El Samaná: último río libre y limpio de Antioquia

En las estribaciones de la Cordillera Central, en el páramo del municipio de Sonsón, al sur oriente antioqueño, nace uno de los ríos más biodiversos y maravillosos de nuestro país. Entre montañas agrestes, ocultas por décadas de conflicto armado, se abre paso este gigante, cuyo cause aumenta a medida que desciende de las altas montañas. Serpenteante, en su paso por el municipio de San Luis, en un recodo de la vía Medellín-Bogotá, deja ver su enorme dorso, que en días de verano tiene un color verde esmeralda. Aguas abajo, como un enorme reptil, se desliza hasta perderse nuevamente en la espesura del monte. Hoy, su fluir hasta el río Magdalena está amenazado por un proyecto Hidroeléctrico. Motivados por conocer el impacto ambiental y social que podrían ocasionar estos proyectos, realizamos diversos viajes los cuales componen esta crónica; en la cual se narra el sentir de los ribereños y se registra parte de la riqueza amenazada de nuestro último río libre y limpio de Antioquia: el río Samaná.

Da caluroso. Nos animamos para nuestro viaje cargados de ilusiones. Hemos escuchado distintas historias sobre “El patrón” y queremos comprobarlas. El aire del campo nos trae la sorpresa de aromas frescos, superpuestos a los de la gasolina y la contaminación que ahogan la urbe y los millones que en ella disputan un espacio y una oportunidad para abrirse paso en el presente y para el futuro.

 

Nuestra llegada estuvo precedida de una manada de titís que cruzaban la carretera por un tendido eléctrico. El caserío está conformado por unas cuantas casas a lado y lado de la vía hasta toparse con el río, “El patrón”. Todo allí confluye en él. Caminamos directamente al puente que lo atraviesa, su color café y sus aguas crecidas dan cuenta de lluvias que no vimos. Dos pescadores prueban suerte sobre la saliente de una enorme roca que se resiste a la corriente.

 

Nos dirigimos a la casa de la señora donde nos vamos a quedar. El camino es bordeando la escuela, se atraviesa un pequeño caño y en un alto, al margen del río, está su casa. Justo al frente, en la otra orilla, se alcanza a ver lo que parece ser una cascada: es como si de los árboles brotara un manantial de agua.

 

–¡Usted vive en el paraíso!

 

–Eso dicen todos los que vienen, pero mire que uno aquí no valora tanto todo esto…

 

María, de cuyo nombre nos enteramos de manera pronta, nos cuenta que ha vivido toda su vida en la región. Es la única que queda en la casa; sus hijos viven en la ciudad, y aunque le insisten que se vaya a vivir con ellos, ella se resiste.

 

–Mal que bien, aquí tengo mi casa, mis cosas… mi vida la he construido aquí. Además, yo por allá no me amaño!


Pese a que nunca se fue de la región, es beneficiaria de un apoyo a las víctimas que sufrieron desplazamiento por el conflicto armado y que ahora regresan a sus territorios. El apoyo consta de un bono en materiales de construcción para mejorar sus viviendas.

 

–Pero fíjese como es la vida, yo que he resistido a salir de mi casa en la época más dura de violencia, ahora que ya todo está tranquilo, ¡me tengo que ir! Con el proyecto de la hidroeléctrica, todos, incluso los que han vuelto a sus ranchos, les toca volverse a ir. Entonces, ¿para qué arreglar la casa si nos van a sacar, queramos o no?… El otro día escuché que aquí, donde está ubicada esta casa, va a quedar el cuarto de máquinas.

 

Su rostro inmutable, reflejo de quien ha sorteado los más duros embates de la vida, es el mismo con que seguidamente nos ofrece comida: patacón con bocachico. –Nunca nos ha faltado pescado en el río. Él es quien nos da de comer.

 

La conversa continúa y las horas pasan, el goce es pleno. Con la noche compruebo como la selva cobra vida, el río como telón de fondo acompaña una multitud de sonidos. El cansancio por el trajín del día viene acompañado con el sueño, y éste y la mente viajan en el tiempo. Afloran imágenes confusas, quizá rememorando antiguos oficios y prácticas nunca antes vistas. Un reencuentro con los antiguos moradores de estas tierras, la tribu Malagua con su cacique Nare, vestido con piel de jaguar y ornamentado con orfebrería de oro. ¿Qué pensarían ellos si supieran que están amenazando con estancar las corrientes de este río hermano, elixir de la vida? Les agradecemos habernos enseñado que un río es más que un simple recurso hídrico, que sobre todo es fuente de vida, y como tal merece ser reconocido por lo que es: un fluido vital, sagrado, como la vida, de la cual es sustento sustancial. Nos recuerdan, además, que no somos el fin absoluto de la creación y que los ríos, así como la especie humana, tienen derechos. Estamos hechos de la misma materia del universo, somos hijos de Caribá o tierra de aguas en español, pues así llamaban esta región, quienes la habitaron mucho antes de que llegaron extraños a pisotearla.


Al día siguiente, con la curiosidad del que quiere conocer y aprender, nos levantamos con el alba, acompañados de nuevos sonidos, recordándonos, una y otra vez, que la vida palpita de diferentes formas, con colores vivos y apagados, con trinar diverso y ecos de distintos animales, evidencia de nuestra sorprendente biodiversidad, y en su opuesto, la mezquindad y la avaricia sin límite de quienes pretenden seguir entubando todos los ríos del departamento y del país.

 

Disfrutamos del amanecer sin pitos ni ruido de motores, saboreamos los primeros tragos del día con las melodías del despertar del campo y de inmediato nos enrutamos hacia el punto donde llegan las lanchas, lugar preestablecido para el encuentro con los lugareños que guiarán nuestros pasos. Con un andar tranquilo, aunque algo inseguro, como el de todo poblador urbano, nos guiamos con la luz del celular, afinamos nuestros sentidos, y justo después de atravesar una quebrada somos sorprendidos por una mapaná, que al encuentro con la luz que portábamos, se quedó quieta en mitad del camino. Ella nos observa, nosotros a ella, necesito moverla para poder proseguir hacia nuestro destino, doy media vuelta para buscar una rama y cuando regreso ella ya está resguardada entre los arbustos.

 

El camino que bordea el río por el cañón era una antigua carretera, hoy en día es un estrecho sendero absorbido por la densa vegetación; de un lado es montaña, del otro un acantilado que va a dar al río. A medida que avanzamos empieza a despuntar el día, los rayos del sol se filtran por entre las hojas de los árboles, hay una tenue neblina que hace del paisaje algo místico. Finalmente, llegamos a lo que fue el desembarcadero en otros tiempos: una plancha en cemento que se adentra en el río, y en su centro se erige una cruz desgastada por la inclemencia del tiempo. El agua del río se arremolina, un enorme tronco es arrastrado por la corriente como la levedad de una hoja que lleva un arroyo. Pienso en toda la muerte que pudo haber bajado por este río lleno de vida, en las lágrimas de tristeza perdidas en la corriente, y en los gritos de dolor que nunca escuchamos. El ruido del motor me saca de estos pensamientos, vemos la lancha acercarse a lo lejos.

 

Nos internamos río abajo por el estrecho cañón. Para Gabriel, ribereño como todos los que habitan al margen del cauce, el río es parte fundamental de su vida: es quien provee de alimento, es medio de transporte, fuente de trabajo, es quien dispone el quehacer del día a día, es, a fin de cuentas, su hogar.

 

 

 

–Nosotros, los que vivimos río abajo, no sabemos que será de nuestras vidas. Con la represa van a acabar el río. Ya escasamente nos dará algo de comer. Mire que este otro río que desemboca aquí cerca y que está represado aguas arriba, ya no le sube pescado. Antes la gente iba a pescar mucho por allá.

 

A medida que seguimos aguas abajo, la vegetación se hace más densa. De cuando en cuando se ven algunas casas con sus pequeños cultivos de cacao, yuca, maíz y aguacate. Nos cuenta Guillermo que anteriormente se sembraba mucha coca. Según él, esta era una ruta que usaban para sacarla hasta el Magdalena.

 

–El río era una frontera natural, de un lado estaba la guerrilla y del otro los paramilitares… Mucha gente de por aquí le tocó irse de la región y a otros los mataron. Eran otros tiempos, ya todo está muy calmado…

 

Llegamos a la casa de Guillermo, está ubicada en una vega del río. Es espaciosa y fresca, de amplios corredores sin chambranas y una sala abierta que hace también de comedor. El sonido del viento que circula se confunde con el del río. Descargamos las mochilas y nos sentamos directamente en el piso de cemento, brillante de tanto trapearlo. En la parte posterior de la casa hay una cancha de fútbol que linda con un corral para el ganado. En las tardes de todos los fines de semana se reúnen los vecinos a jugar partidos y a tomar fresco. Guillermo vive con su esposa e hija. Aunque sus vecinos están retirados, es una comunidad unida por el río, el mismo que les ha forjado su identidad, cultura y tradición. No obstante, es una comunidad vulnerable. Pese a que es gente tallada con la más resistente madera del monte, hoy en día su legado está amenazado. Intereses opuestos a los suyos se anteponen a sus formas de vida.

 

Después de refrescarnos con guandolo1 helado y haber comido un par de buñuelos, terminamos hablando del festival que se está realizando en defensa del río Samaná, el Samaná Fest. Iniciativa que además de haber dado a conocer la problemática a la opinión pública, ha propuesto a Celsia (filial del Grupo Argos y responsable del proyecto hidroeléctrico Porvenir II), gobierno y sociedad en general, la creación del Parque Río Samaná como alternativa al impacto negativo que produciría la represa. Su apuesta está en combinar la economía local, turismo e innovación, con otras formas de generación de energía “realmente sostenibles”2.

 



–Al festival hemos ido la mayoría de por aquí, finqueros, agricultores, pescadores y gente de los caseríos afectados que no queremos la construcción de la represa. Agradecemos el apoyo de la gente de los municipios y ciudades… y de otros países, porque aquí ha llegado gente de todo el mundo a defender el río.

 

Nos cuentan que con la creación del embalse se inundaría una gran porción de bosque y en particular se acabaría con varias especies de plantas nuevas para la ciencia, que sólo se han encontrado en las orillas de esta cuenca. Según cuentan los expertos, las propiedades de este río y su ecosistema son únicas y el daño ambiental ocasionado sería irreversible.

 

Quisiera no darme cuenta de tantas cosas, a lo mejor así estuviera más tranquilo y no me pesaría tanto todo lo que le estamos ocasionando al medio ambiente. Me quedo detallando un cachorrito que se quedó dormido junto a mis pies. Su sueño es profundo, me parece que fantasea con que está corriendo o quizá volando tras algo que huele muy apetitoso, mueve sus paticas y sus bigotes constantemente. ¡Ojalá lo logre atrapar!

 

Les pedimos que nos recomienden un lugar para conocer, al que podamos ir caminando. Nos sugieren ir a unos charcos. La quebrada que conduce a estos parece una réplica a menor escala del río. Mientras ascendemos, el cantar de las chicharras se hace más intenso, como relata el mito: a punto de reventar por amor3. Nunca habíamos visto una quebrada tan cristalina y llena de peces como aquella. Al meternos al charco, llegaron unos pececitos de cola roja a picotear los pies y la espalda, los más grandes guardaban su distancia. Distinguimos por lo menos cuatro especies diferentes entre ellos. Nos preguntamos por cuán importante sería para nosotros, como sociedad, aprender de los conocimientos que nos ofrece nuestra irrespetada biodiversidad.

 

Siguiendo camino arriba, nos encontramos a un personaje: el Árabe. Llevaba puesto una especie de turbante. Cuentan que estuvo en el Medio Oriente. Hace quince días que está barequiando por estos lados. Tiene su “cambuche” cerca. Una atarraya, una olla y una hamaca es todo lo que lleva consigo. Nos enseña esta técnica milenaria heredada de los ancestros. Hoy en día al borde de desaparecer.

 

Regresamos por la orilla opuesta hasta topar con la desembocadura en el río. Allí se forma una playa de arena. Nos quedamos a contemplar el río, su cauce comenzó a crecer lentamente. Vimos algunas rayas deambular mimetizadas con el fondo arenoso. Lo que antes era una quebrada, en cuestión de minutos se convirtió en otro río. Para cruzar a la otra orilla debimos volver un buen tramo, hasta encontrar un paso seguro; el agua ahora bajaba turbia, así que además debimos cruzar con cuidado para no ir a pisar ninguna raya, dicen que es muy doloroso su pinchazo. Estando ya del otro lado, el camino por el cual habíamos ascendido estaba tapado, nos tocó abrir paso por el monte hasta llegar nuevamente a la desembocadura, y justo antes de doblar rumbo a la casa vimos a lo lejos una pequeña mancha café que se aventó en el río. Atraída por la corriente hacia nosotros distinguimos una enorme nutria que se debatía en el torrente. ¡Los gajes del oficio silvestre!

 

De regreso nos recibieron con una suculenta viuda de bocachico. –Antes la pesca abundaba –nos cuentan– pero empezaron a llegar foráneos a pescar con dinamita y trasmallos que atravesaban de lado a lado… y eso mata al pequeño y al grande. Ahora ya no dejamos que hagan eso aquí. Debemos cuidar a quien nos da de comer– nos dicen de manera enfática.

 

Mientras hablábamos, a lo lejos se escuchaban los aullidos de los micos aulladores. Son sonidos guturales; su eco, el cual retumba por todo el cañón, es el mismo que escuchaban los Malagua mientras vivían en armonía con el territorio.

 

El sol comienza a recostarse en el horizonte, la luz se hace más cálida y las sombras se extienden. Llega la tarde acompañada de manadas de garzas que vuelan sobre el río. Una que otra lancha navega el cauce: son los ribereños que, al igual que las garzas, vuelven a sus casas.

 

Todo alrededor de la casa está oscuro, nuevos sonidos provenientes del monte le dan la bienvenida a la noche. El río no lo vemos pero lo sentimos, siempre está presente. Reunidos en torno al televisor, tendidos en hamacas y en el piso, esperamos expectantes los titulares del noticiero que anuncian los últimos acontecimientos sobre Hidroituango, los cuales advierten sobre la crisis que por estos días amenaza a las poblaciones río abajo con el desbordamiento del Cauca. ¿Será este el “porvenir” de los ribereños del Samaná? Un sentimiento de zozobra invade el ambiente. Mientras tanto, los geckos (pequeños lagartos) se dan un banquete con las incautas polillas que llegan atraídas por la luz del televisor.

 

–Dicen que abrirán cientos de puestos para trabajar en la represa… pero sólo es mientras se construye. ¿Y después de eso qué? Nos dejan el río que ni para pescar… ya ni los pocos turistas que viene por acá volverán…

 

Al día siguiente, con el trinar de los pájaros partimos rumbo a la desembocadura del Samaná. Nos llevan unos vecinos que van a un entierro en un caserío cercano. De camino aprovechan para tirar atarraya y pescar con anzuelo. Sacan algunos bocachicos y dos bagres, los mismos que resguardan en una nevera portátil, para venderlos en el poblado. Mientras más descendemos, el río se hace más grande: va tomando la forma del Magdalena, su hermano mayor. Las aguas puras y libres del Samaná son entregadas a este gigante maltrecho, como una arteria llena de vida que sana su enfermedad. Nuestro cuerpo, al igual que este territorio, tiene un sistema circulatorio que nos da vida. Cada vez que se obstruye un río con una represa se condena un territorio. ¿Por qué, en vez de obstruir más ríos, mejor empezamos a revivir todos aquellos que hemos acabado?

 

Seguimos con la mirada el curso de la lancha por las aguas turbias y torrentosas, intentando descifrar la dirección que toma quien la conduce. La forma de la superficie del agua indica cuál es el camino que hay que tomar para no golpear con las piedras o algún tronco mal puesto. Son habilidades adquiridas, como quien aprende a leer una partitura o un libro. Los ribereños son grandes lectores del río y su entorno. Nos cuentan que cada año celebran las fiestas del bocachico, en homenaje a esta especie que ha traído prosperidad a toda la región. Sin embargo, cada día acortamos más la travesía de esta especie migratoria. La ganadería extensiva, la deforestación, la pesca indiscriminada, la minería, la contaminación de los ríos y las represas, son las causas que la están llevando a la extinción; además de desequilibrar los ecosistemas del cual ellos se benefician. Miles de bocachicos migran todos los años desde las ciénagas a los afluentes de los ríos principales, lo que se conoce como la “subienda”; al ser obstaculizado su paso con una represa dejarán de remontar el río, se interrumpe su reproducción y desove. Como dice la canción, ya no “habrá subienda”, ni “plata pa’ tienda”, ni “amanecer con pescado pa’ vender en el mercado”.

 

Finalmente, llegamos al Magdalena. Es un hermoso y gigante moribundo. Ya las montañas son apenas unas pequeñas protuberancias. El calor se siente más intenso. Nos despedimos del río y de su gente. Al llegar a la antigua carretera Panamericana, nos recostamos bajo la sombra de un Samán. Soñamos con que nos recoge un tren, de esos que parecen levitar; viajamos al futuro: Vemos las aparatosas plantas de petróleo, imponentes en un paisaje tan llano. Es como si fueran monumentos de una época remota. Un recuerdo lustroso del pasado. La vegetación es densa, se siente un aire fresco y limpio. Como en un Déjà vu nos internamos en las montañas de regreso al punto donde partimos: El río, al margen de las vías férreas, está crecido, su color café da cuenta de lluvias que no vimos. Dos pescadores prueban suerte sobre la saliente de una enorme roca que se resiste a la corriente.

 

Llegamos a la casa de María, quien ahora está acompañada de dos de sus sobrinos. Pareciera que no le hubieran pasado los años. Su rostro más juvenil nos sonríe.


–¡Usted vive en el paraíso!

 

–Eso dicen todos los que vienen, ¡y tienen toda la razón! ¡Síganse por favor!

 

1 Bebida de agua de panela con limón
2 Más información: http://www.riosamana.com/
3 Según el mito, las chicharras cantan en época de apareamiento para atraer a sus parejas, y lo hacen hasta que revientan de amor.

Publicado enColombia
El Samaná: último río libre y limpio de Antioquia

En las estribaciones de la Cordillera Central, en el páramo del municipio de Sonsón, al sur oriente antioqueño, nace uno de los ríos más biodiversos y maravillosos de nuestro país. Entre montañas agrestes, ocultas por décadas de conflicto armado, se abre paso este gigante, cuyo cause aumenta a medida que desciende de las altas montañas. Serpenteante, en su paso por el municipio de San Luis, en un recodo de la vía Medellín-Bogotá, deja ver su enorme dorso, que en días de verano tiene un color verde esmeralda. Aguas abajo, como un enorme reptil, se desliza hasta perderse nuevamente en la espesura del monte. Hoy, su fluir hasta el río Magdalena está amenazado por un proyecto Hidroeléctrico. Motivados por conocer el impacto ambiental y social que podrían ocasionar estos proyectos, realizamos diversos viajes los cuales componen esta crónica; en la cual se narra el sentir de los ribereños y se registra parte de la riqueza amenazada de nuestro último río libre y limpio de Antioquia: el río Samaná.

Da caluroso. Nos animamos para nuestro viaje cargados de ilusiones. Hemos escuchado distintas historias sobre “El patrón” y queremos comprobarlas. El aire del campo nos trae la sorpresa de aromas frescos, superpuestos a los de la gasolina y la contaminación que ahogan la urbe y los millones que en ella disputan un espacio y una oportunidad para abrirse paso en el presente y para el futuro.

 

Nuestra llegada estuvo precedida de una manada de titís que cruzaban la carretera por un tendido eléctrico. El caserío está conformado por unas cuantas casas a lado y lado de la vía hasta toparse con el río, “El patrón”. Todo allí confluye en él. Caminamos directamente al puente que lo atraviesa, su color café y sus aguas crecidas dan cuenta de lluvias que no vimos. Dos pescadores prueban suerte sobre la saliente de una enorme roca que se resiste a la corriente.

 

Nos dirigimos a la casa de la señora donde nos vamos a quedar. El camino es bordeando la escuela, se atraviesa un pequeño caño y en un alto, al margen del río, está su casa. Justo al frente, en la otra orilla, se alcanza a ver lo que parece ser una cascada: es como si de los árboles brotara un manantial de agua.

 

–¡Usted vive en el paraíso!

 

–Eso dicen todos los que vienen, pero mire que uno aquí no valora tanto todo esto…

 

María, de cuyo nombre nos enteramos de manera pronta, nos cuenta que ha vivido toda su vida en la región. Es la única que queda en la casa; sus hijos viven en la ciudad, y aunque le insisten que se vaya a vivir con ellos, ella se resiste.

 

–Mal que bien, aquí tengo mi casa, mis cosas… mi vida la he construido aquí. Además, yo por allá no me amaño!


Pese a que nunca se fue de la región, es beneficiaria de un apoyo a las víctimas que sufrieron desplazamiento por el conflicto armado y que ahora regresan a sus territorios. El apoyo consta de un bono en materiales de construcción para mejorar sus viviendas.

 

–Pero fíjese como es la vida, yo que he resistido a salir de mi casa en la época más dura de violencia, ahora que ya todo está tranquilo, ¡me tengo que ir! Con el proyecto de la hidroeléctrica, todos, incluso los que han vuelto a sus ranchos, les toca volverse a ir. Entonces, ¿para qué arreglar la casa si nos van a sacar, queramos o no?… El otro día escuché que aquí, donde está ubicada esta casa, va a quedar el cuarto de máquinas.

 

Su rostro inmutable, reflejo de quien ha sorteado los más duros embates de la vida, es el mismo con que seguidamente nos ofrece comida: patacón con bocachico. –Nunca nos ha faltado pescado en el río. Él es quien nos da de comer.

 

La conversa continúa y las horas pasan, el goce es pleno. Con la noche compruebo como la selva cobra vida, el río como telón de fondo acompaña una multitud de sonidos. El cansancio por el trajín del día viene acompañado con el sueño, y éste y la mente viajan en el tiempo. Afloran imágenes confusas, quizá rememorando antiguos oficios y prácticas nunca antes vistas. Un reencuentro con los antiguos moradores de estas tierras, la tribu Malagua con su cacique Nare, vestido con piel de jaguar y ornamentado con orfebrería de oro. ¿Qué pensarían ellos si supieran que están amenazando con estancar las corrientes de este río hermano, elixir de la vida? Les agradecemos habernos enseñado que un río es más que un simple recurso hídrico, que sobre todo es fuente de vida, y como tal merece ser reconocido por lo que es: un fluido vital, sagrado, como la vida, de la cual es sustento sustancial. Nos recuerdan, además, que no somos el fin absoluto de la creación y que los ríos, así como la especie humana, tienen derechos. Estamos hechos de la misma materia del universo, somos hijos de Caribá o tierra de aguas en español, pues así llamaban esta región, quienes la habitaron mucho antes de que llegaron extraños a pisotearla.
Al día siguiente, con la curiosidad del que quiere conocer y aprender, nos levantamos con el alba, acompañados de nuevos sonidos, recordándonos, una y otra vez, que la vida palpita de diferentes formas, con colores vivos y apagados, con trinar diverso y ecos de distintos animales, evidencia de nuestra sorprendente biodiversidad, y en su opuesto, la mezquindad y la avaricia sin límite de quienes pretenden seguir entubando todos los ríos del departamento y del país.

 

Disfrutamos del amanecer sin pitos ni ruido de motores, saboreamos los primeros tragos del día con las melodías del despertar del campo y de inmediato nos enrutamos hacia el punto donde llegan las lanchas, lugar preestablecido para el encuentro con los lugareños que guiaran nuestros pasos. Con un andar tranquilo, aunque algo inseguro, como el de todo poblador urbano, nos guiamos con la luz del celular, afinamos nuestros sentidos, y justo después de atravesar una quebrada somos sorprendidos por una mapaná, que al encuentro con la luz que portábamos, se quedó quieta en mitad del camino. Ella nos observa, nosotros a ella, necesito moverla para poder proseguir hacia nuestro destino, doy media vuelta para buscar una rama y cuando regreso ella ya está resguardada entre los arbustos.

 

El camino que bordea el río por el cañón era una antigua carretera, hoy en día es un estrecho sendero absorbido por la densa vegetación; de un lado es montaña, del otro un acantilado que va a dar al río. A medida que avanzamos empieza a despuntar el día, los rayos del sol se filtran por entre las hojas de los árboles, hay una tenue neblina que hace del paisaje algo místico. Finalmente, llegamos a lo que fue el desembarcadero en otros tiempos: una plancha en cemento que se adentra en el río, y en su centro se erige una cruz desgastada por la inclemencia del tiempo. El agua del río se arremolina, un enorme tronco es arrastrado por la corriente como la levedad de una hoja que lleva un arroyo. Pienso en toda la muerte que pudo haber bajado por este río lleno de vida, en las lágrimas de tristeza perdidas en la corriente, y en los gritos de dolor que nunca escuchamos. El ruido del motor me saca de estos pensamientos, vemos la lancha acercarse a lo lejos.

 

Nos internamos río abajo por el estrecho cañón. Para Gabriel, ribereño como todos los que habitan al margen del cauce, el río es parte fundamental de su vida: es quien provee de alimento, es medio de transporte, fuente de trabajo, es quien dispone el quehacer del día a día, es, a fin de cuentas, su hogar.

 

–Nosotros, los que vivimos río abajo, no sabemos que será de nuestras vidas. Con la represa van a acabar el río. Ya escasamente nos dará algo de comer. Mire que este otro río que desemboca aquí cerca y que está represado aguas arriba, ya no le sube pescado. Antes la gente iba a pescar mucho por allá.

 

A medida que seguimos aguas abajo, la vegetación se hace más densa. De cuando en cuando se ven algunas casas con sus pequeños cultivos de cacao, yuca, maíz y aguacate. Nos cuenta Guillermo que anteriormente se sembraba mucha coca. Según él, esta era una ruta que usaban para sacarla hasta el Magdalena.

 

–El río era una frontera natural, de un lado estaba la guerrilla y del otro los paramilitares… Mucha gente de por aquí le tocó irse de la región y a otros los mataron. Eran otros tiempos, ya todo está muy calmado…

 

Llegamos a la casa de Guillermo, está ubicada en una vega del río. Es espaciosa y fresca, de amplios corredores sin chambranas y una sala abierta que hace también de comedor. El sonido del viento que circula se confunde con el del río. Descargamos las mochilas y nos sentamos directamente en el piso de cemento, brillante de tanto trapearlo. En la parte posterior de la casa hay una cancha de fútbol que linda con un corral para el ganado. En las tardes de todos los fines de semana se reúnen los vecinos a jugar partidos y a tomar fresco. Guillermo vive con su esposa e hija. Aunque sus vecinos están retirados, es una comunidad unida por el río, el mismo que les ha forjado su identidad, cultura y tradición. No obstante, es una comunidad vulnerable. Pese a que es gente tallada con la más resistente madera del monte, hoy en día su legado está amenazado. Intereses opuestos a los suyos se anteponen a sus formas de vida.

 

Después de refrescarnos con guandolo1 helado y haber comido un par de buñuelos, terminamos hablando del festival que se está realizando en defensa del río Samaná, el Samaná Fest. Iniciativa que además de haber dado a conocer la problemática a la opinión pública, ha propuesto a Celsia (filial del Grupo Argos y responsable del proyecto hidroeléctrico Porvenir II), gobierno y sociedad en general, la creación del Parque Río Samaná como alternativa al impacto negativo que produciría la represa. Su apuesta está en combinar la economía local, turismo e innovación, con otras formas de generación de energía “realmente sostenibles”2.



–Al festival hemos ido la mayoría de por aquí, finqueros, agricultores, pescadores y gente de los caseríos afectados que no queremos la construcción de la represa. Agradecemos el apoyo de la gente de los municipios y ciudades… y de otros países, porque aquí ha llegado gente de todo el mundo a defender el río.

 

Nos cuentan que con la creación del embalse se inundaría una gran porción de bosque y en particular se acabaría con varias especies de plantas nuevas para la ciencia, que sólo se han encontrado en las orillas de esta cuenca. Según cuentan los expertos, las propiedades de este río y su ecosistema son únicas y el daño ambiental ocasionado sería irreversible.

 

Quisiera no darme cuenta de tantas cosas, a lo mejor así estuviera más tranquilo y no me pesaría tanto todo lo que le estamos ocasionando al medio ambiente. Me quedo detallando un cachorrito que se quedó dormido junto a mis pies. Su sueño es profundo, me parece que fantasea con que está corriendo o quizá volando tras algo que huele muy apetitoso, mueve sus paticas y sus bigotes constantemente. ¡Ojalá lo logre atrapar!

 

Les pedimos que nos recomienden un lugar para conocer, al que podamos ir caminando. Nos sugieren ir a unos charcos. La quebrada que conduce a estos parece una réplica a menor escala del río. Mientras ascendemos, el cantar de las chicharras se hace más intenso, como relata el mito: a punto de reventar por amor3. Nunca habíamos visto una quebrada tan cristalina y llena de peces como aquella. Al meternos al charco, llegaron unos pececitos de cola roja a picotear los pies y la espalda, los más grandes guardaban su distancia. Distinguimos por lo menos cuatro especies diferentes entre ellos. Nos preguntamos por cuán importante sería para nosotros, como sociedad, aprender de los conocimientos que nos ofrece nuestra irrespetada biodiversidad.

 

Siguiendo camino arriba, nos encontramos a un personaje: el Árabe. Llevaba puesto una especie de turbante. Cuentan que estuvo en el Medio Oriente. Hace quince días que está barequiando por estos lados. Tiene su “cambuche” cerca. Una atarraya, una olla y una hamaca es todo lo que lleva consigo. Nos enseña esta técnica milenaria heredada de los ancestros. Hoy en día al borde de desaparecer.

 

Regresamos por la orilla opuesta hasta topar con la desembocadura en el río. Allí se forma una playa de arena. Nos quedamos a contemplar el río, su cauce comenzó a crecer lentamente. Vimos algunas rayas deambular mimetizadas con el fondo arenoso. Lo que antes era una quebrada, en cuestión de minutos se convirtió en otro río. Para cruzar a la otra orilla debimos volver un buen tramo, hasta encontrar un paso seguro; el agua ahora bajaba turbia, así que además debimos cruzar con cuidado para no ir a pisar ninguna raya, dicen que es muy doloroso su pinchazo. Estando ya del otro lado, el camino por el cual habíamos ascendido estaba tapado, nos tocó abrir paso por el monte hasta llegar nuevamente a la desembocadura, y justo antes de doblar rumbo a la casa vimos a lo lejos una pequeña mancha café que se aventó en el río. Atraída por la corriente hacia nosotros distinguimos una enorme nutria que se debatía en el torrente. ¡Los gajes del oficio silvestre!

 

De regreso nos recibieron con una suculenta viuda de bocachico. –Antes la pesca abundaba –nos cuentan– pero empezaron a llegar foráneos a pescar con dinamita y trasmallos que atravesaban de lado a lado… y eso mata al pequeño y al grande. Ahora ya no dejamos que hagan eso aquí. Debemos cuidar a quien nos da de comer– nos dicen de manera enfática.

 

Mientras hablábamos, a lo lejos se escuchaban los aullidos de los micos aulladores. Son sonidos guturales; su eco, el cual retumba por todo el cañón, es el mismo que escuchaban los Malagua mientras vivían en armonía con el territorio.

 

El sol comienza a recostarse en el horizonte, la luz se hace más cálida y las sombras se extienden. Llega la tarde acompañada de manadas de garzas que vuelan sobre el río. Una que otra lancha navega el cauce: son los ribereños que, al igual que las garzas, vuelven a sus casas.

 

Todo alrededor de la casa está oscuro, nuevos sonidos provenientes del monte le dan la bienvenida a la noche. El río no lo vemos pero lo sentimos, siempre está presente. Reunidos en torno al televisor, tendidos en hamacas y en el piso, esperamos expectantes los titulares del noticiero que anuncian los últimos acontecimientos sobre Hidroituango, los cuales advierten sobre la crisis que por estos días amenaza a las poblaciones río abajo con el desbordamiento del Cauca. ¿Será este el “porvenir” de los ribereños del Samaná? Un sentimiento de zozobra invade el ambiente. Mientras tanto, los geckos (pequeños lagartos) se dan un banquete con las incautas polillas que llegan atraídas por la luz del televisor.

 

–Dicen que abrirán cientos de puestos para trabajar en la represa… pero sólo es mientras se construye. ¿Y después de eso qué? Nos dejan el río que ni para pescar… ya ni los pocos turistas que viene por acá volverán…

 

Al día siguiente, con el trinar de los pájaros partimos rumbo a la desembocadura del Samaná. Nos llevan unos vecinos que van a un entierro en un caserío cercano. De camino aprovechan para tirar atarraya y pescar con anzuelo. Sacan algunos bocachicos y dos bagres, los mismos que resguardan en una nevera portátil, para venderlos en el poblado. Mientras más descendemos, el río se hace más grande: va tomando la forma del Magdalena, su hermano mayor. Las aguas puras y libres del Samaná son entregadas a este gigante maltrecho, como una arteria llena de vida que sana su enfermedad. Nuestro cuerpo, al igual que este territorio, tiene un sistema circulatorio que nos da vida. Cada vez que se obstruye un río con una represa se condena un territorio. ¿Por qué, en vez de obstruir más ríos, mejor empezamos a revivir todos aquellos que hemos acabado?

 

Seguimos con la mirada el curso de la lancha por las aguas turbias y torrentosas, intentando descifrar la dirección que toma quien la conduce. La forma de la superficie del agua indica cuál es el camino que hay que tomar para no golpear con las piedras o algún tronco mal puesto. Son habilidades adquiridas, como quien aprende a leer una partitura o un libro. Los ribereños son grandes lectores del río y su entorno. Nos cuentan que cada año celebran las fiestas del bocachico, en homenaje a esta especie que ha traído prosperidad a toda la región. Sin embargo, cada día acortamos más la travesía de esta especie migratoria. La ganadería extensiva, la deforestación, la pesca indiscriminada, la minería, la contaminación de los ríos y las represas, son las causas que la están llevando a la extinción; además de desequilibrar los ecosistemas del cual ellos se benefician. Miles de bocachicos migran todos los años desde las ciénagas a los afluentes de los ríos principales, lo que se conoce como la “subienda”; al ser obstaculizado su paso con una represa dejarán de remontar el río, se interrumpe su reproducción y desove. Como dice la canción, ya no “habrá subienda”, ni “plata pa’ tienda”, ni “amanecer con pescado pa’ vender en el mercado”.

 

Finalmente, llegamos al Magdalena. Es un hermoso y gigante moribundo. Ya las montañas son apenas unas pequeñas protuberancias. El calor se siente más intenso. Nos despedimos del río y de su gente. Al llegar a la antigua carretera Panamericana, nos recostamos bajo la sombra de un Samán. Soñamos con que nos recoge un tren, de esos que parecen levitar; viajamos al futuro: Vemos las aparatosas plantas de petróleo, imponentes en un paisaje tan llano. Es como si fueran monumentos de una época remota. Un recuerdo lustroso del pasado. La vegetación es densa, se siente un aire fresco y limpio. Como en un Déjà vu nos internamos en las montañas de regreso al punto donde partimos: El río, al margen de las vías férreas, está crecido, su color café da cuenta de lluvias que no vimos. Dos pescadores prueban suerte sobre la saliente de una enorme roca que se resiste a la corriente.

 

Llegamos a la casa de María, quien ahora está acompañada de dos de sus sobrinos. Pareciera que no le hubieran pasado los años. Su rostro más juvenil nos sonríe.


–¡Usted vive en el paraíso!

 

–Eso dicen todos los que vienen, ¡y tienen toda la razón! ¡Síganse por favor!

 

1 Bebida de agua de panela con limón
2 Más información: http://www.riosamana.com/
3 Según el mito, las chicharras cantan en época de apareamiento para atraer a sus parejas, y lo hacen hasta que revientan de amor.

Publicado enEdición Nº247
Jueves, 18 Septiembre 2014 19:06

Injusticia climática y geoingeniería

Injusticia climática y geoingeniería

 Ante los informes que muestran el creciente caos climático, los promotores de la geoingeniería --la manipulación intencional del clima a escala planetaria-- redoblan sus propuestas y han logrado incluso entrar en ámbitos globales de referencia, como el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC). Intentan además revertir la moratoria contra la geoingeniería que existe en Naciones Unidas en el Convenio de Diversidad Biológica y legitimar técnicas de geoingeniería en las negociaciones de cambio climático.

Es grave, ya que además de no hacer absolutamente nada para detener el cambio climático, las propuestas de geoingeniería conllevan enormes riesgos, inequitativamente repartidos entre regiones. La mayoría de los impactos de tales técnicas afectarán sobre todo a países del Sur global que no han provocado el cambio climático y que probablemente ni siquiera sabrán que el aumento de desequilibrios climáticos será causado por la manipulación del clima.

Varios estudios científicos recientes muestran que los impactos de la geoingeniería serían peores para algunas regiones. Si se realizara el proyecto de crear una mega nube volcánica artificial sobre el Ártico, para bloquear los rayos solares y supuestamente bajar la temperatura en el hemisferio Norte, se desequilibraría el ciclo hidrológico en los trópicos y subtrópicos, con aumentos o disminución de lluvias. Tendría efectos catastróficos en selvas tropicales, principalmente en Asia y Amazonía, y por incremento de sequías en África. (A. Ferraro et al, Environmental Research Letters, 2014).

Otros estudios científicos publicados en 2013 (proyecto GeoMIP, con decenas de científicos y países participantes), basados en investigación con modelos matemáticos, señalan impactos graves de diferentes propuestas de geoingeniería. Desde 2008, el meteorólogo Alan Robock, indicó que colocar nubes volcánicas artificiales tendría efectos colaterales sobre los patrones de precipitación, poniendo en riesgo las fuentes de agua y alimentación de 2.000 millones de personas en Asia y África. Varios estudios del proyecto GeoMIP llegaron a conclusiones similares y agregan que el desequilibrio tendría impactos globales, también en el hemisferio Norte.

Otro estudio mostró que la terminación de este proyecto de geoingeniería llevaría a un aumento abrupto de la temperatura, acompañado de más aumento de lluvias y mayor derretimiento de hielo polar. Lo cual significa que si se instalaran esas nubes volcánicas, la terminación significaría colocarnos en una situación peor a la anterior. (Jones et al, Journal of Geophysical Research, 2013)

¿Por qué entonces insistir en propuestas tan burdamente riesgosas de manipular el clima, un ecosistema global dinámico, insuficientemente conocido y crucial para la sobrevivencia de todas las especies, incluida la nuestra?

Una razón (o sinrazón) es que la geoingeniería funciona bien como excusa para los principales países contaminadores históricos, que ven la posibilidad de paliar los síntomas del caos sin tener que reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero. Así pueden seguir en negociaciones de cambio climático sin compromisos reales de reducción y aumentar sus negocios con mercados de carbono, más aún si se aprueba que técnicas de geoingeniería reciban créditos de carbono.

Pero sobre todo, la geoingeniería es una excelente opción para las transnacionales de los recursos fósiles: petróleo, carbón y gas. Para esta industria, una de las mayores y más poderosas del planeta, con inversiones a nivel global de más de 55 billones de dólares en infraestructura, abandonar la explotación de fuentes de energía fósil no es una opción. Y según ésta, el pico de energía está muy lejos. Todo el tiempo encuentran --o inventan-- nuevas reservas y formas de explotarlas, como sucede con el fracking y la gasificación subterránea de carbón. Ambas con severísimos impactos ambientales, lo cual nunca les ha importado. Incursionan en otras fuentes de energía si ven un buen negocio, pero nunca dejarán las fósiles por su voluntad. Pero saben que el desastre climático crece, y por ello las propuestas de geoingeniería para bajar la temperatura o extraer dióxido de carbono de la atmósfera por medios tecnológicos, sin tener que modificar nada en las emisiones, son muy atractivas y además ¡hasta son una nueva fuente de negocios!

 

Geoingeniería en el IPCC

 

En este contexto, es absurdo que el IPCC haya incluido la consideración de la geoingeniería, y que la haya destacado como una posibilidad en su resumen para formuladores de políticas de su Grupo de Trabajo I, sobre ciencia del clima. No le dan carta blanca, y hablan de impactos graves, pero sugieren que el "manejo de la radiación solar" podría bajar la temperatura. Como todos los escenarios que plantean son horribles, el mensaje subliminal parece ser "no habrá acuerdo político para enfrentar el calentamiento, entonces tendremos que usar geoingeniería aunque sea muy peligrosa". Peor aún, en el informe del Grupo III del IPCC, sobre mitigación, se sugiere repetidamente el uso de algunas técnicas de geoingeniería, como el llamado BECCS por sus siglas en inglés (bioenergía con captura y almacenamiento de carbono), junto a la promoción de tecnologías devastadoras de la gente y el ambiente como la nuclear.

No hay nada en BECCS que no sea malo: con "bioenergía" se refieren a desiertos verdes de extensos monocultivos de árboles, arbustos y cultivos para agrocombustibles, incineración de desechos etc. Todo ampliamente cuestionado por sus impactos en los precios alimentarios, en las economías, los territorios de campesinos y pueblos, en el ambiente. Y también por su ineficiencia energética y porque generan más gases de efecto invernadero que los que dicen ahorrar. Por eso ahora le adosan el concepto "CCS" --almacenamiento y captura de carbono--: mega instalaciones para absorber dióxido de carbono y enterrarlo en formaciones geológicas y fondo marino. Entre otros riesgos graves, presuponen que lo que entierren, nunca, literalmente nunca, volverá a emerger, como puede ocurrir por movimientos telúricos, por actividades industriales, porque la inyección de gas desestabiliza las capas, etc. Porque si así ocurriera sería un desastre épico.

En los próximos meses hay varias instancias de Naciones Unidas que discutirán estas peligrosas propuestas. El 23 de septiembre, la Cumbre del Clima en Nueva York; en sesión del Convenio de Diversidad Biológica (Corea, 8-19 de octubre) y del Convenio de Cambio Climático (Perú, 1-12 diciembre). A fines de octubre, el IPCC entrega en Dinamarca su 5º. Informe Global de Evaluación. Ante cada una de ellas, habrá también movilización social, incluyendo la llamada "PreCop social" organizada por Venezuela para dar lugar a las voces que se intenta callar en las negociaciones, a las posiciones de la sociedad civil y movimientos sociales. En cada una, es crucial denunciar y oponerse también a la geoingeniería.

 

- Silvia Ribeiro es investigadora del Grupo ETC.


Más información y fuentes en www.etcgroup.org/es/issues/climate-geoengineering

 

* Este texto es parte de la Revista América Latina en Movimiento, No., 498 de septiembre de 2014, que trata sobre el tema "Frenar el calentamiento global" - http://alainet.org/publica/498.phtml

 

Publicado enMedio Ambiente
Diálogo con Miguel Altieri y Marc Dufumier: Crisis alimentaria y agroecología

Existe un interés creciente, no solo en el mundo rural sino también en la población urbana, por la agricultura ecológica, debido a su potencial para asegurar una alimentación sana y con menor impacto ambiental. No obstante, hasta ahora se lo ve más bien como una opción marginal del sistema alimentario, mientras se sigue imponiendo la visión de que sólo con la agricultura a gran escala se podría responder a las necesidades alimenticias del mundo. Pero, ¿qué hay de cierto en todo eso?

 

Un primer hecho a notar es que el hambre crónica que se padece en el mundo no se debe a una escasez en la producción de alimentos. En eso las cifras están claras. Cada persona requiere ingerir unas 2200 kilocalorías por día, para lo cual se necesita producir unos 200 kilos de cereales por habitante por año, o su equivalente en forma de papa, yuca, o similares. La producción mundial actual es de 330 kilos por habitante, o sea que hay una sobreproducción de comida, suficiente como para alimentar a 9 mil millones de personas, la cifra de población mundial estimada para el año 2050.

 

Estos datos nos proporcionaron dos investigadores, en sendas entrevistas que realizamos para profundizar sobre las causas de la crisis alimentaria y las alternativas que ofrece la agroecología. Se trata de Miguel Altieri, profesor de la Universidad de California en Berkeley, quien es también presidente de la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología -SOCLA-; y Marc Dufumier, profesor en el Instituto Nacional Agroeconómico de París, AgroParisTech.

 

Dufumier reconoce que la crisis alimentaria se agudizó en estos últimos 4 años, "pero ya en 2006 había 800 millones de personas que tenían hambre. Ahora hay un poquito más, pero es estructural, no es una crisis coyuntural", afirma: "es un problema de pobreza en términos monetarios. La gente no tiene poder de compra". En el mismo sentido, Altieri recalca: "un tercio de la población humana gana menos de dos dólares por día, entonces no tiene acceso a la comida. En Europa y en EE.UU. se bota aproximadamente 115 kilos por persona por año de comida, suficiente para alimentar a toda África". Otros factores que contribuyen a la crisis alimentaria, señalados por nuestros entrevistados, incluyen el aumento de la producción agrícola para alimentar a los carros en lugar de las personas; el incremento del consumo de carne (que se extiende ahora en países de gran población como China e India), siendo que se necesitan de tres a diez calorías alimenticias vegetales para producir una caloría animal; el sistema de distribución de alimentos, y otros problemas estructurales relacionados con el control de las multinacionales sobre el sistema alimentario.

 

Para Altieri, la crisis alimentaria, acoplada a la crisis energética, la ecológica y la social, "es una crisis del capitalismo, de un modelo industrial de agricultura que se basó en premisas que hoy ya no son válidas". Lo explica en estos términos: "cuando se crea la revolución verde en los años 1950-60, se crea un modelo de agricultura maltusiano, que percibe el problema del hambre como un problema de mucha población y poca producción de alimentos; y que había que cerrar la brecha trayendo tecnologías del Norte al Sur, como las variedades mejoradas, los fertilizantes, los pesticidas, etc. Ellos asumían que el clima iba a ser estable, que el petróleo iba a estar abundante y barato, que el agua iba a estar siempre abundante y que las limitantes naturales de la agricultura, como las plagas, se podían controlar fácilmente. Y así nos encontramos hoy en día con una agricultura que ocupa aproximadamente 1.400 millones de hectáreas en monocultivos altamente dependientes de productos externos, en los cuales los costos de producción varían de acuerdo a como sube el petróleo; donde tenemos más de 500 tipos de plagas resistentes a más de mil pesticidas". Uno de los resultados es que actualmente en el mundo hay "aproximadamente mil millones de personas hambrientas y por otro lado mil millones de personas obesas, que son víctimas directas del modelo industrial de agricultura".

 

Es cierto que este modelo, siendo altamente mecanizado, rebaja significativamente los costos directos de producción por hectárea; por lo tanto permite vender alimentos a menor precio a la vez que aumentar las ganancias. No obstante, Dufumier destaca que esto es una trampa, pues no toma en cuenta los costos indirectos: sociales, ambientales, de salud pública, etc. Cita el ejemplo de la leche en polvo barata, que "nos cuesta sumamente caro, por la contaminación de los suelos, por el exceso de nitrato en las aguas freáticas, por las hormonas en la leche. Entonces hay lo que los economistas llaman externalidades negativas", que impactarán en una menor expectativa de vida y en la salud de la población. Altieri estima que en el caso de EE.UU., de internar estos costos, sumarían unos $300 por hectárea de producción.

 

La agroecología como alternativa

 

Frente a este modelo, surge la pregunta: en qué medida la agroecología puede ofrecer soluciones viables; y si se trataría de soluciones parciales o marginales, o si tiene la capacidad de solucionar el hambre. Miguel Altieri aclara: "No me gusta caer en el argumento de si la agroecología podría alimentar el mundo porque, como dije, no es un problema de producción. Con la agroecología podemos producir alimentos suficientes para alimentar al mundo, pero si las inequidades, las fuerzas estructurales que explican el hambre no se solucionan, entonces el hambre continúa, no importa que sigamos produciendo con agroecología".

 

La agroecología –nos recuerda– "es una ciencia que se basa, por un lado, en el conocimiento tradicional campesino y utiliza también avances de la ciencia agrícola moderna (salvo la biotecnología transgénica y los pesticidas, por supuesto), pero sí los avances que tienen que ver con ecología, con biología del suelo, control biológica de plagas, todo eso se incorpora dentro de la agroecología, y se crea un diálogo de saberes. En el mundo hay aproximadamente 1.500 millones de campesinos que ocupan unas 380 millones de fincas, que ocupan el 20% de las tierras, pero ellos producen el 50% de los alimentos que se están consumiendo en este momento en el mundo. (La agricultura industrial solamente produce 30% de los alimentos con el 80% del área agrícola). De esos campesinos, 50% practican agroecología. O sea, están produciendo el 25% de la comida del mundo, en un 10% de las tierras agrarias. Imaginen si esta gente tuviera el 50% de las tierras a través de un proceso de reforma agraria: estarían produciendo comida en forma abundantísima, con excedente incluso".

 

Al mismo tiempo, la agroecología trae otras ventajas que no tiene la revolución verde. "Por ejemplo –señala Altieri– es socialmente activante, porque para practicarla tiene que ser participativa y crear redes de intercambio, sino no funciona. Y es culturalmente aceptable porque no trata de modificar el conocimiento campesino ni imponer, sino que utiliza el conocimiento campesino y trata de crear un diálogo de saberes. Y la agroecología también es económicamente viable porque utiliza los recursos locales, no entra a depender de los recursos de afuera. Y es ecológicamente viable porque no pretende modificar el sistema campesino sino optimizarlo. La revolución verde buscó cambiar ese sistema e imponer un conocimiento occidental sobre el conocimiento campesino. Por eso ha tenido mucha repercusión en las bases", concluye.

 

Un factor importante a considerar es que la producción agroindustrial de gran escala es menor cuando se considera la producción total. O sea, los monocultivos son más productivos en términos de mano de obra; pero la agricultura campesina produce mucho más por hectárea. "Si haces un gráfico de producción total vs área –indica Altieri–, la curva de producción va bajando en relación al área de la finca. Porque no estamos comparando producción de maíz con maíz, sino que estamos comparando la producción total de la finca. ¿Y qué produce el campesino? Produce maíz, habas, papas, frutas;cría chancho, pollo,... Y cuando analizamos así el sistema, nos damos cuenta que es aproximadamente 20 a 30 veces más productiva. Eso da una base muy importante para pensar en reforma agraria".

 

Otra ventaja es su mejor resistencia al cambio climático. No solo porque no genera calentamiento global -a diferencia de la agricultura industrial, con su alto consumo de combustibles fósiles-, sino que hay evidencias de que resiste mejor fenómenos como las sequías. Los monocultivos, que crecientemente dominan los paisajes agrícolas del mundo, "son altamente susceptibles porque tienen homogeneidad genética y homogeneidad ecológica", como lo evidenció la sequía del año pasado del Mid-West de EE.UU., la más grande en 50 años, donde la agricultura transgénica de maíz y soya perdió el 30% de todo el rendimiento, según Altieri.

 

Políticas públicas

 

¿Cuáles serían, entonces, las políticas públicas clave para que un país promueva y desarrolle en serio la producción agroecológica? Nuestros entrevistados coinciden en reconocer que la producción agroecológica, por ser artesanal e involucrar mayor mano de obra, tiene costos de producción más altos y debe ser mejor pagada; entonces se requieren políticas de fomento y subsidios que protejan a la agroecología y a los pequeños agricultores. De este modo se puede lograr que la comida sana esté al alcance de las mayorías, y que no sea solamente un producto de consumo de lujo de los sectores adinerados (como ocurre, por ejemplo, con los productos orgánicos que se exportan al Norte).

 

Miguel Altieri destaca, en este sentido, la experiencia de Brasil, con el programa del Ministerio de Desarrollo Rural que compra el 30% de la producción al campesinado, reconociendo su rol estratégico. Es una comida sana que se destina al consumo social, en las escuelas, los hospitales, las cárceles. "La agricultura familiar en Brasil cuenta 4,7 millones de agricultores que producen el 70% de la comida en 30 % de la tierra; es un papel fundamental para la soberanía alimentaria". Entendieron que para protegerla, no podían poner a los pequeños productores a competir ni con los grandes, ni con la producción de EE.UU. o de Europa "que es una competencia totalmente desleal". El investigador considera un acierto que ese país haya creado dos ministerios del sector: el de agricultura, para los grandes productores (que evidentemente van a seguir existiendo), y el de desarrollo rural para los pequeños, con proyectos de investigación, extensión, políticas agrarias específicas para el agricultor campesino. Incluso dice que este último ministerio tiene más recursos que el de agricultura. "Lo que no funciona es cuando el ministerio de agricultura cuenta apenas con una pequeña oficina o secretaría del agricultor familiar", algo que pasa en la mayoría de países.

 

Apoyar las prácticas agroecológicas con investigación y con extensión agroecológica es otro elemento clave. "Mucho gente pregunta: ¿puede la agroecología alimentar el mundo, puede ser tan productiva? Pero mira, todos los institutos nacionales de investigación agropecuaria, los centros internacionales de investigación, las universidades, durante 60 años han financiado investigación en agricultura convencional. ¿Qué tal si a nosotros nos dieran el 90% de ese presupuesto para apoyar la agroecología? La historia sería otra", reflexiona Altieri. Señala a Cuba como el país más avanzado en este sentido, por la situación que enfrentó en el periodo especial. Una ventaja fue que tenía los recursos humanos para hacerlo, tenía agroecólogos formados; y a través de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños –ANAP-, 120 mil agricultores en 10 años incorporaron la agroecología, con altos niveles de producción y eficiencia energética.

 

Quizás el obstáculo mayor es la falta de voluntad política, combinado con intereses multinacionales "que están siempre empujando en el sentido equivocado". Altieri cree que el cambio climático es lo que finalmente va a poner los límites a la agricultura industrial. En el caso de países como Ecuador y Bolivia, cuyas constituciones ya establecen la soberanía alimentaria, el investigador considera que tienen "una oportunidad histórica: si no es ahora, ¿cuándo?" Él les ha propuesta establecer un proyecto territorial piloto, pues "el manejo territorial implica ecología del paisaje y otras dimensiones del diseño que van mucho más allá del diseño de la finquita particular. Porque si hay campesinos que practican la agroecología pero están dispersos, no se puede hacer una conversión territorial. Así aprendamos, porque no tenemos todas las respuestas".

 

¿Una agricultura de pequeña escala?

 

Nos preguntamos si la agroecología puede aplicarse en cualquier escala, o si es básicamente para la pequeña agricultura, y si eso es una limitante. Marc Dufumier considera que, por su esencia, sirve para la agricultura familiar, aunque reconoce que es más accesible a la mediana producción familiar que al minifundista, por su poca capacidad de ahorrar e invertir en tracción animal, carretas, producir estiércol y fertilizar por la vía orgánica. Las unidades familiares de tamaño mediano serían, además, las óptimas para generar empleo y evitar el éxodo rural. Los grandes productores agrícolas, en cambio, "tienen la capacidad de inversión, pero no tienen el interés, porque quieren maximizar la rentabilidad del capital financiero invertido, y amortizar la inversión sobre grandes superficies, entonces su interés es el monocultivo que es todo lo contrario de la agroecología".

 

Para Miguel Altieri, en cambio, la agroecología es una ciencia que entrega principios de cómo diseñar y manejar sistemas agrarios, de cualquier escala, pero con respuestas tecnológicas diversas, según el caso. "Yo he mostrado ejemplos de fincas de entre 500 y 3000 has. que se manejan agroecológicamente. Estoy hablando de un rediseño del sistema agroecológico con biodiversidad funcional, con rotaciones, con policultivos, que toman otras formas en la gran escala, porque hay que usar maquinaria por supuesto, no van a manejar 3000 has. con chuzo ni con tracción animal. Entonces hay muchos ejemplos de que se puede hacer a gran escala. Lo que pasa es que en América Latina, dada la importancia estratégica de la pequeña agricultura, la agroecología siempre se dedicó a solucionar el problema de la agricultura familiar, campesina, pero eso no significa que no se pueda aplicar a gran escala".

 

- Sally Burch, periodista, es integrante de ALAI.

Artículo publicado en la Edición de julio (487) de la revista América Latina en Movimiento, titulada "La alternativa agroecológica": http://alainet.org/publica/487.phtml

 

Publicado enInternacional
Las obras de construcción de la presa de El Quimbo, construida por Emgesa, filial colombiana de Endesa, deben suspenderse. Así lo ordenó el Ministerio de Ambiente de Colombia. Una revisión de esta institución descubrió que en la construcción, ubicada en el departamento de Huila, se estaban descuidando no sólo el impacto ambiental, sino el social y económico de la obra.

Según el estudio, la construcción estaba atentado contra el sustento de los pescadores, los apicultores, los comerciantes y los ganaderos. El 13 de julio ya les habían ordenado parar las obras, por no respetar el patrimonio arqueológico que habían desenterrado.

“La primera acción es suspender toda adquisición de predios que se está llevando a cabo, eso significa que ellos no pueden seguir comprando predios para seguir adelantando el proyecto en este momento”. De acuerdo con el documento, también se ordenó a Emgesa que suspenda las extracciones de materiales y la operación de la zona industrial en la vereda Domingo Arias, hasta que presenten acciones de manejo para prevenir la contaminación e impactos ambientales que han venido afectando las actividades de los pescadores artesanales.

“La segunda medida es la suspensión de actividades de extracción de material pétreo de la zona veredal Domingo Arias y las actividades industriales, al lado de esta vereda, también”.

La decisión advierte que el desconocimiento por parte de Emgesa de las actividades económicas de los apicultores, lecheros y comerciantes está poniendo en riesgo la estabilidad económica de las comunidades.

“Hay varias actividades, y tenemos las denuncias recibidas en la Corporación Autónoma Regional, de residuos, suelo, que está llegando directamente al río Magdalena”.

El Ministerio, le exigió a Emgesa un plan de manejo más adecuado para autorizar de nuevo la obra.

Fuente: Noticias Uno
Publicado enColombia