I Pasado

–Una visión humanista considera la historia como un producto humano, producto de la libertad de sus individuos y de los diversos grupos que la han realizado e interpretado. Una visión antihumanista afirma que, por el contrario, esos individuos y esos grupos son el resultado de la historia misma y su libertad es una ilusión. Si me permití una limitación artificial dentro de este posible espectro, ¿dónde se situaría?

–Por lo que tengo caminado y escuchado, me da la impresión de que nosotros hacemos la historia que nos hace. Cuando la historia que hacemos nos sale más bien chueca, o es usurpada por los pocos que entre nosotros mandan, decimos que ella, la historia, tiene la culpa.
 

–En esta visión no hay lugar para el determinismo materialista o para algún tipo de fatalismo religioso...

–Los fatalismos son cómodos, te permiten dormir a pata suelta, el destino está escrito en los astros, la historia camina sola, no te amargues, hay que aceptar o aceptar. Los fatalismos mienten, porque si la vida no es una aventura de la libertad, que alguien venga y me explique si vale la pena vivir. Pero ojo: también mienten los iluminados, los elegidos que se atribuyen el poder de cambiar la realidad tocándola con su varita mágica: y si la realidad no me obedece, no me merece.
 

–Si el tiempo de las revoluciones modernas, es decir, de las revoluciones abruptas y violentas ha pasado, ¿es la progresión o la resistencia la mejor alternativa en nuestro tiempo?

–Andá a saber cuántos mundos hay dentro del mundo, y cuántos tiempos dentro del tiempo. La historia camina con nuestras piernas, pero a veces anda a paso muy lento, y a veces parece quieta. De todos modos, cuando los cambios vienen de abajo, desde lo hondo, a la corta o a la larga ellos encuentran su camino, al ritmo que quieren o pueden. Desde abajo, digo, desde el pie, como cantó Zitarrosa. Lo único que se hace desde arriba son los pozos.
 

–En tu último libro, Espejos, realizás un esfuerzo al mismo tiempo creativo y arqueológico sobre un vasto espacio geográfico y temporal. ¿Qué períodos de la historia crees que se llevarían el premio mayor a la crueldad y la injusticia?

–Hay demasiados favoritos en ese campeonato.
 

–Bueno, más puntual, ¿podrías resumir la crueldad en una imagen, en una situación que te ha tocado vivir?

–Me ocurrió hace años, en un camión que atravesaba la selva del Alto Paraná. Salvo yo, era toda gente de ese mapa. Nadie hablaba. Ibamos muy apretados, en la caja del camión, a los tumbos. A mi lado, una mujer muy pobre, con un bebé en brazos. El bebé ardía de fiebre, se quejaba. Ella sólo dijo que precisaba un médico, que en alguna parte tenía que haber un médico. Y por fin llegamos a alguna parte, no sé cuántas horas habían pasado, hacía mucho que el bebé no se quejaba. Ayudé a que aquella mujer bajara del camión. Cuando recogí el bebé, vi que estaba muerto. El asesino que había cometido esa crueldad era todo un sistema de poder, que no iba preso ni viajaba en camiones destartalados.
 

–Con memorias como ésa deberíamos terminar aquí. Pero el mundo sigue girando. ¿Crees que el pasado precolombino ha sobrevivido tantos años de colonización y modernización, tanto como para definir una forma latinoamericana de ser, de sentir y hasta de pensar?

–Desde hace siglos, los dioses acuden, quién sabe cómo, desde el pasado americano y desde la selva africana y desde todas partes. Muchos de esos dioses viajan con otros nombres y usan pasaportes falsos, porque sus religiones se llaman supersticiones y ellos siguen condenados a la clandestinidad.
 

 

II Presente

–¿Estamos presenciando el fin del capitalismo, de un paradigma basado en el consumismo y el éxito financiero, o simplemente se trata de una crisis más de la que saldrá fortalecido el mismo sistema, la misma cultura hegemónica?

–Con frecuencia recibo convites para asistir al entierro del capitalismo. Bien sabemos, sin embargo, que vivirá más de siete vidas este sistema que privatiza sus ganancias pero tiene la amabilidad de socializar sus pérdidas, y por si fuera poco nos convence de que eso es filantropía. En gran medida, el capitalismo se nutre del desprestigio de sus alternativas. La palabra socialismo, por ejemplo, ha sido vaciada de significado, por la burocracia que la usó en nombre del pueblo y por la socialdemocracia que en su nombre modernizó el look del capitalismo. Sabemos que este sistema capitalista se las está arreglando bastante bien para sobrevivir a las catástrofes que desata. No sabemos, en cambio, cuántas vidas podrá vivir su víctima principal, el planeta que habitamos, exprimido hasta la última gota. ¿A dónde nos mudaremos cuando el planeta quede sin agua, sin tierra, sin aire? La empresa Lunar International ya está vendiendo lotes en la luna. A fines del 2008, el multimillonario ruso Roman Abramovich le regaló un terrenito a la novia.
 

–Quizá presume de ser el primer hombre que le regala un pedazo de la luna a una mujer, lo que viene a ser una especie de capitalismo romántico. ¿Crees que si China, por ejemplo, tuviese una economía hegemónica pronto se convertiría en un nuevo imperio, avasallante y colonialista como cualquier otro imperio?

–Si yo fuera profeta profesional, me moriría de hambre. No acierto ni en el fútbol, que de eso sí que algo sé. Todo lo que te puedo decir es lo que puedo ver: China está poniendo en práctica una exitosa combinación de dictadura política, al viejo estilo comunista, con una economía que funciona al servicio del mercado mundial capitalista. China puede proporcionar, así, baratísima mano de obra a empresas norteamericanas como Wal Mart, que prohíbe los sindicatos.
 

–A propósito, en el último “viernes negro”, el día del año en que en Estados Unidos las grandes cadenas de supermercados venden al costo, una avalancha de compradores no pudo esperar a que abrieran las puertas de uno de estos Wal Mart y se llevó por delante a un empleado. El hombre murió aplastado... A pesar de todo este absurdo, ¿podemos pensar que la humanidad se encuentra en un mayor estado de derechos individuales y de conciencia colectiva? ¿Qué es lo mejor de nuestro tiempo?

–En el siglo XX, la justicia fue sacrificada en nombre de la libertad, y la libertad fue sacrificada en nombre de la justicia. Ya nuestro tiempo es el siglo XXI, y lo mejor que tiene es el desafío que contiene: nos invita a luchar para ayudar al reencuentro de la justicia y la libertad. Ellas quieren vivir bien pegaditas, espalda contra espalda.
 

–¿Podemos comparar la aparición de Internet con la revolución que produjo la imprenta en el siglo XV?

–No tengo ni idea, pero valga la ocasión para recordar que la imprenta no nació en el siglo XV. Los chinos la habían inventado dos siglos antes. En realidad, eran chinas las tres invenciones que hicieron posible el Renacimiento europeo: la imprenta, la brújula y la pólvora. No sé si ahora habrá mejorado la educación, pero antes aprendíamos una historia universal reducida a la historia de Europa. De Medio Oriente, nada o casi nada. Ni una palabra sobre China, nada sobre la India. Y del Africa, sólo sabíamos lo que nos enseñaba el profesor Tarzán, que nunca estuvo allí. Y del pasado americano, del mundo precolombino, alguna cosita folklórica, unas cuantas plumas de colores... y chau.
 

–¿Cuál es el mayor peligro del progreso tecnológico en la comunicación?

–En la comunicación y en todo lo demás. Las máquinas no son ningunas santas, pero no tienen la culpa de lo que nosotros hacemos con ellas. El mayor peligro está en que la computadora nos programe, como el automóvil nos maneja. Con asombrosa facilidad, nos convertimos en instrumentos de nuestros instrumentos.
 

–Como escritor y como lector, ¿qué tipo de lecturas te ocupan mayor tiempo hoy?

–Yo leo de todo, empezando por las paredes que acompañan mis pasos por las calles de las ciudades.
 

–¿Son la crueldad y la in-justicia las mayores provocadoras de la literatura de Eduardo Galeano?

–No. Si así fuera, ya me hubiera enfermado de irremediable tristeza. Por suerte soy preguntón, curioso de nacimiento, y ando siempre buscando la tercera orilla del río, ese misterioso lugar donde se juntan el horror y el humor.
 

–¿Por qué crees que será recordado nuestro tiempo en los siglos por venir?

–¿Será recordado? ¿Habrá siglos por venir? Dios te oiga, y si Dios está sordo, que te oiga el Diablo.
 

 

III Futuro

–¿El mundo se dirigirá a un mayor equilibrio de sus fracciones geográficas, sociales y culturales o, por el contrario, estamos condenados a repetir las mismas formas de lo que hoy consideramos violencia física y moral?

–Condenados... no estamos. El destino es un desafío, aunque a primera vista parezca una maldición.
 

–¿Una mejora de nuestro presente radica mayormente en la profundización de los valores humanistas de la tradición europea o en una revalorización de un origen perdido en los pueblos “periféricos”?

–La tradición europea no alcanza. Los americanos somos hijos de muchas madres. Europa sí, pero hay también otras madres. Y no sólo los americanos. Los humanitos todos, el mundo entero es mucho más que lo que cree ser. Pero el arcoiris terrestre no brillará, en todo su lucerío, mientras siga mutilado por el racismo, el machismo, el militarismo, el elitismo y todos esos ismos que nos niegan la plenitud de nuestra diversidad. Y dicho sea de paso, no viene mal aclarar que los valores humanistas de la tradición europea se desarrollaron mientras Europa exterminaba indios en América y vendía carne humana en Africa. John Locke, el filósofo de la libertad, era accionista de una empresa negrera.
 

–Sí, algo así como las democracias imperiales, desde la antigua Atenas hasta Estados Unidos. ¿Pero quiere decir eso que la historia se repite siempre?

–Ella no quiere repetirse, eso no le gusta ni un poquito, pero muy frecuentemente nosotros la obligamos. Por ponerte un ejemplo muy actual, hay partidos que llegan al gobierno prometiendo un programa de izquierda, y terminan repitiendo lo que la derecha hacía. ¿Por qué no dejan que la derecha lo siga haciendo, ya que tiene experiencia? Se aburre la historia, y se desprestigia la democracia, cuando se nos invita a elegir entre lo mismo y lo mismo.
 

–¿Qué rol cumplen hoy en la sociedad los intelectuales “no orgánicos”? ¿Siguen siendo, al menos en una minoría, una fuerza crítica y provocadora?

–Yo creo que escribir no es una pasión inútil. Pero esa generalización, “los intelectuales”, orgánicos o no orgánicos, no se parece mucho al mundo real. Hay de todo en la viña del Señor. En mi caso, te puedo decir que trabajo con palabras, que soy un inútil total y eso es lo único que me sale más o menos bien, y que me consta, por experiencia propia y ajena, que el acto de la lectura es una secreta, y a veces fecunda, ceremonia de comunión. Quien lee algo que de veras vale la pena, no lee impunemente. Leer un libro de esos que respiran cuando te los ponés al oído no te deja intocado: te cambia, aunque sea un poquitito, te incorpora algo, algo que no sabías o no imaginabas, y te invita a buscar, a preguntar. Y más, todavía: a veces hasta te puede ayudar a descubrir el verdadero significado de las palabras traicionadas por el diccionario de nuestro tiempo. ¿Qué más puede querer una conciencia crítica?
 

–Pero los escritores contemporáneos tienden a evitar esa palabra, “intelectuales”. ¿Por qué?

–Te contesto por mí, no en nombre de “los escritores”, que también son una generalización dudosa. Yo escribo queriendo decir y decirme en un lenguaje sentipensante, certera palabra que me enseñaron los pescadores de la costa colombiana del mar Caribe. Y por eso, justo por eso, no me gusta nada que me llamen intelectual. Siento que así me convierten en una cabeza sin cuerpo, situación por demás incómoda, y que me están divorciando la razón de la emoción. Se supone que intelectual es el capaz de entender, pero yo prefiero al capaz de comprender. Culto no es quien acumula más conocimientos, porque entonces no habrá nadie más culto que una computadora. Culto es quien sabe escuchar, escuchar a los demás y escuchar las mil y una voces de la naturaleza de la que formamos parte. Para decir, escucho. Escribo en un viaje de ida y vuelta, recojo palabras que devuelvo, dichas a mi modo y manera, al mundo de donde vienen.
 

–A propósito, ¿cuál es tu técnica narrativa, tus hábitos y conductas de escritura?

–No tengo horarios. No me obligo. En Santiago de Cuba, un viejo tamborero, que tocaba como los dioses, me lo enseñó: “Yo toco –me dijo– cuando me pica la mano”. Y yo le hago caso. Si no me pica, no escribo. Nunca he firmado un contrato que me ponga plazos para entregar un libro. En la literatura, como en el fútbol, cuando el placer se convierte en deber, pasa a ser algo bastante parecido al trabajo esclavo. Los libros me escriben, crecen dentro de mí, y cada noche me duermo dándoles las gracias, porque me permiten creer que el autor soy yo. Y dicho esto te aclaro que escribo muchas veces cada página, que tacho, suprimo, reescribo, rompo, vuelvo a empezar, y todo eso es parte de la alta alegría de sentir que lo que digo se parece, y a veces se parece mucho, a lo que mis páginas quieren decir.
 

–Tus libros, después de las dictaduras militares de Uruguay y Argentina, después del exilio, cambian de estilo. O quizá profundizan una característica: tu mirada sigue siendo la del rebelde inconformista, pero tu voz se vuelve más lírica. Si mal no recuerdo, fue Jean-Paul Sartre el que dijo que la técnica de un escritor remite a su concepción del mundo. ¿Cómo definirías tu estilo? ¿Refleja tu percepción del mundo o, quizá, tus aspiraciones sobre él o el estilo es algo accidental, una forma de hacer las cosas que proviene de una historia de la estética, de una influencia de la adolescencia?

–Mi estilo es el resultado de muchos años de escribir y borrar. Juan Rulfo me lo decía, mostrándome un lápiz de aquellos que ahora ya casi ni se ven: “Yo escribo con el grafo de adelante, pero más escribo con la parte de atrás, donde está la goma”. Eso hago, o intento hacer. Intento decir cada vez más con menos.
 

–Un elemento común de la literatura del compromiso, de las utopías revolucionarias hasta los setenta, de los años previos a las dictaduras en América del Sur, parece ser la alegría. Como ejemplo ilustrativo podríamos hacer una exposición de fotografías de los rostros adustos de los Pinochet, por un lado, y de los rostros sonrientes de los Che Guevara por el otro. ¿Existe una conexión entre la “estética de la tristeza” de la literatura del siglo XX y las fuerzas conservadoras de la sociedad? ¿En qué medida es subversiva la alegría, el epicureísmo del que hablaba Américo Vespucio refiriéndose a cierta imagen de los nativos americanos?

–Vuelvo a la costa colombiana y te cuento que allá el peor insulto es “amargao”. Nada más grave te pueden decir. Y no les falta razón, porque al fin y al cabo, no hay nada en el mundo que no merezca ser reído. Si la literatura de denuncia no es, al mismo tiempo, una literatura de la celebración, se aleja de la vida viva y duerme a sus lectores. Se supone que sus lectores deben arder de indignación, pero ellos se caen de sueño. Con frecuencia ocurre que la literatura que dice dirigirse al pueblo sólo se dirige a los convencidos. Sin riesgo ninguno, se parece más a la masturbación que al acto del amor, aunque según me han dicho el acto del amor es mejor, porque se conoce gente. La contradicción mueve la historia, y la literatura que de veras estimula la energía de cambio nos ayuda a adivinar los soles secretos que cada noche esconde, esa humana hazaña de reír contra toda evidencia. La herencia hebreo-cristiana, que tanto elogia el dolor, no ayuda mucho. Si no recuerdo mal, en toda la Biblia no suena ni una risa. El mundo es un valle de lágrimas, los que más sufren son los elegidos que suben al Cielo.
 

–¿Cómo imaginás el mundo dentro de cincuenta años?

–Con la edad que tengo, me imagino que dentro de cincuenta años ya no estaré. Como ves, tengo una imaginación prodigiosa.
 

–Alguna vez Onetti dijo que él escribía para sí mismo. ¿Galeano escribiría si tuviese la poca fortuna de ser el único sobreviviente de una catástrofe mundial?

–¿El único sobreviviente? ¡Uy! Me moriría de aburrimiento. Quizás escribiría igual, porque tengo el vicio, pero escribir para nadie es peor que bailar con la hermana. Onetti se enojó conmigo cuando una noche cometí una juvenil insolencia. El me dijo eso, que él escribía para él, y yo le propuse llevarle al Correo esas cartas para Juan Carlos Onetti, calle Gonzalo Ramírez, Montevideo, etc., etc. El se cabreó. Se cabreó porque mentía, y bien lo sabía. Quien publica lo que escribe, escribe para los demás.
 

–¿Qué harías diferente si tuvieses la experiencia y la oportunidad de hacerlo de nuevo? ¿De qué se arrepiente Eduardo Galeano hoy?

–No me arrepiento de nada. Yo también soy la suma de todas mis metidas de pata.

Jorge Majfud
 

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–Así que se han escandalizado...

–Sí, muchos. Nunca se ha preguntado nadie cómo es la vida sexual de un sordomudo. Lo han hecho acerca de la de los ciegos, pero jamás sobre la de los sordomudos.

–Una pregunta inquietante...

–Porque las preguntas importantes muchas veces son inquietantes. Hay un comentario bellamente de-sagradable de Heidegger sobre por qué la ciencia resulta tan aburrida. El dijo que era porque sólo tiene respuestas.

–Había una pintada en Ecuador que decía: “Cuando por fin teníamos las respuestas nos cambiaron las preguntas”.

–Es verdad. Pero las preguntas pueden ser inquietantes, y las preguntas en torno de lo erótico lo son. Aún no tengo ninguna teoría, pero quisiera que este ensayo sirviera en un futuro a psicólogos, sociolingüistas y gente preparada para que comenzaran a estudiar estos asuntos o por lo menos a seguir preguntándose sobre ello.

–Pero lo que usted ha escrito no es sólo un ensayo; es algo más autobiográfico.

–A mí me gusta llamarlo ficciones. Borges consideraba que las ficciones eran verdades. Pero también son verdades imaginarias.

–Al leer este ensayo en particular, “Los lenguajes de Eros”, uno podría pensar que usted no tiene ningún pudor, ningún miedo a las posibles consecuencias.

–¡Por eso no escribí el libro, ja, ja! Escribí un ensayo, siete ensayos en lugar de siete libros. Estoy a punto de cumplir los ochenta años, y como no estoy para escribir siete libros, escribí ensayos sobre lo que me hubiera gustado escribir y por qué no lo hice. La mejor definición de la vida la hizo Samuel Beckett: “Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”. Yo quise fracasar mejor, y es lo que intento decir con este libro.

–Esa frase de Beckett la usa usted en un contexto en el que habla sobre la tristeza y el pesimismo.

–La tristeza y el pesimismo..., sí. ¿Sabe por qué soy tan poco popular entre mis colegas académicos? Hay una razón muy sencilla. Siendo joven ya dije que había una diferencia abismal entre el creador y el profesor, o editor, o crítico. Y a los colegas no les gusta escucharlo. El capítulo más difícil de escribir en este libro, “Envidia”, es precisamente sobre esa relación con los profesores. Fue una pesadilla escribirlo. Sudé en cada frase. ¿Cómo se siente uno al vivir rodeado de los grandes sin serlo? Fui el miembro más joven de la Universidad de Princeton, ahí vivía al lado de Einstein y de Oppenheimer, y ahí supe qué eran los gigantes. Fíjese en ese pequeño retrato que hay ahí (un retrato dibujado de él en su juventud; debajo pone, en italiano, Il postino, el cartero). Yo quiero ser el cartero, quiero que me llamen El Cartero, como ese personaje maravilloso en la película sobre Pablo Neruda. Es un trabajo muy hermoso ser profesor, ser el que entrega las cartas, aunque no las escriba. Mis colegas detestan escuchar eso. ¡La vanidad de los académicos es enorme! Derrida dijo que toda la literatura, hasta la más grande, es un mero pretexto. ¡Al infierno con Derrida! Shakespeare no es un pretexto, Beckett no es un pretexto, no lo es Neruda, no lo es Lorca...

–Se enoja usted con Derrida.

–Lo del pretexto es un chiste de mal gusto. Somos los carteros y somos importantes. Los escritores nos necesitan para llegar a su público. Es una función muy importante, pero no es lo mismo que crear.

–No, no es lo mismo.

–Me gustaría contarle una anécdota. Hubo un poeta contemporáneo llamado Nash que tradujo al poeta francés François Villon. En su famosa balada Las nieves de antaño había una línea en la que Villon venía a decir que la mujer ha envejecido: su pelo, escribía en francés, ya no es dorado, sino gris. Nash, en su manuscrito, lo tradujo así: “El brillo le cae del pelo”. El impresor cometió un error y escribió: “Un brillo cae del cielo”. Es una de las frases más hermosas de la poesía inglesa, ¡y se debe al impresor! Cada noche le pido a Dios que me envíe un impresor que cometa un error que me haga grande.

–En este libro en concreto, que no es una autobiografía, casi todo lo que se dice se puede relacionar con su vida. Por ejemplo, cómo su padre le enseñó a aprovecharse de los libros.

–Recuerde que vengo de una tradición judía muy antigua. La palabra rabino significa profesor, y en el judaísmo la figura del profesor es inmensamente valorada. Han sido cuatro mil años de una tradición de profesores excelentes, y mi padre quiso que yo fuera profesor. Se alegraba cuando publicaba poemas, pero eso no es lo que él quería para mí. He escrito ficción, y ha sido muy traducida, pero es una ficción intelectual, cerebral, alegórica. Son novelas que contienen ideas. Pero otra cosa es ser creador. Ah, la inocencia de un gran creador, el misterio de crear...

–Un misterio distinto que el misterio de enseñar.

–En la universidad en la que trabajaba solía venir a cenar Henry Moore, el escultor británico. Cuando abría la boca para hablar de política o de otros temas, decía estupideces. Pero cuando hablaban sus manos, te dabas cuenta de que era un gran creador. El misterio de un gran creador es un misterio. No sabemos cómo ni por qué se crea una gran melodía o cómo o por qué se pinta un cuadro. Produce una gran alegría el poder explicar esto y hacérselo llegar a la gente. Pero nunca mezclo la creación con la enseñanza. Un profesor es un profesor.

–En algún momento dice usted, con respecto a la novela, que hoy ése puede parecer a veces un género prehistórico.

–No, yo colocaría a Proust, Mann, Joyce... entre los mayores creadores. Lo que quiero decir es que quizá las novelas estén llegando a su fin, porque en el mundo de hoy nos llegan infinitas imágenes e historias directamente a casa. Dudo mucho de que tengamos otro Proust, otro Faulkner. Los grandes maestros contemporáneos escriben de manera breve. Fíjese en Kafka, lo fragmentario que es. Hoy Shakespeare sería un guionista.

–¿Y quiénes serían los novelistas de hoy día?

–Hmmmm, es muy difícil contestar a esa pregunta. Creo que Mario Vargas Llosa lo es. La fiesta del chivo es indudablemente de las mejores novelas de hoy. También lo es Cien años de soledad, de García Márquez. El tambor de hojalata, de Günter Grass. Hijos de la medianoche, de Rushdie. Philip Roth es quizá la persona más inteligente que haya, y su trilogía sobre la política norteamericana es magnífica. Pero la forma en sí misma de la novela está peligrando. La gente busca formas más experimentales. ¿Por qué resultan mejor escritos los libros de historia, de sociología o incluso las biografías? La prosa de Lévi-Strauss es mejor que el libro de cualquier novelista francés. Incluso hay economistas que tienen más estilo escribiendo que los propios novelistas. Los historiadores, como sir John H. Elliott, escriben de maravilla. Han aprendido de la novela, y lo aplican. Pero mire lo que sucede ahora. Un chico escribe un libro; si tiene suerte, se lo publican, y está dieciséis días en las librerías, y de inmediato lo retiran del mercado. Así, ¿cómo se van a hacer escritores? Si esto hubiera ocurrido en tiempos de Joyce, él nunca habría resistido. Sin embargo, fíjese en el caso de J. K. Rowling, que nadie entiende.

–¿Usted tampoco lo entiende?

–No. He mirado los libros y me parece que emplea un vocabulario difícil, una sintaxis difícil. Hasta ella, J. K. Rowling, muy humildemente, tampoco se explica el porqué de su éxito. Mi pregunta es la siguiente: un niño que ha leído todos los volúmenes de Harry Potter, ¿leerá luego La isla del tesoro, Los viajes de Gulliver, Oliver Twist, los clásicos? Mis colegas que han estudiado este fenómeno dicen que no, que los niños que hayan leído a Potter no leen después a los grandes clásicos. Y eso es triste.

–Ella misma se hace sus preguntas, nos lo dijo en Edimburgo.

–Todos teníamos la esperanza de que con Harry Potter se iba a volver a los clásicos con los que se empezaba a leer. Pero no lo creo. ¿Sabe que la Unesco tiene una lista de libros más leídos del mundo? Y sólo hay un título francés.

–Déjeme adivinar: Madame Bovary.

–Oh, no, qué dice usted. El principito. Y eso es alarmante. Se venden millones de ejemplares todos los años. Pero la gente no lee Madame Bovary.

–¿Cree que debemos estar preocupados por esas listas?

–Sin duda. Indican qué libros y en qué momento fueron best sellers. Hubo un tiempo en que fueron Balzac y Dickens. Hay una diferencia abismal entre el genio experimental de escritores como Borges o Beckett y el público en general. Es muy probable que millones de personas lean literatura en formato de comic. Hace poco leí una versión de Hamlet en formato de comic y me resultó brillante. Redujeron el texto a momentos esenciales, y seguro que Shakespeare habría dicho: “No está mal. Mi texto era demasiado largo”. Ja, ja, ja.

–Esa reflexión se parece a algunos aspectos de su libro, donde discute la confrontación cultura-medios y el futuro de la cultura.

–La cultura del futuro no será nuestra cultura. La cultura elitista y humanista que conocemos sólo pertenece a unos cuantos. Recuerde que voy a cumplir ochenta años y empecé antes de cumplir los veinte a publicar artículos sobre por qué la cultura no se enfrentaba al fascismo o a los nazis... ¿Qué ocurrió? Aquí tenemos países con culturas superiores, tenemos las mejores escuelas, el mejor teatro, la mejor música. Y estos países nuestros se han convertido en infiernos. Y no sólo los países, sino que hay artistas grandes que se unen al fascismo. Nunca he dejado de hacerme esta pregunta, y aunque no tenga la respuesta, sí puedo decir que la cultura y el humanismo no son enteramente inocentes ni positivos. Walter Benjamin decía que toda gran obra está colocada encima de una montaña de inhumanidad. Es una verdad incómoda.

–Lo es.

–Pero no seamos enteramente pesimistas. Fíjese en la cantidad de gente que asiste a las exposiciones, los museos están llenos de personas, en los conciertos no caben más... Son signos muy positivos. Sí, lamento la cantidad de librerías que se están cerrando, y que sean más rentables ahora las industrias de la pornografía y de la droga. Esto es lo que uno debería preguntarse: ¿cómo puede ser que estas industrias sean las más poderosas en el universo del que estamos hablando? Estamos en peligro, sí, pero también es cierto que hay signos positivos. Nunca debemos olvidar que durante el esplendor de Florencia, en los tiempos de Miguel Angel, Leonardo y los Medici, cada mes morían asesinadas muchas personas bajo el Ponte Vecchio. Nos olvidamos de cuánta salvajada ha existido en las grandes culturas.

–¿Y el futuro?

–¿Qué nos depara el futuro si evitamos la guerra? Evitar la guerra supone problemas de superpoblación. Mire los jóvenes: se aburren, un día van a acabar con los viejos, no sabrán qué hacer con ellos. Somos un animal muy primitivo. Hay peces y virus que son más antiguos que el hombre. Tal vez estemos sólo al principio de nuestra historia. Quizá no hayamos aprendido a unir nuestro instinto y nuestro raciocinio.

–Qué panorama.

–Es muy fácil sentarse aquí, en esta habitación, y decir: “¡El racismo es horrible!”. Pero pregúnteme lo mismo si se traslada a vivir a la casa de al lado una familia jamaiquina que tiene seis hijos y escuchan reggae y rock and roll todo el día. O cuando mi asesor venga a casa y me diga que desde que se mudó a mi lado la familia jamaiquina el valor de mi propiedad ha caído en picado. ¡Pregúnteme entonces! En todos nosotros, en nuestros hijos, y por mantener nuestra comodidad, nuestra supervivencia, si rascas un poco, aparecen muchas zonas oscuras. No lo olvide. Mire el problema vasco. ¡Cuánto me equivoqué con este tema! Cuando el asunto del IRA estaba llegando a su fin, publiqué un artículo considerando que con ETA pasaría lo mismo. Y no, ETA sigue matando.

–¿Qué pasa? ¿Cuál es su opinión?

–No lo sé. Ese idioma tan misterioso es muy raro, muy poderoso. Quizá por eso a alguna de esa gente le resulta tan imposible aceptar el mundo exterior. Pero no estoy seguro de nada. De lo que sí no tengo dudas es de que es un problema gravísimo.

–¿Insinúa que el idioma es la raíz del problema?

–Quizá. Pero, cambiando de tema, me han dicho que hay una universidad en España en la que es obligatorio hablar en gallego.

–Igual que es obligatorio en Cataluña compartir el catalán con el castellano.

–¡Pero no me compare el catalán con el gallego! El catalán es un idioma importante, con una literatura impresionante. Pero el gallego, ¿por qué ha de ser obligatorio en una universidad?

–Porque dicen que es una parte esencial de su identidad.

–Pero eso significa que vamos a seguir dividiéndonos en pequeños grupos regionales, y eso despierta el odio étnico, como el que existe en los Balcanes. ¡Fíjese también en lo que está ocurriendo en Bélgica!

–En España también hay nacionalismos muy potentes, y en algunos de ellos, como en el vasco o en el catalán, hay fuerzas queriendo independizarse de España.

–Yo vivo en cuatro idiomas, escribo y pienso en cuatro idiomas, sueño y hago el amor en distintos idiomas. Así que no soy la persona más adecuada a la que preguntar por los nacionalismos.

–De eso, de hacer el amor en varios idiomas, habla usted también en su libro.

–Por eso defino la traducción simultánea como un orgasmo. Estoy muy orgulloso de esta idea. Es divertida y quizá lleve a un mejor entendimiento de la situación. El orgasmo compartido es raro. Normalmente, la mujer simula tener un orgasmo al mismo tiempo que el hombre. Son demasiado generosas. Pero cuando ocurre ese orgasmo simultáneo es verdaderamente un milagro.

–En el caso de España, ¿tendremos que vivir siempre con nuestras divisiones?

–Puede que vaya a peor. Porque el gobierno tiene muy poca elección. Lo que ocurrió en Irlanda es un milagro; puede que no le guste Tony Blair, pero si a ese hombre no le dan el Nobel de la Paz... Estuvo negociando durante diez años sin perder los nervios ni la paciencia. Que eso no se pueda hacer igual con los vascos, no lo entiendo.

–Lo han intentado.

–Es muy trágico... Ahora bien, déjeme volver a Cataluña. Hay tres lugares en los que uno está realmente en Europa. Son Dublín, Barcelona y Milán. Cuando te sientas en un café en La Rambla o en un pub de Dublín o en La Galleria de Milán, Europa funciona. Madrid está mucho más aislado de Europa que Barcelona. Madrid es una ciudad fantástica, una de las capitales del arte en el mundo, pero sigue estando aparte. Barcelona está abierta al mundo entero, y creo que es porque tiene el mar.

–En este libro, que es compendio de libros fracasados, usted habla de la maldad humana, pero lo compensa hablando del lado solidario de los seres humanos, de la compasión, de la amistad...

–Sí, todo eso está en cada uno de nosotros, y depende de las circunstancias. Si nos hacen pasar hambre, nos volvemos unos salvajes. Si hacen daño a nuestros hijos, somos capaces de matar a sangre fría. No olvidemos que somos animales.

–Y otro asunto que le preocupa es que esos personajes, precisamente, están siendo relevados por estrellas mediáticas.

–Hegel decía que toda nueva tecnología es una nueva filosofía. Bill Gates o sus ingenieros han cambiado el mundo. Google ha cambiado la percepción, la memoria, el cómo nos comunicamos. La tecnología es la fuerza más creativa del momento. Del mismo modo que el cine y la televisión son las formas más creativas de expresión. Sí, están llenos de basura, pero toda gran cultura ha tenido mucha basura. Hay una o dos revoluciones que se avecinan y tienen que ver con el trasplante de la memoria. Según estudios recientes sobre la memoria, no estamos muy lejos de implantarles chips de memorias a personas con Alzheimer. Les darían un pasado artificial. Si eso ocurre, ¿qué pasa con el yo?

–¿Y la otra revolución?

–Está por llegar, me da mucho miedo y francamente prefiero no estar vivo. Podremos vivir una media de 120 años. Muy pronto podrán rejuvenecer células. Seremos reemplazables, como el motor de un coche. Hoy, ser un investigador de biogenética es estar subido a una escalera mecánica que va cada vez más rápido. ¿Qué pasará cuando los jóvenes tengan que cuidar y alimentar a tanta gente mayor? La próxima guerra civil puede ser ésta.

–Parece el tema de una novela de Saramago.

–De una novela y de una pesadilla. Los jóvenes de hoy tienen que pagar impuestos, residencias de ancianos, la comida, la casa. Hay cada vez más ancianos. Creo firmemente en el derecho a la eutanasia. Es un horror envejecer sin dignidad. Antes, las familias más o menos se podían hacer cargo de sus ancianos. Pero ya no pueden. Quizá la próxima crisis sea generacional.

–¿No la hay ya?

–No, estamos conteniéndola, hoy los jóvenes no andan por ahí asesinando a los viejos. En ciertas culturas esquimales lo hacen. Cuando llega el invierno, los jóvenes obligan a los mayores a salir de la casa o del iglú, a morir, para que puedan sobrevivir los jóvenes.

–¿Y existe alguna luz, profesor, se ve algo después del túnel?

–Hay países emergentes, culturas que se van imponiendo, China, por ejemplo. Creo que el próximo poder artístico, intelectual y científico vendrá de la India. Tenemos muchos alumnos chinos y son muy buenos tomando notas y diciendo sí a todo. Sin embargo, los indios discuten, te preguntan.

–Por cierto, ¿usted usa nuevas tecnologías?

–No. Mi mujer tiene un procesador de textos e Internet, pero yo no. Escribo a mano. No creo que se pueda escribir literatura importante en un procesador de textos, porque siempre te parece bonito lo que has hecho.

–En las nuevas tecnologías es curioso que lo que determina el futuro se llame “ratón”.

–Ahí está, conduciendo a millones de niños a conocer, sin moverse de casa o del colegio, todo el Louvre o la primera versión de un soneto de Góngora. Eso es maravilloso. Pero soy un optimista de la catástrofe. Le voy a poner un ejemplo. En las trincheras, durante el blitz, la gente leía a Dickens, a Homero y a Shakespeare. Cuando las cosas van mal, la gente vuelve a la calidad. Sienten un vacío enorme y un ansia de calidad.

–Su padre le enseñó a aprender, a gozar aprendiendo, y usted sigue aprendiendo.

–Todos los días.

–Se le nota, sus libros transmiten entusiasmo por aprender.

–Fui muy afortunado, porque me enseñaron a usar los músculos de aquí arriba (de la cabeza). Aprender es usar los músculos del alma y de la mente para que no se duerma. El cerebro está tan bien organizado que si uno lo ejercita, se producen cosas maravillosas. Y llega un momento en el que se empiezan a abrir puertas hacia dentro. Si eres un buen profesor, ése es tu trabajo: abrir las puertas hacia dentro. Fui muy feliz haciendo ese trabajo.

Por Juan Cruz *

* De El País de España. Especial para PáginaI12.

Publicado enInternacional
Martes, 05 Abril 2011 11:18

La colonia penitenciaria

La colonia penitenciaria

 

 

Edición 2011. Formato: 22 x 22 cm, 22 páginas. Ilustrado a color

P.VP: $20.000 USD: $7 ISBN: 978-958-8454-21-4

 

 

Reseña:

Clásico y bello cuento de Kafka, que retrata algunas de las manifestaciones más atroces del autoritarismo. Obra fundamental para que los jóvenes se inicien en lecturas matizadas por la filosofía y la psicología.

Ilustrado por: Luis Eduardo Sarmiento Ch.

 

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Viernes, 22 Octubre 2010 17:59

El tejido literario de Germán Espinosa

El 17 de octubre pasado se cumplieron tres años de la muerte del prolífico novelista, cuentista, ensayista y biógrafo Germán Espinosa, escritor que dejó un fuerte legado cultural a la humanidad. Además, cuando se quiera hablar de las cinco plumas que resultan claves en la historia de Colombia, no se podrá dejar por fuera el nombre de Germán Espinosa.

Nació en Cartagena de Indias el 30 de abril de 1938 y murió el 17 de octubre de 2007 en Bogotá. En los últimos siete años de su vida, escribe las que serían sus últimas tres novelas de literatura contemporánea: La balada del pajarillo, en la que narra la historia de un descenso a los infiernos, que transcurre en las últimas dos décadas del siglo XX; Cuando besan las sombras, historia de una experiencia con lo sobrenatural, ambientada a comienzos del siglo XX, en la que una pareja de amantes se traslada a una mansión colonial de Cartagena, y allí comienza a presentarse una serie de impresionantes fenómenos que los lleva a descubrir el oscuro pasado; y Aitana, en la que narra el horror al que puede llegar el ser humano si se deja llevar por su fanatismo, pero, más que eso, por su propio yo. Aitana muere en octubre de 2005 bajo una desgracia que ha caído sobre su esposo, escritor que hace las veces de narrador, por negarse a escribir el prólogo para el libro de un poeta mediocre que se convierte en brujo y luego en el demonio mismo.

Estos son apenas los últimos libros que escribió, porque, tratándose de Germán Espinosa, tenemos que hablar de uno de los de los cinco escritores colombianos más importantes, además de uno de los más prolijos, que tuvo en su haber más de 40 libros; de un escritor que recorrió todos los terrenos literarios (poesía, novela, cuento, ensayo, dramaturgia y crónica); de un escritor que se dejó seducir por el tema de la fantasía, y no en vano: en la gran mayoría de sus cuentos y en algunas de sus novelas encontramos una renovación de las historias de vampiros, brujería y fantasmas que siguen rondando por el mundo en busca de un amor.

En su primera novela, Los cortejos del diablo, historia ambientada en los tiempos de la inquisición española en Cartagena de Indias, el autor desea liberarse de las revoluciones de su tiempo, pero sobre todo del fanatismo, la sinrazón y el intelecto, para lo cual se sumerge en la historia de la Ilustración francesa y logra una de las novelas más interesantes de la literatura colombiana; una obra de sátira, prácticas heréticas y culto supersticioso que se le rinde al diablo. Unos 12 años después logra una de las novelas más interesantes de la literatura colombiana, La tejedora de coronas, que se convirtió en su obra cumbre.

'La tejedora de coronas'

Esta novela ve la luz en 1982. Magistralmente escrita, su puntuación no es convencional, ya que el autor utiliza 19 puntos y aparte para darle fin a cada uno de los capítulos, y el resto se reduce a comas. No por ello la novela pierde su dinamismo ni se hace ininteligible. Por el contrario, es tan amena, tan interesante, que el lector no quiere parar de leerla sino al finalizar cada capítulo. Además, está considerada como la segunda más importante de la literatura colombiana del siglo XX. Con esta obra ganó su sitio como el escritor colombiano más importante después de Gabriel García Márquez.

La tejedora de coronas es una novela muy lúcida en la que Espinosa centra la historia en Genoveva Alcocer, su protagonista, mujer poco convencional que muestra la sexualidad femenina llevada al límite, en una época en la que cualquier expresión de la mujer era reprimida por una sociedad hipócrita, llena de moralismos y caretas. La protagonista de esta historia vive alejada de prejuicios, lo cual le permite desarrollarse libremente, dejando de lado cualquier sentimiento de vergüenza o culpa, a pesar de los señalamientos provocados por sus actos, que la llevan a la hoguera.

La novela se convierte en un viaje fascinante por un pasaje de la historia de la Cartagena del siglo XVIII, y la mentalidad, el espíritu y la realidad del hombre de la época, en la que el saber, el intuir y el crear eran un peligro, pues se podía ser considerado como hereje y condenado a la mayor pena inquisidora, en un período en que la astrología, la matemática, la alquimia y los mitos que dominaban el Viejo y el Nuevo Mundo, la intolerancia y la guerra eran temas prohibidos. Pero también se aprecia la decadencia de la superstición al ver la crueldad y el afán de poder dominados por la inteligencia, la intuición y la proyección de nuevos pensadores, de los inventores, de los revolucionarios y los disidentes.

Germán Espinosa, por su libro La tejedora de coronas, recibió un gran reconocimiento de la Unesco por haber creado “una de las obras representativas de las letras humanas”. Una razón más para que los lectores y en general los amantes de la literatura recuerden al creador de esta obra, quien falleció el 17 de octubre de 2007.
Publicado enEdición 162
Qué engreído es el cerdo y otras fábulas

 

Edición 2010. Formato: 22 x 22 cm., 22 páginas. Ilustrado a color.

P.VP: $ 20.000  USD: $7  ISBN: 978-958-8454-13-9

 

 

Reseña:

Fábulas recuperadas del baúl de las abuelas, ilustradas con la imaginación del presente para ser leídas por niños y niñas a solas o en compañía de sus mayores.

Ilustraciones:  Omar Guio

 

 

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Miércoles, 24 Marzo 2010 17:29

Tú también puedes ser un escritor

La escritura es un oficio poco estimulado entre las nuevas generaciones. Pero soltar la mano es factible. Aquí, una motivación.
 
La literatura necesita nuevos escritores, gente joven con nuevas ideas pero sin olvidar los logros, los estilos y las corrientes que han dejado los consagrados. Se requieren jóvenes escritores con imaginación, que quieran tomar el reto de estar frentea la hoja en blanco para darle una forma lteraria. 
 
No es necesario estudiar una carrera determinada; ni la literatura ni el periodismo ni la antropología, entres otras carreras, son requeridas ni obligatorias para tener la sensibilidad necesaria para escribir. De ejemplo podemos tomar a Ernesto Sabato, que estudió en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas y logró un doctorado en Física; luego, gracias a una beca, realizó trabajos investigativos sobre radiaciones atómicas en los Laboratorios Curie en París, sí, los que descubrieron el radio y el polonio. Escribe grandes novelas como El túnel, Sobre héroes y tumbas, Abaddón el exterminador y Antes del fin. O también a Antoine de Saint-Exupéry, aviador que escribió El principito, entre otras obras. Tampoco es condición indispensable escribir novelas extensas, como Los miserables del Víctor Hugo o el Ulyses de James Joyce, de más de 900 páginas. No. Eso no es necesario. Puedes escribir un cuento tan corto como el que se considera el más corto del mundo, El dinosaurio, de Augusto Monterroso, y que quiero compartirlo con ustedes: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.
 
Ya no tienes excusa por la extensión. Ahora pondrás como pretexto que la literatura es sólo para hombres. Si piensas así, estás equivocada. Voy a ponerte sólo algunos ejemplos: Emily Brontë, autora de Cumbres borrascosas; Marguerite Duras, de El amante; y, para no ir tan lejos, Doris Lessing, galardonada en 2007 con el Premio Nobel de Literatura, de quien se destacó El cuaderno dorado. Y si deseas una de las nuestras, nombro a Laura Restrepo, ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2004, con su Delirio. 
 
Quizá con esto resuelto, podrás argüir que un impedimento es la edad. Tampoco lo es. Porque Edgar Allan Poe publicó por primera vez a los 18 años con Tamerlán y otros poemas, pero Miguel de Cervantes Saavedra, escribió La galatea, su primera novela. a los 38 años. Puedes escribir desde la edad que desees, siempre que tengas algo para contar y compartir. El estilo lo impones tú. Puedes hacer desde un cuento hasta una novela sin necesidad de especializarte ni en lo uno ni en lo otro. Te cito un ejemplo: el colombiano y Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez 1982 escribió Doce cuentos peregrinos, Los funerales de la mama grande, Ojos de perro azul, todos ellos cuentos, y también La hojarasca, El amor en los tiempos del cólera, Del amor y otros demonios, El coronel no tiene quien le escriba y la que está considerada como su obra cumbre, Cien años de soledad, todas novelas, entre muchas otras. Otro caso: Orhan Pamuk ha hecho ocho novelas y recibió el Nobel de 2006; o un cuentista consumado como fue el argentino Jorge Luis Borges. No es si no que te atrevas. 
 
También puedes optar por la poesía, como el chileno Neftalí Ricardo Reyes, conocido como Neruda, a quien también le fue otorgado el Nobel en 1971 y de quien se destacó su Canto general. Ahora sí creo que no tienes pretexto para hacerlo. Ya puedes ver que no hay límites, porque puede escribir lo que desees, desde cuentos cortos, ensayos, poesía, hasta tragedias como las de William Shakespeare. Y por qué no filosofía, como Platón, Descartes, en fin; o novelas extensas. Tienes muchas herramientas y ningún pretexto. Ya puedes empezar; tomar todos los géneros artísticos y literarios para hallar tu propio camino.
 
En Colombia, en los últimos dos años, han comenzado a premiar a jóvenes estudiantes y maestros en concursos de cuento, y, aunque esto no es suficiente, todo depende de jóvenes como tú. ¡Ánimo! Claro que creo que no faltará alguno que otro consejito para que llegues a ser tan grande o mucho más que uno de los que ya te mencioné, y que, si siguiera con los nombres, nunca terminaría porque hombres que han dejado enseñanzas a la humanidad hay tantos como granos de arena en el mar. 
 
El primero: debes leer, leer y leer, mucho, de lo contrario no podrás ni tan siquiera remedarlos. Ese no es un pretexto, porque en Bogotá se han creado puntos estratégicos en los cuales puedes conseguir libros prestados, además de que hay bibliotecas que ya muchos han olvidado. Ese es mi primero y más grande de todos los consejos y el de todos los escritores. Si quieres llevar tu imaginación a lugares aún insospechados por el hombre, no debes olvidarlo jamás. El segundo: escribir. Debes hacerlo todos los días. Puedes escribir media cuartilla sobre lo que te sucedió en el colegio, en la universidad, en tu trabajo, o lo que quieras plasmar en esa hoja en blanco a la que debes darle forma literaria. La escritura es un oficio que encuentra su perfección con la práctica. El tercero: ser disciplinado tanto con la lectura como con la escritura. Con eso solucionado, y si perseveras, podrás obtener igual o mayor reconocimiento que alguno de los escritores ya mencionados. 
 
Espero que antes de terminar la lectura de este artículo ya hayas ido a pedir un libro prestado a la biblioteca y estés listo para escribir la primera media cuartilla de hoy. ¡Ah, y no olvides entregar el libro, porque otros también desean leerlo, al igual que tú!
Publicado enEdición 155
Domingo, 15 Noviembre 2009 09:22

Milton y Bolita

Milton y Bolita

 


Cuento infantil ilustrado a color
Edición: 2009. Formato: 22 x 22 cm. 28 páginas
P.V.P.: $ 20.000 USD: $7  ISBN: 978-958-8454.09-2

 

Historia escrita por León Tolstoi, donde se narran las aventuras de Milton y su fiel compañero, un dogo negro llamado Bolita.

 

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La literatura colombiana sobresale en este momento a raíz de varios premios otorgados a escritores (novelistas y poetas) de reconocido talento estético.

Este año ha sido pródigo en galardones para Colombia. William Ospina ganó el Premio Rómulo Gallego con su novela El país de la canela; Evelio Rosero Diago recibió un premio internacional, The Independent, por su novela Los Ejércitos; Juan Manuel Roca es Premio de Poesía Casa de América por su obra Biblia de pobres; y Ángela Becerra, con su obra Ella que todo lo tuvo, recibió el Premio Planeta Casa América en México.

En todos estos galardones, varios colombianos fueron finalistas. Roberto Burgos Cantor, con La ceiba de la memoria (Rómulo Gallegos); Víctor Paz Otero con Bolívar. Delirio y pasión (Rómulo Gallegos); Juan Gabriel Vásquez, con Los informantes (The Independent).


Verdadera efervescencia literaria


Evelio Rosero Diago construye en Los ejércitos una narración en que el autor refleja la crudeza de esa guerra donde hay varios ejércitos que cercan a la gente común y corriente. Se trata de una de las más innovadoras revisiones en torno del tema de la violencia.

Biblia de pobres es un poemario acerca de los orillados, los desplazados, los mendigos, los desaparecidos, los masacrados, los falsos positivos, en el cual Roca hace una analogía con los grabados de la Biblia Pauperum sin el carácter religioso, mas sí con el pagano. El libro de Roca no le da la espalda a la guerra y la violencia: es un libro un tanto áspero en esa visión. Por su parte, con El país de la canela, Ospina retrata la conquista violenta del continente americano por los españoles.

Estas novelas y poemarios indican que en Colombia hay una literatura viva, con gente que escribe y que publica. Los premios son sólo un signo, una expresión de algo que es mucho más grande, con gran calado y de mayor hondura en nuestra cultura. Al profundizar en el tema, los críticos literarios identifican escritores agrupándolos a partir de ciertos cánones que los articulan en sus metáforas, metonimias y tropos. Se identifican románticos, centenaristas, cuadernícolas, costumbristas, desencantados, piedracielistas, modernos, dadaístas, nadaístas, posmodernos y mutantes.

O. Media Rivera (1) propone caracterizar a los novelistas colombianos de este principio de siglo como la Generación mutante, una especie de hibridación de géneros, mixtura de códigos culturales que han sido aprehendidos y superación de los límites clásicos de lo que es la literatura y de lo que no es. Son lo que en el argot juvenil estudiantil de clase media se conoce como “nerds chéveres”, o sea, aquellos estudiantes buenos, interesados por múltiples campos intelectuales que incluían las matemáticas, las ciencias biológicas, la filosofía y la literatura universal, pero que, a la vez, eran excelentes jugadores de fútbol, basquetbol, béisbol, ajedrez, cartas, así como bailarines de salsa y de disco al estilo travolta.

Estas características se reflejan hoy en esta generación de escritores que tienen uno o más títulos universitarios de campos humanísticos y tecnocientíficos, y asimismo son jugadores activos de ajedrez y en general nunca han padecido el síndrome de “escritores malditos”.
 
Son mutantes Juan Diego Media, Julio César Londoño, Rigoberto Gil Montoya, Santiago Gamboa, Jorge Franco, Octavio Escobar Giraldo, Philip Potdevin, H. Abad Faciolince, Laura Restrepo, Piedad Bonnett, Pedro Badrán, Dora Mejía, Ángela Becerra, E. Rosero Diago, William Ospina, J.M. Roca, Darío Jaramillo, Elkin Restrepo, Rafael Chaparro, Enrique Serrano, Mario Mendoza, Fernando Quiroz, Juan Carlos Botero, Roberto Burgos Cantor, Víctor Paz, Gonzalo Mallarino, Fernando Rendón, Julio Paredes, Efraín Medina, Rigoberto Gil Montoya, Eduardo García Aguilar, Juan Gabriel Vásquez, Boris Salazar, Cecilia Caicedo, Gustavo Colorado, Fernando Macías, Fernando Vallejo, Guimar Cuesta, Marco Antonio Valencia, Horacio Benavides, Alonso Sánchez, Harold Alvarado Tenorio, Mario Rivero, Giovanni Quessep, Héctor Escobar Gutiérrez, Hernando López Yépez, Dora Castellanos, Conrado Zuluaga, Mauricio Gamboa, David Jiménez, Jaime Alberto Veles, Juan Carlos Moyano, Óscar Torres, Fernando Herrera, Rómulo Bustos, Marta Patricia Mesa, José Raúl Jaramillo, Amparo Romero, Enrique Serrano y otros.

La Generación mutante retoma temas capitales, desde muchas sensibilidades y voces, consagrando su energía a la escritura, sabiendo que en Colombia, como lo expresa Ospina, hoy todavía vivimos el sabor del descubrimiento por muchas razones distintas, una de las cuales es la guerra; otra, la fragmentación del territorio por falta de una presencia verdadera del Estado.

Este núcleo de nuevos escritores actúa asumiendo que la literatura es capaz de narrar, en ocasiones dramáticamente, la ambigüedad propia de un “mundo interpretado”, un mundo que muda velozmente y acerca del cual realizamos múltiples redescripciones. Sabiendo que el principal instrumento de cambio cultural es el talento de hablar en forma diferente respecto del mundo y sus instituciones, más que el talento de argumentar bien. Sabiendo además que el lenguaje y la cultura no son más que una contingencia, en expresión de Rorty, el resultado de miles de pequeñas mutaciones (2). Y sabiendo que el cambio de juegos de lenguaje y de otras prácticas sociales puede producir seres humanos de una especie que antes nunca había existido.

Con la Generación mutante, la literatura contribuye en esta cultura a la ampliación de nuestra capacidad de imaginación moral, porque nos hace más sensibles en la medida en que profundizamos nuestra comprensión de las diferencias entre las personas y la diversidad de las personas. Es la literatura, en la pulsión mutante, lo que hoy promueve un sentido genuino de solidaridad humana, pues la razón literaria, en la medida en que es una razón estética, es una razón sensible al sufrimiento del otro.

Con la Generación mutante estamos entendiendo que sin una imaginación literaria no es posible conmoverse ante el mal. La educación sentimental y literaria busca constituir individuos capaces de indignarse ante el horror que produce una masacre, una desaparición, un desplazamiento, un falso positivo, la venalidad de los políticos.

En la Generación mutante es posible entender que la fuente original del lenguaje y del conocimiento no está en la lógica sino en la imaginación, en la capacidad radical e innovadora que tiene la mente humana de crear metáforas, enigmas y modelos. Por eso, las convicciones más profundas son el resultado de un logro poético y creador del pasado.

Acercarse a la obra de la Generación mutante y difundirla bien puede ser un formidable emprendimiento que convoque la voluntad popular y democrática de los colombianos, en un proyecto que tenga una referencia asentada en la realidad cotidiana, por encima de la mezquina manipulación de los dueños ocasionales de un decadente y excluyente poder político.
Publicado enEdición 147