace una semana ocupaba el segundo lugar con cierta holgura.
Los números conocidos ayer, más otra encuesta de Datafolha publicada el viernes, esbozaron una polarización entre el ex intentendente de San Pablo Haddad y Bolsonaro que permanece internado debido a las heridas sufridas hace doce días cuando un hombre lo apuñaló durante un acto proselitista.
Si este antagonismo izquierda-ultraderecha se cristaliza Haddad tendría asegurado el segundo lugar en el primer turno del 7 de octubre y con él un boleto para el ballottage del 28.
Lula y Haddad analizaron el pulso de la batalla electoral, con contornos de guerra política.
El jefe petista está “muy satisfecho con las encuestas pero dijo que no hay que dejarse llevar por las encuestas, éstas tienen su importancia pero la campaña se tiene que mover con base a nuestras propuestas sobre educación y trabajo y el respeto a la democracia”, dijo Haddad. Así lo planteó ante un grupo de periodistas apostados frente a la Superitendencia de la Policía Federal curitibana, donde Lula está arrestado desde el 7 de abril.
En la reunión también se trató el proceso que condujo el afamado Sergio Moro, denunciado por abusos antes el Consejo de Derechos Humanos de la ONU.
“Le dije a Lula que probablemente la ONU va a juzgar el mérito de su proceso en el primer semestre del año que viene, él me reiteró que no cambia la dignidad por la libertad, él tiene la convicción de que las cortes superiores de Brasil y los foros internacionales van a probar su inocencia”.
En otra entrevista concedida ayer por la mañana, antes de embarcar a Curitiba, Haddad habló sobre la posibilidad de firmar un indulto al ex presidente si llega al Palacio del Planalto en enero del año que viene. Evitó ser categórico sobre el tema y dijo esperar que el Supremo Tribunal Federal tome cartas en el asunto.
Fue más claro en su cuestionamiento a la “concentración” de la propiedad de los medios, materializada en el grupo Globo, opuesto encarnizadamente a cualquier tipo de regulación. Habló también del boicot de los diarios grandes a la instalación de portales de medios extranjeros en portugués.
“¿Quién le teme a la diversidad?, nosotros los del PT no le tememos”, aseguró.
Esa posición neta contra el oligopolio mediático más poderoso de América del Sur no había sido expresada en las campañas presidenciales de Lula, en 2002 y 2006, ni en las de Dilma Rousseff en 2010 y 2014.
Lula, Haddad y el PT están convencidos de que el golpe que derrocó a Dilma Rousseff hace dos años hubiera sido imposible sin el aval de la empresa de la dinastía Marinho. Y que ese mismo conglomerado hará todo lo que esté a su alcance para que el partido no retorne al poder en 2019. En otras palabras: Globo se aliará a Bolsonaro para boicotear a Fernando Haddad.

 

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Brasil. Una votación a la sombra de la tutela militar

La campaña electoral en Brasil, después de dos partidas en falso, puede darse finalmente por lanzada con la inscripción de la fórmula que comparten Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores (PT), y Manuela D’Avila, del Partido Comunista de Brasil (PCdoB). En su primera partida en falso, la elección tenía a Lula Da Silva como el hombre a batir, pero la aspiración utópica de que fuera habilitado como candidato fue liquidada por el Tribunal Superior Electoral el 31 de agosto. El segundo arranque fallido fue con el ultraderechista Jair Bolsonaro corriendo por el carril del victimario, con su discurso permanente de incitación a la violencia: ese personaje fue transformado en víctima por un esquizofrénico que lo hirió con un cuchillo el 6 de septiembre.


La campaña, a partir de ahora, podrá tener otras sorpresas, pero es difícil que alguna cambie la naturaleza del juego. Dos certezas están en pie desde el principio de todo: la primera, que el 7 de octubre no se elige presidente, sino que se decide quiénes son los dos que permanecen en el ring para disputar efectivamente la presidencia tres semanas después; la segunda, que Bolsonaro tiene su vacante asegurada para la pelea de fondo.


Si vamos a creerle a las encuestas, dadas las trayectorias de intención de voto que se ven hasta aquí, los únicos dos candidatos que no podemos descartar de la disputa por una plaza en el ballottage son dos exministros de Lula: Haddad y Ciro Gomes. Eso nos deja con tres personajes en la obra, los tres con discursos bien nítidos. En la extrema derecha de la pantalla la propuesta de un fascismo en defensa propia: dirigir toda la furia y, de ser necesario, la violencia contra los políticos ladrones y contra las minorías y los distintos (por etnia, por opción sexual, por condición de vida) que serían la claque de aquellos. Moderadamente hacia la izquierda, dos propuestas desarrollistas que llaman a dejar atrás el marasmo creado por el Centrão (bloque transversal conservador) que usurpó el gobierno con el juicio político amañado de 2016, con dos declinaciones: o bien “el pueblo feliz de nuevo” (tal como han bautizado su alianza electoral el PT y el PCdoB), es decir, regresar al momento previo al “golpe”, cuando todo habría estado legal, o bien una renovación carismática del liderazgo para retomar un impulso de desarrollo con justicia social. Una continuidad desprejuiciada de la línea de los gobierno de Lula y Dilma o un cambio que tome nota de la purga que ha producido en el sistema político la operación Lava Jato, con todo y sus injusticias.


Dando por buenos los sondeos, Ciro, con un 12% de intención de voto y Haddad, con 9%, son candidatos que todavía no han tocado su techo o que, más bien, no han terminado de repartirse los despojos de la intención de voto a Lula que no se vayan al voto blanco, nulo o a Bolsonaro. Las cartas de cada uno ya las ha visto todo el mundo: Ciro se ha presentado explícitamente como “el más progresista después de Lula” e implícitamente como el único, además de Lula, que es más que los partidos que lo apoyan; Haddad, por el contrario, está condenado a no ser nada más (nada menos, en tanto aun un PT maltrecho puede aspirar a estar en la definición de la presidencial, como lo ha estado siempre desde 1989) que el partido, el delegado del líder preso. Sin tiempo material para hacer una campaña poniéndose en valor a sí mismo, sólo le cabe aparecer al lado de la foto de Lula para crecer por asociación. Ciro, en cambio, desafía: su masa es suficiente para que los votos graviten hacia él aunque Lula pretenda mantenerlos en su órbita.


En lo inmediato, entonces, se trata de saber quién prevalecerá. Pero hay una pregunta que suscita preocupaciones más graves: ¿cómo digerirá el Centrão que después de tantos afanes y conspiraciones, después de tirar al mar la llave del calabozo de Lula, las alternativas que podrían derrotar a Bolsonaro sean las víctimas de esa conspiración? Más preocupante aún: ¿un próximo presidente que no sea Bolsonaro, pero sin la legitimidad de haber batido el hombre a batir porque a éste los tribunales le impidieron competir, podrá volver a meter en caja el espectro de la tutela militar que se encarna en el activismo desembozado del jefe del ejército, general Eduardo Villas Bôas?


* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.


 La nueva cirugía al candidato de ultraderecha puso en crisis al partido militar de Brasil


Crece el nerviosismo en la tropa de Bolsonaro


Según trascendidos de la prensa brasileña, el candidato a vice, Hamilton Mourao, estaría interesado en dar un golpe interno, representar a Bolsonaro en los debates televisivos y hasta convertirse en el presidenciable.

La cirugía a la que fue sometido de urgencia Jair Bolsonaro puso en crisis al partido militar formado en su entorno. El capitán retirado del Ejército estuvo hasta los primeros minutos de ayer en un quirófano del Hospital Albert Einstein de San Pablo debido a complicaciones intestinales derivadas de la puñalada recibida hace una semana durante un acto de campaña. Fue la segunda intervención quirúrgica en seis días. El parte médico divulgado en la mañana de ayer indicó que el paciente evolucionaba favorablemente pero retornó a la sala de terapia intensiva y no informó sobre cuándo se le dará el alta, faltando sólo 24 días para la primera vuelta electoral.


“Sin Bolsonaro no estamos en condiciones de llevar millones de personas a las calles”, reconoció el diputado Mayor Olimpio, policía de San Pablo que integra la “Bancada de la Bala” en en el Parlamento.


Las declaraciones y el gesto del diputado reflejaban el desconcierto del primer círculo de poder bolsonarista en una campaña signada por los imponderables y la proscripción de Luiz Inácio Lula da Silva, con su 40 por ciento de intención de voto.


Con la salida de Lula, reemplazado por Fernando Haddad, Bolsonaro quedó primero en las encuestas con el 26 por ciento de apoyo y más del 40 por ciento de rechazo. Merval Pereira, comentarista en jefe del grupo Globo, sostuvo que el candidato no podrá hacer campaña ni estar en los debates hasta el 7 de octubre, y consideró difícil que pueda participar en las actividades proselitistas entre ese día y el 28 del mismo mes cuando será el ballottage.


Generales, policías y pastores entran y salen nerviosamente del centro médico ubicado en el sur de San Pablo devenido en comando de campaña del Partido Social Liberal (PSL).


Según el diario Valor Económico, hay disputas entre los diversos grupos bolsonaristas profundizadas después del ataque con arma blanca del jueves pasado. Una de las facciones la comanda el general Hamilton Mourao, candidato a vicepresidente en la fórmula del PSL. Según parece, el general estaría interesado en dar un golpe interno, representar a Bolsonaro en los debates televisivos y hasta convertirse en el candidato presidencial del PSL. Mourao es conocido por exaltar el golpe de 1964 y arengar a favor de otras sediciones políticas. En 2015 Dilma Rousseff lo separó del Comando Militar del Sur por fogonear el impeachment. La semana pasada el general respaldó la posibilidad de un golpe militar como antídoto para el clima de anarquía que se agravó en esta campaña presidencial. Un aliado político del general, Levy Fidelix, habló a las claras sobre la posibilidad de un putch dentro para voltear al candidato presidencial. Dijo Fidelix : “Bolsonaro puede quedarse 40 días en el hospital, no vamos a perder ese tiempo (...) Mourao puede ser el candidato”.


Otro grupo está formado por los hijos de Bolsonaro. Encabezado por el diputado federal Eduardo a quien secundan el diputado estadual por Río Flavio y el concejal de esa ciudad Carlos. Según trascendidos los hijos del capitán no estarían dispuestos a ceder el comando de la campaña al general Mourao.

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