Lunes, 03 Septiembre 2018 07:41

Eduardo Galeano: hacer y nacer en la palabra

Eduardo Galeano: hacer y nacer en la palabra

A Helena Villagra


Desde muy joven, Dudú –como cálida y amorosamente lo llama Helena Villagra– se hablaba de tú con la muerte. Por mano propia, a los diecinueve años, quiso conocerla, pero ella le negó el pasaporte. La insatisfacción con las letras, un llanto que le brotaba desde lo más hondo del alma sin saber por qué y otros dolores de la vida lo arrojaron a esa dura experiencia. Para Eduardo Germán María Hughes Galeano el episodio, que lo llevó a un comatoso umbral por varios días, significó un nuevo nacer. Cuando despertó, los textos antes negados empezaron a fluir con tono, forma y sueños propios. A partir de entonces, decidió llamarse solamente Eduardo Galeano porque así recordaba que, en los días finales de 1959, nació otra vez y que la vida, a pesar de los golpes como del odio de Dios, bien vale ser vivida.


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Tataranieto de ingleses, alemanes, italianos y españoles, Galeano se supo siempre tan Latinoamericano como “el más humilde guijarro” del Uruguay. A los silencios y los misterios marginados de Latinoamérica y el mundo brindó su hacer que, desde el origen, estuvo ligado al periodismo. Tenía catorce años cuando sus primeras publicaciones vieron la luz en el semanario socialista de Montevideo. No eran textos, sino caricaturas. Marcha, el legendario semanario uruguayo, representó para él un aprendizaje a partir del reto constante. Como bien anota Roberto López Belloso, Juan Carlos Onetti y Carlos Quijano fueron sus maestros, el primero en el hacer literario, el segundo en la tarea periodística. En 1961, su destino y el de Marcha se encontraron. Hasta 1964 fue redactor en jefe de aquella revista cuyo papel impugnador a través de la crítica lúcida, el profesionalismo y la radicalidad de sus planteos la convirtieron, a decir de Claudia Gilman, en un “espacio político y cultural fuera del cual era difícil circular con legitimidad”. El nombre de Galeano se inscribió pronto dentro de una generación marcada por una clara tendencia a la problematización, a la duda como arma y a la crítica como ejercicio periodístico, literario e intelectual. Con Alfredo Zitarrosa, Carlos María Gutiérrez, Ángel Rama, María Ester Gilio y Mario Benedetti, entre otros, se inauguró y consolidó una manera de hacer y entender el periodismo en Uruguay y en toda América Latina; era el periodismo que ponía en primer plano al mundo marginal, aquel del arrabal, los prostíbulos y la gente que, a fin de cuentas, dentro del gran relato del poder, era negada. Gracias a esa generación, Dudú aprendió el oficio de mirar, escuchar, criticar y escribir sin apartarse ni medio milímetro de sus convicciones políticas y, sobre todo, sin darle oportunidad a la mediocridad, al dogmatismo o a la peligrosa zalamería ante los mandamases que hoy, en más de un lugar del mundo, se practica como sinónimo de trabajo periodístico.


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Galeano sintió un cariño sincero y un respeto sin fronteras por el Che. No por nada lo definió como el “más nacedor de todos”. Según el uruguayo, aquel argentino asmático, trotamundos, futbolero y tozudo, hizo posible la comunión entre las palabras y los hechos porque fue capaz de decir lo que pensaba y de hacer lo que decía. En esa frase, él mismo se reconoció; era una suerte de manifiesto que acompañó con otra formulación del nicaragüense Carlos Fonseca Amador: “amigo es el que critica de frente y elogia por la espalda”. Cuando la Revolución encabezada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) cayó a manos de sus errores, del cansancio y el incesante ataque de los Estados Unidos llegó “la piñata”. Era la hora de criticar de frente. Desde su querer y su entender, la traición al pueblo de Sandino resultaba tan grave que no valía la pena continuar en esa senda, por eso rompió, de manera definitiva, todo vínculo con la dirección del FSLN. En 2003, luego de que tres personas fueron fusiladas tras cometer actos de sabotaje en Cuba, Dudú criticó y fue criticado. Para él, la decisión de los fusilamientos era un síntoma de la pérdida de entusiasmo, “espontaneidad y frescura” que habían hecho de la Isla la patria del socialismo alegre, rumbero y solidario. “Cuba duele”, escribió sabiéndose y queriéndose amigo de aquel país chiquito e indoblegable. El distanciamiento terminó luego de nueve años. En 2012, regresó a Casa de las Américas, la Casa, su Casa. Aunque estuvo lejos, no se fue del todo. Como no se fue, seguía escribiendo sin miedo a la crítica de propios y extraños. En Espejos. Una historia casi universal, publicado en 2008, hay un texto que lleva por título “Fidel”. Para Galeano, los enemigos de la Revolución cubana nunca dijeron que ella era apenas “lo que pudo ser y no lo que quiso ser”, gracias al imperio y su bloqueo. Y callaban, además, que “esta isla sufrida pero porfiadamente alegre ha generado la sociedad latinoamericana menos injusta. Y no dicen que esa hazaña fue obra del sacrificio de su pueblo, pero también fue obra de la tozuda voluntad y el anticuado sentido del honor de este caballero que siempre se batió por los perdedores, como aquel famoso colega suyo de los campos de Castilla”. Dudú escribía lo que pensaba y lo hacía como el más crítico de los amigos, como el más queredor de todos.


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La utopía, dicen que Galeano decía, sirve para caminar. La frase es del cineasta Fernando Birri, un amigo suyo. Dudú se encargó de aclararlo, pero por más que lo intentó no hubo caso. Lectores y escuchas saben que esas palabras, las haya dicho quien las haya dicho, son del uruguayo. El concepto de “sentipensar”, tan ligado a él, tampoco fue solamente suyo. Lo escuchó a lado de Orlando Fals Borda, conviviendo a la luz de una fogata en la costa colombiana. Un pescador fue el autor de aquel verbo que, para Dudú, resumía lo que el ser humano representa: un mundo de ideas y de emociones, de corazones y razones. Nunca se atribuyó los derechos de autor de nada que él no sintiera, pensara y escribiera. Para poder ver, escuchar iba primero, decía.


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En 1971, Las venas abiertas de América Latina, libro extenso, corajudo y de una prosa poética vibrante, obtuvo una mención honorífica. Hasta el día de hoy, pocos saben quién ganó el premio de ensayo otorgado por Casa de las Américas. Según Galeano, aquel texto lo escribió cuando entre los intelectuales de izquierda había una certeza: todo lo que no resultara aburrido no podía ser serio. Por eso, perdió. Porque, como escribe Pedro de la Hoz, “pesó más la tradición que la transgresión”. El libro, insistía Dudú, tuvo éxito porque las dictaduras de Chile, Brasil, Uruguay y Argentina lo prohibieron, y lo prohibido incita a ser descubierto. En ese texto volcó no sólo sus amores más reales y sus furias más profundas, sino también la historia no dicha de Nuestra América expoliada y condenada a empobrecerse por la desgracia de sus riquezas; la historia de una América desangrada por los modernos piratas sin parche en el ojo ni loro en el hombro; la historia silenciada a través de la explotación, las balas, la cárcel y la muerte. “Perdimos; otros ganaron. Pero ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos: la historia del subdesarrollo de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial”, escribió. Con razón, Eric Nepomuceno señala que Galeano enseñó a “releer nuestra historia desde otro ángulo: desde el punto de vista de los humillados, de los derrotados”. En abril del 2009, Hugo Chávez le regaló el libro a Barack Obama. Se trató de un reclamo anticipado: en la historia de los poderosos, Obama –que tanto promovió la guerra– fue nombrado Premio Nobel de la Paz en diciembre de ese mismo año.


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Eduardo Galeano sabía que la inflación monetaria era terrible y terrible también la inflación palabraria. “Las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio”, dijo que dijo Juan Carlos Onetti. Para el alumno del novelista de las sombras, fue ley de vida. Fascinado por la capacidad de decir mucho con poco, la brevedad se convirtió en la manera de relatar los dolores y los amores, las fantasías y las rebeldías. Creía que era posible hacerlo mirando el universo “por el ojo de la cerradura” y que narrar a pedacitos bien valía la pena si así se recuperaba la unidad entre el hacer y el decir, entre el soñar y el crear. Para que no hubiera “piedras en las lentejas”, Galeano tachaba y rehacía sus textos una y otra vez, como ejercicio de honestidad consigo mismo. Más que escribir, borraba. Cuando le preguntaron quiénes eran sus mayores influencias literarias, respondió “Juan Rulfo, Juan Rulfo y Juan Rulfo”.


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La obra del “señor de los fueguitos” –único título nobiliario que Dudú recibió de algunos pequeñines del paisito– es vasta y no sabe de casillas. Sin embargo, desde el campo del análisis literario se le estudia más bien poco. La negativa se cimienta menos en términos estéticos que en aspectos ideológicos. Eduardo Galeano nunca negó el origen de sus palabras: nacían desde la izquierda, desde lo ignorado y humillado por todos los poderes. Por eso se preocupó por conversar con las voces y los haceres de las mujeres, condenadas a aparecer, cuando aparecían, en el segundo plano de la historia. Por eso puso oído atento a la vida nacida y resistida en los arrabales. Por eso fue preso y luego obligado a vivir lejos de la tierra de José Artigas. Por eso su andar solidario con el pueblo venezolano y su simpatía multiplicada con los indignados de España, los zapatistas en México y la resistencia indómita en Palestina que mucho pelea por la libertad de existir. Entrevistado por Eric Nepomuceno señaló que sentía una identificación con los que luchan, “estoy seguro –dijo– de que las palabras vienen de ellos y a ellos son devueltas. Palabras que tienen una capacidad de vida, de multiplicación”. Galeano militaba desde la palabra, era su hacer, su nacer.


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El 2 de abril del 2009, en la Sala Nezahualcóyotl de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Dudú se encontró con miles de personas deseosas de escucharlo. Allí recibió uno de los símbolos de dignidad más emblemáticos en el México contemporáneo: un paliacate rojo. Trinidad Ramírez, mujer peleona hecha de pura ternura y tesón, se lo puso al cuello. Así le mostraba que en Atenco lo querían de veras. En una sala repleta, que gritaba por la libertad de los campesinos atenquenses encarcelados desde mayo del 2006, Eduardo Galeano dijo que si la tierra era sagrada, sagrados eran también quienes la defendían; no sabía que ya antes sus palabras habían contribuido a esa lucha. Ignacio del Valle, el más pequeño de los grandes hombres nacidos en suelo mexicano, resistía en el penal de máxima seguridad del Altiplano. El frío le quebraba los huesos, lo dejaba sin piel. Nacho –como compañeramente se le conoce en la vida brava de los de abajo– no podía leer más que los libros de la triste biblioteca carcelaria. Las normas de seguridad del penal impedían que recibiera cualquier texto impreso o con imágenes; toda carta dirigida a él debía ser escrita a mano, sin dibujos. Galeano se coló. En 2008, por iniciativa de estudiantes y profesores de diferentes facultades de la UNAM, El libro de los abrazos rompió los barrotes de las distancias y los silencios. A mano, por muchas manos, el libro se copió completo para que Nacho leyera y resistiera y venciera el encierro. El libro de los abrazos fue el abrazo que Eduardo Galeano le dio a Ignacio del Valle a través de aquellas manos anónimas que, letra a letra, se hicieron manto para combatir el frío del penal. Así se abrazaba a los atenquenses para que ellos, guardianes sagrados de la tierra, no flaquearan por soledad o por tristeza.


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Dudú, el mayor hincha del Nacional, el club de futbol de sus amores, fue una voz cálida y solidaria de las causas justas. En diciembre de 2014, escribió que los familiares de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa no estaban solos en “la porfiada búsqueda de sus queridos perdidos”. Contribuía así a combatir la sordera del poder que, a casi cuatro años de aquel suceso, se niega a escuchar. En diciembre de 2015, Helena Villagra, cuyos sueños despertaban la envidia constante de su Dudú, dedicó el doctorado honoris causa, concedido a él por la Universidad de Guadalajara, a “la lucha de esos ‘nadies’ doctorados en Ayotzinapa”. Helena bien sabía que Galeano así lo deseaba.


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El “señor de los fueguitos” cumple 78 años este 3 de septiembre. Sus palabras vibran en las resistencias de nuestro país. En el suelo sagrado de Atenco y los guerreros que lo protegen. En Ayotzinapa y la memoria necia que exige justicia. Desde la palabra, sigue haciendo. Desde la palabra, sigue naciendo.

 

Por José Arreola
28/08/2018

José Arreola
Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Sus líneas de análisis están basadas principalmente en la literatura cubana y el debate del campo intelectual de Latinoamérica Ha obtenido premios en narrativa y ensayo convocados por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

Publicado enCultura
Martes, 25 Octubre 2016 14:48

La tierra de la falsa libertad

La tierra de la falsa libertad

La situación en la “Tierra de la libertad” se había vuelto insostenible para muchos (en realidad era la Tierra de la falsa libertad, aunque oficialmente, y para engañar a los despistados la llamaban así). Gran cantidad de personas mal vivían en la parte de abajo con unas pocas monedas y sin apenas recursos, percibían salarios de miseria a cambio de duras jornadas de trabajo (los “afortunados” que lo podían tener). Todo se había vuelto penoso para este sector mayoritario de la población. En cambio, en la parte de arriba las cosas eran muy diferentes. Allí la crisis había supuesto un mayor enriquecimiento del grupo social que vivía en aquella zona, hasta el punto que había ocurrido algo novedoso: ahora, en lugar de papel higiénico, usaban billetes de 50.

 

La noticia llegó a oídos de los que vivían en la parte de abajo de la Tierra de la libertad. ¿Billetes de 50 como papel higiénico? Aquello fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de los de abajo, y decidieron ir a hablar con los millonarios de arriba. Estos les dijeron que comprendían la situación y llamaron a los “expertos”, encabezados por el presidente, para que se hiciese una reunión y estos expertos pudieran ofrecerles las explicaciones pertinentes. Y así se hizo.

 

Ya todos sentados, el grupo de representantes de los de abajo expusieron a los expertos cuáles eran los hechos, y los hechos eran que mientras gran parte de la población de la Tierra de la libertad estaba pasando verdaderas penurias con salarios humillantes y doblando en muchos casos la jornada laboral siendo ya unos esclavos, los de arriba vivían como reyes, disfrutando de todo lujo pensable, y para más inri ahora se limpiaban el culo con billetes de 50, algo sin duda simbólico y que a los de arriba les producía un gran placer. Era una situación muy injusta estas diferencias, diferencias que siempre habían existido pero que ahora se habían multiplicado por la famosa crisis: los de abajo iban camino a la esclavitud (muchos de ellos ya en ella) y los de arriba, en cambio, ahora tenían mucho más.

 

Esta fue a groso la exposición de los hechos y esta fue, resumiendo también, la respuesta de los expertos:

 

Vuestro problema, la pobreza o la miseria, nada tiene que ver con la situación de los de arriba, la riqueza. Es decir, es independiente el hecho de que vosotros percibáis salarios tan bajos con el hecho de que arriba naden en la abundancia. No tiene nada que ver el que una parte cada vez posea más dinero, patrimonio, yates, joyas y lo que quieran tener, con qué otra parte, en este caso una mayoría, tenga cada vez menos y deba trabajar cada vez más por menos. No se equivoquen caballeros, una cosa no tiene que ver con la otra.

 

- Por otra parte, debéis alegraros de ver que los ricos cada vez sean más ricos y debéis estar contentos porque estos millonarios o multimillonarios contra los que protestáis hayan decidido vivir en la Tierra de la libertad y no en otra parte, porque así la economía estará en movimiento y podrán haber empresas y posibilidad de trabajar para ellos, y me consta que muchos de ustedes lo hacen, trabajar para ellos. Imagínense que un día decidan irse de aquí; sería nefasto. Agradézcanles el que vivan aquí y que cada día ellos posean más, porque serán oportunidades para ustedes.

 

- Por último, no les moleste que ellos usen billetes de 50 como papel higiénico. Ustedes no saben, pero si en lugar de limpiarse el culo con ellos se los entregaran a ustedes... se produciría una distorsión en los precios con lo cual todo el mundo saldría perdiendo, también ustedes. Sabemos que pueden pensar que ellos podrían compartir algo o que para que se use ese dinero de ese modo sería mucho mejor que ellos dieran algo a ustedes, pero créanme, eso sería contraproducente para todos y se les volvería en contra. Es mejor que todo siga así, y que por muchas penurias que puedan estar pasando, y por muy bien que vivan arriba, son ustedes unos privilegiados por poder vivir y formar parte de la Tierra de la libertad. Aquí reina la libertad, son libres, y este es nuestro valor supremo, por encima incluso de la propia dignidad, por encima de que todos los habitantes puedan tener una vida digna.

 

Miren caballeros, miren hacia nuestra bandera, ámenla y llévenla en sus corazones. Esta es nuestra patria y todos formamos parte de ella, ustedes (los de abajo) y los de arriba. Siéntanla porque nuestra patria nos une a todos, y nuestra patria, como digo, es lo que realmente importa y no si unos viven mejor u otros peor. ¡Nuestra patria caballeros! ¡Viva la Tierra de la libertad!

 

Los expertos economistas y políticos, tras estas palabras pronunciadas por el presidente, se pusieron en pie y lo ovacionaron con un sonoro aplauso y unos vivas, mientras que el grupo de los de abajo, sumidos en una gran perplejidad, fueron desalojados de la sala por las fuerzas de seguridad.

Publicado enEdición Nº229
Miércoles, 04 Marzo 2015 06:18

Cincuenta años de nuevo periodismo

Cincuenta años de nuevo periodismo

Manuel Barrientos hace una breve reseña sobre "el nuevo periodismo" cincuenta años después de su surgimiento y lo define como un espacio de encuentro con lo diverso, con lo diferente, con lo desigual.


Seymour Krim oyó por primera vez el vocablo en 1965. Era redactor-jefe de la revista Nugget y Peter Hamill lo llamó para pedirle un artículo titulado "El nuevo periodismo" sobre reporteros como Jimmy Breslin y Gay Talese. ¿Qué era ese movimiento en ciernes en los Estados Unidos de los años sesenta? ¿Quiénes eran sus referentes? ¿Cuáles eran los recursos innovadores que incorporaba?


En esos primeros artículos publicados en agosto de 1965 sobre el nuevo fenómeno del periodismo norteamericano, se mencionaban como medios pioneros a Esquire y el suplemento "New York" del Herald Tribune y se destacaba a plumas como Breslin, Talese, Dick Schaap y Tom Wolfe.


No era un movimiento "organizado" para socavar o subvertir las bases del periodismo tradicional. Se trataba de algo espontáneo, el resultado de intenciones y deseos individuales que se revelaban, a su vez, como una búsqueda colectiva. La crisis de verosimilitud del lenguaje periodístico los empujaba a la experimentación con dispositivos propios de la narración ficcional: necesitaban multiplicar sus recursos para informar acerca de la complejidad de los acontecimientos que narraban.


"Quería realizar una novela periodística, algo a gran escala que tuviera la credibilidad de los hechos, la inmediatez del cine, la hondura y libertad de la prosa y la precisión de la poesía", expresaba Truman Capote sobre su libro A sangre fría, publicado de forma seriada en The New Yorker también en 1965. Allí reconstruía el asesinato de una familia de granjeros de Kansas. Fue la primera obra maestra del nuevo periodismo, o de la no-ficción. Para su "relato verdadero de un asesinato múltiple y de sus consecuencias", tal era el subtítulo del libro, había pasado una extensa temporada en Kansas y siguió durante cinco años la vida en prisión de los homicidas hasta que fueron ejecutados.


Wolfe sostenía que los pilares básicos del nuevo estilo pasaban, en primer lugar, por la construcción del artículo "escena-por-escena", tomando algunas técnicas de la novela decimonónica y del montaje cinematográfico. El segundo eje era la reconstrucción precisa de los diálogos, recuperando las digresiones y evitando las elipsis, a sabiendas de que era la mejor manera de describir a los personajes. Tercero: se apelaba al "punto de vista en tercera persona", presentando cada escena a través de los ojos de un personaje particular, para dar al lector la sensación de estar metido en la piel de esa persona y de vivir la realidad emotiva de la escena "tal como él la está experimentando". De esta forma, se generaba una ruptura con la convencional utilización del punto de vista en primera persona, propia de los autobiógrafos, memorialistas y novelistas. El cuarto procedimiento se basaba en la descripción detallada de los gestos cotidianos, los hábitos, los modales, las costumbres, la vestimenta, el mobiliario, las maneras de comer, las miradas, los estilos de andar de los personajes descriptos. Esas actitudes y posturas actuaban como símbolos para captar el status y el estilo de vida de las personas. "La relación de tales detalles no es meramente un modo de adornar la prosa. Se halla tan cerca del núcleo de la fuerza del realismo como cualquier otro procedimiento en la literatura", recomendaba Wolfe.


Pero la nueva ola surgida hace cincuenta años no representaba sólo una renovación radical de la técnica periodística, sino que implicaba un cambio en la propia rutina de trabajo. Era tiempo de salir de las redacciones, de saltar a la calle. El nuevo periodismo demandaba más tiempo, había que pasarse "días enteros" junto a la gente sobre la que se estaba escribiendo si se querían reconstruir escenas extensas, diálogos precisos, monólogos interiores, actitudes, expresiones faciales, detalles del ambiente.


Por esos mismos años, Rodolfo Walsh (su Operación Masacre data de 1957), Tomás Eloy Martínez, Osvaldo Soriano o Enrique Raab también configuraban en la Argentina un periodismo que sabía enlazar la precisión de los datos duros con el rigor del detalle que podía "describir todo un mundo". Aquí y allá el periodismo aparecía como un espacio de encuentro con lo diverso, con lo diferente, con lo desigual.

Publicado enSociedad
Martes, 22 Septiembre 2009 06:21

El mismo idioma

Obama y Osama están participando por fin de la misma narrativa. Para los críticos del mandatario norteamericano, así como para muchos críticos de la ocupación militar occidental de Afganistán en general, ambos están comenzando a hablar el mismo idioma. En Estados Unidos, existe una creciente sospecha de que Obama fue arrastrado a las profundidades de la guerra afgana por Robert Gates –secretario de Defensa de Bush que aún continúa en el cargo– y por el siempre alabado por la prensa general David Petraeus, cuyos pedidos de aumentos de efectivos militares no parecen estar teniendo el mismo éxito que el que se reivindica para la guerra de Irak.

Con razón Osama bin Laden decidió dirigirse “al pueblo estadounidense” en estos días. “Están peleando una guerra desesperada y perdida”, dijo en su grabación por el octavo aniversario del 11 de septiembre. “Ha llegado el momento de que ustedes se liberen del temor y del terrorismo ideológico de los neoconservadores y del lobby israelí”, afirmó. No hubo más palabras esta vez sobre Obama como el “Tío Tom” del asunto, aunque Bin Laden insistió en que era la “debilidad” del mandatario la que le impedía terminar las guerras en Irak y Afganistán. “De cualquier modo –agregó– los combatientes musulmanes derrotarán a la coalición liderara por Estados Unidos en Afganistán tal como vencimos mediante el desgaste a la Unión Soviética durante 10 años hasta que ésta colapsó.” Curioso, ya que eso es exactamente lo que me dijo Bin Laden personalmente en Afganistán cuatro años antes del 11 de septiembre y/e incluso del comienzo de la aventura de los estadounidenses en 2001 al sur de río Amu Darya.

Casi como a la espera del momento indicado aparecieron en Estados Unidos aquellos que están de acuerdo con Obama. “No creo que podamos construir un Estado democrático en Afganistán”, lanzó Dianne Feinstein, la demócrata de California que preside el comité de inteligencia del Senado. “Creo que seguirá siendo una entidad tribal”, agregó. Y Nancy Pelosi, presidenta de Diputados, no cree que “haya un gran apoyo para enviar más tropas a Afganistán”.

Los talibán perdieron en el 2001. Pero luego comenzaron a ganar nuevamente. Más tarde nosotros tuvimos que luchar por preservar la democracia afgana. Luego nuestros soldados murieron por proteger elecciones fraudulentas. Afganistán no es Vietnam, nos asegura Obama. Y luego el viejo y conocido ejército alemán hace un ataque aéreo y mata todavía a más civiles afganos.

Es instructivo mirar en este momento el caso del ejército canadiense, que con menos tropas en Afganistán que los británicos sufrieron la misma cantidad de bajas: su soldado número 130 fue asesinado cerca de Kandahar la semana pasada. Cada tres meses, las autoridades canadienses publican un informe de sus progresos militares en Afganistán –un documento infinitamente más honesto y detallado que cualquier cosa que haya mostrado el Pentágono o el Ministerio de Defensa en Londres– que, en realidad, no hace más que probar que ésta, sin más, es una Misión Imposible o, como publicó el Toronto’s National Post en un admirable titular hace una semana: “Operación Sonambulismo”. El último informe, revelado la semana pasada, prueba que la provincia de Kandahar está volviéndose cada vez más violenta, menos estable y menos segura, y señala que los ataques en el país son más frecuentes que en cualquier otro momento desde la caída del poder talibán en el 2001, con una frecuencia excepcionalmente alta esta última primavera comparada con la de 2008.

El informe precisa, asimismo, que hubo un aumento del 108 por ciento en la explosión de bombas al lado de las rutas. Además, los afganos están informando que están menos satisfechos con los niveles de educación y de empleo, debido a que hay poca o ninguna seguridad. Canadá se está concentrando ahora sólo en la seguridad de la ciudad de Kandahar, abandonando cualquier intento serio de controlar la provincia entera.

El ejército canadiense estará yéndose de Afganistán en el 2011, pero hasta ahora sólo cinco de las 50 escuelas que proyectaban construir fueron terminadas. Sólo 28 más se están construyendo. Pero de las 364 escuelas existentes en la provincia de Kandahar, 180 se vieron obligadas a cerrar. En cuanto a los indicadores de progreso en materia democrática en el gobierno de Kandahar, el informe canadiense dice que la capacidad del gobierno afgano es “cronológicamente débil y socavada por la corrupción”. Sobre la “reconciliación” –o lo que sea que eso signifique– “la concentración de políticos y activistas para las elecciones de agosto desalentó las expectativas de iniciativas notables”.

Hasta el objetivo primario de la erradicación de la polio –el proyecto civil más ambicioso de Ottawa en Afganistán– derrotó a la Agencia de Desarrollo Internacional de Canadá, aunque esta admisión está encubierta de falsedad estilo Tony Blair. Como reveló el Toronto Star en un serio artículo de periodismo de investigación la semana pasada, el objetivo de erradicar la polio con la ayuda de la ONU y dinero de la Organización Mundial de la Salud fue silenciosamente cambiado por el de “prevención de la trasmisión” de la enfermedad. En lugar de medir el número de niños inmunizados contra la polio, el objetivo fue alterado para referirse sólo al número de niños vacunados. Pero por supuesto, los niños deben ser vacunados varias veces antes de quedar realmente inmunes.

Y ¿qué dicen ahora los halcones republicanos de Estados Unidos –el tema del último sermón de Bin Laden– sobre la catástrofe afgana? “Más tropas no garantizarán el éxito en Afganistán”, nos dijo el republicano John McCain la semana pasada. “Pero no enviarlas será una garantía del fracaso.” Cómo se debe haber reído Osama ante este ridículo anuncio que resonó en la oscura cueva de Al Qaida en las montañas.

 Por Robert Fisk, The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

Traducción: Celita Doyhambéhère.
 

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