Lunes, 18 Febrero 2019 10:47

La lucha de clases está de vuelta

Olivier Ortelpa, París, “Chalecos amarillos”, Acte IX, Plaza de l’Etoile, 12/01/2019, https://www.flickr.com/photos/copivolta/46724069591/in/photostream/

Incipientes pero novedosos movimientos sociales surgieron por todo el mundo a lo largo de la primera década del siglo XXI, su devenir dejó lecciones de diferente tenor, entre ellas que la lucha de clases está de vuelta A finales de 2018 una nueva expresión de éstos, los “chalecos amarillos”, toma cuerpo en Francia. Examinar tal realidad, y por su conducto la relación dialéctica entre las fases atravesadas por el modo de producción capitalista, el desarrollo de las fuerzas productivas y la dinámica del conflicto de clases, es el sustrato de este artículo.

 

No solo fueron sorprendidos quienes viven fuera de Francia, también quienes allí habitan. Un sábado cualquiera de noviembre de 2018 miles de trabajadores franceses, identificados con el chaleco fosforescente que identifica a quienes conducen sus vehículos, usados para apoyar las actividades laborales que les proveen el sustento básico, ocuparon avenidas no solo en París sino en diversidad de ciudades del interior. Su grito, expresión de la insurrección ciudadana, era –sigue siendo– masivo.


Entre los miles de inconformes e insurrectos, de manera llamativa, mujeres adultas ocupaban las primeras líneas de la protesta. Jubilados con pensión precaria, trabajadores/as informales o contratados por salarios bajos y de manera flexible y precaria, todos asfixiados por crecientes y arbitrarios impuestos que deben pagar al Estado –por cualquier ingreso, gasto o propiedad familiar–, ciudadanos afectados por el desmonte lento pero continúo que allí y en toda Europa vive el Estado de bienestar, es decir, los “desechos” de un modelo económico agudizado en sus dinámicas por el neoliberalismo. Por quienes lo integran y reclaman, puede decirse que los “chalecos amarillos” son herederos de la Revolución acaecida en aquel país en 1789, cuyos ecos cubrieron todo el siglo XIX, llegando incluso hasta cerca de 1950 cuando los derechos humanos y del ciudadano, aprobada por aquel entonces, fueron incorporados en la carta reivindicada por la ONU de manera universal para la especie humana.

 

 


Iguales o peores efectos por la aplicación del neoliberalismo se conocen por doquier, con expresiones de descontento evidente en Egipto y Túnez, lo que llevó a lo que desde los inicios de la segunda década del presente siglo es conocido como la “Primavera árabe”, pero también a levantamientos sociales, confrontación de clases que destacó la consolidación de una oligarquía cada vez más opulenta (1%) y unas mayorías (99%) cada vez más excluidas de los beneficios de un modelo social que dice garantizar la democracia y el progreso.

En esta lógica, en 2011, tomó forma en Nueva York el movimiento Occupy Wall Street, antecedidos en su lucha contra la Organización Mundial de Comercio y la dinámica de los llamados tratados de libre comercio –que someten de manera más patética a la periferia al centro– por el movimiento zapatista en México que alzó su voz con eco mundial en 1994. Le seguirían con diferente propósito pero activado por el malestar social contra la exclusión, las huelgas de noviembre y diciembre de 1995, acompañadas por el levantamiento social con centenares de vehículos incendiados en las barriadas de la periferia parisina, que recordaron al mundo que en esa sociedad perdura a lo largo de 230 años una tradición de solidaridad obrera, de activismo, unidad, organización, disciplina e insurrección ciudadana.


En América Latina y el Caribe, desde finales de la década de 1990 y hasta entrada la segunda década del siglo XXI una ola rosada (integrada por variopintos movimientos populistas, centro izquierdistas, progresistas, socialismos del siglo XXI o socialdemócratas) recorrió el territorio, accediendo vía electoral al control del gobierno y llevando a la práctica un proyecto que osciló entre el neo-desarrollismo, el asistencialismo, las transferencias de ingresos a los pobres y la redistribución del ingreso, pero sin sustituir las relaciones capitalista de producción y propiedad, ni intentar dar inicio a una revolución política y menos social o cultural. La marejada rosa solo alcanzó a acariciar el umbral de la segunda década del siglo XXI; el tsunami provocado por las fuerzas defensoras de viejos y nuevos privilegios, entre ellos el monopolio total del poder, pronto comenzó a restituir el autoritario, explotador y excluyente poder oligárquico tradicional. México es la excepción, la reciente posesión del presidente López Obrador (diciembre de 2018) da continuidad a la menguada ola rosa, aunque desde ahora es obstaculizado y amenazado por el Fondo Monetario Internacional y el capital financiero global ante cualquier intento de implementar políticas de izquierda.


Otra manifestación de esta reacción contra el poder de unos pocos, tratando de confrontar al 1 por ciento, tomó forma a través del Foro Social Mundial que se dio su primera cita en Porto Alegre –Brasil– en 2001, expresión renovada de un internacionalismo necesario para confrontar al capital. En 2018, el Foro tuvo lugar en Salvador de Bahía (Brasil) con la consigna «Resistir es crear, resistir es transformar».


Estos movimientos, unos y otros, a pesar de su dinamismo e intensidad, no lograron levantar una alternativa nacional por fuera del sistema capitalista o la democracia formal, por lo cual fueron neutralizados por el poder realmente existente. Hoy podríamos decir que todos y cada uno de ellos reflejan el aprendizaje de los de abajo para futuras y decisivas confrontaciones que vendrán. De así ser, dos clases vuelven a estar claramente enfrentadas, la del 99 por ciento representada no sólo por los trabajadores –proletariado como eran conocidos hasta 1968– sino por el pueblo en general.


Tras dos décadas y media del nacimiento y decaimiento de la resistencia de los excluidos, cuando el mundo se adentra en un túnel que concentra las energías del poder en procura de no perder todo aquello que arrebató a las mayorías en escasas cuatro décadas –lo conquistado en un siglo y medio de intensas confrontaciones sociales por una vida digna–, un simbólico amarillo, energía que da potencia, fuerza que gana las calles en Francia en pos de democracia real –no solo normativa–; situación generada y reproducida por las oligarquías nacionales, sus organizaciones políticas y fuerzas de represión, el Estado clasista y el poder mundial del capital. La represión no se ha hecho esperar, el gobierno precedido por Emmanuel Macron (el consentido de la burguesía financiera francesa) con la violenta represión desatada contra la protesta ciudadana empujó a una docena de manifestantes a la muerte en lo corrido de noviembre de 2018 a enero de 2019, otros 2.000 fueron reportados como heridos, algunos con pérdidas de uno de sus ojos, parte de su dentadura, contusiones en diversas partes del cuerpo, todo ello como efecto de la acción violenta de las “fuerzas del orden”.


Amarillo de vida, igual que el rojo que acompañara a los negados desde las postrimerías del siglo XIX. El movimiento de los “chalecos amarillos” nació en pocas semanas al margen de los sindicatos y los partidos políticos. El detonante esta vez fue la carga insoportable de impuestos que deben pagar los trabajadores y comunidades populares para el beneficio de las clases dominantes.


Como es conocido, los presupuestos generales de las naciones o finanzas públicas de ingresos y gastos de los estados capitalistas, en todas partes, expresan una lucha de clases cuidadosamente perfilada y planeada para exprimir aún más a los pobres y hacer más ricos a los poderosos. Por esta razón el movimiento de los “chalecos amarillos” augura una lucha prolongada, amenazando con extender sus ecos, aunque con menor fuerza, a otros países vecinos, principalmente Bélgica, Países Bajos, Alemania, Reino Unido, Irlanda, Grecia, Italia, y España. Estados Unidos, país con escasa historia de confrontación clasista, comienza a experimentar también de manera reciente y creciente el antagonismo entre el capital y la clase trabajadora.


En la memoria


La Revolución Francesa, la ciencia económica y la revolución industrial inglesa generaron la época moderna y la hegemonía mundial del capitalismo, cuyo rasgo distintivo, cuando toda la sociedad va dividiéndose, cada vez más, en dos grandes clases enemigas, es el enfrentamiento directo entre la burguesía y la clase trabajadora.


La imposición del modelo privatizador y del desmonte de la responsabilidad social del Estado, verdadera contrarrevolución promovida por las oligarquías nacionales, los Estados capitalistas y las instituciones multilaterales, iniciada a principios de la década de 1970, en medio de una profunda crisis económica y energética, impuso el régimen neoliberal en el mundo. Las empresas y sus aliados políticos, militares, iglesias, tecnócratas e intelectuales de derecha agitaron la lucha de clases implacablemente contra los trabajadores y los sectores populares.


Una imposición que llegó de la mano de una reingeniería social a la que sometieron al sistema mundo capitalista la que incrementó la explotación y la expoliación, la opresión del trabajo y la precarización del mercado laboral. Una reingeniería que lleva a la clase dirigente a romper el Contrato Social que los trabajadores y pobres habían conquistado tras un siglo largo de lucha cruenta; el Estado de Bienestar colapsó, a la vez que la simbiosis entre el gran capital privado y el poder del Estado se fortalecía, en consecuencia, la democracia entró en descredito, para unos años más tarde colapsar bajo el peso de la concentración de riqueza que lleva al 1 por ciento a reducirse al 0,1 por ciento –con los 26 megaricos que tienen, según Oxfam, igual que lo reunido por 3.800 millones de pobres (1)– , destruyendo activamente toda forma de unión, organización, sindicalización y participación del poder popular.


Fases del capitalismo y conflicto de clases


El cuadro adjunto resume y describe las distintas etapas recorridas por el capitalismo durante sus dos siglos y medio de existencia, en relación con el conflicto de clases. El movimiento de las organizaciones obreras y la lucha de clases son parte integrante de las leyes del movimiento capitalista.


De acuerdo con los clásicos del pensamiento crítico, en la medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que las distinguen por sus modos de vivir, por sus intereses y por su cultura de otras clases y las oponen a estas de un modo hostil, aquellas forman una clase. Según Marx y Engels, la clase obrera empeñada en su lucha contra la burguesía constituye la fuerza política que lleva a cabo la destrucción del capitalismo y la transición al socialismo: «es la clase a la que pertenece el futuro».
La clase trabajadora pasa por diferentes etapas de desarrollo. Su lucha contra su contraria comienza con su surgimiento. Al principio es entablada por obreros aislados; después por trabajadores de una misma fábrica hasta alcanzar, más tarde, a todos los asalariados de la misma industria o rama de actividad económica. Al final, señalan los autores en el Manifiesto Comunista, las luchas locales se van centralizando con la ayuda de las modernas tecnologías de la comunicación y la información hasta quedar convertidas en luchas internacionales entre clases.


Clase dominante


Marx escribió en El Capital (Tomo III, cap. 47) que es siempre la relación directa entre los dueños de las condiciones de producción y los productores directos lo que revela el secreto más íntimo, los cimientos ocultos del edificio social entero.


El término clase dominante abarca dos nociones: i) una clase económicamente dominante que en virtud de su posición económica subyuga y controla todos los aspectos de la vida económica, social y cultural; ii) la clase dominante, a fin de conservar y reproducir el modo actual de producción y forma de sociedad, tiene que ejercer necesariamente el poder estatal, es decir, dominar políticamente.


A partir del siglo XX, los conflictos sociales han implicado no sólo, ni siquiera principalmente, a las clases, sino a grupos nacionales, étnicos, culturales o religiosos, así como a una cantidad de amplios movimientos sociales: feministas, ecologistas, animalistas, antinucleares, derechos humanos, identidades sexuales. Esto ha implicado un reexamen del conflicto de clases, no simplemente en términos de confrontación entre burguesía y clase trabajadora, sino más bien en términos de alianzas entre diversos grupos sociales que, por un lado dominan y dirigen la vida económica, política, social y cultural y, por otro, se ven subordinados y dirigidos.


En resumen, seguimos viviendo en sociedades clasistas, en las que los antagonismos y conflictos despliegan relaciones de fuerza, de sentido, significado y propósito en torno a las condiciones materiales y espirituales de vida (2). Se trata, entonces, de identificar la naturaleza específica de las perspectivas de clases en relación a las conciencias, las cosmovisiones, la praxis social, las alianzas, la lucha y el antagonismo.


Movimientos y lucha de clases


Igual que el capitalismo, el movimiento de la clase trabajadora se desarrolla a través de etapas bien definidas; en lugar de transitar a lo largo de una curva suave a medida que maduran las contradicciones internas del capitalismo y del conflicto de clases, sigue un camino quebrado compuesto de segmentos bien diferenciados. El desarrollo en tiempos y lugares diversos es desigual pero también combinado. La dialéctica del conflicto de clases es impulsada por una violenta historia de fuerzas antagónicas, de revoluciones y contrarrevoluciones.


Una revolución política, cuando se articula en nombre de la mayoría, tiende a convertirse en una revolución social. Tras los acontecimientos de 1789 cada día se torna más evidente el alcance de un factor desencadenante de toda revolución: la estructura de las necesidades de amplios sectores sociales y su miseria social, al igual que su defensa instintiva y consciente de la dignidad humana. La conciencia revolucionaria se ha convertido en un potente factor de las luchas sociales de los últimos dos siglos y medio de historia moderna.


Esa consciencia gana hoy nuevas manifestaciones, que responden de manera dinámica a los tiempos que vivimos, donde el proletariado clásico ha dejado de ser el centro de la transformación social, para ganar su lugar un proletariado –trabajadores– ilustrado(s), con experiencias varias en asuntos públicos-administrativos, virtuoso en muchos casos en el conocimiento y la utilización de lo mejor de los desarrollos técnicos desplegados por la tercera y cuarta revolución industriales en curso, excluido de diversidad de derechos sociales, y sin seguridad alguna sobre un futuro que le parece cada vez más esquivo. La dignidad humana es amenazada por el sistema mundo capitalista.


Unos trabajadores que, por demás, tienen una identidad plural, bien como mujeres, activistas ambientales, opuestos a la guerra nuclear, etcétera, pero que aún no logran desarrollar una teoría de la revolución que sitúe de manera adecuada el papel del Estado en un periodo de transición hacia una sociedad postcapitalista, ni la forma cómo las multinacionales (muchas de ellas grandes concentradoras de lo mejor del pensamiento acumulado por la humanidad) pasarán a ser un bien colectivo global, paso a dar en el camino hacia la fundamentación y construcción de otra economía posible y sostenible, proyectada e integrada para el beneficio general de la especie humana y de las demás especies que habitan nuestro planeta.


Por ahora, todas las manifestaciones de rebeldía estalladas en estas dos décadas del siglo XXI, verdadero resurgir de la lucha de clases, son pequeñas luces de esperanza, también los “chalecos amarillos”, su bondad estriba en que nos llaman a ganar confianza en la fuerza de los negados y excluidos de siempre para hacer realidad el sueño de justicia, solidaridad, libertad, para la humanidad toda, al tiempo que nos emplazan a construir las bases de una teoría que sustente de manera cabal la superación del capitalismo en los tiempos que vivimos. La esencia del problema consiste, en consecuencia, en ver en la historia, teoría en acción, realizada; y en la teoría, historia comprendida.

 

1. “Poseen 26 millonarios más dinero que los 3 mil 800 millones en mayor pobreza”, La Jornada, México, consultado el 21 de enero de 2019, https://www.jornada.com.mx/ultimas/2019/01/21/poseen-26-millonarios-mas-dinero-que-los-3-mil-800-millones-en-mayor-pobreza-4117.html
2. Gómez, Marcelo. (2014). El regreso de las clases. Editorial Biblos, República Argentina, pp. 23-24.

* Economista político y filósofo humanista. Escritor e investigador independiente. Integrante de los consejos editoriales de los periódicos Le Monde diplomatique, edición Colombia, y desdeabajo.

Publicado enColombia
Sábado, 16 Febrero 2019 06:12

La industria petrolera y la geoingeniería

La industria petrolera y la geoingeniería

La industria de los combustibles fósiles (petróleo, gas, carbón) ha estado siempre en la vanguardia de la negación del cambio climático: son sus principales culpables e intentan así desviar la atención sobre su responsabilidad. Un notable reporte de investigación, Combustible al fuego ( Fuel to fire), publicado esta semana por el Centro Internacional de Derecho Ambiental (CIEL, por sus siglas en inglés), muestra además que desde hace décadas impulsan la manipulación tecnológica del clima, o sea, la geoingeniería. Ésta no es, como plantean sus promotores científicos, una medida de emergencia frente a la crisis climática, sino una forma de asegurar la permanencia de los combustibles fósiles y, con ello, de empeorar el cambio climático (https://tinyurl.com/y4gjzbys).

Es conocido que las petroleras impulsan y controlan las tecnologías de captura y almacenamiento de carbono (CCS, por sus siglas en inglés). Además, también han estudiado muchas otras formas de geoingeniería, incluyendo la modificación de la radiación solar, en pos de proteger sus ganancias y seguir sus actividades con altas emisiones de dióxido de carbono, argumentando que se puede contrarrestar el calentamiento global bajando la temperatura y retirando el exceso de carbono de la atmósfera, lo cual también son negocios adicionales para la misma industria, que creó el problema.

El informe del CIEL revela que ExxonMobil, Shell, BP, Total, Chevron y otras tienen intereses, patentes e investigación en todas las formas de geoingeniería e incluso algunas han sido pioneras en investigarlas. Exxon, por ejemplo, investigaba desde la década de 1940 formas de modificación del clima, como por ejemplo cubrir áreas con asfalto para aumentar la absorción de calor con la idea de provocar lluvia en otras zonas.

James F. Black, uno de los investigadores de Exxon que participó en ese proyecto, tuvo también un papel clave en la investigación de la empresa sobre cambio climático y dióxido de carbono en las décadas siguientes.

Desde la década de 1940, las mayores petroleras han hecho investigación sobre el clima –tanto para proteger sus inversiones como para entender sus impactos–. Cuando el debate sobre cambio climático empezó a generalizarse, tenían amplia información para construir formas de negar el fenómeno y evadir su responsabilidad.

Complementariamente han investigado, promovido y cabildeado el desarrollo de una amplia gama de técnicas de manipulación del clima, tanto técnicas de remoción de dióxido de carbono, por ejemplo, plantaciones para bioenergía, captura directa de aire (ambas, combinadas con CCS), alcalinización del mar y fertilización oceánica, como técnicas de geoingeniería para alterar la radiación solar que llega a la Tierra. Entre estas últimas, crear y blanquear nubes marinas para reflejar el sol o inyectar sulfatos en la estratósfera para bloquear los rayos del Sol, imitando el efecto de las nubes volcánicas, todas con la intención de bajar la temperatura.

El informe aporta numerosos datos y nombre de científicos y cabilderos de la industria petrolera que han tenido enorme influencia en las políticas de Estados Unidos sobre energía y cambio climático para impedir el desarrollo de políticas de energías renovables y para promover la geoingeniería, tanto bajo la administración de Barack Obama como en la actual. El propio director ejecutivo de Exxon, Rex Tillerson, pasó de ese cargo a secretario de Estado con Trump hasta 2017. La existencia de opciones de geoingeniería justifica, según éstos, que no es necesario hacer recortes en las emisiones.

Uno de los más activos proponentes científicos de la geoingeniería es David Keith, de la Universidad de Harvard. Argumenta que son medidas que deben prepararse frente a la inacción climática. En 2017 presentó el proyecto ScoPex, experimento para diseminar partículas reflejantes del Sol, a realizarse en Arizona o Nuevo México, probablemente en territorio indígena. Sería el primer experimento a cielo abierto de manejo de la radiación solar. Más que un experimento científico, ScoPex es punta de lanza para comenzar con experimentos de geoingeniería solar y posteriormente su desarrollo a gran escala.

Keith se presenta como científico, pero es simultáneamente fundador y accionista de Carbon Engineering, empresa comercial de remoción de dióxido de carbono con la técnica de captura directa de aire. El carbono es usado para hacer combustibles sintéticos. El reporte del CIEL muestra que esto no remueve el carbono de la atmósfera, sino, incluso, por su alta demanda energética, podría emitir más. En enero 2019 las petroleras Chevron y Occidental Petroleum se sumaron como inversores a esa empresa, que fue financiada inicialmente por Bill Gates, entre otros.

Es una muestra de lo que plantea el informe: hay una línea de continuidad entre la industria de combustibles fósiles, sus excusas para seguir extrayendo petróleo, gas y carbón y todas las formas de geoingeniería.

La creciente consideración de geoingeniería en informes y negociaciones internacionales sobre cambio climático debe cuestionarse radicalmente, a la luz de que en lugar de paliar los síntomas la geoingeniería es un argumento para posponer la necesaria reducción de emisiones.

Por Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC.

Sobre geoingeniería y sus impactos, ver el libro Geoingeniería: El gran fraude climático, de Grupo ETC y Fundación H. Boell, http://tinyurl.com/ycljetdf

 

Jueves, 14 Febrero 2019 14:46

(In-)Movilidad Social y Democracia

(In-)Movilidad Social y Democracia

El presente libro analiza la problemática de la (in-)movibilidad social –núcleo de la meritocracia como fundamento esencial de la sociedad de mercado libre– en países de la Ocde y Colombia

Jueves, 14 Febrero 2019 08:01

¿Periodismo?

Fabio Manosalva, de la serie  “Sobre la derrota” (Cortesía del autor)

Los cínicos no sirven para este oficio.
Ryszard Kapuscinski

La renovada disputa por el poder en Venezuela, con una nueva escalada a partir de enero de 2019, deja al descubierto diversidad de intereses en juego, en lo internacional y en lo local, así como el sentido profundo del periodismo.

Para comprobarlo, en relación al periodismo, varias perlas: en la edición matutina del radionoticiero Caracol, a cuya cabeza aparece Darío Arizmendi, figura connotada de lo que pudiéramos denominar periodismo oficioso, al referirse el 25 de enero a la situación en el país vecino, sentencia: “Lo que hay allí es un régimen militar presidido por un civil chafarote que es el dictador Maduro” (franja 5 am–6 am: 41’52”–41’56”).


¿Ayudan al periodismo bien argumentado los adjetivos y los calificativos sin soporte previo? Como es conocido, para no volverse propagandista y perder su misión de informar, el periodista está obligado a explicar, entregándole a quien lo escucha –en este caso–, o a quien lo lee o ve, elementos de contexto, argumentos, soportes de diverso tipo (por qué, para qué, tras de qué…), permitiendo así que puedan formarse un criterio propio y, de ser necesario, tomar partido por una u otra posición que esté en pugna como en el caso de Venezuela. Llenar de epítetos y calificativos una realidad, en que la noticia queda sometida a la subjetividad y los intereses de quien la brinda –y del grupo de poder que representa–, no aporta a informar… aunque sí a desinformar.


En el mismo noticiero, al aludir a una foto en la cual aparecen varios generales de aquellas fuerzas armadas, el mismo personaje sentencia: “[…] aparecen todos los chafarotes, todos los generales, son más de mil que ha nombrado Maduro, con las mejores prebendas, salarios y gabelas, la mitad del gabinete está en manos de generales ineptos, incapaces, cómplices, empezando por el ministro de la Defensa, Vladimir Padrino, que tiene en los Estados Unidos un prontuario lleno de cargos y acusaciones por todos los delitos que se le puedan imputar […] (9’36”–10’10”).


Como todos sabemos, las fuerzas armadas son un factor decisivo del poder y de la correlación de fuerzas en todo país; como brazo armado del poder tradicional, hacen parte de la casta dominante, en Venezuela y en Colombia, en China y en Estados Unidos. Y como factor decisivo, la clase que los unge les garantiza beneficios de todo tipo, comprando así su lealtad. Para el caso de Colombia, sueldos altos, sistema de salud y de seguridad social especial, casas fiscales para ellos y sus familias, administración de las empresas adscritas al Ministerio de Defensa, protección legal, esquemas de seguridad especiales, en no pocas ocasiones impunidad, etcétera. Los militares –oficialidad–, que en la mayoría de nuestros países, para ascender, deben cursar estudios en los centros de entrenamiento de los Estados Unidos, quedan desde entonces bajo su lupa.


Lo que corresponde ante esta realidad no es despacharla con un calificativo sino preguntarse: ¿Qué hacer con las fuerzas armadas y con el aparato represivo de que están dotados los Estados? ¿Cómo hacer para que no funcionen como brazo del poder sino, realmente, como instrumento de protección de la sociedad toda?


En todo caso, queda una inquietud: ¿Qué se diría de ellos si hubieran dado el golpe de Estado que desde hace meses-años pretenden diversos sectores de la comunidad internacional?


De igual manera, al referirse a la votación surtida en la OEA sobre el caso Venezuela el día 24 de enero: herido en honor propio porque se suponía que tal organismo ya estaba inclinado ante la coyuntura del país vecino, y al recibir una noticia contraria a lo que ya daba por hecho, luego de desnudarse como propagandista de una causa al expresar que “[…] se necesitaban 18 votos y lamentablemente sólo se lograron 15 […], al aludir a quienes inclinaron la balanza para el lado contrario al que a él le parece correcto, Arizmendi descarga tamaña perla: […] esto sucedió porque esos paisitos del Caribe y Centro América…” (franja 6 am–7 am, 36’53”).


De acuerdo al criterio periodístico de quien está al frente de este informativo, ¿cuáles son los países dignos de ser llamados como tal y cuáles “paisitos”? ¿Los grandes? ¿Los pequeños? ¿Los administrados de acuerdo a su parecer? ¿Cuáles factores son los que determinan que un país sea “país” y no “paisito”? De ser así, ¿quienes habitan el “país” son más capaces genéticamente que quienes habitan en el “paisito”?. El borde de racismo y chovinismo en que transita esta expresión es claro, cargado de un profundo peso eurocéntrico y anglosajón, racista. Es claro que, en periodismo, al referirnos a un país u otro, debemos hacerlo como iguales. Esto a pesar de su PIB y otras características que cada uno haya acumulado en el curso de su historia.


Claro. A un periodista le puede parecer que la mayor democracia del mundo es Estados Unidos y los demás simples caricaturas, pero por ello no puede taparse los ojos ante los hechos de cada día ni borrar de su mente la realidad histórica, esa que indica que tal ‘democracia’ queda quebrada cuando leemos una constante de racismo defendida allí por los grupos de poder, o cuando revisamos sucesos, crímenes de lesa humanidad, cometidos por aquella ‘democracia’, como los de las bombas arrojadas sobre poblaciones japonesas por el simple afán de obligar a la URSS a no proseguir su avance sobre esa parte del Pacífico, lo que le hubiera asegurado su dominio sobre tal región, en alianza con el Partido Comunista Chino, que ya estaba venciendo al Kuomitang. Para no refrescar la memoria con la barbaridad extendida sobre el territorio vietnamita con guerra química, sin diferenciar, además, entre combatientes y población civil, por no relacionar más ejemplos.


Antes de él, valga enfatizar, una periodista que lo acompaña en tal emisión, al referirse a estos mismos países, expresa: (votaron así porque) “[…] dependen de Venezuela en temas petroleros, entonces reciben órdenes también de Venezuela, deciden no votar o no reconocer al señor Juan Guaidó como presidente” (36’40”–36’53”). ¿Y los que votaron reconociéndolo serán autónomos respecto a los Estados Unidos? No es posible ‘informar’ con una visión tan chata de la realidad, en ella la geopolítica y sus signos reales.
Hay que insistir y recordar: más allá de sus gustos y sus deseos, el periodista se debe a la realidad y está obligado, por tanto, a poner en el fiel de la balanza los sucesos tal y como ocurren, sin matizarlos con su opinión, relacionando allí los pros y los contras de cada circunstancia, siempre pensando en las personas a las que informa, quienes –hay que recordarlo– son su razón de ser. Hacer lo contrario es actuar no como periodista sino como opinador, por lo general pagado por algún grupo de poder. De ahí sus opiniones insistentes.
Siquiera este señor no es médico, pues, al recibir un paciente, lo pasaría por el tamiz de su ideología, de tal manera que quien no pensara igual que él ahí quedaría, a merced de la enfermedad o de la muerte.

 

C.G.

Publicado enColombia
Lunes, 11 Febrero 2019 19:26

¿Periodismo?

Fabio Manosalva, de la serie  “Sobre la derrota” (Cortesía del autor)

Los cínicos no sirven para este oficio.
Ryszard Kapuscinski

La renovada disputa por el poder en Venezuela, con una nueva escalada a partir de enero de 2019, deja al descubierto diversidad de intereses en juego, en lo internacional y en lo local, así como el sentido profundo del periodismo.

Para comprobarlo, en relación al periodismo, varias perlas: en la edición matutina del radionoticiero Caracol, a cuya cabeza aparece Darío Arizmendi, figura connotada de lo que pudiéramos denominar periodismo oficioso, al referirse el 25 de enero a la situación en el país vecino, sentencia: “Lo que hay allí es un régimen militar presidido por un civil chafarote que es el dictador Maduro” (franja 5 am–6 am: 41’52”–41’56”).


¿Ayudan al periodismo bien argumentado los adjetivos y los calificativos sin soporte previo? Como es conocido, para no volverse propagandista y perder su misión de informar, el periodista está obligado a explicar, entregándole a quien lo escucha –en este caso–, o a quien lo lee o ve, elementos de contexto, argumentos, soportes de diverso tipo (por qué, para qué, tras de qué…), permitiendo así que puedan formarse un criterio propio y, de ser necesario, tomar partido por una u otra posición que esté en pugna como en el caso de Venezuela. Llenar de epítetos y calificativos una realidad, en que la noticia queda sometida a la subjetividad y los intereses de quien la brinda –y del grupo de poder que representa–, no aporta a informar… aunque sí a desinformar.


En el mismo noticiero, al aludir a una foto en la cual aparecen varios generales de aquellas fuerzas armadas, el mismo personaje sentencia: “[…] aparecen todos los chafarotes, todos los generales, son más de mil que ha nombrado Maduro, con las mejores prebendas, salarios y gabelas, la mitad del gabinete está en manos de generales ineptos, incapaces, cómplices, empezando por el ministro de la Defensa, Vladimir Padrino, que tiene en los Estados Unidos un prontuario lleno de cargos y acusaciones por todos los delitos que se le puedan imputar […] (9’36”–10’10”).


Como todos sabemos, las fuerzas armadas son un factor decisivo del poder y de la correlación de fuerzas en todo país; como brazo armado del poder tradicional, hacen parte de la casta dominante, en Venezuela y en Colombia, en China y en Estados Unidos. Y como factor decisivo, la clase que los unge les garantiza beneficios de todo tipo, comprando así su lealtad. Para el caso de Colombia, sueldos altos, sistema de salud y de seguridad social especial, casas fiscales para ellos y sus familias, administración de las empresas adscritas al Ministerio de Defensa, protección legal, esquemas de seguridad especiales, en no pocas ocasiones impunidad, etcétera. Los militares –oficialidad–, que en la mayoría de nuestros países, para ascender, deben cursar estudios en los centros de entrenamiento de los Estados Unidos, quedan desde entonces bajo su lupa.


Lo que corresponde ante esta realidad no es despacharla con un calificativo sino preguntarse: ¿Qué hacer con las fuerzas armadas y con el aparato represivo de que están dotados los Estados? ¿Cómo hacer para que no funcionen como brazo del poder sino, realmente, como instrumento de protección de la sociedad toda?


En todo caso, queda una inquietud: ¿Qué se diría de ellos si hubieran dado el golpe de Estado que desde hace meses-años pretenden diversos sectores de la comunidad internacional?


De igual manera, al referirse a la votación surtida en la OEA sobre el caso Venezuela el día 24 de enero: herido en honor propio porque se suponía que tal organismo ya estaba inclinado ante la coyuntura del país vecino, y al recibir una noticia contraria a lo que ya daba por hecho, luego de desnudarse como propagandista de una causa al expresar que “[…] se necesitaban 18 votos y lamentablemente sólo se lograron 15 […], al aludir a quienes inclinaron la balanza para el lado contrario al que a él le parece correcto, Arizmendi descarga tamaña perla: […] esto sucedió porque esos paisitos del Caribe y Centro América…” (franja 6 am–7 am, 36’53”).


De acuerdo al criterio periodístico de quien está al frente de este informativo, ¿cuáles son los países dignos de ser llamados como tal y cuáles “paisitos”? ¿Los grandes? ¿Los pequeños? ¿Los administrados de acuerdo a su parecer? ¿Cuáles factores son los que determinan que un país sea “país” y no “paisito”? De ser así, ¿quienes habitan el “país” son más capaces genéticamente que quienes habitan en el “paisito”?. El borde de racismo y chovinismo en que transita esta expresión es claro, cargado de un profundo peso eurocéntrico y anglosajón, racista. Es claro que, en periodismo, al referirnos a un país u otro, debemos hacerlo como iguales. Esto a pesar de su PIB y otras características que cada uno haya acumulado en el curso de su historia.


Claro. A un periodista le puede parecer que la mayor democracia del mundo es Estados Unidos y los demás simples caricaturas, pero por ello no puede taparse los ojos ante los hechos de cada día ni borrar de su mente la realidad histórica, esa que indica que tal ‘democracia’ queda quebrada cuando leemos una constante de racismo defendida allí por los grupos de poder, o cuando revisamos sucesos, crímenes de lesa humanidad, cometidos por aquella ‘democracia’, como los de las bombas arrojadas sobre poblaciones japonesas por el simple afán de obligar a la URSS a no proseguir su avance sobre esa parte del Pacífico, lo que le hubiera asegurado su dominio sobre tal región, en alianza con el Partido Comunista Chino, que ya estaba venciendo al Kuomitang. Para no refrescar la memoria con la barbaridad extendida sobre el territorio vietnamita con guerra química, sin diferenciar, además, entre combatientes y población civil, por no relacionar más ejemplos.


Antes de él, valga enfatizar, una periodista que lo acompaña en tal emisión, al referirse a estos mismos países, expresa: (votaron así porque) “[…] dependen de Venezuela en temas petroleros, entonces reciben órdenes también de Venezuela, deciden no votar o no reconocer al señor Juan Guaidó como presidente” (36’40”–36’53”). ¿Y los que votaron reconociéndolo serán autónomos respecto a los Estados Unidos? No es posible ‘informar’ con una visión tan chata de la realidad, en ella la geopolítica y sus signos reales.
Hay que insistir y recordar: más allá de sus gustos y sus deseos, el periodista se debe a la realidad y está obligado, por tanto, a poner en el fiel de la balanza los sucesos tal y como ocurren, sin matizarlos con su opinión, relacionando allí los pros y los contras de cada circunstancia, siempre pensando en las personas a las que informa, quienes –hay que recordarlo– son su razón de ser. Hacer lo contrario es actuar no como periodista sino como opinador, por lo general pagado por algún grupo de poder. De ahí sus opiniones insistentes.
Siquiera este señor no es médico, pues, al recibir un paciente, lo pasaría por el tamiz de su ideología, de tal manera que quien no pensara igual que él ahí quedaría, a merced de la enfermedad o de la muerte.

 

C.G.

Bienvenidos a la Seguridad Democrática Recargada

Muchos colombianos, optimistas o ingenuos, esperaban que el señor que ostenta el cargo de presidente de la República de Colombia diera señales de humo sobre la línea con la que “enderezaría” su gobernabilidad. Esperaban que a más tardar este mes se mostrara la o las líneas con las que encauzaría su gobierno, porque el año pasado fue noticia porque sus proyectos de ley no pasaban en el Congreso o por sus comentarios un poco “desatinados” como el de Blancanieves y los siete enanitos refiriéndose a su política económica.

Este año, Iván Duque arrancó con apariciones relevantes dándole apoyo irrestricto a la Asamblea Nacional en Venezuela y con la convocatoria a una marcha contra el terrorismo a causa del atentado a la Escuela de Cadetes General Santander realizado por el ELN. Estos dos hechos se encuadran perfectamente con el lanzamiento que acaba de hacer del reencauche de la Seguridad Democrática. Y, si a este contexto se le suma el clamor social que le ha venido exigiendo al presidente tomar medidas ante el continuo asesinato de líderes sociales que solo en lo que va del año ha cobrado la vida de 171 y en lo que va de su gobierno más de 30.

El evento se dio en el marco de un Consejo de Seguridad en una de las regiones más olvidadas de Colombia y, por tanto, víctima de muchos hechos de violencia: el departamento del Chocó. Allí, en medio de la cúpula militar, el ministro de defensa y las autoridades regionales2 Duque lanzó lo que denominó la estrategia contra los “matalíderes”. Sí ese fue el sustantivo que utilizó para referirse a lo que estudiosos del conflicto armado en Colombia34 ya han confirmado que es el asesinato metódico y selectivo de líderes sociales.

Así como dijo que “A Guacho se le acabó la guachafita” refiriéndose a la muerte de un disidente de las FARC, ahora con la mismo escaso respeto y seriedad enuncia “matalíderes”. La estrategia ya la conocemos todos los que vivimos el gobierno Uribe. Se trata de la creación de una red de informantes ciudadanos que den pistas de los delincuentes para su captura o muerte y a los cuales se les darán millonarias recompensas por “cooperar” con la policía.

 

 

Con esta estrategia el gobierno pretende matar tres pájaros de un solo tiro: 1. Mostrarse como que sí está haciendo “algo” por los líderes sociales, 2. Justificar el aumento de militares al volcar la guerra de nuevo a los territorios, sobre todo los más afectados por la violencia y al mismo tiempo más olvidados por el Estado para ejercer la “presencia” militar del gobierno5 y 3. Alimentar la idea de que ser mercenario paga, atizando la cultura del “dinero fácil”, lo cual puede tener consecuencias muy adversas, como el ajuste de cuentas por particulares y el aumento de denuncias falsas, solo por ganarse el dinero.

El lanzamiento de la estrategia estuvo acompañada por el video-spot en el que se puede ver cómo mezcla estos tres objetivos. Primero dice que “La protección de nuestros líderes sociales es un compromiso del Gobierno Nacional y subraya en rojo las palabras protección, nuestros y compromiso, con la clara intención de destacar que “se está haciendo algo”. Luego aparece la solicitud de ayuda a los televidentes (porque dijo que se transmitiría por los canales de televisión a partir de hoy 1 de Febrero) para que den información para capturar a los criminales con el ya trillado cartel de “Se busca” al estilo oeste. El cartel tiene el logo de la Policía, la Fiscalía y el escudo de Colombia y está separado en recuadros de acuerdo al monto millonario de recompensas. Y luego, la voz narradora del spot atizando el tono de su voz dice: “Estos son los asesinos de nuestros líderes sociales” y así va subiendo la imagen del cartel con las fotografías y los nombres. Continúa diciendo que se ofrece recompensa desde $500 millones hasta $4000 millones por información efectiva. Luego destaca los tres primeros nombres y por los que se ofrece el monto más alto y son los cabecillas del la guerrilla del ELN. Finalmente el spot de 50 segundos con el número de la línea directa (un celular) para que sean denunciados y cierra diciendo que garantizan y con el letrero de “Absoluta reserva” y el de “El que la hace la paga”, estas dos últimas palabras resaltadas en rojo.

 

 

A la anterior descripción se puede agregar la explicación de que las letras resaltadas en rojo sumadas al cliché del letrero de “Se busca” evidencian el lenguaje amarillista que se utiliza, el cual sirve para llegarle a un público con morbo. Asimismo, en el discurso verbal, la utilización del nosotros cuando dice en varias ocasiones “nuestros líderes” pretende generar proximidad entre un “ellos”, los líderes sociales, que están en un allá, lejos, en las regiones y un “yo” que en este caso sería el Gobierno. Sin embargo, ese nosotros de unidad, de acercamiento promueve una división con otro ellos que serían los “buscados”, es decir, nosotros=líderes+gobierno (que incluye Policía y Fiscalía de acuerdo a los logos puestos) y ellos=delincuentes buscados. Esta división pone en medio a la ciudadanía, al público que vea el video, por lo cual, explícitamente se les convoca a que denuncien y de esa manera se ponen de lado del “nosotros” y además se ganan una “platica” en “absoluta reserva”.

Además, en el afán de dar respuesta al atentado de la Escuela de cadetes este spot mezcla la tragedia de los líderes sociales asesinados en la misma bolsa. Situación que que es por demás muy compleja, porque responsabilizar al ELN también de los asesinatos a líderes en una campaña mediática que puede durar meses sino años, rompe totalmente con la idea de una salida negociada al conflicto con esta guerrilla, les declara directamente la guerra, desacata los protocolos firmados por el Estado que Duque en este momento representa y nos pone a todos los colombianos en un escenario de conflicto armado.

No solo es de resaltar el lenguaje que utiliza Duque sino la forma como convierte un problema estructural de violencia en Colombia (como lo es el exterminio sistemático de líderes) en un show de campaña en el que reitera su slogan “El que la hace la paga”. Crea entorno a una tragedia social una estrategia comunicativa en la que, de nuevo, como si la muerte o captura de los “matalíderes” solucionara el problema estructural de violencia que se generó en los territorios, en gran parte porque el Estado no ha copado los espacios dejados por la desmovilizada guerrilla de las FARC y estos han sido copados por grupos de paramilitares en su mayoría que se disputan los negocios de la droga y las tierras entre otros.

Muchos comentaristas de la vida nacional dirán que Duque desperdició una oportunidad de “oro” para generar su propia estrategia de gobernabilidad, otros diremos que desde que fue elegido como “el que dijo Uribe” y ratificado cuando cambió su foto de perfil en las redes sociales por esa fotografía mirando al horizonte y poniéndose la mano en pecho al estilo de la “mano firme y el corazón grande” ya sabíamos lo que veríamos en su gobierno: Bienvenidos a la Seguridad Democrática Recargada, porque el que la hace, la paga y el cambio de una mentalidad de guerra a una mentalidad de cambio social, científico y cultural para el país, que siga esperando.

 

1 https://canal1.com.co/noticias/nacional/van-17-lideres-asesinados-este-ano-colombia/

2 Todos hombres, hay que aclararlo, porque como dicen las mujeres de la Ruta Pacífica de las Mujeres y tantas otras: La guerra la hacen los hombres y son las mujeres las que históricamente reconstruyen el tejido social

3 Los líderes asesinados tienen rostro https://pares.com.co/2018/12/10/los-lideres-asesinados-tienen-rostro/

4 “Una de las conclusiones más importantes del informe de la Comisión Colombiana de Juristas es que hay patrones que dan a entender que serían ataques sistemáticos a los líderes sociales” https://www.elespectador.com/noticias/nacional/asesinatos-de-lideres-sociales-metodicos-y-selectivos-segun-investigador-camilo-bonilla-articulo-834889

5 Porque esa otra presencia, la que verdaderamente necesitan los territorios con programas de Educación, Salud, Empleo, oportunidades que realmente transformen estructural mente esos lugares.

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Chalecos amarillos lanzan marcha pacifista de Marsella a París

Integrantes del movimiento de los chalecos amarillos en Francia anunciaron que realizarán una marcha pacifista desde Marsella (sur) hasta esta capital, una nueva iniciativa dirigida a reforzar la movilización en el país.


En conferencia de prensa, los organizadores detallaron que un primer grupo de seis activistas partirá el domingo de la comuna de Boulou, en la frontera con España, y el 16 de febrero saldrá una decena de personas de la ciudad costera de Marsella.


Ambos cortejos convergerán el 19 de febrero en Avignon para continuar juntos la marcha hasta París, a donde pretender llegar el 17 de marzo.


Según las precisiones ofrecidas, el objetivo es que se sumen más chalecos amarillos procedentes de otros departamentos.


‘Estamos en contacto con grupos que saldrán de Bretaña, de Dunkerque, de Bordeaux, de Estrasburgo, para que se unan a nosotros’, indicó Sarah Chabut, una de las promotoras.
El plan es hacer trayectos diarios de 25 a 35 kilómetros, y hospedarse en casa de integrantes del movimiento en cada localidad.


Con la marcha pacifista, los chalecos amarillos buscan reforzar la movilización en defensa de sus reclamos.


‘Queremos un referendo ciudadano sin restricciones, luchamos por la justicia social y fiscal, por la ecología, y para dar nuestro apoyo a los manifestantes víctimas de violencia policial y de decisiones abusivas de la justicia’, explicó la joven.


En noviembre de 2018 comenzó el movimiento de chalecos amarillos con protestas en todo el país y ya sumen 12 sábados consecutivos de acciones.


Aunque el origen de la movilización fue el aumento de precios del combustible decretado por el Ejecutivo, luego las reivindicaciones se ampliaron al aumento de impuestos en general y la pérdida del poder adquisitivo como resultado de la política gubernamental.


Los chalecos amarillos ahora reclaman también reformar la Constitución en aras de una democracia plena y que los ciudadanos tengan la posibilidad de pedir e impulsar la realización de referendos nacionales sobre temas relevantes.

8 febrero 2019 


(Con información de Prensa Latina)

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El momento exige: imaginación, proyecto propio y ganar la iniciativa

¡Colombia está patas arriba! En esta república bicentenaria, pero cada vez menos igualitaria y justa, le quieren imponer a la gente el olvido y la desmemoria respecto de los causantes históricos de la violencia y la guerra, y condenar a los de ruana a otra etapa de desangre, luto, víctimas y exclusión.

El triunfo electoral de Iván Duque en coalición con los jefes conservadores y del establecimiento en sus distintas expresiones, que contó con el respaldo de más de 10 millones de colombianos, abrió un nuevo momento político cargado de peligros y amenazas no solo para el activismo popular alternativo y crítico, sino también, para amplios sectores de la sociedad que enarbolan y defienden los derechos y conquistas alcanzados en largas luchas ciudadanas.

El sector más oscurantista, ultra-conservador, autoritario, mafioso y militarista ha quedado al frente del Estado, con mucha iniciativa en la dirección que tome la sociedad colombiana, que sin duda expresará su gran inconformidad en los meses por venir a través de diversas formas de resistencia, movilización y lucha cívico popular, desde diversos territorios del campo y la ciudad.

Todo el peso represivo del Estado y de sus herramientas generadoras de opinión se impondrá para desprestigiar y eliminar cualquier crítica, oposición y desaprobación del modelo que imponga este sector ultraconservador. Todos aquellos que defiendan el Estado social de derecho, que promuevan reformas a favor de la democracia y la justicia social, y aún los críticos más tibios, serán sancionados, abucheados y condenados como apologistas o patrocinadores de la polarización y del terrorismo. Un panorama que no solo ocurre en Colombia sino también en otras latitudes del continente americano y mundial.

El dos mil diecinueve y su tiempo inmediato, será entonces un tramo de disputa entre modelos de sociedad posibles, que desafía la imaginación y las capacidades de las mayorías y sus expresiones organizadas y, ofrecerá nuevas oportunidades de articulación y acción en procura otra democracia y, por su conducto, de vida digna. Un panorama acompañado de otras desvergüenzas y malestares generados igualmente por los económica y políticamente privilegiados:

Un fiscal de bolsillo del capital financiero y agiotista, Nestor Humberto Martínez untado hasta el tuétano de corrupción y politiquería clientelista, se atornilla y lo atornillan en su puesto para que siga cumpliendo el papel de cubrir con el manto de la impunidad el robo permanente del erario nacional y, la barbarie contra los líderes y lideresas del movimiento social.


Un paquete de reformas que indigna por sus propósitos: De impuestos abusivos a los ciudadanos que con su trabajo ganan el pan; un atraco prometido al sistema pensional que condena a unos años otoñales en desprotección, a la hoy joven generación de trabajadores; la mercantilización voraz y el endeudamiento perpetuo para acceder a la educación superior; unos planes de despojo de nuestros territorios y destrucción de sus culturas en oferta por el precio que ponen las bolsas de valores.


La suspensión de los diálogos con el ELN, que con su acción en la Escuela General Santander dio pie para el cierre definitivo y/o durante lo que dure este gobierno, de las conversaciones de paz; el desconocimiento del protocolo de la Mesa; la decisión de no habilitar ceses bilaterales de fuego; la ley de recompensas; la generalización del sapeo y el uso de las armas para los civiles; muestran que la verdadera política del actual gobierno es la guerra.

En este sentido, descaro, injusticia, soberbia y cinismo, son los materiales que confeccionan el traje de los poderosos. Pero como toda fábula, esto no es fácil de ver por parte de un considerable sector de ciudadanos, inmersos en diarios apremios, amarguras, sufrimientos y lamentos; quienes un tanto desapercibidos, ayudan a justificar el reinado de la infamia.

Pero la terca resistencia es igualmente bicentenaria, y pese a que los pueblos, los ciudadanos, las clases populares intuimos la amenaza, reconocemos que nuestra fuerza está: en los lazos de solidaridad, reciprocidad y complementariedad; en la reconstrucción de un tejido roto miles de veces por los verdugos del gran capital; en la disposición por aprehender los cambios generados por la revolución industrial en marcha y, con ello, las transformaciones en la política que la misma implica; y en la capacidad de gritar y ejercer otra democracia entre organizaciones, territorios, liderazgos y proyectos de futuro.

Otra Democracia es grito, utopía y semilla. Por eso los hombres, mujeres y jóvenes que como ¡Otra Democracia, Sí! ejercemos el derecho a pensar diferente y a construir una sociedad mejor, llamamos a avanzar en la construcción profunda de la «Asamblea Nacional del campo popular», un proceso de fortalecimiento y lucha necesario para hacer frente a las amenazas y a los males que aquejan la vida, la justicia, la decencia, el territorio y la dignidad en el hoy y ahora de nuestra realidad nacional.

 

8 de febrero de 2019

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Foto: gentileza de Manuel Sutherland

Es economista marxista, y como tal se empeña, sistemáticamente, en explicar la política a través del análisis de quién controla los medios de producción. Su visión de clase trastoca todos los esquemas establecidos del debate dominante respecto de Venezuela. Brecha conversó con Manuel Sutherland acerca de la total destrucción de la economía, los riesgos de intervención en su país, las posibilidades de establecer un diálogo, el posicionamiento de los militares y el afán de Juan Guaidó de apropiarse de la transición y repartirse el control de la petrolera venezolana Citgo. Su crítica es tan despiadada con la derecha como con la izquierda, a la que llama a situarse “del lado de la clase obrera venezolana, no de Maduro y su camarilla”.

La crisis institucional que sacude a Venezuela, con un presidente en funciones, Nicolás Maduro, y otro como “encargado”, Juan Guaidó, apoyado por Washington y países de la región y de la Unión Europea, delata las penurias que vive gran parte de la población, acosada por la pobreza, con un aparato productivo en ruinas y una inflación desenfrenada. El economista marxista Manuel Sutherland, que dirige el Centro de Investigación y Formación Obrera, lleva años investigando el proceso que desembocó en esta situación y ha publicado numerosos estudios detallados sobre la economía venezolana. Egresado de la Universidad Central de Venezuela, magister scientiarum en ingeniería industrial y planificación del desarrollo, en febrero de 2016 daba cuenta de que, “luego de recibir infantiles ataques difamatorios que sabotearon nuestra organización y sufrir el hackeo de los correos y nuestras redes sociales, he recibido la noticia de la ilegal cesantía de mi puesto como profesor de economía en la Universidad Bolivariana de Venezuela, como reprimenda a mis escritos críticos y por negarme a apoyar medidas absurdas”. Hoy Sutherland divide sus actividades profesionales con la militancia política. Conversó con Brecha sobre la situación actual en Venezuela, pero también respecto de los procesos que se han venido desarrollando en el país, en el plano económico, en paralelo al más visible conflicto político.

 

—¿Qué probabilidades de éxito tendría un nuevo diálogo entre el gobierno y la oposición, luego de varios fracasos?

—El gobierno siempre quiere dialogar para ganar tiempo, para enfriar las calles. Un diálogo ratificaría a Maduro como presidente, pero Voluntad Popular (el partido de Guaidó) es la extrema derecha y no tiene nada que hacer en un diálogo.

 

—Las expectativas de Guaidó no parecen muy compatibles con lo que Maduro está dispuesto a tratar en un eventual diálogo.

—Exacto. Lo más probable es que Guaidó vaya por la vía de la confrontación, en este momento no le interesa el diálogo. El gobierno tampoco quiere grandes cambios, quiere mantener el Consejo Nacional Electoral, para no perder el poder, no quiere alternabilidad.

 

—¿Cuáles son las posibilidades entonces de concretar un diálogo que permita vislumbrar una salida?

—Creo que podría haber diálogo con otra parte de la oposición, una parte que no esté metida en el golpe contra Maduro, pero por las vías legales y al margen de los planes de Estados Unidos. Quizás por ese lado… Pero es difícil que en este momento Guaidó negocie algo, porque Estados Unidos ordenó taxativamente que no haya negociaciones. Actualmente Guaidó se juega a una intervención más directa de Estados Unidos. En este momento hay tres vías para que eso suceda. Una, que puedan comprar a militares de alto rango que le retiren su apoyo a Maduro. Dos, que Maduro renuncie por presión internacional, por el cerco económico y la fuerza en la calle de gente muriendo de hambre. Y tres, una intervención militar extranjera más o menos quirúrgica, que se pareciera a lo que sucedió en Panamá con el ex general Manuel Noriega, porque aquí no hay milicias armadas, como en Libia o Siria. Esas son las tres cartas que tiene Guaidó, y las otras cartas de negociación sólo se pueden dar si se negociara la salida inmediata de todo el gobierno, pero negociar por elecciones no está planteado.

 

—¿Cuán factible sería que los militares que dirigen empresas estatales y expropiadas abandonen al gobierno?

—La probabilidad aparece baja en lo inmediato, porque hay un divorcio muy grande entre la tropa y el alto mando militar, y hay alrededor de 500 generales que asumieron el puesto de mayor general. También hay muchos militares que tienen cierto poder; tienen gobernaciones, alcaldías, ministerios, y lo más importante es que tienen a Pdvsa. También controlan minas, la empresa de exportación de oro y están haciendo dinero a montones. Es decir que tienen el corazón de la economía en sus manos, por lo que es muy difícil que esos militares que tienen una vida muy cómoda puedan pensar que van a estar mejor con Guaidó. Ellos tienen ahora una situación soñada de gobierno directo, en la que Maduro asume todos los golpes por los problemas gubernamentales y ellos reciben todos los beneficios resultantes de gestionar operaciones de diamantes, coltán, cobre, etcétera. Yo dudo mucho de que los militares se tuerzan contra Maduro en este momento.

 

—¿Qué debería suceder para que cambiaran de bando?

—Pienso que tendría que haber una potencial masacre enorme de gente, un conato de guerra civil o una especie de amenaza con un portaviones estadounidense cerca, para que ellos entreguen a Maduro y negocien eso. Ya la Asamblea Nacional les dio una especie de ley de amnistía que están negociando para los crímenes de los militares. Salvo algunos militares de bajo rango, que irán presos inmediatamente, los demás actos de corrupción, apropiación indebida, dolo, peculado, todo eso se perdonaría si dan un paso al frente y abandonan a Maduro.

 

—Mencionabas como uno de los posibles escenarios previos a una apertura de diálogo una intervención de Estados Unidos tipo Panamá. ¿Un embargo petrolero o un boicot financiero no tendría también ese efecto?

—El boicot financiero no tendría ninguna consecuencia, dado que Venezuela hace tiempo que no accede a los mercados del dinero, a causa de las sanciones, pero principalmente por la quiebra del país, totalmente destruido. La situación empeora diariamente y nadie quiere prestarle. Venezuela tiene relaciones muy estrechas con el grupo Brics, menos con Sudáfrica y ya no con Brasil, pero con India, Rusia, China y Turquía las mantiene. No obstante, ninguno quiere prestarle un dólar más. Los préstamos de China van directamente a las empresas de ese país que sacan petróleo en Venezuela.

El bloqueo petrolero no se va a dar a través de un bloqueo puntual, sino por medio de la entrega de Citgo a Guaidó. Citgo es una empresa venezolana que opera en Estados Unidos, con cerca de 16 mil instalaciones, refinerías y gasolineras. Es la joya de la corona. Compra el petróleo venezolano mediano y pesado y lo refina y lo vende en miles de gasolineras en Estados Unidos. Prácticamente es el único ingreso en efectivo que tiene Venezuela. Además le vende a Caracas la mitad de los diluentes necesarios para suavizar el petróleo pesado y extrapesado que produce el país y que representa la mayor parte de su producción petrolera, ya que el gobierno decidió abandonar los pozos maduros de liviano y concentrarse en la Faja del Orinoco, donde el petróleo es extrapesado y precisa diluente para ser vendido.

Además, la gasolina aquí en Venezuela se regala; con un dólar puedes llenar unos 5 mil o 10 mil tanques, pero las refinerías no están trabajando, o lo están haciendo a un 10 o 15 por ciento. Citgo vende componentes de gasolina a Venezuela para mezclar acá. Y una eventual pérdida de Citgo implicaría, primero, una crisis por escasez de gasolina. Segundo, una reducción inmediata de las exportaciones de petróleo, mientras no se consiga otro proveedor de diluente. Cabe señalar además que Citgo le vende a crédito los diluentes al Estado. Tercero, una pérdida de unos 300 mil a 400 mil barriles diarios que compra Citgo directamente a Pdvsa. La petrolera estatal debería encontrar otros mercados para venderlos, lo que significaría más costos y tiempo. Finalmente, implicaría que el país perdiera su principal fuente de divisas; dejaría de recibir el dinero en dólares de Citgo, que representan prácticamente las únicas divisas que recibe Venezuela, ya que de China no llega casi nada por el petróleo que se está llevando, ya sea porque se pagó por adelantado o por los créditos concedidos a Caracas.

La entrega de Citgo a Guaidó le permitiría agarrar una enorme cantidad de dinero con el que organizar milicias armadas con mercenarios por la parte occidental del país, Tachira, Zulia, y crearle un problema gravísimo al gobierno.

 

—En ese caso Estados Unidos no precisaría una intervención militar clásica…

—La cuestión es que la opción sobre Citgo no genera consenso en la oposición, sólo es defendida por Voluntad Popular (vp). La otra posición dentro de la oposición es favorecer una negociación, a fin de volver a la normalidad, aunque esta posibilidad parece lejana. vp se quiere apropiar de la transición, hacerla no inclusiva, apartando a otros partidos mayores de la oposición radical. La oposición moderada no quiere a VP porque tiene una postura sectaria de apropiación exclusiva del gobierno y quiere apropiarse de Citgo ella sola también. En ese contexto el gobierno quiere jugar a fomentar esa grieta para evitar que se apropien de Citgo, pero Citgo está en Estados Unidos y no hay forma de defenderla.

La intervención militar clásica no debería darse, porque Venezuela tiene defensa misilística de procedencia rusa de última generación, usada en Siria, que podría causar bajas importantes, según algunas fuentes cercanas al gobierno, pero otras fuentes señalan que esas defensas no han tenido mantenimiento desde 2010, que no se actualizó el sistema, que se ha robado dinero entregado para inversiones, que las tropas ganan dos dólares mensuales, sin logística ni alimentos.

Yo pienso que lo más probable sería una intervención por medio de mercenarios, a la espera de que Guaidó se apodere de Citgo y de otras empresas venezolanas en el exterior; y en un país donde la gente gana tres o cuatro dólares mensuales aumenta la posibilidad de encontrar gente dispuesta a combatir.

 

—¿Qué apoyos tiene Guaidó y qué tan sólida es la alianza de Maduro con Rusia, Turquía y China, más allá de los intereses comerciales y estratégicos?

—Respecto de Guaidó, el 23 de enero decenas de ciudades habían marchado en apoyo al “presidente encargado” y a la transición. Muchos “ni ni” participaron de esas manifestaciones, no tanto contra el chavismo, sino contra la permanencia de Maduro en el poder. Marcharon por la transición, no necesariamente contra el chavismo. A Maduro lo identifican con el empeoramiento de la economía. Ya sea por la “guerra económica” o las “sanciones”. Guaidó no parece tener un apoyo importante en la cúpula de la oposición. Muchos están a la caza de cargos, eso lo fortalece a Guaidó, quien así aparece como una figura “no rayada”, fresca, no como un político tradicional.

Por otra parte, Turquía no tiene capacidad militar ni financiera para apoyar a Venezuela. Trata de sortear las sanciones que tiene el comercio de oro, lo refina y lo canaliza hacia entidades financieras menores.

China tiene inversiones grandes aquí en Venezuela, pero está más bien negociando con Estados Unidos u otras naciones para que respeten de alguna forma sus inversiones acá.

Rusia, con sus bases en Siria, se muestra más cercana, pero, al igual que China, sus posiciones son más cautas, semejantes a las de México.

 

—Una parte de la izquierda sigue identificando a Maduro con el socialismo.

—En una nota publicada en Nueva Sociedad explico este problema en detalle, pero en síntesis diría que creo que los gobiernos de izquierda y el progresismo internacional tratan de ponerse en la vereda contraria a Duque, Bolsonaro y Trump, que atacan muy frontalmente a Maduro y al gobierno chavista. Cuando tratan de oponerse, no hacen la crítica que la izquierda seria podría hacer. Porque tú puedes hacer críticas distintas de las que ellos hacen, que te sitúen del lado de quienes deberían ser receptores de esa solidaridad, que no son Maduro y su camarilla, sino la clase obrera venezolana y extranjera que vive aquí. Es la clase obrera la que sufre las iniquidades de un gobierno que hace políticas que la empujan a la miseria. En vez de solidarizarse con la clase obrera, se solidarizan con los que tienen los recursos.

Venezuela ha sido extremadamente generosa con la izquierda latinoamericana e internacional, les ha regalado viajes, publicado libros, tours en el país, viáticos, el Premio Libertador al pensamiento crítico, con entre 100 mil y 150 mil dólares a personajes que escribieran libros de izquierda en América Latina. Se desarrollaron otros premios, prebendas, reuniones. Esos privilegios para esa izquierda microscópica –que no hace nada en sus países pero que en Venezuela se reúne con presidentes, ministros y sale en la televisión– le han dado una fama que sus representantes no quieren perder. Tienen estrechos contactos con la embajada venezolana, donde se hacen eventos en los que las embajadas ponen recursos y ellos se sienten importantes.

Tampoco quieren perder credibilidad negando lo que dijeron antes. Esa contradicción les pega y entonces se frenan para decir lo que pasa en Venezuela, algo de lo cual cualquier persona se da cuenta: que no hay efectivo, que el hampa actúa completamente sin límites, que matan a la gente por un celular, que las cárceles las dominan los mismos presos, donde hacen ejecuciones, cortando, cabezas, manos, y que el país está completamente anarquizado y destruido.

También aprovechan las bestialidades de Trump, los eventuales golpes de Estado y las amenazas de la ultraderecha para defender al gobierno, sin analizar por qué el gobierno ha llegado a esta situación. Porque todos podemos estar contra la invasión militar, como yo lo estoy –estoy en contra de cualquier derramamiento de sangre y cualquier intento sanguinario de posesión de cualquier gobierno del mundo–, pero no puedo aplaudir a un gobierno que hizo un desastre económico, que administra la economía como un boxeador drogadicto de 19 años, que luego de ganar 200 millones de dólares en su juventud ahora está arruinado y vive de la caridad estatal. Esta administración no se puede defender, aquí se hicieron las cosas mal, terriblemente mal, y Venezuela tiene ejemplos históricos de todo lo que no se debe hacer, de todo lo que no se debe intentar en materia económica, productiva, industrial, agrícola. La izquierda tiene que repensarse bastante y reflexionar sobre esa pésima actitud de alejarse de la verdad y de la lucha real de la clase obrera.

Quisiera dejar claro que este proceso no tiene nada que ver con el socialismo ni con una revolución. Aquí no ha fracasado ni el socialismo ni la revolución ni un proyecto emancipador. Chávez empieza a hablar de socialismo unos siete años después de tomar el gobierno. Que haya hablado de socialismo no quiere decir que se haya hecho una revolución o un cambio realmente de izquierda. En el pico del chavismo, en 2007-2008, casi el 70 por ciento del Pbi todavía era privado y las expropiaciones fueron grandes negocios para empresas como el banco Santander, vendido al Banco de Venezuela en 1.500 millones de dólares, luego de haber sido comprado a 300 millones de dólares.

No se trata de un fracaso del socialismo, ni de una revolución, sino de un gobierno militarista que desarrolló un populismo clientelar lumpen, que no tiene nada que ver con el desarrollo de las fuerzas productivas, del potencial industrial, de la subjetividad productiva obrera. Ni tiene nada que ver con Marx un gobierno que fracciona el capital y se lo asigna a caciques, fundando el Banco del Pueblo, el de las Fuerzas Armadas, el Obrero. Y no tiene que ver con proyectos realmente emancipadores. En la actualidad el gobierno privatiza al estilo del ex presidente ruso Boris Yeltsin: está vendiendo grandes activos estatales a mafias, a empresas de maletín, de manera oscura y presumiblemente corrupta, a precios miserables. Esto es completamente indefendible.

Creo completamente en el socialismo como proyecto, pero el socialismo también debe revisarse. Los postulados de Marx tienen una vigencia impresionante, pero no son el fin del mundo y se tiene que avanzar sobre eso. Hay que considerar las cuotas pendientes que tenemos los socialistas: como la alternancia política, que el poder no es para siempre; poner fin a la obsesión por eliminar a los adversarios, que hay que estatizar todo porque la propiedad estatal es mejor que la privada, cosa que se demostró errónea en todas partes, así como también revisar cómo desarrollar las fuerzas productivas sin hacer pelota el ambiente.

Es necesario entender y estudiar lo que pasó en Venezuela, todo lo que se hizo, los proyectos. Revisar los análisis de los expertos que pasaron por acá, como Marta Harnecker, James Petras, Joseph Stiglitz. Todo lo que se trató de hacer y no se pudo. Hay que ver objetivamente las razones, las causas, y hay que hacer un estudio muy profundo de lo que acá sucede, porque es un caso extraordinario para aprender todas las cosas que no se deben hacer y las que debieron hacerse y no se hicieron, para que otros países latinoamericanos y de otros lugares puedan sacar lo mejor de esta experiencia.

 


La debacle económica y el discurso oficial


“La gente se siente mofada en su situación de crisis”

 

—La quiebra del aparato productivo favoreció el alejamiento incluso de parte de las bases que apoyaban al gobierno, en medio de una emigración masiva. ¿Maduro tiene la posibilidad de arbitrar medidas para recuperarlas?

—La magnitud de la crisis venezolana no tiene parangón en América. Yo la comparo con lo que vivió Polonia durante la ocupación nazi (1939-43), cuando perdió 40 por ciento del Pbi, bajo bombardeos y genocidio. Venezuela perdió 50 por ciento. El Pbi per cápita cayó 60 por ciento en los últimos años. Ni Guatemala ni El Salvador, con guerras civiles, cayeron a ese extremo; esto es realmente pavoroso. Hubo una destrucción inenarrable de capital y fuerzas productivas, no hay producción, la productividad se ha venido al piso, la importación también ha caído mucho y hay miles de empresas que han cerrado, un 70 por ciento de ellas. Las que se mantienen en actividad trabajan al 10 o 15 por ciento de su capacidad. Las estatales también han cerrado masivamente, la tercera siderúrgica más grande de América trabaja al 10 o 5 por ciento de su capacidad. La extracción de petróleo cayó entre 60 y 65 por ciento. Pdvsa, que era una de las principales petroleras de la región, no puede pagar los sueldos y depende de los préstamos que salen de un dinero inorgánico, capital ficticio. En términos de Marx, la población obrera sobrante venezolana, maquillada por el petróleo, explotó, porque ese maquillaje ya no existe.

A pesar de los enormes subsidios, como el regalo de la gasolina, el gas, la electricidad, el agua, sus ingresos no permiten a la gente comprar más que el 10 por ciento de lo que necesita para comer. Hay desnutrición, pero para el gobierno no hay
desempleo, no se publican cifras desde 2015. Tampoco hay datos del Pbi, ni de la inflación. Se dice que en el sector formal hay 6 por ciento de desempleo, probablemente porque nadie quiere trabajar en el sector formal. Muchos trabajan por su cuenta o se han ido del país, unos tres o cuatro millones, fácilmente, el 12 o el 13 por ciento de la población, equivalente a 20 o 25 por ciento de la población económicamente activa (unos 16 millones). No hay desempleo porque el salario es extremadamente bajo.

La situación es pavorosa, porque la gente abre las bolsas de basura usadas de los contenedores y las revende. Usa desechos como la borra del café y panes en mal estado para comer. No hay servicios de salud de ningún tipo, no hay medicinas que cuestan uno o dos dólares, no se pueden comprar, los hospitales están prácticamente cerrados. La gente muere por heridas superficiales que no se pueden curar por falta de antibióticos. Mucha de la gente que salió a protestar está protestando por hambre.

 

—Esta situación no parece mitigada por las medidas que ha tomado el gobierno contra la inflación, como la adopción del petro o el soberano.

—En su primer informe de 2013 y 2014 Maduro anunció que acabaría con la inflación, con la guerra económica, pero sigue repitiendo exactamente lo mismo, siempre con las mismas medidas: control de precios, fiscalización de precios, fiscalización de la producción. Pero todos los años, desde 2013, la economía empeora. El 14 de enero de 2019 dijo lo mismo: que fiscalizaría más la economía, que otorgaría más bonos, más bolsas de comida para los pobres, pero no mencionó ninguna medida para tratar de resolver la crisis, ni siquiera admitió la crisis. Maduro dijo que este es un gobierno exitoso, que había hecho milagros, que había disminuido la pobreza, cosas muy buenas para la población más pobre, congratulándose de ser un tremendo gerente, cosas que realmente molestaron a la población, porque las aderezó con una sarta de chistes, actuando como un showman. Esa actitud payasa puede quedar más o menos bien cuando el petróleo está a 170 dólares y puedes exportar o extraer 3,5 millones de barriles diarios, pero si extraes 900 mil o un millón y el petróleo está a 50 dólares y la situación de miseria es tan fuerte, esos chistes caen mal. La gente se siente mofada en su situación de crisis. Tampoco el gobierno propone nada nuevo, aunque no lo vaya a cumplir, aunque sea mentira, porque ya no tiene nada que inventar.

Lo único que podría tener efecto sería una gran apertura de la economía. Pudo haberse hecho en 2014, siguiendo algunos modelos clásicos de economía, y evitar gran parte de lo que sucedió. El problema es que ahora la conflictividad política y otros factores impiden que una apertura tenga un efecto realmente potente sobre la economía.

¿Por qué no la hicieron en 2014? Porque esa apertura implicaba poner fin a grandes negocios de los militares y de la cúpula del Estado, que roban el dinero público, sobre todo la renta petrolera a través de un dólar preferencial artificialmente bajo, mucho más bajo que el paralelo, que permitió hacer las fortunas más grandes del planeta. No veo que el gobierno tenga ninguna herramienta importante a mano, ya que la crisis venezolana exige un préstamo importante. En 2014 no era necesario, en 2015 quizás tampoco, pero en 2019, ya estando en default, es necesario un préstamo grande para enfrentar la crisis humanitaria que se está viviendo.

 

—No parece haber condiciones para obtener ese préstamo.

—El gobierno ya no puede acceder al crédito porque está demasiado deslegitimado internacionalmente y demasiado quebrada la economía.

 


 

Representantes y representados


La cúpula en helicóptero, el pueblo a pie

 

—Da la impresión de que el gobierno ha perdido contacto con sus bases.

—Sí, el gobierno se ha ido encapsulando y ha creado una especie de asociación entre contratistas, burguesía comisionista, militares coimeros y políticos que viven fundamentalmente de comisiones y de empresas que adquirieron de manera más o menos corrupta. Crearon un círculo bastante amplio pero pequeño en relación con la población, integrado por sus escoltas, secretarias, asistentes, jardineros, que tienen apartamentos, autos, dólares, dinero que les cae de la corrupción por un “efecto derrame”. La gente que contratan goza de alguna platita y ellos creen que esa es la población venezolana, y van a las marchas con ellos. Pero todos los que no reciben esas prebendas, que no reciben televisores, apartamentos, autos, viven en la extrema miseria. A esta gente no la ven, no pueden reconocerla, porque ellos andan en helicóptero, en camionetas blindadas, avionetas, y no tienen contacto con ese amplio sector de la población. Hay una tremenda desconexión que se ve reflejada en que, por ejemplo, el Partido Socialista Unificado de Venezuela, que según el gobierno tiene 7 millones de militantes, no ha hecho al menos una olla callejera, ni siquiera ha dicho vamos a luchar contra la guerra económica de Trump, entregando comida a la gente que la necesita. No han hecho nada de eso, y la orden es decir que no hay crisis, no hay problema económico, sino sanciones financieras. Cosa que nadie entiende, porque a una persona de un barrio, de una villa, no le vas a decir: “Mira, Trump impide que vendamos bonos de la deuda”, eso no lo entiende nadie. Los dirigentes de la cúpula chavista viven en su mundo y la población vive con desnutrición crónica.

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La revuelta escolar calienta el debate ambiental en el corazón de Europa

Las huelgas de estudiantes llevan el cambio climático a la agenda del Gobierno belga


Bélgica está sorprendida. Sus adolescentes se han lanzado a la huelga en los institutos y en esta ocasión no piden tasas educativas más bajas ni oportunidades de empleo al salir de las aulas. Desde hace tres semanas, miles de estudiantes de secundaria y bachillerato han dejado de asistir a clase los jueves y desfilan por las calles de Bruselas escoltados por la policía con un objetivo altruista: reclamar medidas efectivas contra el cambio climático. El crecimiento de la protesta es exponencial. El 10 de enero fueron 3.000 manifestantes, luego 12.500 y la pasada semana 35.000.


En la mañana de este jueves vuelven a estar convocados, esta vez en la Estación del Norte de la capital belga, donde alumnos de todo el país se reunirán para una nueva demostración de fuerza. La cuestión climática ha aglutinado en Bélgica un descontento generacional tan poderoso como inesperado. Su potencia en la calle se ha vuelto imposible de ignorar. Y ha llevado la ecología a la agenda del primer ministro, Charles Michel, obligado a explicar en qué ha contribuido su Gobierno a frenar el deterioro del planeta. “Hemos hecho mucho, pero quizá no lo hemos sabido explicar demasiado bien”, justificó en el diario Le Soir.


Como en tantos otros movimientos, las redes sociales han sido claves en la organización de las marchas. ¿Por qué ahora? Una joven sueca tiene parte de culpa. A sus 16 años, Greta Thunberg inició en su país una protesta para apelar a los políticos a actuar contra los efectos del cambio climático. Decidió dejar de ir a clase los viernes y dedicar ese tiempo a sentarse ante el Parlamento con un cartel que rezaba “huelga escolar por el clima”. Su gesto no pasó inadvertido. Fue invitada a intervenir en la cumbre del clima de Katowice, y luego en el Foro Económico de Davos. Una frase demoledora lanzada a la cara de los líderes mundiales en la ciudad polaca terminó por convertirla en un icono para los defensores del planeta: “Estáis robando el futuro a vuestros hijos”.


Esa lúgubre advertencia impregna el movimiento en Bélgica. La flamenca Anuna de Wever, de 17 años, vio a Thunberg abochornar a los mayores y se propuso imitarla. Grabó un vídeo llamando a la huelga escolar por el clima y pronto se hizo viral en Facebook. Tras su llamamiento en redes sociales, su vida ha adquirido un ritmo frenético. El domingo intervino al término de una marcha contra el cambio climático en Bruselas en la que participaron 70.000 personas. Se ha reunido con ministros. Aparece en televisión. Está escribiendo un libro. Y ayer viajaba en tren a Bruselas desde su Flandes natal para acudir a una reunión en el Parlamento belga. Desde su asiento en el vagón, explicaba por teléfono el sentir de su generación sobre el deterioro del planeta. “Los jóvenes están muy asustados. Por eso, cuando conocí el movimiento de Greta Thunberg, me inspiró y me dije que tenía que hacer lo mismo en Bélgica. Pensé que podía ser una revolución que nuestra generación luchara en cada país”. ¿Cuándo pararán las huelgas? “Cuando el Gobierno consensúe un plan de acción contra el cambio climático con expertos”, contesta De Wever.


Para el sociólogo Johan Tirtiaux, de la Universidad de Namur, si el Ejecutivo quiere contentar a los escolares debe evitar la autocomplacencia y dar una respuesta ambiciosa y concreta, perceptible en el día a día. “El sentimiento general es que se hace poco”, alerta. Tirtiaux dirigió en 2016 un macroestudio sobre las inquietudes de los jóvenes de entre 18 y 34 años basado en 30.000 entrevistas. El medio ambiente apareció como la primera preocupación por delante del acceso al empleo y la calidad del sistema educativo. Un síntoma del malestar que hoy empuja a las calles a los hijos, sobrinos o hermanos pequeños de los que respondieron.


Descolocados ante la corta edad de los manifestantes, hay quien ve en el movimiento una mera excusa para perder clase. "No creo en la caricatura de que sean vagos que no quieren ir al colegio", rebate Tirtiaux. El sociólogo ve muy ambicioso que puedan mantener el poder de convocatoria actual cada jueves, aunque una protesta muy diferente, la de los chalecos amarillos, suma 11 sábados seguidos en las calles de París. Aún así, Tirtiaux cree que no hay que subestimar el aviso de los adolescentes. "Hay que tomar en serio ese sentimiento de declive. Esta generación ha crecido en medio de un discurso de crisis muy fuerte. Un relato de que todo se deteriora e incluso será peor para sus hijos y nietos".


Habitualmente desconectados del debate político, la fuerza con que el mensaje de la joven Greta ha conectado con adolescentes de todo el mundo tiene pocos precedentes. Sin llegar a las altas cifras de asistentes de Bélgica, ha habido marchas similares en Alemania, Australia, Canadá o Suiza. De Wever confía en que el fenómeno se vuelva global: “Quiero animar a todos los estudiantes a sumarse. Es importante que hagamos esto juntos”.

 

Por ÁLVARO SÁNCHEZ
Bruselas 30 ENE 2019 - 18:05 COT

Publicado enMedio Ambiente
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