Fotografía: Hernán Ayala / Noname, 9 de septiembre /2020.

Aunque las restricciones impuestas con la pandemia limitaron la movilización social, esta se abrió camino en distintos momentos de 2020. Sin embargo, no se consiguió articular un movimiento social como el perfilado a finales del año anterior. Existe una dificultad para articular el descontento social expresado en las protestas, que se explica por factores como el incremento de la represión y por ciertas disonancias entre lo social y lo político.

El paro nacional iniciado el 21 de noviembre de 2019 produjo un fenómeno inédito de movilización social en la historia reciente del país, solo comparable con el paro cívico del 14 de septiembre de 1977. Las grandes manifestaciones tuvieron una naturaleza interclasista, articulando a actores de clase media y media alta, estudiantes, mujeres, ambientalistas, desempleados y, mayoritariamente, jóvenes.

Como consecuencia, las demandas iniciales, en contra del “paquetazo” neoliberal –las reformas tributaria, laboral y pensional del gobierno Duque– se enriquecieron con diversidad de reclamos transversales y no solo sectoriales, convergentes en la implementación del Acuerdo de paz. Así mismo, las organizaciones convocantes, principalmente las centrales obreras en el Comité de Paro, resultaron desbordadas, de manera que muchas de las acciones de protesta fueron descentralizadas y “auto convocadas”, esparciéndose por las ciudades, rompiendo con la tradición de protestar en las plazas centrales y acogiendo repertorios de acción como el cacerolazo.

Sin embargo, en 2020 el ímpetu de las movilizaciones se moderó considerablemente. Tras los frustrados diálogos entre el gobierno y el Comité de Paro hubo varios intentos de reactivar la protesta, con jornadas de paro nacional el 21 de enero y el 21 de febrero que no alcanzaron el carácter masivo ni la intensidad de las protestas del año anterior. La jornada programada para el 25 de marzo finalmente no contó con ninguna posibilidad por el comienzo de la emergencia sanitaria producto del arribo del covid-19 al país.

Así pues, la dinámica de movilización fue interrumpida por las restricciones de la pandemia y el miedo al contagio. No obstante, la protesta social se abrió camino aún en estas circunstancias, incluso en denuncia/rechazo de las medidas autoritarias de los gobiernos nacional y locales en demanda de asistencia para enfrentar las cuarentenas. Informes de observatorios como el Cinep señalan que no hubo una disminución drástica de la protesta. Esto quiere decir que el descontento se mantiene constante, expresándose en un número importante de protestas aunque sin lograr articularse en un movimiento social como el del año anterior. ¿Por qué se produce este fenómeno?

Las limitaciones del movimiento que emergió a finales de 2019, más que por las restricciones de la pandemia se explican por problemas a la hora de enfrentar el contexto político, especialmente la represión, la cooptación y la imposibilidad de enfrentar los discursos criminalizantes, y de su dinámica endógena, particularmente la incapacidad para articular el descontento social a causa de las divisiones que produce el desencuentro entre lo social y lo político.

 

El panorama

 

Ciertamente, las restricciones a la vida diaria causadas por la pandemia y las medidas autoritarias del gobierno limitaron seriamente las posibilidades de movilización y protesta. Los movimientos sociales tienen como base el tejido social de la cotidianidad y las organizaciones especializadas en promover la acción colectiva en favor de una causa determinada, de manera que la limitación de las relaciones y la movilidad de la población reducen las posibilidades de agenciar acciones colectivas. Por eso se promovieron repertorios de acción alternativos a la protesta callejera, como el cacerolazo, implementado con éxito a finales de 2019, aunque sin resultados similares.

Sin embargo, la afectación de las movilizaciones producto de la pandemia fue relativa. En enero y febrero se presentaron varios intentos de retomar su impulso siempre con la vista puesta en el memorable 21 de noviembre de 2019. Las restricciones operaron sobre todo durante los meses de confinamiento obligatorio, entre marzo y agosto. Pero incluso en este período se registraron protestas como las de abril en Bogotá, en demanda al gobierno Distrital de auxilios económicos para enfrentar la cuarentena.


El 7 de septiembre se trató nuevamente de retomar el hilo de las protestas de 2019 con una caravana contra las políticas del gobierno nacional. Esa misma semana se presentaron las protestas contra el asesinato del abogado Javier Ordóñez en un CAI de la Policía, que arrojaron un saldo de 13 ciudadanos asesinados y 305 heridos, en Bogotá. Desde el 10 de octubre se manifestó la Minga del pueblo Nasa que, ante la negativa del presidente Duque a dialogar en Cali, marcha hacia Bogotá para unirse al paro nacional previsto para los días 19 y 21 del mismo mes.

En suma, si bien la pandemia generó grandes restricciones, sobre todo mientras estuvo vigente el confinamiento, no se cerraron por completo las posibilidades de la movilización social. Sin embargo, la fortaleza o debilidad del movimiento social no solo debe ponderarse en función del número de protestas sino también en términos de su capacidad para articular y generar discursos o marcos de sentido alternativos. El que existieran grandes manifestaciones, como la Minga, indica que el problema de articulación del descontento no se explica por la pandemia.

Precisamente, la desarticulación práctica y discursiva se expresó en la incapacidad de los actores sociales para romper con la representación oficial de la crisis sanitaria, que ofrece como “soluciones” al problema el desarrollo científico y tecnológico en el campo de la medicina, en particular las vacunas, omitiendo el hecho innegable de que la magnitud de la crisis tiene fundamentalmente una explicación política, pues desnuda la precariedad del derecho a la salud bajo el modelo de desarrollo neoliberal, que lo ha subordinado por completo al negocio privado y, particularmente en nuestro caso, a la especulación financiera. Así, la falta de articulación imposibilitó disputar la transformación del modelo de desarrollo, punto en que convergen las demandas de diversas protestas, en la coyuntura en que se mostró su faceta más perversa.

 

Las constantes: represión y criminalización

 

En parte, las dificultades para articular el descontento ciudadano en una propuesta alternativa se explican por las constantes de la criminalización y la represión, agudizadas bajo el gobierno de Duque al menos por tres grandes razones.

Primero, porque Duque sigue el libreto de Uribe: tanto antes como durante la pandemia ha basado su legitimidad en la construcción de un enemigo interno que juegue el mismo papel que en los gobiernos de la “seguridad democrática” jugaron las Farc. De ahí su apuesta por una política antidrogas represiva, un marcado antagonismo con el gobierno de Venezuela y la criminalización de toda protesta, mediante el mote de “vandalismo”, que despolitiza los reclamos colectivos, o tratando de asociar las manifestaciones con la guerrilla y las “disidencias” en un reencauche de la doctrina contrainsurgente de la seguridad nacional.

En segundo lugar, porque en buena medida el descontento social sintetiza las demandas de cambio estructural insertas en el Acuerdo de paz, cuya implementación ha sido escamoteada por este gobierno, sin ahorrar esfuerzos para “hacerlo trizas” por distintas vías y cuya política ha beneficiado sistemáticamente a las clases cuyos privilegios se verían afectados de implementarse el mismo: piénsese, por ejemplo, en la reforma rural integral.

Y, finalmente, porque ante el lento pero persistente declive político del uribismo, expresado en el constante “abandono del barco” por muchos de sus adeptos en el escenario político y, sobre todo, por el vistoso descenso en la popularidad tanto del expresidente Uribe como del mismo Duque, su gobierno depende cada vez más de la “mermelada”, esto es, de la distribución de recursos entre los integrantes de su coalición de gobierno y los sectores sociales que aún lo respaldan. Aprovechando la situación excepcional de la emergencia sanitaria, Duque desplegó iniciativas para solidificar vía recursos públicos esos respaldos, de manera que la única amenaza seria a la legitimidad de su gobierno fue la protesta social. Eso explica no solo la criminalización y la represión sino así mismo las constantes iniciativas del gobierno para “regular” ese derecho ciudadano.

La reducción de la protesta social a “vandalismo” fue la estrategia privilegiada contra las protestas desde finales de 2019, incluso se llegó a afirmar que se trataba de un “complot” internacional y en días previos al 21 de noviembre se desplegaron allanamientos y detenciones de activistas. Los abusos en que incurrió la fuerza pública en esta coyuntura, uno de cuyos desenlaces fue el asesinato el sábado 23 de noviembre en Bogotá del estudiante Dilan Cruz, mientras participaba de una movilización no violenta, motivaron incluso un posterior fallo de la Corte Suprema de Justicia, el 22 de septiembre de 2020, en el que condenó las agresiones sistemáticas de la fuerza pública contra los ciudadanos y el uso desproporcionado de la fuerza, ordenándole al gobierno disculparse públicamente, proteger el derecho a la protesta y reestructurar el ejercicio de la fuerza, prohibiendo además el uso del tipo de arma con que el joven fue asesinado.

Sin embargo, la criminalización y la represión no son únicamente agenciadas por el gobierno de Duque. Se trata de un marco discursivo mucho más amplio, compartido incluso por quienes protestaron a finales de 2019. Incluso una de las consignas del concierto que cerró las protestas el 8 de diciembre de ese año fue el rechazo del “vandalismo”. Ese hecho evidenció los límites intrínsecos de una convocatoria hecha por una ciudadanía cuya cultura política está hegemonizada por el discurso político dominante, hasta el punto de adoptar parte de la estrategia de contención de la protesta desplegada por el propio Estado.

Igualmente, la alcaldía de Claudia López adoptó el mismo marco discursivo contra la protesta en las jornadas del 16 y el 21 de enero, así como del 21 de febrero, en las cuales la represión corrió por cuenta del Esmad, pese al protocolo que por entonces ensayaba la administración distrital.

 

El desencuentro entre lo social y lo político

 

El otro factor que explica la dificultad para articular el descontento es el desencuentro entre lo social y lo político, particularmente entre los sectores críticos y de izquierda que animan en parte los movimientos sociales. La persistencia de las protestas a pesar de las restricciones impuestas en el marco de la pandemia y de un contexto adverso de intensa represión, permite apreciarla pervivencia de un gran descontento social que no está debidamente representado en el escenario político.

La gran mayoría de las demandas, expresadas mediante protestas, hacen referencia a problemas estructurales cuya resolución ha sido aplazada o reprimida por la guerra, como la redistribución de la propiedad de la tierra, la disminución de la pobreza y la desigualdad social, el fin de la exclusión política vía genocidio o el abandono del modelo económico neoliberal, e irrumpieron en el ámbito político gracias al proceso de paz. Sin embargo, hoy por hoy en el escenario político institucional tales demandas están infrarrepresentadas.

De hecho, en buena medida la retórica contra la “polarización”, que caracteriza la discusión pública en el país desde las elecciones de 2018, ha estado orientada a proscribir del escenario político las mencionadas demandas, concebidas por la derecha y el autodenominado “centro” como transformaciones muy radicales y generadoras de “odio de clases”. Así, la denuncia de la “polarización” evidencia un intento de acotar la construcción de paz a la implementación del Acuerdo, garantía de que los privilegios sociales no serán tocados.

Este desencuentro entre lo social y lo político también se expresa entre los actores que agencian y que potencialmente podrían articular el descontento social. En el ámbito político no existe un proyecto alternativo, más allá de la oposición abstracta al uribismo, capaz de aglutinar ese descontento. Los frecuentemente llamados sectores “alternativos” se dividen entre las variopintas facciones de la izquierda y los actores emergentes que se auto identifican como “centro” político, muchos de ellos provenientes de los antiguos partidos tradicionales y del mismo uribismo.

Ese desencuentro también se puso en evidencia en las elecciones de alcaldes y gobernadores, pues mientras las demandas de las grandes protestas plantean un rechazo decidido al modelo neoliberal, en varias ciudades principales como Bogotá y Medellín, el electorado se decantó por opciones que no se apartan en lo fundamental de dichas políticas. Aún más, la cooptación de buena parte de sus críticos potenciales por la alcaldía de Claudia López ha significado un freno importante a la hora de generar protestas en Bogotá, desalentando las acciones colectivas para no perjudicar su gobernabilidad, sin mencionar el silencio cuando se trata de denunciar la represión y el discurso criminalizante en que la alcaldesa ha incurrido al replicar el anatema de “vandalismo” y la asociación de las protestas con la insurgencia armada y las “disidencias”.

Por esa razón, nadie exigió que la mandataria local asumiera una responsabilidad política por la masacre ocurrida el 9 y 10 de septiembre, sino que se terminó por responsabilizar únicamente a la Policía y al gobierno nacional, aunque López no explicara con suficiencia quién dio las órdenes de abrir fuego contra civiles en el puesto de mando unificado o si se desobedecieron sus órdenes expresas. Nunca se aclararon las razones de su tardía reacción, mucho después de que en las redes sociales se vertieran denuncias sobre las conductas de la Policía.

La llegada de la Minga a Bogotá el 18 octubre es otro ejemplo de la misma problemática. La participación de la Alcaldesa en los actos de bienvenida, incluso arengando la movilización desde una tarima, ubicó la manifestación en un marco de sentido de corrección política análogo al concierto realizado contra el “vandalismo” en diciembre de 2019. De esa manera se desplegó todo un dispositivo simbólico para impedir que la protesta se desbordara. La alcaldía de Bogotá adoptó así el rol de “policía bueno” y terminó siendo funcional a la indolencia de Duque, pues le restó radicalidad y potencial de afectación a la Minga. Así, aunque el objetivo de la gran movilización era hacer que el presidente accediera a negociar, al final los mingueros tuvieron que retornar al Cauca sin ser atendidos por el gobierno nacional.

El mismo desencuentro entre lo social y lo político resalta, finalmente, en la enorme división de la izquierda, cuya consecuencia es la imposibilidad de articular el descontento social. Un ejemplo anecdótico basta para comprender el problema. Tras la masacre, el 10 de septiembre, el senador Gustavo Petro hizo un llamado a las centrales obreras, vía redes sociales, a convocar un paro nacional. La respuesta de Diógenes Orjuela, presidente de la CUT, e integrante del Moir y del Comité de Paro, fue “cada loro en su estaca”, paradójicamente afirmando que las centrales eran “organizaciones autónomas” y no se subordinarían a ningún movimiento político.

 

¿Qué podemos esperar?

 

Más que las restricciones impuestas con ocasión de la crisis sanitaria, los problemas de los movimientos sociales provienen de factores contextuales, como la represión y criminalización agudizadas bajo el gobierno Duque, y endógenos, como la incapacidad de articular el descontento social expresado en un número importante y creciente de protestas que, sin embargo, se suceden de manera fragmentada.

Una clave explicativa de tal situación es el desencuentro entre lo social y lo político, especialmente la manera como la división de las fuerzas “alternativas” y de izquierda se refleja en el terreno de los movimientos sociales. Si este diagnóstico es correcto, en el corto plazo será muy difícil resolver el problema de la desarticulación, puesto que esas divisiones se expresarán con mayor ahínco en un año pre-electoral.

Por lo tanto, lo que cabe esperar es la expresión fragmentada, sin un norte, una identidad y unos antagonismos políticos claramente definidos, del descontento ciudadano, el cual no solo será una constante sino que incluso se incrementará por cuenta de la creciente pobreza, injusticia y desigualdad que está dejando la pandemia.

Una de las poblaciones más afectadas por la crisis sanitaria son los jóvenes, que constituyen cerca del 70 por ciento de la población del país (aquella comprendida entre 15 y 64 años), dejándolos sin empleo, haciéndolos responsables por otros miembros de sus familias o sin posibilidad de acceder a canales de autorrealización como la educación superior. Esta población es la que más hace presencia en las protestas, porque dispone del tiempo necesario para invertir en ese tipo de apuestas colectivas, experimenta con mayor intensidad las formas de opresión y explotación del mundo contemporáneo, por ejemplo mediante la precarización laboral, pero también la necesidad de establecer vínculos sociales fuertes y realizar experiencias que excedan el mundo virtual que subsume sus vidas.

Publicado enColombia
Miércoles, 27 Enero 2021 08:18

¿Ante la derrota de la humanidad?

¿Ante la derrota de la humanidad?

Estamos ante un sueño nunca superado ni derrotado. Vivimos en reforzamiento de uno de los mayores sueños de Occidente, el mismo que ha propiciado la hasta ahora incontenible crisis ambiental que tiene en el precipicio al planeta y con él a todas las especies vivas que lo habitan. Estamos ante la persistencia del sueño de la razón, presente desde el origen mismo de la actual civilización, el mismo que llevó al ser humano a convencerse de ser superior entre todos los seres vivos y, por tanto, rey y amo de la naturaleza, la que sería sometida a sus ambiciones, necesidades y mandatos.

La preeminencia y la persistencia de este sueño, aunque presente en todo el modelo de desarrollo imperante, y que por su larga perduración le parece lo más normal a la mayoría de la población, ahora, con el salto del covid-19 a los cuerpos humanos, rasga las telas que lo ocultan por ratos y se instala ante los ojos de la humanidad. Son un salto y una evidencia que, de manera paradójica, no lleva a que la humanidad como un todo entre en reflexión, y busque el porqué de este salto y por la manera de 1. Superarlo, y, 2. Actuar para que no vuelva a suceder.

Contrario a ello, lo que hace la clase dominante alrededor del globo, en proceder suicida, es centrar sus acciones en los efectos de la crisis y no en sus causas. En el decir popular, “buscan la fiebre en las sábanas”.

Es así como deciden, ellos, amos y señores en el planeta y sobre la naturaleza, que vencerán el covid-19 con una vacuna. Al fin y al cabo, “su saber científico y técnico les permite controlar a los demás seres vivos que pueblan este mismo territorio”. Y si su saber científico les permite contar con tal vacuna, mientras la tienen en punto, que muera el que tenga que morir y que la producción no pare ni decaiga. El fetichismo mercantil merece un altar: que la vida espere.

Y así proceden Trump, Bolsonaro, pero también las restantes cabezas de gobierno en todo el mundo, incluido Duque. La única diferencia entre los primeros y el resto es que aquellos hablan y defienden el imperio de la razón sin medias tintas y sin vergüenza de lo que son y representan, mientras los restantes tratan de disimular tanta desvergüenza.

Los primeros, como los segundos, están convencidos de que la razón, ahora resumida en una ciencia que les permite explorar el universo, les facilitará seguir como si nada estuviera sucediendo y nada cuestionara su visión y su comprensión de la vida en general. Se trata de un actuar, contrariamente a lo que piensan, irracional y que controvierte el proceder del cuerpo científico en general, sometido ante el afán de las multinacionales de todo orden y en particular por el afán de las farmacéuticas por crear el remedio contra el covid-19, de una manera que transforma a los miembros de la humanidad en ratones de laboratorio para demostrar la eficacia de su líquido vital, y así perfeccionarlo.

Es, pues, un proceder, con silencio de estudiosos y científicos, que permite que la sociedad global prosiga por el camino de su autodestrucción. Finalmente, piensan unos y otros: “Podremos controlar todo efecto negativo de nuestro modelo de desarrollo”. Es así como el aumento de la temperatura sobre el planeta tendrá su remedio, como también la ruptura de la capa de ozono, la contaminación de todo tipo, la disminución de los recursos hídricos potables y cualquier otro mal que afecte a la humanidad.

Así, con una ciencia y un cuerpo científico dominado y controlado por el capital, lo que fue y es sueño –mejorar la calidad de vida de toda la especie– se traduce en pesadilla. Es un sueño que no tiene mucho de novedoso, ya que, como lo recuerdan obras como Frankenstein, el sueño (¿la pesadilla?) de la razón implica el total control de la vida, aunque sus productos rompan los protocolos de seguridad de los laboratorios, salgan de ellos y penetren los organismos humanos, como ahora mismo sucede. O simplemente los productos generados en esos laboratorios, en vez de mejorar la calidad de vida de los humanos y el estadio de la naturaleza como conjunto, terminen por afectar a unas y otro al eliminar o reducir de manera notable, por ejemplo, la diversidad en las especies vegetales, poblando inmensas zonas rurales de una sola variedad agrícola, sometiendo a la agricultura, por demás, a manipulaciones biogenéticas que amenazan al mismo tiempo con colonizar diversidad de cultivos, al tiempo que robarle a la humanidad el saber colectivo, reunido y acumulado en la amplia variedad de especies vegetales que alguna vez poblaron el planeta. La imposición de las semillas terminator es el producto más denunciado de este proceder.

Imperio de la razón, antropocentrismo puro y duro, y con ello el culto al saber científico (el mismo que siempre despreció y descalificó los modelos de vida y las lógicas de los pueblos originarios) que le lleva a sentenciar a investigadores científicos: “Está muy extendido entre los científicos el cientificismo, según el cual lo más importante del hombre es la ciencia, y los demás aspectos humanos son secundarios, de menor peso, es decir, que todo gira alrededor de la ciencia como los planetas alrededor del Sol”.

 

Silencio incomprensible

 

Que así actúen los defensores y los promotores del reino de la razón es apenas obvio, pero es incomprensible que, en medio de tal desafuero, no actúen por vía contraria quienes dicen propugnar por otro modelo civilizatorio, en la base del cual resida la plena convivencia con la naturaleza.

Incomprensible e incoherente. Es un actuar que les ha dejado todo el terreno de la opinión pública a sus contradictores. Resalta en ello cómo durante este año de pandemia, teniendo a la mano todas las evidencias para demostrar lo antinatural e insostenible del modelo de vida imperante, estos sectores no hayan potenciado el necesario debate público que evidencie que el problema no es la vacuna en sí misma –pues ella ataca el efecto pero no la causa de la actual crisis– ni algo que se le asemeje; por el contrario, se trata precisamente de transformar el modelo de vida y de producción imperante, cuestionado por la crisis sistémica que sobrelleva la humanidad desde años atrás pero que ahora recibe una nueva evidencia, innegable, temida, pues ha hecho entrar en pánico a la sociedad como una totalidad.

La transformación del modelo de vida y producción dominante no podrá ser concretada sino por la vía de una inmensa y global insurgencia de la sociedad; sin falta, de todos aquellos que sienten y son parte de la inmensa mayoría, los de abajo, arrinconados y negados en sus derechos por la ínfima minoría que determina y se lucra del (mal) destino de la humanidad. Los mismos que ahora, en medio de la crisis de salud pública que sacude a la sociedad global, también resultan más afectados, en todos los planos; y, claro, de su clase proviene la mayoría de quienes pierden la vida por efecto del virus.

En pos de tal giro, nada mejor que esta misma coyuntura. Partiendo de la evidencia, identificando sus factores causales, resaltando la irracional ruta emprendida por la humanidad desde siglos atrás, con prolongación hasta el presente, recalcando en males de todo tipo que sufre el planeta, producto del proceder de quienes someten a la naturaleza a sus mezquinos y limitados intereses, por medio de ello y otros recursos a que pueda acudirse, concitar la acción de resistencia, coordinación e insurgencia global, como debe ser, para no permitir una reconstrucción de este mismo sistema dominante, que ha demostrado la capacidad que tiene de reconstruirse allí donde ha sido derrotado; reconstrucción que se logra como producto del control de los canales y las dinámicas sobre las que la vida humana se prolonga.

De ahí el reto: sin romper por todas partes esos canales y dinámicas, el capital parecerá desaparecer pero se regenerará. Es una pesadilla, como la que proyectan algunas películas de ficción por medio de androides que son enviados a nuestro planeta con misiones particulares. Por momentos, los llamados de esos sectores, con mirada cortoplacista pero sin nada de mediano y largo plazo, se centra también en lo evidente y necesario de hacer inmediatamente para que las mayorías no vivan en peores condiciones; por ejemplo, redistribuyendo con programas especiales la renta nacional, pero se niegan a emplazar a la dirigencia nacional y global, enrostrarles el no futuro de su modelo de vida, desplegando por el país y por todo el mundo un mensaje educativo, agitador y movilizador que atice la necesaria insurgencia de la humanidad.

Hay que defender la vida. Pero la manera de hacerlo no es guardándonos en la casa, lo cual pueden hacerlo por largos períodos quienes tienen ingresos fijos, no las mayorías sociales, negadas precisamente de esa seguridad. La vida se debe defender confrontando la muerte, y para ello recurriendo a todos los medios, mecanismos y espacios a la mano, los ya conocidos y los nuevos a que dé paso la actual crisis que abate a la humanidad.

En medio de ello, como soporte de la acción de ruptura con el actual sistema, es necesario acudir a la elaboración resumida y su difusión, del modelo de vida necesario y posible; no es permisible postergar este reto por más tiempo; la comunicación y la coordinación con otros por todo el país y el planeta tampoco. La denuncia de la sinrazón del imperio de la razón, también. El diseño de otro modelo de ciencia, no sometido al capital, claro que sí. Airear otros modelos de comprensión de la vida, como la vivenciada por los pueblos originarios, de todo tipo y coordinada, también debe encontrar espacio.

El reto es inmediato. Se han perdido meses preciosos. No proceder por esta vía es permitir que se consuma la derrota de la humanidad, sepultada por el sueño de la razón, antropocentrista, y su materialización en una civilización moribunda como la occidental.

Publicado enColombia
Martes, 26 Enero 2021 16:35

¿Ante la derrota de la humanidad?

¿Ante la derrota de la humanidad?

Estamos ante un sueño nunca superado ni derrotado. Vivimos en reforzamiento de uno de los mayores sueños de Occidente, el mismo que ha propiciado la hasta ahora incontenible crisis ambiental que tiene en el precipicio al planeta y con él a todas las especies vivas que lo habitan. Estamos ante la persistencia del sueño de la razón, presente desde el origen mismo de la actual civilización, el mismo que llevó al ser humano a convencerse de ser superior entre todos los seres vivos y, por tanto, rey y amo de la naturaleza, la que sería sometida a sus ambiciones, necesidades y mandatos.

La preeminencia y la persistencia de este sueño, aunque presente en todo el modelo de desarrollo imperante, y que por su larga perduración le parece lo más normal a la mayoría de la población, ahora, con el salto del covid-19 a los cuerpos humanos, rasga las telas que lo ocultan por ratos y se instala ante los ojos de la humanidad. Son un salto y una evidencia que, de manera paradójica, no lleva a que la humanidad como un todo entre en reflexión, y busque el porqué de este salto y por la manera de 1. Superarlo, y, 2. Actuar para que no vuelva a suceder.

Contrario a ello, lo que hace la clase dominante alrededor del globo, en proceder suicida, es centrar sus acciones en los efectos de la crisis y no en sus causas. En el decir popular, “buscan la fiebre en las sábanas”.

Es así como deciden, ellos, amos y señores en el planeta y sobre la naturaleza, que vencerán el covid-19 con una vacuna. Al fin y al cabo, “su saber científico y técnico les permite controlar a los demás seres vivos que pueblan este mismo territorio”. Y si su saber científico les permite contar con tal vacuna, mientras la tienen en punto, que muera el que tenga que morir y que la producción no pare ni decaiga. El fetichismo mercantil merece un altar: que la vida espere.

Y así proceden Trump, Bolsonaro, pero también las restantes cabezas de gobierno en todo el mundo, incluido Duque. La única diferencia entre los primeros y el resto es que aquellos hablan y defienden el imperio de la razón sin medias tintas y sin vergüenza de lo que son y representan, mientras los restantes tratan de disimular tanta desvergüenza.

Los primeros, como los segundos, están convencidos de que la razón, ahora resumida en una ciencia que les permite explorar el universo, les facilitará seguir como si nada estuviera sucediendo y nada cuestionara su visión y su comprensión de la vida en general. Se trata de un actuar, contrariamente a lo que piensan, irracional y que controvierte el proceder del cuerpo científico en general, sometido ante el afán de las multinacionales de todo orden y en particular por el afán de las farmacéuticas por crear el remedio contra el covid-19, de una manera que transforma a los miembros de la humanidad en ratones de laboratorio para demostrar la eficacia de su líquido vital, y así perfeccionarlo.

Es, pues, un proceder, con silencio de estudiosos y científicos, que permite que la sociedad global prosiga por el camino de su autodestrucción. Finalmente, piensan unos y otros: “Podremos controlar todo efecto negativo de nuestro modelo de desarrollo”. Es así como el aumento de la temperatura sobre el planeta tendrá su remedio, como también la ruptura de la capa de ozono, la contaminación de todo tipo, la disminución de los recursos hídricos potables y cualquier otro mal que afecte a la humanidad.

Así, con una ciencia y un cuerpo científico dominado y controlado por el capital, lo que fue y es sueño –mejorar la calidad de vida de toda la especie– se traduce en pesadilla. Es un sueño que no tiene mucho de novedoso, ya que, como lo recuerdan obras como Frankenstein, el sueño (¿la pesadilla?) de la razón implica el total control de la vida, aunque sus productos rompan los protocolos de seguridad de los laboratorios, salgan de ellos y penetren los organismos humanos, como ahora mismo sucede. O simplemente los productos generados en esos laboratorios, en vez de mejorar la calidad de vida de los humanos y el estadio de la naturaleza como conjunto, terminen por afectar a unas y otro al eliminar o reducir de manera notable, por ejemplo, la diversidad en las especies vegetales, poblando inmensas zonas rurales de una sola variedad agrícola, sometiendo a la agricultura, por demás, a manipulaciones biogenéticas que amenazan al mismo tiempo con colonizar diversidad de cultivos, al tiempo que robarle a la humanidad el saber colectivo, reunido y acumulado en la amplia variedad de especies vegetales que alguna vez poblaron el planeta. La imposición de las semillas terminator es el producto más denunciado de este proceder.

Imperio de la razón, antropocentrismo puro y duro, y con ello el culto al saber científico (el mismo que siempre despreció y descalificó los modelos de vida y las lógicas de los pueblos originarios) que le lleva a sentenciar a investigadores científicos: “Está muy extendido entre los científicos el cientificismo, según el cual lo más importante del hombre es la ciencia, y los demás aspectos humanos son secundarios, de menor peso, es decir, que todo gira alrededor de la ciencia como los planetas alrededor del Sol”.

 

Silencio incomprensible

 

Que así actúen los defensores y los promotores del reino de la razón es apenas obvio, pero es incomprensible que, en medio de tal desafuero, no actúen por vía contraria quienes dicen propugnar por otro modelo civilizatorio, en la base del cual resida la plena convivencia con la naturaleza.

Incomprensible e incoherente. Es un actuar que les ha dejado todo el terreno de la opinión pública a sus contradictores. Resalta en ello cómo durante este año de pandemia, teniendo a la mano todas las evidencias para demostrar lo antinatural e insostenible del modelo de vida imperante, estos sectores no hayan potenciado el necesario debate público que evidencie que el problema no es la vacuna en sí misma –pues ella ataca el efecto pero no la causa de la actual crisis– ni algo que se le asemeje; por el contrario, se trata precisamente de transformar el modelo de vida y de producción imperante, cuestionado por la crisis sistémica que sobrelleva la humanidad desde años atrás pero que ahora recibe una nueva evidencia, innegable, temida, pues ha hecho entrar en pánico a la sociedad como una totalidad.

La transformación del modelo de vida y producción dominante no podrá ser concretada sino por la vía de una inmensa y global insurgencia de la sociedad; sin falta, de todos aquellos que sienten y son parte de la inmensa mayoría, los de abajo, arrinconados y negados en sus derechos por la ínfima minoría que determina y se lucra del (mal) destino de la humanidad. Los mismos que ahora, en medio de la crisis de salud pública que sacude a la sociedad global, también resultan más afectados, en todos los planos; y, claro, de su clase proviene la mayoría de quienes pierden la vida por efecto del virus.

En pos de tal giro, nada mejor que esta misma coyuntura. Partiendo de la evidencia, identificando sus factores causales, resaltando la irracional ruta emprendida por la humanidad desde siglos atrás, con prolongación hasta el presente, recalcando en males de todo tipo que sufre el planeta, producto del proceder de quienes someten a la naturaleza a sus mezquinos y limitados intereses, por medio de ello y otros recursos a que pueda acudirse, concitar la acción de resistencia, coordinación e insurgencia global, como debe ser, para no permitir una reconstrucción de este mismo sistema dominante, que ha demostrado la capacidad que tiene de reconstruirse allí donde ha sido derrotado; reconstrucción que se logra como producto del control de los canales y las dinámicas sobre las que la vida humana se prolonga.

De ahí el reto: sin romper por todas partes esos canales y dinámicas, el capital parecerá desaparecer pero se regenerará. Es una pesadilla, como la que proyectan algunas películas de ficción por medio de androides que son enviados a nuestro planeta con misiones particulares. Por momentos, los llamados de esos sectores, con mirada cortoplacista pero sin nada de mediano y largo plazo, se centra también en lo evidente y necesario de hacer inmediatamente para que las mayorías no vivan en peores condiciones; por ejemplo, redistribuyendo con programas especiales la renta nacional, pero se niegan a emplazar a la dirigencia nacional y global, enrostrarles el no futuro de su modelo de vida, desplegando por el país y por todo el mundo un mensaje educativo, agitador y movilizador que atice la necesaria insurgencia de la humanidad.

Hay que defender la vida. Pero la manera de hacerlo no es guardándonos en la casa, lo cual pueden hacerlo por largos períodos quienes tienen ingresos fijos, no las mayorías sociales, negadas precisamente de esa seguridad. La vida se debe defender confrontando la muerte, y para ello recurriendo a todos los medios, mecanismos y espacios a la mano, los ya conocidos y los nuevos a que dé paso la actual crisis que abate a la humanidad.

En medio de ello, como soporte de la acción de ruptura con el actual sistema, es necesario acudir a la elaboración resumida y su difusión, del modelo de vida necesario y posible; no es permisible postergar este reto por más tiempo; la comunicación y la coordinación con otros por todo el país y el planeta tampoco. La denuncia de la sinrazón del imperio de la razón, también. El diseño de otro modelo de ciencia, no sometido al capital, claro que sí. Airear otros modelos de comprensión de la vida, como la vivenciada por los pueblos originarios, de todo tipo y coordinada, también debe encontrar espacio.

El reto es inmediato. Se han perdido meses preciosos. No proceder por esta vía es permitir que se consuma la derrota de la humanidad, sepultada por el sueño de la razón, antropocentrista, y su materialización en una civilización moribunda como la occidental.

Publicado enEdición Nº275
Fotografía: Hernán Ayala / Noname, 9 de septiembre /2020.

Aunque las restricciones impuestas con la pandemia limitaron la movilización social, esta se abrió camino en distintos momentos de 2020. Sin embargo, no se consiguió articular un movimiento social como el perfilado a finales del año anterior. Existe una dificultad para articular el descontento social expresado en las protestas, que se explica por factores como el incremento de la represión y por ciertas disonancias entre lo social y lo político.

El paro nacional iniciado el 21 de noviembre de 2019 produjo un fenómeno inédito de movilización social en la historia reciente del país, solo comparable con el paro cívico del 14 de septiembre de 1977. Las grandes manifestaciones tuvieron una naturaleza interclasista, articulando a actores de clase media y media alta, estudiantes, mujeres, ambientalistas, desempleados y, mayoritariamente, jóvenes.

Como consecuencia, las demandas iniciales, en contra del “paquetazo” neoliberal –las reformas tributaria, laboral y pensional del gobierno Duque– se enriquecieron con diversidad de reclamos transversales y no solo sectoriales, convergentes en la implementación del Acuerdo de paz. Así mismo, las organizaciones convocantes, principalmente las centrales obreras en el Comité de Paro, resultaron desbordadas, de manera que muchas de las acciones de protesta fueron descentralizadas y “auto convocadas”, esparciéndose por las ciudades, rompiendo con la tradición de protestar en las plazas centrales y acogiendo repertorios de acción como el cacerolazo.

Sin embargo, en 2020 el ímpetu de las movilizaciones se moderó considerablemente. Tras los frustrados diálogos entre el gobierno y el Comité de Paro hubo varios intentos de reactivar la protesta, con jornadas de paro nacional el 21 de enero y el 21 de febrero que no alcanzaron el carácter masivo ni la intensidad de las protestas del año anterior. La jornada programada para el 25 de marzo finalmente no contó con ninguna posibilidad por el comienzo de la emergencia sanitaria producto del arribo del covid-19 al país.

Así pues, la dinámica de movilización fue interrumpida por las restricciones de la pandemia y el miedo al contagio. No obstante, la protesta social se abrió camino aún en estas circunstancias, incluso en denuncia/rechazo de las medidas autoritarias de los gobiernos nacional y locales en demanda de asistencia para enfrentar las cuarentenas. Informes de observatorios como el Cinep señalan que no hubo una disminución drástica de la protesta. Esto quiere decir que el descontento se mantiene constante, expresándose en un número importante de protestas aunque sin lograr articularse en un movimiento social como el del año anterior. ¿Por qué se produce este fenómeno?

Las limitaciones del movimiento que emergió a finales de 2019, más que por las restricciones de la pandemia se explican por problemas a la hora de enfrentar el contexto político, especialmente la represión, la cooptación y la imposibilidad de enfrentar los discursos criminalizantes, y de su dinámica endógena, particularmente la incapacidad para articular el descontento social a causa de las divisiones que produce el desencuentro entre lo social y lo político.

 

El panorama

 

Ciertamente, las restricciones a la vida diaria causadas por la pandemia y las medidas autoritarias del gobierno limitaron seriamente las posibilidades de movilización y protesta. Los movimientos sociales tienen como base el tejido social de la cotidianidad y las organizaciones especializadas en promover la acción colectiva en favor de una causa determinada, de manera que la limitación de las relaciones y la movilidad de la población reducen las posibilidades de agenciar acciones colectivas. Por eso se promovieron repertorios de acción alternativos a la protesta callejera, como el cacerolazo, implementado con éxito a finales de 2019, aunque sin resultados similares.

Sin embargo, la afectación de las movilizaciones producto de la pandemia fue relativa. En enero y febrero se presentaron varios intentos de retomar su impulso siempre con la vista puesta en el memorable 21 de noviembre de 2019. Las restricciones operaron sobre todo durante los meses de confinamiento obligatorio, entre marzo y agosto. Pero incluso en este período se registraron protestas como las de abril en Bogotá, en demanda al gobierno Distrital de auxilios económicos para enfrentar la cuarentena.


El 7 de septiembre se trató nuevamente de retomar el hilo de las protestas de 2019 con una caravana contra las políticas del gobierno nacional. Esa misma semana se presentaron las protestas contra el asesinato del abogado Javier Ordóñez en un CAI de la Policía, que arrojaron un saldo de 13 ciudadanos asesinados y 305 heridos, en Bogotá. Desde el 10 de octubre se manifestó la Minga del pueblo Nasa que, ante la negativa del presidente Duque a dialogar en Cali, marcha hacia Bogotá para unirse al paro nacional previsto para los días 19 y 21 del mismo mes.

En suma, si bien la pandemia generó grandes restricciones, sobre todo mientras estuvo vigente el confinamiento, no se cerraron por completo las posibilidades de la movilización social. Sin embargo, la fortaleza o debilidad del movimiento social no solo debe ponderarse en función del número de protestas sino también en términos de su capacidad para articular y generar discursos o marcos de sentido alternativos. El que existieran grandes manifestaciones, como la Minga, indica que el problema de articulación del descontento no se explica por la pandemia.

Precisamente, la desarticulación práctica y discursiva se expresó en la incapacidad de los actores sociales para romper con la representación oficial de la crisis sanitaria, que ofrece como “soluciones” al problema el desarrollo científico y tecnológico en el campo de la medicina, en particular las vacunas, omitiendo el hecho innegable de que la magnitud de la crisis tiene fundamentalmente una explicación política, pues desnuda la precariedad del derecho a la salud bajo el modelo de desarrollo neoliberal, que lo ha subordinado por completo al negocio privado y, particularmente en nuestro caso, a la especulación financiera. Así, la falta de articulación imposibilitó disputar la transformación del modelo de desarrollo, punto en que convergen las demandas de diversas protestas, en la coyuntura en que se mostró su faceta más perversa.

 

Las constantes: represión y criminalización

 

En parte, las dificultades para articular el descontento ciudadano en una propuesta alternativa se explican por las constantes de la criminalización y la represión, agudizadas bajo el gobierno de Duque al menos por tres grandes razones.

Primero, porque Duque sigue el libreto de Uribe: tanto antes como durante la pandemia ha basado su legitimidad en la construcción de un enemigo interno que juegue el mismo papel que en los gobiernos de la “seguridad democrática” jugaron las Farc. De ahí su apuesta por una política antidrogas represiva, un marcado antagonismo con el gobierno de Venezuela y la criminalización de toda protesta, mediante el mote de “vandalismo”, que despolitiza los reclamos colectivos, o tratando de asociar las manifestaciones con la guerrilla y las “disidencias” en un reencauche de la doctrina contrainsurgente de la seguridad nacional.

En segundo lugar, porque en buena medida el descontento social sintetiza las demandas de cambio estructural insertas en el Acuerdo de paz, cuya implementación ha sido escamoteada por este gobierno, sin ahorrar esfuerzos para “hacerlo trizas” por distintas vías y cuya política ha beneficiado sistemáticamente a las clases cuyos privilegios se verían afectados de implementarse el mismo: piénsese, por ejemplo, en la reforma rural integral.

Y, finalmente, porque ante el lento pero persistente declive político del uribismo, expresado en el constante “abandono del barco” por muchos de sus adeptos en el escenario político y, sobre todo, por el vistoso descenso en la popularidad tanto del expresidente Uribe como del mismo Duque, su gobierno depende cada vez más de la “mermelada”, esto es, de la distribución de recursos entre los integrantes de su coalición de gobierno y los sectores sociales que aún lo respaldan. Aprovechando la situación excepcional de la emergencia sanitaria, Duque desplegó iniciativas para solidificar vía recursos públicos esos respaldos, de manera que la única amenaza seria a la legitimidad de su gobierno fue la protesta social. Eso explica no solo la criminalización y la represión sino así mismo las constantes iniciativas del gobierno para “regular” ese derecho ciudadano.

La reducción de la protesta social a “vandalismo” fue la estrategia privilegiada contra las protestas desde finales de 2019, incluso se llegó a afirmar que se trataba de un “complot” internacional y en días previos al 21 de noviembre se desplegaron allanamientos y detenciones de activistas. Los abusos en que incurrió la fuerza pública en esta coyuntura, uno de cuyos desenlaces fue el asesinato el sábado 23 de noviembre en Bogotá del estudiante Dilan Cruz, mientras participaba de una movilización no violenta, motivaron incluso un posterior fallo de la Corte Suprema de Justicia, el 22 de septiembre de 2020, en el que condenó las agresiones sistemáticas de la fuerza pública contra los ciudadanos y el uso desproporcionado de la fuerza, ordenándole al gobierno disculparse públicamente, proteger el derecho a la protesta y reestructurar el ejercicio de la fuerza, prohibiendo además el uso del tipo de arma con que el joven fue asesinado.

Sin embargo, la criminalización y la represión no son únicamente agenciadas por el gobierno de Duque. Se trata de un marco discursivo mucho más amplio, compartido incluso por quienes protestaron a finales de 2019. Incluso una de las consignas del concierto que cerró las protestas el 8 de diciembre de ese año fue el rechazo del “vandalismo”. Ese hecho evidenció los límites intrínsecos de una convocatoria hecha por una ciudadanía cuya cultura política está hegemonizada por el discurso político dominante, hasta el punto de adoptar parte de la estrategia de contención de la protesta desplegada por el propio Estado.

Igualmente, la alcaldía de Claudia López adoptó el mismo marco discursivo contra la protesta en las jornadas del 16 y el 21 de enero, así como del 21 de febrero, en las cuales la represión corrió por cuenta del Esmad, pese al protocolo que por entonces ensayaba la administración distrital.

 

El desencuentro entre lo social y lo político

 

El otro factor que explica la dificultad para articular el descontento es el desencuentro entre lo social y lo político, particularmente entre los sectores críticos y de izquierda que animan en parte los movimientos sociales. La persistencia de las protestas a pesar de las restricciones impuestas en el marco de la pandemia y de un contexto adverso de intensa represión, permite apreciarla pervivencia de un gran descontento social que no está debidamente representado en el escenario político.

La gran mayoría de las demandas, expresadas mediante protestas, hacen referencia a problemas estructurales cuya resolución ha sido aplazada o reprimida por la guerra, como la redistribución de la propiedad de la tierra, la disminución de la pobreza y la desigualdad social, el fin de la exclusión política vía genocidio o el abandono del modelo económico neoliberal, e irrumpieron en el ámbito político gracias al proceso de paz. Sin embargo, hoy por hoy en el escenario político institucional tales demandas están infrarrepresentadas.

De hecho, en buena medida la retórica contra la “polarización”, que caracteriza la discusión pública en el país desde las elecciones de 2018, ha estado orientada a proscribir del escenario político las mencionadas demandas, concebidas por la derecha y el autodenominado “centro” como transformaciones muy radicales y generadoras de “odio de clases”. Así, la denuncia de la “polarización” evidencia un intento de acotar la construcción de paz a la implementación del Acuerdo, garantía de que los privilegios sociales no serán tocados.

Este desencuentro entre lo social y lo político también se expresa entre los actores que agencian y que potencialmente podrían articular el descontento social. En el ámbito político no existe un proyecto alternativo, más allá de la oposición abstracta al uribismo, capaz de aglutinar ese descontento. Los frecuentemente llamados sectores “alternativos” se dividen entre las variopintas facciones de la izquierda y los actores emergentes que se auto identifican como “centro” político, muchos de ellos provenientes de los antiguos partidos tradicionales y del mismo uribismo.

Ese desencuentro también se puso en evidencia en las elecciones de alcaldes y gobernadores, pues mientras las demandas de las grandes protestas plantean un rechazo decidido al modelo neoliberal, en varias ciudades principales como Bogotá y Medellín, el electorado se decantó por opciones que no se apartan en lo fundamental de dichas políticas. Aún más, la cooptación de buena parte de sus críticos potenciales por la alcaldía de Claudia López ha significado un freno importante a la hora de generar protestas en Bogotá, desalentando las acciones colectivas para no perjudicar su gobernabilidad, sin mencionar el silencio cuando se trata de denunciar la represión y el discurso criminalizante en que la alcaldesa ha incurrido al replicar el anatema de “vandalismo” y la asociación de las protestas con la insurgencia armada y las “disidencias”.

Por esa razón, nadie exigió que la mandataria local asumiera una responsabilidad política por la masacre ocurrida el 9 y 10 de septiembre, sino que se terminó por responsabilizar únicamente a la Policía y al gobierno nacional, aunque López no explicara con suficiencia quién dio las órdenes de abrir fuego contra civiles en el puesto de mando unificado o si se desobedecieron sus órdenes expresas. Nunca se aclararon las razones de su tardía reacción, mucho después de que en las redes sociales se vertieran denuncias sobre las conductas de la Policía.

La llegada de la Minga a Bogotá el 18 octubre es otro ejemplo de la misma problemática. La participación de la Alcaldesa en los actos de bienvenida, incluso arengando la movilización desde una tarima, ubicó la manifestación en un marco de sentido de corrección política análogo al concierto realizado contra el “vandalismo” en diciembre de 2019. De esa manera se desplegó todo un dispositivo simbólico para impedir que la protesta se desbordara. La alcaldía de Bogotá adoptó así el rol de “policía bueno” y terminó siendo funcional a la indolencia de Duque, pues le restó radicalidad y potencial de afectación a la Minga. Así, aunque el objetivo de la gran movilización era hacer que el presidente accediera a negociar, al final los mingueros tuvieron que retornar al Cauca sin ser atendidos por el gobierno nacional.

El mismo desencuentro entre lo social y lo político resalta, finalmente, en la enorme división de la izquierda, cuya consecuencia es la imposibilidad de articular el descontento social. Un ejemplo anecdótico basta para comprender el problema. Tras la masacre, el 10 de septiembre, el senador Gustavo Petro hizo un llamado a las centrales obreras, vía redes sociales, a convocar un paro nacional. La respuesta de Diógenes Orjuela, presidente de la CUT, e integrante del Moir y del Comité de Paro, fue “cada loro en su estaca”, paradójicamente afirmando que las centrales eran “organizaciones autónomas” y no se subordinarían a ningún movimiento político.

 

¿Qué podemos esperar?

 

Más que las restricciones impuestas con ocasión de la crisis sanitaria, los problemas de los movimientos sociales provienen de factores contextuales, como la represión y criminalización agudizadas bajo el gobierno Duque, y endógenos, como la incapacidad de articular el descontento social expresado en un número importante y creciente de protestas que, sin embargo, se suceden de manera fragmentada.

Una clave explicativa de tal situación es el desencuentro entre lo social y lo político, especialmente la manera como la división de las fuerzas “alternativas” y de izquierda se refleja en el terreno de los movimientos sociales. Si este diagnóstico es correcto, en el corto plazo será muy difícil resolver el problema de la desarticulación, puesto que esas divisiones se expresarán con mayor ahínco en un año pre-electoral.

Por lo tanto, lo que cabe esperar es la expresión fragmentada, sin un norte, una identidad y unos antagonismos políticos claramente definidos, del descontento ciudadano, el cual no solo será una constante sino que incluso se incrementará por cuenta de la creciente pobreza, injusticia y desigualdad que está dejando la pandemia.

Una de las poblaciones más afectadas por la crisis sanitaria son los jóvenes, que constituyen cerca del 70 por ciento de la población del país (aquella comprendida entre 15 y 64 años), dejándolos sin empleo, haciéndolos responsables por otros miembros de sus familias o sin posibilidad de acceder a canales de autorrealización como la educación superior. Esta población es la que más hace presencia en las protestas, porque dispone del tiempo necesario para invertir en ese tipo de apuestas colectivas, experimenta con mayor intensidad las formas de opresión y explotación del mundo contemporáneo, por ejemplo mediante la precarización laboral, pero también la necesidad de establecer vínculos sociales fuertes y realizar experiencias que excedan el mundo virtual que subsume sus vidas.

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Martes, 26 Enero 2021 15:44

10 compromisos

10 compromisos

Existen en la actualidad tres grandes iniciativas ciudadanas para transformar nuestra sociedad. La primera, derivada del Acuerdo de La Habana entre la antigua guerrilla de las Farc y el Estado colombiano. La segunda, presentada por la Misión de Sabios en noviembre del 2019. La tercera iniciativa está contenida en el pliego reivindicatorio presentado por los organizadores del paro del 21 de noviembre de 2019. Esas iniciativas pueden diferenciarse en 10 compromisos, resumidos en este artículo.

 

I. Cuidar el agua
La misión de sabios en su informe detalla acciones e instituciones que deben asumir la responsabilidad de planear, hacerle seguimiento y evaluación a las acciones y operaciones que implican cuidar el agua. Es posible afirmar que se trata de una síntesis de iniciativas elaboradas por una conciencia ecológica en consolidación en los últimos cincuenta años.

 

II. Defender los bosques
Intimamente ligado con el primero, está sintetizado en la necesidad de una reforma rural integral y un nuevo ordenamiento territorial.

 

III. Preservar la biodiversidad
La misión de sabios presentó un conjunto de iniciativas para garantizar esa preservación. Es significativo para este compromiso que el Papa Francisco haya establecido en la encíclica Laudato Sí, un vínculo entre los valores religiosos y la preservación de la biodiversidad del planeta Tierra al que llamó nuestra casa común.

 

IV. La salud humana
La comunidad médica logró una Ley Estatutaria donde la salud queda establecida como un derecho que el Estado debe garantizar. Esto significa cambios radicales en las políticas públicas dominantes hasta hoy.

 

V. La educación.
El derecho a la educación está establecido en la Constitución y la comunidad magisterial organizada en Fecode y su movimiento pedagógico han precisado cuáles son las condiciones adecuadas para la formación de la niñez, la infancia y la primera juventud. Hoy es un consenso que la formación universitaria es una condición universal de la experiencia adulta. Ahora se trata de transformar en política pública ese consenso.

 

VI. La renta básica
La experiencia de la pandemia ha permitido avanzar en el reconocimiento de una renta básica a toda persona que trabaje. Los recursos digitales ahora a la mano han permitido su implementación hoy todavía parcial.

 

VII.La vivienda digna
La experiencia de los Planes de Ordenamiento Territorial en todos los municipios, ha permitido precisar el sinsentido de familias sin acceso a una vivienda digna, servicios de agua, alcantarillado e internet adecuados.

 

VIII. Defensa de la paz
Superar la violencia en la sociedad tanto en sus especificidades locales como en las globales es hoy una posibilidad para el conjunto de la humanidad. Las culturas religiosas que giran todas alrededor del mandato “no matarás a tu prójimo” crean las condiciones afectivas para la realización de este derecho humano fundamental. Esta actividad implica dos compromisos afectivos:

 

IX. El cultivo de la amistad
Es consecuencia del anterior compromiso y tiene en la Encíclica del papa Francisco “Todos Hermanos” su síntesis expositiva.

 

X. El cultivo de la fraternidad
Este último compromiso clausura este decálogo y es la consecuencia del reconocimiento de la historia común de la familia humana con todas sus viscisitudes.

 

 

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Internacional Progresista: "ser testigo no es suficiente"

La necesidad de organizarse ante las protestas por George Floyd

 

"En todo el mundo, los movimientos de protesta se están levantando y extendiendo. En las calles de Santiago, lxs jóvenes chilenxs se manifestaron contra las condiciones generalizadas de pobreza, precariedad y violencia policial. En toda la India, millones de activistas se enfrentaron al racismo y a la violencia antimusulmana del gobierno de Modi. Y en el Líbano, lxs manifestantes han desafiado el encierro para exigir sus derechos básicos a la alimentación, el agua, la atención sanitaria y la educación. Estas son las condiciones planetarias en las que han estallado las protestas a través de los Estados Unidos", señalaron un grupo de personalidades de distintos países integrantes de la Internacional Progresista.  

Luego de las protestas por el asesinato de George Floyd en Estados Unidos, los integrantes de la Internacional Progresista aseguraron que "un nuevo movimiento de solidaridad está surgiendo. De Los Ángeles a Sao Paulo, de Minneapolis a Londres, Las Vidas Negras Importan (Black Lives Matter) es un grito y una demanda que se escucha en todo el mundo". 

"Las marchas en ciudades como Auckland y Ámsterdam han enviado una importante señal al gobierno de Estados Unidos de que el mundo está mirando --señalaron. Pero ser testigo no es suficiente desafío, ahora y como siempre, es organizarnos: convertir estas expresiones espontáneas de solidaridad en un movimiento internacional duradero para desmantelar las instituciones de violencia estatal racista e investigar los abusos de los derechos humanos por parte de los departamentos de policía de los Estados Unidos, su sistema penitenciario y, en particular, su ejército", señalaron en un documento Noam Chomsky, Hilda Heine, Ece Temelkuran, Gael García Bernal, Áurea Carolina,Celso Amorim, Renata Avila, Srecko Horvat, Scott Ludam, Carola Rackete, Yanis Varoufakis, John McDonnell, Andres Arauz, Alicia Castro, David Adler, Aruna Roy, Nikhil Dey, Ertuğrul Kürkçü, Nick Estes, Paola Vega y Elizabeth Gómez Alcorta. 

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Miércoles, 03 Junio 2020 06:11

El Estado como contra-revolución

El Estado como contra-revolución

El tema del Estado ha dividido diferentes movimientos revolucionarios como el anarquismo o el comunismo. La organización de la sociedad podría tomar formas diferentes pero debe estar ligada a la sociedad, a la historia, a la naturaleza y a la revolución de las mujeres. Esto requiere no sólo un rechazo al Estado sino a sus pilares y lo que representa, a su mentalidad e ideario, a la búsqueda de alternativas, a la aceptación de una organización basada en la autoridad natural.

 

“Los aparatos del Estado y del poder pueden tener estrategias y tácticas, pero en el sentido verdadero no tienen política. En cualquier caso, el poder y el Estado solo existen cuando la negación de la política está asegurada. Todo poder y todos los Estados representan la congelación de la razón. La fuerza de ambos y sus debilidades vienen de esa cualidad. Así, las esferas del poder y del Estado no son campos donde buscar o encontrar la Libertad.”

Rebêr Apo (Abdullah Öcalan), Sociología de la Libertad

Las bases de nuestra ética, de la escritura, cultura, agricultura, la conformación de la sociedad en sí y las bases que mantienen la vida, la resistencia y la supervivencia social se crearón durante la revolución neolítica, que fue la primera revolución de las mujeres (en el período de hace 10.000 a 5.000 años). Estas bases sólo se pudieron construir en una sociedad colectiva, sin jerarquías (aunque sí con la autoridad natural de mujeres, madres y ancianas), y basada en el enlace con la naturaleza. La aparición del patriarcado supuso un cambio de la sociedad matriarcal, es decir gestionada por los valores de las madres de los clanes, hacia la orden o imposición de la ley del hombre dominante.

El Estado no es solo una manera de organizar la sociedad. ¿Cuál es el alma del Estado? ¿Qué tipo de personalidad crea? El Estado es una manera de pensar, genera emoción, acción y cambio. No puede sólo medirse según las instituciones que representa. Esta medida en sí misma es producto de una mente conquistada por el Estado, que lo divide todo en partes. La humanidad era un todo, creía en la Diosa Madre como unidad de todo aquello que existe en el planeta. Ella fue partida en pedazos hasta derivar en la construcción de las religiones monoteístas y el desarrollo de nuevos dioses como el dinero. La primera interpretación de ello la encontramos en la mitología babilónica, hace unos 3.500 años, con el asesinato de la diosa Tiamat por su hijo Marduk. La diosa fue partida en pedazos y de su muerte se originó el mundo. Es la expresión del desarrollo del patriarcado que había comenzado unos 500 años antes. Todo ello sentó las bases de la aparición de las ciudades y del Estado mismo, esclavizando a la mujer hasta hoy en día.

Un Estado también suplanta las autoridades naturales, que normalmente eran dadas a las madres por parte de la sociedad. El Estado crea divisiones y se levanta sobre una base jerárquica que no hemos sido capaces de superar como sociedad, por su composición misma que va en contra de la naturaleza humana. Nuestro objetivo como revolucionarias es buscar una alternativa al Estado. Entender el Estado como historia, cómo algo más allá de un paso organizativo, como algo que se ha impuesto en el corazón de cada una y que ha creado la familia nuclear que impide nuestro desarollo colectivo, es clave.

Para comprender algo debemos estudiar su historia. El Estado es la legitimización del patriarcado y del capitalismo porque el alma, mente y lógica de sus instituciones se construyeron sobre esos cimientos. ¿Qué significa el capitalismo para países colonizados? El capitalismo funciona a nivel global, ¿cómo se construye un Estado sin capitalismo cuando es esta su base? ¿a qué nos referimos pues con Estado? ¿Qué tipo de sociedad necesita un Estado? La creación de un Estado en nombre del socialismo y de la libertad es una concepción errónea. Tampoco ha de nacer un Estado únicamente de la destrucción de otro, siguiendo con la rueda de la que la humanidad debe de salir. Esta rueda sobre la que corremos, como ratones encerrados, nos ha mareado tanto que lo que hay fuera de ella ya no podemos vislumbrarlo bien.

La necesidad de la implementación del Estado como fase social vislumbra un entendimiento de la historia lineal y determinista. Un hecho determina el siguiente. Para construir una revolución, la historia y la realidad se miden a través del desarrollo de la ética y procesos sociales que se mueven como el agua, que forman una espiral sobre la cual el poder patriarcal trazó una línea recta. Con esta línea se determinan los procesos históricos según los medios de producción. Es una visión material de lo que significa la inmensidad de la vida y la existencia.

La medida del paso de la vida es altamente compleja y debe de ser redifinida desde la perspectiva de la liberación de las mujeres. Y para ello hay que desenterrar la realidad de las resistencias para cambiar la manera en la que la humanidad y la sociedad se identifican a sí mismas. Tarîx significa historia en árabe, significa la “ciencia de las estrellas (del espacio) y del tiempo”, es decir la ciencia del universo, con el cual estamos conectadas, nuestro mundo material es sólo una parte. Rebêr Apo explica en su libro Sociología de la Libertad que “la energía es libertad. Creo que la partícula material es la prisión de un paquete de energía”. No podremos alcanzar la libertad definíendonos por el mundo material. Esto deberá extenderse a todos los planos de la existencia humana.

Debemos superar la idea de crear un Estado que han querido muchos pueblos en lucha. Cada pueblo del mundo tiene una necesidad de organización y de recuperar su nación como identidad colectiva. No podemos basar la libertad sin liberar a todos los pueblos, lo que une todas estas luchas no es una necesidad de un Estado propio, sino una necesidad de organización colectiva basada en la diversidad. El Estado es una forma de centralidad el poder. Esto puede verse a pequeña o gran escala. Los movimientos que lucha por la libertad no deben dejarse absorber por la lógica del Estado. Aquí en Kurdistán, tras un análisis exhaustivo de la situación del pueblo kurdo, hubo un cambio de paradigma en 1999. Este cambio de paradigma llevó consigo la priorización del confederalismo democrático y un gran rechazo al Estado, implementando la lucha de las mujeres como eje central junto con la ecología. Estas ideas están totalmente ligadas entre sí. Son la continuación de los valores de la sociedad natural que sigue existiendo, y la lucha contra toda forma de opresión.

El tema del Estado ha dividido diferentes movimientos revolucionarios como el anarquismo o el comunismo. La organización de la sociedad podría tomar formas diferentes pero debe estar ligada a la sociedad, a la historia, a la naturaleza y a la revolución de las mujeres. Esto requiere no sólo un rechazo al Estado sino a sus pilares y lo que representa, a su mentalidad e ideario, a la búsqueda de alternativas, a la aceptación de una organización basada en la autoridad natural.

La lucha de las mujeres también es una lucha contra el Estado por el poder que este representa. La lucha de las mujeres es la lucha por la libertad colectiva, basada en la defensa de la identidad de cada nación y pueblo, de cada territorio y su cultura. Para ello hay que garantizar una organización mundial que no deje hueco para las dictaduras ni para el fascismo. Una organización desde las comunas que se modere a sí misma es necesaria para que la sociedad crezca en libertad y diversidad de manera permanente, que no deje lugar a repetir los errores del pasado.

La palabra revolución viene del latín revolutio, que significa “dar la vuelta, volver, revolver”. ¿A qué lugar se estában refiriendo? La palabra más antigua para libertad es la palabra sumeria amargi, que significa “volver a la madre” (a los valores matriarcales). Es en la sociedad pre-estatista y pre-patriarcal donde encontramos la verdadera raíz de la cuál nace la libertad. Este proceso de vuelta es lo que llamamos revolución. El reto ahora es buscar nuestra identidad perdida teniendo en cuenta la historia que ya nos ha ocurrido. Nuestra revolución es una lucha constante de cada día para, usando la lógica ancestral, adaptar la lucha a nuestro tiempo.

Por Celine de la Filia

2 jun 2020 20:12

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Hardt y Negri: ‘Asamblea’, o cómo articular las luchas de la multitud (II)

En esta segunda entrega del análisis de la última obra de Hardt y Negri, abordamos las propuestas que ofrecen ambos autores en Asamblea para la organización de los ciclos de luchas y la institución de nuevas formas de vida.

Tomando como punto de partida la afirmación según la cual “no sabemos de qué es capaz la multitud cuando se reúne en asamblea”, en su última obra Hardt y Negri plantean la necesidad de producir las condiciones necesarias para liberar la potencia creativa de todas aquellas expresiones subjetivas de carácter subversivo. Como ya apuntamos en la primera parte de este texto, los autores desarrollan esta tesis siguiendo dos ejes principales: el de la organización interna de los movimientos políticos y sociales y el de la institución de las formas de vida que se generan al margen del modelo neoliberal.

En este sentido, con la noción de asamblea se hace alusión al espacio en que la toma de decisiones se produce desde la horizontalidad y en base a los principios de la democracia absoluta, pero también al conjunto de dispositivos que cabe poner en funcionamiento para conseguir, tanto la destitución del poder constituido, como la constitución de una nueva articulación de las relaciones en el campo social. De esta manera, si los procesos de destitución y constitución se definen, en sentido estratégico, como el principal objetivo alrededor del cual plantear las luchas en el contexto actual, los autores apuntan a la organización y a la institución como las vías más adecuadas para llevar a la práctica tal aspiración.

Luchas sin vanguardias: el problema de la organización

En su producción anterior, Hardt y Negri hablan de manera profusa sobre las formas de articular la multitud. En Asamblea, los autores plantean de manera explícita el problema de la organización de las revueltas que se han producido los últimos años. Cabe recordar, por este lado, que nos encontramos en un contexto caracterizado no solo por la existencia de centros de poder diseminados, lo que conlleva que sea difícil plantear un combate focalizado y con unos objetivos claros, sino también, en muchas ocasiones, en un marco en el que destaca la ausencia de líderes, lo que en principio podría implicar dificultades a la hora de decidir la estrategia a seguir en las luchas. En este sentido, en Asamblea se aborda la cuestión de cómo tomar la iniciativa, por parte de los movimientos políticos y sociales, cuando el esquema tradicional de una vanguardia dirigente que representa los intereses de la masa ha dejado de ser, en buena medida, operativo.

Desde esta perspectiva que proponen los autores, el proletariado está formado en la actualidad por todas aquellas y todos aquellos capaces de generar una riqueza en términos colectivos y que, en este sentido, sufren de una manera u otra la explotación capitalista, tanto en lo que respecta a la producción estrictamente material como a la (re)producción inmaterial expresada en la creación de formas de vida. El espacio amplio y heterogéneo de la multitud cuenta así entre sus filas con las expresiones subjetivas que escapan del patrón patriarcal, heteronormativo y racista. Asimismo, junto con los sectores que integran la clase trabajadora tradicional, la multitud se conforma a través de lo que los autores llaman el proletariado intelectual o el cognitariado, las y los estudiantes, la mano de obra del sector terciario y los sectores productivos no tradicionales. Si se quiere decir en términos de Deleuze y Guattari, con la multitud se expresa en la actualidad el devenir minoritario de todo el mundo.

Los autores inciden así en uno de los puntos centrales de su obra. En la línea tanto de los movimientos autónomos italianos de los años setenta como de las demás luchas que se dan alrededor del año 68 en distintas partes del mundo, en Las verdades nómadas (1985) se plantea la necesidad de articular los movimientos llamados minoritarios que, cada vez más, ocupan un espacio central a la hora de dinamizar las luchas. En este texto, surgido de un intercambio epistolar entre Negri y Guattari cuando el primero se encontraba en la cárcel de máxima seguridad de Rebibbia, los autores empiezan por rechazar la organización centralista de las luchas. En su lugar, reivindican un multicentrismo funcional con capacidad para neutralizar los efectos del capitalismo y, al tiempo, para articular las luchas de los movimientos enfrentados al poder constituido. Asimismo, los autores plantean la posibilidad de llegar a una coimplicación multivalente entre la clase obrera tradicional y las trabajadoras y los trabajadores del sector terciario, así como con las precarias y precarios. Estos elementos constituyen el doble eje de lo que los autores definen como un método de agregación molecular, en referencia a las luchas que se dan por debajo del ámbito de la representación política.

De esta manera se avanzan, asimismo, algunos de los elementos que Negri tratará posteriormente en títulos como La fábrica de la estrategia (2004), desde la perspectiva de renovación del aparato conceptual marxista que apuntamos en la primera parte de este análisis. A partir del ejemplo que ofrece la toma del poder por parte de Lenin, aunque situados ahora en el contexto del capitalismo postindustrial, Negri trata de caracterizar la emergencia de una nueva subjetividad colectiva ―los soviets del nuevo siglo― alrededor de dos elementos principales. En primer lugar, la necesidad de organizar las luchas, así como las relaciones sociales en su conjunto, sobre la base de la toma colectiva y directa de las decisiones. En segundo lugar, las posibilidades que por esta parte ofrecen los procesos productivos basados en el avance de los dispositivos tecnológicos; sobre todo en la medida en que tales dispositivos pueden contribuir a una actividad más autónoma, es decir, desligada de los procesos capitalistas de atribución de valor, por parte de las nuevas figuras productivas.

Como se puede observar, los rasgos característicos del espacio que constituye la multitud, como un todo abierto y dinámico, atravesado por una heterogeneidad radical aunque con capacidad para proponer unos objetivos en común, obligan a plantear la cuestión de la organización interna del movimiento o los movimientos. En este sentido, el dilema sobre la necesidad o no de una organización para las luchas expresa, en opinión de los autores, un falso problema: no hay duda de que los ciclos de luchas y los movimientos que los protagonizan necesitan proponer unos objetivos y la orientación más adecuada para conseguirlos. En todo caso, esto no supone que se deban recuperar los liderazgos caracterizados por la concentración de funciones y la dirección vertical, de arriba a bajo, con que se ejerce el poder. Son los movimientos mismos, desde el interior y en sentido horizontal, los que deben decidir hacia dónde y cómo se orientan las luchas. En este sentido, si con la noción de liderazgo se hace alusión a la posibilidad de organizar las acciones de manera eficaz, regular y masiva, con capacidad para conmover las relaciones a todos los niveles, más que eliminar esta posibilidad, se trata de llevar el liderazgo al lugar de la inteligencia colectiva que se pone de manifiesto en el interior de los propios movimientos. No se trata, pues, de rechazar la noción de liderazgo, sino de eliminar su carácter trascendente y, por tanto, separado del movimiento.

La propuesta de Asamblea pasa así por invertir el plano en que la tradición marxista ha elaborado buena parte del análisis de las luchas contra el capital. Como apuntan los autores, de lo que se trata ahora es de dar la vuelta a las dos mitades del centauro, de manera que la parte pensante y, en este sentido, las decisiones y el poder ejecutivo sobre la estrategia a seguir se alberguen en la base, en manos de la militancia y del movimiento. Reservando asimismo la posibilidad, en sentido táctico y de manera provisional, de abstraer una parte del movimiento para que se encargue de tareas de tipo representativo. En vez de mantener el esquema según el cual el proletariado debe devenir una clase en sí y para sí a través de la mediación y la organización de una cúpula dirigente, los autores reivindican la posibilidad de organizar las luchas sobre un plano de inmanencia, en la medida en que es el movimiento mismo el que puede diseñar, a través de sus acciones, un principio fuerte y compartido de articulación colectiva.

Igualmente, Asamblea alerta sobre el peligro de reproducir las relaciones que se dan en el interior del sistema capitalista cuando se trata de organizar las luchas. Lo que, dicho así, puede parecer una evidencia, no lo es tanto si tenemos en cuenta el contexto biopolítico en el que nos movemos. De esta manera, si se trata de combatir el poder de mando capitalista, el tipo de organización que se de a sí mimo el movimiento debe prefigurar y constituir un ensayo ―si bien a dimensión reducida― del conjunto de relaciones a las que se trata de dar vida con cada nuevo ciclo de luchas. En este sentido, puede servir como base y ejemplo el potencial productivo de la multitud, que late rebelde bajo las redes de la explotación capitalista.

Luchas descentralizadas: el problema de la institución

Una vez que se han dado algunas claves para pensar la organización de las luchas en manos de los movimientos, falta por apuntar cómo se puede llegar a concretar los efectos de tales luchas mediante la creación de un proceso institucional de carácter abierto e inacabado, aunque duradero y estable. Con estas dos líneas, siguiendo la lectura de Maquiavelo que los autores no abandonan a lo largo de su obra, tendríamos garantizadas para los movimientos y sus ciclos de luchas la virtud (que se concentra en las capacidades estratégicas de la multitud) y la fortuna (que se expresa, como veremos a continuación, a través de la creación institucional del común).

Para empezar, si se trata de instituir las relaciones de la multitud es porque Hardt y Negri no rechazan la toma del poder como vía para construir un nuevo orden social. Esto es lo que lleva a los autores a abandonar la terminología que habían utilizado hasta este momento, en referencia a la tensión que se produce entre la capacidad productiva de la multitud y la capacidad de absorción del capitalismo. En los títulos anteriores, siguiendo la distinción spinoziana entre la potestas y la potentia, los autores definían el poder imperial, propio del capitalismo en la actualidad, mediante el término de biopoder, reservando la noción de biopolítica para la potencia creativa de la multitud. Ahora, en Asamblea, Hardt y Negri utilizan el mismo término ―poder― para referirse a la gestión de la propiedad capitalista (Poder) y a la articulación del espacio del común (poder) ―si bien utilizando la mayúscula o la minúscula para la letra inicial en cada caso―.

Así pues, quizá de forma más clara que en ningún otro lugar de su obra, los autores inciden en Asamblea sobre este punto: de la misma manera que no se trata de abandonar el espacio de la organización y del liderazgo, sino de dotarlo de un contenido liberador y eficaz para las luchas colectivas en el contexto actual, ahora se trata de tomar el espacio del poder no solo de otro modo, sino, sobre todo, con unos objetivos distintos de los que plantea el sistema capitalista. En definitiva, se trata de crear un espacio estable para las relaciones autónomas de la multitud y, pues, para la construcción y la defensa de la riqueza que emerge del común.

En este sentido, si ―como ya apuntamos en el texto anterior― hasta ahora los autores habían utilizado la noción de éxodo, en Asamblea, en cambio, esta estrategia del poder dual, que se expresa desde el interior y en contra del sistema, se complementa tomando elementos de otras dos vías que no rechazan, en este caso, la toma del poder institucional: la del reformismo antagonista y la de la hegemonía.

Mediante la noción de éxodo se trata de prefigurar, a pequeña escala y partiendo de la organización de los propios movimientos, la articulación futura de un espacio amplio y estable de relaciones al margen del sistema capitalista. Entre los ejemplos actuales que ofrecen los autores encontramos los centros sociales ocupados de Italia en los años setenta y, más recientemente, las acampadas surgidas alrededor del ciclo de luchas de 2011. La segunda vía trata de infiltrarse, por medios electorales, en las instituciones, con el objetivo de transformarlas desde el interior. Proyectos de carácter municipalista y partidos como Podemos o Syriza ―aunque este caso constituye un ejemplo del fracaso de la hipótesis basada en el reformismo antagonista―, se encontrarían entre las propuestas de este tipo. Por último, la estrategia de la hegemonía plantea la destitución más o menos rápida del orden establecido, sin desestimar la vía electoral, a lo que debe seguir la construcción de un nuevo espacio institucional a todos los niveles. Las experiencias que se han dado en algunos países de América Latina durante las dos últimas décadas, pueden constituir una muestra por esta parte. En este sentido, se trataría de hacer confluir las tres líneas ―los tres rostros de Dioniso para el (auto)gobierno de la multitud, como apuntan los autores― con el propósito de llevar más allá el alcance, habitualmente relativo, y de fortalecer la capacidad de resistencia, a menudo frágil, de los proyectos de carácter prefigurativo.

Así pues, el nuevo espacio institucional debe impugnar la propiedad capitalista en favor de la producción cooperativa del común. Al mismo tiempo, la nueva creación institucional debe desbordar los límites impuestos por la soberanía y su materialización en el seno del aparato estatal. Decae así, igualmente, el peso de los mecanismos de representación en la esfera de lo político. Superar la soberanía quiere decir, en este caso, que no se acepta ni la abstracción que supone un sujeto unificado como el de pueblo ―o el de nación―, ni la alienación de la capacidad de decisión que, sobre este cuerpo político, acaba ejerciendo el modelo representativo. Como apuntan los autores, el objetivo de disminuir al máximo la distancia entre gobernantes y gobernados debe constituir, por esta parte, uno de los motores del nuevo espacio institucional. En este sentido, el comunismo se reivindica desde la posibilidad de llevar a la práctica procesos de producción, circulación y atribución del valor, así como también de expresión y de participación política, que ni caigan bajo las redes del Mercado ni se encuentren encerrados en los límites del Estado. Por este lado, como indican los autores, experiencias como el confederalismo democrático kurdo o las comunidades autónomas zapatistas ofrecen un ejemplo de buena parte de los aspectos implicados en la construcción de un nuevo espacio institucional.

Como dijimos al principio, Asamblea constituye por esta parte un espacio en el que desarrollar y concretar, en el que poner a trabajar conjuntamente las principales herramientas conceptuales que Hardt y Negri han forjado con su obra a lo largo de los últimos veinte años.

Por Miquel Martínez Josep Artés

Profesores de Filosofía

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Viernes, 25 Octubre 2019 06:24

Un gran desorden bajo los cielos

Un gran desorden bajo los cielos

El aumento del precio del pasaje de autobús en Santiago era de 30 pesos (un dólar son 720 pesos), elevando el costo a 830. Es evidente que la reacción popular no fue por esos 0.04 dólares por billete, sino que obedeció a causas muy profundas que tienen nombre: neoliberalismo/ extractivismo/ acumulación por despojo.

El levantamiento en Quito fue, formalmente, contra el fin de los subsidios a los combustibles, que siempre encarecen los alimentos y escalan los precios. Los pueblos originarios y los trabajadores aprovecharon la brecha abierta por los transportistas, que no tienen intereses populares sino corporativos, para lanzarse a la yugular del modelo.

En ambos casos, y en muchos otros, lo que está sucediendo es que los pueblos están hartos de una desigualdad que no para de crecer bajo los gobiernos de los más diversos signos. Porque la desigualdad es estructural y está ligada de forma estrecha al modelo extractivista, que se resume en polarización social, pobreza creciente y concentración de poder en las élites financieras y las grandes empresas multinacionales.

Las gigantescas movilizaciones populares, en Quito, en Santiago, en Puerto Príncipe, por no hablar de Barcelona, Hong Kong y París, muestran dos cosas que están pautando la situación: el poder que ha adquirido la movilización popular, capaz de configurar hondos virajes políticos, y que las acciones colectivas trascienden gobiernos, cuestionando un modelo que produce miseria abajo y lujo arriba.

Para ser más precisos: junio 2013, con 20 millones de brasileños en las calles en 350 ciudades, fue un grito contra la desigualdad que sepultó la gobernabilidad lulista al no haber comprendido el gobierno la profundidad del clamor. Diciembre de 2017 fue clave, pero en un sentido inverso, ya que sepultó la gobernabilidad conservadora y clasista de Macri (https://bit.ly/2MWWh4M).

Sin embargo, esas apreciaciones siguen siendo generales y no tocan lo central. Caminar por las calles de Quito estos días de octubre, donde permanece el olor pegajoso del humo de las llantas quemadas, te fuerza a la reflexión. Los intercambios con personas de los más diversos movimientos, rurales y urbanos disipa la niebla de la confusión sistémica en la que nos movemos.

La primera apreciación es que en el levantamiento jugaron un papel decisivo las mujeres y los jóvenes, que desbordaron a los dirigentes históricos. Ellas protagonizaron la mayor marcha de mujeres en la historia de Ecuador, aportando los saberes de la reproducción y el cuidado de la vida, sumando lucidez al fervor juvenil sin menoscabo de la combatividad.

La segunda es la diferencia entre un levantamiento organizado y un estallido espontáneo. La Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie) es una organización de base comunitaria, muy bien estructurada y por eso tuvo la capacidad para sacar a los provocadores de las marchas, incluso a los encapuchados. Algo que no está siendo posible en Chile, donde las manifestaciones son sistemáticamente infiltradas por agentes de la policía que alientan saqueos que vuelven a la población en contra de las protestas.

La tercera es que el levantamiento fue posible gracias a las comunidades rurales en primer lugar, que aportaron lo necesario para asegurar la permanencia durante 12 días en la lejana Quito. Dos fuerzas destacaron: las comunidades de la sierra central, al norte y al sur de la capital, y los pueblos amazónicos, cuya llegada organizada como guardia indígena fue decisiva en las jornadas finales.

También hubo una presencia importante de las comunidades urbanas, los barrios pobres donde los jóvenes jugaron un papel activo y decisivo. Un sector de las clases medias urbanas superó el racismo fomentado por los medios y apoyó con agua y alimentos a los pueblos originarios.

Por último, está la interpretación de lo que viene sucediendo. Entre los diversos análisis, creo que el más profundo es el que ensaya Juan Cuvi y sus colegas, en un trabajo titulado El agotamiento de un modelo de control social (https://bit.ly/2W6nLsV). Este modelo nació a comienzos de la década de 2000 con Lucio Gutiérrez y fue desarrollado por la década de Rafael Correa.

En efecto, el modelo está en crisis, pero no se avizora nada que lo pueda sustituir a corto plazo. Por eso el caos en curso, que durará un tiempo imprevisible, hasta que maduren las fuerzas capaces de superarlo. Debemos pensar en términos de décadas, más que de años y, menos aún, comprimir los cambios en curso a los tiempos electorales. Tampoco podemos pensar que lo que venga sea necesariamente mejor que lo que caduca.

Un gran desorden, como señalaba Mao Zedong, puede ser algo positivo. Un gran orden, es el cementerio social que necesitan los capitales para seguir acumulando. No alcanza con el desorden para modificar las cosas. El sistema cuenta con la protesta social para reconducirla hacia sus intereses, aprovechando la confusión que puede serle funcional, si no encontramos los modos de convertir la coyuntura en un escenario favorable a los pueblos.

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Domingo, 22 Septiembre 2019 05:52

Thomas Piketty, contra la propiedad privada

Thomas Piketty, contra la propiedad privada

El economista francés, gran teórico de la desigualdad, publica ‘Capital e ideología’, un monumental ensayo que propone “la circulación de bienes” para “superar el capitalismo”

No es la lucha de clases, ni la mano invisible del mercado, ni menos aún la historia de los grandes líderes y batallas lo que mueve el mundo, sino las ideas, según el economista francés Thomas Piketty. Y el aleph que a casi todo da sentido, la llave de la evolución de las sociedades es la propiedad privada. Quién posee qué y en nombre de qué.

Las desigualdades crecientes de ingresos y patrimonio, que Piketty diseccionó en una obra anterior, el superventas El capital en el siglo XXI (Fondo de Cultura Económica, 2014), son producto de una ideología. Cada momento tiene su justificación, un argumento que lo sostiene, y transformar el mundo obliga a cambiar de ideas. “Dar un sentido a las desigualdades, y justificar la posición de los ganadores, es una cuestión de importancia vital. La desigualdad es ante todo ideológica”, escribe en Capital e ideología, recién publicado en Francia y que lanzará Deusto en castellano.

El nuevo libro es ambicioso. Empezando por las dimensiones: 1.200 páginas. Abarca siglos, desde la Edad Media hasta hoy. Se extiende por cuatro continentes. Desborda las disciplinas académicas: de la economía a la historia, de la ciencia política a la teoría de la justicia y a la literatura. Las novelas de Jane Austen, Balzac o Carlos Fuentes ofrecen tanta o más información que una batería de gráficos y tablas, unas 170, sobre la historia de la propiedad privada y su efecto en las desigualdades.

“Hoy afrontamos una lógica de acumulación sin límite y de sacralización del derecho del propietario”, dijo esta semana Piketty en un encuentro con corresponsales en la Paris School of Economics, donde codirige el Laboratorio Mundial de la Desigualdad. “Y olvidamos que los grandes éxitos del siglo XX en la reducción de las desigualdades, pero también en el crecimiento económico, se obtuvieron re-equilibrando los derechos del propietario con los del asalariado, el consumidor. Se hizo circular la propiedad”.

Capital e ideología contiene tres libros en uno. El primero y más extenso —las 800 primeras páginas— es una historia detallada de lo que el autor llama los “regímenes desigualitarios” o “de desigualdad”. Comienza por el Antiguo Régimen y la desigualdad “trifuncional” de las sociedades divididas en el clero, la nobleza y el tercer estado. Si aquel sistema perduró durante siglos, fue porque una ideología lo sostenía, disfrutaba de una legitimidad: se justificaba por la necesidad de seguridad, que debía garantizar la casta guerrera, y de sentido, del que se encargaba la casta sacerdotal.

De la ideología “trifuncional”, Piketty pasa a la “sociedad de propietarios”. La Revolución francesa de 1789 abolió los privilegios, pero no la propiedad privada, que podía incluir a los esclavos. Entre 1800 y 1914, las desigualdades se disparan y superan los niveles del Antiguo Régimen. “El argumento de la época era que, si se cuestiona el derecho de propiedad, adquirido en un marco legal, nunca sabremos dónde parar, y el caos se impondrá”, explica Piketty.

El periodo de entreguerra en el siglo XX es una transición entre el “propietarismo” desigualitario y no regulado del siglo XIX, y la era socialdemócrata de la posguerra mundial. Estados Unidos y Europa adoptan entonces fiscalidad progresiva con tipos impositivos que superaron el 80%, sistemas de protección social avanzados y el acceso a la educación. Deja paso a partir de los ochenta, con la revolución reaganiana y la caída del bloque soviético, a lo que Piketty denomina el “hipercapitalismo”. La ideología desigualitaria, lo que en este periodo, que es el nuestro, legitima el statu quo, sería la meritocracia, “la necesidad de justificar las diferencias sociales apelando a capacidades individuales”.

La “izquierda brahmán”

Aquí termina el primero de los tres libros. El segundo, que ocupa las 300 páginas siguientes, es un estudio sobre la evolución del sistema de partidos en Europa y Estados Unidos. En unos años los socialdemócratas han pasado de ser el partido de la clase trabajadora al de la élite con diplomas universitarios, y han abrazado las ideologías de la desigualdad. Son los cómplices necesarios del “hipercapitalismo”, según Piketty, que acuña el término de “izquierda brahmán” (por el nombre de la casta sacerdotal hindú). Esta domina la élite política junto a la “derecha mercader” (las élites económicas y empresariales). Es un eco de la sociedad “trifuncional” del Antiguo Régimen que deja a las clases populares en la intemperie política y a la merced de los mensajes nacionalistas y racistas.

El tercer y último libro dentro de Capital e ideología es el más breve, menos de cien páginas, pero el más debatido en Francia. En este capítulo, Piketty lanza su programa de “socialismo participativo” para “superar el capitalismo y la propiedad privada”. El objetivo es convertir la propiedad en “temporal” y “organizar una circulación permanente de los bienes y la fortuna”. Defiende una integración federal de la Unión Europea. Y aboga por un impuesto sobre el patrimonio con un tipo máximo del 90% para los supermillonarios, por una cogestión de las empresas en las que los trabajadores compartan el poder, y por una especie de herencia para todo joven de 25 años de 120.000 euros.

“El hipercapitalismo del siglo XIX, previo a 1914, se estrelló contra la competencia muy fuerte entre países, que eran potencias coloniales. De tanto acumular activos en otras partes del mundo, acabaron destruyéndose mutuamente”, concluyó Piketty en la citada conversación. “Hoy no ocurrirá lo mismo. Pero lo que puede ocurrir es que este divorcio con las clases populares conduzca a una explosión de la Unión Europea y a un repliegue en las identidades nacionales”.

MARC BASSETS

París 22 SEP 2019 - 02:37 COT

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