Cambio generacional en la política, ¿alguna novedad?

Son muchos los países donde los dirigentes tienen edades comprendidas entre los 30 y 45. Las nuevas élites se nutren de líderes juveniles pertenecientes a las organizaciones tradicionales o son delfines crecidos a la sombra de las oligarquías partidistas. También los hay emergentes a la luz de los movimientos sociales. Medioambientalistas, LGTB, ecologistas, derechos humanos, defensores de los animales.

Todos comparten, además de la edad, una visión propia del capitalismo digital, son hijos de las nuevas tecnologías. Ellos, se reconocen en la cualificación, la formación académica, el manejo de idiomas y ser viajados. Ya no se trata de militantes fajados en las luchas sindicales, provenientes del mundo laboral, profesiones liberales, clase trabajadora, todos ellos, ciudadanos comprometidos con su tiempo y de principios asentados.

Hoy, su fuerza radica en aspectos poco relevantes para el ejercicio de la política, máster, doctorados como aval para ejercer cargo público. Inflan sus historias de vida con postgrados, diplomas ganados en cursos mediocres. Muchos títulos. Participan de una concepción elitista de la política. Hacen militancia desde Twitter, se vanaglorian de tener cientos de miles de seguidores, además de poseer un carácter flexible sin apego a convicciones. Ideológicamente ocupan todo el espectro político. Desde la nueva derecha a la novísima izquierda. Liberados de polvo y paja, son hijos de una nueva era. Su historia política es irrelevante, banal. Resulta más importante haber vivido en un barrio obrero que tener principios para definirse de izquierdas.

Aún así, lo dicho debería ser motivo para, al menos, tener un punto de partida común. Un comportamiento acorde con la época que les ha tocado vivir. Muchas luchas han supuesto ampliar derechos laborales, sindicales, disminuir la edad de jubilación, tener sanidad universal, educación pública o el acceso a viviendas sociales. Las nuevas generaciones dirigentes no sufrieron el trauma de la II Guerra Mundial, dos bombas atómicas o una guerra fría cercana al holocausto nuclear.

Se encuentran un mundo que les debería hacer pensar en políticas inclusivas. Sin embargo, la realidad se muestra tozuda. En la nueva derecha "joven" tenemos dirigentes neonazis, llenos de odio, racistas, xenófobos, anti-abortistas, homofóbicos, chovinistas, deseosos de emprender guerras, y por la izquierda o los sectores progresistas, observamos practicas sectarias, estalinistas, antidemocráticas, elitistas, machistas y corruptas.

Las nuevas generaciones que acceden a la vida pública, están reproduciendo lo peor de las élites políticas del pasado. Los argumentos de unos y otros son vacuos. Nadan entre trapicheos, fomentan el oscurantismo, aunque declaman vivir en la trasparencia. Su acceso a cargos de representación popular, concejales, alcaldes, diputados o senadores están, en la mayoría de los casos, sobrecargados de soberbia.

Padecen mal de alturas, se emborrachan de lisonjas, como el uso de coches oficiales, celulares, trasportes gratuitos, tarjetas de crédito, bonos, etcétera. Sufren un síndrome de poder compulsivo. Crean redes de favores, viven de los privilegios del cargo, abandonan principios y no dudan en defender a los suyos cuando se les pilla infraganti en actos de corrupción, la mentira política, obteniendo favores espurios de empresas privadas, accediendo a créditos bancarios impensables para los mortales o en acciones de nepotismo.

No hay diferencias, las nuevas generaciones comparten un objetivo común: articulan un sistema en el cual no hay lugar para cambios estructurales. Son jóvenes viejos, su fin: ganar dinero, vivir bien, tener reconocimiento social, ser famosos, poseer bienes, comprar chalets en urbanizaciones de lujo, etcétera. En pocas palabras, reproducir el orden social bajo la visión del éxito personal como mecanismo de justificación política. Ellos son triunfadores, no le deben nada a nadie, están empoderados. Utilizan la política para su beneficio, extravían principios y conciencia en el camino. Nueva derecha y nueva izquierda, generacionalmente entendidas, expresan el triunfo del capitalismo cultural.

Este año del 200 aniversario del nacimiento de Marx y de los 150 años de la primera edición de El Capital se hace necesario recordar que el problema de hacer política no radica en la edad, sino en los principios que se defienden. Salvador Allende dejó claro la diferencia en su discurso pronunciado en la Universidad de Guadalajara en 1972: "la juventud tienen que entender que no hay lucha de generaciones (...) hay enfrentamiento social, que es muy distinto, y que pueden estar en la misma barricada de ese enfrentamiento (...) los de 60 y jóvenes de 20 (...) No hay querella de generaciones". Ha sido esta línea la que se traspasado, poniendo como problema generacional un problema de lucha de clases y la renuncia a la revolución socialista.

 

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EEUU vive una guerra cultural, de clase y racial

Cuando una parte de la población de una nación está armada para defenderse de otra parte de la población, estamos ante una guerra civil no declarada. Cuando el Estado no tiene el monopolio de la violencia legítima, ¿podemos pensar que se trata de un 'Estado fallido'?


Las masacres en escuelas y centros de estudio pueden considerarse una emergencia de la violencia en la sociedad estadounidense. En los primeros 45 días de 2018, hasta la masacre de San Valentín, hubo 18 tiroteos en escuelas, en diez de las cuales hubo muertos, según el Everytown for Gun Safety, un grupo que defiende un mayor control sobre la venta de armas. En el mismo lapso se han registrado 18 tiroteos en escuelas de EEUU, en 10 de los cuales hubo heridos o muertos. Desde 2013 la cifra trepa hasta los 290 tiroteos en centros educativos.

Otro informe de prensa asegura que en el primer mes y medio hubo 1.800 personas que murieron en Estados Unidos por herida de bala. Desde 2011 fueron 200.000. Una verdadera guerra. La notable cantidad de muertes por armas de fuego, y en particular la sucesión de matanzas en escuelas, han llevado a diversas organizaciones a convocar la Marcha por Nuestras Vidas (March for our Lives, en inglés) el sábado 24 de marzo en Washington, para que la libertad de poseer armas de grueso calibre sea regulada


Los convocantes de la protesta demandan la prohibición de la venta libre de fusiles de asalto, por considerarlas armas de guerra que van más allá de la defensa personal. Pero defienden "el derecho de los estadounidenses respetuosos de la ley a poseer y portar armas, como se establece en la Constitución de los Estados Unidos".


Los organizadores también reclaman la prohibición de las revistas especializadas en armas de guerra, asegurando que aquellos estados que las prohíben tienen la mitad de tiroteos. Y sostienen que la verificación de antecedentes de los compradores reduce drásticamente los sucesos violentos.

Lo que sorprende es que aún los opositores a las armas de fuego muestran su respeto por la "segunda enmienda" de la Constitución que defiende "el derecho del pueblo a poseer y portar armas". Lo cierto es que en EEUU hay más armas que habitantes y que la mitad de las armas del mundo en posesión de civiles está en este país.


El Congreso nunca autorizó la creación de una base de datos sobre la cantidad de armas en poder de particulares ni la cantidad de muertos por armas de fuego. No cualquiera tiene un arma. Una pista sobre los poseedores la ofrece el Departamento de Justicia de Estados Unidos: en 2013 se vendieron 16,3 millones de armas de fuego (45.000 cada día), un aumento del 130% en relación a 2007, cuando Barack Obama llegó a la Presidencia y se desató el pánico a que el Gobierno restringiera la venta.

Aunque la violencia crece, cada vez son menos los ciudadanos de EEUU que tienen armas. En la década de 1980, la mitad de las familias tenían armas, cifra que cayó a un tercio en la actualidad. Lo que indica que los que tienen un rifle, una escopeta o una pistola cada vez acumulan más cantidad de armas. Según un estudio de EFE, el 66% de los estadounidenses posee más de un arma en su casa.

El estudio ofrece algunas pistas sobre quiénes tienen armas y contra quiénes las utilizan. El 65% afirma que posee un arma para protección, seguido de los que las tienen para uso deportivo y caza, y muy lejos por los coleccionistas. La mitad afirma que creció en un hogar con armas.


La distribución entre grupos sociales es la clave. El 57% de los republicanos está armado frente a sólo el 25% de los demócratas. La mitad de los blancos (49%) tiene armas frente a menos de un tercio de los negros (31%) y apenas una quinta parte de los latinos (20%). El 72% de los estadounidenses disparó alguna vez un arma.


El panorama se aclara. Una minoría de hombres blancos republicanos está armada. Por otro lado, sabemos que la policía ha disparado y matado más de mil personas cada año desde el comienzo de la crisis de 2008, en su inmensa mayoría negros, lo que ha dado pie al nacimiento de movimientos como Black Lives Matter (Las vidas negras importan, en inglés), entre otros.

¿Cómo entender y cómo analizar estos datos?

La primera cuestión es que estamos ante un país que vive una larga guerra civil. Cada día 309 personas reciben heridas de bala y 93 mueren por disparos. Desde 1967 murieron por disparos 1,59 millones de personas, más que los ciudadanos de EEUU que perdieron la vida en guerras, que suman 1,2 millones en estos 50 años.


Son cifras elocuentes. Es una guerra interna de la que no se puede acusar a ninguna potencia extranjera. Es una forma de vida que está en el ADN de los estadounidenses y que probablemente esté arraigada en la forma como se creó la nación. Por algo la segunda enmienda se formuló en 1791, cuando la rebelión contra la monarquía inglesa llevó a los rebeldes a crear milicias armadas para defenderse de los ejércitos coloniales.


La segunda cuestión es la identidad de los estadounidenses, punto en el que aparecen fuertemente divididos. El hecho de que 'sólo' la mitad tenga armas, y que apenas uno de cada cuatro votantes demócratas las posea, enseña una fractura identitaria muy fuerte. Más aún porque cada vez son menos los que creen que las armas resuelven los problemas de seguridad, tal y como muestran el descenso constante en la posesión y los movimientos que se han disparado este año contra las armas de guerra.

El tercer aspecto es el que siento más importante. Los más oprimidos, negros e hispanos, los más débiles socialmente, son los que menos armas tienen. Son las víctimas principales de los que tienen armas, tanto de los civiles como de los policías, guardias nacionales y militares que son mayoritariamente blancos, en particular los mandos medios y superiores.

Por lo anterior, debemos concluir dos cuestiones: el Estado no tiene el monopolio de las armas y la violencia se ejerce principalmente contra los pobres, focalizada en negros e hispanos. Una frase casi prohibida en EEUU, resume la cuestión: lucha de clases.

 

09:04 22.03.2018(actualizada a las 09:59 22.03.2018)URL corto

 

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Alejandra Kollontai. Las relaciones sexuales y la lucha de clases. El comunismo y la familia

Alejandra Kollontai es una figura principal en la historia de la Revolución Rusa y en la historia del feminismo radical, al cual aportó la idea que la revolución político-sexual es parte indispensable del camino hacia la liberación de la sociedad. 

En el seno del Consejo de los Soviets pugnó por el derecho de las mujeres al aborto y a la ayuda materno-infantil, por el fin del matrimonio y el derecho al placer, así como por el trabajo retribuido en igualdad con los hombres.

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Lunes, 25 Septiembre 2017 11:34

El intento de golpe militar

El intento de golpe militar

Durante las jornadas de julio, en las que obreros y soldados recibieron una derrota, el Gobierno Provisional no dejó ni un momento de acusarlos de ser agentes de la contrarrevolución1. Y los bolcheviques, particularmente, de ser “espías alemanes”. Todo ello era evidentemente falso. Sin embargo, la contrarrevolución sí existía, y no precisamente entre las masas descontentas sino en las alturas del poder burgués, sus partidos, los restos de los monárquicos, la Iglesia y la alta oficialidad. Y lo más significativo: en el propio gobierno, a pesar de la participación en el mismo de los partidos conciliadores. Todos interesados en deshacerse de los soviets, especialmente de los revolucionarios allí presentes. El plan había comenzado a desarrollarse desde el momento mismo en que se consolidó la derrota, la cual, al mismo tiempo, había puesto de presente, paradójicamente, la debilidad e impotencia del gobierno de la última coalición. Contemplaba, como culminación, un golpe militar, el 27 de agosto, fecha que, según algunos astutos como el entonces Comisario en el Frente de Guerra, Savinkov, era la más adecuada porque se completaban los seis meses de la revolución de febrero. El líder escogido para semejante empresa era el General Kornílov a quien el propio Kerenski había entregado desde mediados de julio el mando supremo de las Fuerzas Armadas con sede en el Cuartel General de Mohilev.

 

Sobre la derrota se reorganiza la reacción

 

No hay que subestimar el impacto del fracaso y la posterior represión. Sobre todo de la gran calumnia que no sólo afectó al partido Bolchevique sino que sumió en el desconcierto y la más profunda depresión a la mayoría de los obreros y soldados más activos comenzando por los bastiones de Petrogrado, Viborg y Kronstadt. Fue precisamente este ambiente, al debilitar la resistencia, el que facilitó la represión. Aunque no significaba apoyo para el Gobierno. Es cierto que en un primer momento, los bolcheviques perdieron simpatizantes e influencia, pero el crecimiento de socialistas revolucionarios (eseristas) y mencheviques no indicaba una pérdida de radicalidad, sino, como se vería más adelante, una transformación –fraccionamiento– de los partidos conciliadores. Una vez se disipó la bruma y la pesadilla de la inverosímil calumnia, en pocas semanas se retomó el sendero de la radicalización.

 

A pesar de todo, la debilidad del gobierno era ostensible. Los conciliadores ya eran mayoría en el gabinete, pero habían perdido toda iniciativa. Definitivamente, la dualidad de poder es una situación inestable, necesariamente transitoria. Kerensky busca entonces una alternativa de recuperación y concibe la idea de convocar a una gran “Conferencia Nacional”, en esta oportunidad en Moscú considerada la pacífica ciudad de las nobles tradiciones opuesta aparentemente a la revoltosa Petrogrado. La propuesta encuentra respaldo entre los grupos del poder reaccionario y la convoca para el 13 de agosto, teniendo cuidado de excluir a los bolcheviques. En el fondo su aspiración era construir una base social que le permitiera concentrar en sus manos todos los atributos del gobierno.

 

La gran Conferencia Nacional de Moscú se inauguró pues con gran pompa. Asistieron todas las llamadas “fuerzas vivas” de la sociedad. Industriales y banqueros, los principales Generales, el Clero y el profesorado, los líderes Kadetes. Incluso algunos mencheviques y eseristas miembros del Ejecutivo de los soviets y de los sindicatos. Simultáneamente y a manera de protesta, las corrientes revolucionarias encabezadas por los bolcheviques logran decretar una huelga general en Moscú y realizan una gran manifestación el día doce. El clima político entre los obreros y soldados ya había cambiado de signo.

 

En todo caso, el proyecto reaccionario iba más allá. Otra era la solución de la “mano fuerte”. Quien realmente salió victorioso de la Conferencia, y sin estar presente, fue el Generalísimo Kornílov en quien, de manera explícita, ponían su esperanza tanto los que aspiraban a una restauración monárquica como los que buscaban un reacomodo republicano pero sin paz y sin tierra. Pero especialmente la alta oficialidad militar que venía reclamando la recuperación de la disciplina en las fuerzas armadas y el orden en los campos. Su base fundamental era el “comité principal de la Asociación de Oficiales del Ejército y la Flota”. Y detrás de éste, grupos oscurantistas como los “Caballeros de San Jorge”. Kornílov no era ni un gran militar ni un hombre inteligente. Todo su prestigio provenía de no haber tenido escrúpulos en fusilar “desertores” y perseguir a los campesinos que ocupaban las haciendas. Reputación que le había merecido al mismo tiempo el odio de la población y de los propios soldados. Sin embargo, era, según creían, el indicado para poner fin a la inestabilidad, liquidando los soviets y sus dirigentes revolucionarios. Los kadetes, cuya eminencia gris era el exministro Miliukov, ya le habían expresado su respaldo.

 

La hora de la sublevación

 

El plan era relativamente sencillo. Se trataba de atacar y ocupar (por el sur y por el norte) Petrogrado. Para ello Kornílov, con el apoyo de Kerenski, había trasladado desde el frente suroccidental a las proximidades de la ciudad, el tercer cuerpo de caballería y la llamada “División salvaje”, formada por despiadados montañeses caucásicos al mando del tenebroso Krimov. Esta era la encargada de ocupar la sede del Soviet y detener (en realidad ahorcar) a los dirigentes bolcheviques. Así mismo se había concentrado cerca de Viborg una División Cosaca. En realidad, Kornílov tenía puesta toda su seguridad y toda su confianza en los cosacos, sus paisanos, un temible cuerpo de caballería, conformado por un pueblo campesino, diferenciado étnicamente, que había hecho de esta actividad, orientada a la represión de desórdenes sociales, su razón de ser. Lo que ignoraba era que en ellos también se iba a presentar la confrontación entre soldados y oficiales.

 

El punto de partida era, paradójicamente, la derrota en el frente de la guerra. El 21 de agosto los alemanes rompen el frente ruso y toman Riga. La circunstancia (se sospecha que fue planeada) es aprovechada por la reacción para volver a las acusaciones en contra de lo bolcheviques “derrotistas”. Confiaban en una reacción “patriótica” de la población. Kerenski ayudó con la expedición el 23 de agosto de un decreto en el que elogiaba a los oficiales y criticaba las medidas democratizadoras en el ejército que permitían el “irrespeto” por parte de los soldados. Al mismo tiempo, en la ciudad se desarrolla una estrategia de provocación para llevar a los bolcheviques a un levantamiento. El 25 de agosto se prohíbe el periódico bolchevique; el 26 doblan el precio del trigo. Pero los bolcheviques no caen en la trampa. Se encarga entonces a Dutov, coronel de cosacos, organizar una simulación de levantamiento. La idea, en todo caso, era argumentar la existencia de “disturbios” para justificar la ocupación militar.

 

El 26 de agosto ya la movilización está en marcha. Fue entonces cuando se pudo apreciar, a la luz del día, la participación de las embajadas de los países aliados (y detrás, sus gobiernos), especialmente Inglaterra. Una circunstancia vino entonces a dificultar el desarrollo del plan. O mejor, se puso de presente la existencia de dos planes. En realidad Kerenski formaba parte del mismo (¡autogolpe!), pero tenía previsto que la sublevación terminara en la conformación de un Directorio (¿cívico-militar?) que habría de entregarle, como gobierno, un poder absoluto. Es en ese momento cuando descubre que Kornílov, contando con el apoyo de los grupos reaccionarios, aspiraba a lograr la dimisión del gobierno provisional y a quedarse con el poder. No sólo iba a liquidar los bolcheviques sino a barrer también a los mencheviques y socialrevolucionarios. Kerenski decide entonces remover a Kornílov y nombrar en su lugar al General Lukomski y así se lo hizo saber en un mensaje oficial del Consejo de Ministros. Le ordenan devolver a sus lugares de origen a todas las tropas desplazadas. La reacción de Kornílov no se hizo esperar y el 27 de agosto, en un airado manifiesto al pueblo ruso, abre las cartas: “Obligado a entrar en acción abiertamente, declaro que el gobierno provisional, bajo la presión de la mayoría bolchevista de los soviets, obra de completo acuerdo con el Estado mayor Alemán, y que, con miras al próximo desembarco de fuerzas enemigas en la orilla del Riga, destruye el ejército y perturba el país desde el interior2.” El problema para Kerenski era que, a pesar de haber nombrado a Savinkov (uno de los estrategas del plan) en el Ministerio de Guerra, en realidad, no tenía mando sobre tropas.

 

El triunfo fue de los obreros y los soldados

 

La idea de Kerenski era, obviamente, lavarse las manos y echar toda la culpa a Kornílov. En la madrugada del 28 reune a Alexéiev y Terechenko para acordar la explicación de los “malentendidos” ya que la Asociación de Oficiales continúa respaldándolo, pero ya era tarde y todo Petrogrado estaba enterado de la ruptura. Comienzan entonces una serie de negociaciones que se prolongan hasta el 29. Miliukov propone convencer a Kornílov de que acepte la fórmula de reemplazar a Kerenski por el General Alexéiev. Fue entonces cuando entró en escena el “Comité para la lucha contra la contra-revolución”, organismo creado en la reunión conjunta de los comités ejecutivos (obreros, soldados y campesinos) de los Soviets, el 27 de agosto. El desenlace propuesto fue otro: a cambio de una lucha consecuente contra la reacción que liquidara el golpe, se proponía la conformación de un nuevo gabinete sin los Kadetes y se aceptaba un gobierno fuerte a través de una especie de Directorio.

 

No obstante, quienes realmente aseguraron la defensa de Petrogrado y derrotaron la contrarrevolución fueron los millares de obreros movilizados, organizados y conscientes. Sólo formalmente atendían las órdenes del Gobierno Provisional; en la práctica respondían a las orientaciones del Comité de Defensa Popular que desde entonces comenzó a identificarse como el Comité Militar Revolucionario. La labor se concentró en las barriadas obreras. Un papel importante le correspondió a la Organización Militar de los Bolcheviques cuya actividad inicial se concentró en la persuasión de los soldados movilizados. Se formaron grupos de obreros (Guardia Roja) para defender barrios y fábricas. El 29 de agosto ya cubrían toda la ciudad.

 

El resultado fue asombroso. En muchos regimientos los soldados se pronunciaron en contra de Kornílov y los oficiales. Se formaron destacamentos en Kronstadt y en Viborg. Hasta el punto que Kerenski tuvo que pedir auxilio a los marinos de Kronstadt para defender el Palacio de Invierno ante cualquier eventualidad. Entraron en acción los sindicatos y particularmente los ferroviarios. La famosa División Salvaje llegó hasta Luga pero los ferroviarios impidieron la movilización de los trenes; mientras tanto el Soviet de la ciudad se encargaba de distribuir entre los soldados copias de la destitución de Kornílov. El día 29 Krimov, ante la desmoralización, reconoce que es imposible seguir adelante. Entre los cosacos ocurrió lo impensable, los soldados se enfrentaron a sus oficiales y por primera vez entraron a formar parte de un Soviet.

 

El 30 de agosto la sublevación ya se había evaporado. Fue ante todo un triunfo político y no el resultado de victorias militares. Kornílov ni siquiera se movió del Cuartel General en Mohilev. Lo importante no fueron los combates, aunque la demostración de fuerza y decisión cumplió su papel. Pero el alcance político fue más allá de la derrota del intento de golpe militar reaccionario. No se defendía a Kerenski sino a la revolución. No tanto a su pasado como a su futuro. Aunque todavía no se veía claro el camino que habría de seguirse. La opción de la revolución simplemente democrático-burguesa había caducado en los hechos. La descomposición del ejército había llegado a su punto máximo. Es cierto que el arreglo en las alturas se mantuvo en el plano de la reconfiguración del Gobierno Provisional a través de una suerte de dictadura de Kerenski y la oferta (de nuevo) de Asamblea Constituyente para noviembre. Es cierto también que los oficiales comprometidos en la aventura, incluido Kornílov, fueron exculpados. -Ellos fueron, por cierto, la base de la guerra civil que se desencadenaría a partir de 1918-. Sin embargo, los obreros y los soldados, y más adelante los campesinos, ya habían aprendido bastante y sobre todo habían adquirido seguridad en su propia fuerza. Contaban con una nueva base organizativa forjada precisamente en la lucha que acababan de librar. La confianza en los viejos partidos reformistas se había erosionado. La suerte estaba echada.

 

1 Ver “Las Jornadas de Julio” Desde Abajo, 20 de julio de 2017.
2 Ver Trotsky, L. “Historia de la Revolución rusa”. T. II, p. 150. Ed Sarpe, Madrid, 1985.

Publicado enEdición Nº239
Antonio Gramsci: el triunfo de la voluntad revolucionaria

Amarga y dura fue la vida de Antonio Gramsci. Años después de su muerte, acaecida en 1937, su férrea decisión de escribir para la eternidad e incidir en la posteridad de la humanidad se ha cumplido. En medio de las más duras condiciones del sistema carcelario de la Italia fascista y luchando contra sus graves y dolorosas dolencias de salud, agravadas por las precarias condiciones económicas de su vida, Gramsci, legó a todos los explotados y explotadas de la tierra el potente arsenal de su pensamiento político.

 

Aquellos que pretendieron impedir que su cerebro funcionara solo son ahora recordados gracias a que Antonio los venció, porque la grandeza e inmortalidad de la víctima, alcanza para que sus perseguidores y verdugos entren también en la historia, así sea por la puerta de atrás.

 

Desarrollando y enriqueciendo de manera genial el pensamiento marxista revolucionario, el suyo, abierto y fecundo, abre todas las posibilidades de pensar y repensar, cuantas veces sea necesario, la política y la lucha emancipadores de las clases y sectores sociales subalternos.

 

Su vida, desde temprana edad quedó marcada por las preocupaciones sociales ante la miseria y el atraso de Cerdeña (Italia), donde nació el 22 de enero de 1891, y por las propias privaciones de su entorno familiar. Rápidamente se inclinó por el estudio de la literatura, la política y la cultura. Siendo todavía un adolescente conoció las ideas socialistas de manera que cuando entró a la Universidad de Turín, no tardó en juntarse con otros jóvenes políticamente inquietos y afiliarse al Partido Socialista Italiano (PSI). Pese a sus constantes quebrantos de salud y a la estrechez de sus recursos económicos, desde entonces empezó a destacarse como un revolucionario integral que combinaba con igual intensidad la acción y la teorización política.

 

Gramsci se convirtió en el motor intelectual de la renovación del pensamiento revolucionario italiano desplegando una impresionante actividad como escritor político en los periódicos y revistas del PSI.

 

Atento seguidor de las revoluciones rusas de febrero y octubre de 1917, se hizo uno de los más entusiastas seguidores del leninismo. La actividad educadora y formativa de Antonio desplegada en las páginas del periódico LÓrdine Nuovo, junto a su trabajo directo en las fábricas, fue la pieza fundamental para que el proletariado turinés desarrollara, entre 1919 y 1920, la experiencia de los consejos de fábrica, que recordando los consejos de obreros y campesinos rusos: los soviets, en Italia, permitieron formas autogestionarias (democracia obrera) de movilización y control proletario sobre todos los aspectos de la producción fabril al mismo tiempo que articularon las grandes huelgas y movilizaciones de la clase obrera turinesa y piamontesa, que por momentos, adquirió el carácter de un doble poder, de un poder revolucionario obrero y popular que le disputó por esos años el dominio a la burguesía italiana y desafió al naciente fascismo de Mussolini.

 

Ya en el periodo de reflujo del movimiento obrero italiano, en 1921, el año previo al ascenso del fascismo, Gramsci, junto a Palmiro Togliatti, Umberto Terracini y Amadeo Bordiga, fundan el Partido Comunista Italiano-PCI. Viaja a nombre del nuevo partido a Moscú como delegado a la III Internacional, donde permanece por dos años, lo que le permite conocer a la dirigencia de la revolución, entre ellos Lenin y Trosky; también conoce a Julka (Julia) Schucht, quien se convertirá en su compañera sentimental y madre de sus dos hijos: Delio y Giuliano.

 

Regresa a Italia en 1924, ya como Secretario General del PCI y como jefe de la bancada de dicho partido en el parlamento italiano, controlado por los fascistas, Su actividad parlamentaria en la oposición es intensa hasta que en 1926 Mussolini decide acabar con las pocas libertades burguesas y arresta a los dirigentes de los partidos de oposición, violando incluso la inmunidad parlamentaria. Para Antonio Gramsci se inician, así, los años más duros de su vida, los de la cárcel, pero a la vez los años donde, en medio de fuertes restricciones para escribir por la censura y el aislamiento penitenciario, con acerada voluntad y consciente de la trascendencia de sus ideas, elabora las notas, no acabadas pero iluminadoras, de lo mejor de su pensamiento político: los Quaderni dal carcere.

 

Recobra la libertad en abril de 1937, convertido ya en un moribundo; pocos días después, el 27 del mismo mes, a las 4 horas y 10 minutos de la madrugada, muere en la clínica Quisisana de Roma. El mismo día en que su anciano padre lo esperaba en casa para verlo, por fin, después de 11 años de ausencia.

 

Algunos elementos del legado gramsciano

 

De la amplia variedad de conceptos e ideas que legó a la humanidad el dirigente e intelectural italiano, hay que resaltar lo más importante. Entre ello, sin lugar a dudas, su aporte más novedoso y fundamental a la teoría revolucionaria y al marxismo fue su definición del concepto de hegemonía que le permite a partir de allí, reelaborar la idea del Estado, introducir la distinción entre la Revolución de Oriente y la Revolución de Occidente, para culminar con la noción de clase y sectores sociales subordinados y la urgencia de una reforma intelectual y moral para la lucha contra-hegemónica. Otros conceptos e ideas de señalada importancia ameritarían un artículo mucho más extenso.

 

Para Gramsci la hegemonía es la capacidad dirección sobre la sociedad y el Estado de una clase social. Capacidad de dirección significa ganar la autoridad para imponer en lo político, lo económico, lo militar, lo cultural, lo científico, lo técnico, lo estético, lo ético y lo moral, una visión del mundo y una orientación de los procesos prácticos concomitantes. El logro de esa hegemonía, más que una imposición coactiva es el resultado de la persuasión y del consenso resultante logrado por la superioridad de la nueva visión del mundo. En ese momento la clase social se vuelve clase dirigente.

 

Para Gramsci es válida la concepción marxista del Estado como aparato de dominación pero precisando con mayor detalle, en la noción de Estado Ampliado, el doble carácter del Estado: por un lado, el papel de la fuerza o la violencia mediante la cual se ejerce la dominación –los aparatos de la coerción; por el otro, el papel del consenso y la hegemonía mediante los cuales se ejerce la dirección –los aparatos donde se construye y se afirma el consenso.

 

A partir de allí, a Gramsci le resulta claro que una cosa es una revolución como la bolchevique en un país donde el Estado y la dominación zarista estaban más afincados en la dominación y la coerción directa y donde la debilidad de la sociedad burguesa no había permitido el desarrollo de una fuerte sociedad civil con diversos, complejos y sofisticados aparatos de consenso y dirección. Para él, por todo esto, allí fue más adecuado una revolución que rápidamente pasó al asaltó del núcleo burocrático-militar del zarismo y de la precaria fase burguesa del régimen de Kerensky. Él llamó a esto, la Guerra de Movimientos, propia del asalto insurreccional al poder, que corresponde a su noción de la Revolución en Oriente.

 

Por contraste, la Revolución en Occidente será necesaria donde la burguesía ha logrado consolidar un poder estatal afincando de manera sobresaliente su hegemonía y dirección sobre la sociedad civil. Se trata de una sociedad civil desarrollada, compleja y rica en aparatos e instituciones ideológicas, mediante los cuales logra imponer su consenso a los sectores subordinados o sectores y clase sociales subalternas. Allí, más que en Oriente, la lucha revolucionaria, la lucha contra-hegemónica, es y debe ser una lucha que le dispute palmo a palmo el terreno al consenso y a la hegemonía burguesa, una guerra que le dispute y les cope los aparatos de dirección a las clases dominantes. Gramsci llama a esto la Guerra de Movimientos, propia de la Revolución de Occidente.

 

Sin duda esta reflexión gramsciana está motivada por su evaluación del fracaso de las revoluciones de 1919 en Alemania y en Hungría, y por la derrota del movimiento de los consejos de fábrica de los obreros de Turín en 1920.

 

Más allá de hasta dónde haya sido en el pasado o sea necesario en el futuro, combinar en una revolución la guerra de movimientos con la de posiciones, lo cierto es que Gramsci abre una fecunda perspectiva para pensar el papel de la consciencia revolucionaria, el papel de la lucha cultural, de la renovación ética y moral, para que los sectores sociales y las clases sociales subalternas, dominadas y aplastadas, se levanten, dignifiquen y autoinstituyan como sujetos históricos con capacidad para liberarse ellos mismos. Sujetos con capacidad para construir una nueva hegemonía. Capaces de convertirse en fuerzas sociales dirigentes. Ello requiere una profunda reforma intelectual y moral dirigida por un gran intelectual colectivo: el partido político revolucionario.

Publicado enEdición Nº235
Pulso Gobierno vs. Cumbre Agraria: ¿Un solo vencedor?

En Colombia ninguna conquista social se logra sin lucha. Es más, toda conquista social demanda más de un jornada de protesta, pues el Gobierno –mejor, el poder– es experto en dilatar, hacer propaganda, distraer, confundir, dividir y...

 

Para el movimiento social de la ruralidad colombiana, empezado a gestar en medio de estas luchas, y transformado en parte en la Cumbe Agraria, Campesina, étnica y popular (Cacep), no es diferente. A pesar de sus potentes movilizaciones de los últimos tres años, en especial la prolongada entre el 19 de agosto al 12 de septiembre de 2013, y de lo suscrito al momento de levantar todas y cada una de las protestas, ahora le toca salir de nuevo al ruedo.

 

La Cacep, conformada por 13 procesos de la ruralidad, fue reconocida como interlocutora de la política púbica mediante el decreto 870 de 2014, firmado por el entonces ministro del interior Aurelio Iragorri Valencia, quien creó un escenario de negociación denominado Mesa Única Nacional (MUN), conformada por: Ministro del Interior o delegado, Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural, Ministerio de Minas y Energía, Ministerio de Hacienda y Crédito Público, Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, y 35 voceros de la Cacep.

 

Esta mesa centró su discusión alrededor de los 8 puntos del pliego de exigencias de la Cacep, Mandatos para el buen vivir: Tierras, territorios colectivos y ordenamiento territorial, Economía propia contra modelo de despojo, Minería, energía y ruralidad, Cultivos de coca, marihuana y amapola, Derechos políticos, Garantías, víctimas y justicia, Derechos sociales, Relación campo-ciudad y, Paz, justicia social y solución política.

 

La mesa fue instalada hace dos años y 10 meses, y pese al paso del tiempo sus avances son pocos. Por ello, luego de los constantes incumplimientos y dilaciones por parte del gobierno nacional, la Cacep rompió la mesa de negociación y convocó en el 2016 a la Minga Nacional Agraria, para levantarla fueron suscritos el 13 de junio los “Acuerdos de Santander de Quilichao”, comprometiendo una vez más al gobierno nacional a cumplir con los compromisos suscritos y ofrecer garantías a la Cacep para seguir conversando y negociando el Pliego de exigencias.

 

Dicen que “al perro no lo capan sino una vez”, pero no es cierto. Por ser así, el 8 de marzo de 2017, por falta de garantías e incumplimientos, vuelve a presentarse un pulso entre la Cacep y el gobierno nacional; esta vez la acción de protesta tomó como centro de su acción el Ministerio del Interior, en pleno centro de Bogotá.

 

¿Acción desesperada? o ¿Rabia condensada?

 

Ante el constante asesinato –suman 150 entre 2016-2017, 30 de ellos en lo corrido del 2017–, persecución y amenaza de líderes y lideresas del movimiento social, el aumento de la presencia paramilitar en varias regiones y el incumplimiento, dilación y falta de seriedad con la Mesa Única Nacional –el gobierno no envía a las sesiones de negociación funcionarios con poder de decisión–, la comisión política de la Cacep decidió declararse en sesión permanente dentro de la sede del Ministerio del Interior, hasta tanto no se hicieran presentes: el Presidente Juan Manuel Santos, Ministro del Interior en su calidad de coordinador de la mesa, Ministro Aurelio Iragorri como cabeza del gabinete de agricultura y desarrollo rural; El Ministro de Hacienda Mauricio Cárdenas; Ministro de Minas y Energía, el Procurador General de la Nación, el Defensor Nacional del Pueblo, Fernando Carrillo Flórez, y el Fiscal General de la Nación Néstor Humberto Martínez. Esta exigencia fue enviada a través de una carta formal que contiene 13 consideraciones, así como 8 exigencias y propuestas.

 

Las consideraciones expuestas tienen que ver con que luego de pasados 2 años y 10 meses desde la creación de la MUN (Decreto 870/2014) no se ha avanzado en los temas gruesos, pues la negociación se centró en temas mínimos de aclimatación en torno a garantías y derechos humanos –incumplidos, como es evidente–, al tiempo que el gobierno impone leyes que van en contravía de los acuerdos alcanzados en la MUN, como las Zidres o el nuevo Código de Policía, entre otras.

 

La Cacep considera que las comunidades rurales no solo han sido víctimas de la guerra, sino que existen experiencias y propuestas desde los territorios que contribuyen a la paz, las mismas que el gobierno nacional niega, desconociendo la posibilidad de su participación en los espacios de diálogo, negociación e implementación que se adelantan con las insurgencias armadas. En lo que respecta a la implementación normativa del Acuerdo Final, la Cacep considera que a través de la vía rápida (Fast track) están imponiendo una serie de modificaciones legales que desconocen las propuestas y exigencias presentadas por las organizaciones rurales, dejando en el vacío el objetivo mismo de la Mesa Única Nacional, medidas que apuntalan una política pública favorable a la agroindustria y el extractivismo.

 

Las exigencias y propuestas presentadas por la Cacep, versan sobre: 1) mecanismos rápidos, ágiles y efectivos para las garantías individuales y colectivas para la vida e integridad de las comunidades, sus líderes y lideresas; 2) Evaluación exhaustiva, con el Presidente y su gabinete, para establecer una agenda de negociación y una ruta eficaz de cumplimiento de los acuerdos; 3) traslado de la MUN de Bogotá a otras regiones del país; 4) debate público de control político sobre el estado de cumplimiento de los acuerdos suscritos; 5) reconocimiento constitucional y legal del campesinado como sujeto de derecho; 6) conocer y participar del proceso de implementación normativa por la vía rápida (Fast track) de los acuerdos entre Farc-Ep y Gobierno y, 7) garantías para participar de forma autónoma, amplia y vinculante, a propósito del proceso de negociación que se adelanta entre el Gobierno y el Ejército de Liberación Nacional.

 

La respuesta inmediata del Ministro del Interior Juan Fernando Cristo, el día 8 de marzo, fue enviar a Luis Ernesto Gómez, su joven viceministro para la participación e Igualdad de derechos, quien pese a su actitud jovial y aparente sencillez (porta corbata y usa tenis), se mostró intransigente y despreciativo ante las propuestas que recibió. En su papel de negociador este funcionario solo reaccionó con amenazas de represión, insistiendo en desalojar el edificio –envió un grupo de la fuerza disponible de la Policía Nacional a la entrada del Ministerio a la espera de la orden de entrar a desalojar–; negó el ingreso de alimentos para las 47 personas que se encontraban dentro del Ministerio, cortó el agua de los baños y afectó la señal de internet, queriendo así imposibilitar la comunicación pública sobre lo que acontecía dentro del recinto. Cabe resaltar que la Defensoría del Pueblo y Naciones Unidas no estuvieron presentes durante toda la jornada, solo acompañaron un par de horas, se retiraron a las 7 de la noche, comprometiendo su palabra que regresarían, lo que no hicieron sino hasta el día siguiente pero por presión de la Cacep y parlamentarios amigos.

 

Negociación de papel

 

A las 5 de la mañana del día 9 de marzo, el ambiente se tensó, fuera del edificio estacionaron 13 motos, un camión y dos camionetas de la Policía Nacional; la orden era desalojar el edificio a las 9 de la mañana. La única persona autorizada para entrar al edificio fue el senador Iván Cepeda –finalmente logran ingresar el senador Alberto Castilla y el representante Alirio Uribe– como garante y enlace directo con el ministro Cristo. Luego de un largo tire y afloje entre las partes se acuerda –en borrador– la cita con el ministro Cristo en su despacho, a la que asistirían 13 representantes de la comisión política de la Cacep. Una vez iniciada la reunión en cuestión los demás miembros de la Comisión allí presentes se retirarían del piso 11 del Ministerio.

 

Arrogancia y cinismo. Antes de confirmar la reunión planteada, Cristo y Santos se reúnen, luego de lo cual el viceministro Luis Ernesto Gómez regresa al piso 11 y le plantea a la Cumbre que para llegar a la reunión con el Ministro del interior debía construirse una agenda para la negociación; la Cumbre insistió en que eso ya estaba en la carta enviada el día anterior, pese a esto la Cacep, en un gesto de buena voluntad accede a construir con el Viceministro una acta y declaración conjunta que contiene 3 puntos:


1. Garantías y protección individuales y colectivas: Se acuerda que el Viceministerio de participación e igualdad de derechos, y la dirección de derechos humanos del Ministerio del Interior, realizarán una evaluación del funcionamiento de la subcomisión de derechos humanos y de las misiones de verificación, entregando un informe sobre la aplicación del protocolo y la adopción de medidas de investigación, prevención y protección de acuerdo al reglamento y actas suscritas en Santander de Quilichao relacionadas con el tema; además que el Ministerio del Interior oficializará el 21 de marzo de 2017 la respuesta al derecho de petición entregado por la comisión de derechos humanos de Cumbre Agraria y que el Gobierno convocará a la Fiscalía General de la Nación para que presente un informe sobre el estado de las investigaciones por violaciones sistemáticas a los derechos humanos, con especial atención de los asesinatos de líderes, lideresas y defensores de derechos humanos. Finalmente, realizar una priorización que brinde garantía y protección individual y colectiva de las comunidades y sus territorios, creando instrumento de reacción inmediata. 

 

2. Mesa Única Nacional, evaluación, seguimiento y cumplimiento: Se acuerda la realización anticipada (la Cumbre propone 10 días) de la reunión de balance del proceso de negociación llevado entre las partes, con el Presidente de la República, prevista inicialmente para el mes de junio de 2017. Asimismo, el Ministro se compromete a gestionar y coordinar reuniones sectoriales con los ministros competentes para el cumplimiento de los acuerdos con la Cumbre Agraria, todo ello dentro de un término no mayor a un mes. Además, el Ministro del Interior se compromete a participar en un Debate de Control Político sobre el estado de cumplimiento de los acuerdos suscritos entre el gobierno nacional y la Cumbre.

 

 3. Participación en la construcción de paz: Se manifiesta que las propuestas presentadas por la Cumbre Agraria son una contribución de la sociedad a la construcción de una paz con justicia social; en tal sentido el gobierno nacional se compromete a incorporar los acuerdos suscritos en la Mesa Única Nacional en el marco de implementación normativa de los acuerdos de paz –Acuerdo Final– con base en el principio de Profundización de la democracia y “construir sobre lo construido”. De igual manera, el Ministerio del Interior promoverá la participación de la Cumbre Agraria en la Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación a la Implementación del Acuerdo Final; y, finalmente, el gobierno nacional brindará garantías a la participación autónoma, amplia y vinculante, a propósito del proceso de negociación que se adelanta entre el Gobierno y el Ejército de Liberación Nacional, así como el gobierno nacional garantizará la implementación del Capítulo Étnico de los Acuerdos de Paz.

 

Todos estos puntos son trabajados en la tarde y parte de la noche del día 9 de marzo junto al viceministro del Interior, el que los trasmite al ministro Cristo, el cual dice, a través de un nuevo funcionario pues el Viceministro no regresa, que el documento trabajado “no esta a su medida”. ¿A la medida de sus intereses? Ante esta respuesta, los voceros de la Cacep deciden, a altas horas de la noche, abandonar la sede del Ministerio.

 

Así culminó la sesión permanente la Cacep, cuyos propósitos no fueron logrados. Conscientes de ello ahora inicia la preparación de una nueva gesta, para poder encarar en mejores condiciones un nuevo pulso con el gobierno: vendrá la movilización y minga por los derechos, la vida y la paz, como lo confirmaron sus voceros en rueda de prensa. Amanecerá y veremos.

 

¿Seguir por la misma vía? O ¿Inventar otras formas?

 

Lo sucedido en el Ministerio del Interior demuestra una cosa: El gobierno nacional solo escucha a la Cacep en la movilización, y simplemente firma actas de acuerdo para quitarse los problemas de encima.

 

Despertar del adormecimiento. Es momento para que la Cacep retorne a sus orígenes: las regiones, las comunidades y las organizaciones con base territorial. Solo allí podrá tener claro qué se quiere con cada acción y así replantear los alcances de las “vías democráticas”. Es allá, en el territorio, donde está su fuerza, y este nuevo pulso que se viene únicamente podrá salir airoso si la Cacep se mueve desde abajo hacia arriba. Es un momento para que la Cacep se reconsidere completamente, para dejar los diálogos ineficaces; es momento de encontrar y construir caminos de unidad para lograr un movimiento fuerte que consiga levantar de nuevo la voz y la razón de las comunidades agrarias.


Así hay que obrar, mucho más si recordamos la cercanía de la campaña electoral, y con ello que dentro de pocos meses el gabinete ministerial empezará a entregar las llaves de sus despachos a sus nuevos inquilinos.

 

Ante todo esto es procedente preguntar: ¿Cómo garantizar que en esta nueva ocasión el gobierno sí cumpla, a pesar de ir ya de salida? O, por el contrario, ¿No negociar más con el establecimiento? ¿Empezar a consolidar experiencias concretas de autonomía en todos los ámbitos (económico, educativo, social, cultural, etc.)? ¿Crear un movimiento cuya esencia sea el anticapitalismo? ¿Por dónde encausar los mayores esfuerzos?

 

Los interrogantes son mayúsculos, y es hora de encararlos.

Publicado enEdición Nº233
Lunes, 01 Agosto 2016 07:04

Marx llevaba bastante razón

Marx llevaba bastante razón

Como consecuencia del enorme dominio que las fuerzas conservadoras tienen en los mayores medios de difusión y comunicación, incluso académicos, en España (incluyendo Catalunya), el grado de desconocimiento de las distintas teorías económicas derivadas de los escritos de Karl Marx en estos medios es abrumador. Por ejemplo, si alguien sugiere que para salir de la Gran Recesión se necesita estimular la demanda, inmediatamente le ponen a uno la etiqueta de ser un keynesiano, neo-keynesiano o “lo que fuera” keynesiano. En realidad, tal medida pertenece no tanto a Keynes, sino a las teorías de Kalecki, el gran pensador polaco, claramente enraizado en la tradición marxista, que, según el economista keynesiano más conocido hoy en el mundo, Paul Krugman, es el pensador que ha analizado y predicho mejor el capitalismo, y cuyos trabajos sirven mejor para entender no solo la Gran Depresión, sino también la Gran Recesión. En realidad, según Joan Robinson, profesora de Economía en la Universidad de Cambridge, en el Reino Unido, y discípula predilecta de Keynes, este conocía y, según Robinson, fue influenciado en gran medida por los trabajos de Kalecki.

 

Ahora bien, como Keynes es más tolerado que Marx en el mundo académico universitario, a muchos académicos les asusta estar o ser percibidos como marxistas y prefieren camuflarse bajo el término de keynesianos. El camuflaje es una forma de lucha por la supervivencia en ambientes tan profundamente derechistas, como ocurre en España, incluyendo Catalunya, donde cuarenta años de dictadura fascista y otros tantos de democracia supervisada por los poderes fácticos de siempre han dejado su marca. Al lector que se crea que exagero le invito a la siguiente reflexión. Suponga que yo, en una entrevista televisiva (que es más que improbable que ocurra en los medios altamente controlados que nos rodean), dijera que “la lucha de clases, con la victoria de la clase capitalista sobre la clase trabajadora, es esencial para entender la situación social y económica en España y en Catalunya”; es más que probable que el entrevistador y el oyente me mirasen con cara de incredulidad, pensando que lo que estaría diciendo sería tan anticuado que sería penoso que yo todavía estuviera diciendo tales sandeces. Ahora bien, en el lenguaje del establishment español (incluyendo el catalán) se suele confundir antiguo con anticuado, sin darse cuenta de que una idea o un principio pueden ser muy antiguos, pero no necesariamente anticuados. La ley de la gravedad es muy, pero que muy antigua, y sin embargo, no es anticuada. Si no se lo cree, salte de un cuarto piso y lo verá.

 

La lucha de clases existe

 

Pues bien, la existencia de clases es un principio muy antiguo en todas las tradiciones analíticas sociológicas. Repito, en todas. Y lo mismo en cuanto al conflicto de clases. Todos, repito, todos los mayores pensadores que han analizado la estructura social de nuestras sociedades –desde Weber a Marx- hablan de lucha de clases. La única diferencia entre Weber y Marx es que, mientras que en Weber el conflicto entre clases es coyuntural, en Marx, en cambio, es estructural, y es intrínseco a la existencia del capitalismo.

 

En otras palabras, mientras Weber habla de dominio de una clase por la otra, Marx habla de explotación. Un agente (sea una clase, una raza, un género o una nación) explota a otro cuando vive mejor a costa de que el otro viva peor. Es todo un reto negar que haya enormes explotaciones en las sociedades en las que vivimos. Pero decir que hay lucha de clases no quiere decir que uno sea o deje de ser marxista. Todas las tradiciones sociológicas sostienen su existencia.

 

Las teorías de Kalecki

 


Kalecki es el que indicó que, como señaló Marx, la propia dinámica del conflicto Capital-Trabajo lleva a la situación que creó la Gran Depresión, pues la victoria del capital lleva a una reducción de las rentas del trabajo que crea graves problemas de demanda. No soy muy favorable a la cultura talmúdica de recurrir a citas de los grandes textos, pero me veo en la necesidad de hacerlo en esta ocasión. Marx escribió en El Capital lo siguiente: “Los trabajadores son importantes para los mercados como compradores de bienes y servicios. Ahora bien, la dinámica del capitalismo lleva a que los salarios –el precio de un trabajo- bajen cada vez más, motivo por el que se crea un problema de falta de demanda de aquellos bienes y servicios producidos por el sistema capitalista, con lo cual hay un problema, no solo en la producción, sino en la realización de los bienes y servicios. Y este es el problema fundamental en la dinámica capitalista que lleva a un empobrecimiento de la población, que obstaculiza a la vez la realización de la producción y su realización”. Más claro, el agua. Esto no es Keynes, es Karl Marx. De ahí la necesidad de trascender el capitalismo estableciendo una dinámica opuesta en la que la producción respondiera a una lógica distinta, en realidad, opuesta, encaminada a satisfacer las necesidades de la población, determinadas no por el mercado y por la acumulación del capital, sino por la voluntad política de los trabajadores.

 

De ahí se derivan varios principios. Uno de ellos, revertir las políticas derivadas del domino del capital (tema sobre el cual Keynes no habla nada), aumentando los salarios, en lugar de reducirlos, a fin de crear un aumento de la demanda (de lo cual Keynes sí que habla) a través del aumento de las rentas del trabajo, vía crecimiento de los salarios o del gasto público social, que incluye el Estado del bienestar y la protección social que Kalecki define como el salario social.

 

Mirando los datos se ve claramente que hoy las políticas neoliberales realizadas para el beneficio del capital han sido responsables de que desde los años ochenta las rentas del capital hayan aumentado a costa de disminuir las rentas del trabajo (ver mi artículo “Capital-Trabajo: el origen de la crisis actual” en Le Monde Diplomatique, julio 2013), lo cual ha creado un grave problema de demanda, que tardó en expresarse en forma de crisis debido al enorme endeudamiento de la clase trabajadora y otros componentes de las clases populares (y de las pequeñas y medianas empresas). Tal endeudamiento creó la gran expansión del capital financiero (la banca), la cual invirtió en actividades especulativas, pues sus inversiones financieras en las áreas de la economía productiva (donde se producen los bienes y servicios de consumo) eran de baja rentabilidad precisamente como consecuencia de la escasa demanda. Las inversiones especulativas crearon las burbujas que, al estallar, crearon la crisis actual conocida como la Gran Depresión. Esta es la evidencia de lo que ha estado ocurriendo (ver mi libro Ataque a la democracia y al bienestar. Crítica al pensamiento económico dominante, Anagrama, 2015)

 

De ahí que la salida de la Gran Crisis (en la que todavía estamos inmersos) pase por una reversión de tales políticas, empoderando a las rentas del trabajo a costa de las rentas del capital. Esta es la gran contribución de Kalecki, que muestra no solo lo que está pasando, sino por dónde deberían orientar las fuerzas progresistas sus propuestas de salida de esta crisis, y que requieren un gran cambio en las relaciones de fuerza Capital-Trabajo en cada país. El hecho de que no se hable mucho de ello responde a que las fuerzas conservadoras dominan el mundo del pensamiento económico y no permiten la exposición de visiones alternativas. Y así estamos, yendo de mal en peor. Las cifras económicas últimas son las peores que hemos visto últimamente.

 

Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y ex Catedrático de Economía. Universidad de Barcelona

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Francia: el fascismo y la lucha de clases

 

 

Históricamente hay varias maneras de "tapar" la lucha de clases. Una, a la que el capitalismo recurre sobre todo en tiempos de crisis, es el fascismo. En su meollo, el fascismo es una "revolución conservadora". Las pancartas de esta revolución gritan: "¡El capitalismo, sí!"; "¡La lucha de clases, no!"

 

Con esto los fascistas manifiestan que quieren una sociedad moderna, altamente industrializada, con empleo abundante, pero que es "tradicional" y respeta las viejas jerarquías; una sociedad capitalista libre de los antagonismos de clase.

 

He aquí donde está el problema.

 

La lucha de clases es inherente al capitalismo. La modernización y la industrialización erosionan las relaciones sociales. El avance del capital genera inestabilidad y acentúa los conflictos clasistas. Para ocultarlo los fascistas crean una narrativa que explica la desintegración y las tensiones, pero sin mencionar que son un resultado del desarrollo interno de la sociedad capitalista. La culpa –dicen– la tiene la "invasión de un agente externo": "¡Todo estaba bien hasta que los judíos/los musulmanes penetraron nuestro cuerpo social!" ¿La manera de sanarlo? Deshacerse de los judíos/los musulmanes.

 

Zeev Sternhell tiene una particular –y un poco problemática– teoría sobre los orígenes del fascismo.

 

Según él, el fascismo nace en Francia a finales del siglo XIX como una fusión entre la "derecha populista" y la "izquierda nacionalista", ambas opuestas a la democracia política, al liberalismo y a la Ilustración.

 

Su mirada –aparte de pecar de "galocentrismo"– parece ignorar el contexto histórico (Primera Guerra Mundial) y político (anticomunismo) en que se forja el fascismo y, exagerando su genealogía intelectual se centra más en el "prefascismo" y/o borra la frontera entre "prefascismo" y fascismo (E. Traverso, La historia como campo de batalla, p. 125-131).

 

Pero Croix-de-Feu, un movimiento de extrema derecha, católico y ultranacionalista del periodo de entreguerras, que Sternhell no califica de "fascista" y que otros "revolucionarios fascistas" franceses que querían construir una "nueva orden" veían como "defensor de lo viejo" (Z. Sternhell, Neither right nor left: fascist ideology in France, p. 225), es un buen ejemplo de varias tendencias "protofascistas" –conservadoras, legitimistas, autoritarias– que permean hasta hoy en la derecha y la izquierda (sic) francesa.

 

Junto con otras "ligas antiparlamentarias" –un "invento" francés sui géneris–, Croix-de-Feu acabó deslegalizado por el gobierno del Frente Popular (1936), pero antes, en tiempos de la gran depresión y desempleo rampante, gozó de gran popularidad.

 

Haciéndose de un lenguaje "social" y prometiendo "parar el avance del comunismo", pregonaba el "corporativismo" y una "alianza entre el capital y el trabajo" (¡sic!), algo que apuntaba directamente al silenciamiento de la lucha de clases.

 

Sus ideas desembocaron luego en el régimen "semifascista" de Vichy y en el "pétainismo" –"una particular alianza entre guerra y miedo" (A. Badiou dixit)–, cuyo espíritu está presente hoy en el "estado de emergencia" propuesto por los "socialistas" tras los ataques terroristas en París-Bataclan (13/11/15), pero votado y renovado ya tres veces por todas las fuerzas desde la derecha hasta los "comunistas" (sic), y en cuyo marco se llevaba a cabo la brutal represión contra los opositores a la "reforma" de la Ley de Trabajo.

 

Otra manera de "tapar" la lucha de clases es recurrir a la ideología: negar su existencia o asegurar que "es cosa del pasado". Desde hace décadas venimos escuchándolo de la boca de los voceros del neoliberalismo y del pensée unique.

 

Esta maniobra es tan exitosa que hasta la propia izquierda se lo cree, como en el caso de messieurs Hollande, Valls y su Partido Socialista (PS), e incluso de Jean-Luc Mélenchon y su "radical" Partido de Izquierda (PG).

 

Favoreciendo las categorías como "el pueblo" o "la nación", la PG ha ido abandonando la idea de la lucha de clases y la "política de los oprimidos". Desviándose a los pantanos del nacionalismo y "soberanismo", se quedaba ciega frente a los verdaderos conflictos y relaciones de poder en Francia. Sin un buen aparato político y cognitivo, se quedaba impotente frente al feroz ataque de la patronal (Medef) contra el trabajo y los restos del Estado de bienestar (C. Petitjean, "What happened to the french left?", The Jacobin, 6/11/15).

 

He aquí donde entra el argumento de Stathis Kouvelakis: si bien la amenaza de extrema derecha o la "posibilidad de fascismo" son reales, la debilidad de la misma izquierda es aún más preocupante.

 

El avance del "populismo reaccionario" –7 millones de votos para el Frente Nacional (FN) en las elecciones regionales– es mala noticia, pero igualmente lo es la incapacidad de izquierda de construir un proyecto contra-hegemónico al temple autoritario de la democracia liberal.

 

Y si bien el panorama se parece al periodo de entreguerras –y más con "estado de emergencia"–, la Francia de hoy no es Italia de los 20 ni la Alemania de Weimar: la derecha es una máquina electoral y no "grupos de choque", la burguesía no siente el aliento de los trabajadores en su espalda e incluso si el FN llegase al poder no impondría una "dictadura fascista clásica", sino iría fortaleciendo mecanismos ya usados por los "socialistas" (sic).

 

Reforzaría el "Estado neoliberal autoritario", desarrollaría más los mecanismos raciales de exclusión de elementos indeseados en el "cuerpo social" y, presentándose como un "movimiento antisistémico" –algo que comparte con los fascismos "clásicos"–, dirigiría la rabia generada por el capitalismo contra un "enemigo interno", pero sin romper con el régimen político actual ("The french disaster", Verso blog, 16/12/15).

 

En este sentido y contra las “advertencias mainstream”, la puerta a la extrema derecha y al fascismo no la abren las manifestaciones contra las políticas neoliberales de Hollande y el "caos ocasionado por los sindicatos" (sic), sino:

 

• Los intentos de tapar la lucha de clases "desde arriba" (el poder) y fallas de articularla desde abajo (la izquierda "radical").

• Las políticas autoritarias y antidemocráticas del mismo gobierno, que pretende "sobrepasar al FN por la derecha".

• La incapacidad de articular la rabia popular que deja al FN en la posición de "única alternativa al orden dominante".

 

*Periodista polaco

Twitter: @periodistapl

 

 

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