Perdida en una casa-cárcel; lugar de realización del amor infame**

Arrinconada en mi propia casa, malquerida. Así viví el confinamiento desde más o menos julio de 2020. Hoy, huida del que era un territorio compartido -“lugar de realización del amor”, como sé que lo están haciendo muchas mujeres, construyo un hogar que me genera tranquilidad en medio de la “nueva normalidad”, esta realidad que para muchas trabajadoras como yo, implica el tele-reunionismo y los cuidados domésticos al tiempo, la incertidumbre por la supervivencia y la necesidad sentida de la solidaridad y el apañe de las personas que nos rodean, y eso en una situación de privilegio, en la que conservo mi empleo y la mayoría de mis relaciones sociales y familiares, pero con el conocimiento pleno de que esta crisis civilizatoria se ha llevado por delante a muchas, y que me duelen mujeres en todo el cuerpo. 

Quiero gritar hasta el hastío que hoy debería estar escribiendo sobre otra cosa, pero me tocó así, me tocó el cuerpo y el alma, y como Alice Munro tituló su hermoso libro, al final: “todo queda en casa”, y yo haré que todo se quede en este escrito, porque es la forma que encontré para resolver las violencias que viví; yo, la feminista académica, activista y acompañante de otras mujeres, la que repitió muchas veces en entrevistas radiales y noticieros nocturnos que la casa es el lugar más inseguro para nosotras, sin haberlo entendido del todo en mi cuerpo. Hoy, puedo decir que comprendí la geografía de la violencia emocional y psicológica en cada rincón de un lugar que tuve que deconstruir sola, protegiendo hasta la última planta, con mi capacidad para gestionar la vida, mientras el andamiaje de significados sobre el amor compañero, la complicidad, el territorio, la justicia, la libertad, y hasta la revolución se me vino abajo. Ahora, imagínense eso en pleno confinamiento. 

Lo vivido me trajo al corazón las tensiones de saberse una mujer heterosexual de izquierda, rebelde, que se junta con otros de izquierda, otros rebeldes, y encuentra la incoherencia. Si bien todos y todas somos incoherentes, hoy, con los feminismos y el desafío que plantea para los movimientos sociales la reflexión sobre la organización social del cuidado en todas sus dimensiones, los hombres y las mujeres no podemos seguir relacionándonos como siempre. Por eso quiero decir en voz alta lo que a muchas nos atraviesa la garganta: ¿Qué pasa cuando es un defensor de derechos humanos el que te defrauda? ¿Qué exigimos de hombres cuyo horizonte resultó ser la despatriarcalización de la vida? ¿Cómo andamos negociando las mujeres rebeldes, con los varones que como nosotras quieren cambiar el mundo? ¿De verdad estamos cambiando el mundo?

Esas preguntas me parecen hoy más que urgentes y necesarias. Nadie que se precie de luchar desde la izquierda como su lugar político, o de pertenecer a una organización social, puede pasar por alto, ni el feminismo, o al menos la prevención y gestión de las violencias contra las mujeres, ni la democratización, desfamiliarización y desmercantilización de los cuidados. Y esas tres palabras tan rimbombantes también pasan por la dimensión más compleja y retadora: la erótico-afectiva, la cama, el sexo, el deseo y el amor “romántico”. 

Comenzaré diciendo que son los hombres los que están perdidos en ese simbólico vetusto del amor, no nosotras. Y voy a permitirme todas las generalizaciones y voy a hablar de “los hombres”, porque creo que he escuchado y he visto suficientes dramas propiciados por ellos, y porque este escrito también es un reclamo: quiero profundamente que los hombres dejen de hacer daño. 

Yo sí creo que los varones tienen la capacidad de enloquecerla a una, me basta con haber escuchado a muchas mujeres, por muchos años, en sus relatos pormenorizados de cada conversación con un manipulador, que las tildó de locas, en lugar de mirarlas a los ojos y tener una conversación honesta con ellas. Me basta y me entristece, porque experimenté yo misma el gaslighting (1), en medio de conversaciones circulares con un ser gélido que ponía en mi toda la culpa, que me oía, pero no me escuchaba, me miraba, pero no me reconocía. Me amó, seguramente, pero su noción de amor no implicaba la igualdad ni la justicia. 

Mi expareja ocultó información que me hubiera ahorrado ansiedad y dolor. Cuando por fin pudo ser “honesto”, pretendía una relación asimétrica en la que sus necesidades siempre estuvieran cubiertas, en su tiempo, a su modo, y que yo me acomodara para proveer cuidado sin chistar ni media. 

Estas necesidades ni siquiera fueron tan particulares, pero no pudieron esconderse más en medio de la cuarentena; coquetear o estar con otras mujeres, sosteniendo su vínculo “principal” conmigo, su pareja; la que habitaba su casa. Incluso, estuve dispuesta a repensarnos la relación en ese sentido, porque claro, no soy ni una mala feminista ni una mala moderna, pero cuando indiqué lo que yo esperaba de una relación abierta, o de una poliamorosa, o lo que fuera que deconstruyera los dos años de un acuerdo monogámico en el que “nos” habíamos sentido cómodos, o por lo menos en el que yo estaba completamente comprometida, ahí sí la libertad no sonaba tan atractiva.   

Y en realidad, la relación siempre fue abierta, solo que yo no lo sabía. Lo que yo esperaba era hacer exactamente lo mismo sin dañar ni utilizar a otres; trasgredir, pero trasgredir de verdad, más allá de la heteronorma, más allá de las jerarquías y el ejercicio de poderes, desenfocar mi atención, hasta ahora dirigida a mi excompañero, porque así lo había decidido, y entonces sí, estar con otres en igualdad de condiciones, pero esto generó mucho miedo en el ego masculino y me retuvo arbitrariamente en una relación que ya me quedaba muy pequeña. Me sostuve porque me interesaba negociar, cuidar, cultivar el compañerismo en una casa compartida, y porque amaba obviamente. 

Vivir con alguien no es solamente arrejuntarse, vivir con alguien no es solamente recibir y salir y abrir la puerta para largarse sin explicar, sin respetar las expectativas de la otra en nombre de la libertad ¿Cuál libertad? ¿La neoliberal? 

Esta libertad le permitió a mi expareja poner su palabra en acuerdos de cuidado, y construir una imagen privada y pública de él mismo así: “del hombre de palabra”, mientras mantenía contacto sexual virtual por fuera de nuestros acuerdos relacionales, compartiendo incluso material pornográfico (2). 

En mi caso, me rompió el alma que las necesidades patriarcales y burguesas de mi excompañero en medio de esta pandemia pudieran más que la solidaridad. El nivel de incoherencia que aun no comprendo, al escuchar a mi expareja quejarse y quejarse en demasía, cuando la gente se ha estado muriendo, quejarse y quejarse por no poder tenerlo todo y todo al tiempo, para saciar sus necesidades sexuales y afectivas, en un mundo que se está acabando porque justamente muy pocos tienen todo y entre más tienen más quieren. ¿Acaso la redistribución aquí no aplica? ¿Querer tenerlo todo no es como muy capitalista? 

 

 

Los hombres “libertarios” se preocupan por no ser propiedad de otro, pero terminan objetivando a las otras, a todos los cuerpos y almas que consumen y coleccionan, mientras pasan por encima de sus propios principios revolucionarios. Son de boca para afuera anticapitalistas, pero acumulan réditos por cada mujer que van clasificando: con la que solo quieren acostarse (así la ilusionen con acciones de afecto confusas para lograrlo, en vez de pedirlo directamente); con la que solo se acuestan, pero también amiguean (porque al final no solamente quieren sexo, si no atención y cuidado pero sin tener que darlo de vuelta); a la que amiguean e ilusionan, pero jamás se acostarían con ella (porque, nuevamente, solo quieren atención y afecto); la que aman, dejaron ir pero no quieren soltar (porque no quieren perder su atención y afecto); la que no aman pero pueden presentar en sus círculos sociales (o sea les luce bien públicamente y pueden mostrar para subir sus niveles de atención… y afecto); de la que extraen conocimiento para presumir ante otras mujeres (y lograr atención y reconocimiento), y así… cada hombre tiene su propia matemática de las relaciones que establecen con las mujeres, y reciben de todas algo de lo cual se aprovechan, y ahí estamos las mujeres dispuestas, porque el patriarcado nos puso más difícil eso de poner límites, y de ponernos en el centro. 

No es que las mujeres seamos las buenas, pero estoy convencida de que las desproporciones de género afectan diferencialmente nuestras relaciones románticas, y de múltiples maneras, si no, ¿Por qué tantos textos de Coral Herrera? 

Yo por mi parte quería todo, no merezco menos, no merezco un amor a medias, un amor mediocre o insulso, un amor infame e irresponsable. No después de tantas mujeres malqueridas en silencio, no después de las ancestras que me dieron la palabra y la voluntad de decidir por mí misma. 

Como feminista, no hubiera podido permitir que un hombre jerarquizara de esa manera sus afectos, así me pusiera a mí en el lugar de la primera; “la elegida”. Muchas mujeres ya se comieron este cuento: “yo no soy la otra”, “yo no soy el plato de segunda mesa”, o, por otro lado, se conformaron con serlo, se sintieron cómodas con ser “la amante”, “la querida”, incluso; “la eterna mejor amiga”, y esto no les generó ninguna pregunta, aunque los dolores nos los generara a todas porque a los hombres les encanta ser el centro de las disputas. 

Para mí, ninguna mujer está para ser amada en la clandestinidad ni para ser escondida, ese fue el cuentazo que nos metió el patriarcado al romantizar los amantazgos en favor de los varones, y es el que han usado ellos para no hacerse cargo ni ser responsables afectivamente, porque “no somos nada”, o tu estas aceptando las reglas de este juego en el que -yo hombre- siempre salgo ganando. 

Y esto no significa que la monogamia sea natural o un modelo de relación perfecta, porque que aburrimiento, significa que, si hoy las mujeres proponemos o acordamos formas no hegemónicas de amar, no es para vivir con las mismas opresiones. La infidelidad la padecieron nuestras madres, como para ahora nosotras dejarnos engañar con cuentos tan baratos, o aceptar juegos amorosos donde de entrada vamos perdiendo. 

No he leído juiciosamente sobre el poliamor, porque mi interés teórico ha estado en otros lugares del feminismo, y porque tengo un preconcepto que me hace pensar que las formas del amor libre surgieron de mujeres feministas tan impresionantes como Alexandra Kollontai, que desde principios del siglo XX ya había desmitificado el amor romántico y se había figurado unas formas socialistas de amar, revolucionarias por lo demás, y que luego con el lesbofeminismo y las apuestas por amarnos cuidadosamente entre mujeres, se hizo realidad la ruptura de la monogamia y la heteronorma, algo que aprovecharon y se robaron los varones, principalmente los “machiprogres”, para profundizar sus privilegios en el terreno romántico, para usar nuestros anhelos de libertad en nuestra contra. 

Entonces mi preconcepto es que, mientras no derribemos el patriarcado, no habrá relaciones de justicia e igualdad, incluso en apuestas tan interesantes como las de la anarquía relacional, por todo el trabajo que sugiere y por todas las opresiones invisibles que no hacen más que aumentar el sistema de privilegios para los varones. Sistema que las mismas mujeres ayudamos a solidificar cuando estamos dispuestas a amarlos y a brindarles cuidado a costa de nosotras mismas. 

En el harem físico y virtual que sostenía mi expareja, hubo varias mujeres que reclamaron su atención, que lo esperaban, que le respondían cuando aparecía, que estaban prestas a aplaudirlo, a resolverle sus problemas o a brindarle ellas su atención a cambio de poco o nada. Mujeres educadas por el patriarcado también, que establecieron relaciones de dependencia afectiva y política, y para quienes estratégicamente, el lugar de la carencia emocional les implicaba atención de vuelta. No olvidemos que toda relación de poder es una relación en doble vía, y que siempre hay un mínimo, un mínimo en nuestra capacidad de agencia. 

Pero yo no soy quién para juzgar a las mujeres, solo puedo pegar un alarido para que ojalá siempre intercambiemos en igualdad y recibamos de lo que entreguemos. Que las mujeres sabemos cuidar, y lo mínimo es que nos cuiden sea cual sea el lugar que ocupemos, y que ese lugar lo hayamos decidido, sin pasar por encima de otra mujer o de la mujer que nos habita, más si somos mujeres de izquierda. 

Hoy se habla mucho de revisarse y abandonar los privilegios, en su momento lo llamamos traicionar el patriarcado, pero no conozco el primer hombre que se traicione a sí mismo, pues eso implicaría traicionar a sus hermanos, a sus amigos y fundamentalmente a su padre. 

Sea este un padre ausente, un padre amoroso, un padre abusador o el que sea, el patriarcado se reproduce solito en los privilegios que los hombres se pasan los unos a los otros, como la corona que los hombres blancos y ricos de la edad media les pasaban a sus vástagos. Nosotras, por nuestro lado, sí hemos traicionado la mujer que vimos en el espejo de nuestras abuelas, madres o tías, y hoy tomamos decisiones que nos alejan de la sumisión, o al menos nos incomodamos ante la desigualdad en el terreno afectivo, ¿Pero ustedes? ¿Para cuándo van a dejar de aplazar la transformación de sus privilegios?

Se lamentan y pretenden construir una nueva masculinidad, para al final de cuentas retornar a lo mismo; sus abuelos, sus padres, sus tíos, todos los varones de la historia y todos sus ancestros hablando y ejerciendo sus poderes a través de ustedes. 

Estoy convencida de que las mujeres vamos por lo menos 50 años adelante, y con desesperanza afirmo que no han sido educados los varones que se relacionen con nosotras como sus iguales. Nuestro amor está allí para ser entregado a hombres que no existen, y ustedes solo están dispuestos a amar a mujeres que dejaron de existir hace rato. 

La infamia en la incoherencia duele muchísimo, con el adendum de un momento como el de esta pandemia, en el que la solidaridad, “la ternura de los pueblos” es una necesidad apremiante, y para mí en ese momento, en la casa, entre compañeros. 

Me duele la admiración, el reconocimiento que entregué al hombre íntegro, a ese “hombre nuevo” defensor de la vida, porque me sentía orgullosa, sentía mi yoeidad expandida en amor al universo. Un nosotros que se fracturó con la violencia. 

¿Cómo a un hombre que cuida el territorio le cuesta cultivar el suyo propio? ¿Cómo un hombre defensor de la justicia no puede decir la verdad y reparar? ¿Por qué le cuesta tanto ser honesto? ¿Cómo puede ser tan injusto y utilitarista con los que dice amar? 

Fui tildada de conservadora, pero no hay nada más conservador y reaccionario que pasarse por la faja los acuerdos, o mentir para “no venderse”. Mi excompañero me mintió desde el principio, cuando a pesar de no tener establecida una relación, prefirió no “venderse” conmigo para tenerme, así, como un objeto. A mí me ocultó información para impedir que decidiera, mientras rechazó a otras mujeres cuando ya había obtenido suficiente de ellas. 

Aún hoy me cuesta creer que el hombre que amé con admiración hiciera cosas que son demasiado deshonestas, pero demasiado ridículas como para que las haya escondido y las haya dejado en ese mundo clandestino y de secretos que disfruta. Los daños fueron hechos, pasaron en el mundo de la realidad; yo lo sé, él lo sabe, y aunque no mirándome a los ojos porque definitivamente no pudo hacerlo, de los suyos para adentro se repetirá que es un traidor, y en la izquierda, en la revolución, está muy feo traicionar a la compañera.  

*Decirle a una mujer que es una perdida es decirle que ha incumplido con todo lo que se esperaba de ella, así que nosotras queremos reivindicar ese perderse de las mujeres, porque han fracturado el molde patriarcal que las acecha. En Relatos de Mujeres Perdidas presentaremos tres narraciones acerca del “amor romántico”. Son muchas las palabras, las ideas, los dolores que nos atraviesan cuando la palabra amor, sobre todo el tradicional y heteronormado aparece, estos relatos son apenas la manifestación catártica de lo que sentimos las mujeres y hoy nos atrevemos a colectivizar. Son escritos subjetivos, potentes, hablan de experiencias individuales en la que quizá alguna lectora se encuentre. La experiencia del desamor es y será distinta para todas, aunque lo claro en este momento en el que las potencias feministas ya no se pueden obviar, es que no tenemos por qué sufrir, que estamos para ser felices y amadas en libertad y justicia. por eso reivindicamos la escritura y desde los feminismos aplaudimos a las mujeres que se relatan a sí mismas.

En ese orden, estas narrativas están hiladas como un tritono disonante y subversivo. Esa figura musical se ha considerado siniestra desde el Medioevo, y las mujeres que aquí tejen sus historias, se han hecho cada vez más feministas y más siniestras. En sus historias perdidas encontraron algo de conexión con su identidad y potencia, así que aquí está la segunda entrega de nuestro quinto tritono. 

** Esta versión online del escrito fue corregida en el párrafo 11, en la cual se retiró una expresión equivocada, se reorganizó la información teórica en la nota al pie N. 2, se agregó una referencia para ilustrar mejor el punto y se retiró un párrafo que sobraba después de la reorganización del texto. También fue modificada una expresión en el párrafo 21 para ilustrar mejor el punto. 

*** Feminista, activista y defensora de derechos humanos. IG @unaconcubina 

 

1. Se trata de una forma de manipulación machista que consiste en negar la realidad, ocultar información o brindar información falsa con el objetivo de hacer dudar a la víctima de sí misma, y que se traduce en el común: “estás loca”, “no sé cómo funciona tu cabeza” (algo que en particular me dijeron a mí), “estas exagerando”, entre otras, que llevan generalmente a otras formas de abuso emocional: “ya no quiero más esta conversación”, “contigo no se puede hablar”, “no voy a decir nada más al respecto”, o dejar las conversación a medias, irse, negar la palabra, castigar con el silencio y otras. 

2.  La cuestión de las violencias trasciende “la casa”. Como las feministas latinoamericanas lo hicieron ver hace más de 30 años, están relacionadas con la matriz patriarcal que, por ejemplo, educó a los varones en el porno tradicional, en el cual conquistan mujeres sumisas, mujeres que se entregan, que nunca dicen “no” pero tampoco “si”, y ellos, sin pedir permiso, sin interlocutar, van accediendo al territorio que consideran digno de su conquista. Al respecto, se puede ver el documental Girls Wanted disponible online, y hacer un análisis de cómo la pornografía ha construido unos simbólicos de las mujeres en la opresión y sumisión, y una cultura del acoso y la violación, validada y naturalizada socialmente. También, se pueden buscar proyectos feministas pornográficos o porno de autora, para disfrutar del arte sexual sin caer en el machismo o el falocentrismo, aquí hay una primera aproximación: https://malvestida.com/2018/01/donde-ver-pornografia-feminista-alternativa-a-youporn-pornhub/  

 

 

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Publicado enEdición Nº279
Perdida en una casa-cárcel; lugar de realización del amor infame**

Arrinconada en mi propia casa, malquerida. Así viví el confinamiento desde más o menos julio de 2020. Hoy, huida del que era un territorio compartido -“lugar de realización del amor”, como sé que lo están haciendo muchas mujeres, construyo un hogar que me genera tranquilidad en medio de la “nueva normalidad”, esta realidad que para muchas trabajadoras como yo, implica el tele-reunionismo y los cuidados domésticos al tiempo, la incertidumbre por la supervivencia y la necesidad sentida de la solidaridad y el apañe de las personas que nos rodean, y eso en una situación de privilegio, en la que conservo mi empleo y la mayoría de mis relaciones sociales y familiares, pero con el conocimiento pleno de que esta crisis civilizatoria se ha llevado por delante a muchas, y que me duelen mujeres en todo el cuerpo. 

Quiero gritar hasta el hastío que hoy debería estar escribiendo sobre otra cosa, pero me tocó así, me tocó el cuerpo y el alma, y como Alice Munro tituló su hermoso libro, al final: “todo queda en casa”, y yo haré que todo se quede en este escrito, porque es la forma que encontré para resolver las violencias que viví; yo, la feminista académica, activista y acompañante de otras mujeres, la que repitió muchas veces en entrevistas radiales y noticieros nocturnos que la casa es el lugar más inseguro para nosotras, sin haberlo entendido del todo en mi cuerpo. Hoy, puedo decir que comprendí la geografía de la violencia emocional y psicológica en cada rincón de un lugar que tuve que deconstruir sola, protegiendo hasta la última planta, con mi capacidad para gestionar la vida, mientras el andamiaje de significados sobre el amor compañero, la complicidad, el territorio, la justicia, la libertad, y hasta la revolución se me vino abajo. Ahora, imagínense eso en pleno confinamiento. 

Lo vivido me trajo al corazón las tensiones de saberse una mujer heterosexual de izquierda, rebelde, que se junta con otros de izquierda, otros rebeldes, y encuentra la incoherencia. Si bien todos y todas somos incoherentes, hoy, con los feminismos y el desafío que plantea para los movimientos sociales la reflexión sobre la organización social del cuidado en todas sus dimensiones, los hombres y las mujeres no podemos seguir relacionándonos como siempre. Por eso quiero decir en voz alta lo que a muchas nos atraviesa la garganta: ¿Qué pasa cuando es un defensor de derechos humanos el que te defrauda? ¿Qué exigimos de hombres cuyo horizonte resultó ser la despatriarcalización de la vida? ¿Cómo andamos negociando las mujeres rebeldes, con los varones que como nosotras quieren cambiar el mundo? ¿De verdad estamos cambiando el mundo?

Esas preguntas me parecen hoy más que urgentes y necesarias. Nadie que se precie de luchar desde la izquierda como su lugar político, o de pertenecer a una organización social, puede pasar por alto, ni el feminismo, o al menos la prevención y gestión de las violencias contra las mujeres, ni la democratización, desfamiliarización y desmercantilización de los cuidados. Y esas tres palabras tan rimbombantes también pasan por la dimensión más compleja y retadora: la erótico-afectiva, la cama, el sexo, el deseo y el amor “romántico”. 

Comenzaré diciendo que son los hombres los que están perdidos en ese simbólico vetusto del amor, no nosotras. Y voy a permitirme todas las generalizaciones y voy a hablar de “los hombres”, porque creo que he escuchado y he visto suficientes dramas propiciados por ellos, y porque este escrito también es un reclamo: quiero profundamente que los hombres dejen de hacer daño. 

Yo sí creo que los varones tienen la capacidad de enloquecerla a una, me basta con haber escuchado a muchas mujeres, por muchos años, en sus relatos pormenorizados de cada conversación con un manipulador, que las tildó de locas, en lugar de mirarlas a los ojos y tener una conversación honesta con ellas. Me basta y me entristece, porque experimenté yo misma el gaslighting (1), en medio de conversaciones circulares con un ser gélido que ponía en mi toda la culpa, que me oía, pero no me escuchaba, me miraba, pero no me reconocía. Me amó, seguramente, pero su noción de amor no implicaba la igualdad ni la justicia. 

Mi expareja ocultó información que me hubiera ahorrado ansiedad y dolor. Cuando por fin pudo ser “honesto”, pretendía una relación asimétrica en la que sus necesidades siempre estuvieran cubiertas, en su tiempo, a su modo, y que yo me acomodara para proveer cuidado sin chistar ni media. 

Estas necesidades ni siquiera fueron tan particulares, pero no pudieron esconderse más en medio de la cuarentena; coquetear o estar con otras mujeres, sosteniendo su vínculo “principal” conmigo, su pareja; la que habitaba su casa. Incluso, estuve dispuesta a repensarnos la relación en ese sentido, porque claro, no soy ni una mala feminista ni una mala moderna, pero cuando indiqué lo que yo esperaba de una relación abierta, o de una poliamorosa, o lo que fuera que deconstruyera los dos años de un acuerdo monogámico en el que “nos” habíamos sentido cómodos, o por lo menos en el que yo estaba completamente comprometida, ahí sí la libertad no sonaba tan atractiva.   

Y en realidad, la relación siempre fue abierta, solo que yo no lo sabía. Lo que yo esperaba era hacer exactamente lo mismo sin dañar ni utilizar a otres; trasgredir, pero trasgredir de verdad, más allá de la heteronorma, más allá de las jerarquías y el ejercicio de poderes, desenfocar mi atención, hasta ahora dirigida a mi excompañero, porque así lo había decidido, y entonces sí, estar con otres en igualdad de condiciones, pero esto generó mucho miedo en el ego masculino y me retuvo arbitrariamente en una relación que ya me quedaba muy pequeña. Me sostuve porque me interesaba negociar, cuidar, cultivar el compañerismo en una casa compartida, y porque amaba obviamente. 

Vivir con alguien no es solamente arrejuntarse, vivir con alguien no es solamente recibir y salir y abrir la puerta para largarse sin explicar, sin respetar las expectativas de la otra en nombre de la libertad ¿Cuál libertad? ¿La neoliberal? 

Esta libertad le permitió a mi expareja poner su palabra en acuerdos de cuidado, y construir una imagen privada y pública de él mismo así: “del hombre de palabra”, mientras mantenía contacto sexual virtual por fuera de nuestros acuerdos relacionales, compartiendo incluso material pornográfico (2). 

En mi caso, me rompió el alma que las necesidades patriarcales y burguesas de mi excompañero en medio de esta pandemia pudieran más que la solidaridad. El nivel de incoherencia que aun no comprendo, al escuchar a mi expareja quejarse y quejarse en demasía, cuando la gente se ha estado muriendo, quejarse y quejarse por no poder tenerlo todo y todo al tiempo, para saciar sus necesidades sexuales y afectivas, en un mundo que se está acabando porque justamente muy pocos tienen todo y entre más tienen más quieren. ¿Acaso la redistribución aquí no aplica? ¿Querer tenerlo todo no es como muy capitalista? 

 

 

Los hombres “libertarios” se preocupan por no ser propiedad de otro, pero terminan objetivando a las otras, a todos los cuerpos y almas que consumen y coleccionan, mientras pasan por encima de sus propios principios revolucionarios. Son de boca para afuera anticapitalistas, pero acumulan réditos por cada mujer que van clasificando: con la que solo quieren acostarse (así la ilusionen con acciones de afecto confusas para lograrlo, en vez de pedirlo directamente); con la que solo se acuestan, pero también amiguean (porque al final no solamente quieren sexo, si no atención y cuidado pero sin tener que darlo de vuelta); a la que amiguean e ilusionan, pero jamás se acostarían con ella (porque, nuevamente, solo quieren atención y afecto); la que aman, dejaron ir pero no quieren soltar (porque no quieren perder su atención y afecto); la que no aman pero pueden presentar en sus círculos sociales (o sea les luce bien públicamente y pueden mostrar para subir sus niveles de atención… y afecto); de la que extraen conocimiento para presumir ante otras mujeres (y lograr atención y reconocimiento), y así… cada hombre tiene su propia matemática de las relaciones que establecen con las mujeres, y reciben de todas algo de lo cual se aprovechan, y ahí estamos las mujeres dispuestas, porque el patriarcado nos puso más difícil eso de poner límites, y de ponernos en el centro. 

No es que las mujeres seamos las buenas, pero estoy convencida de que las desproporciones de género afectan diferencialmente nuestras relaciones románticas, y de múltiples maneras, si no, ¿Por qué tantos textos de Coral Herrera? 

Yo por mi parte quería todo, no merezco menos, no merezco un amor a medias, un amor mediocre o insulso, un amor infame e irresponsable. No después de tantas mujeres malqueridas en silencio, no después de las ancestras que me dieron la palabra y la voluntad de decidir por mí misma. 

Como feminista, no hubiera podido permitir que un hombre jerarquizara de esa manera sus afectos, así me pusiera a mí en el lugar de la primera; “la elegida”. Muchas mujeres ya se comieron este cuento: “yo no soy la otra”, “yo no soy el plato de segunda mesa”, o, por otro lado, se conformaron con serlo, se sintieron cómodas con ser “la amante”, “la querida”, incluso; “la eterna mejor amiga”, y esto no les generó ninguna pregunta, aunque los dolores nos los generara a todas porque a los hombres les encanta ser el centro de las disputas. 

Para mí, ninguna mujer está para ser amada en la clandestinidad ni para ser escondida, ese fue el cuentazo que nos metió el patriarcado al romantizar los amantazgos en favor de los varones, y es el que han usado ellos para no hacerse cargo ni ser responsables afectivamente, porque “no somos nada”, o tu estas aceptando las reglas de este juego en el que -yo hombre- siempre salgo ganando. 

Y esto no significa que la monogamia sea natural o un modelo de relación perfecta, porque que aburrimiento, significa que, si hoy las mujeres proponemos o acordamos formas no hegemónicas de amar, no es para vivir con las mismas opresiones. La infidelidad la padecieron nuestras madres, como para ahora nosotras dejarnos engañar con cuentos tan baratos, o aceptar juegos amorosos donde de entrada vamos perdiendo. 

No he leído juiciosamente sobre el poliamor, porque mi interés teórico ha estado en otros lugares del feminismo, y porque tengo un preconcepto que me hace pensar que las formas del amor libre surgieron de mujeres feministas tan impresionantes como Alexandra Kollontai, que desde principios del siglo XX ya había desmitificado el amor romántico y se había figurado unas formas socialistas de amar, revolucionarias por lo demás, y que luego con el lesbofeminismo y las apuestas por amarnos cuidadosamente entre mujeres, se hizo realidad la ruptura de la monogamia y la heteronorma, algo que aprovecharon y se robaron los varones, principalmente los “machiprogres”, para profundizar sus privilegios en el terreno romántico, para usar nuestros anhelos de libertad en nuestra contra. 

Entonces mi preconcepto es que, mientras no derribemos el patriarcado, no habrá relaciones de justicia e igualdad, incluso en apuestas tan interesantes como las de la anarquía relacional, por todo el trabajo que sugiere y por todas las opresiones invisibles que no hacen más que aumentar el sistema de privilegios para los varones. Sistema que las mismas mujeres ayudamos a solidificar cuando estamos dispuestas a amarlos y a brindarles cuidado a costa de nosotras mismas. 

En el harem físico y virtual que sostenía mi expareja, hubo varias mujeres que reclamaron su atención, que lo esperaban, que le respondían cuando aparecía, que estaban prestas a aplaudirlo, a resolverle sus problemas o a brindarle ellas su atención a cambio de poco o nada. Mujeres educadas por el patriarcado también, que establecieron relaciones de dependencia afectiva y política, y para quienes estratégicamente, el lugar de la carencia emocional les implicaba atención de vuelta. No olvidemos que toda relación de poder es una relación en doble vía, y que siempre hay un mínimo, un mínimo en nuestra capacidad de agencia. 

Pero yo no soy quién para juzgar a las mujeres, solo puedo pegar un alarido para que ojalá siempre intercambiemos en igualdad y recibamos de lo que entreguemos. Que las mujeres sabemos cuidar, y lo mínimo es que nos cuiden sea cual sea el lugar que ocupemos, y que ese lugar lo hayamos decidido, sin pasar por encima de otra mujer o de la mujer que nos habita, más si somos mujeres de izquierda. 

Hoy se habla mucho de revisarse y abandonar los privilegios, en su momento lo llamamos traicionar el patriarcado, pero no conozco el primer hombre que se traicione a sí mismo, pues eso implicaría traicionar a sus hermanos, a sus amigos y fundamentalmente a su padre. 

Sea este un padre ausente, un padre amoroso, un padre abusador o el que sea, el patriarcado se reproduce solito en los privilegios que los hombres se pasan los unos a los otros, como la corona que los hombres blancos y ricos de la edad media les pasaban a sus vástagos. Nosotras, por nuestro lado, sí hemos traicionado la mujer que vimos en el espejo de nuestras abuelas, madres o tías, y hoy tomamos decisiones que nos alejan de la sumisión, o al menos nos incomodamos ante la desigualdad en el terreno afectivo, ¿Pero ustedes? ¿Para cuándo van a dejar de aplazar la transformación de sus privilegios?

Se lamentan y pretenden construir una nueva masculinidad, para al final de cuentas retornar a lo mismo; sus abuelos, sus padres, sus tíos, todos los varones de la historia y todos sus ancestros hablando y ejerciendo sus poderes a través de ustedes. 

Estoy convencida de que las mujeres vamos por lo menos 50 años adelante, y con desesperanza afirmo que no han sido educados los varones que se relacionen con nosotras como sus iguales. Nuestro amor está allí para ser entregado a hombres que no existen, y ustedes solo están dispuestos a amar a mujeres que dejaron de existir hace rato. 

La infamia en la incoherencia duele muchísimo, con el adendum de un momento como el de esta pandemia, en el que la solidaridad, “la ternura de los pueblos” es una necesidad apremiante, y para mí en ese momento, en la casa, entre compañeros. 

Me duele la admiración, el reconocimiento que entregué al hombre íntegro, a ese “hombre nuevo” defensor de la vida, porque me sentía orgullosa, sentía mi yoeidad expandida en amor al universo. Un nosotros que se fracturó con la violencia. 

¿Cómo a un hombre que cuida el territorio le cuesta cultivar el suyo propio? ¿Cómo un hombre defensor de la justicia no puede decir la verdad y reparar? ¿Por qué le cuesta tanto ser honesto? ¿Cómo puede ser tan injusto y utilitarista con los que dice amar? 

Fui tildada de conservadora, pero no hay nada más conservador y reaccionario que pasarse por la faja los acuerdos, o mentir para “no venderse”. Mi excompañero me mintió desde el principio, cuando a pesar de no tener establecida una relación, prefirió no “venderse” conmigo para tenerme, así, como un objeto. A mí me ocultó información para impedir que decidiera, mientras rechazó a otras mujeres cuando ya había obtenido suficiente de ellas. 

Aún hoy me cuesta creer que el hombre que amé con admiración hiciera cosas que son demasiado deshonestas, pero demasiado ridículas como para que las haya escondido y las haya dejado en ese mundo clandestino y de secretos que disfruta. Los daños fueron hechos, pasaron en el mundo de la realidad; yo lo sé, él lo sabe, y aunque no mirándome a los ojos porque definitivamente no pudo hacerlo, de los suyos para adentro se repetirá que es un traidor, y en la izquierda, en la revolución, está muy feo traicionar a la compañera.  

*Decirle a una mujer que es una perdida es decirle que ha incumplido con todo lo que se esperaba de ella, así que nosotras queremos reivindicar ese perderse de las mujeres, porque han fracturado el molde patriarcal que las acecha. En Relatos de Mujeres Perdidas presentaremos tres narraciones acerca del “amor romántico”. Son muchas las palabras, las ideas, los dolores que nos atraviesan cuando la palabra amor, sobre todo el tradicional y heteronormado aparece, estos relatos son apenas la manifestación catártica de lo que sentimos las mujeres y hoy nos atrevemos a colectivizar. Son escritos subjetivos, potentes, hablan de experiencias individuales en la que quizá alguna lectora se encuentre. La experiencia del desamor es y será distinta para todas, aunque lo claro en este momento en el que las potencias feministas ya no se pueden obviar, es que no tenemos por qué sufrir, que estamos para ser felices y amadas en libertad y justicia. por eso reivindicamos la escritura y desde los feminismos aplaudimos a las mujeres que se relatan a sí mismas.

En ese orden, estas narrativas están hiladas como un tritono disonante y subversivo. Esa figura musical se ha considerado siniestra desde el Medioevo, y las mujeres que aquí tejen sus historias, se han hecho cada vez más feministas y más siniestras. En sus historias perdidas encontraron algo de conexión con su identidad y potencia, así que aquí está la segunda entrega de nuestro quinto tritono. 

** Esta versión online del escrito fue corregida en el párrafo 11, en la cual se retiró una expresión equivocada, se reorganizó la información teórica en la nota al pie N. 2, se agregó una referencia para ilustrar mejor el punto y se retiró un párrafo que sobraba después de la reorganización del texto. También fue modificada una expresión en el párrafo 21 para ilustrar mejor el punto. 

*** Feminista, activista y defensora de derechos humanos. IG @unaconcubina 

 

1. Se trata de una forma de manipulación machista que consiste en negar la realidad, ocultar información o brindar información falsa con el objetivo de hacer dudar a la víctima de sí misma, y que se traduce en el común: “estás loca”, “no sé cómo funciona tu cabeza” (algo que en particular me dijeron a mí), “estas exagerando”, entre otras, que llevan generalmente a otras formas de abuso emocional: “ya no quiero más esta conversación”, “contigo no se puede hablar”, “no voy a decir nada más al respecto”, o dejar las conversación a medias, irse, negar la palabra, castigar con el silencio y otras. 

2.  La cuestión de las violencias trasciende “la casa”. Como las feministas latinoamericanas lo hicieron ver hace más de 30 años, están relacionadas con la matriz patriarcal que, por ejemplo, educó a los varones en el porno tradicional, en el cual conquistan mujeres sumisas, mujeres que se entregan, que nunca dicen “no” pero tampoco “si”, y ellos, sin pedir permiso, sin interlocutar, van accediendo al territorio que consideran digno de su conquista. Al respecto, se puede ver el documental Girls Wanted disponible online, y hacer un análisis de cómo la pornografía ha construido unos simbólicos de las mujeres en la opresión y sumisión, y una cultura del acoso y la violación, validada y naturalizada socialmente. También, se pueden buscar proyectos feministas pornográficos o porno de autora, para disfrutar del arte sexual sin caer en el machismo o el falocentrismo, aquí hay una primera aproximación: https://malvestida.com/2018/01/donde-ver-pornografia-feminista-alternativa-a-youporn-pornhub/  

 

 

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Publicado enColombia
Martes, 26 Enero 2021 09:27

Perdida en la vida

Perdida en la vida

La inspiración de esta escritura surge en medio de las revueltas del 21N de 2019, intentado hacerles espacio a los feminismos en medio de una coyuntura tan especial. Nos encontramos con Erika en un lugar llamado “Trementina”, el cual pensé que hacía referencia a una mujer de “trementina” reputación, pero luego de paseos canábicos, frecuentando los alrededores, me enteré que trata más bien de asuntos artísticos. Ahora creo que las dos definiciones son buenas. Ambas se refieren a energías emancipantes para mí: las mujeres y el arte. Así que de una conversación en trementina resulta esta estrepitosa escritura.

Perderse es una palabra proveniente del latín perdere, que significa “dejar algo” o “no obtenerlo”. De perdere, la etimología on-line dice que, además, vienen palabras como “desperdiciar” y “desperdicio”. Entonces perderse significa quizá dejar algo por ahí…. O no llegar a obtenerlo. Quise indagar un poco más en “El origen de las palabras”, un diccionario etimológico ilustrado que compré un par de años atrás, cuando empecé a fascinarme con la historia de las palabras, sus usos y sobre todo, rastrear el paso del tiempo sobre sus significados y el deterioro de sus referencias habituales. Sin embargo, no obtuve mayores hallazgos, porque la palabra “perderse” no se encuentra en este diccionario etimológico ilustrado. Pero saben qué, me encontré con una palabra con la que al parecer se comparte una raíz: peripecia.


Una peripecia es, tanto en las obras dramáticas como en la realidad cotidiana, una “mudanza repentina de situación debida a un accidente imprevisto que cambia el estado de las cosas”. Si no hay una relación en la raíz latina o griega entre peripecia y perderse, existe entonces una relación en la experiencia de vida de muchas mujeres y feministas, perdidas, que han tenido que armarse de peripecias para volver a encontrar o al menos pilotear aquello que varias llamamos “estar perdida en la vida”.

Primera perdida: La sospecha feminista

El primer momento en el que sentí que mi vida empezó a dispersarse, la primera vez que llegó un sin-sentido particular nunca antes vivido, fue cuando decidí rupturar una de las-relaciones-entre-mujeres más importantes de mi vida reciente. En medio de la fase inicial de la transición de la guerra a la paz, el cese bilateral de fuegos no solo era una preocupación a nivel nacional, me preocupaba la guerra entre conocidas, la guerra entre mujeres, la guerra que se libra a veces en un campo laboral por un puesto, por el reconocimiento, por la productividad. Había que caminar rápido, había que caminar eficiente, había que caminar con conocimientos no aprendidos aún en la selva urbana laboral. Luego ya no había que caminar, si no que tenía que correr. Me bajé. Me bajé, me descargué y me perdí. No sabía cómo caminar y ahora me tocaba correr, claramente me perdí. Me perdí y me dolió. Estar adolorida y perdida, me generó una sensación de sospecha feminista constante a las relaciones entre mujeres en escenarios de jerarquización laboral, en jerarquías de afectos, en jerarquías de conocimientos. Me empezó a dar sospecha feminista de las jerarquías.

Segunda perdida: La separación feminista

El segundo momento en el que llegó el segundo-sin-sentido de mi vida, fue cuando decidí habitarme de nuevo en soledad. Llevaba compartiendo un par de años con un amor-amigo-compañero, cuando tuve que cambiar las chapas de la casa y por ahí derecho, cambiar de amigas, cambiar de rutas, cambiar de ropa, cambiar las cortinas de la casa y las sábanas de la cama, cambiar de cara, cambiar de vida. La sensación de una separación creo que podría ser comparada con un momento de perdición absoluta (varias sabemos que no dura para siempre aunque en ese momento pienses que sí).

Días previos a las fatídicas elecciones presidenciales del 2018, perdí mi cédula de identidad sin tener una sola pista de dónde o cómo fuera esto posible. Perder la cédula significó para mí la pérdida de mi identidad. Yo me encontraba (sobre)viviendo con mi amor-compañero, pero en un momento (in)determinado sentía que no estaba allí, que dejaba de ser yo; suena She lost control de Joy División.

Perdida la cédula, perdida la identidad, perdida las elecciones con Petro, perdido el amor-compañero, perdida la vida una vez más.

Tercera perdida: La renuncia feminista

El tercer y último momento en el cual el sin-sentido cobró su mayor fuerza, fue cuando decidí renunciar a la comunidad política que me había alimentado la esperanza, la fuerza, la humildad y la sabiduría por casi media vida. En dicha comunidad política crecí, me criaron. Fue mi nicho, fueron las amigas de la vida, fueron las complicidades en los momentos más oscuros e inciertos, fue el primer amor-compañero y hasta el segundo. Del nicho hubo amor campesino y estudiantil. Amor afrodescendiente e indígena. El amor del color del pueblo, el amor entre-mujeres y el reconocimiento de la autoridad femenina de las mayoras campesinas; eterna sabiduría. El amor callejero, montañero y de ríos. Amor marítimo a veces, amor selvático otras, amor de carretera y largas horas en movilizaciones de victorias aseguradas en una invención poderosa, nuestra, del nosotros. Allí se me quedó medio corazón. Perdí más bien, medio corazón, medio amor, media esperanza, media alegría, medio lugar. Medio territorio, medio cuerpo. Me perdí y me quedé a medias, a medio camino.
La encontrada

Lectoras, compartirán conmigo que el mejor momento de estas historias tritónicas seguramente será perderse, y en medio del perderse, las peripecias necesarias, todas, para volver a encontrarse. Yo me perdí tres veces y voy en mi primera encontrada. Esta primera encontrada me ha llevado a reconocer dentro de mí la herencia poderosa de la sospecha feminista y sus calmaciones, de las separaciones feministas y la transformación del amor, de las renuncias feministas y los aprendizajes del caminar a mi ritmo.

Termino con lo siguiente: sospecha, separación, renuncia, formas lingüísticas de experimentar la sensación de “estar perdida en la vida”. Perderse, peripecia, irse, dudar, renunciar que rima con abortar, todo aquello que impide perdernos y que más bien nos hace sentir como eternas perdidas.

 

* Decirle a una mujer que es una perdida es decirle que ha incumplido con todo lo que se esperaba de ella, así que nosotras queremos reivindicar ese perderse de las mujeres, porque han fracturado el molde patriarcal que las acecha. En Relatos de Mujeres Perdidas presentaremos tres narraciones acerca de la sensación de sin-sentido y pérdida de toda esperanza que nos hace revolcarnos mujer adentro para encontrarnos, en nuestros propios cantos y con nuestras garras.
Estas narrativas están hiladas como un tritono disonante y subversivo. Esa figura musical se ha considerado siniestra desde el Medioevo, y las mujeres que aquí tejen sus historias, se han hecho cada vez más feministas y más siniestras. En sus historias perdidas encontraron algo de conexión con su identidad y potencia, así que aquí está la primera entrega de nuestro cuarto tritono.

 

 

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Publicado enEdición Nº275
«Una falla del pensamiento feminista es creer que la violencia de género es un problema de hombres y mujeres»

Entrevista a Rita Segato, antropóloga e investigadora

 

Rita Segato es doctora en Antropología e investigadora. Es, probablemente, una de las pensadoras feministas más lúcidas de esta época. Y tal vez de todas las épocas. Ha escrito innumerables trabajos a partir de su investigación con violadores en la penitenciaría de Brasilia, como perito antropológico y de género en el histórico juicio de Guatemala en el que se juzgó y condenó por primera vez a miembros del Ejército por los delitos de esclavitud sexual y doméstica contra mujeres mayas de la etnia q’eqchi, y fue convocada a Ciudad Juárez a exponer su interpretación en torno a los cientos de femicidios perpetrados en esa ciudad. Su currículum es largo e impresionante.

Más allá de todo prejuicio escandalizador, Segato ha propuesto una mirada profunda sobre la violencia letal sobre las mujeres, entendiendo a los femicidios como una problemática que trasciende a  los géneros para convertirse en un síntoma, o mejor dicho, en una expresión de una sociedad que necesita de una “pedagogía de la crueldad” para destruir y anular la compasión, la empatía, los vínculos y el arraigo local y comunitario. Es decir todos esos elementos que se convierten en obstáculo en un capitalismo “de rapiña”, que depende de esa pedagogía de la crueldad para aleccionar. Es, en ese sentido, que el ejercicio de la crueldad sobre el cuerpo de las mujeres, pero que también se extiende a crímenes homofóbicos o trans, todas esas violencias “no son otra cosa que el disciplinamiento que las fuerzas patriarcales imponen a todos los que habitamos ese margen de la política, de crímenes del patriarcado colonial moderno de alta intensidad, contra todo lo que lo desestabiliza” (*). En esos cuerpos se escribe el mensaje aleccionador que ese capitalismo patriarcal de alta intensidad necesita imponer a toda la sociedad.

No es tarea sencilla entrevistar a Rita, que es una especie de torbellino, capaz de enlazar con extrema claridad y sutileza los argumentos más complejos. Se toma su tiempo para responder, analiza cada pregunta, la desgrana, profundiza y vuelve a empezar con una vuelta de tuerca sobre cada concepto. Tiene su propio ritmo y seguirlo puede ser un desafío.

—En el marco del alarmante crecimiento de los casos de violencia de género, ¿podría profundizar en el concepto que desarrolló de que la violencia letal sobre la mujer es un síntoma de la sociedad?

—Desigualdad de género, control sobre el cuerpo de la mujer, desde mi perspectiva, hay otras feministas que no coinciden, acompañan la historia de la humanidad. Sólo que, contrariamente a lo que pensamos y a eso que yo llamo prejuicio positivo con relación a la modernidad, imaginamos que la humanidad camina en la dirección contraria. Pero los datos no confirman eso, al contrario, van en aumento. Entonces tenemos que entender cuáles son las circunstancias contextuales e históricas. Una de las dificultades, de las fallas del pensamiento feminista es creer que el problema de la violencia de género es un problema de los hombres y las mujeres. Y en algunos casos, hasta de un hombre y una mujer. Y yo creo que es un síntoma de la historia, de las vicisitudes por la que pasa la sociedad. Y ahí pongo el tema de la precariedad de la vida. La vida se ha vuelto inmensamente precaria, y el hombre, que por su mandato de que por su mandato de masculinidad, tiene la obligación de ser fuerte, de ser el potente, no puede más y tiene muchas dificultades para poder serlo. Y esas dificultades no tienen que ver como dicen por ahí, porque está afectado por el empoderamiento de las mujeres, que es un argumento que se viene utilizando mucho, que las mujeres se han empoderado y que los hombres se han debilitado por ello y por lo tanto reaccionan así… No. Lo que debilita a los hombres, lo que los precariza y los transforma en sujetos impotentes es la falta de empleo, la inseguridad en el empleo cuando lo tienen, la precariedad de todos los vínculos, el desarraigo de varias formas, el desarraigo de un medio comunitario, familiar, local… en fin, el mundo se mueve de una manera que no pueden controlar y los deja en una situación de precariedad, pero no como consecuencia del empoderamiento de las mujeres, sino como una consecuencia de la precarización de la vida, de la economía, de no poder educarse más, leer más, tener acceso a diversas formas de bienestar. Y eso también va en dirección de otra cosa que vengo afirmando: que hay formas de agresión entre varones que son también violencia de género.Yo afirmo que los varones son las primeras víctimas del mandato de masculinidad. Con esto no estoy queriendo decir que son víctimas de las mujeres, y quiero dejarlo bien en claro porque se me ha entendido de una manera equivocada muchas veces. Estoy diciendo que son víctimas de un mandato de masculinidad y una estructura jerárquica como es la estructura de la masculinidad. Son víctimas de otros hombres, no de las mujeres. Y esto también quiero dejarlo en claro, no es que el hombre se volvió impotente porque las mujeres se potencian, sino que se volvió impotente porque la vida se volvió precaria y los deja impotentes.

—Muchas mujeres reciben esta violencia como algo normal. ¿Por qué?

—Por eso, sobre todo en España, al principio, cuando en las primeras campañas por los derechos de la mujer empezaron a aparecer estas mujeres golpeadas en la televisión, fue muy fuerte y causó mucho impacto. Plantear que la violencia doméstica es un crimen creo que fue el mayor avance de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (Cedaw), es decir, que algo que es una costumbre puede ser un crimen. Es dificilísimo sobre todo en el campo del derecho dar ese paso, porque el derecho es como la santificación de todo lo que es la costumbre como ley. Pero la Cedaw dice: esta costumbre es un crimen, no puede ser transformada en ley. En ese caso de la violencia doméstica, de las violaciones domésticas se ha marchado en el camino de comprender que es un crimen. Ahora, lo que nos da a nosotros una pauta, una luz para entender mejor todo ese tema, es que cuando hay un óbito, cuando aparece un cuerpo, un asesinato de mujer nunca fue natural, ni antes ni ahora ni nunca. Y ahí vemos que hay una dificultad del derecho y del Estado en ganar terreno en este campo. Porque, sin ninguna duda, están en aumentando cada vez los feminicidios, ese verdadero genocidio de mujeres que estamos viviendo, de varias formas. Y eso lo sabemos porque ya hay más de 10 años de estadísticas en la mayor parte de los países.  Y además el avance en lo legal y lo forense respalda esta afirmación.

—Usted plantea que la violación es un acto disciplinador, un crimen de poder. ¿Qué se juega el agresor sexual en esos casos?

—Bueno, ese concepto es de altísima complejidad. Le cuesta mucho a la sociedad comprender a qué apunto. Mucha gente de bien, muy moral, saltó contra esto e intenta rápidamente diferenciarse de ese sujeto que considera anómalo, criminal, inmoral, en fin todo lo malo que se deposita en ese sujeto, en ese chivo expiatorio que es el agresor… y los otros hombres se salvan y dicen yo no soy eso. Yo eso lo pongo bajo un signo de interrogación. Yo creo que aquel último gesto que es un crimen, es producto de una cantidad de gestos menores que están en la vida cotidiana y que no son crímenes, pero son agresiones también. Y que hacen un caldo de cultivo para causar este último grado de agresión que sí está tipificado como crimen… pero que jamás se sucedería si la sociedad no fuera como es. Se sucedería en un psicópata, pero la mayor cantidad de violaciones y de agresiones sexuales a mujeres no son hechas por psicópatas, sino por personas que están en una sociedad que practica la agresión de género de mil formas pero que no podrán nunca ser tipificadas como crímenes. Por eso mi argumento no es un argumento antipunitivista de la forma clásica, en el sentido de que no se debe punir o sentenciar. Sí tiene que haber leyes y sentencias que sólo algunas veces llegan a materializarse. Pero en nuestros países sobre todo, en el mundo entero, pero especialmente en América Latina, de todos los ataques contra la vida, no solamente los de género sino de todos en general, los que llegan a una sentencia son una proporción mínima.  La eficacia material del derecho es ficcional, es un sistema de creencias, creemos que el derecho lleva a una condena. Pero claro que tiene que existir, el derecho, todo el sistema legal, el justo proceso y la punición. Lo que yo digo es que la punición, la sentencia no va a resolver el problema, porque el problema se resuelve allá abajo, donde está la gran cantidad de agresiones que no son crímenes, pero que van formando la normalidad de la agresión. Ninguno tomaría ese camino si no existiera ese caldo de cultivo.

—¿Y por qué algunos hombres toman ese camino y otros no? Porque si es un problema social ¿no afectaría a todos por igual?

—Y bueno, porque somos todos diferentes… yo no te puedo responder eso. Lo que sí te puedo asegurar es que los índices serían muchos menores si atacáramos la base, o sea, el hábito, las prácticas habituales. Tampoco hablo de una cultura de la violación, porque se habla mucho de eso, sobre todo en Brasil. Se habla mucho de una cultura violadora. Está bien, pero cuidado con la culturalización, porque el culturalismo, en el abordaje de estos temas, le da un marco de «normalidad», de costumbre. Como se hace con el racismo por ejemplo… es una costumbre. Yo tengo mucho miedo a esas palabras que terminan normalizando estas cuestiones.

—En relación a este tema, sobre que la violación es un crimen de poder, disciplinador, eso ¿se juega de la misma manera en el caso de los abusos de menores? Ya que generalmente los niños son abusados en su mayoría en las relaciones intrafamiliares o por integrantes de sus círculos cercanos, ¿se puede hacer una misma lectura o es distinto el análisis? 

—Yo creo que es un análisis distinto, porque ahí si entra la libido de una forma en que yo no creo que entra en las violaciones de mujeres. Yo no he investigado mucho ese tema, lo que sí puedo decir al respecto es que el agresor, el violador, el asediador en la casa lo hace porque puede. Porque también existe una idea de la paternidad que proviene de una genealogía muy antigua, que es el pater familias, como es en el Derecho Romano, que no era como lo concebimos hoy, como un padre, una relación parental. Sino que el padre era el propietario de la mujer, de los hijos y de los esclavos, todos en el mismo nivel. Entonces eso que ya no es más así, pero que en la genealogía de la familia, como la entendemos, persiste… la familia occidental, no la familia indígena. Pero sí la familia occidental, que tiene por debajo en sus orígenes la idea de la dueñidad del padre. Entonces, eso aun está muy patente. Tengo estudiantes que han trabajado este tema. Por ejemplo, el caso de un pastor evangélico que violaba a todas sus hijas, y lo que sale de ese estudio es que el hombre, en su interpretación, era dueño de esos cuerpos. Eso es algo que no está más en la ley, pero sí en la costumbre. Y el violador también es alguien que tiene que mostrarse dueño, en control de los cuerpos. Entonces el violador doméstico es alguien que accede a esos cuerpos porque considera que le pertenecen. Y el violador de calle es alguien que tiene que demostrar a sus pares, a los otros, a sus compinches, que es capaz. Son variantes de lo mismo, que es la posesión masculina como dueña, como necesariamente potente, como dueño de la vida.

—En su experiencia, ¿el violador se puede recuperar de alguna forma, con la cárcel o con algún tratamiento?

—Nunca vi un trabajo de reflexión, no lo podemos saber porque el trabajo que debemos hacer en la sociedad que es primero entender y luego reflexionar nunca fue hecho. Sólo después de hacer el trabajo que está pendiente todavía de hacer en el sistema penitenciario, podemos llegar a ese punto. No hay elementos suficientes. No estoy hablando de psicópatas. Porque, a diferencia de lo que dicen los diarios, la mayor parte de las agresiones sexuales no son perpetradas por psicópatas. Los mayores perpetradores son sujetos ansiosos por demostrar que son hombres. Si no se comprende qué papel tiene la violación y la masacre de mujeres en el mundo actual, no vamos a encontrar soluciones.

Quedan pendientes tantos temas… hablar, por ejemplo, sobre el papel de los medios que, según sus propias palabras, colaboran con exhibir públicamente la agresión a las mujeres hasta el hartazgo, haciendo de la victimización de las mujeres un espectáculo de fin de tarde o después de misa, reproduciendo hasta el hartazgo los detalles más morbosos y funcionando así como el «brazo ideológico de la estrategia de la crueldad»….  Esos y tantos otros. Será en otra oportunidad. La estaremos esperando.

Por Alejandra Ojeda Garnero | 26/02/2020 | 

Publicado enSociedad
Domingo, 05 Enero 2020 08:42

El punto sobre la i

El punto sobre la i

A más de un año de la revuelta popular contra el gobierno de Daniel Ortega, organizaciones feministas nicaragüenses denuncian el aumento de la violencia contra las mujeres y la persistencia de la represión al movimiento social. Sin embargo, la militancia continúa a pesar del estado de excepción y la acción paramilitar.

 

“Medio escondidas dentro de un centro comercial y abandonando el lugar de inmediato, antes que pudieran aparecer policías o paramilitares”. Así cantaron el ya reconocido himno feminista de origen chileno “Un violador en tu camino” un grupo de feministas nicaragüenses en Managua para denunciar las graves “violaciones de derechos humanos y torturas sexuales”, en el marco de la campaña mundial del 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

A más de un año de las revueltas de abril de 2018, ser activista o feminista en Nicaragua sigue siendo “encachimbado”, porque “las feministas somos las que hemos puesto el punto sobre la i estando en las luchas, sintiéndonos revolucionarias y habiendo estado muchas en la defensa de la revolución y la lucha de los setenta y ochenta”, apunta Leo Arguello, activista feminista del programa de radio Y ahora yo tengo la palabra en la ciudad de Matagalpa. “Ha cambiado todo nuestro mundo”, explica mientras señala la doble puerta de seguridad que han tenido que colocar en el local donde llevan años realizando actividades, “ahora tenemos medidas de seguridad y rejas porque nos amenazan, vigilan y encarcelan”.

El boicot gubernamental a las actividades del movimiento feminista en el país se mantiene y normaliza, mientras aumentan los casos de violencia. “Toda la vida luchando contra el patriarcado, y ahora se ha recrudecido, hemos atrasado 40 años”, explica Eva Molina, del Colectivo de Mujeres de Matagalpa, haciendo memoria de sus años de guerrillera sandinista. Aunque la justificación gubernamental es la inestabilidad política que vive el país desde abril de 2018, el movimiento feminista denuncia más de diez años de represión.

Desde que salió a la luz el caso de Zoilamérica –hijastra del actual presidente y líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (Fsln), Daniel Ortega, a quien denunció por violación y abuso en 1998– se produjo una ruptura “con la persona-partido partido-persona que es ahora el Frente Sandinista, porque nos posicionamos, cuestionamos, apoyamos, respaldamos. Desde ahí se produjo un quiebre [del Fsln] con los colectivos de mujeres y las feministas en general”, continúa Arguello. “Queríamos justicia aunque el perpetrador fuese el presidente de la República y el revolucionario; esperábamos que diera la cara, eso esperábamos, aun las feministas ilusionadas con una revolución… Y no lo hizo, al revés, se escondió detrás de Arnoldo Alemán [entonces presidente de Nicaragua por el Partido Liberal Constitucionalista, con quien Ortega pactó para evitar el desafuero parlamentario] y se respaldó en la Chayo [nombre con el que se conoce a Rosario Murillo, madre de Zoilamérica, pareja de Ortega y actual vicepresidenta]”.

En 2006, justo antes de que el Fsln ganara las elecciones y recuperara el poder, el Congreso nicaragüense aprobó por mayoría y con los votos del partido sandinista una reforma del Código Penal que castigaba el aborto terapéutico, con sentencias de hasta seis años de prisión, sin excepción en casos de embarazo de alto riesgo para la vida o salud de la mujer, malformaciones graves del feto, o violación o incesto, incluso en menores de edad. Como justificación y confirmación del giro político, tras esta votación, Murillo declaró: “Somos enfáticos: no al aborto, sí a la vida. Sí a las creencias religiosas, sí a la fe, sí a la búsqueda de Dios, que es lo que nos fortalece todos los días para reemprender el camino… El Fsln respalda la posición de la Iglesia Católica y de las iglesias en general contra el aborto en cualquiera de sus formas, porque es un atentado contra la fe, contra la vida”.

Desde el primer Código Penal en 1837 el aborto estaba parcialmente despenalizado en Nicaragua. El pacto del sandinismo con los sectores conservadores de la Iglesia, según denunció el movimiento feminista, ignoraba los derechos humanos –a la salud, a la vida– y civiles de las mujeres nicaragüenses. Posteriormente, gracias a la presión del movimiento feminista, en 2012 se impulsó el debate público sobre las violencias contra las mujeres y se aprobó una ley integral que consiguió estipular y visibilizar, aparte de las violencias física, económica y psicológica que se enmarcan en la problemática de la violencia machista. Con esta normativa, también nacieron las comisarías de la mujer (con capacitaciones de género en colaboración con los colectivos feministas) y las casas de la diversidad sexual, cuyo objetivo era generar espacios para desestigmatizar y defender los derechos de la comunidad Lgbti.

Una victoria eventual, ya que pocos meses después desaparecieron las casas, las autoridades quitaron las banderas moradas y de arco iris, desmantelaron las comisarías de género, y descafeinaron y retiraron partes de la ley integral. Desde el Estado se agudizó la persecución y estigmatización de la lucha feminista, de la mano de Rosario Murillo, quien atacaba “la distorsión del feminismo, la manipulación de sus banderas, la deformación de sus contenidos, la disposición de sus postulados para la Causa del Mal en el mundo”.

AUMENTO DE LAS VIOLENCIAS. 

Tras la llamada crisis de abril hubo un repunte de expresiones machistas y agresiones sexuales, una práctica que buscaba, con crueldad y saña, imponer un castigo por medio de la humillación, posesión y dominación de las disidencias políticas. “Los cuerpos de las mujeres son el campo de batalla y la recompensa con la que se sirven agresores y políticos”, declara Molina ante el incremento de feminicidios, embarazos forzados de niñas y adolescentes y violaciones, muchas grupales y perpetradas durante los encarcelamientos de presas y presos políticos, según el informe de Amnistía Internacional de octubre de 2018, “Sembrando el terror: De la letalidad a la persecución en Nicaragua”.

“Apareció otro cuerpo, ¿cuántos llevamos? El miedo que tenemos es que se normalice de tal forma que ya no nos asuste el cuerpo de una mujer con signos de tortura, violación, estrangulamiento, cuchilladas o golpes en la cabeza, cuello y espalda”, lamenta Arguello. La militarización de las calles y la presencia de paramilitares han aumentado la inseguridad y el acoso. “Antes te podías enfrentar, pero ahora no. Hay miedo, y no sabes si es un paramilitar armado”, relata una joven activista de otro colectivo feminista, Las Venancias, que ha preferido no dar su nombre. “‘Esto te pasa por andar ganchoneando en la calle, es lo que andabas buscando’, eso es lo que te dicen, porque ese es el castigo por ser una mala mujer”, termina.

Entre la persecución, el desmantelamiento de la ley integral contra la violencia hacia las mujeres y el estado de sitio de facto impuesto desde setiembre de 2018, han disminuido las denuncias. “Ahora no hay autoridad que valga, no hay policía que resguarde, sino que son los propios policías los que violan, acosan o permiten. Los que andan en la calle han sido armados por las propias autoridades, por lo tanto, si me entregas un arma, hago lo que quiero: asalto, violo, robo, golpeo y asesino”, continúa la activista.

El Colectivo de Mujeres de Matagalpa visita mensualmente desde hace años diferentes comunidades rurales, y brinda formaciones y trabajo a las mujeres: “Ahorita hay una práctica en muchas zonas rurales alrededor de Matagalpa, a donde llegan los armados encapuchados por la noche, asaltan, roban las pertenencias, amarran a los hombres, violan a las mujeres, se van y amenazan: ‘Si hablan, si dicen algo, volvemos para quemarlos a todos aquí’”, describe Molina. La violación de muchas mujeres ha sido no sólo un acto que atenta individualmente contra su vida, cuerpo y dignidad, sino un mensaje simbólico con aleccionadores por razón de género.

ARTICULACIÓN Y RESISTENCIA. 

Agresores, violadores, feminicidas. El muro de la denuncia de Matagalpa, ciudad del norte de Nicaragua, señala con nombres y apellidos y los expone ante toda la ciudad. “Si no funciona la justicia legal, que funcione la denuncia social”, argumentan desde el Colectivo de Mujeres de Matagalpa. La idea del muro surgió hace cinco años como un mecanismo más de denuncia y protección –imitando la tradición de las pulperías, pequeñas tiendas de comestibles y ultramarinos, que históricamente apuntaban los nombres de los morosos en sus puertas– ante la situación de vulnerabilidad legal en la que se encuentran las mujeres.

Un ejemplo de desafío y desobediencia en un contexto en el que, por el aumento de la represión, muchos colectivos han tenido que inventar prácticas de seguridad, cerrar sus puertas, esconder a sus compañeras o incluso exiliarlas. Actualmente se contabilizan más de 88 mil personas exiliadas desde abril de 2018, según datos de un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos del pasado octubre.

Mientras el gobierno continúa con el estado de excepcionalidad, la propaganda antigolpista y antifeminista, las detenciones y el boicot a las actividades, las activistas sostienen el movimiento y las campañas. Muchas de ellas bajo el paraguas de la Articulación Feminista de Nicaragua, movimiento amplio de organizaciones feministas de todo el país que el pasado 25 de noviembre volvió a denunciar un “régimen regresivo que alienta y protege a los agresores y ejerce la violencia de Estado”.

(Tomado de El Salto, por convenio. Brecha reproduce fragmentos, titulación propia.)

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Flora Tristán Unión Obrera. Biografía de Flora Tristán

Unión Obrera es uno de los primeros libros de la historia del socialismo, donde se esboza la teoría del plusvalor, se sostiene la indispensable igualdad entre mujeres y hombres y se apela a la formación de un partido obrero. Flora Tristán, su autora, escribió en él las palabras que más tarde Carlos Marx y Federico Engels volvieron famosas en 1848: Obreros y obreras del mundo, uníos. Era 1843 y Flora urgía ya a la clase trabajadora a defender su derecho al trabajo y a la vida. Abogaba por las mujeres, “la mitad de la humanidad”, en cuanto que asumía las experiencias de mujer como conocimientos válidos, adelantándose a la más importante afirmación feminista del siglo XX: que la vida personal e íntima es convertida en privada, esto es, excluida de la importancia pública, mediante una maniobra política, lo cual revela que lo privado es político.

 

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La masculinidad de las élites y la ceguera de la izquierda

 

 

El concepto de masculinidad se encuentra directamente relacionado con ser élite o aspirar a serlo. La falta de visión de conjunto de la izquierda es un obstáculo para elaborar estrategias globales.

Vivimos una etapa de crisis de la masculinidad que se ha visto acentuada por la crisis económica. El hombre de la sociedad neoliberal está asistiendo con ansiedad a la ruptura de todas las promesas que se le hicieron. Le prometieron ser el primero, sin embargo, ser el primero no suponía tener buenos derechos sino que los que estén por detrás los tengan peores.

En el pack de la hombría iba incluida la necesidad de tener como plan de vida subir en la escala social pero el ascensor social que iba a llevar a muchos trabajadores a la clase media-alta a base de su esfuerzo está averiado. La escala social no es solo una serie de compartimentos separados en función de su renta sino que también entiende de género. Subes para obtener más poder y obtienes más poder aumentando tu renta o aumentando tu virilidad. Dicho de otro modo, para trepar por la escala social tienes que ser más rico y/o más hombre.

WINNER-LOSERS, COMPETICIÓN ENTRE HOMBRES COMO FORMA DE VIDA

En este momento que nos ha tocado vivir el hombre tiene que ser un winner y, cuando no lo es, está frustrado o se siente fracasado en algún aspecto de su vida laboral y económica, le surge la necesidad de reafirmar su masculinidad por medio de cualquier otra característica de las que identifica como propias del hombre.

¿Cuántos hombres habrán tenido hijos solo para sentirse completos como hombres, porque sentían que era algo que estaban obligados a hacer? De entre esos hombres, ¿cuántos quieren realmente tener hijos? El hombre es el que lleva dinero y comida a casa, el que provee, y para cumplir con ese rol tiene que ser padre. Sería bien difícil calcular la cantidad de paternidades forzadas que irremediablemente pueden dañar a los hijos.

¿Alguien que ha sido padre por obligación va a ser un buen padre? Tal vez sí, pero tiene muchas papeletas para que no se dé el caso. El primer referente (para bien o para mal) de un hijo siempre es su padre, esta figura es la que proporciona al niño las primeras nociones de lo que se espera de un hombre en nuestra sociedad. Si el padre forma los cimientos de la masculinidad del hijo, ¿como iban a ser buenos esos cimientos si en muchos casos se fuerza la paternidad?

La competitividad extrema entre hombres puede llevar a que uno se considere un triunfador siendo un currante de clase baja y humille a un compañero que está en las mismas circunstancias

De entre los valores más representativos del género masculino destaca la competitividad. Cuando el hombre siente su virilidad atacada necesita dejar claro que es más hombre que los demás y, si no puede serlo, humillar al que sea menos hombre que él. La competitividad extrema entre hombres puede llevar a que uno se considere un triunfador siendo un currante de clase baja y humille a un compañero que está en las mismas circunstancias pero que encaja peor en el modelo de masculinidad hegemónica. Porque un hombre no puede ser un nadie, tiene que ser más que los que le rodean.

LA MASCULINIDAD FRENTE A LA POLÍTICA DE LAS EMOCIONES

La política tiene que dar salida a los sentimientos del pueblo para lograr seguir viéndose legitimada ante él. El hombre está frustrado y cuando una emoción es compartida se puede decir que es una frustración política.

La respuesta a este sentimiento hasta ahora se ha visto monopolizada con bastante éxito por opciones políticas que van desde la derecha anti-establishment y populista, como Trump o Le Pen, a una derecha ultraconservadora renovada —Vox en España— que prometen una visión de país en la que 'el hombre vuelva a ser hombre', devuelto a sus esencias después de haber sido desnaturalizado por las denominadas “ideologías de género” o el “lobby LGTB”.

El feminismo es la pelea de un colectivo oprimido, el de las mujeres, contra la estructura del género como autoridad, como poder. No hay lucha más antisistema que el feminismo

Desde la izquierda ha faltado analizar toda esta situación desde la nueva ola de activismo feminista que barre el país cada 8M. Se ha contentado con decir a las feministas un simple 'vale', 'adelante', 'seguid por ahí que nosotros, los hombres, nos encargamos del resto' demostrando una enorme ceguera.

La estructura del género y la estructura de clases son dos pilares de un mismo sistema. Las luchas LGTB y feministas no son políticas sectoriales por mucho que desde algunos altares de la izquierda las miren casi como si de un hobby se tratara. Desde esos enfoques unos se encargan de sus luchas personales, de sus 'cosas de maricas' o sus 'cosas de mujeres', mientras que otros, aquellos que se llenan la boca de clases sociales, se dedican a cambiar el mundo, a derrumbar el sistema.

La mala costumbre de separar en compartimentos estancos diferentes luchas provoca que se obvien las relaciones entre ellas. El error está en pensar que género y clases sociales son cosas diferenciadas cuando se trata de dos conceptos entremezclados difíciles de separar y para acabar con la opresión que ejercen es necesario tener visión de conjunto. No se trata de mujeres contra hombres, no es la "guerra de los sexos" sino que es una lucha por el poder.

El feminismo es la pelea de un colectivo oprimido, el de las mujeres, contra la estructura del género como autoridad, como poder. No hay lucha más antisistema que el feminismo.

EL FEMINISMO Y LAS ÉLITES

A menudo se presenta el debate en el feminismo sobre los 'techos de cristal'. Se acusa a quienes centran sus reivindicaciones en este concepto de estar utilizando el feminismo como mera herramienta para que un pequeño porcentaje de mujeres se incorpore a la élite. Si bien la crítica es legítima y cargada de verdad, este discurso liberal puede ser útil para los discursos más radicales. Del mismo modo que unas pocas mujeres privilegiadas malvenden la lucha feminista por aumentar su cuota de poder, también la masa feminista puede aprovecharse de esta élite.

Si una mujer privilegiada, en nombre del feminismo, rompe el techo de cristal adquiere una cuota de poder que el sistema tenía reservada para los hombres. Con esto abre la posibilidad de cuestionar la lógica hombre=poder. Si el poder ya no es una característica propia y exclusiva del hombre, de aquel que cumple todos los requisitos de la masculinidad hegemónica, entonces se puede cuestionar por qué tenía ese poder previamente y por qué debería seguir teniéndolo. Se cuestiona el derecho a existir de la élite.

Independientemente de que exista la posibilidad real de hacerlo, subir por la escala social es una necesidad inculcada en los hombres que condiciona todos sus posicionamientos políticos

La masculinidad hegemónica es la mayor representación del poder porque el que lo ostenta no solo tiene que tener la capacidad de aplicarlo, sino que necesita ser percibido como poderoso. Los roles de género en el caso del hombre pueden servir para ser identificado como superior a los demás, te da tu lugar en la jerarquía de clases sociales. La masculinidad encuentra su utilidad como performatividad de las élites y el mejor instrumento de legitimación del sistema de clases.

Ese objetivo recurrente de la izquierda que es la unidad popular, apelar a las luchas colectivas... se vuelve complicado de articular cuando la mitad de la población tiene metido en la cabeza desde niño el principio imperativo de luchar para ser superior que tu hermano, tu vecino o tu compañero de trabajo. Las prácticas de género asientan las clases sociales.

¿Cómo pretendemos tener una clase trabajadora organizada contra las élites si la masculinidad dice a los hombres que deben aspirar a ser élites? La falta de empatía, la competitividad, el individualismo, el egoísmo... Todas características que definen por igual a la masculinidad hegemónica que a las élites poderosas.

Independientemente de que exista la posibilidad real de hacerlo, subir por la escala social es una necesidad inculcada en los hombres que condiciona todos sus posicionamientos políticos.

Cualquier movimiento o ideología que aspire a construir un contrapoder y deje al margen el análisis de la masculinidad se encontrará con que será incapaz de crear sujetos políticos mayoritarios que se encuentren cómodos en una lucha de clases.

Por David Arribas

elsaltodiario.com

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“Nos juramos nocturnas, nos juramos rebeldes”*

El pasado 26 de mayo, en la ciudad de Bogotá inició la IV semana contra el acoso callejero, actividad en la que se realizaron diversas acciones y contó con la participación de distintas colectividades y voluntades que se juntaron en el reclamo por las calles libres de acoso, por las noches para la vida y no para la muerte. ¿Quiénes habitan esas noches y de qué maneras? ¿Qué pasa con quienes se atreven a estar en el espacio público por fuera de lo establecido o impuesto? ¿Qué pasa con quienes la noche es su medio de relación o trabajo? ¿Por qué las calles parecen no ser nuestras?

 

En esta ocasión nos reunimos precisamente alrededor de los significados de “la noche” y la reivindicación del aquelarre urbano, articulando diversos debates y voces que, desde contextos y experiencias diversas, muestran las condiciones que para cada cuerpo implica transgredir las fronteras y conspirar rebeldías en las calles. A la cita de organización llegaron varios parches con una amplia gama de acciones que se unieron desde cada uno de sus espacios y posibilidades al grito: ¡Por las calles libres de acoso!

 


 

El silencio no es una opción: el reto de organizar y el esfuerzo colectivo*

 

La semana contra el acoso callejero, nace de un colectivo neoyorkino llamado “Stop Street Harassment” en el año 2011 –aproximadamente–, quienes plantearon la organización de una semana de denuncia donde se visibilizaran las violencias normalizadas en la calle a través de actividades en el espacio público.

Esta incitativa se extendió a nivel internacional y en Colombia la realizamos por primera vez en el 2014, cuando la Colectiva “No Me Calle” tenía el nombre de “Observatorio contra el acoso callejero”; fue una experiencia muy enriquecedora que contó con actividades como cine foros, clases de defensa personal, talleres sobre acoso callejero y culminó con una marcha en la que participaron muchas personas y colectivas feministas de Bogotá; para el año 2015 también pudimos hacerla con una dinámica muy similar.

En el 2017, bajo el nombre de “No Me Calle”, organizamos como colectiva una semana con participación más inclusiva, llegando a la intervención con 12 parches más o menos. Esta experiencia contó con muchas discusiones que desde agrupaciones en las universidades se iban generando, así mismo colectivas que ya venían ocupándose de estos debates en sus contextos se unieron con sus talleres, actividades y posturas al interior de los claustros. Allí se desarrollaron varias acciones de denuncia a partir de rayar e intervenir los espacios y de tomarnos los mismos con arengas, performances, tendederos, gráficos etc., cerramos también con marchas, en la que se contó con batucadas feministas.

La iniciativa siempre procura plantear actividades de toma de espacios y pensarnos estos temas naturalizados en la cotidianidad de las personas, es emocionante que de momento la gente se encuentre con mujeres que visibilizan esto de muchas formas, que nuestra apuesta sea siempre contar que “nos matan, nos violan y nadie dice nada”.

En este sentido decidimos abrirnos este año 2019 para invitar más colectivos. Además de ser una experiencia enriquecedora fue muy divertida, conocimos el trabajo de todas, y procuramos la descentralización ya que siempre hacemos las cosas en los mismos lugares y aunque ha sido complejo poner y activar estas discusiones, seguiremos trabajando.

Hubo tendederos, cartografías, tejido, cine foro, talleres en universidades, conversatorios sobre las perspectivas de mujeres trans, sobre las agresiones en las universidades, hablamos con grafiteras, con mujeres ciclistas urbanas, con trabajadoras nocturnas y consideramos muy poderosa la articulación.

Nuestros retos serán precisamente estos desde la diversidad y cómo seguirnos uniendo para dialogar sobre la noche, la calle, la resistencia; estas iniciativas nacen para visibilizar el tema, pero necesitamos hacerlo de diferentes formas, pensarnos entre todas como irrumpir de formas creativas en la cotidianidad y posicionarnos.

Queremos, llegar a la semana nacional contra el acoso callejero, la actividad sigue creciendo y esperamos que siga así.

 

*Colectiva NoMeCalle, transcribe Mujeres de Mi Barrio


 

Uniendo voluntades, conspirando la noche en dos ruedas*

 

Tuvimos una experiencia muy fuerte y poderosa, articulando nuestras acciones en contexto a la semana contra el acoso, nuestra apuesta de poder seguir trabajando juntas, sin importar las distancias y los territorios, se materializaron en la bici rodada que tuvimos el 31 de mayo. Se unieron desde Medellín, Cali, Barranquilla, Paipa y llegó también a Quito, eso visibiliza el poder de las mujeres y nuestros alcances.

Estuvimos presentes en el conversatorio “Nos juramos nocturnas” y como relatoras en el conversatorio de la Red Popular Trans. Fue interesante, porque pensamos que íbamos a estar las mismas de siempre o parches de solo gente de la bici, pero nos sorprendimos con la diversidad de opiniones y de posturas, fueron otras personas que nos exigen también dar otras discusiones y de otras maneras, son otros diálogos.

Por ejemplo, a veces no estamos en espacios donde haya tanta presencia masculina, pero cuando existe el reto, nos planteamos cómo mostrar estas reflexiones y cómo hacer para que también allí se cuestionen. De esa actividad salieron preguntas sobre el cambio de esos comportamientos y eso es interesante en la discusión sobre el acoso.


Logramos ver también la noche desde diferentes lugares y como las habitamos, como la resignificamos, es interesante aprender desde otras perspectivas en la existencia nocturna, las discusiones sobre la valentía, el miedo, el arriesgarse, el colectivo, el poder, la defensa y también la diversión, porque la calle es nuestra.


El día de la rodada, a pesar de las dificultades empezando con el clima, creemos que se cumplió con el objetivo que era rodar. Por primera vez fuimos más chicas que chicos, pudimos poner nuestra música, hacer nuestras rutas y vemos que nos podemos organizar muy bien, cuidarnos entre nosotras, e incluso a pesar del tema, vimos cómo nos acosaban en la calle cuando estábamos en las bicis y con tanta gente.
Seguiremos mejorando, aprendiendo y apostándole a la noche.

 

* Colectivo Ciclodelicas y Red nacional interseccional de mujeres y disidencias en bicicleta (Redimit), transcribe Mujeres de mi Barrio

 


 

Nos tomamos los barrios, la loma, la noche y el corazón*

 

Nuestra propuesta en esta actividad, ha sido posicionar el feminismo en el barrio y el barrio en el feminismo; encontramos que el acoso callejero se vive de maneras diferentes en los barrios populares de Bogotá, y que pocas veces estas discusiones llegan a las calles y a las mujeres que allí vivimos.

Durante mucho tiempo se ha abanderado la actividad contra el acoso desde los contextos universitarios y claro que coincidimos en su importancia, potencialidad y trascendencia; sin embargo, queremos insistir en que esta situación también puede complejizarse y se amplía la discusión entonces cuando encontramos otros significados de las violencias en otros contextos, en nuestro caso desde las lomas de la localidad de San Cristóbal.

La apuesta de “Las Fuchas”, brujas del territorio ancestral, como agrupación de voluntades de mujeres de diferentes organizaciones populares de esta localidad para la semana contra el acoso, fue visibilizar estas diversidades. Nuestros temas giran en torno a la noche y la calle, donde por supuesto hablamos del peligro, el cuidado, la defensa y la invisibilización y naturalización de las violencias; pero también donde reivindicamos la resistencia, las alternativas populares, las voces de las mujeres qué poco importan para muchxs y la vida misma, ante la supervivencia y la habitabilidad del espacio; en lugares con discusiones importantes de la marginalidad del sistema y la reivindicación y el cuestionamiento de las realidades de la llamada “periferia”.

Allí, desde esta potencialización del margen y el borde, también nos apropiamos y resignificamos los espacios públicos con intervenciones gráficas, tendederos, fotografía, proyecciones audiovisuales en la noche y nos unimos para apostarle a la alegría de celebrarse en las calles que hacemos nuestras de muchas formas.

* Las Fuchas

 



Entrelazando tejidos de resistencia en las calles*

 

El acoso que sufren las mujeres en los espacios públicos es un tema que ha tomado fuerza en las discusiones sobre el derecho a la ciudad. En Bogotá es urgente crear iniciativas que promuevan espacios públicos libres de violencias ya que según el reporte de la organización Plan Internacional, “[Bogotá] reúne todas las características para ser la ciudad con mayor riesgo de acoso sexual para niñas y mujeres jóvenes en el mundo”**. Por tanto, buscamos hacer juntanza con varias colectividades para transformar imaginarios sexistas desde diferentes acciones directas en la ciudad y con distintos lenguajes. Una de estas actividades fue la realizada mediante el lenguaje de tejido por la colectiva Entrelazadas en la Plaza Chorro de Quevedo donde se expuso un tendedero con mensajes contra el acoso, se invitó a diferentes personas a dejar su mensaje y se hicieron con telas muchos banderines para la rodada contra el acoso callejero del viernes 31 de mayo.

* Entrelazadas, transcribe Mujeres de mi Barrio

 


 

La fortaleza que tenemos las mujeres cuando nos juntamos

 

La semana contra el acoso callejero va tomando más fuerza en cuanto se logran articular y poner en diálogo la diversidad de mujeres que habitamos la ciudad. Esta iniciativa es la muestra de los lenguajes, capacidades y acciones que las mujeres bogotanas hemos ido construyendo y posicionando en el espacio público y político, al tiempo que nos demuestra la fortaleza que tenemos las mujeres cuando nos juntamos. La expectativa queda más alta cada versión que pasa, pues cada colectividad y/o individualidad que se suma a trabajar por este tipo de espacios enciende una luz para alumbrar el camino de resistencia y (re)existencia para las mujeres, no sólo en las ciudades, sino en todos los espacios que habitamos.

 


 

* Este artículo está construido desde las voces de algunos de los colectivos que hicieron parte de la materialización de esta apuesta, visibilizando las experiencias que desde cada parche nos permitió juntarnos.
** Redacción Bogotá. Periódico El Espectador (04/10/2018). Disponible en: https://www.elespectador.com/bogota-la-ciudad-mas-insegura-para-ninas-y-mujeres-por-acoso-sexual-nivel-mundial-articulo-816181

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“Nos juramos nocturnas, nos juramos rebeldes”*

El pasado 26 de mayo, en la ciudad de Bogotá inició la IV semana contra el acoso callejero, actividad en la que se realizaron diversas acciones y contó con la participación de distintas colectividades y voluntades que se juntaron en el reclamo por las calles libres de acoso, por las noches para la vida y no para la muerte. ¿Quiénes habitan esas noches y de qué maneras? ¿Qué pasa con quienes se atreven a estar en el espacio público por fuera de lo establecido o impuesto? ¿Qué pasa con quienes la noche es su medio de relación o trabajo? ¿Por qué las calles parecen no ser nuestras?

 

En esta ocasión nos reunimos precisamente alrededor de los significados de “la noche” y la reivindicación del aquelarre urbano, articulando diversos debates y voces que, desde contextos y experiencias diversas, muestran las condiciones que para cada cuerpo implica transgredir las fronteras y conspirar rebeldías en las calles. A la cita de organización llegaron varios parches con una amplia gama de acciones que se unieron desde cada uno de sus espacios y posibilidades al grito: ¡Por las calles libres de acoso!

 


 

El silencio no es una opción: el reto de organizar y el esfuerzo colectivo*

 

La semana contra el acoso callejero, nace de un colectivo neoyorkino llamado “Stop Street Harassment” en el año 2011 –aproximadamente–, quienes plantearon la organización de una semana de denuncia donde se visibilizaran las violencias normalizadas en la calle a través de actividades en el espacio público.

Esta incitativa se extendió a nivel internacional y en Colombia la realizamos por primera vez en el 2014, cuando la Colectiva “No Me Calle” tenía el nombre de “Observatorio contra el acoso callejero”; fue una experiencia muy enriquecedora que contó con actividades como cine foros, clases de defensa personal, talleres sobre acoso callejero y culminó con una marcha en la que participaron muchas personas y colectivas feministas de Bogotá; para el año 2015 también pudimos hacerla con una dinámica muy similar.

En el 2017, bajo el nombre de “No Me Calle”, organizamos como colectiva una semana con participación más inclusiva, llegando a la intervención con 12 parches más o menos. Esta experiencia contó con muchas discusiones que desde agrupaciones en las universidades se iban generando, así mismo colectivas que ya venían ocupándose de estos debates en sus contextos se unieron con sus talleres, actividades y posturas al interior de los claustros. Allí se desarrollaron varias acciones de denuncia a partir de rayar e intervenir los espacios y de tomarnos los mismos con arengas, performances, tendederos, gráficos etc., cerramos también con marchas, en la que se contó con batucadas feministas.

La iniciativa siempre procura plantear actividades de toma de espacios y pensarnos estos temas naturalizados en la cotidianidad de las personas, es emocionante que de momento la gente se encuentre con mujeres que visibilizan esto de muchas formas, que nuestra apuesta sea siempre contar que “nos matan, nos violan y nadie dice nada”.

En este sentido decidimos abrirnos este año 2019 para invitar más colectivos. Además de ser una experiencia enriquecedora fue muy divertida, conocimos el trabajo de todas, y procuramos la descentralización ya que siempre hacemos las cosas en los mismos lugares y aunque ha sido complejo poner y activar estas discusiones, seguiremos trabajando.

Hubo tendederos, cartografías, tejido, cine foro, talleres en universidades, conversatorios sobre las perspectivas de mujeres trans, sobre las agresiones en las universidades, hablamos con grafiteras, con mujeres ciclistas urbanas, con trabajadoras nocturnas y consideramos muy poderosa la articulación.

Nuestros retos serán precisamente estos desde la diversidad y cómo seguirnos uniendo para dialogar sobre la noche, la calle, la resistencia; estas iniciativas nacen para visibilizar el tema, pero necesitamos hacerlo de diferentes formas, pensarnos entre todas como irrumpir de formas creativas en la cotidianidad y posicionarnos.

Queremos, llegar a la semana nacional contra el acoso callejero, la actividad sigue creciendo y esperamos que siga así.

 

*Colectiva NoMeCalle, transcribe Mujeres de Mi Barrio


 

Uniendo voluntades, conspirando la noche en dos ruedas*

 

Tuvimos una experiencia muy fuerte y poderosa, articulando nuestras acciones en contexto a la semana contra el acoso, nuestra apuesta de poder seguir trabajando juntas, sin importar las distancias y los territorios, se materializaron en la bici rodada que tuvimos el 31 de mayo. Se unieron desde Medellín, Cali, Barranquilla, Paipa y llegó también a Quito, eso visibiliza el poder de las mujeres y nuestros alcances.

Estuvimos presentes en el conversatorio “Nos juramos nocturnas” y como relatoras en el conversatorio de la Red Popular Trans. Fue interesante, porque pensamos que íbamos a estar las mismas de siempre o parches de solo gente de la bici, pero nos sorprendimos con la diversidad de opiniones y de posturas, fueron otras personas que nos exigen también dar otras discusiones y de otras maneras, son otros diálogos.

Por ejemplo, a veces no estamos en espacios donde haya tanta presencia masculina, pero cuando existe el reto, nos planteamos cómo mostrar estas reflexiones y cómo hacer para que también allí se cuestionen. De esa actividad salieron preguntas sobre el cambio de esos comportamientos y eso es interesante en la discusión sobre el acoso.


Logramos ver también la noche desde diferentes lugares y como las habitamos, como la resignificamos, es interesante aprender desde otras perspectivas en la existencia nocturna, las discusiones sobre la valentía, el miedo, el arriesgarse, el colectivo, el poder, la defensa y también la diversión, porque la calle es nuestra.


El día de la rodada, a pesar de las dificultades empezando con el clima, creemos que se cumplió con el objetivo que era rodar. Por primera vez fuimos más chicas que chicos, pudimos poner nuestra música, hacer nuestras rutas y vemos que nos podemos organizar muy bien, cuidarnos entre nosotras, e incluso a pesar del tema, vimos cómo nos acosaban en la calle cuando estábamos en las bicis y con tanta gente.
Seguiremos mejorando, aprendiendo y apostándole a la noche.

 

* Colectivo Ciclodelicas y Red nacional interseccional de mujeres y disidencias en bicicleta (Redimit), transcribe Mujeres de mi Barrio

 


 

Nos tomamos los barrios, la loma, la noche y el corazón*

 

Nuestra propuesta en esta actividad, ha sido posicionar el feminismo en el barrio y el barrio en el feminismo; encontramos que el acoso callejero se vive de maneras diferentes en los barrios populares de Bogotá, y que pocas veces estas discusiones llegan a las calles y a las mujeres que allí vivimos.

Durante mucho tiempo se ha abanderado la actividad contra el acoso desde los contextos universitarios y claro que coincidimos en su importancia, potencialidad y trascendencia; sin embargo, queremos insistir en que esta situación también puede complejizarse y se amplía la discusión entonces cuando encontramos otros significados de las violencias en otros contextos, en nuestro caso desde las lomas de la localidad de San Cristóbal.

La apuesta de “Las Fuchas”, brujas del territorio ancestral, como agrupación de voluntades de mujeres de diferentes organizaciones populares de esta localidad para la semana contra el acoso, fue visibilizar estas diversidades. Nuestros temas giran en torno a la noche y la calle, donde por supuesto hablamos del peligro, el cuidado, la defensa y la invisibilización y naturalización de las violencias; pero también donde reivindicamos la resistencia, las alternativas populares, las voces de las mujeres qué poco importan para muchxs y la vida misma, ante la supervivencia y la habitabilidad del espacio; en lugares con discusiones importantes de la marginalidad del sistema y la reivindicación y el cuestionamiento de las realidades de la llamada “periferia”.

Allí, desde esta potencialización del margen y el borde, también nos apropiamos y resignificamos los espacios públicos con intervenciones gráficas, tendederos, fotografía, proyecciones audiovisuales en la noche y nos unimos para apostarle a la alegría de celebrarse en las calles que hacemos nuestras de muchas formas.

* Las Fuchas

 



Entrelazando tejidos de resistencia en las calles*

 

El acoso que sufren las mujeres en los espacios públicos es un tema que ha tomado fuerza en las discusiones sobre el derecho a la ciudad. En Bogotá es urgente crear iniciativas que promuevan espacios públicos libres de violencias ya que según el reporte de la organización Plan Internacional, “[Bogotá] reúne todas las características para ser la ciudad con mayor riesgo de acoso sexual para niñas y mujeres jóvenes en el mundo”**. Por tanto, buscamos hacer juntanza con varias colectividades para transformar imaginarios sexistas desde diferentes acciones directas en la ciudad y con distintos lenguajes. Una de estas actividades fue la realizada mediante el lenguaje de tejido por la colectiva Entrelazadas en la Plaza Chorro de Quevedo donde se expuso un tendedero con mensajes contra el acoso, se invitó a diferentes personas a dejar su mensaje y se hicieron con telas muchos banderines para la rodada contra el acoso callejero del viernes 31 de mayo.

* Entrelazadas, transcribe Mujeres de mi Barrio

 


 

La fortaleza que tenemos las mujeres cuando nos juntamos

 

La semana contra el acoso callejero va tomando más fuerza en cuanto se logran articular y poner en diálogo la diversidad de mujeres que habitamos la ciudad. Esta iniciativa es la muestra de los lenguajes, capacidades y acciones que las mujeres bogotanas hemos ido construyendo y posicionando en el espacio público y político, al tiempo que nos demuestra la fortaleza que tenemos las mujeres cuando nos juntamos. La expectativa queda más alta cada versión que pasa, pues cada colectividad y/o individualidad que se suma a trabajar por este tipo de espacios enciende una luz para alumbrar el camino de resistencia y (re)existencia para las mujeres, no sólo en las ciudades, sino en todos los espacios que habitamos.

 


 

* Este artículo está construido desde las voces de algunos de los colectivos que hicieron parte de la materialización de esta apuesta, visibilizando las experiencias que desde cada parche nos permitió juntarnos.
** Redacción Bogotá. Periódico El Espectador (04/10/2018). Disponible en: https://www.elespectador.com/bogota-la-ciudad-mas-insegura-para-ninas-y-mujeres-por-acoso-sexual-nivel-mundial-articulo-816181

Publicado enEdición Nº258
Diez rasgos para un ecosocialismo feminista y revolucionario

Llamamos ecosocialismo al razonamiento que consiste en vincular personas explotadas y oprimidas. Este razonamiento prepara la llegada de una sociedad socialista democrática, no productivista, sin dominación ni explotación, respetuosa y prudente respecto al resto de la naturaleza.

Concepto abierto, el ecosocialismo implica un cierto número de interpretaciones diferentes. Los francófonos probablemente conocen el ecosocialismo de JL. Mélenchon, que es de tendencia más bien estatista y soberanista. En algunos países, una socialdemocracia de gestión o de los partidos verdes muy mainstream afirman actuar con una perspectiva ecosocialista. No se puede por lo tanto hablar en general del ecosocialismo. Los diez rasgos propuestos más abajo resumen las concepciones ecosocialistas de la corriente marxista-revolucionaria internacional a la que pertenezco.

1. Nuestro ecosocialismo deriva de cuatro declaraciones:


-La necesidad de un programa de transición anticapitalista que ya considere las limitaciones ecológicas y aporte respuestas a la destrucción ecológica. Por lo tanto divergimos de las corrientes políticas que aplazan la protección y la restauración del entorno al “día de mañana” del postcapitalismo;
-la necesidad de una estrategia basada en la acción directa, democrática y auto-organizada de las personas explotadas y oprimidas, en una perspectiva internacionalista y en el respeto a la autonomía de los movimientos sociales así como en el derecho a la auto-organización de las mujeres y en general, de las capas oprimidas;

-la profundísima crisis de sentidos y valores que mina la sociedad capitalista. La dominación del valor abstracto y el patriarcado capitalista son la base de una inversión entre las necesidades y la producción, entre trabajo vivo y trabajo muerto, entre el planeta y el capital. El capital aliena así al ser humano de su naturaleza de animal social pensante, produciendo consciente y colectivamente su existencia;
-el balance ecológico catastrófico de los países del “socialismo real”, simbolizado por la catástrofe de Chernobil, de la desecación del Mar de Aral y de la campaña maoista para la eliminación de gorriones en China, por dar algún ejemplo.


Nuestro ecosocialismo es por lo tanto radicalmente anticapitalista, humanista, internacionalista, feminista y autogestionario. A la vez, es estrategia de lucha, programa de reivindicaciones y proyecto de sociedad.


2. Nuestro ecosocialismo tiene una fuerte dimensión ética que entronca en la perspectiva de una civilización humana digna de tal nombre


Seguirnos las huellas de Marx quien consideraba que “la naturaleza es el cuerpo inorgánico de la humanidad”. La destrucción de la naturaleza de la que formamos parte es nuestra propia destrucción y la de nuestros hijos. La expresión “crisis ecológica” es por eso muy limitada. La situación a que nos enfrentamos es mucho más que una crisis del funcionamiento de los ecosistemas debida a la lógica del beneficio: es una crisis sistémica de la civilización humana agudizada principalmente por una crisis de las relaciones entre la humanidad y el resto de la naturaleza.


Sustituir la producción de valor por la producción de valores de uso determinados democráticamente es una condición necesaria para ponerle fin; pero solo es una condición necesaria. Las destrucciones ecológicas, como la opresión de las mujeres, han existido mucho antes que el capitalismo, aunque fuese bajo otras formas y a escala local más que global. Por otro lado, como se ha dicho, el “socialismo real” burocrático ha sido también tan destructor del entorno como el productivismo capitalista.


Juntas, estas dos realidades, subrayan la necesidad de un proceso de revolución cultural a proseguir mucho más allá de la abolición del capitalismo. Se trata de romper con las visiones dominantes y utilitaristas, para inventar una relación con el entorno basada en el cuidado, la prudencia y el respeto.


3. El balance ecológicamente destructivo de la URSS, China y los países del Este se debe ante todo a la degeneración estalinista burocrática de la revolución


Esto ha implicado a la vez la renuncia a la revolución mundial y al abandono de las experiencias y concepciones ecológicas más avanzadas que se han desarrollado durante los primeros años del poder soviético. Pero el estalinismo no lo explica todo: a finales del XIX y principios del XX, el movimiento obrero y su ala revolucionaria estaban mayoritariamente impregnados por una visión de la naturaleza como materia a dominar, a modelar sin límites según la voluntad humana. Esta visión estaba presente y dominaba también a los oponentes de izquierda al estalinismo.


4. La emancipación de las mujeres requiere un movimiento autónomo y la construcción en su seno de una tendencia socialista. Por lo mismo, parar la destrucción ecológica exige la construcción en el seno de la izquierda de una corriente ecosocialista que intervenga, por así decirlo, en nombre del resto de la naturaleza en una perspectiva anticapitalista, internacionalista y anti-burocrática


Rechazamos la idea de que esta corriente esté condenada a predicar en el desierto por el hecho de que el Homo sapiens sea destructor e insensible por naturaleza. La humanidad ha causado muchas destrucciones ecológicas, pero no hay ninguna razón para pensar que la inteligencia y la sensibilidad humanas sean insuficientes para reaprender lo que hemos olvidado, cuidarnos del entorno, reconstruir los que se pueda, inventar una nueva relación con la vida en general.


5. Nuestro ecosocialismo es radicalmente anticapitalista y en consecuencia marxista


Encontramos en Marx no solo una crítica irreemplazable de la lógica del capital sino también ideas preciosas y a menudo desconocidas que nutren directamente nuestra reflexión ecosocialista. Las principales son las siguientes:


-La naturaleza y el trabajo son las únicas fuentes de toda riqueza, la naturaleza es la fuente principal de los valores de uso;


-La única agricultura racional es la basada en los agricultores independientes o en la propiedad comunitaria del suelo (¡a distinguir de la propiedad estatal de los koljoses!). La única explotación forestal racional es la que huye de la búsqueda del lucro “cortoplacista”;


-La búsqueda de rentas (superbeneficio) estimula continuamente el pillaje de los recursos naturales, minerales y orgánicos, sobre todo la tendencia a una agroindustria cada vez más intensiva que agota los suelos, practica el monocultivo y privilegia la producción de carne;


-El capitalismo se basa en la desposesión. No hay capitalismo sin crecimiento y por lo tanto, sin reproducción ampliada constante, con un doble movimiento: por una parte, apropiación/explotación de la fuerza de trabajo contra un salario, y por otra, apropiación/pillaje de recursos naturales.


-El capital no es una cosa sino una relación social de explotación del trabajo que exige inputs en recursos naturales y orientado a la producción de plusvalor. “El único límite del capital, es el propio capital”, decía Marx: enigmática a simple vista, la frase significa simplemente que el capital proseguirá su obra de destrucción tanto tiempo como disponga de fuerza de trabajo y de otros recursos naturales para explotar. Por ello, el capital no puede fallar hasta haber franqueado los límites. Ningún mecanismo endógeno le permite considerar las fronteras de la sostenibilidad (“boundaries”).


-En consecuencia, la producción de plusvalía implica necesariamente la ruptura de los equilibrios en el intercambio material entre la humanidad y el resto de la naturaleza (“metabolic rift”). La acumulación capitalista agota a la vez la tierra y a la clase trabajadora. Parar el pillaje de recursos (la “gestión racional del intercambio material” sociedad-naturaleza) exige la abolición de la explotación de la fuerza de trabajo y la reducción del tiempo de trabajo.


6. Sin embargo, la obra de Marx y Engels está en tensión


Primero, está marcada en cierto grado por las ilusiones del progreso y la perspectiva de un “crecimiento ilimitado de las fuerzas productivas”; Segundo, su pensamiento debe pasar la criba de los análisis (eco)feministas sobre el patriarcado.


Para Marx, como hemos visto, “el capital agota las dos únicas fuentes de toda riqueza, la tierra y el trabajador”. En esta cita, “el trabajador” incluye la trabajadora. Por lo tanto el trabajo está feminizado. Las mujeres asumen gratuitamente la mayoría de los trabajos de reproducción en el marco de la familia, y este trabajo esta “invisibilizado” en la sociedad capitalista. Marx dijo también, que “la apropiación privada de la Tierra, parecerá un día tan bárbara como la apropiación privada de un ser humano por otro”. Y por tanto, el capitalismo ha integrado el patriarcado preexistente que constituye una forma de apropiación de un ser humano por otro. Engels, lo había señalado: “en la familia, el hombre es el burgués, la mujer el proletario”.


Nuestro ecosocialismo desarrolla por tanto la frase de Marx para integrar explícitamente el trabajo de reproducción. La lógica capitalista que aumenta la explotación del trabajo asalariado y de los recursos tiende también a aumentar la opresión patriarcal de las mujeres. La apropiación del cuerpo de las mujeres, el trabajo doméstico que prestan gratuitamente y su discriminación en la esfera productiva, constituyen una forma específica de apropiación de riqueza por el capitalismo. Esta forma debe evidenciarse para que la crítica de este modo de producción sea completa.


7. Nuestro ecosocialismo trata de integrar todos estos aspectos


La opresión de las mujeres se combina con la explotación del trabajo asalariado y el pillaje de recursos, con la ruina de los campesinos independientes y la destrucción de comunidades indígenas.
Las luchas de las mujeres forman parte de la lucha de clases, sin limitarse a eso, porque la opresión patriarcal es una de las bases del capitalismo. Las luchas ambientales forman parte de la lucha de clases, sin limitarse a eso, porque el apetito insaciable del capital para consumir recursos es la inclinación de su dependencia del trabajo vivo que, por una parte, transforma esos recursos en valor, y por otra, reproduce en el ámbito doméstico, la fuerza de trabajo,


Las luchas campesinas y de los pueblos indígenas, forman parte de la lucha de clase, sin limitarse a eso, porque la bulimia capitalista implica la apropiación de todos los recursos y la mercantilización de todas las relaciones y en consecuencia también la proletarización generalizada.


Nuestro ecosocialismo es por lo tanto, no únicamente alianza antiproductivista de lo social y lo ambiental; es decir, alianza social-obrero-campesina-pueblos indígenas, sino que también tiene en cuenta el feminismo en lo social y lo ambiental. Es decir, eco feminismo socialista. Esta visión es la base de nuestra estrategia eco socialista de convergencia de las luchas.


John Bellamy Foster estima que hay una “ecología de Marx”. Su libro en este aspecto es claro y pone el reloj en hora respecto al pretendido productivismo marxista. Pero rechazamos la apología. “La ecología de Marx”, en nuestra opinión, es una obra inacabada. Nuestro ecosocialismo comporta rematar la construcción, superando los límites y, acaso, las contradicciones. Esta visión sin anteojeras es indispensable para considerar las nuevas cuestiones como los “derechos de la Madre Tierra”, el sufrimiento animal, etc.


8. Es una ilusión creer que un modo de producción basado en la apropiación del cuerpo de las mujeres y en la explotación de la fuerza de trabajo humana como recurso natural podría engendrar en la mayoría de la población una conciencia social respetuosa con los recursos naturales y con la naturaleza en general


En un sistema de producción generalizado de mercancías, es decir, de “cosificación” generalizada. La ideología dominante frente a la “naturaleza” forzosamente es una ideología del mercado, que considera el entorno como una reserva de recursos gratuitos. Las luchas ecológicas deben vincularse y acompasarse con las económicas y feministas, para transformarse en fuerza social de transformación del orden existente, Las cuestiones del trabajo, de la producción, de la reproducción y del desarrollo están en el centro de nuestro ecosocialismo. La naturaleza del Homo sapiens es producir socialmente su existencia mediante la expresión del trabajo, relación ineludible entre humanidad y naturaleza,


Pero la naturaleza humana solo existe en concreto mediante sus formas históricas. La respuesta a la crisis ecológica no consiste en “salir del trabajo” en “salir del desarrollo”, en “salir del consumo”, en “salir del crecimiento”, etc., que son abstracciones a- históricas. Consiste en salir del trabajo abstracto productor de valor, por tanto salir del modo de desarrollo capitalista centrado en el crecimiento del beneficio y del modo de distribución/consumo que de él se deriva.


9. Rechazamos la idea de que “la naturaleza” sufre a la humanidad como una enfermedad


La humanidad forma parte de la naturaleza que transforma. Otras especies han transformado la naturaleza en profundidad. Pero la transformación del Homo sapiens es distinta: lejos de ser “natural”, está determinada históricamente por las relaciones sociales de producción. Así, no hay “capacidad de carga” específica de la especie humana. En función de la productividad del trabajo, la “capacidad de carga” humana ha variado, por ejemplo, desde 8 humanos/km², para la agricultura de “tala y quema”; 25 humanos/km² para los primeros agricultores sedentarios; 100 humanos/km² en la agricultura de regadío del Antiguo Egipto,..


Por otro lado la historia presenta varios casos en que el progreso de la productividad del trabajo ha sido ecológicamente positiva (por ejemplo, en Europa Occidental el descubrimiento del papel de las leguminosas como “abono verde” ha frenado la deforestación). Actualmente, las tecnologías energéticas renovables suponen un progreso de la productividad cuya extensión generalizada se impone de manera urgente para evitar el cambio climático hacia un “planeta invernadero”. Pero en el marco capitalista productivista y “adorador del crecimiento”, tales tecnologías se añaden a las energía fósiles en vez de reemplazarlas, y se despliegan al servicio del beneficio. Razón por la que no detienen la destrucción medioambiental.


Así se ve bien, que el problema no es el progreso general, sino lo que Michael Löwy llama el “progreso destructivo” del modo capitalista de producción. Ese “progreso” produce bajo nuestros ojos y cada vez más rápido una naturaleza transformada y empobrecida. Está a punto de destruir millones de formas de vida, amenaza la existencia de cientos de millones de pobres, crea el riesgo de una caída de la humanidad en la barbarie, e incluso podría, eventualmente, a fin de cuentas, amenazar a la especie humana en su conjunto.


10. La “auténtica naturaleza” virgen no existe


Aquellos que piensan que la “auténtica naturaleza es la naturaleza sin Homo sapiens”, no tienen ninguna solución para la crisis sistémica. Su única alternativa lógica consistiría en desear la desaparición de los humanos (¡en tal caso, que nos muestren el ejemplo!)...Frente a estas concepciones misántropas, la cosmogonía de los pueblos indígenas (la Madre Tierra) constituye una fuente de inspiración. Pero no nos equivoquemos: esta cosmogonía no implica “defender los bienes comunes” que lo serian por naturaleza. En efecto, esta noción de los bienes comunes implica en cambio que ciertos bienes no serían, naturalmente, comunes. Muy al contrario, se trata de afirmar la legitimidad de un proceso de construcción social DEL COMÚN.


Ese proceso de definición democrática de lo que queremos instituir como común no está limitado a priori por ninguna naturaleza de las cosas. Una sociedad eco-comunista, sin clases, recuerda en ciertos aspectos a las llamadas sociedades “primitivas”. Ella instituiría LO común, Sin embargo será muy diferente, visto el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. Esta sociedad elaborará un concepto de las relaciones humanidad-naturaleza que probablemente recordará en ciertos aspectos a la de los pueblos indígenas, pero también será diferente. Un concepto en el cual las nociones éticas de precaución, de respeto y de responsabilidad, así como maravillarse ante la belleza del mundo, se nutrirán permanentemente de la aprehensión científica a la vez más sutil y al mismo tiempo claramente incompleta. Pues a mayor progreso de la ciencia, más crece la conciencia de lo que no explica…


El texto que presentamos fue la intervención de Daniel Tanuro en la escuela de ecología del Center for Alternative Researches and Studies (CARES), recientemente inagurado en Senlis-sur -mer, Isla Mauricio.

Por Daniel Tanuro, ingeniero agrícola, ecologista y activista socialista valón, es dirigente de la LCR-SAP del Reino de Bélgica.
09/11/2018

 

 

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