"Ganar la competencia global con China": Biden propone un plan de infraestructura de 2 billones de dólares

La medida va a revertir la reforma fiscal de 2017 de Donald Trump, que redujo el impuesto de sociedades hasta el 21 %.

Joe Biden ha propuesto este miércoles un plan para destinar 2,25 billones de dólares a la renovación de la infraestructura de Estados Unidos, un paso que se da "una sola vez en una generación" y representa "la mayor inversión en los puestos de trabajo en EE.UU. desde la Segunda Guerra Mundial".

La suma necesaria para financiar el ambicioso plan se invertiría durante ocho años y procedería del aumento del impuesto de sociedades. El presidente estadounidense planea elevarlo hasta el 28 %, revirtiendo de esta manera la reforma fiscal de su antecesor Donald Trump, que redujo las tasas del impuesto de sociedades hasta el 21 % en 2017.

"Ahora mismo, una pareja de clase media —un bombero y una maestra con dos hijos— tiene un salario combinado de, digamos, 110.000 o 120.000 dólares al año, y paga 22 centavos por cada dólar adicional que gana en el impuesto federal sobre la renta. Pero una corporación multinacional que construye una planta en el extranjero —la trae a casa y luego la vende— no paga nada en absoluto", resumió Biden al explicar la situación actual en materia de impuestos.

"Vamos a subir el impuesto de sociedades. Fue del 35 %, demasiado alto. Hace cinco años todos acordamos que debería bajar al 28 %, pero lo redujeron al 21 %. Vamos a subirlo de nuevo al 28 %", señaló el presidente estadounidense, aseverando que "nadie debería quejarse sobre eso", ya que aun así "es más bajo que la tasa que había entre la Segunda Guerra Mundial y 2017". Además, la medida permitirá generar "un billón de dólares de ingresos adicionales en 15 años", agregó.

"¿Amazon pagando cero en impuestos federales?"

Biden señaló que "91 compañías de la lista Fortune 500 —las empresas más grandes del mundo, incluida Amazon— usaron varias lagunas jurídicas para no pagar ni un solo centavo de impuesto federal sobre la renta". "No las quiero castigar, pero está mal. Simplemente está mal. ¿Un bombero y una maestra pagando un 22 %? ¿Amazon y otras 90 corporaciones grandes pagando cero en impuestos federales?", preguntó.

Los fondos del plan de dos billones de dólares se destinarían para realizar mejoras en diversas áreas, desde la renovación de la infraestructura del transporte —incluyendo carreteras, puentes, redes de transporte público, vehículos eléctricos, puertos y aeropuertos— hasta la modernización de las escuelas, la red eléctrica, sistemas de aguas, desarrollo de la energía verde, acceso a banda ancha y atención a personas mayores y discapacitados.

Según Biden, el plan "creará millones de empleos, empleos bien remunerados" y "hará crecer la economía". "Nos hará más competitivos en el mundo, promoverá nuestros intereses de seguridad nacional y nos pondrá en posición de ganar la competencia global con China en los próximos años", afirmó el mandatario.

Publicado: 1 abr 2021 06:12 GMT

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Violencia y pobreza, principales razones para migrar de Centroamérica: ONU

Ginebra. De cara a la conmemoración del Día del Migrante este viernes, la Organización de Naciones Unidas (ONU) reveló ayer que una de cada cinco familias que migran desde Centroamérica lo hace debido a contextos de violencia y pobreza.

Cerca de 20 por ciento, de los más de 3 mil 100 entrevistados que se desplazaron en unidades familiares, identificaron ambas cuestiones como la razón principal de su huida, según encuesta de la Agencia de la Organización de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

El número aumenta hasta 30 por ciento en el caso de menores que viajan solos, de acuerdo con el estudio.

Los resultados de la encuesta también revelan el “alarmante! aumento de detenciones en las unidades familiares a lo largo de la frontera sur de Estados Unidos, que se disparó 456 por ciento, de casi 77 mil 800 en 2018, a más de 432 mil para 2019.

Las amenazas de muerte, el reclutamiento de pandillas, la extorsión y la violencia doméstica, entre otras formas de agresión selectiva, son los principales factores que impulsan a más familias del norte de Centroamérica a huir de sus hogares y buscar protección en otros países, asegura una investigación.

Durante la pandemia del Covid-19, las estrictas restricciones al movimiento en los territorios y el cierre de las fronteras han limitado las opciones para que las personas huyan, particularmente en El Salvador, Guatemala y Honduras, destaca el informe.

Jean Gough, directora del Unicef para América Latina y el Caribe, advirtió que es probable que el aumento de la pobreza y la violencia hagan que más familias abandonen sus hogares en las próximas semanas y meses ante la crisis sanitaria del Covid-19 y tras el impacto de los huracanes Iota y Eta en la región.

De acuerdo con la ONU, a finales de este año más de 800 mil personas de El Salvador, Guatemala y Honduras buscaron protección dentro de sus países o habían cruzado fronteras para encontrar asilo.

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El crecimiento del PIB de EE UU bate récords en el tercer trimestre

La economía estadounidense crece un 7,4% entre julio y septiembre pero las dudas sobre el curso de la pandemia empañan el optimismo

 

La economía de Estados Unidos creció a un nivel sin precedentes en el tercer trimestre, con un aumento del 7,4% del PIB ―equivalente a un ritmo anualizado del 33,1%―, según ha anunciado este jueves el Departamento de Comercio. El alza se produce después de enormes pérdidas durante el segundo trimestre, cuando el PIB colapsó tras los confinamientos masivos durante la primera ola del covid-19 y cayó un 9%, la mayor caída desde que empezaron los registros en 1947. El PIB estadounidense sigue un 3,5% por debajo del nivel precrisis. El dato de crecimiento conocido a solo cinco días de las elecciones promete arrancar distintas lecturas políticas. Ya este martes, el presidente Donald Trump había prometido en Twitter “un gran PIB”, reforzando así su imagen de candidato más capaz de gestionar la economía.

Aunque el dato concreto resulte positivo, la economía de Estados Unidos se halla sumida en el agujero negro de la pandemia, que puso fin al mayor ciclo expansivo en la historia del país y lo abocó a la recesión. Los pronósticos de los analistas se cumplieron, pues apuntaban que el dato de crecimiento superaría el 7%, más del doble que cualquier tasa de crecimiento trimestral desde la Segunda Guerra Mundial. Pero la realidad es que la economía sigue ralentizándose, mientras la crisis sanitaria arroja muchas más sombras que certezas sobre el ritmo de la recuperación, como demuestran el desplome de Wall Street este miércoles por miedo a la espiral de la pandemia y la falta de acuerdo político entre la Casa Blanca y el Congreso para sacar adelante un nuevo plan de estímulos.

Es cierto que la economía estadounidense empezó a recuperarse del cierre de la actividad derivado del confinamiento en los meses de verano, pero los expertos recuerdan que la producción seguiría estando más de un 4% por debajo del nivel de finales de 2019, que es más del mínimo registrado en el pico anterior de la Gran Recesión. Por eso avisan de que un crecimiento rápido en el tercer trimestre no implica que la economía atraviese una fase de pujanza, ya que este periodo mide el nivel de producción de julio a septiembre comparado con la media de abril a junio, y el nivel en abril y mayo estableció una base de referencia tan baja que cualquier aumento, aun mínimo, habría servido para generar un buen dato. Para recuperar el nivel de crecimiento anterior a la pandemia, el PIB debería crecer aún con más fuerza, según los expertos.

“La cifra será histórica sin duda, pero, salvo para la propaganda política, estará por completo desprovista de sentido, pues no nos dirá gran cosa sobre lo que nos espera”, abundaba este miércoles en declaraciones a la agencia France Presse el economista Joel Naroff. El récord anterior de crecimiento trimestral fue del 16,7% en el primero de 1950.

Este jueves, el Departamento de Trabajo ha publicado las cifras relativas a las solicitudes de subsidio de desempleo, que cayeron por segunda semana consecutiva a 751.000, por debajo de lo previsto por los analistas. Aunque el número de solicitantes de ayuda ha bajado del máximo de 6,8 millones registrado en marzo, se halla por encima del pico experimentado en el peor periodo de la gran recesión de 2007-2009, cuando 665.000 estadounidenses se apuntaron al paro.

Sojuzgada por el impacto de la pandemia, la economía de EEUU, que cayó en recesión en la primera mitad del año, aún necesita ventilación mecánica, especialmente si empeoran los datos de contagio y hospitalizaciones por covid-19, sin control en el Medio Oeste del país. Signos claros -por ejemplo, un parón en la venta de casas nuevas desde el verano- apuntan a una desaceleración de la actividad económica este trimestre, y el mismo curso de la enfermedad no permite descartar la posibilidad de un segundo confinamiento y de una recesión aún más profunda.

A finales de marzo, el Gobierno de EE UU logró sacar adelante un plan de rescate de 2,2 billones de dólares, el mayor plan de estímulos económicos lanzado por un país en la historia. El programa, denominado Cares (las siglas en inglés de Ayuda, Alivio y Seguridad económica ante el coronavirus), incluía una partida de 250.000 millones en cheques directos a los ciudadanos con sueldos de hasta 75.000 dólares. En abril, se añadieron otros 484.000 millones de dólares (unos 450.000 millones de euros) para ayudar a los hospitales y a las pequeñas y medianas empresas. En total, Washington ha movilizado casi tres billones de dólares en ayudas a familias y empresas, si bien las ayudas del plan Cares concluyeron en mayo, arrojando a ocho millones de estadounidenses a la pobreza, según un estudio de la Universidad de Columbia.

Por MARÍA ANTONIA SÁNCHEZ-VALLEJO

Nueva York - 29 OCT 2020 - 08:38 COT

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Dani Rodrik propone un "nuevo Estado de Bienestar"

Definiciones del economista turco en la Universidad Di Tella

Si bien es crítico de lo que llama la “hiperglobalización”, advierte que la solución no es volver a aplicar las políticas clásicas del Estado de Bienestar. 

 

“Restituir las estrategias de desarrollo a través de un mayor permiso para introducir protección cuando sea necesario, tanto para la regulación de la inversión extranjera como para el intercambio comercial”, es el camino que se debería adoptar a nivel global para evitar la ruptura del contrato social, afirmó el reconocido

Rodrik es uno de los economistas más influyentes del mundo. De origen turco, es profesor de Política Económica Internacional en la Escuela John F. Kennedy de la Universidad de Harvard y tiene una posición muy crítica sobre el rumbo que adoptó el capitalismo desde comienzos de los ´90. "No generó más consumo ni diversificación, sino crisis más frecuentes y más dolorosas. La globalización de las finanzas no implica nada bueno en término de las cosas que más importan", indicó en una charla organizada por la Universidad Torcuato Di Tella que tuvo como moderador a Eduardo Levy-Yeyati, decano de la Escuela de Gobierno de ese centro de estudios.

Si bien Rodrik es muy crítico de lo que llama la “hiperglobalización”, también advierte que la solución no es volver a aplicar las políticas clásicas del Estado de Bienestar. En cambio, plantea que el desafío es más complejo, ya que el futuro del empleo no radicaría en la manufactura sino en los servicios y considera que el Estado no debe solo asegurar educación, salud e ingresos mínimos sino también involucrarse junto al sector privado en la generación de conocimiento y empleos para evitar el "dualismo productivo", uno de los grandes problemas de economías como la Argentina.

El dualismo está dado por un nicho muy productivo que genera poco empleo y otra gran cantidad de sectores poco productivos que emplean a mucha gente.

La pandemia aceleró problemas

Para Rodrik, la crisis de la pandemia del coronavirus profundizó tendencias pre-existentes que venían poniendo en jaque la sostenibilidad de la actual organización de la economía mundial.

En primer lugar está la caída del comercio mundial, que no comenzó con el coronavirus sino hace más de diez años, después del estallido de la crisis financiera de 2008. “Esto rompe con la tendencia que comenzó a principios de los ´90, de creciente integración comercial. La retracción se explica en primer lugar por la dramática caída de las exportaciones chinas en relación a su producto bruto interno, del 35 por ciento en 2007 al 20 por ciento en la actualidad. Algo similar a lo que ocurre en la India”, explicó Rodrik.

El economista también subrayó la “creciente tensión entre los supuestos beneficios de la hiper-especialización productiva y la diversificación”. La especialización radica en que cada país del mundo ocupe un rol en la cadena de valor según su mayor ventaja comparativa (bajos salarios, tecnología o recursos naturales, por ejemplo) mientras que la diversificación supone protección comercial para que el aparato productivo nacional amplíe el rango de actividades que abarca. Sucede que el neoliberalismo extremo y sus instituciones globales como la OMC y el FMI hacen énfasis en el supuesto beneficio de la especialización y en el perjuicio de la política de protección comercial y otras medidas regulatorias. Pero está claro que el capitalismo globalizado en su organización actual genera creciente desigualdad y exclusión social, considera Rodrik.

Vinculado a lo anterior está la tendencia a la desmejora en la distribución del ingreso, que también es previa a la pandemia. “Cada vez es más evidente que es imposible compensar a los ‘perdedores’ con las ‘ganancias’ de la hiperglobalización”, dice Rodrik.

El gran problema: la falta de autonomía

El mayor problema es la falta de autonomía que tienen los países para poder aplicar políticas tendientes a mantener el contrato social y apuntar al crecimiento”, explica el economista, y advierte que esta falta de grados de libertad para la política pública es una de las grandes diferencias frente al período de Bretton Woods, que rigió entre el final de la segunda guerra mundial y la disolución de la URSS.

Para Rodrik, hay un “buen escenario” posible en la post pandemia que consiste en lo siguiente: “un mayor permiso para introducir protección cuando sea necesario, tanto como para la regulación de la inversión extranjera como para el intercambio comercial, para poder restituir las estrategias de desarrollo”. El “mal escenario” sería un endurecimiento del conflicto comercial, similar a la etapa que siguió a la crisis del ´30.

Un nuevo Estado de Bienestar

“América latina sufre un dualismo productivo, con sectores que tiene alta productividad pero no generan empleo y sectores muy atrasados que generan mucho empleo. Esto achica oportunidades para la franja de ingresos medios. El Estado de Bienestar tradicional plantea que con mayor educación y salud pública, los trabajadores pueden acceder a mejores trabajos y así elevar su condición de vida. Pero esto ya no funciona, porque no está disponible la oferta laboral de buenos trabajos. Hay que cambiar la perspectiva”, explica Rodrik.

Para el economista, el “nuevo Estado de Bienestar” debe involucrar más políticas de producción, con fuerte integración del sector privado. Indica que es una prioridad mejorar las habilidades de los trabajadores para que puedan maniobrar la tecnología pero también acomodar la tecnología a las habilidades de los trabajadores. En este sentido, elogió el camino institucional recorrido por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA).

“La mejora de la productividad no tiene que venir únicamente del crecimiento de los sectores de punta. Teniendo en cuenta el grado de atraso de gran parte de la sociedad, simplemente sacar a la gente de la informalidad en favor de empleos de productividad media ya mejoraría mucho la situación”, considera Rodrik.

El futuro del empleo

“Puede haber protección para que determinadas industrias se modernicen. Pero no creo que los empleos manufactureros vayan a volver, no creo que ese sea el futuro en la economía. Los grandes generadores de empleo serán los sectores de servicios, salud, educación y retail”, analiza el economista.

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El desempleo en Colombia se dispara hasta el 19,8% en abril

Los desempleados pasan de 2,5 millones hasta más de 4 millones en el primer mes completo de cuarentena para frenar la pandemia

 

Colombia ya siente con fuerza la dentellada económica provocada por el coronavirus. La tasa de desempleo, el tradicional talón de Aquiles de una de las economías más estables de América Latina, se disparó hasta el 19,8% en abril, el primer mes completo de la cuarentena nacional decretada por el Gobierno de Iván Duque para frenar la propagación de la covid-19. El dato divulgado este viernes por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística está en línea con las proyecciones más pesimistas y representa casi el doble con respecto a la tasa de abril de 2019.

En un mes, más de 5,3 millones personas dejaron de estar ocupadas en el país andino, la cuarta parte de los puestos de trabajo. En ese mismo periodo, los desempleados pasaron de 2,5 millones a 4,1 millones, mientras la población ocupada se ubicó en 16,5 millones de personas. Como se anticipaba, los sectores más golpeados fueron industria manufacturera, comercio, restaurantes, actividades artísticas y de entretenimiento. Si se amplía el periodo de febrero a abril, la tasa de desempleo se ubica en 14,6 %. El pasado marzo, cuando los colombianos llevaban cerca de una semana sometidos a las inéditas medidas de confinamiento, el desempleo ya había subido al 12,6%.

Colombia arrancó este año con los mejores números entre los países grandes de la región. El crecimiento de los dos primeros meses superaba el 4%, pero la incertidumbre de marzo, cuando se inició la cuarentena, bastó para frenar ese impulso y cerrar el trimestre con un crecimiento de 1,1%. Es probable que el pasado abril quede registrado como el mes de peor desempeño económico en la historia de Colombia, coinciden diversos analistas. Para este año, el Ministerio de Hacienda prevé una desaceleración en torno a -5,5%, aunque para el Fondo Monetario Internacional la caída será de -2,4%.

Después de más de dos meses del llamado “aislamiento preventivo obligatorio”, el país se apresta a pasar a una nueva fase que relaja las medidas de confinamiento a partir del lunes. El Ejecutivo ha insistido en recuperar la “vida productiva” –más no la “vida social”– mediante una reactivación económica escalonada. Desde hace varias semanas, sectores como la construcción, la manufactura y algunos comercios están autorizados a salir a las calles bajo ciertos protocolos, y a partir de junio las numerosas excepciones también cobijan las "actividades profesionales, técnicas y de servicios en general”, el comercio al por mayor y al por menor, incluido el funcionamiento de centros comerciales, así como los museos, bibliotecas y peluquerías, entre muchas otras.

Aunque exhibe con orgullo una de las economías más estables de América Latina, que solo ha acabado un año en negativo en más de medio siglo, Colombia también ha mantenido una tasa de desempleo “inaceptablemente alta”, como reconocía en noviembre el ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla. El año pasado volvió a ubicarse por encima de los dos dígitos (10,5%) y el coronavirus amenaza con llevarla por encima del 20 % en 2020.

La preocupación también se asienta en el frente de la larga lucha contra la pobreza y la desigualdad. Para 2018, Colombia había reducido el porcentaje de su población por debajo de la línea de pobreza hasta el 27 %. Un reciente estudio de la Universidad de Los Andes advierte que la pandemia puede representar un retroceso de dos décadas, hasta los tiempos en que cerca de la mitad de la población se ubicaba por debajo de ese umbral.

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Lunes, 18 Mayo 2020 06:24

Delinear lo posible

Delinear lo posible

A lo largo de la pandemia se ha conformado una serie abundante de posibles escenarios sociales que surgirían como consecuencia de este virus. Se plantean desde distintas perspectivas políticas e ideológicas; apuntan a diversas formas de reconfiguración, ya sea del ejercicio del poder, de los modos de control social, de las relaciones personales, etcétera.

Se dice que nada será como antes y no podría serlo. Nadie lo sabe y menos aun se puede delinear si eventualmente ese nuevo entorno será mejor o no. En muchos casos, en la nueva prédica, se puede reconocer lo que se pensaba de antemano, cuando no había irrumpido el virus. Como si la pandemia reivindicara esas presunciones.

La noción del futuro que podemos tener está cargada de concepciones del pasado, sin admitir que existen discontinuidades. Hay ideas que ya han caducado. No hay vaticinios que sean valederos; el de profeta es un oficio delicado, práctica que no debe abusar so pena de ser irrelevante. La configuración de lo venidero se está gestando a diario en las decisiones que se toman en las arenas pública y privada.

Tal vez distopías, como las planteadas por Orwell y Huxley, entre otros, sean una forma adecuada de aproximarse a esta situación. Después de todo no han fallado por mucho en las visiones que ofrecieron. En todo se advierten los residuos de ideas ya concebidas antes y durante la globalización.

Se celebra el resurgimiento del populismo, que utiliza la pandemia para reforzarse, junto con un resucitado nacionalismo radicalizado, que a veces se parece más a un provincialismo sin horizontes. Ambos se cultivan con crecientes ánimos, en una suerte de variaciones sobre un mismo tema, como si hubiera amnesia histórica.

Se proclama, en ocasiones, que el autoritarismo lleva una ventaja y así se embiste en contra de la democracia, valor cultural, ciertamente imperfecto, que no debería ponerse en riesgo.

Se han restringido las libertades individuales en aras de combatir el virus. En muchos casos se ha impuesto la coerción de tipo policiaco. De tal manera la tentación anarquista puede ser grande, como puede verse ya en algunos países. La creciente fragilidad social, que se ha ido creando durante décadas y que se ha exacerbado de modo brutal con la pandemia, alienta el cuestionamiento de los regímenes democráticos y muchos políticos y grupos de poder lo explotan en su favor, como no podría ser de otra manera.

Pero está, asimismo, la realidad ineludible de la desigualdad, que hace imposible para muchos confinarse y cargan con consecuencias muy graves y onerosas. La pandemia no es equitativa.

En todo caso, cualquier escenario social que vaya surgiendo ahora requiere una base material para superar la afectación económica. Deben satisfacerse las necesidades de la población, que se han acumulado en semanas recientes, recrear la ocupación y generar ingresos. No sólo de pan vive el hombre, pero necesita de pan para vivir. Esto no puede quedar fuera de ningún postulado político, no puede faltar en un plan económico de reactivación ni puede omitirse de ninguna premisa de índole moral.

Se sabe que las fuerzas del mercado no consiguen crear ajustes que generen equilibrios en la producción y el empleo, que no logran elevar el nivel de bienestar de una parte grande de la población y que la desigualdad es un fenómeno extendido y creciente, que el sistema de los precios no asigna eficientemente los recursos. Entonces, no puede pensarse que la reactivación económica que ya se promueve, aun estando en medio de la pandemia, se conseguirá sin intervenciones decisivas de parte del gobierno y también con los recursos privados, los pequeños que se han dañado mucho y los grandes.

La pandemia ha provocado un daño económico muy severo. En este caso, ningún escenario que se formule sobre este asunto puede pretender siquiera en ninguna parte que las cosas serán como antes. Ese daño se expresa en muchas dimensiones. Las decisiones de corte general son clave para conseguir una recuperación, pero lo son aun más las de naturaleza específica para que se puedan rehacer las bases de la vida cotidiana, la salud perdida, los patrimonios maltrechos, los inventarios liquidados, recrear cierto nivel de bienestar.

El daño provocado por la pandemia ya está hecho y tiende a crecer. La ocupación informal va a aumentar, el empleo formal se contraerá fuertemente, igual que las inversiones.

No hay en ninguna parte un conjunto de medidas de política pública que consiga sobrepasar sin fricciones el impacto adverso del virus en la actividad económica, sobre todo en el ingreso de las familias; recrearlo mediante el trabajo es prioritario.

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Economía informal, la más afectada por confinamiento: OIT

Las medidas de confinamiento y de contención para hacer frente al COVID-19 amenazan con aumentar la pobreza de quienes trabajan en la economía informal a nivel mundial; las mujeres serán el grupo más afectado, advirtió la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en un nuevo informe.

 

Con base en datos del informe “La crisis por COVID-19 y la economía informal”, se estima que las medidas de distanciamiento social ya tienen un impacto significativo en 1.6 billones de trabajadoras y trabajadores informales, con mujeres sobrerrepresentadas en los sectores más afectados. Estos incluyen a quienes laboran en los servicios de hostelería y restauración, la industria manufacturera, la venta al por mayor y al por menor, y los más de 500 millones de agricultoras y agricultores que abastecen los mercados urbanos.

En 2020, más de 2 mil millones de personas trabajadoras se ganan la vida en la economía informal. Esto es 62 por ciento de todas los y los trabajadores del mundo. El empleo informal representa 90 por ciento del empleo total. Sin embargo, de acuerdo con la OIT, las mujeres están más expuestas a la informalidad en los países de ingresos medios bajos y bajos, y a menudo se encuentran en más situaciones vulnerables que sus pares masculinos. Las mujeres, además, se ven especialmente afectadas en los sectores de alto riesgo, destacó el informe.

Lo mismo pasa en las empresas informales, que representan ocho de cada diez empresas en el mundo. Esto incluye a empresas que a menudo emplean a diez o menos personas, incluidas trabajadoras familiares no remunerados, que son principalmente mujeres que trabajan en condiciones precarias, sin protección social o medidas de salud y seguridad en el lugar de trabajo. Estos negocios tienen baja productividad, baja tasas de ahorro e inversión, y capital acumulado insignificante, lo que los hace particularmente vulnerables a los choques económicos y a menudo están excluidos de los programas de asistencia financiera a corto plazo para enfrentar la crisis por COVID-19.

Muchas mujeres y hombres en la economía informal necesitan obtener un ingreso para alimentarse a sí mismos y a sus familias, ya que la mayoría de ellos no pueden confiar en el reemplazo de ingresos o ahorros. No trabajar y quedarse en casa significa perder sus trabajos y sus medios de vida, sin embargo, el distanciamiento físico es difícil de aplicar para quienes trabajan, por ejemplo, como vendedores ambulantes y de mercado, o trabajadoras a domicilio.  “‘Morir de hambre o del virus” es un dilema real que enfrentan muchas personas trabajadoras de la economía informal’”, señaló el organismo. 

Sin embargo, dado que las condiciones laborales precarias derivan en malas condiciones de vida, las y los trabajadores de la economía informal también son un grupo vulnerable incluso si se quedan en sus hogares. De acuerdo con la OIT, en las zonas urbanas, las y los trabajadores y sus familias permanecen expuestas al virus debido a las condiciones insalubres o de hacinamiento en las que viven, y que hacen que el distanciamiento físico sea casi imposible. Estas personas también enfrentan obstáculos para acceder al agua corriente en sus hogares, lo que no solo limita las posibilidades de lavarse las manos, sino que a menudo obliga a las mujeres a hacer fila para obtener agua, lo que las pone en peligro a sí mismos y a su comunidad.

Frente a esta situación la OIT señaló que las repercusiones de la pandemia de COVID-19 requieren medidas rápidas y efectivas para mejorar la seguridad de los ingresos para las y los trabajadores en la economía informal, especialmente para mujeres con niños pequeños, un grupo con mayor riesgo económico privación. Los países pueden usar diferentes mecanismos para extender el apoyo a los ingresos a los trabajadores de la economía informal.

Por ejemplo, es factible canalizar fondos a través de bancos, instituciones microfinancieras y cooperativas financieras con criterios de divulgación claramente definidos y anunciados oficialmente y con transparencia. Esto mejoraría la difícil situación de las mujeres empresarias informales en especial, dijo el organismo. 

La OIT también expresó que quienes trabajan en la economía informal deben ser sujetos centrales para todas las respuestas frente al COVID-19. Para esto, fortalecer la participación de las mujeres el diálogo entre el gobierno y la sociedad puede ser clave. 

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La pobreza golpeará a la mitad de la humanidad

Las proyecciones estadísticas más pesimistas van quedándose cortas ante la dimensión de la crisis. Desempleo, desinformación y pobreza aparecen como algunas de las piezas de un rompecabezas todavía no armado, pero con efectos directos y colaterales devastadores. La mitad de los empleos en la escala mundial se ven amenazados

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El «privilegio» del empleo

 

En el mundo, 1.600 millones de los 2.000 millones de trabajadores de la economía informal se ven afectados por las medidas de confinamiento y de contención. La mayoría trabaja en los sectores más afectados o en pequeñas unidades económicas más vulnerables a las crisis, según un informe publicado el 7 de mayo por la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Estos incluyen a los trabajadores en los servicios de hostelería y restauración, la industria manufacturera, la venta al por mayor y al por menor, y los más de 500 millones de agricultores que abastecen los mercados urbanos. Las mujeres se ven especialmente afectadas en los sectores de alto riesgo, destaca el informe.

Por otra parte, la caída constante de las horas de trabajo a nivel mundial a causa del COVID-19 significa que 1.600 millones de trabajadores de la economía informal, esto es, casi la mitad de la población activa mundial, “corre peligro inminente de ver desaparecer sus fuentes de sustento”, señalaba la OIT en su 3er documento analítico de fines de abril.

Entre su primer informe sobre el COVID-19 y el mundo del trabajo publicado el 18 de marzo pasado y las estimaciones actualizadas difundidas a fines de abril la OIT cambió su punto de referencia. Ya no se trata de comparar la actual crisis con el terremoto financiero del 2008, sino con los estragos resultantes de la Segunda Guerra Mundial.

El 81% de la fuerza de trabajo – más de 2.700 millones de trabajadoras y trabajadores- padecía desempleo total o parcial a fines de abril. Y de continuar esta tendencia, en el segundo semestre del año en curso la reducción del empleo golpeará a 305 millones de trabajadoras y trabajadores a tiempo completo, teniendo como referencia una jornada laboral de 48 horas semanales.

En el estudio actualizado de la OIT (https://www.ilo.org/global/about-the-ilo/newsroom/news/WCMS_743056/lang–es/index.htm) la alarma suena con respecto a los trabajadores de la economía informal, que representan en su totalidad, unos 2.000 millones de personas, la mayoría en países emergentes y en desarrollo de ingreso bajo y mediano.  Con el agravante que, en general, carecen de protección básica, de cobertura de seguridad social, de atención médica y, en caso de enfermedad, de sustitución de ingresos.

La crisis económica provocada por la pandemia ha dado una estocada contundente a la capacidad de ganar el sustento de casi 1.600 millones de trabajadora-es de la economía informal – el sector más vulnerable-, de un total de 2.000 millones a nivel mundial, y de una fuerza de trabajo de 3.300 millones de personas a escala planetaria. Las medidas de confinamiento y/o el hecho de que esas personas trabajan en alguno de los sectores más golpeados por la crisis, determinan esta dramática situación.

India, con 400 millones de trabajadores informales, Nigeria, Brasil, Indonesia, Pakistán y Vietnam, se encuentran entre las naciones que por concentración demográfica más sufrirán el impacto. Sin embargo, regiones enteras, como Centroamérica, o la América andina, dependen en gran medida de las actividades informales. Las que tienen, también, una fuerte incidencia en las concentraciones urbanas latinoamericanas, desde Buenos Aires hasta la Ciudad de México, pasando por Bogotá, Caracas, Lima o La Paz.

La pandemia desinformativa

Beber alcohol fuerte, comer gran cantidad de ajo, bañarse con agua casi hirviente, ingerir medicamentos caseros… Miles de informaciones falsas sobre el COVID-19 explotan en internet, en las redes sociales y en las plataformas de comunicación.

«La información falsa y poco fiable pone en riesgo muchas vidas”, señala la Organización Mundial de la Salud. Con los Consejos para la población acerca de los rumores sobre el nuevo coronavirus 2019-nCoV, (https://www.who.int/es/emergencies/diseases/novel-coronavirus-2019/advice-for-public/myth-busters) intentó salir al cruce de creencias, desinformaciones o métodos “caseros”, que se presentan como eficaces para contrarrestar el virus. Con el agravante, además, de que detrás de muchas desinformaciones se expande el comercio creciente de medicamentos falsificados o adulterados.

Ya en la segunda quincena de marzo la Federación Internacional de Periodistas (FIP) que nuclea a 600.000 trabajadores del sector había advertido sobre la necesidad que “periodistas y medios informen sobre hechos y con fuentes fiables, sin especulación alguna…” Y convocaba a autoridades públicas e instituciones médicas a suministrar “información puntual y transparente”. Fue la misma FIP quien en la segunda semana de abril condenó los ataques sistemáticos del presidente brasilero Jair Bolsonaro a periodistas de su país. Un estudio al que hace referencia la central sindical mundial con sede en Bruselas contabiliza más de 140 ataques de este tipo, en los últimos tres meses, en torno a la cobertura informativa de la pandemia.

Futuro dramático

Si la explosión desbocada del desempleo y la problemática de la desinformación acompañan la nueva coyuntura pandémica mundial el tema de la deuda externa se convierte en agenda crucial de países y regiones.

No solo la antigua, acumulada y pendiente. Sino también la nueva, que muchos Estados contraerán para hacer frente a la crisis de sobrevivencia. Fue uno de los temas cruciales, por ejemplo, del debate interno de la misma Unión Europea durante las últimas semanas y aún pendiente de resolución.

Un grupo de 60 organismos y agencias de las Naciones Unidas, llamaron el pasado 10 de abril a los gobiernos a abordar la actual recesión y su repercusión en las naciones más empobrecidas del planeta. Según las instituciones onusianas miles de millones de personas viven en países al borde del colapso económico debido a la combinación explosiva de los “problemas financieros impulsados por la pandemia del COVID-19, pesadas obligaciones de deuda y un descenso de la ayuda oficial al desarrollo”, subraya el documento del Grupo de Trabajo Interinstitucional sobre Financiación para el Desarrollo.

Actores de primer orden de la sociedad civil internacional subrayan, también, el riesgo de que a causa de la pandemia más de 500 millones de personas, adicionalmente, caigan en la pobreza.  Así lo señala Oxfam internacional en su último informe Elijamos dignidad, no indigencia (https://www.oxfam.org/es/informes/elijamos-dignidad-no-indigencia), que fue difundido en abril pasado.

La magnitud de esta crisis, según la ONG internacional, excede toda proyección racional. “Podría suponer un retroceso de una década en la lucha contra la pobreza y de hasta 30 años en algunas regiones como África subsahariana, Oriente Próximo y el Norte de África. Más de la mitad de la población mundial podría vivir en condiciones de pobreza tras la pandemia”.

Oxfam exige a los organismos internacionales (incluidos al FMI y al Banco Mundial que tuvieron su reunión de primavera el tercer fin de semana de abril) “cancelar inmediatamente el pago de la deuda en 2020 y alentar a otros acreedores que hagan los mismo…” Y recomienda “… acordar la inmediata inyección de dinero en los países de desarrollo para ayudarles a rescatar a las comunidades en situación de pobreza y vulnerabilidad”.

Pronósticos, estadísticas, proyecciones, cada día peores, cada semana más dramática. En solo algo más de cuatro meses, la Tierra parece ser otro planeta y la humanidad no termina de agotar su capacidad de asombro.

Por Sergio Ferrari desde la ONU, Ginebra, Suiza

09/05/2020

Publicado enEconomía
http://zonacero.com/generales/trabajadores-informales-conozca-el-link-para-que-se-registren-y-reciban-auxilio-economico

Aunque tienen significaciones próximas, trabajo y empleo son cosas distintas. Alguien puede estar escribiendo una novela, trabajo arduo como el que más, y si no hace otra cosa está desempleado, o desempleada. En cambio, si después encuentra quién se la publique, sí que estarán empleados los que se encarguen de la edición, incluido el trabajo de impresión, más la distribución y la publicidad. Y, para ilustrar la diferencia, está el caso más notable: los millones de mujeres que se dedican, en el hogar, a las labores del cuidado y, sin embargo, se consideran parte (la mayoría: 42.7%) de la población económicamente inactiva que es, a su vez, casi el 37 por ciento de la población en edad de trabajar (más de 12 años).

De todas maneras, solemos decir “estoy buscando trabajo” cuando en realidad lo que estamos buscando es “empleo”. Como quien dice que el trabajo, en su sentido “económico”, es aquella actividad que nos permite obtener un ingreso monetario para nosotros mismos o para la familia. –No gratuitamente se habla de “Mercado Laboral”–. Generalmente está asociado a la condición de asalariado, ya sea peón o jornalero, como se acostumbra decir en el campo, o bien, obrero o empleado, de empresas privadas o instituciones estatales. No obstante, existe también el trabajo por cuenta propia o “independiente” que podría denominarse “autoempleo” y que ahora, de manera eufemística, llaman “emprendimiento”. Una franja de empleo que es de extraordinaria importancia en países como Colombia: según los cálculos del Dane, el 41.7 por ciento de la población ocupada. La diferencia con los asalariados consiste en que éstos trabajan para un patrón, y los “independientes” para el mercado que es, sin duda, muchísimo más tiránico e implacable.

Estas consideraciones son fundamentales para entender lo que nos está sucediendo y nos va a suceder en estos tiempos de confinamiento y parálisis económica como resultado del enfrentamiento a la pandemia del Covid-19. Digámoslo de una vez. En circunstancias de crisis económica, o de estancamiento secular (como parecía estar sucediendo en Colombia), la reacción frente a los despidos masivos o el desaforado crecimiento del desempleo, es el trabajo por cuenta propia que se convierte, por lo tanto, en el más inmediato refugio. En cambio, en una crisis como la actual, propiciada por una política pública como es el confinamiento obligatorio, junto con el mercado se fractura sustancialmente la dinámica del trabajo por cuenta propia y desaparece hasta la misma posibilidad del refugio. En consecuencia, lo que se nos viene encima no es la incertidumbre frente a una deseada fase de “recuperación económica”, que después de las crisis habituales tiene un apoyo en las pequeñas actividades mercantiles, sino la angustia frente a las enormes dificultades de la reanudación de la dinámica del refugio.


Y ya veníamos mal…

No alcanzaron, los defensores del establecimiento, a celebrar los aparentes buenos resultados en materia de empleo. En efecto, según la periódica Encuesta de Hogares del Dane (Geih), publicada en marzo, en plena emergencia de la llamada cuarentena, la tasa de desempleo del pasado febrero, para 13 ciudades principales y sus Áreas Metropolitanas, fue de 11.5 por ciento, es decir, menor que el 12.4 por ciento registrado el mismo mes del año anterior. En principio, como resultado de un incremento de la población ocupada. ¿Se había quebrado la tendencia que venía más o menos desde el 2015? ¿Como resultado de las políticas económicas del flamante gabinete de Iván Duque?

En realidad no había muchas razones para la celebración. Si se toman los resultados para el Total Nacional el comportamiento es opuesto: el desempleo aumenta; su tasa, de un año a otro (febrero), pasa de 11.8 a 12.2 por ciento, incrementándose el número de desempleados en más de cien mil personas según las estimaciones. En total se contabilizan alrededor de 3 millones de desempleados. Pero no es un problema de exceso de oferta; disminuye, además, la población ocupada. A la persistente disminución del empleo en el sector agropecuario se añade la del comercio, cifras apenas parcialmente compensadas por una recuperación del empleo en la construcción. La tendencia, en suma, seguía siendo preocupante.


Si se compara la evolución de estos dos indicadores se encuentra que, si bien resulta favorable el cambio en el de las trece ciudades y sus áreas, la verdad es que aquí la tasa siempre ha sido muy alta y de acentuada variabilidad. En cambio el del total nacional –que incorpora, además de otras diez grandes ciudades, lo que podríamos llamar “rural”, cuya tasa suele ser menor seguramente por la extraordinaria movilidad de la fuerza de trabajo y la persistente vitalidad de la economía campesina– muestra un consistente deterioro desde el desplome de 2015. (Ver Gráfico 1 que corresponde a “años móviles”). Esto lo corrobora el análisis de las series desestacionalizadas que, además, nos previene de irresponsables cantos de victoria pues advierte, justamente, sobre la particular variabilidad. (Ver gráfico 2).1 Un detalle a considerar consiste en que para el mes de febrero de 2020, esta vez, excepcionalmente, la tasa del total nacional es superior a la de 13 ciudades.

 

 

https://www.dane.gov.co/files/investigaciones/boletines/ech/ech/pres_web_empleo_resultados_feb_20.pdf

 

Para decirlo en términos coloquiales: ¡estábamos en manos del empleo urbano! Y sobre todo de dos grandes ciudades metropolitanas, Bogotá y Medellín, donde el desempleo disminuyó apreciablemente en el último año. Por ejemplo en Bogotá, donde, tomando el promedio para el trimestre diciembre-febrero la tasa se reduce significativamente de 12.9 (2018-19) a 10.8 por ciento (2019-20). Y téngase en cuenta que estamos hablando de un importante número absoluto de personas, el cual afecta considerablemente, por supuesto, los datos consolidados. De hecho, en ciudades intermedias o pequeñas como Quibdó o Ibagué la tasa de desempleo es dramáticamente elevada. Pero, ¿En qué sectores y en qué posiciones ocupacionales es donde aumenta el empleo urbano?

El ejercicio no es difícil y arroja enseñanzas bastante reveladoras (seguimos en este caso la información provista por el Dane). Obviamente, aquí prácticamente descartamos el sector agropecuario. Comparando febrero contra febrero, para las trece ciudades y sus áreas, la ocupación aumenta significativamente en algunas ramas. En su orden: construcción, Industria manufacturera y comercio (incluye reparación de vehículos). Estas ramas significan casi el 45 por ciento del total, pero sobre todo la última que emplea, según las estimaciones, más de 2.252.000 personas. Otras ramas tienen también un importante peso en el empleo, por ejemplo servicios de entretenimiento y recreación, así como servicios administrativos y profesionales, pero sobre todo el sector clasificado como “Administración Pública, Defensa, Salud y Educación” (casi 13% del total ocupado), en donde el empleo de febrero de 2020 es menor que en el mismo mes de 2019.

Pero más reveladora es la identificación de la dinámica según la posición ocupacional. Los trabajadores por cuenta propia y los obreros o empleados de empresas privadas constituyen, como se sabe, el grueso de la población empleada (alrededor de 87%). Contrariamente a lo que se piensa, el grupo de empleados u obreros del sector gobierno representa apenas un 3.9 por ciento. Ahora bien, en lo que se refiere a la evolución reciente, es claro que, entre los dos primeros, el mayor incremento porcentual en el empleo corresponde al renglón de los independientes (4.2% al comparar los trimestres diciembre-febrero). Y si se toma, desde otro punto de vista, el empleo considerado informal –bastante discutible pues el Dane lo define como el provisto por establecimientos de menos de cinco trabajadores, excluyendo a los independientes– éste representa en el trimestre dic/19-feb/20 un 46.7 por ciento (extraordinariamente alto, por cierto) habiendo aumentado en 0.8 puntos porcentuales con respecto al registrado un año antes. Bogotá y Medellín están entre las de menor proporción de informalidad pero aun así los porcentajes son altos, 41.7 la primera y 40.8 la segunda.

Fácil es entonces concluir que la variación positiva del empleo en estas grandes ciudades es hasta cierto punto ilusoria. En un contexto de alto desempleo, desde hace por lo menos cuatro años, ya la tasa había bajado un poco y así mismo había vuelto a subir. (Ver gráfico 2). Se trata, en buena parte, de una dinámica de lo que hemos llamado estrategias de refugio cuya posibilidad depende, gracias a las economías urbanas de la aglomeración, de la buena salud del mercado. Dicho de otra manera: ninguna tendencia consistente hacia lo que en Colombia más se podría parecer al pleno empleo va a iniciarse mientras se persista en un modelo de desarrollo ya fracasado. Y eso para no hablar de una verdadera resolución que significaría, más bien, un cambio de economía.

El desastre y sus consecuencias

Evidentemente, si algo resultó completamente aniquilado, con la respuesta adoptada frente a la pandemia, fue la estrategia del refugio. Especialmente de quienes viven en la calle o por lo menos de la calle. Desde las diversas formas de mendicidad –incluida la que practican una buena proporción de los recién llegados de Venezuela– hasta los servicios técnicos relacionados con dispositivos electrónicos, pasando, por ejemplo, por todos los tipos de comercio y de negocios de comida y bebida. Porque aun pudiendo acceder a la calle, ¿a quién le venderían? Es decir, el confinamiento obligatorio afecta tanto a los vendedores como a los compradores o usuarios. Piénsese en el trabajo independiente, de oficio o profesional, que va desde el salón de belleza hasta el consultorio odontológico.

Es cierto que han sido afectadas las empresas, o instituciones del Estado, ubicadas en los sectores llamados no esenciales. Y ya se ha visto lo difícil que ha sido y será materializar una política de apoyo. En este caso, mientras no haya despidos (o “licencias”), hay remuneración completa o parcial. Es decir, por este lado, sólo se interrumpe parcialmente la cadena de las compras y pagos, o sea la demanda. A menos que se practique el “teletrabajo” o la educación y los servicios “virtuales”, tendríamos entonces la paradoja de un empleo sin trabajo. ¿Por cuánto tiempo? No mucho. El capital resuelve su problema, aunque no definitivamente, prescindiendo de nuevas inversiones y reduciendo al mínimo sus costos corrientes, como quien dice nada de compras de materias primas y servicios y nada de salarios. Desde luego, dependiendo de la duración de las medidas es muy probable que proliferen las quiebras y ruinas de empresas, especialmente las más frágiles. Hacia el final del periodo se encontrará seguramente un enorme desempleo explícito.2

Esto sugiere que, una vez finalizada la crisis de la pandemia y asumidos sus costos, materiales y en vidas humanas, el capital reanudará su actividad sólo progresivamente, por tanteo. Seguramente aprovechará las enseñanzas del confinamiento. En primer lugar las posibilidades de automatización seguidas de las diferentes formas de “teletrabajo”. Por otra parte, y quebrando una vez más las normas laborales internacionales, se recurrirá en mayor escala al trabajo temporal y al trabajo por horas. El empleo salarial y formal, en consecuencia, podría volver a los niveles de febrero sólo varios años después, habiendo cambiado, eso sí, de distribución (asignación) y calidad. Todo ello dependiendo, claro está, del hallazgo de un nuevo rumbo para el capitalismo colombiano.

El panorama, es completamente diferente para aquellos que mencionábamos anteriormente. No cuentan con las alternativas del capital. El tiempo disponible es, en consecuencia, más corto. La salida no es económica: a menos que haya una política pública apropiada, lo que se vislumbra es un estallido social, por desgracia no revolucionario, sino desesperado. En todo caso, cuando se logre salir a la otra orilla (y no sabemos lo que va a suceder entre tanto), contando con los costos en vidas y en salud, la recuperación será más dificultosa pues supone la restauración de los mecanismos de operación del mercado urbano –obsérvese que lo señalado anteriormente no es enteramente válido para el mundo rural.

Esto sugiere una alternativa radical: escapar del mercado, en una suerte de éxodo del trabajo que así recuperaría su condición, alejándose de la identificación o confusión con el “empleo”. En efecto, un refugio va a ser probablemente el llamado retorno a la población “inactiva”. No obstante, esto implica forzosamente, o bien un incremento de los ingresos monetarios familiares, o bien el aseguramiento de la sobrevivencia por medios ajenos al mercado. En todo caso, estas son alternativas que no pueden progresar mediante decisiones individuales o de pequeñas comunidades locales. Requiere de un esfuerzo colectivo consciente que confronte a la vez las políticas provenientes de las clases dominantes a través del Estado.

En estas circunstancias sólo hay dos posibilidades: o se mantiene el modelo y poco a poco, muy lentamente, vuelven a operar las estrategias de refugio, u ocurre un vuelco radical y total y la generación de empleo toma un rumbo diferente. La política, entonces, en su verdadero y más profundo sentido, tendrá nuevamente la palabra.

1 En relación con las cifras e indicadores del mercado laboral, vale la pena advertir que además de los aspectos metodológicos de muestreo y cobertura, hay diversas formas de medición en el tiempo utilizadas para responder a las simples preguntas de si “está aumentando o disminuyendo”. No es aquí el lugar para detenernos en estos análisis y sólo se presenta lo necesario para la ilustración.


2 No va a ser fácil medirlo. El Dane ya anunció los cambios de operación y metodología que va a introducir para hacer la encuesta durante el confinamiento, principalmente “utilizando el teléfono”. No obstante, hay diversas razones para desconfiar de los resultados que se van a ofrecer en estas condiciones.

 

Periódico desdeabajo Nº267, pdf interactivo

 

 

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Aunque tienen significaciones próximas, trabajo y empleo son cosas distintas. Alguien puede estar escribiendo una novela, trabajo arduo como el que más, y si no hace otra cosa está desempleado, o desempleada. En cambio, si después encuentra quién se la publique, sí que estarán empleados los que se encarguen de la edición, incluido el trabajo de impresión, más la distribución y la publicidad. Y, para ilustrar la diferencia, está el caso más notable: los millones de mujeres que se dedican, en el hogar, a las labores del cuidado y, sin embargo, se consideran parte (la mayoría: 42.7%) de la población económicamente inactiva que es, a su vez, casi el 37 por ciento de la población en edad de trabajar (más de 12 años).

De todas maneras, solemos decir “estoy buscando trabajo” cuando en realidad lo que estamos buscando es “empleo”. Como quien dice que el trabajo, en su sentido “económico”, es aquella actividad que nos permite obtener un ingreso monetario para nosotros mismos o para la familia. –No gratuitamente se habla de “Mercado Laboral”–. Generalmente está asociado a la condición de asalariado, ya sea peón o jornalero, como se acostumbra decir en el campo, o bien, obrero o empleado, de empresas privadas o instituciones estatales. No obstante, existe también el trabajo por cuenta propia o “independiente” que podría denominarse “autoempleo” y que ahora, de manera eufemística, llaman “emprendimiento”. Una franja de empleo que es de extraordinaria importancia en países como Colombia: según los cálculos del Dane, el 41.7 por ciento de la población ocupada. La diferencia con los asalariados consiste en que éstos trabajan para un patrón, y los “independientes” para el mercado que es, sin duda, muchísimo más tiránico e implacable.

Estas consideraciones son fundamentales para entender lo que nos está sucediendo y nos va a suceder en estos tiempos de confinamiento y parálisis económica como resultado del enfrentamiento a la pandemia del Covid-19. Digámoslo de una vez. En circunstancias de crisis económica, o de estancamiento secular (como parecía estar sucediendo en Colombia), la reacción frente a los despidos masivos o el desaforado crecimiento del desempleo, es el trabajo por cuenta propia que se convierte, por lo tanto, en el más inmediato refugio. En cambio, en una crisis como la actual, propiciada por una política pública como es el confinamiento obligatorio, junto con el mercado se fractura sustancialmente la dinámica del trabajo por cuenta propia y desaparece hasta la misma posibilidad del refugio. En consecuencia, lo que se nos viene encima no es la incertidumbre frente a una deseada fase de “recuperación económica”, que después de las crisis habituales tiene un apoyo en las pequeñas actividades mercantiles, sino la angustia frente a las enormes dificultades de la reanudación de la dinámica del refugio.


Y ya veníamos mal…

No alcanzaron, los defensores del establecimiento, a celebrar los aparentes buenos resultados en materia de empleo. En efecto, según la periódica Encuesta de Hogares del Dane (Geih), publicada en marzo, en plena emergencia de la llamada cuarentena, la tasa de desempleo del pasado febrero, para 13 ciudades principales y sus Áreas Metropolitanas, fue de 11.5 por ciento, es decir, menor que el 12.4 por ciento registrado el mismo mes del año anterior. En principio, como resultado de un incremento de la población ocupada. ¿Se había quebrado la tendencia que venía más o menos desde el 2015? ¿Como resultado de las políticas económicas del flamante gabinete de Iván Duque?

En realidad no había muchas razones para la celebración. Si se toman los resultados para el Total Nacional el comportamiento es opuesto: el desempleo aumenta; su tasa, de un año a otro (febrero), pasa de 11.8 a 12.2 por ciento, incrementándose el número de desempleados en más de cien mil personas según las estimaciones. En total se contabilizan alrededor de 3 millones de desempleados. Pero no es un problema de exceso de oferta; disminuye, además, la población ocupada. A la persistente disminución del empleo en el sector agropecuario se añade la del comercio, cifras apenas parcialmente compensadas por una recuperación del empleo en la construcción. La tendencia, en suma, seguía siendo preocupante.


Si se compara la evolución de estos dos indicadores se encuentra que, si bien resulta favorable el cambio en el de las trece ciudades y sus áreas, la verdad es que aquí la tasa siempre ha sido muy alta y de acentuada variabilidad. En cambio el del total nacional –que incorpora, además de otras diez grandes ciudades, lo que podríamos llamar “rural”, cuya tasa suele ser menor seguramente por la extraordinaria movilidad de la fuerza de trabajo y la persistente vitalidad de la economía campesina– muestra un consistente deterioro desde el desplome de 2015. (Ver Gráfico 1 que corresponde a “años móviles”). Esto lo corrobora el análisis de las series desestacionalizadas que, además, nos previene de irresponsables cantos de victoria pues advierte, justamente, sobre la particular variabilidad. (Ver gráfico 2).1 Un detalle a considerar consiste en que para el mes de febrero de 2020, esta vez, excepcionalmente, la tasa del total nacional es superior a la de 13 ciudades.

 

 

https://www.dane.gov.co/files/investigaciones/boletines/ech/ech/pres_web_empleo_resultados_feb_20.pdf

 

Para decirlo en términos coloquiales: ¡estábamos en manos del empleo urbano! Y sobre todo de dos grandes ciudades metropolitanas, Bogotá y Medellín, donde el desempleo disminuyó apreciablemente en el último año. Por ejemplo en Bogotá, donde, tomando el promedio para el trimestre diciembre-febrero la tasa se reduce significativamente de 12.9 (2018-19) a 10.8 por ciento (2019-20). Y téngase en cuenta que estamos hablando de un importante número absoluto de personas, el cual afecta considerablemente, por supuesto, los datos consolidados. De hecho, en ciudades intermedias o pequeñas como Quibdó o Ibagué la tasa de desempleo es dramáticamente elevada. Pero, ¿En qué sectores y en qué posiciones ocupacionales es donde aumenta el empleo urbano?

El ejercicio no es difícil y arroja enseñanzas bastante reveladoras (seguimos en este caso la información provista por el Dane). Obviamente, aquí prácticamente descartamos el sector agropecuario. Comparando febrero contra febrero, para las trece ciudades y sus áreas, la ocupación aumenta significativamente en algunas ramas. En su orden: construcción, Industria manufacturera y comercio (incluye reparación de vehículos). Estas ramas significan casi el 45 por ciento del total, pero sobre todo la última que emplea, según las estimaciones, más de 2.252.000 personas. Otras ramas tienen también un importante peso en el empleo, por ejemplo servicios de entretenimiento y recreación, así como servicios administrativos y profesionales, pero sobre todo el sector clasificado como “Administración Pública, Defensa, Salud y Educación” (casi 13% del total ocupado), en donde el empleo de febrero de 2020 es menor que en el mismo mes de 2019.

Pero más reveladora es la identificación de la dinámica según la posición ocupacional. Los trabajadores por cuenta propia y los obreros o empleados de empresas privadas constituyen, como se sabe, el grueso de la población empleada (alrededor de 87%). Contrariamente a lo que se piensa, el grupo de empleados u obreros del sector gobierno representa apenas un 3.9 por ciento. Ahora bien, en lo que se refiere a la evolución reciente, es claro que, entre los dos primeros, el mayor incremento porcentual en el empleo corresponde al renglón de los independientes (4.2% al comparar los trimestres diciembre-febrero). Y si se toma, desde otro punto de vista, el empleo considerado informal –bastante discutible pues el Dane lo define como el provisto por establecimientos de menos de cinco trabajadores, excluyendo a los independientes– éste representa en el trimestre dic/19-feb/20 un 46.7 por ciento (extraordinariamente alto, por cierto) habiendo aumentado en 0.8 puntos porcentuales con respecto al registrado un año antes. Bogotá y Medellín están entre las de menor proporción de informalidad pero aun así los porcentajes son altos, 41.7 la primera y 40.8 la segunda.

Fácil es entonces concluir que la variación positiva del empleo en estas grandes ciudades es hasta cierto punto ilusoria. En un contexto de alto desempleo, desde hace por lo menos cuatro años, ya la tasa había bajado un poco y así mismo había vuelto a subir. (Ver gráfico 2). Se trata, en buena parte, de una dinámica de lo que hemos llamado estrategias de refugio cuya posibilidad depende, gracias a las economías urbanas de la aglomeración, de la buena salud del mercado. Dicho de otra manera: ninguna tendencia consistente hacia lo que en Colombia más se podría parecer al pleno empleo va a iniciarse mientras se persista en un modelo de desarrollo ya fracasado. Y eso para no hablar de una verdadera resolución que significaría, más bien, un cambio de economía.

El desastre y sus consecuencias

Evidentemente, si algo resultó completamente aniquilado, con la respuesta adoptada frente a la pandemia, fue la estrategia del refugio. Especialmente de quienes viven en la calle o por lo menos de la calle. Desde las diversas formas de mendicidad –incluida la que practican una buena proporción de los recién llegados de Venezuela– hasta los servicios técnicos relacionados con dispositivos electrónicos, pasando, por ejemplo, por todos los tipos de comercio y de negocios de comida y bebida. Porque aun pudiendo acceder a la calle, ¿a quién le venderían? Es decir, el confinamiento obligatorio afecta tanto a los vendedores como a los compradores o usuarios. Piénsese en el trabajo independiente, de oficio o profesional, que va desde el salón de belleza hasta el consultorio odontológico.

Es cierto que han sido afectadas las empresas, o instituciones del Estado, ubicadas en los sectores llamados no esenciales. Y ya se ha visto lo difícil que ha sido y será materializar una política de apoyo. En este caso, mientras no haya despidos (o “licencias”), hay remuneración completa o parcial. Es decir, por este lado, sólo se interrumpe parcialmente la cadena de las compras y pagos, o sea la demanda. A menos que se practique el “teletrabajo” o la educación y los servicios “virtuales”, tendríamos entonces la paradoja de un empleo sin trabajo. ¿Por cuánto tiempo? No mucho. El capital resuelve su problema, aunque no definitivamente, prescindiendo de nuevas inversiones y reduciendo al mínimo sus costos corrientes, como quien dice nada de compras de materias primas y servicios y nada de salarios. Desde luego, dependiendo de la duración de las medidas es muy probable que proliferen las quiebras y ruinas de empresas, especialmente las más frágiles. Hacia el final del periodo se encontrará seguramente un enorme desempleo explícito.2

Esto sugiere que, una vez finalizada la crisis de la pandemia y asumidos sus costos, materiales y en vidas humanas, el capital reanudará su actividad sólo progresivamente, por tanteo. Seguramente aprovechará las enseñanzas del confinamiento. En primer lugar las posibilidades de automatización seguidas de las diferentes formas de “teletrabajo”. Por otra parte, y quebrando una vez más las normas laborales internacionales, se recurrirá en mayor escala al trabajo temporal y al trabajo por horas. El empleo salarial y formal, en consecuencia, podría volver a los niveles de febrero sólo varios años después, habiendo cambiado, eso sí, de distribución (asignación) y calidad. Todo ello dependiendo, claro está, del hallazgo de un nuevo rumbo para el capitalismo colombiano.

El panorama, es completamente diferente para aquellos que mencionábamos anteriormente. No cuentan con las alternativas del capital. El tiempo disponible es, en consecuencia, más corto. La salida no es económica: a menos que haya una política pública apropiada, lo que se vislumbra es un estallido social, por desgracia no revolucionario, sino desesperado. En todo caso, cuando se logre salir a la otra orilla (y no sabemos lo que va a suceder entre tanto), contando con los costos en vidas y en salud, la recuperación será más dificultosa pues supone la restauración de los mecanismos de operación del mercado urbano –obsérvese que lo señalado anteriormente no es enteramente válido para el mundo rural.

Esto sugiere una alternativa radical: escapar del mercado, en una suerte de éxodo del trabajo que así recuperaría su condición, alejándose de la identificación o confusión con el “empleo”. En efecto, un refugio va a ser probablemente el llamado retorno a la población “inactiva”. No obstante, esto implica forzosamente, o bien un incremento de los ingresos monetarios familiares, o bien el aseguramiento de la sobrevivencia por medios ajenos al mercado. En todo caso, estas son alternativas que no pueden progresar mediante decisiones individuales o de pequeñas comunidades locales. Requiere de un esfuerzo colectivo consciente que confronte a la vez las políticas provenientes de las clases dominantes a través del Estado.

En estas circunstancias sólo hay dos posibilidades: o se mantiene el modelo y poco a poco, muy lentamente, vuelven a operar las estrategias de refugio, u ocurre un vuelco radical y total y la generación de empleo toma un rumbo diferente. La política, entonces, en su verdadero y más profundo sentido, tendrá nuevamente la palabra.

1 En relación con las cifras e indicadores del mercado laboral, vale la pena advertir que además de los aspectos metodológicos de muestreo y cobertura, hay diversas formas de medición en el tiempo utilizadas para responder a las simples preguntas de si “está aumentando o disminuyendo”. No es aquí el lugar para detenernos en estos análisis y sólo se presenta lo necesario para la ilustración.


2 No va a ser fácil medirlo. El Dane ya anunció los cambios de operación y metodología que va a introducir para hacer la encuesta durante el confinamiento, principalmente “utilizando el teléfono”. No obstante, hay diversas razones para desconfiar de los resultados que se van a ofrecer en estas condiciones.

 

Periódico desdeabajo Nº267, pdf interactivo

 

 

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