Sábado, 25 Mayo 2013 10:33

Colores que se mueven entre sombras*

Colores que se mueven entre sombras*

Un breve recorrido por la vida y obra del artista plástico palmirano Eduardo Esparza, quien generosamente nos abrió las puertas de su taller, y que al son de Richie Ray, entre anécdotas, piruetas de trompo y pandebono, nos enseñó su prolífica y sugestiva obra, que al igual, dice, que los expresionistas: “somos los artistas que pintamos con las entrañas, con el sentimiento, con la berraquera, de cómo interpretamos esta sociedad, de que es lo que nos duele, de que es lo que nos atormenta… pero no solo pintamos el dolor…también la rumba, también la vida, también el goce, también el erotismo”.

 

“Los artistas somos las antenitas sensibles del latir de este país” decía Eduardo Esparza en su taller en Tabio, municipio cercano a Bogotá, mientras aplicaba una capa de tinta sobre una pieza de madera minuciosamente labrada, para luego, tal como un sello, dejar impresa una huella en la memoria colectiva del país. Así fue, por medio de la xilografía1, que las más grandes obras de los expresionistas alemanes, contaban las atrocidades de las guerras sufridas. Y que Esparza, sumergido en su taller, trabaja en su más reciente serie: Los Visibles (o la danza de las desapariciones2).

 

“En nuestro país, con tanta tragedia y tanta muerte, la izquierda perdió la risa” continuaba Esparza, tal vez inspirado por un disco de Richie Rey y Bobby Cruz, Sonido bestial, que sonaba de fondo. “(…) pero yo creo que habría que volver a recuperar eso. Nosotros éramos mamagallistas… somos mamagallistas!”, tras cavilar un rato, y sin parar de aplicar tinta a su pieza de madera grabada, continúo: “yo creo que tenemos que empezar por renovar nuestro lenguaje (…) el término izquierda y derecha… esa vaina la venimos usando desde hace más de cien años!… tenemos que empezar a hablar del ser humano, de humanismo, de solidaridad, de demócratas (…)”. Al mismo tiempo que terminó de hablar, se detuvo en su labor y nos dijo: “bueno yo creo que esta vaina ya está!”. Calcó la pieza de madera en un papel especial, Fabriano, rico en algodón y que según cuenta, lo han elaborado los italianos por más de doscientos años. Se retiró a un rincón del taller y recogió una cuchara de madera, que según él, se la dio Jorge Velosa, y que ahora le sirve para frotar la hoja puesta sobre la pieza de madera impregnada en tinta. Antes de empezar a frotar, sonó el ritmo de clave (ta-ta-ta-ta-ta) con la cuchara al son de Ana Mile del Grupo Niche. Y nos contó que cuando la cuchara no está en el taller haciendo música o frottage, está en la cocina revolviendo el sancocho… Una vez terminado el traspaso de la huella al papel, impecable trabajo de filigrana, puso su firma junto con la serie y nos mostró la obra: “Esparza, Visibles 35, 2013”3.

 

Subimos al segundo piso del taller, donde tenía sus más recientes obras, y que gustosamente compartió con nosotros. Cada obra tenía su historia, su vida propia, su propio universo… fue un espléndido viaje lleno colores intensos y expresivos, donde predominaban formas volátiles, encendidas, insinuantes y punzantes. Y que contrastaban con su última serie, a blanco y negro, los visibles: flotantes sombras mutiladas que pareciera que se resistieran a extinguir, una especie de muerte resurgida, de luces entre sombras, de memoria y de esperanza…

 

Finalmente, ya de vuelta al primer piso, apasionado y esperanzado como su obra, nos cuenta que últimamente ha empezado a reencontrarse con sus amigos escritores, pintores, músicos, teatreros… que por largo tiempo, a causa de su marginación, exclusión y falta de oportunidades, se han visto obligados a refugiarse en sus talleres o por fuera del país, pero que ahora, juntos de nuevo, atraídos quizá por un mismo destino, y que, como lo hicieron las vanguardias en su tiempo, se están fortaleciendo colectivamente en su trabajo, para seguramente dejar más que una marca en la historia del país.

 

“(…) y ahí están, Augusto Rendón, Pedro Alcántara, Ángel Loochkartt, Umberto Giangrandi… y los que seguimos detrás… (…). No nos han podido matar nuestra alegría y nuestra vida, nuestra capacidad de soñar… seguimos soñando, seguimos creyendo en nuestros proyectos… y eso es lo que nos mantiene vivos”.

 

* Tomado de la serie: Artistas, vida y obra: Eduardo Esparza, dirigida por Carlos Fajardo y realizada por desde abajo televisión (daTV), que busca, principalmente, acercar a los lectores y televidentes, con artistas plásticos, escritores, poetas, entre otros personajes “sensibles al latir de nuestra realidad”; a fin de visibilizar y fortalecer la gran labor que realizan éstos a nuestras sociedades, y que por una u otra razón, solemos denominar peyorativamente como locos o vagos.


Valorando el significado que tiene poner en común de la sociedad la obra y pensamiento de estos magníficos seres, en su sentido sensibilizador y forjador de conocimiento, además del insumo histórico que esto representa para las generaciones venideras.

 

Para ver la serie, visita el portal: www.desdeabajo.info o a través de nuestro canal http://www.youtube.com/user/periodicodesdeabajo

 

1 Técnica de impresión con plancha de madera, originaria de China, que con el concepto de positivo y negativo, traspasa una huella, de una placa de madera tallada a un soporte cualquiera.

2. Tomado de un texto escrito por Carlos Fajardo Fajardo, a cerca de la obra Los Visibles.
3 Esta obra se expuso, junto con las obras de otros artistas colombianos, en una galería en París, La Vaca Azul, el mes de mayo.

 

Biografía

Eduardo Esparza, Palmira (Valle) 1956

Estudios:

Taller de Artes Aplicadas, Palmira.
Escuela Departamental de Arte y Cultura, Cali.
Facultad de Bellas Artes, Universidad del Tolima, Ibagué.
Corporación Prográfica, Cali.
Arte Dos Gráfico, Bogotá.
Taller Umberto Giangrandi, Bogotá.
Taller Experimental de Gráfica de La Habana, Cuba.
Taller de Escultura en Pasta de Papel, Heberth Cruz, Anemasse, Francia.

 

Premios

Ganador de la XI Bienal Internacional de Grabado. José de Ribera, Xàtiv a- Valencia- España.

Mención de honor:

Octava Trienal Mundial de Grabado, AMAC, 2010. Chamelieres, Francia.*

 

* Conoce las obras de Esparza http://www.eduardoesparza.com.

 

 

Publicado enEdición 191
Sábado, 20 Octubre 2012 17:45

Estética del Siglo XX

Este segundo tomo compila las reflexiones de algunos de los más destacados filósofos y escritores que consagraron su vida y su obra a cifrar y a descifrar los procesos de la estética y del arte en medio de las crisis económico-políticas, sociales y culturales del pasado siglo, tanto en Europa como en Latinoamérica.

Estética del Siglo XX
Carlos Fajardo Fajardo (Compilador)
218 páginas
Edición 2012
ISBN: 978-958-8454-61-0

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Libro relacionado
Vanguardias estéticas del Siglo XX



Lunes, 09 Febrero 2009 08:47

Rubens

La “Europa” de Rubens

Europa tiene un gran problema. Consternada, se lanza hacia adelante, con los brazos extendidos, mirando al cielo, implorando a los dioses que intervengan. Tras ella, las puertas del templo de Jano, cerrado durante los años de paz, han sido abiertas para dejar en libertad a los perros de la guerra. En su difícil situación, la reina Europa se está literalmente desmembrando. Un mechón de cabello rubio se ha liberado por debajo de su corona y cae sobre su frente. Un pecho nacarado escapa del vestido de luto rasgado. Esto puede hacernos pensar en el seno de la misericordiosa María, ofrecido al Salvador como un gesto de intercesión por los pecados de la humanidad. Pero en realidad creemos que Europa parece la víctima de una violación, de la que, hablando alegóricamente, está siendo objeto. Su pintor, Pedro Pablo Rubens, la describe como “despojada de todas sus joyas y ornamentos (...) la desafortunada Europa que, ahora ya hace demasiados años, sufre saqueos, ultrajes y miseria”.

El culpable esta vez es Marte, cuya espada está ya ensangrentada, y Venus está haciendo lo imposible por impedir que cause más daño. Normalmente es bastante buena en este cometido. Pero, a pesar de poseer una gran cantidad de encanto rubensiano y tener el respaldo de un conjunto de cupidos, está perdiendo en el tira y afloja por su amante contra la furia Alecto, que tiene realmente un mal día con el pelo (esa permanente de serpientes) y está empeñada en alumbrar lo que queda del mundo civilizado. No hay demasiadas cosas que le opongan resistencia: la Literatura y el Arte están siendo pisoteadas bajo el enorme pie derecho de Marte, mientras la Arquitectura está todavía a su espalda, con sus herramientas de trabajo aferradas inútilmente en su mano derecha herida. Entre los oprimidos, también figuran “una mujer con un laúd roto que representa a la Armonía, la cual es incompatible con la discordia de la Guerra”, y “una madre con su hijo entre sus brazos indicando que la fecundidad, la procreación y la caridad son frustrados por la Guerra”. Yacen en tierra una rama de olivo (la Paz), la serpiente enroscada en la cara del caduceo (la Sabiduría y la Elocuencia) y un haz de flechas (la Concordia) con la cuerda desatada.

Es 1638, y Rubens tiene sesenta años: enriquecido, intitulado múltiples veces caballero e internacionalmente famoso, pero atormentado por ataques de gota en ocasiones tan insoportables que no puede ni sujetar un pincel. Habitualmente frugal en su dieta, es ahora demasiado mayor para la equitación, que ha sido durante mucho tiempo su deporte vespertino favorito. Las arrugas bajo sus ojos en los últimos autorretratos demuestran su hastío por recorrer Europa de arriba a abajo en defensa de una paz sobre la que finalmente llega a la conclusión de que sus ojos nunca verán. Han pasado años desde que participara activamente en los asuntos públicos, tras lo cual prefirió permanecer en su estudio y disfrutar de la compañía de su segunda esposa, Helena Fourment, treinta y siete años más joven que él, de un rubio color de lino flamenco, neumática y en exceso celulítica. En 1635, Rubens compró la casa solariega de Steen, donde, durante las estaciones benignas, pasa todo el tiempo que le es posible, pintando paisajes rojizo-dorados que transformaron la tierra llana entre Mechelen y Bruselas en un bucólico paraíso de colinas onduladas, pintando sabuesos y mozos de mejillas rubicundas. En estos años otoñales Rubens a menudo hace saber que no quiere tener nada que ver con las cortes y los príncipes, que han traicionado demasiado a menudo sus expectativas de decencia y razón. Escribe a su amigo Jan Gevaerts: “Estamos viviendo en un momento en que la vida por sí misma es posible sólo si uno se libera de todas las cargas como un nadador en un mar embravecido”. La pintura, titulada Los horrores de la guerra, y ejecutada para un Médici, el gran duque de Toscana, es su última expresión sobre la situación de Europa y, con mucho, la más pesimista.

Una década antes, había negociado con éxito un tratado de paz entre España e Inglaterra, los viejos y resentidos enemigos. Rubens descubrió esta hazaña como “el eslabón conector en la cadena de todas las confederaciones de Europa”, y, para celebrarlo, pintó otro grupo alegórico, que representaba Guerra y paz. Esta pintura más temprana está llena de optimismo: Marte y Alecto están siendo despedidos efusivamente por la prudente Minerva; un sátiro manosea la fruta derramada desde el Cuerno de la Abundancia; un leopardo ronronea como si se tratara del más dócil gatito atigrado, y una curvilínea Pax amamanta a un regordete Pluto, el dios niño de la riqueza. Hacia 1638 se había vuelto imposible mantener este buen ánimo. Las esperanzas albergadas durante tanto tiempo por el artista para la reunión entre los Países Bajos católicos con la protestante República Holandesa habían sido truncadas repetidas veces. Cincuenta años antes, las diecisiete provincias de los Países Bajos se dividieron acerca de la lealtad al belicoso católico Felipe II, rey de España. Una larga y penosa guerra de desgaste no fue suficiente para que el rebelde norte cediera, y Rubens prefirió esa persuasión a la coerción que reconciliaría a las provincias separadas. Pero, mientras que al finalizar la rebelión nadie se planteó la independencia holandesa, una generación más tarde había llegado a ser un hecho establecido, y la nueva república no estaba por la labor de encomendar la libertad ansiosamente adquirida a la tierna misericordia de la monarquía absoluta española.

Lo cierto es que el fervor católico había aumentado, no decrecido. En Praga, los protestantes bohemios habían cometido tres errores garrafales. El primero fue rechazar al archiduque Fernando de Habsburgo como su rey; el segundo fue demostrar su desaparobación por los regentes de Fernando tirándolos desde la ventana del castillo de Praga a veinte metros de altura; el tercero consistió en no fijarse en el montón de basura que se encontraba en el fondo del foso y que amortiguó su caída. A corto plazo el resultado de la defenestración fue la batalla de la Montaña Blanca, una derrota de una hora el 8 de noviembre de 1620, que destruyó el protestantismo centroeuropeo y lo reemplazó por una represión católica absoluta.

El resultado a largo plazo fue invitar a la guerra centroeuropea a los Estados protestantes supervivientes, Dinamarca, Suecia y la República Holandesa, todos ellos temerosos de una hegemonía de los Habsburgo. Todos se unieron contra un poder católico imperialista como Francia, con lo cual crearon un equilibrio bélico que produjo la primera guerra paneuropea: repugnante, horrible, brutal y de treinta años de duración.

Llegó a ser una regla general durante la Guerra de los Treinta Años el no dejar ningún campo ni campesino a merced de la rapiña del enemigo ni para que éste recuperara fuerzas. El paso de un ejército fue acompañado de una devastación sistemática que produjo hambrunas a una escala sin precedentes. En las regiones más afectadas, como Renania y Alsacia, ratas, perros y gatos, incluso el cuero remojado, se convirtieron en el escaso suministro alimentario, básico para los desesperados, y el hambre provocó inevitablemente actos de canibalismo. Los delincuentes recién ejecutados eran cortados bajo la horca y comidos; las madres fueron acusadas de devorar a sus hijos. La tortura fue rutinariamente empleada para disuadir al campesinado de que se aliara con el ejército enemigo. El escritor alemán Grimmelshausen describió el “cóctel sueco”, consistente en estiércol chorreante vertido en la garganta de la víctima; otros eran cocidos vivos en el horno del pan. Cuando el embajador inglés viajó por esta campiña, vio a los niños abandonados hasta morir de hambre a las puertas de las chozas quemadas y a “diversa gente pobre viviendo en estercoleros (...) que era apenas capaz de gatear para rendir sus almas al Excelso”. Los campesinos huían aterrorizados al ver su séquito, pues creían estar de nuevo frente a otra banda de perversos mercenarios o de desertores, que periódicamente emergían de los bosques para asesinar a viajeros o a campesinos, a cualquier víctima que estuviera al alcance de su mano. Los caminos habían llegado a ser tan peligrosos que Rubens se preocupó, con razón, de la segura entrega de su pintura. “Por favor, Dios –escribió al pintor flamenco Justus Sustermans, su contacto en Florencia–, recíbelo pronto y en buenas condiciones.”

Trescientos años después, Pablo Picasso tomó del cuadro de Rubens el detalle de la desesperada, la sufriente Europa con los brazos extendidos al aire, para el Guernica, su ensayo sobre la sangrienta pesadilla de su propio tiempo. Quizá sabía que Rubens, que había pasado algún tiempo en España y en 1629-1630 fue su embajador plenipotenciario en Londres, se sintió apasionado, para bien o para mal, por el destino de Europa. La implicación de Picasso en la política fue bastante intermitente, y en general se redujo a los años de la Guerra Civil Española y a sus coqueteos con el comunismo después de la Segunda Guerra Mundial. Fue natural para él el refugiarse en un universo modernista, donde la principal preocupación del arte era el arte, no las atroces vulgaridades de los políticos. Rubens, por otra parte, actuó en un mundo donde lo contrario estaba a la orden del día, donde era inconcebible un arte separado de las vitales cuestiones de la fe y la lealtad.

Nacido en Alemania y educado en Flandes, Rubens trabajó durante ocho años en Italia, hizo dos visitas prolongadas a España, estuvo en un servicio activo diplomático en Londres, recibió un título honorífico de Cambridge, y en París llegó a estar profundamente implicado en la venenosa vida política de la Francia borbónica. Hablaba y escribía cuatro lenguas fluidamente, entre ellas un cálido flamenco con sus paisanos y protegidos, y un claro y elegante italiano con casi todos los demás. Aunque rechazaba los cumplidos sobre su latín, fue un elegante hablante de esta antigua lengua. Sobre el papel, su patria fueron los Países Bajos españoles gobernados por los archiduques Alberto e Isabel durante sus años más prolíficos. Pero su verdadera patria fue la comunidad sin fronteras de las clases educadas en la cultura latina, una comunidad empapada y guiada por la literatura y la filosofía de la Antigüedad. Al igual que sus compañeros humanistas, Rubens llenó sus discursos y su correspondencia con axiomas de Horacio, Cicerón y Virgilio. Cuando un doctor danés, Otto Sperling, visitó el estudio de Rubens en Amberes, encontró a un ayudante que leía Tácito al pintor mientras éste trabajaba. En su fuero interno Rubens se sentía ciudadano de una segunda Roma cristiana: no del intolerante dominio de los papas barrocos, sino de un Imperio de los sabios, los virtuosos y lo civil, de una unión europea basada en una cultura común más que en una moneda común: “Considero al mundo entero como mi país –escribió a un corresponsal francés–, y creo que debería ser bienvenido en cualquier lugar”.

Por, Simon Schama
Este fragmento pertenece a Confesiones y encargos por Simon Schama. Editorial Península/Atalaya.
Publicado enInternacional
Martes, 06 Enero 2009 07:42

La belleza



B: ¿Lleva la ropa de otra o se la compra ella misma?

A: Oh, no no no no. Lleva la ropa de su marido, va al mismo sastre. Por eso se pelean.

Nunca he conocido a nadie a quien no pudiera considerar una belleza.

Todo el mundo es bello en algún momento de su vida. Por lo general, en diferentes grados. A veces, algunos son guapos cuando son bebés y no lo son cuando crecen, pero pueden volver a serlo una vez más cuando envejecen. Otros pueden ser gordos pero tener una bonita cara. O piernas arqueadas y un cuerpo hermoso. O ser la mujer número uno y no tener tetas. O ser la belleza masculina número uno y tener una pequeñísima tú-ya-sabes-qué.

Algunos piensan que todo les sale más fácil a las bellezas, pero en realidad las cosas pueden ser muy distintas. Si eres bella, puedes tener una cabeza de chorlito. Si no eres bella, puede que no tengas cabeza de chorlito, de modo que todo depende de la cabeza de chorlito y de la belleza. La talla de la belleza. Y la cabeza de chorlito.

Siempre me oigo decir: “¡Esa chica es una belleza!” o “¡Ese chico es una belleza!” o “¡Qué belleza!”, pero nunca sé de qué estoy hablando. Honestamente no sé qué es la belleza, y no digamos ya qué es “una” belleza. De modo que eso me sitúa en una extraña posición porque soy famoso por lo mucho que digo: “ésta es una belleza” y “aquél es una belleza”. Hace tiempo en todas las revistas se habló durante un año de que mi siguiente película se llamaría The Beauties (Las bellezas). La publicidad fue estupenda, pero nunca pude decidir quién debería trabajar en ella. Si todo el mundo no es una belleza, entonces nadie lo es, así que no quise dar a entender que las chicas de Las bellezas eran unas bellezas y que las chicas de mis otras películas no lo eran, de modo que tuve que dar marcha atrás por culpa del título. Todo estaba equivocado.

Realmente no me importan tanto las “Bellezas”. Lo que realmente me gustan son los Conversadores. Para mí, los buenos conversadores son unas bellezas porque lo que adoro en realidad son las buenas conversaciones. La palabra misma demuestra por qué prefiero los Conversadores a las Bellezas, por qué grabo más que filmo. No se trata de “chácharas”. Los Conversadores hacen algo; las Bellezas son algo. Lo cual no tiene por qué estar mal, pero simplemente no sé lo que son. Es mucho más divertido estar con gente que hace cosas.

Por Andy Warhol

Publicado enInternacional
Martes, 05 Abril 2011 11:11

Vanguardias artísticas del Siglo XX

Esta colección reúne una serie de textos escritos por los más representativos pensadores y creadores del Siglo XX. Su propósito es la divulgación de las múltiples reflexiones que sobre el hecho artístico se han producido en los dos últimos siglos. Cada título cuenta con un estudio introductorio, escrito por un experto en el respectivo tema.

Tanto la calidad de los autores, como la amplitud de las temáticas, dan a la colección una gran fortaleza y riqueza teórica, lo que posibilita acercar al gran público a las fuentes y conceptos fundamentales sobre las prácticas artísticas desde las primeras vanguardias del pasado siglo, hasta los procesos de formación de nuevas categorías estéticas y de sensibilidades manifiestas en el presente. 

246 páginas
$ 38.000

Miércoles, 26 Agosto 2009 19:55

Siluetas que coquetean

Un color y otro: una propuesta, un mensaje. Una forma tras otra: diálogo urbano. Siluetas que bordean la ciudad. Se plasman pensando en el transeúnte de a pie, aquel que puede pararse a observar, a preguntarse sobre el porqué y el para qué, pero, además, sobre ¿quién será desde abajo?

Desde hace varias años, una y otra vez, el equipo desde abajo ha emprendido diversas campañas de embellecimiento urbano: contra el medio salario para los jóvenes; por la acción conjunta de los desempleados; recordando que hay otra manera de leer, desde abajo. No grafitis, sí murales. Una reflexión y un compartir con todos los que habitan el pavimento. Un mensaje que se construye entre varios, pensando en muchos.

Mural como estilo. Mural como propuesta. Desde México, más allá y más acá, ensayando, buscando, representando, las manos de los artistas dan vida en las paredes, los lienzos urbanos, a imágenes variopintas, unas más directas, otras insinuantes.

La propuesta no es una sola ni única, como varias son las manos que llevan y traen la brocha, el pincel y el aerosol. Así ven a Colombia: unos con rostro indígena, otros con sentido más urbano. Pero, al final, la invitación es la misma: desde abajo, la otra posición para leer.


Y en la frase se confunden el periódico y la propuesta política, con la mayoría de quienes habitan el país, todos los y las que no caben en los circuitos más ‘dinámicos’ del capital, expulsados a la periferia o al afuera, al abajo, desde donde levantan banderas de esperanza. Sueños por construir entre los negados.

Son ellos y ellas quienes han hecho el país, así no se les reconozca. Y son ellas y ellos quienes, sin quererlo, continúan soportando con su esfuerzo el acceso a la abundancia por parte de los pocos, defendiéndolos, tal vez sin quererlo o sin percatarse de ello, en el acceso a esos privilegios.

Los de abajo, en la periferia, en el rincón, en la calle, selva adentro, en la cúspide de las cordilleras, orillados, vistos con odio por quienes miran el país con ojos ajenos (gringos o europeos), sin acceso a los estudios superiores, desempleados, rebuscándose por cuenta propia, vendiendo lo ajeno, persiguiendo el peso para poder sobrevivir.


Los muchos. Treinta y más millones de connacionales que esperan el momento del desquite para poder satisfacer la necesidad y la esperanza. Para muchos de ellos, “cada día depara la solución”; para otros es dios. Para unos, cada vez más, es la suerte que rodea cada rebusque, cada ‘emprendimiento’ callejero.

Con ellos y con ellas. Abajo y arriba. A un lado y al otro. Con las luces que salen del arco iris, desde abajo se abre camino.
Publicado enEdición 149
A  título personal, la última creación colectiva del Teatro La Candelaria, cerró su temporada en abril en Bogotá con la sala abarrotada, la boletería agotada y un éxito rotundo, certificado por el boca a boca de miles de espectadores entusiasmados por la embriaguez estética derivada de la contemplación de una obra demoledora de los cánones clásicos, que con 13 fragmentos magistrales, sutilmente hilados, nos desnudó sin piedad como sociedad, nos brindó el bálsamo del arte y nos ayudó a recomponer las subjetividades destrozadas por el largo imperio del terror.

Con el interrogante profundo en el corazón sobre las formas con las que sería posible labrar el sueño conjunto de una comunidad laboriosa y sufrida, y que no acierta aún en el hallazgo de las sendas que nos permitan salir del itinerario de horror que fabrica subjetividades monstruosas en serie, nos dirigimos en las mañanas soleadas o lluviosas de mayo a un lugar sagrado por la memoria creadora que largo tiempo ha albergado: el escenario de La Candelaria. Ingresamos en el recinto de la fe inquebrantable en el poder de la palabra para avivar conciencias con el propósito de escuchar –en la voz de quien el antillano inolvidable pudiera llamar las columnas del amor sin tregua– la palabra que nos ayude a esclarecer la génesis, los misterios y las claves de la creación colectiva.

En un patio soleado, detrás del escenario, mientras Nora González perfecciona su extraordinario talento actoral con el Tai Chi Chuan, que el maestro Liu compartió con los integrantes del grupo, escuchamos a César Badillo, formidable actor formado en el arte teatral en una institución cuyo colosal aporte a las tablas colombianas aún está por ser reconocido: la Escuela Nacional de Arte Dramático.

Acontecimiento es lo que le corre el piso al espectador


“Para mí, la creación colectiva tiene que ver con los equipos, los grupos, los combos. Porque, entre otras cosas, son maneras de escapar de la gran macropolítica y del statu quo. Hay una necesidad profundamente sentida de escapar de un orden social constrictivo, y ahí aparece la micropolítica, la vida de los colectivos. Pero no todos los grupos crean colectivamente. Esto es algo muy sui generis que se da en La Candelaria, donde este tipo de creación significa la invención conjunta de todos los elementos de la dramaturgia. Nuestra labor es crear nuestros modos de expresión con lo que llevamos dentro. En este sentido, la creación colectiva es una actitud política porque significa escaparse de los grandes relatos. Mientras un autor impone su punto de vista, es totalizante, hay un autoritarismo del autor. En la creación colectiva hay una apertura a muchas voces; en el fondo, es ella la escucha de la diferencia”, precisa César. Y enfatiza:

“La creación colectiva es la mejor metáfora de que lo que necesitamos es escuchar al diferente; superar la exclusión de verdad que se da cuando llega otro con una idea diferente de la que tenemos, y lo primero que decimos es: ¿cómo vamos a aceptar eso? Entonces, en el proceso de creación conjunta, hay discusiones durísimas, pero con argumentos y sin muertos. ¡Hicimos 120 improvisaciones para construir A título personal! Para sacar 13 cuadritos, lo que tuvimos que desechar fue inmenso”.

Razones y experiencia que deja inmensas lecciones, así lo comparte el actor: “En la creación de la obra surgió el tema del presentar y el representar. Una discusión del arte contemporáneo. Las grandes representaciones, lo macropolítico, está en crisis, tapa verdades, y en ello no nos sentimos representados. ¿Por qué? Porque ha perdido la verdad. La gran representación es una gran mentira. Igual acontece con el teatro, que se ha convertido muchas veces en una operación voyerista, donde el espectador va expectante y no le pasa nada. Entonces, el presentar crea un acontecimiento. Para mí, acontecimiento es lo que le corre el piso al espectador, aquello que lo sacude. Todo lo contrario de ese arte de distracción que se da en gran parte del cine y en casi toda la televisión. Este canon que, asumido como forma permanente, mediocriza la mente. Entonces de lo que se trata es de sacar verdades a través de la presentación”.

¿Está usted vivo?

La seguridad en sus palabras no deja lugar a dudas. Es una vida de teatro y de reflexiones compartidas con otros muchos. Continúa compartiéndonos su visión. “En A título personal, que es una autobiografía irónica de La Candelaria, creo que logramos presentarnos en nuestra esencia de briznas en el universo. Logramos relegar la automagnificencia y presentar nuestra faceta cómica, nuestra frágil condición humana como artistas, lo ridículo que habita en la exhibición de las vanidades. La inclinación por proyectar nuestros egos acontece también en otros campos, en la política ni se diga. Todos en la izquierda y en la derecha nos creemos dioses, impera la volunta de imponer, y por eso se joden tantos proyectos. Pero a lo macro no se le puede oponer lo macro. Hay que pelear por una utopía más grande, por un socialismo poético, un socialismo feliz, un socialismo participativo y nutrido en las artes, un proceso vivo y no un simulacro de participación. Y para avanzar realmente en este sentido, tenemos que recuperar con toda su contundencia y responder con toda sinceridad una pregunta que se formula en la obra: ¿Está usted vivo?

¿Cómo se logra que no se rompa el proceso?, le preguntamos al antiguo estudiante del Colegio Santander de Bucaramanga, y nos respondió: “Con la escucha y el respeto. Así es como podemos tejer la diferencia y enriquecer lo colectivo. La escucha del otro. Pero no de carreta, como cuando se habla de la otredad, de la diferencia, pero en realidad no se abandonan las ideas fijas que nos habitan, y se afirma escuchar al otro pero apenas como un ejercicio retórico con el que astutamente se busca imponer finalmente el criterio propio, y el resultado es la desazón conjunta al descubrirse el engaño. En cambio, la atmósfera de la labor colectiva produce un apasionamiento creativo. Si alguien del grupo tiene una consideración diferente, no la desechamos; le pedimos que la ponga en común a través del juego de la improvisación”. Toda una experiencia para retomar en todos los procesos sociales, colectivos por su exigencia de construir común-unidad, esa necesidad y esa exigencia de vivir de manera diferente, donde cada uno da lo mejor de sí para que todos vivamos mejor.

Uno solo no puede salvarse

Esperando a los actores por entrevistar, frente a la puerta de La Candelaria, vemos subir por la empinada Calle 12, con su paso lento, a Francisco Martínez, y pienso en el infinito valor del mérito humilde que sostiene lo bueno que ha quedado en Colombia, sobreviviendo al implacable funcionamiento de la terrible maquinaria de exterminio y la degradación humana que produce en forma inexorable la miseria largo tiempo impuesta. Es ese mérito humilde, presente en miles y miles de seres humanos que han consagrado su vida, por sobre todas las adversidades, a hacer bien el oficio que venimos a cumplir en la Tierra. En ellos, pese al pavoroso aparato de mentiras con el que se intoxican nuestras mentes en el día a día, se ha mantenido esa inteligencia natural que salva de la actividad o la inactividad cómplice con el modelo que destruye nuestra humanidad y devasta nuestros territorios.

Pacho Martínez es uno de los veteranos del grupo. Nació en un pueblecito llamado Cerrito, en las orillas del río Magdalena, a cinco minutos de El Banco, adonde fue llevado en 1942, sin explicarle la razón, en su primer desplazamiento, cuando tenía 5 años. Llegó a Bogotá a trabajar como proyeccionista en una sala de cine, y allí se enamoró de la actuación y se vinculó al grupo original del Teatro La Candelaria, cuando éste nació como Casa de la Cultura en la década del 60. Le inquirimos por la presencia tremenda de las desapariciones y la muerte no natural en la obra A título personal, y nos respondió:

“Siento que tenemos una deuda con el país, la obligación de mostrar el desgarramiento y lo triste que es que a una madre le digan ‘Perdón, pero le matamos su hijo’. Hay algo que sale del alma: uno tiene que estar con sus compañeros. Uno solo no puede salvarse. Hay que estar con los trabajadores, con los sindicatos… a ver si de pronto no seguimos hundiéndonos en este fondo en que nos encontramos, y salimos y podemos por fin, un día, ver un poco de paz. Yo no conozco la paz; tengo 72 años y no conozco la paz”.

Paz que es necesario buscar. “Cuando tenía 4 años, allá en Cerrito, un batallón del ejército llevó a las 11 de la noche a un señor sangrado y amarrado, preguntando de casa en casa que si lo conocían. Esa fue mi primera impresión de la violencia y quedó grabada para siempre en mi cabeza… Esta es la deuda que siento con el país en que nací, la de aportar desde el arte para que un día conozcamos la paz que no hemos vivido”. ¡Conmueven las palabras de Francisco Martínez!

Lo oscuro y lo luminoso que nos habita

Nora González es una excepcional actriz bogotana. Su trabajo en De caos y de cacaos, al igual que en A título personal, captura la atención del público por el placer que suscita apreciar su consumado arte actoral. En la cafetería de La Candelaria, donde el grupo comparte la hora del almuerzo después del trabajo matutino –en el que combinan el estudio permanente con intensos ensayos–, escuchamos su experiencia:

“Mi acercamiento con la creación colectiva empezó hace casi 10 años, al llegar a La Candelaria. Había trabajado con otros grupos, pero en ese quehacer siempre había un texto del cual partíamos. Aquí comencé con El Quijote y, a pesar del texto propuesto por el maestro Santiago García, el trabajo era muy diferente porque se laboraba a partir de improvisaciones, a partir de las propuestas de los integrantes del grupo. Entonces, ya no eras un simple intérprete sino un creador en el sentido más amplio, pues uno se encargaba de hacer una propuesta en lo conceptual, en lo escénico y en la dimensión plástica”.

Esta es una experiencia que se refuerza en la obra que nos ocupa. Así nos lo explica la actriz. “En A título personal se partió de varios ejes temáticos, uno de ellos la autorreferencia. O sea, partir de uno mismo. Un tema muy complejo porque finalmente los seres humanos tenemos grandes máscaras y corazas. Entonces, desvanecer esas máscaras es un proceso muy largo y arduo porque, en primera instancia, salían apenas esbozos. Partíamos de la idea de buscar ese profundo ser interior que nunca sale al exterior pero que no pocas veces es el más cercano a lo que realmente somos. También partíamos de la idea de que yo soy el otro. Entonces, la idea era escarbar en lo más profundo de cada uno para ver qué salía, y ese es un proceso doloroso porque, así como hay facetas luminosas, también hay muchas cosas horrorosas, escondidas. Por eso se habla de la complejidad del ser humano…

El otro tema en que trabajamos fue el de la presentación y la representación. Entramos en la presentación, estar presente y no estar interpretando, representando. No era hacer un personaje sino presentar ese personaje que yo soy. Entonces, desarrollamos exploraciones individuales para buscar ese yo profundo que nos habita, un yo que tiene amores, odios, rencores, resentimientos… Me atrevo a decir que es también un yo que es el país, una realidad oscura y macabra. Entonces, siento que ese pequeño monstruo que construí en A título personal era producto de esa realidad tan tenebrosa que vivimos, con esa presencia tan fuerte de la muerte, del horror, de las masacres. Y esto se irrigaba también con esa otra persona que es frágil. Para ello utilicé textos de Gómez Jattin en que éste dice, por ejemplo, “Tranquilos que sólo a mí suelo hacer daño”, o de Brecht: “El que ríe es el que no ha recibido la terrible noticia”. Textos que manifiestan nuestros temores, los grandes miedos, la mirada que dice que no vale la pena seguir viviendo, y por otra parte la expresión de nuestra necesidad de que nos quieran, nos amen, nos acaricien. Entonces, era un personaje con dos polos opuestos: la necesidad de afecto y el monstruo producto del horror. Lo oscuro y lo luminoso que nos habita”.

Con su voz tranquila y tono ameno, Nora prosigue su reflexión. “Al final de la obra también hay un juego de contrarios para sacudir las percepciones impuestas por los medios: ¡Tranquilos, vivimos en el país más feliz del mundo! Al Divino Niño lo descuartizaron, mi mamá es una drogadicta, mi papá me violó, tenemos cuatro millones de desplazados….”.

Una escena fuerte, irónica, sin duda, opino. Para después preguntarle por las dificultades de la creación colectiva, a lo cual dice: “Una de las mayores dificultades es que uno se enamora en exceso de lo que hace, y se trata entonces de perfeccionar el poder de escucha y la capacidad de desprenderse de lo que queremos porque estamos férreamente convencidos de su valor. Al mismo tiempo, se trata de lograr que lo que uno hace resulte en algo profundo a través de permitir que mi yo inconsciente sea el que se exprese, y de realizar una labor de selección de lo valioso y madurarlo. Se trata de estar en el filo: por una parte, dejar que la intuición proponga y, por otra, acompañar ese desborde de un momento analítico que seleccione aquello que mejor logra expresar el inconsciente colectivo”.

Entre sagrado y profano

Alexandra Escobar, la joven y talentosa actriz bogotana, inició su trabajo en La Candelaria hace 11 años con la puesta en escena de El Quijote. Su evocación del trabajo colectivo en la obra Nayra, memoria en lengua aimara, nos ayuda a esclarecer el valor decisivo del espacio en la comunicación de las energías sutiles, el valor esencial del cuidado en la construcción de las atmósferas en la generación de la magia comunicativa. La escuchamos, en el ambiente acogedor del patio del Teatro, visitado por una multitud creciente que viene a la ciudad buscando las claves de nuestra cultura mestiza:

“Nos invitaron a México, y allí, en San Juan de Chamula, conocimos una iglesia muy especial. Su arquitectura es católica pero dentro están presentes las tradiciones indígenas. Ese espacio nos suscitó una luz sobre la forma de presentar las improvisaciones, las propuestas que habíamos realizado durante un año en torno a la energía, nuestro tema de investigación conjunta en este proceso creador. Ese templo es un espacio entre sagrado y profano, a partir del cual –que es como un útero– nos dimos cuenta de que podíamos hacer que todas las propuestas que habíamos des-arrollado se presentaran de manera simultánea y dieran cuenta de las creencias profundas que tenemos en América Latina con relación a la energía. Esos rituales indígenas, afros, cristianos, pueden convivir en un mismo espacio. El que recreamos fue circular, e involucra al público en la obra, que en sí misma es ritual. Solamente podían ingresar 90 personas por la disposición del espacio, que es como el de las Malokas. El nacimiento y la muerte coinciden con Oriente y Occidente. La obra terminaba y no queríamos salir a recibir aplausos porque aquél era un ritual, más que un espectáculo; era un homenaje a la memoria y las creencias profundas de nuestros pueblos de Sur América”.

*    Próxima entrega: La génesis de la creación colectiva. La intuición, el método del no método, arte y política. Nuestro inconsciente social. La obra que está ahora en construcción. El teatro del sur de América en el nacimiento del nuevo mundo. Santiago García, Patricia Ariza, Libardo Flórez, Nora Ayala y Carmiña Martínez.





Publicado enEdición 146