Lunes, 28 Enero 2019 10:43

Dulce amargura

Dulce amargura

Señorita –le dice a la mujer que atiende la venta de tortas y otros dulces–, sáqueme de estos dolores, sáqueme de estas pesadillas; excúseme señorita, sáqueme de estas pesadillas, deme un poco de azúcar.

 

Quien así clama por un poco de atención y por algo para engañar el hambre y potenciar su ánimo, es un hombre de unos 40 años, que con sus restos de energía, baja con paso presto desde lo alto del barrio Buenos Aires en Medellín. Vestido con ropas maltrechas, carga en su espalda cajas que seguramente va recogiendo, como carga que le procurará unas monedas, esas que tanto le hacen falta bien para comprar algo de alimento para engañar el estómago o para comprar algo que le permita distraer su mente.

 

Lo observo y miro en él los efectos de una vida llena de ausencias, completa de maltratos. Pienso en su edad, y como me ocurre siempre en estos casos pienso si la apariencia de su edad no será mayor como efecto del hambre que carga a cuestas, de las noches soportadas en el frío del pavimento, del efecto del bazuco o del pegante inhalado como cobija para soportar el clima, la soledad y las tristezas. ¿Qué puede saber uno de edades en cuerpos siempre maltrechos por el desprecio social y la ausencia de autoestima? He visto decenas de esas vidas pasar cerca de mí cuando eran jóvenes y estaban con buen aspecto, y las he vuelto a ver meses después con aspecto totalmente cambiado, cuando aparentan una edad muy superior a la que en realidad tienen, y con seguridad que ahora estoy errado, tal vez no completa ni se acerca a los 40 años, pero eso es lo que aparenta. Es la vida, sin dignidad, a la que nos acostumbramos, unos como efecto de las exclusiones sociales, de las negaciones, tal vez de los errores propios o familiares, tal vez como efecto de haber habitado la cárcel una y otra vez, ese espacio donde todo se pierde, y otros como resignación y como efecto del discurso dominante, ese que dice que hay pobres porque “Dios así lo quiere”, o que así es porque siempre tendremos pobres y ricos; lo raro, pienso, cerrando la vista, es que los ricos siempre son los mismos.

 

La mujer a la cual acudió en procura de un poco de dulce acude a su llamado y le extiende ese pequeño sobre que contiene esos gramos que le endulzarán de mala manera, y por unos cuantos minutos, su existencia. Agradece y sigue su camino, con igual paso, rápido, como si fuera a llegar tarde al trabajo solamente él sabe de sus afanes.

 

Pero él, no es el único que en el sector que ahora exterioriza a primera vista su angustia y su miseria. No, más abajo, a cada paso, sentados en muros, parados, moviéndose, el transeúnte se encuentra con decenas de personas cada una de las cuales clama, no por dulce, sino por unas cuantas monedas como ayuda para tomarse una sopa, al decir de alguien, para pagar una pieza donde pasar la noche, dice otra sin que nadie le pida explicación del por qué requiere la ayuda, llevarle leche a sus hijos exclama una más, o simplemente para tomarse un tinto –como justo derecho–, en fin, juntar unas monedas para no morir de inanición, abulia, rabia o desespero.

 

Entre quienes hacen presencia allí, los que aún tienen algo para ofrecer como contraparte al transeúnte, extienden sus manos mostrando una bolsa con dulces de los más baratos, más allá son chicles, en fin, variedad de baratijas ofrecidas con la esperanza de reunir $10.000 o un poco más, así poder pagar una habitación para no pasar la noche a la intemperie, así como para poder degustar una sopa o algún líquido caliente y no permitir que las tripas dañen el sueño.

 

Este mar de miseria que desde hace años se ve por varias partes de Medellín, pero que asimismo en Bogotá, Cali o cualquier otra ciudad del país, le da forma a un paisaje asombroso. Cada dos pasos hay un rostro que te mira con desánimo, con evidente expresión de cansancio o desesperanza; cada dos pasos una vida humana lastrada, tratando de encontrar un bolsillo solidario, un bolsillo con unas monedas de más y que esté dispuesto a comprar lo que no necesita –un dulce, un chicle– o dispuesto a compartir tal vez $200 tal vez $500 pesos. “Unas monedas, por favor”, clama la voz de un joven que sorprende con su insistencia y al mismo tiempo con su resignación. Ahí, arrinconado por la exclusión.

 

Más allá de ellos, el paseante se encuentra con parejas que esta vez cantan u ofrecen algún otro producto de un mayor precio: mangos, bananos y similares. La diferencia entre los primeros y éstos es que los primeros no tienen ningún capital para invertir en alguna mercancía y así buscar una ganancia que le permita comprar, así sea, un poco de alimento, están en la total miseria, mientras que los otros, también excluidos, negados, marginados, tienen algunos pesos para instalar un plante. La esperanza no está del todo arrasada.

 

Entre unos y otros, son docenas de mujeres y hombres los que allí hacen presencia, en ocasiones con hijos a cuestas, con la calle como su sitio de “trabajo”, rebuscando algún alivio para sus cuerpos. Todos ellos son parte de los empobrecidos que por cientos, por miles, llenan las calles de esta ciudad, la “Bella Villa”, pero que también son inconfundibles en otras ciudades de este país de extremos, todos ellos muestra fehaciente de lo producido por una política económica que concentra la riqueza y multiplica la pobreza. Son los empobrecidos que desde siempre han llenado las calles de Colombia, en cada una de sus ciudades, pero ahora, tal vez por ser navidad, son más evidentes, pues las políticas de “seguridad ciudadana” y “espacio público” de la alcaldía optan por dejarlos que se rebusquen, pues tal vez temen que al perseguirlos o tratar de ‘levantarlos’ se opongan y revienten en cólera.

 

Yo regreso mi memoria y atisbo al hombre que en forma amistosa solicitó que lo sacaran de su dolor y de sus pesadillas –las de amargura acumulada cada día y que ahora le demandan azúcar para suavizarlas– y me imagino a esta multitud no solicitando sino exigiendo, no una a uno, cada cual por su lado, sino todos como masa sublevada, demandando justicia esperanza y me pregunto si cambiaría el paisaje de la ciudad.

 

Publicado enEdición Nº253
La crisis humanitaria en La Guajira y nuestras instituciones de papel. ¿Será que hay esperanza?

El pasado cinco de marzo, una nueva comisión (desde el 2013 han asistido otras comisiones de diferentes entes del Estado) visitó el departamento de La Guajira. Esta vez la visita fue por parte de la Procuraduría General de la Nación, a través de su oficina Delegada para las Minorías Étnicas, en atención a las denuncias presentadas por el movimiento Nación Wayuu, debido a la muerte de niños por causas asociadas a la desnutrición severa, denuncias elevadas desde 2013, no solo por la Nación Wayuu, sino por fundaciones, medios de comunicación y organizaciones de derechos humanos, sin que sean efectivas las acciones para hacer visible una mejora en las condiciones del vida del Departamento y. en especial. de los niños wayuu. El recorrido se desarrolló en medio de los conflictos e irregularidades que la Nación Wayuu viene denunciando en la asignación de cupos por parte del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (Icbf), encargado de velar por la vida de estos niños.

La visita se desplazó por los municipios de Manaure, Uribia, Maicao, y los corregimientos de Matitas y Piyaya, entre otros corregimientos de la región. En las inspecciones oculares y visitas de campo, se hallaron niños en condiciones muy precarias, en recintos sin ventilación y sin el mínimo vital, ya que el agua que consumen no es potable ni apta para el consumo humano. Se encontraron centenares de niños sin atención y con evidentes signos de estado de desnutrición.


Según informaciones de los padres de familia y los líderes de la zona, el Icbf-Regional Guajira no les ha prestado atención, a pesar de los múltiples requerimientos realizados. Todo lo anterior, debido a que, tal como lo manifestó José Silva, líder del movimiento Nación Wayuu, en los últimos tiempos se han presentado cierres arbitrarios de los centros de atención por parte de las Fundaciones contratistas de Icbf y por otro lado se han dado, sin justa causa, exclusiones a la atención de los niños.


En medio de estos hallazgos que presentan una vulneración de los derechos humanos fundamentales por parte del Estado colombiano a la Nación Wayuu, renació una luz de esperanza en las instituciones y la justicia colombiana, ya que nuevamente el Tribunal Superior de Riohacha, admite Incidente de Desacato, por el no cumplimiento a la sentencia ratificada por la Corte Constitucional en contra de Icbf, Gobernación de la Guajira y otros, por incumplimiento a la sentencia STC4406-2017 en donde a les demandados les exigen amparar los derechos fundamentales de consulta previa, etno-educación, transporte escolar y salud de la niñez wayuu, así como también su derecho al idioma wayuunaiki, autonomía cultural y diversidad étnica.


La Procuraduría Delegada Para las Minorías Étnicas, luego de su vista, regresó a la ciudad de Bogotá preocupada por todos los hallazgos y la omisión del Icbf y los entes territoriales frente a la atención de la niñez wayuu, en donde muy probablemente estarán tomando las acciones disciplinarias correspondientes frente a estos hechos.

Las preguntas que me quedan son: ¿Cuántos otros informes y trámites burocráticos serán necesarios? ¿Cuánto tiempo más se tiene que esperar? ¿Cuántos niños más tendrán que morir para que el Estado colombiano y sus instituciones restituyan los derechos fundamentales de acceso al agua, a la salud con pertinencia cultural, la educación, la autonomía y el territorio de esta etnia? ¿A quién más hay que acudir a nivel internacional, si ni siquiera las Medidas Cautelares emitidas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos han sido suficientes para que los municipios afectados por la falta de agua tengan acceso al mínimo del líquido vital? (Según la OMS el mínimo es 50 litros por persona, cuando en La Guajira cada persona vive con 0.7 litros al día, muchas veces agua contaminada, no apta para consumir) ¿Qué tipo de mecanismos quedan, si los institucionales y de ley no han logrado resolver la situación?

Como ciudadanía debemos estar pendientes de los resultados del informe de la Procuraduría, y de las fechas y cronogramas, proyectos y planes específicos a los cuales se comprometan las entidades encargadas, pues como ciudadanos estamos dispuestos a llevar a cabo toda la veeduría a dichos compromisos, en uso de nuestro derecho constitucional de participación ciudadana.

Confirmamos el apoyo a la lucha de la Nación Wayuu, que cumple 450 días de resistencia pacífica en Katsaliamana, al lado de la línea férrea del tren de Carbones el Cerrejón, que extrae 36 millones de toneladas de carbón al año, y cuyo impacto sobre las comunidades es, y ha sido avasallador por la alteración de sus métodos tradicionales de subsistencia.

La Protesta en Katsaliamana pide por la supervivencia y respeto de nuestra etnia wayuú, amparada por la Constitución, por tratados internacionales, y que representa a través de su cultura, sus tejidos, sus palabreros, sus autoridades tradicionales, sus curanderos, sus territorios de impactante naturaleza y belleza, de sus tradiciones orales, su música, su idioma, y su raza, un legado invaluable que es parte de nuestra raíz como pueblo y como nación.

 

A continuación los informes de visitas anteriores por parte de instituciones del Estado colombiano, así como las Medidas Cautelares de la CIDH. 

Procuraduría pide declarar el Estado de cosas institucionales en la Guajira. Marzo 2017.
https://www.procuraduria.gov.co/portal/Procuraduria-pide_declarar_estado_de_cosas_inconstitucionales_por_crisis_en_La_Guajira.news 
LA GUAJIRA: Pueblo Wayuu, con hambre de dignidad, sed de justicia y otras necesidades insatisfechas. Procuraduría General de la Nación. 2016
https://www.procuraduria.gov.co/portal/media/file/Informe(1).pdf 
Medidas Cautelares de La Comisión Interamericana de Derechos Humanos. 2015. Pide al Estado Colombiano: “Proteger la vida e integridad personal del pueblo wayuu.
http://www.oas.org/es/cidh/decisiones/pdf/2015/MC51-15-Es.pdf 
Crisis Humanitaria en La Guajira. 2014, Defensoría del pueblo.
http://www.defensoria.gov.co/public/pdf/informedefensorialguajira11.pdf 
Minería en Colombia: Institucionalidad y territorio, paradojas y conflictos. Contraloría General de la Nación. 2013.
https://redjusticiaambientalcolombia.files.wordpress.com/2014/01/mineria-en-colombia-contraloria-vol-ii.pdf 

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Colombia, la crisis alimentaria de los indígenas wayúu y la adhesión a la OCDE


Human Rights Watch pide a la organización evaluar esta emergencia antes de admitir al país

 

Colombia lleva desde 2013 sumergida en el proceso de adhesión a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), un camino marcado por el análisis de la solidez de sus políticas públicas. El país, que se encuentra en una etapa de consolidación del proceso de paz tras la firma de los acuerdos con las FARC hace un año, ya logrado el visto bueno de 20 de los 23 comité necesarios para ingresar en el organismo. Entre los que faltan, figura el examen de los avances sociales. En este contexto, Human Rights Watch (HRW) ha solicitado a la OCDE que evalúe la emergencia alimentaria del pueblo indígena wayúu y la que considera una “respuesta insuficiente” de las autoridades.


Según HRW, esa organización, integrada por 35 Estados, principalmente europeos y norteamericanos, “podría cumplir un rol importante para ayudar a paliar la crisis de desnutrición [...] al presionar a las autoridades colombianas para que adopten medidas más eficaces para abordar esta situación”. Los wayúu viven en la península de La Guajira, una región parcialmente desértica que se asoma al Caribe y que pertenece en parte a Venezuela. Con un censo de cerca de 270.000 personas, representan el pueblo indígena más grande de Colombia. Sus comunidades, denuncia la ONG, “han sufrido altos índices de mortalidad causados por desnutrición, sobre todo en niños menores de 5 años”. “Según cifras oficiales, 11 niños indígenas menores de cinco años murieron de enfermedad diarreica aguda en 2015 en La Guajira, 21 en 2016 y 10 entre enero y agosto de 2017[“, señala en una carta dirigida por su director para las Américas, José Miguel Vivanco, al secretario general de la OCDE, el mexicano José Ángel Gurría.


“Para la investigación de Human Rights Watch visité La Guajira en agosto de 2016 y en junio de 2017, y pude verificar que, a pesar de la retórica del Gobierno, en esos diez meses hubo escasos avances en la lucha contra el hambre que azota a las comunidades wayúu”, señala en declaraciones a EL PAÍS . Juan Pappier, abogado para las Américas del organismo. “En La Guajira, encontré pozos de agua que no funcionan o que dan agua tan salada que no la quieren ni siquiera los animales, programas de alimentación que a veces reciben comida en mal estado, médicos sin medicamentos, fiscales que no dan abasto en las investigaciones por corrupción y situaciones de abandono y pobreza verdaderamente escandalosas”, prosigue.


La carta enviada a la OCDE resalta los problemas para el acceso a los alimentos, al agua y a los servicios de salud y los vincula a la corrupción en ese departamento colombiano. “La Fiscalía General de la Nación ha logrado resultados mixtos en la persecución penal de hechos de corrupción en La Guajira. Si bien se ha detenido por corrupción a importantes funcionarios locales –incluidos cinco recientes exgobernadores—, los avances para imputar cargos y dictar sentencias siguen siendo sumamente lentos”, señala el escrito, que pide a la OCDE tomar en consideración la información proporcionada para atender esta emergencia

 

Bogotá 31 OCT 2017 - 20:59 COT

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Hambre en América Latina creció 6 por ciento en 2016: FAO

 

El hambre entre la población latinoamericana creció 6 por ciento durante 2016, lo que representa “el primer retroceso en una década” ante la desaceleración de las economías regionales, señaló la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en el informe “Panorama de la seguridad alimentaria y nutricional en América Latina y el Caribe”.

Ese 6 por ciento significan 2.4 millones de personas que dejaron de contar con la cantidad necesaria de alimentos para cubrir sus necesidades calóricas básicas, explicó la FAO. En total, suman 42.5 millones de personas en situación de hambre en América Latina, lo que equivale al 6.6 por ciento de la población total.

“Vamos por mal camino. La región ha dado un paso atrás importante en una lucha que venía ganando”, expresó Julio Berdegué, representante regional de la FAO.

El Caribe, a pesar de que no registró un aumento de hambruna, continúa como la región con mayor prevalencia de América Latina, con 17.7 por ciento de su población en esa situación. Por otro lado, Sudamérica registró el mayor incremento de la malnutrición, con un aumento de 5 a 5.6 por ciento en 2016.

El país con la peor situación es Haití, donde 47 por ciento de la población sufre de inanición, resaltó la FAO. Por otra parte, Venezuela es la nación que registró el mayor crecimiento de hambre entre sus habitantes, de 2.8 millones de personas en 2015 a 4.1 millones, con una prevalencia del 13 por ciento de su población.

Por el contrario, la obesidad en la región latinoamericana también está “desbocada”, pues es un problema de salud pública en todos los países de América Latina y se ubicó por sobre el 20 por ciento de su población en 24 de los 33 países sudamericanos.

 

 

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Una mujer arrastra un saco de comida lanzado desde el aire por el Programa Mundial de Alimentos en Ganyiel (Sudán del Sur).

 

Los conflictos y los impactos climáticos invierten las tímidas bajadas registradas desde 2003 en el número de personas que no comen lo suficiente: ya son 11 de cada 100, más de 815 millones

 

Más de 815 millones de personas. Unas 17 veces la población de España. Casi tantos como los habitantes de la Unión Europea y Estados Unidos juntos. Toda esa gente se va a dormir cada día sin haber comido las calorías mínimas para su actividad diaria. Pero lo abultado de la cifra, calculada por Naciones Unidas y publicada este viernes, no es una novedad: el número de hambrientos oficiales lleva entre los novecientos-y-pico y los setecientos-y-muchos desde comienzos de este siglo. La noticia es que, por primera vez desde 2003, el hambre repunta.

Esta subida respecto a los casi 777 millones de subalimentados que se imputan a 2015 no ha sido una sorpresa absoluta: había señales de sobra para preverla. La hambruna ha reaparecido este año en Sudán del Sur y hay otros tres países (Yemen, Somalia y el norte de Nigeria) cerca de caer en sus garras. En los últimos años han estallado guerras y enfrentamientos que se alargan y se agravan (de hecho, 6 de cada 10 hambrientos viven en países en conflicto). Y también hay regiones muy dependientes de la agricultura que llevan tres o más temporadas sufriendo sequías, inundaciones y otros impactos climáticos. Estos son, precisamente, los factores que explican la subida, según el informe presentado por la FAO (organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura) y otras cuatro agencias de la ONU en Roma.

Si hace un año el 10,6% de la humanidad pasaba hambre, hoy es el 11%. "Son muy malas noticias", lamenta Kostas Stamulis, director general adjunto de la FAO, la agencia que hace los cálculos anuales del número de personas "subalimentadas", o que no consumen el número de calorías mínimo para sus necesidades vitales. "Por eso esperamos que al menos sirvan para hacer saltar la alarma y que los países escuchen", reflexiona Stamulis.

La agencia insiste machaconamente: acabar con el hambre es una cuestión de voluntad política. Porque se producen alimentos más que de sobra para que los casi 7.500 millones de habitantes del planeta coman lo que necesitan para una vida plena. El problema es casi siempre de distribución: hay regiones a las que no llega comida suficiente, hay personas (o comunidades enteras) a quienes no les llega para comprarla...

Detrás de esa compleja realidad llamada hambre subyacen, obviamente, problemas de pobreza y vulnerabilidad. Porque una sequía puede provocar grandes pérdidas económicas en California; pero si las lluvias faltan en Etiopía, cientos de miles de pastores etíopes que sobreviven gracias a sus animales los perderán. Y con ellos, su fuente de comida. La ofensiva militar contra Boko Haram que se vive en el norte de Nigeria puede provocar desplazados (casi dos millones) y destrucción; pero si una mayoría de la población comía de lo que cultivaba, cuando se ve obligada a abandonar sus campos o estos quedan arrasados, se queda sin la única forma de encontrar alimento por sí misma. Y una subida o una bajada de los precios globales del maíz pueden alterar el precio de las mazorcas en un supermercado español. Pero también arruinar o exponer al hambre (o ambas a la vez) a miles de pequeños productores .

Por eso, la respuesta que los autores del informe ofrecen pasa, sí, por atender con rapidez las situaciones de emergencia alimentaria provocadas por la violencia o el clima (o de la explosiva combinación de ambos). Y por fomentar y proteger la paz. Pero también, y sobre todo —y ahí es donde entra en juego la voluntad política— por invertir y apoyar el desarrollo y la capacidad de los más vulnerables para resistir estos contratiempos, como marcan los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible aprobados en 2015 por los 193 países miembros de Naciones Unidas.

Por crear además oportunidades laborales y sociales que hagan desaparecer también a los hambrientos urbanos, un colectivo en peligro de expansión con el crecimiento de las ciudades. Y por establecer mecanismos comerciales que no dejen la alimentación de países enteros expuesta a los vaivenes del mercado.

Este repunte del hambre es, desde luego, un fuerte correctivo a los ODS, ese programa global concebido entre promesas de cambio y buenas intenciones. La segunda de esas metas que Naciones Unidas y sus países miembros se han marcado para el año 2030 es acabar con el hambre y la malnutrición. Pero precisamente cuando echan a andar, no solo no hay progresos, sino que se rompe la serie de casi tres lustros de descensos.

 

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Más de dos años de guerra han expuesto al hambre a gran parte de la población de Yemen, en especial a mujeres y niñas, que suelen ser las últimas en comer. ©FAO/LIANNE GUTCHER

 

Aún es pronto para saber si se trata de una nueva tendencia o es algo puntual debido a las crisis abiertas", previene el alto cargo de la FAO. Los autores del informe, en el que también participan el Programa Mundial de Alimentos, el Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola, Unicef o la Organización Mundial de la Salud, advierten sobre la necesidad de seguir mejorando "la fiabilidad de las estimaciones", que están sujetas a continuas actualizaciones. Distintas voces han criticado esos cambios a posteriori, preguntándose incluso si no se maquillan los números para aparentar que se cumplen objetivos.

"Nosotros somos absolutamente transparentes con los datos", asegura Stamulis. "Son números que nos aportan los países y que nosotros después analizamos y comprobamos". Esa información remitida por los Estados incluye la producción, suministro y comercio de alimentos y la demografía (edad, sexo, ocupaciones de la población...) para calcular el consumo de calorías y relacionarlo con la energía que necesita cada persona. Pero hay países que meses o años después corrigen las estadísticas enviadas. Aunque la metodología no cambia, esas variaciones hacen que cada nuevo informe deje desfasado el anterior. "Ahora mismo son los mejores datos que podemos tener", mantiene el griego.

Esa diversidad de fuentes (este año se han incluido números estimados por Unicef o la OMS) admite el directivo de la FAO, puede estar detrás de una de las buenas noticias que recoge el texto: los retrasos en el crecimiento por desnutrición en menores de cinco años apuntan una tendencia mucho más positiva: aunque aún los sufren 155 millones de niños, la reducción desde 2005 ha sido de 6,6 puntos (del 29,5% al 22,9%).

Los distintos tipos de desnutrición, sobrepeso infantil, anemia femenina u obesidad entre adultos se incluyen por primera vez en un informe que ha cambiado de nombre: ya no habla del estado de la inseguridad alimentaria, sino de la seguridad alimentaria y la nutrición. La idea, apunta el documento, es entender mejor la relación entre la seguridad alimentaria (la garantía de ingerir calorías suficientes) y una buena nutrición (que estas provengan de alimentos sanos y con la aportación de los nutrientes adecuados).

Aunque el informe de este año es negativo, la serie histórica arroja progresos. En 2000, los obligados a dedicar su día a día a buscar algo de comer, los condenados a no desarrollar todo su potencial físico y humano, eran el 14,7% de la población mundial. Hoy son el 11%. Pero, como se pregunta el escritor argentino Martín Caparrós en su enciclopédico El hambre: “¿Y si en lugar de ser cientos millones de hambrientos fueran 100? ¿Y si fueran 24? ¿Entonces diríamos 'ah, bueno, no es tan grave'? ¿A partir de cuántos empieza a ser grave?”.

 

 

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La cifra de desplazados forzosos alcanza un "máximo sin precedentes": 65,6 millones de personas

Casi dos tercios permanece en sus países de origen y la cifra de los que cruzaron fronteras en busca de protección fue "la más alta de la que se tiene constancia", según un nuevo informe de Acnur.
Países pobres como Turquía, Pakistán y Líbano continúan albergando al mayor número de refugiados del mundo

Un año más, el número de personas que se ha desplazado por la fuerza en todo el mundo alcanza un récord histórico. Al acabar 2016, había 65,6 millones de desplazados forzosos que han huido de la persecución, la guerra y las violaciones de derechos humanos, 300.000 más que en 2015. La cifra supone un nuevo "máximo sin precedentes", según la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), que ha presentado este lunes su informe anual Tendencias globales.


De acuerdo con el estudio, casi dos tercios de estas personas desplazadas, 40,3 millones, se quedaron dentro de sus países, 500.000 menos que el año anterior. Los países con mayor número de desplazados internos son, por este orden, Siria, Irak y Colombia, donde, en pleno proceso de construcción de paz, el desplazamiento aún alcanza cifras "muy considerables", según la Agencia.


Las cifras de personas refugiadas en 2016 fueron, sin embargo, "las más altas de las que se tiene constancia": 22,5 millones. Un repunte, que se debe, sobre todo, al agravamiento del conflicto de Sudán del Sur, según Acnur. Además, 2,8 millones de personas habían solicitado asilo a finales de 2016, según el informe.


En total, más de la mitad de los refugiados procedía de tan solo tres países: Siria (5,5 millones), Afganistán (2,5 millones) y Sudán del Sur, país del que a finales del año pasado habían huido un total de 1,4 millones de refugiados a países vecinos. El resto de refugiados huyó, principalmente, de Somalia, Sudán, República Democrática del Congo, República Centroafricana, Birmania y Eritrea.


La gran mayoría de las personas refugiadas, el 84%, fueron acogidas, un año más, en países en desarrollo. Turquía, el socio de la UE, vuelve a albergar las mayores cifras, 2,9 millones de refugiados. Le siguen Pakistán (1,4 millones) y Líbano, que acoge a un refugiado por cada seis habitantes.


Por otro lado, la mitad de los refugiados del mundo en 2016 eran menores de 18 años. Cerca de 75.000 menores no acompañados, sobre todo afganos y sirios, solicitaron asilo en 2016 en 70 países.


Una persona desplazada cada tres segundos


Al terminar de leer esta frase, una persona habrá abandonado su hogar por la fuerza en busca de protección. En concreto, una cada tres segundos, estima el organismo internacional. 2016 se saldó con 6,9 millones de nuevos desplazados internos y 3,4 millones de nuevos refugiados y solicitantes de asilo.


No obstante, a pesar de batir un nuevo récord, Acnur sostiene que el aumento del desplazamiento forzoso registrado a causa del estallido de los conflictos en Siria, Irak, Yemen y África Subsahariana "se ha ralentizado por primera vez" en los últimos años. En 2016 también hubo muchos refugiados que retornaron a sus países, 552.000, el doble que el año anterior. La mayoría ha regresado a Afganistán.


La Agencia ha vuelto a recordar durante la presentación del informe la importancia de establecer vías seguras y legales de llegada a los países de acogida, en referencia a las más de 5.000 personas que murieron en su intento de cruzar el Mediterráneo en 2016 y las más 1.800 que han fallecido este año. "Esta tendencia mortal se agrava en 2017, sin ir más lejos se localizó una patera con cinco cadáveres en aguas de Cartagena", ha recordado Francesca Friz-Prguda, representante de Acnur en España.


En este sentido, la Agencia ha criticado "La respuesta de la UE consiste muchas veces en alambradas, muros, controles fronterizos más severos, detenciones de solicitantes de asilo o campañas xenófobas. Acciones que no solo generan más sufrimiento en las personas afectadas, sino que tampoco son eficaces para detener el movimiento de las personas que tratan de poner a salvo su vida y solo logran que las rutas se vuelvan más peligrosas y más mortíferas", denuncia.


Una de estos mecanimos legales demandados es el reasentamiento desde terceros países. En total, 189.300 refugiados fueron reasentados en 2016, un 77% más que en 2015. Estados Unidos admitió a la mayoría, seguido de Canadá y Australia.

 

Por Icíar Gutiérrez
19/06/2017 - 12:36h

 

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Jueves, 30 Marzo 2017 08:00

¿Dónde está la izquierda?

¿Dónde está la izquierda?

En la realidad colombiana, los datos y los hechos son muy fuertes y pasan sin la debida respuesta: la riqueza no deja de concentrarse cada vez en menos manos. La desigualdad social gana en proporción continua, con casos de hambre y desatención social alarmantes, en los cuales los niños y niñas llevan las peores consecuencias (ver, Motavita me mira, página 8). Hay un sistema de salud cuya desatención es la nota cotidiana (ver, página 5), o con un acceso a la educación superior que es un privilegio que recae muchas veces en la capacidad de endeudamiento del educando. Estamos bajo un modelo económico en cuya aplicación, la megaminería (ver, Pueblo Barí, pág. 18) tiene estudiado y cuadriculado el país por todas y cada una de sus regiones, explotando o aspirando a proceder en su afán de riqueza, sobre áreas de reserva natural, en zonas colindantes con cabeceras municipales o en áreas de nacimiento de agua de la cual resultan surtidas diversidad de poblaciones. País entonces, de contrastes y creciente desigualdad.

 

País donde quienes definen el modelo económico, persisten con un sistema que descarga el peso de sus medidas en el consumo diario (IVA), en vez de aplicar la máxima de quien más tiene más paga. Sistema político y modelo económico, donde aún hay funcionarios que creen y defienden que es posible vivir con un dólar diario, y donde las ciudades las siguen diseñando, pensando en los carros –en realidad, en la facilidad y velocidad para el transporte de mercancías y por su conducto, para la rotación del capital–, por lo cual requieren que los más pobres continúen desplazándose hacia unas periferias cada vez más alejadas.

 

Modelo social en cuya aplicación es el mismo Estado el principal defensor de la informalidad laboral, y para el cual el propósito básico de su gestión es garantizar la estabilidad fiscal de su cartera, como condición para no atrasarse con el abono de la deuda pública y así, no perder la calificación que otorga la banca de inversión y ciertos organismos multilaterales. Modelo social en el cual trabajadores, como las madres comunitarias, pese al fallo de los jueces son violentadas e irrespetadas en sus derechos (ver “Las madres comunitarias y la dictadura de la regla fiscal”, desdeabajo No. 232, febrero de 2017).

 

Modelo económico y político, y de control social, en el que a pesar del Acuerdo con las Farc, y de los diálogos con el Eln, prosiguen los asesinatos de los líderes sociales, lo cual denota que está en juego la aplicación de un modelo territorial aún más excluyente, en cuya gestión y concreción sus defensores no admiten ni admitirán resistencia u oposición alguna.

 

Modelo social con claros signos autoritarios, cuyos piñones económico, político, territorial, militar, propagandístico están ahí, funcionan y afectan a las mayorías de quienes habitamos en este país. Por tanto, cada uno podrá decir cómo lo afecta y que desearía se aplicara para que no sucediera así. Al respecto, algunos hacen escuchar a diario sus voces de protesta e inconformidad contra esta realidad. Sin embargo, son voces difusas, atomizadas, sueltas. Voces que no alcanzan a conformar un grito sonoro, y mucho menos a desatar movilización y resistencia ciudadana con capacidad de levantar alternativas contra el orden imperante.

 

Voces sueltas, atomizadas. Resalta en esto, que la voz colectiva comúnmente denominada de izquierda tampoco está escuchándose. Tampoco logra que la sociedad identifique en sus propuestas una esperanza por la cual valga la pena batirse, en la condición de voces organizadas, con capacidad de sembrar futuro. Y no es casual que así suceda.

 

Hace pocas semanas, mientras en muchos espacios sociales la preocupación provenía de los efectos de la reforma tributaria y de las dificultades para sobrellevar la vida diaria en buenas condiciones, el afán en el Polo Democrático Alternativo descansaba en una lucha intestina acerca de quién lideraría en el 2018 la campaña electoral por la Presidencia. Asimismo, mientras el débil y despolitizado gremio de las madres comunitarias salía a reclamarle al Estado el cumplimiento con sus derechos ratificados por los jueces, acompañadas de manera tenue por el sindicalismo, lo que resaltó fu la apatía de quienes hablan en nombre de las mayorías.

 

Una ausencia activa hasta tal punto, que resulta desapercibida, sin gravedad alguna, la consumada violación de los derechos fundamentales de esta parte de nuestra población dedicada a la niñez. Los ejemplos podrían seguir como lista de mercado. Triste, sobresale la fractura entre quienes levantan las banderas del cambio y la realidad que sobrelleva y aflige a las mayorías nacionales. Un saldo en el presente, ¿qué compromete mal las banderas para el futuro próximo o más lejano? Saltan por tanto las preguntas: ¿Construye la izquierda esperanza y fuerza moral movilizadora entre quienes habitan Colombia? ¿Logra convertirse esta franja política nacional en referencia de vida para el conjunto nacional?

 

¿Qué hace la que debiera ser alternativa de presente y futuro ante la apatía que reina en el país?, ¿qué ante la atomización social?, ¿qué ante el estupor municipal alimentado por el curso al que está sometido su medio ambiente? Y qué ante los efectos de la política económica y la gobernanza, del crimen organizado con aliento de Estado. Ante el subempleo y la precariedad laboral que afecta a millones. Frente al hacinado, contaminante y mal servicio del transporte público, la carestía de la vida diaria y la inhumana aglomeración en calabozos y patios de un sistema carcelario que los jueces han llamado a cerrar por inhumano.

 

Todo un sinfín de circunstancias que indica a todas luces, que una cosa piensa la izquierda –que debería ser el referente fundamental de un futuro inmediato, humano, por venir y de otra democracia por conquistar en Colombia– y otra diferente piensa, domina entre el margen genérico que denominamos país. Por supuesto, con un resultado de atomización social e incredibilidad en alternativas políticas tradicionales, que no le favorecen.

 

Realidad difícil de transformar pues la izquierda persiste, cualquiera sea su matiz o matriz, en viejos modelos de organización, comunicación, de relacionamiento social, que no responden a la realidad global y local que tenemos. De este modo, persiste en su afán de imponerle a sus compañeros de sueños, la vanidad de una hegemonía particular y la visión y el modelo de país que cada corriente porta y defiende. Un viejo proceder de izquierda, que no logra equilibrar sus miradas y acciones de presente con las de futuro.

 

Un comportamiento que no acompasa los niveles de descontento y resistencia cotidiana –que debieran tomar forma cada día–, con la denuncia de las arbitrariedades oficiales, con la siembra de la solidaridad entre todos y cada una de las clases y sectores sociales que integran el país, y con el enraizamiento simbólico y cultural de otra sociedad por construir. Una acción y un proceder en el cual el Estado podría ser objetivo y motivo de resistencia, sin convertirse en referente del ideal institucional necesario de dominar para construir vida digna.

 

Si la izquierda ganara corazones, asegurara territorios de influencia y ascendiera en esta superación cultural, la acción electoral con resultados nimios, por ejemplo, dejaría de ser el motor principal de todo su proceder. Ocuparía con acierto su lugar modesto, reducida a una acción más. Encararla, bajo un pronóstico con el sustento de incrementar la ingobernabilidad, en tanto las mayorías sociales no confían en el método electoral, o en tanto las decisiones estructurales del Estado, que ahora dependen de otros procederes y otras instancias, algunas de ellas extraterritoriales; llegue a un techo insoportable en la opinión. En fin, cabe abrir el debate acerca de otros procederes, otros afanes diarios, otras prácticas y otros lenguajes.

 

En una situación de distanciamiento y “crisis orgánica” de su relación con las mayorías del país, para construir una referencia creciente y no marginal de mediano y largo plazo, la izquierda estaría obligada, por ejemplo, a construir unos mecanismos de vida y sobrevivencia diarios: como unas redes de solidaridad a todo nivel que de verdad aporten en la superación colectiva de los males y necesidades más notorios entre los marginados y excluidos. Poner en marcha iniciativas como las redes de producción, distribución y mercadeo, por medio de las cuales empiecen a germinar otras relaciones y modelos sociales, basados en valores diferentes al dinero y los patrones de consumo, mediante los cuales el trabajo obtenga el reconocimiento y valor que le corresponde. Impulsarlo en aliento de la sabiduría tradicional, para que obtenga el reconocimiento que merece. Hoy más vital que en otro tiempo, en la lucha contra la homogenización de prácticas y consumos, así como en la resolución de afanes en salud, convivencia, agricultura, alimentación, etcétera.

 

Un giro sustancial para avanzar en formas de liderazgo y reconocimiento real de la izquierda, que deberá darle paso a otras formas de relacionamiento social en perspectiva de ruptura y de dualidades de poder, para lo cual es necesario empezar a romper amarras con los hilos “invisibles” de la hegemonía del capital. Amarras que por momentos siembran pasividades y lagos de escepticismo político entre las mayorías, cuando de pensar se trata en la posibilidad que tiene la lucha contra el orden dominante. En este proceder, una primerísima acción por cumplir, es animar acciones y posturas de distancia y ruptura con el sistema financiero, el mismo que tiene a cada uno de nosotros subsumidos, como rueda suelta, en la solución de las necesidades de vivienda, salud, educación, alimentación. Cada uno sometido, por demás, al afán mensual de pagar intereses y abonar a las deudas, para lo cual estamos obligados en no pocas ocasiones a trabajar más de una jornada. Entonces, la atomización y el individualismo no es casual.

 

Romper con esta lógica de producción y reproducción, aunque parezca imposible, es el paso inicial para quebrar en el largo plazo el sistema dominante. Para sembrar, paso a paso, otra economía y otras relaciones sociales, todo lo cual puede hacerse sin dejar de luchar contra el establecimiento, y confrontarlo, en el día a día, izando las banderas del cambio del aquí y ahora, pero sin arriar ni dejar de abonar a las del mañana.

 

En esa ruptura y en ese cambio, otra medida indispensable para desarrollar, es la de poner a rodar una moneda o un medio de intercambio a través del cual fracturar el mercado capitalista y ahondar solidaridades sociales. Medida que al mismo tiempo y como uno de sus efectos le permita a la izquierda cimentar la necesaria dualidad de poderes, sin la cual difícilmente ganará en credibilidad entre todos aquellos a quienes pretende estimular para una lucha tan necesaria para vivir como el aire mismo.

 

Estamos viviendo tiempos de crisis y, por tanto, de cambio en todos los niveles. La necesaria transformación de la izquierda, de sus formas de acción y proceder, de sus lenguajes y símbolos, de sus tejidos y relacionamientos sociales, de su visión sobre el Estado y el poder, no puede quedar por fuera de esta realidad y oportunidad. No dejemos pasar el tiempo sin proceder y ahondar en crítica frente a la cotidianidad.

Publicado enColombia
Sábado, 25 Marzo 2017 12:05

¿Dónde está la izquierda?

En la realidad colombiana, los datos y los hechos son muy fuertes y pasan sin la debida respuesta: la riqueza no deja de concentrarse cada vez en menos manos. La desigualdad social gana en proporción continua, con casos de hambre y desatención social alarmantes, en los cuales los niños y niñas llevan las peores consecuencias (ver, Motavita me mira, página 8). Hay un sistema de salud cuya desatención es la nota cotidiana (ver, página 5), o con un acceso a la educación superior que es un privilegio que recae muchas veces en la capacidad de endeudamiento del educando. Estamos bajo un modelo económico en cuya aplicación, la megaminería (ver, Pueblo Barí, pág. 18) tiene estudiado y cuadriculado el país por todas y cada una de sus regiones, explotando o aspirando a proceder en su afán de riqueza, sobre áreas de reserva natural, en zonas colindantes con cabeceras municipales o en áreas de nacimiento de agua de la cual resultan surtidas diversidad de poblaciones. País entonces, de contrastes y creciente desigualdad.

 

País donde quienes definen el modelo económico, persisten con un sistema que descarga el peso de sus medidas en el consumo diario (IVA), en vez de aplicar la máxima de quien más tiene más paga. Sistema político y modelo económico, donde aún hay funcionarios que creen y defienden que es posible vivir con un dólar diario, y donde las ciudades las siguen diseñando, pensando en los carros –en realidad, en la facilidad y velocidad para el transporte de mercancías y por su conducto, para la rotación del capital–, por lo cual requieren que los más pobres continúen desplazándose hacia unas periferias cada vez más alejadas.

 

Modelo social en cuya aplicación es el mismo Estado el principal defensor de la informalidad laboral, y para el cual el propósito básico de su gestión es garantizar la estabilidad fiscal de su cartera, como condición para no atrasarse con el abono de la deuda pública y así, no perder la calificación que otorga la banca de inversión y ciertos organismos multilaterales. Modelo social en el cual trabajadores, como las madres comunitarias, pese al fallo de los jueces son violentadas e irrespetadas en sus derechos (ver “Las madres comunitarias y la dictadura de la regla fiscal”, desdeabajo No. 232, febrero de 2017).

 

Modelo económico y político, y de control social, en el que a pesar del Acuerdo con las Farc, y de los diálogos con el Eln, prosiguen los asesinatos de los líderes sociales, lo cual denota que está en juego la aplicación de un modelo territorial aún más excluyente, en cuya gestión y concreción sus defensores no admiten ni admitirán resistencia u oposición alguna.

 

Modelo social con claros signos autoritarios, cuyos piñones económico, político, territorial, militar, propagandístico están ahí, funcionan y afectan a las mayorías de quienes habitamos en este país. Por tanto, cada uno podrá decir cómo lo afecta y que desearía se aplicara para que no sucediera así. Al respecto, algunos hacen escuchar a diario sus voces de protesta e inconformidad contra esta realidad. Sin embargo, son voces difusas, atomizadas, sueltas. Voces que no alcanzan a conformar un grito sonoro, y mucho menos a desatar movilización y resistencia ciudadana con capacidad de levantar alternativas contra el orden imperante.

 

Voces sueltas, atomizadas. Resalta en esto, que la voz colectiva comúnmente denominada de izquierda tampoco está escuchándose. Tampoco logra que la sociedad identifique en sus propuestas una esperanza por la cual valga la pena batirse, en la condición de voces organizadas, con capacidad de sembrar futuro. Y no es casual que así suceda.

 

Hace pocas semanas, mientras en muchos espacios sociales la preocupación provenía de los efectos de la reforma tributaria y de las dificultades para sobrellevar la vida diaria en buenas condiciones, el afán en el Polo Democrático Alternativo descansaba en una lucha intestina acerca de quién lideraría en el 2018 la campaña electoral por la Presidencia. Asimismo, mientras el débil y despolitizado gremio de las madres comunitarias salía a reclamarle al Estado el cumplimiento con sus derechos ratificados por los jueces, acompañadas de manera tenue por el sindicalismo, lo que resaltó fu la apatía de quienes hablan en nombre de las mayorías.

 

Una ausencia activa hasta tal punto, que resulta desapercibida, sin gravedad alguna, la consumada violación de los derechos fundamentales de esta parte de nuestra población dedicada a la niñez. Los ejemplos podrían seguir como lista de mercado. Triste, sobresale la fractura entre quienes levantan las banderas del cambio y la realidad que sobrelleva y aflige a las mayorías nacionales. Un saldo en el presente, ¿qué compromete mal las banderas para el futuro próximo o más lejano? Saltan por tanto las preguntas: ¿Construye la izquierda esperanza y fuerza moral movilizadora entre quienes habitan Colombia? ¿Logra convertirse esta franja política nacional en referencia de vida para el conjunto nacional?

 

¿Qué hace la que debiera ser alternativa de presente y futuro ante la apatía que reina en el país?, ¿qué ante la atomización social?, ¿qué ante el estupor municipal alimentado por el curso al que está sometido su medio ambiente? Y qué ante los efectos de la política económica y la gobernanza, del crimen organizado con aliento de Estado. Ante el subempleo y la precariedad laboral que afecta a millones. Frente al hacinado, contaminante y mal servicio del transporte público, la carestía de la vida diaria y la inhumana aglomeración en calabozos y patios de un sistema carcelario que los jueces han llamado a cerrar por inhumano.

 

Todo un sinfín de circunstancias que indica a todas luces, que una cosa piensa la izquierda –que debería ser el referente fundamental de un futuro inmediato, humano, por venir y de otra democracia por conquistar en Colombia– y otra diferente piensa, domina entre el margen genérico que denominamos país. Por supuesto, con un resultado de atomización social e incredibilidad en alternativas políticas tradicionales, que no le favorecen.

 

Realidad difícil de transformar pues la izquierda persiste, cualquiera sea su matiz o matriz, en viejos modelos de organización, comunicación, de relacionamiento social, que no responden a la realidad global y local que tenemos. De este modo, persiste en su afán de imponerle a sus compañeros de sueños, la vanidad de una hegemonía particular y la visión y el modelo de país que cada corriente porta y defiende. Un viejo proceder de izquierda, que no logra equilibrar sus miradas y acciones de presente con las de futuro.

 

Un comportamiento que no acompasa los niveles de descontento y resistencia cotidiana –que debieran tomar forma cada día–, con la denuncia de las arbitrariedades oficiales, con la siembra de la solidaridad entre todos y cada una de las clases y sectores sociales que integran el país, y con el enraizamiento simbólico y cultural de otra sociedad por construir. Una acción y un proceder en el cual el Estado podría ser objetivo y motivo de resistencia, sin convertirse en referente del ideal institucional necesario de dominar para construir vida digna.

 

Si la izquierda ganara corazones, asegurara territorios de influencia y ascendiera en esta superación cultural, la acción electoral con resultados nimios, por ejemplo, dejaría de ser el motor principal de todo su proceder. Ocuparía con acierto su lugar modesto, reducida a una acción más. Encararla, bajo un pronóstico con el sustento de incrementar la ingobernabilidad, en tanto las mayorías sociales no confían en el método electoral, o en tanto las decisiones estructurales del Estado, que ahora dependen de otros procederes y otras instancias, algunas de ellas extraterritoriales; llegue a un techo insoportable en la opinión. En fin, cabe abrir el debate acerca de otros procederes, otros afanes diarios, otras prácticas y otros lenguajes.

 

En una situación de distanciamiento y “crisis orgánica” de su relación con las mayorías del país, para construir una referencia creciente y no marginal de mediano y largo plazo, la izquierda estaría obligada, por ejemplo, a construir unos mecanismos de vida y sobrevivencia diarios: como unas redes de solidaridad a todo nivel que de verdad aporten en la superación colectiva de los males y necesidades más notorios entre los marginados y excluidos. Poner en marcha iniciativas como las redes de producción, distribución y mercadeo, por medio de las cuales empiecen a germinar otras relaciones y modelos sociales, basados en valores diferentes al dinero y los patrones de consumo, mediante los cuales el trabajo obtenga el reconocimiento y valor que le corresponde. Impulsarlo en aliento de la sabiduría tradicional, para que obtenga el reconocimiento que merece. Hoy más vital que en otro tiempo, en la lucha contra la homogenización de prácticas y consumos, así como en la resolución de afanes en salud, convivencia, agricultura, alimentación, etcétera.

 

Un giro sustancial para avanzar en formas de liderazgo y reconocimiento real de la izquierda, que deberá darle paso a otras formas de relacionamiento social en perspectiva de ruptura y de dualidades de poder, para lo cual es necesario empezar a romper amarras con los hilos “invisibles” de la hegemonía del capital. Amarras que por momentos siembran pasividades y lagos de escepticismo político entre las mayorías, cuando de pensar se trata en la posibilidad que tiene la lucha contra el orden dominante. En este proceder, una primerísima acción por cumplir, es animar acciones y posturas de distancia y ruptura con el sistema financiero, el mismo que tiene a cada uno de nosotros subsumidos, como rueda suelta, en la solución de las necesidades de vivienda, salud, educación, alimentación. Cada uno sometido, por demás, al afán mensual de pagar intereses y abonar a las deudas, para lo cual estamos obligados en no pocas ocasiones a trabajar más de una jornada. Entonces, la atomización y el individualismo no es casual.

 

Romper con esta lógica de producción y reproducción, aunque parezca imposible, es el paso inicial para quebrar en el largo plazo el sistema dominante. Para sembrar, paso a paso, otra economía y otras relaciones sociales, todo lo cual puede hacerse sin dejar de luchar contra el establecimiento, y confrontarlo, en el día a día, izando las banderas del cambio del aquí y ahora, pero sin arriar ni dejar de abonar a las del mañana.

 

En esa ruptura y en ese cambio, otra medida indispensable para desarrollar, es la de poner a rodar una moneda o un medio de intercambio a través del cual fracturar el mercado capitalista y ahondar solidaridades sociales. Medida que al mismo tiempo y como uno de sus efectos le permita a la izquierda cimentar la necesaria dualidad de poderes, sin la cual difícilmente ganará en credibilidad entre todos aquellos a quienes pretende estimular para una lucha tan necesaria para vivir como el aire mismo.

 

Estamos viviendo tiempos de crisis y, por tanto, de cambio en todos los niveles. La necesaria transformación de la izquierda, de sus formas de acción y proceder, de sus lenguajes y símbolos, de sus tejidos y relacionamientos sociales, de su visión sobre el Estado y el poder, no puede quedar por fuera de esta realidad y oportunidad. No dejemos pasar el tiempo sin proceder y ahondar en crítica frente a la cotidianidad.

Publicado enEdición Nº233
Más de 2 mil 600 millones de personas tenían acceso a agua potable de mejor calidad en 2015 que en 1990, lo que redujo el riesgo de contraer enfermedades como el cólera. Sin embargo, el informe del PNUD refiere que una de cada tres personas sigue viviendo con índices bajos de desarrollo humano en 2016 y uno de cada nueve sufre hambruna. En la imagen de hace unos días, un niño con desnutrición severa en un centro de salud financiado por el Unicef en la región de Bahía, en Somalia

 

 

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Selim Jahan, autor principal del Informe Desarrollo humano para todas las personas; Stefan Leofven, primer ministro de Suecia; Helen Clark, administradora del PNUD, e Isabella Lovin, viceprimera ministra sueca, ayer en Estocolmo durante la presentación del documento. Foto Afp

 

*Una de cada tres personas viven por debajo de los umbrales mínimos de desarrollo, indica.

 

*Entre 1990 y 2015 las tasas de mortalidad en niños menores de 5 años se redujeron más de la mitad.

 

 

Estocolmo.

 

Una de cada tres personas en el mundo continúa viviendo por debajo de los umbrales mínimos de desarrollo, por lo que a pesar de los avances conseguidos en los últimos años todavía hay millones de excluidos por la comunidad internacional, advirtió el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en su informe anual, divulgado este martes.

De acuerdo con los autores del informe Desarrollo humano para todas las personas, para poder garantizar un desarrollo humano sostenible para todos es imprescindible centrar los esfuerzos en aquellas comunidades que a lo largo de los años han sido especialmente excluidas.

Más de mil millones de personas salieron de la extrema pobreza, indicó el PNUD al relacionar los datos de 1990 con los de 2015, aunque la población global aumentó de 5 mil 300 millones a 7 mil 300 millones en el mismo periodo. Precisó que las personas que viven en extrema pobreza lo hacen con menos de 1.9 dólares diarios.

Las tasas de mortalidad en niños menores de cinco años se redujeron más de la mitad entre 1990 y 2015, de 91 muertes por cada mil nacidos vivos a 43, siendo África subsahariana donde más mejoró la situación, dijo el PNUD.

Más de 2 mil 600 millones de personas tenían acceso a agua potable de mejor calidad en 2015 que en 1990, lo que redujo el riesgo de contraer enfermedades como el cólera. Sin embargo, el informe refiere que una de cada tres personas sigue viviendo con índices bajos de desarrollo humano en 2016 y uno de cada nueve sufre hambruna.

El empeño de no dejar a nadie atrás debe definir cada acción que emprendamos como comunidad global, señaló el primer ministro sueco, Stefan Lofven. Es el principio de inclusión el que debe guiar nuestras decisiones de política, añadió.

El mundo ha recorrido un largo camino en la reducción de la pobreza extrema, mejoras en el acceso a la educación, la salud y el saneamiento, y la ampliación de posibilidades para mujeres y niñas, indicó Helen Clark, administradora del PNUD.

Sin embargo, estos avances son el preludio del siguiente desafío, que es el de velar por que los beneficios del progreso mundial lleguen a todas las personas, manifestó durante su intervención en la presentación del informe, este martes en Estocolmo.

Más de 300 millones de personas –entre ellas un tercio de la población infantil mundial– viven en situación de pobreza relativa. Al contrario de la absoluta, la medida de pobreza relativa se define como la condición de estar por debajo de un umbral relativo de pobreza. Implica la falta de ciertos bienes y recursos que el resto de la sociedad da por sentados.

 

Discriminación sistemática

 

El problema no sólo radica en que hay millones de personas que aún sufren carencias extremas, sino que las desventajas afectan de manera desproporcionada a ciertos grupos. Prestamos demasiada atención a los promedios a nivel nacional, que a menudo ocultan enormes desigualdades en las condiciones de vida de las personas, declaró Selim Jahan, autor principal del informe. Para avanzar, tenemos que examinar más de cerca no sólo lo que se ha logrado, sino también quién ha quedado excluido y por qué, apuntó.

Las mujeres, los habitantes de las zonas rurales, las comunidades indígenas, las minorías étnicas, las personas con discapacidad, los refugiados y la comunidad LGTB son los principales grupos excluidos de manera sistemática por obstáculos que no son simplemente económicos, sino también políticos, sociales y culturales.

En general, las mujeres son más pobres, ganan menos y tienen menos oportunidades que los hombres. En al menos un centenar de países están legalmente excluidas de ciertos empleos por su género y en al menos 18 países necesitan la autorización de su marido, hermano o padre para trabajar. Por otro lado, en muchas regiones, prácticas como la mutilación genital femenina y el matrimonio forzoso continúan a la orden del día.

Los pueblos indígenas representan sólo 5 por ciento de la población mundial, pero más de 15 por ciento de las personas que viven en situación de pobreza.

Los derechos de la comunidad LGTB son violados continuamente en al menos 70 países, donde los actos homosexuales entre hombres son considerados un delito.

Los refugiados, que ascienden a 65 millones en todo el mundo, también se enfrentan a numerosos desafíos, dado que muchos están desempleados, no tienen ingresos y no tienen acceso a los servicios sanitarios y sociales.

Es posible erradicar la pobreza y lograr un desarrollo sostenible, pacífico y justo para todos si se eliminan aquellas normas sociales y leyes discriminatorias arraigadas y persistentes, subrayó Clark.

Pese a las diferencias de progreso, el desarrollo humano universal es alcanzable, aseveró Jahan. En las últimas décadas hemos sido testigos de logros en materia de desarrollo humano que antes se consideraban imposibles de alcanzar, concluyó.

El informe del PNUD incluye el índice de desarrollo humano (IDH), que mide la esperanza de vida al nacer, los niveles de educación y de ingresos. Noruega lidera la lista de 51 países con mejores índices de desarrollo humano. Entre los países en lo más alto de la lista están Australia, Suiza, Alemania, Dinamarca, Singapur, Holanda, Irlanda, Islandia, Canadá y Estados Unidos.

La República Centroafricana se encuentra en lo más bajo de la lista de desarrollo humano de 188 países. El IDH se calcula desde 1990 y ha sido una herramienta útil, puesto que es una medida más amplia que el PIB per cápita, dado que la vida humana no es sólo ingresos, explicó Jahan.

 

 

Publicado enSociedad
20 millones de personas en riesgo de inanición necesitan alimentos, no bombas

El mundo se enfrenta a la catástrofe humanitaria más grave desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Veinte millones de personas corren riesgo de morir de hambre en Yemen, Somalia, Nigeria y Sudán del Sur. La respuesta del presidente Donald Trump ante esta situación ha sido cerrarles la puerta en la cara a los refugiados y recortar los fondos de asistencia humanitaria, al tiempo que propone una importante ampliación de fondos para el ejército estadounidense.

António Guterres, nuevo secretario general de Naciones Unidas, dijo recientemente: “Millones de personas apenas logran sobrevivir entre la desnutrición y la muerte, vulnerables a enfermedades y epidemias, obligados a matar a sus animales para comer y consumir los granos almacenados para la siembre del año que viene”. Guterres continuó: “Estas cuatro crisis son muy diferentes, pero tienen una cosa en común. Todas son evitables. Todas provienen de diferentes conflictos, para los cuales se necesita que hagamos mucho más en cuanto a prevención y resolución”.


Mientras Naciones Unidas se apresura a recaudar los 5.600 millones de dólares necesarios para evitar el peor impacto de estas crisis, el gobierno de Trump recorta los fondos del Departamento de Estado de Estados Unidos y, según el borrador de una orden ejecutiva obtenido por el periódico The New York Times, también los de Naciones Unidas. La orden, tal como está redactada (aunque todavía no fue firmada ni emitida oficialmente) indica “al menos un 40% de reducción general” de las contribuciones voluntarias de Estados Unidos a programas de la ONU como el Programa Mundial de Alimentos, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados y Unicef. “Francamente, esta es una actitud infantil que no es digna de la única superpotencia del mundo”, escribió Stewart M. Patrick, un ex funcionario del Departamento de Estado durante el gobierno de George W. Bush, que ahora integra el Consejo de Relaciones Exteriores.


Esta actitud, que podría calificarse de infantil, tiene un impacto letal en la población infantil real. Siete millones de personas en Yemen corren peligro de inanición, de las cuales 2,2 millones son niños. Cerca de medio millón de esos niños están “grave y agudamente desnutridos”, lo que implica que ya han sufrido daños de desarrollo, posiblemente de por vida, debido al hambre.


El director de la sede estadounidense del Consejo Noruego para Refugiados, Joel Charny, dijo en una entrevista para Democracy Now!: “Si la guerra continúa, mucha gente morirá de hambre. No creo que haya ninguna duda al respecto. Tenemos que hallar la forma de que la guerra termine”.


Para ello habría que empezar por ponerle fin a la entrega de armamento a Arabia Saudí, que bombardea Yemen sin piedad. En su lugar, el presidente Trump se reunió el martes en la Casa Blanca con el príncipe heredero de Arabia Saudí y ministro de Defensa, Mohammed bin Salman, donde presuntamente habrían hablado de reanudar la venta de proyectiles guiados de precisión a la dictadura saudí. Amnistía Internacional instó a Trump a bloquear las nuevas ventas de armas. La organización emitió una declaración, en la que escribió: “Armar a los gobiernos de Arabia Saudí y Bahréin representa el riesgo de ser cómplice de crímenes de guerra, y hacerlo mientras simultáneamente se prohíbe a las personas viajar a Estados Unidos desde Yemen sería aun más inadmisible”.


La guerra en Yemen es considerada mayormente como un conflicto de poder entre Arabia Saudí e Irán, donde Estados Unidos, bajo el gobierno de Obama y ahora con mayor intensidad bajo el de Trump, brinda armamento a los saudíes y apoya logísticamente su bombardeo a Yemen. “Cabe destacar que esto no comenzó el 20 de enero. Esta es una política llevada a cabo por Estados Unidos desde hace cierto tiempo", dijo el funcionario humanitario Joel Charny en referencia a la asunción de mando de Trump y las políticas de Obama. A lo largo de sus dos mandatos, el presidente Obama le vendió armas a Arabia Saudí por un récord de 115.000 millones de dólares. Solo suspendió las ventas después de que un avión saudí atacara un funeral yemení con una serie de bombardeos sucesivos, que dejaron un saldo de 140 muertos y 500 heridos.


Millones de personas más se enfrentan al hambre y a una dolorosa muerte por inanición en Somalia, Sudán del Sur y Nigeria. Según Charny, en Sudán del Sur, pese a las ganancias por el petróleo y su tierra fértil, “los conflictos políticos no resueltos al interior de la clase gobernante de Sudán del Sur, que se remontan a la década de 1990 y quedaron disimulados durante la lucha por la independencia, ahora comenzaron a resurgir” y han conducido al país a la hambruna. En el noreste de Nigeria, el conflicto armado entre el grupo Boko Haram y el gobierno hace que la entrega de ayuda humanitaria sea muy peligrosa. Respecto a Somalia, donde la hambruna amenaza a poblaciones que pueden ser alcanzables por el debilitado gobierno central y las agencias de ayuda humanitaria, Charny expresó comentarios más optimistas: “Si podemos movilizar rápidamente alimentos y dinero en efectivo, podremos superar la situación en Somalia... si nos ponemos en marcha”.


Evitar la situación de hambruna en estos cuatro países es posible. El presidente Trump debería financiar totalmente los envíos de alimentos –no los envíos de armas– y liderar la tan necesaria diplomacia para evitar la inmensa catástrofe de 20 millones de muertes terribles a causa del hambre. Eso es lo que haría grande a Estados Unidos.

 

© 2017 Amy Goodman
Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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