EEUU abandona el Pacto Mundial de la ONU sobre Migración y Refugiados

Estados Unidos ha anunciado esta madrugada su retirada del Pacto Mundial de la ONU sobre Migración y Refugiados, una decisión tomada en último término por el presidente, Donald Trump, alentado por uno de sus más próximos asesores, el ultranacionalista Stephen Miller, frente al escepticismo del Departamento de Estado y la única oposición de la persona que finalmente tuvo que declarar la salida de la organización: la embajadora ante Naciones Unidas, Nikki Haley.

 

"Estamos orgullosos de nuestra herencia de inmigrantes y nuestro liderazgo moral al brindar apoyo a las poblaciones de migrantes y refugiados en todo el mundo", según declaró ayer Haley. "Pero nuestras decisiones sobre las políticas de inmigración deben ser tomados por los estadounidenses y solo por los estadounidenses. Nosotros decidiremos la mejor forma de controlar nuestras fronteras y quien recibirá autorización para entrar en nuestro país", remachó.


Estados Unidos termina así su vinculación con un pacto basado en la declaración de Nueva York de 2016, al que se unió el entonces presidente Barack Obama, y por la que el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), debía proponer a la Asamblea General en 2018 un plan de acción para movimientos de inmigrantes y refugiados.


La declaración incluía también un conjunto de compromisos diseñados para garantizar la protección de los Derechos Humanos de los migrantes, mejorar la cooperación internacional en materia de seguridad fronteriza y disuadir a los gobiernos de detener a niños inmigrantes. El pacto también delineó un plan para un tratado internacional, o "compacto", que sería rematado por la Asamblea General de la ONU a finales de 2018.
"Muchas disposiciones de la Declaración son incompatibles con la política de EEUU sobre inmigración y refugiados, así como con los principios de la administración Trump", según el documento de retirada, confirmado por el secretario general de la ONU, Antonio Guterres.


Trump tomó la decisión el viernes


Trump se decantó por la retirada hace dos días, convencido por Miller, por su jefe de Gabinete y punta de lanza del Departamento de Seguridad Interior en materia de inmigración durante los primeros meses de su adminstración, John Kelly, así como por el fiscal general, Jeff Sessions.


El Departamento de Estado se opuso en principio a la decisión pero acabó cambiando de opinión, según fuentes de 'Foreign Policy' próximas al desarrollo de las conversaciones.
La de Haley fue la única voz abiertamente disidente hasta el final, argumentando que Estados Unidos tendría una mejor oportunidad de influir en el resultado de las conversaciones a este respecto que comenzarán mañana en Puerto Vallarta (México), si participaba en el proceso. El presidente acabó desautorizándola.


Así las cosas, la Administración Trump prosigue con su política de desvinculación de organizaciones y pactos de Naciones Unidas, así como de acuerdos firmados en su día por su predecesor, Barack Obama, entre ellos del Acuerdo de París sobre el clima y, en octubre, de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

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Flamencos en una manifestación por su independencia.

 

En un país de apenas 10 millones de habitantes, con ocho cámaras de representantes y apenas competencias para el gobierno central, la principal fuerza política es un partido independentista

 

Diciembre de 2006: la televisión pública belga francófona (RTBF) corta por sorpresa su programación habitual. En una emisión especial, François de Brigode, presentador del principal informativo de la cadena, se excusa por la interrupción con los espectadores: “Flandes proclamará unilateralmente su independencia”, anuncia. “Bélgica como tal no existirá más”, sentencia. Comienzan entonces las conexiones en directo frente al Palacio Real, el Parlamento de Flandes o el de Valonia; también la emisión de imágenes de celebraciones en Amberes, el transporte bloqueado por el cierre de la frontera y los comentarios de los políticos belgas. Si se preguntan cómo es que Bélgica sigue siendo hoy un país unificado, no piensen que los representantes encontraron una solución política a la crisis, ni que los responsables de la declaración unilateral de independencia fueron llevados ante la Justicia. Es que esto sencillamente nunca ocurrió.

El informativo emulaba el famoso programa de Orson Welles, La guerra de los mundos, y los belgas sólo supieron que se trataba de una ficción pasada la media hora de programa, cuando medio país reaccionaba estupefacto a la noticia. El experimento no gustó ni al entonces primer ministro y ahora eurodiputado, Guy Verhofstadt, ni al que sería más tarde jefe del Ejecutivo, Elio Di Rupo. Los nacionalistas flamencos, por su parte, utilizaron la emisión para abrir el debate sobre sus aspiraciones independentistas.

Lo que en 2006 fue una broma pesada para miles de belgas pegados a la pantalla se hizo realidad en Catalunya la pasada semana. Bélgica, donde se refugia Carles Puigdemont con cuatro de sus exconsellers desde el pasado lunes, mira con recelo la crisis catalana. Pocos países en el mundo están tan profundamente divididos en lo político y lo social como este y el gobierno belga podría ser la primera víctima política del proceso.

 

Ocho Parlamentos, tres idiomas oficiales


Bélgica, con una extensión de poco más de 30.000 kilómetros cuadrados y apenas 10 millones de habitantes, cuenta con siete parlamentos, ocho si sumamos el Senado. Su Constitución define Bélgica como un “Estado federal que se compone de comunidades y regiones”, y, como España, es una monarquía parlamentaria.

Este pequeño país del norte de Europa cuenta, por un lado, con un gobierno y un parlamento federales. Estos ejercen su poder en todo el territorio pero sus competencias son extremadamente limitadas: Exteriores, Defensa, Justicia, Hacienda, Seguridad Social y parte de Sanidad e Interior. El Parlamento federal se compone de dos cámaras: la Cámara de Representantes y el Senado. Actualmente cuatro fuerzas forman la conocida como coalición sueca (por los colores de los partidos que la componen) del gobierno federal belga: los democristianos (CD&V), liberales (Open VLD), los nacionalistas flamencos (N-VA) y los liberales francófonos del MR.

Bélgica cuenta también con tres comunidades. Las comunidades son entidades políticas ligadas a las tres lenguas oficiales del país -francés, neerlandés y alemán-, y cuyas competencias están vinculadas a la lengua, la cultura, la educación o la producción audiovisual. Cada comunidad tiene gobierno y parlamento propios.

El país está dividido además en tres regiones, que constituyen entidades territoriales con una enorme autonomía: la Región de Bruselas Capital, la Región de Valonia y la Región de Flandes. Flandes, la de mayor extensión y también la más poblada, cubre la zona neerlandófona; Valonia, el área francófona y germanófona, y la Región de Bruselas Capital es bilingüe. La mayor parte de las competencias políticas y sociales en Bélgica recaen en los gobiernos regionales que se encargan de Economía, Empleo, Transporte, Energía, Medioambiente y Planificación Territorial, entre otras. Las regiones son competentes además para las relaciones exteriores en todos los ámbitos de su gobierno.

Bélgica es, en definitiva, compleja, caótica, y, en muchos sentidos, un desastre derivado de la gestión de un país profundamente dividido a todos los niveles.

 

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Independentistas catalanes en Bruselas este viernes. REUTERS/Eric Vidal

 

 

Un país fragmentado por la lengua


Aunque sobre el mapa Bélgica es un país único, en la práctica lo forman al menos dos. En Bélgica, la cuestión fundamental no es tanto la relevancia del nacionalismo flamenco como el hecho de que no existe unidad nacional a casi ningún nivel. No hay periódicos, ni canales de televisión, ni referentes culturales, ni partidos políticos nacionales. Lo único nacional, a parte del chocolate, las patatas fritas y la cerveza, es la selección de fútbol (los Diablos Rojos) y hasta los cánticos son bilingües.

En Bélgica no hay política nacional, sólo una suma de intereses, un precario equilibrio que se rompe a menudo, en un país acostumbrado a ver caer a sus gobiernos cada pocos meses, a largas negociaciones para formar gabinete –tienen el récord del mundo de un país sin gobierno-, a evitar dimisiones para no dar al traste con la precaria configuración de un ejecutivo que, por ley, debe estar formado a partes iguales por francófonos y neerlandófonos.

La Región de Bruselas es una pequeña isla entre Valonia y Flandes, el lugar donde el conflicto confluye, donde las comunidades francófona y neerlandófona tienen su capital, donde se alzan y caen los gobiernos federales, las señales y las calles son bilingües, las paradas de autobús y metro se cantan alternativamente en francés y neerlandés, el ruido del tráfico aéreo se reparte entre ambas regiones y los cines, en versión original, dedican media pantalla a subtítulos.

Bruselas, una región en medio de Flandes con mayoría francófona, es un reflejo de un país dividido y al mismo tiempo una particularidad entre dos mundos que se oponen. Con una población extranjera que asciende al 42% de sus habitantes, Bruselas es una de las ciudades más cosmopolitas de Europa y es, además, sede de organizaciones internacionales, como la OTAN, y corazón de la Unión Europea. Que Bruselas sea territorio compartido es una de las claves de la endeble unidad nacional belga.

 

Las diferencias entre Flandes y Valonia


La obligatoriedad de la enseñanza de las tres lenguas oficiales varía en cada región. La enseñanza del neerlandés es obligatoria como segunda lengua en la Región de Bruselas Capital, mientras que en las Comunas valonas de la frontera con Flandes es opcional. Lo mismo sucede con el alemán y el inglés en el resto de Comunas que no están en la frontera. En Flandes, el francés es opcional como segunda lengua. En la práctica, el idioma mayoritario es el neerlandés, pero son más los neerlandófonos capaces de hablar francés que al contrario. En Bélgica, el idioma es un muro social, pero no es la única diferencia.

La Región de Flandes es la más extensa y también la más poblada. Flandes es el pulmón de la economía belga (casi el 60% del PIB), la que más crece, la más rica. Amberes, una de sus principales ciudades, es el tercer puerto más importante de Europa; tienen las mejores universidades (Lovaina o Gante, por ejemplo), más inversión extranjera y es el principal exportador del país (más del 70%).

Mientras, Valonia, que fue en el siglo XIX una de las regiones de referencia en Europa, sufrió el hundimiento que siguió al cierre de la industria pesada, particularmente en sus ciudades más industrializadas. La inversión pública, a través del Plan Marshall 4.0, trata de impulsar la economía valona y fomentar la creación de empresas en la región y las inversiones extranjeras. El sector servicios, la construcción y, en menor medida, la industria, son los principales sectores de la economía del sur de Bélgica.

En el ámbito político, Valonia, con una tradición sindical importante y un fuerte movimiento obrero, tiende a votar a la izquierda. En Flandes, la derecha ha hecho su fuerte y el principal partido de extrema derecha belga, el Vlaams Belang, es, de hecho, nacionalista flamenco.

 

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Bart de Wever, durante un mitin. REUTERS

 

 

Las raíces del nacionalismo flamenco


La historia del nacionalismo flamenco se remonta a la fundación de Bélgica, que logró su independencia de los Países Bajos en 1830. Entonces, el francés, respecto al neerlandés, era la lengua mayoritaria entre las élites del país, mientras que los campesinos hablaban dialectos que en todo caso se asemejaban a las lenguas ahora oficiales. La presencia de una comunidad germanófona, sin embargo, se remonta a la Primera Guerra Mundial.

Aunque las reivindicaciones por el reconocimiento del bilingüismo del país llegaron de ambos grupos, el conflicto en Bélgica tiene un origen lingüístico y la composición del país en torno al idioma hizo progresivamente que se convirtiera en una cuestión territorial. La politización del conflicto derivó en la división entre el norte, católico y campesino, y el sur, industrializado y obrero, que también votan de manera diferente.

La gran ruptura entre las comunidades tiene lugar tras la Segunda Guerra Mundial, cuando Flandes se convierte en el principal pulmón económico de Bélgica. Se producen entonces las primeras demandas que dieron lugar al Estado Federal belga. Lo curioso, explica a Público Pascal Delwit, politólogo de la Universidad Libre de Bruselas (ULB), es que estas peticiones venían de sectores tanto de Flandes como de Valonia.

Bélgica lleva treinta años discutiendo su configuración, treinta años viviendo entre tensiones y rencillas políticas, en la absoluta falta de comunicación entre las dos partes de un país que, literalmente, no hablan el mismo idioma.

Desde 1970, Bélgica ha llevado a cabo nada menos que seis reformas de su Constitución y desde 1993, es un Estado federal. La última reforma, entre 2012 y 2014, convirtió el Senado en una cámara de representación de las entidades federales (regiones y comunidades) y supuso una amplia transferencia de competencias del gobierno federal a las tres regiones en que se divide el país. También estableció la celebración de elecciones cada cinco años, coincidiendo con las europeas. Las siguientes tendrán lugar en 2019 y los nacionalistas flamencos quieren una nueva reforma del Estado federal para entonces.

 

Un partido nacionalista flamenco, primera fuerza


El independentismo flamenco en los últimos años, explica Pascal Delwit, es resultado precisamente de la federalización del Estado, que hace que progresivamente “la vida política, la vida económica, la vida cultural y la vida mediática giren más en torno a las regiones y menos en torno a lo federal”. Delwit apunta además a un segundo fenómeno que, entiende, no es exclusivo de Bélgica, sino que se reproduce en otros lugares: “Las regiones más ricas quieren separarse de las regiones más pobres”. En Bélgica, la región más rica es Flandes, “que estima que hay demasiadas transferencias hacia Bruselas y Valonia. Y hay el mismo problema de Italia del norte a Italia del sur o de Catalunya a Madrid”, asegura.

Para Delwit, los movimientos nacionalistas en Escocia o Catalunya son de centroizquierda, mientras que en Bélgica son de derechas, igual que en Italia. Hasta hace apenas unos años, el único partido independentista flamenco era el ilegalizado Vlaams Blok, origen del actual Vlaams Belang, un partido de extrema derecha, xenófobo y racista, conocido por su propaganda antiinmigración y sus soflamas islamófobas. Pero en 2002 nació la N-VA (Nieuw-Vlaamse Alliantie), algo así como Alianza Neoflamenca. La N-VA es un partido nacionalista de derechas, con posturas particularmente duras en lo relativo a los asuntos socioeconómicos y la migración, que también defiende la independencia de Flandes.

“Este movimiento se ha acelerado en los últimos años, tanto que hemos llegado a la paradoja de que en 2014 la N-VA, un partido que proclama la independencia de Flandes, se convirtió en el primer partido del país”, relata el politógolo de la ULB.

El polémico alcalde de Amberes y líder de la N-VA, Bart de Wever, ha empezado a hacer campaña por la independencia de Flandes de cara las elecciones comunales de 2018 y para las regionales y federales de 2019. De Wever llamó a filas a todos los que “desean un Flandes próspero y solidario”, a quienes quieren “abrazar la identidad flamenca" y “un Flandes independiente”. Pero Delwit es mucho más cauto: “El líder del partido a veces defiende la independencia de Flandes y a veces la reforma del Estado para reducir lo federal a casi nada”.

De hecho, Geert Bourgeois, ministro presidente de Flandes y miembro de la N-VA, reconoce que a día de hoy no existe una mayoría en Flandes que apoye la independencia. Y las posibilidades de una coalición con el Vlaams Belang, asegura Delwit, son escasas, pues el partido sigue teniendo una representación limitada y la N-VA necesita de otros socios para gobernar. Aliarse con la extrema derecha, insiste el politólogo, lo haría imposible.

 

Bruselas, un obstáculo para la independencia de Flandes


Bélgica no hace referencia en su Constitución al derecho de autodeterminación, no incluye la posibilidad de un referéndum sobre la independencia de ninguna de sus regiones ni ningún otro mecanismo político para negociarla. Es decir, Flandes tiene las mismas herramientas que Catalunya para declarar su independencia, pero un contexto muy distinto.

La primera opción sería la vía por la que optaron Carles Puigdemont y su gobierno. “El Parlamento Flamenco podría hacer una declaración de independencia de Flandes” de manera unilateral, “fuera del orden constitucional”, explica Pascal Delwit. La otra posibilidad, de la misma manera que en España, es una solución negociada.

Para Delwit, hay dos cosas importantes a tener en cuenta. Por un lado, “como vemos en el caso catalán, en un contexto de secesión”, queda en cuestión la pertenencia a la Unión Europea e incluso el uso del euro. “Si sales de un Estado miembro de la UE, formalmente ya no formas parte de la Unión Europea, debes pedir la adhesión y debe ser aceptada por el Estado del que acabas de separarte”, recuerda el politólogo.

El segundo punto es que cuando hablamos de otras zonas como Italia, Escocia o España, “la separación no sería fácil, pero vemos que el territorio puede liberarse”. En el caso de Bélgica, no es tan sencillo. “Bruselas es la capital al mismo tiempo de la Comunidad Francófona y la Comunidad Flamenca y, por supuesto, es la capital de Bélgica. Es la capital informal de la Unión Europea, es una capital internacional que acoge la OTAN, que acoge una gran comunidad internacional -el 42% de los habitantes de Bruselas tienen una nacionalidad diferente de la belga- y entre los belgas, la mayoría son francófonos”, explica Pascal Delwit. Por lo tanto, entiende el politólogo, “es tan inimaginable la independencia de Flandes con Bruselas como sin Bruselas”.

Un problema que forma parte del debate interno de los nacionalistas flamencos, divididos respecto a esta cuestión. En la hipótesis de una negociación, “más fácil en España” según Delwit, el punto principal sería Bruselas. Primero, porque la Región de Bruselas es también autónoma y, por lo tanto, supondría una adhesión, y segundo, porque esa adhesión sería difícilmente aceptable por una mayoría francófona en la capital.

Aunque en la práctica la autonomía de Flandes es mucho mayor que la de Catalunya y las diferencias sociales, políticas y culturales bastante más amplias respecto al resto del territorio, la región belga se enfrentaría a dificultades mayores para conseguir la independencia.

 

El conflicto catalán y las rencillas belgas


Probablemente, la mayor víctima colateral del procés sea el primer ministro de Bélgica, Charles Michel. Michel, francófono, es jefe de un Ejecutivo mayoritariamente neerlandófono. Fue el primer líder europeo en condenar la violencia en Catalunya durante la celebración del referéndum del 1 de octubre; ha llamado al diálogo y a buscar soluciones políticas durante meses y, aunque llamó a respetar la legalidad nacional e internacional, no rechazó ni reconoció en ningún momento la República de Catalunya. Varios miembros del Gobierno belga han apoyado abiertamente la causa catalana, e incluso algunos diputados de la N-VA estuvieron en la celebración de la consulta.

Y, mientras Michel hacía equilibrios para no herir sensibilidades entre los miembros de su Gobierno ni crear conflictos diplomáticos con España, su secretario de Estado para el Asilo y la Migración dijo en una entrevista que estaría dispuesto a procesar una posible demanda de asilo de Carles Puigdemont. Lo que parecía un simple comentario de apoyo político al expresident, una crítica al Gobierno español y un capote a la causa catalana, se ha convertido en, tal y como titula el diario Le Soir, una pesadilla para el Gobierno belga, tras la visita sorpresa de Puigdemont.

Carles Puigdemont ha insistido en varias ocasiones en que no viene a meterse en la política belga y desmintió en una entrevista en RTBF que haya tenido reunión alguna con grupos políticos en el país. Charles Michel quiso dejar claro que el Gobierno no tenía nada que ver con la visita del expresident y la N-VA, a través de su portavoz, hizo lo propio. Hasta el ministro de Justicia, Koen Geens, ha querido aclarar que el Ejecutivo no tiene papel alguno en la gestión de la euroorden de arresto que pesa sobre Puigdemont y los exconsellers.

En este contexto, el primer ministro Charles Michel no puede dar marcha atrás, ya que podría enfadar a los suyos, pero tiene que controlar sus palabras, o podría desencadenar una crisis diplomática con España. Michel es esclavo de su Gobierno, de la N-VA y también de sus palabras el 1 de octubre. “A día de hoy, la tensión es totalmente evidente en el Gobierno belga en relación a la cuestión catalana”, sentencia Delwit. Sin quererlo, el autodenominado "Govern en el exilio", podría desencadenar una crisis que dé al traste con el frágil equilibrio belga.

 

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Viernes, 18 Agosto 2017 06:32

Así será el Trump 2.0

Así será el Trump 2.0

Donald Trump sigue decepcionando a los alarmistas que lo veían como un dictador en potencia. Carece de sentido de la historia y de la astucia política que convierten a un demagogo en un caudillo. Las amenazas reales a la democracia en el largo plazo son los millones de seguidores de Trump –que les importa poco si se inicia una guerra, se reprime a la prensa o se saltea algún resguardo democrático– y quien sea capaz de explotar ese movimiento.

 

Al acecho entre los millones de estadounidenses que podrían ser presidente seguramente haya una persona que ha prestado mucha atención al fenómeno Trump y que se prepara para darle un manotazo al poder, sin precedentes en la historia del país. Puede ser un hombre o una mujer quien se presente como la versión Trump 2.0, actualizada y más eficaz.


Muchos dirían que el próximo Trump será un hombre blanco, pero sería mucho más astuto apostar por un nuevo Trump en versión femenina, alguien de piel oscura, homosexual o aun alguien que no sea cristiano. La razón para ello: demografía. Aquellos a quienes la Oficina del Censo identifica como “blancos” siguen siendo mayoría. Pero la inmigración, décadas de integración escolar, las parejas “interraciales” y homosexuales están erosionando los muros de prejuicios. Un Trump 2.0 hábil será capaz de explotar cualquier rasgo de minoría que tenga. Después de todo, Adolf Hitler no fue, exactamente, un modelo de ario rubio, blanco y de ojos azules, y Juan Domingo Perón era un oficial entre militares pro-fascistas cuando se disfrazó de adalid de los trabajadores argentinos.


LECCIONES.

La primera lección importante que puede aprenderse de la elección de Donald Trump es que la ideología y la afiliación política son irrelevantes. Noventa millones de ciudadanos con derecho a voto no lo ejercieron en la elección de 2016. Estas son personas sin lealtad partidaria y que no se molestaron en votar porque no vieron mucha diferencia entre que les mintiera Trump o Hillary Clinton.


Otra lección importante es que la democracia quizá no sea tan fuerte en Estados Unidos. Una porción sustancial de los votantes mostró ser tan sensible como los europeos o los latinoamericanos a la retórica nacionalista, la xenofobia y la truculencia de un demagogo.


Trump 2.0 podrá prometer cualquier cosa y contradecirse a cada rato, porque, al igual que Donald Trump, sacará provecho de proclamar que no es un político. Ya que el término “político” se ha convertido en equivalente a mentiroso, Trump 2.0 podrá mentir, abusar e insultar, adular o seducir a cualquiera de cualquier forma que sea necesaria para avanzar en su carrera.


Hasta este punto no hay mucha distancia entre el actual y el próximo Trump.


La gran diferencia, sin embargo, entre Trump y Trump 2.0 es que el segundo ansía más el poder que la adulación. Tendrá un plan definido para avanzar, porque anhela más que el actual mandatario estadounidense un lugar en la historia que la efímera aprobación pública.


Y mientras que Donald Trump es simplemente malicioso, Trump 2.0 será peligroso.


INSTINTO POLÍTICO.

Donald Trump no es la causa del colapso del sistema, sólo está dando el empujón. Una serie de encuestas y estudios ha mostrado en décadas recientes una pérdida de confianza de los estadounidenses en sus instituciones, incluidos los tres poderes del Estado, las iglesias, los medios de comunicación, los partidos políticos y los sindicatos. Donald Trump contribuyó a este escepticismo haciendo de la verdad un asunto negociable.


Pero el actual presidente estadounidense, que es miope y carece de curiosidad intelectual, está cometiendo un suicidio político. Como Neil Irwin señaló en The New York Times, “Trump ofrece populismo sin los caramelitos gratis”. Todo caudillo exitoso ha dado a las masas gratificación instantánea: empleos y orgullo a los alemanes bajo el régimen nazi; vivienda, asistencia médica y educación subsidiadas con el peronismo en Argentina; vivienda, asistencia médica y educación gratuita e igualitaria con el castrismo en Cuba.
Trump no les ha dado nada a sus seguidores más fieles, y ofrece menos a los indecisos. Trump 2.0 tendrá bien claro que el darles más caramelitos fáciles a los ricos no produce más votos a la hora de las elecciones.


Donald Trump, al parecer, también se ha olvidado de lo más elemental en estrategia, si es que alguna vez lo aprendió: uno no gana multiplicando los adversarios y unificando a los enemigos, sino seduciendo a los unos y dividiendo a los otros.


Alguien como Trump 2.0, con un instinto político más desarrollado, actuaría para ampliar su apoyo popular, en lugar de achicarlo, sabiendo que los votantes que adoptaron con orgullo la etiqueta de “deplorables” que les espetó Hillary Clinton –algo así como los “descamisados” del peronismo– lo seguirán haga lo que él haga, y que lo que necesita es atraer más gente a sus filas.


Trump 2.0 probablemente haya estudiado a Hitler, Mu-ssolini, Francisco Franco y Augusto Pinochet: ellos no fueron meros instrumentos de los ricos, sino que usaron y abusaron de los ricos para promover sus propias carreras. Algo que se escapa a la perspicacia de Donald.


LA SALUD.

Los izquierdistas, liberales, ambientalistas, gremialistas, pacifistas, feministas, militantes hispanos y negros, cristianos de la teología de la liberación y todos los demás que se horrorizaron por la elección de Donald Trump en noviembre de 2016 compartieron en una u otra medida las pesadillas de un futuro aciago, de dictadura y guerra.


Estos temores bien se podrían materializar, pero es difícil que sea Donald Trump quien lo cause. No tiene la capacidad política para construir una “solución” autoritaria.
Un gran ataque terrorista en Estados Unidos haría que la población clamara por seguridad, lo cual, en la vida real, se traduciría en mayor represión policial. Un conflicto armado en el exterior arrearía a la población tras las banderas del patriotismo.


Trump 2.0 no esperaría que un suceso como ese reorientara la política, tendría la visión y la inteligencia necesarias para iniciar el cambio de rumbo solo.
¿Cuáles son las preocupaciones principales de los estadounidenses? Al igual que la política exterior no es lo que más preocupa a los chilenos, los rumanos o los australianos, los estadounidenses atienden lo que toca a sus vidas cotidianas, sus familias, su economía.


Por ejemplo, la asistencia médica. El gobierno de Barack Obama creó el llamado “Obamacare”, una reforma del sistema de salud que ha traído algunos beneficios y problemas nuevos. Trump prometió que la derogaría y remplazaría con un sistema nuevo, maravilloso, con el cual todos tendrían asistencia médica excelente y más barata. Pero hasta ahora no ha demostrado tener un plan para conseguirlo, y los republicanos no proponen otra cosa que recortar los servicios de salud para los pobres y los ancianos.


La asistencia médica en Estados Unidos funciona como un negocio, como si la gente pudiera elegir enfermarse o no de la misma manera que decide si compra o no una aspiradora. Quienes dominan ese negocio son las compañías privadas de seguros médicos, cuyo propósito principal es maximizar sus ganancias, no mejorar la atención en salud. Los principales factores que inciden en el alto costo de los servicios de salud en Estados Unidos son los hospitales gigantes que existen para lucrar, las compañías de seguros que lucran y la industria farmacéutica que también opera para generar ganancias.


Trump 2.0 lidiaría con los problemas reales de acceso a la asistencia médica con la táctica –de eficacia comprobada– de culpar a un grupo pequeño (los mercaderes de la salud) por los grandes males.


El gobierno de Obama no tuvo la determinación necesaria para establecer un verdadero sistema de salud pública como opción al negocio privado. El gobierno de Trump y el Partido Republicano carecen de soluciones viables. Y esta falta de resolución está convenciendo a más y más gente de que la solución es un sistema nacional de salud pública. Trump 2.0 no se quedaría esperando que esto ocurra por sí mismo. Él tomaría la iniciativa.


POPULISMO DE VERAS.

Un populista de veras, Trump 2.0, primero denunciaría a las “sanguijuelas de los seguros” y a los “farmavampiros” que lucran con los medicamentos. Luego convocaría a los ejecutivos del negocio de la salud a la Casa Blanca y les daría 30 días para que recorten sus ganancias, bajen los costos de hospitales y medicamentos, eviten exámenes costosos e innecesarios, y regulen las tarifas de los médicos. Y si no cumplen, les dedicaría un festival de insultos por televisión.


¿El deterioro de los salarios reales? Trump 2.0 propondría un incremento del 100 por ciento en los sueldos mínimos a 15 dólares por hora en todo el país. Y dejaría a los políticos la opción de sumarse a su campaña o encarar a sus votantes. La gente que trabaja por el sueldo mínimo no es una porción sustancial de la fuerza laboral en este país, por lo cual se trataría de una reforma poco costosa. En cambio, sería una medida de gran simbolismo, que generaría muchos votos.


¿La inmigración? La mayoría de los estadounidenses quiere una reforma integral del sistema de inmigración, pero no apoya las bravuconadas de Donald Trump sobre redadas masivas y la deportación de 11 millones de personas. Trump 2.0, siempre con la mira puesta en ganar más poder, reconocería que esta gente ya está aquí, es parte de la economía, y no desaparecerá. Ofrecería una amnistía a todos los inmigrantes indocumentados que no hayan cometido crímenes, con un trámite expedito para la ciudadanía a quienes hayan estado en el país más de cinco años. Y de este modo los inmigrantes optarían por el bando de Trump 2.0 durante generaciones.


¿Cómo generar empleos? La respuesta evidente y comprobada es la infraestructura. Trump 2.0 no se limitaría a hablar, como lo ha hecho Donald J Trump, de un programa multimillonario de reparación, construcción o mejora de aeropuertos, escuelas, autopistas, puertos y las redes de electricidad y comunicaciones. Convocaría a los dirigentes sindicales a la Casa Blanca y los instruiría para que movilizaran a sus miembros como agitadores en todo el país en apoyo a las nuevas obras públicas. Luego dejaría en manos de los dirigentes sindicales el monitoreo de la gestión de las obras, en lugar de confiar esta tarea a un organismo estatal.


¿Y el tema ambiental? Al igual que su predecesor, a Trump 2.0 probablemente el asunto le importe un bledo, pero sí podría ver que las fuentes de energía alternativas producen empleos, y que el cuidado del ambiente es una preocupación seria para los votantes más jóvenes. Por otra parte, la recuperación de empleos en la industria del carbón –si es que fuese posible– cosecha menos votos que una política que complazca a los sentimentales que defienden los bosques y la fauna. Hay más empleos –y votos– en Silicon Valley que en las regiones del carbón.


¿La deuda estudiantil, la vivienda? Desde la Gran Recesión los bancos han acumulado capitales enormes. Trump 2.0 propondría al Congreso una ley que cortara la deuda de los estudiantes y facilitara el crédito para la compra de vivienda. Luego llamaría a los bancos “vacas gordas” y a los banqueros “plutócratas crueles”. Y si los banqueros quieren batalla, Trump 2.0 incitaría a las masas, y los militantes de Occupy Wall Street marcharían en primera fila.


LA ETERNA GUERRA.

Algunas de estas políticas de gratificación instantánea podrían tener impacto negativo sobre la economía de Estados Unidos, pero para eso es que sirven las guerras. Si después de ganar apoyo ciudadano con un populismo auténtico, Trump 2.0 viera que la opinión pública flaquea, no dudaría en encontrar una guerra que unificara a la nación y consolidara su poder. Para eso, también, es que sirven las tretas sucias. Es una lección que desconocía Donald J Trump: no te metas con los servicios de inteligencia. Están ahí para usarlos. Un ataque terrorista en el momento oportuno silenciaría a todos los críticos.


¿Acaso los medios de prensa serían un obstáculo para Trump 2.0? No. La mayoría de los estadounidenses ya confía poco en “los grandes medios”, despreciados rabiosamente por la derecha y profundamente mal vistos por la izquierda. Quizá unos poquitos “ataques espontáneos” de patriotas iracundos contra algunos periodistas locales, accidentes misteriosos o aun la desaparición de un par de grandes figurones de los medios comunicarían el mensaje: la libertad de prensa está passé. ¿Cuántos estadou-nidenses saldrían a la calle a defenderla?


Casi por reflejo intelectual se equiparan las políticas progresistas con las libertades políticas, y las reformas sociales con la democracia. La historia enseña que un régimen puede imponer políticas progresistas y usar reformas sociales como medios para afianzarse en el poder mientras cercena las libertades políticas y la democracia.


Un Trump 2.0 sería capaz de erradicar por completo la más remota posibilidad de presentarse como alternativa política de una izquierda que sí defiende la democracia.
La amenaza para la democracia y las libertades en Estados Unidos no es Donald J Trump. Es esa persona, todavía desconocida, que va aprendiendo de las carencias de Trump, y los millones de votantes ansiosos por llevarla al poder.

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Martes, 16 Mayo 2017 07:24

Lecciones de los antiglobalización

Lecciones de los antiglobalización

 

La victoria de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales francesas ha generado un suspiro de alivio en el mundo. Por lo menos Europa no se dirige por el camino proteccionista que el presidente Donald Trump obliga a tomar a Estados Unidos. Sin embargo, los defensores de la globalización aún no deben descorchar el champán: los proteccionistas y los defensores de la “democracia iliberal” están en aumento en muchos otros países. Y el hecho de que alguien que es un fanático declarado y mentiroso consuetudinario hubiese podido conseguir la cantidad de votos que Trump obtuvo en Estados Unidos, y que alguien de la extrema derecha como Marine Le Pen haya disputado la segunda vuelta con Macron el pasado 7 de mayo, debería causar profunda preocupación.

Algunos asumen que una gestión deficiente de Trump y su evidente incompetencia deberían ser suficientes para mitigar el entusiasmo por panaceas populistas en el resto del planeta. Asimismo, se puede decir casi con certeza que los electores estadounidenses del cinturón de óxido que apoyaron a Trump estarán en peor situación dentro de cuatro años, y que los votantes racionales con seguridad entenderán dicha situación.

Pero sería un error llegar a la conclusión de que el malestar con la economía global —al menos con la forma como la economía global trata a grandes cantidades de los que forman parte de (o anteriormente formaban parte de) la clase media— ha llegado a su punto máximo. Si las democracias liberales desarrolladas mantienen políticas de statu quo, los trabajadores desplazados continuarán siendo marginados. Muchos de ellos sentirán que al menos Trump, Le Pen y sus semejantes aseveran sentir el dolor de dichos trabajadores. La idea de que los votantes vayan a volcarse en contra del proteccionismo y el populismo por su propia voluntad puede ser nada más que una vana ilusión cosmopolita.

Los defensores de las economías liberales de mercado deben entender que muchas reformas y avances tecnológicos pueden dejar a algunos grupos —posiblemente a grupos numerosos— en peor situación. Según los principios rectores, estos cambios aumentan la eficiencia económica, permitiendo a los ganadores compensar a los perdedores. Sin embargo, si los perdedores continúan en peor situación, ¿por qué deberían ellos apoyar la globalización y las políticas a favor del mercado? De hecho, va a favor de sus propios intereses girar su apoyo hacia políticos que se oponen a esos cambios.

Por lo tanto, la lección debe ser obvia: en ausencia de políticas progresistas, incluyendo la carencia de sólidos programas de bienestar social, reeducación laboral y otras formas de asistencia a personas individuales y comunidades relegadas por la globalización, los políticos al estilo de Trump pueden convertirse en una presencia permanente dentro del paisaje.

Los costos impuestos por estos políticos son altos para todos nosotros, incluso si no logran alcanzar plenamente sus ambiciones proteccionistas y nativistas. Esto ocurre debido a que estos políticos se aprovechan del miedo, exacerban el fanatismo y prosperan dentro de un peligroso enfoque polarizado de nosotros contra ellos. Trump ha lanzado sus ataques vía Twitter contra México, China, Alemania, Canadá —y muchos otros— y con seguridad la lista crecerá a medida que Trump esté más tiempo en el cargo. Le Pen ha apuntado sus ataques hacia los musulmanes, pero sus comentarios recientes que niegan la responsabilidad francesa con respecto a acorralar a judíos durante la Segunda Guerra Mundial revelan su persistente antisemitismo.

El resultado de todo esto podría ser rupturas nacionales profundas, y tal vez irreparables. En Estados Unidos, Trump ya ha disminuido el respeto que se tiene por la presidencia y lo más probable es que él al irse deje atrás un país aún más dividido.

No debemos olvidar que antes de los albores de la Ilustración, que acogió a la ciencia y la libertad, los ingresos y los estándares de vida estuvieron estancados durante siglos. Sin embargo, Trump, Le Pen y los otros populistas representan la antítesis de los valores de la Ilustración. Sin ruborizarse, Trump cita “hechos alternativos”, niega el método científico y propone masivos recortes presupuestarios que afecten a la investigación realizada con fondos públicos, incluyendo aquella relativa al cambio climático, que Trump cree que es un engaño.

El proteccionismo defendido por Trump, Le Pen y otros plantea una amenaza similar a la economía mundial. Durante tres cuartas partes de un siglo se ha intentado crear un orden económico mundial basado en reglas, en el que los bienes, servicios, personas e ideas pudiesen moverse más libremente a través de las fronteras. Ante el aplauso de sus compañeros populistas, Trump ha lanzado una granada de mano a esa estructura.

Ante la insistencia de Trump y sus acólitos relativa a que las fronteras realmente revisten importancia, las empresas pensarán dos veces el momento de construir sus cadenas de suministro globales. La incertidumbre resultante desalentará las inversiones, sobre todo las inversiones transfronterizas, lo que disminuirá el impulso para un sistema global basado en reglas. Al tener menos inversiones en el sistema, los defensores de dicho sistema tendrán menos incentivos para impulsarlo.

Esto será problemático para el mundo entero. Nos guste o no, la humanidad permanecerá conectada globalmente, enfrentando problemas comunes como el cambio climático y la amenaza del terrorismo. Se debe reforzar, no debilitar, la capacidad y los incentivos para trabajar cooperativamente con el propósito de resolver estos problemas.

La lección que todo esto nos deja es algo que los países escandinavos aprendieron hace mucho tiempo. Los países pequeños de la región comprendieron que la apertura era la clave del rápido crecimiento económico y la prosperidad. No obstante, si iban a permanecer abiertos y democráticos, sus ciudadanos tenían que estar convencidos de que no se debía relegar a segmentos importantes de la sociedad.

Por consiguiente, el Estado de bienestar se convirtió en parte integral del éxito de los países escandinavos. Ellos comprendieron que la única prosperidad sostenible es la prosperidad compartida. Esta es una lección que ahora deben aprender Estados Unidos y el resto de Europa.

 

JOSEPH E. STIGLITZ, PREMIO NOBEL DE ECONOMÍA, ES PROFESOR UNIVERSITARIO DE LA UNIVERSIDAD DE COLUMBIA Y ECONOMISTA EN JEFE DE LA INSTITUCIÓN ROOSEVELT. SU LIBRO MÁS RECIENTE ES ‘THE EURO: HOW A COMMON CURRENCY THREATENS THE FUTURE OF EUROPE’.

 

© PROJECT SYNDICATE, 2017.

 

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Marine Le Pen y Donald Trump. LUIS GRAÑENA

 

Entre las muchas coincidencias que pueden encontrarse en el discurso electoral de Trump y Le Pen se encuentra el rechazo, al menos en el plano formal, de los Tratados de Libre Comercio de nueva generación y en concreto del TTIP y del CETA. Revestidos de una retórica calificada de “proteccionismo”, primero Trump en su campaña y ahora Le Pen han hecho suyo un discurso antitratados que ni parece que vaya a materializarse ni aporta ninguna alternativa en beneficio de las mayorías sociales.

Desde luego, es innegable que la llegada de la Administración Trump ha marcado un punto de inflexión en las relaciones comerciales entre la UE y Estados Unidos. Partiendo de esta afirmación, el interés radica en elucidar si la política comercial de Estados Unidos está dando un giro real o si la tan publicitada ruptura con el modelo anterior es un elemento más del discurso electoral/populista sin que exista un cambio real de modelo. El abandono del proceso de ratificación del Tratado Transpacífico, la paralización de las negociaciones del TTIP, la voluntad de renegociar el NAFTA han sido claros golpes de efecto destinados a mostrar un cambio de ruta del que aún no sabemos cuál es su alcance ni naturaleza exacta.

Lo cierto y verdad es que la contraposición entre “proteccionismo” y “globalización”, que tanto y tan bien explota la extrema derecha a ambos lados del Atlántico, no es una traslación automática de la lucha entre soberanía o democracia frente a neoliberalismo o libre mercado sin frenos. Aunque sea ese el relato del que Trump o Le Pen intentan aprovecharse, la dicotomía en el fondo es falsa, puesto que en ella subyace una similar estrategia de acumulación por desposesión, que se da tanto en el interior de los países que gobiernan o pretenden gobernar como en sus relaciones con el resto de regiones y Estados de la periferia.

La lectura del documento sobre la estrategia comercial de Trump, que se ha filtrado el pasado mes de marzo, nos da buena cuenta de ello. En el mismo se afirma que la nueva política significa un cambio “real” respecto de la sostenida por la Administración anterior (lo que en teoría “venden”), aunque un análisis pormenorizado de las propuestas revela el sostenimiento de una línea que nunca se ha perdido: América para los americanos, sí, pero fundamentalmente para algunos y contra la mayoría.

Según el documento, el objetivo actual de la política comercial de Estados Unidos es la expansión del comercio de manera que éste sea más libre y más abierto para los estadounidenses. Todas las acciones comerciales, continúa el texto, tendrán como objetivo el crecimiento económico y la promoción del empleo en los Estados Unidos y la protección de las empresas, trabajadores, sectores y mercancías de los Estados Unidos frente a los del resto de países. En este sentido, se van a primar los acuerdos bilaterales frente a los regionales y se resistirá frente a los intentos de la OMC de debilitar la postura de Estados Unidos en los diversos tratados multilaterales. En realidad, nada nuevo bajo el sol ni diferente a lo que la gran potencia ha venido realizando en las últimas décadas.

En concreto, Trump se fija los siguientes objetivos: defender y expandir agresivamente la soberanía de Estados Unidos en materia comercial; responder agresivamente a las distorsiones a la libre competencia, incluso si son toleradas por la OMC; sortear las normas de la OMC e impulsar tratados bilaterales que mejorenla apertura de las fronteras de otros países respecto de los productos y servicios estadounidenses; expandir el comercio a nuevos mercados clave y renegociar tratados ya en vigor, en concreto el NAFTA. Es decir, nada que no estuviera, al menos señalado, en la agenda anterior (Obama y Clinton ya apostaron por renegociar el NAFTA), nada que implique un cambio radical (en lugar del TPP se van a negociar tratados bilaterales con cada uno de los países implicados) y nada que no estuviera presente en la negociación del TTIP.

Como se recordará, el 17 de julio de 2013 el Consejo de la Unión Europea aprobó las Directrices de negociación relativas a la Asociación Transatlántica sobre Comercio e Inversión, entre la Unión Europea y los Estados Unidos de América, más conocido como TTIP. Este documento, que no se desclasificó hasta el 9 de octubre de 2014, contiene los objetivos y contenidos fundamentales del acuerdo, estableciendo como finalidad primordial el aumento del comercio y la inversión entre la UE y los Estados Unidos. Para ello, el documento enmarca los contenidos del Tratado en tres grandes pilares: el acceso al mercado, las cuestiones reglamentarias y barreras no arancelarias (cooperación reguladora) y la producción de normas comunes de obligado cumplimiento, incluyendo un mecanismo de solución de controversias inversor-Estado (ISDS). Este amplio contenido ha justificado que el TTIP, al igual que el CETA, sea bautizado como un “Tratado de Nueva Generación”, ya que su objetivo principal no es el de eliminar aranceles, sino el de servir de marco jurídico para que el capital transnacional proteja sus intereses frente a la discrecionalidad, soberana, de los Estados. Y aunque tras el cambio en la Administración estadounidense las negociaciones se han paralizado, no se han dado por concluidas; al contrario, parece que ambas potencias están apostando por retomarlas.

Sin duda, una nueva apertura de las mismas vendrá marcada por una notable posición de fuerza de los Estados Unidos que mantendrá las líneas rojas que ya estancaron las negociaciones en el otoño pasado. Cuestiones como la apertura de los mercados de la contratación pública con la derogación o modificación de la Buy American Act o el reconocimiento de las Denominaciones de Origen ya se plantearon como concesiones imposibles por parte de la Administración Obama y en estos momentos se pergeñan como líneas infranqueables, con más agresividad aún. Así las cosas, y con el as en la manga que supondría dar prioridad a un tratado de nueva generación con el Reino Unido antes de negociar con la UE, el Gobierno de Trump puede coger el mando de las negociaciones con una Unión Europea a la que la negociación de estos tratados está provocando fisuras cada vez más amplias.

En esta coyuntura, el objetivo actual de la política comercial de Estados Unidos es la expansión del comercio de manera que éste sea más libre y más abierto para los estadounidenses. Sea como fuere, la Administración Trump se encontrará delante con una UE aún más desunida y débil, con las contradicciones inherentes a su propio proceso de integración abiertas en canal. La primacía de lo económico y del mercado en la configuración misma de la UE, sin la necesaria dimensión social que los atenúe, unida a los últimos ataques neoliberales desde sus instituciones a los derechos y al bienestar de las mayorías sociales del continente, han suscitado un sentimiento de rechazo hacia el proyecto que ha sido, por el momento, canalizado con mayor intensidad por la derecha. La ausencia de mecanismos redistributivos a nivel continental y la consagración jurídica, al mismo tiempo, de la estabilidad presupuestaria como indiscutible camisa de fuerza para las posibilidades de intervención económica de los Estados han provocado que las libertades económicas fundamentales (de movimiento, de capitales, de servicios y bienes...) hayan seguido operando sin diques que las frenen, aumentando la desigualdad y la acumulación de la riqueza a través, y por encima, de los países.

El descontento, por ende, se hará aún mayor si no somos capaces de dar un giro rotundo a la arquitectura misma de la Unión Europea, y la extrema derecha seguirá creciendo si su relato, falso, sigue teniendo un asidero real en Bruselas al que agarrarse. Ellos, Le Pen y Trump, se erigen en los salvadores de la comunidad, de la Nación y de la seguridad, laboral y social, frente a la globalización institucionalizada y al mundo de las frías cifras del establishment de Washington o de las instituciones de Bruselas. Pero ellos también, a la vez, no dejan de defender en el fondo los mismos planteamientos que subyacen a las consecuencias que critican y de las que se aprovechan en el descontento generalizado. Trump seguirá con el libre comercio sin trabas, lo potenciará incluso, y la acumulación de unos pocos y la desigualdad para los muchos aumentará. Lo hará, eso sí, desde un vigorizado discurso nacionalista y neoproteccionista, mientras sus millonarias cuentas no pararán de crecer y sus empresas, cual metáfora de su misma ideología, no cesarán de saltar de un país a otro protegidas por los tratados de nueva generación auspiciados por EEUU.

Le Pen, de ganar, no acabará con la base socioeconómica que alimenta la desigualdad, la injusticia social y el descontento, como tampoco lo hará Macron, por mucho que ahora ambos decidan que criticar el CETA está à la mode. El Brexit, por su parte, no supondrá un renovado impulso para la democracia en el Reino Unido, que, de la mano de May y los tories, ya está comenzando a abrazar de nuevo la posibilidad de aumentar los neoliberales lazos con Estados Unidos y de convertir Londres en un paraíso para estos nuevos tratados que amparan, recordemos, la impunidad total de un capital transnacional dueño y señor de los mecanismos tradicionales de poder.

Frente a la atomización social, el individualismo extremo, el empobrecimiento de amplias capas de la población y el aumento de la desigualdad, el capitalismo neoliberal, precisamente la causa de todos estos factores, parece haber encontrado una vía de escape para seguir conservando la acumulación que alienta: el nacionalismo de los falsos proteccionismos que en el fondo no solo no cambian, sino que profundizan, la acumulación por desposesión que estamos sufriendo. El TTIP que viene tendrá posiblemente otro nombre y otras formas, pero detrás estarán los mismos intereses de siempre al servicio de quienes, desde hace demasiado tiempo ya, vampirizan el futuro de las generaciones presentes y venideras.

 

Adoración Guamán. Profesora titular de Derecho del Trabajo en la Universitat de València. Gabriel Moreno. Investigador en Derecho Constitucional en la Universitat de València.

 

Fuente:http://ctxt.es/es/20170503/Firmas/12557/TTIP-ceta-internacional-tribunas-Trump-Le-Pen.htm

 

 

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Charlie Post, en una imagen reciente.

Antes de Trump, vino el Tea Party. Para el sociólogo Charlie Post, las mismas fuerzas de descontento social que impulsaron la revuelta en la derecha estadounidense de 2010 han llevado, seis años después, al magnate inmobiliario a la Casa Blanca. Post lleva décadas estudiando el impacto de la desindustrialización y la debilitación de los sindicatos en la política estadounidense. El profesor de la City University of New York analiza la victoria de Trump como una bofetada al consenso neoliberal, resultado de una revuelta interna en el Partido Republicano. Pero la batalla entre el gran capital que domina el partido desde la Guerra Civil y unas bases radicalizadas por la crisis económica continúa. Post comparte almuerzo con CTXT en un pub junto a la universidad pública del sur de Manhattan en la que enseña para analizar el conflicto entre el gran capital y las bases republicanas, su raíz histórica y su impacto en las políticas de un Trump presidente cada vez más “domesticado”.

 

En su trabajo, analiza la relación entre el gran capital y el Partido Republicano. Ha señalado la revuelta del Tea Party como precursora del ascenso de Trump. ¿Hasta qué punto había síntomas del trumpismo en 2010?

El Tea Party se forma en 2010 en torno a dos cuestiones: el rescate financiero y la reforma sanitaria. Pero tiene su origen en los cambios profundos en la base y la dirección de ambos partidos. A finales de los sesenta, los grandes latifundistas del sur y gran parte de la clase media blanca sureña abandonan el Partido Demócrata por el Republicano. Los afroamericanos se vuelven decididamente demócratas. Para mediados de los setenta, es obvio que el capital estadounidense se enfrenta a una gran crisis de ganancias y a una fuerte competencia externa. Comienza entonces una gran ofensiva contra la clase trabajadora en EEUU por parte de ambos partidos. Durante el Gobierno de Carter, los demócratas empiezan a alejarse cada vez más de políticas remotamente socialdemócratas. Para 1978 o 1979, recortan todos los programas de capacitación laboral, desmantelan la expansión del Estado de bienestar que se había dado en los sesenta y setenta. La victoria de Reagan marca el surgimiento de un consenso bipartidista sobre el neoliberalismo: recortes, desregulación, austeridad presupuestaria y el abandono de toda política redistributiva. A partir de 1980, los demócratas pierden un importante sector de la clase trabajadora blanca. Los sindicatos, cada vez más debilitados, ven cómo ciertos sectores de la clase obrera se enfrentan a otros sectores de su clase. Pasan al Partido Republicano, cuyas bases siguen siendo en su mayoría de clase media.

Entre 1980 y 2009, la dirección republicana es capaz de hacer con sus bases lo que los demócratas hacen con la suya: otorgarles concesiones simbólicas en los llamados ‘asuntos sociales’, como los avances democráticos de la gente de color, las mujeres o los gais. No pueden revertir la leyes de derechos civiles o de sufragio de los sesenta, por más que lo quieran muchos blancos sureños, ni el aborto mínimamente legal. Se contentan con asuntos simbólicos en torno a los derechos de los LGBT.

 

Eso cambia con la crisis, según usted.

Así es. La crisis trae consigo una radicalización de las bases republicanas. Son sectores de clase media, pequeños empresarios, profesionales técnicos y algunos profesionales liberales o directivos, que viven en comunidades blancas cada vez más aisladas, a 70 u 80 kilómetros de las grandes ciudades.

 

¿Por qué se radicalizan?

La crisis les ahoga. Ven cómo disminuye su calidad de vida y se precariza su situación económica. Muchas de sus pequeñas empresas terminan en bancarrota. Se sienten amenazados por dos grandes fuerzas: por un lado, las grandes corporaciones, bancos y compañías automovilísticas, que vienen de violar todas las normas del mercado libre a ser rescatadas de la quiebra.

Por otro lado, se sienten amenazados por los vestigios de la clase obrera sindicada, en especial en el sector público, a la que acusan de vivir a costa de sus impuestos, y también por las mujeres, negros y latinos que se benefician de políticas de discriminación positiva para progresar ‘sin merecérselo’. Tienen un gran miedo a los inmigrantes, a quienes responsabilizan del deterioro de su calidad de vida, la criminalidad y el deterioro de los servicios públicos de los que dependen, al ser una población envejecida: la seguridad social, las pensiones y las ayudas a para la asistencia sanitaria.

 

Ese proceso, ¿se produce de la mano del Partido Republicano o, en cierta medida, en su contra?

Hay una evolución. El primer objetivo del Tea Party, después de protestar contra el rescate, es la reforma sanitaria de Obama. En esa fase, todavía hay una cierta alianza con sectores del gran capital. La industria de la sanidad privada se apoyó en la oposición del Tea Party al plan sanitario de Obama para hacerlo todavía más favorable a las grandes aseguradoras. Pero para 2011, el Tea Party irrumpe como un actor importante en Washington y sus líderes empiezan a defender políticas que van contra los intereses del gran capital. Desde 2009, circulaba una propuesta con apoyos en ambos partidos, impulsada por John McCain, el senador republicano de Arizona y excandidato a la presidencia, y el senador demócrata por Nueva York Chuck Schumer, que pretendía establecer un programa de trabajadores temporales ‘invitados’ para la agricultura, la construcción, etc. El Tea Party logró bloquear esa ley, porque suponía más inmigración, que no hubiera deportaciones masivas, y una remota y complicada posibilidad de conseguir la ciudadanía. Poco después, el Tea Party llegó a provocar el cierre del Gobierno federal al negarse a pagar la deuda federal para lograr la revocación de la ley sanitaria de Obama. Eso terminó de romper la tenue alianza entre el capital y el Tea Party.


¿Por qué se produjo la ruptura entonces?

Aquel episodio aterrorizó a la clase capitalista, porque la negativa a financiar el siguiente pago de la deuda puso en riesgo el crédito del Estado norteamericano, que es la base del sistema financiero internacional. Empezamos a ver en 2012 y 2013 cómo las dos principales organizaciones del gran capital en EEUU, la Business Roundtable y la Cámara de Comercio, condenan el cierre del Gobierno e impulsan la reforma migratoria.

Tras salir reelegido, Obama ofrece a los republicanos un ‘gran pacto’: apoyo a la reforma de la ley migratoria a cambio de abrir una discusión sobre la reestructuración de los programas sociales. Eso hubiera supuesto el completo desmantelamiento de lo que queda del Estado de bienestar en EEUU. Los líderes republicanos, con John Boehner y McCain a la cabeza, apoyaban la propuesta. Fue el Tea Party, liderado por Ted Cruz, el que saboteó el plan y volvió a suspender indefinidamente las funciones del Gobierno. Llegados a este punto, a comienzos de 2014, la Cámara de Comercio pasa a la ofensiva: por primera vez, interviene directamente en las primarias republicanas, financiando con decenas de millones de dólares las campañas de candidatos anti Tea Party, cuya presencia en el Congreso logra reducir en gran medida.


¿Y usted sostiene que la elección de Trump es una reacción contra ese intento por parte del gran capital de contener al Tea Party?

La campaña de Trump despega porque las capas de clase media que forman las bases del Partido Republicano ahondan en su radicalización. Trump propone una campaña basada en el antagonismo con las élites y con los mexicanos. Viene a decir: “Tenemos que atacar tanto a las fuerzas que nos oprimen por abajo como a las que lo hacen por arriba”.


¿Cómo identifica a esas élites?

Trump empezaba todos sus discursos con el muro fronterizo y las deportaciones, pero luego decía: “Mandaron a vuestros hijos a morir por las grandes empresas petroleras en Irak”, haciendo un discurso parecido al que haría la izquierda, solo que ligado a la xenofobia y el nativismo. Señala las grandes transnacionales y el establishment político que las protege, tanto los republicanos mainstream como los demócratas neoliberales, del ‘ala Clinton’. Ese mensaje cala con enorme éxito entre la misma clase media ansiosa y en declive que había apoyado al Tea Party.

 

Ha escrito sobre el ascenso de Trump como una OPA hostil al Partido Republicano. Cientos de republicanos se negaban a apoyarle a escasas semanas de las elecciones, y Clinton recabó diez veces más donativos que él. ¿Qué vio el Partido Republicano en Trump que le llevó a rechazarle?

Empezó a criticar directamente elementos clave del consenso neoliberal, en especial los tratados comerciales. El aparato del partido y el 99% de la clase capitalista de EEUU recibieron eso con repulsión. Ningún republicano había hecho campaña a favor de los aranceles desde 1940. No hay un solo sector del capital en EEUU que se oponga a los tratados comerciales neoliberales, desde la industria agrícola, que necesita el NAFTA para vender maíz barato en México, hasta las transnacionales. Habrían preferido a un inquilino de la Casa Blanca que no trajera consigo a Steve Bannon.

Bannon les resulta vergonzoso, no tanto porque sea abiertamente racista –los republicanos suelen hablar en código para atraer a los racistas— sino porque realmente quiere un programa nacionalista-populista en lo económico, quiere desmantelar el libre comercio, quiere cambiar las alianzas estratégicas, quiere implementar deportaciones masivas, quiere que el Estado intervenga para crear empleo, y quiere usar el ejército como herramienta para lograrlo. Además, están completamente en contra de su propuesta de deportaciones masivas y de la construcción del muro, porque lo que quieren es un programa de trabajadores temporales ‘invitados’, que les proporcione un ‘banco’ de trabajadores vulnerables política y socialmente para emplearlos en las industrias que requieren mucha mano de obra. Por último, la política exterior de ‘América primero’. De nuevo, ningún republicano había propuesto algo así desde los cuarenta. La idea de dejar de lado la OTAN y todos los sistemas de alianzas que han llevado al imperialismo estadounidense a liderar el mundo durante 80 años y cambiarlos por alianzas con la Rusia de Putin les parece absurda. Por eso, la división entre las élites y unas bases cada vez más radicalizada se profundiza.


Y, sin embargo, ya en la presidencia y empezando por sus nombramientos, Trump parece haber abandonado a gran velocidad la gran mayoría de esos elementos que le enfrentaban con las élites de su partido y el gran capital. Su gabinete está lleno de ejecutivos de las finanzas y las industrias extractivas de combustibles fósiles. ¿Cómo explica ese viraje?

Así es. Salvo por las industrias extractivas, se parece mucho a los gabinetes de Clinton y Obama, que también estaban dominados por Goldman Sachs. Creo que esos nombramientos fueron sus ofrendas de paz al capital. En lo relativo al partido, al principio intentó equilibrar su ala insurgente, ligada a la derecha nacionalista-populista y liderada por Bannon, con republicanos al uso, como Reince Priebus. Pero, por mucho que él y Bannon se queden bebiendo hasta altas horas de la madrugada y se les ocurran ideas absurdas como cerrar las fronteras a varios países, hay un gran número de obstáculos para que logren implementar ese programa nacionalista.

Por un lado, no tiene una mayoría en el Congreso para aprobarlo. Paul Ryan lidera un grupo republicano que es aplastantemente neoliberal, anti Tea Party y anti Trump. No van a pasar por el aro de desmontar el NAFTA o los acuerdos comerciales neoliberales. Tiene también el obstáculo de la burocracia permanente en agencias clave del Estado que no aceptarán ese programa y podrían sabotearlo. En último término, se va a enfrentar a la resistencia de los mercados. Sus políticas populistas, nacionalistas y anticorporativas se enfrentarían a muchos de los mismos obstáculos con los que se encuentra la socialdemocracia cuando trata de implementar reformas anticapitalistas mediante el Estado. Creo que ha admitido eso, y aunque su retórica sigue siendo la misma, se ha echado atrás. En su primer discurso en el Congreso mantuvo la línea dura proteccionista, pero no hizo ninguna llamada concreta a la revocación del NAFTA, para lo que necesita los votos del Congreso. En lo relativo a la inmigración, utilizó el término ‘basada en el mérito’, que es la base del plan de McCain y Schumer, y lo que quiere el gran capital.


Obamacare, la reforma sanitaria de Obama fue, como ha dicho, el elemento clave tanto de la insurgencia del Tea Party como de la gran reacción que llevó al ascenso de Trump. ¿Cómo analiza el fracaso de Trump a la hora de echar abajo la ley sanitaria de Obama y aprobar su reforma?

Es muy revelador. Los elementos radicales de la derecha libertaria y el Tea Party que echaron abajo la revocación tenían razón: la propuesta de Trump y Ryan era una versión light de Obamacare. Es cierto que habría perjudicado a mucha gente, porque conllevaba recortes a los subsidios de ayuda sanitaria para los pobres, pero, en esencia, era el mismo tipo de política, basada en incentivar la compra de seguros privados a través de rebajas de impuestos. Es el modelo neoliberal de ‘sanidad para todos’, basado en enormes subsidios estatales, recortes de servicios y competencia entre empresas privadas. Trump ha sufrido una ‘corrección de mercado’.

 

El cómo se resuelva esa confrontación entre neoliberales y nacionalistas económicos parece clave, dada la mayoría republicana en ambas cámaras. ¿Está diciendo que ‘el partido manda’ y que Trump volverá al redil del proyecto neoliberal? El presupuesto parece apuntar en esa dirección, con grandes recortes en casi todos los ámbitos.

Sí. Estamos ante un regreso a la vieja agenda neoliberal. Lo que ha hecho hasta ahora marca una versión extremadamente conservadora del neoliberalismo. Y donde ha dado frutos la resistencia no es en los elementos ultraconservadores, racistas, antitrabajadores y machistas de su propuesta, sino en los intentos de llevar a cabo políticas populistas-nacionalistas.


Dada su lectura del ascenso de Trump como una ‘profundización y continuación’ de la insurgencia del Tea Party, si observamos ya en el arranque de su presidencia, un repliegue neoliberal, ¿qué puede suceder con la división entre las bases y las élites?

Preveo una mayor radicalización de gran parte de sus bases, que puede que no voten republicano en las elecciones legislativas de 2018. Es probable que Trump sea un presidente de un solo mandato, especialmente si se produce una fuerte recesión global, que no es nada descartable. Y si no hay un verdadero movimiento ‘desde abajo’ que construya una alternativa de izquierdas, es de esperar que se sigan radicalizando sus bases.


¿Podría haber una escisión en el Partido Republicano?

Es posible que se produzcan intentos de construir un partido de derecha nacionalista-populista. Apuesto a que ahora que los republicanos están logrando domesticar a Trump, erigirán el mismo tipo de barreras que los demócratas pusieron en funcionamiento hace 40 años, como los superdelegados, para evitar que se les vuelva a ‘colar’ alguien como Trump. Y eso podría arrastrar a parte de sus bases a un tercer partido de derecha nacionalista económica.

 

TÁlvaro Guzmán Bastida @aguzmanbas

 

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Xi y Trump, durante la cena en Mar-a-Lago.

 

Los líderes de las dos grandes potencias económicas del mundo, el estadounidense Donald Trump y el chino Xi Jinping, se vieron este jueves por primera vez las caras en Mar-a-Lago, la mansión que el magnate norteamericano posee en Florida. Y la cosa no pintaba bien: les separan sus posiciones en comercio, en medio ambiente y en el modo de proceder con respecto a la amenaza de Corea del Norte. Les une, en cambio, un perfil nacionalista difícil de manejar en términos diplomáticos ya que uno y otro se consideran mutuamente adversarios. El bombardeo a Siria, del que Trump informó a Xi Jinping personalmente, irrumpió en una cumbre ya de por sí compleja.

Hay quien estos días compara esta cita, que busca ese aire desenfadado y personal, pese a lo alejados que están sus protagonistas, con la que Xi mantuvo en 2013 con Barack Obama en California, donde se les vio departir en mangas de camisa. Entonces era Xi el que se estrenaba en el cargo. El nuevo ahora es un empresario neoyorquino que ha sembrado el desconcierto en sus primeros meses en la Casa Blanca.

El arranque de la cumbre, que se prolongará todo el viernes, se iba a escenificar anoche con una cena, a la que iban a acudir con sus esposas, Peng Liyuan y Melania Trump. Antes de la cena, Trump aprobó el ataque al régimen de El Asad. Pero no cabe esperar en estos días escenas de golf, deporte que apasiona a Trump y que el presidente chino no practica.

Los dos países llegan a la cumbre con actitudes diferentes. China aspira a sentar las bases de la relación bilateral para los próximos cuatro años, y conseguir el visto bueno de la Casa Blanca a lo que Pekín describe como “un nuevo modelo de relaciones entre dos superpotencias”. Estados Unidos quiere centrarse más en asuntos concretos.

En el área de la seguridad, Corea del Norte, que el miércoles disparó un nuevo misil balístico al mar de Japón, será el asunto dominante. Ante la determinación norcoreana de desarrollar un misil balístico que pueda alcanzar territorio continental estadounidense, Washington ha situado el fin de ese programa de armamento a la cabeza de sus prioridades, y quiere persuadir a Pekín, el principal aliado de Pyongyang, para que presione a su vecino.

En el área económica, el comercio será el protagonista absoluto. Trump acusa a las exportaciones chinas de perjudicar la economía de Estados Unidos, quiere que el país asiático compre más productos made in America y cree más empleos en suelo estadounidense. Es posible que China ofrezca una rama de olivo en forma de inversiones en infraestructuras.

“Son dos líderes nacionalistas, pero con un nacionalismo que a menudo ve al otro como a su adversario, así que mientras algunos en China creen que EE UU está intentando contener y desestabilizar al país, para Trump ha sido China el principal motivo de las dificultades económicas estadounidenses. Estos nacionalismos de suma cero que les sustentan pueden resultar útiles en la política interior, pero no son buenas para unas relaciones bilaterales estrechas”, explica Richard Bush, experto en Asia de la Brookings Institution.

Xi necesita asegurar una mínima estabilidad en sus relaciones con Washington y algo de contención por parte de la primera potencia en el conflicto de Corea del Norte, sin olvidar la confirmación de que la política de una sola China se mantiene sin variaciones.

En otoño el Partido Comunista, el verdadero motor del poder en China, celebrará un Congreso en el que se renovarán varios de sus principales cargos. Xi quiere evitar encontronazos con EE UU en los próximos meses que puedan distraer de los preparativos de ese cónclave y, sobre todo, alejar el fantasma de una posible guerra comercial. Y reafirma la determinación de China de presentarse como nuevo líder de la globalización económica ante la retirada de Estados Unidos, un papel que ya reivindicó Xi el pasado enero en el Foro Económico de Davos.

 

 

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El director finlandés Aki Kaurismäki

 

MADRID.- Prepararse para hacer una entrevista a Aki Kaurismäki, uno de los más grandes cineastas vivos, heredero del cine humanista de Ozu, Renoir, Ford, Chaplin..., pone un poco los pelos de punta. Impone su descomunal talento, pero, honestamente, da casi miedo por la fama que arrastra. Bebedor, arisco, de pocas palabras –“la gente habla demasiado, sobre todo en las películas”-, imprevisible... ¿Cómo es ello posible siendo el autor de obras maravillosas, tan profundamente humanas y emotivas? ¿no es casi ridículo llevar cuarenta años retratando con inmensa ternura y sensibilidad a los trabajadores, ahora también a los refugiados, y no empatizar con otros seres humanos?

“Soy un hombre sensible, aunque no lo parezca”. Este finlandés alto, grande, con 60 años recién cumplidos, es especial. Sentado en una terraza de un bar de Vigo —la barbilla pegada al pecho y mirando siempre desde abajo—, espera que termine la proyección de su nueva película, El otro lado de la esperanza. Otra ración de gran cine, de cine único, de conmovedoras relaciones humanas, de un sentido del humor y un absurdo bravísimos y puros, y, también, de pesimismo y desaliento.

No quiere hablar de trabajo hasta que no llegue el momento de la entrevista. Su vida en Portugal, cómo llegó allí, sus perros, el vinho verde, el albariño, el cine mudo de Lubitsch, Laurel and Hardy, una proyección de Roma città aperta en la que cortaron las cabezas de Anna Magnani y Aldo Fabrizi, Echanove en Cuéntame cómo pasó, la lógica del idioma finés, el ancho de las vías de tren en España y Portugal, la inquina hacia los noruegos, la tristeza de vivir sin sol, la guerra civil de Finlandia... Aki Kaurismäki es un ser humano entrañable, divertido y un colosal artista.

Después de La chica de la fábrica de cerillas, Un hombre sin pasado, Ariel, Leningrad Cowboys Go America, Luces al atardecer, Le Havre... Ahora El otro lado de la esperanza, por la que ha merecido el Oso de Plata a la Mejor Dirección en Berlín. Historia de Khaled, un joven sirio que llega a Helsinki, y de Wikhström, un comercial que cambia de negocio y abre un restaurante sin mucho futuro. Este encuentra al chico, que ha huido del centro de refugiados, al lado de los contendores de basura de su local y le ofrece techo, comida y trabajo.

“Es, hasta cierto punto, una película tendenciosa que intenta influir sin el menor escrúpulo en las perspectivas y opiniones de los espectadores, al mismo tiempo que manipula las emociones para conseguir su objetivo. Y dado que estos esfuerzos fracasarán, espero que al menos quede una historia recta y melancólica con toques de humor, una película casi realista en torno a algunos destinos humanos en el mundo de hoy en día”.

 

Siempre ha contado historias de trabajadores, ahora también de refugiados... Con su cine, usted se revela como cronista de su tiempo, pero lo hace con historias atemporales...

La atemporalidad quizá surja de la juventud. Mi padre era vendedor puerta a puerta, íbamos de ciudad en ciudad, hacíamos unos amigos y ¡paf! nos mudábamos. De joven yo también pasé unos meses trabajando de lavaplatos, en la construcción... Solo fui a la Universidad tres meses, porque me aburrí. No descubrí la verdad en la Universidad. El único trabajo que me gustó de verdad fue el de peón de albañil, preparando la masa del cemento... bueno, y el de lavaplatos.

 

¿Qué tiene de especial ser lavaplatos?

Trabajaba en el Gran Hotel de Estocolmo. Había unas máquinas lavaplatos de sesenta metros. Un hombre se ponía en una puerta y otro, en otra. Mi compañero era de Marruecos y un día me dijo que salía cinco minutos y que si me podía ocupar yo de su lado también. No volvió y yo me quedé con las dos puertas. El capitalista se dio cuenta de que un hombre podía hacer el trabajo de dos y nunca contrató a otro.

 

¿Chaplin en ‘Tiempos modernos’?

Chaplin en ‘Tiempos modernos’. A mí me daba igual estar encima, a un lado, a otro lado de la máquina y, de vez en cuando, sacaba la cabeza y sonreía. De 7 de la mañana a 5 de la tarde trabajaba en el hotel. Luego iba a lavar platos a otro restaurante de 5,30 a 12 de la noche. En los dos libraba un día a la semana y coincidía el día, así que ese día iba a trabajar a otro restaurante a lavar platos. Así estuve cuatro meses, trabajando 17 horas diarias 7 días de la semana. Era una forma de mostrarme a mí mismo que era capaz de hacer un trabajo así antes de empezar a hacer este trabajo deshonesto que es el cine.

 

Y ¿después de esos cuatro meses?

Volví a Helsinki. Entonces cuando veía a alguien en la calle pidiendo le daba 100 marcos finlandeses, como 100 euros. Me quedé sin dinero en dos semanas. Y volví a la construcción. Por eso no he perdido aun ningún pulso, siempre gano. Aunque ahora ya estoy viejo y hago músculo cortando leña. En una película solo estás diciendo “haz esto, haz lo otro” y el bíceps se vuelve palito, claro. En este momento no me atrevo a hacer un pulso ni con mi ahijado que tiene ocho años. Y antes de esto...

 

¿Antes de la construcción y los trabajos de lavaplatos?

Sí, antes de Estocolmo. Estaba en Finlandia en una planta de papel. Era un edificio grande y estábamos solo tres trabajadores. Dos estaban en una especie de vitrina dando a los botones y yo corriendo de una máquina a otra, y cuando una paraba, la limpiaba. Siempre estaba mirando todo, controlando todo... ‘Tiempos modernos’.

 

Habla de Chaplin, pero ¿no se siente usted más heredero del cine humanista de Ozu, Renoir...?

Ozu es humanismo y arte, un gran artista del cine. Y con esto no estoy diciendo que el cine sea arte. En ‘El otro lado de la esperanza’ he intentado copiar al gran maestro Chaplin, por eso la película es tan torpe, porque yo no soy un gran maestro y nunca lo voy a ser.

 

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 'El otro lado de la esperanza'

 

En este momento de la entrevista, en la azotea de un hotel en Vigo, Aki Kaurismäki se queda callado y de pronto dice: “Cuando veo tu reflejo en la mesa me recuerda el final de ‘Nazarín’ (Buñuel), cuando aparece la piña y suenan los tambores de Calanda”. Otro silencio y, también repentinamente, se disculpa: “Lo siento, me he ido de la pregunta”.

 

Le preguntaba si no se siente heredero del cine humanista de Ozu, Renoir, Ford...

Espero no parece vanidoso si digo que alguien tenía que ser el heredero. ¡No se puede perder una herencia así! Incluso el humanismo no hay tanta gente que sea capaz de trasladarlo al cine. Aun así, el humanismo tiene que existir incluso en las películas malas. Nunca fui a una escuela de cine, era demasiado cínico. Todo lo que sé fue de ver cine. Ford, Ozu, Lubitsch, Renoir, Howard Hawks... Hace cincuenta años proyectaban Una mujer de París (Chaplin) en Múnich, hice autoestop hasta allí para verla. Era un apasionado total.

 

En ‘El otro lado de la esperanza’ vuelve, una vez más, a implorar ternura y solidaridad.

La maquinaria es fría y sin solidaridad no tenemos nada. Creo que la última esperanza de los seres humanos es la solidaridad, pero por desgracia cada vez hay menos. Siempre queda el mañana... aunque aún es más horrendo que el hoy. Pero nunca hay que rendirse.

 

Cuando sus personajes ayudan al refugiado sirio están cometiendo una ilegalidad, el Gobierno no permite que unos seres humanos ayuden a otros. ¿Es una llamada a la desobediencia?

No hay nada sorprendente en hacer algo que está bien. En el centro de refugiados, la mujer que trabaja allí durante un momento es un ser humano. Cualquier cosa contra el sistema es legal, porque el sistema es ilegal. Está basado en el capital. Y el capital nunca llega legalmente, el dinero crece gracias a la ilegalidad. Por tanto, estar en contra del capital es moralmente legal. Equilibramos las cosas.

 

Con el problema de los refugiados hoy hemos despreciado completamente el pasado, la memoria, el tiempo... nos olvidamos de la ayuda de otros países ante en la Historia.

Finlandia hoy no es peor que otros países europeos. Por lo menos, Finlandia finge, pero no es peor. Los peores países hoy en Europa son Hungría, Polonia y Chequia. No acogen a nadie. Finlandia los acoge, aunque luego los devuelve.

 

Los neonazis aparecen en esta película. Es la respuesta de esta Europa a la llegada de refugiados. ¿Usted cree en la Unión Europea?

Debería haber otra forma desde la Unión Europea. Mientras los europeos respetemos a los gobiernos que no tienen derecho moral a gobernar, estaremos perdidos. Si no alzamos la voz como europeos, estamos perdidos. Europa, si todavía existe, no acepta a los refugiados. Tenemos que empezar a comportarnos como seres humanos de verdad. La idea de Europa, de hecho, está más o menos perdida. Y es, como siempre, por el capital.

 

‘El Capital’, de Karl Marx.

Karl Marx, Das Kapital, nunca ha tenido tanta razón como hoy. La idea de Marx del comunismo donde todos aman al prójimo es muy optimista, pero la teoría da en el clavo. Sea como sea, hemos perdido la partida. Lo siento, soy un hombre muy sensible, a pesar de no parecerlo.

 

Su sentido del humor le delata.

No sé si es humor finlandés, no sé si se consigue jugando al ping pong, pero la vida es aburrida, todos deberían tener sentido del humor. Como cineasta intento hacer reír, pero la verdad es que cuando veo una película mía, lloro... Y tengo mis razones.

 

Lo dijo con su anterior ‘Le Havre’ y vuelve a decirlo ahora, que es su última película. ¿No le da el mundo y el ser humano razones suficientes para seguir haciendo cine?

Ha sido una muy buena razón los últimos cuarenta años. En el 68 yo era un jovencito, pero hay un tiempo para todo. Ahora me gustaría vivir, aunque no sé cómo, siempre he trabajado. Llevo el trabajo en mis venas, en mi sangre.

 

BEGOÑA PIÑA @begonapina

 

 

Publicado enCultura
Jueves, 30 Marzo 2017 07:51

Un fantasma recorre Europa...

Imagen de Marine Le Pen, candidata a las elecciones francesas, en un acto reciente de campaña

 

Como alguna vez escribiera Carlos Marx, un fantasma recorre Europa... Sólo que esta vez se trata de una ideología diametralmente opuesta a la que propugnaba el “filósofo de Tréveris”.

La extrema derecha, que había ganado terreno con la profunda crisis económica de 2008, tomado impulso al calor de los movimientos de indignados y del descontento antisistema, y alcanzado la cima de su popularidad con la crisis de los refugiados y los ataques terroristas de París y Bruselas, parecía haber recibido nuevos bríos con los triunfos de Donald Trump y del Brexit.

Si bien la reciente derrota de Geert Wilders y su Partido de la Libertad en Holanda llevó cierto alivio a los líderes de los tradicionales partidos conservadores y socialdemócratas por igual, la realidad indica que los partidos nacionalistas de extrema derecha han dejado ya de ser una minoría radical y que están a las puertas del poder en no pocos países del viejo continente.

El presidente francés François Hollande se entusiasmó con lo que calificó como “una clara victoria contra el extremismo” y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, la interpretó como “un voto por Europa”.

De todos modos, la mayoría de los analistas coinciden en señalar que pese al fracaso en las legislativas holandesas, el auge del nacionalismo en Europa no se detiene y la extrema derecha se extiende por toda la Unión Europea, probablemente con la única excepción de la península ibérica.

Si bien no puede hablarse de un movimiento uniforme, ya que se trata de formaciones políticas con importantes matices y gradientes de radicalidad según el país, se caracterizan genéricamente por una determinada combinación entre nacionalismo, euroescepticismo, proteccionismo económico, populismo y xenofobia (principalmente en la forma de “islamofobia”).

Se trata de formaciones ideológicas de eminente carácter excluyente, en tanto la propia identidad se configura y se reafirma en oposición a un enemigo que hay que expulsar del sistema. En este marco, la inestabilidad y la confrontación son las fuentes de las que se alimentan estas expresiones políticas.

Pero lo cierto es que, aún en la derrota, las propuestas de estos partidos ya se han colado en la agenda política, e incluso son en algunos casos forzosamente abordados por los propios partidos tradicionales en un intento desesperado por no perder votantes.

Por ejemplo, en la política de seguridad de Francia tras los atentados del 13 de noviembre de 2015 pueden reconocerse fácilmente algunos de los pilares del discurso del Frente Nacional. Asimismo, el gobierno de coalición austríaco (socialdemócratas y democristianos), presionado por el crecimiento del FPÖ, dio marcha atrás con su política “de puertas abiertas” y endureció su normativa migratoria, en línea con de los países de la ruta de los Balcanes.

Tras la contienda holandesa, a casi un mes de las elecciones generales, toda la atención se muda a Francia, donde Marine Le Pen y el Frente Nacional aparecen como los favoritos. Y el caso Le Pen puede convertirse sin dudas en un modelo para otras formaciones. Con una estrategia que combina altas dosis de pragmatismo con clásicas apelaciones nacionalistas, la hija del fundador del Frente Nacional, ha aggiornado su discurso en la búsqueda de votantes ajenos al núcleo histórico de la derecha francesa.

La pregunta ya no es si Le Pen puede ganar las elecciones –algo bastante improbable en un potencial ballottage–, sino si el Frente Nacional puede finalmente convertirse en un factor real de poder en una de las democracias más tradicionales del mundo

Benedict Anderson, en el ya clásico “Comunidades Imaginadas”, demostraba cómo el nacionalismo había sustituido a la religión como una herramienta para dar respuesta a las preocupaciones del individuo y proveer seguridad y sentido de pertenencia.

El nacionalismo –aún en sus actuales versiones extremas– opera en el universo de las emociones antes que en el de la razón: no necesita validar sus afirmaciones a través del test de lo posible o lo real. Por ello la identidad que se genera es no sólo más fuerte, sino también acrítica e incondicional.

En una Europa donde la mayoría de los partidos tradicionales se olvidaron de “enamorar” a los votantes, y sólo se limitan a invocar a la razón frente al avance de éste “fantasma”, el nacionalismo seguirá al acecho.

 

* Sociólogo. Autor del libro Gustar, ganar y gobernar. Cómo triunfar en el arte de convencer .

 

 

Publicado enPolítica
Benoit Hamon, candidato presidencial del Partido Socialista Francés 2017 en a la conferencia UDECAM sobre medios y comunicación en París, 2 de marzo de 2017.

 

Condenados a reinventarse. Los partidos progresistas europeos navegan entre dos aguas: la socialdemocracia, sumergida en un mar tomentoso y carente de liderazgos y de programas atractivos, y sus emergentes rivales izquierdistas, sin apenas currículum de gestión gubernamental.

 

La encrucijada es de enjundia. La izquierda europea no acaba de salir de su espiral de destrucción de votos y de dispersión de propuestas capaces de resintonizar con las capas sociales del Viejo Continente.

A pesar de que casi una década después de la mayor crisis financiera desde el Crash de 1929, la virulencia de los excesos del capitalismo desordenado de los mercados previa a la quiebra de Lehman Brothers, y las posteriores políticas de austeridad que trataron de cerrar la hemorragia -sobre todo, en Europa- se haya saldado con la práctica eliminación de la clase media y una masiva destrucción de empleo entre las denominadas economías industrializadas.

El caldo de cultivo para la irrupción de la izquierda, pues, parecía haber entrado en estado de ebullición. En el punto idóneo en el que debían asestar el golpe definitivo a los partidos del otro lado del espectro político, proclives tanto a los recortes sociales de calado como a la defensa a ultranza del neoliberalismo de mercado.

Pero la realidad es más cruda. La socialdemocracia no ha sabido leer este Cuaderno de Bitácora. Y la profusión de movimientos políticos y sociales a su izquierda tampoco han sido hasta ahora capaces de acumular el músculo necesario para hacer frente a las posiciones nacionalistas de ultraderecha que, en cambio, han sabido asumir parte del ideario progresista en asuntos como el reparto de las ayudas sociales.

Eso sí, a costa de enarbolar la bandera del combate contra el inmigrante y de reducir los recursos por razones étnicas y de nacionalidad.Las convocatorias electorales europeas de 2017 dejarán un diagnóstico más nítido de en qué episodio se encuentra el otrora idilio entre la izquierda y las sociedades civiles.

En especial, tras un ejercicio, el pasado, en el que arraigaron mensajes neoliberales de crítica a la falta de recetas socialdemócratas ante la crisis, en el que los partidos de ultraderecha han cerrado filas y elevado sus respaldos sociales y en el que han emergido fenómenos como el Brexit o la era Trump en las latitudes tradicionalmente más próximas a la UE. Sobre todo, en tres escenarios.

En Holanda, en Francia y en Alemania. También hay citas con las urnas en República Checa, en junio, donde el movimiento Ano (que significa Sí), dirigido por el mediático multimillonario Andrej Babiš, que se declara simpatizante de Trump y promete resolver la inmigración con deportaciones frente a las fragmentadas opciones de izquierda.

En Serbia, con estatus negociador para su incorporación a la UE, y donde su cita de mayo dirimirá si el país se inclina por el pro-europeismo, o vira hacia el Este, a la estela de la Rusia de Putin. O en Noruega, la versión escandinava no comunitaria (con permiso de Islandia) cuyo partido Progreso, de Siv Jensen, tratará de arrebatar al laborismo, allá por septiembre, el protagonismo definitivo en los comicios frente a la formación conservadora, mediante una delicada y compleja mezcla de rebajas fiscales y gastos en infraestructuras, con estrictos controles migratorios, para garantizar el generoso Estado de Bienestar noruego.

La izquierda tradicional, la socialdemócrata, afronta estos retos bajo mínimos. Sólo nueve países de la UE (Francia, Italia, Malta, Eslovaquia, Portugal, República Checa, Malta, Croacia y Suecia) presentan gobiernos progresistas. La mayoría, con coaliciones. En conjunto, apenas representan al 32,5% de los ciudadanos de la Unión. Lejos del 45% de 2007, en los prolegómenos de la crisis. Y a una distancia sideral de su Edad de Oro, la doble década de los ochenta y noventa del siglo pasado, cuando en Europa arreciaron los grandes proyectos europeos del euro o la expansión al Este.

La época que sacó réditos del final de la era Thatcher en Reino Unido y que perduró hasta la Guerra de Irak de 2003. Con Miterrand, primero, y Blair, con posterioridad, como estandartes de un socialismo (laborismo, en el caso británico) fructífero al trasladar a sus sociedades civiles su indiscutible contribución a la estabilidad de las democracias y de los Estados de Bienestar europeos, o a la integración de la UE desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

En este intervalo temporal, el peso de electoral de la socialdemocracia no tuvo parangón en la historia reciente.Pero ahora, ¿cómo afronta el desafío la izquierda? La tradicional, que se sigue afanando por no perder el apellido socialdemócrata, y la emergente, quizás más nacionalista y menos global pero también más familiarizada con los millennials y la digitalización de los mercados.

Holanda es el primer banco de pruebas. La campaña está dominada por las tesis nacionalistas. El gran favorito es Geert Wilders y su Partido por la Libertad. Anti-islamista y partidario del Nexit, la salida de Holanda de la UE. Su gran rival será el primer ministro, Mark Rutte, del conservador VVD, que parece haber restaurado su popularidad tras las medidas de austeridad aplicadas por su Ejecutivo entre 2012 y 2014 y que se declara euro-entusiasta.

Ambos mantienen un respaldo social en torno al 20%. A cierta distancia de sus cuatro perseguidores, que apenas superan el 10%. Entre ellos, están el laborismo (PvdA) de Lodewijk Asscher, ministro de Asuntos Sociales en el Gabinete de Rutte, y el Partido Socialista (PS) de Emile Roemer.

El tercero y cuarto en discordia son los cristiano-demócratas (CDA) y los liberales del D-66. Dentro de una amalgama de 31 formaciones, de las que sólo 14, presumiblemente, tendrán acceso a los 150 escaños del Parlamento. La cita será el próximo 15 de marzo.

 

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El electorado holandés está instrumentalizado por la inmigración y la vinculación con la UE. Todo asunto ajeno es secundario. Para muestra, dos botones. El 40% de turcos y marroquíes que viven en Holanda (sus dos estratos extranjeros más importantes) dice no haber aceptado la cultura de su país de acogida. Ni sentirse integrado en su sociedad. Tampoco parecen entusiasmados los holandeses con la condición de contribuyente neto de las arcas comunitarias.

Asscher paralizó los intentos de liberalización de la Sanidad y del mercado laboral de Rutte. Pero apenas ha podido tejer su compleja estrategia de restablecer apoyos con la clase trabajadora, estimular la prosperidad perdida de profesionales liberales y, al mismo tiempo, de convencer a funcionarios e inmigrantes de que -explica- “hay un amplio margen de mejora” para regenerar la frustración y la desigualdad. En diciembre tomó las riendas del PvdA de Diederik Samsom.

 

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Alexander Pechtold, de Democrats 66 Emile Roemer, del Partido Socialista y Lodewijk Asscher, del Partido del Trabajo (PvdA). EFE/EPA/BART MAAT

 

De ahí que hable de “urgencia” al intentar aunar apoyos de estratos sociales tan variopintos. Por si fuera poco, su contención a la privatización sanitaria choca con la mayor preocupación de sus conciudadanos, que están mayoritariamente convencidos de que el sistema nacional de salud camina hacia un lento, pero paulatino, colapso.

Con el coste por paciente al alza, desde los 150 euros de 2008 a los 385 euros en 2016, las desigualdades entre ricos y pobres en brecha abierta y la renta familiar estancada, Asscher apuesta por elevar la imposición, hasta el 60%, a ingresos superiorores a los 150.000 euros anuales, y la fiscalidad de las empresas. Aparte de este guiño al electorado progresista, el líder del PvdA reclama, sin precisión, que la libertad de trabajadores en la UE no suponga recortes salariales. Los malos sondeos que pesan sobre Asscher, pese a ser un admirado y habilidoso negociador, según coinciden sus detractores y defensores, parecen tener que ver con la ascendencia de Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo, y de Ahmed Aboutaleb, alcalde de Rotterdam, de origen marroquí, y el político más popular del país.

Ambos del PvdA y que podrían sucederle en cualquier momento al frente del partido.El SP de Roemer se declara un partido antiglobalización y pro-trabajadores. Fue el gran favorito en las elecciones de 2012 durante toda la pre-campaña. Pero se desinfló sin remedio en las urnas y no protagonizó el esperado sorpasso ni siquiera con el PvdA.

Es, para muchos analistas, similar en sus planteamientos al PVV de Wilders, aunque sin el componente racista. Defiende un nuevo sistema de salud. Cree que es urgente crear un fondo para Sanidad porque los recursos públicos actuales desaparecen en los bolsillos de burócratas y aseguradoras y no protegen al trabajador ni al dependiente. Es la prioridad en el discurso de Roemer.

Las listas de espera han aumentado un 28%, el 80% de la población ha perdido poder adquisitivo, más de un millón de personas viven bajo el umbral de la pobreza y, pese a que los parados han bajado de 700.000 a 550.000, el número de contratos estables se ha reducido hasta el 75%.

La temporalidad y los empleos por horas han arraigado. De ahí que su gran promesa electoral sea aumentar el salario mínimo en un 10%. Aunque no la única. También apuesta por la banca pública: “Tenemos que impedir que nuestros bancos acudan a los mercados de capitales”.

Además de regular la inmigración laboral. En Europa, pide más democracia. Y el fin de su visión neoliberal. Sin la dictadura de la Comisión Europea, sin Ejército propio y sin Justicia comunitarizada, asegura. En unos niveles notablemente más progresistas se mueven las candidaturas en Francia. Hasta el punto de poder afirmar que el punto estelar de los programas de los dos aspirantes de izquierdas es la Renta Básica Universal (RBU).

Una propuesta de mayor envergadura social que cualquiera de las que plantea sus colegas holandeses. Hasta el punto de que tratan de monopolizarla en países como España, donde Podemos, que la incorporó a su programa para los comicios de 2015 y 2016 (al igual que IU, antes y después de su coalición con la formación morada) trata de erigirse en el genuino defensor de esta medida, frente a los recientes intentos de las tres facciones del PSOE -en mayor o menor medida- por asumir una propuesta similar, en enjundia, a la que en el pasado supuso la Tasa Tobin para gravar las transacciones financieras vía divisas y acabar con la especulación en los mercados.

En medio de proclamas del presidente de la gestora y de Asturias, Javier Fernández, de “reformular” la socialdemocracia, el papel del Estado frente a las soluciones “milagrosas” del mercado y la preservación del Estado de Bienestar, como pilares del futuro plan económico del PSOE.

Benoît Hamon, aspirante socialista (PS) al Elíseo, y Jean-Luc Mélenchon, del Partido de Izquierda -político de ideología troskysta que abandonó el PS en 2008 y fundó el Parti de Gauche, junto con los antiguos comunistas-, se disputan también este estandarte, de cara a la primera vuelta, el 23 de abril.

Aunque es altamente probable que ninguno de los dos -ni ambos en comandita, si se diera el caso, como han insinuado-, podrán poner en marcha la RBU, dadas las casi nulas opciones que les conceden los sondeos (13,7% de intención de voto para Hamon, frente al 11% de Mèlenchon) de concurrir a la casi ineludible segunda vuelta, el 7 de mayo.

Porque, como en Holanda, las bazas más sólidas parecen ser el Frente Nacional de Marine Le Pen (26,1%) y, o bien los republicanos del conservador François Fillon (19,5%) -si los casos de presunto nepostismo se lo permiten- o el centro liberal de Emmanuelle Macron (20%), ex ministro de Economía en el Ejecutivo socialista de Manuel Valls. Los mercados asumen este horizonte, en el que Le Pen no lograría la jefatura del Estado.

 

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Posibles escenarios en función de las encuestas de la segunda vuelta

 

La RBU forma parte de lo que el líder laborista británico, Jeremy Corbyn, considera el urgente y renovado ideario de izquierdas en Europa, en el que se refleje el “mayor progresismo” que piden los militantes socialistas del Viejo Continente.

En esencia, esta renta básica sustituirá al abanico de programas, subsidios, deducciones fiscales y contribuciones sociales por trabajo e, incluso, los gastos administrativos asociados a estas tramitaciones, de forma que se convertiría en una retribución para personas con bajos o nulos niveles de ingresos, con la que se autofinanciaría su futura pensión. Aunque admite múltiples interpretaciones.

Para Hamon, la RBU “es un instrumento que libera trabajo y permite a cada persona poder elegir sus ocupaciones profesionales sin necesidad de tener que sufrir por ello”. Su propuesta se puede sintetizar en cuatro ideas-fuerza: instaurar una renta básica, ya en 2018, para jóvenes entre 18 y 25 años; aumentar los beneficios por desempleo o subempleo hasta los 600 euros al mes; implantar un sistema automático para estos pagos y universalizar la retribución con un mínimo de 750 euros mensuales.

El recurso a la RBU es, en realidad una vieja receta. Incluso de siglos precedentes. Aunque ha sido la crisis y sus devastadores efectos sobre la población la que ha puesto de nuevo de moda esta propuesta. Finlandia acaba de aplicar un programa experimental con 2.000 parados de larga duración, que recibirán 560 euros al mes.

La provincia canadiense de Manitoba lo practicó desde la década de los setenta hasta que un cambio reciente en su gobierno la ha derogado. Utrecht y otras ciudades holandesas también lo hicieron, como planes pilotos en 2015, pero se cancelaron por consultas populares contrarias. Igual que en Suiza, donde su opuso el 77% en junio de 2016 a una retribución de 2.500 francos suizos por adulto más un tercio adicional por niño a su cargo.

El ex ministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis, ha sido uno de los más firmes defensores de la RBU: “Es necesario, una urgencia inaplazable para civilizar el capitalismo y evitar los espasmos que generará por la nueva generación tecnológica”, en alusión -dice el fundador de Democracia en Europa Movimiento 2025-, entre otros fenómenos, a la creciente robotización de los modelos productivos.

 

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El exministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis. EUROPA PRESS

 

Varoufakis lidera uno de los intentos europeos más supranacionales de cambiar las agendas progresistas y de resistencia frente a movimientos de extrema derecha -en especial, en los países nórdicos y centroeuropeos- de robar la defensa del Estado de Bienestar a la izquierda.

Una batalla que trata de frenar el trasvase de gran parte de una clase trabajadora descontenta con las concepciones cosmopolitas y favorables a la globalización de los partidos progresistas y que también ha logrado reunir voces como la de premios Nobel de la talla de Paul Krugman o Joseph Stiglitz o de economistas también ilustres como Jefrey Sachs, James Galbraith o Thomas Pikkety.

De ahí que la disputa entre Hamon y Mélenchon en Francia sea de máxima intensidad. El líder izquierdista galo parte con ventaja. Su propuesta viene de largo. Y la vincula a transformaciones drásticas en los sistemas productivos, además de en las relaciones comerciales y en materia de defensa de los consumidores, alineados con las nuevas demandas sobre cambio climático, para dotar a Francia de un nuevo modelo retributivo que reduzca la brecha entre ricos y pobres.

Dice estar “encantado” de que “el viejo socialismo”, en estado “moribundo”, haya recapacitado con una medida como la renta básica y su “universalización”. Hamon, por su parte, cuenta a su favor con la salida del Ejecutivo socialista galo con el giro hacia la austeridad de su rival en las primarias (Valls), pero sus consignas reformistas, más allá de la RBU, van a remolque de las de Mèlenchon.

Motivo por el que el también apodado el Bernie Sanders francés, apenas ha logrado que calen sus tibios mensajes ecologistas y regeneradores en lo social. Con promesas como la legalización de la marihuana o la tributación por uso de robots en las cadenas productivas.

Más elocuente es la confrontación de planteamientos entre partidos izquierdistas en Alemania. Si bien aún queda bastante margen temporal -los comicios serán el 24 de septiembre-, el SPD de Martin Schulz, ex presidente del Parlamento Europeo, ha logrado, con un tono sosegado, que los apoyos sociales socialdemócratas se equiparen a los de la CDU/CSU de Angela Merkel.

Tanto la canciller como Schulz acaparan el 32% de intención de voto. Un empate que genera el dilema al SPD de si optar por mantener la actual gran coalición con Merkel o apostar por un gobierno con la Izquierda y los Verdes. Pero que da alas a la visión continuista del líder socialdemócrata, partidario de regular la inmigración, dotar de estabilidad a Europa y de ahondar en la idea, cada vez más extendida entre el electorado, de que con Schulz “las cosas son posibles”.

Quizás por ello, parece que ha cundido como la mejor de sus recetas socio-económicas, la de combatir la evasión fiscal y dirigir los recursos de esta batalla a reducir las desigualdades. Entretanto, los planes de Die Linke (La Izquierda) de la doble candidatura integrada por Sahra Wagenknecht y Dietmar Bartsch -bajo el lema de “Alemania: social, justa, para todos”-, hacen hincapié en que su doctrinario representa un cambio de paradigma.

En este sentido, proponen crear un impuesto que grave con el 5% todos los patrimonios superiores al millón de euros, y un recorte de la carga tributaria sobre los ingresos familiares inferiores a 7.100 euros mensuales.

 

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Dietmar Bartsch y Sahra Wagenknecht, cabezas de cartel de la Izquierda alemana.

 

Así, según calculan en Die Linke, la Hacienda alemana tendría unos 80.000 millones más de euros que administrar. También se declaran partidarios de poner en marcha la Tasa Tobin, gravamen sobre las transacciones financieras para evitar movimientos especulativos.

Recursos que irían a sufragar el cambio energético y la creación de un auténtico mapa de infraestructuras digital. Y de congelar el presupuesto militar y prohibir las exportaciones de armas. Con esta batería de medidas pretenden pescar votos del SPD, pero también de Alternativa por Alemania, la AfD, a partir de la disociación -explica Wagenknecht- entre refugiados y terrorismo que la ha reportado no pocos adeptos a este partido de extrema derecha.

Unos 10.000 simpatizantes de la Izquierda se han decantado por la AfD en las últimas elecciones regionales, admiten varios think-tanks. La “restauración de la predictibilidad” es su gran aportación al debate europeo. Después de varios años de crisis, la UE navega “sin rumbo”; hasta el punto de darse de bruces con la realidad del Brexit y del resurgimiento de partidos ultranacionalistas de derechas, que han recogido adeptos entre el amplio número de jóvenes desocupados.

Su objetivo declarado: obtener un resultado de dos dígitos. Respaldo que les garantizarían ministerios y poder parlamentario en una probable coalición roji-verde.La suerte, pues, parece estar echada. Dos izquierdas, con dos sensibilidades, para combatir a la ultraderecha nacionalista europea.

 

 

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