En Estados Unidos, donde se conoció en primer lugar y en inglés el texto del Plan Colombia, se aprobó bajo la denominación de Alianza Act, ley S1758, presentado por los senadores republicanos Coverdell, Dewine y Glaseley. Dentro del capítulo “Focos Integrados del Plan”, se planteaba como objetivo central (para Estados Unidos) la reducción en seis años en un 50% de los cultivos y en igual proporción de la producción de cocaína. En el Congreso de Colombia jamás se discutió, y mucho menos se aprobó, no obstante, luego de una década, en dicho Plan se condensó la estrategia general del país en todos los órdenes, lo cual impele necesariamente a hacer un balance de los efectos del mismo.

Del documento preliminar al respecto, elaborado en octubre de 2008 por Jo Biden actual vicepresidente de Estados Unidos y entonces presidente del comité de relaciones exteriores del Senado, “Plan Colombia: Las metas en reducción de drogas no fueron alcanzadas, pero la seguridad ha mejorado…”, se deduce que los fines con los que se justificó no se lograron. No resultó porque Colombia haya incumplido sus compromisos, al contrario, luego de un enorme costo fiscal y de miles de vidas, es centro mundial de producción y comercio básico de cocaína.

¿En qué se invirtieron entre 1999 y 2008 los 52.241 millones de dólares, que el país ha prodigado en este Plan, de un valor total de 58.688 al que hasta entonces había llegado? El monto mayor, 37.209 millones, (75 billones de pesos de hoy, un promedio de 7,5 billones al año, casi más del 3% del PIB por año en dicho periodo) se ha gastado en triplicar el rubro de seguridad y defensa y en duplicar el número de efectivos de la fuerza pública. Colombia se convirtió, a la larga, en uno de los países que más gasta con estos fines en el mundo y, si se evalúa en el contexto de las cuentas presupuestales ejecutadas, este importe puede equivaler a la mitad del valor de toda la deuda contratada entre diciembre de 1999 y diciembre de 2008, es decir, uno de cada dos pesos del endeudamiento público se ha ido en el conflicto.

La “ayuda” norteamericana, tan publicitada y que se muestra indispensable, aún excluyendo las demás colaboraciones del extranjero, es solamente el 11% del importe total del Plan. Además ha tenido dos condiciones: una, desde 2003, la Contraloría advirtió que el 75% de esa “ayuda” era manejada por agencias gringas; y, otra, la mitad corrió para contratos con las empresas del complejo militar-industrial norteamericano; esto es, negocios (de yo con yo) fundados en la lucha contra el narcotráfico en Colombia, aún sin importar si se alcanzan o no las metas.

Un vínculo entre este Plan y los acuerdos con el FMI, en la misma década, que persiguieron la reducción del gasto social y el aumento del recaudo de impuestos por la vía de contribuciones indirectas como el IVA para ampliar la capacidad de crédito del gobierno central, lleva a concluir que en todas las imposiciones de política económica neoliberal del Fondo van ocultos, entre sus muchos perversos propósitos, el de buscar espacios para compra de armamento y gasto bélico. Un verdadero oprobio. Por algo hay documentos cruzados con el FMI donde se especifica el aval para los compromisos con el Plan Colombia y por lo mismo un capítulo amplio del Plan se titula “reencauzando la economía”. ¿Qué tal esto? El futuro está marcado. Con la indigna cesión de soberanía, y toda suerte de prebendas, para la operación de fuerzas de Estados Unidos en siete bases militares colombianas y que pueden extenderse a todo el territorio patrio, continuará la afrenta del Plan Colombia. A partir de 2007 ya tuvo su segunda versión hasta el 2013, con dos componentes claves: “lucha contra el terrorismo” y “apertura de mercados”. Se recrudecerá el teatro de guerra. Adam Isacson, del Center for International Policy, que patrocina una política de “acción integrada” del Estado en la consolidación de los territorios donde se ha expulsado la guerrilla, exige ante todo, un “esfuerzo militar intensivo”, coordinado entre el Ejército de Colombia y el Comando Sur de US Army. Sin ello, agrega, los programas sociales no fructificarán. Parece cumplirse la premonición de Kissinger en 2001, respecto al Plan Colombia: “soy especialmente sensitivo cuando los conflictos armados comienzan con fines nobles, pero lamentablemente siempre terminan en un punto muerto, sin ilusiones,...acaban por convertirse en una amenaza para la estabilidad y la seguridad”. Así vamos…, por tanto, seguirá plomo y más plomo y, desde luego, más neoliberalismo para financiarlo.

Bogotá, 20 de enero de 2010
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Miércoles, 09 Septiembre 2009 20:38

El Gobierno colombiano oculta la violencia sexual

Un informe de la Intermón denuncia el uso de la violación como arma de guerra

"Llegaron 500 paramilitares a la aldea, que se halla en territorio de la guerrilla. Mataron a muchachas, chicos, hombres y mujeres. No se nos permitió recogerlos y los perros se comieron los cadáveres. Ahorcaron a algunos niños y mutilaron sus órganos sexuales. Violaron a muchas mujeres".

"Un grupo de hombres armados nos echó abajo la puerta de casa mientras dormíamos. Ataron a mi padre a una silla. Me abrieron de piernas y me ataron una pierna a un armario y otra a la cama. Nos violaron a mi hermana y a mí".

Son dos de los brutales testimonios recogidos en un informe, publicado ayer, de la organización Intermón-Oxfam, que denuncia cómo todos los grupos armados del conflicto colombiano utilizan la violencia sexual como un arma de guerra con total impunidad.

"El Gobierno colombiano ha negado y silenciado este delito", dijo la investigadora Paula San Pedro, autora del informe.

Persistente negación

"La persistente ocultación y negación de este delito por parte del Estado ha permitido perpetuar un entorno de impunidad en el que este tipo de delitos ni se investigan ni enjuician, ni se castigan a los responsables", señala el informe.

El documento resalta cómo, lejos de ser esporádica, la violencia sexual es una práctica "sistemática y generalizada" que ha pasado a formar parte del conflicto armado.

San Pedro explicó cómo "las mujeres son un blanco en el conflicto y son violadas para causar el terror en las comunidades, provocar la huida de la población y conseguir objetivos estratégicos y militares", uno de los factores que define en el derecho penal el uso de la violencia sexual como arma de guerra.

"Todos los grupos armados cometen estos abusos: paramilitares, Ejército y guerrilla", señaló por su parte la directora de Estudios de la ONG, Irene Milleiro. Pero la falta de visibilidad y la impunidad han normalizado la práctica, condenando a miles de víctimas al olvido. La invisibilidad es tal, subraya Intermón, que no es posible decir cuántas mujeres han sufrido alguna modalidad de violencia sexual en cinco décadas de conflicto armado. No hay cifras oficiales al respecto.

Sólo 20 investigaciones

La periodista colombiana Jibeth Bedoya, que fue secuestrada y agredida sexualmente hace nueve años, citó estimaciones de varios estudios que cifran entre 12.000 y 14.000 el número de mujeres víctimas de violencia sexual en los últimos diez años en el marco del conflicto.

"Sólo hay 20 casos denunciados por las víctimas ante la Fiscalía. La desproporción es devastadora", dijo Bedoya.

A falta de avances por parte de la justicia colombiana para juzgar las violaciones de guerra, pronto será posible recurrir a la Corte Penal Internacional (CPI). Colombia firmó una moratoria de siete años cuando firmó el Estatuto de Roma que creó el tribunal. "Esa moratoria, no renovable, termina el próximo noviembre y a partir de ahí la CPI podrá investigar los crímenes de guerra que en adelante se comentan en Colombia", señaló Milleiro.

"Tengo esperanza de que esto se mueva en la CPI", agregó Bedoya, víctima ella misma de la impunidad. En 10 años de investigación de su agresión, ninguna persona ha sido llamada a declarar, ni siquiera como testigo.
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Bogotá, 19 de agosto. El embajador estadunidense en Bogotá, William Brownfield, anunció que las tropas de su país en las operaciones antidrogas que realizarán desde bases colombianas por un acuerdo entre los dos países incluirán también como blanco a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Agregó que el ejército estadunidense no tiene interés en realizar operaciones en la frontera del país caribeño, pero en dado caso, se consultará previamente a las naciones vecinas.

En entrevista con el diario El Tiempo, de Bogotá, Brownsfield sostuvo que nunca fue intención de Estados Unidos causar nerviosismo en la región al acordar el uso de siete bases militares en territorio colombiano.

Lo que hemos hecho, como dijo claramente el presidente Obama, es actualizar unos acuerdos que hemos tenido con Colombia desde 1952. Esta cuestión es absolutamente bilateral. No tenemos nada qué esconder. Estamos dispuestos a explicar el acuerdo en el momento correcto. Quiero decir que podremos compartir el texto con cualquier gobierno en el mundo que quiera verlo.

Agregó que la mejor manera de explicarlo es citando lo que dijo Obama, al señalar que este es un acuerdo para asegurar la mejor colaboración posible entre Colombia y Estados Unidos.

Brownfield dijo que la garantía que algunos países sudamericanos están pidiendo, de que no habrá injerencia por Estados Unidos en el hemisferio a partir de sus operaciones en Colombia, es que Obama ha reiterado su intención de no hacerlo.

Si alguien quiere decir que no cree en el presidente estadunidense, está en derecho, pero yo creo que es un hombre responsable, honesto, transparente y ha sido muy claro y muy específico en esa área, dijo el embajador.

La verdad, esto no es nuevo. Estamos y hemos estado colaborando con el gobierno colombiano en estas cuestiones desde hace por lo menos 10 años (desde el Plan Colombia), y de hecho por décadas antes de eso, y nunca hemos usado esa colaboración para misiones fuera de Colombia. señaló.

Si me pregunta si las misiones van a aprovecharse de este acuerdo y en el futuro van a incorporar a las FARC en su zonas de blanco, la respuesta es sí, sin duda alguna, aseguró Brownfield, quien añadió que Estados Unidos será cuidadoso en cuanto a los países vecinos.

Le puedo garantizar que cualquier actividad nuestra, bajo este acuerdo bilateral, no va a acercarse a las fronteras sin la autorización específica de todos los gobiernos involucrados, apuntó, y agregó: No tenemos el menor deseo de hacer cualquier operación cerca de la frontera de Colombia con cualquier otra región.

Al mencionársele que el presidente Hugo Chávez ha dicho cosas como hay vientos de guerra, estamos listos para la guerra, Brownfield señaló: Creemos que es mejor no hablar de guerra, es mejor hablar de una visión más positiva, de comercio, de colaboración contra la droga ilícita o contra el terrorismo, de desarrollo económico, de colaboración en cuestiones de seguridad en vez de hablar de una visión negativa.

Añadió que existen la Convención de Ginebra, los convenios internacionales de derechos humanos o derechos políticos y civiles, la carta democrática de la Organización de Estados Americanos, y al final es mucho mejor hablar de esos instrumentos que hablar de los vientos de guerra que estarían soplando.

Aseguró que las FARC reciben el rechazo de algo así como 99 por ciento de la población de Colombia, porque el pueblo colombiano rechaza este concepto de guerra como el mecanismo para responder resolver las situaciones económicas y sociales. Yo creo que se puede aplicar esa misma lección en el diálogo entre gobierno y países del hemisferio.

Por lo pronto, el presidente Chávez rechazó la noche del pasado martes las declaraciones de la secretaria de Estado estadunidense, Hillary Clinton, en el sentido de que Estados Unidos no busca tener bases militares en Colombia, sino acceso a las mismas, al reiterar que esas instalaciones son parte de una estrategia de Washington para apoderarse de los recursos naturales de América Latina.

Se trata, dijo el mandatario venezolano, del comienzo de un plan que prevé para 2025 un amplio despliegue del poderío militar de Estados Unidos, de acuerdo con una estrategia definida en 1992 para tapar lo que (sus ideólogos) consideran brechas en la dominación mundial.

Afp, Dpa y Pl
 

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"Nosotros no limitamos con Colombia, limitamos con las FARC. La frontera está deliberadamente desatendida con el fin de involucrar al Ecuador en esa guerra", señaló el mandatario a la Asociación Latinoamericana de Educación en Radiofónica.

Según Correa, el gobierno colombiano emplea sólo el 1 por ciento de su pie de fuerza en la vigilancia de la zona limítrofe (de casi 700 km), mientras "un 20 por ciento de las Fuerzas Armadas" ecuatorianas ejercen control en esa área.

La situación ha influido para que Ecuador quede expuesto a las acciones de la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, agregó.

"Nosotros no las apoyamos, somos víctimas de ellas, gastamos decenas de millones para evitar que ingresen a nuestro país", justificó el mandatario.

Pese a ello, "no nos vamos a involucrar en un conflicto que no es nuestro y que es la estrategia de cierto segmento político colombiano", reiteró.

Correa rehúsa juzgar como terroristas a las FARC, y desde hace varios meses asegura "enfrentar una campaña mediática y política" orquestada desde Colombia para vincularlo con esa organización.

Las sospechas contra el mandatario han ido en aumento conforme se divulgan unos videos y escritos atribuidos a las FARC, en los que se afirma que su campaña de 2006 recibió dinero de los rebeldes.

En la entrevista, Correa subrayó que su país seguirá respondiendo a Colombia con "la ley en la mano" pese a "su guerra mediática".

"Estamos judicializando las cosas tanto a escala nacional e internacional, como lo hacen las naciones civilizadas", dijo en referencia a los procesos que sigue contra Colombia por los efectos de las fumigaciones antidrogas y a los operativos militares.
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Miércoles, 20 Mayo 2009 17:25

La coca y su difícil laberinto

En un recodo del río Tapaje, en el departamento de Nariño del Pacífico colombiano, dos mujeres con camisetas llenas de agujeros y sombreros de alas, esperan la llegada del comprador de hoja de coca. "La necesidad me tiene en esto, con siete hijos y sin marido...", se disculpa, con el tono cantado y dulce de los afrocolombianos, la dueña de la mercancía. "Sólo me queda lo que dejó la última fumiga", agrega. La aspersión de glifosato, realizada mediante poderosos monomotores escoltados por helicópteros artillados, los había atacado cuatro meses antes.
 
Poco después se acerca una embarcación. Un hombre y una mujer acomodan los bultos en la lancha, pagan lo convenido -el equivalente a 500 dólares- y en minutos se pierden por un riachuelo. En volteaderos y cristalizaderos camuflados en la selva, esta hoja se convierte en medio kilo de cocaína. Los 500 dólares se multiplican hasta llegar a 43.000 en las calles de Madrid.
 
Nariño, mitad costero y mitad en la cordillera, es el departamento con más coca, 20.000 hectáreas. Es un territorio disputado por los grupos armados que se financian con el cultivo: los nuevos paramilitares, las guerrillas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), las bandas de la mafia...
 
Y en medio de este conflicto se vive un pulso entre los campesinos que se arriesgan a dejar el cultivo de la hoja de coca, los vacilantes y los necios.
 
El gobernador, Antonio Navarro Wolf, apoya a los primeros: "El único camino para acabar con la coca es que el campesino se convenza y convenza a su vecino de dejarla". Se comprometió con el plan de etnodesarrollo creado por las comunidades negras del Pacífico y de Leiva y Rosario, encumbradas en las montañas, y abandera un programa piloto de sustitución voluntaria denominado Sí Se Puede.
 

Desafío
 

EL PAÍS, con el apoyo de Avina -una organización que trabaja por el desarrollo sostenible en América Latina-, realizó un recorrido por estos lugares y comprobó que el desafío no es fácil.
 
La coca llegó al Tapaje en 2001. Floreció en medio de la caída del precio del coco y de la importación de cacao, que arruinó a los lugareños. Es una zona de alta pluviosidad, que llegó a convertirse en una despensa. Pero en El Charco, la población más grande sobre sus riberas, se llegó al extremo de importar todo lo que se comía. A El Charco se llega desde Tumaco, un puerto sobre el Pacífico, navegando por mar, ríos y esteros.
 
Arnulfo Mina, el párroco, lamenta que el Gobierno no haya llegado con "un plan serio" y que no haya cumplido las promesas realizadas hace dos años, en medio del desplazamiento masivo provocado por la fumigación y los enfrentamientos entre las FARC y el Ejército, que ocupó la zona para recuperar territorio.
 
Les ofrecieron sembrar palma africana. Pero la palma, que requiere grandes inversiones de capital, ha dejado a muchos nativos sin tierras en otros lugares. En los puestos planeados para vender verduras, granos o frutas del mercado de El Charco viven aún 200 personas.
 
En su casa, construida sobre pilares en la parte alta del Tapaje, Arnulfo Aguirre acumula cartas pidiendo créditos blandos para volver al cacao. Este hombre de 55 años, que aprendió a leer solo, confiesa que "tomó conocimiento" de la ilegalidad de la coca cuando metieron presos a dos amigos. "Pensé: ese cultivo no es para nosotros; cuando uno está preso, ya la vida es sumergida". Es directivo de su Consejo Comunitario, una de las organizaciones creadas para reconocer la propiedad de los baldíos del Pacífico a los afrocolombianos. A comienzos de año decidieron arrancar los cocales. "Si el Gobierno toma la iniciativa, los servicios del Estado no nos cobijan", dice Arnulfo.
 
Tiene razón. Los programas de la Gobernación, que cuentan con recursos de la cooperación internacional, llegarán a quienes lo hagan. Por falta de recursos, apenas un 10% de la población negra del Tapaje se beneficiará. "No acabaremos con el narcotráfico, pero tiene sentido que logremos sacar de lo ilegal a 5.000 familias", reconoce Eugenio Estupiñán, encargado del programa.
 
El desafío mayor es garantizar el mercado. Trabajarán por núcleos de 40 hectáreas. "Si son afectadas por la fumiga, podremos hacer los reclamos respectivos", aclara Estupiñán. Pero la garantía no es absoluta.
 

Un solo camino
 

Gustavo Mauricio Girón, obispo de Tumaco, maneja una cifra: un 30% del campesinado está decidido a dejar el cultivo de coca. Pero sabe que las mafias no dejarán que el negocio se acabe. Califica a los campesinos de "víctimas". "Los capos dominan territorios y les obligan a sembrar", recuerda. Si no lo hacen, los tildan de espías y tienen que huir. Hay un solo camino: que toda una comunidad se una y diga: "No sembramos más coca".
 
No es fácil. Comunidades que se han reunido para buscar una salida conjunta sienten desconfianza: "Lo que uno comenta en esos espacios llega a los oídos de los armados", alegan. Muchos prefieren callar. "Los grupos armados quieren tener como apéndices de su estructura de poder a las organizaciones comunitarias", afirma Ricardo Vargas, estudioso del tema.
 
El obispo retrata otra de las presiones que se abaten sobre el alma del campesino: "La coca daña más al que la produce que al que la consume". Su lógica descorazona: el que consume se torna pacífico, pero el campesino que la cultiva se degrada: compra armas, licor, equipos de sonido, gasta a manos llenas en juegos de azar, en prostitutas... "Desde el momento en que la coca produce, existe la tentación", advierte el obispo.
 
Durante mucho tiempo, Humberto deseó que llegaran los aviones fumigadores y destruyeran su cocal en Leiva. Por eso, cuando a comienzos de 2008 ocurrió, sintió alivio. Fue a la alcaldía y pidió ayuda; reunió a los vecinos y los invitó "a cambiar de pensamiento". A finales del año pasado, integrados en el programa Sí Se Puede, arrancaron manualmente 90 hectáreas.
 
Otros los han imitado. Muchas razones lo llevaron a dejar atrás 14 años de vida ilícita: dos hermanos arruinados por la adicción, las repetidas amenazas de los armados -"quererlo matar a uno porque no aportaba lo que ellos querían"-, la muerte violenta de cuatro de los cinco hijos varones de su hermana, y la masacre de cinco líderes del pueblo en diciembre de 2007.
 
Sabe que "sólo con estar en paz" no se vive. "Si el Gobierno le pone la mano al campo y da soluciones, se puede terminar con esto", explica.
Ayuda de la UE
Pero las políticas públicas apuestan por la agroindustria y no por la economía campesina. Esto preocupa al gobernador Navarro. Sí Se Puede está financiado, entre otras instancias, por la Unión Europea, que aporta 4,5 millones de euros. El Gobierno de Bogotá lo respalda; por eso, se comprometió a no fumigar si los campesinos arrancan voluntariamente las 600 hectáreas que aún quedan. Casi 4.000 familias de Leiva y Rosario, cocaleras o no, son las destinatarias.
 
"Se trata de enfrentar con una óptica distinta el problema", dice Navarro. Es necesario un paquete completo de desarrollo sostenible que incluya seguridad, vías, legalización de predios, asistencia técnica, créditos y acceso al mercado regional a precio justo.
 
El primer paso es convencer a los campesinos y reconstruir el tejido social, desbaratado por la mentalidad competitiva e individual impuesta por la coca; después, es necesario agruparlos de acuerdo al interés por distintos cultivos. Una barrera es la desconfianza. Así lo siente Luis Eduardo Ramírez, ingeniero agrónomo con doctorado en Desarrollo Sostenible, encargado del proyecto en Leiva. "Con lo ilícito, la gente se acostumbró a buen dinero", dice.
 

Frustrante cosecha
 

Será lento volver a la cultura anterior. Lo aceptan los lugareños: "Llevamos en esto casi 30 años. Los jóvenes no saben qué es el trabajo de antes". Además, cargan con una pesada cosecha de frustraciones con programas alternativos. Desde 1985 se han hecho distintos experimentos: "Vienen, nos endulzan el oído, dentramos a los proyectos y después nos dejan paralizados".
 
A Leiva se llega tras una hora de viaje desde la carretera que une el centro del país con Ecuador, por un camino empinado que sube ensortijado sobre el ramal occidental de los Andes. A los rincones más apartados se viaja por caminos tan angostos que parecen rasguños abiertos en la montaña, al borde de aterradores precipicios. Todo ese oleaje de montañas estuvo tapizado de coca. Anclaban el arbusto con puntales para que no se despeñara. El cultivo casi desaparece por las fumigas, la erradicación manual y las pirámides -empresas ilegales captadoras de dinero-. En lugar de salvar la hoja tras las últimas lluvias de glifosato, campesinos y compradores apostaron por estas empresas, que se desplomaron antes de terminar el año 2008.
 
Muchos volvieron al monte para recuperar la coca abandonada o para sembrar nueva. Y hay rumores tentadores: oferta de semillas, apoyos para empezar de nuevo... En algunos sitios, la resiembra se da por exigencia de los armados. A una aldea llegaron los nuevos paras, mataron ganado, repartieron carne y les ofrecieron precios altos por la hoja.
 
A finales de febrero, en un encuentro comunal, los campesinos de Leiva soltaron ante el gobernador un rosario de quejas. Y Navarro les increpó: "¿Me quieren decir que quieren volver a la coca, que no se puede...?", les increpó Navarro.
 
La fumiga, pero también los químicos con que alimentaron por años la coca y tanto bosque arrasado, tiene la culpa. "Abrieron mucha frontera agrícola para botar esa semilla", cuenta el ingeniero Ramírez. Hoy se necesitan más abonos y están tres veces más caros.
 
"No podemos declinar, vamos a seguir buscando aliados; si crece la ayuda, vamos a salir de esta cuestión", dice Sandro, líder y profesor del Tapaje. Y en la sierra, Humberto, de manera suave, seguirá predicando: "Cuando haya ayuda, ¿quién va querer la coca?"

Por, PILAR LOZANO | Bogotá 20/05/2009
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La población desplazada en Colombia por la violencia alcanzó en 2008 los 4,3 millones de personas, lo que consolida al país suramericano como el segundo del mundo con más refugiados internos, sólo superado por Sudán, con 4,9 millones, según un informe divulgado este este viernes.

El documento elaborado por el Centro de Control de Desplazamientos Internos (IDMC, por su sigla en inglés) señala que unos 300.000 colombianos se agregaron a finales del año pasado a las lista de los desplazados por la violencia que sufre el país desde hace medio siglo.

El IDMC, dependiente del Consejo Noruego de Refugiados, presentó hoy el informe en un acto en Nueva York en el que estuvieron presentes el máximo responsable de la ONU para los Refugiados, Antonio Guterres, y el subsecretario general de Naciones Unidas para Asuntos Humanitarios, John Holmes.

En el documento se recuerda que Colombia es el único país latinoamericano con un conflicto a gran escala que sigue causando un alto índice de desplazamientos internos.

De hecho, el IDMC atribuye al conflicto colombiano el aumento el año pasado de 7 por ciento en el número de refugiados internos de la región.

La cifra de 4,3 millones de desplazados que cita el informe se basa en los cálculos de la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (COHDES), y difiere de los cálculos del Gobierno de Bogotá, que sitúa el número de desplazados en 2,64 millones en agosto de 2008.

Los desplazados internos colombianos, que representan 9,3 por ciento de la población nacional, suelen ser residentes de áreas rurales que huyen de la violencia protagonizada por las guerrillas y las nuevas encarnaciones de los grupos paramilitares, según el IDMC.

En lugar de concentrase en campos, se dispersan en zonas urbanas pobres y reciben un apoyo institucional inicial, aunque posteriormente se ven obligados a sobrevivir sin mucha ayuda del Gobierno o de las agencias internacionales, afirma esa entidad.

A ello se agrega que en 46 por ciento de los casos, las familias colombianas desplazadas solamente cuentan con la madre, debido a que el padre ha sido asesinado o está desaparecido.

Los menores de 18 años, que representan 36 por ciento de la población desplazada, tienen mayores posibilidades de ser víctimas del reclutamiento forzoso que llevan a cabos los diferentes grupos armados.

Al mismo tiempo, entre las niñas y jóvenes desplazadas se registra un mayor índice de abusos y explotación sexual, advierte el informe.

Sus autores lamentan que el progreso que logró el país en los últimos años en la redacción de leyes de amparo a esta población desplazada no se haya traducido en medidas tangibles, que les permitan mejorar sus duras condiciones de vida.

Además de Colombia, los otros países latinoamericanos con desplazados internos son Perú (150.000), México (21.000) y Guatemala, en donde el informe no logró precisar una cifra.

EFE
Nueva York, Estados Unidos
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Domingo, 05 Abril 2009 08:21

Clara Rojas, la otra verdad de la selva

Permaneció seis años a merced de los guerrilleros de las FARC por seguir los pasos de Ingrid Betancourt en la jungla colombiana. Durante el secuestro rompió con aquella amiga y dio a luz a Emmanuel. Su libertad encarna hoy la otra cara de un mismo infierno.
 
Lo primero que quiso hacer tras su liberación fue darse una ducha. Una ducha larga de agua caliente. Al salir, después de haber probado sobre su piel todos los jabones y todas las cremas que encontró, Clara Rojas advirtió que en aquel lujoso baño de aquel lujoso hotel de Caracas había un enorme espejo de pared:
 
- Me aterraba verme de cuerpo entero, pero me armé de valor. Me planté delante y me miré. Hacía seis años que no me veía así, desnuda, delante de un espejo. Recorrí mi cuerpo con la mirada. Vi la cicatriz de la cesárea, mi rostro cansado y ya con algunas arrugas en la frente. Pero, además de las huellas de mis seis años de cautiverio en la selva, vi que estaba entera, sana y salva, y le di gracias a Dios.
 
Clara Rojas fue secuestrada el 23 de febrero de 2002 por la guerrilla colombiana de las FARC junto a su amiga Ingrid Betancourt, por aquel entonces candidata a la presidencia de la República por el partido Verde Oxígeno. Ingrid le había pedido a Clara que la acompañase en un viaje varias veces pospuesto a San Vicente del Caguán. No era una misión fácil. Sólo dos días antes, el presidente Andrés Pastrana, que desde 1998 venía intentando mantener un diálogo con la guerrilla, había dado por rotas las conversaciones y ordenado el levantamiento de la zona de distensión. Así que aquel viaje implicaba meterse en la boca del lobo. Habría que volar desde Bogotá hasta Florencia, capital del departamento del Caquetá, y de allí en helicóptero hasta San Vicente, a unos 160 kilómetros de distancia. La noche anterior a la partida, el jefe de seguridad le advirtió a Clara Rojas -abogada de profesión y asistente y amiga de Ingrid Betancourt- de los peligros del viaje. Clara se los trasladó por teléfono a Ingrid, y ésta le contestó: "Clara, si no quieres ir, te quedas. En todo caso, yo viajo".
 
"Le dije que iría con ella, y esa decisión marcó mi vida. Tendría que haberle dicho que no. Pero le dije que sí. Tras colgar el teléfono, cené con un amigo en mi casa. Nos tomamos una deliciosa botella de vino blanco. Al marcharse, me dio un beso y un gran abrazo. No exagero si le digo que ése fue el último gesto de cariño y amistad que recibí hasta el día en que me liberaron. Y de aquel abrazo a la liberación transcurrieron seis años, seis largos años"
 
Clara Rojas dice las cosas más tristes con una sonrisa en la boca, sin dejar de mirar a los ojos, terminando muchas de sus frases con una muletilla "¿cierto?" que busca en el otro la complicidad que tanto extrañó en la selva. Durante una hora y media de conversación, en un club social de Bogotá que fundó su padre y donde los camareros que hoy le sirven el desayuno la vieron crecer junto a sus cuatro hermanos varones, esta mujer de 44 años no deja de sonreír más que en una ocasión. Cuando recuerda que ahora mismo, mientras ella saborea los pequeños placeres recuperados, muchos de sus compañeros siguen allí, en algún lugar de la selva colombiana, encerrados en jaulas y encadenados al cuello como perros malqueridos, vigilados día y noche, temiendo que en cualquier momento el Ejército intente su liberación y mueran víctimas del fuego cruzado o ejecutados por los guerrilleros.
 
¿Temían que el Ejército intentase su liberación? Sí. Todo el tiempo. Ya sé que eso es muy difícil de entender para cualquier persona que esté fuera, pero lo cierto es que ésa es una angustia con la que vivíamos permanentemente. El Ejército no sabe con exactitud dónde te encuentras ni quién eres en realidad, porque los guerrilleros te dan la misma ropa que usan ellos. Te visten de camuflaje verde oliva, y también entre ellos hay mujeres guerrilleras, así que, en el caso de un enfrentamiento, los soldados nunca pueden saber a ciencia cierta quién es guerrillero y quién no" Hay además un largo historial de rescates fallidos. Y hubo casos en los que los guerrilleros mataron a tiros a los cautivos durante un intento de liberación por parte del Ejército. Los mataron cumpliendo las reglas de la guerrilla"
 
¿A usted la amenazaron con matarla? Sí, nos lo dijeron a Ingrid y a mí: "Si el Ejército intenta rescatarlas, las matamos. Nosotros no las vamos a entregar. No dejaremos que nos las quiten. Sólo se las entregaremos muertas". Es bárbaro. Te lo dicen apuntándote con sus armas, cuando han advertido la presencia cercana de los soldados y tienen que cambiar de escondite. Y te lo repiten para que prepares tus cosas y salgas corriendo con ellos, sin retrasar la huida" Si te retrasas, te vuelven a apuntar y te lo vuelven a repetir: "Antes de que las rescaten, las matamos".
 
¿Fue eso lo más duro de sus seis años de cautiverio? No.
 
¿Qué fue? La sensación de tiempo perdido. Yo era una persona permanentemente atareada, con unas ansias enormes de aprender. Incluso leía libros sobre cómo aprovechar mejor el tiempo. Y de pronto me vi cautiva y forzada a una inactividad insoportable. Sin noticias de los tuyos, sin periódicos, sumida en la monotonía más absoluta. El cautivo es despojado bruscamente de todo. Pierde por completo el control de su propia vida y de todo lo que le rodea. Se encuentra solo frente a sí mismo, sin nada más. No tienes más opciones que dejarte morir o luchar por la vida. Ingrid y yo decidimos luchar. No llevábamos ni tres días de secuestro cuando empezamos a pensar en huir y nos hicimos la promesa de escapar juntas en cuanto tuviéramos la menor oportunidad.
 
No lo consiguieron. Pero eso ya es casi lo de menos. Lo más relevante es que de aquellas fugas frustradas -pasaban varios días de sustos y penalidades, perdidas en la selva hasta que se daban por vencidas o eran encontradas por la guerrilla? surgió entre Ingrid y Clara un desencuentro tan grande que todavía hoy persiste. Poco tiempo después de que las FARC pusieran en libertad a Clara Rojas, gracias a la intermediación del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, el Ejército colombiano logró, tras urdir una ingeniosa operación de rescate, liberar a Ingrid Betancourt...
 
¿Han hablado tras su liberación? No.
 
¿Nunca? Nunca?
 
¿Qué pasó entre ustedes? Habíamos intentado escaparnos varias veces. Incluso en una ocasión, el secretariado de las FARC mandó a un comandante para preguntarnos por qué seguíamos intentando escapar. No lo entendían. Ellos creían que nos trataban bien porque nos daban de comer todos los días. El caso es que, tras fracasar nuestro último intento de fuga, los soldados nos trataron con mucha rudeza. Nos encañonaron y amenazaron con matarnos. Incluso nos cambiaron de comandante y de guardianes. Los nuevos no se anduvieron con paños calientes. Nos colocaron un candado en el tobillo con una cadena de unos tres metros amarrada a un árbol. Sólo nos soltaban para ir al baño. Fue la única vez que nos pusieron cadenas durante los seis años, pero aquel recuerdo, terrible, dejó en mí una marca imborrable. Y creo que entonces empezó a cambiar mi actitud hacia Ingrid.
 
Clara Rojas admite que se irritó con su amiga cuando, en el segundo intento de fuga, Ingrid Betancourt se descontroló al toparse con un avispero. Fue a plena luz del día. Las dos fugitivas estaban cruzando el cauce de un riachuelo, escondidas bajo un puente de apenas un metro y medio de altura. "Cuando Ingrid se topó con el avispero, salió corriendo y gritando, haciendo todo tipo de aspavientos a pesar de que era pleno día y podíamos ser vistas". De hecho, fueron capturadas. Intentaron combatir aquel fracaso rezando juntas por el padre de Ingrid, que acababa de fallecer, y leyendo y comentando la Biblia, pero poco a poco fueron encerrándose en el silencio y el desencuentro. "Imagino", explica Clara Rojas, "que cada una culpaba a la otra de que hubieran fracasado los intentos de fuga, pero nunca nos lo dijimos. Todo aquel dolor mal digerido creó entre nosotras una barrera de silencio. No podría decir que ocurriera un hecho concreto que rompiera nuestra amistad. Fue más bien un distanciamiento progresivo. La ruptura fue tal que el comandante que nos vigilaba decidió separarnos y ponernos en lugares distintos. La animosidad entre nosotras fue en aumento. Un día le pedí a los guerrilleros un diccionario para entretenerme. Cuando me lo trajeron, Ingrid no me lo dejó usar. También me hizo sufrir que me expulsara de las clases de francés que ella daba de vez en cuando a los demás cautivos... Opté por encerrarme definitivamente en el silencio".
 
¿Hubo algún momento en que pensó que podía estar perdiendo la razón? Sí. Hay un momento. La soledad me había embargado. Pasaba mucho tiempo callada, casi no pronunciaba palabra. Me había separado del grupo. Comía siempre sola, no tenía con quién hablar. Hasta perdí la costumbre de que alguien me dirigiera la palabra. Un día, cuando estaba lavando la ropa, vino el comandante a decirme algo, pero yo seguí con lo mío. No me inmuté con su llegada ni cuando se volvió hacia mí y me llamó por mi nombre. Como no le contesté, me llamó varias veces más hasta que perdió la paciencia y gritó: ¡Clara! Yo estaba como ida. Mi cuerpo estaba allí, pero mi mente andaba lejos. Aquel grito me sorprendió y me di la vuelta para mirarlo. Me di cuenta en ese momento de que estaba siendo ignorada completamente como ser humano...
 
¿Ese grito la salvó? Casi que sí, casi que sí... Me permitió reaccionar, y reaccionar positivamente. Otra persona se podría haber aislado más, y eso hubiese resultado fatal. Y con el grito yo me doy cuenta de ese peligro. Y es durísimo porque me percato de que necesito hablar con alguien, hacer algo, salir de ese círculo mortal. Ese momento es durísimo. Me doy cuenta de que me estoy aislando para contrarrestar la situación de cautiverio. Me estoy desconectando...
 
¿Se sintió torturada? Claro que todo aquello constituía una tortura.
 
¿Consciente? Claro. Si no es para hacerte daño, ¿por qué te quitan la radio? Por qué de pronto te dejan sin pilas, sabiendo que para ti es vital escuchar las noticias, los mensajes de apoyo de tu familia o los testimonios de las familias de otros secuestrados? Ellos saben el daño que están haciendo. Ellos me ven llorar de tristeza. Sí, conscientes sí son. Y, de hecho, hay un momento en el que un comandante me pide perdón en su nombre y "en el de la organización". Hasta el grito, que yo logro utilizar para seguir adelante, es una forma de tortura. Para mí fue durísimo, hasta ese día nadie me había tratado así.
 
Y aun así, usted no habla con odio de los guerrilleros? Tengo un sentimiento doble. Yo soy conciente de que ellos reciben órdenes y de que su capacidad de reacción es mínima. Me doy cuenta de que algunos de ellos intentan mitigar ese dolor que me están causando. Yo sé que los responsables de mi secuestro son los comandantes de la secretaría de las FARC. Y sé que hay distintos niveles de responsabilidad. Por eso, durante el secuestro hago el esfuerzo de no manifestar mi inconformidad y todo mi desacuerdo contra ellos. Y también porque sé que es negativo para mí.
 
¿Usted los ha perdonado? Sí.
 
¿Por qué? Primero porque eso allana el camino a la libertad de las personas que aún están secuestradas. Y segundo, porque, al tener yo una dimensión pública, tengo una responsabilidad hacia los demás. Yo quiero un país en paz. Y si yo estoy resentida, traslado ese resentimiento a la población. Prefiero manejar esos sentimientos en busca de un ideal más amplio que es la paz. Y claro que la paz exige de justicia. Y que las FARC y me refiero al secretariado, a sus dirigentes? tienen una responsabilidad que tendrán que pagar.
 
Después de aquella ducha en el hotel de Caracas, ¿qué hizo? Llamar a mi hijo.
 
Lo que viene a continuación es una historia de mucha alegría y de mucho dolor, una historia sobre hasta qué punto la vida, cuando quiere, se abre paso a puñetazos en las condiciones más adversas. Clara Rojas se quedó embarazada durante su cautiverio. A finales de 2003, después de una temporada en la que los guerrilleros cambiaron frecuentemente a sus víctimas de campamento, Clara notó que, además de sentirse mal, estaba aumentando de peso. "Se lo comenté a algunos de mis compañeros, quienes me aconsejaron, con cierto malestar, que se lo comentara a la guerrilla. Noté ya entonces que no se querían implicar, y aquella respuesta me dejó un mal sabor de boca. Decidí pedir una cita con Martín Sombra, el jefe de los guerrilleros. Cuando me recibió, me dijo: "Doña Clara, ¿cuál es la joda?". Clara Rojas le contó sus temores y él mandó llamar a una enfermera. "Me sorprendió su manera de resolver el asunto, como si fuera un médico, sin interesarse por chismes ni cuentos. Cuando me iba, me regaló un par de paquetes de galletas y dos latas de leche condensada". Clara Rojas no durmió aquella noche. "Antes del secuestro había pensando en tener un hijo. Notaba desde hacía un tiempo que estaba corriendo mi reloj biológico. Por eso, al saber que estaba embarazada, aunque fuera en una situación inverosímil y arriesgada, pensé que tal vez se trataba de la última oportunidad de cumplir mi aspiración de ser madre. Descarté enseguida la idea de no tener el niño".
 
A los pocos días, Martín Sombra la volvió a llamar para que se hiciera el test del embarazo. "Cuando resultó positivo, el comandante y una enfermera me felicitaron y trataron de animarme. Él me recomendó que me untara en la barriga aceite de tigre y, al percatarse de mi angustia, me dijo: "Clara, no se preocupe más de la cuenta. No vamos a dejarle morir a usted, ni a su bebé. Y recuerde: ese bebé es suyo y lo va a cuidar como una tigresa furiosa". Es aquí donde, sorprendentemente, los papeles se cambian. Al volver al campamento con la noticia, Clara Rojas sólo recibe indiferencia -en el mejor de los casos- o las críticas de sus compañeros.
 
¿Qué sucedió? Ingrid sólo me dijo: bienvenida al club, de una forma sarcástica que me llenó de pesar. Y al día siguiente los prisioneros me hicieron una encerrona. Me empezaron a preguntar de forma insistente quién era el padre de mi hijo. Unos me llamaron irresponsable y otros me acusaron de estar metiéndoles en problemas. Supongo que temían que se pensara que alguno de ellos era el padre, así que les devolví la pregunta: ¿alguno de ustedes es el padre? Al responder uno tras otro que no, les dije: muy bien, entonces no se preocupen. Déjenme tranquila, que yo respondo por mi bebé?
 
Clara está frente al espejo del lujoso hotel de Caracas adonde fue llevada tras su liberación. La cicatriz de la cesárea es el recuerdo de una noche de espanto donde los guerrilleros lucharon por que ella y su bebé sobrevivieran.
 
¿Qué vio aquel día en aquel espejo? Lo que sigo viendo ahora. El tiempo perdido. Mi hijo nació con el brazo fracturado. Y al poco de nacer me lo quitaron para llevarlo a tratamiento. Usted tiene que tener en cuenta que mi hijo y yo estuvimos tres años separados. Hay momentos en que estoy con él y veo a otras amigas que tienen a sus bebés y yo pienso: desde esa etapa hasta los cuatro años, yo la tengo en blanco, no sé cómo fue mi hijo cuando tenía dos años, o cuando tenía tres... Y eso me provoca un dolor infinito. Perdimos tiempo. Tiempo juntos. Vivencias vitales en la vida de las personas. Y eso me duele. Y eso ¿quién te lo devuelve?, ¿quién te devuelve el tiempo que perdiste? Mi hijo ya creció. ¿Quién vuelve el tiempo atrás?
 
¿Tiene esa pérdida muy presente? No, ya lo perdí y punto. Ahora intento estar con él todo lo posible. Dedicarle tiempo de calidad. No puedo estar quejándome todo el tiempo. Estoy feliz. Y noto que él también es un niño feliz. Y con mucho sentimiento de propiedad hacia mí. Me dice mucho: "Eres mi mamá..."
 
Su hijo, durante el tiempo en que la guerrilla lo entregó a un campesino y aun después, cuando estuvo en un centro de acogida, vivió bajo otro nombre? Sí, pero eso lo ha manejado muy bien. Desde que nació se llama Emmanuel. Porque yo lo bauticé y debe tener un recuerdo emocional. Y cuando lo encontraron y se demostró que era mi hijo, organizaron un juego en el que todos los niños se cambiaban de nombre. Hicieron una terapia para que él entendiera el proceso. Y además le dijeron que su nombre significa una bendición de Dios, Dios entre nosotros, y él lo entiende y le gusta. El otro día le dijeron: "¿Cómo te llamas?". Y él dijo: "Emmanuel, el todopoderoso, mira cuánto puedo correr".
 
Clara Rojas acaba de escribir un libro con toda su aventura. Hay sólo un lugar de sombra, un secreto metido en un cofre con siete cerrojos donde nadie puede entrar. "Cuando Colombia se enteró de que había tenido un niño en la selva, se habló de drama, de historia de amor. Lo único cierto en todo lo que se ha contado hasta ahora es que tuve un hijo en cautiverio. Eso es un hecho. Todo lo demás no tiene ningún fundamento. Me corresponde a mí decir qué se hace público sobre mi historia y qué no. Es algo reservado a mi hijo Emmanuel, cuando me pregunte por ello. Aún no es el momento. Lo único que quiero decir es que durante el secuestro viví una experiencia que me dejó embarazada. Pero mi verdadera historia de amor comienza cuando descubro que espero un hijo y decido salvarle la vida".
 
Clara Rojas se va entre sonrisas de este club social de Bogotá donde los camareros la vieron crecer. En su casa, a las afueras de la ciudad, la espera su hijo, Emmanuel, que dentro de unos días cumplirá cinco años, y su madre, una mujer valiente que durante aquellos seis terribles años no dejó de luchar para arrancársela a la selva. A veces, en medio de los juegos, Emmanuel se pone serio y dispara una pregunta que pone un nudo en el corazón de su madre:
 
-Mamá, ¿por qué no fuiste a por mí antes? Yo te extrañaba...

Por, PABLO ORDAZ 05/04/2009
Publicado enColombia
Sábado, 21 Marzo 2009 15:00

Colombia, la frontera sur y la guerra

El asesinato de varios indígenas awás, cometido por las farc, conmocionó a Colombia y el mundo hace pocas semanas. Se volvió a hablar de indígenas, de su pobreza y de la vulneración de sus derechos. Todo el mundo gritó y acusó, se prometieron consejos comunitarios sin Esmad que dispare, la cooperación internacional –por millonésima vez– volvió a llamar la atención sobre “la situación de los indígenas”. Todo el mundo habló, hasta los victimarios, acusando a los indígenas muertos de colaborar con el ejército. Hoy, pocos días después, el silencio vuelve sobre la frontera con Ecuador, donde hombres y mujeres sufren el embate de la guerra.

Colombia y Ecuador comparten 585 kilómetros de frontera, vivida como un territorio único que no responde a las necesidades de la política sino a las de la vecindad, la convivencia y la economía regional. Este imaginario colectivo se refuerza por los ecosistemas comunes que también acompañan la historia y cultura compartida. Durante la mayor parte de su historia, la frontera mantiene la buena vecindad, que hasta la década de los 80 era un asunto diplomático rutinario en el cual “a los centros políticos nacionales les bastaba con la exaltación de factores geográficos, culturales e históricos para mostrar una buena vecindad” . Sumado a esto, la definición de mutuo acuerdo de los límites fronterizos y de sus espacios marítimos contribuyó a esa buena relación .

Según Socorro Ramírez, esta historia común de buena vecindad se vuelve más compleja a partir de los 90 porque, a pesar del involucramiento de actores políticos y comerciales y de haber creado nuevos mecanismos binacionales de discusión, no se generó una mayor capacidad binacional de manejo de los asuntos transfronterizos comunes. Esta incapacidad hizo que la política fronteriza fuera sobredeterminada por razones internas de cada país y por dinámicas globales. Esto se expresa del lado colombiano en lo que algunos expertos denominan “securitización” de los temas fronterizos con la implementación del Plan Colombia y el Plan Patriota en la zona sur del país .

A partir del año 2000, con la política de ‘seguridad’ del gobierno de Uribe, que derivó en el fortalecimiento militar del Estado, la aplicación del Plan Colombia y las disputas territoriales en áreas fronterizas entre guerrillas y paramilitares, se produce un aumento constante del desplazamiento forzado y la búsqueda de refugio en países vecinos. De hecho, “entre los países colindantes con Colombia, Ecuador se ha convertido en los últimos años en el principal destino de colombianos que obtienen refugio y solicitan asilo” . Los departamentos fronterizos de Putumayo y Nariño se convierten en zonas circulares de desplazamiento, violación de Derechos Humanos y muerte.

Pobreza histórica

Cuando se revisa la situación del departamento de Nariño, el Índice de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) tiene un promedio de 43,75 por ciento en comparación con Colombia, con un 27,60. La mayoría de municipios de frontera tiene un NBI por encima del promedio nacional . Con la medida del Índice de Condiciones de Vida (ICV), solamente Pasto, Ipiales y Túquerres, de los municipios de la ZIF tienen más de 67 puntos, lo cual los pone por arriba de la línea divisoria de la pobreza. Putumayo, por su parte, tiene un 34,85 por ciento de personas con NBI. En la zona urbana, el indicador alcanza el 26,19 y en la zona rural el 44,3. En cuanto a ICV, todos los municipios de la frontera tienen menos de 67 puntos, ubicándose por debajo de la línea de pobreza. En Nariño, el 10,8 corresponde a indígenas , el 18,8 a afrodescendientes  y el 70,4 a mestizos . El 18,1 por ciento de los putumayenses se reconoce indígena , y el 57 en la categoría de afrodescendientes. Los indígenas tratan de preservar sus territorios ancestrales y las comunidades negras y mestizas que han sido desplazadas de otras regiones, y configuran fronteras nuevas de colonización, enfrentando también la presión de la guerra, el narcotráfico, y el Plan Colombia y las iniciativas que lo acompañan.

La guerra en el sur, muerte, narcotráfico, desplazamiento forzado y violación de los derechos humanos

En la última década, los departamentos fronterizos han sufrido el impacto del conflicto armado. La acción del Plan Colombia en el sur del país , principalmente en el departamento del Putumayo, hace que el conflicto se traslade a Nariño, donde además “se notan los efectos de una creciente presencia y la incidencia del narcotráfico” . Las consecuencias negativas de este contexto se notan en el comportamiento de homicidios, cuyas tasas han estado por encima de las nacionales en los últimos años: 47,3 por 100.000 habitantes vs. 38,1 en 2005; 56,0 vs. 36,8 en 2006, y 49,9 vs. 36,2 en 2007. En los municipios de frontera tenemos tasas de 2007, muy por encima de la tasa nacional: Ricaurte con 64,04, Barbacoas con 113,6; Tumaco con 157,56 . Son zonas de comunidades negras y resguardos indígenas awá. En Putumayo, las tasas de homicidios de los municipios de frontera también sobrepasan los guarismos nacionales para 2006 (36,8 por 100.000 habitantes). Puerto Asís, Mocoa, Valle del Guamuéz y Puerto Guzmán registran, en su orden, tasas superiores a 100 homicidios por 100.000 habitantes .

Por otro lado, en la participación del total nacional de cultivos de coca, Nariño ocupa el primer lugar en el país, alcanzando el 21 por ciento del total nacional en 2007, con 20.259 hectáreas, que equivalen a un incremento del 30 por ciento respecto de 2006 . Tumaco es el segundo municipio de Colombia con mayor área de cultivo, equivalente al 5,2 por ciento del total nacional . El municipio de Puerto Asís fue el tercer municipio con mayor área cultivada, con 4.386 hectáreas, equivalentes al 4,4 del área total cultivada en el país en 2007. “En comparación con 2006, Nariño y Putumayo (con un aumento combinado de más de 7.000 hectáreas) permanecen como los dos primeros departamentos en cantidad de cultivos de coca, con el 36 por ciento del total del país” .

En un estudio realizado con datos del Sistema Único de Registro de Población Desplazada (SUR) –hoy, Registro Único de Población Desplazada (RUPD)– entre 2000 y 2004 se encontró que, revisando los destinos de la población desplazada en Nariño, el 61 por ciento lo hace hacia otros municipios del departamento, seguido por un 21,9 que va al Valle del Cauca, luego a Cauca con 10,0, Bogotá con 1,9 y Putumayo con 1,5. En cuanto a la procedencia de los desplazados, se observó que el 50,1 por ciento llega del Putumayo y el 43,4 del mismo Nariño . En Putumayo, el 44,3 de los desplazados lo hace hacia otros municipios del departamento, seguido por un 31,2 que va a Nariño, y luego Cauca y Caquetá con un 4,9 y un 4,0. Por otra parte, viendo los orígenes de la población, se tiene que el 86,2 llega del mismo Putumayo, el 5,1 de Cauca y el 5,0 de Caquetá ). En los flujos principalmente endógenos en la región fronteriza se ve una pauta de movilidad que incluye la cercanía transfronteriza y explica el aumento de refugiados en la frontera norte de Ecuador.
Los desplazamientos y la confinación de poblaciones mediante retenes, control de abastecimientos alimentarios y campos minados afecta principalmente a las comunidades negras, indígenas y mestizas. Ejemplo de ello son los awá, los kofanes –que se ubican en el límite Nariño-Putumayo, en zona rural de Ipiales– y las comunidades de colonos que viven en las zonas de frontera donde los grupos armados legales e ilegales buscan ejercer control territorial. El pueblo awá es constantemente hostigado por los grupos armados del conflicto interno, señalados como de uno u otro bando, y padeciendo amenazas contra la vida e integridad de sus miembros, así como desapariciones y asesinatos individuales, desplazamientos forzados, confinamiento y campos minados .

De otra parte, en las comunidades con mayor riesgo, las mujeres, los niños y adolescentes son los más vulnerados. En un estudio de la Defensoría del Pueblo y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) en Pasto, el 43,3 por ciento de las mujeres reportó haber sido víctima de violencia física, y el 70 no acudió a denunciar el hecho ni a pedir ayuda. Asimismo, el 19,7 de las personas fue forzada a tener relaciones o actos sexuales contra su voluntad. A la pregunta de ¿alguna vez un miembro de su familia o alguno de sus hijos o hijas han sido forzados físicamente a tener relaciones o actos sexuales que no querían?, el 11,1 por ciento declaró positivamente. El 17,9, además, agregó que la agresión sexual fue la causa determinante para el desplazamiento . La violencia sexual aparece como estrategia central del control territorial y simbólico en la región. Las poblaciones civiles, principalmente niños y jóvenes, están en riesgo de reclutamiento forzado y accidentes con minas antipersona.

El Estado no protege; vulnera los derechos


Hace falta una revisión juiciosa de los efectos del Plan Colombia en la frontera Sur. Por ahora, se puede decir que el “empuje al sur ha traído para comunidades desde siempre marginadas y vulneradas, sólo muerte, exclusión y violación de Derechos. Como sucede con los awá, todas las comunidades de la línea de frontera están expuestas a la ausencia de garantías para una vida digna, así como para el ejercicio de las libertades individuales y la defensa de sus derechos humanos.

A pesar de las advertencias hechas por la Defensoría del Pueblo misma y por la comunidad internacional desde hace varios años, nada se hace para preservar los derechos de las personas o combatientes en las zonas de conflicto. El Plan Colombia ha traído una militarización de la vida civil en la que los programas sociales que lo acompañan sirven para tratar de cooptar a las comunidades y ponerlas al servicio de uno de los bandos del conflicto. Los intereses de paramilitares –águilas negras y rastrojos-, de las farc y el resto de actores en conflicto parecen coincidir en la presión para mantener a la población civil entre el miedo y la vulneración de sus derechos. Los cultivos de coca y la producción de cocaína, así como los intereses de las multinacionales en los enclaves petrolíferos de Putumayo, parecen prevalecer sobre la lógica de la preservación de los derechos humanos.

Al final, los habitantes de la frontera no parecen importarle a nadie, pues solamente son indígenas, negros y campesinos pobres.
Notas

1     Ramírez, Socorro (2007). Colombia-Ecuador: ¿Relación en crisis o más compleja? En: Ramírez, Socorro & César Montúfar (ed.). Colombia Ecuador. Cercanos y distantes. Bogotá. IEPRI-Universidad Andina Simón Bolívar, p. 45.
2     Colombia y Ecuador definieron sus límites continentales mediante el tratado Suárez-Muñoz Vernaza el 15 de julio de 1916, y los límites de sus espacios marítimos en 1975.
3      “Los departamentos de Nariño y Putumayo han sido escenario de confrontación permanente entre fuerza pública colombiana, guerrilla y paramilitares. Allí se concentró la ayuda militar de Estados Unidos y las operaciones antinarcóticos inscritas en el Plan Colombia. Se intensificó la contraofensiva de las farc con ataques a infraestructura energética, vial y petrolera, así como a puestos de policía y erradicadores manuales, generando un escalamiento del conflicto. Hay una creciente articulación entre grupos armados irregulares y estructuras del narcotráfico” (Ceballos, 2007: 182, 183).
4      Ramírez, Socorro (Ed.) (2007). Ecuador: Miradas binacionales. Bogotá. Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia-IEPRI, p. 301.
5      Entre ellos, llama la atención la situación de algunos que se ubican con los valores más altos de NBI del departamento: Barbacoas (73,55), Córdoba (71,94), Funes (68,68), Santacruz (67,98), Ricaurte (65,755). (PD Nariño 2008-2011: 133).
6      La población indígena se asienta en 67 resguardos, en jurisdicción de 24 municipios. Los pueblos indígenas son los Pastos, Inga, Awá, Eperara-Siapidara. Cofán y Quillacingas.
7      La población afrodescendiente está asentada principalmente en Tumaco, Barbacoas, El Charco, La Tola, Magüí-Payán, Mosquera, Olaya Herrera, Francisco Pizarro, Roberto Payán, Santa Bárbara. También existen importantes asentamientos de comunidades negras en El Rosario, Cumbitara y Policarpa.
8      Gobernación de Nariño (2008). Plan de Desarrollo 2008-2011: Adelante Nariño. San Juan de Pasto, Gobernación de Nariño, p. 8.
9      En total, son 10 etnias: Awá, Coreguaje, Embera, Embera Katío, Inga, Kamëntsa, Kofán, Nasa, Siona y Uitoto (Dane, 2007).
10      “La estrategia ha sido implementada desde 1999, cuando el Estado colombiano, con apoyo del gobierno de Estados Unidos, inició operaciones militares y de erradicación forzada de cultivos de uso ilícito en zonas controladas por la insurgencia, y posteriormente disputadas por grupos paramilitares en un pulso por ganar mayor control sobre el tráfico de narcóticos en la frontera sur. En sus comienzos, esta estrategia incluyó el plan piloto “Empuje al sur del país”, que consistió en la fumigación intensiva de cultivos de uso ilícito y en la militarización con pie de fuerza entrenado por tropas estadounidenses en el departamento del Putumayo en la frontera con Ecuador, donde se concentraba el 50 por ciento del área cultivada con coca en el país” (Ceballos, 2007, en: Ramírez, Socorro & César Montúfar op. cit., p. 176.
11      Departamento de Nariño. op. cit., p. 11.
12     ibíd., p. 105.
13      Fuente: CIC de la Policía Nacional. Procesado por el Observatorio del Programa Presidencial de DH y DIH, Vicepresidencia de la República. 2007.
14      Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC). Colombia, Censo de Cultivos de Coca, junio de 2008. Bogotá. UNODC, p. 13.
15      UNODC. op. cit., p. 11.
16      ibíd.,  p. 14.
17      Ruiz, Nubia (2007). El desplazamiento forzado en el interior de Colombia: Caracterización sociodemográfica y pautas de distribución territorial 2000-2004. Tesis doctoral. Programa de doctorado en Demografía. Barcelona. Universidad Autónoma de Barcelona, p. 175.
18      ibíd., Ruiz, p. 175.
19      Defensoría del Pueblo (2008). Resolución Defensorial Nº 53: Situación de los Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario del pueblo indígena Awá del departamento de Nariño. Bogotá, 5 de junio de 2008.
20      Defensoría del Pueblo (2008). Promoción y monitoreo de los Derechos sexuales y reproductivos de mujeres víctimas de desplazamiento forzado con énfasis en violencias intrafamiliar y sexual. Bogotá. Defensoría del Pueblo.
 
Publicado enEdición 144
Bogotá, 18 de marzo. La delegación en Colombia del Alto Comisionado de la Organización de Naciones Unidas para los Derechos Humanos reclamó hoy la liberación de todos los secuestrados en el país, luego de que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) entregaron al sueco Erik Roland Larsson a una comisión oficial.

“Al saludar la liberación” de Larsson, la oficina recordó que la alta comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Navi Pillay, exigió recientemente a los grupos armados la liberación “inmediata y sin condiciones” de todos los rehenes. El organismo destacó que en julio de 2008 se contabilizaban 2 mil 820 secuestrados, de acuerdo con cifras del Ministerio de Defensa.

Larsson, un ingeniero de 69 años y el único ciudadano de ese país que se encontraba secuestrado en el mundo, fue liberado por la insurgencia en una zona del departamento de Córdoba. El rehén fue privado de su libertad el 16 de mayo de 2007 cuando se encontraba en su finca del norte del país, y según la policía se exigía por su liberación un rescate de cinco millones de dólares.

Según el director del organismo de inteligencia DAS, Felipe Montaña, la liberación se logró por gestiones del gobierno sueco con las FARC, pero no aclaró si se pagó algún rescate. El hijo de Larsson, Tommy Larsson, dijo que la familia no pagó ningún rescate por no tener recursos.

En tanto, el sacerdote jesuita Javier Giraldo fue citado por la justicia colombiana para que responda en una indagatoria por presuntos delitos de injuria, calumnia y falsa denuncia, en el contexto de una serie de investigaciones que lleva a cabo la fiscalía general contra numerosos defensores de derechos
humanos, informaron medios de prensa locales.

Giraldo, quien afronta una denuncia penal entablada por un coronel del ejército después que fue uno de los primeros en poner al descubierto una matanza de ocho civiles el 21 de febrero de 2005 en la conflictiva región de Urabá, se dijo molesto con la fiscalía y anticipó que no se presentará a declarar porque no se respeta el “debido proceso” y se le quiere vincular con la guerrilla.

Hasta ahora la fiscalía ha acusado a 10 militares por su participación en los hechos, en los que además son procesados algunos miembros de grupos paramilitares de extrema derecha.
Publicado enColombia
Entre la reflexión sobe la situación que sobrellevan las mujeres, y el conflicto armado que padece Colombia, se lleva a cabo desde los primeros días de marzo el XII Festival de Mujeres en Escena.

El Festival, organizado por la Compañía Colombiana de Teatro, a cuya cabeza se encuentra la dramaturga Patrica Ariza hace ya 17 años, reúne unos tres centenares de artistas, integrantes de numerosas compañías provenientes de España (país invitado), Canadá, Cuba, Ecuador, Italia, Japón, Noruega y Perú.

Además de las obras en escena, el Festival integra actividades de danza, cine, fotografía, música y de reflexión literaria.

El evento se llevará a cabo en 18 espacios convencionales y alternativos con el lema “Mujeres, arte y parte en la paz de Colombia”.

Por España estarán los grupos Simulacro Teatro, Las Zorabunlas de Margarita Borja, Gricel Severino y Nomad Teatro, entre otros.

En el marco del Festival habrá una exposición de la fotógrafa cubana María Cienfuegos y el colombiano Carlos Mario Lema, el ciclo de cine “Con Nombre de Mujer” y encuentros académicos y de reflexión.
En su comunicación con el público bogotano, y como actividad específica del día internacional de la mujer, 8 de marzo, la Corporación Colombiana de Teatro tendrá una instalación en el centro de la capital del país

Madre Coraje

Una de las características de este Festival es la promoción de nuevos grupos de teatro y la apertura de espacio para nuevas propuestas artísticas. La presentación del grupo de Teatro de Mujeres de Tumaco: Madre Coraje, con su obra: La Madre, da cuenta de esa tradición de estímulo a nuevos montajes y montajes.
La Madre, son unos diálogos adaptados por  la dramaturga Patricia Ariza, cuyo texto original denominado “Madre Coraje” es obra de Bertholt  Brecht, obra escrita entre 1938 y 1939. El primer montaje de la misma data del 14 de abril de 1941 en Zúrich, bajo la dirección de Leopoldo Lindtberg.

Presentación: Grupo de Teatro Mujeres de Tumaco Madre Coraje
Obra: “La madre”
Coordinadoras:  Inge Klentgens
Gabi May
Fecha: Martes 10 – hora: 7p.m.
Miércoles 11 – hora: 6 p.m.
Lugar: Sala  Calarca del TECAL
Dirección: Calle 3 Nº 2-70 Candelaria

Hacen parte del Festival, entre otras obras y actividades:

Sala Seki Sano • Cl. 12 Nº 2-65 • Tel: 342 96 21
Jueves 5: Rapsoda Teatro - Olimpia
Viernes 6: El Ciruelo - Manobra
Sábado 7: Papagayo Teatro - Tríptico de des-arraigo (Cali)
Domingo 8: Aerodanza - La Araña 
Lunes 9: Enlace Melisa  - Pluma
Martes 10: Teatro Nomad (España)
Miércoles 11: Grupo Cia Dansalut - Viaje al fondo del mar (España)
Jueves 12: Obeida Benavides (Barranquilla)
Viernes 13: Teatro La Máscara - La reina de los bandidos (Cali)
Sábado 14: Grupo Cia Dansalut - Viaje al fondo del mar (España)
Domingo 15: Los dos cuerpos - Las flores sucias
Lunes 16: Ara Ara Toki - Monólogo de la puta en el manicomio     
Martes 17: Flores de Otoño - Memoria - Paz Mayor 
Miércoles 18: Teatro U. de Antioquia - Telaraña (Medellín)
Jueves 19: Teatro de la Memoria - Días felices  
Viernes 20: Beatriz Camargo - Nierika (Villa de Leyva)
Sábado 21: Aerodanza - La Araña 
Domingo 22: Por confirmar
Lunes 23: Por confirmar
Martes 24: Teatro Estudio Santa Clara – Atrida (Cuba)
Miércoles 25: Teatro Estudio Santa Clara – Cassandra (Cuba)
Jueves 26: Teatro Estudio Santa Clara - La más fuerte (Cuba)
Viernes 27: Rapsoda Teatro - Olimpia
Sábado 28: Lars (Noruega)
Domingo 29: Geddy - Mi vida (Noruega)

Teatro La Candelaria - Cl. 12 Nº 2-59 • Tel:281 48 14
Sábado 7: A título personal 
Martes 10: Groucho - Prometeo en blues (Italia)
Domingo 15: CCT - Pasarela
Lunes 16: Maribel Acevedo - 48.9     
Martes 17: Umbral Teatro   

Fundación Teatral Estudio Calarcá - Cl. 13 Nº. 2-70 •  Tel: 334 1481
Jueves 5: Lecturas de obras de dramaturgas en proceso
Viernes 6: Teatro del Azar - Androginias y otros desastres menores (Canadá)
Sábado 7: Ara Ara Toki - Monólogo de la puta en el manicomio
Domingo 8: Enlace Melissa - Pluma    
Lunes 9: Mesa redonda teatro, género y compromiso
Martes 10: Teatro Tecal - Bifurcaciones 
Jueves 12: Flores de Otoño - Memoria - Paz mayor
Viernes 13: La Pola -Suenan las campanas 
Sábado 14: Mujeres en el asfalto
Domingo 15: Ana María
Lunes 16: Diafragma Teatro - ¿Contraste?    
Martes 17: Sueños de juventud - Secreto a voces 
Miércoles 18: Abrazados - La maestra (Medellín) Inés Elvira - Cuarto Menguante   
Jueves 19: Ines Elvira - Cuarto Menguante - Mujeres en el asfalto - Revolución 1325

Sala Principal Teatro Delia Zapata Olivella. Cr. 6 Nº 10-76 Tel: 282 5402

Jueves 5: Laboractores - La mujer sola (Cali)
Martes 10: Grupo Cia Dansalut - Viaje al fondo del mar (España)
Miércoles 11: Danza árabe - Aglaura     
Jueves 12: Yu & Hiroko - Conejitos y la luna (Japón)
Viernes 13: Creak tivas - En pie (España)
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