Fernando Vallejo: "El cristianismo y el Islam son una empresa criminal"


El escritor colombiano ajusta cuentas con el presente en '¡Llegaron!', un texto sobre su historia. Con humor, con saña y con voz propia, lanza dardos a Dios y a su país

Hay libros que se escriben para morir en el punto final. Otros forman un interrogante. Y sólo unos pocos se elevan entre exclamaciones. Este es el caso de ¡Llegaron!, la última y exuberante obra de Fernando Vallejo (Medellín, 1942), que ahora publica la editorial Alfaguara. Su historia es la de su autor, su familia y, sobre todo, los recuerdos de infancia en la colombiana finca de Santa Anita, junto a sus abuelos. Pero lejos de quedarse en un paseo por un tiempo perdido, el texto sirve para un ajuste de cuentas con el presente. Ese universo amorfo e inagotable al que el narrador pasa a cuchillo página tras página. Desde Colombia hasta Dios. A veces lo hace con humor, otras con saña, pero siempre con voz propia. Una primera persona (el autor detesta el uso del narrador omnisciente) que, sentada en un avión con destino desconocido, rememora la vida y muerte de los suyos, se muestra a sí mismo sin pudor y hace estallar con su torrencial estilo todo lo que toca.


—Hablo como pienso y escribo como hablo.


Vallejo vive en la Ciudad de México. Allí, en la frondosa avenida de Ámsterdam, pasea cada día a su perra, Brusca. Es un hombre elegante, de talante bondadoso, pero que, en su conversación, guarda siempre una navaja bien afilada. Preguntarle es verla brillar. Salvaje y tropical.


PREGUNTA. El libro se abre y cierra con exclamaciones. ¿Hay algo así como un ritmo exclamativo?
RESPUESTA. Exacto. Con exclamaciones. Solo que antitéticas. La de entrada es "¡Llegaron!". Y la de salida "¡Se fueron!". Claro que llegamos, claro que nos fuimos, como llegamos todos y nos habremos de ir todos. La literatura se escribe en prosa y la prosa antes que nada es ritmo. Pero del bueno. No los octosílabos asonantes y sonsonetudos de García Lorca. Esto que le digo es uno de los grandes descubrimientos míos, hecho después del agua tibia, que se lo debo a México, ya cumplidos mis 27 años, pues en Medellín nos bañábamos siempre con agua fría.


P. Su estilo es enormemente fluido. ¿Cómo trabaja un texto?
R. Lavando platos y paseando a mi perra, Brusca, por el camellón de la avenida de Ámsterdam de la Ciudad de México para que haga en público sus necesidades porque en privado, en la casa, no le gusta a la maldita. O mejor dicho bendita, porque la amo.


P. ¿Se identifica con la voz central del libro?
R. Mil por mil. Cien por cien. Ciento por ciento.


P. ¿Es un viaje por sus recuerdos?
R. Sí. Un viaje en avión tratando de ganarle la carrera a mi médico, el doctor Alzhéimer.


P. ¿Le gusta viajar en avión?
R. Mucho. Ahí o cuando lavo platos se me ocurren los libros. Viajo en clase turista y lavo platos más que por falta de dinero por humildad. A mí que no me venga el papa Francisco a dárselas de humilde, que él no lava platos y viaja en jet privado. Ah, no, perdón, calumnio, miento. Lava patas.


P. El libro tiene mucho humor. ¿Cómo se consigue?
R. Esa es una interpretación errada. Yo nunca escribo en burla: siempre en serio.


P. A la Iglesia le dedica constantes dardos. Por ejemplo: "Dios, como Pablo Escobar, no mata por mano propia, Él no se ensucia: para eso tiene sus sicarios". ¿Le falta humor a la religión?
R. Según Marx, la religión es el opio del pueblo. ¡Qué va! Ojalá. Me la fumaría enterita. La religión es una plaga. Todas, empezando por el cristianismo y el mahometismo, a las que hoy pertenece la mitad del género humano. El cristianismo no es una civilización, es una empresa criminal, y lo mismo eso que llaman pomposamente el islam: mahometanos asesinos y rezanderos. No hay Dios, Bergoglio, y nunca ha habido un Cristo de carne y hueso, sacado de una costilla de Adán o de un chorro de luz de las entrañas de la Virgen fecundada luminosamente por el Espíritu Santo. A la religión no le falta humor, lo que le falta es castigo.


P. Cuando ataca, lo hace con nombre y apellidos. Putin, Sarkozy y hasta Santos ("más estúpido que una película de avión")... ¿Le gusta la polémica?
R. Yo con nadie polemizo. No soporto que me contradigan.


P. Dice usted de los colombianos que son "chusma carnívora y paridora, cristiana y futbolera". ¿Existe posibilidad de que usted se reconcilie con Colombia?
R. Nunca me he peleado con esa mala patria. Simplemente, le ajusto cuentas cada vez que puedo.


P. ¿Es Santa Anita su infancia, la otra Colombia?
R. Así es. La más hermosa.


P. Dice su protagonista sobre Colombia: "Ya sé que por maldición eterna habré de volver a morir a ese moridero". ¿Lo cree usted?
R. Estoy seguro, porque como yo soy el que voy a decidir mi muerte... A mí no me va a matar Diosito con un cáncer de páncreas o mandándome un sicario. No le pienso dar gusto a ese Viejo.


P. "El Homo sapiens es una fábrica de mierda". ¿No le gusta el género humano?
R. Me gusta que haya dicho "género humano" y no "raza humana" como muchos ignorantes traduciendo del inglés the human race; o "especie humana" como dicen los escrupulosos aduciendo que la del Homo sapiens es una especie y no un género. Sí, reparones, pero en términos biológicos, no de lenguaje. Las lenguas son caprichosas. Y la española ni se diga. Este es un idioma loco.


P. ¿De dónde le viene el interés por la gramática?
R. De Colombia, que está loca. Durante 50 años la gobernaron presidentes gramáticos del partido conservador, que creían en Dios y vivían en guerra permanente contra el que y los gerundios galicados. Y que no se le podía quitar la preposición a a las ciudades ni a los países cuando eran complemento directo. "Mas independizó Cataluña". ¡Qué horror! Eso es incorrectísimo. Debe ser: "Mas independizó a Cataluña". Cuando se consume esta separación vuelvo a España. Antes ni muerto.


P. No se fía de los políticos, o eso parece. ¿Pero se puede vivir sin ellos?
R. Los políticos son corruptos; los dictadores, corruptos; los tiranos, corruptos; los reyes, zánganos y corruptos; los curas, maricas y corruptos; el Papa, farsante y corrupto; los ayatolás, asesinos y corruptos; Castro, traidor y corrupto; Berlusconi, pederasta y corrupto; Putin, asesino y corrupto... Y así. Y todos ellos carnívoros.¡Hideputas!, les habría dicho don Quijote.


P. Colombia, la Iglesia, la podredumbre política, la muerte... ¿Se puede decir que forman parte de sus obsesiones?
R. La Iglesia y los políticos son roñas incurables. Y Colombia, una mala patria. Esta es la hora en que no acabo de ajustarle las cuentas.


P. ¿Cómo ve Colombia ahora? ¿Y México?
R. Igual de jodidos. Casi como España. En ese par de paisuchitos la gente se reproduce como animales, y se come a los animales. "¡No se reproduzcan como conejos!", dijo Bergoglio. ¡Ah, sí! ¿Y la encíclica Humanae vitae de su predecesor Pablo VI en que este Papa prohibía el sexo no solo por fuera del matrimonio sino también dentro de él cuando no estaba destinado a la reproducción? Así que si usted quiere tener 20 coitos en su vida tiene que tener 20 hijos. Mi papá y mi mamá fabricaron 24. En la portada de ¡Llegaron! puede ver usted unos cuantos de ellos. Ahí estoy yo con gafitas. Mi papá, manejando. Mi mamá, con su benjamincito en brazos.


P. Dentro del libro hay otro libro: 'La libreta de los muertos'. ¿Los cuenta y recuerda usted?
R. Voy en el 858, que se dicen rápido pero que me costaron una vida y años de esfuerzos de la memoria. Son los que vi por lo menos una vez, pero en persona (no en el periódico o por televisión), y que sé con certeza que se murieron. Me dicen que Buñuel llevaba una libreta así. La llevaría, pero no como la mía, ni de lejos: en la mía hay putas, gigolós, travestis, políticos, atracadores, ladrones, sicarios. Y dos papas: Giovanni Battista Montini, alias Pablo VI, y Karol Wojtyla, alias Juan Pablo II. A uno lo vi con la capa al viento, a 20 metros, en la plaza de Bolívar de Bogotá; y al otro pasando en papamóvil por la avenida de los Insurgentes de la Ciudad de México, también a tiro de piedra. No sabe la alegría con que los anoté.


P. La muerte es una constante en su texto. ¿Le produce miedo? ¿Angustia? ¿Sensación de absurdo? ¿Soledad?
R. Terror, porque dejaría a mi perra, Brusca, huérfana.


P. ¿Es usted un hombre familiar? En el libro le da mucha importancia a la familia.
R. Toda mi familia tiene cuentas pendientes conmigo que no acaban de saldar. De libro en libro se las voy cobrando.


P. "Vivo para contener el caos", dice su protagonista. ¿Es la literatura una forma de poner orden en las cosas?
R. No. Por el contrario. Nada de orden. Que se acabe la humanidad y volvamos al caos, que el orden cuesta mucho, inmenso esfuerzo, no paga el sacrificio.


P. ¿Cuándo sabe que ha terminado un libro? ¿Cuándo lo supo de este?
R. Cuando llego a la página 180. Más es mucho y menos poco

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Miércoles, 28 Octubre 2015 20:01

La vitalidad del impacto local

La vitalidad del impacto local

Numerosas revoluciones locales están teniendo lugar permanentemente en el mundo hoy en día. A nivel de intercambios académicos, artísticos o culturales, o bien a nivel de una ingente producción local de reflexiones, pensamientos y estudios.

 

En ecología, las escalas en orden descendiente son la biosfera, los ecosistemas, los biomas, la ecología de paisajes y los hábitats. Para los sistema vivos, los fenómenos más acuciantes suceden a nivel de sus hábitats. Análogamente, en meteorología, cabe distinguir en general los climas y temperaturas, pero cualquier persona conocedora sabe que los acontecimientos verdaderamente significativos acontecen a nivel de los microclimas. Es aquí en donde emergen y se expanden los más fabulosos fenómenos que ocupan a los meteorólogos.


Pues bien, basta con algunos viajes caprichosos alrededor del mundo, o con una buena lectura, para comprobar una magnífica vitalidad de pensamiento, ciencia y cultura a nivel local, de un lugar a otro, de una latitud a la siguiente.


En efecto, numerosas editoriales locales, o también numerosas publicaciones de universidades en un país o en otro, en una región u otra, da muestra de una producción apasionante de pensamiento, reflexión, análisis y crítica con un evidente impacto inmediato local y, en el mejor de los casos, regional. Y, sin embargo, a nivel nacional, internacional o mundial, esa vitalidad local pasa desapercibida y, finalmente, ignorada, como inexistente.


La inmensa mayoría de tirajes universitarios e independientes rondan las centenas de ejemplares. Incluso en los Estados Unidos, los tirajes universitarios son generalmente del orden de 1000 ejemplares por título. Se busca, con diversos criterios, consumos locales, y al cabo, regionales o nacionales. Los editores, habitualmente conservadores, apuestan a un mercado fijo, o al menor de los riesgos en las inversiones. Esta es, sin lugar a dudas, la principal motivación de los tirajes locales, libros, revistas y demás.


Sólo las grandes trasnacionales de la cultura le apuestan a varios miles de ejemplares, y poseen sus propios circuitos de promoción y circulación. A decir la verdad, estadística y culturalmente hablando, las ediciones de las grandes industrias de la cultura constituyen la excepción. Una notable excepción, a decir verdad. Pues la norma es la existencia de autores, pensadores, científicos y artistas de impronta local; en cada caso.


Hace poco leía en Researchgate (un portal académico; o también una de las más importantes redes sociales de académicos en el mundo), que un profesor de Indonesia con frecuencia es invitado por universidades de Nyanmar, Vietnam, Laos, Tailandia, Cambodia y Laos a dictar cursos y conferencias. En otro espectro, por ejemplo, algún prestigioso investigador o autor latinoamericano es invitado con frecuencia a países como Costa Rica, México, Perú, Ecuador, Venezuela y San Salvador. En otro espectro del mapamundi, un prestigioso investigador nigeriano es invitado con frecuencia a participar en eventos académicos y culturales a países como Camerún, Benin, Togo, Ghana, Costa de Marfil, o Gabón. Pues bien, sin duda alguna, los tres profesores, desconectados entre sí, observan el mismo fenómeno que aquí comentamos.


Tres ejemplos conspicuos de tres fenómenos similares de escala local, o regional; según se mire.


La vitalidad local es, asimismo, una enorme dinámica regionalmente concentrada. Se requieren varias circunstancias para que un texto sea traducido a otros idiomas, eufemísticamente llamados mayores o menores. Las traducciones contribuyen mucho a des–localizar el pensamiento y la vida. Y, sin embargo, el gran catalizador de la cultura y la vida es, hoy por hoy, internet.


Un texto o una obra subida a la web se hace virtualmente inmortal. En contaste con la fabulosa producción local impresa a nivel local en numerosos lugares. Internet permite romper la vieja clasificación de las ciencias sociales del siglo XIX entre geografía e historia. Al fin y al cabo, la propia noción de "cultura" remite siempre a experiencias locales, particulares, concretas. La "cultura" es un concepto conservador por particularista. El polo a tierra, en cada caso, de la experiencia humana.


Numerosas revoluciones locales están teniendo lugar permanentemente en el mundo hoy en día. A nivel de intercambios académicos, artísticos o culturales, o bien, igualmente, a nivel de una ingente producción local de reflexiones, pensamientos y estudios. Se trata de revoluciones que pasan desapercibidas ante la gran mirada superficial de los grandes medios de comunicación masivos. Que siempre tienden a uniformar el mundo y la realidad, a verlos como acontecimientos planos y lineales.


En contraste, la vitalidad local en cada caso es la evidencia de que, análogamente a lo que enseña la geología, los movimientos telúricos siempre acontecen a nivel local, y que lo verdaderamente significativo de los mismos son las réplicas que tienen o pueden tener. Las réplicas y no la fuerza. Las consecuencias y no el primer impacto.


Ahora bien, ¿qué es lo que hace de un texto, un libro o una obra un acontecimiento de orden internacional o mundial? Esta pregunta no tiene una única respuesta. Sin embargo, con seguridad, se trata de las redes, conexiones y repercusiones que, siempre desde la esfera local, tiene o puede tener en otras esferas, redes, lugares y momentos.


Para el autor, se trata, siempre, de una apuesta. En ocasiones, una intuición. Desde luego que van habiendo indicios en el camino. Como quiera que sea, actuamos a nivel local, en ocasiones, con desconocimiento del espectro global del mundo, o bien, igualmente, por momentos, como una apuesta de un impacto mayor. Hoy por hoy se distinguen dos niveles: el impacto social y el impacto científico. El primero apunta exactamente a las expresiones locales que aquí consideramos. ¿El segundo? Bueno, es el objeto de otro texto aparte.


En cualquier caso, los microclimas y los hábitats: las raíces de la acción local.

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Lunes, 12 Octubre 2015 14:05

Vallejo en el FMI

Vallejo en el FMI

La directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, dijo en la reciente reunión conjunta de esa institución y el Banco Mundial, en Lima, que ya no estamos en una crisis económica, pero este es un tiempo de cambio. Los viejos paradigmas ya no se sostienen y surgen nuevas relaciones económicas. Esto significa que es también un tiempo de oportunidad y acción.

 

El discurso advertía que nada puede darse por sentado, pues hay una serie de retos y restricciones, además de que prevalece la incertidumbre sobre la economía global.


Estos conceptos son, todos, bastante convencionales y vacíos. En materia política siempre es tiempo de oportunidad y acción. La incertidumbre, sobre todo aquella que se denomina como radical, está siempre presente, y apelar a los riesgos y las limitaciones es propio del discurso político más llano, en especial en esta época de austeridad a ultranza.


Y aquí, para halagar a sus anfitriones, la directora introdujo el verso final del poema de César Vallejo, Los nueve monstruos, que dice: hay, hermanos, muchísimo que hacer.


El verso citado remata un pensamiento más amplio del poeta, que escribió: ¡Cómo, hermanos humanos/ no deciros que ya no puedo y/ ya no puedo con tanto cajón/ tanto minuto, tanta/ lagartija y tanta/ inversión, tanto lejos y tanta sed de sed!/ Señor Ministro de Salud: ¿qué hacer?/ ¡Ah! desgraciadamente, hombre humanos/ hay, hermanos, muchísimo que hacer.


No sabemos quién sea el asesor literario de la señora Lagarde, pero sí sabemos que cometió un exceso al usar a Vallejo, quien seguramente se habría sentido bastante incómodo con la cita y más en el escenario de la reunión de los organismos financieros que han sido protagónicos en la economía mundial desde 1945 y el final de la Segunda Guerra.


En términos estrictos como los que definen técnicamente qué constituye una crisis como la registrada en 2008, el decir de la directora no es falso. Pero ello no significa que los desajustes se hayan superado y nadie admite, incluso ella, que el estado de la economía mundial hoy sea positivo.


Basta ver lo que ocurre en Estados Unidos, donde el efecto de la enorme expansión monetaria de la Reserva Federal ha provocado una apropiación de la liquidez concentrada, en especial, entre los grandes bancos. Al mismo tiempo se desordenó el mercado de la deuda, en particular la hipotecaria, afectando el patrimonio de muchas familias. La recuperación productiva no se consolida y el crédito no fluye a las pequeñas y medianas empresas. Hay una profunda transformación en el mercado laboral sin que se absorba la población que quedó desempleada, muchos de los cuales han salido del mercado laboral, o solo consiguen ocuparse temporalmente. Así que no se alcanza una tasa de desempleo que permita reanudar o normalizar, la política de tasas de interés.


Pero el dólar sigue siendo la moneda más demandada por los inversionistas y se revalúa.


En Europa la recuperación ha sido lenta y los costos sociales de la austeridad muy elevados. Ahí también prevalecen altas las tasas de desempleo y subempleo y bajos los niveles de ingreso de la población. En la zona euro hay un sustrato de endeudamiento no resuelto que aun determina la condiciones financieras del conjunto del sistema bancario, con algunas instituciones cargadas de deudas que no serán pagadas, pero que mediante los distintos rescates aplicados en varios países se ha conseguido aplazar su aplicación en los balances. El caso de la deuda de Grecia, las condiciones pactadas del ajuste económico, luego del famoso referendo, la división del partido y la renuncia de Tsipras, es ilustrativo de las restringidas opciones que tiene la población.


En Asia, la economía japonesa no se repone de mucho más de una década de estancamiento y, finalmente, la china ha sucumbido a la especulación y se reduce la larga y fuerte expansión que registró. En América Latina, por diversas razones, como la baja del precio de las materias primas, la tasa de crecimiento del producto y del empleo se reduce de nuevo; la informalidad es creciente. Hoy Brasil es el caso más sobresaliente.


La austeridad no cesa como factor dominante de las políticas públicas en todas partes. Y hay un asunto que no puede pasar de largo. Este tiene que ver con las elecciones de gobierno. Los griegos refrendaron a Syriza a pesar de la manera como se administró la negociación de la enorme deuda y el ajuste –aun pendiente– con el resto de los miembros de la Unión Europea. En Portugal el gobierno socialdemócrata de Passos Cohelo retuvo el gobierno hace apenas unos días, aunque redujo su proporción del voto y sus asientos en el parlamento. Los otros gobiernos, de derecha e izquierda no salen del cartabón, y en España los populares toman esto como signo de que sus políticas son las buenas.


La expectativa no es favorable para una alteración de la política económica y, en general de las políticas públicas para recomponer una estructura social muy deteriorada en todas partes en el entorno de una crisis que en el fondo no ha sido superada.


Hay que sumar a todo esto los conflictos político militares que marcan sobre todo la situación en el Medio Oriente, y que llegan con estrépito a Turquía. También sobresale el renacimiento del nacionalismo en Europa acicateado por las masas de inmigrantes.


Vallejo iba más allá de todo esto. Dejemos al poeta en paz.

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Viernes, 09 Octubre 2015 08:19

"Vivo con el sentimiento de derrota"

"Vivo con el sentimiento de derrota"

La decimocuarta mujer en recibir el premio de la Academia Sueca dedicó buena parte de su obra a la realidad y el drama de mucha de la población de la antigua Unión Soviética: "Yo estudio a la gente real y trasmito su experiencia", señala.


El problema no es que sea una autora desconocida con cinco libros periodísticos publicados –en más de veinte idiomas– y uno solo traducido al castellano, Voces de Chernóbil, disponible hasta ahora únicamente en e-book. El minucioso montaje de los testimonios y las voces en una crónica, por más bien escrito que esté, se mueve en las aguas de la actividad periodística. Un periodismo que está siempre en explícito cortocircuito con el territorio de la ficción como "antropología especulativa", en los términos formulados por Juan José Saer. La periodista bielorrusa Svetlana Alexievich, de 67 años, ganó el Premio Nobel de Literatura –dotado con 8 millones de coronas suecas, algo más de 860.000 euros– por "sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje de nuestro tiempo", según anunció ayer Sara Danius, secretaria permanente de la Academia Sueca desde Estocolmo, donde la ganadora recibirá el galardón el próximo 10 diciembre. La cronista bielorrusa –la decimocuarta mujer en ser premiada, la primera periodista– ha retratado, en lengua rusa, la realidad y el drama de gran parte de la población de la antigua Unión Soviética, así como los sufrimientos de Chernóbil, la guerra de Afganistán y los conflictos del presente en una región tan compleja como conflictiva. "Es maravilloso recibir este premio", reconoció Alexievich al canal sueco SVT, y añadió que se sentía orgullosa de estar ahora en una lista de escritores a la que pertenece Boris Pasternak, a quien en su momento las autoridades soviéticas le impidieron recoger el Nobel de Literatura.


El grupo Penguin Random House, que publicó en formato digital el único libro traducido al castellano, Voces de Chernóbil, anunció que en noviembre lanzará una edición de papel y en diciembre La guerra no tiene rostro de mujer; Los chicos de latón para el 2016 y Los últimos testigos en 2017. "Respeto el mundo ruso de la literatura y la ciencia, pero no el mundo ruso de Stalin y Putin", afirmó Alexievich durante una conferencia de prensa en la sede del PEN Internacional de Minsk, la capital bielorrusa. "Tampoco me gusta ese 84 por ciento de rusos que llama a matar ucranianos", dijo la periodista que se mostró convencida de que con su campaña de bombardeos en Siria, el presidente ruso, Vladimir Putin, está llevando a su país a "un segundo Afganistán".


De padre bielorruso y madre ucraniana, Alexievich nació el 31 de mayo de 1948 en el oeste de Ucrania. Su familia emigró a la vecina Bielorrusia, donde ella ejerció como profesora de Historia y de lengua alemana. Pero pronto eligió dedicarse a su verdadera pasión: el periodismo. En 1972 se licenció en la Facultad de Periodismo de Minsk y trabajó como redactora en diversos diarios de su país. En La guerra no tiene rostro de mujer, el primer libro que escribió en 1983, inauguró su itinerario crítico al cuestionar el heroísmo soviético. Recién en 1985, de la mano del proceso de reformas conocido como Perestroika, pudo publicar este libro que todavía permanece inédito en castellano. Ese mismo año se estrenó la versión teatral de aquella crónica descarnada en el teatro de la Taganka de Moscú, estreno que marcó un hito en la apertura iniciada por Mijaíl Gorbachov. Influida por el escritor Alés Adamóvich, al que considera su maestro, Alexievich despliega la técnica del montaje documental. Su especialidad –informan quienes la leyeron en su idioma– es dejar fluir las voces en torno del las experiencias del "hombre rojo" o el "homo sovieticus". En Los chicos del zinc (1989) –conviene aclarar que al no estar traducido el título aparece con variantes como Los muchachos del zinc o Los chicos de latón– aborda la guerra de Afganistán, hecho que precipitó la desintegración soviética, desde el punto de vista de los veteranos y de las madres de los caídos en esa contienda. "En la Unión Soviética nos enseñaban a morir por el país, pero no a ser felices. Nuestra experiencia vital es la de resistirnos a la violencia", advirtió la cronista.


"La URSS fue un intento fallido de crear una civilización alternativa", planteó la autora bielorrusa en una entrevista con el diario El país de España hace dos años. Luego de haber residido varios años en Alemania, volvió a la capital bielorrusa y confesó sentir "un gran vacío". En Minsk fue ignorada por los medios de comunicación del régimen de Alexander Lukachenko –que ejerce el poder desde hace más de veinte años– y mirada con frialdad o desconfianza por los nacionalistas locales por escribir en ruso y no en bielorruso. "Vivo con el sentimiento de derrota, de pertenecer a una generación que no supo llevar a cabo sus ideas", admitía Alexievich en la misma entrevista. "Nadie quería el capitalismo, queríamos el socialismo con el rostro humano. En los años noventa éramos muy ingenuos y muy románticos, creíamos que existía una nueva vida y que éramos capaces de crearla, que la culpa de nuestros males estaba tras los muros del Kremlin y era de los comunistas, no nuestra. ¿Y qué tenemos más de dos décadas después?: un líder medio bandido y autoritario y un entorno provinciano en Bielorrusia".


En otra entrevista que concedió a la agencia AFP en 2013 agregó: "Vivimos bajo una dictadura, hay opositores en la cárcel, la sociedad tiene miedo y al mismo tiempo es una vulgar sociedad de consumo, la gente no se interesa por la política". Cuando regresó a Minsk, se asombró porque Lukachenko detuvo el tiempo. "La dictadura hace que la vida sea primitiva", reflexionaba. "En Rusia el tiempo se mueve pero en una dirección inquietante". De viaje por ese país, tras una ausencia de varios meses, se sorprendió al encontrarse con "gente que se habían transformado de repente en patriotas, que llevan enormes cruces y se creen muy importantes". "En las provincias rusas han surgido grupos agresivos, ortodoxos, nacionalistas, de jóvenes fascistas", comentó la cronista que en los noventa salió a la calle para hacer caer la estatua de Félix Dzherzhinski –el fundador de la Cheka o policía soviética–, y expresó su perplejidad ante "los jóvenes rusos que idealizan la Unión Soviética."


Quienes han leído Voces de Chernóbil (1997) subrayan que es uno de los libros periodísticos más impresionantes que se han escrito sobre el tema, una investigación exhaustiva de las consecuencias de la catástrofe nuclear sobre la población ucraniana y bielorrusa. No fue fácil para Alexievich localizar a los afectados porque fueron repartidos por todo el territorio soviético –"divide y reinarás"–, para evitar que se unieran y reclamaran cualquier tipo de compensación. Alvaro Colomer opina en un artículo publicado en El mundo de España que este libro de la ganadora del Nobel "cae como una losa sobre el llamado Nuevo Periodismo". "Su autora jamás hizo alarde de la tremenda labor emprendida para confeccionar dicho volumen, su autora no se convirtió en la protagonista de la historia narrada, su autora no pretendió ser más importante que aquello que contaba. Alexievich cedió su estilográfica a los testigos directos de la catástrofe y convirtió sus voces en un documento estremecedor que, de alguna manera, nos recuerda no sólo el dolor que todavía padecen las víctimas de la explosión nuclear, sino el silencio que continúan obligándolos a mantener". Y pone como ejemplo uno de los capítulos, "Entrevista de la autora consigo misma sobre la historia omitida", en el que ella narra cómo fue su trabajo: "Este libro no trata sobre Chernoyl, sino sobre el mundo de Chernobyl. Sobre el suceso mismo se han escrito ya miles de páginas y se han sacado centenares de miles de metros de película. Yo, en cambio, me dedico a lo que he denominado la historia omitida, las huellas imperceptibles de nuestro paso por la tierra y por el tiempo. Escribo y recojo la cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras. Intento captar la vida cotidiana del alma".


En 2013 salió El tiempo de segunda mano. El final del hombre rojo, publicado en ruso y en alemán. En este nuevo documento la cronista bielorrusa se propone "escuchar honestamente a todos los participantes del drama socialista", según cuenta en el prólogo. Alexievich señala que el "homo sovieticus" –nomenclatura que responde al laboratorio "experimental" del marxismo–leninismo– sigue todavía vivo en Rusia, Bielorrusia, Turkmenistán, Ucrania, Kazajistán y el resto del territorio de la resquebrajada Unión Soviética. "Creo que conozco a este hombre, que lo conozco muy bien, que he vivido con él muchos años. El soy yo, yo y mis conocidos, amigos, padres. (...) Ahora vivimos en distintos Estados, hablamos en distintas lenguas, pero no nos puedes confundir con nadie. Nos reconocerás enseguida. Somos la gente del socialismo, iguales y diferentes del resto de la gente, tenemos nuestro léxico, nuestras ideas del bien y del mal, de los héroes y los mártires, tenemos una relación particular con la muerte (...) estamos llenos de envidia y de prejuicios. Venimos de allí donde existió el Gulag...", escribe en el prólogo esta autora que ha recibido varias distinciones: el Premio Ryszard Kapuscinski de Polonia (1996), el Premio Herder de Austria (1999), el Premio Nacional del Círculo de Crítico de Estados Unidos por Voces de Chernóbil (2006), el Premio Médicis de Ensayo en Francia por Tiempo de segunda mano (2013) y el Premio de la Paz de los libreros alemanes (2013), entre otros premios. La periodista reveló que quiere "mucho" a Ucrania y recordó que estuvo en la revolución que tuvo lugar el año pasado en Kiev –la capital ucraniana– en la que fue derrocado el presidente Víktor Yanukóvich.


No le importa que la etiqueten como "escritora soviética". "Soy investigadora de aquel período y tanto yo como mis héroes hemos pasado de aquella época a otra nueva", aclaró la flamante premio Nobel de Literatura. "Escribo en ruso, mi país es Bielorrusia y he vivido una simbiosis que ha afectado a muchos en este país, donde el 90 por ciento de la población habla en ruso. La identidad bielorrusa no se ha formado y está bajo gran presión de la identidad rusa, y yo estudio a la gente real y trasmito su experiencia".

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Sábado, 27 Junio 2015 08:53

Comprender cómo nos manipulan

Comprender cómo nos manipulan

Se cumplen 80 años de la primera edición (1935) en lengua española de la gran novela rupturista Un mundo feliz (se había publicado tres años antes en inglés), del filósofo y escritor visionario Aldous Huxley.

Y ante tanta felicidad artificial en nuestros días, tantas manipulaciones y tantos condicionamientos contemporáneos, cabe preguntarse: ¿será útil releer hoy Un mundo feliz? ¿Es acaso necesario retomar un libro publicado hace más de 80 años, en una época tan alejada de nosotros que Internet no existía e incluso la televisión aún no había sido inventada? ¿Es esta novela algo más que una curiosidad sociológica, un best seller ordinario y efímero del que se vendieron, en el año de su publicación, en inglés, más de un millón de ejemplares?


Estas cuestiones parecen tanto más pertinentes cuanto que el género al que pertenece la obra –la distopía, la fábula de anticipación, la utopía cientifico-técnica, la ciencia ficción social– posee un grado muy alto de obsolescencia. Pues nada envejece con mayor rapidez que el futuro. Sobre todo en literatura.


Sin embargo, si alguien, superando estas científico, se vuelve a sumergir en las páginas de esa novela se quedará estupefacto por su sorprendente actualidad. Constatando que, por una vez, el pasado ha atrapado el presente. Recordemos que el autor, Aldous Huxley (1864– 1963), narra una historia que transcurre en un futuro muy lejano, hacia el año 2 mil 500, o, con mayor precisión, hacia el año 600 de la era fordiana, en alusión satírica a Henry Ford (1863-1947), el pionero estadunidense de la industria automovilística (de la que una célebre marca de coches sigue llevando su nombre), inventor de un método de organización del trabajo para la fabricación en serie y de la estandarización de las piezas. Método –el fordismo– que transformó a los trabajadores en poco menos que autómatas o en robots que repiten a lo largo de la jornada un único y mismo gesto. Lo cual suscitó, ya en la época, violentas críticas; pensemos, a este respecto, por ejemplo, en las películas Metrópolis (1926), de Fritz Lang, o Tiempos modernos (1935), de Charles Chaplin.


Aldous Huxley escribió Un mundo feliz, visión pesimista del porvenir y crítica feroz del culto positivista a la ciencia, en un momento en el que las consecuencias sociales de la gran crisis de 1929 afectaban de lleno a las sociedades occidentales, y en el que la credibilidad en el progreso y en los regímenes democráticos capitalistas parecía vacilar.


Editado en inglés antes de la llegada de Adolf Hitler al poder en Alemania (1933), Un mundo feliz denuncia la perspectiva pesadillesca de una sociedad totalitaria fascinada por el progreso científico y convencida de poder brindar a sus ciudadanos una felicidad obligatoria. Presenta una visión alucinada de una humanidad deshumanizada por el condicionamiento a lo Pavlov y por el placer al alcance de una píldora (el soma). En un mundo horriblemente perfecto, la sociedad decide totalmente, con fines eugenésicos y productivistas, la sexualidad de la procreación.


Una situación no tan alejada de la que conocen hoy algunos países en donde los efectos de la crisis de 2008 están provocando (en Europa sobre todo) la subida de partidos de extrema derecha, xenófobos y racistas. Donde las píldoras anticonceptivas permiten ya un amplio control de la natalidad. Y donde nuevas píldoras (Viagra, Lybrido) dopan el deseo sexual y lo prolongan hasta más allá de la tercera edad. Por otra parte, las manipulaciones genéticas permiten cada vez más a los padres la selección de embriones para engendrar hijos en función de criterios predeterminados, estéticos, entre otros.


Otra sorprendente relación con la actualidad es que la novela de Huxley presenta un mundo donde el control social no da cabida al azar, donde, formadas con el mismo molde, las personas son clónicas, pues se producen en serie, la mayoría tiene garantizado el confort y la satisfacción de los únicos deseos que está condicionada a experimentar, pero donde se ha perdido, como diría Mercedes Sosa, la razón de vivir.


En Un mundo feliz, la americanización del planeta, ha culminado; la historia ha terminado (como lo afirmara más tarde Francis Fukuyama), todo ha sido estandarizado y fordizado, tanto la producción de los seres humanos, resultado de puras manipulaciones genético-químicas, como la identidad de las personas, producida durante el sueño por hipnosis auditiva: la hipnopedia, que un personaje en el libro califica de la mayor fuerza socializante y moralizante de todos los tiempos.

Se producen seres humanos, en el sentido industrial del término, en fábricas especializadas –los centros de incubación y condicionamiento–, según modelos variados, que dependen de las tareas muy especializadas que serán asignadas a cada uno y que son indispensables para una sociedad obsesionada por la estabilidad.


Desde su nacimiento, cada ser humano es además educado en unos centros de condicionamiento del Estado, en función de los valores específicos de su grupo, mediante el recurso masivo a la hipnopedia para manipular el espíritu, crear en él reflejos condicionados definitivos y hacerle aceptar su destino.


Aldous Huxley ilustraba así, en esa obra, los riesgos implícitos en la tesis que venía formulando desde 1924 John B. Watson, el padre del conductismo, esa pretendida ciencia de la observación y control del comportamiento. Watson afirmaba, con frialdad, que podía elegir al azar en la calle a un niño saludable y transformarlo, a su elección, en doctor, abogado, artista, mendigo o ladrón, cualquiera que fuera su talento, sus inclinaciones, sus capacidades, sus gustos y el origen de sus ancestros.


En Un mundo feliz, que es fundamentalmente un manifiesto humanista, algunos vieron también, con razón, una crítica ácida a la sociedad estalinista, a la utopía soviética construida con mano de hierro. Pero también hay, claramente, una sátira a la nueva sociedad mecanizada, estandarizada, automatizada que se montaba en esa época en Estados Unidos, en nombre de la modernidad técnica.


Sumamente inteligente y admirador de la ciencia, Huxley expresa, sin embargo, en esta novela, un profundo escepticismo respecto de la idea de progreso, una desconfianza hacia la razón. Frente a la invasión del materialismo, el autor entabla una interpelación feroz a las amenazas del cientificismo, el maquinismo y el desprecio a la dignidad individual. Claro que la técnica asegurará a los seres humanos un confort exterior total, de notable perfección, estima Huxley con desesperada lucidez. Todo deseo, en la medida en que podrá ser expresado y sentido, será satisfecho. Los seres humanos habrán perdido su razón de ser. Se habrán transformado a sí mismos en máquinas. Ya no se podrá hablar en sentido estricto de condición humana.


Pero sí de condicionamiento, que no ha cesado de intensificarse desde la época en que Huxley publicó este libro y anunció que, en el futuro, seríamos manipulados sin que nos diésemos cuenta de ello. En particular, por la publicidad. Mediante el recurso a mecanismos sicológicos y gracias a técnicas bien rodadas, los Mad men de la publicidad consiguen que compremos un producto, un servicio o una idea. De ese modo nos convertimos en personas previsibles, casi teledirigidas. Y felices.


Confirmando esas tesis de Huxley, a mediados de la década de 1950, Vance Packard publicó The hidden persuaders (La persuasión clandestina), y Ernest Dichter y Louis Cheskin denunciaron que las agencias de publicidad intentaban manipular el inconsciente de los consumidores. En particular mediante el uso de la publicidad subliminal en los medios de comunicación masivos. El 30 de octubre de 1962 se llevó a cabo una verdadera prueba que demostraba la eficacia de la publicidad subliminal: durante una película se lanzaba cada cierto tiempo mensajes invisibles acerca de unos productos. Las ventas de dichos productos aumentaron.


Actualmente, la publicidad subliminal ha avanzado y existen técnicas más sofisticadas y hasta más perversas para manipular la mente del ser humano. Por ejemplo, mediante los colores que modifican nuestras percepciones e influyen sobre nuestras decisiones. Los especialistas en marketing lo saben y utilizan sus efectos para orientar nuestras compras.


En un experimento conocido de finales de los años 60, Louis Cheskin, director del Color Research Institute, pidió a un grupo de amas de casa que probaran tres cajas de detergentes y que decidieran cuál de ellas daba mejor resultado con las prendas delicadas. Una era amarilla, la otra azul y la tercera azul con puntos amarillos. A pesar de que las tres contenían el mismo producto, las reacciones fueron distintas. El detergente de la caja amarilla se juzgó demasiado fuerte, el de la azul se consideró que no tenía fuerza para limpiar. Ganó la caja bicolor.


En otra prueba se dieron dos muestras de cremas de belleza a un grupo de mujeres. Una en un recipiente rosa, y otra en uno de color azul. Casi 80 por ciento de las mujeres declararon que la crema del bote rosa era más fina y efectiva que la del bote azul. Nadie sabía que la composición de las cremas era idéntica. "No es una exageración decir que la gente no sólo compra el producto per se, sino también por los colores que lo acompañan. El color penetra en la psique del consumidor y puede convertirse en estímulo directo para la venta", escribe el publicista Luc Dupont en su libro 1001 trucos publicitarios.


Cuando la empresa productora del jabón Lux empezó a vender en color rosa, verde, turquesa, sustituyendo la pastilla habitual de color amarillo, se convirtió en número uno de jabones de belleza en el mercado. Los nuevos colores sugerían delicadeza y cuidado, intimidad y cariño, y los consumidores se mostraron entusiastas. Recientemente, McDonald's dejó su mítico color rojo (tonalidad apreciada por los más pequeños y que suele estimular el hambre) a favor del verde, en un intento por reposicionar su marca hacia la comida saludable y un estilo de vida sostenible.


La lectura de Un mundo feliz nos alerta contra todas estas agresiones. Sin olvidarse de las manipulaciones mediáticas. Esta novela también puede verse como una sátira muy pertinente de la nueva sociedad delirante que se está construyendo hoy día en nombre de la modernidad ultraliberal. Pesimista y sombrío, el futuro visto por Aldous Huxley nos sirve de advertencia y nos alienta, en la época de las manipulaciones genéticas, a la clonación y la revolución de lo viviente, a vigilar de cerca los actuales progresos científicos y sus potenciales efectos destructivos.


Un mundo feliz nos ayuda a comprender mejor el alcance de los riesgos y peligros que se presentan ante nosotros cuando de nuevo, en todos lados, progresos científicos y técnicos nos enfrentan a desafíos ecológicos que hacen peligrar el futuro del planeta. Y de la especie humana.

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"Ha fracasado Europa, la Democracia, la UE, el sistema monetario"

El escritor y ensayista Félix de Azúa acaba de ser elegido para ocupar el sillón "H" de la Real Academia Española. De su manera de entender el mundo ha ido dando cuenta en obras como "Autobiografía de papel", a raíz de la cual mantuvimos en su día una conversación que recuperamos ahora para entender sus claves. Dice Félix de Azúa en ese libro que aún estamos "emergiendo del Antiguo Régimen del mundo industrial, en el cual los grandes relatos y las utopías (la venta de felicidad) sosegaban la ausencia de sentido"; "que aún estamos ensayando cómo se sobrevive en una sociedad sin dios y sin ayuda externa, después de veinte siglos de religión cristiana y sobreprotección divina".

 

Analiza el autor los cambios vertiginosos experimentados en la cultura, concretamente en los distintos ámbitos en los que se ha desenvuelto su carrera como escritor: la poesía, la novela, el ensayo y el periodismo. Es una original manera de hablar de sí mismo y de su generación, tal vez la última que creyó en la fuerza, en el poder sagrado de la palabra artística.

 

Un viaje hacia el pasado que permite mirar por una pequeña rendija el nuevo paisaje por venir, un paisaje altamente tecnificado donde los jóvenes del futuro han de reinventar el significado de palabras como libertad. Contar las verdades, provocar al lector, enfrentándolo a prejuicios y mitos asumidos, es la manera que Azúa pone en práctica tanto en este ensayo como en "Contra Jeremías", un volumen publicado por Debate que reúne gran parte de sus artículos periodísticos. Unos artículos que, "buscan al lector que quiera encontrar algún consuelo en una posición totalmente marginal, la de no creer una sola palabra gubernamental y construir su propia vida como si no existiera la España oficial". Una defensa del individualismo que se convierte en el tronco central de su pensamiento.

 

– ¿Es "Autobiografía de papel" el retrato de un hombre decepcionado?

- Para nada. En este libro he intentado ser lo más objetivo posible, no dejarme engañar por nada y si tenía que ser un poco cruel, pues lo era, pero sin ninguna decepción. El mundo, la vida, no sólo no me ha decepcionado, sino todo lo contrario. Me ha llenado de gozo y de alegría. Para mí la vida es una fiesta; dicho lo cual no me puedo engañar en absoluto sobre las condiciones en las que se desarrolla esa vida, que no tiene nada de fácil. Una cosa es que yo no esté decepcionado y otra que no sepa exactamente cuáles son las condiciones que se imponen de una manera férrea desde el exterior. Dicho incluso de una manera más simple: no hay decepción porque todo el mensaje del libro es: "Hazme el favor de creer en ti, deja de creer en colectivos, cosas gregarias, ideologías, partidos, religiones. Haz el favor de creer en ti..."

 

– Pero, ¿no es cierto que vivimos con una sensación de fracaso permanente: fracasados como sociedad, fracasados como país, fracasados como europeos...?

– Bueno, sí, pero ¡ojo!, porque esta sensación la ha habido siempre, aunque tendamos a olvidarlo porque también existen pequeños momentos de fiesta. No te quiero decir la sensación de fracaso que teníamos los de mi generación cuando vivíamos en Madrid con 20 o 30 años, esa sí que era una sensación de fracaso. ¿Qué hago yo aquí, bajo este paraguas de militares y curas? La sensación de fracaso nunca es verdadera. Hay momentos difíciles, claro, y son los momentos en los que hay que inventar cosas. Precisamente en la España de Franco, aquella España espantosa, yo y la mayoría de mis amigos y compañeros de generación nos fuimos fuera, aprendimos francés e inglés fuera de nuestro país y vimos cómo funcionaba Europa cuando España era África. Luego todo eso se aplicó. En el momento eufórico, cuando Felipe González ganó las elecciones en el 82, mucha de la gente con la que contó, venía de esa experiencia.Maravall había estado conmigo en Oxford dos años antes... Ese momento de euforia duró un tiempo y nos hizo olvidar el fracaso, pero luego llegó el episodio de los GAL y recuperamos la misma sensación ácida. Decíamos que la izquierda había fracasado, que aquello era un desastre. Todo es un ir y venir y ahora estamos de nuevo metidos de lleno en la pérdida de la euforia. Lo que sucede es que es mucho más grave porque es global. Antes estábamos acostumbrados a echar toda la culpa a España, a Franco, al presidente de turno. Ahora estamos en un momento en el que la infelicidad es general, global. Ha llegado a toda Europa, también a EEUU, aunque lo disimulen mejor... Es algo muy gigantesco; la sensación de fracaso es enorme.

 

– Pero hay otra variante importante. Cuando hablas de la España de Franco, de la dictadura, en esa etapa existía la esperanza del cambio, de ir hacia un modelo de Estado diferente; pero ahora sabemos que no; que el problema no es la crisis económica sino el pudrimiento de todo el sistema. Y desde los poderes establecidos se ponen todo tipo de cortapisas al recambio, a la transformación...

– Estoy de acuerdo: no hemos fracasado nosotros. Ha fracasado Europa, la Democracia, la Unión Europea, el sistema monetario. Es una enormidad. ¿Y eso qué quiere decir? Quiere decir que estamos cambiando de paradigma, como se decía antes, de era, de civilización. Estamos yendo hacia otra cosa. Seguro que esa otra cosa les provocará a los más jóvenes un momento de euforia tarde o temprano, pero todavía no ha aparecido. Por eso yo insisto siempre en estos libros que pueden parecer tan negativos: "Cuidado, lo que tienes que hacer es cuidar de ti mismo. Es verdad que los tiempos son malos, pero eso lo que exige es simplemente más esfuerzo, más imaginación y menos queja".

 

- En la "Autobiografía de papel" dices que "algo está feneciendo y una cosa nueva está a punto de nacer". Viéndolo así parece muy estimulante. ¿Te lo parece?

– Por supuesto que sí, que me parece estimulante. A la gente que me dice que yo lo veo todo muy negro les contesto que está equivocada. No lo veo negro, todo lo contrario. Es verdad que hay mucho dolor, mucho sacrificio, pero, por otro lado, me parece una época interesantísima. Cada cinco años el mundo cambia a una velocidad de vértigo. Yo me acuerdo de lo que era viajar en avión hace nada, 15 años. Era algo elegante, lujoso. Pero ahora los aviones parecen autobuses de línea donde la gente va como ganado. Ahora lo lujoso realmente es ir en tren. Y si esto, que parece tan simple, ha pegado este cambiazo, no tenemos ni idea de lo que va a suceder dentro de 10 años.

 

– El placer de viajar en tren es como una vuelta al pasado. ¿El cambio puede venir recuperando cosas del pasado que ya dábamos por inútiles, por perdidas?

– Sí. Puede suceder que lo que llamamos pasado sea el futuro. Vayamos a la Venecia del Renacimiento. El Renacimiento es una época muy curiosa. Los humanistas eran unos tipos de la Italia del Norte, florentinos, milaneses, que veían un futuro esplendoroso, pero con la forma del pasado. Entonces empezaron a hacer cosas muy graciosas. Se iban, por ejemplo, a los montes, por los Alpes, medio muertos de frío, para llegar a monasterios donde compraban las viejas ediciones manuscritas de las obras grecolatinas. Y lo hacían porque su idea del futuro tenía la forma del pasado. Eso puede volver a suceder. Uno de los errores más grandes de la izquierda que tenemos, y que ha perdido todas las ideas y toda la capacidad de pensar, es el progresismo mecánico que ha aplicado sin tregua. Eso ha sido un error, una falacia, la práctica de un lenguaje de la Guerra Fría. No todo lo del pasado es horrible. Al cargarse el pasado y la Historia, han maltratado la educación y la han dejado en manos del totalitarismo nacionalista. En el Renacimiento sucedió todo lo contrario y puede aparecer de nuevo, perfectamente, una forma de hacer futuro utilizando cosas del pasado. ¿Por qué no?...

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Galardonan a Padura con el Princesa de Asturias de las Letras

El escritor cubano Leonardo Padura obtuvo el Premio Princesa de Asturias de las Letras este miércoles por el diálogo y la libertad de su obra, que recurre a la ficción para diseccionar la realidad cubana.


Desde la ficción, Padura muestra los desafíos y los límites de la búsqueda de la verdad, afirmó el presidente del jurado y director de la Real Academia Española, Darío Villanueva, al leer el acta de concesión del premio, al que optaban 27 candidaturas de 18 países.


El narrador de 59 años agradeció el gran honor que me conceden y que asumo como reconocimiento a tantos años de trabajo, llenos de las incertidumbres, las dudas, los temores de la creación.


El galardón, expresó Padura en un comunicado, "me llena de satisfacción y orgullo como ser humano, como escritor, como cubano... Mil gracias.


Hay premios que uno a veces espera y los gana o no los gana. Éste, de verdad, no esperaba ganarlo.
Interés por las historias de los otros


Leonardo Padura (La Habana, 1955) fue definido por el jurado como un autor arraigado en su tradición y decididamente contemporáneo; un indagador de lo culto y lo popular; un intelectual independiente, de firme temperamento ético.
En la escritura del galardonado destaca un recurso que caracteriza su voluntad literaria: el interés por escuchar las voces populares y las historias perdidas de los otros, añadió el acta del galardón.


Su obra es una soberbia aventura del diálogo y la libertad, agregó el jurado de un premio cuya concesión coincide con el acercamiento entre La Habana y Washington, algo por lo que siempre había abogado el autor.


En una entrevista con La Jornada (26/6/01), Padura dijo:


Yo sólo soy un hombre que escribe, en una esquinita de La Habana, cada vez más retirado de todo lo que no sea el acto mismo de la escritura, que es lo que más me gusta hacer en la vida. No soy importante ni académica ni políticamente, y tampoco me interesa serlo. Prefiero esta relativa independencia de escribir mis libros y vivir de lo que ellos me aporten económicamente, sin convertir mi literatura en un instrumento que otros utilicen, en ningún sentido.


Su obra literaria va más allá de cualquier crítica al gobierno de Raúl Castro y se distanció de una lectura sólo política de sus libros, explicó a la agencia Dpa.


Soy un escritor cubano que escribe sobre Cuba, sobre todo, los problemas de Cuba y los de mi generación, añadió Padura, quien también deploró que lo definan como un escritor crítico con el régimen de la isla.


No me gusta que me pongan esa etiqueta, dijo Padura.


Me gusta que valoren mis libros por lo que son literariamente, pidió.


Destacar que es ante todo un crítico del gobierno me abarata como escritor, consideró.


Trato de que la política sea un componente que pongan los lectores, manifestó el autor de El hombre que amaba a los perros, novela sobre la vida de Ramón Mercader, el asesino del revolucionario ruso León Trotsky.


Vecino del barrio Mantilla


Padura ha vivido toda su vida en el barrio Mantilla, en el sur de La Habana. En 2012 recibió el Premio Nacional de Literatura de Cuba, que las autoridades culturales de la isla le otorgaron por haber enriquecido el legado de la cultura cubana en general y de su literatura en particular. También ha sido distinguido con la Orden de las Artes y las Letras de Francia.


Alcanzó el reconocimiento internacional con su serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Mario Conde, que le han servido para interpretar y reflejar la realidad cubana, según el mismo escritor ha manifestado.


Aprendí de Hammett, Chandler, Vázquez Montalbán y Sciascia que es posible una novela policial que tenga relación real con el ambiente del país, que denuncie o toque realidades concretas y no sólo imaginarias, afirmó el autor, refirió la Fundación Princesa de Asturias.


El premio, que el pasado año recayó en el novelista irlandés John Banville, está dotado con 50 mil euros y una escultura creada por Joan Miró.


La ceremonia de entrega tendrá lugar en octubre, en Oviedo, y estará presidida previsiblemente por los reyes de España, Felipe VI y Letizia.


El escritor, la soledad y los lectores


(Artículo publicado el 10/6/2015 por la agencia SPUTNIK)


Hemingway, que a lo largo de su vida dijo tantas tonterías que se han hecho célebres (como aquella historia del editor del Toronto Star que lanzaba máquinas de escribir por la ventana del periódico), también expresó algunas de las grandes verdades del oficio de escritor, sin haberse propuesto nunca (afortunadamente) teorizar sobre el arte de la escritura, sino más bien sobre la experiencia del trabajo con las palabras y las historias.

Fue el autor de El viejo y el mar quien advirtió con mayor claridad del peligro que representa para el novelista, en un determinado momento de su carrera, depender del oficio periodístico, tan absorbente y devorador. Fue también quien comparó la novela con un iceberg, que apenas muestra una octava parte de su volumen, pero que debe sostenerse sobre las otras siete que están sumergidas. Y resulto ser Hemingway quien formuló, con similar certeza, una de las más dramáticas realidades del trabajo del novelista, cuando aseguró que en la medida en que el escritor avanza en su labor a lo largo del tiempo, se va quedando solo. Y no por una maldición intrínseca a su tarea, sino por una necesidad: la soledad es indispensable para el trabajo del novelista, y debe buscarla u olvidarse de lo que pretende ser.

García Márquez, que solía acuñar también este tipo de frases rotundas, aunque con la levedad y la gracia de un hombre del Caribe, decía al respecto que el mejor lugar para vivir un escritor es un burdel: fiesta en la noche y silencio sepulcral en las mañanas. O lo que es lo mismo: distracción sin compromiso y soledad para el trabajo.

Cuando se escribe una novela las exigencias de concentración del escritor deben alcanzar sus máximos niveles, y únicamente la soledad del estudio de trabajo pueden garantizar la satisfacción de esa necesidad. Fuera deben quedar muchas de las atracciones o distracciones del mundo, sin que eso signifique que el individuo que escribe novelas deba ser un anacoreta (como lo fue Onetti durante años), pues de su contacto con su realidad surge o puede surgir una parte de su alimento literario.

En el mundo contemporáneo tal imperativo del oficio de novelista es cada vez más difícil de obtener. Los compromisos promocionales y sociales, las exigencias económicas y las peticiones personales ocupan un tiempo precioso aunque a la vez necesario para una labor que se inicia en el estudio de trabajo pero que se materializa en la librería a la que llega un lector y, entre cientos, miles de ofertas que abarrotan los estantes, decide comprar un libro determinado... ¿Cómo se llega a ese lector? ¿Quién es ese lector?

Las presentaciones de libros en ferias y diversos tipos de eventos promocionales suelen colocar al escritor necesitado de soledad en un escenario donde forma parte de un espectáculo indispensable, pues si no promueve y vende sus libros, difícilmente podrá aspirar a un poco de soledad para escribir, pues tendrá que gastarse y desgastarse en otras labores de las cuales arañar el sustento. Pero esos eventos públicos suelen tener una importante gratificación –al menos así lo asumo yo-: el encuentro personal con el lector, esa posibilidad de ponerle rostro y voz a ese ser difuso y múltiple para el que, en definitiva, uno se encierra durante horas, a lo largo de meses y años, para escribir la novela que, así lo espera, será leída por... ese lector que se acerca y nos pide una firma o algo más.

Cuando ese ente casi abstracto e imprescindible que es lector se materializa e individualiza frente al escritor y le elogia su trabajo, todas las semanas y meses de soledad a que ha debido someterse el escritor cobran su mejor y más amable sentido... Pero cuando ese lector, apenas dichas las primeras palabras se convierte en alguien singular (por lo que dice como lector, por lo que es como persona, por lo que representa como individuo) entonces se abre un mundo de conexiones y posibilidades a los que nunca, en la soledad del estudio de trabajo, pensó llegar al escritor.

Algo así es lo que me ha ocurrido recientemente en Madrid cuando en una presentación de mis libros se me acercó una señora, ciega, y me dijo que era una gran admiradora de mis libros y que mi novela Herejes había sido la última selección del club de lectores ciegos al que pertenece. De inmediato supe que Guadalupe Iglesias no era un lector más, deseoso de un breve diálogo con un escritor, sino alguien especial... que resultó ser muy especial.

De aquel breve encuentro con Guadalupe, surgió un compromiso: asistir a una tertulia con el Club de Lectura del grupo Retina Madrid (que forma parte de la Fundación Retina España) compuesto por personas afectadas por diversas afectaciones de la retina que les provocan ceguera parcial o total, como es el caso de Guadalupe.

Pocas veces en mi vida de escritor –que se va haciendo larga, mientras pierdo pelo y se me oxidan las rodillas- he tenido un encuentro tan cálido y cercano como el que, en medio de decenas de compromisos y trabajos, al fin efectué con este club de lectores en el restaurante madrileño Rías Baixas. Pocas veces he conversado con lectores tan ávidos y apasionados, que han hecho de la literatura una de las formas de comunicarse con un mundo a cuyo acceso se han visto limitados por la pérdida parcial o total de la visión... Pero, sobre todo, pocas veces he estado con gentes con tantos deseos de vivir y de encontrar la plenitud del disfrute de la belleza del mundo como entre estas personas ciegas que leen libros, asisten a cines y museos, viajan por el mundo pues no se han dejado derrotar por la adversidad de un terrible padecimiento.

Si alguna vez he sentido que la soledad de mi trabajo, las dudas desgarradoras del proceso de creación, los temores de todo tipo que anteceden y preceden a mis partos literarios han tenido algún sentido, una invaluable recompensa, ocurrió en esa noche, en un restaurante gallego, con un grupo de lectores ciegos, voraces y suspicaces, que para completar el ensalmo de una noche definitivamente mágica, casi literaria, efectuaron la ceremonia de la queimada del aguardiente, con el tradicional pronunciamiento del conjuro de las brujas... hecho por una Guadalupe Iglesias vital e invencible, vestida de meiga (bruja) gallega para celebrar y brindar por la vida y por los libros.

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Viernes, 29 Mayo 2015 07:49

La afinada red

La afinada red

Los 70 años de la derrota del fascismo convocan a recordar al escritor Gilles Perrault (París, 1931), autor de "La Orquesta Roja" (1967), magistral relato sobre la red de espionaje soviética que partía del corazón del III Reich, se extendía a todos los países ocupados, y que le costó más de 200 mil hombres al ejército alemán.

 

Los padres de Gilles Perrault eran abogados y miembros de la Resistencia francesa. En su casa de la Avenida del Observatorio, en París, hacían reu-niones, escondían gente y preparaban sabotajes. Los cuatro hijos de Georges y Germaine Peyroles, como tantos niños que vivieron la ocupación alemana, conocían su actividad pero se habían acostumbrado a ser discretos y a no preguntar. Conscientes del peligro, no comentaban en la escuela lo que veían en casa.


En octubre de 1943 la Gestapo detuvo a Georges. Buscaban a Germaine, pero al no encontrarla se lo llevaron a él. Cuando supo la noticia, Germaine decidió entregarse. Desde la ventana, el futuro Gilles Perrault, por ese entonces un niño de 12 años, vio a su madre dar vueltas, absorta, por los jardines del Observatorio. Con seguridad ensayaba el argumento que poco después iba a actuar en el cuartel central de la Gestapo.


Vestida con prudente elegancia, Germaine entró a la oficina de los alemanes pisando fuerte: "Parece que me estaban buscando. Francamente no entiendo por qué, pero aquí estoy". Horas después ella y su marido salían en libertad. La magnitud que en esos meses había alcanzado la represión contra la Resistencia jugó a favor de los Peyroles. Los alemanes habían detenido a tanta gente, y tan importante, que, concentrados en interrogar a las piezas clave, pasaban por alto a los cuadros secundarios.


La imagen de la madre caminando con gesto reconcentrado y severo por el jardín del Observatorio, y el coraje de su acto, marcaron al niño y más tarde al escritor en que éste se convirtió. No por casualidad La Orquesta Roja tiene la siguiente dedicatoria: "A mis padres, Georges y Germaine Peyroles, que tocaban en otra orquesta".


UN LUGAR EN LA MANCHA. En 1961 Perrault se instaló en Sainte Marie-du-Mont, en Mancha, donde vive hasta hoy. La elección se debió en parte a una oportunidad inmobiliaria, pero sobre todo a su pasión por la Segunda Guerra Mundial. Allí está Utah, una de las playas de Normandía donde desembarcaron los aliados.


Ese año publicó su primer libro, Los paracaidistas, sobre lo que había vivido en la guerra de Argelia. Firmó la obra con el nombre Gilles Perrault, por el que se lo conoce desde entonces. Había dicho que si no le iba bien con la literatura buscaría trabajo como taxista. Pero agotó la primera edición, de 18 mil ejemplares, y obtuvo el premio Aujourd'hui, que años después ganarían libros tan importantes como La confesión, de Artur London, Los testamentos traicionados, de Milan Kundera, y Malraux, de Jean Lacouture.


Con más de 30 libros publicados, Perrault permaneció fiel a la decisión que tomó cuando dejó la abogacía por la escritura: "Comprendí que sería hombre de una sola causa por vez, de un expediente tratado a fondo durante uno, dos o tres años". Su singularidad reside en la constancia literaria, ética y política con que honra aquel compromiso. Ha trabajado durante años en la investigación de un mismo tema, e incluso ha vuelto sobre él dos décadas después. Es el caso de los dos libros que dedicó al juicio, condena y ejecución del joven Christian Ranucci (por sus títulos en francés: Le pull-over rouge, en 1978, y L'ombre de Christian Ranucci, en 2006).


LOS PIANISTAS

El núcleo original de la red de espionaje que los servicios de información alemanes llamaron Rote Kapelle estaba formado por comunistas judíos con sólidos prontuarios políticos. Militantes clandestinos en su Polonia natal, habían emigrado a Palestina, donde lucharon contra el ocupante inglés para luego volver a Europa. Al frente de ellos estaba Leopold Trepper, a quien llamaban el "Gran Jefe". Ese era el estado mayor de la organización que logró reunir a más de 300 espías, hombres y mujeres de variados orígenes sociales y nacionalidades, sin experiencia ni entrenamiento profesional pero antifascistas decididos, dispuestos a arriesgar todo en la lucha contra el nazismo.


Dice Perrault: "Eso es lo que da a la Orquesta Roja su originalidad humana y su excepcional eficacia: la aleación de un núcleo de profesionales de la clandestinidad con resistentes desprovistos de experiencia pero que aportaron voluntad de combatir, abnegación, espíritu de sacrificio".


En la base de la orquesta estaban los "pianistas", como se los conocía en la jerga de los alemanes, operadores clandestinos de radio que, en general en la madrugada y con gran riesgo, trasmitían información cifrada al "Centro", es decir a Moscú.


Más de 2 mil despachos llegaron a la capital soviética con información tan vital como la fecha –la madrugada del 22 de junio de 1941– en que Alemania planeaba iniciar la invasión de la Unión Soviética, o el anuncio con seis meses de antelación de que la ofensiva alemana se dirigía a Stalingrado, no a Moscú. Stalin su-bestimó las dos informaciones.


El diplodocus. Tan apasionante como la historia de la Orquesta es la historia de la investigación de Perrault, los obstáculos que debió remontar, su constancia para seguir la pista de testigos inubicables y su habilidad para romper secretos. Él mismo comparó el trabajo con la búsqueda de un diplodocus: "Se encuentra aquí y allá un hueso; si se es afortunado, perseverante, se llega a reconstruir una apariencia de esqueleto".


Ante la particularidad de la materia y por la ausencia de información y detalles que dieran vida al relato, Perrault pudo haber apelado a la narración novelada. Pero eligió no adornar ni decorar su diplodocus. En la Orquesta Roja no hay diálogos de ficción, el autor no supone lo que sus protagonistas pudieron pensar o sentir. Construye el relato a partir de documentos, archivos, entrevistas, testimonios. La tensión dramática que logra no viene de una imaginación frondosa sino del rigor y la exhaustividad de la reconstrucción histórica y de la maestría con que hace hablar a los documentos.


La elección de la técnica narrativa tiene relación directa con el propósito de su trabajo. A Perrault no le interesa contar una historia de espionaje ambientada en la Segunda Guerra Mundial sino rescatar la historia de una organización política que luchó contra el nazismo. Sus protagonistas no son agentes secretos, son militantes.


Además de cronista de la Orquesta, Perrault se convirtió también en su cartero. Cuando empezó las entrevistas para el libro, hacía diez o quince años que los sobrevivientes de la red habían perdido contacto entre sí. Se alegraban cuando el escritor les contaba que aquel viejo y querido compañero aún vivía y les enviaba saludos y mensajes. La mayoría había vuelto a sus oficios de antes de la guerra. No tenían pensión ni habían recibido condecoraciones. Sospechosos de seguir colaborando con los servicios soviéticos, se los vigilaba y cada tanto los citaba la policía.


El Gran Juego. Durante mucho tiempo Perrault creyó que Trepper había muerto. Los ingleses decían que lo había fusilado Hitler, y los franceses que lo había hecho Stalin. Tardó dos años en enterarse de que el Gran Jefe vivía en Varsovia. Había recuperado su nombre verdadero –Leila Domb–, dirigía una editorial que publicaba en yiddish y presidía la asociación cultural de la comunidad judía de Polonia.


Capturado por la Gestapo tras la caída de sus principales compañeros, los nazis habían decidido mantenerlo vivo y que los pianistas siguieran "tocando" para Moscú, pero con información falsa. Los jefes de la Wehrmacht se habían convencido de que no podrían derrotar militarmente a la Unión Soviética y que la única posibilidad para Alemania era firmar la paz por separado con ella.
Trepper se prestó al juego, a condición de que dejaran de masacrar a los presos. Por otro lado, comenzó a redactar mensajes cifrados para advertir a Moscú. Pero el Centro no respondía ni le prestaba atención. Cuando se convenció de que el "Gran Juego" se hundía porque la derrota militar de Alemania era inminente y total, comenzó a planear la fuga. En setiembre de 1943 lo logró, se escapó y llegó a Moscú.


Su destino fue el de todos los agentes soviéticos que habían dado información estratégica a Stalin y que éste ignoró u ocultó. Dice Perrault: "A Trepper deberían haberle levantado un arco de triunfo en Moscú". En cambio, lo arrestaron y lo enviaron a la cárcel de la Lubianka.
Trepper le contó que su único objetivo durante los diez años que estuvo en prisión había sido el de sobrevivir: "Era la roca a la que se agarraba; ninguna ola lo podía desprender de ella. (...) rechazó la cólera, que fatiga, para reservar sus fuerzas en sobrevivir". Salió de la cárcel tan comunista como había entrado.
El escritor y Trepper hicieron una amistad que duró más de 20 años: "Tuvimos una relación compleja. Yo era una especie de hijo espiritual, pero también, en cierta forma, algo así como un padre, porque mi libro, digámoslo un poco gloriosamente, le reveló al mundo la existencia del Gran Jefe".


NUEVO EXILIO

En vísperas de la publicación de La Orquesta Roja, la historia volvió a atrapar a Trepper. Luego de la Guerra de los Seis Días, unacampaña de antisemitismo impulsada, entre otros, por el ministro del Interior, ganó a Polonia. Trepper vivía bajo vigilancia. Sus hijos perdieron el trabajo y tuvieron que irse del país. A él se le negó el permiso para emigrar con el argumento de que conocía secretos de Estado. A Perrault no le permitieron volver a entrar a Polonia.


Durante los siguientes dos años el escritor se dedicó a tiempo completo a la causa de su amigo. Formó comités en Europa, obtuvo firmas de apoyo e incluso empezó una huelga de hambre cuando el secretario general de Partido Comunista polaco Edward Gierek visitó París.


En 1973 el Gran Jefe tomó una decisión, que comunicó al gobierno y a las agencias de noticias: "Si en 15 días no se da cambio alguno, comenzaré una huelga de hambre que finalizará con mi salida de Polonia o mi muerte". Dos semanas después aterrizaba en Londres.


Se reencontró con viejos lugares y compañeros, y finalmente, contrariado, decidió emigrar a Israel. "Él, que siempre había sido un antisionista convencido. Fue la derrota más grande de su vida. Me dijo: 'Me voy a Israel porque es el único país del mundo donde estoy seguro de que no me tratarán como a un sucio judío'", recuerda Perrault.


Trepper escribió sus memorias, junto al historiador francés Patrick Rotman: El Gran Juego (1975), complementarias del trabajo de Perrault y de igual éxito.


El Gran Jefe murió en Jerusalén el 19 de enero de 1982. Dice Perrault: "El general Sharon colocó una condecoración sobre su féretro. Nadie es perfecto".

 


 

Escuchen al judío Domb

"Delegaciones venidas de todas partes celebran en Auschwitz el vigésimo aniversario de la liberación del campo. El presidente del Consejo polaco está presente. También está el general soviético que abrió las puertas de Auschwitz en 1945. Delante de él, Leila Domb, presidente de la Comunidad Judía de Polonia. Se levanta, habla a las 80 mil personas reunidas ante la tribuna. Escúchenlo: a través de él, son los muertos de la Orquesta Roja los que hablan a los muertos de Auschwitz y a los vivientes del mundo entero, es el alemán Adam Kuckhoff, el francés Pauriol, la belga Suzanne Spaak, el holandés Kruyt, el ruso Danilov, la estadounidense Mildred Harnack; los que tuvieron el valor de callarse y los que hablaron; los ahorcados, los fusilados, los decapitados. Escúchenlo: es justo que hablen a través de su voz, no porque haya sido su jefe sino porque fue de entre ellos el que pagó el precio más pesado, el que fue herido por los suyos cuando los otros solamente fueron muertos por el enemigo. [...] Escúchenlo: es justo que en estos lugares donde fueron llevados al matadero tantas mujeres, niños y ancianos indefensos, tantos hombres judíos a los cuales se les había privado de combate, sí, es justo que se eleve la voz de aquel judío que sin duda dio al nazismo los golpes más mortíferos."

(De La Orquesta Roja)

 

 


 

Los espías no ganan guerras

"Otra cosa que también me enseñó Trepper y con él la Orquesta Roja fue a usar el 'nosotros' y no más el 'yo'. Yo estaba obsesionado con el yo. La guerra de Argelia había sido simplemente la ocasión para mí –'para mí', 'para mí'– de afrontar la prueba de fuego. Ellos, por el contrario, hablaban de 'nosotros'. A Trepper no le gustaba hablar en primera persona. Con él siempre estaba el colectivo. La comunidad. Y, además, la modestia. [...]"

"Cuando le dije que la victoria de Stalingrado había sido posible gracias a la Orquesta Roja y a sus informaciones, montó en cólera: 'Pero no –me retrucó–, los vencedores de Stalingrado son los soldados del Ejército Rojo que aceptaron morir en las ruinas de la ciudad. Un servicio secreto nunca ganó una batalla, mucho menos una red'."

"Hoy día cuando leo todos esos libros que condenan a justo título al estalinismo pero que en la condena engloban a los militantes que creyeron en la causa y que, además y muy frecuentemente, fueron víctimas del sistema, como Artur London o Trepper, creo que los autores cometen un error y una injusticia. Que el sistema haya sido abominable, estamos de acuerdo, pero que la gente que creyó servir a un ideal hayan sido unos idiotas, eso, simplemente, no es verdad." n

(Entrevista de Jean Maurice de Montremy a Gilles Perrault.)


Sólo la verdad

"Si el autor ha querido contar esta historia sin utilizar la técnica novelesca no es tanto por desprecio de tal técnica como por una especie de debilidad íntima. Uno no se interesa impunemente por las personas, y hete aquí que hace tres años que está obsesionado por los de la Orquesta Roja. Guardando la debida reverencia el autor está un poco en la situación del que, habiendo partido a la caza de un diplodocus, descubre que los huesos recogidos no pertenecen a ningún reptil, sino que son reliquias sagradas. Naturalmente, no se trata de pintarrajearlas. No se trata de que el autor sienta una devoción particular por las redes del espionaje soviético, pero ha adquirido al menos respeto por el enorme coraje de los hombres y de las mujeres de la Orquesta Roja, y simpatía por el cruel destino que fue el patrimonio de la mayor parte de ellos.

Cuando la agente Käthe Voelkner escuchó al tribunal militar alemán que la condenaba a ser decapitada, saludó con el puño cerrado y dijo sonriendo: 'Soy feliz por haber podido hacer algunas pequeñas cosas por el comunismo'. Al autor le molestaría envolver esta frase auténtica, bella y dura como el diamante, en una pacotilla de bazar. Estas palabras son las únicas de las cuales tiene la certeza que fueron pronunciadas por Käthe Voelkner. Por lo tanto no pondrá otras en sus labios."

(De La Orquesta Roja)

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Miércoles, 20 Mayo 2015 08:02

"Un solitario rodeado de humanidad"

"Un solitario rodeado de humanidad"

El 6 de mayo Orson Welles hubiera cumplido 100 años, y el 10 de octubre se harán 30 de su muerte. Difícil hallar entre la gente del cine, y aun entre las gentes de las artes en general, un talento más polifacético, una capacidad de trabajo más abrumadora y una personalidad que suscitara tanta admiración y tanto rechazo.

 

"¡Oh, cuánto llegarán a quererme después de muerto!". Orson Welles


Orson Welles murió de un ataque al corazón, muy temprano en la mañana del 10 de octubre de 1985. El día anterior había estado como invitado, junto a su biógrafa Barbara Leaming, en el show de Merv Griffin. Ese año había grabado una nueva versión de las historias de misterio de Edgar Allan Poe, había continuado rodando pruebas en blanco y negro para su largamente acariciado proyecto, esta vez en Francia, de llevar al cine El rey Lear, había adaptado y registrado en casetes, para el mercado japonés, monólogos de obras literarias seleccionadas por él (de Wilde, Mark Twain, H G Wells, I Dinesen, Cheever, Joseph Conrad, Capote, Byron, Robert Graves, Kipling, entre otros). También había empezado a escribir un nuevo guión basado en una historia de su compañera y cómplice de tantos años, la actriz y pintora Oja Kodar; hizo la narración de un documental sobre el cine yiddish dirigido por Russ Kavel, presentó un espectáculo de cine negro en la televisión, hizo la voz de un planeta maligno en The Transformers, una película de animación de Nelson Shin, filmó con Gary Graver en la Universidad de California secuencias de Julio César y The Magic Show. De hecho, el ataque cardíaco le sobrevino cuando escribía a máquina instrucciones para la continuación de ese trabajo que planeaba filmar esa misma tarde. Tenía 70 años, y una carrera de 60: a los 10 años adaptó, dirigió y actuó en su colegio Dr Jekill y Mr Hyde, multiplicación de roles que repetiría luego prácticamente durante toda su trayectoria, así como su pasión por la literatura, especialmente por los clásicos.


Revisando esa primera parte de su vida, no sólo se constata que empezó todo muy temprano, lo que incluye tanto el trabajo como una vocación, quizá destino, de trashumante –hasta sus restos, y de acuerdo a deseos que él habría expresado, están en una hacienda del sur de España–, y la imposibilidad de mantenerse dentro de los límites establecidos y convenientes. Ya a los 14 años adapta y pone en escena Julio César, de Shakespeare, interpretando a Casio y Marco Aurelio, poco antes de largarse con dos amigos a recorrer Inglaterra, Alemania, Francia e Italia. Dos años después, ya sin familia –perdió a su madre a los 9 años y a su padre a los 14–, abandona los estudios y se va a Irlanda, donde empieza a trabajar de actor en el teatro Dublin Gate. Antes de llegar a los 18 no sólo había actuado en varias obras de esa compañía sino montado asimismo algunas producciones propias, adaptando obras de Ibsen, Noel Coward, Bernard Shaw, Strindberg, Goldoni, entre otros, además de su infaltable Shakespeare.


Sólo hacer un somero repaso de aquellas aventuras juveniles llevaría mucho más espacio que el acordado para esta nota. Ni hablar del total de su carrera: la trayectoria de Orson Welles es un alucinante desfile de frenética actividad, tan cargado que sólo tomar cuenta de lo que hacía en una semana es un ejercicio agotador. (Quien lo dude recurra al día a día del cineasta incorporado a Ciudadano Welles,1 el libro que Peter Bogdanovich trabajó durante años en sucesivos encuentros, no siempre armoniosos, con el propio Welles.) Se peleó con productores, inversionistas, editores, trabajó en infinidad de películas de otros, hizo centenares de horas de programas de radio y puestas teatrales, escribió innumerables guiones para sí que nunca pudieron llevarse a cabo, escribió guiones para otros directores, que se llevaron o no a cabo, viajó de la Ceca a la Meca –Estados Unidos a lo largo y lo ancho, varios países europeos, Sudamérica, norte de África–, filmando, buscando locaciones o inversores o todas esas cosas a la vez, se dio tiempo para escribir columnas en la prensa, ya sobre temas artísticos, ya sobre temas políticos –fue militante por F D Roosevelt, un acérrimo denunciador del racismo y del fascismo y opositor a las pruebas atómicas–, hizo televisión. ¿Qué más?... hasta escribió una historia para un ballet, The Lady in the Ice, cuya coreografía haría Roland Petit, director del Ballet de París, que tuvo un gran éxito en Londres, "y sólo moderado en París, donde estuvo mal iluminado –como siempre lo está todo en París"–, Welles dixit. Dejó un puñado de películas extraordinarias, algunas irreversiblemente mutiladas –el caso más traumático fue el de The Magnificent Ambersons, aquí proyectada con el título de Soberbia y en otros lugares con el de El cuarto mandamiento, ya que la Rko no sólo encajó segmentos no filmados por Welles sino que mandó destruir los fragmentos originales de éste, descartados durante un montaje al que en buena parte el director fue ajeno–; otras inacabadas y perdidas, además de edificar una leyenda ya a partir de El ciudadano (Citizen Kane, 1941), su primer largometraje y posiblemente la película más estudiada, valorada y elegida casi invariablemente como la primera de las top ten, cada vez que se hace una encuesta entre los críticos de cine de cualquier parte del mundo.


Es conocido que Welles fue contratado por la Rko para que realizara dos películas, en condiciones de libertad creativa prácticamente impensables para esa época y esa industria, a partir de la enorme popularidad que ganó tras la emisión por su compañía, el Mercury Theatre, de La guerra de los mundos, de H G Wells, a través de la Cbs, causando el pánico en millones de oyentes que creyeron que efectivamente el país estaba siendo invadido por marcianos. Entró jovencísimo por la puerta grande, y obtuvo una película enorme –donde, con 25 o 26 años, interpretaba durante parte de su metraje a un anciano–, aunque las presiones del enfurecido William Randolph Hearst, inspirador del personaje principal, limitaran severamente la exhibición, y una Academia más bien mezquina apenas le acordó un Oscar al libreto, aparentemente más para resaltar a Herman Mankiewicz, un buen profesional de los buenos viejos tiempos, y no al advenedizo Welles. La modesta taquilla de El ciudadano más los inconvenientes generados con Soberbia –cuyo montaje se efectuaba mientras Welles filmaba en Brasil It's All True, encargo oficial para fortalecer las buenas relaciones con Sudamérica ante el probable advenimiento de la guerra– liquidaron de golpe sus posibilidades en Hollywood. Tan alto empezó, desde tan alto lo derrumbaron. Comenzó allí, tan tempranamente como todo en su vida, esa suerte de leyenda negra que lo condenó para siempre al ejercicio incansable de escribir proyectos y buscar financiamiento, de interpretar roles grandes y pequeños en películas grandes y pequeñas –para obtener recursos para sus propias realizaciones–, de irse y volver una y otra vez al país que lo había engendrado y que lo expulsaba una y otra vez. Aunque había abierto innumerables caminos expresivos con Citizen Kane, como abrió modelos de trasmisión radial de enorme impacto popular y cultural, y hasta llegó a hacer lo mismo con la televisión, mientras vivió fue acompañado por todo tipo de rumores sobre sus excesos, su megalomanía, su incapacidad de cumplir acuerdos. Para el tamaño de su talento y su capacidad de trabajo, las películas que deja son más bien pocas: además de Citizen Kane y Soberbia, The Stranger (1946), La dama de Shangái (1947), Macbeth (1948), Otelo (1952), Mr Arkadin (1955), Sed de mal (1958), El proceso (1962), Campanadas a medianoche o Falstaff (1966), F for Fake (1973), un Don Quijote inacabado (más tarde los españoles hicieron un montaje reducido para presentarla en la Exposición Universal de Sevilla de 1992), también inacabadas The Deep (1970) y el especial para televisión The Magic Show, posteriormente editado en Alemania. No todas ellas son "parejas", "compactas", virtudes que se suelen apreciar en cuanto a la coherencia interna de un filme. Todas contienen enormes momentos de cine, a veces durante la mayoría de su desarrollo –según esta cronista, caso de Macbeth y de F for Fake–, casi todas logran eso tan raro, el estremecimiento –siempre según quien escribe, caso de Otelo y de Macbeth–, otras, un encantamiento difícil de describir –La dama de Shangái–, la intuición o sospecha de que sin las mutilaciones sufridas, Soberbia tendría una excelencia igual o mayor a Citizen Kane. En Imbd sin embargo son 47 los créditos atribuidos a Orson Welles como director, puesto que hay un montón de realizaciones, en general cortometrajes para cine y televisión, incluyendo los muy tempranos –anteriores a su debut oficial con Citizen Kane–, Corazones del tiempo (1934), Too Much Johnson (1938) y The Green Goddess (1939). Sobre la primera de ellas, escribe Peter Bogdanovich: "Esta pequeña película habla de un modo extraño y surrealista de la muerte (papel interpretado por Orson Welles, en un grotesco maquillaje de anciano, como una especie de joker con una sonrisa burlona) y de cómo llega para llevarse a la tumba a la anciana señora (interpretada por Virginia Nicholson, que pronto se convertiría en la primera esposa de Welles) también con mucho maquillaje. Lo que es fascinante –aparte de la obsesión con la vejez, que continuó siendo un tema en todas las películas de Orson– es que la firma es inconfundiblemente suya. Las distintas escenas pasan ante el espectador con sorprendente velocidad y variedad, imágenes complejas de considerable vigor". Genio y figura, desde el arranque.


Y además está el Welles actor. Desde su cara de niño inicial al imponente y enorme coloso de una madurez muy temprana, además de todos los roles principales de sus propios filmes, fue Cagliostro, César Borgia, el Rochester de Jane Eyre, Tiresias, el emperador Justiniano, el Long Silver John de Moby Dick: 122 créditos en actuaciones para cine y televisión. Hay también consenso en que de todas sus apariciones en películas ajenas, la más mentada es la de El tercer hombre (1949, dirigida por Carol Reed con guión de Graham Greene, y en la que Orson introdujo ideas propias en vestuario, ángulos de cámara, escenografía), donde como Harry Lime –personaje de breve aparición, pero cuya sombra domina toda la película– pronuncia aquel famoso discurso escrito por él mismo: "(...) en Italia, durante 30 años, bajo los Borgia, tuvieron guerras, terror, asesinatos y derramamientos de sangre... pero produjo Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza tuvieron amor fraternal, quinientos años de democracia y paz. ¿Y qué produjeron? El reloj cucú" (Welles reconoció después que los suizos, muy amablemente, le aclararon que ese tipo de reloj no era suizo, sino que provenía de Baviera).


Una película sobre Welles –hay varias, y en el Festival de Cannes, que lo homenajea este año, se presentarán las dos últimas, Orson Welles. Autopsie d'une légende, de Elisabeth Kapnist, y This is Orson Welles, de Clara y Julia Kuperberg: seguramente estaría encantado de que las mujeres se ocupen tanto de él– sería incluso, si guiada por mano igual de sabia, superior a El ciudadano, teniendo en cuenta que la imaginación, la locura, el empeño, la brusquedad, la generosidad, la egolatría, etcétera, de Welles, superan largamente las muchas facetas de Hearst. No por nada el "Ciudadano Welles" que Bogdanovich eligió para titular su libro se ha vuelto recurrente toda vez que se habla de él. Entre todas las definiciones que se han hecho del que fue declarado por el British Film Institute como "el mejor director de cine de la historia", elijo la de Jean Cocteau: "Orson Welles es un gigante con rostro de niño, un árbol lleno de sombras y de pájaros, un perro que ha roto la correa y se ha ido a dormir a un macizo de flores. Es un vago activo, un sabio loco y un solitario rodeado de humanidad".


1. Ciudadano Welles, de Orson Welles y Peter Bogdanovich. Editorial Grijalbo, Barcelona 1994.


El otro lado del olvido

 

Entre 1970 y 1976 Welles rodó, a intervalos, The Other Side of the Wind, un proyecto personal cuya idea había germinado, según cuenta la leyenda, a partir de un encuentro con Hemingway en 1937, que empezó a los sillazos y acabó en una reconciliación regada con whisky. La película, en blanco y negro, comenzaba con la muerte del director de cine Jake Hannaford –interpretado por el realizador John Huston–, que intentaba volver a las primeras planas con un filme titulado, precisamente, The Other Side of the Wind. Participaban además Susan Strasberg, Lili Palmer, Paul Mazursky, Jack Nicholson, Oja Kodar, Dennis Hopper, Peter Bogdanovich, entre otros. Según Joseph McBride, autor del libro What Ever Happened to Orson Welles?, entre otras cosas allí se ridiculizaba a algunos realizadores contemporáneos de entonces, como Antonioni. A propósito de ese filme, cita en su libro Bogdanovich, ilustrando aquel interés que tuvo Welles durante toda su vida por la ancianidad: "'Es sólo cuando tenemos 20 años, o 70 u 80, cuando hacemos nuestra obra más grande –continuó Orson–. El enemigo de la sociedad es la clase media; el enemigo de la vida es la mediana edad. La juventud y la vejez son los mejores tiempos, debemos conservar la edad provecta como un tesoro y considerar genial la capacidad de funcionar en la edad anciana...(...)'. Al otro día Orson me informó que proyectaba hacer su última película precisamente sobre ese tema: los últimos años de un director que estaba envejeciendo, y así fue, posiblemente, como Orson Welles empezó a filmar su película, ahora legendaria, The Other Side of the Wind, financiada con su propio dinero a finales de 1970 y que continuó filmando de manera discontinua durante varios años (...). Lo poco que he visto de ella está entre lo mejor que hizo Orson Welles" (pág 24). Además del dinero del propio Welles, hubo para la película una combinación de fondos alemanes, españoles e iraníes. Según cuentan Frank Marshall y Bogdanovich, las cosas se torcieron cuando "un productor se esfumó con parte del dinero", y a causa de la revolución iraní.


El material rodado –unas mil bobinas– quedó guardado bajo la custodia de la hija de Welles, Beatrice, hasta que en 2014 los productores Frank Marshall y Filip Jan Rymsza, bajo el sello Royal Road Entertainment, negociaron con Beatrice, Oja Kodar y la empresa franco-iraní L'Astrophone –entre las rarezas que caracterizaron los financiamientos de Orson Welles, figura que Mehdi Bushehri, cuñado del entonces sha de Irán, pusiera algunos fondos para esa película– el permiso para concluirla. Es necesario rodar algunas escenas que faltan, y agregar la música, expresó Marshall al New York Times. Pero como los problemas de financiamiento acosan a Orson Welles aun después de muerto, repicó por todos lados la noticia de que Marshall y Rymsza, con Jens Koether Kaul y Bogdanovich, que se sumaron al proyecto, han recurrido al crowfunding (financiación colectiva) para juntar los 2 millones de dólares necesarios para concluir la película, que llegaría a unas dos horas y cuyo montaje se haría según instrucciones escritas por Welles. La contribución mínima es de diez dólares y la máxima de 25 mil, y a cambio se ofrece desde un enlace para descargarla hasta una copia en Dvd, un libro de fotografías inéditas, posters o puros de edición limitada, entradas para el estreno mundial, o una de las latas originales en las que se conservaron los rollos. La máxima recompensa es una copia de la película en 35 milímetros. Dado que en las primeras horas del llamado se reunieron unos cuantos miles de dólares y el apoyo de los cineastas más reconocidos –Clint Eastwood y Wes Anderson entre ellos–, probablemente el dinero pueda juntarse pronto. Aprovechando la bolada, y como el hombre da jugo con su anecdotario inacabable, en abril de este año se publicó Orson Welless Last Movie. The Making of The Other Side of the Wind, escrito por Josh Karp, donde cuenta anécdotas de la producción, entre ellas la de John Huston bastante bebido conduciendo en una autopista por la senda contraria "para terror de todo el equipo". Este libro podría, a su vez, convertirse en un filme; Karp anunció estar escribiendo un guión, y sueña con ver a Jeff Bridges interpretando a Welles y a Nick Nolte como John Huston.


Pero hay más, y más extraño. Hay un lugar de Italia llamado Pordenone donde el azar iluminó un pequeño milagro. En 1938 el Mercury Theatre de Welles ponía en escena una obra teatral llamada Too Much Johnson, y a Welles se le ocurrió rodar tres prólogos en cine mudo para incorporarlos a la puesta en escena. Al final la incorporación no se hizo, y lo filmado quedó en alguna parte. Según Orson Welles, en su casa de Madrid, que se incendió en 1970, por lo que todo el mundo, incluido el interesado, concluyó que ese material –en nitrato de celulosa, altamente inflamable– se había perdido para siempre junto a numerosos guiones y libros inéditos. "Era una hermosa película. Creamos una especie de Cuba soñada en Nueva York", le dijo Welles de Too Much Johnson a uno de sus biógrafos, Joseph McBride.


Pero en 2008, en Pordenone –donde se celebra un festival de cine dedicado enteramente a películas mudas–, un intenso olor a vinagre preocupó a Piero Colussi, de la asociación de cine independiente Cinemazero. Cuatro años antes había aceptado unas cajas con rollos de película antigua que le mandó un amigo, dueño de una empresa de envíos, que no sabía qué hacer con ellas. Colussi revisó los rollos y en algunos de ellos encontró la palabra Welles. Como no le era posible cargar las cintas de nitrato en los proyectores de que disponía, decidió enviarlas a la Universidad de Gorizia, cercana a Pordenone, para que estudiaran los fotogramas. Un día le informaron que el material contenía imágenes con Joseph Cotten muy joven. Too Much Johnson volvía a la vida –a la mirada pública– después de un misterioso periplo cuyos tramos, aún no conocidos, podrían muy bien haber sido diseñados por Orson Welles. La restauración de la cinta comenzó en Holanda y luego se prosiguió en Estados Unidos; en agosto, la George Eastman House informó públicamente sobre el proceso, y su estreno mundial en octubre de este año. Precisamente en Pordenone, durante la edición número 32 del festival Le Giornate del Cinema Muto.

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Günter Grass: la muerte de un ciudadano público

Según las agencias, Günter Grass (1927-2015), el gran escritor alemán, poeta, escultor y dibujante, premio Nobel de Literatura (1999), falleció el pasado 13 de abril tras sufrir una infección seria (Ap, 13/4/15). Pero según Bernard-Henri Lévy, Grass murió ya hace tres años, cuando se atrevió a criticar el programa nuclear israelí y calificar a Israel de amenaza a la paz mundial (La primera muerte de Günter Grass, El País, 15/4/12). El filósofo francés tuvo la galantería de escribir primera, pero supongo que con la muerte pasa lo mismo que con otras cosas que realmente importan: la primera es la que cuenta. O al menos eso le hubiera gustado a Lévy y a otros detractores que Grass se ganó abriendo su boca grande a lo largo de las décadas, incomodando, rompiendo silencios y tabúes. Neal Ascherson: Decía cosas que otros no querían escuchar y a veces exageraba un poco ( The Guardian, 18/4/15). Fue su manera de llamar la atención, que tenía tanto que ver con su particular y desbordado estilo literario.


Confrontaba a los alemanes con su pasado y herencia nazi; abogaba por cerrar las heridas de posguerra y restablecer las relaciones con Polonia (viniendo de la ciudad libre de Dánzig –hoy Gdansk– y de madre cachuba/polaca); acompañó al canciller Willy Brandt (1969-1974) en su histórico viaje a Varsovia en que éste reconoció las fronteras post 1945 y se arrodilló en el Monumento de los Héroes del Gueto (un gesto simbólico hacia las víctimas del Holocausto que a muchos alemanes les pareció... excesivo); criticaba al mundo por no hacer nada por el desarme nuclear; censuraba al imperialismo estadunidense y soviético, al capitalismo –desde el reformismo socialdemócrata, pero con una mirada bastante aguda– y al comunismo; se solidarizaba con los movimientos de liberación nacional; apoyaba a los disidentes del bloque soviético y defendía a Cuba y Nicaragua; se oponía a la unificación de Alemania –un nuevo Anschluss– diciendo que el horror incomparable de Auschwitz excluye la posibilidad de un solo Estado; luego denunciaba que la limpieza anticomunista resultó ser más dura que el proceso de la desnazificación; abandonó la SPD cuando el partido tomó un giro conservador/neoliberal; se oponía a la guerra en Irak (2003); salía en defensa de las minorías (romaníes y kurdos), naciones enteras (criticando el trato a los griegos, supuestos causantes de la eurocrisis) y medio ambiente (contrastando el pillaje humano con la sabiduría del mundo animal); criticaba a la canciller Merkel por su visión de la democracia al estilo del mercado y su cobardía ante el espionaje de Washington; lamentaba la pérdida de toda una generación de jóvenes europeos (y recordaba 6 millones de parados que llevaron a Hitler al poder); fustigaba los lobbies financieros; abogaba por el asilo a Snowden y advertía que en los múltiples conflictos AD 2015 hay síntomas de la tercera guerra mundial.


Todas estas intervenciones –no libres de contradicciones y/o exageraciones– harían de él un clásico intelectual público, si no fuera por su deliberado antintelectualismo, fruto de su desilusión con la generación anterior de intelectuales pro nazis (Goebbels era un intelectual) y el desencuentro con el movimiento del 68, que tildó de deshonesto (observando cómo algunos de sus hijos –¡Lévy!– se volvieron intelectuales del poder, se entiende...). Grass era más bien un ciudadano público que enturbiaba las conciencias y ponchaba las burbujas del triunfalismo. En una de sus últimas entrevistas subrayaba: Hay que decir las cosas como son. Y dudo que podamos dejarlas libradas exclusivamente a lo intelectual ( El País, 14/4/15). Su lema era: El ciudadano debe mantener la boca abierta. Pero en un caso la mantuvo cerrada casi hasta el final. Nunca ocultó su nazi-entusiasmo juvenil –una autocrítica en que edificó su posición moral–, pero no dijo que también estuvo en la Waffen-SS, revelación tardía ( Pelando la cebolla, 2006; How I spent the war, en: The New Yorker, 4/5/07) que cayó como una bomba.

Hasta la izquierda quedó dividida: Christopher enfant terrible Hitchens –otro hijo del 68– lo tildó de bocón e hipócrita; José Saramago o John Berger –tomando en cuenta su trayectoria y su propia explicación– lo defendieron. Timothy Garton Ash, sin ahorrarle críticas concluía que perdió una oportunidad de confesarse en los años 60 y luego sólo quería decirlo antes de morirse ( The New York Review of Books, 16/8/07). Así que cuando publicó un poema-denuncia, Lo que hay que decir ( El País, 3/4/12), criticando a Israel por querer bombardear Irán, a Alemania por venderle submarinos capaces de transportar armas nucleares y a Occidente por su hipocresía, sus detractores la tenían fácil (¡Grass es un cripto-nazi y un cripto-antisemita!). No les importaba que su crítica se centraba en Netanyahu, que diabolizaba a Irán con fines electorales (un cínico show que repitió este año), y que allí dónde exageró –por ejemplo era poco plausible el uso de armas atómicas en ataque preventivo a las instalaciones nucleares– bastaba corregirlo con calma, tal como hizo Uri Avnery, uno de los pocos ciudadanos públicos en Israel (Günter, the terrible, en: Counterpunch, 13-15/4/12).


Una excepción al anti-intelectualismo de Grass fue su excelente diálogo con Pierre Bourdieu (1930-2002), el gran sociólogo francés: un intercambio entre un ciudadano y un intelectual público, dos especies en vías de extinción. Ambos defendían la literatura y la sociología desde abajo (escritas desde el punto de vista de las víctimas) y fustigaban el avance del neoliberalismo; aseguraban que iban a seguir con sus bocas abiertas, a pesar de su tiempo limitado ( The Nation, 15/6/00). Grass –mirando atrás y haciendo la memoria histórica– insistía en eso hasta el final: Vi cómo se desmoronaba la República de Weimar y cómo surgió Hitler porque hubo pocos ciudadanos que la defendieran; por eso siento que necesito comprometerme políticamente como ciudadano, siendo autor y artista. Por eso abro muchas veces la boca aunque haya mucha gente que quiere cerrármela. Hasta ahora no lo ha conseguido ( El País, 14/4/15). Sólo la muerte lo consiguió.

Twitter: @periodistapl

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