Jueves, 13 Diciembre 2018 05:58

El novelista en la butaca

El novelista en la butaca

Siempre he imaginado al novelista como un director de cine, sólo que, lejos del ajetreo de los estudios y de los rodajes a cielo abierto, trabaja en soledad, y es él mismo, además, guionista, camarógrafo, escenógrafo, y, por fin, editor, porque hace el montaje y corrige y suprime hasta conseguir la versión final.

Tolstoi es el mejor ejemplo de lo que digo. En esa gran superproducción escrita que es Guerra y Paz, sube a la grúa para tener una visión completa del campo de batalla de Borodinó, y desde la altura contempla a las tropas de Napoleón Bonaparte de un lado, y del otro a las del general Kutuzov: formaciones de soldados de infantería en la lejanía, el humo de las descargas de los fusiles, el fogonazo de los cañones, el despliegue de la caballería. Pero también es capaz de quitar los techos de los palacios de Moscú para filmar los bailes de gala, y rebana las paredes a las alcobas para que la cámara no tenga estorbos en las tomas de primer plano de las escenas de amor.

Y, al revés, el director de cine como novelista. Es la sensación que he tenido al ver Roma, de Alfonso Cuarón, una minuciosa exploración sentimental de la infancia, cada fotograma en blanco y negro una pieza infaltable de la obra de arte que es la película. Cuarón no ha querido correr riesgos con la fidelidad a su memoria, "que al fin y al cabo tampoco lo es porque es la única verdad que tenemos, y la memoria es lo que somos", dice; y por eso, como Tolstoi, además de director es el guionista, editor, camarógrafo, y no me cabe duda que también responsable de la escenografía, que es parte esencial del proceso de reconstrucción del pasado.

Una saga autobiográfica que tiene su punto de irradiación en la casa número 21 de la calle Tepeji, en la colonia Roma, construida en 1902 bajo la dictadura de Porfirio Díaz, mansiones de estilo art noveau y neoclásico en el corazón del antiguo Distrito Federal, destinadas a las élites, y que luego pasaron a ser ocupadas por familias de clase media acomodada.

Hay un doble relato en Roma: uno íntimo, que retrata la vida de una familia abandonada por el padre, médico de profesión, cuando la madre debe sacar adelante a sus cuatro hijos, aunque la historia se desliza hacia la figura de Cleo, la empleada doméstica mixteca que es el alter ego de la nana que marcó la vida de Cuarón, Libo Rodríguez, "su segunda madre" y quien se convierte en el eje sentimental, y dramático, de la película.

El otro relato corresponde a la vida pública, y lo que ocurre puertas adentro del hogar está conectado a los acontecimientos de la historia nacional. Se abre la década de los 70 con la ascensión al poder del presidente Luis Echeverría, a quien Gustavo Díaz Ordaz, responsable de la masacre de estudiantes de Tlatelolco en 1968, escoge como sucesor.

Habrá entonces otra masacre de estudiantes el jueves de Corpus de 1971, ejecutada por los Halcones, un grupo paramilitar, con 120 asesinados. El halconazo entra en la vida de los protagonistas, y por tanto en la película. "Hay periodos en la historia que asustan a las sociedades y momentos en la vida que nos transforman como individuos", dice Cuarón.

El novelista explora en su propia memoria, y utiliza las palabras para recrearla. El director de cine busca también revivir el pasado mediante imágenes, sin pasar por las palabras. Es aquí donde los dos oficios se separan, pero el proceso de reconstrucción viene a ser el mismo.

La escritura cambia al novelista una vez culminada su exploración, y el cineasta que ha puesto el ojo en el visor de la cámara para filmar su propio pasado, cambia radicalmente también. "Es imposible seguir siendo la misma persona de antes después de hacer un experimento en el que te remites a tus recuerdos más lejanos", dice Cuarón. "Son como una grieta en la pared que tratas de tapar con capas y capas de pintura, pero no desaparece, continúa allí, aunque sientas que no existe".

Es el poder inconmensurable de la obra de arte, cambiar a quien la ejecuta, y cambiar a los demás en la oscuridad de la sala, o en el sillón de lectura. En la penumbra, cuando pasan al final los créditos, mi sensación es primero de asombro. He visto desplegarse ante mis ojos un pasado de relieves concretos, imágenes hiperrealistas cuidadosamente detalladas que puestas en sucesión vienen a ser el todo.

"Esto es imposible" me dice al salir Gonzalo Celorio, quien vivió de niño en la misma colonia Roma. Cines, comercios, restaurantes, bares que ya no existen más, están en la película tal como él los conoció y los recuerda. Imposible porque se trata de un milagro. Roma es un verdadero milagro.

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Domingo, 09 Diciembre 2018 10:52

Hay fuerzas superiores al miedo

Hay fuerzas superiores al miedo

Perseguidos, como sus ancestros esclavos, pero en su propia tierra: en las riberas infinitas de los caños y quebradas que forman una tupida red bajo las espléndidas selvas en la esquina noroeste de Colombia. Allí, desperdigados entre algo como treinta y cinco mil kilómetros cuadrados, sobre el borde del Cacarica –un tributario intermedio del portentoso río Atrato–, viven unas cuantas familias en pequeñas parcelas y mínimos caseríos: alentados por el sueño de tener, algún día, mejores condiciones para avanzar en esta geografía cruzada por la exuberancia y el miedo.

 

Colonización y despojo

 

Mariela sueña con ser maestra de una escuela la que sólo existirá cuando la misma Mariela la edifique. En esa tarea, cuenta con el apoyo –a veces duramente logrado– de vecinos y allegados de la zona. También colaboraron algunos misioneros católicos y visitantes. Al fin, la clave está en insistir hasta integrar una comunidad para que resuelva de la mejor manera las carencias y limitaciones de sus miembros.

Pero, ¿cómo crear una escuela en semejantes lejanías, sin presencia del alguna del Estado? Excepto un cuerpo del ejército dedicado a hostigar a la población local a fin de asegurar el retorno latifundista montado, ahora, en inversiones estimuladas por capitales recién formados tal cual sucede en muchas partes que, para el caso, se reducen a la zona bananera de Urabá durante los años noventa.

Poderosos empresarios emparentados con altos cargos públicos, en confabulación con traficantes, militares, comerciantes y funcionarios locales; todos empeñados en expulsar a las comunidades autóctonas, apropiarse de su territorio y explotar las inmensas riquezas naturales que posee.

Esta colonización, fundada en el despojo, repite feroces episodios vividos alrededor de la quina, del azúcar y del tabaco. También se da tras el petróleo, el oro, otros minerales y las maderas. Un territorio virgen en el sentido estricto del término, amenazado por el arrasamiento de sus suelos, la alteración cruenta del curso de las aguas, el derrumbe de laderas y vertientes, la pérdida de tesoros naturales únicos e irrepetibles y el desalojo –cuando no la eliminación– de pueblos que guardan, desde tiempos inmemoriales, maneras y producciones culturales de singular riqueza.

 

Asedio a la esperanza

 

Al frente, la fuerza pública abre camino a las bandas de sicarios aupadas por terratenientes y traficantes. Cercenan el tránsito por las vías fluviales, únicos medios de transporte y comunicación. Asedian a la población del Cacarica que, sin nada en las manos para resistir, intenta defender sus magros bienes y frenar la devastación de sembradíos, chozas y esperanzas.

Esta novela, primera de Alexandra Huck, se tituló precisamente “Marielas Traum” (El sueño de Mariela), en la edición alemana de 2014. La traducción de Constanza Vieira Quijano al castellano aparece en la colección Ríos de letras, de Ediciones desde abajo (2018), bajo el título “Contra la corriente de aguas terrosas”.

Empecinados en el crimen

Los trazos sutiles del relato conforman un fresco de acontecimientos enlazados rítmicamente, sin estridencias ni alteraciones en la armonía. Casi sin veleidades, logran ilustrar la geografía tropical húmeda e impregnan de ternura los ásperos pasajes urbanos.

Intensa, nada tediosa, la narración ilumina el drama que afrontan las comunidades negras y limpia la turbiedad de la muerte. El cuadro muestra las tropas oficiales detrás de los sicarios, los empresarios junto a los generales; los latifundistas y los gobernantes en la cúspide del poder empecinados en el crimen.

Esos propósitos de los terratenientes, traficantes, militares, funcionarios y sicarios se enfocan en la eliminación de los líderes comunitarios. Pero, obnubilados por un machismo irredento, asignan ese liderazgo a los hombres y, en particular, adoptan la condición de guerrilleros. Los hombres de la guerrilla.

La insurrección armada aparece en esta novela de Alexandra Huck entre bambalinas. Los guerrilleros advierten, antes que nadie, los peligros que conlleva la presencia de mercenarios en la región. Después de lanzar sus advertencias, los insurgentes se sumergen en las profundidades de la selva a esperar a que pase la tormenta. Aunque algunos miembros de la comunidad se suman a la acción clandestina, los nexos entre la guerrilla y la población civil son endebles, prácticamente inexistentes más allá del encuentro casual entre quienes se conocen de infancia.

La resistencia es femenina

El peso de la resistencia frente a las agresiones del poder, recae en la comunidad y, esencialmente, en las mujeres. Al margen de su comodidad urden el tejido social, procuran la sal y el cobijo, organizan el baile y la música y orientan la solidaridad que viene en manos de mujer.

Tales virtudes, al tiempo que las convierten en blanco predilecto de los asesinos, constituyen un rasgo de identidad capaz de superar los arquetipos del “eterno femenino”, justo en el momento en que los varones pierden su capacidad de disimular el miedo.

Son las mujeres presentes en esta novela y que se congregan en torno a Mariela (la protagonista, la soñadora de escuelas), empezando por Beata (una joven alemana activista de los Derechos Humanos vinculada a la comunidad perseguida), quienes cargan el peso de una acción decidida y audaz para concretar la posibilidad de acallar las armas, con canciones, y de aclarar las aguas turbias.

* Sociólogo Universidad Nacional de Colombia, Ms. Scs. Universidad de Montpellier III

Publicado enEdición Nº252
Lunes, 19 Noviembre 2018 16:13

El extraño encanto de las impostoras

El extraño encanto de las impostoras

Edición 2018.
Formato: 14 x 21 cm, 146 páginas.
P.V.P.: USD $ 10
ISBN: 978-958-8926-77-3

Mentir no es fácil. Se requiere rigor, generosidad y desparpajo. También astucia, falsedad y una inmensa necesidad de ser obsequiosa. En especial, cuando se trata de mentir para negar quien se es y asumir otra identidad. La historia está llena de impostoras, pero quizás, ninguna como Ana Anderson quien, durante casi toda su existencia, se hizo pasar por la zarina Anastasia, la única sobreviviente de la familia real rusa tras los incidentes de la Revolución de Octubre. Detrás de toda impostura, hay una pregunta que se muerde la cola, como la mítica serpiente que se engulle a sí misma: ¿quién engaña a quién? Aquí, Luciana Montalvi, escritora, se lanza a una insólita aventura de entrevistar a Tatiana, la nieta de Anna Anderson que vive en Nueva York para desembocar en un laberinto entre ficción y realidad, pasado y presente, narrador y narratario.

Publicado enRíos de letras
Jueves, 08 Noviembre 2018 05:31

Wilde y Lorca, en la búsqueda

Wilde y Lorca, en la búsqueda

Oscar Wilde se pierde en la esquina, cruza a la otra vereda y relojea el cine. Si es como le dijo el mucamo del hotel, que apenas si le dio tiempo a abrir las maletas, allí está la felicidad. Se arregla el mechón de pelo detrás de la oreja y avanza resuelto. Entra al jol y nadie lo reconoce. Paga y allá va. La película porno no lo parece pero seguramente porque es de las antiguas, largas y con argumentos. Olfatea el lugar, y le huele bien. La platea apenas si se ve, sólo cuando los interiores de la pantalla rebotan reflejos. Sí, por allá puede ser, piensa. Y se anima a unas butacas de respetuosa cercanía. Pero nada. El otro se va al tiempo que ingresa un cuerpito enclenque, en continuado como las generaciones en la vida. Y se decide, Wilde, a una butaca de-casi-ya-cerquita-pero-hasta- ahí, por si las dudas. El recién llegado es un alfeñique apenas, un peor es nada. Poco que ver con él, don Oscar, que urgente más que rápido debe aceptar alguna dieta mágica porque si no las pilchas reventarán. Optimista, el poeta percibe posibilidad de arreglo… Acercan butacas… ¿Será que Dios se acuerda de los desheredados...? Oh, sí, bienaventurados los santos y todos los que carezcan de la santa piedad del Señor… Se sueltan los papeles y las palabras evaden su función. Chamuyan. Bien. Bajito. Y exquisitos, luego del conocimiento básico, deciden salir para un futuro mejor e inmediato, aún ya con los ardores saciados. En la vereda es el gordo el primero en mirar con asombro al muchachito; pero antes de que diga algo, es el otro el exaltado: –¡Albricias, sos Oscar Wilde, mi maestro querido! A Wilde se le descuelga la quijada: –Y vos sos Lorquita sin la ere… ¡Querido García Lorca del carajo! ¡Gran discípulo! Es una maravilla encontrarnos gracias a Dios, que mueve los hilos con sabiduría ejemplar. ¿Qué hacés en esta tierra de locos? –Rajando de Franco para que no me cojan y me fusilen como dicen que harán. Me hice revolucionario, pero tío, ahora todo es ¡una gilipollada!… Así que vine a poner La Malparida en un teatro de Avenida de Mayo y voy tirando más o menos bien… ¿Y vos?... –¿No era La Malquerida? –Sí, claro, pero en estos tiempos quien no se aggiorna, perece… Le agregué unas escenas bien polentas y sí, vamos tirando… ¿Y vos?... –Y…, ya conocés mi historia, un quilombo tras otro, y encima toda Inglaterra tirando mierda contra los inmigrantes. Mirá, estuve de pareja con un anarquista-loco que me obligaba a escribir en las calles: “¡Paquistaníes, iraníes, árabes de todo pelaje, go home!”... Y una noche mientras le daba al aerosol apareció una bandita de estos ratonzuelos y ni te cuento, me cagaron a palos, como dicen aquí. –¡Te cojieron feo! –¡Ojalá!, pero ni eso, simplemente me mandaron al hospital por una semana… –¿Y anarquista-loco? ¿Por qué no escribía en las paredes?... –Era analfabeto y manco, pero, como, en fin, lo que debía hacer, lo hacía rebien, ¿por qué no darle una mano a quien la carece?… ¿Y si bebemos un té en tu hotel?... Porque en el mío no te puedo invitar debido a que me hice amigo de un mucamo muy celoso… Me pidió un libro apenas entramos a la habitación y tardé una hora en terminar…, de firmarle mi autógrafo… –Debería ser tarde, porque mi cuarto en el Hotel Castelar lo usan como recinto histórico y hay tours con gente que hace cola para afanarse la lapicera-cucharita con la que, según un cartelito que pusieron, escribí mis mejores obras. Pero eso está bien porque a la única fábrica de hipodérmicas que había en el país la reventaron permitiendo la importación, y ahora se salvan produciendo estas lapiceras. También las venden con frasquito de tinta en un lindo estuche para regalo. Y me dan unos mangos extra… Desolado, Wilde, ve que el bello encuentro deberá recalar en un bar cualunquen y se lo dice al andaluz-profesional, como lo llamaba Borges. Pero Lorca lo reconforta ubicándolo en la realidad: –¡Pero no, che!... Por eso hemos hecho la revolución. Ahora no es como antes, todo escondido y en clandestinidad, no, ahora podemos ir a cualquier hotel, no sólo tenemos derechos sino además organismos que nos defienden, tenemos la prensa a favor, la televisión a favor, el gobierno a favor, fijate que no hace mucho cuando se hizo un concurso para ver quién era la “mujer del año”, salió elegido un travesti, y ni una mujer dijo esta boca es mía, todas se la tragaron doblada. Hoy somos poder. Cuando empezó la liberación, las calles estaban llenas de gays, pero hoy ya no hace falta el levante callejero porque hay millones de sitios donde ir. Somos poder. Somos el orgullo gay, ¡es como tener título nobiliario!... –Ay, madre de Dios… ¿O sea que ya no somos putos, ahora somos alegres?, mirá a lo que se llega… Lo que es el avance de la humanidad, quién lo hubiera dicho… –No te entiendo… En lugar de ponerte contento, te… ¿Estás triste?... –Y… No es como antes... Hay que darse cuenta que antes era una aventura, un atrevimiento de transgresores… Uno se sentía distinto… ¡Era distinto!... Diferente… Y eso nos hacía vanidosos, ¿no?... Éramos únicos, en cambio hoy, me parece, somos comparsa ¿o no?... –Bueno... Vos ves la cosa desde la melancolía… Y sí, ahora es distinto, pero por eso hemos luchado… Los gobiernos nos defienden… La Argentina deberá tener un presidente gay. –¿Deberá tener?... No sé, yo nunca mostré la escupidera ni quise luchar ni imponerme… Aunque, por eso fui a parar a la cárcel… –Querido maestro, debés entender que al tener poder perdimos el miedo y la vergüenza de que nos miren mal y hablen a nuestras espaldas… ¡Y da gracias a Dios que estuviste preso! Allí pudiste escribir “De Profundis” y “la Balada de la Cárcel de Reading”, qué dos golazos, maestro… –Ay, Lorquita, me parece que estás patinando mal… Yo nunca tuve vergüenza, ni pretendí custodia moral de nadie y cuando me pregunto bajo qué tipo de gobierno yo, como artista viviría mejor, sólo tengo una respuesta: en ninguno… –Pero no podés negar los beneficios: podemos casarnos, escribir con libertad y sin… –Mi libertad siempre fui yo mismo, cuando dependo del permiso o de la autorización de algo o alguien, es cuando empiezo a perder mi dignidad… Mirá, escribí cuando desconocía la vida; ahora que la conozco y entiendo su significado, ya no necesito escribir. La vida no puede escribirse, sólo puede vivirse… ¿Qué te parece aquél bar de donde vuelan melodías tangueras?... –Estupendo. Vayamos. Luego te llevaré a un nuevo “Tronío” acabado de abrir, es medio clandestino y poco recomendable, como los de antes, ja… Iremos de culo, ¡joder!... –¡Vale, Lorquita!... Pensemos qué significa hoy ser “revolucionario”… Si ahora estamos con el poder, ello indica cambio de posiciones, quizás hoy ser revolucionario sea otra cosa, ¿no?… Por eso aquél que vive más de una vida y más de una muerte, también debe morir… –Entremos. –¡Y exigiré que a la malparida la represente un travesti!, como siempre lo soñé...

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Estamos ante un tiempo para soñar y tomar alientos de construir en conjunto

Palabras de apertura a la presentación de libros a dos voces, en Intercambio de saberes, entre Arturo Escobar y Carlos Eduardo Maldonado; evento llevado a cabo el pasado 30 de agosto en las instalaciones de la Institución Educativa Distrital Camilo Torres de Bogotá.

 

Una civilización está muriendo ante nuestros ojos. En medio de su profunda crisis, el capitalismo se torna más violento y agresivo con la humanidad y con la naturaleza toda; no es casual por tanto que cada día que pasa aumente la xenofobia, el racismo, los feminicidios, las desapariciones, las muertes violentas, las guerras locales como expresión de confrontación de las potencias en cuerpos ajenos, las angustias y los malestares de la sociedad; cada día que pasa, con la extracción de agua de bolsones acumulados por la naturaleza por milenios, con el extractivismo y otros métodos y mecanismos que pretenden hacer rendir más a la madre tierra, la llevan hasta el límite.

 

De igual manera, los depredadores de la vida levantan muros y todo tipo de obstáculos para impedir el ingreso a sus territorios de los indeseables procedentes de los países periféricos, militarizan los campos y las ciudades, estimulan el fortalecimiento de los nacionalismos y de las derechas, haciendo de la democracia un simple formalismo electoral. Recursos todos estos con los cuales el desahuciado hace hasta lo imposible por seguir con vida en el planeta, controlándolo.

 

Mientras tanto, en la vida diaria que muchas veces se siente vacía, sin sentido y caótica, donde se impone el individualismo y la dispersión social, muchos y muchas empiezan a sentir que esta realidad no es la que desean vivir, que la vida debe tomar otro sentido, y que ese nuevo horizonte debe empezarse a construir aquí y ahora. Un nuevo mundo ya está naciendo.

 

Todo esto ocurre a pesar de vivir un tiempo que hace un siglo era difícil de imaginar. Contamos –como especie– con la mayor revolución científica de toda la historia, a la par de la cuarta revolución industrial. Avances posibles, únicamente, por el trabajo realizado por el conjunto de quienes habitamos el planeta, pero que, privatizados, terminan favoreciendo a unos pocos. Como es lógico, estos bienes no deben ser privados sino, por el contrario, deben pertenecerle a toda la humanidad.

 

Con los avances que tenemos en estos momentos, si estuvieran al servicio del conjunto humano, nuestra especie podría dejar de padecer angustias y alcanzar la vida digna y plena, pues con la tecnología actual, que entre otras maravillas ha permitido la socialización del conocimiento, podríamos eliminar el analfabetismo del mundo, así como visibilizar todas las culturas y saberes no occidentales como bases fundamentales para crear y construir ese otro mundo que ya está naciendo.

 

Con estos avances, el trabajo podría dejar de ser una carga para convertirse en un espacio para la realización de cada uno, pues con el nivel actual de producción es posible llegar en poco tiempo a una distribución equitativa de alimentos y riquezas, así como a una drástica reducción de los horarios de trabajo, por ejemplo a dos o tres horas diarias, dejando así tiempo para la imaginación, el goce, el trabajo libre y experimentar con ello la vida digna, y así reconstruir el planeta.

 

Para así avanzar, es cuestión de poder y democracia. Para esta, es la primera vez que la humanidad cuenta con las bases materiales y culturales para consolidar la democracia real, radical, plebiscitaria, donde la política deje de ser una actividad de políticos profesionales y pasemos a un momento donde las decisiones de la economía, educación, ciencia, cultura, salud, ordenamiento territorial, y toda la complejidad de la vida misma, sean decididas en colectivo.

 

Es un sueño y un reto, ante una realidad compleja. Es claro que para llegar a esta victoria de la especie humana es necesario dejar a un lado al capitalismo. Es tiempo, por tanto, de imaginar y trabajar por construir otras relaciones humanas –horizontales, antipatriarcales, anticoloniales– que permitan llegar al postcapitalismo.

 

Esta es una tarea para la sociedad en su conjunto y un reto especial para los movimientos sociales, que debemos empezar a construir alternativas políticas más allá del Estado-nación, pues la historia demanda una ruta y un método nuevo para por fin hacer real el propósito universal de vida digna.

 

Los aportes que sobre este particular nos hacen los profesores Arturo Escobar y Carlos Eduardo Maldonado, son referentes, argumentos, tesis, proposiciones, que debemos empezar a problematizar, cuestionar, debatir. Pues son aportes para seguir en la tarea de esos otros mundos posibles, que ya están naciendo.

Sean bienvenidos a este encuentro que nos permitirá imaginar otros mundos posibles, mundos que no deben quedar únicamente en teorías y literatura, sino que, por el contrario, debemos empezar a construir y materializar aquí y ahora.

Publicado enEdición Nº250
Leonardo Padura: “El cambio en Cuba todavía no ha significado nada”

El escritor cubano, premio Princesa de Asturias de 2015, señala la salud del género negro tras la concesión del galardón a Fred Vargas

 

A Leonardo Padura le preocupa el reguetón. Hasta el barrio de La Habana donde se crió y donde aún vive llegan los ritmos y letras actuales, que no termina de aceptar. “Es una muestra muy reveladora, creo, de cómo se manifiesta la sociedad cubana”. No es que la tenga cogida con el reguetón, no, porque para él el reguetón actual no es una causa, sino una consecuencia de un estado social y ético. “Pasó de ser socialmente agresivo, un poco contestatario, a ser soez; luego pasó a ser pornográfico y ahora, directamente, es algo escatológico”, lamenta.

En esas estamos. El maestro cubano de la novela policiaca está en Madrid, a donde ha llegado desde Asturias y donde se quedará para firmar ejemplares en la Feria del Libro. Lleva desde las siete de la mañana dando vueltas por la ciudad. Llega a Casa de América bajo una gorra verde pistacho y con una riñonera en la cintura, y llega a la carrera, de hacerse junto a su mujer unos análisis de sangre —el médico, un amigo, tomaba vacaciones y solo podía atenderlos ayer a primera hora—. Viene de Oviedo, donde el jueves se falló el premio Princesa de Asturias de las Letras a Fred Vargas, en el que ha participado como jurado y que a él le fue otorgado —“para colmo y exageración”, dice— en 2015.


En los últimos cinco años, tres de los escritores que han ganado el Princesa de Asturias escriben novela negra. El irlandés John Banville, la francesa Fred Vargas y Padura. Esto, para el cubano, “certifica la vitalidad y el respeto del género”. “La novela negra son variaciones sobre cinco o seis temas: muerte, violencia, corrupción, miedo… vistas desde el lado oscuro, de la criminalidad. Sobre esas variaciones se pueden tocar muchos temas”, resume, y señala a Montalbán como el gran cronista de la España de finales del siglo XX, a Mankell como historiador de la decadencia del milagro sueco, o a Márkaris como testigo de la crisis griega.


¿Tiene el premio Princesa de Asturias más peso un año en que no se entregará Nobel de Literatura? “¡No sé si decirte cosas que se conversaron allí! [ríe] Pero sí, ese tema se mencionó. Yo creo que el Premio Nobel, con independencia de los problemas internos de la Academia Sueca, necesita una revisión. Trataron de romper con los esquemas y creo que fue un intento fallido”, explica. “A Bob Dylan le daría el premio Nobel de Música. Pero murió Philip Roth y no tuvo el Nobel. Va a morir Kundera y no lo tuvo tampoco. Y antes, por mencionar dos ejemplos en lengua castellana indiscutibles, no lo tuvieron ni Borges ni Carpentier”.


A finales de 2017 terminó la novela que publicó a principios de año, La transparencia del tiempo, de la serie de Mario Conde. ¿En qué anda ahora? “Necesito un tiempo. Y espacio mental”, se justifica. No solo por el agotamiento que supone escribir, sino porque es un firme defensor de la teoría de que si uno escribe una novela justo después de acabar otra, al final sigues escribiendo la misma. Pero sí, hay algo en mente, algo que está “pensando, sin escribir nada aún, solo investigando. Una novela que tiene que ver con la diáspora cubana, una historia de personajes entrelazados”. Se refiere a la diáspora de su generación, no la diáspora histórica de los primeros años de la revolución. “Me interesa por el trauma que fue para los míos. Y porque creo que la novela cubana sobre el emigrante contemporáneo no me ha satisfecho. La visión del cubano de Miami ha sido muy plana. Habría que tratar de entender un poquito más qué ha pasado”.


¿Y qué piensa sobre Cuba, sobre el nombramiento de Miguel Díaz-Canel? “El hecho de que haya habido un cambio de figuras en la presidencia todavía no ha significado nada en cuanto a estilo o política”, señala. “Me imagino que en unos meses habrá alguna señal, porque hay varias deudas que están pendientes, sobre todo en economía. Hablamos de un país que lleva 28 años en crisis”, dice antes de señalar que la de ahora en Cuba es una generación menos romántica, y más escéptica. “Y hay otro fenómeno del que hablaré en la novela, que es que muchos de los más capaces se han ido. Un desangramiento de talento”. “El Gobierno necesita revisar cambios profundos, y no sé si tendrán una varita mágica para resolver tantas cosas”, termina, y se encoge de hombros. Quién sabe. Quizá el cambio en Cuba empiece por el reguetón.


“Con Asturias tengo una relación muy especial”, recuerda el escritor cubano, nacido en La Habana en 1955. “Fue el primer lugar de España que me recibió, en la primera Semana Negra de Gijón, en 1988”. Se pregunta Padura por la importancia de ese evento, la Semana Negra de Gijón, y se muestra convencido de que en algún momento habrá que hacer una valoración “de lo que ha significado”. En ese 1988 que la visitó por primera vez acudió como periodista, antes de escribir ninguna de las novelas del detective Mario Conde que le darían nombre internacional. Y recuerda que allí conoció a Vázquez Montalbán, a Andreu Martín, a González Ledesma, a Paco Ignacio Taibo... Habla del gremio y sonríe. Hay quien dice que, dentro de los escritores, los que mejor se llevan (¿los únicos?) son los que frecuentan el género negro. “Los escritores policiacos somos muchos pero a la vez somos pocos, y se crean relaciones de amistad”, explica, y cuenta cómo en Gijón tuvo su primer encuentro con Vázquez Montalbán, del que terminaría siendo anfitrión en Cuba cuando el barcelonés escribió Y dios entró en La Habana.


“Pero sí”, dice, “el mundo literario es un mundo absolutamente competitivo. Y es absurdo competir en el mundo literario. Barça y Madrid se entiende que compitan, porque solo gana uno. Pero en literatura cada uno tiene el espacio que merece. Hay, sí, espacios inmerecidos, y ausencias inmerecidas también. Pero cada uno tiene lo que logra alcanzar”. Habla con pasión de novela negra y deja claro que, tras citar a Hammett, a Chandler, a Himes, o a Simenon, para él, “a partir de la mitad de los 80 hasta hoy es el momento más alto del género”.

 

Madrid 25 MAY 2018 - 20:28 COT

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Escritor puertorriqueño demandará a Intermedio Editores

Luego de veintisiete años de publicado el libro Vengo a decirle adiós a los muchachos, el escritor puertorriqueño y biógrafo del cantante Daniel Santos, Josean Ramos, tomará acción legal contra Intermedio Editores, casa editora subsidiaria del periódico El Tiempo de Bogotá que publicó la obra en 1991 y aún no le ha pagado las regalías correspondientes.


Tras una gira por las principales ciudades de Colombia en 1987, como secretario de prensa del legendario cantante latinoamericano Daniel Santos, el autor escribió una novela biográfica en torno al ídolo caribeño, cuya primera edición limitada se publicó en Puerto Rico. Dado el éxito entre reconocidos melómanos, principalmente en Colombia, la obra llegó a manos del editor de Intermedio Editores, Juan Leonel Giraldo, por el coleccionista de música popular César Pagano, quien fue testigo de todo el proceso hasta culminar eventualmente con la firma del contrato.


Mientras se fraguaba la publicación, Ramos asegura que desde Puerto Rico se comunicaba constantemente por teléfono y correo tradicional con el editor, relativo a los detalles editoriales, como diseño y tipografía, fotos y calces, ilustración, montaje y separación de colores de la portada, texto y foto de contraportada y solapas. Todo estos elementos fueron provistos y enviados a Colombia por cuenta del autor.


Tan pronto se publicó el libro en enero de 1991, el escritor viajó a Bogotá y estuvo una semana de intensa gira por los diversos medios, radio, prensa y televisión, con un gran despliegue publicitario que lo llevó a figurar entre los libros más vendidos en el país, según notas de prensa. La obra se presentó en la prestigiosa salsoteca El Goce Pagano, donde acudió un entusiasta grupo de músicos, melómanos y fanáticos a rendirle homenaje al Jefe.


En adelante, agotada la edición alegadamente de cinco mil ejemplares, resultaron infructuosas las múltiples llamadas y cartas del escritor al editor para cobrar sus regalías, pues siempre se encontraba "de viaje" o "fuera de la oficina". Durante ese lapso de veintisiete años, el autor viajó a Colombia en varias ocasiones para cobrar lo que por derecho le corresponde, pero todo fue en vano, ya que nunca pudo contactar al evasivo editor Juan Leonel Giraldo.


Hace unos meses, Ramos regresó a Bogotá y contactó al amigo que lo llevó a Intermedio Editores, el conocido melómano César Pagano, quien lo refirió al editor de la empresa, Leonardo Archila. Pese a que el Sr. Archila nunca lo atendió, en reuniones y cartas con su ayudante Constanza Orozco, la editorial reclama que no tiene copia del contrato (el cual fue provisto por el autor) y ha dejado agotar su tiempo de estadía en Bogotá, para no pagarle sus derechos. Según la licenciada María Ximena Sáenz Guillen, de Intermedio Editores, la editorial no ha de pagar un centavo al autor porque, aunque reconocen que publicaron y vendieron el libro, no encuentran su contrato.


De acuerdo con la licenciada Rocío Vanegas Aiycardi, representante legal de Ramos, Intermedio Editores incumplió totalmente el acuerdo con el escritor, por lo cual reclama el pago de regalías por la tirada de cinco mil copias y otras posibles ediciones, así como los intereses durante veintisiete años, gastos de viajes y estadías en varias instancias, honorarios legales, además de otros daños irreparables. Aunque el autor ha intentado por todos los medios llegar a un acuerdo extrajudicial, la editorial ha ignorado tal petición.


"Al igual que hay luchas por un nuevo orden informativo y económico mundial, a través de este caso reclamo un nuevo enfoque editorial más justo, que respete y valore al escritor como eje de la industria del libro, de quien viven todos los demás integrantes: editores, tipógrafos, ilustradores, fotógrafos, diseñadores, correctores de prueba, impresores, distribuidores, publicistas, críticos, libreros y vendedores", advirtió el escritor. "Estaremos librando la batalla desde los tribunales, los medios de comunicación masivos y las redes sociales, para crear conciencia de la importancia fundamental del autor en la cadena editorial", aseguró el escritor y periodista, también autor de "Así habló el Gabo", "Croentos" y "Antes de la guerra", entre otros.

 

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90 años de la novela moderna en Colombia (1927-2017). De Fuenmayor a Potdevin

El profesor Raymond L. Williams lleva más de cuatro décadas estudiando la novela en Colombia, son numerosos sus artículos y ensayos sobre el tema, además de dos obras que se han convertido en referencia obligada para todos los interesados en la evolución de este género en el país: Novela y poder en Colombia (1844-1987) y Una década de la novela colombiana: la experiencia de los setenta. Ahora, en conjunto con José Manuel Medrano, realiza un acercamiento al elusivo concepto de «novela moderna». Para ello recorre casi un siglo, desde 1927, cuando aparece Cosme, de José Félix Fuenmayor, lo que los autores denominan «el primer proyecto moderno» hasta las últimas novelas publicadas por H. Abad Faciolince, J. Franco, J. G. Vásque , P. Potdevin, P. Montoya, O. Escobar Giraldo, y S. Gamboa, entre otros, sin omitir por supuesto a referencias insignes como G. García Márquez, A. Cepeda Samudio, A. Mutis, G. Espinosa y R.H. Moreno Durán. El arco que trazan los autores, iniciado con Cosme se cierra, en 2017, con Palabrero.

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Sábado, 31 Marzo 2018 08:35

¿Qué es la ficción cuántica?

¿Qué es la ficción cuántica?

Pensar en posibilidades es la más auténtica, innovadora y radical de las tareas de una inteligencia sensible. No es necesario, desde ningún punto de vista, reducir los intereses y la atención a lo que sucede, lo que hay y lo que está “allá afuera”.

 

La teoría cuántica ha logrado un sólido avance, no solo y no principalmente en el campo de la física. Además de la física cuántica, existe también la biología cuántica, la química cuántica, tecnologías basadas en principios y comportamientos cuánticos (de hecho todas las tecnologías de punta, hoy), y ciencias sociales y humanas cuánticas. Como se lee.

Desde luego que en materia de la ciencia de la cuántica hay mucha habladuría. Hay quienes hablan de la “organización cuántica”, de “sanación cuántica”, de “liderazgo cuántico”, y muchas otras chorradas. Por esta razón es fundamental hacer un sólido estudio de lo que es la cuántica.

Pues bien, ha habido un sólido avance de la teoría cuántica también en el campo de las ciencias sociales y humanas, y de algunas humanidades. Hoy por hoy existe un diálogo y un trabajo pionero, con textos sólidos, en campos como la filosofía, la psicología, la economía, la teoría de la decisión racional, la política, las relaciones internacionales, la sociología, la historia, los estudios sobre urbanismo, la antropología, la geografía, e incluso la literatura y los estudios sobre metodología. Concentrémonos, aquí, en la literatura.

En literatura, estamos acostumbrados a la literatura costumbrista, al romanticismo, a la novela corta, el cuento y otros géneros más. Pues bien, recientemente se ha desplegado un capítulo novedoso y sugerente. Se trata del ejercicio de ficción basado en un muy buen conocimiento de las ideas fundacionales o básicas de la teoría cuántica.

Sin ninguna duda, la primera obra colosal, fuente de la literatura cuántica, es el Cuarteto de Alejandría de A. Durrell. Como es sabido, se trata de una misma historia contada desde cuatro perspectivas diferentes. En la jerga cuántica, se trata de dos de las interpretaciones más importantes de la mecánica cuántica, a saber: la interpretación de múltiples mundos (Everett) y la de múltiples mentes (Zeh). Sin la menor dificultad, cabe también la interpretación de Feynman sobre historias posibles. Esta idea puede ampliarse y complicarse un tanto más. Dejemos los detalles técnicos de lado.

Se han escrito varios trabajos (tesis de doctorado y estudios) sobre la obra de Durrell en el sentido mencionado.

Como quiera que sea, el origen formal de la ficción cuántica se centra en una novela de 1995 de V. Bonta: Flight: A Quantum Fiction Novel. Las novelas de este género van siendo relativamente numerosas a la fecha, y ya en el país se encuentran en algunas librerías algunos títulos. La verdad es que hay muy buenas novelas, autores que se dedicaron con seriedad a estudiar lo mejor de la mecánica cuántica y se lanzaron a abrir terrenos hasta ahora inexplorados. Una buena parte de estos autores son jóvenes. Los títulos de las mejores novelas hacen referencias, algunos a Einstein, a la materia oscura, al tiempo; los mejores títulos son alrededor de doce, pero la lista aumenta.

Flight: A Quantum Novel: una reflexión literaria sobre el carácter arbitrario de la realidad, una sospecha sobre cualquier realismo ingenuo, en fin. Una exploración de multiversos. Una buena novela, en verdad.

El tema de base de la ficción cuántica consiste en trabajar con posibilidades y con probabilidades, dicho de una manera general. En términos más específicos, se trata de la exploración de mundos paralelos, superposición cuántica, trabajos acerca del principio de complementariedad tanto como el de incertidumbre, y otros.

Apasionante, la ficción cuántica tiene el mérito de tomar distancia o rechazar cualquier interpretación del mundo y de la realidad basados en la mecánica clásica; esto es, la creencia justamente en el determinismo, en la causalidad (y la multicausalidad), el reduccionismo y realismo ingenuo.

En efecto, una idea central de la mecánica cuántica, adelantada ya por P. Jordan y N. Bohr, es que la realidad no existe, “allá afuera”, independiente del observador. Por el contrario, más radicalmente, la observación del fenómeno al mismo tiempo crea el fenómeno y modifica el comportamiento del objeto observado.

Ello en contraste con las ciencias sociales normales (Th. Kuhn), las cuales hablan de “hacer trabajo de campo”, “entrar a las comunidades y ganar confianza”, “hacer pasantías”, hacen elaboraciones largas sobre etnografía, o sobre investigación —acción participativa, y muchas otras.

Las ciencias sociales y humanas permanecen ancladas ampliamente en el marco de la mecánica clásica.

La literatura es un campo de una enorme libertad. Combina conceptos y metáforas, investigación e imaginación. Trabaja con datos, pero elabora variaciones libres de las teorías y los hechos. Entre otras características.

Si es verdad que el género de la novela corresponde con el ascenso e intereses de la burguesía (la novela nace en el siglo XIX), existen desarrollos de la literatura que han desbordado con mucho los orígenes de la novela y el espíritu originario (por ejemplo, el Madame Bovary, o los numerosos textos de Balzac). La literatura es un campo fértil y muy vital que va arrojando nuevas luces sobre el mundo tanto como sobre sí misma.

Pensar en posibilidades es la más auténtica, innovadora y radical de las tareas de una inteligencia sensible. No es necesario, desde ningún punto de vista, reducir los intereses y la atención a lo que sucede, lo que hay y lo que está “allá afuera”.

Las heurísticas para pensar en posibilidades son en verdad amplias y sugestivas, y conforman, grosso modo, el núcleo de las ciencias de la complejidad.

“Mi vida es escribir y el Cervantes viene a confirmarlo”

Antes de recibir el “Nobel en español”, el autor de Margarita está linda la mar reflexiona sobre la naturaleza de la escritura, la importancia del premio, el estado de su país –del que llegó a ser vicepresidente– y lo que dejó la Revolución.

Falta poco para el 22 de abril, el día en que le darán el Premio Cervantes, una especie de Nobel en español, que tan bien ha caído en Nicaragua, un sitio lleno de escritores –como Rubén Darío, por ejemplo– y donde el sandinismo ha devenido en un “gobierno de familias”. Así piensa el galardonado Sergio Ramírez (Masatepe, Masaya, 5 de agosto de 1942), que da vueltas y vueltas sobre el discurso que leerá frente a los reyes Felipe y Letizia en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid). No quiere adelantar nada, a pesar de que desde que recibió anuncio del Premio en su casa no para de sonar el teléfono y la verdad es que la literatura anda un poco de receso. Sin embargo, ya se sabe que para recibir el Cervantes hablará sobre Rubén Darío, “el más cervantino de todos”, de no tenerle miedo a la página en blanco (“algo que yo disfruto muchísimo”, asegura) y recordará a los “maestros del boom, porque de ellos aprendí todo y fui además un gran amigo”

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El escritor vive el Cervantes como una fiesta para todo Centroamérica, un sitio atosigado por la política, pero donde también nació gente como Miguel Angel Asturias y José Martí. La nueva novela de Ramírez, Ya nadie llora por mí, es una especie de continuación de Adiós, muchachos, “porque sigue tocando las fibras de lo que es Nicaragua”. “Una obra literaria hay que verla como un todo y recordé una frase de Mario Vargas Llosa cuando decía que los escritores somos verdaderos buitres sobre la carroña. Esto se aplica mucho a lo que sucede en América latina, en donde las anormalidades son tan visibles, tan terribles, que vivimos de lo terrible. No es que fuera a dejar mi oficio si estos temas se acabaran, pero tendría que buscar otro ángulo de interés”, explicó.


Escritor y periodista, autor de Margarita está linda la mar, con la que ganó el Premio Alfaguara en 1998, Ramírez, vicepresidente de Nicaragua entre 1979 y 1980, uno de los líderes de la Revolución Sandinista, fue muy “cronicado” por periodistas de todo el mundo y de la época. “En mi biblioteca tengo 400 libros de crónicas dedicadas al sandinismo, escritas por estadounidenses, mexicanos, alemanes... Claro, ese tipo de acontecimientos tienen mucha cuerda y generan las reflexiones periodísticas que luego dan paso a las crónicas, que pueden ser luego recogidas en un libro. Las crónicas nunca mueren, muere el periodismo diario”, asegura.


“Lo importante de una crónica es cómo está escrita. Pueden contarme una verdad en cuatro líneas y luego la olvido, porque no me resulta atractiva. En el estilo está todo. Es aquello que decía mi paisano, el poeta Rubén Darío: la gran lucha de la literatura es perseguir un estilo que no encuentra la forma”, dice. Quizás el estilo, ese elemento de cómo uno cuenta las cosas, es lo que lo ha perseguido a lo largo de tantos años, sobre todo después de hacer caso a su madre que le decía “lo tuyo es la literatura”. Y Ramírez volvió a los libros en 1996, luego del fracaso del FSLN y de sus conocidas disidencias con su excompañero de lucha –hoy presidente de Nicaragua– Daniel Ortega y el ya fallecido ideólogo de la Revolución, el comandante Tomás Borge.


“Borge solía recibir a Julio Cortázar en una humilde casa de Bello Horizonte, donde no vivía, toda una escenografía: su mansión estaba oculta detrás del jardín al que se llegaba por una puerta secreta”, le dijo en una oportunidad al periodista salvadoreño Carlos Dada. La anécdota es reflejo del inmenso abismo que separa al escritor con sus antiguos compañeros de batalla. Ahora su lucha es la que entabla cuerpo a cuerpo y diariamente con la escritura. “Para mí, escribir es un estado de gracia y representa encontrarme todos los días con el milagro de inventar”, asegura. “Disfruto inventando, aunque hay que decir también que no hay gozo que no tenga un poco de sufrimiento, y no siempre se puede trasladar la imaginación a las palabras y hacerlo de corrido”.


–¿Cómo se enteró del Premio Cervantes?


–Estaba en Managua y de pronto recibí una llamada que era del Ministro de Relaciones Exteriores (Alfonso Dastis), en la que me anunció que había sido premiado. A partir de ese momento, mi vida resultó alterada de manera radical. Estaba preparándome para desayunar y luego irme a trabajar como todas las mañanas, me encierro todos los días. Pero esa fue una jornada demasiado agitada, de visita, llamadas telefónicas, entrevistas de prensa, así amanecí al día siguiente.


–¿En algún momento pudo reflexionar sobre el Cervantes?


–Las entrevistas de prensa me ayudaron a reflexionar en voz alta sobre el Premio. Todas las preguntas se dirigían a eso, a recordar lo que el galardón significa, los escritores que lo han ganado. En América latina, desde Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, el español Caballero Bonald, en México nada más ni nada menos que José Emilio Pacheco... Entonces asusta un poco sentirse subido a esta plataforma.


–Además porque es usted un escritor muy activo.


–Sí, sobre todo porque mi vida literaria se vio interrumpida por mi paso por la Revolución. Pasé 10 años sin escribir nada; de los 35 a los 45 años no escribí una línea. Podrían haber sido los años más productivos de mi vida, no lo sé. Traté de recuperar ese tiempo... Bueno, en medio de la Guerra de Nicaragua escribí Castigo divino (una novela policial folletinesca, ahora reeditada), en las horas de la madrugada, pero cuando abandoné la política en 1996, hace muchos años ya, me dediqué a recuperar el tiempo y a convertirme en un escritor convencional, con horas fijas para escribir, en una disciplina que yo mismo me impuse. No pienso que un premio de esta naturaleza vaya a sacarme de la escritura, sino más bien a meterme aún más en ella. ¿Adónde me voy a retirar? Ya estoy retirado a la escritura desde hace bastante tiempo y la escritura es un vicio de por vida. Mi vida es escribir y este premio viene a confirmarlo.


–¿Se siente arrepentido de haber dejado de escribir?


–No, no tiene nada que ver con el arrepentimiento. Es un hecho, hice otras cosas que fueron decisivas en mi vida y que han alimentado en muchos sentidos mi escritura. Lo que escribí después nunca más fue lo mismo. En Adiós, muchachos traté de hacer esta confesión y hacerla en términos literarios. Quien escribe un relato, un relato que no es de ficción pero hecho con las herramientas de la ficción, se da cuenta de que la vida no es monótona, está compuesta de muchas circunstancias. Y una de las circunstancias clave en mi vida fue la Revolución Sandinista. No haber estado ahí hubiera sido traicionarme. Ocurrió lo que ocurrió, y me tocó primero hacerlo y ahora narrarlo y escribirlo. Seguir adelante con la escritura.


–Hay una gran dicotomía entre lo que hoy es Nicaragua con los principios de la lucha.


–Sí, bueno, obviamente hay un sentimiento de profundo disgusto, de incomodidad. Lo veo ahora de otra manera. No como alguien que puede intervenir para cambiarlo, porque siento que ese tiempo para mí ya pasó, sino como alguien que puede hablar de eso, no callar acerca de eso. Mis sentimientos no han cambiado: en Nicaragua hemos vivido la metáfora de la que habla Albert Camus, de llevar la piedra hasta el principio de la colina y de saber luego que va a rodar hasta el pie, hay que volver a recogerla y volver a llevarla hacia arriba. Es un sentimiento muy incómodo ser de esa generación, haber formado parte de esa lucha y ver qué hemos heredado a los jóvenes. Luchamos, pero no resultó. Los millenials, los nacidos en los ‘80, ven a Nicaragua de una forma muy diferente a cómo yo la veo. No hay nostalgia por ese mundo que ellos no ayudaron a construir y tampoco lo conocen bien. Tienen una versión deformada, no se hacen cargo del mundo, del modo que vivieron sus padres.


–¿Cómo está Nicaragua ahora?


–Es distinta. En los años 80 fue muy difícil, años de escasez, de sobrevivir, comparada con la Nicaragua de hoy en día, que es una mescolanza de todo. Inversiones, edificios que crecen día a día, centros comerciales, pero por debajo una inmensa pobreza. Nicaragua es una adorno de pobreza: la situación estrictamente hablando estructural del país no ha cambiado nada. El 70 por ciento de la población vive con 2 dólares diarios, el empleo informal alcanza el 70 por ciento. Nicaragua vive como en el siglo XIX: café, oro, ganado... El bienestar que nosotros pensábamos se ha ido de fragua con la Revolución. El país sobrevive por un elemento determinante que es la exportación de gente. Este año van a ser muchísimos dólares de gente que se ha ido a trabajar a Estados Unidos, a Costa Rica, y ese es el ingreso más alto del país. Produce más que el oro, que la plata, que el café, que el ganado, que la carne. Creo que cuando un país vive de la exportación de su gente cae en la degradación. Y eso es lo que mantiene la economía viva. Uno ve las grandes colas de gente frente a las oficinas de Wester Union o de locales similares, cobrando el dinerito que alguien que está trabajando lejos les envía.


–¿La literatura puede hacer algo para cambiar esto, que se ve no sólo en Nicaragua, sino también en el resto de América latina?


–Un libro no cambia. El discurso narrativo no transforma, pero sí impone, que es algo distinto. Es muy importante que la literatura imponga, comunique sentimientos, sensaciones. El hecho de que un lector reconozca que su realidad está siendo narrada a mí me parece muy importante. Que la literatura descubra lo que está ocurriendo frente a los ojos de los lectores.


–Su última novela, Ya nadie llora por mí, ¿dice algo de todo esto?


–Sí, dice todo, habla de la Nicaragua de hoy en día, tal como está, el poder, los elementos subterráneos del poder; es una exploración. El inspector Morales es un personaje que hace de ese mundo algo totalmente contemporáneo.


–Usted siempre está atado al cuento. ¿Le resultó disfrutable escribir esta novela?


–Siempre disfruto escribir. Lo más importante cuando uno se enfrenta con un escrito es disfrutar, encontrarle gozo a la escritura. Luego viene el disgusto de corregir; un disgusto necesario, una tarea ardua, difícil, a la que hay que entregarse con la misma pasión con la que uno se entrega a crear.


–¿Tiene algo ahora?


–Unos cuatro o cinco cuentos nuevos. Es lo que estaba haciendo cuando me llamaron para el Cervantes. Ahora tengo que escribir el discurso y tengo muchos compromisos antes del premio...

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