Sobre fragmentos de Doris Salcedo. El futuro se escribe con pasado

A finesde 2018 se inauguró Fragmentos, la obra creada por Doris Salcedo con el producto de la fundición de las armas entregadas por las Farc, como parte del acuerdo de paz. Las grandes baldosas metálicas fueron martilladas por 20 mujeres víctimas de violencia sexual, para simbolizar las cicatrices de la guerra, y ubicadas en el piso de lo que será un museo, en las ruinas de una casa de La Candelaria, en Bogotá.

 

La artista concibió su obra como un “contramonumento”, con la intención de evitar otorgarle a la violencia una forma estética, más allá del “vacío y la ausencia”, o erigir “una versión grandiosa y totalitaria de la historia”, “una visión triunfalista del pasado bélico de una nación”. Por el contrario, Fragmentos apuesta por permitir el encuentro entre memorias diversas y antagónicas sobre la guerra, que se expresarán en sus espacios a través del arte, durante los próximos 53 años.

 

Por las características de la obra, pensada inicialmente como un monumento por encargo de los acuerdos de paz, su significación es y será objeto de disputa, independientemente de las motivaciones de la autora. Sin embargo, tanto en el discurso de Salcedo como en Fragmentos misma se advierte una preocupación predominante sobre el futuro. El postulado básico parece ser: dado que las memorias sobre la guerra siempre van a ser plurales y antagónicas, más que un signo estético que clausure las posibilidades de significación del pasado, un monumento, el contramonumento apuesta por propiciar el encuentro y el diálogo entre ellas. Como afirmó la artista en el evento de presentación, en julio de 2018, el arte “nos permite pensar una visión de futuro en la que los opuestos conviven y lo incompatible coexiste pacíficamente”.

 

Aunque la intención es a todas luces loable, dicho postulado se apoya en unas premisas discutibles, sobre la naturaleza de lo “monumentalizable”, la interpretación de la guerra, el significado de la paz, la historia y la memoria colectivas.

 

El presente

 

El rechazo a la monumentalización o estetización de la violencia, presente en otros trabajos de Salcedo, es justo. No obstante, en este caso no se trataba de hacer un monumento a la guerra, pues el hecho que motivó la obra fue el acuerdo de paz. La negativa a hacer un monumento parece entonces ser un reflejo de la escasa significación social que ha tenido este acontecimiento. El acuerdo de paz, así la fecha en que se firmó no se haya grabado en nuestra memoria colectiva, introdujo una discontinuidad inédita en la historia, cuyas consecuencias estamos enfrentando. En contraste, la orientación al futuro que caracteriza la obra omite elaborar el significado del acontecimiento en el presente y, con él, la posibilidad de otorgar a la paz la significación que reclama, lo que resulta muy problemático en un contexto de gran desconocimiento de los acuerdos por parte de la ciudadanía y de creciente adversidad a su implementación.

 

Ahora bien, el contramonumento en este caso es un museo, que puede erigirse en un símbolo de la paz en tanto lugar para la convivencia de distintas versiones artísticas de la guerra. La paz adquiere así un significado como un espacio de convivencia con la otredad, la diversidad e incluso con lo antagónico. No obstante, la “museificación” tiene tantas consecuencias como la “monumentalización”.

 

Por una parte, a diferencia del monumento, el museo no reduce la experiencia estética a la contemplación, sino que estimula la audiencia a la participación activa. Así, como resaltó Salcedo, el hecho de que en el piso metálico todos podamos situarnos en igualdad de condiciones, formalmente “como si” fuésemos iguales, es una invitación a la civilidad y a la modernidad política, necesarias para fundar un país en paz.

 

Por otra parte, pese a su vocación democratizante, la obra sigue siendo un museo, un lugar con un estatus en la frontera entre lo público y lo privado. Un monumento se sitúa claramente en el espacio público político, esto es, abierto al acceso y a la vista de todos, generalmente en un lugar céntrico de la ciudad, para producir algún efecto en la cotidianidad. En cambio, Fragmentos, si bien está revestido con el estatus jurídico de lo público y en ese sentido es abierto a todos, no produce un efecto similar, no se ubica en un lugar central de la ciudad, a la vista de todos, ni afecta la vida cotidiana. Esto sin mencionar las connotaciones que para un “ciudadano de a pie” puede tener el museo: ‘allí donde se guardan reliquias del pasado’.

 

En vez de disputar el cada vez más reducido espacio público con artefactos artísticos que posibilitaran dotar la paz de significación, y de esa manera llevar el arte a la cotidianidad, se optó por una forma convencional que confina la creación de significado en un espacio delimitado y que únicamente será accesible a quienes tengan conocimiento e interés en él. Muchos ciudadanos se quedarán sin conocer el contramonumento y por lo tanto sin realizar alguna reflexión sobre la paz, la guerra, el pasado o el futuro, como habría posibilitado una alternativa más cercana al convencional monumento.

 

El pasado

 

Los monumentos se vinculan al pasado de un modo ambiguo. Están ahí para recordar y evocar, y de esa manera pueden hacer presente el pasado. La estatua o el busto de un prócer de la patria, la obra o las ruinas alusivas a un acontecimiento histórico, vinculan nuestro presente con un momento que no solo lo precede sino que eventualmente lo explica. Pero los monumentos, en nuestra acelerada y convulsiva época, también pueden dejar el pasado en el pasado, porque contribuyen a delimitar lo que pertenece a él, lo que “ya pasó”, y, de esa forma, lo desligan del presente, confinándolo incluso en el terreno de aquello que es susceptible de olvido: personajes y procesos complejos, cargados de conflictos, colores y matices, de vida en una palabra, se convierten por obra del monumento en artefactos mohosos librados a la corrosión, desligados de la experiencia y sin mayores posibilidades de significación.

 

Por sus motivaciones, Fragmentos también intenta hacer presente el pasado por vía de la memoria. En la medida en que en sus espacios hagan presencia diversas y antagónicas memorias sobre el conflicto armado, se tratará de un diálogo permanente con el pasado. Es una apuesta por el proceso más que por el resultado, pues si hubiere tal resultado no sería “una” memoria sobre la guerra, sino el diálogo entre distintas versiones del pasado. De esa manera, el pasado se hará presente y, a diferencia de lo que ocurriría con un convencional monumento, no se confinará al lugar del potencial olvido. Así las cosas, el rechazo al monumento es también un rechazo a dejar el pasado en el pasado.

 

La construcción de un país en paz plantea precisamente el reto de no desligar el presente del pasado. Sin embargo, ese pasado, en particular el de la guerra, no se reduce a las distintas memorias que sobre él se construyan. En Fragmentos parece subyacer una concepción del pasado, y más en general de la historia, que lo reduce a narrativas subjetivas, a memorias, por una parte, y a un proceso dialógico, que apuesta por la coexistencia de distintas narrativas del pasado en forma inclusiva, plural y tolerante, por otra. Por esa razón, en lugar de una toma de partido en el presente por un significado de ese pasado, la obra optó por la apertura de un espacio en donde coexistan y dialoguen dichas narrativas.

 

La cuestión es hasta qué punto las distintas narrativas nos permitirán asumir nuestro pasado, saldar cuentas con él, para proyectarnos al futuro como comunidad política. El problema radica en que no solo de narrativas y memorias está hecho nuestro pasado, también está atravesado por vectores estructurales, objetivos e incluso inconscientes: aquello que no se quiere o no se puede articular como parte las narrativas sobre el recuerdo y el olvido, por plurales que sean; que no se quiere o no se puede recordar, pero tampoco está olvidado, y que si se expresa lo hace bajo la forma de lo indecible, el silencio.

 

Es probable que esa dimensión del pasado llegue a expresarse alguna vez en los espacios del museo, pero la representación de narrativas o memorias antagónicas, suponiendo que puedan coexistir, no necesariamente nos permite acceder a ella ni, por lo tanto, saldar cuentas con el pasado. Nada garantiza que el contramonumento propicie la convivencia de contrarios, en lugar de constituirse en otro de los lugares en donde prosigue el diálogo de sordos que caracteriza la disputa por el pasado de la guerra. Sin duda, contar con tales lugares es restar espacio a la violencia, pero el arte también está llamado a posibilitar formas de acceso a esa dimensión estructural del pasado, a ese pasado que nos constituye, que no queremos o no podemos reconocer o develar, más que concebirse como un lugar de encuentro de lo diverso y lo antagónico. Por el momento, la obra de Salcedo parece haber optado por aplazar la revelación de tal dimensión, ha privilegiado la forma en la que puede tener lugar ese des-cubrimiento, en vez de tomar partido por un contenido determinado.

 

El futuro

 

El rechazo a monumentalizar también parece estar relacionado con una concepción particular del conflicto armado que orienta Fragmentos. En la resistencia a la estetización de la guerra hay implícita una visión del conflicto armado que lo reduce a una violencia irracional, incomprensible, como producto de la incapacidad o imposibilidad de convivir con lo diferente y lo antagónico. De ahí que la paz se signifique como un espacio de encuentro capaz de conjurar la violencia. Vectores estructurales de la historia colombiana como la injusticia, la desigualdad y la exclusión, no tienen cabida en esta interpretación del conflicto armado.

 

Se trata de una concepción predominante, cuando menos desde hace dos décadas, que orientó al gobierno de Santos (2010-2018). Como es sabido, el alto comisionado para la paz, Sergio Jaramillo, fue también redactor de la política de seguridad y defensa del gobierno Uribe (2003), y si bien la negociación con las Farc obligó a matizar la tesis de la “agresión terrorista” reconociendo que había en el país un “conflicto armado”, en lo sustancial hubo una continuidad. Esa política tenía como objeto “disuadir” militarmente a la guerrilla para obligarla a negociar, reconociendo la complejidad de la confrontación militar y el hecho de que necesariamente la guerra terminaría en una mesa de diálogos. El conflicto armado se asumió como un problema de violencias y violentos, por momentos incluso despolitizándolo, y no como una serie de problemas estructurales que están en las raíces mismas de nuestra sociedad. De manera que Santos no mintió cuando afirmó que su gobierno daba continuidad al de Uribe, pues culminó con éxito la implementación de su política.

 

Pero una vez que se ha firmado la paz, retornan los problemas que, más allá de esa violencia irracional, estuvieron en el origen del conflicto: injusticia, desigualdad, exclusión, etcétera, y se pone de presente que la paz no es únicamente cuestión de formas, de espacios de convivencia, sino que definitivamente no puede apartarse de los contenidos, esto es, de la discusión sobre ese conjunto de problemas que han impedido la convivencia pacífica. En otras palabras, tras la firma de la paz podemos ver que el conflicto no se reduce a intolerancia o incapacidad para convivir con lo diferente, sino que existe un legado de problemas del pasado que, independientemente de nuestra voluntad, siguen ahí, produciendo chispas que pueden convertirse nuevamente en una gran conflagración. Con ese pasado es necesario saldar cuentas como condición para proyectarnos al futuro, para construir un país en paz.

 

El reto que plantea el contramonumento es que su piso no se convierta en una tabula rasa, en donde todos podamos pararnos sobre el pasado de violencia, simbolizado en el metal que alguna vez formó armas, como si estuviéramos en igualdad de condiciones y, sin embargo, continuemos teniendo la misma estatura histórica, imposibilitados para asumir el pasado y responder a los problemas que propician la guerra.

 

En fin

 

El pasado no es una materia absolutamente maleable, de la cual podamos desprendernos únicamente cambiando la narrativa o invocando la pluralidad de las memorias que ha producido. Por el contrario, lo llevamos a cuestas aunque no deseemos o no podamos asumirlo. Por esa razón, los acontecimientos históricos a veces funcionan como revelaciones para un ser colectivo, destellos en la oscuridad que posibilitan un mejor auto-reconocimiento de una comunidad política.

 

Octavio Paz afirmó en varios de sus ensayos que una de las mayores consecuencias de la Revolución Mexicana fue permitir la asunción por parte de los mexicanos de su pasado, un pasado enterrado –incluso literalmente–, ocultado u olvidado. Se trató, en suma, de un autodescubrimiento, cuya evidencia son los temas predominantes de las artes en la época inmediatamente posterior, particularmente del muralismo.

 

Claramente, la firma del acuerdo de paz no puede asimilarse a una revolución, ni a la mexicana en particular, pues son acontecimientos de distinta naturaleza, con temporalidades muy diferentes, entre muchas otras cosas. Sin embargo, el mayor contraste podría residir en que, pese a ser un acontecimiento inédito, aunque muy esperado, el acuerdo de paz tenga tantas dificultades para propiciar una asunción de nuestro pasado. Sus consecuencias prácticas marchan a una mayor velocidad respecto de la apropiación y la construcción colectiva de su significado.

 

Un monumento es una negociación con el pasado, con los muertos, pero también con una parte inconsciente y colectiva que a pesar de estar ahí, de que nos constituye en el presente, nos negamos a, o estamos imposibilitados para, hacer nuestra, y nos impide proyectarnos al futuro al implicar una ruptura permanente en la continuidad imaginaria del tiempo histórico. Fragmentos, el contramonumento, apuesta por una revelación de ese pasado en la forma de memorias plurales y antagónicas que se expresarán en su espacio, pero evita conferirle un contenido en el presente. Representa de ese modo lo que parece haber significado alcanzar la paz, o más bien la ausencia de significado que en el presente está teniendo entre nosotros, y la consiguiente prolongación de la disputa por el significado de ese acontecimiento y de su pasado a un porvenir en el que convivan nuestros antagonismos de forma no violenta.

Publicado enColombia
Lunes, 28 Enero 2019 10:26

El futuro se escribe con pasado

El futuro se escribe con pasado

A finesde 2018 se inauguró Fragmentos, la obra creada por Doris Salcedo con el producto de la fundición de las armas entregadas por las Farc, como parte del acuerdo de paz. Las grandes baldosas metálicas fueron martilladas por 20 mujeres víctimas de violencia sexual, para simbolizar las cicatrices de la guerra, y ubicadas en el piso de lo que será un museo, en las ruinas de una casa de La Candelaria, en Bogotá.

 

La artista concibió su obra como un “contramonumento”, con la intención de evitar otorgarle a la violencia una forma estética, más allá del “vacío y la ausencia”, o erigir “una versión grandiosa y totalitaria de la historia”, “una visión triunfalista del pasado bélico de una nación”. Por el contrario, Fragmentos apuesta por permitir el encuentro entre memorias diversas y antagónicas sobre la guerra, que se expresarán en sus espacios a través del arte, durante los próximos 53 años.

 

Por las características de la obra, pensada inicialmente como un monumento por encargo de los acuerdos de paz, su significación es y será objeto de disputa, independientemente de las motivaciones de la autora. Sin embargo, tanto en el discurso de Salcedo como en Fragmentos misma se advierte una preocupación predominante sobre el futuro. El postulado básico parece ser: dado que las memorias sobre la guerra siempre van a ser plurales y antagónicas, más que un signo estético que clausure las posibilidades de significación del pasado, un monumento, el contramonumento apuesta por propiciar el encuentro y el diálogo entre ellas. Como afirmó la artista en el evento de presentación, en julio de 2018, el arte “nos permite pensar una visión de futuro en la que los opuestos conviven y lo incompatible coexiste pacíficamente”.

 

Aunque la intención es a todas luces loable, dicho postulado se apoya en unas premisas discutibles, sobre la naturaleza de lo “monumentalizable”, la interpretación de la guerra, el significado de la paz, la historia y la memoria colectivas.

 

El presente

 

El rechazo a la monumentalización o estetización de la violencia, presente en otros trabajos de Salcedo, es justo. No obstante, en este caso no se trataba de hacer un monumento a la guerra, pues el hecho que motivó la obra fue el acuerdo de paz. La negativa a hacer un monumento parece entonces ser un reflejo de la escasa significación social que ha tenido este acontecimiento. El acuerdo de paz, así la fecha en que se firmó no se haya grabado en nuestra memoria colectiva, introdujo una discontinuidad inédita en la historia, cuyas consecuencias estamos enfrentando. En contraste, la orientación al futuro que caracteriza la obra omite elaborar el significado del acontecimiento en el presente y, con él, la posibilidad de otorgar a la paz la significación que reclama, lo que resulta muy problemático en un contexto de gran desconocimiento de los acuerdos por parte de la ciudadanía y de creciente adversidad a su implementación.

 

Ahora bien, el contramonumento en este caso es un museo, que puede erigirse en un símbolo de la paz en tanto lugar para la convivencia de distintas versiones artísticas de la guerra. La paz adquiere así un significado como un espacio de convivencia con la otredad, la diversidad e incluso con lo antagónico. No obstante, la “museificación” tiene tantas consecuencias como la “monumentalización”.

 

Por una parte, a diferencia del monumento, el museo no reduce la experiencia estética a la contemplación, sino que estimula la audiencia a la participación activa. Así, como resaltó Salcedo, el hecho de que en el piso metálico todos podamos situarnos en igualdad de condiciones, formalmente “como si” fuésemos iguales, es una invitación a la civilidad y a la modernidad política, necesarias para fundar un país en paz.

 

Por otra parte, pese a su vocación democratizante, la obra sigue siendo un museo, un lugar con un estatus en la frontera entre lo público y lo privado. Un monumento se sitúa claramente en el espacio público político, esto es, abierto al acceso y a la vista de todos, generalmente en un lugar céntrico de la ciudad, para producir algún efecto en la cotidianidad. En cambio, Fragmentos, si bien está revestido con el estatus jurídico de lo público y en ese sentido es abierto a todos, no produce un efecto similar, no se ubica en un lugar central de la ciudad, a la vista de todos, ni afecta la vida cotidiana. Esto sin mencionar las connotaciones que para un “ciudadano de a pie” puede tener el museo: ‘allí donde se guardan reliquias del pasado’.

 

En vez de disputar el cada vez más reducido espacio público con artefactos artísticos que posibilitaran dotar la paz de significación, y de esa manera llevar el arte a la cotidianidad, se optó por una forma convencional que confina la creación de significado en un espacio delimitado y que únicamente será accesible a quienes tengan conocimiento e interés en él. Muchos ciudadanos se quedarán sin conocer el contramonumento y por lo tanto sin realizar alguna reflexión sobre la paz, la guerra, el pasado o el futuro, como habría posibilitado una alternativa más cercana al convencional monumento.

 

El pasado

 

Los monumentos se vinculan al pasado de un modo ambiguo. Están ahí para recordar y evocar, y de esa manera pueden hacer presente el pasado. La estatua o el busto de un prócer de la patria, la obra o las ruinas alusivas a un acontecimiento histórico, vinculan nuestro presente con un momento que no solo lo precede sino que eventualmente lo explica. Pero los monumentos, en nuestra acelerada y convulsiva época, también pueden dejar el pasado en el pasado, porque contribuyen a delimitar lo que pertenece a él, lo que “ya pasó”, y, de esa forma, lo desligan del presente, confinándolo incluso en el terreno de aquello que es susceptible de olvido: personajes y procesos complejos, cargados de conflictos, colores y matices, de vida en una palabra, se convierten por obra del monumento en artefactos mohosos librados a la corrosión, desligados de la experiencia y sin mayores posibilidades de significación.

 

Por sus motivaciones, Fragmentos también intenta hacer presente el pasado por vía de la memoria. En la medida en que en sus espacios hagan presencia diversas y antagónicas memorias sobre el conflicto armado, se tratará de un diálogo permanente con el pasado. Es una apuesta por el proceso más que por el resultado, pues si hubiere tal resultado no sería “una” memoria sobre la guerra, sino el diálogo entre distintas versiones del pasado. De esa manera, el pasado se hará presente y, a diferencia de lo que ocurriría con un convencional monumento, no se confinará al lugar del potencial olvido. Así las cosas, el rechazo al monumento es también un rechazo a dejar el pasado en el pasado.

 

La construcción de un país en paz plantea precisamente el reto de no desligar el presente del pasado. Sin embargo, ese pasado, en particular el de la guerra, no se reduce a las distintas memorias que sobre él se construyan. En Fragmentos parece subyacer una concepción del pasado, y más en general de la historia, que lo reduce a narrativas subjetivas, a memorias, por una parte, y a un proceso dialógico, que apuesta por la coexistencia de distintas narrativas del pasado en forma inclusiva, plural y tolerante, por otra. Por esa razón, en lugar de una toma de partido en el presente por un significado de ese pasado, la obra optó por la apertura de un espacio en donde coexistan y dialoguen dichas narrativas.

 

La cuestión es hasta qué punto las distintas narrativas nos permitirán asumir nuestro pasado, saldar cuentas con él, para proyectarnos al futuro como comunidad política. El problema radica en que no solo de narrativas y memorias está hecho nuestro pasado, también está atravesado por vectores estructurales, objetivos e incluso inconscientes: aquello que no se quiere o no se puede articular como parte las narrativas sobre el recuerdo y el olvido, por plurales que sean; que no se quiere o no se puede recordar, pero tampoco está olvidado, y que si se expresa lo hace bajo la forma de lo indecible, el silencio.

 

Es probable que esa dimensión del pasado llegue a expresarse alguna vez en los espacios del museo, pero la representación de narrativas o memorias antagónicas, suponiendo que puedan coexistir, no necesariamente nos permite acceder a ella ni, por lo tanto, saldar cuentas con el pasado. Nada garantiza que el contramonumento propicie la convivencia de contrarios, en lugar de constituirse en otro de los lugares en donde prosigue el diálogo de sordos que caracteriza la disputa por el pasado de la guerra. Sin duda, contar con tales lugares es restar espacio a la violencia, pero el arte también está llamado a posibilitar formas de acceso a esa dimensión estructural del pasado, a ese pasado que nos constituye, que no queremos o no podemos reconocer o develar, más que concebirse como un lugar de encuentro de lo diverso y lo antagónico. Por el momento, la obra de Salcedo parece haber optado por aplazar la revelación de tal dimensión, ha privilegiado la forma en la que puede tener lugar ese des-cubrimiento, en vez de tomar partido por un contenido determinado.

 

El futuro

 

El rechazo a monumentalizar también parece estar relacionado con una concepción particular del conflicto armado que orienta Fragmentos. En la resistencia a la estetización de la guerra hay implícita una visión del conflicto armado que lo reduce a una violencia irracional, incomprensible, como producto de la incapacidad o imposibilidad de convivir con lo diferente y lo antagónico. De ahí que la paz se signifique como un espacio de encuentro capaz de conjurar la violencia. Vectores estructurales de la historia colombiana como la injusticia, la desigualdad y la exclusión, no tienen cabida en esta interpretación del conflicto armado.

 

Se trata de una concepción predominante, cuando menos desde hace dos décadas, que orientó al gobierno de Santos (2010-2018). Como es sabido, el alto comisionado para la paz, Sergio Jaramillo, fue también redactor de la política de seguridad y defensa del gobierno Uribe (2003), y si bien la negociación con las Farc obligó a matizar la tesis de la “agresión terrorista” reconociendo que había en el país un “conflicto armado”, en lo sustancial hubo una continuidad. Esa política tenía como objeto “disuadir” militarmente a la guerrilla para obligarla a negociar, reconociendo la complejidad de la confrontación militar y el hecho de que necesariamente la guerra terminaría en una mesa de diálogos. El conflicto armado se asumió como un problema de violencias y violentos, por momentos incluso despolitizándolo, y no como una serie de problemas estructurales que están en las raíces mismas de nuestra sociedad. De manera que Santos no mintió cuando afirmó que su gobierno daba continuidad al de Uribe, pues culminó con éxito la implementación de su política.

 

Pero una vez que se ha firmado la paz, retornan los problemas que, más allá de esa violencia irracional, estuvieron en el origen del conflicto: injusticia, desigualdad, exclusión, etcétera, y se pone de presente que la paz no es únicamente cuestión de formas, de espacios de convivencia, sino que definitivamente no puede apartarse de los contenidos, esto es, de la discusión sobre ese conjunto de problemas que han impedido la convivencia pacífica. En otras palabras, tras la firma de la paz podemos ver que el conflicto no se reduce a intolerancia o incapacidad para convivir con lo diferente, sino que existe un legado de problemas del pasado que, independientemente de nuestra voluntad, siguen ahí, produciendo chispas que pueden convertirse nuevamente en una gran conflagración. Con ese pasado es necesario saldar cuentas como condición para proyectarnos al futuro, para construir un país en paz.

 

El reto que plantea el contramonumento es que su piso no se convierta en una tabula rasa, en donde todos podamos pararnos sobre el pasado de violencia, simbolizado en el metal que alguna vez formó armas, como si estuviéramos en igualdad de condiciones y, sin embargo, continuemos teniendo la misma estatura histórica, imposibilitados para asumir el pasado y responder a los problemas que propician la guerra.

 

En fin

 

El pasado no es una materia absolutamente maleable, de la cual podamos desprendernos únicamente cambiando la narrativa o invocando la pluralidad de las memorias que ha producido. Por el contrario, lo llevamos a cuestas aunque no deseemos o no podamos asumirlo. Por esa razón, los acontecimientos históricos a veces funcionan como revelaciones para un ser colectivo, destellos en la oscuridad que posibilitan un mejor auto-reconocimiento de una comunidad política.

 

Octavio Paz afirmó en varios de sus ensayos que una de las mayores consecuencias de la Revolución Mexicana fue permitir la asunción por parte de los mexicanos de su pasado, un pasado enterrado –incluso literalmente–, ocultado u olvidado. Se trató, en suma, de un autodescubrimiento, cuya evidencia son los temas predominantes de las artes en la época inmediatamente posterior, particularmente del muralismo.

 

Claramente, la firma del acuerdo de paz no puede asimilarse a una revolución, ni a la mexicana en particular, pues son acontecimientos de distinta naturaleza, con temporalidades muy diferentes, entre muchas otras cosas. Sin embargo, el mayor contraste podría residir en que, pese a ser un acontecimiento inédito, aunque muy esperado, el acuerdo de paz tenga tantas dificultades para propiciar una asunción de nuestro pasado. Sus consecuencias prácticas marchan a una mayor velocidad respecto de la apropiación y la construcción colectiva de su significado.

 

Un monumento es una negociación con el pasado, con los muertos, pero también con una parte inconsciente y colectiva que a pesar de estar ahí, de que nos constituye en el presente, nos negamos a, o estamos imposibilitados para, hacer nuestra, y nos impide proyectarnos al futuro al implicar una ruptura permanente en la continuidad imaginaria del tiempo histórico. Fragmentos, el contramonumento, apuesta por una revelación de ese pasado en la forma de memorias plurales y antagónicas que se expresarán en su espacio, pero evita conferirle un contenido en el presente. Representa de ese modo lo que parece haber significado alcanzar la paz, o más bien la ausencia de significado que en el presente está teniendo entre nosotros, y la consiguiente prolongación de la disputa por el significado de ese acontecimiento y de su pasado a un porvenir en el que convivan nuestros antagonismos de forma no violenta.

Publicado enEdición Nº253
Panamá: Lo que no se dice de la separación de Colombia

Érase una vez una empresa de capital francés que inició las obras para construir un canal por el istmo de Panamá, allá por 1880. Pero la Compañía Universal del Canal Interoceánico, como la llamaron, fue dando tumbos hasta que, en 1888, paralizó la construcción. 

¿Por qué? Los niños de primaria en Panamá saben que “la culpa fue del mosquito que producía la fiebre amarilla”. Los de secundaria, los que estudian, caen en cuenta que también le falló el diseño a Fernando de Lesseps, que intentó un canal a nivel que se estrelló contra el Corte Culebra. Muy pocos, a nivel universitario, se enteran de que hubo u tercer culpable: la corrupción.


Sí. Los gerentes franceses de la compañía resultaron ser unos pillos que le robaron millones de francos a los incautos inversionistas de clase media en Francia que compraron acciones de esta empresa creyendo que el canal los inundaría de riquezas. El escándalo, que fue asociado al nombre de Panamá, llegó a los estrados judiciales siendo condenados a penas de cárcel varios directivos.


Pero los pillos siguen siendo pillos y no se componen ni con la cárcel. Algunos de los directivos y accionistas mayoritarios idearon un plan para seguir chupándole la sangre al Canal de Panamá. En 1892 – 94, se dieron a la tarea de reorganizar la empresa bajo otro nombre, la Compañía Nueva del Canal Interoceánico. Lo primero que gestionaron fue una prórroga para terminar la obra. Una prórroga de diez años que culminaba en 1904. Anote la fecha.


Pero un sinvergüenza nunca deja de serlo, así que estos señores nunca pretendieron, ni juntaron capital suficiente para completar la obra. Solo buscaban ganar tiempo para vender sus “derechos” a un tercero, y así sacar hasta la última gota del negocio. ¿Quién tenía interés, capacidad para comprarles las acciones y continuar la obra? El gobierno de Estados Unidos de América.


En 1894, los franceses tuvieron la buena idea de contratar a uno de los abogados más influyentes en la política y en los negocios del naciente imperio norteamericano: William Nelson Cromwell. La firma Sullivan and Cromwell, que todavía existe, estaba bien ligada a capitalistas como J. P. Morgan, la General Electric y otros negocios de alto peso en Wall Street. De su seno salieron políticos influyentes como los hermanos Allan y John Foster Dulles, que dirigieron la Agencia Central de Inteligencia (CIA).


Gracias a ese contrato que hizo la Compañía Nueva, y a que en manos de ese bufete estaban las acciones de la Panama Rail Road Co., o Compañía del Ferrocarril de Panamá, tanto Cromwell como la firma de abogados jugaría un papel inconfesable en los sucesos de 1903.


La última década del siglo XIX se caracterizó por lo que se ha llamado fase imperialista del capitalismo, cuando las grandes potencias se repartieron el mundo para asegurarse fuentes de materias primas y mercados. Estados Unidos terminó de dar su salto con la Guerra de 1898 contra España a la que le arrebató sus últimas colonias: Cuba, Puerto Rico y Las Filipinas. Al poseer territorios e intereses en Asia, los norteamericanos se vieron compelidos a dar urgencia a la construcción de un canal que permitiera a su armada naval cuidar sus intereses en ambos océanos.


Entre1894 y 1903 las autoridades norteamericanas negociaron con franceses, colombianos y nicaragüenses. Aquí es donde el papel de Cromwell se hizo clave. Por un lado, unió a un grupo de capitalistas norteamericanos para comprar en secreto un gran grupo de acciones de la Compañía Nueva, que estaba devaluadas. Plan que denominó “Americanización del Canal”. Se afirma que invirtieron 3.5 millones de dólares por unas acciones que revenderían a su gobierno por 40 millones de dólares. Buen negocio, ¿verdad?


La participación de prominentes empresarios y políticos norteamericanos en este negociado fue lo que en verdad inclinó la balanza a favor del canal por Panamá, y no como pinta el mito de las supuestas estampillas con volcanes de Nicaragua que habría regalado Bunau Varilla a los senadores.


Una vez listo el grueso del asunto había que proceder con los detalles, así que Teodoro Roosevelt, buen amigo de Cromwell, exigió a Colombia el cese de la Guerra de los Mil Días, sentó a los dos partidos, liberales y conservadores, en la mesa y con su mediación salió el Pacto de Neerlandia y el del acorazado Wisconsin en noviembre de 1902.


Siguiente paso, obligar al embajador colombiano a firmar un tratado sin mucha consulta con su país. El 22 de enero de 1903 se firmó el Tratado Herrán-Hay, que contenía: lo que se llamaría Zona del Canal con jurisdicción norteamericana; un pago de 40 millones de dólares a los accionistas “franceses” (y norteamericanos); 10 millones de adelanto a al estado colombiano, y Panamá por supuesto; y una anualidad de 250 mil dólares cuando el canal estuviera en funcionamiento.


Los colombianos y panameños decentes de aquel tiempo sabían leer y sumar, y no eran menos listos que los actuales, así que empezaron con los cuestionamientos: ¿Cómo vamos a partir el Istmo por la mitad y ceder la soberanía a una potencia extranjera allí? ¿Eso no contradice la constitución y el derecho internacional? ¿Por qué a Colombia le tocan 10 y a los accionistas 40? ¿Con qué derechos si ellos solo poseen una concesión que vence en un año y un poco de chatarra en un hueco a medio excavar? ¿Pero si la Compañía del ferrocarril ya paga 250 mil de anualidad, ahora que se quedarán con ella y tendrán el canal seguirán pagando lo mismo?


Todo esto se lo preguntaban panameños tan ilustres como los liberales Carlos A. Mendoza y Belisario Porras, y conservadores como Juan B. Pérez y Soto y Oscar Terán, entre otros. Esa era su opinión a mitad de 1903, al margen de si algunos cambiaron posteriormente. El crecimiento del rechazo al tratado, a nuestra manera de ver, llevó al juicio sumario y fusilamiento de Victoriano Lorenzo, el 15 de mayo de 1903, fue una advertencia para acallar cualquier intento de resistencia.


Cuando Comwell advirtió que podía fracasar el tratado en el Congreso colombiano, empezó a montar el Plan B: separar a Panamá de Colombia y nombrar una Junta de Gobierno leal a sus intereses que legitimara el tratado. Para ello recurrió a sus subalternos en la Compañía del Ferrocarril: José A. Arango, abogado residente de la empresa, y Manuel Amador Guerrero, funcionario a sueldo del ferrocarril.


Prepararon el plan, pero dándole hasta el último momento la oportunidad al Congreso colombiano de aprobar el Tratado Herrán-Hay. La separación sólo sucedería si no se aprobaba el tratado y no tenía otro móvil que el tratado. Todo el cuento de que los colombianos nos tenían “olvidados” fue inventado después y no era verdad, éramos uno de los departamentos más importantes y con mayor influencia en Colombia.


Cuando el senado colombiano resolvió no aprobar el tratado, sino proponer a Estados Unidos esperar hasta 1904, a que los franceses perdieran su concesión, sacarlos del medio, para que le pagaran 25 millones de dólares al estado colombiano, Cromwell empezó a ejecutar su Plan B y convocó a Amador Guerrero a Nueva York a finales de agosto.
Esperaron para actuar hasta el 30 de octubre, cuando el Congreso colombiano cerró sus sesiones sin aprobar el tratado. En ese momento, Roosevelt dio la orden de mover sus acorazados al Istmo por ambos mares. Diez acorazados y miles de soldados norteamericanos invadieron Panamá desde el 3 de noviembre y días sucesivos. Detallito que no cuentan a los niños en la escuela.


Quienes hacen frente a los soldados colombianos que llegaron a Colón la madrugada del 3 de noviembre, son el administrador yanqui de la Compañía del Ferrocarril, coronel Shaler y las tropas del acorazado Nashville, que instalaron nidos de ametralladoras. El 5 de noviembre fue decisiva la llegada del acorazado Dixie a Cristóbal con 500 soldados norteamericanos.
Quien se imagina a los “próceres” dirigiendo al pueblo contra los “opresores colombianos”, mejor que deje de leer cuentos infantiles. La foto que describe el hecho es que la izada de la bandera panameña en Colón el 6 de noviembre estuvo a cargo de un oficial de inteligencia norteamericano vestido de gala, llamado Murray Black.


La otra foto está dada por el Tratado Hay-Bunau Varilla, firmado no por casualidad 15 días después, que contenía todo lo repudiable del Tratado Herrán-Hay, pero empeorado. La otra foto la encontramos el artículo 136 de la Constitución de 1904, que permitía que Estados Unidos interviniera en todo el territorio ístmico con la excusa de imponer el orden público.
Cromwell y sus socios obtuvieron los 40 millones de dólares, pero además él recibió del estado norteamericano otra cantidad millonaria por laPanama Rail Road Co. Para coronar sus ambiciones y probar su control sobre el gobierno panameño, fue nombrado como cónsul y agente fiscal de Panamá en Nueva York. A alguien del gobierno panameño se le ocurrió que de los 10 millones de dólares que le tocaban a Panamá, convenía separar 6 millones para crear un Fondo de la Posteridad, que sería invertido en bienes inmobiliarios y especulación financiera en Estados Unidos. Adivinen quién administró ese fondo por décadas.


Es evidente que el 3 de noviembre de 1903, ni nos hicimos independientes ni soberanos, nos convertimos en colonia o protectorado de Estados Unidos. Situación contra la que tuvieron que pelear generaciones de panameños que sí lucharon por la independencia, como los jóvenes heroicos del 9 de Enero de 1964.

Olmedo Beluche
03/11/2018
sociólogo y analista político panameño, profesor de la Universidad de Panamá y militante del Partido Alternativa Popular.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 3 de noviembre 2018

Publicado enColombia
"Cristóbal Colón fue un terrorista, pero la Historia perpetúa el supremacismo blanco"

Spike Lee (Atlanta, 1957), tiene la certeza de que el mundo recibe un espejismo falaz de Estados Unidos a través de Hollywood. Quizá por eso, el cineasta se infiltró hace cuatro décadas en la maquinaria mejor engrasada del séptimo arte, como también lo hace a su manera el protagonista de su nueva película, Infiltrado en el KKKlan.


Desde dentro, Lee ha podido contar las tensiones raciales de Brooklyn en Haz lo que debas, crear el mejor biopic de Malcolm X en su película homónima o simplemente hacer una aportación brillante al cine de acción con La hora 25 u Old Boy, en las que el activismo antirracista no desaparece pero queda relegado a un segundo plano. Con Infiltrados en el KKKlan, en salas desde el pasado día 31, el director recupera su pulso combativo en un momento crucial donde las sutilezas no tienen cabida.


El presidente Trump no merece ser nombrado para él, por eso le refiere como Agente Naranja, y sin embargo es inevitable que aparezca en cada una de las entrevistas que Spike Lee concede en Madrid. Su nueva película se ambienta en los años 70, pero sin Trump y el auge de los nacionalismos en todo el mundo no sería tan oportuna como lo es hoy en día.
Infiltrado en el KKKlan parte del caso real de Ron Stallworth (interpretado por John David Washington), el primer policía afroamericano de Colorado Springs que acabó siendo guardaespaldas de David Duke, líder cuasi político del Ku Kux Klan. Lo irónico de la situación, y más en la época auge del movimiento Black Power, le ha servido a Lee para elaborar su conocido maridaje entre comedia y drama también en este filme.


Su vuelta al cine militante no ha dejado indiferente a la crítica ni a Cannes, donde fue laureado con el Gran Premio del Público. " Si eres un artista, ya seas un músico, poeta, pintor o cineasta, y decides que tu pieza de arte no tenga contenido político, esa ya es una decisión política en sí misma. ¿Cómo podría el arte no ser político?", asegura Spike Lee ataviado con una gorra de los Yankees, sellos de oro en las manos y una chupa vaquera plagada de parches.

"Pero el artista también tiene derecho a contar la historia que quiera. Esta es mi cuarta década como director, he hecho alrededor de treinta largometrajes, y no todos se identifican como políticos. No me considero a mí mismo como un cineasta político, sino un contador de historias", puntualiza en conversación con eldiario.es.


Lee hace uso de otras películas como Lo que el viento se llevó (1939) o El nacimiento de una nación (1915) para demostrar lo fácil que es destilar contenido racista a través del cine. Precisamente la segunda, según él, fue la que despertó al KKK tras años de letargo. "Como dice uno de los personajes, el Klan estaba desaparecido hasta que se estrenó la película de D.W Griffith. El nacimiento de una nación lo resucitó y condujo al linchamiento de afroamericanos. A los asesinatos", sentencia el cineasta.


"La pregunta importante es si el público es capaz de separar la persona de la obra. ¿Puede gustarte la canción pero no el o la que la interpreta por sus ideas políticas?", lanza. "Yo acabé mi grado en la escuela de cine en 1982. En el primer año, el primer filme que vimos fue El nacimiento de una nación. Y nos dijeron lo gran cineasta que era D. W. Griffith y lo que supusieron sus innovaciones. El problema fue que no nos dijeron que esta película provocó que mucha gente negra fuera asesinada. Así que, si vamos a proyectar Lo que el viento se llevó o El nacimiento de una nación, al menos contemos la historia completa", resuelve.


Los presidentes esclavistas


No es ningún secreto que la Historia es una asignatura pendiente en Estados Unidos, como ya demostró el catedrático James Loewen en el libro Patrañas que me contó mi profe. Los manuales están desfasados y normalmente se enseña desde la perspectiva del salvador, donde las invasiones quedan maquilladas sin consecuencias culturales ni antropológicas. Para Spike Lee, el problema se remite al principio de los tiempos.


"La historia de EEUU está basada en una mentira. La narrativa es una mentira. Nos vendemos como la cuna de la democracia, pero es una mentira. La verdad en la que yo creo es que los cimientos de los Estados Unidos de América se han erigido sobre el genocidio de los nativos y la esclavitud", declara.


Y continúa: "Robaron la tierra a los nativos y robaron a mis ancestros de sus hogares en África para que trabajaran esa tierra que habían robado. La gente negra ha construido los Estados Unidos de América. Trabajaron en la sombra de la mañana hasta la oscuridad de la noche. Y ahora los nativos americanos son prácticamente invisibles. Están relegados en, ni siquiera reservas, sino campos de concentración", dice lanzando un dardo hacia el sistema educativo de su país.


Sin atarse demasiado las manos con las cifras, Lee asegura que "los primeros cuatro o cinco presidentes de Estados Unidos tenían esclavos. Pero en las escuelas no te hablan de los esclavos de George Washington; te hablan de si cortó un cerezo y no sé qué estupideces más como que nunca dijo una mentira".


"Y no os enfadéis por lo que voy a decir", prosigue. "En 1492 Colón atravesó el océano azul", te cuentan el primer día de colegio. ¡Y una mierda! Cristóbal Colón fue un terrorista. Seamos sinceros, ¡un terrorista! Pero la Historia se cuenta para perpetuar el supremacismo blanco. Todo en la narrativa oficial es supremacismo blanco, supremacismo blanco y supremacismo blanco", clama.


Precisamente, Infiltrado en el KKKlan es una continua muestra de que esos alegatos racistas no se circunscriben a los años 70 ni a una panda de radicales que queman cruces frente a los hogares afroamericanos. "Me alegra que se puntualice que este ascenso de los populismos y los fascismos no solo se da en Norteamérica. El fenómeno de la derecha es universal. Tenemos que repudiar las mentiras que nos cuentan una y otra vez", reconoce.


En su opinión, "el cine es un gran medio para hacerlo, pero no es el único". Al final, la mirada del cine es tan personal como la que se lanza en los mítines políticos. Incluso Spike Lee ha reconocido que en ocasiones su filmografía, centrada en la lucha racial, ha caído en prácticas machistas, algo que segura estar revisando en su madurez.


Infiltrados en el KKKlan es una historia encabezada por dos hombres: el policía negro Ron Stallworth y su compañero Flip (interpretado por Adam Driver), que se infiltra en la secta en una operación orquestada por el primero. Sin embargo, Lee reserva un gran espacio entre sus protagonistas para Patrice, una joven estudiante afroamericana y militante de las Panteras Negras.


"El personaje está basado en Angela Davis y Kathleen Cleaver, dos mujeres negras y fuertes que fueron portavoces de las Panteras Negras", asegura orgulloso con una sonrisa de oreja a oreja.


"Lo que la gente olvida es que todo proviene del movimiento por los derechos civiles y que la lucha de los afroamericanos en EEUU puso los cimientos para el movimiento de los homosexuales y para los derechos de las mujeres. Todo va unido. El objetivo es que la gente sea libre; no puedes picotear y elegir uno y otro. No puedes ser feminista y antigay, ¿cómo funciona eso? Es una locura", afirma concluyendo que, en efecto, la lucha feminista y antirracista deben ir ligadas.


Al enterarse de que su paso por Madrid coincide con la visita de Angela Davis para la conferencia El feminismo será antirracista o no será, Spike Lee pega un brinco sobre la mesa e implora a su acompañante que concierte una cita con ella. Y así es como el cineasta sexagenario demuestra que nunca se es demasiado mayor ni demasiado famoso para admirar con pasión, ni para aprender de las mujeres y hombres que se dejaron la piel por un mundo mejor.

Por Mónica Zas Marcos
04/11/2018 - 21:06h

Publicado enInternacional
Viernes, 20 Abril 2018 09:12

Renombrando a la guerra de 1948

Renombrando a la guerra de 1948

Israel ha logrado moldear y desviar el discurso público sobre el futuro de Palestina de manera brillante durante muchos años. Entre sus primeros logros en este sentido cuenta con la victoria propagandística de conseguir que la guerra de 1948 sea conocida internacionalmente como la “guerra de independencia”. Esta denominación borra a los palestinos de la conciencia política y distorsiona las consecuencias humanas y políticas más profundas del conflicto armado. El lenguaje importa, especialmente en circunstancias vitales, cuando hay ganadores y perdedores, y ese es el caso de una guerra de desplazamiento, como aquella.

 

Les llevó décadas a los palestinos elevar sus experiencias de la guerra de 1948 incluso a conocimiento de aquellos a nivel internacional que respaldaban la lucha nacional palestina por su autodeterminación. Incluso ahora, más de medio siglo después de la guerra, la Nakba, como la llaman los palestinos, permanece opacada internacionalmente. La palabra significa “catástrofe”, debido principalmente a que al menos 700 mil residentes no-judíos de Palestina fueron despojados de sus propiedades en el nuevo Estado de Israel, luego de 1948, y a que dicho país les negó el derecho de retornar a aquellos palestinos que habían abandonado sus hogares y pueblos por miedo o como resultado de la coerción israelí. Este doble proceso de desposeimiento y arrasamiento fue implementado con fuerza a través de la demolición y la total destrucción de entre 400 y 600 pueblos palestinos en el nuevo Estado de Israel.


Es llamativo que incluso aquellos que han aceptado esta concepción revisionista de la Nakba suelen tratarla como un acontecimiento calamitoso, pero rara vez la abordan como un proceso. Para los palestinos que fueron desposeídos de sus hogares, sus tierras, sus comunidades, de su empleo y dignidad, y para sus familiares y posteriores generaciones, la vida ha sido un calvario. Y esto es así por la miseria y humillación que acompañan la residencia prolongada en campamentos de refugiados o por las tantas vulnerabilidades y el desarraigo que implica un exilio involuntario y permanente. En otras palabras, la tragedia de la Nakba no concluyó con los traumas de desposeimiento, sino que se prolongó en las horribles experiencias que le siguieron. Y eso debe entenderse como consecuencias inseparables de la catástrofe originaria.


LA RESOLUCIÓN DE PARTICIÓN DE LA ONU

Para muchos pensadores palestinos las duras pruebas que supuso la lucha por el control del territorio y por derechos fundamentales –que se dio tras la resolución 181, aprobada por 33 votos contra 31 (con diez abstenciones y una ausencia) en la Asamblea General de las Naciones Unidas del 29 de noviembre de 1947– se agravaron durante las décadas que sucedieron a 1948.


Una muestra del dominio israelí sobre el discurso público internacional fue la dramatización de la aceptación sionista (representada por la Agencia Judía para Palestina) de la propuesta de partición de la Palestina histórica, mientras los palestinos, sus vecinos árabes, India y Pakistán la rechazaron al señalar que llevarla a cabo sin el consentimiento de los habitantes de Palestina constituía una flagrante violación de los estatutos de la Onu en cuanto al derecho de los pueblos a su autodeterminación y a elegir su propio destino político.


Este choque de posiciones fue interpretado entonces por Occidente como una demostración de lo “razonable” que era el encare sionista ante las complejidades que suponía compaginar reivindicaciones contrarias sobre el derecho a la autodeterminación y la soberanía territorial.


El sesgo sionista-israelí consistía en afirmar que Israel estaba dispuesto a resolver el conflicto a través del compromiso político, mientras que, por oposición, supuestamente el plan palestino para el futuro del país sería exclusivista, incluso genocida, sugiriendo una supuesta intención árabe de tirar los judíos al mar. Una afirmación que, con las heridas del Holocausto todavía abiertas, obviamente perturbaba una sensibilidad política, liberal y occidental, ya extremadamente delicada.


Una interpretación más objetiva de estas dos posiciones opuestas nos lleva a sacar una serie de conclusiones que van casi totalmente en contra de la narrativa que Israel le ha vendido al mundo sobre el plan de partición de la Onu y sus secuelas. Sin embargo, esa versión sigue siendo la dominante.


Luego de un inicial y comprensible reflejo palestino de repeler a intrusos judíos que buscaban ocupar y dividir su patria, han sido los palestinos, no los israelíes, quienes han venido proponiendo un compromiso integral, mientras que los israelíes, por lo general, adhieren a la idea de que “la tierra prometida” judía incluye a Cisjordania y una Jerusalén unificada, y que cualquier dilución de estas metas sería una traición fundamental al proyecto sionista de restablecer enteramente un mítico “Israel bíblico” como Estado soberano. Los israelíes más ideologizados, como Menachem Begin (comandante de Irgún y sexto primer ministro de Israel, entre 1977 y 1983), se oponían abiertamente a la partición en 1947 –previendo correctamente que generaría violencia— y consideraban que Israel sólo conseguiría su seguridad y completar el proyecto sionista a través de operaciones militares con ambiciones de expansión territorial. David ben-Gurion, el principal estratega sionista y líder israelí, compartía el escepticismo de Begin sobre la partición, pero la apoyó por motivos pragmáticos, como un paso hacia el cumplimiento del proyecto sionista y no como un fin. En ese sentido la partición de Palestina era considerada provisional. A partir de 1947 se buscó justamente completar la agenda sionista.


La partición era una conocida táctica británica colonial que complementaba aquella de “divide y reinarás”. La estrategia de la ocupación fue propuesta ya en 1937 en el informe de la Comisión Peel, pero debido a la necesidad de colaboración árabe en la Segunda Guerra Mundial, Reino Unido desistió de su propuesta de fraccionar Palestina. En un libro blanco posterior los británicos afirmaron que una partición sería “poco práctica” en el caso de Palestina, y un tanto sorprendentemente se abstuvieron de votar la resolución 181 en la Asamblea General de la Onu.


PROLONGANDO EL SUFRIMIENTO PALESTINO

La propuesta palestina de un compromiso integral data al menos de 1988, cuando la Olp decidió aceptar a Israel como un Estado legítimo y ofreció una normalización de las relaciones, si Israel cumplía con los preceptos de la resolución 242 del Consejo de Seguridad de la Onu –que ordenaban el retiro de las fuerzas israelíes de ocupación hasta la línea verde, las fronteras previas a la guerra de 1967, y llegar a un acuerdo sobre cómo solucionar efectivamente el asunto de los refugiados–. La iniciativa árabe de paz de 2002 añadió nuevos incentivos regionales para aceptar la propuesta de compromiso político de la Olp, pero Israel respondió con silencio y Occidente con poco entusiasmo.


La diplomacia de Oslo fue un fracaso unilateral. Nunca produjo propuestas sobre los asuntos en disputa que tuvieran alguna chance razonable de generar un fin sustentable del conflicto. Mientras tanto le daba tiempo valioso a Israel para seguir expandiendo su red de colonias ilegales, una forma de anexión sigilosa que también servía para transformar el mantra de los dos Estados en una quimera cada vez más cruel y útil para apaciguar la opinión pública que buscaba una paz sustentable para ambos pueblos y un fin al conflicto.


Un análisis más objetivo de los dos posicionamientos sobre la solución de la partición nos permite también desconstruirlos. Por un lado, el movimiento sionista tomó lo que podía conseguir en cada etapa, mientras que en el terreno y a nivel diplomático generaba condiciones para obtener más, extendiendo sus reivindicaciones y expectativas políticas, “corriendo los postes del arco”. Esta táctica de “feta por feta”, de pequeñas conquistas sucesivas, se puede rastrear al menos hasta la “Declaración de Balfour”, cuando los sionistas aceptaron la terminología de “hogar nacional” judío a pesar de sus aspiraciones desde el principio de establecer un Estado judío que no tomara en cuenta los derechos morales, legales y políticos de los palestinos. Gracias a recientes investigaciones de archivos ha quedado cada vez más claro que la verdadera meta sionista siempre fue el Israel de la tradición bíblica, “la tierra prometida”, que incluiría la totalidad de la ciudad de Jerusalén y la zona que internacionalmente es conocida como Cisjordania y en Israel como “Judea y Samaria”.


Por otro lado, el rechazo palestino a la solución de partición de la Onu –que inicialmente fue respaldada por todo el mundo árabe, al igual que por la mayor parte de los países de población mayoritariamente musulmana– se basaba en que Palestina sería bisecada sin ningún previo proceso que intentara buscar el consentimiento de la población mayoritaria que allí residía, ni, siquiera, la consultara al respecto. Fue un intento arrogante de la Onu, que entonces era controlada por Occidente, de dictar una solución que no tomaba en cuenta las preocupaciones de los palestinos y que tampoco era conforme al espíritu ni la letra de sus propios estatutos.


Interpretar el rechazo palestino de la resolución 181 de la Asamblea General como una muestra de antisemitismo o siquiera como un rechazo de la existencia misma del Estado de Israel es aceptar una explicación acorde a la narrativa israelí que ignora el desastroso legado de la partición. Esta explicación desconoce también las dinámicas reales que han mantenido el conflicto vivo durante todas estas décadas. Hasta el día de hoy Israel sigue creando condiciones que empeoran las perspectivas futuras de los palestinos, mientras sutilmente presenta al proyecto sionista como una búsqueda razonable y más clara de ambiciones no manifestadas anteriormente.


Esto nos lleva a una pregunta central que también tiene que ver con los motivos de los israelíes para aceptar temporalmente la partición que en realidad no querían, como una forma de expandir sus márgenes de maniobra políticos y de mostrarle al mundo una cara razonable que incluía un compromiso con la paz.


Los palestinos se sintieron excluidos y humillados por la manera en que era tratado el futuro de su sociedad por la Onu y Occidente, no obstante, no querían distanciar a la comunidad internacional, especialmente a Washington. Fue por eso que le dieron crédito a la “declaración de principios” de Oslo de 1993 y actuaron como si el “proceso de paz” tuviera algo que ver con la paz. Ese tipo de diplomacia de complacencia que fue practicada por la Autoridad Palestina durante los últimos 25 años –mientras Israel anexaba y judaizaba Jerusalén oriental y penetraba más profundamente en Cisjordania– generó la impresión en muchos círculos, palestinos y otros, de que la Autoridad Palestina no era suficientemente “rechazista”, y que o bien, ingenuamente, estaba jugando una partida que perdería, o había fracasado totalmente en comprender el verdadero plan sionista.


LA “GUERRA DE PARTICIÓN”

Para volver a nuestra afirmación inicial de que el lenguaje es en sí mismo un espacio de lucha, ahora, 70 años después de los hechos, es aun más conveniente llamar a la guerra de 1948 por un nombre que revele más claramente sus características esenciales. Y ese nombre es Guerra de Partición. Sólo con esta opción lingüística podremos comenzar a comprender hasta qué punto la comunidad internacional, encarnada en la Onu, fue culpable de un pecado original con respecto al pueblo palestino, sus derechos naturales y legales y sus razonables expectativas políticas. Respaldar la partición de Palestina fue lo que yo llamaría un “crimen geopolítico”.


* Profesor emérito de derecho internacional de la Universidad de Princeton.

Publicado enSociedad
¿Qué significó la Revolución de Octubre?

En enero de 1992, luego de una existencia que constitucionalmente se inició el 31 de enero de 1924, desapareció oficialmente la URSS. Desde la aparatosa caída del zar Nicolás II, el 2 de marzo de 1917, hasta la toma (casi pacífica y, en todo caso, sin excesos de violencia) del Palacio de Invierno el 6 de noviembre de 1917, Rusia experimentó una movilización de masas apenas con precedentes. Una vez los bolcheviques, dirigidos por Lenin, en el poder, tuvieron que asumir demandas inmediatas, urgentes y definitivas para consolidar el direccionamiento del más grande imperio existente (y el más atrasado), con más de 120 millones personas.

 

La Revolución de Octubre del 25 de octubre (en el viejo calendario juliano, con trece días de retraso del gregoriano) fue un hecho definitivo en el curso de la historia mundial. En esa fecha memorable un puñado de personas organizadas para ese efecto, realiza, sin mayores perspectivas de éxito, en medio de un mundo destrozado por la Primera Guerra Mundial, el golpe que da ese giro del que hoy conmemoramos su centenario. Este hecho no fue un azar, fue producto de circunstancias favorables, pero no menos de una planificación de la que difícilmente se tenga noticia. Fue la culminación o conclusión, si así deseamos verlo, del largo ciclo de la revolución contemporánea.

 

Los hechos más inmediatos transcurren, muy sintéticamente, así: un vez caído el zar (manipulado por la zarina Alejandra Fiódorovna, que a la vez era manipulada por el disoluto monje Rasputín), se sustituye por un gobierno provisional, débil e improvisado, de mayoría conservadora y liberal; al tiempo, se organizan los llamados soviets, de origen popular, lo que da lugar a un muy ambiguo doble poder, mientras Rusia se debate en una guerra con Alemania, desde 1914 como parte de la Entente. En medio de ese caos, Lenin logra, con una maniobra que tuvo una tenaz oposición en su partido, convencer a sus partidarios, sacar las últimas consecuencias de la abdicación del zar y desterrar de una vez por todas al gobierno provisional que dirigía Kerenski, un personaje brillante, pero oportunista (un demagogo liberal para más señas). Lenin proclama, una vez desciende de la Estación Finlandia y luego de diecisiete años de exilio, en Petrogrado, en abril de 1917 desde el balcón del elegante palacio de la bailarina Kshesinskaya (una querida del zar), el lema: “Todo el poder para los soviets”.

 

Los soviets eran una especie de parlamento proletario-plebeyo, una espontánea organización de delegados obreros, campesinos y soldados que habían surgido en medio de las revueltas de 1905 y remozado decididamente durante la profunda crisis de 1917. El lema de Lenin “todo el poder para los soviets” era desconcertante, pues negaba de hecho al gobierno existente de Kerenski y desconocía tácitamente la convocatoria de la una Asamblea constitucional, que se había aplazado de un modo desconcertante y hasta misterioso. A partir de esa proclama, Lenin se pone de lado decididamente de la fuerzas desde abajo, sin titubeos. Su terquedad calculada, triunfa sobre el sentido convencional y común.

 

En adelante, los sucesos se precipitan de un modo inédito, de modo zigzagueante, pero no menos perentorio. Al ser perseguido por la policía Lenin se refugia en los bosques de Finlandia (en donde escribe su iluminado El Estado y la Revolución), hasta la víspera de la toma del Palacio de invierno, la vieja residencia de los zares y ahora refugio del gobierno provisional (Kerenski dormía cómoda y desvergonzadamente en la cama del zar Alejandro III, padre del débil Nicolás II). Kerenski debe afrontar, entre tanto, el golpe militar del jefe del ejército, Kornilov, que era apoyado por las clases feudales, lo que en el fondo desprestigia a ambos. Esto es aprovechado por los bolcheviques que hacen todos los esfuerzos por dominar la dirección del soviet de Petrogrado, corazón de la revolución.

 

La toma del Palacio constituye un hecho central, tan simbólico como la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789 en Francia. La toma militar es coordinada por Trotsky (antiguo menchevique y adversario político de Lenin), cuyo brazo armado es la Guardia Roja. Fue un golpe de Estado sin resistencia. Kerenski salió de la ciudad y de allí al extranjero. Al día siguiente, Lenin se presenta al Congreso Panruso de los Soviet a decir solemnemente: “La revolución de los obreros y campesinos, cuya necesidad los bolcheviques han urgido siempre, se ha cumplido [...]”. En seguida se toman las disposiciones, sin las cuales no podrían sobrevivir un solo día los bolcheviques en el poder, a saber, el llamado a la paz incondicional con Alemania, la entrega de tierras colectivas a los campesinos, el control obrero de la producción y distribución de los productos de primera necesidad y la estatización de la banca. Se nombra el nuevo gobierno, con Lenin a la cabeza, naturalmente.

 

La Revolución rusa nace en medio de la conflagración mundial y tiene que arrostrar sus más duras consecuencias. Lenin debe firmar la paz en Brest-Litovsk el 3 de marzo de 1918 (“una paz vergonzosa”, la llama el mismo líder soviético) con el comando mayor alemán, al que se le entrega la cuarta parte del territorio y la tercera mitad de sus habitantes. Era un asunto de sobrevivencia, incomprendido por casi todos, mientras se protegía el núcleo de la revolución. Derrotada la potencia imperial germana por la Entente, las cosas no se hicieron menos severas, pues Rusia debió afrontar una guerra civil despiadada contra la revolución.

 

Si Rusia se había desangrado en el frente de la Guerra Mundial (con dos millones de víctimas y cinco millones de prisioneros), los ejércitos contrarrevolucionarios, “el ejército blanco”, con apoyo de las cuatro potencias triunfadoras de esta conflagración, Francia, Inglaterra, Estados Unidos y Japón, desangrarán la Rusia soviética. Durante otros casi cuatro años, hasta 1921 Lenin tuvo que resistir la violencia antibolchevique de los generales Kolchak y Denikin. Al cabo de esta sangrienta lucha, que cobró la vida de unos nueve millones de rusos (entre ellos muchos cuadros capacitados de la inteligencia revolucionaria), el mundo se partió en dos.

 

La Revolución rusa significó, visto desde la filosofía de la historia occidental, una ruptura de magnitud incalculable. La vieja, atrasada y medio-europea Rusia se constituyó en la vanguardia de la revolución mundial, la antorcha de los anhelos anti-capitalistas y antiburgueses. Por primera vez, pues, el eje primordial de la historia occidental moderna no pasaba primero por Londres, París o Berlín. El mundo se volvía pues plural y esa pluralidad era la consecuencia (indeseada y quizá impensada) de las fuerzas globalizadoras del capital. Así como Alemania se constituyó, en la época de Hegel-Marx, en un imperio políticamente anacrónico, pero culturalmente primordial, ahora Rusia, ese imperio rezagado en todos los aspectos, social, económico y cultural, se convertía en la capital mundial política del futuro del mundo libre.

 

La Revolución rusa se hizo conscientemente como el primer paso a una revolución proletaria internacional. El internacionalismo proletario era una convicción filosófica, pero a la vez un slogan de propaganda, que enarboló la III Internacional. De este modo, y a diferencia de la Revolución inglesa de 1640, de la Revolución francesa de 1789 o de la Comuna de París de 1871, que eran los precedentes más insignes, la rusa nace bajo el signo de la universalización, que expresó el mismo Lenin, al día siguiente de su victoria: “Ahora se inicia una nueva página en la historia de Rusia, y esta tercera revolución rusa llevará, por fin, al socialismo a la victoria... ¡Viva la revolución socialista mundial!”. Solo esta vocación internacionalista proletaria, explica la agresiva reacción nacionalista, excluyente, exclusivista y terrorista de Hitler en las siguientes décadas.

 

“Explicar con paciencia”, fue consigna de Lenin. “La vida dirá la última palabra”, fue otra consigna suya. Llamó también a trabajar con paciencia y conciencia, en bien de la comunidad, a romper los egoístas y agresivos impulsos del hombre privado que solo vela por sus mezquinos intereses. Luchó para que todos los niños procuraran aprender a leer y escribir; a que se dignificara las labores de las mujeres. Fue en esto marxista, hegeliano, un ilustrado. Hoy deberíamos ocuparnos, como colombianos, un poco más en ese momento estelar de la vida histórica, un momento histórico, como todos los momentos históricos, irrepetibles e inimitables, pues si algo reiteró la Revolución rusa es que ya no se puede confiar en el apotegma clásico “historia magistra vitae”, sino que vivimos en un época en que el estado de emergencia es la norma común de la forma con que los seres humanos tratan a los seres humanos.

Publicado enEdición Nº237
La disputa China-EU fractura América Latina

Con sencillez y profundidad, Oscar Ugarteche y Armando Negrete, del Observatorio Económico Latinoamericano (Obela), trazan las nuevas fracturas tectónicas en la región en un breve y documentado artículo titulado Perspectivas de las economías latinoamericanas frente a la economía mundial (goo.gl/vGQV48).

El argumento central es que el giro proteccionista, en Estados Unidos con Trump y en Inglaterra con el Brexit, acelera los cambios económicos (y geopolíticos) en la región, donde las economías son cada vez más dependientes y están estructuralmente abroqueladas en el patrón de acumulación de la década de 1950, o sea, exportación de materias primas e importación de bienes industriales.

En este marco de profundización de la dependencia, la emergencia de China como actor central en el sistema-mundo ha provocado una fractura estructural en América Latina: Sudamérica ha virado hacia China y la cuenca del Caribe ha estrechado su histórica relación con Estados Unidos, sostienen Ugarteche y Negrete.

Para graficar esa fractura, muestran las tendencias comerciales de los países de América del Sur, por un lado, y los de América Central, México y el Caribe, por otro. El resultado es que México envía 81 por ciento de sus exportaciones a Estados Unidos, en tanto Brasil exporta sólo 12 por ciento y Argentina 5 por ciento a ese destino. El color de los gobiernos no es lo fundamental: el derechista argentino Macri ha renovado y profundizado los lazos con China, por razones estructurales.

El país que está en el centro de esta fractura es Venezuela. El párrafo decisivo, a mi modo de ver, es el siguiente: "De un lado la inversión extranjera más importante de EU es de capital de PDVSA en la forma de CITGO, una de las principales empresas refinadoras y distribuidoras de gasolina después de Exxon. De otro, Venezuela le vende crecientemente a China y se endeuda con Rusia, lo cual crea un escenario bélico en la cuenca del Caribe, mare nostrum americano".

La conclusión es sencilla, aunque trágica: "Por primera vez existe una posibilidad real de una guerra de alta intensidad propiamente dicho, frente a la eventualidad de problemas de pagos de deuda con PDVSA". Los miembros de Obela creen que es muy posible una quiebra de la petrolera y un cese de pagos, lo que "generaría un problema internacional mayor".

En opinión de Ugarteche y Negrete, la solicitud de Colombia para ingresar a la OTAN se relaciona con el este futuro bélico, así como la declaración de Barack Obama de que Venezuela es una amenaza para Estados Unidos.

En este punto, vale recordar los análisis del brasileño José Luis Fiori, quien se apoya en Nicholas Spykman (1893-1943), el teórico geopolítico que tuvo mayor influencia sobre la política exterior de Estados Unidos en el siglo XX, para actualizar los debates latinoamericanos durante la transición sistémica en curso.

Para Spykman, señala Fiori, el Caribe, más Colombia y Venezuela, forman una zona de influencia donde "la supremacía de Estados Unidos no puede ser cuestionada", ya que los consideraba "un mar cerrado cuyas llaves pertenecen a Estados Unidos, lo que significa que quedarán siempre en una posición de absoluta dependencia" (goo.gl/9ti7oW).

En esta mirada de la región, Fiori sostiene que Estados Unidos y Brasil se enfrentarán inevitablemente a lo largo del siglo XXI, ya que son los dos únicos países con capacidad de liderar la región con proyectos propios. Y concluye: "El problema es que la posición de Washington es clara, pero no sucede lo mismo con la mayor parte de los gobiernos progresistas de la región".

Si la confrontación es inevitable; si la guerra es posible, deberíamos colocar esa perspectiva en los análisis de los movimientos antisistémicos para adecuar la organización y la conciencia ante esos escenarios. De allí se desprenden algunas consideraciones.

La primera es que la llamada crisis de la democracia, la desarticulación del Estado-nación y de las organizaciones que giran en torno a sus instituciones (desde los partidos políticos hasta las grandes centrales sindicales), son tendencias de carácter estructural que no puede ser revertidas por tal o cual caudillo, dirigente o administrador.

Tomarse en serio la democracia electoral, mientras la clase dominante le apuesta a la militarización y prepara masacres, es una irresponsabilidad para quienes queremos cambiar el mundo. Eso no quiere decir que se deba darle la espalda a las urnas, sino que el eje central debe girar en torno a la organización de los sectores populares y no en torno al apoyo a los representantes, porque éstos no pueden hacer gran cosa, aunque realmente quieran hacer algo.

La segunda tiene que ver con la guerra. Hace poco más de un siglo, cuando la socialdemocracia alemana votó los créditos de guerra y apoyó a su propia burguesía en la primera guerra mundial (1914-1918), el internacionalismo se hizo añicos y una profunda crisis carcomió las entrañas de las fuerzas revolucionarias. Alguna lección deberíamos aprender de aquella penosa historia.

Frente a quienes apoyaban a los gobiernos y los Estados, los rebeldes rusos delinearon una estrategia bien distinta: convertir la guerra interimperialista en guerra de clases para hundir a la burguesía. Las cosas hoy no son idénticas. Pero en los momentos de grandes virajes y conflictos mayores, no deberíamos caer en la trampa de apoyar a los gobiernos-Estados sino aprovechar el colapso institucional que sucede durante las guerras, para construir/expandir el poder de los de abajo.

Los grandes cambios en la historia de la humanidad suceden durante guerras. La historia del siglo XX debe persuadirnos de esa triste realidad.

El análisis "económico" de los miembros de Obela nos debería quitar la venda de los ojos y evitar que el pragmatismo oscurezca la ética. ¿Cómo nos estamos preparando para los momentos álgidos que se vienen? El paso fundamental se relaciona con la disposición de ánimo, lo que supone mirarnos al espejo para decidir a qué estamos dispuestos.

Publicado enInternacional
El insuficiente “perdón” del Estado chileno al pueblo mapuche

“Hemos fallado como país”, dijo la presidenta Michelle Bachelet el 22 de junio al presentar el Plan de la Araucanía, para reparar los “errores y horrores” cometidos por el Estado de Chile en su relación con el pueblo mapuche.

 


En el mismo acto pidió perdón a las víctimas de la violencia en el sur de Chile, por no haber sabido defender la integridad de ese pueblo. "En mi calidad de Presidenta de la República, quiero solemne y humildemente pedir perdón al pueblo mapuche por los errores y horrores que ha cometido o tolerado el Estado en nuestra relación con ellos y sus comunidades".


Simultáneamente la presidenta presentó los puntos centrales de su programa para la Araucanía que se resumen en una lista de medidas simbólicas y de reparación. Propone "políticas de reconocimiento de los pueblos indígenas y nuevas formas de participación", entre las cuales destaca la defensa de los derechos colectivos del pueblo mapuche y "oficializar el uso del mapuzungun en la región de La Araucanía".


También propone declarar el 24 de junio como Día Nacional de los Pueblos Originarios, fecha que marca el año nuevo indígena en América Latina. La creación de un Ministerio de Pueblos Indígenas, también anunciada, fue una de las decisiones más polémicas ya que supone un crecimiento del aparato burocrático.
Finalmente, Bachelet propuso inversiones en infraestructura educativa, caminos y obras para garantizar el agua potable, ya que las enormes plantaciones de pinos y eucaliptus están secando las fuentes de las comunidades.


Sin embargo, ninguna de estas medidas supone un cambio de fondo en la situación del millón y medio de mapuches (un 10% de la población de Chile). El primer problema que enfrentan las comunidades es la militarización de sus territorios al sur del río Bio Bio. En los días previos al pedido de perdón, fueron muertos dos jóvenes mapuche por un terrateniente de ultraderecha, ex Carabinero, que les disparó porque ingresaron a su campo a recuperar un caballo.


El 14 de junio, apenas una semana antes del lanzamiento del Plan Araucanía, el cuerpo de Carabineros ingresó en una escuela de la comunidad Temucuicui, en Ercilla, disparando gases lacrimógenos que se colaron en las aulas donde decenas de niños y niñas asistían a clase. Este tipo de actitudes son habituales en un Estado chileno que mantiene 37 presos políticos mapuche en diversas cárceles del país y considera a los indígenas como enemigos. Amnistía Internacional recordó que hay antecedentes de acciones similares de Carabineros y pidió investigación y sanción a los responsables.


El dirigente del Consejo de Todas las Tierras, Aucán Huilcamán, dijo que el perdón de Bachelet "no tiene efecto alguno", porque omite la responsabilidad del Estado chileno en "el crimen de lesa humanidad cometido contra el pueblo mapuche y la confiscación de su territorio y recursos".


En opinión del dirigente de una de las mayores organizaciones indígenas mapuche, "un perdón efectivo y sincero debió ser resultado del esclarecimiento histórico de la Araucanía y del pueblo mapuche. Paralelamente, debió haber incluido un programa de resarcimiento e indemnización a las víctimas por el daño causado".


El dirigente también criticó el anunciado Ministerio de Asuntos Indígenas, ya que "no será más que una burocracia para mediar el conflicto del Estado chileno con el pueblo mapuche", que busca "entretener a los pueblos indígenas alejados del poder".


El calvario mapuche comenzó con la Pacificación de la Araucanía (1860-1883), la guerra de ocupación del territorio que supuso la confiscación del 90% de las tierras de las comunidades. Para el historiador José Bengoa, autor de una obra pionera sobre la historia mapuche, fue "una guerra de exterminio". La nueva y vigorosa camada de historiadores mapuche, asegura que la ocupación implicó la muerte violenta del 20 al 30% de la población de la Araucanía.


La dictadura del general Pinochet profundizó el despojo. En 1960 cada familia mapuche tenía un promedio de 9,2 hectáreas, pero al terminar la dictadura le correspondían poco más de 5. El broche final lo puso la democracia, por medio del avance de las grandes empresas forestales y la construcción de hidroeléctricas: en 2011 cada familia mapuche contaba con sólo 3 hectáreas.


En la actualidad el mayor problema que enfrentan las comunidades es la masiva forestación de sus territorios con las plantaciones de pinos y eucaliptos que arrasan con los bosques nativos. Las tierras mapuches no llegan a 500 mil hectáreas, donde viven unos 250 mil comuneros en unas 2 mil reservas que son islotes en un mar de árboles. Las familias indígenas tienen la mitad de ingresos que las no indígenas; sólo 41% de las viviendas mapuches tiene alcantarillado y 65% electricidad. La mortalidad infantil en algunos municipios indígenas supera en 50% a la media nacional.


A los agravios históricos y socio-económicos, se suma el doble estándar legal que se aplica al pueblo mapuche. Como señala el politólogo José Marimán, "Chile sanciona a los mapuches con leyes que no aplica a otros ciudadanos, dándoles el trato de seres de segunda categoría o colonizados". Según Marimán, "se les aplica la ley antiterrorista por actos que en otras partes del mundo no pasan por tal, y algunos son juzgados por tribunales militares y civiles a la vez".


Poco antes de las elecciones de 2014, la entonces candidata Bachelet se comprometió a dejar de aplicar la ley antiterrorista (promulgada por la dictadura en 1984) a miembros de pueblos indígenas y aseguró que la modificaría para adecuarla a los estándares internacionales.


En efecto, la ley es cuestionada por la comunidad internacional, al punto que el Relator Especial de Derechos Humanos de la ONU, Ben Emmerson, dijo que el Estado chileno discrimina repetidamente a los mapuche al aplicarle la legislación antiterrorista "de una manera confusa y arbitraria que termina generando una verdadera injusticia".


El próximo domingo 2 de julio se realizan Elecciones Primarias Presidenciales y Parlamentarias. El pueblo mapuche, que cuenta cada vez con más amplios apoyos en la sociedad chilena, sospecha que el pedido de "perdón" de la presidenta es una nueva jugada electoralista destinada a mejorar la pobre imagen de los gobernantes.

Publicado enInternacional