El desempleo en Colombia se dispara hasta el 19,8% en abril

Los desempleados pasan de 2,5 millones hasta más de 4 millones en el primer mes completo de cuarentena para frenar la pandemia

 

Colombia ya siente con fuerza la dentellada económica provocada por el coronavirus. La tasa de desempleo, el tradicional talón de Aquiles de una de las economías más estables de América Latina, se disparó hasta el 19,8% en abril, el primer mes completo de la cuarentena nacional decretada por el Gobierno de Iván Duque para frenar la propagación de la covid-19. El dato divulgado este viernes por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística está en línea con las proyecciones más pesimistas y representa casi el doble con respecto a la tasa de abril de 2019.

En un mes, más de 5,3 millones personas dejaron de estar ocupadas en el país andino, la cuarta parte de los puestos de trabajo. En ese mismo periodo, los desempleados pasaron de 2,5 millones a 4,1 millones, mientras la población ocupada se ubicó en 16,5 millones de personas. Como se anticipaba, los sectores más golpeados fueron industria manufacturera, comercio, restaurantes, actividades artísticas y de entretenimiento. Si se amplía el periodo de febrero a abril, la tasa de desempleo se ubica en 14,6 %. El pasado marzo, cuando los colombianos llevaban cerca de una semana sometidos a las inéditas medidas de confinamiento, el desempleo ya había subido al 12,6%.

Colombia arrancó este año con los mejores números entre los países grandes de la región. El crecimiento de los dos primeros meses superaba el 4%, pero la incertidumbre de marzo, cuando se inició la cuarentena, bastó para frenar ese impulso y cerrar el trimestre con un crecimiento de 1,1%. Es probable que el pasado abril quede registrado como el mes de peor desempeño económico en la historia de Colombia, coinciden diversos analistas. Para este año, el Ministerio de Hacienda prevé una desaceleración en torno a -5,5%, aunque para el Fondo Monetario Internacional la caída será de -2,4%.

Después de más de dos meses del llamado “aislamiento preventivo obligatorio”, el país se apresta a pasar a una nueva fase que relaja las medidas de confinamiento a partir del lunes. El Ejecutivo ha insistido en recuperar la “vida productiva” –más no la “vida social”– mediante una reactivación económica escalonada. Desde hace varias semanas, sectores como la construcción, la manufactura y algunos comercios están autorizados a salir a las calles bajo ciertos protocolos, y a partir de junio las numerosas excepciones también cobijan las "actividades profesionales, técnicas y de servicios en general”, el comercio al por mayor y al por menor, incluido el funcionamiento de centros comerciales, así como los museos, bibliotecas y peluquerías, entre muchas otras.

Aunque exhibe con orgullo una de las economías más estables de América Latina, que solo ha acabado un año en negativo en más de medio siglo, Colombia también ha mantenido una tasa de desempleo “inaceptablemente alta”, como reconocía en noviembre el ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla. El año pasado volvió a ubicarse por encima de los dos dígitos (10,5%) y el coronavirus amenaza con llevarla por encima del 20 % en 2020.

La preocupación también se asienta en el frente de la larga lucha contra la pobreza y la desigualdad. Para 2018, Colombia había reducido el porcentaje de su población por debajo de la línea de pobreza hasta el 27 %. Un reciente estudio de la Universidad de Los Andes advierte que la pandemia puede representar un retroceso de dos décadas, hasta los tiempos en que cerca de la mitad de la población se ubicaba por debajo de ese umbral.

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Lunes, 18 Mayo 2020 06:24

Delinear lo posible

Delinear lo posible

A lo largo de la pandemia se ha conformado una serie abundante de posibles escenarios sociales que surgirían como consecuencia de este virus. Se plantean desde distintas perspectivas políticas e ideológicas; apuntan a diversas formas de reconfiguración, ya sea del ejercicio del poder, de los modos de control social, de las relaciones personales, etcétera.

Se dice que nada será como antes y no podría serlo. Nadie lo sabe y menos aun se puede delinear si eventualmente ese nuevo entorno será mejor o no. En muchos casos, en la nueva prédica, se puede reconocer lo que se pensaba de antemano, cuando no había irrumpido el virus. Como si la pandemia reivindicara esas presunciones.

La noción del futuro que podemos tener está cargada de concepciones del pasado, sin admitir que existen discontinuidades. Hay ideas que ya han caducado. No hay vaticinios que sean valederos; el de profeta es un oficio delicado, práctica que no debe abusar so pena de ser irrelevante. La configuración de lo venidero se está gestando a diario en las decisiones que se toman en las arenas pública y privada.

Tal vez distopías, como las planteadas por Orwell y Huxley, entre otros, sean una forma adecuada de aproximarse a esta situación. Después de todo no han fallado por mucho en las visiones que ofrecieron. En todo se advierten los residuos de ideas ya concebidas antes y durante la globalización.

Se celebra el resurgimiento del populismo, que utiliza la pandemia para reforzarse, junto con un resucitado nacionalismo radicalizado, que a veces se parece más a un provincialismo sin horizontes. Ambos se cultivan con crecientes ánimos, en una suerte de variaciones sobre un mismo tema, como si hubiera amnesia histórica.

Se proclama, en ocasiones, que el autoritarismo lleva una ventaja y así se embiste en contra de la democracia, valor cultural, ciertamente imperfecto, que no debería ponerse en riesgo.

Se han restringido las libertades individuales en aras de combatir el virus. En muchos casos se ha impuesto la coerción de tipo policiaco. De tal manera la tentación anarquista puede ser grande, como puede verse ya en algunos países. La creciente fragilidad social, que se ha ido creando durante décadas y que se ha exacerbado de modo brutal con la pandemia, alienta el cuestionamiento de los regímenes democráticos y muchos políticos y grupos de poder lo explotan en su favor, como no podría ser de otra manera.

Pero está, asimismo, la realidad ineludible de la desigualdad, que hace imposible para muchos confinarse y cargan con consecuencias muy graves y onerosas. La pandemia no es equitativa.

En todo caso, cualquier escenario social que vaya surgiendo ahora requiere una base material para superar la afectación económica. Deben satisfacerse las necesidades de la población, que se han acumulado en semanas recientes, recrear la ocupación y generar ingresos. No sólo de pan vive el hombre, pero necesita de pan para vivir. Esto no puede quedar fuera de ningún postulado político, no puede faltar en un plan económico de reactivación ni puede omitirse de ninguna premisa de índole moral.

Se sabe que las fuerzas del mercado no consiguen crear ajustes que generen equilibrios en la producción y el empleo, que no logran elevar el nivel de bienestar de una parte grande de la población y que la desigualdad es un fenómeno extendido y creciente, que el sistema de los precios no asigna eficientemente los recursos. Entonces, no puede pensarse que la reactivación económica que ya se promueve, aun estando en medio de la pandemia, se conseguirá sin intervenciones decisivas de parte del gobierno y también con los recursos privados, los pequeños que se han dañado mucho y los grandes.

La pandemia ha provocado un daño económico muy severo. En este caso, ningún escenario que se formule sobre este asunto puede pretender siquiera en ninguna parte que las cosas serán como antes. Ese daño se expresa en muchas dimensiones. Las decisiones de corte general son clave para conseguir una recuperación, pero lo son aun más las de naturaleza específica para que se puedan rehacer las bases de la vida cotidiana, la salud perdida, los patrimonios maltrechos, los inventarios liquidados, recrear cierto nivel de bienestar.

El daño provocado por la pandemia ya está hecho y tiende a crecer. La ocupación informal va a aumentar, el empleo formal se contraerá fuertemente, igual que las inversiones.

No hay en ninguna parte un conjunto de medidas de política pública que consiga sobrepasar sin fricciones el impacto adverso del virus en la actividad económica, sobre todo en el ingreso de las familias; recrearlo mediante el trabajo es prioritario.

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Economía informal, la más afectada por confinamiento: OIT

Las medidas de confinamiento y de contención para hacer frente al COVID-19 amenazan con aumentar la pobreza de quienes trabajan en la economía informal a nivel mundial; las mujeres serán el grupo más afectado, advirtió la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en un nuevo informe.

 

Con base en datos del informe “La crisis por COVID-19 y la economía informal”, se estima que las medidas de distanciamiento social ya tienen un impacto significativo en 1.6 billones de trabajadoras y trabajadores informales, con mujeres sobrerrepresentadas en los sectores más afectados. Estos incluyen a quienes laboran en los servicios de hostelería y restauración, la industria manufacturera, la venta al por mayor y al por menor, y los más de 500 millones de agricultoras y agricultores que abastecen los mercados urbanos.

En 2020, más de 2 mil millones de personas trabajadoras se ganan la vida en la economía informal. Esto es 62 por ciento de todas los y los trabajadores del mundo. El empleo informal representa 90 por ciento del empleo total. Sin embargo, de acuerdo con la OIT, las mujeres están más expuestas a la informalidad en los países de ingresos medios bajos y bajos, y a menudo se encuentran en más situaciones vulnerables que sus pares masculinos. Las mujeres, además, se ven especialmente afectadas en los sectores de alto riesgo, destacó el informe.

Lo mismo pasa en las empresas informales, que representan ocho de cada diez empresas en el mundo. Esto incluye a empresas que a menudo emplean a diez o menos personas, incluidas trabajadoras familiares no remunerados, que son principalmente mujeres que trabajan en condiciones precarias, sin protección social o medidas de salud y seguridad en el lugar de trabajo. Estos negocios tienen baja productividad, baja tasas de ahorro e inversión, y capital acumulado insignificante, lo que los hace particularmente vulnerables a los choques económicos y a menudo están excluidos de los programas de asistencia financiera a corto plazo para enfrentar la crisis por COVID-19.

Muchas mujeres y hombres en la economía informal necesitan obtener un ingreso para alimentarse a sí mismos y a sus familias, ya que la mayoría de ellos no pueden confiar en el reemplazo de ingresos o ahorros. No trabajar y quedarse en casa significa perder sus trabajos y sus medios de vida, sin embargo, el distanciamiento físico es difícil de aplicar para quienes trabajan, por ejemplo, como vendedores ambulantes y de mercado, o trabajadoras a domicilio.  “‘Morir de hambre o del virus” es un dilema real que enfrentan muchas personas trabajadoras de la economía informal’”, señaló el organismo. 

Sin embargo, dado que las condiciones laborales precarias derivan en malas condiciones de vida, las y los trabajadores de la economía informal también son un grupo vulnerable incluso si se quedan en sus hogares. De acuerdo con la OIT, en las zonas urbanas, las y los trabajadores y sus familias permanecen expuestas al virus debido a las condiciones insalubres o de hacinamiento en las que viven, y que hacen que el distanciamiento físico sea casi imposible. Estas personas también enfrentan obstáculos para acceder al agua corriente en sus hogares, lo que no solo limita las posibilidades de lavarse las manos, sino que a menudo obliga a las mujeres a hacer fila para obtener agua, lo que las pone en peligro a sí mismos y a su comunidad.

Frente a esta situación la OIT señaló que las repercusiones de la pandemia de COVID-19 requieren medidas rápidas y efectivas para mejorar la seguridad de los ingresos para las y los trabajadores en la economía informal, especialmente para mujeres con niños pequeños, un grupo con mayor riesgo económico privación. Los países pueden usar diferentes mecanismos para extender el apoyo a los ingresos a los trabajadores de la economía informal.

Por ejemplo, es factible canalizar fondos a través de bancos, instituciones microfinancieras y cooperativas financieras con criterios de divulgación claramente definidos y anunciados oficialmente y con transparencia. Esto mejoraría la difícil situación de las mujeres empresarias informales en especial, dijo el organismo. 

La OIT también expresó que quienes trabajan en la economía informal deben ser sujetos centrales para todas las respuestas frente al COVID-19. Para esto, fortalecer la participación de las mujeres el diálogo entre el gobierno y la sociedad puede ser clave. 

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La pobreza golpeará a la mitad de la humanidad

Las proyecciones estadísticas más pesimistas van quedándose cortas ante la dimensión de la crisis. Desempleo, desinformación y pobreza aparecen como algunas de las piezas de un rompecabezas todavía no armado, pero con efectos directos y colaterales devastadores. La mitad de los empleos en la escala mundial se ven amenazados

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El «privilegio» del empleo

 

En el mundo, 1.600 millones de los 2.000 millones de trabajadores de la economía informal se ven afectados por las medidas de confinamiento y de contención. La mayoría trabaja en los sectores más afectados o en pequeñas unidades económicas más vulnerables a las crisis, según un informe publicado el 7 de mayo por la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Estos incluyen a los trabajadores en los servicios de hostelería y restauración, la industria manufacturera, la venta al por mayor y al por menor, y los más de 500 millones de agricultores que abastecen los mercados urbanos. Las mujeres se ven especialmente afectadas en los sectores de alto riesgo, destaca el informe.

Por otra parte, la caída constante de las horas de trabajo a nivel mundial a causa del COVID-19 significa que 1.600 millones de trabajadores de la economía informal, esto es, casi la mitad de la población activa mundial, “corre peligro inminente de ver desaparecer sus fuentes de sustento”, señalaba la OIT en su 3er documento analítico de fines de abril.

Entre su primer informe sobre el COVID-19 y el mundo del trabajo publicado el 18 de marzo pasado y las estimaciones actualizadas difundidas a fines de abril la OIT cambió su punto de referencia. Ya no se trata de comparar la actual crisis con el terremoto financiero del 2008, sino con los estragos resultantes de la Segunda Guerra Mundial.

El 81% de la fuerza de trabajo – más de 2.700 millones de trabajadoras y trabajadores- padecía desempleo total o parcial a fines de abril. Y de continuar esta tendencia, en el segundo semestre del año en curso la reducción del empleo golpeará a 305 millones de trabajadoras y trabajadores a tiempo completo, teniendo como referencia una jornada laboral de 48 horas semanales.

En el estudio actualizado de la OIT (https://www.ilo.org/global/about-the-ilo/newsroom/news/WCMS_743056/lang–es/index.htm) la alarma suena con respecto a los trabajadores de la economía informal, que representan en su totalidad, unos 2.000 millones de personas, la mayoría en países emergentes y en desarrollo de ingreso bajo y mediano.  Con el agravante que, en general, carecen de protección básica, de cobertura de seguridad social, de atención médica y, en caso de enfermedad, de sustitución de ingresos.

La crisis económica provocada por la pandemia ha dado una estocada contundente a la capacidad de ganar el sustento de casi 1.600 millones de trabajadora-es de la economía informal – el sector más vulnerable-, de un total de 2.000 millones a nivel mundial, y de una fuerza de trabajo de 3.300 millones de personas a escala planetaria. Las medidas de confinamiento y/o el hecho de que esas personas trabajan en alguno de los sectores más golpeados por la crisis, determinan esta dramática situación.

India, con 400 millones de trabajadores informales, Nigeria, Brasil, Indonesia, Pakistán y Vietnam, se encuentran entre las naciones que por concentración demográfica más sufrirán el impacto. Sin embargo, regiones enteras, como Centroamérica, o la América andina, dependen en gran medida de las actividades informales. Las que tienen, también, una fuerte incidencia en las concentraciones urbanas latinoamericanas, desde Buenos Aires hasta la Ciudad de México, pasando por Bogotá, Caracas, Lima o La Paz.

La pandemia desinformativa

Beber alcohol fuerte, comer gran cantidad de ajo, bañarse con agua casi hirviente, ingerir medicamentos caseros… Miles de informaciones falsas sobre el COVID-19 explotan en internet, en las redes sociales y en las plataformas de comunicación.

«La información falsa y poco fiable pone en riesgo muchas vidas”, señala la Organización Mundial de la Salud. Con los Consejos para la población acerca de los rumores sobre el nuevo coronavirus 2019-nCoV, (https://www.who.int/es/emergencies/diseases/novel-coronavirus-2019/advice-for-public/myth-busters) intentó salir al cruce de creencias, desinformaciones o métodos “caseros”, que se presentan como eficaces para contrarrestar el virus. Con el agravante, además, de que detrás de muchas desinformaciones se expande el comercio creciente de medicamentos falsificados o adulterados.

Ya en la segunda quincena de marzo la Federación Internacional de Periodistas (FIP) que nuclea a 600.000 trabajadores del sector había advertido sobre la necesidad que “periodistas y medios informen sobre hechos y con fuentes fiables, sin especulación alguna…” Y convocaba a autoridades públicas e instituciones médicas a suministrar “información puntual y transparente”. Fue la misma FIP quien en la segunda semana de abril condenó los ataques sistemáticos del presidente brasilero Jair Bolsonaro a periodistas de su país. Un estudio al que hace referencia la central sindical mundial con sede en Bruselas contabiliza más de 140 ataques de este tipo, en los últimos tres meses, en torno a la cobertura informativa de la pandemia.

Futuro dramático

Si la explosión desbocada del desempleo y la problemática de la desinformación acompañan la nueva coyuntura pandémica mundial el tema de la deuda externa se convierte en agenda crucial de países y regiones.

No solo la antigua, acumulada y pendiente. Sino también la nueva, que muchos Estados contraerán para hacer frente a la crisis de sobrevivencia. Fue uno de los temas cruciales, por ejemplo, del debate interno de la misma Unión Europea durante las últimas semanas y aún pendiente de resolución.

Un grupo de 60 organismos y agencias de las Naciones Unidas, llamaron el pasado 10 de abril a los gobiernos a abordar la actual recesión y su repercusión en las naciones más empobrecidas del planeta. Según las instituciones onusianas miles de millones de personas viven en países al borde del colapso económico debido a la combinación explosiva de los “problemas financieros impulsados por la pandemia del COVID-19, pesadas obligaciones de deuda y un descenso de la ayuda oficial al desarrollo”, subraya el documento del Grupo de Trabajo Interinstitucional sobre Financiación para el Desarrollo.

Actores de primer orden de la sociedad civil internacional subrayan, también, el riesgo de que a causa de la pandemia más de 500 millones de personas, adicionalmente, caigan en la pobreza.  Así lo señala Oxfam internacional en su último informe Elijamos dignidad, no indigencia (https://www.oxfam.org/es/informes/elijamos-dignidad-no-indigencia), que fue difundido en abril pasado.

La magnitud de esta crisis, según la ONG internacional, excede toda proyección racional. “Podría suponer un retroceso de una década en la lucha contra la pobreza y de hasta 30 años en algunas regiones como África subsahariana, Oriente Próximo y el Norte de África. Más de la mitad de la población mundial podría vivir en condiciones de pobreza tras la pandemia”.

Oxfam exige a los organismos internacionales (incluidos al FMI y al Banco Mundial que tuvieron su reunión de primavera el tercer fin de semana de abril) “cancelar inmediatamente el pago de la deuda en 2020 y alentar a otros acreedores que hagan los mismo…” Y recomienda “… acordar la inmediata inyección de dinero en los países de desarrollo para ayudarles a rescatar a las comunidades en situación de pobreza y vulnerabilidad”.

Pronósticos, estadísticas, proyecciones, cada día peores, cada semana más dramática. En solo algo más de cuatro meses, la Tierra parece ser otro planeta y la humanidad no termina de agotar su capacidad de asombro.

Por Sergio Ferrari desde la ONU, Ginebra, Suiza

09/05/2020

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http://zonacero.com/generales/trabajadores-informales-conozca-el-link-para-que-se-registren-y-reciban-auxilio-economico

Aunque tienen significaciones próximas, trabajo y empleo son cosas distintas. Alguien puede estar escribiendo una novela, trabajo arduo como el que más, y si no hace otra cosa está desempleado, o desempleada. En cambio, si después encuentra quién se la publique, sí que estarán empleados los que se encarguen de la edición, incluido el trabajo de impresión, más la distribución y la publicidad. Y, para ilustrar la diferencia, está el caso más notable: los millones de mujeres que se dedican, en el hogar, a las labores del cuidado y, sin embargo, se consideran parte (la mayoría: 42.7%) de la población económicamente inactiva que es, a su vez, casi el 37 por ciento de la población en edad de trabajar (más de 12 años).

De todas maneras, solemos decir “estoy buscando trabajo” cuando en realidad lo que estamos buscando es “empleo”. Como quien dice que el trabajo, en su sentido “económico”, es aquella actividad que nos permite obtener un ingreso monetario para nosotros mismos o para la familia. –No gratuitamente se habla de “Mercado Laboral”–. Generalmente está asociado a la condición de asalariado, ya sea peón o jornalero, como se acostumbra decir en el campo, o bien, obrero o empleado, de empresas privadas o instituciones estatales. No obstante, existe también el trabajo por cuenta propia o “independiente” que podría denominarse “autoempleo” y que ahora, de manera eufemística, llaman “emprendimiento”. Una franja de empleo que es de extraordinaria importancia en países como Colombia: según los cálculos del Dane, el 41.7 por ciento de la población ocupada. La diferencia con los asalariados consiste en que éstos trabajan para un patrón, y los “independientes” para el mercado que es, sin duda, muchísimo más tiránico e implacable.

Estas consideraciones son fundamentales para entender lo que nos está sucediendo y nos va a suceder en estos tiempos de confinamiento y parálisis económica como resultado del enfrentamiento a la pandemia del Covid-19. Digámoslo de una vez. En circunstancias de crisis económica, o de estancamiento secular (como parecía estar sucediendo en Colombia), la reacción frente a los despidos masivos o el desaforado crecimiento del desempleo, es el trabajo por cuenta propia que se convierte, por lo tanto, en el más inmediato refugio. En cambio, en una crisis como la actual, propiciada por una política pública como es el confinamiento obligatorio, junto con el mercado se fractura sustancialmente la dinámica del trabajo por cuenta propia y desaparece hasta la misma posibilidad del refugio. En consecuencia, lo que se nos viene encima no es la incertidumbre frente a una deseada fase de “recuperación económica”, que después de las crisis habituales tiene un apoyo en las pequeñas actividades mercantiles, sino la angustia frente a las enormes dificultades de la reanudación de la dinámica del refugio.


Y ya veníamos mal…

No alcanzaron, los defensores del establecimiento, a celebrar los aparentes buenos resultados en materia de empleo. En efecto, según la periódica Encuesta de Hogares del Dane (Geih), publicada en marzo, en plena emergencia de la llamada cuarentena, la tasa de desempleo del pasado febrero, para 13 ciudades principales y sus Áreas Metropolitanas, fue de 11.5 por ciento, es decir, menor que el 12.4 por ciento registrado el mismo mes del año anterior. En principio, como resultado de un incremento de la población ocupada. ¿Se había quebrado la tendencia que venía más o menos desde el 2015? ¿Como resultado de las políticas económicas del flamante gabinete de Iván Duque?

En realidad no había muchas razones para la celebración. Si se toman los resultados para el Total Nacional el comportamiento es opuesto: el desempleo aumenta; su tasa, de un año a otro (febrero), pasa de 11.8 a 12.2 por ciento, incrementándose el número de desempleados en más de cien mil personas según las estimaciones. En total se contabilizan alrededor de 3 millones de desempleados. Pero no es un problema de exceso de oferta; disminuye, además, la población ocupada. A la persistente disminución del empleo en el sector agropecuario se añade la del comercio, cifras apenas parcialmente compensadas por una recuperación del empleo en la construcción. La tendencia, en suma, seguía siendo preocupante.


Si se compara la evolución de estos dos indicadores se encuentra que, si bien resulta favorable el cambio en el de las trece ciudades y sus áreas, la verdad es que aquí la tasa siempre ha sido muy alta y de acentuada variabilidad. En cambio el del total nacional –que incorpora, además de otras diez grandes ciudades, lo que podríamos llamar “rural”, cuya tasa suele ser menor seguramente por la extraordinaria movilidad de la fuerza de trabajo y la persistente vitalidad de la economía campesina– muestra un consistente deterioro desde el desplome de 2015. (Ver Gráfico 1 que corresponde a “años móviles”). Esto lo corrobora el análisis de las series desestacionalizadas que, además, nos previene de irresponsables cantos de victoria pues advierte, justamente, sobre la particular variabilidad. (Ver gráfico 2).1 Un detalle a considerar consiste en que para el mes de febrero de 2020, esta vez, excepcionalmente, la tasa del total nacional es superior a la de 13 ciudades.

 

 

https://www.dane.gov.co/files/investigaciones/boletines/ech/ech/pres_web_empleo_resultados_feb_20.pdf

 

Para decirlo en términos coloquiales: ¡estábamos en manos del empleo urbano! Y sobre todo de dos grandes ciudades metropolitanas, Bogotá y Medellín, donde el desempleo disminuyó apreciablemente en el último año. Por ejemplo en Bogotá, donde, tomando el promedio para el trimestre diciembre-febrero la tasa se reduce significativamente de 12.9 (2018-19) a 10.8 por ciento (2019-20). Y téngase en cuenta que estamos hablando de un importante número absoluto de personas, el cual afecta considerablemente, por supuesto, los datos consolidados. De hecho, en ciudades intermedias o pequeñas como Quibdó o Ibagué la tasa de desempleo es dramáticamente elevada. Pero, ¿En qué sectores y en qué posiciones ocupacionales es donde aumenta el empleo urbano?

El ejercicio no es difícil y arroja enseñanzas bastante reveladoras (seguimos en este caso la información provista por el Dane). Obviamente, aquí prácticamente descartamos el sector agropecuario. Comparando febrero contra febrero, para las trece ciudades y sus áreas, la ocupación aumenta significativamente en algunas ramas. En su orden: construcción, Industria manufacturera y comercio (incluye reparación de vehículos). Estas ramas significan casi el 45 por ciento del total, pero sobre todo la última que emplea, según las estimaciones, más de 2.252.000 personas. Otras ramas tienen también un importante peso en el empleo, por ejemplo servicios de entretenimiento y recreación, así como servicios administrativos y profesionales, pero sobre todo el sector clasificado como “Administración Pública, Defensa, Salud y Educación” (casi 13% del total ocupado), en donde el empleo de febrero de 2020 es menor que en el mismo mes de 2019.

Pero más reveladora es la identificación de la dinámica según la posición ocupacional. Los trabajadores por cuenta propia y los obreros o empleados de empresas privadas constituyen, como se sabe, el grueso de la población empleada (alrededor de 87%). Contrariamente a lo que se piensa, el grupo de empleados u obreros del sector gobierno representa apenas un 3.9 por ciento. Ahora bien, en lo que se refiere a la evolución reciente, es claro que, entre los dos primeros, el mayor incremento porcentual en el empleo corresponde al renglón de los independientes (4.2% al comparar los trimestres diciembre-febrero). Y si se toma, desde otro punto de vista, el empleo considerado informal –bastante discutible pues el Dane lo define como el provisto por establecimientos de menos de cinco trabajadores, excluyendo a los independientes– éste representa en el trimestre dic/19-feb/20 un 46.7 por ciento (extraordinariamente alto, por cierto) habiendo aumentado en 0.8 puntos porcentuales con respecto al registrado un año antes. Bogotá y Medellín están entre las de menor proporción de informalidad pero aun así los porcentajes son altos, 41.7 la primera y 40.8 la segunda.

Fácil es entonces concluir que la variación positiva del empleo en estas grandes ciudades es hasta cierto punto ilusoria. En un contexto de alto desempleo, desde hace por lo menos cuatro años, ya la tasa había bajado un poco y así mismo había vuelto a subir. (Ver gráfico 2). Se trata, en buena parte, de una dinámica de lo que hemos llamado estrategias de refugio cuya posibilidad depende, gracias a las economías urbanas de la aglomeración, de la buena salud del mercado. Dicho de otra manera: ninguna tendencia consistente hacia lo que en Colombia más se podría parecer al pleno empleo va a iniciarse mientras se persista en un modelo de desarrollo ya fracasado. Y eso para no hablar de una verdadera resolución que significaría, más bien, un cambio de economía.

El desastre y sus consecuencias

Evidentemente, si algo resultó completamente aniquilado, con la respuesta adoptada frente a la pandemia, fue la estrategia del refugio. Especialmente de quienes viven en la calle o por lo menos de la calle. Desde las diversas formas de mendicidad –incluida la que practican una buena proporción de los recién llegados de Venezuela– hasta los servicios técnicos relacionados con dispositivos electrónicos, pasando, por ejemplo, por todos los tipos de comercio y de negocios de comida y bebida. Porque aun pudiendo acceder a la calle, ¿a quién le venderían? Es decir, el confinamiento obligatorio afecta tanto a los vendedores como a los compradores o usuarios. Piénsese en el trabajo independiente, de oficio o profesional, que va desde el salón de belleza hasta el consultorio odontológico.

Es cierto que han sido afectadas las empresas, o instituciones del Estado, ubicadas en los sectores llamados no esenciales. Y ya se ha visto lo difícil que ha sido y será materializar una política de apoyo. En este caso, mientras no haya despidos (o “licencias”), hay remuneración completa o parcial. Es decir, por este lado, sólo se interrumpe parcialmente la cadena de las compras y pagos, o sea la demanda. A menos que se practique el “teletrabajo” o la educación y los servicios “virtuales”, tendríamos entonces la paradoja de un empleo sin trabajo. ¿Por cuánto tiempo? No mucho. El capital resuelve su problema, aunque no definitivamente, prescindiendo de nuevas inversiones y reduciendo al mínimo sus costos corrientes, como quien dice nada de compras de materias primas y servicios y nada de salarios. Desde luego, dependiendo de la duración de las medidas es muy probable que proliferen las quiebras y ruinas de empresas, especialmente las más frágiles. Hacia el final del periodo se encontrará seguramente un enorme desempleo explícito.2

Esto sugiere que, una vez finalizada la crisis de la pandemia y asumidos sus costos, materiales y en vidas humanas, el capital reanudará su actividad sólo progresivamente, por tanteo. Seguramente aprovechará las enseñanzas del confinamiento. En primer lugar las posibilidades de automatización seguidas de las diferentes formas de “teletrabajo”. Por otra parte, y quebrando una vez más las normas laborales internacionales, se recurrirá en mayor escala al trabajo temporal y al trabajo por horas. El empleo salarial y formal, en consecuencia, podría volver a los niveles de febrero sólo varios años después, habiendo cambiado, eso sí, de distribución (asignación) y calidad. Todo ello dependiendo, claro está, del hallazgo de un nuevo rumbo para el capitalismo colombiano.

El panorama, es completamente diferente para aquellos que mencionábamos anteriormente. No cuentan con las alternativas del capital. El tiempo disponible es, en consecuencia, más corto. La salida no es económica: a menos que haya una política pública apropiada, lo que se vislumbra es un estallido social, por desgracia no revolucionario, sino desesperado. En todo caso, cuando se logre salir a la otra orilla (y no sabemos lo que va a suceder entre tanto), contando con los costos en vidas y en salud, la recuperación será más dificultosa pues supone la restauración de los mecanismos de operación del mercado urbano –obsérvese que lo señalado anteriormente no es enteramente válido para el mundo rural.

Esto sugiere una alternativa radical: escapar del mercado, en una suerte de éxodo del trabajo que así recuperaría su condición, alejándose de la identificación o confusión con el “empleo”. En efecto, un refugio va a ser probablemente el llamado retorno a la población “inactiva”. No obstante, esto implica forzosamente, o bien un incremento de los ingresos monetarios familiares, o bien el aseguramiento de la sobrevivencia por medios ajenos al mercado. En todo caso, estas son alternativas que no pueden progresar mediante decisiones individuales o de pequeñas comunidades locales. Requiere de un esfuerzo colectivo consciente que confronte a la vez las políticas provenientes de las clases dominantes a través del Estado.

En estas circunstancias sólo hay dos posibilidades: o se mantiene el modelo y poco a poco, muy lentamente, vuelven a operar las estrategias de refugio, u ocurre un vuelco radical y total y la generación de empleo toma un rumbo diferente. La política, entonces, en su verdadero y más profundo sentido, tendrá nuevamente la palabra.

1 En relación con las cifras e indicadores del mercado laboral, vale la pena advertir que además de los aspectos metodológicos de muestreo y cobertura, hay diversas formas de medición en el tiempo utilizadas para responder a las simples preguntas de si “está aumentando o disminuyendo”. No es aquí el lugar para detenernos en estos análisis y sólo se presenta lo necesario para la ilustración.


2 No va a ser fácil medirlo. El Dane ya anunció los cambios de operación y metodología que va a introducir para hacer la encuesta durante el confinamiento, principalmente “utilizando el teléfono”. No obstante, hay diversas razones para desconfiar de los resultados que se van a ofrecer en estas condiciones.

 

Periódico desdeabajo Nº267, pdf interactivo

 

 

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http://zonacero.com/generales/trabajadores-informales-conozca-el-link-para-que-se-registren-y-reciban-auxilio-economico

Aunque tienen significaciones próximas, trabajo y empleo son cosas distintas. Alguien puede estar escribiendo una novela, trabajo arduo como el que más, y si no hace otra cosa está desempleado, o desempleada. En cambio, si después encuentra quién se la publique, sí que estarán empleados los que se encarguen de la edición, incluido el trabajo de impresión, más la distribución y la publicidad. Y, para ilustrar la diferencia, está el caso más notable: los millones de mujeres que se dedican, en el hogar, a las labores del cuidado y, sin embargo, se consideran parte (la mayoría: 42.7%) de la población económicamente inactiva que es, a su vez, casi el 37 por ciento de la población en edad de trabajar (más de 12 años).

De todas maneras, solemos decir “estoy buscando trabajo” cuando en realidad lo que estamos buscando es “empleo”. Como quien dice que el trabajo, en su sentido “económico”, es aquella actividad que nos permite obtener un ingreso monetario para nosotros mismos o para la familia. –No gratuitamente se habla de “Mercado Laboral”–. Generalmente está asociado a la condición de asalariado, ya sea peón o jornalero, como se acostumbra decir en el campo, o bien, obrero o empleado, de empresas privadas o instituciones estatales. No obstante, existe también el trabajo por cuenta propia o “independiente” que podría denominarse “autoempleo” y que ahora, de manera eufemística, llaman “emprendimiento”. Una franja de empleo que es de extraordinaria importancia en países como Colombia: según los cálculos del Dane, el 41.7 por ciento de la población ocupada. La diferencia con los asalariados consiste en que éstos trabajan para un patrón, y los “independientes” para el mercado que es, sin duda, muchísimo más tiránico e implacable.

Estas consideraciones son fundamentales para entender lo que nos está sucediendo y nos va a suceder en estos tiempos de confinamiento y parálisis económica como resultado del enfrentamiento a la pandemia del Covid-19. Digámoslo de una vez. En circunstancias de crisis económica, o de estancamiento secular (como parecía estar sucediendo en Colombia), la reacción frente a los despidos masivos o el desaforado crecimiento del desempleo, es el trabajo por cuenta propia que se convierte, por lo tanto, en el más inmediato refugio. En cambio, en una crisis como la actual, propiciada por una política pública como es el confinamiento obligatorio, junto con el mercado se fractura sustancialmente la dinámica del trabajo por cuenta propia y desaparece hasta la misma posibilidad del refugio. En consecuencia, lo que se nos viene encima no es la incertidumbre frente a una deseada fase de “recuperación económica”, que después de las crisis habituales tiene un apoyo en las pequeñas actividades mercantiles, sino la angustia frente a las enormes dificultades de la reanudación de la dinámica del refugio.


Y ya veníamos mal…

No alcanzaron, los defensores del establecimiento, a celebrar los aparentes buenos resultados en materia de empleo. En efecto, según la periódica Encuesta de Hogares del Dane (Geih), publicada en marzo, en plena emergencia de la llamada cuarentena, la tasa de desempleo del pasado febrero, para 13 ciudades principales y sus Áreas Metropolitanas, fue de 11.5 por ciento, es decir, menor que el 12.4 por ciento registrado el mismo mes del año anterior. En principio, como resultado de un incremento de la población ocupada. ¿Se había quebrado la tendencia que venía más o menos desde el 2015? ¿Como resultado de las políticas económicas del flamante gabinete de Iván Duque?

En realidad no había muchas razones para la celebración. Si se toman los resultados para el Total Nacional el comportamiento es opuesto: el desempleo aumenta; su tasa, de un año a otro (febrero), pasa de 11.8 a 12.2 por ciento, incrementándose el número de desempleados en más de cien mil personas según las estimaciones. En total se contabilizan alrededor de 3 millones de desempleados. Pero no es un problema de exceso de oferta; disminuye, además, la población ocupada. A la persistente disminución del empleo en el sector agropecuario se añade la del comercio, cifras apenas parcialmente compensadas por una recuperación del empleo en la construcción. La tendencia, en suma, seguía siendo preocupante.


Si se compara la evolución de estos dos indicadores se encuentra que, si bien resulta favorable el cambio en el de las trece ciudades y sus áreas, la verdad es que aquí la tasa siempre ha sido muy alta y de acentuada variabilidad. En cambio el del total nacional –que incorpora, además de otras diez grandes ciudades, lo que podríamos llamar “rural”, cuya tasa suele ser menor seguramente por la extraordinaria movilidad de la fuerza de trabajo y la persistente vitalidad de la economía campesina– muestra un consistente deterioro desde el desplome de 2015. (Ver Gráfico 1 que corresponde a “años móviles”). Esto lo corrobora el análisis de las series desestacionalizadas que, además, nos previene de irresponsables cantos de victoria pues advierte, justamente, sobre la particular variabilidad. (Ver gráfico 2).1 Un detalle a considerar consiste en que para el mes de febrero de 2020, esta vez, excepcionalmente, la tasa del total nacional es superior a la de 13 ciudades.

 

 

https://www.dane.gov.co/files/investigaciones/boletines/ech/ech/pres_web_empleo_resultados_feb_20.pdf

 

Para decirlo en términos coloquiales: ¡estábamos en manos del empleo urbano! Y sobre todo de dos grandes ciudades metropolitanas, Bogotá y Medellín, donde el desempleo disminuyó apreciablemente en el último año. Por ejemplo en Bogotá, donde, tomando el promedio para el trimestre diciembre-febrero la tasa se reduce significativamente de 12.9 (2018-19) a 10.8 por ciento (2019-20). Y téngase en cuenta que estamos hablando de un importante número absoluto de personas, el cual afecta considerablemente, por supuesto, los datos consolidados. De hecho, en ciudades intermedias o pequeñas como Quibdó o Ibagué la tasa de desempleo es dramáticamente elevada. Pero, ¿En qué sectores y en qué posiciones ocupacionales es donde aumenta el empleo urbano?

El ejercicio no es difícil y arroja enseñanzas bastante reveladoras (seguimos en este caso la información provista por el Dane). Obviamente, aquí prácticamente descartamos el sector agropecuario. Comparando febrero contra febrero, para las trece ciudades y sus áreas, la ocupación aumenta significativamente en algunas ramas. En su orden: construcción, Industria manufacturera y comercio (incluye reparación de vehículos). Estas ramas significan casi el 45 por ciento del total, pero sobre todo la última que emplea, según las estimaciones, más de 2.252.000 personas. Otras ramas tienen también un importante peso en el empleo, por ejemplo servicios de entretenimiento y recreación, así como servicios administrativos y profesionales, pero sobre todo el sector clasificado como “Administración Pública, Defensa, Salud y Educación” (casi 13% del total ocupado), en donde el empleo de febrero de 2020 es menor que en el mismo mes de 2019.

Pero más reveladora es la identificación de la dinámica según la posición ocupacional. Los trabajadores por cuenta propia y los obreros o empleados de empresas privadas constituyen, como se sabe, el grueso de la población empleada (alrededor de 87%). Contrariamente a lo que se piensa, el grupo de empleados u obreros del sector gobierno representa apenas un 3.9 por ciento. Ahora bien, en lo que se refiere a la evolución reciente, es claro que, entre los dos primeros, el mayor incremento porcentual en el empleo corresponde al renglón de los independientes (4.2% al comparar los trimestres diciembre-febrero). Y si se toma, desde otro punto de vista, el empleo considerado informal –bastante discutible pues el Dane lo define como el provisto por establecimientos de menos de cinco trabajadores, excluyendo a los independientes– éste representa en el trimestre dic/19-feb/20 un 46.7 por ciento (extraordinariamente alto, por cierto) habiendo aumentado en 0.8 puntos porcentuales con respecto al registrado un año antes. Bogotá y Medellín están entre las de menor proporción de informalidad pero aun así los porcentajes son altos, 41.7 la primera y 40.8 la segunda.

Fácil es entonces concluir que la variación positiva del empleo en estas grandes ciudades es hasta cierto punto ilusoria. En un contexto de alto desempleo, desde hace por lo menos cuatro años, ya la tasa había bajado un poco y así mismo había vuelto a subir. (Ver gráfico 2). Se trata, en buena parte, de una dinámica de lo que hemos llamado estrategias de refugio cuya posibilidad depende, gracias a las economías urbanas de la aglomeración, de la buena salud del mercado. Dicho de otra manera: ninguna tendencia consistente hacia lo que en Colombia más se podría parecer al pleno empleo va a iniciarse mientras se persista en un modelo de desarrollo ya fracasado. Y eso para no hablar de una verdadera resolución que significaría, más bien, un cambio de economía.

El desastre y sus consecuencias

Evidentemente, si algo resultó completamente aniquilado, con la respuesta adoptada frente a la pandemia, fue la estrategia del refugio. Especialmente de quienes viven en la calle o por lo menos de la calle. Desde las diversas formas de mendicidad –incluida la que practican una buena proporción de los recién llegados de Venezuela– hasta los servicios técnicos relacionados con dispositivos electrónicos, pasando, por ejemplo, por todos los tipos de comercio y de negocios de comida y bebida. Porque aun pudiendo acceder a la calle, ¿a quién le venderían? Es decir, el confinamiento obligatorio afecta tanto a los vendedores como a los compradores o usuarios. Piénsese en el trabajo independiente, de oficio o profesional, que va desde el salón de belleza hasta el consultorio odontológico.

Es cierto que han sido afectadas las empresas, o instituciones del Estado, ubicadas en los sectores llamados no esenciales. Y ya se ha visto lo difícil que ha sido y será materializar una política de apoyo. En este caso, mientras no haya despidos (o “licencias”), hay remuneración completa o parcial. Es decir, por este lado, sólo se interrumpe parcialmente la cadena de las compras y pagos, o sea la demanda. A menos que se practique el “teletrabajo” o la educación y los servicios “virtuales”, tendríamos entonces la paradoja de un empleo sin trabajo. ¿Por cuánto tiempo? No mucho. El capital resuelve su problema, aunque no definitivamente, prescindiendo de nuevas inversiones y reduciendo al mínimo sus costos corrientes, como quien dice nada de compras de materias primas y servicios y nada de salarios. Desde luego, dependiendo de la duración de las medidas es muy probable que proliferen las quiebras y ruinas de empresas, especialmente las más frágiles. Hacia el final del periodo se encontrará seguramente un enorme desempleo explícito.2

Esto sugiere que, una vez finalizada la crisis de la pandemia y asumidos sus costos, materiales y en vidas humanas, el capital reanudará su actividad sólo progresivamente, por tanteo. Seguramente aprovechará las enseñanzas del confinamiento. En primer lugar las posibilidades de automatización seguidas de las diferentes formas de “teletrabajo”. Por otra parte, y quebrando una vez más las normas laborales internacionales, se recurrirá en mayor escala al trabajo temporal y al trabajo por horas. El empleo salarial y formal, en consecuencia, podría volver a los niveles de febrero sólo varios años después, habiendo cambiado, eso sí, de distribución (asignación) y calidad. Todo ello dependiendo, claro está, del hallazgo de un nuevo rumbo para el capitalismo colombiano.

El panorama, es completamente diferente para aquellos que mencionábamos anteriormente. No cuentan con las alternativas del capital. El tiempo disponible es, en consecuencia, más corto. La salida no es económica: a menos que haya una política pública apropiada, lo que se vislumbra es un estallido social, por desgracia no revolucionario, sino desesperado. En todo caso, cuando se logre salir a la otra orilla (y no sabemos lo que va a suceder entre tanto), contando con los costos en vidas y en salud, la recuperación será más dificultosa pues supone la restauración de los mecanismos de operación del mercado urbano –obsérvese que lo señalado anteriormente no es enteramente válido para el mundo rural.

Esto sugiere una alternativa radical: escapar del mercado, en una suerte de éxodo del trabajo que así recuperaría su condición, alejándose de la identificación o confusión con el “empleo”. En efecto, un refugio va a ser probablemente el llamado retorno a la población “inactiva”. No obstante, esto implica forzosamente, o bien un incremento de los ingresos monetarios familiares, o bien el aseguramiento de la sobrevivencia por medios ajenos al mercado. En todo caso, estas son alternativas que no pueden progresar mediante decisiones individuales o de pequeñas comunidades locales. Requiere de un esfuerzo colectivo consciente que confronte a la vez las políticas provenientes de las clases dominantes a través del Estado.

En estas circunstancias sólo hay dos posibilidades: o se mantiene el modelo y poco a poco, muy lentamente, vuelven a operar las estrategias de refugio, u ocurre un vuelco radical y total y la generación de empleo toma un rumbo diferente. La política, entonces, en su verdadero y más profundo sentido, tendrá nuevamente la palabra.

1 En relación con las cifras e indicadores del mercado laboral, vale la pena advertir que además de los aspectos metodológicos de muestreo y cobertura, hay diversas formas de medición en el tiempo utilizadas para responder a las simples preguntas de si “está aumentando o disminuyendo”. No es aquí el lugar para detenernos en estos análisis y sólo se presenta lo necesario para la ilustración.


2 No va a ser fácil medirlo. El Dane ya anunció los cambios de operación y metodología que va a introducir para hacer la encuesta durante el confinamiento, principalmente “utilizando el teléfono”. No obstante, hay diversas razones para desconfiar de los resultados que se van a ofrecer en estas condiciones.

 

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Publicado enEdición Nº267
Los países nórdicos no quieren un salario mínimo común para toda Europa porque sería demasiado bajo para ellos

- La Comisión Europea quiere implantar un conjunto de criterios comunes en cuanto al salario mínimo para frenar "la fuga de cerebros" del este al oeste de la UE

- El objetivo de la Comisión es garantizar que los Estados miembros establezcan un salario mínimo equivalente al 60% del salario medio en ese país

- En los países nórdicos, los trabajadores no tienen salario mínimo pero están cubiertos por convenios colectivos que los empresarios podrían cuestionar a la baja

 

Los países nórdicos con un buen nivel salarial, entre ellos Dinamarca y Suecia, han mostrado su desacuerdo con los planes encaminados a implantar unos criterios únicos para todos los Estados miembros de la UE que permitan fijar el salario mínimo, ya que temen que esta medida pueda perjudicar unos modelos de negociación colectiva con más de un siglo de antigüedad.

La Comisión Europea dará este martes el primer paso hacia unos criterios comunes para todos los países de la UE el como parte de la promesa de su nueva presidenta, Ursula von der Leyen, de frenar la "fuga de cerebros" del este de Europa hacia el oeste. Sin embargo, los países nórdicos en los que los salarios mínimos son fruto de una negociación entre los empresarios y los trabajadores han cuestionado esta iniciativa. Los principales sindicatos respaldan la posición de los políticos escandinavos, que argumentan que en última instancia la propuesta de Bruselas podría comportar que los salarios de sus trabajadores se reduzcan.

En declaraciones a The Guardian, el ministro de trabajo de Dinamarca, Peter Hummelgaard, ha señalado que está a favor de que los trabajadores de los países de la UE con peores políticas salariales cobren más, pero que "los medios para lograr este objetivo deben respetar las tradiciones nacionales y los modelos que están funcionando". En este sentido, ha recordado que "en Dinamarca, son los patronatos y los sindicatos los que negocian los salarios y así lo hemos hecho desde hace más de un siglo".

De los 28 Estados miembros, sólo Dinamarca, Italia, Chipre, Austria, Finlandia y Suecia no tienen un salario mínimo establecido por ley. Los trabajadores de los países nórdicos disfrutan de unos salarios medios comparativamente altos. En 2018, los empresarios daneses pagaron unos 43,50 euros por hora por trabajador; la remuneración por hora más alta de la UE.

Incluso aquellos daneses que tienen un salario considerado bajo cobran cerca de 15 libras esterlinas por hora. Los trabajadores suecos y finlandeses también obtienen una buena remuneración en base a sus modelos de negociación colectiva.

En los países nórdicos, los trabajadores que no están sindicados suelen quedar cubiertos por los convenios colectivos. Es por este motivo que los políticos de estos países han señalado que un criterio europeo para fijar los salarios podría tener como consecuencia que los empresarios cuestionaran los acuerdos colectivos, argumentando que el salario mínimo de la directiva no necesita ser mejorado y que ya lo consideran razonable.

Esta semana la comisión inicia la fase de consultas. El gobierno danés quiere que se le den garantías por escrito de que su sistema de negociación colectiva quedará exento del cumplimiento de una futura directiva europea. Los gobiernos de Finlandia y de Suecia se han expresado en similares términos.

Hummelgaard ha señalado que si bien Nicolas Schmit, el nuevo comisario europeo de empleo y derechos sociales, le había dado garantías de palabra, sigue preocupando por las consecuencias de esta medida.

"Leeremos la propuesta con atención, ya que el peligro suele esconderse en la letra pequeña y todavía me preocupa que nuestro modelo pueda verse perjudicado por esta iniciativa", ha indicado. "No cabe duda de que el gobierno danés está haciendo todo lo que está en sus manos para evitar que modelos como los nórdicos se vean perjudicados por la regulación de la UE, que es también la razón por la que discuto el asunto con mis colegas europeos cada vez que tengo la ocasión".

Henri Lindholm, un líder sindical finlandés que también es un destacado miembro de la Nordiska Unionen, un sindicato pan-nórdico que representa a los trabajadores de la industria alimentaria, ha puntualizado que no se opone a que los trabajadores de los países del este de Europa mejoren sus salarios, sino a un único acuerdo para toda la UE que no tenga en cuenta las especificidades de cada país.

En este sentido, Lizette Risgaard, presidenta de la confederación sindical danesa, ha afirmado que "en el llamado modelo danés los salarios se fijan en el marco de una negociación colectiva fruto del diálogo entre las partes, y la productividad y la innovación son elementos clave del proceso".

"La premisa del modelo danés es que cuenta con un amplio apoyo tanto de los trabajadores como de los empresarios, y las estadísticas salariales muestran que en términos generales el modelo danés garantiza que la mayoría de los trabajadores de Dinamarca reciban un salario que sea a la vez decente y pueda proporcionar un buen nivel de vida", ha señalado.

"Un sistema paralelo basado en un salario mínimo único o en la cobertura universal de los convenios colectivos no garantiza que todos los trabajadores reciban un salario que asegure un nivel de vida decente. Por lo tanto, la Confederación Danesa de Sindicatos teme que un salario mínimo europeo establecido por una directiva pueda debilitar la eficacia del modelo danés".

Un nivel de vida decente

La Comisión no determinará un nivel salarial, pero quiere llegar a un acuerdo sobre un conjunto de criterios que se deben cumplir cuando los gobiernos fijen sus salarios mínimos. El salario mínimo actual de Bulgaria para un trabajador a tiempo completo es de 286 euros al mes, en comparación con los 2.071 euros mensuales de un trabajador luxemburgués. El objetivo de la comisión es garantizar que los Estados miembros establezcan un salario mínimo equivalente al 60% del salario medio en ese país.

Schmit, exministro de Trabajo de Luxemburgo, ha indicado que la propuesta de la comisión sobre el salario mínimo permitiría reducir la brecha de la desigualdad salarial en la UE. En declaraciones a The Guardian, ha afirmado que "la cifra de personas con empleo en la UE está en un nivel récord. Pero muchos trabajadores siguen luchando por llegar a fin de mes e incluso para salir de la pobreza". "Es esencial que los trabajadores tengan un salario justo que les proporcione un nivel de vida decente, un principio clave consagrado en el pilar europeo de los derechos sociales", ha puntualizado.

"Algunos Estados miembros han sido capaces de desarrollar una serie de leyes en materia de fijación de salarios, que ahora forman una parte integral de su tejido social, algunas incluso a través de un intenso debate social y de la negociación colectiva", señala. "La promoción de unos estándares elevados en cuanto a un mínimo salarial nos permite avanzar hacia la convergencia económica y social de todos los países de la UE, y reducir la brecha con una mejora para los que ahora tienen un salario mínimo más bajo, y dar un impulso a la economía social de mercado de la UE".

"El hecho de que la UE establezca un marco para fijar el salario mínimo podría ayudar a combatir las desigualdades y a prevenir que el salario mínimo se iguale hacia abajo. Al mismo tiempo, puede ayudar a corregir alguna de las causas de la fuga de cerebros y la contratación de trabajadores con peores condiciones salariales que viven en el otro lado de la frontera, algo que es motivo de gran preocupación en algunos Estados miembros", concluye.

Traducido por Emma Reverter

Publicado enEconomía
La clase trabajadora está ante retos que había conquistado hace 100 años

desdeabajo, en alianza con Rebeldía Contrainformativa, dialogaron con la Industrial Workers of the World IWW, una organización anarquista sindical que cuenta con más de un siglo de lucha en contra del Estado y el capital. Los “Wobblies”, como son llamados amistosamente, han tenido una fuerte incidencia en el movimiento obrero a nivel global convocando a la unidad de [email protected] trabajador@s contra los patrones desde una perspectiva antiautoritaria. Nacida en 1905, en pleno ascenso imperial de Estados Unidos, basan su acción en el sindicalismo revolucionario y autogestionario, proponiendo la unidad federativa de trabajadores en todo el mundo, considerando indispensable la organización obrera para moverse táctica y estratégicamente dentro de la confrontación contra el capitalismo y el Estado.

En esta entrevista, sostenida con Sid Parissi, uno de sus coordinadores en Sydney-Australia, se realiza un balance comparativo acerca de cómo se desarrolló la lucha de clases hace 100 años y los cambios producidos hoy, analizando las implicaciones del neoliberalismo para [email protected] trabajador@s, en especial, por ser este un contexto adverso en el cual los logros obtenidos por el movimiento obrero (jornada laboral de 8 horas, vacaciones, seguridad social, etcétera) están siendo desestructurados por la élite dominante a un paso vertiginoso.

desdeabajo (da): ¿Cuál y cómo ha sido la labor desarrollada por la Industrial Workers of the World desde su origen, y cómo ha sido su visión estratégica dentro de la lucha de clases?

Sid Parissi (SP): IWW empezó oficialmente en el año 1905. Años antes se había iniciado la organización de la luchas de clases trabajadoras en Estados Unidos y en otros países alrededor del mundo. Entonces, cuando el IWW fue establecido en Chicago –1905–, no salió de la nada, salió de las luchas de trabajadorxs de diversas industrias y lugares diferentes de este país, pues en los pueblos y ciudades, en todas las industrias, en el campo, en las minas, en los puertos, habían muchos conflictos entre [email protected] y jefes capitalistas.

Muchas de estas luchas eran estimuladas por sindicatos, pero la gente encontraba que estos sindicatos, por su forma de organización, no les ayudaba a ganar las luchas, especialmente porque en muchos de estos sindicatos se separaba a lxs trabajadorxs [email protected] de[email protected] blanc@s, las mujeres de los hombres, o preferían solamente a trabajadores con empleos permanentes y no [email protected] trabajador@s itinerantes o casuales (porque los trabajadores permanentes podían pagar mejor a los sindicatos). Así que había muchas razones por las que [email protected] trabajador@s se daban cuenta de que las luchas, las huelgas, no funcionaban muy bien.

Fue así como surgió la idea de que en lugar de tener sindicatos diferenciados por sectores o por ocupación –como carpinteros, albañiles, trabajadores del cemento o electricistas siempre en sindicatos separados–, todos los miembros de la industria deberían estar en un sólo sindicato para hacer huelgas y pelear contra los jefes, es decir, que las personas no estuvieran luchando por separado. Así que la unidad en la industria, por ejemplo en la industria de la construcción, se aplicaría a cualquier industria, como el servicio público, la agricultura, la educación, la minería. Entonces, la idea desarrollada era que todos en una industria deberían estar en un mismo sindicato, es por eso que nos llamamos IWW Industrial Workers of the World (Trabajadores Industriales del Mundo), bajo el lema Una agresión contra uno es una agresión contra todos ... pues juntos podemos ser más fuertes contra el jefe.

da. Resulta complejo pensar en la posibilidad de reunirse bajo una misma propuesta sindical, en especial por el divisionismo que propician los jefes por medio de sindicatos patronales, entonces ¿cómo se buscaba la unidad entre distintos trabajadores a través de la IWW?
SP. Suena simple, pero es complicado de organizar. Así que, algunos de estos sindicatos se unieron de una nueva forma y no por sector. La IWW fue establecida entonces, de manera similar. Durante los siglos XIX y XX estas ideas se expandieron, ya que la industrialización fue ganando espacio en muchos lugares. Los problemas eran similares entre los distintos grupos de trabajadores, digamos, los tejedores tenían el mismo problema que quienes estaban en una ocupación diferente, por ejemplo en la siembra y recolección del trigo. Es decir, los patrones eran fuertes y su contraparte permanecía dividida.

Fue así como en 8 países tomaron forma los sindicatos industriales. Ideas similares desarrollaron, por ejemplo, la Confederación Nacional de los Trabajadores en España (CNT) o la Federación Obrera Regional de Argentina (Fora). La misma idea básica: la unidad de los trabajadores, pues los patrones están unidos, pero los trabajadores no lo están.

Esta es la historia simple de dónde y por qué surgió la IWW. Estas ideas se han trasladado a muchos lugares del mundo: Inglaterra, Chile, Australia... Pero no como una lucha nacionalista, sino internacionalista, pues el jefe capitalista, la clase dominante, necesita ser combatida por [email protected] l@s [email protected] Esto introduce otra noción: Que lxs trabajadorxs no deben estar [email protected] por naciones, género, color de piel o por grupos culturales, si cosechamos unidad somos más fuertes.

da. Lo que nos cuentas estaba planteado por La Internacional…
SP. Así es. La Industrial Workers of the World nace de todo este ideal de La Internacional, y la lucha por el tema de defender algunos derechos inmediatos de los trabajadores, lo que también llevó a que estos sindicatos generaron un movimiento muy fuerte de trabajadores que peleaban por la jornada laboral de 8 horas.

da. Una lucha en la cual se van obteniendo logros, hoy en peligro.
SP. Los sindicatos del mundo ganaron muchos días festivos, el descanso el fin de semana, el derecho de asociación, la seguridad social, y otros muchos derechos, logros que cien años después la clase capitalista quiere negar, por ejemplo, extendiendo la jornada de trabajo de diferentes maneras, por ejemplo, entre maestros, empleados de oficina, bancos, ahora todxs realizan su trabajo por teléfono, fuera de su sitio de trabajo. Así que ahora nos enfrentamos, de otras muchas maneras, a la lucha por la jornada de 8 horas, pero en un contexto moderno de capitalismo neoliberal, que de muchas maneras diferentes es copia de lo que era hace cien años, un capitalismo rapaz; nos han propinado golpes, de alguna manera estamos retrocediendo, y no caminando hacia adelante, pero la lucha sigue.


da. Sigamos hablando de este nuevo contexto, porque después de 100 años de logros y de resistencia, con el desarrollo y reacomodamiento del capitalismo, con su fase neoliberal, hoy estamos ante otras formas de empleo, especialmente con el freelance, contratos de corto plazo, desregulación laboral. Así, el Estado ha mostrado su real cara, no de protector, como lo fue durante el periodo de Bienestar, sino de interventor de los intereses de la burguesía, de los industriales, ¿cómo actúa bajo este nuevo contexto la IWW?
SP. En muchos sentidos sí, la lucha de clases internacional es diferente a como fue hace 100 años, pero en otros muchos aspectos es similar. En las últimos 2 o 3 décadas pasamos de un trabajo permanente a uno por horas o por temporadas, trabajo informal, que es muy similar a como era hace 100 años. Así que la evidencia es muy clara: en todo el mundo se pasó de victorias para la clase trabajadora a victorias para la clase empleadora (dominante), en especial desde la década de 1980 con el ascenso neoliberal de Thatcher, Reagan y sus ideólogos.


Así que, de muchas maneras, estamos enfrentando las mismas luchas pero en diferentes contextos. Vivimos con computadoras, internet, teléfonos inteligentes; la interconexión entre los tiempos de trabajo y de no trabajo está mucho más lograda. Esencialmente, la clase capitalista pretende obtener más valor y ganancias de cada hora de [email protected] trabajador@s. Una de las formas es extendiendo la cantidad de horas que un trabajador tiene que laborar, a través de la imposición del trabajo no-permanente, de modo que cuando los trabajadores tengan que completar una cierta cantidad de trabajo en menos tiempo, se quede una parte de su labor sin pago, aumentando las ganancias y el poder del jefe. De alguna manera, vivimos en un mundo muy distinto, pero algunas de las mismas cuestiones surgen una y otra vez. La necesidad de sindicatos fuertes es tan urgente hoy como lo fue hace 100 años. Entonces sí, necesitamos adaptarnos a este nuevo mundo en el que hoy vivimos, no al mundo de hace 100 años.

da. Sí, por supuesto. Para ir terminando, algunos defensores del neoliberalismo aseguran que el capitalismo es una ideología victoriosa, que estamos ante el fin de la historia. Entonces, ¿qué podemos proponer para el ahora y el futuro? Exactamente, ¿cuáles son las metas del movimiento de trabajadores y los demás movimientos sociales en este contexto de neoliberalismo?
SP. El neoliberalismo reclama el fin de la historia, reclamo que plantea una vez la Unión Soviética fue derrotada, y así es porque veían la gran batalla entre la economía stalinista soviética y la economía capitalista. Pero ya sea que se mire a la antigua Unión Soviética, Rusia, China, Cuba o cualquiera de los países abiertamente capitalistas (EEUU, Francia, Australia), todos estos sistemas económicos son exactamente iguales, excepto por una cosa: la proporción de la economía como propiedad del Estad, y la proporción de la economía que es privada. Al final, la economía sigue siendo jerárquica, sigue controlada y propiedad de unos pocos, y los trabajadores están en la parte abajo, en todo el mundo.

Entonces, están vigentes las demandas sobre el poder y la jerarquía, la igualdad de la riqueza y el acceso a educación, salud, cultura, a todos estos derechos. Las preguntas emergen: ¿cuál es la sociedad capitalista de un tipo diferente? ¿Qué diferencia existe entre EEUU, el capitalismo británico, el australiano o el capitalismo actual de China? Al final todos tienen la misma estructura: unos cuantos poderosos y los muchos excluidos. Surgen entonces las mismas preguntas, y las mismas respuestas están ahí. La respuesta es: establecer una sociedad igualitaria. Eso no significa que todos sean exactamente iguales, no, los individuos tienen derecho a su desarrollo libre, a desarrollar sus potencialidades, tanto cultural como materialmente, en todos los sentidos. Algo imposible bajo estructuras jerárquicas, como las imperantes en el capitalismo, estructuras que no permiten el desarrollo de las necesidades, en absoluto.

da. Estructuras jerárquicas que a su vez expresan la desigualdad social.
SP. Así es. Cuando el jefe corporativo o político recibe cientos de miles de millones de dólares al año en comparación con un trabajador pobre, que apenas puede vivir, se observa que la desigualdad es el resultado del sistema jerárquico. También se basa en cosas como el racismo, el género, la preferencia sexual, en términos ambientales. La jerarquía del capitalismo también se manifiesta en la forma como el sistema capitalista destruye el planeta, lo cual hace de a una velocidad alarmante. No es un sistema ni una una sociedad en la cual haya paz para el planeta. Es una sociedad en guerra destructiva del planeta. Y no hay nada que el capitalismo pueda hacer para impedirlo, porque su lógica reproductiva se basa en los procesos de aumento, de continuo crecimiento. Debe incrementar, no solamente ser estable, pues las tasas de ganancia deben aumentar. Pero no puede seguir creciendo para siempre en un planeta finito. No es lógico, no puede.

Así que debemos vivir socialmente entre nosotros en el planeta, y la humanidad o los seres humanos en paz con el planeta, con este único planeta que tenemos, lo que significa que, desde mi punto de vista, debemos aprender de lxs indígenas. Pueblos del mundo que tienen decenas de miles de años de vivir de forma sostenible y en paz con el planeta, sin destruirlo. Sólo en lugares donde la dominación jerárquica de la clase religiosa o política fue la norma, allí los nativos de ese territorio destruyeron los lugares donde vivían.

Por demás, todos los indígenas, en el Amazonas o en Nueva Guinea, o en otros muchos lugares donde vivieron en paz, lo han hecho como es la norma entre los aborígenes australianos, en una relación estable, sostenible y pacífica con el planeta. Muchos ejemplos de principios que debemos adoptar, no es que tengamos que retroceder y rechazar la tecnología, sino que debemos usarla de manera sostenible, que armonice con los sistemas naturales, en lugar de combatirlos y destruirlos.

Publicado enEdición Nº262
Martes, 06 Agosto 2019 07:09

No hay manual para los nuevos riesgos

No hay manual para los nuevos riesgos

La razón de ser de los bancos centrales es la estabilidad. Estabilidad del valor de la moneda frente a los bienes (estabilidad de precios), frente a las divisas (estabilidad cambiaria) y frente a los activos financieros (estabilidad financiera). Algunos bancos centrales incorporan en sus estatutos el objetivo del pleno empleo y el crecimiento. A nuestro entender, no se trata de un segundo objetivo, más altruista, sino de uno de los pilares que sostienen su objetivo principal, porque sólo con crecimiento y pleno empleo se logra una estabilidad sustentable.

En los países que democráticamente eligen tendencias políticas diferentes a las que prefieren los intereses hegemónicos, los bancos centrales enfrentan nuevos riesgos que dificultan esta tarea. Vale la pena analizarlos con detenimiento. Destacamos tres nuevas fuentes de grandes riesgos que son despreciados por las regulaciones internacionales bancarias (Basilea II) y las instituciones financieras internacionales: 1. Concentración financiera, 2. Integración financiera internacional y 3. Riesgos geopolíticos.

Concentración financiera internacional

Tres fondos de inversión privados que manejan fondos por más de 13 billones de dólares, son los principales accionistas del 90% de las 500 empresas más grandes de EE. UU. Los activos de los 500 fondos de inversión más grandes del planeta eran equivalentes al PIB global de 2017. Los fondos Blackrock y Vanguard administran activos superiores al PIB de China. Este nivel de concentración del sector financiero global está fuera de toda escala, no tiene parangón en la historia, es un fenómeno nuevo y los bancos centrales tienen que incorporarlo como una de las principales amenazas que enfrentan.

Las regulaciones domésticas solían poner algunos límites a la concentración bancaria, como la ley Glass-Steagall en EE. UU. Esta ley diferenciaba entre bancos de inversión (dedicados a la especulación que captaban depósitos de grandes inversores y los apostaban en los mercados financieros), y la banca comercial (que captaba depósitos de inversores comunes, hacían préstamos al consumo, el comercio y la industria, y estaban sujetos a mayores regulaciones). También prohibía que las dos bancas estuviesen vinculadas para que los riesgos de la banca especulativa no afectasen a los ciudadanos comunes. Hasta que fue derogada en 1999, EE. UU limitaba la concentración bancaria dentro del país, pero no ponía límites a su expansión en el resto del mundo, especialmente en los países permeables a los intereses norteamericanos, como los latinoamericanos, donde la banca estadounidense tiene una alta presencia[1]. Es por esto que el sector financiero pasó a ser el principal lobista en EE. UU., al que aporta directamente unos 500 millones de dólares anuales para hacer prevalecer sus intereses.[2]

La derogación de la ley Glass-Steagall impulsó una mayor concentración en el mercado financiero de EE. UU. que, unida a la concentración global, generó la semilla de la gran crisis financiera de 2007/8. Creó lo que hoy se denomina “banca en las sombras” (Shadowbanking), que son los grandes fondos de inversión que captan depósitos de todo tipo de inversores y eluden las mayores regulaciones a las que está sujeta la banca comercial. La banca en las sombras tiene una ventaja competitiva desleal que favorece su expansión a costa de la banca comercial tradicional. A nivel del globo, no hay regulaciones que limiten las acciones de la banca transnacional y la situación está fuera de control. El FMI (Fondo Monetario Internacional) tiene una relación simbiótica con esta banca transnacional: como su capacidad de préstamo es limitada, recurre y promueve los préstamos de la banca privada, favoreciendo su expansión y concentración; a su vez, la banca se apoya en la capacidad del FMI para poner exigencias a los países receptores, una forma indirecta de asegurar el cobro de los préstamos y su expansión. Este nivel de concentración genera riesgos evidentes. El mercado financiero está desequilibrado a favor de esta banca gigante que empequeñece a los bancos centrales y disminuye sus herramientas de estabilización. Cualquiera de sus decisiones puede implicar movimientos internacionales desestabilizadores.

Integración financiera

La contrapartida de esta concentración es la integración financiera global. El excelente estudio titulado “La red del control corporativo global” de Vital, Glattfelder y Battiston (2011) analizó las estructuras de propiedad de las corporaciones del planeta sobre una base de datos de 13 millones de relaciones de propiedad, es decir, de tenencias accionarias que generan control societario, con las que detectaron 43 mil transnacionales. El estudio concluye que 737 accionistas pueden controlar el 80% de estas corporaciones. Hilando más fino, los autores identificaron unos 140 accionistas que controlan el 40% de las corporaciones transnacionales.

En los años previos a la crisis de 2007/8, era moneda corriente escuchar a los economistas del establishment decir que la mayor integración financiera global era un elemento positivo, porque el riesgo bancario se distribuía entre muchos agentes así que, en caso de quiebra, las pérdidas serían más fáciles de asumir porque se repartían entre muchos. La experiencia de la crisis, sin embargo, nos demostró lo contrario. Cuando los riesgos financieros se distribuyen de esta forma, como lo hicieron los bancos a través del negocio de titulizaciones de activos más la imbricada red de tenencias accionarias compartidas entre entidades, los bancos tienen un incentivo para tomar más riesgos y, más que distribuir el riesgo, desparraman basura. La alta interconectividad propietaria del sector financiero hizo que todo el sector sufriese el contagio y puso en grave riesgo el sistema financiero global.

Riesgos geopolíticos

La errática política exterior de EE. UU. en el plano comercial y financiero es una nueva fuente de inestabilidad global. Tras los atentados del 9/11 de 2001, EE. UU. cambió su política de sanciones. Antes de los atentados, cuando aplicaba sanciones a algún país, su efecto se limitaba a la relación directa que mantenía con el país sancionado, prohibiendo, por ejemplo, las exportaciones o sus préstamos hacia dicho país. Pero, con el declive de la hegemonía productiva de EE. UU., estas sanciones directas fueron perdiendo efectividad.

Sin embargo, tras los atentados a las Torres Gemelas, todo cambió. EE. UU. presionó a la banca privada para que le sirviera de brazo para aplicar sus sanciones, y todos aceptaron para evitar ser acusados de apoyar el terrorismo internacional, el tráfico de drogas o el lavado de activos. Como el 95% de las transferencias transfronterizas se liquida a través del sistema de compensación norteamericano (denominado CHIPS), y el 44% del comercio global se liquida en dólares, EE. UU. se aprovecha de esta hegemonía en el sector financiero para aplicar sanciones indiscriminadamente. Los bancos pasaron a ser responsables de autoreportar las transferencias sospechosas de corresponder a empresas, personas o países afectados por las sanciones, por lo que el Gobierno estadounidense ni siquiera tiene que supervisar directamente las operaciones y recuesta el trabajo y los costos en el sistema bancario.

Los bancos también temen la discrecionalidad que deriva de la ley de 2001 conocida como el Acta Patriota, que le da al secretario del Tesoro de EE. UU. la potestad de prohibir las corresponsalías bancarias en ese país lo que implica, para cualquier banco del planeta, quedarse fuera del negocio por una decisión que no está sujeta a ningún escrutinio público ni en EE. UU. ni de cualquier entidad supranacional. Como casi la totalidad de las transferencias bancarias transfronterizas requieren combinar el uso del sistema de liquidación de operaciones CHIPS -controlado directamente por EE. UU.-, y el sistema de mensajería bancaria SWIFT, cualquier país, persona o entidad afectada por las sanciones queda inmediatamente aislada del mercado financiero y comercial internacional, porque no puede recibir ni préstamos ni realizar ni recibir transferencias internacionales. Existe el consenso de que EE. UU. está usando indiscriminadamente esta herramienta de guerra financiera. Recientemente, el Financial Times afirmó que “es vital para Washington usar las sanciones con prudencia. De lo contrario, en lugar de reforzar su poder, sólo acelerará el declive del sistema político y de comercio liderado por EE. UU.”.

La caja de herramientas de la economía neoclásica no tiene ningún artefacto para enfrentar estos nuevos desafíos porque el realismo geopolítico no entra en sus consideraciones. Sin embargo, no tener en cuenta estos elementos es una imprudencia. No se requiere una teoría conspirativa para llegar al estado actual del sistema, porque la concentración e integración financieras son un resultado inevitable y espontáneo, consecuencia de la desregulación y la apertura financiera promovida por el Fondo. Pero cuando hemos llegado al punto en el cual la lista de personas que detenta semejante control del sistema financiero cabe en la lista de invitados a una boda de clase media y que, por lo tanto, les es fácil reunirse en un club como Bilderberg o Davos[3] para llegar a acuerdos que pueden ser contrarios a los intereses de un Estado, no tener en cuenta los riesgos que esto implica es un caso grave de falta de imaginación o irresponsabilidad. Cualquier administrador eficaz de la banca central tiene que usar una caja de herramientas analíticas diferente a la neoclásica. La teoría de los sistemas complejos es una buena candidata para analizar estos nuevos escenarios. Dice que una forma de evitar estos riesgos es crear cortafuegos similares a los usados para evitar los apagones masivos de los sistemas eléctricos interconectados. En otras palabras, nacionalizar y aislar el sistema financiero lo más posible. Al final, Donald Trump tiene razón, al menos en lo que respecta al sistema financiero, lo mejor es “Latinoamérica First”.

Por Guillermo Oglietti

Celag

 

Notas

[1] file:///D:/Users/OK/Downloads/wp1760.pdf. La posición de América Latina de acuerdo a la presencia de banca extranjera se ubica por detrás de los países europeos exintegrantes de la URSS y de África.

[2] El sector financiero ocupa el primer o el segundo puesto del ranking de gasto de lobby por sector, habitualmente compartiendo el podio con el sector de la salud privada. De todos modos, debido a que el sector financiero es propietario de una gran porción de las corporaciones que también son lobistas, este gasto y posición seguramente están subestimados. http://www.opensecrets.org/

[3] El libro “Relaciones Internacionales” de Marcelo Gullo es una muy buena guía para entender este y otros temas geopolíticos que enfrentan nuestros países.

Guillermo Oglietti es doctor en Economía Aplicada por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), postgraduado del Instituto Torcuato Di Tella de Buenos Aires y licenciado en Economía por la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC, Argentina). Dirigió el Centro Interdisciplinario de Estudios sobre Territorio, Economía y Sociedad de la Sede.

Fuente original: https://www.celag.org/no-hay-manual-para-los-nuevos-riesgos/

Publicado enEconomía
Jóvenes trabajadores y estudiantes, ¡A organizarnos!

El sindicalismo enfrenta desde hace décadas la necesidad de renovación para superar la marginalidad. Nuevos retos se abren para el mismo, entre ellos cómo interpelar y cautivar a las nuevas generaciones, en su mayoría, en el caso del sector público, personal ilustrado. La convocatoria por parte de Únete* al Primer Encuentro de Jóvenes del Sector Público, es una inicial respuesta en tal dirección.

 

Cada día que pasa las y los jóvenes entramos en un terreno de incertidumbre y competitividad, en el que la sobrevivencia individual se vuelve nuestro único objetivo vital. Largas jornadas de trabajo, sueldos bajos y pocas garantías para nuestro futuro son la retribución a cambio de asumir la responsabilidad de dar nuestro esfuerzo para el incremento de una riqueza que solo beneficia a minorías.

Como si no fuera suficiente, nos acecha la amenaza del desempleo ante las limitaciones de conseguir un primer empleo sin experiencia. Las estadísticas muestran que 47 de cada 100 desocupados en el país son jóvenes; el porcentaje de desempleo en este sector poblacional dobla la tasa general y la informalidad gana terreno entre las y los jóvenes ocupados. Las políticas del primer empleo han tenido un impacto marginal y las plantas administrativas en el sector público están congeladas desde hace mucho tiempo –o solo funcionan para clientelas.

Ante este panorama, el sindicalismo debería jugar un papel clave en la organización y luchas de las y los trabajadores en general, y en específico para la juventud. Sin embargo, en un país como Colombia, donde existen las más bajas tasas de sindicalización del mundo, además de una significativa fragmentación y proliferación de sindicatos, la organización y luchas dentro del mundo del trabajo se muestran débiles y con escasa capacidad para articular las nuevas necesidades latentes en la vida de los y las trabajadoras. Las anquilosadas estructuras internas, la falta de actualidad en las demandas, la carencia de apertura en las tomas de decisiones, la ausencia de sujetos y cuerpos distintos en los escenarios de representación y decisión, y la escasa articulación política con el movimiento social, son algunas de las razones para esta debacle del sindicalismo en pleno siglo XXI.

Para caminar hacia una apuesta sindical juvenil, hecha desde este mismo sector social, sin dejar a un lado las regiones, la Federación Sindical de Trabajadores del Estado Únete decidió convocar a los trabajadores del sector público para los próximos 5 y 6 de julio en la Universidad Nacional –sede Bogotá–, para empezar la discusión. Sin lugar a dudas, es necesario un espacio de encuentro amplio, donde podamos llegar todas y todos para, en colaboración de trabajadores y de estudiantes, construir una apuesta común encaminada a disputar lo que por derecho es nuestro.

Esperamos, entonces, vernos las caras en el Primer Encuentro de Jóvenes del Sector Público, donde a partir de diversas experiencias y trayectorias de los y las presentes, logremos profundizar en las necesidades que hoy existen en el mundo del trabajo. Proponemos decantar nuestras reflexiones sobre las diversas experiencias de organización sindical y de trayectorias de autogestión gestadas en las diversas regiones del país., para así identificar en dónde estamos y hacia dónde nos queremos dirigir.

 

Con mirada de presente activo y futuro anticipado

 

Para emprender una tarea de fortalecimiento del sindicalismo en el sector público, es preciso entender que las condiciones de los y las jóvenes han cambiado, así como sus preocupaciones, aspiraciones y proyecciones de lucha son distintas. Las y los sujetos trabajadores en las instituciones del Estado son hoy claramente otros respecto a quienes ocupaban las oficinas, al menos hace 30 años. Por esta razón, necesitamos mirarnos de nuevo, reconocernos, juntarnos, reunirnos, para en definitiva poder organizarnos. Pero claro, unirnos a partir de otras formas, por medio de un nuevo sindicalismo, renovado, que vea el mundo desde las necesidades y retos que hoy en día tenemos los trabajadores y estudiantes. Esta es, en definitiva, una oportunidad para oxigenar nuestras luchas y reivindicaciones, partiendo de nuestro presente y de nuestras aspiraciones y renovadas capacidades.

Se trata de dialogar sobre las relaciones que establecemos con quienes componen y dan vida a nuestros puestos de trabajo en el sector público. Pero sobre todo, mirarnos de frente e identificar las potencialidades que existen en nuestro día a día, para trabajar juntos por transformar nuestras condiciones de vida en común. El mañana es nuestro y, partiendo de nuestras acciones, lo alcanzaremos con dignidad.

 

* Federación Unión nacional de trabajadores del Estado, los servicios públicos y la comunidad.

Publicado enEdición Nº258
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