¿A quién le conviene la Ley Lleras 6.0?

Multinacionales de la cultura y de otros órdenes, atacan de nuevo, ahora con la pretendida Ley Lleras 6.0. Al filo de quedar todos como criminales, restringidos en nuestras necesidades de saber, conocer y compartir sin necesidad de estar mediados por patentes y semejantes, todo ello para que le abran la puerta a Colombia en la Ocde.

 

El ingreso a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, Ocde, es uno de los sueños del presidente Santos. Sin embargo, las normas que la Ocde establece para convertirse en socio del denominado “club de los ricos”, favorecen a las potencias económicas garantizándoles mercados y normatividad en los países débiles. Con este propósito y en primer lugar, Colombia debe cumplir una serie de recomendaciones incluidas en el Plan Nacional de Desarrollo. Ya se tomaron medidas como la Ley Zidres que garantiza la entrega de tierras a las multinacionales y al gran capital. Otra es la exigencia de sacar al gobierno de las juntas de las empresas del Estado; con este fin, el gobierno ha pedido plazo para retirarse del Banco de la República y de otras entidades. En materia de empleo y seguridad social se propone la eliminación del salario mínimo y la reforma pensional.

 

Continuando con las exigencias, y en un acto que solo puede ser clasificado como chantaje, el 14 de febrero el jefe comercial de E.U. le envió una carta a la Ministra del Comercio de Colombia, María Lorena Gutiérrez, poniendo como condición tres normas para que E.U. apruebe el ingreso del país a la Ocde: en primer lugar, eliminar el sistema de chatarrización de camiones, golpeando a los pequeños y medianos camioneros. Como segundo punto, se intenta impedir que Colombia reduzca los precios de algunos medicamentos. Y como tercera obligación, exigen la aprobación de la última versión de la denominada Ley Lleras, donde se revisan los conceptos sobre derechos de autor y libertad de acceso en las redes.

 

A pesar del hundimiento en el Congreso colombiano de la quinta versión, el pasado 21 de marzo, el gobierno insiste en su propósito de cumplir las exigencias americanas y reintroduce la última versión denominada Ley Lleras 6.0. El origen de este proyecto proviene de un compromiso de Colombia a partir de la entrada en vigencia del TLC con Estados Unidos y en un marco internacional en el que las grandes potencias, en razón del gigantesco desarrollo de sus “industrias culturales”, han multiplicado ganancias a costa de la privatización de la cultura y del control absoluto de los “mercados culturales”. La Ley Lleras inicial (así bautizada por el nombre de su proponente, Germán Vargas Lleras) y sus subsiguientes versiones, va mucho más allá que la Digital Millenium Copyright Act de E.U, norma que protege excesivamente a las multinacionales del entretenimiento y atenta contra el derecho a la información, a la cultura y a la búsqueda del conocimiento.

 

El TLC es una herramienta comercial, y por eso la actualización de las normas sobre el derecho de autor funciona más para los titulares de los derechos y para las empresas. En contraposición al derecho francés, donde el derecho de autor pertenece al creador, en los TLC lo enmarcan dentro del concepto anglosajón del copyright, donde los comercializadores son quienes se apropian de las obras. Dentro de este “novedoso” concepto de propiedad, donde los negociantes son quienes se benefician del conocimiento y del patrimonio intelectual de la humanidad, convirtiéndolos en el terreno de lucro de unos pocos, el proyecto de Ley Lleras 6.0 propone ampliar en veinte años el período de su dominio público para las personas jurídicas (de 50 a 70 años).

 

Marcela Palacio, abogada y autora del libro “Derecho de autor, tecnología y educación para el Siglo XXI”, dice que de entrada “Esta Ley es mucho más dura de lo que incluso requiere el TLC”. La 6.0 tiene implicaciones que van más allá de los compromisos del TLC con E.U. y está vinculada a los requisitos del posible ingreso en la Ocde. La 6.0 modifica substancialmente todo lo relacionado con las Medidas Tecnológicas de Protección, MTP, lo cual representa importantes riesgos para la sociedad, pues limita el uso justo el conocimiento.

 

Las MTP, para salvaguardar materiales u obras protegidas y derechos de autor, pueden dividirse en dos categorías: medidas de acceso y de uso. El TLC se refiere solo a aquellas de acceso (y plantea excepciones). En la nueva Ley se incluyen ambas, a diferencia de Estados Unidos, donde no se castiga la violación de medidas de uso pues se considera que el consumidor puede practicar el “fare use” (uso justo), lo cual permite utilizar el potencial que ofrece la tecnología. Tampoco contempla la posibilidad de implementar el “fair dealing” (transacción justa), o un sistema de flexibilización para la sociedad de la información.

 

No se consagra un sistema para las “Obras huérfanas” (obras protegidas por derechos de autor, cuyo responsable, el autor o titular, no se puede identificar o localizar) que cobije realmente las necesidades de los archivos, centros de documentación, bibliotecas, o de cualquier individuo. Adicionalmente, no se ocupa de las obras no publicadas y restringe ampliamente los usos que se permite de ellas.

 

La Ley aprueba su uso por parte de personas jurídicas y no incluye a las naturales, lo que conlleva a la pérdida del patrimonio y a su acceso. La Nación renuncia a su derecho de propiedad y el de los creadores sobre el conocimiento, adjudicándoselo en propiedad exclusiva a los comercializadores.

 

En la Ley no son respetados los derechos de los discapacitados al no contemplar las necesidades particulares de este grupo poblacional que serán incluidas en el “Tratado de Marrakesh”.

 

Como parte de los compromisos adquiridos en el TLC, se reforma el marco legal del derecho de autor, y se contemplan penas que van desde multas y hasta la prisión entre 4 y 8 años, penalizando las conductas cotidianas del contexto digital y científico. Los estudiantes, profesores, investigadores, científicos y artistas, son tratados como criminales al usar para su trabajo el conocimiento, el cual queda convertido en propiedad de las grandes empresas. La piratería comercial no es paragonable al uso del patrimonio intelectual de la humanidad para fines investigativos, pedagógicos o para el trabajo individual.

 

De aprobarse esta Ley, será Estados Unidos, mediante la lista negra anual y pública de la Oficina de Comercio (Ustr) quien clasifique los niveles de incumplimiento de la propiedad intelectual de sus socios TLC. ¿Dónde queda, entonces, la soberanía si es solo E.U. quien tiene la autoridad para establecer las reglas, pasar al tablero y acusar? La Ustr actúa unilateralmente, desconociendo incluso los procedimientos para resolver conflictos comerciales en la Organización Mundial del Comercio, OMC.

 

Ante las pretensiones de Ley en cuestión, vale la pena recordar que el acceso a la información, al conocimiento y a la cultura es un derecho reconocido en los tratados internacionales de los cuales Colombia hace parte. El sistema internacional de derecho de autor reconoce la necesidad de establecer un marco legal balanceado que fomente la creatividad y permita la circulación del conocimiento y la cultura en beneficio del desarrollo y el bienestar de la sociedad.

 

La Ley Lleras 6.0 refleja la posición del Gobierno de acatar todas las órdenes que provienen del norte. Con la vana ilusión de pertenecer a la Ocde, se pretende que nuestro país implemente normas siempre más lesivas, las cuales se aplican para los miembros pobres mientras los socios ricos se benefician con múltiples cláusulas de excepción. Como en otras ocasiones, aquí vale el adagio popular de “el cura predica pero no aplica”.

 

* Presidente de la Unidad Nacional de Artistas.

 

Publicado enEdición Nº246
Viernes, 03 Junio 2016 07:15

La religión del crecimiento

La religión del crecimiento

En su artículo “A tale of two Pacific Islands Cultures”, Erickson y Gowdy investigaron la relación entre los recursos naturales, el capital físico, el crecimiento de la población y el cambio institucional. Estas dos islas fueron pobladas por polinesios en distintos momentos de la historia, e inicialmente ambas siguieron un modelo de desarrollo en el que primero la civilización crecía hasta sobrepasar los límites ecológicos de su isla y después la civilización colapsaba debido al agotamiento de los recursos. Este fue el patrón que finalmente siguió la Isla de Pascua, donde la tala de los bosques y el degradación de los suelos acabaron produciendo, por un lado, una reducción en los rendimientos de los cultivos, y por otro, la imposibilidad de seguir manteniendo y sustituyendo el capital físico que habían acumulado y que les permitió sortear en un primer momento el colapso, que consistía, entre otras herramientas, en las balsas para pescar. Cuando los alimentos empezaron a escasear, los habitantes de la Isla de Pascua empezaron a luchar por los recursos, la sociedad colapsó y la población cayó de manera drástica, pasando de un pico de alrededor de 10000 habitantes a solo 3000 cuando llegaron los primeros europeos.

Sin embargo, Tikopia finalmente no siguió ese patrón de desarrollo. Al igual que los habitantes de la Isla de Pascua, cuando los polinesios llegaron en el 1000 A.C. empezaron a practicar un tipo de agricultura que consiste en talar los árboles y quemar los restos para crear campos, cazaron hasta la extinción a los pájaros autóctonos y en general degradaron el medio ambiente de su isla. Sin embargo, alrededor del año 100 D.C. empezaron a sustituir este sistema de agricultura por uno más sostenible, basado en cultivos árboreos combinados con cultivos resistentes a la sombra en la capa inferior. Además implantaron un estricto sistema de control de población, que consiguió la estabilización de la población alrededor de unas 1.000 personas mediante métodos tan violentos como los infanticidios o los suicidios. Por último, alrededor del 1600 D.C. mataron a todos los cerdos que tenían como mascotas, al darse cuenta de que eran una manera muy ineficiente de producir alimentos. Todos estos cambios culturales e institucionales permitieron la estabilización de la población y evitaron que Tikopia corriese el mismo destino que la Isla de Pascual.


De estos dos ejemplos se pueden sacar conclusiones para el presente, salvando las distancias. En primer lugar, tal como detectaron Erickson y Gowdy, la tecnología y el capital acumulado pueden permitir a una sociedad seguir creciendo más allá de los límites ecológicos de ecosistema donde viven durante un tiempo limitado, tal y como sucedió en la Isla de Pascua. En segundo lugar, estos dos ejemplos nos permiten apreciar el importante rol que el cambio cultural e institucional puede tener en la supervivencia de una civilización y en su adaptación exitosa a un entorno cambiante. Salvando las distancias, en la actualidad el mundo se encuentra en una encrucijada similar a la que se encontraron estas dos civilizaciones. Estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades ecológicas, lo que está resultando en un cambio climático que no cesa de agravarse, en deforestación, agotamiento de los suelos, agotamiento de los caladeros de pesca, problemas de contaminación, desaparición de especies y, en general, degradación de los ecosistemas que sostienen la vida humana. Ya hemos visto en el caso de la Isla de Pascua que, en el corto plazo, el colapso que puede derivar de esta situación se puede evitar a través de la tecnología, lo que en la actualidad se traduce, por ejemplo, en el uso masivo de fertilizantes y combustibles fósiles en la producción de alimentos, pero esta patada hacia delante no evita el colapso sino que sólo lo retrasa. Este conocimiento nos debería impulsar como sociedad a llevar a cabo una transformación radical de nuestra economía y nuestro modo de vida que nos permitiese afrontar estos problemas con éxito y asegurar que las próximas generaciones puedan tener derecho a una vida buena, pero hay un conjunto de rigideces culturales e institucionales que nos lo impiden. La primera de ellas, es la especie de admiración religiosa que los partidos políticos, los medios de comunicación y la sociedad en general tienen por el crecimiento. Si hay conflictividad social en nuestras sociedades, todo el mundo apunta al crecimiento como la solución mágica que amansará a las fieras. Si hay pobreza, el crecimiento permitirá acabar con ella. Si hay problemas de deuda, el crecimiento permitirá hacer frente a los intereses e incluso reducir el montante total. Si la gente es infeliz, el crecimiento permitirá que consuman más y eso les hará felices. Si la gente enferma debido a la polución, el crecimiento permitirá tener más recursos para sanidad y para investigación y acabar con esas enfermedades. En definitiva, el crecimiento es el nuevo Dios de nuestras sociedades, aquel al que recurrimos para que nos solucione cualquier tipo de problema que pueda surgir, ya sea en la economía, en el medio ambiente o en la sociedad. Pero como hemos visto, y como dicta el sentido común, no se puede crecer indefinidamente. Hay un momento en el que, o bien los recursos que mantienen la economía empiezan a agotarse, o bien ya no pueden ser extraídos a una velocidad suficiente, o bien su consumo produce daños incalculables, como en el caso del calentamiento global. En ese momento las sociedades afrontan un dilema que en su día los habitantes de Tikopia ya afrontaron en su particular disputa con el tema de los cerdos, y que consiste en dilucidar si debemos mantener el crecimiento como solución a los problemas de nuestros países, haciendo todo lo posible para que nuestros respectivos países tengan acceso a los recursos naturales que lo sostienen, combatiendo con otros por ellos, o, por el contrario, debemos adoptar un modelo que se circunscriba a los límites ecológicos de nuestro planeta.


El primer escenario ya sabemos cómo se desarrolla, primero se multiplican la pobreza y las guerras por los recursos naturales, después las poblaciones de esos países huyen de sus hogares hacia lugares seguros y prósperos donde poder sobrevivir y este aumento de personas migrantes da alas al fascismo, que identifica a esas personas como el enemigo, como el colectivo que hace que la clase trabajadora de los países desarrollados viva peor que antes al robarle sus puestos de trabajo y los recursos a los que antes tenían acceso. Este escenario acaba básicamente con la aplicación a nivel mundial de un ecofascismo en el que habría una minoría privilegiada con acceso a todos los recursos y comodidades que su dinero le pueda procurar, apoyada por unos Estados represores que evitarían que los pobres del mundo, ya estuvieran dentro o fuera de las fronteras de los correspondientes Estados, pudieran reclamar su derecho, no ya a una vida digna, sino a la supervivencia.


Pero por suerte hay una alternativa a este escenario distópico, y gracias a nuestro actual desarrollo tecnológico, esta no pasa como en el caso de Tikopia por adoptar una política asesina de control de población, sino que es una alternativa por la que merece la pena luchar. En este segundo escenario, las distintas sociedades del mundo aceptan que los recursos son limitados e intentan explorar las maneras en que se pueden repartir para que todo el mundo pueda tener una vida buena. En este escenario el consumo deja de ser la manera de encontrar la felicidad, y es sustituido por actividades y cosas con mucha mayor efectividad a la hora de lograr este noble objetivo. Gracias al reparto del trabajo y a la reducción de la jornada laboral, la menor carga de trabajo para la sociedad se reparte de tal manera que el mayor número posible de personas tengan acceso a los bienes necesarios para su vida a través del trabajo, y a la vez los trabajadores pasan a tener tiempo libre para pasar con sus familias y amigos. La renta básica permite que todos aquellos que por una razón u otra no pueden trabajar también puedan tener una vida buena. El paso de una dieta rica en azúcares, carne y grasas animales de mala calidad a una dieta rica en verduras y frutas regionales producidas de manera ecológica, combinada con el consumo esporádico de carne ecológica, produce una reducción de las enfermedades debidas a la alimentación. A su vez, el abandono del coche en favor del transporte público y la bicicleta reducen la contaminación de las ciudades, reduciendo las enfermedades debidas a la polución y también las debidas al sobrepeso debido al sedentarismo de la vida moderna. La cultura y el deporte sustituyen al consumo y a la televisión como principal fuente de entretenimiento, y la gente pasa su tiempo libre jugando con amigos o acudiendo a los centros culturales a ver obras de teatro, leer, debatir o escuchar conciertos en directo. Todas estas medidas y cambios, combinadas con otras muchas y derivadas del hecho de poner como objetivo de la sociedad el que todo individuo tenga derecho a una vida buena en vez del crecimiento, resultarían en un incremento sensible del bienestar y la felicidad de la humanidad.


El momento en el que las distintas sociedades tienen que decidir cuál de los dos caminos quieren seguir ya ha llegado, y en las distintas elecciones que van a tener lugar en el mundo se pueden apreciar estas dos alternativas. En Gran Bretaña el 23J los británicos decidirán si quieren seguir la ruta planteada por los partidos xenófobos y antieuropeos como el UKIP o si quieren quedarse en la UE y trabajar por una UE más democrática. En España el 26J decidiremos si queremos ir en la dirección oligárquica o en la dirección democrática, en Estados Unidos en noviembre tendrán que decidir si apoyan la alternativa fascista de Trump o la alternativa democrática de un candidato a vicepresidente o vicepresidenta como Bernie Sanders o Elisabeth Warren. Esta situación se repetirá en países como Francia o Alemania en 2017 y, en todas estas elecciones, y otras muchas, nos estamos jugando no sólo quién nos gobernará los próximos 4 o 5 años, sino probablemente el futuro de nuestras sociedades. Y aunque en esas elecciones no sea evidente la presencia de la segunda alternativa y por lo tanto pueda parecer utópica e inalcanzable, hay que luchar por ella, porque las visiones que cambiaron nuestras sociedades en el pasado siempre empezaron siéndolo.


* Estudiante de Ingeniería Física en la Carl von Ossietzky Universität, en Oldemburgo, Alemania.

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Barack Obama asumió el cargo como presidente de Estados Unidos, el 20 de enero, ovacionado por una vasta mayoría del pueblo estadunidense y del pueblo del resto del mundo. En su discurso inaugural, prometió “comenzar de nuevo el trabajo de rehacer América”.
 
En esta corta frase, que la prensa mundial resaltó en encabezados y análisis, Obama capturó las ambigüedades de sus promesas presidenciales. El verbo rehacer puede significar cosas bastante diferentes. Puede significar el retorno a un estado previo que fue mejor. Y Obama pareció indicar esta posibilidad con otra frase, al llamar a los ciudadanos estadunidenses a escoger nuestra mejor historia. Pero rehacer puede significar también un cambio más fundamental, creando una clase de America bastante diferente de la que el mundo conoce hasta ahora. La ambigüedad es si Obama propone meramente hacer pequeños ajustes en la estructura y las instituciones de Estados Unidos y el sistema-mundo o si se propone transformarlos fundamentalmente.
 
Lo que debe quedar claro para todo mundo en este momento es que Estados Unidos no eligió presidente al Che Guevara, pese a los histéricos temores de la no resignada ala derecha del Partido Republicano. Tampoco, sin embargo, eligió a otro Ronald Reagan, pese a las esperanzas de algunos de aquéllos que votaron por él y pese a los temores de los más intransigentes críticos de izquierda. ¿Qué fue entonces lo que escogió Estados Unidos? La respuesta no es obvia aún, precisamente por el estilo de Obama como político.
 
Hay dos cuestiones que ponderar. Una es lo que Obama querría lograr, de hecho, como presidente. La segunda es lo que puede, posiblemente lograr, dadas las realidades de la geopolítica además de una depresión mundial. El vicepresidente Biden describió esta última el 25 de enero como peor, francamente, de lo que todo mundo pensó que sería, y se pone peor a diario.
 
¿Qué es lo que sabemos, en este punto, acerca de Obama? Es inusualmente listo y muy educado para ser líder político, y es equilibrado, prudente y político muy logrado. Pero, ¿dónde se sitúa realmente en la enorme gama entre meramente reparar con pequeños ajustes y buscar el cambio fundamental? Es probable que en algún punto en la mitad de ese rango. Y probablemente lo que en realidad pueda hacer y lograr estará más en función de las restricciones del sistema-mundo que de sus propias decisiones, por más inteligente que sea.
 
Hasta el momento, hemos tenido algunos indicios de que se encamina hacia cinco ámbitos: participación incluyente, geopolítica, ambiente, cuestiones sociales internas y cómo lidiar con la depresión. El veredicto inicial está muy mezclado.
 
Obviamente, donde brilla mejor es en participación incluyente. Su propia elección es una medida de ello. Con toda seguridad, la elección de un presidente afroestadunidense es tan sólo el acto culminante de una tendencia constante en Estados Unidos desde 1945 –de la integración de las fuerzas armadas del presidente Truman, pasando por la decisión de la Suprema Corte de terminar con la segregación en las escuelas, por la designación de Thurgood Marshall a la Suprema Corte, a la designación de Colin Powell a presidente del Estado Mayor Conjunto, o las designaciones sucesivas de Powell y Condoleezza Rice como secretarios de Estado. Sin embargo, sigue marcando una ruptura que pocos esperaban hace dos años. Y es algo que importa.
 
Obama continuará con estos esfuerzos de ciudadanía incluyente. Sin embargo, el presidente enfrenta una prueba política importante con la cuestión de la inmigración. Hasta el momento no hay indicios de qué tan fuerte vaya a atajar el asunto. Tendrá que luchar con una gran parte de su propia base política. Debido a los niveles de desempleo actuales y esperados en Estados Unidos, podría posponer el hacer algo. Pero el punto no se va a ir, y únicamente se tornará más difícil de resolver. Más aún, no resolver este punto tendrá efectos negativos en la capacidad del mundo para atravesar la crisis con menos dolor.
 
La postura geopolítica de Obama es mucho menos prometedora. El conflicto israelí/palestino probablemente es irresoluble en este momento. El absoluto mínimo necesario es incluir a Hamas en las negociaciones. Es muy probable que la designación de George Mitchell como representante especial estadunidense presagie que eso se hará. Pero apenas será suficiente eso para obtener una solución política viable. Los israelíes están atrincherados en sus bunkers y no están preparados ni siquiera para pensar en algo que los nacionalistas palestinos pudieran aceptar.
 
 
Barack Obama en la Casa Blanca, en imagen de archivoFoto Ap
No tengo dudas de que los iraquíes harán que Obama cumpla su promesa de retirada en 16 meses. Y no creo que Obama haga algo más que jalonearse verbalmente con los iraníes. Pero ya comenzó a caminar por el sendero del desastre en Pakistán, lo que mina seriamente su gobierno en su primera semana en el cargo. El gobierno de Pakistán es débil y caerá pronto. Y si lo hace, Obama no tendrá opciones defendibles.
 
El problema básico con Obama es que no ha renunciado al anterior e inflado lenguaje de potencia hegemónica. En su discurso, le dijo al mundo: “Sepan que America está… lista para conducir una vez más”. El mundo quiere que Estados Unidos participe. Precisamente lo que no quiere es que conduzca. No creo que Obama realmente haya entendido esto. Pakistán bien podría ser su ruina.
 
Además, comenzó con mal paso en América Latina. Al hablar de Chávez sólo dice cosas que se ajustan a los prejuicios populares, sin decir nada serio al respecto ni lidiar seriamente con el punto, y peor aun, no ha atendido el desafío del presidente Lula de que América Latina no creerá que Obama está comprometido con cambios reales hasta que levante incondicionalmente el embargo a Cuba.
 
Sus primeros pasos respecto del ambiente son positivos –en sus designaciones, en sus decisiones ejecutivas, y en los indicios a otros estados de que Estados Unidos está listo para participar en las medidas colectivas que los científicos indiquen que son las necesarias. Pero aquí, como en otros terrenos, la cuestión es qué tan audaz y rápidamente puede estar listo para actuar.
 
Las políticas en las cuestiones sociales internas son, de nuevo, una mezcla incierta. Obama ha restaurado las políticas en torno al aborto que tenía el gobierno de Clinton, y en eso claramente se distingue de las políticas de Reagan/Bush. Ha decretado el cierre de Guantánamo y de las prisiones secretas de la CIA, al tiempo que pospuso hasta por un año algunas decisiones acerca de lo que habrá de hacerse con los que al presente están encarcelados. Qué tanto revocará la vasta red de invasiones gubernamentales a la privacidad dentro de Estados Unidos sigue siendo una muy abierta cuestión. Tampoco queda claro a qué grado logrará cumplir su promesa a los sindicatos de deshacer las serias restricciones que los gobiernos previos les impusieron a su capacidad de organizarse.
 
Finalmente, llegamos al ámbito donde tiene menos margen de maniobra, la depresión mundial. Está obviamente preparado para incrementar vastamente el involucramiento gubernamental en la economía. Pero de igual modo, virtualmente todos los otros líderes políticos por todo el mundo. Y es obvio que está listo para aumentar lo que podrían llamarse medidas socialdemócratas para reducir el dolor económico de los estratos trabajadores. Pero virtualmente, también todos los otros líderes políticos por todo el mundo.
 
Aquí también la cuestión es qué tan audaces serán las medidas. Obama nombró a un puñado de keynesianos muy cautelosos para cubrir todos los puestos clave. No ha incluido a los economistas estadunidenses que son keynesianos de izquierda, como Joseph Stiglitz, Paul Krugman, Alan Blinder o James Galbraith. Todos están diciendo que las medidas cautelosas no funcionarán y que se está perdiendo tiempo muy valioso. Tal vez de aquí a un año, Obama recicle a su equipo para que incluya a quienes llaman a acciones más fuertes. Pero quizá eso también llegue un poco tarde.
 
Obama está ansioso por jalar a los republicanos en el Congreso a que concuerden con sus propuestas económicas. En parte es por su pasión por escoger la unidad de propósito sobre el conflicto y la discordia, en palabras de su discurso inaugural. En parte es política inteligente, en el sentido de que no quiere quedarse en una rama mientras se deteriora más la economía. Pero el liderazgo republicano es lo suficientemente astuto como para entender esto y le otorgarán sus votos sólo a cambio de destripar mucho de su programa.
 
Obama empezó de modo muy tambaleante. La creencia de que está listo para empujar por una rehechura fundamental de Estados Unidos cuenta con evidencias débiles, pese a su inteligencia y su apertura intelectual. Estados Unidos está logrando buena gramática. Necesita una reconstrucción audaz.
 
Barack Obama 
Traducción: Ramón Vera Herrera
 
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Sábado, 07 Febrero 2009 07:40

Balance del FSM y de otro mundo posible

Un balance del Foro Social Mundial (FSM) en Belem no puede ser hecho en función de los alcances del mismo. El foro no nació para ser un fin en sí mismo, sino un instrumento de lucha en la construcción de “otro mundo posible”. En ese sentido, ¿qué balance se puede hacer desde el punto de vista de la construcción de ese “otro mundo”, que no es más que el de superación del neoliberalismo, el del posneoliberalismo?
 
Dos fotografías son demostrativas de sus dilemas: una, la de los cinco presidentes que estuvieron en él –Evo Morales, Rafael Correa, Hugo Chávez, Fernando Lugo y Luiz Inacio Lula da Silva–, tomados de las manos y con ellas en alto; la otra, la fría y burocrática de los representantes de ONG brasileñas en la entrevista inicial. La primera muestra gobernantes que, con distinta intensidad, ponen en práctica políticas que identificaron, desde su nacimiento, al FSM: la Alba (Alternativa Bolivariana para Nuestra América); el Banco del Sur; prioridades en políticas sociales; reglamentaciones sobre circulación del capital financiero; la Operación Milagro en Brasil; campañas para acabar con el analfabetismo en Venezuela y Bolivia; formación en el continente, por las escuelas latinoamericanas de medicina, de generaciones de pobres como médicos; la Unasur (Unión de Naciones Suramericanas); el Consejo Sudamericano de Seguridad; el gasoducto continental; Telesur, entre otras. Esa es la cara nueva y victoriosa del foro, avanzando en la construcción posneoliberal en nuestra región.
 
En la siguiente, las ONG, entidades de naturalezas fuertemente cuestionadas por sus caractísticas ambiguas de “no gubernamentales”; por sus no siempre transparentes financiamientos; sus “ligazones”; por los mecanismos para el ingreso a las mismas y la selección de sus dirigentes –al punto que, en países como Bolivia y Venezuela, entre otros, se alinean mayoritamente contra los gobiernos, junto a la oposición de derecha–. La propia actuación en el espacio que definen como “sociedad civil” sólo aumenta esas ambigüedades. Son entidades que jugaron un papel importante en el inicio del FSM, pero que monopolizaron su dirección, constituyéndose, de forma totalmente antidemocrática, en mayoría del secretariado original, haciendo a un lado a los agrupamientos sociales ampliamente representativos, como los brasileños Central Única de Trabajadores (CUT) y Movimiento de los Sin Tierra (MST), dejándolos en minoría.
 
A partir del momento en que la lucha antineoliberal pasó de su fase defensiva a la de disputa por la hegemonía y construcción de alternativas de gobierno, el foro se enfrentó al desafío de mantenerse con la dirección de las ONG o, finalmente, incorporar el protagonismo de los movimientos sociales. En esta cita de Belem tuvimos la primera alternativa en los momentos de aquella fría y burocrática entrevista colectiva de las ONG. En contrapartida, vivimos una formidable cara real, con los pueblos indígenas y el Foro Panamazónico; con los movimientos campesinos y Vía Campesina; con los sindicatos y el Mundo del Trabajo, los movimientos feministas y la Marcha Mundial de las Mujeres, los movimientos de negros, los de estudiantes y los de jóvenes, confirmando que ellos son la gran mayoría protagonista del FSM.
 
El foro transcurrió entre los dos, entre la riqueza, la diversidad y la libertad de sus espacios de debate, y los topes de las ONG, reflejados en la atomización absoluta de los temas, la inexistencia de prioridades sobre tierra, agua, energía, regulación del capital financiero, guerra y paz, el papel del Estado y la democratización de los medios, por ejemplo. La cuestión es que el FSM debió adoptar propuestas alternativas frente a la crisis económica global y ante los epicentros de guerra –Palestina, Irak, Afganistán, Colombia–. ¿Qué propuestas hubo de construcción de un modelo superador del neoliberalismo y alternativo a las políticas y sobre la paz en los conflictos? La respuesta fue un gran silencio.
 
Hubo varias mesas sobre la crisis, aunque desarticuladas entre sí. Las actividades, “autogestionadas”, significan que se realizan cuando sus convocantes cuentan con recursos –las ONG comúnmente, entre ellas, programan las suyas–, por tanto, los movimientos sociales se ven imposibilitados de hacerlo en la medida que quisieran para proyectarse definitivamente como los protagonistas fundamentales del FSM. Los que creen que la finalidad del foro es el intercambio de experiencias deben estar contentos. Para aquellos que llegaron angustiados en busca de respuestas urgentes a los grandes problemas que el mundo enfrenta, la frustración generada por el sentimiento de que la estructura actual del secretariado está agotada –porque no se quiere superar la intrascendencia– exige cambiar la forma y dejar su dirección a cargo de los movimientos sociales.
 
Resultó sorprendente la cantidad y diversidad de orígenes de los participantes; notabilísimas las participaciones de los movimentos indígenas y de jóvenes. Destacable, en particular, el momento más importante del FSM con la presencia de los presidentes –cuyas políticas deberían haber sido objeto de exposición y debate entre los movimientos sociales de manera mucho más amplia y profunda–. Fue triste comprobar que todo ese caudal no se oyó, ni siquiera por Internet –otro síntoma del envejecimento de las conducciones burocráticas que tiene el FSM–. Al día siguiente de finalizado el encuentro, se reunió el Consejo Internacional, de manera fría y desconectada de lo que fue efectivamente la reunión, donde cada uno –una desconocida ONG o un importante movimiento social– tenía derecho a intervenir durante dos minutos.
 
El “otro mundo posible” va bien, gracias. Enfrenta enormes desafíos frente a los efectos de la crisis, gestada en el centro del capitalismo, y ante la cual se defienden bastante mejor quienes participan en los procesos de integración regional que los firmantes de tratados de libre comercio. Se enfrentan aquellos a la hegemonía del capital financiero, la reorganización de la derecha regional, que cuenta en los monopolios de los medios privados con su dirección política e ideológica. Pero se avanza, y así debe entenderse –hablando de América Latina– el caso de El Salvador y el probable triunfo del candidato a la presidencia, favorito en las encuestas, Mauricio Funes, del Frente Farabundo Martí, el 15 de marzo próximo.
 
No puede decirse lo mismo del FSM, que parece girar en falso, no colocarse a la altura de la construcción de las alternativas con que se enfrentan los gobiernos latinoamericanos y las luchas de otras fuerzas para pasar de la resistencia a la disputa por la hegemonía. Para eso las ONG y sus representantes tienen, definitivamente, que tener un papel menos protagónico en el foro, dejando que los movimientos sociales marquen la tónica: que nunca más existan conferencias como la de Belem; que nunca más las ONG se pronunciem en nombre del foro; que los movimientos sociales –se trata del Foro Social Mundial– asuman la dirección formal y real del mismo, para que la lucha antineoliberal transite por caminos de efectividad tras “otro mundo posible”; de que América Latina es el privilegiado sitio naciente.
 
 
Por, Emir Sader
Traducción: Ruben Montedónico
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Entrevista al catedrático de Filosofía de las Ciencias Sociales y Morales de la Universidad de Barcelona, Antoni Domènech.

Entrevistador. Me interesa especialmente el análisis de ciertos conceptos en los que tú te detuviste en algunas de tus intervenciones en el Foro. Y por eso estoy pensando en darle a la entrevista la forma de glosario, de un "glosario para el activista crítico". ¿Qué te parece?

Pues adelante…

En primer lugar, la conceptualización de ciudadanía me parece básica. Hablamos de movimientos ciudadanos, de la asunción de una serie de derechos y deberes, del sentimiento de pertenencia a un grupo humano... Lo cierto es que las instituciones políticas gallegas han puesto de moda el término y lo utilizan de forma un tanto gratuita. Se busca la participación del público teatral o de los usuarios de transporte público... Pero se busca a través de campañas unidireccionales y muchas veces sin un destinatario claro. Entiendo que para que podamos hablar de ciudadanía (y estoy pensando en la sociedad gallega pero supongo que podemos generalizar esta visión al resto del Estado español), es necesario que exista una conciencia y un cierto grado de organización. ¿O se puede pensar en una ciudadanía pasiva y conformista?

El concepto de "ciudadanía" desapareció prácticamente del vocabulario político, y señaladamente de la filosofía política académica, en los años 50, 60 y 70. Se entendía como algo trivial, como el "derecho a tener derechos". Por un lado, digamos, desde la izquierda, en un sentido amplio del término, en la medida en que ese derecho madre de todos los derechos se veía plenamente asegurado tras la II Guerra Mundial, cuando no solamente se consolidó el derecho de sufragio universal conquistado por el movimiento obrero socialista europeo tras el desplome de las grandes monarquías continentales entre 1918 y 1931 (la conquista que trataron de destruir, precisamente, los fascismos de los años 30), sino que, además, se ofrecieron elementos de ciudadanía social, blindados constitucionalmente (como en las Constituciones republicanas alemana, austriaca, francesa e italiana de 1949, o, muy tardíamente, en la Constitución de 1978 actualmente vigente en el Reino de España).

Por otro lado, desde la derecha, particularmente desde la derecha académica, dominada por el utilitarismo, nunca se tomaron en serio los derechos, y menos aún un pretendido "derecho a tener derechos": lo que contaba es la “utilidad”, es decir, el grado de satisfacción de los deseos y las preferencias de las gentes. Fue Bentham quien, a comienzos del siglo XIX, inaugurando esa tradición de filosofía política y social, dejó dicho que los derechos eran un "sinsentido" y, los "derechos humanos, un sinsentido al cuadrado". Los neoutilitaristas del siglo XX —particularmente los economistas neoclásicos— podían estar a favor de aumentar el “bienestar” de las poblaciones, pero deslindado eso de cualquier categorización en términos de “derechos” constitutivos de ciudadanía.

Cuando, a finales de la década de los 70, comenzó el proceso de contrarreforma del capitalismo que se conoce con el horrísono neologismo de "globalización", comenzó también un asalto a las ideas mismas (procedentes del antifascismo) de ciudadanía democrática (recuerda la posición de Huntigton en la época —¡ese viejo cabrón siempre está en las peores brechas; ahora, en la de la guerra de civilizaciones!—: todos los problemas del mundo se debían a una "crisis de gobernanza", y la crisis de gobernanza se debía a un exceso de democracia, de participación popular en los procesos políticos y en los Estados) y de ciudadanía social: con la llegada de la señora Thatcher al poder en 1979 comenzó un ataque decidido al amplio conjunto de medidas que venían garantizando desde el final de la II Guerra Mundial cierta protección social de los trabajadores, desde derechos sindicales elementales hasta derechos de cogestión trabajadora de las empresas privadas (la célebre Mitbestimmung alemana), pasando por la institución de robustas áreas de propiedad económica pública y la implantación de amplias prestaciones en materia de sanidad e instrucción públicas que configuraron lo que en Europa continental se llamó "Estado social" y en los países anglosajones, "Estado de bienestar".

Por todos esos motivos, la "ciudadanía" volvió al centro del debate público, reingresando también en las elaboraciones académicas de economistas, politólogos y filósofos. Y claro, una forma de eludir el debate y escurrir el bulto es, como tú sugieres, fingir que se está muy preocupado por la "ciudadanía", pero actuar en la práctica con un concepto de "ciudadanía" o huero o yerto.

¿O huero o yerto?

Huero es el concepto de "ciudadanía" pergeñado por algunos intelectuales neoliberales, empeñados en hacernos creer, contra una tradición jurídica milenaria (que arranca del derecho civil republicano romano) que un ciudadano verdaderamente "libre" sería el que, si quisiera, y sin los actuales impedimentos de los Estados democráticos de derecho, podría venderse "libremente" como esclavo a otro (piensa en el debate de la semana laboral de las 65 horas —“libremente” pactadas entre el trabajador individual y su patrón—, escandalosamente propuesta por la Comisión europea); o el “ciudadano” que podría firmar —contra las normas vigentes del actual derecho penal— un contrato "libre" y voluntario de asesinato (o más moderadamente, de venta de órganos anatómicos) con otro; o, por un último ejemplo, el que estaría habilitado para poner "libremente" en almoneda al mejor postor su derecho de sufragio. En una palabra: la ciudadanía huera nace de la idea de destruir los derechos constitutivos —no meramente instrumentales— que, precisamente, definen nuestra personalidad jurídica ciudadana, y con ella, nuestra libertad, derechos que, por lo mismo, son considerados inalienables en cualquier orden jurídico de impronta republicana

Yerto es, en cambio, el concepto de ciudadanía manipulatoriamente pasivo, propagandístico, que, reconociendo retóricamente (parte de) lo antedicho, trata de convertir a los ciudadanos en meros espectadores pasivos de un juego de esgrima más o menos cruento entre elites. Entre elites, por lo demás, tan poco inteligentes y tan inseguras de sí mismas que, encima, mendigan el aplauso de un público inerme. Y cuando los ciudadanos se lo niegan (como hicieron franceses y holandeses con el grotesco proyecto de la “Constitución” europea), hacen caso omiso y buscan otras salidas.

Mi primera pregunta venía de una preocupación que me ronda, y que supongo sale de mi experiencia de trabajo en los medios de comunicación. Parece obvio que los grandes poderes mediáticos, cuya influencia en la conformación de opiniones resulta incontestable, no tienen ningún interés en que los ciudadanos y ciudadanas adquieran mecanismos de pensamiento crítico. El Foro del pasado fin de semana en Santiago, a pesar de reunir a más de cuatrocientas personas en sus distintas actividades, no apareció en los medios de mayor difusión en Galicia. Cómo puede el pensamiento crítico contrarrestar el dominio aplastante del pensamiento oficial (hace unos años se habló de "pensamiento único", no sé si sigue siendo pertinente). Creo que en este caso, el vocablo a desgranar sería conscienciación o, quizá, educación.

Es un problema muy grave. Ten en cuenta que son menos de una decena las grandes empresas de medios de comunicación que dominan hoy más del 95% de la información que circula por el mundo. La concentración de la propiedad a que hemos asistido en las últimas décadas en ese sector, que en buena medida ha venido de la mano de la privatización de los medios públicos escritos y audiovisuales, constituye una amenaza muy grave a la libertad de expresión y a la pluralidad, una amenaza para nada ajena a eso que se llama el “pensamiento único”, que no es otra cosa que la paulatina conversión de un ideario extremista, rabiosamente hostil a lo público —es decir, a las soluciones políticas y democráticas de los problemas de la vida social y económica—, en una doxa pretendidamente “moderada” y “centrista”, conformadora del sentido común, también académico. Nunca el sentido común, forjado e “impartido” ahora por un mediocre doxariado compuesto de tertulianos, columnistas y académicos exhibicionistas y bien financiados por intereses siniestros, estuvo tan lejos del buen sentido.

La izquierda debe oponerse a eso en diversos planos: por lo pronto, creando medios alternativos (cosa facilitada en cierto modo por Internet; pero sabiendo que con Internet se puede llegar, a lo sumo, a menos de un 10% de la población); insistiendo, por difícil e ingrato que eso resulte, en la necesidad de introducir más pluralidad en los medios existentes, es decir, denunciando —todo lo educadamente que se quiera— el monopolio del doxariado en esos medios; y en otro plano, más de fondo, más radical, fijando bien claramente en los programas políticos de las izquierdas la necesidad de reconstituir el carácter democrático, es decir, público, y públicamente dotado, de buena parte de los medios de comunicación y de información. Eso no pasa necesaria o exclusivamente por su nacionalización; también es concebible, paralelamente, un fondo de ayudas públicas que rebajara drásticamente las barreras de entrada al mercado de los medios de comunicación y que actuara a favor de la libertad de ese mercado, combatiendo con los más variados instrumentos que ofrecen las políticas públicas (incluidas una severa disciplina fiscal sobre las rentas monopólicas y la limitación o aun la prohibición de la publicidad comercial) una atroz deriva oligopolística cargada de consecuencias políticas gravemente nocivas para la calidad de la vida democrática. En la medida en que varios grandes grupos de comunicación se ven afectados por la crisis financiera galopante (piensa en el grupo Chicago Tribune, del que forman parte Los Angeles Times y el New York Times), es posible que la idea de reconstruir un gran espacio público, democráticamente controlable, para la comunicación vuelva, directa o indirectamente, al orden del día, incluso por motivos groseramente económicos. Así como la alternativa a la nacionalización democrática del grueso de la banca es hoy un ulterior y delirante proceso de concentración oligopolístico del sector financiero, la alternativa a la renacionalización democrática de buena parte de los medios de comunicación (o a la severa regulación pública del mercado de los medios de comunicación en un sentido antimonopolista) es hoy un ulterior y delirante proceso de concentración oligopolística de la propiedad privada de esos medios de conformación y manipulación de la opinión pública.

¿Es ingenua la aspiración, desde un movimiento minoritario como es el de los Foros Sociales, a emprender iniciativas transformadoras que den un vuelco a este sistema injusto y en crisis?

Eso depende de cuál sea esa aspiración. Los Foros Sociales han desempeñado un papel muy interesante en una época de euforia “globalizadora” y dominio prácticamente incontestado de un ideario extremista surgido de la derrota del movimiento obrero y popular mundial a finales de los 70 del siglo pasado. Esa euforia se terminó como consecuencia del suicidio del capitalismo financiarizado de estilo norteamericano. Lo que hay que ver ahora es si los Foros Sociales pueden jugar también un papel importante en la reconstrucción de los movimientos populares. Esta va a ser una crisis larga, honda y duradera, que tendrá consecuencias devastadoras sobre las poblaciones trabajadoras y sobre los pobres de todo el mundo. Lo que está por ver es si la inmensa mayoría de la humanidad logrará organizarse de forma tal, que consiga gravitar políticamente de manera decisiva sobre el modo de salir de esta crisis, una crisis que, encima, se solapa con otras cargadas de desafíos: una crisis energética (la necesidad de salir de la era de los combustibles fósiles) y una crisis ecológica sin ejemplo en la historia de la humanidad (cambio climático, entrada del planeta Tierra en la era del antropoceno). A mí me parece que, en la medida en que los Foros Sociales se pongan modesta y realistamente al servicio de esa tarea reorganizadora de las fuerzas populares, sus aspiraciones no tienen por qué ser ingenuas.

Proyectos como el de la revista Sin Permiso están proporcionando utilísimas herramientas de reflexión para reforzar los argumentos de los movimientos ciudadanos. Pero su difusión es limitada, las personas que no tengan acceso a Internet lo tendrán difícil para leerla, y en cualquier caso su lectura requiere de un cierto grado de preparación. Durante el plenario del Foro hubo una intervención que criticaba que "la Academia", o los "expertos", siempre estaban del lado del poder, y que los intelectuales de izquierdas habían traicionado a los movimientos de base. Era una intervención un tanto apasionada, pero en cualquier caso, puede ser sintomática de un sentir habitual en determinadas organizaciones. Como respuesta a esto, qué crees tú que puede aportar el pensamiento académico a los movimientos sociales?

Ese debate se ha dado ya otras veces en la historia de los movimientos sociales, y particularmente, en la historia del movimiento obrero socialista. ¿Necesitan “expertos” los movimientos sociales transformadores? El viejo Engels y el viejo Marx pensaban que sí; sobre todo Engels, que murió (en 1895) obsesionado con la idea de atraer al movimiento obrero, y particularmente a la socialdemocracia alemana, a ingenieros, médicos, economistas, higienistas, estadísticos, ecólogos, juristas que pudieran ayudar a gestionar una economía en transición democrática hacia el socialismo. Quería evitar a toda costa que a los socialistas les pasara lo mismo que a los jacobinos franceses de 1793, que tuvieron que depender de “expertos” reaccionarios que saboteaban la política republicana revolucionaria, lo que llevó al Terror. Ahora bien; tanto Marx como Engels fueron muy conscientes de que muchos de los intelectuales y académicos que se acercaban al movimiento obrero eran más “ideólogos” que expertos técnica o científicamente competentes. Y los viejos fueron extremadamente hostiles a este tipo de “intelectual” diletante, nada sólido científicamente y siempre orientado según la dirección de los vientos. En mi opinión, el siglo XX ha dado la razón a los viejos. Marx llegó a decir que esas gentes “se construyen una ciencia privada” con el ánimo logrero de hacerse un lugar en el mundo (también en el mundo académico), en flagrante violación de los códigos deontológicos más elementales de la investigación científica, que pertenece al ámbito de la razón pública. Esas gentes, decía Marx, no sirven para nada: lo que precisa el movimiento son expertos de verdad, no personajillos que se refugian en el assylum ignorantiae de una “ciencia privada” construida pro domo sua, en vez de participar, como uno más, de la ciencia normal y corriente, que es siempre ejercicio público de la razón (en parte por eso, Marx fue hostil a la idea de que pudiera hablarse de una concepción “marxista” de la historia o de la economía; pero eso es harina de otro costal). Buena parte de los intelectuales “marxistas” del siglo XX fueron —¡ironías de la historia!— gentes que se construyeron “ciencias privadas”: desde los estalinistas de la “ciencia proletaria” y la “lógica dialéctica”, hasta los posmodernos “deconstruccionistas” y “relativistas”. Yo pienso como los viejos: esas gentes no nos sirven para nada, políticamente hablando, y es, además, necio tratar de atraerlos, porque son veletas que se orientan y obran según los vientos. Eso hay que tenerlo en cuenta, ahora que la veleta parece comenzar a girar en un sentido más favorable para la izquierda. Lo que necesitamos son expertos competentes, no cantamañanas, ni falsarios especuladores de tres al cuarto (aunque se columpien en un “pensamiento débil”), ni arbitrarios cultivadores de arcanas “ciencias privadas”. Por lo demás, al lego siempre le resultará más fácil controlar democráticamente a un experto especialista de verdad, obligado a hablar el lenguaje de la razón y de la deliberación públicas, que al ideólogo de turno (al perito en “paz”, en “socialismo del siglo XXI”, en “deconstrucción”, en “discursos de género”, en “biopolítica”, en pretendidas “ontologías de lo social”, en “sociedad de la información” o en “alterglobalización”) que, buscando fascinar a propios y extraños con una jerga privada esotérica y apenas inteligible, termina por cultivar lo que los franceses –¡que de eso saben un rato!— llaman el bluff à l’expertise.

Otro término que se presta a abusos y limitaciones es el de libertad. Y por eso me parece muy oportuna la definición que, desde el enfoque republicano, le disteis en la mesa sobre la Renta Básica Daniel Raventós y tú. Cuál es la libertad a la que aspiran los movimientos ciudadanos integrados en el movimiento altermundista, frente al concepto "robado" por los defensores del modelo neoliberal?

Es el concepto de libertad como capacidad para no tener que pedir permiso a ningún particular para vivir. Ese es el viejo concepto de libertad republicana. No es libre quien necesita pedir permiso a otro particular para vivir, quien no es materialmente independiente de otro particular: no es libre el esclavo, no es libre el trabajador asalariado (“esclavo a tiempo parcial”, según la genial definición de Aristóteles, luego retomada por Adam Smith y por Marx), no es libre la mujer sometida al pater familias. La democracia republicana revolucionaria y el moderno socialismo industrial lo que hicieron fue tratar de universalizar ese concepto: la democracia revolucionaria, mediante la distribución de la tierra a todos y la fundación de una “república de pequeños propietarios agrarios” (Jefferson), o mediante garantía republicana de un derecho universal e incondicional de existencia material (Robespierre, Tom Paine); la democracia socialista posterior a la revolución industrial, mediante una “asociación republicana de productores libres e iguales que se apropian en común de los medios e instrumentos de producir” (Marx). La idea era que no sólo unos pocos tuvieran libertad para vivir sin necesidad de tener que pedir permiso a otros; que todos tuvieran esa libertad. La lucha por la universalización de la libertad republicana, tan antigua, sigue siendo nuestra lucha y es el núcleo axiológico del socialismo democrático-republicano contemporáneo, entendido como programa político de lucha por una cultura económica, política y social capaz de realizar aquel ideal en las condiciones de una economía tecnológica e industrialmente desarrollada.

Globalización/Mundialización. El lema principal de los Foros Sociales es el de que otro mundo es posible, o la famosa consigna de trabajar en lo local para cambiar y pensar globalmente. Pero ¿tiene sentido pensar en una "mundialización buena"?

No, no tiene el menor sentido. La llamada globalización ha sido un proceso, de todo punto político, de remundialización del capitalismo, un proceso paralelo a la contrarreforma del mismo. El capitalismo posterior a la II Guerra Mundial pudo reformarse más o menos tímidamente en un sentido social por la vía de fijar e instituir internacionalmente el derecho de los gobiernos democráticos —según expresó Keynes lo que consideraba el principal resultado de Bretton Woods— “a controlar los movimientos de capitales”; es decir, a desmundializar una economía capitalista sin brida ni freno que había llevado a la humanidad a la catástrofe de las dos guerras mundiales más cruentas y terribles que registra la historia universal. Cualquier alternativa razonable a la catástrofe económica y ecológica en que ha venido a parar esa “globalización” pasa hoy, en mi opinión, por una nueva desmundialización, comenzando por la reinstauración del derecho de los gobiernos democráticos a controlar los movimientos de capitales y por devolver a los pueblos su plena soberanía. El cosmopolitismo republicano de Kant y Robespierre, y su heredero directo, el internacionalismo socialista del movimiento obrero, aspiraron a la unión fraternal de los distintos pueblos soberana y democrático-republicanamente constituidos, y eso no tiene nada que ver con la utopía pseudocosmopolita universal, que es y ha sido siempre, desde los tiempos de Diógenes el cínico y Antístenes hasta el neoliberalismo de nuestros días, una construcción intelectual al servicio de causas imperiales inconfesables; la otra cara, si quieres decirlo así, de los belicosos nacionalismos etnicistas y antidemocráticos.

Entre otros efectos del capitalismo, creo yo, hay uno que afecta directamente a las personas, y es el de la generalización del egoísmo. Yo tengo muchas discusiones con amigos míos, muy escépticos, que defienden que somos egoístas y malvados por naturaleza. Yo soy tal vez un poco ingenua y discrepo, y me paro a pensar en mis abuelos que vivían en el campo y que se juntaban con los vecinos para repartirse las tareas, o que tenían sistemas de ayuda mutua en caso de malas cosechas. Sé que este comunitarismo era simplemente una característica de la economía tradicional agraria que en Galicia no desapareció hasta hace muy pocos años, y que tenía aspectos muy negativos como la posición de la mujer, etc. Pero en cualquier caso, tenía un elemento muy interesante como era el del sentimiento de comunidad. ¿A ti te parece, realmente, que soy una ingenua, o tiene sentido defender los valores de la solidaridad a la hora de proponer una transformación social?

Ese es un asunto bastante complejo, y me resulta imposible despacharlo con una contestación rápida. Pero prueba a preguntar a tus amigos “egoístas” qué sacan ellos, egoístamente hablando, de la defensa de la tesis panegoísta, según la cual el único motivo de la acción humana es el interés propio, indiferente al de los demás. Porque si esa tesis fuera verdadera, no se ve, en su caso, por qué tendrían que andar defendiendo, por amor a la verdad, el panegoísmo, una tesis que, por lo pronto, no parece favorecer a la promoción de su interés propio (el interés propio siempre estaría mejor servido por alguna hipocresía buenista); y en todo caso, el perder tiempo defendiendo algo —lo que sea— por mero a amor a la verdad ya es un tipo de conducta que no se condice nada bien con el “egoísmo” calculador y economizador de energía. Diles que no se odien tanto a sí mismos, que la contradicción performativa en que les has pillado revela que ellos mismos no son tan egoístas como creen. Diles que son víctimas de la propaganda del “sentido común” construido por el doxariado de nuestro tiempo –¡esa colección de pusilánimes!—, tan alejado del buen sentido que va con la humana magnanimidad. Reclútales para tu causa, ofréceles el viejo consejo aristotélico que está en el corazón axiológico del laicismo republicano y socialista moderno: “Deja de pensar mal de ti mismo, y sé tu mejor amigo siempre”.

En la mesa "O neoliberalismo en crise: cara a onde vai o sistema?" planteabas que la actual crisis evidencia también el fracaso del intento de superar el shock de 1973 a través de la financiarización, el neoliberalismo y la remundialización del capitalismo. Muchas fueron las voces durante el Foro que invitaron a aprovechar este fracaso del capitalismo, para orientar el movimiento altermundista hacia acciones políticas que nos lleven a un sistema más justo. Si crees que hay alguna posibilidad para esto, ¿hacia donde crees que podría ir encaminada esa acción política? ¿Cuáles serían los errores de la izquierda actual a evitar? Propuestas como la de la Renta Básica se plantean como reformas dentro del sistema, porque, aunque son conflictivas como afirmáis, no parecen directamente dirigidas a acabar con el sistema, con el capitalismo. Ahora que el sistema (el capitalismo, tal vez el propio Estado), parece que se desmorona, habrá que replantear propuestas de este tipo, o tienen más sentido que nunca?

Se puede ver la presente crisis como una crisis de la economía real inducida por los insensatos procesos de desregulación, financiarización y remundialización de las últimas décadas. Pero también se puede pensar que el neoliberalismo (como conjunto de políticas de desposesión de los derechos conquistados por los trabajadores y de despojo y privatización de los patrimonios comunes de los pueblos del mundo —incluido el patrimonio natural—), la remundialización (sobre todo, la reintroducción de la plena “libertad” de movimientos de capitales) y la financiarización (la autonomización sin precedentes del sector financieros y su creciente conversión en una especie de “esquema Ponzi” fraudulento a escala mundial) han sido distintas estrategias destinadas a superar la crisis clásica de “sobreproducción capitalista” (por decirlo con Marx) o de desplome de la “eficacia marginal del capital” (por decirlo con Keynes) del final de la Edad de Oro del capitalismo socialmente reformado en los años 70. En este segundo caso, estaríamos ante una crisis, no sólo del grueso de las políticas contrarreformistas puestas por obra por las elites capitalistas en las últimas tres décadas, sino ante una crisis sistémica del capitalismo mismo, como forma histórica de civilización.

Sea ello como fuere, tanto en uno como en otro diagnóstico, lo esencial es, por lo pronto, concentrar el grueso del fuego político contra las políticas capitalistas ahora manifiestamente fracasadas (contra el neoliberalismo, contra la “libertad” de movimientos de los capitales y contra el predominio del sector financiero). Y concentrar ese fuego, a sabiendas de que las fuerzas propias son más bien débiles —no hará falta insistir en eso—; a sabiendas de que en los años 70 las fuerzas populares sufrieron, a escala mundial, una tremenda derrota de la que todavía no se han recobrado en la mayor parte del mundo, y desde luego en Europa y en EEUU. Reconocer eso quiere decir reconocer la necesidad de acumular fuerzas, de dar tiempo a la reorganización, lo que pasa por encadenar conjuntos de pequeñas victorias que vayan devolviendo la confianza en las propias fuerzas a las clases subalternas. Siempre lo son, pero en circunstancias de debilidad propia como las actuales todavía son más peligrosos los maximalismos de todo o nada. Aquí, en el Foro Social Gallego, se ha oído a gente que razonaba como si de la crisis sistémica del capitalismo se pudiera pasar inmediatamente al socialismo sin mayores mediaciones que las ofrecidas por el tremolar una bandera de cuatro consignas estremecidas. Y resulta perfectamente comprensible: durante años y años se la ha dicho a la gente no sólo que “no hay alternativa” (la TINA de la señora Thatcher), sino que lo existente es buenísmo; y de repente, lo existente se desploma a ojos vista, y todo el mundo comienza a hablar, como si de la cosa más natural del mundo se tratara, de grandes alternativas (hasta Sarkozy quiere “refundar éticamente el capitalismo”; sólo los muy despistados, como el presidente de las Cortes españolas, el ínclito “socialista” señor Bono, actúan como si no pasara nada, y se siguen despachando a gusto con declaraciones —por cierto que inconstitucionales— como que la libertad de mercado y de empresa “están por encima de los deseos de los gobiernos democráticos” ). Es natural que una izquierda que ha tenido que morderse la lengua por dos décadas salte ahora a la brava como el corcho de una botella de cava previamente agitada.

Uno de los signos inconfundibles de la derrota de un movimiento popular es la cantidad de posibilidades de pequeñas reformas institucionalmente posibles desperdiciadas. El “sistema”, o el “capitalismo”, no es una especie de máquina de una sola pieza, ni siquiera de varias piezas con engranajes perfectamente ajustados. Esa visión, bastante común entre gentes formadas en el marxismo estructuralista y en el posestructuralismo franceses, es hija de una ignorante concepción ahistórica y apolítica del capitalismo, que es, en cambio, una realidad histórica y política, y por lo mismo, una realidad que ha evolucionado de formas complejas y contradictorias: parte de esa evolución son las luchas sociales enconadas que ha provocado, luchas que han cristalizado secularmente en multitud de costumbres, de leyes, de instituciones y de prácticas tendencialmente anticapitalistas, o al menos, incongruas con la cultura económica y moral básica del capitalismo: desde magnas realidades institucionales, como los Estados sociales, los grandes sindicatos obreros y aun la propia institución del sufragio universal democrático —una conquista del movimiento obrero del siglo XX—, hasta los pequeños “lazos y lacitos” criticados por Berlusconi como trabas intolerables al funcionamiento cotidiano de lo que los neoliberales llaman mercados “libres” (en realidad, mercados cautivos de competición oligopólica en los que los grandes pueden extraer a su buen placer, “libremente” y sin trabas públicas, las rentas monopólicas más escandalosas). La derrota del movimiento popular a finales de los 70 propició el progresivo desuso o abandono de muchas de esas potencialidades existentes (por señalado ejemplo: la afiliación sindical), y luego, y en parte por consecuencia, el ataque directo de las elites a las realidades institucionales y legales potencialmente anticapitalistas, entre ellas el derecho de afiliación sindical o el derecho de los gobiernos democráticos a controlar los movimientos de capitales. A mí me parece que, dada la situación de partida, con fuerzas notoriamente débiles y desorganizadas, se trata también de comenzar recuperando el terreno perdido. Por ejemplo, un mero ejemplo, pero de un país con mucha menos tradición que la Europa occidental en materia de instituciones decantadas históricamente como resultado de grandes luchas populares del pasado: en los EEUU, muchos propietarios de viviendas que han caído en la morosidad y están a punto de perder sus casas, han descubierto ahora que pueden pelear legalmente contra sus bancos acreedores amparándose en leyes centenarias que obligan a condonar deudas injustamente contraídas. Las reformas, por pequeñas que sean, si tienen un sentido democrático y anticapitalista —la institución de un ingreso universal e incondicional de ciudadanía, indudablemente, tiene ese sentido, porque substrae un área de la vida social al imperativo de trabajar asalariadamente—, no sólo no son lo contrario de un cambio social y político radical, sino que –como advirtió certeramente Rosa Luxemburgo hace más de 100 años— lo complementan y aun lo orientan: permiten acumular progresivamente fuerzas, dar confianza a quienes luchan por esos cambios, y ampliar progresivamente la base social de quienes no están dispuestos a tolerar que un 10% de la población viva tan inconsciente como opíparamente a costa del resto de la humanidad en un planeta esquilmado y cada vez más parecido a un estercolero químico, bacteriológico y radioactivo.

Por, Comba Campoy
Sin Permiso

El entrevistado, Antoni Domènech, es catedrático de Filosofía de las Ciencias Sociales y Morales en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Barcelona.
 

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