“La creencia en el libre albedrío es más peligrosa hoy que nunca antes”

Yuval Noah Harari, historiador y filósofo israelí

El académico analiza el mundo de la pospandemia a partir del auge de la vigilancia y el incremento del control. Además, los cambios tecnológicos, su influencia en los sistemas políticos y la inteligencia artificial.

 

Yuval Noah Harari es uno de los intelectuales más influyentes de la actualidad. Lo consultan y convocan de todo el mundo, desde el presidente de Francia, Emmanuel Macron, al empresario Bill Gates y la canciller alemana, Ángela Merkel. Dice que uno de sus principales objetivos es “hacer llegar información científica precisa al mayor número de personas posible”. En esta coyuntura, “si no se hace un esfuerzo por llevar la ciencia al público en general, se deja el terreno libre para todo tipo de ridículas teorías conspirativas”, apunta. En este sentido, y frente a este peligro, sostiene que “el trabajo de los intelectuales públicos es tomar las últimas teorías científicas y encontrar una manera de traducirlas en una historia accesible, sin abandonar el compromiso con los hechos fundamentales”.

Sus obras Sapiens: De animales a dioses; Homo Deus: Breve historia del mañana; 21 lecciones para el siglo XXI; y Sapiens. Una historia gráfica, entre otras, revisan los orígenes del mundo y marcan escenarios de futuros posibles. Esto último, atravesado por uno de sus intereses y focos centrales: la ética del desarrollo científico y tecnológico en el siglo XXI.

En diálogo con Página/12 y a más de un año del comienzo de la pandemia de la covid-19, Harari repasa los distintos aspectos de la crisis que desató el virus y sus corolarios.

--¿Cuál es su análisis sobre los tiempos que corren y qué ideas disparó en usted la situación de pandemia en el mundo?

--La primera lección de la pandemia es que debemos invertir más en nuestros sistemas de salud pública. En este momento, esto debería ser obvio para todos. Aunque todos los seres humanos son huéspedes potenciales del virus, éste no es democrático en dos aspectos fundamentales. En primer lugar, supone un mayor riesgo para algunas personas. En segundo lugar, sus impactos económicos no se sentirán por igual en todas las partes del mundo. Deberían preocuparnos especialmente los efectos económicos de esta pandemia en los países en desarrollo. Creo que, aunque el virus en sí no sea democrático, podemos esforzarnos por mantener los principios democráticos en nuestra respuesta al virus. En otro nivel, esta crisis ha demostrado el grave peligro que supone la desunión mundial. Se han perdido muchas vidas debido a la incapacidad de los líderes mundiales para trabajar juntos. Ya ha transcurrido un año desde el comienzo de la crisis y, lamentablemente, todavía no tenemos un plan de acción mundial. Es evidente que esta crisis ha puesto de manifiesto lo fracturado que está el sistema internacional y ha revelado lo peligrosa que es esta situación. De alguna manera, es casi como si la naturaleza estuviera poniendo a prueba nuestro sistema de respuesta global para ver cómo podríamos manejar algo mucho peor en el futuro. Desafortunadamente, la forma en que hemos manejado la pandemia no inspira mucha confianza en que podamos manejar algo más complejo como el cambio climático o el aumento de la inteligencia artificial. Espero que esta pandemia sirva como una llamada de atención para la humanidad.

--En relación con un plan de acción mundial, usted dice que “tenemos el conocimiento científico para solucionar esta crisis, pero no la sabiduría política para hacerlo”. ¿A qué se refiere con “sabiduría política”?

--Todos los grandes logros de la humanidad, desde la construcción de las pirámides hasta el vuelo a la Luna, no fueron el resultado de un genio individual, sino de la cooperación entre incontables extraños. Demostrar sabiduría política significaría actuar de manera que se maximice este poder de cooperación para el beneficio de todos. Sabemos que la humanidad es capaz de este tipo de colaboración. Basta con mirar la investigación científica. Ahora, siempre que hablamos de cooperación global, algunas personas se oponen inmediatamente. Dicen que hay una contradicción inherente entre el nacionalismo y el globalismo, y que debemos elegir la lealtad nacional y por lo tanto rechazar la cooperación global. Esto es un error. No hay ninguna contradicción entre nacionalismo y globalismo. El nacionalismo se trata de cuidar a tus compatriotas; no de odiar a los extranjeros. Una pandemia es exactamente una situación así. Si todos los países cooperaran existe la posibilidad de que la covid-19 sea la última gran pandemia de la historia.

--Señala la crisis del nacionalismo mientras otras voces subrayan su auge.

--Si bien es común hablar del resurgimiento del nacionalismo, lo que estamos viendo en todo el mundo es el colapso de la solidaridad nacional y su sustitución por un tribalismo divisorio. El nacionalismo no se trata de odiar a los extranjeros. El nacionalismo se trata de amar a tus compatriotas. Y actualmente, hay una escasez global de tal amor. En países como Irak, Siria y Yemen, los odios internos han llevado a la completa desintegración del Estado y a guerras civiles asesinas. En países como Estados Unidos, el debilitamiento de la solidaridad nacional ha llevado a crecientes fisuras en la sociedad. Las animosidades dentro de la sociedad estadounidense han alcanzado tal nivel que muchos estadounidenses odian y temen a sus conciudadanos mucho más de lo que odian y temen a los rusos o a los chinos. Hace 50 años, tanto los demócratas como los republicanos temían que los rusos llegaran a imponer un régimen totalitario en la "tierra de la libertad". Ahora, tanto demócratas como republicanos están aterrorizados de que el otro partido esté empeñado en destruir su forma de vida. En esta crisis de nacionalismo, muchos líderes que se presentan como patriotas son de hecho todo lo contrario. En lugar de fortalecer la unidad nacional, amplían intencionadamente las divisiones dentro de la sociedad utilizando un lenguaje incendiario y políticas divisorias, y describiendo a cualquiera que se oponga a ellos no como un rival legítimo sino más bien como un traidor peligroso. Donald Trump y Jair Bolsonaro son los principales ejemplos.

--Sus escritos advierten sobre el incremento de la vigilancia y el control a partir de la pandemia. ¿Podría explicar el punto?

--Algunos comentaristas han sostenido que la forma relativamente eficiente en que China enfrentó la pandemia es una prueba de que los sistemas autoritarios son más adecuados para hacer frente a crisis como ésta. Pero esto no es necesariamente cierto. También vemos cómo países más descentralizados como Nueva Zelanda y Corea del Sur lo han hecho bastante bien sin abandonar sus valores democráticos y sin sacrificar las libertades y los derechos humanos de sus ciudadanos. También hay países autoritarios como Irán que han demostrado su incompetencia. No necesitamos aceptar el principio de que los estados autoritarios centralizados están necesariamente mejor equipados para sobrevivir a este tipo de choques. Tal vez el peligro real sea el tema de la vigilancia, y cómo ciertos tipos de vigilancia “bajo la piel” pueden ser intensificados o normalizados por la pandemia. Si usás un brazalete biométrico que monitorea lo que sucede bajo la piel, el gobierno también puede saber lo que estás sintiendo, por ejemplo, mientras leés esto mismo que estoy diciendo ahora. La vigilancia bajo la piel puede crear el mejor sistema de salud de la historia, un sistema que sabe que estás enfermo incluso antes de que te des cuenta. Pero también puede crear el régimen más totalitario que jamás haya existido --un régimen que sabe lo que estás pensando y del que no podés esconderte--.

--En algunos círculos existe una suerte de deslumbramiento por la inteligencia artificial, que usted dice puede ser “una tecnología de dominación”. ¿De qué manera cree que la tecnología puede interactuar o influir en los sistemas políticos?

--Como historiador, me inclino a mirar cómo las eras anteriores de cambio tecnológico influyeron en los sistemas políticos. En el siglo XIX, vemos cómo unos pocos países como Gran Bretaña y Japón se industrializaron primero, y luego pasaron a conquistar y explotar la mayor parte del mundo. Si no tenemos cuidado, lo mismo ocurrirá con la Inteligencia Artificial (IA) y la automatización. No necesitamos imaginar un escenario Terminator de ciencia ficción de robots rebelándose contra los humanos. Hablo de una inteligencia artificial mucho más primitiva, que sin embargo es suficiente para alterar el equilibrio global. Consideremos cómo podría ser la política en Argentina dentro de 20 años, cuando alguien en San Francisco o Beijing conozca toda la historia médica y personal de cada político, periodista o juez de su país, incluyendo sus escapadas sexuales, tratos corruptos o debilidades mentales. ¿Seguirá siendo un país democrático independiente? ¿O sería una colonia de datos?

--La discusión sobre la función y la finalidad que se da a la tecnología...

--Pero quiero subrayar que éstas son sólo posibilidades, no certezas. No debemos ser víctimas del determinismo tecnológico. Todavía es posible evitar que esto suceda y podemos asegurarnos de que la inteligencia artificial sirva a todos los humanos, en lugar de a una pequeña élite. Por ejemplo, en lo que hace a cuestiones de vigilancia, en la actualidad los ingenieros están desarrollando herramientas de IA al servicio de los gobiernos y las empresas, para vigilar a los ciudadanos. Pero podemos desarrollar herramientas de IA que monitoreen a los gobiernos y las corporaciones al servicio de los ciudadanos. Técnicamente, es muy fácil desarrollar una herramienta de IA que exponga la corrupción. Para un ciudadano individual, es imposible revisar todos los datos y descubrir qué políticos nombraron a sus familiares para trabajos lucrativos en el gobierno. Para una IA, eso tomaría dos segundos. Esto es algo que los ciudadanos pueden y deben exigir.

--En relación con esto último, sus trabajos insisten en que “la gente más fácil de manipular es la que cree en el libre albedrío”. ¿Qué es el libre albedrío y por qué sostiene que la sensación de libre albedrío tiende trampas?

--La gente toma decisiones todo el tiempo. Pero la mayoría de estas decisiones no se toman libremente. Son moldeadas por varias fuerzas biológicas, culturales y políticas. La creencia en el “libre albedrío” es peligrosa porque cultiva la ignorancia sobre nosotros mismos. Nos ciega a lo sugestionable que somos y a las cosas de las que ni siquiera somos conscientes para dar forma a nuestras decisiones. Cuando elegimos algo --un producto, una carrera, un cónyuge, un político-- nos decimos a nosotros mismos: “elegí esto por mi libre albedrío”. Si este es el caso, entonces no hay nada más que investigar. No hay razón para ser curioso o escéptico acerca de lo que pasa dentro de mí, y acerca de las fuerzas que dieron forma a mi elección. Esto es particularmente peligroso hoy en día, porque las corporaciones y los gobiernos están adquiriendo tecnologías nuevas y poderosas para dar forma y manipular nuestras elecciones. En consecuencia, la creencia en el libre albedrío es más peligrosa hoy que nunca antes. La gente no debería creer sólo en el libre albedrío. Debería explorarse a sí misma y entender qué es lo que realmente da forma a sus deseos y decisiones. Es la única manera de asegurarnos de no convertirnos en marionetas de un dictador o de una computadora superinteligente. Si los gobiernos o las corporaciones llegan a conocernos mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos, entonces pueden vendernos lo que quieran, ya sea un producto o un político.

--Frente a estos riesgos, ¿qué sistema global debería establecerse para impedir las consecuencias negativas de esto?

--El desarrollo de una tecnología más ética requerirá cambios institucionales e infraestructurales. Pero hay algunos pequeños ajustes que podemos hacer para empezar. Por ejemplo, un médico no puede empezar a ejercer sin tener algún tipo de educación ética; todos estamos de acuerdo. Sin embargo, no esperamos que los programadores de computadoras tomen cursos de ética a pesar de que tienen una tremenda influencia sobre las vidas humanas. Estas son las personas que están escribiendo los códigos con los que funcionan nuestras sociedades. Muchas de las preguntas que los filósofos han debatido durante miles de años han migrado ahora al departamento de informática. Tenemos que asegurarnos de que los programadores que diseñan los algoritmos que impulsan los vehículos autónomos han aprendido a pensar éticamente. A mayor escala, hay algunos principios más generales para la tecnología ética.

--¿Por ejemplo?

--Primero, no permitir que demasiados datos se concentren en un solo lugar. Muchos países verán la necesidad de centralizar los datos epidemiológicos después de esta pandemia. Esta sería una herramienta maravillosa, pero sería mejor establecer una autoridad de salud independiente que recoja y analice estos datos y los mantenga alejados de la policía o de las grandes corporaciones. Sí, eso es ineficiente, pero la ineficiencia es una característica, no un error. Si el sistema es demasiado eficiente, puede convertirse fácilmente en una dictadura digital. En segundo lugar, los datos personales de las personas siempre deben ser utilizados para ayudarlas en lugar de dañarlas o manipularlas. Este principio se aplica, por ejemplo, a los médicos. Compartir datos para encontrar una cura para la covid-19 es bueno, pero no lo es compartir datos para ayudar a una corporación a evitar el pago de sus impuestos o ayudar a un régimen autoritario a reprimir a los disidentes. En tercer lugar, siempre que se aumenta la vigilancia de los ciudadanos individuales, se debe aumentar simultáneamente la vigilancia de los gobiernos y las grandes corporaciones. Si la vigilancia sólo va de arriba a abajo, esto lleva a la dictadura digital. La vigilancia siempre debe ir en ambos sentidos.

--Nadie desconoce la posición de Trump frente a la pandemia. Sin embargo, y aunque haya perdido la elección presidencial, recibió un caudal de votos importante. En Brasil sucede algo similar en términos de apoyo a Bolsonaro. ¿Qué análisis hace al respecto?

--Trump y Bolsonaro han pasado los últimos años socavando la confianza del público en la ciencia, los organismos gubernamentales y los medios de comunicación. Como era de esperar, esos países están luchando ahora para que la gente escuche las directrices científicas y tome las precauciones básicas de seguridad. No es demasiado tarde para reconstruir la confianza, pero esto requerirá invertir en instituciones y en educación. En última instancia, sin embargo, este enfoque es mejor para todos. Una población bien informada puede afrontar la crisis mejor que una población ignorante y vigilada. Los países con líderes como Trump y Bolsonaro han experimentado mucho sufrimiento innecesario. Y estos líderes deben ser considerados responsables. Cuando la Peste Negra se extendió en el siglo XIV, la humanidad simplemente carecía de los conocimientos necesarios para superar la plaga, por lo que difícilmente se podía culpar a los reyes medievales de la catástrofe. Pero hoy en día tenemos todo el conocimiento científico necesario para contener y derrotar a la pandemia. Si a pesar de todo no lo hacemos, la culpa es de políticos incompetentes.

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Jueves, 11 Febrero 2021 06:03

Qué hace Julian Assange aún en prisión

Qué hace Julian Assange aún en prisión

EE UU agota los plazos para presentar los argumentos de apelación ante la justicia británica, más de un mes después de que una juez rechazase la extradición del fundador de Wikileaks

 

La batalla legal por la libertad del fundador de Wikileaks, el australiano Julian Assange, de 49 años, no hizo más que comenzar el pasado 4 de enero en el tribunal londinense de Old Bailey. El rechazo de la petición de extradición cursada por Estados Unidos —justificada en sus problemas de salud y riesgo de suicidio— asomó al exhacker a las puertas de la prisión de alta seguridad de Belmarsh, en el sureste de la capital británica. Pero la juez Vanessa Baraitser le negó la libertad bajo fianza con el propósito de garantizar que el Gobierno estadounidense —entonces de Donald Trump— pudiera presentar una apelación para poder llevarse algún día al reo a su territorio, donde está acusado de 17 delitos de espionaje y uno de intrusión informática. Más de un mes después, los abogados norteamericanos agotan los plazos para argumentar su recurso ante la justicia británica, mientras se multiplican las voces que piden al flamante inquilino de la Casa Blanca, Joe Biden, que dé marcha atrás. La Administración demócrata ha manifestado que seguirá tratando de que el Reino Unido extradite al detenido.

Entre estas voces que hacen campaña por la liberación de Assange están las de más de una veintena de organizaciones que este lunes escribieron una carta al Departamento de Justicia de EE UU pidiendo la retirada de los cargos. “La acusación contra Assange”, decía la misiva, “amenaza la libertad de prensa porque gran parte de la conducta descrita en la acusación es una conducta que los periodistas realizan habitualmente”. Entre los firmantes estaban Amnistía Internacional, Human Rights Watch, Reporteros Sin Fronteras… Pero el destinatario era un cargo en funciones, el fiscal general Monty Wilkinson. El Senado de EE UU tiene aún que confirmar al elegido por Biden para el puesto, el juez Merrick B. Garland.

Y el tiempo corre. Como en toda petición de extradición presentada en el Reino Unido, el Crown Prosecution Service (CPS, Servicio de Fiscalía de la Corona) actúa como una suerte de abogado en nombre del Estado demandante, en este caso EE UU —de igual modo lo hizo con la petición de extradición de Suecia por el caso de supuestos abusos sexuales cometidos por Assange, a la postre archivado—. En contacto con EL PAÍS, el CPS ha confirmado que se presentó la petición de apelación en el Tribunal Superior británico el pasado 15 de enero.

Ese es el primer paso: notifican que apelan la no extradición. A partir de ahí, los abogados de la acusación han tenido un mes para fundamentar el recurso. Se prevé que a finales de esta semana, EE UU presente los argumentos. Si el juez del tribunal los admite, el recurso de apelación pasaría a ser juzgado por un panel de varios jueces en una sesión sin fecha a la vista. Se dilataría la estancia de Assange entre rejas, donde lleva más de 22 meses, desde que Scotland Yard le detuviera en la Embajada de Ecuador en Londres, en abril de 2019, tras siete años refugiado.

Si finalmente el tribunal diera su visto bueno a la extradición, Assange podría recurrir ante el Supremo británico o el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

Como esa veintena de organizaciones civiles y de derechos humanos que escribieron este lunes al fiscal norteamericano Wilkinson, abogados, escritores, ensayistas y periodistas han instado de igual modo a que Biden retire los cargos contra el australiano. EE UU apeló unos días antes de que Trump cediera el testigo, aunque no físicamente, al líder demócrata. Fue durante la Administración del magnate neoyorquino, con Jeff Sessions en la Fiscalía, cuando se formalizó, en 2018, la acusación contra el editor australiano. Y eso que las grandes filtraciones que publicó Wikileaks —entre ellas, la difusión de decenas de miles de cables diplomáticos, en la que participó EL PAÍS— llegaron a la Red durante el mandato de Barack Obama. Pero con el demócrata en el poder, pese a que había una investigación abierta contra Assange, nunca se llegaron a presentar cargos. Cundió el temor a sentar un mal precedente que afectara al libre ejercicio del periodismo.

Y es de este hilo del que tiran los defensores de Assange, con su pareja, la abogada de origen sudafricano Stella Moris, a la cabeza. Biden, vicepresidente con Obama y que en 2010 llamó a Assange “terrorista de alta tecnología”, no se ha pronunciado al respecto —la apelación se puede retirar en cualquier momento del proceso—. Pero sí lo hizo este martes un portavoz del Departamento de Justicia, Marc Raimondi, que aseguró que Washington seguiría “buscando su extradición”.

El equipo de abogados del antiguo hacker, liderado por la australiana Jennifer Robinson, del despacho londinense Doughty Street Chambers, prefiere mantener la prudencia y no hacer comentarios sobre el estado del proceso contra Assange o las condiciones en las que él se encuentra —Moris ha denunciado en la Red que el australiano pasa frío porque el penal no le ha entregado la ropa de invierno que le enviaron—. Desde que la juez Baraitser rechazase la extradición de Assange, la defensa ha estado a expensas de que la acusación moviese ficha para así preparar los argumentos contra una posible apelación.

Paradójicamente, el proceso contra Assange, vinculado a la transparencia y el derecho a la información, ha sido tremendamente opaco. Así lo reconoce en conversación telefónica Rebecca Vincent, directora de campañas internacionales de Reporteros Sin Fronteras (RSF), una de las personas que con más empeño ha tratado de monitorear la causa. Si la apelación y la extradición prosperan hay dos cosas en juego, señala Vincent: la salud de Assange y el “futuro” del periodismo. “Ningún periodista podría estar seguro de que no le van a procesar por publicar informaciones como las que publicó Wikileaks”, afirma la portavoz de RSF.

Para lo que pueda venir, Stella Moris, con la que el editor australiano tiene dos hijos, ha abierto una petición de fondos en la Red que atiendan su defensa. Lleva más de 62.000 euros recaudados.

Por Óscar Gutiérrez

Madrid - 11 feb 2021 - 03:04

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Domingo, 24 Enero 2021 05:53

"Somos más débiles que los algoritmos"

"Somos más débiles que los algoritmos"

Entrevista a Cédric Durand, autor de "Tecno-Feudalismo, crítica de la economía digital"

Vivimos en un feudalismo propio a los tiempos modernos, muy alejado de la libertad y la equidad prometida por las nuevas tecnologías, postula este economista, profesor de La Sorbona.

 

Todos las esperaban y las anticipaban como un Mesías restaurador y al final apareció un monstruo. En realidad, vivimos en un feudalismo propio a los tiempos modernos, muy alejado de la libertad y la equidad prometida por las nuevas tecnologías. Bajo el manto de una retórica de progreso e innovación se esconde el más puro y antiguo látigo de la dominación. Las nuevas tecnologías son todo lo contrario de lo que prometen. Esa es la tesis de un brillante ensayo publicado por el investigador Cédric Durand: "Tecno-Feudalismo, crítica de la economía digital" (Technoféodalisme: Critique de l'économie numérique). Durand demuestra cómo, en contra de lo que circula en los medios, con las nuevas tecnologías, en vez de civilizarse, el capitalismo se renovó hacia atrás. Se instaló en el medioevo con los útiles de la modernidad. No dio ni nos hizo dar un salto hacia el futuro, sino que se replegó hacia atrás y, con ello, resucitó las formas más crueles de la dominación y el sometimiento. El mito de la Silicon Valey se derrite ante nosotros: acumulación escandalosa de ganancias, tecno dictadores, desigualdades sociales indecorosas, desempleo crónico, millones de pobres suplementarios y un puñado de tecno oligarcas que han acumulado fortunas jamás igualadas. La tan cantada “nueva economía” dio lugar una economía de la dominación y la desigualdad. La tesis del libro de Cédric Duran es un viaje al revés, una desconstrucción de los mitos tecnológicos: la digitalización del mundo no ha conducido al progreso humano sino a una gigantesca regresión en todos los ámbitos: restauración de los monopolios, dependencia, manipulación política, privilegios y una tarea de depredación global son la identidad verdadera de la nueva economía.

Economista, profesor en La Sorbona,  Durand es un especialista de la organización de la economía mundial y de la dinámica del capitalismo: empresas multinacionales, deslocalizaciones, globalización, cadenas mundiales de producción. Con este ensayo su análisis irrumpe en el terreno de un mito tecnológico que nos consume y adiestra cada día . Como lo demuestra en esta entrevista realizada en París, al mito de la nueva economía le quedan pocas alas para seguir volando. Su verdadero rostro está aquí.

---Envuelta en mitos, manipulaciones, egoísmos y sueños de progreso humano ¿cuáles son los verdaderos resortes de la economía digital ?

---Tiene varias dimensiones. Primero hubo lo que se llamó “la nueva economía digital” cuya idea general consistía en que se aplicarían nuevas reglas al funcionamiento de la economía gracias al empuje de las tecnologías de la información y la comunicación. A partir de 1990 esta idea acompañó la renovación del neoliberalismo: innovación, emprendimiento, protección de la propiedad intelectual fueron las ideas portadoras. Se decía que gracias a las tecnologías de la información y de la comunicación como a toda la esfera digital habría un montón de costos que se anularían y que de allí surgiría una nueva era de prosperidad. Fue todo lo contrario.

---En realidad, ha sido un cuento que congeló la prosperidad colectiva.

---Reconozco, desde luego, que con la aparición de los soportes digitales hubo algo nuevo que brotó, pero, sobre todo, lo que intento demostrar es que, contrariamente a lo que se anunció, no vimos un horizonte radiante del capitalismo sino todo lo contrario, es decir, una degradación del capitalismo. La economía política digital consiste en admitir al mismo tiempo el salto tecnológico como los cambios institucionales que lo acompañaron, que se resume principalmente en uno: el endurecimiento del neoliberalismo. El resultado de todo esto es que no hemos asistido a una nueva prosperidad del capitalismo ardiente, sino a todo lo contrario, o sea, a un capitalismo en vías de regresión. 

---Otra de las perversiones escondidas de esa nueva economía es el acrecentamiento de las injusticias en las relaciones sociales y, por consiguiente, un cambio de perspectiva de esas relaciones. Usted ha definido ambas tendencias como la instauración de un “tecnofeudalismo”, de una economía digital feudal.

---Si, efectivamente. En mi libro demuestro que lo que está en juego dentro de la economía digital es una reconfiguración de las relaciones sociales. Esta reconfiguración se manifiesta a través del resurgimiento de la figura de la dependencia, que era una figura central en el mundo feudal. La idea de la dependencia remite al principio según la cual existe una forma de adhesión de los seres humanos a un recurso. En el seno del mercado hubo una monopolización, por parte del capitalismo, de los medios de producción, pero estos medios han sido plurales. Los trabajadores debían encontrar trabajo y, en cierta forma, podían elegir el puesto de trabajo. Existía una forma de circulación que daba lugar a la competencia. En esta economía digital, en este tecno-feudalismo, los individuos y también las empresas adhieren a las plataformas digitales que centralizan una serie de elementos que les son indispensables para existir económicamente en la sociedad contemporánea. Se trata del Big Data, de las bases de datos, de los algoritmos que permiten tratarlas. Aquí nos encontramos ante un proceso que se autorefuerza: cuando más participamos en la vida de esas plataformas, cuando más servicios indispensables ofrecen, más se acentúa la dependencia. Esta situación es muy importante porque mata la idea de competición. Esta dominación ata a los individuos a este trasplante digital. Este tipo de relación de dependencia tiene una consecuencia: la estrategia de las plataformas que controlan esos territorios digitales es una estrategia de desarrollo económico por medio de la depredación, por medio de la conquista. Se trata de conquistar más datos y espacios digitales. Y adquirir más y más espacios digitales significa acceder a nuevas fuentes de datos. Entramos aquí en una suerte de competición donde, a diferencia de antes, no se busca producir con más eficacia, sino que se trata de conquistar mas espacios. Este tipo de conquista es similar al feudalismo, es decir, la competición entre Lores, la cual no se manifestaba por la mejoría de las condiciones sino en una lucha por la conquista. Ambos elementos, o sea, la dependencia y la conquista de territorios, nos acercan a la lógica del feudalismo.

---Es una lógica reactualizada a través de soportes ultra modernos: algoritmos y depredación feudal.

---Efectivamente. El punto decisivo de la economía digital radica en que esta evoluciona a ritmo lento. Al revés de la lógica productiva propia al capitalismo, donde los capitalistas estaban obligados a invertir para hacerle frente a la competencia, aquí, en la economía digital, paradójicamente, al apoyarse en la lógica de la depredación, se lleva a cabo una suerte de innovación muy orientada hacia la conquista de datos y no hacia la producción efectiva. El estancamiento que caracteriza al capitalismo contemporáneo, o sea, desempleo endémico, retroceso del crecimiento, malos salarios, en suma, todas estas fallas económicas están asociadas a un comportamiento dentro del cual la depredación se superpone a la producción.

---Usted se burla de esa idea promovida en los medios según la cual la economía digital es la expresión más acabada de una economía civilizada. Muy por ele contrario, es un brutal paso atrás.

---Asistimos a una regresión, a un retroceso socioeconómico. En vez de pasar a una forma más civilizada, más elaborada, más apropiada a la felicidad humana, los soportes digitales nos conducen a volver a formas arcaicas que creíamos superadas con la modernidad.

---Usted, en su obra, señala el reemplazo que se produjo para que este arcaísmo lo domine todo: esta economía digital reemplazó al consenso de Washington por lo que usted llama el consenso de la Silicon Valey. Sin embardo, ese reemplazo no cambio nada porque funciona según las mismas exigencias: reformas, precarización del trabajo, el mercado, la financiarización de la economía. ¡Como antes !

---El consenso de la Silicon Valey le agrega al consenso de Washington una capa suplementaria. La gran racionalidad del consenso de Washington consistió en decir que la planificación no funcionaba más porque la Unión Soviética fracasó. Por consiguiente, lo que hace falta es liberar los mercados. El consenso de la Silicon Valey se empieza a elaborar en los años 90 y se cristaliza en los años 2000 cuando el neoliberalismo estaba en dificultad. La década de los 90 fue una década de crisis financiera. Se dijo entonces que afirmar que el mercado funcionaba espontáneamente no era suficiente. La capa que agrega el consenso de la Silicon Valey consiste en enunciar que hace falta alentar a los innovadores, que hace falta respaldar a los emprendedores. Y para llevar a cabo eso es preciso dejar que los mercados funcionan con más libertad y, al mismo tiempo, proteger los intereses de los innovadores y de los creadores de empresas. Inmediatamente se adoptaron medidas muy duras para proteger las ganancias del capital, siempre con esa lógica: proteger e incitar para favorecer la innovación.

---Todo esto se plasmó con una salsa de ideas oriundas de los años 70 y mezcladas luego con mucho oportunismo para desembocar en lo que usted define como un mundo del cual no podemos escapar.

---Hubo, para empezar, una reapropiación de la ideología californiana, una ideología pro técnica y pro individual. Esa ideología de California facilitó la retórica que luego respaldará los lineamientos del consenso de la Silicon Valey. Y en lo que concierne a este mundo que nos encierra, bueno, es el mundo donde impera el Big Data, el cual termina por conocernos mejor que nosotros mismos. La lógica de la vigilancia acaba por trascender a los individuos y en ella hay como un camino sin salida. No podemos escaparnos de ese mundo porque, individualmente, somos más débiles que los algoritmos. Estamos dominados y guiados por ellos. No hay una solución individual para la protección de los individuos ante los soportes digitales. Por el contrario, hay que reflexionar en la manera en la que, colectivamente, podemos emanciparnos de ellos preservando espacios de la existencia que no estén totalmente dominados por este sistema. Es una discusión política y no tecnológica.

---Todo es exactamente al revés en este universo digital. Lo moderno se viste de feudal, hasta la aparente horizontalidad se torna en un abismo vertical donde reina la desigualdad y la injusticia social y la tan promovida iniciativa personal se convierte en un monopolio espantoso.

---Lo que observamos es que estamos en un momento de re-monopolización. Finalmente, el soporte digital debía reducir los costos y, por consiguiente, facilitar la competición, pero ocurrió lo contrario. Se vino un movimiento de monopolización muy poderoso. Las plataformas lo controlan todo y cuando algo está fuera de su control compran a las empresas que compiten con ellas. Monopolizan todo. Este fenómeno de concentración conduce a que las estructuras económicas se endurezcan, sean más rígidas en vez de airearlas como lo proponía la promesa inicial. Esto acarrea consecuencias muy importantes en el campo de las desigualdades económicas. Las grandes ciudadelas digitales son capaces de concentrar volúmenes de ganancias considerables. Esas ganancias son redistribuidas primero entre los accionistas y, luego, en una capa de empleados. Lo que vemos en esta economía digital modelada por el neoliberalismo es un acrecentamiento de las desigualdades. Lejos de ser un mundo de oportunidades es un mundo donde, finalmente, las polarizaciones se acentuaron.

---El robo de datos, el espionaje, y el posterior tratamiento por los algoritmos es algo ya bien probado. Usted le agrega una idea a esa expoliación planetaria: al extraer nuestros datos están capturando nuestra potencia social.

---Se tiende a pensar que lo que hacen las empresas es tomar nuestros datos personales, individualmente. Sin embargo, nuestros datos personales, como tales, aislados, carecen de valor y de utilidad. En cambio, esos datos son útiles y se convierten en una fuerza cuando están comparados con los datos de los demás. En esa comparación, en ese cruce de datos, aparecen rasgos que hacen de nosotros seres humanos en sociedad. Como individuos estamos gobernados por reglas similares. Al final, lo que hace el Big Data es revelar esa potencia social. Esa potencia nos es inaccesible individualmente, pero se torna visible cuando se puede observar y comparar el conjunto de los comportamientos de los individuos. El Big Data revela otra cosa que va más allá de lo que cada uno de nosotros es capaz de ver, y que nos es restituida bajo la forma de perfiles mediante los cuales se modifican los comportamientos. Google o Netflix podrán así guiarnos según nuestras tendencias. Pero al hacer eso lo que están haciendo es reenviarnos algo que aprendieron del conjunto de la comunidad. Precisamente, esa capacidad para remitir, reenviarnos, las informaciones de la comunidad de los individuos es la que se encuentra en la base del principio de dependencia que evoqué hace un momento.

---Estamos en el corazón de lo que usted conceptualizó como “la renta de lo intangible”.

---La renta de lo intangible significa que si somos capaces de controlar esos elementos también podremos obtener beneficios económicos, independientemente del esfuerzo productivo que se haya realizado. Es la definición misma de la renta, o sea, obtener ganancias sin esfuerzos productivos. Los intangibles son los activos como las bases de datos, las marcas, los métodos de organización, o sea, todo lo que se puede repetir al infinito sin costos. Lo tangible, por ejemplo, son las herramientas, las máquinas, etc. Las producciones de hoy son una mezcla de tangible e intangible. Sin embargo, si separamos a los propietarios de lo tangible de los propietarios de lo intangible, vemos enseguida que, cuando más aumenta la producción, las ganancias de lo intangible estarán siempre más desconectadas de lo tangible. Los propietarios de lo intangible hacen un esfuerzo inicial, pero, luego, sus ganancias aumentan de forma independiente y sin esfuerzo adicional. Al contrario, los propietarios de lo tangible deberán seguir haciendo esfuerzos. En la economía digital, la acumulación de las ganancias favorece a los intangibles.

---Ahora bien, aún persisten campos extensos de lo tangible, por ello estamos, como usted lo escribe, en un viaje hacia un feudalismo de los tiempos modernos.

--Poco a poco vamos cada vez más hacia ese feudalismo. No es aún una forma completa, todavía hay sectores y espacios sociales que escapan a esa lógica, pero la lógica del tecno feudalismo tiene un ascendente continuo sobre nuestras vidas. Curiosamente, lo que intento decir, y esto es paradójico, es que hay como una victoria paradójica de Marx. El marxismo apostó por que el desarrollo de las fuerzas productivas, el proceso de modernización, iban a conducir a una socialización muy importante. Siempre nos íbamos a respaldar los unos a los otros. Y con la historia digital ocurre algo así. Los espacios digitales nos conectan los unos a los otros y nos vuelven dependientes de los demás a un grado jamás alcanzado. La densidad de los lazos de los individuos con la comunidad es muy fuerte. Pero esto no se plasma de la forma optimista en que Marx y el marxismo lo pensaron. Se ha impuesto la figura del aplastamiento. Finalmente, hay un número de individuos muy limitado capaces de conducir y controlar ese proceso de sociabilización para mantener su posición dominante. La figura del aplastamiento y de la centralización a través de los espacios digitales nos conduce al lado opuesto de toda perspectiva de emancipación. Hay algo muy amenazador en todo esto. No hay que subestimarlo. Es una batalla que se inicia. Les corresponde a las fuerzas emancipadoras imaginar forma de sociabilización distintas.

--¿Pero como llegar a eso si estamos, también, en la paradoja de la obediencia ?

---Lo que no cierra es la idea de que existe una solución individual frente a este movimiento. Ahora bien, la gente no es inocente. Hay una preocupación que se torna cada vez más visible. El desafío consiste en encontrar soluciones que pasen por la intervención política que sometan el funcionamiento de esas plataformas a la lógica de los servicios públicos. Hay que ir hacia eso. Las plataformas desempeñan hoy un papel político enorme. No obstante, aún persiste un principio de autonomía política.

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Foto cedida por la autora

Veronica Barassi, antropóloga e investigadora italiana publica en diciembre de 2020 Child | Data |Citizen una investigación que muestra los peligros de la datificación de los niños y niñas de cara a que ciertas empresas creen perfiles que podrían determinar su futuro

 

En un futuro próximo, los datos perfilarán a las personas con una precisión que nunca antes fue posible. La familia, la escuela, los hospitales o el Estado producen una cantidad ingente de datos de bebés que aún no han adquirido ni siquiera su lengua materna. Una foto enviada a un amigo puede rebotar en decenas de grupos y acabar en centenares de teléfonos en un día. ¿Qué consecuencias puede llegar a tener para el futuro de las criaturas? ¿Qué ocurre con toda esa huella digital que están dejando?

Veronica Barassi, antropóloga e investigadora italiana, catedrática de Medios y Comunicación en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad de St. Gallen, Suiza, da carpetazo a 2020 publicando en diciembre a través de MIT Press el libro Child | Data | Citizen, una obra (todavía sin traducir ni editar en castellano) que nace de una investigación de 3 años que parte de 50 entrevistas con 8 familias de diferentes perfiles etnográficos, económicos y nacionales en las ciudades de Londres y Los Ángeles. A pesar de partir de la academia, el libro es un ensayo plagado de conversaciones y anécdotas que lo acercan más a las librerías de barrio que a las estanterías de las universidades.

“Soy antropóloga y desde siempre me ha interesado estudiar qué sentido tienen las transformaciones digitales para las personas. Desde que empecé a estudiar siempre me interesó la forma en que las redes sociales podrían cambiar la democracia”. En 2014 publicó Activismo en la web: luchas del día a día contra el capitalismo digital estando embarazada. En ese momento se empieza a relacionar con padres y madres primerizos y se da cuenta de la cantidad ingente de datos que se producen de los bebés, antes incluso de los embarazos, a través de las aplicaciones de preparación y ayuda al parto. “En 2017, cuando empiezo a escribir este libro, nace mi segunda hija en un contexto muy diferente al de 2014, mucho más acelerado”.

Como madre, de entre todos los aspectos que has tratado en el libro, ¿cuál es el que más te preocupa o interesa?
El libro estudia la cantidad de datos que producimos y cómo las grandes tecnológicas pueden integrar estos datos recopilados de distintas áreas, como el colegio, el hogar o la salud, para crear perfiles únicos de identidad. Tenemos también las tecnologías que toman decisiones de forma automática, que ya están siendo usadas en hospitales, administraciones y centrales de policía. Mi preocupación es que estas tecnologías, probablemente, van a tener acceso a todos estos datos agregados de una forma más vasta que hasta ahora. Digo probablemente porque trato de no ser apocalíptica, pero es un hecho que nuestra relación con la llamada “inteligencia artificial” ha cambiado dramáticamente en los últimos cuatro años. No hemos asumido los riesgos de lo que está pasando. Tenemos que tener en mente lo que se puede llegar a hacer con estos perfiles.

Ya desde el prólogo señalas el peligro para cualquier persona de ser datificada como ciudadana, no solo porque los algoritmos le estén diciendo a las empresas o los gobiernos quién eres, sino también por la capacidad que tienen de cambiarnos y transformarnos en lo que “se supone que debemos ser”. ¿Estamos siendo reducidos de ciudadanos a consumidores?
Se están creando perfiles a partir de las huellas digitales que dejamos cuando compramos, pero también con lo que hacemos en nuestras propias casas. Como hemos visto con el escándalo de Cambridge Analytica, estos rastros digitales no solo nos perfilan como consumidoras, sino que crean perfiles políticos. Esto es lo que señalo en el libro, se está borrando la frontera entre nuestro perfil de consumidor y perfil político. Los principales estudiosos en este campo que han estado trabajando en este tema, hablan de la idea de la prevención o predicción. Gente como Greg Elmer, Palm en Canada o Lina Denick en Cardiff hablan de cómo la tecnología de datos esta ahí para prevenir, mitigar riesgos en el futuro.

Se aplica a las criaturas la misma lógica que se usa para prevenir crímenes, la cual pone una barrera entre ellas y muchos procesos humanos importantes. Déjame darte un ejemplo concreto, si piensas en educación, muchas de las tecnologías aplicadas a este campo van sobre aprendizaje personalizado: se usan para identificar “riesgos” en las escuelas para que puedas mitigarlos de forma personalizada. Lo cual suena increíble, piensas “es una buen idea”, pero la verdad es que si empiezas a crear aprendizaje personalizado basándote en rastreo de datos, lo que ocurre es que excluyes a los niños de explorar en lo que se podrían convertir, les encierras en estereotipos, les metes en un perfil desde temprano y esto es muy importante si piensas en la desigualdad social.

Es similar a lo que ocurre en Estados Unidos con los sistemas de predicción y detección de crímenes, que se retroalimentan en sus estereotipos y, si violentas a una persona porque crees que va a cometer un crimen o la detienes sin que haya hecho nada, la empujas a que tenga ciertos comportamientos.
Sí, exacto. Si eres adolescente y te identifican con el perfil de una etnia minoritaria y te interesa la justicia social solo te meten esa información, todo el tiempo, porque piensan que esa es toda la información que te interesa. Así no es como yo solía aprender, ¿sabes? Yo aprendí porque estuve expuesta a muchos tipos diferentes de conocimiento y decidí convertirme en una cosa y luego en otra. Así que creo que ese es uno de los problemas principales, es muy difícil salir de esos estereotipos en los que te meten.

Dentro de un rango, has hablado con padres y madres de muy distintos perfiles en Londres y Los Ángeles, ¿qué preguntas crees que debería hacerse toda persona envuelta en la crianza respecto a los datos?
[Risas] Esa es una buena pregunta, la primera pregunta a la que se debería enfrentar cualquier padre o madre es ¿cómo se van a usar los datos de nuestras huellas digitales? Las dejamos constantemente a través de mensajes y fotos de forma voluntaria. Pero también cuando aceptamos los términos y condiciones de uso en webs, o dependiendo del colegio u hospital que elegimos ¿Van a tener un impacto negativo en los hijos? Un ejemplo que suelo usar y que, de hecho, es una cuestión que me hizo pensar en los niños como ciudadanos de datos (data citizens) era la cuestión de los perfiles políticos en redes sociales. Yo soy de Italia que, igual que España, tiene un historial de regímenes autoritarios y dictaduras. Me sorprendió cuando empece mi investigación cuánta información política se compartía sobre ellos. Fotos de niños en manifestaciones, con pancartas contra el gobierno local y cosas así. Imagínate saltar 20 años hacia delante y que ya no vivimos en ese sistema democrático o en una sociedad más tolerante, ¿cómo les va a afectar este perfil político? Estas son cosas en las que todavía podemos trabajar un poco, pero los padres y madres no tenemos mucha elección en esto ya que estamos constantemente aceptando los términos y condiciones de estas compañías.

¿Qué consejos les darías?
Individualmente diría que tuviesen mucho cuidado con cualquier información compartida en linea y ser estratégicos a la hora de tomar decisiones. Por ejemplo, nunca compartir información sobre tu salud o la de tus crías en Gmail. Sé que suena estúpido pero tener tu cuenta de Gmail conectada al servicio de salud no es una buena opción porque van a hacer negocio con ello. Si subes contenido a redes sociales, trata de que sea neutral y no pueda ser puesto en su contra en el futuro. Pero estos consejos son individualizados. Creo que la clave está en trabajar con profesores, doctores, académicos hacia una mayor privacidad y protección de datos. Por ejemplo, encontrando plataformas alternativas a Google Classroom.

Es algo que ya está ocurriendo en Barcelona por ejemplo, desde la institución pública se está expulsando a Google de las aulas. Defiendes en tu libro que los niños y niñas son la clave para explorar la emergencia de la datificación ciudadana y cómo se está transformando la sociedad, ¿por qué?
Son la primera generación datificada antes de nacer. No me pasó a mí, no te pasó a ti, esta es realmente la primera generación a la que le está ocurriendo esto. Tenemos que analizarlo. Hay una diferencia fundamental entre mis hijas y yo. Yo pude desarrollar mi carrera profesional y vivir en un mundo que no conocía información sobre mi infancia. Especialmente aquella que yo no deseaba compartir. Nadie sabe la filiación política que tenían mi madre o mi abuelo o mis hábitos alimentarios. Para mis hijas esto ya no va a ser así. Nuestros datos son agregados en unidades familiares por las empresas que los utilizan y cada vez va a ser más difícil ocultar o desconectar ese bagaje.

Estoy pensando que ya no solo esas empresas sino, por ejemplo, sus propios compañeros cuando tengan 15 ó 16 años, podrán encontrar esa información fácilmente.
¡Sí! Este tipo de daño con los datos siempre ha existido. No es nada nuevo. La gente siempre ha sido metida en perfiles basándose en sus orígenes, en el color de su piel, en su religión, no seamos ingenuos con esto, no es ninguna novedad. Lo que cambia hoy en día a es la amplificación y es muy importante que lo entendamos.

Como señalas en el libro, las crías tradicionalmente han sido excluidas de los debates públicos sobre ciudadanía. Más adelante se les da una protección y derechos específicos, pero parece que no hemos dado el paso de incluirles como agentes de solución en sus propios problemas. Incluso desde la academia, aunque estén presentes en estudios, pocas veces lo están sus voces, ¿crees que podrían ser una clave para enfrentar estos problemas que señalas?
Creo que tienes toda la razón. Existe esta negligencia hacia la capacidad de ser agentes de nuestras crías. Siempre han sido ignoradas como ciudadanas de muchas maneras. Hay muchos estudios sobre su capacidad de acción, especialmente en cómo se relacionan con los dispositivos tecnológicos. Uno de los que más admiro es el trabajo de la profesora Sonia Livingstone, de la London School Economics, que durante años se ha estado centrando en dar a los niños esa voz, esa capacidad de acción. En mi libro no incluyo sus testimonios u opiniones, porque mi objetivo es mostrar cómo se les roba esa capacidad de acción. Cómo están siendo construidos por esos datos agregados y los algoritmos debido a los datos compartidos por sus padres y madres, colegios, sistemas de salud. Tienen poca voz ahora y van a tener poca voz en el futuro.

Mientras leía tu libro, hice un pequeño experimento en algunas clases de secundaria. Traté de explicarles todos los datos que se estaban recolectando sobre ellos y les pregunté qué opinaban al respecto. Me sorprendió encontrarme con que a muchos no les importaba demasiado.
No me sorprende. Lo dan por sentado porque la sociedad en la que viven lo da por sentado también. Están reproduciendo lo que ven en el mundo de los adultos. Es la misma respuesta que he recibido de padres y madres cuando les expongo mi trabajo: “ya lo sé, pero ¿qué opciones tengo?” ¿A quién le importa que Google sepa qué marcas especificas de pañales compras? Hay muy poco conocimiento de lo que ocurre con estos datos. La gente ya sabe que se usan para dirigirse hacia ella de una forma más específica a través de los anuncios. Lo que no ven son a brokers de datos operando en las sombras. En los últimos doce años hemos creado una economía totalmente dependiente de esta datificación. Todo va a depender de estos datos. Tu trabajo, tu acceso a primas de riesgo, tu vivienda, el colegio de tus hijos…

Hablas en el libro de lo difícil que es decirles que pasan demasiado tiempo con las pantallas cuando tú estás conectada 24/7 a la pantalla.
Estamos todo el tiempo conectadas. Esto es un problema de la sociedad en la que vivimos, no solo de ellos. Yo hablo de esta tecno-dependencia que hemos creado. Muchas investigaciones ya hablan de adicciones, ¿cuántas veces miras la pantalla de tu teléfono?

No quiero ni saberlo, pero es, casi siempre, lo primero que hago al levantarme y lo último antes de acostarme.
He intentado mostrar este cambio radical en nuestras vidas. La gente que he entrevistado tiene entre 30 y 40 años y me dicen sin excepción: “todavía recuerdo la época en la que podía elegir cuándo meterme en Internet, antes esto, aún con tecnología, no era así”. Estas tecnologías están diseñadas para ser adictivas, pero también critico esta reducción a la adicción. Padres y madres se echan la culpa a sí mismos o a sus parejas. Hay una tendencia a a la dependencia o necesidad de sentirse constantemente conectados, pero lo que está pasando también es que en los últimos 10 años, todo nuestro mundo ha sido digitalizado y por ende, datificado. Escribo un mensaje instantáneo a la profesora de mi hija mientras contesto a los correos de mis alumnos. Estamos migrando a la vida en linea y esta es una gran transformación que va más allá de una adicción.

En Los Desposeídos, Ursula K. Le Guin imagina una comunidad anarquista donde el cuidado y la educación de las crías está en manos de la comunidad y no de su padre y madre biológicos. Teniendo en cuenta la clara distancia con nuestras sociedades, ¿crees que algunas soluciones a estos problemas pueden aproximarse tratando el problema de forma social o tribal para no cargar de culpabilidad y responsabilidad a padres y madres?
No usaría las palabras ‘social’ o ‘tribal’, pero sí definitivamente la palabra ‘política.

¿Te refieres a ‘pública’?
Lo que intento mostrar es que no es un problema de individuos, es un problema del sistema. Necesitamos nuevas políticas de cuidados, una transformación de la manera en la que pensamos los derechos digitales. Así que tiene que ser una respuesta colectiva definitivamente.

Las grandes empresas de datos, las llamadas GAFAM, por ejemplo, están explotando cantidades ingentes de datos, no solo a través de sus propias plataformas, sino a través de la compra de datos a empresas de otros sectores, como el de la salud. En España, una compañía de la industria militar como Oesia produce software clínico también. Da la sensación de que operan fuera del control de los Estados.
Hay varios problemas en esto, pero el de los datos médicos es uno de los más preocupantes. Imagínate ser adscrito a un perfil para toda tu vida en términos de salud mental. Somos personas, somos vulnerables y tenemos distintas épocas en la vida. Los sistemas de datos que usan estas compañías se ceban especialmente con las vulnerabilidades de las personas. Esto se ve muy bien con los anuncios a padres y madres primerizos, explotan los miedos normales que cualquiera puede tener. La covid ha traído al primer plano las implicaciones de la elaboración de perfiles médicos porque se asocian a limitaciones de libertades concretas. No critico esta práctica en concreto, pero es importante observar las implicaciones.

Pienso en que hace 30 ó 40 años aquí en España con el tema del sida la gente era señalada y perfilada de muchas maneras.
Sí, y en la mera elaboración de perfiles médicos ya hay involucrada una gran discriminación previa a esa. Como humanos tenemos miedo a las enfermedades y es normal, porque ello nos enfrenta a nuestra mortalidad. Hay todavía trabajo que hacer con el VIH pero hemos avanzado bastante como sociedad. Es un ejemplo de cómo de problemático y discriminatorio puede ser tener esa marca en tu perfil social. Imagina lo que es que una empresa tenga acceso a todos los registros de salud mental de sus empleados o de gente a la que vas a contratar. Ahora mismo el problema de la elaboración de estos perfiles es de urgencia, por toda la discriminación que conlleva. Los datos médicos son un gran negocio y todavía hay muy poco regulación al respecto. Hay regulaciones a la hora de recoger los datos, pero el problema real, de nuevo es cómo se usan estos datos por los brokers. Es un mundo opaco y sin apenas regulación.

Me he sentido identificado cuando dices en el libro: “cuando era una niña, estaba aterrorizada por las notas. Estudiaba y trabajaba duro para tener buenas notas. Ya entendía la importancia de las notas, cómo iban a definirme, no solo frente a mis profesores y compañeros, sino también frente a mi propia familia”. Las notas están lejos de ser preciosas a la hora de valorar las capacidades de un niño o niña. Dejan de lado cuestiones como las condiciones económicas de la familia o cuánto tiempo pasa ese niño o niña haciendo labores de cuidados, cosa que se ha intensificado con el covid. ¿Enraíza en esto todo lo que estamos hablando?
[Risas] No creo que ese sea el problema real. La idea de medición en la educación fue introducida a principios del siglo XX, esto ha definido la historia de la educación tal y como la conocemos en occidente. Sin embargo, en términos de big data, el sector educativo fue particularmente vulnerable desde el principio por esta tendencia a puntuar a los niños y niñas y la obsesión con los rankings y competiciones. De nuevo tengo que mencionar el trabajo de gente a la que admiro mucho. Ben Williamson escribió un libro llamado Big Data in Education que explica perfectamente esta vulnerabilidad intrínseca de las escuelas precisamente por esta tendencia a numerarlo todo. Estoy de acuerdo contigo, tus notas no te definen, yo saqué notas muy malas en el colegio (risas). No creo que quisiera que esa información me definiera hoy en día. Ese es el tema, darle a la gente la capacidad de escoger y equivocarse. Saca malas notas, aprendes de ello, pero que eso no te defina ni entre a formar parte de tu perfil para determinar de una manera mucho más directa, tu futuro.

Durante los meses de confinamiento más duros, muchas escuelas e institutos permitieron que Google entrase con sus herramientas por la puerta grande para poder digitalizar la educación.
No hemos tenido tiempo de pensar ni debatir todo lo que implica. Además hay que reconocer que esta empresa desarrolla tecnologías que funcionan muy bien y las ofrece muy baratas. Para las escuelas sin muchos fondos son una solución real y esto es lo triste. Cuando hablo de solución política creo que aquí es donde hay que crear el debate.

Por Álvaro Lorite

@lorojuntaletras

Pablo Müller

20 dic 2020 07:00

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Imagen de archivo de una fila de cámaras de seguridad. — REUTERS/MAXIM SHEMETOV

Cámaras de vigilancia

China es el país que acapara las mayores cifras de CCTV mientras que Madrid aparece como la cuarta ciudad europea, a larga distancia de Londres, Berlín y Moscú.

 

El año de la covid-19 no ha frenado la acelerada carrera que lleva Londres para mantener el primer puesto, a holgada distancia, de ciudad más vigilada de Europa y de Occidente a tenor del número de cámaras de seguridad que cuelgan en sus calles y edificios o se insertan en farolas, autopistas y mobiliario urbano. El último recuento arroja 5,2 millones de aparatos en todo Reino Unido que cuenta con 68 millones de habitantes –una cámara por cada 13 ciudadanos-, según ha publicado este mes de diciembre la voz del sector CCTV.co.uk. La misma cifra (5,2 millones) se adjudicaba el año pasado a Alemania que tiene 83 millones de habitantes, 15 más que Reino Unido. Ambos países europeos, en sentido geográfico, van a larga distancia en número de cámaras del tercero: Francia, con una población ligeramente superior a Reino Unido y un total de 1,6 millones de aparatos.

Las últimas cifras británicas otorgan a Londres 689.000 dispositivos de CCTV para una población de 9 millones de habitantes: 76,8 cámaras por mil habitantes; la mayor cuota de vigilancia fuera de China. La proporción de dispositivos por cada mil habitantes constituye la pauta que aplica la analista Comparitech en su último estudio de 2019 en el que las cifras de Reino Unido son inferiores a las publicadas por el sector recientemente. Acotado el análisis a ciudades europeas, la compañía de análisis estableció en diciembre de 2019 la siguiente lista: Londres, 68,4 aparatos por mil habitantes; Berlín, 59,7; Moscú, 11,7; y Madrid, 4,4, en cuarto lugar.

En este año de confinamientos y restricciones en movilidad por el coronavirus, Reino Unido como país y Londres como ciudad continúan llevando el cetro de la vigilancia y el espionaje. Los datos de Comparitech coinciden con los de la consultora PreciseSecurity que vienen a ser dos organismos que estudian estas cifras de forma global a partir de la información del sector comercial, los servicios policiales y las instituciones. En Reino Unido, el 96% de las cámaras pertenecen a viviendas, oficinas, tiendas o negocios privados mientras que el 4% se adjudican a Ayuntamientos, Policías, sedes oficiales o Transporte público.

James Ritchey, portavoz del sector comercial de CCTV británico, cuenta que "las cifras publicadas cosquillean a los preocupados por el control del Estado sobre la población, sin embargo, el control del Gobierno no llega al 4% de los aparatos de seguridad de Reino Unido en donde la mayoría son instalados por propietarios que protegen su propiedad". El fantasma del Gran Hermano pulula también sobre la función de estas cámaras y la vida cotidiana y privada de los ciudadanos. "La tecnología de este tipo de sistemas de seguridad está siendo cada día más barata, esa es una de las razones del aumento de circuitos con cámaras de seguridad como las colocadas en timbres de puertas que ahora están en el punto álgido de popularidad", asegura James.

El reconocimiento facial es uno de los objetivos de los dispositivos que intentan alejar a ladrones y asaltantes de viviendas, o identificar los movimientos de personas vigiladas. La relación entre número de cámaras e índice de criminalidad en las ciudades estudiadas por Comparitech indica que una cosa tiene poco que ver con la otra; un mayor número de artefactos de vigilancia no genera más seguridad ni menor número de delitos, robos o atentados contra personas o propiedades. El índice de criminalidad se establece en la relación entre crímenes denunciados y número de habitantes de una ciudad.

Las tres ciudades que encabezan la mayor proporción de número de cámaras por mil habitantes del mundo presentan también una desconexión entre dicha relación y el índice de criminalidad: Taiyuan (capital de la provincia de Shanxi, China) con 119,5 cámaras por mil habitantes tiene un 51,4 de índice de criminalidad; Wuxi (China) con 92,1 cámaras por mil habitantes ofrece un 7,8 de índice de criminalidad; Londres, en tercer lugar mundial, con 68,4 cámaras por mil habitantes en 2019 conlleva un 52,5 de índice de criminalidad.
Tras los tres primeros puestos citados, la lista sigue dominada por China aunque van insertándose otras ciudades: en el número 29 aparece Moscú con 15,3 dispositivos por mil habitantes y 39,6 de índice de criminalidad; el puesto 46 corresponde a Los Ángeles (EEUU) con 5,6 cámaras y 46,5 de índice de criminalidad; el lugar 50 se lo lleva Berlín con 4,9 objetivos y 41 de índice de criminalidad; Madrid ocupa la casilla 53 con 4,4 dispositivos por mil habitantes y 30 de índice de criminalidad mientras que Barcelona en el lugar 68 de la lista cuenta con 1,2 cámaras de seguridad por mil ciudadanos y un 44,6 de índice de criminalidad

LONDRES

19/12/2020 08:51

CONXA RODRÍGUEZ

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Un manifestante antigubernamental de los "chalecos amarillos" sostiene un cartel que dice "¡Viviendo, sí! Sobrevivir, ¡no! durante una manifestación por los 'derechos sociales' y contra el proyecto de ley de 'seguridad global' en París, Francia. Foto Afp

París. Una jornada de manifestacionesen Francia por la defensa de los derechos sociales y de las libertades acabó este sábado salpicada de incidentes, en particular en París, con coches incendiados, escaparates destrozados y decenas de detenidos.

Las protestas reunieron a 52.350 personas en unas 90 manifestaciones todo el país, según el ministerio de Interior, que informó de 64 detenciones y ocho policías heridos.

Francia vive un clima político tenso en plena pandemia del coronavirus. Un proyecto de ley gubernamental, de "seguridad global", que quiere restringir la toma de imágenes de policías, moviliza a la oposición de izquierda desde hace semanas.

A esa movilización, salpicada de incidentes de violencia policial que han provocado indignación, se ha añadido la precariedad social, con el aumento de del desempleo y la pobreza.

En París, la marcha de unas 5.000 personas comenzó en el norte de la capital, bajo un gran dispositivo de seguridad, una semana después de una protesta que acabó igualmente con violentos enfrentamientos.

Se lanzaron proyectiles contra las fuerzas de seguridad, que respondieron disparando gases lacrimógenos, constataron periodistas de la AFP.

Treinta personas fueron detenidas, según el ministro del Interior, Gérald Darmanin, que hizo referencia en su cuenta de Twitter a "individuos muy violentos".

"Los alborotadores están rompiendo la República", tuiteó el ministro. "Apoyo a nuestros policías y gendarmes, nuevamente atacados muy violentamente", agregó.

Entre "400 y 500 elementos radicales", indicó una fuente policial, cometieron numeroso daños.

"Todo el mundo odia a la policía", "anti, anti, anticapitalistas", corearon algunos participantes. También se montaron barricadas y prendieron fuego algunas.

Los altercados fueron igualmente graves en Nantes (oeste), donde dos policías resultaron heridos, uno de ellos por un cóctel molotov, durante una manifestación de 3.000 personas. La situación seguía siendo tensa en el centro de la ciudad por la tarde, según un fotógrafo de la AFP.

Derechos sociales y libertades

El polémico proyecto del gobierno del presidente Emmanuel Macron prevé restringir fuertemente la difusión de imágenes de policías, lo que sus detractores consideran como un golpe "a la libertad de prensa, a la libertad de expresión y a la libertad de manifestación", y va a instaurar "herramientas de vigilancia masiva".

Además de la brutal paliza propinada al productor negro, por la que tres policías fueron inculpados, otro episodio de violencia policial, la evacuación de un campo de migrantes en el centro de París, también generó controversia.

"En dos años he visto mucha violencia, no es normal que no podamos filmar", declaró a la AFP Nadine, una "chaleco amarillo", movimiento de protesta social surgido a finales de 2018.

'Gran mentira'

Estas manifestaciones tienen lugar al día siguiente de una entrevista del presidente francés con el portal en línea Brut, muy seguido por los jóvenes, para intentar calmar la situación.

Acusado de multiplicar las medidas "liberticidas", Macron denunció una "gran mentira".

"No puedo permitir que se diga que estamos reduciendo las libertades en Francia", afirmó. "No somos Hungría ni Turquía", declaró.

El presidente francés denunció además tanto la violencia de algunos policías como las cometidas contra las fuerzas de seguridad.

Macron explicó igualmente que quiere abordar la cuestión de los controles discriminatorios, y prometió el lanzamiento en enero de una plataforma nacional para señalar discriminaciones. Paralelamente se generalizarán las cámaras para los agentes.

AFP Tiempo de lectura: 3 min.

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Julian Assange, frente a la embajada de Ecuador en febrero de 2016.

El próximo 4 de enero la justicia británica decidirá sobre su extradición en un caso cuyas consecuencias pueden ir mucho más allá del destino particular del fundador de Wikileaks

 

¿Es Julian Assange, el fundador de Wikileaks, un periodista? Algunos profesionales creen que sí: es un tipo que intenta conseguir información y la distribuye. Otros creen que no: los periodistas no deberían publicar información sin contrastarla y analizarla previamente y deben dar siempre la opción de defenderse a las personas aludidas, algo que Assange nunca ha hecho. El debate está servido desde hace una década, pero lo que le ocurra a este programador informático el próximo 4 de enero, cuando se decidirá su extradición a Estados Unidos, podría tener consecuencias en el ejercicio de la libertad de prensa en el futuro. 

Esta es la tesis que defiende el documental The War on Journalism: The Case of Julian Assange, estrenado este martes en Barcelona en el marco del Festival de Cine y Derechos Humanos con la presencia del padre de Assange y del relator de la ONU sobre torturas Nils Melzer. El certamen contará con más de 110 películas entre las que se encuentran trabajos de Ai Weiwei o del iraní Jafar Panahi, cuya película 3 Faces ganó el galardón de mejor guion en el Festival de Cannes. 

En 2010, Wikileaks obtuvo la mayor filtración de documentos secretos militares y diplomáticos de la historia. Las revelaciones permitieron demostrar todo tipo de crímenes de guerra llevados a cabo por Estados Unidos. Desde las torturas en la prisión iraquí de Abu Ghraib hasta el asesinato en Bagdad de 11 civiles -entre ellos, dos reporteros de la agencia Reuters- por parte de militares estadounidenses que dispararon desde dos helicópteros. "No necesitas ser ningún especialista para ver que eso fueron crímenes de guerra", señala en el documental Nils Melzer, el relator de la ONU.

Ninguno de los autores de estos presuntos crímenes de guerra ha sido juzgado ni condenado. En cambio Chelsea Manning, exanalista de inteligencia del Ejército estadounidense y la filtradora de todos los documentos a Assange, pasó varios años en la cárcel hasta que Barack Obama la indultó en 2017 poco antes de abandonar la Casa Blanca. Había sido condenada a 35 años entre rejas.

En el caso de ser extraditado, Assange (Townsville, Australia, 1971) se enfrentará a penas de 175 años de cárcel por 17 acusaciones bajo la ley de espionaje de Estados Unidos. La norma, aprobada en 1917 durante la primera guerra mundial, ha sido objeto de polémica e impugnada varias veces en los tribunales a lo largo del último siglo. No es la primera vez que el Gobierno estadounidense la intenta utilizar contra informaciones incómodas y uno de los ejemplos más ilustres fue el de los llamados papeles del Pentágono, publicados en 1971 por The New York Times en primer lugar y después por The Washington Post.

A Assange se le acusa de solicitar y recibir información clasificada, una práctica que supone la rutina para no pocos periodistas. "¡Pero si es lo que hago yo para ganarme la vida!", exclama en el documental Barton Gellman, periodista de investigación de la revista The Atlantic y ganador de un premio Pulitzer. 

Precisamente el debate que lleva una década instalado entre muchos periodistas -¿Es el fundador de Wikileaks uno de los nuestros?- es el mismo que se dirimirá si Assange es extraditado. En el caso de que fuese condenado por espionaje, algunos de los periodistas más prestigiosos del mundo consideran que podría ser la antesala de otras condenas a reporteros que publican material sensible.

La difícil relación de Assange con los medios

Cuando Wikileaks obtuvo los documentos confidenciales, Assange decidió trabajar con medios de distintos países para publicar el material que le había conseguido Manning. Acudió primero a The Guardian, que propuso compartir la filtración con The New York Times y Der Spiegel ante el gran volumen de información que debía manejarse. Para una posterior filtración Assange contó también con Le Monde y El País. La abogada del programador informático recuerda que, si al australiano se le procesa por recibir y publicar información clasificada, también estos medios deberían ser juzgados por los mismos hechos. "Recibir y publicar información no te convierte en un espía", opina la letrada en el documental.

Assange, sin embargo, no trabajaba igual que un periodista. Tanto The New York Times como The Guardian, los medios que más lo trataron, acabaron teniendo muy mala relación con el fundador de Wikileaks. Assange les reprochaba que dejaran buena parte de la información sin publicar para no poner vidas o operaciones de inteligencia en peligro. También le enfadaba que no quisieran enlazar sus informaciones a la web de Wikileaks, donde todos los documentos se publicaban prácticamente de manera íntegra.

Los medios, por su parte, acabaron hartos del afán de notoriedad de Assange así como de su difícil carácter. Normalmente una fuente de este tipo pide discreción, pero él buscaba protagonismo. Bill Keller, en ese momento director del Times, lo definió como "elusivo, arrogante, manipulador y volátil" en un largo artículo en el que describió la relación del periódico con él.

A pesar de las diferencias con Assange y de sus reservas a definirlo como un periodista, tanto Keller como Alan Rusbridger, otrora director de The Guardian, creen que juzgarle por espionaje en EE.UU. puede tener consecuencias nefastas para la libertad de prensa en todo el mundo. "Me sorprende que tanta gente no vea que este caso tiene implicaciones preocupantes para todos los periodistas", señaló Rusbridger el pasado agosto.

El documental también apunta a las pocas posibilidades de que Assange tenga un juicio justo tanto en la decisión de extraditarlo, que se tomará en el Reino Unido, como si acaba siendo trasladado a EE.UU. Según el film, la jueza británica que decidirá sobre su extradición tiene un cónyuge y un hijo con intereses en empresas de ciber inteligencia. Sobre el juicio en EE.UU, el tribunal donde se juzgará su caso se conoce como el "tribunal del espionaje" porque las personas que formarán el jurado o sus familiares tienen muchos números de estar relacionadas con agencias de seguridad estadounidenses. 

En pocos kilómetros a la redonda de donde se le juzgará están la sede de la CIA, la del FBI, la del Pentágono y la del Departamento de Seguridad estadounidense en un distrito en el que también se han asentado un gran número de empresas de seguridad que son contratistas de las mencionadas agencias gubernamentales. Uno de los asesores más prestigiosos del país a la hora de elegir a miembros del jurado rechazó formar parte de la defensa de Assange cuando se enteró del distrito en el que se celebraría el juicio. "No tienes nada que hacer", le dijo este especialista, que participó en juicios tan mediáticos como el de O.J Simpson entre 1994 y 1995.

La conexión española con la CIA

El documental también aborda la conexión española con el caso Assange, fruto de la participación de una compañía de Jerez en el espionaje al fundador de Wikileaks cuando estaba recluido en la embajada de Ecuador en Londres, donde Assange estuvo encerrado durante casi ocho años tras pedir asilo al país sudamericano.

Esta empresa española, llamada U.C Global, fue contratada en un principio por la propia embajada para velar por la seguridad de Assange. La compañía, no obstante, fue presuntamente captada por la CIA para obtener información sobre las actividades del australiano dentro de la embajada. Así lo aseguraron tres extrabajadores de la empresa ante la Audiencia Nacional en calidad de testigos protegidos.

Según el documental, el director de esta empresa, David Morales, viajó en 2016 a una feria de seguridad en Las Vegas. Fue allí donde presuntamente conectó con la CIA y empezó a colaborar con la inteligencia estadounidense. Empleados de U.C Global sustituyeron entonces todas las cámaras de la embajada de Ecuador por equipos que también registraban el audio. Incluso se pusieron grabadoras dentro del lavabo, donde Assange celebraba reuniones ante las sospechas de que le espiaban. La intrusión llegó incluso hasta los encuentros de Assange con sus abogados en los que preparaba su defensa. 

"Soy un mercenario y voy a pecho descubierto", aseguró Morales a uno de los trabajadores de su empresa, que acabó denunciando los hechos cuando vio que el espionaje también alcanzaba a la mujer de Assange y a su hijo. Morales niega que trabajara para la CIA y asegura que fue el Gobierno de Ecuador quien le ordenó espiar al programador informático. Afirmó el pasado febrero ante el juez instructor de la Audiencia Nacional que la persona que le hizo el encargo fue el exembajador ecuatoriano Carlos Abad. Casualmente Abad había fallecido unos meses antes.

Según el documental, que se basa en las declaraciones de los extrabajadores ante el juez, quien conectó a Morales con la CIA fue otro viejo conocido de los medios españoles. El hombre que presuntamente hizo de intermediario fue Sheldon Adelson, el gran magnate del juego que en lo más profundo de la crisis aterrizó en España con un faraónico proyecto de casinos, llamado Eurovegas, que supuestamente iba a generar 250.000 puestos de trabajo. Catalunya y la Comunidad de Madrid se pelearon por esa inversión, que finalmente quedó en una mera declaración de intenciones.

Por Pol Pareja

1 de diciembre de 2020 22:41h

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Publicado enSociedad
Domingo, 29 Noviembre 2020 06:36

Orwellianas

Manifestación contra el proyecto de ley de seguridad global, que busca limitar la posibilidad de filmar y fotografiar a agentes policiales, en Toulouse, ayer. AFP, LIONEL BONAVENTURE

EL CAPITALISMO DE VIGILANCIA Y LA DERIVA ILIBERAL EN OCCIDENTE

 

Uno de los «fenómenos típicos» que el escritor inglés había advertido en el escenario político de su tiempo es ya un elemento característico de nuestro propio siglo. Entre la oscuridad y el exceso de luz, las libertades más elementales se ven cada vez más asfixiadas por el hasta ahora irresistido crecimiento de fabulosos monopolios de la industria digital y la acción represiva de los Estados que protegen la fortaleza capitalista.

Para las condiciones en que se vive en Francia actualmente, con una segunda ola de covid-19 tanto o más arrasadora que la primera, fue mucha gente: entre 10 mil y 25 mil personas sólo en París. Y varios miles más en Marsella, Montpellier, Rouen, Le Havre y otras ciudades. Fue el sábado, y la manifestación estaba convocada por unas 60 organizaciones, entre ellas, Amnistía Internacional, la Liga de los Derechos Humanos y asociaciones de juristas y sindicatos, sobre todo de periodistas; también por grupos políticos de la oposición de izquierda y chalecos amarillos. Lo que reunía a toda esa gente era el rechazo de la Ley de Seguridad Global, impulsada por el gobierno de Emmanuel Macron, aprobada esa misma noche por el Parlamento. Una ley calificada de liberticida por los manifestantes y que se distingue de otras de similar tenor porque en uno de sus artículos, el 24, prohíbe tomar imágenes de los rostros de policías y los gendarmes durante las protestas callejeras, sobre todo, claro está, cuando están reprimiendo: repartiendo palazos, lanzando gases a altura de hombre o mujer, disparando unas balas de goma, otras llamadas LBD 40 o granadas GLI F4.

Desde hace bastante tiempo los métodos que utiliza la Policía francesa para reprimir manifestaciones no son demasiado distintos de los denunciados con profusión en los últimos tiempos en Estados Unidos. La aparición de los chalecos amarillos, hace justo dos años, llevó esa represión al paroxismo. De no haber sido por las imágenes (fotos, filmaciones) tomadas en esas manifestaciones no sólo por periodistas, sino también por participantes en las marchas y anónimos varios, poco se hubiera sabido acerca de la magnitud de la violencia policial, negada por el gobierno y algunos medios de comunicación. Y hubo en esas protestas centenares de heridos, muchos de ellos muy graves, que perdieron dedos, manos, ojos, por el tipo de armas empleadas y por la forma en que las utilizan los agentes. Poco se hubiera sabido, igualmente, de casos muy similares al del negro estadounidense George Floyd, asesinado meses atrás a manos de un policía blanco que se le sentó encima y lo ahogó, un método de «apaciguamiento de revoltosos» impartido en las escuelas de formación de policías franceses. (Tanto han enseñado los uniformados de aquel lado del Atlántico a sus pares del mundo desde sus épicas batallas coloniales en Argelia, en Indochina…)

La Ley de Seguridad Global es uno más de los dispositivos represivos adoptados últimamente en París en el contexto de la «amenaza terrorista», pero lo del artículo 24 ha sorprendido hasta a quienes niegan la deriva hacia el iliberalismo del gobierno de Macron. Lo que dispone esa norma es que cualquier persona que tome imágenes que puedan «afectar el bienestar físico o psicológico de un agente de Policía» durante manifestaciones callejeras, del tipo que sean, puede recibir una multa de 45 mil euros o una pena de un año de cárcel. En las discusiones parlamentarias, el ministro del Interior, Gérald Darmanin, dijo que el texto excluía a los periodistas, siempre y cuando se acreditaran previamente en la propia Policía para cubrir tal o cual manifestación. Las sociedades de periodistas y las direcciones de medios (desde Le Monde hasta L’Humanité) respondieron que en esas condiciones no cubrirían manifestación alguna y argumentaron que ellos mismos se valían de imágenes captadas por freelancers, documentalistas o ciudadanos de a pie.

En la manifestación del sábado una reportera del programa televisivo Envoyé spécial, que aquí se puede ver subtitulado en TV5, lo ejemplificó. Se llama Élise y dijo: «Yo hice varias investigaciones sobre la violencia policial y ahora ya no podré hacerlas. La materia prima de estos reportajes son las imágenes tomadas por amateurs, porque es muy raro que un periodista pueda captarlas justo cuando desembarca con su cámara al hombro» (Mediapart, 21-XI-20). También el Alto Comisionado para los Derechos Humanos de Naciones Unidas estimó que varias de las disposiciones de la Ley de Seguridad Global atentaban contra derechos fundamentales, en especial, contra la libertad de información (Le Huffpost, 16-XI-20).

No tuvo mejor salida el ministro Darmanin que retrucar todas estas críticas con un estilo muy LUC: «Tal vez la libertad de prensa pudiera estar bajo ataque, pero los policías y los gendarmes también» (Le Monde, 20-XI-20). Y respondió, evasiva tras evasiva, cuando se le cuestionó sobre la discrecionalidad dejada a los propios policías para evaluar cuándo se está afectando su «bienestar físico o psicológico». En la manifestación del sábado, abundaron también las referencias a las pesadillas orwellianas: «Big Macron is watching you», «2020 es el nuevo 1984». Y así. Al día siguiente, Jean-Luc Mélenchon, líder de Francia Insumisa, declaró: «La situación aquí en Francia está pasando de un modelo de régimen autoritario a uno de vigilancia generalizada».

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De George Orwell se han popularizado sobre todo las críticas al totalitarismo, convenientemente identificadas con los regímenes de tipo soviético. Se lo ha reducido casi que a 1984 y, en todo caso, a Rebelión en la granja. En enero se cumplieron 70 años de su muerte y la ocasión se prestó para que desde las tiendas más diversas se lo intentara recuperar, incluidos referentes mediáticos de la derecha liberal, como el diario francés Le Figaro. Pero Orwell fue, antes de todo, un socialista libertario que combatió en la guerra civil española junto con los milicianos del Partido Obrero de Unificación Marxista y en su país se identificó, hasta su muerte, con una organización ubicada a la izquierda del laborismo, el Independent Labour Party. Tanto como demolió el autoritarismo de la antigua URSS y sus émulos, fustigó el liberalismo económico: pulverizó el pensamiento de su contemporáneo Friedrich Hayek, maestro de las Margaret Thatcher, los Chicago boys y los Connie Hughes del planeta entero, y en libros como El camino a Wigan Pier, a partir de crónicas sobre la vida de los mineros del norte de Inglaterra (que compartió) y la evocación de sus años juveniles en la Birmania colonizada por los ingleses, donde ejerció como funcionario del imperio, comenzó a plasmar su idea de un socialismo que conjugara «justicia y libertad». «Sentía que tenía que romper no sólo con el imperialismo, sino con cualquier forma de dominio del hombre sobre el hombre», escribió en esa obra, publicada en 1936, antes de su experiencia española. Y también: «Quería hundirme para hallarme de verdad entre los oprimidos, ser uno de los suyos y pelear contra los tiranos».

De la democracia liberal, a pesar de su admiración por el «patriotismo» y el compromiso antinazi de Winston Churchill, no pensaba nada demasiado bueno. Edwy Plenel, director del portal francés Mediapart, recordó en un artículo publicado en marzo pasado que en su prefacio de 1945 de Rebelión en la granja, «que permaneció por mucho tiempo inédito, Orwell mencionaba como “uno de los fenómenos típicos” de su época “el debilitamiento general de la tradición liberal occidental”». Esa constatación, señaló Plenel, convocante a la marcha del sábado pasado en París, «vale también, y cómo, para nuestro siglo, un siglo en el que el liberalismo político ha sido derrotado por un liberalismo autoritario que impone la ley de hierro del dinero y las mercancías y ha logrado colocar el poder estatal al servicio de una pequeña minoría de privilegiados». El traductor y docente Philippe Jaworski, que estuvo al frente de la entrada de Orwell, en octubre, a la colección francesa de La Pléiade, lo describió en distintas entrevistas como un panfletario en el mejor sentido de la palabra, «el mayor del siglo XX en su país, heredero directo de los protestantes radicales de la revolución inglesa del siglo XVII, un denunciante de escándalos y tiranías». Lo movía la búsqueda de «la fraternidad» y «lo sublevaba la opresión, el abuso de autoridad –en las colonias, contra la clase obrera–, sin olvidar las mentiras del poder político y los medios de comunicación. Había en él un sentimiento de la precariedad de nuestra humana condición y lo inspiraba una suerte de ley moral que conminaba a la rebelión aunque se supiera que todo estaba ya perdido».

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¿Qué más perdida de antemano que una revuelta contra un ogro panóptico que todo lo controla y desde la opacidad más brutal? La pregunta se la planteó la semana pasada una manifestante parisina, que, a pesar de esa sensación, ahí estaba, «porque si no, para qué mierda vivir». En la concentración del sábado, los periodistas de Mediapart desfilaron bajo una pancarta que decía: «La democracia muere en la oscuridad», aludiendo a una frase que The Washington Post comenzó a inscribir en la portada de sus ediciones digitales y en papel desde 2017, con los primeros ataques de Donald Trump a la prensa «fake». Son coincidencias de eslóganes. No es que haya muchos vasos comunicantes entre el portal izquierdizante francés y el diario liberal estadounidense cercano a los demócratas. Por ejemplo: Mediapart ha tomado abiertamente partido por todos esos whistleblowers o «lanzadores de alertas» que han revelado documentación secreta de la maquinaria de guerra y dominación estadounidenses (los Julian Assange, los Edward Snowden, las Chelsea Manning), a los que The Washington Post utilizó en su momento, pero hasta ahí nomás: cuando la Casa Blanca, el Pentágono y otras agencias apretaron las clavijas, les soltó la mano (véase «La puñalada», Brecha, 23-X-20).

Shoshana Zuboff forma parte de quienes defienden a los lanzadores de alertas. Dice que ayudan a correr los velos que imponen los «vectores del capitalismo de vigilancia», a los que identifica con el ogro panóptico orwelliano: los GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple, Microsoft), esos gigantes digitales que mueven más dinero y tienen más poder que buena parte de los Estados del mundo. Zuboff es una investigadora que enseña en la muy liberal Harvard Business School y que, aunque no lo acuñó (la precedieron economistas marxistas), sí popularizó el concepto de capitalismo de vigilanciaLa era del capitalismo de vigilancia se titula en español su último y monumental libro, en el que expone cómo los GAFAM y afines han sido la vanguardia de un cambio de época, del pasaje del capitalismo industrial a un capitalismo digital, en el que la materia prima a explotar y extraer para convertir en mercancía ya no son la tierra, el subsuelo, los bosques, sino los propios seres humanos. «Nos han escaneado por completo, hasta el más ínfimo detalle, para incluso intentar cambiarnos la conducta», dice. Y también: «Pensábamos que usábamos a Google y las redes sociales, pero Google y esas redes nos usan a nosotros. Pensamos que sus servicios son gratis, pero esas compañías piensan que nosotros somos gratis. Pensamos que la web nos da acceso a todo tipo de conocimiento registrado, cuando, de hecho, esas empresas están extrayendo nuestra experiencia, convirtiendo nuestras vidas en datos y reclamando esas vidas como su conocimiento registrado. La mayor paradoja es que su retórica nos ha tratado de persuadir de que la privacidad es algo privado. Que decidimos cuánta información personal damos a Google o Amazon y podemos controlar ese intercambio. Pero el hecho real es que no es privada, es pública. Cada vez que doy a estas compañías algo de información personal, su interfaz les permite obtener tantos datos más de mi experiencia de los que no soy consciente. Hasta captar las microexpresiones de mi cara que predicen mis emociones y mi comportamiento, y así nutrir grandes sistemas de inteligencia artificial que son sistemas de conocimiento y poder desigual» (La Vanguardia, 10-X-20).

Zuboff apunta que esta nueva forma de depredación comenzó a ser desarrollada por Google en 2001, cuando tras el 11 de setiembre saltaron, en Estados Unidos primero y en buena parte de Europa después, todas las barreras de contención. «A las compañías de Internet ya conocidas por su asalto a la privacidad se las dejó que se desarrollaran de manera que invadieran nuestra privacidad porque las agencias de inteligencia en Estados Unidos y Europa, que no pueden recolectar esos datos, los obtendrían de ellas. Así, el capitalismo de vigilancia ha tenido 20 años para desarrollarse sin ninguna ley que lo impida y se ha hecho tan peligroso para la gente, la sociedad y la democracia», añade. China no les ha ido en zaga a las potencias occidentales. Por su propia vía, no les ha ido en zaga. Más bien que no.

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En octubre, una subcomisión de la Cámara de Representantes de Estados Unidos acusó a Google, Amazon, Facebook y Apple (GAFA) –Microsoft no figura– de monopolio. Las denunció por cobrar comisiones de usura, imponer condiciones oprobiosas y extraer datos de millones de personas sin control ni permiso alguno. Casi un año y medio le llevó a la subcomisión consultar más de 1 millón de documentos, mantener audiencias con decenas de competidores de los GAFA y armar el rompecabezas de la manera de operar de estas empresas, que ocultan en algoritmos. Las cuatro grandes transnacionales, dice el informe, «se han transformado en un tipo de monopolio que se vio por última vez en la era de los barones del petróleo y los magnates del ferrocarril» y que afecta «la diversidad de las fuentes de información y la libertad de prensa, la innovación y la privacidad»: «Controlan el mercado al mismo tiempo que compiten en él, una posición que les permite escribir unas reglas de juego para los demás mientras ellos juegan con otras o llevar adelante su propia cuasi regulación privada, que no puede ser controlada por nadie, excepto por ellos mismos». Según se consigna, su valor bursátil acumulado supera los 5 billones de dólares, algo menos de un tercio del producto bruto interno de toda la Unión Europea, y ha crecido a medida que la pandemia de covid-19 ha avanzado.

El informe fue aprobado sólo por los demócratas, pero no es para nada seguro que el gobierno de Joe Biden siga las recomendaciones de la subcomisión, que propone dividir a los GAFA en distintas unidades. Tanto al presidente electo como a su vice, Kamala Harris, se les conoce por sus vínculos con las grandes empresas tecnológicas de Silicon Valley (véase «Una fórmula repetida», Brecha, 21-VIII-20).

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Zuboff no es precisamente anticapitalista y cree que con controles, leyes y regulaciones se puede moralizar el funcionamiento del sistema en general y de estas empresas en especial, que se sienten más impunes que cualquier otra en cualquier otra época. «Los capitalistas de vigilancia son ricos y poderosos, pero tienen un talón de Aquiles: tienen miedo de la ley, temen a legisladores que no están confundidos ni intimidados y, en último término, les tienen miedo a ustedes», dijo ante un auditorio, en noviembre del año pasado, en Berlín (El Diario, 8-XI-19). «Tienen miedo a ciudadanos que estén listos a pedir un futuro digital que podamos llamar nuestra casa», añadió. Los lanzadores de alertas son otro de sus cucos, dijo también.

Franco «Bifo» Berardi es un septuagenario filósofo italiano que no para de reflexionar, desde hace décadas, sobre la evolución continua, y cada vez más acelerada, del capitalismo hacia el horror más absoluto y sobre cómo salir de un sistema cuyo colapso se está llevando consigo al conjunto de la humanidad. Fue también, y sigue siendo, un agitador social, un animador de medios (publicaciones, radios y televisiones asociativas) y, en cierta manera, un militante político. Su último libro, publicado en setiembre en Buenos Aires como El umbral, lo escribió desde el encierro pandémico combinando «crónicas y meditaciones» (tal su subtítulo). Hace unos años Berardi era más optimista sobre la eficacia de la «acción subversiva cuando se desarrolla en la esfera digital, cuando se infiltra en el interior de la dimensión algorítmica del capitalismo». No se hacía ilusiones con que eso bastara: sin una combinación con una «dimensión física, territorial», la rebelión desde las redes era claramente insuficiente, pero pensaba que «las acciones más exitosas en términos de sabotaje del dominio imperial han sido acciones como las de Assange y Snowden, que se desarrollan en la dimensión digital» (entrevista con Amador Fernández Savater, El Diario, 31-X-14). Hoy lo cree menos.

Lo particularmente repugnante de la persecución de Assange y Wikileaks, además de su encarnizamiento y «la violación de las reglas fundamentales de la ética de la información», es su profunda hipocresía, dice Bifo (Comune-info, 15-IV-19). «La acción de Wikileaks, irreprochable desde el punto de vista periodístico, se inspiró en el principio de transparencia. Revelar el secreto, hacer transparente la acción del poder político y militar, es el fundamento de la democracia liberal. Pero con la democracia liberal muerta esa base se está desmoronando», agrega.

El filósofo italiano está igual de convencido que el hacker australiano de que el mundo está volviendo a caer en una época de profunda oscuridad, pero esta vez «por exceso de luz». «La vieja edad oscura, que los europeos llaman Edad Media, fue un efecto de la extrema rarefacción de las interacciones sociales: el reino del silencio. La oscuridad de nuestro tiempo es, en cambio, el efecto de la proliferación ilimitada de fuentes de información y de los flujos de infoestimulantes, de la chispa cegadora de innumerables pantallas», escribe. Revelar secretos, «sacarlos a luz», será más insuficiente que nunca para reducir los daños del sistema, dice. Y en El umbral (el colapso está a la vuelta de la esquina), escribe que en los pliegues del desastre está despuntando una revolución de un tipo desconocido, sólo posible, claro, si el capitalismo no acaba antes con la civilización humana

Por Daniel Gatti

27 noviembre, 2020

Publicado enSociedad
Sábado, 24 Octubre 2020 05:36

La puñalada

La puñalada

Los medios globales y su abandono de Julian Assange

 

Mientras se lo juzga para ser extraditado a Estados Unidos, donde podría ser condenado a 175 años de prisión, la suerte del periodista australiano brilla por su ausencia en las portadas de los principales periódicos de alcance mundial. Detrás de ese silencio asoma una política de complicidades que hiere de muerte la noción misma de periodismo.

El 4 de enero se sabrá la suerte de Julian Assange. Ese día, en Londres, la Justicia británica decidirá finalmente si concede o no la extradición del fundador de Wikileaks a Estados Unidos, que lo quiere juzgar por espionaje. Si así fuera, si los jueces de Su Majestad consideraran que la demanda es pertinente y la condena a la que podría ser sometido al otro lado del Atlántico no es «desproporcionada» o incompatible con el «respeto a los derechos humanos», el casi quincuagenario australiano podría pasar el resto de su vida en la cárcel: los cargos que se le imputan en Estados Unidos le valdrían una condena de 175 años.

Julian Assange está detenido en una cárcel de alta seguridad inglesa desde abril de 2019, en condiciones denunciadas por relatores de la Organización de las Naciones Unidas como análogas a la tortura. Los siete años anteriores los pasó en la embajada ecuatoriana en Londres, donde se refugió en 2012, cuando en Quito gobernaba Rafael Correa. Assange era reclamado entonces por la Justicia sueca debido a acusaciones de violación que terminaron siendo abandonadas por su endeblez (véase «Operaciónmasacre», Brecha, 7-II-20). Él ya temía que la demanda sueca fuera parte de un plan para entregarlo –tras una breve escala judicial en Estocolmo– a Estados Unidos. La llegada al gobierno de Ecuador, en 2017, de Lenín Moreno, que acabó alineado con Washington, supuso el descenso del australiano a los infiernos: primero le hicieron la vida imposible en la embajada, luego le sacaron la protección. La Policía inglesa lo detuvo apenas pudo traspasar la puerta del local diplomático. En Washington, el gobierno de Donald Trump se refregó las manos (lo mismo habría hecho Hillary Clinton de haber ganado las elecciones de 2016): por fin podría darle su merecido a este «espía», acusado fundamentalmente de haber revelado, desde 2010, cientos de miles de documentos clasificados relacionados con las guerras de Irak y Afganistán; entre ellos, pruebas de asesinatos cometidos por las fuerzas estadounidenses en el marco de conflictos en los que los aliados de la superpotencia también están implicados. Desde Wikileaks, Assange había hecho eso y mucho más: denunció tramas de corrupción y enjuagues múltiples de multinacionales y fue de los primeros en advertir sobre la magnitud a la que llegaría el ahora llamado capitalismo de vigilancia.

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A pocos parece interesarles hoy la suerte del australiano. Como otros célebres «lanzadores de alertas» (whistleblowers), del tipo de Edward Snowden y Chelsea Manning, Assange se ha quedado solo. Medios de prensa que gran lucro obtuvieron en su momento, cuando el fundador de Wikileaks los eligió a ellos para difundir sus filtraciones (The Guardian, El País de Madrid, The New York Times, The Washington Post, Der Spiegel, entre otros), le han soltado la mano. Poco y nada se puede leer en esos diarios o semanarios –que, en su mayoría, pasan por progresistas– sobre las condiciones de detención de Assange en la prisión de alta seguridad de Belsmarch o sobre el propio proceso de extradición, cuyas irregularidades y los peligros que estas representan para el derecho a la información han denunciado abogados, organizaciones de defensa de los derechos humanos y medios independientes. Abundan, en cambio, en esas publicaciones progres, los relatos sobre el «vedetismo» y el «narcisismo» del australiano, sus aventuras sexuales, sus «excesos», su «afán de poder», su «decadencia».

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En una nota publicada originalmente en Counter Punch (rebelión.org difundió su versión española en dos partes, el 2 y el 3 de octubre, bajo el título «¿Por qué The Guardian guarda silencio?»), el periodista británico Jonathan Cook sostiene que, cuando Assange concedió a esos medios la exclusiva de sus filtraciones, ya era consciente de que en algún momento podría ser víctima de una puñalada trapera. Si había habido un acuerdo entre Wikileaks y esas publicaciones era porque circunstancialmente ambos ganaban. Pero, en verdad, poco los unía. Cook recuerda que cuando Barack Obama lanzó, en 2011, su ofensiva contra Assange, al que denunció en función de una draconiana ley de espionaje que data de 1917, la estrategia estadounidense estaba basada en crear una brecha entre el fundador de Wikileaks y los medios liberales que habían colaborado con él. Nada tenían que temer esos medios ni sus periodistas: habían obrado de buena fe, decían por entonces los abogados de la Casa Blanca. Assange, en cambio, no era un periodista, apenas un espía que pretendía dañar a Estados Unidos.

Los defensores de Assange optaron entonces por la contraria: Assange no sólo era periodista, sino que practicaba el periodismo del bueno, ese que deja al desnudo las manipulaciones y el accionar ilegal de los poderosos del mundo. El propio fundador de Wikileaks afirmaba en una entrevista que concedió a su compatriota Mark Davis en 2011: «Si he conspirado para cometer espionaje, todos los otros medios de comunicación y sus principales periodistas también han conspirado para cometer espionaje». «Lo que hace falta es tener un frente unido en este asunto», agregaba, invitando a quienes habían sido sus socios a seguir con la colaboración. Pero no hubo tal frente: convocado por el Ministerio de Justicia estadounidense, el editor de The New York TimesBill Keller dijo que su diario se había limitado a obrar como receptor pasivo de la documentación enviada por Wikileaks. Era una falsedad (todos los medios que recibieron las filtraciones las ordenaron y «trabajaron»), pero marcaba lo que sería, de ahí en más, la actitud de las publicaciones liberales en este asunto. Aun así, destaca Cook, el gobierno de Obama no encontró la manera de imputar a Assange sin, al mismo tiempo, perjudicar a medios tradicionalmente aliados del Partido Demócrata, como el propio Times y The Washington Post, y a sus principales plumas. Debió, entonces, abandonar esa línea.

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La estrategia desplegada actualmente por los abogados estadounidenses es la opuesta: reconocen explícitamente la condición de periodista de Assange y, tal como lo advertía él mismo años atrás, al hacerlo lanzan una advertencia contra todos los periodistas que intenten, de lejos o de cerca, seguir el camino de los wikileakeros: corren el riesgo de ser imputados por espionaje allí donde se encuentren. De este cambio de línea, que se produjo durante el juicio de extradición que se sigue en Londres y que supone una amenaza para la profesión periodística como tal, ni una línea se publicó en aquellos grandes medios que buen partido sacaron de su colaboración de antaño con Wikileaks, denuncia Cook. En Gran Bretaña, The Guardian ha obrado, de hecho, como punta de lanza de las acusaciones contra Assange.

Durante el proceso, investigadores independientes han denunciado «prácticas desleales» de los editores del venerado matutino británico, así como de otros medios asociados. Entre las principales acusaciones estadounidenses contra Assange, se afirma que en la documentación que filtró aparecían los nombres de agentes secretos que por su culpa corrieron el riesgo de ser asesinados y que el australiano era muy poco cuidadoso en su forma de operar. David Leigh, editor de The Guardian que trabajó con Assange en 2011, hizo esa misma afirmación en un libro que publicó aquel año junto con otro periodista del mismo diario, Luke Harding: Wikileaks: Inside Assange’s War on Secrecy. Christian Grothoff, experto en informática de la Universidad de Berna; John Goetz, periodista de Der Spiegel; Nicky Hager, periodista de investigación neozelandés, y John Sloboda, profesor y miembro del Iraq Body Count (un proyecto que contabiliza los muertos de la guerra de Irak),relataron, en cambio, que fueron «sus socios mediáticos» –en especial Leigh– quienes presionaron a Assange para que les brindara las sumamente engorrosas contraseñas que utilizaba para encriptar la documentación.

Grothoff, Goetz, Hager y Sloboda colaboraron con el australiano en eliminar nombres en los cables a filtrar. «Assange podía llegar a ser exasperante en su minuciosidad […]. En esa época me irritaba mucho su obsesión por recordarnos constantemente que debíamos asegurarnos, que necesitábamos encriptarlo todo, que teníamos que usar chats encriptados. Yo creía que era un insensato y que estaba paranoico, pero luego el procedimiento se convirtió en la práctica periodística normalizada», dijo, por ejemplo, Goetz en una de las recientes audiencias de extradición. En su libro, Leigh reveló una de las contraseñas generadas con esa metodología y «ese escandaloso error de The Guardian abrió la puerta para que cualquier servicio de seguridad del mundo penetrara en los documentos una vez que pudieron crackear la sofisticada fórmula de Assange para idear claves», indica Cook. «Gran parte del furor provocado por la supuesta incapacidad de Assange de proteger los nombres en los documentos filtrados por él publicados –lo que ahora es el núcleo del caso de extradición– viene del papel que jugó Leigh en el sabotaje del trabajo de Wikileaks. Assange debió realizar una operación de control de daños debido a la incompetencia de Leigh, la que lo obligó a publicar los documentos a toda prisa, para que cualquiera que estuviera preocupado por si era nombrado en los documentos pudiera saberlo antes de que servicios de seguridad hostiles lo identificaran», añade.

En cuanto a Harding, el coautor del libro de Leigh, fue quien hace un par de años difundió, en el propio The Guardian, una serie de «revelaciones» –que luego se comprobaron falsas– sobre supuestas reuniones de Assange con enviados del gobierno de Trump y agentes rusos, que habrían tenido lugar mientras el australiano estuvo refugiado en la embajada de Ecuador en Londres. La tesis de The Guardian, así como de The New York Times y The Washington Post, es que fue para apuntalar la elección de Trump que Wikileaks filtró en 2016 el contenido de reuniones de la dirección demócrata en las que se perjudicaba al socialista Bernie Sanders y se favorecía a Hillary Clinton. Cook recuerda que, de la misma forma que los dos diarios estadounidenses operaron abiertamente en favor de Clinton en aquella interna partidaria (la misma Clinton que, según se reveló en 2016, llegó a barajar la posibilidad de eliminar a Assange con un dron), The Guardian hizo todo lo que estuvo a su alcance para sabotear al socialista Jeremy Corbyn, a quien asoció con el antisemitismo y tildó de «populista de izquierdas» cuando este dirigía el laborismo británico.

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En la entrevista de 2011 con Mark Davis, Assange se refería a sus «socios mediáticos» en estos términos: «Lo que mueve a un diario como The Guardian y The New York Times no son sus valores éticos, sino su mercado. En Reino Unido ese mercado es el de los “liberales educados”. […] El periódico no es un reflejo de los valores de la gente que forma esa institución, sino un reflejo de la demanda del mercado». Cook aporta, en su nota de CounterPunch, su propia reflexión: La indiferencia de los grandes medios de comunicación ante el juicio a Assange «pone de manifiesto que practican muy poco el tipo de periodismo que supone una amenaza para los intereses empresariales y del Estado y que desafía al poder real. No sufrirán la suerte de Assange porque no pretenden hacer el periodismo en el que se especializaron Assange y Wikileaks». En Estados Unidos, medios como The New York Times y The Washington Post «reflejan los mismos defectos que los partidos Demócrata y Republicano», piensa el británico: «Celebran el capitalismo globalizado basado en el consumo, favorecen una política insostenible de crecimiento infinito en un planeta finito e invariablemente respaldan las guerras coloniales, motivadas por el beneficio y esquilmadoras de recursos, aunque en la actualidad se disfracen de intervenciones humanitarias. Los medios de comunicación y los partidos políticos alineados con las grandes corporaciones sirven a los intereses de la misma clase dirigente, porque están integrados en la misma estructura de poder». Wikileaks, en cambio, «nos ha permitido contemplar al poder en bruto, desnudo, antes de que se vista de traje y corbata, se engomine el cabello y esconda el cuchillo».

Por Daniel Gatti
23 octubre, 2020

Publicado enInternacional
El programa mundial de Bill Gates y cómo podemos resistir a su guerra contra la vida

En marzo de 2015 Bill Gates enseñó la imagen de una muestra del virus de la influenza en una charla TED y dijo a la audiencia que era la imagen del mayor desastre de nuestro tiempo. La verdadera amenaza para la vida, dijo, no son los «misiles, sino los microbios». Cuando cinco años después la “pandemia” del coronavirus barrió la tierra como un tsunami volvió a utilizar el lenguaje bélico, al calificar a la “pandemia” de “guerra mundial”.

“La ‘pandemia’ del coronavirus alza contra el virus a toda la humanidad”, dijo.

En realidad, la «pandemia» no es una guerra. La «pandemia» es una consecuencia de la guerra. Una guerra contra la vida. La mentalidad mecánica relacionada con la máquina de dinero de la extracción ha creado la ilusión de un hombre separado de la naturaleza y la naturaleza como materia prima muerta e inerte para ser explotada. Pero, de hecho, somos parte del bioma. Y somos parte del viroma. Somos el bioma y el viroma. Cuando hacemos la guerra contra la biodiversidad de nuestros bosques, nuestras granjas y nuestras entrañas, nos hacemos la guerra.

La emergencia sanitaria del coronavirus es inseparable de la emergencia sanitaria que constituye la extinción, la emergencia sanitaria que constituye la destrucción de la biodiversidad y la emergencia sanitaria que constituye la crisis climática. Todas estas emergencias están vinculadas a una visión del mundo mecanicista, militarista y antropocéntrica que considera a los humanos seres separados de los demás seres y superiores a ello. Unos seres que podemos poseer, manipular y controlar. Todas estas emergencias tienen sus raíces en un modelo económico basado en la ilusión de un crecimiento ilimitado y de una codicia ilimitada, que violan los límites planetarios y destruyen la integridad de los ecosistemas y de las especies individuales.

Se producen nuevas enfermedades porque la agricultura globalizada, industrializada e ineficiente invade los hábitats, destruye los ecosistemas y manipula a los animales, a las plantas y a otros organismos sin respetar ni su integridad ni su salud. En todo el mundo nos estamos uniendo para hacer frente a la propagación de una enfermedad como el coronavirus, que hemos causado al invadir los hábitats de otras especies, manipular plantas y animales con fines comerciales y codiciosos, y practicar el monocultivo. Cuando arrasamos bosques, convertimos las granjas en monocultivos industriales cuya producción es tóxica y nutricionalmente nula, cuando nuestros alimentos se degradan debido a la transformación industrial con unos químicos sintéticos y genéticamente manipulados, cuando nos aferramos a la ilusión de que la tierra y la vida son materias primas destinadas a ser explotadas con fines de lucro, estamos, en efecto, todos unidos. Pero en lugar de unirnos con el propósito de preservar nuestra salud protegiendo la biodiversidad, la integridad y la autoorganización de todos los seres vivos, incluidos los humanos, nos hemos unido para hacer frente a una enfermedad.

Según la Organización Internacional del Trabajo, “1.600 millones de un total mundial de 2.000 millones de trabajadores de la economía informal (los más vulnerables del mercado laboral) y una mano de obra mundial de 3.300 millones de personas se enfrentan a unas considerables dificultades para ganarse la vida, debido a las medidas de confinamiento y / o porque trabajan en los sectores más afectados». Según el Programa Mundial de Alimentos, 250 millones más de personas pasarán hambre y 300.000 podrían morir diariamente. Esto también son pandemias que matan a la gente. No se pueden salvar vidas matando a la gente.

La salud concierne a la vida y a los sistemas vivos. Sin embargo, la «vida» no existe en el modelo de salud que Bill Gates y los de su calaña están promoviendo e imponiendo en el mundo. Junto con sus aliados en todo el mundo define desde arriba tanto los problemas relacionados con la salud como los medios para resolverlos. Paga para formular los problemas y después usa su influencia y su dinero para imponer sus soluciones. Y en ese proceso se enriquece aún más. El resultado de su «financiación» es la eliminación de la democracia y de la biodiversidad, de la naturaleza y de la cultura. Su “filantropía” no es solo “filantrocapitalismo”, sino “filantroimperialismo”.

La pandemia de coronavirus y el confinamiento han demostrado aún más claramente cómo se nos reduce a objetos que deben ser controlados, y nuestros cuerpos y nuestras mentes se convierten en una especie de nuevas colonias que hay que invadir. Los imperios crean colonias, las colonias reúnen los bienes comunes de las comunidades autóctonas y los transforman en fuentes de materias primas que se es traen con fines de lucro. Esta lógica lineal y extractiva es incapaz de percibir las relaciones íntimas que permiten la vida en la naturaleza. Es ciega a la diversidad, a los ciclos de renovación, a los valores de dar y compartir, así como al poder y al potencial de la autoorganización y de la ayuda mutua. Es ciega al desorden que crea y a la violencia que provoca. El confinamiento prolongado del coronavirus ha sido una experiencia de laboratorio para un futuro sin humanidad.

El 26 de marzo de 2020, en el apogeo de la pandemia del coronavirus y en medio del confinamiento, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) concedió a Microsoft una patente. La patente WO 060606 establece que «la actividad del cuerpo humano asociada a una tarea encomendada a un usuario se puede utilizar en un proceso de minería de criptomoneda …».

La «actividad corporal» que Microsoft aspira a «extraer» comprende las radiaciones emitidas por el cuerpo humano, la actividad cerebral, la circulación de los fluidos corporales, la circulación sanguínea, la actividad de órganos, los movimientos corporales (como los movimientos oculares, los movimientos faciales y los movimientos musculares), así como todas las demás actividades que se puedan detectar y representar por imágenes, ondas, señales, textos, números, grados o cualquier otra información o dato.

La patente es una exigencia de propiedad intelectual sobre nuestro cuerpo y nuestra mente. En el colonialismo los colonizadores se arrogan el derecho de tomar las tierras y los recursos de los pueblos autóctonos, de eliminar su cultura y su soberanía y, en casos extremos, de exterminarlos. La patente WO 060606 es una declaración de Microsoft según la cual nuestro cuerpo y nuestra mente son sus nuevas colonias. Somos minas de «materias primas», los datos extraídos de nuestro cuerpo. En lugar de seres soberanos, espirituales, conscientes e inteligentes que toman decisiones eligiendo con sabiduría y que poseen unos valores éticos con respecto al impacto que tienen nuestras acciones en el mundo natural y social del que formamos parte y al que estamos indisolublemente vinculados, somos “usuarios «. Un «usuario» es un consumidor sin elección en el imperio digital.

Pero la visión de Gates no se limita a eso. De hecho, es todavía más siniestra: se trata de colonizar el cerebro, el cuerpo y la mente de nuestros hijos antes incluso de que hayan tenido la oportunidad de comprender cómo es la libertad y la soberanía, empezando por los más vulnerables.

En mayo de 2020 el gobernador Andrew Cuomo de Nueva York anunció que había establecido una asociación con la Fundación Gates con el objeto de «reinventar la educación». Cuomo calificó a Gates de visionario y argumentó que la «pandemia» ha creado «un momento en la historia en el que verdaderamente podemos integrar y hacer avanzar estas ideas (de Gates) […] ¿qué sentido tienen todos estos edificios, todas estas aulas físicas, con la tecnología de la que disponemos?”.

De hecho, desde hace dos décadas Gates trata de desmantelar el sistema de educación pública de los Estados Unidos. Para él, los alumnos son minas de datos. Por eso los indicadores que él promueve son la asistencia, la matrícula universitaria y los resultados de las pruebas de matemáticas y lectura, ya que se pueden cuantificar y explotar fácilmente. En esta reinvención de la educación se controlará a los niños por medio de sistemas de vigilancia para ver si prestan atención mientras se les obliga a asistir a clases de forma remota, solos en casa. Es una distopía en la que los niños nunca vuelven a la escuela, no tienen la oportunidad de jugar, no tienen amigos. Es un mundo sin sociedad, sin relaciones, sin amor ni amistad.

Cuando miro hacia el futuro en el mundo de Gates y de los barones de la tecnología veo una humanidad aún más polarizada, con grandes cantidades de personas “desechables” para las que no hay sitio en el Nuevo Imperio. Y los que fueren incluidos en el nuevo Imperio serán poco más que esclavos digitales.

Pero podemos resistir. Podemos sembrar otro futuro, mejorar nuestras democracias, reivindicar nuestros bienes comunes, regenerar la tierra como miembros vivos de la Familia de Una Tierra, rica en nuestra diversidad y libertad, una en nuestra unidad e interconectividad. Es un futuro más saludable, uno por el que debemos luchar, uno que debemos reivindicar.

Estamos al borde de un precipicio de la extinción. ¿Dejaremos que una máquina de codicia que no conoce límites y es incapaz de detener su colonización y su destrucción extinga nuestra humanidad conformada por seres vivos, conscientes, inteligentes y autónomos? ¿O detendremos la máquina y defenderemos nuestra humanidad, nuestra libertad y nuestra autonomía para proteger la vida en la tierra?

Este artículo es el epílogo del último libro de Vandana Shiva Oneness vs. the 1%: Shattering Illusions, Seeding Freedom(Chelsea Green Publishing, agosto de 2020) y se reproduce con permiso del editor. Editorial Popular ha publicado en castellano este libro (El planeta es de todos, Madrid, Editorial Popular, 2019, traducción de Rodolfo Lastra Muela), aunque sin este epílogo.

Por Vandana Shiva | 21/10/2020 |

Traducción de Susana Merino para Rebelión

Fuente: https://www.mondialisation.ca/leprogrammemondialdebillgatesetcommentnouspouvonsresisterasaguerrecontrelavie/5649999

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