Lunes, 14 Junio 2021 06:14

Delatores democráticos

Estatuas que representan a Edward Snowden, Julian Assange y Chelsea Manning, durante el lanzamiento de una campaña internacional, hace unos días, que apremia a la liberación inmediata del fundador de Wikileaks. Las figuras representan a personajes que se han atrevido a informar a sus conciudadanos sobre engaños, corrupción, injusticias o abusos gubernamentales.Foto Afp

Se cumplen 50 años este domingo desde que comenzó la publicación de los Papeles del Pentágono entregados al New York Times y después al Washington Post por Daniel Ellsberg, y el 11 de junio fueron ocho años desde que Edward Snowden decidió revelar que él fue quien filtró documentos secretos sobre el espionaje masivo a ciudadanos en Estados Unidos y otras partes del mundo, mientras Julian Assange lleva más de una década perseguido por Washington y otros gobiernos por atreverse a publicar y filtrar documentos sobre crímenes de guerra, engaños de gobernantes y políticos a sus ciudadanos, corrupción y más.

La semana pasada se reveló que el gobierno de Trump secretamente obtuvo información de las llamadas telefónicas de periodistas del New York Times, CNN y el Washington Post que sospechaba estaban recibiendo información filtrada. Y el jueves pasado, mientras Biden declaraba parte de su cruzada internacional contra la corrupción, un juez dio una sentencia de prisión a una funcionaria del Departamento del Tesoro que probablemente hizo más que nadie en tiempos recientes en la lucha contra la corrupción al filtrar documentos que llevaron a la investigación periodística multinacional sobre el dinero sucio en el sistema financiero internacional (https://www.icij.org/investigations/fincen-files/)

Se les llama whistleblowers, sopladores de silbato, los que dan pitazos, filtradores, denunciantes, y son aquellos que se atreven a informar a sus conciudadanos sobre engaños, corrupción, injusticias o abusos gubernamentales que podrían dañar a la sociedad.

Los periodistas que colaboran en estos esfuerzos por la transparencia también son perseguidos por las autoridades. Nixon ordenó a su Departamento de Justicia prohibir la publicación de los Papeles del Pentágono –que revelaban años de mentiras gigantescas sobre la guerra en Vietnam– un caso que llegó hasta la Suprema Corte, la cual, con un fallo de seis a tres, defendió la libertad de expresión y la prensa libre en una gran derrota para el presidente. Ante ello, Nixon ordenó a un grupo de operadores secretos conocidos como "los plomeros", ingresar a las oficinas del siquiatra personal de Ellsberg para buscar material con qué destruir al filtrador públicamente, y ahí empezó lo que después se conoció como Watergate y el fin de Nixon.

A sus 90 años, Ellsberg continúa no sólo defendiendo los actos de filtradores, sino solicitando que se multipliquen, y ahora se dedica a alertar sobre la amenaza creciente de una guerra nuclear, así como del cambio climático. "El acto de delatar es un acto de patriotismo, de defensa de la Constitución", afirmó la semana pasada. "Necesitamos vigilancia pública de todos los que están en el poder".

El padre y hermano de Assange están ahora en una gira por Estados Unidos, apoyados por un elenco de figuras reconocidas como Roger Waters y Chris Hedges, para exigir que el gobierno de Biden que ya abandone la persecución de Julian, quien permanece encarcelado en Inglaterra tratando de evitar ser extraditados a Estados Unidos, donde enfrenta una posible condena de 175 años de cárcel por revelar crímenes de guerra de Estados Unidos. "La batalla por la libertad de Assange es la batalla por la libertad de prensa de nuestros tiempos", afirmó Hedges en un foro de esta gira. (https://assangedefense.org/tour/).

Ellsberg señala que Snowden, Assange, Manning y varios filtradores y periodistas más son perseguidos y amenazados por revelar que las autoridades estaban violando las leyes internacionales y la propia Constitución. "Aquellos que revelan estas violaciones, y no los que cometieron esos crímenes son los que están bajo juicio".

"Un gobierno que exilia a Snowden por revelar espionaje doméstico ilegal y con cárcel a Assange por revelar crímenes de guerra y corrupción de líderes políticos estadunidenses y sus aliados, tienen cero credibilidad para denunciar a otros por abusar a disidentes y derechos humanos", escribe el periodista Glenn Greenwald.

Ms. Lauryn Hill. I’ve got life. https://open.spotify.com/track/4myeNyb8ArMQFvYqeivzp3? si=Ixwa0LkpTJGcXDJYpJJwIA&dl_branch=1

Publicado enSociedad
Perdida en una casa-cárcel; lugar de realización del amor infame**

Arrinconada en mi propia casa, malquerida. Así viví el confinamiento desde más o menos julio de 2020. Hoy, huida del que era un territorio compartido -“lugar de realización del amor”, como sé que lo están haciendo muchas mujeres, construyo un hogar que me genera tranquilidad en medio de la “nueva normalidad”, esta realidad que para muchas trabajadoras como yo, implica el tele-reunionismo y los cuidados domésticos al tiempo, la incertidumbre por la supervivencia y la necesidad sentida de la solidaridad y el apañe de las personas que nos rodean, y eso en una situación de privilegio, en la que conservo mi empleo y la mayoría de mis relaciones sociales y familiares, pero con el conocimiento pleno de que esta crisis civilizatoria se ha llevado por delante a muchas, y que me duelen mujeres en todo el cuerpo. 

Quiero gritar hasta el hastío que hoy debería estar escribiendo sobre otra cosa, pero me tocó así, me tocó el cuerpo y el alma, y como Alice Munro tituló su hermoso libro, al final: “todo queda en casa”, y yo haré que todo se quede en este escrito, porque es la forma que encontré para resolver las violencias que viví; yo, la feminista académica, activista y acompañante de otras mujeres, la que repitió muchas veces en entrevistas radiales y noticieros nocturnos que la casa es el lugar más inseguro para nosotras, sin haberlo entendido del todo en mi cuerpo. Hoy, puedo decir que comprendí la geografía de la violencia emocional y psicológica en cada rincón de un lugar que tuve que deconstruir sola, protegiendo hasta la última planta, con mi capacidad para gestionar la vida, mientras el andamiaje de significados sobre el amor compañero, la complicidad, el territorio, la justicia, la libertad, y hasta la revolución se me vino abajo. Ahora, imagínense eso en pleno confinamiento. 

Lo vivido me trajo al corazón las tensiones de saberse una mujer heterosexual de izquierda, rebelde, que se junta con otros de izquierda, otros rebeldes, y encuentra la incoherencia. Si bien todos y todas somos incoherentes, hoy, con los feminismos y el desafío que plantea para los movimientos sociales la reflexión sobre la organización social del cuidado en todas sus dimensiones, los hombres y las mujeres no podemos seguir relacionándonos como siempre. Por eso quiero decir en voz alta lo que a muchas nos atraviesa la garganta: ¿Qué pasa cuando es un defensor de derechos humanos el que te defrauda? ¿Qué exigimos de hombres cuyo horizonte resultó ser la despatriarcalización de la vida? ¿Cómo andamos negociando las mujeres rebeldes, con los varones que como nosotras quieren cambiar el mundo? ¿De verdad estamos cambiando el mundo?

Esas preguntas me parecen hoy más que urgentes y necesarias. Nadie que se precie de luchar desde la izquierda como su lugar político, o de pertenecer a una organización social, puede pasar por alto, ni el feminismo, o al menos la prevención y gestión de las violencias contra las mujeres, ni la democratización, desfamiliarización y desmercantilización de los cuidados. Y esas tres palabras tan rimbombantes también pasan por la dimensión más compleja y retadora: la erótico-afectiva, la cama, el sexo, el deseo y el amor “romántico”. 

Comenzaré diciendo que son los hombres los que están perdidos en ese simbólico vetusto del amor, no nosotras. Y voy a permitirme todas las generalizaciones y voy a hablar de “los hombres”, porque creo que he escuchado y he visto suficientes dramas propiciados por ellos, y porque este escrito también es un reclamo: quiero profundamente que los hombres dejen de hacer daño. 

Yo sí creo que los varones tienen la capacidad de enloquecerla a una, me basta con haber escuchado a muchas mujeres, por muchos años, en sus relatos pormenorizados de cada conversación con un manipulador, que las tildó de locas, en lugar de mirarlas a los ojos y tener una conversación honesta con ellas. Me basta y me entristece, porque experimenté yo misma el gaslighting (1), en medio de conversaciones circulares con un ser gélido que ponía en mi toda la culpa, que me oía, pero no me escuchaba, me miraba, pero no me reconocía. Me amó, seguramente, pero su noción de amor no implicaba la igualdad ni la justicia. 

Mi expareja ocultó información que me hubiera ahorrado ansiedad y dolor. Cuando por fin pudo ser “honesto”, pretendía una relación asimétrica en la que sus necesidades siempre estuvieran cubiertas, en su tiempo, a su modo, y que yo me acomodara para proveer cuidado sin chistar ni media. 

Estas necesidades ni siquiera fueron tan particulares, pero no pudieron esconderse más en medio de la cuarentena; coquetear o estar con otras mujeres, sosteniendo su vínculo “principal” conmigo, su pareja; la que habitaba su casa. Incluso, estuve dispuesta a repensarnos la relación en ese sentido, porque claro, no soy ni una mala feminista ni una mala moderna, pero cuando indiqué lo que yo esperaba de una relación abierta, o de una poliamorosa, o lo que fuera que deconstruyera los dos años de un acuerdo monogámico en el que “nos” habíamos sentido cómodos, o por lo menos en el que yo estaba completamente comprometida, ahí sí la libertad no sonaba tan atractiva.   

Y en realidad, la relación siempre fue abierta, solo que yo no lo sabía. Lo que yo esperaba era hacer exactamente lo mismo sin dañar ni utilizar a otres; trasgredir, pero trasgredir de verdad, más allá de la heteronorma, más allá de las jerarquías y el ejercicio de poderes, desenfocar mi atención, hasta ahora dirigida a mi excompañero, porque así lo había decidido, y entonces sí, estar con otres en igualdad de condiciones, pero esto generó mucho miedo en el ego masculino y me retuvo arbitrariamente en una relación que ya me quedaba muy pequeña. Me sostuve porque me interesaba negociar, cuidar, cultivar el compañerismo en una casa compartida, y porque amaba obviamente. 

Vivir con alguien no es solamente arrejuntarse, vivir con alguien no es solamente recibir y salir y abrir la puerta para largarse sin explicar, sin respetar las expectativas de la otra en nombre de la libertad ¿Cuál libertad? ¿La neoliberal? 

Esta libertad le permitió a mi expareja poner su palabra en acuerdos de cuidado, y construir una imagen privada y pública de él mismo así: “del hombre de palabra”, mientras mantenía contacto sexual virtual por fuera de nuestros acuerdos relacionales, compartiendo incluso material pornográfico (2). 

En mi caso, me rompió el alma que las necesidades patriarcales y burguesas de mi excompañero en medio de esta pandemia pudieran más que la solidaridad. El nivel de incoherencia que aun no comprendo, al escuchar a mi expareja quejarse y quejarse en demasía, cuando la gente se ha estado muriendo, quejarse y quejarse por no poder tenerlo todo y todo al tiempo, para saciar sus necesidades sexuales y afectivas, en un mundo que se está acabando porque justamente muy pocos tienen todo y entre más tienen más quieren. ¿Acaso la redistribución aquí no aplica? ¿Querer tenerlo todo no es como muy capitalista? 

 

 

Los hombres “libertarios” se preocupan por no ser propiedad de otro, pero terminan objetivando a las otras, a todos los cuerpos y almas que consumen y coleccionan, mientras pasan por encima de sus propios principios revolucionarios. Son de boca para afuera anticapitalistas, pero acumulan réditos por cada mujer que van clasificando: con la que solo quieren acostarse (así la ilusionen con acciones de afecto confusas para lograrlo, en vez de pedirlo directamente); con la que solo se acuestan, pero también amiguean (porque al final no solamente quieren sexo, si no atención y cuidado pero sin tener que darlo de vuelta); a la que amiguean e ilusionan, pero jamás se acostarían con ella (porque, nuevamente, solo quieren atención y afecto); la que aman, dejaron ir pero no quieren soltar (porque no quieren perder su atención y afecto); la que no aman pero pueden presentar en sus círculos sociales (o sea les luce bien públicamente y pueden mostrar para subir sus niveles de atención… y afecto); de la que extraen conocimiento para presumir ante otras mujeres (y lograr atención y reconocimiento), y así… cada hombre tiene su propia matemática de las relaciones que establecen con las mujeres, y reciben de todas algo de lo cual se aprovechan, y ahí estamos las mujeres dispuestas, porque el patriarcado nos puso más difícil eso de poner límites, y de ponernos en el centro. 

No es que las mujeres seamos las buenas, pero estoy convencida de que las desproporciones de género afectan diferencialmente nuestras relaciones románticas, y de múltiples maneras, si no, ¿Por qué tantos textos de Coral Herrera? 

Yo por mi parte quería todo, no merezco menos, no merezco un amor a medias, un amor mediocre o insulso, un amor infame e irresponsable. No después de tantas mujeres malqueridas en silencio, no después de las ancestras que me dieron la palabra y la voluntad de decidir por mí misma. 

Como feminista, no hubiera podido permitir que un hombre jerarquizara de esa manera sus afectos, así me pusiera a mí en el lugar de la primera; “la elegida”. Muchas mujeres ya se comieron este cuento: “yo no soy la otra”, “yo no soy el plato de segunda mesa”, o, por otro lado, se conformaron con serlo, se sintieron cómodas con ser “la amante”, “la querida”, incluso; “la eterna mejor amiga”, y esto no les generó ninguna pregunta, aunque los dolores nos los generara a todas porque a los hombres les encanta ser el centro de las disputas. 

Para mí, ninguna mujer está para ser amada en la clandestinidad ni para ser escondida, ese fue el cuentazo que nos metió el patriarcado al romantizar los amantazgos en favor de los varones, y es el que han usado ellos para no hacerse cargo ni ser responsables afectivamente, porque “no somos nada”, o tu estas aceptando las reglas de este juego en el que -yo hombre- siempre salgo ganando. 

Y esto no significa que la monogamia sea natural o un modelo de relación perfecta, porque que aburrimiento, significa que, si hoy las mujeres proponemos o acordamos formas no hegemónicas de amar, no es para vivir con las mismas opresiones. La infidelidad la padecieron nuestras madres, como para ahora nosotras dejarnos engañar con cuentos tan baratos, o aceptar juegos amorosos donde de entrada vamos perdiendo. 

No he leído juiciosamente sobre el poliamor, porque mi interés teórico ha estado en otros lugares del feminismo, y porque tengo un preconcepto que me hace pensar que las formas del amor libre surgieron de mujeres feministas tan impresionantes como Alexandra Kollontai, que desde principios del siglo XX ya había desmitificado el amor romántico y se había figurado unas formas socialistas de amar, revolucionarias por lo demás, y que luego con el lesbofeminismo y las apuestas por amarnos cuidadosamente entre mujeres, se hizo realidad la ruptura de la monogamia y la heteronorma, algo que aprovecharon y se robaron los varones, principalmente los “machiprogres”, para profundizar sus privilegios en el terreno romántico, para usar nuestros anhelos de libertad en nuestra contra. 

Entonces mi preconcepto es que, mientras no derribemos el patriarcado, no habrá relaciones de justicia e igualdad, incluso en apuestas tan interesantes como las de la anarquía relacional, por todo el trabajo que sugiere y por todas las opresiones invisibles que no hacen más que aumentar el sistema de privilegios para los varones. Sistema que las mismas mujeres ayudamos a solidificar cuando estamos dispuestas a amarlos y a brindarles cuidado a costa de nosotras mismas. 

En el harem físico y virtual que sostenía mi expareja, hubo varias mujeres que reclamaron su atención, que lo esperaban, que le respondían cuando aparecía, que estaban prestas a aplaudirlo, a resolverle sus problemas o a brindarle ellas su atención a cambio de poco o nada. Mujeres educadas por el patriarcado también, que establecieron relaciones de dependencia afectiva y política, y para quienes estratégicamente, el lugar de la carencia emocional les implicaba atención de vuelta. No olvidemos que toda relación de poder es una relación en doble vía, y que siempre hay un mínimo, un mínimo en nuestra capacidad de agencia. 

Pero yo no soy quién para juzgar a las mujeres, solo puedo pegar un alarido para que ojalá siempre intercambiemos en igualdad y recibamos de lo que entreguemos. Que las mujeres sabemos cuidar, y lo mínimo es que nos cuiden sea cual sea el lugar que ocupemos, y que ese lugar lo hayamos decidido, sin pasar por encima de otra mujer o de la mujer que nos habita, más si somos mujeres de izquierda. 

Hoy se habla mucho de revisarse y abandonar los privilegios, en su momento lo llamamos traicionar el patriarcado, pero no conozco el primer hombre que se traicione a sí mismo, pues eso implicaría traicionar a sus hermanos, a sus amigos y fundamentalmente a su padre. 

Sea este un padre ausente, un padre amoroso, un padre abusador o el que sea, el patriarcado se reproduce solito en los privilegios que los hombres se pasan los unos a los otros, como la corona que los hombres blancos y ricos de la edad media les pasaban a sus vástagos. Nosotras, por nuestro lado, sí hemos traicionado la mujer que vimos en el espejo de nuestras abuelas, madres o tías, y hoy tomamos decisiones que nos alejan de la sumisión, o al menos nos incomodamos ante la desigualdad en el terreno afectivo, ¿Pero ustedes? ¿Para cuándo van a dejar de aplazar la transformación de sus privilegios?

Se lamentan y pretenden construir una nueva masculinidad, para al final de cuentas retornar a lo mismo; sus abuelos, sus padres, sus tíos, todos los varones de la historia y todos sus ancestros hablando y ejerciendo sus poderes a través de ustedes. 

Estoy convencida de que las mujeres vamos por lo menos 50 años adelante, y con desesperanza afirmo que no han sido educados los varones que se relacionen con nosotras como sus iguales. Nuestro amor está allí para ser entregado a hombres que no existen, y ustedes solo están dispuestos a amar a mujeres que dejaron de existir hace rato. 

La infamia en la incoherencia duele muchísimo, con el adendum de un momento como el de esta pandemia, en el que la solidaridad, “la ternura de los pueblos” es una necesidad apremiante, y para mí en ese momento, en la casa, entre compañeros. 

Me duele la admiración, el reconocimiento que entregué al hombre íntegro, a ese “hombre nuevo” defensor de la vida, porque me sentía orgullosa, sentía mi yoeidad expandida en amor al universo. Un nosotros que se fracturó con la violencia. 

¿Cómo a un hombre que cuida el territorio le cuesta cultivar el suyo propio? ¿Cómo un hombre defensor de la justicia no puede decir la verdad y reparar? ¿Por qué le cuesta tanto ser honesto? ¿Cómo puede ser tan injusto y utilitarista con los que dice amar? 

Fui tildada de conservadora, pero no hay nada más conservador y reaccionario que pasarse por la faja los acuerdos, o mentir para “no venderse”. Mi excompañero me mintió desde el principio, cuando a pesar de no tener establecida una relación, prefirió no “venderse” conmigo para tenerme, así, como un objeto. A mí me ocultó información para impedir que decidiera, mientras rechazó a otras mujeres cuando ya había obtenido suficiente de ellas. 

Aún hoy me cuesta creer que el hombre que amé con admiración hiciera cosas que son demasiado deshonestas, pero demasiado ridículas como para que las haya escondido y las haya dejado en ese mundo clandestino y de secretos que disfruta. Los daños fueron hechos, pasaron en el mundo de la realidad; yo lo sé, él lo sabe, y aunque no mirándome a los ojos porque definitivamente no pudo hacerlo, de los suyos para adentro se repetirá que es un traidor, y en la izquierda, en la revolución, está muy feo traicionar a la compañera.  

*Decirle a una mujer que es una perdida es decirle que ha incumplido con todo lo que se esperaba de ella, así que nosotras queremos reivindicar ese perderse de las mujeres, porque han fracturado el molde patriarcal que las acecha. En Relatos de Mujeres Perdidas presentaremos tres narraciones acerca del “amor romántico”. Son muchas las palabras, las ideas, los dolores que nos atraviesan cuando la palabra amor, sobre todo el tradicional y heteronormado aparece, estos relatos son apenas la manifestación catártica de lo que sentimos las mujeres y hoy nos atrevemos a colectivizar. Son escritos subjetivos, potentes, hablan de experiencias individuales en la que quizá alguna lectora se encuentre. La experiencia del desamor es y será distinta para todas, aunque lo claro en este momento en el que las potencias feministas ya no se pueden obviar, es que no tenemos por qué sufrir, que estamos para ser felices y amadas en libertad y justicia. por eso reivindicamos la escritura y desde los feminismos aplaudimos a las mujeres que se relatan a sí mismas.

En ese orden, estas narrativas están hiladas como un tritono disonante y subversivo. Esa figura musical se ha considerado siniestra desde el Medioevo, y las mujeres que aquí tejen sus historias, se han hecho cada vez más feministas y más siniestras. En sus historias perdidas encontraron algo de conexión con su identidad y potencia, así que aquí está la segunda entrega de nuestro quinto tritono. 

** Esta versión online del escrito fue corregida en el párrafo 11, en la cual se retiró una expresión equivocada, se reorganizó la información teórica en la nota al pie N. 2, se agregó una referencia para ilustrar mejor el punto y se retiró un párrafo que sobraba después de la reorganización del texto. También fue modificada una expresión en el párrafo 21 para ilustrar mejor el punto. 

*** Feminista, activista y defensora de derechos humanos. IG @unaconcubina 

 

1. Se trata de una forma de manipulación machista que consiste en negar la realidad, ocultar información o brindar información falsa con el objetivo de hacer dudar a la víctima de sí misma, y que se traduce en el común: “estás loca”, “no sé cómo funciona tu cabeza” (algo que en particular me dijeron a mí), “estas exagerando”, entre otras, que llevan generalmente a otras formas de abuso emocional: “ya no quiero más esta conversación”, “contigo no se puede hablar”, “no voy a decir nada más al respecto”, o dejar las conversación a medias, irse, negar la palabra, castigar con el silencio y otras. 

2.  La cuestión de las violencias trasciende “la casa”. Como las feministas latinoamericanas lo hicieron ver hace más de 30 años, están relacionadas con la matriz patriarcal que, por ejemplo, educó a los varones en el porno tradicional, en el cual conquistan mujeres sumisas, mujeres que se entregan, que nunca dicen “no” pero tampoco “si”, y ellos, sin pedir permiso, sin interlocutar, van accediendo al territorio que consideran digno de su conquista. Al respecto, se puede ver el documental Girls Wanted disponible online, y hacer un análisis de cómo la pornografía ha construido unos simbólicos de las mujeres en la opresión y sumisión, y una cultura del acoso y la violación, validada y naturalizada socialmente. También, se pueden buscar proyectos feministas pornográficos o porno de autora, para disfrutar del arte sexual sin caer en el machismo o el falocentrismo, aquí hay una primera aproximación: https://malvestida.com/2018/01/donde-ver-pornografia-feminista-alternativa-a-youporn-pornhub/  

 

 

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Publicado enEdición Nº279
Perdida en una casa-cárcel; lugar de realización del amor infame**

Arrinconada en mi propia casa, malquerida. Así viví el confinamiento desde más o menos julio de 2020. Hoy, huida del que era un territorio compartido -“lugar de realización del amor”, como sé que lo están haciendo muchas mujeres, construyo un hogar que me genera tranquilidad en medio de la “nueva normalidad”, esta realidad que para muchas trabajadoras como yo, implica el tele-reunionismo y los cuidados domésticos al tiempo, la incertidumbre por la supervivencia y la necesidad sentida de la solidaridad y el apañe de las personas que nos rodean, y eso en una situación de privilegio, en la que conservo mi empleo y la mayoría de mis relaciones sociales y familiares, pero con el conocimiento pleno de que esta crisis civilizatoria se ha llevado por delante a muchas, y que me duelen mujeres en todo el cuerpo. 

Quiero gritar hasta el hastío que hoy debería estar escribiendo sobre otra cosa, pero me tocó así, me tocó el cuerpo y el alma, y como Alice Munro tituló su hermoso libro, al final: “todo queda en casa”, y yo haré que todo se quede en este escrito, porque es la forma que encontré para resolver las violencias que viví; yo, la feminista académica, activista y acompañante de otras mujeres, la que repitió muchas veces en entrevistas radiales y noticieros nocturnos que la casa es el lugar más inseguro para nosotras, sin haberlo entendido del todo en mi cuerpo. Hoy, puedo decir que comprendí la geografía de la violencia emocional y psicológica en cada rincón de un lugar que tuve que deconstruir sola, protegiendo hasta la última planta, con mi capacidad para gestionar la vida, mientras el andamiaje de significados sobre el amor compañero, la complicidad, el territorio, la justicia, la libertad, y hasta la revolución se me vino abajo. Ahora, imagínense eso en pleno confinamiento. 

Lo vivido me trajo al corazón las tensiones de saberse una mujer heterosexual de izquierda, rebelde, que se junta con otros de izquierda, otros rebeldes, y encuentra la incoherencia. Si bien todos y todas somos incoherentes, hoy, con los feminismos y el desafío que plantea para los movimientos sociales la reflexión sobre la organización social del cuidado en todas sus dimensiones, los hombres y las mujeres no podemos seguir relacionándonos como siempre. Por eso quiero decir en voz alta lo que a muchas nos atraviesa la garganta: ¿Qué pasa cuando es un defensor de derechos humanos el que te defrauda? ¿Qué exigimos de hombres cuyo horizonte resultó ser la despatriarcalización de la vida? ¿Cómo andamos negociando las mujeres rebeldes, con los varones que como nosotras quieren cambiar el mundo? ¿De verdad estamos cambiando el mundo?

Esas preguntas me parecen hoy más que urgentes y necesarias. Nadie que se precie de luchar desde la izquierda como su lugar político, o de pertenecer a una organización social, puede pasar por alto, ni el feminismo, o al menos la prevención y gestión de las violencias contra las mujeres, ni la democratización, desfamiliarización y desmercantilización de los cuidados. Y esas tres palabras tan rimbombantes también pasan por la dimensión más compleja y retadora: la erótico-afectiva, la cama, el sexo, el deseo y el amor “romántico”. 

Comenzaré diciendo que son los hombres los que están perdidos en ese simbólico vetusto del amor, no nosotras. Y voy a permitirme todas las generalizaciones y voy a hablar de “los hombres”, porque creo que he escuchado y he visto suficientes dramas propiciados por ellos, y porque este escrito también es un reclamo: quiero profundamente que los hombres dejen de hacer daño. 

Yo sí creo que los varones tienen la capacidad de enloquecerla a una, me basta con haber escuchado a muchas mujeres, por muchos años, en sus relatos pormenorizados de cada conversación con un manipulador, que las tildó de locas, en lugar de mirarlas a los ojos y tener una conversación honesta con ellas. Me basta y me entristece, porque experimenté yo misma el gaslighting (1), en medio de conversaciones circulares con un ser gélido que ponía en mi toda la culpa, que me oía, pero no me escuchaba, me miraba, pero no me reconocía. Me amó, seguramente, pero su noción de amor no implicaba la igualdad ni la justicia. 

Mi expareja ocultó información que me hubiera ahorrado ansiedad y dolor. Cuando por fin pudo ser “honesto”, pretendía una relación asimétrica en la que sus necesidades siempre estuvieran cubiertas, en su tiempo, a su modo, y que yo me acomodara para proveer cuidado sin chistar ni media. 

Estas necesidades ni siquiera fueron tan particulares, pero no pudieron esconderse más en medio de la cuarentena; coquetear o estar con otras mujeres, sosteniendo su vínculo “principal” conmigo, su pareja; la que habitaba su casa. Incluso, estuve dispuesta a repensarnos la relación en ese sentido, porque claro, no soy ni una mala feminista ni una mala moderna, pero cuando indiqué lo que yo esperaba de una relación abierta, o de una poliamorosa, o lo que fuera que deconstruyera los dos años de un acuerdo monogámico en el que “nos” habíamos sentido cómodos, o por lo menos en el que yo estaba completamente comprometida, ahí sí la libertad no sonaba tan atractiva.   

Y en realidad, la relación siempre fue abierta, solo que yo no lo sabía. Lo que yo esperaba era hacer exactamente lo mismo sin dañar ni utilizar a otres; trasgredir, pero trasgredir de verdad, más allá de la heteronorma, más allá de las jerarquías y el ejercicio de poderes, desenfocar mi atención, hasta ahora dirigida a mi excompañero, porque así lo había decidido, y entonces sí, estar con otres en igualdad de condiciones, pero esto generó mucho miedo en el ego masculino y me retuvo arbitrariamente en una relación que ya me quedaba muy pequeña. Me sostuve porque me interesaba negociar, cuidar, cultivar el compañerismo en una casa compartida, y porque amaba obviamente. 

Vivir con alguien no es solamente arrejuntarse, vivir con alguien no es solamente recibir y salir y abrir la puerta para largarse sin explicar, sin respetar las expectativas de la otra en nombre de la libertad ¿Cuál libertad? ¿La neoliberal? 

Esta libertad le permitió a mi expareja poner su palabra en acuerdos de cuidado, y construir una imagen privada y pública de él mismo así: “del hombre de palabra”, mientras mantenía contacto sexual virtual por fuera de nuestros acuerdos relacionales, compartiendo incluso material pornográfico (2). 

En mi caso, me rompió el alma que las necesidades patriarcales y burguesas de mi excompañero en medio de esta pandemia pudieran más que la solidaridad. El nivel de incoherencia que aun no comprendo, al escuchar a mi expareja quejarse y quejarse en demasía, cuando la gente se ha estado muriendo, quejarse y quejarse por no poder tenerlo todo y todo al tiempo, para saciar sus necesidades sexuales y afectivas, en un mundo que se está acabando porque justamente muy pocos tienen todo y entre más tienen más quieren. ¿Acaso la redistribución aquí no aplica? ¿Querer tenerlo todo no es como muy capitalista? 

 

 

Los hombres “libertarios” se preocupan por no ser propiedad de otro, pero terminan objetivando a las otras, a todos los cuerpos y almas que consumen y coleccionan, mientras pasan por encima de sus propios principios revolucionarios. Son de boca para afuera anticapitalistas, pero acumulan réditos por cada mujer que van clasificando: con la que solo quieren acostarse (así la ilusionen con acciones de afecto confusas para lograrlo, en vez de pedirlo directamente); con la que solo se acuestan, pero también amiguean (porque al final no solamente quieren sexo, si no atención y cuidado pero sin tener que darlo de vuelta); a la que amiguean e ilusionan, pero jamás se acostarían con ella (porque, nuevamente, solo quieren atención y afecto); la que aman, dejaron ir pero no quieren soltar (porque no quieren perder su atención y afecto); la que no aman pero pueden presentar en sus círculos sociales (o sea les luce bien públicamente y pueden mostrar para subir sus niveles de atención… y afecto); de la que extraen conocimiento para presumir ante otras mujeres (y lograr atención y reconocimiento), y así… cada hombre tiene su propia matemática de las relaciones que establecen con las mujeres, y reciben de todas algo de lo cual se aprovechan, y ahí estamos las mujeres dispuestas, porque el patriarcado nos puso más difícil eso de poner límites, y de ponernos en el centro. 

No es que las mujeres seamos las buenas, pero estoy convencida de que las desproporciones de género afectan diferencialmente nuestras relaciones románticas, y de múltiples maneras, si no, ¿Por qué tantos textos de Coral Herrera? 

Yo por mi parte quería todo, no merezco menos, no merezco un amor a medias, un amor mediocre o insulso, un amor infame e irresponsable. No después de tantas mujeres malqueridas en silencio, no después de las ancestras que me dieron la palabra y la voluntad de decidir por mí misma. 

Como feminista, no hubiera podido permitir que un hombre jerarquizara de esa manera sus afectos, así me pusiera a mí en el lugar de la primera; “la elegida”. Muchas mujeres ya se comieron este cuento: “yo no soy la otra”, “yo no soy el plato de segunda mesa”, o, por otro lado, se conformaron con serlo, se sintieron cómodas con ser “la amante”, “la querida”, incluso; “la eterna mejor amiga”, y esto no les generó ninguna pregunta, aunque los dolores nos los generara a todas porque a los hombres les encanta ser el centro de las disputas. 

Para mí, ninguna mujer está para ser amada en la clandestinidad ni para ser escondida, ese fue el cuentazo que nos metió el patriarcado al romantizar los amantazgos en favor de los varones, y es el que han usado ellos para no hacerse cargo ni ser responsables afectivamente, porque “no somos nada”, o tu estas aceptando las reglas de este juego en el que -yo hombre- siempre salgo ganando. 

Y esto no significa que la monogamia sea natural o un modelo de relación perfecta, porque que aburrimiento, significa que, si hoy las mujeres proponemos o acordamos formas no hegemónicas de amar, no es para vivir con las mismas opresiones. La infidelidad la padecieron nuestras madres, como para ahora nosotras dejarnos engañar con cuentos tan baratos, o aceptar juegos amorosos donde de entrada vamos perdiendo. 

No he leído juiciosamente sobre el poliamor, porque mi interés teórico ha estado en otros lugares del feminismo, y porque tengo un preconcepto que me hace pensar que las formas del amor libre surgieron de mujeres feministas tan impresionantes como Alexandra Kollontai, que desde principios del siglo XX ya había desmitificado el amor romántico y se había figurado unas formas socialistas de amar, revolucionarias por lo demás, y que luego con el lesbofeminismo y las apuestas por amarnos cuidadosamente entre mujeres, se hizo realidad la ruptura de la monogamia y la heteronorma, algo que aprovecharon y se robaron los varones, principalmente los “machiprogres”, para profundizar sus privilegios en el terreno romántico, para usar nuestros anhelos de libertad en nuestra contra. 

Entonces mi preconcepto es que, mientras no derribemos el patriarcado, no habrá relaciones de justicia e igualdad, incluso en apuestas tan interesantes como las de la anarquía relacional, por todo el trabajo que sugiere y por todas las opresiones invisibles que no hacen más que aumentar el sistema de privilegios para los varones. Sistema que las mismas mujeres ayudamos a solidificar cuando estamos dispuestas a amarlos y a brindarles cuidado a costa de nosotras mismas. 

En el harem físico y virtual que sostenía mi expareja, hubo varias mujeres que reclamaron su atención, que lo esperaban, que le respondían cuando aparecía, que estaban prestas a aplaudirlo, a resolverle sus problemas o a brindarle ellas su atención a cambio de poco o nada. Mujeres educadas por el patriarcado también, que establecieron relaciones de dependencia afectiva y política, y para quienes estratégicamente, el lugar de la carencia emocional les implicaba atención de vuelta. No olvidemos que toda relación de poder es una relación en doble vía, y que siempre hay un mínimo, un mínimo en nuestra capacidad de agencia. 

Pero yo no soy quién para juzgar a las mujeres, solo puedo pegar un alarido para que ojalá siempre intercambiemos en igualdad y recibamos de lo que entreguemos. Que las mujeres sabemos cuidar, y lo mínimo es que nos cuiden sea cual sea el lugar que ocupemos, y que ese lugar lo hayamos decidido, sin pasar por encima de otra mujer o de la mujer que nos habita, más si somos mujeres de izquierda. 

Hoy se habla mucho de revisarse y abandonar los privilegios, en su momento lo llamamos traicionar el patriarcado, pero no conozco el primer hombre que se traicione a sí mismo, pues eso implicaría traicionar a sus hermanos, a sus amigos y fundamentalmente a su padre. 

Sea este un padre ausente, un padre amoroso, un padre abusador o el que sea, el patriarcado se reproduce solito en los privilegios que los hombres se pasan los unos a los otros, como la corona que los hombres blancos y ricos de la edad media les pasaban a sus vástagos. Nosotras, por nuestro lado, sí hemos traicionado la mujer que vimos en el espejo de nuestras abuelas, madres o tías, y hoy tomamos decisiones que nos alejan de la sumisión, o al menos nos incomodamos ante la desigualdad en el terreno afectivo, ¿Pero ustedes? ¿Para cuándo van a dejar de aplazar la transformación de sus privilegios?

Se lamentan y pretenden construir una nueva masculinidad, para al final de cuentas retornar a lo mismo; sus abuelos, sus padres, sus tíos, todos los varones de la historia y todos sus ancestros hablando y ejerciendo sus poderes a través de ustedes. 

Estoy convencida de que las mujeres vamos por lo menos 50 años adelante, y con desesperanza afirmo que no han sido educados los varones que se relacionen con nosotras como sus iguales. Nuestro amor está allí para ser entregado a hombres que no existen, y ustedes solo están dispuestos a amar a mujeres que dejaron de existir hace rato. 

La infamia en la incoherencia duele muchísimo, con el adendum de un momento como el de esta pandemia, en el que la solidaridad, “la ternura de los pueblos” es una necesidad apremiante, y para mí en ese momento, en la casa, entre compañeros. 

Me duele la admiración, el reconocimiento que entregué al hombre íntegro, a ese “hombre nuevo” defensor de la vida, porque me sentía orgullosa, sentía mi yoeidad expandida en amor al universo. Un nosotros que se fracturó con la violencia. 

¿Cómo a un hombre que cuida el territorio le cuesta cultivar el suyo propio? ¿Cómo un hombre defensor de la justicia no puede decir la verdad y reparar? ¿Por qué le cuesta tanto ser honesto? ¿Cómo puede ser tan injusto y utilitarista con los que dice amar? 

Fui tildada de conservadora, pero no hay nada más conservador y reaccionario que pasarse por la faja los acuerdos, o mentir para “no venderse”. Mi excompañero me mintió desde el principio, cuando a pesar de no tener establecida una relación, prefirió no “venderse” conmigo para tenerme, así, como un objeto. A mí me ocultó información para impedir que decidiera, mientras rechazó a otras mujeres cuando ya había obtenido suficiente de ellas. 

Aún hoy me cuesta creer que el hombre que amé con admiración hiciera cosas que son demasiado deshonestas, pero demasiado ridículas como para que las haya escondido y las haya dejado en ese mundo clandestino y de secretos que disfruta. Los daños fueron hechos, pasaron en el mundo de la realidad; yo lo sé, él lo sabe, y aunque no mirándome a los ojos porque definitivamente no pudo hacerlo, de los suyos para adentro se repetirá que es un traidor, y en la izquierda, en la revolución, está muy feo traicionar a la compañera.  

*Decirle a una mujer que es una perdida es decirle que ha incumplido con todo lo que se esperaba de ella, así que nosotras queremos reivindicar ese perderse de las mujeres, porque han fracturado el molde patriarcal que las acecha. En Relatos de Mujeres Perdidas presentaremos tres narraciones acerca del “amor romántico”. Son muchas las palabras, las ideas, los dolores que nos atraviesan cuando la palabra amor, sobre todo el tradicional y heteronormado aparece, estos relatos son apenas la manifestación catártica de lo que sentimos las mujeres y hoy nos atrevemos a colectivizar. Son escritos subjetivos, potentes, hablan de experiencias individuales en la que quizá alguna lectora se encuentre. La experiencia del desamor es y será distinta para todas, aunque lo claro en este momento en el que las potencias feministas ya no se pueden obviar, es que no tenemos por qué sufrir, que estamos para ser felices y amadas en libertad y justicia. por eso reivindicamos la escritura y desde los feminismos aplaudimos a las mujeres que se relatan a sí mismas.

En ese orden, estas narrativas están hiladas como un tritono disonante y subversivo. Esa figura musical se ha considerado siniestra desde el Medioevo, y las mujeres que aquí tejen sus historias, se han hecho cada vez más feministas y más siniestras. En sus historias perdidas encontraron algo de conexión con su identidad y potencia, así que aquí está la segunda entrega de nuestro quinto tritono. 

** Esta versión online del escrito fue corregida en el párrafo 11, en la cual se retiró una expresión equivocada, se reorganizó la información teórica en la nota al pie N. 2, se agregó una referencia para ilustrar mejor el punto y se retiró un párrafo que sobraba después de la reorganización del texto. También fue modificada una expresión en el párrafo 21 para ilustrar mejor el punto. 

*** Feminista, activista y defensora de derechos humanos. IG @unaconcubina 

 

1. Se trata de una forma de manipulación machista que consiste en negar la realidad, ocultar información o brindar información falsa con el objetivo de hacer dudar a la víctima de sí misma, y que se traduce en el común: “estás loca”, “no sé cómo funciona tu cabeza” (algo que en particular me dijeron a mí), “estas exagerando”, entre otras, que llevan generalmente a otras formas de abuso emocional: “ya no quiero más esta conversación”, “contigo no se puede hablar”, “no voy a decir nada más al respecto”, o dejar las conversación a medias, irse, negar la palabra, castigar con el silencio y otras. 

2.  La cuestión de las violencias trasciende “la casa”. Como las feministas latinoamericanas lo hicieron ver hace más de 30 años, están relacionadas con la matriz patriarcal que, por ejemplo, educó a los varones en el porno tradicional, en el cual conquistan mujeres sumisas, mujeres que se entregan, que nunca dicen “no” pero tampoco “si”, y ellos, sin pedir permiso, sin interlocutar, van accediendo al territorio que consideran digno de su conquista. Al respecto, se puede ver el documental Girls Wanted disponible online, y hacer un análisis de cómo la pornografía ha construido unos simbólicos de las mujeres en la opresión y sumisión, y una cultura del acoso y la violación, validada y naturalizada socialmente. También, se pueden buscar proyectos feministas pornográficos o porno de autora, para disfrutar del arte sexual sin caer en el machismo o el falocentrismo, aquí hay una primera aproximación: https://malvestida.com/2018/01/donde-ver-pornografia-feminista-alternativa-a-youporn-pornhub/  

 

 

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Publicado enColombia
La FLIP ha registrado 165 violaciones a la libertad de prensa en casi 30 días de Paro Nacional

Estos hechos han dejado 186 víctimas de los que se destacan: 59 agresiones físicas; 31 amenazas; y 6 detenciones ilegales.

El próximo 28 de mayo, se cumple un mes desde el inicio de uno de los paros nacionales más controversiales de los últimos años. Treinta días donde los ciudadanos han salido a la calle para expresar su inconformidad con el Gobierno nacional; donde la protesta pacífica se ha visto afectada por actos de violencia que no solo han afectado a civiles o a la fuerza pública sino también a quienes se encargan de llevar la información a los hogares del país: los periodistas.

“Estos 28 días de paro nacional se han convertido en el periodo de cubrimiento de manifestaciones más violento para la prensa y ha transcurrido en medio de estigmatizaciones y agresiones por parte de miembros de la fuerza pública y bajo un silencio total del gobierno y las autoridades”, dijo la Fundación para la Libertad de Prensa en su más reciente informe, publicado este miércoles.

En este periodo, la FLIP ha registrado 165 violaciones a la libertad de prensa que han dejado 186 víctimas. Dentro de los hechos más graves se destacan: 59 agresiones físicas; 31 amenazas; y 6 detenciones ilegales. En este contexto, las mujeres periodistas han sido víctimas de 30 agresiones, entre las que se encuentran las agresiones físicas (10), el robo o eliminación del material periodístico (5), las detenciones ilegales (3) y las amenazas (4).

De acuerdo con la Fundación, uno de los aspectos más preocupantes es que el agresor más frecuente ha sido la fuerza pública, pues se registra un total de 87 ataques.

“Es decir, el 52 % de las agresiones fueron cometidas por uniformados, quienes han intimidado, amenazado, agredido, obstruido y estigmatizado a los y las periodistas. También preocupan los 55 ataques cometidos por ciudadanos particulares que intentan censurar y obstruir el trabajo de las y los periodistas”, explicaron.

Según la Flip, en este mes se ha duplicado la cifra de agresiones registradas desde hace dos años contra las y los periodistas durante el cubrimiento de manifestaciones sociales, pues en el paro agrario de 2013, que duró 25 días, se registraron 24 agresiones y en el paro nacional de 2019, de 40 días, documentaron 76 ataques a la prensa.

Fuerza pública: principales actores de violencia contra periodistas

“Miembros de la Policía Nacional, y especialmente del Esmad, han atacado constantemente a periodistas que cubren las manifestaciones sociales y que muchas veces registran casos de abuso de fuerza. En la documentación de los 87 casos, desde la FLIP hemos identificado una serie de patrones dentro de los distintos tipos de agresiones documentadas que dan cuenta de que dichas agresiones han tenido como finalidad atentar contra la libertad de prensa”, expresó la entidad.

Para la fundación se destacan los disparos directos, las agresiones con gases lacrimógenos, los golpes con elementos como escudos o bolillos, los ataques con taser, y los golpes como patadas y puños.

En su pronunciamiento la Flip pone el ejemplo de tres agresiones a periodistas independientes en Medellín quienes manifestaron haber sido atacados con cápsulas de gases lacrimógenos, piedras y haber sido pateados por parte de miembros del Esmad.

Igualmente, señalaron que miembros de la Policía Nacional “también han deslegitimado la labor periodística y estigmatizado a las y los reporteros. Las y los comunicadores han manifestado que los han señalado de ser infiltrados y hacer parte de grupos armados”.

Cabe recordar que el pasado 25 de mayo la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) publicó un comunicado en el que afirma que junto a su Relatoría de Libertad de Expresión han “observado un clima de creciente hostilidad y violencia hacia la prensa en el contexto de las manifestaciones sociales, documentando agresiones, amenazas e intimidaciones, además de ataques a instalaciones de medios de comunicación”. Además, recuerdan que las autoridades deben brindar protección a las y los periodistas que informan sobre lo que sucede en las protestas.

Manifestantes también agreden y obstruyen el trabajo de la prensa

“Durante este mes, en la FLIP hemos registrado 55 ataques a periodistas por parte de particulares que participan en las manifestaciones sociales. Dentro de estos ataques hay 15 amenazas, 9 agresiones físicas y 2 daños a la infraestructura de medios”, se lee en el pronunciamiento de la entidad.

De acuerdo con la Fundación, entre el 9 y el 11 de mayo, cinco periodistas fueron amenazados por personas que se encontraban en la jornada de manifestación en la ciudad de Cali. Uno de los periodistas tuvo que salir de emergencia del lugar y denunció seguimientos posteriores.

“La labor de la prensa, el libre flujo y la pluralidad de la información son sumamente importantes para que la ciudadanía pueda conocer los hechos de las manifestaciones y con ello ejercer un control sobre las instituciones del Estado y tomar decisiones informadas”, expresaron.

Finalmente, en el informe publicado por la Flip se leen algunas solicitudes que han generado debido a las tasas de violencia contra la prensa nacional durante las manifestaciones.

La primera de estas es directamente al presidente Iván Duque a quien le piden “que rechace públicamente la violencia contra la prensa y a que envíe un mensaje de cero tolerancia a los ataques por parte de miembros de la fuerza pública”.

Igualmente, s las autoridades nacionales y locales les solicitan que respalden el trabajo de las y los periodistas que informan a la ciudadanía sobre asuntos de interés público. “Al Ministerio de Defensa a que no estigmatice la labor de la prensa y de las personas que usan las redes sociales para informar sobre el Paro Nacional”.

Así mismo, piden a la Procuraduría General de la Nación y a la Fiscalía a que asuma las investigaciones de las agresiones por parte de miembros de la fuerza pública y servidores públicos, y que sancione a los responsables.

Finalmente, solicitan a los convocantes del paro a que rechacen públicamente todo tipo de agresiones contra la prensa y así prevenir futuras agresiones.

Publicado enColombia
El coste de los derechos: ¿por qué la libertad depende de los impuestos?

Hay muchos libros que, concebidos en el fragor de la contienda ideológica, no logran conciliar la urgencia de su presente con la perspicacia y la profundidad de una labor intelectual que deje poso para el futuro. The Cost of Rights logra conjugar ambos extremos y eso es mucho decir en una época marcada por la ofensiva neoconservadora de los años 80 y 90 en Estados Unidos, desde Ronald Reagan hasta George W. Bush.

Llegué a este libro a través de una breve nota a pie de página en El eclipse de la fraternidad de Antoni Domènech. Publicado en 1999, no existe traducción al castellano y, sin embargo, resulta muy pertinente en el contexto de la España de hoy. Un texto realmente útil para el debate político concerniente a las políticas redistributivas, a la extensión de los derechos y a la fiscalidad progresiva.

Conviene aclarar que no se trata de una recopilación de las justificaciones más manidas de la tradición de la izquierda, sino, más bien, una reordenación de sus fundamentos argumentativos para dotarlos de mayor consistencia. El propio título del libro tiene ya de por sí solo un punto de provocación. Para muchos, sin duda, resultaría peligroso asociar dos términos como costes y derechos, o, más aún, considerarían que esa asociación implica una claudicación de partida.

Derechos positivos

Es cierto que los discursos neoconservadores denuncian habitualmente el gasto presupuestario “desproporcionado” que originan los derechos sociales desplegados en forma de servicios y prestaciones públicas: sanidad, educación, pensiones, etc. Ahora bien, lo que parecen olvidar es que esto puede aplicarse a todos los derechos y libertades reconocidos hasta el día de hoy. No hay ningún derecho que no origine costes financiados por la sociedad en su conjunto. El derecho de propiedad sería imposible de sostener sin una legislación que la respaldara, sin un sistema judicial que velara por ella y sin unos cuerpos de seguridad del Estado que la protegieran. Es más, los derechos y libertades pueden originar costes no solo presupuestarios sino sociales. Difícilmente alguien puede negar que el acceso desigual al derecho de propiedad favorece a unos individuos frente a otros promoviendo enormes desigualdades sociales.

Los costes que originan los derechos y libertades reconocidos legalmente son asumidos y gestionados desde las Administraciones Públicas. Pese a la retórica antiestatal de la derecha, lo cierto es que todos aquellos derechos y libertades que dicen defender dependen fundamentalmente de la intervención estatal. La tradicional distinción entre derechos positivos y negativos, entre derechos que requieren la acción del Estado y derechos que requieren su inacción es sencillamente un timo. Todos los derechos son positivos, todos entrañan costes, todos requieren la intervención estatal.

Un modo particularmente eficaz de demostrar que los derechos se afirman a través de y no contra el Estado es recordando que la propiedad privada no solo está protegida por la ley, sino que es la regulación estatal la que define la propiedad privada y, de ese modo, es también quien la crea. Es el Estado el que otorga títulos de propiedad, quien regula cómo pueden transferirse y en definitiva el que asigna qué le pertenece a quien. Jeremy Bentham dijo que “la propiedad y la ley nacen unidas y mueren unidas” y David Hume señaló que la propiedad privada es un monopolio garantizado y conservado por la autoridad estatal a expensas de lo público. Es decir que la propiedad privada es ante todo una institución política y en modo alguno preexiste a la ley y al Estado que son los únicos capaces de otorgar carta de legitimidad a aquello que un individuo particular reclama como suyo. Más aún, es fácil observar en términos históricos que la propiedad privada ha sido permanentemente subsidiada por el Estado que ha asumido como propios los costes que permiten a los individuos ejercer un dominio pleno sobre su propiedad.

Los mercados

Del mismo modo, tampoco puede trazarse una divisoria nítida entre los mercados y el gobierno. Son los Estados quienes han hecho posible el funcionamiento moderno de estos: unificando pesos y medidas, emitiendo una moneda nacional, regulando las relaciones económicas mediante el derecho mercantil, estableciendo un vasto sistema judicial y funcionarial que da estabilidad y seguridad a los intercambios, construyendo infraestructuras que permiten el transporte de mercancías, etc. Los mercados modernos no pueden funcionar fuera del perímetro de la ley. Sin gobierno lo que queda es un sistema económico derruido por la fuerza, el monopolio, la intimidación y la fragmentación. El funcionamiento de los mercados necesita a un Estado apoyado en los impuestos y el gasto público. Como el propio Hayek reconocía, la cuestión no es si el Estado debería actuar o no, él mismo era un crítico de la noción ambigua y confusa de ‘laissez-faire’, la verdadera cuestión es: ¿Qué tipo de gobierno para qué tipo de mercados?

Las razones esgrimidas por los neoconservadores para reclamar un Estado dirigido a proteger el monopolio de la propiedad privada y puesto al servicio de (quienes dominan) los mercados, son fundamentalmente de tinte moralista. Su explicación es que la extensión de los derechos fomenta la irresponsabilidad de los individuos. Sin embargo, nuestros derechos no solo no entran en tensión con nuestros deberes, sino que, de hecho, son correlativos. Al aceptar vivir en sociedad renunciamos a actuar de forma unilateral por fuera de las reglas que la sociedad ha establecido. Por ejemplo, renunciamos a poder tomarnos la justicia por nuestra mano para depositar esa potestad en la administración de justicia. El individuo, al salir del estado de naturaleza hobbesiano para integrarse en la sociedad política, asume sus normas. Esa renuncia es el germen de la responsabilidad y la disciplina en la vida social.

El argumento con el que los discursos reaccionarios tratan de respaldar ese discurso es que el derecho al bienestar desincentiva el trabajo productivo. Sin duda para mucha gente esa es una afirmación razonable, pero podemos examinar el argumento opuesto tal como lo planteaba nada menos que Adam Smith: “No parece muy probable que los hombres en general trabajen mejor si están pobremente alimentados que si están bien alimentados, si están descorazonados mejor que si están de buen humor, si están constantemente enfermos mejor que si gozan de buena salud”. Siguiendo ese razonamiento, el derecho al bienestar es una condición necesaria para el desarrollo de cualquier actividad, incluido el trabajo. La garantía del derecho al bienestar personal por parte del Estado no desincentiva el trabajo; en todo caso, lo que permite es que las personas puedan rechazar la explotación laboral y aquellos empleos incompatibles con su dignidad como seres humanos.

El declive moral

Desarrollando el hilo conductor del discurso neoconservador, la extensión de derechos fomenta una cultura del relativismo moral que conduce a los individuos a percibirse a sí mismos como víctimas y a buscar el amparo del gobierno promoviendo la dependencia, la autocompasión y la falta de iniciativa. Es una argumentación que consigue un doble efecto: por un lado, estigmatiza a los sectores subalternos y, por el otro, culpa a los programas sociales del gobierno de perpetuar el problema.

La alegoría de la libertad representada por un hombre fuerte, autosuficiente y orgulloso tiene en realidad muy escaso recorrido en cuanto se admite que las personas somos seres sociales. Un ciudadano libre es, de hecho, especialmente dependiente. La libertad se fundamenta en el reconocimiento de que todos dependemos unos de otros, por eso fijamos unas reglas comunes de modo que esa relación de dependencia no derive en comportamientos arbitrarios de unos contra otros.

¿De qué modo se garantiza la libertad de una persona con diversidad funcional? El discurso del orgullo y la autosuficiencia no da para mucho. Lo que ofrece garantías es el derecho a acceder a los medios que necesite, a estar acompañado por profesionales que le permitan vivir de forma autónoma, a tener infraestructuras adaptadas a su movilidad, etc. Pero esto no es algo restringido a un colectivo concreto, es un patrón general. Cualquier persona es más libre si ha podido instruirse a través del sistema educativo o si puede recibir asistencia médica cuando lo necesite. Por eso, podemos ser más libres precisamente a partir del reconocimiento de que somos seres dependientes.

Por su propia naturaleza, los derechos dan lugar a responsabilidades y viceversa. La sociedad reconoce derechos cuando asume la responsabilidad de que le está fallando al conjunto de sus miembros o a una parte de ellos. Al mismo tiempo, cuando se reconoce un derecho todos los miembros de la sociedad, empezando por quienes se benefician de ellos, tienen que adaptar su comportamiento a la regulación introducida por el Estado.

A menudo los derechos emergen cuando la sociedad falla. Si las normas sociales funcionan eficazmente y para el conjunto de la sociedad, los derechos pueden volverse innecesarios o redundantes. Pero, además, también hay reglas morales que pese a existir, se incumplen, y hay otros ejemplos de reglas morales, que, pese a cumplirse, son discriminatorias o perversas. Históricamente ha habido personas que no podían acceder a determinados puestos de responsabilidad por razón de su raza o su género. Que esas mismas personas luchen porque el Estado reconozca sus derechos y los garantice no es una prueba de pasividad, de dependencia o de conformismo, es todo lo contrario.

La redistribución

Tanto desde la derecha como desde la izquierda se tiende a alimentar la simplificación según la cual el Estado toma recursos de los contribuyentes para financiar programas sociales. Esto nos impide adoptar una perspectiva más amplia. El Estado es siempre redistributivo, no puede evitar serlo. Todas las actuaciones del Estado desplazan recursos de un lugar a otro y, por tanto, los redistribuyen. Cuestión distinta es qué dirección tome esa reasignación de recursos que, en términos sociales, puede beneficiar a los más pobres en detrimento de los más ricos, pero también puede provocar todo lo contrario.

No solo puede haber redistribución de arriba abajo y viceversa. Hay que recordar que la expansión de las llamadas clases medias fue posible precisamente al calor del desarrollo del Estado de bienestar y algunos de sus programas sociales más exitosos han fomentado la reproducción intergeneracional de este mismo estrato social. Aunque la educación sea un derecho universal en España, el acceso a la educación superior suele ser mucho mayor a partir de un determinado umbral de renta familiar. Los jóvenes de esas familias, aunque no sean ricos, pueden acceder a la universidad y completar sus estudios sin tener que pagar matrículas excesivas y sin cargar con la enorme deuda de los créditos de estudios.

Aunque los derechos sean universales, el acceso a los servicios y a las prestaciones que ofrece el Estado no está igualmente distribuido. Primeramente, porque aquellos individuos con una posición social privilegiada pueden hacer un uso más intensivo de determinados servicios públicos, pero también porque gracias a su capacidad económica pueden aprovecharlos mejor. No es solo que alguien más acomodado tienda a recurrir más a la administración de justicia para hacer valer sus intereses, es que también puede contratar a los mejores abogados para hacerlo de la forma más eficaz.

Un gobierno democrático, aunque quiera, no siempre lo tiene fácil para igualar la capacidad de todos los ciudadanos para ejercer todos sus derechos, pero sin lugar a duda debe evitar que el Estado se convierta en una máquina de (re)producción de desigualdades sociales que actúe exclusivamente en beneficio de los más ricos.

La escasez

De nuevo, es habitual, tanto desde la derecha como desde la izquierda, concebir los derechos como imperativos morales de obligado cumplimiento y, por lo tanto, como inviolables, innegociables y concluyentes. Sin embargo, los derechos son también un reflejo de las metas que la sociedad quiere alcanzar y, por lo tanto, son necesariamente aspiracionales y abiertos.

Como nos recuerda el título del libro, los derechos tienen costes, y nada que tenga costes puede ser absoluto, los derechos pueden garantizarse solo en la medida en que se asignen los recursos necesarios para ese fin. Por ese motivo, para tomarse en serio los derechos es necesario tomarse en serio el problema de la escasez. Además, no todos los derechos están perfectamente alineados en cada contexto, sino que, de hecho, pueden colisionar entre ellos de modo que el Estado tenga que escoger entre priorizar unos en detrimento de otros. Todo ello no significa que los derechos sean papel mojado, pero sí que supone que el mero reconocimiento de un derecho no implica que quede automáticamente asegurado, o al menos, no en su totalidad.

Por supuesto los derechos deben estar protegidos en su conjunto, pero hasta qué punto lo estén cada uno de ellos por separado depende de decisiones de quienes gestionan los distintos aparatos del Estado. Es por eso por lo que la lucha por los derechos no puede limitarse al terreno de las reivindicaciones sociales, sino que requiere también una traslación a la esfera institucional. No se trata solo de exigir reconocimiento sino de hacer política para decidir cuáles son las prioridades y qué metas merecen el esfuerzo conjunto de la sociedad.

 

Economista y diputado por Podem en las Cortes Valencianas

Publicado enInternacional
Domingo, 16 Mayo 2021 04:43

¿Qué es el amor?

¿Qué es el amor?

La libre y apasionada enajenación de la libertad

En un mundo dominado por el odio, no será acaso inútil hablar sobre el amor. Es lo que intentarán estas breves líneas.

El amor es la libre y apasionada enajenación de la libertad. Es libre porque es el compromiso que establezco con otra conciencia desde una situación sustantiva, lúcida, que nace desde mí y expresa mi autenticidad. Es apasionada porque no es un acto de la razón, o, al menos, no solamente de la razón, sino que exige el compromiso de las pasiones, y el compromiso del cuerpo, que las vehiculiza, expresándolas. En el amor mi libertad se enajena, porque toda relación de amor con otro ser implica una limitación de mi libertad absoluta. No obstante, es desde esa libertad absoluta que he decidido limitar mi conciencia entregándome a otro ser, que también se me entrega, y con el que establezco un juramento, el de amarnos, que nos limita a los dos, pero es también nuestra superación, nuestro ir más allá de nuestra condición solipcista, de nuestra soledad. 

Amar no es caer, no es enceguecer, no es entregarse a la irracionalidad. Se ama con todo lo que somos. Nuestro amor se construye, se arma, se trabaja con la pasión, la inteligencia, la paciencia y el laborioso, arduo, cotidiano y deslumbrante conocimiento de la persona amada. Lejos de cegar, el amor es una fuerza de conocimiento. A nadie conoceré mejor que a la persona que amo, y a través de ese amor descubriré acaso las mejores cosas que ignoraba de mí. Y digo mejores porque somos mejores cuando amamos.

No busco el sometimiento de quien me ama. No quiero ser amado por una conciencia que se me somete. No quiero convocar su admiración, ni su deslumbramiento, ni nada que reduzca la dimensión de su ser auténtico, de su ser más valioso. Le doy lo que le pido. Le doy mi libertad a cambio de la suya. El amor es un pacto de dos libertades. Muchos le temen a esto. Creen que el pacto que implica el amor les hará perder la libertad. Pero la libertad está para usarla. Somos libres para, desde nuestra libertad, comprometernos, entregarnos. La más alta forma del compromiso y de la entrega es el amor, donde mi libertad se realiza y se enriquece con la libertad de la conciencia que se me entrega, libremente, para ser más plena junto a mí. No somos uno. Somos y seremos dos. 

Nuestro pacto está alimentado por la cotidiana renovación del juramento. Nadie se condena a amar ni a ser amado para siempre. Nuestra libertad pone a prueba y fortalece nuestro juramento. Así, el amor es un trabajo cotidiano. Sé que el ser que me ama dejará de hacerlo si dejo de ser el ser de quien se enamoró. Esto no significa que ya no habré de cambiar, sino que hay un pacto esencial que deberá permanecer a través de todos los cambios y aun las sorpresas de la existencia. Cada día seré otro, porque eso me permitirá sorprender, enriquecer al ser amado. Pero, a la vez, cada día seré el mismo porque no habré de traicionar el juramento primero. 

Hablamos, desde el primer día, un lenguaje que nos expresa a los dos. Ese lenguaje se habla con las palabras, con el cuerpo, con las ideas. Tiene la modalidad de la pasión, de la ternura, pero no de la violencia. Es único y existe porque lo he creado junto al ser que amo. No es un lenguaje cristalizado, sino un lenguaje que incorpora -cada día- palabras nuevas. Cuando ya no existan las palabras nuevas, cuando el juramento esencial se realice por medio de las viejas palabras, infinitamente repetidas, el juramento será una áspera cosa y no una vivencia lúdica y palpitante. Ahí, el amor habrá muerto. Y cada uno se recluirá en la libertad triste, inútil, estéril, de los solitarios. El trabajo del amor, del amor entendido como creación constante, es sofocar esa posibilidad, impedirla por medio de la razón, de la pasión, de la inteligencia y la libertad.

Por José Pablo Feinmann

16 de mayo de 2021

Publicado enSociedad
Miércoles, 12 Mayo 2021 06:30

Actualidad de Calígula de Albert Camus

Actualidad de Calígula de Albert Camus

Las tiranías de hoy se han perfeccionado:
No admiten el silencio, ni la neutralidad.
Hay que pronunciarse, estar en favor o en contra.
Bueno, en tal caso, yo estoy en contra

Albert Camus.

 

Calígula, obra de teatro de Albert Camus, escrita en 1938, representada por primera vez en 1945 en el teatro Hebertot de París, no sólo sintetiza las trampas y artimañas ideológicas que manejaban los totalitarismos y tiranías de las décadas del treinta del siglo XX, sino que adquiere gran actualidad frente a los mecanismos de control autoritario que ejercen los neofascismos de última hora. Así, Calígula simboliza, con su atrocidad déspota y asesina, al torturador cínico y siniestro que con una retórica embaucadora y seductora hace obedecer a sus súbditos Patricios, gracias al miedo que se convierte más que un medio en un fin, en un propósito ontológico y político. “Todo desaparece ante el miedo, le dice Calígula a su amante Cesonia, ese bello sentimiento, sin aleación, puro y desinteresado…” (1965, p. 748).

Su crueldad sin escrúpulos, sin vergüenza y sin ley que se le oponga –de allí su cinismo- lo convierte en un manipulador de los “otros”, sean estos contradictores o cómplices, a través de una dialéctica astuta que construye simulacros, trampas, fatales mentiras y siniestras realidades. Esta estrategia le sirve para, llegado el momento, presentarse como salvador y protector beneficiario: “Digo que habrá hambre mañana. Todos conocen el hambre, es una calamidad. Mañana habrá una calamidad…, y yo detendré la calamidad cuando guste. En medio de todo, no tengo tantas ocasiones para probar que soy libre. Siempre se es libre a expensas de alguien” (p. 753).

Con su hábil elocuencia, Calígula hace que tanto Cesonia, como también el obediente Helicón, Quereas, Lépido, Mereya, el joven poeta Escipión y todos los Patricios vayan sintiendo pavor, odio y atracción a la vez y que actúen con hipocresía, sumisión, reverencia ante la presencia del tirano. Éste los observa desde su cinismo como simples marionetas a las cuales humilla, viola y prostituye a sus esposas y que, sin miramientos, arroja a la muerte.

“Qué corazón tan hediondo y ensangrentado debes tener… ¡Cómo deben torturarte tanto mal y tanto odio!” (p.768), le dice el poeta Escipión. Tal es el destino de los genocidas y de los tiranos, aun cuando representen ante todos humanidad y compasión. Sin embargo, bajo aquella máscara ríe la soberbia. “Mientras me quede, he decidido ser lógico, y puesto que tengo el poder, veréis lo que la lógica va a costaros. Exterminaré los contradictores y las contradicciones” (p. 727).

“Sabéis la frase favorita de Calígula”, pregunta Quereas. A la cual un Patricio anciano responde: “Sí. Dice al verdugo: ‘Mátale lentamente para que se sienta morir’”. Pero Quereas le rectifica diciendo: “No; hay otra mejor. Tras una ejecución, bosteza y dice con toda seriedad: ‘Lo que más admiro es mi insensibilidad’” (p. 805).

Así, Calígula expresa la angustia de los tiranos cuando sus deseos golpean contra los muros de la realidad, no pudiendo poseer lo imposible, ni dominar al Todo absoluto. En el caso de Calígula le es imposible alcanzar su soñada luna, la felicidad y la inmortalidad: “Este mundo, dice, tal como está hecho no es soportable. Así, que necesito la luna, la felicidad o la inmortalidad (…). Al fin, he comprendido la utilidad del poder. Da oportunidad a lo imposible. Desde hoy para siempre la libertad no tiene fronteras” (pp. 718, 729). Y continúa, “y ¿qué es una mano firme, de qué me sirve este poder tan asombroso, si no puedo cambiar el orden de las cosas, si no puedo hacer que el sol se oculte por Oriente, que el sufrimiento disminuya y que los seres no mueran? No, Cesonia; es indiferente dormir o quedar despierto si no obro sobre el orden del mundo” (pp. 732,733).

Dicha impaciencia, surgida debido a la distancia entre el deseo y la realidad, lleva a los tiranos a cometer actos de atrocidad, persecución, venganza, crueldad, odio y muerte. La frustración metafísica, y, por ende, política, como la imposibilidad de ser omnipotentes, los debilita hasta convertirlos en malos autores y actores de su propia tragicomedia histórica. Este será el ocaso del Calígula que retrata Camus.

Su exaltada egolatría lo lleva a considerarse el único y más grande artista-poeta que ha dado Roma, por lo que puede ridiculizar, expulsar y mandar a callar de forma definitiva a sus competidores, los otros poetas, acción que realiza de forma torpe, pero terrible, en su aventura de poder: “Voy a arrojaros entre mis enemigos dice. Los poetas están en contra mía; puedo decir que eso es el fin” (pp. 820,821).

Y está la soledad del déspota, el cual, con su ira hace sufrir y padecer a todos, lo que lo convierte en un monstruoso solitario que todos veneran, ritualizan, pero temen. Su presencia es algo terrible. Hacer sentir tanto temor aísla, somete al tirano a padecer la soledad del poder. Sólo el acto de asesinar lo salva del tedio: “Es extraño. Cuando no mato me siento solo. Los vivos no bastan para poblar el Universo y para espantar el tedio. Cuando estáis todos, me hacéis sentir un vacío sin límites al que no puedo mirar. No estoy bien más que entre mis muertos” (p. 823).

En la última escena, al ser asesinado por los Patricios, entre espasmos y agonizante les grita a sus victimarios: “¡Aún vivo!”, como una premonición o el anuncio de un destino trágico que soporta el renacimiento constante de las tiranías y de perpetuos despotismos.

REFERENCIA
Camus, Albert. Obras completas. (1965). Tomo I. Narraciones, teatro. México: Aguilar.

Publicado enColombia
Datos biométricos y capitalismo de vigilancia

La reciente creación de un Padrón Nacional de Usuariosde Telefonía Móvil, que obliga al registro de los datos biométricos de todos los usuarios, ha abierto un debate necesario sobre sus impactos potenciales. No obstante, faltan elementos de contexto fundamentales.

La conversión de nuestras características personales y de identificación a datos digitales, son un componente clave del capitalismo actual, llamado atinadamente "capitalismo de vigilancia" por Shoshana Zuboff. Los datos biométricos, especialmente rasgos faciales e iris, no sólo identifican a una persona, también son de enorme relevancia para interpretar emociones, lo cual es esencial para la lucrativa industria de venta de "futuros conductuales", o sea, la apuesta y manipulación de nuestras conductas para empujarnos a hacer lo que deseen las empresas / gobiernos que lo paguen. Además, son fundamentales para el reconocimiento facial desde cámaras de vigilancia, incluso en aglomeraciones, sea con fines de control, represión o comerciales.

Todo se hace más grave porque el volumen de datos que implica este tipo de registro en poblaciones enteras sólo se puede almacenar y manejar en enormes nubes de computación, un sector brutalmente concentrado en pocas empresas. Más de la mitad del mercado global lo tienen las estadunidenses Amazon AWS, Google Cloud, Microsoft Azure e IBM, seguidas de la china Alibaba. También Oracle y Dell tienen porcentajes significativos. Las tres primeras, junto a Apple y Facebook, controlan, además, más de la mitad del mercado global de plataformas electrónicas, y junto a las chinas Alibaba y Tencent, más de dos tercios. Aunque las grandes empresas telefónicas colecten los datos –y los puedan usar para sus negocios– la mayoría, como Telcel y Telmex, contratan servicios de las anteriores.

Peor aún, varios niveles de gobierno, desde el federal a estados y municipios, albergan los datos electrónicos de parte o todas sus actividades –incluso registros de población o sectores de ésta (como estudiantes, pacientes, derechohabientes de diversos sistemas)– en esas mismas nubes, conectadas a sus plataformas. Dirán que hay regulaciones sobre acceso de éstas a los datos que almacenan, gestionan y/o dan servicio, pero además de muy insuficientes, no pueden controlar realmente lo que hacen estas gigantes. Hay ejemplos de abuso con impactos tremendos, como el de Cambridge Analytica que resultó en la elección de Trump, Macri, Bolsonaro y otros.

Esta nueva forma de organización capitalista se basa en la digitalización en todos los rubros industriales, junto a la plataformización electrónica de relaciones sociales, transacciones de comercio, financieras, compras domésticas y otras. También la instalación de mecanismos cada vez más avanzados de vigilancia dentro y fuera de los hogares, para avanzar en la conexión de todos los aparatos, para conocer –y sugerir, persuadir, empujar– nuestras conductas.

Todo ello ha causado múltiples impactos sociales, económicos, políticos, ambientales, laborales, en la salud; la mayoría negativos. Con la pandemia, la invasión electrónica de nuestra vida y trabajo se expandió enormemente e incorporó masivamente aspectos esenciales como educación, atención de la salud y reuniones de todo tipo.

Aunque la vigilancia con fines de control y represión por parte de gobiernos y autoridades es un efecto extraordinariamente magnificado y facilitado en esta nueva era capitalista, el interés principal de las empresas es la vigilancia de nuestra vida cotidiana para poder influir y manipular nuestras elecciones de consumo, políticas, sociales y educativas.

La extracción y almacenamiento de datos de las personas (además de ciudades, ecosistemas, territorios) que son cruzados con otros registros, manejados e interpretados con algoritmos de inteligencia artificial son una de las principales fuentes de ganancia de las gigantes tecnológicas. Es tan cuantiosa que nueve de las 10 mayores empresas con más alto valor bursátil son tecnológicas, varias con valor de mercado mayor que todo el PIB de México.

Ese lucro se basó en la primera generación de extracción y explotación de nuestros datos.

El siguiente paso fue no sólo vender datos agrupados por segmentos de interés para los anuncios de las empresas, sino vender la predicción y la modificación de las conductas de esos grupos. Para ello, la cantidad y calidad de datos que se puedan agregar y cruzar entre sí –como ubicación geográfica, educación, nivel de ingresos, preferencias de consumo, estado de salud, etcétera, son fundamentales. Por ello han crecido vertiginosamente las industrias de biometría y reconocimiento facial, porque permiten vigilar, interpretar y manipular mejor las emociones, un producto de alto valor para las empresas.

Pese a la alta penetración de esta realidad, la discusión social de los impactos del capitalismo de vigilancia es muy limitada, pero hay un debate importante desde organizaciones y activistas de base (https://tinyurl.com/vwmf4wzb).

Las regulaciones nacionales e internacionales necesarias para controlar y/o prohibir estas actividades, cuestionar los monopolios, etcétera, son ridículamente insuficientes o no existen. Refieren, además, a opciones y derechos individuales, cuando se trata de una explotación global y poblacional a la que necesitamos responder con debates y derechos colectivos. En este difícil contexto, hacer obligatoria la entrega de nuestros datos biométricos –sueño de las gigantes tecnológicas– es una pésima idea.

Por Silvia Ribeiro, Investigadora del Grupo ETC

El barco de Women on Waves.

Women on Waves es una organización que lleva casi 20 años ayudando a mujeres de todo el mundo. Educación sexual, talleres, charlas sobre enfermedades. O, lo más llamativo, abortos que se realizan en alta mar, huyendo de legislaciones restrictivas y ancladas en el pasado. Esta es su historia.

 

Javiera tiene 32 años y anda por Santiago de Chile. En 2019 quedó embarazada. Su pareja, más de un lustro juntos. Aún siguen. Sin casarse, sin descendencia.
De aquella vivía con su madre, con su hermano. Dice que al principio pensó en un atraso. "Ya me había pasado antes, falsa alarma". Esta vez no. Compró un test, salió positivo. Ese mismo día contactó con Women on Web, la versión digital de Women on Waves.

Me cuenta sobre su caso. Los síntomas, que fueron fuertes. Nauseas extremas, que no la dejaban dormir. Por la calle llevaba una bolsita, por si le atacaban ganas de devolver. Todo a escondidas, en secreto. "No podía decirle a nadie, tenía que disimular, hacer que todo está como siempre. Ni pedir ayuda o consejos a alguna amiga, hablar con mi familia". Nada. Solo lo sabía su pareja. "Lloraba por todo. Andaba muy ansiosa. Tenia mucho sueño, me costaba levantarme. Odiaba estar así". Preocupaciones de salud, claro. Riesgos. "Mi vida durante esas once semanas fue un calvario. Aunque el apoyo de mi pareja, su amor y preocupación, lo hiciera todo un poco más llevadero".

Al Adelaide lo construyeron en Francia. Año 2002. Un velero, uno de esos que llaman sloop fraccionado. Palo único, el foque envergado al estay de proa. La vela mayor es cangreja, y cuenta además con motores diésel de veintinueve caballos para cuando el viento no sopla en la dirección adecuada. Su interior está decorado en brillantes tonos azules, con muchos cojines aquí y allá. Un espacio confortable.

Al menos así lo describe Ian Urbina en el maravilloso libro Océanos sin ley (Capitán Swing). Es allí donde escuché hablar por primera vez de Women on Waves.

"Siempre supe que no iba a tener el bebé", continúa Javiera. Y recuerda la historia familiar. Padre y madre trabajando, una niña a la que cría su abuela. Mujer fuerte, de esas que tienen historia. Cuando joven tuvo una pensión, ponía puestos de comida tradicional en las festividades. Trabajo sol a sol, partiéndose el lomo. "Entonces mi abuela entró en la Escuela de Artes y Oficios, que en ese tiempo era gratuita para todos. Se convirtió en profesora de Modas, una carrera que ya no existe. Nunca ejerció la docencia, pero sí fue modista, hacía desde vestidos de novia hasta disfraces para las representaciones de los colegios. Siempre fue independiente y veló por sí misma. Cristiana, pero a su manera, no comulgaba ni con la Iglesia ni con los curas. Nunca dependas de ningún güevón, me decía".

También hablaban de otras cosas. "Ella se hizo abortos, tenía un médico amigo que practicaba raspajes. Tuvo el hijo que quiso tener, e insistía en que nadie me puede obligar a tener hijos. Yo de niña no lo entendí, pero ahora veo que sin sus lecciones jamás sería la mujer que soy". "El problema es que en mi país el aborto es ilegal para los pobres. Sí, para los pobres, porque las hijas de burgueses pagan a clínicas privadas una operación y ya. Apendicitis, le llaman. Eso es sabido desde siempre". Ideas fijas, casi inamovibles. "Yo no veo la religión como una autoridad moral. Los que más se golpean el pecho en nombre de Dios son los primeros en abandonar al prójimo, la experiencia me ha enseñado que es así. Entonces... mi vida es mía y que cada quién haga lo que crea que es mejor para cada quién...".

Una milla náutica mide 1.852 metros. Nada que ver con la milla terrestre, algo más de 1.600, que ha sido objeto de tortura atlética desde que algún chiflado se pusiese el primer dorsal de la historia. Solo que no es en todos los países igual, lo de la milla náutica, porque algunos añaden o quitan cachitos. Tampoco se me echen manos a la cabeza, porque donde vivo yo, en Cantabria, medimos la superficie por carros de tierra, y los carros de tierra arrojan medidas distintas dependiendo del valle. Ya ven, unas risas.

Pero... redondeamos. Una milla náutica son 1.852 metros. Haciendo sencilla multiplicación... doce millas náuticas serán algo más de veintidós kilómetros. Y esto es importante, porque hasta aquí llega el mar territorial.

Al menos desde el año 1982. Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Doce como mar territorial, veinticuatro como zona contigua, hasta las doscientas recibe el nombre de zona exclusiva. Aun hoy algunos países abogan porque ese primer concepto llegue a las doscientas millas, casi cuatrocientos kilómetros...

Y es que es trascendente. Simplificando mucho, el Mar Territorial es, a todos los efectos, un trozo del estado que tenga la titularidad. Vamos, que usted puede caminar por la Puerta del Sol o chapotear diez kilómetros mar adentro desde la Isla de los Conejos (enfrente de Suances) y la soberanía será idéntica.

Ocurre que a partir de ese punto, esas doce millas, todo cambia. Allí empiezan aguas internacionales, con la muy peculiar legislación marítima. Digamos que, una vez en ese inmenso azul, la soberanía corresponde al país bajo cuyo pabellón se navegue. Y las leyes a aplicar serán las de ese Estado. Lo que, huelga decirlo, facilita todo tipo de picarescas, abusos y golfadas por parte de quienes podemos llamar "malos de la película".

Solo que a veces es otra cosa. Hay otra gente.

Rebecca Gomperts es de estos últimos. Y viaja a bordo del Adelaide.

"Yo de Women on Web supe a través de una revista universitaria. Allí se mencionaban varias organizaciones a las que una podía acudir en caso de embarazo no deseado. De hecho esa revista salió en otros medios por tener esas informaciones", sigue Javiera. "Al principio pensé que podría ser falso, porque no conocía a nadie que hubiese tenido relación con ellas. Pero decidí arriesgarme y contacté a través de su web. Rellené un formulario y apenas pasó tiempo antes hasta que respondieron. No sé si un día. Fue muy rápido. Desde entonces toda la comunicación se realiza a través de mails. Muy fluida, sin demorarse en las respuestas. Tenía seguridad en que contestarían cualquier cosa que les plantease".

Women on Waves nace en 1999. Rebecca Gomperts, su ideóloga, lo hace unos añitos antes. En Paramaribo, por más señas, así que es holandesa. Dobles estudios. Artes, Medicina. Recién licenciada de lo segundo trabajó en un pequeño hospital, territorio de Guayana, y pudo ver qué efectos causan los abortos clandestinos. Lo que ocurre, sus consecuencias. Cada año se practican unos veinte millones de abortos clandestinos en todo el mundo. La cifra es impactante, pero hay otra que lo resulta aún más. Alrededor de 47.000 mujeres fallecen a resultas de esas actuaciones. Rebecca pensó que aquello era un drama. Pensó que, quizá, podría hacer algo.

Posó sus ojos en el océano. Más allá de donde llegan las leyes estatales, inmenso espacio con pequeños barquitos navegando soberanías sobre las olas. Sí, podría funcionar. Junto con Joep van Lieshout diseñó el Adelaide, concebido como una clínica móvil. ¿En pocas palabras? Un espacio donde embarcar a mujeres embarazadas desde territorios donde el aborto estuviese prohibido. Navegar, después, allende esas doce millas. Proporcionarles, más tarde, medicamentos que les provocasen un aborto. Misoprostol, mifepristona. Atención, apoyo, ayuda. Todo perfectamente legal. Bajo vericuetos jurídicos, si quieren, pero legal.

Llamó a su proyecto Women on Waves.

Mujeres sobre las olas.

 (Joep van Leishout montó más tarde, con motivo de la Bienal de Venecia, una exposición mostrando maquetas de la clínica y sus diseños originales sobre el papel).

El proceso, Javiera... ¿cómo es el proceso? "Bueno, primero te envían mucha información que debes leer antes, para prepararte. Instrucciones, posibles preguntas. También los riesgos, claro. Cada poco tiempo me contactaban y estaban pendiente de mí. Luego ellas se encargaron de conseguir medicamentos, me los enviaron con una receta firmada por médico". El miedo, también. "Era una de mis preocupaciones. Que las pastillas no llegasen, que las requisasen en la aduana. Si no tenía acceso a ellas quizá hubiese tenido que recurrir al mercado negro, con los riesgos que conlleva. Y eso en el mejor de los casos".

Me comenta Javiera también sobre dinero. "Tienes que pagar una suma para retribuir la ayuda que brindan. Es una forma de que el capital siga fluyendo para auxiliar a otras mujeres en otras partes del mundo. Ocurre que en aquel momento yo no podía permitirme pagar el costo completo. No importó, no hubo ningún problema. Jamás pensé que pudiera ser así. Ellas me dieron libertad de decisión por mí y por mi cuerpo...".

A veces es imposible. Llegar a todos los rincones. El mundo es muy grande, y hay injusticias por cualquier lado. Para eso surgió, en 2005, Women on Web. Redes digitales en lugar de marítimas. Olas de datos. Una página donde cualquiera puede acudir a informarse. ¿Cómo conseguir Misoprostol, cómo usar los contraceptivos de emergencia? Cualquier pregunta. También, claro, un contacto. Apoyo, asistencia. Hacer que llegue ayuda a los sitios donde esa ayuda resulta ilegal. Es la parte trascendental del proyecto, aunque el barco resulte, claro, más espectacular.

Por existir existe incluso lo que ellas llaman abortion robot, un dron operado desde los Países Bajos que entrega píldoras abortivas a mujeres que lo soliciten. Operación a distancia. Legal en el territorio donde se encuentra quien maneja al "robot". Otra vez los límites del ordenamiento, sus lagunas.

No se busca resolver el problema, porque eso es imposible. Sí echar una mano en lo que se pueda. "Yo estoy aquí por ideología", me cuenta Verónica, una española que colabora con Woman on Waves. "Ayudamos a mujeres, y también concienciamos sobre esta problemática. Creo en la libre disposición sobre tu cuerpo, y pienso que nuestra labor es útil en ese sentido". Me explica cómo se lleva a cabo el proceso, los pasos que van dando quienes utilizan este servicio. "Ayuda", me corrige, "lo que ofrecemos es una ayuda, no un servicio". Comenta que tienen problemas con las autoridades de algunos países, que hay pasillos grisáceos en las legislaciones donde se pueden hacer cosas. Va desgranando cómo entran en contacto con ellas. "Si vamos a algún puerto con el barco lo anunciamos antes. A asociaciones que defiendan ideas parecidas a las de Women on Waves, también periodistas. Así se puede enterar quien necesite nuestra ayuda. Y también nos sirve para explicar nuestras ideas".

Porque luego está lo otro. Estigma, sobreentendidos. Abortar continúa siendo un crimen en muchos lugares del mundo. Respuesta jurídica. Sumen a esa la sanción social. Javiera lo tiene claro. "Creo que hablar sobre el tema nos ayuda a normalizarlo. Muchas mujeres no saben realmente lo que ocurre, y confían en noticias o prejuicios. Que es asesinato, que te vas a arrepentir toda la vida. Y no. El respeto al otro es fundamental, y yo necesito respeto con las decisiones sobre mi propia vida y mi cuerpo". Hablar, entonces. Conocer, compartir. "Al principio yo no quería platicar del tema, porque lo pasé realmente mal y quería seguir mi vida lo más rápido posible, hacer como que estaba bien. Pero en una ocasión se lo confesé a unas personas y ellos se asombraron muchísimo. Sigue siendo tabú, algo que se asocia al sufrimiento, a lo ilegal. Ahora cada vez que puedo lo digo. Hasta a mis sobrinas, a ellas les conté todo el proceso, para que sepan que es algo seguro, que es algo real, que tienes la opción de decidir, que puedes tener apoyo en caso de que lo necesites. Que todo va a salir bien. Un poco como hizo mi abuela conmigo...".

La labor de Gomperts ha despertado recelos en muchos lugares. Visto en abstracto es incluso comprensible. Más allá de aspectos puramente íntimos e ideológicos no son pocos quienes han visto los actos del Adelaide como un salto a su legislación, incluso a su cultura. Las fronteras de la tierra se diluyen allá por los mares, supongo.

Aún antes de partir, incluso. El Ministerio de Transportes de los Países Bajos amenazó con retirarle su licencia de navegación. Gomperts argumentó que la clínica portátil era una obra de arte, titulada A-Portable. No hubo réplica posible.

El primer viaje que hizo Women on Waves fue a Irlanda, cuando el aborto era aún ilegal en aquel país (fue aprobado en 2018, un sesenta y cuatro por ciento de los irlandeses votaron a favor en el referéndum). Luego sitios como Portugal, Polonia, Marruecos. También España. València, año 2008, con ruido (mediático y de otro tipo) por parte de las asociaciones en que ustedes seguramente están pensando. Ah, por seguir con nuestro país, durante el confinamiento de 2020 la web Women on Waves fue bloqueada por parte de los proveedores de internet más importantes. Pasó también en otros sitios como Brasil, Turquía o Arabia Saudí.

A veces las actuaciones son menos sutiles. En 2005 el barco no pudo llegar hasta las costas de Portugal, por causas justificadas. Que se crucen en tu camino dos barcos de guerra son, sin duda, causas justificadas. El acto levantó una (comprensible) polémica, y Gomperts recibió una invitación de la tele portuguesa para que explicase su postura. Acudió, pero, en lugar de plantear excusas o exponer proyectos, dedicó esos minutos a explicar, con todos los detalles, cómo interrumpir un embarazo con Misoprostol. En Pakistán hubo protestas encendidas después de que Women on Waves y diversos grupos feministas pakistaníes pusiesen a disposición de las mujeres una línea telefónica a través de la cual aconsejaban sobre cómo usar medicamentos para inducir un aborto espontáneo y seguro. Algunos políticos tacharon el asunto de "colonial" y "anti-islámico". Eso fue en 2011. Algunos cálculos hablaban de 890.000 abortos clandestinos practicados en Pakistán cada año.

También han actuado en América Latina, claro. Guatemala, de cuyas aguas fue expulsado, con escolta incluida del Ejército guatemalteco hasta aguas internacionales. O México. En 2017 el Adelaide estuvo fondeado en costas aztecas. Ixtapa, estado de Guerrero. Ayudó a entre sesenta y setenta mujeres, según los cálculos.

Recientemente Argentina despenalizó la interrupción voluntaria del embarazo hasta la semana catorce de gestación. Treinta y ocho votos a favor, una abstención, veintinueve en contra. Antes a eso se le consideraba un delito, salvo que concurriese riesgo vital para la madre o hubiese mediado violación. La antigua ley databa del año 1929.

Si lo analizas desde fuera podrías pensar que algo está cambiando. Es una imagen distorsionada, sin duda. En toda América Latina, por ejemplo, solo se ha despenalizado el aborto en Uruguay, Cuba, Puerto Rico, Guayana y Guyana Francesa, además del caso argentino. Hasta cinco naciones lo prohíben sin excepción (Haití, República Dominicana, Honduras, El Salvador, Nicaragua). Entre medias... una miríada de supuestos, excepciones, condicionantes. También políticas federales propias en aquellos sitios donde rige ese sistema, como México.

"Yo lo veo un poco lejano", me cuenta Javiera cuando le pregunto sobre los avances que se van consiguiendo. "En Chile el tema no se trata mucho, y diría que en países vecinos tampoco. Una cosa es discutirlo, pero disposición para hacer algo... Los ricos cada vez son más ricos y los pobres más pobres, unos no saben de dónde sacar para mantener a sus niños y otros se operan de apendicitis en clínicas. Pero día a día somos más los que ampliamos criterios y nos nutrimos de experiencias distintas. Y eso cuestiona lo tradicional".

Y concluye, esperanzada.

"Quién sabe, quizá en unos años podamos tener acceso al aborto de manera segura y gratuita".

01/05/2021 08:28

Marcos Pereda@MarcosPereda2

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Lunes, 26 Abril 2021 05:41

En los límites del control

Libertad vigilada Pintura por Saúl Nagelber

Lo bueno para nuestros antepasados, incluidos los más recientes, es que ya no están aquí para ver en lo que andamos. Algunos lo previeron, con la esperanza de equivocarse. En lo que nos hemos convertido. Avanzamos cada día más rápido hacia los establos del control, y conforme pasa el tiempo, de mejor gana. Si nos falta entusiasmo es indolencia, ni siquiera fatalismo. Nos han curado del espanto de pensar que la vigilancia y el control constante son enemigos de lo humano. Aprendemos que la libertad es relativa, no muy importante. Preferimos la seguridad. Cómplice clave del control es el miedo.

Se trivializa lo ominoso y todos tranquilos. La omnipresencia del Gran Hermano de George Orwell y la limitación del pensamiento en Farenheit 451 hace rato se cumplieron, son antecedentes de una realidad más obtusa, y sin embargo más sofisticada. La intimidad, la soledad y el derecho al secreto desaparecen rápidamente, con el total respaldo de las víctimas que lo ven como algo lleno de ventajas. Ríanse del síndrome de Estocolmo. Estamos enamorados de los carceleros y en el fondo soñamos con ser como ellos.

Del panóptico en prisiones, clínicas y cuarteles pasamos al mercado libre, o el mercado negro, gracias a la obligación de entregar nuestros datos biométricos y existenciales. La unicidad de nuestro rostro es detectable en medio de una multitud y la meta es que pronto no haya calle, corredor, rincón, sótano o ático fuera del alcance de cámaras, micrófonos y alarmas.

Colaboramos alegremente; sin que nos lo pidan hacemos pública y notoria nuestra localización exacta todo el tiempo. Si alguien quisiera clavarnos un misil en la mollera ahora mismo, sólo necesitaría una rápida consulta a las bases de datos para dispararlo derechito y sin daños colaterales, o no muchos; los drones antiislámicos de Israel y Estados Unidos tienen cierto margen de error en bodas y entierros donde los objetivos se confunden con familiares e invitados.

Si alguien quiere halagarnos o envenenarnos, sabe perfectamente qué nos gusta más comer y cómo. Pero no temamos, las intenciones son buenas. Nos conviene. Si el banco y las aduanas ya poseen nuestra huella, nuestro rostro y nuestro antecedentes íntimos, qué más da que los grandes consorcios y los gobiernos nos tengan bien checados. De por sí saben dónde localizarnos, es inútil esconderse. Traemos la señal en el bolsillo o pegada al oído, cerca del cerebro.

Las nuevas generaciones desconocen qué era lo clandestino, lo privado, lo secreto, lo oculto, lo especial y único en las zonas de júbilo o refugio. De manera automática lo personal deviene clientelar (ya no político, como proclamábamos hace medio siglo).

Si alguien cultiva algún vicio o peca de tal o cual modo propio, está en condiciones permanentes de pasar al dominio público. Vivimos la ilusión de que todo lo visible está permitido. Uno se masturba en público si quiere, y si no quiere también. El infierno omnímodo de Los juegos del hambre (Suzzane Collins, 2008) puede ser un blando paraíso, según anuncian quienes dicen protegernos: "Evitemos que los delincuentes se salgan con la suya; suavecito y cooperando, total no tenemos nada que esconder". Y nos conviene acumular "puntos sociales" (¿recuerdan Black Mirror?) Claudicamos ante el control sin la necesidad de conceder un clic.

La película Anon (Andrew Nicol, Netflix, 2018) supone una sociedad como ésta, donde ya todos son identificables, espiables, ubicables. Cuando "aparece" alguien anónimo, sin expediente ni huella digital, resulta preocupante, nadie debe ser ya invisible ni inexistente. Es delito. Grave. Y su ex le puede pedir al protagonista: "Enséñame tus últimos 10 minutos" para saber si ha estado bebiendo.

La realidad va más rápido que la ficción. Una profecía, utopía o distopía hecha con ingenio o malicia pronto será alcanzada por el futuro. Ya sólo la locura y el surrealismo nos harán libres. Los sueños de la razón, la tecnología y la política han parido monstruos que llegaron para quedarse. De ahora en adelante viviremos en La Nube y quien así lo desee podrá investigarnos, invadirnos, delatarnos o seducirnos con las golosinas baratas del capitalismo interiorizado. Las redes escuchan nuestras conversaciones. Si en la sobremesa decimos Acapulco, calzones rosas o tamarindo enchilado, en tiempo real nos bombardearán con ofertas y novedades sobre Acapulco, calzones rosas o tamarindos.

Si nos quejamos del control nos miran de soslayo. Los jóvenes de plano se sorprenden, qué te pasa, de dónde sacas esos recelos, si la omnipresencia del Gran Hermano en barata es de lo más chido, aprende a dar las gracias. Es por tu bien si tu zaguán sale en Google Maps a la vista de todos, tu historia clínica es potencialmente pública, así como tu registro crediticio, tu expediente judicial o los recados que mandas a tus primos. Podemos ser espías. Todos son nuestros "amigos" y damos el sí a desconocidos. Un espejismo se materializa en nuestro pobre cerebro. Fáciles y felices renunciamos a la libre intimidad y nadie lo lamenta.

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