El buque Eduard Toll atravesó en enero el paso del norte, a través del ártico, sin rompehielos.

"Qué suerte, de cinco balazos que recibió, sólo dos eran mortales". El chiste puede aplicarse a algunas reacciones por el rápido aumento de la producción de energías renovables, un esfuerzo inútil si no bajan las emisiones de gases de efectos invernadero.

La energía renovable se está expandiendo rápidamente por todo el mundo. La capacidad energética de los proyectos solares recién instalados en 2017, por ejemplo, excedía los incrementos combinados de las plantas de carbón, gas y nucleares. Sólo durante los último ocho años, la inversión global en renovables fue de 2,2 billones de dólares, y junto a las inversiones ha aumentado mucho el optimismo. “La tecnología solar en rápida expansión podría cambiarlo todo”, anunciaba un artículo en el Financial Times, que también explicaba que “cada vez hay más pruebas de que vienen algunos cambios fundamentales que con el tiempo pondrán un signo de interrogación sobre las inversiones en los viejos sistemas energéticos”.

Pero, ¿puede la energía renovable crecer lo suficientemente rápido en la economía de mercado como para detener el uso de los combustibles fósiles y ayudar a mantener a raya la catástrofe climática? Desgraciadamente, no es probable. Incluso cuando el porcentaje de las renovables en la generación de energía global aumenta, también lo hace el consumo de energía global, lo que significa que las emisiones de combustibles fósiles también están creciendo.


Las emisiones de carbono mundiales relacionadas con la energía aumentaron un 1,7% en 2017 y el consumo de energía creció un 2,2%, la tasa más alta desde 2013. Durante la década pasada, el consumo de energía primaria aumentó a nivel mundial a una tasa media anual de 1,7%. La generación de energía aumentó el año pasado un 2,8%, suponiendo la energía renovable el 49% del aumento y viniendo la mayor parte del resto (44%) del carbón. Globalmente, el consumo de petróleo creció un 1,8%, el gas natural un 3% y el consumo de carbón subió un 1%. El punto clave es que las emisiones de gases de efecto invernadero de los combustibles fósiles están creciendo incluso cuando está creciendo el uso de la energía renovable.


Para visualizar la relación entre el porcentaje creciente de energía verde y la producción total de energía global en aumento, imaginad un “gráfico de pastel dinámico del consumo de energía”. Una porción creciente el pastel representa las fuentes de energía verde, así que ese trozo del pastel se está ampliando, pero el radio del gráfico de pastel también aumenta con el tiempo para explicar el aumento del consumo global de energía. El pastel se hace cada vez más grande mientras que el trozo de los combustibles fósiles se hace más largo (lo cual es malo) pero más fino (lo cual es bueno). ¿Qué proceso gana? Ya que el uso de los combustibles fósiles no disminuye, al clima no le importa.


La gente a menudo se confunde cuando se debate a la vez sobre combustibles fósiles y energía renovable, pero al clima sólo le importa el primero. El segundo no tiene efecto alguno. Los paneles solares, los aerogeneradores y cosas del estilo ni ayudan ni dañan el clima. Lo único que importa, en términos de trastorno climático, son las emisiones de gases de efecto invernadero.


No basta con que el porcentaje de energía verde aumente cada año -a menos que alcance el 100% de la producción global de energía muy rápidamente. Incluso si la tasa de las emisiones de gases de efecto invernadero disminuye, pero no disminuye suficientemente rápido, nos enfrentamos al desastre. Lo que se requiere es que las emisiones globales de gases de efecto invernadero disminuyan hasta cero para mitad de siglo de modo que la biosfera tenga una oportunidad de supervivencia. Por desgracia, bajo las fuerzas del mercado capitalista es improbable que se consiga incluso con un porcentaje de la producción de energía verde en rápido crecimiento.


¿QUÉ PASA CON LA BURBUJA DEL CARBONO?

Los precios en descenso para la energía renovable han llevado a que académicos, activistas e inversores adviertan sobre una “burbuja del carbono” de activos de combustibles fósiles sobrevalorados en la economía global, lo que podría conducir a una gran crisis capitalista. Un reciente estudio económico, publicado en Nature Climate Change, predecía que una repentina reducción del valor de los combustibles fósiles -disparada por los bajos precios de la energía renovable- causaría el estallido de la burbuja del carbono y, asumiendo que las tendencias continúen, tal hecho probablemente ocurrirá antes de 2035.


A pesar de las crisis económicas, ¿podría el estallido de la burbuja del carbono al menos impedir o retrasar significativamente el colapso medioambiental? Desgraciadamente no. El destacado autor Jean-François Mercure advertía, como informaba The Guardian, “que la transición estaba ocurriendo demasiado despacio como para evitar los peores efectos del cambio climático. Aunque la trayectoria hacia una economía baja en carbono continuara, para mantenernos [2 grados centígrados] por encima de los niveles preindustriales -el límite marcado en el acuerdo de París- se necesitaría una acción gubernamental mucho más fuerte y nuevas políticas”.


CAPITALISMO O SUPERVIVENCIA


El capitalismo requiere crecimiento económico perpetuo para evitar crisis económicas como la Gran Depresión. Más específicamente, para evitar el desempleo masivo y la miseria económica, el capitalismo requiere creciente producción de mercancías, intensificación de la extracción de recursos, cada vez mayores desechos tóxicos y de residuos, y producción energética aún mayor. El capitalismo, por su propia naturaleza, debe expandirse infinitamente y ya ha sobrepasado los límites del crecimiento sostenible en el sentido de que el consumo global excede ahora la capacidad biológica del planeta para regenerar los recursos consumidos. Según WWF, se necesitarían 1,6 Tierras para satisfacer las demandas que la humanidad hace a la naturaleza cada año. El capitalismo no sólo es incapaz de responder adecuadamente a la crisis medioambiental, es la misma causa de la crisis y sólo puede empeorar las cosas.

Como señala Richard Smith en Green Capitalism: The God that Failed [Capitalismo verde: el dios que fracasó], la escala del cambio necesario para conseguir una civilización sostenible es asombrosa. La rápida reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero junto a la conservación de los recursos requiere que reduzcamos radicalmente o cerremos grandes cantidades de centrales de energía, minas, fábricas e industrias de procesamiento y otras en todo el mundo. Significa reducir drásticamente o cerrar no sólo empresas de combustibles fósiles, sino las industrias que dependen de ellos, incluyendo empresas de automoción, aeronáuticas, aerolíneas, navieras, petroquímicas, de construcción, del agronegocio, de madera, de celulosa y de papel, y de productos madereros, operaciones de pesca industrial, ganadería industrial, producción de comida basura, empresas de agua privadas, de embalaje y plástico, de productos desechables de todo tipo y, sobre todo, las industrias bélicas. El Pentágono es el mayor usuario institucional de productos del petróleo y de energía.


La pérdida de puestos de trabajo por la desindustrialización necesaria para salvarnos no sería sólo de unos pocos en la minería de carbón y la extracción de petróleo sino millones de puestos de trabajo en el mundo industrializado. Los ecologistas convencionales argumentan que la dicotomía entre puestos de trabajo y medio ambiente es falsa, pero se equivocan. En un marco capitalista, ésa es exactamente la elección. Lo que necesitaríamos hacer dentro de este marco para salvar la biosfera, incluyéndonos a nosotros mismos, daría lugar al colapso económico total.


No es suficiente con oponerse al capitalismo. También necesitamos crear algo mejor: un sistema alternativo de relaciones humanas en línea con el ecosocialismo no es sólo deseable, es imperativo. Incluidos en una visión así están la sanidad gratuita, la educación gratuita, el transporte masivo gratuito y, ya que la mayoría de los puestos de trabajo en el capitalismo no tienen sentido o son destructivos, necesitamos una semana laboral drásticamente reducida.


Las empresas contaminantes no cerrarán voluntariamente. Conseguir lo que es necesario requiere socializar virtualmente todas las industrias a gran escala. La única forma de reorganizar racionalmente la economía de forma sostenible es planificar colectiva y democráticamente la mayoría de las economías industriales del mundo.


Mientras que todo tipo de industrias inútiles, derrochadoras y contaminantes deben ser eliminadas, no podemos reducir toda la economía. Necesitamos expandir algunas industrias, incluyendo la energía renovable, la sanidad pública, el tránsito público, la vivienda energéticamente eficiente y de larga duración, los vehículos de transporte masivo duraderos, los electrodomésticos y la electrónica de larga duración, las tiendas de reparación, las escuelas públicas, los servicios públicos, la rehabilitación ambiental, la reforestación y la agricultura biológica.


Es esencial que los activistas medioambientales empiecen a centrarse en terminar el sistema económico del capitalismo mismo. La supervivencia de la vida en este planeta depende de ello.

DAVID KLEIN
FÍSICO MATEMÁTICO Y PROFESOR DE MATEMÁTICAS EN CALIFORNIA STATE UNIVERSITY NORTHRIDGE

PUBLICADO
2018-07-28 06:30:00


Fuente: Truthout.org Copyright, publicado con permiso
Traducción: Eduardo Pérez

Publicado enMedio Ambiente
Trump, la industria de la alimentación infantil y el cambio de EEUU sobre la lactancia materna ante la OMS
  • EEUU trató de boicotear en mayo la aprobación de una resolución de la OMS para promover la lactancia materna y limitar la publicidad engañosa de los productos de alimentación infantil, según ha revelado The New York Times
  • Lejos del interés de las mujeres, la decisión de EEUU estaba motivada por los intereses económicos y comerciales: el sector de la alimentación infantil genera unos 60.000 millones de euros al año
  • “La resolución persigue también ayudar a mejorar los ingredientes del producto y garantizar que los padres no sean engañados con los mensajes de marketing”, dice la portavoz de Baby Milk Action

 

Sucedió en mayo pero acaba de salir a la luz: la Organización Mundial de la Salud (OMS) tenía previsto aprobar entonces, en su Asamblea celebrada ese mes, una resolución para “proteger, promover y apoyar la lactancia materna” y limitar la promoción de la leche de fórmula y la publicidad engañosa. A pesar del consenso internacional, basado en más de cuatro décadas de investigaciones, EEUU cambió repentinamente su postura y Ecuador, que era quien iba a presentar el proyecto, se echó atrás. Esta decisión in extremis se debió, según ha revelado The New York Times, al interés de la administración Trump por apoyar a la industria de la alimentación infantil, que mueve miles de millones de euros al año.


Finalmente, la resolución salió adelante gracias a Rusia y ante el desconcierto de los delegados internacionales presentes. El sector de la alimentación infantil genera unos 60.000 millones de euros al año y se espera que crezca un 4% en este ejercicio, según Euromonitor, principalmente a costa de los países más pobres, donde la implantación de este tipo de productos es menor, lo que dibuja un mercado por explotar.


Citando a diversas fuentes anónimas, el diario americano asegura que EEUU habría dejado entrever que podría retirar su apoyo económico a la OMS (es el país que más invierte en esta organización, un 15% del total) y habría amenazado a otros países para que no firmasen la resolución. Tal sería el caso de Ecuador, encargado de presentarla y que se habría echado atrás ante posibles sanciones comerciales y la retirada de la ayuda militar que le brinda Washington.


El presidente de EEUU, Donald Trump, respondía en Twitter al artículo asegurando que “EEUU. apoya firmemente la lactancia” pero defendiendo que “no creemos que a las mujeres se les deba negar el acceso a la fórmula” porque “muchas necesitan esta opción debido a la desnutrición y la pobreza” y calificaba la exclusiva de “fake news”. Las fuentes consultadas por The New York Times aseguraban, sin embargo, que lejos del interés de las mujeres que no quieren o no pueden amamantar, la decisión de EEUU estaba motivada por los intereses económicos y comerciales.


La respuesta de Trump provocó que la directora de políticas del grupo activista británico Baby Milk Action, Patti Rundall, publicara el pasado viernes en su blog una entrada en la que afirmaba que “no eran noticias falsas”. “Lo sé porque yo estuve allí”, afirma Rundall, quien ha estado presente en las reuniones de la Asamblea durante décadas. “No tiene nada que ver con presionar a las mujeres para amamantar”, destaca. De hecho, la resolución persigue también “ayudar a mejorar los ingredientes del producto (reducir el azúcar, controlar los aditivos en las leches de fórmula, etc.)” y “garantizar que los padres no sean engañados con los mensajes de marketing”.


Publicidad: 40 euros por bebé nacido


Precisamente, un informe elaborado por Save The Children a principios de año destaca que las seis principales compañías que comercializan leche de fórmula invierten 5.600 millones de euros al año en publicidad, unos 40 euros por bebé nacido. Las compañías son las europeas Nestlé, Danone, RB y FrieslandCampina y las americanas Kraft Heinz y Abbott. Esta última habría contribuido a la ceremonia inaugural de Trump, según The Guardian.


La organización denuncia que las prácticas publicitarias que se emplean, “en su mayoría, violan el código de la OMS, creado para frenar este tipo de promociones engañosas”, al equiparar las propiedades de la leche de fórmula con las de la lactancia, dando como resultado “que madres sin la información correcta limiten o abandonen por completo la lactancia materna” y que “millones de familias, muchas de ellas con bajos ingresos, están alimentando a sus bebés con leche de fórmula que no necesitan y a menudo no pueden pagar, poniendo en peligro la vida de innumerables niños”.


En el post, Rundall ejemplifica la defensa de los intereses comerciales de EEUU en la Asamblea con un discurso del subsecretario de Estado de Comercio y Asuntos Agrícolas Extranjeros, Ted McKinney, en el que “argumentaba que el Codex (cuyo objetivo es proteger la salud de los consumidores y asegurar prácticas leales en el comercio de alimentos) tiene que seguir siendo ‘relevante’ para sus ‘clientes’, es decir, las corporaciones multinacionales. Su temor era, claramente, que si era demasiado estricto, estos ‘clientes’ se alejarían”.


The New York Times explica que el de la lactancia materna no es el único caso en el que EEUU ha cambiado su postura para apoyar a la industria frente a la salud o el medioambiente. Citan, por ejemplo, su negativa a colocar etiquetas de advertencia en determinados productos y bebidas azucaradas durante las negociaciones del Tratado de Libre Comercio en América del Norte, con Canadá y México; o que eliminase las declaraciones que respaldan los impuestos a las bebidas gaseosas en un documento que aconseja a los países en la lucha contra la obesidad.


Por eso, el cambio de postura de Trump respecto a su antecesor, Barack Obama, y contra el consenso general, tiene un efecto negativo en una resolución que afecta a todo el mundo y que tiene gran impacto en los países en vías de desarrollo, donde no toda la población cuenta con los recursos no solo para acceder, sino para preparar la fórmula, por ejemplo, por la falta de agua potable.


“Sabemos que EEUU no tiene intención de promulgar leyes para controlar elmarketing, por lo que esta amenaza a los países menos poderosos con términos comerciales menos favorables y la retirada de otro tipo de apoyo si se niegan a aceptarlos es simplemente inaceptable. No tiene nada que ver con si el presidente Donald Trump se preocupa por amamantar o no. Se trata de la necesidad de las empresas de comercializar productos altamente procesados a nivel mundial y persuadir a todos los países del mundo de abandonar los enfoques más saludables y sus culturas alimentarias tradicionales”, explica Rundall.


Por ahora, según un estudio de UNICEF, es en esos países donde menos leche de fórmula se consume. En concreto, en los países de ingresos medios y bajos tan solo un 4% de los bebés no han sido nunca amamantados. Un porcentaje que asciende al 21% en los países con ingresos altos. 

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Trump y las olas de la desindustrialización

En el año 483 antes de nuestra era, el emperador persa Jerjes mandó construir un puente que permitiría a su poderoso ejército atravesar el Helesponto para atacar Atenas y Esparta. De este modo vengaría la derrota sufrida por su padre Darío años atrás, cuando una tormenta hundió la flota persa al pie del monte Atos. Pero los elementos volvieron a conspirar en su contra y un temporal destruyó el entramado de pontones antes de que las huestes de Jerjes pudieran utilizarlo.


El emperador montó en cólera y mandó decapitar a los ingenieros responsables de la obra. Después ordenó a sus esbirros azotar con 300 latigazos las tercas olas del mar, según la crónica de Herodoto en su Historia.


El relato se ha convertido en fábula sobre lo estúpido que es buscar responsables donde no los hay. Y desde ese punto de vista casi no tenía paralelo hasta que Donald Trump llegó a la Casa Blanca.


Durante su campaña, el candidato Trump anunció varias veces su intención de revertir el enorme déficit comercial de Estados Unidos con China. Y en más de una ocasión acusó al gigante asiático de propiciar y llevar a cabo la desindustrialización de Estados Unidos. “Se llevaron nuestras fábricas y se robaron nuestros empleos”, vociferó durante la campaña, al tiempo que denunciaba los acuerdos comerciales promovidos por sus antecesores.


Pero Trump se equivoca: las fuerzas que explican el espectacular proceso de desindustrialización por el que atravesó Estados Unidos son más endógenas que externas. Todas tienen un común denominador: se trata de factores incrustados en el tejido económico estadunidense. Están relacionadas con la falta de una política industrial y otras están vinculadas con la política monetaria y la expansión del sector financiero. Todas ellas se gestaron en el vientre de la economía estadunidense durante los pasados cuatro decenios.


Entre 1979 y 2017, el empleo en el sector manufacturero estadunidense pasó de 19.7 a 12.5 millones de personas. Esos 7 millones de puestos de trabajo se perdieron en tres olas. La primera se desató en los años 80, con la difusión de la manufactura flexible que permitía diversificar de manera rentable las líneas de producción al interior de una planta. Ese resultado provenía de nuevos diseños en máquinas herramientas que posibilitaban el rápido intercambio de las piezas medulares para trabajar y cortar metales con alta precisión. La aplicación de la microelectrónica permitió una reprogramación rápida para producir lotes más pequeños de gran variedad de piezas diferentes en lugar de producir una cantidad masiva de la misma pieza para alcanzar economías de escala.


Numerosos estudios confirman que buena parte de la industria de máquinas herramientas estadunidense no pudo adaptarse a esta nueva realidad industrial y tecnológica. Esa industria no pudo entender que el mundo de las economías de escala estaba siendo remplazado por las llamadas economías de alcance, en las que es menos costoso producir varios productos en la misma planta que producirlos en plantas separadas.


La segunda ola se gestó en la política monetaria. Entre 1979 y 1983, la Reserva Federal incrementó la tasa de interés líder de nueve a 19 por ciento para frenar la inflación (que alcanzaba 10 por ciento anual en 1980). Esta es la tasa que rige los préstamos interbancarios de corto plazo para administrar requerimientos de liquidez. Pero los mismos bancos añaden un margen a esa tasa en sus transacciones comerciales y la tasa de interés en un préstamo comercial llegó a alcanzar 29 por ciento. El objetivo antinflacionario se alcanzó, pero los efectos colaterales fueron fatales.


El aumento en la tasa de interés propició un flujo de capitales hacia Estados Unidos y la apreciación del dólar respecto de otras divisas no se hizo esperar. Las exportaciones de manufacturas estadunidenses se desplomaron. En algunas industrias clave, como la de máquinas herramientas, el impacto fue nefasto. Cuando la Reserva Federal se dio cuenta del daño, ya era demasiado tarde. Los cadáveres entre las empresas de la industria manufacturera podían contarse por centenares.
La tercera ola es más bien un tsunami y proviene de la financiarización de la economía estadunidense. Las empresas se dieron cuenta de que sus hojas de balance podían servir para generar ganancias mediante la ingeniería financiera. La búsqueda de mayor competitividad mediante mejor calidad se quedó atrás. Mucho se ha escrito sobre este fenómeno, en especial por William Lazonick, de la Universidad de Massachusetts.


Al igual que Jerjes, Trump está castigando al enemigo equivocado. Las olas a las que condenó a sufrir golpes de látigo no son las que imagina su mente narcisista. A las fuerzas económicas no se les puede disciplinar a fuetazos. La demagogia de Trump podrá haber surtido cierto efecto entre las clases golpeadas por la desindustrialización, por ejemplo en el llamado cinturón de chatarra en los estados de Michigan y Pennsylvania, pero no podrá devolver la vida a las empresas que quedaron en el campo de batalla.


Twitter: @anadaloficial

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Domingo, 29 Abril 2018 06:36

Rivales estratégicos

Rivales estratégicos

La hegemonía estadounidense está siendo disputada por China. Es por el liderazgo y control de la llamada 4ta Revolución Industrial.

 Todo pareciera indicar que se esta en los inicios de una nueva fase del mandato de Donald Trump, en la que se muestra decidido a hacer realidad sus, hasta ahora incumplidas, promesas de campaña: especialmente recomponer el tejido industrial devastado por la relocalización de empresas y las nuevas tecnologías. De esas promesas, plasmadas en la “Agenda de Política Comercial”, se deducen las prioridades en el plano internacional. Un intercambio más equilibrado para reducir el déficit comercial, del 4 por ciento del PIB, y fortalecer el poderío militar estadounidense como mecanismo de presión para las negociaciones comerciales. Todo se resume en su lema de campaña “América Primero”. 

Este es el contexto de las últimas medidas tomadas por la administración Trump: suba de aranceles (proteccionismo) y recambio de funcionarios (reforzamiento del militarismo). A las que deben agregarse las disputas diplomáticas con Rusia que ahora se extendieron a buena parte de Europa y que aumentan las tensiones políticas. Trump realizó tres jugadas en simultáneo que encendieron las alarmas por la posible escalada de disputas comerciales y bélicas.


1. Por decreto gravó las importaciones chinas de 1300 productos por un valor de 50.000 millones de dólares al año.


2. Exigió a China que reduzca en 100 mil millones anuales su superávit comercial bilateral.


3. Dio marcha atrás con la suba de aranceles al acero y al aluminio que afectaban seriamente a Canadá y a Europa, principales proveedores, pero simbólicamente las mantuvo para China, que le vende muy poco en esos rubros.


Por su parte la República Popular China respondió con una lista de 128 productos pasibles de suba de aranceles por apenas 3000 millones de dólares al año, al mismo tiempo que reafirmó su intención de liderar la globalización. Pero dos días después subió la apuesta y amenazó con arancelar a los automóviles y a la soja (principales productos que le exporta Estados Unidos) por un valor también de 50.000 millones.


Por último, hubo cambios de funcionarios en el gabinete de Trump. Un halcón, John Bolton, por un moderado, H.R. McMaster, como asesor en política de Seguridad Nacional y un ultraconservador y miembro del Tea Party, Mike Pompeo como Canciller, por Rex Tillerson, lo que consolida un perfil más militarista a su gabinete.


Objetivos


Se sabe, en el largo plazo, China y Estados Unidos son rivales estratégicos, pero toda la evidencia disponible muestra que en el corto y mediano plazo comparten ciertas necesidades y objetivos comunes –lo que no implica que no haya competencia y disputas por el poder–, que se habrían sellado hace un año en la reunión que los presidentes Donald Trump y Xi Jin Ping mantuvieran en la residencia privada del primero en Florida. Allí habrían discutido desde aspectos económico-comerciales hasta geopolíticos y habrían llegado a ciertos acuerdos.


Nada indica, por ahora, que se este a las puertas de una guerra comercial abierta. Viendo la magnitud del déficit (375 mil millones de dólares sobre un intercambio de 505 mil) no parecen medidas muy exageradas, el superávit chino sería menor pero importante y Trump enviaría un mensaje a sus votantes del cinturón oxidado. Por otra parte las subas arancelarias norteamericanas entrarían en vigencia dentro de 60 días –supeditadas a la aprobación de la Oficina del Representante del Comercio Exterior (USTR)– mientras que las chinas no tienen fecha de aplicación El secretario del Tesoro de Estados Unidos fue muy claro: “las medidas contra China estaban sujetas a negociación” y el de Comercio completó: “son el preludio a una serie de negociaciones”. En tanto, China ha reservado sus cartas más fuertes, por ejemplo poner trabas a la importación de aeronaves producidas en Estados Unidos o hacer valer que es el mayor tenedor de bonos estadounidenses.


Más bien parecen movimientos para mejorar condiciones de competencia y posicionarse para la disputa estratégica. Así la suspensión de las medidas sobre el acero y el aluminio para Europa y otros países, entre ellos Argentina, serían jugadas para garantizar alianzas en esa disputa, cuando Francia y Alemania se ven tironeadas por China, con quién comparten el liderazgo de la globalización y el libre comercio. En tanto, el reforzamiento del militarismo es previo a que en mayo Estados Unidos se retire del acuerdo nuclear con Irán. Los nuevos miembros del gabinete apoyan ese retiro cuyos efectos sí pueden ser impredecibles, entre ellos fortalecer al ala más fundamentalista y debilitar al actual presidente Hasan Rohani, uno de los artífices del acuerdo con el Comité de Seguridad.


Hegemonía


Cuando el orden construido a la salida de la II Guerra Mundial comienza a resquebrajarse y la globalización pareciera tocar ciertos límites la hegemonía estadounidense está siendo disputada por China, que de seguir el curso actual, según los ejecutivos de Google, en 2030 China dominará la industria de alta tecnología. No en vano la amenaza arancelaria de Trump se refiere a las importaciones high tech de China –tecnología de punta para las industrias aeroespacial y robótica–, al mismo tiempo que denuncia ante la OMC, una institución a la que ha boicoteado sistemáticamente, el robo de tecnologías creadas por empresas de Estados Unidos.


La disputa estratégica es entonces por el liderazgo y control de la llamada 4ta revolución industrial –robótica, internet de las cosas, inteligencia artificial–, para la que la República Popular China está haciendo grandes inversiones mientras que la administración Trump ha reducido las partidas presupuestarias para ciencia y tecnología. En este juego de presiones comerciales que escalan y bravuconadas guerreristas, un error de cálculo puede transformar la inestable estabilidad actual en un caos.
* Integrante del colectivo Economistas de Izquierda (EDI).

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Las refinerías venezolanas cerca del colapso

Las instalaciones operan a un 30% de su capacidad, en el mejor de los casos

 La falta de mantenimiento, la desinversión, la politización de los cargos, la emigración de personal cualificado y la corrupción han llevado a las refinerías petroleras venezolanas casi al borde de la zona de colapso. En la actualidad, operan a un 30% de su capacidad, en el mejor de los casos. A la espera de un informe técnico final, el Gobierno considera cerrar algunas de ellas o reducir su actividad al mínimo para centrarse en las que puedan ofrecer soluciones inmediatas.


El bache, junto a una constante merma en las cotas globales de producción de Petróleos de Venezuela (PDVSA), que está ya certificada por la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y que es reconocida por miembros del Gabinete de Nicolás Maduro, está generando fallas graves en el abastecimiento de combustible. Rafael Quiroz, profesor de postgrado en Hidrocarburos en la Facultad de Economía de la Universidad Central de Venezuela, afirma que la producción petrolera del país está llegando a sus niveles más bajos en 70 años: 1,5 millones de barriles diarios. A finales de 1997, la producción petrolera venezolana sobrepasaba holgadamente los tres millones de barriles, y en 1970 había llegado a arañar los cuatro millones. Quiroz sostiene que en la OPEP están previendo que el desplome de PDVSA podría colocar la producción venezolana en el sótano de los 1,2 millones de barriles diarios a finales de este año.


Por primera vez en su historia, el país ha tenido que recurrir masivamente a la compra de gasolina importada para cubrir su demanda interna. En muchas ciudades venezolanas han sido frecuentes, por temporadas, largas filas de coches aguardando su turno para poder abastecerse. En regiones enteras solo se consigue desde hace mucho tiempo combustible de 91 octanos. También son muy escasos, y están exorbitantemente caros, los aceites para motores, las ligas de frenos, el combustóleo y el combustible para la aviación, todos productos tradicionalmente abundantes y muy económicos en Venezuela.


Los mandos de PDVSA están haciendo un esfuerzo por mantener en la pertinencia operativa la refinería de Amuay, en el Estado Falcón, que pertenece al Complejo Refinador de Paraguaná, el más grande del mundo, y que comprende además las refinerías de Cardón y Bajo Grande. La compañía ejecuta traslados de personal y el uso de repuestos de otros centros del país para mantenerla a flote. Las tres plantas tienen una capacidad instalada de cerca de un millón de barriles diarios de petróleo.


La crisis de PDVSA se concreta en un momento en el cual parte importante de sus gerentes más conocidos enfrentan graves acusaciones de corrupción. Esto incluye a sus tres últimos presidentes: el otrora poderoso Rafael Ramírez, mano derecha de Hugo Chávez, hoy en el exilio y Eulogio del Pinto y Nelson Martínez, que han ocupado el puesto durante la Administración de Nicolás Maduro y ya están en prisión.
El veto de rusos y chinos


Para intentar salvar las operaciones en Amuay, Petróleos de Venezuela intentó concretar un acuerdo con la petrolera rusa Rosneft, y con China Petroleum Corporation, aliados tradicionales de Caracas. El pacto iba a contemplar una inversión masiva y una reposición total de equipos, que obligarían al Gobierno de Maduro a hipotecar Citgo (filial estadounidense de PDVSA) como garantía. El acuerdo no llegó, sin embargo, a concretarse en virtud de la magnitud de las inversiones planteadas y la imposibilidad que tendrían los inversores en controlar las decisiones y las utilidades de aquel esfuerzo, impedidos como están por las propias regulaciones de la legislación venezolana.


“Los directivos de PDVSA tiene la esperanza de detener esta caída y reactivar la producción este año, pero algunos de ellos reconocen en privado que va a costar mucho”, asegura Quiroz. Uno de los impedimentos consiste en el debilitamiento de su músculo especializado, a causa de la marcha de muchos de sus mejores trabajadores al exterior en estos años. “La junta directiva actual de PDVSA está copada por militares que no tienen la menor idea del negocio petrolero”, explica el profesor.

Por ALONSO MOLEIRO

Caracas 9 ABR 2018 - 19:28 COT

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Motores económicos de la destrucción ambiental

La semana pasada el Panel intergubernamental sobre biodiversidad y servicios de ecosistemas (Ipbes, por sus siglas en inglés) dio a conocer cuatro importantes informes sobre el deterioro ambiental. Se trata de las evaluaciones más importantes sobre el estado del medio ambiente en los pasados 10 años y cubren las regiones de Asia-Pacífico, África, América y Europa-Asia central. Las noticias son alarmantes: la pérdida de biodiversidad está a la par del cambio climático como una de las amenazas más graves para la humanidad. Ambos problemas actúan en retroalimentación y se fortalecen mutuamente en un círculo vicioso.

Cada una de las megarregiones cubiertas por los equipos del Ipbes presenta señales de severos daños en todos los ecosistemas. La pérdida de biodiversidad está acompañada de un grave deterioro en la calidad de los suelos y de una marcada degradación en los acuíferos y cuerpos de agua. Por ejemplo, para África el Ipbes concluye que hacia finales de siglo se habrán extinguido la mitad de las especies de aves y mamíferos del continente debido al cambio climático. El informe señala que se han deteriorado más de 500 mil kilómetros cuadrados en el continente debido a la sobrexplotación, erosión, salinización y diversas formas de contaminación. Y se espera que la presión sobre el medio ambiente se intensifique, porque la población en África pasará de mil 250 a 2 mil 500 millones de personas.

En el continente americano, el informe del Ipbes concluye que en promedio la biodiversidad se ha reducido 31 por ciento en toda la región a lo largo de los pasados cinco siglos, pero el cambio climático va a empeorar la situación. Si las tendencias no cambian, para 2050 se habrá perdido otro 10 por ciento de especies. En general, las malas noticias se repiten una y otra vez para las cuatro regiones que cubren los informes del Ipbes. El mensaje general es que la destrucción ambiental provocada por la actividad económica alcanza dimensiones planetarias y pone en peligro la supervivencia de la especie humana.

Sin duda alguna estos estudios tienen una gran importancia para el diseño y aplicación de políticas. Pero es precisamente en la intersección entre actividad económica y daños ambientales donde se encuentra el punto más débil de los estudios del Ipbes.

En efecto, para los arquitectos de los diagnósticos del Ipbes el tema de los motores del deterioro ambiental es su talón de Aquiles. El equipo medular que realizó el estudio conocido como la Evaluación del milenio sobre los ecosistemas (dado a conocer en 2004) es el mismo que promovió la creación del Ipbes. Ya desde aquel trabajo habló de los motores del deterioro ambiental, pero se limitó a encontrarlos en el crecimiento económico y demográfico. Esto es problemático por varias razones.

Una de ellas es que desde hace más de 40 años la economía mundial viene sufriendo una caída en la tasa de crecimiento. En 1964 se expandió a una tasa de 6.7 por ciento, pero en 2015 el crecimiento se había reducido a 2.6 por ciento. A lo largo de esos 50 años la economía global ha sufrido cinco grandes recesiones y siempre la recuperación presentó tasas de crecimiento inferiores a las de la recuperación en la crisis anterior. A lo largo de todo el periodo se observa una tendencia constante hacia menores tasas de expansión. Y ahora viene la pregunta: ¿esa ralentización fue buena para el medio ambiente? La evidencia a nuestro alrededor es clara y los estudios del Ipbes lo constatan: el deterioro ambiental ha continuado intensificándose a lo largo de estos cinco decenios.

El tema del aumento de la población también amerita un análisis más cuidadoso. Y es que la tasa de crecimiento demográfico también ha manifestado una caída muy importante en los decenios anteriores, pasando de 2 a 1.1 por ciento entre 1963 y 2015. Claro que ahora el volumen de la población total hace que el incremento anual sea comparable al de hace 50 años, pero se espera una tasa de 0.5 por ciento en 2050. Hoy, quizás, los fenómenos demográficos más importantes son la urbanización y la migración. Más de la mitad de la población mundial vive ya en ciudades y la tasa de incremento de la población urbana es de 1.5 por ciento. Y ese proceso tiene fuertes implicaciones ambientales por la adopción de patrones de consumo que muchas veces son insostenibles.

Desgraciadamente, hoy los estudios del por ciento no contienen un capítulo dedicado a los motores de la degradación ambiental. Da la impresión de que se quieren evadir las preguntas clave, que se acercan a las definiciones de prioridades políticas. Por ejemplo, en materia de agricultura se dice que es necesario promover prácticas de agricultura sustentable, pero se hace a un lado el hecho de que la pequeña agricultura campesina ha estado bajo un terrible ataque desde hace décadas por los gobiernos neoliberales en el mundo entero. Se necesita ir más allá de las generalidades para abordar un análisis desagregado y con una mejor definición. Sólo así será posible desentrañar las fuerzas económicas que están detrás de la destrucción ambiental.

Twitter: @anadaloficial

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Un edificio donde se encuentra una oficina de la Asociación Europea de Estudios sobre la Salud y el Medio Ambiente en el transporte (EUGT), en Berlín. En vídeo, declaraciones de Christian Schmitd, ministro de Transporte de Alemania.

 

Volkswagen, BMW y Daimler financiaron ensayos para demostrar que las emisiones de los gases de sus motores no eran dañinas. El Gobierno alemán tacha de "repugnantes" las prácticas

 

Volkswagen, BMW y Daimler, las tres marcas de automóviles más emblemáticas de Alemania, vuelven al punto de mira por un nuevo y peligroso escándalo. Los tres gigantes del motor encargaron y financiaron experimentos en los que se hizo inhalar gases emitidos por motores diésel a monos y a seres humanos para determinar los efectos que estos tienen sobre el sistema respiratorio y sobre la circulación sanguínea, según revelaron varios diarios. El Gobierno alemán ha señalado que los experimentos no tienen ninguna justificación ética ni científica, y ha llamado a los fabricantes a reducir las emisiones en lugar de intentar probar que no son dañinas.

Los experimentos con monos, que se llevaron a cabo en 2014 en el laboratorio Lovelace Biomedical de Alburquerque, fueron denunciados la semana pasada por el periódico estadounidense The New York Times. A esto se ha sumado que este lunes dos medios alemanes, el Stuttgarter Zeitung y el Süddeutsche Zeitung, han revelado que la Asociación Europea de Estudios sobre la Salud y el Medio Ambiente en el transporte (EUGT), una entidad fundada en 2007 por las tres empresas y Bosch, hicieron inhalar dióxido de nitrógeno (NO2) a un grupo de 25 personas en una dependencia de la clínica universitaria de Aquisgrán.

La meta de los experimentos con ambos seres vivos era demostrar que las emisiones de gases de sus autos equipados con motores diésel no eran dañinas. Según la información revelada por los dos periódicos alemanes, un informe de actividades para los años 2012-2015, señala que la Asociación hizo inhalar monóxido de carbono a "gente sana". "No se comprobaron reacciones a la inhalación de NO2, ni tampoco inflamaciones en las vías respiratorias", señala el informe.

Thomas Kraus, el director del Instituto de la clínica universitaria de Aquisgrán, ha confirmado la existencia del estudio y ha explicado al diario Stuttgarter Zeitung, que la investigación no estaba relacionada con la manipulación de gases tóxicos que arruinó la imagen de Volkswagen en Estados Unidos. Sin embargo, Kraus ha admitido que los resultados solo tenían una validez limitada, ya que no eran extrapolables a toda la población y que el NO2 representaba solo una parte de los gases contaminantes que emiten los motores diésel.

Preguntado por el escándalo, el grupo Daimler admitió en un comunicado el pasado domingo, que condenaba con energía, el experimento llevado a cabo por EUGT. "Estamos conmocionados por la extensión y la implementación del estudio y condenamos los experimentos en los términos más enérgicos", señala Daimler que explica que la firma no tuvo ninguna influencia en la realización del experimento. "Hemos iniciado una investigación exhaustiva para determinar cómo pudo realizarse ese estudio, que contradice nuestros valores y principios éticos", añaden.

Por su parte, el presidente del Consejo de Supervisión de Volkswagen, Hans Dieter Pötsch, se ha distanciado de los experimentos. "En nombre del conjunto del Consejo de Supervisión me distancio con total determinación de este tipo de prácticas", ha anunciado. Además, ha explicado que hará todo lo que esté en sus manos para que "esos sucesos se investiguen completamente" y "rinda cuentas de ello el que sea responsable".

 

Críticas del Gobierno alemán


El escándalo tampoco ha dejado indiferente a la canciller alemana Angela Merkel, que, por medio de su portavoz, Steffan Seibert, ha exigido una aclaración de las empresas. "Estas pruebas con monos e incluso con seres humanos no son, desde un punto de vista ético, de ninguna manera justificables", ha anunciado este lunes en Berlín. "Lo que tienen que hacer los fabricantes de automóviles con las emisiones es reducirlas y no pretender demostrar que no son dañinas".

El viernes pasado, The New York Times reveló que el Instituto de Investigación respiratorio Lovelace en Alburquerque, Nuevo México, había utilizado un Beetle 2013 de Volkswagen para hacer inhalar las emisiones a diez monos encerrados en una habitación, donde podían mirar una pantalla de televisión que les servía de distracción. La meta del experimento era buscar una demostración de que los nuevos motores diésel no eran contaminantes. Pero el estudio fue un fraude: el coche utilizado estaba equipado con un software para reducir las emisiones.

"Las pruebas con monos y seres humanos son absurdas y repugnantes", ha señalado el primer ministro del estado federado de Baja Sajonia, Stephan Weil, que también es miembro del Consejo de Supervisión de Volkswagen. El político socialdemócrata ha asegurado que no estaba informado de los experimentos y ha exigido a las máximas autoridades del mayor constructor de automóviles del mundo una condena ejemplar a los experimentos llevados a cabo por orden de EUGT, un organismo que dejó de existir en 2017.

 

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La autora de '¿Quién alimenta realmente al mundo?', Vandana Shiva. Fotografía cedida por la editorial, Capitán Swing

 

Sus críticas más feroces apuntan directamente sobre la cabeza de la industria alimentaria y química, pero eso no le ha impedido ser reconocida como una de las más prestigiosas investigadoras sobre justicia agrícola y una de las activistas ecologistas y feministas de mayor renombre en el mundo. La india y doctora en Física Vandana Shiva, ganadora de más de 20 premios internacionales, asesora de varios Gobiernos en la India y en el extranjero (entre ellos el de Rodríguez Zapatero) está en España para promocionar su ensayo ¿Quién alimenta realmente el mundo? (Capitán Swing, 2016), una apuesta de la autora por retomar el control de los alimentos, de su diversidad y calidad y de revolucionar la forma en que los producimos. Recibe a Público en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, pocas horas antes de su conferencia Earth Democracy: a Revolution for the Planet & People.

 

¿Quién alimenta al mundo?


Definitivamente no son las empresas químicas y las corporaciones. Porque la industria química no produce comida y las empresas no hacen nada, sólo vender químicos y recoger las rentas de las semillas. ¿Quién alimenta al mundo? Todos los organismos del suelo, los maravillosos polinizadores que nos proporcionan un tercio de los alimentos que comemos, la diversidad de las plantas que nos dan nutrientes, las mujeres que continúan cultivando alimentos mientras las empresas nos venden químicos... Son los pequeños agricultores y las mujeres las que producen el 70% de los alimentos que comemos y, si lo miras en términos de nutrición, el único nutriente que llega a nuestros platos viene de los agricultores locales. Lo demás son productos tóxicos vacíos de nutrientes.

 

¿Y por qué pensamos que sólo la agricultura industrial es capaz de abastecernos?


Los químicos agrícolas tienen menos de 70 años. La actual industria química es la misma que preparó los gases que mataron a miles de personas en las cámaras de gas de los campos de concentración de Hitler. Necesitaban gases venenosos y esos fueron los ancestros de los pesticidas. Después de la guerra simplemente fabricaron el mito de que sin químicos no puedes cultivar porque necesitaban seguir ganando dinero. Fabricaron la falsa creencia de que el suelo es un contenedor vacío. No, el suelo está vivo. Una planta es un sistema vivo superinteligente y nuestro cuerpo es un sistema superinteligente con cien billones de microbios que necesitan comida real y que hablan con la comida que comemos. Si es tóxica, hay resultados tóxicos; si es sana, tenemos salud. Fabricaron una ciencia falsa para asegurarse de que cada agricultura en el universo asumiera eso, en lugar de la agricultura ecológica. Estamos hablando de un sistema de control total en manos de un ganado de tres, un ganado venenoso cuyo único objetivo es matar. Ahí es donde empezaron y ahí es donde siguen. Matan a gente con glifosato y Roundup y con alimentos tóxicos que están provocando la epidemia de cáncer ante la que estamos.

 

Si hay una sobreabundancia de alimentos, ¿cómo se explica que todavía haya 800 millones de personas en el mundo que pasan hambre?


Lo primero es que no se trata de una sobreabundancia de alimentos, sino de una sobreabundancia de productos, porque el alimento es lo que nos nutre. Hay 800 millones de hambrientos por dos razones: la primera es que los productores de alimentos han sido expulsados de la tierra, los pequeños productores, que eran los más productivos. Veo a los agricultores donde crece el arroz en India, campos llenos de arroz, que están muertos de hambre porque compraron las semillas, compraron los químicos y los precios no han dejado de subir. El precio al que el agricultor compra y el precio al que el agricultor vende es muy desigual. El sistema está haciendo que la mitad de los hambrientos del mundo sean agricultores. Por otro lado, el sistema económico ha expulsado a cada vez más personas y las personas excluidas no tienen alimento o comida. Es una combinación de un sistema que está destrozando la producción de alimentos, destrozando a los agricultores y destrozando nuestro papel económico en la sociedad.

 

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La autora de '¿Quién alimenta realmente al mundo?', Vandana Shiva. Fotografía cedida por la editorial, Capitán Swing.

 

En los países desarrollados, muchos agricultores se encuentran con que cultivar alimentos orgánicos no es rentable, los costes son mucho mayores. Y los productos orgánicos son mucho más caros también para los consumidores. ¿Cómo se puede competir así con la agricultura industrial?


Lo primero es que la agricultura industrial no es una agricultura justa. Está basada en 400.000 millones de dólares en subvenciones. Ningún sistema podría competir con eso. Si un lado está obteniendo 400.000 millones y el otro nada, la vida se te va a poner difícil. Lo segundo es la manera en que la economía ha evolucionado. Lo que debería tener una tasa es el uso de los recursos, el daño a la naturaleza y a la salud pública. Eso haría la agricultura industrial muy costosa. Si esos costes tuvieran que ser pagados por la industria, en el precio de los alimentos, nadie apostaría por la agricultura industrial. Por otro lado la agricultura ecológica tiene que ser consciente de que necesita innovar. Tenemos que innovar y decir no: no vamos a vivir y trabajar en vuestra economía, vamos a crear economías circulares, comunidades de alimentos, y digo esto porque lo hemos hecho en India y puedes salir, puedes salir de la trampa.

 

Usted es muy crítica con el uso de la biotecnología en los alimentos. ¿Qué opina de la acusación por parte de 109 premios Nobel contra Greenpeace por su oposición a los transgénicos?


Hay evidencia de que detrás de las firmas de estos científicos, y uno de ellos ya estaba muerto cuando la carta se redactó, estaba todo el lobby de la industria alimentaria. Obviamente cualquiera firma a favor de la alimentación en el mundo, pero no leyeron línea por línea. Si no recuerdo mal la controversia era por el arroz dorado, un producto que ha fracasado, que tiene un 300% menos de vitamina A que otras fuentes como el arroz rojo que tenemos en India. ¿Por qué soy crítica con los transgénicos? Porque la industria de la biotecnología no está estudiando los impactos que tiene la modificación genética en el resto del sistema. Sabemos desde antes de que existiera la industria de la biotecnología que cuando modificas una parte del sistema, el resto no sigue funcionando como antes. Cada gen realiza muchas funciones y si cambias un gen, el sistema entero cambia. Y no están estudiando los impactos sobre el sistema. Lo que hemos visto con la industria de la biotecnología es una sustitución de la ciencia por la propaganda. Es una gran máquina de relaciones públicas. Así que, ¿por qué me voy a molestar siquiera en contestarles?

 

Defiende que existe un vínculo fuerte entre ecologismo y feminismo, un ecofeminismo.


Cuando el capitalismo patriarcal, que es ese acercamiento a la vida desde la violencia masculina, se combina con la codicia, declara a la naturaleza como muerta porque tiene que explotarla, y declara a las mujeres como pasivas porque tiene que ponerlas en un segundo plano. Si las mujeres hubieran sido reconocidas como las mejores agricultoras no tendríamos agricultura industrial, y si la naturaleza hubiera sido reconocida como productiva no tendríamos químicos ni transgénicos. Ecología y feminismo tienen una conexión común en la opresión por parte del capitalismo patriarcal, que también ha olvidado que ambos, mujer y naturaleza, son productores y son inteligentes.

 

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Caleidoscopio Nº18, noviembre 2017

 

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Inteligencia artificial: el futuro de la especulación financiera

El tema de la inteligencia artificial despierta grandes inquietudes. Algunas están relacionadas con complicaciones reales, como el de la pérdida de empleos. Otras se vinculan con el problema de si las máquinas podrían adquirir consciencia de sí mismas en la medida en que alcancen mayores niveles de inteligencia. Ese día no está tan próximo como algunos aficionados del tema creen. Pero eso no quiere decir que no existen razones para preocuparse.


¿Cómo definir la inteligencia artificial (IA)? En términos muy sencillos, se puede definir como una tecnología basada en la recopilación de grandes cantidades de datos para usarlos en un proceso de toma de decisiones con una finalidad determinada. Los datos deben estar relacionados con un tema específico y los parámetros que rodean las decisiones deben estar más o menos bien determinados para alcanzar el objetivo buscado.


Las aplicaciones de la IA ya se dejan sentir en todos los sectores de la economía. Pero su penetración en los mercados financieros es particularmente alarmante. En este terreno la inestabilidad y los incentivos perversos de los mercados han mostrado tener un espectacular poder destructivo en los decenios pasados. Y si los reguladores ya tienen dificultades para supervisar el mercado, con la IA sus problemas se están intensificando.


Hasta hace poco tiempo los métodos utilizados por los especuladores en el sector financiero se basaban en el análisis tradicional sobre rendimientos pasados de algún activo y las perspectivas sobre las empresas o agentes que lo habían puesto en circulación. A pesar de la experiencia de los corredores y los operadores financieros, los sentimientos del mercado nunca fueron fáciles de apreciar y cuando ocurría un tropezón las pérdidas de sus clientes se acumulaban.


Hoy se supone que los nuevos equipos y programas de IA ayudarán a evitar errores y reducirán pérdidas para los inversionistas. La gran diferencia con las herramientas del análisis tradicional estriba en la cantidad de datos que esta tecnología permite procesar y en la velocidad a la que se puede analizar esa montaña de información. Mientras el análisis convencional permitía tomar en cuenta un número limitado de mercados simultáneamente, las herramientas de la IA hacen posible considerar al mismo tiempo un gran número de mercados financieros de diferente naturaleza en todo el mundo.


Lo más importante es que la inteligencia artificial hace posible a los operadores identificar oportunidades de arbitraje que el análisis convencional simplemente era incapaz de reconocer. Con la ayuda de la IA hoy las operaciones de arbitraje se pueden llevar a cabo no sólo al interior de un solo mercado y con productos de la misma naturaleza, sino entre todo tipo de mercados y activos heterogéneos. Así, por ejemplo, el especulador puede hoy identificar oportunidades de arbitrajes entre productos complejos en los mercados de futuros de materias primas y en el mercado mundial de divisas en cuestión de segundos. Las recomendaciones sobre la composición de carteras de inversión están basadas en este tipo de estimaciones, pero la fortaleza de estas sugerencias depende de la inestabilidad general de los mercados financieros.


Es cierto que con la IA las comparaciones de precios probables de múltiples productos y la evolución de variables como tipos de cambio y riesgo cambiario, tasas de interés o inflación se llevan a cabo a una velocidad relámpago. Pero quizá en eso reside el enorme riesgo que esta tecnología conlleva para la estabilidad de los mercados financieros.
Algunos analistas piensan que el uso generalizado de la IA conducirá a una mayor eficiencia y reducirá la volatilidad en los mercados financieros, porque la intervención humana se reducirá a un mínimo. Pero esa creencia no tiene bases sólidas. Lo cierto es que la IA no cambiará la naturaleza de la instabilidad intrínseca de los mercados financieros. De hecho, debido a la velocidad con que se realizan los cálculos y estimaciones al usarse esta tecnología, las fluctuaciones en este tipo de mercados financieros pueden amplificarse. Y, por otra parte, los incentivos perversos que muchas investigaciones han identificado en la dinámica de formación de precios de activos financieros tampoco desaparecen con la IA.


Las computadoras ya están diseñando computadoras cada vez más inteligentes. El matemático John von Neumann vaticinó en 1958 que ese proceso recursivo podría desembocar en una inteligencia superior a la humana y en lo que denominó un punto de singularidad: un punto más allá del cual no sería posible la continuidad de los acontecimientos humanos tal y como los conocemos. Todo eso es posible, aunque probablemente faltan varios miles de años para que las máquinas evolucionen de ese modo. Pero si se hacen más inteligentes, ¿por qué habrían de seguir empecinadas en buscar ganancias económicas en la especulación ciega, en lugar de solucionar los problemas de la humanidad en este planeta?


Twitter: @anadaloficial

Según los sondeos tras el discurso de Oprah Winfrey, mucha gente la imagina como futura presidenta de Estados Unidos.

 

Los Globos de Oro mostraron el cambio de época

Time’s up, se terminó: la consigna de batalla contra los ultrajes sexuales de los “altos mandos” de la industria se hizo fuerte durante la entrega de premios, con todas las mujeres vestidas de negro como señal de protesta y un discurso impresionante de Oprah Winfrey.

 

Hollywood reacciona. Por una vez, la frase de la noche –de la tarde-noche, si se prefiere– no fue, el domingo pasado en el Hotel Beverly Hilton de Los Angeles, “And the winner is...”, sino “Time’s Up”. Se terminó el tiempo en que para conseguir o no perder su empleo, una chica debía soportar toda clase de ultrajes sexuales de parte de los “dueños de la pelota” de la industria: accionistas, ejecutivos, productores, directores. Time’s Up es la consigna de batalla que sucedió a Me Too desde el momento en que The New York Times dio a conocer las primeras denuncias de acoso sobre el productor Harvey Weinstein, en octubre pasado, que generaron un impresionante efecto bola de nieve que se extendió por el mundo entero. Primero fue Me Too –a mí también me abusaron o quisieron hacerlo– como modo de blanquear la situación. Luego, la consigna superadora, Time’s Up: se terminó, no va más, de ahora en más el que quiera ejercer el derecho de pernada se queda sin trabajo. Que es lo que viene sucediendo en Hollywood desde el derrocamiento de Weinstein, con varios “caídos” por día. Contra eso se levantaron de sus asientos las mujeres presentes en la 75º entrega de los Globos de Oro, y la comunidad hollywoodense en pleno, a la vez que celebraron el fin de esos tiempos. La del domingo fue una ceremonia de protesta y fundación, tal como reflejó el impresionante discurso de Oprah Winfrey (ver Contratapa), equivalente al que Meryl Streep dio el año pasado contra Trump al recibir el mismo premio (el Cecil B. de Mille a la trayectoria) en el mismo escenario.

Se sabía de antemano el tinte que iba a tener la ceremonia organizada por la Asociación de Prensa Extranjera de Hollywood, incluso en sentido literal. La indicación corrió como reguero de pólvora por Tinseltown y todo el mundo (las damas, en realidad, ya que para los varones no es novedad) concurrió vestido con un único color, el negro. Si se trataba de un funeral, era el del abuso como práctica impune, incluso en manos de los propios pares. Kevin Spacey debió haber estado en el Beverly Hilton y en su lugar estuvo, en la categoría Mejor Actor Secundario, Christopher Plummer, que es quien lo remplazó en la película Todo el dinero del mundo, cuando se hicieron públicas las denuncias que llevaron a los productores a desistir de él. De no haber admitido las acusaciones en su contra, no hubiera sido raro que el humorista y guionista Louis C.K. acompañara a su colega Pamela Adlon, nominada al rubro Mejor Actriz de Comedia por la genial sitcom Better Things, cocreada por ambos. ¿Y la ganadora a Mejor Película Animada no fue acaso Coco, la nueva joyita del sello Pixar? ¿No ha optado acaso John Lasseter, creador de ese estudio, por un oportuno exilio de la industria, debido a ciertos “desaciertos” no especificados en el terreno sexual?

En el monólogo inicial, Seth Meyers, conductor de un talk show de medianoche, no tardó más que un par de minutos en hacer referencia a Weinstein y Spacey. De Weinstein dijo que si en veinte años se lo incluye en un recordatorio fúnebre, va a ser el primero en la historia en ser abucheado. Y el público abucheó. Hubo presencias de alto valor simbólico, como la de Salma Hayek, que se hizo presente para entregar un premio. En diciembre pasado, Hayek publicó en The New York Times una nota en la que contaba detalladamente la persecución a la que la sometió Harvey Weinstein en 2002, cuando produjo Frida, película que la actriz mexicana protagonizó. Estuvo también entre los concurrentes, aunque no en el escenario, Ashley Judd, una de las más notorias denunciantes de Weinstein. Hubo también asociaciones no casuales: quien presentó el premio a Oprah Winfrey fue Reese Witherspoon, que a poco de estallar el escándalo Weinstein confesó haber sufrido “múltiples experiencias de abuso y ataques sexuales” dentro de la industria. Algo más inadvertidas pasaron algunas oportunas “omisiones”, como la de Amy Sherman-Palladino, creadora de The Marvelous Mrs. Maisel, ganadora a la Mejor Comedia en series de televisión, que agradeció a Amazon su apoyo. A quien no agradeció fue al productor Roy Price, obligado a renunciar en octubre tras haber sido acusado de abuso.

 

La mujer es el negro del mundo


Pero el abuso no fue lo único que se denunció en esa improvisada (o no tan improvisada) tribuna en que se convirtió el escenario en la tarde-noche del domingo. “Vamos a anunciar a los nominados, que son todos hombres”, dijo, inmutable, Natalie Portman, una de las presentadoras del rubro Mejor Director de Película Dramática, ganado por Guillermo del Toro, por la maravillosa La forma del agua. “A ver si emparejan los salarios de las mujeres con los de los hombres”, bromearon Susan Sarandon y una reaparecida Geena Davis, cuyo 1.83 m de altura hizo lucir a su compañera, de 1.70, como una enana. ¿Sarandon & Davis? Thelma & Louise, claro. La más famosa pareja de justicieras femeninas no podía faltar en la noche del domingo. Barbra Streisand contó algo asombroso: desde que ella fue premiada con el Globo de Oro a la Mejor Dirección, en 1983 por Yentl, ninguna otra mujer volvió a ganarlo. Van 34 años y sigue el conteo.

Podría decirse que el domingo Greta Gerwig le pasó raspando a ese premio vacante. No lo ganó ella pero sí su elogiadísima ópera prima indie Lady Bird (tiene estreno asegurado en la Argentina), en el rubro Mejor Comedia. Actriz habitualmente contenida, Gerwig estaba totalmente desbordada, dando la sensación de que no se esperaba el premio. Tal vez le apostaba a The Disaster Artist, por la cual ganó James Franco como Mejor Actor. Muy divertido el gag (involuntario) que protagonizaron Franco y Tommy Wiseau, el actor y director malísimo de The Room, la película en la que The Disaster Artist se inspira. Franco había llevado a Wiseau, aunque éste estaba sentado por otro lado. Cuando anunciaron el premio, Franco tomó de la mano a su hermano Dave, que actúa en la película, para subir juntos al escenario. Detrás de ellos fue Wiseau, a quien la cámara tomó de espaldas, con su característica melena, como imitando su primera aparición en The Disaster Artist. Franco agradece, Wiseau se acerca, Franco lo saluda, Wiseau se acerca al micrófono y Franco le cruza la mano, como diciendo “Vos no hablás”. Y no habló.

En tren de ausencias asombrosas, se saldó una no menor a la de Mejor Directora. El actor afroamericano Sterling K. Brown, ganador del Globo al Mejor Actor en Serie Dramática por This Is Us, es, lisa y llanamente, el primero en la historia en ganarlo. Brown, que el año pasado se había destacado como abogado defensor en la miniserie The People vs O.J. Simpson, le agradeció al creador de This Is Us, Dan Fogelman, que haya escrito un personaje negro. “Creaste un papel de hombre negro que sólo podía ser interpretado por un hombre negro”, dijo Brown desde el escenario.

 

La otra Oprah


Las reivindicaciones que se hacían oír desde el escenario parecían volver como un búmeran desde varias de las películas o series premiadas. La película más galardonada, Tres avisos por un crimen, Missouri (se estrenará en la Argentina el jueves 18 de enero) trata sobre la batalla que da una madre (Frances McDormand) para hacer justicia con su hija violada y asesinada, en un pueblito sureño que parecería reacio a toda ley... y a que sean las mujeres las que quieran hacerlas cumplir. Dirigida por Michael McDonagh, la película ganó los Globos correspondientes a Mejor Película Dramática, Mejor Guión, Mejor Actriz y Mejor Actor Secundario. A su turno, las series favoritas resultaron Big Little Lies y The Handmaid’s Tale. La primera de ellas, que emite HBO y protagonizan Nicole Kidman, Reese Witherspoon y Laura Dern, trata sobre tres madres de chicos de primer grado, que se hacen amigas.

The Handmaid’s Tale, basada en la novela homónima de Margaret Atwood, ya se sabe, es una fábula sobre una sociedad del futuro que se sostiene sobre la esclavización de la mujer. Big Little Lies ganó Mejor Actriz de Miniserie (Kidman), Actriz de Reparto (Dern) y Actor de Reparto (Alexander Skarsgard). The Handmaid’s Tale, Mejor Serie Dramática y Mejor Actriz de Serie Dramática (Elizabeth Moss). Cuando todo el equipo de esta última subió al escenario a recoger el premio, el productor hizo un llamamiento para que la sociedad del futuro no sea como la que la serie imagina.

Pero, como quedó dicho, el bombazo de la noche fue el discurso de Oprah Winfrey, que es toda una institución en Hollywood. Institución que se diversifica en un montón de ventanillas. Winfrey empezó como conductora de talk shows y eventualmente actriz (El color púrpura), pero su popularidad fue creciendo de tal manera que además de terminar siendo dueña de una cadena de televisión pasó también a la producción de cine (produjo Selma), no se ahorra sus opiniones políticas (fue una de las más notorias sostenedoras de Obama dentro de la comunidad hollywoodense) y es la mujer afroamericana más rica de los Estados Unidos. Según los sondeos que arrojan los tweets y opiniones emitidas por las redes tras su discurso del domingo, podría arrancar con buen pie una nueva actividad: la de Presidenta de los Estados Unidos. ¿Alguien está queriendo lanzarla? Vaya a saber.

Lo cierto es que su discurso estuvo espléndidamente articulado, puntualizando con claridad que éste es un momento en que la industria del entretenimiento debe mirar hacia afuera, hacia el mundo. De ese afuera, Oprah trajo la historia de una mujer llamada Recy Taylor, que en tiempos de Segunda Guerra fue violada por seis hombres armados, no logró que se hiciera justicia y murió hace apenas un par de semanas, a los 98 años. Así como llegó desde su infancia hasta esa noche a través de una cadena precisa de vinculaciones, Winfrey hizo algo parecido con la historia de esta mujer, llegando hasta el presente. “Ella vivió, como todos nosotros, demasiados años en una cultura destrozada por hombres poderosos y brutales”, dijo. “Pero su tiempo terminó. Su tiempo terminó. Su tiempo terminó.” No hizo falta que los presentes se levantaran a aplaudirla: estaban de pie prácticamente desde el comienzo de su discurso.

 

 

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