Una doliente coloca flores junto a fotos de víctimas del avión derribado de Ukraine Airlines.Foto Afp

“En tiempos de guerra” le dijo célebremente Churchill a Stalin, “la verdad es tan preciosa que la debería cuidar en todo momento un guardaespaldas de mentiras”. Dijo esto en noviembre de 1943 –que casualmente era su cumpleaños 69– en un esfuerzo por transmitir al líder soviético la importancia de los engaños que hubo en la planeación del Día D. De hecho, los aliados sí engañaron a los alemanes, cuyos comandantes de la Wehrmacht pensaron que los desembarcos serían en el norte de Francia en vez de en las playas de Normandía.

Pero el significado de la verdad y las mentiras –e incluso el de la expresión “tiempos de guerra”– han cambiado tanto en sentido y utilidad en la historia reciente de Medio Oriente, que es casi imposible aplicar hoy en día la cita de Churchill.

Después de que uno de sus misiles antiaéreos destruyó el vuelo 752 de Ukranian Airways este mes, la mentira inicial de Irán –que la caída se debió a problemas con el motor– se pronunció no para “atentar” contra la verdad sino para proteger al régimen iraní de las acusaciones en caso de que su pueblo descubriera la verdad... que fue lo que, desde luego, ocurrió muy pronto.

Hubo un tiempo en que podía uno salir limpio de este tipo de mentira gigantesca. En la era pretecnológica, casi cualquier catástrofe podía ocultarse: aún hablamos de desastres “envueltos en misterio”. Pero con las cámaras de los teléfonos, los rastreadores de misiles, los radares de alto alcance y los satélites, las mentiras quedan al descubierto rápidamente. La pérdida del vuelo MH370 de Malaysia Airlines de hace casi seis años es la única excepción que se me ocurre ahora.

Cierto, Mubarak rodeó las instalaciones de la televisión de El Cairo con tanques en 2011, en un intento antidiluviano de detener la revolución impulsada por mensajes de teléfonos móviles. Pero la Guardia Revolucionaria y el ejército iraníes son tan avezados en cuestiones de computación que es improbable que no hayan entendido lo que le hicieron al avión ucranio. La idea, que aún repite el régimen, de que hubo problemas de “comunicación” (sí, durante tres días, por amor de Dios) es absurda.

Lo que en realidad pasó, sospecho, es que tanto el presidente Hassan Rouhani como el ayatolá Alí Jamenei supieron la verdad una hora después de lo ocurrido, pero estaban tan impactados de lo que había hecho su país que no supieron cómo responder. Su nación, en cuyo nombre se define como “islámic”a y cuya supuestamente venerada (pero en realidad corrupta) Guardia Revolucionaria se ha vendido como impecable y temerosa de Dios. No supieron qué decir, y dijeron una mentira. De esta forma la imagen de la inmaculada teología que supuestamente sostiene la imagen de Irán fue destrozada por un error… y por su deshonestidad.

No es de extrañar que los iraníes volvieran a las calles.

Irán cometió un error, pero el conjugar un yerro trágico con una falsedad descarada que después admitió está muy cerca del pecado original. El pueblo no está a punto de derrocar al régimen, como sugieren los acólitos de Trump y los “expertos” estadunidenses de siempre. Pero Irán ha cambiado para siempre.

Sus líderes ya no pueden adjudicarse una infalibilidad papal. Si mienten sobre haber matado a inocentes pasajeros de un avión ucranio –la mayoría de ellos iraníes– seguramente su jurisprudencia es igualmente mentirosa. Quienes exigen obediencia de sus leales seguidores no pueden esperar que su audiencia acepte sus futuros pronunciamientos –acerca de Trump o de Dios– con la misma confianza sagrada.

Durante un tiempo, la Guardia Revolucionaria que solía presentar a sus integrantes como potenciales mártires del islam ahora serán conocidos como “Los tipos que dispararon el misil”.

Recordemos que en Occidente nos hemos acostumbrado tanto a nuestra deshonestidad y a que nos descubran, que apenas y chistamos ante la palabra “mentira”. Permítanme hacer una pregunta franca: salvo por las moscas que revolotean alrededor de Trump ¿alguien de verdad cree que hay información de” inteligencia” sobre los planes de Qasem Soleimani para atacar o hacer estallar cuatro embajadas estadunidenses (o cinco, o seis o las que sean)?

Tal vez es cierto. Tal vez no. Pero a juzgar por las burdas respuestas de Mark Esper, secretario de Defensa, y sus amigos, yo me atrevería a apostar que eso no es más que una novela barata de Trump; mezcla de Hollywood, confusión mental y un tuit matutino. ¿A quién le importa si es verdad o no? Soleimani era un mal tipo. Levante la mano alguien en Occidente a quien le moleste que haya sido asesinado (al menos usemos esa palabra una vez por hoy)? Hasta Boris Johnson dijo que no iba a lamentar la muerte de Soleimani, pese a que nadie le pidió su opinión. Seguramente hubiera dicho lo mismo –y probablemente lohará– si Estados Unidos, Israel, o ambos, asesinaran al líder libanés de Hezbolá, Sayyed Hassan Nasrallah.

El problema es que nos hemos acostumbrado tanto a las mentiras –sobre el Brexit, sobre Medio Oriente, sobre lo que ustedes digan– que ya ni nos importan.

Podemos ir a la guerra por armas de destrucción masiva, por advertencias de 45 minutos y promesas de democracia para Irak y lo que resulta es medio millón de muertos, un millón o un cuarto de millón. ¿Ven cómo se puede jugar con las almas de los muertos en esta parte del mundo? No protegemos la verdad con guardaespaldas ¿No está mejor el mundo sin Qasem Soleimani? ¿No está mejor el mundo sin Saddam?

Pero esto sólo funciona hasta cierto punto. ¿O alguien realmente piensa que la mezcolanza de Boris Johnson sobre un nuevo tratado nuclear con Irán es algo más que una concesión a Trump? Había un acuerdo y, en teoría, como nos lo recuerdan los iraníes constantemente, sigue habiéndolo. Los iraníes están listos para retomarlo… o al menos eso dicen.

Claramente, los estadunidenses sufrirán en días, semanas o meses próximos. Esas bases en el desierto iraquí se ven cada vez menos como los “lirios acuáticos” con los que los comparó alguna vez Donald Rumsfeld, y parecen cada vez más potenciales trampas de muerte.

Lo extraño es que cuando los estadunidenses originalmen-te acusaron a los iraníes de es-tar detrás de los ataques de guerrilla contra sus tropasde ocupación durante la invasión de 2003, los iraquíes sabían que esto no era cierto. Irak tenía suficientes armas y expertos muy bien entrenados; todos ellos provenientes del viejo y abandonado ejército de Saddam, y no necesitaban a Soleimani para enseñarles lo que ya sabían. Nadie debe dudar de su apoyo, pero sugerir que el general encabezaba la resistencia iraquí –otra de las razones que dan para asesinarlo– es ridículo.

Lo irónico es que cuando Estados Unidos afirmó que los iraníes estaban detrás de los ataques contra sus soldados en Irak, probablemente no lo estaban.

Y ahora los estadunidenses han matado al comandante de las fuerzas Al Qods de la Guardia Revolucionaria, los iraníes están, de hecho, detrás de los ataques a las bases estadunidenses. Así lo admitieron, como una notable verdad dicha incluso cuando mentían sobre la destrucción del avión ucranio.

Es evidente el por qué Trump está tan confundido. Hasta ahora, los estadunidenses tuvieron el monopolio del engaño. Su plan para Medio Oriente destruye cualquier posibilidad de dar a los palestinos una nación y Estado propios; es la antítesis del Acuerdo de Oslo, suponiendo que éste tuviera realmente la intención de dar a los palestinos un país propio. Las políticas de Trump (si es que se les puede llamar así) llevarán inevitablemente a una ocupación israelí permanente de Cisjordania y al despojo de los palestinos. Aún así, se supone que debemos creer –lo mismo que los árabes e incluso los mismos palestinos– que la continua colonización en Cisjordania, sin mencionar la existencia de una nueva embajada estadunidense en Jerusalén, tienen la intención de pacificar la región. Simplemente al discutir este absurdo escenario, estamos ayudando a propagar la mentira.

Lo raro es que en un mundo en que el asesinato de un comandante militar no es considerado un acto de guerra, comenzamos a aceptar estas mentiras. Se han vuelto normales, incluso se han convertido en una especie de rutina. Occidente, por supuesto, espera que su mentiroso en jefe termine su presidencia el próximo año. Yo no estoy tan seguro. Pero ¿qué hay de la otra nación que se regodea en mentiras? Me refiero al Estado que nunca jamás ha enviado a sus fuerzas especiales a Ucrania, que nunca tuvo nada que ver, ni de la forma más remota, en derribar a ese otro avión, el vuelo MH17 de Malaysia Airlines.

En comparación con todo esto, los iraníes parecen rechinar de limpios. Después de todo, su régimen sagrado confesó al final. Pero antes de hacerlo descubrieron el pecado original. Eso es toda una experiencia.

Traducción: Gabriela Fonseca

Publicado enInternacional
Científicos de todo el mundo reivindican la importancia de los hechos frente a la posverdad

Cientos de ciudades, entre ellas varias españolas, se unen a la gran Marcha por la Ciencia que se celebrará en Washington el próximo sábado


"Estamos sustituyendo el conocimiento por interpretaciones alternativas de la realidad y se está generando una especie de exaltación de la ignorancia", explica la investigadora Mara Dierssen



"Nos unimos por una ciencia que defienda el bien común y para que los líderes y los responsables políticos promulguen políticas basadas en la evidencia y en el interés público". Con estas palabras se anunciaba hace unas semanas la Marcha por la Ciencia, un evento que tendrá lugar el próximo sábado en la ciudad estadounidense de Washington y que ha surgido como una reacción ante los exabruptos anticientíficos del nuevo Gobierno de Donald Trump.


A través de esta marcha, los organizadores quieren reivindicar la importancia de una ciencia independiente como motor de la democracia y llaman a los científicos a movilizarse. "Frente a la alarmante tendencia hacia el descrédito del consenso científico, debemos preguntarnos: ¿podemos permitirnos mantenernos al margen del debate?", se dice en un comunicado.


Pero a pesar de ser un movimiento marcado por la irrupción de Trump, la sensación de los científicos de muchos países de que es necesario reivindicar la importancia de la ciencia a nivel global ha hecho que se hayan convocado movilizaciones similares en más de 500 ciudades de todo el mundo.


En España, las ciudades de Madrid y Sevilla organizarán sendas manifestaciones el próximo día 22 de abril, coincidiendo con el Día de la Tierra. Otras ciudades como Granada, Barcelona y Girona también realizarán varias actividades ese mismo día, como debates y talleres y una concentración en el Parc de Recerca Biomèdica de Barcelona.


Hablamos con investigadores españoles que trabajan en distintas ciudades para entender mejor por qué consideran necesaria la movilización y qué les ha impulsado a salir a la calle.


Javier Jiménez, portavoz de la Marcha por la Ciencia de Madrid


"La idea inicial era hacer una marcha satélite, en muestra de apoyo a la que se hacía en EEUU, pero en seguida quedó patente que las tendencias que han aflorado allí, también se pueden ver aquí, a lo que se le añaden los problemas específicos de la ciencia española", explica Jiménez.


Según este periodista especializado en ciencia, la marcha es un evento en el que "celebrar la pasión por la ciencia", pero en el que también se va a "reivindicar su papel y el del conocimiento humanístico en las decisiones democráticas". Jiménez aclara que no abogan por la "tecnocracia", pero insiste en que "las decisiones democráticas deben basarse en el mejor conocimiento que dispongamos".


Sobre las posibilidades de éxito de la marcha, Jiménez asegura que "cada día que pasa estamos recibiendo más apoyos y poco a poco nos vamos animando", pero asegura que "no hay que ver la marcha como un objetivo en sí mismo, sino como el comienzo de una serie de movilizaciones y reflexiones que debemos hacer sobre el papel de la ciencia en nuestra sociedad".


Mara Dierssen, investigadora del Centro de Regulación Genómica (Barcelona)


Para Mara Dierssen, jefa del grupo de Neurobiología Celular y de Sistemas del CRG, uno de los principales problemas a los que nos enfrentamos es el de valorar adecuadamente las pruebas y los hechos, dado que "a menudo se ignora la evidencia científica e incluso en ocasiones se inventan los hechos". Según esta investigadora, "estamos sustituyendo el conocimiento por interpretaciones alternativas de la realidad y se está generando una especie de exaltación de la ignorancia".


Dierssen, que participa en uno de los eventos que se organizará este sábado en Barcelona, insiste en que "es necesario que la ciencia se integre en la toma de decisiones políticas y que esas decisiones estén basadas en hechos" e incide en que "es importante trabajar por una ciencia independiente y que sea de todos y para todos".


Por último, esta investigadora también recalca la importancia de la educación científica de la sociedad. "Debemos entender que el conocimiento es libertad y una sociedad ignorante, ya sea en términos científicos o en cualquier otro aspecto, es una sociedad más manejable".


Carlos Sierra, investigador de la Universidad de Columbia (EEUU)


"Me resultaría muy difícil entender que cualquier científico o asociación de científicos no secunde los objetivos que se persiguen con esta marcha", explica Carlos Sierra. Según este investigador, las instituciones deben continuar dando su apoyo para "luchar contra los efectos del cambio climático, encontrar nuevas terapias contra las enfermedades neurodegenerativas y el cáncer, reducir el impacto de las enfermedades cardiovasculares, buscar nuevas formas de energía...".


Sierra hace especial hincapié en los problemas que atraviesa la comunidad científica ahora en EEUU y destaca "las trabas para los investigadores extranjeros a la hora de conseguir visados", "el nombramiento del negacionista del calentamiento global Scott Pruitt como responsable de la agencia medioambiental de EEUU, o la propuesta de obligar a la Agencia de Medicamentos (FDA) a hacer menos estrictos los controles clínicos para sacar fármacos al mercado".


Sierra, que participará en la marcha de Washington, considera que este tipo de eventos "son necesarios y útiles" y asegura que aunque no se consiga el gobierno de Trump de marcha atrás a sus "políticas lesivas", siempre "habrá más posibilidades de que esto suceda que si nos quedamos todos en casa y protestando en privado".


Eva Hevia, profesora de la Universidad de Strathclyde (Escocia)


"Este tipo de marcha sirve para que los científicos nos unamos y salgamos a la calle para reivindicar no solo la importancia de la ciencia en la sociedad y vida diaria de todas las personas, sino también que en Ciencia no existen barreras en cuanto a edad, género o nacionalidad", explica Hevia, que acudirá a la marcha que se celebrará en Edimburgo.


Esta investigadora señala varios factores que ella cree que han servido de motivación a los científicos, tanto en Escocia y España, como a nivel global, debido especialmente al "actual momento en que vivimos, con el Brexit a la vuelta de la esquina, Trump negando la evidencia científica del cambio climático o la alarmante y la continua falta de inversión del gobierno español en I+D".

Mentira y desinformación: los medios y la política

En los tiempos que corren es cada vez más difícil distinguir la verdad de la mentira, la realidad de la apariencia. El sistema capitalista ha perdido el norte, y cualquier opción puede ser tomada como el norte mismo. Todo un reto para quienes tienen entre sus sueños sociedades fundadas más allá de la democracia realmente existente.

 

Vivimos tiempos sorprendentes. La tecnología, y la interconexión global y al instante, junto con la concentración y el abuso del poder, además de la crisis en sus diferentes matices que sobrelleva el Sistema Mundo Capitalista, facilitan hoy el surgimiento y desarrollo de fenómenos sociales y políticos como Trump y su ascenso a la cabeza del gobierno de la máxima potencia mundial.

 

Vivimos tiempos de crisis estructural, pero también de cambio. Es así como el actual gobernante estadounidense es el resultado del ascenso soportado sobre un manejo mediático sorprendente centrado no en los grandes y tradicionales medios de comunicación sino en la utilización de grandes bases de datos, de las redes sociales. Y en este proceso las palabras no parecen importar, pues entran en un juego de sentimientos y manipulaciones donde lo que prima es la audiencia a la cual van dirigidas, audiencia valorada, el resto de la sociedad –quienes se oponen al discurso dominante– simplemente es desconocida, excluida o reprimida. Todo ello cuidadosa y estratégicamente manipulado.

 

Trasformaciones que nos obligan a mirar y detallar otras épocas, que le depararon a la humanidad lecciones que no podemos denegar. Es bien conocido que el triunfo del nacionalsocialismo –el régimen de Hitler– no hubiera sido posible sin dos tecnologías de comunicación: la radio y los megáfonos. La radio le permitía al dictador ser ubicuo en todas las ciudades y pueblos de Alemania, y el megáfono le permitía amplificar las masivas concentraciones y marchas que promovió el nazismo entre 1933-1945. Del otro lado del río, por así decirlo, la BBC se erigía como la emisora de liberación de los aliados, la que mantendría una elevada reputación durante mucho tiempo. Entre tanto, hasta la fecha, los grandes medios de comunicación se convirtieron, literalmente en el cuarto poder. Con una salvedad: su inmensa mayoría (TV, radio, prensa escrita) son privados, y están ligados al poder realmente dominante en todas las sociedades.

 

Con una diferencia notable: en los años 30 del siglo pasado aquello funcionaba sobre un dispositivo de grandes concentraciones, que hoy no son necesarias; antes era más importante la escenografía y la impresión del poder; hoy no parece ser así y lo que sí entra en juego es el mensaje enviado a través de unos dispositivos que les permite inundar y ganar conciencias. La gran diferencia ulteriormente está en el manejo político logrado con las grandes bases de datos, unificando información y datos, segmentando en porciones finas y sutiles a los grupos sociales, en fin, operando con sus temores, ilusiones, biografías –todas las cuales ya han sido plenamente identificadas y trabajadas.

 

El fenómeno en curso, con un Donald Trump encarnando un actor en permanente escena y vocalizando un discurso desparpajado, llevan a decir que el showman y su campaña no mienten: solo presentan “hechos alternativos”, que es la ambigüedad para designar justamente mentiras y engaño. Todo un eufemismo.

 

Pero, cómo se llega a una situación de estas? ¿Ha tenido paralelo en la historia de la sociedad? ¿Cuáles son sus particularidades?

 

Los medios y la desinformación

 

Donald Trump simplemente ejemplifica una tendencia cada vez más generalizada. Cuando se presentan “hechos alternativos”, la realidad es remplazada por palabras. Y entonces, por ejemplo, dejan de existir los paramilitares porque se convierten en bandas criminales (Bacrim), como en el caso colombiano. O bien, en el caso de Siria, los aliados en contra del gobierno de Bashar Al-Assad se llaman demócratas cuando en realidad no pocos de ellos integran el estado islamista, que decapita a sus opositores y a quienes no estén claramente con ellos; por ejemplo.

 

Asistimos a una nueva realidad de los medios de comunicación, a saber: la desinformación (a propósito de lo que están diciendo sobre la mentira). Cabe, naturalmente una pregunta: ¿son los medios mismos los que mienten y desorientan a la opinión pública, o bien sirven como medios al servicio de otros poderes y fuerzas que son quienes organizan y orquestan las sartas de mentiras?

 

Claramente, la información ahora es un peligro para quienes detentan el poder, pues cada vez puede ser menos controlada y aislada de la base de la sociedad. El exceso de conocimiento no parece ser nunca muy bueno para quienes detentan el poder. Precisamente por ello, a los engaños y mentiras los acompañan la banalización del mundo y la imposición de la realidad como espectáculo. Digámoslo sin ambages: si hay un rasgo manifiestamente destacado de los Estados Unidos en el panorama de la historia de las culturas y la civilización es el show business. El espectáculo. Ninguna otra nación en la historia de la humanidad se había destacado en este plano, hasta el punto de que la industria de la cultura y el entretenimiento constituyeran la más importante, en todos los sentidos, de la economía de los E.U.

 

Y en el espectáculo, lo que cuenta es el rating: la verdad queda desplazada a un segundo plano (recuérdese en la primera guerra de Irak –1990-91–, a las cámaras de CNN, estratégicamente situadas, transmitiendo como un show los bombardeos. No se veían cadáveres, solo los juegos de luces sobre Irak, al mejor estilo de Hollywood).

 

Vivimos, han dicho, la época posterior a la verdad, análogamente cabría hablar de la postmodernidad, o el poscolonialismo. Pues bien, la postverdad nos enfrenta al relativismo: las verdades acerca del mundo son inconsistentes e inciertas, todo en el sentido psicológico o emocional de la palabra.

 

Estas características forman parte de la médula misma de la civilización occidental.

 

En verdad, en el núcleo mitocondrial de Occidente, inaugurado ya por Platón, está el problema de la distinción entre el ser y la apariencia: to on/to peudós. El problema, originariamente no planteaba alternativas.

 

Para quienes ostentan tal poder, la gente es un objeto de manipulación: se les entrega “lo que quieren escuchar y lo que quieren saber”. El fundamento de la democracia, en el sentido tradicional de la palabra, es la opinión, y ésta es fácilmente manipulable. Precisamente, ya desde la Grecia antigua, Sócrates se debatía con los sofistas: éstos eran los agenciadores y manipuladores de la opinión (pública). Sócrates buscaba transformar radicalmente la opinión en episteme; esto es, conocimiento fundado, crítico y libre. Los retóricos son y han sido siempre los sofistas de cada época y lugar.

 

La dificultad es que el mundo occidental actual ha perdido por completo la memoria de sus orígenes en la Grecia antigua y, peor aún, no cabe ya volver atrás. La imposibilidad de echar marcha atrás a la historia ha conducido a lo mejor del mundo actual a este error: hechos alternativos, juegos borrosos (ni siquiera difusos) entre verdad y apariencia, el relativismo en el sentido psicológico y emocional de la palabra, en fin: a la confusión y al nihilismo –y no en última instancia la sociedad y la vida como espectáculos. Nietzsche sostenía que el nihilismo no es la ausencia de valores. Todo lo contrario: se trata de la proliferación de valores de tal manera que, al cabo, da lo mismo elegir por uno o por otro, o elegir por uno a costa de otro(s).

 

Este lenguaje tiene una expresión bien exacta: el libre mercado. El capitalismo.

 

Como consecuencia, terminamos haciendo cosas con palabras, algo que, por lo demás, siempre ha sucedido en la historia de Occidente. Eso se llama simple y llanamente etiquetar, categorizar. Pero, peor aún, las cosas mismas terminan siendo desplazadas por palabras, y los problemas reales, resueltos en términos de palabras. Buenos ejemplos son: “terrorista”, “enemigos del estado”, “enemigo”, “democracia”, y muchos más.

 

Con todo ello, en realidad, lo que se busca es desinformar. Algo que, en la historia reciente, comienza a raíz de la primera guerra de Irak, cuando se monta toda una maquinaria con la finalidad de eliminar del poder a Sadam Hussein y, literalmente, destruir a este país. O bien, en otro plano, es el hecho mismo de que dados los innumerables conflictos y guerras en curso, las bajas propias ya no se informan.

 

En síntesis, según todo parece, es cada vez más difícil distinguir la verdad de la mentira, la realidad de la apariencia. El sistema capitalista ha perdido el norte, y cualquier opción puede ser tomada como el norte mismo. La clave para el manejo de la realidad y su presentación ante las grandes audiencias depende de la fuerza que se haga ante la opinión pública, la publicidad y la propaganda.

 

* Profesor Titular Universidad del Rosario.
** Un estudio acerca de su importancia y complementariedad debe quedar para otra oportunidad, pues sus ideas dominan hoy ampliamente en el panorama de las democracias occidentales, a pesar de la derrota militar el nacionalsocialismo.

 


 

Recuadro 1

 

Reconsideración: Publicidad, propaganda y Goebbels

 

El nazismo fue posible en su manejo discursivo y de opinión pública a partir de dos personajes centrales, no tan conocidos como sí lo fueron algunas figuras militares: el Ministro de Propaganda, J. Goebbels, y el Ministro de Ciencia, Educación y Cultura Nacional, B. Rust.

 

El primero de estos desarrolló una serie de principios publicitarios, a los cuales es necesario volver, una y otra vez, cuando de la manipulación se trata, así como de la mentira y la verdad. Tales principios son:

 

Principio de simplificación y del enemigo único.
Basta con presentar e insistir en una idea única y básica. En el caso de Trump, se trata de: “America first”. Y el enemigo puede ser individualizado y anatematizado (islamistas, chicanos, ilegales, chinos....).

 

  • Principio del método de contagio.
Distintos adversarios pueden ser reunidos en una sola categoría: los enemigos del estado; los enemigos de la democracia; los enemigos de la libertad.
  • Principio de la transposición.
La mejor defensa es un ataque, y si no es posible negar las noticias adversas, se inventan otras para distraer a la opinión pública.
  • Principio de la exageración y desfiguración.
Exagerar y calumniar. En Colombia G. Alzate Avendaño bien lo sabía: “¡Calumnia, que algo quedará!”.
  • Principio de la vulgarización.
El nazismo como el populismo le habla a la clase media, al gran público. No a los intelectuales ni a los científicos y tampoco a la comunidad internacional. Lenguaje simple y llano, y si se puede, enredo con grandes cifras rápidas.
  • Principio de orquestación.
La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente. Una mentira repetida muchas veces termina convirtiéndose en una verdad.
  • Principio de renovación.
Tomar siempre la iniciativa en materia de información y publicidad, de modo que los rivales estén siempre a la defensiva.
  • Principio de la verosimilitud.
Lo importante no es la verdad sino convencer a la sociedad con informaciones parciales, variadas y difíciles de contrastar permanentemente.
  • Principio de la silenciación.
Acallar toda información que tiene que ver con los adversarios, a menos que sea siempre para disminuirlos.
  • Principio de la transfusión.
Avivar mitos, leyendas, decires y lugares comunes. Y trabajar definitivamente con las emociones y sentimientos de las gentes.
  • Principio de la unanimidad.
Hablar de mayorías, pensar en unanimidad, en fin, hacer creer y sentir que se representa a las mayorías, sin más.

 

Estos principios de la propaganda y la publicidad también expresan, perfectamente, el reconocimiento expreso de que los populismos, al igual que las dictaduras à la Hitler o Mussolini, son siempre formas de Estado con amplio arraigo de masas. Y nada distinto sucede con la democracia realmente existente, por lo demás. Le Pen, Macri, Uribe, Trump, Rajoy o Aznar, y muchos otros, aquí y allá.

 

Resumiendo: una mentira repetida mil veces termina convirtiéndose en una verdad.

 


 

Recuadro 2


Medios alternativos, nueva democracia

 

El pensamiento político clásico –Montesquieu– distinguió y creó los tres poderes tradicionales: el ejecutivo, el judicial y el legislativo. El cuarto poder es el resultado del impacto social de los grandes medios de comunicación sobre la generación de opinión en el mundo y, por tanto, de estilos y hábitos de vida. Pues bien, Internet en general, y en consecuencia las llamadas redes sociales y la web semántica vienen a configurar lo que adecuadamente ha dado en llamarse el quinto poder. Un poder alternativo y emancipatorio (Primavera árabe, movimiento de Indignados, Occupy Wall Street, el movimiento de estudiantes chilenos, y los nuevos-nuevos movimientos sociales, por ejemplo).

 

Nuevas formas de comunicación implican nuevas formas de organización social. Y por tanto nuevas formas de acción colectiva. La verdad es que estamos apenas en los albores de este fenómeno y las mejores oportunidades para los medios de comunicación independiente están aún por venir, hacia futuro.

 

En este proceso la gente puede organizar la información mottu propio, y puede decidir qué información es válida y necesaria y cuál no lo es. Facebook, twitter, snapchat, instagram, whatsapp, y varias más constituyen mecanismos novedosos de expresión y de acción social con impactos que pueden rastrearse sin dificultad alrededor del mundo. Es lo que sucede en las redes a propósito de la reacción de los latinos (“ilegales”) con respecto a las políticas de Trump. O el boicot a las transnacionales de alimentos en Alemania, o a transnacionales con políticas nocivas para el medioambiente.

 

Tres ejemplos y tres casos de “hechos alternativos”, mentiras y desinformación pueden aportarse sin dificultad:

 

A propósito de la presidencia de Donald Trump, los medios de comunicación presentan un falso dilema A. De acuerdo con la versión normal, Trump representa la cara opuesta del liberalismo y el neoliberalismo, el fin de la globalización, y su propuesta, análogamente a la de toda la derecha y la extrema derecha europea es el proteccionismo. Trump aquí, M. Le Pen, allá, por ejemplo.

 

Al mismo tiempo, hace unos meses conocimos cómo una campaña perfectamente organizada desde el exterior se implementó en Brasil con la ayuda fundamental del más prestigioso medio de comunicación brasilero, conducente a tumbar a Dilma Rousseff. Una serie de mentiras, repeticiones, calumnias y desviaciones de información lograron finalmente su cometido. Todo ello sobre la base de que muchos dirigentes del PT (Partido de los Trabajadores) se dejaron empantanar por las lógicas del poder.

 

Mientras que las llamadas redes sociales muestran torpezas y equivocaciones lingüísticas y otras semejantes de Nicolás Maduro, prácticamente nada semejante con respecto a Mariano Rajoy, el presidente de España, quien tiene exactamente los mismos niveles de inteligencia/error que Maduro.

 

Que Internet no puede ser controlada totalmente significa que los grandes poderes no pueden controlar enteramente las dinámicas y estructuras de la web 2.0, 3.0 y los desarrollos en curso. Las comunidades y las sociedades han aprendido a leer y seguir espacios que anteriormente eran inimaginables: Wikileaks, Hispantv, China Today, Russia Today, Le Monde diplomatique, emisoras universitarias, radios comunitarias, y los diversos modos nacionales de prensa independiente, por ejemplo. Prensa independiente: cuando lo que las empresas y las grandes corporaciones, las instituciones y los Estados piden es afiliación, pertenencia, lealtad y fidelidad. Por ejemplo, ese concepto propio del marketing: “la fidelización del cliente”.

 

Las ventanas de oportunidades se han abierto de modo magnifico, y la sociedad como un todo ha ganado enormemente en grados de libertad. Como consecuencia, la gente puede desarrollar criterio propio, autonomía, independencia, en fin: libertad.

 

El tema de base es el de cómo implantar ideas en la gente. Pero también, cómo liberar a las personas de falsas creencias, falsa información, y cómo motivarla para que rompa su apatía política, disponiéndose a desplegar participación y liderazgo en pro de una sociedad diferente. Pues bien, en este dilema va el reconocimiento explícito de que otra democracia es posible y sí: otro mundo es posible.

 

La lucha, dicho en el lenguaje clásico de la literatura, es entre oscuridad y medias luces de un lado, y transparencia, conocimiento e información veraz de otro. Vivimos una auténtica revolución en curso que habrá de dirimirse en función de la capacidad de que la gente produzca, conozca y comparta sus propias informaciones y no aquellas orquestadas en otros lugares.

 

No sin razón ya lo sostenía M. McLuhan: el medio es el masaje. Contra esto exactamente es que la prensa independiente, en toda la acepción de la palabra, apunta en la dirección al valor mismo de la vida: pues más y mejor información se traduce siempre en más y mejores condiciones de dignidad y de calidad de vida.

 


 

Recuadro 3


“Hechos alternativos, postverdad y mentira”

 

Gracias a Wilikeaks se ha sabido que la CIA (Central de Inteligencia Americana), ha emprendido desde hace años una campaña sistemática de espionaje a gran escala, y que, al mismo tiempo, ha perdido el control de los mecanismos y procesos del espionaje. El hecho revela que no es simplemente una política de gobierno; mucho mejor, es una política de Estado, que por tanto trasciende a las administraciones de Obama o de Trump.

 

Es evidente que, alrededor del mundo existe una intensa disputa por el control de internet, en la cual están inmersas agencias como la CIA, compañías como Google o Facebook, y en la cual cada día se refinan los instrumentos y procesos. Pero es igualmente cierto que existe, de otra parte, un esfuerzo por parte de gobiernos, estados, Ongs, grupos de ciudadanos* en sentido contrario, buscando defender a la sociedad de políticas de control y espionaje. Es todo el movimiento de hacktivistas. Nos encontramos, literalmente, en medio de una guerra. Una guerra velada y encubierta, en la que la primera víctima es la verdad.

 

En efecto, la sistemática introducción de “hechos alternativos”, juegos de palabras, nominalismos y semantización del lenguaje han dado lugar a ese eufemismo horrible que es la post-verdad. Como si viviéramos hoy en la era posterior a la verdad, en donde la apariencia y la realidad no pueden distinguirse. Los poderes de facto han descubierto que tienen pánico a la información, la transparencia, la verdad. Por eso las persecuciones contra Wikileaks, o Anonymous, por ejemplo, en la cual la democracia queda reducida a la nada. Si así es, debemos preguntarnos por la posibilidad de una democracia superior a la realmente existente, la cual debemos ir dibujando en algunas de sus precondiciones. Apuntemos ahora al menos una:

 

Una nueva democracia es posible, a saber: una democracia que se defina de cara a la transparencia, y más y mejor información y conocimiento. La democracia clásica y aún imperante tiende a desaparecer, aunque tiene aún muchos poderes e instrumentos. Nos encontramos en medio de procesos en los que el mundo antiguo se desmorona y en el que un nuevo mundo emerge, gracias al reconocimiento de que la vida y el conocimiento son una sola y misma cosa. Análogamente a como el conocimiento no pertenece hoy a nadie, asimismo, la información libre, abierta, compartida y crítica, permite nuevas formas de acción y de vida.

 

* Cfr. Maldonado, C. E., “La lucha por la libertad frente a los controles políticos de la información. Nuevos movimientos sociales, tecnología y acción informativa”, en: Desde Abajo, Febrero, Nº XYX, pp. XYZ

Publicado enEdición Nº233
Viernes, 03 Marzo 2017 06:22

La posverdad en política e Internet

La posverdad en política e Internet

La posverdad como media verdad, emoción adornada o pura mentira es tan vieja como el mundo. Y nos apunta que la verdad o los datos interesan menos que las creencias, los sentimientos, los líderes o los trending topics.


Ciertamente la verdad o la realidad son tan inalcanzables que, a lo más, nos acercamos a ella con construcciones de representación más o menos fidedignas en descripción, coherencia y sentido. Las ciencias nos ayudan a ello.


No debemos asombrarnos por la pregunta sobre la verdad. El tema está en el fundamento mismo de la filosofía. ¿Es posible conocer la realidad?. Platón (con la metáfora de las sombras) chocaba con la sistemática aristotélica; Nietzsche con sus neuras se enfrentó a la Ilustración racionalista; el romanticismo añadió una dimensión vital al pensamiento racionalista moderno. Ya hemos aceptado que la inteligencia emocional es parte constitutiva de nuestra percepción, de nuestra comunicación, de los mensajes y de los relatos pero también de las manipulaciones y mentiras.


Las preguntas son ¿donde empiezan unas y acaban otras?.¿La posverdad está hoy más presente? Al parecer sí porque vivimos una época de incertidumbres e inseguridades ya instaladas por la crisis de valores, instituciones, formas de vida y pilares sociales. Una época propicia a dos reacciones opuestas: a nuevos discursos racionales de cambio regenerativo o revolucionario y a discursos insolventes de líderes destructivos.


Escenarios post


El concepto de posverdad encaja con los escenarios “post” que vivimos. Lo “post” nos dice lo que ya no es; y no lo que es o hacia dónde vamos. Y, desde luego, no vamos necesariamente a mejor (la idea de progreso está en crisis) ni tampoco descartamos la pesadilla o la barbarie, aunque también dependan de nuestro esfuerzo colectivo por gestionar el presente.
Es un vocablo que se corresponde bien con el capitalismo posindustrial (tercera fase del capitalismo con predominio financiero y en su versión de sociedad de conocimiento desigual); con la sociedad del posbienestar convertida en sociedad de medioestar o directamente de malestar; y con la posmodernidad, caracterizada por un pensamiento fluido, impresionable, subjetivizado y narcisista que, sin embargo, descubre esferas ocultas.


La posverdad, de todos modos, no era inevitable porque el predominio de la subjetividad en su confección tiene que ver al menos con tres fenómenos que la acompañan: con la decepcionante y tensa realidad social que ha frustrado, indignado o despistado a centenares de millones de personas en el mundo; con el fracaso de la política y de las instituciones para ofrecer resultados reconfortantes mientras recurre a mensajes desacreditados; y con Internet que permite un inmenso ruido en todas direcciones con miles de nuevos agentes (desde blogueros, tuiteros y youtubers a comunidades o anunciantes) en la fabricación de la agenda que antes era casi monopolio de los medios de comunicación.


El campo de la posverdad abarca así múltiples ámbitos pero aquí solo se apuntan dos: la política y la comunicación.


La posverdad en política


Mientras en el campo doctrinal se teoriza el salto de la democracia representativa a la democracia participativa (hay ejercicios puntuales de ello), surgen líderes que explotan prejuicios, creencias y soluciones fáciles a costa de principios y derechos humano; y ganan elecciones. El superhéroe ungido da una patada al tablero y desde SU verdad, miente en datos, amenaza, tapa y señala al enemigo interior y exterior. No tiene reglas, no rinde cuentas y no dialoga. Trump, hoy, incluso es un ensayo y banco de pruebas de una hipotética post-democracia, o sea de la barbarie (que esperemos la desmonte alguna reacción social).


Es chocante. Teóricamente las funciones de transparencia y rendición de cuentas pueden dar un salto cualitativo con Internet, si hubiera voluntad política, pero no se ve por qué puede haberla para la red si no la hay en el funcionamiento institucional normal.


La red -con una potente información on line, off line y de calidad- puede ayudar cualitativamente a la autoorganización social, a reforzar la legitimidad de la democracia mediante su mejora cualitativa con listas abiertas, consultas, fiscalización de electo, ampliación de espacios codecisionales e iniciativas populares legislativas. Y ello a pesar de que no cabe que la teledemocracia pueda sustituir a la democracia ciudadana y formalmente constituida.


Y sin embargo, ante las amenazas, estamos volviendo a discutir los fundamentos de la democracia misma porque se han puesto en cuestión en hechos y discursos.


La posverdad y la comunicación


Más para bien que para mal, Internet reventó el monopolio del pensamiento distribuido y organizado alrededor de un sistema más o menos plural de medios profesionales de comunicación con sede en propietarios de la elite dominante o en el servicio público. Ese sistema ha sido funcional y previsible, con una relación de simbiosis y/o contrapeso con el sistema político pero, en general, de pleitesía con el sistema económico.


Internet tiene de bueno que -con hashtags y mensajes concentrados que interrogan, apelan, remezclan o convocan- crea lenguajes y narrativas con discursos distintos a los formalizados. Quizás es en el discurso donde se advierten más cambios y donde la frescura, la provocación, la chanza o la sal gruesa tienen efectos destructivos sobre los discursos edulcorados llenos de ocultaciones de intereses e ideologías, fruto de décadas de comunicación institucionalizada y esclerotizada.


Los social media, la comunicación a pares, los commons, la “cultura libre”, el video amateur (Youtube), las redes sociales, las comunidades virtuales y los grandes buscadores disputan a los media el tiempo social de atención y horizontalizan la generación y circulación de información. Emerge la información ciudadana y activista, muy interesante porque no tapa nada pero, al carecer de filtros y contrastes, también coadyuvan a las posverdades.


Paralelamente, surgen medios on line, baratos y eficaces, que ganan terreno y de paso espolean a los grandes media a un periodismo más profesional y comprometido del que estamos huérfanos.


El resultado no es la resolución de los problemas del modelo mediático sino una fragmentación, con globalización hiperconcentrada en pocas plataformas, con acceso a nuestra privacidad con la que comercian y, paradójicamente, con una horizontalización social que también pasa por parámetros de vigilancia.


Tiene también de malo que, a falta de reglas, en la selva hay de todo y no favorece la visibilidad del pensamiento fino –sea radical o moderado- sino del burdo y sin matices, valorativo y prescriptivo frente al descriptivo y analítico. Con el tiempo quizás se generen capas de credibilidad. Ya ocurre con una parte de la prensa digital pero, por el momento, la posverdad campa a sus anchas. La utilizan los poderes y sus gabinetes o los gestores de comunicación, logrando una volátil y cambiante opinión pública conducida desde distintas atalayas, a veces en conflicto, y sobre la base de banalidades repetidas.


La red tiene así sus grandes cruces: la agenda oculta de información; la otra Internet (Internet profundo) y los sistemas privados no abiertos; la hegemonía transnacional de las grandes empresas de las redes; la prioridad estratégica de corporaciones y gobiernos en la gestión de la información; la vigilancia planetaria con la vulnerabilidad social consiguiente; la información no contrastada de la red; las relaciones públicas generalizadas, la publicidad y propaganda en el ámbito social; la gestión de lobbies; la comercialización oculta de listas; el manejo de emociones desde una inmediatez poco reflexiva; las ideas simplistas homogeneizantes. Todo ello hace estragos en la comunicación social objetivable.


Como corolario cabe apuntar que achicar el campo de la posverdad requiere, por un lado, ensanchar el campo del saber, de la educación y de la maduración de la opinión pública; y, por otro, poner el sistema de comunicación y su calidad en el corazón de la gestión de las sociedades posindustriales.


1/3/2017
Ramón Zallo Elguezabal. Catedrático de Comunicación Audiovisual en la Universidad del País Vasco-Euskal Herriko Unibertsitatea
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