Domingo, 22 Diciembre 2019 07:24

Chile y los héroes de “la primera línea”

 En la primera fila los jóvenes se protegen con improvisados escudos, mientras otros intentan "ahogar" las bombas lacrimógenas.Foto Gerardo Magallón

Con todo en contra, protegen las manifestaciones

 La primera batalla que se ganó fue contra el individualismo

 

Santiago De Chile., La primera línea de las marchas en la capital chilena se ha convertido en el emblema de las movilizaciones. Con todo en contra, la conforman las y los héroes de la protesta. En los medios de comunicación los llaman vándalos, vagos, delincuentes. Adentro de la marcha les aplauden, los vitorean, casi los alzan en hombros. Existen.

Son cientos de hombres y mujeres, jóvenes en su mayoría, que enfrentan a los carabineros todos los días. Se colocan en los puntos estratégicos para impedir que los gases lacrimógenos, los disparos de municiones y los chorros de agua con químicos lleguen al resto de la movilización pacífica. Son las y los guardianes de las decenas de miles de personas que llevan más de dos meses protestando en las calles contra un sistema que los excluye.

La esquina de Ramón Corvalán con la calle Carabineros de Chile es uno de los campos de la desigual batalla. Piedras contra tanquetas desde las que disparan municiones que han dejado tuertas a más de 300 personas, bombas lacrimógenas o los vehículos conocidos como guanacos que disparan chorros de agua con químicos lacerantes que dejan ardiendo la piel por días. Chile es experto en este tipo de miserias.

Las noches son un hervidero. De un lado grupos de jóvenes quiebran el pavimento con mazos para dotar de piedras a la primera línea. Hileras de chicos con costales de pedazos de concreto atraviesan las calles y se las dejan a quienes repelen los ataques frontales de los carabineros. “Gracias hermanos”, se escucha desde la refriega y el humo. Y es que sí, la primera batalla que se ganó fue contra el individualismo y el ego, aquí todo es colectivo.

Decenas, cientos de personas esperan a los manifestantes que corren con los ojos llorosos. “¡Agua con bicabornato! ¡Agua con bicabornato!”, gritan. Y los gaseados se acercan para que les rocíen el rostro, les digan palabras de aliento, los socorran. Por cada persona lesionada se acercan cuatro o cinco de inmediato. Es el desborde.

Sigue la primera línea. Al oscurecer se juntan manifestantes frente a los guanacos y tanquetas y los desconciertan con la luz verde de cientos de rayos láser en los parabrisas. El espectáculo de luz y sonido inunda la calle. El guanaco retrocede. Los muchachos gritan de júbilo.

De pronto la infantería carabinera se despliega a pie. Parapetados en los vehículos reciben la orden de atacar y corren detrás de los jóvenes y golpean y patean a todo el que se les atraviese, detienen a alguno y sus compañeros tratan de rescatarlo en una batalla cuerpo a cuerpo. A veces lo consiguen. Otras el chico o chica pasa a engrosar las filas en las comisarías. Se habla ya de más de 20 mil detenidos en 60 días de protestas, aunque la mayoría son liberados.

A la primera línea llega Claudia Aranda, reportera y activista de tiempo completo. Durante nuestro encuentro recibe por WhatsApp la imagen del ultrasonido de su próximo nieto. Está feliz. Hace 50 años lo dejó todo y se fue a vivir a una casa okupa para mantenerse disponible todo el tiempo. “La tía del agua”, le dicen sus miles de nuevos sobrinos en las calles. “¡Hidrátense cabros!”, les grita con su bidón de cinco litros en la mano. En su mochila carga el láser para cuando toca desorientar a los carabineros, y su libreta y cámara, para sus crónicas.

En otra esquina del escenario grupos de jóvenes intentan tumbar un semáforo. Lo jalan con un lazo para arrancarlo del concreto y formar con el poste una barricada. Decenas de esquinas ya no tienen semáforo, por lo que otro grupo de voluntarios dirige el tránsito, recibiendo como pago el sonido del claxon de los automovilistas que lo mismo le regalan una botella de agua o algo para comer.

Decenas de médicos, enfermeros y sicólogos cubren los puntos de salud. Llegan aquí luego de largas jornadas de trabajo en hospitales públicos y privados, y durante horas atienden a los heridos de la revuelta. Al parecer, dicen, cada vez le ponen químicos más agresivos al agua que avientan los carabineros, pues en los días recientes los chicos llegan con quemaduras severas de la piel.

Una joven que trabaja como productora de fiestas es ahora la encargada de la logística en el centro de salud. Recibe y clasifica las bolsas de donaciones de la gente: tapabocas, analgésicos, vendas, sueros y un sinfín de artículos que se amontonan a un costado. La solidaridad, por ahora, es más grande que la emergencia.

En la primera fila los jóvenes se protegen con escudos hechos con láminas arrancadas de cortinas de tiendas, con tapas de tambos, con los discos de las antenas satelitales. Son unos gladiadores. Hay hombres y mujeres bombers cuya misión es “ahogar” las bombas lacrimógenas con garrafas de agua con bicarbonato y sosa cáustica. Se llevan la peor parte, pues sus pulmones se llenan de tóxicos. El aplauso de sus compañeros es el único pago por cada bomba desactivada.

En la manifestación no se pasa hambre. Y menos en la primera línea, pues se organizan ollas comunes y se reparten gratos en carritos recuperados del supermercado. Lentejas y papas nunca faltan. A veces llegan contingentes de ciclistas con ayuda, otra veces son ellos los que la necesitan

¿Qué pasaría si no existiera esta primera línea? Hace unos día intentó llegar a la Plaza de la Dignidad, antes conocida como Plaza Italia, el centro neurálgico de las movilizaciones, una marcha organizada por maestras de kínder, y contra ellas arremetió la policía con gases lacrimógenos. La primera línea sirve para que ellas y muchas como ellas puedan acceder a la plaza y manifestarse pacíficamente.

Las resorteras y ballonetas improvisadas son las armas de la primera línea. Barricadas de piedras, láminas, llantas, todo lo que sirva para obstaculizar el paso de los carabineros, cuya misión es cada tanto romper esa línea, atravesar las barricadas a como dé lugar e ir tras los manifestantes. Más de 40 días después la mecánica es clara. Rompen la línea, los jóvenes salen disparados, se dispersan y luego retoman sus lugares. Hasta el nuevo ataque. Y así.

“¡Encerrona! ¡Encerrona!”, gritan cuando vienen los guanacos de los dos lados. No hay mucho que hacer más que agacharse y protegerse con los cuerpos. Se avisan igual cuando uno de ellos con un cóctel molotov está a punto de arrojarlo. “¡Mecha, mecha!”, gritan para que sus compañeros abran cancha. La bomba artesanal vuela por los aires y cae cerca de los carabineros. El júbilo se expande, pues eso les da un tiempo para acercarse a los carabineros y continuar el combate con piedras.

En medio del ataque no falta la batucada o un saxofonista que se acerca con El derecho de vivir en paz e inunda con sus notas el ambiente. Anochece y los bloqueos se van apagando. Por semioscuras calles aparecen grupos de carabineros patrullando. Y de entre las sombras, como fantasmas, se escuchan los gritos: ¡Milicos de mierda! ¡Cabros de mierda! ¡Asesinos! Una chica con una enorme piedra en la mano pasa junto a la hilera de carabineros. Los insulta de frente con la piedra escondida. Los carabineros se siguen. Ella también. Aquí se perdió el miedo.

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A un mes del 21N – Balance: “No son treinta años: ¡es toda la vida!”

Cumplido un mes del 21N es posible intentar un balance de lo dejado por las jornadas de protesta social, tanto desde la perspectiva del gobierno como de las numerosas fuerzas sociales involucradas. Numerosas lecturas e interpretaciones han surgido desde entonces, pero ya hay cierta perspectiva que permite aclarar el sentido de los hechos más allá de lo anecdótico o casuístico. Quizás, una de las pancartas vistas durante las manifestaciones, portada por una familia representada en tres generaciones, un abuelo, una madre y una hija universitaria, reveló sucintamente, el profundo significado de los hechos: “No son treinta años, ¡es toda la vida!

 

Al parecer, las protestas del último mes catalizan el descontento de tres o más generaciones de colombianos que han padecido, desde que nacieron, un país convulsionado, violento, intolerante, inequitativo, huérfano de soberanía estatal en todo el territorio, gobernado por políticos ineptos y corruptos, usufructuado por elites que se favorecen entre ellas y se inclinan a los intereses extranjeros, sacudido por mafias, violentos y delincuentes. Pero, quizás, lo más significativo, se trata de jóvenes generaciones marcadas por un profundo desaliento de vivir en un país sin oportunidades claras de educación de alta calidad, desoladas al enfrentarse, desde temprano, a altos niveles de endeudamiento si quieren mejorar las oportunidades laborales, indignadas de no contar con sistemas de salud efectivos, rabiosas de carecer de oportunidades de empleo que no conduzcan a la precarización del trabajo. En resumen, anhelan una mejora sustancial en su calidad de vida y en la de las generaciones venideras. En otras palabras, van tras la utopía aquí y ahora; sin concesiones.


Si se va más profundo, varias implicaciones se decantan tras cuatro semanas de expresiones populares: en primer lugar, el acumulado inconformismo social sigue más latente que nunca; la protesta social no se ha extinguido sino seguramente continuará el año entrante. En segundo lugar, el presidente Duque ha desnudado su debilidad para gobernar con sentido social. Tercero, la imposibilidad de enmarcar o encasillar a los manifestantes dentro de vertientes ideológicas, políticas o sociales discretas. Finalmente, la gran cantidad de reivindicaciones que emergieron en las múltiples manifestaciones demuestran la amplitud y profundidad de la inconformidad social.


En cuanto al primer punto, la variada agenda del paro, a diferencia de lo ocurrido en meses anteriores en países vecinos, es sintomática de los múltiples factores que condujeron a las protestas. Si bien Colombia ha mostrado ser un país tradicio-nalmente mesurado para desplegar grandes y prolongados movimientos sociales, en este caso parece haber un cambio de tendencia significativo.


Por otra parte, el presidente ha minimizado y desconocido el alcance de la protesta social generalizada. Desde los días anteriores del 21N, se evidenció su incapacidad de sintonizarse con el país. El mandatario quedó atrapado, de un lado, entre su discurso vehemente contra “los violentos”, como si ellos representaran la mayoría de los que salieron a las calles, y del otro, en una estrategia equivocada de intentar bajar los ánimos afirmando que escuchaba al país, y plantear una “gran conversacional nacional” que nació fallida al no involucrar a los que de verdad salieron a protestar. Por ello, desconoció los intereses más profundos que llevaron a las movilizaciones. Igualmente, el presidente se equivocó al tratar de atribuirle a Petro, su principal opositor político, la responsabilidad de la continuidad e intensificación de las protestas, en un afán de encontrar un “enemigo” contra quien dirigir todas las baterías y así seguir exacerbando los odios que tanto daño hacen al país. Por otra parte, Duque y su partido quisieron ver en las jornadas de protesta una presencia mayor de la que en realidad tuvieron los grupos subversivos que quedan en el país.


En ese sentido ha quedado expuesta la inexperiencia del gobierno para negociar -que no dialogar- con unos viejos conocedores del mecanismo de la negociación colectiva como son los sindicatos de trabajadores, organizaciones muy versadas en la negociación de conflictos laborales, pero que, extrapolada la situación a un escenario extralaboral, las reglas, estrategias y tácticas suelen ser similares: la dilación, los plazos y las dinámicas juegan a favor de la parte más débil de la ecuación capital-trabajo.


Desde la tercera perspectiva, la de los manifestantes, lo cierto es que estos se expresaron a través de la difusa pero conspicua masa de lo que Negri y Hardt, llaman “la multitud”, una nutrida y casi siempre anónima masa de manifestantes de todas las edades y condiciones sociales, convocada por un liderazgo multifocal difícil de puntualizar. En la mayoría de los casos, la gente salió de manera espontánea y casi viral. Caso aparte, pero aún más notorio, fueron los cacerolazos, expresiones de descontento imposibles de atribuir a una estrategia dirigida por intereses ideológicos. Estos se explican como el desfogue de una sociedad cansada de esperar que el Estado acometa los problemas más inmediatos como son seguridad, salud, empleo y educación.


En cuarto y último lugar, el 21N dejó aflorar una agenda compleja de pretensiones, colmada de puntos de diverso alcance, y que exceden los 13 ejes temáticos planteados por el Comando Central del Paro (un grupo heterogéneo de federaciones sindicales, maestros, asociaciones estudiantiles sociales, agrarias, campesinas, indígenas y ambientales). Las pretensiones van desde lo más ambicioso, como es el replan-teamiento del modelo económico, social y político del país, a lo más urgente, como el respeto a los acuerdos de paz y la reanudación los diálogos de paz con el Eln, hasta lo más puntual como la disolución del Esmad.


A las acusaciones del gobierno que señalaban que las protestas estaban mani-puladas por “politiqueros oportunistas” o por intereses de la subversión, los manifestantes respondieron con una incontrovertible oleada de nuevas movilizaciones pacíficas. Las jornadas del 8 y 9 de diciembre, dos semanas y media después de iniciadas las protestas, demostraron, a través de las artes, la música, y el ambiente festivo, que el sentido de la protesta no era de naturaleza violenta, ni tampoco que estaba manipulada por intereses ideológicos o políticos. Los hechos vandálicos que se presentaron, como suele suceder en estos casos, no pueden ser tomados de manera metonímica, es decir tomando la parte por el todo, como quiso presentar el gobierno para descalificar la legitimidad de las protestas.


Entonces, la pregunta que aflora, tras treinta días del 21N, es: ¿Qué queda tras las expresiones de descontento social que se vieron en la calle en el último mes? El asunto parece ir más allá de la batalla entre dos relatos sobre los hechos, como lo afirma el director de Razón Pública en un artículo reciente: un relato del gobierno y otro de los diversos sectores de los manifestantes; uno, impregnado de un tono seudoconciliador y otro marcado por un fuerte acento de vindicaciones sociales insatisfechas.


La respuesta, más profunda, la que parece emerger con claridad, parece estar contenida en la pancarta portada por tres generaciones de una misma familia. Es toda una vida de frustraciones vividas por la inmensa mayoría de la población colombiana. No hay colombiano, por más centenario que sea, que haya vivido una época marcada por la paz, por el bienestar generalizado o por la prosperidad al alcance de cualquiera. Esta dilatada historia nacional, llena de carencias, violencia e injustica social ha potenciado la presión sobre una sociedad que parece haber llegado a su límite de tolerancia. El país no solo ha despertado sino que ha madurado y tiene claro lo que no está dispuesto a seguir consintiendo. A través de la voz de los millones de manifestantes, el país ha expresado de viva voz, la hora de cesar de vivir en una atmósfera de eterno conflicto, que se cansó de vivir en una de las sociedades más desiguales del mundo; un país donde la corrupción reina desde las más altas esferas del gobierno hasta el último rincón de la geografía; un país donde la soberanía del Estado solo llega a privilegiados lugares; un país donde los beneficios y exenciones tributarias se dan para los más pudientes a costa de los más vulnerables; un país que no se resigna a seguir siendo gobernado por movimientos mesiánicos, ni manejado por consignas de odio o a ser dividido entre polaridades artificiales, o atemorizado por fantasmas creados con intenciones políticas o por tergiversaciones de la realidad.


El presidente ha salido deteriorado en su imagen con un 70% de desfavorabilidad , (la de su mentor, Uribe, ha llegado al 69%) tras un mes de protestas. La estrategia para enfrentar el masivo descontento social ha revelado una profunda desconexión con el sentir más profundo de los manifestantes. Al querer mantener una postura de “comando y control” y de minimizar el alcance y la significación de los hechos se ha logrado el efecto contrario, el de minar la credibilidad y la confianza en el gobierno. El uso desmedido de la fuerza pública, en un momento donde se ha revivido el terror de los falsos positivos, ha revelado, una vez más, el alcance represivo del Estado para socavar toda expresión pública en contra del gobierno. Como si no fuera suficiente, el fraccionamiento del partido del presidente, que oscila entre criticarlo o juzgarlo por su manejo de la situación, tampoco ayuda para su gobernabilidad.


Otro asunto ha quedado a flote: la implementación pronta y total de los Acuerdos de Paz sigue siendo una de las más grandes deudas que tiene este gobierno con el país. Este factor no ha sido ajeno a los manifestantes. Hay que recordar que el Acuerdo Final de Paz parte de la premisa de un gran cambio cultural. En Colombia han imperado viejas culturas de violencia en su sociedad, acompañadas de otras de intolerancia por la diferencia política, de estigmatización por las inclinaciones políticos de los adversarios, de autoritarismo por parte de grupos y opositores, incluyendo el mismo Estado, del uso de las armas para hacerse justicia, de privatización de la seguridad, pero también una cultura de no participación política, por indiferencia o por miedo, una cultura de represión a la expresión de la protesta social y popular, y una cultura de irrespeto por los derechos humanos de las mujeres, de los niños, de los adolescentes, por sólo mencionar algunas de estas «culturas« que han imperado, prosperado y se han enquistado en el país.


El país que se quiere es uno de ampliación democrática, de fortalecer el pluralismo, de tener más representación de las diferentes visiones políticas, de promover la convivencia, la tolerancia y la no estigmatización, de proveer garantías para ejercer la oposición y para que los movimientos sociales de protesta tengan también las garantías necesarias.


No es fácil aventurar los escenarios que veremos en el 2020, pero con toda seguridad, el 21N no se reduce a un día o a un mes o a unas cuantas semanas de inconformidad social. El 21N es, todo apunta a ello, el inicio de un gran despertar nacional que debe conducir, con todas las vicisitudes y dificultades, hacia un nuevo país, una nueva democracia, una nueva sociedad.

 

* Escritor, integrante del Consejo de Redacción de Le Monde Diplomatique, edición Colombia.

 

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Jueves, 19 Diciembre 2019 06:12

NO ES OTRA NOCHE MÁS…[1]

NO ES OTRA NOCHE MÁS…[1]

La sorpresa no pudo ser mejor. Más allá de los actos violentos que no lograron desdibujar la masiva presencia de la ciudadanía en las calles manifestando su inconformidad, con amplia resonancia por parte de los medios de comunicación al servicio de los intereses de la elite, se veía que esto no era un paro más; la gente inicio la muestra de rechazo a la violencia y no permitió que se enlodara sus legítimas peticiones y fue el legendario cacerolazo sin precedentes en Colombia que retumbo en el silencio de la noche. Después de este hecho Colombia ya no sería igual. No era otra noche más de caminar….

Los días antes de la movilización el 21 de noviembre del 2019 (21N) la que ya es histórica en Colombia, el actual gobierno, uno de los peores en los últimos tiempos, en conjunto con los medios de comunicación al servicio del mismo o viceversa, se encargaron de emitir información enfocada a intimidar a la gente para que no ejercieran su derecho a la protesta.  

Al revisar de manera general el origen de los actos de violencia estos se registraron principalmente en algunas partes de las localidades periféricas de la ciudad, como son Suba, Bosa y Usme, marginadas, excluidas, segregadas y aisladas del desarrollo en términos de capital económico, social y cultural, hace que no sea un hecho gratuito. La raíz del descontento, frustración y rabia sentida en estos actos reprochables de los cuales no es claro su origen es que fueron realizados por grupos de población en donde la presencia del Estado es precaria y poco eficaz. Igualmente, allí se identificaba un resentimiento no solo a las políticas erradas del gobierno de turno que no entiende la necesidad de menguar la pobreza, inequidad e injusticia social de una población que demanda mucho más que programas sociales desarticulados, que, en conjunto con una actual Administración Distrital muy criticada, que no lleno las expectativas de la población, por no decir que mediocre, solo se enfocan en atender los intereses económicos de grupos minoritarios. Nos va a echar de más, nadie nos quiso ayudar de verdad

La responsabilidad en la manifestación desmedidas solo puede recaer en el mismo Estado, quien ha reconocido en palabras del mismo presidente, que la deuda social con la población es histórica. Luego, es claro que los actos de violencia desmedida se encuentran en las mismas entrañas de la protesta legitima y pacífica. El tipo de acción colectiva adelantada por la gente es directamente proporcional al mismo capital social[2] que permite construir el Estado desde las instituciones y las que los ciudadanos desde su marginación pueden construir, como parte del proceso de mantener desde la ideología liberal el “Contrato Social”. En otras palabras, a menos inversión económica, social y cultural en la población, mas violenta es la manifestación, entre más capital social acumulado en la población menos es la acción colectiva violenta en sus manifestaciones.[3] No es otro fin de mes, sin novedad. Ya nada es igual.

Desde el otro lado se percibe en las palabras del presidente a una persona que definió como camino de solución el dialogo, convocando a unas mesas con los líderes del paro que después de varios días de haberse convocado no ha llegado a un solo acuerdo. Es a partir de esta situación que se logra reafirmar que el gobierno y la clase que sustenta su poder no están escuchando a la gente y no esta sintonizado con la premura cotidiana, sus realidades y demandas de la mayoría. El presidente está envuelto en una paradoja. Por que quienes lo eligieron y lo apoyan en su gestión hoy lo critican y le demanda que gobierne incluso con mano dura como era de esperar, más represión a los manifestantes que han dejado sin argumentos al gobierno por sus manifestaciones pacíficas y llenas de inapelables razones, tanto así que en redes sociales ya circulan manifestaciones de apoyo por miembros de la fuerza púbica.

El hombre más solo de Colombia es Iván Duque, criticado y mancillado por sus aliados que lo eligieron y señalado y despreciado por sus contradictores que no lo eligieron, ante esta situación la paradoja no puede ser mayor en el sentido que sus aliados de antes le están dando la espalada por asumir un dialogo, así este no manifieste resultados concretos y desean que dé un paso al costado para que fuerzas más oscuras y represivas se hagan cargo de la situación. Pero mal o bien los que no lo elegimos y no estamos de acuerdo con sus erradas decisiones como gobernante, seremos quien lo mantendremos en el cargo de presidente por que más vale una mesa dialogó con los ciudadanos que la indiferencia y represión de siempre. Allá él en su laberinto. Y al presidente le tocara decidir si continúa gobernando para los poderosos o se ocupa de atender las necesidades de su gente a la cual su clase y aliados no entiende o no desean entender y de la cual hacen caso omiso.

Es necesario mantener el paro, “mis amigos salen a las calles, igual que tú”, porque casi un mes no ha sido suficiente para ser escuchados, siempre de forma pacífica, los actos violentos son marginales y no logran opacar este momento histórico que vive la ciudadanía. Los medios de comunican no tiene de otra, porque la evidencia está allí en la calle, esta vez los portavoces del estamento no podrán ocultar con un dedo la acción ciudadana en el espacio público. Es preciso mantenernos alerta por que mientras en las calles, los padres de familia junto a sus hijos solicitan que el gobierno retire del congreso proyectos como son la reforma tributaria, la reforma a las pensiones y la reforma laboral y ponga atención al lamentable estado en la administración de la universidad pública,  este gobierno cínico se frota las manos y continua con ahínco en perpetrar acciones en contra de sus ciudadanos con la intención de radicar en el congreso para su estudio estos proyectos lesivos para los colombianos. “Únase al baile, de los que sobran, nadie nos va a echar de más, nadie nos quiso ayudar de verdad…”

“Bajo los zapatos, barro más cemento”, es preciso seguir en la marcha por que Colombia tiene un nuevo fututo en las calles que son el motor de esta manifestación, los miles de jóvenes de una generación que muy seguramente es diferente a sus predecesoras, indignados ellos por la burla del gobierno, están cansados de “jugar a estudiar” de escuchar repetidamente, “los hombres son hermanos y juntos deben trabajar”, palabras vacías, si estas no están respaldadas con hechos concretos, las escuchan en  templos, aulas de clase y de sus mismos padres, mientras sus sueños se ven comprometidos y limitados, la frustración del joven es más beligerante que la del viejo, porque estos jóvenes ya saben lo que puede ser su suerte al dejar pasar este momento, por que aquellos sueños y “juegos al final terminaron siendo laureles para los mismos” delfines de la elite y la mayoría termina “pateando piedras en las calles” sin empleo, sin estudio, cargando las frustraciones de sueños no logrados. Ese no es el futuro que deseamos para nuestros hijos.

Es difícil pensar que podremos esperar algo bueno de este gobierno, el mismo que permite el secuestro de niños y jóvenes por parte de grupos armados, para posteriormente matarlos (bombardeando) con armas compradas de nuestros impuestos; que permite que instituciones al servicio del Estado y no de la ciudadanía como son el escuadrón anti disturbios ESMAD los mate y golpeé en las calles cuando manifiestan su legítimo inconformismo. Un Estado que mata y golpea a sus niños y jóvenes, el futuro de la nación, se merece el mayor desprecio de sus gobernados. Por lo anterior es manifiesto que la ausencia de un contrato social, permite que como punto de partida de este dialogo entre el gobierno y los representantes del paró sea la construcción de un contrato social el cual se verá reflejado en una constitución política que represente esa situación.

Es hora de bailar los que sobramos, tal como lo manifestaba el senador del Centro Democrático hace pocos días en el Senado de la Republica: “(…) es que usted sobra aquí”, le vociferaba al senador Gustavo Petro; palabras en últimas dirigidas a la gran mayoría de colombianos que no gozamos de privilegios, que no somos ladillas que desangran el presupuesto público para perpetuarse en sueldos desproporcionados y prebendas producto de su estatus como “representante del pueblo”.

Había y habrá “mucho sol sobre nuestras cabezas”, lluvia y lo que sea necesario para hacerle frente a los elementos, la marcha y la protesta pacífica apoyada por artistas, intelectuales, amas de casa, padres y la ciudadanía sensata de esta Colombia hay que mantenerla, porque no es “otra noche más”, porque la terrible noche no ha pasado y Colombia no es la misma después del 21 de noviembre del 2019.

 

[1] El presente artículo toma apartes de la canción del Grupo musical Los Prisioneros “El baile de los que sobran” para su argumentación.

[2] Vargas, Gonzalo. Hacia una teoría del Capital Social. Revista Económica Institucional. Universidad Externado de Colombia. Volumen 4, Número 6, primer semestre, 2002, páginas: 71 a 108. Bogotá, Colombia.

[3] Villalobos Rubiano, Jesús Antonio. Acción Colectiva, Organizaciones Comunitarias y Derecho a la Ciudad. Editorial Económica Española. 2011. También disponible en: http://www.bdigital.unal.edu.co/4150/1/jesusantoniovillalobosrubiano.2011.pdf

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Un grupo de feministas ingresó al Congreso rechazando el proyecto. Imagen: AFP

Mientras se estaba desarrollando la sesión, un grupo de feministas ingresó al Congreso para manifestarse en contra del proyecto. Pedían que se apruebe la paridad de género en la elección de los constituyentes que redactarán la nueva Carta Magna.

 

La Cámara de Diputados de Chile aprobó el llamado a plebiscito para la redacción de una nueva Constitución. Los diputados tuvieron que votar una reforma a la actual Constitución ya que no permitía el llamado a la consulta popular. También aprobaron los artículos que regularán todo el proceso de reforma. Mientras se estaba desarrollando la sesión un grupo de feministas ingresó al Congreso para manifestarse en contra del proyecto. Pedían que se apruebe la paridad de género en la elección de los constituyentes que redactarán la nueva Carta Magna. Finalmente la Cámara rechazó tanto ese pedido como el de un cupo mínimo para independientes e indígenas.

Los diputados tuvieron que alcanzar una mayoría de dos tercios para modificar la actual Constitución de Chile, ya que no permitía llamar a plebiscito para una reforma de la Carta Magna. Tras duras negociaciones la Cámara votó la reforma por 127 votos a favor, 18 en contra y cinco abstenciones. Ahora el proyecto pasó el Senado donde deberá ser ratificado. De esta manera la Constitución heredada de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) parece tener los días contados.

Por falta de quórum se rechazaron las disposiciones que contenían la paridad de género y otras para asegurar la inclusión de independientes y de grupos indígenas. En la previa había posiciones encontradas dentro de sectores minoritarios de la derecha chilena sobres estos puntos. Pero la amenaza del principal partido de gobierno, la Unión Demócrata Independiente (UDI), de rechazar por completo la reforma Constitucional para habilitar el plebiscito, alineó a todos sus partidos. El artículo sobre paridad contó con 80 votos a favor, 62 en contra y 7 abstenciones, pero necesitaba llegar a los dos tercios de los votos. Desde la oposición criticaron a los diputados del frente que encabeza Sebastián Piñera. "Las manifestaciones no se van a detener; la derecha va a seguir provocando que haya más gente en las calles", dijo la diputada del opositor Frente Amplio, Camila Rojas.

La votación en el Congreso estuvo marcada por manifestaciones de grupos feministas que exigieron la inclusión de la paridad. Varias mujeres irrumpieron durante el debate al grito de "¡Alerta machista, que todo el territorio se vuelva feminista!". Tras ser desalojadas interpretaron en las puertas del Congreso la famosa performance "Un violador en tu camino". "La constitución será con nosotras o no será", dijo durante el debate la diputada Catalina Pérez del opositor Revolución Democrática (RD). También desde la bancada del Partido Socialista (PS) criticaron el rechazo a la paridad de género. “Logramos echar abajo tierra la Constitución de Pinochet. Y en ese sentido, encuentro impresentable que pretendamos construir una nueva Carta Magna sin mujeres, pueblos originarios e independientes. No se puede construir una nueva casa inclusiva, partiendo por la exclusión", sostuvo la diputada Daniella Cicardini (PS).

El acuerdo que alcanzaron los diputados establece la realización del plebiscito el 26 abril de 2020. Allí la ciudadanía deberá responder dos preguntas: si se quiere o no una nueva Constitución y qué tipo de órgano la redactará. Las opciones son una Comisión Mixta Constitucional o una Convención Constitucional. La primera estará integrada en partes iguales por parlamentarios en ejercicio y ciudadanos elegidos para la ocasión. La Convención Constitucional, en cambio, estará formada solamente por personas elegidas para esa finalidad

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Martes, 17 Diciembre 2019 08:24

Colombia y el horizonte 2020-2021

Colombia y el horizonte 2020-2021

Con una alegre y diversa protesta social, y con una esperanza de acción y cambio pocas veces vista en Colombia, cierra 2019. Culmina un año pero también una década (2010-2019), diez años a lo largo de los cuales diversas protestas sociales de significativo realce tomaron forma y concitaron simpatías nacionales.

Paro nacional estudiantil –conocido como Mane–, irrupción de las dignidades agropecuarias, mingas indígenas de diversa potencia, otros movimientos estudiantiles de menor alcance, paros cívicos como los del Chocó y Buenaventura.

En ese mismo período de tiempo se vivió en Bogotá la experiencia de la alcaldía de la Colombia Humana, que alcanzó a perfilar aspectos puntuales de otro modelo de ciudad posible, experiencia que desnudó la voracidad del capital para el cual es inaceptable cualquier cambio, por mínimo que sea, como el de darle un vuelco a la naturaleza jurídica de la propiedad en un asunto como el de la basura. Aunque en menor escala, la experiencia liderada por el alcalde Jorge Iván Ospina en Cali también había revelado una eficiencia superior de una propuesta alterna, con vocación de liderazgo social, en el manejo de lo público y de los recursos económicos que son del conjunto social.

Unos y otros fueron sucesos que marcaron amplios grupos sociales y conglomerados, algunos de los cuales también estuvieron comprometidos con la agenda en pro de una negociación de paz con las Farc y el Eln. Es decir, termina una década en la que un grupo significativo de connacionales, hombres y mujeres, vivieron un proceso de politización, un proceso lleno de deseos de cambios profundos para el país. En fin, una paz esquiva en medio de una agenda guerrerista por la parte oficial.

En un período mucho más amplio, que comienza en 1990, el país todo comienza a padecer las consecuencias de un capitalismo reforzado, que se siente triunfante y sin competencia en el mundo entero: el capitalismo neoliberal. Fueron suficientes tres décadas de dominio y exabruptos para que la clase media, sobre todo, sintiera el peso de las medidas económicas, sociales y de administración pública que impone tal modelo y que se traducen en una tasa impositiva mayor para quienes devengan a partir de cuatro salarios mínimos, para quienes han invertido sus ahorros en una vivienda, para quienes poseen un carro por necesidad o status, en fin, para quienes no son ricos, y para quienes el hecho de arañarles cada vez más sus ingresos empieza a apretarles las condiciones de vida diaria, que muchas veces, para soportarlas o mantenerlas dentro de la demanda de lo que significa ser clase media –esa pequeña burguesía que cree ser y poseer lo que no es ni tiene–, les obliga a un perenne endeudamiento.

Bien, unas y otras realidades, uno y otro logro, pequeños pero presentes en la memoria de quienes los vivieron, y con eco sobre otros sectores sociales, son lo que ahora se suma, no de manera mecánica ni por efecto de un toque mágico de extraños personajes con superpoderes o como producto de una agrupación política que así lo haya propiciado, sino por efecto dinámico de esa conjunción entre opresiones y negaciones, entre sueños y luchas, entre violencias y rabias, entre exclusiones y amenazas, entre mensajes y discursos que van horadando el callo conservador de este país controlado por poderes y miedos de distinta estirpe. Un efecto mariposa va aleteando sobre conciencias y voluntades, rompiendo esquemas y sorprendiendo a viejos liderazgos que aun procesan lo que por estos está ocurriendo.

Esta es un aspecto de la realidad. Pero también hace parte de ella el efecto de las transformaciones sociales generadas por la tercera y la cuarta revoluciones científicas, en particular por la incontenible irrupción de la internet y la desestructuración del modelo comunicativo hasta ahora conocido. A la par, el eco lejano y cercano de irrupciones sociales en pro de una democracia ‘otra’, diferente de la imperante: la Primavera Árabe (la de antes y la que ahora está tomando cuerpo), el 11-M español, la destitución de presidentes en Ecuador, el progresismo en América Latina, el zapatismo con todo su ejemplo aleccionador, los Chalecos amarillos de Francia, las revueltas en Haití, las demandas de soberanía y democracia en Hong Kong, y los muy cercanos levantamientos en Chile y Ecuador contra lo que parece ser la ofensiva del capital tras una nueva etapa del neoliberalismo.

En ese interregno, en esa conjunción de pequeños, medianos y grandes sucesos, va quedando desnuda la democracia formal que sufrimos como sociedades oprimidas, y un nuevo referente de vida digna proyecta destellos de esperanza: sí es posible otra democracia, una que no sea simplemente formal, que se abra al protagonismo social –directa–, que afecte la redistribución de la riqueza que unos pocos concentran y que retome lo público como camino necesario para reconstruir soberanías –radical–, y que obligue a consultarles a las mayorías cuando el Estado central, en cabeza del Ejecutivo, pretenda enajenar lo que pertenece a todos, o lo que implica afectaciones para todos, cuando el asunto en cuestión, en el caso colombiano, no haya sido aireado en la campaña electoral para llegar a la Casa de Nariño.

Es precisamente ese referente democrático, que deberá reencauzar los acelerados flujos financieros, expresión de un capitalismo financiarizado que especula y destruye el aparato productivo de gran cantidad de naciones; referente de otro modelo social que ya está tomando forma a través de la socialización de procesos creativos, productivos y comerciales, aunque no a través de la socialización de lo producido por todos; proceso de otra democracia que puede encabezar otras formas de gobierno, cada vez más colectivas y dialógicas, lo que ahora se pone a la orden del día en nuestro país, situándose como referente necesario por disputar en las jornadas de lucha que, como prolongación de lo acaecido desde el 21N, caracterizarán al país a lo largo de 2020-2021.

Es esta un disputa de gobierno y poder que deberá ganar asiento territorial y protagonismo de base, con asambleas de todo tipo y tamaño a lo largo y ancho del país, acción de reencuentro y tensión de fuerzas que –como método– puede asumir un recorrido colectivo y múltiple del país, una especie de Vuelta a Colombia de movimientos sociales, una Vuelta para dejar de ser lo que somos y empezar a ser lo que soñamos, de la cual, en todas sus etapas, deberá dejar, entre otros productos, una plataforma de lucha, especie de programa de gobierno por concretar en cada uno de los territorios, sin esperar cambio de administración alguno, aunque sin oponerse a tal posibilidad.

Es otra democracia, que sí es posible, para ser gobierno, en lo pequeño y cotidiano, como en lo más grande y/o estructural.

Aprovechemos los cambios, en proceso y ante nosotros, para también transformamos con ellos.

 

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La ONU denuncia violaciones a los derechos humanos en Chile

La Oficina de la Alta Comisionada de Derechos Humanos de la ONU constató que la policía chilena torturó a personas detenidas. Las conclusiones comprometen a la administración de Sebastián Piñera

La Oficina de la Alta Comisionada de Derechos Humanos de la ONU (Acnudh) denunció graves violaciones a los derechos humanos durante la represión en Chile. El organismo presidido por Michelle Bachelet constató uso excesivo o innecesario de la fuerza. También sostuvo que la policía chilena torturó a personas detenidas. Según el informe emitido por la Acnudh las fuerzas de seguridad utilizaron la violencia en forma desproporcionada: lesionaron, mataron, torturaron, ejercieron violencia sexual y detuvieron arbitrariamente. Otro duro golpe para el presidente Sebastián Piñera.

La misión de la ONU visitó Chile entre el 30 de octubre y el 22 de noviembre para verificar denuncias sobre violaciones a los derechos humanos. La jefa del equipo, Imma Guerras-Delgado, dijo que existen razones fundadas para sostener que desde el 18 de octubre, día en que comenzaron las protestas, se registró un elevado número de violaciones graves a los derechos humanos. Estos hechos se cometieron en todo el país, pero en su gran mayoría en la Región Metropolitana (Santiago) y en contextos urbanos, precisó el informe publicado por el organismo luego de su visita al país.

Según lo observado por la misión de la ONU en Chile, Carabineros incumplió de forma reiterada con el deber de distinguir entre manifestantes violentos y aquellas que se movilizaron pacíficamente. "Carabineros utilizó fuerza no letal cuando la manifestación fue pacífica, con el objetivo aparente de dispersar la manifestación o evitar que los participantes llegaran al punto de reunión", advierte el texto. También subraya el uso desproporcionado y a veces innecesario de armas no letales. “En particular escopetas antidisturbios pero también gases lacrimógenos, utilizados a corta distancia (..) tanto durante manifestaciones pacíficas como en el contexto de enfrentamientos violentos entre manifestantes y fuerzas de seguridad, especialmente por parte de Carabineros", informó la Acnudh. El organismo pudo observar que estos hechos lejos de ser aislados se replicaron en muchas ocasiones. "Ciertas violaciones a los derechos humanos, en particular el uso indebido de armas menos letales y los malos tratos, son reiteradas en el tiempo, en el espacio y con respecto a quienes son los supuestos perpetradores y las víctimas", subraya el texto.

La Oficina de la Alta Comisionada llamó la atención por la gran cantidad de personas que sufrieron lesiones oculares durante las protestas. "El número alarmantemente alto de personas con lesiones en los ojos o la cara da cuenta de una grave violación. Preocupa en particular la utilización de perdigones que contienen plomo", señala el informe. Según el organismo la policía chilena ejerció tortura contra los detenidos. "Un gran número de personas arrestadas y detenidas fueron maltratadas. Algunos de estos casos, incluidos los de violencia sexual, simulación de ejecuciones y amenazas de que las personas serían `desaparecidas', equivalen a tortura. Muchos de estos casos ocurrieron en lugares sin cámaras de vigilancia y con los perpetradores no debidamente identificados", explicita el texto.

También denunció que pese al gran número de denuncias y acciones judiciales aún no se identificó a los que las personas llevaron a cabo las acciones indebidas. El informe señala la falta de información pública por parte de las fuerzas de seguridad sobre las acciones que llevaron a cabo para para garantizar la rendición de cuentas. Junto a esto, la ONU también documentó cuatro casos de privaciones arbitrarias de la libertad y muertes ilícitas que involucran a agentes del Estado. Además da cuenta de numerosas detenciones indiscriminadas que podrían ser consideradas arbitrarias a la luz de las normas internacionales.

La represión durante las marchas dejó 23 muertos, 352 personas con lesiones ocularespor disparos de perdigones, y miles de denuncias de heridos y detenidos. Según un informe de Carabineros, los detenidos fueron 18.359, de los cuales 9.716 fueron por desórdenes y 4.991 por saqueos.

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"Asistimos a la reivención del mundo, y el Sur detenta los hilos" 

La colonización, la debilidad y la humillación del Sur del mundo, el mito de la hegemonía, son temas de análisis de de este intelectual que ha publicado en la Argentina. También, forma paradójica en que ese Sur está dominando la agenda mundial, y las posibilidades que se abren en tiempos de globalización. 

 

Los libros ocupan el espacio de las ideas como piezas de ajedrez. En su plácida intensidad disputan una partida simbólica por comprender o influenciar el mundo. Bertrand Badie es un eximio ajedrecista en esa disputa. Profesor en la Universidad de Sciences Po-París, Badie ha desarrollado una obra a través de la cual ha observado el mundo desde el otro lado. No ya a partir de la potencia occidental sino desde el Sur. Autor de más de veinte obras que son una referencia, Badie es un vigoroso crítico de esa estrategia de las relaciones internacionales que se basa en la “potencia”, es decir, la intervención o la humillación, para regular las relaciones entre Estados. La colonización, la debilidad de los Estados del Sur que se desprende de ella, el mito de la hegemonía, la humillación de la que el Sur fue objeto y la forma paradójica en que hoy el Sur domina la agenda mundial son los ejes temáticos de sus últimos libros: Diplomacia del contubernio. Los desvíos oligárquicos del sistema Internacional; El tiempo de los humillados, patología de las relaciones internacionales (ambos editados por la Universidad Nacional Tres de Febrero), No estamos solos en el mundoCuando el Sur reinventa el mundo. Ensayo sobre la potencia de la debilidad; La hegemonia cuestionada. Las nuevas formas de la dominación internacional.

La actualidad internacional le ha dado la razón a muchas de las líneas de los análisis de Bertrand Badie. La insurrección social que estalló entre 2018 y 2019 en una docena de países contra las políticas neo liberales forman parte de ese rediseño del mundo protagonizado por el Sur. Son los llamados “débiles” quienes, hoy, reconfiguran el sistema y, con ello, impulsan el “segundo acto de la globalización”. El primero fue liberal, este será social. Bertrand Badie pone en el centro de esta reescritura del mundo el carácter inter social de los protagonistas: ya no son los Estados ni un sistema político desacreditado y corrupto los que se encargan de conducir la historia: son los pueblos, las sociedades, quienes asumen esa reinvención. Esa la paradoja alucinante la contemporaneidad: la potencia, el poder de la debilidad. Hemos cambiado de época, de paradigma y de actores.

-Hace tiempo que ha plasmado en sus ensayos lo que hoy es una evidencia: la impotencia de los poderosos. Hoy es la debilidad quien se toma su revancha. ¿Es la debilidad la que conduce hoy al mundo?

-La agenda internacional está más controlada por el Sur que por el Norte. Los grandes acontecimientos que condicionaron este principio del Siglo XXI son acontecimientos oriundos del Sur. El Norte es prisionero de una agenda fijada por los actores del Sur. Por primera vez en la historia, la competencia internacional se plasma no ya entre actores iguales sino entre actores de tamaño y capacidades diferentes. En el plano internacional, la potencia perdió toda su eficacia. La súper potencia norteamericana, que cubría el 40% de los gastos militares en el mundo, no ganó ni una sola guerra desde 1945, exceptuando las guerras bajo mandato de la ONU como la gran coalición “Tempestad del desierto” (Irak,1991). Las demás potencias militares también fracasaron: Rusia en Afganistán o Francia en África. El instrumento militar era la expresión absoluta de la potencia, pero ha perdido ante actores más pequeños.

-El poder ha cambiado de manos y de región. ¿Lo ve como un despertar repentino?

-Ahí hay un enigma que se explica, en parte, por la descolonización. La descolonización les dio a los débiles medios de acción y de intervención que eran desconocidos y que resultaron cada vez más eficaces: formas de conflicto, movimientos sociales, etc. Esto neutralizó las estrategias de la potencia tradicional. El segundo elemento es la globalización, que introdujo la interdependencia. Si el débil depende del fuerte, este también depende, cada vez más, del débil: puede ser el suministro energético, la estabilidad regional, el desplazamiento de poblaciones. El Sur acumuló recursos ante los cuales el Norte no puede desplegar su potencia. Luego, la caída del Muro de Berlín y el fin de la bipolaridad tuvo como como consecuencia algo inesperado, es decir, el fin de las políticas de poder. Entonces, efectivamente, para comprender las crisis de hoy es mejor mirar los indicadores de la debilidad, antes que los indicadores de la potencia.

-Pero estos países del Sur siguen pagando el precio de la colonización. Nuestras crisis de ahora tienen allí sus semillas.

-La colonización es el origen de todas las debilidades que constatamos hoy. La colonización rompió la dinámica institucional de las sociedades y por ello no pudieron producir por si mismas sus propias instituciones. Y cuando un pueblo no produce sus propias instituciones estas son poco legitimas, poco respetadas y en nada dignas de confianza. Los mapas de estos Estados colonizados fueron diseñados por el colonizador en función de sus rivalidades con otras potencias coloniales. La colonización ahogó igualmente la constitución de sociedades civiles horizontales, de asociación y de solidaridad. La colonización favoreció la instauración de religiones que se oponían al colonizador. El éxito del islam se explica por ello. En tierras del islam fue un factor de movilización. En Egipto, los Hermanos Musulmanes nacieron en oposición a la presión del colonialismo británico. En África, donde el islam era minoritario, el islam se volvió mayoritario porque funcionó como un instrumento de afirmación contra la potencia colonial. El factor humillación también está presente. Cuanto más humillados han sido los pueblos, más dispuestos estuvieron a recurrir al conflicto como instrumento de afirmación y reconquista. La colonización desempeña un papel enorme en las crisis actuales. América Latina tuvo la suerte de haber conocido una descolonización temprana y con ello pudo construir su propia modernidad.

-Todas las crisis del Sur también nos revelan las propias crisis del Norte colonizador. ¿Qué nos están diciendo sobre el Norte estas crisis en el Sur?

-Nos dicen tres cosas: la primera es que se nota una disminución de las capacidades de las potencias de antaño, tanto en el plano militar, institucional y, ahora, en el plano cultural. La cultura occidental era hegemónica, pero hoy le cuesta imponer esa visión jerárquica para ponerse por encima de las demás culturas. La segunda: estas crisis nos muestran cuánto les cuesta a las antiguas potencias comprender la globalización y adaptarse a ella. Las viejas potencias permanecen en el mundo de antes. Hay una incapacidad, por parte de las potencias históricas, de tomar en cuenta las potencias emergentes oriundas del Sur. Su ascenso en el espacio mundial ha sido considerado como una amenaza y, tal vez, también ilegitimo. La tercera: como las viejas potencias son incapaces de adaptarse al nuevo mundo, al que le tienen miedo, tienden a redescubrir el nacionalismo y la afirmación de la identidad. Y esta vez no lo hacen de forma revolucionaria, como fue el caso del nacionalismo en el Siglo XIX, sino de forma conservadora, es decir, protegiéndose del otro, del migrante, el extranjero, las otras culturas. Ese neo nacionalismo está prosperando en todas partes. Se trata de un elemento muy nuevo en el juego mundial.

-¿Hay un cuestionamiento de lo político, como menciona en sus ensayos, como sustento de la insurrección actual?

-Aquí nos encontramos con un fenómeno doble. El primero: lo político no se renovó con la globalización. Es una enorme paradoja. No se puede pensar que el mismo concepto político esté gobernando hoy en un mundo globalizado y ayer en un mundo dominado por los Estados Nación. Estos Estados Nación ya no dominan el juego mundial. Por consiguiente, la estructura política necesita adaptarse, cosa que no hace. El segundo: esta inadaptación de lo político crea una gran ineficacia y una incapacidad para producir respuestas políticas. En el Norte hay una crisis general de ineptitud para fijar políticas públicas. Esto ha creado un fenómeno sin precedentes que desembocó en una caída vertiginosa de la credibilidad y la confianza de la población ente la política. Los políticos perdieron la confianza de los ciudadanos. Los políticos son victimas de una hemorragia de recursos y el resultado de esto es que lo social se vuelve más fuerte que lo político. Por esta razón la política es incapaz de enfrentar a los movimientos sociales. Ahí tenemos lo que está ocurriendo en Chile, Ecuador, Argelia, Irán, Irak, Rumania, Republica Checa, Líbano, Hong Kong.

-A propósito de estos movimientos sociales mundiales, incluido el de los chalecos amarillos, usted recurre a un concepto novedoso para comprenderlos. Para usted, esas crisis remiten a la inter socialidad, a un perfil inter social.

-El espacio mundial se está reestructurando en torno a lo que llamo la tectónica de las sociedades. Es como si las placas sociales, al chocar las unas contra las otras, crearan los acontecimientos, los fenómenos de movilización, y les dejaran a los políticos una mera actitud reactiva. Antes no existía un orden internacional fuera de los Estados. Hoy es diferente por dos razones. Primero, el formidable crecimiento de las técnicas de comunicación. Todos los individuos comunican entre si. Las imágenes y las ideas circulan a una velocidad vertiginosa, mucho más rápido que los canales diplomáticos. La segunda razón es la globalización, es decir, el sentimiento de que todo el mundo depende de los demás, de que estamos todos cerca. Ello conduce a que las dinámicas sociales corran más rápido que las relaciones políticas.

-En este momento estamos en esa fase de vigor de los movimientos sociales. ¿Hay una suerte de fusión social interconectada?

-Estamos observando un mimetismo fabuloso entre los movimientos sociales en desarrollo. Si algo se mueve en Argelia, enseguida habrá movimientos en Sudán, en el Líbano, en Chile o en Irak. Las imágenes de esos movimientos circulan en el mundo y se ven los nuevos modelos de movilización que se forman. Este gigantesco movimiento mimético lleva a que las calles de Santiago de Chile, de Beirut o de París se parezcan. Las ideas también circulan a través de la inter socialidad, es decir, tanto en Chile como en Francia, impera el sentimiento común de que lo social es la gran victima del primer acto de la globalización. La dimensión social se dejó de lado y por esta razón las sociedades se reorganizan para exigir lo que se les debe. El primer acto de la globalización fue esencialmente económico e ignoró totalmente la dimensión social. El segundo acto reclama la restauración de esa dimensión. La gente se moviliza hoy según el mismo modelo y la misma gramática. A ello contribuye mucho la fuerza de las redes sociales. Ello lleva a una circulación planetaria de los modelos de movilización. Todo esto comenzó con la Primavera Árabe de 2011. Las revueltas árabes marcaron el punto de partida e incluso influenciaron a Europa del Sur. Esto es una concretización de la inter socialidad.

-Ese es, precisamente, otro de sus enunciados. ¿Estamos entrando en el segundo acto de la globalización?

-El primer acto de la globalización empieza con la caída del Muro de Berlín en 1989. Se habló del “fin de la historia” y del fin de las ideologías. Se supuso que el fin de ambas abría una nueva etapa de la humanidad con la economía como ciencia encargada de organizar el mundo. Así se plasma el neoliberalismo. Pero esto resultó costoso. La instalación del neo liberalismo se tradujo por un incremento de las desigualdades y la trivialización de nichos de pobreza, incluso en los países más ricos. Esa ignorancia de lo social que promovió la ciencia neo liberal provocó una reacción contestaría muy fuerte. El segundo acto de la globalización es justamente la dimensión social que regresa con fuerza y se opone al mismo tiempo a lo político y a la economía. Hay una severa critica de lo político, considerado ya como incompetente, incapaz, corrupto y escasamente legitimo. Esto lo encontramos en el discurso de los chalecos amarillos en Francia, en las manifestaciones en Argelia o en Santiago de Chile. Y al mismo tiempo hay un frente contra la economía donde se denuncia esa especie de arrogancia neo liberal que, al erigirse como ciencia, consideró que ya no cabía más deliberar sobre las decisiones económicas porque estas están impuestas por la razón, que consideró que ya no valía le pena preocuparse por lo social. Todo eso se rompió: estamos en el segundo acto de la globalización que está federando ese discurso anti económico y anti político y acarrea una convergencia entre sociedades tan diferentes. En las calles de Teherán o Santiago se escuchan las mismas consignas que en París.

-Este movimiento mostró mucha pujanza en la Argentina contra las políticas de ajuste de la presidencia de Mauricio Macri. Pero en todos estos casos, el enemigo final, el causante de todo el mal, es el Fondo Monetario Internacional. ¿El FMI asuza la revuelta mundial?

-La Argentina ha tenido una suerte providencial porque aún puede apretar el botón de la alternancia. La elección presidencial trajo una esperanza de cambio, porque se tradujo en la renovación política. Pero esto está bloqueado en muchos otros países, sea debido a las estructuras autoritarias, por ejemplo, Argelia, Irak o Irán, o sea porque ya no hay más alternancia posible. En Francia, por ejemplo, hace ya mucho que la alternancia derecha-izquierda ha dejado de existir. El FMI es de nuevo el blanco privilegiado, pero es una historia muy vieja. El FMI se ha convertido en el jefe de la orquesta de ese neoliberalismo oriundo del primer acto de la globalización. El FMI se volverá el punto de cristalización y también el punto de provocación. Es un horror que el FMI pueda exigir aún que se ponga fin a las subvenciones cuando se sabe que cuando se cortan las subvenciones, la gente se queda en la calle.

-¿Este segundo acto de la globalización es como una re invención del mundo?

-Asistimos a la reinvención del mundo. El viejo sistema internacional imperial ya no funciona más y hay que inventar un substituto. La invención de un nuevo orden internacional es indispensable. Y si pongo el acento en la fuerza del Sur, es porque el Sur detenta los hilos de esta reinvención, tanto en lo demográfico, en lo geológico, y también porque el Sur no fue el coautor del antiguo sistema. La lectura del Sur sobre la globalización es mucho más sana y directa. Estamos asistiendo al hundimiento del modelo neoliberal.

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El pulso por el futuro. Cincuenta días en la calle

La revuelta chilena ha sido atacada por los carabineros y cercada mediática y políticamente por los partidos políticos. Sin embargo, no pierde su fuerza y se amplía con la masiva participación de mujeres jóvenes y, progresivamente, de los pueblos originarios.

 

 “Volvimos a ser pueblo”: un sencillo cartel pintado sobre papel, colocado por una comunidad de vecinos sobre la avenida Grecia, es un grito de protesta contra el neoliberalismo que convirtió a las gentes en apenas consumidoras. Pero también conforma todo un programa político y una ética de vida, en apenas cuatro palabras.

No muy lejos de allí, la céntrica Plaza de la Dignidad, nombre con el que la revuelta chilena ha rebautizado a la Plaza Italia, parece zona de guerra. Los comercios están cerrados en varias cuadras a la redonda, engalanados con pintadas multicolores que denuncian la represión e incitan a la revuelta contra las más diversas opresiones. Los y las jóvenes no la quieren abandonar. Sostienen que el día que la protesta abandone la calle estará todo perdido. Una lógica implacable, pero difícil de sostener después de 50 días de movilizaciones.

La mayoría de las pintadas en muros de los alrededores, y en muros de todo Chile, cientos de miles, denuncian la violencia de Carabineros. “Nos violan y nos matan”, “No más abuso”, “Pacos asesinos”, “Paco culiao”, y así indefinidamente. Sobre una lágrima de sangre que resbala por una pared se puede leer: “Vivir en Chile cuesta un ojo de la cara”.

Los medios de la derecha destacan que los muros “rayados”, que se pueden ver hasta en los más remotos rincones de la ciudad, ensucian Santiago. Como suele suceder, conceden mayor importancia a las pérdidas materiales que a los ojos de los 230 manifestantes cegados por los balines de los carabineros y que a las vidas de las casi tres decenas de asesinados por las fuerzas represivas desde mediados de octubre.

Además de los dedicados a Carabineros, abundan también los muros feministas, donde se ataca frontalmente la violencia machista y el patriarcado. Pintadas en tonos violetas y lilas que se entremezclan con las jaculatorias contra la represión. Pero la palma a la creatividad en las protestas se la lleva la performance “Un violador en tu camino”, creada por Las Tesis, un colectivo interdisciplinario de mujeres de Valparaíso. Ha sido reproducida millones de veces en las redes y replicada en casi todas las capitales latinoamericanas y europeas.

Incluso los medios del sistema (desde Radiotelevisión Española y Cnn hasta el argentino Clarín) debieron dar cuenta de esa intervención callejera, una denuncia a ritmo de rap que pone en la mira tanto al gobierno como a los jueces y la policía. El seguimiento masivo que ha despertado muestra tanto la indignación mundial con la salvaje represión en Chile como la creciente influencia del feminismo en las protestas, con voces y estilos propios.

Las estatuas son un tema aparte. Se dice que son más de treinta las figuras de militares y conquistadores que fueron grafiteadas, desde Arica, en la frontera con Perú, hasta el sur mapuche. En la Plaza de la Dignidad, la figura ecuestre del general Baquedano ha sido pintada y tapada parcialmente. La historiografía de arriba lo considera un héroe de la guerra del Pacífico contra Perú y Bolivia, cuando el país vecino perdió su salida al mar.

En Arica, los manifestantes destruyeron una escultura en piedra de Cristóbal Colón, que llevaba más de un siglo en el lugar. En La Serena, rodó la estatua del colonizador y militar Francisco de Aguirre y en su lugar los vecinos colocaron la escultura de una mujer diaguita. En Temuco removieron el busto de Pedro de Valdivia y su cabeza fue colgada en la mano del guerrero mapuche Caupolicán.

Pedro de Valdivia está en la mira de los manifestantes. El militar, que acompañó a Francisco Pizarro en la guerra de conquista y exterminio en Perú, fundó, con el mismo método, algunas de las principales ciudades de Chile, desde Santiago y La Serena hasta Concepción y Valdivia. Es una de las figuras más odiadas por la población. Su estatua estuvo a punto de ser derribada en la céntrica Plaza de Armas.

Pero el hecho más simbólico sucedió en Concepción, 500 quilómetros al sur de Santiago. Cientos de jóvenes se concentraron en la Plaza de la Independencia, donde derribaron su estatua el mismo día, 14 de noviembre, que se conmemoraba el primer aniversario del homicidio de Camilo Catrillanca, comunero mapuche muerto a manos de Carabineros. El crimen suscitó una amplia reacción popular en 30 ciudades del país. En algunos barrios de Santiago hubo cortes de calles y caceroleos durante más de 15 días. Un año después, la mapuche es la bandera más ondeada en las protestas chilenas.

TRAWÜN MAPUCHE EN SANTIAGO.

El último sábado de noviembre, la Coordinación de Naciones Originarias, nacida durante el estallido, convocó a un trawün (encuentro, en mapudungun), en el centro ceremonial de Lo Prado, en la periferia de la ciudad. Acudieron mapuches de diversos barrios de Santiago (Puente Alto, Ñuñoa, Pintana, entre otros), donde ya han realizado varios trawün locales. El encuentro se inicia con una ceremonia dirigida por tres longkos (autoridades comunitarias), seguida con cánticos y rezos de unas sesenta personas bajo un sol vertical. Luego de que la Pachamama les concediera permiso, se iniciaron las discusiones en dos grupos para abordar cómo deben posicionarse en los debates sobre una reforma de la Constitución.

Las mujeres, engalanadas con trajes tradicionales, participaron tanto o más que los varones, ataviados con vinchas azules. Rápidamente se constataron dos posiciones. Una proponía participar en las elecciones para la Convención Constituyente a celebrarse en abril (véase recuadro). Como los partidos que firmaron el pacto denegaron la posibilidad de que los pueblos originarios tengan un distrito electoral especial, el debate se trasladó para discutir los caminos a seguir. Esta posición ha venido creciendo desde el estallido, aunque nació hace casi dos décadas, y recibe el nombre de “plurinacionalidad”. Ya que los mapuches no quieren ser elegidos en los partidos existentes, algunos participantes (varias de ellas mujeres) propusieron la formación de un partido electoral mapuche. Esta corriente de pensamiento tiene mayor arraigo en las ciudades, particularmente en Santiago, donde viven cientos de miles de mapuches. Su núcleo está en las y los universitarios que emigraron del sur y hoy están establecidos en la ciudad. Emite un discurso coherente y potente, y argumenta que hay poco tiempo para tomar este camino, ya que la convocatoria para elegir constituyentes se concreta en abril.

La otra corriente defiende la autodeterminación y la autonomía, posiciones tradicionales de las comunidades mapuches del sur, las más afectadas por la represión del Estado chileno, por la militarización de sus territorios y por el despojo a manos de las empresas forestales. Esas son también las comunidades que encabezan la recuperación de tierras y las que mantienen viva la llama de la nación y la identidad tradicional mapuche. Durante el trawün, una mujer de mediana edad recordaba que “ya tenemos nuestro propio gobierno y nuestro parlamento, no necesitamos de los políticos”. Y un joven vehemente se preguntaba: “¿Realmente queremos tener un escaño dentro de la política winka [blanca]?”.

ASAMBLEAS, BARRIOS Y CLASES.

El colectivo Caracol, que trabaja en educación popular en los espacios y territorios de las periferias, sostiene en sus análisis semanales que el “acuerdo de paz” firmado a las tres de la madrugada del 24 de noviembre por todo el arco político –menos el Partido Comunista– le otorgó “una sobrevida” al gobierno de Piñera (colectivo Caracol, 25-XI-19).

El propio nombre del pacto delata a sus inspiradores. Si se trata de paz, dice Caracol, es porque hubo una guerra, que es lo que viene diciendo Piñera desde el primer día del estallido. La convocatoria a una convención constituyente acordada en contra de una asamblea constituyente como la que defienden los movimientos impone varios filtros.

“Esta Convención no estará compuesta por ciudadanos ni representantes de los movimientos sociales y populares, sino por quienes designen los partidos políticos existentes”, estima Caracol. Agravio al que deben sumarse los dos tercios requeridos para que se apruebe cualquier propuesta, lo que supone un veto mayor para las propuestas de la calle. “Han demostrado que los cabildos abiertos que se han desarrollado por todo Chile no les interesan, porque no les interesa la deliberación popular”, sigue el colectivo Caracol.

Daniel Fauré, fundador de la organización, analizó en diálogo con Brecha que la decisión del gobierno de convocar a una constituyente se tomó cuando contempló la confluencia entre la protesta callejera y el paro nacional, la unidad de acción entre trabajadores sindicalizados, pobladores y jóvenes rebeldes. “Es el boicot a las asambleas territoriales, cabildos abiertos y trawün”, señaló.

Llegados a este punto, debemos recordar que la dictadura de 17 años de Augusto Pinochet se abocó a una profunda reconstrucción urbana con fines políticos. Cuando Salvador Allende llegó al gobierno, en noviembre de 1970, casi la mitad de la ciudad de Santiago estaba conformada por “campamentos”, espacios tomados y autoconstruidos por los sectores populares, que de ese modo se configuraron como sujeto político, bajo el nombre de “pobladores”, y fueron centrales en el proceso de cambios cegado por la dictadura.

En la actualidad, y según un mapeo de Caracol, existen en Santiago unas 110 asambleas territoriales, organizadas en dos grandes coordinaciones: la Asamblea de Asambleas Populares y Autoconvocadas, en la zona periférica, y la Coordinadora Metropolitana de Asambleas Territoriales, en la zona central. Estas asambleas contrastan, y a veces compiten, con las más institucionalizadas juntas de vecinos. Aunque hubo un trabajo territorial previo importante, la mayoría de estas organizaciones se formó durante el estallido. Realizan actividades culturales recreativas, organizan debates entre vecinos, ollas comunes, asisten a los heridos y detenidos en las marchas y promueven caceroleos contra la represión. Muchos de sus integrantes participan en las infaltables barricadas nocturnas.

Pero al igual que en los tiempos del dictador, tampoco el Chile pospinochetista puede aceptar el activismo de los pobladores. Su clase dominante chilena no puede concebir que los “rotos” salgan de sus barrios, que hablen y ocupen espacios. Un relato de Caracol sobre un enfrentamiento ocurrido a fines de noviembre, cuando un grupo de pobladores fue a manifestarse a un shopping del sector más exclusivo de Santiago, lo dice todo: “Bastó que un grupo de personas de la clase popular se aparecieran en el patio de su templo del consumo en La Dehesa para que la clase alta saltara despavorida llamándolos a ‘volver a sus poblaciones de mierda, rotos conchadesumadre’” (colectivo Caracol, 25-XI-19).

Si es cierto que la revuelta de octubre de 2019 cierra el ciclo iniciado el 11 de setiembre de 1973 con el golpe de Estado de Pinochet, también debe ser cierto que se abre un nuevo ciclo, del que aún no sabemos sus características principales. Por lo que se puede ver en las calles de Santiago, este ciclo tendrá dos protagonistas centrales: el Estado policial –brazo armado de las clases dominantes– y los sectores populares, afincados en sus poblaciones y en el Wall Mapu o territorio mapuche. El pulso entre ambos configurará el futuro de Chile.


 El pacto de los partidos por una nueva Constitución

Atado y bien atado

“Es hora de reencontrarnos”, proclamó exultante en la sede del Congreso el senador Felipe Harboe, cuando en la madrugada del 15 de noviembre los representantes de los principales partidos políticos pusieron por fin su firma al Acuerdo por la Paz Social y Nueva Constitución. Harboe, ex subsecretario del Interior durante los gobiernos de Michelle Bachelet y Ricardo Lagos, agradeció “a todos quienes contribuyeron para llegar a este acuerdo”: léase, a los partidos de la derecha en el gobierno, a los de la ex Concertación, a algunos sectores del Frente Amplio, a los principales medios de comunicación de Chile y a las cámaras empresariales, como la Confederación de la Producción y del Comercio, cuyos voceros se apresuraron al día siguiente a celebrar “la buena política” de la que hicieron gala los firmantes del pacto y a llamar al retorno de la “paz social” (Emol, 15-XI-19).

El acuerdo establece, en primer lugar, un plebiscito en abril del próximo año. Los chilenos deberán responder entonces si quieren o no una nueva Constitución, y, en caso de que así sea, qué tipo de órgano debería redactarla. Las opciones para esto último serán dos: una “convención mixta constitucional”, compuesta en un 50 por ciento por ciudadanos electos ad hoc y en un 50 por ciento por parlamentarios, o una “convención constitucional” en la que todos los miembros serían electos específicamente para ese rol.

Sea cual sea la opción que gane, los constituyentes serán elegidos “con el mismo sistema electoral que rige en las elecciones de diputados”. Además, la Convención Constituyente deberá aprobar las normas con un cuórum de dos tercios de sus miembros en ejercicio. Funcionará por nueve meses, con posibilidad de una prórroga de otros tres meses. Luego, lo que haya aprobado se someterá a un referéndum ratificatorio y, finalmente, deberá contar con el visto bueno del Congreso.

A pesar de la algarabía que mostraron los mercados al día siguiente de anunciado el acuerdo, siempre hay algún detallista que queda disconforme. “Al verdadero protagonista, que es la gente, nadie le ha preguntado nada”, ha dicho a la prensa el secretario general del Partido Comunista, Guillermo Teillier. Ni su partido ni el Progresista, ni varios de los que integran el Frente Amplio, respaldan lo acordado en el Congreso el 15 de noviembre.

Tampoco lo hace la llamada Unidad Social –integrada por más de un centenar de organizaciones sociales y en gran medida protagonista de las movilizaciones que tienen lugar desde el 18 de octubre–, que considera que el acuerdo “se hizo entre cuatro paredes y a espaldas de los movimientos sociales” y “a medida de los partidos políticos”. Entre los integrantes de la Unidad Social están la Central Única de Trabajadores, las principales federaciones estudiantiles de Chile, la Coordinadora Feminista 8M, la Coordinadora No+Afp, así como organizaciones de los pueblos originales, medioambientales y de pobladores.

Los movimientos rechazan el cuórum elevado “que perpetúa el veto de las minorías”, el mínimo de 18 años de edad para participar del proceso constituyente, la falta de mecanismos de participación plurinacional y de paridad de género, y consideran que los mecanismos de representación y elección establecidos por el pacto son “funcionales a los partidos responsables de la actual crisis política y social”. En su lugar, han llamado a continuar con asambleas populares, cabildos y trawün a lo largo del país como parte de un proceso que desemboque en una asamblea nacional constituyente “convocada y electa por el pueblo, sin intervención del Congreso ni del ejecutivo de turno”.

Francisco Claramunt

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Retos que desprende el Paro  (movilización) nacional

Sorprendidos, esta es la expresión que resume el ser social y político al anochecer del 21N y un día después del mismo. Sorprendidos, no es para menos, por el despertar de rabias, energías, disposiciones, por los miles que se lanzaban a las calles a exigir cambios; un desfogue de reclamos contenido por años y que encontró en el llamado a la protesta realizado por las centrales obreras la ocasión para levantar la voz.


Y la voz se escuchó, pero con infinidad de tonalidades, tan variadas que cada persona parecía contener y resumir una consigna, evidencia de la ausencia en el país de un referente nacional de cambio con sintonía social. Esta es la primera evidencia arrojada por el llamado paro, que más que ello era una masiva movilización ciudadana. (ver, ¿Paro? ¿Movilización?, pág. 3).


A la sorpresa le siguió la pretensión e intento de las organizaciones sociales y políticas de un volcán humano que parecía contener tanta energía como para sacar de su lugar a todo aquel que se les impusiera. Y tras querer, precisar un pliego de exigencias, unas vocerías para la negociación con el gobierno, etcétera, lo que demanda construir un comité negociador del paro.


La atomización que caracteriza a las organizaciones del llamado campo popular descolló de inmediato a través de diversos comités que trataban de garantizar cierta orientación a la multiforme protesta en curso, llegando por las redes diversas agendas para el qué hacer por ciudades y, en el caso de Bogotá, por localidades. Esta fue la segunda evidencia que emanaba de los sucesos en curso. Atomización y ausencia de liderazgos con reconocimiento ampliado que también queda reflejado en la amplia delegación constituida para “negociar” el pliego con el gobierno, reflejo claro, nítido, de la desconfianza reinante entre la dispersa izquierda que pervive en el país y de la ausencia de coordinaciones estables, permanentes, que desde siempre se preocupen por superar las diferencias que separan a unas y otras de las fuerzas adscritas a esta matriz política.


Desde el campo gubernamental, la respuesta violenta y manipuladora, tratando de posicionar agendas y legitimar procederes, con un reclamo pacifista, falso, a ultranza parecía abrirse, marca una senda de control social y dominio ideológico. Por un lado una ofensiva a través de medios de comunicación con alegatos que desconocen que precisamente es el Estado, el Gobierno y sus fuerzas represivas el centro de la violencia, por el otro, maniobras sobre el terreno para sentar miedo: ahí está todo aquello del saqueo, de la amenaza de robo sobre conjuntos residenciales, casas y tiendas de barrio, pero también el ataque del Esmad en contra de quienes ejercían su derecho a la protesta. Lisiados, golpeados, maltratados, encarcelados, amenazados, y muertos, quedan como reflejo directo de esta realidad. La tercera evidencia, es claro: el afán del establecimiento por deslegitimar la necesidad de un cambio estructural en nuestro país, y para ello el recurso de la división de las resistencias, aislándolas del apoyo social que buscan y requieren lograr, es el camino seguido.


Es una respuesta-maniobra desde el poder que desnuda su conocida capacidad intimidadora, el potencial de muerte que cargan sus fuerzas militares y policiales, lo que a su vez abre el interrogante ¿qué hacer para que estas fuerzas asuman un perfil cada vez más afín al pueblo y no en su contra? ¿Cómo actuar dentro de la juventud para que al buscar trabajo en estas instituciones no cambien su actitud cuestionadora ni renuncien a su sueño de una sociedad donde la justicia siempre esté como ideal posible?


Algunos retos de esta coyuntura


Es este conjunto de realidades las que nos llevan a buscar y precisar los retos que desprende el momento vivido, en medio del cual se escucharon valoraciones políticas que presagiaban los más descabellados y voluntaristas desenlaces de la coyuntura, llegando por ello a plantearse como posibilidad una crisis tal del régimen que diera al traste con el actual gobierno.


Valoraciones que dejan a un lado aspectos concretos que no deben dejarse pasar por alto, entre ellos: los levantamientos sociales conocidos por estos días, tanto en Chile como en Colombia, no así en Ecuador, no son el producto de la acción de las organizaciones sociales. Las experiencias vividas, revelan que las expectativas, revelan que las expectativas de las sociedades van más allá de los partidos políticos y organizaciones tradicionales.


Enseñanza que nos permite plantear algunos de los retos por encarar desde los sectores alternativos, en pos de superar la dispersión reinante en Colombia:


Retos para las organizaciones sociales y sindicales. Aunque la propuesta de agruparse en el Comando Nacional de Paro era indispensable, resalta que tal necesidad no surgió de una labor de coordinación previa ni de un acuerdo respecto de la táctica política por implementar en el actual momento político del país.


Es conocido que en ocasiones o por ciertos periodos de tiempo se establecen ciertas coordinaciones, pero las mismas van más allá de construir agendas sociales -sumatoria de tareas- con las cuales no logra superarse el tareismo ni el coyunturalismo. Coordinaciones que en otros momentos abordan aspectos como el electoral, pero no mucho más. El debate bien argumentado sobre el porvenir, y sus retos en todos y cada uno de los aspectos que implica, siempre está en deuda.


Abrir espacios, vincular nuevas generaciones. Los sucesos en curso dejan en claro que las organizaciones sociales, pero sobre todo las sindicales, están en mora de rejuvenecerse y para ello es obligatoria renovar y abrir estructuras abriendo espacios a la inmensa mayoría que trabaja pero no cuenta con un contrato de trabajo ni con estabilidad laboral alguna. Renovación que también implica nuevos lenguajes, nuevos simbolismos, nuevas formas de acción directa.


Retos para la comunicación alternativa. La coyuntura actual nos evidenció que los medios alternativos aún no logramos el nivel técnico ni humano para realizar el cubrimiento completo de una jornada de este tipo, pues si se mira con detenimiento, pocos medios (o ninguno) lograron(mos) cubrir minuto a minuto lo que pasaba en las calles y así informar al conjunto de la sociedad en tiempo real, para luego hacer el análisis de rigor, dejando a un lado los lugares comunes.


Sin desmeritar, es necesario decir que más allá de abrir grupos de Whatsapp para compartir imágenes, cadenas, videos, audios, mensajes y fotografías o la realización de transmisiones en vivo de las movilizaciones y cacerolazos vía Facebook o YouTube, pocos medios lograron(mos) realizar con rigurosidad el seguimiento de la coyuntura y plantear miradas alternas a las planteadas por los medios oficiosos que generarán pedagogía en el conjunto de la sociedad.


En nuestro caso, el aporte que logramos dejar en esta coyuntura a través de nuestra página web (www.desdeabajo.info) hasta el momento de escribir este artículo (4 de diciembre), suma la producción de siete notas escritas, seis videos de las movilizaciones y ruedas de prensa, un fotorreportaje, la publicación de siete artículos de otros medios que daban otras visiones de la coyuntura y la presente edición extraordinaria del periódico desdeabajo.


Un trabajo que sabemos hubiera podido tener mayor potencia y visibilidad de encontrar las alianzas y articulaciones necesarias con otros medios y organizaciones, dando paso así a la construcción de un Sistema Nacional de Comunicación Alternativa con el cual disputar la opinión pública y brindar espacio de análisis del conjunto del movimiento social y popular, pero que también de cuenta del sentir y sueños del conjunto del país nacional. Un reto urgente, que implicaría tener información verídica de lo que acontece en otras regiones de nuestro país.


Reto por demás que debe centralizar e informar las situaciones de derechos humanos (heridos, asesinados, desaparecidos, entre otros) para comunicar al país lo que pasa en las calles y así desnudar al Estado y su carácter violento. Con todo esto empezaríamos la construcción de un referente mediático alternativo e independiente de verdad, que informe con veracidad a la sociedad, con posibilidades reales de ganar credibilidad.
Una propuesta de cómo hablarle al país nacional. ¿Cómo construir una metodología que lleve a las mayorías a actuar desde una agenda propia, sin dejarse distraer por las agendas institucionales?


En desdeabajo planteamos una metodología de diálogo y compartir que torne a la democracia en tema central de toda la sociedad, develando las limitaciones que hoy porta, y diseñando entre todas las manos aquello que consideramos que la recupera y potencia en su real y necesaria configuración.

 

¿Por qué la democracia, como tema central? Porque en ella, como columna vertebral del régimen político, descansa la legalidad y la legitimidad del proyecto burgués hoy en crisis. Pero principalmente porque, radicalizándola, podremos vivir de modo diferente en este país, de forma mucho mejor que como vivieron nuestros antepasados inmediatos (primera y segunda mitad del siglo XX) y como han vivido las nuevas generaciones (finales del siglo XX y lo corrido del siglo XXI).


Para darle forma a esta metodología proponemos iniciar una Vuelta a Colombia donde los sectores alternativos realicemos un recorrido por el país del ‘centro’ y de la ‘periferia’, un viaje al país profundo para compartir opiniones entre iguales; para desentrañar pesares, angustias y esperanzas que disponen para la movilización a los siempre negados(as); para aprender a escuchar, estructurando en común una plataforma de acción o de combate que identifique un norte por alcanzar. Una acción y una iniciativa común y permanente para evidenciar que otra democracia sí posee posibilidades de tomar forma, una democracia mucho más allá de lo formal –electoral–, comprometiendo a todos y todas con su con su construcción y ahondamiento. Una democracia, además, integral –económica, social, cultural, ambiental, política– y plebiscitaria –que consulta, de manera obligatoria, a las mayorías en todos aquellos temas de orden estructural–.


Para hacer realidad esta utopía, proponemos iniciar la construcción de comités de impulso de la campaña en favor de otra democracia que sí es posible y necesaria, y que, por que se vayan constituyendo comités de impulso de la campaña en favor de otra democracia que sí es posible y necesaria, y que, de acuerdo a la acogida y la multiplicación que logre la propuesta entre nuestra sociedad, se cite a la realización de asambleas periódicas (como mínimo semestrales), citaciones de las cuales deberán emerger los planes de acción colectivos, las consignas, las acciones puntuales y/o las campañas de acción pública o de formación de amplios sectores sociales. Las vocerías, cada vez más colectivas, descentralizadas si fuera necesario, rotativas, también.

Es una campaña permanente, un hacer realidad otra Colombia posible, que demanda nuevos lenguajes y nuevos simbolismos; un proceder para construir espacios de liderazgo renovado en lo micro y en lo macro, un proceder para empoderarnos todos y todas como líderes del nuevo país, donde lo colectivo es lo fundamental y determinante, donde las escuelas formativas y para el ahondamientos de politizaciones renovadas o nuevas deben tomar en cuenta las transformaciones en curso al interior del capitalismo, para comprenderlas, aprehenderlas y potenciarlas. Otra democracia sí es posible y con ella otra Colombia.

 

 

 

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Publicado enEdición Nº264
Sábado, 07 Diciembre 2019 06:05

Chile. Condena de la CIDH

Chile. Condena de la CIDH

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), condenó el "uso excesivo de la fuerza" en el marco de las protestas en Chile, y llamó a las autoridades "a ordenar el cese inmediato" de las medidas de represión. La Comisión, parte de la Organización de los Estados Americanos (OEA), dijo que la convulsión social en Chile ha dejado hasta ahora 26 muertos, unos 12.600 los heridos y más de 20.600 detenidos. El malestar, que estalló el 18 de octubre por el aumento del precio del metro de Santiago, derivó en violentas protestas en todo el país por numerosas demandas al gobierno de Sebastián Piñera. "La CIDH expresa su condena al uso excesivo de la fuerza en el contexto de las protestas sociales en Chile, los graves desmanes en el curso de algunas manifestaciones y manifiesta su grave preocupación por el elevado número de denuncias de violaciones a los derechos humanos recibidas por los órganos del Estado desde el inicio de las manifestaciones", dijo en un comunicado. "La CIDH llama al cese inmediato del uso desproporcionado de la fuerza por parte de las fuerzas de seguridad del Estado."

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