Miércoles, 13 Marzo 2019 06:03

Suposición y verdad

Suposición y verdad

La política en nuestro país muchas veces se manejó con un esquema de diseño militar dando lugar al desarrollo de estrategias teñidas de ocultamiento. Los centros de poder mediático ayudaron a dibujar un clima de asfixia social que hizo que el escamoteo de la información produjera un relato construido sin sustento real y jamás desmentido, a la vez que estimulando sentimientos de odio y desprecio.

Es bien sabido que en la guerra la primera víctima es la verdad. Una vez que se lucha por el poder, no importan los métodos utilizados, tampoco importa cómo se establecen las reglas de la nueva etapa. Así, el poder vencedor quiere imponer privilegios al que la inmensa mayoría no podrá acceder.


La confianza se convierte en un presupuesto de las relaciones a diversos niveles. Este a priori no necesariamente funciona sin tropiezos. Las trampas urdidas a la sombra de un acuerdo emergen con frecuencia y en formas cada vez más sofisticadas. El Presidente proclama sin ninguna argumentación o plan que lo sustente que se conduele porque “el sinceramiento es doloroso” mientras inauditamente declama que su quimera de progreso se empieza a cumplir, porque ya estamos mejor que en 2015. Pero, como no le requieren confirmarlo, puede repetir ese slogan sin titubeos.


Los presupuestos sobre los que se basan las opiniones respecto a países, personalidades y medios, tienen una historia tejida en parte sobre hechos a los que se han adosado suposiciones e interpretaciones intencionadas, ignorancia de ciertos sucesos, acentuación de situaciones menores, ininterrumpida presencia de personas o realidades que se quieran imponer. Este trasfondo que construido como realidad incontrastable se convierte en la principal materia prima para formar opiniones que, aunque alejadas de toda racionalidad o cuestionamiento, son la base de confianza con que cuentan los que deciden cuál es la verdadera historia.


Las posibilidades tecnológicas han mostrado que pueden proveer una sólida base para manipular la comunicación. No necesitan hacer explícito su mensaje, sino llevarnos a aceptar su poder como una fuerza valiosa y la inevitabilidad por los efectos que puede producirnos.


Los medios comerciales de comunicación están provocando, al menos, tres efectos principales. En primer lugar, tienden a reforzar la despolitización de la gente. Como alguna vez lo indicó G. Gerbner –uno de pioneros en el campo de la investigación en comunicación– los conglomerados de medios “no tienen nada para decir, pero mucho para vender”. En segundo lugar, tienden a desmoralizar a la población convenciéndola de que es vana toda esperanza de cambio y que sólo resta aceptar la realidad tal cual la interpretan. El tercer efecto es la producción de realidades paradójicas. Por un lado, se verifica un mayor y creciente acceso a la recepción de medios y, al mismo tiempo, los medios están cada vez en menos manos. La influencia que ejercen las corporaciones globales se extiende a todas las esferas de la vida, mientras que se procura que el papel de los estados nacionales sea cada vez más irrelevante. Son los grandes medios los que exaltan la importancia de la libertad de expresión en la vida de la sociedad, especialmente porque son ellos los que poseen los mayores centros de información. La libertad de expresión se ha ido convirtiendo en la libertad comercial para conducirla.


* Comunicador social. Ex presidente de la Asociación Mundial para las Comunicaciones Cristianas.

 

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Chalecos amarillos lanzan marcha pacifista de Marsella a París

Integrantes del movimiento de los chalecos amarillos en Francia anunciaron que realizarán una marcha pacifista desde Marsella (sur) hasta esta capital, una nueva iniciativa dirigida a reforzar la movilización en el país.


En conferencia de prensa, los organizadores detallaron que un primer grupo de seis activistas partirá el domingo de la comuna de Boulou, en la frontera con España, y el 16 de febrero saldrá una decena de personas de la ciudad costera de Marsella.


Ambos cortejos convergerán el 19 de febrero en Avignon para continuar juntos la marcha hasta París, a donde pretender llegar el 17 de marzo.


Según las precisiones ofrecidas, el objetivo es que se sumen más chalecos amarillos procedentes de otros departamentos.


‘Estamos en contacto con grupos que saldrán de Bretaña, de Dunkerque, de Bordeaux, de Estrasburgo, para que se unan a nosotros’, indicó Sarah Chabut, una de las promotoras.
El plan es hacer trayectos diarios de 25 a 35 kilómetros, y hospedarse en casa de integrantes del movimiento en cada localidad.


Con la marcha pacifista, los chalecos amarillos buscan reforzar la movilización en defensa de sus reclamos.


‘Queremos un referendo ciudadano sin restricciones, luchamos por la justicia social y fiscal, por la ecología, y para dar nuestro apoyo a los manifestantes víctimas de violencia policial y de decisiones abusivas de la justicia’, explicó la joven.


En noviembre de 2018 comenzó el movimiento de chalecos amarillos con protestas en todo el país y ya sumen 12 sábados consecutivos de acciones.


Aunque el origen de la movilización fue el aumento de precios del combustible decretado por el Ejecutivo, luego las reivindicaciones se ampliaron al aumento de impuestos en general y la pérdida del poder adquisitivo como resultado de la política gubernamental.


Los chalecos amarillos ahora reclaman también reformar la Constitución en aras de una democracia plena y que los ciudadanos tengan la posibilidad de pedir e impulsar la realización de referendos nacionales sobre temas relevantes.

8 febrero 2019 


(Con información de Prensa Latina)

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Asumir el reto histórico de crear un nuevo ethos cultural y recrear la Universidad

El acuerdo firmado entre el gobierno nacional y los estudiantes, en diciembre pasado, tras dos meses de paro en las 32 universidades públicas del país, lo ha valorado la opinión pública como un éxito. Aunque transciende más lo simbólico que lo real, expresan algunos desde otra orilla. En todo caso, su peso y su significado lo señalarán los estudiantes en las asambleas citadas para los primeros días de reingreso a labores en todos y cada uno de los centros de estudio comprometidos en esta lucha.

 

La agenda de tal lucha –financiamiento, autonomía, democracia y garantías para la movilización–, en la práctica, quedó centrada en la primera de las reivindicaciones. Todas ellas mantienen vigencia y pueden ser elevadas para el debate en las mesas de trabajo aprobadas dentro del acuerdo, debates que deben llegar a un punto crucial: el futuro de la Universidad misma, con su carácter público y gratuito por establecer tras otras muchas jornadas de lucha que conocerá el país.

 

¿Cómo lograr este carácter público de la Universidad, abierta a los miles de estudiantes que terminan bachillerato cada año? ¿Cómo lograr que la educación superior, íntegra, sea una preocupación y una prioridad nacionales? ¿Cómo articular de manera virtuosa los ciclos educativos, para que todo el proceso educativo, desde 0 y hasta último nivel, constituyan apartes de un mismo tronco? ¿Cómo hacer para que su rol central esté inspirado en las necesidades y el proyecto de país que defina la sociedad toda? ¿Cómo conseguir que esté a la altura de las demandas de la crisis sistémica que vive la sociedad global en campos como el ambiental y el social? ¿Cómo diseñar sus retos actuales para que de verdad responda a los requerimientos de las revoluciones científica –tercera– e industrial –cuarta–, que hoy han llevado al sistema capitalista y su soporte central –democracia– a una crisis sin precedentes?

 

 Adentrarse –para buscar respuestas adecuadas a estos y otros muchos interrogantes– en el carácter del sistema educativo y de la Universidad en particular (pág. 8-9) es una pista para ello. Otro camino en tal senda (pág. 6) es la reestructuración del sistema educativo, poniéndolo patas arriba, como vía para generar un nuevo ethos cultural. Hacerlo con la potencia de lo social (pág. 10-11), sabiendo valorar los tiempos y la fuerza de las mayorías, es parte del método que nos llama a propiciar y saber articular agendas entre los sectores activos y alternativos de lo social, para entre todos arrinconar a quienes impiden que nuestra sociedad se encamine por un camino de justicia que tiene como base la satisfacción de los Derechos Humanos, todos, entre ellos el derecho a una educación plena, universal, gratuita, laica, abierta a lo mejor del conocimiento global, en que su dinámica diaria no esté marcada por la productividad, la eficiencia, las apariencias, todo aquello que pretende sumir en las formas a los estamentos universitarios para alejarlos del debate crítico, esencia misma de la educación.

 

Son éstos los interrogantes y los retos que hoy la sociedad puede encarar como un solo cuerpo y resolver de igual manera. Los tiempos lo permiten, y también las circunstancias en que irrumpimos.

 

Abrir las puertas para que así sea pasa por encarar debates en todos los niveles y en todos los espacios sociales, a la vez que copar el escenario nacional con las voces que compartan la necesidad de enfrentar estos retos.

 

El movimiento universitario que logró el acuerdo económico con el actual presidente Iván Duque presenta características inéditas. Es la primera vez que participan tanto directivas, como el profesorado y el estudiantado en un proyecto común: salvar la universidad pública. El vigor del movimiento tuvo como acicate superar un peligro existencial. La sociedad en su conjunto acompañó al movimiento en el proyecto.

 

La conciencia de ese peligro se fue incubando poco a poco. Habrá que reconstruir el proceso que convirtió el tema de las finanzas universitarias en asunto central para la supervivencia de la Universidad. En las reuniones de los rectores, que tiene como escenario el llamado SUE (sistema universitario estatal), los agobios presupuestales estaban siempre en primer plano. Aspu (Asociación de profesores Universitarios) denunciaba sistemáticamente el deterioro constante de los recursos del presupuesto general de la nación asignado a las universidades. Las organizaciones estudiantiles captaron las consecuencias de ese estado de cosas y se sincronizaron con las directivas y el profesorado.


Ese proceso de deterioro tuvo, sin embargo, un punto de inflexión: el programa Ser pilo paga (SPP) Recordemos brevemente cómo surgió ese proyecto. En el primer gobierno de Juan Manuel Santos se quiso imponer una reforma en la normativa universitaria para facilitar la creación de universidades con ánimo de lucro. Los estudiantes y un núcleo de profesores denunció inmediatamente el propósito último de la iniciativa: liquidar la universidad pública. Los estudiantes se organizaron en la Mane y enfrentaron en la calle la defensa de la Universidad. El Gobierno tuvo que dar marcha atrás en su propósito pero luego inventó el programa Ser Pilo Paga.

 

Este programa partía de un supuesto perverso. En una sociedad donde por la paga los magistrados dictan sentencias, proponerles a los jóvenes de las familias de los trabajadores que por la paga debían esforzarse para obtener un cupo en una universidad privada era una broma macabra. En términos financieros el programa que beneficiaba a 40.000 estudiantes costaba 3.5 billones, mientras la matrícula total de las universidades pública (611.000 estudiantes) recibía 2.93 billones. Esa desproporción en la asignación de los recursos develó el sinsentido de la política gubernamental y aceleró la toma de conciencia de la sociedad en su conjunto acerca del peligro existencial en que el gobierno colocaba a la universidad pública.

 

El reciente acuerdo entre el gobierno y los estudiantes ha sido valorado como un éxito y simultáneamente se han hecho las advertencias acerca de la necesidad de monitorear el cumplimiento del mismo y mantenerse vigilantes. Pero hay un componente del acuerdo que mira hacia el futuro. Se conformaron mesas de trabajo para tratar temas, por ejemplo, la función del Icetex, que permiten avanzar en una dirección más ambiciosa: el futuro de la Universidad misma. La Universidad arrastra una crisis que se remonta a cincuenta años atrás. Estamos recordando a Mayo del 68. La tensión esencial de esa crisis la crea el tránsito de la Universidad como institución para formar pequeñas élites a la Universidad como ciclo universal de formación de las nuevas generaciones.

 

Jean François Lyotard le dio forma sintética a las paradojas desencadenadas por esa perspectiva. En su famoso Informe sobre el saber donde formuló la pauta que nombró como Condición postmoderna, le decreta la muerte a la Universidad y le da partida de nacimiento a los institutos politécnicos. La dedicatoria de tal informe, que califica de “escrito de circunstancias” dice lo siguiente: “Tal y como está lo dedicamos al Instituto Politécnico de filosofía de la Universidad de París VIII (Vincennes), en el momento muy postmoderno en que esta universidad se expone a desaparecer y ese instituto a nacer”1.

 

Ahora bien, no todo Instituto tiene garantizada su existencia. Sólo los que cumplan los requisitos exigidos por los administradores de los negocios capitalistas. Lyotard sentencia: “El criterio de performatividad es invocado explícitamente por los administradores para justificar la negativa a habilitar cualquier centro de investigación”2. En esas condiciones generales, postmodernas, los jóvenes egresados de la agonizante universidad son parias que ni siquiera aparecen en las estadísticas: “[…] los jóvenes presentes en la Universidad son, en su mayor parte, parados no contabilizados en las estadísticas de demanda de empleo. Son, en efecto, excedentes con respecto a las salidas correspondientes a las disciplinas en las que se los encuentra”3.

 

Las políticas universitarias globales y sus diferentes formas locales, se han convertido en acuerdos entre administradores y empresarios. La retórica de la eficiencia, la productividad, los estándares, los créditos, es un indicador de ese hecho. Este modo de existencia espurio obliga a repensar la Universidad más allá de la lógica capitalista postmoderna. En el debate sobre la crisis civilizatoria y la emergencia de una nueva época la reinvención de la Universidad es una tarea al orden del día. El actual movimiento universitario de directivas, maestros y estudiantes debe asumir ese reto histórico.

 

En Colombia ese reto se esbozó en el debate que acompañó la elaboración de la Ley General de Educación y la Ley 30 de 1992. En el informe titulado “Al filo de la oportunidad”, el neurocientífico Rodolfo Llinás planteó lo siguiente hace ya casi dos décadas: “Las recientes crisis sociales y ambientales de los países industrializados demuestran que la productividad y los avances del conocimiento humano requieren una fundamentación en un contexto civilizador, cuyo fin ha de ser el bienestar social y el respeto por la vida. Esta lección importante señala que el desarrollo como avance económico, político y cultural debe significar un legado humano de información al servicio de estilos de vida inteligentes y garantes de la creatividad humana para futuras generaciones.

 

Lo anterior requiere una reestructuración y una revolución educativa que generen un nuevo ethos cultural, que a la vez permita la maximización de las capacidades intelectuales y organizativas de los colombianos. La manera innovativa de entender y actuar –no el simple saber y hacer– debe permitir que se adquieran nuevas habilidades humanas, basadas en el desarrollo de múltiples saberes y talentos, tanto científicos como artísticos y literarios, de nuevas formas de organización productiva”4.

 

Este reto es el que es necesario desarrollar y están dadas todas las condiciones para su realización exitosa.

 


 

1 Lyotard J. F., La condición postmoderna, Cátedra, Madrid, 1989, p. 11.
2 Ibídem., p. 88.
3 Ibídem., pp. 91,92.
4 Llinás Riascos R., Colombia: Al filo de la oportunidad, Ed. Magisterio, Bogotá, p. 25.

Publicado enColombia
Asumir el reto histórico de crear un nuevo ethos cultural y recrear la Universidad

El acuerdo firmado entre el gobierno nacional y los estudiantes, en diciembre pasado, tras dos meses de paro en las 32 universidades públicas del país, lo ha valorado la opinión pública como un éxito. Aunque transciende más lo simbólico que lo real, expresan algunos desde otra orilla. En todo caso, su peso y su significado lo señalarán los estudiantes en las asambleas citadas para los primeros días de reingreso a labores en todos y cada uno de los centros de estudio comprometidos en esta lucha.

 

La agenda de tal lucha –financiamiento, autonomía, democracia y garantías para la movilización–, en la práctica, quedó centrada en la primera de las reivindicaciones. Todas ellas mantienen vigencia y pueden ser elevadas para el debate en las mesas de trabajo aprobadas dentro del acuerdo, debates que deben llegar a un punto crucial: el futuro de la Universidad misma, con su carácter público y gratuito por establecer tras otras muchas jornadas de lucha que conocerá el país.

 

¿Cómo lograr este carácter público de la Universidad, abierta a los miles de estudiantes que terminan bachillerato cada año? ¿Cómo lograr que la educación superior, íntegra, sea una preocupación y una prioridad nacionales? ¿Cómo articular de manera virtuosa los ciclos educativos, para que todo el proceso educativo, desde 0 y hasta último nivel, constituyan apartes de un mismo tronco? ¿Cómo hacer para que su rol central esté inspirado en las necesidades y el proyecto de país que defina la sociedad toda? ¿Cómo conseguir que esté a la altura de las demandas de la crisis sistémica que vive la sociedad global en campos como el ambiental y el social? ¿Cómo diseñar sus retos actuales para que de verdad responda a los requerimientos de las revoluciones científica –tercera– e industrial –cuarta–, que hoy han llevado al sistema capitalista y su soporte central –democracia– a una crisis sin precedentes?

 

Adentrarse –para buscar respuestas adecuadas a estos y otros muchos interrogantes– en el carácter del sistema educativo y de la Universidad en particular (pág. 8-9) es una pista para ello. Otro camino en tal senda (pág. 6) es la reestructuración del sistema educativo, poniéndolo patas arriba, como vía para generar un nuevo ethos cultural. Hacerlo con la potencia de lo social (pág. 10-11), sabiendo valorar los tiempos y la fuerza de las mayorías, es parte del método que nos llama a propiciar y saber articular agendas entre los sectores activos y alternativos de lo social, para entre todos arrinconar a quienes impiden que nuestra sociedad se encamine por un camino de justicia que tiene como base la satisfacción de los Derechos Humanos, todos, entre ellos el derecho a una educación plena, universal, gratuita, laica, abierta a lo mejor del conocimiento global, en que su dinámica diaria no esté marcada por la productividad, la eficiencia, las apariencias, todo aquello que pretende sumir en las formas a los estamentos universitarios para alejarlos del debate crítico, esencia misma de la educación.

 

Son éstos los interrogantes y los retos que hoy la sociedad puede encarar como un solo cuerpo y resolver de igual manera. Los tiempos lo permiten, y también las circunstancias en que irrumpimos.

 

Abrir las puertas para que así sea pasa por encarar debates en todos los niveles y en todos los espacios sociales, a la vez que copar el escenario nacional con las voces que compartan la necesidad de enfrentar estos retos.

 

El movimiento universitario que logró el acuerdo económico con el actual presidente Iván Duque presenta características inéditas. Es la primera vez que participan tanto directivas, como el profesorado y el estudiantado en un proyecto común: salvar la universidad pública. El vigor del movimiento tuvo como acicate superar un peligro existencial. La sociedad en su conjunto acompañó al movimiento en el proyecto.

 

La conciencia de ese peligro se fue incubando poco a poco. Habrá que reconstruir el proceso que convirtió el tema de las finanzas universitarias en asunto central para la supervivencia de la Universidad. En las reuniones de los rectores, que tiene como escenario el llamado SUE (sistema universitario estatal), los agobios presupuestales estaban siempre en primer plano. Aspu (Asociación de profesores Universitarios) denunciaba sistemáticamente el deterioro constante de los recursos del presupuesto general de la nación asignado a las universidades. Las organizaciones estudiantiles captaron las consecuencias de ese estado de cosas y se sincronizaron con las directivas y el profesorado.


Ese proceso de deterioro tuvo, sin embargo, un punto de inflexión: el programa Ser pilo paga (SPP) Recordemos brevemente cómo surgió ese proyecto. En el primer gobierno de Juan Manuel Santos se quiso imponer una reforma en la normativa universitaria para facilitar la creación de universidades con ánimo de lucro. Los estudiantes y un núcleo de profesores denunció inmediatamente el propósito último de la iniciativa: liquidar la universidad pública. Los estudiantes se organizaron en la Mane y enfrentaron en la calle la defensa de la Universidad. El Gobierno tuvo que dar marcha atrás en su propósito pero luego inventó el programa Ser Pilo Paga.

 

Este programa partía de un supuesto perverso. En una sociedad donde por la paga los magistrados dictan sentencias, proponerles a los jóvenes de las familias de los trabajadores que por la paga debían esforzarse para obtener un cupo en una universidad privada era una broma macabra. En términos financieros el programa que beneficiaba a 40.000 estudiantes costaba 3.5 billones, mientras la matrícula total de las universidades pública (611.000 estudiantes) recibía 2.93 billones. Esa desproporción en la asignación de los recursos develó el sinsentido de la política gubernamental y aceleró la toma de conciencia de la sociedad en su conjunto acerca del peligro existencial en que el gobierno colocaba a la universidad pública.

 

El reciente acuerdo entre el gobierno y los estudiantes ha sido valorado como un éxito y simultáneamente se han hecho las advertencias acerca de la necesidad de monitorear el cumplimiento del mismo y mantenerse vigilantes. Pero hay un componente del acuerdo que mira hacia el futuro. Se conformaron mesas de trabajo para tratar temas, por ejemplo, la función del Icetex, que permiten avanzar en una dirección más ambiciosa: el futuro de la Universidad misma. La Universidad arrastra una crisis que se remonta a cincuenta años atrás. Estamos recordando a Mayo del 68. La tensión esencial de esa crisis la crea el tránsito de la Universidad como institución para formar pequeñas élites a la Universidad como ciclo universal de formación de las nuevas generaciones.

 

Jean François Lyotard le dio forma sintética a las paradojas desencadenadas por esa perspectiva. En su famoso Informe sobre el saber donde formuló la pauta que nombró como Condición postmoderna, le decreta la muerte a la Universidad y le da partida de nacimiento a los institutos politécnicos. La dedicatoria de tal informe, que califica de “escrito de circunstancias” dice lo siguiente: “Tal y como está lo dedicamos al Instituto Politécnico de filosofía de la Universidad de París VIII (Vincennes), en el momento muy postmoderno en que esta universidad se expone a desaparecer y ese instituto a nacer”1.

 

Ahora bien, no todo Instituto tiene garantizada su existencia. Sólo los que cumplan los requisitos exigidos por los administradores de los negocios capitalistas. Lyotard sentencia: “El criterio de performatividad es invocado explícitamente por los administradores para justificar la negativa a habilitar cualquier centro de investigación”2. En esas condiciones generales, postmodernas, los jóvenes egresados de la agonizante universidad son parias que ni siquiera aparecen en las estadísticas: “[…] los jóvenes presentes en la Universidad son, en su mayor parte, parados no contabilizados en las estadísticas de demanda de empleo. Son, en efecto, excedentes con respecto a las salidas correspondientes a las disciplinas en las que se los encuentra”3.

 

Las políticas universitarias globales y sus diferentes formas locales, se han convertido en acuerdos entre administradores y empresarios. La retórica de la eficiencia, la productividad, los estándares, los créditos, es un indicador de ese hecho. Este modo de existencia espurio obliga a repensar la Universidad más allá de la lógica capitalista postmoderna. En el debate sobre la crisis civilizatoria y la emergencia de una nueva época la reinvención de la Universidad es una tarea al orden del día. El actual movimiento universitario de directivas, maestros y estudiantes debe asumir ese reto histórico.

 

En Colombia ese reto se esbozó en el debate que acompañó la elaboración de la Ley General de Educación y la Ley 30 de 1992. En el informe titulado “Al filo de la oportunidad”, el neurocientífico Rodolfo Llinás planteó lo siguiente hace ya casi dos décadas: “Las recientes crisis sociales y ambientales de los países industrializados demuestran que la productividad y los avances del conocimiento humano requieren una fundamentación en un contexto civilizador, cuyo fin ha de ser el bienestar social y el respeto por la vida. Esta lección importante señala que el desarrollo como avance económico, político y cultural debe significar un legado humano de información al servicio de estilos de vida inteligentes y garantes de la creatividad humana para futuras generaciones.

 

Lo anterior requiere una reestructuración y una revolución educativa que generen un nuevo ethos cultural, que a la vez permita la maximización de las capacidades intelectuales y organizativas de los colombianos. La manera innovativa de entender y actuar –no el simple saber y hacer– debe permitir que se adquieran nuevas habilidades humanas, basadas en el desarrollo de múltiples saberes y talentos, tanto científicos como artísticos y literarios, de nuevas formas de organización productiva”4.

 

Este reto es el que es necesario desarrollar y están dadas todas las condiciones para su realización exitosa.

 


 

1 Lyotard J. F., La condición postmoderna, Cátedra, Madrid, 1989, p. 11.
2 Ibídem., p. 88.
3 Ibídem., pp. 91,92.
4 Llinás Riascos R., Colombia: Al filo de la oportunidad, Ed. Magisterio, Bogotá, p. 25.

Publicado enEdición Nº253
El desesperado señor Trump, o Trump dice que él importa

Donald Trump utiliza todas sus habilidades retóricas para mantener los ojos de todo mundo enfocados en él y sólo en él. Se esfuerza tanto precisamente porque es más y más evidente a la mayoría de políticos y figuras públicas, en Estados Unidos y en otras partes, que va perdiendo terreno constantemente. Más y más protagonistas ignoran sus exigencias. Quién tiene mayor claridad en esto es el propio Donald Trump.


Así que él le hace cosas hirientes a todos y cada uno simplemente para evitar que otros reúnan los votos para excluir al señor Trump del centro de la acción mundial.


Él ya clausuró el gobierno estadunidense, o al menos aquella parte que no ha recibido renovación de vida alguna en unos cuantos meses. Él afirma que se siente orgulloso de haber logrado esto, para escándalo de la mayoría de los actores políticos. Él alega que no se ablandará hasta que la absurda cantidad de dinero que pide para la construcción de su querido muro sea aprobada por votación. El dinero no será votado.


¿Por qué, me preguntan, hace esto? La respuesta es tan simple que termina siendo boba. Él hace estas cosas porque nada más de lo que haga puede usarlo para validar lo que a él le importa.


Se fue en absoluto secreto a visitar a las tropas estadunidenses a Irak. Dice que está retirando sus tropas por completo de Siria, y parcialmente de Afganistán. Habremos de ver si realmente lo cumple. O más bien, si falta a su palabra como hicieron los tres presidentes que lo antecedieron.


Pero esto no importa en el presente. Ahora él reafirma lo que a él le importa. Es seguro que sigue siendo el presidente de Estados Unidos. Tiene ciertos poderes que puede utilizar. Eso es precisamente lo que asusta a la gente por todo el mundo.


Así que al mundo le ofrece un trato: “Digan que Trump importa aunque no lo crean y me repliego de nuevo”. Consideren qué inútil es este juego, en realidad. Pero esto no le importa al señor Trump, que lo único que quiere es garantizar su reelección en 2020. ¡Hurra por los juegos peligrosos!!
Traducción: Ramón Vera-Herrera

Publicado enInternacional
“El patrimonio de la nueva izquierda es no llegar al poder con la lucha armada sino con la construcción colectiva de opinión”

"Todo gobierno progresista es, por lo general, de corta duración", reflexiona el número dos de Evo Morales en una entrevista en profundidad con eldiario.es


“El coste que la izquierda paga por una economía que fracasa es más terrible que el de un gobierno de derechas”


Líderes de la izquierda reunidos en la ‘contracumbre’ al G20 llaman a resistir contra el "neoliberalismo zombi"


Una mujer de su equipo abre la puerta de la habitación y deja a los periodistas de eldiario.es a solas con él. "¿Un jugo de naranja?" Es el propio Álvaro García Linera quien lo ofrece y sirve con tanta naturalidad que hay que recordarlo todo el tiempo: se trata del vicepresidente de una república.


El número dos de Evo Morales desde enero de 2006 ha venido a Buenos Aires para hablar en el Primer Foro Mundial de Pensamiento Crítico que juntó esta semana a Dilma Rousseff, expresidenta de Brasil; Cristina Fernández de Kirchner, de Argentina; y Ernesto Samper, de Colombia. Hace no tanto, esos habrían sido los nombres de los jefes de Estado en una cumbre del Unasur. Hoy, los tres forman parte de lo que los medios han llamado la 'contracumbre' progresista. La próxima semana, cuando los nuevos gobernantes del mundo se reúnan por el G20 también en Buenos Aires, tendrán que verlo por televisión.


El vicepresidente de Bolivia no parece preocupado por el retroceso de la izquierda en la región. "Lo de estar en el gobierno es una excepcionalidad que hay que saber aprovechar bien para dar dos, tres, diez o veinte pasos, en vez de uno, pero luego hay que saber que uno siempre tiene que estar en el llano para volver a comenzar y recomenzar las batallas".


¿Y qué fue lo que provocó la pérdida del poder esta vez?


Para mí, si hay que hacer una evaluación de los logros y los límites y los errores de los gobiernos progresistas, hay que pensar en dos, la economía y el sentido común. En economía, todo gobierno progresista tiene que demostrar que lo que se hizo va a continuar. Si te detienes, la reacción va a ser cinco veces más feroz que si lo hubiera hecho un gobierno conservador, porque tuviste el atrevimiento de incluir a los pobres, a los indios, a los obreros, en un círculo de oportunidades que antes era una hacienda de pocos.


Eso no te lo traga cualquier persona. La respuesta a eso va a ser visceral, emotiva antes que racional. Te va a ir bien con una gestión económica que permita que el crecimiento favorezca a los que no querían que entrara más gente y a los que incluiste. Pero cuando metes gente y no hay más espacio, se genera un proceso de psicología social en el que el que llegó se puede autoidentificar con su propio adversario. Es clave un manejo estable de la economía, que haga sostenible esta posibilidad del ascenso, de la ampliación de oportunidades y derechos. El coste que la izquierda paga por una economía que fracasa o tiene problemas es dos veces más terrible, más feroz, que el que paga un gobierno de derechas.


¿Y el sentido común?


Cuando hay procesos progresistas se producen fisuras, nichos de oportunidad que crean un nuevo sentido común más solidario, más fundado en la acción colectiva. Pero son pequeños nichos en medio de un viejo sentido común sedimentado desde que nació el bebé y le enseñaste a hablar, a comportarse, a sentarse y a ubicarse en el mundo.


Estoy hablando del sentido lógico del mundo, del sentido moral del mundo, del sentido instrumental y del sentido procedimental. Que cuando veas una escalera, bajes. Que cuando veas un ascensor, toques el botón. Que cuando veas un uniforme, te detengas. Los procesos progresistas producen una fisura porque un agravio moral, una frustración colectiva que ha producido un pequeño quiebre. Si los procesos progresistas no hacen esfuerzos sistemáticos para irradiar hacia el resto de las esferas ese nuevo microsentido común, el viejo sentido común se apodera del nuevo muy pronto.


Es lo que no está en tus razones sino en tus pre-razones porque lo haces sin pensar, lo has aprendido por repetición. Si no logras modificar eso para construir un nuevo sentido común más solidario, rápidamente esas pequeñas fisuras que en los procesos progresistas permitieron que votaran por un indio, que no votaran por un empresario sino por un campesino o por un obrero, se cierran y vuelve el viejo sentido común del orden del mundo: los campesinos, a su trabajo; los indios, a su comunidad; y los ricos, blancos y extranjeros, a gobernar el mundo; como debería ser siempre. Ese es el sentido común que se quebró en un momento de crisis excepcional. Si los procesos progresistas no logran ampliar el nuevo sentido común y crear una base de crecimiento económico redistributivo y sostenible, las condiciones para la regresión conservadora están dadas.


¿Qué espacios, aparte de la educación pública, tiene el Estado para ampliar ese nuevo sentido común en disputa con los medios de comunicación?


Por eso todo gobierno progresista es, por lo general, de corta duración. Excepcionalmente podrá durar un poco más, pero no hay que temer eso porque la otra opción es la fuerza. Pero eso sería violentar lo que es una conquista de las izquierdas actuales: la recuperación de las libertades asociativas, de pensamiento, de opinión... Las llamadas libertades burguesas forman parte del patrimonio de las nuevas izquierdas, que llegan al poder con elecciones y lo pierden con elecciones.


Eso es muy interesante. Antes se decía que había que llegar al gobierno como fuera, con lucha armada, y luego no perderlo nunca aunque hubiera que pasar por encima de las cabezas de muchos opositores. El patrimonio de la nueva izquierda es no hacerlo así. Lograrlo mediante la construcción colectiva de opinión, de voluntad colectiva. Mantenerse en el poder en tanto se siga trabajando en esa construcción colectiva de opinión.


La recuperación de esta mirada no determinista de la historia, de no asignar a un sujeto el núcleo de la acción colectiva. Es un viejo debate que nosotros hemos ido construyendo a nuestra manera, de forma más plebeya, más en los hechos que en las razones. Es un elemento hermosísimo para la reflexión de las futuras izquierdas que están emergiendo y van a seguir emergiendo.


El otro pilar es la economía, ¿cómo hizo Bolivia para seguir creciendo cuando el resto de los países de la región se estancaba o incluso retrocedía?


Somos, en parte, la huida de nuestros traumas. Cuando nosotros éramos adolescentes hubo en Bolivia un gobierno de izquierda con una hiperinflación del veintidós mil por ciento. Para comprar pan había que salir a hacer fila a las 4 de la mañana, el salario mínimo te lo pagaban en maletas y el valor del papel en que se imprimían los billetes era superior al del salario.
Cuando fuimos elegidos, nuestra obsesión fue no repetir esa experiencia, superarla. La economía era una de las cosas que más nos importaba. Lo primero que hicimos desde el Estado fue tomar el control real de los principales mecanismos de generación de excedentes, como el gas, la electricidad y las telecomunicaciones. Lo segundo, apostar por el mercado interno con una globalización selectiva en la que aceptábamos lo que nos convenía como país y manteníamos una actitud de proteccionismo interno en lo que nos convenía.


¿Cómo se hace eso sin despertar protestas en la Organización Mundial del Comercio?


Tal vez porque éramos un país pequeño nos lo permitieron. Libre mercado en esto, esto y esto, pero en esto otro protección. Fomentar el mercado interno. Cuando el petróleo bajó de 140 a 28 dólares, bajó con él el precio de la soja, el maíz y los minerales. Todos los commodities cayeron y nos afectó. Teníamos un crecimiento del 6% y caímos al 4,5%. Un punto y medio menos pero en el momento en que los demás pasaban de 2%, 3% o 4% a 0%, -1% o -2%.


Nosotros apostamos al otro motor de la economía que es el consumo interno, distribuir riqueza para promover el consumo. Distribuir riqueza es un hecho de justicia pero también sirve como combustible de la dinámica interna. Y lo último fue vincular el capital bancario con el productivo. Señor banquero, no nacionalizamos los bancos pero el 60% de los ahorros hay que inyectarlo en la producción a un tipo fijo del 5% anual. El resto del capital lo puede sacar, puede ponerlo al 10%, al 20%, o a lo que quiera, pero el 60% va a la producción. Así se dinamiza el aparato interno. Todo esto ha permitido que la economía funcione cuando el precio de los commodities era alto y que siguiera funcionando cuando caía.


Otro tema delicado en los gobiernos progresistas de la región ha sido la sucesión de los líderes, también en Bolivia, ¿cómo lo están enfrentando?


[Antes de responder, García Linera se acaricia la barbilla y pasea la mirada por las paredes de la habitación y la ventana] Lo que pasa es que los procesos de conformación de voluntad colectiva popular son bien particulares. Una cosa es cambiar personas que administran una estructura estatal. Ahí los caudillismos no son imprescindibles ni necesarios porque se trata de cambios de rutina.


Pero cuando las sociedades se plantean transformaciones de las propias estructuras estatales, que son momentos excepcionales, es normal que tiendan a personificar la impronta de su audacia. Porque es una audacia, una insolencia y un darse vuelta el mundo. Los indios nunca habían votado por indios. Nunca. La fuerza de la dominación hace que te reflejes en el color, la lengua y el traje del dominador. Pero cuando eso se quiebra y esa lógica de la dominación se invierte, hay una ruptura del orden moral del mundo. Esas audacias colectivas tienden a personificarse por eso siento que todo proceso revolucionario, en cierta medida, ha tenido y va a seguir teniendo, en Bolivia y en cualquier parte del mundo, una alta dosis de personificación, de caudillismo o de liderazgo carismático.


Los líderes carismáticos surgen en momentos de quiebre de las certidumbres en los que la sociedad necesita dar un paso audaz para transformar todo lo que le agobia y en los que atribuye a personas poderes y fuerzas extraordinarias. El líder carismático es resultado de un momento carismático, de crisis estatal, de crisis del sentido común, de crisis del orden normal de las cosas. A la inversa también hay que aplicarlo. Los procesos de restauración conservadora también van a concentrarse en líderes carismáticos pero conservadores. ¿No debería ser así? Pero así es. Uno puede desear muchas cosas del mundo. Que sea más fácil, más lógico, más coherente. Pero eso es querer enseñarle a la historia lo que tiene que ser. Una repetición del viejo marxismo con ropaje nuevo.


¿No será ese también un viejo sentido común susceptible de ser cambiado?


Sí, es posible. Lo ideal sería esta idea comunitaria de lo socialista como una construcción dialogada y de consensos en la que todos somos artífices de la construcción del yo colectivo, en la que no se establecen jerarquías. Así suena tal y como lo describen los compañeros de la escuela de Frankfurt. Bonito. Pero muchas veces la historia va por otros cauces y por muy lógico que sea nuestro modelo teórico tiene que pasar la prueba de los hechos. Algún día tendrá que darse que las grandes transformaciones tengan direcciones colectivas y comunitarias en las que la ausencia o presencia de un líder no defina las cosas. Pero hoy por hoy..

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Su gobierno perdió el referéndum para permitir una nueva candidatura de Morales pero luego apeló al Tribunal Constitucional para garantizarle ese derecho. Incluso si admitiésemos que el plebiscito se malogró por una campaña de noticias falsas de la oposición, ¿no es cierto que desoyeron el resultado de la consulta popular? ¿No hay gente que se ha molestado por eso?


Sí, es posible, que de hecho haya gente que no lo entienda, no lo acepte o no le guste. Ahí está nuestra labor explicativa de por qué el referéndum sigue vigente. El artículo de la Constitución no se ha modificado. Lo que se ha visto por decisión del Tribunal Constitucional es que otro artículo otorga primacía a los convenios internacionales por encima de la propia Constitución. Se establece que es un derecho humano la posibilidad de participar en eventos electorales. Nos toca a nosotros explicar, justificar y mostrar que esta decisión tiene el mismo rango de constitucionalidad. Pero no es un trabajo fácil ni es inmediato. Es un trabajo lento, pero gradualmente se está haciendo.


Y hablando de la legitimidad en vez de la legalidad, ¿cómo defienden esa apelación al Constitucional?


Porque le decimos a los compañeros: "Al final el que va a decidir si Evo continúa o no vas a ser tú, va a ser tu voto, va a ser tu poder decisivo el que va a definir si Evo se va o Evo se queda". Le decimos que nuevamente va a recaer en el soberano, en la gente que con su voluntad define el orden político del país, que no se está transgrediendo eso. Pero sí, requiere tiempo.

Francisco de Zárate - Buenos Aires
22/11/2018 - 21:56h

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“La forma más eficaz para equilibrar el juego político es la movilización”

Profesor de la Universidad de Nueva York, Adam Przeworski (Varsovia, 1940) es uno de los politólogos más influyentes de todos los tiempos. Sus teorías sobre los alcances de la democracia, las limitaciones y los obstáculos a los que se enfrenta y su aporte sobre la naturaleza del voto popular en estos sistemas lo convirtieron en un referente. En diálogo con PáginaI12 repasa sus aportes.

 La entrevista comenzó a gestionarse hace cosa de un año. Su agenda impedía encontrar el cuándo, pero desde entonces sugirió intentarlo, cada tanto, hasta que pudiera concretarse. Y es que Adam Przeworski reparte sus días entre la docencia, la escritura y las conferencias y charlas que brinda. En diálogo con PáginaI12, reflexiona sobre la democracia, sus alcances y limitaciones, entre otras cuestiones. El académico polaco-estadounidense analiza la viabilidad de las instituciones democráticas como mecanismos eficientes de representación política, la convivencia entre el capitalismo y la democracia, los altos niveles de desigualdad, el impacto del dinero en la política, y los efectos sobre la calidad democrática. 

–Usted ha estudiado en profundidad comportamientos electorales en sistemas democráticos. ¿Qué es exactamente lo que la gente hace cuando vota?

–Esta es una pregunta delicada, porque la respuesta depende de si nos referimos a “el pueblo”, en singular, o a “la gente”, en plural. En las democracias, el pueblo como colectividad decide quién lo gobernará y cómo, transmitiendo instrucciones al gobierno sobre lo que debe hacer. A su vez, todo lo que las personas, como individuos, pueden hacer es expresar sus preferencias entre las opciones que se les ofrece, con la esperanza de que muchos compartirán esas mismas preferencias. Sí hay que tener en cuenta que votar y elegir no son la misma cosa.


–¿Por qué el acto de votar no connota una elección?


–En los sistemas de partido único, las “elecciones” sirven sólo para intimidar a una resistencia potencial en lugar de seleccionar a los gobiernos. En muchos otros países se tolera la oposición, pero los gobernantes se aseguran que nadie tenga la posibilidad de removerlos. Sin embargo, aún cuando las elecciones no decidan quién va a gobernar, ello no significa que sean insignificantes. La celebración de elecciones no competitivas es un fraude, pero es un fraude si partimos del ideal de que la fuente última de poder reside en el pueblo. Admitir una norma y violarla en la práctica es una gestión poco convincente. Por lo tanto, aun cuando no son competitivas, las elecciones ponen nerviosos a todos los dirigentes, algo que todas las elecciones tienen en común.


–¿Cuál es su definición de democracia?


–Mi consideración de la democracia es “minimalista”: la democracia es un arreglo político en el que la gente selecciona gobiernos por medio de elecciones y tiene una posibilidad razonable de removerlos. Hay que notar, sin embargo, que esta definición asume las condiciones previas para la disputa de elecciones –los derechos y las libertades, simplemente porque sin ellas el gobierno en funciones no podría ser derrotado. Por lo tanto, esta definición no es tan minimalista como puede parecer a primera vista.


–¿Y cómo sería una democracia ideal?


–Para una coexistencia en paz, debemos ser gobernados, y serlo implica en algunas ocasiones que se nos prohíba hacer lo que queremos y en otras que se nos ordene hacer lo que no queremos. La democracia es un método para procesar conflictos entre personas con diferentes intereses, valores o normas. En todo momento y en toda sociedad existen conflictos acerca de algo. Pensemos en las divergencias y los choques que se suscitaron alrededor del tema del aborto en la Argentina. Y lo que esto significa: que siempre hay ganadores y perdedores. Incluso mucha de la gente que votó por el candidato ganador termina decepcionada por su desempeño. Aún cuando una democracia funcione muy bien habrá gente descontenta. Si valoramos este sistema, es porque permite luchar por nuestros intereses y nuestros ideales, porque repetidamente renueva nuestras esperanzas, no porque siempre obtengamos lo que queremos. Dicho esto, es obvio que algunas democracias funcionan mejor que otras, y que todos los sistemas democráticos se pueden mejorar en algunos aspectos.


–¿Qué tiene en cuenta a la hora de evaluar la calidad democrática?


–La medida en que la igualdad política se ve socavada por la desigualdad económica, específicamente, la influencia del dinero en política.


–¿Cuáles son los principales problemas con los que se enfrentan las democracias hoy?


–Sin ninguna duda, la pobreza y la desigualdad, la xenofobia y el racismo. Lo primero que se debe tener en cuenta es que las instituciones políticas funcionan en sociedades particulares, diversamente divididas por riqueza, religión, origen étnico, y otras cuestiones, y que hay límites a lo que un sistema político puede lograr. Ni siquiera los gobiernos democráticos mejor intencionados pueden hacer todo lo que la gente quiere. Por otra parte, con frecuencia sucede también que los gobiernos no saben qué hacer: creo que esto corre para la situación económica actual de la Argentina. Los límites más importantes a la democracia se originan en el capitalismo, un sistema en que las decisiones relativas a la asignación de recursos productivos –inversión y empleo– son guiadas por la competencia del mercado. El capitalismo impone límites a las decisiones que pueden ser alcanzadas por el proceso democrático, límites que atan a todos los gobiernos sin considerar su convicción ideológica.


–¿A qué se refiere con que “el gobierno (argentino) no sabe qué hacer”?


–No es sólo el gobierno que no sabe qué hacer frente a la crisis. Ni sus varios consejeros ni la oposición tienen idea. Los economistas dicen “por un lado” y “por otro lado”, y el gobierno vacila entre los lados sin que sus mediadas tengan el efecto deseado.


–Recién dijo que los límites más importantes a la democracia se originan en el capitalismo ¿Qué alternativas hay al capitalismo?


–Creo que no hay alternativas al capitalismo, por lo que la democracia está condenada a funcionar dentro de estos límites. Esto no significa que todos los gobiernos democráticos sean lo mismo: hay espacios dentro de estos límites que dependen de las condiciones específicas de cada sociedad y de su configuración política.


–Pero en líneas generales, ¿a qué se reduce la noción de democracia frente a las políticas económicas que rigen el mundo, el avance de los partidos extremistas en Europa y la enorme desigualdad?


–Son tiempos difíciles para las democracias prácticamente de todo el mundo, por todas estas razones. El mayor peligro es que algunas fuerzas políticas reclamen con éxito que la única manera de solucionar las crisis económicas, las divisiones fuertemente arraigadas en la sociedad, o las rupturas del orden público, sea abandonando la libertad política, unirse bajo un líder fuerte, reprimir la pluralidad de opiniones, en resumen, recurrir a la autocracia, el autoritarismo, la dictadura, o como cada uno lo quiera llamar. La lección que aprendemos de las experiencias recientes de Venezuela, Turquía, Hungría, y mi Polonia natal, es que las instituciones democráticas no contienen salvoconductos que las protejan de ser derribadas por gobiernos debidamente elegidos y acatando las normas constitucionales. Cuando Hitler llegó al poder, la posibilidad de un camino legal hacia la dictadura fue vista como un defecto de la Constitución de Weimar. Sin embargo, esta posibilidad puede ser general. Lo fundamental es que el desgaste de la democracia no conlleve una violación de constitucionalidad. A su vez, cuando el gobierno toma medidas que no son flagrantemente inconstitucionales o antidemocráticos, los ciudadanos que se benefician de sus políticas son lentos para reaccionar incluso cuando valoran la democracia.


–¿Por qué agrupa a Venezuela, Turquía, Hungría y Polonia?


–Porque son los cuatro países donde los gobiernos intentan remover todos los obstáculos institucionales que puedan impedir que hagan lo que quieran y pongan en jaque su perpetuidad en el poder.


–¿Cuáles son las diferencias principales entre las democracias europeas y latinoamericanas actuales?


–Suelo convertirme en blanco de críticas por decir esto, pero creo que las diferencias no son entre continentes. Chile no es Honduras, Noruega no es Rumania. La principal línea divisoria es la corrupción. El grado de corrupción en la Argentina y en Brasil no tiene paralelos en Europa.


–¿Se refiere a beneficiar a ciertos sectores o al financiamiento electoral de la política?


–La utilización del dinero para financiar la política es el azote de la democracia prácticamente en todos lados. Pero no creo mucho en la eficacia de la regulación legal. Se pueden escribir todo tipo de reglas, pero tienen poco efecto. No son eficaces porque los que supuestamente tienen que hacerlas cumplir están sujetos a la misma influencia de dinero como aquellos a los que regulan. La forma más eficaz para equilibrar el juego político es la movilización de las personas con pocos recursos económicos, los sindicatos y las organizaciones de la sociedad civil, como ocurrió en los países escandinavos hasta hace poco.


–¿Qué fue lo que ocurrió allí?


–La presencia de sindicatos fuertes que apoyaban a los partidos de izquierda hacía que los recursos financieros y organizacionales que entraban en los juegos de influencia estuvieran bien balanceados. Sin embargo, en la actualidad los sindicatos son más débiles y sus relaciones con los partidos social-demócratas mucho más distantes.
–Sostiene que “la igualdad política no es posible en sociedades económica y socialmente desiguales”. ¿Por qué?


–La respuesta fue dada por Marx en 1844, en “Sobre la cuestión judía”. Cuando la gente que es desigual en términos de riqueza, ingresos, educación, entra en el campo político, pierde todos estos atributos. Como “ciudadanos” somos todos anónimos, indistinguibles: “una persona, un voto”. Pero una igualdad política formal no es suficiente para generar una igualdad de influencia política real. Incluso cuando tienen igualdad de derechos, algunas personas carecen de las condiciones materiales necesarias para participar en política. Los derechos para actuar no son más que un vacío si se carece de las condiciones habilitantes, por lo que la desigualdad de estas condiciones es suficiente para generar desigualdad de influencia política. Por otra parte, la competencia entre los grupos de interés para influir políticamente inclina las políticas de los gobiernos a favor de aquellos que son ricos o que están mejor organizados.


–Aun si existieran los derechos para actuar y las condiciones habilitantes a las que se refirió, y considerando que partimos de la premisa de que se trata de democracias capitalistas, ¿no se trata en realidad de democracia electoral sin más?


–La relación entre democracia y capitalismo está sujeta a opiniones contrapuestas. Uno afirma una afinidad natural de “libertad económica” y “libertad política”. Libertad económica significa que la gente puede decidir qué hacer con su propiedad y su capacidad o fuerza laboral. Libertad política significa que puede dar a conocer sus opiniones y participar en las elecciones que determinarán quién y cómo gobernará. Pero equiparar los conceptos de “libertad” en los dos terrenos es sólo un juego de palabras. Si revisamos la historia nos sorprenderíamos por la coexistencia del capitalismo y la democracia. Desde el siglo XVII casi todo el mundo, a la derecha y la izquierda, creía que la desigualdad económica no podía coexistir con la igualdad política. Estas predicciones extremas resultaron ser falsas.


–Pero al mismo tiempo considera que la igualdad política no es posible en sociedades económica y socialmente desiguales..

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–En algunos países la democracia y el capitalismo coexistieron sin interrupciones durante al menos un siglo y en muchos otros países por períodos más cortos, pero sin embargo extensos, la mayoría de los cuales siguen hasta hoy. Los partidos obreros que tenían la esperanza de abolir la propiedad privada de los recursos de producción se dieron cuenta de que esta meta es irrealizable, y aprendieron a valorar la democracia y a administrar las economías capitalistas cada vez que ganaron las elecciones. Los sindicatos, también originalmente vistos como una amenaza mortal para el capitalismo, aprendieron a moderar sus demandas. Como resultado, los partidos obreros y los sindicatos aceptaron el capitalismo, mientras que los partidos políticos burgueses y las empresas aceptaron cierta redistribución del ingreso. Los gobiernos aprendieron a organizar este compromiso: regular las condiciones de trabajo, desarrollar programas de seguro social e igualar oportunidades, y en paralelo, promover la inversión y contrarrestar los ciclos económicos. Sin embargo, este compromiso hoy está roto.


–¿En qué sentido lo está?


–Los sindicatos perdieron mucho de su capacidad para organizar y disciplinar a los trabajadores y con ello su poder de monopolio. Los partidos socialistas perdieron sus linajes de clase y con ello su peculiaridad ideológica y política. El efecto más visible de estos cambios es el exorbitante aumento de la desigualdad en el nivel de los ingresos. Justamente, un punto central en el neo-liberalismo de Thatcher y Reagan era debilitar los sindicatos y abrir fronteras al flujo de capitales. Los efectos sobre la distribución del ingreso por beneficios y salarios son dramáticos. En los Estados Unidos hasta el final de los 70 y en Europa hasta el final de los 90 los salarios crecían a tasas casi idénticas a las del crecimiento de la productividad. Y de repente los salarios dejaron de crecer aunque la productividad crece. Otra cuestión que evidencia lo mismo es el hecho de que la participación de la remuneración al trabajo en la distribución del valor agregado disminuyó bruscamente. Creo que estos efectos fueron intencionados, que el neoliberalismo fue un autogolpe de la burguesía.


–Usted comentó que, por cuestiones que tienen que ver con su historia personal, sigue de cerca lo que ocurre en la Argentina y Brasil, entre otros países de la región ¿Cuál es su análisis político y económico de lo que sucede por estos lados?


–Siempre dudo acerca de opinar a fondo de países en los que no vivo. Desde el exterior, es evidente que la Argentina y Brasil enfrentan crisis urgentes, pero esto es una banalidad. La corrupción generalizada es su característica compartida, pero tengo la impresión de que la estructura de las crisis económicas no es la misma. La estructura económica de Brasil está mucho más diversificada que la de la Argentina. Brasil está experimentando un estancamiento a largo plazo, mientras que la Argentina experimenta fuertes altibajos.


–¿Hasta qué punto la intromisión de organismos internacionales en la política interna de un país –el Fondo Monetario Internacional (FMI) en el caso de la Argentina– no socava la democracia?


–Estudié el tema en detalle, y creo que los programas del FMI lastiman el crecimiento a largo plazo, principalmente al obligar a los gobiernos a reducir la inversión en infraestructura. Pero no creo que socaven directamente la democracia: después de todo, son gobiernos elegidos democráticamente los que acuden al FMI, a veces sólo para conseguir un pretexto de lo que quieren hacer de todos modos.

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Sondeo: Estadounidenses la tienen difícil para distinguir hechos y opiniones en las noticias

En medio de la preocupación y el creciente debate sobre las llamadas fake news o noticias faltas, el Centro de Investigaciones Pew publicó esta semana los resultados de una encuesta según la cual solo una cuarta parte de los adultos estadounidenses distinguen separadamente información objetiva y opiniones en espacios noticiosos.


Como parte del sondeo, Pew entrevistó a 5 035 mayores de 18 años entre febrero y marzo últimos. Los encuestados pudieron apreciar cinco declaraciones factuales u objetivas, entre ellas la de que “el gasto en seguridad social, Medicare y Medicaid constituye la mayor parte del presupuesto federal de Estados Unidos”.
A la vez, recibieron cinco declaraciones de opinión o subjetivas, como la de que “el gobierno es siempre derrochador e ineficiente” o “el aborto debería ser legal en la mayoría de los casos”.


Tras analizar las imágenes que contenían las cinco declaraciones factuales y las cinco de opinión, los sujetos del estudio debieron identificar cuáles eran hechos y cuáles opiniones.


Solo el 26% fue capaz de identificar sin fallos las cinco declaraciones factuales u objetivas. En el caso de las subjetivas o de opinión, fueron señaladas correctamente por el 35% de los encuestados. Del total de personas, el 25% erró en la mayoría o en todo al intentar diferenciar hechos y opiniones.


Al analizar los resultados, Pew concluyó que aquellos estadounidenses con mayor conocimiento político, comprensión del mundo digital y confianza en los medios de comunicación son más capaces de identificar con exactitud declaraciones de opinión y factuales en las noticias.


Igualmente, tanto republicanos como demócratas son más inclinados a clasificar una afirmación aparecida en las noticias como factual u objetiva cuando favorece a su lado político.


Pew también concluyó que cuando los estadounidenses consideran una declaración “objetiva”, también creen en su mayoría que se trata de un hecho real y preciso. En cambio, tienden a estar en desacuerdo con las declaraciones fácticas que incorrectamente clasifican como opiniones.


A inicios de mes, Pew publicó los resultados de otro estudio según el cual casi siete de cada diez estadounidenses (el 68%) se sienten “exhaustos” por la cantidad diaria de noticias.


Aunque la mayoría de republicanos y demócratas sienten esa “fatiga noticiosa”, el sentimiento es más extendido entre los primeros (77%), mientras que en los segundos alcanza al 61% del total.

24 junio 2018
(Con información de agencias y Pew Research Center)

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Putin arrasa en las elecciones rusas con más del 75 % de los votos

Vladímir Putin ha ganado las elecciones presidenciales rusas con la gran diferencia que se esperaba. Con el escrutinio al 80%, superaba el 76% de los votos cumpliendo con facilidad el objetivo del Kremlin de como mínimo alcanzar el 70%. El nivel de participación no llegó al nivel que esperaba el Gobierno ruso al ser el más bajo de todas las elecciones en que Putin salió elegido.

La victoria le concede seis años más de mandato. Según la actual Constitución rusa, no podrá ser reelegido. Habrá estado veinte años como presidente, a los que hay que sumar otros cuatro como primer ministro.


El segundo candidato fue Pável Grudinin, del Partido Comunista, con un 12,2%. El ultraderechista Yirinovski fue tercero con el 6,7%. La periodista Ksenia Sobchak, que intentó reunir los votos de los jóvenes descontentos con el Gobierno, se quedó en un 1,5%.


Los resultados de Putin superan en siete puntos los que tuvo en los anteriores comicios presidenciales de 2012.


La participación electoral superó el 60%, y aunque mejoró la marca de los últimos comicios a la Duma (el Parlamento), que fue de un 47%, no alcanzó a superar el dato de las anteriores presidenciales pasadas, que marcó un 65%.


El nivel de participación era la única preocupación del Kremlin, que descontaba un triunfo pero necesitaba legitimarlo con un alto nivel de participación. Al final, mantuvo un nivel acorde y lo complementó con el rotundo y previsible triunfo de Putin. El mandatario ruso podrá estar satisfecho con los responsables de organizar la elección, que emprendieron una de las campañas más agresivas en la historia de la Rusia moderna para lograr que la ciudadanía no fuera indiferente a los comicios.


En Moscú, el día amaneció con el cielo despejado, y un sol pleno que en un par de horas ya había derretido los montículos de nieve que permanecen en las veredas. El clima no es un factor menor en estos días de temperaturas con veinte grados bajo cero, y borrascas de agua nieve que no alientan a nadie para salir de casa.


La ciudad estaba repleta de carteles publicitarios sobre los comicios. “Elige presidente, elige el futuro”, rezaba la leyenda más popular. En las calles y en el metro, se observaba a algunos ciudadanos llevando globos azules, blancos, y rojos (los colores de la bandera rusa) con la misma leyenda.


Clima festivo en un día soleado


En los centros de votación el clima era festivo. El perímetro para ingresar a los edificios estaba adornado con pequeñas banderas de Rusia y de la ciudad de Moscú. En algunos sitios, cerca de la entrada había pantallas grandes con anuncios de los comicios.


A las diez de la mañana, Putin depósito su voto en un colegio electoral de la capital. Cuando salió de la cabina, afirmó que cualquier porcentaje de votos que le permita ser presidente sería un éxito. Un comentario que restaba presión a la única inquietud del mandatario: la cantidad de ciudadanos que acudirían a votar.


El candidato del Partido Comunista, Pável Grudinin, ejerció su derecho en un edificio cercano a su empresa agrícola, en el municipio de Lenin, a las afueras de Moscú. Más tarde lo hizo Ksenia Sobchak, también en la capital rusa, y aprovechó para incitar a la ciudadanía a votar, en oposición al boicot que impulsó el activista anticorrupción, Alexéi Navalni, vetado de la contienda por una sentencia en contra que tachó de estar “políticamente motivada”.


El principal opositor a Putin se dedicó a protagonizar una emisión de su canal de YouTube, en la que aprovechó para entrevistar a figuras críticas con los comicios, o denunciar irregularidades en la votación.


Antes del cierre de los centros de votación en la capital rusa, Sobchak se presentó en las oficinas de Navalni y le propuso que se unieran para trabajar conjuntamente como fuerza opositora. Navalni le respondió que era una “campeona de la hipocresía” y declinó la invitación.


En Crimea, el gobernador de la región, Serguéi Aksiónov, ejerció su voto en la jornada electoral en que la provincia antes ucraniana participaba en unas elecciones presidenciales rusas. La fecha coincidió con el cuarto aniversario de la anexión de Crimea por el Gobierno ruso.


En Ucrania, precisamente, el clima era muy distinto. Las autoridades no permitieron que los ciudadanos rusos ejercieran su voto en el territorio del país, por considerar a Rusia un Estado agresor.


"Putin no quiere arrodillarse"


En un centro de votación cerca de la estación de metro de Park Kultury, en pleno centro de Moscú, la mayoría de las personas terminaba de votar y se quedaba examinando los productos regionales que se ofrecían en dos pequeñas casetas, muy bien decoradas con los colores de la bandera rusa, que formaban parte de un festival de comida que se instaló en cada colegio electoral de la capital para incentivar la votación.


Un pensionista envuelto en un fino abrigo de cuero negro, que llevaba un sombrero de lana y unas gafas para el sol con cristales ligeramente opacos, afirmó sin reparos que había votado por el presidente. “Putin no quiere arrodillarse ante nadie, mantiene el país en buen estado, aunque no vivimos muy bien. Siempre fue así”, afirmó.


“Lo mejor de su gestión es la política internacional porque logró un país independiente”, dijo. “Puede estar todos los años que quiera en el poder, lo más importante es que Rusia viva bien”, señaló antes de afirmar que años atrás fue compañero del presidente ruso. “Trabajé con Putin en los tiempos de la URSS, estuve en distintos lugares del mundo”, dijo sin confirmar si se refería al KGB o la actividad política.


Una mujer que no quiso revelar su identidad aceptó explicar por qué había ido a votar: “Porque hay que hacerlo, ¿no estamos viviendo en un país democrático?”, preguntó con sorna. Como no quiso responder a quién había votado, ni siquiera si era un hombre o una mujer, se animó a dar su pronóstico del resultado: “Putin irá primero y Grudinin, segundo”.


Pasadas las dos de la tarde, la presidenta del Comité Electoral Central, Ella Pamfilova, informó que la participación a esa hora superaba la asistencia electoral de los comicios presidenciales de 2012. De todas maneras, los mensajes para elevar el optimismo por la jornada fueron constantes. La agencia estatal Ria Novosti anunció que el cosmonauta Anton Shkaplerov, que se encuentra ahora mismo en la Estación Espacial Internacional, ya había ejercido su derecho al voto.


La elección ofreció denuncias de irregularidades y momentos memorables. De lo primero, en el municipio de Lyubertsy, en las afueras de la capital, se denunciaron incidentes con una de las urnas, y la directora de la Comisión Electoral de Moscú dijo que todas las papeletas fueron declaradas nulas.


Otra irregularidad sucedió en el municipio de Artyom, donde un hombre introdujo varias papeletas en una urna, y también se resolvió anularla. Antes del medio día, el Gobierno anuncio que se había producido un ataque contra la página web de la Comisión Nacional Electoral, pero no causó grandes problemas.


Entre los acontecimientos cómicos, uno de los más populares fue un votante que se colocó encima un traje con la figura del misil Sarmat, uno de los potentes misiles intercontinentales que reveló Putin recientemente ante la Asamblea Federal. Otro hecho singular fue la votación del actor francés Gerard Depardieu, que recibió la ciudadanía rusa de manos del presidente ruso y que votó en la embajada rusa en París.

 

Por Agustín Fontenla
eldiario.es
Fuente: http://www.eldiario.es/internacional/elecciones-presidenciales-Rusia_0_751375140.html

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Die Partei: el partido satírico que promete legalizar la cocaína gana la batalla en las redes

El partido fue fundado en 2004 por los editores de la revista satírica Titanic y en el último mes ha obtenido más seguidores en Facebook que ninguna otra formación alemana.
Liderado por un cómico, el partido promete legalizar el alcohol al volante, introducir la cocaína bajo prescripción y secuestrar al presidente turco
Philip Oltermann - Berlín (Alemania)


Un partido que promete legalizar el alcohol al volante, introducir la cocaína bajo prescripción y secuestrar al presidente turco está ganando la carrera presidencial alemana en las redes sociales, según muestra un análisis de datos de Facebook.


Die Partei (El Partido), fundado en 2004 por los editores de la revista satírica Titanic, ha ganado en este último mes más seguidores en la red social que cualquier otro partido alemán, incluida la formación de extrema derecha Alternativa por Alemania (AfD).


En general, e igual que otros partidos populistas en Europa, el AfD ha superado en las redes sociales a los partidos tradicionales. En agosto, por ejemplo, logró 440.000 interacciones en Facebook, tres veces más que el izquierdista Die Linke y seis más que la formación de centro derecha de Angela Merkel, CDU, que lidera las encuestas.
Sin embargo, el partido satírico Die Partei, liderado por el cómico Serdar Somuncu, nacido en Estambul, ha crecido en la red más que cualquier otro partido, consiguiendo 31.608 nuevos seguidores. AfD ha conseguido 29.302.


En una artimaña para atraer la atención del público, el “ministro de propaganda” de Die Partei, el cómico satírico Shahak Shapira, israelí de nacimiento, pirateó 31 grupos de Facebook favorables al AfD con el objetivo de “reparar internet”. El partido satírico también subió su anuncio de campaña a YouPorn (página web pornográfica).
En su programa, Die Partei promete introducir un sistema mediante el cual se anularán los votos en referéndums nacionales si los votantes no pueden responder cuestiones simples como “¿cuál es la capital de París?”, un sistema que describe como “epistocracia moderada”.


“Mirando los datos, es sorprendente como el AfD y Die Partei lideran en la red”, explica Tilo Kmieckowiak, de Quintly, una empresa de software que proporciona a las redes sociales herramientas de análisis utilizadas para recoger datos. “Parece escandaloso que políticas escandalosas y el humor provocador generen los mayores niveles de atención. Los datos también sugieren que hay mucho margen para que los otros partidos aumenten su apuesta”..


Aunque lo más probable es que Die Partei no supere la barrera del 5% para entrar en el Bundestag –el parlamento alemán-–, su campaña en las redes sociales ha convertido a la formación en sujeto de debates acalorados. Sus fans sugieren que los partidos establecidos podrían aprender de sus técnicas innovadoras, mientras que los críticos rechazan la formación por “elitista, burguesa y amoral”.


Stefan Niggemeier, periodista, sostiene que cualquier voto a Die Partei, que entró en el Parlamento Europeo en 2014, es un voto desperdiciado para frenar la marcha del AfD al Bundestag. Alternativa por Alemania ha contratado los servicios de la empresa Harris Media, radicada en Texas, que ha trabajado en campañas online para Donald Trump y Ukip. Sin embargo, el impacto de las redes sociales en las elecciones del domingo sigue siendo objeto de debate.


Los niveles de confianza en los medios de comunicación tradicionales siguen siendo superiores en Alemania que en cualquier otra parte de Europa y pocos jóvenes utilizan plataformas online como Facebook como su única fuente de noticias.


“A pesar de la creciente atención de los medios y fenómenos virales aislados como el 'tren Schulz' o el bombo al joven líder de los Demócratas Libres, Christian Linder, las redes sociales todavía juegan un papel menor en la comunicación política en Alemania, incluso durante la campaña electoral”, cuenta Paul-Jasper Dittrich, investigador en el Instituto Jacques Delors de Berlín.


Como en el resto de la UE, sostiene Dittrich, los partidos populistas como AfD utilizan las redes sociales, especialmente Facebook, como su principal herramienta en su estrategia de comunicación. “Sin embargo, en comparación con otros populistas de Europa como Marine Le Pen, Beppe Grillo o Jean-Luc Mélenchon, los cuales tienen más de un millón de seguidores en Facebook, la cifra de 220.000 seguidores del presidente del AfD, Frauke Petry, parece irrisoria”, añade.


Aunque el AfD puede superar a sus contendientes satíricos, su número de seguidores continúa siendo considerablemente más bajo que el del resto de partidos dominantes en Alemania. De acuerdo con su oficina de comunicación, el AfD ha tenido 29.000 contribuyentes económicos en septiembre, mientras que Die Partei ha tenido unos 25.000.

Fuente: theguardian
Traducido por Javier Biosca Azcoiti

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