Jueves, 23 Agosto 2018 15:11

Blancos, demasiado blancos

Blancos, demasiado blancos

Pese al paso de los años, el racismo no ha desaparecido de la sociedad, en particular de la gringa y, por el contrario, ha mutado, afectando o reforzando de múltiples maneras la cultura dominante. Asi lo resalta esta serie.

 

Una escena de Querida Gente Blanca (la película, 2014) sintetiza la trama principal de la segunda temporada de Querida Gente Blanca la serie, 2018). Sucede así: caminando por los tranquilos y grandes espacios verdes de la Universidad Winchester, el decano Dean Fairbanks, hombre negro, imponente y gran estratega, se encuentra frente a frente con Sam, mujer autodefinida negra, estudiante de producción audiovisual y voz principal de un programa radial llamado, precisamente, Querida Gente Blanca. El decano Dean no está contento, no se alegra al verla y ella lo sabe. Sabe que su programa levanta polvo entre la directiva y la comunidad de la Universidad (compuesta de personas blancas, especialmente hombres) y eso no le gusta al decano, quien ha escalado puestos siendo “prudente” con sus opiniones sobre el racismo. Ella espera el disparo. “Sam –dice el decano– tu programa es racista”. Sam ya sabe qué responder, lo ha tenido que hacer muchas veces: “Los negros no pueden ser racistas, prejuiciosos sí, pero no racistas. El racismo es un sistema de desventajas basado en la raza. No podemos ser racistas los negros porque no nos beneficiamos del sistema”. Racismo investido, ese concepto creado para deslegitimar las luchas afro, es precisamente lo que ataca Sam.

 

Contextualicemos. Querida Gente Blanca, una tragicomedia, es una serie de Netflix que se inspiró en la película homónima producida en el 2014. La película es buena, sí, hace las mismas denuncias de la serie, pero ésta, sin embargo, lleva a un nivel superior toda la estética, la trama y la perfección de los personajes de la película. Transcurre en la Universidad de Winchester donde se cree que el racismo es cosa del pasado, que ya no existe. Sam y todas las personas negras saben que no es así. Es más, Sam afirma que creer tal cosa es una forma de perpetuar el racismo y por eso crea un programa radial en el que le explica a los blancos, sarcásticamente, cómo se expresa su racismo, dice: “querida gente blanca, tener novio o novia negros para molestar a tus padres, es una forma de racismo. Querida… el número de amigos negros para no parecer racistas ha llegado a dos. Querida… cuando nos veas en los pasillos no nos toques el cabello ni hagas bromas al respecto, y, por favor, los negros no somos iguales, así que deja de cambiarnos el nombre”.

 

Una Universidad dividida

 

La casa Armstrong-Parker es el bastión de la comunidad negra organizada, reconocida por ser crítica y por liderar procesos contra el racismo. Su contraparte es la casa Davis, habitada en su mayoría por personas blancas adineradas que organizan fiestas en las que se disfrazan de personas afro, escuchan rap, hablan improvisando y portan armas, para “liberar su negro interno”. Esta es la trama de la casa Armstrong-Parker, donde Sam descubre la fiesta y decide denunciarla documentándola con su cámara. Pero al ver que no genera una respuesta, un cambio, sanciones o reprimendas, sino que, por el contrario, se intenta opacar el debate argumentando que se trata de una acción de “libre expresión”, Sam organiza una protesta el día de las donaciones a programas que ayudan a comunidades negras, todo para reducir impuestos. Pero las cosas se salen de control. Troy Fairbanks, hijo del decano y líder “obligado” de la casa A-P, se da cuenta del engaño de las fundaciones y ataca el edificio con una pala. Además, por causas desconocidas, durante la protesta la casa Davis es consumida por un fuego. Por todo esto, Sam va a hacer señalada como la culpable de incitar al desorden y motivar el odio entre las culturas.

 

A partir de ahí, en la segunda temporada, su drama consiste en ser el blanco de ataques de aquellos que la acusan de revivir un problema del pasado y de alentar al genocidio blanco. Durante toda esta temporada, con justa razón, su defensa será argumentar que no pueden sacrificar al mensajero, que ella lo único que hace es visibilizar el racismo, no crearlo. Entre tanto, ella, y todos los de la casa A-P, tienen que convivir con los nuevos huéspedes, los estudiantes de la casa Davis, convertida en cenizas. Esto va a servir para que las tensiones se intensifiquen y para que se resalten las diferencias culturales entre unos y otros. Así, en el programa Querida Gente Blanca y por los pasillos de la casa, el tema será el comportamiento de los blancos en comparación con el de las personas negras y viceversa. Sí, porque considerarse persona negra no es sólo cuestión de color de piel. Serlo implica consumir productos culturales de personas negras y pensar, actuar, vestir, hablar, y peinar como uno. Esto, que pareciera a simple vista como un simple Checlist, genera conflictos tanto personales como interculturales. Coco, esvelta mujer negra con gran espíritu competitivo, es criticada por Sam por alisarse el cabello, usar Victoria Secret, y en sí aparentar ser una mujer blanca elegante para poder ser aceptada. Pero Sam también comete algunos “pecados”. El primero y más significativo es mantener una relación con un hombre blanco al cual trata de mantener oculto, Gabe, asiste de clase y productor y realizador de un documental titulado ¿Soy racista? ¡Vaya tema! Ya se imaginarán la opinión de Sam al respecto.

 

Querida Gente Blanca también narra una serie de conflictos producto del racismo. Lionel encarna uno de ellos: ser un hombre negro homosexual. Lionel es, podría decirse, el segundo personaje más importante de la historia. Él es quien, a través de sus investigaciones como periodista, es el primero en descubrir la fiesta racista, desenmascarar a las fundaciones y, para esta segunda temporada, descubrir quién es AlttlvyW, representante de una logia de supremacistas blancos y el twittero que, oculto, ataca a Sam diciendo que ella es el producto de un mestizaje entre un hombre blanco y un simio. Es quien nos revelará en una tercera temporada todo sobre la organización clandestina negra que, al parecer, maneja los hilos del poder.

 

Por otro lado, Troy Fairbanks representa a las nuevas generaciones de líderes negros que se enfrentan a un mundo muy diferente al de sus padres y abuelos. Troy tiene una carga muy pesada. Continuar liderando la lucha por sus derechos, pero, al ser impuesta, entra en un conflicto existencial. No sabe quién es ni qué quiere. Por tanto, emprende una búsqueda de autoconocimiento que lo hará cometer muchos errores. Pero lo peor es que su comportamiento lleva a creer firmemente que la historia no es una secuencia progresiva al infinito ni que las victorias de ayer son inmodificables.

 

Por último, el conflicto que representa Reggie Green es una respuesta ante el creciente número de personas negras asesinadas por policías blancos racistas. En la primera temporada, Reggie fue amenazado por un policía que le apuntó a la cara con un arma, frente a los estudiantes asistentes a una fiesta universitaria. El hecho, claro, le generó un trauma. Durante la segunda temporada vemos a un Reggie distinto. No puede dormir y si lo hace la imagen del policía invade todos sus sueños. Al ver un uniformado, suda y le tiemblan las manos. Poco ríe y siempre se ve tenso. Peor aún si tiene que toparse constantemente con el policía que lo amenazó, dado que la universidad no consideró como un acto grave que un agente apunte a un estudiante desarmado y con las manos arriba.

 

De esto era de lo que hablaba la Sam de la película al director Dean. Si la víctima hubiera sido un estudiante blanco, diría, la historia del policía seria distinta. Pero al denunciarlo en Querida Gente Blanca la cuestionarían diciéndole si a ella le gustaría que hubiera un programa titulado Querida Gente Negra. Ante lo cual, ella respondería, como en efecto lo hizo: “no hace falta, grandes medios ya dicen lo que los blancos piensan de los negros”.

Publicado enEdición Nº249
Colombia. Asesinatos de defensores de derechos humanos en Colombia: la impunidad crece

Cerca del 90% de los crímenes contra líderes comunitarios y dirigentes campesinos e índigenas quedan sin resolver.



Durante los primeros seis meses de este año se produjeron 52 asesinatos de líderes comunitarios, dirigentes de asociaciones campesinas e indígenas en Colombia. El último sucedió hace pocos días en el municipio de El Carmen, en la región de Norte de Santander y la víctima fue Ezequiel Rangel, líder de la Asociación Campesina del Catatumbo. Unos días antes fue asesinado en Piamonte (Cauca) el líder comunal de Marcha Patriótica, Fernando Asprilla.


Según datos difundidos por la Defensoría del Pueblo y el programa gubernamental Somos Defensores, desde enero de 2016 han sido asesinados 190 líderes sociales en Colombia. Las mismas fuentes denuncian que entre enero y junio de este año, 335 defensores de Derechos Humanos fueron víctimas de algún tipo de agresión que puso en riesgo su vida y se produjeron 225 amenazas.


Algunas de estas amenazas, realizadas casi siempre por "bandas criminales" (como se llama ahora en Colombia a los nuevos paramilitares) para imponer su ley sobre los territorios abandonados por la desmovilizada guerrilla de las FARC, incluyen "toques de queda" y la prohibición de sustituir los cultivos de coca y adoptan formas despiadadas. Como la que el sociólogo Alfredo Molano conoció hace pocos días en Bocas de Satinga cuando, en la calle principal, apareció el cadáver de una niña de cuatro años violada y destripada. En el pueblo corrió la voz de que los paras darán el mismo destino a todo el que incumpla sus órdenes.


La violencia contra líderes sociales se ha incrementado en Colombia desde la desmovilización de la guerrilla de las FARC en los 242 municipios en los que tenía presencia. Aunque el Ministerio de Defensa y la Fiscalía general señalan que no hay "sistematicidad" en los crímenes contra líderes sociales (el Gobierno pretende eludir así la responsabilidad del Estado ante instancias internacionales), la propia Defensoría del Pueblo y prestigiosas organizaciones como Dejusticia sostienen lo contrario. Los "blancos" de estas acciones criminales están claros: Juntas de Acción Comunal, organizaciones de Víctimas que reclaman la restitución de sus tierras, pueblos indígenas y movimientos contrarios a la minería, la izquierda política, Marcha Patriótica y Congreso de los pueblos.


Según el investigador de esta organización de juristas, Mauricio García Villegas, "el 60% del territorio colombiano, donde viven seis millones de personas, no tiene Estado consolidado". Coincide con este análisis el propio Defensor del Pueblo, Carlos Alfonso Negret: "Los paramilitares copan los espacios del territorio de los que se han ido retirando las FARC, para controlar las economías ilegales. Allí se encuentran expuestos a graves riesgos los líderes sociales, debido en gran medida al estigma que sufren por su defensa de la paz, el territorio y el medio ambiente, entre otras causas".


Precisamente en el campo del medio ambiente, Colombia es, según la ONG inglesa Global Witners, el segundo país más peligroso para los ecologistas, después de Brasil. El pasado año, según esta fuente, fueron asesinados 37 líderes ecologistas colombianos.


La situación de vulnerabilidad de los defensores de Derechos Humanos es tan grave que, al tiempo que el ministro del Interior reconoce que aumentaron los índices de violencia en las zonas abandonadas por las FARC, y admite que "falta acción [del Estado] y que hay que hacer presencia efectiva", el presidente Juan Manuel Santos acaba de anunciar la creación de un cuerpo de élite de la Policía Nacional formado por 1.000 hombres destinado a proteger a los líderes sociales, con sistemas especiales de "alertas tempranas" coordinados con el Ejército y la defensoría del Pueblo en las zonas más críticas del país.


El diario El Espectador editorializaba en fecha reciente sobre el exterminio de defensores de Derechos en Colombia: "La actitud de las autoridades, a veces partícipes de las agresiones e incapaces de combatir la impunidad, es lamentable".


Según un estudio que acaba de dar a conocer el programa Somos Defensores (Crímenes contra Defensores y Defensoras de los Derechos Humanos, la impunidad

contraataca), de los asesinatos de líderes sociales documentados entre 2009 y 2016, en el 87% de los casos la justicia no ha hecho nada, ni siquiera identificar a los homicidas

 

08/09/2017 19:16 Actualizado: 09/09/2017 08:00

Publicado enColombia