Abiy Ahmed durante su alocución televisiva ayer, poco después de declarar la guerra (ETHIOPIA BROADCASTING COPORATION / Reuters)

Hace un año, Abiy Ahmed, primer ministro de Etiopía, recibió con todos los honores durante una ceremonia en Oslo el Nobel de la Paz. Ayer de madrugada, Abiy utilizó su página de Facebook para declarar la guerra a la región norteña de Tigré, de seis millones de habitantes. “El ejército de Etiopía -escribió- ha sido enviado a la misión de salvar al país”. El motivo, subrayó el propio Abiy poco después en una aparición en la televisión estatal, fue el ataque a dos bases militares en las ciudades de Mekelle y Dansha que dejó a un número indeterminado de soldados muertos y heridos.

El primer ministro señaló como responsables del ataque al Frente de Liberación del Pueblo Tigré (FLPT), partido que gobierna la región, a quien acusó de “traición” y de “haber cruzado la última línea roja”, por lo que anunció una respuesta militar. “La situación ha alcanzado un nivel en el que ya no se puede prevenir ni controlar con los mecanismos regulares de aplicación de la ley”. Aunque sorprendente por la rápida precipitación de los acontecimientos, la declaración de guerra nace de una creciente tensión interna en los últimos años, con raíces políticas, étnicas y de sed de poder, entre el gobierno de Addis Abeba y los mandatarios de la provincia de Tigré.

Ayer era imposible saber la situación en el Norte, aislado en las conexiones por teléfono e internet

Ayer era imposible confirmar la situación exacta en el norte ya que después de las palabras del presidente, el gobierno etíope cortó las conexiones de teléfono e internet y las autoridades locales prohibieron la circulación de vehículos y cerraron el aeropuerto. Girmay Genru, de la oficina de la BBC en lengua tigré en Mekelle, capital regional, reportó sonidos de explosiones y disparos la mañana del miércoles.

A pesar de que Abiy esgrimió el ataque a las casernas militares como motivo de la intervención, los preparativos ante una eventual escalada de la tensión se habían producido desde hace días, con envíos de tropas desde la capital etíope hacia el norte. De hecho, el domingo, el presidente tigré acusó al gobierno etíope de querer intimidarles y añadió que “si la guerra es inminente, estamos preparados no solo para resistir sino para vencer”.

El conflicto tiene su raíz en la historia reciente del segundo país más poblado de África, con más de 100 millones de habitantes. Aunque el pueblo tigré es minoría en Etiopía, el partido del FLPT, líder de una coalición desequilibrada, gobernó durante 27 años el país y ocupó los principales cargos políticos, económicos y militares. La llegada en el 2018 de Abiy al poder, después de una serie de revueltas, cambió las tornas: Abiy, un líder oromo, echó a varios mandatarios del antiguo régimen, tomó el control del partido en el gobierno e incluso le cambió el nombre por el de Partido de la Prosperidad. El descontento de los Tigré fue en aumento con la firma de la paz de Etiopía con Eritrea después de un conflicto de varias décadas, que provocó acusaciones de los mandatarios díscolos de que la entente entre los presidentes buscaba desestabilizar su región.

La gota que colmó el vaso fue el anuncio de Abiy en junio que, a causa de la Covid-19, retrasaba hasta el 2021 las elecciones presidenciales de agosto del 2020. El ejecutivo tigré denunció que era una treta para extender su mandato y decidió celebrar unilateralmente las elecciones en la región.

Por Xavier Aldekoa | Kampala, Uganda. Corresponsal

05/11/2020 01:24 | Actualizado a 05/11/2020 03:38

Publicado enInternacional
Lunes, 24 Agosto 2020 05:44

Hipótesis Revolución

Voluntarios de las YPG en los primeros meses de la revolución de Rojava GUILLEM VALLE

ROJAVA

Una reflexión desde el Norte de Síria con algunas ideas para acercarnos al proceso revolucionario en Kurdistán, con la mirada puesta en el nuevo ciclo histórico que se abre ante nuestro ojos.

 

“La historia no concede ni promete la victoria a ningún movimiento.

Conseguiréis la victoria arrancándola con vuestras uñas, o no lo conseguiréis.

Pero en cualquier caso, esto no pasará sin dejar atrás una tremenda experiencia”

Hikmet Acun

Como internacionalistas llegamos a Rojava con la pregunta: ¿qué es una revolución? Quisimos ante todo estudiar el proceso revolucionario y esto implicó esforzarnos por formar parte de su dinámica, entrar dentro de su desarrollo vivo y arriesgarnos a salir de nuestra posición de exterioridad.

Es inútil tratar de aproximarse a éste o cualquier otro proceso revolucionario desde una actitud contemplativa, a través de unas categorías estáticas y normativas, utilizando la vara de medir de estas categorías que supuestamente revelan lo que es o no es una revolución y cuánta coherencia tiene. Por contra, tratamos de entender la revolución en su movimiento complejo, como un conjunto de fuerzas que luchan constantemente por crear nuevas posibilidades, superando los límites y contradicciones que le imponen las condiciones concretas de cada momento.

Este texto no contiene un análisis profundo y exhaustivo de la filosofía y la práctica que caracterizan esta revolución, sino sólo unos apuntes para acercarnos a ella con la mirada puesta en el nuevo ciclo histórico que se abre ante nuestro ojos. Un ciclo que, de formas diversas, ya se está expresando en convulsiones muy intensas en puntos distintos de los cinco continentes y que obligarán al bando revolucionario a tener la audacia y la inteligencia de intervenir en terrenos de lucha que no ha escogido, en condiciones que no desea, para construir una salida emancipatoria.

Sirvan estas breves notas para alimentar el debate entre aquellos que frente el colapso no se han rendido al posibilismo ni al nihilismo hegemónicos, aquellos que insisten en la alternativa socialista y en transformar la actual crisis capitalista en crisis revolucionaria.

  1. CONTINGENCIA.

La revolución de Rojava no estaba en los planes de nadie, no fue el fruto esperado de un proceso político preconcebido. Como en tantos otros momentos a lo largo de la Historia, la revolución sorprendió en primer lugar a los revolucionarios.

En el imaginario del movimiento de liberación kurdo, Rojava era la última de las cuatro partes del Kurdistán que sería liberada. El análisis de las condiciones de Oriente Medio y de las propias fuerzas había dado siempre primacía a la parte bajo dominio turco respecto a esta pequeña franja del Norte de Síria, donde las capacidades organizativas del movimiento estaban menos desarrolladas, el marco económico y político menos propicio para avanzar posiciones, la geografía mas difícil para el crecimiento de la guerrilla y en la que la posición de retaguardia que el propio movimiento había asignado a este territorio contradecía la hipótesis de un salto revolucionario.

Desde el punto de vista del movimiento kurdo, el ciclo abierto por la crisis global de 2008 bien podría haber abierto esta brecha en Turquía, donde la oleada internacional de movimientos contestatarios que se dio por llamar “Primavera Árabe” se expresó en las revueltas de Gezi1. Pero lo cierto es que lo hizo en Siria, obligando a las fuerzas revolucionarias a capturar la novedad y complejidad de una situación inédita e imprevista, y a desarrollar rápidamente una nueva orientación estratégica para la guerra desencadenada desde el 2011.2.

  1. PREPARACIÓN.

La irrupción del caos reconfiguró radicalmente el tablero político del país y múltiples actores, de muy diverso tipo, se lanzaron a la lucha cada cual con sus objetivos y apuestas particulares. La posibilidad de aprovechar el vacío de poder abierto por el inicio de la guerra la dio el hecho de que el movimiento kurdo poseía ya un grado de preparación suficiente. En este contexto el movimiento de liberación kurdo no partía de cero sino que poseía una base sólida fruto del trabajo de décadas.

Más allá de ocuparse de las problemas y las luchas cotidianas del pueblo, el movimiento emprendió la tarea de acometer una verdadera reforma moral e intelectual en medio de una crisis existencial colectiva

Durante todos esos años evitó el caer en dinámicas movimentistas, electoralistas o cortoplacistas, no jugó a zigzaguear entre las opiniones hegemónicas para lograr un rápido avance electoral, no confundió las instituciones del Estado con el poder, ni cayó en una estrategia vanguardista que confiase la victoria a una derrota del Estado en el terreno militar. Por contra, tuvo la paciencia y la perspectiva histórica de concentrarse en desarrollar un marco ideológico fuerte, en estudiar y sintetizar las experiencias de lucha precedentes para actualizar su línea política, en formar poco a poco un cuerpo de cuadros capaces, decididos, y disciplinados y en asegurarse unas bases territoriales bien enraizadas tanto en el terreno como en el ámbito social. Durante todo este tiempo también incrementó su potencial militar para evitar ser borrado del mapa a la primera de cambio y elaboró un vinculo estrecho con el pueblo, hasta el punto de que no fuese posible diferenciar dónde acaba uno y dónde empieza el otro.

El hecho de que el movimiento uniese todas estas características en una fuerza organizada le permitió articularse junto con el levantamiento espontáneo de la población y tomar rápidamente la iniciativa, impidiendo que éste vacío de poder fuese ocupado por otras facciones, como sí que ha ocurrido en otros lugares donde las organizaciones kurdas no estaban presentes o no tenían la fuerza necesaria. Así se formó la unidad entre los dos tempos de la revolución: el tiempo del crecimiento lento y paciente, y el tiempo del levantamiento, del momento decisivo, de “la fracción de segundo en la que todo parece posible”

  1. IRRUPCIÓN DEL PUEBLO.

Cuando el statu quo en Siria entro en una crisis irreversible, los círculos kurdos no encararon la crisis con una mera lista de demandas, sino con propuestas claras y desarrolladas que mostraban el horizonte de todo un nuevo orden. Bajo el liderazgo político del movimiento, se había formado una voluntad colectiva construida sobre una cosmovisión propia y expresada en un proyecto integral capaz de guiar la construcción de una alternativa. Se suele decir que el movimiento de liberación revivió al pueblo kurdo y que Abdullah Öcalan hizo posible que se pudiera volver a llamar “Kurdistan” por su nombre, como palabra que nombra una realidad, como concepto, como existencia. Este dicho expresa que el pueblo construyó el movimiento tanto como el movimiento construyó al pueblo.

Desde su fundación a finales de los años 70, el Partido de los Trabajadores de Kurdistán fue ganándose poco a poco el prestigio y el apoyo de la gente, defendiendo al campesinado de los abusos de los terratenientes (kurdos), colocándose en primera línea en las luchas de las fábrica y de los estudiantes, se fue haciendo fuerte en los barrios populares de las metrópolis, respondiendo a los desmanes del Ejército y la policía en las zonas rurales y organizando en Europa a la diáspora que huía de la miseria y la guerra.

Pero más allá de ocuparse de las problemas y las luchas cotidianas del pueblo, el movimiento emprendió la tarea de acometer una verdadera reforma moral e intelectual en medio de una crisis existencial colectiva: identificó la situación de genocidio físico y cultural y transmitió una nueva concepción de lo que significaba ser kurdo, de qué era la libertad, del rol que tenía y cuál debía tener la mujer en la sociedad, de lo que podía llegar a ser un pueblo libre que se organizase como una sociedad basada en una ética comunal y socialista, una sociedad liderada por mujeres libres.

Cada rincón de la geografía kurda se empapó con la narración de una transformación del ser humano y del sentido que tenía este nuevo ser humano: el de un pueblo guerrero que podía luchar para cambiar la Historia. En el mismo proceso de la lucha, y no sin hacer enormes sacrificios, se fue formando una nueva idea de la nación kurda. Esta idea de nación unía fragmentos socialesanteriormente dispersos, disolvía antagonismos sectarios, religiosos y tribales, y poco a poco fue materializándose en una densa red de vínculos e instituciones populares que prefiguraban una alternativa.

El proceso revolucionario de Rojava no se dio en el vacío, sino dentro de una dinámica extremadamente caótica, impredecible y permanentemente cambiante, obligando al movimiento a traducir su paradigma ideológico y su proyecto político en un repertorio absolutamente flexible de estrategias y tácticas

En definitiva, el pueblo kurdo se había constituido a lo largo de los años como una voluntad colectiva, para la cual el momento insurreccional de julio del 2012 en el Norte de Siria no fue el principio. No lo encaró con la forma de un movimiento difuso, sino con el esbozo de un nuevo orden social potencialmente capaz de sustituir al anterior, con lo cual fue posible dar el salto de un contexto de práctica clandestinidad a uno de autogobierno. Estaba en las condiciones necesarias para oponer una alternativa integral que diese seguridad, orden, sentido y esperanza a su gente en medio del caos y la incertidumbre.

Este momento, sin embargo, supuso un punto de inflexión, pues brindó la oportunidad de lleva mucho más lejos que nunca antes el desarrollo de su cosmovisión y alternativa propias. El movimiento descubriría entonces algo que a los internacionales se nos ha repetido a menudo, y es que empezar una revolución es difícil, pero mucho más difícil es continuarla.

  1. FLEXIBILIDAD ESTRATÉGICA Y TÁCTICA.

Pese al grado de preparación del movimiento, la revolución de Rojava no siguió al pie de la letra la hoja de ruta prevista en el modelo teórico. De forma extremadamente esquemática, podemos decir que esta hoja de ruta se basa en la construcción de abajo hacia arriba de instituciones populares y espacios de auto-organización; construcción que paulatinamente llega a un grado de desarrollo tal que la sociedad autogobernada está en calidad de declarar su Autonomía Democrática y de defenderla de la injerencia del Estado.

En el caso de la revolución de Rojava, cuyo tiempo “prematuro” rompió con la linealidad del plan, en la práctica este proceso se dio de forma desigual, en muchas ocasiones a la inversa de lo pensado. El movimiento tuvo que tomar el control de territorios donde el nivel material y cultural de autoorganización social era todavía muy débil, de modo que se lanzó a construir estas instituciones populares “desde arriba”, desde el cuerpo recién creado de la Administración Autónoma Democrática. Por el mismo motivo, y por el hecho de encontrarse en medio de una guerra de rapiña interimperialista que exigía un cierto grado de organización centralista, jerárquica y disciplinada, hasta el momento tampoco pudo superar enteramente la forma Estado ni llevar muy lejos un proceso socialista de transformación de las relaciones de producción, sino que paulativamente trató de articular las condiciones que impone la lógica militar junto con la lógica política de la democratización y la primacía del protagonismo de las masas en todos los asuntos comunes.

En efecto, el proceso revolucionario de Rojava no se dio en el vacío, sino dentro de una dinámica extremadamente caótica, impredecible y permanentemente cambiante, donde las diferentes fuerzas imperialistas y potencias regionales luchan encarnizadamente en múltiples planos (militar, político, económico, diplomático, social), obligando al movimiento a traducir su paradigma ideológico y su proyecto político en un repertorio absolutamente flexible de estrategias y tácticas en todos estos aspectos. Para garantizar la supervivencia del proceso revolucionario, se vio forzado a luchar en todos estos planos a la vez, pues en todos ellos sus enemigos trataban de aniquilar la revolución de un modo u otro y frente a lo cual solo la articulación de una estrategia coherente, que enlazase todos estos frentes de lucha basándose en una lectura precisa de la correlación de fuerzas existente, podría permitir mantenerse o avanzar en sus posiciones sin ser destruido.

Para poder desarrollar su proyecto político sin ser aniquilado en la guerra, tuvo que establecer una política de alianzas adecuada; para poder establecer estas relaciones en el plano diplomático tuvo que ser lo bastante fuerte en el plano militar; para ser fuerte en el plano militar, necesitaba serlo también a nivel social, pues si el pueblo hubiese carecido de la perspectiva de un proceso de emancipación y justicia social; si el pueblo no se hubiese unido entorno a un proyecto común y no se hubiese identificado con el movimiento que lidera el proceso revolucionario, no hubiese tenido la motivación para luchar y pasar por los sacrificios y sufrimientos indecibles por los que ha tenido que pasar en todos estos años…

Nada hace pensar que este período dará necesariamente paso al fin del capitalismo y al desarrollo de una alternativa. Sin embargo, es plausible pensar que este tiempo reabrirá de nuevo brechas históricas que quedaran abiertas a la disputa entre múltiples actores, intereses e hipótesis, entre ellas la revolucionaria.

Acaso el ejemplo mas llamativo del carácter extremadamente contradictorio y complejo de este proceso sea la alianza militar con los EE.UU., ya que por un lado la apuesta del imperialismo estadounidense no es la de apoyar al movimiento de liberación kurdo, sino fragmentarlo y desvincularlo de su liderazgo ideológico para corromper la revolución forzando un protectorado como el establecido en el norte de Irak. Por otro lado, el movimiento kurdo sabe por experiencia propia que tiene en los EE.UU.-OTAN su más mortal enemigo y, sin embargo, en la coyuntura concreta de la revolución en el Norte de Siria se vio sumida de lleno en la encrucijada. O bien rechazaba su apoyo militar y se resignaba a la aniquilación, o bien establecía una alianza táctica provisional -e inestable- que le permitiese seguir en el tablero con la perspectiva de abrir nuevas posibilidades de lucha y otras correlaciones de fuerza en el futuro.

Esta flexibilidad estrategia-táctica no sería posible sin un marco y unos objetivos ideológicos y políticos claros y fuertes, así como una dinámica constante de crítica y autocrítica desde la base hasta el liderazgo, que evalúe errores y aciertos y que contrarreste las tendencias al oportunismo o a la burocratización.

  1. INTERNACIONALISMO.

La perspectiva internacionalista del movimiento de liberación kurdo es en primer lugar de carácter ideológico. En tanto que continuadora de la tradición socialista rechaza toda desviación chovinista y defiende con ello una concepción democrática de la liberación nacional a partir de una profunda crítica del Estado-nación moderno. Abdullah Öcalan elaboró un proyecto político con vocación universal, bajo la forma de unos principios y estrategias generales que vinculándose con lo particular de cada caso pudiesen servir como una guía en la búsqueda de libertad de las mujeres, las clases populares y las naciones oprimidas de todo el mundo.

En segundo lugar, para el movimiento kurdo el internacionalismo tiene un carácter estratégico. El proceso revolucionario en el Kurdistán no puede sobrevivir indefinidamente rodeado de enemigos. A diferencia de las luchas de descolonización y liberación nacional de otras épocas, no tuvo un campo socialista en el que apoyarse, ni tampoco una Internacional de organizaciones revolucionarias con capacidad de incidencia en sus respectivos países, ni siquiera las oledas de solidaridad internacional que antaño despertaron luchas heroicas como las que libraron los pueblos de América Latina, Argelia, Vietnam, Palestina, etc.

El movimiento de liberación kurdo asumió como propia, en lo referente al internacionalismo, la tarea histórica de nuestro tiempo, a saber: el trabajo de vincular luchas dispersas alrededor del mundo, de articular una fuerza capaz de hacer frente al sistema capitalista global y a las fuerzas imperialistas que pretenden ahogar el proceso revolucionario, tanto en Oriente Medio como en cualquier lugar donde los pueblos se atrevan a poner en cuestión su hegemonía. Es por esto que desde el primer momento la revolución de Rojava tuvo un carácter internacional, y que el movimiento puso enormes esfuerzos en proyectar la lucha internacionalmente, debilitando las estrategias de aislamiento y fragmentación alentadas por sus enemigos.

Actualmente, bajo el signo de una crisis estructural que viene de lejos y que no deja de acelerarse, el mundo sigue adentrándose más y más en un período de incertidumbre y caos. Nada hace pensar que este período dará necesariamente paso al fin del capitalismo y al desarrollo de una alternativa. Sin embargo, es plausible pensar que este tiempo reabrirá de nuevo brechas históricas que quedaran abiertas a la disputa entre múltiples actores, intereses e hipótesis, entre ellas la revolucionaria.

Es nuestro deber prepararnos en consecuencia, estudiando los procesos que han tenido y tienen lugar alrededor del mundo, analizando los errores y aciertos de nuestra tradición histórica y dinamizando la síntesis de las diversas experiencias y perspectivas para constituir pacientemente una fuerza popular capaz de tomar la iniciativa y lanzarse a la lucha hasta el límite de sus posibilidades.

 

¡BUEN CAMINO!

23 AGO 2020 22:00

Notas

  1. Revuelta social ocurrida en 2013 en la República de Turquía, cuando la brutal represión de una protesta ecologista que pretendía detener la destrucción del parque de Taksim Gezi para construir un centro comercial desató disturbios continuados en varias ciudades del país.
  2. De Kurdistán a Chiapas. Una Internacional de la Esperanza. Michael Panser https://komun-academy.com/2019/12/26/from-kurdistan-to-chiapas-an-international-of
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Sandra Cartasso

Valeria Carbone, especialista en estudios sobre la sociedad norteamericana

La historiadora explica las causas detrás del asesinato de George Floyd, repasa los acontecimientos que le sucedieron y analiza las contradicciones de la supuesta democracia norteamericana. El racismo estructural y sus desigualdades.

 

El 25 de mayo último George Floyd fue asesinado en el vecindario de Powderhorn, en la ciudad de Mineápolis, Minesota, Estados Unidos, a manos de un agente policial. En diálogo con Página/12, Valeria Carbone --historiadora, secretaria de redacción de la revista “Huellas de Estados Unidos: Estudios, perspectivas y debates desde América Latina” y autora de “Una historia del movimiento negro estadounidense en la era posderechos civiles (1968-1988)”--, analiza los últimos hechos en un país desigual, signado por la violencia institucional.

--En estos días fue George Floyd en Mineápolis, Minesota, como en 2014 fue Michael Brown en Ferguson, Missouri, y la lista sigue. ¿Cuánto de estructural y cíclico hay en estos sucesos de violencia policial?

--Lo que estamos viendo es bronca; no es solamente un reclamo, es bronca y frustración contenida. Es darse cuenta de que a pesar de que se salga a la calle, hay cosas que no van a cambiar. Creo que se combinan un montón de cuestiones diferentes; no hay cuestiones monocausales. Hay aspectos que tienen que ver con la sociedad norteamericana, que tiene un problema de racismo estructural innegable y un problema enorme de brutalidad y violencia policial. Ésta se ha visto acentuada en las últimas dos décadas, producto también de cuestiones contextuales que tienen que ver los ataques terroristas a las Torres Gemelas del 11 de septiembre. Ahí vimos una innegable militarización de las fuerzas de seguridad. Vemos a la policía en las calles con un nivel de militarización que no se condice con las protestas domésticas. Luego, si uno se remite a las protestas de la década del ‘60 y piensa en la reacción de la policía en ese momento, claramente la cosa no cambió. Hay un comportamiento estructural que tiene que ver con que la protesta social es en sí misma una manifestación en contra de cómo funciona un sistema. En estos momentos particulares vemos una suerte de conjunción o de convergencia de un episodio de violencia policial, con un alto componente de racismo, en un contexto de crisis económica y pandemia en donde además la gente que se manifiesta por cuestiones clasistas.

--¿Por qué clasistas?

--Porque lo de George Floyd no es solamente un problema racial. Se origina por la detención de un hombre que además de tener una determinada identidad racial tenía una determinada identidad de clase. Todo empieza porque supuestamente él trato de hacer pasar un billete de veinte dólares falso en un comercio. Y entonces surgen un montón de preguntas. Primero, si lo hizo sabiendo, pudo haber sido porque probablemente fuera el único dinero que tenía; segundo, la reacción del comerciante de llamar a la policía en vez de pedirle otro billete... Lo mismo sucede con la percepción de los saqueos y la violencia, que suceden en un contexto de crisis económica y de pandemia en la cual la gente no tiene trabajo, en donde los índices de desempleo aumentaron el doble en un mes, y en donde además la gente que se ve más afectada por el desempleo es al mismo tiempo la gente que ha estado más expuesta a la pandemia. Son los mismos colectivos de siempre, los afroestadounidenses y los latinos, que son los que siguen sosteniendo la economía. Entonces se genera un caldo de cultivo en el que estas protestas son cíclicas, porque esto pasa también cíclicamente, y explotó en un momento en el cual los episodios de violencia policial hacia los afroestadounidenses se venían sucediendo y viralizando.

--El Departamento de Seguridad Pública de Minnesota calificó a las protestas como una situación de “guerra urbana”. ¿Hay una intención de militarizar la crisis? ¿Es una manera de justificar políticas represivas y al mismo tiempo apuntalar a Donald Trump, a tan poco de las elecciones generales?

--Esto también es histórico. Si uno observa la década del ’60 --la referencia más clásica y que está surgiendo mucho en los medios--, esta forma de estigmatizar la protesta social cuando se torna violenta no es solamente en este caso particular. Es un clásico. Es una excusa para reprimir, por eso también el gobierno apela mucho a esta caracterización de la violencia. En este caso lo que se está viendo --sobre todo los últimos días, y acá es muy interesante también el rol que juegan las redes sociales--, es una narrativa particular. Ciertos medios masivos de comunicación ponen la lente en un solo lugar. Y cuando analizamos quién origina esa violencia vemos que es más complicado. Lo que se observa es que hay momentos en los cuales las protestas se tornan muy violentas pero, ¿por qué? Porque la policía lo incita, porque también las instituciones necesitan de esa narrativa.

--De alguna manera la política plantea y recurre a un círculo vicioso...

--Si el motivo de las protestas es la violencia policial, y la policía sigue respondiendo con represión, si los políticos se paran desde un lugar en el que aparentemente no pueden solucionar nada, a pesar de que son quienes dan las órdenes a la policía, ¿cómo se frena esto? Si en el contexto de protestas contra la violencia institucional y brutalidad policial las instituciones responden con violencia y brutalidad policial estamos en un círculo del que no podemos salir. A todo esto se suma un presidente como Donald Trump, que tiene un discurso incendiario, violento, y que apunta a que la respuesta a la protesta por represión y brutalidad policial sea más violencia y brutalidad policial.

--¿Cambió algo a partir de la presidencia de Barack Obama?

--Más allá de lo que uno pueda analizar del gobierno de Obama en cuestiones económicas y política exterior, la presidencia de Obama tuvo un impacto cultural como no había tenido ninguna otra presidencia por lo menos del siglo xx, del siglo XXI incluso, pero también me parece que pone la solución de un problema en un lugar complicado. Le estamos poniendo el problema de la solución del racismo a la víctima y no al victimario; ¿por qué pensamos que un presidente negro va a llegar a la Casa Blanca y que eso ya me va a implicar una solución, cuando los 43 presidentes anteriores no hicieron sino reforzar ese problema de racismo estructural? Algo semejante sucede ahora. Estamos poniendo el problema de la solución en los activistas o los militantes, suponiendo que tienen que ser pacíficos, en lugar de ver de dónde surge la violencia original. Es un clásico tornar el victimario en víctima y la víctima en victimario. Andrew Mark Cuomo, el gobernador de Nueva York y la estrella más reciente de la política norteamericana, días atrás decía que él estaba de acuerdo con las protestas, que el movimiento Black Lives Matter y que la gente que se está manifestando tienen razón en protestar.

--¿Pero?

--Pero quien tiene la prerrogativa para para hacer algo en función de las protestas y de lo que pasa a nivel de racismo estructural y de la militarización de las calles es el gobernador del Estado. Incluso, en el caso puntual de Nueva York, de resolver, en lugar de reforzar, lo que ha sucedido con el sistema del denominado complejo industrial carcelario, en el cual los afroestadounidenses y latinos tienen una proporción muchísimo mayor de terminar presos que otros sectores por el mismo delito. ¿Entonces, qué rol tienen los políticos, que hoy parece que se ponen por arriba? Y esto atraviesa a demócratas y republicanos. Parece que aceptan que hay un problema estructural pero la posición mayoritaria es que la situación es muy difícil de modificar. En este sentido, ¿qué puede hacer el colectivo afroestadounidense? Dicen que ya intentaron todo, que intentaron arrodillarse en los partidos de fútbol americano, intentaron componiendo canciones de rap, se pusieron remeras con hashtags, protestaron en forma pacífica... ¿Qué queda por hacer?

--¿Por qué habla de “racismo estructural”?

--Porque en Estados Unidos el racismo estructural es una forma de organización social. Ser negro en Estados Unidos está dado por un conjunto de estructuras sociales y económicas de subordinación racionalizadas y justificadas por una ideología de supremacía de la raza blanca. Históricamente, el significado de la realidad concreta de la raza fue un producto de la dominación de clase; al mismo tiempo que se inventa la raza blanca dominante se inventa la raza negra dominada; una no puede existir sin la otra. Pero al mismo tiempo, retomando una frase de un historiador norteamericano, para los afroestadounidenses la raza pasó a ser un lugar de resistencia. Creo que la sociedad se piensa en términos raciales, donde hay una raza blanca y una negra, y que fue eso lo que estructuró la sociedad no solamente en el período de la esclavitud sino en el período de la segregación racial, de una época de la que no estamos muy lejos. El período de la esclavitud fue seguido de un período de segregación racial. Entonces lo que vemos es que el sistema se reinventó a sí mismo, porque la idea es sostener esto, es que sobreviva a pesar de los cambios del sistema, porque probablemente las leyes no pueden fácilmente modificar comportamientos que están arraigados desde lo cultural. Después del fin legal de la segregación racial, mucha gente, e incluso muchos liberales y progresistas, se preguntaban en relación a la población afroestadounidense: “¿y ahora qué más quieren? Si ya tienen el derecho al voto, bueno, vayan y voten”. ¿Pero esto se solucionar con una votación?

--Y más a la luz de los candidatos presidenciales en vísperas de las elecciones de noviembre próximo...

--Joe Biden, el candidato demócrata, no necesariamente se ha caracterizado por ser una persona progresista. En la década del ‘60 se opuso a la integración educativa y a la integración racial en las escuelas. El mismo que hace unos días declaró que había que tirarles a las piernas... Además de todo esto, desde 1913 se están sancionando leyes que expresamente dificultan el ejercicio del derecho al voto y cuyas disposiciones atentan mayormente contra colectivos de minorías étnicas, raciales y de clase. Para votar en Texas, por ejemplo, antes alcanzaba con presentar el registro de conducir. Ahora es necesario sacar una tarjeta de identificación especial para votar; pero esa tarjeta se tramita en una ciudad que está a cinco horas de tu casa porque no hay otro centro para hacerlo; como si fuera poco, para sacarla hay pagar 200 dólares. Sí, votar podés, pero te meten estas disposiciones y entonces se entrecruza todo. Es un sistema que te da y te quita al mismo tiempo.

--Una de las hijas de George Floyd publicó en redes sociales que su padre había cambiado el mundo. ¿Cree que algo se modificará a partir de ahora?

--Estos hechos son cíclicos y recurrentes pero eso no significa que la protesta social no pueda cambiar las cosas. De hecho me parece que la situación en la que estamos ahora y el estallido también tienen que ver con eso. Esto es un detonante; no es otra cosa. Es un detonante de una cuestión cíclica, histórica, que tiene cuestiones estructurales detrás. Y creo que son estos momentos de quiebres en la historia los que marcan un cambio, que van a marcar un cambio. No creo que las cosas vayan a cambiar radicalmente pero hubo otros momentos en los cuales procesos de movilización extensos han cambiado las cosas. El Movimiento por los Derechos Civiles, por ejemplo. Entonces me parece que la protesta social es lo que hace cambiar el proceso histórico, más que las instituciones, porque es la gente la que demanda un cambio institucional en este caso. Y me parece que las cosas van a cambiar en tanto y en cuanto sigamos aceptando la validez de estas protestas. Me parece que los movimientos sociales existen para controlar a las instituciones y para exigirles a esas mismas instituciones que sigan sus procesos de cambio y de expansión de derechos. La historia de los negros en los Estados Unidos es una historia de lucha y resistencia; si no fuese por la lucha sostenida de este colectivo nada hubiese cambiado.

--En Estados Unidos, al igual que en muchos otros países, las minorías sufren el coronavirus de forma particular: tienen más probabilidades de perder su trabajo, más probabilidades de infectarse y un desarrollo más grave de la enfermedad. ¿Por qué?

--De alguna manera estamos hablando de lo mismo. Tenemos el dato y sabemos que son los más afectados por la pandemia y por la crisis económica. Ahora, ¿por qué? No es que se enfermen o se mueran más porque sean más biológicamente proclives sino que hay una cuestión de clase en el medio que los hace más proclives, porque son los que siguieron sosteniendo la economía, porque son las personas más empleadas en el sector servicios --y acá no solamente hablo de los afroestadounidenses sino también de los latinos en Estados Unidos, que son también los primeros en ser despedidos en cualquier escala jerárquica laboral. Y ahí me parece que hay una cuestión de clase y hay que empezar a preguntarse cómo se entrecruza todo esto. Hay que empezar a pensar el rol de las mujeres afroestadounidenses, que son las más afectadas en todo esto. Las mujeres afroestadounidenses representan uno de los sectores más empleados en el sector salud; un componente enorme de las enfermeras que trabajan en el sector salud pertenece a este grupo poblacional. Son los que están más expuestos porque son los que siguieron trabajando, porque los sectores en los cuales desempeñan sus funciones fueron los más afectados por la cuarentena y la pandemia. Y además tenemos estos polos explosivos de enfermedad, que son las cárceles, en donde los afroestadounidenses y los latinos son una amplia mayoría en relación a los índices poblacionales en general. Lo que hace de Floyd un caso particular es que, además, compendiaba un montón de estos problemas. Hace poco, cuando le hicieron la autopsia, se conoció que él además se había infectado de coronavirus antes de ser asesinado. Floyd es un símbolo de todo esto; una persona con problemas de empleo, que le había pasado algo particular por su situación de clase, que además había estado enferma, y que sufrió lo que sufren muchos afroestadounidenses en la calle. Y que los afroestadounidenses de clase baja también son más proclives a tener estos problemas, pero no quita que haya afroestadounidenses de otras clases sociales que no les pase esto. Creo que lo que está pasando ahora en Estados Unidos es que están explotando otra vez todas las contradicciones de la supuesta democracia norteamericana.

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Bomberos apagan un auto incendiado en nueva Delhi en medio de los enfrentamientos.  ________________________________________ Imagen: AFP

Duros enfrentamientos entre hindúes y musulmanes

La normativa aprobada por el Congreso facilita la ciudadanía a inmigrantes irregulares de Pakistán, Bangladesh y Afganistán, pero excluye a los musulmanes.

Al menos 27 muertos y más de 200 heridos es el saldo de los enfrentamientos entre hindúes y musulmanes en la capital india de Nueva Delhi por la flamante ley de ciudadanía. En el inicio del conflicto, el lunes pasado, el jefe de gobierno del estado de Delhi, Arvind Kejriwal, le había pedido al gobierno central que decrete el toque de queda y el despliegue del ejército para prevenir incidentes. La ley aprobada por el Parlamento de la India facilita la nacionalidad para las minorías religiosas llegadas antes de 2015 desde Bangladesh, Pakistán o Afganistán, asumiendo que sufrieron persecución. Al no contemplarlos, los musulmanes creen que la ley es discriminatoria. Luego de varios días, el primer ministro indio Narendra Modi rompió el silencio y le rogó a los habitantes de Delhi que contribuyan a la "paz y armonía" del país. El comienzo de los incidentes coincidió con la primera visita oficial al país del presidente estadounidense, Donald Trump, que concluyó el martes.

La nueva normativa cristalizó el temor de los musulmanes a ser relegados a ciudadanos de segunda categoría, en un país en el que los hindúes representan al 80 por ciento de la población. La violencia se desencadenó cuando un grupo de manifestantes bloqueó la ruta principal del barrio de Jaffrabad, Delhi, como protesta contra la ley aprobada a fines de diciembre del año pasado por el Parlamento. "Cerramos la carretera durante dos días, pero llevamos protestando casi dos meses", explicó una de las mujeres que participaron de la protesta, oculta bajo un largo velo negro y que pidió el anonimato por miedo a represalias.

Hacia el norte se encuentran las áreas más afectadas por la violencia, donde ardieron decenas de tiendas y las calles fueron tomadas por turbas armadas con palos y pistolas. Los problemas más serios empezaron cuando Kapil Misra, líder de la formación nacionalista hindú Bharatiya Janata Party (BJP), organizó una manifestación a favor de la ley muy cerca de la protesta promusulmana de Jaffrabad, y pronunció un discurso incendiario.

"El líder del BJP Kapil Misra trató de llamar a la violencia y la policía no actuó contra los que estaban causando problemas", relató Rahu, un joven del barrio, sobre los inicios del conflicto. Los vecinos acusan a la formación gobernante del primer ministro, Narendra Modi, y al grupo extremista Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS) de desatar una verdadera masacre contra los musulmanes.

"La gente estaba cantando Jai Shri Ram ("Gloria al Dios Ram"), no sabemos de dónde vinieron", dijo Rahu. Esa frase se ha convertido en el grito de guerra del nacionalismo hindú. Los vecinos de Nueva Delhi coinciden en denunciar la falta de acción de la policía a la hora de controlar las protestas, que tuvieron lugar al mismo tiempo en que llegaba al país el presidente estadounidense, Donald Trump, en el marco de una visita oficial de dos días. Como resultado de la gira oficial, Trump dijo que su país venderá helicópteros militares valuados en más de 3 mil millones de dólares a la India.

Los alcances de la ley

El Parlamento indio había dado luz verde en 2019 a la llamada ley de ciudadanía, una reforma legal que agiliza la nacionalidad de las minorías religiosas que llegaron antes de 2015 desde países como Bangladesh, Pakistán o Afganistán. La norma, tachada por sus detractores como una ley antimusulmana, es la última de una serie de medidas impulsadas por el gobierno liderado por Narendra Modi, un nacionalista hindú, en contra de esta comunidad.

Para Modi, la nueva legislación tiene como objetivo ayudar a los cristianos, sijes e hindúes que han sufrido persecución en tres países con mayoría de población musulmana. Esos grupos minoritarios, que durante años permanecieron sin derechos reconocidos en la India, tendrán ahora una vía automática para conseguir la nacionalidad.

Arvind Kejriwal, jefe de gobierno de Delhi, estado que incluye a la capital, consideró que la situación es "alarmante" y pidió desde un principio que el gobierno de Modi imponga el toque de queda y despliegue a los militares. "A pesar de sus esfuerzos, la policía no logra controlar la situación e restaurar la calma", manifestó Kejriwal. La seguridad en Delhi, territorio que dispone de un estatuto particular, es responsabilidad del gobierno central. 

El primer ministro indio, Narendra Modi, finalmente rompió el silencio y dirigió un mensaje "pacifista" a los habitantes del territorio de Delhi: "La paz y la armonía son fundamentales para nuestro espíritu. Hago un llamamiento a mis hermanas y hermanos de Delhi para que mantengan la paz y la fraternidad en todo momento", dijo Modi, nacionalista hindú, en un mensaje difundido en su cuenta deTwitter. "Es importante que se restablezca la normalidad lo antes posible", agregó el primer ministro, intentando calmar las aguas, un objetivo que por el momento no ha podido cumplir.

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Domingo, 17 Noviembre 2019 05:44

El odio al indio

El odio al indio

Como una espesa niebla nocturna, el odio recorre vorazmente los barrios de las clases medias urbanas tradicionales de Bolivia. Sus ojos rebalsan de ira. No gritan, escupen; no reclaman, imponen. Sus cánticos no son de esperanza ni de hermandad, son de desprecio y discriminación contra los indios. Se montan en sus motos, se suben a sus camionetas, se agrupan en sus fraternidades carnavaleras y universidades privadas y salen a la caza de indios alzados que se atrevieron a quitarles el poder.

En el caso de Santa Cruz organizan hordas motorizadas 4x4 con garrote en mano a escarmentar a los indios, a quienes llaman "collas", que viven en los barrios marginales y en los mercados. Cantan consignas de que "hay que matar collas”, y si en el camino se les cruza alguna mujer de pollera la golpean, amenazan y conminan a irse de su territorio. En Cochabamba organizan convoyes para imponer su supremacía racial en la zona sur, donde viven las clases menesterosas, y cargan -como si fuera un destacamento de caballería- sobre miles de mujeres campesinas indefensas que marchan pidiendo paz. Llevan en la mano bates de béisbol, cadenas, granadas de gas; algunos exhiben armas de fuego. La mujer es su víctima preferida; agarran a una alcaldesa de una población campesina, la humillan, la arrastran por la calle, le pegan, la orinan cuando cae al suelo, le cortan el cabello, la amenazan con lincharla, y cuando se dan cuenta de que son filmadas deciden echarle pintura roja simbolizando lo que harán con su sangre.

En La Paz sospechan de sus empleadas y no hablan cuando ellas traen la comida a la mesa. En el fondo les temen, pero también las desprecian. Más tarde salen a las calles a gritar, insultan a Evo y, con él, a todos estos indios que osaron construir democracia intercultural con igualdad. Cuando son muchos, arrastran la Wiphala, la bandera indígena, la escupen, la pisan la cortan, la queman. Es una rabia visceral que se descarga sobre este símbolo de los indios al que quisieran extinguir de la tierra junto con todos los que se reconocen en él.

El odio racial es el lenguaje político de esta clase media tradicional. De nada sirven sus títulos académicos, viajes y fe porque, al final, todo se diluye ante el abolengo. En el fondo, la estirpe imaginada es más fuerte y parece adherida al lenguaje espontáneo de la piel que odia, de los gestos viscerales y de su moral corrompida.

Todo explotó el domingo 20, cuando Evo Morales ganó las elecciones con más de 10 puntos de distancia sobre el segundo, pero ya no con la inmensa ventaja de antes ni el 51% de los votos. Fue la señal que estaban esperando las fuerzas regresivas agazapadas: desde el timorato candidato opositor liberal, las fuerzas políticas ultraconservadoras, la OEA y la inefable clase media tradicional. Evo había ganado nuevamente pero ya no tenía el 60% del electorado; estaba más débil y había que ir sobre él. El perdedor no reconoció su derrota. La OEA habló de "elecciones limpias" pero de una victoria menguada y pidió segunda vuelta, aconsejando ir en contra de la Constitución, que establece que si un candidato tiene más del 40% de los votos y más de 10% de votos sobre el segundo es el candidato electo. Y la clase media se lanzó a la cacería de los indios. En la noche del lunes 21 se quemaron 5 de los 9 órganos electorales, incluidas papeletas de sufragio. La ciudad de Santa Cruz decretó un paro cívico que articuló a los habitantes de las zonas centrales de la ciudad, ramificándose el paro a las zonas residenciales de La Paz y Cochabamba. Y entonces se desató el terror.

Bandas paramilitares comenzaron a asediar instituciones, quemar sedes sindicales, a incendiar los domicilios de candidatos y líderes políticos del partido de gobierno. Hasta el propio domicilio privado del presidente fue saqueado; en otros lugares las familias, incluidos hijos, fueron secuestrados y amenazados de ser flagelados y quemados si su padre ministro o dirigente sindical no renunciaba a su cargo. Se había desatado una dilatada noche de cuchillos largos, y el fascismo asomaba las orejas.

Cuando las fuerzas populares movilizadas para resistir este golpe civil comenzaron a retomar el control territorial de las ciudades con la presencia de obreros, trabajadores mineros, campesinos, indígenas y pobladores urbanos -y el balance de la correlación de fuerzas se estaba inclinando hacia el lado de las fuerzas populares- vino el motín policial.

Los policías habían mostrado durante semanas una gran indolencia e ineptitud para proteger a la gente humilde cuando era golpeada y perseguida por bandas fascistoides. Pero a partir del viernes, con el desconocimiento del mando civil, muchos de ellos mostraron una extraordinaria habilidad para agredir, detener, torturar y matar a manifestantes populares. Claro, antes había que contener a los hijos de la clase media y, supuestamente, no tenían capacidad; sin embargo ahora, que se trataba de reprimir a indios revoltosos, el despliegue, la prepotencia y la saña represiva fueron monumentales. Lo mismo sucedió con las Fuerzas Armadas. Durante toda nuestra gestión de gobierno nunca permitimos que salieran a reprimir las manifestaciones civiles, ni siquiera durante el primer golpe de Estado cívico del 2008. Y ahora, en plena convulsión y sin que nosotros les preguntáramos nada, plantearon que no tenían elementos antidisturbios, que apenas tenían 8 balas por integrante y que para que se hagan presentes en la calle de manera disuasiva se requería un decreto presidencial. No obstante, no dudaron en pedir/imponer al presidente Evo su renuncia rompiendo el orden constitucional. Hicieron lo posible para intentar secuestrarlo cuando se dirigía y estaba en el Chapare; y cuando se consumó el golpe salieron a las calles a disparar miles de balas, a militarizar las ciudades, asesinar a campesinos. Y todo ello sin ningún decreto presidencial. Para proteger al indio se requería decreto. Para reprimir y matar indios sólo bastaba obedecer lo que el odio racial y clasista ordenaba. Y en sólo 5 días ya hay más de 18 muertos, 120 heridos de bala. Por supuesto, todos ellos indígenas.

La pregunta que todos debemos responder es ¿cómo es que esta clase media tradicional pudo incubar tanto odio y resentimiento hacia el pueblo, llevándola a abrazar un fascismo racializado y centrado en el indio como enemigo?¿Cómo hizo para irradiar sus frustraciones de clase a la policía y a las FF. AA. y ser la base social de esta fascistización, de esta regresión estatal y degeneración moral?

Ha sido el rechazo a la igualdad, es decir, el rechazo a los fundamentos mismos de una democracia sustancial.

Los últimos 14 años de gobierno de los movimientos sociales han tenido como principal característica el proceso de igualación social, la reducción abrupta de la extrema pobreza (de 38 al 15%), la ampliación de derechos para todos (acceso universal a la salud, a educación y a protección social), la indianización del Estado (más del 50% de los funcionarios de la administración pública tienen una identidad indígena, nueva narrativa nacional en torno al tronco indígena), la reducción de las desigualdades económicas (caída de 130 a 45 la diferencia de ingresos entre los más ricos y los más pobres); es decir, la sistemática democratización de la riqueza, del acceso a los bienes públicos, a las oportunidades y al poder estatal. La economía ha crecido de 9.000 millones de dólares a 42.000, ampliándose el mercado y el ahorro interno, lo que ha permitido a mucha gente tener su casa propia y mejorar su actividad laboral.

Pero esto dio lugar a que en una década el porcentaje de personas de la llamada “clase media", medida en ingresos, haya pasado del 35% al 60%, la mayor parte proveniente de sectores populares, indígenas. Se trata de un proceso de democratización de los bienes sociales mediante la construcción de igualdad material pero que, inevitablemente, ha llevado a una rápida devaluación de los capitales económicos, educativos y políticos poseídos por las clases medias tradicionales. Si antes un apellido notable o el monopolio de los saberes legítimos o el conjunto de vínculos parentales propios de las clases medias tradicionales les permitía acceder a puestos en la administración pública, obtener créditos, licitaciones de obras o becas, hoy la cantidad de personas que pugnan por el mismo puesto u oportunidad no sólo se ha duplicado -reduciendo a la mitad las posibilidades de acceder a esos bienes- sino que, además, los “arribistas”, la nueva clase media de origen popular indígena, tiene un conjunto de nuevos capitales (idioma indígena, vínculos sindicales) de mayor valor y reconocimiento estatal para pugnar por los bienes públicos disponibles.

Se trata, por tanto, de un desplome de lo que era una característica de la sociedad colonial: la etnicidad como capital, es decir, del fundamento imaginado de la superioridad histórica de la clase media por sobre las clases subalternas porque aquí, en Bolivia, la clase social sólo es comprensible y se visibiliza bajo la forma de jerarquías raciales. El que los hijos de esta clase media hayan sido la fuerza de choque de la insurgencia reaccionaria es el grito violento de una nueva generación que ve cómo la herencia del apellido y la piel se desvanece ante la fuerza de la democratización de bienes. Así, aunque enarbolen banderas de la democracia entendida como voto, en realidad se han sublevado contra la democracia entendida como igualación y distribución de riquezas. Por eso el desborde de odio, el derroche de violencia; porque la supremacía racial es algo que no se racionaliza, se vive como impulso primario del cuerpo, como tatuaje de la historia colonial en la piel. De ahí que el fascismo no sólo sea la expresión de una revolución fallida sino, paradójicamente también en sociedades postcoloniales, el éxito de una democratización material alcanzada.

Por ello no sorprende que mientras los indios recogen los cuerpos de alrededor de una veintena de muertos asesinados a bala, sus victimarios materiales y morales narran que lo han hecho para salvaguardar la democracia. Pero en realidad saben que lo que han hecho es proteger el privilegio de casta y apellido.

El odio racial solo puede destruir; no es un horizonte, no es más que una primitiva venganza de una clase histórica y moralmente decadente que demuestra que, detrás de cada mediocre liberal, se agazapa un consumado golpista.

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Independencia de Cataluña. No hay solución

Vamos hacia una nueva fase del conflicto; será mucho más dolorosa. Decenas de presos políticos, recorte de libertades en toda España, frustración y miedo serán la tónica cotidiana, con momentos puntuales de seminsurrección.

Seis de diciembre de 2018. Décimo aniversario del asesinato de Alexis Grigoropoulos a manos de un policía. Como cada año, miles de jóvenes se manifiestan y protagonizan durísimos disturbios contra la policía en Exarjia, el barrio ateniense donde mataron a Alexis. Cuando la marcha entra en el barrio prenden las barricadas. Las han erigido varias horas antes de que empiece la manifestación. Todos los accesos a Exarjia están bloqueados menos uno, para que la manifestación pueda entrar. Se bloquea después. En la calle Andrea Metaxa hay un coche volcado ardiendo; estaba abandonado y lo habían aparcado allí días antes. En Trikoupi han montado un andamio de dos pisos que tiene sacos de cemento en la base. En Ikonomou hay decenas de neumáticos atravesados por dos cables de acero fijados a los edificios. Parece que cada calle compite por la mejor decoración, como en Fiesta Mayor. No son barricadas hechas con lo primero que encuentran a mano.

Aunque desde fuera los encapuchados parecen una masa, la multitud está formada por grupos de diez o quince personas. Cada grupo tiene un nombre en clave, lo gritan continuamente cada vez que se mueven para no perderse. Aunque la mayoría van de negro de los pies a la cabeza, muchos grupos llevan distintivos en el brazo para identificarse entre sí. Pasamontañas, cascos y máscaras antigás. Cada grupo tiene varias cajas con decenas de molotovs cerca de su barricada. Dos chavales con barras de acero custodian cada punto de abastecimiento. Los encapuchados cogen un molotov en cada mano, se acercan a la barricada, los lanzan por turnos y el grupo entero retrocede unos metros. Siempre hay dos o tres vigilando los laterales. Tiran piedras o botellas de plástico rellenas de gasolina y pequeños Campingaz a los que han fijado petardos con cinta americana.

El follón dura horas, pero todo el mundo sabe que, tarde o temprano, la policía logrará entrar al barrio. Lo hace a base de lacrimógenos, granadas flash, cañones de agua. Cuando consiguen romper las barricadas, entran en tromba por todas las calles a la vez. Da miedo. Aunque parezca increíble, cuando la policía accede al centro del barrio, miles de encapuchados se han esfumado. Los policías miran con desconfianza hacia los portales. Saben que están allí, pero ¿dónde? Desde algunas azoteas caen los últimos molotov, la policía realiza un par de detenciones a chavales despistados que no han sabido dónde meterse.

Lo que acabo de describir es un disturbio organizado. Lo de Catalunya estos días es un estallido de rabia. Muy duro, como se vio en Urquinaona el viernes 18 de octubre, pero completamente diferente a una estrategia decidida y planificada por colectivos bien organizados. Llevo una semana preguntándome si los periodistas y los policías que aseguran circunspectos que en Catalunya nos hallamos ante “el estallido de violencia más grave protagonizado por profesionales de la violencia” se lo creen. Me pregunto si lo dicen porque nunca han visto ni han investigado lo que pasa en otros lugares o si quieren engañar para justificar la brutalidad policial.

La diferencia entre lo que ves en la calle y lo que dicen por la tele es uno de los factores que ha azuzado el fuego esta semana. Miles de personas han grabado con el móvil lo que les pasaba a sus amigas; no tenían nada que ver con lo que luego les contaban los medios.

PARADOJAS IRRESOLUBLES

Esa distancia con el relato mediático ahonda la brecha. Una brecha que ya no se puede coser. Catalunya y España se han separado. Son países diferentes. Da igual si te sientes español, catalán, catalán y español o mediopensionista: las realidades políticas de ambos territorios son completamente diferentes y negarlo no sirve de nada. Yo no soy independentista, nunca lo he sido. Pero eso no me impide ver la realidad. España y Catalunya piensan diferente respecto a la autodeterminación, la sentencia del Procés, las medidas políticas necesarias, las soluciones posibles, la represión y la representación política. Son escenarios construidos por oposición que no dialogan entre sí porque son incompatibles. La mitad de Catalunya no es independentista, me dirán. Pero incluso esa mitad contempla como posibles propuestas que en España son marginales. Catalunya y España no se han separado porque en Catalunya todo el mundo sea ‘indepe’ y en España todos sean fachas, sino porque lo que en Catalunya podría ser un consenso de mínimos —referéndum de autodeterminación, proceso constituyente, federalismo— en España no es ni planteable.

Constatar esto no implica vislumbrar una solución. Es más, probablemente ha llegado el momento de reconocer que no hay solución. En Catalunya hay un amplio consenso a favor del derecho a decidir, pero eso da igual: el Estado no lo va a permitir. Punto. No es porque lo diga la ley, eso es completamente secundario. Es porque la correlación de fuerzas es claramente favorable al Estado, que puede permitirse manifestaciones gigantescas, huelgas generales, disturbios y tsunamis sin que ello suponga la quiebra del contrato social fuera de Catalunya. Es más, cuanto más dura sea la represión contra el independentismo, mayor cohesión política suscitará el gobierno de turno.

Aquí radica la paradoja irresoluble: la única forma de ejercer la autodeterminación sería cambiando España. Y esto nos plantea a su vez otras dos paradojas irresolubles. Una: si Podemos, IU y Más País ponen ahí el acento, si de verdad prometen lo que querrían prometer, nunca ganarán las elecciones. Sería un gesto inútil. Dos: pedir a los independentistas que se centren en cambiar España antes de cambiar Catalunya es pedirles que dejen de ser independentistas. No va a pasar.

Vamos hacia una nueva fase del conflicto; será mucho más dolorosa. Decenas de presos políticos, recorte de libertades en toda España, frustración y miedo serán la tónica cotidiana, con momentos puntuales de seminsurrección. Influjo, reflujo y pocos cambios reales. Me gustaría ser más optimista, pero el mundo es una mierda. España y Catalunya también.

Por Hibai Arbide Aza

2019-10-29 10:02

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Domingo, 27 Octubre 2019 05:49

Nueva jornada de protestas en Barcelona

Manifestantes catalanes independentistas marchan el sábado en Barcelona.Foto Ap

Madrid. El movimiento independentista catalán se volvió a movilizar contra la sentencia del Tribunal Supremo (TS), que dicto penas hasta de 13 años de cárcel a nueve de los principales dirigentes políticos que impulsaron la declaración unilateral de independencia de octubre de 2017.

Unas 350 mil personas, según la Guardia Urbana, se volcaron a las calles en Barcelona con pancartas que decían: "Libertad".

Al finalizar la concentración hubo enfrentamientos, cuando jóvenes separatistas intentabaron llegar a la jefatura superior de policía de la Vía Laietana.

Los manifestantes mantuvieron su exigenia de libertad inmediata para sus dirigentes, y que puedan regresar al país los otros líderes que huyeron para evadir al tribunal español, entre ellos el ex presidente Carles Puigdemont, quien capitaneó el proceso fallido de secesión.

Se demandó respeto al derecho a la autodeterminación y se cantaron las habituales consignas contra el Estado español, la policía y los medios de comunicación.

El propio presidente de la Generalitat, Quim Torra, se puso al frente de la protesta para advertir una vez más que "la autodeterminación no tiene retorno".

Torra, además, se reunió con representantes de 800 municipios catalanes, todos separatistas, para insistir en que su camino hacia la secesión es imparable e inminente.

"Nuestro compromiso con la autodeterminación ya no tiene retorno. El rechazo a la represión y a la sentencia debe ser implacable. Pero no es suficiente: ahora más que nunca no podemos desfallecer, pues estamos en un momento clave. Sólo juntos tendremos la fuerza suficiente para acabar lo que empezamos."

Miles se movilizan con Vox

En Madrid, el partido de extrema derecha Vox organizó un encuentro multitudinario en la Plaza de Colón, donde acudieron miles de personas al llamado de defender la "unidad de España" y pasar a la ofensiva contra el secesionismo catalán, con reiterados mensajes a favor de encarcelar a todos los dirigentes políticos nacionalistas y hasta de proscribir a los partidos que defiendan la independencia.

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Jueves, 03 Octubre 2019 06:01

Fragmentos de un espejo roto

Fragmentos de un espejo roto

La independencia de las provincias de Centroamérica fue proclamada el 15 de septiembre de 1821 en el Palacio Nacional de Guatemala, en una encerrona de próceres temerosos del futuro que se apresuraba delante de sus ojos. Guatemala era entonces asiento de la Capitanía General, desde donde se gobernaba el destino de seis provincias, contando Chiapas, las que, tras el derrumbe silencioso del gobierno colonial, no volvieron a avenirse nunca, dominadas por las discordias entre liberales y conservadores.

En Centroamérica, desde entonces un traspatio, la independencia llegó como una carambola, después que en otros países del continente, México, Venezuela, Colombia, Argentina, Chile, culminaban, o estaban por culminar, las grandes epopeyas bélicas que dieron a la historia latinoamericana nombres como los de Miranda, Bolívar, San Martín, Sucre, O’Higgins.

Hay distintas maneras de contar la historia, y por tanto, de fijar las fechas de las celebraciones. Las bisagras del imperio colonial comienzan a aflojarse en 1808, cuando España cae bajo la férula del imperio napoleónico y en América, gran paradoja, la chispa de la independencia se enciende con proclamas de defensa de la legitimidad del reinado de Fernando VII, depuesto por los franceses. El Cabildo de Caracas, para dar un solo ejemplo, se proclama como la "Junta Suprema Conservadora" de los derechos de aquel monarca tan dual, al que la historia llama indistintamente "El Deseado" y "El rey felón".

Tras la proclama de la independencia, los próceres tenían el oído puesto en el destino de México, el vecino poderoso de entonces, y pocos meses después de la firma del acta oficial del 15 de septiembre de 1821, temerosos de quedarse solos, corrieron a anexar a las recién independizadas provincias al imperio de Agustín de Iturbide, que no tardó en fracasar. Chiapas se integró a México independiente en 1823.

La independencia centroamericana cayó como una fruta madura del viejo árbol colonial. Fue el resultado de un trámite burocrático confuso, aceptado en algunas de las provincias, rechazado en otras; o, como ocurrió en León, Nicaragua, la dualidad: las autoridades suscribieron el "acta de los nublados", que proclamaba la independencia de España, "hasta tanto que se aclaren los nublados del día".

El acta del 15 de septiembre lleva a la cabeza la firma del capitán general don Gabino Gaínza, quien no hacía sino cambiar de casaca. De gobernador español, pasaba a jefe del gobierno independiente, y los firmantes que concurrieron con él, tenían, en su mayoría, una impecable hoja al servicio de los intereses coloniales, ya agónicos para entonces en todo el continente.

En el primer punto del acta se explica, con diáfana claridad, la razón fundamental para que aquellos que representaban el poder de la corona se lo transfirieran a ellos mismos convertidos en autoridades republicanas. Ese primer punto dice, de manera textual, que se declara la independencia "para prevenir las consecuencias, que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo". Más claro no canta el gallo de la historia.

Sin embargo, si el acta del 15 de septiembre se firmó sin costo de sangre, alentó las disensiones y las disputas intestinas. La sangre habría de derramarse abundantemente después en continuas guerras intestinas entre criollos y mestizos, que buscaban mantener viva la nueva República Federal proclamada en 1824, y los conservadores monárquicos, que rechazaban la federación como un plan de los francmasones. Y estas guerras vinieron a sellar nuestra suerte definitiva: la de ser, hasta ahora, pedazos sueltos de un todo común. Una frustración que no cesa.

El verdadero prócer de este sueño imposible que se llama Centroamérica fue el general Francisco Morazán, empeñado a lo largo de una década en unir los fragmentos dispersos y darle a la región una entidad política federal, hasta que murió fusilado en Costa Rica en 1842. Luego, cada pequeño país cogió su propio camino.

Desde la independencia hemos vivido bajo la regla de oro que Giuseppe de Lampedusa expresa en El Gatopardo, muy siciliana y muy universal: “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie…”

Casi ya dos siglos de historia independiente en una región fragmentada, y tantas veces olvidada, que se sitúa lejos de cualquier asomo de entidad o unidad política, y donde los vínculos geográficos, históricos y culturales resultan siempre apartados por intereses espurios; una crónica cortedad de miras, que en pleno siglo XXI deja la modernidad, que implica el desarrollo integral y la justicia social, en una lejana quimera.

La pregunta de si somos una nación, o queremos serlo, ni siquiera está planteada. Los discursos retóricos y demagógicos sobran. Los organismos de integración son decorativos, un parlamento, una corte de justicia, tal como si para construir una casa se comenzara por el techo, sin tener primero los cimientos.

En lugar de próceres, como Morazán, lo que hemos tenido son ilusionistas de oficio. Y continuamos mirándonos en los fragmentos de un espejo roto.

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Lunes, 19 Agosto 2019 06:58

Romper cadenas

Durante una protesta de la ultraderecha que se llevó a cabo el fin de semana en un parque de Portland, Oregon, los asistentes hacen una señal de Ok, gesto que al parecer tiene connotaciones con la supremacía blanca.Foto Afp

Este mes marca el aniversario 400 del inicio de la migración forzada a Estados Unidos, cuando en agosto de 1619 un buque apareció frente las costas de Virginia con más de 20 esclavos africanos originarios de Angola. Estos primeros esclavos fueron aparentemente robados por piratas de un barco español que iba rumbo a México y que los había recibido, a su vez, de los portugueses, imperios que lucraron no sólo con los recursos naturales de otros países, sino también con el gran negocio de secuestros y compraventa de seres humanos.

Eran los primeros de los 400 mil a 600 mil esclavos transportados de África a Estados Unidos, alrededor de 5 por ciento del total de aproximadamente 12 millones de esclavos originarios de África que fueron comercializados por los europeos en la migración masiva forzada más grande de la historia hasta la Segunda Guerra Mundial.

Para 1860, justo al estallar la Guerra Civil (que entre otras cosas llevó a la abolición de la esclavitud después de casi 250 años), la población esclava estadunidense era de casi 4 millones, 13 por ciento de la población total. Esta historia, esta migración forzada, en cadenas, fue parte integral de la creación de este país que desde sus inicios se ha proclamado como el faro mundial de la libertad.

"Sí, todos nuestros ancestros llegaron en barco a este país, pero algunos arribaron por su propia voluntad en las cubiertas de los barcos; otros, involuntariamente, encadenados en las bodegas de carga debajo", solía recordar el reverendo Jesse Jackson sobre los orígenes de Estados Unidos.

Fue la mano de obra esclava la que generó gran parte de la riqueza de las 13 colonias y que sentó las bases económicas del país que surgió oficialmente con la Declaración de Independencia de 1776. Por ello, algunos historiadores afirman que la fecha de nacimiento real de este país es 1619, cuando apareció ese barco con los primeros esclavos que fueron vendidos a los colonialistas ingleses.

Los orígenes de este país se construyen sobre el robo y genocidio contra los indígenas de estas tierras, y por la mano de obra de esclavos africanos. Por lo tanto, algunos historiadores recuerdan una y otra vez que el cuento de un país basado en los conceptos nobles escritos en su Declaración de Independencia (redactada por Thomas Jefferson, dueño de esclavos) y poco después en su Constitución, proclamando una nación basada en la libertad, la igualdad ante la ley, y la libre determinación de sus habitantes es en parte mentira. Ocho de los primeros 12 presidentes de esta república eran dueños de esclavos.

Hoy día, 400 años después, los afroestadunidenses (en gran parte descendientes de los esclavos) son 13 por ciento de la población, y por múltiples indicadores socioeconómicos, aún los más oprimidos de estas tierras. Los hogares afroestadunidenses tienen 10 centavos en riqueza por cada dólar en hogares blancos; el ingreso medio de los blancos es 10 veces más que el de los negros (Pew Research). Hoy día hay más afroestadunidenses encarcelados o bajo algún tipo de supervisión judicial en Estados Unidos, que esclavos en 1850 (Prof. Michelle Alexander, autora de The New Jim Crow). Los hombres afroestadunidenses corren mucho mayor riesgo de ser asesinados por la policía que los varones blancos (Academias Nacionales de Ciencias).

Son las luchas de resistencia y liberación que iniciaron tambien hace cuatro siglos –las de los indígenas, los afroestadunidenses, las mujeres y subsecuentes olas de inmigrantes– las que han exigido que este país, el cual han construido, cumpla con sus promesas de libertad y democracia. Por eso mismo, no se puede reducir a Estados Unidos a un país de "gringos"; no todos comparten el mismo origen, la misma experiencia y ni la misma cultura.

Toni Morrison, la gran escritora afroestadunidense premio Nobel, quien falleció el 5 de agosto, escribió en The New Yorker poco despues de las elección de 2016 que parte del voto por Trump fue "no tanto por ira, sino por estar aterrorizados" de que están perdiendo su "privilegio blanco".

No hay manera de entender el presente estadunidense sin tomar en cuenta este conflicto histórico y las luchas por romper cadenas, algo tan antiguo como este país.

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Trump se viene arriba y celebra el 4 de julio más militarizado que se recuerda

Rodeado de tanques y con un discurso con pausas para presenciar el sobrevuelo de diferentes tipos de aviones militares, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, presumió del potencial militar en la celebración del Día de la Independencia del país en Washington.

"Durante más de 65 años, ninguna fuerza aérea enemiga ha logrado matar a un solo soldado estadounidense. Porque el cielo pertenece a Estados Unidos", se jactó Trump en un discurso frente al Monumento al expresidente Abraham Lincoln. También aseguró que el Ejército estadounidense está formado por "los mejores soldados de la Tierra".

"Al reunirnos este atardecer en la alegría de la libertad, recordamos que todos compartimos un patrimonio extraordinario. Juntos, somos parte de una de las mejores historias jamás contadas: la historia de Estados Unidos", apuntó.

Pese a que se había especulado con que Trump politizaría su discurso, el mandatario no se salió prácticamente de un guión centrado en ensalzar episodios y logros históricos de las Fuerzas Armadas del país.

El acto Saludo a Estados Unidos organizado por la Casa Blanca contó con la presencia de varios aviones y helicópteros militares que sobrevolaron la explanada del National Mall, uno de los lugares más emblemáticos de Washington.

Trump alabó también el "espíritu estadounidense que envalentonó a los padres fundadores", el grupo que lideró la Revolución de las Trece Colonias contra la Corona Británica y participó en la fundación de Estados Unidos en 1776. "Hasta el día de hoy, ese espíritu corre por las venas de cada patriota estadounidense. Vive en todos y cada uno de vosotros", señaló.

"Mientras nos mantengamos fieles a nuestra causa, mientras recordemos nuestra gran historia, y mientras no dejemos de luchar por un futuro mejor, entonces no habrá nada que Estados Unidos no pueda hacer", continuó Trump, que recibió un fuerte aplauso de sus seguidores.

Y entre esas cosas que Estados Unidos puede hacer está la de volver a la Luna y llegar a Marte, según anunció, a su estilo, Trump: "Vamos a ir otra vez a la Luna pronto, y plantaremos la bandera de Estados Unidos en Marte pronto", dijo. Trump no ofreció más detalles al respecto, pero aseguró que para los estadounidenses "no hay nada imposible", una frase que provocó un fuerte aplauso de los asistentes

Trump ya pidió en abril de 2017, tres meses después de asumir el cargo, que la NASA acelerara "un poco" sus planes de exploración espacial, cuya meta es enviar humanos a Marte en la década de 2030, para que un estadounidense pise el planeta rojo durante su primer mandato o, "en el peor de los casos", en un eventual segundo. 

El acto quedó empañado por la alta seguridad del Servicio Secreto y las vallas metálicas instaladas alrededor del icónico monumento a Lincoln, que fueron el centro de las críticas en las redes sociales, donde se recordó que hasta este año era posible sentarse en sus escaleras el 4 de julio para presenciar los fuegos artificiales.

Como cada año, miles de familias se congregaron en la explanada del National Mall de Washington a lo largo del día vistiendo todo tipo de piezas de ropa con los colores de la bandera estadounidense —rojo, azul y blanco—, aunque la intermitente lluvia alejó a muchas personas, según medios locales. 

Uno de los episodios más tensos de la jornada se vivió hoy enfrente de la Casa Blanca, cuando un hombre quemó una bandera estadounidense y fue detenido por el Servicio Secreto estadounidense, de acuerdo a medios locales.

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05/07/2019 09:48 Actualizado: 05/07/2019 09:50

Público | efe

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