Miércoles, 24 Octubre 2018 16:36

El cristianismo católico en el siglo XXI

El cristianismo católico en el siglo XXI

La visita del papa Francisco a Colombia fue un acontecimiento muy importante para los católicos, pero aún más para los que somos laicos. Su discurso renovado evidencia una cercanía a una sociedad que cambia rápidamente, situación que estima un trabajo muy duro hacia el interior de una institución como es la católica, quien le había dado la espalda a sus seguidores acosados por los desafíos que plantea el mundo actual.

 

Es un hecho evidente: a la Iglesia Católica le costó mucho trabajo entender que la sociedad había cambiado. Hecho palpable a lo largo del siglo XX. Durante esas diez décadas, la Iglesia Católica en cabeza de sus representantes, el Papa y Cardenales, practicaban una Iglesia con creencias y métodos que habían evolucionado muy poco en los últimos cuatrocientos años.

 

Era una actitud regresiva ante una sociedad multiplicada en número de habitantes, intercomunicada por radio y televisión, cada vez más urbana, con imaginarios cada vez menos apegados a la tradición, a las verdades trasmitidos de padres a hijos, lo que le planteaba a la Iglesia resolver variedad de retos en este mundo concreto, para lo cual era de poca ayuda insistir con promesas de un cielo etéreo y abstracto, que ya no encontraba sintonía con las angustias y realidad apremiante de la población cristiana católica.

 

Los cambios sociales producto de dinámicas económicas perversas empujaron al mundo del siglo XX –en su mayoría de creencia católica–, a dos guerras mundiales en menos de cuarenta años y a un sin número de confrontaciones violentas en los siguientes cincuenta años.

 

En estas circunstancias, vivir en pleno siglo XX no era fácil, situación que permite preguntar ¿Y, dónde está la Iglesia Católica? En todo este caótico mundo, dónde estaba la presencia de un guía espiritual y el apoyo moral para sus seguidores, lo que hubiese aliviado el gran dolor de muchos cristianos católicos en aquella época; era lo mínimo que se esperaba. Pero la Iglesia católica por intermedio de sus representantes se encontraba cercana al poder político, en muchos casos dictadores y tiranos, y en otros casos cercana a quienes ostentaban el poder económico, ambas instituciones responsables de la debacle de los valores fundacionales de una sociedad moderna, como son la libertad, la justicia y la equidad.

 

Pero, de igual manera, hacia el interior de la Iglesia se movían manifestaciones que entendían que esta Iglesia no podía seguir al margen de las necesidades humanas, siendo solo espectador del dolor y en algunos casos complaciente, callando sin musitar palabra. Luego, el espíritu de renovación en el discurso se hizo sentir en medio de la debacle.

 

El papa Juan XXIII convoca, hacia mediados del siglo XX, al Concilio Vaticano II, con clara disposición de impulsar reformas hacia el seno de la Iglesia católica hundida en el pasado, pero solo un poco más de diez años duró la reflexión, ya que la muerte de este Papa renovador precipitó el fin de esta oportunidad histórica de lograr identificar el objetivo de la iglesia ante los cambios veloces que experimentaba la sociedad. Hacia el año de 1965, quien lo sucede, el papa Pablo VI decreta el final del Concilio Vaticano II; luego la etapa de reflexión y cambio solo se dio en algunos asuntos de poca profundidad para la Iglesia.
Pese a esto, en Latinoamérica un sector de la Iglesia católica entendió la necesidad de continuar con un discurso progresista, sin aceptar la regresión de la Iglesia en el resto del mundo, continuando así con una acción social progresista que permitiera fundar una nueva visión de la acción pastoral, con fundamento en el contacto directo con las necesidades y apremios de una gran mayoría de la población marginada, y en franca situación de pobreza, en estos países que en su mayoría se encontraban gobernados por las dictadores militares.

 

Este movimiento latinoamericano de sacerdotes progresistas definió nuevas reflexiones teológicas sobre el papel de la Iglesia católica en los países pobres, despertando polémica entre los sectores más conservadores de la Iglesia en Latinoamérica y en las élites de cada país. Esta nueva teología se empezó a denominar “Teología de la Liberación”, caracterizada por la experiencia de conocer a Dios dentro del sufrimiento y la lucha de los pobres, y en algunos casos en lograr explicar y defender esa experiencia1. Igualmente, “La Teología de la Liberación articula una experiencia de Dios en el pobre que tiene lugar en la iglesia”2.

 

Ante la aparición de una manera diferente de trabajar y acompañar al ser humano, que reclama la presencia de Dios desde sus mismas necesidades vitales, el cardenal Ratzinger, jefe de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe del Vaticano, dio alcance a lo que se denominó como Teología de la Liberación en América Latina en una carta denominada “Carta Ratzinger”, donde arremetía en contra de dicho movimiento, acción acompañada de la fuerte represión hecha a sacerdotes progresistas. Como se recordará este Cardenal luego fue ungido como el papa Benedicto XVI y dirigió a la Iglesia entre los años 2005-2013.

 

Pasaron algunas décadas después de este intento de renovación, que si bien no generó los cambios esperados en su momento, estos quedaron postergados hasta cuando un cardenal latinoamericano logró alcanzar la máxima posición en la estructura jerárquica de la Iglesia católica como es el papa Francisco, que, si bien no practicó este tipo de teología, si logró experimentar de cerca la acción pastoral de muchos de sus colegas en aquella época. El papa Francisco fue el que logró que la Iglesia católica abriera sus ojos ante la nueva sociedad después de un largo sueño de más de quinientos años y sin perder tiempo abordará temas de inmensa preocupación en la población cristiana católica actual, como son la violencia hacia la mujer, el aborto, la homosexualidad, la práctica de la fe en Cristo para los cristianos católicos y demás palabras que permiten ver con esperanza la necesidad de acercar a la Iglesia a sus seguidores.

 

A finales del año 2017 el papa Francisco visitó a Colombia como una acción concreta de la participación de la Iglesia en el proceso de paz en marcha en el país, haciendo una praxis dramática y comprometida con este logro, a diferencia de situaciones anteriores, en donde la Iglesia no asumió el papel protagónico que se esperaba en el acercamiento de las partes en conflicto a partir de entender que la fe cristiana no tiene color político o ideología.

 

Luego, no es atrevido pensar, que aquellas enseñanzas y lecciones aprendidas fruto del intento de algunos sacerdotes que cuarenta años atrás llevaron la acción pastoral al contacto directo con los problemas del ser humano del común, denominado por algunos “Teología de la Liberación”, hoy se encuentran presentes en algunas de la acciones y discursos concretos que este Papa utiliza como método de acercamiento a la población cristiana católica que lo sigue. Por esto, se podría afirmar que es el principio del entendimiento sobre la coherencia entre el discurso y la acción, que son las bases fundamentales para la construcción de un cristianismo más cercano a los problemas concretos del ser humano en el presente siglo. Muchos seguidores del papa Francisco animados por su espíritu renovador, desean que tenga un pontificado extenso, y que como líder de su iglesia logre reconstruir un cristianismo católico capaz de afrontar los retos que le plantea el siglo XXI.

 

1 Berryman, Phillip, Teología de la Liberación, Siglo XXI Editores. Colección Sociología y Política. Tercera edición en español. Impreso en México.
2 Ídem.

* Arquitecto con más de veinte años de experiencia de trabajo en temas urbanos y de ordenamiento territorial en entidades públicas y privadas; Especialista en Gestión y Planificación del Desarrollo Urbano Regional y Magíster en Sociología Urbana.

Bibliografía
Restrepo, Javier Darío, La Revolución de las Sotanas. Golconda 25 años después, Editorial Planeta. Segunda edición. 1995.

 

Publicado enEdición Nº251
Domingo, 07 Noviembre 2010 12:25

El Papa, peleando con los españoles

El Papa Benedicto XVI llegó a España en un modo de combate, denunciando un "agresivo movimiento anticlerical y laicista" supuestamente resucitado del de la década del treinta. El Papa inició su primer día de visita oficial en Santiago de Compostela y a la noche llegó a Barcelona, donde se dirigió directamente al palacio episcopal.

Ya en el avión, antes de tocar suelo español, Benedicto marcó el subido tono de la visita hablando con los periodistas. "España vio en los años '30 (durante la II República, antes de la Guerra Civil) el nacimiento de un anticlericalismo y de un movimiento de secularización e incremento del laicismo fuerte y agresivo", dijo el pontífice. Ese movimiento y "el enfrentamiento entre fe y modernidad vuelve a producirse hoy y es muy fuerte".

Las declaraciones cayeron muy mal en España. El diario conservador El Mundo escribió ayer mismo en su edición online que "alguien le ha debido asesorar mal. O mejor dicho, alguien le ha engañado. En la España de Zapatero, laicista 'light', no se queman iglesias ni se persigue a los curas. Al contrario, el Estado recauda fondos para la Iglesia y ayuda a restaurar las catedrales".

El Papa fue recibido en el aeropuerto por el príncipe heredero de la Corona, Felipe de Borbón, su esposa Letizia y miembros del gobierno español y otras autoridades políticas y religiosas. En el aeropuerto de Barcelona lo recibieron el presidente del gobierno autónomo catalán, la Generalitat, José Montilla y el alcalde de Barcelona, Jordi Hereu. El arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach, viajaba con el Papa desde Compostela. Al llegar, el Papa fue más amable y dijo que "vengo como peregrino en este Año Santo Compostelano" y "deseo unirme así a esa larga hilera de hombres y mujeres que, a lo largo de los siglos, han llegado a Compostela desde todos los rincones de la Península y de Europa, e incluso del mundo entero, para ponerse a los pies de Santiago". La visita coincide con el Año Santo, que la Iglesia Católica celebra cuando el 25 de julio, festividad de Santiago, cae en domingo.

El Papa va a consagrar hoy el famoso templo de la Sagrada Familia, iniciado hace 128 años por el arquitecto modernista catalán Antoni Gaudi y todavía inconcluso.
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I. La Iglesia y la ignorancia

Dijo el obispo: el pueblo mexicano no es laico.

Tiene razón: los pueblos no son laicos. Los individuos no son laicos. Son los estados los que son laicos. Son las instituciones las que son laicas.

Pero el obispo, y con él la Iglesia, fingen ignorarlo, y le echan la culpa del laicismo a Satanás. De la misma manera que los antisemitas lo atribuyen a una conspiración judeomasónica o algunos intelectuales musulmanes lo acusan de ser un producto puro del judaísmo talmúdico, o como los anticomunistas lo endilgan a Carlos Marx.

La Iglesia finge ignorar que el propio Marx, y con él Engels, y con ello los promotores del laicismo en Francia: Condorcet, Aristides Briand y Jean Jaurés, advirtieron sobre el peligro de una visión del mundo basada en el odio hacia la religión.

La Iglesia prefiere no saber que en el siglo XVIII, el más jacobino de los jacobinos, Robespierre, condenó al anticristianismo feroz de la Revolución Francesa.

La Iglesia, al menos la Iglesia mexicana, prefiere pensar que el Estado laico fue la invención de un partido político mexicano.

La Iglesia olvida que la formulación del laicismo como una doctrina que preconiza la independencia del hombre, la sociedad y el Estado frente a todo tipo de influencia religiosa o eclesiástica, apareció en la Baja Edad Media. Esto lo afirma el Diccionario de ciencias jurídicas, políticas, sociales y de economía, dirigido por Víctor de Santo.

La Iglesia olvida que la inviolabilidad entre las dos jurisdicciones –que son la propia Iglesia y el Estado– fue configurada desde finales del siglo V, con la anuencia del papa Gelasio I, con la imagen de las dos espadas que no pueden empuñarse con una sola mano. Con una de ellas se defiende a la Iglesia. Con la otra, al Estado.

La Iglesia mexicana no sabe que el laicismo –o laicidad– fue enarbolado como defensa de la recién nacida Tercera República francesa, a la que se unieron protestantes y judíos, atemorizados por el dogma de la infalibilidad papal, promulgado por Pío IX, el Papa que en un documento, el Syllabus, anexo a su encíclica Quanta cura, condenó como un error la opinión en el sentido de que el pontífice romano puede y debe reconciliarse, y estar de acuerdo, con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna. Esto no era sino un eco de la declaración hecha varios siglos antes por Pío VI, quien no había vacilado en condenar como sacrilegio la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, así como la libertad de expresión. En su encíclica Quod aliquantum dijo que no podía imaginarse tontería mayor que tener a todos los hombres por igual y libres.

En Francia, una vez adoptado el laicismo por la República, no tardó en aplicarse a la enseñanza pública. Se hizo célebre una frase de Adophe Crémieux: El cura a la iglesia y el profesor a la escuela, y quien fuera ministro de Instrucción Pública de 1879 a 1885, Jules Ferry, puso en vigor la ley del 28 de marzo de 1882, que confirió a la enseñanza primaria las características de gratuidad y laicismo. Al mismo tiempo, se prohibió la enseñanza religiosa en las escuelas primarias del Estado.

Siete años más tarde, en México, y sin duda inspirado por la legislación francesa, el llamado Primer Congreso Pedagógico Nacional postuló también la instrucción primaria, laica, obligatoria y gratuita, cuya ley reglamentaria entró en vigor en 1892.

Francia presume de haber sido el país que inventó el Estado laico. Así fue, pero no todos los avances del laicismo en Occidente se han debido a los franceses.

Por ejemplo, fue sólo hasta 1905 que se estableció, en Francia, la separación definitiva de la Iglesia y el Estado. Esta separación había ya tenido lugar en México casi medo siglo antes.

Y esto es un orgullo para México.

Pero...

II. ¿Qué tan laico es el Estado mexicano?

En México, en el Estado laico mexicano, la Iglesia católica está exenta de pagar impuestos. No paga impuesto sobre la renta. No paga IETU. No tiene, siquiera, la obligación de hacer una declaración fiscal anual. Y este extraordinario privilegio, una de las tantas, quizás la peor de las varias aberraciones del sistema tributario mexicano, no fue concedido por un gobierno panista. Viene de lejos.

Esto quiere decir que la Iglesia mexicana, de todos esos inmensos ingresos destinados a engordar las arcas del Vaticano y las suyas propias, no dispone de un solo centavo destinado a enriquecer el erario nacional.

Quiere decir que la Iglesia no participa, ni con una décima de centavo, en la lucha contra la inseguridad y el crimen.

Que la Iglesia no contribuye, ni con una centésima de centavo, a la educación del pueblo mexicano.

Que la Iglesia, que con sus ingresos le alcanza y sobra para pagar los jugosos salarios de sus obispos, arzobispos y cardenales, sus palacetes, sus viajes a Roma, sus automóviles y sus choferes, sus inscripciones en los clubes de golf, no colabora, ni con la milésima de un centavo, a la salud del pueblo mexicano.

Y quiere decir que el Estado mexicano financia, cuando menos en una tercera parte, todos los gastos de la Iglesia mexicana. Quiere decir que el Estado que se llama laico, es sólo laico a medias.

Y esto es una desgracia para México. Esto es corrupción. Corrupción de la Iglesia y corrupción del Estado. Equivale a un soborno que el Estado le paga a Iglesia para tenerla tranquila y callada.

Es la Iglesia mexicana la que necesita el perdón de Dios, y el de sus fieles. Es el Estado quasi laico mexicano, el que necesita el perdón de los mexicanos.

El 2010 sería una magnífica oportunidad para que en este 15 de septiembre, y en nombre de la libertad, el presidente incluyera, en el Grito de Independencia, la expresión ¡Viva el Estado Laico Mexicano!

Lo invito, con todo respeto, señor presidente Felipe Calderón, a hacer así, y a restaurar la integridad de nuestro laicismo.

Por Fernando del Paso 

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Martes, 07 Septiembre 2010 06:39

El Estado laico no necesita el perdón de Dios

 I. LA DIFERENCIA ENTRE EL PECADO Y EL DELITO

Las religiones pueden definir qué clase de conducta son pecado, pero no están facultadas para establecer qué debe o no ser considerado como delito.

Es a la Iglesia, o poder espiritual, a la que corresponde castigar o perdonar el pecado, y al Estado, o poder temporal, al que corresponder juzgar y castigar el delito y considerar los atenuantes o agravantes de su comisión. Pero no le corresponde perdonarlo.

La Iglesia, si quiere, puede perdonar el o los pecados de un asesino, un narcotraficante o un pederasta. El Estado no obliga a la Iglesia ni a condenar, ni a castigar esta clase de transgresiones. Sí le exige, en cambio, que entregue a la justicia civil a todo aquel ciudadano cuyo pecado constituya un delito, para que se le juzgue con todo el peso –y la bondad– de la Ley.

Cuando la Iglesia se niega a hacerlo con la excusa del secreto de confesión, y de hecho siempre lo hace, el sacerdote y con él la Iglesia entera se transforman en encubridores, en cómplices del delito.

II. El laicismo y la libertad

La diferencia entre pecado y delito es una de las tres principales características del laicismo, tal como las plantea el brillante filósofo español Fernando Savater en su libro La vida eterna. Las otras son:

La segunda: “En la sociedad laica tienen acogida las creencias religiosas en cuanto derecho de quienes las asumen, pero no como deber que pueda imponerse a nadie”.

Esto quiere decir que, en un régimen laico, como el nuestro, el Estado se erige en protector de todas las religiones, concede a todos sus ciudadanos la libertad ejercer cualquiera de ellas y, al mismo tiempo, no puede imponer ninguna religión sobre las demás. De esta libertad goza incluso el presidente de la República, que puede ser católico, protestante, judío o ateo. Sólo se le pide, en caso de ser religioso, que practique su fe con discreción. Y así, con una sola y lamentable excepción, lo han hecho, desde hace más de medio siglo, los presidentes mexicanos que han sabido respetar al laicismo como una de las conquistas del estado democrático...

La tercera. Dice Savater:

“En la escuela pública, sólo puede resultar aceptable como enseñanza lo verificable –es decir, aquello que recibe el apoyo de la realidad científicamente contrastada en el momento actual– y lo civilmente establecido como válido para todos: los derechos fundamentales de la persona constitucionalmente protegidos”.

En otras palabras, el Estado se reserva el derecho a impartir una educación no religiosa sobre bases científicas. La responsabilidad de la Iglesia es la de impartir la enseñanza religiosa, así ésta se base en milagros y dogmas. Tiene toda la libertad de hacerlo.

El Estado laico mexicano no le prohíbe a la Iglesia católica la enseñanza de la religión. No le prohíbe, a ningún padre de familia, que le enseñe a sus hijos a ser católicos. México siempre ha permitido la enseñanza religiosa en las escuelas privadas.

Y, si se alega que sólo los niños de padres en buenas condiciones económicas pueden asistir a las escuelas privadas, la Iglesia católica tiene en México la absoluta libertad –como la tienen todas las otras iglesias– de proporcionar enseñanza religiosa a los niños de familias con escasos recursos pecuniarios en los días y horarios que no interfieran con los de las escuelas públicas, y en los locales que disponga.

Aunque si éste fuera el caso, y la Iglesia asumiera en pleno la misión y la responsabilidad de instruir a esos niños en los principios religiosos y asegurar así su incorporación al rebaño del Señor, uno no podría dejar de preguntarse: ¿cuántos padres de familia dejarían ir solos a sus hijos a las clases de catecismo impartidas por un sacerdote célibe?

III. Contra la naturaleza

La revista católica mexicana Semanario expresó la semana pasada que la adopción de niños por parejas del mismo sexo es un atentado contra la naturaleza, la familia y los niños.

No es así. La adopción de un niño o una niña huérfanos por una pareja homosexual no atenta contra la naturaleza. No existe en la naturaleza ninguna ley que impida o condene la protección que un ser humano desee otorgar a otro ser humano.

Tampoco atenta contra la familia: tiene, por lo contrario, la intención de dar una familia al adoptado.

Por último, no atenta, tampoco, contra ningún niño: tiene el objetivo de cobijarlo contra la orfandad, el abandono, la prostitución, la miseria. Y, si esa pareja está formada por dos católicos o dos católicas, el propósito, también, de educarlo en la religión y que aprenda, así, a amar a Dios.

Lo que sí va contra la naturaleza es el celibato sacerdotal. Cada vez que un hombre descarga su esperma, éste vuelve a acumularse y, en pocos días, su naturaleza exige una nueva expulsión. No son muchas las formas en que un sacerdote adulto puede satisfacer esta exigencia: 1) mediante la masturbación, que para la Iglesia es un pecado, pero que no es un delito para el poder civil: b) mediante la relación sexual con consenso mutuo con una mujer adulta, que también para la Iglesia es un pecado –violación del celibato–, y que tampoco para el poder civil es un delito c); mediante la relación sexual con consentimiento mutuo con otro hombre adulto –por ejemplo, otro sacerdote–, que, una vez más, es considerada por la Iglesia como un pecado, pero que no está catalogada como un delito por el poder civil.

Y d) mediante la pederastia, que es considerada como un pecado por la Iglesia y, por el poder civil, como un delito grave.

El celibato sacerdotal va, también, contra la Ley Divina. Las órdenes del Señor, en el primer libro de la Biblia, el Génesis, son muy claras: Creced y multiplicaos. Estas órdenes, dirigidas a todos los futuros seres humanos sin excepción, han sido desobedecidas durante siglos por la Iglesia católica desde que inventó, en el siglo XI –o sea más de mil años después del nacimiento de Cristo– un celibato que Dios Padre nunca predicó ni ordenó: de haberlo hecho, la humanidad no hubiera existido. Otra cosa fue el enredo inventado por la Iglesia, que identificó el primer acto destinado a cumplir esa orden: la primera relación sexual entre Adán y Eva, con el pecado original. Las mentes puritanas nunca han sido capaces de concebir que Dios le otorgue al ser humano un placer sin que vaya aparejado, en calidad de cobro, el castigo correspondiente.

Si el celibato desapareciera, los sacerdotes no homosexuales –que presumo son la mayoría– podrían forma parejas heterosexuales capaces de salvar de la indigencia y la derelicción a numerosas criaturas, y llenarlos de amor y bendiciones. Y, para cumplir con la orden del Señor, los sacerdotes casados podrían además engendrar a sus propios hijos. Debe haber millones y millones de niños que duermen, en espera de nacer, en el vientre de la Eternidad. Que los traigan, pues, al mundo, en el seno de una pareja heterosexual aquellos que más abogan por el bienestar y la felicidad de la infancia.

El Estado laico no necesita el perdón de Dios, porque no atenta ni contra Dios ni contra la Iglesia. No atenta contra los fieles: protege su libertad. Protege su libre elección O, en otras palabras, protege el libre albedrío, cuya existencia fue confirmada por Santo Tomás de Aquino en la Summa Theologica.

Por Fernando del Paso/ I
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