​Nace en Colombia la Unión Nacional de Integración Rural–Unir

Los problemas de la ruralidad y los conflictos agrarios han sido una constante histórica que han llevado a que las comunidades que habitamos el campo nos hayamos visto desplazadas, marginadas y empobrecidas. Ante esta situación, nosotros, los campesinos y campesinas nos hemos dedicado a sembrar vida cuidando la tierra y cosechando los alimentos para darlos a nuestras familias y a las familias de esta diversa Colombia.

 

A partir del paro agrario de 2013 las comunidades rurales recuperamos la fuerza de la dignidad y salimos a las calles y a las carreteras a manifestarnos para exigir reformas y cambios en las políticas públicas en materia de acceso y redistribución de tierras; vías de transporte; insumos y asistencia técnica; protección de las semillas criollas; garantías en salud y educación; protección al medio ambiente; entre otros muchos asuntos.

 

Estas manifestaciones y protestas permitieron realzar –de manera renovada– la cuestión agraria en la agenda pública nacional. Sin embargo, a pesar del esfuerzo de miles de habitantes del campo, las protestas y paros de las comunidades, junto con las negociaciones y acuerdos suscritos con el Gobierno, no han sido suficientes para lograr un nuevo rumbo para el campo.

 

Por estas razones, los días 7 y 8 de septiembre de 2018 nos dimos cita en el municipio de Fusagasugá, Cundinamarca, para llevar adelante el Primer Encuentro Nacional Agrario de la Coalición de Movimientos y Organizaciones Sociales de Colombia –Comosoc*–, como resultado de lo cual nace la Asociación de segundo nivel que hemos denominado Unión Nacional de Integración Rural-Unir.

 

A este primer Encuentro Nacional asistieron delegaciones de 42 asociaciones campesinas provenientes de Cundinamarca, Boyacá, Tolima, Nariño, Valle del Cauca, Putumayo, Risaralda, Santander, Norte de Santander y Sucre. De igual forma tuvimos algunos invitados especiales que nutrieron la discusión en el espacio y que se llevan el compromiso de apoyar y fortalecer no solo esta experiencia sino otras que están en gestación en el ámbito rural.

 

Como objetivo principal de este evento, se estableció la consolidación de una organización nacional agraria de segundo nivel que nos permita articular los diferentes procesos organizativos rurales vinculados o con cercanías prácticas a la Comosoc.

 

Cada una de nuestras organizaciones analizó los retos atestiguados desde nuestros territorios, tanto en el seno de cada una de ellas como en los contextos regionales donde desarrollamos nuestras dinámicas económicas, sociales y políticas. Con el fruto de estos análisis tallamos los siguientes ejes transversales: Participación política, economía propia, acceso y uso del territorio, megaproyectos, Derechos Humanos y conflicto armado, finalmente, el panorama internacional. Estos ejes nos permitieron reflexionar y toparnos con el trabajo en grupos, sacándole el jugo a nuestras diversidades regionales.

 

Todo este esfuerzo nos permitió completar los insumos suficientes para diseñar los elementos que nos llevarán a poder levantar y construir los planes de trabajo desde nuestras organizaciones y territorios para el fortalecimiento de la Unir. Este diseño se compone de tres dimensiones: una hacia el interior de las organizaciones, la otra hacia el exterior y una sectorial.

 

En la primera dimensión se establecieron líneas de construcción de asambleas regionales y fortalecimiento de los procesos que tienen las asociaciones que están en Unir, estos elementos giran alrededor de:

 

- Identidad y cultura campesina
- Formación política y legal
- Protección del medio ambiente
- Economía propia

 

Para las líneas de trabajo externas se definieron:

 

- La defensa del territorio, donde se trabajará la autonomía y defensa de recursos naturales renovables y no renovables.
- La economía propia, donde se trabajará la producción con conocimiento propio y construcción de redes de comercio entre las organizaciones.
- El eje de comunicaciones, que además de una herramienta es una apuesta política que nos permite mantener una interacción entre las organizaciones que conforman la Asociación, permitiéndonos al mismo tiempo compartir nuestras experiencias, apuestas y formas de construir llevando nuestra agenda a la opinión pública nacional.

 

La tercera dimensión la compone el sector Afro de la Comosoc, quienes definieron hacer parte de Unir al mismo tiempo que darle cuerpo a una organización nacional afro con fecha y lugar para su conformación.

 

Finalmente, fue elegida una junta provisional de delegados nacionales, 5 mujeres y 5 hombres, de distintas regiones, quienes tendrán las tareas de elegir la junta directiva, revisar la redacción final de los estatutos y la más importante, hacer el llamado a la realización de las asambleas regionales.

 

Fue así cómo logramos Unir en una asociación de segundo nivel las asociaciones cercanas o parte de la Comosoc y salir con el reto de fortalecerla desde las regiones a través de lo que hemos querido recoger desde el principio: las experiencias organizativas, intereses y problemáticas de cada uno de los miembros que la integran a través de las organizaciones asociadas.

* Comosoc es un proceso de articulación de organizaciones y movimientos sociales, de carácter nacional, regional y local. www.comosoc.org

Publicado enEdición Nº250
Viernes, 23 Junio 2017 15:29

Miguel quiere ser escritor

Miguel quiere ser escritor

He vivido una buena vida. Mi familia es noble y me educó para ser una persona que aporte algo bueno a la sociedad, por abstracto y pragmático que parezca a la vez. Al igual, el colegio en el que estudié me brindó conocimientos y grandes amigos. Una esposa que baila, me comprende y me apoya, dos gatos que cantan todas las mañanas a las aves que ven frente a la ventana. Tengo salud, hago lo que me gusta, buenos trabajos. Pero, a pesar de todo lo anterior, algunos días me siento mal, me deprimo hasta el llanto. Especialmente por mi trabajo como docente en zonas marginadas de la ciudad. Bogotá, en definitiva, es una ciudad caótica, injusta y podría decir hasta infame, pero cuando he salido por algún tiempo la he extrañado. Es mi ciudad, qué le puedo hacer.

 

Una de las vicisitudes que se presentan cuando se vive en Bogotá es tener que atravesar sus calles a medio construir, en especial si se va a esos barrios de los extramuros, barrios de invasión que les llaman, habitados por personas expulsadas de los campos y de otras ciudades en tiempos de guerra, personas pobres que sortean sus existencias como pueden, porque en definitiva el Estado por allí no aparece. Así ocurre en Ciudad Bolívar, una localidad ubicada al sur de Bogotá, atiborrada –en las nuevas barriadas que la siguen poblando, así como algunas “antiguas”– de desordenados barrios compuestos por pequeñas casas que se trepan de las montañas. Entonces no es extraño observar algunas casas inclinadas hacia el abismo o lotes baldíos donde se han levantado casuchas con tela asfáltica y latas de zinc que se estremecen cuando el viento sacude con fuerza.

 

Hasta allí me dirijo dos veces a la semana, a un barrio de calles empinadas y sinuosas llamado Juan Pablo II –nombrado en honor a uno de los papas de la iglesia católica que jamás conoció el hambre–, para dictar mis talleres de creación literaria con niños de primero y segundo de primaria de una escuela pública. Y es extraño que al iniciar el ascenso al barrio en el bus que deja la avenida Villavicencio, todo sea tan triste y hermoso a la vez, pues desde la ventanilla se puede observar a la ciudad creciendo, a sus calles replegándose por entre el asfalto como si fueran serpientes grisáceas, pero empiezan a aparecer a la vera de la carretera las casas a medio construir, los montes rapados por la erosión, la mirada afanosa de muchos de sus habitantes.

 

Fue en la segunda o tercera clase que conocí a Miguel, tiene nueve años, es uno de los más pequeños del salón, una cicatriz adorna su mejilla derecha, la sonrisa es franca, esto quiere decir que pocas veces sonríe. La clase había terminado pero llovía así que decidí esperar dentro del colegio a que menguara. La mayoría de los niños se quedaron dentro del salón para no mojarse en el patio, al preguntarles el motivo me respondieron que no podían ensuciar ni mojar su único uniforme porque, ¿qué se pondrían al día siguiente? Miguel se quedó apartado del resto de sus compañeros, comiendo un trozo de ponqué y bebiendo un yogur que les habían dado de refrigerio. Ese día corrieron con suerte, pues en otras ocasiones ví que les dan un banano y una galleta, nada más. Me acerqué hasta donde se encontraba Miguel, en un rincón oscuro, sus ojos brillaban quizás por mala costumbre a permanecer alejado y en medio de la oscuridad o porque resaltaban en su rostro moreno.

 

Lo que yo deseaba saber era por qué se apartaba del resto de sus compañeros, por qué no hablaba con ellos. Le pregunté cómo se encontraba y me respondió de forma tajante que bien, enseguida pegó la mirada al vidrio del salón que empezaba a empañarse, luego le pregunté por qué no jugaba con sus amigos y no me respondió, simplemente levantó los hombros, se puso de pie y se dirigió al baño.

 

Cuando escampó me dirigí a la sala de profesores y allí me encontré con la profesora de Miguel. Le pregunté por qué el niño se comportaba de tal forma y lo único que dijo fue que la vida de Miguel, o la poca que había sobrellevado, era dura, difícil, llena de malos momentos y de malos recuerdos. Intenté preguntarle un poco más pero el timbre sonó y ella debió marcharse a clase. Antes de salir del colegio miré por la ventana del salón de Miguel y lo vi sentado con la misma expresión de cuando lo dejé. Alcé la mano para despedirme, pero no me vio o no quiso hacerlo.
Ese fin de semana pensé en él, quizás su mirada y esa luz que fulguraba de ella me impactó, pues es parecida a la de las cosas que arden con demasiada fuerza momentos antes de extinguirse. Imaginé cuáles serían esos problemas y malos recuerdos para que un niño de nueve años se comportara de una forma tan retraída y díscola. Sin embargo, poco puede llegar a sorprenderte en un país como éste, cientos de historias atraviesan las vidas de los niños del país. Recuerdo en este momento la historia de una niña que conocí en Pasto, campeona de la categoría infantil de atletismo. Aquella mañana, minutos antes de la competencia por el título, sus profesores recolectaron dinero para comprarle un par de tenis, quizás el primero, pues hasta ese día había llegado a las finales corriendo con los zapatos del colegio. Lo más sorprendente fue cuando José Wilson, uno de sus tutores y benefactores, me dijo “eso no es lo peor, la niña vive al interior del cementerio con su abuela”.

 

Así que a la semana siguiente regresé al colegio con la intención de hablar con Miguel, quería escuchar su historia y quería ayudarlo. No sé cómo, adultos como yo, que viven sumergidos en obras de ficción o preocupados por conseguir dinero, pueden ayudarle a un niño al que el destino ha golpeado. Pero siempre he creído en la palabra como fuente de vida, así que solo hablaría con él. Llegué minutos antes del inicio de la clase, busqué a Miguel que se encontraba sentado en las bancas de cemento que bordean el patio. Me senté a su lado y tras saludarlo empezamos a hablar. El día era soleado, la tesitura de su piel brillaba y a pesar del intenso calor, nunca se quitó su saco. Hablamos de varios temas, de fútbol, de su ídolo James Rodríguez, de las clases que le gustaban. En ese momento se cerró el abismo que había entre los dos. Quizás nos identificamos porque yo al igual que él, también tuve rotos los zapatos y escaldadas las plantas de los pies por el calor del asfalto. Luego me contó que le gustaban las clases de literatura, pero que no sabía sobre qué podría escribir, yo le dije que empezara contando su historia, que todos tenemos algo que contar, o que por lo menos escribiera una parte de ella, y así lo hizo, me la transmitió primero a mí, en ese momento.

 

Vivía con su abuela, su mamá y su hermano unos años mayor, en una pequeña casa ubicada en la colina de la montaña. Su madre trabajaba frente a la Universidad Distrital del sur, vendiendo tintos y aromáticas que llevaba en un carrito. En las noches él y su hermano debían colarse en un bus del Sitp para recoger a su madre y ayudarle a guardar el carrito en un parqueadero que les cobraba tres mil pesos por noche. Su abuela estaba muy vieja y enferma, y su hermano tenía doce años y por eso, solo en algunas ocasiones conseguía empleo como cobrador de pasajes de los vehículos ilegales que hacen la ruta desde el barrio San Francisco hasta Juan Pablo. Por eso, los únicos ingresos con los que contaba la familia eran los de su mamá, y por eso, al ver la situación, Miguel a veces entraba a los supermercados a robar. Pero lo que robaba ese niño de nueve años, de expresión triste y manos pequeñas, eran libras de arroz, de lentejas, huevos y cosas por el estilo, para ayudar con la comida de su casa.

 

Al preguntarle por su otro hermano y por su papá, Miguel miró hacia el muro que dividía al colegio de la calle, del filo del mismo se alcanzaba a observar la silueta de una montaña. Luego volvió la mirada y me contó que a su hermano mayor lo había matado la policía, y su padre, qué decir de su padre. Siempre nos pegaba, me dijo, era un drogadicto que no duraba mucho en la calle antes de ser apresado de nuevo. En una de sus salidas llegó a casa borracho y drogado, la mamá de Miguel no quiso dejarlo entrar para que no los golpeara y sin mayores contemplaciones su papá le prendió fuego a la casa. Su madre, como pudo, con la ayuda de algunos vecinos logró sacarlos, pero Miguel llevó la peor parte, pues ya se encontraba profundamente dormido y los lengüetazos de fuego alcanzaron a quemar una parte de su brazo izquierdo y del costado del mismo lado del cuerpo.

 

Desde ese momento no veía a su padre y por eso se fueron a vivir con su abuela, sin mayores pertenencias que las pijamas que llevaban puestas aquella noche. Por demás, aunque se sentía protegido y complacido en casa de su abuela, no le gustaba que le tocara dormir en un colchón en la sala con su hermano. Me dijo también que era feliz, que hacía poco un amigo de su mamá les había regalado un televisor y que allí veía sus programas favoritos. Que además le gustaban las mañanas, en especial las de los fines de semana cuando al despertar sentía el olor del chocolate que su mamá batía en la cocina. Aquel día no hablamos más sobre su vida, pero su rostro cambió y quizás sea pretensión o sugestión, pero su comportamiento fue distinto desde nuestra charla. Quisiera creer por el poder de las palabras.

 

Pero lo que más me conmovió sucedió el último día de nuestro taller. En clase desarrollamos una actividad de despedida y luego compartimos un ponqué y un jugo. Luego, cuando salí estaba Miguel frente al colegio acompañado de una señora de baja estatura y de tez morena. Era su madre quien se acercó, hablamos durante unos pocos minutos sobre el rendimiento de Miguel en clase, de las mejorías que había mostrado, de los textos que había escrito y finalmente, cuando Miguel me abrazó su madre me dio las gracias y al preguntarle por qué, me respondió “porque ahora Miguel quiere ser escritor”. No le respondí nada, solo regresé el abrazo a Miguel y supe que el mundo entero tenía sentido.

Publicado enEdición Nº236
"Hay niñas con pene y niños con vulva. Así de sencillo".

Una asociación española invita a la sociedad a aceptar y comprender el fenómeno de la transexualidad en menores. Su propuesta ha generado polémica. Hablamos con ellos.

 

"Niños" que se colocan fulares en la cabeza a modo de melena, se visten constantemente con ropa femenina, o se disfrazan de princesas y hadas, y que a menudo muestran gran admiración por las sirenas. "Niñas" que se resisten a que las vistan con faldas o vestidos, incapaces de llevar diademas, coletas o cualquier accesorio femenino. En general, niños y niñas que se identifican con nombres del otro sexo, y que piden que se dirijan a ellos y a ellas de ese modo. Éstas conductas podrían ser indicios de una situación que forma parte de la realidad, pero que no tiene suficiente visibilidad ni toda la aceptación social que necesita: la transexualidad en menores.


"Hay niñas con pene y niños con vulva. Así de sencillo", reza una campaña publicitaria de Chrysallis, la Asociación de Familias de Menores Transexuales, orientada a dar a conocer esta realidad y promover su comprensión en el seno de la sociedad española, ya que como ellos mismos advierten, "de esta comprensión depende su calidad de vida y felicidad". En este sentido, explican que "recientes estudios han demostrado que la tasa de intento de suicidio de los adultos transexuales a quienes en su infancia se les negó su identidad es considerablemente superior a la media, mientras que en los que si son apoyados los indicadores de calidad de vida y felicidad son similares a los del resto de la población".


La campaña ha generado el rechazo de algunos sectores de la población, en diferentes grados: desde quienes que la consideran "sumamante explícita" (en palabras de la portavoz del Partido Popular Navarra, Ana Beltran) hasta quienes consideran que "supone una posible comisión del delito de corrupción de menores dado que en los carteles figuran desnudos explícitos de menores", como denuncia el 'Centro Jurídico Tomás Moro' en su página web.


¿Así de sencillo?


Cuando un niño nace con vulva, se le asigna el sexo "mujer", porque lo más frecuente estadísticamente es el binomio "vulva/mujer", pero su identidad sexual será la de un hombre; será por lo tanto un hombre transexual. Y cuando una mujer nace con pene y testículos, se le asigna el sexo "hombre", porque el binomio estadísticamente más frecuente es "pene y testículos/hombre"; pero su identidad sexual será la de una mujer; una mujer transexual. Es decir: que sí, que hay niños con vulva y niñas con pene. Si lo que acaba de leer le confunde, tal vez necesite leer algo más sencillo, como la definición de transexualidad que ofrece la propia asociación Chrysallis: "la transexualidad es la condición por la que el sexo de una persona (su sexo sentido) no corresponde con el que se le asignó al nacer en atención a sus genitales".


Por supuesto, no todas las personas acceden fácilmente a la comprensión de esta realidad, y los juicios y prejuicios de diversa índole dificultan a menudo la feliz integración de las personas transexuales en los diferentes entornos sociales que habitan. Las problemáticas son tan diversas como las situaciones personales.


"Aún queda mucho camino por recorrer"


Hablamos de ello con Natalia Aventín, de la Asociación Chrysallis, que nos confirma que las personas transexuales y sus familias con frecuencia atraviesan dificultades de todo tipo: "Hay realidades muy diferentes; hay niños transexuales que con 3 años son aceptados por sus familias y tienen infancias muy buenas y no sufren situaciones conflictivas...y hay situaciones en las que la familia no lo acepta, o no son conscientes hasta que el hijo cumple 17 ó 18 años...como hay una gran diversidad de situaciones, hay una gran diversidad de problemáticas".


"El principal problema -nos explica Natalia- es no saber identificarlo. A nivel educativo se nos enseña un modelo de hombre/mujer binario, muy estereotipado y muy estricto. Pero la realidad es muy variada. Dentro de esa educación que se nos transmite desde muy temprana edad hay un adoctrinamiento en género basado en cómo identifica nuestra cultura el ser hombre y el ser mujer, y esa doctrina excluye muchas realidades. Y, bueno, si uno tiene la suerte de pertenecer a esa mayoría a la que esa división le viene bien y nunca ha tenido por qué planteárselo, pues reconocer a un hijo transexual le puede costar mucho. Ahí aparece un conflicto, el miedo a lo desconocido y la dificultad de encontrar información...que ahora hay mucha, pero hasta hace tres o cuatro años no había prácticamente ninguna"


España es el país en el que los derechos de las personas transexuales reciben más apoyo. Al menos así lo indica un estudio elaborado por The Williams Institute, de la Universidad de los Ángeles. A Natalia Aventín, sin embargo, le da pena este dato: "Que España sea el país que más respeta a las personas transexuales es muy indicativo de lo mal que está la situación a nivel mundial, y de los prejuicios que aún existen en sociedades supuestamente desarrolladas". Con todo, reconoce que "en España, poco a poco y en un periodo de tiempo razonablemente corto se ha producido mucha legislación que ha favorecido una mejora de la situación, pero hay que seguir luchando todos los días, y aún falta mucho camino por recorrer".

Publicado: 19 ene 2017 08:05 GMT

Publicado enSociedad