"La humanidad vive tiempos de descuento"  

La socióloga Maristella Svampa postula la idea de un "pacto ecosocial" como salida a esta "tragedia anunciada"

 El coronavirus puso de relieve las enormes desigualdades que se han consolidado en este sistema, así como la importancia de las causas socioambientales,

advierte Svampa.

 

El encierro no la encuentra aletargada ni confundida. Maristella Svampa no hace otra cosa que pensar en la pandemia y escribir. “La crisis abre procesos de liberación cognitiva”, dice. Y ella la tiene en la cabeza “desde la mañana hasta que se acuesta”. La conversación va a la velocidad de su pensamiento, porque sabe que este estado de excepción va a ser breve. La crisis del coronavirus es una oportunidad, un portal que se abre pero no por mucho tiempo, en el que eventualmente va a haber que elegir entre más “capitalismo del caos” o un New Green Deal, del que se está hablando acá y en el mundo, y que a su paso va sumando las firmas de intelectuales y políticos, como Bernie Sanders, Alexandría Ocasio Cortez, Noam Chomsky.

Es que esta crisis no es producto del azar, sino una tragedia que viene siendo anunciada desde la Organización Mundial de la Salud, entre otras agencias oficiales de Naciones Unidas. Y a las causas de la enfermedad que recorre el mundo hay que buscarla, dice Svampa, entre la relación depredatoria con la naturaleza, el modelo agroindustrial y las ansias de ganancia a cualquier precio.

-¿Por qué es éste un momento especialmente oportuno para pensar lo social en clave ambiental?

-La humanidad vive tiempos de descuento. Se ha convertido en una fuerza que impacta en términos destructivos en el tejido de la vida. Es una alarma que ha saltado hace bastante tiempo. La gravedad de la crisis climática y el colapso ecosistémico son evidentes. El coronavirus viene a poner de relieve las enormes desigualdades que se han consolidado en este sistema y, por otro lado, la importancia de las causas socioambientales. No estamos viviendo un Leviatán climático, pero sí un Leviatán sanitario. Las causas de este fenómeno sin precedentes tienen que ver con la devastación de los ecosistemas, las enfermedades zoonóticas, como lo han explicado tantos especialistas, y también se desprenden del modelo agroalimentario. Las megagranjas industriales que son un caldo de cultivo y de transmisión de estos virus. Es una crisis que abre interrogantes acerca de hacia dónde queremos ir como sociedad, cómo vamos a pensar los vínculos sociales desde ahora en adelante y nuestro vínculo con la naturaleza. Las grandes crisis son portadoras de demandas ambivalentes. Por un lado, hay demandas de transformaciones radicales. Las crisis tornan viable aquello que hasta hace poco era considerado inviable. Por otro lado, hay voces conservadoras que claman por un retorno a la normalidad. Cuando en realidad, el retorno a la normalidad significaría una falsa solución.

-No se habla de causas socioambientales en el prime time. ¿A qué se debe para usted esa invisibilización?

-En principio no aparecen en el discurso público de ningún político. Desde Angela Merkel a Alberto Fernández. Aparece sólo lo sanitario y ligado a un discurso bélico que tiende a obturar esta discusión. Es una crisis que ha abierto dos ejes. Primero, ha develado la profundidad de las desigualdades. No sólo entre el Norte y el Sur sino al interior de nuestras sociedades. Thomas Picketty subraya que la concentración de la riqueza hoy es comparable a la que había a fines del siglo XIX. Y están las causas socioambientales que anuncian, como dicen tantos investigadores, que habrá nuevas pandemias. Y que además debemos afrontar el cambio climático, que combinará muchos de estos elementos, además de las enfermedades ligadas a la contaminación y un proceso masivo de refugiados ambientales.

-¿De qué se trata el pacto ecosocial del que viene escribiendo, junto al abogado especialista en Derecho Ambiental Enrique Viale?

-Es algo de lo que se viene hablando en todo el mundo. También es conocido como Green New Deal. En Estados Unidos y en Europa hay un imaginario instalado relacionado con la necesidad de un gran pacto como salida de las crisis, como el New Deal y el Plan Marshall. En Argentina lo que tenemos es una tradición ligada a la concertación como, por ejemplo, la que promovía el Peronismo con los Planes Quinquenales. Pero no hay un imaginario ligado a un pacto social, entendido como una recuperación integral. Hoy, sí se está hablando más del tema. Es importante promover una visión integral, porque hay una tendencia a encapsular a los pactos en su dimensión social y económica, desliándolo de los temas ecológicos, que son el gran desafío que enfrenta la humanidad en los días por venir. Preferimos no llamarlo “Nuevo Pacto Verde” porque cada vez que aparece esa palabra se tiende a acotar, a pensar que sólo hablamos de la reducción de los gases del efecto invernadero. Cuando en verdad estamos hablando de abordar la desigualdad, la cuestión sanitaria, la educación y la dimensión socioambiental.

-¿Por qué cree que el tema de la transición energética es una discusión que sólo se plantea marginalmente en Argentina?

-Entra y sale de las agendas de muchos países y se ve cercado por tensiones e intereses. Acá Vaca Muerta ha obturado la posibilidad de pensar una transición hacia energías limpias. Es un punto ciego que atraviesa diferentes gobiernos, con sus modalidades. Se instaló la idea de que, explotándola, Argentina se va a convertir en una potencia energética exportadora. Esa imagen se ha venido desmoronando y hoy está en su mínima expresión. Pero no sólo porque en todo el mundo hay fuertes controversias ambientales, sino porque en términos económicos y financieros Vaca Muerta es inviable. No sólo por la caída del precio del barril de petróleo. Es necesario salir de esa encerrona y pensar en una línea diferente en sintonía con las energías limpias y cómo transicionamos hacia ellas.

-Hay toda una discusión sobre el litio que todavía no se ha dado en Argentina, por lo menos, no cabalmente…

-Se está dando en muchos países. Se piensa cómo crear una Agencia Nacional del Litio que promueva un entramado tecnológico y productivo diferente, con métodos de extracción no contaminantes y acuerdos con las comunidades indígenas del norte argentino. Si no pensamos cómo implementarlo acá, lo que haremos, que ya está pasando, es destruir nuestros territorios, atropellar a las comunidades que viven allí y facilitarles la transición energética a los países más poderosos como China, Japón y Alemania.

-¿Se abre con este nuevo gobierno las posibilidades de dar esos debates?

-Sí, son temas que bien podrían ser abordados. Sobre todo, teniendo en cuenta la coyuntura. También soy consciente de que estos son procesos cortos. Son oportunidades, portales que, así como se abren, también se pueden cerrar en muy poco tiempo. Pero podría suceder que la respuesta sea reactivar la economía con más extractivismo, por ejemplo. Durante el confinamiento ha habido más desmonte en el Norte y también en provincias como Chubut, donde se le ha dicho que no a la mega minería, se está aprovechando la crisis para promover la minería como una solución. Insisto con que la transición es un proceso complejo y no tenemos un manual. La vieja imagen de YPF sirvió, a mi entender, hasta los años 70. Hoy los combustibles fósiles no forman parte del futuro. En el caso del litio es diferente, pertenece a los dos mundos. Por un lado, es minería de agua y es altamente insustentable. Para su extracción se utiliza millones de litros de agua en ecosistemas frágiles como son las salinas. Pero, por otro lado, es una de las claves para acceder a energías limpias, libres de combustibles fósiles. Ahí hay un dilema. Tendríamos que tratar de pensar en un escenario con energías post fósiles, limpias, renovables, para construir una sociedad solidaria y resiliente. Si queremos pensar en términos de justicia distributiva y de transición energética, lo que el Gobierno arregló, cediendo a la presión de las compañías petroleras, como un precio especial al crudo o un "barril criollo", es un total desatino. Un grave retroceso. Los costos que va a traer al país son enormes. Estoy incluyendo en esto a los gobernadores. Hay que pensar cómo desarticular esa alianza perversa entre grandes compañías, gobernadores y sindicatos petroleros, para volver a pensar en el país, en los trabajadores del sector, en los consumidores y en la transición.

-Al calor del confinamiento, mucha gente cuenta que se está replanteando su relación con el consumo…

-Es que si vamos a reemplazar los combustibles fósiles por el litio pero vamos a conservar el mismo modelo de consumo, centrado, por ejemplo, en automóviles individuales, no cambiamos nada. No sólo el planeta es limitado. El litio también es limitado y en algún momento se va a agotar. Es lógico que todos nos estemos replanteando la diferencia entre aquello que es accesorio y aquello que es necesario. Por eso digo que la pandemia es una oportunidad de rever la insustentabilidad y todas las injusticias que implica este modelo de consumo tan ligado a la globalización neoliberal.

-Otro de los ejes que entreteje la propuesta del Pacto Ecosocial y Económico es el Ingreso Universal Ciudadano.

-También lo pensamos como un proceso. Implicaría una salida de la trampa de la pobreza y el clientelismo, tan ligados a los planes sociales focalizados. Debe ser pensado junto a una reforma fiscal progresiva. No somos los únicos que hablamos del tema. Intelectuales como José Nun lo han trabajado históricamente, Rubén Lo Vulo, inclusive Beatriz Sarlo. La idea sería que no se castigue a los sectores más vulnerables, a través de impuestos indirectos como el IVA. Sino impuestos a las grandes fortunas, a los daños al medio ambiente, al capital financiero, a la herencia. No tenemos impuesto a la herencia porque Martínez de Hoz lo voló de un plumazo. Cuando decimos que América latina tuvo una oportunidad de crecimiento económico durante el ciclo progresista y usó renta extraordinaria proveniente del extractivismo en mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y los sectores populares, hay que decir también que no se promovió mayor justicia social a través de la reforma del sistema fiscal. El tercer eje del pacto es la deuda externa. Argentina está en virtual default, gracias a lo que nos dejó el Gobierno anterior. Muchos organismos internacionales están llamando a contemplar la situación de fragilidad que atraviesan los países del Tercer Mundo. Algunos hablan de un jubileo de deudas como la nuestra, que es insustentable y que ni siquiera mejoró la situación de los sectores menos favorecidos.

-La idea de reforma fiscal que grave a la renta financiera suena muy bien, pero estamos viendo la resistencia quye provoca un impuesto a las grandes fortunas. ¿Le parece practicable? 

-Estamos ante una crisis civilizatoria. Ni hablar de la recesión económica que ya se está instalando en el país. A eso hay que sumar que el virus está llegando a las poblaciones más vulnerables. Estamos a una situación de tal gravedad que queda claro que los sectores que tiene que aportar son los que más tienen. El impuesto a las grandes fortunas no es una locura peronista, como se quiere instalar, sino una cuestión lógica de justicia distributiva. Es necesario salir a apoyar esa medida desde todos los sectores. Las cartas no están marcadas.

-También han hecho foco en el tema de los cuidados, desde la perspectiva de la economía feminista.

-Creemos que se debe implementar un sistema nacional público de cuidados. Es central para pensar la nueva sociedad en la que se pongan en juego el respeto y la reciprocidad como elementos fundamentales para la reproducción social. Se trata de plantear otra mirada de las relaciones entre los seres humanos y de los seres humanos con la naturaleza, una visión que no piensa al ser humano como alguien autónomo, sino como alguien que necesita del otro para poder sobrevivir. Las feministas populares lo han dejado en claro cuando colocan la ética del cuidado en un lugar central. Hoy el cuidado aparece en el discurso oficial y de hecho este Gobierno ha incorporado a numerosas mujeres profesionales, economistas, intelectuales. Ojalá sus presencias en esos puestos colaboraren a profundizar esta visión.

-Mientras tanto se organiza una “marcha contra el comunismo”, se cacerolea contra la prisión domiciliaria para presos en situaciones vulnerables, y podríamos seguir…

-Todas esas personas siempre estuvieron ahí. Vivimos un momento de regresión política en el cual hay corrientes sociales ligadas a un pensamiento reaccionario de derecha y derecha extrema, que buscan una expresión política partidaria. Y que, en algunos países, como Brasil, la ha encontrado. La crisis de 2008 en Europa y Estados Unidos abrió la puerta a una reconfiguración económica y social negativa: se hizo en beneficio de los sectores financieros y perjudicó a sectores medios y populares. Esos sectores buscaron otras soluciones por la vía de una narrativa xenófoba y nacionalista. En América Latina lo vimos en Bolivia: a partir del derrocamiento a Evo Morales se hizo presente una derecha radical, anti-indígena, que creíamos derrotada. El modelo de la globalización neoliberal se agotó. Corremos el peligro de avanzar a un colapso ecosistémico de la mano de una derecha radical y nacionalista que propone un cierre cognitivo a través del miedo. En 2011, cuando surgieron movimientos como Ocupy Wall Street o los indignados en España, una de las consignas era “Somos el 99 % de la población contra el 1 % de los súper ricos”. Luis González Reyes, un ecologista español, dice que hay que complejizar esa consigna: hay un 20% de la población que es permeable al mensaje fascista. Entonces, en verdad, somos el 79% versus el 21%. No se puede negociar con los fascismos, al fascismo se lo combate a través de frentes políticos.

¿Por qué Maristella Svampa?

Maristella Svampa se define como intelectual anfibia, todo terreno, pero oriunda de la Patagonia. Es Licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba, magister en Filosofía en la Universidad de París I y doctora en Sociología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, de París. Es investigadora principal del Conicet y tiene una veintena de libros publicados, entre ensayos, investigaciones y novelas. Svampa es una pensadora, se diría, especializada en crisis: en la crisis del mundo popular y el desarrollo de las organizaciones piqueteras en la convulsionada Argentina post 2001 (pero también, su contracara: la vida en los countries y barrios privados), la crisis del peronismo (La plaza vacía. Las transformaciones del peronismo) y, desde hace años, su gran tema ha sido el de la devastación medioambiental. Sus últimos libros lo demuestran: Chacra 51. Regreso a la Patagonia en los tiempos del fracking y Las fronteras del neoextractivismo en América Latina

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Jueves, 21 Mayo 2020 06:01

Una pandemia no esconde la otra

Una pandemia no esconde la otra

COVID-19 y el clima

Desde la ONU, Ginebra, Suiza

El planeta sigue transpirando. Las temperaturas globales se disparan, a pesar del leve respiro que, paradójicamente, le da el COVID-19 con su corolario de contracción económica y reducción del transporte. Los próximos e imprevistos desastres naturales seguirán tocando a la puerta de la Tierra, aunque el coronavirus buscará desplazarlos del primer plano mediático.

Las emisiones de gases de efecto invernadero, como el C02, responsables principales del deterioro climático, se redujeron drásticamente durante la actual crisis. Por ejemplo, en China, principal emisor del mundo, se estima que las mismas bajaron en torno de un 25 %.

“Suspiro” en sala de emergencia

Sin embargo, descenso momentáneo no implica solución estratégica. Y hacia allí apunta Greenpeace, cuando afirma en su estudio de abril del año en curso que “pese a la reducción de las emisiones en algunos sectores como el transporte y el eléctrico, la concentración de CO2 en la atmósfera no baja, sino que sigue aumentando. Consecuentemente la crisis sanitaria no está contribuyendo a paliar la otra gran crisis que enfrenta el mundo: el cambio climático”  (https://es.greenpeace.org/es/noticias/la-concentracion-de-co2-sigue-creciendo-a-pesar-de-la-crisis-sanitaria-causada-por-el-covid-19/)

La ONG internacional sistematiza algunas estimaciones sobre la reducción transitoria a raíz de la crisis. Y afirma que Alemania podría emitir entre 50 y 120 millones de toneladas menos de CO2 este año por la enorme bajada en la demanda de electricidad. En la ciudad de Nueva York se estima una caída del 5-10% de las emisiones de CO2 y una caída sólida en el metano.

Carbon Brief, referencia en el tema, sostiene que esa reducción podría ser de un 5% con respecto a 2019 (https://www.carbonbrief.org/analysis-coronavirus-set-to-cause-largest-ever-annual-fall-in-co2-emissions). Y sostiene que dicho descenso va a ser el más importante de la historia, desde que se realizan inventarios. Será más significativo que las caídas de CO2 registradas, en orden descendente, durante la recesión del 1991-1992; la crisis energética del 1980-81; la Gripe Española de 1918-1919; y la crisis financiera del 2008-2009.

La Agencia Internacional de la Energía (AIE) constata que la demanda de petróleo de este año ha caído por primera vez desde 2009. Una reducción de cerca de 90.000 barriles de petróleo/día respecto a 2019, debido a la profunda contracción del consumo en China y a las suspensiones en los viajes y el comercio mundiales. Los datos más recientes indican que la demanda de petróleo se desplomó un 25%. Para visualizarlo con una imagen, esa caída sería como si toda Norteamérica (EEUU, Canadá y México) dejasen de consumir ese combustible de golpe.

Cada vez peor

Los últimos cinco años, según el balance de diferentes organizaciones internacionales especializadas, han sido dramáticos para el clima. A pesar de los gritos crecientes de nuevos actores sociales que ganaron asidua y activamente las calles, las cifras son categóricas.

Desde los años 80 cada década ha sido más cálida que la anterior. La concentración del CO2, en el último quinquenio resultó un 18% mayor que en el anterior. El año pasado se registraron los valores más elevados en cuanto a contenido calorífico en los 700 metros superiores de los océanos, amenazando significativamente la vida marina y los ecosistemas.

Las olas de calor golpearon entre 2015-2019 a todos los continentes sin distinción. Y fueron una de las causas principales de los incendios forestales sin precedentes, no solo en la selva amazónica, sino en Australia, América del Norte y Europa.

En cuanto a la repercusión directa en la especie humana, cerca un tercio de la población mundial vive en zonas con temperaturas potencialmente mortales, al menos 20 días por año, debido a las enfermedades propias de ese clima excesivo. La sequía multiplicó la inseguridad alimentaria en numerosas regiones del globo, en particular en África, en tanto los ciclones tropicales repetidos produjeron pérdidas incalculables.

Las lluvias intensas y desbocadas, facilitan la aparición de brotes epidémicos. Allí donde el cólera es ya endémico, 1300 millones de personas corren el riesgo de contraer la enfermedad.

50 años de “poco o nada”

Hace exactamente medio siglo, se “celebró” por primera vez el Día de la Tierra. Entonces, los expertos comenzaron a alertar sobre las consecuencias irreparables para la humanidad producto del calentamiento global.

El diagnóstico de entonces no era errado. Según datos de la Organización Meteorológica Mundial, la concentración de CO2 es actualmente un 26% mayor que las marcas de 50 años atrás. La temperatura aumentó en igual período un 0,86°C y ya supera holgadamente en 1,1°C la de la era preindustrial. Y la tendencia sigue en ascenso. La misma agencia de la ONU calcula saltos significativos hasta 2024, en particular en las regiones de altas latitudes y zonas terrestres, siendo más lento en los océanos, en particular el Atlántico Norte y el Austral. (https://public.wmo.int/es/media/comunicados-de-prensa/el-d%C3%ADa-de-la-tierra-hace-hincapi%C3%A9-en-la-acci%C3%B3n-clim%C3%A1tica)

Desafíos monumentales

En tanto la pandemia produjo un cimbronazo mundial sin precedentes desde la 2da Guerra Mundial, pero con impacto a corto y mediano plazo, la lucha contra el calentamiento apuesta a la estrategia misma de sobrevivencia de la humanidad.

 “Se debe actuar con decisión para proteger el planeta tanto del coronavirus como de la amenaza existencial del cambio climático”, declaró recientemente Petteri Talas, director de la Organización Meteorológica Mundial.  Agregando que “debemos aplanar la curva tanto de la pandemia como del cambio climático…Tenemos que actuar juntos en interés de la salud y la prosperidad de la humanidad, no solo durante las próximas semanas y meses, sino pensando en muchas generaciones futuras”.

Si se quiere controlar la pandemia climática, se debería asegurar – lo que parece ya casi imposible- una disminución de las emisiones globales de carbono de 7,6% para fines del año en curso. Y mantener ese porcentaje de reducción anual durante la próxima década para mantener el calentamiento global por debajo del 1,5°C a fines del siglo, según las previsiones del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

Visión compartida, al menos retóricamente, por el Secretario General de las Naciones Unidas. En su mensaje por el Día Internacional de la Madre Tierra, el pasado 22 de abril, Antonio Guterres insistió en que “las perturbaciones del clima se están acercando a un punto de no retorno”. Y definió seis principios para que la recuperación económica y financiera postcrisis se impulse en el marco de una nueva conciencia de protección del medioambiente. “La recuperación debe ir acompañada de la creación de nuevos trabajos y empresas mediante una transición limpia y ecológica …la artillería fiscal debe impulsar el paso de la economía gris a la verde y aumentar la resiliencia de las sociedades y las personas” (https://www.un.org/es/observances/earth-day/message)

Greenpeace, por su parte, en el estudio de abril, considera que, “aunque las reducciones puntuales en las emisiones no van a paliar la crisis climática, sí deberían servir para iniciar los cambios profundos y necesarios para reducir las emisiones a cero”. Sostiene que este punto de inflexión puede y debe ser un motor de la recuperación económica y ser la base de la prosperidad a largo plazo. Y llama a que los Gobiernos abandonen las subvenciones a los combustibles fósiles al mismo tiempo que el apoyo a las inversiones públicas se destinen a actividades productivas que garanticen la sostenibilidad del planeta.

Recuperar la calle

La pandemia y las restricciones de movilización y concentración humana frenaron en seco, por algunas semanas, la protesta ciudadana a nivel planetario. La misma estaba en ascenso en muchos países cuando se desató el COVID-19.

Esa cuarentena de calle golpeó particularmente a las movilizaciones juveniles en defensa del clima, principales protagonistas sociales durante todo 2019, en todo caso en Europa. Y hoy, una de las *víctimas* indirectas de la pandemia.

Las organizaciones nucleadas en torno la Huelga Climática, que marcaron la dinámica social en Suiza en los últimos dos años, se vieron obligadas a renunciar, por ejemplo, a la gran jornada de acción que había sido originalmente convocada para el pasado viernes 15 de mayo. Que había logrado consensuar las fuerzas juveniles medioambientales y las principales organizaciones sindicales. Y que se proponía crear un hecho político de la dimensión de la Huelga de Mujeres, del 14 de junio del 2019, cuando se movilizaron en todo el país medio millón de participantes.

Cuando la lenta reapertura comienza a transitarse en una buena parte del planeta, la pregunta de fondo es doble. ¿Logrará imponerse una nueva racionalidad productiva que sea ecológicamente sustentable? Y, adicionalmente, ¿conseguirán las organizaciones sociales -especialmente juveniles- a favor del clima recuperar la energía de un año antes o sufrirán el impacto del lockdown impuesto por los gobiernos para evitar la propagación de la pandemia?  

Por Sergio Ferrari | 21/05/2020

Publicado enMedio Ambiente
Política agroalimentaria para un mundo saqueado

Hay un debate relevante planteado sobre la agricultura que tiene posibilidades (o no) de alimentar a un mundo sobrepoblado. Y hay fundamentalmente dos modelos que se contraponen con modalidades intermedias: la agroindustria global, heredera de la revolución verde del siglo pasado, y la agroecología, con un enfoque sistémico integrador y diverso.

Sobre esto, una reflexión previa. La biología, que es la ciencia de la vida, se acerca a la naturaleza desde distintas ópticas. De modo integrador y sistémico, analizando la naturaleza como una sutil red de relaciones complejas que implican tanto componentes vivos como inertes y su interacción con la energía solar que activa el funcionamiento de la biosfera. O de modo no integrador sino reduccionista, como hace la biotecnología, que se aplica, como si fuese una ingeniería, a corregir, recombinar y reprogramar los componentes genéticos de la vida para crear organismos mas eficaces y útiles al servicio de la humanidad.

En base a estos enfoques en el análisis y estudio de la vida (biología o biotecnología), podemos decir que se llega a prácticas agronómicas bien diferentes.

En Agricultura, los biotecnólogos moleculares experimentan con formas de modificar la información génica de los cultivos insertando genes o, editando genomas. El objetivo es conseguir cultivos más nutritivos, o que resistan a herbicidas, plagas, bacterias y hongos. Se asume que todo gira alrededor del organismo cultivado. El éxito del sistema es altamente dependiente de insumos externos como energía, fertilizantes y fitosanitarios con un uso pautado y efectos muy predecibles, usando al suelo como soporte de la actividad o prescindiendo de él.  Es una agricultura basada en el control. Mientras que una agricultura basada en una aproximación ecológica desarrolla un manejo que aprovecha los recursos endógenos del sistema: agua, suelo y diversidad, reduciendo así la dependencia de insumos y energía externa. El control es menor al ser el sistema y su manejo más complejos, pero es menos dependiente de insumos y preserva los servicios ecosistémicos. Éstos servicios son recursos o procesos de los ecosistemas naturales que nos benefician, como agua potable limpia; o procesos como la descomposición de desechos.

La agroecología aplicaría este modelo, añadiéndole el elemento social imprescindible, siendo los agricultores depositarios y corresponsables de la diversidad cultivada. En contraposición, la agricultura industrial derivada de la revolución verde y su versión más biotecnológica basada en la aplicación de los Organismos Modificados Genéticamente (OMG), priman la producción y el control, considerando los alimentos como mercancías.

Añadamos que los derechos de propiedad intelectual que se aplican sobre semillas, especialmente las modificadas genéticamente por biotecnología, suponen también una limitación al uso y gestión de un recurso básico para los agricultores, que es la diversidad cultivada, necesaria para asegurar el derecho a la alimentación.

Son de suma importancia en el uso de OGMs los marcos normativos. Y estos marcos, surgen de la aplicación de distintas políticas nacionales e internacionales, no sujetas a control ciudadano. En especial, aquellas políticas relacionadas con la existencia y aplicación de Tratados de Libre Comercio. Siendo esto así, resulta evidente que el debate sobre el papel de las plantas transgénicas en agricultura trasciende ampliamente el marco de las disciplinas biológicas, de la investigación, de la I+D y de una supuesta neutralidad científica, ya que tienen consecuencias que van mas allá. Esta es una de sus perniciosas derivadas.

Al respecto, hay que decir que la ciencia es un sistema potente de generación de conocimiento. Pero no es neutral. Entre otras causas porque no lo es su financiación, ni las reglas que operan en la comercialización de sus derivados, o la aplicación de derechos de propiedad intelectual, como las patentes. Rigen por encima, las reglas de mercado.  Reglas que se aplican a la agricultura y la producción de alimentos. Y cuando entra el mercado, sale fuera la soberanía alimentaria de los pueblos.

El modelo de producción agrícola industrial regido por un mercado global donde los productos agrícolas viajan miles de kilómetros desde sus lugares de producción a los de consumo, tiene una insostenible huella de carbono, y, aunque el coste económico y ambiental no se considera, lo pagamos todos. Grandes superficies de cultivo a nivel mundial y dependientes de gran cantidad de insumos, -la mayoría monocultivos-, son las que tienen más valor de mercado para el desarrollo de semillas transgénicas. Esto implica alejarse de la sostenibilidad de los ecosistemas agrarios. Se han hecho estimaciones sobre la inversión necesaria para poner una planta transgénica en cultivo comercial y suponía una inversión de 136 millones de dólares y unos 13 años, en un cálculo hecho para el periodo entre 2008 y 2012. Estos datos son bastante elocuentes respecto a los intereses que mueve.

Son varios los cultivos transgénicos que llevan tiempo en producción por lo que se puede ver lo que ha supuesto su introducción. Sirva de ejemplo el cultivo de la soja. Los principales productores son EEUU, Brasil y Argentina y el porcentaje de plantación proveniente de semilla transgénica es del 90% o superior. El 75% de la producción mundial se dedica al forraje animal, a pesar que se sabe que las dietas basadas en ingesta de proteína animal son perniciosas por la huella hídrica y el uso de suelo requerido por caloría consumida. Este modelo favorece la destrucción de grandes superficies del Bosque Atlántico y de la Amazonía brasileña. La intensificación de su cultivo ha producido deterioro de suelos, disminución de la cantidad y calidad del agua, y efectos negativos evidentes en biodiversidad. Además, han aparecido malezas resistentes al glifosato y se han desarrollado variedades transgénicas con resistencias a más de un herbicida. Ninguno de estos efectos es aceptable, si asumimos que necesitamos una agricultura resiliente y que nos permita contrarrestar las emisiones de GEI causantes del cambio climático, además de alimentarnos.

Si metemos en la ecuación cuestiones socioeconómicas y siguiendo con la soja, se constata que las explotaciones dedicadas a su producción, en Norte y Sudamérica, son mayoritariamente de escala industrial propiciándose una concentración de la tierra en menos manos. Esto ha desplazado a los pequeños y medianos propietarios. En relación al empleo, en algunas regiones argentinas se estima que la conversión a la soja ha destruido cuatro de cada cinco trabajos agrícolas (ver informe de 2014 de WWF «El crecimiento de la soja, impacto y soluciones» y citas en él contenidas). Transcurridos 6 años de ese informe, el deterioro de ecosistemas y de empleo es mayor.

Hay quien piensa que los transgénicos no son el principal problema, lo son quienes ostentan el control de su uso y hacen negocios con los OGM. Admitir esto es un primer paso. El siguiente es constatar el poder del oligopolio que concentra la producción de material vegetal de reproducción, y el sistema de patentes que rige y controla la industria biotecnológica. Añadamos los diferentes tratados comerciales firmados al amparo del proceso de globalización desde los 90 del siglo pasado.

Si un investigador decidiera por su cuenta, poner a libre disposición del mundo, plantones de fresas transgénicas con frutos de textura mejorada, sería muy improbable que lo consiguiera. La razón es el empleo de ideas, métodos y materiales que otros han patentado internacionalmente, de manera que, aunque permitan investigar y publicar en el tema, si el desarrollo logrado pretende entrar en producción, aparecerá la reclamación de los derechos de propiedad. Tendría que negociar y pagar a obtentores de varias patentes, desde las metodológicas hasta las que tienen que ver con el empleo de los genes. Se tiene patentado el uso de todas sus aplicaciones prácticas conocidas.

También se patenta la naturaleza. Se ha permitido patentar semillas como si fueran un invento, una nueva máquina. Las semillas cultivadas, además de seres vivos, son un recurso renovable, como el agua y el suelo. Los tres son imprescindibles para la producción de alimentos. Desde el punto de vista de su gestión, las semillas cultivadas encajan en la categoría de bienes comunes, tal como se refiere a ellos la premio Nobel de Economía 2009, Elinor Oström. No son ni del estado ni del mercado, y su custodia y protección son necesarias. Tienen en común con el agua, que son un recurso que fluye en el tiempo y en el espacio. Las semillas de uso agrícola, algunas cultivadas miles de años por generaciones de campesinos, ofrecen diversidad de especies y variedades como resultado de las decisiones de los agricultores al seleccionar semillas para el siguiente cultivo, además de cruces genéticos fortuitos, de los procesos de adaptación de los cultivos a manejos y condiciones ambientales locales, intercambios, etc. Esta agro-biodiversidad está en grave peligro por un efecto colateral de la revolución verde del siglo pasado que concentró sus esfuerzos en muy pocos cultivos y variedades que desplazaron muchas de esas especies y variedades tradicionales al ser menos productivas cuando los insumos no son limitantes o por no tener mercado suficiente. Y ahí es donde operan los OGM.

Con todas estas consideraciones ¿qué modelo de agricultura promoveremos? Urge que, desde la responsabilidad política no se hurte este debate fundamental.

Por Carmen Molina Cañadas | 02/05/2020 

Fuente: https://blogs.publico.es/ecologismo-de-emergencia/2020/05/01/politica-agroalimentaria-para-un-mundo-saqueado/

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Jueves, 23 Abril 2020 12:06

Primero el Ser Humano

Primero el Ser Humano

El capitalismo es una relación social que descansa en la desigualdad de acceso al bienestar de grupos de personas. En él, la injusticia es sistémica y consiste en favorecer a quien ha logrado entrar en posesión de tierras, viviendas, medios de producción y medios de control social, y dotarle de prestigio y reconocimiento, mientras se controla el trabajo y las ganancias de quienes les producen su riqueza, haciendo que su trabajo sea descalificado.


Cuando se gesta una crisis del sistema capitalista, como la que la pandemia del Covid-19 ha evidenciado, con su cauda de disparidad en el acceso a la salud, al trabajo, a la alimentación y la educación, inmediatamente la injusticia de la relación social capitalista se incrementa. Dirigentes neoliberales se atreven a banalizar el número de muertos de los grupos humanos que se dedican a los trabajos indispensables (básicamente, trabajos “feminizados” a los que no se les reconoce éxito: labores de cuidado y de agricultura para la alimentación en pequeña escala), mientras dirigentes conservadores utilizan el miedo a la crisis para dar golpes de estado, como ha sucedido en Hungría, fortalecer posiciones nacionalistas, como en la India, o xenófobas y abiertamente antifeministas, como en diversos países, de Marruecos a Nicaragua.

 

En la mayoría de los países que enfrentaron la crisis sanitarias por el Covid-19 se ha manifestado también un enorme control, en ocasiones violento y autoritario, sobre la vida pública, privada e íntima de las personas: la prohibición de salir de las propias viviendas ha alcanzado a la mitad de la población mundial; de Asia a Europa y a América más de 3 mil millones y medio de mujeres y hombres, desde la infancia hasta la ancianidad, están confinades y sus derechos han sido limitados.


Cuando obligaciones y prohibiciones se dispensan sobre una población que solo nominalmente es igual, el control de los sectores populares, de los trabajadores y trabajadoras, particularmente les más empobrecides y sin posibilidad de ahorrar, adquiere visos de represión abierta, así como de discriminación de hecho en el acceso a la salud de las mayorías. Las mujeres que tradicionalmente han sufrido abusos al interior de las familias y las relaciones de pareja sufren el incremento de la violencia en su contra.


El miedo a la crisis económica, que se predice para que no deje de justificar medidas extremas mientras se encierran poblaciones enteras, además, actúa como un instrumento de exaltación del individualismo antisocial, al que se abona también a través del teletrabajo. El miedo a la crisis económica ofrece como única salida a la gente la vuelta a la “normalidad” ecocida anterior a la crisis y permite el reenvío de las demandas de mayor justicia y libertad para las mayorías.


En la actual crisis del sistema capitalista financiero y extractivista, que considera a los pueblos indígenas y a los sectores de mujeres y hombres que trabajan sin control de empresas y estados, como el campesinado, les artistas, les libres profesionistas, les vendedores informales, y otres, es necesario subrayar la urgencia de poner los seres humanos en su relación
con el ambiente y entre sí en el centro de las acciones de salud, educación y justicia. Esto implica no privilegiar el rescate económico de la relación social, sino la propia condición social del ser humano.


Hay que valorar y proteger a los sectores de la población que ofrecen y producen servicios al conjunto de la sociedad, desde el personal médico de un sistema hospitalario público y universal, al personal docente en todos los grados de la educación, a las personas que hacen posible la buena vida de la infancia, les ancianes y les enfermes y con discapacidades. Estas personas, por lo general, no son reconocidas como exitosas en el sistema capitalista financiero y son consideradas responsables de su propia indefensión económica y de derechos.


Hay que asumir como prioritaria la defensa de la vida planetaria, humana, vegetal, mineral y faunística. Los seres humanos no pueden seguir invadiendo y destruyendo ambientes naturales, de no desear que los riesgos para la salud de las mayorías se multipliquen. Hay que limitar los megaproyectos que solo benefician formas de producción industrializada y contaminante. Evitar la agricultura industrializada, en particular los monocultivos para piensos animales y biocombustibles, como la soya y la caña de azúcar. Paralelamente habrán de desmontarse las granjas animales, donde especies comestibles están hacinadas, sufren y desarrollan enfermedades que se combaten con antibióticos que han permitido el desarrollo de cepas bacterianas resistentes, con graves riesgos para la salud animal y humana. Una agricultura y una ganadería a dimensión de trabajo campesino no sólo multiplicarían los lugares de trabajo productivo, sino volverían más saludables la comida. Proteger las fuentes de agua incluye proteger los bosques naturales (no la siembra de árboles maderables) que las alimentan. La valoración social y económica de las tareas de protección silvestre garantizará lugares de trabajo y distribución de la riqueza.

Evitar los gases de efectos invernadero significa repensar las formas de producción-consumo del periodo posterior a la II Guerra Mundial y la obsolescencia programada de los productos para incentivar el comercio.Implica necesariamente la conversión de la producción de energía eléctrica a fuentes de bajo impacto ambiental. Esta conversión necesita de investigación e implementación, mediante mano de obra femenina y masculina con derechos y salarios dignos. Decrecer no es sinónimo de malvivir, se relaciona con la valoración de la vida toda.

En necesario distribuir sobre los diversos territorios escuelas y centros de estudio, así como los centros de salud y los hospitales, con materiales de igual calidad, e insistir en el trato igualitario y respetuoso entre todas las personas que participan de las relaciones de enseñanza-aprendizaje y de salud personal y comunitaria. Así como las escuelas han de responder a necesidades y proyectos educativos locales, los centros de salud y hospitales deberán respetar todas las formas de diagnóstico y cura de diferentes medicinas (alópata, herbolaria, homeópata, tradicional, biomagnética, bioenergética, etcétera).

 

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Primero el ser humano

Lanzada la campaña #PrimeroElSerHumano

Publicado enEdición Nº267
Jueves, 23 Abril 2020 10:11

Primero el Ser Humano

Primero el Ser Humano

El capitalismo es una relación social que descansa en la desigualdad de acceso al bienestar de grupos de personas. En él, la injusticia es sistémica y consiste en favorecer a quien ha logrado entrar en posesión de tierras, viviendas, medios de producción y medios de control social, y dotarle de prestigio y reconocimiento, mientras se controla el trabajo y las ganancias de quienes les producen su riqueza, haciendo que su trabajo sea descalificado.


Cuando se gesta una crisis del sistema capitalista, como la que la pandemia del Covid-19 ha evidenciado, con su cauda de disparidad en el acceso a la salud, al trabajo, a la alimentación y la educación, inmediatamente la injusticia de la relación social capitalista se incrementa. Dirigentes neoliberales se atreven a banalizar el número de muertos de los grupos humanos que se dedican a los trabajos indispensables (básicamente, trabajos “feminizados” a los que no se les reconoce éxito: labores de cuidado y de agricultura para la alimentación en pequeña escala), mientras dirigentes conservadores utilizan el miedo a la crisis para dar golpes de estado, como ha sucedido en Hungría, fortalecer posiciones nacionalistas, como en la India, o xenófobas y abiertamente antifeministas, como en diversos países, de Marruecos a Nicaragua.

 

En la mayoría de los países que enfrentaron la crisis sanitarias por el Covid-19 se ha manifestado también un enorme control, en ocasiones violento y autoritario, sobre la vida pública, privada e íntima de las personas: la prohibición de salir de las propias viviendas ha alcanzado a la mitad de la población mundial; de Asia a Europa y a América más de 3 millones y medio de mujeres y hombres, desde la infancia hasta la ancianidad, están confinades y sus derechos han sido limitados.


Cuando obligaciones y prohibiciones se dispensan sobre una población que solo nominalmente es igual, el control de los sectores populares, de los trabajadores y trabajadoras, particularmente les más empobrecides y sin posibilidad de ahorrar, adquiere visos de represión abierta, así como de discriminación de hecho en el acceso a la salud de las mayorías. Las mujeres que tradicionalmente han sufrido abusos al interior de las familias y las relaciones de pareja sufren el incremento de la violencia en su contra.


El miedo a la crisis económica, que se predice para que no deje de justificar medidas extremas mientras se encierran poblaciones enteras, además, actúa como un instrumento de exaltación del individualismo antisocial, al que se abona también a través del teletrabajo. El miedo a la crisis económica ofrece como única salida a la gente la vuelta a la “normalidad” ecocida anterior a la crisis y permite el reenvío de las demandas de mayor justicia y libertad para las mayorías.


En la actual crisis del sistema capitalista financiero y extractivista, que considera a los pueblos indígenas y a los sectores de mujeres y hombres que trabajan sin control de empresas y estados, como el campesinado, les artistas, les libres profesionistas, les vendedores informales, y otres, es necesario subrayar la urgencia de poner los seres humanos en su relación
con el ambiente y entre sí en el centro de las acciones de salud, educación y justicia. Esto implica no privilegiar el rescate económico de la relación social, sino la propia condición social del ser humano.


Hay que valorar y proteger a los sectores de la población que ofrecen y producen servicios al conjunto de la sociedad, desde el personal médico de un sistema hospitalario público y universal, al personal docente en todos los grados de la educación, a las personas que hacen posible la buena vida de la infancia, les ancianes y les enfermes y con discapacidades. Estas personas, por lo general, no son reconocidas como exitosas en el sistema capitalista financiero y son consideradas responsables de su propia indefensión económica y de derechos.


Hay que asumir como prioritaria la defensa de la vida planetaria, humana, vegetal, mineral y faunística. Los seres humanos no pueden seguir invadiendo y destruyendo ambientes naturales, de no desear que los riesgos para la salud de las mayorías se multipliquen. Hay que limitar los megaproyectos que solo benefician formas de producción industrializada y contaminante. Evitar la agricultura industrializada, en particular los monocultivos para piensos animales y biocombustibles, como la soya y la caña de azúcar. Paralelamente habrán de desmontarse las granjas animales, donde especies comestibles están hacinadas, sufren y desarrollan enfermedades que se combaten con antibióticos que han permitido el desarrollo de cepas bacterianas resistentes, con graves riesgos para la salud animal y humana. Una agricultura y una ganadería a dimensión de trabajo campesino no sólo multiplicarían los lugares de trabajo productivo, sino volverían más saludables la comida. Proteger las fuentes de agua incluye proteger los bosques naturales (no la siembra de árboles maderables) que las alimentan. La valoración social y económica de las tareas de protección silvestre garantizará lugares de trabajo y distribución de la riqueza.

Evitar los gases de efectos invernadero significa repensar las formas de producción-consumo del periodo posterior a la II Guerra Mundial y la obsolescencia programada de los productos para incentivar el comercio.Implica necesariamente la conversión de la producción de energía eléctrica a fuentes de bajo impacto ambiental. Esta conversión necesita de investigación e implementación, mediante mano de obra femenina y masculina con derechos y salarios dignos. Decrecer no es sinónimo de malvivir, se relaciona con la valoración de la vida toda.

En necesario distribuir sobre los diversos territorios escuelas y centros de estudio, así como los centros de salud y los hospitales, con materiales de igual calidad, e insistir en el trato igualitario y respetuoso entre todas las personas que participan de las relaciones de enseñanza-aprendizaje y de salud personal y comunitaria. Así como las escuelas han de responder a necesidades y proyectos educativos locales, los centros de salud y hospitales deberán respetar todas las formas de diagnóstico y cura de diferentes medicinas (alópata, herbolaria, homeópata, tradicional, biomagnética, bioenergética, etcétera).

 

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Primero el ser humano

Lanzada la campaña #PrimeroElSerHumano

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Jueves, 23 Abril 2020 06:35

Primero el Ser Humano

Primero el Ser Humano

En todos los países, sin excepción, en momentos de campaña electoral, los políticos dicen que su gran preocupación es la –calidad de– vida de su sociedad. Otra cosa dicen los indicadores arrojados por estudios de organismos multilaterales y por entes privados: 3.400 millones de empobrecidos en el mundo, 736 millones arrojados a la pobreza extrema. He ahí un desprecio por la vida que llega al extremo en países donde los viejos, como cero productivos, ahora son llamados al “sacrificio por la patria”, o simplemente no les ofrecen la asistencia médica que se requiere para su recuperación y supervivencia.


La realidad se confirma con crueldad al quedar el mundo encerrado como consecuencia de un virus que amenaza la vida de millones de personas: está arrasada la infraestructura para garantizar la eficiencia y la calidad en los servicios de salud, como derecho fundamental, pues los presupuestos para garantizar la contratación de personal en todas las áreas es insuficiente, así como es mínima la prevención de enfermedades fáciles de erradicar.


Al mismo tiempo, en un sinnúmero de países, la garantía de ingresos para que toda la gente acceda a lo elemental resalta por su ausencia, de manera que, al escribir esta columna, muy seguramente miles de miles anhelan un plato de comida, mientras las fuerzas armadas oficiales surcan sus barrios para que los ciudadanos no rompan los protocolos de aislamiento impuestos con miras a evitar la propagación del Covid-19.


En sintonía con lo anterior, es inexistente la posibilidad de educación pública y universal en todos los niveles, recreación asistida, acceso a internet, apoyo psicológico para sobrellevar la cada vez más acelerada vida urbana, acceso a vivienda adecuada, servicios públicos sin restricciones y otro cúmulo de garantías que en verdad permitan acceder a una vida en las condiciones ofrecidas por los políticos. En todos estos campos podemos constatar que, en el mundo actual como en el pasado, la vida humana, en dignidad, no ha figurado como prioridad de los gobernantes, que son el instrumento del poder o el poder mismo.


Y aquí cabe una pregunta necesaria: ¿Por qué seguir viviendo así, en estas condiciones, como si se tratara de un designio o la fatalidad en que creían los romanos, cuando la sociedad puede proveerse de los mecanismos de equilibrio para bien de todos? Para colmo de estos desajustes, el Covid-19 avanza por todo el mundo, dándole fuerza al acelerador de la recesión a la que se asoma la sociedad global, producto de la cual muchos más serán empobrecidos o más empobrecidos, o, por efecto de otros virus, más letal que el que nos ataca hoy como mundo, el virus de la segregación, la desigualdad, la injusticia, la negación de los derechos fundamentales de mujeres y hombres, realidad que ya claramente nos acecha.


Como todos sabemos, el ser humano se hizo tal en sociedad, en ella aparece y en ella se realiza. Obligarlo a romper esa condición, a encerrarse, es pretender que deje a un lado su condición fundamental, desfigurada por el capitalismo y con el estímulo desenfrenado del individualismo, contrariando la vía opuesta: la solidaridad, el colectivo, lo común, en un comportamiento que le permitió resistir y superar a las otras especies animales, más fieras que él, más fuertes que él, pero sin embargo sometidas por él.
Bien. Si es cierto aquello de que “el hombre está en la sociedad. Y sólo en ella aparece”, como lo reafirma la filósofa*, eso quiere decir que el camino para enfrentar el virus que nos agobia como sociedad global no es el elegido sino uno más sencillo: aislar al portador del virus, garantizando así una atención médica especializada al afectado, su recuperación, además de su alimentación y manutención, evitando así que se vea compelido a salir en procura de ingresos económicos para solventar su vida y la de su familia. Y para su tranquilidad, en caso de ser necesario, garantizar la estabilidad de su núcleo familiar, dotándolo de lo indispensable para sobrellevar las semanas de aislamiento que sean necesarias.


Y para llegar a esto, lo fundamental es contar con cuerpos médicos que presten salud preventiva en los barrios y conjuntos residenciales, así como en zonas rurales, un servicio público tal que permita promocionar vida sana, además de hacerle seguimiento al estado de salud de cada persona y cada núcleo familiar, con lo cual la organización de la vida diaria, en todos los aspectos, se torna remediable y llevadera. Entonces el hospital y el centro de salud se verán menos asediados, destinados a casos de urgencia o para tratamientos especiales, entre ellos las intervenciones quirúrgicas.


Claro. Para proceder de tal modo, la salud, como derecho de todo ser humano, debe estar organizada como servicio público, gratuito y universal, y esa no es preciamente la realidad entre nosotros. Así tendría que funcionar –con propósito común y bajo control y organización colectiva– todo lo que se diga público.


El objetivo sería, pues, poner de pie lo que ahora está de cabeza; que todo aquello que pretende el lucro particular y la ganancia no intervenga en los segmentos sociales que tienen que ver con la satisfacción de los derechos humanos. Mientras esto se torna realidad, el virus, este o cualquier otro, podrá hacer con las sociedades lo que quiera, propiciando por su conducto que los Estados desplieguen su autoritarismo y su poder militar para remediar algo que nada tiene que ver con la fuerza sino con usos y consumos así como con la prevención en salud, pero también con el tratamiento de alguna enfermedad, cuando esta toma cuerpo en pocas o en muchas personas.
El propósito de evitar que el Estado despliegue su real carácter transita entonces por recuperar lo público, poniéndolo en manos del conjunto social. De no ser así, el miedo volverá a ser potenciado frente a situaciones como la que hoy vivimos u otras similares, y el Estado aparecerá de nuevo como el salvador. Cuando es todo lo contrario.

* María Zambrano, Persona y democracia, Alianza editorial, 2019, España, p.134.

El Día de la Tierra como recordatorio de que la crisis crucial es la climática

Mientras un planeta confinado ve cómo sus índices de contaminación atmosférica se reducen, la emergencia climática continúa y la Tierra se dirige a un aumento de temperatura de 3,2 ºC. El Movimiento por el Clima llama a una acción global este viernes 24 de abril.

Este 22 de abril el planeta celebra el Día de la Tierra bajo unas circunstancias nunca vistas en un siglo. Es un hecho que en gran parte del mundo las grandes aglomeraciones están viendo cómo la calidad del aire mejora, fruto del parón momentáneo de la movilidad impulsada por motores a combustión.

La Agencia Espacial Europea (ESA) difundía esta semana unos datos sorprendentes. Las mediciones de dióxido de nitrógeno (NO2) —un contaminante asociado especialmente a los vehículos diésel—, realizadas entre el 13 de marzo y el 13 de abril, constataban el importante descenso de los niveles de polución, de en torno a 50% respecto al mismo período del año anterior.

Mientras Madrid reducía sus niveles de NO2 un 48%, otras grandes ciudades europeas como Milán o Roma constataban reducciones del 47% y el 49%, respectivamente. París iba más allá, con una disminución del 54%.

Los datos son especialmente visibles a través de las imágenes del satélite Copernicus Sentinel-5P de la ESA, información que está utilizando el Real Instituto Meteorológico de los Países Bajos para monitorizar la polución por NO2 en todo el continente. Con las medidas de confinamiento prolongadas en la mayoría de países, la previsión a corto plazo del organismo indica que la contaminación continuará en mínimos históricos en las próximas dos semanas.

Problema crucial pospuesto

Sin embargo, en este Día de la Tierra, desde las organizaciones ecologistas recuerdan que la crisis crucial para la humanidad se mueve en un contexto mucho más amplio, y desde Greenpeace recuerdan que, en el actual contexto de emergencia sanitaria, el cuidado del planeta es más necesario que nunca. 

Según el Informe sobre la brecha de emisiones 2019 del Programa para el Medio Ambiente de Naciones Unidas, si solo confiamos en los compromisos climáticos actuales del Acuerdo de París, es posible que las temperaturas aumenten 3,2 °C este siglo

El Movimiento por el Clima, agrupado en las confederaciones Fridays for Future, 2020 Rebelión por el Clima y Alianza por el Clima —que integran a decenas de organizaciones— hacen un llamamiento a la población para participar este viernes 24 de abril a las 22 horas una acción global en defensa del clima. 

Mediante la proyección simbólica de sombras y sonidos en fachadas, estos colectivos pretenden reivindicar una desescalada de la crisis sanitaria actual “que ponga en el centro el medio ambiente y a las personas y tenga en cuenta criterios de justicia social y climática”, según señalan en un comunicado lanzado para la convocatoria.

“Esta crisis de salud pública ha puesto de manifiesto que esa sensación que teníamos de seguridad absoluta garantizada por la tecnología era absolutamente falsa”, apunta el documento, un texto que resalta “lo dañina que puede ser una crisis si nos pilla desprevenidos, sin planes de prevención y emergencia suficientes que puedan hacerle frente de forma efectiva”.

Así, el manifiesto recuerda que si no actuamos decidida y rápidamente, se alcanzará un cambio climático de tal magnitud y rapidez que haría imposible nuestra adaptación: “Sería devastador para la mayoría de los ecosistemas y las sociedades humanas”.

Niveles récord

La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA, por sus siglas en inglés) monitoriza la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera, y sus datos indican que entre enero y marzo de 2020 dicha concentración ha alcanzado las 414,03 partes por millón (ppm), frente a las 411,6 registradas en el mismo período del año anterior. La disminución de expulsión de gases de efecto invernadero como la vivida en China, donde se estima que se han reducido un 25% en febrero, apenas han tenido un efecto sobre la emergencia climática, que sigue su curso imparable.

“Mientras el coronavirus se expande por los cinco continentes, el planeta experimenta extremos climáticos: a nivel mundial, el pasado mes de enero fue el más cálido desde que se tienen registros en todo el mundo y marzo el segundo más cálido. En España, el mes de febrero estuvo 3ºC por encima de la media entre 1981 y 2010”, señalan desde Greenpeace.

La organización reclama a los gobiernos transformar la actividad económica “de un modo climática y socialmente justo”, enfrentando una reducción drástica de las emisiones sin perder de vista el garantizar unas condiciones de vida dignas para los colectivos más vulnerables.

Para el portavoz de Greenpeace España, Miguel Ángel Soto, “una vez que empecemos a observar el aplanamiento de la curva de la pandemia, urge abordar la actual crisis climática y de biodiversidad, que no han vivido ninguna cuarentena”. El responsable señala que “una vez que la crisis sanitaria permita salir a las calles, la ciudadanía volverá a pedir que se aborde de manera urgente la respuesta a la crisis ecológica y que los intereses privados, que están retardando la transición ecológica, sean expulsados de los foros donde se está debatiendo el futuro de la humanidad, porque ambas crisis, la sanitaria y la climática, son caras de una misma moneda, la profunda alteración del equilibrio en la Tierra”.

En clave estatal, desde Amigos de la Tierra exigen al Estado español que acelere la descarbonización de la economía a un ritmo mucho mayor del anunciado actualmente. En concreto, este colectivo, junto a las organizaciones firmantes del manifiesto para la acción de este viernes, piden conseguir la neutralidad climática en España en 2040; el aumento de reducción de emisiones de CO2 del 23% actual al 55% para 2030 con respecto a los niveles de 1990; acabar con los subsidios, exenciones fiscales y otros beneficios de los combustibles fósiles; e incorporar medidas de reducción de emisiones que aborden sectores como el transporte, la ganadería y sectores industriales.

@CeboTwit

22 abr 2020 03:40

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Lanzada la campaña #PrimeroElSerHumano

Este lunes 20 de abril, a treinta días de iniciado el encierro “voluntario” en Bogotá, para el caso de Colombia, y tras más de cien días del estallido de la crisis de salud pública en China y que ha llevado al capitalismo a una desaceleración nunca imaginada, aunque sí deseada y propuesta por el ambientalismo crítico, con miles de muertos en Italia, España, Alemania, Francia, Estados Unidos, Brasil, Ecuador y otros muchos países, y una evidente crisis del sistema de salud en todo el mundo producto evidente de un capitalismo depredador y anti natura, el equipo humano con asiento en Colombia y que hace posible el periódico desdeabajo, con el apoyo desinteresado de compañeras y compañeros de diversidad de países ha subido a la red global el mensaje central de la campaña: #PrimeroElSerHumano.

Desde el mismo momento en que el gobierno local bogotano tomó la decisión de enclaustrar a quienes habitan esta parte de Colombia y el mundo, con extensión posterior al gobierno nacional de este país, en desdeabajo nos cuestionamos por la pasividad con que los actores sociales recibieron la decisión oficial, destacándose de manera sorprendente el silencio que siguió a la orden, así como las actitudes individuales antes que las colectivas frente a la misma.

Por ello este llamado acude al slogan ampliado por doquier: “Quédate en casa”, pero únete y reclama #PrimeroElSerHumano. Es decir, desde un primer momento, sin llamar a la gente a que ponga en juego su vida, está la deuda con la acción común por un cambio en las circunstancias de nuestro mundo, el presente y el futuro, en el cual, con equilibrio ecológico, debemos procurar una realidad totalmente diferente a la vivida hasta ahora por el ser humano. Proceder que no puede ser individual.

Y así debe ser pues de lo contrario un efecto tal vez no consciente de lo hasta ahora mandado por el poder real en cada uno de los países en pro de controlar el Covid-19, así como en lo global, el encierro, la acción individual, el disciplinamiento, termina desmovilizando a esa misma sociedad, local y global, en su proceder por una realidad cotidiana radicalmente diferente a la hasta ahora vivida. Una reacción individual, pasiva, complaciente, que termina por legitimar el poder global y local, el mismo que ha llevado a la humanidad a la situación que hoy padece.

Pretenden con esta campaña, las mujeres y hombres que hacen posible a desdeabajo, así como todas aquellas personas que desde otros países facilitan y potencian su existencia, por tanto, que levantemos una voz común, un grito de esperanza y sueño en un futuro a favor de la humanidad y del conjunto de la naturaleza, hermanados en fraternidad y respeto por un derecho que debe ser común al conjunto de especies y formas de vida que habitamos en esta parte del universo.

Es una voz colectiva, un grito, desprendido tras una primera enseñanza evidente de esta crisis acelerada por el Covid-19: Otro mundo ¡sí es posible!, Otra democracia ¡sí es posible!, Una sociedad entre iguales ¡sí es posible!, Una sociedad fraternizada ¡sí es posible!, Una sociedad que no siga destruyendo la naturaleza ¡sí es posible!, Un mundo sin explotación a ninguna escala ¡sí es posible!

Pero para hacerlo posible, necesitamos actuar en unidad plena, sabiendo que los muchos y muchas del mundo, así como el conjunto de la naturaleza, vivimos en exclusión y negación, padeciendo las decisiones de un poder que está en manos del 1 por ciento, el mismo que concentra riqueza, poder militar, poder político, poder mediático, tierra, ciencia y tecnología, redes para el flujo incesante de sus riquezas, ahora conectadas vía financiarización del capital y de la economía global.

El Covid-19, a la par de la crisis que desató, en unos casos, y en otros, a la par de las crisis que aceleró, abrió una oportunidad para el 99 por ciento de quienes habitamos esta parte del universo, y el reto está ante todos y todas, un reto para cambiar el curso que llevamos como especie: ¡No lo desaprovechemos!

 

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La sana distancia no será por única vez; se requerirá repetirla en 2022, según estudio

Washington. Un confinamiento único no detendrá al nuevo coronavirus, el Covid-19, y se requerirán periodos repetidos de distanciamiento social en 2022, con el fin de evitar que los hospitales se vean abrumados, señalaron el martes científicos de la Universidad Harvard en Estados Unidos, quienes simularon la trayectoria de la pandemia.

El estudio se produce cuando Estados Unidos entra en el pico de su número de casos de Covid-19 y los estados de esa nación observan una eventual relajación de las medidas restrictivas duras.

La simulación por computadora del equipo de Harvard, que se publicó en un artículo en la revista Science, asumió que el Covid-19 se volverá estacional, como los coronavirus estrechamente relacionados que causan el resfriado común, con tasas de transmisión más altas en los meses más fríos.

Pero aún se desconoce mucho sobre el mal, incluido el nivel de inmunidad adquirido por una infección previa y cuánto tiempo dura, explicaron los autores.

"Descubrimos que es probable que las medidas de distanciamiento social por única vez sean insuficientes para mantener la incidencia del SARS-CoV-2 (causante del Covid-19) dentro de los límites de la capacidad de atención crítica en Estados Unidos", sostuvo el autor principal, Stephen Kissler, en una conferencia con periodistas.

"Lo que parece ser necesario en ausencia de otros tratamientos son los periodos intermitentes de distanciamiento social", agregó.

De todas maneras, se requerirían pruebas virales generalizadas para determinar cuándo se han cruzado los umbrales para reactivar el distanciamiento, indicaron los autores.

Sin embargo, una cosa es casi segura: el virus llegó para quedarse. El equipo aseguró que era muy poco probable que la inmunidad fuera lo suficientemente fuerte y duradera como para que el Covid-19 se extinga después de la ola inicial, como fue el caso del brote de SARS de 2002-2003.

Mark Woolhouse, un epidemiólogo de enfermedades infecciosas de la Universidad de Edimburgo, destacó que "es un estudio excelente", aunque remarcó que "es importante reconocer que es un modelo; es consistente con los datos actuales, pero, no obstante, se basa en una serie de suposiciones, por ejemplo, sobre la inmunidad adquirida, que aún no se han confirmado".

El balance más reciente de la Universidad Johns Hopkins –centro de referencia de los datos– indicó el martes que Estados Unidos registró 2 mil 228 muertes en 24 horas por coronavirus. El total de muertos en el país superó 25 mil, la mayor cifra a nivel mundial.

Descubren seis nuevos coronavirus en murciélagos

Por otro lado, investigadores del Programa de Salud Global del Instituto Smithsoniano descubrieron seis nuevos coronavirus en murciélagos en Myanmar.

Según los autores, no están estrechamente relacionados con el síndrome respiratorio agudo severo (SARS CoV-1), el síndrome respiratorio del Medio Oriente (MERS) o el SARS-CoV-2.

Los hallazgos, publicados en Plos One, ayudarán a comprender la diversidad de los coronavirus en los murciélagos y apoyarán los esfuerzos globales para detectar, prevenir y responder a enfermedades infecciosas que pueden amenazar la salud pública, particularmente a la luz de la pandemia.

"Las pandemias virales recuerdan lo estrechamente conectadas que están la salud humana, la silvestre y el medio ambiente", precisó en un comunicado Marc Valitutto, ex veterinario de vida silvestre del Programa de Salud Global del Smithsoniano y autor principal del estudio. "En el mundo, los humanos interactúan con la vida silvestre con mayor frecuencia, por lo que cuanto más comprendamos acerca de estos virus en los animales, lo que les permite mutar y cómo se propagan a otras especies, mejor podremos reducir su potencial pandémico".

Los expertos detectaron los nuevos virus mientras vigilaban animales y personas para comprender mejor las circunstancias del contagio de enfermedades, parte del proyecto Predict, financiado por la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional.

Martes, 07 Abril 2020 06:26

El último llamado de la naturaleza

El último llamado de la naturaleza

James Lovelock es el científico inglés quien junto con la bióloga Lynn Margulis, postularon y demostraron que el planeta Tierra es un organismo vivo, dotado de mecanismos de autocontrol que son tremendamente delicados y frágiles. A toda su demostración, que es científicamente impecable, se le llamó la teoría de Gaia, en honor a la diosa griega de la tierra. Hace 14 años Lovelock publicó La venganza de Gaia (Penguin Books, 2006) en el cual sintetizó las reacciones del ecosistema global ante los impactos de las actividades humanas. Desde cada una de las cosmovisiones de los 7 mil pueblos originarios o indígenas del mundo, existe una visión similar: el castigo de la madre tierra surge porque los humanos no han escuchado su voz y han rebasado los límites marcados por ella. Ya sea desde la ecología científica o desde la ecología sagrada, hoy existe un consenso cada vez más generalizado de que todo daño que se inflige a la naturaleza termina revirtiéndose y que la humanidad debe reconstituirse a partir de su reconciliación con el universo natural, es decir, con la vida misma.

La ecología política todavía va más allá. Postula que no es la especie humana la culpable de las “iras de la naturaleza”, sino un sistema social, una civilización, en la que una minoría de menos del 1% de la población explota por igual tanto el trabajo de la naturaleza como el trabajo de los seres humanos. Esa clase depredadora y parásita sólo será desterrada mediante un cambio civilizatorio radical. Una transformación que puede ser, que debería ser, gradual y pacífica no súbita y violenta. Hoy existe ya un conjunto de directrices que nos marcan los caminos de una profunda transformación civilizatoria (ver mi libro Los civilizionarios; y obras como las de Helena ­Norberg-Hodge, Local is Our Future, o de Edgardo Lander, Crisis civilizatoria).

Es en este contexto donde debe ubicarse la enorme crisis sanitaria provocada por el coronavirus. Las últimas pandemias han surgido en relación con los sistemas industriales de producción de carne (cerdo, pollo, huevos) como las gripes porcina y aviar, y a la destrucción de los hábitats de especies silvestres de animales portadores de virus y en íntima relación con un sistema alimentario que ofrece productos de baja calidad o perjudiciales por el uso masivo de agroquímicos. La expansión despiadada del coronavirus es el último llamado de la naturaleza. Antes ha habido otros más. En los últimos 25 años la madre naturaleza ha enviado numerosas señales. En 1997-98 los incendios forestales que arrasaron más de 9 millones de hectáreas de selvas y bosques de la Amazonia, Indonesia, Centroamérica, México y Canadá, resultado de uno de los climas más cálidos y secos. Luego en 2003 la canícula europea con temperaturas extremas en Francia, España, Portugal, Alemania, Inglaterra, etcétera, que dejó entre 20 mil y 30 mil muertes, un fenómeno que fue ocultado por los medios masivos de comunicación. Por esos mismos años una secuencia de poderosos huracanes, alcanzó su máximo con Katrina que en 2005 causó los mayores daños a las costas de Estados Unidos, calculados en 108 mil millones de dólares. En la década siguiente tuvo lugar la peor sequía registrada (2011-13) en la historia climática de Estados Unidos (15 estados) y el norte de México, que dejó millones de reses muertas y severos impactos sobre la agricultura. Finalmente, el año pasado de nuevo se concatenaron gigantescos incendios forestales en la Amazonia, Siberia, California y, especialmente, en Australia.

Los daños infligidos a los sistemas vivos, en todas sus escalas y dimensiones, son hoy la mayor amenaza a la especie humana, los cuales están íntimamente ligados a la desigualdad social y a la marginación. Según Oxfam, unos 70 millones de seres humanos poseen una riqueza superior a la de 7 mil millones. El punto clave es entonces cómo cambiar el actual estado de cosas. Algunas transformaciones obligadas son: el paso de una economía de mercado a una economía social y solidaria, de grandes empresas y corporaciones a empresas familiares y cooperativas (fin de los monopolios), de gigantescos bancos a cajas colectivas de ahorro, de energía fósil a energías renovables, de sistemas agroalimentarios industriales a sistemas agroecológicos, de organizaciones centralistas y verticales a organizaciones descentralizadas y horizontales (redes), de una democracia representativa a una democracia participativa. Pero sobre todo construir desde lo local (comunidades, municipios, microrregiones) un poder ciudadano o social capaz de enfrentar y controlar las acciones suicidas del Estado y del capital. En suma, una (eco)política desde, con y para la vida.

Por Víctor M. Toledo, secretario del Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat)

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