MÚSICA DESDE OTRAS COORDENADAS

Un alegato en favor de la política identitaria feminista

Desde un principio, el movimiento feminista se enfrentó al desafío de definir el sujeto político mujer y proclamar características en común a través de las cuales pudiera definirse a sí mismo. O para decirlo de otra manera: ¿por quién lucha realmente el feminismo? Y viceversa: ¿quiénes están (o se sienten) excluidos?

 

 «Nadie soporta a las feministas», se dice en la serie Mrs. America, que muestra la lucha política por la Enmienda para la Igualdad de Derechos (Equal Rights Amendment) en la década de 1970, una enmienda constitucional que supuestamente garantizaría la igualdad de derechos para las mujeres en Estados Unidos. La frase lo sintetiza bastante bien, ya que no solo hay tradicionalmente resistencia a las demandas feministas en los reaccionarios de derecha: mucha gente de izquierda también insta una y otra vez a recordar que la demanda central es de igualdad social y justicia social, y a no dejarse dividir por los supuestos «intereses particulares» de movimientos individuales como el feminismo o Black Lives Matter. En especial desde la derrota de Hillary Clinton en las elecciones por la Presidencia en 2016, se ha generalizado el argumento de que últimamente los liberales de izquierda solo se han centrado en reclamos de minorías. Se dice que en la lucha contra la discriminación se han dejado de lado la desigualdad social y la lucha contra ella. Finalmente, se aduce también que este proceso ha promovido asimismo el triunfo global de la derecha populista y la ultraderecha, si no es que ha sido el culpable de tal triunfo.

«Política identitaria» es el tan trillado eslogan que supuestamente explica la atomización y la falta de alianzas dentro de los movimientos de izquierda. Este término parecería reemplazar como nuevo eslogan la reaccionaria expresión de batalla «corrección política», muy popular desde hace varias décadas. Pero en ambos casos se trata de un intento –y esta es la tesis central del presente texto– de desacreditar y deslegitimar políticas emancipatorias que difícilmente podrían ser mayoritarias en la puja democrática.

Por cierto, la crítica a la política identitaria no es nueva. El feminismo ha trabajado incansablemente durante casi 150 años en la famosa «contradicción fundamental», es decir, la explotación capitalista, con cuya eliminación todas las demás formas de opresión desaparecerían naturalmente. Incluso los primeros socialistas exigían que las compañeras hicieran el favor de cesar sus quejas feministas y cerraran filas. Una vez establecido el socialismo –se decía–, la opresión de las mujeres también se resolvería por sí sola porque era tan solo una «contradicción secundaria». Un pronóstico que, como es sabido, no se ha cumplido.

Más bien, fueron precisamente esos movimientos que habían sido despreciados por ser «política identitaria» los que se opusieron a esa opresión. Porque sin política identitaria habría una alta probabilidad, por ejemplo, de que siguieran vigentes las leyes Jim Crow, que rigieron en el sur de Estados Unidos durante el periodo comprendido entre la abolición de la esclavitud en 1865 y el final (oficial) de la segregación racial a mediados de la década de 1960: entre otras cosas, las mujeres seguirían sin poder votar y la homosexualidad sería aún una conducta punible.

Y estas luchas elementales contra la discriminación y por la igualdad de derechos tampoco deben, contrariamente a las críticas, separarse de las luchas por la igualdad social y la justicia social. A diferencia de la política identitaria de derecha, que trata de asegurar privilegios y la exclusión de minorías, la política identitaria de izquierda lucha por la participación y la inclusión. Tampoco es una forma de protesta que una haya elegido, sino esencialmente una reacción ante la discriminación. Reacciona al hecho de que determinadas características (no todas necesariamente negativas) son asociadas a un supuesto colectivo. Esto significa, por ejemplo, que las mujeres son consideradas irracionales, pero al mismo tiempo son asociadas a una mayor emocionalidad y empatía. Estas atribuciones colectivas son históricamente contingentes, pueden cambiar y, a veces, incluso directamente contradecirse. Las personas son reunidas así, en un grupo que supuestamente forma una «unidad» propia: «identidad» proviene del latín idem, que significa «lo mismo». Esta unidad es algo que fija la sociedad. Las personas que se encuentran en ella no son realmente «las mismas». Así, fue el racismo el que creó el constructo race y no al revés, tal como escribe Ta-Nehisi Coates en el prefacio de El origen de los otros, de Toni Morrison. Por lo tanto, se trata a las personas como colectivos sin que estas hayan decidido pertenecer a tal colectivo.

Esta atribución colectiva tiene consecuencias enormes que el individuo debe soportar pero que solo surgen por la pertenencia atribuida: una determinada mujer experimenta el «techo de cristal» no porque haya hecho algo mal al planificar su carrera individual, sino porque, como parte del colectivo «mujeres», está expuesta a la discriminación estructural; si bien los fascistas dan golpizas a personas concretas individuales, estas experimentan esa violencia porque con anterioridad fueron colectivizadas racialmente. Entonces, si la discriminación y la opresión funcionan siempre y exclusivamente de manera colectiva, es lógico defenderse también contra ellas de manera colectiva.

El Combahee River Collective acuñó la expresión «política identitaria» en 1977. En una declaración programática, esta asociación de lesbianas negras anunció: «Creemos que la postura política más profunda y tal vez la más radical surge directamente de nuestra propia identidad». Esto significaba que la opresión específica que experimentaban en concreto como lesbianas negras se podía combatir mejor a partir de su situación específica como lesbianas negras, y que la podían combatir conjuntamente. Estas mujeres no se reconocían en una política de izquierda que tenía principalmente al trabajador industrial masculino como figura modélica del proletariado. Porque la realidad de la vida de este trabajador no se correspondía con la situación vital de ellas ni con sus vivencias de explotación.

La palabra «colectivo», que probablemente no por casualidad forma parte del nombre del Combahee River Collective, es central. Pero reaccionar como un colectivo a la opresión experimentada por un conjunto requiere, en primer lugar, la aceptación de esta atribución y esta pertenencia determinadas desde afuera. Esta obligada aceptación va acompañada de una autodefinición y una redefinición de la identidad colectiva asignada. La subordinación experimentada, junto con los atributos despectivos, debería convertirse ahora en una entidad colectiva con connotaciones positivas, autoelegida y autoempoderante: las mujeres ya no son el «sexo débil», sino fuertes y autodeterminadas, negro ya no es peor que blanco, sino que «Black is beautiful», el «orgullo gay» hace que «homosexual» deje de ser un improperio, etc.

Sin embargo, el dilema central de cualquier política identitaria de izquierda sigue siendo tener que referirse positivamente a categorías que en realidad son la causa de la discriminación. Por lo tanto, la política identitaria se caracteriza por una ambivalencia fundamental entre el rechazo y la afirmación de la identidad. La afirmación conlleva un gran peligro de la política identitaria: el de la esencialización. Pues las asociaciones sexistas y racistas, por ejemplo, a menudo son ambivalentes y peyorativas: las mujeres son vistas como empáticas y cariñosas, los varones negros como fuertes y potentes. Por lo tanto, es grande la tentación de incluir estas atribuciones contingentes que se hacen desde afuera en el propio diseño de la identidad y de esencializarlas, es decir, declararlas como características esenciales. Lo afro asumido con seguridad en una misma es tan indisolublemente parte de la negritud como el elogiado útero es parte de ser mujer. A la inversa, esto significa que quedan excluidas aquellas que no tienen la estructura capilar necesaria o, como las mujeres trans, carecen del órgano requerido. La identidad colectiva asumida deja de ser entonces un constructo auxiliar que finalmente surge de la legítima defensa. Más bien postula y vuelve a manifestar diferencias esenciales donde en realidad no las hay.

El ejemplo de los movimientos feministas, que fueron y son movimientos centrales en las políticas identitarias, muestra de manera particularmente vívida lo arduo que es buscar una esencia identitaria. «¡¿No soy una mujer?!», preguntaba la ex-esclava Sojourner Truth en 1851. Con su famoso discurso «And ain’t I a woman?!", denunció, durante una convención sobre los derechos de la mujer en Ohio, que el movimiento feminista estadounidense, que acababa de nacer, no incluía en su demanda de emancipación a las negras ni a las mujeres esclavizadas, incluso pese a que el movimiento feminista estadounidense se había inspirado, sobre todo, en la lucha de los hombres y las mujeres abolicionistas por la supresión de la esclavitud.

La crítica de Sojourner Truth marcó así el comienzo de un argumento que recorre como un hilo rojo la historia del feminismo: ¿por quién lucha realmente el feminismo? ¿Quiénes eran exactamente «las mujeres» cuyos derechos defendía? O formulando la pregunta al revés: ¿quién era excluida? Desde un principio, el movimiento feminista se enfrentó al desafío fundamental de definir el sujeto político mujer y proclamar características en común a través de las cuales ese colectivo pudiera definirse a sí mismo. Al igual que con Sojourner Truth, esta identificación fracasó (y sigue fracasando) no solo por el color de la piel: el fracaso reconoce las más diversas razones a lo largo de la historia del feminismo. Las trabajadoras se sentían excluidas del feminismo burgués y las feministas del Sur global se sentían excluidas del feminismo occidental, las lesbianas rechazan el feminismo de las feministas heterosexuales por ser excluyente, etc.

Un conflicto básico central del Primer Movimiento Feminista, que surgió en la segunda mitad del siglo XIX, fue inicialmente el antagonismo entre trabajadoras y feministas burguesas. Desde entonces se ha intentado combinar la cuestión social con la «cuestión de la mujer», es decir, la política de clases con la política identitaria. Porque a pesar de todos los antagonismos y conflictos de intereses, hay innumerables ejemplos que muestran que las políticas identitarias, tanto en la teoría como en la práctica política, no se oponían en modo alguno a la política de clases.

Los movimientos feministas siempre han denunciado la pobreza femenina y han formulado una elaborada crítica a la economía con la que, entre otras cosas, exigieron el reconocimiento del trabajo reproductivo y una redistribución radical del trabajo remunerado y no remunerado. En una entrevista con el periódico ak - analyse & kritik en 2017, la feminista marxista Silvia Federici criticó lo anticuada que es la idea de esta contradicción (política identitaria versus lucha de clases): «La idea de que hay cultura por un lado y lo real por el otro es parte de una concepción muy paleomarxista, paleolítica, de lo que es explotación y acumulación. Básicamente, esta concepción todavía ve la acumulación principalmente en la fábrica y todo lo demás es 'cultural'».

El deseo de formar alianzas en vista de una izquierda dividida y fragmentada es comprensible y generalizado. El malestar por la multiplicación indiferenciada de categorías de discriminación inquieta a muchos críticos y críticas de izquierda de las políticas identitarias. Pero los llamamientos a la unidad y a dejar estratégicamente atrás las diferencias son desacertados, pues estas diferencias existen y son enormes. Por lo tanto, la solución para una política identitaria de izquierda implica no negar estas diferencias ni evaluarlas necesariamente como divisivas y disolventes. Como toda política identitaria, también debe reconocer que la propia homogeneidad es solo una ficción auxiliar y debe afirmar la diferencia como característica constitutiva e incluso constructiva.

Este reconocimiento trae consigo una gran oportunidad: a fin de cuentas, la crítica de la política identitaria de las minorías es precisamente la fuerza y no la debilidad de los movimientos de izquierda. La política identitaria de izquierda quiere superar las marginaciones para trabajar en forma mancomunada por una mayor justicia para cada vez más personas. Y en vista de las actuales invectivas, es extremadamente importante tener en cuenta este logro histórico. Así, el objetivo de la política identitaria de izquierda no es la división, sino más bien lo que supuestamente se impide: la solidaridad.

Fuente: Neue Gesellschaft-Frankfurter Hefte

Traducción: Carlos Díaz Rocca

Publicado enSociedad
Martes, 09 Marzo 2021 15:40

8 MARZO-2021 - textos

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Lunes, 08 Marzo 2021 06:16

La no utopía feminista

La no utopía feminista

Hoy pocos creen en las utopías. Se han devaluado las mesiánico-proféticas y las civiles. Campanella y Moro están buenos como referencia a lo que no se cumplió. Ni los marxistas recalcitrantes piensan ya viable un paraíso proletario. "No hay tal lugar", diría Quevedo. Somos menos inocentes. Los problemas se han incrementado. El futuro se contrae aprisa. Hay pronósticos discretos, si no catastrofistas. Mas contra viento y marea perviven las luchas de liberación. El futuro será lo que sea, pero si no es libre, de poco servirá en un planeta que se calienta enfriándose, se inunda y seca, telúrico y contaminado, donde los humanos cada día valemos menos.

Las revoluciones ya sólo pueden venir de dentro, desde lo tan cercano que no lo vemos (en nuestro barrio, nuestro hogar, nosotros mismos). Y son emprendidas, como enseñaron los zapatistas de Chiapas, por personas libres. Se liberaron primero, perdieron el miedo, y entonces se rebelaron para hacer su libertad liberadora.

La llamada emancipación femenina, en su etapa actual tan irritante para el estado de cosas y su orden, saca a la calle con estruendo una humillación larvada en la casa, la escuela, el trabajo o la calle misma. Desde sus grandes desarrollos en el siglo XX, el feminismo confronta a las familias, las iglesias y las escuelas, pero nunca antes las mujeres movilizadas se mostraron dispuestas a morder la mano que se acerque.

Los proyectos de lucha feminista serán pedagógicos de ida y vuelta, o no serán. El proceso de las mujeres modernas para acceder a la vida profesional, la educación intensiva, la autodeterminación en las afinidades electivas, el derecho al placer sexual o las opciones en artes y deportes, implica reducar a las sociedades, las familias, las comunidades. Y esto se logrará también en la medida de su agilidad intelectual para adaptarse a lo que no ha sucedido.

El patriarcado reinó demasiado tiempo, presa de su propio juego. La crisis de la masculinidad alcanza ya al magnate, al jefe religioso, al mando armado, al señor de medio pelo y al de a tiro pobre. El varón siempre llevó una ventaja extra, situación tan arraigada que apenas ahora vemos su absurdo. Para generaciones de hombres fue impensable otra manera.

Hasta el Siglo de las Luces, las Floras Tristán eran pocas. Más acá, después de la habitación propia de Virginia Woolf y el sufragio para todas, la apropiación femenina de su vida ha presionado a los Estados para legalizar los derechos específicos del cuerpo, la concepción, la seguridad personal y el acceso igualitario a todo lo que los hombres pueden. Y van por más. Antes avergonzadas de serlo, cada día más mujeres se asumen como violadas, aun las que en sentido estricto no lo sean. Establecieron una radical solidaridad selectiva: el anticlub de Toby.

Hacen el esfuerzo de rescribir la Historia, desenterrar artistas, científicas y heroínas del panteón humano. Pero entre más atrás nos vamos del siglo XX se torna más difícil encontrar mujeres de trascendencia realizada. Sor Juana era excepcional dentro de lo excepcional. La historia de Artemisia confirma que las oportunidades corresponden al varón. Pocas llegaban a reinas, ninguna a presidenta (Isabel Primera y Catalina La Grande mandaban como hombres). Hasta hace poco, podían dirigir un monasterio, pero no un instituto de sicoanálisis o genética.

En menos de un siglo esto ha cambiado. Lo "impensable" comienza a ocurrir y acelera su frecuencia. No lo suficiente, y nuevos obstáculos se suman a los tradicionales, siendo el mayor de todos la violencia específica contra ellas: sicológica, sexual, laboral o criminal. Feminicidas y agresores van en sentido contrario: entre más se revaloran las mujeres, menos las consideran siquiera humanas.

Hoy se exhibe a los acosadores de la élite y aunque no paguen cárcel, multa o castigo corporal (pues la sociedad sigue siendo cómplice) ocasionalmente se les condena a la vergüenza pública, al modo de las comunidades indígenas. Pero esta será una etapa. Una permanente revancha llevaría el conflicto de género a un callejón sin salida, como en las guerras. Pocas mujeres piden o quieren un mundo sin padres, parejas, hijos, nietos, maestros y alumnos varones. Demandan que los abusos de los hombres sean punibles, y que se reduquen más mujeres. No olvidemos, las feministas de cualquier generación han sido y son personas previamente liberadas. Las esclavas no marchan.

La razón del poder masculino está en bancarrota. Eso es nuevo. Pero no es cuestión de "derrota" de género, sino de cambio de mentalidad. Como ante la esclavitud, considerada natural durante siglos. Para abolirla hubo que verla con vergüenza.

Quizás se deploren el sectarismo feminista, su ideologización del lenguaje, la insolencia pequeñoburguesa, la imposición mecánica de cuotas de género. Pero hoy denuncian y son escuchadas. El sueño feminista será molesto, agresivo o pesadilla hasta que las sociedades sean horizontales y les quepan todas las libertades, sin faltar ninguna.

Publicado enSociedad
Domingo, 07 Marzo 2021 13:09

8 MARZO-2021

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Feminismos a tus oídos

Hablaremos de feminismo, de sus olas y de sus luchas. Generalmente se asocia el inicio del feminismo con el derecho al voto, pero el movimiento es muchísimo más antiguo y abarca miles de derechos y luchas de las mujeres. Hablar de feminismos es hablar de mujeres que se dieron cuenta que no eran tratadas de la misma manera que los hombres de su entorno.

 

 

Primera Ola

 

Sin derechos civiles para las mujeres no hay igualdad. Hablaremos de las primeras mujeres, generalmente se relaciona con las sufragistas, pero históricamente son aquellas mujeres que en el siglo de las luces empiezan a cuestionarse los imaginarios de la naturaleza de la mujer y la jerarquía de los sexos.

 

Segunda Ola

Sin derechos políticos para las mujeres no hay paz ni democracia. Las sufragistas exigían el sufragio universal, la educación superior y acceso a las profesiones y a cargos de todo tipo, igualdad de condiciones con los hombres tanto en sus deberes y derecho en el matrimonio como en el trabajo.

Tercera Ola

Lo personal es político. Feministas del siglo XX, mujeres más estudiadas y supuestamente con más igualdad ante las leyes. El discurso feminista deja de ser homogéneo, debates llevan a diversos conceptos y construcciones de los feminismos. Se avanza en el uso de anticonceptivos, se aprueba el divorcio.

Cuarta Ola

Vivas nos queremos. Feministas del siglo XXI. ¿Qué buscan? ¿Cuáles son las metas y las luchas? Los feminismos en la actualidad son diversos han ampliado el concepto mismo de ser mujer, aparece el transfeminismos, la teoría queer, el movimiento fem y los ecraches.


 

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Reflexiones en torno a ideas y prácticas del entre-mujeres a principios del siglo XXI

Francesca Gargallo

 

 

 

Sábado, 06 Marzo 2021 15:59

8 M-2021

 

Feminismos a tus oídos

Hablaremos de feminismo, de sus olas y de sus luchas. Generalmente se asocia el inicio del feminismo con el derecho al voto, pero el movimiento es muchísimo más antiguo y abarca miles de derechos y luchas de las mujeres. Hablar de feminismos es hablar de mujeres que se dieron cuenta que no eran tratadas de la misma manera que los hombres de su entorno.

 

 

Primera Ola

 

Sin derechos civiles para las mujeres no hay igualdad. Hablaremos de las primeras mujeres, generalmente se relaciona con las sufragistas, pero históricamente son aquellas mujeres que en el siglo de las luces empiezan a cuestionarse los imaginarios de la naturaleza de la mujer y la jerarquía de los sexos.

 

Segunda Ola

Sin derechos políticos para las mujeres no hay paz ni democracia. Las sufragistas exigían el sufragio universal, la educación superior y acceso a las profesiones y a cargos de todo tipo, igualdad de condiciones con los hombres tanto en sus deberes y derecho en el matrimonio como en el trabajo.

Tercera Ola

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Cuarta Ola

Vivas nos queremos. Feministas del siglo XXI. ¿Qué buscan? ¿Cuáles son las metas y las luchas? Los feminismos en la actualidad son diversos han ampliado el concepto mismo de ser mujer, aparece el transfeminismos, la teoría queer, el movimiento fem y los ecraches.

No nos mueve el deseo, nos mueve la conciencia feminista

Una joven pide ayuda ante la mirada lenta y cansina de la gente en la calle. Huye de su asesino y perseguidor. Es el final de una cadena de torturas. El la acuchilla en el pecho a la vista de todos.  ¿Qué tiene que ocurrir, qué más hace falta, para que estas escenas insoportables no sean la cotidiana vida real ante la tolerancia anestesiada que se lamenta o ni siquiera, y se dedica a esperar a la siguiente?

¿Cuáles serían los números si nos contáramos todas cada una, cuántas alcanzaríamos a ser? 

Ser mujer: llegar a serlo, escribió Simone.

No dejar de serlo, también. No ser más cuerpo destinado a mutilaciones,  ventas, intercambios, invisibilidades. No más las matadas de la Historia. Llegaremos a serlo cuando acabe esta brutalidad a cielo abierto que parece que se tolera tan fácilmente. Luchamos por ser repatriadas a la categoría de ciudadanas con igualdad de derechos. Aún no lo somos.

La que se entrega. La que resiste. La que huye. La que pide ayuda. La que no. La que lucha, la que se cansa de hacerlo, la que se culpa por hacerlo, la que tolera el castigo. Queremos el nombre propio para la vida propia. No para la lista interminable de matadas. Nos libramos ya hace tiempo de la categoría de “crimen pasional”, sin embargo, la Justicia sigue funcionando como si perviviera. Feminicidio es el nombre.

Hablamos de feminicidio para especificar en el mismo término las lógicas de opresión y de distribución del poder. Femicidio, equiparado casi a homicidio, no tiene esa especificidad. Decir feminicidio implica situar esos crímenes como delitos de lesa humanidad y visibilizar la responsabilidad del Estado como habilitador o propiciador de impunidad. Marcela Lagarde explica que feminicidio hace referencia a crímenes, desapariciones, violencias contra las mujeres, en las cuales el Estado permite, por acción u omisión. Son crímenes motivados por el odio y el desprecio hacia las mujeres por el hecho de serlo.

El slogan "Paren de matarnos" es parte del problema.

Paren de permitirlo en todo caso,  de alentarlo, tolerarlo, avalarlo. Paren aquellos que tienen algo, un poco o mucho de responsabilidad.

El poder es cómplice y parte.  

Conciencia feminista. Conciencia de una cierta forma de administrar el poder, de maneras visibles e invisibles, conciencia del sistema de opresión que nos opera desde afuera y desde adentro (eso es el patriarcado).

Transformación revolucionaria de la cultura, las teorías y las prácticas. De los vínculos,  del amor, la sexualidad y la crianza. Pero es tanto lo que falta. Falta dejar de ser las matadas. No son las muertas. Son las matadas que en cada uno de sus nombres propios encarnan el hecho de que ser mujer es una búsqueda y conquista interminable de lo propio, siempre bajo amenaza. Falta dejar de vivir bajo velorio permanente, como dice Marianella Manconi.

Las mujeres nunca pudimos hacer, desear ni pensar cualquier cosa. Nuestra potencia ha sido y sigue siendo lucha y conquista. Y estamos revisando todo: el cuento del príncipe azul y el mito del amor romántico, la madre perfecta y abnegada, la idea de naturaleza femenina, la representación que fija lo femenino a ser madre, y a establecerse en la renuncia a la vida propia, todas las versiones que hacen del cuerpo de las mujeres espacio capturado de trabajo para la felicidad de otros. Cuerpo condenado a ser objeto de posesión exclusivo para el deseo del hombre, tantas veces para un deseo de muerte.

El feminismo es una teoría política y una lógica de activación. Los feminismos desarticulan lógicas de sumisión, las desmontan, luchan contra ellas.

Nos matan como piezas de descarte, y matarnos es una forma también de disciplinarnos con culpa y violencia. Verificamos una y otra vez la amenaza, el peligro. La indefensión y la sumisión también se construyen y se aprenden.

La conciencia feminista no es perspectiva de género. No es “una” perspectiva. Es advertir la filigrana de desigualdades de las que está hecha el mundo. En todos los planos que nos opera, que nos moldea. Es advertir que el patriarcado es un modo de subjetivar en una lógica de opresión a mujeres y disidencias. Desarmarlo implica un trabajo singular y colectivo de revisión y transformación de esas lógicas machistas incrustadas en nuestra subjetividad.

Nos enfrentamos una vez más a una versión del Negacionismo. Me refiero al dudar de nuestras percepciones y pactar con la desmentida. Justificar y sostener al opresor. Transformar a las víctimas en sujetos exagerados, disminuir o alterar la verdad de lo ocurrido y de lo que está ocurriendo ¿lo haríamos con las víctimas del Holocausto? O del terrorismo de Estado? ¿Nos atreveríamos a suponerles la culpa de lo padecido? ¿Tenemos que probar inocencia? Ser mujer es vivir desde el principio hasta el final en un campo de pruebas.

Tenemos que estar muy atentos a esta tendencia nada nueva pero muy actual a psicopatologizar o llamar a “contener” a los feminicidas, que también es un modo de re-violentar. La violencia contra las mujeres no es una enfermedad, no es una “pandemia”. Es un genocidio a lo largo de la Historia, un genocidio invisibilizado como tal.

Hace falta reformular no únicamente el sistema judicial.  Todos aquellos sistemas en que ser mujer es tener como agenda ese estado básico de alerta que incorporamos desde pequeñas bajo la forma de representaciones de crimen y de castigo ("merecido"). Nosotras siempre estamos en tela de juicio y tantas veces bajo condena.

Tenemos nuevos nombres y palabras que visibilizan dispositivos inconscientes o naturalizados de reparto y distribución del poder. La lucha por la legalización del aborto fue también la disputa por las palabras: la palabra vida por ejemplo. El feminismo es el trabajo de armado de un nuevo sujeto político y produce revoluciones del lenguaje, a veces frente al riesgo de caer en banalizaciones o slogans que se vacían de contenido, o distraen.

No nos mueve el deseo (en todo caso eso nos mueve a todos, también a los asesinos dice Cristina Lobaiza). Nos mueve la conciencia feminista.

(Gracias a Cristina Lobaiza y Marianella Manconi. De Cristina Lobaiza tomé el término “matadas” y tantas otras cosas, que han nutrido y construido mi propia conciencia feminista).

Por Lila María Feldman es psicoanalista y escritora.

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8M: Por un feminismo revolucionario, que no es foto de portada sino lucha contra toda explotación

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8 Marzo el día de la Mujer trabajadora y revolucionaria

 

El 8 de marzo se conmemora a la mujer trabajadora, revolucionaria. La comunista Clara Zetkin propuso la conmemoración en la conferencia de mujeres socialistas de 1910, para homenajear la lucha de las mujeres contra la explotación capitalista. Se recuerda el asesinato, a manos del Gran Capital, de 129 obreras en huelga quemadas vivas en una fábrica textil en EEUU: los dueños de la fábrica cerraron las puertas con ellas dentro y le prendieron fuego para hacerlas arder (como medida de «disuasión» para evitar que otras obreras siguieran su ejemplo de lucha). Se conmemora la lucha por la justicia social, por los derechos de la clase trabajadora, la lucha contra el patriarcado y el capitalismo, cuyos mecanismos se articulan el uno al otro a la perfección. 


El 8 de marzo también quedó apuntalado como fecha eminentemente revolucionaria por los sucesos del 8 de marzo de 1917 en la Rusia tzarista: miles de mujeres salieron a las calles clamando por sus derechos, contra la explotación y las guerras que la burguesía imponía al pueblo: ellas detonaron la Revolución de Octubre. Tras la revolución de Octubre las mujeres conquistaron sus derechos económicos, sociales, sexuales y reproductivos: derecho al voto para todas las mujeres (no solo para las propietarias como en Gran Bretaña), derecho al divorcio, derecho al aborto, derechos plenos al estudio y trabajo, vivienda, sanidad y educación garantizadas, etc. Todos estos derechos todavía se siguen luchando en la inmensa mayoría de países capitalistas.


Las mujeres somos la parte más golpeada de la clase explotada. Somos víctimas de las guerras imperialistas, del saqueo capitalista que empobrece regiones y países enteros, de las privatizaciones y la precariedad, y además somos víctimas del machismo incesantemente promovido por los medios y toda la industria cultural del capitalismo. Porque el capitalismo se sustenta fragmentando y dividiendo a la clase explotada: por ello la industria cultural del capitalismo difunde incesantemente paradigmas de discriminación como el machismo y el racismo.
Somos las trabajadoras explotadas, estudiantes, artistas, paradas y jubiladas a quienes se nos está privando de una vida digna, en ocasiones hasta de la alimentación, la vivienda, el acceso a la salud, el acceso a la educación, etc. Somos privadas de condiciones de trabajo y de remuneración dignas por los capitalistas que sacan la plusvalía de nuestro trabajo. Somos las madres cuyo trabajo en el hogar no es reconocido, las que se quedan en absoluta precariedad sin pensión. Somos las mujeres migrantes empujadas a padecer las peores explotaciones: en maquilas de espanto, rociadas de veneno en el agro-industrial, abocadas a la explotación de la prostitución o a ser cosificadas y saqueadas como «vientres de alquiler». Somos las niñas violadas y forzadas a parir. Somos designadas por este sistema como la diana de las frustraciones aberrantes que este sistema causa, de la misoginia que fomenta.

Por ello el feminicidio galopa: porque los medios banalizan la tortura y toda discriminación alienante funcional al capitalismo, porque la violencia ejercida de manera estructural arrastra su odio contra nosotras. Somos vícimas del capitalismo y su barbarie, víctimas del  machismo que el mismo Capital promueve; pero también somos mujeres luchadoras y revolucionarias. El 8 de marzo no es el día de las princesas, ni de las empresarias explotadoras. Las mujeres opresoras, las Cristine Lagarde, las Thatcher, las Hillary Clinton y demás… las que se lucran de devastar selvas, de oprimir poblaciones, de esclavizar en fábricas de espanto a miles de trabajadoras, las que se lucran, también, de fomentar el machismo a través de sus medios de alienación masiva, son clase explotadora, al igual que los hombres de la clase explotadora.


Al Capital le interesa mantenernos atadas a la división sexual del trabajo, a labores de cuidado no remuneradas, a la discriminación salarial por ser mujeres. Al Capital le interesa una clase explotada pulverizada y golpeada, impedida de unidad por el machismo, el racismo, la xenofobia, el individualismo y demás alienaciones que la clase explotadora se encarga de cultivar. Frente a una realidad tan brutal, el reformismo, siempre sirviendo a impedir cuestionamientos profundos, pretende encapsular nuestra lucha y superficializarla, ocultando su carácter de clase, obviando la funcionalidad que para el capitalismo tiene el machismo.  Los reformistas, que pretenden seguir engañándonos con la cínica fábula de un supuesto e imposible “capitalismo con rostro humano”, buscan ocultar que no lograremos cambiar la cultura profundamente machista que impera en el mundo entero, a menos que nos tomemos los medios de producción y por lo tanto los de difusión y educación. En este sistema toda una artillería de sometimiento ideológico es implementada por la clase burguesa; los paradigmas de opresión son activamente martilleados desde múltiples flancos: desde las instituciones religiosas históricamente funcionales a las clases dominantes, pasando por la gran industria audiovisual, hasta los nada ‘inocuos’ videojuegos. Para contrarrestar esa alienación a gran escala, que tanto sufrimiento causa, se necesitan obviamente medidas que subviertan el actual orden social; abolir el patriarcado no será posible sin abolir el capitalismo.


Los caballos de Troya de la burguesía intentan hacer creer que las mujeres explotadoras son nuestras hermanas, cuando ellas también participan de perpetuar este sistema que devora a la naturaleza, explota a los seres humanos (a la clase trabajadora), y perpetúa al machismo, al racismo, al individualismo, comportamientos y discriminaciones fundamentales para el mantenimiento de este sistema putrefacto.


Las mujeres revolucionarias sabemos que la sociedad de clases se perpetúa sobre la violencia: esa violencia ejercida por la clase explotadora (la que posee los medios de producción) contra las mayorías explotadas y precarizadas, y sabemos también el lastre que significa el machismo para la unidad de la clase explotada. Luchamos también por un feminismo revolucionario, para poder oponerlo a la infame recuperación que el sistema está intentando hacer de la lucha feminista, con sus aberrantes Caballos de Troya y su discurso de “sororidad interclasista» (¡cómo si tuviéramos que tener «sororidad» con una capitalista explotadora, una proxeneta o una ficha del complejo militar-industrial por el mero hecho de ser mujer!).


Luchamos contra toda explotación, y nuestra lucha contra la opresión de la mujer trabajadora, la adelantamos luchando día a día contra el machismo, contra la clase burguesa, contra un orden social de explotaciones concatenadas; luchando contra la raíz que sostiene las desigualdades sociales: luchando contra un sistema que fomenta la opresión de la mujer porque necesita esta opresión como mecanismo de dominación y división de la clase explotada; luchando contra un sistema que fomenta la violencia machista a modo de control social (como pérfida válvula de escape de las frustraciones que tal sistema crea); luchando contra un sistema en el que un puñado de multimillonarios capitaliza moliendo humanidades y rebanando el planeta.


El Feminicidio galopante es parte de la barbarie de un sistema económico, político, social y cultural, el capitalista, violento en esencia y perverso en su lógica. Un sistema basado en la explotación de las y los trabajadores y en el saqueo de la naturaleza, es un sistema que necesita banalizar la explotación, la injusticia social y la tortura. 


La lucha por la emancipación de la mujer y la lucha contra el capitalismo son inseparables. Por un feminismo revolucionario, que no es foto de portada sino lucha cotidiana, que lucha contra toda explotación.

 

Por Cecilia Zamudio | 06/03/2021

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En un mundo machista los hombres no son los enemigos.

Hombres que cuidan, protegen, quieren, expresan sus emociones, desprecian sus privilegios, profanan los roles que se les otorga socialmente, apoyan y resisten ante una sociedad patriarcal y machista son hombres aliados de la feminidad. Esta tesis es un llamamiento a no perder de foco que el machismo más que una cuestión de géneros es una patología estructural que carcome las entrañas mismas de las instituciones sociales, políticas y económicas que por acción u omisión sostiene la exclusión y la invisibilización de lxs cuerpxs feminizadxs como el principal foco del trabajo enajenante y explotador, fundamento del Estado, a saber: el trabajo reproductivo (maquila de cuerpxs) y sus derivados es decir, trabajos de cuidado, trabajos domésticos, trabajos donde exigen “el instinto maternal”, el “carisma”, “la ternura” y “la docilidad” sean características propias de las trabajadoras.

Toda profesión de cuidado o trato con la otredad exige del devenir mujer un carácter materno de manera implícita, ejemplo de ello son el trabajo de las profesoras, de las enfermeras, de las vendedoras, de las empleadas domésticas. También se pide de otras labores la fuerza, el liderazgo y el autoritarismo que suelen asignarles a los hombres.Así, estructuralmente el patriarcado se traslapa tras roles y modelos de conducta esperados en las mujeres y los hombres que asumen determinados trabajos y, en personas que se espera los exijan. En consecuencia, a todxs nos afecta esta estructura machista toda vez que demanda actitudes de nosotrxs que oprimen nuestro ser auténtico en el mundo. Por tanto, el machismo no es cuestión de géneros y poco o nada ayuda a la erradicación del mismo una encarnada “guerra de géneros”.

Cada persona tiene maneras propias y únicas de asumir su vida que son invisibilizadas cuando somos reducidos a ser “una cuestión de género” y a sentir rechazo por otrxs a partir de esta categoría. Sin embargo, más acá del género hay que fortalecer la tesis de que el problema del machismo no son los hombres cis*sinosu estructura ampliamente represora de toda persona que no asuma la dicotomía machista de su estela de “géneros binarios” y su consiguiente caracterización.

He visto mujeres llorar por “hombres” golpeadores,misóginos y defenderlos. He visto como mujeres se sienten incompletas sino tienen el cariño de un “hombre”. Esas mismas mujeres cuyos deseos corresponden a una sobre codificación de la máquina capitalista (Deleuze y Guattarri, 1998), patriarcal y misógina son las que señalan que una mujer soltera no es una mujer plena como tampoco lo podrían ser aquellas que no quieren ser madres o no son cisgénero.

Esas mujeres, las mismas que dicen que hay que soportar todo tipo de maltratos por razones sexo-afectivas son víctimas-aliadas del machismo al llevarlo en sus ovarios y posesionarse desde allí como mujer cisdeterminadas en su ser por la estela patriarcal.Es cierto que hay grados de alienación en las víctimas que reproducen el machismo de manera inconsciente que no les permite ver que ningún maltrato es soportable en una relación. No obstante, también hay mujeres deliberadamente conscientes de ser aliadas del machismo. Mujeres con cargos políticos pueden ser verdugas absolutas de políticas del cuidado, de la reivindicación del derecho a una maternidad libre, de otras formas de ser mujer no cis, por ejemplo, y que, a lo sumo, lo que exigen es la conservación de la familia heteropatriarcal como la primera y más retrógrada institución base de la sociedad machista.

A las mujeres aliadas del machismohay que hablarles desde el cuidado y sobre la deconstrucción de la mujer patriarcal y la fuerza del devenir mujer para que ellas mismas comprendan desde su ser/cuerpx que toda fuerza reactiva que aplica el sufrimiento, la humillación, el maltrato y la opresión sobre las propias carnes violenta el propio ser y lejos está del amor que potencia, amplía y fortalece la libertad.

El feminismo como resistencia práctica contra la opresión femenina no puede ser un soso discurso de clase. Tampoco una pueril exigencia sobre derechos ante el Estado.Cabe decir aquí que el feminismo de Estado es insuficiente porque olvida que la emancipación de la mujer tiene que ser económica, cultural, educativa y no solo política.

Se reconoce el feminismo de Estado como toda tendencia que aboga por la eliminación de las desigualdades entre hombres y mujeres fundando instituciones cuyo principal objetivo es mejorar las condiciones de las mujeres como colectivo político. Dice Celia Valiente, a propósito de El Feminismo de Estado en España (2006), que este también es conocido como “feminismo institucional”, “feminismo oficial” y a las mujeres que están en estas instituciones se les reconoce como “feministas de Estado”.

Asumo que esta categoría puede desconocer los diferentes matices existentes en el feminismo. Sin embargo, también logra mostrar el quid por el cuál muchas mujeres pueden sentir cierto rechazo, apatía o indiferencia por el feminismo al privilegiar el mejoramiento de las condiciones sociales para un colectivo y no para toda la comunidad (pueblo, oprimidxs, explotadxs, locxs, lxs nadie, etc.) que, también sufren la crueldad de las desigualdades sociales.

De hecho, según Dora Barrancos, anarquista y feminista argentina, las mujeres anarquistas, por ejemplo, en la Argentina de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, no abrazaron tan precozmente el feminismo como las mujeres de la alta sociedad. Las anarquistas, la mayoría de ellas obreras o cercanas a la causa obrera, exigieron su independencia, su emancipación, su libertad al amar más acá de los convencionalismos sociales; de aquí su grito de “Ni Dios, ni patrón, ni marido” proclamado por la icónica y valerosa Virginia Bolten.

Dora Barrancos menciona que la relación entre feminismo yanarquismo ha estado presente desde el origen de éste último y sus anales teóricos en el siglo XIX al pugnar por relaciones basadas en la libertad –como autodeterminación– de cada persona que se expande solo en una comunidad que cesa de instaurarse a partir de la explotación y la dominación[1].

En este sentido, para algunas mujeres desde el Estado no se puede establecer relaciones de igualdad entre hombres, mujeres, niñxs, sexualidades disidentes y agentes sociales en general, toda vez que él es el fundamento y garantía del sostenimiento de las desigualdades entre las personas. En consecuencia, el Estado no puede sino reducir, a lo sumo, las relaciones de desigualdad a partir de la aceptación de unos derechos (libertades otorgadas por el establecimiento), pero no establecer relaciones completamente libres (libertad como facultad individual) e iguales (fortaleciendo unas condiciones económicas generosas para todxs).

El feminismo como práctica que reivindica la emancipación y la liberación de lxs cuerpxs feminizadxs (de aquí que el feminismo abiertamente cis es un discurso excluyente que desconoce las diferentes maneras de ser mujer) tiene que ser la realización del devenir mujer libre de toda violencia coercitiva en todos los escenarios sociales y, en cuyo origen la materialización de una comunidad libre de opresión es necesaria.

Sin que se trate de coherencia, pero sí de cohesión, el feminismo en su práctica tendría que tender a la negación de toda institución social. La realización de la corporalidad asumida como mujer exige el aniquilamiento de las relaciones de opresión y dominación que gesta el Estado bajo la concepción del derecho y su abstracción de base y fundamentalista: la propiedad privada como factor determinante de la pobreza y la mercantilización de la reproducción.

Cuando las mismas instituciones crean “espacios” para la mujer se circunscriben en un plano amplio de una democracia pluralista. Sin embargo, ni la democracia ni un contexto ético pueden potenciar el rol de la mujer dentro del Estado sino es a costa de la supervivencia del propio patriarcado. El origen del argumento radica en una contradicción entre lo que se “debe” hacer y lo que “se puede” realizar.

Por supuesto es un “deber” la inclusión de todos los agentes sociales en una sociedad idealmente democrática. En cualquier caso, el deber con toda y su retórica de la obligación no es vinculante porque las condiciones de posibilidad que le preceden tanto económicas como jurídicas son mendigantes ¿es viable la inclusión de lxs cuerpxs feminizados en el Estado coautor de la pobreza,principal factor determinante de los embarazos adolescentes?, ¿es posible la inclusión de las mujeres en el Estado que niega el derecho a una maternidad escogida?, ¿es permisible la inclusión en el Estado que precariza la vida de las mujeres en diferentes esferas social es al reducirlas a un rol y objeto puramente sexual-reproductivo?

Hay que decir que no se asiste en este texto aopiniones comunes como que son los victimarios y no las víctimas los responsables directos de las relaciones de abuso, no. Tampoco es una mera crítica al machismo en ciertos feminismos y una salvaguarda a los hombres traidores del patriarcado, ni una invitación a que los hombres “defiendan”la feminidad porque no necesita de defensores sino de agentes críticos contra el patriarcado.Este escrito es un intento por llevar la discusión a un nivel estructural donde la violencia machista no es solo cuestión de géneros sino, ante todo, un problema afincado en el mismo origen de las instituciones de la sociedad que estableció el trabajo doméstico y reproductivo como fenómeno normalmente violento, enajenante y explotador de todx cuerpx feminizadx.

No se trata de ser o no feminista. Lo que se trata es de no seguir siendo o dejar de ser machista, cómplice de la institucionalidad patriarcal. No se puede exigir desde un discurso del privilegio que se hagan instituciones de cuidado solo para las mujeres cuando tantos otrxs cuerpxs ni siquiera se lo pueden pensar. También cabe hacer autocrítica a ciertos feminismos que reivindican el autoritarismo al subordinar y disminuir la importancia de corporalidades disidentes y/o animales ciñendo su discurso al biopoder y sus ya famosas formas de exclusión-excepción desde la nuda vida[2].

El acabamiento del machismo pasa por el acabamiento de toda institución autoritaria (disculpen el pleonasmo), de todo Estado, de todo modelo político-económico-social que requiera la explotación de lxs cuerpxs para su beneficio porque ninguna institucionalidad ha mostrado que puede acabar con el trabajo reproductivo (sea para la producción de obrerxs o de carne para su consumo) como el principal foco del capitalismo, partiendo así del desconocimiento de que la construcción de una comunidad femenina surca espacios que van más allá del género.

Pero no solo esto.Las corrientes feministas contemporáneas tendrían que fortalecer la articulación de sus propuestas con movimientos antiespecifistas, ácratas, ecologistas, ambientalistas, en definitiva, con todxs aquellxs que sientan el problema de lxs cuerpxs que sufren como origen de su resistencia vital.

Me llama la atención la reflexión que realiza Silvia Rivera Cusicanqui sobre “la mujer tejedora”, en la cual menciona que nosotras como mujeres tendríamos que experimentar en nuestro ser la respuesta a la pregunta ¿qué significa ser mujer?, específicamente ¿qué significa ser mujer en el mundo andino? Estos cuestionamientos tocan el punto más sensible de esta reflexión porque el ser mujer no tiene que reducirse a asumir un rol políticamente asignado, biopolíticamente administrado y socialmente exigido, todo lo contrario. Ser mujer es una experiencia que comulga con nuestro estar en el territorio, con nuestro ser para el mundo en un experenciar el cuerpx en las originarias relaciones con las otredades. Tampoco el ser hombre comulga necesariamente con el machismo sino en cuanto se asume en su ser social, político y económico como sujeto del privilegio. De aquí que algunas masculinidades no pueden ser tenidas como machistas por su mero devenir hombre.

La invitación es a cuestionar la significación del género como un papel subsiguiente a los propios modos de expresión en los cuales asumir la lucha de un mundo sin dominación es un llamado que nos convoca a todes y ante el cual somos aliades, cómplices creadorxs de relaciones vitales,cuidadoras, solidarias, amorosas, en un mundo donde el machismo funge como herramienta de opresión de lxs cuerpxs que en su vulnerabilidad, unicidad y devenir animal/corporalidades-disidentes/mujer/hombre/ individuo/singularidad/ han de ser cuidadxs de la mano dura del patriarcado.

*Es un neologismo que intenta presentar a lxs individuxs cuya identidad de género coincide con su sexo biopolíticamente dado.

 

 

Referencias bibliográficas:

-Barrancos, Dora, “Mujeres de “Nuestra Tribuna”: el difícil oficio de la diferencia”, Mora, nº 2/noviembre, 1996, 125-143.

------------(1990) Anarquismo, educación y costumbres en la Argentina de principios de siglo. Buenos Aires: Contrapunto.

-------------(2005) entrevista. Recuperado 02-2021 de https://www.lai.fu-berlin.de/es/e-learning/projekte/frauen_konzepte/projektseiten/frauenbereich/barrancos/transcrip/transcrip2/index.html

-Deleuze, G., & Guattari, F. (1998). El antiedipo. Barcelona: Paidós

-Quintana Porras, Laura (2006)De la Nuda Vida a la 'Forma–de–vida'. Pensar la política con Agamben desde y más allá del paradigma del biopoder. En: Dossier: Lógicas del poder. Miradas críticas. (Méx.) vol.19 no.52 México sep./dic. Recuperado: 02-2020 de: http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0187-57952006000300003

-Rivera Cusicanqui, Silvia (2018) Un mundo ch'ixi es posible: ensayos desde un presente en crisis. Buenos Aires: Tinta limón.

---------------------------------(2019) entrevista. Recuperado el 02-2021 de: https://www.elsaltodiario.com/feminismo-poscolonial/silvia-rivera-cusicanqui-producir-pensamiento-cotidiano-pensamiento-indigena

-Rouco Buela, Juana(1924) Mis proclamas, Santiago de Chile: editorial Lux. Recuperado el 02-2021 dehttp://ideasfem.wordpress.com/textos/e/e09/.

-Valiente, Celia (2006) El feminismo de Estado en España:el Instituto de la Mujer (1983-2003)España: Universitat de València.

 

[1] La exigencia de la libre asociación política y la eliminación de todas las relaciones de explotación y dominación fueron las consignas de las mujeres anarquistas del siglo XIX, incluso, dentro de los mismos movimientos sindicales o libertarios, sin sujetarse a una postura feminista, pero sí como anarquistas, como mujeres anarquistas. A este hecho lo llama Dora Barrancos: contra-feminismo del feminismo anarquista.

[2]La nuda vida es un concepto utilizado por Agamben para mencionar que hay vidas que las formas de poder totalitario reducen a su condición orgánica siendo despojadas de todo reconocimiento político. Es la vida limitada a ser pura vida separada de todo contexto y no atendida como forma de vida, así se puede disponer de la misma para excluirla. Para ampliar este concepto recomiendo el artículo de Laura Quintana De la Nuda Vida a la 'Forma–de–vida'. Pensar la política con Agamben desde y más allá del paradigma del biopoder (2006).

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Domingo, 07 Febrero 2021 05:32

Conformación del sujeto feminista

Conformación del sujeto feminista

Este texto expone sintéticamente las características del cambio feminista y sus tendencias, las enlaza con los procesos identificadores y la conformación de un sujeto sociopolítico feminista y defiende un feminismo crítico con valores universales igualitarios. Forma parte de la presentación de la Comunicación al X Congreso andaluz de Sociología (Jaén, 23 de enero de 2021), titulada Feminismos: Procesos identificadores y formación de sujetos, que tiene tres partes.

 

La primera, "Identificaciones y tendencias feministas", analiza los tres niveles de identificación feminista y explica el carácter social del movimiento feminista y su acción transformadora.

Al hablar de feminismos hay que diferenciar tres niveles, procesos identificadores y dimensiones: primero, el activismo feminista más permanente (incluido el para-institucional e institucional), de varios centenares de miles de personas; segundo, la identificación colectiva feminista, con su participación en las grandes movilizaciones (y en la vida cotidiana) y su sentido de pertenencia a un actor colectivo sociopolítico y cultural, con unos tres millones y medio; tercero, el apoyo a medidas contra la discriminación y por igualdad para las mujeres, de cerca del 50% de la población, con cierta conciencia feminista, mayor entre la gente joven y superior a la mitad entre las mujeres y a un tercio entre los varones.

Un rasgo que resaltar es el carácter social del feminismo. El feminismo pretende cambiar la situación discriminatoria de las mujeres por unas relaciones sociales igualitarias. Persigue modificar sus condiciones de subordinación por una dinámica emancipadora. Es un movimiento social con un gran componente cultural. Su objetivo es una transformación relacional, vinculada con un cambio de mentalidades.

La acción feminista debe ser transformadora. Debiera ser más realista, crítica y social que la restrictiva pugna cultural. Su tarea es mucho más amplia, práctica y teóricamente: cambiar las relaciones de desigualdad y subordinación, conformar una identidad y un sujeto transformador con una estrategia igualitaria-emancipadora y una teoría crítica.

La segunda parte, "Identidades y sujetos feministas", señala dos aspectos complementarios de carácter teórico: el sentido de la pertenencia feminista como proceso de identificación y la formación de actores y sujetos colectivos, en particular el movimiento feminista.

La pertenencia feminista es fundamental. Las identidades se configuran a través de la acumulación de prácticas sociales continuadas, en un marco estructural y sociocultural determinado, que permiten la formación de un sentido de pertenencia colectiva a un grupo social diferenciado con unos objetivos compartidos.

La identidad feminista, que no femenina, como reconocimiento propio e identificación colectiva, está anclada en una realidad doble: subordinación considerada injusta, y experiencia relacional igualitaria-emancipadora. Se combina y supera, por un lado, las dinámicas individualizadoras y, por otro lado, las pretensiones cosmopolitas, esencialistas e indiferenciadas.

Por tanto, en la medida que se mantenga la desigualdad y la discriminación de las mujeres, sus causas estructurales, la conciencia de su carácter injusto y la persistencia de los obstáculos para su transformación, seguirá vigente la necesidad del feminismo, como pensamiento y acción específicos. Y su refuerzo asociativo e identitario, inclusivo y abierto, será imprescindible para fortalecer el sujeto sociopolítico y cultural llamado movimiento feminista y su capacidad expresiva, articuladora y transformadora.

Respecto de la formación de actores y sujetos colectivos, destaco que el componente social de la interacción humana es el principal para forjar el reconocimiento y las pertenencias grupales e individuales y dar soporte a la acción colectiva. En ese sentido, hay varones feministas, es decir, solidarios con la causa feminista, que al igual que otras personas, participan en ese sujeto feminista.

La tercera parte, "Sujeto feminista: ni esencialista ni posmoderno", critica los fundamentos teóricos deterministas o esencialistas y los postmodernos o culturalistas, que predominan en algunas élites feministas y expone las características de un enfoque social, realista, crítico, relacional, multidimensional y sociohistórico, más fructífero para explicar la formación de los sujetos colectivos, en particular, los procesos de identificaciones feministas.

La clave del feminismo es conseguir la igualdad de género o entre los géneros, superar las desventajas relativas y la discriminación de las mujeres. El objetivo es que la diferenciación de géneros y su construcción sociohistórica no supongan desigualdad real y de derechos y, por tanto, no tengan un peso sustantivo en la distribución y el reconocimiento de estatus y poder.

La diferenciación principal en el seno del feminismo hay que plantearla en función de su actividad y capacidad transformadora de las relaciones de desigualdad y subordinación de las mujeres. Así, respecto del avance real en la igualdad y la emancipación, existen dos grandes corrientes: el feminismo crítico, popular y transformador, y el feminismo socioliberal, retórico y formalista.

La formación del sujeto feminista es un proceso sociohistórico y relacional complejo que necesita una prolongada experiencia compartida y una identificación múltiple que debe superar las tensiones derivadas de los intereses corporativos y sectarios de cada élite respectiva, con su rigidez doctrinal legitimadora.

Otra idea básica es que identidad feminista no es identidad de género. El elemento sustantivo que configura ese proceso identificador feminista es la acción práctica, los vínculos sociales, la experiencia relacional por oponerse a esa subordinación y avanzar en la igualdad y la emancipación de las mujeres. La identificación feminista deriva del proceso de superación de la desigualdad basada en la conformación de géneros jerarquizados. Para formar el sujeto sociopolítico, el llamado movimiento social y cultural feminista, es relativa la condición de la pertenencia a un sexo, un género o una opción sexual determinada, aunque haya diferencias entre ellas. Lo importante no es la situación ‘objetiva’ estática y rígida, sino la experiencia vivida y percibida como injusta de una situación discriminatoria y la actitud solidaria y de cambio frente a ella.

Por último, realzo el carácter relacional y sociohistórico de un sujeto colectivo. El feminismo, como comportamiento y cultura igualitario-emancipadores contra la opresión femenina, tiene unas bases estructurales y sociohistóricas duraderas y específicas; y más allá de la convergencia en procesos democrático-populares, sujetos globales e identidades múltiples va a tener una fuerte autonomía e identificación propia.

Por Antonio Antón

Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid y miembro del Comité de Investigación de Sociología del género (FES). Autor del libro 'Identidades feministas y teoría crítica'.

07/02/2021

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Sábado, 30 Enero 2021 05:47

El eco de la victoria

Manifestación de activistas feministas a favor de la despenalización del aborto, en Santiago de ChileAFP, CLAUDIO REYES

La conquista argentina y los feminismos regionales

 

A poco más de una semana de promulgada, el impulso de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo ya se siente en las distintas voces del feminismo latinoamericano y del mundo.

El grito de alegría de las miles de mujeres que esperaban afuera del Congreso cuando se enteraron de que el aborto era legal en Argentina se desparramó como un eco en América Latina y el mundo. «Para Perú, es inspirador lo que ha pasado allá», dice a Brecha Rossina Guerrero, del colectivo peruano Promsex. En su país, la interrupción del embarazo es ilegal y sólo es posible practicarse el aborto terapéutico, es decir, sólo se puede solicitar en hospitales y clínicas cuando está en riesgo la vida de la mujer. «Es impactante porque es un país cercano, es un país muy distinto al peruano. Creo que el camino de tantos años de las compañeras nos deja aprendizajes y lecciones que pueden ser retomadas y refrescadas», agrega Guerrero. La militante peruana entiende que, en momentos en que Perú pasa por una crisis política, es interesante lo que sucedió en Argentina, «porque hubo un Estado, un gobierno que asumió dar el debate, conversar, hablar seriamente sobre el tema y eso no es menor».

En Colombia, la situación del aborto es muy similar a la que se da en Chile (véase en este número «Imposible de esquivar»): está permitido, desde 2006, en los casos de violación, riesgo de vida de la mujer o inviabilidad fetal extrauterina y si se realiza fuera de estas causales, puede dar lugar a penas que van de uno a cuatro años de prisión. En setiembre de 2020, el movimiento Causa Justa, que reúne a 91 organizaciones y 134 activistas, presentó ante la Corte Constitucional un proyecto para eliminar el artículo 122 del Código Penal, que criminaliza el aborto.

La legalización en Argentina «demuestra que quienes toman decisiones en diferentes ramas del poder público están entendiendo que las leyes que penalizan este servicio de salud no son efectivas», explica a este semanario Mariana Ardila, abogada de la organización internacional Women’s Link Worldwide, con sedes en Colombia y España. La propuesta de Causa Justa, que la organización a la que pertenece Ardila acompaña, intenta buscar vías diferentes a las penales para abordar el aborto: «Sabemos que la amenaza de cárcel evita que las mujeres lleguen al sistema de salud, incluso en los casos en los que el aborto está permitido, pero, además, genera un estigma sobre el personal de salud e impide que presten un servicio oportuno y seguro», añade.

«En el caso de Bolivia, es muy difícil la legalización, lo hemos discutido entre muchas organizaciones desde hace años porque no hay un sistema único de salud. A pesar de que tenemos un Estado plurinacional, el sistema más fuerte es el privado. Entonces, aunque fuera legal, igual va a costar dinero, ¿no? Ese es el problema, que las que mueren en abortos clandestinos inseguros son quienes no tienen el dinero para pagarlo», señala a Brecha Adriana Guzmán, referente de la corriente boliviana Feminismo Comunitario. Para ella, el rol de las argentinas fue vital para lograr lo que considera una «despenalización social» del aborto y una profundización de los argumentos.

«No es que las mujeres indígenas no abortemos, abortar es parte de la memoria ancestral», destaca Guzmán y cuenta que hasta hace unos años varios colectivos feministas de Bolivia no discutían sobre el aborto, pero que ahora salieron a las calles e incluso se acercaron a la embajada de Argentina para seguir el debate en la Cámara de Senadores de ese país. «Esta marea verde, que traspasa las fronteras, ha planteado una discusión fundamental frente al patriarcado, mucho más estructural, que no sólo tiene que ver con el aborto sino con la autonomía».

En Paraguay, la interrupción del embarazo está penalizada con una condena de hasta cinco años y sólo está autorizada en caso de riesgo de vida para la madre. Al conocerse la noticia de lo sucedido en Argentina, los diputados y las diputadas del Congreso paraguayo expresaron su rechazo con un minuto de silencio «por las miles de vidas de hermanitos argentinos que no van a nacer», de acuerdo a una solicitud del diputado Raúl Latorre. «Es un país muy conservador y eso se ve en la doble moral de gran parte de la ciudadanía, que cuestiona duramente, por ejemplo, los abusos sexuales, condena el aborto, pero no imparte educación sexual integral para que disminuyan las cifras», nos dice la periodista paraguaya Noelia Díaz. No obstante, el debate argentino puso el tema sobre la mesa, señala Díaz, quien afirma que permitió «discutir sobre educación sexual y sobre los derechos de las mujeres sobre sus cuerpos. Ese es un pequeño pero importante paso para ir ganando terreno en materia de derechos».

En otros lugares, como en México, la situación es particular, porque la reglamentación hoy existente no abarca a todo el país, que tiene un sistema federal. Desde abril de 2007, el aborto está despenalizado en Ciudad de México. En 2019, el estado de Oaxaca aprobó que las mujeres puedan interrumpir su embarazo hasta las 12 semanas de gestación. Con la llegada de la izquierda al gobierno federal en 2018 se esperaban más avances al respecto. Sin embargo, en conferencia de prensa, el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, dijo un día después de la legalización del aborto en Argentina que lo mejor sería ir a una consulta popular y evitó así tomar posición sobre el tema.

«Con este presidente, de corte ideológico menos conservador que los anteriores, está la impresión de algunas personas de que todo lo que hace el gobierno está bien y que esto incluye las políticas de género y los derechos de las mujeres. Sin embargo, no es así. La autocomplacencia de un gobierno que quiere mostrarse único en la historia no permite avanzar en la realidad que vivimos las mujeres y combatir la violencia que enfrentamos día a día», afirma a Brecha la periodista mexicana Guadalupe Lizárraga, quien cuenta que en su país «cada día son asesinadas hasta 11 mujeres y niñas, sólo por ser mujeres. Y un 98 por ciento de estos casos queda en la impunidad».

zárraga destaca el rol de las feministas argentinas: «El triunfo en Argentina nos enseña a México y al mundo que la lucha organizada por nuestros derechos todavía es posible en el mundo tal como lo conocemos. Nos enseña a ser valientes, a alzar la voz, a no quedarnos calladas, a exigir respeto a nuestro espacio, a nuestro cuerpo y a nuestras diferentes formas de pensar».

La opinión de Butler y Federici

En los últimos años, el movimiento feminista entró con fuerza al debate político y se convirtió en un fenómeno social global. Uno de los mayores impulsos se lo dio la movilización argentina con la marea verde, que arrancó en 2018, e incluso antes, en 2015, con el Ni Una Menos.

Consultada por la importancia a nivel mundial de la conquista de las mujeres argentinas, la filósofa y profesora de teoría crítica de la Universidad de Berkeley, Judith Butler, dijo a Brecha que «el movimiento feminista argentino es una enorme inspiración no sólo para las feministas de todo el mundo, sino para todas las personas que buscan los valores de igualdad, libertad y justicia». «Es un movimiento que no sólo se enfurece contra la injusticia, sino que lucha por una vida de deseo, alegría y comunidad. Proporciona un nuevo conjunto de ideales para la izquierda y para la transformación más prometedora de nuestro mundo común», agregó Butler, para quien, además, la lucha contra los femicidios librada por las argentinas «se ha tornado en una pelea por libertad y en una movilización por igualdad, vinculada a los movimientos de trabajadores, los derechos indígenas y el futuro de la Tierra».

Por su parte, la teórica y activista feminista Silvia Federici también destacó el papel global del movimiento construido por las mujeres argentinas a lo largo de los años: «La persistencia, la creatividad y la capacidad organizativa que han demostrado las mujeres en Argentina, cómo pudieron conectar las luchas por el aborto y contra el feminicidio, es un ejemplo que hoy resuena ampliamente».

Federici dijo a Brecha que la legalización del aborto también es importante porque pone un límite al «poder que tiene la Iglesia para decidir sobre la vida de las mujeres». «Ni el Vaticano ni las sectas evangélicas que hoy quieren obligar a las mujeres a tener hijos en contra de su voluntad tienen derecho alguno a regular nuestros cuerpos, ni autoridad para decirnos qué está bien o qué está mal», destacó. «Desde este punto de vista, lo que las mujeres han logrado en Argentina nos da poder a todas», dijo además la feminista italiana, para quien «las imágenes que hemos visto, las inmensas manifestaciones, las mareas verdes de pañuelos, las mujeres abrazándose, riendo, llorando nos han dado coraje, nos han recordado cuánto está en juego a la hora de no ser forzadas a arriesgar nuestras vidas en abortos clandestinos». «Esta victoria y la increíble movilización que ha llevado a ella envían un mensaje a todos los gobiernos: que las mujeres están en movimiento y deben ser tomadas en cuenta. Por eso sentimos que tenemos una deuda con las mujeres en Argentina y nos alegramos con ellas por lo que lograron», finalizó Federici.

 

Por Valentina Diaz Mesa
22 enero, 2021

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Publicado enInternacional
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