Miércoles, 21 Febrero 2018 06:42

Nuevos nombres de la mentira

Nuevos nombres de la mentira

Hay una lucha sorda entre verdad y mentira que se libra en la novela y demás obras de ficción, y así mismo en la crónica o el relato periodístico. En la ficción, que cuenta situaciones imaginarias vividas por personajes imaginarios, se miente con toda legitimidad, y en el relato de prensa, que describe hechos, la mentira es ilegítima.

Recuerdo una vez en que mi amigo Jon Lee Anderson me entrevistó para un reportaje sobre el pretendido Gran Canal por Nicaragua, que escribía para The New Yorker. Cierto día recibí una llamada del departamento de fact checking (verificación de hechos) de la revista. Debían verificar si era cierto todo lo que Jon incluía como dicho por mí. Fue un interrogatorio detallado, casi judicial. Y no sólo comprueban las palabras de los entrevistados, sino también las afirmaciones que el autor del reportaje haga, bajo el principio de que "las palabras verdaderas son más importantes que las palabras bonitas".

Hay un punto intermedio que Truman Capote buscó en lo que llamó real fiction (ficción real), una de las grandes vueltas de tuerca del periodismo moderno, plasmada en su libro A sangre fría, una obra maestra, en que narra el asesinato de una familia de granjeros en el estado de Kansas, perpetrado por dos muchachos delincuentes, que terminan en la silla eléctrica.

Capote usa los procedimientos imaginativos propios del relato de ficción para contar los hechos, sin falsearlos ni alterarlos. Es lo mismo que hizo Gabriel García Márquez en su Relato de un náufrago, publicado por entregas en El Espectador de Bogotá, antes de convertirse en libro, y que disparó la tirada del periódico. Era toda una hazaña entretener al público con un relato que en manos de cualquier otro hubiera podido resultar monótono, la sobrevivencia de alguien perdido en alta mar, viviendo las mismas ocurrencias día tras día.

Siempre me he considerado un escritor realista, que edifica su aparato de invención sobre los relieves del mundo verdadero, sin alterarlos. Es lo que da legitimidad a la mentira. Se investigan los hechos, igual que lo haría un periodista, pero llega un momento en que los caminos se separan: el periodista debe atenerse hasta el final a los hechos, mientras el novelista, a partir de los hechos, tiene toda la libertad del mundo para mentir.

No sólo se separan los caminos, sino que entre ambos se abre una brecha que adquiere naturaleza ética. Aunque se mienta a mansalva en la ficción, se trata de una mentira inocente. Quien abre las páginas de una novela, ya sabe que se trata de una invención, y entra entonces en lo que se llama "la suspensión de la incredulidad". Comienza a creer que todo es cierto, por obra del arte del novelista.

Pero si se miente deliberadamente en una crónica, un reportaje, en una simple nota periodística, entonces está de por medio el dolo. Y quizás los medios de comunicación pudientes, como The New Yorker, cuidan no sólo su prestigio verificando los hechos, sino también que no vayan a ser demandados judicialmente, porque la mentira tiene un costo monetario elevado.

Ficción versus realidad. "Hechos alternativos" es uno de los términos de mayor impacto contemporáneo en este sentido, inventado por la consejera de la Casa Blanca, Kellyanne Conway, recién pasada la toma de posesión del presidente Trump en enero de 2017. Su secretario de prensa había afirmado que aquel acto había roto todos los récords de asistencia, y de audiencia por televisión, una afirmación cuya falsedad era fácilmente demostrable: con sólo comparar los datos del número de personas que había abordado el Metro ese día, y el día de la primera investidura de Obama, se probaba que Trump había tenido mucho menos gente.

Cuando Chuck Todd, el entrevistador del programa Meet the Press confrontó a la señora Conway diciéndole que aquella era una "falsedad demostrable", ella respondió que lo que él estaba dando era nada más un "hecho alternativo". Así se acuñó está frase tan célebre hoy. ¿Un hecho alternativo a qué? A la falsedad, porque la verdad de los hechos no tiene alternativa, salvo en las novelas y en los cuentos, en el teatro, en el cine. Semejante tipo de conceptos pretenden convertir los hechos en mentiras dolosas, prestando elementos a la invención de manera ilegítima, o secuestrándolos.

La realidad real es la mía, aunque sea mentira; la tuya no es más que una realidad alternativa. Si soy dueño del poder, lo que diga siempre será verdad. Los demás, sólo tendrán en sus manos un arma débil, desacreditada, la realidad alternativa. Los hechos sometidos a duda, cuestionados. Todos los diques de la lógica y de la ética se rompen, y las aguas sucias e impetuosas de la mentira lo inundarán todo.

Otro nuevo nombre de la vieja mentira es la posverdad, término que ha entrado ya en el Diccionario de la lengua española: "Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales". Es un neologismo de antiguas raíces.

La demagogia siempre ha procurado que los hechos objetivos sean sustituidos por las mentiras sustentadas en las ­emociones y en las creencias en determinados valores, aunque estos sean espurios, como la superioridad de una raza, la infalibilidad de una creencia religiosa, la superioridad del sexo masculino, el credo ciego de un partido. Se trata de que la realidad simple sea ignorada, y sustituida por dogmas hijos del fanatismo. "El que algo aparente ser verdad es más importante que la propia verdad", dice el Diccionario Oxford de la posverdad.

Hacer que se ignoren los hechos, sobre todo a la hora de conducir a los rebaños de votantes a las urnas para elegir candidatos fundamentalistas, o demagogos, o movilizar a la gente en las calles contra los inmigrantes retratándolos una y otra vez, en el discurso posverdad, como causantes de males y amenazas. Es la búsqueda del triunfo definitivo de la propaganda sobre la razón.

 

Masatepe, febrero de 2018

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Viernes, 16 Febrero 2018 05:25

Más que un país

Más que un país

Un hombre camina bajo la lluvia por una ciudad cualquiera de Occidente. Tiene puesta toda la ropa que posee, un par de medias encima de otro, dos camisetas, buzos, un camperón con capucha, una mochila sucia al hombro. Tiene veintiocho años. Es más alto y más corpulento que la mayoría. Es libre; al menos es libre de caminar por la calle, de recibir la lluvia sobre su espalda, de evitar los televisores encendidos en los negocios de electrodomésticos, donde los canales de noticias muestran imágenes de la guerra en su país. Su país ya no existe. Su ciudad es un enorme campo de práctica para francotiradores enemigos. Esos francotiradores eran hasta ayer vecinos suyos, compañeros de escuela, novios de sus hermanas.


El país en cuestión se llamaba Yugoslavia; la ciudad, Sarajevo. El hombre que camina bajo la lluvia está harto de beber agua estancada, de comer arroz sin sal, de llevar casco a todas horas, de limpiar cada noche su fusil y contar las balas que le quedan, de resisitir el frío sin fin y los amaneceres que empiezan con los primeros disparos de los francotiradores. El hombre que camina bajo la lluvia se pregunta si es soldado porque sabe distinguir el olor de un cadáver humano por encima de otros olores y porque sabe que la vida vale menos que lo que vale una bala de fusil comprada en el mercado negro. Llegó hasta donde está cruzando Europa dormida, que lo vio pasar sin inmutarse demasiado. Es un hombre sin papeles, es decir sin pasado, es decir sin futuro. Adonde entra siente que ocupa demasiado espacio. Conoce bien la sensación, ¿cómo no conocerla, si sus propios compatriotas pretendieron construir tres países diferentes en el interior de uno solo? También siente que hay espejos por todas partes, cristales que le devuelven su reflejo irreconocible.


Un día era uno más de la pandilla que hacía un programa muy popular en la radio nocturna de Sarajevo, y al día siguiente había guerra y lo hicieron soldado, y después cayó prisionero, y después logró escapar. Así llegó a Occidente, prófugo, desertor, chapaleando en el barro bajo la lluvia, de frontera en frontera. Ahora está en el mundo libre, pero un centro de refugiados, en un país cuyo idioma apenas conoce. En el centro dan un curso para aprender el idioma, pero es para adultos analfabetos, y él necesita ir más rápido: él es escritor, es poeta, ha leído a Poe y a Kafka, sabe de cine, escucha jazz, él necesita aprender más rápido.


Un médico en el centro de refugiados le dice que lo que tiene es respuesta diferida. “El Síndrome PostTraumático se manifiesta entre tres y seis meses después del suceso traumático”. Pero le consigue una máquina de escribir con alfabeto serbocroata y una resma de papel. Él saca de su mochila una montaña de cuadernitos y libretas y papeles sueltos, lo que no se quemó ni se perdió de su obra en el camino, y empieza a pasarlo todo a máquina. Las palabras toman otra forma al pasar de garabato en una libreta a letra dactilografiada sobre la limpia página en blanco. Pasa cuatro días enteros copiando, en trance, por primera vez ajeno al frío que lo aqueja desde que escapó de su país. Al quinto día termina y se pone a leer. Es una patética, interminable letanía, que se niega a convertirse en literatura. “Todos mis escritores preferidos saben cómo convertir en universal una tristeza corriente. ¿Por qué yo no?”.


Decide entonces empezar de nuevo, pero en el otro idioma, el que apenas conoce. Cuando pueda contarla en ese idioma, piensa, su tristeza se volverá universal. Tiene un ejemplar en su mano de El extranjero de Camus. Cuando pueda leerlo en francés, podrá escribir en francés. Esta es la historia de Velibor Colic y de cómo escribió su libro Los bosnios y después su Manual de exilio en 35 lecciones. Lo asombroso es que exactamente al mismo tiempo, del otro lado del Atlántico, en Chicago, otro bosnio de Sarajevo, de veintiocho años, que pertenecía a otra pandilla de radio y que había desembocado en América de manera similar, tomó la misma decisión con un ejemplar de Catedral de Carver en la mano. Hacer su tristeza universal, contándola en un idioma que debía aprender casi enteramente. Su nombre era Aleksandar Hemon. Poco después escribió en inglés su libro La cuestión de Bruno y unos años más tarde El libro de mis vidas.


Los dos libros de Colic y los dos de Hemon son formidables, y además son gemelos. Es asombroso el parecido, la sincronía, la hermandad, uno escribiendo en francés y el otro en inglés, sin la menor conciencia uno del otro. Colic y Hemon idolatran por igual a un escritor yugoslavo que murió en 1989, prematuramente en opinión de todos los que lo querían, a los cincuentipocos. Murió tan rápido que sus libros se leyeron póstumamente, pero aun así, al terminar de leer su último libro, uno pensaba: ¿cómo, no hay más? ¿Dónde voy a encontrar más de esto, ahora que Danilo Kis está muerto y yo ya me leí todos sus libros y Yugoslavia ya no existe?


Yugoslavia ya no existe, es cierto, pero los dos libros de Colic y los dos de Hemon son la perfecta continuación de los de Danilo Kis. “Así bailamos, como condenados o locos, en el límite que separa al este del oeste, con nuestra mochila de miseria y nuestros nombres impronunciables”, escribe Colic. “Desde que nací estoy esperando el Día del Juicio, y no llega nunca, y de a poco voy entendiendo que nací después del Día del Juicio”, escribe Hemon. Y describen la vida en Sarajevo antes y durante la guerra como si se la estuvieran murmurando a través de la lápida a Danilo Kis, su maestro muerto.


Todo ha cambiado, nada ha cambiado, le dicen. Colic le cuenta que en una casa musulmana en un pueblo de Bosnia arrasado por los serbios descubrieron, en una mezcladora de cemento, el cadáver machacado de una nena desnuda. Desde el principio de la guerra no había electricidad en el pueblo, por lo tanto debieron haber hecho girar la mezcladora a mano. Hemon le cuenta que, desde el comienzo del sitio en Sarajevo, ciudad famosa por su amor a los perros, empezaron a verse por las calles ejemplares sueltos de todas las razas. Al tiempo se volvieron cimarrones, y con los meses empezaron a aparecer cruzas que aterrorizaban a los amantes de los perros. Danilo Kis escucha en su tumba. Danilo Kis tenía pegada en su pared una hoja con estas líneas: “Hay civilizaciones que se van a la ruina porque no consiguen eliminar el problema de sus residuos. Los del espíritu se van almacenando en las costumbres, el carácter y el inconsciente de su descendencia. Los del intelecto van invadiendo la Historia tal como los residuos materiales invaden la tierra en la que fueron enterrados. Estas civilizaciones terminan muriendo ahogadas en su propio estiércol en vez de nutrirse con él como hace la naturaleza”.


Había una vez un país llamado Yugoslavia, que nunca aceptó del todo que era un país, porque creía que era más que un país. Y en los libros de Danilo Kis, Velibor Colic y Aleksandar Hemon es realmente más que un país para aquellos que no tienen país.

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Jueves, 28 Diciembre 2017 05:18

Dos relatos, pilares del ideario ultra

Dos relatos, pilares del ideario ultra

La novela El Campamento de los Santos y el ensayo El Gran Reemplazo son referencias ilustradas de las restauradas extremas derechas de Donald Trump y Marine Le Pen, así como de grupúsculos racistas y neonazis contemporáneos.


Las ideas son ríos profundos que irrigan las tierras de la historia. Jean Raspail nunca sospechó que las suyas iban a convertirse en uno de los pilares del pensamiento reaccionario contemporáneo. Desde las extremas derechas europeas con el partido Frente Nacional a la cabeza, pasando por Donald Trump o los supremacistas blancos, este escritor francés, con una novela escrita en los años 70, se volvió el oráculo del ex consejero del amo de la Casa Blanca, Steve Bannon, de las teorías raciales de la Alt Right norteamericana, de los neonazis, del Klu Klux Klan y, junto a otro escritor francés, Renaud Camus, la fuente de la idea según la cual “ellos”, entiéndase los extranjeros y en particular los musulmanes, van a reemplazar a los occidentales invadiendo sus culturas. En 1973, Jean Raspail escribió El Campamento de los Santos. La novela es hoy la referencia ilustrada de las restauradas extremas derechas pero ya había tocado el corazón de los ultra conservadores en los años siguientes a su publicación. En la década de los 80 el ex presidente norteamericano Ronald Reagan le profesaba una admiración pública y diez años más tarde el politólogo Samuel Huntington la citaba en su libro El choque de las civilizaciones.


En los tiempos actuales, El Campamento de los Santos se izó como el manual ideológico de Marine Le Pen, de Donald Trump y su entorno más radical y de los grupúsculos racistas como Vanguard America o The Daily Stormer. Las referencias de Steve Bannon a ese libro han sido constantes en los últimos años, tanto en los medios tradicionales como en su portal Breitbart News: “el problema de Europa es la inmigración. Hoy es un problema mundial, una suerte de Campamentos de los Santos generalizado”, dijo en 2015. Un par de semanas más tarde volvió a citar la novela en el mismo contexto: “no estamos ante un movimiento migratorio. Es una verdadera invasión: Yo llamo a esto El Campamento de los Santos”.


Jean Raspail y Renaud Camus son los hombres que, según los reaccionarios, se adelantaron a la “catástrofe migratoria”, una suerte de pareja de profetas que anticipó el declive de Occidente bajo el “peso de los invasores” de otras civilizaciones. Renaud Camus es el autor de un ensayo cimiento de estas ideologías excluyentes: El Gran Reemplazo. En este libro, el autor francés alega que los flujos migratorios están reemplazando a las culturas originales del Occidente Blanco. Camus escribe: “es muy simple; usted tiene un pueblo y, de golpe, en una sola generación, en lugar de ese pueblo hay uno o varios pueblos”. Estas teorías están hoy en la calle y han servido para construir mayorías gobernantes en los Estados Unidos, facilitar el acceso de la extrema derecha al parlamento alemán, ubicar a la candidata de la ultra derecha francesa en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2017 o aunar una mayoría suficiente como para votar a favor de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, el famoso Brexit.


A principios de diciembre, la revista New Yorker publicó una amplia investigación firmada por el periodista Thomas Chatterton Williams sobre la influencia de Renaud Camus en los círculo de extremistas norteamericanos, desde la alt-right pasando por el Klu Klux Klan hasta los partidarios de Trump. Williams cuenta, entre otras cosas, cómo durante las manifestaciones de estos núcleos sus militantes suelen gritar: “ustedes no nos van a reemplazar”. En una entrevista con el vespertino Le Monde, el periodista del New Yorker comenta la influencia de la french theory:”los franceses nos dieron primero el posestructuralismo y hoy tenemos el “reemplazismo”. Son desde luego cosas muy diferentes. Pero antes fue la izquierda norteamericana quien miraba hacia París. Ahora es la extrema derecha quien difunde en los Estados Unidos las ideas aparecidas en Francia”.


Raspail y Camus no son los únicos ensayistas franceses que que han ejercido una enorme influencia en los populismos oscuros de hoy. También están Alain de Benoist y Guillaume Faye. El primero es el ideólogo de la llamada “Nueva Derecha” mientras que el segundo pasó de esa Nueva Derecha a convertirse en uno de los ejes teóricos de la galaxia obsesionada por la identidad o de los adeptos a la idea según la cual nos dirigimos ineluctablemente hacia una guerra entre el Islam y Occidente. Faye es el inventor del concepto de “Etnomasoquismo” con el cual designa el hundimiento de los “valores occidentales”. Ambos viajaron a los Estados Unidos en 2013 y 2015 invitados por el National policy institute, un think tank dirigido por Richard Spencer, una de las grandes figuras de la alt-righ norteamericana. Sin embargo, el concepto original remite siempre a Jean Raspail y su novela El Campamento de los Santos. El libro fue publicado en Francia en 1973 y reeditado en 2011. Scribner lo publicó en 1975 en los Estados Unidos y Cordelia Scaife May, la hermana del filántropo de ultraderecha Richard Mellon Scaife, financió su reedición en 1983. En 1995 y 2001, la novela conoció dos nuevas reediciones a cargo de Social Contract Press, la editorial de John Tanton, el ex militante ecologista norteamericano que se convirtió luego en una de las figuras más importantes del movimiento contra la inmigración. El Campamento de los Santos sintetiza todo el envoltorio retórico de las extremas derechas modernas. No sólo funciona como una suerte de himno al Occidente blanco, también constituye un llamado al Occidente cristiano a imitar las Cruzadas y prepararse para un conflicto a sangre y fuego contra los miserables de piel oscura y los traidores que, dentro de las sociedades occidentales, bajo el manto del progresismo y de la defensa de la diversidad, no hacen sino debilitar al propio Occidente. La novela cuenta una historia aparentemente simple y alejada de las preocupaciones de la década de los 70. El Campamento de los Santos plantea lo que podría ocurrir si un millón de miserables desamparados desembarcara en las costas de Francia. Raspail pone el ojo en dos temáticas: la de la invasión y en lo que él va a calificar como “los cobardes”, entiéndase, aquellos que al defender a los invasores van a sacrificar en el altar de la solidaridad y el humanismo los valores de un occidente que se “vacía de sus ideales”.


Hoy, Jean Raspail ve en la figura del papa Francisco la quinta esencia de ese mal que el narra en la novela y que describe así: “la incompatibilidad de las razas cuando comparten un mismo medio ambiente”. Curiosamente, Raspail no es uno de esos conservadores de sillón. Ha sido, como novelista, un viajero incansable que recorrió el mundo y particularmente la Argentina (Tierra del Fuego-Alaska, 1952). En 1976 publicó El Juego del Rey, la novela que narra la historia de de Antoine de Tounens, el aventurero francés que fundó el “reino” de Araucaria y Patagonia hasta proclamarse rey de la Patagonia. En 1981, con “Yo, Antoine de Tounens”, volvió a adentrarse en la figura de ese aventurero pretencioso. En 1981, Raspail regresó a sus amores patagónicos con el relato “Adiós Tierra del Fuego”. Escritor de fuentes católicas, viajero, con una elegancia de aristócrata renacido, Raspail pasa a la historia como el inspirador de las corrientes populistas de la extrema derecha, como el restaurador de la idea de frontera como protección contra los otros, el teórico de la invasión y, a su manera paradójica, ofrece un manual contra la izquierda apegada al multiculturalismo contemporáneo. Ellos nos invaden, nosotros los eliminamos de una u otra forma es el credo que tantos votos le aporta a las ultraderechas mundiales.


Las purgas de Trump contra los mexicanos o todo lo que no es auténticamente blanco, las diatribas de Marine Le Pen contra los extranjeros tóxicos o el Brexit están adelantados por la novela de Raspail y posteriormente teorizados por Renaud Camus, Alain de Benoist y Guillaume Faye. En 2015, a través de Twitter, Marine Le Pen aconsejaba a la gente leer ese libro: “hoy estamos en una sumersión migratoria. Invito a los franceses a leer o a releer El Campamento de los Santos”. De uno al otro lado del Atlántico, la ficción alimentó a los lobos de la realidad. Thomas Chatterton Williams, el periodista del New Yorker que publicó la investigación acerca de la influencia de esta french theory entre los ultras estadounidenses, explicó a Le Monde cómo esas conjeturas van a constituir la espina dorsal del trumpismo (muro en la frontera mexicana, prohibición de ingresar al país a los ciudadanos de ciertos países musulmanes, etc, etc): “esos proyectos forman un programa político y también ideológico. Sirven para afirmar que una sociedad multicultural es fundamentalmente una sociedad anti blanca (...) La extrema derecha norteamericana, como la europea, mezcla la teoría del gran reemplazo con sus propios fantasmas, especialmente el de un marxismo cultural”. La literatura parece presidir nuestros destinos actuales. La novela 1984 de George Orwell retrató el Big Brother que nos somete a cada instante. La de Jean Raspail anticipó las formas más exitosas del racismo, la xenofobia, la indolencia y el odio que poco a poco van tiñendo de sombras las retóricas políticas de Occidente.
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Miércoles, 27 Diciembre 2017 07:29

El insustituible

El insustituible

 

El universo estrafalario y cruel de la dictadura de Manuel Estrada Cabrera se refleja con maestría en "El señor presidente" de Miguel Ángel Asturias, ganador del premio Nobel hace 50 años. Es una novela construida de manera cinética, cuadro tras cuadro, que retrata el miedo y la degradación, la represión y el servilismo, el sometimiento y la adulación.

El dictador mismo nunca aparece en la novela, o lo hace apenas. El enfoque, más que en su figura, sus manías y excentricidades, se centra en el peso de su presencia siniestra sobre la sociedad guatemalteca y sus individuos, que viven bajo el peso del terror y la abyección. Está en todas partes, y no está en ninguna, pero nada se mueve sin que él lo mande o lo sepa.

No era un prócer ilustrado como el doctor Gaspar Rodríguez de Francia, recreado por Augusto Roa Bastos en "Yo el Supremo". Ni siquiera fue militar, requisito esencial de los caudillos que reinaron en Guatemala en la segunda mitad del siglo XIX, el más conspicuo de ellos el general Justo Rufino Barrios, cabeza de la revolución liberal de 1871.

Estrada Cabrera era un abogado de segunda, del Partido Liberal también, quien se coló en el poder al producirse el asesinato del general Reina Barrios en 1898, crimen del que a lo mejor fue cómplice; y entre mañas, fraudes, y sobre todo terror, logró mantenerse en el mando por 12 años.

Si en la novela de Asturias está casi ausente, Rafael Arévalo Martínez, el más joven de los poetas modernistas centroamericanos, lo retrata de cuerpo entero en "¡Ecce Pericles!", una exhaustiva crónica de su satrapía publicada en 1945, apenas dos años antes que El señor presidente.

Su espíritu vengativo era insaciable. En 1908, un cadete de la Escuela Politécnica, donde estudiaban los futuros oficiales del Ejército, al presentarle armas como miembro de la guardia de honor, sorpresivamente enderezó su fusil contra él, disparándole. Salió apenas chamuscado, porque el tiro no fue certero, pero mandó a fusilar a todos los cadetes, presumiéndolos de cómplices. Y no sólo eso. Ordenó demoler el edificio que albergaba la escuela, y una vez aplanado el terreno, hizo que encima regaran sal.

En la otra cara del terror, está siempre la adulación, que es una de las formas de la cobardía. Al día siguiente, en el periódico La Mañana, el periodista Fernando Somoza Vivas escribió: después de enjugarse la preciosa sangre, comenzó allí mismo a disponer lo conveniente para la Nación, que felizmente permanece inalterable.

Preciosa sangre es una frase religiosa, que se refiere siempre a la sangre de Cristo. Pero Estrada Cabrera tenía también la manía de apropiarse de la religión: había dispuesto que el santo entierro de los viernes santos no siguiera su recorrido habitual, sino que pasara frente a su casa. Un arma de doble filo, porque quienes cargan el sepulcro llevan cucuruchos de penitentes que los ocultan, y así otros cadetes complotados planearon disfrazarse de esa manera, entrar a la casa, y capturar al dictador. Fueron denunciados por uno de los mismos conspiradores, y el miércoles santo estaban ya todos presos y sometidos a torturas.

Terror, adulación, secuestro de los símbolos religiosos. Y extravagancias de su megalomanía, como hacer que lo llamaran, entre otros tantos títulos, el Insustituible; u obligar a rendir culto a su madre, doña Joaquina Cabrera de Estrada. En este sentido se mostraba generoso, porque era un culto compartido.

Había un Club de Amigos del Señor Presidente, para los varones, en tanto sus esposas pertenecían al Club Joaquina; los niños formaban el Club de Amiguitos del Señor Presidente, y las mujercitas la Asociación del Veintiuno de Agosto, fecha del nacimiento de la augusta matrona. Nadie se libraba de aquella librea.

Pero la celebración de las Fiestas de Minerva, o Minervalias, el último domingo del mes de octubre de cada año, fue la cumbre de sus extravagancias. Como protector de las Artes, las Ciencias y la Educación, otros de sus muchos títulos oficiales, no podía sino rendir culto a la diosa de la Sabiduría.

Las primeras se celebraron en 1899, con la mala fortuna de que la ligera estructura del templo griego construido para la ocasión en los terrenos del hipódromo se desplomó sobre la cabeza de la joven a quien tocó ese año representar a la diosa y sobre la cabeza de sus vestales, huyendo todas despavoridas. Pero al año siguiente el templo había sido ya construido en toda regla, un verdadero Partenón de columnas dóricas, y también se erigieron réplicas en los departamentos, aún los más remotos, y sus capiteles sobresalían entre la verdura de la selva.

Desde el templo mayor, la diosa Minerva desfilaba cada año con su cortejo de vestales, escoltadas por jovencitos disfrazados a la usanza de la Grecia clásica. A lo largo del recorrido de la augusta procesión se alzaban majestuosos arcos triunfales, e, igual que la del santo entierro, pasaba obligadamente frente a la casa del dictador, quien presenciaba el espectáculo desde su balcón, momento en que las niñas vestales le ofrendaban canastas y ramilletes de flores, y quemaban incienso en su honor en los pebeteros.

El poder del Insustituible acabó, sin embargo, y acaba mal. El pueblo se rebeló en las calles, y el Ejército se le volteó. El Protector de Minerva, y Padre de la Juventud, fue derrocado en 1910, y una vez preso lo sometieron a juicio. Sus fieles partidarios, aduladores y serviles, se escurrieron por los albañales.

Miguel Ángel Asturias era entonces estudiante de derecho, y como practicante actuaba de secretario del juzgado a cargo de la causa criminal en su contra. Ya para entonces le habían dado la casa por cárcel, y allí lo visitaba para cumplir los trámites judiciales.

“Usted hizo muy pocos a≠migos en el gobierno”, le comentó una vez, viendo que nadie lo visitaba. Y él le respondió: usted no entiende lo que es el poder. Yo en el gobierno no hice amigos. Lo que tuve fueron cómplices.

Masatepe, diciembre 2017

 

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Domingo, 24 Diciembre 2017 07:38

La gran pulseada

La gran pulseada

 

El “sistema mundial en transición” y la circulación de la literatura y los bienes culturales.

 

Ante las radicales transformaciones en la circulación de bienes culturales, las trasnacionales tratan de sacar su tajada con un andamiaje jurídico que justifique sus ganancias y las proteja. Unos colaboran, otros se resisten. En ese juego se define, también, el concepto de cultura global y culturas locales.

 


PRÁCTICAS DE UN SISTEMA.


“Sistema mundial en transición”, denominó Boaventura de Sousa Santos al nuevo orden mundial, y agregó que este sistema se encuentra constituido por tres “constelaciones de prácticas colectivas”: “prácticas interestatales”, “prácticas capitalistas globales” y “prácticas sociales y culturales trasnacionales”. Las primeras corresponderían al papel de los estados en el sistema mundial moderno en tanto protagonistas de la división internacional del trabajo; en su interior se establece una jerarquía entre centro, periferia y semiperiferia. Las “prácticas capitalistas globales” serían las propias de agentes económicos cuyo campo de actuación real o potencial es el planeta entero. Cada una de estas constelaciones estaría constituida por un conjunto de instituciones que aseguran su reproducción, la complementariedad entre ellas y la estabilidad de las desigualdades y las jerarquías; una forma de poder que provee la lógica de las interacciones y legitima las desigualdades y las jerarquías; un criterio de jerarquización que define el modo cómo se cristalizan las desigualdades de poder y los conflictos en que se traducen. Si bien todas las prácticas del sistema mundial en transición están involucradas en todos los modos de producción de globalización, no todas lo están en todo ello con la misma intensidad.

Algunas prácticas culturales trasnacionales nacieron en el ambiente mismo en que ocurrieron los fenómenos designados con el membrete “globalización”. Los derechos de nacionalidad y residencia, en cada uno de los países europeos y sudamericanos, se transformaron a partir de la creación de la Unión Europea y del Mercosur. Las organizaciones no gubernamentales (Ong) con agendas trasnacionales que defienden proyectos, políticas y normas universalizantes, como la World Wild Life, funcionan a escala trasnacional. El derecho de propiedad intelectual, aunque originalmente elaborado en términos nacionales, alcanzó una dimensión trasnacional. No obstante, los términos en que estos derechos se formulan pagan un enorme tributo a un cierto número de estados nación, que invierten cada vez más en órganos de alcance global, como la Organización Mundial de Comercio, a fin de que se contemplen sus intereses específicos.

Este sistema de intercambios y transferencias desiguales logra establecer en el plano cultural agendas en las que la cultura hegemónica transforma sus valores y artefactos en “universales”, a partir de los cuales toda producción cultural diferente de la suya pasa a ser vista como “local”, “regional”, “exótica” o algo similar. Por ello, Santos afirma que el proceso que crea lo “global” –en cuanto posición dominante en los intercambios desiguales– es el mismo que produce lo “local” en tanto posición dominada, y por ende jerárquicamente inferior. Prefiero referirme en estas notas a las implicaciones de ese “sistema mundial en transición” para la circulación de los bienes culturales y, en particular, la literatura. Sobre todo en las Américas.

 


FACTORES EN JUEGO.


Aun cuando la circulación sucede donde hay un contexto análogo en la forma en que las obras circulan, así como parámetros semejantes en los juicios de valor y modelos en la producción de otras obras, puede haber diferencias. Estas derivan de la temporalidad y la espacialidad. Pero hoy existe una cierta resistencia a tomar en cuenta estas diferencias, porque chocan con las ideas que vertebran lo que llamamos “globalización” o “mundialización”. Estas ideas son la base misma del orden capitalista trasnacional que configuraría nuestras acciones cotidianas, homogeneizaría atribuciones de valores y, de alguna manera, condenaría el pasado y todos los particularismos comunitarios a una especie de limbo. Ese tiempo presente “globalizado” se encuentra saturado de sentidos que también excluyen nuevos sentidos: todos los que no puedan o no quieran ser parte del orden hegemónico. En la elaboración del conocimiento histórico, con frecuencia se representa lo que pasó como parte de una cadena de continuidad que llegó hasta el momento actual, o se elaboran las razones por la cuales la herencia del pasado fue abandonada o desapareció, pero con la percepción de que aquello que surgió, después de la desaparición de lo que fue, sólo puede ser adecuadamente comprendido a partir de una ausencia presente.

Cuando se habla de circulación de obras literarias y de otros bienes culturales (películas, música, pintura, etcétera) hay una carencia de reflexiones sobre los factores que participan en este proceso. Incluso cuando se atribuye un valor mayor o menor a una obra por el hecho de alcanzar mercados más allá de su origen, pocos admiten que este fenómeno no sólo depende de su supuesto valor intrínseco –que sería “reconocido” en los otros lugares donde ya ha circulado–, sino también de otros factores como la importancia que pudiera tener, o no, el tema de la obra en las nuevas geografías donde se incorpora; la proximidad o la distancia –real o imaginada– entre el espacio de origen y el de su inserción; los intereses vigentes en el lugar de reapropiación de la obra, según los cuales puede ser considerada relevante o no; los obstáculos o facilidades ofrecidos al análisis cultural comparativo de los sistemas literarios y culturales locales, regionales, nacionales e internacionales, con sus respectivas jerarquías y prácticas.

Con todo, esta falta de reflexión sobre la comparecencia de los bienes culturales se debe a muchos factores que diseminan incomprensiones y dificultades para el abordaje de estos temas por parte de los investigadores y el público. Entre otros factores, los diferentes objetivos y modos de trabajo con literaturas y culturas a partir de historias sociales y disciplinares diversas, o de códigos y lenguajes propios, tienden a ser heterogéneos. Entonces, cuando se trata de articular iniciativas de diferentes lugares puede surgir la necesidad de algún trabajo de resignificación para que los miembros de las comunidades de intérpretes organicen los sentidos –sean o no convergentes– de sus respectivos discursos en procura de un entendimiento común. En rigor, más allá de cualquier entendimiento lo que está en juego en la circulación literaria y cultural depende de la actuación de agentes político-económicos.

 


CULTURA Y AGENTES POLÍTICO-ECONÓMICOS.


Hay agentes cuya actuación y alcance son locales, regionales o mundiales y cuya presencia o ausencia en el campo al que nos referimos puede ser determinante. Esos agentes, como es evidente, siempre trabajan a favor de sus intereses. Aquellos que tienen alcance mundial para aumentar su poder presionan para que se aprueben normas globales que los beneficien en foros, también globales, donde hacen valer su fuerza. No obstante, el resultado no siempre los favorece en el campo de la literatura y la cultura, especialmente cuando entran en juego propuestas cuya formulación enfatiza el tratamiento de aspectos económicos en asuntos cuya importancia se considera mayor o más especial. Un buen ejemplo sería el llamado a atender todos los bienes culturales como meros incisos en la pauta internacional de comercio.

En la primera década del siglo XXI el gobierno estadounidense hizo gravitar su influencia para que en los foros internacionales se consideraran los bienes culturales de la misma forma que todos los que eran objeto de negociación entre los diferentes países. Se argumentó que si los bienes culturales pueden ser comprados y vendidos, como todos los demás, entonces deberían ser tratados de igual manera, porque todos tendrían el mismo carácter de mercancía y deberían regirse por las mismas normas que regulan las compras y ventas del mercado internacional en el rubro que fuere. El problema era cuáles serían tales normas. La más importante de todas privaba a los estados nacionales de cualquier tipo de regalía o atención especial por parte de los respectivos gobiernos o sociedades, debiéndose producir bienes culturales del mismo modo que en cualquier otro producto. Por ejemplo, una película estadounidense no debería recibir ningún tipo de incentivo financiero o fiscal por parte del gobierno de Estados Unidos, y a su vez debería tener libre acceso a cualquier mercado nacional donde fuere, mientras que –con la misma lógica– en esos mercados los filmes locales tampoco recibirían nada del Estado. Esto pautaría los términos de una supuesta igualdad internacional de oportunidades para todos los productores culturales y la libertad para la circulación de las mercancías que produjesen, sin “interferencia” gubernamental. Desde luego que, siguiendo de modo estricto tal punto de vista, la cuestión de los bienes culturales tendría que ser decidida exclusivamente por la Organización Mundial de Comercio.

La perspectiva antípoda fue defendida inicialmente por Canadá y por Francia. Partía del presupuesto de que los bienes culturales, aun siendo mercancías en algún punto, no podían ser tratados de la misma manera que las sillas, los neumáticos o los clavos porque en aquellos se concentran elementos importantes para el sentido de la vida humana como un todo, así como para la singularidad de las diversas comunidades humanas que los crean. Por lo demás, la argumentación a favor de la igualdad entre bienes culturales y otros productos si bien se sustentó en un discurso que proponía igualdades formales, terminaría consolidando desigualdades reales, ya que la idea de que todo el mundo tiene o debe tener las mismas condiciones para la producción y consumo de bienes culturales tropieza con que los productores culturales, en países que poseen más recursos, tienen más poder. Si determinados países cuentan con un “mercado” más grande y más rico para sus “bienes culturales” esto implica una mayor facilidad para el financiamiento y la divulgación de estos bienes, no solamente dentro de sus fronteras nacionales, sino también fuera de ellas. Tal facilidad permite que el modo de ser y estar en el mundo de quienes viven en los países más privilegiados llegue más rápido y ampliamente a otros países.

Para quienes defendían la “excepción cultural” a la regla general de circulación de mercancías podía ser justificable alguna forma de intervención que, entre otras cosas, procurara hacer menos desiguales las oportunidades de producción y circulación de los bienes culturales. Al final de cuentas, si éstos sólo se encontraran sometidos a las hegemonías y el predominio de las relaciones comerciales de “mercado”, estarían incluidos apenas en un círculo de problemas que no atañen a las naciones con mayor poder económico. El caso es que éstas son las responsables de inundar el mercado de las naciones menos privilegiadas con filmes, música y libros que configuran los sentidos dominantes de aquellas naciones poderosas, desplazando otros sentidos relevantes para las comunidades nacionales menos privilegiadas.

La lógica vigente que sitúa los bienes culturales en el ámbito de la Organización Mundial de Comercio fue explicada por Fábio Axelrud Durão (profesor de la Universidad de Campinas) de la siguiente manera: la circulación y mercantilización tienden a la equivalencia mutua y afectan la concepción de la obra como entidad autónoma y autocontenida, ya que la circulación más amplia de un libro frecuentemente busca introducirlo con éxito en el escenario predominante de la industria cultural. Sin embargo, en el caso de los libros, lo digital introduce un nuevo factor para la presentación de sus contenidos.

 


SOBRE EL LIBRO EN EL MEDIO DIGITAL.


Si en el pasado el contexto de circulación del libro tenía como aristas relevantes al escritor, el editor, el librero y el lector (y nuestra imaginación restringía el copyright a autores y editores, el primero visto tradicionalmente como el “propietario” del libro), la legislación internacional actual ubica en el mismo nivel al autor del libro y al autor del software, que es el soporte digital del primero.

Según la legislación vigente, también le corresponden derechos de autor al propietario del software empleado para transformar el texto en e-book. En el universo digital, en el que un número restringido de softwares se usa como soporte de los textos en las diversas modalidades de publicación digital, los autores pueden ser muchos, pero los propietarios de los softwares son muy pocos y tienen el mismo estatus de los creadores de obras literarias. El artículo 4 del Tratado de Derechos Autorales de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (World Intellectual Property Organization Copyright Treaty), suscrito en Ginebra el 20 de diciembre de 1996, establece que los “programas de computación serán protegidos como obras literarias en el ámbito de sentido del artículo 2 de la Convención de Berna. Tal protección se aplica a programas de computación, cualquiera sea el modo o la forma de su expresión”.

A consecuencia de este régimen legal, la protección de los derechos de los “autores” de softwares se equipara a los autores de textos: todo período de vida del “autor” y otros 70 años luego de su muerte, si el “autor” del software fuera persona física; 95 años en lugar de 70 si fuera persona jurídica. Paralelamente, los lectores de textos en el medio digital están obligados por la vía legal a utilizar los programas informáticos según los términos establecidos por los mismos propietarios de esos programas. Así puede entenderse por qué se acostumbra en los textos de acceso restringido y pago (por ejemplo, los libros vendidos por amazon.com) que el lector no pueda recortar (cut), copiar (copy) o pegar (paste). Los programas en que se presentan estos textos incorporan elementos llamados Copyright Protection and Management Systems (“sistemas de protección y gestión de derechos autorales”), que autorizan al lector a llegar al texto en los términos y condiciones deseadas por su “propietario”. En nombre del derecho de propiedad se puede, por ejemplo, impedir que un usuario aumente el tipo de letra o el interlineado de la obra que compró. O bloquear la función “texto para hablar” (text to speech), que convierte el texto escrito en sonido, con la subsiguiente marginación radical de los no videntes.1

Un lector expert en informática creará un artificio técnico que le permita evitar los mecanismos del “sistema de protección y gestión de los derechos autorales”. Y hasta sin serlo es posible adquirir un programa que introduzca esa magia. Sólo que se infringirá una norma jurídica. Los propietarios de los programas que son el soporte de los textos en el mundo digital conseguirán criminalizar, tanto a nivel nacional como internacional, las iniciativas que permitan dar al lector un control más integral sobre el texto que lee.

Hace algún tiempo, en Ginebra, en 1996, con la aprobación del Tratado de Derechos Autorales de la Organización Mundial de Propiedad Intelectual (World Intellectual Property Organization Copyright Treaty), y luego, en 1998, con la sanción del Digital Millenium Copyright Act (1998), en Estados Unidos, y el mismo año con la ley de derecho autoral en Brasil, se volvió una conducta delictiva evitar los mecanismos previstos por el sistema de protección y gestión de los derechos autorales. Bien mirado, existe una cierta lógica en la secuencia histórica de aprobación de estas leyes. La historia comienza en el gobierno Clinton-Gore, en 1995, con una propuesta a favor de los intereses de los propietarios en detrimento de los usuarios. Esta iniciativa fue muy cuestionada en su medio a partir de la gran tradición liberal de la sociedad estadounidense que privilegia al ciudadano y el consumidor, sobre todo porque con tal medida se inclinaba ostensiblemente el plato de la balanza hacia uno de los lados. El gobierno adoptó, entonces, la estrategia de enviar su cuestionada propuesta a un foro internacional, la Organización Mundial de Propiedad Intelectual (Ompi), donde empleó todo su peso político para que fuera aprobada sin grandes alteraciones. En consecuencia, una norma local se hizo global en 1996. Después, en 1998, la administración de Clinton propulsó una nueva legislación alegando que era imprescindible adecuar la ley nacional a la norma internacional, cuando en verdad lo que volvió de la mencionada Ompi fue, en sustancia, lo mismo que el gobierno de Clinton había enviado.

El Tratado de Derechos Autorales de la Ompi (1996) paga un alto impuesto a la posición de los negociadores estadounidenses, explicitada de forma clara en 1995 en el documento producido por la Information Infrastructure Task Force, bajo la presidencia del entonces ministro de Comercio, Ronald H Brown, y de su auxiliar Bruce A Lehman, comisario de patentes y marcas registradas.2

Las normas legales estadounidenses y brasileñas posteriores al referido tratado se promulgaron en cascada, apenas con un mes de diferencia, en 1998. Por eso parecen hermanas gemelas, tanto en el tratamiento del tema como en su aproximación al documento del Departamento de Comercio estadounidense de 1995.3 Todas estas disposiciones produjeron una situación absurda, ya que el mismo acceso a obras de dominio público, según su articulado, podría quedar sujeto al arbitrio del propietario-autor del software en el que están codificadas. Si alguien quisiera leer una obra de dominio público usando la extensión Pdf (Adobe), desde 2001, y quisiera aumentar la fuente, estaría cometiendo un delito en Estados Unidos. Ese lector podría hacer lo que se le ocurriera con la obra pero no con el programa informático en el que ésta se presenta. El Digital Millenium Copyright Act hasta podía impedir usos sobre derechos de autor considerados legales por la propia normativa vigente en Estados Unidos. Una legislación de este tipo permitiría, por ejemplo, que un particular llevara a cabo una copia digital para su uso exclusivo de una obra que hubiera adquirido. Con todo, si la obra estuviera en Pdf, vedado a la copia, entonces el acto se criminalizaría si se tratara de emplear cualquier artificio para evitar lo dispuesto por el sistema de gestión de derechos autorales de este programa.

 


LAS AMÉRICAS.


La oralidad está presente hasta hoy en las culturas amerindias, en las cuales la introducción de la gramática y la escritura de sus lenguas es consecuencia del contacto con los europeos, pero la diferencia entre la oralidad nativa y la tradición escrita europea también implica modos de valoración diferentes de la circulación literaria y cultural.

Cuando convivimos en Cuba como jurados del premio Casa de las Américas, en 2008, Coco Manto –seudónimo indígena del escritor boliviano Jorge Mansilla Torres– explicó que el gobierno de Evo Morales, en aquella época objeto de una fuerte oposición crítica en los periódicos locales impresos (en español), no daba mucha importancia a esos medios. Se cuidaba mucho más de la radio, especialmente de los programas difundidos en lengua indígena, ya que a los periódicos impresos los lee sobre todo la elite blanca que de todos modos iba a oponérsele, mientras que los programas de radio los escucha la población indígena, base política y electoral del presidente. En conclusión, no sólo importa qué circula, sino cómo lo hace.

En 2016, en las Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana, celebradas en La Paz, asistí a una sesión titulada “Poesía indígena. Creadoras y creadores de poesía quechua y aymara”, en la que los participantes se llamaban a sí mismos “oralitores” y no autores, para marcar su posición particular respecto del modo de circulación oral de lo que producían, lo que no significaba que hubiesen abdicado del mundo escrito, pues en aquella ocasión compré un libro bilingüe de poemas de Clemente Mamani Laruta, en español y en su lengua nativa: aymara. Si una de las grandes cuestiones de la circulación de bienes culturales y literarios resulta de la asimetría en los intercambios internacionales, en lo que se refiere a bienes de cultura –mucho más cuando se trata de los que dependen fuertemente de la lengua en la cual se encuentran estructurados, como es el caso de la literatura–, ciertamente podemos postular que la aprobación de la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural por parte de la Organización de las Naciones Unidas (Onu), en 2002, significó una victoria planetaria para los que defendían el reconocimiento de la calidad diferenciada de las manifestaciones culturales de los pueblos. No obstante, la discusión sobre la naturaleza de esas manifestaciones culturales nunca dejó de estar presente, porque el sistema que produjo las hegemonías y desigualdades continúa, aunque en formas y lugares diferentes.

La polémica anterior a la aprobación de la declaración de la Onu mencionada continúa siendo un ejemplo muy atractivo sobre cómo se mueven los agentes en los juegos de poder para tratar de hacer valer sus intereses. Como vimos, aunque la existencia material de los llamados “bienes culturales” fuera una realidad indiscutible, no lo es el análisis material de estos bienes simbólicos. El problema, en suma, estriba en las condiciones relevantes de tales bienes para que se establezcan normas sobre éstos en los foros internacionales. Sin embargo, la propia discusión sobre cuáles deberían ser tales condiciones relevantes demuestra que no existe un punto de vista neutro y externo al que está en juego socialmente. Existe, eso sí, una cierta competencia política en la que dos partes involucradas presentan objetivos y modos diferentes de comprensión analítica, cuya adopción tiene como corolario resultados muy diversos. Porque son mutuamente excluyentes, sólo una de las partes podrá convertir su posición en regla general, a partir del foro internacional donde será elaborada, para el caso la Organización Mundial de Comercio o la Unesco. La propia elección del foro ubica el punto específico de la lucha política, en la medida en que, según el foro que se elija, el resultado no será el mismo.

En el punto que examinamos, las dos condiciones de jerarquía eran justificables, pero a partir de fundamentos completamente diferentes entre sí. Esto significa que, aun cuando analizamos una materialidad consensualmente indiscutible como tal (libros, filmes, música), los criterios utilizados para el análisis pueden llevarnos a conclusiones radicalmente opuestas. En consecuencia, el debate sobre lo que se considera importante (o no) en cada criterio analítico también es fundamental para que tengamos mayor claridad sobre qué es lo que está en juego en nuestros enfoques.

En las Américas sabemos el resultado de nuestra herencia colonial en el establecimiento y legitimación de descripciones interpretativas sobre nuestros hábitos y prácticas sociales, los cuerpos y culturas de nuestras poblaciones. Sabemos que a menudo esas descripciones devaluaban todo lo que no se correspondiera con las expectativas de la mirada europea; descripciones que legitimaron un supuesto conocimiento por medio del cual aquello que existía en Europa, pero no existía aquí, era visto como “falta” o “deficiencia”, y lo que existía aquí era visto exclusivamente como “bárbaro” o “atrasado”, en vez de simplemente diferente. La lucha por el reconocimiento de la diferencia pasa entonces también por la institucionalización social de nuevas formas de ver que no discriminen la diferencia ni colaboren con su invisibilización. En ese “sistema mundial en transición” en el cual las posiciones hegemónicas ya tienen una excelente condición para su autodescripción y su autorreproducción, asumir el discurso de la diferencia la hace comprensible y visible, y puede ser un punto de partida para reivindicaciones que hagan nuestro mundo un poco menos injusto y excluyente.


(Traducción de Pablo Rocca.)


1. Sólo en 2003 en Estados Unidos se permitió por ley evitar los controles de acceso a las obras que no dejaran activar la función read-aloud. Cf United States Copyright Office. Statement of the Librarian of Congress Relating to Section 1201 Rulemaking (2003) http://www.copyright.gov/1201/docs/librarian_statement_01.html (consultado el 10-I-17).

2. Véase la siguiente opinión: “Este grupo de trabajo cree que la prohibición de artefactos, productos, componentes y servicios que dejen sin efecto los métodos tecnológicos que previenen el uso no autorizado es de interés público y promueve el propósito constitucional de las leyes de derecho autoral. (...) Por lo tanto, el grupo de trabajo recomienda que la ley de derechos autorales sea enmendada a fin de incluir un nuevo capítulo, el 12, que incluya una previsión para prohibir la importación, manufactura o distribución de cualquier artefacto, producto o componente incorporado o la provisión de cualquier servicio cuyo propósito o efecto primario sea evitar, ‘baipasar’ (bypass), remover, desactivar o de cualquier forma ultrapasar (circumvent), sin la autoridad del propietario de los derechos autorales o de la ley, cualquier proceso, tratamiento, mecanismo o sistema que prevenga o inhiba la violación de cualquiera de los derechos exclusivos de la sección. La provisión no eliminará el riesgo de que los sistemas de protección sean vencidos, pero los reducirá”. (Estados Unidos, 1995, pág 235.)

3. Compárese: “Sección 1201. Burla de sistemas de protección de derechos autorales. Nadie podrá importar, manufacturar o distribuir ningún artefacto, producto o componente incorporado en un artefacto o producto, u ofrecer o hacer cualquier servicio cuyo propósito primario sea evitar, ‘baipasar’ (bypass), remover, desactivar, o de otro modo evitar, sin autorización del detentor de los derechos autorales o de la ley, cualquier proceso, tratamiento, mecanismo o sistema que prevenga o inhiba la violación de cualquiera de los derechos exclusivos del detentor de los derechos autorales protegidos por la sección 106”. (Estados Unidos, 1998.) “Artículo 107. Independientemente de la pérdida de los equipamientos utilizados, responderá por pérdidas y perjuicios, nunca inferiores al valor que resultaría de la aplicación de lo dispuesto en el artículo 103 y su parágrafo único, quien: 1) altere, suprima, modifique o inutilice, de cualquier manera, dispositivos técnicos introducidos en los ejemplares de las obras y producciones protegidas para evitar o restringir su copia; 2) altere, suprima o inutilice, de cualquier manera, las señales codificadas destinadas a restringir la comunicación al público de obras, producciones o emisiones protegidas o a evitar su copia; 3) suprima o altere, sin autorización, cualquier información sobre la gestión de derechos; 4) distribuya, importe para distribución, emita, comunique o ponga a disposición del público, sin autorización, obras, interpretaciones o ejecuciones, ejemplares de interpretaciones fijadas en fonogramas y emisiones, sabiendo que la información sobre la gestión de derechos, señales codificadas y dispositivos técnicos fueron suprimidos o alterados sin autorización.” (Brasil, 1998.)

 

Publicado enCultura
Lunes, 18 Diciembre 2017 07:51

Narrar en cien palabras

Narrar en cien palabras

Contar la ciudad en un breve relato.


La capacidad de síntesis para contar algo se ha llamado “Bogotá en cien palabras”. Un concurso de relatos cortos, un máximo de un centenar de vocablos, que tenían que versar alrededor de la vida en la capital colombiana. Organizado por las secretarías de Cultura, Recreación y Deporte y de Educación, el Instituto Distrital de las Artes (Idartes) y la Cámara Colombiana del Libro junto a la Fundación Plagio de Chile, es una propuesta de participación ciudadana para que la gente cuente su historia y su ciudad de manera breve.


Otras ciudades han promovido iniciativas como ésta. En 2001 fue Santiago de Chile la pionera, convocándose después en otras poblaciones como Valparaíso (Chile), Budapest (Hungría) y Puebla (México).


En esta primera edición de la versión bogotana participaron más de nueve mil relatos, de los que los cien mejores, a juicio de los jurados, serán editados en la colección de libros de bolsillo gratuitos “los libros al viento” de la Alcaldía Mayor de Bogotá. También serán ilustrados y difundidos en espacios públicos los diez más destacados de ese centenar.


En Bogotá, el jurado que ha determinado los premios ha estado compuesto por la escritora Irene Vasco, el poeta y ensayista Hugo Chaparro y el novelista Darío Jaramillo Agudelo. La convocatoria ofrecía un premio a la persona ganadora y tres menciones especiales, un talento y dos honrosas, en cada una de las tres categorías establecidas: infantil, juvenil y adultos.


La ceremonia de premiación tuvo lugar en la Biblioteca Pública Virgilio Barco el pasado 30 de noviembre. El cuento ganador fue el titulado “Gravedad” de J. P. Jiménez, de 27 años del barrio Teusaquillo. Pueden leerlo, junto a los otros nueve destacados, aquí. También pueden leer los otros noventa en este otro enlace. De entre ellos yo elijo uno titulado “La capital”, en el que una mujer de 27 años de la localidad de Chapinero describe su Bogotá, que puede ser la de mucha gente:


“Cansada e intoxicada. Con la frente en alto y el corazón en bajo, con más smog que oxígeno y más carros que personas. Bogotá es la lucha del que rebusca y la apatía del que no necesita. Indolente ciudad, eres la vida que pasa todos los días igual. Eres el calor del rolo y el frío del turista, no dejas mucho que desear cuando te vienen a visitar, sigues siendo el sueño de muchos y la realidad de pocos que han podido progresar. Necesitas que tu gente te haga un favor: que vuelvan a sentirte como una ciudad de amor.”

Yo tenía dos cuentos. En el primero, titulado “Dos mil seiscientos qué”, retrataba un poco la ciudad en noventa y tres palabras. En el segundo, de nombre “El Quijote en Bogotá”, me imaginaba al ingenioso hidalgo cabalgando por las calles bogotanas. Fue el que finalmente presenté, aunque no llego al puerto y se quedó en el camino con los otros cientos. Pero se lo quiero compartir porque así lo acordé con el caballero andante y su jamelgo galopante, protagonistas de esta breve historia acaecida en la capital:
Mira hacia los cerros sabiendo que en algún lugar están esos gigantes que no permiten la utopía. Cabalga la calle 26 y Rocinante gira en la carrera séptima como si supiera su destino. Más de doscientos años de historia le vigilan. Llega a la plaza de Bolívar y se da cuenta que los molinos se han transformado en edificios de los poderes que le niegan la locura y matan sus sueños. Compungido, descabalga y se apoya en la estatua de otro soñador que le tiende sus brazos y le susurra al oído “lucha y sueña, el mundo te necesita.”

Publicado enColombia
Jueves, 23 Noviembre 2017 09:52

Crímenes Sublimes - Capítulo 18

Crímenes Sublimes - Capítulo 18

La calle 82 atraviesa la zona rosa. Rodeada de bares, restaurantes y centros comerciales, en las noches concentra buena parte de la actividad social de la ciudad. A la altura de la carrera novena, un tanto alejada del ruido de los bares y discotecas, una vieja casa de dos pisos alberga la Librería Bucholz.

Después de estacionar, Marlowe entra a la librería y sube unas escaleras en forma de caracol que conducen al café en el segundo piso. Desde lo alto de las escaleras Marlowe observa las filas de estantes llenos de libros y algunas personas que los hojean descuidadamente, entre ellas dos hombres de saco y corbata que parecen más preocupados por vigilar la puerta principal de la librería que por el destino de la literatura contemporánea. En una de las mesas del fondo del café hay una mujer sola, elegantemente vestida. Marlowe se dirige directamente hacia su mesa.

Flora Suskind debe tener unos 55 años, aunque aparenta tener menos. Su piel es brillante y de color canela, como si acabara de volver de unas vacaciones en la playa. Es más delgada de lo que Marlowe recordaba. Tiene las cejas pobladas y juntas, la nariz recta y alargada y labios finos. “¿Quiere tomar algo, detective?”. “Un café estaría bien”. Flora le hace una señal al mesero que de inmediato desaparece atrás de una puerta de madera. Sólo hay otra mesa ocupada donde un hombre viejo escribe concentrado en un cuaderno de tapa oscura. “Es Chandler, el escritor”, dice Flora mirando hacia la otra mesa. “No leo mucho últimamente”, dice Marlowe. “Bueno, no importa”. El mesero coloca una taza de café frente a Marlowe y después vuelve a desaparecer atrás de la puerta.


“¿Quería hablar conmigo?”, dice Marlowe, después de darle un sorbo largo a su taza de café. “Detective, lo que voy a decirle ahora no lo sostendré en ningún otro momento. Espero que me entienda. Sólo lo hago porque creo que mi vida está en riesgo”. “No se preocupe, la entiendo”. “Como usted ya debe imaginar, los asesinatos de los últimos días, no son casos aislados”. “Tenía la vaga intuición”. “Veo que no ha perdido el sentido del humor, me alegro”. “En este país es nuestra única defensa”. “Estoy de acuerdo”, dice Flora con una sonrisa. “Zubiría, Laura, el Coronel Fernández, se conocían y yo los conocía a ellos. Hacíamos parte de un grupo, de una cofradía...”. “¿El Club del Fuego del Infierno?”, dice Marlowe. “Ha estado investigando”, dice Flora un poco sorprendida. “Pensé que era una broma de intelectuales ricos y desocupados”. “Touché”, dice Flora, “algo por el estilo. O por lo menos eso creíamos hasta que comenzaron las muertes”. “¿Y cuál era el objetivo del grupo exactamente?”. “Bien, creo que esto no sorprenderá a un detective de homicidios. El grupo reúne a aficionados, conocedores del arte del asesinato, personas cultas que estudian el asesinato: sus diversas formas, métodos, historia...”. Marlowe la mira fijamente a los ojos. “Detective, encaramos el asesinato desde un punto de vista estético, no desde un punto de vista moral. No planeamos, ni queremos la muerte de ningún ser humano, analizamos hechos consumados que están ahí como una obra de arte, como una pintura o una novela. Ninguno de nosotros es... o era un asesino”. “¿De Quincey hacía parte del grupo?”. “Más que eso, De Quincey es uno de los miembros fundadores, uno de los mayores conocedores del tema y defensor intelectual del asesinato considerado como una de las bellas artes.” “Pero no un asesino”, dice Marlowe. “Me cuesta creerlo, pero en este momento no estoy segura de nada”. “¿Y Zubiría?”. “Ah, Eliseo nunca debió entrar al grupo. Comenzó a frecuentarlo en compañía de su esposa, más por curiosidad que por verdadera afinidad, como nos dimos cuenta después. Tras las primeras reuniones comenzó a atacarnos, a decir que lo que hacíamos era inmoral y peligroso y amenazó con poner al descubierto las actividades del grupo”. “Algo que no sería nada agradable para importantes figuras públicas”. “Exacto. Decidimos terminar con las reuniones para no correr el riesgo.” “¿Cuándo fue eso?”. “Hace más o menos un año”. “¿La señora Braun también hacía parte del Club?”. “Sí, era un miembro antiguo de la cofradía desde sus años en Berlín”. “Ah, así que el grupo es internacional”. “Tiene una larga tradición detective, en varios países”. “El Club Rotario de Asesinatos”, dice Marlowe irónico. “¿Quién más hacía parte del grupo?”. “A eso precisamente quería llegar. Mi buen amigo Oscar Cardoso.” “¿Cardoso, el arquitecto?”. “Sí, llevo varios días tratando de comunicarme con él y no lo consigo. No atiende su celular, ni el teléfono fijo, no responde los mails. Nadie lo ha visto recientemente”. “¿Dónde vive?”. “En una casa de campo a las afueras de Chía. Esta es la indicación para llegar”. Flora le pasa un pequeño papel blanco con un mapa. “¿Por qué decidió contar todo esto ahora?”. “Tengo miedo, detective. Ando todo el día con escoltas. Cualquier movimiento me parece sospechoso. No puedo dormir. Quiero que esto termine, que se capture al responsable. Quiero volver a vivir en paz”. La voz de Flora se quiebra un poco antes de terminar la frase. “Por ahora le recomiendo que tenga mucho cuidado. Llámeme si ve algo sospechoso”, dice Marlowe mientras le pasa una tarjeta. “Lo haré detective”, dice Flora recuperando la firmeza de su voz. “Gracias por su ayuda”.

 

* Este es el último capítulo que aparecerá impreso en el Periódico desdeabajo, para continuar la lectura de “Crímenes sublimes” puede ingresar a:

 

https://crimenessublimes.wordpress.com

 

Publicado enEdición Nº241
Ramírez ya había ganado el Premio Alfaguara, el Carlos Fuentes y el José Donoso.

 

El nicaragüense Sergio Ramírez ganó el Premio Cervantes

 

El novelista, cuentista y ensayista de 75 años, ex sandinista y vicepresidente de su país entre 1984 y 1990, es autor de una profusa obra, que ha sido traducida a veinte idiomas. El jurado ponderó que Ramírez convierte “la realidad en una obra de arte”.

Eran las siete en punto de la mañana. El teléfono sonó en una casa de Managua. Sergio Ramírez atendió, a las siete de la mañana. Una voz de inconfundible acento español le anunció que ganó el Premio Cervantes, dotado de 125.000 euros, a las siete de la mañana. Las pupilas del escritor, el primer nicaragüense en obtener el “Nobel español”, se expandieron como si intentaran fugarse de los ojos, a las siete de la mañana. La claridad meridiana de su sonrisa sembró alegría, a las siete de la mañana. El epílogo de torcer el rumbo del mandato paterno –ser abogado– se terminó de escribir a las siete de la mañana. La primera fantasía infantil fue convertirse en superhéroe de historieta, que era lo que más leía. Tener poderes sobrenaturales, volverse invisible. “Es una buena manera de comenzar el día”, respondió el novelista, cuentista, ensayista y memorialista de 75 años, que fue revolucionario sandinista y vicepresidente de su país entre 1984 y 1990, hasta que el desencanto por la deriva autoritaria de esa utopía revolucionaria con la que se comprometió lo distanció de la política de Nicaragua.

“De mi pasado revolucionario me quedan los ideales intactos, a prueba de polilla y de moho, y me seguirán acompañando hasta el final”, subrayó el flamante premio Cervantes a la agencia española Europa Press. Ramírez, que acaba de publicar la novela negra Ya nadie llora por mí –protagonizada por un personaje conocido por sus lectores, un revolucionario de la primera hora, Dolores Morales, guerrillero que deviene detective de causas menores–, planteó que esos ideales incluyen sociedades “menos desiguales” y “democracias y pueblos que vivan en régimen de libertad”, frente a “paraísos descalabrados y caducos”. “Estoy ausente de la política desde hace 17 años y no me interesa vivir dentro de ella, sino de la literatura. Soy un observador crítico y opino cuando toca, pero no creo que sea parte de la solución: ese es el lugar de los jóvenes, que lamentablemente están fuera de la acción política”, agregó el narrador nicaragüense, que recibió la llamada del ministro de Educación, Cultura y Deporte de España, Íñigo Méndez de Vigo, cuando estaba desayunando en Managua. “Cuando apareció en la pantalla de mi móvil el código +34 supe que me llamaban para decirme que había ganado el premio”, reconoció el escritor, quien sabía que estaba entre los candidatos gracias a que su nombre “aparecía en las quinielas de varios medios”, junto a los poetas Ida Vitale (Uruguay) y Rafael Cadenas (Venezuela).

“Estos días leía a (Haruki) Murakami, De qué hablo cuando hablo de escribir, y ahí sale una reflexión que me gustó mucho sobre los premios y los escritores. Murakami, que siempre sale en la lista de espera del Nobel, dice que los premios hay que disfrutarlos pero no perseguirlos, porque perseguirlos va contra la libertad que necesitamos los escritores. Yo no sufría por el Cervantes, pero ahora que me lo han dado pienso ser feliz con él, por lo menos, hasta que el año que viene se lo den a otro”, ironizó Ramírez, autor de los cuentos Charles Atlas también muere (1976) y novelas como Castigo divino (1988), Un baile de máscaras (1995) –la historia de su familia y de su infancia en Masatepe– y Margarita, está linda la mar, con la que obtuvo el premio Alfaguara en 1998, por mencionar apenas un puñado de títulos de una profusa obra que ha sido traducida a veinte idiomas. “Mi infancia, mi experiencia, todo está en mis libros, y por eso está también América latina. Y quiero que ese mapa sentimental, cultural e histórico sea representado por las palabras que aprendí en la lengua de este gran escritor que fue Cervantes. En el caso de mi propia escritura acerca de mi país, lo que he pretendido siempre es visibilizar mi pequeño país, que parece marginal, pero que tiene una riqueza cultural inmensa”, ponderó el escritor.

El jurado, presidido por Darío Villanueva, director de la Real Academia Española (RAE), ha destacado que la obra del autor premiado “aúna la narración, la poesía y el rigor del observador y el actor, así como por reflejar la viveza de la vida cotidiana convirtiendo la realidad en una obra de arte, todo ello con excepcional altura literaria y en pluralidad de géneros, como el cuento, la novela y el columnismo periodístico”. Villanueva aseguró que el escritor nicaragüense es “un gran representante del territorio de La Mancha, que diría Carlos Fuentes, participa de manera muy destacada y en plenitud de todas las aventuras, vicisitudes y proyectos del panhispanismo”.

Ramírez, que nació el 5 de agosto de 1942 en Masatepe, estudió derecho porque su padre quería que fuera abogado. “El estudiante” es el primer cuento que escribió, en 1959, cuando tenía 17 años y lo publicó un año después en la revista Ventana, que él mismo fundó junto a su amigo Fernando Gordillo. Antes de terminar la carrera, publicó su primer libro de relatos, titulado Cuentos (1963), y le regaló un ejemplar a su padre. “Ahora tenés que escribir una novela”, le pidió. El hijo–que no pensaba ser novelista porque estaba entrenado para ser cuentista por las lecturas de Antón Chéjov, Guy de Maupassant, O. Henry, William Faulkner, Ambrose Bierce y Horacio Quiroga– cumplió y publicó su primera novela Tiempo de fulgor (1970), la historia de un joven que emigra del pueblo a la ciudad con la meta de convertirse en médico. El segundo libro de cuentos, De tropeles y tropelías, salió en 1971.

Cuando el escritor nació, en los años 40, Nicaragua estaba gobernada por el dictador Anastasio Somoza García, personaje que inspiraría algunos de los cuentos y novelas que escribiría dos décadas después. “Nací bajo el viejo Somoza, llegué a la universidad bajo otro Somoza (Luis Somoza Debayle) y participé en el derrocamiento del último de los Somoza (Anastasio Somoza Debayle), el 19 de julio de 1979. Mi vida está marcada por esta familia dictatorial”, reflexionó Ramírez, que en 1975 ingresó en el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), llamado así en memoria de Augusto César Sandino, para luchar contra el último Somoza de esa dinastía abominable que está entre las dictaduras más corruptas y crueles de la historia de América latina. Después del triunfo de la revolución, en julio del 79, el escritor integró la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, presidida por Daniel Ortega, actual presidente de Nicaragua. Como vicepresidente de su país, buscó el restablecimiento de la paz y promovió la reforma de la Constitución Política de 1987. Durante su intensa participación política no pudo escribir por diez años, entre el 75 y el 85, hasta que se dio cuenta de que no podía continuar así. “Me aterrorizó pensar que dejaría de ser escritor para siempre –confesó en una entrevista con PáginaI12–. Comencé a levantarme a las cuatro de la madrugada para escribir. Y publiqué un libro breve, Estás en Nicaragua, donde reconstruí mi relación con Julio Cortázar cuando fuimos a visitar a Ernesto Cardenal en Solentiname. Con ese libro desentumecí mis dedos. Luego escribí la novela Castigo divino. Y nunca más dejé de escribir”. Por discrepancias con Ortega se alejó del FSLN y fue candidato a presidente por el Movimiento de Renovación Sandinista (MRS), del que posteriormente también se terminaría distanciando. La materialización de la esperanza revolucionaria y la caída en la decepción más dolorosa está narrada en sus memorias Adiós muchachos, “un libro lleno de melancolía por la utopía que no fue posible”, como suele definirlo. “Los resortes del poder en Nicaragua son sumamente complejos, había que contarlos. Hay mucho que contar en ese sentido, pero yo sentí que debía volver a la ficción. En la memoria me consumo”, advirtió. “No fue el relato de un disidente, odio la palabra disidente; fue la historia de una persona que salió transformado en lo bueno y en lo malo”, aclaró el escritor que ha fundado el encuentro literario “Centroamérica cuenta”, un festival que se realiza en Nicaragua desde 2012.

Ramírez, amigo de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, pertenece a esa generación de escritores latinoamericanos que creció junto a los “hermanos mayores del Boom”. “Nunca quisimos matarlos, era fácil convivir con ellos. Yo siempre sentí gratitud porque nos dieron un lenguaje nuevo, nuevas estructuras, experimentaciones”, explicó el autor de las novelas Sombras nada más (2002), Mil y una muertes (2004) y El cielo llora por mí (2009), donde aparece por primera vez el inspector Dolores Morales; entre tantos otros títulos. “De Gabo aprendí la hermosura de su lenguaje, que proviene de los cronistas de Indias. De Fuentes, cómo entrar en la historia de un país, en su caso, de México; y yo he querido entrar así en la historia de mi propio país chiquito. Y de Mario, sobre todo he aprendido a conocer las costuras de las novelas, a armar las páginas para cada estilo o asunto”, resumió el escritor las enseñanzas que fue recibiendo de la obra de sus mayores.

“Me parece que es un gran hito para la literatura nicaragüense, este es un premio muy alto”, señaló Ramírez sobre el Cervantes. “La literatura nicaragüense gana una ventana y yo, desde el podio al que subo, tendré mejor oportunidad de hacer visible nuestra propia literatura, y sobre todo, la de los jóvenes”, añadió el escritor que ha ganado el Premio Iberoamericano de las Letras José Donoso (2011) y el Premio Internacional Carlos Fuentes en 2014, entre otros. “Este es un día memorable para mí, ha cambiado mi rutina, yo debería estar escribiendo ahorita”, dijo el escritor, quien considera que una obra literaria se consigue con muchas horas de trabajo. “De la escritura uno no se retira. Uno escribe hasta la muerte”.

 

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Sábado, 04 Noviembre 2017 07:40

Viaje desde una silla

Viaje desde una silla

 

La literatura no deja de ser nunca un viaje que se inicia en la primera página de un libro, y se llega a puerto al cerrar ese libro. Y hay grandes libros que cuenta la historia de un viaje. Los nueve libros de la historia, de Heródoto, para empezar. En tiempos de este historiador, cronista, periodista, y por fuerza novelista, no era posible distinguir entre historia y narración. Ni siquiera era posible separar de la fábula el relato de verdades.

Frente al vacío y la oscuridad que representan lo desconocido, el amor a la verdad objetiva ha sido siempre un deber, y la imaginación una tentación: la rigurosidad en la selección de los datos, de un lado, y la libertad de suponer, del otro. Es lo que diferencia al novelista del periodista, aunque sean los mismos dedos los que tecleen para crear una crónica que cuenta verdades, o una novela que cuenta mentiras.

Heródoto probó que se necesitaba curiosidad para el oficio. Esa curiosidad no podía ser saciada sin echarse a navegar, y a andar. Lo extraño comienza más allá de las fronteras. Es la avidez por saber acerca de lo desconocido lo que da sentido al viaje. Y lo que nos pone en camino.

Homero relata no un viaje propio, sino ajeno, el de Ulises de regreso a Ítaca, su anhelada patria, al terminar la guerra de Troya. Virgilio cuenta el viaje de Eneas, derrotado en esa misma guerra, hacia su nueva patria, que será Roma. Cervantes nos cuenta el viaje de don Quijote por los campos de La Mancha; en realidad no uno, sino dos viajes, uno por cada parte del libro. Un viaje de ida y regreso, ambas veces.

Y es lo que hará Joseph Conrad más tarde, un escritor que antes fue marinero en barcos mercantes, tentado siempre por lo desconocido, tentación que lo lleva hasta las profundidades del alma humana, como en su novela El corazón de las tinieblas, que cuenta la historia de un viaje por un río africano, Marlow en busca de Kurz, un río que viene a ser como el Hades, maldad y oscuridad.

O el capitán Abab en busca de Moby Dick, la ballena blanca, en la novela de Herman Melville, que es también demoniaco, por obsesivo, tanto que sólo puede terminar en catástrofe, en derrota y en muerte. Siempre travesías malditas hacia lo desconocido.

Los viajes así contados están siempre llenos de interrupciones. En los accidentes, en los obstáculos para llegar, está la historia. La consabida frase final de los cuentos y vivieron felices para siempre indica el cierre de un relato lleno de peripecias que hemos seguido con desazón, y a la vez la apertura de otro que ya a nadie interesa, y que ocurre fuera de las páginas del libro donde lo que hemos buscado, y encontrado, son los obstáculos. Si Ulises y Penélope vivieron juntos una ancianidad feliz es algo que nadie contará, porque nadie quiere oír una historia sin sobresaltos.

Pero el viaje de don Quijote se diferencia del de Ulises y del de Eneas, en que ellos quieren llegar cuanto antes a su destino; Ulises ansía ver su patria después de años de ausencia, encontrar a su mujer, a su hijo, cansado de la guerra, y no quiere aventuras, sino regresar a la vida doméstica. Son las aventuras las que se le interponen en contra de su voluntad, y lo atrasan durante 10 años, lo mismo que duró la guerra de Troya.

Al contrario, don Quijote sale a buscar las aventuras, quiere hallarlas, son la razón de ser de su viaje, y cuando no las encuentra, las crea en su cabeza. Ulises tarda en llegar a su destino porque los acontecimientos indeseados no lo dejan. Don Quijote cabalga en busca de acontecimientos deseados. Si las aventuras no le salieran al paso, su viaje sería un fracaso.

Según García Márquez en literatura no hay nada más convincente que la propia convicción, la certeza de creerse la propia mentira y contarla con toda naturalidad. Convertir lo extraordinario en ordinario, darle certeza a lo falso. Es la manera de contar de Heródoto, y la de Homero, y la de Cervantes. Contar con naturalidad, contar con naturaleza.

Nadie más mentiroso que Ulises, verdadero maestro en ardides. Nunca sabremos si todo lo que cuenta por su propia boca es una invención suya, o una invención de Homero. Siempre le está ocurriendo lo insólito, y de allí sus constantes atrasos en llegar a su destino. Pero si inventó él mismo a las sirenas con su melodioso canto mortal, nunca dejará de creer que es cierto. Es la condición esencial del mentiroso.

Lo que a nosotros nos parecen dislates y exageraciones, para don Quijote son la normalidad de la vida que le toca vivir. Si no creyera, dejaría de existir, y su mundo extraordinario desaparecería. Es lo que al final termina ocurriendo. La cordura lo mata. Es decir, la mediocre realidad a la que regresa ya curado de fantasías lo mata.

Porque, ¿qué es La Mancha sino un árido territorio rural donde nada asombroso pueda esperarse que acontezca? Es el mundo real de Sancho, donde las mozas rústicas huelen a ajo y dan de comer a los cerdos, las mismas que para don Quijote son princesas que si lucen así, sucias y en harapos, es porque se hallan bajo encantamiento. De lo contrario, el viaje no valdría la pena. Sería un viaje sin sorpresas. Salir de un mundo que de maravilloso pasa a ser prosaico es una decepción y una derrota.

Toda lectura es un viaje, un viaje desde una silla que nos lleva a lo desconocido, por arenas ardientes de desiertos ignorados, por mares procelosos, por ríos que son como del infierno, y aún por los aires si entramos en las páginas de Las mil y una noches. Pero siempre regresaremos de ese viaje mejor de lo que éramos cuando lo emprendimos.

 

Buenos Aires, noviembre 2017

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Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, censurada en los Estados Unidos

Todo un clásico de la literatura norteamericana y uno de sus textos más explícitamente antirracistas, la novela fue retirada del programa de lectura de una escuela de Misisipi por el uso reiterado de la palabra “nigger”, considerada ofensiva.

La corrección política, plantea Paul Berman, “es la niebla que se levanta cuando el liberalismo estadounidense se encuentra con el iceberg del cinismo francés”. Los cruzados del neopuritarismo, la tolerancia y el diálogo, tan preocupados por las formas y no por embarrarse en los debates de fondo, son tan peligrosos que se terminan pareciendo a los macartistas de los años 50. O peor aún: se ponen el lúgubre uniforme de policías de la lengua. La palabra “nigger”, con una irrebatible connotación peyorativa y rastros ominosos de la esclavitud, es demasiado ofensiva para los adolescentes y niños estadounidenses. Como perturba las buenas conciencias, el supuesto remedio es peor que la enfermedad: censurar y prohibir. La novela Matar a un ruiseñor, de Harper Lee (1926-2016), fue retirada de la lista de lecturas de una escuela de Biloxi, en el estado de Misisipi, al sur de los Estados Unidos, porque en sus páginas aparece reiteradamente el término “nigger”. Por idénticos motivos, en diciembre del año pasado fue excluida de los planes de estudio del condado de Accomac, en el estado de Virginia.


La mayor paradoja es que la novela de Lee, publicada en 1960, está considerada una de las ficciones más antirracistas de la literatura estadounidense, una historia que aboga por la igualdad de las razas. La narradora de Matar a un ruiseñor es la niña Scout Finch, que vive junto a su hermano mayor Jem y su padre Atticus, un abogado viudo, en el pueblo ficticio de Maycomb, en Alabama. Los pobladores se ensañan con Atticus, a quien con extremo recelo llaman “amante de los negros”, porque decide defender a un hombre negro llamado Tom Robinson, acusado de violar a una joven mujer blanca. La memorable versión cinematográfica de Matar a un ruiseñor se estrenó en 1962, dirigida por Robert Mulligan y protagonizada por Gregory Peck. El diario The Sun Herald informó que la novela de Lee fue retirada porque la Junta Escolar de Biloxi recibió quejas de los padres, que objetaron que “el lenguaje incomodaba a los estudiantes de octavo grado (entre 13 y 14 años)”, explicó Kenny Holloway, vicepresidente de la Junta. Hay algo más que supera por varias cabezas lo absurdo. En los correos electrónicos enviados por los padres a la Junta Escolar se reconocía que el problema estaba en la palabra “N”... ni siquiera se animaban a escribir la palabra completa, como si al hacerlo se convirtieran en la reencarnación del Ku Klux Klan del siglo XXI. La metodología “policial” fue muy similar en las escuelas de Virginia. Marie Rothstein-Williams, madre de un adolescente, pidió expresamente que la novela de Lee junto a Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain, fueran excluidas porque habían perturbado a su hijo. “No discuto que sea una literatura excelente”, aseguró Rothstein-Williams, “pero hay tantos insultos racistas y palabras ofensivas que es imposible ignorarlas y ahora mismo ya vivimos en una nación dividida”.


La Coalición Nacional Contra la Censura (NCAC, en sus siglas en inglés) advirtió en diciembre pasado que la prohibición hacía “un flaco favor a los estudiantes” porque soslaya la discusión sobre el racismo, un asunto pendiente en la sociedad norteamericana, como lo demuestran los disturbios de Charlottesville (Virginia) en agosto de este año, donde grupúsculos supremacistas blancos y neonazis, armados hasta los dientes y envalentonados más que nunca desde que Donald Trump es presidente de los Estados Unidos, se enfrentaron con manifestantes antirracistas, entre los que estaban la agrupación Black Lives Matter (Las vidas negras importan). ¿Qué novelas o libros de cuentos sortearían esta inspección policial, si se pusieran a contabilizar cuántas veces aparece la palabra “nigger” en cuestión? ¿Sacarían de las escuelas las obras de Mark Twain, William Faulkner, Erskine Caldwell, Francis Scott Fitzgerald, John Steinbeck y Carson McCullers, entre tantos otros narradores estadounidenses imprescindibles? El filósofo esloveno Slavoj Zizek plantea que la corrección política es “una forma de autodisciplinamiento que no permite verdaderamente superar el racismo. No es más que racismo oprimido y controlado”.

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