Jueves, 05 Diciembre 2019 06:36

El violador eres tú

El violador eres tú

Una lectura de la impactante performance que nació en Chile y ya se replicó en todo el mundo

La performance subvierte el sentido de la disputa por “la guerra de los sexos” e interpela el origen de esa violencia como estructural al sistema capitalista y sus múltiples mecanismos de sojuzgamiento y control.

 

En épocas en que la legitimidad de las democracias en Latinoamérica está siendo puesta en duda, amenazadas por oscuras y recalcitrantes asoladas donde toman el gobierno los apóstoles de los estatutos represivos y persecutorios, por contrapartida, la actualidad en la región presenta una serie de colectivos que interpelan ese status quo de los brazos ejecutores del sistema capitalista, que debilitan los procedimientos populares en los que hoy se representa la legitimidad de las democracias latinoamericanas, intentando una y otra vez por la vía del terror institucional la desmovilización social, y cercenando las aportaciones históricas y sociales de la fuerza de lo comunitario como herramienta de emancipación.

Ante estas disyunciones en la disputa de la legitimidad política en la construcción de poder, muchos de estos colectivos parecen todavía tratar la cuestión de la violencia de género como un enfrentamiento entre ambos universos, allí donde se confunden, en las diferentes discursividades que replican la lógica patriarcal del control, la territorialidad y el enfrentamiento como epítomes que revalidan la posición ante la violencia de género reducida a su uso ancestral, es decir por la vía del patriarcado.

Allí donde esas mismas postulaciones quedan atrapadas en la dicotomía del sistema capitalista como estructura de exclusión y sometimiento, siendo éste el único amo posible de ejercerse para ambos sexos, y para no enajenarlo a la categoría del enfrentamiento, restringida entonces a la evaporación del sujeto en la maquinaria del “selfmade”.

Es indiscutible el valor del reclamo contra los atropellos genocidas que sufren las mujeres, pero las posiciones extremas solo generan una cierta confusión generaliza que reproduce la lógica mimética del amo que se jacta en el acto violento. Y eso es capitalismo de primera magnitud.

Entretanto, el colectivo chileno de mujeres “Las Tesis” --vaya nombre que propone postulación y posición--, nos ha sorprendido con una video viralizado a partir de una performance desarrollada en las calles de Santiago de Chile. Este Colectivo organizó la intervención llamada “Un violador en tu camino”, en el que cientos de mujeres con los ojos vendados bailaron y cantaron una consigna extraordinaria contra la violencia machista y patriarcal, por su condición de original en el sentido más amplio, ya que nos permite interrogar los orígenes de las etiologías y configuraciones de la violencia en la cuestión contemporánea de occidente.

La intervención se realizó el 25 de noviembre, “Día Internacional de la Eliminación de la violencia contra la mujer”. Al respecto, de acuerdo con la red chilena “Contra la Violencia hacia las mujeres”, este año se registraron 41 femicidios en este país.

Dijeron allí:

“El patriarcado es un juez

que nos juzga por nacer.

Y nuestro castigo

es la violencia que ya ves.

Es femicidio.

Impunidad para mi asesino.

Es la desaparición.

Es la violación

Y la culpa no era mía,

ni dónde estaba,

ni cómo vestía.

El violador eres tú.”

¿Cuál es la genialidad de esta propuesta, que no sólo toma la calle como modo de interrogar el poder constituido, sino que lo hace de un modo revolucionario, ya que subvierte el sentido de la disputa por “la guerra de los sexos”, interpelando, precisamente, la etiología de esa violencia como estructural al sistema capitalista y sus múltiples mecanismos de sojuzgamiento y control?

Aquí se produce un primer enlace dialéctico entre patriarcado y violador, donde patriarcado supone la convalidación de esa posición por la vía de una jurisprudencia: el patriarcado / violador es un juez, es decir el violador sólo puede constituirse como efecto de un sistema de opresión legalizado, como Política de Estado.

Entonces, ese patronímico absolutista con el que se construye poder que sojuzga, no es patrimonio de hombres o mujeres, si bien ha sido facilitado al tomar por efecto de pertenencia la virilidad como signo caracterial, y por consiguiente del relevo de esos rasgos de virilidad por los hombres, como signo excluyente de poder investido.

Entre violencia y diferencia

Sobre el prefijo “vi”, resulta interesante analizar los orígenes de las palabras violar y violencia. La palabra violar proviene del latín violare --ejercer la fuerza y el abuso, no respetar o injuriar con violencia--, verbo emparentado con el adjetivo violentus --que ejerce desmesuradamente la fuerza feroz--. Tanto el verbo como el adjetivo --éste con su sufijo de abundancia: desmesuradamente-- se forman a partir de una palabra latina que posee una declinación incompleta. Su nominativo singular es: “vis”, su acusativo es “vim” y su ablativo “vi”.

La palabra “vis” significa fuerza, y muy particularmente fuerza ejercida contra alguien, de donde su segunda acepción es violencia. En plural es “las fuerzas”, normalmente las fuerzas físicas que uno tiene, y que a partir de allí fueron asociadas a los órganos sexuales de un hombre, con las que se confunde en su atributo de virilidad. Es por esta interferencia y por el enorme parecido de la raíz, que los romanos terminaron identificando esta raíz de “vir” –hombre-varón--, y reinterpretando la palabra “vir” como el ser de la fuerza, como así también la palabra “virtus’, “virtutis” --valor, virtud, cualidad del varón--, como fuerza o potencialidad intrínseca.

Encontramos entonces que en la raíz de la palabra “vis” –fuerza--, conviven no solo la expresión usada para violar, violento/a o violencia, sino también la que refiere a viril.

La palabra ví-ctima también está incluida en este grupo de vocablos que guarda estrecha relación con el sojuzgamiento y el ejercicio de la fuerza como acto “virtuoso”.

Estos movimientos sociales actuales, que enarbolan los colectivos de mujeres contra la violencia de género, tienen, entre una de sus motivaciones, evitar el abuso que se comete sistemáticamente contra las mujeres, incluso hasta su muerte, lo que lo convierte en una cuestión decisiva y delicada.

La realidad muestra mujeres y hombres que ejercen violencia --incluso violencia de género--, sería inexacto atribuir esta cuestión solo a un sexo determinante. ¿Es más frecuente en los hombres? Sí, y las estadísticas así lo demuestran.

El colectivo de mujeres debe indagar más acerca de las posiciones a tomar e intentar no encarnar el lugar de aquello mismo que combaten, interrogando hasta su etiología esa función propia del represor como instrumento de control en Occidente.

Es valioso este resurgimiento porque nos ayuda a pensar, brinda recursos, reclama por los derechos y también informa. La confusión de invertir la fórmula es riesgosa porque convalida una dinámica por la que históricamente se produjeron los atropellos y las violaciones de los Derechos Humanos.

Un ejemplo para pensar: tomemos la expresión reproducida hasta su viralización: “mira cómo me ponés” --atribuida a la conocida escena de abuso del actor a la joven todavía menor de edad--, el colectivo elige como slogan: “mirá como nos ponemos”. No es por la recíproca que se hallará el camino. Esto solo refuerza el síntoma, no lo transforma.

Los slogans debieran tomar la forma de consignas que ordenen al colectivo y lo subviertan.

Los slogans muchas veces usados de manera sólo confrontativa, colocan a las mujeres en la dicotomía de la tensión entre víctima y victimario, y no es desde allí donde se produce una transformación dialéctica.

No es desde las debilidades propias de la dialéctica amo / esclavo, sino desde las fortalezas de la emancipación del propio nombre desde donde se logran las conquistas definitorias.

Tomemos movimientos feministas anteriores como referencia en curso que permita su debate, enunciado y transformación dialéctica. Esos intentos de conquistas históricos y sociales no se produjeron jamás desde el lugar del victimizado.

Derechos universales. Los movimientos

La lucha política y social a favor de la recuperación e igualación de los derechos de la mujer tiende a presentar los avances sociales conseguidos por las mujeres como la consecuencia de un progreso que marcha por sí solo. Por el contrario, ha sido el resultado de un proceso en el que la reconstrucción de la historia muestra que las mujeres sólo han logrado conquistas sociales allí donde y cuando ha habido mujeres que protagonizaron esas conquistas. Han sido las acciones de muchas mujeres lo que nos permite hoy gozar de derechos que en un pasado muy próximo fueron negados y que exceden la cuestión de género, proyectadas en lo que podríamos nombrar más precisamente como derechos universales y derechos humanos. Esto no soslaya la cuestión más específica sobre las reivindicaciones y éxitos de las mujeres como colectivo social y político, lo que permitirá la igualdad formal –legal-- en algunos casos y la igualdad real --de oportunidades y trato--, en otros.

Se considera que los movimientos feministas tienen su origen en la Declaración de los Derechos Universales de igualdad y de libertad, promovidos en la Revolución Francesa y en la Ilustración, a partir de los cuales las mujeres tomaron conciencia de su situación y comenzaron a reivindicar la igualdad en todos los terrenos, tanto en derechos como en oportunidades.

Apoyados por el trabajo de las feministas, y con ellas los interesados en los movimientos sociales, posicionaron el sufragismo. El olvido del movimiento sufragista, que contrastaba con la memoria sobre el movimiento obrero del siglo XIX, formaba parte de la "invisibilidad" de las mujeres. Un movimiento que había sido importante, potente y que ningún análisis político histórico riguroso podría ignorar.

Por otra parte, en la actualidad, las reivindicaciones de las mujeres se plantean en tres grandes áreas de actuación. No sólo piden acceso a las actividades y puestos de los que están excluidas, sino que, en primer lugar, señalan que su biología no las condiciona para ser exclusivamente madres. Que tienen derecho a la sexualidad, al control de su cuerpo y a decidir libremente sobre su maternidad.

En segundo lugar, plantean que las relaciones entre los hombres y mujeres tiene un componente de poder indesligable a las condiciones de territorialidad impuestas por el capitalismo global.

En tercer y último lugar, señalan que existe una dicotomía entre lo público --la economía, la política y la cultura-- y lo privado, que antes que una formalización de la familia como epítome de la organización social de occidente, promueven la dimensión de los vínculos en la vida privada y de los lazos de organización posibilitados a partir de éste, y que el rol que tienen las mujeres en el ámbito privado es tan importante para el funcionamiento social como en el ámbito público. Por supuesto, amor no es reproducción, sino más bien una función de sutura social y de donación de la función de apuntalamiento, además de la función de oblatividad --esa que asegura la trasmisión de los saberes intergeneracionalmente--.

En los años setenta del siglo XX se afirmaba que el movimiento feminista era un fenómeno nuevo --a pesar de su larga trayectoria--, y desde sus propias filas han surgido también posturas opuestas, tal como sucede actualmente. Sin embargo, la lucha y resistencia sobre los Derechos de la Mujer se inscribe en este marco más amplio que abarca no sólo al siglo XX, sino que se funda en los principios de la ilustración. Por tanto, una y otra vez será necesario despejar que aspectos de dichas reivindicaciones y construcciones políticas importa no sólo articular, sino también interpelar, respecto de esos mismos principios que dieron lugar a la irrupción del capitalismo industrial. Despejar esta cuestión que atañe a desmalezar lo propio de la ilustración --y por ende del despotismo ilustrado-- en la construcción de derechos y jurisprudencia social, supone también la certidumbre de intentar una interpelación al modo de operatividad automática del capitalismo.

Es decir, con la declaración de ciertos principios y derechos no alcanza, si no es a condición de su debate y apertura de esa discusión en la trama ampliada de lo social contemporáneo. Su validación, en el caso de los colectivos de mujeres y más allá de ellos, en el plano más amplio de la construcción de un orden nuevo económico, social y político, es asimismo la de su deconstrucción permanente.

Las emancipadas

Un breve análisis de situación nos permite considerar lo siguiente:

* La víctima ocupó originariamente una posición central como objeto del abusador y como parte acusadora.

* Se posicionó en defensa de su interés particular y del interés público. Correspondiendo al Estado tramitar la acusación, conformar al jurado para asegurar la ejecución de una sanción.

*A partir de la distinción entre interés privado y público, y sobre todo de la asunción por el Estado de la persecución penal, la víctima casi desapareció de la escena procesal, al darse por sentado que el funcionario que actuaba en nombre del Estado, lo hacía también en nombre de la víctima.

Al respecto, es necesario proponer ideas claras para lograr lo deseado.

Generar interrogantes cómo: ¿qué nos sucede?, ¿qué deseamos?, ¿qué tipo de transformación pretendemos conseguir? Para entonces proyectar cómo disponer el avance sobre esas conquistas sociales, económicas, políticas, que no serán por la vía de la guerra de los sexos.

Defender un objetivo no supone necesariamente la creación de un enemigo, sino el reclamo y la conquista de lo buscado.

No es desde este plantear una brutal batalla el lugar que nos llevará a la verdadera transformación socio-política. Es necesario preguntarnos por la función y la influencia del Estado, muchas veces el primero en ejercer esa violencia/violación.

Retomando la cuestión, el del grupo “Las Tesis” es, indudablemente, un lance político que ya ubica en la condición de un proceso revolucionario su accionar, y no pierde de vista que lo que se está discutiendo en Latinoamérica es precisamente la constitución patriarcal del poder de ese Estado Violador, violador de los derechos humanos y de las garantías constitucionales de las que las mujeres han sido históricamente, uno de los emergentes más castigados y fustigados, para asegurar por defecto su invisibilización estructural en las condiciones de regulación de ese poder, por efecto de la construcción política del lazo social.

Dicen:

“El violador eres tú.

Son los pacos (policías),

los jueces,

el Estado,

el presidente.

El Estado opresor

es un macho violador.

El violador eres tú”

Es, en un sentido, una intervención perfectamente apegada a la biopolítica de Foucault, al concepto estructuralista que tiende a desmantelar los mecanismos de control, entre los que la sexualidad en occidente se yergue como acontecimiento de la regulación de los cuerpos y consiguiente domesticación por el Estado.

Allí donde la trama del erotismo intenta subvertir ese signo de sometimiento institucional y dogmático por una reconsideración de la dimensión de los goces en la vida privada y de las relaciones sociales a partir de esta. El colectivo “Las Tesis” --nuevamente, nombre que supone posición, toma de posición y también dialéctica-- da en la médula de esta cuestión espinosa, y consigue desbrozar cada uno de los estigmas-espinas cuasi religiosas, apegadas al dogma eclesiástico patriarcal.

No es vano ni aleatorio que sea esta una época en la que también se comienzan a escuchar las voces institucionales del catolicismo, denunciando lo que hasta ayer se había soterrado por efecto de esa misma política de estado eclesiástico --de la que podemos argüir que se trata sólo del ardid que intenta dar testimonio al violado / violentado y colapsado para atraer esfuerzos, almas, dineros, creyentes--, pero que indudablemente interpreta un posible campo de disputa simbólico.

Eso que va a lo social supone una trama compleja que sólo puede garantizarse si se preservan las garantías de la vida privada como ejercicio de una libertad que considera al otro en su experiencia de realización. Es decir, esto supone no el espejamiento de la tensión imaginaria y del enfrentamiento, sino el registro de la diferencia a partir de una división no sólo en el estatuto de lo que entendemos por sujeto contemporáneo --y sus signos en disputa--, sino en el reconocimiento de las políticas represivas que se proponen como políticas de Estado, y en la construcción de las estrategias que enmarcan y fundan el lazo social como comunidad.

Viviana Nigro y Cristian Rodríguez, son fundadores del colectivo de investigaciónVectorclínico.

Publicado enSociedad
Jueves, 26 Septiembre 2019 16:30

¡No me cuidan, me violan!

Fotografía: Gabriela Huerta Tamayo

El 12 y el 16 de agosto de 2019, la Ciudad de México atestiguó dos grandes concentraciones de mujeres feministas furiosas, organizadas, dispuestas a manifestar su digna rabia y declarar su inconformidad contra la violencia y el desinterés institucional que sufren.

El lunes 12 de agosto, unas cuantas se agrupan en las afueras de la Fiscalía General para exigir justicia ante los casos de violaciones cometidas presuntamente por policías de la ciudad contra una joven de 16 años que visitaba el Museo Archivo de Fotografía y otra menor de edad que, el 3 de agosto, salía de una fiesta en la Alcaldía de Azcapotzalco.

La adolescente violada por cuatro policías en Azcapotzalco se dirigió al Ministerio Público para levantar su demanda, pero éste no aplicó el protocolo establecido en caso de violencia sexual, realizó las pruebas biológicas días después de la denuncia para que no aportaran evidencias y filtró mezquinamente información a la prensa para que la joven fuera blanco de amenazas e insultos, que la llevaron a retirar la denuncia. Un procedimiento común en México, que las mujeres han denunciado en numerosas ocasiones y que se repite también en las denuncias de violencia doméstica, acoso sexual y, aún, de feminicidio.

“En México los violadores portan uniforme”, sostenía uno de sus carteles. “Eres popó, eres popó, policía violador”, otro, levantado por una feminista disfrazada de policía con bigotes. Los gritos más conocidos de «¡Justicia!» y «¡ni una más!» estaban acompañados por “A mí me cuidan mis amigas, no la policía”, en claro descredito de los agentes de seguridad.

La concentración convocada en el turístico sector Zona Rosa, donde se encuentra la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México, tuvo un primer momento álgido cuando las mujeres vieron salir de la sede al secretario de Seguridad, Jesús Orta, y lo rodearon. Más tarde, el hombre diría que se había acercado para dialogar, para explicar a las manifestantes que los casos no estaban cerrados, que se estaban investigando. El hecho es que mientras pedía tiempo, calma y que se dispersaran, para desconcierto del jefe de policía las manifestantes le lanzaron al rostro un polvo de diamantina brillante color rosa. Una respuesta estética a su actitud elusiva ante una demanda colectiva.

La manifestación se movió entonces hacia la Procuraduría General de Justicia, cuya titular es una mujer, Ernestina Godoy Ramos, entre consignas e interpelaciones. Las paredes del así llamado “bunker” quedaron pintadas, expresando el hartazgo de un colectivo que se sabe ignorado sistemáticamente. Ante la Fiscalía, las mujeres colgaron una cabeza de cerdo. Décadas de una desatendida y, por ende, creciente violencia misógina cuajaban en una rabia colectiva. Mientras las manifestantes se arremolinaban ante las enormes puertas de vidrio del bunker, éstas fueron destruidas repentinamente a pedradas lanzadas por algunas personas encapuchadas, tanto mujeres como hombres.

Horas después, la Jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum Pardo, declaró: “Esto no fue una protesta, fue una provocación. Lo que querían es que el gobierno respondiera con violencia, pero no lo vamos a hacer”. El gobierno progresista de la Cuarta Transformación (así se ha autonombrado el gobierno del Movimiento Renovación Nacional –MORENA- del presidente Andrés Manuel López Obrador, el mismo partido de Sheinbaum) fue tomado por sorpresa por la digna rabia de las feministas. El gabinete de la Ciudad de México creía haber resuelto su relación con las feministas desde una perspectiva institucional, al tener a muchas mujeres en puestos claves: Rosa Icela Rodríguez en la Secretaria de Gobierno, Luz Elena Escobar, de Administración y Finanzas, Ileana Villalobos, de Desarrollo Urbano, Rosaura Ruiz, de Educación y Ciencias, Myriam Urzúa, de Protección Civil, Almudena Ocejo Rojo, de Bienestar Social, Marina Robles, de Medio Ambiente, Olivia López Arellanos dirige la Secretaría de Salud y tres mujeres más encabezan Trabajo y Fomento al Empleo, Pueblos y Barrios Originarios y la Secretaría de Mujeres. Desde la perspectiva de la equidad de género, el gobierno de la Ciudad de México no podía ser más ecuánime. El problema, sin embargo, no es la representatividad, sino el acceso a la justicia. Pero unas cuantas funcionarias no garantizan el goce de la libertad de movimiento y palabra, el derecho al estudio y el trabajo ni la seguridad de las mujeres. Las feministas llevan 26 años en diálogo con funcionarios de gobierno, desde 1993, cuando las madres de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez empezaron a denunciar la omisión en la procuración de justicia en los casos de sus hijas, sin obtener una respuesta concreta. Más aún, la cultura feminicida de México se ha incrementado, llegando a sumar casi diez mujeres asesinadas al día, cuyos casos se resuelven en un 1%. La impunidad ha actuado como un aliciente.

 

 

Ante la incomprensión de la jefa de gobierno y la procuradora de justicia, el viernes 16 de agosto las feministas volvieron a la calle. Decenas de miles se toman la Glorieta de Insurgentes: activistas de décadas contra los feminicidios, trabajadoras de organizaciones de mujeres, sindicalistas, jóvenes en el autoempleo, una generación que ha crecido con la experiencia cotidiana del feminicidio como amenaza y realidad. Las universitarias y las estudiantes de secundario son las más enérgicas y reivindican la amistad entre mujeres como única arma contra el maltrato: “A mí me cuidan mis amigas” y “Yo sí te creo, hermana” son un eco que hace temblar la ciudad.

No importa si la policía va a abrir expedientes contra las manifestantes, no importa que la prensa y la televisión hablen de actos de vandalismo ni que las redes se llenen de mensajes de odio contra las mujeres. Es el momento de mostrar la fuerza que el hartazgo infunde y la radicalidad de la demanda. Performances, manifiestos, batucadas, pintas acompañan la toma del transporte público, la marcha, la ocupación de la ciudad. La Procuraduría ha organizado cordones de mujeres policías para enfrentar mujeres contra mujeres y poder culpar a las manifestantes de violencia de género. Estrategias que ya no engañan a quien grita a voz en cuello: “Exigir justicia no es provocación”.

Por supuesto, los grupos de choque de los partidos de oposición se aprovecharon de la manifestación para provocar violencia, un periodista fue golpeado por un hombre alentado por otros golpeadores y la prensa acusó a las mujeres de propiciar la agresión. No obstante, las feministas se tomaron la calle sin buscar una mediación, lanzaron su rabia por adelante y exhibieron una fuerza contenida que ahora exige respuestas.

 

 

Tras dos días de declaraciones contradictorias, el lunes 19 de agosto, el gobierno de la Ciudad de México aclaró que nunca tuvo la intención de confrontarse con las mujeres. A través de un comunicado, señaló que desea establecer puentes de comunicación y “narrativas” (una palabra que ha empezado a sonar recurrentemente en la prensa y la academia) que avancen en la construcción de un diálogo entre gobierno y sociedad:Si alguna declaración pudo contribuir a generar distancia entre gobierno y mujeres que luchan contra la violencia de género, no ha sido la intención. Debemos cerrar brechas y construir juntas una agenda pues tenemos el mismo objetivo que es poner fin a la violencia hacia las niñas y mujeres”.

 

Asimismo informó que en un mes el gobierno capitalino va a generar un programa integral de prevención, atención, sanción y acceso a la justicia para las niñas y mujeres. Y para elaborarlo, abrirá mesas de trabajo, talleres y foros abiertos con mujeres para delinear las acciones que debe de contener el programa.

Lo interesante es que ante ello muchas feministas decidieron responder de forma autónoma e independiente del gobierno, conformando una asamblea metropolitana que no puede ser representada por ninguna de sus integrantes. Deliberante, anónima, colectiva, la autonomía política feminista no será fácilmente mediatizada.

Publicado enEdición Nº261
Guerra contra la sociedad se realiza en el cuerpo de las mujeres: Laura Segato

La feminista concedió una entrevista a la IBERO, en el marco de su participación en el ‘Congreso Internacional. Violencias, resistencias y espiritualidades’Para la también antropóloga, en una década México se imposibilitó como sociedad


En su educación formal, Rita Laura Segato (Buenos Aires, Argentina, 1951) se decantó por el estudio de la música y de la antropología. De ello dan cuenta sus egresos del Conservatorio Superior de Música ‘Manuel de Falla’ y de la Escuela Nacional de Danzas; su Especialidad en Etnomusicología (Instituto Interamericano de Etnomusicología y Folklore –INIDEF-); su Licenciatura en Ciencias Antropológicas (Universidad de Buenos Aires) y su Doctorado en Antropología Social (Queen’s University Belfast).


Con tan amplia formación, no resultó extraño que se sintiera atraída por la academia, y se desempeñara como investigadora del Archivo de Música Latinoamericana del INIDEF y como profesora del Departamento de Antropología de la Universidad de Brasilia.


Pero hoy en día la Dra. Segato es ampliamente reconocida en el ámbito universitario latinoamericano como antropóloga y feminista, debido a sus notables aportaciones a la investigación sobre violencia contra las mujeres, que comenzó a analizar en 1993, por encargo del gobierno de la capital de Brasil.


Y es precisamente este tema sobre el que accedió a hablar con la IBERO, en su más reciente visita a esta Universidad, la cual la invitó a compartir su saber con una conferencia magistral en el ‘Congreso Internacional. Violencias, resistencias y espiritualidades’.


–Uno de sus libros lo tituló ‘La guerra contra las mujeres’; ¿en qué consiste esta guerra contras las mujeres?


Para serle absolutamente sincera, el título lo original no era exactamente ese. El título se lo puso, para hacerlo atractivo, la primera editorial que lo publicó, que fue Traficantes de Sueños.


Pero mi idea no es que hay una guerra contra las mujeres, no lo veo así, no representa mi pensamiento. Yo creo que hay una guerra entre los dueños de los pedazos de territorio, de los dueños jurisdiccionales, como digo en mi ensayo sobre Ciudad Juárez (‘La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez: territorio, soberanía y crímenes de segundo estado’); unos dueños que son caciques, que pertenecen a mafias, a pandillas, al crimen organizado.


Es una guerra también contra la sociedad y contra el Estado, que se realiza en el cuerpo de las mujeres; que no es lo mismo. O sea, no es que sea una guerra contra nosotras; es una guerra mediante nuestros cuerpos, porque es en el cuerpo de la mujer que se expresa el poderío de esos dueños.


–¿Cómo se expresa ese poderío?


Con la discrecionalidad, con la arbitrariedad. Si yo mato con crueldad, desaparezco, torturo, al soldadito de la corporación armada enemiga, de la pandilla enemiga; yo estoy en guerra. Pero si yo aplico esa crueldad en el cuerpo de las mujeres, yo simplemente digo al mundo mi posibilidad, mi omnipotencia, mi capacidad de hacer cualquier cosa.


La violencia que se realiza en las mujeres, de la que evidentemente somos las víctimas, es una violencia que a través de nosotras se dirige a toda la sociedad. Porque el cuerpo de la mujer es un vehículo para un mensaje que se dirige a toda la sociedad; un mensaje de omnipotencia, de impunidad, de la capacidad de ser violentos de manera arbitraria, sin razón, sin una lógica utilitaria.


Aquí en México se habla de que todas las mujeres desaparecidas, secuestradas en el Metro, son llevadas a la trata; y aunque es fácil entenderlo así, yo lo dudo. Si yo quiero llevar a una mujer a la trata no la secuestro en el Metro. El secuestro en el Metro es un secuestro espectacular, que llama la atención de la sociedad; pero es más que nada un espectáculo de impunidad, de dominio, de arbitrio. Si yo quiero hacer algo así por una razón instrumental, utilitaria, como ganar dinero con ese cuerpo, la secuestro en otro lugar.


–¿Esta arbitrariedad, este dominio, son propios del patriarcado, que tiene una de sus mayores manifestaciones violentas, contra las mujeres?


Es uno de los desarrollos recientes, contemporáneos, del orden patriarcal. El orden patriarcal se ha casado, se ha articulado, de una manera muy perfecta, con la fase contemporánea del capital; a la que yo le llamo una fase de dueñidad. O sea, ya no más de desigualdad, porque hablar de desigualdad es poco, pues debemos considerar que estamos en un mundo de dueños. Y como el orden patriarcal siempre fue un orden de dueños, casa perfectamente bien con el orden económico del presente.


–¿Qué ha permitido la vigencia y permanencia del patriarcado?


Es el más arcaico de los órdenes políticos. El orden patriarcal funda todas las otras formas de desigualdad, y es el primer entrenamiento para la desigualdad, de prestigio y de poder, entre los seres humanos. Es el entrenamiento que damos a los niños en la casa o cuando ven televisión, cuando se dan cuenta que la palabra de un hombre vale más que la palabra de una mujer, que la inteligencia de un hombre es más potente que la inteligencia de una mujer, que la fuerza física de un hombre es mayor que la de la mujer, que el prestigio está asociado al ícono del cuerpo masculino.


Pero el feminismo ha tenido en los últimos tiempos un momento de esplendor, porque las mujeres, en su pluralidad de voces, en sus diferencias entre sí, son un movimiento poderoso que ha llegado con gran estrépito a tomar el espacio público. Ahí las mujeres mostraron cuántas somos, cómo estamos juntas y el afecto que corre por las arterias de este movimiento; y eso ha asustado a nuestros antagonistas de proyecto histórico.


Esos antagonistas quieren defender un orden de poder, que es el orden del capital, el orden de los dueños del mundo, de los dueños del planeta y de los dueños de la vida también, porque sus decisiones afectan la vida y la muerte de todas las personas.


La posibilidad de transformar la sociedad, de desmontar ese orden desigual fundacional, asustó a nuestros antagonistas de proyecto histórico, y han puesto a sectores del catolicismo y a sectores del protestantismo, pero no a la integridad del protestantismo ni a la integridad del catolicismo, a trabajar para ver si consiguen derrocar el riesgo que ven en nuestro movimiento.


–Usted creó el concepto femigenocidio; ¿por qué y qué significa?


Femigenocidio se dirige a poder nombrar la idea de que hay mujeres que no mueren por razones domésticas, que no mueren como consecuencia de una interacción en la intimidad o no mueren a manos de conocidos. La tendencia del sentido común, la manera en que pensamos los crímenes contra las mujeres, siempre está empañada por la idea de que existe el deseo, la libido, el celo, el odio; una emocionalidad que emerge de interacciones próximas entre personas conocidas.


A partir de mi visita y análisis de la situación en Ciudad Juárez, en 2006, me di cuenta que los feminicidios que ahí ocurren no tienen nada que ver con el orden de la intimidad. Existen feminicidios del orden de la intimidad, por parejas, sí; pero los feminicidios que se han tornado famosos en el mundo, porque las madres salieron del campo algodonero a denunciarlos, esos no son feminicidios de la intimidad.


Por eso por mucho tiempo fue muy difícil interpretar qué son esos feminicidios, porqué se mata mujeres por un grupo grande hombres, con una tortura sexual, mutilaciones y violaciones colectivas, de una forma recurrente, casi una rutina; y qué significa eso.


De ahí pasé a visitar países como El Salvador, Guatemala y Honduras, o sea todo el triángulo norte centroamericano, y me di cuenta de que el feminicidio se expande en ese territorio, así como también se expande en todo México; por eso hoy hablamos de una juarización de México.


Son agresiones a las mujeres y una crueldad contra el cuerpo de las mujeres que no responden a problemas de la intimidad. Entonces a esos crímenes les llamo femigenocidio; porque podrían llegar a una categoría del orden jurídico internacional de los derechos humanos, al ser crímenes contra las mujeres, no contra una mujer por una razón que puede ser personalizable.


Dentro del femigenocidio incluyo los crímenes asociados a las nuevas formas de la guerra, a los conflictos entre pandillas; o como en Ciudad Juárez, a la represión estatal, o a formas de enunciar al mundo la dominación territorial y la dominación jurisdiccional, por parte de algunas mafias locales.


A eso le llamo una esfera paraestatal de control de la vida. Y varios sectores de nuestros pueblos, de nuestras ciudadanías, en todos los países de América Latina, están expuestos a un control paraestatal de su vida por parte de grupos de organizaciones criminales, o por el paraestado; o sea, por formas represivas y duplicaciones represivas de los Estados nacionales. Ahí, a las muertes de mujeres les llamo femigenocidio, crímenes que se realizan contra la población de mujeres.


También incluyo ahí al crimen de la trata, porque las mujeres tratadas son reducidas a condiciones concentracionarias de existencia, que perjudican su salud de una forma definitiva. Por eso en la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, de Naciones Unidas, las condiciones concentracionarias de existencia son una de las formas de genocidio.


–¿Cuando suma la palabra genocidio a la de feminicidio es para darle un carácter de crimen de lesa humanidad al asesinato de las mujeres, y resaltar su gravedad?


Exactamente. Si consiguiéramos llevar esa categoría a una Convención iluminaríamos todo el campo de la violencia contra las mujeres, inclusive los crímenes domésticos; y se empezaría a mostrar algo que es muy difícil de mostrar a la población por causa del sentido común, que siempre los reduce a crímenes de la intimidad, del orden privado.


Es muy difícil retirar los crímenes contras las mujeres del fuero íntimo. Si consiguiéramos llevar al fuero internacional este grupo particular de crímenes letales, con intención letal o con consecuencias letales, como es la trata, iluminaríamos todo el campo de la violencia contra las mujeres y mostraríamos cómo es una violencia plenamente pública.


–Aprovecho que usted reside en el Cono Sur, para preguntarle, ¿qué explicación podría dar a este resurgimiento de la extrema derecha en Latinoamérica, por ejemplo, en Brasil y Argentina?


Creo que la esfera paraestatal de control de la vida, de control de muchas voluntades, en América Central y en México, se dio a través del crimen organizado; que también considero es un implante, no un fenómeno espontáneo.


En el caso de su país, debo decir que soy una persona que viene a México todos los años, la mayor parte de ellos más de una vez, desde que tengo 20 años; entonces conozco a México bastante bien, desde Laredo hasta Juchitán.


Pero me pregunto qué pasó con México, un país que, pese a todos sus problemas, como su democracia de un partido único y Tlatelolco, se mantuvo durante mucho tiempo como la democracia de América Latina; y en poco tiempo, en menos de diez años, ahora no se puede transitar después de la 6 de la tarde. Qué pasó con México. No puedo pensar que esta descomposición es un fenómeno espontáneo de la sociedad, no lo creo, fue demasiado rápido, demasiado veloz; no transcurrió ni una década en que México se imposibilitó como sociedad.


En el caso del crimen organizado en México, yo creo que ha sido un implante, no un fenómeno espontáneo. Pero la extensión que tomó y la forma en que está imposibilitando la vida normal de la gente en muchos lugares, es misteriosa.


Mi evaluación es que el poder no puede ser observado, lo inferimos, hacemos modelos de comprensión de cómo piensa y a dónde se dirige, pero no podemos observar cómo toma sus decisiones, cómo debate sus decisiones o cómo delibera sus decisiones.


De la misma forma, la acción de ciertas Iglesias, evangélicas, sobre todo, en América del Sur, ha sido también un implante; controlan la vida y la voluntad de mucha gente y están por detrás de la derechización de la política.


–En cuanto a otros dos tipos de violencias, ¿de qué manera se podría proteger a los defensores de la tierra, que se oponen a los crímenes de la economía extractivista; y a los migrantes, que están siendo victimizados en las fronteras?


Para mí hay dos estrategias que son centrales para garantizar un futuro en la Tierra. Una es la vincularidad, la reconstrucción comunal, la restauración del tejido comunitario. Que la gente apueste por esa restauración, ese retejimiento de las relaciones entre las personas, para que las personas puedan, en la falencia total del Estado o en la toma del Estado por sectores francamente antipopulares y genocidas, protegerse entre sí, acogerse y cuidarse, y en última instancia, refugiarse.


El otro gran tema que tenemos pendiente, yo misma lo tengo pendiente, es pensar mejor. Durante mucho tiempo, en mis primeros años como antropóloga, mi primer tema fue la música, la etnomusicología. Pero mi segundo tema fue religión y sociedad. Mucho tiempo estudié, hice trabajo de campo y escribí, sobre religión y sociedad; y hoy creo que estoy volviendo a ese tema porque, entre otras cosas, pienso en la espiritualidad, porque hay una pulsión humana que es la búsqueda de sentido en la vida.


Y creo que ahí la espiritualidad tiene un papel central, y es un campo que es necesario reflexionar más y trabajar más, para entender cómo la espiritualidad puede en el presente ayudarnos a recuperar la vida en la Tierra, porque la vida está en riesgo, ha sido casi totalmente cosificada.


El mundo, la vida, se han transformado en cosas, para mucha gente no son más que cosas. ¿Cómo sacamos a esa gente de ahí?, esa gente que no ve venir su propia muerte, inclusive los dueños. Los dueños no están viendo venir su propia muerte.


Este material se comparte con autorización de IBERO

Publicado enSociedad
Reflexiones en torno a ideas y prácticas del entre-mujeres a principios del siglo XXI

La violencia misógina ha adquirido dimensiones que corresponden a las de una guerra mundial contra el 49.6% de la humanidad, que si bien está dividido en clases sociales, naciones y grupos racializados de mujeres, “tiene una común vulnerabilidad a las agresiones de la otra mitad de la humanidad. ¿Qué efectos produce sobre los feminismos más allá de volver a sacar en México como en Argentina, y de ahí en el resto del mundo, a masas –de mujeres a la calle? ¿Defenderse de la violencia permite, a la vez, seguir actuando la liberación política de las mujeres en los campos del arte, la convivencia, la ecología, el trabajo, los estudios, la libre expresión de las sexualidades y afectividades?

Nancy Fraser: las mutaciones neoliberales

I. “Si miras todo su ‘cuerpo de obra’ –remarcaba una comentarista– puedes notar la expansión de la cuestión feminista en conexión con el capitalismo hacia todas otras esferas” (bit.ly/2UgT6L7). Nancy Fraser, una destacada filosofa y teórica estadunidense, es una de las principales impulsoras del feminismo anticapitalista. Trabajando desde la ‘teoría crítica’ frankfurtiana y el pos-estructuralismo, es mejor conocida por sus críticas de las políticas identitarias (dada su "complicidad" en el reavivamiento del fundamentalismo librecambista) y sus re-conceptualizaciones de la justicia ("post-Westfaliana y democrática"). En libros como Justice interruptus (1997) o Scales of justice (2009) trata de "salvarla" de diferentes reduccionismos y "ajustarla" a los tiempos pos-socialistas de la primacía del "reconocimiento" hegeliano –por sexo, género o raza (bit.ly/2Ul4pBL)–, censurando a la vez el mainstream feminista por abrazar "lo cultural" y desertar de la economía política y debates sobre redistribución (Redistribution or recognition, 2003).

II. Si bien –a ojos de Fraser– la segunda ola del feminismo (con su "politización de lo personal" y crítica estructural del androcentrismo capitalista) nació y creció junto con otros movimientos emancipatorios de la pos-guerra, pronto perdió su filo crítico (Fortunes of feminism. From state-managed capitalism to neoliberal crisis, 2013, p. 14-15). Al abrazar el identitarismo –y al pasar "de redistribución al reconocimiento"– abandonó la economía, para –solamente– transformar la cultura. Este "giro" que coincidió con el ocaso del viejo capitalismo estatal y el auge de su nueva –"desorganizada"/flexible/transnacional– modalidad, hizo que sus legítimas críticas al estatismo y paternalismo (salario familiar, estado-niñera, economicismo) en vez de rehacer al estado de bienestar, sirvieran para desmontarlo y devinieran pilares ideológicos del nuevo orden (p. 218-221).

III. Así en su famosa aseveración: “el feminismo se volvió ‘la sirvienta del capitalismo’” acabó fortaleciendo el individualismo consumista, su crítica del sexismo legitimó nuevas formas de desigualdad y explotación (bit.ly/2m23X77). Sin desearlo acabó nutriendo "el nuevo espíritu del capitalismo" (Boltanski/Chiapello) de la mutación neoliberal. La lucha por la igualdad en su seno fue sustituida por la "meritocracia" que apuntaba sólo a que las mujeres avanzaran en las jerarquías (corporaciones/gobiernos/ejércitos), mientras –para Fraser– "el feminismo siempre trataba de romperlas". Empoderamiento –en práctica– pasó a significar ganar el derecho a explotar a otras mujeres (trabajadoras domésticas-migrantes) para ir escalando. Subrayando que este dominante tipo del feminismo –liberal, corporativo, "de Davos" (Lagarde/Sandberg/Clinton), "colaboracionista del sistema opresor"– ha fallado a la mayoría (bit.ly/2usW6W4) Fraser llama a un "feminismo para el 99%" –“¡no queremos romper los ‘techos de cristal’ sólo para que las otras limpien los vidrios!”– libre de sus nexos con el neoliberalismo ( Feminism for the 99%: a manifesto, 2019).

IV. “Desde hace tiempo escribo acerca de [aquel] ‘desvío neoliberal’ de movimientos sociales [pero no alcanzaba a bautizar bien este proceso] –decía– y las pasadas elecciones en EU me ayudaron a verlo: ¡H. Clinton era su perfecta encarnación!” (bit.ly/2rgMuyA). ¿Su nombre? El "neoliberalismo progresista", un bloque dominante desde los noventa, coalición de sectores de negocios y algunos movimientos –“una impía alianza de emancipación y financiarización: ‘LGBTQ & Goldman-Sachs’”– armado por demócratas que combinaron su economía de derecha con políticas de reconocimiento (pero sólo a cambio del desmantelamiento de protección social y redes de redistribución). Su choque con el populismo reaccionario de Trump, elección entre multiculturalismo y etnonacionalismo, significaba sólo más de lo mismo: neoliberalismo y desindustrialización (bit.ly/2V4Rzoo). Así el auge del populismo, tanto de derecha como de izquierda –que Fraser ve como una "política de transición" y favorablemente a la Laclau (bit.ly/2uIGjCz)– fue "una revuelta de los atropellados por el neoliberalismo progresista" y "síntoma de la crisis de la forma específica del capitalismo de hoy" (bit.ly/2Q5Sd6K).

V. Dicha crisis –"cuya cara es Trump" (bit.ly/2FDzJm2)– es para ella la de lahegemonía. El neoliberalismo progresista que una vez creó un amplio consenso gramsciano y bloque hegemónico llega a su fin (bit.ly/2ive0Tj). No obstante, el trumpismo –frágil y caótico– no constituye un nuevo bloque. Vivimos en ruinas de lo viejo, en –otra vez Gramsci– un interregnum, dice Fraser (The old is dying and the new cannot be born, 2019), marcado a su vez por otra crisis, la de la reproducción social. "El capitalismo financiarizado sistemáticamente consume nuestras capacidades de sostener los lazos sociales comiéndose su propia cola" (bit.ly/2dog8sQ). Con austeridad y recortes externaliza los costos –también– en cuerpos de las mujeres "dependiendo del trabajo doméstico no remunerado más que cualquier otra forma del capitalismo" [!] (bit.ly/2QHVd9C): "pasamos por una nueva mutación de la sociedad capitalista que no obstante ofrece oportunidad de reinventar el modelo de familia y la división producción-reproducción" (bit.ly/2K20nuk).

Por Maciek Wisniewski, periodista polaco

Twitter: @MaciekWizz

Publicado enSociedad
Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

Rodeadas por una valla de viejas feministas y defensoras de derechos humanos, de las cinco de la tarde a la medianoche del 8 de marzo, mientras desfilaba la marcha de las feministas por la Ciudad de México, un equipo de mujeres fuertes y jóvenes con cascos, arneses y palas descargaron sorpresivamente de un camión y sembraron frente al museo de Bellas Artes un “Antimonumento contra el Feminicidio” de 300 kilos y 3.80 metros de alto.

En la escultura metálica en forma de círculo fusionado con una cruz en cuyo centro se levanta un puño cerrado, se lee: “En México cada día son asesinadas 9 mujeres. Decimos Basta”. El emplazamiento y el mensaje resultan contundentes. Los antimonumentos son una expresión de arte político, semejantes a la okupa de un espacio público, para evidenciar un hecho represivo, como la desaparición, el genocidio o el feminicidio. Van en contra de la (des)memoria oficial y se emplazan para ser removidos cuando se cumpla su demanda.

Desde 2015, en Nuestra América el 8 de marzo ha tomado un carácter feminista masivo de denuncia. El Movimiento ¡Ni una Menos! (eso es, que ni una mujer falte al apelo por asesinato, desaparición o secuestro de la vida pública y afectiva) de Argentina, coordinó entonces su voz con la indignación mexicana contra la crueldad creciente hacia las mujeres, que desde 1995 había cuajado en la demanda ¡Ni una más! (ni una mujer asesinada más), acuñada por la poeta chihuahuense Susana Chávez Castillo, asesinada ella misma por tres hombres al salir de una cantina en su natal Ciudad Juárez, en 2011. #NiUnaMenos se ha propagado como una llamarada entre las feministas alrededor del mundo. Mítines de denuncia y marchas multitudinarias se han sucedido en Argentina, Chile, Uruguay, México, y sobre su ejemplo, en Italia, España, Francia, Estados Unidos, así como en la India, Egipto y Túnez.

Desde 2018, en varios países, el 8 de marzo se ha convertido en un día de Paro Internacional de Mujeres, o Huelga Internacional Feminista laboral, estudiantil, de consumo, de cuidados y de trabajo doméstico contra las discriminaciones sexuales y de género. La huelga feminista es apoyada por algunos sindicatos y partidos progresistas mixtos y, a pesar de la existencia de puntos de discrepancia entre las corrientes feministas, sólo ha sido rechazada por aquellos feminismos que se han deslindado totalmente de los símbolos del feminismo occidental.

El 8 de marzo es, en efecto, la fecha que la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunida en Copenhague en 1910, a instancias de Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo, escogió para conmemorar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Lo hizo en honor de las migrantes empleadas como obreras textiles que se manifestaron en Nueva York el 8 de marzo de 1857 contra sus miserables condiciones laborales, bajo la consigna de “Pan y Rosas”. En 1911, en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza, el 8 de marzo se aprovechó para reclamar los derechos de las mujeres a votar, a ocupar cargos públicos, a trabajar, a la formación profesional y a la no discriminación laboral. En 1914, se utilizó el día para protestar contra la Primera Guerra Mundial. La Revolución Rusa estalló el 23 de febrero de 1917 día que, según el calendario juliano todavía en vigor en Rusia, coincidía con el 8 de marzo del calendario gregoriano del resto de Europa, cuando las obreras textiles de Petersburgo salieron a manifestarse y fueron seguidas por sus compañeros varones.

En 1975, la Organización de las Naciones Unidas rescató la fecha para declarar el Día Internacional de la Mujer. Sin embargo, en 2018 como en 2019, muchas campesinas, obreras de maquila, adultas que mantienen una familia monoparental, mujeres empobrecidas que no pueden darse el lujo de no cobrar un día, migrantes sin sindicatos que las respalde, pastoras, becarias, cuidadoras no profesionales y ancianas sin pensión no han podido ir a huelga, revelando que la precariedad laboral y la discriminación salarial siguen reproduciendo la pobreza femenina y la falta de derechos de las mujeres.

Cuando las mujeres se manifiestan por su libertad, demuestran su fuerza y la pertinencia de sus demandas. El sufragismo a principios de siglo XX y el movimiento de liberación de las mujeres en la década de 1970 llevaron, como las marchas feministas recientes, a salir a la calle a miles de mujeres, furiosas contra la violencia y la inequidades a las que están expuestas, y felices de sentir su colectividad, de darle voz a sus reclamos. Desde 2017, cientos de miles de mujeres han salido en masa contra los entonces candidatos y ahora presidentes Trump, en Estados Unidos, y Bolsonaro, en Brasil, evidenciando el nexo entre violencia represora, fundamentalismo religioso, neoliberalismo y misoginia. Y salen los días 8 de marzo para reclamar sus derechos y defenderlos.

 

 

Las mujeres representan el 49.6% de la población mundial y están presentes en todas las clases sociales y grupos religiosos, étnicos y nacionales, pero son el eslabón más vulnerable de sus respectivas sociedades. Los partidos de la renaciente derecha internacional, que es misógina, homófoba, autoritaria, xenófoba, en Brasil, Italia, India, Hungría, Andalucía, Estados Unidos, Austria, Arabia Saudita, Polonia, Bulgaria, Colombia, Chile, Nicaragua, noreste de Nigeria, Israel, Turquía, Zimbabue, Argentina coinciden en que las mujeres acaparan una presencia indebida en el espectro político, económico y jurídico de sus países. Pretenden reequilibrar el protagonismo femenino y poner fin a la “ideología de género”, apoyándose en ideas de una supuesta naturaleza humana binaria, heterosexual y jerárquica, provenientes de la propaganda neoevangélica, ultracatólica, islamista e hinduista que sostienen, a la vez, la inexistencia del calentamiento global, la justicia de la competitividad económica neoliberal y el derecho a cerrar las fronteras nacionales para defenderse de las migraciones.

Las derechas mundiales temen el despertar feminista porque para mantener la sociedad de clases es necesario mantener la jerarquía sexual. Obstaculizan por ello la libertad de elección sobre el propio cuerpo, prohibiendo totalmente el aborto en 26 países y limitándolo en 124; buscan reducir la libertad de las mujeres para ejercer su sexualidad y expresar sus demandas; afirman -contra toda evidencia- que la violencia contra las mujeres es un invento feminista y el creciente número de asesinatos de convivientes y ex parejas corresponde a “crímenes pasionales”.

El sistema de discriminación de las mujeres está en la base del funcionamiento capitalista, que se sostiene en la organización familiar que descansa en la pareja matrimonial subordinada. Este sistema se siente acorralado por los reclamos feministas, apela a valores falsamente religiosos acerca de la obediencia que las esposas y las hijas/osdeben a sus maridos/padres y ataca de manera explícita y directa a los principios de igualdad y a las personas que los defienden.

El presidente del partido de extrema derecha español Vox, Santiago Abascal, asegura que “las mujeres asesinadas en España lo han sido a mano de extranjeros” y que la ideología de género es una amenaza que hay que sacar de los colegios (al igual que la memoria histórica, es decir los estudios que evidencian la brutalidad de la dictadura franquista). Según él, se producen contra muchos hombres denuncias falsas por culpa de una “injusta” ley de violencia de género. En Brasil, Bolsonaro niega la evidencia que en los últimos diez años los feminicidios han crecido en un 21% y sostiene que son “mentiras feministas”. El 18 de marzo se celebrará un año del asesinato de Marielle Franco, concejala de izquierda, feminista, activista de los derechos humanos de la comunidad LGTB. El periódico O Globo vincula el asesinato de Mireille Franco con Flavio Bolsonaro, hijo del presidente, ya que ella era crítica con las intervenciones militares y policiales en las zonas más deprimidas de Rio de Janeiro, como la favela de Acari, mismas que el joven Bolsonaro sostenía, apoyando al 41° Batallón de Policía Militar. En Colombia, los feminicidios han crecido en número y crueldad en los últimos años. Según la ONU, en el país suramericano una de cada tres mujeres ha sido golpeada por su pareja actual o anterior y un gran número han sido víctimas de “desplazamiento forzado, despojo de tierras y violencia sexual en el marco del conflicto armado colombiano”. Existe, en efecto, una brecha en la aplicación de las leyes para impulsar la equidad de género que descansa en la cultura de la derecha política. Para muestra un botón: el 10 de junio de 2017, Ramón Cardona, Concejal de Santa Rosa de Cabal (Risaralda) por el Partido Conservador, declaró que “las leyes son como las mujeres, se hicieron para violarlas”.

En todos los países donde gobierna la derecha, los perfiles sociodemográficos de vulnerabilidad de las mujeres asesinadas revelan el incremento de la violencia feminicida contra mujeres empobrecidas, trans y niñas, en un ámbito de muy alta impunidad en los delitos contra las mujeres. Varios tipos de feminicidios se relacionan con la ocupación de las víctimas, su fragilidad social por ser proletarias, migrantes o pertenecientes a naciones minoritarias/indígenas, la condición de violencia generalizada en la zona de residencia, la presencia de mafias, de bandas delincuenciales o de agentes diversos (gubernamentales y no, muchas veces paramilitares) que usan los cuerpos violentados de las mujeres como mensajes para que cunda el pánico en la población y no se manifieste. Éstos feminicidios “sociales” conviven con la violencia doméstica y se suman a los asesinatos seriales y a un brote muy agresivo en la endémica epidemia de machismo, relacionado con fanatismos religiosos y con las más variadas formas de frustración masculina ante los derechos alcanzados por las mujeres, en particular su mayor visibilidad en las artes y la política y su independencia afectiva.

El fin de la violencia feminicida, en sus diferentes etapas, desde los insultos callejeros, los acosos, las amenazas, los golpes hasta el asesinato, es la reivindicación feminista más candente, alrededor del cual se organiza el mayor número de acciones, pero la lucha feminista apunta a la libertad, al placer, a los derechos de las mujeres. Eso es, a la educación igualitaria, a expresar las propias ideas, a desarrollar sus territorios, impulsando una cultura de la liberación colectiva, personal, artística y sexual, y a no sufrir limitaciones en el trabajo y en las expresiones de la propia afectividad.

Desprenderse de las identidades que el sistema patriarcal ha impuesto a las mujeres, en particular las que las obligan a complacer la mirada, el deseo y la organización social masculinas, es un camino que las feministas han emprendido desde hace ya medio siglo para la consecución de su propia libertad. Sin embargo, es precisamente sobre estos caminos de liberación que las derechas económicas, políticas y religiosas han construido un discurso, altamente ideológico, contra “la ideología de género” que, según sus portavoces, impide a las mujeres ser felices con su “naturaleza”, obligándolas a rechazar sus roles.

Una parte de las mujeres de la derecha capitalista, sobre este punto, ha desarrollado un muy especial “feminismo liberal”, que no apunta a la liberación de los roles de género heteronormados, sino a la aceptación “en libertad” de los mismos. Las feministas liberales han creado los mayores conflictos entre feministas al plantear que las mujeres tienen derecho a elegir ser prostitutas, alquilar sus úteros, quedarse en casa dependiendo de un marido que puede llegar a maltratarlas bajo un esquema de violencia normalizada.


El feminismo liberal no cuestiona el sistema capitalista, por lo tanto considera expresiones de la libertad de mercado la compraventa del cuerpo humano y las actividades forzadas por condiciones de pobreza estructurales. Desarrolla por ello un discurso altamente agresivo contra el “moralismo” de las feministas que denuncian el vientre en alquiler como una práctica de abuso, dirigida contra mujeres racializadas, empobrecidas y sin opciones de trabajo, como es el caso de las migrantes en Europa y Estados Unidos. Igualmente, en un mundo donde repuntan formas de esclavitud y trata de personas, de las cuales el 83% son mujeres y niñas obligadas a la prostitución y la pornografía, afirman que “la libertad de prostituirse” es limitada por el supuesto puritanismo de las feministas radicales. Para las “feministas liberales” los valores humanos de la integridad física y emocional de las mujeres, las opciones de trabajo remunerado en igualdad de condiciones con los hombres o de trabajo comunitario y solidario, los derechos a la vida y la afectividad que no someten las mujeres al poder económico masculino son ¡limitaciones moralistas!


Los feminismos que se expresan en las academias en muchas ocasiones toman muy en serio las descalificaciones de los movimientos de liberación de las mujeres por parte de las supuestas feministas liberales, así como tienden a radicalizar el peligro de caer en un dimorfismo social de género cuando se exige poner fin al sistema patriarcal. Éste es un sistema jerárquico que estructura la producción capitalista y la expoliación de la naturaleza, del trabajo y de la capacidad reproductiva. Negar la existencia de un sistema patriarcal que limita y cerca la libertad de las mujeres, poniéndolas en riesgo de ser agredidas, empobrecidas y constreñidas a la repetición de roles de complacencia hacia los hombres, impide pensar y aplicar políticas de búsqueda de una justicia para las mujeres. Justicia reparativa más que sistema de castigo que produzca una ley de las mujeres que nos permita no ser juzgadas ni juzgarnos negativamente en nombre de la obediencia a patrones masculinos.

No se trata de atacar a los hombres desde la radicalidad de la demanda de libertad personal, la igualdad de oportunidades ante la ley y el derecho a la propia diferencia colectiva y particular. Se trata de revelar los privilegios que ciertos hombres gozan dentro del sistema. Ahí donde existen privilegios (que siempre son particulares) los derechos (que son colectivos) no pueden ser respetados: privilegios y derechos son términos antitéticos. Las posiciones de privilegio masculinas, sobre las que se modela el androcentrismo de las sociedades patriarcales, llevan a muchos hombres a no cuestionarse y a mostrarse pasivos ante la injusticia de la desigualdad.

Ahora bien, entre el feminismo liberal que considera que las discriminaciones que viven las mujeres no son tales, sino circunstancias que les ofrecen elegir reproducir libremente una condición femenina subordinada, y la voluntad de las mujeres trans de vivir una identidad “femenina” se inscribe otro nudo de los feminismos contemporáneos.

La condición de transexualidad no es propia de las culturas occidentales modernas. Personas que no se identifican con la vestimenta, los roles y las expresiones afectivas que la propia sociedad asigna a la portación de determinadas características sexuales han sido respetadas en algunas culturas y perseguidas hasta la tortura y la muerte en otras. Las culturas cristianas han sido particularmente violentas con las mujeres y hombres transexuales, travestis y homo y bisexuales, por ejemplo. Por el contrario, en América existían sociedades que consideraban normal que las personas optasen por su propia sexualidad y su adscripción a los trabajos asignados a uno y otro sexo. La heteronormatividad obligatoria es un rasgo altamente patriarcal.

Sin embargo, para las feministas radicales que quieren erradicar todas las desigualdades sociales producidas por el sistema patriarcal capitalista es particularmente difícil reconocer sea el feminismo de la diferencia sexual, que apunta a los aportes positivos de resistencia que la condición femenina ha ofrecido al mundo histórico a través de las experiencias de las mujeres, sea el feminismo de las mujeres transexuales, que consideran que el origen de la opresión patriarcal no son los géneros en sí sino asociarlos a dos únicos sexos al interior de un sistema binario, rígido, que contrapone las mujeres a los hombres.

Si la liberación de las mujeres pasa por liberarse de los estereotipos creados por los roles económicos, sexuales y afectivos de género, estallar los géneros y reconocer la existencia de numerosos sexos permite poner fin a una sociedad binaria de hombres y mujeres “biológicamente” determinados: mujeres madres-hombres trabajadores, prostitutas-compradores, tejedoras-herreros, recolectoras-cazadores, etcétera. Existen decenas de “intersexos”, biológicos, entre el sexo XX o femenino y el XY o masculino, así como divergencias culturales, de identidad y hormonales con los sentires adjudicados a uno u otro género. La sociedad privilegia a las personas que se identifican con el género que se les ha asignado al nacer por sus genitales, la liberación según las feministas transgénero estriba en poder ejercer la propia sexualidad, la propia performatividad, los propios trabajos desde expresiones no marginadas, que no se limitan a lo femenino y lo masculino. No obstante, esta ideal transición continua entre los diversos grados de representación sexuada no es siempre real. Muchas mujeres trans arrastran características de sus privilegios masculinos a una performatividad femenina que las vuelve mucho más protagónicas que las mujeres que se identifican con su genitalidad. Asimismo, muchas mujeres trans participan de la invisibilización de las mujeres identificadas con su sexo biológico conforme a la mayor importancia que les otorgan los medios de comunicación.

Para finalizar, los feminismos que se están manifestando con fuerza después de décadas de menosprecio social constituyen al día de hoy la mayor amenaza para la continuidad de un sistema desigual, ecocida, explotador, racista y violento. Poner fin a la violencia feminicida es el primer paso para poner fin a desigualdades que impiden la expresión de libertades personales y colectivas.

 

Ciudad de México, 12 de marzo de 2019

 


Publicado enEdición Nº255
Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

Rodeadas por una valla de viejas feministas y defensoras de derechos humanos, de las cinco de la tarde a la medianoche del 8 de marzo, mientras desfilaba la marcha de las feministas por la Ciudad de México, un equipo de mujeres fuertes y jóvenes con cascos, arneses y palas descargaron sorpresivamente de un camión y sembraron frente al museo de Bellas Artes un “Antimonumento contra el Feminicidio” de 300 kilos y 3.80 metros de alto.

En la escultura metálica en forma de círculo fusionado con una cruz en cuyo centro se levanta un puño cerrado, se lee: “En México cada día son asesinadas 9 mujeres. Decimos Basta”. El emplazamiento y el mensaje resultan contundentes. Los antimonumentos son una expresión de arte político, semejantes a la okupa de un espacio público, para evidenciar un hecho represivo, como la desaparición, el genocidio o el feminicidio. Van en contra de la (des)memoria oficial y se emplazan para ser removidos cuando se cumpla su demanda.

Desde 2015, en Nuestra América el 8 de marzo ha tomado un carácter feminista masivo de denuncia. El Movimiento ¡Ni una Menos! (eso es, que ni una mujer falte al apelo por asesinato, desaparición o secuestro de la vida pública y afectiva) de Argentina, coordinó entonces su voz con la indignación mexicana contra la crueldad creciente hacia las mujeres, que desde 1995 había cuajado en la demanda ¡Ni una más! (ni una mujer asesinada más), acuñada por la poeta chihuahuense Susana Chávez Castillo, asesinada ella misma por tres hombres al salir de una cantina en su natal Ciudad Juárez, en 2011. #NiUnaMenos se ha propagado como una llamarada entre las feministas alrededor del mundo. Mítines de denuncia y marchas multitudinarias se han sucedido en Argentina, Chile, Uruguay, México, y sobre su ejemplo, en Italia, España, Francia, Estados Unidos, así como en la India, Egipto y Túnez.

Desde 2018, en varios países, el 8 de marzo se ha convertido en un día de Paro Internacional de Mujeres, o Huelga Internacional Feminista laboral, estudiantil, de consumo, de cuidados y de trabajo doméstico contra las discriminaciones sexuales y de género. La huelga feminista es apoyada por algunos sindicatos y partidos progresistas mixtos y, a pesar de la existencia de puntos de discrepancia entre las corrientes feministas, sólo ha sido rechazada por aquellos feminismos que se han deslindado totalmente de los símbolos del feminismo occidental.

El 8 de marzo es, en efecto, la fecha que la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunida en Copenhague en 1910, a instancias de Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo, escogió para conmemorar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Lo hizo en honor de las migrantes empleadas como obreras textiles que se manifestaron en Nueva York el 8 de marzo de 1857 contra sus miserables condiciones laborales, bajo la consigna de “Pan y Rosas”. En 1911, en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza, el 8 de marzo se aprovechó para reclamar los derechos de las mujeres a votar, a ocupar cargos públicos, a trabajar, a la formación profesional y a la no discriminación laboral. En 1914, se utilizó el día para protestar contra la Primera Guerra Mundial. La Revolución Rusa estalló el 23 de febrero de 1917 día que, según el calendario juliano todavía en vigor en Rusia, coincidía con el 8 de marzo del calendario gregoriano del resto de Europa, cuando las obreras textiles de Petersburgo salieron a manifestarse y fueron seguidas por sus compañeros varones.

En 1975, la Organización de las Naciones Unidas rescató la fecha para declarar el Día Internacional de la Mujer. Sin embargo, en 2018 como en 2019, muchas campesinas, obreras de maquila, adultas que mantienen una familia monoparental, mujeres empobrecidas que no pueden darse el lujo de no cobrar un día, migrantes sin sindicatos que las respalde, pastoras, becarias, cuidadoras no profesionales y ancianas sin pensión no han podido ir a huelga, revelando que la precariedad laboral y la discriminación salarial siguen reproduciendo la pobreza femenina y la falta de derechos de las mujeres.

Cuando las mujeres se manifiestan por su libertad, demuestran su fuerza y la pertinencia de sus demandas. El sufragismo a principios de siglo XX y el movimiento de liberación de las mujeres en la década de 1970 llevaron, como las marchas feministas recientes, a salir a la calle a miles de mujeres, furiosas contra la violencia y la inequidades a las que están expuestas, y felices de sentir su colectividad, de darle voz a sus reclamos. Desde 2017, cientos de miles de mujeres han salido en masa contra los entonces candidatos y ahora presidentes Trump, en Estados Unidos, y Bolsonaro, en Brasil, evidenciando el nexo entre violencia represora, fundamentalismo religioso, neoliberalismo y misoginia. Y salen los días 8 de marzo para reclamar sus derechos y defenderlos.

 

 

Las mujeres representan el 49.6% de la población mundial y están presentes en todas las clases sociales y grupos religiosos, étnicos y nacionales, pero son el eslabón más vulnerable de sus respectivas sociedades. Los partidos de la renaciente derecha internacional, que es misógina, homófoba, autoritaria, xenófoba, en Brasil, Italia, India, Hungría, Andalucía, Estados Unidos, Austria, Arabia Saudita, Polonia, Bulgaria, Colombia, Chile, Nicaragua, noreste de Nigeria, Israel, Turquía, Zimbabue, Argentina coinciden en que las mujeres acaparan una presencia indebida en el espectro político, económico y jurídico de sus países. Pretenden reequilibrar el protagonismo femenino y poner fin a la “ideología de género”, apoyándose en ideas de una supuesta naturaleza humana binaria, heterosexual y jerárquica, provenientes de la propaganda neoevangélica, ultracatólica, islamista e hinduista que sostienen, a la vez, la inexistencia del calentamiento global, la justicia de la competitividad económica neoliberal y el derecho a cerrar las fronteras nacionales para defenderse de las migraciones.

Las derechas mundiales temen el despertar feminista porque para mantener la sociedad de clases es necesario mantener la jerarquía sexual. Obstaculizan por ello la libertad de elección sobre el propio cuerpo, prohibiendo totalmente el aborto en 26 países y limitándolo en 124; buscan reducir la libertad de las mujeres para ejercer su sexualidad y expresar sus demandas; afirman -contra toda evidencia- que la violencia contra las mujeres es un invento feminista y el creciente número de asesinatos de convivientes y ex parejas corresponde a “crímenes pasionales”.

El sistema de discriminación de las mujeres está en la base del funcionamiento capitalista, que se sostiene en la organización familiar que descansa en la pareja matrimonial subordinada. Este sistema se siente acorralado por los reclamos feministas, apela a valores falsamente religiosos acerca de la obediencia que las esposas y las hijas/osdeben a sus maridos/padres y ataca de manera explícita y directa a los principios de igualdad y a las personas que los defienden.

El presidente del partido de extrema derecha español Vox, Santiago Abascal, asegura que “las mujeres asesinadas en España lo han sido a mano de extranjeros” y que la ideología de género es una amenaza que hay que sacar de los colegios (al igual que la memoria histórica, es decir los estudios que evidencian la brutalidad de la dictadura franquista). Según él, se producen contra muchos hombres denuncias falsas por culpa de una “injusta” ley de violencia de género. En Brasil, Bolsonaro niega la evidencia que en los últimos diez años los feminicidios han crecido en un 21% y sostiene que son “mentiras feministas”. El 18 de marzo se celebrará un año del asesinato de Marielle Franco, concejala de izquierda, feminista, activista de los derechos humanos de la comunidad LGTB. El periódico O Globo vincula el asesinato de Mireille Franco con Flavio Bolsonaro, hijo del presidente, ya que ella era crítica con las intervenciones militares y policiales en las zonas más deprimidas de Rio de Janeiro, como la favela de Acari, mismas que el joven Bolsonaro sostenía, apoyando al 41° Batallón de Policía Militar. En Colombia, los feminicidios han crecido en número y crueldad en los últimos años. Según la ONU, en el país suramericano una de cada tres mujeres ha sido golpeada por su pareja actual o anterior y un gran número han sido víctimas de “desplazamiento forzado, despojo de tierras y violencia sexual en el marco del conflicto armado colombiano”. Existe, en efecto, una brecha en la aplicación de las leyes para impulsar la equidad de género que descansa en la cultura de la derecha política. Para muestra un botón: el 10 de junio de 2017, Ramón Cardona, Concejal de Santa Rosa de Cabal (Risaralda) por el Partido Conservador, declaró que “las leyes son como las mujeres, se hicieron para violarlas”.

En todos los países donde gobierna la derecha, los perfiles sociodemográficos de vulnerabilidad de las mujeres asesinadas revelan el incremento de la violencia feminicida contra mujeres empobrecidas, trans y niñas, en un ámbito de muy alta impunidad en los delitos contra las mujeres. Varios tipos de feminicidios se relacionan con la ocupación de las víctimas, su fragilidad social por ser proletarias, migrantes o pertenecientes a naciones minoritarias/indígenas, la condición de violencia generalizada en la zona de residencia, la presencia de mafias, de bandas delincuenciales o de agentes diversos (gubernamentales y no, muchas veces paramilitares) que usan los cuerpos violentados de las mujeres como mensajes para que cunda el pánico en la población y no se manifieste. Éstos feminicidios “sociales” conviven con la violencia doméstica y se suman a los asesinatos seriales y a un brote muy agresivo en la endémica epidemia de machismo, relacionado con fanatismos religiosos y con las más variadas formas de frustración masculina ante los derechos alcanzados por las mujeres, en particular su mayor visibilidad en las artes y la política y su independencia afectiva.

El fin de la violencia feminicida, en sus diferentes etapas, desde los insultos callejeros, los acosos, las amenazas, los golpes hasta el asesinato, es la reivindicación feminista más candente, alrededor del cual se organiza el mayor número de acciones, pero la lucha feminista apunta a la libertad, al placer, a los derechos de las mujeres. Eso es, a la educación igualitaria, a expresar las propias ideas, a desarrollar sus territorios, impulsando una cultura de la liberación colectiva, personal, artística y sexual, y a no sufrir limitaciones en el trabajo y en las expresiones de la propia afectividad.

Desprenderse de las identidades que el sistema patriarcal ha impuesto a las mujeres, en particular las que las obligan a complacer la mirada, el deseo y la organización social masculinas, es un camino que las feministas han emprendido desde hace ya medio siglo para la consecución de su propia libertad. Sin embargo, es precisamente sobre estos caminos de liberación que las derechas económicas, políticas y religiosas han construido un discurso, altamente ideológico, contra “la ideología de género” que, según sus portavoces, impide a las mujeres ser felices con su “naturaleza”, obligándolas a rechazar sus roles.

Una parte de las mujeres de la derecha capitalista, sobre este punto, ha desarrollado un muy especial “feminismo liberal”, que no apunta a la liberación de los roles de género heteronormados, sino a la aceptación “en libertad” de los mismos. Las feministas liberales han creado los mayores conflictos entre feministas al plantear que las mujeres tienen derecho a elegir ser prostitutas, alquilar sus úteros, quedarse en casa dependiendo de un marido que puede llegar a maltratarlas bajo un esquema de violencia normalizada.


El feminismo liberal no cuestiona el sistema capitalista, por lo tanto considera expresiones de la libertad de mercado la compraventa del cuerpo humano y las actividades forzadas por condiciones de pobreza estructurales. Desarrolla por ello un discurso altamente agresivo contra el “moralismo” de las feministas que denuncian el vientre en alquiler como una práctica de abuso, dirigida contra mujeres racializadas, empobrecidas y sin opciones de trabajo, como es el caso de las migrantes en Europa y Estados Unidos. Igualmente, en un mundo donde repuntan formas de esclavitud y trata de personas, de las cuales el 83% son mujeres y niñas obligadas a la prostitución y la pornografía, afirman que “la libertad de prostituirse” es limitada por el supuesto puritanismo de las feministas radicales. Para las “feministas liberales” los valores humanos de la integridad física y emocional de las mujeres, las opciones de trabajo remunerado en igualdad de condiciones con los hombres o de trabajo comunitario y solidario, los derechos a la vida y la afectividad que no someten las mujeres al poder económico masculino son ¡limitaciones moralistas!


Los feminismos que se expresan en las academias en muchas ocasiones toman muy en serio las descalificaciones de los movimientos de liberación de las mujeres por parte de las supuestas feministas liberales, así como tienden a radicalizar el peligro de caer en un dimorfismo social de género cuando se exige poner fin al sistema patriarcal. Éste es un sistema jerárquico que estructura la producción capitalista y la expoliación de la naturaleza, del trabajo y de la capacidad reproductiva. Negar la existencia de un sistema patriarcal que limita y cerca la libertad de las mujeres, poniéndolas en riesgo de ser agredidas, empobrecidas y constreñidas a la repetición de roles de complacencia hacia los hombres, impide pensar y aplicar políticas de búsqueda de una justicia para las mujeres. Justicia reparativa más que sistema de castigo que produzca una ley de las mujeres que nos permita no ser juzgadas ni juzgarnos negativamente en nombre de la obediencia a patrones masculinos.

No se trata de atacar a los hombres desde la radicalidad de la demanda de libertad personal, la igualdad de oportunidades ante la ley y el derecho a la propia diferencia colectiva y particular. Se trata de revelar los privilegios que ciertos hombres gozan dentro del sistema. Ahí donde existen privilegios (que siempre son particulares) los derechos (que son colectivos) no pueden ser respetados: privilegios y derechos son términos antitéticos. Las posiciones de privilegio masculinas, sobre las que se modela el androcentrismo de las sociedades patriarcales, llevan a muchos hombres a no cuestionarse y a mostrarse pasivos ante la injusticia de la desigualdad.

Ahora bien, entre el feminismo liberal que considera que las discriminaciones que viven las mujeres no son tales, sino circunstancias que les ofrecen elegir reproducir libremente una condición femenina subordinada, y la voluntad de las mujeres trans de vivir una identidad “femenina” se inscribe otro nudo de los feminismos contemporáneos.

La condición de transexualidad no es propia de las culturas occidentales modernas. Personas que no se identifican con la vestimenta, los roles y las expresiones afectivas que la propia sociedad asigna a la portación de determinadas características sexuales han sido respetadas en algunas culturas y perseguidas hasta la tortura y la muerte en otras. Las culturas cristianas han sido particularmente violentas con las mujeres y hombres transexuales, travestis y homo y bisexuales, por ejemplo. Por el contrario, en América existían sociedades que consideraban normal que las personas optasen por su propia sexualidad y su adscripción a los trabajos asignados a uno y otro sexo. La heteronormatividad obligatoria es un rasgo altamente patriarcal.

Sin embargo, para las feministas radicales que quieren erradicar todas las desigualdades sociales producidas por el sistema patriarcal capitalista es particularmente difícil reconocer sea el feminismo de la diferencia sexual, que apunta a los aportes positivos de resistencia que la condición femenina ha ofrecido al mundo histórico a través de las experiencias de las mujeres, sea el feminismo de las mujeres transexuales, que consideran que el origen de la opresión patriarcal no son los géneros en sí sino asociarlos a dos únicos sexos al interior de un sistema binario, rígido, que contrapone las mujeres a los hombres.

Si la liberación de las mujeres pasa por liberarse de los estereotipos creados por los roles económicos, sexuales y afectivos de género, estallar los géneros y reconocer la existencia de numerosos sexos permite poner fin a una sociedad binaria de hombres y mujeres “biológicamente” determinados: mujeres madres-hombres trabajadores, prostitutas-compradores, tejedoras-herreros, recolectoras-cazadores, etcétera. Existen decenas de “intersexos”, biológicos, entre el sexo XX o femenino y el XY o masculino, así como divergencias culturales, de identidad y hormonales con los sentires adjudicados a uno u otro género. La sociedad privilegia a las personas que se identifican con el género que se les ha asignado al nacer por sus genitales, la liberación según las feministas transgénero estriba en poder ejercer la propia sexualidad, la propia performatividad, los propios trabajos desde expresiones no marginadas, que no se limitan a lo femenino y lo masculino. No obstante, esta ideal transición continua entre los diversos grados de representación sexuada no es siempre real. Muchas mujeres trans arrastran características de sus privilegios masculinos a una performatividad femenina que las vuelve mucho más protagónicas que las mujeres que se identifican con su genitalidad. Asimismo, muchas mujeres trans participan de la invisibilización de las mujeres identificadas con su sexo biológico conforme a la mayor importancia que les otorgan los medios de comunicación.

Para finalizar, los feminismos que se están manifestando con fuerza después de décadas de menosprecio social constituyen al día de hoy la mayor amenaza para la continuidad de un sistema desigual, ecocida, explotador, racista y violento. Poner fin a la violencia feminicida es el primer paso para poner fin a desigualdades que impiden la expresión de libertades personales y colectivas.

 

Ciudad de México, 12 de marzo de 2019

 


Publicado enSociedad
“Yo sigo siendo feminista marxista, que es algo que no está de moda”

Conversamos con Juliet Mitchell, psicoanalista y feminista marxista británica, activista durante la segunda ola feminista y autora de Women, the longest revolution. Actualmente, dicta clases en las universidades de Cambridge y Londres.

 

Juliet Mitchell eligió el viejo teatro The Old Vic para esta conversación. Google Maps indica que la estación más cercana a ese teatro en el sur de Londres es Waterloo, como la batalla en la que Napoleón fue derrotado por el Duque de Wellington. A Mitchell le da gracia la pregunta sobre el nombre y menciona el intento frustrado de cambiarlo. En 2018, toda la zona que rodea el teatro sigue llevando el sello de la vieja superioridad imperial.


Nació en Nueva Zelanda, pero desde muy chica vive en Inglaterra. Aunque tiene casi 80 años, sigue dando clases en la Universidad de Londres y en Cambridge, donde fundó el Centro de Estudios de Género. La segunda ola feminista la encontró en la Universidad de Leeds y Reading cuando comenzó a dictar clases. Fue parte del puñado de estudiantes y profesoras que convocaron a la primera Conferencia Nacional del Movimiento de Liberación de las Mujeres en el Ruskin College de Oxford, junto con las historiadoras Sheila Rowbotham, Anna Davin y Catherine Hall. La conferencia contó con la presencia de 600 mujeres y se discutieron cuatro demandas: igualdad salarial, iguales oportunidades de trabajo y estudio, anticonceptivos gratuitos y derecho al aborto libre y guarderías durante las 24 horas. Esta conferencia sería la primera de diez que concentrarían los debates y definiciones del movimiento.


Aunque comenzó su carrera en Literatura, siguió su camino político y académico por el psicoanálisis, en particular en relación con el feminismo. Además de su activismo feminista, y como parte de ese movimiento, reflexionó sobre los lazos que se desarrollaban entre la lucha contra la opresión y otros movimientos que se rebelaron contra el capitalismo. Autodefinida como feminista marxista, uno de sus (pocos) textos más conocidos nació como artículo para la legendaria New Left Review en 1966, “Women: The Longest Revolution” (Mujeres: la revolución más larga). El ensayo buceaba en diferentes teorías feministas, con el objetivo de rescatar los puntos más agudos de la tendencia socialista, minoritaria pero con una importante presencia en el movimiento feminista. Quizás sin saberlo, compartía algo del camino de Lise Vogel que también buscaba retomar el análisis marxista para enriquecer el punto de vista feminista, cuya máxima expresión fue Marxismo y la opresión de la mujer: hacia una teoría unitaria (1983).


Feminismos, ayer y hoy

Desde los primeros intercambios, habla de su trabajo sobre las relaciones entre hermanos y hermanas, que en inglés se mencionan con una palabra sin género: siblings, porque considera que son poco exploradas. Y aunque aclara que no conoce los debates en todos los países, sabe del movimiento por el aborto legal que sacudió a nuestro país durante 2018, y hace muchas preguntas para intentar captar algo de su alcance. El inicio de la conversación se da por la situación actual del feminismo y el movimiento de mujeres.


Creo que el feminismo siempre ha sido un movimiento de protesta combinado y heterogéneo, y tenemos que aceptar que es así, en lugar de restringir lo que yo creo que es el feminismo para mí. Por el ejemplo, el Me Too es algo combinado, tengo críticas, creo que fue en gran medida individualista, tanto los varones defendiéndose a ellos mismos como las mujeres acusándolos, cuando era algo que necesitaba colectivo (las mujeres deberían haberse organizado como grupo, y la gente podría presentar lo que le había pasado y tomar decisiones colectivas, eso sería lo negativo para mí. Sin embargo, creo que fue algo muy valiente. La denuncia que se hizo contra Kavanaugh [el juez acusado nominado a la Corte Suprema de EE. UU. de abuso sexual] me parece muy buena [...] Creo que tenemos que buscar los aspectos positivos de lo que hacen las mujeres, lo que no quiere decir que no hagamos críticas, desde nuestras perspectivas.


Aparece rápido en la conversación la comparación entre la segunda ola feminista en los años 1970 –que buscaba conquistar derechos– y este momento en el que, después años de ampliación de derechos –con una mayor presencia de las mujeres en casi todos los ámbitos, incluso con mujeres en posiciones de poder–, los movimientos que se desarrollaron –como Ni Una Menos de Argentina o Me Too en EE. UU.–, renovaron las fuerzas del movimiento de mujeres, pero con una matriz de carácter defensivo (violencia, femicidios, abusos). Mitchell reconoce un elemento similar a otros momentos históricos.


Creo que siempre existe un momento antifeminista después de un movimiento tan expansivo [se refiere a la segunda ola]. Por ejemplo, cuando hicimos el centro de estudios género en Cambridge, era un momento contra el feminismo. En ese momento dijimos, “ya no se puede pelear en el valle, porque ahí solo es discusión contra el antifeminismo, el debate se vuelve repetitivo y ya no es dinámico”, y entonces pensamos qué hacemos mientras pasa este momento, cómo debatimos, y como estábamos en Cambridge, empezamos a pensar otra agenda y creamos un programa sobre las mujeres. [...] En ese momento cambiamos el nombre del centro a estudios de género porque en ese momento, la historiadora Joan W. Scott había escrito el artículo “El género: una categoría útil para el análisis histórico” (American Historical Review, 1986), y no podíamos usar “mujer” como una categoría para analizar los procesos. Ella después cambió de opinión, pero nosotras seguimos pensamos que género es una categoría útil.


Creo que ahora estamos en una posición diferente, creo que esta posición defensiva porque es contra algo que no afrontamos correctamente antes...


Esta reflexión no es aislada. De hecho existen innumerables discusiones en los momentos de cambio, como el que vivimos, especialmente alrededor de la violencia machista, los abusos sexuales, incluso las violaciones, que en otros momentos de la historia estuvieron naturalizados en diferentes grados. Es un proceso muy contradictorio, donde el Estado, las clases dominantes y los medios de comunicación no son neutrales, toman aspectos del discurso feminista en general o el “sentido común” igualitario de esta época. En este semanario hemos recorrido el debate que abrieron los escraches en Argentina o las denuncias que motorizaron el Me Too.


Acerca de este momento, ella reafirma que a pesar de que se pueda definir como defensivo, ve que el machismo está expuesto y “no es posible volver atrás”. Justamente, esta idea de que es imposible “volver atrás” es lo que deja en evidencia las contradicciones de un escenario en el que existen derechos formales, producto de décadas de movilizaciones y concesiones que se vieron obligadas a dar las clases dominantes, y persisten la violencia y la opresión. A la vez, solo una parte de las mujeres (u otros sectores oprimidos) puede acceder a ellos, mientras para la mayoría, materialmente, sigue siendo muy difícil. Juliet Mitchell comenta que muchas mujeres, “siguen teniendo miedo de los hombres, nadie dice que no podés usar esos derechos”. Y puede existir un componente de miedo, pero el mayor contraste existe entre la convicción de muchas mujeres que creen (y han escuchado durante años) que la igualdad es un hecho, pero en la “vida real” esa igualdad está muy condicionada por la pertenencia de clase, por el lugar donde viven, las medidas de austeridad o medidas de ajuste de los gobiernos. Y la violencia machista, que persiste, es uno de los ejemplos más crudos de esa contradicción, porque se sigue reproduciendo incluso cuando existen tantos derechos como nunca antes. Ante este panorama, conversamos sobre un ejemplo cotidiano, la posibilidad de romper una relación en la que una mujer ya no quiere estar. Si las mujeres no tienen trabajo o tienen una vivienda, ese derecho es un poco un papel mojado, ¿cómo podrían divorciarse?


Claro, no pueden sobrevivir. Claro, tampoco existe la paridad salarial acá [en el Reino Unido], en algunos casos las mujeres llegan a cobrar el 60 % del salario de un varón, cambia mucho según el trabajo. Por ejemplo, ahora en mi facultad hay una pelea para que las trabajadoras de limpieza cobren lo mismo que sus compañeros porque están divididos en el trabajo dentro y fuera del edificio. Me recuerda a la lucha por la ley de paridad salarial de 1968, de las trabajadoras de Ford, que estaban relegadas a los trabajos menos calificados (...) Las cosas cambiaron desde la segunda ola feminista, ha habido muchas conquistas, y de alguna forma creo que hay que ver incluso en este momento defensivo un aspecto de “conquista”, porque se puede mostrar [lo conquistado], es de lo que se trata hacer un balance. Y, espero que no pero, te dicen “no empieces análisis de clase”, “no empieces con el análisis de género”... Que no son lo mismo, pueden estar mezclados pero hay que pensar a través de los dos, no solo a través de uno de ellos. Para el marxismo, creo que de lo que se trata es de pensarlo dialécticamente, materialmente.


Feministas, discursos e ideas


“Yo sigo siendo una feminista marxista, como vos, que es algo que no está de moda en esta parte del mundo”, subraya Juliet Mitchell, cuando habla de algo que repetirá en otros momentos, que es la poca presencia de las corrientes marxistas en el movimiento feminista británico.


Trabajo y vivo en Cambridge, donde puse en pie un centro género, es una universidad muy clasista, tanto Oxford como Cambridge son universidades de clase. Mis amigas y amigos siempre están preocupados por la diversidad, dicen, “Debemos tener más estudiantes negros, más estudiantes LGBT”; pero no se puede tener diversidad sin un análisis de clase para empezar. Por ejemplo hay un rumor de que en Oxford ingresaron más estudiantes negros y descubrieron que la mayoría eran “príncipes nigerianos”. ¿Qué quiero decir? Que eran varones, de clases altas y provenientes de la educación privada.


La anécdota lleva la conversación a cómo las democracias capitalistas utilizaron el discurso de la diversidad que, en parte mostraba conquistas de las personas LGBT como derechos civiles y la pelea contra muchos prejuicios, pero a la vez era utilizado muy hábilmente para invisibilizar otras diferencias, que se hunden en el corazón mismo de una sociedad organizada alrededor de la explotación del trabajo asalariado y la división en clases. La referencia a la descripción que hizo la filósofa y feminista estadounidense Nancy Fraser, con el nombre de “neoliberalismo progresista”, es casi inevitable. Pero rápidamente la charla encuentra otro cauce y va hacia Brasil que, para Mitchell, es junto al avance de la ultraderecha en Europa uno de los desafíos urgentes para el feminismo y el marxismo:


Creo que necesitamos un nuevo análisis, frente este nuevo ascenso del fascismo y el lugar de las mujeres en ese discurso. Por ejemplo, pienso en dos amigas que fueron a la embajada de Brasil a votar, fue algo intimidante: había un grupo de mujeres protestando y un grupo de hombres con remeras estampadas con armas, les gritaban cosas como “Putas, váyanse de acá” […] En Brasil creo que se movilizaron 4 millones de mujeres, pero hay mujeres también oponiéndose a eso; siempre existe esa dinámica, siempre hay antimujeres entre las mujeres. Creo que es algo para analizar. Como marxistas creo que nos tenemos que preguntar cuál es la relación entre el fascismo del capitalismo tardío y el ataque a las mujeres…


Esa reflexión también podría plantearse en el sentido inverso y sería válido. Es el caso de las movilizaciones de mujeres que sirvieron como canal de un descontento mucho más amplio que las “agendas” o las demandas que originan esas movilizaciones. Un ejemplo es la Marcha de Mujeres contra Donald Trump, cuando recién asumía la presidencia en Estados Unidos, o la propia movilización en Argentina contra la violencia machista o por el derecho al aborto legal que, en diferentes momentos, mezcló diferentes elementos que las hicieron masivas. Esto fue parte de la reflexión que abrimos luego de las marchas masivas el 8M de 2017.


Volvemos momentáneamente a la comparación de los momentos históricos y reflexiona sobre los discursos y las ideologías con más peso en el feminismo.


No creo que estemos retrocediendo, creo que está pasando otra cosa, que es un momento diferente. Y definitivamente tiene que ver con el movimiento de mujeres, con el feminismo, y es muy bueno que haya espacio para corrientes feministas marxistas, es muy alentador. Acá [en el Reino Unido] no hay corrientes feministas marxistas, el movimiento está bastante hegemonizado por las teorías queer...

Por supuesto, existen intereses y demandas más que legítimas,


Esto dispara un cuestionario rápido y recíproco sobre las corrientes políticas y perspectivas, especialmente sobre el peso de las visiones que realizan críticas certeras a las políticas identitarias o el discurso del feminismo liberal y sin embargo, con una radicalidad aparente, abandonan la exigencia de derechos democráticos en el capitalismo y la lucha por transformar de raíz el orden social, lo cual desemboca inevitablemente en salidas individualistas.


Sí, ese es un punto muy interesante, y además muchas corrientes así como el posmodernismo terminan en visiones políticamente anarquistas, que creo que Marx que tenía razón cuando señalaba al anarquismo como la otra cara de una misma moneda con respecto a la burguesía. Lo mismo ocurre con el individualismo, como te decía al principio, una de mis preocupaciones con el movimiento Me Too que es muy individualista. Una vez que entrás en el individualismo, pocas cosas buenas pasan. En un sentido, el sujeto del feminismo, que son las mujeres, desaparece para convertirse en individuos. Existe esta idea de “Me quiero aislar”, bueno hacé lo que quieras [...] Creo que tenemos que ser capaces de lograr cambios en las instituciones, en el sentido de lo que sucede en Argentina donde quieren cambiar la ley sobre el derecho al aborto. Tiene que ver con eso y también con qué balance o relación de fuerzas hay detrás de esas instituciones…


“Creo que hay algo de fuerza en esta posición defensiva, hay algo positivo. Porque es una fuerza que unifica”, señala Mitchell volviendo al problema de los motores de los movimientos actuales. Y aunque compartimos la visión de que son movimientos que tienen la potencia de desnudar la desigualdad y la persistencia de la violencia, volvemos sobre el problema de empezar desde un punto de demasiado bajo. Ante esto, Mitchell responde que, “Claro, cuando hablo de lo positivo del momento defensivo, me refiero sobre todo a una cuestión de análisis”.


Como psicoanalista, Mitchell trabajó sobre muchos temas relacionados con la sexualidad femenina, la maternidad y el lugar de las mujeres en la familia. La mayoría de sus trabajos son previos a la crisis actual de la reproducción social a un nivel sistémico en el capitalismo, sin embargo sostiene que,


El capitalismo idealiza la maternidad, por un lado, y la hace imposible, por el otro. Y ahora esa combinación idealización-imposibilidad es cada vez más fuerte, por ejemplo acá [en el Reino Unido] es cada vez más difícil para más y más mujeres convertirse en madres, cada vez crece más la brecha entre ricos y pobres. Y simplemente es imposible, pero a la vez la maternidad es el único lugar donde se les permite capacidad de acción o elección a las mujeres. Es decir, son sujetos de elección en la maternidad y en ningún otro lugar. Pero no se dan las condiciones para que puedas realizar esa capacidad de elegir [...] La socialización del cuidado y la crianza de niñas y niños es muy buena, en comparación con una familia aislada. No puedo estar más a favor de los jardines de infantes. Y el sistema de Bowbly [se refiere al psicoanalista John Bowbly, creador de la teoría del apego para la crianza, N. de R.] era un sinsentido de la segunda posguerra [cuando existió una política fuerte para que las mujeres regresaran hogar después de haber ingresado masivamente en la fuerza laboral por falta de mano de obra masculina, N. de R.]. Yo crecí en la guerra, ninguno de nosotros tenía a su mamá en casa, todas trabajaban, y estábamos bien, crecíamos juntos. Creo que una instancia colectiva es esencial para niñas y niños. La maternidad, en cambio, se construye de forma aislada y ese es el problema, no es que haya algún problema en ser madre. La maternidad no fue siempre algo aislado, en las sociedades basadas en la agricultura no era algo aislado. Desde el siglo XX se fue aislando, centrada en algo individual, y a eso se suma, otra vez, que no existen condiciones para una maternidad aislada, es un ideal inalcanzable, que en realidad no es un ideal. Insisto mucho en la colectivización de la crianza, es parte de mi visión marxista. El gran problema de las mujeres siempre ha sido el aislamiento. Y el único lugar donde se les permite ser sujeto es la maternidad, que es una ocupación de 24 horas y completamente aislada.


Cuando estamos cerca de terminar la conversación y el bar del teatro Old Vic se llena de gente y crece el murmullo, conversamos su ensayo de mediados de los años 1960, The Longest Revolution, y la vigencia o no de una de las ideas que desarrolla alrededor de la “conciencia feminista”:


Creo, entonces, que necesitamos desarrollar nuestra conciencia feminista al máximo, y al mismo tiempo transformarla mediante un análisis socialista científico de nuestra opresión. Los dos procesos deben avanzar de forma simultánea –la conciencia feminista no se desarrollará “naturalmente” en socialista, ni debería hacerlo: ambas coexisten y deben trabajarse juntas. Si solo desarrollamos la conciencia feminista… lo que conseguiremos es, no una conciencia política, sino el equivalente al chauvinismo nacional de las naciones del tercer mundo o el economicismo entre las organizaciones obreras; una mirada que se ve a sí misma, que solo ve el funcionamiento interno de un segmento; los intereses de ese segmento. La conciencia política responde a todas las formas de opresión.


¿Sigue pensando así?


Sí, sigo pensándolo. Sí, absolutamente. Pero sobre la cuestión de por qué hay más ataques a las mujeres, creo que hay pensarlo en este momento, que es diferente [...] No es que toda opresión sea parte de la misma opresión, pero hay que observarlo en su tiempo, y los tiempos son diferentes. Y el lugar de las mujeres en esta situación las pone en un lugar de vanguardia en la lucha de la opresión, porque están en un lugar de “vanguardia” al ser atacadas. Y no es que eso sea más importante que otra cosa en ningún sentido, pero políticamente, creo que las mujeres están en una posición estratégica importante en este momento […] Y eso era diferente en el momento que escribí ese texto, a mediados de los años 1960 y no estábamos en una situación así, más bien una gran parte del país atravesaba un momento bastante liberador […] Por qué hoy hay un retroceso en el derecho al aborto, en los derechos de las mujeres. Creo que siempre por debajo de la idealización, como la que el capitalismo construye alrededor de las mujeres y la maternidad, hay un ataque tanto a la maternidad como al derecho al aborto, porque lo que está bajo ataque es el derecho de las mujeres a decidir.


Juliet Mitchell es psicoanalista y feminista, dos frentes que no terminan de amigarse pero cuya relación es inevitable para comprender la situación de las mujeres en la cultura.

www.laizquierdadiario.com

Publicado enSociedad
Jueves, 27 Diciembre 2018 07:07

Eyacular: venirse a chorros

Eyacular: venirse a chorros

La idea de venirse a chorros se ha vuelto un fetiche cada vez más presente en círculos feministas, pero también en la estética porno y en los consejos de sexualidad de las revistas. Sin embargo, hay tendencias que sostienen que no es posible una eyaculación femenina. ¿Mito o realidad? ¿Alguna vez ha experimentado una eyaculación o sabe cómo producirla?

 

Si le preguntamos a Wikipedia qué es la eyaculación femenina, nos dirá que es un asunto controversial. La literatura científica emite dudas de la probabilidad fisiológica que posibilita la eyaculación y argumentará que sin completa certeza no se puede hablar de un patrón, aunque algunas mujeres dicen eyacular y, en efecto, expulsan grandes cantidades de líquido durante el acto sexual, el cual tiene componentes que están presentes también en la orina, por lo que hay cierta correlación, que puede llevar a la duda y, sobre todo, a tener un momento incómodo durante el acto sexual.

 

Para hablar de eyaculación femenina debemos adentrarnos en los terrenos desconocidos de nuestra propia anatomía, en primer lugar porque suele decirse que la eyaculación ocurre durante el orgasmo de una mujer, lo que no es cierto. Tanto hombres como mujeres pueden vivir estos dos fenómenos simultáneos –más común en los hombres–, pero también en momentos distintos.

 

 

¿De dónde proviene la eyaculación?

 

El orgasmo femenino es provocado por el clítoris, un órgano más grande de lo que se piensa, pues además de la cabecita visible arriba de los orificios vaginales y de la uretra tiene dos patas con tejidos eréctiles (ver imagen). El clítoris tiene erecciones cuando esta excitado, es decir se hincha, se hinchan los labios y toda la zona. Puede estimularse este órgano tocando la parte visible, directa o indirectamente, pero también desde las paredes de la vagina, especialmente desde la parte superior, dos centímetros hacia dentro, como empujando hacia el hueso púbico. Ahí, en ese tejido rugoso se encuentra lo que llaman próstata femenina, glándulas de skene o punto G, dependiendo en dónde se indague. Estas glándulas son las que producen el fluido que se eyacula.

 

¿Cómo se eyacula?

 

Todas somos distintas, pero hay mecanismos que ayudan. Una vez excitada –después de unos orgasmos, por ejemplo– se sigue estimulando la punta del clítoris y puede presionarse la próstata; se siente hinchada y rugosa, y cuando nos dan ganas de orinar, en vez de contraer los músculos para detener el fluido, se expulsa. Puede necesitarse mucha práctica, y hacerlo fuera de la cama donde nos da miedo hacer reguero (ver imagen paso a paso para masturbarse).

 

¿Qué se eyacula?

 

Estudios tuvieron que reconocer el fenómeno, pero siguen insistiendo en que a veces, o más bien, la mayoría de los casos, es orina, aunque ya se sabe que contiene –como el esperma masculina– alta concentración de antígeno prostático específico, fosfato ácido prostático, fosfatasa ácida específica de próstata y glucosa. Intentan separar la verdadera eyaculación que sería de poca cantidad con el “squirting” –el chorro– que sería mezclado o totalmente hecho de orina, según las versiones.

 

Sin embargo, lo más contundente son los numerosos testimonios de su sabor dulce, su textura y su olor que dejan claro a quienes nos conocemos que no es orina. El fluido puede tener aspecto mucoso, de color claro, lechoso o amarillento, o puede ser tan claro como el agua. Esto depende de varios factores, como la cantidad de líquido eyaculado, el momento del ciclo menstrual o los diferentes tipos de excitación.

 

¿Y nadie nos dice nada?

 

Algunas mujeres eyaculamos porque queremos, pero para otras ha sido un fenómeno incontrolable. Muchas mujeres sufren al pensar que se están orinando, incluso hay médicos que sugieren la ablación del clítoris como remedio a lo que llaman incontinencia. Diana T. es una de estas mujeres que tras descubrir en el 2005 que aquel liquido no era orina, escribió un libro donde cuenta ese largo camino de descubrimiento “coño potens”, en España, y “Putcha Potens”, en América Latina. Otras, antes de ella, se dedicaron desde los márgenes de la sociedad a difundir esa maravilla, como lo ha hecho en sus películas porno-educativas Nina Hartley.

 

La eyaculación femenina es un aspecto más para explorar dentro de la sexualidad y los placeres femeninos, querer hacerlo, poder hacerlo o no, son posibilidades abiertas, no debe ser visto como una obligación o como tabú. Vamos conociéndonos para que nuestros cuerpos disfruten la sexualidad de la manera más plena y placentera posible.

Publicado enSociedad
Rita Segato: "El feminismo punitivista puede hacer caer por tierra una gran cantidad de conquistas"

La antropóloga disertó en la cuarta edición del Encuentro Latinoamericano de Feminismos. "No hay una solución simple, pero es necesario pensar más y estar en un proceso constante", señaló.

 

En la Argentina, como lo demostró ayer Thelma Fardin, las mujeres ya no nos callamos más. Contra el acoso, la violencia y la justicia patriarcal, el escrache, ya sea anónimo o con nombre y apellido, se posicionó como un dispositivo para alertar de posibles violentos, pero también como una búsqueda de ajusticiamiento mediante la condena social. A través de este método, que virtualmente está en manos de todos y todas, hemos visto caer desde ídolos rockeros hasta actores -Juan Darthés, el último-, docentes prestigiosos, cuadros políticos de organizaciones y partidos, todo tipo de “ciudadanos de a pie”. Sin embargo, dispara interrogantes que todavía no parecen saldados: ¿Podemos ponerlo en duda? ¿Puede el punitivismo, frente a la impunidad, ser una forma de “justicia popular”?


Este fin de semana se celebró en La Plata la cuarta edición del Encuentro Latinoamericano de Feminismos, donde la antropóloga Rita Segato junto la periodista e integrante de HIJOS Lucía García Itzigsohn, entre otras invitadas, debatieron acerca de estas cuestiones en la rueda “Seguimos persiguiendo justicia —  Homenaje a Chicha Mariani”. En conjunto, abordaron cuestiones como la búsqueda de una reparación, el significado de la memoria, y repasaron la historia del escrache como método de lucha; sin embargo, la charla terminó con más interrogantes que respuestas.


Itzigsohn, que contó su experiencia como hija de detenidos desaparecidos, sostuvo que estas acciones surgieron “como una instancia de justicia en acto, perfomática”. “Hoy estoy en otra posición, la vía institucional es importante porque inscribe las cosas en otro nivel”, señala, y recuerda: “Nosotros hacíamos una investigación copiada de las Abuelas. Íbamos a las casas y hacíamos guardia, trabajábamos con los vecinos, les contábamos que íbamos a marcar ese domicilio”, previo al momento de la icónica bombita roja. “Era un momento festivo”, con murga incluida: “Bailábamos, porque podíamos transformar la impunidad en algo que poníamos en la discusión social. Era una catarsis colectiva”.


Si hay o no reparación, Itzigsohn define que la violencia es justamente “lo irreparable”; sin embargo, poder sanar colectivamente y vivir desde el cuerpo que lo que le había pasado a ella también lo atravesaron otros, le permitió “una línea de fuga del lugar de víctima”.


Para la antropóloga Rita Segato, el “bien colateral” de la dictadura fue justamente eso: escenas como la de los escraches, que promocionaron el debate para desarrollar así una inteligencia social “más sofisticada”, que permitió “salir de los lugares comunes”, y promovió que las mujeres profundicen “una nueva forma de hacer política”, que reafirma: “Surgió con las Madres”. Por eso, para ella, los homicidios de Berta Cáceres y de Azucena Villaflor fueron femicidios; aunque muchos hombres fueron asesinados por las mismas causas, señala que la diferencia radica en que lo que se quería matar “era un estilo de hacer política, una politicidad propia de las mujeres”.

 

Sin embargo, menciona que estos métodos usados en el período de post-dictadura “nunca fueron un linchamiento”, sino el fruto de “un convenio colectivo a través del cual concluyeron que había que llegar a un castigo”: aunque no hubo una instancia judicial, sí hubo una de “juicio justo”. Por eso reconoce que “desde el feminismo podría haber una instancia de juicio justo”, -en vez de las escraches como se los conoce ahora, -“como una asamblea, para que la situación no sea un linchamiento sin sumario”. “Si defendemos el derecho al proceso de justicia, nuestro movimiento no puede proceder de esa forma que ha condenado”.


Para ella, la impunidad radica en que ahora es exhibida como un show, como en el caso de Lucía Pérez, donde se le dijo a la gente que “el mundo tiene dueños”, y que ellos “no van a ceder ante ningún pedido de la sociedad”: hay un “mensaje de la dueñidad”, donde lo que queda en claro es que “la institucionalidad” es una ficción.


“Entonces, ¿qué es lo contrario a la impunidad? ¿El punitivismo?”, se pregunta Rita. Sabiendo que estaba entrando en un terreno complicado, invitó a salir “de los binomios mas paridos, como el abolicionismo o el regulacionismo, que simplifican la realidad”. Y agregó: “No quiero un feminismo del enemigo, porque la política del enemigo es lo que construye el fascismo. Para hacer política, tenemos que ser mayores que eso”. “Antes de ser feminista soy pluralista, quiero un mundo sin hegemonía. Lo no negociable es el aborto y la lucha contra los monopolios que consideran que hay una única forma del bien, de la justicia, de la verdad: eso es mi antagonista”, describió. Para la investigadora, “el feminismo punitivista puede hacer caer por tierra una gran cantidad de conquistas”, es “un mal sobre el que tenemos que reflexionar más”, y recuerda la violencia que se vive en las prisiones: “¿Puede un estado con las cárceles que tiene hacer justicia? Esa no puede ser la justicia; ser justo con una mano y ser cruel con la otra”.


Profundizando este concepto, la antropóloga expuso que hay que tener “cuidado con las formas que aprendimos de hacer justicia” desde lo punitivo, que están ligadas a la lógica patriarcal. El desarrollo del feminismo, recalca, no puede “pasar por la repetición de los modelos masculinos”. Frente a eso, sabe que la respuesta no es fácil: “No hay una solución simple, pero es necesario pensar más y estar en un proceso constante. Cuando el proceso se cierra, es decir, cuando la vida se cierra, se llega a lo inerte”, en cambio, “la política en clave femenina es otra cosa, es movimiento”.


Además, señaló que “la única forma de reparar las subjetividades dañadas de la víctima y el agresor es la política, porque la política es colectivizarte y vincular”, propuso Segato. “Cuando salimos de la subjetividad podemos ver un daño colectivo”, y eso no puede curarse “si no se ve el sufrimiento en el otro”. Por eso, considera clave el proceso de debate y búsqueda de justicia: “Fuimos capturadas por la idea mercantil de la justicia institucional como producto y eso hay que deshacerlo. Perseguimos la sentencia como una cosa, y no nos dimos cuenta que la gran cosa es el proceso de ampliación del debate”.

Publicado enSociedad
Página 1 de 10