Miércoles, 24 Enero 2018 06:17

Por qué en EEUU hay Trump para mucho tiempo

Por qué en EEUU hay Trump para mucho tiempo

 


Vicenç Navarro

Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas, Universitat Pompeu Fabra

 

La gran atención de los mayores medios de información en los países situados a los dos lados del Atlántico Norte, en su cobertura del aniversario de la elección del candidato republicano Trump al cargo de Presidente de EEUU se ha centrado en la figura del Presidente Trump, que antes de ser elegido Presidente era uno de los empresarios más importantes en el negocio inmobiliario de aquel país, uno de los más especulativos de la economía estadounidense. A pesar de no haber nunca ocupado un cargo electo antes de ser elegido, conocía bien el funcionamiento del Estado (tanto federal, como estatal y municipal) pues en gran parte su éxito como empresario había dependido de sus conexiones políticas, incluida “la compra de políticos”. El sistema electoral, de financiación predominantemente privada, favorece lo que en EEUU se llama “la compra de políticos” que pasan a representar los intereses de los que los financian. En realidad, Trump es un personaje bastante representativo del mundo empresarial especulativo de EEUU, que conjuga una enorme ignorancia de la política internacional, un desdén hacia el mundo intelectual y mediático con el cual se encuentra altamente incómodo, una hostilidad hacia el establishment federal y una gran astucia política. Es profundo conocedor de los gustos y opiniones de amplios sectores de las clases populares blancas con los que comparte un lenguaje lleno de estereotipos que le hace enormemente popular entre sus bases electorales. Su comportamiento aparentemente errático, que rompe todos los moldes de la respetabilidad burguesa, le convierte en un personaje carismático entre su electorado, que es, en su mayoría, de clase trabajadora y clase media de raza blanca, que comparte sus opiniones y prejuicios.

Por otra parte, el hecho de que tal comportamiento no encaje en los moldes tradicionales del establishment político-mediático del país explica que este último tenga grandes recelos sobre su habilidad para dirigirlo. Trump no salió del aparato del Partido Republicano ni de los círculos políticos de Washington, lo que le hace una figura muy atípica en el mundo político estadounidense. De ahí la animosidad de gran parte de los mayores medios de comunicación, que le dedican una enorme atención mediática muy orientada hacia desacreditarle, lo cual acentúa más su popularidad, no tanto entre la población general (donde es muy baja), sino entre la población que le vota, que odia al establishment político-mediático del país. Todas las encuestas destacan la gran lealtad de sus bases electorales, habiéndose establecido una alianza de sectores importantes del mundo empresarial relacionado con el capital especulativo (sector inmobiliario y capital financiero) y amplios sectores populares, de raza blanca, cohesionados y unidos por una ideología caracterizada por dos componentes básicos.

 

¿Cuál es la ideología de lo que ha venido a llamarse erróneamente como Trumpismo?

 

Digo erróneamente, pues no es Trump el que ha creado esta ideología, sino al revés: la ideología antiestablishment ampliamente extendida en amplios sectores de las clases populares es la que ha posibilitado la victoria de Trump. Tal ideología se caracteriza por dos componentes típicos del antiestablishment presentes entre grandes sectores de las clases populares, a los cuales hay que añadir un tercer componente, este sí, específico de Trump. El primero es, como ya he subrayado, un antiestablishment federal, basado en Washington, al que se le percibe como instrumentalizado por el Partido Demócrata, cuyas políticas públicas supuestamente han favorecido sistemáticamente a las minorías afroamericanas (y, en menor lugar, a las latinas), a costa del propio bienestar de las clases populares de raza blanca. En esta ideología se percibe a este establishment federal como también utilizado por las grandes empresas industriales, que a través de los Tratados de Libre Comercio, están deslocalizando puestos de trabajo bien pagados de la manufactura a países con salarios mucho más bajos. Esta exportación de puestos de trabajo está dañando el bienestar de la clase trabajadora blanca, que ocupaba la mayoría de estos buenos puestos.

El segundo componente de esta ideología (íntimamente relacionado con la anterior) es un profundo nacionalismo, que, en parte, idealiza el pasado de EEUU, y que quiere recuperar aquel mundo en el que se vivía mejor. Este nacionalismo está basado en una lectura profundamente errónea de la política exterior de EEUU, que ve al gobierno federal motivado por un deseo de promover la libertad y la democracia a nivel mundial. De esta lectura se derivan las propuestas de este tipo de nacionalismo que cree que el gobierno de EEUU debería abandonar su “altruismo” y dar más atención a los intereses de EEUU sobre todos los demás. Tal énfasis en poner los intereses de EEUU por encima de todos los demás como el mayor objetivo de la política exterior no difiere, sin embargo, de los objetivos de la política exterior de gobiernos anteriores (que, naturalmente, también imponían los intereses de EEUU por delante de todos los demás) sino de cómo se definen tales intereses. El énfasis de Trump en el exitoso eslogan “America First” (“poner a EEUU primero”) es un intento de revitalizar la economía estadounidense, centrándose en crear puestos de trabajo en el país. Esta diferencia se presenta erróneamente como un conflicto entre liberalización de la economía, por un lado (llamados los globalistas) o proteccionismo, por el otro (definidos como los nacionalistas) dicotomía que solo tiene un componente de verdad, pues la enorme economía estadounidense siempre ha sido altamente proteccionista e intervencionista, puesto que a través de su elevado gasto militar ha configurado de gran manera al sector industrial de aquel país. La evidencia empírica que muestra que la mayoría de los avances tecnológicos ocurridos en el sector industrial de EEUU han sido financiados y/o realizados en instituciones públicas, es abrumadora.

A estos dos componentes hay que añadirles un tercero, que es característico de la ideología dominante en la Administración Trump: la visión empresarial de que el Estado debe dirigirse y gestionarse como si fuera una gran empresa, siguiendo los cánones de la cultura empresarial que domina la clase corporativa (the Corporate Class) de EEUU. En esta ideología hay también un elemento elevado de aprovechamiento personal y familiar de sus negocios particulares. Las líneas entre beneficio personal y beneficio colectivo y nacional están poco definidas y muy entrelazadas, habiendo alcanzado un nivel que está creando una protesta general en las dos cámaras legislativas (Congreso y Senado) del Estado federal. No es la primera vez que un hombre de negocios llega a ser Presidente de EEUU. Pero es nueva la manera en que Trump gobierna este entramado utilizando lo público para el enriquecimiento privado, sin rubor y con todo el descaro.

 

El gran error de enfatizar tanto la figura de Trump

 

El enorme énfasis en la figura de Trump dificulta la comprensión de lo que ocurre en EEUU, pues lo más preocupante de la situación política de EEUU no es que un personaje como Trump se haya convertido en el Presidente de EEUU, sino que casi la mitad del electorado estadounidense le votara, cosa que continuará ocurriendo a no ser que se conozca por qué tal sector del electorado blanco (que constituye el mayor porcentaje de población perteneciente a la clase trabajadora estadounidense) votó por Trump. Sin comprender esta realidad, y sin actuar sobre las causas de este hecho, Trump y personajes como él continuarán siendo elegidos por muchos años. En realidad, en las elecciones parciales al Congreso de EEUU en los distritos en los que ha habido elecciones, los congresistas próximos a Trump han continuado ganando y todo ello como consecuencia de que aun cuando la popularidad del Presidente es baja entre la mayoría de la ciudadanía, es muy alta entre sus seguidores, una lealtad a su figura que alcanza cifras récord de más de un 90% de sus votantes. En la última encuesta sobre popularidad del Presidente Trump, publicada en el New York Times (14 de enero de 2018), el dato más llamativo es que mientras su popularidad está descendiendo en grandes sectores de la población, permanece en cambio enormemente alta entre los que lo votaron. Y aquí está el dato más importante que se ignora constantemente. De ahí que la pregunta más importante que debería hacerse, y no se hace, es ¿por qué la mayoría de la clase trabajadora estadounidense blanca (que es la mayoría de la clase trabajadora) votó a Trump?

 
¿Por qué ganó las elecciones el candidato Trump?

 

La respuesta a esa pregunta es, en realidad, sumamente fácil de responder si uno analiza lo que ha ido pasando en EEUU desde la elección del Presidente Reagan en los años ochenta, con el surgimiento y expansión del neoliberalismo (que es ni más ni menos que la ideología de la clase corporativa –The corporate class– formada por los propietarios y gestores de las grandes empresas del país) y que se ha convertido en dominante, no sólo en los círculos financieros y económicos, sino también en los círculos políticos y mediáticos que aquéllos dominan, controlan e influencian. El eje de las políticas públicas neoliberales es, ni más ni menos, un ataque frontal al mundo del trabajo, políticas que han sido enormemente exitosas (no para la mayoría, sino para la élite beneficiada). El mejor dato que ilustra este hecho es que el porcentaje de las rentas derivadas del trabajo ha ido descendiendo de una manera muy marcada en EEUU desde 1979, pasando de representar un 70% de todas las rentas en 1979, a un 63% en 2014. Este descenso ha sido a costa de un enorme aumento en las rentas derivadas del capital durante el mismo período.

Este descenso de las rentas del trabajo no habría podido ocurrir sin el cambio del Partido Demócrata (partido que se definía en los años treinta del siglo XX como el Partido del Pueblo), el cual, a partir del Presidente Clinton, se convirtió también en partido neoliberal (pasando a ser la versión light del neoliberalismo del Partido Republicano). Clinton fundó la Tercera Vía, reproducida por Tony Blair en el Reino Unido, Schröder en Alemania y Felipe González en España. (ver mis artículos Tony Blair y el declive de la Tercera Via, Sistema, 16.11.12, y Blair, Zapatero, la Tercera Vía y el declive de la socialdemocracia, Público, 20.01.14).

 

Los cambios en el Partido Demócrata

 

Esta reconversión implicó el distanciamiento de la clase trabajadora blanca hacia el Partido Demócrata. Subrayo blanca, porque la raza juega un papel clave en la vida política en EEUU. El Partido Demócrata había sido el instrumento de las clases populares frente al mundo empresarial representado por el Partido Republicano. Pero el acercamiento del Partido Demócrata al mundo empresarial, diluyó esta relación e identificación de manera tal que las políticas públicas del Partido Demócrata se distanciaron más y más de su intervencionismo con sensibilidad de clase social, orientándose más y más a la integración de los sectores discriminados -minorías y mujeres- en la estructura de poder. De esa manera, las políticas identitarias pasaron a ser las que establecieron los parámetros del conflicto, entre las derechas, en contra de tales políticas y las izquierdas, a favor de ellas. La victoria del Presidente Obama, un afroamericano, era una victoria de estas políticas identitarias. Para culminar su éxito, solo faltaba la victoria de Hillary Clinton, una mujer. Pero tanto la izquierda como la derecha institucional gobernante aplicaron políticas de clase (políticas neoliberales) que afectaron negativamente al bienestar de las clases populares (la mayoría de las cuales pertenecen a la raza blanca), hasta tal punto que la esperanza de vida de la clase trabajadora blanca ha ido disminuyendo como consecuencia de un gran deterioro de su calidad de vida.

Es, pues, lógico y predecible que las clases populares de raza blanca se rebelaran y apoyaran a los candidatos antiestablishment (Bernie Sanders y Donald Trump). Bernie Sanders, socialista, y Trump, un personaje de ultraderecha. En la presentación de la realidad electoral estadounidense se ignora u oculta que la gran mayoría de las encuestas señalaban que Sanders hubiera ganado las elecciones a Trump en el caso de que hubiese ganado las primarias del Partido Demócrata. El establishment del Partido Demócrata, sin embargo, lo destruyó, consiguiendo que no fuese electo en esas primarias, ganando en su lugar Hillary Clinton, la persona que representa el establishment político de Washington, del cual ha sido figura prominente desde que su esposo ganó las elecciones a la Presidencia en el año 1992. Su elección en las primarias del Partido Demócrata dejó a Trump como única alternativa para canalizar el enfado contra el establishment político-mediático.

 

¿Qué está pasando en la Casa Blanca? ¿Una situación crítica debido a un personaje supuestamente temperamental o en conflicto profundo entre las bases del trumpismo y el nuevo establishment constituido por el capital financiero y especulativo?

 

Esta alianza del movimiento antiestablishment (predominantemente de clase trabajadora y clases medias de renta baja) con amplios sectores del capital financiero y especulativo, profundamente contrarios al gobierno federal, se tradujo en una gran diversidad de sensibilidades políticas dentro del equipo Trump en la Casa Blanca, que ha generado una percepción de desorden que, en realidad, era el conflicto entre aquellos que representaban el movimiento antiestablishment liderado por el ideólogo de la altamente exitosa campaña electoral del candidato Trump, Steve Bannon, y los que representaban los intereses del capital financiero, liderados por Gary Cohn, que fue presidente de Goldman Sachs (y que dirige el equipo económico de la Casa Blanca y que es, por cierto, del Partido Demócrata) y el sector inmobiliario (que dirige su yerno Jared Kushner). Ese conflicto se resolvió con la victoria del capital financiero e inmobiliario sobre los representantes del movimiento antiestablishment, cuando Steve Bannon tuvo que salir de la Casa Blanca. Es sintomático que cuando se dio la noticia, la bolsa situada en Wall Street la aplaudiera a rabiar.

Bannon había sido el ideólogo del movimiento que promovió Trump en las primarias, movimiento que tiene una ideología racista y machista extrema, que utiliza una narrativa, un lenguaje y un discurso claramente de clase, denunciando la situación más que preocupante del deterioro del bienestar de la clase trabajadora (y muy en especial del sector manufacturero) que se ha visto afectada muy negativamente por la movilidad de los sectores industriales a otros países, facilitada por los Tratados de Libre Comercio, apoyados tanto por el Partido Demócrata como por el Partido Republicano. El abandono del Partido Demócrata de políticas de sensibilidad de clase a favor de las clases populares, centrándose en su lugar en las políticas de identidad, favoreció el apoyo de las clases populares a la ultraderecha. Bannon lo subrayó explícitamente cuando declaró en una ocasión que la mejor estrategia para su movimiento era que “el Partido Demócrata ponga todo su énfasis en los temas identitarios, y nosotros nos centraremos en los temas económicos de clase”. Como bien decía Gideon Rachman, responsable de asuntos internacionales del Financial Times: “Bannon deseaba que se reproduzca el racismo y la guerra entre las clases populares blancas y el Estado federal, presentado como controlado por los globalistas a nivel internacional y por las minorías a nivel doméstico” (Financial Times, 23.08.17, pag.9). Esta era la visión de Bannon. Para Bannon era importante facilitar que los demócratas se centren en la paridad de raza y género, permitiéndoles a él y al Partido Republicano centrarse en el mejoramiento económico de las clases populares, utilizando para ello un discurso parecido al de “la lucha de clases” de antaño. Y aunque Bannon ha sido expulsado del establishment trumpiano, su ideología permanece popular entre amplios sectores de la clase trabajadora blanca estadounidense.

De ahí que lo que las fuerzas progresistas deberían hacer en EEUU es romper esta dicotomía raza o clase social, para convertirla en raza, género y también clase social. Pero ello requiere un redescubrimiento de la importancia de las categorías de clase social que no se detecta por parte de la dirección del Partido Demócrata. En realidad, tal dirección llegó incluso a acusar al candidato Sanders de “racista” porque, aunque no ignoraba la necesidad de corregir la discriminación de raza, se centraba en temas como la explotación de clase social. Esta relación entre discriminación de raza y género y explotación de clase es esencial para que las izquierdas en EEUU vuelvan a recuperar su poder (y su proyecto histórico). Como ha ocurrido en la mayoría de países europeos, el triunfo de la ultraderecha ha sido precisamente consecuencia del abandono por parte de los partidos de izquierda de su orientación y servicio a las clases populares, acercándose más y más a la clase corporativa (The Corporate Class), estableciendo una complicidad con ella, creándose un vacío que ha llenado la ultraderecha. El caso de Francia, con el gran apoyo a la ultraderecha por parte de la clase trabajadora, es el más significativo pero no es el único en Europa.

 
Por qué el Partido Demócrata tiene un problema grave

 

Es importante señalar que este desplazamiento hacia la derecha de tales partidos, incluido el Partido Demócrata, ha ido acompañado con un cambio en su lenguaje, dejando de hablar de y a la clase trabajadora (que tal Partido asume que ha desaparecido) y hablar de y a las clases medias (que asumen erróneamente que han sustituido a la clase trabajadora). Es muy común oír entre dirigentes de izquierda que la clase trabajadora está desapareciendo objetivamente y/o subjetivamente, al considerarse a sí misma como clase media en lugar de clase trabajadora. Los datos, sin embargo, no avalan tal supuesto. Según la encuesta más detallada de la estructura social de EEUU, The Class Structure of the United States, realizada a principios de este siglo XXI, hay más estadounidenses que se definen clase trabajadora que clase media. Lo que ocurre no es que la clase trabajadora haya desaparecido sino que, desencantada con el sistema político, se ha ido absteniendo, con el resultado de que la mayoría de tal clase no participa en las elecciones, con lo cual, los partidos de izquierda, en lugar de intentar revertir esta abstención (lo cual requeriría unas propuestas electorales más radicales) se centran en las clases medias, compitiendo con los partidos de derecha y de centro para conseguir su respaldo. De ahí surge el apoyo electoral por parte de la clase trabajadora a las ultraderechas que con su mensaje antiestablishment van movilizando a estos sectores populares. En realidad, es muy fácil entender lo que pasa en EEUU y en Europa, aunque raramente se explica en los mayores medios de información y persuasión.

 

La adaptación del discurso de la ultraderecha al discurso que solía ser de izquierdas

 

Un análisis de las ultraderechas, como el candidato y ahora Presidente Trump, muestra que ha copiado bastante el discurso y las propuestas de las izquierdas, tales como la oposición al libre comercio, que tenía muy poco de “libre” y mucho de apoyo a las grandes empresas; su énfasis en una gran inversión en la infraestructura del país (hoy muy en decaída); el rechazo a los programas sociales dirigidos directamente a las poblaciones pobres, sustituyéndolo por programas supuestamente universales; el fin de la confrontación con la antigua Unión Soviética (con el acercamiento entre Trump y Putin, deseado por ambos), entre otros, son ejemplos de ello. Tales propuestas se acompañan de un discurso de confrontación con el establishment federal que se presenta como instrumentalizado por la clase corporativa. Este discurso recuerda componentes del nacionalsocialismo (la manera académica de definir el nazismo) que dominó en la mayoría de países europeos en los años treinta y cuarenta del siglo XX. Esta dimensión supuestamente “socialista” es lo que explica que algunos sectores de la federación de los sindicatos mayoritarios de EEUU, AFL-CIO, hayan aplaudido algunas de las propuestas de la administración Trump, como ha sido la de invertir en la infraestructura del país.

El discurso casi “obrerista” de Trump contrasta, sin embargo, con la manera cómo piensa aplicar sus propuestas, todas ellas profundamente anti-Estado federal. Es este anti-Estado lo que constituye la mayor diferencia entre él y el nazismo, y donde aparecen más claramente los intereses del sector especulativo (no productivo) del capital. Su programa de invertir en la infraestructura del país, por ejemplo, es un enorme subsidio público a las grandes empresas constructoras que recibirán enormes ayudas públicas para el usufructo privado, privatizando, por ejemplo, las carreteras públicas, que pasarán a tener sistemas de peaje de beneficio privado. Esta inversión de un trillón de dólares (que es de un billón de dólares en la contabilidad europea), de la que Trump habla, será financiada a base de bonos privados, subvencionados por el Estado. Sería la privatización más masiva que haya jamás existido en EEUU. Y un tanto igual en cuanto a la posición universal de los servicios sanitarios (que no existe, y que Obama no resolvió con su programa Obamacare de financiación sanitaria). Trump tampoco lo resolverá. En realidad, lo empeorará, al eliminar programas para poblaciones pobres (de las cuales la gran mayoría son blancos), sin expandir los derechos sanitarios de la población, sumamente limitados. Trump reducirá todavía más los derechos sociales, laborales y políticos, garantizados hoy por el gobierno federal, desmantelando el ya muy insuficiente Estado del Bienestar estadounidense. Será, en muchas maneras, el nacionalismo libertario la ideología real detrás de las políticas de Trump, que por cierto, encaja bien con la cultura individualista que está en el centro de la cultura popular en EEUU. Y de ahí su gran atractivo en sectores populares. Ese es el gran drama político que existe hoy en EEUU. Trump, como expresión máxima del americanismo nacionalista libertario, está, mediante un lenguaje obrerista, nacionalista, racista y machista, movilizando a sus bases a fin de mantenerse en el poder. Y todo ello debido al abandono, por parte de las supuestas izquierdas, de los valores de solidaridad y justicia social que las habían caracterizado y que habían generado su gran apoyo electoral hoy desaparecido. Así de claro.

 

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¿Conservadurismo o transformación? El lado izquierdo del feminismo

 

Reflexión crítica de la autora sobre cómo los temas feministas siguen sin hacerse propios en la izquierda a pesar de que ésta se nombre feminista.

 

Sería una obviedad decir que la izquierda europea tiene muchos retos. Lo que habría que acotar en este artículo sería qué considero “izquierda”. Pero como eso va a reducir drásticamente el abanico de personas a quienes dirigirme, voy a incluir de forma deliberada a toda persona que crea en un estado de derecho, en la justicia social, en los servicios públicos y en el reparto de la riqueza, en la no discriminación, etc. Esto, en el siglo XXI, incluye el feminismo, al menos formalmente.

Sabemos que esto es relativamente reciente, solo hay que revisar las fechas, por ejemplo, en las que se implantó el voto femenino en los distintos países europeos, y las posturas de los partidos de izquierda al respecto. Antes y después de esos hitos el feminismo ha librado y sigue librando en los partidos de izquierda una lucha feroz por el reconocimiento de los derechos de las mujeres. Y esta lucha se ha dado en entornos a priori “aliados” de las mujeres.

A priori porque, desde la revolución francesa, lo de igualdad, libertad y fraternidad ha sido un club masculino en el que las mujeres hemos conseguido entrar con sangre, sudor y lágrimas. La frase “lo más parecido a un machista de derechas es un machista de izquierdas” acuñada por el feminismo no es un cliché, es el reflejo más fiel de una realidad que se ha prolongado décadas, tanto a nivel de partidos y organizaciones, como a nivel individual. Es el dudoso honor que se ha ganado a pulso la izquierda tras muchos años de ignorar el machismo y el patriarcado, de ver únicamente la opresión de clase y no la de género. Y no solo de no verla, también de ejercerla. La incansable lucha feminista, junto con una también infatigable labor pedagógica, han ido consiguiendo que el feminismo estuviera en la agenda de la izquierda, y que la conciencia feminista formara parte de su ideología.

Actualmente no hay partido que se considere de izquierda en Europa que no se denomine feminista y que no le de un puesto prioritario en sus programas a la agenda feminista. Y aquí vuelvo a los retos actuales de la izquierda europea. No entra en mi tarea ni conocimientos hacer un análisis político exhaustivo de las tres últimas décadas en Europa, pero todos somos conscientes de que, desde la caída del telón de acero y el fin del comunismo y de la Unión Soviética, el capitalismo en forma de neoliberalismo se ha desperezado y ha ido ganando terreno de forma inexorable.

El estado del bienestar se resquebraja en todo el continente, y para eso no han hecho falta guerras ni cataclismos, solo un plan social muy cuidadoso en el que por tierra, mar y aire (léase tv, prensa, educación, referentes, etc.) se nos vende un individualismo extremo combinado con el consumismo como única forma de vida y aspiración de la misma. Gentes que viven exclusivamente del dinero público nos dicen a todas horas que está feo que nosotros pretendamos lo mismo, que tenemos que cobrar menos, que la sanidad es muy cara, que las pensiones son insostenibles, y que no deberías aspirar a estudiar si no tienes dinero ni eres un genio.

La llamada socialdemocracia europea ha sido la izquierda más permeable a este mensaje, y es evidente cómo lo están pagando en las urnas, con millones de votantes que se han sentido huérfanos de representación. Afortunadamente, siguen quedando muchos ciudadanos que mantienen contra viento y marea una sólida conciencia de izquierda y de derechos sociales, que se siguen resistiendo cual aldea gala al mensaje neoliberal y fundan nuevos partidos, organizan huelgas, defienden la sanidad, la educación y las pensiones, el derecho a la vivienda y la solidaridad. Pero incluso en esos núcleos de maravillosa resistencia, el neoliberalismo ha encontrado el punto débil, la pequeña puerta por la que entrar, y no es otra que el feminismo.

Y lo está haciendo, esencialmente, a través de la prostitución y los vientres de alquiler. Perdón, que no estoy utilizando el neolenguaje y habrá quien se pierda; hablo del trabajo sexual y de la gestación por sustitución. Ahora mejor, ¿verdad? Ahora imaginad conmigo una persona de izquierda, obrera, concienciada y solidaria, que hace huelga frente a la reducción de sus derechos laborales, que apoya la marea blanca, la verde, que sale a la calle por los derechos de las personas refugiadas.

Imaginad que alguien le dijera: mira, hay personas que están dispuestas a trabajar 8 horas por 300 euros al mes, incluso por un plato de comida, y hay muchos empresarios que estarían encantados de tener trabajadores en esas condiciones, deberíamos cambiar la legislación laboral, porque esas personas están en su derecho de querer ser explotadas. ¿Os imagináis la carcajada, la indignación, el discurso sobre la alienación, sobre que el deseo de unos pocos no puede condenarnos a la esclavitud a todos?.

Ahora imaginad que esa persona que ha hecho la propuesta se autoproclama de izquierda y organiza charlas sobre el “trabajo no remunerado” y lo empoderante que es para un obrero decidir si así lo quiere trabajar por nada. ¿Alguien pensaría que es de izquierda?.

Ahora no imaginéis, ahora probad a decirle a esa misma persona de izquierda y concienciada, como he hecho yo, que hay que legalizar los vientres de alquiler porque hay mujeres que quieren gestar niños para otros por un sueldo y porque hay muchas personas que quieren pagar por tener descendencia genética. O decidle que hay que legalizar la prostitución porque hay mujeres que lo hacen de forma voluntaria. Y la respuesta en muchos casos será: bueno, si hay mujeres que quieren hacerlo ...

La explotación, alienación y falta de derechos que se detectan tan fácil y rápidamente en cualquier tema, se evaporan por arte de magia cuando hablamos de los derechos de las mujeres. Da igual que sea un número realmente ínfimo de mujeres el que está dispuesto a gestar altruistamente para otros, se está dispuesto a cambiar por ello la legislación aunque eso suponga poner en riesgo a millones de mujeres en todo el mundo.

Da igual que la trata y la esclavitud sean más del 90% de la realidad de la prostitución, y las desigualdades sociales y la marginación la causa de otro 9,99% “voluntario”. Si hay una sola mujer que quiera hacerlo, ¿por qué habríamos de ponerle trabas? Y ahora mirad alrededor y descubriréis mujeres y hombres que se dicen feministas defendiendo esto en todos los partidos de izquierda, con más o menos éxito.

Este artículo no pretender ser una reflexión en profundidad sobre los vientres de alquiler ni la prostitución, para eso necesitaría libros y documentales enteros, para eso ya están grandes mujeres como Mabel Lozano y como todas las que desde NoSomosVasijas e infinidad de asociaciones feministas ponen en imágenes y negro sobre blanco la realidad de estas viejas formas de explotación.

Porque no os engañéis, lo único novedoso de los vientres de alquiler es la tecnología genética, que las mujeres pobres paran hijos para los ricos es más viejo que el hilo negro.

Y si la explotación de las mujeres no os importa o no sois capaces de verla, si seguís pensando que “si las mujeres quieren hacerlo ...”, pensad al menos que el neoliberalismo no se va a detener en las mujeres, y que después de “El cuento de la criada” vendrán “Los santos inocentes”.

 

Fuente:https://www.elsaltodiario.com/nueva-revolucion/el-lado-izquierdo-del-feminismo

 

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“La izquierda ha perdido la valentía”

Bajo su dirección, Izquierda Unida alcanzó sus mayores éxitos electorales. Alejado ahora de los focos de los grandes medios, Anguita charla acerca de la situación en Cataluña, el futuro de Europa, las carencias y las renuncias de la izquierda en el continente, la oportunidad perdida en Grecia y la inanidad del capitalismo.

 

—¿El procés catalán se explica mejor mirando a la calle, o atendiendo a la torpeza de los despachos políticos?
—Creo que el procés, sobre una base de por lo menos la mitad de la sociedad catalana, más o menos fundamentada, más o menos lógica, ha sido una aventura en principio interesante, pero muy mal llevada. Personalmente, me parece que Carles Puigdemont (el liberal ex presidente catalán) y Alexis Tsipras (el primer ministro griego electo por Syriza, supuestamente de izquierda radical) son las dos caras de una misma moneda, vendedores de humo.


Hay un sentimiento en Cataluña, exacerbado por la posición del Partido Popular, que ha creado muchos independentistas. Es un partido corrupto y que no tiene en la cabeza un proyecto. Es incapaz de plantear qué va a ser de la juventud española y cómo vamos a salir de esta situación. Ellos simplemente están medrando, y la respuesta a eso ha hecho que mucha gente haya creído en el proyecto independentista como una alternativa viable. Yo creo que de esto debe aprender la gente, a partir de ahora debemos movilizarnos, eso para mí sigue siendo fundamental, pero con la cabeza muy bien puesta. No pueden ser engañados, ni en un sentido ni en otro, por gente que los ha abandonado. Exactamente igual que hizo Tsipras con su gente.


—¿Tiene sentido hablar de monarquía en una federación?
—No tiene sentido hablar de monarquía en plena democracia. Monarquía y democracia son dos conceptos antitéticos. La actual monarquía española se ha pringado, y mucho, en contra de la auténtica democracia. El rey Juan Carlos vino de la mano de un dictador, y su hijo Felipe ya ha tomado una serie de decisiones en sus intervenciones públicas que lo sitúan con lo más reaccionario de la política española.
En España con la monarquía no tenemos nada que hacer, otro asunto es cómo conseguir que el rey abdique. Eso implica una correlación de fuerzas y seriedad en las formaciones políticas de la oposición, y yo no las veo, no saben quién es su enemigo, están dando vueltas y vueltas, pero carecen del valor suficiente para explicarles la situación actual a la gente y a su propia militancia.


—¿Adoctrina, el Estado español?
—Totalmente. El Estado español adoctrina, como adoctrina la Iglesia Católica. Pues claro que adoctrinan, no solamente adoctrinan sino que crean redes clientelares en las que el adoctrinamiento consiste en el reparto del botín. Ese es el mayor de los adoctrinamientos en la más pura mafia. Están dando clases de robo.


—¿Existe la posibilidad de cambiar realmente la estructura del poder dentro del actual marco constitucional?
—El marco constitucional tiene que ser superado a través de una cosa que yo llamo ruptura secuenciada, es decir, una ruptura que se va produciendo mediante pequeñas rupturas. Una ruptura total, súbita, no es posible, salvo que ocurra algo que no queremos. El actual marco no es solamente un marco legal, yo distingo entre Constitución material y Constitución formal. La Constitución material, los que deciden realmente si la Constitución se aplica o no, esos tienen que ser superados, deben ser desalojados democráticamente, puesto que con ellos no hay nada que hacer. Antes de hablar de la Constitución hay que crear un constituyente que los vaya dejando fuera del terreno de juego.


—¿En España se respetan plenamente la libertad y la pluralidad de información?
—No, en la medida en que las empresas periodísticas dependen cada vez más de los bancos, los préstamos, los ayuntamientos, diputaciones, gobiernos centrales y autonómicos...
La información ha entrado de lleno en la economía de mercado, vende mercancías y, como tales vendedores de mercancías, (los medios) están sujetos a las oligarquías que los protegen, les dan dinero o se lo quitan. Es decir, cuando ellos anteponen en su oficio la libertad de mercado están yendo contra la libertad informativa, escriben porque tienen que comer, pero operan simplemente en la directriz que les marca el poder.


—¿Está siendo valiente la izquierda en la actualidad?
—La izquierda en estos momentos carece del valor necesario para decirle al pueblo español quién es el enemigo, quién es el adversario y cuál es la situación. Hay temas en los que la izquierda no quiere entrar, entre ellos la Unión Europea. Hay que decirle a nuestro pueblo que hasta que no se rompa esa cadena no vamos a ningún sitio. Otra cosa es que, como dicen algunas personas de la izquierda, no nos podemos ir mañana. Eso es otra cosa, pero sí vamos a preparar con tiempo la manera de irnos.


Se carece de ese valor, creo que se carece también de valor para decirle a la gente que esto no se soluciona simplemente con que la gente nos vote. Llevamos demasiado tiempo diciéndole a la gente que nos vote para que solucionemos esto, y hay que decirles que no lo podemos arreglar si ellos no se mojan. Este es el mensaje que yo echo de menos por parte de la izquierda. Ocultan, tapan, no quieren asustar a nadie... En este momento no es izquierda, son buena gente que intenta cambiar algo las cosas, pero no enfrentan a la población al drama al que estamos asistiendo.


—¿Existe un proyecto claro en la izquierda española?
—Resulta necesario un proceso constituyente en España. El constituyente, o sea, el pueblo, que está diseminado, que está dividido en fracciones políticas, debe tomar fuerza y constituirse en creador de un constituido que haga una nueva Constitución. Pero no sucede, no sucede porque para ello las fuerzas políticas que ahora mismo están en el poder deberían cambiar radicalmente la forma de hacer política. Deberían hacer posible que sus militantes se comprometiesen, deberían dejar la política del twiteo y del mensaje corto, y comenzar a lanzar un proceso de discurso rotundo pero animoso, dirigirse a las fuerzas sociales con una propuesta clara. Nuestro país está muy mal, la juventud no tiene ningún futuro.


—¿La izquierda debe seguir mirando al Partido Socialista (Psoe) en busca de respuestas?
—Eso es una desgracia. Diría que se trata de una tragedia griega. El Psoe no tiene nada que ver ya con la izquierda. Hace ya décadas que no es la izquierda, es simplemente una especie de marca blanca de la derecha. Si en un barco la oficialidad lleva la nave a un puerto que no deseamos, por más que la marinería no quiera ir, mientras obedezca a los capitanes, el barco va.
Por tanto, aunque digan aquello de que en el Psoe hay mucha gente de izquierdas, eso para mí es totalmente irrelevante. No sirve para nada mientras esos militantes sigan manteniendo a sus dirigentes.


—¿Julio Anguita hubiese facilitado el gobierno al Psoe de Pedro Sánchez?
—(Risas.) No. En todo caso hubiese hablado con Pedro Sánchez para explicarle los problemas que yo podía encarar y exponerle en qué puntos yo podía ceder, pero con un programa de cambio de verdad y tomándole la palabra. Seguir insistiendo en una moción de censura contra el Partido Popular es francamente perder estúpidamente el tiempo.


—¿La corrupción deslegitima al Partido Popular?
—El Partido Popular está deslegitimado ante la ética, la honradez, la honestidad, el buen hacer... pero está legitimado ante una parte nada despreciable de la población española.
Esto es muy duro, y sé que no va a gustar, pero es verdad. Franco, militante cuartelero de banderas; Franco, defensor de la Iglesia Católica; Franco, “No pienses porque no hay que pensar”; Franco, protector de la corrupción: eso estaba ya en una parte del pueblo español desde hace más de un siglo. Franco simplemente lo apañó, le llamó Movimiento Nacional y fue tirando. Sólo así se explica la cantidad de gente que fue a ver el cadáver de Franco cuando murió.


El Partido Popular representa perfectamente a esa parte de la sociedad española. Es su manifestación más acabada y más perfecta, así que mientras esa parte de la sociedad española siga pensando así y la otra se lo consienta, el PP seguirá siendo el mejor representante del gobierno que pueda haber. ¿Por qué? Porque este es un país donde han gobernado los ladrones, no hay más que mirar desde la etapa franquista hasta ahora.


—¿Considera suficiente el “pacto de Estado” contra la violencia machista?
—Voy a ser muy duro en esto, lo primero que haría falta sería remover jueces de sus sillones, porque son francamente machistas, aparte de profundamente reac-cionarios. La carrera judicial está llena de ellos, fiscales y un largo etcétera.


Después haría falta un poder público que pudiese colocar unas penas durísimas, sí, endurecer las penas y las medidas precautorias. A partir de eso: escuela pública, totalmente laica, donde se estableciese una línea de valores, donde no hubiese tregua y se fuese inmisericorde con las actitudes machistas.


Es más, cuando en los institutos hay una parte mínima, por ahora, de la juventud que tiene actitudes machistas, ahí debe actuar la autoridad pública y decirle a la familia que o eso se corrige o vamos a ver qué pasa, es decir, en nuestro país en ciertas cosas hace falta un cirujano de hierro. No estoy hablando de cárceles, estoy hablando de medidas democráticas duras, porque nos estamos jugando el futuro de mucha gente.


—¿La precarización de amplios sectores de la sociedad española supone una consecuencia temporal de la crisis o, por el contrario, se consolidará como una realidad permanente?
—Creo que se autoalimentan, porque es una consecuencia de la crisis, pero es necesaria. Marx ya planteó aquello del ejército industrial de reserva, es decir, los que no tienen nada se venden porque tienen la manía de comer.


Hoy se están consintiendo cosas graves. Hablando con un sindicalista, hace poco, le comentaba: “Mira, si yo a ti te hubiera dicho hace 25 o 20 años lo que está pasando, tú me pegas. Pues ya está llegando”. Ante esto yo siempre digo: “Ustedes, sindicatos, ¿cuánto han tenido que ver en esto?”. Se han degradado las relaciones laborales en la medida en que se ha introducido la idea de que el mercado es el creador de riqueza. Pues no, el mercado es la manera que tienen los ricos para saquear a los pobres, y lo estamos viendo, no tenemos más que observar los últimos datos económicos.


—¿Resulta necesario repensar el sindicalismo español?
—El sindicalismo fue una organización necesaria, y sigue siéndolo, para defender los intereses inmediatos de los trabajadores. Lo que pasa es que la defensa de los intereses inmediatos de los trabajadores no es ajena a la defensa de los intereses estratégicos de la clase trabajadora. No hay ninguna contradicción entre los intereses inmediatos y los intereses estratégicos, pero cierto sindicalismo ha defendido los intereses inmediatos, entrando en una estrategia que no es la del movimiento obrero.


Así nos encontramos con huelgas que no se han tenido en cuenta como una forma de lucha, sino como mero espectáculo para presionar al poder; reivindicaciones que en algunos momentos han carecido de la conexión necesaria con la política. Los sindicatos se han refugiado en el apoliticismo y esa ha sido su muerte, quitar la política como referencia ideológica. Ellos mismos se han matado en el momento en el que renunciaron a beber de la ideología.


—¿En España tiene más poder la banca que la ciudadanía?
—Totalmente, eso es obvio. La banca es la que realmente gobierna en este país. Le han entregado todo lo que había que entregarle. Para mí en estos momentos la banca española es un sindicato formado por intereses inconfesables que ha entrado en su país para depredarlo. Lo hace de una manera impune y ya ni siquiera se esfuerza por disimularlo. Se creen tocados por el dedo de la historia y lo hacen ya a cara descubierta.


—¿Existen presos políticos en España?
—En un sentido escrupuloso, no, pero en un sentido amplio, sí. Son presos políticos los sindicalistas que no se benefician de amnistías y cumplen penas por su lucha, son presos políticos todos aquellos a los que se les aplican penas durísimas por cuestiones que no tienen nada que ver con los grandes delitos y, si me lo preguntas por lo que ha ocurrido en Cataluña, yo diría que son políticos presos y están presos por ser políticos.

—¿Y en Venezuela?
—No niego que hayan metido a gente en la cárcel durante todo este proceso, pero por la información que yo tengo son golpistas, delincuentes, ladrones comunes... Desde luego, no parece que haya otro tipo de presos políticos, porque no lo han podido demostrar. Los únicos que han venido aquí a ser amamantados son auténticos golpistas. Yo en mi país, sin embargo, sí puedo mostrarles presos políticos.


—¿Es compatible el capitalismo con los derechos humanos?
—Imposible. Los derechos humanos son incompatibles con el capitalismo, son el agua y el fuego.


—¿En Grecia se perdió la oportunidad de cambiar Europa?
—Sí, se perdió. No porque Europa tuviese una fuerza mayor, que, por cierto, los griegos estuvieron muy solos. Salvo ir a los mitines del compañero Tsipras, las demás fuerzas de izquierda se inhibieron. La izquierda no apoyó de verdad a Grecia, y después estuvo esa desgracia llamada Alexis Tsipras, que creo que engañó y estafó a su pueblo, porque cuando tú convocas un referéndum debes tener ya las medidas preparadas, y si, a pesar de eso, tu pueblo, jugándosela, vota a tu favor, tú tienes que estar al frente de tu pueblo, te guste o no. Para mí Tsipras en ese aspecto ha defraudado y lo considero un tanto traidor a los suyos.


—¿Tiene futuro la actual Unión Europea?
—Ninguno. Lo que pasa es que no se vislumbra una alternativa. Esto es una casa que se cae, pero no veo albañiles que estén levantando otra. Pero ahora dile tú a esta clase política formada por el PP, el Psoe y también bastantes personas de izquierda que todo eso que han ido montando es una puta mierda y que se les va. No lo pueden asumir, pero se les va. Por otra parte, los que somos críticos no hemos sabido ir montando las bases de un proyecto paneuropeo; y así estamos, una casa que se cae y los demás a la intemperie. Vuelvo a lo del principio, no hemos tenido el valor de decirle a nuestra gente dónde está el problema, y como no hemos tenido ese valor porque la UE no se puede tocar, pues seguimos teniendo una casa ruinosa.


—¿Cuál debería ser la política migratoria de Europa?
—En este asunto me he puesto muchas veces en el papel de gobernante, sabiendo que llegan miles y miles de personas y que habrá un momento en que eso tenga que dosificarse por mera estabilidad de los propios. Eso se dosifica si la Unión Europea comienza por cortar la correa de beneficios a los dictadores que están en sus propios países. Por eso yo, como gobernante de España, ya hubiese dicho a la Unión Europea que es corresponsable de todo esto que está sucediendo.


Tras eso, hubiese admitido un cupo de gente hasta unos límites en los que no se pusiese en peligro la estabilidad de los míos. No sé cuántos miles sería eso, lo desconozco, no sé si doscientos mil, un millón... no lo sé, pero en un momento dado tendría que decir que aquí se cierra, también lo tengo que decir. No podemos admitir una avalancha continua; pero cambiando las reglas económicas, sabiendo que hay que atender a esa población y pudiendo ofrecerle puestos de trabajo, esos son números que habría que calcular.


—¿Se siente decepcionado con la política?
—Con esta sí; con la política con mayúsculas, lo que yo entiendo como política, no. Las soluciones que se han dado en el mundo han sido siempre todas políticas, todas.


Hoy se va a las instituciones y, al llegar: “Pues, ya he llegado”. Eso es ir ya vencido. Las instituciones no son neutras. Además están hechas por la historia, por la historia de la derecha. Las instituciones son fundamentalmente de derechas. Entonces, uno tiene que saber en dónde está entrando, pero eso no se sabe. Se creen que al llegar nosotros ya podemos disponer de los mecanismos, pero están los funcionarios, la cuestión económica, los supuestos aliados que piden su parte en el pastel en lugar de intentar cambiar las cosas... La política hoy en día es esa, llegar y formar parte del reparto del pastel.


—¿Un comunista debe pedir perdón por algo?
—Hombre, nosotros tenemos que pedir perdón por nuestros errores y decirlo claramente. Eso sí, con la espada levantada, no vaya a ser que existan tentaciones de juzgarnos y debamos exigir entonces a la Iglesia Católica que se someta también a juicio, al sistema capitalista, a la derecha; bueno, la derecha ya con las calderas del infierno preparadas.


Claro que debemos pedir perdón. Yo lo pediría por los errores que se hayan podido cometer en nombre del comunismo; pero, claro, con un ojo bien abierto, porque quiero ver a los demás someterse a ese mismo juicio. A la primera que quisiera ver sería a la Iglesia Católica, por los inmensos crímenes cometidos contra la inteligencia y los cuerpos de tantos humanos. A partir de eso, claro que lo digo, nosotros también hemos cometido muchos errores.


Mucha gente me llama tramposo por no denunciar, por ejemplo, los errores de Fidel Castro. Pues claro que sí, seguro que los cometió; pero entonces los estadounidenses, hablemos claro, cuando tiraron la bomba atómica cometieron un crimen masivo como el que se produjo en Auschwitz.


(Tomado de El Salto, por convenio. Brecha reproduce fragmentos. El título y el copete son de Brecha.)

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Sábado, 06 Enero 2018 08:44

Ser de izquierda en tiempos sombríos

Ser de izquierda en tiempos sombríos

 

Los tiempos sombríos presentan desafíos para la izquierda. ¿Cómo seguir adelante ante tan brutales retrocesos? ¿Cómo imaginarse un futuro de esperanza ante tanta desesperanza? ¿Cómo mantener los principios ante tantas renuncias, tantos oportunismos, tantos silencios cómplices?

Los tiempos de reveses, de brutal ofensiva de la derecha, son propicios para el pesimismo y el catastrofismo, pero también para el oportunismo, el silencio y la pasividad cómplices.

La izquierda nunca luchó en favor de la corriente. Nació para oponerse a la injusticia, a la opresión, a las discriminaciones. Nació para luchar por el derecho de todos, por la igualdad, por la justicia.

La izquierda lucha de acuerdo con sus principios, para conquistar convenciendo a la mayoría de la población de sus valores y de sus propuestas. La izquierda está siempre del lado de quien lucha por ña igualdad, mientras la derecha considera que la desigualdad es algo natural, incluso positivo.

En el Brasil del siglo XXI la izquierda se impuso cuando consiguió convencer a la mayoría de los brasileños de que el problema fundamental del país era la extrema desigualdad, la concentración de la riqueza, la pobreza, la miseria, la exclusión social. Convenció y probó que es posible superar esos problemas, con el apoyo de la mayoría de la población, con el apoyo activo y entusiasta del pueblo brasileño.

Dio comienzo a la construcción de una sociedad con bases distintas. Avanzó, incluso sin haber conseguido resolver problemas estructurales, de lo que se sirvió la derecha para retomar la iniciativa e imponer un duro revés a la izquierda.

Ser de izquierdas en tiempos difíciles es saber valorar los avances y los límites que bloquearon la posibilidad de dar continuidad a esos avances. Es hacer balances autocríticos sin detenerse y, al mismo tiempo, retomar la lucha a partir de lo conquistado y apuntando hacia nuevos objetivos.

Hay quien se caracteriza por ser un enfermizo enterrador de la izquierda. Parece que se complacen con los reveses, igual que estaban a disgusto con los avances por vías que ellos no habían previsto. No son ellos quienes hacen historia Únicamente se lamentan de que la historia no transite por las sendas que a ellos les gustaría.

El militante de izquierda no es un francotirador que en un momento dado opina en un sentido y al momento siguiente en el sentido contrario. El militante participa de un proyecto colectivo de transformación de la realidad.

Es militante de un partido, de un movimiento popular, de un colectivo, del que forma parte.

Ser de izquierda en tiempos sombríos es saber vislumbrar, más allá de las nieblas del presente, las nuevas luces del futuro. Es trabajar con tenacidad por ese nuevo camino. Es aprender del pasado para sacar lecciones del presente, proyectando el futuro.

Ser de izquierda en tiempos sombríos requiere fuerza de principios y capacidad de comprensión de la nueva realidad, pero también requiere carácter.

Dos mil 18, más que otros años, pondrá a prueba nuestro carácter de militantes de izquierda. Sabremos afrontar los desafíos, como sea que se presenten, para superar los tiempos sombríos y retomar los caminos de la esperanza.

 

Traducido del portugués para Rebelión por Alfredo Iglesias Diéguez

 

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Domingo, 24 Diciembre 2017 06:57

Lucha de clases, a izquierda y derecha

Lucha de clases, a izquierda y derecha

 

A veces, la mejor manera de apreciar una noticia es leerla junto con otra noticia, solo esa confrontación nos permite discernir qué es lo que está en juego en un debate. Tomemos las reacciones a un texto incisivo: en el verano de 2017, David Wallace-Wells publicó el ensayo Tierra inhabitable que de inmediato se convirtió en una leyenda. Describe clara y sistemáticamente todas las amenazas a nuestra supervivencia, desde el calentamiento global hasta la perspectiva de un billón de refugiados climáticos, y las guerras y el caos que todo esto causará.

En lugar de centrarse en las reacciones predecibles a este texto (acusaciones de alarmismo, etc.), uno debería leerlo junto con dos hechos relacionados con la situación que describe. En primer lugar, está, por supuesto, la firme negación de Trump de las amenazas ecológicas; luego, está el hecho obsceno de que multimillonarios (y millonarios) que apoyan a Trump se están preparando para el apocalipsis invirtiendo en lujosos refugios subterráneos donde podrán sobrevivir aislados por hasta un año, provistos de vegetales frescos, gimnasios, etc.

Otro ejemplo es un texto de Bernie Sanders (foto) y una noticia en los medios sobre él. Recientemente, Sanders escribió un comentario incisivo sobre el presupuesto republicano donde el título lo dice todo: “El presupuesto republicano es un regalo para los multimillonarios: es Robin Hood al revés”. El texto está claramente escrito, lleno de hechos convincentes y observaciones agudas. ¿Por qué no encontró más eco?

Deberíamos leerlo junto con el informe de los medios sobre la indignación que estalló cuando Sanders fue anunciado como un orador de apertura en la próxima Convención de Mujeres en Detroit. Los críticos afirmaron que era malo permitir que Sanders, un hombre, hablara en una convención dedicada al avance político de las mujeres. No importaba que él iba a ser solo uno de los dos hombres entre los 60 conferencistas, sin oradores transgénero (aquí la diferencia sexual de repente fue aceptada como no problemática ...). Al acecho bajo esta indignación estaba, por supuesto, la reacción del ala Clinton del Partido Demócrata a Sanders: su malestar con la crítica izquierdista de Sanders al capitalismo global de hoy. Cuando Sanders enfatiza los problemas económicos, es acusado de reduccionismo de clase “vulgar”, mientras que nadie se molesta cuando los líderes de las grandes corporaciones apoyan a LGBT + ...

Entonces, ¿debemos concluir de todo esto que nuestra tarea es derrocar a Trump lo más pronto posible? Cuando Dan Quayle, no exactamente famoso por su alto coeficiente intelectual, era vicepresidente de Bush Senior, corría la broma de que el FBI tenía una orden secreta sobre qué hacer si Bush moría: matar a Quayle inmediatamente. Esperemos que el FBI tenga la misma orden para Pence en el caso de la muerte de Trump o su juicio político - Pence es, en todo caso, mucho peor que Trump, un verdadero conservador cristiano. Lo que hace que el movimiento Trump sea mínimamente interesante son sus inconsistencias, recuerde que Steve Bannon no solo se opone al plan fiscal de Trump, sino que aboga abiertamente por aumentar los impuestos a los ricos hasta un 40 por ciento, y argumenta que ahorrar dinero público es “socialismo para los ricos” ... seguramente no es algo que a Pence le gusta escuchar.

Steve Bannon recientemente declaró la guerra, ¿pero contra quién? No contra los demócratas de Wall Street, no contra los intelectuales liberales o cualquier otro sospechoso habitual, sino contra el propio establishment del Partido Republicano. Después de que Trump lo despidiera de la Casa Blanca, está luchando por la misión de Trump en su estado más puro, incluso si a veces es contra Trump, no olvidemos que básicamente Trump está destruyendo al Partido Republicano. Bannon tiene como objetivo liderar una revuelta populista de las personas desfavorecidas contra las élites: está tomando el mensaje de Trump del gobierno por y para la gente más literalmente de lo que el propio Trump se atreve a hacer. Para decirlo sin rodeos, Bannon es como SA con respecto a Hitler, la parte populista de clase baja que Trump tendrá que deshacerse (o neutralizar al menos) para ser aceptado por el establecimiento y funcionar sin problemas como jefe de estado. Es por eso que Bannon vale su peso en oro: es un recordatorio permanente del antagonismo que atraviesa el Partido Republicano.

La primera conclusión que estamos obligados a extraer de esta extraña situación es que la lucha de clases ha vuelto como el principal factor determinante de nuestra vida política, un factor determinante en el buen sentido marxista de “determinación en última instancia”: incluso si lo que está en juego parece ser totalmente diferente, desde crisis humanitarias hasta amenazas ecológicas, la lucha de clases acecha en el fondo y arroja su ominosa sombra.

La segunda conclusión es que la lucha de clases cada vez menos directamente se traslada a la lucha entre los partidos políticos, y cada vez más a una lucha que tiene lugar dentro de cada gran partido político. En Estados Unidos, la lucha de clases atraviesa el Partido Republicano (el establishment del Partido contra los populistas tipo Bannon) y en todo el Partido Demócrata (el ala Clinton versus el movimiento Sanders). Por supuesto, nunca deberíamos olvidarnos de que Bannon es el modelo de la derecha alternativa mientras que Clinton apoya muchas causas progresivas como las luchas contra el racismo y el sexismo. Sin embargo, al mismo tiempo, nunca debemos olvidar que la lucha LGBT + también puede ser tomada por el liberalismo dominante contra el “esencialismo de clase” de la izquierda.

La tercera conclusión se refiere a la estrategia de la izquierda en esta compleja situación. Si bien cualquier pacto entre Sanders y Bannon queda excluido por razones obvias, un elemento clave de la estrategia de la izquierda debería ser explotar despiadadamente la división en el campo enemigo y luchar por los seguidores de Bannon. Para abreviar, no hay victoria de la izquierda sin la amplia alianza de todas las fuerzas anti establishment. Uno nunca debe olvidar que nuestro verdadero enemigo es el establishment capitalista global y no la nueva derecha populista que es meramente una reacción a sus impasses.

 

* Filósofo y crítico cultural. Su última obra es Porque no saben lo que hacen (Akal) y Antígona (Akal).

Traducción: C. Doyhambéhère.

 

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Una crítica libertaria de la izquierda del capitalismo

 

La proletarización del intelectual casi nunca genera un proletario. ¿Por qué? Porque la clase burguesa, bajo la forma de la educación, le impartió desde la infancia un medio de producción que –sobre la base del privilegio educativo– hace que el intelectual sea solidario con dicha clase, y en una medida acaso mayor, hace que esta clase sea solidaria con él. Tal solidaridad puede pasar a un segundo plano, e incluso descomponerse; pero casi siempre sigue siendo lo bastante fuerte como para impedir que el intelectual esté siempre listo para actuar, o sea, para excluirlo estrictamente de la vida en el frente de batalla que lleva el verdadero proletario
 
Walter Benjamín, Reseña de “Los Empleados”,

 

de Siegfried Krakauer

El capital ha proletarizado al mundo y a la vez ha suprimido visiblemente las clases. Si los antagonismos han quedado subsumidos e integrados y ya no hay lucha de clases, entonces no hay clases. No hay clases rebeldes, ni tampoco sindicatos en el sentido genuino del término. En efecto, si el escándalo de la separación social entre poseedores y desposeídos, entre dirigentes y dirigidos, entre explotadores y explotados, ha dejado de ser la fuente principal de conflicto social y las escasas luchas que se originan transcurren siempre dentro del sistema sin cuestionarlo jamás, eso es porque no hay clases en lucha, sino masas a la deriva. Los sindicatos y los partidos “obreros”, la carcasa de una clase disuelta, persiguen otro objetivo: el mantener la ficción de un mercado laboral regulado y de una política socialista. Hoy en día el obrero es la base del capital, no su negación. Éste a través de la tecnología se adueña de cualquier actividad y su principio estructura toda la sociedad: realiza el trabajo, transforma el mundo en mundo tecnológico de trabajadores consumidores, trabajadores equipados con artefactos técnicos que viven para consumir. Fin de una clase obrera aparte, exterior y opuesta al capital, con sus propios valores; tecnificación, generalización del trabajo asalariado y adhesión a los valores mercantiles. Genocidio cultural y fin también de la polarización abrupta de las clases en el capitalismo. La sociedad no se divide en un 1% de elite financiera que decide y un 99% de masas inocentes y uniformes sin poder de decisión. Las masas se hallan terriblemente fragmentadas, jerarquizadas y comprometidas de grado o por fuerza con el sistema; sus fragmentos intermedios, cada vez más numerosos, enfermos de prudencia, desempeñan un papel esencial en la complicidad. La división entre oligarquías dirigentes por un lado y masas excluidas por el otro queda amortiguada con un amplio colchón de clases medias (middle class), una categoría social diferenciada, con sus propios intereses y su propia conciencia “ciudadana”. Las clases medias son al capitalismo de consumo, a la sociedad del espectáculo, lo que la clase obrera fue para la utopía socialista y la sociedad de clases. Las clases medias modernas no se corresponden con la antigua pequeña burguesía, sino con las capas de asalariados diplomados ligados al trabajo improductivo. Han nacido con la racionalización, la especialización y burocratización del régimen capitalista, alcanzando dimensiones considerables gracias a la terciarización progresiva de la economía (y de la tecnología que la hizo posible). Son los estudiantes de antaño: ejecutivos, expertos, cuellos blancos y funcionarios. Cuando la economía funciona dichas clases son pragmáticas, luego partidarias en bloque del orden establecido, o sea, de la partitocracia. Denominamos partitocracia al régimen político adoptado habitualmente por el capitalismo. Es el gobierno autoritario de las cúpulas de los partidos (sin separación de poderes), nacido de un desarrollo constitucional regresivo (que suprime derechos), y constituye la forma política más moderna que reviste la dominación oligárquica. El Estado partitocrático determina de alguna forma la existencia privada de las clases en cuestión. El divorcio entre lo público y lo privado es lo que dio lugar a la burocracia administrativo-política, parte esencial de estas clases. Por su situación particular, las clases medias son dadas a contemplar el mercado desde el Estado: lo ven como mediador entre la razón económica y la sociedad civil, o mejor, entre los intereses privados y el interés público, que es así como consideran su interés “de clase”. Igual que la antigua burguesía, sólo que ésta contemplaba el Estado desde el mercado. Sin embargo, Estado y mercado son las dos caras de un mismo dios –de una misma abstracción– por lo que desempeñan el mismo papel. En condiciones favorables, las que permiten un consumismo abundante, las clases medias no están politizadas, pero la crisis, al separar el Estado partitocrático del Estado del bienestar consumidor, determina su politización. Entonces de su seno surgen pensadores, analistas, partidos y coaliciones hablando en nombre de toda la sociedad, teniéndose por su representación más auténtica.

Nos encontramos inmersos en una crisis que no sólo es económica sino total. Se manifiesta tanto en el plano estructural en la imposibilidad de una sobrecapacidad productiva y un crecimiento suficiente, como en el plano territorial con los efectos destructores de la industrialización generalizada. Tanto en el plano material, como en el moral. Sus consecuencias son la multiplicación de las desigualdades, la exclusión, la degradación psíquica, la contaminación, el cambio climático, las políticas de austeridad y el aumento del control social. En la fase de globalización (cuando ya no existe clase obrera en el sentido histórico de la expresión) se ha producido de forma muy visible un divorcio entre los profesionales de la política y las masas que la padecen, que se acentúa cuando la crisis alcanza y empobrece a las clases medias, la base sumisa de la partitocracia. La crisis considerada sólo bajo su aspecto político es una crisis del sistema tradicional de partidos, y por descontado, del bipartidismo. La corrupción, el amiguismo, la prevaricación, el despilfarro y la malversación de fondos públicos resultan escandalosos no porque se hayan institucionalizado y formen parte de la administración, sino porque el paro, la precariedad, los recortes presupuestarios, las bajadas salariales y la subida de impuestos afectan a dichas clases. Las clases medias carecerán de pudor, serán indiferentes a la verdad, pero son conscientes de sus intereses, puestos en peligro por la clase política tradicional. Entonces, los viejos partidos ya no bastan para garantizar la estabilidad de la partitocracia. En los países del sur de Europa la ideología ciudadanista refleja perfectamente esa reacción desairada de las clases susodichas. Contrariamente al viejo proletariado que planteaba la cuestión en términos sociales, los partidos y alianzas ciudadanistas la plantean exclusivamente en términos políticos. Se dirigen a un nuevo sujeto, la ciudadanía, conjunto abstracto de individuos con derecho a voto. En consecuencia, consideran la democracia, es decir, el sistema parlamentario de partidos, como un imperativo categórico, y la delegación, como una especie de premisa fundamental. Así pues, el vocabulario progresista y democrático de la dominación es el que mejor corresponde a su universo mental e ideológico. Hablan en representación de una clase universal evanescente, la ciudadanía, cuya misión consistiría en cambiar con la papeleta una democracia de mala calidad por una democracia buena, “de la gente”. Así pues, el ciudadanismo es un democratismo legitimista que reproduce tópico por tópico al liberalismo burgués de antaño y con mucho alarde trata de correrlo hacia la izquierda. La crema fundadora de los nuevos partidos ciudadanistas proviene del estalinismo y del izquierdismo; para ella la palabrería democrática equivale a una actualización de las viejas cantinelas autoritarias y vanguardistas de corte leninista, que todavía asoman como actos fallidos en la prosodia verbal de algunos dirigentes. Formalmente pues, se sitúa en la izquierda del sistema. Claro, ya que es la izquierda del capitalismo.

La mayoría de los nuevos partidos y alianzas, dirigidos principalmente por profesores, economistas y abogados que, inspirándose en el cambio de rumbo de la izquierda populista latinoamericana y griega, o lo que viene a ser lo mismo, identificando las instituciones tal cuales como el principal escenario de la transformación social, trasladan a los consistorios y parlamentos las energías que antes se disipaban en las fábricas, en los barrios y en la calle. En realidad tratan de cambiar una casta burocrática mala por otra supuestamente buena a través de comicios y posteriores componendas, algo en lo que siempre habían fracasado el neoestalinismo y el izquierdismo. Aspiran a convertirse en la nueva socialdemocracia –para el caso ibérico, bien constitucionalista o bien separatista–. Todo depende de los votos. La revolución ciudadanista empieza y termina en las urnas. Las reformas dependen exclusivamente de la aritmética parlamentaria, o sea, de la gobernabilidad institucional, algo que tiene que ver más con la predisposición a los pactos de la socialdemocracia vieja o del estalinismo renovado. Se han de conseguir nuevas mayorías políticas “de cambio” para asegurar la “gobernanza”, ya que nadie desea una ruptura social, ni siquiera los que persiguen una ruptura nacional, sino una “democracia de las personas”: una partitocracia más atenta con sus creyentes. La desmovilización, el oportunismo y la rápida burocratización que ha seguido a las diversas campañas electorales demuestran que los agitadores de la víspera se vuelven gestores responsables a la hora de instalarse en las instituciones. El resto de los mortales han de conformarse con ser espectadores pasivos del juego mezquino de la política con sus representaciones gestuales de cara a la galería, puesto que la actividad institucional ha eliminado precisamente del escenario a “las personas”. El espectáculo político es un poderoso mecanismo de dispersión.

La derecha del capital ha venido apostando por la desregulación del mercado laboral y por la tecnología, generando más problemas que los que pretendía resolver. Por el contrario, imitando el modelo desarrollista latinoamericano, la izquierda del capital apuesta en cambio por el Estado, ya que en periodos de expansión económica mundial, con el precio de las materias primas por las nubes, podía desviarse parte de las ganancias privadas hacia políticas sociales, y en periodos de recesión podía evitarse que las masas asalariadas, y sobre todo las clases medias, soportaran todo el coste de la crisis: algo de neokeynesianismo en el cocido neoliberal. De ahí viene una cierta verborrea patriótica anti Merkel o anti troika, pero no antimercado: se quiere un Estado social soberano “en el marco de la Unión Europea”, es decir, bien avenido con las finanzas mundiales. Aunque la crisis no pueda superarse, puesto que es “una depresión de larga duración y alcance global” según dicen los expertos, la reconstrucción del Estado como asistente y mediador quiere demostrar que se puede trabajar para los mercados desde la izquierda. Y especialmente para el mercado que explota la materia prima “sol, playa y discoteca”, el petróleo de acá. Es más, los partidos ciudadanistas se creen en estos momentos los más cualificados para dejar las incineradoras en su sitio, respetar la privatización de la sanidad, imponer recortes y cobrar nuevos impuestos. Para los ciudadanistas el Estado es tan sólo el instrumento con el que tratar de maquillar las contradicciones generadas por la globalización, no el arma encargada de abolirla. La preservación del Estado y no el fin del capitalismo es pues la prioridad máxima de los nuevos partidos, de ahí que su estrategia de asalto a las instituciones, ridículo sucedáneo de la toma del poder leninista, se apoye sobre todo en los electores conformistas y resignados decepcionados con los partidos de siempre y subsidiariamente, en los movimientos sociales manipulados. Por desgracia, los abogados y los militantes con propensión a convertirse en vedettes han conseguido monopolizar la palabra en la mayoría, neutralizando así todo lo que estos movimientos podían tener de antiautoritario y subversivo. La actividad institucional promueve una lectura reformista de las reivindicaciones colectivas y anula cualquier iniciativa moderada o radical de la base.

En definitiva, el ciudadanismo no trata de cambiar la sociedad sino de administrar el capitalismo –dentro de la eurozona– con el menor gasto y también con la menor represión posible para las clases medias y sus apoyos populares. Intenta demostrar que una vía alternativa de acumulación capitalista es posible y que el rescate de las personas (el acceso al estatuto de consumidor) es tan importante como el rescate de la banca, es decir, que el sacrificio de dichas clases no solamente no es necesario, sino que es contraproducente: no habrá desarrollo ni mundialización sin ellas. Quiere aumentar el nivel de consumo popular y volver al crédito a mansalva, no transformar de arriba abajo la estructura productiva y financiera. Por consiguiente, apela a la eficacia y al realismo, no al decrecimiento, los cambios bruscos y las revoluciones. El diálogo, el voto y el pacto son las armas ciudadanistas, no las movilizaciones, las ocupaciones o las huelgas generales. Pocos son los ciudadanistas que se han significado en una lucha social. Lo que quieren es un diálogo directo con el poder fáctico, y con “las personas” un diálogo virtual-mediático. Las clases medias son más que nada clases pacíficas y conectadas al espacio virtual: su identidad queda determinada por el miedo, el espectáculo y la red. En estado puro, o sea, no contaminadas por capas más permeables al racismo o la xenofobia tales como los agricultores endeudados, los obreros desclasados y los jubilados asustados, no quieren más que un cambio tranquilo y pausado, desde dentro, hacia lo mismo de siempre. En absoluto desean la construcción colectiva de un modo de vida libre sobre las ruinas del capitalismo. Por otra parte, en estos tiempos de reconversión económica, de extractivismo y de austeridad, hay poco margen de maniobra para reformas, por lo que los partidos ciudadanistas “en el poder” han de contentarse con actos institucionales simbólicos, de una repercusión mediática perfectamente calculada. En la coyuntura actual, el nacionalismo resulta de gran ayuda, al ser una mina inagotable de poses. Las burocracias ciudadanistas dependen de la coyuntura mundial, del mercado en suma, y éste no les es favorable ni lo será en el futuro. En definitiva, sus gestos rompedores ante las cámaras han de esconder su falta de resultados cuanto más tiempo mejor, a la espera o más bien temiendo la formación de otras fuerzas, antiespectáculo, anticapitalistas o simplemente antiglobalizadoras, más decididas en un sentido (un totalitarismo mucho más duro) o en otro (la revolución).

El capitalismo declina pero su declive no se percibe igual en todas partes. No se ha considerado la crisis como múltiple: financiera, demográfica, urbana, emocional, ecológica y social. Ni se tiene en cuenta que fenómenos tan diversos como la egolatría post moderna, el nacionalismo y las guerras periféricas son responsabilidad de la mundialización capitalista. En el sur de Europa la crisis se interpreta como un desmantelamiento del “Estado del bienestar” y un problema político. En el norte, con el Estado del bienestar aún mal que bien en pie, tiende a tomarse como una invasión musulmana y una amenaza terrorista, o sea, como un problema de fronteras y de seguridad. Todo depende pues del color, la nacionalidad y la religión de los asalariados pobres (working poor), de los inmigrantes y de los refugiados. La división internacional del trabajo concentra la actividad financiera en el norte europeo y relega el sur al rango de una extensa zona residencial y turística. Por eso el sur es mayoritariamente europeísta y opuesto a la austeridad; su prosperidad depende del “bienestar” consumista norteño. El norte es todo lo contrario; su prosperidad y buena conciencia “democrática” dependen de la eficacia sureña en el control de los pasos fronterizos y de las aguas mediterráneas. La reacción mesocrática es contradictoria, pues por una parte la ilusión de reforma y apertura domina, pero, por la otra, se impone el modo de vida industrial en burbuja y la necesidad de un control absoluto de la población, lo que a la postre significa un estado de excepción “en defensa de la democracia”. A eso Bataille, Breton y otros llamaron “nacionalismo del miedo”. Las mismas clases que votan a los ciudadanistas en un sitio, votan a la extrema derecha en el otro. Los libertarios –los amantes de la libertad entendida como participación directa en la cosa pública– han de entender esto como propio de la naturaleza ambivalente de dichas clases, que se dejan arrastrar por la situación inmediata. Han de denunciar este estado de cosas e intentar construir movimientos de protesta autónomos en el terreno social y cotidiano “a defender”. Pero si las condiciones objetivas para tales tareas están dadas, las subjetivas brillan por su ausencia. Hoy por hoy, las clases medias llevan la iniciativa y los ciudadanistas la voz cantante. No abunda la determinación de usar la inteligencia y la razón sin dejarse influir por los tópicos característicos del ciudadanismo. La abstención podría ser un primer paso para marcar distancias. No obstante, la perspectiva política solamente se superará mediante una transformación radical –o mejor una vuelta a los comienzos– en el modo de pensar, en la forma de actuar y en la manera de vivir, apoyándose aquellas relaciones extra-mercado que el capitalismo no haya podido destruir o cuyo recuerdo no haya sido borrado. Asimismo mediante un retorno a lo sólido y coherente en el modo de pensar: la crítica de la concepción burguesa posmoderna del mundo es más urgente que nunca, pues no es concebible un escape del capitalismo con la conciencia colonizada por los valores de su dominación. La necesaria desaculturación (desalienación) que destruya todas las identidades de guardarropía (tal como las llama Bauman) que nos ofrece el sistema, así como todos los disfraces deconstructivos del individualismo castrado, ha de cuestionar seriamente cualquier fetiche del reino de la mercancía: el parlamentarismo, el Estado, la “máquina deseante”, la idea de progreso, el desarrollismo, el espectáculo... pero no para elaborar las correspondientes versiones “antifascistas” o “nacionales”. No se trata de fabricar una teoría única con respuestas y fórmulas para todo, una especie de moderno socialismo de cátedra, ni de anunciar la epifanía de una insurrección que nunca acaba de llegar. Tampoco se trata de forjar una entelequia (pueblo fuerte, clase proletaria, nación) que justifique un modelo organizativo arqueomilitante y vanguardista, claramente reformista, ni mucho menos de regresar literalmente al pasado sino, insistimos, de lo que se trata es de salirse de la mentalidad y la realidad del capitalismo inspirándose en el ejemplo histórico de experiencias convivenciales no capitalistas. La obra revolucionaria tiene mucho de restauración, por eso es necesario redescubrir el pasado, no para volver a él, sino para tomar conciencia de todo el acervo cultural y toda la vitalidad comunitaria sacrificadas por la barbarie industrial. El olvido es la barbarie.

Es verdad que las luchas anticapitalistas aún son débiles y a menudo recuperadas, pero si aguantan firme y rebasan el ámbito local, a poco que el desarreglo logre aniquilar políticamente a las clases medias, pueden echar abajo la vía institucional junto con el modo de vida dependiente que la sostiene. No obstante, la crisis en sí misma conduce a la ruina, no a la liberación, a menos que la exclusión se dignifique y tales fuerzas concentren un poder suficiente al margen de las instituciones. La crisis todavía es una crisis a medias. El sistema ha tropezado sobradamente con sus límites internos (estancamiento económico, restricción del crédito, acumulación insuficiente, descenso de la tasa de ganancia), pero no lo bastante con sus límites externos (energéticos, ecológicos, culturales, sociales). Hace falta una crisis más profunda que acelere la dinámica de desintegración, vuelva inviable el sistema y propulse fuerzas nuevas capaces de rehacer el tejido social con maneras fraternales, de acuerdo con reglas no mercantiles (como en Grecia), amén de articular una defensa eficaz (como en Rojava o en Oaxaca). La estrategia actual de la revolución (el uso de la exclusión y las luchas en función de un objetivo superior) ha de apuntar –tanto en la construcción cotidiana de alternativas como en la pelea diaria– hacia la erosión de cualquier autoridad institucional, la agudización de los antagonismos y la formación de una comunidad arraigada, autónoma, consciente y combativa, con sus medios de defensa preparados.

Los libertarios no desean sobrevivir en un capitalismo inhumano con rostro democrático y todavía menos bajo una dictadura en nombre de la libertad. No persiguen fines distintos a los de las masas rebeldes, por lo tanto no deberían organizarse por su cuenta dentro o fuera de las luchas. Se han de limitar a hacer visibles las contradicciones sociales confrontando sus ideas con las nuevas condiciones de dominación capitalista. No reconocen como principio básico de la sociedad un contrato social cualquiera, ni la lucha de todos contra todos o la insurrección permanente; tampoco pretenden basar ésta en la tradición, el progreso, la religión, la nación, la naturaleza, el yo o la nada. Pelean por una nueva sociedad histórica libre de separaciones, mediaciones alienantes y trabas, sin instituciones que planeen por encima, sin dirigentes, sin trabajo-mercancía, sin mercado, sin egos narcisistas y sin clases. Y asimismo sin profesionales de la anarquía. El proletariado existe por culpa de la división entre trabajo manual y trabajo intelectual. Igual pasa con las conurbaciones, fruto de la separación absurda entre campo y ciudad. Ambos dejarán de existir con el fin de las separaciones.

El comunismo libertario es un sistema social caracterizado por la propiedad comunal de los recursos y estructurado por la solidaridad o ayuda mutua en tanto que correlación esencial. Allí, el trabajo –colectivo o individual– nunca pierde su forma natural en provecho de una forma abstracta y fantasmal. La producción no se separa de la necesidad y sus residuos se reciclan. Las tecnologías se aceptan mientras no alteren el funcionamiento igualitario y solidario de la sociedad, ni reduzcan la libertad de los individuos y colectivos. Conducen a la división del trabajo, pero si ésta debiera producirse por causa mayor, nunca sería permanente. Al final, iría en detrimento de la autonomía. La estabilidad va por delante del crecimiento, y el equilibrio territorial por delante de la producción. Las relaciones entre los individuos son siempre directas, no mediadas por la mercancía, por lo que todas las instituciones que derivan de ellas son igualmente directas, tanto en lo que afecta a las formas como a los contenidos. Las instituciones parten de la sociedad y no se separan de ella. Una sociedad autogestionada no tiene necesidad de empleados y funcionarios puesto que lo público no está separado de lo privado. Ha de dejar la complicación a un lado y simplificarse. Una sociedad libre es una sociedad fraternal, horizontal y equilibrada, y por consiguiente, desestatizada, desindustrializada, desurbanizada y antipatriarcal. En ella el territorio recobrará su importancia perdida, pues contrariamente a la actual, en la que reina el desarraigo, será una sociedad llena de raíces.

 

1-Charla en la Cimade, Béziers (Francia), 29 enero 2016.

 

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Martes, 07 Noviembre 2017 07:01

Las rendijas por donde se cuela la historia

Las rendijas por donde se cuela la historia

 

El capitalismo en su actual tiempo de concentración se propone subsumir todo en la lógica de sus operaciones megaconectadas. Las distintas narraciones políticas que no acompañen esta marcha incesante e ilimitada cada vez encontrarán más obstáculos para resolver su existencia. Por ello, es habitual ver que a políticos que –en otros tiempos– se los hubiera reconocido de entrada en su nulidad evidente, ahora se les concede a los mismos, una inteligencia especial en sus distintos modos de acumular poder. Hay ciertos intelectuales que tienen un gusto especial por dotar de una agudeza singular a distintos presidentes claramente mediocres, se llamen Mauricio Macri, Mariano Rajoy, etc. En realidad, es atribuir a los políticos y al sentido que ponen en juego la “astucia” especifica de los dispositivos neoliberales, los cuales sí disponen de un gran capacidad para construir narraciones perfectamente preparadas para la reproducción del poder.

El propósito del neoliberalismo es que los proyectos transformadores y emancipatorios queden relegados a parques temáticos testimoniales o que encarnen una realidad amenazante y caótica. Pero esto varía según las coyunturas.

Si los proyectos emancipatorios quieren llegar a las mayorías, como las mismas están ya intervenidas mediáticamente, xes muy difícil que puedan transmitir su discurso. A su vez, si sólo se entregan al cálculo electoral y prescinden de su legado ético y político pierden su filo cortante, su verdad y su razón de ser. En estos casos no que hay más remedio que asumir la apuesta sin garantías, una elección forzada, que revela que la izquierda se define por ser una fuerza, que a diferencia de otras, siempre habita el límite de su propia dispersión, la derecha en este punto siempre se preserva , con su inercia constitutiva, de estas encrucijadas.

En una situación semejante y dado que la partida se juega en el terreno del Otro neoliberal es muy determinante poder pensar en el acto instituyente, en su lógica discursiva y en el sujeto que fuera capaz de sostenerlo. Ya no habrá insurrección ni corte revolucionario ni ruptura con la realidad constituida. Pero sí rendijas por donde se cuele la historia, la memoria, y aquellos recursos donde un nuevo sujeto se articule a una sensibilidad colectiva distinta al circuito del desprecio por lo humano propio del neoliberalismo. La articulación de estas sensibilidades que, en determinadas encrucijadas, encuentran un deseo que las relanza a un proyecto, es la tarea mayor de una izquierda que no se deje seducir ni por el parque temático, ni por la tribu testimonial.

 

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Caminata performática- Sexto Foro de la Asociación de Revistas Culturales Independientes de Argentina (ARECIA)

 

Una parte de la izquierda, la que se focaliza en la conquista de este Estado, sueña con hacerse con el control de los grandes medios. Mira hacia ellos, los critica con justa saña porque son mecanismos de dominación, pero a la vez pretende desalojar a sus gestores para ocupar el sillón de mando.

No se cuestionan que si algún día consiguen el objetivo, habrá un puñado de megamedios controlados por gente “buena”, que por su propia estructura estarán alejados de los sectores populares aunque les abran sus puertas a los de abajo. Esos grandes medios son afines al capitalismo independientemente de quienes los gestione, porque para existir necesitan tantos recursos que sólo apelando al Estado y al capital pueden sobrevivir.

Algunos de estos medios abren sus puertas a los dirigentes de los movimientos populares. Folha de Sao Paulo, por ejemplo, permite que en sus columnas de opinión escriban intelectuales de izquierda y hasta algún dirigente de movimientos como Guilherme Boulos del MTST (Movimiento de Trabajadores Sin Techo). Creo que está bien escribir en los medios del “enemigo”, pero sabiendo que eso tiene un elevado costo: en Brasil casi no existen medios alternativos e independientes.

En Argentina, por el contrario, donde los medios oligopólicos son muy cerrados y donde los trabajadores han protagonizado decenas de insurrecciones y puebladas (la clase obrera argentina fue la más combativa del mundo en el siglo XX), existe una larga tradición de medios en manos de movimientos y colectivos de abajo.

Desde el fin de la dictadura militar hubo tres mil radios comunitarias agrupadas muchas de ellas en FARCO (Foro Argentino de Radios Comunitarias). Pero el enorme salto se produjo en torno a la insurrección del 19 y 20 de diciembre de 2001, cuando los de abajo tomaron el destino de sus vidas en sus manos desplazando del poder a los corruptos neoliberales bajo el lema “Que se vayan todos”.

Fue el acta de nacimiento de infinidad de movimientos y de una correntada de medios comunicación independientes. A fines de setiembre se realizó el 6º Foro de la Asociación de Revistas Culturales Independientes de Argentina (ARECIA), que reunió medios de todo el país para analizar la situación del sector y trazar estrategias.

La asociación realizó un nuevo censo que actualiza los datos del anterior (en https://desinformemonos.org/periodismo-sin-patron/), con datos fuertes: son 200 revistas en papel y digitales que generan trabajo para 1.500 personas y cuentan con 7 millones de lectores.

Una de las acciones del foro fue una “caminata performática” hasta Plaza de Mayo, donde reclamaron una ley de fomento para evitar que los costos de los medios los paguen los y las lectoras. Luego realizaron un debate sobre la cobertura mediática de la desaparición de Santiago Maldonado. La Revista Cítrica fue el primer medio que viajó al lugar de los hechos y publicó, de forma exclusiva, el testimonio de la comunidad sobre lo que sucedió durante la represión, según la crónica de lavaca.org. “Los medios autogestivos conseguimos que el caso Santiago Maldonado fuera agenda. Fuimos directo a la fuente y contamos lo que había pasado”, dijo Maximiliano Goldshmidt que fue el primer periodista en llegar a la zona mapuche.

El movimiento de revistas culturales autogestionadas tiene su propia página (http://revistasculturales.org/), donde el manifiesto del 6º Foro. “Detrás de nuestras revistas hay mucho más que una publicación: organización”, porque detrás de ellas hay centros sociales, cooperativas de trabajo y organizaciones sociales. Aseguran que la heterogeneidad y el contenido diferenciado permiten llegar a más lectores.

Hay revistas que venden 200 mil ejemplares, como Humor, y otras locales que apenas superan los 200, pero todas hablan en pie de igualdad en la asociación porque se saben perteneciendo a un mismo sector. En cuanto a las temáticas, hay una diversidad enorme.

De los datos anteriores se desprenden tres cuestiones. Una, que la comunicación “otra” ya no es marginal. Allí donde ha sido censada, llega a casi al 20% de la población. La segunda es que ya es capaz de instalar temas en la agenda, que ya no es posible informarse de ciertas cuestiones sin relacionarse con estos medios alternativos.

La tercera es la más importante. Conforman un tipo de sociedad “otra”, diferente al capitalismo, integrada por medios dispersos que rehúyen crear un mando central unificado (Televisa o el partido), porque de ese modo reproducen su identidad básica: cientos de pequeños medios controlados por sus trabajadores y los usuarios. De algún modo, reproducen el mundo indio comunitario, no como modelo sino como inspiración.

 

 

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La posizquierda latinoamericana: gaznápiros de derecha

 

Son muchas las izquierdas, o al menos quienes se definen de ella, marxista, radical, socialista, antimperialista, anticapitalista. Tan heterogénea definición, hace ambiguo el concepto. El origen político del término lo encontramos en la Revolución Francesa; aludía a una distribución cardinal entre jacobinos y girondinos en la sala de sesiones de la asamblea. Los primeros, a la izquierda, contaban con el apoyo de las clases populares, defensores del voto universal y la república, los segundos, lo hacían a la derecha, fieles aliados de la nobleza, monárquicos y partidarios del voto censitario.

A medida que el desarrollo del capitalismo dio lugar a nuevas clases sociales, el concepto se adscribió al programa político de los partidos obreros y la clase trabajadora. Por contra, la derecha fue adjudicada a la burguesía, aglutinada en sus partidos de clase, empresarios y banqueros. Los límites eran explícitos. Podían surgir muchas izquierdas, pero con un común denominador: la lucha contra la explotación capitalista. En esta definición cabían anarquistas, anarcosindicalistas, socialistas, comunistas y los primeros socialdemócratas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la refundación de la socialdemocracia, declaradamente anticomunista, dejó sin efecto la línea divisoria entre capitalismo y socialismo. La caída de la URSS y el fin la guerra fría produjo una hecatombe. El edificio se derrumbó y el concepto de izquierda, vetusto, sometido a múltiples tensiones, se hizo añicos. Sin embargo, las discrepancias se hicieron notorias durante el estalinismo, y posteriormente con las invasiones a Hungría y Checoslovaquia. La emergencia de los países no alineados y los movimientos de liberación nacional habían fracturado el movimiento comunista internacional y la izquierda. El resultado fue la emergencia de una primera nueva izquierda. Respuesta al llamado imperialismo soviético. La polémica chino-soviética añadió más leña al fuego. Los movimientos populares se distanciaron del bloque soviético, volvieron más compleja la definición y problematizaron el significado del concepto. Aun así, ser de izquierdas suponía una concepción del mundo alternativa al capitalismo en todas sus formas. Un movimiento heterogéneo con distintas sensibilidades, muchas veces enfrentadas y, por qué no decirlo, contradictorias. Maoístas, trotskistas, leninistas, partidarios de la lucha armada, insurreccionales, foquistas, terceristas, coexistían en su seno.

¿Pero tenían algo en común la vieja y la nueva izquierda? En primer lugar, definían estrategias para la toma del poder político, y en segundo lugar mantenían el eje de lucha anticapitalista. Las distancias venían de la política de alianzas, la caracterización de las formaciones sociales, los análisis de coyuntura. Baste recordar la polémica subdesarrollo-revolución, la caracterización de las dictaduras militares o el debate sobre los modos de producción. Pero también estos acuerdos y desencuentros se fueron diluyendo con la caída del muro de Berlín. El sentimiento de derrota y la sensación de orfandad, pasó factura en los años 90 del siglo pasado. Así, apareció por segunda vez, otra nueva izquierda, esta vez condescendiente con el capitalismo, centrándose las críticas, en un rechazo al neoliberalismo. La crítica se centró en contraponer Hayek a Keynes. Esta retórica caló profundamente, hasta identificar izquierda con la adopción de políticas progresistas y en defensa del estado keynesiano. La explotación capitalista se diluyó, desapareciendo del horizonte ideológico-político hasta perderse en el limbo y con ello se introdujo un nuevo debate, el fin de la contradicción derecha-izquierda. La novísima, nueva izquierda, levó anclas, hasta romper con su apelativo de izquierda, considerándolo un lastre para ganar elecciones y disputar el poder a la sí, nueva derecha. La dualidad izquierda-derecha se trasformó en progresistas y neoliberales y la tercera vía emergió como una defensa del capitalismo con rostro humano.

Las doctrinas neoliberales y la ideología de la globalización propusieron otro escenario, modificaron la agenda, al tiempo que se difuminan las relaciones de explotación capitalista. La frustración ante el embate del neoliberalismo modificó el centro de gravedad del debate. Lentamente, el eje derecha-izquierda fue cuestionado, al tiempo que la contradicción capitalismo-socialismo se resolvía, para el bloque occidental, en un triunfo aplastante del primero. Ya no había alternativa, sólo alternancia en la gestión de lo público y las políticas sociales complementarias a la globalización. Se habló del advenimiento de la economía de mercado, no de capitalismo. El tsunami neoliberal parecía llevarse consigo la izquierda, la derecha, la explotación y sus representantes políticos. Frente al pasado, el futuro. El discurso poniendo en cuestión la existencia de las clases sociales, derivó en una renuncia a ser identificado como izquierda. Ni de derechas ni de izquierdas. Ni dominado, ni explotado, ni dominador, ni explotador, ni burgués, ni trabajador, ni campesino, ni latifundista, ni pobre ni rico, nada de nada. Eso sí, emprendedores y empoderados. El sí se puede y la idea de vivir un mundo donde la alternativa a la pobreza, el hambre y la explotación y la justicia social se traduce en convertirse en empresario de sí mismo, posibilita la emergencia de los nuevos partidos de la posizquierda, los cuales renuncian a ser izquierda, al considerar que la lucha anticapitalista ya no tiene sentido. Gaznápiros, que bien reza el diccionario, sujetos palurdos, torpes, que se quedan embobados con cualquier cosa. Es decir, con la economía de mercado y su retórica. El resto es irrelevante.

 

 

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Sábado, 30 Septiembre 2017 07:12

Catalunya, lo urgente y lo importante

Catalunya, lo urgente y lo importante

 

El referéndum de Catalunya del próximo domingo formará parte de la historia de Europa y ciertamente por las peores razones. No voy a abordar aquí las cuestiones de fondo que, según las diferentes perspectivas, pueden leerse como cuestión histórica, cuestión territorial, cuestión de colonialismo interno o como una cuestión más amplia de autodeterminación. Son las cuestiones más importantes sin las cuales no se comprenden los problemas actuales. Sobre ellas tengo una modesta opinión. Es una opinión que muchos considerarán irrelevante porque, siendo portugués, tengo tendencia a tener una solidaridad especial con Catalunya. En el mismo año en que Portugal se liberó de los Felipes, 1640, Catalunya fracasó en los mismos intentos. Por supuesto que Portugal era un caso muy diferente, un país independiente hace más de cuatro siglos y con un imperio que se extendía por todos los continentes. Pero, a pesar de ello, había cierta afinidad en los objetivos y, además, la victoria de Portugal y el fracaso de Catalunya están más relacionados de lo que se puede pensar. Tal vez sea bueno recordar que la Corona española solo reconoció la “declaración unilateral de independencia” de Portugal veintiséis años después.

Sucede que, siendo estas las cuestiones más importantes, lamentablemente en este momento no son las más urgentes. Las cuestiones más urgentes son las cuestiones de la legalidad y la democracia. Me ocupo aquí de ellas por ser del interés de todos los demócratas de Europa y del mundo. Tal como fue decretado, el referéndum es ilegal a la luz de la Constitución vigente del Estado español y, como tal, en una democracia, no puede tener ningún efecto jurídico. Por sí mismo no puede decidir si el futuro de Catalunya está dentro o fuera España. Podemos tiene razón al declarar que no acepta una declaración unilateral de independencia. Pero la complejidad emerge cuando se reduce la relación entre lo jurídico y lo político a esta interpretación.

En las sociedades capitalistas y profundamente asimétricas en que vivimos, siempre hay más de una lectura posible de las relaciones entre lo jurídico y lo político. La oposición entre ellas es lo que distingue una posición de izquierda de una posición de derecha frente a la declaración unilateral de independencia. Una posición de izquierda sobre las relaciones entre lo jurídico y lo político, entre la ley y la democracia, se basa en los siguientes supuestos.

Primero: la relación entre ley y democracia es dialéctica y no mecánica. Mucho de lo que consideramos legalidad democrática en un determinado momento histórico empezó por ser ilegalidad como aspiración a una mejor y más amplia democracia. Hay, pues, que dar mucha atención a los procesos políticos en toda su dinámica y amplitud y nunca reducirlos a su coincidencia con la ley del momento.

Segundo: los gobiernos de derecha, sobretodo de la derecha neoliberal, no tienen ninguna legitimidad democrática para declararse defensores de la ley, dado que sus prácticas se asientan en violaciones sistemáticas de la ley. No hablo de la corrupción endémica. Hablo, por ejemplo, de la Ley de Memoria Histórica, de los Estatutos de autonomía en lo que se refiere a la financiación e inversión pactada con las Comunidades Autónomas, del cumplimiento fáctico de derechos reconocidos constitucionalmente, como el derecho a la vivienda, del recurso a políticas de excepción sin previa declaración constitucional. En estas condiciones la apelación del gobierno neoliberal al Estado de derecho es siempre una apelación disfrazada a un Estado de derechas. La izquierda debe cuidarse de no tener la menor complicidad con esta concepción oportunista de la ley.

Tercero: la desobediencia civil y política es un patrimonio inalienable de la izquierda. Sin ella, por ejemplo, no habría sido posible hace unos años el movimiento de los indignados y las perturbaciones que causó en el orden público. Desde la izquierda, la desobediencia debe ser igualmente juzgada dialécticamente, no por lo que es ahora, sino como una inversión en un futuro mejor. Este juicio sobre el futuro debe ser hecho no solamente por los que desobedecen (normalmente pagan un precio alto por ello), sino también por todos los que podrán beneficiarse de ese futuro mejor. O sea, la pregunta es si del acto de desobediencia se puede deducir con gran probabilidad que su dinámica es conducir a una comunidad política más democrática y más justa en su conjunto y no solamente para los que desobedecen.

Cuarto: el referéndum de Catalunya configura un acto de desobediencia civil y política y, como tal, no puede tener directamente los efectos políticos que se propone. Pero esto no quiere decir que no pueda tener otros efectos políticos legítimos e incluso que pueda ser la condición sine qua non para que los efectos políticos pretendidos se obtengan en el futuro mediante futuras mediaciones políticas y jurídicas. El movimiento de los indignados no logró realizar sus propósitos de “¡democracia real ya!”, pero no cabe duda de que, gracias a él, España es hoy un país más democrático. La emergencia de Podemos, de otros partidos de izquierda autonómica y de las mareas ciudadanas son, entre otras, prueba de eso mismo.

A partir de estos presupuestos, una posición de izquierda sobre el referéndum de Catalunya podría consistir en lo siguiente. En primer lugar, declarar inequívocamente que el referéndum es ilegal y que no puede producir los efectos que se propone (declaración hecha). En segundo lugar, declarar que ello no impide que el referéndum sea un acto legítimo de desobediencia y que, aun sin tener efectos jurídicos, el pueblo de Catalunya tiene todo el derecho a manifestarse libremente en el referéndum (declaración omitida). Y que esta manifestación constituye en sí misma un acto político democrático de gran transcendencia en las actuales circunstancias.

La segunda declaración sería la que realmente distingue una posición de izquierda de una posición de derecha. Y tendría las siguientes implicaciones. La izquierda denunciaría al Gobierno español en las instancias europeas y lo demandaría judicialmente ante los tribunales europeos por violar la Constitución al aplicar medidas de estado de excepción sin pasar por su declaración legal. La izquierda sabe que la complicidad de Bruselas con el Gobierno español se debe exclusivamente al hecho de que España está gobernada en estos momentos por un gobierno de derecha neoliberal. Y también sabe que defender la ley sin más es moralista y sin ningún efecto, pues, como afirmé arriba, bien sabemos que la derecha neoliberal (como la que está ahora en el poder en España) solo respeta la ley (y la democracia) cuando sirve a sus intereses. La izquierda social y política se organizaría para viajar en masa y desde todas las regiones del Estado español a Catalunya el domingo para apoyar presencialmente en las calles y plazas a los catalanes en el ejercicio pacífico de su referéndum y ser testigo presencial de la eventual violencia represiva del Gobierno español. Buscaría la solidaridad de todos los partidos de izquierda de Europa, invitándolos a viajar a Barcelona y a ser observadores informales del referéndum y de la violencia, en caso de que esta se produjera. Se manifestaría pacífica e indignadamente (repito, indignadamente) por el derecho de los catalanes a un acto público pacífico y democrático. Documentaría minuciosamente y presentaría queja judicial de todos los actos de violencia represiva. Si el referéndum resultara violentamente impedido, quedaría claro que lo habría sido sin ninguna complicidad de la izquierda.

Al día siguiente del referéndum, cualquiera que fuera el resultado, la izquierda estaría en una posición privilegiada para tener un papel único en la discusión política que se seguiría. ¿Independencia? ¿Más autonomía? ¿Estado federal plurinacional? ¿Estado libre asociado distinto de la caricatura que trágicamente representa Puerto Rico? Todas las posiciones estarían sobre la mesa y los catalanes sabrían que no necesitarían las fuerzas de derecha locales, que históricamente siempre se coludieron con el gobierno central contra las clases populares de Catalunya, para hacer valer la posición que la mayoría entendiera ser mejor. Es decir, los catalanes, los europeos y los demócratas del mundo conocerían entonces una nueva posibilidad de ser de izquierda en una sociedad democrática plurinacional. Sería una contribución de los pueblos y naciones de España a la democratización de la democracia en todo el mundo.

 

Traducción: Antoni Aguiló.

 

 

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