El baile de lxs que sobran: Hipótesis y preguntas desde la rebelión popular en Chile

Se cumple una semana de revuelta popular en Chile, desde que el viernes 18 de octubre miles de estudiantes de toda la capital realizaron una jornada masiva de evasión en el Metro de Santiago, ante una nueva intentona de los gobiernos neoliberales por despojar y privatizar lo común, en esta ocasión expresada en una nueva alza de pasajes impuesto por el gobierno de Sebastián Piñera.

Ocho días de insubordinación colectiva que, de forma aparente, comenzó como un repudio activo contra el aumento de 30 pesos en el costo de este medio de transporte público1, pero que, de manera más profunda, representa el desacato contra treinta años de neoliberalismo recargado. Asistimos a una oleada de desobediencia contra el “exitoso” modelo chileno, ayer denominado por gobiernos de la Concertación como el “jaguar latinoamericano” y hoy por el gobierno de Piñera como el “oasis de América latina”2.

La reacción a este cuestionamiento no fue de escucha ni diálogo; por el contrario: declaración de estado de emergencia, militares en las calles, toque de queda, restricción de libertades, tres mildetenidos, casi mil heridos y lesionados, varios de ellos de extrema gravedad producto de disparos con armas de fuego3, muchos a quema ropa, 19 muertos,decenas de acusaciones de violaciones a los derechos humanos por apremios ilegítimos, secuestros en la vía pública, vejámenes en procedimientos policiales, violaciones y sesiones de torturas en estaciones de Metro y cuarteles policiales. 

Se torna urgente, por tanto, analizar lo ocurrido más allá de las lecturas superficiales que circulan en los medios hegemónicos. En tal sentido, lo que siguen son algunas hipótesis y un cúmulo de interrogantes, escritos al fragor de este proceso de insubordinación que emerge como punto de quiebre y momento constitutivo en la historia reciente de Chile e incluso de América Latina.

1. Una revuelta espontánea gestada por la juventud popular, que devino -por multiplicación e irradiación- en el baile de lxs que sobran.

Nuevamente, al igual que en el 2006 y 2011, la revuelta en sus comienzos fue dinamizada por el movimiento de estudiantes secundarios, pero con una distinción. Más allá de la categoría estudiantil, lo que marcó el origen de la revuelta y su devenir, fue el rol de una o en realidad de unas juventudes, de carácter popular, que involucra y a la vez excede a las y los estudiantes, como sujeto polimorfo y más amplio que el de los ciclos precedentes. Éste, sin más coordinación que cadenas de wasap, convocatorias en liceos y escuelas de boca en boca y un uso contra hegemónico de las redes sociales, convocó a la realización de una original modalidad de lucha (la evasión masiva), a través de una consigna de protesta y agitación transversal: “¡Evadir, no pagar, otra forma de luchar!”.

Interesa resaltar este carácter diverso del sujeto político popular juvenil que dinamiza los orígenes de la revuelta, precisamente porque la reproducción radical del estallido en los días siguientes se explica, en parte, por dicha transversalidad al sentir del pueblo. Su llamado por cual no esperó abarcar primero todo el sector educativo (cual mancha de aceite) y luego al campo social, sino irradió e interpeló con una velocidad inusitada al grueso de las clases populares (tipo archipiélago). Así es como sin ánimo alguno de centralización, dirigismo ni lógicas vanguardistas, las diferentes estaciones de Metro (una extensa red por donde circulan casi 3 millones de personas a diario) oficiaron de manera entrelazada de puntos de condensación de la protesta, dando rienda suelta a la experimentación política y la creatividad desde abajo en cada una de estos “nodos”.

La evasión masiva, combinada con la brutal represión sufrida por las y los jóvenes el día viernes 18 de octubre en estos diferentes puntos de la ciudad, abonó a una conexión casi inmediata con la interseccionalidad material de buena parte de las formas de explotación, endeudamiento, precariedad y enajenación que sufren las clases subalternas en territorio chileno, oficiando de práctica antagonista con capacidad articuladora de las luchas en y por lo común. Este “sistema de dominación múltiple” que disgrega y fractura sujetos/as y luchas ante el grito de protesta se visualizó, al fin, en el imaginario colectivo, como uno sólo.

Por ello, si bien puede ser definida como una revuelta de carácter espontáneo, es preciso leerla en tanto conjunción de proceso y acontecimiento, es decir, de tramas subterráneas y apuestas cotidianas que fueron horadando cada vez más la hegemonía neoliberal vigente en Chile, hasta decantar en un estallido tan masivo como inesperado que reventó la burbuja del mito de una sociedad falsamente inclusiva y democrática.

Esta irrupción tuvo como antesala, y al mismo tiempo emparentó diversas resistencias: lucha de las mujeres contra el sistema patriarcal y en defensa de la soberanía sobre los cuerpos/territorios, que se expresó meses anteriores en ocupaciones de universidades para hacer visible la violencia y la precariedad de la vida que afecta de manera más aguda a las mujeres y disidencias; las resistencias contra el extractivismo, la privatización de los bienes comunes, la contaminación socio-ambiental y la acumulación por despojo en campos y ciudades; la histórica lucha de la nación-pueblo mapuche por territorio, autodeterminación y fin a la militarización del Wellmapu, las iniciativas y propuestas de vida digna basadas en la recuperación de derechos sociales como “NO+AFP”, la lucha social mediante acciones callejeras, tomas de liceos y novedosos repertorios de acción colectiva en contra de la mercantilización de la educación que no cesa, y las variadas expresiones de poder popular, prefiguración y autogobierno desarrollada por el movimientos de pobladores/as que desde rincones de las periferias rebeldes de la ciudad neoliberal cultiva una vida otra.

En conjunto, todas estas luchas abonaron -de forma subterránea y más allá de sus posibles matices- a la erosión del sentido común neoliberal que tuvo como contracara una pérdida del miedo, y que trocó en estado de ánimo disconforme e insumiso a nivel societal. De igual manera, el ¡Fin del lucro! que ya había sido escuchado como principal grito de protesta y exigencia popular en 2011, se actualizó esta semana a partir de un clima de hartazgo generalizado que equivalió a un estruendoso ¡Ya Basta! similar al lanzado por el zapatismo décadas atrás desde la Selva Lacandona.

Así, la revuelta habilitó un “secreto compromiso de encuentro” entre estas apuestas colectivas de lucha precedentes y una espontaneidad de masas que irrumpió en las calles operando por multiplicación y a través de irradiación, consiguiendo conectar el memorial de agravios históricos con el descontento actual cada vez mayor con respecto al orden neoliberal; logró unir a todos y todas en el “baile de los que sobran” diría la mítica canción de la banda musical Los Prisioneros4.

Lo que se vivencia en las calles en estos momentos, no es entonces un movimiento social, sino una sociedad en movimiento, hastiada de precariedad, endeudamiento y mercantilización de la vida, de autoritarismo y desigualdad tanto en un plano socio-económico como político-institucional. 

2. Un estado de emergencia decretado por el mal gobierno y un emerger de los pueblos más allá del Estado.

Luego de una larga jornada de evasiones masivas, movilizaciones multitudinarias, barricadas, incendios y cacerolazos en numerosos puntos de la Región Metropolitana, esa misma noche del viernes 18 de octubre el presidente Sebastián Piñera anunció públicamente ante los medios de prensa la declaración del estado de emergencia.

El día sábado las calles amanecieron con cientos de militares distribuidos en puntos estratégicos de la ciudad y pertrechados para la guerra. La imagen nos retrotrajo a los peores momentos de la dictadura pinochetista, y puso en evidencia los vasos comunicantes entre aquel terrorismo de Estado ejercido de manera prolongada durante 15 años, y el actual estado de miedo y sometimientos de nuestros cuerpos -a veces menos visible y hoy abierto- que se reinstala a punta de fusil en pleno siglo XXI.

Pero este intento de atemorizar a quienes el día anterior habían salido a las calles al “baile de lxs sobran” disfrutando del ritmo de la protesta radical, al son de una solidaridad masiva con la intrépida juventud protagonista de las evasiones, lejos de cerrar la fiesta, generó un mayor nivel de bronca y desacato que se irradió a otras latitudes y territorios de Chile.

Al estado de emergencia impuesto por el Estado, el pueblo, los pueblos, respondieron con un emerger más allá del Estado. Un insurgir colectivo, una potencia plebeya que con extrema osadía hizo de la conquista de las calles un laboratorio de experimentación política, que fue lentamente prefigurando modos de vidas propios (en sus tiempos, territorialidades y sentidos), reapropiándose de lo público (en sus usos sociales más allá del Estado y del Mercado) y reconstruyendo lo común (desde abajo) a partir de diversas y complementarias modalidades de desborde y ruptura del orden neoliberal.

Desde esta perspectiva, entendemos que el ataque a ciertos edificios y bienes públicos, contrario a lo que se escucha, no es un ataque a “lo público” como aquella vincularidad que nos constituye en tanto pueblos en coexistencia. Más bien, es un ataque contra determinados símbolos materiales que hacen parte de un Estado refractario a los intereses y necesidades populares.

Si en el ciclo anterior de revuelta la idea de ¡Fin al lucro! puso en el centro la lucha contra el mercado, la revuelta actual agrega a la batalla contra la mercantilización de la vida, un ataque directo a la estatalidad. De cierto modo, el estallido identificó, lo que muchas y muchas alertaron en los últimos años: aunque el neoliberalismo nos vendió una idea de mercados libres, el Estado nunca se fue (tal como presume y vocifera cierto progresismo vernáculo), todo lo contrario, intensificó su intervención, pero no como dispositivo de bienestar sino cual maquinaria de guerra e instancia mediadora al servicio del capital, engranaje de acumulación, garante de desigualdad y principal promotor del orden burgués.

Sin poder vaticinar el devenir de esta emergencia, lo que sí es evidente es que se detonó -seguramente sin un pronto retorno- un cuestionamiento radical de todo lo instituido y una impugnación de las lógicas mercantiles y estatales que parecían hasta ahora inconmovibles. El estado de emergencia, instaurado en Santiago primero y a los pocos días extendido a más de la mitad de las regiones del país, en realidad no es sino la expresión de un Estado en emergencia, que ante la pérdida de legitimidad social acude a la violencia más descarnada para sostenerse.

En esta línea, el segundo paso del gobierno, como respuesta a este emerger insumiso y destituyente, fue dictar la tarde del sábado 19 de octubre toque de queda totalen las provincias de Santiago y de Chacabuco, además de las comunas de Puente Alto y San Bernardo5. La apelación a las Fuerzas Armadas por parte del gobierno, lejos de interpretarse como una fortaleza del régimen político, pone en evidencia su precariedad hegemónica y el progresivo debilitamiento de los mecanismos de sometimiento ideológico que supieron apuntalar a este sistema de dominación tan intrincado. La desobediencia al toque de queda de cientos de miles de personas denotó aún más el resquebrajamiento del consenso neoliberal, y con el transcurrir de los días se fue desencadenando una crisis total del régimen. El millón y medio de personas en la última concentración masiva el viernes 25 de octubre en Santiago viene a reafirmar dicha crisis sistémica.

3. Reconfigurar “lo común” en la revuelta: una temporalidad y espacialidad otra y propia.

Durante esta semana de desacato e insubordinación, en las calles de Chile se ha vivenciado un claro enfrentamiento con el orden político, y al mismo tiempo se vislumbra embrionariamente una reinvención de la política. Uno de sus rasgos más sugerentes de esa reinvención que apareció en la revuelta es otratemporalidad, acelerada en su irradiación a contramano de todo lo previsible y a la vez calma e intensa en su vivencia, más similar a los pueblos indígenas que a la velocidad y liquidez capitalista.

Observamos una suerte de política in-mediata, en dos sentidos: de un lado por una ausencia de mediaciones (sean éstas las instituciones estatales, las organizaciones partidarias e incluso los movimientos sociales hasta ahora existentes) y de otro, como una autoafirmación en el “aquí y ahora” tanto de soluciones como de experimentaciones, que reniega de la paciencia indolente propia del tiempo gubernamental y mercantil. En ese tiempo propio, hay una ruptura y desavenencia visceral con respecto al dispositivo de la espera como tempografía disciplinaria. Y, además, hay una prefiguración de un tiempo “muy otro” en el presente de lucha, más denso e irreductible a los parámetros homogéneos y lineales de las manecillas del reloj. Las largas jornadas de concentraciones masivas, que se extendieron por muchas horas, son el mejor ejemplo de la restitución de un tiempo propio, de recuperar esa armonía temporal en los pueblos y los cuerpos, que se viola diariamente desde la velocidad vertiginosa de los flujos capitalistas en los modos de vida actual.

Esa otra temporalidad, tiene como complemento necesario otra espacialidad de acción social y política, otras formas de habitar lo político a partir de una co-laboración, es decir, un trabajo en común sustraído de la semántica y de las modalidades de intervención propias del orden liberal-burgués.

La ocupación de plazas y parques, de calles y andenes del metro, de balcones y esquinas, es también una recreación de una territorialidad con sentido propio que dotó a la protesta de una identidad no estatal, popular y comunitaria, cooperativa y autónoma. Ello condensó en la trama urbana la insumisión y el descontento a través de acciones directas, no sectoriales ni corporativas, sino con capacidad de concitar intereses comunes, amalgamar transversalmente medios y fines en un solo haz, y recomponer vínculos intersubjetivos, identidades colectivas, modos de vida y prácticas desmercantilizadoras a escala masiva.

Así es como con el transcurrir de los días de protesta, esta temporalidad y espacialidad contrahegemónica se ramifica y comienza a rearmar procesos de hermanamiento desde abajo6, que habilitan la deliberación pública a partir de la cooperación y la confianza mutua, reconfigurada por una pluralidad de expresiones organizativas. En los últimos días, las asambleas populares, ciudadanas y comunitarias empezaron a proliferar en muchísimos territorios, junto a la constitución de múltiples y simultáneas zonas temporalmente autónomas, que cortocircuitaron el orden socio-político asentado en la hegemonía neoliberal.

Una subjetividad antagonista se está dando cita allí, conjugada con una actitud carnavalesca y festiva, de protesta e indignación, de expansión de los deseos y los afectos, que en grado cada vez mayor asumió al cuidado mutuo y la reciprocidad entre pares como columna vertebral del trastocamiento de toda normalidad. Quizás algo muy básico, pero radicalmente revolucionario en Chile, fue que en esos espacios-tiempos otros se recuperó el saludo, el mirarse a los ojos, mostrar nuestros cuerpos, hablar de política, caminar con la cabeza en alto, cuestionar a los medios que llegaban a cubrir, denunciar la injusticia.

Lo que podría haber sido sólo una evasión individual de sujetos/as descontentos/as por no acceder a los bienes y servicios de la sociedad neoliberal, mutó en una evasión colectiva desde lo común, un rehuir de la mercantilización de la vida.

4. Más que violencia, (auto)defensa y recuperación de la vida, frente a la violencia sistemática de un Estado y una sociedad neoliberal.

Durante todos estos días, los medios hegemónicos chilenos -pero también los de otros países de la región- bombardearon a sus audiencias con imágenes de la “violencia” y el “vandalismo” ejercido por manifestantes en las protestas callejeras. No renegamos de esta arista tan molesta para el progresismo bien pensante, ni escamoteamos el necesario debate alrededor de ella, pero creemos que el discurso mediático rasca donde no pica, en la medida en que de manera simétrica invisibiliza lo sustancial del proceso en curso en las calles de Chile.

Los saqueos de grandes cadenas de supermercados no apuntaron jamás a vulnerar la vida, todo lo contrario, en su defensa cuestionan su cruda y perversa mercantilización y precariedad. Lo que subyace a estas acciones directas es una comunalidad, una impugnación a la lógica de endeudamiento, despojo, especulación financiera y deshumanización, que subsume todos los derechos sociales en dinero y hace de la vida misma mero valor de cambio.

Entonces, que no sorprenda que frente a un sistema de muerte que no da de comer ni de amar, se ejercite desde la indignación y la impaciencia una reapropiación de lo común (en su connotación más diversa e integral), que en algunos casos involucra formas de contraviolencia, las cuales -además de expresar un repudio en acto de ciertas instituciones que encarnan o simbolizan la dominación del Estado, el patriarcado del salario y la violencia del dinero- aspiran a resguardar la vida y apuntan a la satisfacción directa e inmediata de necesidades y deseos, sin acudir para ello a la brutal irracionalidad de la forma-mercancía (que sólo se puede obtener en función del poder adquisitivo que se tenga en el bolsillo o la tarjeta de crédito). Es decir, ejercieron por sus manos, lejos de la moral de lo correcto, lo que la sociedad neoliberal les pidió durante los últimos treinta años: una sensación de éxito e “integración” medida de acuerdo a los bienes de consumo que posee7.

El valor de uso del tiempo enajenado y el valor de uso de los productos se revitalizaron en cada saqueo concretado, molinete saltado o avenida tomada, a partir de una transgresión de la propiedad privada, un cuestionamiento de las gramáticas del poder estatal y una suspensión de la mediación del dinero que -desfetichización mediante- trocó en recuperación colectiva de lo que el orden capitalista pretende ofrecer como bien de consumo comprable y vendible, pero que en rigor fue expropiado previamente como producto y riqueza social a la clase trabajadora, a través de una sistemática e invisible política de despojo y confiscación8. De ahí que, en términos históricos, antes que saqueo, sea viva re-apropiación.

En paralelo, la declaración por parte de Sebastián Piñera de que “estamos en guerra contra un enemigo muy poderoso”, no debería leerse como un mero exabrupto ni una torpeza discursiva. Es la explicitación de un estado de guerra constante -a veces masivo y visible como ahora, otras más subrepticio y selectivo como en el caso de las comunidades mapuches, las mujeres, migrantes y las juventudes populares- que asume nuevas y múltiples formas, así como métodos no convencionales de exterminio y disciplinamiento. Esto es lo que el zapatismo ha denominado como “Cuarta Guerra Mundial”, en la medida en que ya no implica la confrontación entre dos ejércitos regulares en un territorio determinado, sino que involucra cada vez más a los Estados en alianza con tramas informales y sutiles de ejercicio de la represión, que en conjunto atentan contra la vida cotidiana de las poblaciones civiles y comunidades autoorganizadas.

Precisamente, ese “enemigo poderoso” al que alude Piñera no es otro que el “enemigo interno” al que las dictaduras militares intentaron diezmar décadas atrás, es decir, el pueblo, o mejor aún, los pueblos movilizados, aquí y ahora, devenidos sujetxs políticxs y que hoy denuncian las diversas y complementarias formas de violencia estatal-mercantiles, a la par que ejercitan una (auto)defensa de la vida en ese inmenso campo de batalla a cielo abierto que es el cuerpo-territorio chileno.

Lo sustancial de este proceso en curso remite por tanto a la dinámica de manifestación colectiva, deliberación pública, desnaturalización e impugnación de la trama de relaciones de dominio, y sostenibilidad en el tiempo de una multitud movilizada que se ha hastiado, dejando atrás el sentido de la inevitabilidad, la cultura del desvinculo y el miedo paralizador que supo introyectar la hegemonía neoliberal en gran parte de la población.

A este orden político y socio-económico aún en pie, cada vez menos legítimo y asentado en última instancia en el monopolio de la violencia que ostenta, pero vulnerado en su fibra más íntima desde la subjetividad insurgente y con potencialidad emancipatoria que se respira en las calles, aluden precisamente las pintadas que expresan “¡lo perdimos todo, hasta el miedo!”, “¡Tengo más rabia que plata pal pan!” y “¡abajo el Estado!”, como interpelaciones estampadas creativamente en algunas estaciones de Metro y paredones, a modo de grito de protesta contra el alza del precio del transporte público, pero sobre todo en defensa de la vida digna y lo común.

Algunas preguntas-generadoras para un final abierto

Lo que acontece en estos días en territorio chileno tiene ciertas características específicas y rasgos de excepcionalidad que sería necio negar. No obstante, al mismo tiempo es preciso leer esta insubordinación en el marco de un proceso más amplio de relaciones de fuerzas que -en grados e intensidad variable- se desenvuelve a nivel continental e incluso global.

La insurrección permanente desplegada en Haití desde hace por lo menos dos años, sumada al levantamiento indígena y popular acontecido semanas atrás en Ecuador, así como otras movilizaciones y acciones disruptivas que se vivencian en diferentes realidades de la región, dan cuenta de una misma vocación antagonista y destituyente, que rechaza de cuajo los planes de ajuste y las intentonas privatistas que pretenden imponer las clases dominantes y el imperialismo como salida a una crisis orgánica del capital que aún no pudo ser superada.

Tal como mencionamos anteriormente, estas rebeliones se solventan en una temporalidad “muy otra” y en espacialidades rehabitadas por lo común, no reductibles por tanto a los formatos y dinámicas de funcionamiento de la democracia representativa burguesa ni al individualismo neoliberal. Por ello no cabe encorsetarlas dentro de la camisa de fuerza de las experiencias de los progresismos latinoamericanos, ni tampoco asimilarlas a un mero “descontento ciudadano”; más bien se emparentan con un desborde que emerge más allá del Estado y el mercado, que precisamente viene no solamente a confrontar con las derechas enquistadas en el poder (como la que encabeza Sebastián Piñera), sino también a evidenciar las flaquezas y ambigüedades de los gobiernos y plataformas electorales de centro-izquierda, que se apresuraron a pregonar el entierro del neoliberalismo, de manera simétrica al tiempo que tardaron en darse cuenta que estaban velando al muerto equivocado.

En todos estos años, la retórica anti-neoliberal y democratizadora propagandizada por estas coaliciones y regímenes, tuvo en los hechos como contracara la persistencia de un capitalismo extractivista multiplicador de zonas de sacrificio, precariedad laboral, represión policial, femicidios, despojo de bienes naturales y vulneración de derechos colectivos; así como una subjetividad asentada en el endeudamiento y el consumismo acrítico, y una institucionalidad estatal burocrática y a contramano de la participación popular, todas ellas enemigas del buen vivir, los entramados comunitarios y el protagonismo desde abajo.

En función de este diagnóstico provisional, y al calor de lo que parece que ser un cambio de coyuntura sumamente imprevisible a escala continental -pero sin duda venturoso por las posibilidades que abre como certera impugnación del neoliberalismo-, compartimos algunas preguntas-generadoras que surgen a partir del panorama inédito que se vive actualmente en la región. Recuperamos en ellas el espíritu del pedagogo y educador popular Paulo Freire, quien nos convoca a cuestionar aquello que resulta obvio o previsible, y asumir que no existen respuestas definitivas ni estáticas desde el pensar crítico, ya que siempre implican desafíos y enorme creatividad por parte de los pueblos:

¿La revuelta en territorio chileno es síntoma de proyectos progresistas inconclusos del ciclo anterior? ¿O es resultado de -y respuesta a- la liviandad de los mismos?

¿Son acaso estas rebeliones la antesala de una nueva fase de probable ascenso de gobiernos progresistas reformateados? ¿O más bien expresan una crítica teórico-práctica a las limitaciones inherentes de estos procesos, que exige una reinvención radical de la forma, los medios y el fondo del proyecto emancipatorio?

¿Podemos leer esta revuelta como inconformidad ciudadana espontánea y transitoria? ¿O es pertinente interpretarla desde su antagonismo teniendo nuevamente como horizonte al socialismo?

¿Es apropiado buscar canalizar dicho emerger más allá del Estado a través de mecanismos institucionales? ¿un plebiscito con miras a una asamblea constituyente? ¿acaso una elección anticipada como necesario recambio de las élites políticas?

¿O resultaría más adecuado profundizar y fortalecer ese poder propio y alternativo, comunitario y popular, que permita vehiculizar la revuelta en más auto-organización y más lucha socio-política? ¿consejos locales, espacios mancomunales de articulación por abajo, asambleas populares?

No deseamos presentar una dicotomía entre un devenir de las luchas “dentro” o “fuera” del Estado, porque sabemos que el horizonte revolucionario requiera tal vez de ambas (aunque por cierto la experiencia histórica demuestre que estas temporalidades y lógicas tienden a ser discordantes), pero sí al menos nos interesa convidar y problematizar una serie de interrogantes adicionales, complementarios con los precedentes:

¿Qué aprendimos del ciclo de luchas anterior? ¿La traducción electoral -en gobiernos locales y el Congreso- de los movimientos sociales, territoriales y estudiantiles, obtuvo los resultados esperados? ¿Qué obstáculos, limitaciones y taras implican este tipo de modalidades de participación/presencia en la institucionalidad del Estado? ¿Qué interpelación/cuestionamiento hace esta revuelta a dicho esfuerzo?

¿En qué medida la rebelión popular que se vive en estos días en las calles de Chile es parte de un proceso de reanudamiento de las luchas emancipatorias impulsadas desde abajo a nivel continental?

Más allá de las posibles respuestas, que sin duda serán producto del propio andar colectivo como pueblos desde lo que Freire enunció como inédito viable, hoy resulta más claro que nunca que quienes aspiramos a superar la barbarie que expresan el capitalismo, el patriarcado y la colonialidad en esta fase tan cruel y represiva como apocalíptica por la que transitamos, no tenemos garantía alguna de triunfo. La nuestra es una apuesta frágil y sin certidumbre alguna, y en ella se nos juega tanto la posibilidad de edificar una sociedad radicalmente distinta a la actual, como la supervivencia de la humanidad y del planeta tierra en su conjunto. Por eso resulta urgente reinstalar en el seno mismo de estos procesos de lucha e insubordinación que circundan a la región, los debates estratégicos que necesitamos darnos desde el diálogo fraterno, la discusión colectiva y la escucha mutua.

En este marco, volver a situar al socialismo como alternativa civilizatoria no es sólo una opción entre tantas, sino una necesidad histórica acuciante balbuceada al pie de un desfiladero y a pasos nomás del abismo. Frente al declive y las limitaciones evidentes de los proyectos progresistas en nuestro continente, y ante una violenta contraofensiva general de las derechas, las clases dominantes y el imperialismo por superar esta crisis, sobre la base de una agudización de la xenofobia, la militarización de los territorios, el despojo de los bienes comunes, la precariedad de la vida y la superexplotación del trabajo, no cabe sino redoblar los esfuerzos por la construcción de un horizonte de carácter socialista.

Eso sí: será un socialismo en el que quepan muchos socialismos. Del poder popular y el buen vivir, comunitario, feminista, autogestionario, descolonizado, migrante, ecologista, plurinacional e internacionalista, tan multicolor y variopinto como la Whipala. Mientras tanto, tal como arenga una de las tantas banderas flameadas en las calles de Santiago, seguiremos luchando hasta que valga la pena vivir.

31 octubre 2019 0

1 Esta alza no es aislada, sino se registran más de veinte aumentos de este tipo desde la inauguración del Metro hace 12 años, ubicándolo como uno de los más caros de todo el continente (U$D 1,17). Se calcula que quienes cobran un salario mínimo destinan al menos el 13% de sus ingresos al transporte público.

2 No es ocioso mencionar que un 70% de la población gana menos de 770 dólares al mes, y 11 millones de chilenos (de los 18 que tiene el país) tienen deudas, por lo que podemos imaginarnos lo que implicó para una familia dicho incremento en términos del costo de vida, más aun teniendo en cuenta que este es uno de los pocos bienes y servicios que (en una economía neoliberalizada hasta el paroxismo) no puede pagarse con tarjeta ni de forma diferida, sino que golpea de manera directa al bolsillo de los sectores populares.

3 Cabe señalar que noticas en la prensa alertaron del uso de armamento militar de alto impacto, no permitido ni en las normas de la OTAN para acción militar en las ciudades.

4https://www.youtube.com/watch?v=X-YAnmsbnKM

5 Vale la pena recordar que el último toque de queda establecido fue en el terremoto de 2010 en la ciudad de Concepción, luego de que se reportaran numerosos saqueos a supermercados y tiendas, y que dicha medida no se decretaba en la provincia de Santiago desde 1986, tras el frustrado atentado contra Augusto Pinochet. 

6 Uno de los buenos ejemplos fue en diferentes ciudades del país marchas donde convergieron las barras bravas de distintos clubes de fútbol.

7 Esto no es nuevo, sino que ya fue develado el 2010 tras el terremoto. La población como “acto reflejo” de un inconsciente neoliberalizado ante el riesgo de desabastecimiento, acudió en masa a los grandes centros comerciales y cadenas de supermercados a apropiarse de diferentes bienes de consumo, algunos básicos y otros no.

8 Si ejercitamos una memoria de mediana y larga duración, la verdadera violencia y saqueo colectivo fundante del actual orden neoliberal, tiene sus raíces más profundas en la mal llamada “pacificación de la Araucanía” (equivalente a la “conquista del desierto” en lo que hoy es Argentina), eufemismos que aluden a la acumulación originaria y el genocidio que, de un lado y el otro de la cordillera, sentó las bases de las sociedades capitalistas contemporáneas. De ahí en más, se configura en ambos territorios un Estado racista y monocultural, burgués y terrateniente, blindado a los intereses populares y comunitarios. Este Estado ha sido el que en realidad ejercitó una violencia ofensiva al extremo contra esas otredades peligrosas a los ojos del poder, en tanto resultaron ajenas y refractarias a la “civilización occidental y cristiana”, y que en el caso de Chile, tras un prolongado e inestable derrotero histórico (que incluyó numerosas masacres militares contra los pueblos indígenas y las clases subalternas), agudizó su faceta coercitiva en la larga noche criminal de la dictadura pinochetista, que formalmente se prolonga del 11 de septiembre de 1973 al 11 de marzo de 1990, pero que continúa durante los años de invariante democracia tutelada que llegan hasta el presente, con la aplicación de un terror selectivo y más difuso pero no por ello menos efectivo.

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Los 25 años de la experiencia zapatista

Los zapatistas de Chiapas acaban de celebrar los 25 años del levantamiento del 1o de enero de 1994. Un levantamiento armado que fue un ¡Ya basta! a cinco siglos de dominación colonial sufrida por los pueblos indígenas, a décadas de la “dictadura perfecta” del Partido Revolucionario Institucional y años de políticas neoliberales que culminaron con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, entrado en vigor el mismo día; también venía a desmentir el supuesto “fin de la historia” proclamado por los apologistas del capitalismo omnipotente. Un levantamiento que, a través de múltiples peripecias abrió el espacio para construir una muy singular experiencia de autonomía política, con la declaración de treinta municipios autónomos a partir de diciembre de 1994 y, con más fuerza aún, a partir de agosto de 2003, con la formación de cinco Juntas de buen gobierno.

 

Es en este marco que los y las zapatistas han creado sus propias instancias de auto-gobierno y de justicia; sostienen su propio sistema de salud y de educación; revitalizan prácticas productivas basadas en la posesión colectiva de la tierra y en nuevas modalidades de trabajo colectivo para sostener materialmente la autonomía. Para ellos, la autonomía es la afirmación de sus formas de vida propias, arraigadas en la existencia comunitaria y el rechazo a las determinaciones capitalistas que las destruyen; al mismo tiempo, es la experimentación de un auto-gobierno popular que va construyéndose por fuera de las instituciones del Estado mexicano. Dicha experiencia se va dando en una escala geográfica significativa (cerca de la mitad del estado de Chiapas) y además persiste, sin dejar de transformarse, desde hace un cuarto de siglo.

 

Por estas razones, la autonomía zapatista es una estrella que brilla muy alto en el cielo de las esperanzas y aspiraciones de quienes no se resignan a la devastación provocada en todo el mundo por la hidra capitalista (añadiendo que se trata de una estrella que podemos tocar con la mano y el corazón, y además que es posible encontrarse con sus habitantes...). Por eso, todos los y las que hicieron el largo camino hasta el caracol1 de La Realidad, en la Selva lacandona, para el 25 aniversario del atrevido alzamiento, se preparaban para compartir la alegría de que esta experiencia rebelde haya superado muchos obstáculos, además de resistir el inevitable desgaste del tiempo y seguir demostrando hasta hoy su innegable creatividad. Al respecto, basta recordar la intensa serie de iniciativas de los últimos seis años, en particular con la Escuelita zapatista, el Festival mundial de las rebeldías y las resistencias, el seminario internacional “El pensamiento crítico frente a la hidra capitalista”, los encuentros del CompArte por la Humanidad, los de las ConCiencias por la Humanidad y, recientemente, el impactante festival de cine Puy ta kuxlejaltik, sin hablar de la iniciativa llevada a cabo conjuntamente con el Congreso Nacional Indígena para formar un Consejo Indígena de Gobierno a nivel nacional y presentar a “Marichuy” como candidata independiente en las pasadas elecciones presidenciales.

 

*

 

Sin embargo, estos días fueron todo lo contrario de una alegre fiesta. El subcomandante Moisés lo dijo claramente: “hoy no vamos a poder atender más los 25 años”2. De hecho, lo esencial fue expresado no por las palabras del vocero zapatista sino por la contundente demostración de que la dimensión militar del Ezln, a pesar de haber pasado a segundo plano durante muchos años, de ninguna manera ha desaparecido. Después de la llegada a caballo de los mandos, interminables filas de milicianos entraron en el caracol hasta colmar su plaza central, haciendo resonar el poderoso clamor de los bastones que golpeaban uno contra otro, al ritmo de sus pasos redoblados sobre la tierra3. Tres mil combatientes en total, provenientes de las cinco zonas autónomas zapatistas y que forman parte de la 21° División de Infantería Zapatista, la misma que había ocupado siete cabeceras municipales de Chiapas 25 años atrás.

 

Quienes visitaban los territorios zapatistas por primera vez pudieron haber pensado que se trataba de un ritual acostumbrado con el cual se celebraba cada año la insurrección de 1994. Al contrario, las fiestas del 31 de diciembre, con discursos y baile, suelen realizarse sin presencia militar, como es el caso de la mayor parte de los encuentros organizados por el Ezln. Y si bien, en algunas ocasiones, milicianos aseguraron la seguridad del lugar, como en La Realidad después del asesinato del maestro Galeano en mayo de 2014, es probable que haya que remontar hasta la Convención Nacional Democrática, reunida en Guadalupe Tepeyac en el verano de 1994, para poder encontrar una demostración militar comparable (en este caso, los soldados venían armados, lo que marca una importante diferencia). De manera general, el carácter no militar de los encuentros y las celebraciones zapatistas es lógico ya que, desde el cese al fuego del 12 de enero de 1994 (y con excepción del movimiento relámpago de rompimiento del cerco en diciembre de 1994), el Ezln suspendió el uso ofensivo de las armas, privilegiando la construcción civil de la autonomía y haciendo todo lo posible para no responder a las provocaciones tanto del ejército federal como de los grupos paramilitares que agreden constantemente a las comunidades zapatistas.

 

En pocas palabras, tanto la “escenografía” como el lugar elegido para ella indicaban una vuelta a los primeros momentos de la vida pública del zapatismo. Posteriormente, la palabra del subcomandante Moisés, combativa y de una rudeza incisiva, vino a poner los puntos sobre las íes. Su discurso define la postura del Ezln respecto del nuevo gobierno mexicano (tal como lo hizo al inicio de los anteriores sexenios, en particular en el momento de la toma de posesión de E. Zedillo y de V. Fox).

 

Si bien el análisis zapatista de la situación creada por la elección de A.M. López Obrador no es una sorpresa, pues ya había sido formulada en agosto pasado4, esta vez el mensaje viene dirigido al nuevo poder, ahora en función desde el 1o de diciembre pasado. Para el Ezln, el nuevo presidente no es portador de ninguna esperanza, a pesar de lo que ha hecho creer a 30 millones de electores: no es sino “un capataz” más en la gran finca del capitalismo globalizado. Ahora, el subcomandante Moisés concentró sus críticas en los megaproyectos que el actual Presidente promueve con una energía que ninguno de sus antecesores había tenido. Y lo hace, por supuesto, en nombre del progreso, el empleo y la lucha contra la pobreza, apoyándose en una retórica bien conocida según la cual todos los que se oponen a dichos proyectos vienen catalogados y condenados como conservadores retrógrados y enemigos del bienestar colectivo, si no es que como primitivistas anacrónicos. Pero, para los pueblos indígenas, y no solamente para ellos, estos megaproyectos significan antes que nada el despojo de sus territorios y la destrucción acelerada de sus formas de vida5. “Ahora estamos viendo que vienen por nosotros, los pueblos originarios”, resume el subcomandante Moisés.

 

Entre tantos megaproyectos, el del istmo de Tehuantepec implica no solamente la extensión de los parques eólicos contra los cuales las comunidades afectadas luchan desde hace años sino también la creación de una zona económica especial y un eje de comunicación “multimodal interoceánico” capaz de rivalizar con el canal de Panamá (un viejo proyecto que los diversos gobiernos neoliberales nunca lograron concretar). Otro consiste en sembrar un millón de hectáreas de árboles frutales y forestales, en especial en los estados del sureste del país, lo que no deja de alimentar las sospechas de conflicto de interés, si tomamos en cuenta que Adolfo Rojo, jefe de la Oficina de la Presidencia y hombre clave para las relaciones entre López Obrador y las cúpulas empresariales, es una figura del agro-negocio mexicano, dueño entre muchas otras de una empresa instalada en Chiapas que produce millones de plantíos de papaya al año6.

 

El subcomandante Moisés se refirió más que nada al proyecto de “Tren Maya” que planea unir Palenque, en Chiapas, con los principales sitios turísticos y arqueológicos de Yucatán. Llevaría a una intensificación de la explotación de los recursos naturales de la península (14.000 km2 de selva ya han sido destruidos tan sólo entre 2000 y 2016) y, sobre todo, a una multiplicación de los grandes centros turísticos, con todo lo que implica en términos de privatización, destrucción y contaminación de las zonas litorales –el Presidente lamentando explícitamente que hasta ahora se hayan concentrado exclusivamente en la Riviera Maya7. De tal manera que su consigna parece ser: un, dos, tres. decenas de Cancún. Además de la naturaleza devastadora del proyecto, la manera en que se anunció su lanzamiento representa, para los zapatistas, una provocación particularmente intolerable. El 16 de diciembre pasado, el nuevo Presidente llegó a Palenque, a unos kilómetros del caracol zapatista de Roberto Barrios y, para marcar el inicio oficial de las obras, participó en un pseudo-ritual a la Madre Tierra. Tal como ironizó el subcomandante Moisés, es como si hubiera dicho: “dame permiso Madre Tierra para destruir a los pueblos originarios”, añadiendo que si pudiera hablar la Madre Tierra le habría dicho: “¡Chinga tu madre!”.

 

Además, para los zapatistas, el hecho de dar a este proyecto el nombre de sus antepasados representa una verdadera ofensa. Dicha parodia de ritual maya fue caracterizada como una “burla” y una “humillación”, pues se dirigió a la Madre Tierra para mejor ocultar que se estaba omitiendo pedirles su opinión a los habitantes de los territorios afectados. Hay que recordar que la organización de una consulta previa, libre e informada a los pueblos indígenas, es una obligación de los Estados prevista por el Convenio 169 de la OIT y la Declaración de la ONU sobre los derechos de los pueblos originarios, ambos ratificados por México. En pocas palabras, el nuevo poder aparenta inclinarse frente a la Madre Tierra para mejor destruirla y para autorizarse a violar los acuerdos internacionales vigentes en México8.

 

Frente a la amenaza que representa un avance tan brutal de la hidra capitalista, disfrazada de progresismo, la postura zapatista se expresó con absoluta firmeza. “No nos vamos a dejar”. “Vamos a defendernos por muy mínimo que sea que nos vengan a provocar”. “No vamos a permitir que pase aquí su proyecto de destrucción”. “Vamos a pelear si es necesario”. La advertencia no podría ser más clara. Y es lo que da su pleno significado al despliegue militar que antecedió dichas palabras: los tres mil soldados que vimos pasar frente a nosotros, además de los (y las) que no vimos, están dispuestos a dar su vida para defender sus territorios y la autonomía que los pueblos ahí han construido.

 

Sin embargo, no debe de entenderse el mensaje como un retorno a la lucha armada, tal como se pudo haber planteado antes del 1 de enero de 1994. Ahora se trata de una opción defensiva; se trata de defender la construcción civil de la autonomía que sigue siendo el corazón del proyecto zapatista. Todo lo que hemos hecho hasta ahora, explicó Moisés, ha sido el fruto de nuestro esfuerzo y “vamos a seguir construyendo y lo vamos a ganar”. Continuar con la experiencia civil de la autonomía es la apuesta. Para esto, es necesario defenderla en contra de las amenazas que se ciernen entorno a ella, con todos los medios necesarios.

 

Otro aspecto de las palabras del subcomandante Moisés provocaron no pocos comentarios e interrogaciones. El vocero zapatista repitió a lo largo de su discurso un “estamos solos” que muchos recibieron como un golpe en el estómago. ¿Había que entender que todos los esfuerzos del Ezln para tejer vínculos durante un cuarto de siglo, a través del Congreso Nacional Indígena, el Concejo Indígena de Gobierno, la Sexta como red nacional e internacional de luchas, las redes de apoyo al CIG, los colectivos de solidaridad en el mundo, etc. ¿fueron en vano? ¿Se refería a la incapacidad para superar inercias y divisiones, y así avanzar en la formación de redes de rebeldías y resistencias a nivel nacional e internacional? Más bien, hay que tomar en cuenta los alcances tan amplios de dicho discurso, que marca una decisión estratégica frente al nuevo gobierno mexicano y representa con toda probabilidad un momento clave en la trayectoria del movimiento zapatista. En este sentido, puede entenderse que el subcomandante Moisés se refería sobre todo a la opción mayoritariamente asumida por los electores mexicanos, que no prestaron atención a las advertencias zapatistas. Además, sus palabras pusieron como en un espejo el “estamos solos” en el momento actual con un “salimos solos a despertar al pueblo de México y al mundo” hace 25 años. Es decir, la decisión del levantamiento que se tomó en ese entonces fue únicamente del Ezln, al igual que ahora, la decisión de prepararse para enfrentar al gobierno federal es del Ezln solo9.

 

*

 

Dicha decisión se basa en el análisis de lo que representa el nuevo gobierno mexicano como profundización del capitalismo a través de un desarrollismo desenfrenado y asumido sin reserva. Al grado de ignorar casi por completo la creciente preocupación por el calentamiento global y de hacer muy pocos esfuerzos por aparentar algún interés por las cuestiones ecológicas. Si bien López Obrador no es un negacionista climático, en este punto no actúa de manera muy diferente de Trump, con el cual, de hecho, tiene relaciones muy cordiales. Al respecto, puede añadirse que se anunció que el “Tren Maya” permitiría emplear una amplia mano de obra centroamericana (al igual que otras inversiones realizadas en el sur del país), lo que significa que los megaproyectos del actual gobierno tienen una clara función de contención de los flujos migratorios hacia los Estados Unidos10. De cierta manera, Trump tiene razón en insistir que los mexicanos terminarán por pagar el muro, el cual bien podría no estar en donde se pensaba.

 

Es probable que también tenga un peso notable la lección de los llamados gobiernos progresistas de América Latina en los últimos quince años, en especial en Brasil, Argentina, Bolivia y Ecuador. Aunque algunos elementos positivos puntuales pudieran reconocerse, dos constantes de gran importancia han podido ser identificadas: por un lado, un debilitamiento de los movimientos sociales, y en especial de los movimientos indígenas, a través de la cooptación, la pérdida de autonomía, la división y la auto-censura (para no hacerle el juego a la derecha o a la extrema-derecha); por el otro lado, un avance sin precedente del frente de mercantilización, a través de los megaproyectos, el extractivismo, el agro-negocio basado en los transgénicos, los despojos de tierra, la destrucción de los modos de vida insuficientemente moldeados por las relaciones sociales capitalistas, etc. En síntesis, el “progresismo” ha sido, por lo menos temporalmente, una de las modalidades políticas más eficientes para hacer más fuerte a la hidra capitalista y satisfacer sus apetitos insaciables.

 

En vez de esperar que políticas del mismo carácter produzcan poco a poco sus efectos mortíferos (y, probablemente, que llegue la experiencia de una desilusión cuya siguiente etapa parece ser, por lo que indican los ejemplos argentinos y brasileños, el retorno al ultra-liberalismo o el deslice hacia la extrema derecha), los zapatistas prefirieron tomar la delantera. Por eso, desafían el nuevo poder, obligándolo a elegir entre dos de sus compromisos solemnes (llevar a cabo los grandes proyectos anunciados; nunca reprimir al pueblo mexicano). También obligan a todos y todas, en especial en los movimientos sociales y las luchas indígenas, a elegir su bando. Sobre todo, se preparan para defender lo que han ido construyendo desde hace un cuarto de siglo: una experiencia de autonomía rebelde cuyo alcance y cuya radicalidad tienen pocos equivalentes en el mundo.

 

¿Y nosotros? ¿Vamos a dejar que esta experiencia resulte amenazada y quizás atacada? De hecho, este riesgo se intensifica en el momento en que el Kurdistán sirio resulta también gravemente amenazado por el anunciado retiro de Estados Unidos y el pacto tácito entre Erdogan y Trump. Tal como lo escribió un amigo argentino, sin el zapatismo (y podemos añadir, sin el confederalismo democrático del Rojava), el mundo sería mucho más horrible de lo que es ahora11.

 

 


 

1 Nombre de los centros político-culturales de cada una de las cinco grandes zonas autónomas, en donde se ubican las Juntas de buen gobierno y se realizan las principales actividades y encuentros zapatistas.
2 enlacezapatista.ezln.org.mx/2019/01/01/palabras-de-la-comandancia-general-del-ejercito-zapatista-de-liberacion-nacional-dirigidas-a-los-pueblos-zapatistas/.
3 Tomas realizadas desde un dron pueden verse en la página del Ezln: enlacezapatista.ezln.org.mx/. También: www.regeneracionradio.org/index.php/autonomia/item/4916-vamos-a-pelear-contra-su-proyecto-de-destruccion-ezln.
4 Texto en tres partes titulado 300 (en particular: enlacezapatista.ezln.org.mx/2018/08/21/300-segunda-parte-un-continente-como-patio-trasero-un-pais-como-cementerio-un-pensamiento-unico-como-programa-de-gobierno-y-una-pequena-muy-pequena-pequenisima-rebeldia-subcomandante-insurgent/).
5 Desde 2014, el Ezln y el CNI identificaron en el país 29 “espejos” en donde los proyectos de infraestructura, autopistas, minería, energía, etc. afectan gravemente los territorios indígenas: www.congresonacionalindigena.org/.
6 Luis Hernández Navarro ofreció una impactante semblanza de A. Romo: www.jornada.com.mx/2018/08/14/opinion/015a2pol.
7 “El llamado ‘Tren Maya’”, Ojarasca (suplemento de La Jornada), diciembre de 2018, p. 4-5.
8 Los 24 y 25 de noviembre de 2018, una consulta nacional relativa a 10 proyectos y medidas del presidente electo ha sido organizada en un tiempo muy corto y sin debate previo. 950,000 personas participaron en ella (alrededor de 1% del padrón electoral), con una aprobación de entre 90 y 95%. Sobra decir que dicha consulta no tiene nada que ver con la que requiere el Convenio 169 de la OIT.
9 Es decir, el Ezln tiene el cuidado de no implicar en su decisión a quienes, hasta ahora, han apoyado la lucha zapatista. Hay que subrayar que el CNI y el CIG emitieron de inmediato un comunicado en el cual afirman que cualquier agresión en contra de las comunidades zapatistas se consideraría como una agresión en su contra: www.congresonacionalindigena.org/2019/01/02/comunicado-del-congreso-nacional-indigena-y-el-concejo-indigena-de-gobierno-por-el-25-aniversario-del-levantamiento-armado-del-ejercito-zapatista-de-liberacion-nacional/.
10 Después de su elección, el nuevo presidente mexicano le envió una carta al de Estados Unidos insistiendo en la necesidad de enfrentar el problema migratorio mediante un plan de inversión en el sur de México y los países centroamericanos.
11 http://comunizar.com.ar/esperanza-zapatismo-la-brizna-establo/.

Publicado enEdición Nº253
Algunas reflexiones sobre los sujetos en la historia

La denominación “Ensayo General” le fue atribuida al levantamiento ruso de 1905 por parte de algunos de los protagonistas de aquel periodo revolucionario cuyo punto culminante fue Octubre de 1917. Y, en efecto, aquel suministró los ingredientes principales de éste: huelga general, insurrección y, especialmente, Consejos Obreros (Soviets). Sin embargo, la idea de “ensayo”, que parece un acto de voluntad por parte de un actor, se presta a un gran equívoco. Todo sucede como si tal actor, omnisciente y poderoso, pudiera jugar con la historia mediante un ejercicio de prueba y error. Lo peor es que ese actor pretende haber existido: el Partido. En esa medida aquellos que hemos denominado protagonistas se convierten en artífices de los acontecimientos históricos, en titiriteros de los sujetos sociales.

 

Nada más equivocado, los autores de la denominación se referían, en sentido figurado, a la Historia o, cuando más, a la clase obrera, considerada como el sujeto social de la revolución, en el entendido, claro está, de que este sujeto se construye y se reconstruye permanentemente. Es el propio proceso el que produce, mediante sucesivas diferenciaciones, dentro de los conjuntos sociales, los activistas, los dirigentes, las corrientes ideológicas, las diversas formas organizativas que se decantan. Dicho de otra manera: los partidos deben ser, a su vez, explicados históricamente. Y es un efecto del conjunto de la sociedad en todas sus dimensiones, tanto económicas como sociales, tanto políticas como culturales. Justamente es uno de los rasgos más asombrosos y maravillosos de un periodo revolucionario.

 

I

 

El Imperio Ruso de principios del Siglo XX, con sus contradicciones y paradojas, nos ofrece una contundente demostración. Nada de lo ocurrido se podría explicar si no tuviéramos en cuenta, entre otros elementos históricos, sus alcances en el campo de la cultura cuyas contribuciones sobra recordar; la formación de una notable capa de intelectuales obligada a permanecer por largos períodos en el exilio, en las fértiles y agitadas capitales europeas; el trauma de las guerras frecuentes que colocaba en el primer plano de la sociedad un enorme ejército; la incesante insubordinación de las múltiples nacionalidades oprimidas, y, en fin, la resistencia sorda y no pocas veces violenta de campesinos y obreros sometidos a una inmisericorde explotación.


Los diversos elementos se alternan y se combinan en diversas proporciones, se fusionan o se diferencian, especialmente en esos periodos vertiginosos de revolución. Para colmo de las paradojas, en 1905 se pone de presente un componente religioso: es un cura, el pope Gapón, quien promueve la gran manifestación para llevar al Zar una simple súplica confiada que fue respondida de manera violenta en lo que se conoció como el Domingo sangriento de San Petersburgo. Era él quien había promovido la primera y más amplia organización “legal” –sociedad de obreros de talleres y fábricas– en un momento en que todas eran prohibidas. No gratuitamente, algunos han señalado que uno de los principales logros de aquella revolución fue precisamente la pérdida definitiva del respeto y la confianza en el Zar a quien el pueblo con sentimiento religioso consideraba su “padrecito”.

 

Este acontecimiento decisivo puso a prueba todo lo que había de manifestaciones y núcleos revolucionarios que se activaron una vez puesta en marcha la confrontación y hasta su derrota definitiva en diciembre de 1905. Y no eran pocos, aunque puede decirse que su fortalecimiento, tanto organizativo –con centenares de nuevos activistas hasta entonces sin partido– como en su presencia pública e influencia, fue un resultado del propio levantamiento. Ya se encontraban, el Partido Socialista Revolucionario, el Partido Obrero Socialdemócrata y diversos grupos anarquistas1, pero no fue por su iniciativa que se gestó esta revolución. El primero, sin duda el más amplio, tenía, sin embargo, su mayor implantación en el campesinado, de acuerdo con la tradición rusa de los grupos de intelectuales que miraban hacia el mundo rural como fuente original de la redención social. En eso se diferenciaban los socialdemócratas cuyo objetivo explícito era el proletariado. Hay que tener en cuenta, además, que, hundiendo sus raíces en el populismo de finales del siglo XIX, la mayoría de todos estos núcleos desarrollaban en el territorio ruso, obligados en cierta forma por las circunstancias, una práctica conspirativa, y algunos no renunciaban al terrorismo y al atentado personal.

 

II

 

La utilización del término “núcleos” y no Partidos, no es gratuita, corresponde a la realidad organizativa. Y cabe aquí resaltar un rasgo fundamental de la experiencia rusa, el desarrollo organizativo en dos planos geográficos: el de la emigración y el clandestino del territorio ruso; no siempre en armonía. Los Partidos acababan de formarse, a instancias, principalmente, de los grupos en el exilio: el Social Revolucionario en 1901 y el Posdr en su segundo congreso de 1903 (el primero en 1898 había sido prácticamente simbólico). Justamente, el principal problema abordado en dicho Congreso (Lenin: “¿Qué Hacer?”) era la resistencia de la multiplicidad de núcleos socialdemócratas existente en Rusia a conformarse como un movimiento nacional integrado. Al desatarse el proceso revolucionario ya se había producido, por lo tanto, la escisión en bolcheviques y mencheviques, sin embargo, a la mayoría de los socialdemócratas revolucionarios los tenía sin cuidado; todos aspiraban, en su fuero interno, a la conservación de la unidad, sentimiento que se mantuvo hasta muchos años después. Cuando Trotski, que había entrado clandestinamente a Rusia en marzo de 1905, fue nombrado Presidente del primer Soviet de Petersburgo, era en la práctica un socialdemócrata independiente; en 1917 sería acogido por el “Comité Interdistrital de San Petersburgo” (ni bolchevique ni menchevique) presidido por Riazánov el futuro Director del Instituto Marx-Engels de Moscú2. En todo caso, la participación del conjunto de los revolucionarios fue notable. Muchos son los nombres que se podrían mencionar, por ejemplo Krasin que dirigía la estructura en Kíev, el eje de la organización clandestina del Posdr, o Uritsky quien sería después uno de los organizadores de la insurrección de octubre. Y otros, incluidos social revolucionarios, mencheviques, y anarquistas3. Muchos olvidados a pesar del papel destacado que jugaron en su momento.

 

III

 

El período que va de 1907 a 1914, que algunos denominan de la pausa o del receso, en realidad se puede subdividir en dos fases superpuestas y contrapuestas. En la primera continúa la represión más despiadada; a los asesinatos y ejecuciones se suman las deportaciones y el exilio. La vanguardia revolucionaria es diezmada. En Rusia prosiguen las labores en las condiciones de la más estricta clandestinidad las cuales impedían generalmente las consultas con la organización de los emigrados establecida en Europa. La acción directa militar vuelve a florecer; incluso en contra de las orientaciones de la dirección. Los socialistas revolucionarios forman la Organización de Combate; entre los socialdemócratas, los grupos de choque bolcheviques, especialmente en el Cáucaso donde encontramos por primera vez al poco conocido y sombrío Josef Dzhugasvili, el futuro Stalin. Pero en la segunda fase renacen y se fortalecen las organizaciones. Ingresa una nueva generación de revolucionarios tanto en Rusia como en la emigración, que se suman a los veteranos como Lenin en el Posdr y Chernov en el Partido Socialrevolucionario. Algunos nombres conocidos como Zinoviev, Kamenev y Bujarin y otros menos como Bogdanov, Radin, Sverchkov, Zlydianov y Volodarsky. Y vale la pena resaltar la figura eminente de la socialrevolucionaria María Spiridonova reconocida unánimemente en su momento. Provienen de diferentes clases y grupos sociales. Aquí debe subrayarse una vez más la contribución de soldados y marinos rebeldes, como rasgo específico de la revolución rusa. Antonov-Ovseienko, uno de los insubordinados de 1905, tendría después el comando de la insurrección de Octubre al frente de los Guardias Rojos.

 

Todos resultan involucrados en los grandes debates internacionales propiciados por la primera Guerra Mundial y por supuesto en la angustiosa y terrible situación producida por la misma dentro de la sociedad rusa. Es esta élite, que se entremezcla con miles y miles de activistas, con diversos grados de formación política, de compromiso y de actividad cotidiana, la que se encuentra al inicio de la crisis revolucionaria de 1917. Y fue esta coyuntura la que propició tanto el crecimiento de las organizaciones como la profundización de las divisiones. No obstante, como ya se dijo en una entrega anterior de esta serie4, la revolución de febrero se produjo sin que la hubieran previsto y mucho menos organizado los diferentes Partidos. Luego, en posteriores entregas, nos referiremos con algún detalle al desarrollo de los acontecimientos hasta su punto culminante. Por el momento, bástenos saber que en el breve pero intenso periodo que va hasta octubre es cuando se producen los cambios subjetivos más importantes.

 

Dos nuevos rasgos de la situación deberían añadirse. En primer lugar, el retorno de los emigrados. Entre ellos, Lenin en Abril, en una operación (el vagón “precintado”) que fue tan famosa como desgraciada por ser fuente de calumnias, y Trotski, en mayo. Atrás habían quedado las minucias doctrinarias del exilio. Así como los valiosos predecesores: Plejanov, Axelrod y la legendaria Vera Zasúlich. Se mantuvieron, aunque bajo una nueva luz, Mártov y Potrésov. La discusión se daba ahora con la referencia de la acción.

 

En segundo lugar, la reaparición de las agrupaciones anarquistas, que habían sido bastante golpeadas durante la represión y se habían extendido principalmente entre los campesinos. Estas agrupaciones fueron fundamentales tanto en las acciones como en la profundización del debate político, primero al lado de los Bolcheviques (y los socialrevolucionarios maximalistas) a propósito del carácter anti-burgués de la revolución, y luego en contra suya en la definición de la naturaleza del poder a construir. Se pueden recordar nombres como los de Gastev y Goltsman en el sindicato panruso del metal pero, sobre todo, en el movimiento de los comités de fábrica (Fabzabkoms) los de Maksímov, Petrovsky y Shatov. También Arshinov y Rybin, para no mencionar a Volin, antes citado. Fue el marinero anarquista Zhelezniakov quien tuvo a su cargo la disolución de la Asamblea Constituyente5.

 

IV

 

El punto clave y referente indiscutido de las definiciones y los deslindes era, en efecto, el Consejo Obrero. La consigna propugnada por Lenin era “Todo el poder a los Soviets” y el partido Bolchevique era consecuente con ella, a pesar de que en un principio era absoluta minoría, correspondiendo la mayoría, de manera abrumadora, a los social-revolucionarios y los mencheviques. Estos reflejaban, ciertamente, el estado de ánimo y de conciencia de los sectores populares; pero la composición va cambiando a medida que se desenvuelve la confrontación de las fuerzas. A pesar de la insistencia de esa mayoría (a partir de cierto momento, también en el Gobierno Provisional, con Kerensky) en el sentido de que el poder le correspondía por derecho propio a la burguesía, lo cierto es que esta clase carecía por completo de capacidad política y en la realidad se presentaba una dualidad de poder. A medida que se va revelando la auténtica realidad, emerge la subjetividad obrera y van tomando fuerza quienes tienen la mayor claridad y la mayor capacidad para tomar decisiones. Entre tanto, urgidos de definiciones acordes con la realidad, los socialrevolucionarios se dividen dando lugar a los maximalistas y a los socialistas revolucionarios de izquierda. A principios de septiembre ya los bolcheviques tienen mayoría en el Soviet de Petrogrado y semanas después en todo el país.

 

La fracción Bolchevique, que Lenin en 1912, renunciando a cualquier intento de reunificación, había declarado oficialmente como “El Partido”, asume un papel decisivo, absorbiendo grupos y personas de otras formaciones pero sobre todo a los “sin-partido”, dada su capacidad orgánica como núcleo aglutinante. Aunque las decisiones se tomaban en el órgano de poder amplio y legítimo de los Soviets, y así se materializó con la realización del Segundo Congreso de los Soviets de toda Rusia, base de la insurrección, era necesaria una organización con capacidad operativa –conspirativa–que pudiera no sólo ofrecer respuestas inmediatas en el momento que se necesitaban sino asegurar una preparación militar eficiente para la insurrección.

 

No cabe duda que en estos días luminosos quienes se destacaban y eran reconocidos directamente por las gentes del pueblo, como agitadores y propagandistas, como orientadores y dirigentes, eran, además de Trotski, Lunacharsky, Volodarsky y la maravillosa Alexandra Kolontai. Lenin, aunque casi invisible (tuvo que refugiarse después de las jornadas de julio en Finlandia) era, sin embargo, reconocido por su historia y, en el momento, admirado como el artífice de las condiciones para el éxito de la revolución proletaria. Como lo decía el propio Lunacharsky: el genio político de Lenin se revelaba en otra parte: en el trabajo de organización.

 

* * *

 

En fin, en estos meses de revolución los acontecimientos se atropellan y los sujetos tanto sociales como políticos, se transforman y se relevan, así como los innumerables personajes y líderes cuya importancia es indiscutible. En realidad, no se trata del viejo problema del papel del individuo en la historia sino de la historicidad de todos los sujetos. Lo que sucede es que la historiografía –que no la Historia– tiende a decantar y a seleccionar a partir del desenlace, lo cual conlleva una cierta tergiversación. Bien se dice que la historia la escriben los vencedores. Pero hay algo más importante: el papel de los sucesos posteriores, que en el caso de la revolución rusa significó una selección de hecho. Habría que retomar la tesis de Negri, según la cual el “poder constituyente” es la multiplicidad, el florecimiento de las ideas y las opciones, en cambio el “poder constituído” es la historia congelada en donde la necesidad de afirmación propicia la voluntad autoritaria y se detiene el movimiento.

 


1 A. Dubovik, “Los anarquistas rusos en el movimiento obrero a principios del siglo XX”. www.regeneracionlibertaria.org
2 I. Deutscher, “Trotsky, El Profeta Armado” Ediciones ERA, México, 1966
3 M. Eichenbaum-Volin, “La revolución desconocida”. http://www.portaloaca.com/historia/
4 Periódico desdeabajo, Nº232, febrero de 2017.
5 Además de Dubovik antes citado, puede consultarse A. Gorelin, “El anarquismo en la revolución rusa” (1922) en la compilación de Mintz, Buenos Aires, 2007 y la clásica obra de D. Guerin: “El Anarquismo”. Editorial Antorcha, 1984. O Antorcha virtual: www.antorcha.net

 


 

Recuadro 1

 

Lenin: Una impresión

 

Por Bertrand Russell*

 

La muerte de Lenin empobrece al mundo debido a la pérdida de uno de los hombres realmente grandes producidos por la guerra. Parece probable que nuestra era quedará en la historia como aquella de Lenin y de Einstein –los dos hombres que han logrado en un gran trabajo de síntesis, en una época analítica, uno en el pensamiento, y el otro en la acción. Lenin aparecía ante la indignada burguesía del mundo como un destructor, pero no fue el trabajo de destrucción lo que lo volvió preeminente. Otros podrían haber destruido, pero dudo que otro hombre vivo pudiera haber construido tan bien las nuevas fundaciones. Su mente era ordenada y creativa: era un constructor filosófico de sistemas en la esfera de la práctica. En las revoluciones, tres tipos de hombres pasan al primer plano. Están aquellos que aman la revolución porque tienen un temperamento anárquico y turbulento. Están aquellos que han sido amargados por agobios personales. Y están aquellos que tienen una concepción determinada de una sociedad diferente de la cual existe, quienes, si es que la revolución tiene éxito, se ponen a trabajar para crear un mundo estable de acuerdo con esta concepción. Lenin pertenecía a este tercer tipo– el más raro, pero por lejos el más benéfico de los tres.

 

Sólo una vez vi a Lenin: tuve una conversación de una hora con él en su habitación en el Kremlin en 1920. Pensé que se parecía más a Cromwell que a cualquier otro personaje histórico. Tal como Cromwell, se vio obligado a entrar en una dictadura por ser el único hombre competente de cosas en un movimiento popular. Tal como Cromwell, combinó una ortodoxia estrecha en pensamiento con una gran destreza y adaptabilidad para la acción, aunque nunca se permitió a si mismo terminar en concesiones que no tuvieran ningún otro propósito que el establecimiento del Comunismo. Él apareció, tal como era, completamente sincero y desprovisto de egoísmo. Estoy persuadido en que él sólo se preocupó por fines públicos, y no en su propio poder; creo que él habría dado un paso al costado en cualquier momento si, por medio de realizarlo, podría haber avanzado en la causa del Comunismo.

 

Su fuerza en la acción provino de una convicción inquebrantable. Sostenía sus creencias de un modo absoluto el cual es difícil en el Occidente más escéptico. Otras creencias apartes de las de él –por ejemplo, la creencia de que el clima o la raza podían afectar el carácter nacional de modos no explicables por causas económicas –las consideraba herejías de la burguesía o del sacerdotado. La llegada final del comunismo la consideraba como destinada, demostrable científicamente, tan certera como la llegada del próximo eclipse del sol. Esto lo mantuvo calmo en medio de las dificultades, heroico en medio de los peligros, capaz de considerar la totalidad de la Revolución Rusa como un episodio de la lucha mundial. En los primeros meses del régimen Bolchevique, él esperaba la caída en cualquier minuto; dudo si es que Scotland Yard estuviese más sorprendido por su éxito que lo que él estaba. Pero era un verdadero internacionalista; sentía que si la Revolución Rusa fracasaba, de todos modos habría acercado la revolución mundial.

 

La intensidad de sus convicciones, mientras que era la fuente de su fortaleza, también era la fuente de cierta crueldad y cierta rigidez de perspectiva. Él no podía creer que un país pudiese diferir de otro a excepción por la etapa del desarrollo económico que habían alcanzado. En mi registro de la entrevista que tuve con él, escrita inmediatamente después, encontré lo siguiente: “Le pregunté si es que y qué tan lejos él reconocida la peculiaridad de las condiciones inglesas. Él admitió que hay pocas probabilidades de revolución ahora, y que el hombre trabajador aún no será disgustado con el gobierno parlamentario. Espera que este resultado pueda ser provocado por un ministro del trabajo. Pero cuando le sugerí que lo que sea posible en Inglaterra pueda que ocurra sin derramamiento de sangre, él despidió a la sugerencia como siendo fantástica”. Espero que su opinión haya sido errónea. Pero fue parte integrante de lo que hizo su fuerza, y que sin su credo él nunca hubiera dominado a las fuerzas salvajes que habían sido desatadas en Rusia. Hombres de Estado de este calibre no aparecen en el mundo más que una vez por siglo, y pocos de nosotros puede que vivan para ver a un igual.

 

* Escritor británico, Premio Nobel de Literatura en 1950; humanista y activista social fundador del conocido Tribunal Russell que encargó de investigar y evaluar la política exterior de Estados Unidos y su intervención militar en Asia.

Publicado enEdición Nº233
Este alzamiento es sobre algo más que cuchillos

Cuando la "intifada de los cuchillos" comenzó en octubre del año pasado, los periodistas occidentales inundaron Jerusalén para cubrir la nueva "escalada", entrevistaron a personas "de los dos lados del conflicto" y formularon variantes de la vieja pregunta: "¿Es esto el comienzo de una tercera intifada?


Inevitablemente, los periodistas se fueron una vez que la represión masiva redujo significativamente el número de ataques mortales contra israelíes en la ciudad. Es un patrón demasiado conocido para los palestinos y palestinas, pues ya sabemos que sólo hay una "escalada" cuando hay muertos o heridos israelíes. Las muertes, heridas, arrestos y demoliciones de casas infligidas por Israel a la población palestina son consideradas de rutina y no merecen mayor investigación.


Los actos cotidianos de castigo colectivo sufridos por la población palestina de Jerusalén y su lenta limpieza étnica son demasiado rutinarios como para ser considerados noticias.


Los checkpoints temporales, las calles cerradas y los bloques de hormigón instalados durante la ofensiva pueden haber sido quitados, y la cantidad de tropas en las calles puede haberse reducido. Pero la represión israelí –y la resistencia palestina– continúan.


Los muertos como rehenes


Una de las tácticas israelíes más inhumanas es la práctica de retener los cuerpos de los palestinos y palestinas asesinadas.
A mediados de octubre, el gabinete de seguridad israelí aprobó varias medidas para sofocar los disturbios. Una de ellas fue reactivar la vieja política de retener los cuerpos de los palestinos muertos bajo la acusación de haber llevado a cabo ataques.


Desde entonces, más de 80 cuerpos han sido retenidos. Israel empezó a entregarlos gradualmente a fines de diciembre, después de semanas de protestas masivas, sobre todo en Hebrón; pero los cuerpos de 10 palestinos de Jerusalén permanecen en la morgue israelí.


Las familias de Bahaa Alayan, Thaer Abu Ghazaleh, Hassan Manasra, Alaa Abu Jamal, Ahmad Abu Shaaban, Mutaz Uweisat, Omar Iskafi, Abd al-Mohsen Hassouna, Musab al-Ghazali y Muhammad Nimer todavía están batallando por su derecho a enterrar a sus hijos.


Israel ha puesto condiciones represivas para entregar los cuerpos, explotando el aislamiento geográfico y político de la población palestina de Jerusalén: las familias deben enterrarlos del otro lado del Muro que Israel ha construido alrededor de la ciudad, limitar la cantidad de personas presentes en el funeral, enterrar los cuerpos sólo a última hora del día, o pagar una fianza para levantar dichas condiciones. [1]


Apatía internacional


Mohammad, el padre de Bahaa Alayan, ha liderado la campaña popular en Jerusalén para protestar contra estas medidas.
"Se nos está privando de nuestro derecho al duelo, e Israel está usando los cadáveres de nuestros hijos para quebrarnos", dijo Alayan. "Y este hecho no está recibiendo ni una fracción de la cobertura y atención que merece".
Este abogado de 60 años considera que las familias de los mártires de Jerusalén han sido completamente abandonadas por la Autoridad Palestina. Él no puede entender la apatía de los medios occidentales.


Ninguno de los periodistas que se le acercaron después del asesinato de su hijo para preguntarle por qué un joven brillante como él pudo cometer un ataque con cuchillo se molestaron en regresar a preguntarle sobre el cuerpo de Bahaa, dice Muhammad.


Si lo hubieran hecho, habrían encontrado a los Alayan durmiendo en una carpa improvisada cerca de las ruinas de su casa. El hogar de los Alayan es uno de los tantos que Israel demolió en represalia por los ataques individuales. La política de las demoliciones punitivas también estaba incluida en el paquete de medidas aprobadas por el gabinete de seguridad en octubre, y ha sido aprobada por la Suprema Corte de Justicia de Israel.


Empujados a movilizarse


Las políticas de retener los cuerpos de los supuestos atacantes y de demoler las casas de sus familias constituyen las violaciones de derechos humanos más atroces contra la población palestina de Jerusalén. Pero también han impulsado a la comunidad a movilizarse.


El 1º de diciembre, un grupo de jóvenes organizó un concierto en el Teatro Nacional Palestino (también conocido como Hakawati) para apoyar a las familias que tienen a sus hijos en la cárcel y a las que están esperando los cuerpos de sus hijos e hijas asesinadas. La sala más grande del teatro estaba llena hasta el tope. Lo recaudado fue destinado a la reconstrucción de las viviendas destruidas.


La solidaridad comunitaria organizada por las y los habitantes del campo de refugiados de Shuafat después de la destrucción de la vivienda de Ibrahim Akari fue replicada en toda Cisjordania, especialmente en Ramala y en Nablus.


También ha habido acción directa. Inspirándonos en la idea que tuvo Bahaa Alayan en marzo de 2014 de formar una cadena humana de lectura, hicimos lo mismo el 26 diciembre. La cadena rodeó las murallas de la Ciudad Vieja de Jerusalén, reclamando la entrega de los cuerpos de los mártires; la protesta pacífica fue violentamente disuelta por las fuerzas israelíes.


Para la población palestina de Jerusalén, organizar protestas masivas contra la extrema represión de Israel se ha vuelto aún más difícil desde octubre. Israel está apuntando deliberadamente a los líderes activistas de la ciudad, poniéndolos en la cárcel o bajo arresto domiciliario, amenazándolos con detenerlos o entregándoles órdenes de expulsión de la ciudad.


Estas medidas no disuadieron a Hijazi Abu Sheih y Samer Abu Eisheh de instalar una carpa de protesta en el jardín de las oficinas del Comité Internacional de la Cruz Roja, en el barrio de Sheij Yarrah. Si bien la carpa fue instalada como refugio para los dos activistas cuando rechazaron la orden de expulsión de Jerusalén, pronto se transformó en un vibrante espacio de desobediencia civil.


Momento de libertad


Durante dos semanas, la carpa desbordó de energía y espíritu revolucionario, libre de las divisiones sectarias. Allí se organizaron conciertos, conferencias abiertas y debates.


Más que brindar apoyo a los dos activistas, quienes concurrieron a la carpa se vieron inmersos en un inusual clima de genuina –aunque efímera– libertad. Allí pudieron cantar, levantar la voz contra la opresión israelí, corear "No nos iremos", sumergirse en los debates y organizarse.


A las y los palestinos nos preguntan con frecuencia cuál es la alternativa a nuestros gobernantes corruptos y fracasados. Quienes visitaron la carpa pudieron ver un atisbo de cómo podría ser esa alternativa.


El 6 de enero, Abu Eisheh y Abu Sbeih fueron arrestados por unidades especiales de la policía israelí en el recinto mismo de la Cruz Roja. Según informó Mahmud Hassan, el abogado de Abu Eisheh, los dos han sido acusados de desafiar órdenes militares e incitar a la violencia a través de Facebook.


Ni la carpa de protesta ni la represión contra ella capturaron la atención de los periodistas internacionales, a pesar de que estas formas de resistencia no violenta y la ofensiva israelí están en el centro del relato cotidiano en Jerusalén.
Todavía no podemos hablar de un movimiento de masas organizado, pero el actual alzamiento palestino tiene mucho más que ver con eso que con los ataques individuales con cuchillos. Y la represión israelí va mucho más allá de las balas y los checkpoints.

 

Budur Yussef Hassan
Electronic Intifada

Traducción para Rebelión de María Landi.

Budur Yussef Hassan es una joven escritora y abogada nacida en Nazaret y residente en Jerusalén. Su blog: budourhassan.wordpress.com. Su Twitter: @Budour48


Notas
[1] El 8 de febrero el Parlamento israelí, en una medida de corte fascista, decidió sancionar con 2 a 4 meses de suspensión a la y los legisladores palestinos Haneen Zoabi, Basel Ghattas y Jamal Zahalka por haberse reunido con las familias que están reclamando la entrega de los cuerpos de sus hijos asesinados. (N. de la T.).

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Levantamientos aquí, allá y en todas partes

Al persistente nuevo levantamiento en Turquía le siguió uno aún más grande en Brasil, que a su vez fue seguido por otro menos difundido, pero no menos real, en Bulgaria. Por supuesto, no fueron los primeros, sino meramente los más recientes en una serie en verdad mundial de tales levantamientos en los últimos años. Hay muchas formas de analizar este fenómeno. Los veo como un proceso continuado de lo que comenzó como la revolución-mundo de 1968.

 

Con toda seguridad, cada levantamiento es particular en sus detalles y en la compenetración interna de las fuerzas en cada país. Pero hay ciertas similitudes que deben apuntarse, si es que pretendemos hacer sentido de lo que está ocurriendo y decidir lo que deberíamos hacer todos nosotros como individuos y como grupos.

 

El primer rasgo común es que todos los levantamientos tienden a empezar con muy poco –un puñado de gente valerosa que se manifiesta en torno a algo. Y luego, si prenden, lo cual es en gran medida impredecible, se vuelven masivos.

 

De pronto no es sólo el gobierno que está bajo asedio sino, hasta cierto punto, el Estado como Estado. Estos levantamientos son una combinación de aquellos que llaman a remplazar al gobierno por uno mejor y aquellos que cuestionan la mera legitimidad del Estado. Ambos grupos invocan la democracia y los derechos humanos, aunque las definiciones que brinden de estos dos términos sean muy variadas. En general, la tonalidad de estos levantamientos comienza del lado izquierdo de la arena política.

 

Por supuesto, los gobiernos en el poder reaccionan. Cada uno intenta reprimir el levantamiento o intenta apaciguarlo con algunas concesiones, o intenta ambas respuestas. Con frecuencia la represión resulta, pero en ocasiones es contraproducente para el gobierno en el poder, y atrae más gente a las calles. Las concesiones funcionan con frecuencia, pero algunas veces son contraproducentes para el gobierno, y conducen a que la gente en la calle escale sus demandas. Hablando en general, los gobiernos intentan la represión más que las concesiones. Y, por lo general, la represión tiende a funcionar en un relativamente corto plazo.

 

El segundo rasgo común de estos levantamientos es que ninguno continúa a gran velocidad por demasiado tiempo. Quienes protestan se rinden ante las medidas represivas. O se ven cooptados, hasta cierto punto, por el gobierno. O los desgasta el enorme esfuerzo requerido para las manifestaciones continuadas. Este desvanecimiento de las protestas abiertas es absolutamente normal. Esto no indica el fracaso de las mismas.

 

Ése es el tercer rasgo común de los levantamientos. Sea como sea que llegue a su fin, nos brindan un legado. Han cambiado en algo la política del país, y casi siempre para mejorar. Han puesto en la agenda pública un asunto importante, como por ejemplo las desigualdades. O han incrementado el sentido de dignidad de los estratos bajos de la población. O han incrementado el escepticismo en torno a la verbosidad con la que los gobiernos tienden a enmascarar sus políticas.

 

El cuarto rasgo común es que, en todos los levantamientos, muchos de los que se unen, en especial si se unieron tarde, no lo hacen para profundizar los objetivos iniciales, sino para pervertirlos o para impulsar hacia el poder político a grupos de derecha, diferentes de quienes están en el poder pero de ningún modo gente más democrática o que impulse los derechos humanos.

 

El quinto rasgo común es que todos se ven embrollados en el forcejeo geopolítico. Los gobiernos poderosos fuera del país en el que ocurre el desasosiego trabajan duro, aunque no siempre con éxito, para ayudar a que los grupos que le son favorables a sus intereses se hagan del poder. Esto ocurre con tanta frecuencia que, por ahora, una de las cuestiones inmediatas acerca de un levantamiento particular es siempre, o debería ser siempre, cuáles serán las consecuencias para el sistema-mundo como un todo. Esto es muy difícil, dado que las consecuencias geopolíticas potenciales pueden conducir a que alguien quiera ir en dirección opuesta a la inicial dirección antiautoritaria.

 

Finalmente, recordemos que en esto, como en todo lo que ocurre ahora, estamos en medio de una transición estructural que va de una economía-mundo capitalista que se desvanece a un nuevo tipo de sistema. Pero ese nuevo tipo de sistema podría resultar mejor o peor. Ésa es la real batalla en los próximos 20-40 años, y el cómo nos comportemos aquí, allá o en todas partes deberá decidirse en función de esta importante batalla política fundamental a nivel mundial.

 

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

 

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Desde Bahrein

“Masacre, es una masacre”, gritaban los médicos. Tres muertos. Cuatro muertos. Un hombre pasó frente a mí en una camilla en la sala de emergencias, la sangre chorreando en el piso de una herida de bala en el muslo. A pocos metros, seis enfermeros estaban luchando por la vida de un hombre pálido, barbudo, con sangre que le manaba del pecho. “Tengo que llevarlo al quirófano ahora”, gritaba un médico. “¡No hay tiempo, se está muriendo!”

Otros estaban todavía más cerca de la muerte. Un pobre joven –18, 19 años quizá– tenía una terrible herida en la cabeza, un agujero de bala en la pierna y sangre en el pecho. El médico a su lado se volvió hacia mí, las lágrimas cayendo sobre la bata manchada de sangre. “Tiene una bala fragmentada en su cerebro y no puedo sacarle los pedazos, los huesos de la izquierda de su cráneo están totalmente destrozados. Sus arterias están todas rotas. No lo puedo ayudar.” La sangre caía como cascada al suelo. Era penoso, vergonzoso e indignante. Estos no eran hombres armados sino los que acompañaban al cortejo y que volvían del funeral. Musulmanes chiítas, por supuesto, muertos por su propio ejército bahreiní en la tarde de ayer.

Un camillero estaba regresando con miles de otros hombres y mujeres del funeral en Daih de uno de los manifestantes muertos en la Plaza Pearl en las primeras horas del jueves. “Decidimos caminar al hospital porque sabíamos que había una manifestación. Algunos de nosotros llevábamos ramas como prendas de paz que les queríamos dar a los soldados cerca de la plaza, y estábamos gritando ‘paz, paz’. No fue una provocación –nada contra el gobierno–. Luego, de pronto, los soldados comenzaron a disparar. Uno estaba disparando una ametralladora desde un vehículo blindado. Había policías, pero se fueron cuando los soldados comenzaron a dispararnos. Pero, sabe, la gente en Bahrein cambió. No querían salir corriendo. Se enfrentaban a las balas con sus cuerpos.”

La manifestación en el hospital ya había atraído a miles de manifestantes chiítas –incluyendo a cientos de médicos y enfermeras de toda Manama, todavía con sus guardapolvos blancos– que exigían la renuncia del ministro de Salud bahreiní, Faisal Mohamed al Homor, por no permitir que las ambulancias buscaran a los muertos y heridos del ataque de la policía el jueves a la mañana sobre los manifestantes de la Plaza Pearl.

Pero su furia se volvió casi histeria ayer, cuando trajeron a los primeros heridos. Hasta cien médicos se aglomeraban en las salas de emergencias, gritando y maldiciendo al rey y al gobierno mientras los paramédicos luchaban por empujar las camillas cargadas con las últimas víctimas a través de la multitud que gritaba. Un hombre tenía un grueso paquete de vendas en el pecho, pero la sangre ya estaba manchando su torso, goteando de la camilla. “Tiene balas de plomo en su pecho y ahora hay aire y sangre en sus pulmones”, me dijo la enfermera a su lado. “Creo que lo perdemos.” Así llegó al centro médico de Sulmaniya la ira del ejército de Bahrein y, me imagino, la ira de la familia Al Khalifa, incluido el rey.

El personal sentía que ellos también eran víctimas. Y tenía razón. Cinco ambulancias enviadas a la calle –las víctimas de ayer recibieron los disparos frente a una estación de bomberos cerca de la Plaza Pearl– fueron detenidas por el ejército. Momentos más tarde, el hospital descubrió que todos sus celulares estaban sin red. Dentro del hospital había un médico, Sadeq al Aberi, malherido por la policía cuando fue a ayudar a los heridos en la mañana del jueves.

Los rumores corrían como reguero de pólvora en Bahrein y el personal médico insistía en que hasta 60 cadáveres habían sido sacados de la Plaza Pearl el jueves a la mañana y que la multitud vio a la policía cargar cuerpos en tres camiones refrigerados. Un hombre me mostró una foto en su celular en la que se podían ver claramente los tres camiones estacionados detrás de varios vehículos blindados del ejército. Según otros manifestantes, los vehículos, que tenían patentes de Arabia Saudita, fueron vistos más tarde en la carretera a Arabia Saudita. Es fácil descartar esas historias macabras, pero encontré a un hombre –otro enfermero en el hospital que trabaja para las Naciones Unidas– que me dijo que un colega estadounidense, que dijo llamarse “Jarrod”, había filmado los cuerpos cuando los cargaban en los camiones, pero luego fue arrestado por la policía y no se lo ha visto desde entonces.

¿Por que la familia real de Bahrein permitió que sus soldados abrieran fuego contra manifestantes pacíficos? Atacar a civiles con armas de fuego a menos de 24 horas de las muertes anteriores parece un acto de locura. Pero la pesada mano de Arabia Saudita puede no estar muy lejos. Los sauditas temen que las manifestaciones en Manama y en las ciudades de Bahrein enciendan fuegos igualmente provocadores en el este de su reino, donde una sustancial minoría chiíta vive alrededor de Dhahran y otras ciudades cerca de la frontera kuwaití. Su deseo de ver a los chiítas de Bahrein aplastados tan rápidamente como sea posible quedó en claro este jueves, en la cumbre del Golfo con todos los sheiks y príncipes de acuerdo en que no debería haber una revolución estilo egipcio en un reino que tiene una mayoría chiíta de quizás un 70 por ciento y una pequeña minoría sunnita que incluye a la familia real.

Sin embargo, la revolución de Egipto está en boca de todos en Bahrein. Fuera del hospital, estaban gritando: “El pueblo quiere derrocar al ministro”, una ligera variación del cántico de los egipcios que se liberaron de Mubarak, “El pueblo quiere derrocar al gobierno”. Y muchos entre la multitud dijeron –como dijeron los egipcios– que habían perdido el temor a las autoridades, a la policía y al ejército.

La policía y los soldados por quienes ahora expresan tal disgusto eran ayer demasiado evidentes en las calles de Manama, mirando con resentimiento desde los vehículos blindados azul noche o subidos a tanques hechos en Estados Unidos. Parecía no haber armas británicas a la vista –aunque éstos son los primeros días y había blindados hechos en Rusia al lado de los tanques M-60–. En el pasado, las pequeñas revueltas chiítas eran cruelmente aplastadas en Bahrein con la ayuda de un torturador jordano y un alto factótum de inteligencia, un ex oficial de la División Especial Británica.

Es mucho lo que está en juego aquí. Esta es la primera insurrección seria en los ricos estados del Golfo, más peligrosa para los sauditas que los islamistas que tomaron el centro de La Meca hace más de 30 años, y la familia de Al Khalifa se da cuenta ahora de qué peligrosos serán los próximos días para ellos. Una fuente que siempre resultó ser confiable durante muchos años me dijo que el miércoles por la noche un miembro de la familia Al Khalifa –que se decía que era el príncipe heredero– mantuvo una serie de conversaciones telefónicas con un prominente clérigo chiíta, el líder del partido Wifaq, Ali Salman, que estaba acampando en la Plaza Pearl. El príncipe aparentemente ofreció una serie de reformas y cambios en el gobierno que él pensó que el clérigo había aprobado. Pero los manifestantes se quedaron en la plaza. Exigían la disolución del Parlamento. Luego vino la policía.

En las primeras horas de la tarde, alrededor de 3000 personas se concentraron en apoyo de los Al Khalifa, y hubo muchas banderas nacionales ondeando desde las ventanillas de los automóviles. Esto puede ser la tapa de la prensa bahreiní hoy, pero no terminará con el levantamiento chiíta. Y el caos de anoche en el hospital más grande de Manama –la sangre cayendo de los heridos, los gritos pidiendo ayuda de aquellos en las camillas, los médicos que nunca había visto tantas heridas de bala, uno de ellos simplemente sacudió su cabeza incrédulamente cuando una mujer tuvo un ataque al lado de un hombre que estaba empapado en sangre– solamente amargó más a los chiítas de esta nación.

Un médico que dijo llamarse Hussein me detuvo cuando salía de la sala de emergencia porque me quería explicar su enojo. “Los israelíes les hacen este tipo de cosas a los palestinos, pero aquí son árabes disparándoles a árabes”, aulló por encima del griterío. “Esto es el gobierno bahreiní haciéndole esto a su propio pueblo. Estuve en Egipto hace dos semanas, trabajando en el hospital Qasr el Aini, pero las cosas aquí están mucho más jodidas.”

Por Robert Fisk *
* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Páginal12.
Traducción: Celita Doyhambéhère.
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Decenas de miles de trabajadores y simpatizantes suspendieron labores y prácticamente tomaron el Capitolio estatal en Wisconsin para protestar por un intento del gobernador para destruir los sindicatos del sector público –parte de un asalto antisindical a nivel nacional– en un conflicto que algunos comparan con lo sucedido en Egipto.

El nuevo gobernador republicano Scott Walker y la legislatura controlada por su partido impulsan una iniciativa de ley para anular pensiones, elevar el pago de seguro médico y limitar el derecho para negociar un contrato colectivo sólo a salarios, entre otras medidas para debilitar a los sindicatos públicos y sus conquistas logradas a lo largo de décadas. Walker advirtió que estaba dispuesto a desplegar a la Guardia Nacional si los sindicatos se atrevían a realizar acciones para detener estas iniciativas.

Ante ello, desde el martes maestros, trabajadores de hospitales públicos, enfermeras, trabajadores de mantenimiento, de reclusorios y de salubridad pública se concentraron en el centro de Madison, la capital estatal, apoyados por sindicalistas de sectores privados que se sumaron en solidaridad, y durante dos días rodearon el Capitolio y miles ingresaron al edificio gubernamental coreando: "a cerrar esto" y "libertad, democracia, sindicatos".

Miles de estudiantes y profesores suspendieron clases en las universidades estatales en protesta contra la iniciativa. Además, miles de maestros de escuelas públicas se reportaron "enfermos" y no asistieron a sus centros de trabajo para sumarse a las protestas, obligando el cierre de las escuelas públicas en la capital y varios distritos más del estado. Estudiantes de preparatorias y secundarias, en lugar de gozar sus días libres, se sumaron a las marchas y protestas, coreando "apoyamos a nuestros maestros, apoyamos la educación pública", y al llegar a la plaza del Capitolio fueron recibidos con ovaciones por miles de universitarios.

Por lo tanto, no pocos observadores comentan que Wisconsin se parece a Egipto, y los propios manifestantes así lo proclamaban. En algunas de las mantas y pancartas se leía: "Hosni/Walker" (en referencia al gobernador). "Protesta como un egipcio". "Si Egipto puede obtener la democracia ¿por qué no Wisconsin?" "Esta es nuestra plaza Tahrir".

Lo que ocurre en Wisconsin, comentó Noam Chomsky, "tal vez es el inicio de lo que verdaderamente necesitamos aquí (en Estados Unidos): un levantamiento de democracia; ya que la democracia aquí ha sido casi eviscerada", dijo en entrevista con el programa Democracy Now.

"Qué glorioso es estar en Madison, Wisconsin, esta semana, donde el pueblo se ha levantado en rebelión contra los republicanos neandertales que buscan destruir los sindicatos del sector público e imponer daño masivo a sus trabajadores. Esto no se trata de balancear el presupuesto. Es sobre destruir sindicatos como una fuerza política y económica", escribió Matthew Rothschild, editor de la revista nacional The Progressive con sede en Madison. Es, añadió, "la zona cero en la lucha contra todo eso, y los de Wisconsin están realizando la cosa más cerca a una huelga general que jamás he visto en mi vida".
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Empleados públicos se manifiestan en el Congreso de Wisconsin en contra de la iniciativa del gobernador republicano Scott Walker, quien con el argumento de reducir el déficit presupuestal ha presentado una polémica iniciativa de ley que anula derechos sindicalesFoto Ap

Los sindicatos nacionales ofrecen recursos y personal para apoyar a sus secciones estatales, reconocen que si se logra impulsar esa ley en Wisconsin, será replicada en otros estados donde gobernantes intentan reducir sus déficits presupuestales –que se han multiplicado como consecuencia de la crisis económica– trasladando los costos a los trabajadores del sector público. Iniciativas parecidas se impulsan en Ohio, Indiana, Tenesí, y también versiones menos drásticas pero que imponen severos recortes presupuestales a sindicalistas del sector público –sobre todo maestros– en estados gigantescos gobernados por demócratas como es el caso de Nueva York y California.

Tal ha sido el tamaño de las manifestaciones que algunos legisladores estatales republicanos ya reconsideran su apoyo a la iniciativa del gobernador, mientras que esta mañana todos los demócratas del senado estatal se esfumaron y con ello la cámara alta se quedó sin quórum, lo que imposibilitó un voto sobre la iniciativa que el gobernador desea quede aprobada para mañana. Otros consideran que a pesar de las protestas, esperan aprobar la medida muy pronto.

Hasta el presidente Barack Obama ha expresado su simpatía con los trabajadores en la pugna en Wisconsin. En entrevista con una radio de la entidad dijo que las medidas del gobernador para obstaculizar negociaciones de contrato colectivo “generalmente parecen más como un asalto sobre los sindicatos… Estos son maestros, bomberos, trabajadores sociales y policías. Hacen muchos sacrificios y una gran contribución, y creo que es importante no denigrarlos o sugerir de alguna manera que todos estos problemas presupuestales son a causa de los empleados públicos”.

Harold Meyerson, columnista del Washington Post, escribió que "mientras los trabajadores estaban ayudando a derrocar al régimen en El Cairo, un gobierno estatal en particular estaba procediendo a derrocar a las organizaciones de trabajadores aquí en Estados Unidos". Concluyó que conservadores estadunidenses frecuentemente expresan su admiración por la valentía de trabajadores de otros países al protestar contra regímenes autoritarios. “Sin embargo, permitir que trabajadores en casa ejerzan sus derechos amenaza con minar algunos de nuestros propios regímenes (republicanos en particular) y no se deberían permitir. Ahora que el gobernador de Wisconsin ha emitido sus órdenes de marcha a la Guardia, podemos discernir un nuevo patrón de solidaridad represiva, desde el faraón… del Medio Oriente al faraón… del Medio Oeste”.

Para Chomsky, todo esto es parte de un enorme esfuerzo realizado durante los últimos meses por políticos para distraer la “atención de los que realmente crearon la crisis económica, como Goldman Sachs, Citigroup, JP Morgan Chase y sus asociados en el gobierno… (y culpar) a maestros, policías, bomberos, trabajadores de salubridad… y sus sindicatos y hacerlos los villanos reales, los que le están robando al contribuyente... Es bastante asombroso”.

David Brooks
Corresponsal
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El conflicto en Tailandia no es un juego de simples filiaciones políticas: es una lucha de clases creciente entre los pobres y las viejas élites del país

Quienes hayan visto la violencia de esta semana en las calles de Bangkok, seguramente pensarán que el caos actual es sólo cosa de camisas de colores diferentes y de partidarios de diferentes partidos políticos, apenas distinguibles entre sí. No es el caso.

Lo que llevamos viendo en Tailandia desde finales de 2005 es una lucha de clases creciente entre los pobres y las viejas élites. Desde luego no es una lucha de clases en sentido estricto. Como en el pasado hubo un vacío en la izquierda, los políticos millonarios y populistas como Thaksin Shinawatra han logrado liderar a los pobres.

Los pobres, urbanos y rurales, que forman la mayoría del electorado, son los «camisas rojas». Exigen su derecho a tener un gobierno elegido democráticamente. Comenzaron como partidarios pasivos del gobierno de Thaksin, el Thai Rak Thai, pero luego formaron un nuevo movimiento ciudadano llamado Democracia Real.

Para ellos, la democracia real significa el final de la dictadura de la junta militar y palaciega, aceptada desde hace tiempo calladamente y que ha permitido a los generales, los consejeros áulicos del consejo privado y las élites conservadoras actuar al margen de la Constitución. Desde 2006, estas élites han atentado descaradamente contra los resultados electorales gracias a un golpe militar, el uso de los tribunales para disolver el partido de Thaksin en dos ocasiones y el respaldo a la violencia callejera de los «camisas amarillas» monárquicos.

El partido Demócrata actual está en el gobierno gracias al ejército. Muchos miembros del movimiento de los camisas rojas apoyan a Thaksin, y por buenas razones: su gobierno despuntó por varias políticas modernas en beneficio de los pobres, como la creación del primer sistema sanitario universal de Tailandia.

No obstante, los «camisas rojas» no son simples títeres de Thaksin; están organizados en grupos comunitarios y muchos de ellos muestran su frustración por la falta de liderazgo progresista de Thaksin, en particular por su insistencia en la «lealtad» a la corona.

El movimiento republicano está creciendo. Muchos izquierdistas tailandeses, como es mi caso, no apoyan a Thaksin. Denunciamos sus violaciones de los derechos humanos, pero estamos con el movimiento ciudadano por la democracia real.

Los «camisas amarillas» son conservadores monárquicos, algunos con tendencias fascistas. Sus guardias llevan y usan armas de fuego. Apoyaron el golpe de Estado de 2006, destrozaron el palacio del gobierno y bloquearon los aeropuertos internacionales el año pasado. Estaban respaldados por el ejército. Por eso los soldados nunca disparan contra ellos. Por eso el primer ministro tailandés actual educado en Oxford nunca ha hecho nada por castigarlos. A fin de cuentas, nombró a algunos de ellos ministros de Estado.

Los «camisas amarillas» pretenden menoscabar el derecho de voto del electorado para proteger a las élites conservadoras y los «viejos y malos usos» para gobernar Tailandia. Proponen un «nuevo orden» dictatorial, que permita al pueblo votar, pero no que parlamentarios y cargos públicos se presenten en su mayoría a las elecciones. Reciben el apoyo de los medios de comunicación tailandeses convencionales, de la mayor parte de los profesores de clase media e incluso de dirigentes de oenegés.

Para comprender y juzgar los violentos sucesos que sacuden Tailandia, es preciso tener un conocimiento y una perspectiva de la historia del país. La perspectiva es necesaria para poder distinguir entre atentar contra la propiedad y herir o matar a la gente.

El conocimiento histórico ayuda a explicar por qué los ciudadanos conocidos como «camisas rojas» expresan ahora su furia. Han tenido que soportar el azote militar, la privación reiterada de sus derechos democráticos, continuos actos de violencia e insultos por parte de los medios de comunicación convencionales  y de la comunidad académica.

Es mucho lo que está en juego. Todo compromiso está expuesto a la inestabilidad. Las viejas élites quizá piensen negociar con Thaksin para impedir que los camisas rojas se vuelvan completamente republicanos. Pero, pase lo que pase, la sociedad tailandesa no puede volver a los tiempos pasados. Los «camisas rojas» representan a millones de tailandeses hastiados de las intervenciones militares y monárquicas en la vida política. Como mínimo desearán una monarquía constitucional no política.

Giles Ji Ungpakorn es profesor y escritor tailandés que viajó en febrero al Reino Unido tras ser acusado de lesa majestad en virtud del código penal, que prohíbe este tipo de críticas.

Giles Ji Ungpakorn
The Guardian
Traducción para Rebelión por María Enguix
http://wdpress.blog.co.uk

Fuente: http://www.guardian.co.uk/commentisfree/2009/apr/13/thailand-human-rights

 

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