El libremercadismo retrocede en chancletas

La crisis desatada por el coronavirus obligó a replantear políticas

Desde las principales usinas de formación de pensamiento económico comenzó a bajar un mensaje contundente en favor de la intervención del Estado en la economía.

“Actuar rápido y hacer todo lo que sea necesario”. Así se titula un documento editado en las últimas horas por el Centro de Investigación de Política Económica (CEPR), con sede en Londres, que reúne a 40 economistas de “alto perfil”, incluyendo a la economista en Jefe del FMI, Gita Gopinath, y a Jason Furman, ex asesor de primera de línea de la administración de Barack Obama. En el mismo sentido, el Foro Económico Mundial de Davos insta a los países a “usar la artillería pesada” y hasta aconseja la política del “helicóptero de dinero”, es decir, emitir billetes y transferirlos a la población. La OCDE, que nuclea a los países industrializados, también recomienda aplicar todo tipo de medidas de fuerte intervención estatal. El FMI y el Banco Mundial sugirieron que los Estados se olviden por un rato de aquellas viejas definiciones sobre la ineficiencia de la política pública y la bondad del libre mercado.

La agenda global de política económica tuvo un giro de 180 grados en dos meses, desde que los países comenzaron a aplicar todo tipo de medidas restrictivas con carácter sanitario, desde cancelar masivamente vuelos, cerrar fronteras y apagar casi toda la vida industrial y comercial. La inmensa corrida financiera hacia los bonos más seguros del mundo, los del Tesoro de los Estados Unidos, el impacto sobre el comercio global y el apagón de los mercados internos encendieron todas las alarmas y no dejaron otra opción que desempolvar los manuales de las crisis sistémicas del capitalismo, como pasó en 2008/2009.

El nuevo orden económico

“La recesión es una medida de salud pública necesaria. Mantener a los trabajadores alejados de su empleo y a los consumidores de sus consumos reduce la actividad económica”, explica el documento del CEPR, que muestra cómo a mayores restricciones sanitarias, más profunda es la crisis económica.

Jason Furman, ex primer asesor económico de Obama, plantea una serie de guías para los gobiernos: es mejor hacer demasiado que muy poco; usar los mecanismos existentes todo lo que se pueda; inventar nuevos programas si es necesario; no temer a la duplicación de beneficios y que la respuesta sea dinámica y persistente.

A diferencia de la crisis de las hipotecas subprime, en donde los Bancos Centrales salieron a salvar a los bancos privados y otras entidades financieras, la política monetaria no es efectiva para la actual crisis. Por más que bajen las tasas de interés y se ofrezca crédito barato, la expectativa de una crisis duradera no mueve la demanda de dinero. En cambio, asoma plenamente la necesidad de una política fiscal contundente, porque es directamente la demanda la que está afectada. Ahí es donde se levantan todos los reparos que suelen escucharse acerca de la inyección de dinero del Estado.

“Grandes gastos del Estado implican subas del endeudamiento público --ya que el Banco Central emite dinero y le presta al Tesoro--. ¿Deberíamos estar preocupados? Guerras, desastres, epidemias y fuertes crisis son ejemplos de libro de texto para llevar adelante grandes déficit fiscales y para la acumulación de deuda”, dicen Richard Baldwin (profesor de economía de la Universidad de Ginebra) y Beatrice Weder di Mauro (economista asesora del consejo de administración del UBS Group).

Desde el Foro Económico Mundial, usina del pensamiento económico dominante, replicaron un artículo en donde se insta a los gobiernos a usar la “artillería pesada”. El informe advierte que incluso “políticas no convencionales como el ´helicóptero de dinero´ deberían estar sobre la mesa”. El “helicóptero” significa emitir dinero para entregarlo a los hogares, que éstos consuman y así no se frene la rueda económica. “Los gobiernos necesitan reducir las quiebras de los individuos y las empresas, asegurar que las personas tengan dinero para seguir gastando, incluso si no están trabajando, y aumentar la inversión pública y el gasto en el sector de salud”, agrega el artículo.

El titular de la OCDE, Angel Gurría, publicó un texto en donde pide a los gobiernos lanzar planes de empleo de corto plazo, reducir requerimientos para acceder al seguro de desempleo y transferir dinero a los empleados autónomos. También recomienda diferir cobro de impuestos a las empresas, asegurar crédito para pagar sueldos y planes de apoyo especiales para las pymes del sector de servicios y turismo.

En la misma línea, el FMI publicó una especie de manual de buenas prácticas para que los gobiernos intervengan frente a la crisis. En el capítulo fiscal, indica que “los gobiernos deben proveer considerable apoyo a las personas y empresas afectadas. Los subsidios salariales pueden prevenir quiebras escalonadas, mientras que transferencias en efectivo a hogares de bajos ingresos pueden mantener los niveles de consumo”.

Publicado enEconomía
Pacientes infectados por el coronavirus esperan ser transferidos del hospital Wuhan No.5 al centro médico Leishenshan, de nueva construcción, para enfermos con COVID-19.Foto Afp

Desde 2007 sostuve que el mundo se encaminaba –con o sin ciclos Kondratiev; con o sin virus globales– a la desglobalización y a regionalismos geoeconómicos (https://bit.ly/2TuQUxa).

Los tratados comerciales de Obama han sido sepultados por Trump: TISA (servicios globalizados); TPP (Asociación Transpacífico); TTIP (Asociación Transatlántica).

El Brexit y su "nacionalismo anglosajón", al unísono del "nacionalismo económico" del trumpismo coexisten y/o compiten con tres relevantes regionalismos económicos: 1. El RCEP encabezado por China: el mayor bloque geoeconómico del planeta, por su número de países, habitantes y PIB, y al que in extremis se negó a participar India (https://bit.ly/2TtekTs); 2. La Unión Europea de 27 países que se comienza a desgajar con el ascenso de los "nacionalismos escandinavos", no se diga los de Alemania/Francia/Italia; y 3. El T-MEC encabezado por EU con Canadá y México (https://bit.ly/3axWXrJ).

La eclosión del coronavirus –más como "cisne negro" (https://bit.ly/3cqEb7e) que como "canto de cisne", blanco o negro–, solamente ahondó las fracturas tectónicas geopolíticas.

El ex gobernador del Banco Central de India, Raghuram Rajan, fanático de la globalización y del monetarismo, comentó que "la globalización de la producción será severamente golpeada" cuando la pandemia viral forzará a las empresas a relocalizar las cadenas de abasto y la producción de las instalaciones de ultramar.

Raghuram Rajan constata que la gente ha pasado de la extrema confianza en los mercados al pánico extremo en sólo una semana (https://bit.ly/2IeEG6o).

Los economistas de Bank of America alertaron a sus clientes que esperan un crecimiento global de 2.8 por ciento, el más débil desde 2009.

El Covid-19 coloca así el último clavo en el féretro de la globalización, mientras que en forma ominosa, en un artículo para la revista bimensual, de corte sionista, The National Interest, el autor israelí-estadunidense Robert Kaplan –quien formó parte del ejército de Israel, además de consultor del Pentágono y ser colaborador de Eurasia Group que controla el megaespeculador George Soros–, mueve el espectro del "neomalthusianismo" y su "mundo del coronavirus" (https://bit.ly/2IfBiIE).

Kaplan aduce que ahora hay que tomar en cuenta, a la par de la geopolítica, los factores demográficos y ambientales (léase: el coronavirus) cuando el “neomalthusianismo del siglo XXI (sic) es –y será cada vez más –uno de formaciones de masas, potencialmente llevando la política a extremos y colocando al centro político bajo amenaza”.

Según la interpretación de Robert Kaplan, Thomas Malthus "imaginó los efectos políticos de tales cosas como la enfermedad y la hambruna, y la calidad miserable de vida entre los pobres de pésima urbanización".

kaplan reinterpreta a Thomas Malthus e infiere que "un mundo más poblado tendrá una dinámica geopolítica diferente y potencialmente peligrosa" cuando las pandemias "serán el acompañamiento natural del mundo neomalthusiano".

Cabe señalar que el genio humano, ayudado por la parte bondadosa de la tecnología, desmintió hasta ahora la tesis del economista y demógrafo Thomas Malthus y su ensayo sobre El Principio de la población (https://amzn.to/2TB7BHj), de 1798, diez años más tarde de las turbulencias de la Revolución Francesa, de la cual en cierta medida fue uno de sus reflejos apocalípticos cuando vaticinó que "la población aumenta en forma geométrica mientras que el suministro de alimentos aumenta sólo en forma aritmética".

Nada nuevo. Ya Gustave Le Bon, universalista galo de varias especialidades, al estilo de Leonardo Da Vinci se adelantó en el siglo XIX a la "Psicología de las Masas"(https://bit.ly/32KfVZ8) cuya única diferencia, aparte de la brecha de dos siglos con las "masas" cibernéticas de hoy, son la velocidad y globalidad de la interacción, lo cual, a mi juicio, propenderá a su inevitable balcanización como reflejo de los regionalismos geoeconómicos y de la parusía geoestratégica de las “esferas de influencia (https://bit.ly/32KggLv)” entre las tres superpotencias EU/Rusia/China del nuevo (des)Orden tripolar (https://bit.ly/3cm4nQx).

www.alfredojalife.com

Facebook: AlfredoJalife

Vk: id254048037

Publicado enEconomía
Diálogo post Brexit: Johnson descartó un acuerdo de libre comercio con la UE  

A tres días de la salida formal del Reino Unido de la Unión Europea , de los buenos deseos mutuos y las promesas de paz y cooperación, empezaron los ladridos. De cara a la negociación sobre el futuro de la relación bilateral, el primer ministro británico Boris Johnson fue enfático al decir que no habría alineamiento regulatorio con la Unión Europea cuando termine el actual período de transición el 31 de diciembre, ni libre acceso para la pesca europea en aguas británicas. 

"No hay ninguna necesidad para alcanzar un acuerdo de libre comercio que el Reino Unido acepte la política europea respecto a subsidios, competencia, la protección social o medioambiental. Tendremos nuestra propia regulación, igual o mejor que la europea", dijo Johnson.

Unos minutos antes, en una conferencia de prensa en Bruselas que terminó superpuesta con el comienzo del discurso de Johnson, el negociador europeo Michel Barnier reafirmó una posición diametralmente opuesta respecto a las reuniones que comenzarán el 3 de marzo. 

El jefe de negociadores europeos indicó que la igualdad de reglas para un futuro tratado de libre comercio estaba contemplada en la declaración política firmada por las dos partes, que esperaba que el Reino Unido respetara la tradicional pesca europea en aguas británicas y que el Peñón de Gibraltar, cuya devolución reclama España al Reino Unido, no formaría parte de las negociaciones.

La síntesis de ambas declaraciones es que el diálogo post-Brexit empezó a los gritos y con cara de perro. Suele suceder en la apertura de toda negociación comercial que las partes expresan su posición de máxima para que cualquier concesión sea valorada y debidamente reciprocada. En este caso el problema es que el principio nodal del diálogo es una dicotomía excluyente: alineamiento o divergencia regulatoria. 

La UE exige un alineamiento regulatorio dinámico que obligaría al Reino Unido a seguir el mismo esquema regulatorio a nivel laboral, social, medioambiental, de ayuda estatal y tributario, entre otros temas. La posición británica, delineada por Boris Johnson y anticipada el domingo por el canciller Dominique Raab, es que esto no va a suceder porque el Reino Unido quiere divergir de estas normas. Según el gobierno el Brexit – la separación de la UE - no tiene sentido si el Reino Unido no puede establecer sus propias reglas.

En juego están más de ocho mil productos de un intercambio que constituye la mitad del comercio británico global a nivel industrial y agrícola en una negociación que deberá también lidiar con la pesca y los servicios, en especial el sector financiero, tan central en la economía británica. Boris Johnson quiere un acuerdo que le dé pleno acceso al mercado europeo, pero que no le impida tener un marco regulatorio propio. 

La UE ha dejado en claro desde el referendo de 2016 que eso atentaría contra la unidad del mercado común europeo que se basa precisamente en que todos los miembros respetan las mismas reglas de juego: ¿qué precedente se daría si a un ex miembro se le permite exportar con los mismos derechos que a los miembros, pero con regulaciones más laxas?

Con estos puntos de partida, se dispara la posibilidad de un “hard Brexit”, es decir que el 31 de diciembre las dos partes lleguen a acuerdos sectoriales mínimos o directamente a ningún acuerdo y que los intercambios se rijan por las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Termómetro habitual, la libra esterlina reaccionó al mediodía con una caída de un punto ante las declaraciones de Johnson y Barnier. ¿Hay posibilidades de salir de este punto de partida aparentemente inconciliable?

Los especialistas consultados por Página12 coinciden en que, a menos que una de las dos partes dé marcha atrás (y ambas tienen fuertes razones para no moverse de lugar), el 31 de diciembre llegará con un acuerdo ínfimo o sin acuerdo. “Hay que recordar que los acuerdos de libre comercio toman normalmente mucho tiempo. Es cierto que acá hay un punto de partida teóricamente promisorio porque tras 47 años en que el Reino Unido formó parte de la UE hay por el momento un pleno alineamiento regulatorio. La pregunta es qué margen hay para apartarse de eso y tener un acceso similar a los mercados. Mi propia percepción es que habrá un acuerdo limitadísimo, pero que también es muy posible que haya ningún acuerdo”, indicó a este diario Richard Whitman, experto en temas europeos y comerciales de Chatham House, uno de los “think- Tanks” más antiguos del Reino Unido.

Otro experto, Thomas Sampson, de la London School of Economics, alerta sobre el impacto económico. “Un acuerdo muy elemental es possible porque hay sectores en los que la Unión Europea no tiene ni aranceles ni cuotas para la cantidad a importar, caso de los productos farmacéuticos y libros. En cambio hay sectores fuertemente regulados donde el impacto será muy fuerte como agricultura y finanzas. Y en caso de que no haya acuerdo, hay sectores como la industria automotriz que pasarían a regirse con las reglas de la OMC con aranceles de hasta el 10% mientras que con los productos agrícolas los aranceles podrían llegar a un 80%. Esto les quitaría competitividad a estos sectores y encarecería la producción interna ya que el Reino Unido importa gran parte de sus alimentos”, señaló a Página12.

Una síntesis de este dilema sería buscar una fórmula sector por sector que combine alineamiento regulatorio y divergencia. Mientras que la industria automotriz, la aeroespacial, la farmacéutica y la de productos químicos han manifestado su deseo de mantener el alineamiento regulatorio, desde el viernes surgieron voces tanto pro-europeas como pro-Brexit que reivindicaron áreas como Inteligencia Artificial o high tech en los que la divergencia regulatoria podría ser beneficiosa para el Reino Unido .

El semanario “The Economist”, el ex primer ministro laborista Tony Blair en el campo pro-europeo y Larry Elliot, un pro-brexit de centro izquierda, editor económico del pro-europeo matutino “The Guardian, están de acuerdo sobre ese punto a pesar de que parten de premisas ideológicas muy diferentes. “El Reino Unido es uno de los líderes mundiales en Inteligencia Artificial. El primer ministro sugirió que el gobierno puede usar su libertad regulatoria para dar más ayuda estatal a este sector, algo que no estaría permitido en la regulación europea que es muy estricta respecto a la asistencia estatal. De hecho este fue en los 70 uno de los argumentos más importantes de la izquierda laborista para oponerse al ingreso a la UE. Pero además la creación del mercado común europeo no llevó a un crecimiento económico sostenido porque está muy centrado en dos obsesiones germanas: el control de la inflación y el déficit fiscal”, escribió Ellliot en su columna en el "The Guardian".

En caso de "Hard Brexit" o de acuerdos muy elementales, el modelo económico-social británico, que reformateó el Thatcherismo en los 80, podría terminar con una variante más extrema que convertirá al Reino Unido en un gigantesco paraíso fiscal con el objetivo de competir con bajos costos frente a los productos de la UE. 

La City de Londres, con su red asociada de paraísos fiscales, ya es uno de los grandes responsables de la evasión fiscal y el lavado de dinero a nivel mundial, pero ahora Boris Johnson planea la creación de 10 "freeports" que estarán en términos tributarios fuera del Reino Unido y servirán como imán para la inversión extranjera y la nacional. “El proyecto de Johnson es lo que él ha llamado un Singapur en el Támesis. Lo que quiere decir con esta frase es un lugar donde haya bajos o nulos impuestos y una degradación de la regulación laboral, medioambiental y social existente, todo lo que impactará muy fuerte en el Estado de Bienestar Social británico. Los beneficiarios serán un núcleo oligárquico nacional y extranjero. Los grandes perjudicados el resto de la población y la posibilidad de supervivencia del Estado de Bienestar. La única posibilidad que tiene Europa de evitar el impacto de esta política es adoptar una posición dura respecto al alineamiento regulatorio”, dijo a este diario John Christensen director y fundador de la organización líder de la lucha contra los paraísos fiscales Tax Justice Network.

Publicado enInternacional
Lunes, 03 Febrero 2020 06:03

La Inglaterra que entronizó a Boris

La Inglaterra que entronizó a Boris

El Brexit y la sensación de abandono de la élite de Londres alentaron el viraje conservador de viejos feudos laboristas

Un pub centenario del centro de Durham (65.500 habitantes), al noreste de Inglaterra, recibe al visitante con un sugerente mensaje: “La minería, la profesión más peligrosa del mundo, desarrolla un cierto tipo de hombre”. Los habitantes de esta región deprimida son duros, obreros y, desde siempre, laboristas hasta la médula, ya sea por creencia o por herencia. Olvidados por el establishment londinense, en 2016 votaron en masa a favor del Brexit. Y, sobre todo, dando un giro ideológico contranatura, el pasado diciembre encumbraron al conservador Boris Johnson como primer ministro. La muralla roja, como se conoce a este bastión de la izquierda, cayó en manos de los tories. Por primera vez en la historia, el muro se tiñe de azul.

A pocos kilómetros, brilla el sol en Sedgefield, un pueblo de clase media de 5.200 habitantes donde los vecinos de avanzada edad salen sigilosamente a hacer recados, a tomar el té o a comer al Dun Cow, un clásico pub con flores en la fachada en el que el primer ministro laborista Tony Blair invitó al presidente de EE UU George W. Bush a un típico fish and chips (pescado con patatas fritas, el plato nacional) justo antes de que ambos se embarcaran en la guerra de Irak, en 2003. Pese a haber sido la circunscripción del líder laborista en los años noventa, Sedgefield dio el escaño en Westminster a los tories en las pasadas elecciones por una diferencia de tan solo 4.513 papeletas. Una victoria pírrica, pero de gran calado simbólico, lo que propició la visita casi inmediata de Johnson al club de críquet local, donde echó sal en la herida laborista. Leo McCormack, el alcalde del municipio que no está adscrito a ningún partido, cree que la visita del líder tory fue “pura propaganda”. Otros creen que Sedgefield era el lugar obvio para regodearse. “Fue una manera de decir: ‘Lo siento Tony [Blair], tu idea de una Inglaterra socialista está enterrada”, ríe David Coupe, 63 años y político tory en la cercana Middlesbrough.

Como escribe en una de sus columnas Brendan O’Neil enThe Spectator, ahora “los antiguos mineros de clase obrera confían en un hombre torpe excéntrico y educado en Eton [la escuela de la alta sociedad] más que en el Partido Laborista”. Brian McGill, un antiguo minero de 83 años de manos fuertes y cara curtida, es uno de ellos. “He votado toda mi vida a los laboristas. ¡Toda mi vida!”, se lamenta. “Pero el partido no escucha la voluntad de la gente y en cambio Johnson hace exactamente lo que la gente pide”, dice en referencia al ajustadísimo resultado del referéndum de 2016, en el que el 51,9% del país optó por el portazo a la UE. “Él es el único que puede llevar a cabo el Brexit”, asevera. Más tarde añade que espera que Johnson sea premier durante más de un mandato, algo que ya auguran muchos analistas gracias a esa “pedazo de mayoría” —como repite el mandatario— que le dieron los británicos: 365 escaños de 650.

Paul Howell, de 60 años y nuevo diputado tory en Sedgefield que ahora ocupa en Westminster la silla que un día fue de Tony Blair, reconoce que muchos de los votos que le hicieron ganar en diciembre fueron “prestados” por votantes de izquierdas. “Quieren mirar al futuro y el partido laborista actual está anclado en un pasado que ya no existe”, dice mientras toma un té preparado por su esposa, Lillian. Su gata Pepsi merodea por la casa en busca de las caricias de un dueño que ahora desaparece de lunes a jueves para trabajar en la Cámara de los Comunes. “Intentaré acercar las políticas de Londres a mis votantes”, promete. Coupe explica que la gente en el noreste del país aún se siente desconectada de la capital. “¡Y mucho más de Bruselas!”. Mientras más del 60% de la región votaba a favor de irse de la UE, él votó a favor de quedarse. Ahora acepta el resultado de una consulta que tacha de error.

Abandono

A pesar de que el Brexit ha dirigido el cambio político de esta región de tres millones de habitantes y aún sumergida en el recuerdo del humo de las fábricas de hierro, acero y las minas de carbón, existe otro factor casi más relevante para que sus vecinos hayan cambiado de religión: la desconfianza hacia el actual líder laborista, Jeremy Corbyn. El alcalde de Sedgefield le votó, pero dice que en el fondo se sabía que no estaba capacitado para ser primer ministro. “Le voté para que hubiera un segundo referéndum y frenar el Brexit”, dice mientras pasea alrededor de la iglesia que corona el pueblo y junto a la que ondea la Union Jack (bandera tricolor del Reino Unido). “La gente se ha sentido ninguneada y olvidada por este laborismo”, resume. Aquí, unos y otros coinciden en que “Corbyn dio por sentado” que volvería a ganar en la muralla roja. Pero se confió. Se desentendió. Y perdió.

Los vecinos de este rincón del mundo estaban acostumbrados a estar en el candelero en un pasado que para todo el laborismo siempre fue mejor. En el pueblo minero de Trimdon (2.800 habitantes), a pocos kilómetros de Sedgefield, una gran casa de ladrillo oscuro destaca sobre las demás, apiñadas, con sábanas y ropa aireándose a la luz de un resol invernal. Su inquilino fue Blair, representante de esta región en Westminster y el primer ministro del país durante una década (1997-2007). Shirley Swalwell, de 77 años, siempre lo apoyó porque “representaba al centro”. Al hablar de Corbyn, esta empleada del hogar pone una mueca de rechazo: “Es el extremo. Representa a un pasado minero que ya no existe por aquí”.

Tras unos minutos de charla en los que Swalwell se va acomodando, admite que en diciembre también votó a los tories porque desde que Blair ya no está, la región está paralizada. “La gente se ha cansado de votar a los laboristas y ver que nada cambia”, añade McCormack. El alcalde, nostálgico, asegura que el Partido Laborista debería empezar a agrupar a toda la amplia clase trabajadora.

Muchos de los que solían trabajar en las minas están jubilados y los antiguos empleados del acero y del hierro viven ahora de indemnizaciones por despido. Aún queda en pie una fábrica de Nissan en la región. Pero poco más. Y pese a que el noreste tiene una tasa de paro del 6% —la mayor del país—, el fenómeno de los trabajadores pobres ha afectado a buena parte de la región. Como a Paul, de unos 50 años, al que le ha salido un trabajo de manitas. “Mañana trabajaré de otra cosa”, dice.

Matthew Goodwin, autor de National Populism (Pelican Books, 2018), y miembro del think tank Chatham House, augura a través de un correo electrónico que el camino que va a recorrer el laborismo para su reconstrucción será largo porque ni siquiera se ha dado cuenta aún de la dimensión de su derrota. El experto cree que el partido necesita construir un puente rojo hacia estos bastiones perdidos para recuperar los votos de la clase obrera.

Consumado el Brexit, y consumada su derrota, los laboristas entran ahora en una fase de discusión interna “fascinante”, opina el editor de política del The Northern Echo, Chris Lloyd, de 55 años, desde una redacción que huele a una mezcla deliciosa de papel, tinta y café. “Tendrán que dirimir si son de derechas o de izquierdas; si quieren estar dentro o fuera de la UE. E incluso si es un partido del norte o del sur”. Y es que lo que ocurrió hace 52 días fue un “tsunami tory”, describe. “La gente del noreste no solía votar a los conservadores porque sus antepasados [esa antigua clase obrera] se revolverían en su tumba”. Pero el Brexit lo ha puesto todo del revés.

Los diputados laboristas en Westminster procedentes de regiones como Darlington o Sedgefield estaban públicamente a favor de permanecer en la UE. En ese sentido, bloquearon una y otra vez los planes de salida que tanto Theresa May como Boris Johnson presentaban en el Parlamento. Esto no gustó a los 778.000 habitantes del noreste (frente a medio millón) que estaban decididos a salir del club europeo y empezaron a sentirse huérfanos en Londres. Su diputado ya no les representaba. Como herramienta para que se hiciera cumplir el resultado en las urnas y en protesta al abandono que sintieron por parte de Corbyn, que nunca tuvo una posición clara respecto a la madre de todas las cuestiones en el Reino Unido, votaron al único que tenía rumbo: Boris Johnson y su Get Brexit done.

“Cuando la gente dice que se quiere ir, es que se quiere ir”, ilustra Wendy Gill, de 75 años y vecina de Sedgefield, donde vive desde 1973, año en el que el país entró en la UE. Y es la tónica general. “Una vez que la gente dice ‘vamos fuera’, vamos fuera. ¡Esto es una democracia!”, exclama Howell, quien revela que en 2016, cuando aún trabajaba en el sector privado, votó a favor de quedarse en la UE. Como el primer diputado tory en la historia de Sedgefield, Howell deberá cumplir ahora con aquellos que le han prestado el voto. “Se pueden debatir muchas cosas, si el referéndum estuvo bien o mal… Pero una vez que la gente vota, ya no hay vuelta atrás”, insiste. Richard, de 25 años, hijo y nieto de trabajadores del acero en Middlesbrough, también heredó esa ideología laborista. Pero en diciembre optó por los tories. Está cansado de tanta disputa. “Salgamos [de la UE] y luego ya veremos”, opina.

De momento, la semana pasada un grupo de tories se apuntó un tanto con la inauguración de siete rutas desde el aeropuerto de Teesside, en el centro de la región. Los destinos ya sugieren la línea del Gobierno: Aberdeen (Escocia), Cardiff (Gales), Belfast (Irlanda del Norte), Dublín (Irlanda), isla de Man (entre Irlanda e Inglaterra), Southampton (una de las mayores ciudades portuarias) y Londres. “Vamos a unir al país y traer inversión a esta región que ha estado abandonada por los laboristas”, dice Peter Gibson, primer diputado tory de Darlington, tras el espectáculo en el que se convirtió el anuncio: los políticos bajando de un avión con el éxito de The Killers Brightside (El lado bueno) como banda sonora.

Pero a los tories no les basta con ganar. Ni siquiera con arrebatar bastiones a los laboristas. Se trata también de lograr consolidarse en la muralla roja, desliza Lewis Mates, profesor en la Universidad de Durham. Ello dependerá de si Johnson es capaz de cumplir sus promesas y mejorar las condiciones de vida de, por ejemplo, los que acuden habitualmente a los 2.000 food banks (bancos de alimentos) de todo el país —frente a los 55 de España— como último recurso para subsistir en este país, la segunda economía europea.

Empobrecimiento

“Si el actual Gobierno no tiene un plan inteligente para mitigar los efectos del Brexit, regiones como el noreste van a sufrir muchísimo más” que el resto, vaticina Mates. El PIB per cápita aquí es de 28.500 euros frente a los 58.300 de Londres. El noreste es la región más pobre de Inglaterra, y la tercera del Reino Unido, solo por delante de Gales e Irlanda del Norte. El experto culpa del empobrecimiento a la Tercera Vía de Blair y Anthony Giddens por la que “hicieron creer que la clase media era más grande de lo que realmente era”. El efecto fue, según él, que los más vulnerables quedaron en el olvido.

Los motores económicos del noreste se empezaron a apagar hace décadas: primero, las minas de carbón; luego, el hierro y el acero. Es el dinero público lo que se echa en falta. “Esta región lleva sufriendo desde los años setenta”, revela con marcado acento norteño el exmarine Stuart Hudson, de 55 años y ahora encargado del mayor almacén de comida de la región. Según Trussell Trust, la ONG paraguas de los bancos de alimentos, el 87% de los beneficiarios son nacidos en el Reino Unido. “Británicos blancos”, añade Hudson.

En Newcastle, Chris, de 40 años, en el paro desde hace un lustro y padre de una niña pequeña, recibe y también ayuda a dar comida a gente —35.000 personas solo en este banco en 2019— que no se siente arropada ni por Londres, ni por Bruselas. “Los bancos de alimentos y sus causas son inaceptables”, opina Howell, que asegura afrontará esta crisis durante su mandato como diputado en Londres. Kelly, 37 años, tres hijos y maltratada hasta haber sido apuñalada por su primer marido, llora tras recoger su comida: “La política me da asco”. Brian Le Fevre lleva un par de años como voluntario y confiesa que ver esta realidad fue “un shock”.

Mientras, en el arcén de la autovía que recorre esta región, una joven vende café y hamburguesas desde una caravana. Robert, de 31 años, reconoce asomado a la ventanilla de su camión que tampoco le interesa la división izquierda-derecha, pero tiene claro que a él le irá mejor fuera de la UE. “Take back control”, sonríe. Un lema que, junto al también pegadizo Get Brexit done —ambos ideados por Dominic Cummings, el estratega número uno del primer ministro y oriundo de esta zona—, es ya una realidad con Johnson entronizado en el número 10 de Downing Street.

Por BELÉN DOMÍNGUEZ CEBRIÁN (ENVIADA ESPECIAL)

Sedgefield (noreste de Inglaterra) 3 FEB 2020 - 02:34 COT

Publicado enInternacional
Estamos ante un tiempo para soñar y tomar alientos de construir en conjunto

Palabras de apertura a la presentación de libros a dos voces, en Intercambio de saberes, entre Arturo Escobar y Carlos Eduardo Maldonado; evento llevado a cabo el pasado 30 de agosto en las instalaciones de la Institución Educativa Distrital Camilo Torres de Bogotá.

 

Una civilización está muriendo ante nuestros ojos. En medio de su profunda crisis, el capitalismo se torna más violento y agresivo con la humanidad y con la naturaleza toda; no es casual por tanto que cada día que pasa aumente la xenofobia, el racismo, los feminicidios, las desapariciones, las muertes violentas, las guerras locales como expresión de confrontación de las potencias en cuerpos ajenos, las angustias y los malestares de la sociedad; cada día que pasa, con la extracción de agua de bolsones acumulados por la naturaleza por milenios, con el extractivismo y otros métodos y mecanismos que pretenden hacer rendir más a la madre tierra, la llevan hasta el límite.

 

De igual manera, los depredadores de la vida levantan muros y todo tipo de obstáculos para impedir el ingreso a sus territorios de los indeseables procedentes de los países periféricos, militarizan los campos y las ciudades, estimulan el fortalecimiento de los nacionalismos y de las derechas, haciendo de la democracia un simple formalismo electoral. Recursos todos estos con los cuales el desahuciado hace hasta lo imposible por seguir con vida en el planeta, controlándolo.

 

Mientras tanto, en la vida diaria que muchas veces se siente vacía, sin sentido y caótica, donde se impone el individualismo y la dispersión social, muchos y muchas empiezan a sentir que esta realidad no es la que desean vivir, que la vida debe tomar otro sentido, y que ese nuevo horizonte debe empezarse a construir aquí y ahora. Un nuevo mundo ya está naciendo.

 

Todo esto ocurre a pesar de vivir un tiempo que hace un siglo era difícil de imaginar. Contamos –como especie– con la mayor revolución científica de toda la historia, a la par de la cuarta revolución industrial. Avances posibles, únicamente, por el trabajo realizado por el conjunto de quienes habitamos el planeta, pero que, privatizados, terminan favoreciendo a unos pocos. Como es lógico, estos bienes no deben ser privados sino, por el contrario, deben pertenecerle a toda la humanidad.

 

Con los avances que tenemos en estos momentos, si estuvieran al servicio del conjunto humano, nuestra especie podría dejar de padecer angustias y alcanzar la vida digna y plena, pues con la tecnología actual, que entre otras maravillas ha permitido la socialización del conocimiento, podríamos eliminar el analfabetismo del mundo, así como visibilizar todas las culturas y saberes no occidentales como bases fundamentales para crear y construir ese otro mundo que ya está naciendo.

 

Con estos avances, el trabajo podría dejar de ser una carga para convertirse en un espacio para la realización de cada uno, pues con el nivel actual de producción es posible llegar en poco tiempo a una distribución equitativa de alimentos y riquezas, así como a una drástica reducción de los horarios de trabajo, por ejemplo a dos o tres horas diarias, dejando así tiempo para la imaginación, el goce, el trabajo libre y experimentar con ello la vida digna, y así reconstruir el planeta.

 

Para así avanzar, es cuestión de poder y democracia. Para esta, es la primera vez que la humanidad cuenta con las bases materiales y culturales para consolidar la democracia real, radical, plebiscitaria, donde la política deje de ser una actividad de políticos profesionales y pasemos a un momento donde las decisiones de la economía, educación, ciencia, cultura, salud, ordenamiento territorial, y toda la complejidad de la vida misma, sean decididas en colectivo.

 

Es un sueño y un reto, ante una realidad compleja. Es claro que para llegar a esta victoria de la especie humana es necesario dejar a un lado al capitalismo. Es tiempo, por tanto, de imaginar y trabajar por construir otras relaciones humanas –horizontales, antipatriarcales, anticoloniales– que permitan llegar al postcapitalismo.

 

Esta es una tarea para la sociedad en su conjunto y un reto especial para los movimientos sociales, que debemos empezar a construir alternativas políticas más allá del Estado-nación, pues la historia demanda una ruta y un método nuevo para por fin hacer real el propósito universal de vida digna.

 

Los aportes que sobre este particular nos hacen los profesores Arturo Escobar y Carlos Eduardo Maldonado, son referentes, argumentos, tesis, proposiciones, que debemos empezar a problematizar, cuestionar, debatir. Pues son aportes para seguir en la tarea de esos otros mundos posibles, que ya están naciendo.

Sean bienvenidos a este encuentro que nos permitirá imaginar otros mundos posibles, mundos que no deben quedar únicamente en teorías y literatura, sino que, por el contrario, debemos empezar a construir y materializar aquí y ahora.

Publicado enEdición Nº250
Jueves, 23 Agosto 2018 15:05

Sobre la guerra y el nacionalismo

Sobre la guerra y el nacionalismo

En medio de la disolución de la antigua Yugoslavia en la década de 1990, la península balcánica europea asistió al auge más tremendo del nacionalismo jamás visto después de la Segunda Guerra Mundial.

 

El horror que el mundo vio en el periodo de expansión de la ideología Nazi y que generó millones de muertes atroces, fue recordado en Sarajevo, capital de Bosnia, cuando las fuerzas militares y paramilitares serbias atacaron durante algunos años territorio bosnio escudándose en la defensa de sus valores nacionales y de su pueblo. El 28 de junio de 1914, la misma ciudad de Sarajevo había sido testiga del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, quien horas después de un atentado con un artefacto explosivo a su paso por una de las calles de la ciudad, del cual resultó ileso, fue abaleado en otra de las calles del mismo lugar, muriendo instantáneamente, al igual que su esposa quien también recibió impactos de bala. Este hecho fue la excusa para desatar uno de los primeros conflictos bélicos del siglo XX, con amplia resonancia e impacto sobre buena parte del mundo durante casi todo el siglo XX.

 

Nuestra intención aquí no es relatar paso a paso los hechos acaecidos durante la Primera Guerra Mundial que en noviembre próximo cumple 100 años desde su finalización. Más bien, aprovechamos este suceso para cuestionar el fenómeno de la guerra y la noción de nacionalismo.

 

La guerra siempre ha sido un fenómeno hostil. Hasta ahora, entre los seres humanos, ha sido fácil traducir el conflicto, que les es inherente a través de la diferencia, en términos de confrontación bélica. La historia de la humanidad ofrece muchos registros de esta actitud y despliegue ofensivo contra el otro de diversas formas: religiosamente, políticamente, racialmente, etcétera. No es gratuito que la preocupación por la guerra haya sido frecuente entre las mentes más brillantes de cada época.

 

Las respuestas ante este fenómeno han estado siempre sobre la mesa, desde los griegos y hasta nuestros días, el fenómeno de la guerra ha tenido un espacio en medio de las discusiones conceptuales más agudas, de los dramas políticos más tensos y hasta en medio de tiempos de relativa tranquilidad, pues a la paz la han definido casi siempre como aquel estado donde ocurre la ausencia de guerra. Como vemos, esta última ha sido uno de los eventos estructurales que ha acompañado el desarrollo de la historia de Occidente. Desde Aristóteles y su preocupación por la Constitución de los atenienses, pasando por Maquiavelo y su idea de la regulación del conflicto a través de instituciones como el Tribuno del pueblo para regular el conflicto entre gobernantes y gobernados, hasta nuestros días y los esfuerzos democráticos por evitar la confrontación armada, paradójicamente, en medio de ella.
Colombia y su contexto de violencia –situación especialmente importante para nosotros– ha tenido tiempos de guerra donde las cifras siempre asustan, más allá de que muchas veces se conviertan, para la mayoría, en un asunto de producción natural de la muerte.

 

Los excesos que acompañan a la guerra se han vuelto tan familiares en nuestro contexto que ya no sorprenden los relatos de las víctimas por más desgarradores que sean, tampoco el testimonio físico de las heridas que deja a su paso toda confrontación con las armas.

 

Además de este proceso de naturalización del horror, la guerra también puede ser invisible, o por lo menos, escudarse en medio de la ausencia formal de ella, pues luego de la finalización oficial del conflicto armado colombiano entre el Gobierno Nacional y las Farc, según el relato gubernamental los sistemáticos asesinatos de líderes sociales no tienen nada que ver con el conflicto estructural de un país que se ha desarrollado históricamente en medio de la injusticia, la desigualdad, la falta de oportunidades y la estigmatización y eliminación de toda forma diferente de emprender, asumir y construir la vida individual y colectivamente. Esta diferencia alimenta el conflicto que parece no puede resolverse sin los disparos y muertes de miles de seres humanos.

 

Pese a esta dinámica histórica, la enseñanza y el reto es que la diferencia debe ser asumida en términos estructurales entre los seres humanos, adjunta a la identidad y el principio de individuación propio de todo ser que se asume como único, no como justificación del rechazo y eliminación de todo aquello que no es igual a una posición hegemónica de ver la vida y entender las relaciones sociales. Entender que la diferencia es algo que puede ser resuelto de manera definitiva nos empuja a una salida que implica el rechazo del otro, y la instauración de modelos únicos y necesarios donde se pretende que quepamos todos bajo una única forma de pensar y actuar. No asumir la diferencia como una forma esencial de los seres humanos es negar a la humanidad misma, es creer que pueden canalizarse todas las pulsiones de hombres y mujeres en función de una identidad absoluta pretendiendo, ingenuamente, solucionar la conflictividad inherente a estos. Esta vía de solución del problema como nos dice Estanislao Zuleta “es tratar de negar los conflictos internos y reducirlos a un conflicto externo, con el enemigo, con el otro absoluto: la otra clase, la otra religión, la otra nación; pero este es el mecanismo más íntimo de la guerra y el más eficaz, pues es el que genera la felicidad de la guerra”**, y esto no hace más que alimentar y fomentar una consciencia de identidad única, forma esta sobre la cual se han desplegado los nacionalismos más virulentos y dañinos de la historia de la humanidad. La felicidad de la guerra, expresión con la que juega Zuleta, nos pone de cara al horror que supone el placer que puede llegar a surgir de aquello que nos daña y nos limita en diversas formas. La identidad con este tipo de actitudes es propia de la consolidación del nacionalismo.

 

El nacionalismo puede definirse como un fenómeno que encuentra su fundamento en un conjunto de creencias y prácticas justificadas, las más de las veces, en mitos como la patria, la tierra, la religión, la raza o la sangre, y que además deben prevalecer sobre cualquier otra noción de conjunto social o comunidad política que no encuentre lugar en este conjunto.

 

El cierre político del siglo XX en Europa, como ya hemos visto, también tuvo lugar en territorio balcánico. Las guerras de secesión yugoslavas son la última manifestación de los excesos del nacionalismo en ese siglo. La feroz confrontación entre las diferentes repúblicas unidas bajo la bandera yugoslava después del fin de la Segunda Guerra Mundial generó una crisis que volvió a poner en tela de juicio el concepto de nacionalismo. Las armas como principal vía de solución de conflictos étnicos y políticos en aquel territorio aún remueven los cimientos de las diversas naciones que tienen su lugar en los Balcanes. Para no alejarnos de nuestro objetivo principal volvemos a nuestro contexto para cerrar esta reflexión.

 

Si bien en Colombia no emerge una idea clara de nación por parte de grupos identificados con ideas acabadas y unilaterales respecto de una única forma de vida y una única forma de relacionamiento con los demás, fenómenos como el paramilitarismo y el auge de formas religiosas tradicionales que buscan por todos los medios imponer una sola idea de cómo construir la vida, nos alertan sobre la posibilidad de un nacionalismo velado al interior del país, pues nociones como la defensa de la patria y de una única forma de familia, propiedad y administración política, dejan especular sobre el peligro de enfrascarnos aún más en el conflicto al cual hoy, históricamente, tememos la posibilidad de responder por vías diferentes a la de la confrontación armada que ha costado tanta sangre y dolor a un pueblo tan vilipendiado como el nuestro.

 

Lo que nos deja entonces la experiencia histórica de la guerra y el nacionalismo es la pregunta sobre la forma cómo debe construirse la vida en medio de las diferencias que nos constituyen. Ya tenemos algunas sugerencias de cómo se construye el infierno sobre la Tierra, no debe insistirse en ello, tampoco aspirar a la construcción de ningún paraíso, pero con toda certeza sabemos que otras formas de asumir nuestra humanidad y la dificultad que va de suyo son posibles.

 

* Centro de Estudios Estanislao Zuleta.
** Zuleta, Estanislao, Colombia: violencia, democracia y Derechos Humanos, Medellín, Hombre Nuevo Editores, 2008, p. 29.

Publicado enEdición Nº249
El nuevo gurú de la ultraderecha europea

La divisa con la que Bannon se hizo conocer en Bruselas se la tomó prestada al poeta John Milton: “Prefiero reinar en el infierno que servir en el paraíso”, dijo Bannon. Su ambición choca, sin embargo, con unos cuantos obstáculos.

La ultraderecha mundial se prepara con vistas a dar el asalto al Parlamento Europeo. Las elecciones de mayo de 2019 para renovar el europarlamento movilizan desde hace rato a los papas globalizados de la extrema derecha que buscan en Bruselas expandir sus éxitos electorales a través de la creación, dentro del Parlamento, de un mega grupo compuesto por euroescépticos y cuya principal misión consiste en aniquilar a la Unión Europea desde adentro. Ya antes de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos y la victoria de Donald Trump, quien era en ese entonces su principal estratega, Steve Bannon, había llevado a cabo varios viajes exploratorios por el Viejo Continente con la intención de plasmar una suerte de internacional de la ultraderecha. Esta vez, su objetivo inicial empezó a ser realidad. Bannon plantó sus banderas en la capital belga por medio de una fundación, “The Movement”, con la que pretende aunar a todos los ultras que pululan en Europa. La divisa con la que Bannon aterrizó en Bruselas se la tomó prestada al poeta John Milton: “prefiero reinar en el infierno que servir en el paraíso” dijo Bannon. Su ambición choca sin embargo con unos cuantos obstáculos, empezando por las drásticas divisiones entre los grupos de la extrema derecha presentes en el Europarlamento y siguiendo por el sentido mismo del proyecto: la extrema derecha europea abraza la causa del combate contra la inmigración y la defensa del Estado Nación como antídoto ante los órganos multilaterales (la misma Unión Europea), pero la idea motriz del modelo de Bannon, “la desconstrucción del Estado administrativo”, no figura en su catalogo. El nacionalismo norteamericano no tiene un espejo en la compleja geografía europea. Hay líneas comunes, pero, en un momento dado, el precipicio entre ambos es abismal.


A Bannon, sin embargo, no le faltaran adeptos a su perfil de supremacista blanco, machista, antisemita, y homófobo. El equipo de The Movement cuenta con unas diez personas encargadas de respaldar a la extrema derecha y a los otros partidos populistas durante la campaña electoral. Entre estos consejeros hay personajes ya conocidos como Raheem Kassam, ex colaborador del británico Nigel Farage. Hasta ahora, la irrupción más sonora del rey de las fake news en Europa tuvo lugar en marzo pasado cuando Bannon asistió al congreso organizado por el entonces Frente Nacional francés consagrado a su refundación, es decir, a su cambio de nombre. Bannon intervino allí para vender la idea según la cual “la victoria es posible” porque “nosotros somos cada días más fuertes” y ellos “cada vez más débiles”. También ahondó en las retóricas desculpabilizadoras cuando dijo: “si luchan por la libertad los tratan de xenófobos. Si luchan por su país los tratan de racistas. Pero los tiempos de esas palabras asquerosas se han terminado “. Desde ese momento, el antaño estratega de Trump ha labrado las tierras del Viejo Continente. Sus lazos más estrechos los mantiene con los Demócratas Suecos (neonazis asumidos), Marine Le Pen en Francia, el Partido Popular de Mischaël Modrikamen y el Vlaams Belang en Bélgica, la ultraderecha austríaca (FPÖ) y la italiana de Matteo Salvini. Italia es para Bannon su “bebe” predilecto, la prueba absoluta de la vigencia de sus ideas, o sea, la posibilidad de que se forjen alianzas entre las extremas derechas genuinas y los movimientos populistas pero post ideológicos como el italiano 5 Estrellas.


¿Acaso puede Bannon repetir en Europa lo que hizo en Estados Unidos? La mayoría de los especialistas dudan de ello, sobre todo porque ven en las ambiciones del doctor fake news una suerte de carrera desesperada por existir luego de que Trump lo despidiese y el portal que lo hizo famoso, Breitbart News, también lo pusiera en la calle. Algunos asimilan sus sueños con los de un viejo actor norteamericano que se muda a Europa para interpretar roles menores porque en su país no encuentra trabajo. Por otra parte, los grupos de las extremas derechas europeas son como familias en constante disputa. El odio los une tanto como los separa. El especialista francés de las extremas derechas europeas, Jean-Yves Camus, juzga “ridículas” las pretensiones de Bannon y sus aliados. Según Camus, ello no excluye que “gracias a su dinero y a su capacidades de lobista pueda cosechar algunos resultados”. El analista francés asegura “confiar en las capacidades de los partidos demócratas de Europa para resistir. Los dirigentes europeos son lúcidos ante la situación y la responsabilidad que les incumbe en ella. Todo este problema deriva de la mala gestión de la crisis migratoria”. En el Parlamento Europeo, por ejemplo, el Primer Ministro húngaro Viktor Orban es miembro del PPE (Partido Popular Europeo), donde también está la formación de la canciller alemana Angela Merkel. La Liga de Salvini integra el grupo de Marine Le Pen. En el Europarlamento existen tres grupos distintos de eurohostiles que no se aceptan entre ellos. El proyecto político de estos partidos es esencialmente anti inmigrante y anti multicultural, pero en ningún caso inclinado a privatizar los Estados. Muy por el contrario, la extrema derecha europea aboga por un Estado Nación fuerte capaz de proteger a los ciudadanos de los estragos de la globalización. En julio de 2018, Salvini prometió hacer de las elecciones europeas de mayo de 2019 una suerte de referendo “entre la elite, el mundo de la finanza y el mundo real del trabajo, entre una Europa sin fronteras asediada por una inmigración de masas y una Europa que protege a sus ciudadanos”.


El equilibrio en el seno del Parlamento Europeo reposa aún sobre la dinámica de dos bloques: el de los socialdemócratas y el de los democristianos. No obstante, la cruzada de la ultraderecha por romper ese esquema con el soldado Bannon como líder cuenta con dispositivos muy bien entrenados y mucho dinero. Los medios de desinformación e intoxicación de la ultraderecha norteamericana son poderosos. Su eficacia fue probada a lo largo de la campaña a favor del Brexit en Gran Bretaña y luego con la elección de Donald Trump. Con todo, fracasaron en Francia cuando intentaron hacer lo mismo con Le Pen. La líder ultraderechista francesa perdió estrepitosamente la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2017 frente a Emmanuel Macron. La visión nacionalista norteamericana, su egoísmo devorador y su indolencia substantiva, encontraron, hasta ahora, una frontera infranqueable en Europa.


Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enInternacional
Tras sesenta años de integración, ¿la disolución?

En 1951, en el Tratado Constitutivo de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), los seis Estados signatarios –la República Federal de Alemania (RFA), Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y los Países Bajos– se declaraban “resueltos a sentar las bases de una unión cada vez más estrecha entre los pueblos europeos”. Los mismos signatarios retomaron esta formulación en el Tratado de Roma de 1957, que dio origen a la Comunidad Económica Europea (CEE) –convertida en Unión Europea (UE) en 1993–, y, a continuación, en todos los tratados europeos posteriores. Lo menos que se puede decir es que, sobre la mayoría de los grandes asuntos, el panorama que ofrece hoy en día la UE es más de desunión que de unión. Y esto ocurre tanto entre Estados como dentro de esos Estados. A este respecto, el brexit es un revelador emblemático, pero no el único.

En 1973, la entrada del Reino Unido en la CEE constituyó una etapa capital en la estructuración y en la integración del espacio europeo. En efecto, abrió la vía a nuevas ampliaciones, en primer lugar a otros Estados de Europa Occidental y, más tarde, tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, a la incorporación de los países bálticos y de los Estados de Europa Central y Oriental satélites de Moscú. A pesar de haber pasado de 6 a 28 miembros, la UE no ha modificado su arquitectura institucional y no hace más que extender –en realidad imponer– a nuevos territorios los dogmas liberales de la competencia y del libre comercio ya grabados en el mármol del Tratado de Roma. Al unirse a la UE, los sucesivos Gobiernos británicos –laboristas o conservadores– no han tenido que aceptar el menor compromiso ideológico.

Paradójicamente, la Europa actual es una Europa británica, una Europa liberal. Entonces, ¿por qué se pronunciaron mayoritariamente, en junio de 2016, los electores del otro lado del canal de la Mancha a favor de la salida de la Unión Europea, el brexit, que provoca una crisis existencial en la Unión?


En parte, los motivos de este resultado son el rechazo de las políticas ultraliberales del Gobierno conservador de David Cameron. Pero también radican en el sentimiento de desposesión experimentado por amplios sectores de la opinión pública, los cuales se preocupan por las transferencias de competencias del Parlamento de Westminster hacia la Comisión (no elegida) de Bruselas. La consigna “recuperar el control” de su propio destino, según la fórmula utilizada por los partidarios del leave (salida), a veces se ha basado en argumentos demagógicos, pero ha resultado muy eficaz en un país muy vinculado a las prerrogativas del Parlamento.


El brexit no es un fenómeno aislado en la UE. Ya no es momento para una dosis adicional de federalismo, como lo desearía Emmanuel Macron con respecto a la gestión del euro (un ministro de Finanzas y un presupuesto únicos, un Parlamento de la zona). Por el contrario, en las circunstancias actuales van apareciendo fisuras en las estructuras comunes existentes debido a los choques provocados por unas políticas migratorias divergentes: los países del Grupo de Visegrado (Hungría, Polonia, la República Checa, Eslovaquia), a los cuales se han unido los nuevos Gobiernos austriaco e italiano, se encuentran en un estado de casi disidencia sobre esta cuestión central; asimismo, en Roma, el Gobierno de Giuseppe Conte mantiene su reivindicación de salida del euro; en la mayoría de los Estados miembros, la extrema derecha está progresando y utiliza el clima resumido en el eslogan “Dégage!” (¡Lárgate!”) para promover políticas nacionalistas y xenófobas. Se han reunido así las condiciones para una disolución de la UE. En mayo de 2019, los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo dirán si esta hipótesis se convierte o no en una realidad.

Bernard Cassen
Fundador de ATTAC y director general de 'Le Monde diplomatique'

05/08/2018

 

Publicado enInternacional
Lunes, 26 Marzo 2018 06:28

Puigdemont fue detenido en Alemania

Puigdemont fue detenido en Alemania

El líder independentista catalán afronta la posibilidad de ser trasladado a España para responder a cargos de rebelión agravada y analiza presentar un pedido de asilo. Su abogado dijo que su extradición “no es inevitable”.

 

Tras ser arrestado y encarcelado ayer en Alemania, el prófugo ex presidente catalán Carles Puigdemont afronta la posibilidad de ser trasladado a España para responder a cargos de rebelión agravada y analiza presentar un pedido de asilo con pocas probabilidades de prosperar.


La policía caminera del Land (estado federado) de Schleswig-Holstein detuvo a Puigdemont a las 11.19 (6.19 hora argentina), después de que cruzara en coche la frontera germano-danesa en camino desde Finlandia a Bruselas, donde reside, informó un portavoz de la policía estadual en Kiel.


El político catalán quedó detenido unas horas en la comisaría de la localidad alemana de Jagel, de donde luego fue trasladado a la cárcel del estado de Schleswig-Holstein en Neumünster, al sur de la capital estadual, el puerto báltico de Kiel.


Al mismo tiempo, un vocero del Ministerio de Justicia alemán informó que el fiscal general de Schleswig-Holstein estudiará la orden de arresto pedida el viernes pasado por el juez Llarena, que también toca a otros 12 dirigentes, seis fuera de España. Entre los requeridos por cargos de rebelión y malversación en relación con el proceso de secesión se encuentra la ex ministra de educación catalana, Clara Ponsatí, residente en Escocia, a cuyo abogado la policía escocesa ya entregó una orden de entregarse. El procedimiento de análisis y eventual ejecución de la orden de arresto europea a Puigdemont quedó a cargo de la Fiscalía local y la decisión definitiva puede demorarse entre quince y hasta 45 días.
Puigdemont está analizando la posibilidad de presentar una solicitud de asilo en ese país, informó el diario germano Kiel Nachrichten, basado en fuentes judiciales cercanas y la solicitud deberá ser analizada por la Oficina Federal de Migración (BAMF). Sin embargo, las posibilidades de que sea aprobada son escasas, indicó a ese diario un vocero del Ministerio de Interior regional de Schleswig-Holstein.


El Código Penal alemán no tiene tipificado el cargo de rebelión como tal, pero el de alta traición, en el artículo 81, es similar y prevé penas de cárcel “de no menos de diez años” o “hasta cadena perpetua”.


Jaume Alonso Cuevillas, abogado de Puigdemont, señaló que el político “se dirigía a Bélgica para ponerse como siempre a disposición de la Justicia”.


Cuevillas aseguró que el expresidente catalán era “perfectamente consciente” de los riesgos que asumía al viajar por Europa para “internacionalizar el conflicto” de Cataluña, aunque advirtió de que su extradición de Alemania no es “inevitable”.


Una de las claves para la defensa de Puigdemont será demostrar ante la justicia alemana que el expresidente catalán no tendría en España las garantías de un juicio justo.
Después de la reactivación de la orden de arresto, las autoridades españolas comenzaron a trabajar con la Fiscalía alemana y con Eurojust, órgano de la Unión Europea (UE) responsable de la cooperación judicial entre los países miembros, para ofrecer la documentación necesaria para hacer efectiva la orden europea de captura.


Aunque sus servicios de inteligencia supieron en todo momento la localización de Puigdemont, España prefirió pedir el arresto en Alemania porque en ese país plantea al ex mandatario un problema mayor que si hubiese ocurrido en Bélgica.


En lo referido a la orden de arresto a Ponsatí, la ministra escocesa, Nicola Sturgeon, expresó su oposición a la decisión judicial española pero aclaró que no puede hacer nada desde su cargo y solicitó por Twitter a sus seguidores que “se entienda la importancia de proteger el proceso y la independencia de nuestro sistema legal”.


Tras conocerse la detención de Puigdemont en Alemania, las fuerzas políticas españolas Partido Popular (PP, gobernante), PSOE (socialistas) y Ciudadanos (liberales) valoraron la actuación de la Justicia. Extremó el planteo Albert Rivera, líder del partido antiindependentista Ciudadanos, quien celebró el fin de “la huida del golpista”. Desde Buenos Aires, ciudad a la que arribó para participar de la conmemoración de un nuevo aniversario del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, aseguró que la crisis catalana “no se solucionará con detenciones, cárceles y judicializando la política”.


Los independentistas, por su parte, repudiaron la acción judicial, con miles de personas en las calles de Barcelona y el resto de Cataluña.


El Partido Demócrata Europeo Catalán pidió a las filas soberanistas “mantener la calma y la confianza”, en un momento en el que este partido estará “siempre al lado” de Puigdemont.


“Una de las lecciones del presidente Puigdemont ha sido siempre la serenidad con que ha asumido los momentos graves que le ha tocado liderar. Firmes, mantengamos la calma y la confianza. Como siempre, estaremos a su lado”, dijo la coordinadora general de Pdecat, Marta Pascal, vía Twitter. “España no garantiza un juicio justo, solo venganza y represión”, escribió en Twitter Elsa Artadi, portavoz de la plataforma Junts per Catalunya (JxCat) de Puigdemont. Mireia Boya, ex diputada del partido soberanista y antisistema Candidatura de Unidad Popular (CUP), planteó en la misma red social: “Ahora se verá si la Unión Europea avala la vulneración de derechos fundamentales por parte del Estado español”.


El presidente del Parlamento catalán, Roger Torrent, pidió “construir un frente común para defender los derechos y las libertades individuales y colectivas”. Puigdemont vive en Bruselas desde hace casi cinco meses.


Disturbios por la captura de Puigdemont; 53 heridos


Por Armando G. Tejada

El ex presidente de la Generalitat de Cataluña Carles Puigdemont durmió ayer en una cárcel del norte de Alemania, en Neumünster, a unos kilómetros de Hamburgo. Su detención se dio cinco meses después de haber huido de Girona, tras declarar de manera unilateral la independencia de la región y ante el temor de la respuesta represiva del Estado español.

La aprehensión por orden del juez Pablo Llarena, del Tribunal Supremo (TS), provocó una ola de indignación en Cataluña. En la capital, Barcelona, tras la movilización de decenas de miles de personas hubo enfrentamientos con la policía con saldo de 53 heridos y al menos seis detenidos.

En menos de 72 horas el juez Llarena ha desmantelado el movimiento separatista catalán, que ha provocado la indignación de la ciudadanía.

La clave de la detención de Puigdemont está en el auto emitido por el juez español el pasado viernes, en el que además de ordenar el ingreso en prisión de cinco líderes independentistas, entre ellos Jordi Turull, también reactivó las órdenes de búsqueda y captura internacional en territorio europeo contra el ex mandatario catalán, cuatro ex consejeros que se refugiaron con él en Bélgica y contra la secretaria general de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), Marta Rovira.

El viernes 23, Puigdemont se encontraba en Helsinki, de donde salió de manera furtiva con la finalidad de volver lo antes posible a territorio belga, donde sus abogados habían preparado la línea de defensa.

El regreso en coche

Consciente de que el marco legal que más le favorecía para no ser extraditado era el belga, Puigdemont, con la asesoría de un grupo de abogados, decidió emprender el camino de regreso a Waterloo en coche, para lo que tenía que recorrer hasta 2 mil 400 kilómetros y tenía que cruzar primero Finlandia, después Suecia, Dinamarca y parte de Alemania hasta llegar a la frontera con Bélgica. Y ese viaje además lo hizo en el mismo vehículo en el que se suele mover en Bélgica, para lo que ordenó a sus colaboradores que lo fueron a buscar hasta Finlandia.

Sin embargo, el ex mandatario catalán estuvo controlado en todo momento por agentes del Centro Nacional de Inteligencia (el centro de espionaje español), a través de uno de sus teléfonos celulares y por el citado vehículo.

La operación policial para su detención fue coordinada por agentes españoles y alemanes, que habían acordado la detención en cuanto estuviera en territorio alemán, donde las relacionas bilaterales entre ambos gobiernos es favorable a la causa española y donde el propio Código Penal contempla un delito similar al que se le acusa en España, que en la jurisprudencia alemana llaman alta traición.

Desde su refugio en Bélgica, Puigdemont participó como candidato en las elecciones autonómicas del pasado 21 de diciembre, donde su fuerza política, Junts per Catalunya (JxCat), fue el segundo partido más votado y el bloque independentista retuvo la mayoría parlamentaria. Sin embargo, no han podido formar gobierno ya que el Tribunal Constitucional no permitió que fuera investido a distancia.

Ahora Puigdemont está a la espera de que un juez decida su entrega España, donde sería procesado con otros 25 líderes independentistas.

Está previsto que comparezca este lunes ante un juez alemán que tendrá de 10 a 60 días para decidir si procede o no su entrega al Estado español.

Ante la conmoción que provocó la detención de Puigdemont en Cataluña, el presidente del Parlamento, Roger Torrent –la única autoridad que representa al movimiento separatista– hizo un llamado a la calma y reiteró su oferta de un frente democrático común para hacer frente a la represión.

La detención de Puigdemont también provocó protestas multitudinarias en Cataluña. Unas 55 mil personas se congregaron a la puertas del consulado alemán, en la Torre Mapfre, para exigir a la canciller federal, Angela Merkel, la liberación de Puigdemont. Un millar más frente a la delegación del gobierno español en Barcelona y otro tanto ante la sede la Unión Europea para exigir alto a la represión.

En las marchas también participaron los comités de defensa de la República, que protagonizaron enfrentamientos con los agentes antidisturbios e incendiaron contenedores de basura. El saldo provisional es de al menos 53 heridos y seis detenidos.

 

Publicado enInternacional
Donald Trump fue abucheado en Davos cuando arremetió contra la prensa.

 

Ayer, en el esperado discurso en el Foro Económico Mundial en la ciudad suiza de Davos, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, animó a las empresas a invertir en el país y aseguró que decir “Estados Unidos primero” no excluye la cooperación con otros países.

El magnate de 71 años vendió ante la élite empresarial un país con una economía floreciente tras haber tenido un “gran año” e incitó a las grandes compañías presentes a invertir: “Nunca hubo un mejor momento para contratar, construir, invertir y crecer en Estados Unidos. Estados Unidos está abierto otra vez para hacer negocios y volvemos a ser competitivos”.

Los presidentes de Siemens, Total y SAP, entre otros líderes empresariales, alabaron el jueves a Trump por su reciente reforma fiscal y aseguraron que invertirían más en Estados Unidos gracias a esa política. El fundador del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab, aseguró también que la rebaja fiscal estadounidense impulsará la economía mundial.

Sin embargo, el proteccionismo (otra de las patas de la política económica de Trump) fue criticado en los últimos días indirectamente en Davos por varios líderes políticos, como la alemana Angela Merkel, el francés Emmanuel Macron y el canadiense Justin Trudeau, quienes defendieron el libre comercio y el multilateralismo.

Ante estas críticas, el mandatario aclaró su posición: “Como presidente de Estados Unidos siempre pondré a Estados Unidos primero. Al igual que los líderes de otros países deberían poner a sus países primero. Pero Estados Unidos primero no significa Estados Unidos solo. Cuando Estados Unidos crece, el mundo también. La prosperidad estadounidense ha generado incontables puestos de trabajo en el mundo, y la búsqueda de excelencia, creatividad e innovación en Estados Unidos llevó a importantes descubrimientos para ayudar a la gente en todas partes a vivir vidas más prósperas y sanas”.

Además, como presidente de Estados Unidos, Trump aseguró que uno de sus principales papeles es actuar como un “cheerleader” (animador) nacional: “Creo que he sido ‘cheerleader’ de nuestro país y todo aquel que represente a un país o a una compañía tiene que serlo, o lo que haga no funcionará”.

En otro orden de cosas, el empresario no descartó que su país vuelva al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), de donde lo sacó hace un año, en una de las primeras decisiones de su mandato. Estados Unidos podría volver a las conversaciones sobre libre comercio con muchos países, entre ellos también los del TPP, afirmó. “Consideraremos negociar con ellos por separado, o quizá como grupo” si los términos comerciales pueden ser más beneficiosos para Estados Unidos que el pacto planeado originalmente, añadió.

Trump anunció también una línea dura en el control de las reglas para el libre comercio. “No seguiremos mirando para otro lado”, advirtió. “No podemos tener un comercio justo y libre cuando algunos países rompen las reglas”, dijo el mandatario estadounidense. Una de las últimas medidas proteccionistas de Trump fue la imposición, esta misma semana, de aranceles a la importación de lavadoras y paneles solares, que generó malestar en China y Corea del Norte.

Varias asociaciones empresariales se mostraron escépticas respecto del discurso de Trump y criticaron sus medidas. “Está claro que la Administración Trump no entendió que el tiempo en que una sola potencia económica podía poner de rodillas a otra con ese tipo de medidas ya pasó”, dijo el presidente de la Asociación de Comercio Exterior alemana BGA, Holger Bingmann.

Otro de los puntos fuertes de su discurso fue el anuncio de la derrota territorial sobre el Estado Islámico (EI) y la captura de casi el ciento por ciento de los territorios que estaban en sus manos en Irak y Siria. Estados Unidos lidera, resumió Trump, “una amplia coalición destinada a impedir el control del territorio por los terroristas, bloquearles los fondos y desacreditar su malvada ideología”. Además, advirtió a sus socios: “Para que el mundo sea más seguro frente a regímenes hostiles, terroristas y potencias revisionistas, pedimos a nuestros amigos y aliados que inviertan en su propia defensa y que cumplan con sus obligaciones de financiación. La seguridad común requiere que cada uno contribuya con su justa parte”.

Como ya es habitual en sus apariciones públicas, el magnate arremetió contra la prensa al responder una pregunta luego de su discurso de apenas 15 minutos: “Hasta que me convertí en político no supe lo repugnante, perversa y falsa que puede llegar a ser la prensa”, dijo provocando abucheos.

En cuanto al frente interno, legisladores demócratas, organizaciones civiles y los propios “dreamers” rechazaron la reforma migratoria que Donald Trump presentará el lunes al Senado, la cual prevé legalizar la situación de 1,8 millón de jóvenes indocumentados a cambio del muro en la frontera con México y de limitar la inmigración legal.

“Este plan se burla de lo que cree la mayoría de los estadounidenses”, manifestó el líder de la minoría demócrata en el Senado, Chuck Schumer, que aseguró que Trump utiliza a los jóvenes indocumentados que llegaron de niños a Estados Unidos como “instrumento” para “destrozar” el sistema migratorio legal.

 

Publicado enInternacional
Página 1 de 4