Martes, 25 Octubre 2016 14:18

Crímenes sublimes

Crímenes sublimes

Capítulo 6

 

Está oscureciendo cuando Marlowe sale de la oficina del decano. La luz que comienza a extinguirse forma extrañas figuras contra la pared de las fotografías del corredor. Marlowe siente a ambos lados la mirada inquisitiva y un tanto diabólica de los filósofos, lo que le produce una sensación poco confortable. La sensación de extrañeza aumenta cuando ve hacia la derecha un bulto apenas perceptible, escondido atrás de una puerta de madera. El bulto mueve una de sus manos y se pierde en las sombras. Marlowe lo sigue sin pensar demasiado. Detrás de la puerta de madera hay una sala de estudio en penumbra con varias mesas ubicadas lado a lado, cada una con una pequeña lámpara simétricamente localizada en la esquina superior derecha. Todas las mesas están vacías. Hacia el fondo, al lado de una estante con libros gruesos de tapa oscura el bulto le hace señas para que se aproxime. Marlowe observa rápidamente hacia los lados y con una mano en el bolsillo le quita el seguro a su arma. Al acercarse se da cuenta que envuelto en un sobretodo gris, tapándose casi toda la cara, está el mismo joven que había salido un poco antes de la sala del decano. “¿Por qué tanto misterio?”, pregunta Marlowe. “Hable bajo, por favor”, dice el joven con una expresión de pavor en el rostro. “¿A qué le tiene tanto miedo?”. “Esto no es un juego, detective. Mi vida puede estar en riesgo por hablar con usted”. “Veamos si es verdad”. “Es sobre el asesinato del profesor Zubiria”. “¿Sí?”, dice Marlowe escéptico. “Yo sé quién está detrás de su muerte”. “¿Y por qué está tan seguro?”. “Porque él mismo me lo dijo, días antes de su muerte en...”. Se escucha un ruido a lo lejos, como de un vaso que se rompe contra el piso, lo que hace temblar un poco más al joven. “Tranquilo”, le dice Marlowe, “continúe”. “El profesor Zubiria estaba a punto de denunciar al Club del Fuego del Infierno y me confesó que su vida corría peligro.” “¿El Club del Fuego del Infierno, está bromeando?”. “No, no es ninguna broma. Así se hacía llamar el grupo de DeQuincey”. Otra vez De Quincey, pensó Marlowe, algo no andaba bien. “¿Y qué clase de grupo es ese?”. “No lo sé exactamente, Zubiria no me lo dijo. Pero dijo que lo que hacían era antiético y peligroso.” “¿Qué más sabe usted del grupo?”. “Sé que hay gente muy importante involucrada, intelectuales, políticos, militares. Se reúnen una vez por semana. Aparentemente es un grupo de estudios pero no sé cuál es su objeto”. “¿Y por qué un grupo de estudios de filosofía iba a ser tan peligroso. Me parece que está jugando conmigo joven y créame, no me gusta para nada que jueguen conmigo”. “No estoy jugando detective. No sé por qué sería peligroso, sólo le digo lo que el profesor Zubiria me dice”. Marlowe pensó que el joven decía la verdad, era demasiado nervioso e ingenuo para estar inventando todo. “¿Sabe usted dónde se reúne el grupo?”. “No, no lo sé y Zubiria no me lo dijo”. “Está bien”, dice Marlowe, “agradezco su colaboración”. “Un momento”, dice el joven, tomando a Marlowe por el brazo. “No me puede dejar aquí, necesito protección policial, un arma, algo...”. A Marlowe la actitud de aquel joven comenzaba a irritarlo. Con un movimiento brusco soltó su brazo, le dio un golpe en el rostro con la mano abierta y lo sacudió

 

Conferencia Williams Primera parte

 

“Damas y Caballeros, he tenido la honra de pronunciar en esta fría noche bogotana la conferencia anual Williams sobre el asesinato considerado como una de las bellas artes. En primer lugar quiero agradecer al comité por haberme elegido este año para tan importante tarea. Espero sinceramente estar a la altura de sus expectativas. Especialmente me siento muy honrada de hablar hoy en presencia de uno de nuestros principales maestros y conocedores, el señor Thurtel.” [Los miembros del comité aplauden e inclinan un poco la cabeza en señal de respeto hacia Thurtel. Thurtel devuelve el saludo con otra leve inclinación de cabeza]. “Déjenme comenzar estas palabras esta noche refutando algunas acusaciones que nuestra sociedad ha recibido recientemente”. [Algunos miembros del comité observan de reojo hacia la esquina de la sala donde el profesor está sentado junto a su esposa]. “Se ha dicho que las actividades de nuestra sociedad poseen un carácter inmoral. ¡Inmoral! Damas y caballeros. ¿Puede haber una acusación más absurda? Aunque parezca innecesario decirlo tendré que recordar algunos de nuestros principios básicos. Afirmo en voz alta, como creo que es el sentimiento general de nuestra sociedad, que el asesinato es una línea de comportamiento inconveniente y no dudo en afirmar que cualquier persona que comete un asesinato debe seguir formas de pensar incorrectas y principios equivocados”. [Se escuchan algunos murmullos en la sala y gestos de aprobación]. “El asesinato, queridos amigos y amigas, como todo en este mundo posee dos maneras de aproximación y de entendimiento. El asesinato puede ser comprendido desde un punto de vista moral, lo que sucede con demasiada frecuencia y constituye, en mi opinión, su lado más débil. O el asesinato puede ser tratado estéticamente, es decir, en relación al buen gusto. Cuando un asesinato está en el tiempo futuro que está a punto de llegar –no ejecutado, ni siquiera siendo ejecutado sino apenas próximo de ser ejecutado– y un rumor sobre él llega a nuestros oídos, tratémoslo moralmente. Pero supongamos que terminó, que ya fue ejecutado, es un hecho consumado. Supongamos que el hombre o la mujer asesinados ya no sufren más y que el villano que realizó el acto desapareció, veloz como una flecha. Supongamos también que hicimos hasta lo imposible por tratar de detener al villano pero no lo conseguimos. ¿Cuál sería, queridos colegas, después de este momento, la utilidad de cualquier uso de la virtud? Ya bastante fue dado a la moralidad. ¡Llegó la vez del Gusto y las Bellas Artes! [Al terminar la frase hay una explosión de júbilo entre los presentes. Con excepción del profesor que continúa con el rostro tenso en el fondo de la sala].

Publicado enEdición Nº229
Jueves, 20 Octubre 2016 06:56

De la cítara a la guitarra

De la cítara a la guitarra

La concesión del Premio Nobel de Literatura de este año a Bob Dylan ha turbado a muchos, porque la Academia Sueca abre sus puertas augustas a los cantantes de música popular. Ya había roto sus cánones tradicionales el año pasado, al galardonar a la periodista Svetlana Alexievich, lo cual asombró también a no pocos, y quisiera empezar mis reflexiones por este rumbo, el periodismo como género literario, antes de entrar a las canciones, también como legítimo género literario.

La extrañeza vino en aquel caso de que no se premiaba una obra de ficción. La Academia dijo de Svetlana que "su obra polifónica es un monumento al valor y al sufrimiento de nuestro tiempo"; y esa obra, de verdad polifónica, está compuesta de páginas en las que se relatan verdades, reportajes maestros que no tienen nada que ver con la imaginación, como es regla en el periodismo. Una escritora que trabaja con las palabras y consigue de ellas que resplandezcan por su belleza, y nos revelen historias de sufrimiento y esperanza que trascienden por su belleza.

Eso es la literatura, se trate de hechos inventados o de hechos reales. Si la Academia se ha adelantado un tanto, pudo haber dado el Nobel por estas mismas razones a Ryszard Kapuscinski, muerto en 2007, quien hizo del periodismo un arte de sorprendente aliento y belleza, amparado en el rigor de la investigación fatigosa del reportero que va de país en país, de los palacios de los tiranos a los campos de batalla, de las ciudades abigarradas a los guetos y a los campamentos de refugiados.

Es la literatura que Rubén Darío creó en la lengua española en la crónica periodística donde retrató, también de manera polifónica, el mundo que le tocó vivir; la crónica como relato que no pierde el vuelo literario, retomada después por Gabriel García Márquez, un género que hoy se multiplica con vigor y rigor entre los jóvenes periodistas del siglo XXI.

Y ahora, las canciones. ¿Por qué un músico?, se extrañan muchos, ¿un cantante pop, un roquero? Es como si el olimpo de los dioses de la literatura se rompiera a pedazos ante una profanación semejante. Pero la decisión no es el fruto de un capricho, ni de una provocación, sino que ha sido detenidamente meditada, y asumida por unanimidad. La secretaria permanente de la Academia, Sara Danius, al anunciar el premio para Dylan declaró algo que me parece fundamental: "Si miramos miles de años hacia atrás, descubrimos a Homero y a Safo. Escribieron textos poéticos hechos para ser escuchados e interpretados con instrumentos. Sucede lo mismo con Bob Dylan. Puede y debe ser leído".

Tampoco improvisa cuando dice que "Dylan es un gran poeta en la gran tradición de la lengua inglesa desde William Blake en adelante, un creador que ha mezclado la música popular del blues del Delta y el folclor de los Apalaches con el simbolismo de Rimbaud, además de reinventarse de forma continua y construir una nueva identidad".

Para muchos es una forma desconcertante de distinguir la literatura de Estados Unidos, ausente de los premios Nobel desde la extraordinaria novelista Toni Morrison, galardonada en 1993, una literatura a la que la misma Academia había señalado de ser demasiado "insular", a pesar de nombres que siempre están en el oído, como Joyce Carol Oates y Philip Roth.

Y para que quedemos aún más claros de la seriedad de esta decisión, Per Watsberg, otro de los académicos, afirma que Dylan es "probablemente el más grande poeta vivo". Y estamos hablando de la misma entidad que en los últimos treinta años ha puesto en su lista de premiados a Joseph Brodsky, Octavio Paz, Derek Walcott, Seamus Heaney y Wisława Szymborska. Una lista indiscutible.

Pero me interesa volver al tema de los aedas. Ciertamente, la poesía, en sus orígenes, fue cantada en los atrios, en las plazas y en los mercados, y sus versos relataban historias de héroes y dioses, viajes, batallas, amores y tragedias. Salman Rushdie, el reconocido novelista hindú que permanece con justicia en las quinielas del Premio Nobel, dice que Bob Dylan "encarna la condición del aeda, esa figura fundamental de la cultura antigua griega que fundía en su persona poesía, música, baile, canto, teatro, artes plásticas".

Por siglos, la poesía siguió siendo cantada, un cantor acompañándose de un instrumento de cuerdas, y por eso tiene un metro, un ritmo, una cadencia. Los bardos, juglares, trovadores, son los poetas errantes que seguirán cantando la poesía, creándola y recreándola. No tenían enfrente un micrófono, ni sus canciones se grababan en discos, pero quienes los escuchaban guardaban en la memoria letra y melodía y podían recordarlas y repetirlas. Música y poesía. Volvemos a lo mismo cuando oímos a Paco Ibáñez, a Joan Manuel Serrat o a Amancio Prada, cantar a los poetas que leemos a solas.

Y es aquí adonde quería llegar. Aunque con ruidos disonantes, las puertas de la legitimidad poética se abren con esta decisión a la poesía popular cantada en todos los idiomas. Las letras de las canciones que lo merezcan empezarán a entrar en las antologías de poesía, como debe ser. El Premio Nobel para Bob Dylan ayudará a borrar ese doble rasero que hipócritamente hemos inventado, el de exaltar la poesía escrita y despreciar la poesía cantada, tangos, boleros y baladas, aunque nos conmueva y lloremos al oírla.

Ya Jorge Luis Borges nos había enseñado que no debe ser así. Escribió letras de milongas a las que Astor Piazzola puso la música. Hay poesías de Rubén Darío que pueden ser cantadas como tangos, o como boleros, pues tienen la medida justa para eso.

En adelante debemos hablar de las poesías de José Alfredo Jiménez y de Alfredo Le Pera, de Homero Expósito y Álvaro Carrillo. Es un largo viaje a través de los milenios, de la cítara a la guitarra. Por primera vez, un rapsoda recibirá el Premio Nobel con la guitarra en bandolera.

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Cuando las canciones son un vehículo para la literatura

La decisión de la Academia sueca despertó reacciones de toda clase, pero sus fundamentos parecen claros: “Dylan se inscribe en una larga tradición que remonta a William Blake. Un gran poeta en la tradición de la lengua inglesa, muy original”.

 

Es de manual: exceptuando recortes interesados, lo objetivo dura siempre lo que el hecho. Nada más. El resto, como decía Nietzsche, es pura interpretación, subjetividad, opinión o capricho. El hecho, en este caso, es que a Robert Allen Zimmerman (más conocido por Bob Dylan) le otorgaron ayer el Premio Nobel de Literatura. Fue a través de la Academia Sueca y lo anunció su secretaria de tal ente, Sara Danius, a través de la televisión pública del país nórdico. “Bob Dylan se inscribe en una larga tradición que remonta a William Blake”, dijo Danius, en referencia al legendario poeta inglés muerto en 1827. La secretaria general de la Academia Sueca agregó que el premiado es “un gran poeta en la tradición de la lengua inglesa, muy original” y que “ha logrado reinventarse muchas veces a sí mismo, creando una nueva identidad”. Como cabía esperar ante tal nombramiento, provocó que el mundo de la cultura estallara en posiciones encontradas. ¿Un músico recibiendo un Nobel de literatura? ¿Qué es esto? ¿A quién se le ocurrió? ¿Cómo se atrevieron?, se dijo, tomando como punto de partida la “caprichosa” postura de los guardianes de la tradición a quienes tal vez se les escape que el hombre de las pocas y sarcásticas sonrisas –además de estar nominado para recibir el mismo premio desde hace veinte años– ya ha recogido galardones notables como un Pulitzer otorgado por sus composiciones líricas “de extraordinario poder poético”; un Oscar y un Príncipe de Asturias de las Artes (2007).


Mucho antes, allá por junio de 1970, Dylan había sido nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Princetown. Su nombre también figura en el Salón de la fama de compositores de Nashville, además de contar con otro antecedente: el título de caballero de la Orden de las Artes y las Letras con el que fue investido por el ex Ministro de cultura de Francia Jack Lang. Más cerca de este derrotero, el jurado tomó la decisión precisamente por las experiencias poéticas del hombre nacido en Minnesota en 1941. Puntualmente –o una de las causas contundentes– fue aquella recopilación de escritos, dibujos y acuarelas (como Drawn Blank, que a principios de este siglo se expondrían en varias galerías europeas) que el propio Dylan comenzó a delinear en épocas del controversial Pat Garrett & Billy the Kid (el de la genial “Knockin' on heaven´s door”, grabado en 1972, que da nombre a una de las películas en las que actuó). Pero también por un libro poco conocido como Tarántula, quizás eclipsado tras las estelas de grandes discos del segundo lustro de la década del sesenta como fueron Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde.


Tarántula es un libro en el que el músico cuenta acerca de sus hábitos y costumbres, durante el período que lo escribió, y sería como una especie de antecedente lejano de otro de los factores que justificaron la elección de la Academia para legitimar el premio: el perfil original de las letras de varias de sus canciones publicadas en el libro Lyrics y, sobre todo, en otro libro: el Volumen uno de Crónicas en el que, de manera mucho más ordenada y sistemática que el viejo y espontáneo Tarántula, Dylan cuenta su propia vida, tal vez cansado de que lo hicieran otros. De que “lo construyeran” bajo subjetividades ajenas. “Si miramos miles de años hacia atrás, descubrimos a Homero y a Safo escribiendo textos poéticos hechos para ser escuchados e interpretados con instrumentos. Sucede lo mismo con Bob Dylan. Puede y debe ser leído”, fue otra de las declaraciones de la Academia a través de su portavoz Danius, tomando en cuenta el libro publicado en el que Dylan dedica varios capítulos a sus primeros años de estadía en Nueva York, y también escribe profundo sobre los disco New Morning y Oh mercy. Aquellas crónicas, además, alcanzaron el segundo puesto en la lista de libros de no ficción más vendidos y fueron nominadas al Premio Nacional del libro. Pero cabe agregar que el modelo de estas Crónicas ya lo había anticipado unos treinta años, a través del disco Desire, cuyo estilo narrativo en sus letras lo acercaba al tipo de crónica de viajes.


También se ha tomado en cuenta el vínculo inquieto de Dylan con el cine, además de la versatilidad del artista en su impronta musical. “Como artista ha sido altamente versátil, y ha trabajado como pintor, actor y autor de guiones (...) se ha convertido en un icono. Merece el premio por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”, se anunció también a través de la red social de la institución, y acá entra el vínculo mencionado. Las performances cinéfilas de Mr. Zimmerman, por caso, en Corazones de fuego, de Richard Marquand (1987) donde hizo de Billy Parker, y en el largometraje Anónimos en el que, además de participar del guión, cumplió con creces el papel de Jack Fate.


Dylan recibirá por el premio la nada despreciable suma de 832 mil euros, además del diploma y la medalla de oro, algo que muchos –incluyendo a las casas de apuestas que suelen hacer su agosto ante estos acontecimientos– pensaban que recibirían el escritor japonés Haruki Murakami, el albanés Ismail Kadare o el estadounidense Philip Roth, que también repartían simpatías entre algunos de los dieciocho miembros del jurado.


Por supuesto que, teniendo en cuenta el talante de los competidores, las reacciones, los pro y los contra, no se hicieron esperar. Al contrario de la “pax romana” que se mantuvo con la ganadora anterior (la bielorrusa Svetlana Alexijevich), este premio suscitó sorpresas y posiciones disímiles entre hombres y mujeres de letras, de diversas latitudes. Entre los polos de sentido, cuando ocurre una novedad como esta, aparecen los negros, los blancos y los grises. Unos, revisionistas culturales de los buenos, celebraron la apertura de un criterio de elección que muchos pensaban hermético, mientras otros vieron al premio como una afrenta al libro como objeto, y al “escritor o narrador” como sujeto. Entre los primeros, uno de los que se hizo oír fuerte fue el novelista mexicano Alvaro Enrique, que escribió en su cuenta de Twitter sobre la antigua relación entre la poesía y la canción. Y fue a más, incluso. “La canción es un género literario mucho más antiguo que la novela, un bebé de cuatrocientos años”. En parecida línea se pronunció el escritor de Los versos satánicos, Salman Rushdie, quien se expresó en términos de gran elección y pensó a Bob como el heredero de la tradición bárdica. En el otro rincón se sentó el célebre novelista Irvine Welsh, autor de Trainspotting: “Me encanta Dylan, pero este premio es para mí una nostalgia mal concebida, arrancada de la próstatas rancias de hippies seniles”, pegó duro el hombre.


La verdad relativa –como “casi” toda verdad–, es que los literatos y críticos parecen apoyarse, en general, en compartimentos estancos para dar su interpretación del hecho. Por supuesto que si a Dylan se lo encorseta en la amalgama de sonidos folk, blues, rhythm & blues y rockeros que, por presentar un caso sintomático, convierten a Blonde on Blonde en uno de sus discos emblemáticos, este tipo de reconocimiento queda corto. Ahora, si por ejemplo se va a la letra de uno de las catorce canciones que pueblan aquella placa (“Just like a woman”, por caso), el sentido cambia: “Y tus insultos que perduran me lastiman, pero lo que es peor es el dolor que tengo acá adentro. ¿No se nota que no encajo?”, desgranaba un Dylan con un timbre de voz menos nasal que el de hoy pero igual de áspero, en el tema dedicado a su principal difusora por entonces, Joan Baez. Mucho mayor es la justificación si se toma como ejemplo literario la intrépida y larga “Sad eyed lady of the Lowlands” (“La dama triste de las tierras bajas”) cuyo texto casi barroco está construido desde imágenes tan intrincadas como conmovedoras.


Hay otros ejemplos de la época que los jurados pro Dylan tal vez no hayan pasado por alto, como la vieja “Dear Landlord”, parte de aquel nodal disco, muy en la línea folk rock, llamado John Wesley Harding. “Todos hemos trabajado demasiado duro / para conseguir lo que queremos / pero nadie puede llenar su vida / con las cosas que ve y no puede tocar”, canta Dylan. O la tremenda y surrealista “All along the watchtower” (“A lo lejos en la distancia / un gato montés gruñó / dos jinetes se acercaban / el viento empezó a ulular”) que cantó en el festival de la Isla de Wight, ante tres de los cuatro Beatles: John, George y Ringo, en quienes –viene al caso recordarlo– insufló inclinaciones poéticas, al menos en los primeros dos. “Acabábamos de escucharlo, y nos trasladó. El contenido de las letras de las canciones y simplemente la actitud, era increíblemente original y maravilloso”, comentó Harrison, luego de aquel concierto.


Otra pata que engancha a Dylan con la belleza poética se lee a través de quienes lo nutrieron e influyeron más allá de lo estrictamente musical. De quienes fueron sus antorchas. Por este camino andan Woody Guthrie, , el patriarca folk de quien prometió ser su heredero y a quien le dedico “Song to Woody”, una de las dos composiciones que incluyó en su disco debut, editado en 1962. Otras musas fueron Ramblin’ Jack Elliott, Pete Seeger o el mismo Dylan Thomas, de quien el músico tomó su apellido artístico, según consta en sus crónicas. También Allen Ginsberg, el poeta beat que una vez definió el tema “Chimes of Freedom” como una sucesión de cadenas de imágenes intermitentes; T.S Eliot, Ezra Pound, Sam Shepard, William Blake y Andrew Motion, por mencionar solo algunos. En suma, la sociedad, la política, la contracultura, el amor, el poder de la imaginación, la filosofía, el humor, la religión (como en la dupla Slow train coming / Saved), lo secular, el sexo, la carne, lo etéreo, y lo estrictamente estético–literario jamás estuvieron ausentes en la producción artística del nuevo Nobel de literatura y, aunque a veces pasa, es difícil que se equivoquen los que saben. O los que solo saben que no saben. Por caso, los que organizaron, como una prueba más por la positiva, simposios sobre su obra en las universidades de Maguncia, Bristol y Viena, cuando el futuro Nobel cumplía setenta años. Ahora tiene 75. Y estatura de gigante.

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Dario Fo, irreverente maestro del teatro subversivo, murió cantando

"Fue su gran final, resistió y siguió trabajando hasta que fue hospitalizado; hay que ponerlo en los manuales de medicina: el arte, la pasión y el compromiso político sirven", dice su hijo Jacopo

 

Milán.

El dramaturgo italiano Dario Fo, reconocido con el Nobel de Literatura 1997, artífice de una extensa obra irreverente y creativa, murió cantando.

Ayer en la mañana, en el hospital Sacco de Milán, falleció debido a problemas respiratorios y a complicaciones por una vértebra fracturada, el que fue un intelectual comprometido y referente moral para la izquierda de Italia. Él se definía como clown, pero era un maestro del teatro subversivo.

Los médicos del servicio de neumología dijeron que el paciente estuvo lúcido y cooperativo prácticamente los 10 días que permaneció en el nosocomio. Incluso se mostraron sorprendidos, pues hasta el miércoles, antes de que se agravara y tuvieran que sedarlo, Dario Fo cantó "horas", además de preguntar al personal sobre las noticias del país y el mundo, pues no podía ya leer los diarios.

Como rúbrica a una vida siempre a contracorriente, il arlecchino de Italia se fue un par de horas antes del esperado anuncio del ganador de Premio Nobel de Literatura 2016, como un último e involuntario acto antisolemne.

Él mismo fue reconocido en 1997 por la Academia Sueca por "la fuerza de sus textos, que simultáneamente divierten, atraen y brindan perspectivas".

El también actor festejó hace siete meses sus 90 años, rodeado de amigos y familiares en el Piccolo Teatro de esa ciudad, donde además presentó su libro Dario e Dio, escrito a cuatro manos con Giuseppina Manin, como reseñó La Jornada el pasado 24 de marzo, día del cumpleaños del dramaturgo.

Entonces se mostró vital y sorprendido de llegar a las nueve décadas "y no estar chocho. Se me olvidan ciertas cosas, pero nunca he producido tanto ni me ha apasionado y divertido como en estos tiempos", dijo a la prensa.

También participó en la apertura del Museo Franca Rame-Dario Fo, ubicado en el archivo de estado de la ciudad de Verona, que resguardará el acervo de Fo y de su esposa, fallecida en 2013, reunido a lo largo de 50 años, que contiene textos teatrales, manuscritos inéditos, manifiestos, libros y fotografías, además de vestuario, escenografía, marionetas y, en suma, toda su vida en 70 años de carrera.

Además, luego de 40 años de ausencia, Fo regresó a la televisión el pasado diciembre con un espectáculo dedicado a Maria Callas, protagonizado por Paola Cortellesi, última obra coescrita con Franca Rame, en la que quiso borrar la historia frívola de la vida de la cantante.

Autor de 70 libros, Dario Fo (1926-2016) dio voz y dignidad a personajes o hechos ignorados o manipulados por la historia, incluso corrigiéndola en sus textos teatrales de sátira política y social. Incomodó a más de uno por su empeño político de izquierda y por su constante desafío al poder y la hegemonía cultural.

Conocido en el mundo, y en particular en América Latina, donde participó en varios Festivales de teatro como el de Bogotá y Caracas a comienzos de los años 90 del siglo pasado, el teatro de Fo se caracteriza por un lenguaje absurdo en el que mezcla dialectos, latín, italiano y citas literarias.

Anticonformista, simpatizante comunista, admirador de la experiencia chilena con Salvador Allende, la comunidad teatral en el mundo lo llamaba "el maestro", y era uno de los autores teatrales más representados después de Goldoni.

Tan sólo en los recientes 12 meses publicó cuatro libros, además de Dario e Dio: Razza di zingaro, dedicada a Johann Trollmann (1907-1943), el mejor boxeador de Alemania, discriminado en el nazismo por ser gitano, que terminó en un campo de concentración, donde fue asesinado; Storia proibita dell’America, que muestra a algunos de los personajes estadunidenses que desafiaron el poder, empezando por el pueblo de los semínolas, única tribu india que jamás se rindió ante los colonizadores; Hay un rey loco en Dinamarca, novela histórica, en la que Fo recupera documentos inéditos que le permitieron reconstruir la manera en que Dinamarca alcanzó, durante el iluminismo, las bases para la construcción de un Estado moderno, en una historia de pasión amorosa, amargura y lucha por el poder.

Émulo de bufones medievales

Cuando Dario Fo recibió el Nobel de Literatura, la Academia Sueca dijo que Fo merecía el epíteto de bufón "en el verdadero sentido de la palabra. Con una exquisita mezcla de risa y seriedad abre nuestros ojos a los abusos e injusticias de la sociedad y también a la más amplia perspectiva histórica en que pueden ser ubicadas. Emula a los bufones del Medievo cuando critica a la autoridad y sostiene en alto la dignidad de los oprimidos".

El juglar y agitador político nació en Laggiuno-Sangiano, Varese, en el norte de Italia, hijo de un jefe de estación de tren y madre campesina. Desde temprana edad fue reconocido como "joven cascarrabias"; fue militante del Partido Comunista Italiano y mimo. Estudió pintura y arquitectura en la Academia de Bellas Artes de Brera, en Milán; sin embargo, la irrupción de la Segunda Guerra Mundial cambió sus planes de dedicarse al arte, pues dejó todo para unirse a la resistencia contra Mussolini.

Dario Fo comenzó su carrera colaborando en revistas satíricas en pequeños teatros y cabarets. Escribió su primera pieza dramatúrgica en 1944. En 1954 se casó con la actriz y escritora francesa Franca Rame, con quien fundó su propia compañía teatral en 1959.

Rame, su compañera de vida, con la que se casó por la iglesia, murió hace tres años de un derrame cerebral, a los 83 años. Fo no se repuso del todo del golpe: "soy ateo, pero Franca se me aparece todas las noches", comentó hace poco a sus allegados.

Procesado 40 veces por "delitos de opinión", es autor de la célebre obra de teatro Muerte accidental de un anarquista (1970), traducida y representada en muchos idiomas; uno de sus muchos textos por los que fue censurado por la cultura oficial y perseguido por la ultraderecha hasta el punto de que Franca Rame fue víctima, en 1973, de secuestro con violación por una banda fascista.

En 1980 las autoridades migratorias de Estados Unidos negaron a Fo permiso para entrar a ese país a causa de sus ideas políticas.

"Soy uno de los últimos marxistas que quedan, los otros se pasaron al Polo (coalición derechista encabezada por el ex fascista Gianfranco Fini)", ironizó alguna vez durante la presentación de sus puestas en escena.

Severo crítico de Berlusconi

Por supuesto, Dario Fo fue uno de los críticos más duros del ex premier Silvio Berlusconi, al que interpretó y ridiculizó en la comedia El anómalo bicéfalo (2003).

Sus obras siguen siendo "incómodas" en países como Turquía, donde hace apenas un par de meses fueron prohibidas por el presidente Erdogan. Cuentan que Fo, al enterarse, estalló en risas al comentar el hecho en una entrevista con el diario La Stampa: "Es como si me hubieran dado otro premio Nobel", dijo.

Misterio bufo, escrita en 1969, es considerada la obra más importante de Dario Fo, donde interpretaba él solo múltiples personajes y mostraba grandes dotes de mímica. En total escribió alrededor de 47 comedias, tres películas y más de 60 canciones.

Otras de sus obras son Los arcángeles no juegan al flipper (1959) y La mariguana de mamá es la más bonita (1976), farsa sobre el problema de la droga, inscrita en el llamado teatro de agitación.

El diario Corriere della Sera menciona que Jacopo, hijo de Fo, dio la noticia del fallecimiento del dramaturgo a la televisora RAI: "Ocurrió esta mañana a las ocho; fue su gran final, se ha ido. La única cosa sensata que puedo decir es que resistió y siguió trabajando entre ocho y 10 horas al día hasta que fue hospitalizado. Hay que ponerlo en los manuales de medicina: el arte, la pasión y el compromiso político sirven".

El concejal de Cultura del ayuntamiento de Milán, Filippo del Corno, informó que el funeral de Fo será en el Piccolo Teatro, donde el Nobel celebró en marzo con sus amigos, familiares, artistas y músicos sus 90 años. Ahora el foro será abierto al público para que se despida al escritor.

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Lunes, 26 Septiembre 2016 11:31

Crímenes sublimes

Crímenes sublimes
Capítulo 5

 

Después de redactar a toda prisa algunos informes urgentes, Marlowe vuelve a salir y sube en su auto. Ha dejado de llover pero el cielo continúa gris y la atmósfera pesada. Marlowe conduce algunas cuadras hasta la sede de la Universidad Central que ocupa un amplio campus cerca al Palacio de Justicia. Después de preguntar en la recepción camina hasta la Facultad de Filosofía ubicada en el costado oriental del campus en un edificio colonial que ha pasado por varias reformas. A lo largo del corredor Marlowe observa varias fotografías lujosamente enmarcadas de filósofos eminentes. Una de las fotografías le llama la atención. El hombre de la imagen tiene algo particular en la mirada. Algo que lo hace distinto. Una mirada que Marlowe reconoce, que ha visto otras veces en el pasado. De súbito recuerda que el nombre bajo la foto es el mismo del libro sobre la mesa de Zubiria.

 

Al final del corredor, una secretaria rubia habla animadamente por teléfono. Marlowe estira el brazo y corta la llamada. La mujer lo mira indignada. Intenta decir algo pero Marlowe la interrumpe mostrándole su placa. “Philip Marlowe de la policía metropolitana, necesito hablar con el decano Ruiz”. La rubia lo encara por algunos segundos y después marca un número en el conmutador. “El señor Philip Marlowe de la policía...”. Se queda en silencio un instante. Después cuelga y mira a Marlowe. “En un momento lo atiende, señor Marlowe”. Pasados algunos minutos un hombre joven cargado de libros sale de la oficina del decano y pasa rápidamente a su lado lanzándole una mirada furtiva. El decano Ruiz se asoma a la puerta y hace un gesto con su mano derecha. “Puede seguir detective”.

 

Ruiz es un hombre de unos sesenta años, negro, de complexión delgada. Todavía restan algunos cabellos en su cabeza que brilla bajo la luz de una lámpara de cristales. Está vestido con saco y corbata oscuros y lleva unas gafas doradas con pequeños aros redondos. Sus maneras son delicadas, lentas y elegantes. “Es terrible lo que ha pasado con Eliseo”, dice Ruiz sentándose en su silla atrás del escritorio y mostrándole una de las sillas del frente a Marlowe. “Es terrible”, dice Marlowe, “sabe usted de alguna amenaza, de algún motivo para asesinarle”. “No, por Dios”, dice Ruiz moviendo las manos en el aire. “No entiendo quién pudo haber hecho algo así. Eliseo era un excelente profesor. Un ser humano excepcional”. Ruiz habla de manera pausada y melódica como si estuviera dando una lección o recitando un poema. “¿Tenía problemas con algún colega en particular o con algún estudiante?”. “Había diferencias de opiniones sí, pero nada que llegara a configurar un enfrentamiento violento más allá de la confrontación puramente intelectual”. “¿Con quién, por ejemplo?”, pregunta Marlowe de manera directa. Ruiz duda un instante. “Bueno... Eliseo discordaba de algunas líneas de pensamiento propuestas por otros colegas de la Facultad”. “¿Quién?”, repite Marlowe. “No podría decirle un nombre...”. “¿Por qué no?”. “Bueno... no quiero que se piense que estoy señalando algún sospechoso”. “Lo que se diga en esta sala no saldrá de esta sala, no se preocupe”. Ruiz se queda pensativo un instante. Junta ambas manos sobre el escritorio. “Eliseo discordaba radicalmente de las tesis defendidas por De Quincey y su grupo de investigación. Llegaron a tener algunos altercados en congresos y seminarios. Todo, como le digo, dentro de un espíritu académico y de confrontación de ideas”. “De Quincey”, piensa Marlowe, el hombre misterioso de la fotografía. “Pero eso no quiere decir que el doctor De Quincey fuera capaz de algo así. De ninguna manera”, dice Ruiz, como arrepentido de haber señalado a su colega, “las discusiones entre el doctor Zubiria y el doctor De Quincey estuvieron siempre pautadas dentro de las normas académicas e intelectuales más rigurosas. Era una disputa de ideas, restringida exclusivamente al campo teórico de la filosofía y siempre con el mayor respeto y cordialidad que existe entre colegas”. “No se preocupe decano, no soy alguien que saca conclusiones a la ligera”. “Eso espero detective. La Facultad y la Universidad tienen una reputación que mantener. Estamos en un centro tradicional de formación de pensadores y profesionales. De hombres que han servido al país en muchos campos. Usted entiende lo que quiero decir...”. “Lo entiendo. Muchas gracias”, dice Marlowe levantándose de su asiento de improviso y alargando la mano hacia el decano. “Quisiera pedirle que me mantenga informado sobre la investigación, detective. Es muy importante para mí y para la Universidad”. “Lo mantendré informado”, dice Marlowe al salir.

Publicado enEdición Nº228
Sábado, 17 Septiembre 2016 11:26

Aún creemos en los sueños

Aún creemos en los sueños

 

La presente obra ilustrada contiene el texto de la intervención de Luis Sepúlveda durante el lanzamiento de la editorial chilena Aún creemos en los sueños, el 16 de abril de 2002 en la Biblioteca Nacional.

Allí, el autor de Un Viejo que leía novelas de amor, recuerda, con emoción, sus años de estudiante secundario, cuando soñaba con quedarse, escondido, todo un fin de semana en una biblioteca. Soñaba que los libros le hablaban con su lenguaje silencioso y le mostraban cada una y todas las palabras impresas.

Luis Sepúlveda también se refiere a sus otros sueños, "los de un mundo en donde el pilar fundamental de la existencia sea la fraternidad, en donde las relaciones humanas estén sustentadas en la solidaridad, un mundo en el que todos compartamos la necesidad de la justicia social y actuemos en consecuencia. Mis sueños son irrenunciables, son tercos, porfiados, resistentes, y se anteponen al horror de la pesadilla dictatorial. La defensa de esos sueños tiene que ver con el viejo debate entre lo bello y lo atroz, entre el bien y el mal en el sentido más pleno e intenso".

Con su particular y entretenido estilo, Luis Sepúlveda cuenta diversas anécdotas, recuerda el viaje a Chile del poeta español Marcos Ana y se refiere a su relación con los libros y también a los autores que lo marcaron, como Francisco Coloane, Lautaro Yankas, Nicomedes Guzmán y tantos otros que le enseñaron "que la patria era mucho más que una bandera".

Una de las características más sobresalientes de Luis Sepúlveda, además de su indiscutible calidad literaria, es su generosidad y su intenso compromiso con los actos de resistencia, con las causas justas o "causas perdidas", con todos los que sueñan con un mundo mejor.

 

Edición 2008. Formato: 22 x 22 cm, 40 páginas
Ilustrado por: Lewis

 

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Miércoles, 27 Julio 2016 17:59

Crímenes sublimes

Crímenes sublimes
 
 
Capítulo 3

 

La casa de Eliseo Zubiria y Martha Braun está ubicada en el barrio Colina, al occidente de la ciudad, en un condominio cerrado formado por un conjunto de casas blancas de dos pisos, con techos de tejas rojas en forma triangular. Después de identificarse en la entrada y de esperar por algunos minutos, Marlowe es autorizado a seguir. El portero le indica la ubicación de la casa y le dice que puede estacionar el auto en el garaje de la propiedad. El cielo ya se ha puesto negro de nuevo y es probable que empiece a llover en cualquier momento. Antes de bajarse del auto, Marlowe piensa en lo difícil que se pondrá el tráfico cuando tenga que regresar al centro en medio de la lluvia.

 

Una empleada vestida con uniforme gris abre la puerta y le pide para esperar en la sala. “La señora ya baja”, dice. “¿Quiere tomar algo, un café, agua?”. “No, gracias”, dice Marlowe mientras observa un cuadro que ocupa casi toda la pared del fondo de la sala. En el cuadro el cuerpo desmembrado de un hombre reposa sobre una pequeña mesa de metal. El fondo de la pintura es de un rojo intenso. Alrededor del cuerpo aparecen algunas figuras abstractas que remiten a animales mitológicos y objetos litúrgicos. “Es un regalo del pintor”, dice una voz femenina. Marlowe se voltea. “Philip Marlowe, detective de la policía metropolitana”. “Martha Braun”, dice la mujer mientras aprieta firmemente la mano de Marlowe.

 

Martha Braun es una mujer alta, de tez blanca y cuerpo delgado pero compacto, como el de una mujer que practica algún deporte o va al gimnasio con frecuencia. Está vestida enteramente de negro y lleva gafas oscuras. Las uñas de ambas manos están pintadas de negro. Su rostro y su cuerpo aparentan dureza, pero en el fondo, piensa Marlowe, parece como si estuviera a punto de derrumbarse. “¿En qué le puedo ayudar detective?”. “Sé que es un momento difícil señora Braun, pero quisiera saber si el señor Zubiria había recibido alguna amenaza, si había notado algo sospechoso en los últimos días”. La señora Braun se sienta en el sofá de la sala y se queda mirando en silencio hacia el frente. Marlowe no sabe si mira el cuadro o si tiene los ojos cerrados. Pasan algunos segundos en que el silencio parece abarcar la atmósfera por completo. De repente la señora Braun dice: “No sabía de ninguna amenaza. Eliseo siempre fue un hombre pacífico. Odiaba la violencia. No entiendo por qué alguien quisiera asesinarlo.” “¿No tenía problemas políticos?”. La señora Braun esboza una leve sonrisa. “¿Políticos? Ustedes del gobierno creen que toda persona pensante es un terrorista ¿no es cierto?”. Marlowe no sabe qué responder. Odia tanto el gobierno como sus enemigos más acérrimos. “No, Eliseo no era ningún terrorista, era sólo un hombre con ideales, quizás era eso, demasiado idealista”. “¿Tenía problemas con algún colega de la universidad?”. “Siempre los hay. La academia está llena de enfrentamientos. Pero son luchas teóricas. No es motivo para asesinar a nadie.” Marlowe piensa que cualquier motivo es suficiente para asesinar a alguien, pero no dice nada. “¿Su marido frecuentaba algún grupo, algún lugar en particular?”. “Iba algunas veces a un grupo de estudio con algunos colegas y estudiantes. Discutían filosofía y estética. No sé si es eso a lo que se refiere. Eliseo no salía mucho y últimamente no viajábamos a causa de su enfermedad.” “¿Enfermedad?”, pregunta Marlowe interesado. “Eliseo había sido diagnosticado con cáncer de pulmón, estaba muy avanzado cuando lo descubrieron...”. Después de estas palabras la señora Braun mueve la cabeza de un lado a otro. De repente se lleva las manos al rostro y empieza a sollozar. Marlowe la observa en silencio. Ella señala con el brazo una sala contigua. “Puede revisar su estudio. Me disculpa”. Se levanta del sofá, camina un tanto apresada por el corredor y sube las escaleras hacia el segundo piso.

 

El estudio de Zubiria es un espacio amplio e iluminado. Las paredes están llenas de estantes con libros que llegan hasta el techo. En un extremo hay un escritorio de madera con algunos libros y papeles encima. Marlowe se acerca a los estantes. Ve algunos títulos que reconoce pero la gran mayoría son libros desconocidos para él.

 

Sobre el escritorio de madera ve varios libros en inglés de un autor que no conoce, un par de diccionarios, un block de notas y una agenda. Abre la agenda y revisa las anotaciones de los últimos días. Reuniones en la universidad, visitas al médico y una sigla, CFI, que se repite varios jueves en la noche. Toma la agenda y el block de anotaciones e instintivamente los guarda en un bolsillo de su chaqueta. Sale del estudio y busca a la señora Braun o a la empleada de uniforme pero no ve a nadie. La puerta de entrada no tiene llave, así que la abre, sube a su auto y va a enfrentarse con el tráfico caótico de la ciudad mientras gotas enormes comienzan a precipitarse desde lo alto como un castigo divino.

 


Capítulos 1 y 2 : http://www.desdeabajo.info/ediciones/item/28864-crimines-sublimes.html

 

 

 

Publicado enEdición Nº226
Viernes, 24 Junio 2016 15:36

En defensa de la literatura

En defensa de la literatura

“La diferencia entre un paranoico y un hombre normal, es que a éste lo persiguen de verdad”

Hace muchos meses que no empezaba el primer día de la semana con una buena noticia y un buen impulso: Gustavo Zuluaga Ángel, antropólogo del equipo de trabajo del periódico desdeabajo - Le Monde diplomatique, vino a casa y, tal como me lo había prometido el sábado, me entregó el recibo cancelado de cuatro meses de mora de teléfono. Era hoy, 27 de mayo, el último día de plazo antes de que Une reportara a la central de riesgos a la propietaria de esta casa que la perra Lupa y yo hemos levantado contra viento y marea como nuestra carpa urbana en estos últimos siete años; la más dura tarea que tiene que enfrentar un habitante popular de una ciudad colombiana: levantar un techo, tomarlo en arriendo, mantenerlo. En estrato 3. He de suponer que mañana ya tendré de nuevo conectado el servicio. En realidad no es ningún servicio telefónico, sino el negocio telefónico. Pero bueno, de nuevo seré un cliente activo y por iniciativa propia podré volver a comunicarme con mis amigos. Por suerte existen el internet y el whatsapp del celular, que suplen funciones del teléfono. Pero ambos en mi caso dependen de la línea telefónica, y para planes de celular no dispongo de dinero, como le pasa en Colombia a un considerable número de propietarios de celular. “No tengo minutos”, “No tengo datos”, son frases muy comunes. Solo los estratos altos mantienen el celular a full. Es difícil ser pobre, y más lo es cuando el argumento para serlo es la devoción por la literatura, la que incluye entre una de sus metas, la crítica a la sociedad.

Ayer no más, caminando por estas calles, como lo hacemos algunos domingos del año, el escritor Líderman Vásquez me contaba de lo mal que está económicamente el poeta Raúl Henao, muy reconocido y querido por sus lectores, y por demás, habitante del barrio San Javier, nombre de la famosa Comuna 13, la de las operaciones “Mariscal” y “Orión”, la de las Escombreras, la de los desaparecidos. A propósito, barrio este cuyas paredes del parque biblioteca por estos días se han venido renovando con grafitis que recuerdan las operaciones militares conjuntas entre las Fuerzas Armadas y los paramilitares para sembrar el miedo, el terror y el desconcierto entre la población, desde los tiempos nefastos de la primera y segunda presidencia de Uribe, tan manchadas de sangre humilde. Dicen las paredes, frontales a la calle San Juan: “No más falsos positivos”, “Yo te nombro (libertad)”, “Intervención militar nunca más”, “¿Dónde están?”, y otras más, con ese derroche de colores de la nueva conciencia juvenil anti-sistema.

Cuando a uno le cortan el teléfono, por un tiempo entran pero no salen llamadas, porque el negocio de Une es precisamente que la gente se llame. Por lo que veo, el límite de mora es de cuatro meses, antes de quitar definitivamente la línea y reportar al “propietario”, a la misteriosa central de riesgos; algo así como una lista de Schindler, pero al revés: para condenar.

Gustavo Zuluaga Ángel quedó contento con la colaboración que le presté para el mejoramiento de un texto de una estudiante suya, rural, para un concurso sobre el tema del ahorro, del Banco de la República, y además de pagarme el servicio prestado (que no negocio), por iniciativa suya quiso pagarme también el teléfono. Así funciona la solidaridad popular. Acaba de salir de aquí. Puedo decir que esta vez quien se me apareció fue de verdad un Ángel. Buenos recuerdos tenemos los dos. Hace algunos años, cuando la multitudinaria marcha nacional del 6 de marzo de 2008 contra el paramilitarismo y los crímenes de Estado, convocada en respuesta a la fascista convocatoria del 4 de febrero del mismo año contra la guerrilla, el periódico desdeabajo publicó mi cuento Un beso de amor eterno, que habla de las fosas comunes; en un tiraje de cinco mil números, que circuló principalmente en Bogotá. Así que cuando Gustavo y yo nos vemos por ahí en la calle, nos guiñamos el ojo y seguimos para adelante. Para eso sirve también la literatura, para formar lazos de resistencia.

¿Puede un ser humano cuya única responsabilidad externa es cuidar de su hija o compañera perra, dejarse cortar el teléfono no más que por leer? Pienso que sí, para quienes consideramos que no existe oficio más sustancioso que leer literatura y que, por lo demás, poco más sabemos hacer en la vida, dados los contradictorios caracteres propios de la condición humana. Así como un músico se dedica a la música y un pintor a la pintura. Al establecimiento no le gusta que los pobres leamos por vocación, ve un peligro en ello, por lo menos ve una pérdida de tiempo, algo no rentable.

Sartre dijo por ahí que se leía unos 300 títulos al año. No sé cuántos me leeré yo, pero sí algunos cientos, y por ahí entre esas lecturas se va animando el otro oficio mejor: la escritura de literatura, que mal que bien nos da el modo de vivir a los escritores, no solo por los textos que vendemos, sino sobre todo por los trabajos anexos que esto conlleva: corrección de textos, asesorías de tesis, publicación en medios populares, etcétera. Y así nos mantenemos a flote en este naufragio.

«La desgracia de ser escritor joven» es un título de una nota periodística de Gabo, del 9 de septiembre de 19811, en la que se refiere a las dificultades que tiene que pasar aquel escritor que todavía no ha saltado a la palestra de la fama (o que no quiere saltar, también pudiera mirarse desde ahí, desde este punto de partida de la objeción de conciencia), título ese que se puede cambiar por «la desgracia de ser escritor pobre». ¿Cuántos escritores pobres tiene Colombia? Cientos, supongo, todos frente al pelotón de fusilamiento de los servicios públicos, del arriendo, de la comida, del transporte.

En mi caso ya hice el recorrido completo de habérsenos quitado todos los servicios a los que por el solo hecho de habitar la ciudad debiera tener garantizado un ciudadano de Medellín, dada la tanta plusvalía que se supone ha creado ya el pueblo antioqueño a lo largo de los años, suficiente para subvencionar a los quedados, entre los que se cuentan, por razones obvias, los escritores.

El capital no duerme, ataca. El capitalismo es el mayor impedimento para que yo lea (leer es uno de los insumos básicos del escritor; el otro, por supuesto, es la vida), propósito que hasta ahora no ha podido conseguir; de ahí su malestar con mi persona. Se arranca los pelos solo con el fin de no verme leer un lunes a las tres. Me persigue, me acosa, me acorrala, me apabulla, me humilla, me ordena que no lea. Es un matoneo pertinaz, una máquina de demoler conciencias, orquestada por la agencia de arrendamientos y las empresas de los servicios públicos. Así que doy por cumplida en mí la máxima aparecida en Diccionario triste: “La diferencia entre un paranoico y un hombre normal, es que a éste lo persiguen de verdad”2. Todo el establecimiento se ha puesto de acuerdo para que yo no lea, es la verdad. Me piden como condición para leer tener plata, y la plata, como se sabe, no la tienen sino los ricos. Como con un vicioso de la base de cocaína, les da rabia que yo, a pesar de todo, sea feliz sin producir bienes materiales, sino espirituales, mientras otros trabajan; que al decir de Jaques Derrida, en Retóricas de las drogas (fotocopia) es la razón para que la sociedad aísle al drogo, en este caso al lector, que ve pasar el tiempo de una manera distinta a como lo ven pasar los demás; inmersos como están, estos últimos, en el engranaje del capital como condición para su libertad. Este otro camino es válido, es el de los proletarios, no lo niego, cada quien con su circunstancia; pero no es mi caso, a pesar de las cadenas que nos unen a los proletarios y a los escritores. Hay escritores que no sabemos hacer otra cosa en la vida sino subvertir individualmente los valores de una sociedad que aunque potente, moralmente decadente, o por lo menos bastante cuestionada. Las empresas de telefonía son un ejemplo, al convertir a un escritor en su víctima. ¿Leer?, no, eso no entra en ninguna categoría de las que tenemos establecidas, parecen decirnos.

Como escritor, por definición de lo que significa ser escritor, hablo y vivo por fuera del sistema. Esto es un don, el más preciado de todos, porque es bello en sí y por su valor testimonial. Siempre he considerado que una vida sin principios es una vida que no vale la pena ser vivida, y uno de estos principios es mi no rotundo al sistema, a su estructura económica, a sus valores, a sus medios masivos de comunicación y alienación. ¿Qué otra cosa es pensar? Y como el hombre siempre está atado a una dualidad: no sólo debe garantizarse su existencia, sino también justificarla, hay quienes le damos preponderancia a esta última. O, como dijo Enrique Buenaventura en el poema De algunas cosas que han sucedido en cierta isla: “[...] pero ¿qué puedo hacer? / desde hace muchos años uso la misma ropa”3.

No tiene sentido dar un listado de los títulos leídos en esta temporada que pasé sin teléfono, esa forma como Demetrio Macías (el de Los de abajo), o Susana San Juan (la de Pedro Páramo), o Pietro Crespi (el de Cien años de soledad), u Horacio Oliveira (el de Rayuela), o Arturo Cova (el de La vorágine), o Esteban y Víctor Hugues (los de El siglo de las luces), o Tonio Kröger (el de Tonio Kröger), o Billy Bud (el de Billy Bud, marinero), o el príncipe Fabrizio Salina (el de El gatopardo), o Tereso Arango y el Perro (los de La mascarada, libro de Alberto Moravia que casi nadie conoce y es una acerva crítica a las ridiculeces del poder), o los Houyhnhnms (esos inteligentes seres de una de las islas de Los viajes de Gulliver), y otros grandes y pequeños personajes de la literatura universal se han metido por segunda, tercera y hasta por cuarta y quinta vez a mi casa, como una sinfonía que se repite, porque siempre enseña; como es apenas normal que suceda en el hogar de un escritor. A casi nadie estos nombres les dice nada, absortos como están en las labores de su subsistencia. Pero a otros Nadie, dedicados a la literatura, sí nos dicen bastante estos nombres, no como dato de cultura y de engreimiento, sino como carta de navegación para la vida, como la mejor manera de usar el tiempo presente y proyectar el del futuro, en este torrentoso mar de la creación que implica la crítica y el desnudamiento de lo presente. No cantamos para el rey, cantamos contra el rey.

Ayer no más, en el paseo con Líderman, quien es el más grande y analítico lector de literatura que conozco, cuyas crónicas en “Universo Centro” gustan tanto a sus lectores, además de rajar de Bioy Casares como personaje del cuento de Borges Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, y de las obsesiones coprológicas en las obras de algunos grandes escritores como García Márquez, D.H. Lawrence, o Henry Miller y Charles Bukowski, y del sexo en Borges –temas aparentemente baladíes, pero que no lo son tanto cuando se trata de indagar por la condición humana–, nos encontramos con una venta de libros de calle, cerca del parque del barrio Antonio Nariño, de la Comuna 13, al que fuimos a conocer. Líderman compró dos libros, uno que yo me fijé: la novela Bajo el volcán, del escritor inglés Malcom Lowry, que me lo regaló, y él se compró una novela de John Steinbeck: Dulce Jueves. Hablamos, por supuesto, a propósito de este autor, de Las praderas del cielo, un libro que nos gusta a los dos y que por cierto nunca supe quién se me quedó con él, en ese normal tráfico de libros de autopréstamo en que nos desenvolvemos los que carecemos de recursos para acceder al moderno mercado de los libros. No más estas conversaciones de literatura con Líderman, en las que diseccionamos la sociedad, en las que confrontamos puntos de vista, valen mucho más que cuatro meses de mora en servicio telefónico. Por no hablar de las conversaciones literarias con el escritor Jairo Orrego, médico de Medicina Legal en Bogotá, con el escultor y también escritor Alonso Ríos, quien fuera jefe de taller de Rodrigo Arenas Betancur, o de las bondades literarias y culturales de Jhonny Zeta, de la paciente e incisiva Revista Quitasol, de Bello, Antioquia, o del valioso trabajo de comunicación popular del periódico El Colectivo, de una de sus cabezas, el articulista y magnífico escritor de cuentos de la más dura realidad, Rubén Zapata y, en fin, de los tantos amigos míos –trabajadores los más– visitantes de esta casa de la calle San Juan que no cambiamos el placer y la formación que nos produce leer, por ningún bien material del mundo; ni aunque el sistema nos persiga con su chantaje, de la desconfianza que le produce que muy a su pesar existan seres humanos libres.

No cambiaré el chip como me lo sugirió en estos días mi amiga Beatriz Pineda, la mujer de la clase trabajadora que más lee literatura en Medellín, al menos que yo conozca, en el sentido de aquella obrera que se crió descalza en La Dorada, que nunca pasó por la academia y que lee y asimila mucho más y mejor de lo que por común sucede con tantos universitarios de las clases altas. Tal vez porque las mujeres, dicen, son más pragmáticas. Pero no, Beata, dejar de leer no, ni aunque me corten el teléfono. Tal vez es que a ella le duele ver en Colombia a tanto talento frustrado por un sistema que para ayudar al arte propugna por el unanismo de los concursos y las convocatorias, lanzando a los creadores al ruedo de las peleas de perros, robándoles la materia prima sobre la que trabajan: el tiempo. Momo, la de Michael Ende, lo sabía mejor que nadie, en su lucha sagaz contra los personajes de gris.

Y hay un colofón para esta nota, sucedido poco después que desdeabajo se retirase de aquí: al fin me suspendieron definitivamente la línea telefónica, a pesar del pago realizado al cuarto mes de mora y a pesar de las buenas intenciones de Gustavo Zuluaga. No sé aún si lo hizo la propietaria de la casa, o la agencia de arrendamientos, o Une; no importa para efectos de estas líneas, el coro antiliterario es el mismo y nuestros códigos son contrarios. Pero no dejaré de leer, no. Hoy la lectura de literatura es uno de los caminos de revolución y evolución de la sociedad, y no ningún distractor.

 

* Esta es la crónica 50 de la calle San Juan, ejercicio literario que el autor viene compartiendo por correo electrónico con sus amigos desde hace dos años. San Juan es una de las principales avenidas de Medellín, donde se ubican las sedes del poder político de la ciudad: La Alpujarra, Empresas Públicas, Une, etcétera.

1 Notas de prensa 1980-1984. Grupo Editorial Norma, 1995, p. 195.

2 Diccionario triste, Ediciones Noche verde –autoedición–, 1998, p.65.

3 Revista Universidad Cooperativa, N. 63, mayo-agosto 1995, p. 62.

Publicado enEdición Nº225
Viernes, 24 Junio 2016 15:10

El arte de seducir al tiempo

El arte de seducir al tiempo

Escribir es del quehacer humano de los más complejos, bellos y dicientes del espíritu de los hombres que durante siglos han dedicado inimaginables esfuerzos a encontrar en la palabra un nicho de sabiduría. La escritura es el arte de reflexionar, de imaginar, de contar, y explicitar aquello que nos desborda, aquello que nos constituye como seres pensantes capaces de seducir al tiempo con una idea escrita, para que sea inmortal en un legado que como el de Aristóteles por ejemplo, pueda llegar a ser universal y atemporal.

La escritura es ante todo una reflexión que cautiva por su textura, su delicada pero drástica manera de expresar aquello que en la desnudez del pensamiento es auténtico y considerado como relevante para que nazca al mundo, por ello se insiste tanto en que al develarnos como escritores, elijamos muy bien las palabras y apreciemos qué es digno de ser contado y cómo, en qué tono y con qué silencios contarlo. Y es que pese a la rigurosidad con que debemos escribir ésta no es el limitante de lo que queremos decir, sino el compás que nos permite decir las cosas con belleza. Como quien elige las notas para hacer una melodía memorable, así la trama argumentativa es el resultado de la impetuosidad que expone un texto límpido y gustoso de ser leído. Creo que esto es a lo que refiere Platón cuando en el Fedro Sócrates nombra a aquel discurso que “se escribe con ciencia en el alma del que aprende; capaz de defenderse a sí mismo, y sabiendo con quien hablar y ante quienes callarse”.

El discurso escrito se convierte en un fenómeno al que acude la consciencia y la reflexión desde antes de su creación, en la formación y disciplina de quien escribe, siendo entonces constituciones del texto esta conciencia y reflexión que le permite surcar e invadir el pensamiento de quien lo lee, defenderse y acusar desde su más autónomo sigilo, logrando además despertar en los niños la curiosidad por el saber, en los jóvenes las ansias por acudir a las utopías, en los adultos las ganas por dejar mella en el mundo y en los viejos la memoria. Así la importancia de una escritura reflexiva consiste en ser un canal que transmita saberes, impresiones, pensamientos y todo aquello que aspiremos a transmitir, que simiente y provoque afecciones en quien las recibe y pueda llegar a ser movido a cultivar en el grado más alto y con la más devota convicción en los jardines de las letras.

Sin embargo este ejercicio de escritura reflexiva que abona los jardines, ha sido relegado por la superproducción en serie de textos que informan o persuaden en una vaguedad altiva propiciada por la presión que prescriben los marcos de la composición de textos académicos, el comercio de la palabra como un autor de estas cordilleras llamo en alguna ocasión al compra-vende de textos.

Parece profética la apreciación que de la escritura hacía Thamus, habiéndose inundado las revistas, los libros y demás, con textos que funcionan como fármacos para la memoria, “(las escrituras) es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde afuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos”. Esto indica que en la mayoría de los casos los estudiantes no tienen una formación en escritura, en estilo, en la forma, las pautas, la sustentación y el uso de puntuación para que el texto respire, sino que se ven obligados a hincar todos sus esfuerzos en dar cuenta de los conceptos, los autores, y la información a la que acudieron para darle un contenido, creando textos que tienden a ser una recopilación de información y no textos críticos que dan cuenta de una reflexión.

La escritura académica se centra entonces en lo que se dice y no en el cómo se dice, y es precisamente este cómo lo que resalta a un texto, así como en el discurso oral habrá que tener convicción y tono para presentar la fuerza de un argumento, en la escritura el cómo componerlo es la voz que hace memorable un escrito.

Claro, tampoco podemos hacer a un lado el imperio de la imagen y la oralidad que a partir del siglo XX se consolidan como constitutivos de lo social y que ha traído como consecuencia el desdén por la escritura. La facilidad para acercarnos a la imagen que no cuestiona, ni pone a prueba nuestros conocimientos es más atrayente que el mismo ejercicio de escritura. Es por ello que la escritura hoy en día tendría que ser ante todo no una obligación académica, sino, una actividad que inspire, en la cual nos regocijemos y liberemos aquellas cosas que nos atraganta y nos desespera al punto tal de no poder reprimirlas y tengamos que acudir a un papel para escribirlas, haciendo de la escritura un ejercicio de reflexión individual consiente.

El deleite de escribir es propio del individuo que escribe por gusto, por los placeres más mundanos que se albergan en él cuando escribe, cuando ve aparecer ante si las palabras que se le representan y toman su vida propia, su momento oportuno para nacer al mundo. Las palabras en su concepción más ínfima, son un producto del espíritu y los impulsos que encuentran en el papel la manera de esculpir un argumento y ser en el mundo bajo el clímax del tiempo, un reflejo revestido de autonomía de la explicites de un hombre que piensa.

La escritura reflexiva como testigo de seres críticos, cumple un papel sumamente importante que las instituciones políticas no desconocen. No es casualidad que en las distopías literarias, a los hombres convertidos en la extensión de la máquina o del partido, se les prohíba escribir ya que este ejercicio se considera peligroso y se le señala directamente como un crimen, porque escribir conlleva al ejercicio crítico y audaz de crear un mundo paralelo donde nada es prohibido y todo es permitido. El ejercicio creativo de la escritura hace que personajes como D-503 protagonista de Nosotros, y Smith de 1984 que son fieles servidores de la firme y omnisciente macroestructura, se conviertan en un peligro que debe ser eliminado por poner en duda todo aquello de lo que no se puede ni se tiene porque dudar. Así, autores como Orwell o Zamiatín, afirman en sus obras que los individuos escriben y reflexionan pero los autómatas escuchan y obedecen, valdría la pena fijarnos si estas premisas son factibles en nuestro entorno.

Por último, cabe señalar que la escritura como arte que seduce al tiempo, despliega la fuerza del pensamiento sedicioso que es, a su vez, un constructo crítico en donde el resultado de la reflexión es el valor de la misma escritura.

Publicado enEdición Nº225
Jueves, 23 Junio 2016 07:09

Ciudadano Saramago

Ciudadano Saramago

 

Comprometido, optimista, informado y memorioso

 
Hace seis años, el dieciocho de junio de dos mil diez, nos dejaba una de las personas que más y mejor entendió el papel de la ciudadanía en la construcción de la democracia. En fechas repletas de movimientos estratégicos por detentar el poder, uno, el que sea, porque en el fondo a la mayoría lo que les importa es tenerlo, conviene no perder de vista algunas de sus palabras:


“Ésta es una sociedad falsa. Quiero decir... inexistente. Pienso que para que una sociedad exista, debe darse una cierta unión entre sus miembros, no un continuo estado de competencia. Lo que hoy vivimos es la tiranía de un sistema que ha conseguido que el hombre que se mueve dentro de él sea fácilmente desechable.”


Era un gran escritor y un buen periodista que analizaba la realidad con optimismo, a pesar de las muchas desgracias que azotaban y azotan el panorama mundial, pero con aguda mirada y sin perder de vista la memoria


“¿Qué es eso de una sociedad mejor? ¿Qué significa eso? Hay que relacionar la sociedad concreta con sus medios. Hace dos siglos no se podían resolver problemas para los cuales tenemos ahora remedio. La cuestión es saber si los medios de que disponemos los usamos para responder los problemas de ahora, de hoy, de nuestro tiempo. No tiene sentido que la gente se siga muriendo de hambre. No me interesa si la sociedad de ahora es mejor o peor. Lo que verifico es que no es mejor de lo que podría ser.”


José de Sousa Saramago nació en Azinhaga (Portugal) el 16 de noviembre de 1922 y murió en Tías (Tenerife, España) el 18 de junio de 2010. Le concedieron el premio Nobel de Literatura en 1998 “por permitirnos, a través de parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía, aprehender una realidad esquiva”.

 


De la lucidez a la ceguera


Sus reflexiones sobre la lucidez y la ceguera son profundas muestras sobre el conocimiento de una política hueca en una sociedad huera, al menos esa mitad mal llamada desarrollada que parece no tener más afán que consumir y morir enriquecida por el empobrecimiento de la otra mitad.


Las enfermedades mentales transmutan en físicas para narrar lo débil y falso de un sistema que ha convertido en incompetentes las relaciones humanas y sus instituciones. Tal como él decía: “Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven.”


En estos años desde que se fue, su memoria, sus ideas y sus acciones siguen tan vivas y actuales como cuando estaba entre nosotros. Y si no, revisen, por ejemplo, sus Cuadernos de Lanzarote (1993-1995) cuando nos decía:


“Si el centro no va a la periferia, irá la periferia al centro. Con otras palabras: Europa está hoy “cercada” por aquellos a quienes abandonó después de haberlos explotado hasta las propias raíces de la vida.”


Que tan acertada visión de lo que por estos días se han encargado de publicitar y vender, pretendiendo crear conciencia, estados varios y ciertos organismos internacionales con motivo del día de la persona refugiada (insistiendo además en el masculino “día del refugiado”, cuando la mayoría son mujeres y niñas).


El año de su muerte le dediqué un tardío y póstumo homenaje en la página 25 del número 12 del renovado Tribuna, órgano de expresión de la Federación de Servicios al a la Ciudadanía del sindicato español Comisiones Obreras, curiosamente esa ciudadanía a la que él tan bien leyó y a la que tanto sirvió.


Su literatura nos enriqueció, “era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras”. Sus discursos nos motivaron, como el que ofreció hace diez años, el 17 de junio de 2005, en la Casa de las Américas en La Habana (Cuba). Tras explicar cómo en España, unos años antes, le habían reunido junto a un grupo de personas para que presentaran propuestas para el milenio, que se convirtieron en puro delirio, Saramago nombró la décima suya: “regresar a la filosofía”. Todo eso para invitar a los asistentes a pensar: “Regreso a la filosofía no en el sentido absurdo de que ahora nos vamos a convertir todos en filósofos. Filosofía aquí podría significar exactamente todo lo que esperamos encontrar en la filosofía, es decir, la reflexión, el análisis, el espíritu crítico, libre. Es decir, circular dentro del universo humano donde conceptos de otro tipo se enfrentan, se encuentran, se juntan, se separan, es lo que pasa todos los días, pero apuntar la idea de que si el hombre es un ser pensante, pues entonces que piense.”

 


Un político comprometido


Fue un comunista de pura cepa, un ateo militante, un defensor de la justicia social y de las causas justas, aunque pudieran parecer utópicas, que no significa que estuvieran perdidas.


Fue una simiente que dio muchos frutos, sus más de cuarenta obras publicadas, que nos han llevado a tierras de pecado; al cerco de Lisboa; a la caverna; a releer la existencia de Jesucristo o la vida errante de Caín; a la isla desconocida; a viajar con un elefante o en una balsa de piedra; a levantarnos del suelo; al memorial de un convento; a pensar en el hombre duplicado; a no vernos en la lucidez, o a dejarnos deslumbrar por la ceguera. Todas ellas ocupan, por mérito propio, las más destacadas bibliotecas contemporáneas.


Un revolucionario pacífico que era lo que Edward Said, otro de los grandes pensadores éticos, llamaba un intelectual comprometido, que tienen que usar su lugar destacado en la sociedad para luchar contra el statu quo, para criticar a los poderes y a los medios que intentan moldear a la ciudadanía a través de conformar la mal llamada opinión pública.


Como miembro del Parlamento Internacional de Escritores se atrevió a comparar la situación de la población palestina en los territorios ocupados con el campo de concentración nazi en Auschwitz, declarando tras una visita a Ramala que “Un sentimiento de impunidad caracteriza hoy al pueblo israelí y a su ejército. Se han convertido en rentistas del holocausto. Con todo el respeto por la gente asesinada, torturada y gaseada.”


Y un enemigo de las guerras que defendía que no se manipulara la paz para justificar aquéllas, como dejo claro en el manifiesto de 2003 contra la guerra de Irak.


“Sin paz, sin una paz auténtica, justa y respetuosa, no habrá derechos humanos. Y sin derechos humanos – todos ellos, uno por uno – la democracia nunca será más que un sarcasmo, una ofensa a la razón, una tomadura de pelo. Los que estamos aquí somos una parte de la nueva gran potencia mundial. Asumimos nuestras responsabilidades. Vamos a luchar con el corazón y el cerebro, con la voluntad y la ilusión. Sabemos que los seres humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor. Ellos (no necesito ahora decir sus nombres) han elegido lo peor. Nosotros hemos elegido lo mejor.”

 


Sus pequeñas cosas


Podemos conocerle más y mejor visitando la exposición permanente en la Fundación José Saramago (Casa dos Bicos en Lisboa), la Biblioteca Saramago en Tías (Lanzarote) o la delegación en su Azinhaga natal.


Yo les recomiendo, al margen de esos grandes ensayos que son sus novelas, esa pequeña metáfora, obra maestra sobre el derecho de soñar y de buscar la libertad, que es El cuento de la isla desconocida y también el texto que sirvió de guión a un hermoso cortometraje de animación, que yo utilizo en clase para hablar de educación, comunicación y ciudadanía, La flor más grande del mundo, “¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos? ¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que, desde tanto tiempo venimos enseñando?”


A este mundo insolidario, materialista, grosero y jodón le hacen falta personas como Saramago, gente ética, comprometida y con criterio que piense, que nos haga pensar y que nos invite a la acción tras la reflexión.


Afirmaba: “Escribo para comprender, y desearía que el lector hiciera lo mismo, es decir, que leyera para comprender.”


Le podemos buscar en sus poemas


Ergo uma rosa, e tudo se ilumina
Como a lua nao faz nem o sol pode:
Cobra de luz ardente e enroscada
Ou vento de cabelos que sacode.
Ergo uma rosa, e grito a quantas aves
O céu pontuam de ninhos e de cantos,
Bato no chao a ordem que decide
A uniao dos demos e dos santos.
Ergo uma rosa, um corpo e um destino
Contra o frio da noite que se atreve,
E da seiva da rosa e do meu sangue
Construo perenidade em vida breve.
Ergo uma rosa, e deixo, e abandono
Quanto me doi de magoas e assombros.
Ergo uma rosa, sim, e ouco a vida
Neste cantar das aves nos meus ombros.

 


Y “escucharle” en la voz de Luis Pastor para seguirle pensando.

 

Ergo Uma Rosa (Saramago, Luis Pastor, María Pagés) 

 

O verle y oírle en esos fragmentos inéditos que ha montado el director Miguel Gonçalves Mendes en “José e Pilar”

 

 

José e Pilar- Fragmentos 

 

 

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