Jueves, 25 Febrero 2021 05:26

Imagen, imaginación y sentido

Imagen, imaginación y sentido

Ya James Joyce, para quien la imaginación tiene la cualidad de un fluido y hay que sujetarla con fuerza para que no se vuelva imprecisa, y al mismo tiempo con delicadeza, para que no pierda sus poderes mágicos, lamentaba el sensacionalismo frenético de su época: el hombre actual tiene epidermis más que alma, lo que señalaría quizá una carencia general de fuerza imaginativa. En nuestros tiempos la superficie del mundo está sobretapizada de imágenes, pero la potencia imaginativa, o la imaginación, no parece, ante la producción excesiva de imágenes, tener a buen resguardo su lugar. Las imágenes que venden, mercancías más que imágenes, se han enseñoreado sobre las que dicen, sobre las expresan sentido.

Pierre Reverdy dice que lo propio del poeta (artista, creador) es apreciar las cosas en la medida en que se prestan a la formación de imágenes, las cuales constituyen su particular medio de expresión. Las imágenes que expresan sentido son, para quien esto escribe, las verdaderas (reconocidamente emparentadas con el símbolo, con el mito, con el ritual).

Rodolfo Cabrales habla del poder evocatorio de la imagen, del poder evocatorio de lo poético y lo verdadero en indisoluble unidad. En una de sus versiones, no necesariamente la del estudioso, la imagen como evocadora del origen, los orígenes, lo original. Dostoyevsky:

Su imaginación de nuevo está lista para despertar, suscitarse, y de pronto otra vez un nuevo mundo, una nueva y maravillosa vida brilla junto a él en su centelleante perspectiva. ¡Un nuevo sueño, una nueva vida!

Quise suprimir la frase admirativa, mas qué admirablemente conecta con este comentario de Tomás Segovia respecto de Gérard de Nerval: La imaginación es la doble lectura simultánea de la vida y el sueño. Y con: La vida imaginada muestra no sólo el sentido de la imaginación sino el sentido de la vida.

Tenemos que para cierto inconforme, Max Aub, el ideal, ahora, es un mundo sin imaginación. Hay en nuestro mundo (John Berger), como en el infierno del Bosco, “el clamor de un presente desigual y fragmentario… lleno de sorpresas y sensaciones… donde nada fluye libremente; sólo hay interrupciones…; una infinidad similar de emociones inconexas, un frenesí similar”.

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"Soy cubano por los 64 costados, desde mis tatarabuelos al menos, y este es mi país y es mi cultura".

En su nueva novela, el autor de El hombre que amaba a los perros cuenta la historia de un grupo de amigos, llamado el Clan, atravesados por el exilio, el desarraigo y la dispersión. Explora el drama de esos jóvenes que asisten al colapso y desmoronamiento del mundo que conocían y cómo cada uno intentó sobrevivir quedándose o buscando empezar de nuevo en otro lugar. Padura es de los que se quedó. 

 

El hombre que ama a Cuba se define “cubano por los 64 costados”. Leonardo Padura, candidato al Premio Nobel de Literatura en 2020, publicó Como polvo en el viento (Tusquets), una novela en la que cuenta la historia de un grupo de amigos, llamado el Clan, atravesados por el exilio, el desarraigo, la dispersión. La generación de Clara, Bernardo, Elisa, Irving, Darío, Horacio, Fabio y Liuba --que es también la generación de Padura-- vivió el fin de las esperanzas cuando llegó el llamado “Período Especial” en los años noventa. Entonces el país se quedó sin aliados políticos, sin alimentos, sin petróleo. La realidad de la isla entró en “un túnel oscuro cuya salida no se vislumbraba”. El escritor cubano explora el drama de esos jóvenes que asisten al colapso y desmoronamiento del mundo que conocían y cómo cada uno intentó sobrevivir quedándose o buscando empezar de nuevo en otro lugar.

El título de la novela Como polvo en el viento es un guiño a la canción “Dust in the wind”, de Kansas. La historia –que va de los años 90 hasta 2016— sigue de cerca a los personajes en La Habana, Hialeah (Florida, Estados Unidos), Madrid, Buenos Aires, Barcelona y San Juan (Puerto Rico), entre otras ciudades. Dos fantasmas recorren la trama: el fantasma de Elisa, que un día desapareció y el Clan nunca volvió a saber de ella, y el fantasma de Walter, un pintor que murió “reventado contra el pavimento luego de volar desde un piso dieciocho”.

Padura (La Habana, 1955), creador del detective Mario Conde –que apareció por primera vez en Pasado perfecto y ha protagonizado ocho novelas, entre las que se destacan Vientos de cuaresma, Adiós, Hemingway, La neblina del ayer y La transparencia del tiempo— está viviendo la pandemia de Covid-19 confinado en su casa en Mantilla, la misma casa en la que nació. Como muchos otros escritores y artistas, tuvo que cancelar varias giras, incluida su visita a la Argentina. La virtualidad le ha permitido participar de conferencias y entrevistas. En 2020 recibió la Medalla Carlos Fuentes de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. El escritor cubano confiesa en la entrevista con Página/12 que extraña el movimiento, pero el tiempo confinado lo aprovechó para trabajar más. “Para mí el trabajo, mi trabajo, es un júbilo, sobre todo cuando me sale bien, y no tengo obligación onerosa”, dice Padura, el autor de El hombre que amaba a los perros, formidable reconstrucción literaria de las trayectorias vitales de León Trotsky y Ramón Mercader.

--Una pregunta que aparece en la novela tiene que ver con la diáspora cubana: ¿por qué alguien se aleja de su país sin salir de él?, como sucedió con José María Heredia y tantos otros. Escribir “Como polvo en el viento”, hurgar en la ficción (como ya lo habías hecho en “La novela de mi vida”), ¿te permitió encontrar una respuesta a ese dilema de alejarse sin poder salir de Cuba?

--Más que una respuesta a un asunto tan complejo y visceral para los cubanos (y para los ciudadanos de muchas partes del mundo), lo que hice fue encontrar más preguntas, más dudas, más incertidumbres. Las reacciones de los hombres ante los desafíos de la vida social y de las circunstancias políticas son grandes temas de la filosofía, y la literatura, creo, solo puede encontrar y lanzar más preguntas que interrogarán a los lectores y los motivarán. Eso es lo que me propongo: inquietar a los que me leen, obligarlos a pensar. Y ya eso es bastante.

--“Entre viajar y emigrar existe un pozo insondable. Y entre emigrar y adquirir un oneroso permiso de ‘salida definitiva’, con la transmutación de ciudadano en apátrida, un horror parecido al desierto”, se dice en “Como polvo en el viento”. ¿Por qué decidiste no emigrar de Cuba? ¿El temor de ser un “apátrida”, de quedarte sin material para escribir, hizo que eligieras quedarte?

-En una ocasión le preguntaron algo así a nuestra gran poeta Dulce María Loynaz y ella respondió con contundente simpleza: “No me voy porque yo llegué primero”. Yo también. Soy cubano por los 64 costados, desde mis tatarabuelos al menos, y este es mi país y es mi cultura. Y yo necesito esa realidad para escribir. Si no hubiera sido escritor, quizás hubiera emigrado. Pero soy un escritor, un escritor cubano, un escritor cubano que necesita a Cuba para escribir.

--El impacto que genera en el Clan la lectura de “1984”, de George Orwell, a principios de los años 80, ¿le pasó también al joven Padura, entonces periodista de la revista literaria “El Caimán Barbudo”?

--Es absolutamente biográfico y también generacional. Nos pasó a muchos. Ver, aun en una novela, adónde puede llegar la sociedad perfecta, cerrada, uniforme, nos produjo pavor. Y lo peor es que, todavía hoy, me provoca la misma sensación. Cada vez que se proclama la unanimidad y la obediencia, siento el aliento de 1984.

--Uno de los personajes del Clan, Horacio, repite una frase de Fassbinder: “El miedo devora el alma”. Si como dice Irving, otro miembro del Clan, “cada uno arrastra sus miedos, solo que unos cargan más que otros”, ¿qué miedos tenía el joven Padura? ¿Y cómo aparecen esos miedos en la escritura?

--He pasado por muchos miedos… Voy a recordar algunos… En 1983, cuando me sacan de El Caimán Barbudo, la revista donde había comenzado mi vida laboral, tuve miedo de no poder volver a ser persona en Cuba, como le había pasado a muchos intelectuales en los años 1970. En Angola, cuando estuve como periodista, le tuve mucho miedo a la muerte: era la circunstancia más cercana en que había vivido esa posibilidad. Por años he tenido miedo a la marginación social e intelectual. Y ahora le tengo miedo a la vejez, que para un escritor puede ser un estado lamentable.

--En la novela se recuerda la demolición que significó el llamado “Período Especial” en Cuba. Uno de los miembros del Clan, Clara, ganaba tres dólares al mes, cuando en el mercado negro un pollo costaba un dólar o un dólar cincuenta, según el tamaño. Es decir que Clara, como se plantea en la novela, “ganaba dos pollos al mes”. ¿Cuántos pollos al mes puede comprar hoy un cubano con su salario?

--No puedo sacar la cuenta, menos ahora que se han modificado los salarios y los precios. Lo que sí te puedo decir es que, por años, desde esa década de 1990, la mayoría de los cubanos que ganan un salario del Estado (que aun hoy es el mayor empleador del país), no han podido vivir con su salario. Y eso lo ha reconocido el gobierno. Y esa realidad ha obligado a la gente a practicar muchas estrategias de supervivencia. Por ejemplo: vivir de remesas que envían de Estados Unidos sus familiares “apátridas”. Al vivir de los “gusanos”, muchos de los que se quedaron se convirtieron en “garrapatas”.

--Uno de los personajes femeninos que se fue de Cuba tiene una mirada muy negativa: “Cuba es un país maldito y los cubanos somos su peor maldición. Somos gentes que preferimos odiar y envidiar más que crecer con lo que tenemos”, dice. Si esto es una parte constitutiva de la idiosincrasia cubana, ¿de dónde viene esta maldición, este odio?

--Ese personaje, que es muy complejo, tiene sus razones, visibles y ocultas, para tener esa opinión (y como ella miente mucho, pues se puede dudar de lo que dice). En fin, no se trata de un axioma. Es una reacción personal. No obstante, en Cuba y fuera de Cuba los cubanos han practicado demasiado el odio. Desde el odio de clases, al odio del resentimiento, al odio alentado por la envidia o provocado por ella. Y sería bueno poder superar ese odio para tener un país de todos y para todos. En una época pensé que era posible esa superación. Ya no. O porque se ha enquistado ese odio, o porque es una maldición nacional, una especie de castigo divino.

--Aparece en la novela una crítica del Clan hacia la generación de los padres, hacia una parte de esos padres (el padre de Elisa, por ejemplo) que se decían comunistas íntegros, pero que tenían un accionar público y privado cuestionable. ¿Qué consecuencias tiene ese desencanto generacional?

--La primera consecuencia fue de índole ético. Mientras ese tipo de personas tenía un discurso público, su vida privada iba por otro camino, y eso fue bautizado como “doble moral”, cuando en realidad era no tener ninguna. Luego, el desengaño: prometieron muchas cosas que nunca se lograron y, mientras, exigieron obediencia. Muchos de los hijos de esos personajes hoy viven fuera de Cuba. Son parte de la diáspora que hemos vivido.

--Desde la perspectiva que despliega la novela, parecería que el desencanto se “radicaliza” y los hijos del Clan, los hijos de Clara, no dudan en irse de Cuba, mientras la madre es la única que se queda. Excepto porque no es escritora, se podría decir que entre todos los personajes de la novela, Clara es la que más se parece a Leonardo Padura, ¿no?

--Me identifico mucho con Clara, y también con el personaje de Irving, uno de los que se va de Cuba sin irse por completo de Cuba. Pero Clara es la resistencia, la permanencia, dos actitudes que yo he practicado. No solo porque yo haya llegado primero, sino porque tengo ese fuerte sentido de pertenencia. Como Clara, vivo en la casa donde nací, en el barrio en que nací, y he hecho de mi lugar, mi caracol. Desde aquí me asomo y veo el mundo, y de vez en cuando, salgo a recorrerlo, pero con mi casa a cuestas.

--Hay un tema que aparece a través de la historia de uno de los personajes y es la vergüenza por el origen de uno de los miembros del Clan, cuya madre fue violada, nunca supo quién fue su padre y tuvo una infancia marcada por la marginación y la pobreza. Y su bisabuelo fue un negro esclavo. ¿La esclavitud es negada por una parte de la sociedad cubana?

-Ese es un tema muy complejo, diría que medular de la historia cubana: el papel, la existencia del negro en la conformación del cuerpo nacional. Como en cualquier país del occidente, en Cuba ha habido racismo. Por suerte, desde hace décadas no hay discriminación racial y las manifestaciones de racismo son muy combatidas, pero no han desaparecido, por razones históricas, culturales, psicológicas incluso. Pero la integración del negro a la sociedad cubana es hoy mucho más plena que nunca en nuestra historia, por políticas domésticas y por el mismo peso de la evolución social. Y, entre los más jóvenes creo que casi no es un problema. Ojalá sea así.

--Uno de los personajes, hacia el final de la novela, se pregunta si “es posible la reconciliación nacional luego de tanta ofensa cruzada, de tanto odio acumulado y muy bien preservado”. ¿Qué respuesta podría barajar Leonardo Padura hoy?

--Algo te adelanté… Hoy soy muy pesimista al respecto. Los fundamentalismos parecen ser más fuertes que la racionalidad, incluso que el pragmatismo, y hay cabezas que se dedican a alimentarlo. Y hoy mismo está muy bien alimentado.

--Se anunció que Cuba tendrá una sola moneda de curso legal, el peso cubano (CUP), con una tasa de cambio de 24 unidades por dólar, desde el 1° de enero. ¿Qué ventajas traerá esta unificación a la economía cubana?

--La ventaja de que se unifiquen monedas y tipos de cambio, y eso provocará reacciones hacia el muy deformado y poco eficiente sistema económico cubano, es que a la larga puede ser favorable. La medida era muy esperada, era necesaria, pero hacia la vida cotidiana de los ciudadanos va a ser complicado, y no sé si podrá afectar hasta asfixiarlo al pequeño sector privado... Pero apenas se ha iniciado ese tránsito y sería necesario ver su desarrollo para hablar de efectos permanentes.

--¿Cómo creés que serán las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos a partir de la asunción de Joe Biden el próximo 20 de enero?

--No lo sé, la verdad. Solo creo que no podrán ser peores de lo que han sido en estos cuatro años de Trump. Esperemos a ver…

--¿Estás escribiendo una nueva novela de Mario Conde?

--Sí, es una historia con dos líneas más o menos confluyentes. Una en el presente de 2016, con una investigación policial que realiza Conde, y otra alrededor de 1910, centrada en una figura mítica, Alberto Yarini, el más famoso y polémico proxeneta cubano. Es otro intento de reflexión sobre los destinos y desafíos de la cubanía. Siempre escribo sobre mis obsesiones.

Actividad cultural y disidencia

Más de 300 jóvenes protagonizaron una manifestación frente al Ministerio de Cultura en La Habana, el pasado 27 de noviembre, como reacción al desalojo de miembros del Movimiento San Isidro (MSI) que estaba realizando una huelga de hambre en protesta por la detención del rapero Denís Solís. Esa manifestación, en la que se exigía libertad de expresión y creación, contó con el apoyo de figuras como el músico Silvio Rodríguez. El actor Jorge Perugorría y cineastas como Fernando Pérez y Ernesto Daranas expresaron su respaldo a la necesidad de dialogar. El Movimiento San Isidro, que está integrado por artistas, intelectuales y periodistas alternativos, nació en 2018 para cuestionar el decreto 349, que regula la actividad cultural en Cuba. Entre los integrantes está el escritor y periodista Carlos Manuel Álvarez, el artista Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Castillo, entre otros.

--¿Qué efectos está generando este movimiento en la cultura y la política cubana?

--El Movimiento San Isidro fue una expresión de descontento y disidencia y el grupo que se manifestó el 27 de noviembre frente al Ministerio de Cultura fue una expresión de una necesidad y una inconformidad. Lamentablemente creo que los efectos generados por ambas manifestaciones son los previsibles, los de siempre, al menos hasta ahora. Es como si dialogar fuera ceder y no avanzar. Y lo cierto, creo, es que sin diálogo no hay progreso.

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Relectura 2020. La novela 1984: Más que profecía actualidad en Colombia

El tiempo pasa y nos marca de diversas maneras con sus acontecimientos, unos más fuertes, otros no tanto. De unos y otros escritos en desdeabajo en su debido momento. Hoy, en época de balances, los retomamos y les invitamos a su relectura.

 

Destrucción de la memoria

Es como entrar a un cuarto de miedos y que nos dejen allí confinados para siempre; un cuarto de torturas, dolor, sufrimiento individual y colectivo, hasta que el cerebro lo acepte y el cuerpo se acostumbre y diga, con sincera convicción: “amo al gran+hermano”. Así es el mundo de la novela 1984 de George Orwel, pero también, de alguna forma, el de estas dos décadas del siglo XXI.

Con sus “dos minutos de odio”, programados sistemática y perversamente contra un opositor –en el caso de la novela contra el traidor y desertor judío Emmanuel Goldstein, a quien el Partido y el Gran Hermano consideran “enemigo del pueblo”, por lo cual se establece cada día un show para vociferar y odiar al disidente–; con las “telepantallas” de vídeo vigilancia masiva que registran la ciudad, los puestos de trabajo y hasta donde se habita; con sus “policías del pensamiento” que observan, castigan y condenan cualquier desviación del orden y de las instituciones; con la intimidad convertida en una vitrina colectiva, como lo es ahora gracias a las redes digitales donde las paredes son de cristal y el aparente bunker está expuesto a todos y a todo, así viven sus habitantes “y la costumbre acaba de convertir esto en un instinto, ya que se da por sentado que escuchaban hasta el último sonido que hacías” (Orwel, 2019, p. 23).

Junto a todo esto, también nos encontramos en la novela con la estrategia de la culpabilidad. Es al desertor Goldstein al que le cargan la culpa de todos los males sociales: “todos los crímenes subsiguientes contra el Partido, todas las tradiciones, los actos de sabotaje, las herejías y las desviaciones emanaban directamente de sus enseñanzas” (p. 33). La policía del pensamiento espía al opositor, es en sí una policía política a la que, también en Colombia nos hemos acostumbrado a tener entre nosotros, gracias a las chuzadas ilegales de teléfonos de los críticos del gobierno. Ni se diga cómo la furia y el repudio sale a flote en la novela al ver en las pantallas al enemigo del Gran Hermano: “un espantoso éxtasis de temor y afán de venganza, unos deseos de asesinar, torturar y aplastar caras con un mazo parecía recorrer a todo el mundo como una corriente eléctrica, y lo convertían a uno, incluso en contra de su voluntad, en un loco furioso” (p. 35).

Inventa un enemigo y podrás gobernar sin mayores inconvenientes, parece sintetizar este párrafo. Podríamos argumentar que estas situaciones son también muy manifiestas en la estructura política de la Colombia actual. Así, los tres eslóganes del “Ministerio de la Verdad”: la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza, parecen pertenecer a nuestra actual situación gubernamental. Son tres máximas que en cualquier Estado de Derecho democrático resultarían escandalosas, dictatoriales, pero en el llamado “Estado de opinión” que se ha ido imponiendo entre nosotros, poseen una lógica mortal, una bárbara racionalidad neofascista. Miedo, asesinato, odio, venganza, agresividad, violencia, segregación, exclusión, racismo, todos ellos están contenidos en esos tres eslóganes siniestros, que parecen firmados por el mismo partido que actualmente nos gobierna.


“La guerra es la paz”, es como decir: volver trizas los acuerdos de paz. “La ignorancia es la fuerza”: sería montar una educación mediocre, antipopular y acrítica. Peor aún, modificar la memoria histórica. En la novela leemos cómo el Partido modifica, según su conveniencia, los datos y hechos históricos. Esta es una de las reflexiones que Winston Smith, el protagonista, se hace: “si el Partido podía echar mano al pasado y decir de éste o aquel acontecimiento: ‘nunca ocurrió’, era mucho más aterrador que la mera tortura y la muerte”. Y continúa: “y si todos aceptaban la mentira impuesta por el Partido –si todos los archivos contaban la misma mentira–, la mentira pasaba a la historia y se convertía en verdad” (p. 58). El parecido es aterrador con las intenciones políticas neoconservadoras de funcionarios defensores del gobierno y directores de centros de memoria histórica, de archivos nacionales, bibliotecas públicas que tratan de modificar hasta donde se pueda nuestra historia, construir mentiras destruyendo sus certezas.

Las verdades históricas se esfuman o se ocultan: negar el conflicto armado en Colombia, los falsos positivos, la horrorosa parapolítica, las chuzadas, la corrupción, las verdaderas estadísticas económicas del desempleo y de la pobreza, etc.; lo que se convierte no solo en una omisión simple sino en un crimen histórico. Igual que en la novela todo se difumina “en un mundo de sombras en que incluso la fecha de los años se había vuelto poco confiable” (p. 66), de idéntica forma como lo hacen las falsas noticias (fake news) masificadas y globalizadas, creadas con terrible cinismo.

1984 entonces se vuelve actualidad por la invención de realidades a través de alterar y modificar la misma realidad; por la creación y aceptación de las falacias y perpetuidad de la mentira como forma de actuar.

Hoy por hoy, tanto las redes sociales, como todos los medios, alimentan tal condición, lo cual nutre a la vez a una sociedad edificada desde el engaño como su razón de ser. Desde esta lógica, los datos, dígase por ejemplo, los del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), se modifican igual que en la telepantalla de 1984, con estadísticas increíbles. Bajo estas condiciones, el pueblo ignorante, e ignorado por las élites, tal como se plasma en la novela, no es deseable que tenga formación política, lo único que se les pide es un “primitivo patriotismo” (p. 102).

Un adoctrinamiento exquisito

La historia de amor entre Julia y Winston Smith teje y organiza la trama para retratar los resultados, acciones y efectos de un régimen totalitario absolutista. Se ha dicho que es una novela futurista, una utopía negativa (Umberto Eco), una distopía. Sin embargo, no lo es plenamente. Sus visiones futuristas se han vuelto presentes, más aún, ahoristas, inmediatas, urgentes, aplicables, visibles. Muchas de sus “ficciones” son hoy realidades políticas, por lo que el libro ha adquirido demasiada fama no tanto por sus profecías, sino por su actualidad, o al menos por el afán y el deseo de los Estados y los gobiernos de ultraderecha actuales de llevar a cabo dichos procesos, hacer de la sociedad más que un panóptico un sinóptico, donde todos se vigilen mutuamente y no solo unos pocos a muchos, y nos convirtamos en redes de informantes, una extensión de la “Policía del Pensamiento”.

Tal es el nuevo panóptico de vigilancia y control actual. No existe lugar, ni público ni privado, que no quede espiado. De allí la paranoia en red y la esquizofrenia masiva. La vigilancia adquiere carácter represivo, pero aceptada voluntariamente. Es la servidumbre aplaudida y deseada por muchos. La vigilancia, real y virtual, agrada, incluso se exige, se pide que exista. Ser operarios vigilados asegura un simulado éxito, ser noticia vendible, ciudadano publicitado, consumidor-consumido.

En las sociedades confesionales tecno-mediadas y tecno-administradas, como en 1984 y las actuales, el mito de lo íntimo-personal termina diluido, imponiéndose el canon de lo íntimo-espectacular. A lo privado se le reprocha por guardar ciertos secretos. A lo público se le aplaude y se le premia, le garantizan publicidad, la palmadita en el hombro y alguna que otra opción de falsa fama. Estamos, pues, ante un nuevo panóptico o pos-panóptico electrónico, sintetizado en el autocontrol, la autocensura, la autovigilancia activa y deseada por los subordinados. El vigilado se vigila a sí mismo, es un auto-panóptico en red y masivo. Quedar por fuera de la esfera de nuestro superior inmediato –ya sea virtual o telefónicamente– se vive como un acto de irresponsabilidad moral. Es el panóptico interno funcionando día y noche. Desaparecen de esta forma los controles tradicionales y aparecen los autocontroles funcionales. Panópticos individuales, cargados, llevados en la tecno-cotidianidad controlada: el celular, el iPhone, Twitter, Facebook, google y todos los dispositivos mediáticos. Ciudadanos usuarios controlados por un panopticismo social masificado. He aquí una red de informantes: cada uno convertido en un vigía; cada uno es un instrumento del poder que hace cumplir la norma y que denuncia al que la transgrede. Sueño de las ultraderechas que ha sido logrado, como lo es también la destrucción de las libertades individuales, del lenguaje, de la memoria, del deseo sexual y la represión al propio cuerpo, tal como ocurre en la novela.

En los últimos capítulos, Julia y Winston Smith son descubiertos y tomados prisioneros. Todo su amor, su condición rebelde, su pasión y convicción subversiva contra el Partido y el Gran Hermano se verán destruidos a través de la tortura, los golpes, el dolor, la rendición, la culpabilidad, el ultraje a su dignidad. Humillarles y destruir su capacidad de argumentación y racionamiento es el objetivo de las torturas. Lograr la lealtad al Partido y al Gran Hermano. Obligado a confesar delitos que no había cometido, la dignidad de Winston queda pisoteada hasta sentir vergüenza de sí mismo. Doblegarlo hasta hacerle perder la memoria, cambiarle sus recuerdos, sus pulsiones y pasiones, “resetearlo” sería la palabra actual y volverlo a “formatear” con las verdades que dicta el Partido: “lo que el Partido diga que es cierto, es cierto. Es imposible ver la realidad si no es a los ojos del Partido. Eso es lo que tienes que volver a aprender Winston”, le dice O’Brien, su torturador. A eso le llaman “recobrar la cordura”, autodestruirse para volver a creer, a tener fe, confiar en el Supremo. De tal manera que claudica y se convierte.

Esta no es más que una patética imagen de lo que desean lograr todos los autoritarismos, despotismos, totalitarismos y las simuladas democracias. Tratan de “curar” y “cambiar” al descarriado y que se vuelva crédulo del déspota; de otra manera será “esfumado” para siempre. Convertir al hereje, he allí el propósito; reformarlo, que no se resista, que acepte con fervor, con plena obediencia y credibilidad, sin dudar, sin preguntarse el por qué, tal es el objetivo, el cual lo llevan a cabo las religiones, los fundamentalismos, los medios de comunicación oficiales y las telepantallas digitales globales. Estos últimos, van construyendo un adoctrinamiento exquisito y una servidumbre mediática de forma sutil, sin necesidad de la tortura física. Es un mecanismo casi invisible, de coacción, de censura y control, que provoca un dolor dulce, sin el rechazo ni la repugnancia del ciudadano. Éste, la mayoría de las veces, entra a las reglas del juego que el régimen instaura a través de manipulaciones publicitarias y propagandísticas. Con gratitud y satisfacción, las instituciones del poder observan cómo los ciudadanos aceptan conformes, y en consenso, las reglamentaciones impuestas deliciosamente.

Dominar sin que el dominado se dé cuenta de ello. A este despotismo se le asume con cierta despreocupación, se le tolera por ignorancia u omisión. La manipulación se hace evidente. Es cuando una complicidad con el poder, en silencio o pública, surge entre la mayoría de los ciudadanos. Un aplauso eufórico y embriagante a los déspotas se deja escuchar. Claro, el masivo consumo de hiperinformación oficialista, con su indigestión telemática y saturación de noticias, nutre este delicioso despotismo. “Transformar” al sujeto, como también a toda la ciudadanía.

Sin memoria, sin historia, sin razón crítica, sin emoción creativa, parece una radiografía de la perversidad política de última hora, de la demagogia del poder como salvador del pueblo. La idea es que el individuo se adapte, y más aún acepte, su situación de humillación. Cuando este ose rebelarse se le culpabilizará de su propia degradación y hundimiento. Sin embargo, con obedecer no es suficiente. Debe amar al Supremo, al déspota. Este amor adictivo al poder es el que se narra al final la novela. Como en una devoción religiosa, Winston le manifiesta adoración al Gran Hermano cuando ve su rostro en la tele pantalla: “alzó la vista hacia el rostro gigantesco. Cuarenta años había tardado en entender la sonrisa que se ocultaba tras el bigote negro. ¡Qué malentendido tan cruel e innecesario! ¡Qué exilio tan obcecado se había impuesto a sí mismo de aquel pecho amoroso! Dos lágrimas perfumadas de ginebra le rodaron por la nariz. Pero todo había acabado bien, la lucha había concluido. Se había vencido a sí mismo. Amaba al hermano mayor” (p. 363).

Escrita en 1948, más que una premonición es una realidad en parte cumplida y en parte deseada. Es una novela no tanto para el futuro sino del presente, con sus dispositivos de poder a escala global, tanto del mercado como de los medios masivos telemáticos y digitales. Todo esto ya es posible y ha sido aplicado. 1984 se vuelve realidad, historia, mundial y local, como en Colombia, donde se hacen evidentes estos procesos autoritarios.

 

Referencia:
Orwell, George, 2019. 1984. Bogotá: Lumen.

* Poeta y ensayista colombiano.

 

Video relacionado

https://youtu.be/43Ddh1UOo7w • 36’03’’

 

 

 

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Francis Bacon.

El tiempo pasa y nos marca de diversas maneras con sus acontecimientos, unos más fuertes, otros no tanto. De unos y otros escritos en desdeabajo en su debido momento. Hoy, en época de balances, los retomamos y les invitamos a su relectura.

 

I

He regresado insistentemente a Las ruinas circulares, esa oda a las realidades oníricas, que heredamos de Borges. Al hacerlo y, a falta de la mía, siento estar retornando a tu biblioteca, esa que, gracias a las geografías que soñamos, me albergó en ciudades, que como la del amado Borges parecían habitadas por fantasmas del Sur. Permíteme decirte, sin embargo, que en sus patrias el wayuunaiki no está contaminado por el castellano y es infrecuente el Covid-19.

La idea de soñar a un hombre e imponerlo a la realidad, que aparece en Las ruinas circulares, me parece absolutamente vigente en las actuales circunstancias. Hace un par de semanas, en una de esas cadenas que impone el rigor del teletrabajo, recibí un facsímil electrónico desde Viena firmado por Frijot Capra y Hazel Henderson, en él, el físico y teórico de los sistemas y la futurista y analista política, imparten una lección sobre las pandemias, su impacto e historia, localizada en el 2050. La pareja impone el rigor de la ciencia para concluir que hay una relación entre colonialismo y calentamiento global, que resulta directamente proporcional a la analogía que va del exterminio cultural a la perdida de la diversidad biológica.

Entre sus consecuencias, en esta vigilia de confinamiento, sobresale la transmisión de virus que han vivido simbióticamente con especies no-humanas; y que en el cuerpo humano adquieren la capacidad mortífera del cambio climático sobre la Tierra. De otro lado, treinta años en el futuro proyectan otro tipo de sueño: la producción local de alimentos con tecnologías indígenas, la disminución del turismo de masas, el uso progresivo de combustibles no fósiles, entre otras medidas, que se hermanarían con el medio ambiente. Estarás de acuerdo en que soñar al Covid-19 como el gran redentor sería ridículo y fútil. En todo caso, pareciera acertar Joshua Clover, al señalar que el rol del virus en la disminución temporal de emisiones planetarias es informativo: no para reivindicar la visión simplista que presenta el declive ecológico como una consecuencia de las acciones humanas, sino para remarcar que el virus es el capital, la producción industrial la enfermedad, y el neoliberalismo el cuerpo soberano.

El personaje central de Las ruinas circulares, un hombre taciturno llegado del Sur y oriundo de una patria ‘donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra’, fue capaz de crear oníricamente a un hombre, soñando primero con su corazón y visionando progresivamente al varón integro. En la ciencia de los sueños de Borges, los órganos del cuerpo humano operan como los virus: en plena metamorfosis. Se trata de materiales genéticos anárquicos sin los que la teoría de la evolución sería una quimera. Ellos, a decir de Emanuele Coccia, no pertenecen a ningún individuo y, sin embargo, son capaces de transformar a la totalidad de los seres vivos permitiéndoles desarrollar su forma única. Ya te imaginarás que el filósofo italiano sigue de cerca la fórmula del cuerpo sin órganos que a la vez resuena con el arte de Francis Bacon, llevándolo en efecto mariposa a citar a Deleuze: ‘Hacemos rizoma con nuestros virus, o más bien nuestros virus nos hacen rizoma con otros animales’.

Pues bien, la forma en que el personaje de Borges va palpando y acoplando en sus sueños diferentes órganos hasta proyectar a Otro, sigue la trayectoria del cuerpo múltiple que habita en nosotros, que pareciera ir de la literatura a la ciencia, si pensamos críticamente en las sugerencias de Capra y Henderson. Percibir que somos múltiples nos impone repensarnos como humanos/no-humanos, y fluir con nuestros virus, hongos y bacterias: No somos ‘nosotros’ sino el bestiario que habita nuestro cuerpo. Ese humano/no-humano, como el personaje de Borges, tendrá que ser más humilde y comprender con consuelo que es una apariencia que otro está soñando.

II


Circulares anatomías de plastilina. Borramiento de facciones tras las circulares anatomías en la imagen que anexas. Un surreal y pictórico malentendido cuando salpicas tu texto con alusiones corona-víricas que se han venido propagando tanto como las cifras nuestras de cada día (y que se tornan cada vez más y menos significativas o trascendentes). La circularidad en el cuento de Borges se desdobla en la creación del doble, el Otro, el homúnculo que repetiría incansable el ciclo de las generaciones oníricas. De tal Eterno Retorno de lo Idéntico me asalta un cosquilleo anómalo recordando las no infrecuentes pesadillas que le provocaban a Friedrich Nietzsche. Tanto como la lección pandémica ahora y en 2050. Muchísimas más circulares anatomías de plastilina.

Se inaugura entonces esta fase infecto-solipsista del capitalismo vírico que nos asedia, la postiza conectividad a que nos sujeta cierta contagio-fobia de rostro anómalo. Con las facciones des-identificadas. Un rostro anómalo de facciones desenfocadas y traslaticias. Para que te hagas una idea de cómo ando en estos encierros puedes tanto apreciar un cuadro de Bacon como recordar al ser que habitaba el sótano de la lujosa y estilizada mansión Park en Parásito de Boong Joon Ho. He pensado mucho en la existencia subterránea y ciertamente escondida de tal cucarachesco personaje. En Memorias del Subsuelo, Dostoievsky destilaba en boca de su nihilista protagonista frases de escarnio y lúcido desdén hacia los ideales de una humanidad arrogante. Nunca me habían parecido tan pertinentes tales fraseos.

El desencanto civilizatorio se torna enorme, no sé si al punto de contagiar un apetito suicida como el de la espectral película Pulse (Dir. Kiyoshi Kurosawa, 2001). En tal fantasmática distopía la barrera que separa el mundo de los vivos y los muertos se va disolviendo en una verdadera epidemia tanática. Y el canal, justo como ahora, es la obligada virtualidad tecno-dependiente. Como si la circulación de agentes patógenos incluyera memes, pegadizas ideas, símbolos, ritornelos o fragmentos sonoros en una heterogeneidad digna del Rizoma Deleuze-Guattárico que mencionas. Y no solo porque el devenir nómada nos haga cohabitar con metamórficas súper gripas, ni porque tales súper gripas vengan a castigar las malas conductas de la humanidad hacia el medio ambiente, se trata más bien de una Peste que Albert Camus había detallado con prefiguración visionaria si consideramos las capas de significado adosadas a las explicaciones y posibles reacciones al contacto enfermante que padecemos y nos padece.

De tal crónica pestífera un amigo me recomendaba El Diario del Año de la Peste (1722) de Daniel Defoe, extraña escritura cernida sobre el desastre con una angustia de exactitud y verosimilitud que asusta incluso al más descreído. De tales intentos de retratar la peste me quedo con Francis Bacon, esas anatomías plastilínicas que de inmediato asocio a la primera víctima (actuada por una pertinentemente antipática Gwyneth Paltrow) de la también profética Contagio de Steven Soderbergh (2011). Eso sí, por favor no vayas a ponerte a ver estas películas que menciono, o si no la infecto-paranoia reinante puede degenerar en un caso de agorafobia franca y temiblemente incurable.

Me despido como con un letargo de claustro-filia incipiente. Acompañado por los retratos baconianos que veo cada vez que al dictar clase online —y gracias a los vaivenes de una siempre dudosa conectividad— las imágenes se pixelan y las voces adquieren resonancias de ultratumba (o desaparecen en lo que se viene constituyendo como un nuevo modelo de comunicación entrecortado y repetitivo… ‘me escuchan?’ […] ‘se escucha bien?’ […] en un eterno retorno de tedio infinitivo). Así te propongo un homenaje a este modo-glitch de la existencia, a este des-posicionamiento de las rutinas hiper-consumistas, a este aquietamiento de los ruidosos ritmos del turbo-consumismo a trasluz de una pantalla que, dibujada por Francis Bacon, diluye la precisión de la alta definición en un maremágnum innoble de incierto gusto y de plastilina.

 

Periódico desdeabajo Nº267, pdf interactivo

 

 

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Viernes, 27 Noviembre 2020 05:30

Stendhal descubre un amor de Miguel Angel

Stendhal descubre un amor de Miguel Angel

Había una vez un escritor francés que logró volverse italiano. Así quería Stendhal que lo recordaran (incluso pidió que en su lápida dijera: “Enrico Beyle, italiano. Vivió, escribió. Amó”). Eso no le impedía confesar que, cada vez que tenía que decirse algo importante a sí mismo, se lo decía en inglés, porque es necesario ser conciso para las cosas importantes. Stendhal se sabía gozosamente bocón, en una época y un lugar en que no era aconsejable ser bocón. De ahí que firmara sus libros con seudónimo y viviera fuera de Francia: en la vida real era Henri Beyle, el vicecónsul de su país en Civitavecchia, un puesto de pacotilla, que había sido la única manera que se le ocurrió a un bonapartista como él para mantenerse fuera de Francia en aquellos tiempos monárquicos.

En Italia la pasaba bomba, a su manera: su manera era enamorarse de todas las mujeres hermosas de su época. Muchas le partieron el corazón; él las lloraba gozosamente y después escribía sobre ellas. Dije que Stendhal se sabía bocón en una época en que era peligroso ser bocón; así fue cómo descubrió que la única manera en que alguien como él podía ser conciso era siendo disgresivo: pasando de un tema a otro, para evitar decir de más sin coartarse el uso de la pluma, que era lo que más le gustaba en la vida. Por eso escribía con el Código Civil siempre sobre la mesa: para recordarse ser conciso como un artículo de dicho mamotreto, y así cambiar de tema también.

Stendhal dejó más inéditos que obra publicada, porque cada libro que mandaba a París para publicar era la mofa del ambiente literario (es célebre que La Cartuja de Parma tuvo un solo admirador en toda Francia, pero ese admirador era Balzac). Y los inéditos de Stendhal no se terminan nunca porque, además de los manuscritos que dejó, escribía como un poseso en los márgenes de los libros que leía, fueran de su propiedad o ajenos. De manera que hasta el día de hoy se siguen desenterrando cosas de él, cada vez que va a remate la biblioteca de alguno de los palacios por donde pasó, en sus febriles andanzas cortesanas (su amigo Merimée escribió: “Nadie supo nunca exactamente a qué gente veía, qué viajes había hecho, qué libros escribió”). Todo esto viene a cuento porque el otro día rescaté de la Biblioteca de Popular de Gesell un librito cuyo título que me paralizó de envidia (¿Quién me defenderá de tu belleza?), y casi muero de alegría cuando vi que era un libro de Stendhal que no conocía.

Imagínense en Roma, parados sobre el empedrado de la esquina donde la Via Arenula se hace ancha y muta en diagonal. Sobre esa isla de adoquines se alzaba en 1832 un palazzo donde Stendhal había alquilado un piso, en cuanto se enteró de que allí había vivido el gran Miguel Angel trescientos años antes. Nuestro personaje está de pésimo humor una mañana: ha logrado atraer hasta sus aposentos a la dama que ama, pero ella le informa que no puede quedarse porque debe volver a su casa a amenizar a un primo. “¡A un primo! Les nacerán monstruos”, murmura Stendhal. La dama ni se mosquea. Con un mohín le dice: “¿Sabe usted, caro signore, que en los días de gloria de esta residencia, su admirado Miguel Angel conoció aquí al joven Tommaso Cavalieri, el hombre más bello de su tiempo?”. Stendhal la mira con ira: sabe que, precisamente en el año 1532, Miguel Angel esculpió su famosa pieza “La Victoria”, donde un joven de desafiante belleza somete con su rodilla a un viejo que yace encorvado a sus pies.

Stendhal ve partir a la dama romana y se abalanza a la biblioteca, encuentra una edición de las Rimas de Miguel Angel y, en los márgenes de aquel célebre poema al joven Tommaso (“Me has encadenado sin cadenas / y sin brazos ni manos me sujetas / ¿quién me defenderá de tu belleza?”), bosqueja febrilmente su versión del episodio que acaba de protagonizar, nombrando a la amada sólo con una inicial. Acto seguido, parte a Civitavecchia a hacer acto de presencia en su oficina, y nunca más retoma la historia, que queda olvidada entre las páginas de ese libro hasta que, ciento ochenta años más tarde, es descubierta por azar en el remate de la biblioteca del difunto conde de Waldstein en Roma.

Stendhal estaba por cumplir cincuenta años aquella mañana en que fue rechazado por su amante romana. Miguel Angel acababa de cumplir la misma edad cuando conoció a Tommaso el hermoso, ese otoño de 1832. No le costó nada a Stendhal verse a sí mismo como acababa de verlo su joven amada romana, exactamente en la misma posición en que Miguel Angel se había esculpido a sí mismo a los pies del fatuo y triunfal Tomasso: feo, viejo, plebeyo, vencido. Esa es la breve historia que garabatea en los márgenes del poema. En el momento culminante, el cincuentón a punto de ser rechazado contempla enardecido cómo su joven objeto de devoción alza un damasco escarchado de azúcar de una bandeja de plata y dice: “Lástima que no sea pecado”.

Por esa clase de gloriosos momentos es único Stendhal. Hay pocas cosas más ingratas que escuchar a alguien contar sus desgracias amorosas, salvo que ese alguien sea Henri Beyle. En Francia hay una pomposa asociación que se hace llamar “Amigos de Stendhal”. Hay que ser pomposo para tener carnet de amigo de un escritor muerto hace siglo y medio. Pero los Amigos de Stendhal son así, y no queda más remedio que soportarlos porque gracias a ellos se conoce una necrológica formidable que el propio Stendhal escribió sobre sí mismo cinco años antes de morir, y que empieza así: “Hotel Favart. Llueve a cántaros. Esto puede ser leído sólo después de la muerte del firmante, a fin de evitar ofrendas envenenadas hacia aquel que se simula honrar”.

Hablando de sí mismo en tercera persona (“Su padre le prohibió conocer París antes de los treinta años para que no se degradara en sus costumbres”), Stendhal procede a relatar todas las campañas militares e intrigas políticas en las que participó, combinadas con los fervores y desengaños amorosos que sufrió. No ahorra nombres de militares y políticos, pero a todas las damas las menciona sólo con inicial (a veces no puede con su genio y agrega una segunda letra, para regocijo de su club de amigos, que llevan ciento cincuenta años discutiendo la identidad de cada una de esas damas).

Stendhal dice de sí mismo que fue “el más feliz y probablemente el más desequilibrado de los hombres”. Que adoraba la música, la gloria literaria y el arte de tirar un buen golpe de sable. Que despreció a Voltaire por pueril, a Madame de Staël por enfática y a Bossuet porque parecía una burla seria. Que respetó a un solo hombre en su vida, llamado Napoleón Bonaparte, y que quizá fue amado, “aunque no era para nada guapo”, por alguna de esas damas cuyas iniciales quedaron grabadas en su corazón. Y entonces, el feo, el viejo, el siempre derrotado y nunca vencido en la vida y el amor, remata su necrológica con esta frase fenomenal: “Fin de estas notas escritas de 4 a 6 de esta mañana de lluvia abominable. Sin releerlas, para no mentir”. Por esa clase de gloriosos momentos es único Stendhal.

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Martes, 24 Noviembre 2020 05:45

Personajes fuera de los libros

Personajes fuera de los libros

En un reciente taller de creación literaria, uno de mis alumnos planteaba la pregunta siempre constante de la importancia, o necesidad, de la escritura y de los escritores, en un mundo en crisis, como si la magnitud de esa crisis volviera banal el acto de escribir.

Mi repuesta a este joven aspirante a escritor, que cuestiona la utilidad de su propio oficio, fue que, precisamente, los fenómenos sociales son el caldo de cultivo de la literatura, pestes, guerras, enfrentamientos, en la medida en que afectan a los seres humanos porque provocan muerte y desgracias, ausencias, encuentros fortuitos. Cuando dejamos de mirar el todo, y entramos en las vidas de los individuos, es que surge la literatura.

Por tanto, la literatura no es prescindible, como algo que se puede abandonar porque la colocamos en un platillo de la balanza, y en el otro ponemos todo el peso desalentador de las crisis sociales. La literatura está para convertir esos hechos en historias donde encarnen personajes capaces de salirse de las páginas de los libros.

Los arquetipos literarios, sujetos reales en el mundo real, pasan a ser un punto de referencia común porque son capaces de representar nuestras propias percepciones del mundo, y se vuelven una síntesis de lo que en determinado momento no podemos expresar de otra manera. Arquetipos aun para quienes nunca han leído los libros de donde salieron.

La creación literaria lleva a convertir a las personas en personajes, que es cuando adquieren ese relieve singular que los aparta del común. Pero cuando el personaje se sale del libro vuelve a convertirse en persona, y goza entonces de esa naturalidad que le da la vida real, viviendo entre los demás.

Ulises es un nombre común aun para quienes nunca han leído La odisea, y cuando queremos significar todo lo que es difícil, o azaroso, decimos simplemente que es una odisea. ¿Y la guerra de Troya? Los grandes fracasos, las grandes derrotas son siempre Troya incendiada y desolada. Aquí fue Troya.

Homero, a través de milenios, es el gran dispensador de arquetipos, y aún de nombres de pila. En mi infancia, su elenco completo andaba por las calles de Masatepe, panaderos, agricultores o albañiles, jugadores empedernidos de gallos, bordadoras y costureras, y maestras de escuela: Héctor, Ulises, Telémaco, Aquiles, Ifigenia, Casandra, y una Helena que de verdad era bella. Era un pueblo homérico.

Pero esta es una expresión que va más allá. Homérico es lo portentoso, lo extraordinario. Como América Latina misma, que es homérica porque su historia ha representado tantas veces la epopeya, que tiene siempre mucho de heroísmo, pero también de injusticia y de crueldad. Homérica Latina, como llamó la escritora argentina Marta Traba a un libro de crónicas suyo.

El personaje que ha sabido ganar más realidad fuera de la página escrita, es, por supuesto, don Quijote. Si una agencia de viajes anunciara en un tour guiado por La Mancha una visita a su tumba, donde descansa al lado de Sancho, ningún turista lo creería una tomadura de pelo.

Tampoco es necesario haber leído a Cervantes para creer en la existencia real de estos dos personajes que han llegado a representar, más allá de cualquier intención de quien los creó, los dos polos entre los cuales siempre creemos movernos, idealismo y materialismo, la elevación de miras y la bajeza, o, si se quiere, locura frente a cordura; y es por eso que ambos son tan populares, porque se les suele contraponer en la vida común, y es de allí que resulta lo quijotesco.

Quijote se vuelve quien quiera alcanzar lo que está demasiado distante, o no es posible, y lejos de tener un sentido real de la vida, que quiere decir tener un sentido práctico, termina convirtiéndose en un bueno para nada. Un quijote al que se termina viendo con ojos de desdén o de misericordia.

Mefistófeles no sería tan popular si no hubiera pasado por las páginas del doctor Fausto. El diablo que nos tienta con librarnos de la pobreza y de la vejez, es mucho más conocido entre quienes nunca han leído a Goethe que el propio sabio alquimista dispuesto a entregar su alma. No todo el mundo dice faustiano, como dice homérico, o dice quijotesco. O dice donjuanesco.

Don Juan, el mujeriego dueño de todos los excesos y de todas las alcobas, que desafía altanero a la muerte y a los muertos, es más popular que el autor, o los autores que lo inventaron, porque ha sido inventado en el alma de cada quien. Y popular, sin duda, la Celestina, en la vida y en la lengua de todos los días.

Pero a cuántos que ni siquiera saben de la existencia de Kafka, ni menos lo han leído, he oído decir kafkiano cuando se ven atrapados en situaciones que no comprenden, o cuando son víctimas de lo absurdo a que el destino los somete. O de la burocracia, o del poder, que son formas del destino.

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Martes, 17 Noviembre 2020 05:40

¿Para qué sirve un escritor?

¿Para qué sirve un escritor?

Palabras inaugurales en la XVI Feria Internacional del Libro de Venezuela

 

1

Siempre me he preguntado, al igual que todo el mundo, para qué sirve un escritor. La primera respuesta que  se nos ocurre es obvia: para nada. En otros sitios los literatos motorizan industrias editoriales que ensucian mucho papel y mueven mucho dinero. En un país donde los índices de lectores subieron abruptamente y posiblemente se desplomaron tras el bloqueo, vuelve el escritor a ser fantasma sin aplicación, salvo el arribismo político o el malabarismo burocrático. Esta respuesta es falsa, pero me siento cómodo con ella. Sostener que un ser humano debe servir para algo es  mercantilismo ajeno a la Utopía, donde el Ser se justificará por el prodigio de su propia existencia y sus creaciones. Instalarse en un oficio sin escalafón ni tabla de remuneraciones es conquistar  de manera soberbia una parcela del Reino de la Libertad: del vivir sin deberle a nadie excusas ni plusvalía. Vale decir, la aristocracia sin siervos ni esclavos a la que acceden sólo creadores e indigentes.

2

Me corrijo: el escritor sí sirve para algo, o más bien para todo. Los  seres vivientes acceden a la condición de animales sociales al desarrollar el lenguaje. Abejas, hormigas y delfines disponen de complejos medios de comunicación. El de los seres humanos es el que más depende de la capacidad de invención. De creerle a Noam Chomsky, las estructuras profundas de nuestro lenguaje serían fijas e innatas, pero a partir de ellas hemos desarrollado millares de idiomas y culturas distintas. El escritor  organiza, fija, potencia y preserva las palabras, primero en el mecanismo mudable de la memoria, luego en la trama de los signos preservados en piedra, arcilla, nudos, papel o pulsos electromagnéticos. La palabra dicha es local y fugaz, sin más alcance que la voz y el recuerdo. La reducida a  signos en la escritura aspira a perdurable. Gracias a ella disfrutamos de inagotable  acceso a todo lo dicho desde el comienzo de los tiempos y el confín de las distancias.

3

Sin lenguaje sería  imposible coordinar  conductas humanas; sin escritura, hacer  esta coordinación perdurable. Las palabras no son la realidad, pero erigen  modelos modificables de ella. Las más poderosas  nombran objetos intangibles. Tribu, Aldea, Ciudad, Nación, Religión, República, Estado, son palabras. El escritor incesantemente construye y destruye  la concepción del mundo. Alrededor de textos como la Biblia, las Analectas, la Odisea, el Popol Vuh, el Corán,  El Príncipe o El Quijote terminan de decantarse los idiomas que a su vez definirán naciones. La escritura  fija la realidad fluyente del idioma y mediante él  estabiliza el sistema compartido de valores que llamamos Nación. Cada escritor desarrolla un estilo y cada comunidad una civilización, especie de intangible frontera del cuerpo político. Hay Naciones cuya cultura perdura milenios después de destruido su Estado, y Estados aniquilados porque dejaron morir su cultura. 

4

La naturaleza  se nos hace inteligible a través del lenguaje. Organizamos  vocablos mediante gramáticas cuyas construcciones llamamos filosofías, con las cuales  explicamos el mundo. El universo es sólo  caos de sensaciones hasta que lo ordenamos con el mito, la Historia y las matemáticas. No hay escritor más preciso que quien  traza números, a pesar de que su cosmos está poblado de criaturas insensatas: el cero, el infinito, los números irracionales. No olvidemos al que apunta sonidos y nos interna en orbes musicales  al parecer desprovistos de otro sentido que el de cautivarnos. Pintores y escultores  articulan imágenes y formas, ingenieros y arquitectos palabras  sólidas. Todo lo real fue escritura; pasado su tiempo devendrá Historia.

5

Cuenta Maquiavelo que luego de pasar el día discutiendo con jornaleros y pastores, se encerraba en su biblioteca para conversar con los grandes hombres del pasado. La filosofía no ha encontrado mejor manera de definir el Ser que considerarlo una hilación de ideas, vale decir, de palabras. Seguir el monólogo interior de James Joyce es temporariamente convertirse en él. Mediante la lectura disponemos de mil vidas; mediante la escritura, de la ilusión de ubicuidad e inmortalidad. Sólo muere el escritor cuando ya no es leído; sólo deja de serlo cuando evade su Verdad. Nace muerta la palabra que  expresa adulación o  moda. La venalidad no expresa más que el precio que la compra.

 6

Toda opresión es legitimada por cadenas verbales. Su fin llega cuando son resignificadas las  palabras de sus murallas conceptuales.  Toda Revolución es disparada por la prédica de una Vanguardia Ilustrada. La Revolución Francesa, la Independencia, la Bolchevique, la China, la Descolonización, la Cubana, la Sandinista, la Boliviana,  fueron movimientos explosivos detonados por  mechas de conceptos. El bolivarianismo es  intento de plasmar lo mejor del nacionalismo, el antiimperialismo, el integracionismo, el socialismo del  proyecto de la izquierda de los años sesenta. En vano desdijeron de este último algunos de sus autores. Lo dicho en vida sobrevive a quien muere en espíritu. 

7

Sobre la tierra se baten  a muerte el discurso de la Alienación y el del Reino de la Libertad. Algoritmos de  dividendos deciden hecatombes. Mentes artificiales enuncian palabras digitales que asfixian la esperanza y proscriben el futuro. Cada vocablo que tecleamos es registrado por mecanismos espías y cribado por análisis de contenido.  La información se concentra en un número cada vez menor de softwares. Todo lo que digamos puede ser digitalizado en  contra nuestra. Más de un millar de idiomas hablamos los humanos: las máquinas los han traducido a  uno solo. Mientras construimos el mundo con conceptos los ordenadores lo reducen a data. Debemos aprender idiomas inhumanos que sólo conocen el uno y el cero para defender nuestra patria, que es el infinito. Una vez más, es preciso inventar el lenguaje que nombre la vida. La palabra es nuestra memoria y nuestro consuelo. Nuestro anhelo de arribar al mundo donde, como anticiparon Carlos Gardel y Alfredo Lepera, no habrá más penas, ni olvido.

Por Luis Britto García | 17/11/2020

Fuente: http://luisbrittogarcia.blogspot.com/2020/11/para-que-sirve-un-escritor.html

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Jueves, 12 Noviembre 2020 06:11

Memoria del Caribe

Memoria del Caribe

Cuando hablamos de identidad deberíamos empezar por buscarla en la diversidad. El Caribe, tan diverso y múltiple, es un universo complejo que se forma a través de los siglos con base en una mezcla de etnias de muy distinta procedencia, y de muy diversas culturas y lenguas, y que engloba variados territorios geográficos, continentales e insulares, distantes entre sí, pero que comparten elementos culturales fundamentales.

La cultura se vuelve un elemento crucial a la hora de hablar de diversidad, y al tratar de representar bajo un denominador común todo este conglomerado asombroso, y tan deslumbrante, que llamamos Caribe, y que desborda, en primer lugar, la llamada lógica geográfica.

Podemos describir un círculo que comprende toda la costa del Golfo de México, desde Florida hasta Yucatán y la costa maya, que baja por la cornisa de Centroamérica, hasta la costa de Colombia, Venezuela y las Guyanas, y de allí por ese mar mediterráneo nuestro que comprende las Antillas mayores y menores, islas a sotavento y barlovento, y marca la frontera hacia el Atlántico.

El Misisipi de Mark Twain y William Faulkner es un río del Caribe, como Nueva Orleans y todo el Dixieland del jazz es el Caribe, y el Orinoco de Rómulo Gallegos, y el Magdalena de Gabriel García Márquez son ríos del Caribe. Y la isla de Trinidad de V.S. Naipul es una isla del Caribe, como Santa Lucía de Derek Walcott, y su mar de Homero, y la Martinica de Aimé Césaire, y Guadalupe de Saint John Perse.

Pero el Caribe es también la costa del Pacífico de Centroamérica, tierras de selvas y volcanes de Rubén Darío y Miguel Ángel Asturias, y es Guayaquil, ya muy adentro, hacia el sur, de ese mismo océano Pacífico, y lo es también Salvador, Bahía, en el litoral atlántico brasileño, territorio de Jorge Amado.

Una diversidad de razas y de pueblos. Una gran olla en la lumbre, una gran cocina de lenguas y música y religiones y ritos. Los pueblos que ya estaban desde antes de la llegada de los conquistadores, zainos, arahuacos, caribes, mayas, nahuas, chibchas. Y españoles peninsulares de la Conquista, y los que siguieron llegando después, oleada tras oleada, y los colonos portugueses, los italianos pobres del sur, los judíos sefarditas y los de Europa oriental, los árabes de Siria y Líbano y los palestinos del imperio otomano, y los chinos de Cantón escondidos en los barcos en barriles de tocinos salados, los hindúes de Bombay, los holandeses luteranos, los corsarios franceses.

Y, sobre todo, y éste es un elemento común que suele obviarse, o rebajarse, los negros esclavos de África. Por todo el Caribe se multiplicó la población negra y mulata. Y fueron ellos quienes junto con los mestizos pelearon las guerras de independencia, y se diluyeron bajo los distintos disfraces del blanqueo, que fue un proceso ideológico de ocultamiento de identidad.

Pero la herencia africana es infaltable e inocultable. Sólo para mencionar la música, sin la que el Caribe no existiría como lo conocemos: del danzón a la guaracha, al merengue, la bachata, los porros, al mambo, las distintas variedades de la salsa; y más allá, hasta el sur del continente, el candombe, y la milonga y el tango, que tienen la imperdible marca africana.

Y el Caribe es también el territorio donde se han incubado las mejores ideas redentoras y los sueños más perversos, y se han fraguado proyectos de poder que podemos ver reflejados en la literatura, que los copia de la realidad de la historia.

Dónde si no habría de aparecer un personaje como Henri Christophe, al que encontramos en las páginas de El reino de este mundo, la novela de Alejo Carpentier. Era cocinero de una fonda en Haití, y llegaría a coronarse rey. E hizo construir en la cumbre del Gorro del Obispo la ciudadela de La Ferrière , cada bloque de piedra subido a lomo de sus súbditos esclavos, el antiguo esclavo dueño de esclavos.

Henri Christophe piensa en la opresión como esclavo, e imagina el poder como caudillo. Imagina con delirio. Y el delirio ha-bría de repetirse a partir de entonces a lo largo de la historia. Con otros nombres, y otros disfraces.

La novela del dictador tiene su cuna en el Caribe, de El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, a El recurso del método, de Alejo Carpentier, a El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, a La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa. Es la geografía del caudillo, que en uno y otro país llega al poder para no irse más, llena las cárceles de presos políticos, agrega títulos sin fin a su nombre, e impone el terror, la adulación y el silencio.

Porque el Caribe es también un territorio de sueños perdidos, y de extrañas convivencias. Un mundo rural, antiguo, anacrónico, que pretende ser moderno y que fracasa siempre bajo el peso del caudillo enlutado. Y la terca persistencia de aquel mundo viejo, al que nunca termina de comerse la polilla, produce el asombro en la literatura.

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Viernes, 23 Octubre 2020 05:50

El don de la ubicuidad

El don de la ubicuidad

De los muchos rasgos diversos del arte de novelar de Mario Vargas Llosa, a quien celebramos al cumplirse el décimo aniversario de su premio Nobel, hay uno que me ha admirado siempre, y es el poder de apropiarse de lo que de primera intención llamaría escenarios lejanos o escenarios ajenos.

Esa virtud de naturalizar los ambientes extranjeros, la enseña Graham Greene en El poder y la gloria, que se ubica en Tabasco, en la época del enfrentamiento religioso que siguió a la Revolución Mexicana; Nuestro hombre en La Habana, situada en Cuba en la década de los 50, en vísperas de la revolución; Los Comediantes, en Haití, bajo la dictadura de Papa Doc Duvalier, y El cónsul honorario, años 70, en el nordeste de Argentina.

Se podría obviar el tema bajo el alegato de que, en la medida que un escritor gana en formación cosmopolita y se desprende de la piel nacional, entra con facilidad en cualquier otro escenario y lo asume como propio, y porque, al fin y al cabo, la novela es artificio y simulación y todo se consigue con habilidad suficiente.

Pero no es tan sencillo. Porque lo primero que un escritor debe lograr es convencer al lector local de que le está contando con propiedad el entramado de su propia historia; que es convincente cuando le describe las calles, barrios y plazas, metederos y cantinas, y que le está hablando con los matices de su lengua de todos los días. Y no se puede tocar de oídas, a riesgo de hacer chirriar el violín.

El escenario natural de un novelista está formado por sus percepciones sensoriales de la infanciay la juventud, que es cuando se fija la memoria sentimental, y visual, y esos años de formación vienen a ser raíz de la experiencia duradera que luego se refleja en la página escrita. Lo aprendido y lo percibido es lo contado. A los otros escenarios hay que trasladarse.

Si habláramos de escenarios concéntricos en Vargas Llosa, el primero de esos escenarios es Lima, descrita en La ciudad y los Perros, y luego en Conversación en la catedral. Cuando se empieza a hablar de novela urbana en América Latina, Lima es la urbe de Vargas Llosa, con una población que aún no supera el millón y medio de habitantes, y todavía no deja de ser una ciudad provinciana, virreinal y todo, como puede apreciarse por el plano plegable que acompaña la primera edición de La ciudad y los perros.

El siguiente de esos escenarios concéntricos sería el territorio del Perú, como tal, que empieza a estar presente en otra de sus obras fundamentales, La Casa Verde, un escenario muy geográfico, que se desplaza de ida y vuelta de la Amazonia a la costa norte del Pacífico, entre Santa María de Nieva e Iquitos, y Piura. La Amazonía, a la que regresará en Pantaleón y las visitadoras, y se volverá recurrente en sus novelas.

Pero hay un tercer escenario, que está situado en el círculo exterior, donde las fronteras nacionales quedan atrás, y la experiencia narrativa se extiende hacia el ámbito que podemos llamar extranjero, por extraño. En La guerra del fin del mundo, en La fiesta del Chivo, o en Tiempos recios, se desarrollan en países donde el novelista nunca ha vivido, y ha debido hacer una investigación de campo exhaustiva:

La guerra de los Canudos, en el nordeste de Brasil, siglo XIX; la dictadura sanguinaria del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, hasta su asesinato en 1961, y el derrocamiento de Jacobo Árbenz en 1954, urdido por hermanos Dulles; así se da paso al régimen militar del coronel Carlos Castillo Armas, asesinado en 1957 por mano del infaltable Trujillo.

El siniestro ambiente que vive República Dominicana bajo el trujillato, recreado por Vargas Llosa, puede hallarse también en una novela como Galíndez, de Manuel Vásquez Montalván, otra apropiación a distancia, o en La maravillosa vida breve de Oscar Wao, de Junot Díaz, un dominicano nacido en Estados Unidos que escribe desde la distancia de la diáspora, en inglés.

Los tres periodos en referencia no son contemporáneos al novelista peruano; hay que rastrearlos en la historia, y exigen, por tanto, una aproximación más compleja, la investigación que haría un historiador, o un periodista. Son materiales que pueden dar claves al tema, pero no resuelven la dificultad mayor, que es la de entrar en la atmósfera local.

El poder de la narración, para convencer acerca de la veracidad de lo narrado, pasa a depender entonces de la facultad de penetración, que va más allá de la habilidad técnica para contar, y ordenar los materiales.

Este don de ubicuidad literaria hace que el novelista puede situarse dentro de lo ajeno, no como quien va de visita, sino como quien se queda a vivir, o ha vivido siempre allí. Porque ha podido convertir la imaginación en herramienta de apropiación, y es capaz de volver verdadero lo ficticio.

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Ilustración: Rosario Mateo Calderón

 

La poeta estadunidense recién galardonada con el Premio Nobel de Literatura nació en Nueva York, en 1943, proveniente de una familia de judíos húngaros que emigraron a Estados Unidos. Es autora de trece libros de poesía y dos volúmenes de ensayos. “Las preocupaciones básicas de Glück son la traición, la mortalidad, el amor y la sensación de pérdida que lo acompaña”, considera el crítico Don Bogen.

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Poemas y presencias

Tras el anuncio del galardón sueco, Louise Glück (Nueva York, 1943) –la decimosexta escritora reconocida con el Premio Nobel de Literatura– dijo en una entrevista con Alexandra Alter: “He escrito sobre la muerte desde que pude escribir. Literalmente, cuando tenía diez años, escribía sobre la muerte. Yo era una chica sagaz. El envejecimiento es más complicado. No es simplemente el hecho de que estás más cerca de tu muerte, es que las facultades con las que contabas –gracia física, fuerza y agilidad mental– están comprometidas o amenazadas. Ha sido muy interesante pensar y escribir sobre ello.”

La Academia Sueca eligió en 2020 a una poeta proveniente de una familia de judíos húngaros que emigraron a Estados Unidos. El premio fue concedido, según el comité del Nobel, “por su inconfundible voz poética que con austera belleza hace universal la existencia individual”. Es autora de trece libros de poemas: Firstborn (1968, Primogénita), The House on Marshland (1975, La casa de las marismas), The Garden (1976, El jardín), Descending Figure (1980, Figura descendiente), The Triumph of Achilles (1985, El triunfo de Aquiles), Ararat (1990, Ararat), The Wild Iris (1992, El iris salvaje), Meadowlands (1996, Praderas), Vita Nova (1999, Vita Nova), The Seven Ages (2001, Las siete edades), Averno (2006, Averno), A Village Life (2009, Una vida de pueblo) y Faithful and Virtuous Night (2014, Noche fiel y virtuosa); y de los libros de ensayos Proofs and Theories. Essays on Poetry (1994, Pruebas y teorías. Ensayos sobre poesía) y American Originality. Essays on Poetry (2017, (Originalidad estadounidense. Ensayos sobre poesía).

La editorial valenciana Pre-Textos ha publicado traducciones de siete libros de poemas de Glück: El iris salvaje (Eduardo Chirinos Arrieta, 2006), Ararat (Abraham Gragera López, 2008), Averno (Abraham Gragera López y Ruth Miguel Franco, 2011), Las siete edades (Mirta Rosenberg, 2011), Vita Nova (Mariano Peyrou, 2014), Praderas (Andrés Catalán, 2017) y Una vida de pueblo (Adalber Salas Hernández, 2020). Al español también se tradujo una antología (Louise Glück. Poesía selecta, traducción de Beverley Pérez Rego, Universidad Metropolitana, Caracas, 2008).

Pre-Textos utiliza como epígrafe el siguiente pasaje de Glück, de Pruebas y teorías. Ensayos sobre poesía: “Los poemas no perduran como objetos, sino como presencias. Cuando lees algo que merece recordarse, liberas una voz humana: devuelves al mundo un espíritu compañero./ Yo leo poemas para escuchar esa voz. Escribo para hablar a aquellos a quienes he escuchado.”

Sufrimiento y pérdidas

En “Mañana lluviosa”, incluido en Praderas, Louise Glück revela un satírico deseo de mostrar: “Todos podemos escribir sobre el sufrimiento/ con los ojos cerrados. Deberías mostrarle a la gente/ algo más de ti misma; mostrarles tu clandestina/ pasión por la carne roja.”

En “Madre e hijo”, de Las siete edades, afirma: “Soñamos; no recordamos.” Y se cuestiona: “¿Por qué sufro? ¿Por qué soy ignorante?/ Células en una gran oscuridad./ Alguna máquina nos hizo;/ es tu turno ahora de exigirle, de volver a preguntarle:/ ¿para qué existo? ¿Para qué existo?” En “Puesta de sol”, perteneciente a Una vida de pueblo, revela: “Pero la muerte es real./ Como si el sol hubiera terminado lo que vino a hacer,/ hubiera hecho crecer el campo y entonces/ hubiera inspirado la quema de la tierra.// Así que ahora puede ponerse.”

En el célebre poema “El vestido”, de Vita Nova, escribió: “Mi alma se marchitó y se encogió./ El cuerpo se convirtió en un vestido demasiado/ grande/ para ella./ Y cuando recuperé la esperanza,/ era una esperanza completamente distinta.”

“Lago en el cráter”, de Averno, se opone a las formas de la muerte: “Entre el bien y el mal hubo una guerra./ Decidimos que el cuerpo fuese el bien./ Eso hizo que el mal fuese la muerte,/ que el alma se volviera/ completamente en contra de la muerte.”

En “Metamorfosis”, de El triunfo de Aquiles, Glück explora la muerte del padre. Roberto Amézquita traduce: “1. Noche / El ángel de la muerte vuela/ bajo sobre la cama de mi padre./ Sólo mi madre lo ve. Ella y mi padre/ están solos en la habitación.// Ella se inclina sobre él para tocar/ su mano, su frente. Ella está/ tan acostumbrada a la maternidad/ que ahora acaricia su cuerpo/ como lo haría con los otros niños,/ primero suavemente, luego/ habituada al sufrimiento.// Nada es ni un poco diferente./ Incluso la mancha en el pulmón/ estuvo siempre ahí.// 2. Metamorfosis/ Mi padre me ha olvidado/ en la emoción de morir./ Como un niño que no quiere comer,/ no se da cuenta de nada.// Me siento al borde de su cama/ mientras los vivos nos rodean/ como tantos tocones de árboles.// Una vez, por la pequeñísima/ fracción de un instante, pensé/ que estaba vivo otra vez en el presente;/ entonces me miró/ como mira un ciego/ directo al sol, ya que/ lo que sea que pueda hacerle/ está hecho.// Entonces su ruborizado rostro/ se apartó de lo acordado.// 3. Para mi padre/ Voy a vivir sin ti/ como aprendí una vez/ a vivir sin mi madre./ ¿Crees que no lo recuerdo?/ Toda la vida he pasado intentando recordar.// Ahora, después de tanta soledad,/ la muerte no me asusta,/ ni tu muerte, ni aun la mía./ Y esas palabras, la última vez,/ no tienen poder sobre mí. Lo sé,/ el amor intenso siempre lleva al duelo.// Por una vez, tu cuerpo no me asusta./ De cuando en cuando, paso mi mano por tu cara/ ligeramente, como un paño sobre el polvo./ ¿Qué me puede sorprender ahora? No siento/ ninguna frialdad que no pueda explicarse./ Contra tu mejilla, mi mano está tibia/ y llena de ternura.”

Vita Nova incluye “Lamento”. Glück alude al instante doloroso que se repetirá en el recuerdo de manera perenne: “Él se está muriendo otra vez,/ y también el mundo. Morirá durante el resto de mi vida.”

La alienación

Sus colegas de Poetry Foundation, en Chicago, analizan y admiran la obra de Glück. El crítico, poeta y traductor Don Bogen –doctor por la uc Berkeley– aseveró: “Las preocupaciones básicas de Glück son la traición, la mortalidad, el amor y la sensación de pérdida que lo acompaña. Ella es en el fondo la poeta de un mundo caído.”

La poeta Stephanie Burt dijo sobre Averno: “pocos poetas, salvo Sylvia Plath, han sonado tan alienados, tan deprimidos, y han logrado que esa alienación sea estéticamente interesante”.

Los escritores asociados a Poetry Foundation explican: “El iris salvaje demuestra claramente su poética visionaria. El libro, escrito en tres segmentos, está ambientado en un jardín e imagina tres voces: flores hablando con el poeta jardinero, el poeta jardinero y una figura divina omnisciente.”

Los miembros de Poetry Foundation declararon sobre Vita Nova: “Aunque el tema aparente del libro es el examen de las secuelas de un matrimonio roto, Vita Nova está impregnada de símbolos extraídos tanto de sueños personales como de arquetipos mitológicos clásicos. Las siete edades incluye recuerdos y la contemplación de la muerte.”

En Averno toma el mito de Perséfone como eje. Nicholas Christopher destacó la lucha de Glück “con algunos de nuestros más antiguos miedos: el aislamiento y el olvido, la disolución del amor, la falta de memoria, el colapso del cuerpo y la destrucción del espíritu.”

Noche fiel y virtuosa

“Glück es la peregrina perdida”, dijo la poeta Arlice Davenport sobre Noche fiel y virtuosa, el decimotercer libro de poemas de la escritora.

En “Paisaje aborigen”, incluido en Noche fiel y virtuosa, se perciben la presencia de los padres y los recuerdos de la infancia. Traduzco un pasaje: “Estás pisando a tu padre, dijo mi madre,/ y de hecho estaba parado exactamente en el centro/ de un lecho de hierba, cortado tan cuidadosamente que podría haber sido/ la tumba de mi padre, aunque no había ninguna piedra que lo dijera.// Estás pisando a tu padre, repitió,/ más fuerte esta vez, que me empezó a resultar extraño,/ ya que ella misma estaba muerta; incluso el médico lo había admitido.// Me moví ligeramente hacia un lado, hacia donde/ mi padre terminaba y mi madre comenzaba.// El cementerio estaba en silencio. El viento soplaba a través de los árboles;/ podía escuchar, muy débilmente, sonidos de sollozos a varias filas de distancia,/ y más lejos, un perro llorando.”

Versiono un fragmento que contiene uno de los destellos más recientes de la muerte en la obra de Glück. Está en “Aproximación del horizonte”, incluido también en Noche fiel y virtuosa: “Mi cumpleaños (lo recuerdo) se acerca rápidamente./ Quizá los dos grandes momentos colisionen/ y me veré encontrándome conmigo misma, yendo y viniendo–/ Por supuesto, gran parte de mi yo original/ ya está muerto, por lo que un fantasma sería forzado/ a recibir una mutilación.”

“Una aventura” es un texto aflictivo perteneciente a Noche fiel y virtuosa. Traduzco partes del poema: “[…] 3./ Yo estaba, comprenderás, entrando en el reino de la muerte […] Las estrellas brillaban, la luna crecía y menguaba. Pronto/ se me aparecieron rostros del pasado:/ mi madre y mi padre, mi hermana pequeña; no habían, al parecer,/ terminado lo que tenían que decir, aunque ahora/ podía escucharlos porque mi corazón estaba quieto. […] 5./ Como todos habíamos sido carne juntos/ ahora éramos niebla./ Como
habíamos sido antes objetos con sombras,/ ahora éramos sustancia sin forma, como químicos
evaporados.”

Gran parte de la obra de Glück se refiere a la terminación y a la pérdida –muerte, divorcio. El poema que le da título a Noche fiel y virtuosa concluye con una alusión a los finales. Al traducir a la poeta neoyorquina una nueva realidad se asoma: “Creo que aquí te dejo. Ha llegado a parecer que/ no hay un final perfecto./ De hecho, hay finales infinitos./ O quizás, una vez que uno comienza,/ sólo hay finales.”

Louise Glück, desde la nostalgia y la reflexión, se sumerge en la reminiscencia y el anhelo.

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