Estamos ante un tiempo para soñar y tomar alientos de construir en conjunto

Palabras de apertura a la presentación de libros a dos voces, en Intercambio de saberes, entre Arturo Escobar y Carlos Eduardo Maldonado; evento llevado a cabo el pasado 30 de agosto en las instalaciones de la Institución Educativa Distrital Camilo Torres de Bogotá.

 

Una civilización está muriendo ante nuestros ojos. En medio de su profunda crisis, el capitalismo se torna más violento y agresivo con la humanidad y con la naturaleza toda; no es casual por tanto que cada día que pasa aumente la xenofobia, el racismo, los feminicidios, las desapariciones, las muertes violentas, las guerras locales como expresión de confrontación de las potencias en cuerpos ajenos, las angustias y los malestares de la sociedad; cada día que pasa, con la extracción de agua de bolsones acumulados por la naturaleza por milenios, con el extractivismo y otros métodos y mecanismos que pretenden hacer rendir más a la madre tierra, la llevan hasta el límite.

 

De igual manera, los depredadores de la vida levantan muros y todo tipo de obstáculos para impedir el ingreso a sus territorios de los indeseables procedentes de los países periféricos, militarizan los campos y las ciudades, estimulan el fortalecimiento de los nacionalismos y de las derechas, haciendo de la democracia un simple formalismo electoral. Recursos todos estos con los cuales el desahuciado hace hasta lo imposible por seguir con vida en el planeta, controlándolo.

 

Mientras tanto, en la vida diaria que muchas veces se siente vacía, sin sentido y caótica, donde se impone el individualismo y la dispersión social, muchos y muchas empiezan a sentir que esta realidad no es la que desean vivir, que la vida debe tomar otro sentido, y que ese nuevo horizonte debe empezarse a construir aquí y ahora. Un nuevo mundo ya está naciendo.

 

Todo esto ocurre a pesar de vivir un tiempo que hace un siglo era difícil de imaginar. Contamos –como especie– con la mayor revolución científica de toda la historia, a la par de la cuarta revolución industrial. Avances posibles, únicamente, por el trabajo realizado por el conjunto de quienes habitamos el planeta, pero que, privatizados, terminan favoreciendo a unos pocos. Como es lógico, estos bienes no deben ser privados sino, por el contrario, deben pertenecerle a toda la humanidad.

 

Con los avances que tenemos en estos momentos, si estuvieran al servicio del conjunto humano, nuestra especie podría dejar de padecer angustias y alcanzar la vida digna y plena, pues con la tecnología actual, que entre otras maravillas ha permitido la socialización del conocimiento, podríamos eliminar el analfabetismo del mundo, así como visibilizar todas las culturas y saberes no occidentales como bases fundamentales para crear y construir ese otro mundo que ya está naciendo.

 

Con estos avances, el trabajo podría dejar de ser una carga para convertirse en un espacio para la realización de cada uno, pues con el nivel actual de producción es posible llegar en poco tiempo a una distribución equitativa de alimentos y riquezas, así como a una drástica reducción de los horarios de trabajo, por ejemplo a dos o tres horas diarias, dejando así tiempo para la imaginación, el goce, el trabajo libre y experimentar con ello la vida digna, y así reconstruir el planeta.

 

Para así avanzar, es cuestión de poder y democracia. Para esta, es la primera vez que la humanidad cuenta con las bases materiales y culturales para consolidar la democracia real, radical, plebiscitaria, donde la política deje de ser una actividad de políticos profesionales y pasemos a un momento donde las decisiones de la economía, educación, ciencia, cultura, salud, ordenamiento territorial, y toda la complejidad de la vida misma, sean decididas en colectivo.

 

Es un sueño y un reto, ante una realidad compleja. Es claro que para llegar a esta victoria de la especie humana es necesario dejar a un lado al capitalismo. Es tiempo, por tanto, de imaginar y trabajar por construir otras relaciones humanas –horizontales, antipatriarcales, anticoloniales– que permitan llegar al postcapitalismo.

 

Esta es una tarea para la sociedad en su conjunto y un reto especial para los movimientos sociales, que debemos empezar a construir alternativas políticas más allá del Estado-nación, pues la historia demanda una ruta y un método nuevo para por fin hacer real el propósito universal de vida digna.

 

Los aportes que sobre este particular nos hacen los profesores Arturo Escobar y Carlos Eduardo Maldonado, son referentes, argumentos, tesis, proposiciones, que debemos empezar a problematizar, cuestionar, debatir. Pues son aportes para seguir en la tarea de esos otros mundos posibles, que ya están naciendo.

Sean bienvenidos a este encuentro que nos permitirá imaginar otros mundos posibles, mundos que no deben quedar únicamente en teorías y literatura, sino que, por el contrario, debemos empezar a construir y materializar aquí y ahora.

Publicado enEdición Nº250
Leonardo Padura: “El cambio en Cuba todavía no ha significado nada”

El escritor cubano, premio Princesa de Asturias de 2015, señala la salud del género negro tras la concesión del galardón a Fred Vargas

 

A Leonardo Padura le preocupa el reguetón. Hasta el barrio de La Habana donde se crió y donde aún vive llegan los ritmos y letras actuales, que no termina de aceptar. “Es una muestra muy reveladora, creo, de cómo se manifiesta la sociedad cubana”. No es que la tenga cogida con el reguetón, no, porque para él el reguetón actual no es una causa, sino una consecuencia de un estado social y ético. “Pasó de ser socialmente agresivo, un poco contestatario, a ser soez; luego pasó a ser pornográfico y ahora, directamente, es algo escatológico”, lamenta.

En esas estamos. El maestro cubano de la novela policiaca está en Madrid, a donde ha llegado desde Asturias y donde se quedará para firmar ejemplares en la Feria del Libro. Lleva desde las siete de la mañana dando vueltas por la ciudad. Llega a Casa de América bajo una gorra verde pistacho y con una riñonera en la cintura, y llega a la carrera, de hacerse junto a su mujer unos análisis de sangre —el médico, un amigo, tomaba vacaciones y solo podía atenderlos ayer a primera hora—. Viene de Oviedo, donde el jueves se falló el premio Princesa de Asturias de las Letras a Fred Vargas, en el que ha participado como jurado y que a él le fue otorgado —“para colmo y exageración”, dice— en 2015.


En los últimos cinco años, tres de los escritores que han ganado el Princesa de Asturias escriben novela negra. El irlandés John Banville, la francesa Fred Vargas y Padura. Esto, para el cubano, “certifica la vitalidad y el respeto del género”. “La novela negra son variaciones sobre cinco o seis temas: muerte, violencia, corrupción, miedo… vistas desde el lado oscuro, de la criminalidad. Sobre esas variaciones se pueden tocar muchos temas”, resume, y señala a Montalbán como el gran cronista de la España de finales del siglo XX, a Mankell como historiador de la decadencia del milagro sueco, o a Márkaris como testigo de la crisis griega.


¿Tiene el premio Princesa de Asturias más peso un año en que no se entregará Nobel de Literatura? “¡No sé si decirte cosas que se conversaron allí! [ríe] Pero sí, ese tema se mencionó. Yo creo que el Premio Nobel, con independencia de los problemas internos de la Academia Sueca, necesita una revisión. Trataron de romper con los esquemas y creo que fue un intento fallido”, explica. “A Bob Dylan le daría el premio Nobel de Música. Pero murió Philip Roth y no tuvo el Nobel. Va a morir Kundera y no lo tuvo tampoco. Y antes, por mencionar dos ejemplos en lengua castellana indiscutibles, no lo tuvieron ni Borges ni Carpentier”.


A finales de 2017 terminó la novela que publicó a principios de año, La transparencia del tiempo, de la serie de Mario Conde. ¿En qué anda ahora? “Necesito un tiempo. Y espacio mental”, se justifica. No solo por el agotamiento que supone escribir, sino porque es un firme defensor de la teoría de que si uno escribe una novela justo después de acabar otra, al final sigues escribiendo la misma. Pero sí, hay algo en mente, algo que está “pensando, sin escribir nada aún, solo investigando. Una novela que tiene que ver con la diáspora cubana, una historia de personajes entrelazados”. Se refiere a la diáspora de su generación, no la diáspora histórica de los primeros años de la revolución. “Me interesa por el trauma que fue para los míos. Y porque creo que la novela cubana sobre el emigrante contemporáneo no me ha satisfecho. La visión del cubano de Miami ha sido muy plana. Habría que tratar de entender un poquito más qué ha pasado”.


¿Y qué piensa sobre Cuba, sobre el nombramiento de Miguel Díaz-Canel? “El hecho de que haya habido un cambio de figuras en la presidencia todavía no ha significado nada en cuanto a estilo o política”, señala. “Me imagino que en unos meses habrá alguna señal, porque hay varias deudas que están pendientes, sobre todo en economía. Hablamos de un país que lleva 28 años en crisis”, dice antes de señalar que la de ahora en Cuba es una generación menos romántica, y más escéptica. “Y hay otro fenómeno del que hablaré en la novela, que es que muchos de los más capaces se han ido. Un desangramiento de talento”. “El Gobierno necesita revisar cambios profundos, y no sé si tendrán una varita mágica para resolver tantas cosas”, termina, y se encoge de hombros. Quién sabe. Quizá el cambio en Cuba empiece por el reguetón.


“Con Asturias tengo una relación muy especial”, recuerda el escritor cubano, nacido en La Habana en 1955. “Fue el primer lugar de España que me recibió, en la primera Semana Negra de Gijón, en 1988”. Se pregunta Padura por la importancia de ese evento, la Semana Negra de Gijón, y se muestra convencido de que en algún momento habrá que hacer una valoración “de lo que ha significado”. En ese 1988 que la visitó por primera vez acudió como periodista, antes de escribir ninguna de las novelas del detective Mario Conde que le darían nombre internacional. Y recuerda que allí conoció a Vázquez Montalbán, a Andreu Martín, a González Ledesma, a Paco Ignacio Taibo... Habla del gremio y sonríe. Hay quien dice que, dentro de los escritores, los que mejor se llevan (¿los únicos?) son los que frecuentan el género negro. “Los escritores policiacos somos muchos pero a la vez somos pocos, y se crean relaciones de amistad”, explica, y cuenta cómo en Gijón tuvo su primer encuentro con Vázquez Montalbán, del que terminaría siendo anfitrión en Cuba cuando el barcelonés escribió Y dios entró en La Habana.


“Pero sí”, dice, “el mundo literario es un mundo absolutamente competitivo. Y es absurdo competir en el mundo literario. Barça y Madrid se entiende que compitan, porque solo gana uno. Pero en literatura cada uno tiene el espacio que merece. Hay, sí, espacios inmerecidos, y ausencias inmerecidas también. Pero cada uno tiene lo que logra alcanzar”. Habla con pasión de novela negra y deja claro que, tras citar a Hammett, a Chandler, a Himes, o a Simenon, para él, “a partir de la mitad de los 80 hasta hoy es el momento más alto del género”.

 

Madrid 25 MAY 2018 - 20:28 COT

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Escritor puertorriqueño demandará a Intermedio Editores

Luego de veintisiete años de publicado el libro Vengo a decirle adiós a los muchachos, el escritor puertorriqueño y biógrafo del cantante Daniel Santos, Josean Ramos, tomará acción legal contra Intermedio Editores, casa editora subsidiaria del periódico El Tiempo de Bogotá que publicó la obra en 1991 y aún no le ha pagado las regalías correspondientes.


Tras una gira por las principales ciudades de Colombia en 1987, como secretario de prensa del legendario cantante latinoamericano Daniel Santos, el autor escribió una novela biográfica en torno al ídolo caribeño, cuya primera edición limitada se publicó en Puerto Rico. Dado el éxito entre reconocidos melómanos, principalmente en Colombia, la obra llegó a manos del editor de Intermedio Editores, Juan Leonel Giraldo, por el coleccionista de música popular César Pagano, quien fue testigo de todo el proceso hasta culminar eventualmente con la firma del contrato.


Mientras se fraguaba la publicación, Ramos asegura que desde Puerto Rico se comunicaba constantemente por teléfono y correo tradicional con el editor, relativo a los detalles editoriales, como diseño y tipografía, fotos y calces, ilustración, montaje y separación de colores de la portada, texto y foto de contraportada y solapas. Todo estos elementos fueron provistos y enviados a Colombia por cuenta del autor.


Tan pronto se publicó el libro en enero de 1991, el escritor viajó a Bogotá y estuvo una semana de intensa gira por los diversos medios, radio, prensa y televisión, con un gran despliegue publicitario que lo llevó a figurar entre los libros más vendidos en el país, según notas de prensa. La obra se presentó en la prestigiosa salsoteca El Goce Pagano, donde acudió un entusiasta grupo de músicos, melómanos y fanáticos a rendirle homenaje al Jefe.


En adelante, agotada la edición alegadamente de cinco mil ejemplares, resultaron infructuosas las múltiples llamadas y cartas del escritor al editor para cobrar sus regalías, pues siempre se encontraba "de viaje" o "fuera de la oficina". Durante ese lapso de veintisiete años, el autor viajó a Colombia en varias ocasiones para cobrar lo que por derecho le corresponde, pero todo fue en vano, ya que nunca pudo contactar al evasivo editor Juan Leonel Giraldo.


Hace unos meses, Ramos regresó a Bogotá y contactó al amigo que lo llevó a Intermedio Editores, el conocido melómano César Pagano, quien lo refirió al editor de la empresa, Leonardo Archila. Pese a que el Sr. Archila nunca lo atendió, en reuniones y cartas con su ayudante Constanza Orozco, la editorial reclama que no tiene copia del contrato (el cual fue provisto por el autor) y ha dejado agotar su tiempo de estadía en Bogotá, para no pagarle sus derechos. Según la licenciada María Ximena Sáenz Guillen, de Intermedio Editores, la editorial no ha de pagar un centavo al autor porque, aunque reconocen que publicaron y vendieron el libro, no encuentran su contrato.


De acuerdo con la licenciada Rocío Vanegas Aiycardi, representante legal de Ramos, Intermedio Editores incumplió totalmente el acuerdo con el escritor, por lo cual reclama el pago de regalías por la tirada de cinco mil copias y otras posibles ediciones, así como los intereses durante veintisiete años, gastos de viajes y estadías en varias instancias, honorarios legales, además de otros daños irreparables. Aunque el autor ha intentado por todos los medios llegar a un acuerdo extrajudicial, la editorial ha ignorado tal petición.


"Al igual que hay luchas por un nuevo orden informativo y económico mundial, a través de este caso reclamo un nuevo enfoque editorial más justo, que respete y valore al escritor como eje de la industria del libro, de quien viven todos los demás integrantes: editores, tipógrafos, ilustradores, fotógrafos, diseñadores, correctores de prueba, impresores, distribuidores, publicistas, críticos, libreros y vendedores", advirtió el escritor. "Estaremos librando la batalla desde los tribunales, los medios de comunicación masivos y las redes sociales, para crear conciencia de la importancia fundamental del autor en la cadena editorial", aseguró el escritor y periodista, también autor de "Así habló el Gabo", "Croentos" y "Antes de la guerra", entre otros.

 

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90 años de la novela moderna en Colombia (1927-2017). De Fuenmayor a Potdevin

El profesor Raymond L. Williams lleva más de cuatro décadas estudiando la novela en Colombia, son numerosos sus artículos y ensayos sobre el tema, además de dos obras que se han convertido en referencia obligada para todos los interesados en la evolución de este género en el país: Novela y poder en Colombia (1844-1987) y Una década de la novela colombiana: la experiencia de los setenta. Ahora, en conjunto con José Manuel Medrano, realiza un acercamiento al elusivo concepto de «novela moderna». Para ello recorre casi un siglo, desde 1927, cuando aparece Cosme, de José Félix Fuenmayor, lo que los autores denominan «el primer proyecto moderno» hasta las últimas novelas publicadas por H. Abad Faciolince, J. Franco, J. G. Vásque , P. Potdevin, P. Montoya, O. Escobar Giraldo, y S. Gamboa, entre otros, sin omitir por supuesto a referencias insignes como G. García Márquez, A. Cepeda Samudio, A. Mutis, G. Espinosa y R.H. Moreno Durán. El arco que trazan los autores, iniciado con Cosme se cierra, en 2017, con Palabrero.

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Sábado, 31 Marzo 2018 08:35

¿Qué es la ficción cuántica?

¿Qué es la ficción cuántica?

Pensar en posibilidades es la más auténtica, innovadora y radical de las tareas de una inteligencia sensible. No es necesario, desde ningún punto de vista, reducir los intereses y la atención a lo que sucede, lo que hay y lo que está “allá afuera”.

 

La teoría cuántica ha logrado un sólido avance, no solo y no principalmente en el campo de la física. Además de la física cuántica, existe también la biología cuántica, la química cuántica, tecnologías basadas en principios y comportamientos cuánticos (de hecho todas las tecnologías de punta, hoy), y ciencias sociales y humanas cuánticas. Como se lee.

Desde luego que en materia de la ciencia de la cuántica hay mucha habladuría. Hay quienes hablan de la “organización cuántica”, de “sanación cuántica”, de “liderazgo cuántico”, y muchas otras chorradas. Por esta razón es fundamental hacer un sólido estudio de lo que es la cuántica.

Pues bien, ha habido un sólido avance de la teoría cuántica también en el campo de las ciencias sociales y humanas, y de algunas humanidades. Hoy por hoy existe un diálogo y un trabajo pionero, con textos sólidos, en campos como la filosofía, la psicología, la economía, la teoría de la decisión racional, la política, las relaciones internacionales, la sociología, la historia, los estudios sobre urbanismo, la antropología, la geografía, e incluso la literatura y los estudios sobre metodología. Concentrémonos, aquí, en la literatura.

En literatura, estamos acostumbrados a la literatura costumbrista, al romanticismo, a la novela corta, el cuento y otros géneros más. Pues bien, recientemente se ha desplegado un capítulo novedoso y sugerente. Se trata del ejercicio de ficción basado en un muy buen conocimiento de las ideas fundacionales o básicas de la teoría cuántica.

Sin ninguna duda, la primera obra colosal, fuente de la literatura cuántica, es el Cuarteto de Alejandría de A. Durrell. Como es sabido, se trata de una misma historia contada desde cuatro perspectivas diferentes. En la jerga cuántica, se trata de dos de las interpretaciones más importantes de la mecánica cuántica, a saber: la interpretación de múltiples mundos (Everett) y la de múltiples mentes (Zeh). Sin la menor dificultad, cabe también la interpretación de Feynman sobre historias posibles. Esta idea puede ampliarse y complicarse un tanto más. Dejemos los detalles técnicos de lado.

Se han escrito varios trabajos (tesis de doctorado y estudios) sobre la obra de Durrell en el sentido mencionado.

Como quiera que sea, el origen formal de la ficción cuántica se centra en una novela de 1995 de V. Bonta: Flight: A Quantum Fiction Novel. Las novelas de este género van siendo relativamente numerosas a la fecha, y ya en el país se encuentran en algunas librerías algunos títulos. La verdad es que hay muy buenas novelas, autores que se dedicaron con seriedad a estudiar lo mejor de la mecánica cuántica y se lanzaron a abrir terrenos hasta ahora inexplorados. Una buena parte de estos autores son jóvenes. Los títulos de las mejores novelas hacen referencias, algunos a Einstein, a la materia oscura, al tiempo; los mejores títulos son alrededor de doce, pero la lista aumenta.

Flight: A Quantum Novel: una reflexión literaria sobre el carácter arbitrario de la realidad, una sospecha sobre cualquier realismo ingenuo, en fin. Una exploración de multiversos. Una buena novela, en verdad.

El tema de base de la ficción cuántica consiste en trabajar con posibilidades y con probabilidades, dicho de una manera general. En términos más específicos, se trata de la exploración de mundos paralelos, superposición cuántica, trabajos acerca del principio de complementariedad tanto como el de incertidumbre, y otros.

Apasionante, la ficción cuántica tiene el mérito de tomar distancia o rechazar cualquier interpretación del mundo y de la realidad basados en la mecánica clásica; esto es, la creencia justamente en el determinismo, en la causalidad (y la multicausalidad), el reduccionismo y realismo ingenuo.

En efecto, una idea central de la mecánica cuántica, adelantada ya por P. Jordan y N. Bohr, es que la realidad no existe, “allá afuera”, independiente del observador. Por el contrario, más radicalmente, la observación del fenómeno al mismo tiempo crea el fenómeno y modifica el comportamiento del objeto observado.

Ello en contraste con las ciencias sociales normales (Th. Kuhn), las cuales hablan de “hacer trabajo de campo”, “entrar a las comunidades y ganar confianza”, “hacer pasantías”, hacen elaboraciones largas sobre etnografía, o sobre investigación —acción participativa, y muchas otras.

Las ciencias sociales y humanas permanecen ancladas ampliamente en el marco de la mecánica clásica.

La literatura es un campo de una enorme libertad. Combina conceptos y metáforas, investigación e imaginación. Trabaja con datos, pero elabora variaciones libres de las teorías y los hechos. Entre otras características.

Si es verdad que el género de la novela corresponde con el ascenso e intereses de la burguesía (la novela nace en el siglo XIX), existen desarrollos de la literatura que han desbordado con mucho los orígenes de la novela y el espíritu originario (por ejemplo, el Madame Bovary, o los numerosos textos de Balzac). La literatura es un campo fértil y muy vital que va arrojando nuevas luces sobre el mundo tanto como sobre sí misma.

Pensar en posibilidades es la más auténtica, innovadora y radical de las tareas de una inteligencia sensible. No es necesario, desde ningún punto de vista, reducir los intereses y la atención a lo que sucede, lo que hay y lo que está “allá afuera”.

Las heurísticas para pensar en posibilidades son en verdad amplias y sugestivas, y conforman, grosso modo, el núcleo de las ciencias de la complejidad.

“Mi vida es escribir y el Cervantes viene a confirmarlo”

Antes de recibir el “Nobel en español”, el autor de Margarita está linda la mar reflexiona sobre la naturaleza de la escritura, la importancia del premio, el estado de su país –del que llegó a ser vicepresidente– y lo que dejó la Revolución.

Falta poco para el 22 de abril, el día en que le darán el Premio Cervantes, una especie de Nobel en español, que tan bien ha caído en Nicaragua, un sitio lleno de escritores –como Rubén Darío, por ejemplo– y donde el sandinismo ha devenido en un “gobierno de familias”. Así piensa el galardonado Sergio Ramírez (Masatepe, Masaya, 5 de agosto de 1942), que da vueltas y vueltas sobre el discurso que leerá frente a los reyes Felipe y Letizia en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid). No quiere adelantar nada, a pesar de que desde que recibió anuncio del Premio en su casa no para de sonar el teléfono y la verdad es que la literatura anda un poco de receso. Sin embargo, ya se sabe que para recibir el Cervantes hablará sobre Rubén Darío, “el más cervantino de todos”, de no tenerle miedo a la página en blanco (“algo que yo disfruto muchísimo”, asegura) y recordará a los “maestros del boom, porque de ellos aprendí todo y fui además un gran amigo”

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El escritor vive el Cervantes como una fiesta para todo Centroamérica, un sitio atosigado por la política, pero donde también nació gente como Miguel Angel Asturias y José Martí. La nueva novela de Ramírez, Ya nadie llora por mí, es una especie de continuación de Adiós, muchachos, “porque sigue tocando las fibras de lo que es Nicaragua”. “Una obra literaria hay que verla como un todo y recordé una frase de Mario Vargas Llosa cuando decía que los escritores somos verdaderos buitres sobre la carroña. Esto se aplica mucho a lo que sucede en América latina, en donde las anormalidades son tan visibles, tan terribles, que vivimos de lo terrible. No es que fuera a dejar mi oficio si estos temas se acabaran, pero tendría que buscar otro ángulo de interés”, explicó.


Escritor y periodista, autor de Margarita está linda la mar, con la que ganó el Premio Alfaguara en 1998, Ramírez, vicepresidente de Nicaragua entre 1979 y 1980, uno de los líderes de la Revolución Sandinista, fue muy “cronicado” por periodistas de todo el mundo y de la época. “En mi biblioteca tengo 400 libros de crónicas dedicadas al sandinismo, escritas por estadounidenses, mexicanos, alemanes... Claro, ese tipo de acontecimientos tienen mucha cuerda y generan las reflexiones periodísticas que luego dan paso a las crónicas, que pueden ser luego recogidas en un libro. Las crónicas nunca mueren, muere el periodismo diario”, asegura.


“Lo importante de una crónica es cómo está escrita. Pueden contarme una verdad en cuatro líneas y luego la olvido, porque no me resulta atractiva. En el estilo está todo. Es aquello que decía mi paisano, el poeta Rubén Darío: la gran lucha de la literatura es perseguir un estilo que no encuentra la forma”, dice. Quizás el estilo, ese elemento de cómo uno cuenta las cosas, es lo que lo ha perseguido a lo largo de tantos años, sobre todo después de hacer caso a su madre que le decía “lo tuyo es la literatura”. Y Ramírez volvió a los libros en 1996, luego del fracaso del FSLN y de sus conocidas disidencias con su excompañero de lucha –hoy presidente de Nicaragua– Daniel Ortega y el ya fallecido ideólogo de la Revolución, el comandante Tomás Borge.


“Borge solía recibir a Julio Cortázar en una humilde casa de Bello Horizonte, donde no vivía, toda una escenografía: su mansión estaba oculta detrás del jardín al que se llegaba por una puerta secreta”, le dijo en una oportunidad al periodista salvadoreño Carlos Dada. La anécdota es reflejo del inmenso abismo que separa al escritor con sus antiguos compañeros de batalla. Ahora su lucha es la que entabla cuerpo a cuerpo y diariamente con la escritura. “Para mí, escribir es un estado de gracia y representa encontrarme todos los días con el milagro de inventar”, asegura. “Disfruto inventando, aunque hay que decir también que no hay gozo que no tenga un poco de sufrimiento, y no siempre se puede trasladar la imaginación a las palabras y hacerlo de corrido”.


–¿Cómo se enteró del Premio Cervantes?


–Estaba en Managua y de pronto recibí una llamada que era del Ministro de Relaciones Exteriores (Alfonso Dastis), en la que me anunció que había sido premiado. A partir de ese momento, mi vida resultó alterada de manera radical. Estaba preparándome para desayunar y luego irme a trabajar como todas las mañanas, me encierro todos los días. Pero esa fue una jornada demasiado agitada, de visita, llamadas telefónicas, entrevistas de prensa, así amanecí al día siguiente.


–¿En algún momento pudo reflexionar sobre el Cervantes?


–Las entrevistas de prensa me ayudaron a reflexionar en voz alta sobre el Premio. Todas las preguntas se dirigían a eso, a recordar lo que el galardón significa, los escritores que lo han ganado. En América latina, desde Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, el español Caballero Bonald, en México nada más ni nada menos que José Emilio Pacheco... Entonces asusta un poco sentirse subido a esta plataforma.


–Además porque es usted un escritor muy activo.


–Sí, sobre todo porque mi vida literaria se vio interrumpida por mi paso por la Revolución. Pasé 10 años sin escribir nada; de los 35 a los 45 años no escribí una línea. Podrían haber sido los años más productivos de mi vida, no lo sé. Traté de recuperar ese tiempo... Bueno, en medio de la Guerra de Nicaragua escribí Castigo divino (una novela policial folletinesca, ahora reeditada), en las horas de la madrugada, pero cuando abandoné la política en 1996, hace muchos años ya, me dediqué a recuperar el tiempo y a convertirme en un escritor convencional, con horas fijas para escribir, en una disciplina que yo mismo me impuse. No pienso que un premio de esta naturaleza vaya a sacarme de la escritura, sino más bien a meterme aún más en ella. ¿Adónde me voy a retirar? Ya estoy retirado a la escritura desde hace bastante tiempo y la escritura es un vicio de por vida. Mi vida es escribir y este premio viene a confirmarlo.


–¿Se siente arrepentido de haber dejado de escribir?


–No, no tiene nada que ver con el arrepentimiento. Es un hecho, hice otras cosas que fueron decisivas en mi vida y que han alimentado en muchos sentidos mi escritura. Lo que escribí después nunca más fue lo mismo. En Adiós, muchachos traté de hacer esta confesión y hacerla en términos literarios. Quien escribe un relato, un relato que no es de ficción pero hecho con las herramientas de la ficción, se da cuenta de que la vida no es monótona, está compuesta de muchas circunstancias. Y una de las circunstancias clave en mi vida fue la Revolución Sandinista. No haber estado ahí hubiera sido traicionarme. Ocurrió lo que ocurrió, y me tocó primero hacerlo y ahora narrarlo y escribirlo. Seguir adelante con la escritura.


–Hay una gran dicotomía entre lo que hoy es Nicaragua con los principios de la lucha.


–Sí, bueno, obviamente hay un sentimiento de profundo disgusto, de incomodidad. Lo veo ahora de otra manera. No como alguien que puede intervenir para cambiarlo, porque siento que ese tiempo para mí ya pasó, sino como alguien que puede hablar de eso, no callar acerca de eso. Mis sentimientos no han cambiado: en Nicaragua hemos vivido la metáfora de la que habla Albert Camus, de llevar la piedra hasta el principio de la colina y de saber luego que va a rodar hasta el pie, hay que volver a recogerla y volver a llevarla hacia arriba. Es un sentimiento muy incómodo ser de esa generación, haber formado parte de esa lucha y ver qué hemos heredado a los jóvenes. Luchamos, pero no resultó. Los millenials, los nacidos en los ‘80, ven a Nicaragua de una forma muy diferente a cómo yo la veo. No hay nostalgia por ese mundo que ellos no ayudaron a construir y tampoco lo conocen bien. Tienen una versión deformada, no se hacen cargo del mundo, del modo que vivieron sus padres.


–¿Cómo está Nicaragua ahora?


–Es distinta. En los años 80 fue muy difícil, años de escasez, de sobrevivir, comparada con la Nicaragua de hoy en día, que es una mescolanza de todo. Inversiones, edificios que crecen día a día, centros comerciales, pero por debajo una inmensa pobreza. Nicaragua es una adorno de pobreza: la situación estrictamente hablando estructural del país no ha cambiado nada. El 70 por ciento de la población vive con 2 dólares diarios, el empleo informal alcanza el 70 por ciento. Nicaragua vive como en el siglo XIX: café, oro, ganado... El bienestar que nosotros pensábamos se ha ido de fragua con la Revolución. El país sobrevive por un elemento determinante que es la exportación de gente. Este año van a ser muchísimos dólares de gente que se ha ido a trabajar a Estados Unidos, a Costa Rica, y ese es el ingreso más alto del país. Produce más que el oro, que la plata, que el café, que el ganado, que la carne. Creo que cuando un país vive de la exportación de su gente cae en la degradación. Y eso es lo que mantiene la economía viva. Uno ve las grandes colas de gente frente a las oficinas de Wester Union o de locales similares, cobrando el dinerito que alguien que está trabajando lejos les envía.


–¿La literatura puede hacer algo para cambiar esto, que se ve no sólo en Nicaragua, sino también en el resto de América latina?


–Un libro no cambia. El discurso narrativo no transforma, pero sí impone, que es algo distinto. Es muy importante que la literatura imponga, comunique sentimientos, sensaciones. El hecho de que un lector reconozca que su realidad está siendo narrada a mí me parece muy importante. Que la literatura descubra lo que está ocurriendo frente a los ojos de los lectores.


–Su última novela, Ya nadie llora por mí, ¿dice algo de todo esto?


–Sí, dice todo, habla de la Nicaragua de hoy en día, tal como está, el poder, los elementos subterráneos del poder; es una exploración. El inspector Morales es un personaje que hace de ese mundo algo totalmente contemporáneo.


–Usted siempre está atado al cuento. ¿Le resultó disfrutable escribir esta novela?


–Siempre disfruto escribir. Lo más importante cuando uno se enfrenta con un escrito es disfrutar, encontrarle gozo a la escritura. Luego viene el disgusto de corregir; un disgusto necesario, una tarea ardua, difícil, a la que hay que entregarse con la misma pasión con la que uno se entrega a crear.


–¿Tiene algo ahora?


–Unos cuatro o cinco cuentos nuevos. Es lo que estaba haciendo cuando me llamaron para el Cervantes. Ahora tengo que escribir el discurso y tengo muchos compromisos antes del premio...

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Miércoles, 21 Febrero 2018 06:42

Nuevos nombres de la mentira

Nuevos nombres de la mentira

Hay una lucha sorda entre verdad y mentira que se libra en la novela y demás obras de ficción, y así mismo en la crónica o el relato periodístico. En la ficción, que cuenta situaciones imaginarias vividas por personajes imaginarios, se miente con toda legitimidad, y en el relato de prensa, que describe hechos, la mentira es ilegítima.

Recuerdo una vez en que mi amigo Jon Lee Anderson me entrevistó para un reportaje sobre el pretendido Gran Canal por Nicaragua, que escribía para The New Yorker. Cierto día recibí una llamada del departamento de fact checking (verificación de hechos) de la revista. Debían verificar si era cierto todo lo que Jon incluía como dicho por mí. Fue un interrogatorio detallado, casi judicial. Y no sólo comprueban las palabras de los entrevistados, sino también las afirmaciones que el autor del reportaje haga, bajo el principio de que "las palabras verdaderas son más importantes que las palabras bonitas".

Hay un punto intermedio que Truman Capote buscó en lo que llamó real fiction (ficción real), una de las grandes vueltas de tuerca del periodismo moderno, plasmada en su libro A sangre fría, una obra maestra, en que narra el asesinato de una familia de granjeros en el estado de Kansas, perpetrado por dos muchachos delincuentes, que terminan en la silla eléctrica.

Capote usa los procedimientos imaginativos propios del relato de ficción para contar los hechos, sin falsearlos ni alterarlos. Es lo mismo que hizo Gabriel García Márquez en su Relato de un náufrago, publicado por entregas en El Espectador de Bogotá, antes de convertirse en libro, y que disparó la tirada del periódico. Era toda una hazaña entretener al público con un relato que en manos de cualquier otro hubiera podido resultar monótono, la sobrevivencia de alguien perdido en alta mar, viviendo las mismas ocurrencias día tras día.

Siempre me he considerado un escritor realista, que edifica su aparato de invención sobre los relieves del mundo verdadero, sin alterarlos. Es lo que da legitimidad a la mentira. Se investigan los hechos, igual que lo haría un periodista, pero llega un momento en que los caminos se separan: el periodista debe atenerse hasta el final a los hechos, mientras el novelista, a partir de los hechos, tiene toda la libertad del mundo para mentir.

No sólo se separan los caminos, sino que entre ambos se abre una brecha que adquiere naturaleza ética. Aunque se mienta a mansalva en la ficción, se trata de una mentira inocente. Quien abre las páginas de una novela, ya sabe que se trata de una invención, y entra entonces en lo que se llama "la suspensión de la incredulidad". Comienza a creer que todo es cierto, por obra del arte del novelista.

Pero si se miente deliberadamente en una crónica, un reportaje, en una simple nota periodística, entonces está de por medio el dolo. Y quizás los medios de comunicación pudientes, como The New Yorker, cuidan no sólo su prestigio verificando los hechos, sino también que no vayan a ser demandados judicialmente, porque la mentira tiene un costo monetario elevado.

Ficción versus realidad. "Hechos alternativos" es uno de los términos de mayor impacto contemporáneo en este sentido, inventado por la consejera de la Casa Blanca, Kellyanne Conway, recién pasada la toma de posesión del presidente Trump en enero de 2017. Su secretario de prensa había afirmado que aquel acto había roto todos los récords de asistencia, y de audiencia por televisión, una afirmación cuya falsedad era fácilmente demostrable: con sólo comparar los datos del número de personas que había abordado el Metro ese día, y el día de la primera investidura de Obama, se probaba que Trump había tenido mucho menos gente.

Cuando Chuck Todd, el entrevistador del programa Meet the Press confrontó a la señora Conway diciéndole que aquella era una "falsedad demostrable", ella respondió que lo que él estaba dando era nada más un "hecho alternativo". Así se acuñó está frase tan célebre hoy. ¿Un hecho alternativo a qué? A la falsedad, porque la verdad de los hechos no tiene alternativa, salvo en las novelas y en los cuentos, en el teatro, en el cine. Semejante tipo de conceptos pretenden convertir los hechos en mentiras dolosas, prestando elementos a la invención de manera ilegítima, o secuestrándolos.

La realidad real es la mía, aunque sea mentira; la tuya no es más que una realidad alternativa. Si soy dueño del poder, lo que diga siempre será verdad. Los demás, sólo tendrán en sus manos un arma débil, desacreditada, la realidad alternativa. Los hechos sometidos a duda, cuestionados. Todos los diques de la lógica y de la ética se rompen, y las aguas sucias e impetuosas de la mentira lo inundarán todo.

Otro nuevo nombre de la vieja mentira es la posverdad, término que ha entrado ya en el Diccionario de la lengua española: "Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales". Es un neologismo de antiguas raíces.

La demagogia siempre ha procurado que los hechos objetivos sean sustituidos por las mentiras sustentadas en las ­emociones y en las creencias en determinados valores, aunque estos sean espurios, como la superioridad de una raza, la infalibilidad de una creencia religiosa, la superioridad del sexo masculino, el credo ciego de un partido. Se trata de que la realidad simple sea ignorada, y sustituida por dogmas hijos del fanatismo. "El que algo aparente ser verdad es más importante que la propia verdad", dice el Diccionario Oxford de la posverdad.

Hacer que se ignoren los hechos, sobre todo a la hora de conducir a los rebaños de votantes a las urnas para elegir candidatos fundamentalistas, o demagogos, o movilizar a la gente en las calles contra los inmigrantes retratándolos una y otra vez, en el discurso posverdad, como causantes de males y amenazas. Es la búsqueda del triunfo definitivo de la propaganda sobre la razón.

 

Masatepe, febrero de 2018

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Viernes, 16 Febrero 2018 05:25

Más que un país

Más que un país

Un hombre camina bajo la lluvia por una ciudad cualquiera de Occidente. Tiene puesta toda la ropa que posee, un par de medias encima de otro, dos camisetas, buzos, un camperón con capucha, una mochila sucia al hombro. Tiene veintiocho años. Es más alto y más corpulento que la mayoría. Es libre; al menos es libre de caminar por la calle, de recibir la lluvia sobre su espalda, de evitar los televisores encendidos en los negocios de electrodomésticos, donde los canales de noticias muestran imágenes de la guerra en su país. Su país ya no existe. Su ciudad es un enorme campo de práctica para francotiradores enemigos. Esos francotiradores eran hasta ayer vecinos suyos, compañeros de escuela, novios de sus hermanas.


El país en cuestión se llamaba Yugoslavia; la ciudad, Sarajevo. El hombre que camina bajo la lluvia está harto de beber agua estancada, de comer arroz sin sal, de llevar casco a todas horas, de limpiar cada noche su fusil y contar las balas que le quedan, de resisitir el frío sin fin y los amaneceres que empiezan con los primeros disparos de los francotiradores. El hombre que camina bajo la lluvia se pregunta si es soldado porque sabe distinguir el olor de un cadáver humano por encima de otros olores y porque sabe que la vida vale menos que lo que vale una bala de fusil comprada en el mercado negro. Llegó hasta donde está cruzando Europa dormida, que lo vio pasar sin inmutarse demasiado. Es un hombre sin papeles, es decir sin pasado, es decir sin futuro. Adonde entra siente que ocupa demasiado espacio. Conoce bien la sensación, ¿cómo no conocerla, si sus propios compatriotas pretendieron construir tres países diferentes en el interior de uno solo? También siente que hay espejos por todas partes, cristales que le devuelven su reflejo irreconocible.


Un día era uno más de la pandilla que hacía un programa muy popular en la radio nocturna de Sarajevo, y al día siguiente había guerra y lo hicieron soldado, y después cayó prisionero, y después logró escapar. Así llegó a Occidente, prófugo, desertor, chapaleando en el barro bajo la lluvia, de frontera en frontera. Ahora está en el mundo libre, pero un centro de refugiados, en un país cuyo idioma apenas conoce. En el centro dan un curso para aprender el idioma, pero es para adultos analfabetos, y él necesita ir más rápido: él es escritor, es poeta, ha leído a Poe y a Kafka, sabe de cine, escucha jazz, él necesita aprender más rápido.


Un médico en el centro de refugiados le dice que lo que tiene es respuesta diferida. “El Síndrome PostTraumático se manifiesta entre tres y seis meses después del suceso traumático”. Pero le consigue una máquina de escribir con alfabeto serbocroata y una resma de papel. Él saca de su mochila una montaña de cuadernitos y libretas y papeles sueltos, lo que no se quemó ni se perdió de su obra en el camino, y empieza a pasarlo todo a máquina. Las palabras toman otra forma al pasar de garabato en una libreta a letra dactilografiada sobre la limpia página en blanco. Pasa cuatro días enteros copiando, en trance, por primera vez ajeno al frío que lo aqueja desde que escapó de su país. Al quinto día termina y se pone a leer. Es una patética, interminable letanía, que se niega a convertirse en literatura. “Todos mis escritores preferidos saben cómo convertir en universal una tristeza corriente. ¿Por qué yo no?”.


Decide entonces empezar de nuevo, pero en el otro idioma, el que apenas conoce. Cuando pueda contarla en ese idioma, piensa, su tristeza se volverá universal. Tiene un ejemplar en su mano de El extranjero de Camus. Cuando pueda leerlo en francés, podrá escribir en francés. Esta es la historia de Velibor Colic y de cómo escribió su libro Los bosnios y después su Manual de exilio en 35 lecciones. Lo asombroso es que exactamente al mismo tiempo, del otro lado del Atlántico, en Chicago, otro bosnio de Sarajevo, de veintiocho años, que pertenecía a otra pandilla de radio y que había desembocado en América de manera similar, tomó la misma decisión con un ejemplar de Catedral de Carver en la mano. Hacer su tristeza universal, contándola en un idioma que debía aprender casi enteramente. Su nombre era Aleksandar Hemon. Poco después escribió en inglés su libro La cuestión de Bruno y unos años más tarde El libro de mis vidas.


Los dos libros de Colic y los dos de Hemon son formidables, y además son gemelos. Es asombroso el parecido, la sincronía, la hermandad, uno escribiendo en francés y el otro en inglés, sin la menor conciencia uno del otro. Colic y Hemon idolatran por igual a un escritor yugoslavo que murió en 1989, prematuramente en opinión de todos los que lo querían, a los cincuentipocos. Murió tan rápido que sus libros se leyeron póstumamente, pero aun así, al terminar de leer su último libro, uno pensaba: ¿cómo, no hay más? ¿Dónde voy a encontrar más de esto, ahora que Danilo Kis está muerto y yo ya me leí todos sus libros y Yugoslavia ya no existe?


Yugoslavia ya no existe, es cierto, pero los dos libros de Colic y los dos de Hemon son la perfecta continuación de los de Danilo Kis. “Así bailamos, como condenados o locos, en el límite que separa al este del oeste, con nuestra mochila de miseria y nuestros nombres impronunciables”, escribe Colic. “Desde que nací estoy esperando el Día del Juicio, y no llega nunca, y de a poco voy entendiendo que nací después del Día del Juicio”, escribe Hemon. Y describen la vida en Sarajevo antes y durante la guerra como si se la estuvieran murmurando a través de la lápida a Danilo Kis, su maestro muerto.


Todo ha cambiado, nada ha cambiado, le dicen. Colic le cuenta que en una casa musulmana en un pueblo de Bosnia arrasado por los serbios descubrieron, en una mezcladora de cemento, el cadáver machacado de una nena desnuda. Desde el principio de la guerra no había electricidad en el pueblo, por lo tanto debieron haber hecho girar la mezcladora a mano. Hemon le cuenta que, desde el comienzo del sitio en Sarajevo, ciudad famosa por su amor a los perros, empezaron a verse por las calles ejemplares sueltos de todas las razas. Al tiempo se volvieron cimarrones, y con los meses empezaron a aparecer cruzas que aterrorizaban a los amantes de los perros. Danilo Kis escucha en su tumba. Danilo Kis tenía pegada en su pared una hoja con estas líneas: “Hay civilizaciones que se van a la ruina porque no consiguen eliminar el problema de sus residuos. Los del espíritu se van almacenando en las costumbres, el carácter y el inconsciente de su descendencia. Los del intelecto van invadiendo la Historia tal como los residuos materiales invaden la tierra en la que fueron enterrados. Estas civilizaciones terminan muriendo ahogadas en su propio estiércol en vez de nutrirse con él como hace la naturaleza”.


Había una vez un país llamado Yugoslavia, que nunca aceptó del todo que era un país, porque creía que era más que un país. Y en los libros de Danilo Kis, Velibor Colic y Aleksandar Hemon es realmente más que un país para aquellos que no tienen país.

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Jueves, 28 Diciembre 2017 05:18

Dos relatos, pilares del ideario ultra

Dos relatos, pilares del ideario ultra

La novela El Campamento de los Santos y el ensayo El Gran Reemplazo son referencias ilustradas de las restauradas extremas derechas de Donald Trump y Marine Le Pen, así como de grupúsculos racistas y neonazis contemporáneos.


Las ideas son ríos profundos que irrigan las tierras de la historia. Jean Raspail nunca sospechó que las suyas iban a convertirse en uno de los pilares del pensamiento reaccionario contemporáneo. Desde las extremas derechas europeas con el partido Frente Nacional a la cabeza, pasando por Donald Trump o los supremacistas blancos, este escritor francés, con una novela escrita en los años 70, se volvió el oráculo del ex consejero del amo de la Casa Blanca, Steve Bannon, de las teorías raciales de la Alt Right norteamericana, de los neonazis, del Klu Klux Klan y, junto a otro escritor francés, Renaud Camus, la fuente de la idea según la cual “ellos”, entiéndase los extranjeros y en particular los musulmanes, van a reemplazar a los occidentales invadiendo sus culturas. En 1973, Jean Raspail escribió El Campamento de los Santos. La novela es hoy la referencia ilustrada de las restauradas extremas derechas pero ya había tocado el corazón de los ultra conservadores en los años siguientes a su publicación. En la década de los 80 el ex presidente norteamericano Ronald Reagan le profesaba una admiración pública y diez años más tarde el politólogo Samuel Huntington la citaba en su libro El choque de las civilizaciones.


En los tiempos actuales, El Campamento de los Santos se izó como el manual ideológico de Marine Le Pen, de Donald Trump y su entorno más radical y de los grupúsculos racistas como Vanguard America o The Daily Stormer. Las referencias de Steve Bannon a ese libro han sido constantes en los últimos años, tanto en los medios tradicionales como en su portal Breitbart News: “el problema de Europa es la inmigración. Hoy es un problema mundial, una suerte de Campamentos de los Santos generalizado”, dijo en 2015. Un par de semanas más tarde volvió a citar la novela en el mismo contexto: “no estamos ante un movimiento migratorio. Es una verdadera invasión: Yo llamo a esto El Campamento de los Santos”.


Jean Raspail y Renaud Camus son los hombres que, según los reaccionarios, se adelantaron a la “catástrofe migratoria”, una suerte de pareja de profetas que anticipó el declive de Occidente bajo el “peso de los invasores” de otras civilizaciones. Renaud Camus es el autor de un ensayo cimiento de estas ideologías excluyentes: El Gran Reemplazo. En este libro, el autor francés alega que los flujos migratorios están reemplazando a las culturas originales del Occidente Blanco. Camus escribe: “es muy simple; usted tiene un pueblo y, de golpe, en una sola generación, en lugar de ese pueblo hay uno o varios pueblos”. Estas teorías están hoy en la calle y han servido para construir mayorías gobernantes en los Estados Unidos, facilitar el acceso de la extrema derecha al parlamento alemán, ubicar a la candidata de la ultra derecha francesa en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2017 o aunar una mayoría suficiente como para votar a favor de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, el famoso Brexit.


A principios de diciembre, la revista New Yorker publicó una amplia investigación firmada por el periodista Thomas Chatterton Williams sobre la influencia de Renaud Camus en los círculo de extremistas norteamericanos, desde la alt-right pasando por el Klu Klux Klan hasta los partidarios de Trump. Williams cuenta, entre otras cosas, cómo durante las manifestaciones de estos núcleos sus militantes suelen gritar: “ustedes no nos van a reemplazar”. En una entrevista con el vespertino Le Monde, el periodista del New Yorker comenta la influencia de la french theory:”los franceses nos dieron primero el posestructuralismo y hoy tenemos el “reemplazismo”. Son desde luego cosas muy diferentes. Pero antes fue la izquierda norteamericana quien miraba hacia París. Ahora es la extrema derecha quien difunde en los Estados Unidos las ideas aparecidas en Francia”.


Raspail y Camus no son los únicos ensayistas franceses que que han ejercido una enorme influencia en los populismos oscuros de hoy. También están Alain de Benoist y Guillaume Faye. El primero es el ideólogo de la llamada “Nueva Derecha” mientras que el segundo pasó de esa Nueva Derecha a convertirse en uno de los ejes teóricos de la galaxia obsesionada por la identidad o de los adeptos a la idea según la cual nos dirigimos ineluctablemente hacia una guerra entre el Islam y Occidente. Faye es el inventor del concepto de “Etnomasoquismo” con el cual designa el hundimiento de los “valores occidentales”. Ambos viajaron a los Estados Unidos en 2013 y 2015 invitados por el National policy institute, un think tank dirigido por Richard Spencer, una de las grandes figuras de la alt-righ norteamericana. Sin embargo, el concepto original remite siempre a Jean Raspail y su novela El Campamento de los Santos. El libro fue publicado en Francia en 1973 y reeditado en 2011. Scribner lo publicó en 1975 en los Estados Unidos y Cordelia Scaife May, la hermana del filántropo de ultraderecha Richard Mellon Scaife, financió su reedición en 1983. En 1995 y 2001, la novela conoció dos nuevas reediciones a cargo de Social Contract Press, la editorial de John Tanton, el ex militante ecologista norteamericano que se convirtió luego en una de las figuras más importantes del movimiento contra la inmigración. El Campamento de los Santos sintetiza todo el envoltorio retórico de las extremas derechas modernas. No sólo funciona como una suerte de himno al Occidente blanco, también constituye un llamado al Occidente cristiano a imitar las Cruzadas y prepararse para un conflicto a sangre y fuego contra los miserables de piel oscura y los traidores que, dentro de las sociedades occidentales, bajo el manto del progresismo y de la defensa de la diversidad, no hacen sino debilitar al propio Occidente. La novela cuenta una historia aparentemente simple y alejada de las preocupaciones de la década de los 70. El Campamento de los Santos plantea lo que podría ocurrir si un millón de miserables desamparados desembarcara en las costas de Francia. Raspail pone el ojo en dos temáticas: la de la invasión y en lo que él va a calificar como “los cobardes”, entiéndase, aquellos que al defender a los invasores van a sacrificar en el altar de la solidaridad y el humanismo los valores de un occidente que se “vacía de sus ideales”.


Hoy, Jean Raspail ve en la figura del papa Francisco la quinta esencia de ese mal que el narra en la novela y que describe así: “la incompatibilidad de las razas cuando comparten un mismo medio ambiente”. Curiosamente, Raspail no es uno de esos conservadores de sillón. Ha sido, como novelista, un viajero incansable que recorrió el mundo y particularmente la Argentina (Tierra del Fuego-Alaska, 1952). En 1976 publicó El Juego del Rey, la novela que narra la historia de de Antoine de Tounens, el aventurero francés que fundó el “reino” de Araucaria y Patagonia hasta proclamarse rey de la Patagonia. En 1981, con “Yo, Antoine de Tounens”, volvió a adentrarse en la figura de ese aventurero pretencioso. En 1981, Raspail regresó a sus amores patagónicos con el relato “Adiós Tierra del Fuego”. Escritor de fuentes católicas, viajero, con una elegancia de aristócrata renacido, Raspail pasa a la historia como el inspirador de las corrientes populistas de la extrema derecha, como el restaurador de la idea de frontera como protección contra los otros, el teórico de la invasión y, a su manera paradójica, ofrece un manual contra la izquierda apegada al multiculturalismo contemporáneo. Ellos nos invaden, nosotros los eliminamos de una u otra forma es el credo que tantos votos le aporta a las ultraderechas mundiales.


Las purgas de Trump contra los mexicanos o todo lo que no es auténticamente blanco, las diatribas de Marine Le Pen contra los extranjeros tóxicos o el Brexit están adelantados por la novela de Raspail y posteriormente teorizados por Renaud Camus, Alain de Benoist y Guillaume Faye. En 2015, a través de Twitter, Marine Le Pen aconsejaba a la gente leer ese libro: “hoy estamos en una sumersión migratoria. Invito a los franceses a leer o a releer El Campamento de los Santos”. De uno al otro lado del Atlántico, la ficción alimentó a los lobos de la realidad. Thomas Chatterton Williams, el periodista del New Yorker que publicó la investigación acerca de la influencia de esta french theory entre los ultras estadounidenses, explicó a Le Monde cómo esas conjeturas van a constituir la espina dorsal del trumpismo (muro en la frontera mexicana, prohibición de ingresar al país a los ciudadanos de ciertos países musulmanes, etc, etc): “esos proyectos forman un programa político y también ideológico. Sirven para afirmar que una sociedad multicultural es fundamentalmente una sociedad anti blanca (...) La extrema derecha norteamericana, como la europea, mezcla la teoría del gran reemplazo con sus propios fantasmas, especialmente el de un marxismo cultural”. La literatura parece presidir nuestros destinos actuales. La novela 1984 de George Orwell retrató el Big Brother que nos somete a cada instante. La de Jean Raspail anticipó las formas más exitosas del racismo, la xenofobia, la indolencia y el odio que poco a poco van tiñendo de sombras las retóricas políticas de Occidente.
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Miércoles, 27 Diciembre 2017 07:29

El insustituible

El insustituible

 

El universo estrafalario y cruel de la dictadura de Manuel Estrada Cabrera se refleja con maestría en "El señor presidente" de Miguel Ángel Asturias, ganador del premio Nobel hace 50 años. Es una novela construida de manera cinética, cuadro tras cuadro, que retrata el miedo y la degradación, la represión y el servilismo, el sometimiento y la adulación.

El dictador mismo nunca aparece en la novela, o lo hace apenas. El enfoque, más que en su figura, sus manías y excentricidades, se centra en el peso de su presencia siniestra sobre la sociedad guatemalteca y sus individuos, que viven bajo el peso del terror y la abyección. Está en todas partes, y no está en ninguna, pero nada se mueve sin que él lo mande o lo sepa.

No era un prócer ilustrado como el doctor Gaspar Rodríguez de Francia, recreado por Augusto Roa Bastos en "Yo el Supremo". Ni siquiera fue militar, requisito esencial de los caudillos que reinaron en Guatemala en la segunda mitad del siglo XIX, el más conspicuo de ellos el general Justo Rufino Barrios, cabeza de la revolución liberal de 1871.

Estrada Cabrera era un abogado de segunda, del Partido Liberal también, quien se coló en el poder al producirse el asesinato del general Reina Barrios en 1898, crimen del que a lo mejor fue cómplice; y entre mañas, fraudes, y sobre todo terror, logró mantenerse en el mando por 12 años.

Si en la novela de Asturias está casi ausente, Rafael Arévalo Martínez, el más joven de los poetas modernistas centroamericanos, lo retrata de cuerpo entero en "¡Ecce Pericles!", una exhaustiva crónica de su satrapía publicada en 1945, apenas dos años antes que El señor presidente.

Su espíritu vengativo era insaciable. En 1908, un cadete de la Escuela Politécnica, donde estudiaban los futuros oficiales del Ejército, al presentarle armas como miembro de la guardia de honor, sorpresivamente enderezó su fusil contra él, disparándole. Salió apenas chamuscado, porque el tiro no fue certero, pero mandó a fusilar a todos los cadetes, presumiéndolos de cómplices. Y no sólo eso. Ordenó demoler el edificio que albergaba la escuela, y una vez aplanado el terreno, hizo que encima regaran sal.

En la otra cara del terror, está siempre la adulación, que es una de las formas de la cobardía. Al día siguiente, en el periódico La Mañana, el periodista Fernando Somoza Vivas escribió: después de enjugarse la preciosa sangre, comenzó allí mismo a disponer lo conveniente para la Nación, que felizmente permanece inalterable.

Preciosa sangre es una frase religiosa, que se refiere siempre a la sangre de Cristo. Pero Estrada Cabrera tenía también la manía de apropiarse de la religión: había dispuesto que el santo entierro de los viernes santos no siguiera su recorrido habitual, sino que pasara frente a su casa. Un arma de doble filo, porque quienes cargan el sepulcro llevan cucuruchos de penitentes que los ocultan, y así otros cadetes complotados planearon disfrazarse de esa manera, entrar a la casa, y capturar al dictador. Fueron denunciados por uno de los mismos conspiradores, y el miércoles santo estaban ya todos presos y sometidos a torturas.

Terror, adulación, secuestro de los símbolos religiosos. Y extravagancias de su megalomanía, como hacer que lo llamaran, entre otros tantos títulos, el Insustituible; u obligar a rendir culto a su madre, doña Joaquina Cabrera de Estrada. En este sentido se mostraba generoso, porque era un culto compartido.

Había un Club de Amigos del Señor Presidente, para los varones, en tanto sus esposas pertenecían al Club Joaquina; los niños formaban el Club de Amiguitos del Señor Presidente, y las mujercitas la Asociación del Veintiuno de Agosto, fecha del nacimiento de la augusta matrona. Nadie se libraba de aquella librea.

Pero la celebración de las Fiestas de Minerva, o Minervalias, el último domingo del mes de octubre de cada año, fue la cumbre de sus extravagancias. Como protector de las Artes, las Ciencias y la Educación, otros de sus muchos títulos oficiales, no podía sino rendir culto a la diosa de la Sabiduría.

Las primeras se celebraron en 1899, con la mala fortuna de que la ligera estructura del templo griego construido para la ocasión en los terrenos del hipódromo se desplomó sobre la cabeza de la joven a quien tocó ese año representar a la diosa y sobre la cabeza de sus vestales, huyendo todas despavoridas. Pero al año siguiente el templo había sido ya construido en toda regla, un verdadero Partenón de columnas dóricas, y también se erigieron réplicas en los departamentos, aún los más remotos, y sus capiteles sobresalían entre la verdura de la selva.

Desde el templo mayor, la diosa Minerva desfilaba cada año con su cortejo de vestales, escoltadas por jovencitos disfrazados a la usanza de la Grecia clásica. A lo largo del recorrido de la augusta procesión se alzaban majestuosos arcos triunfales, e, igual que la del santo entierro, pasaba obligadamente frente a la casa del dictador, quien presenciaba el espectáculo desde su balcón, momento en que las niñas vestales le ofrendaban canastas y ramilletes de flores, y quemaban incienso en su honor en los pebeteros.

El poder del Insustituible acabó, sin embargo, y acaba mal. El pueblo se rebeló en las calles, y el Ejército se le volteó. El Protector de Minerva, y Padre de la Juventud, fue derrocado en 1910, y una vez preso lo sometieron a juicio. Sus fieles partidarios, aduladores y serviles, se escurrieron por los albañales.

Miguel Ángel Asturias era entonces estudiante de derecho, y como practicante actuaba de secretario del juzgado a cargo de la causa criminal en su contra. Ya para entonces le habían dado la casa por cárcel, y allí lo visitaba para cumplir los trámites judiciales.

“Usted hizo muy pocos a≠migos en el gobierno”, le comentó una vez, viendo que nadie lo visitaba. Y él le respondió: usted no entiende lo que es el poder. Yo en el gobierno no hice amigos. Lo que tuve fueron cómplices.

Masatepe, diciembre 2017

 

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