El ataque contra la sede legislativa dejó un saldo de al menos 22 detenidos, heridos e intoxicados por gas lacrimógeno y las llamas dentro del edificio.Foto Afp

 

Recortes en educación, salud y combate a la pobreza, los detonantes de las movilizaciones

 

Ciudad de Guatemala., Un grupo de manifestantes destrozó e incendió ayer una parte de las oficinas del Congreso de Guatemala durante una masiva protesta contra el presidente Alejandro Giammattei y el cuerpo legislativo por la aprobación del presupuesto general de la nación para 2021, el más alto en la historia del país, pero que no considera aumento a las partidas sociales.

Ante la gran movilización, el mandatario tuiteó: "Previo a recibir el presupuesto del Congreso, me estoy reuniendo con sectores y grupos de la sociedad para analizar las modificaciones que en los próximos días se presenten". En su mensaje apuntó que trasladará una iniciativa de ley al Congreso para conocer y materializar los cambios, aunque no precisó qué sectores y grupos negocian el reajuste en el gasto proyectado. "En desarrollo del proceso, seguiremos informando", agregó.

Las llamas en el Congreso se veían desde la calle mientras algunos inconformes lograron ingresar al recinto. Los bomberos dijeron que una parte importante del palacio fue consumida por el fuego, específicamente la sección adonde ingresan las propuestas de ley.

La irrupción, achacada a grupos de infiltrados, dejó varios heridos e intoxicados por el gas lacrimógeno lanzado por la policía y el humo de las llamas dentro del edificio legislativo. Los bomberos y miembros de la Cruz Roja atendieron a los afectados.

"Reitero que se tiene el derecho de manifestar conforme la ley. Pero tampoco podemos permitir que se vandalice con la propiedad pública o privada. Al que se le compruebe su participación en estos hechos delictivos les caerá todo el peso de la ley", advirtió Giammattei en otro tuit.

Los hechos de violencia, que se saldaron con al menos 22 detenidos, contrastaron con las 7 mil personas que tomaron pacíficamente la Plaza de la Constitución para manifestarse frente al Palacio Nacional, como pasó en las protestas de 2015 que rechazaban a las denuncias de corrupción en el gobierno y que llevaron a la renuncia del general Otto Pérez Molina y su vicepresidenta, Rosario Murillo.

"No más corrupción", "Fuera Giammattei" y "Se metieron con la generación equivocada" fueron algunas consignas coreadas o escritas en pancartas mientras los manifestantes ondeaban banderas azul con blanco, los colores nacionales. "Nos indigna la pobreza, la injusticia, cómo se han robado el dinero del pueblo", señaló Rosa de Chavarría, profesora de sicología de la universidad pública de San Marcos de Guatemala.

En calles aledañas del centro histórico capitalino, los grupos antimotines lanzaron gas lacrimógeno contra los manifestantes, pero la acción no detuvo la movilización. Casi entrada la noche, los manifestantes fueron dispersados nuevamente por la policía, pero regresaron a la plaza para continuar con la protesta.

Cientos de personas en varios departamentos del país, con pancartas y mantas, exigían vetar el presupuesto, transparencia en el gasto público y control a los diputados, varios de ellos señalados por actos de corrupción. En redes sociales, varias fotografías mostraron a grupos de personas frente a las sedes diplomáticas guatemaltecas en Argentina o Alemania en señal de solidaridad a la protesta.

Estas manifestaciones se producen después de que el vicepresidente de Guatemala, Guillermo Castillo, propuso el viernes a Gia-mmattei que ambos renuncien a sus cargos "por el bien del país" porque "las cosas no están bien" en el gobierno.

Además de la renuncia de ambos, Castillo pidió a Giammattei vetar los presupuestos de 2021 porque tienen "anomalías", por lo que deberían ser devueltos al Congreso y ser modificados, explicó, apelando a "la eficiencia, transparencia y austeridad para no tener más endeudamiento".

El descontento e indignación de los guatemaltecos contra el Congreso y el gobierno de Giammattei se incrementó por la opacidad de los recursos para enfrentar la pandemia de Covid-19 y por los estragos que dejó el huracán Iota.

La movilización también se dirigió contra la Corte Suprema de Justicia por tramitar el retiro de inmunidad a magistrados constitucionales y sus fallos, que han frenado varios intentos de políticos por detener la lucha contra la corrupción e impunidad.

El Congreso, en su mayoría integrado por el oficialismo y partidos afines, aprobaron el miércoles el mayor presupuesto en la historia del país, de casi 12 mil 800 millones de dólares, un aumento de cerca de 25 por ciento respecto a las cuentas de este año.

La mayoría de fondos están dirigidos a infraestructuras con el sector privado y no prevé aumentar las partidas de salud o de educación ni las destinadas a combatir la pobreza y la desnutrición infantil, así como a la defensa de los derechos humanos ni la atención primaria a pacientes con Covid-19, entre otros rubros.

En Guatemala, 59.3 por ciento de los casi 17 millones de habitantes viven en la pobreza, y la desnutrición afecta a casi 50 por ciento de los niños menores de cinco años. Varias entidades económicas y analistas advierten que es un riesgo que un tercio del presupuesto sea financiado por deuda.

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Jessica Bruder, autora de 'País Nómada'. Foto: Todd Gray

Decenas de miles de trabajadores estaounidenses se han lanzado a la vida en la carretera. Utilizan vehículos para alternar trabajos estacionales y han formado sus propios códigos. La periodista Jessica Bruder los siguió durante tres años para presentar un ensayo periodístico.

 

“No he dormido”, justifica Jessica Bruder para no conectar la cámara durante la entrevista. No es para menos, es 4 de noviembre y Estados Unidos sigue sin tener claro quién será el próximo presidente. De hecho, hoy es 15 de noviembre y aunque la victoria de Joe Biden ha sido clara, la transición presidencial no está tan clara como parece. “Nuestros nervios están disparados”, continúa Bruder “esperábamos que Biden ganase de manera aplastante. Sigo creyendo, sigo siendo optimista, en que va a ganar, pero el solo hecho de que Trump esté tan cerca es aterrador, es terrible para el futuro del país”.

Pero la llamada no es para discutir sobre las elecciones estadounidenses, sino para hablar de País Nómada (Capitán Swing, 2019) un ensayo periodístico sobre las vidas de un puñado de trabajadores que viven en la carretera, en furgonetas, autocaravanas y otros vehículos adaptados. El ensayo ha dado lugar a una película Nomadland, sin estrenar en España, que ganó el León de Oro del último festival de Venecia.

Esa vida nómada ha dado lugar a una subcultura pero, antes que eso, a un ejército laboral de temporeros formado mayoritariamente por personas mayores —muchas de ellas sobrepasan los 70 años— que migra en busca de currillos estacionales y aspira a no pasar demasiado frío en invierno y mantener unos ahorros para sus gastos imprevistos. Son, en gran medida, víctimas del colapso de la clase media en Estados Unidos que decidieron salirse por la tangente y eliminar el principal gasto que marcaba sus vidas: los derivados de un mercado de la vivienda averiado para las mayorías. 

“Me pregunto si a la gente le habría llamado la atención en un libro como País Nómada si no hubiera sido por Trump y no se hubieran sentidos concernidos por los marginados, los desfavorecidos que hay en América”, valora Bruder. Pero el libro en su totalidad fue escrito durante la administración de Barack Obama, porque, como reconoce, los problemas que estaba siguiendo son muy profundos y sistémicos: “Cuando observas la desigualdad arraigada, los salarios planos y el creciente ritmo de crecimiento de los alquileres, te das cuenta que son problemas que estaban ahí hace mucho tiempo, que ya forman parte de la historia de Estados Unidos. No es que hayan comenzado con Trump, creo que antes de él ya teníamos mucho trabajo que hacer como sociedad. En primer lugar, para construir una economía que sirva a la sociedad antes que un mercado que tiene a la sociedad como un apéndice”.

¿De verdad había mucha diferencia, para gente como la que has seguido en País Nómada, entre que ganase Trump o que ganase Biden las elecciones del 3 de noviembre? 


Bueno, sí me preocupa que Trump encuentre formas de atacar la Seguridad Social y el Medicare, así como muchos de los programas depauperados de la Seguridad Social que todavía tenemos. En la carretera, mucha de la gente que encontré no tenía ni siquiera la oportunidad de votar. Además, este año todo es distinto con el covid. El hecho es que, como son nómadas, tienen que tener direcciones postales falsas. Es muy probable también que, cuando se abrieron las urnas, ellos no estaban en el Estado en el que estaban registrados para votar. Así que muchos, pase lo que pase, están marginados de ese proceso.

Da la sensación de que son personas que viven al margen también de la dicotomía entre dos países que ha marcado estas elecciones.


Desde un punto de vista más general, cuando yo estaba en el camino, el país ya estaba dividido. Pero no de la manera en lo que está ahora. Entre la gente a la que seguí en ese viaje, conocí a algunos que no votaban, otras que iban a votar por Hillary Clinton y algunos otros más “libertarios”. Ha habido quien ha querido hacer un mapa que explicase que la subcultura nómada que he seguido la forman los blancos enfadados que están con Trump... No es algo que encaje completamente. En la carretera encontré a gente con todo tipo de experiencias. Pero, independientemente de eso, sí que pienso que lo que ha hecho la Administración Trump no ha sido positivo para ellos. Por ejemplo, ha aumentado la diferencia entre lo que cobra un CEO respecto a la paga de un trabajador. Si ves la desigualdad salarial en América, cuando yo estaba escribiendo el libro, era de 270 a uno. El año pasado, los CEO ganaron 320 veces más que el trabajador medio. Antes, en 1965, la diferencia era 21 a uno. Este es uno de los grandes problemas de Estados Unidos, es una nación muy rica pero la forma en que esa riqueza se distribuye es problemática. Hace que la movilidad social sea imposible. Es una amenaza real a nuestra democracia. 

Las personas que aparecen en País Nómada no cumplen el estereotipo de lo que de forma despectiva se llaman los “red necks”, son, de hecho náufragos del colapso de las clases medias a las que haces referencia.


Sí, son gente que lidia con toneladas de inestabilidad. Creo que es psicológicamente tranquilizador para la gente agrupar a estos nómadas en categorías: “son todos derechistas” o “son hijos del rust belt” o “son gente que se arruinó”. Y de nuevo, tengo que insistir en que no conocí a todas las personas que se lanzan a la carretera. Estuve trabajando en ello, viajando con este grupo de gente durante tres años. Mi experiencia no es la de una socióloga o una estadística, aunque sí pude ver que había múltiples procedencias y circunstancias. Creo que, en una cultura como la nuestra, especialmente en una época de miedos, es fácil para nosotros mirar a grupos de gente que no comprendemos y convertirlos en otros, en una especie de “sombra” u opuesto a lo que somos nosotros mismos. Una lección para mí es que esta gente puede ser cualquiera. Racialmente, étnicamente, no hay tanta diversidad, pero en términos de estatus socieconómico y nivel formativo hay mucha diversidad. 

Son historias de crisis personales y de un sistema en crisis, pero también hay un canto a la alegría de vivir y la resiliencia.

Creo que es gente que está muy acostumbrada a sentirse machacada por el sistema. De nuevo, por los sueldos bajos, los alquileres altos, la ansiedad constante acerca de si serán capaces de seguir viviendo “una vida normal”. De forma que, cuando encuentran una manera de dar un paso al costado de ese día a día, encuentran un sentimiento de liberación. Pero las cosas van bien hasta que dejan de ir bien, porque si tú estás viviendo en una furgoneta, y ese es tu hogar, y no tienes ahorros, estás a una rotura de motor de llegar a la “ciudad del sinhogarismo”. Así que sí, puedes tomártelo como la libertad de la que hablaba Janis Joplin en esa vieja canción “Libertad es solo otra forma de decir nada que perder”. Pienso en George Orwell escribiendo en París y Londres y me doy cuenta de que cuando has abandonado o has sido expulsado de la sociedad de masas, la vida sigue sucediendo. Quizá se esperaba que la gente con la que me he encontrado iba a pasarse la vida quejándose o presentándose como víctimas, pero todos necesitamos despertarnos cada mañana y seguir haciendo lo que hacemos. Son los protagonistas de su historia. Así que fue bastante sorprendente ver cómo estaban tratando de sacar el máximo provecho de lo que tienen, aunque para muchos de nosotros lo que tienen no sea suficiente. También fue importante encontrar una especie de “comunidad” que empuja contra el tipo de alienación que domina nuestra cultura. Porque pienso que, de una manera extraña, dejar de lado la cultura de la productividad, de las “metas”, del individualismo, aporta cierto alivio. Por supuesto, viene con un montón de inconvenientes, pero esos vínculos, el sentimiento de compartir, de compañerismo… es algo de lo que la cultura mainstream debería aprender.

País Nómada me recordó a una obra de Barbara Ehrenreich.
Por cuatro duros. Es increíble. Ella es increíble. Hay otra autora, Rebbeca Solnit, que me gusta mucho, que escribió Un paraíso construido en el infierno, que podría haber mencionado en mi libro. Solnit sostiene que hay una serie de micro-utopías que crecen rápidamente en torno a los desastres. Sucede cuando se producen terremotos que la gente se une, se encuentra. Lo vi en Nueva York como alguien que vivía en el centro de la ciudad durante el 11 de septiembre de 2001. En las semanas y los meses después de aquello, la gente se trataba mejor entre sí, y con el mayor espíritu de comunidad que nunca he visto en Nueva York. Es una paradoja horrible que esta respuesta conjunta se dé en circunstancias así. La pregunta sería cómo podemos aprender a hacerlo sin ese dolor.

País Nómada también me remitió a una obra de los años 30 del siglo XX, Boxcar Bertha, de Ben Reitman. ¿Crees que hay similitudes entre la historia de esa subcultura, la larga tradición de viajes en tren, con sus códigos, sus consejos y sus narrativas?


Sí, definitivamente hay paralelismos. El libro está dedicado a un amigo mío, Dale Maharidge. Su primer ensayo se llama Journey to nowhere (“Viaje a ninguna parte”). En los 80, se subió a trenes de carga con gente desposeída, que buscaba trabajos. Fue muy interesante hablar con él mientras llevaba a cabo este proyecto. Porque, en aquella época, a quien se encontró mayoritariamente fueron hombres, y en la actualidad ves a multitud de hombres y mujeres. Es un fenómeno interesante. Hay cosas que permanecen aunque hayan cambiado, como el hecho de que estas personas se dejaban mensajes unas a otras en forma de jeroglíficos para saber dónde pueden ir, qué sitios son seguros, etc. En la actualidad, utilizan la web para dejarse esos mensajes y consejos: qué Walmart es seguro para llevar la furgoneta, cuál no lo es. Hay un sentimiento de camaradería compartido en afrontar la adversidad juntos. El hecho de que la economía los excluye, y el hecho de que la sociedad de masas los mira por encima del hombro y los contempla como inadaptados, los hace cohesionarse como una subcultura.

¿Sigue aumentando el número de personas en esta situación?


Una de las cosas que más me preocupan en este momento es la situación con el covid. Y el hecho de que mucha gente ha perdido su trabajo. Cuando comience el año, vamos a ver una oleada de gente expulsada de sus casas, es cuando expira la moratoria de la mayoría de desahucios. Y vamos a ver esta situación terrible: hay tantísimas casas vacías y tantísima gente que ha sido desplazada que muchos de los nómadas que aparecen en el libro —incluidos los del Rubber Tramp Rendezvous— están posteando vídeos explicando cómo la gente puede vivir en un vehículo si es desahuciada. La cuestión es, cuando tienes cierta cantidad de personas viviendo en la carretera, pueden hacerlo de manera encubierta, pero cuando tienes masas y masas de gente viviendo así, en un país en el que muchas ciudades legislan para hacer ilegal dormir en un vehículo, tienes un problema importante. Y creo que es terrorífico. También está el simple hecho de saber que muy pronto va a haber mucha, mucha gente, ahí fuera, y cómo eso va a influir en la gente que ya está viviendo así.

Una de las cuestiones que explican el fenómeno que describes es el enorme beneficio que una compañía como Amazon obtiene de estos trabajadores itinerantes. ¿Hay alguna manera de hacerlos responsables de esta situación de precariedad?


La gente me pregunta, ¿por qué no se sindican, porque no funcionan en equipo? Básicamente porque están en tránsito y se quedan poco tiempo en los sitios. No tienes el tipo de solidaridad y de organización a largo plazo que te permitiría obtener derechos de un empleador como Amazon. Creo, sin embargo, que hay cosas importantes pasando en este momento en torno a Amazon. El pasado año saqué una historia, que fue portada de Wired, sobre la comunidad somalí y del África occidental en Minneapolis. Fueron de los primeros en organizarse y sentar a Amazon a una mesa para negociar con los trabajadores. Ahora, hay un grupo llamado Athena que es una organización enorme tratando de poner a esa compañía bajo control. En el caso de los nómadas es complicado estar a la cabeza de estos movimientos. Muchos de ellos son tan precarios que, tristemente, están agradecidos por el trabajo, incluso aunque se les explote. Pero esta gente que vive a tiempo completo en comunidades más tradicionales, han llegado a un punto de decir “basta ya”. No creo que vayamos a ver ese movimiento social partir de los nómadas. Es muy interesante que esté viniendo de esas comunidades procedentes de África occidental, en cuanto conservan lazos culturales muy fuertes. Si alguien viene a Estados Unidos desde Somalia hay muchas oportunidades de que hayan pasado por la guerra civil o situaciones extremas. Son comunidades fuertes, que están preparadas para unirse contra la adversidad, precisamente por esas experiencias anteriores.

Por Pablo Elorduy

@pelorduy

15 nov 2020 06:53

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Viernes, 06 Noviembre 2020 05:54

El otoño del imperio

El otoño del imperio

En periodos de honda confusión como el que hoy vivimos, agudizado por un tsunami de informaciones que nublan la comprensión, conviene fijar la atención en aquellos datos que no dependen de los antojos del momento y encarnan tendencias profundas. No deberíamos limitarnos a la información económica, que tiene un peso considerable, pero no definitorio.

Quiero desplegar algunos elementos para llegar a la conclusión de que la decadencia imperial es inevitable, más allá de quién esté al frente de la Casa Blanca en los próximos cuatro años. Donald Trump o Joe Biden pueden acelerar o enlentecer dicha decadencia, pero en modo alguno pueden evitarla. En el mismo sentido, el ascenso de China y de Asia-Pacífico no depende de factores de coyuntura, aunque no vislumbro una hegemonía china, sino un mundo multipolar.

La tendencia primordial es la que denomino el "factor humano", el estado de la población (https://bit.ly/3jXNtu2). La china es una sociedad floreciente, la población se ha visto beneficiada por el desarrollo, ha mejorado su nivel de vida y todo indica que continuará haciéndolo. Los habitantes de Estados Unidos están divididos, una mitad odia a la otra mitad, una porción están enfermos y dependen del consumo de drogas legales.

China ha creado el mayor sistema de seguridad social del mundo, con un seguro médico básico que abarca a mil 300 millones de personas, en tanto el seguro de pensiones cubre a casi mil millones. El sistema de salud en Estados Unidos no alcanza al conjunto de la población, es caro e inasequible para la mitad de la gente de menores ingresos (https://bit.ly/3ehWrkH).

En medio siglo, la mitad de "abajo" de la población estadunidense se empobreció. Pasó de un ingreso anual de 19 mil 640 dólares en 1970 a 27 mil 642 en 2018, 42 por ciento más, pero por debajo de la inflación. Un dólar de 1970 equivale a 6.82 dólares de hoy (https://bit.ly/38azkaH).

En el extremo opuesto, 0.1 por ciento de la población multiplicó por cinco sus ingresos, mientras la clase media retrocedió en menor medida, según un estudio de The Washington Post (https://wapo.st/32cUTU7). Una polarización imposible de sostener. Una sociedad desquiciada, a la deriva, desprotegida, que toma las armas para defenderse.

La esperanza de vida en China hoy es de 76.7 años; era de 43 en 1960. En Estados Unidos es de 78.5 años, pero está estancada desde 2010 y desciende levemente desde 2012, caso único entre los países desarrollados (https://bit.ly/2TRJC71). Estados Unidos se coloca en el lugar 37 en el ranking mundial de esperanza de vida al nacer, por debajo de la mayoría de las naciones europeas y detrás de países de América como Chile, Cuba y Costa Rica.

En Estados Unidos las muertes por sobredosis de heroína se multiplicaron por cuatro desde 2002. Mientras en la década de los 60 la adicción era elevada en los guetos negros pobres, ahora los nuevos consumidores son en su inmensa mayoría blancos, según la Escuela de Medicina Boonshoft, en Ohio ( goo.gl/IfBhaC).

Medio millón de personas de entre 45 y 54 años murieron por cirrosis, suicidios, alcohol y drogas, una situación iné-dita que nunca había afectado a grupos demográficos en países desarrollados, con la excepción de la epidemia de sida, afirma un estudio de la Universidad de Princeton ( goo.gl/ZOJlDP).

El consumo de drogas duras se ha disparado entre las clases medias, con fuerte incidencia en las ciudades industriales en decadencia por el traslado de la industria a China, Asia y Centroamérica. Mientras el peso del sector financiero en el producto interno bruto se duplicó desde finales de la década de los 90, la mitad de la población de 25 años vive con sus padres porque no puede independizarse, frente a 25 por ciento en 1999.

Los imperios colapsan por dentro y la población es el dato más importante, aunque a menudo se le desecha por sobrestimar la economía que, creen no pocos economistas, consiste apenas en una suma de números y estadísticas, olvidando que son las personas las que producen, consumen, gozan y sufren en los inevitables ciclos de la vida material.

Fernand Braudel expresó que "los acontecimientos son polvo", porque estaba convencido que la corta duración es el más caprichoso de todos los tiempos, que debemos dar prioridad al tiempo largo y a las continuidades, para comprender mejor los virajes. El aserto vale para evaluar los resultados electorales en Estados Unidos.

Más importante que el nombre del inquilino vencedor es que en siete meses se han vendido 19 millones de armas, 91 por ciento más que en el mismo periodo de 2019, y que días antes de la votación muchos comercios se protegieron con vallas por miedo a la violencia poselectoral (https://bit.ly/3l0xGM8).

El Instituto de Política Económica de Estados Unidos, asegura que las retribuciones de los chief executive officer (CEO) de las 350 principales empresas son hoy 320 veces superiores al salario medio de un trabajador, mientras en 1989 la diferencia de ingresos era de 61 a uno (https://bit.ly/2Yggs4l). Esto es que la brecha salarial creció cinco veces en dos generaciones.

Hasta la desigualdad tiene límites. A partir de cierto umbral, como debimos aprender de la historia, se convierte en una bomba de relojería.

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Un sintecho en una estación de tren en Washington. REUTERS.

La falta de comida afecta a más del 10% de la población en 17 estados. Las mujeres y las comunidades negra y latina, los sectores más afectados.

 

Entre 26 y 29 millones de personas en Estados Unidos aseguran que en sus hogares "a veces" o "a menudo" no tienen suficientes alimentos para comer. Son los datos que revelan un informe del Centro de Acción e Investigación sobre la Alimentación (FRAC, por sus siglas en inglés), cuyo trabajo se centra en los primeros meses de la pandemia en el país norteamericano. El documento denuncia que la cifra de personas que dicen pasar hambre en Estados Unidos se ha multiplicado por más de tres desde 2018. Entonces, casi ocho millones de adultos decía que en sus casas escaseaba la comida.

El informe del FRAC, titulado Sin suficiente para comer: la covid-19 agudiza la crisis de hambre en Estados Unidos, alerta de que este problema afecta especialmente a los hogares de la comunidad negra y latina. En cuanto a los ejes de género y de edad, las mujeres y los niños están más afectados que los hombres. Por Estados, en 17 de ellos más el Distrito de Columbia, más del 10% de la población asegura no tener suficientes alimentos para comer. Casi todos esos territorios están en el Sur del país. A la cabeza de esta triste clasificación aparece Mississippi, donde el 17% de la población pasa hambre. Ese porcentaje es del 15% en Luisiana, el 14% en Texas, el 12% en la capital del país, Washington, además de los Estados de Nevada, Arkansas, Alabama, Georgia, Carolina del Sur y Florida; y un 11% en Nueva York, California, Oklahoma, Tennessee, Maryland, Virginia Oeste y Kentucky.

"El hambre en Estados Unidos estaba en unos niveles altos e inaceptables ya antes de la pandemia y es absolutamente chocante ver cómo el covid-19 ha aumentado dramáticamente el número de hogares hambrientos en todos los rincones del país en cuestión de meses", asegura en un comunicado el presidente del FRAC, Luis Guardia.

El informe ha hallado que más del 20% de las personas blancas y latinas adultas con hijos asegura no tener suficiente para comer, el doble que los adultos blancos con hijos. El documento encuentra otras diferencias trascendentales. En cuanto a formación, entre quienes tienen sólo un diploma escolar o menos, el 16% asegura pasar hambre comparado con el 3% de quienes tienen una licenciatura.

En cuanto al género, la investigación del FRAC alerta de que "las mujeres han estado más expuestas a perder el empleo durante la pandemia comparado con los hombres y esto las hace más susceptibles de pasar hambre". Al mismo tiempo, abunda el estudio, "entre las personas mayores, es más probable que sean mujeres a hombres quienes tengan problemas de insuficiente comida".

Por franjas de ingresos, la carencia de comida afecta al 28% de quienes ganan menos de 25.000 dólares al año, frente al 11% de 2018, el dato prepandemia que maneja el informe. Ese porcentaje es del 16% para las personas con salarios de entre 25.000 y 34.999; el 12% para los que ganan entre 35.000 y 49.999 dólares; y se sitúa en un 8% para los salarios entre 50.000 y 74.999 dólares. Prácticamente, sólo están libres del hambre (1%) aquellos que declaran

"Todos estos datos muestran no sólo números. Estamos hablando de familias, amigos, barrios, que no pueden tener la nutrición adecuada que se necesita para vivir una vida sana", dice Guardia. El presidente del FRAC alerta de que "los niños perdieron el acceso a las comidas escolares debido al cierre de las escuelas por la pandemia".

Para paliar esa situación, el FRAC "trabajó con los dirigentes del Congreso para crear el programa de Transferencia Electrónica de Beneficios en caso de Pandemia, en el que una tarjeta de ese programa proporciona a las familias con niños los fondos para comprar alimentos en lugar de las comidas escolares". Guardia calcula que esta medida ha sacado del hambre a entre tres y cuatro millones de niños.

Aun así, son parches para un sistema que tiene muchos agujeros, a pesar de que la riqueza de los más poderosos no deja de aumentar desde que la pandemia comenzó. El hombre más rico del país, Jeff Bezos, fundador de Amazon, se convirtió a finales de agosto en la primera persona en alcanzar un patrimonio valorado en 200.000 millones de dólares.

Guardia reclama que "el Congreso y la administración Trump redoblen sus esfuerzos para garantizar la comida a cada estadounidense e invertir más para extender los programas federales de alimentación. Se ha demostrado que esto es lo necesario para achatar la curva del hambre que sufre la nación".

El informe ha sido realizado por la economista de la Universidad Northwestern (en Evanston, Illinois) Diane Whitmore Schanzenbach, quien ha analizado los datos oficiales entre abril y julio de este año de la Oficina del Censo de los Estados Unidos.

Washington

26/10/2020 08:16 Actualizado: 26/10/2020 08:25

Por Manuel Ruiz Rico

@ManuelRuizRico

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  Mark Blyth, en una imagen reciente. Cedida por el entrevistado

Mark Blyth / Politólogo

 

Las ideas estúpidas abundan y acostumbran a dirigir la vida de la gente. Mark Blyth (Dundee, Escocia, 1967) está decidido a entender el porqué. Profesor de Ciencias Políticas, Economía Internacional y Relaciones Internacionales y director del Rhodes Center of International Economics en la Universidad de Brown, Blyth centra sus investigaciones en el papel que desempeña la incertidumbre en la configuración de los sistemas económicos, así como el de la política ideológica, y pone gran énfasis en la importancia de las políticas económicas.

Blyth, autor de varios libros, entre los que cabe destacar Great Transformations: Economic Ideas and Institutional Change in the Twentieth Century (Cambridge University Press, 2002), The Future of the Euro (Oxford University Press, 2015) y Austerity: The History of a Dangerous Idea (Oxford University Press, 2013), regresa con Angrynomics (Agenda, 2020), en el que sostiene, junto al gestor de fondos de inversión Eric Lonergan, que la creciente oleada de ira que domina la política global tiene su origen en políticas macroeconómicas desacertadas, tecnocráticas. En esta entrevista, Blyth analiza las repercusiones económicas de la crisis de la covid-19, los diversos enfoques que han adoptado los gobiernos y los bancos centrales de todo el mundo para controlarla y cuál podría ser la alternativa inteligente para lidiar con los problemas políticos a corto plazo, así como los de la civilización a largo plazo.

Empecemos por Angrynomics. Ustedes aluden a las raíces económicas que subyacen tras el profundo descontento y la rabia que han caracterizado al electorado occidental durante la última década. ¿De qué maneras la política económica perpetúa esa ira?

En el libro utilizamos la analogía de la macroeconomía como si fuera un ordenador. Todas las economías capitalistas tienen un hardware relativamente similar: todas tienen un mercado laboral y un mercado de capitales, que varían en alcance, profundidad y regulación. Todas las economías tienen software: un conjunto de ideas económicas o un guión dominante que dicta cómo se hacen las cosas en la economía. Históricamente hemos tenido tres “ordenadores” capitalistas diferentes.

El primero fue la globalización bajo el patrón oro, en el que el capital y las personas podían moverse libremente entre países y el sistema se ajustaba utilizando la balanza comercial mediante las exportaciones e importaciones. El problema derivado de esto era estructural: como todos querían ser exportadores, el sistema se sesgaba hacia la deflación. Esto supuso que los salarios se redujeran en relación con las ganancias, lo que derivó en una gran cantidad de mano de obra cabreada. Los primeros intentos de nacionalismo a principios de la década de 1900, como el socialimperialismo de Joseph Chamberlain, estaban destinados a resolverlo. La Primera Guerra Mundial fue el punto culminante, después del cual el sistema se vino abajo.

La versión 2.0 contenía economías nacionales mucho más restrictivas y un sistema monetario internacional basado en el dólar, y un tanto ligado al oro: el sistema de Bretton Woods. Teníamos economías nacionales con mercados laborales nacionales, y los países que producían lo mismo ocasionalmente comerciaban entre sí. Debido al trauma del período anterior, el objetivo de las políticas era el pleno empleo. Ahora bien, el inconveniente de hacer del pleno empleo su objetivo político es el problema de Kalecki. Si se maneja un mercado laboral de pleno empleo durante treinta años, debido a la tecnología estática, en última instancia, lo que se hace es aumentar los salarios antes que la productividad. Eso perjudicará las ganancias y las expectativas de ganancia a través de la inflación en el sistema. Esto es exactamente lo que revirtió ese orden en los años setenta.

Después de las versiones 1.0 y 2.0, hubo un restablecimiento y reconstrucción fundamentales del hardware del capitalismo y una reescritura de su software. La reconstrucción supuso el surgimiento de bancos centrales independientes y la estabilidad de precios se convirtió en el objetivo de la política. Volvimos a abrir la economía mundial, esta vez con 700 millones de personas nuevas que se unieron al mercado laboral mundial y China pasó de la indigencia a la prosperidad relativa. Y, como mostró Branko Milanović con su famosa gráfica del elefante en 2015, esto contrajo los ingresos de aquellas economías de la OCDE que se encontraban entre los percentiles 50 y 85, particularmente en las economías angloamericanas.

Ahora añadamos a esto la crisis financiera de 2008, cuyos costes se distribuyeron asimétricamente. Los propietarios de capital fueron rescatados; el coste de esta operación se incluyó en el balance público, y el sector público se restringió mediante la austeridad. En última instancia, fue una década en la que las pérdidas de ingresos reales y el estancamiento de los salarios se vieron agravados por una depresión de largo efecto, especialmente en el sur de Europa y las periferias anglosajonas. Por lo tanto, la ira política que estamos presenciando ahora se ha estado gestando durante mucho tiempo.

Los partidos de centro y centroizquierda que cedieron la responsabilidad a los tecnócratas de los bancos centrales y la OMC fueron los que no estaban preparados en absoluto para la crisis. Con la covid-19 hemos visto más de lo mismo. Los gobiernos han transferido la responsabilidad política a los bancos centrales, que saben cómo llevar dinero a las empresas, pero no cómo dar dinero a la gente. Esto, por supuesto, conduce a una reacción violenta, que se arma de diferentes maneras y que en parte ha provocado lo que en el libro llamamos la ira pública.

Sus principales propuestas para hacer frente a esta ola de ira son la creación de un fondo nacional de riqueza y un dividendo de datos. ¿Cómo podrían resolver nuestros problemas estas políticas?

Si tienes un grupo de personas enfadadas, las invitas a cenar y las sientas a todas en una mesa unas frente a las otras en filas según de qué lado estén, será una experiencia muy desagradable. Pero si divides la habitación con sofás, pufs y luz ambiente, cambiarás la dinámica. Para salir de este lío necesitamos cambiar los muebles de la habitación.

No solo queremos pensar en políticas de mejora, queremos pensar en incorporar a la economía elementos que reestructuren las interacciones políticas y económicas. Un fondo ciudadano de inversión haría exactamente eso. En estos momentos, la Reserva Federal de hecho ha fijado un nivel mínimo a los precios de los activos, lo que significa que no se permitirá que los precios de las acciones caigan más allá de cierto punto. Esto fomenta el crecimiento en el mercado de valores a pesar de que la economía ha recibido un golpe tremendo, de tal manera que casi existe un divorcio entre el mercado y la economía. Se trata de una oportunidad desperdiciada. Cuando llegó el pánico por el coronavirus, los inversores abandonaron entre el 30 y el 50 % de sus participaciones en acciones. Todo el mundo quería comprar deuda pública porque es el activo más seguro. Esto significa que, teniendo en cuenta las tasas de inflación actuales, durante un período de diez a quince años, la deuda pública cotiza en negativo. Los inversores básicamente te están pagando por pedir prestado.

Con ese tipo de demanda y coste de financiación, la Reserva Federal podría haber emitido un 20%  adicional o más del PIB, comprar todas las acciones que simplemente se desecharon en todos esos mercados de valores y colocarlas en un fondo pasivo gestionado profesionalmente. Podrían gestionarlo como un gran fondo de inversión libre con un perfil de riesgo bajo y permitir que la magia de la prima del 6% que se obtiene en las acciones obre durante una década. El 6%  anual compuesto durante diez años sobre el 20 % del PIB estadounidense les proporcionaría miles de millones de dólares.

Podríamos utilizarlo para pagar nuestra deuda, si resulta molesta, o mejor, podríamos financiar completamente la descarbonización. Por ejemplo, una de las principales causas de fugas de dióxido de carbono son los edificios. Suponen el 30% de las emisiones. Podríamos modernizar todos los edificios de Estados Unidos durante un período de veinte años, y las aptitudes necesarias para ello mejorarían al conjunto de la clase trabajadora estadounidense. O si se piensa desde el punto de vista de un país pequeño y acomodado como Dinamarca, en el que ya se están haciendo cosas buenas, imagina lo que se podría hacer con un 20% más de PIB. Aquí las posibilidades son enormes.

En esta crisis no podemos juzgar quién lo está haciendo bien porque no sabemos muy bien a qué jugamos

En cuanto al dividendo de datos, el 20% de la bolsa estadounidense está compuesta por seis firmas, las denominadas FAANG (Facebook, Apple, Amazon, Netflix y Google/Alphabet). Son lo que algunas personas llaman un negocio de coste marginal cero. Tienen enormes márgenes de ganancia sobre los costes y también tienen estatus de monopolio en muchos sectores. Esto significa que son increíblemente rentables. También significa que, debido a que pueden poner a un país en contra de otro, prácticamente no pagan impuestos.

Pero todas estas empresas funcionan porque se utiliza el producto y se les entrega los datos. Facebook es una mera plataforma. Les das los datos, que luego recolectan y venden. Entonces, ¿por qué se los regalamos? Tenemos el derecho de propiedad de nuestros datos y los datos que generaremos en el futuro para ellos. ¿Por qué no los ponemos en un fideicomiso nacional, en el que cada persona puede optar por participar o no, y después autorizar el uso de esos datos a dichas empresas por un precio muy elevado en lugar de impuestos? Si comienzan a hacer un uso abusivo, los recuperamos. De esa manera, podríamos otorgar transparencia y democracia a estas plataformas que son tan importantes pero que no rinden cuentas, y en el proceso también podríamos recaudar unos valiosos ingresos.

Muchas de las tendencias que presentan en el nuevo libro parecen haberse exacerbado durante esta crisis. El desempleo se ha disparado a nivel mundial, con 500 millones de personas en riesgo de caer en la pobreza, mientras que los multimillonarios estadounidenses han aumentado su fortuna en 565.000 millones de dólares hasta el mes de junio. En la ciudad de Nueva York, donde vivo, los apartamentos de lujo de Manhattan se vaciaron mientras que las UCI de Queens y el Bronx estaban por encima de su capacidad. Me hizo pensar en una frase suya: “Los Hamptons no es una posición defendible”. ¿Qué quiere decir con eso?

En todas las revoluciones provocadas por la desigualdad una cosa está clara: sabemos dónde están los ricos. En este momento están de fiesta en los Hamptons. Si posees capital, alguna salida y propiedades –o, para ser comprensivo, si tienes hijos y estás preocupado por la covid–, por supuesto que te irás a tu casa grande y bonita de la playa. En realidad este dato no es muy interesante, pero es representativo de cómo el mantra que se repetía al comienzo de la crisis de la covid-19 –la idea de que estamos todos juntos en esto– no es cierto. Hay grupos que tienen opciones y las van a utilizar. Y es entonces cuando las distinciones raciales, las distinciones de género, las distinciones de clase y las enfermedades salen a la luz en toda su crudeza.

Estoy sentado en la zona más rica de Providence (Rhode Island). La última vez que lo comprobé, el índice de contagio en mi barrio era del orden del 1 al 2%. Si voy a Central Falls o Pawtucket, o a algunas de las zonas más pobres de Providence, es de algo así como el 14 %. ¿Son los Hamptons una posición defendible? Quizás a corto plazo, pero a largo plazo, es una vulnerabilidad.

La crisis que surgió tras el confinamiento mundial parece muy diferente de la recesión típica. ¿Qué distingue a esta crisis de las demás?

A diferencia de las crisis financieras, esta no comenzó con una burbuja de deuda del sector privado, donde las valoraciones subyacentes no podían estar respaldadas por los flujos de ingresos en los que se basaban los activos. Le dijimos a la población activa que se fuera a casa, pero todo el capital sigue ahí. Ahora tenemos que preguntarnos: ¿podemos volver a la situación anterior? Si alguien te pregunta si a los Yankees les ha ido bien últimamente, la respuesta es bastante fácil de encontrar. Solo es necesario buscar el último partido que jugaron, verificar los marcadores y emitir un juicio basado en ese partido. Pero en esta crisis no podemos juzgar quién lo está haciendo bien porque no sabemos muy bien a qué jugamos. ¿Nos estamos jugando que nadie se quede desempleado durante los tres primeros meses? Esto tendría sentido si se cree que la economía se reactivará en tres meses. ¿Y si son seis meses? Ahí probablemente podemos hacer algo. ¿Pero qué pasa si son dos años? ¿Y si pasa a formar parte del mobiliario?

Analicemos a Boeing. Supone una parte enormemente importante de la economía estadounidense y es uno de los principales constructores de aviones del mundo, pero estaba tan obsesionado con el enriquecimiento de los altos ejecutivos y las readquisiciones que no se molestó en actualizar ninguno de sus diseños. Tenemos el 737 Max, del que todos sabemos que tuvo problemas. Volverá a un mercado en el que ya hay demasiados aviones. Luego está el 777 X: nadie lo quiere, nadie lo necesita. Esto es lo que está sucediendo en una de las empresas más grandes de Estados Unidos debido al enriquecimiento y la sobreinversión.

También podemos analizar las propiedades inmobiliarias comerciales. Digamos que las oficinas se vuelven problemáticas de cara al futuro de un modo distinto al de antes. ¿Qué sucede con los fondos de inversión inmobiliaria que dependen de los ingresos por rentas provenientes de clientes comerciales que después van a los inversores? Se aprecia que esto empieza a estar fuera de control de formas que no estamos monitoreando adecuadamente. Pero la mayor paradoja es que no destruimos nada de nuestro capital. No hubo una quiebra. Simplemente lo dejamos, y ahora, en muchos sectores, no está claro el modo en que podemos recuperarlo.

¿Podemos siquiera averiguar quién lo está haciendo bien? Se podría decir que Estados Unidos está cometiendo todos los errores: no mantuvo a la gente en ERTE, no la protegió, no protegió tanto a la economía. Los cobros por desempleo se concedieron al azar; no se puede acordar una extensión y ahora la gente perderá su casa o su trabajo. Pero ¿y si esos trabajos nunca regresan? ¿Y si necesitan aceptar nuevos trabajos a medida que resurgen los anteriores? La solución europea, lo que yo llamo el Volvo con todos sus airbags, es más amable, pero quizás no tan buena a largo plazo como el Mustang, ya que mantiene a la gente en trabajos que tal vez nunca resurjan. Entonces, ¿cuál es la mejor manera de avanzar? No lo sabemos.

¿Puede desarrollar esta distinción entre el “Volvo” y el “Mustang”? ¿Hasta qué punto se trata de una crisis de capitalismo “en el momento justo”? 

A menudo pienso en Antifragile, de Nassim Taleb, que sostiene que el despido es caro. La optimización es mucho más barata y sale mucho más rentable. Sin embargo, un sistema óptimo convulso se derrumba rápidamente. Hay un motivo por el que la naturaleza te da dos ojos y dos riñones cuando en realidad podrías vivir con uno. El despido es caro pero necesario.   

Esto enlaza con las diferencias entre un Volvo y un Mustang. Si tienes un accidente con un Volvo, no hay problema: está cubierto de airbags. Además es muy cómodo y bonito; mantenerlo cuesta una fortuna. Mientras que si tienes un Mustang, todo es rendimiento. Tienes un motor GT de cinco litros, dos asientos de verdad y algún airbag. Si se activa todo a la vez de la forma correcta, un Mustang puede alcanzar los 160 kilómetros por hora e ir por delante de los demás.

La economía estadounidense se parece mucho a un Mustang. No fabrica airbags. No se detiene. Si todo está optimizado –el mercado de trabajo es flexible, los mercados de capital y los mercados crediticios parecen proporcionar una liquidez infinita–, todo irá de maravilla. Pero si lo que importa es la supervivencia después de un accidente, un Mustang no es el ideal. Esto es lo que estamos viendo en la economía estadounidense en este momento. Cuando algo como la covid-19 alcanza a una economía que solo funciona cuando se asume que todo funciona perfectamente, el sistema se resquebraja y no está claro cómo hay que fabricar nuevos airbags para absorber los golpes. De modo que, el capitalismo “en el momento justo”, si quieres llamarlo así, no es la causa de la crisis, sino que ha exacerbado y amplificado las consecuencias.

La solución de Volvo a esta crisis sería enviar a todos a casa durante meses y pagarles el 80% de su salario original hasta que todos volvamos a nuestros puestos. Vivimos en un mundo en el que eso es posible. En primer lugar, porque todo es comercio de valor relativo, los déficits de todos los países se están disparando, motivo por el que se les culpabiliza. Todo el mundo tiene margen. En segundo lugar, por muchas razones simples y complejas, los tipos de interés llevan cayendo, según algunas estimaciones, ¡700 años! La inflación no se percibe en ninguna parte, excepto en las cestas de la compra de los pobres y en los precios de los activos. En estos tiempos de incertidumbre, se pueden emitir bonos con intereses negativos. Esta es la razón por la que el Volvo puede durarte mucho tiempo.

Sin embargo, a la larga tendrás que salir del Volvo. Ese es el problema. ¿Cómo lo haces? Los republicanos decían que el problema de dar 600 dólares semanales de prestación por desempleo es que se desincentiva a la gente para volver al trabajo. En primer lugar, no pueden volver porque los negocios siguen bajando la persiana. Y, en segundo lugar, cabe plantearse una pregunta más interesante: ¿por qué a los estadounidenses se les paga tan bajo que 600 dólares a la semana les representaría una diferencia tan grande para no incentivarles a ir a trabajar? Esto significa que se ha desarrollado una economía de salarios bajos, lo cual tiene consecuencias muy negativas.

Ya apenas se habla de una recuperación en forma de V,  ¿a qué se debe?

Una recuperación en forma de V presupone una reversión a la media. Incluso una recuperación en forma de W lo presupone. Lo que ha ocurrido es que hemos pasado por un gran bache. Se presupone que la economía volverá a su sitio. Pero ¿y si no es así?, ¿y si terminamos en una senda de crecimiento completamente nueva? En el momento en que somos conscientes de ello –la idea de que gran parte de nuestro capital tendrá que estar paralizado, otras partes deberán ser redistribuidas y que la forma en que hacemos negocios deberá replantearse–, se abandona la idea de reversión a la media.

 ¿Qué pasa con China? ¿Existe un escenario donde salga relativamente fortalecida de esta crisis?

Alguien me sugirió que China es un camión militar en lugar de un Volvo o un Mustang. En cierto modo me gusta. Es lo suficientemente grande como para pasar por encima de todos los baches de la carretera, pero hay que soportar los golpes. Solo sobrevive porque tiene una infraestructura militar. Si quieres que continuemos con la analogía, ahí es donde iría.

China tiene para su economía un sistema de mando y control muy diferente. Cuando los bancos centrales de Estados Unidos e Inglaterra, por ejemplo, dicen a los mercados financieros que lanzarán un programa que comprará activos, en realidad están jugando entre ellos. El Estado chino se dirige directamente al sistema bancario y dice: “Le prestarán tanto dinero a esta entidad. Luego dígale a la entidad qué hacer con el dinero”. Es mucho más directo.

Pero el problema, como han señalado Herman Mark Schwartz y Michael Pettis, es que el multiplicador fiscal que se obtiene del dinero disminuye con el tiempo. La primera vez que se recibe un enorme estímulo monetario, es bueno, pero al final se han construido todos los puentes que se podrían construir. Por lo tanto, China puede estar a punto de ofrecer grandes estímulos, pero la efectividad de tales programas de estímulo parece disminuir con el tiempo. De este modo, también está enormemente endeudado en su balance público. Cuenta con los activos correspondientes, pero queda la cuestión de valoración de dichos activos porque es una economía relativamente cerrada.

La pandemia tardó mucho más en asentarse en los países en vías de desarrollo, pero parece que está haciendo estragos tanto en los sistemas de salud pública como en las economías de América Latina y países como India. ¿Cómo les irá según la estructura que usted ha diseñado?

América Latina, a pesar de sus propios esfuerzos y dedicación –y a veces debido a sus propios esfuerzos, ya que se puede ganar mucho dinero con la soja y la destrucción del Amazonas–, siempre se ha integrado a nivel mundial. Los países de América Latina son exportadores de materias primas, y si la economía global se hunde, nadie quiere materias primas, ya sea petróleo o soja. Estos países también se han cargado con una gran cantidad de deuda internacional, expresada en dólares, que ahora es dos veces más cara porque las monedas locales han caído. Esto lo hemos visto en muchas ocasiones con anterioridad en América Latina, y con la covid-19 ha regresado con fuerza.

India es un caso muy distinto. Tiene casi la misma población que China, pero una huella económica mucho más pequeña, un nivel de desigualdad mucho mayor y una gran cantidad de personas que todavía viven en condiciones de subsistencia. Obviamente, la covid-19 les va a afectar mucho más. Estamos empezando a ver esto incluso en aquellas áreas del país a las que parecía que les iba muy bien, como Kerala. Cuando el Golfo Pérsico se quedó sin dinero debido al derrumbe del precio del petróleo, comenzaron a enviar trabajadores migrantes a casa. Sin embargo, todos los trabajadores migrantes habían estado viviendo en barracones, potencialmente con covid-19, y todos están regresando a sus poblaciones de origen. Pero los datos demográficos de la población sin duda parecen ayudar. Ser un país joven parece significar menos muerte.

Digámoslo así. Es bueno tener un Mustang porque aunque tengas un accidente, sigues teniendo un Mustang, aunque la reconstrucción sea dolorosa. Está muy bien estar en un Volvo si tienes un accidente de tráfico; la pregunta es si una vez que te has subido, podrás salir. Para todos los demás que conducen un camión del ejército o simplemente caminan por la carretera, es mucho más difícil.

Se ha hablado mucho de volver a trasladar la producción a Europa Occidental o Estados Unidos, que carecían de la capacidad para abastecerse de kits de pruebas y mascarillas durante la primera oleada de la pandemia. Incluso antes de que estallara la pandemia, existían muchas dudas acerca de la globalización. ¿Qué le depara a dicho proyecto político?

El libro The Leveling, de Michael O'Sullivan, sostiene que la era de la globalización ha terminado y tenemos un vacío de liderazgo mundial. ¡Olvídense del G20, hay un G0! Creo que es cierto, pero hay un problema con simplificar demasiado los efectos negativos de la globalización. El libro de Martin Sandbu, The Economics of Belonging, lo explica muy bien. Es cierto que las crisis comerciales y las atroces políticas internas de ciertos países han ahuecado la base industrial y aumentado la desigualdad. Pero no olvidemos que Apple es una empresa estadounidense que paga sus impuestos a través de Irlanda y Holanda. Prácticamente ninguna de las ganancias termina siendo remitida a Estados Unidos en forma tributable y todavía fabrican muchos de sus productos en China.

Pongamos que relocalizas Apple. ¿Qué ocurriría? Lo que Sandbu destaca es que, en la industria de la manufactura, el capital sustituye al trabajo al margen mejor que en cualquier otro sector. Si se reubica la producción de Apple, esta no pagará a más trabajadores estadounidenses de Foxconn, estos construirán robots. Cada vez se necesita menos que la gente haga cosas. Solo hay que pensar en la impresión 3D y los productos manufacturados a mayor escala. Es un problema fundamental que nos negamos a hacernos a la idea. La cuestión entonces es cómo distribuir el valor añadido de ese aumento de la producción de un modo que derive en un crecimiento sostenible. Se trata de una cuestión política, no económica.

Usted no es en absoluto aislacionista. ¿Cómo propone que orientemos la crítica de la globalización mientras mantenemos un compromiso con el internacionalismo?

El nacionalismo no es una categoría económica. Desde el punto de vista económico, uno se mete en problemas cuando se reemplaza la coherencia entre los medios económicos de producción y el área que abarca un acuerdo democrático. Ahí es donde estamos. La democracia es local, la producción es global. Si puedes diseñar un conjunto de reglas para alinear más estrechamente esos intereses, quizás puedas hacer que el juego sea más positivo.

El otro elemento que me gusta de las economías nacionales es que todos podemos probar cosas diferentes. Si algo critico de la UE, es su idea decimonónica de que solo existe un único conjunto de prácticas idóneas. Si tenemos un conjunto de instituciones encargadas del mercado y un conjunto de formas de lidiar con las crisis, entonces aplanamos todos los nichos, complementariedades y aspectos únicos de estos diferentes modelos de crecimiento, como si existiera una cosa llamada “economía europea”. No existe.

De las economías nacionales se infiere que puede haber experimentos nacionales. Como explicamos al final de Angrynomics, nadie sabe cómo llegar a la descarbonización total. ¿Deberíamos hacer un gran pacto internacional sin supervisión, como el de Copenhague? ¿O deberíamos hacer que cada uno se enfrente a la realidad a su manera y trate de hacer lo que les funcione? Los experimentos nacionales individuales nos permitirían aprender unos de otros y escalar a partir de ahí. Creo que es un modo de hacerlo mucho más sensato y que se puede sobrevivir. Si la desglobalización significa algo, eso es lo que significa para mí.

A lo largo de esta conversación ha criticado el papel de los bancos centrales, la resaca de la austeridad y la redistribución al alza de la renta antes y durante la pandemia. Todo esto se remonta al aumento del descontento social sobre el que escribió en Angrynomics. ¿Cómo sería un programa alternativo?

He escrito sobre el neoliberalismo como un conjunto de ideas, pero otro enfoque es considerarlo un conjunto de prácticas. Me refiero literalmente a las cosas que se hacen: abrir, privatizar, globalizar e integrar. Una vez que se haya tomado esa decisión, a menos que haya guerras, pandemias u otros eventos que alteren el rumbo, es muy difícil imaginar un mundo diferente. Lo que intentamos en Angrynomics es decir que no es necesario un nuevo plan completo, solo es necesario cambiar los muebles.

En la primera parte de la crisis enviamos a la población activa a casa, lo que provocó una caída del consumo y la producción. En la segunda parte nos dimos cuenta de que no hay recuperación en forma de V. No podemos volver a los cruceros, porque no habrá pasajeros. Nuestro capital todavía está allí –no ha sido destruido, a diferencia de lo que ocurre en una guerra–, pero está funcionalmente destruido en el sentido de que no podemos usarlo en estos momentos, y no estamos seguros exactamente de lo que podemos y no podemos utilizar en el futuro.

Pero entonces cabe plantearse una buena pregunta: ¿cómo reutilizamos ese capital? Tenemos una escasez crónica de viviendas, y efectivamente dejamos de construir vivienda pública en 1980. Tenemos todo estos espacios de oficinas, algunos de los cuales son muy elegantes, en lugares verdaderamente agradables. Imaginemos que se contrata a las personas de esos sectores desplazados de la descarbonización y esos edificios se convierten en viviendas neutrales en emisiones de carbono. Puesto que nuestro capital no ha sido destruido, hay que preguntarse cómo deberíamos redistribuirlo. Ese es el lado positivo de todo esto, y teniendo en cuenta el coste actual del capital, solo queda limitado por nuestra imaginación.

Pero este proceso de redistribución de nuestro capital también puede convertirse en una oportunidad para pensar sobre lo que realmente necesitamos y el modo de conseguirlo. Parte de la función del gobierno es actuar como esa financiación provisional que permite al sector privado liquidar activos malos de tal modo que no quiebren y luego reasignar ese capital de tal modo que todos obtengamos un nuevo conjunto de inversiones. Pienso en la descarbonización como la mayor oportunidad de inversión del siglo XXI. Si se hace bien, a partir de ese momento, todo será maravilloso. Si se hace mal, todo lo demás carece de importancia. Es como una opción de compra. La covid nos va a obligar a empezar a tomar esas decisiones.

Por Álvaro Guzmán Bastida Nueva York , 23/10/2020

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Esta entrevista se publicó originalmente en inglés en Phenomenal World.

Traducción de Paloma Farré.

Publicado enEconomía
Honduras San Pedro Sula Foto: DW.

Cientos de personas migrantes comenzaron a caminar este miércoles 30 de septiembre por la noche desde San Pedro Sula -en el norte de Honduras- hacia la frontera con Guatemala, usando una ruta migratoria muy transitada en tiempos del COVID-19.

Durante semanas, se convocó -desde las redes sociales- a una nueva caravana de migrantes que saldría desde una estación de autobuses de San Pedro Sula el 1 de octubre. Sin embargo, la mayoría de las personas que se reunieron el miércoles decidieron no esperar y partieron en la oscuridad de la noche con mochilas y, muchos, con mascarillas. Los grupos se encaminaron rápidamente a lo largo de la carretera, algunos recibiendo la ayuda de conductores, mientras otros continuaron caminando hacia la frontera con Guatemala.

Esta caravana avanza solo dos semanas después de que Guatemala reabriera sus fronteras, tras mantenerlas selladas durante meses para frenar la propagación del coronavirus. Varios Gobiernos de la región dieron a conocer que estaban pendientes: la agencia de inmigración de México dijo en un comunicado que haría cumplir la migración "segura, ordenada y legal” y que no haría nada para promover la formación de una caravana de migrantes.

Por su parte, la Embajada de Estados Unidos en Honduras aseguró -a través de su cuenta en Twitter- que la migración a Estados Unidos era más difícil que nunca en este momento y más peligrosa debido al COVID-19. Pero los factores de expulsión que impulsan a las personas migrantes de Centroamérica no han disminuido durante la pandemia.

La salida del nuevo grupo el miércoles por la noche recordó a una caravana de migrantes que se formó hace dos años -poco antes de las elecciones de mitad de período en Estados Unidos- que se convirtió en un tema electoral con una retórica antiinmigrante. En los últimos años, las personas migrantes irregulares centroamericanas comenzaron a viajar en grandes grupos buscando seguridad y, en algunos casos, evitando el costo de traficantes.

1 octubre 2020

(Con información de DW)

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Salario Cero: El "valor" del Salario mínimo, Bono Alimentación y Pensión es esquivalente a 0.88$ mensuales

29 de septiembre de 2020.- El salario mínimo en Venezuela, establecido en Bs 400.000 llega al valor de cero literalmente. El equivalente de esta cantidad  es de 0,88 dólares mensuales, según la cotización de la moneda estadounidense para este 29 de septiembre.

Muchas han sido las voces que se levantan en contra de este duro golpe que ha recibido la clase trabajadora en Venezuela, en la que millones de empleados públicos se encuentran literalmente despedidos de manera indirecta y que se expresan en las redes sociales.

"La desaparición del salario es la destrucción del trabajo como hecho social, lo que ocasiona a la par de la miseria y el hambre, la desestructuración de la sociedad toda. Por eso en los hospitales el déficit de enfermeras, en las escuelas y liceos el déficit de docentes y así en cada institución se puede notar las consecuencias del despido indirecto y masivo de los trabajadores de la administración pública nacional", así lo manifiesta Zuleika Matamoros en su cuenta twitter. Matamoros es integrante de la organización política Marea Socialista quienes an introducido un recurso de amparo ante el TSJ exigiendo el cumplimiento del Art. 91 de la Constitución de la  República Bolivarina de Venezuela.

Artículo 91 "Todo trabajador o trabajadora tiene derecho a un salario suficiente que le permita vivir con dignidad y cubrir para sí y su familia las necesidades básicas materiales, sociales e intelectuales. Se garantizará el pago de igual salario por igual trabajo y se fijará la participación que debe corresponder a los trabajadores y trabajadoras en el beneficio de la empresa. El salario es inembargable y se pagará periódica y oportunamente en moneda de curso legal, salvo la excepción de la obligación alimentaria, de conformidad con la ley. El Estado garantizará a los trabajadores y trabajadoras del sector público y del sector privado un salario mínimo vital que será ajustado cada año, tomando como una de las referencias el costo de la canasta básica. La ley establecerá la forma y el procedimiento".

Así, los bonos de alimentación y el "valor" de la pensión es de esta suma que no cubre tan siquiera 1Kg de harina de maiz. Lo que ha traido como consecuencia el exponencial empobrecimiento de la población. Ante el silencio de las centrales obreras, las redes sociales han servido de medios de difusión del descontento ante tal situación.

"Ya como todos sabemos 1$ vale más q todo el salario d un venezolano en 1 mes,si la gente, el pueblo se queja o protesta salen los ultra borregos a decir que: 1.-  Esos son escuálidos 2.-  Es que estamos bloqueados 3.-  Están dividiendo 4.-  No dicen nada. ¡Bueno todos a luchar por nuestro salario!" Así lo expresó Jesús Superlano quien se indentifica en la red social twitter como Diputado del estado Lara, revolucionario, contra el reformismo y la burguesía revolucionaria.

"Todo trabajador merece una justa remuneración para poder cubrir sus gastos y los de su núcleo familiar, y eso lo dice la Constitución en su Art.91, el salario debe cubrir la Canasta Básica Familiar"  Expresó Whirmelis Villalobos quien es periodista egresada de la LUZ

Solo basta revisar un poco el twitter para enterarse de la opinión de trabajadores que se an visto en la obligación de emigrar hacia otras actividades económicas de la mermada economía informal para poder darle alimento a sus familias.

Mientras el valor del salario mínimo en Venezuela es de 0,88 dólares para este 29 de septiembre. El valor de la Canasta Alimentaria para el mes de agosto, según CENDA es equivalente a 177 dólares. Mientras que CENDAS FVM ubica la Canasta Alimentaria para el mismo periodo en 270$. El valor de la Canasta Básica se calcula al doble del valor de la Canasta Alimentaria.


Ya como todos sabemos 1$ vale más q todo el salario d un venezolano un 1 mes, si la gente, el pueblo se queja, o protesta salen ls ultra borregos a decir que:

1 Esos son escuálido

2 Es que estamos bloqueados

3 Están dividiendo

4 No dicen nada

Bueno todos a luchar por nuestro salario

Por: Aporrea | Martes, 29/09/2020 09:25 AM

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Miércoles, 23 Septiembre 2020 05:32

La desigualdad y la muerte en los Estados Unidos

La desigualdad y la muerte en los Estados Unidos

La pandemia está exarcebando un problema horrible en los Estados Unidos, la desigualdad social. En 2018, un estudio del banco central del país, la Reserva Federal, encontró que el cuarenta por ciento de los norteamericanos no tienen para pagar un gasto inesperado de 400 dólares. Para 2019, siete de cada diez no llegaban a tener mil dólares ahorrados, un aumento de la pobreza relativa del 58 por ciento en apenas un año.

Y entonces, una pequeña criatura llamada coronavirus apareció en escena, bailando y saltando, y creando una catástrofe social.

En un año normal en Estados Unidos, 800.000 personas son desalojadas cada mes. Para julio de este año, se estimaba que ya eran entre seis y siete millones. Donald Trump firmó una ley, diciendo: “No quiero que nadie sea desalojado y con esta ley voy a solucionar el problema casi completamente, o tal vez completamente”. La firma fue en su lujoso club de golf en Bedminster, Nueva Jersey, frente a un grupo de socios que habían pagado 350.000 dólares para entrar y siguen pagando anualidades altas.

Pero no era una ley lo que el presidente firmaba sino un decreto, que no hizo absolutamente nada para proteger a los inquilinos, ni siquiera extendía la más bien débil moratoria de cuatro meses a los desalojos. Eran generalidades biensonantes que dejaban el tema en manos del secretario de Estado, Steven Mnuchin. Que era presidente de un banco que se encargó de echar a más de cien mil personas que no pudieron pagar sus hipotecas por la crisis de 2008.

El mismo día en que Trump firmaba su decreto, el 24 de julio, vencía la ayuda económica de 600 dólares por semana votada por el Congreso, con Trump y los republicanos negándose a extenderla. El argumento es que tanta plata hace que la gente no quiera volver a trabajar, lo que implica admitir que los veinte millones de trabajadores que recibieron la ayuda no llegan a ganar eso. Hay que destacar que, considerando los precios norteamericanos, ganar 600 a la semana coloca al trabajador por debajo de la línea de pobreza… A principios de septiembre, Trump terminó firmando otro decreto asignando 300 dólares. Pero todavía nadie vio ni uno de esos cheques.

Un nuevo segmento de los noticieros televisivos es el bloque dedicado al hambre en Estados Unidos. Son imágenes de gente haciendo cola para recibir alimentos en iglesias o centros de ayuda. El problema aumentó porque el gobierno Trump hizo cada vez más complicado recibir ayuda por desempleo o alimentar, y porque las escuelas cerradas significan que tantos chicos no reciben su desayuno y almuerzo gratuitos.

El salario mínimo sigue siendo exactamente el que era en 2009, 7,25 dólares la hora. En los once años en que los trabajadores no recibieron aumento, los bonos de los brokers de Wall Street subieron exponencialmente. Si el salario hubiera seguido la misma evolución, cada hora se pagaría 33,51 dólares.

Las muertes por covid-19 en Estados Unidos ya están llegando a las 200.000, a un ritmo de mil por día. Los medios reflejan la cantidad de ciudadanos que no pueden pagar un funeral, ni siquiera un entierro, de un ser querido. Es un rasgo de la disparidad social: el dueño de Amazon Jeff Bezos ganó en un excelente día en julio 13.200 millones de dólares, diez veces lo que costaría pagar el entierro de todas las víctimas del virus en todo el país.

El índice GINI, que mide la desigualdad social en una escala de que va de 0 (el mejor grado) a 10, califica a Estados Unidos como el país desarrollado de lejos más desigual. En 2018, le dio un puntaje de 4,14, lo mismo que a la Argentina de Macri y peor que el 3,96 de Uruguay. Lo más notable es que hace cuarenta años, en 1980, EE.UU. tenía un GINI de 3,46. Es un caso único de caída en la equidad social desde que existe el índice.

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Miércoles, 02 Septiembre 2020 05:40

¿Por qué repunta Bolsonaro?

¿Por qué repunta Bolsonaro?

A pesar de la cantidad de muertes y de la pésima gestión de la pandemia de covid-19, la aprobación de Jair Bolsonaro crece. No solo mantiene la fidelidad de sus votantes duros, sino que recibe la aprobación de parte de la población más pobre del Nordeste, a la que ha dirigido programas sociales de emergencia. Los cambios en la estrategia bolsonarista y los errores de la oposición progresista explican mucho de lo que está sucediendo en Brasil.

 

Las últimas encuestas de diferentes institutos de opinión pública son claras: la popularidad de Jair Bolsonaro es la mayor desde que asumió su mandato. Si bien se plantea una duda metodológica muy pertinente, y es que la pandemia ha obligado a que todas estas encuestas se realicen por teléfono y esto dificulta mucho el acceso a la población brasileña más empobrecida, lo cierto es que las más de 120.000 personas muertas parecen no pasarle factura al presidente de Brasil. ¿Cómo es esto posible?

 

Fieles, críticos y arrepentidos

 

Para entender las razones por las que 57,8 millones de brasileños votaron por Bolsonaro, dividimos a sus votantes en dos categorías: votantes radicales, que hoy en día constituyen entre 10% y 15% de su base de apoyo, y votantes moderados, la gran mayoría de su base electoral. Los primeros, el núcleo duro bolsonarista, son fundamentalmente hombres blancos, de clase media-alta, del sur-sureste del país y de entre 25 y 45 años. Tienen una adhesión emocional y psicológica absoluta a Bolsonaro y a su proyecto, no solo en lo político, sino también en lo vital, lo que significa compartir su visión del mundo violenta, racista, LGBT-fóbica y machista. Pero ¿por qué muchos de los más moderados aún continúan confiando en un presidente tan abyecto?

Bolsonaro representa una tendencia política antisistémica y antipartidista. Así, su imagen se constituye como la del outsider, como el único político honesto que, genuinamente, quiere luchar contra un sistema corrupto. Al día de hoy, uno de los legados más problemáticos de la operación Lava Jato es una intensa criminalización de la política que caló hondo fundamentalmente en las clases medias tradicionales brasileñas, que compartían la visión del entonces juez Sérgio Moro como el héroe anticorrupción. Gran parte del público fiel a Bolsonaro continúa manteniendo su apoyo no tanto porque confía plenamente en el presidente o porque está totalmente satisfecho con su gestión, sino porque no reconoce otra alternativa política o electoral viable justamente por entender que el sistema en su conjunto está intrínsecamente corrompido. Bolsonaro todavía es visto por este público como honesto y auténtico.

Para entender cómo se comporta su base electoral moderada, emprendimos junto con Camila Rocha una investigación en la que clasificamos a este electorado en tres categorías: fieles, críticos y arrepentidos. Veamos los argumentos de cada grupo. Además de la honestidad, los argumentos que los más fieles repiten cuando justifican su apoyo son muy recurrentes: a) «en comparación con los 14 años de gobiernos petistas, Bolsonaro aún no ha tenido tiempo de gobernar»; b) «el Partido de los Trabajadores (PT) dejó el país destruido política, económica y socialmente, por lo que recomponerlo no es una tarea fácil»; c) «cuando Brasil empezó a encarrilarse, llegó la pandemia y todo se detuvo»; d) «Bolsonaro hace todo lo posible por mejorar la situación del país, pero la persecución permanente que sufre por parte de la prensa, los políticos de oposición y el Tribunal Supremo [unos de los principales enemigos de presidente] hacen que no consiga gobernar».

Sin embargo, es entre la clase media y alta más «lavajatista» donde Bolsonaro perdió más adhesión. Esta población recibió como un duro golpe la dimisión del ministro Moro, a cargo de la cartera de Justicia y Seguridad Pública, el 24 de abril de 2020, tras acusar a Bolsonaro de interferencia política en el nombramiento del director de la Policía Federal a fin de proteger a sus hijos de las investigaciones llevadas a cabo sobre ellos. A su vez, los hijos de Bolsonaro son uno de sus mayores problemas. Varios procesos pesan sobre los tres que tienen representación política. Sobre Flávio Bolsonaro, senador por Río de Janeiro, pesan acusaciones de realizar transacciones financieras ilegales por valor de 1,2 millones de reales (más de 200.000 dólares). Sobre Carlos Bolsonaro, concejal por Río de Janeiro, pesan dos acusaciones: la primera por nombramiento de cargos fantasma en su gabinete y la segunda, la más importante en este momento, por ser uno de los supuestos coordinadores de la campaña de noticias falsas a través de millones de mensajes ilegales durante la campaña electoral. La misma acusación de coordinar el esquema masivo de noticias falsas pesa sobre Eduardo Bolsonaro, diputado federal por San Pablo. Esta última investigación sobre fake news electorales es la que más preocupa en Brasilia, ya que el Tribunal Supremo Electoral ha abierto un proceso de impugnación de la candidatura Bolsonaro-Mourão sobre la base de esta investigación.

Además de la frustración por la salida de Moro y de su visión negativa de los hijos del presidente, quienes votaron por Bolsonaro y ahora están decepcionados o arrepentidos presentan los siguientes argumentos: a) «Bolsonaro no cumple con el decoro que su función exige, es excesivamente violento, autoritario, histriónico en su forma de conducir el gobierno y con sus polémicas continuas causa gran inestabilidad»; b) «la gestión de Bolsonaro de la pandemia de covid-19 es irresponsable e inhumana, no se preocupa ni por los enfermos ni por los muertos».

Podemos decir que los dos factores principales para el debilitamiento de Bolsonaro eran el covid-19 y las sospechas de corrupción que involucraban a sus hijos. La mayoría de los brasileños considera que su comportamiento frente a la pandemia denota falta de carácter y humanidad. En paralelo, el 18 de mayo de 2020, Fabrício Queiroz, ex-asesor de Flavio Bolsonaro y sospechoso de ser su testaferro, fue arrestado después de pasar un año escondido en una casa propiedad del abogado de la familia Bolsonaro. Según Datafolha, 64% de los brasileños cree que Bolsonaro conocía el paradero de Queiroz todo este tiempo.

En las últimas semanas, parece que Bolsonaro y sus asesores entendieron este mensaje de su base más desencantada y cambiaron su estrategia: han hecho desaparecer a sus hijos del espacio público y de las redes sociales y han «domesticado» a un Bolsonaro que está más moderado que en los inicios de su presidencia. Como consecuencia de este giro estratégico en su comportamiento, su popularidad ha vuelto a crecer. Sobre los más de 110.000 muertos por la pandemia y las críticas a su gestión, Bolsonaro también tiene una estrategia clara: la culpa de estos números y de la crisis económica que se avecina no la tiene él, la tienen los gobernadores de los estados y los alcaldes que no siguieron sus recomendaciones de que la gente pudiera salir a trabajar, decretaron confinamientos que solo algunos cumplieron y, de esta forma, no lograron atajar la pandemia y agravaron la crisis económica. Parece que esta reciente táctica también puede estar comenzando a funcionar.

En paralelo, la popularidad de Bolsonaro comienza a aumentar entre los más pobres, a causa, fundamentalmente, de una ayuda de emergencia de 600 reales (112 dólares) mensuales que recibirán durante la pandemia y que es esencial para la supervivencia de millones de brasileños. Por otro lado, Bolsonaro comienza a invertir políticamente en el Nordeste, la región más empobrecida del país y feudo electoral histórico del lulismo. Sabe que si se gana a las clases populares con ayudas económicas, se allanaría el camino hacia la reelección. Los datos impresionan: 65,3 millones de brasileños están recibiendo la ayuda y un tercio de ellos están en la región Nordeste. No hay que olvidar que parte del apoyo popular a Luiz Inácio Lula da Silva se basó en este tipo de transferencias de ingresos.

El problema es que este ingreso no puede ser para siempre, y el neoliberal ministro de Economía Paulo Guedes, el nexo con el empresariado y el capital nacional e internacional, ya está insistiendo en que es incompatible con sus políticas de ajuste presupuestario y fiscal. ¿Serán capaces Guedes y Bolsonaro de llegar a un acuerdo para mantener a lo largo del tiempo algún flujo de ingresos (aunque sea de valor menor a 600 reales) que garantice el apoyo de los más pobres pero, al mismo tiempo, de continuar con los planes privatistas y las reformas (tributaria y administrativa serían las próximas) para mantener satisfechos a los dueños del dinero? Veremos.

No debemos olvidar que Bolsonaro mantiene la fidelidad de los principales obispos de las mayores iglesias evangélicas pentecostales y neopentecostales, como la Iglesia Universal del Reino de Dios y la Asamblea de Dios. Los más pobres componen el mayor contingente de estas iglesias, por lo que su apoyo es un factor muy importante para entender la adhesión popular al bolsonarismo. Por eso, el presidente brasileño continúa apostando por un conservadurismo religioso que se pauta por la dinámica de la moralización y la cristianización de la vida pública y privada. Temas como el rechazo al aborto y el combate al feminismo son explotados con gran crédito moral por figuras del gobierno como la ministra de Mujer, Familia y Derechos Humanos, la pastora Damares Alves.

 

El impeachment se aleja

 

Si la nueva estrategia bolsonarista basada en la combinación de su propia moderación, el ingreso de emergencia y la culpabilización de alcaldes y gobernadores por la pandemia continúa funcionando, el ex-capitán puede reforzarse como una alternativa viable para las próximas elecciones presidenciales de 2022, no solo entre los leales, sino también entre un buen número de partidarios críticos que parecen estar mejorando sus perspectivas y lo votarían de nuevo, especialmente contra el PT. El antipetismo sigue siendo bastante fuerte entre la población. Además, el PT ha dado algunos pasos que han desencantado a su propia base, como por ejemplo la elección de Jilmar Tatto como candidato a la alcaldía de San Pablo en las próximas elecciones municipales de noviembre de 2020. Su nombramiento levantó muchas críticas entre los afiliados, bastantes de los cuales han migrado hacia una candidatura que parece irradiar más entusiasmo: la de Guilherme Boulos, el líder de los «sin techo», postulado por el Partido Socialismo y Libertad (PSOL).

Pero el problema no es solo el PT, sino también la ausencia de un nombre fuerte que aglutine el campo de la centroderecha y la derecha moderada y que consiga arrebatar votos a Bolsonaro. Se barajan diversos nombres, como el del gobernador de San Pablo João Doria, el del propio ex-juez Moro y el del conocido presentador de televisión Luciano Huck, pero de momento nada está definido.

En el plano institucional, la posibilidad de un impeachment, que llegó a parecer plausible en los meses anteriores, está diluida. Bolsonaro cuenta, además, con el apoyo de amplios sectores de las Fuerzas Armadas. Es el gobierno más militarizado de la historia brasileña, con 11 ministros militares y casi 3.000 cargos gubernamentales ocupados por personas procedentes de las Fuerzas Armadas. Estas se han beneficiado enormemente de su presencia en el gobierno, con una buena reforma de las pensiones aprobada al mismo tiempo que se realizaba una reforma antipopular y regresiva de las pensiones para los civiles, y con un aumento del presupuesto militar en un momento de restricciones en otras áreas. Bolsonaro también está negociando su estabilidad con el poderoso presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia, quien tiene en su poder nada más y nada menos que 47 pedidos de impeachment diferentes, y con un grupo de partidos políticos llamado el centrão, que reúne a unos 200 diputados (de 513 en total) que no tienen una identidad ideológica específica y, por tanto, se venden al mejor postor. Están vinculados a prácticas clientelistas y corruptas, pero tienen el poder de equilibrar la gobernabilidad del país.

El hecho de que un impeachment se vea ya muy lejos también influye positivamente en la percepción de la población del gobierno de Bolsonaro, porque se entiende que este está pasando por un momento de mayor estabilidad y que el presidente está siendo capaz de mantener la gobernabilidad incluso en contextos como el actual.

¿La popularidad de Bolsonaro seguirá subiendo? ¿Será capaz de mantener su nuevo giro estratégico? De momento parece que mantener la moderación le va a costar mucho. En los últimos días ya protagonizó una nueva polémica al responder con tono amenazante a un periodista que le preguntaba por sospechas de corrupción en el caso Queiroz «Qué ganas de reventarte la boca a golpes». Las elecciones municipales de noviembre próximo serán importantes para que el campo bolsonarista y el democrático midan fuerzas, pero lo cierto es que Bolsonaro continúa alimentándose de que mucha gente indefinida políticamente no llega a confiar en los proyectos políticos de la izquierda. Urge que el PT y el resto de los partidos democráticos se coloquen como alternativas viables, porque de lo contrario corremos el riesgo de que Bolsonaro se mantenga tranquilo en el poder a pesar de los más de 100.000 muertos y de los múltiples retrocesos que está comandando.

Publicado enInternacional
Martes, 11 Agosto 2020 05:38

Lecciones de la historia

"El caso brasileño fue muy particular. El giro económico de Rousseff, en su segundo mandato, es una de las claves para entender su derrocamiento", apunta Diego Rubinzal.  ________________________________________ Imagen: EFE

Los daños autoinfligidos. La experiencia brasileña

La menor desigualdad fue producto de la mejora de los ingresos laborales y de las transferencias estatales a los sectores más postergados entre 2002 y 2014. El cambio de régimen de política económica generó una recesión económica innecesaria en 2015.

 

El neoliberalismo se adueñó del tablero mundial tras el colapso del socialismo real. América latina no fue ajena a esa oleada. En los dos países más importantes del Cono Sur, los presidentes Carlos Menem y Fernando Henrique Cardoso fueron alumnos ejemplares del Consenso de Washington. Sin embargo, “nada es para siempre” como enseña la canción de Fito Paez.

La crisis social provocó la salida anticipada de varios gobiernos (Argentina, Ecuador, Bolivia). Esa fue la antesala del ascenso al poder de una variopinta centroizquierda regional.

Más allá de las diferencias, el “giro a la izquierda” se tradujo en mayor inclusión social. Según datos de la Cepal, el coeficiente de Gini disminuyó del 0,547 a 0,491, entre 2002 y 2014. A su vez, la brecha entre el diez por ciento que más y menos gana se redujo de 43 a 39 veces. La menor desigualdad fue producto de la mejora de los ingresos laborales y de las transferencias estatales a los sectores más postergados.

Un dato no menor fue que se consolidó esa tendencia a contramano de lo que ocurría a escala mundial. En otras palabras, la reducción de la brecha de desigualdad latinoamericana coexistió con mayor inequidad a escala global. A pesar de esos logros, la mayoría de esos gobiernos perdió apoyo popular con el paso del tiempo. Los motivos son multicausales e incluyen patrones comunes (por ejemplo: el lawfare) y específicos de cada país.

Por ejemplo, el caso brasileño fue muy particular. El giro económico de Rousseff, en su segundo mandato, es una de las claves para entender su derrocamiento. La historia comenzó con la designación del ortodoxo Joaquim Levy como ministro de Hacienda. Esa decisión generó fuertes resistencias internas en el Partido de los Trabajadores (PT). Sin embargo, la política de “austeridad” impulsada por el ex banquero fue defendida por Lula aduciendo que esa estrategia había arrojado buenos resultados en el tramo inicial de su primer gobierno. Sin embargo, el contexto internacional era incomparable.

Lo que ocurrió después fue muy predecible. El cambio de régimen de política económica generó una recesión económica innecesaria. El daño autoinfligido desplomó los índices de popularidad de Dilma. El clima estaba servido para la maniobra destituyente encabezada por Michel Temer.

¿Por qué el gobierno del PT cayó en esa trampa?. Responder ese interrogante no es una mera curiosidad histórica sino fuente de aprendizaje para el futuro. En "Conflicto distributivo y fin de la 'breve Edad de Oro' de la economía brasileña", los profesores de la Universidad de Rio de Janeiro Franklin Serrano y Ricardo Summa plantean que hubo una “revolución indeseada” (para los capitalistas) en el mercado laboral en Brasil entre 2004 y 2014. Eso fue resultado del fuerte aumento del salario mínimo, la creación de empleo y el empoderamiento sindical. En el período 2005-2015, la participación salarial aumentó un promedio de 1,2 puntos porcentuales anual, según las estimaciones de los economistas Saramago, Medeiros y Freitas.

“El giro neoliberal en la política económica de 2015 estuvo relacionado con las consecuencias de la “revolución indeseada” en el mercado de trabajo. Parece que ocurrió en la breve edad de oro brasileña algo en parte similar a lo que sucedió al final de la larga edad de oro de los países centrales: una reacción política a la intensificación del conflicto distributivo, que finalmente llevó a la adopción de políticas de austeridad. Además, existía la diferencia de que los capitalistas aquí confiaban en el apoyo de los trabajadores de mayores ingresos, enojados con la reducción de la desigualdad salarial y el costo creciente del trabajo en los servicios domésticos”, explican Serrano y Summa. El desenlace es conocido. Ceder a las presiones costó muy caro.

* Director Regional de la AFIP Santa Fe.

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