El incumplimiento a los acuerdos de paz por parte del Estado colombiano. Las consecuencias psicopolíticas

El no cumplimiento de los acuerdos firmados entre Gobierno e insurgencia en La Habana, y la decisión del gobierno Duque de liderar un movimiento en contra de los acuerdos de paz, se traduce en efectos psicológicos para toda la población colombiana. Acá diez de estos efectos.

Mucho se ha hablado por estos días sobre los terribles efectos jurídicos, políticos, económicos y morales que tiene el hecho histórico de que el Presidente de la República de Colombia lidere un movimiento en contra de los acuerdos de paz logrados entre el Estado colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejercito del Pueblo Farc-ep; después de más de seis años de negociación y de 50 de confrontación armada. Pero muy poco se ha hablado de los efectos psicopolíticos tan devastadores que tiene para toda una nación el hecho de tener un gobierno que decide desconocer o burlarse de los acuerdos hechos por el mismo Estado que dice gobernar.

Es muy grave lo que está sucediendo en términos psicológicos. Desconocer o burlarse de un acuerdo de esta naturaleza trae consecuencias psicológicas no sólo para las víctimas que están esperando verdad, justicia, reparación y no repetición. El conjunto de la sociedad colombiana recibe una poderosa carga simbólica cargada de mensajes profundamente destructivos que impactan la psique colectiva y hacen que se abra la puerta a la naturalización de todo tipo de actuaciones delictivas, dañinas, dolorosas e incluso horrorosas con plenas garantías estatales de impunidad.

Una de las consecuencias más desastrosas del saboteo a los acuerdos de paz por parte del gobierno Duque tiene que ver con la perdida de todos los referentes de actuación moral. Siendo el máximo jefe del Estado quien decide boicotear lo acordado sin ningún tipo de recato ético o moral; la sociedad en su conjunto queda totalmente desorientada, perdida y confundida moralmente y, por lo tanto, se abre la posibilidad social de instaurar un régimen totalitario y violento en donde los derechos humanos, la democracia o el respeto por los demás, nada importa. Tal como reza el slogan del gobierno Duque: duélale a quien le duela. Ésta es la máxima de alguien que piensa y actúa cínicamente.

Si el Jefe de Estado desconoce el valor sagrado que tienen los acuerdos políticos que traerían la paz a millones de seres humanos en Colombia, ¿qué se puede esperar de cualquier otro ciudadano? Veamos diez consecuencias psicopolíticas directas del boicoteo descarado a lo acordado en La Habana:

Se llama desde la propia institucionalidad a fomentar la agresividad social mediante la negación de los pactos de no agresión que se construyen en toda sociedad. Todas las relaciones entre seres humanos están basadas en acuerdos implícitos o explícitos. Algunos de ellos se elevan hasta lo sagrado. Cuando alguna de las partes rompe unilateralmente lo acordado, se da inicio a una escalada de agresiones que pueden llevar a la guerra que se había parado mediante negociación política. Esto es peor cuando quien boicotea lo acordado representa a la máxima figura del Estado. Somos propensos a la agresión. Sólo basta un fanático con poder para llevar a millones de seres humanos al borde de la destrucción total.

Se consolida la violencia política como deseo. Cuando un sector de la sociedad que se encuentra en el gobierno, desea llevar al otro a la guerra y a la confrontación no dialogada, se genera un clima generalizado de deseo de muerte física o simbólica de todo lo que se vuelva contrario a estos ideales guerreristas. La tristemente célebre imagen de un abuelo de Medellín amenazando a un joven menor de edad por llevar una camiseta en contra de la guerra de Uribe-Duque da cuenta de los efectos logrados por la élite gobernante en contra de los acuerdos de paz.

Se fortalece el rencor como sentimiento nacionalista. Cuando una nación percibe que de nada sirve dialogar, negociar o concertar, se siente autorizada para el ejercicio de todas las formas posibles de maltrato y abuso sobre los otros. Al no encontrar referentes morales legítimos en las figuras del Estado, se cae en una especie de animalización, sentimentalización o embrutecimiento rabioso y rencoroso hacia todo aquello que sea señalado por el jefe de Estado como peligroso y maléfico. Detrás de todo ello se esconde un profundo temor a la verdad.

Se instala el odio como forma de relación. El odio es una construcción social que se instala en la mente y los corazones de la gente, propósito que se logra –generalmente– desde condiciones de poder como la presidencia de un país, un alto cargo religioso o una figura mítica trascendental. Pero el odio tiene implicaciones psicopolíticas muy peligrosas cuando se eleva desde el desconocimiento de acuerdos políticos de suma importancia para un país. La ecuación es muy sencilla: a mayor respeto por los acuerdos menor es el sentimiento de odio entre las partes. A menor respeto por lo acordado, mucho mayor será el sentimiento de odio nacional entre propios hermanos.

Se ratifica una mentalidad embaucadora y traicionera. Quien desconoce o intenta boicotear un acuerdo de trascendencia humana como lo es la terminación de un conflicto armado, siempre será recordado como un embaucador y traicionero. El problema es que se busque llevar dicho modelo de embaucación y traición a todo un país o una región. Es muy peligroso para una sociedad ser dirigida por esas mentalidades embaucadoras y traicioneras. Si vemos la protesta social de estos día, muy pronto nos daremos cuenta que es el resultado de un sentimiento de engaño y traición con respecto a aquellos acuerdos que han hecho los gobiernos en nombre del Estado. La minga del Cauca habla de más de mil acuerdos no cumplidos por el Gobierno. La protesta del magisterio también habla de incumplimiento de acuerdos. Si somos gobernados por esa mentalidad embaucadora y traicionera es muy fácil seguir siendo cómplices de la muerte y la destrucción de los otros sin ningún tipo de reparo ético o moral.

Se pierde el sentido del honor como garante de las relaciones. Lo primero que se cuestiona cuando se rompe o boicotea un acuerdo es el sentido del honor propio y ajeno. Quien rompe unilateralmente lo acordado renuncia a su propio honor y daña el honor del otro con quien se negoció. Pero también rompe el sentimiento nacional que esperaba beneficios con los acuerdos. Faltar a la palabra por parte de un Jefe de Estado es muy grave. Con ello se da paso a múltiples males nacionales, pues se renuncia al carácter de dignidad que merece todo ser humano. Caer en el deshonor y la deshonra es lo peor que le puede pasar a toda una sociedad.

Se pierde la fe en todo lo institucional. En un sentido general la fe puede ser considerada algo muy parecido a la esperanza. Cuando nadie cree en las instituciones que le gobiernan se cae en una especie de sociedad jalonada por la mentira y el engaño. Todo el mundo sabe sobre las mentiras y los engaños con que el gobierno Duque ha presentado sus boicoteos a los acuerdos de Paz. Pero la perdida de la fe en última instancia da cuenta de una espiritualidad precaria que sabe que están pasando cosas terribles y no se hace cargo de ello. Por ejemplo, todo el mundo sabe que con boicoteo a los acuerdos se quiere ocultar un montón de cosas del conflicto armado: quién ordenaba los actos atroces, quién los ejecutaba, quién los financiaba, quién los encubría, quién distorsionaba la noticia, etcétera.

Se promueven malas conductas sociales como la impunidad y la corrupción. Cualquier acuerdo político que se logre entre contendientes armados debe contemplar ciertas pretensiones de verdad, justicia y no repetición. Para el caso de los acuerdos de paz, esto está contemplado en la JEP. Si el propio gobierno quiere romper lo acordado es muy sencillo deducir que le tiene miedo a la verdad, a la justicia y la no repetición; y se lanza al precipicio de la impunidad favoreciendo la tremenda corrupción sobre la cual se mantiene. Siempre he sostenido que con la dejación de las armas por parte de las Farc-ep, la insurgencia logró desarmar al Estado y lo ha colocado contra las cuerdas en términos de su legitimidad moral. No se puede negar que vivimos en un estado perpetuo de impunidad y corrupción que ha carcomido todas las esferas de la sociedad. Pero intentar boicotear lo acordado por parte del mismo Estado, es una inyección más de brutalidad que seguramente se convertirá en caldo de cultivo para todo tipo de violencias.

Se instala una ética del horror. Después de muchos años investigando sobre la psicohistoria del conflicto armado y la violencia política en Colombia; no me cabe la menor duda de que la élite colombiana ha logrado construir toda una ética del horror que se refleja en una especie de deber ético y moral de asesinar o desaparecer todo aquello que ponga en riesgo los intereses de dicha élite. La JEP pone en riesgo buena parte de dichos intereses al colocar al descubierto muchos secretos atroces de nuestra sociedad. El problema es que dicha ética del horror se enraíza socialmente y se dirige psicopoliticamente desde el ocultamiento sistemático de la verdad.

Se acepta pasivamente el cinismo y la impunidad como valores. Es muy grave que un gobierno asuma el cinismo y la impunidad como valores al desconocer los acuerdos firmados por el Estado. Quien así actúa lo hace con pleno conocimiento de las consecuencias desastrosas que este tipo de actuaciones puede traer para un país. Y disfruta y siente placer con ello. Se ríe de todo el mundo. Se burla de los otros en su propia cara. Juega a tener el poder para destruir. Si esto es llevado al conjunto de la sociedad, quiere decir que históricamente hemos vivido en la mentira y el olvido; y esto es lo que se quiere seguir promoviendo. Por eso la gente no reacciona sino que se paraliza e incluso se vuelve cómplice de la atrocidad.

* Director www.catedralibremartinbaro.org

Publicado enColombia
Martes, 30 Abril 2019 17:26

Las consecuencias psicopolíticas

Las consecuencias psicopolíticas

El no cumplimiento de los acuerdos firmados entre Gobierno e insurgencia en La Habana, y la decisión del gobierno Duque de liderar un movimiento en contra de los acuerdos de paz, se traduce en efectos psicológicos para toda la población colombiana. Acá diez de estos efectos.

Mucho se ha hablado por estos días sobre los terribles efectos jurídicos, políticos, económicos y morales que tiene el hecho histórico de que el Presidente de la República de Colombia lidere un movimiento en contra de los acuerdos de paz logrados entre el Estado colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejercito del Pueblo Farc-ep; después de más de seis años de negociación y de 50 de confrontación armada. Pero muy poco se ha hablado de los efectos psicopolíticos tan devastadores que tiene para toda una nación el hecho de tener un gobierno que decide desconocer o burlarse de los acuerdos hechos por el mismo Estado que dice gobernar.

Es muy grave lo que está sucediendo en términos psicológicos. Desconocer o burlarse de un acuerdo de esta naturaleza trae consecuencias psicológicas no sólo para las víctimas que están esperando verdad, justicia, reparación y no repetición. El conjunto de la sociedad colombiana recibe una poderosa carga simbólica cargada de mensajes profundamente destructivos que impactan la psique colectiva y hacen que se abra la puerta a la naturalización de todo tipo de actuaciones delictivas, dañinas, dolorosas e incluso horrorosas con plenas garantías estatales de impunidad.

Una de las consecuencias más desastrosas del saboteo a los acuerdos de paz por parte del gobierno Duque tiene que ver con la perdida de todos los referentes de actuación moral. Siendo el máximo jefe del Estado quien decide boicotear lo acordado sin ningún tipo de recato ético o moral; la sociedad en su conjunto queda totalmente desorientada, perdida y confundida moralmente y, por lo tanto, se abre la posibilidad social de instaurar un régimen totalitario y violento en donde los derechos humanos, la democracia o el respeto por los demás, nada importa. Tal como reza el slogan del gobierno Duque: duélale a quien le duela. Ésta es la máxima de alguien que piensa y actúa cínicamente.

Si el Jefe de Estado desconoce el valor sagrado que tienen los acuerdos políticos que traerían la paz a millones de seres humanos en Colombia, ¿qué se puede esperar de cualquier otro ciudadano? Veamos diez consecuencias psicopolíticas directas del boicoteo descarado a lo acordado en La Habana:

Se llama desde la propia institucionalidad a fomentar la agresividad social mediante la negación de los pactos de no agresión que se construyen en toda sociedad. Todas las relaciones entre seres humanos están basadas en acuerdos implícitos o explícitos. Algunos de ellos se elevan hasta lo sagrado. Cuando alguna de las partes rompe unilateralmente lo acordado, se da inicio a una escalada de agresiones que pueden llevar a la guerra que se había parado mediante negociación política. Esto es peor cuando quien boicotea lo acordado representa a la máxima figura del Estado. Somos propensos a la agresión. Sólo basta un fanático con poder para llevar a millones de seres humanos al borde de la destrucción total.

Se consolida la violencia política como deseo. Cuando un sector de la sociedad que se encuentra en el gobierno, desea llevar al otro a la guerra y a la confrontación no dialogada, se genera un clima generalizado de deseo de muerte física o simbólica de todo lo que se vuelva contrario a estos ideales guerreristas. La tristemente célebre imagen de un abuelo de Medellín amenazando a un joven menor de edad por llevar una camiseta en contra de la guerra de Uribe-Duque da cuenta de los efectos logrados por la élite gobernante en contra de los acuerdos de paz.

Se fortalece el rencor como sentimiento nacionalista. Cuando una nación percibe que de nada sirve dialogar, negociar o concertar, se siente autorizada para el ejercicio de todas las formas posibles de maltrato y abuso sobre los otros. Al no encontrar referentes morales legítimos en las figuras del Estado, se cae en una especie de animalización, sentimentalización o embrutecimiento rabioso y rencoroso hacia todo aquello que sea señalado por el jefe de Estado como peligroso y maléfico. Detrás de todo ello se esconde un profundo temor a la verdad.

Se instala el odio como forma de relación. El odio es una construcción social que se instala en la mente y los corazones de la gente, propósito que se logra –generalmente– desde condiciones de poder como la presidencia de un país, un alto cargo religioso o una figura mítica trascendental. Pero el odio tiene implicaciones psicopolíticas muy peligrosas cuando se eleva desde el desconocimiento de acuerdos políticos de suma importancia para un país. La ecuación es muy sencilla: a mayor respeto por los acuerdos menor es el sentimiento de odio entre las partes. A menor respeto por lo acordado, mucho mayor será el sentimiento de odio nacional entre propios hermanos.

Se ratifica una mentalidad embaucadora y traicionera. Quien desconoce o intenta boicotear un acuerdo de trascendencia humana como lo es la terminación de un conflicto armado, siempre será recordado como un embaucador y traicionero. El problema es que se busque llevar dicho modelo de embaucación y traición a todo un país o una región. Es muy peligroso para una sociedad ser dirigida por esas mentalidades embaucadoras y traicioneras. Si vemos la protesta social de estos día, muy pronto nos daremos cuenta que es el resultado de un sentimiento de engaño y traición con respecto a aquellos acuerdos que han hecho los gobiernos en nombre del Estado. La minga del Cauca habla de más de mil acuerdos no cumplidos por el Gobierno. La protesta del magisterio también habla de incumplimiento de acuerdos. Si somos gobernados por esa mentalidad embaucadora y traicionera es muy fácil seguir siendo cómplices de la muerte y la destrucción de los otros sin ningún tipo de reparo ético o moral.

Se pierde el sentido del honor como garante de las relaciones. Lo primero que se cuestiona cuando se rompe o boicotea un acuerdo es el sentido del honor propio y ajeno. Quien rompe unilateralmente lo acordado renuncia a su propio honor y daña el honor del otro con quien se negoció. Pero también rompe el sentimiento nacional que esperaba beneficios con los acuerdos. Faltar a la palabra por parte de un Jefe de Estado es muy grave. Con ello se da paso a múltiples males nacionales, pues se renuncia al carácter de dignidad que merece todo ser humano. Caer en el deshonor y la deshonra es lo peor que le puede pasar a toda una sociedad.

Se pierde la fe en todo lo institucional. En un sentido general la fe puede ser considerada algo muy parecido a la esperanza. Cuando nadie cree en las instituciones que le gobiernan se cae en una especie de sociedad jalonada por la mentira y el engaño. Todo el mundo sabe sobre las mentiras y los engaños con que el gobierno Duque ha presentado sus boicoteos a los acuerdos de Paz. Pero la perdida de la fe en última instancia da cuenta de una espiritualidad precaria que sabe que están pasando cosas terribles y no se hace cargo de ello. Por ejemplo, todo el mundo sabe que con boicoteo a los acuerdos se quiere ocultar un montón de cosas del conflicto armado: quién ordenaba los actos atroces, quién los ejecutaba, quién los financiaba, quién los encubría, quién distorsionaba la noticia, etcétera.

Se promueven malas conductas sociales como la impunidad y la corrupción. Cualquier acuerdo político que se logre entre contendientes armados debe contemplar ciertas pretensiones de verdad, justicia y no repetición. Para el caso de los acuerdos de paz, esto está contemplado en la JEP. Si el propio gobierno quiere romper lo acordado es muy sencillo deducir que le tiene miedo a la verdad, a la justicia y la no repetición; y se lanza al precipicio de la impunidad favoreciendo la tremenda corrupción sobre la cual se mantiene. Siempre he sostenido que con la dejación de las armas por parte de las Farc-ep, la insurgencia logró desarmar al Estado y lo ha colocado contra las cuerdas en términos de su legitimidad moral. No se puede negar que vivimos en un estado perpetuo de impunidad y corrupción que ha carcomido todas las esferas de la sociedad. Pero intentar boicotear lo acordado por parte del mismo Estado, es una inyección más de brutalidad que seguramente se convertirá en caldo de cultivo para todo tipo de violencias.

Se instala una ética del horror. Después de muchos años investigando sobre la psicohistoria del conflicto armado y la violencia política en Colombia; no me cabe la menor duda de que la élite colombiana ha logrado construir toda una ética del horror que se refleja en una especie de deber ético y moral de asesinar o desaparecer todo aquello que ponga en riesgo los intereses de dicha élite. La JEP pone en riesgo buena parte de dichos intereses al colocar al descubierto muchos secretos atroces de nuestra sociedad. El problema es que dicha ética del horror se enraíza socialmente y se dirige psicopoliticamente desde el ocultamiento sistemático de la verdad.

Se acepta pasivamente el cinismo y la impunidad como valores. Es muy grave que un gobierno asuma el cinismo y la impunidad como valores al desconocer los acuerdos firmados por el Estado. Quien así actúa lo hace con pleno conocimiento de las consecuencias desastrosas que este tipo de actuaciones puede traer para un país. Y disfruta y siente placer con ello. Se ríe de todo el mundo. Se burla de los otros en su propia cara. Juega a tener el poder para destruir. Si esto es llevado al conjunto de la sociedad, quiere decir que históricamente hemos vivido en la mentira y el olvido; y esto es lo que se quiere seguir promoviendo. Por eso la gente no reacciona sino que se paraliza e incluso se vuelve cómplice de la atrocidad.

* Director www.catedralibremartinbaro.org

Publicado enEdición Nº256
Jueves, 10 Enero 2019 06:18

Todos contra Una

Todos contra Una

A partir de los casos de violaciones en grupo ocurridos en Año Nuevo, el autor pone en consideración los mecanismos sociales, discursivos y subjetivos que hacen posibles estos hechos. La característica masculina del grupo y las actitudes, pautas consumistas, divertimentos y gestos institucionales que alientan este modelo tribal.

Si la violación de una púber en la ciudad de Miramar por parte de un grupo de varones mayores de edad nos había sumido en la indignación y el horror, la repetición del mismo ultraje sobre otras dos niñas adolescentes perpetradas en Salta y en Villa Elisa desafían nuestra capacidad de espanto. Vale intentar alguna consideración sobre los mecanismos sociales, discursivos y subjetivos que hacen posible semejante barbarie.


De la mano de la manada


Por lo pronto, la necesidad de andar en grupos es muy propia del campo masculino. Ya desde la adolescencia: “un hombre se hace El Hombre por situarse como Uno-entre-otros, por incluirse entre sus semejantes” (1), observa Lacan, quien además refiere que los muchachos “se tienen todos de la mano, más aún cuando, si no se tuvieran de la mano, cada uno debería enfrentarse solo con la chica y es no les gusta” (...) porque encontrarse solo, cada cual frente a su cada cuala (...) “conlleva demasiados riesgos” (2). Y agrega: “Para las chicas es diferente (...) se agrupan de a dos, hacen migas con un amiga hasta que logran arrancar a un chico de su banda”. Ahora bien, el riesgo que experimenta el varón al enfrentar al Otro sexo explica, entre otras muchas cuestiones, la desinhibición que presta la descomunal ingesta de alcohol en el ámbito de la Fiesta y el tiempo libre, llámese rave, previa, after, etc. Por si fuera necesario aclararlo, el riesgo es la impotencia, ese fantasma que en mayor o menor medida persigue a todos los descendientes de Adán y que explica la puntual necesidad de los jovencitos varones por incluirse en la manada antes de ensayar su primeras pasos en las complejas lides del amor. Hasta aquí se trata de un momento en el crecimiento del sujeto masculino. La cuestión se complica cuando, en virtud de los mandatos de meritocracia y éxito individualista que la época impone, el erotismo que sostiene tanto la atracción como la rivalidad entre los varones se convierte en violencia hacia una mujer, tal como ocurre en los muy tristes hechos que convocan estas líneas. Indaguemos los factores subjetivos presentes en los mismos.


La sociedad de los varones


Un maravilloso estudio de Freud nos permite inferir las nefastas consecuencias que sobrevienen cuando –en virtud de ciertas coordenadas sociales– el agrupamiento entre varones con fines defensivos se instala en hábitos, códigos y comportamientos. En su estudio sobre el mecanismo paranoico3, Freud establece las distintas las formas de paranoia a partir de las frases que cada sujeto adopta para contradecir el siguiente axioma o postulado: “Yo (un varón) lo amo (a un varón)”. Así, ubica el delirio de persecución en la siguiente formulación: “Yo no lo amo, –pues yo lo odio– porque EL ME PERSIGUE”. De la misma forma, para el caso de la erotomanía, afirma: “Yo no lo amo –yo la amo– porque ELLA ME AMA”. Y por fin, cuando aborda el delirio de celos, para el caso del alcohólico señala: “El papel del alcohol en esta afección se nos ha vuelto inteligible en todos sus aspectos. Sabemos que este medio de goce cancela inhibiciones y deshace sublimaciones. No es raro que el varón sea empujado al alcohol por el desengaño con la mujer, pero esto, por regla general, equivale a decir que ingresa en la taberna y en la sociedad de los varones, donde halla la satisfacción del sentimiento que echa de menos en su hogar con la mujer. Y si estos varones devienen objeto de una investidura (Besetzung) libidinosa más intensa en su inconsciente, se defiende de ella mediante la tercera variedad de la contradicción: ‘No yo amo al varón –es ella quien lo ama’ y sospecha de la mujer con todos los hombres a quienes él está tentado de amar”. Trascartón, Freud se confiesa sorprendido, dice que a una frase de tres eslabones como “Yo lo amo”, le correspondería tan solo tres formas de contradicción: el delirio de celos que contradice al sujeto (Yo), el delirio de persecución que hace lo propio con el verbo (amo) y, por fin, la erotomanía con el objeto (lo). Con sorpresa, Freud encuentra sin embargo una cuarta forma de contradicción, a saber: “Yo no amo en absoluto y no amo a nadie”, frase que resulta equivalente a decir: “Yo me amo sólo a mí”. Desde ya una conclusión muy afín al nefasto individualismo que caracteriza la época que nos toca vivir y que propicia la comisión de hechos aberrantes sin la necesaria concurrencia de sujetos paranoicos en los mismos. Es que por más doloroso que nos resulte, si bien no cualquiera puede cometer estos actos de barbarie, tampoco los mismos corren siempre por cuenta de monstruos perversos exilados de lo humano, antes bien son productos del discurso cuya colosal capilaridad hace que los comentarios en una casa, en el bar, la escuela, el trabajo, se traduzcan –dadas ciertas circunstancias– en hechos criminales.


De la manada a la patota


Pareciera entonces que algo intolerable –antes velado por las prohibiciones, la inhibición o las pautas culturales– hoy emerge a cielo abierto. Me refiero a la impotencia masculina. En efecto: cuando varios tipos acometen contra una mujer, sea para abusar de ella, esclavizarla, violarla o matarla, lo que cuenta no es tanto la dama en cuestión, sino la relación de coalescencia –de unión o fusión, ergo: erotismo– entre los propios varones. Es que, sea conduciendo un auto de alta gama, mirando pornografía, consumiendo prostitución o profiriendo una grosería –tal como en su momento reivindicó quien hoy ocupa el cargo de presidente de la Nación–, el macho va con el grupo de pares en su cabeza: la banda es la esencia de su sexualidad. No en vano, para Lacan, hombre es aquel que, por amor a una mujer, renuncia a su impostura masculina (4). Esto es: estar en condiciones de registrar la mujer que está a su lado más que el fetiche que habita en su cabeza. De hecho el hombre enamorado se feminiza (y por ej.: cuando falta al fulbito para estar con ella, los amigos le dicen: ¡Andá, puto, pollerudo!) El arte da cuenta de este rasgo de la sexualidad masculina: una popular canción de Los Auténticos Decadentes dice así: “Yo la quería encarar / ay pero solo no me animaba / fui hasta el café / busqué a mis amigos y... [en el colmo de la cobardía, la letra concluye] la encaramos en barra”.


Lo femenino en cada sujeto


Pero Raquel es una síncopa que desacomoda el ritmo de cualquier banda. Tal como más arriba señala Lacan para el caso de las chicas, una mujer siempre constituye una amenaza para el contubernio corporativo machista. Por su sola presencia, el semblante femenino hace notar la distancia que separa a un varón del Ideal que su impostura masculina le exige. (Para más datos, prestar atención a la rígida prestancia en la parada del macho, sea en el boliche, la milonga o la disco.) Es que en la fantasía del macho asustado, la mujer funciona como superyó, léase censura, castigo o reproche. Por algo una psicoanalista mujer –Colette Soler– dice que los hombres no escuchan a las mujeres porque les creen (5). Y de hecho, nada más alarmante para los fantasmas del varón que escuchar la frase: “tenemos que hablar”, en lo propiamente femenino se refugia la alteridad radical de todo ser hablante. No en vano, en oportunidad de su alocución en las Naciones Unidas el psicoanalista catalán Miquel Bassols (6) formulaba: “Esta impotencia es correlativa de la imposibilidad de escuchar la palabra del sujeto femenino, pero también de escuchar lo femenino que hay en cada sujeto”. Desde este punto de vista, la singularidad es lo que nos hace diferentes de nosotros mismos, aquello destinado a quebrar la unidad narcisista del cuerpo. Eso mismo que el filósofo Paul/Beatriz Preciado pone a cuenta de “las mujeres, las minorías sexuales, los cuerpos no-blancos, los transexuales, intersexuales y transgénero, los cuerpos deformes o discapacitados” (7). Es decir: todo aquello que el sentido común rechaza.


Los discursos machistas


Convendría entonces revisar qué actitudes, modelos de consumo, divertimentos, gestos institucionales alientan este modelo tribal tras el cual se parapetan los más arcaicos fantasmas masculinos. Iglesia y ejército solían ser los enclaves predilectos de esta defensa narcisista. Hoy que los ideales se encuentran desagregados, el macho se resguarda tras los imperativos de goce que rigen en la fiesta o el tiempo libre: ya sea que se trate de una rave, un after, a la salida de un boliche o en la carpa de un camping. Desde ya, como para demostrar que toda violencia tiene una raíz simbólica, sobran los ejemplos de los soportes discursivos que estimulan, encubren o desestiman el horror de estos crímenes. Además del exabrupto –más arriba citado– de quien hoy conduce esta nación, vaya como ejemplo el nombramiento como personalidad de la cultura que la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires otorgó hace tan solo un par de años a un animador de televisión, en cuya larga trayectoria las bromas pesadas (eso que hoy se llama bullying) y la cosificación de las personas han ocupado un triste sitial de privilegio. Para no hablar, claro está, de la reciente nota que un importante matutino subió a su página web (luego corregida) en la que se responsabiliza de la mencionada violación en Miramar a la víctima y a sus padres. O sea: el macho y su banda en el discurso.


A manera de resumen y conclusión: Todos contra Una


Desde la adolescencia, los varones se re- unen para defenderse del riesgo que les supone el encuentro con el Otro sexo, en tanto diferencia que alberga lo más íntimo y temido de cada sujeto. Las frustraciones, la mutua sospecha, los celos, pueden derivar en distintas formas de violencia que las coordenadas sociales de cada época morigeran o incentivan según los casos. El actual individualismo que la empresa neoliberal impone se traduce en una pauperización del lazo social, cuya incidencia en la subjetividad transforma la sincera y honesta amistad entre varones en amontonamientos proveedores de cierta pertenencia al servicio de una defensa corporativa que rechaza lo diferente, en este caso una mujer.


Sergio Zabalza: Psicoanalista. Licenciado en Psicología (UBA). Magister en Clínica Psicoanalítica (Unsam) y actual doctorando en la Universidad de Buenos Aires.


1 Jacques Lacan, “Prefacio a El Despertar de la Primavera”, en Otros Escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 588.
2 Jacques Lacan, “Hablo a las paredes”, Buenos Aires, Paidós, 2012, pp. 92 y 93.
3 Sigmund Freud, “Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente”, en Obras Completas, A. E. Tomo XII, pp. 58 a 60.
4 Ver Jacques Lacan, El Seminario: Libro 19: “…ou pire”, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 118.
5 Colette Soler, La Maldición del Sexo, Buenos Aires, Manantial, 2005.
6 Contribución de la AMP en la 15° Sesión de la Comisión sobre la Condición de la Mujer de las Naciones Unidas.
7 Parole de Queer, Entrevista con Beatriz Preciado, 2014.

“La mejor teoría es la que mejor puede interrogar al paciente”

A partir de las nuevas teorías de la complejidad, el prestigioso médico psiquiatra y psicoanalista permite entender el psicoanálisis posfreudiano y poslacaniano. La práctica psicoanalítica en un momento en que desde las neurociencias y las soluciones farmacológicas se cuestiona su eficacia.

 

El prestigioso médico psiquiatra y psicoanalista Luis Hornstein se propuso indagar sobre la práctica del psicoanálisis actual en su nuevo libro Ser analista hoy (Editorial Paidós). Teniendo en cuenta las lecturas clásicas, Hornstein desgrana una multiplicidad de conceptos a lo largo de casi trescientas páginas: a partir de las nuevas teorías de la complejidad permite entender el psicoanálisis posfreudiano y poslacaniano. Y lo completa con la presentación de un caso clínico, donde no disocia el devenir histórico del paciente del plano histórico-social y su relación con la subjetividad. Ser analista hoy es también un minucioso trabajo sobre la práctica psicoanalítica en un momento en que desde las neurociencias y las soluciones farmacológicas se cuestiona su eficacia. El porqué de este cuestionamiento, Hornstein lo entiende de la siguiente manera: “En particular, las neurociencias son una gama de investigaciones que tienen como base la problemática del cerebro, la inteligencia artificial. Yo creo que, tal vez, un derivado o algo que se apuntala en las neurociencias es la industria farmacéutica”, explica.


En el tema de las neurociencias hay una versión menos reduccionista y una versión más reduccionista, según entiende el psiquiatra y psicoanalista. La versión más reduccionista considera que lo psíquico como tal “puede ser obviado por todos estos desarrollos nuevos a nivel del cerebro y de inteligencia artificial”. Sin embargo, según Hornstein, la parte más reduccionista apuntala a la industria farmacéutica. “Y yo creo que el principal problema de donde vienen los cuestionamientos es desde la industria farmacéutica que pretende cada vez más suplantar lo que sería el trabajo sobre lo psíquico y sobre la subjetividad y los conflictos por moléculas que solucionarían todos los tipos de dolencia, sufrimientos y problemáticas personales de la gente”. El autor ve esa tensión más por un conflicto de intereses con la industria farmacéutica que pretendería abolir todo lo que fuera considerar al psiquismo en toda su dimensión de complejidad y suplantarlo por un problema, donde todo se puede resolver con distintas moléculas. “Particularmente diría que uno de los temas, donde más debates se da, es básicamente sobre la depresión, porque la depresión es considerada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como la cuarta causa de discapacidad y se supone que en el 2020 será la segunda causa de discapacidad después de las enfermedades cardiovasculares. La industria farmacéutica factura más de 10 mil millones de dólares en antidepresivos en Estados Unidos y 20 mil millones de dólares en todo el mundo. Entonces, nosotros como psicoanalistas estamos acostumbrados a debates conceptuales, a debates corporativos, donde hay gente que está sostenida en un campo de doctrinas particulares, pero acá es un debate económico. Y un debate económico con una potencia, donde lo que se juega son intereses muy fuertes, que son los intereses de los laboratorios, de la industria farmacéutica y de los psicofármacos. Esto tiene dos ejes: la temática de la ansiedad y la temática de la depresión. Creo que el debate está muy contaminado por estos intereses económicos”, plantea Hornstein.


–Yendo al comienzo de lo que plantea en el libro, ¿cómo es eso de que un analista debe conservar su eterna condición de aprendiz?
–A diferencia de otros campos, uno tiene que asumir que, por nuestra temática, siempre lidiamos con fenómenos complejos. Y, en ese sentido, lidiar con fenómenos complejos implica que, por más que uno estudie la obra de Freud, de Lacan o de otros padres fundadores, hay que estar actualizado. Y eso supone no solamente estar actualizado en que cada paciente es un mundo singular: justamente, si el psicoanálisis apuesta al paradigma de la complejidad, hay una enorme distancia entre toda una biblioteca que me puede hablar del Complejo de Edipo y el narcisismo y este Complejo de Edipo, al cual yo no puedo acceder si no es a través de la escucha de esa singularidad. En ese sentido, creo que el duelo por la certeza en nuestro campo es uno de los duelos fundamentales. Yo supongo que si alguien hace radiología de esófago, después de tres o cuatro años de ver esófagos hay un momento donde ya domina porque es una técnica acotada. Pero cuando enfrentamos nada menos que la complejidad de la psiquis humana, la historia y los efectos de lo histórico-social sobre la subjetividad estamos exigidos con cada paciente a aceptar que uno no está del lugar del saber sino del lugar de interrogar acerca de qué ha sido la historia singular de esta persona.


–Usted señala: “Más que interpretar, historizo”. ¿Cómo se articula pasado y presente en la práctica analítica?
–Una de las innovaciones que trae el paradigma de la complejidad es, justamente, no pensar la historia lineal pasado-presente sino la historia en términos recursivos: es el presente el que actualiza ciertos pasados. Cuando se habla de historia, se habla de historia infantil. No: la historia continúa. La infancia es el comienzo de la historia, pero también está la historia actual y si pensamos al psiquismo como un psiquismo abierto tenemos que pensar como momentos históricos fundamentales en cuanto a la organización de la subjetividad, sea la pubertad, sea la adolescencia, sea la paternidad, sea la madurez. En ese sentido, historizar es asumir que la historia continúa y que la infancia no es un destino sino que la infancia es una apertura de potencialidades.


–¿En qué aspectos la iniciación de un tratamiento es resultado de un vínculo?
–Cada vez más rompimos con el ideal tecnológico donde se supone que un psicoanalista es un técnico que opera según cierto protocolo. Cada vez más asumimos que todo encuentro analítico es justamente un encuentro entre dos subjetividades y que va a depender mucho en la evaluación de la potencialidad de esa pareja terapéutica cuáles son las afinidades que pueda haber entre terapeuta y paciente. Y eso rompe con la idea de una técnica que es independiente de quien la administra. Justamente, si uno mide colesterol en sangre, no importa el operador. Importa que sea una máquina de última generación. Eso no es lo que pasa en la situación analítica. Importa la historia del analista, que esa historia permita escuchar al otro como otro, que sea capaz de resonar en función de sus propias crisis vividas, de sus duelos, de sus historias infantiles, de sus lecturas y de sus diferentes prácticas.


–¿Por qué es mayor la complejidad en las primeras entrevistas?
–Hubo una época en que la primera entrevista tendía a la simplificación, que imaginaba que a partir no solamente de una primera entrevista sino de los primeros minutos, uno podría pronosticar no solamente el porvenir de esa terapia sino la vida del paciente. En la medida en que asumimos la complejidad, sabemos que toda primera entrevista no es más que apertura. Freud hubiera dicho: “El contenido manifiesto de un sueño”. El paciente me puede hablar en su primera entrevista de tal personaje, de tal otro. Yo no tengo idea quién efectivamente es ese personaje si no lo despliega a lo largo del trabajo analítico. Ese personaje que parecía totalmente secundario, luego emerge a partir del proceso terapéutico, como personaje central en la vida. Entonces, la primera entrevista plantea un conjunto de interrogantes que sólo el despliegue del proceso terapéutico va a poder dar siempre respuestas parciales, siempre incompletas. En ese sentido, un analista es alguien que tiene que estar entrenado para aceptar lo enigmático de todo sujeto, en lugar de tener certezas. Yo decía que la mejor teoría en psicoanálisis es la que mejor puede interrogar al paciente y no tanto la que más respuestas propone.


–¿Qué lugar ocupa la atención flotante en esa etapa?
–Freud equiparaba del lado del analista, la atención flotante a la asociación libre. La atención flotante es la posibilidad de establecer conexiones entre distintos elementos que va proveyendo el paciente a lo largo de su terapia y de establecer conexiones distintas. La atención flotante apuntaría a no privilegiar a priori ningún sector de lo que el paciente dice. Por eso, Freud la llamaba “atención parejamente flotante”. Un elemento que podría ser considerado secundario pasa a ser eventualmente algo central. Es como los biógrafos que cada vez más le dan importancia no tanto a las declaraciones pomposas que pueda hacer un biografiado sino a la correspondencia, que es cuando alguien escribe sin estar escribiendo para la posteridad.


–Para que haya historización simbolizante, ¿tiene que haber un recuerdo compartido?
–Justamente, la historización simbolizante apunta a que la historia que construimos en la situación analítica es una historia compartida, es una historia donde dos personas, cada una con su propio bagaje intelectual y personal está disponible para construir una historia en común que no solamente pretenda recuperar la historia sino producir una historia. Es decir, una historia no es sólo algo a recuperar sino algo a producir entre dos personajes que, si bien tienen un pasado, construyen la historia desde un presente y desde un presente compartido.


–¿Y cómo es el trabajo para ser imaginativo sin inventar el material?
–Uno tiene la obligación de imaginar, pero esa obligación de imaginar no puede suplantar la escucha de la singularidad. Si hay algo que caracteriza al psicoanálisis, es la posibilidad de escuchar. Escuchar quiere decir recuperar en el decir del otro aquello que no está dentro de mis expectativas previas, aquello que tenga capacidad de sorprenderme. Entonces, una cosa es imaginar el material y otra cosa es suplantar a partir de esa imaginación lo que estoy escuchando que tiene que ver con la especificidad de la persona a la cual estoy intentando analizar.


–Usted señala que se idealiza un psicoanalista objetivo, frustrante, distante, silencioso, espectador de un proceso unipersonal que se desarrolla únicamente en el paciente, según ciertas etapas previsibles. ¿Cuáles son las dificultades terapéuticas de una visión ortodoxa del psicoanálisis?
–Por empezar no hay una ortodoxia, hay varias ortodoxias. Yo propugno un recuperar. Ortodoxia quiere decir: recto (orto)-norma (doxa). Entonces, si hablamos de ortodoxias, en plural, hay una freudiana, una lacaniana y una ortodoxia kleiniana. El modelo de analista que Freud propone es un modelo de analista activo, un analista participativo que coincide con la epistemología contemporánea, con el horizonte epistemológico en el cual nos estamos situando, donde no hay observador no participante. Uno no es un observador de un proceso simplemente, sino que es un copartícipe de ese proceso. Y esto tiene que ver con el principio de incertidumbre de Heisenberg que dice que hasta en las ciencias duras el observador interviene en el proceso que está observando. Es como si dijéramos: un antropólogo puede ir a Africa, pero ya lo que está observando es cómo es esa tribu africana con ese observador que está observando esos rituales. Entonces, yo creo que el tema de la implicación subjetiva del analista es central. Hay que romper con el ideal tecnológico. La ilusión que, en algún momento se tuvo de que el analista observa un proceso del cual él es ajeno y que obedece a un paradigma de ciencia, donde la ciencia se puede plantear en ausencia de un observador que es parte del fenómeno que está observando, es obsoleta. Y esa concepción le ha hecho mucho daño al psicoanálisis porque, en algún punto, muchos pacientes actuales dicen: “Yo no quiero un psicoanalista que sea un personaje sordo y mudo. Quiero alguien con quien dialogar”. Y yo rescato el diálogo, como rescato que cuanto más simétrica sea la relación analítica más posibilidades hay que esa situación conduzca a generar novedad y evite el exceso de idealización que puede generar tanto un analista demasiado silencioso como un analista que interpreta a ultranza en función de un sistema prefabricado.


–¿Por qué cree que el deseo de curar no está ausente en el análisis sino puesto entre paréntesis?
–Porque muchas veces se confundió que el verdadero psicoanálisis no tiene intenciones terapéuticas. Esto no es lo que planteaba Freud. El decía que para que un psicoanálisis se desarrolle tienen que darse dos condiciones: tiene que darse sufrimiento por parte del paciente y curiosidad. Si no hay sufrimiento y sólo hay curiosidad se dificulta mucho un proceso analítico. Si sólo hay sufrimiento y no hay curiosidad, lo único que el paciente pretende es una pastilla o un atribuirle a otro la responsabilidad y no lo puede ver como generado por sus propios conflictos. En ese sentido, yo diría que privilegiar la dimensión terapéutica es privilegiar el hecho de que ese paciente viene con un monto de sufrimiento. Y no es simplemente un epistemofílico que viene a conocer su mundo interno o su historia sino que viene a conocer su historia para aliviar los sufrimientos actuales.

 

Jueves, 06 Diciembre 2018 06:02

Qué es Freud

Qué es Freud

Freud es un pensador a contramano, un pensador contra-moderno. Se trata nada más y nada menos que de aquel pensamiento que le dio a la Modernidad la posibilidad de pensarse a sí misma.

 ¿Cómo decir en dos palabras, o en diez, quince minutos y de una manera simple, qué es Freud? Nótese que dije qué es Freud, y no quién es Freud. Si estamos hoy acá es para festejar su pensamiento, no para homenajear a su persona. Si se trata de festejar, es porque hay algo vivo. Se trata nada más y nada menos que de aquel pensamiento que le ha dado a la Modernidad, nuestra época, la posibilidad de pensarse a sí misma. Nótese que de esta manera no hay modo de pensar la subjetividad sin la época, y no hay modo de entender la época, el mundo, sin dar con las ruinas y vestigios, con la historia -trágica- moderna, que determina este presente. Allí está, como materia pre-formada todo aquello que hace parte del descubrimiento de Freud: el inconsciente. La Modernidad es esa época, la nuestra, que empuja contra si misma: progreso y destrucción van juntos. La Modernidad, que no deja de hablar del hombre y sus derechos universales al mismo tiempo que lo asesina en nombre de alguna particularidad. Que cada quien sea particular puede tornarse muy inquietante; y la vida marchitarse bajo algún rasgo. Lo evidente no es obvio. El fondo de violencia que no cesa, que es permanente y continuo, sobre el que cada quien tiene que hacer soportar su existencia, será absolutamente interrogado por Freud. Si Freud primero se pregunta, y después escribe, ¿Por qué la Guerra? es porque la existencia se da siempre sobre ese fondo. La vida transcurre entre la que pasó y la próxima. La crisis (y aquí bien lo sabemos) no es una excepción, es la regla (del sistema). Aunque no sea ni tan obvio ni tan evidente. Ahora estamos, por ejemplo, en el tiempo de las guerras comerciales globales, cuando no estamos dentro de alguna guerra comercial familiar. Digamos al pasar, así lo entiendo, que no hay análisis que no haya modificado la relación de cada quien con el dinero y su amplio circuito; y que un análisis podría producir que algo (no alguien) pierda valor.

¿Por qué la inseguridad y el terror son globales desde que existe Occidente? Porque hay Occidente –un mundo global– desde que hay Conquista: de unas lenguas sobre otras, de ciertas categorías mentales, un sistema, sobre otras formas de vida. Hay acumulación posible de riqueza para algunos sólo porque hay una permanente producción extensiva de pobreza. También porque a la época le es intrínseca, lo que Freud llama la pulsión de muerte: ¿quién no ha vivido el miedo como un lugar de refugio? ¿Quién no le ha tenido miedo al miedo? ¿El que imparte terror está él mismo aterrorizado? El miedo es moneda corriente y la amenaza algo constante; y cada quien tiene su manera singular de hacerlo pasar por su cuerpo. El pánico es moneda corriente, aunque no siempre fue así. Donde no estaba, la globalización-la civilización, lo ha llevado. No hay ciudad occidental sin pánico: es allí donde vivimos, con el pánico y el terror naturalizados. Y será justamente allí que el psicoanálisis, y su invento, se interponen, toda vez que se pregunta, en su práctica, y de manera singular cada vez, cuáles son las condiciones de vaciamiento para un cuerpo colonizado por el miedo, el terror, la inseguridad, la amenaza, la vergüenza y el desamparo.


Pero sigamos con lo vivo de aquel pensamiento. Para que un pensamiento esté vivo, muerto el pensador-el autor, tiene, ese pensamiento, que necesariamente haber abierto un campo de interrogación que no se detiene. Y a esto se le ha dado el nombre de discurso. En este sentido el psicoanálisis lo es, tanto como el capitalismo. Sólo que no son el mismo. Y qué es un discurso sino una cierta relación social a la palabra. Una de las diferencias que podemos trazar entre uno y otro, es que abren, uno y otro, hacia formas de relación con la palabra que no son la misma. No alcanza para definir qué es el psicoanálisis con afirmar que se trata de una práctica de la palabra. No es lo mismo una relación crítica a la palabra, que una de obediencia, por ejemplo. No es la misma aquella que sostiene un pacto con la verdad, una voluntad de saber, que aquella con la que se comercia, incluso en el amor. No es lo mismo la circulación de la palabra cuando se está dispuesto a perder, que cuando sólo se trata de ganar. Y convengamos que si alguien quiere analizarse es porque querría, justamente, poder perder algo, aunque más no sea un poco de miedo. El pensamiento vivo de Freud está medido por el alcance crítico de las preguntas que se formula.


Dicho esto, sigamos yendo hacia lo que es el descubrimiento freudiano, y hacia su invento, el consultorio, su práctica. Digamos que, como todo descubrimiento, el de América por ejemplo, se trata de algo que estaba ya ahí. Sólo que cubierto en la oscuridad, censurado y reprimido, negado y rechazado: el inconsciente son las formas paradojales de retorno al desnudo de la historia en el presente, y el análisis, su invento, el lugar donde será puesto en descubierto. Si Freud pudo construir un saber acerca del sufrimiento, del pathos, fue por haber sabido interrogarse acerca de lo que estaba allí haciéndolo posible. ¿Y cuál fue su mérito? El de hacerse las preguntas que no estaban. Nada muy distinto de lo que pasa en un análisis. Esas preguntas van guiando una lectura. Convengamos que si se trató de un gran escritor, tal cosa no existe sin que haya un gran lector. Su obra es un tejido heterogéneo y conflictivo que corre en diagonal atravesando la lengua, la historia de las religiones, de la filosofía, de la literatura, de la ciencia. Freud se mueve como un arqueólogo en un campo que es el de la historia, de la economía, de la política, un campo pulsional.


Abrir los textos, la obra de Freud, es encontrarse con un texto maravilloso. Tiene de maravilloso que está lleno de preguntas exquisitas. Una al azar: se pregunta por los sueños en los que el soñante aparece desnudo, inquieto por su desnudez, lleno de pudor y vergüenza. Sueños que provocan confusión, malestar y desazón. Sueños que atañen particularmente a hombres, hombres que exhiben la carencia de un atributo (fálico), expuestos entonces a un desfallecimiento posible. Se trata de la verdad desnuda, hasta de la verdad como desnudez. Se trata de la insoportable vergüenza del durmiente y la aparente indiferencia de su entorno. El durmiente es el único que se ve desnudo; y al verse desnudo está solo. Digamos que no hay análisis que no haya implicado para cada quien darle algunas vueltas a la palabra solo, tanto como a aquel atributo de poder. Digamos también que Freud dejó abierta la pregunta acerca de cómo se las arregla el hombre, con qué tipo de sustituto, ante su desfallecimiento posible. Así es la época: nos deja en la intemperie. Así es el mundo dominado por el hombre: un mundo desfalleciente, lleno de carencias y de sustitutos. La interpelación que el feminismo lleva adelante hoy, digamos que tiene como antecedente necesario la pregunta que Freud se hizo y las incompletas interpretaciones que formuló. Las mujeres, no todas, han decidido no dejarse tomar como ese sustituto, incluso a ellas mismas. La libido en Freud es siempre masculina porque en la modernidad, el campo del placer, está movido siempre por una carencia. Y hay un correlato que vive en cada cuerpo entre esa carencia y la modernidad, o sea el capitalismo, un sistema, globalizado: se llama síntoma. Todo análisis se ocupa del o la soñante, o sea de la manera singular en la que cada quien se las arregla con su carencia, con su desnudez y su deseo. De las maneras siempre singulares en las que cada quien se toma como mercancía, como moneda de cambio, en el placer y en el amor. ¿Por qué lo más propio, lo que más nos identifica, permanece desconocido?


Freud es un pensador a contramano, un pensador contra-moderno. Allí donde se quiere hacer creer que cada quien es una unidad, Freud interpreta. Estamos divididos, por ejemplo, entre el placer o el amor que esperamos, el que damos y el que obtenemos.


Si las preguntas que Freud se hace son exquisitas, sus textos están hechos para ser masticados, suave y lentamente. Hay tanto un saber de la verdad, como un sabor verdadero. No alcanza con saber si no hay sabor; y no hay sabor sin una cierta relación con la verdad. Así es la vida. Y para darle sabor Freud produjo su invento, una práctica. El invento es en apariencia sencillo, solo se trata de hablar y de escuchar, solo que ni una cosa ni la otra son sencillas. Hablar para que lo reprimido, lo censurado, aquello que ensombrece una vida retorne, y se haga entonces descifrable. Hablar para que pueda surgir una pregunta hasta entonces inexistente, una pregunta que disloca todo lo conocido, que es agitadora y rebelde. El invento tiene como efecto que una vida, salida de las sombras en las que la época nos fija, pueda dirigirse hacia lo inesperado, la sorpresa. Una vida analizada, como efecto de aquel invento, es una vida que se habrá llevado hacia lugares antes impensados. El destino no es más que el lugar en la que la época fija a cada uno y a cada cuerpo. Que alguien pueda asociar libremente –nótese el uso de la palabra libertad– para ser escuchado atentamente (de manera flotante, no fija), aunque es simple, produce efectos inesperados. Dado que el pensamiento es obediente y dependiente, la asociación libre termina por deconstruir los cimientos de ese mismo pensamiento. El invento de Freud, un análisis, abre a la posibilidad de pensar de otra manera, abre la posibilidad de preguntarse, dado que no es obvio, qué es pensar


Antes de finalizar quiero leerles una cita de Freud. Entiendo, espero, que por lo dicho hasta aquí, se la podrá seguir en su agudeza y en su complejidad. Está sacada de un escrito cuyo título no es ingenuo, como no es ingenuo que haya decidido leerla hoy y en este particular contexto en el que estamos viviendo, un título que es casi una denuncia (tanto como un manifiesto): “Las resistencias al psicoanálisis”:


“Pero en suma, el hombre se ve obligado a exceder psicológicamente sus medios de vida, mientras que por otro lado sus exigencias pulsionales insatisfechas le hacen sentir las imposiciones culturales como una constante opresión. Con esto la sociedad sostiene un estado de hipocresía cultural (preguntémonos: ¿todo Estado es hipócrita?) que necesariamente será acompañado por un sentimiento de inseguridad y por la imprescindible precaución de prohibir toda crítica y discusión al respecto (...) debido a esta crítica, el psicoanálisis fue tachado de enemigo de la cultura, condenándoselo como peligro social. Semejante resistencia no puede gozar de vida eterna, ninguna institución humana podrá escapar a la influencia de una crítica justificada, pero hasta ahora la actitud del hombre sigue siendo dominada por este miedo que desencadena las pasiones y menoscaba la pretensión de argumentar lógicamente.”


Ahora sí, y para finalizar, una cita de Lacan que explica por qué, para preguntarse qué es Freud, debíamos pasar por la modernidad, por la época en la que nos toca vivir: “No reconocer la filiación o la paternidad cultural que hay entre Freud y cierto vuelco del pensamiento, manifiesto en ese punto de fractura, de división, que se sitúa hacia el final del siglo XVII, equivale a desconocer totalmente a qué tipo de problemas se dirige la interrogación freudiana” (13-1-60).
* Psicoanalista. Miembro del Colectivo Zona de Frontera.


Presentación para la mesa “Freud y la verdad”, compartida con Cynthia Szewach y Carlos Gutiérrez (coordinada por Adriana Abeles), dentro de la semana “Freud por ...venir”, organizada por la Municipalidad de San Isidro y Fundación Campos del Psicoanálisis.

Lev Vygotsky. La psicología en la Revolución Rusa

La elaboración hecha por Lenin de la experiencia de la Revolución de Octubre permitió hacer explícita la tesis sobre la función dominante de las premisas histórico-culturales de la sociedad humana.

Esa tesis orientó las investigaciones de Vygotsky y sus compañeros. Es hora, pues, de reconocer ese hecho fundamental para enriquecer el abordaje de los nuevos problemas que la superación del capitalismo planetario le está planteando a la humanidad.

Miércoles, 19 Septiembre 2018 10:01

Lev Semonovich Vygotski, el genio

Lev Semonovich Vygotski, el genio

Mozart de la psicología. Es equívoco categorizar a Vygotski de psicólogo, en el uso común del término. Es mucho más, teniendo en cuenta que hizo de la psicología una ciencia social y humana integrada, fue el fundador de la psicología histórico-social-cultural e inició la neuropsicología soviética, todo desde un enfoque sistémico y con fundamento en el materialismo histórico y dialéctico. La historia del desarrollo psíquico es la historia del desarrollo de la sociedad humana. Vygotski fue capaz de integrar diferentes ramas del conocimiento en un enfoque común que no separa a los individuos de la situación sociocultural en que se desenvuelven. Esta perspectiva integradora de los fenómenos sociales, semióticos y psicológicos tiene significativa importancia actualmente, transcurridos 84 años desde su muerte.


Vygotsky nació el 17 de noviembre de 1896 en Orsha, Bielorrusia, donde pasó su infancia y juventud. Murió en Moscú a los 37 años de edad (1934), debido a la tuberculosis que adquirió a los 19 años. Estudió medicina, leyes, lingüística, historia, economía política, filosofía y psicología. Su gran pasión fue la literatura y el teatro; cultivó estas artes a lo largo de la existencia y con ellas alimentó su obra científica (Vygotski llegó a escribir alrededor de 180 obras). Con apenas 19 años, en 1915, escribió un ensayo sobre Hamlet; y en 1925 terminó su tesis «La psicología del arte». Entre el mes de noviembre de 1925 y principios de 1926, mientras se encontraba en el hospital, víctima de otro ataque de tuberculosis, escribió una crítica filosófica a los fundamentos teóricos de la psicología: “El significado histórico de la crisis de la psicología”; en 1926 también publicó “Psicología pedagógica” que se deriva de su experiencia previa como profesor de literatura y psicología.


El amor por el teatro y la literatura lo condujo, en 1924, a través de un interés estético, a buscar en la psicología una explicación de la génesis y naturaleza de las actividades específicamente humanas que dieran cuenta de las formas más elevadas de la cultura. Le interesaba la influencia de la creación artística en la psicología humana, acercándolo necesariamente a la compleja relación entre el cerebro y la conciencia, esto es, al problema difícil de entender cómo es posible que los procesos físicos del cerebro den lugar a experiencias subjetivas y, más aun, a la emergencia del espíritu humano. El uso del término conciencia da a entender conocimiento de la actividad de la mente, la conciencia de ser consciente. Adicionalmente, en 1924, Vygotski tenía un segundo objetivo: desarrollar formas concretas de hacer frente a problemas prácticos con que, masivamente, tenía que enfrentarse la URSS –básicamente, la psicología de la educación y la terapéutica.


En el siglo XIX la psicología estaba preocupada por la conciencia, y luego, en torno a los años 1900-1910, pasó súbitamente a abrazar el conductismo y al reduccionismo del ser humano a la biología. A Vygotsky, con su permanente interés hacia las elevadas emociones humanas producidas por la percepción de las obras de arte, le resultaban intolerables los defectos de las corrientes teorías psicológicas de su tiempo (conductismo, reactologia, reflexología).


Vygotski abrió un camino para la psicología científica. Con base en la imagen de la actividad psicológica del ser humano, que construyó a partir de su cosmovisión inspirada en el materialismo histórico y dialéctico, enfrentó dos tendencias en el campo de batalla de las ideas: por una parte, se oponía a los intentos de «biologizar» la psicología; por otra, criticó a los exponentes de la psicología tradicional que hablaban de funciones psíquicas como producto de la actividad de un psiquismo autónomo, abstraído del contexto histórico-cultural. De este modo, a partir de la crítica de Vygotski, las leyes de la evolución biológica ceden lugar a las leyes de la evolución histórico-social y cultural.


Lev Semonovich estaba convencido que la asimilación de la experiencia social cambia no sólo el contenido de la vida psíquica, sino que también crea nuevos tipos de procesos psíquicos, los que toman la forma de funciones psicológicas superiores, que diferencian a la especie humana del animal y constituyen el aspecto esencial de la estructura de la actividad consciente del ser humano. Según Vygotsky, la Conciencia es un sistema de relaciones entre las funciones psíquicas que evolucionan y se transforman permanentemente; precisamente es a este cambio que la Conciencia debe su desarrollo. Los sistemas psicológicos que se forman a partir de conexiones interfuncionales constituyen la estructura sistémica de la Conciencia, la que se desarrolla como un todo, modificando en cada nueva etapa su estructura interna y la relación entre las partes.


La biografía de Vygotsky puede dividirse en dos períodos fundamentales: el primero, desde su nacimiento en 1886 hasta 1924, el año en que hizo su primera aparición como relevante figura intelectual en la Unión Soviética al exponer su trabajo “Métodos en la investigación reflexológica y psicológica” en el II Congreso Panruso de Psiconeurología; el segundo, desde 1924 hasta su muerte. Su entrada en la edad adulta coincidió con la experiencia de una de las principales revoluciones del siglo XX, la Revolución Rusa de 1917. Este acontecimiento le proporcionó dos décadas de entorno cultural e intelectual cambiante, ingenioso, creativo y fascinante.


Vygotsky nació en el seno de una familia judía, próspera e intelectual, fue el segundo de una familia de ocho hijos. El carácter seco y el irónico sentido del humor del padre de Vigotski contrastaban con la personalidad dulce de su madre; de la que adquirió su conocimiento del alemán y su amor por uno de los más destacados poetas y ensayistas alemanes del siglo XIX: Heinrich Heine; de él se recuerda la frase “Donde se ama a los libros también se ama a la humanidad”. En 1924, Vygotsky se casó con Rosa Smekhova, tuvieron dos hijas.


La «troika» de la Escuela Vygotskyana. La publicación por parte de Ediciones Desde Abajo del título “Lev Vygotski. La psicología en la Revolución Rusa” es un afortunado acontecimiento para las ciencias sociales y humanas en Colombia, en particular para los cultivadores del pensamiento crítico. El texto incluye el último capítulo de la obra más importante de Vygotsky: “Pensamiento y lenguaje” publicado en 1934, pocos meses después de la muerte de su autor. En este libro, Vygotski estudia uno de los problemas más complejos de la psicología: la interrelación entre pensamiento y leguaje; además, ofrece elementos para comprender la adquisición de la individualidad y deja ver su vehemente lucha «por la conciencia», es decir, por recuperar el valor de la mediatización interna entre estímulo y respuesta. El autor logra explicar, con un significado novedoso, el papel de la sociedad, la cultura y el lenguaje, en el desarrollo del ser humano.


Los años transcurridos entre 1924 y 1934 fueron altamente vitales y productivos para Vygotski. Tras su llegada a Moscú, Aleksandr Romanovich Luria (1902-1977) y Aleksei Nikolaevich Leontiev (1904-1979) se le unieron como discípulos y colegas. Fueron Luria y Leontiev los que, tras su muerte, estarían destinados a ser los principales continuadores de las ideas de su maestro. El libro publicado por Ediciones Desde Abajo incluye el estudio de Leontiev “La ciencia psicológica” y el escrito de Luria “La psicología como ciencia histórica”.


Merece especial atención la inclusión, en el libro reseñado, de las opiniones de Piaget (1896-1980) acerca de las críticas que Vygotski realizara a su concepción. Piaget es considerado el padre de la epistemología genésica; es reconocido por sus aportes al estudio de la infancia y por su teoría constructivista del desarrollo de los conocimientos. Piaget aceptó en lo fundamental las críticas llevadas a cabo sobre su concepto de lenguaje egocéntrico y destaca la originalidad y el valor creador de Vygotski. “El Mozart de la psicología” dedicó especial atención al surgimiento del lenguaje interior y al estudio de su génesis, y critica la hipótesis de Piaget acerca del lenguaje egocéntrico, de acuerdo a la cual el niño hablaría fundamentalmente para sí. De acuerdo con Vygotski, en cambio, el llamado lenguaje egocéntrico que se observa cuando el niño habla sin tener aparentemente destinatario para sus palabras, cumple también una función social de comunicación y es precisamente este tipo de lenguaje, el que al ser incorporado, interiorizado, da lugar al nacimiento del lenguaje interior.


En conclusión, los tres temas que constituyen el núcleo de la estructura teórica de Vygotski son: i) el método genético o evolutivo; ii) la tesis de que los procesos psicológicos superiores tienen su origen en procesos materiales históricos, dialecticos, sociales y culturales; iii) la tesis de que los procesos mentales pueden entenderse solamente mediante la comprensión de los instrumentos y signos que actúan de mediadores. La contribución más original e importante de Vygotski consiste en el concepto de mediación. Vygotski define el desarrollo en términos de aparición y transformación de diversas formas de mediación y su noción de interacción y su relación con los procesos psicológicos superiores implica necesariamente los mecanismos semióticos.


Una palabra es un microcosmos de conciencia humana. La obra desarrollada por La «troika» de la Escuela Vygotskyana deja una importante perspectiva investigativa: el pensamiento y el lenguaje, que reflejan la realidad en distinta forma que la percepción, son la clave de la naturaleza de la conciencia humana. Las palabras tienen un papel destacado tanto en el desarrollo del pensamiento como en el desarrollo histórico de la conciencia de la totalidad.

“Puede haber un modo de locura que a alguien le ayude a vivir”

El autor comparte la lección de Jacques Lacan de que se puede ser psicótico sin ser loco y la amplía para formular por qué se puede ser loco sin estar loco. La esencia de su investigación se resume en una frase propia: “Sólo el psicoanálisis contempla la extraordinaria alternativa de una locura sin locura”.

 

“Qué es la locura no es muy difícil decirlo, lo difícil es pensar cómo es que no estamos locos”. Este argumento tan polémico como certero pertenece al médico psiquiatra y psicoanalista Emilio Vaschetto. Autor del libro Ser loco sin estar loco (Grama Ediciones), Vaschetto presenta en el comienzo de su trabajo un riguroso estudio histórico sobre cómo la psiquiatría entendió la locura a través del tiempo para llegar a compartir la lección de Jacques Lacan de que se puede ser psicótico sin ser loco y ampliarla para formular por qué se puede ser loco sin estar loco. “En un primer momento, Lacan toma el tema del lenguaje interior como parte de lo que llamará endofasia. Siempre nos pensamos, nos hablamos bajo una forma más o menos audible que en la alucinación, incluso también en el delirio eso toma otra forma”, cuenta Vaschetto en la entrevista con PáginaI12. Eso puede observarse desde el punto de vista de la psicopatología. “Luego, Lacan va a tener un giro trascendental en su enseñanza donde va a generalizar un poco la idea de la locura, sacándose de encima todo ese edificio rígido demasiado encorsetado de los psiquiatras clásicos con los que se formó”, agrega.


–¿Podría haber psicosis que no sean patológicas?


–El título provocativo de mi trabajo tiene varias vueltas. Por eso, la ilustración de tapa es circular; es decir, uno puede leer: “Estar loco sin ser”, “Ser loco sin estar”, etcétera. Bajo esa forma laxa y provocativa del título se introducen varias cuestiones. Por un lado, si alguien puede ser psicótico sin estar loco. Es el caso de lo que se han llamado a lo largo de la historia locuras lúcidas, psicosis con conciencia, locuras morales, siempre bajo la forma de la figura retórica del oxímoron. Es sumamente interesante porque eso tiene otra visión de la clínica. Es una clínica sin manifestaciones, sin síntomas ostensibles. Es una clínica cotidiana. Tiene que ver con todo aquello que se ha desarrollado en estos últimos años fundamentalmente en el psicoanálisis de la orientación lacaniana, de la mano de Jacques-Alain Miller, como psicosis ordinaria. No es una idea que no haya estado nunca en la clínica. Siempre ha habido personajes raros, extraños, pero que uno no veía que estuvieran completamente locos sino que eran formas de locura sutil. Entonces, esa es una primera idea. Luego, también se puede estar loco sin ser psicótico. Hay formas de locura, formas llamativas, manifestaciones delirantes, alucinatorias, que no necesariamente son psicosis. La clínica ha dado cuenta de ello: las locuras histéricas, muchas formas de locuras puerperales. Por ejemplo, en la Argentina en un determinado período de la historia, cuando se institucionalizó el acto de parir, muchas mujeres fueron sacadas de sus casas. De parir en el hogar a parir en un ámbito institucional enloquecían al calor de la fiebre. El hospital era un espacio anómico. Pero no todas eran psicóticas. Eran estados pasajeros, oniroides, de ensueño, pero pasaban y se iban.


–¿En qué consiste el núcleo psicótico de la neurosis?


–La idea de un núcleo psicótico en la neurosis la han tenido los posfreudianos y algunas formulaciones de personas que han recibido cierta influencia de Jacques Lacan, pero que no podríamos mencionar como específicamente lacanianas. Lo que he tomado de relevo del núcleo psicótico dentro de las neurosis fue para tratar de encontrar algunas referencias a lo largo de la historia de la clínica psicoanalítica de colegas que se han ocupado de formas como la locura sutil, la psicosis sin locura o formas subclínicas de la psicosis. No necesariamente quiere decir que yo adhiera a ese concepto, pero he tratado de leer de una manera desprejuiciada todas las referencias que se han dado al respecto. Intenté resumir eso en un trabajo sumario.


–En las primeras páginas, donde desarrolla una pequeña historia de la psiquiatría, se mencionan los casos de los excéntricos, descarriados, maníacos y abúlicos, entre otros. Si se lee de corrido todo el compendio parece que la psiquiatría funcionó en el pasado como una especie de policía del pensamiento. ¿Es muy exagerado?


–(Risas). Bueno, la psiquiatría a lo largo de su historia, en un aspecto, no en todos, ha tenido una vocación policial. En nuestro país la tuvo. Pero no fue sólo eso. Lacan era psiquiatra, un gran clínico formado en las luces de la psiquiatría francesa, pero leyó la locura desde sus inicios como un problema de estilo. Es decir, él va a leer en su tesis de psiquiatría los escritos de una loca –y esto lo digo sin ningún estigma porque para mí la locura no es estigmatizante– desde el punto de vista del estilo. Por supuesto que él está influenciado por toda la forma de la psiquiatría que, como usted dice, clasifica, trata de tipificar, de ordenar en clases y, a la vez, tener un prejuicio sobre las personas, en un sentido. Pero en otro, Lacan le da una vuelta a todo eso. Termina vaciando semánticamente las categorías psiquiátricas para transformar –y esto es muy importante– a la paranoia en el lazo social mismo. La paranoia es el lazo social, es la configuración del yo. Cuando vemos mucho “yo” dando vueltas nos preguntamos si ese sujeto no es un paranoico. Pero, a la vez, todos nos constituimos de manera paranoica con nuestro yo. Luego piensa que, por ejemplo, la histeria puede ser un discurso; es decir, ya le quita ese aspecto de tipo clínico para volverla un discurso, un discurso histérico. La forma de la ironía esquizofrénica es el ideal de la función del analista. El analista sería una especie de esquizofrénico irónico que interviene así con su paciente. Es decir que Lacan empieza a vaciar semánticamente todas esas categorías. La parafrenia como una enfermedad del semblante, por ejemplo. Esta es la enseñanza más importante que deja Lacan, de una forma que yo llamo pospsicopatológica; no desatendiendo la psicopatología, pero saliendo de ese molde rígido, superándolo para apostar a las formas de respuesta singulares de cada sujeto y no a las grandes categorías.


–¿Por qué aclara que no es un libro acerca de las psicosis y su ontología?


–Tiene que ver con esa rueda del título. Comienzo hablando en ese rastreo histórico de cómo es la lectura de estas formas de psicosis sin locura dentro de la historia clínica para terminar hablando de cómo la psicosis misma lee al psicoanálisis; es decir, exonerar cualquier posibilidad de pensar que psicosis podría ser alguna esencia. Más bien me gusta la frase de Lacan de que la locura sería una seducción del ser. Esa frase me encanta porque me parece que nos corre de cualquier visión esencialista para pensar a la locura desde un punto de vista más bien corriente.


–¿La personalidad “como si” es propia de la esquizofrenia o abarca un conjunto más amplio?


–Cuando Heléne Deutsch aborda las personalidades “como si”, ella, psicoanalista, la plantea como una forma dentro de una esquizofrenia. Para Lacan, las personalidades “como si” serían cómo funciona un tapón o una suplencia para que alguien evite precipitarse en la forma clínica de la locura. Esa forma “como si” que haría a alguien ajustarse a modos de ser, a modos de identificación que le hacen a una existencia posible, son más bien formas de solución y no tanto síntomas o signos que nos podrían hacer pensar de alguien que estaría clínicamente loco. Tomando la filosofía de las ficciones muy de moda en esa época (Vaihinger habla de esto) Heléne Deutsch utiliza ese concepto para tipificar modos de identificación de los esquizofrénicos. Jacques Lacan lo ubicaría –o nos gustaría leerlo– desde este otro costado, como formas de respuesta, como alguien que encuentra una invención, un aparato de suplencia (para utilizar un término de Ramos Mejía) que le ayuda a vivir. Yo pondría el espíritu de lo que he investigado en que son formas de locura que, lejos de hacerle imposible la vida a alguien, le ayudan a vivir. Puede haber un modo de locura que a alguien le ayude a vivir. Pensemos si no en cada uno de nosotros.


–En el libro señala que Otto Kernberg definió a los “borderline” con aspectos psicológicos vinculados con la falta de profundidad emocional. Es bueno llamar la atención sobre este punto porque generalmente en el imaginario colectivo tiende a pensarse en un desborde emocional.


–Sí, hay una visión de la locura que es popular: piensa que un loco está desbordado, excitado o que produce una alteración del orden público. Más bien hay muchas personas psicóticas que sufren un vacío de ser, que les cuesta mucho anclarse en la vida, que les cuesta mucho encontrar un fundamento a partir del cual vivir. He tomado la referencia de Otto Kernberg, primero porque es un psiquiatra americano y uno tiene que leer a los americanos porque eso tiene alcance global, pero sabiendo que también hay cierta ingenuidad en esas formas de la clínica americana. Los desórdenes fronterizos que ve Otto Kernberg nos hacen pensar en un continuum, en una forma donde se instalarían tanto la neurosis como la psicosis, que para el psicoanálisis son dos estructuras clínicas absolutamente diferentes. En ese continuum, él ubicaría los desórdenes fronterizos. He podido entender de las lecturas de Otto Kernberg que muchos de los casos que él cita, que muchas de las descripciones que él hace dentro de los desórdenes fronterizos, se tratan efectivamente de psicosis sin locura, que es a lo que vamos con esta falta de profundidad, con esta sensación crónica de vacío, como suele utilizarse, donde lo que más bien vemos es un vacío del ser, de alguien que no encuentra cuál es el fundamento de su existencia. No encuentra, por ejemplo, las pasiones, no encuentra el amor, no encuentra desde dónde sentir lo que otros sienten. Y eso es un dolor de existir fenomenal.


–En esa vivencia subjetiva de vacío, ¿el individuo siente que no siente nada?


–Es así. Es un término de un psiquiatra alemán que hablaba de la melancolía y que uno podría tomarlo para la psicosis a partir de su observación: del sentimiento de la falta de sentimiento. Ese es quizás el dolor de existir más grande que puede haber. Alguien que quizás dice: “Yo siento que no siento el amor”, “Siento que no siento a las pasiones”, “Siento que estoy vacío, realmente vacío”.


–¿Cómo juega la razón en la locura moral?


–Ahí tenemos el oxímoron del que hablábamos al principio: loco-moral. Es un oxímoron en tanto que era inadmisible pensar que el loco podía tener moral en una época. Lo que descubre la clínica clásica es que hay personas que están afectadas en sus sentimientos pero que la razón les funciona perfectamente, que hay una perversión de algunos instintos pero que no por ello dejan de circular en un ambiente compartido. Es decir que la razón en muchos de ellos no está afectada, funciona perfectamente. Está el caso emblemático de Jean-Jacques Rousseau, autor de El contrato social: era un paranoico. Es decir que las bases de la sociedad moderna con la que nos configuramos en Occidente están armadas en función de un paranoico. Y esto lo capta muy bien Mariano Moreno, que dice: “Jean-Jacques Rousseau, el maravilloso pensador ginebrino...” etcétera, pero aclara que él debió censurar la última parte de El contrato social, que tradujo porque el hombre deliró. Uno podría decir que Mariano Moreno sostuvo todo el delirio de Rousseau menos la última parte que tenía que ver con la religión, porque Moreno evidentemente no quería meterse de lleno con el clero en nuestras pampas, cuestión que no le fue muy bien tampoco porque no duró mucho la edición de El contrato social: esa traducción se quemó a los pocos meses. Pero ahí tenemos un cabal ejemplo de qué sucede cuando hay un loco que razona. Lacan dice: “Al fin y al cabo, la paranoia, como una forma de locura, lejos de ser algo disparatado, algo fantástico, es un ensayo de rigor lógico”. Ubica una forma de la psicosis del lado del rigor lógico. Es decir que tiene una visión muy desestigmatizante.


–En el polo normalidad-enfermedad como visión cultural, ¿cuál cree que es la que prevalece en el paradigma de esta época?


–Evidentemente la visión de la enfermedad, lo clasificatorio. Los manuales de clasificación, como el DSM norteamericano, han ido incrementándose en el número de páginas y de clasificaciones. El DSM-1 era un folletín y hoy en día el DSM-5 tiene numerosas páginas. Han aumentado muchísimo las categorías. ¿Esto qué quiere decir? Que cada vez se ha vuelto más laxa la semiología, la observación minuciosa de los síntomas y, paradójicamente, se han incrementado las clasificaciones. Esto por lo menos en la psicopatología, mientras que en la medicina clínica se ha producido un efecto inverso. Esto genera mucha mayor estigmatización, mucha mayor tipificación de los seres humanos a punto tal que es imposible pensar que haya alguien en el mundo que no esté enfermo de algo: el buen humor es un tipo de manía, es un tipo de trastorno bipolar. O arrancarse los pelos, comerse las uñas también ya son formas clasificadas. Entonces, todos estaríamos enfermos.


–¿Por qué Lacan decía que el psicoanálisis es “un autismo de a dos”?


–Es una provocación más de Jacques Lacan. Me gustó porque me parece que le da ese tono distinto a la categoría. Utiliza la categoría de autismo para pensar la figura del psicoanalista. ¿Pensar qué cosa del psicoanalista o del psicoanálisis? El malentendido fundamental: entre analista y analizante no hay acuerdo, no hay una lengua compartida, no hay comprensión posible. No se puede analizar a alguien si se comprende. Esa es la tesis de Jacques Lacan. Si yo comprendo lo que me está diciendo, si me pongo en sus zapatos, no puedo analizarlo. Más bien lo que trataré de escuchar es cuál es la relación que tiene la persona a eso mismo que está hablando. Leer ese discurso y ver cómo surge un decir propio, que no se parece a ninguno, que es incomparable. Eso me parece la astucia de pensar ese “autismo de a dos”.

La guerra psíquica y la memoria histórica

En estos tiempos de capitalismo digital, de la era de la información, con el big data como bandera, el grado de ignorancia se multiplica. La manipulación, la mentira y el olvido son armas en una guerra por minar la conciencia. Se trata de acabar con la memoria, esa relación que nos une con el pasado y hace del ser humano un ser social que vive y se responsabiliza con sus congéneres.

A contracorriente, negar el papel de la memoria trae consigo romper la condición humana. Si la historia se reduce a un conjunto de datos y fechas, ¿qué sentido tiene preguntar el vínculo entre la bomba atómica y la decisión de lanzarla? ¿A quién responsabilizamos? No tiene objeto recordar si dicho ejercicio no va precedido de un acto en el que el imperativo del deber ser module la conducta. Hoy, la renuncia a la memoria histórica, forma específica de memoria, la cultural, tiene enormes consecuencias para el futuro de la humanidad.

La manera de vivir el mundo que se nos propone asemeja a un ordenador en el cual se pueden instalar programas desechables, inconexos, cuya función consiste en entretener, despistar, no pensar y bloquear el acceso al disco duro. Somos adminículos de los algoritmos. Pensamos de manera lineal y rompemos el sentido no lineal de la existencia. Asistimos a la guerra psíquica de última generación, crear operadores sistémicos, sumisos a la hora de recibir y cumplir órdenes. Se controlan gustos, afectos, sentimientos, emociones, carácter. No hay anclaje. Todo forma parte de un sistema caracterizado por la inmediatez, la velocidad y la aceleración del tiempo. Reflexionar está prohibido. La nueva inquisición actúa de manera invisible. No hace falta recurrir a la violencia física, aunque no deja de hacerlo. Ahora trabaja en red. Megas de Internet, dispositivos sofisticados para no pensar. Actuar, actuar y actuar. Se vive en un presente perpetuo.

La militarización del poder conlleva trasladar el sistema militar jerárquico a las relaciones humanas cotidianas en la vida civil. Para lograrlo es obligado romper la voluntad. El ser humano es atacado en su naturaleza haciendo trizas una de sus cualidades: la capacidad de juicio crítico bajo un componente ético y moral. El ser humano se hace trizas. La vida se constituye a retales. Robots alegres, pragmáticos, emprendedores, empoderados todos, sin un gramo de conciencia colectiva. Eficaz manera de anular las responsabilidades que se derivan de los actos que cometemos.

La cibernética y la informática son las armas para lograrlo. No por su principio, sino por el control que de las tecnociencias hace el complejo militar industrial y financiero. Los servicios de inteligencia de las grandes potencias han logrado trasladar el campo de batalla. No más Waterloo, Verdún, Stalingrado. Los muertos en el cuerpo a cuerpo y bayoneta calada se convierten en víctimas de las nuevas armas estratégicas de la guerra psíquica: Google, Facebook, Amazon, Microsoft, Twitter.

Sin memoria, sin historia, sin relatos, no hay opción de conocimiento, no hay pasado. Nuestra responsabilidad consiste en traer al presente ese pasado que nos condiciona, une y hace humanos. No es posible evadir esa responsabilidad. La memoria colectiva es el resultado de un proceso, un diálogo permanente que muestra la relación biológica que nos une con nuestros antepasados y el proceso social cultural. Supone compartir filogenéticamente un tronco común. Como señalan los biólogos chilenos Francisco Varela y Humberto Maturana: "Desde un punto de vista histórico, lo anterior es válido para todos los seres vivos y todas las células contemporáneas. Compartimos la misma edad ancestral. Por esto, para comprender a los seres vivos en todas sus dimensiones y con ello comprendernos a nosotros mismos, se hace necesario entender los mecanismos que hacen del ser vivo un ser histórico". Cuando dejemos de hacerlo sólo quedará vivir la muerte. Entonces nada unirá a los seres humanos.

Tomar responsabilidades ético-morales frente al pasado conlleva reconocer los errores cometidos, y al decir de Enrique Florescano: "Responder por ellos y hacer las reparaciones del caso a las víctimas y a sus descendientes".

Cuando la derecha latinoamericana plantea el olvido, pretende ocultar la verdad, aquella que señala sus crímenes, genocidios y asesinatos. Por ello reniegan de la memoria y la conciencia.

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Janine Puget: “Hay que amigarse con los conflictos”

Es francesa pero hizo buena parte de su obra en la Argentina. Es autora de una importante elaboración teórica sobre terapias de pareja y familias. El sábado recibirá un doctorado Honoris Causa en la UBA. En diálogo con PáginaI12 ofrece su visión sobre pasado y presente, los vínculos y el futuro del psicoanálisis.

En su juventud, la prestigiosa psicoanalista francesa Janine Puget fue secretaria de Enrique Pichon-Rivière en una clínica de Buenos Aires. Todavía faltaba tiempo para que esta analista y médica (no se especializó en Psiquiatría) se convirtiera en una de las voces más lúcidas del psicoanálisis contemporáneo y en uno de los máximos referentes de la terapia vincular. “El tenía una clínica en la calle Copérnico que necesitaba una secretaria y entonces trabajé allí. Y lo de secretaria era especial porque había que recibir a los pacientes, hacer la historia clínica, traducir artículos del inglés, participar de los ateneos”, recuerda Puget, que hizo buena parte de su obra en la Argentina, aunque es motivo de consulta entre los investigadores de todo el mundo. “Además, los jóvenes médicos de ese momento eran amigos míos. Entonces, había un clima muy especial. Recién ahí decidí hacer una reválida de mi bachillerato porque soy francesa.” Antes que en su profesión, Pichon-Rivière influyó más en su manera de concebir la vida “por ese enfoque muy especial y muy amplio que él tenía”, recuerda Puget, quien el sábado recibirá el Premio Dr. Honoris Causa de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Previamente, mañana participará de unas jornadas profesionales (ver aparte).

Autora de numerosos libros como, por ejemplo, Lo vincular: clínica y técnica psicoanalítica (escrito a cuatro manos con Isidoro Berenstein) y Subjetivación discontinua y psicoanálisis. Incertidumbre y certezas (Lugar Editorial), Puget se especializó en terapias de grupo y luego de pareja y familias y creó una importante elaboración teórica al respecto. “Una preocupación que teníamos en aquel momento era que el psicoanálisis era individual. Era un dispositivo para gente económicamente pudiente. Y había toda una franja de personas que no podían tener acceso. Con personas muy interesantes teníamos un grupo de estudio para ver qué pasaba con los grupos; es decir, que accedieran más personas a la posibilidad terapéutica. De entrada me formé en el psicoanálisis individual y lo que en ese momento se llamaba ‘de grupo’ que, a lo largo de los años lo fuimos llamando ‘vincular’. Lo importante era descubrir que una persona que uno la veía sola no era la misma que cuando la veía en grupo. Y eso nos marcó”, explica Puget.

–Generalmente tiende a pensarse que en el pasado está el origen de todas las dificultades. En los vínculos humanos esto no es necesariamente así, ¿no?

–En aquel entonces hubiera dicho eso. Hoy en día, pienso que hay un pasado que descubrió Freud, que es muy importante y que tiene que ver con la vida actual, pero que hay un puro presente que crea pasado: no es el pasado que explica sino un pasado que amplía el presente. Entonces, me fui alejando de las teorías determinísticas que nos enseñó Freud en su momento, y creando dos lógicas heterólogas y superpuestas. Una que puede funcionar con la historia del pasado que explica el presente. Y otra, una historia de puro presente situacional que crea una relación, crea un hacer juntos con el otro, donde importa lo que va pasando. Crea novedad y abre al futuro y no necesariamente explica sino al revés: ayuda a percibir lo que es el efecto perturbador que implica estar con un otro.

 

–¿Por qué se produce inconsciente en el vínculo?

–Todavía yo no podría afirmar cuál es el estatus del inconsciente que se creó en el vínculo. Tiendo a pensar que el espacio entre dos, que para mí es fundante de cualquier vínculo, es un espacio infranqueable, irreducible. Sería como el flujo, la vida que despierta las ganas de ir estando con otros y ocupa para el vínculo el lugar que el inconsciente ocupa para el aparato psíquico individual. Es una postura un poco fuerte, pero sería un espacio intangible que hace que uno quiera estar pegado al otro y no puede, y que permanentemente es productor de una inquietud, que es lo dinamizante de la relación. Muchas veces, intentamos disminuir diciendo que lo diferente es semejante o es complementario. Es cuando una persona dice: “Sí, sí, yo lo entiendo porque también me pasa”. Ahí se interrumpió la fuerza creadora del vínculo porque no me puede pasar igual, puede pasarme algo semejante, pero no interesa sino que en ese momento, en vez de escuchar al otro, en cuanto otro, lo escucho “en lo que se parece mí”. Entonces, todo lo que tiene de diferente, de extranjeridad desaparece porque lo recubro con “lo que me pasó” o “me viene bien para completar mi idea”.

 

–¿El aburrimiento y los reproches son la fuente de los conflictos de la pareja?

–No, son el indicador del conflicto, no la fuente. Es que uno reprocha que el otro no sea como uno quiere, que la vida no sea como uno quiere, pero todo se reprocha: el tiempo, si hace frío porque hace frío y tendría que hacer calor; el calor si hace calor... Los reproches siempre se dirigen a algo que uno imagina que el otro debiera ser o como el mundo debiera ser, pero no es.

 

–¿Hasta dónde es posible trabajar lo vincular en una terapia individual?

–Hoy pienso que en terapia individual se usan las dos lógicas: la del aparato psíquico singular y la vincular porque el analista no es solamente objeto de transferencia sino que es sujeto del vínculo. Quiere decir que habla con otro que es el paciente. Entonces, tiene que administrar dos tipos de sus intervenciones. Unas que serían las tradicionales, como las explicaciones, ciertas acotaciones a nivel transferencial y contratransferencial, y otras que son intervenciones, palabra que hemos creado con Isidoro Berenstein: sería que el analista interfiere, no explica sino que interfiere con su pensamiento, su manera de pensar la vida. Crea en la sesión un espacio para pensar. No siempre es fácil porque el paciente no quiere saber qué piensa uno sino que uno se ocupe de él.

 

–¿Cuánto tiene de azaroso el motivo por el que dos personas se vinculan?

–Todo, pero es muy difícil aceptar que esos fenómenos de la vida que hacen que dos personas se atraigan y hasta imaginen un futuro juntos son absolutamente azarosos. Como es muy difícil de soportar esa elección azarosa (que ya no es elección) uno trata de explicar: “Es porque se parece a mi papá o a mi mamá” o “Tiene lo que yo no tengo”. Pero es tan difícil de aceptar lo incierto de una elección azarosa que se explica.

 

–¿Cree que la vida moderna transformó al matrimonio casi en una empresa, donde no sólo dos se aman sino que negocian?

–No sé si la vida moderna. Pienso que la vida de pareja es conflictiva, como cualquier relación y que, de acuerdo a las épocas, el conflicto se llama de diferentes maneras. Puede ser que hoy tenga mucho que ver con lo práctico, en relación con el capitalismo, la vida actual. Las parejas jóvenes actuales no se manejan de la misma manera, pero tampoco contraen un contrato para siempre. Van haciendo y van haciendo y no tienen ganas de decir que es para siempre. Personas muy jóvenes que yo conozco, hacen. Después sí, hay que distribuirse el trabajo. Hay una parte práctica de la convivencia que puede ser síntoma si la pareja se lleva mal, pero si se llevan bien, las cosas se hacen, no importa quién. Lo mismo para las familias. En una familia que está manejada por el amor, con mayúscula, las cosas se hacen. No se pregunta “¿Te toca?”, “¿No te toca?”, que eso sería el aspecto comercial de la relación.

 

–¿Qué cambios, en general, nota cuando la persona pasa de hablar del otro en terapia a hablar con el otro en terapia?

–Lo que tratamos en terapia es de hablar entre dos, pero la tendencia es a hablar “de él”, bien o mal, no importa. O hablar de sí mismo, pero conversar, dialogar es algo muy difícil teniendo en cuenta el uno y el otro y que no son lo mismo, que son diferentes y que siempre van a sorprender. ¿Por qué es tan difícil escuchar a otro? Teóricamente, los psicoanalistas saben escuchar. Mi comprobación es que no, que escuchan lo esperado y lo que imaginan que van a poder contestar. Pero escuchar algo que no coincide con lo que yo pensé cuesta mucho. Si usted observa gente dialogando (llamado “dialogando”), en general se escuchan a sí mismos y agregan un poco más: “Es como yo te dije”, “Es como yo sabía”. Pero escuchar genuinamente algo que uno no esperaba descoloca. Y a nadie le gusta que lo descoloquen.

 

–¿Los cambios socioeconómicos produjeron transformaciones en la constitución de las familias?

–Yo creo que sí. Produjeron diferencias e incrementaron el malestar y la dificultad para hacer algo con el otro, como ahogados por las dificultades diarias, sobre todo en clases menos pudientes, donde las exigencias de la vida nada más que para comer y darle de comer a los chicos son tales que, a veces, no tienen tiempo para estar juntos. Puede suceder que haya una pareja que convive hace tiempo, o una familia, y que recién cuando vienen a terapia descubren lo que es hablar entre los dos. Por ejemplo, van a un café y dicen que hablaron. Hablan todo el tiempo, pero de golpe descubren que estar un rato con el otro no es lo mismo que estar conviviendo todo el día. Pero en este momento y con las grandes dificultades económicas existentes para mucha gente en la sociedad, ¿quién se puede dar el lujo que es darse un rato para estar juntos? Se transforman en robots.

 

–¿Algo difícil de aceptar es que la familia implica obligaciones más allá del placer? Es decir, tener que cumplir ciertas pautas, más allá de las voluntades de cada uno...

–El problema de que lo sientan como obligación es un problema de la dinámica de la familia porque es cierto que todos necesitamos comer, lavarnos, que la ropa esté limpia, pero cuando se lo transforma en una obligación que cercena la vida familiar es que hay algo que no anda bien, porque si no, se hacen las cosas. No son todas placenteras, hay muchas de las cosas de la vida que uno hace porque hay que hacerlas, pero ¿yo tengo que justificar que como lo tuve que hacer estoy mal? No. Es decir, que el hacer no se transforme en una obligación penosa, del tipo “que la culpa la tiene la vida” o “la culpa tiene el otro que no lo hizo”. Una familia que funcione bien anímicamente, amorosamente, hace las cosas: “Dame que lo hago yo”. Si no, viene la división capitalista: “Te toca, no me toca”, “Te corresponde, no me corresponde”. Eso son infinitas dificultades.

 

–¿Es un avance que se haya modificado en las familias el lugar del saber, que no sólo los padres tienen el conocimiento y que los hijos no son tabula rasa?

–Yo creo que es un avance enorme, pero cuesta mucho aceptar que en una relación entre personas, no importa la edad ni el sexo, entre todos se aprende algo. Y a las generaciones viejas les cuesta mucho aceptar que los jóvenes saben más que ellos. Es de los jóvenes que tenemos que aprender porque saben cosas que nosotros no hemos aprendido.

 

–Cambiando un poco de tema, ¿su conocimiento sobre el terrorismo de Estado la llevó a formular la noción de “subjetividad social” o este concepto tiene que ver con traumas sociales anteriores?

–Hace mucho que me ocupo de la subjetividad social, casi desde mis comienzos. El país me ofreció la posibilidad de pensar distintos momentos difíciles referidos a las dictaduras. Tal vez mi pasado (yo soy francesa) también tuvo que ver en mi interés por lo social, pero en ese momento no tanto. Y durante el terrorismo de Estado he trabajado mucho en relación con los desaparecidos, la violencia de Estado y sus efectos durante varios años. Poco a poco, con un montón de gente pudimos ir escribiendo y haciendo pública nuestra manera de pensar sobre los efectos del terrorismo de Estado y las desapariciones. Y el mundo me da acceso a muchos temas de ese tipo.

 

–En el libro Subjetivación discontinua y psicoanálisis, usted se pregunta: “¿Qué harán las generaciones venideras con lo que el psicoanálisis no ha contemplado que hace a la subjetividad actual y contemporánea de los jóvenes, de las familias llamadas nuevas, de las parejas con sus organizaciones actuales?”. ¿Cuál podría ser hoy una respuesta a esto?

–La verdad es que me resulta difícil pensar, pero yo creo que el psicoanálisis, a medida que va pasando el tiempo, tiene que tener algunas hipótesis nuevas, algunos comportamientos de los analistas distintos a los anteriores, como para que tengamos un psicoanálisis que pueda ser pensado y adecuado para jóvenes que no piensan como uno. Ahí me centro en el estudio de las diferencias, lo que llamo “la diferencia radical”. No vamos a tener que ayudar solamente a los pacientes jóvenes a que vayan pensando sus conflictos sino que mi idea hoy en día es que hay que amigarse con los conflictos. Más que decirles que los vamos a resolver, como se pudo decir en la época de Freud, hoy en día sería amigarse con los conflictos. Claro que amigarse lleva un tiempo, pero que se transforme algo pesado en algo lúdico. Si uno ofrece un espacio para dialogar, para pensar juntos, los jóvenes acceden. Si es para decirles nosotros cómo tienen que pensar, el psicoanálisis muere.

 

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