El inolvidable Octubre 2019: El retorno de la victoria ancestral. La Caja de Pándora

Octubre, el mes de la resistencia de los pueblos ancestrales en contra de la colonización y neocolonización, y por la construcción de la otra historia, esta vez coincidió con un estallido social que concitó a las mayorías ecuatorianas, desmnudando la catadura del régimen existente. Las impresiones derivadas del mismo son múltiples y con luces diversas.

 

Lo que no esperaban recorrió el país con fuerza de huracán. Energía, presión contenida tras más de una década de judicialización y criminalización de la lucha social y la disidencia política perpetrada por la estrategia correísta-progresista en contra de la resistencia de los pueblos opuestos a su proyecto de modernización conservadora.

Inconformidad latente con la cual choca el paquete económico neoliberal del gobierno de Moreno, el que sin medir de manera adecuada el ambiente social y político dominante en toda la sociedad ecuatoriana, con el Decreto 833, que incrementa el precio de la gasolina y el Diesel e incrementa las tarifas del transporte público, libera la energía social de la ira popular; respuesta de mayorías a la coacción de un capitalismo salvaje sobre la vida humana y natural.


La respuesta social ante el Decreto de marras, el llamado al paro nacional y al levantamiento indígena por parte de las organizaciones sociales, fue rebasado por lo que Benjamín denomina la violencia divina*. Se refiere así a un estallido popular cuya fuerza es una respuesta violenta a la violencia simbólica y sistémica del capital, una energía social que trasciende las demandas concretas y justas de los pueblos.


La característica principal de la violencia divina es que no es medio para ningún fin, es simplemente expresión de la inconformidad que destruye lo fundado. A pesar de ello, las organizaciones sociales encauzaron el estallido, resolviéndolo en la mesa de diálogo que exigieron a Moreno.


Es esta violencia divina la que el Gobierno y sus aliados, de manera cínica e hipócrita, descalifican como actos vandálicos y de saqueo. A la luz de la historia reciente es oportuno preguntar de dónde proviene el saqueo y el vandalismo: ¿Acaso la sucretización de la deuda privada en 1983, el feriado y salvataje bancario en 1999 y la corrupción correísta entre 2007 y 2017 no es violencia y saqueo a su máxima expresión? ¿Acaso la política extractivista que han implementado las élites gobernantes en toda la historia del país no es expresión de una violencia extrema del capitalismo en contra de la humanidad y la naturaleza? Ante esta historia de violencia estructural, la ira social no solo es comprensible, sino que se justifica. La respuesta enérgica de los pueblos en contra de la violencia del capitalismo y sus agendas políticas cada vez más salvajes, es parte de la historia de resistencia planetaria; es evidente en las protestas de los Chalecos amarillos de Paris 2018, en las protestas de Hong Kong 2019, en las actuales protestas de Haití, Barcelona y Chile, solo para citar algunas protestas de las escenificadas a lo largo de de los últimos dos años.


Es en estas circunstancias que dos hechos fundamentales lograron articular la protesta social para conquistar la victoria: 1) la presencia del pueblo Sarayaku, cuya autoridad simbólica reside en la autonomía de su proyecto de vida, que no busca disputar la administración del Estado, sino luchar por la construcción de una vida distinta en el marco del kawsak sacha –la selva libre–. 2. La marcha de las mujeres convocada por Blanca Chancoso, histórica dirigente indígena, que congregó una inmensa presencia femenina en las calles de Quito en rechazo de la represión estatal. Esta voz femenina no eligió al Estado ni sus símbolos como interlocutor de su demanda, sino que interpeló a la sociedad quiteña a unirse en contra de la violencia patriarcal, desatada por la declaratoria del estado de excepción.


La resistencia y lucha de la razón ancestral


Como resaltó tres décadas atrás, en resistencia que posicionó a los pueblos ancestrales como el actor histórico principal de los procesos de resistencia y transformación social que conoció nuestra región continental, de nuevo el movimiento indígena se constituye en el eje de la lucha en contra del renovado ciclo neoliberal en América del Sur y, por qué no decirlo, del continente.


Es así como en los días que corren, se produce un retorno de la lucha social liderada por los pueblos ancestrales en contra del capitalismo neoliberal, que además supone un salto y continuidad en su lucha contra el progresismo conservador. Frente a la violencia de la razón capitalista surge la resistencia y lucha de la razón ancestral, que se muestra con claridad en los pueblos indígenas pero que mora en toda la humanidad, en su camino de humanización articulada al respeto de la naturaleza. En el caso particular del Ecuador, son los pueblos ancestrales el fundamento cultural de nuestra sociedad, en ellos radica el mayor patrimonio de nuestro país y la fuerza telúrica de la resistencia anticolonial y anticapitalista. Las raíces de la sociedad ecuatoriana se hunden en la historia precolombina, de allí emerge su posibilidad de futuro.


La enseñanza de mujeres y jóvenes


En estas movilizaciones, además del movimiento indígena, protagonista principal de la lucha, y de las organizaciones de trabajadores, resaltó la presencia refrescante de las mujeres organizadas, como de las no organizadas, y de los jóvenes que en estas jornadas se bautizaron en la lucha política. Estos dos actores abrieron nuevas y emergentes formas de organización de la resistencia social, que plantean alternativas a las viejas estructuras de la izquierda, cooptadas por la razón de Estado, y que hoy frenan la resistencia social por su marcado conservadurismo y patriarcalismo. Estas nuevas formas, aún en ciernes, expresan otra manera de enfrentar al sistema, donde no se pospone la construcción de nuevas relaciones sociales a la espera de la instauración de un nuevo sistema. Estas nuevas relaciones están ligadas al cuidado, a las experiencia cotidiana, a los afectos, a la horizontalidad; se tejen en el aquí y ahora de la lucha. Esa es la enseñanza que nos dejan los jóvenes y las mujeres y esa ya es una inmensa victoria.


En contra y más allá de las dos estrategias capitalistas dominantes


El movimiento indígena y el resto de sectores sociales protagonistas de la resistencia y la lucha en contra de las directrices económica neoliberales, lograron establecer una línea autónoma respecto del gobierno neoliberal y los grupos de la derecha nacional y, también, respecto del progresismo conservador correísta. Una línea de autonomía que no solo se disputó y triunfó en el país, sino que logró establecer una diferencia clara en el contexto de la geopolítica regional.


Es fácil observar que en el conflicto político desatado en Ecuador, a lo largo de la primera quincena de octubre, se disputaba un conflicto mayor, que incluso rebasa el ámbito regional, y que tiene como ejes de disputa: por un lado, la línea tradicional del capitalismo neoliberal de la derecha alineada con el FMI y al Estado norteamericano en el eje occidental, al cual se articulan gobiernos latinoamericanos como los de Argentina, Brasil, Colombia, Perú y Chile. En el otro lado se encuentra la línea del progresismo conservador alineado con la agenda del capitalismo ruso-asiático, que administró la mayoría de los Estados de SurAmérica y que hoy se encuentra en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y México.


Esas dos estrategia del capitalismo disputaban sus proyectos en el conflicto social desatado en Ecuador. Las estrategias utilizadas por unos y otros pretendían utilizar y sofocar el levantamiento autónomo de los pueblos para beneficio de sus propias agendas. El correísmo progresista buscaba apoderarse de las demandas de los pueblos para conseguir la destitución de Moreno y hacerse de nuevo con la administración del Estado, y así tapar sus actos de corrupción y saqueo de los recursos de la sociedad que perpetraron en su época de gobierno; y abrir de nuevo las puertas para el retorno del progresismo conservador en el subcontinente. Por su parte el gobierno de Moreno buscaba deslegitimar la protesta social al articularla con el correísmo, imponiendo de esta manera la política fondomonetarista, en complicidad con los grupos económicos más poderosos nacionales y transnacionales, con la derecha política socialcristiana –con quien ha gobernado durante dos años– y la derecha ideológica que intenta manejar la economía del país.


Sin embargo, la fuerza de la movilización social fisuró la disputa entre dos versiones del capitalismo y abrió el espacio de la autonomía de la lucha a los pueblos, que no disputaban el control del Estado, sino que enfrentaban el modelo neoliberal y con éste, el capitalismo. Así, los grandes perdedores en estas jornadas de lucha fueron: el Estado, el Gobierno, los socialcristianos –punta de lanza de la derecha tradicional–, los correístas, punta de lanza de la derecha progresista, y los medios hegemónicos de comunicación.


Tres grandes contradicciones


Los momentos críticos vividos por cualquier sociedad sacan, lo a flote lo mejor y lo peor de la misma. De lo mejor, ya hemos visto algunos aspectos, y de lo peor, fluyeron tres grandes contradicciones las mismas que articulan desde tiempo atrás a la sociedad ecuatoriana: el racismo colonial, la desigualdad clasista y el segregacionismo campo-ciudad.


Son estas contradicciones las que obligan al conjunto ecuatoriano a pensarse honestamente como sociedad y dejar de promulgar una falsa identidad nacional, una ciudadanía moderna, un tramposo interés general que no existe y menos aún en este país con un Estado aún colonial.


Contradicciones latentes. En medio de la resistencia de los más contra los menos, saltaron las minorías blanqueadas del país, tanto de Guayaquil y sobre todo de Quito, a condenar los “actos vandálicos de los indios”. Las élites guayaquileñas en la voz de Nebot abrieron su juego profundamente racista con la detestable frase que “los indios se queden en los páramos porque a su ciudad no entran”. Con ello no solo se deslindaron del mundo indígena, sino de la región de la Sierra y la Amazonía e incluso, del profundo pueblo costeño de origen ancestral, montubio y negro. La “blanquitud” quiteña, aliada de las cámaras empresariales y de los grandes medios de comunicación hegemónicos, salió a la defensa de la “franciscana ciudad de Quito”, de su patrimonio histórico y de su “hermoso” urbanismo, en contra de los “indios salvajes” que viene a “su” ciudad sin invitación. Se horrorizan, lloran, patalean por los daños perpetrados en “su” ciudad, pero nunca lanzaron una sola lágrima ni queja cuando sus empresarios y sus gobiernos acaban con la biodiversidad de los páramos, de las fuentes de agua, de la Amazonía destruyendo con ello los territorios de los pueblos ancestrales, dejándoles con tierras, agua y aire envenenados.


Son las mismas minorías blanqueadas que nunca protestan ni sufren cuando las corporaciones de constructores levantan edificios sin importarles dejar sin espacios verdes a la ciudad, sin cuestionarse por el aumento de vehículos que colapsan el tránsito y el aire. Nunca se quejan de que las comunidades aledañas a Quito sean despojadas de sus territorios por las constructoras, en complicidad con el gobierno municipal. No lloraron cuando destruyeron el patrimonio arqueológico para hacer el túnel del metro de Quito. No, no les duele su ciudad, les molesta que los dueños ancestrales de estas tierras vengan a “ensuciar” su proceso de blanqueamiento; les molesta que les recuerden que no están en Europa ni Estados Unidos, que no son ciudadanos del primer mundo al que su necio arribismo les hace desear.


Las victorias


Tras dos años de un gobierno de espaldas a las necesidades y deseos de diversidad de sectores sociales, y con la resaca de un correísmo negado a la protección de los territorios ancestrales y a la participación libre y deliberativa del descontento social, en solo 13 días de intensa lucha decidida, colectiva y solidaria, se logró revertir la realidad, dejando desnudo al poder formal.


Es así como de la primer quincena de este inolvidable octubre, emana una victoria simbólica y política para el movimiento indígena y las organizaciones sociales que lo acompañaron. La victoria política se manifiesta en la recomposición de la resistencia indígena y popular con autonomía del gobierno neoliberal y del progresismo conservador; en la convicción de que es posible resistir y frenar al neoliberalismo; en la presencia de nuevos y refrescantes actores sociales.


La victoria simbólica se expresa en el establecimiento de un diálogo de cara a la sociedad nacional y mundial pocas veces visto y que deja una enseñanza de transparencia política al mundo; en la presencia sin intermediación de los pueblos indígenas en la mesa de diálogo, afirmados en su diferencia y en su capacidad de pensar no solo sus nacionalidades, sino de pensar a la sociedad ecuatoriana en la mayoría de su composición social y cultural; en la participación indispensable de las mujeres en todo el proceso de la lucha que nos dice que sin nosotras no hay posibilidad de transformación; en la participación de los barrios de los sectores populares y de algunos sectores medios de Quito, y en el apoyo y acogimiento por parte de varios sectores de la ciudad, entre ellos las universidades, de los pueblos indígenas que arribaron a la misma y, por último, en la gran minga llevada a cabo para arreglar y limpiar la ciudad, escenario de la protesta, donde convergieron los pueblos indígenas y los habitantes de Quito, en una actitud de responsabilidad y cuidado pocas veces vista.


Tres luchas antisistémicas


Lo que tuvimos por todo el país fue una inmensa movilización, un alzamiento por la vida, un proceso de resistencia en el que convergieron las tres luchas antisitémicas: la antipatriarcal, la anticolonial y la anticapitalista. Si bien la última fue la que articuló esta vez la lucha en contra del modelo económico fondomonetarista, las otras dos fueron claves para consolidar la derogatoria del Decreto 883, punta de lanza de las políticas de ajuste.


La dirección del movimiento indígena como actor principal de esta intensa jornada en contra del paquete económico gubernamental cualificó la lucha anticapitalista con la fuerza de la resistencia anticolonial de los pueblos ancestrales. Este hecho amplia la lucha anticapitalista más allá de la discusión sobre el modelo económico y la hace bordear con la discusión del modelo civilizatorio, lo cual es muy importante para cuestionar las coordenadas impuestas por el paradigma del progreso, el crecimiento económico y el desarrollo como verdades del capitalismo, así como de la Modernidad; lo que pone de manifiesto no solo el modelo económico neoliberal, sino el modelo productivo y energético extractivista que está destruyendo a los pueblos, sus territorios y la naturaleza que los acoge.


Por su parte, la presencia de las mujeres y de lo femenino en general en las labores del cuidado, del abrigo, del sostén emocional, de la sanación; no detrás de…, sino en el centro de la lucha, fue fundamental para entender que el capitalismo se lo ejerce desde el mando patriarcal en contra de la vida social y natural. Se entiende con esta experiencia que la lucha anticapitalista es posible solo si es también antipatriarcal y anticolonial, que no hay privilegio ni primacía de una lucha sobre las otras, que su centralidad como lucha articuladora depende del contexto de la resistencia.


Construir el hecho histórico


La lucha como acontecimiento fue una victoria de los pueblos, ahora empieza la lucha por la victoria en la construcción del hecho histórico. De parte del establecimiento harán todo lo posible por despojar de la palabra que dote de sentido el acontecimiento como victoria de la humanidad sobre el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. Desplegarán, de parte de la derecha ideológica neoliberal, una estrategia discursiva racista, clasista y machista para imponer su relato ideológico neoliberal que acusa al mundo indígena de violentos y salvajes; a la par que, de parte de la derecha ideológica progresista acusan al mundo indígena de incapaces, ingenuos y manipulables.


El triunfo fue sobre el terreno, ahora, en lo mediático, comunicativo, educativo, en el relato cotidiano, tratarán de revertir su derrota. Esta victoria, que es de todas y todos, no puede perderse en ese interregno, en el cual también el conjunto nacional debe estar presente, para cerrarle el paso a ese poder destructor que niega lo diferente, la memoria y los sueños colectivos. En este, como en otros escenarios, los pueblos tejen sus propios caminos, que tejen su memoria y su autonomía.

 

* Benjamín, Walter, Tesis de la filosofía de la historia, www.anticapitalistas.org/IMG/Benjamin–TesisDefilosoFiaDeLaHistoria.pdf

Las razones de la rebelión de Octubre en Ecuador

En el alzamiento popular que conoció Ecuador a lo largo de la primera quincena de octubre, con la demanda de la derogación del Decreto 883 que liberó el precio de los combustibles y en rechazo al FMI, dos estrategias y comprensiones de la realidad se enfrentaron: la gubernamental, obnubilada por una supuesta conspiración internacional en contra de su estabilidad, y la social-popular encabezada por la organización indígena Conaie, que situó las coordenadas del conflicto dentro de la política, del modelo de acumulación y de los acuerdos con el FMI. La correcta lectura de la coyuntura por parte de la organización indígena explica su victoria y contextualiza la derrota del gobierno.

Cuando en el año 2017 Lenín Moreno fue electo presidente de Ecuador, con el sello político de Alianza País y en una campaña electoral que estuvo bajo la conducción directa de Rafael Correa, nadie habría de imaginar que apenas dos años después sería el responsable de un viraje hacia posiciones de derecha radical que llevarían al país a una de las crisis económicas, políticas, institucionales y sociales más importantes de la últimas décadas.


En ese viraje hacia la derecha, Moreno buscó la protección política de los grandes bancos, las cámaras empresariales y de los partidos políticos que le son funcionales, es decir, el movimiento Creo, del banquero Guillermo Lasso, el Partido Socialcristiano, y, además, la embajada americana.


Para garantizar y consolidar semejante viraje político y sin que medie ninguna justificación económica que avale tal decisión, el gobierno suscribió durante el mes de marzo de 2019 un Acuerdo de Facilidad Ampliada con el FMI por 4.200 millones de dólares, para un programa de ajuste fiscal de tres años.


Un Acuerdo innecesario, ya que hasta ese momento Ecuador no había sufrido un choque externo que desestabilizara su balanza de pagos, ni tampoco estaba afectada su capacidad productiva interna por ningún evento. El país tenía, de hecho, un crecimiento económico modesto y no estaba en una situación crítica que hiciera pensar en un default de sus créditos externos. Por ello, el acercamiento con el FMI debe leerse más como parte de la estrategia política del gobierno de Lenín Moreno y sus aliados para consolidar el viraje a la derecha, que como una necesidad nacida desde la economía.


Crisis inducida


Dentro de tal estrategia, la presencia del FMI posiciona en el debate el déficit fiscal y la necesidad absoluta de la austeridad para resolverlo. No obstante y para tener un mejor contexto, debe tenerse en cuenta que en el mes de agosto del año 2018 el gobierno de Moreno envío a la Asamblea Nacional una ley que permitía la condonación de intereses, multas y recargos de impuestos directos no pagados por las grandes empresas y bancos. Esta remisión tributaria, por más de cuatro mil millones de dólares, generó de forma inmediata un agujero fiscal en la economía que se expresó, efectivamente, en un importante déficit fiscal.


Esta ley, denominada de Fomento Productivo, alteró la estructura tributaria del país y debilitó la capacidad del gobierno para recaudar impuestos directos a los grandes grupos empresariales. En otros términos, fue el propio gobierno quien creó todas las condiciones y las circunstancias para la existencia del déficit fiscal.


No contento con ello, el Gobierno desprecia el impulso recibido por la geopolítica global y expresado en el incremento del precio del petróleo. En efecto, al preparar la proforma fiscal para el año 2019, calculó los ingresos petroleros a un precio de 50,05 USD por barril exportado y, sobre ese cálculo, definió un déficit fiscal de alrededor del 3 por ciento del PIB para el año en curso. Un porcentaje relativamente modesto, de fácil maniobra para la política económica y sin mayores consecuencias para el conjunto de la economía. Para la segunda mitad del 2019, el petróleo había rebasado el baremo calculado generando un excedente adicional de recursos para el gobierno ecuatoriano. Mas, esos recursos no podían ser utilizados para el nuevo cálculo del déficit fiscal, porque formaban parte de un Fondo de ahorro fiscal que, en virtud de la Ley de Fomento Productivo, no se contabiliza en el presupuesto. Asimismo, y a pesar de tener los recursos necesarios, el gobierno de Moreno en apenas un año realizó un intenso proceso de desinversión pública que se tradujo en el menor porcentaje de inversión pública sobre el PIB desde la crisis del año 2000.


En este juego de intereses, puede advertirse que fue el propio gobierno quien creó las condiciones para generar, mantener y expandir el déficit fiscal y esgrimirlo como argumento legitimante de su acercamiento con el FMI, al mismo tiempo que lo utilizó como discurso sobre el cual imponer las políticas de austeridad y avalar su viraje político hacia la derecha y culpar al anterior gobierno de sus propias decisiones.


Al mismo tiempo que hacía esto, el régimen empezó un intenso proceso de despidos en el sector público. Al suprimir la inversión pública y contraer la demanda agregada interna por la vía de recortes drásticos de personal, el régimen creó todas las condiciones económicas para la recesión y la crisis. En apenas dos años, el pleno empleo, es decir el porcentaje de la población económicamente activa con un contrato laboral estable y con seguridad social, descendió al 37 por ciento, un nivel jamás visto en la economía ecuatoriana, incluso en sus momentos de mayor crisis como fue el año 2000.


En esta misma senda, para asegurar la no utilización de los excedentes petroleros para la inversión pública, el Gobierno decidió cambiar el sentido de la planificación pública y redujo la Secretaría Nacional de Planificación a una dependencia adscrita a la Presidencia de la República, de tal forma que el Plan Anual de Inversiones pueda ser desconectado de la política fiscal, lo que explica el hecho de que los importantes excedentes petroleros generados en este periodo nunca fueran destinados a la inversión pública, y que los recursos del sobreendeudamiento (más de 12 mil millones de USD en apenas dos años), jamás se tradujeran en inversión.


Al final y como resultado lógico, la sumatoria de estos procesos condujo a la exacerbación de la crisis, el desempleo y la recesión. Es por todo ello que el concepto que mejor define la estrategia del Gobierno y de sus aliados sea aquel de Crisis inducida. En efecto, el régimen necesitaba de la crisis para crear el espacio social y político sobre el cual situar la flexibilización laboral, la eliminación de subsidios, la privatización de la infraestructura pública, la reducción de la inversión pública, la condonación de impuestos a los grandes conglomerados empresariales y, al mismo tiempo, cumplir los acuerdos con el FMI.


Por otra parte, el gobierno también necesitaba crear un espacio político sobre el cual puedan posicionarse de mejor manera sus aliados políticos para las elecciones generales del año 2021, en la ocurrencia los partidos políticos Creo y socialcristiano. El razonamiento de estos partidos políticos aliados al régimen, es que alguien tiene que hacer el trabajo sucio y que el sujeto más indicado para hacerlo es, precisamente Lenín Moreno, habida cuenta que no tiene ninguna ambición política a futuro y que su gobierno es de transición, de ahí su apoyo irrestricto al actual programa económico.
Para consolidar más aún esta estrategia, Moreno se acerca y converge de forma total a la agenda norteamericana diseñada para la región y, al mismo tiempo, goza del apoyo de los grandes medios de comunicación que magnifican la crisis y la necesidad absoluta de la austeridad, y protegen al gobierno de toda crítica.


La agenda fondomonetarista


Los acuerdos con el FMI se escalan en el tiempo y comprenden una serie de medidas que, en lo fundamental imponen: (i) una reforma fiscal que vaya de los impuestos directos hacia los impuestos indirectos y que le permita incrementar la recaudación en al menos 1.500 millones de dólares por la vía del incremento impositivo a los consumos especiales y al valor agregado; (ii) eliminación progresiva del impuesto a la salida de divisas (ISD); (iii) disminución de la nómina pública en volumen y en monto salarial; (iv) eliminación de subsidios a los combustibles; (v) independencia del Banco Central; (vi) reducción del gasto en inversión pública; (vii) liberación del sistema financiero y flotación de tasas de interés; (viii) flexibilización laboral; (ix) un agresivo programa de privatizaciones; entre otras condicionalidades.


Ahora bien, cuando el gobierno de Moreno pretende enviar las reformas legales a la Asamblea Nacional para incrementar el IVA, se encuentra con un ambiente complejo y contradictorio porque sus aliados políticos, habida cuenta del próximo escenario electoral, no quieren asumir el costo social y político de las reformas económicas y, en consecuencia, no piensan aprobarlas.


Es en esa coyuntura cuando el régimen opta por la solución, aparentemente más fácil y decide, vía decreto ejecutivo, liberar los precios de la gasolina extra y del diésel, con lo cual podía obtener alrededor de 1.000 millones de USD, y cumplir con una de las metas previstas en los acuerdos suscritos con el FMI. Lo que nunca previeron en Carondelet es que esa salida fácil se iba a convertir en un acontecimiento político que cambiaría de manera radical toda la construcción política e institucional construida hasta ese momento desde el poder.


La lectura oficial era que el movimiento social estaba fracturado desde hace varios años y que los golpes recibidos, sobre todo por parte del gobierno de la Revolución Ciudadana, prácticamente lo habían aniquilado. Si bien el régimen esperaba algún tipo de reclamo, sobre todo de sectores corporativos, como los transportistas, y afectados directamente por la medida, el régimen sabía que con negociación y con presión sobre los dirigentes podría controlar cualquier tipo de protesta social.


Un cálculo errado al no considerar que el reclamo social rebasara los límites previstos por ellos mismos, hasta convertirse en una marea popular que, finalmente, habría de ponerlo de rodillas. El régimen subestimó la capacidad de resiliencia del movimiento indígena, al considerar que el proceso de diálogo abierto con el mismo desde el inicio de su gestión le había permitido comprender a la nueva dirigencia y a las nuevas estructuras organizativas, considerándolo por ello como un actor social controlable, habida cuenta, más aún, de su desgaste en su resistencia al gobierno de Rafael Correa.


El levantamiento social


Empero, la nueva dirigencia del movimiento indígena comprendió rápidamente la coyuntura y la situó en sus coordenadas precisas: aquello que estaba en juego no era solamente un subsidio a los combustibles, sino la implantación del modelo neoliberal cuyas consecuencias serían nefastas no solo para ellos sino para toda la sociedad.


Es esa lectura y esa capacidad de comprensión del tiempo histórico la que proyecta al movimiento indígena al liderazgo de las jornadas de movilización y resistencia. Gracias a esa correcta interpretación pudo convocar al conjunto de la población al tiempo que explicar a la sociedad que lo que está en juego va más allá de estas medidas económicas.


En efecto, a las 24 horas de anunciada la medida de eliminación de subsidios a los combustibles, el paro era nacional y las organizaciones indígenas de base procedieron a levantarse contra el gobierno y a marchar sobre la ciudad de Quito. A las 48 horas de adoptada la medida por parte del Gobierno, los primeros comuneros ya estaban en la capital del país y empezaron el cerco al Palacio de Gobierno, conjuntamente con el apoyo de la ciudadanía quiteña. A los tres días de la medida, se habían ya sumado organizaciones sociales de todo tipo y el cerco popular al gobierno era literal. La demanda de todos los sectores sociales convergía en la exigencia de la derogatoria del Decreto 883 que eliminaba los subsidios a los combustibles y las pancartas y consignas de las organizaciones sociales denunciaban al FMI y al neoliberalismo.


Ante tal explosión de rebeldía popular el Gobierno optó por declarar el Estado de Excepción, dejar la gestión de la crisis en manos del Ministro de Defensa, un tenebroso personaje vinculado a los servicios de inteligencia americanos, y trasladar la sede de gobierno a la ciudad de Guayaquil, y guarescerse bajo el amparo de sus aliados del partido socialcristiano y de Creo. Los comuneros, ante esa decisión, decidieron también bajar a la ciudad de Guayaquil en busca del presidente Lenín Moreno y exigirle la derogatoria del Decreto 883.


El solo anuncio de esta decisión de los comuneros indígenas creó pánico en las filas del partido socialcristiano que decidió armar a toda prisa una contramarcha en la ciudad de Guayaquil en contra de la Conaie, y de todas las organizaciones sociales. Para hacerlo, acudió al discurso del racismo: “Que se queden en el páramo”, fue la expresión que utilizó en esa coyuntura Jaime Nebot, líder socialcristiano y su candidato a la presidencia en las elecciones del 2021. En este momento pudo comprenderse que la derecha política no tenía ningún discurso de país y que no había entendido nunca la complejidad de la sociedad ecuatoriana atravesada por diversidades de todo tipo. Quizá sin proponérselo y por falta absoluta para comprender la coyuntura, el partido socialcristiano fue a contracorriente y se desgastó de una forma tan profunda que comprometió radicalmente toda posibilidad electoral futura.


En estas condiciones, y a medida que pasaban los días, con un gobierno sin atinar con un libreto para asumir la rebelión popular, la gestión de la crisis queda por entero a cargo del Ministerio de Defensa que, acorde con un accionar digno de la Doctrina de la Seguridad Nacional articuló una estrategia bélica con una violencia inusitada que trasgredió las líneas rojas de los derechos humanos básicos. En menos de una semana el panorama se había complicado de tal manera que el Gobierno no atinó a desplegar ninguna estrategia política que no fuera aquella de la violencia y el terrorismo de Estado, acercándose de forma peligrosa a crear un vacío político en el sistema de representación política.


Ver enemigos donde no los hay. Lo que entrampó al régimen en sus propios errores y que extendió de forma innecesaria el conflicto por tantos días fue la creencia en la teoría de la conspiración como fuente y alimento de la rebelión popular. En efecto, el Gobierno asumió e inscribió a la resistencia social dentro de las coordenadas de la teoría de la conspiración. Se inventó el expediente que todo estaba armado desde los oscuros designios de sus acérrimos enemigos y que era víctima de un complot internacional; un discurso que políticamente le restó toda posibilidad de maniobra y le cerró todo espacio de negociación posible.


Por su parte la sociedad toda, aunque con protagonismo muy especial de los indígenas, levantaban banderas de dignidad y paz. Ya eran más de diez días de movilización social donde mujeres y hombres de todas las edades, profesiones y oficios ocupaban las calles de sus ciudades. Cuando el levantamiento social entraba en su duodécimo día, y el movimiento popular estaba cada vez más fuerte y más decidido a ir hasta las últimas consecuencias, y los minutos de la permanencia del presidente Lenín Moreno en el poder prácticamente estaban contados, este tuvo que ceder y, finalmente, derogar el Decreto 883. Al hacerlo, asumía que ninguno de sus discursos le sirvió para frenar la rebelión popular y, de esta forma, pudo salvar in extremis su permanencia en el gobierno.


Gobierno indigno


Fue una derrota sin concesiones, transmitida a nivel nacional y mundial, y que presentó al movimiento indígena como el referente más importante en la resistencia en contra del neoliberalismo. Pero fue una derrota sin capacidad de heurística para el Gobierno, que considera que el cumplimiento con el FMI es más importante que sus propias condiciones de gobernabilidad. En efecto, a pocos días de su derrota y ante el acontecimiento más importante generado por la sociedad ecuatoriana en sus últimas décadas, el Gobierno cumple de forma puntillosa con el FMI y envía varias reformas a la Asamblea Nacional que implican el estrangulamiento del presupuesto público para los sectores de salud, educación y bienestar social, a la vez que obedecen la condicionalidad del FMI de la independencia del Banco Central e incrementa e impone nuevos impuestos a la sociedad. No solo ello, sino que también reitera su voluntad de volver a emitir un nuevo Decreto muy parecido al 883 pero esta vez con estrategias de compensación para los más pobres.


A estas decisiones se suma una cacería de brujas en contra de todas las organizaciones sociales que acompañaron al movimiento indígena, en una represión sin antecedentes en la historia reciente del país, represión complementada con una intensa campaña de desprestigio de los líderes de la rebelión de octubre, orquestada por los grandes medios de comunicación y por los think tanks neoliberales.


Con persistencia en su diseño original, el régimen pretende recuperar la hegemonía perdida por la vía de la violencia, la criminalización, la impunidad, la instauración de un régimen en el cual cualquier opinión ciudadana puede ser fácilmente judicializada, y el acoso mediático de los grandes medios de comunicación sobre los líderes sociales.


Parlamento de los Pueblos


Es en este contexto que el movimiento indígena ha convocado a la conformación del Parlamento de los Pueblos, como una expresión que nace y que, al mismo tiempo, da continuidad política a la rebelión de octubre, para diseñar un nuevo modelo económico y social, cuyas coordenadas sean la democracia, la paz social, la estabilidad, la justicia, la equidad, y una forma de vida armónica con la naturaleza y con la sociedad, la misma que los indígenas denominan Sumak Kawsay, la vida en plenitud. De esta forma, se convierten en el polo contrahegemónico más importante del país, y están absolutamente convencidos que, a pesar de la difícil coyuntura, el futuro les pertenece por entero.

Las razones de la rebelión de Octubre en Ecuador

En el alzamiento popular que conoció Ecuador a lo largo de la primera quincena de octubre, con la demanda de la derogación del Decreto 883 que liberó el precio de los combustibles y en rechazo al FMI, dos estrategias y comprensiones de la realidad se enfrentaron: la gubernamental, obnubilada por una supuesta conspiración internacional en contra de su estabilidad, y la social-popular encabezada por la organización indígena Conaie, que situó las coordenadas del conflicto dentro de la política, del modelo de acumulación y de los acuerdos con el FMI. La correcta lectura de la coyuntura por parte de la organización indígena explica su victoria y contextualiza la derrota del gobierno.

Cuando en el año 2017 Lenín Moreno fue electo presidente de Ecuador, con el sello político de Alianza País y en una campaña electoral que estuvo bajo la conducción directa de Rafael Correa, nadie habría de imaginar que apenas dos años después sería el responsable de un viraje hacia posiciones de derecha radical que llevarían al país a una de las crisis económicas, políticas, institucionales y sociales más importantes de la últimas décadas.


En ese viraje hacia la derecha, Moreno buscó la protección política de los grandes bancos, las cámaras empresariales y de los partidos políticos que le son funcionales, es decir, el movimiento Creo, del banquero Guillermo Lasso, el Partido Socialcristiano, y, además, la embajada americana.


Para garantizar y consolidar semejante viraje político y sin que medie ninguna justificación económica que avale tal decisión, el gobierno suscribió durante el mes de marzo de 2019 un Acuerdo de Facilidad Ampliada con el FMI por 4.200 millones de dólares, para un programa de ajuste fiscal de tres años.


Un Acuerdo innecesario, ya que hasta ese momento Ecuador no había sufrido un choque externo que desestabilizara su balanza de pagos, ni tampoco estaba afectada su capacidad productiva interna por ningún evento. El país tenía, de hecho, un crecimiento económico modesto y no estaba en una situación crítica que hiciera pensar en un default de sus créditos externos. Por ello, el acercamiento con el FMI debe leerse más como parte de la estrategia política del gobierno de Lenín Moreno y sus aliados para consolidar el viraje a la derecha, que como una necesidad nacida desde la economía.


Crisis inducida


Dentro de tal estrategia, la presencia del FMI posiciona en el debate el déficit fiscal y la necesidad absoluta de la austeridad para resolverlo. No obstante y para tener un mejor contexto, debe tenerse en cuenta que en el mes de agosto del año 2018 el gobierno de Moreno envío a la Asamblea Nacional una ley que permitía la condonación de intereses, multas y recargos de impuestos directos no pagados por las grandes empresas y bancos. Esta remisión tributaria, por más de cuatro mil millones de dólares, generó de forma inmediata un agujero fiscal en la economía que se expresó, efectivamente, en un importante déficit fiscal.


Esta ley, denominada de Fomento Productivo, alteró la estructura tributaria del país y debilitó la capacidad del gobierno para recaudar impuestos directos a los grandes grupos empresariales. En otros términos, fue el propio gobierno quien creó todas las condiciones y las circunstancias para la existencia del déficit fiscal.


No contento con ello, el Gobierno desprecia el impulso recibido por la geopolítica global y expresado en el incremento del precio del petróleo. En efecto, al preparar la proforma fiscal para el año 2019, calculó los ingresos petroleros a un precio de 50,05 USD por barril exportado y, sobre ese cálculo, definió un déficit fiscal de alrededor del 3 por ciento del PIB para el año en curso. Un porcentaje relativamente modesto, de fácil maniobra para la política económica y sin mayores consecuencias para el conjunto de la economía. Para la segunda mitad del 2019, el petróleo había rebasado el baremo calculado generando un excedente adicional de recursos para el gobierno ecuatoriano. Mas, esos recursos no podían ser utilizados para el nuevo cálculo del déficit fiscal, porque formaban parte de un Fondo de ahorro fiscal que, en virtud de la Ley de Fomento Productivo, no se contabiliza en el presupuesto. Asimismo, y a pesar de tener los recursos necesarios, el gobierno de Moreno en apenas un año realizó un intenso proceso de desinversión pública que se tradujo en el menor porcentaje de inversión pública sobre el PIB desde la crisis del año 2000.


En este juego de intereses, puede advertirse que fue el propio gobierno quien creó las condiciones para generar, mantener y expandir el déficit fiscal y esgrimirlo como argumento legitimante de su acercamiento con el FMI, al mismo tiempo que lo utilizó como discurso sobre el cual imponer las políticas de austeridad y avalar su viraje político hacia la derecha y culpar al anterior gobierno de sus propias decisiones.


Al mismo tiempo que hacía esto, el régimen empezó un intenso proceso de despidos en el sector público. Al suprimir la inversión pública y contraer la demanda agregada interna por la vía de recortes drásticos de personal, el régimen creó todas las condiciones económicas para la recesión y la crisis. En apenas dos años, el pleno empleo, es decir el porcentaje de la población económicamente activa con un contrato laboral estable y con seguridad social, descendió al 37 por ciento, un nivel jamás visto en la economía ecuatoriana, incluso en sus momentos de mayor crisis como fue el año 2000.


En esta misma senda, para asegurar la no utilización de los excedentes petroleros para la inversión pública, el Gobierno decidió cambiar el sentido de la planificación pública y redujo la Secretaría Nacional de Planificación a una dependencia adscrita a la Presidencia de la República, de tal forma que el Plan Anual de Inversiones pueda ser desconectado de la política fiscal, lo que explica el hecho de que los importantes excedentes petroleros generados en este periodo nunca fueran destinados a la inversión pública, y que los recursos del sobreendeudamiento (más de 12 mil millones de USD en apenas dos años), jamás se tradujeran en inversión.


Al final y como resultado lógico, la sumatoria de estos procesos condujo a la exacerbación de la crisis, el desempleo y la recesión. Es por todo ello que el concepto que mejor define la estrategia del Gobierno y de sus aliados sea aquel de Crisis inducida. En efecto, el régimen necesitaba de la crisis para crear el espacio social y político sobre el cual situar la flexibilización laboral, la eliminación de subsidios, la privatización de la infraestructura pública, la reducción de la inversión pública, la condonación de impuestos a los grandes conglomerados empresariales y, al mismo tiempo, cumplir los acuerdos con el FMI.


Por otra parte, el gobierno también necesitaba crear un espacio político sobre el cual puedan posicionarse de mejor manera sus aliados políticos para las elecciones generales del año 2021, en la ocurrencia los partidos políticos Creo y socialcristiano. El razonamiento de estos partidos políticos aliados al régimen, es que alguien tiene que hacer el trabajo sucio y que el sujeto más indicado para hacerlo es, precisamente Lenín Moreno, habida cuenta que no tiene ninguna ambición política a futuro y que su gobierno es de transición, de ahí su apoyo irrestricto al actual programa económico.
Para consolidar más aún esta estrategia, Moreno se acerca y converge de forma total a la agenda norteamericana diseñada para la región y, al mismo tiempo, goza del apoyo de los grandes medios de comunicación que magnifican la crisis y la necesidad absoluta de la austeridad, y protegen al gobierno de toda crítica.


La agenda fondomonetarista


Los acuerdos con el FMI se escalan en el tiempo y comprenden una serie de medidas que, en lo fundamental imponen: (i) una reforma fiscal que vaya de los impuestos directos hacia los impuestos indirectos y que le permita incrementar la recaudación en al menos 1.500 millones de dólares por la vía del incremento impositivo a los consumos especiales y al valor agregado; (ii) eliminación progresiva del impuesto a la salida de divisas (ISD); (iii) disminución de la nómina pública en volumen y en monto salarial; (iv) eliminación de subsidios a los combustibles; (v) independencia del Banco Central; (vi) reducción del gasto en inversión pública; (vii) liberación del sistema financiero y flotación de tasas de interés; (viii) flexibilización laboral; (ix) un agresivo programa de privatizaciones; entre otras condicionalidades.


Ahora bien, cuando el gobierno de Moreno pretende enviar las reformas legales a la Asamblea Nacional para incrementar el IVA, se encuentra con un ambiente complejo y contradictorio porque sus aliados políticos, habida cuenta del próximo escenario electoral, no quieren asumir el costo social y político de las reformas económicas y, en consecuencia, no piensan aprobarlas.


Es en esa coyuntura cuando el régimen opta por la solución, aparentemente más fácil y decide, vía decreto ejecutivo, liberar los precios de la gasolina extra y del diésel, con lo cual podía obtener alrededor de 1.000 millones de USD, y cumplir con una de las metas previstas en los acuerdos suscritos con el FMI. Lo que nunca previeron en Carondelet es que esa salida fácil se iba a convertir en un acontecimiento político que cambiaría de manera radical toda la construcción política e institucional construida hasta ese momento desde el poder.


La lectura oficial era que el movimiento social estaba fracturado desde hace varios años y que los golpes recibidos, sobre todo por parte del gobierno de la Revolución Ciudadana, prácticamente lo habían aniquilado. Si bien el régimen esperaba algún tipo de reclamo, sobre todo de sectores corporativos, como los transportistas, y afectados directamente por la medida, el régimen sabía que con negociación y con presión sobre los dirigentes podría controlar cualquier tipo de protesta social.


Un cálculo errado al no considerar que el reclamo social rebasara los límites previstos por ellos mismos, hasta convertirse en una marea popular que, finalmente, habría de ponerlo de rodillas. El régimen subestimó la capacidad de resiliencia del movimiento indígena, al considerar que el proceso de diálogo abierto con el mismo desde el inicio de su gestión le había permitido comprender a la nueva dirigencia y a las nuevas estructuras organizativas, considerándolo por ello como un actor social controlable, habida cuenta, más aún, de su desgaste en su resistencia al gobierno de Rafael Correa.


El levantamiento social


Empero, la nueva dirigencia del movimiento indígena comprendió rápidamente la coyuntura y la situó en sus coordenadas precisas: aquello que estaba en juego no era solamente un subsidio a los combustibles, sino la implantación del modelo neoliberal cuyas consecuencias serían nefastas no solo para ellos sino para toda la sociedad.


Es esa lectura y esa capacidad de comprensión del tiempo histórico la que proyecta al movimiento indígena al liderazgo de las jornadas de movilización y resistencia. Gracias a esa correcta interpretación pudo convocar al conjunto de la población al tiempo que explicar a la sociedad que lo que está en juego va más allá de estas medidas económicas.


En efecto, a las 24 horas de anunciada la medida de eliminación de subsidios a los combustibles, el paro era nacional y las organizaciones indígenas de base procedieron a levantarse contra el gobierno y a marchar sobre la ciudad de Quito. A las 48 horas de adoptada la medida por parte del Gobierno, los primeros comuneros ya estaban en la capital del país y empezaron el cerco al Palacio de Gobierno, conjuntamente con el apoyo de la ciudadanía quiteña. A los tres días de la medida, se habían ya sumado organizaciones sociales de todo tipo y el cerco popular al gobierno era literal. La demanda de todos los sectores sociales convergía en la exigencia de la derogatoria del Decreto 883 que eliminaba los subsidios a los combustibles y las pancartas y consignas de las organizaciones sociales denunciaban al FMI y al neoliberalismo.


Ante tal explosión de rebeldía popular el Gobierno optó por declarar el Estado de Excepción, dejar la gestión de la crisis en manos del Ministro de Defensa, un tenebroso personaje vinculado a los servicios de inteligencia americanos, y trasladar la sede de gobierno a la ciudad de Guayaquil, y guarescerse bajo el amparo de sus aliados del partido socialcristiano y de Creo. Los comuneros, ante esa decisión, decidieron también bajar a la ciudad de Guayaquil en busca del presidente Lenín Moreno y exigirle la derogatoria del Decreto 883.


El solo anuncio de esta decisión de los comuneros indígenas creó pánico en las filas del partido socialcristiano que decidió armar a toda prisa una contramarcha en la ciudad de Guayaquil en contra de la Conaie, y de todas las organizaciones sociales. Para hacerlo, acudió al discurso del racismo: “Que se queden en el páramo”, fue la expresión que utilizó en esa coyuntura Jaime Nebot, líder socialcristiano y su candidato a la presidencia en las elecciones del 2021. En este momento pudo comprenderse que la derecha política no tenía ningún discurso de país y que no había entendido nunca la complejidad de la sociedad ecuatoriana atravesada por diversidades de todo tipo. Quizá sin proponérselo y por falta absoluta para comprender la coyuntura, el partido socialcristiano fue a contracorriente y se desgastó de una forma tan profunda que comprometió radicalmente toda posibilidad electoral futura.


En estas condiciones, y a medida que pasaban los días, con un gobierno sin atinar con un libreto para asumir la rebelión popular, la gestión de la crisis queda por entero a cargo del Ministerio de Defensa que, acorde con un accionar digno de la Doctrina de la Seguridad Nacional articuló una estrategia bélica con una violencia inusitada que trasgredió las líneas rojas de los derechos humanos básicos. En menos de una semana el panorama se había complicado de tal manera que el Gobierno no atinó a desplegar ninguna estrategia política que no fuera aquella de la violencia y el terrorismo de Estado, acercándose de forma peligrosa a crear un vacío político en el sistema de representación política.


Ver enemigos donde no los hay. Lo que entrampó al régimen en sus propios errores y que extendió de forma innecesaria el conflicto por tantos días fue la creencia en la teoría de la conspiración como fuente y alimento de la rebelión popular. En efecto, el Gobierno asumió e inscribió a la resistencia social dentro de las coordenadas de la teoría de la conspiración. Se inventó el expediente que todo estaba armado desde los oscuros designios de sus acérrimos enemigos y que era víctima de un complot internacional; un discurso que políticamente le restó toda posibilidad de maniobra y le cerró todo espacio de negociación posible.


Por su parte la sociedad toda, aunque con protagonismo muy especial de los indígenas, levantaban banderas de dignidad y paz. Ya eran más de diez días de movilización social donde mujeres y hombres de todas las edades, profesiones y oficios ocupaban las calles de sus ciudades. Cuando el levantamiento social entraba en su duodécimo día, y el movimiento popular estaba cada vez más fuerte y más decidido a ir hasta las últimas consecuencias, y los minutos de la permanencia del presidente Lenín Moreno en el poder prácticamente estaban contados, este tuvo que ceder y, finalmente, derogar el Decreto 883. Al hacerlo, asumía que ninguno de sus discursos le sirvió para frenar la rebelión popular y, de esta forma, pudo salvar in extremis su permanencia en el gobierno.


Gobierno indigno


Fue una derrota sin concesiones, transmitida a nivel nacional y mundial, y que presentó al movimiento indígena como el referente más importante en la resistencia en contra del neoliberalismo. Pero fue una derrota sin capacidad de heurística para el Gobierno, que considera que el cumplimiento con el FMI es más importante que sus propias condiciones de gobernabilidad. En efecto, a pocos días de su derrota y ante el acontecimiento más importante generado por la sociedad ecuatoriana en sus últimas décadas, el Gobierno cumple de forma puntillosa con el FMI y envía varias reformas a la Asamblea Nacional que implican el estrangulamiento del presupuesto público para los sectores de salud, educación y bienestar social, a la vez que obedecen la condicionalidad del FMI de la independencia del Banco Central e incrementa e impone nuevos impuestos a la sociedad. No solo ello, sino que también reitera su voluntad de volver a emitir un nuevo Decreto muy parecido al 883 pero esta vez con estrategias de compensación para los más pobres.


A estas decisiones se suma una cacería de brujas en contra de todas las organizaciones sociales que acompañaron al movimiento indígena, en una represión sin antecedentes en la historia reciente del país, represión complementada con una intensa campaña de desprestigio de los líderes de la rebelión de octubre, orquestada por los grandes medios de comunicación y por los think tanks neoliberales.


Con persistencia en su diseño original, el régimen pretende recuperar la hegemonía perdida por la vía de la violencia, la criminalización, la impunidad, la instauración de un régimen en el cual cualquier opinión ciudadana puede ser fácilmente judicializada, y el acoso mediático de los grandes medios de comunicación sobre los líderes sociales.


Parlamento de los Pueblos


Es en este contexto que el movimiento indígena ha convocado a la conformación del Parlamento de los Pueblos, como una expresión que nace y que, al mismo tiempo, da continuidad política a la rebelión de octubre, para diseñar un nuevo modelo económico y social, cuyas coordenadas sean la democracia, la paz social, la estabilidad, la justicia, la equidad, y una forma de vida armónica con la naturaleza y con la sociedad, la misma que los indígenas denominan Sumak Kawsay, la vida en plenitud. De esta forma, se convierten en el polo contrahegemónico más importante del país, y están absolutamente convencidos que, a pesar de la difícil coyuntura, el futuro les pertenece por entero.

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El inolvidable Octubre 2019: El retorno de la victoria ancestral. La Caja de Pándora

Octubre, el mes de la resistencia de los pueblos ancestrales en contra de la colonización y neocolonización, y por la construcción de la otra historia, esta vez coincidió con un estallido social que concitó a las mayorías ecuatorianas, desmnudando la catadura del régimen existente. Las impresiones derivadas del mismo son múltiples y con luces diversas.

 

Lo que no esperaban recorrió el país con fuerza de huracán. Energía, presión contenida tras más de una década de judicialización y criminalización de la lucha social y la disidencia política perpetrada por la estrategia correísta-progresista en contra de la resistencia de los pueblos opuestos a su proyecto de modernización conservadora.

Inconformidad latente con la cual choca el paquete económico neoliberal del gobierno de Moreno, el que sin medir de manera adecuada el ambiente social y político dominante en toda la sociedad ecuatoriana, con el Decreto 833, que incrementa el precio de la gasolina y el Diesel e incrementa las tarifas del transporte público, libera la energía social de la ira popular; respuesta de mayorías a la coacción de un capitalismo salvaje sobre la vida humana y natural.


La respuesta social ante el Decreto de marras, el llamado al paro nacional y al levantamiento indígena por parte de las organizaciones sociales, fue rebasado por lo que Benjamín denomina la violencia divina*. Se refiere así a un estallido popular cuya fuerza es una respuesta violenta a la violencia simbólica y sistémica del capital, una energía social que trasciende las demandas concretas y justas de los pueblos.


La característica principal de la violencia divina es que no es medio para ningún fin, es simplemente expresión de la inconformidad que destruye lo fundado. A pesar de ello, las organizaciones sociales encauzaron el estallido, resolviéndolo en la mesa de diálogo que exigieron a Moreno.


Es esta violencia divina la que el Gobierno y sus aliados, de manera cínica e hipócrita, descalifican como actos vandálicos y de saqueo. A la luz de la historia reciente es oportuno preguntar de dónde proviene el saqueo y el vandalismo: ¿Acaso la sucretización de la deuda privada en 1983, el feriado y salvataje bancario en 1999 y la corrupción correísta entre 2007 y 2017 no es violencia y saqueo a su máxima expresión? ¿Acaso la política extractivista que han implementado las élites gobernantes en toda la historia del país no es expresión de una violencia extrema del capitalismo en contra de la humanidad y la naturaleza? Ante esta historia de violencia estructural, la ira social no solo es comprensible, sino que se justifica. La respuesta enérgica de los pueblos en contra de la violencia del capitalismo y sus agendas políticas cada vez más salvajes, es parte de la historia de resistencia planetaria; es evidente en las protestas de los Chalecos amarillos de Paris 2018, en las protestas de Hong Kong 2019, en las actuales protestas de Haití, Barcelona y Chile, solo para citar algunas protestas de las escenificadas a lo largo de de los últimos dos años.


Es en estas circunstancias que dos hechos fundamentales lograron articular la protesta social para conquistar la victoria: 1) la presencia del pueblo Sarayaku, cuya autoridad simbólica reside en la autonomía de su proyecto de vida, que no busca disputar la administración del Estado, sino luchar por la construcción de una vida distinta en el marco del kawsak sacha –la selva libre–. 2. La marcha de las mujeres convocada por Blanca Chancoso, histórica dirigente indígena, que congregó una inmensa presencia femenina en las calles de Quito en rechazo de la represión estatal. Esta voz femenina no eligió al Estado ni sus símbolos como interlocutor de su demanda, sino que interpeló a la sociedad quiteña a unirse en contra de la violencia patriarcal, desatada por la declaratoria del estado de excepción.


La resistencia y lucha de la razón ancestral


Como resaltó tres décadas atrás, en resistencia que posicionó a los pueblos ancestrales como el actor histórico principal de los procesos de resistencia y transformación social que conoció nuestra región continental, de nuevo el movimiento indígena se constituye en el eje de la lucha en contra del renovado ciclo neoliberal en América del Sur y, por qué no decirlo, del continente.


Es así como en los días que corren, se produce un retorno de la lucha social liderada por los pueblos ancestrales en contra del capitalismo neoliberal, que además supone un salto y continuidad en su lucha contra el progresismo conservador. Frente a la violencia de la razón capitalista surge la resistencia y lucha de la razón ancestral, que se muestra con claridad en los pueblos indígenas pero que mora en toda la humanidad, en su camino de humanización articulada al respeto de la naturaleza. En el caso particular del Ecuador, son los pueblos ancestrales el fundamento cultural de nuestra sociedad, en ellos radica el mayor patrimonio de nuestro país y la fuerza telúrica de la resistencia anticolonial y anticapitalista. Las raíces de la sociedad ecuatoriana se hunden en la historia precolombina, de allí emerge su posibilidad de futuro.


La enseñanza de mujeres y jóvenes


En estas movilizaciones, además del movimiento indígena, protagonista principal de la lucha, y de las organizaciones de trabajadores, resaltó la presencia refrescante de las mujeres organizadas, como de las no organizadas, y de los jóvenes que en estas jornadas se bautizaron en la lucha política. Estos dos actores abrieron nuevas y emergentes formas de organización de la resistencia social, que plantean alternativas a las viejas estructuras de la izquierda, cooptadas por la razón de Estado, y que hoy frenan la resistencia social por su marcado conservadurismo y patriarcalismo. Estas nuevas formas, aún en ciernes, expresan otra manera de enfrentar al sistema, donde no se pospone la construcción de nuevas relaciones sociales a la espera de la instauración de un nuevo sistema. Estas nuevas relaciones están ligadas al cuidado, a las experiencia cotidiana, a los afectos, a la horizontalidad; se tejen en el aquí y ahora de la lucha. Esa es la enseñanza que nos dejan los jóvenes y las mujeres y esa ya es una inmensa victoria.


En contra y más allá de las dos estrategias capitalistas dominantes


El movimiento indígena y el resto de sectores sociales protagonistas de la resistencia y la lucha en contra de las directrices económica neoliberales, lograron establecer una línea autónoma respecto del gobierno neoliberal y los grupos de la derecha nacional y, también, respecto del progresismo conservador correísta. Una línea de autonomía que no solo se disputó y triunfó en el país, sino que logró establecer una diferencia clara en el contexto de la geopolítica regional.


Es fácil observar que en el conflicto político desatado en Ecuador, a lo largo de la primera quincena de octubre, se disputaba un conflicto mayor, que incluso rebasa el ámbito regional, y que tiene como ejes de disputa: por un lado, la línea tradicional del capitalismo neoliberal de la derecha alineada con el FMI y al Estado norteamericano en el eje occidental, al cual se articulan gobiernos latinoamericanos como los de Argentina, Brasil, Colombia, Perú y Chile. En el otro lado se encuentra la línea del progresismo conservador alineado con la agenda del capitalismo ruso-asiático, que administró la mayoría de los Estados de SurAmérica y que hoy se encuentra en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y México.


Esas dos estrategia del capitalismo disputaban sus proyectos en el conflicto social desatado en Ecuador. Las estrategias utilizadas por unos y otros pretendían utilizar y sofocar el levantamiento autónomo de los pueblos para beneficio de sus propias agendas. El correísmo progresista buscaba apoderarse de las demandas de los pueblos para conseguir la destitución de Moreno y hacerse de nuevo con la administración del Estado, y así tapar sus actos de corrupción y saqueo de los recursos de la sociedad que perpetraron en su época de gobierno; y abrir de nuevo las puertas para el retorno del progresismo conservador en el subcontinente. Por su parte el gobierno de Moreno buscaba deslegitimar la protesta social al articularla con el correísmo, imponiendo de esta manera la política fondomonetarista, en complicidad con los grupos económicos más poderosos nacionales y transnacionales, con la derecha política socialcristiana –con quien ha gobernado durante dos años– y la derecha ideológica que intenta manejar la economía del país.


Sin embargo, la fuerza de la movilización social fisuró la disputa entre dos versiones del capitalismo y abrió el espacio de la autonomía de la lucha a los pueblos, que no disputaban el control del Estado, sino que enfrentaban el modelo neoliberal y con éste, el capitalismo. Así, los grandes perdedores en estas jornadas de lucha fueron: el Estado, el Gobierno, los socialcristianos –punta de lanza de la derecha tradicional–, los correístas, punta de lanza de la derecha progresista, y los medios hegemónicos de comunicación.


Tres grandes contradicciones


Los momentos críticos vividos por cualquier sociedad sacan, lo a flote lo mejor y lo peor de la misma. De lo mejor, ya hemos visto algunos aspectos, y de lo peor, fluyeron tres grandes contradicciones las mismas que articulan desde tiempo atrás a la sociedad ecuatoriana: el racismo colonial, la desigualdad clasista y el segregacionismo campo-ciudad.


Son estas contradicciones las que obligan al conjunto ecuatoriano a pensarse honestamente como sociedad y dejar de promulgar una falsa identidad nacional, una ciudadanía moderna, un tramposo interés general que no existe y menos aún en este país con un Estado aún colonial.


Contradicciones latentes. En medio de la resistencia de los más contra los menos, saltaron las minorías blanqueadas del país, tanto de Guayaquil y sobre todo de Quito, a condenar los “actos vandálicos de los indios”. Las élites guayaquileñas en la voz de Nebot abrieron su juego profundamente racista con la detestable frase que “los indios se queden en los páramos porque a su ciudad no entran”. Con ello no solo se deslindaron del mundo indígena, sino de la región de la Sierra y la Amazonía e incluso, del profundo pueblo costeño de origen ancestral, montubio y negro. La “blanquitud” quiteña, aliada de las cámaras empresariales y de los grandes medios de comunicación hegemónicos, salió a la defensa de la “franciscana ciudad de Quito”, de su patrimonio histórico y de su “hermoso” urbanismo, en contra de los “indios salvajes” que viene a “su” ciudad sin invitación. Se horrorizan, lloran, patalean por los daños perpetrados en “su” ciudad, pero nunca lanzaron una sola lágrima ni queja cuando sus empresarios y sus gobiernos acaban con la biodiversidad de los páramos, de las fuentes de agua, de la Amazonía destruyendo con ello los territorios de los pueblos ancestrales, dejándoles con tierras, agua y aire envenenados.


Son las mismas minorías blanqueadas que nunca protestan ni sufren cuando las corporaciones de constructores levantan edificios sin importarles dejar sin espacios verdes a la ciudad, sin cuestionarse por el aumento de vehículos que colapsan el tránsito y el aire. Nunca se quejan de que las comunidades aledañas a Quito sean despojadas de sus territorios por las constructoras, en complicidad con el gobierno municipal. No lloraron cuando destruyeron el patrimonio arqueológico para hacer el túnel del metro de Quito. No, no les duele su ciudad, les molesta que los dueños ancestrales de estas tierras vengan a “ensuciar” su proceso de blanqueamiento; les molesta que les recuerden que no están en Europa ni Estados Unidos, que no son ciudadanos del primer mundo al que su necio arribismo les hace desear.


Las victorias


Tras dos años de un gobierno de espaldas a las necesidades y deseos de diversidad de sectores sociales, y con la resaca de un correísmo negado a la protección de los territorios ancestrales y a la participación libre y deliberativa del descontento social, en solo 13 días de intensa lucha decidida, colectiva y solidaria, se logró revertir la realidad, dejando desnudo al poder formal.


Es así como de la primer quincena de este inolvidable octubre, emana una victoria simbólica y política para el movimiento indígena y las organizaciones sociales que lo acompañaron. La victoria política se manifiesta en la recomposición de la resistencia indígena y popular con autonomía del gobierno neoliberal y del progresismo conservador; en la convicción de que es posible resistir y frenar al neoliberalismo; en la presencia de nuevos y refrescantes actores sociales.


La victoria simbólica se expresa en el establecimiento de un diálogo de cara a la sociedad nacional y mundial pocas veces visto y que deja una enseñanza de transparencia política al mundo; en la presencia sin intermediación de los pueblos indígenas en la mesa de diálogo, afirmados en su diferencia y en su capacidad de pensar no solo sus nacionalidades, sino de pensar a la sociedad ecuatoriana en la mayoría de su composición social y cultural; en la participación indispensable de las mujeres en todo el proceso de la lucha que nos dice que sin nosotras no hay posibilidad de transformación; en la participación de los barrios de los sectores populares y de algunos sectores medios de Quito, y en el apoyo y acogimiento por parte de varios sectores de la ciudad, entre ellos las universidades, de los pueblos indígenas que arribaron a la misma y, por último, en la gran minga llevada a cabo para arreglar y limpiar la ciudad, escenario de la protesta, donde convergieron los pueblos indígenas y los habitantes de Quito, en una actitud de responsabilidad y cuidado pocas veces vista.


Tres luchas antisistémicas


Lo que tuvimos por todo el país fue una inmensa movilización, un alzamiento por la vida, un proceso de resistencia en el que convergieron las tres luchas antisitémicas: la antipatriarcal, la anticolonial y la anticapitalista. Si bien la última fue la que articuló esta vez la lucha en contra del modelo económico fondomonetarista, las otras dos fueron claves para consolidar la derogatoria del Decreto 883, punta de lanza de las políticas de ajuste.


La dirección del movimiento indígena como actor principal de esta intensa jornada en contra del paquete económico gubernamental cualificó la lucha anticapitalista con la fuerza de la resistencia anticolonial de los pueblos ancestrales. Este hecho amplia la lucha anticapitalista más allá de la discusión sobre el modelo económico y la hace bordear con la discusión del modelo civilizatorio, lo cual es muy importante para cuestionar las coordenadas impuestas por el paradigma del progreso, el crecimiento económico y el desarrollo como verdades del capitalismo, así como de la Modernidad; lo que pone de manifiesto no solo el modelo económico neoliberal, sino el modelo productivo y energético extractivista que está destruyendo a los pueblos, sus territorios y la naturaleza que los acoge.


Por su parte, la presencia de las mujeres y de lo femenino en general en las labores del cuidado, del abrigo, del sostén emocional, de la sanación; no detrás de…, sino en el centro de la lucha, fue fundamental para entender que el capitalismo se lo ejerce desde el mando patriarcal en contra de la vida social y natural. Se entiende con esta experiencia que la lucha anticapitalista es posible solo si es también antipatriarcal y anticolonial, que no hay privilegio ni primacía de una lucha sobre las otras, que su centralidad como lucha articuladora depende del contexto de la resistencia.


Construir el hecho histórico


La lucha como acontecimiento fue una victoria de los pueblos, ahora empieza la lucha por la victoria en la construcción del hecho histórico. De parte del establecimiento harán todo lo posible por despojar de la palabra que dote de sentido el acontecimiento como victoria de la humanidad sobre el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. Desplegarán, de parte de la derecha ideológica neoliberal, una estrategia discursiva racista, clasista y machista para imponer su relato ideológico neoliberal que acusa al mundo indígena de violentos y salvajes; a la par que, de parte de la derecha ideológica progresista acusan al mundo indígena de incapaces, ingenuos y manipulables.


El triunfo fue sobre el terreno, ahora, en lo mediático, comunicativo, educativo, en el relato cotidiano, tratarán de revertir su derrota. Esta victoria, que es de todas y todos, no puede perderse en ese interregno, en el cual también el conjunto nacional debe estar presente, para cerrarle el paso a ese poder destructor que niega lo diferente, la memoria y los sueños colectivos. En este, como en otros escenarios, los pueblos tejen sus propios caminos, que tejen su memoria y su autonomía.

 

* Benjamín, Walter, Tesis de la filosofía de la historia, www.anticapitalistas.org/IMG/Benjamin–TesisDefilosoFiaDeLaHistoria.pdf

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Iván Márquez anuncia que la disidencia de FARC retoma la lucha armada en Colombia

El guerrillero, que había participado en las negociaciones de paz con el Gobierno de Juan Manuel Santos, anunció este jueves que ha iniciado la "nueva Marquetalia", en referencia al lugar de nacimiento del grupo armado hace medio siglo.

El disidente y prófugo de la justicia, Iván Márquez, informó este jueves que una parte de los excombatientes desmovilizados por el acuerdo de paz, firmado en 2016 con el Gobierno de Colombia, se han reagrupado para tomar las armas y continuar "la lucha guerrillera".

"La rebelión no es una bandera derrotada ni vencida", dijo Márquez en un video divulgado en redes sociales en el que aparece junto a hombres y mujeres armados con fusiles, entre los que se encontraban Seuxis Paucías Hernández Solarte, conocido como 'Jesús Santrich', y . "Buscaremos coordinar esfuerzos con la guerrilla del ELN y con aquellos compañeros y compañeras que no han plegado sus banderas", agregó.

El ahora líder de las disidencias alegó que retomarán las armas con miras "a la paz cierta, no traicionada". "Estamos trabajando desde abajo y con los de abajo por el cambio político y social", indicó Márquez, quien dejó de comparecer ante los mecanismos establecidos tras la firma del pacto con el Gobierno de Juan Manuel Santos.

El guerrillero, sobre quien pesa una orden de captura, advirtió que la nueva insurgencia no seguirá "operando en las profundidades de la selva" y agregó que el objetivo del grupo armado es "la oligarquía excluyente y corrupta".

El pronunciamiento llega a pocos días que se cumplan dos años del nacimiento del Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC), el partido fundado por los exlíderes de la guerrilla desmovilizada.

Mensaje a policías y militares

Uno de los puntos en los que insistió Márquez fue en su mensaje a los policías y militares en Colombia que "no quieren seguir siendo utilizados por políticos dementes como gatillo de los falsos positivos". Aseguró que no serán objetivo de la agrupación guerrillera, pero advirtió que responderán ante cualquier "ofensiva".

Otra de las políticas que, según Márquez, dejarán de practicarse en las filas de la guerrilla reagrupada serán los secuestros: "desmarque total de las retenciones con fines económicos, priorizaremos el diálogo con empresarios, ganaderos, comerciantes y la gente pudiente del país, para buscar por esa vía su contribución al progreso de las comunidades rurales y urbanas", sostuvo.

En junio pasado, Márquez fue despojado de su investidura como congresista y la Jurisdicción Especial para la Paz abrió un incidente de verificación de incumplimiento. Caso similar ocurrió con Santrich, quien se ausentó del mecanismo de justicia transicional ante el tribunal que lo citaba por un caso de retención ilegal de personas; el 11 de julio se emitió la circular roja de Interpol en su contra.

En una entrevista con Efe, Rodrigo Londoño, actual presidente del partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC), dijo que tanto 'Santrich' como el excombatiente Iván Márquez quedaron a un lado del "carro de la historia de la construcción de la paz de Colombia" por su deslinde del acuerdo de paz.

"La paz traicionada"

Márquez, quien ahora lidera esa fracción de la disidencia, hizo un recuento histórico de las "traiciones" que, a su juicio, la "oligarquía colombiana" ha hecho a los procesos revolucionarios para concluir que "desde el desarme ingenuo de la guerrilla a cambio de nada, no cesa la matazón".

"En dos años, más de 500 líderes y lideresas del movimiento social han sido asesinados, y ya suman 150 los guerrilleros muertos en medio de la indiferencia y la indolencia del Estado", apuntó.

Publicado: 29 ago 2019 09:39 GMT | Última actualización: 29 ago 2019 10:37 GMT

 

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Iván Márquez anuncia disidencia Farc

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Lunes, 25 Junio 2018 09:13

La rebelión de los phatos

La rebelión de los phatos

Inducidos a proceder como animales, como patos, negados en su derecho a la protesta, miles de ciudadanos bogotanos resisten a una campaña de control anti-evasiva. Motivados por varias fallas del sistema de transporte público conocido como Transmilenio, los phatos resisten desde décadas atrás.

 

Van a ser la cinco de la mañana, algunas personas invaden el ambiente con sus perfumes y otras dejan entrever el cansancio en sus caras todavía adormecidas; el Transmilenio que los llevará a su lugar de trabajo aún no llega. Todavía no asoma el alba en el portal de El Dorado, donde continuas corrientes de aire frío lo cruzan de punta a punta.

 

Al frente de la parada, la calle 26 en su sentido oriente-occidente, un largo muro de tubos metálicos de 1.80 metros de altura, bloquean el paso de la calle hacia las instalaciones del portal. Varios hombres saltan el muro apoyándose sobre las cabezas de los tubos. Las mujeres, por su parte, caminan menos de una cuadra hacía donde termina el muro, lo pasan sin ningún inconveniente.

 

Todas las personas que esperan el articulado observan por lo menos una docena de phatos que se colaron al sistema en menos de 10 minutos; un vigilante miró la acción, y sin reacción alguna prosiguió en la charla que lo distrae. Ese vigilante. como todos los demás funcionarios del sistema, no saben que desde el inicio de operaciones hasta su final, una rebelión empieza su curso en los nueves portales del sistema Transmilenio y en las casi 150 estaciones que lo integran.

 

Un método contraproducente

 

No les dio resultado. Bajo los lemas: “Si hay colados todos pagamos el pato” o el “el pato paga”, enarbolaron en los medios oficiosos de comunicación, con publicidad dentro de los buses articulados, y en las estaciones, una campaña que in-justifica una acción de protesta induciéndola a una acción animal. En las estaciones y portales del sistema, carpas con personal policial o alguna persona disfrazada de pato, encarnan una disputa que desde el mes de abril de 2017, Transmilenio S.A., en alianza con la Secretaría Distrital de Seguridad, Convivencia y Justicia y la Policía Metropolitana, implementan.

 

La meta de la campaña es lograr que los ciudadanos dejen de justificar a los evasores y empiecen a tomar una posición activa de rechazo de tal práctica. Pero la campaña no encuentra aceptación. Su principal error fue encasillar a los evasores como animales y no como seres humanos que evaden el sistema impulsados a ello por las afujías económicas que agobian a miles de habitantes de la capital del país, o simplemente como rechazo por el mal servicio que presta la empresa.

 

Alusión filosófica. Aristóteles, en su libro Retórica, nos dice: “De los argumentos procurados por el discurso hay tres especies: unos residen en el comportamiento del que habla; otros, en poner al oyente en una determinada disposición; otros, en el propio discurso, por lo que demuestra o parece demostrar”. A los argumentos del comportamiento los llama “ethos”, a los relacionados con los oyentes “pathos” y a los que convencen por el propio discurso “logos”.

 

Los argumentos relacionados al “phatos” están ligados a los sentimientos, a las pasiones o a los estados de ánimo que bien se podrían categorizar en las pasiones del dolor, y las del placer, y son las causantes de que el ser humano cambie de juicio. En palabras de Aristóteles: “por los oyentes: cuando se ven inducidos a un estado de ánimo por el discurso. Pues no tomamos las mismas decisiones afligidos que alegres, ni como amigos, las mismas como enemigos”.

 

En este sentido, es probable que los discursos utilizados por la campaña de Transmilenio lograran un efecto contrario al pretendido con la ciudadanía. El periódico desdeabajo envío un formulario vía internet a Catalina Hoyos –gerente del proyecto y de la campaña–, para conocer los resultados de la campaña y su trasfondo.

 

Ante la pregunta ¿Qué resultados ha dado la campaña de prevención ‘Todos pagamos el pato’?, Catalina Hoyos respondió: “En la fase I: todos pagamos el pato, se refuerza el imaginario de la sanción moral. En la fase II: el pato paga, refuerza la norma mediante el Código Nacional de Policía.

 

La estrategia de la campaña se encuentra reforzada con una medición de encuesta realizada a 684 personas entre los meses de marzo, junio y julio de 2017. Con la encuesta le preguntaron a las personas: Si usted se colara en Transmilenio qué sentiría: culpa, miedo o vergüenza. Es claro, la encuesta devela los tres discursos que buscan generar tres emociones negativas, ligadas al dolor, donde el objetivo es que los futuros colados interioricen esas pasiones y no evadan el sistema.

 

Miremos como opera cada discurso en el manejo de estas emociones


La culpa: ¿Cómo afecta la culpa el colado al sistema? Por medio de publicidad y ayuda de medios de comunicación nos dicen que el fenómeno de la evasión le genera grandes pérdidas económicas al Sistema Transmilenio. Los colados aumentan la necesidad de generar transferencias por parte del Distrito para evitar un mayor déficit en la operación, lo que impide que los recursos que salen de los bolsillos de los bogotanos puedan invertirse en mejorar la calidad del servicio.

 

La vergüenza: se trata de que quien evada el pago del sistema de transporte, llegue a sentir vergüenza. Para ello la propaganda difundida por todo el sistema, más los medios masivos de comunicación, enfatizan en el daño que hace al sistema la evasión, medios que rechazan al mismo tiempo las acciones de inconformidad ciudadana y legitiman el control gubernamental de la no protesta. Se motiva, al mismo tiempo, el apoyo al personal de la empresa de vigilancia contratada por Transmilenio S.A. Al mismo tiempo, la Policía Metropolitana apoya o verifica, de forma aleatoria y con ayuda tecnológica, las tarjetas de ingreso al sistema, para establecer las validaciones de pago de pasajes.

 

El miedo: el pato paga, lo que Catalina llama reforzar con la norma (Código Nacional de Policía), estuvo acompañada con el propósito de continuar combatiendo los colados en el Sistema de Transporte Público de Bogotá. Para tal propósito, la Secretaría Distrital de Seguridad, Convivencia y Justicia; la Policía Metropolitana de Bogotá y Transmilenio S.A. pusieron en marcha, en ocho Portales del Sistema, la medida de cursos pedagógicos para infractores. Además de la multa que asciende a $196.720 pesos, quienesingresen al Sistema Transmilenio sin pagar su pasaje, son trasladados por la Policía Metropolitana a las carpas habilitadas para dictar los cursos pedagógicos que contempla el Código de Policía y Convivencia, cuando se comete este comportamiento contrario a la convivencia.

 

El discurso de la campaña “Si hay colados, todos pagamos el pato”, está basado en miedo, vergüenza y el estigma de ser juzgado como un mal ciudadano, pues si usted se cola será multado con dinero, será considerado como un ciudadano sin cultura, culpándolo, además, por la falta de presupuesto para que el sistema pueda arreglar la infraestructura y el servicio.

 

La acción en masa, diaria, de no pago, por parte de miles de usuarios, se convierte en una rebelión. Esta campaña no ha funcionado, si usted es un asiduo pasajero de Transmilenio o pertenece a la rebelión de los phatos, verá diariamente a miles de personas que evaden el sistema de distintas maneras, lo que podría verse como una forma de resistencia y de protesta ante los discursos de control y persuasión opresiva que emite el sistema. Una protesta que nace desde una inconformidad individual contra un sistema de transporte inequitativo puede evadir, como es en este caso, cualquier campaña de desprestigio.

 

La revuelta de los miserables

 

En el cuestionario dirigido a la funcionaria de Transmilenio, tratando de entretejer y develar esta rebelión que se prolonga en el tiempo, también preguntamos:

 

da. ¿Qué simboliza el animal Pato en la campaña?
CH. Es el Pato Patán. Un personaje al que no le importa transgredir las normas dentro del Sistema.

 

La campaña anti evasión se convierte en una estrategia fallida porque considera al ciudadano que evade el pago del servicio como a un animal sin la facultad de la interpretación, pero la reacción, al final, es todo lo contrario, pues el pato pertenece a la misma familia del ganso, y como Aristóteles nos dice en su libro Investigación de los animales, los animales presentan diferencias relativas al carácter […] así mismo, unos son astutos y malvados como la zorra; otros esquivos y cautos como el ganso; otros envidiosos y presumidos como el pavo real. Pero el hombre es el único animal capaz de reflexión. Muchos son los animales que poseen la facultad de la memoria y el aprendizaje; sin embargo, sólo el hombre es capaz de recordar. Y recordar es lo que hacen los miles de phatos todos los días, antes de ser inducidos a convertirse en “patos”.

 

Jaime Sánchez, estudiante de gastronomía en el Politécnico Internacional y jefe de cocina de la panadería El Trigal, demuestra su elasticidad cada vez que corre por la calle 80 y con mucha agilidad, yde un solo impulso, ya está colado sobre la puerta de la estación Minuto. “Yo me colo con orgullo, sino tuviera que trabajar 12 horas diarias para pagar el millón doscientos mil pesos mensual para pagar mi estudio no me colaría, pero como son $4.600 pesos diarios que me equivalen al 15% de mi sueldo al mes, me parece injusto pagar ese porcentaje por un transporte pésimo”.

 

La calle 80 también es un motivo justificable de recordación para los phatos, puesto que allí, un domingo 26 de agosto de 2001 se realizó el primer bloqueo contra Transmilenio. Estando Bogotá dominada por los buses piratas, con más de 400 rutas ilegales, Transmilenio no suplió las necesidades de transporte. Como lo data el dominical de El Tiempo de la fecha en mención, cerca de 100 personas taponaron la estación de la calle 80 con Av. 68 en protesta por sobrecupo y mal servicio (Ver imagen 1).

 

Pero esta realidad de los colados, no es un fenómeno reciente, como lo hacen ver determinados medios de comunicación, expertos en movilidad y las directivas de Transmilenio. El problema de un servicio paupérrimo, carísimo e injusto, con su falsa promesa de que mejorará, lleva 17 años y los phatos vienen protestando desde el 2001.

 

La edición de El Tiempo de mayo 19 de 2002, contó que la Secretaría de Tránsito en marzo de 2002 hizo la propuesta de bajar las tarifas que cobran a los usuarios, basada en los resultados de un estudio que contrató esta entidad con el CED de la Universidad de Los Andes. Dicho informe demostró que los pasajeros estaban pagando más de la cuenta por un servicio lleno de fallas y mala calidad. Nada ajeno a una realidad en la cual el problema de los altos costos de la tarifa se prolonga 16 años después de identificado, y en donde la alcaldía de Enrique Peñalosa incrementó la tarifa en 500 pesos en solo 3 años. Por lo demás, tarifas diferenciales, como a las que debieran tener derecho estudiantes y adultos mayores, brillan por su inexistencia.

 

ES una realidad que se prolonga. Las malas administraciones no han dado tregua a los millones de usuarios del sistema con su salvaje gestión y los phatos han respondido con su resistencia. La rebelión se justifica cuando, por ejemplo, una madre soltera que gana el salario mínimo –781.242 pesos– y realiza dos viajes diarios durante todo el mes –138.000 pesos equivalente al 17 por ciento de su salario–, evade el pasaje para pagar sus deudas o alimentar a sus hijos.

 

José Rincón*, funcionario del sistema, vive la rebelión todos los días en la estación de calle 57, mientras se para en los torniquetes de entrada y salida. Validando los pasajes y siendo también guía de rutas de viaje, con el pelo crespo y unas gafas de montura delgada, le dice a cada phato que encuentra en rebelión: “vecino, valide el pasaje”, y a la par cuenta: “Yo los veo; cuando se cola uno y empieza una reacción en cadena”, trato de llamarles la atención, y les reclamo que deben validar el pasaje, ante lo cual no es raro que me digan, como lo hizo con coraje un phato hace poco: “caballero, no le llene los bolsillos a los que tienen plata”.

 

El abuelo del Transmilenio

 

La ineficiencia de la alcaldía, mal servicio, tarifas carísimas, sistema mal diseñado, son más que evidentes en el caso que nos ocupa, mucho más si un problema tan básico como la congestión que se vive en Transmilenio no ha sido solucionada tras 2 décadas de reclamos. Y hablando del tiempo, nos podemos remontar al ‘abuelo’ del Transmilenio, y demostrar cómo fueron las emociones, y en consecuencia los phatos originarios de la primera huelga de tranvías en Bogotá, contada por el Diario Gráfico Mundo al Día un 21 de abril de 1924 (Ver imagen 2).

 

La humillación al trabajador y las pasiones negativas ligadas al dolor conllevaron a la huelga. Era un lluvioso abril de los años 20 del siglo XIX, y en principio los conductores de los tranvías habían firmado un memorial contra el Superintendente del tranvía, de origen español, Emilio Castillo y García. “Ellos decían que la principal causa era el carácter violento del señor Castillo y el mal trato que les daba”.

 

A la siguiente nómina cuarenta y cinco conductores fueron destituidos, todos ellos habían firmado el memorial contra Castillo. Al enterarse del despido “a las tres de la tarde la línea de Chapinero estaba casi paralizada” y en medio de la huelga el superintendente terminó disparando un fatal proyectil a la sien del joven conductor Plinio Cárdenas. A la huelga se sumaron estudiantes, obreros y simpatizantes, quienes marcharon hasta la plaza de Bolívar donde atronaron el espacio con gritos similares a los abuelos de la independencia: “¡Abajo los chapetones!” “¡Muera España!”

 

La huelga de tranviarios terminó con un acta firmada con el Ministerio de Industrias, donde los empleados sustituidos conservaban sus puestos, no habría represalias por el paro y se hizo la destitución y arresto del Superintendente Emilio Castillo y García.

 

Una realidad de ayer y de hoy, del pasado lejano y del presente. Inducidos los ciudadanos por las fallas del sistema, y por la ineficacia de sus instituciones, presionados a pensar como animales, para renegarlos a las pasiones del dolor, distintos phatos se rebelan demostrando que la audacia, la alegría, la añoranza y el placer están por encima de los que creen y piensan que controlan al ser humano opacando su derecho a la protesta y a la organización.

 

Yo también me he colado, yo también soy un phato.

 

* Nombre de la persona y de la estación cambiado a petición de la fuente.
Retórica, Aristóteles. pp. 53–54. Traducción Alberto Bernabé Alianza Editorial. 2007.
Investigación sobre los animales, Aristóteles p. 48. Traducción Julio Pallí Bonet. Editorial Gredos. 1992.
Diario Gráfico Mundo al Día (21 de abril de 1924).
El Tiempo (19 de mayo de 2002).
El Tiempo (26 de agosto de 2001).

Publicado enEdición Nº247
Lunes, 28 Noviembre 2016 14:53

“Los límites del progresismo”

“Los límites del progresismo”

Los progresismos se consolidaron en el gobierno luego de una década de convulsiones sociales en América Latina: el Caracazo en Venezuela (1989), Inty Raymi en Ecuador (1990), o la Guerra del gas en Bolivia (2003), para citar tres ejemplos. ¿Por qué estos movimientos poderosos creyeron que la opción liberal de la democracia representativa era la solución? Esta es la pregunta que el texto Cambiar el mundo desde arriba. Los límites del progresismo de Raúl Zibechi y Decio Machado, busca desentrañar para encontrar las razones por las cuales potentes rebeliones terminaron reconducidas hacia la gestión de lo estatal.

 

Cambiar el mundo desde arriba. Los límites del progresismo, este texto desnuda los límites políticos, ideológicos y económicos de los llamados gobiernos progresistas, caso Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina y Brasil que profundizaron el extractivismo en America Latina la última década.

 

En principio, Zibechi considera que en Marx nunca, jamás, se dice que el mundo se puede cambiar desde arriba, desde el Estado. “Somos de los que pensamos que el mundo se cambia desde abajo y que desde arriba sólo se reproduce lo que hay. Y si lo que hay es extractivismo, eso es lo que sigue habiendo”, afirma.

 

El límite político e ideológico de estos gobiernos fue considerar que la clave de la transición de un Estado a otro tipo de Estado consiste en la llegada de nuevos sectores sociales (populares) a los más altos cargos de la administración, como se repitió incesantemente desde el púlpito progresista.

 

Zibechi y Machado afirman que pensar que esos altos cargos están procesando la transición hacia un nuevo Estado, sin tomar en cuenta que muy probablemente sean los núcleos de una nueva clase en el poder (o una nueva burocracia), es tirar por la borda toda la experiencia histórica de las revoluciones del siglo XX. Aquí radica el principal problema ideológico irresuelto de los progresismos: la formación (en su seno) de una nueva burguesía rentista nacida de abajo, “o sea de la capa superior de los movimientos y organizaciones sociales y, en paralelo, la congelación y profundización de la cultura rentista”, antes que el desarrollo de un nuevo tipo de sociedad “socialista”.

 

¿Por qué los movimientos sociales que dieron paso al llamado progresismo creyeron que la opción liberal de la democracia representativa era la solución? Esta es la pregunta que el texto busca desentrañar para encontrar las razones por las cuales potentes rebeliones terminaron reconducidas hacia la gestión de lo estatal, como si lo electoral fuera la salida natural para recomponer las crisis en curso, dicen Zibechi y Machado, es decir, explicar el reposicionamiento del estado y el cierre de los ciclos de luchas que caracterizan los gobiernos progresistas.

 

En el ejercicio gubernamental, los progresismos desarrollaron aspectos comunes: fortalecimiento/reposicionamiento de los Estados, aplicación de políticas sociales redistributivas, profundización del modelo extractivo de producción y exportación de commodities, como base de la economía. Por otra parte, ese modelo extractivo basado en la minería, hidrocarburos y soya, fue la base de la gestión populista, es decir de la legitimidad política y social de los progresismos.

 

Aquí ancla el análisis económico nodal del texto: el progresismo fue incapaz de transformar la estructura productiva y profundizó el modelo extractivo y su principal error fue no tocar a las elites que concentran la riqueza. Este hecho adquiere relevancia a la hora de considerar y pensar la permanencia de la desigualdad en América Latina, acrecentada este último período. El libro contiene datos precisos para demostrar que la desigualdad social, antes que disminuir, aumentó en la región.

 

Más aún, ante la actual crisis económica mundial y la subsiguiente caída abismal de los precios de las materias primas, ¿Qué respuestas nos plantea el progresismo que no deriven en incrementar el (mismo) extractivismo?, preguntan los autores. Ninguna.

 

En estos límites, nuevos movimientos sociales ya están jugando un papel en la deslegitimación de este modelo extractivo, observan Zibechi y Machado, en las distintas movilizaciones sociales que empiezan a inundar las diversas geografías de América Latina.

 

En suma, sostienen que la recomposición estatista progresista fue un paso atrás en las luchas sociales de América Latina. Aquí la entrevista al periodista e investigador uruguayo.

 

P. ¿Por qué el título del libro Cambiar el mundo desde arriba?
R.Z. Porque somos de los que pensamos que el mundo se cambia desde abajo y que desde arriba sólo se reproduce lo que hay. Y si lo que hay es extractivismo, eso es lo que sigue habiendo. Si el mundo cambia abajo, y si el arriba se convierte en obstáculo, hay que “romper el cascarón”, como dice el Manifiesto Comunista. En Marx nunca, jamás, se dice que el mundo se puede cambiar desde arriba, desde el Estado.

 

P. En los antecedentes de los gobiernos progresistas se encuentran un conjunto de movilizaciones sociales que pusieron en jaque al estado neoliberal. Están los movimientos indígenas en el Ecuador, los zapatistas en México, la Guerra del agua y del gas en Bolivia, movilizaciones populares en Argentina y Paraguay. En este marco, ¿qué importancia tiene el Caracazo y qué características tuvo este movimiento donde el pueblo/masa/nación tuvo un rol importante. El Chavismo fue su desarrollo o su neutralización?
R.Z. El Caracazo fue el primer gran movimiento del período neoliberal que nadie convocó y nadie dirigió. Pero a la vez fue el primer levantamiento popular, una verdadera insurrección, en contra del nuevo modelo, y fue exitoso porque sentó las bases para la deslegitimación del pacto de Punto Fijo sobre el que descansaba la gobernabilidad desde el fin de la dictadura de Pérez Jiménez.
El chavismo fue las dos cosas a la vez, y ahí su potencia pero también su dramatismo. Quiso empujar el proceso hacia un fin determinado (el socialismo del siglo XXI) pero al hacerlo lo empezó a encuadrar en ese proyecto, y al hacerlo lo vanguardiza y por lo tanto lo domestica. Pero el principal problema no es ese, de ahí se puede salir. El problema es la formación de una nueva burguesía rentistas nacida de abajo, o sea de la capa superior de los movimientos y organizaciones sociales y, en paralelo, la congelación y profundización de la cultura rentista.

 

P. Si uno observa el cuadro de situación político anterior a los progresismos resalta la cantidad de movimientos populares de resistencia contra el neoliberalismo. ¿Por qué estos movimientos poderosos quedaron neutralizados? ¿Esto no tiene que ver también con la vieja idea reformista que permea la memoria política de las masas en América Latina, la manera populista de encarar la negociación con el estado en AL, de convulsión/estabilización?
R.Z. Puede ser. Pero además hay una débil ruptura con la cultura política tradicional en las izquierdas, que abreva en esa idea de convulsión/estabilización a través del voto. Esto aparece adobado, además de caudillismo, estatismo, y por supuesto de la vieja cultura paternalista heredada de la hacienda y la iglesia. No es nada fácil romper con esto. Una cultura no cambia más que en tiempos largos, no lo hace gradualmente sino a través de turbulencias. La cultura capitalista, hoy lo sabemos aunque antes se podía intuir, nació como consecuencia de una turbulencia apocalíptica, como lo fue la peste negra que se llevó en un par de años la mitad de la población de Europa. Ese impacto dejó huellas muy profundas, en la economía, en la cultura, en la política, y crea las condiciones para la aparición del capitalismo [...].

 

P. Qué son y cómo caracterizar los gobiernos progresistas que dominaron la escena política la última década. Por qué “fin de ciclo”. ¿Por qué la profundización de extractivismo es uno de sus componentes esenciales para la reproducción de su legitimidad?
R.Z. Son gobiernos que se dicen a sí mismos de izquierda o progresistas, aunque algunos intelectuales les llaman posneoliberales. Dicen que llegaron para reducir la pobreza y la desigualdad y promover el crecimiento con distribución de renta. Todo es falso. La pobreza cayó porque había un ciclo de alza de las economías y la desigualdad nunca disminuyó si se toma en cuenta la acumulación del 1 por ciento y no los ingresos salariales de las diversas escalas. Eso quiere decir que la oligarquía cruceña siguió acumulando en grandes proporciones, pero también crecieron otros sectores, lo que contribuyó a crear el espejismo de que se podía mejorar la pobreza sin tocar la riqueza.

 

Si tuviera que definirlos, digo que son gobiernos que administran el modelo capitalista en su fase financiera, o sea eso que llamamos extractivismo o “Acumulación por desposesión”. La única diferencia con el período anterior es que ya no hacen falta las privatizaciones porque la acumulación se da en otros sectores. Otra consecuencia es que profundizaron el capitalismo a través de la inclusión por el consumo.

 

P. ¿El aumento de los precios de las materias primas fue perjudicial para el continente? Esta es una idea que contrasta con el sentido común generado por el progresismo durante la última década.
R.Z. Que te paguen más algo que estás vendiendo no puede ser malo. El problema es qué hacés con eso. Vos vendés papas y quinua en el mercado y ganás muchos más. Bien. Pero si te lo gastás en una tele plasma, en un coche de lujo y en viajar, cuando vuelven a pagarte una miseria estás en el mismo lugar. Otra cosa es si esa ganancia la invertís en mejorar tu casa, en la educación de tus hijos, o en colocar un negocio familiar. Ahí estás abriendo un abanico que te pude mover del lugar que tenías.

 

Eso es lo que ha hecho el progresismo: gastarse todo en el carro de lujo. Hubo cosas muy buenas, como los teleféricos de La Paz que realmente le cambian cosas a la gente, porque destinaba horas y horas al transporte. Pero el empleo sigue siendo precario y mal pago, y así con la mayor parte de las cosas.

 

P. Thompson dice que las clases son porque luchan, no luchan porque son. En esa línea, sostienen que la llegada de nuevas clases populares al poder con el progresismo no es la garantía de ningún socialismo. ¿Por qué este debate no se ha desarrollado en AL. ¿Al progresismo habría que anotarle el rasgo de la desideologización también, de la falta de debate sobre los grandes temas que caracterizaron al marxismo?
R.Z. A los que forman parte de esa nueva burguesía emergente no les interesa visibilizarse sino pasar como luchadores o gestores del proceso de cambio. No admiten el espejo. Y a los intelectuales les pasa algo muy particular, o forman parte de la derecha o han sido comprados y tienen muy buenos ingresos, de más de 5.000 dólares, que ya no les permiten ser críticos. La crítica al poder siempre implica precariedad y bajos ingresos, como le sucedía a Marx. Pero ahora nadie quiere ganar 500 dólares al mes, aspiran a ganar diez veces más, tener coches, empleada doméstica, viajar a todo el mundo, y así.

 

P. Afirman en el libro que el principal error de los gobiernos progresistas fue no tocar a las elites que concentran la riqueza, no hacer reformas estructurales y profundizar el modelo extractivo. ¿Puede explicar esto en cifras? ¿No se luchó contra la desigualdad?
R.Z. En Brasil y en Uruguay, que es donde se han hecho mediciones, el 1 por ciento gana lo mismo o más que antes, no pierde nada y todo indica que ahora con la crisis la brecha se amplió aún más. No tocaron la riqueza porque gobernaron con los ricos, con las multinacionales brasileñas en Brasil, con el agronegocio y las mineras en todo el continente. Lo más que han hecho es incrustarse en esa burguesía a partir de negocios más que turbios, como ahora se destapa en Brasil y como siempre fue en Venezuela donde los cuadros bolivarianos tienen acceso privilegiado a la renta petrolera.

 

P. ¿Por qué el extractivismo genera una sociedad sin sujeto?
R.Z. ¿Cuál era el sujeto de la vieja minería en Bolivia? Los trabajadores de las minas, que vivían en grandes campamentos de miles de mineros, en lugares apartados y en condiciones muy duras tanto en su trabajo en el socavón como en la vida cotidiana. Por eso dormían, como se decía, con el fusil por la almohada, porque ahí estaban los milicos y los patrones para reprimirlos. Eran el sujeto natural del modo de producción.

 

Ahora, ¿Cuál es el sujeto en los campos de soja o en la megaminería multinacional? Son emprendimientos que casi no necesitan trabajadores, la minería ahora funciona como las plataformas petroleras, emplean muy poca gente y de modo rotativo, en lugares distantes y casi sin contacto entre ellos. Los camiones que recogen el mineral de cobre en Chuquicamata no tienen choferes, son a control remoto. Los sujetos estaban vinculados al modo de producción pero ahora los sujetos que nacen son externos a la producción, como las mujeres víctimas de feminicidios que están muy relacionados con el extractivismo, los afectados ambientales, los precarios urbanos, y así, ninguno está en la producción.

 

P. Y se vino la crisis económica por la abrupta caída de los precios de los commodities que ha desnudado los límites de la economía de los gobiernos progresistas, al mismo tiempo se observa una recomposición de los movimientos sociales, “como síntoma de las grietas abiertas entre gobiernos y sociedades”. ¿Puede ampliar este cuadro de situación de recomposición de la sociedad en movimiento?
R.Z. Aquella sociedad en movimiento dejó de estarlo y los viejos movimientos ya no serán los mismos. Es otra etapa. Lo que estamos viendo ahora, desde junio de 2013 en Brasil, es algo nuevo, completamente nuevo. Tanto que aún no tenemos las palabras para nombrarlo.

 

¿De dónde venimos? De una fenomenal cooptación de los movimientos. Primero del período neoliberal, cuando se crearon los modos de cooptación de las mujeres, los indígenas, los sectores populares, etcétera, a través de instituciones nuevas por arriba para integrar a la elite, y de políticas focalizadas para controlar la pobreza. Pero esa bolsa se descosió por abajo, porque la crisis fue tan potente que no pudo contener a tantos pobres.

 

Después vino la cooptación progresista, mucho más sólida y abarcativa, integró no sólo dirigentes sino movimientos enteros, hizo políticas sociales mucho más amplias pero no reconoció derechos universales, y realizó muchas obras. Pero el modelo extractivo sumado a la caída de los precios, están empezando a filtrar nuevas protestas que ya no pueden contener. Aquí podemos decir que la vanguardia son las mujeres, porque el modelo actual genera feminicidios que ya no son la violencia machista tradicional sino un genocidio contra los que sobran en este modelo, y una parte de ellas son mujeres. El modelo se sostiene con la proliferación de servicios armados, desde militares y policías hasta guardias privados, lo que ha multiplicado la población en armas, donde se reclutan los violadores y asesinos.

 

Otro sector, igualmente contestatario, son los jóvenes, porque al igual que las mujeres no tienen futuro en este tipo de sociedad, más que como vendedores a 800 bolivianos por mes, de lunes a lunes, 11 horas por día. Es igual que el feminicidio: esto ya no es explotación por extracción de plusvalía, sino esclavitud- O sea, acá sólo podés ser guardia armado o esclava/esclavo, y empiezan a rebelarse a ese destino.

 

P. En este contexto: ¿Qué respuestas plantea ante la crisis económica y política que vive América Latina, que supere el extractivismo y nos plantee nuevos tipos de sociedad?
R.Z. Pero para superar el modelo extractivo hay que derrotar al 1 por ciento y a sus aliados, los medios concentrados, los políticos de derecha y de izquierda, y los milicos. Hay que desalojarlos del Estado, desarmarlos de sus medios y de sus armas, pero además hay que derrotarlos culturalmente, y eso pasa por romper con la cultura consumista que despolitiza y nos hace conservadores. No se llega al mundo nuevo en carro y hablando por iphone, se llega sólo si asumimos una forma de vida muy austera y estando dispuestos a poner el cuerpo en el intento. Así y todo, nada es seguro.

 

P. Afirman que “la recomposición estatista progresista fue un paso atrás y que el punto de referencia debe ser siempre el grado más alto alcanzado por la lucha social y nunca aquello que es posible conseguir. Lo posible es siempre el Estado, el partido, las instituciones existentes” como parte de la cultura política predominante. ¿Es posible tener otras referencias de transformación que no sea el estado y los partidos?
R.Z. Tenemos toda una historia de vida y de luchas de los sectores populares que apuntan en otra dirección que no es ni el Estado ni los partidos. Si no revivimos esa historia, la que va de Túpac Katari a los mineros y los campesinos, que desarticularon el colonialismo y el gamonalismo, hicieron la revolución del 52 y deslegitimaron el neoliberalismo, si no revivimos ese estilo de vida, que va mucho más allá de una política, entonces no estamos en condiciones de seguir en esto.

 

Entre nosotros se fue imponiendo una cultura de lo fácil, facilismo le llaman en Venezuela a la cultura del no trabajo, de la renta. En todos los marxismos hasta ahora, el socialismo era fruto del trabajo, no del reparto de la renta. Porque el reparto se puede hacer una vez, vos te reapropiás de la tierra una vez, después hay que trabajarla. Lo mismo con las fábricas, con todo. Entonces, estamos ante una cultura que no valora el trabajo, y es por lo tanto funcional al capitalismo actual. Se valora lo que se consume, la marca, la ostentación de la moda, de lo nuevo, pero no se valora el trabajo. En la política, es igual, se valora el cargo, el destaque, por eso los progresistas aparecen en los mismos lugares que los burgueses y ostentando. Eso es pan para hoy y hambre para mañana.

Publicado enEdición Nº230
Lunes, 06 Junio 2016 09:25

Elección rebelde

Elección rebelde

Por fin está por culminar el proceso de elecciones primarias caracterizado por una rebelión contra el consenso bipartidista cupular sobre las política neoliberales –incluido el concepto sagrado de libre comercio como si fuera un nuevo valor democrático– que han imperado por unas tres décadas, una sublevación con una vertiente derechista, algunos dirían fascista, y otra progresista con raíces ideológicas social demócratas del New Deal de Franklin D. Roosevelt.

 

La insurgencia contra el establishment sacude a ambos partidos y sus patrocinadores empresariales y financieros; Donald Trump conquista la nominación republicana a pesar de los masivos intentos de los dirigentes de su propio partido para descarrilarlo, y el socialista democrático se convierte en el precandidato presidencial progresista más exitoso de la historia y no permite la coronación de la reina del Partido Demócrata.

 

Este martes se realizarán las últimas elecciones internas de cada partido con dos premios mayores, California (el estado más grande y diverso del país) y Nueva Jersey, además de Montana, Nuevo Mexico, Dakota del Norte y Dakota del Sur. Son la culminación de un proceso (en realidad, es la penúltima contienda, con Washington DC que marca el final el próximo martes 14 de junio) que obligó a todos los expertos, comentaristas, historiadores, periodistas y tal vez hasta los adivinadores del futuro, a confesar que no sólo fallaron en pronosticar esta pugna electoral, sino que se equivocaron desde el principio.

 

Nada parecido ha ocurrido en la memoria reciente del país. Nadie se imaginaba que se detonaría una gran preocupación mundial sobre la amenaza del fascismo dentro de Estados Unidos, ni que se generaría una ola sin precedente de apoyo –y cerca de 10 millones de votos– para alguien que se identificaba como "socialista" en el país campeón de la batalla ideológica –y una historia de represión política– contra esa etiqueta.

 

“Es así como llega el fascismo a America” fue la cabeza del artículo publicado en el Washington Post, del reconocido analista centrista Robert Kaplan, de la muy establishment Brookings Institution. Muchos más, incluidos no pocos republicanos y liberales, han usado el término "f" para referirse a Trump y su populismo derechista.

 

Gran parte de las bases sociales de Trump expresan su hartazgo con una cúpula política que al promover su agenda neoliberal ha dejado millones de trabajadores blancos, sobre todo en zonas antes industrializadas, abandonados por lo que llaman la "globalización".

 

Ojo: en cada discurso de Trump, además de sus arranques racistas y antimigrantes ya conocidos por todo el planeta, siempre, sin excepción, aborda el tema del libre comercio. Promete desmantelar acuerdos como el TLCAN/NAFTA "uno de los peores acuerdos comerciales en la historia".

 

Ese punto tiene un eco masivo. Y es parte de su mensaje ultranacionalista que incluye sus propuestas de un muro contra mexicanos, la deportación masiva de ilegales y la vigilancia y freno al ingreso de los musulmanes.

 

Su mensaje de que la cúpula es corrupta y tramposa resuena entre los que se sienten olvidados, los que creían en el mito gringo, y por ello funciona el lema de su campaña: “Volver a hacer a America grande otra vez”.

 

Otra parte de este mismo sector de trabajadores desplazados junto con la abrumadora mayoría de jóvenes que ven un futuro anulado y que desean algo más noble que la visión "pragmática" y cínica de políticos que han nutrido el desencanto impulsan la insurgencia de Bernie Sanders, que esta semana reiteró que continuará su "revolución política" hasta el final de este proceso, o sea la convención nacional del partido en Filadelfia el próximo julio.

 

Aunque todo indica que el martes Clinton superará el número de delegados ganados para conquistar la nominación, aún si pierde California (donde ambos están técnicamente empatados en los sondeos), Sanders ya ganó.

 

No sólo logró imponer el mensaje sobre la desigualdad económica y el 1 por ciento que secuestra la democracia al centro del debate político nacional, sino también obligó al establishment y su candidata Clinton a girar hacia la izquierda respecto de varios temas claves. Sobre los acuerdos de libre comercio que Sanders dice han beneficiado a los más ricos al joder a amplios sectores de trabajadores tanto aquí como en el extranjero, Clinton, feroz promotora de esta teología, ha tenido que cambiar su postura y ahora critica el Acuerdo Transpacífico que tanto elogió hace poco.

 

Sanders ha desatado debates sobre el dinero y el proceso electoral, la subordinación de los políticos y el partido a los intereses de los más ricos y ha forzado posiciones más progresistas en temas como migración, cambio climático y educación superior, entre otros.

 

La cúpula del partido se vio obligada a ofrecer a Sanders cinco de los 15 puestos en la comisión para elaborar la plataforma nacional del partido. De inmediato nombró a cuatro figuras progresistas: el activista y defensor de derechos del pueblo palestino James Zogby (vale recordar, en este contexto que Sanders es judío), al filosofo político radical (y afroestadunidense) Cornel West, la dirigente indígena Deborah Parker, y el líder más reconocido del movimiento ambientalista sobre el cambio climático Bill McKibben. Su quinta propuesta, la secretaria general del sindicato nacional de enfermeras RoseAnn DeMoro fue vetada por el Comité Nacional del partido porque ya hay un sindicalista en la comisión (y porque no la perdonan por apoyar a Sanders).

 

Por ahora, si no hay sorpresas, todo indica que la elección general será disputada entre Clinton y Trump. Ambos tienen la gran distinción de ser percibidos negativamente por una amplia mayoría del electorado. Pero aún más importante son las implicaciones, y revelaciones, de este ciclo electoral que se cierra: algo ya no funciona, algo ya no convence, el juego está en duda.

 

Hay una rebelión contra más de lo mismo. Pero aún está por verse qué será lo diferente, y si será peor o algo lleno de esperanza.

 

 

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Domingo, 07 Febrero 2016 06:56

Rebelión popular en marcha

Rebelión popular en marcha

La crisis haitiana es bastante más profunda de lo que revela el fraude electoral, y sólo puede explicarse desde la ocupación militar del país, la profundización de la dependencia y la creciente pobreza de las mayorías. La actualización del pasado colonial agudizó todos los problemas de la nación más golpeada del continente.


"La rebelión se sustenta en una nueva conciencia y en nuevas organizaciones nacidas bajo la ocupación", dice a Brecha Henry Boisrolin, coordinador del Comité Democrático Haitiano, residente en Argentina. De ese modo el activista explica las multitudinarias movilizaciones que forzaron la suspensión indefinida de una cuestionada segunda vuelta electoral. El problema es que el gobierno de Michel Martelly finaliza su período constitucional el domingo 7, dejando un vacío presidencial sin precedentes en la historia de Haití.


"La crisis haitiana no se reduce a la crisis electoral sino que es mucho más profunda. Se relaciona con el fracaso de la ocupación, que no pudo resolver ningún problema de la gente. El sistema de ocupación colonial recurrió históricamente a dictaduras, golpes de Estado y masacres, pero ahora el sistema no puede reproducirse porque hubo un salto cualitativo de la conciencia y la organización en los últimos 30 años, luego de derrocado Duvalier", sintetiza Boisrolin.


En su opinión, un sistema anclado en la corrupción y la violencia está siendo trabado por la sociedad haitiana, que ha comprendido que "para resolver sus problemas hay que poner fin a la ocupación militar que ya lleva 11 años". En ese período se sucedieron elecciones, en las que hubo hasta un 75 por ciento de abstención, y la reconstrucción posterior al terremoto de 2010, que fue "un gran negocio para las multinacionales y las Ong". Sostiene que se llegó a una situación en la que "los de arriba no pueden seguir viviendo como antes y los de abajo no quieren seguir viviendo así".


UN PROBLEMA LLAMADO MARTELLY

 

"A partir del derrocamiento de Jean-Claude Duvalier, en 1986, el sistema político haitiano ha gravitado entre fuerzas que lo empujan activamente hacia la instauración de un régimen democrático, y otras que incentivan el arraigo de una cultura política autocrática y adversa a un Estado de derecho", puede leerse en un editorial de la prensa dominicana (Diario Libre, 5-IX-15).


Desde el golpe de Estado contra Jean Bertrand Aristide, el primer presidente elegido democráticamente, un golpe "promovido por la burguesía, la diáspora y los altos mandos militares haitianos" y con fuerte apoyo de Estados Unidos, la situación haitiana se caracterizó por la inestabilidad. Luego de una intervención militar estadounidense, un segundo golpe contra la segunda presidencia de Aristide y la intervención de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas (Minustah), en 2005, llega al gobierno Martelly, aupado por esas mismas fuerzas.


El presidente, que asumió luego de una "una infame segunda vuelta electoral" en 2010, nunca negó sus vínculos con el régimen de François Duvalier, así como "su incuestionable complicidad con la extorsión y apresamiento a figuras de la oposición, como André Michel, su amistad con Woodley Ethéard (alias 'Sonson la Familia', líder de una notable banda de secuestradores), y el desinterés de su gobierno por la realización de elecciones legislativas y municipales, pendientes desde hace más de cuatro años" (Diario Libre, 5-IX-15).


Pero lo más escandaloso es el silencio de la comunidad internacional. No ya de Estados Unidos y Francia, cómplices del régimen de Duvalier, los golpes de Estado, la represión y el fraude permanentes, sino sobre todo de los gobiernos progresistas latinoamericanos cuyas fuerzas armadas integran las tropas de ocupación.


Fue la masiva irrupción del pueblo haitiano lo que llevó a la Oea y a varios gobiernos a interesarse en una realidad que creían bajo control. En esa irrupción juega un papel importante la crisis económica, con una fuerte devaluación en torno al 80 por ciento, "con hambrunas severas en cuatro de los diez departamentos", según Boisrolin, a lo que debe sumarse una epidemia de cólera traída por los soldados de la Minustah que se cobró 9 mil muertos y 900 mil infectados, agravada por la expulsión de haitianos de República Dominicana, donde suelen acudir en busca de trabajo. "El gobierno no da salida a ningún problema, y además hay un despilfarro enorme, que bajo Martelly creció de modo exponencial".


LUCHA POR EL PODER

 

Como suele suceder en estos casos, la crisis económica se convierte en crisis política por la emergencia de esa "nueva conciencia" en la sociedad haitiana, de la que participan incluso sectores medios y hasta parte de la burguesía que comprende la importancia de la soberanía nacional. "Esto ya no es un planteo sólo de la izquierda sino de la inmensa mayoría de los haitianos", dice el coordinador del Comité Democrático.


Todos los organismos de observación haitianos reconocen que en las elecciones del 9 de agosto hubo fraude, al que algunos asimilan a un golpe de Estado a favor del partido del presidente. "Estados Unidos y Brasil quieren que se acepte que hubo irregularidades, pero como son unas 'elecciones a la haitiana', término que revela su racismo, deberían ser válidas. No pensaban que el pueblo haitiano tendría la capacidad de frenar la segunda vuelta", dispara Boisrolin.


Este fin de semana es el momento clave, ya que se impone un gobierno de transición cuya correlación de fuerzas decidirá el futuro inmediato del país. La propuesta de las fuerzas populares que se han venido movilizando consiste en hacer cabildos abiertos para que la población tome la iniciativa y consiga evitar que su futuro se decida, una vez más, entre cuatro paredes. "Si ponen a Martelly o a sus amigos en un gobierno de transición no va a durar ni un mes", anticipa Boisrolin.


Lo nuevo es que se ha registrado en los últimos años un crecimiento exponencial de las fuerzas antimperialistas que reclaman el fin de la ocupación y la no injerencia, lo que ha llevado a muchos sectores, incluida la Iglesia Católica, a rechazar reuniones con la Oea. Luego de 11 años de ocupación quieren resolver los problemas entre haitianos.


Boisrolin define la nueva coyuntura en una apretada síntesis: "Han surgido organizaciones campesinas, barriales y sindicales, ya no son sólo los estudiantes los que salen a la calle, sino la gente que en forma masiva ha forzado la suspensión de la segunda vuelta, con lo que se ha frenado el golpe electoral. Pero ahora queda por ver cómo se integra el gobierno de transición. Martelly y los presidentes de las cámaras quieren estar en ese gobierno. El grupo de ocho partidos de oposición plantea que el presidente de la Suprema Corte de Justicia asuma la pPresidencia, y la tercera posición es un gobierno de consenso de todas las fuerzas que se movilizaron contra la ocupación. La crisis ha entrado en la fase de lucha por el poder".

 


 

 

Arrabal amargo

 

Mercedes Rosende

 

"¿Va a ir a votar?, preguntó la periodista a todos aquellos que cruzó en su camino en Martissant, un suburbio empobrecidísimo de la empobrecidísima Haití. "¿Para qué?", le respondieron invariablemente sus interlocutores.

 

Lo primero fue el asco. Mi asco. Caminar sobre placas tectónicas de desperdicios, porquería, basura apisonada, dar un paso y otro sobre bolsas, trapos, mierda, botellas, pañales, temer resbalar en ese barro amasado con aguas servidas que huelen a vómitos, semen, fetos en descomposición, pescado podrido.

 

Yo sé que debería encontrar una palabra para describir este olor, esta pestilencia a cosas muertas, a ríos de orines calentados al sol y mezclados con la sal y la humedad del mar que está allí, a dos pasos, pero fracaso: hedor, tufo o hediondez no describen nada de este mundo. Camino y trago saliva.

 

Al mediodía y en el mercado, cuando bajé de mi burbuja rodante y acondicionada, ese olor fue un puño que me reventó la boca.

 

Estamos en Haití, en el sur de Puerto Príncipe.

 

Este lugar se llama Marti-ssant, y es la miseria de la miseria.

 

Un entramado de callejones oprimido entre el Caribe y la montaña, chabolas en equilibrio al borde del barranco, una aglomeración anárquica de viviendas, aguas negras que bajan entre cantidades descomunales de desechos, geografía implacable y tugurizada y, por donde se mire, el hacinamiento de gente sin esperanza ni dientes.

 

Acá se hace más difícil que en el resto del país encontrar vestigios de la llamada "perla de las Antillas".

 

Trescientas mil o 400 mil personas (nadie lo sabe muy bien) se amontonan en poco más de ocho quilómetros cuadrados. No hay censos ni estadísticas, dice Carlota, una socióloga española que no le teme al barro ni a los malos olores, que trabaja en una oficina que es también una chabola y que da asistencia psicológica y legal a mujeres víctimas de violencia. No se conocen a ciencia cierta los índices de asesinatos, robos, violaciones, abuso sexual, explotación infantil, trata, violencia familiar (viendo las fotos de mujeres golpeadas que hay sobre su mesa exploto en ansias de castraciones y torturas y pena de muerte, y no sé si todavía soy yo o el enano fascista que me habita).

 

Si Haití es una pesadilla para la humanidad, el barrio de Martissant –junto a la famosa Cité Soleil– es el producto estrella de las pesadillas.

 

La ruta que va al sur corta el barrio de un machetazo: autos trancados en el tránsito brutal, colapsado, psicótico, taptaps, camiones exhaustos y multicolores cargados hasta lo increíble de gente y de bolsas y de paquetes, el lujo blindado de las cuatro por cuatro, motos chinas con tres y cuatro pasajeros, y este mercado, el más repugnante del planeta, que se arma sobre la basura por donde camino ahora mismo, arrastrando el asco y la angustia como a un perro muerto.

 

(Hay o hubo algo de soberbia en esto de cruzar la frontera aséptica de mi hotel de cadena internacional con aire acondicionado a 21 grados y desayuno continental para meter la nariz en la sucursal del infierno.)

 

¿Qué se le puede vender a los más miserables de los miserables? Una bolsa sucia extendida en el suelo exhibe yucas, jabón de lavar y velas caseras, un par de ollas viejas, lechugas tristísimas. En un país con un índice de desocupación estratosférico, la única alternativa es salir a vender lo que se tenga. Lo que se tenga. Hay que conseguir el sustento de la familia de ese día, y no es casual que la composición por género del mercado sea la que es: casi todas mujeres, mujeres que llevan su carga en la cabeza, frutas y verduras, latones de arroz con porotos negros, bultos de ropa usada, tachos con agua, quilos de panes, botellitas de ron casero.

 

A mi lado, Amélie limpia las tripas de un animal, las sumerge en un agua turbia, indescriptible, las vuelva a sacar, las inspecciona y repite el procedimiento hasta quedar satisfecha, luego las cuelga de una soga como una guirnalda de Navidad. ¿Dije que no hay agua corriente? Tampoco hay electricidad. Mi conductor, Élian, le explica que yo soy de un lugar de América del Sur, que quiero saber cómo es su vida. Amélie asiente, tiene la mirada un poco perdida, habla lento, hace pocos días vio morir a su bebé recién nacido entre charcos de sangre porque el hospital público estaba en huelga y ella no calificó para ingresar al de una conocida organización humanitaria. Después sabré que el índice de muertes por parto es en Haití uno de los más elevados del mundo, 600 por cada 100 mil. Dice Élian que ella dice que le cuesta caminar tantas horas y con la carne de cabrito sobre la cabeza. ¿No hay otros médicos, otros hospitales? Él dice que ella dice que no sabe. La ayuda internacional se ha ido retirando, es cada vez menor. Esto lo dice mi conductor, que es hombre y sabe de esas cosas. Amélie sumerge tripas, las saca, las cuelga.

 

Diálogo que podría haber tenido con Amélie, si tuviéramos algún idioma en común:

 

—¿Cuánto ganás?

 

—A veces 200 gurdas, a veces 400 [un dólar vale 60 gurdas], a veces nada.

 

—¿Cuántas horas trabajás?

 

—No sé cuántas horas trabajo, llego cuando amanece, antes aún. Traigo carne de cabrito que mi madre y yo faenamos. Me voy cuando cae el sol porque tengo miedo de las bandas armadas, a las mujeres nos roban lo que tenemos, nos violan, a veces nos matan.

 

—¿Vas a ir a votar?

 

—¿Para qué?

 

Camino un poco más, por un momento me olvido del asco, del olor, los ojos fijos de Amélie me siguen aunque ya no me pueden ver. Las vendedoras están sentadas en el suelo, al lado de su montoncito de morrones o de ajos, de tomates cascados, espantan las moscas, la paciencia y la indiferencia pintadas en sus rostros. Mujeres para las que el tiempo no existe.

 

Una joven lleva un petate de varios pisos sobre su cabeza, es una forma rara, no alcanzo a distinguir la carga hasta que se acerca y veo plumas, picos, patas, alas: un hato de gallinas casi vivas o casi muertas.

 

Nadine, muy vieja, un único diente grande y largo que baja desde su encía superior, sacude las mil trencitas de cabello blanco y vende oraciones para combatir maleficios. Sí, oraciones a Erzulie Yeux Rouges, la gran reina del vudú, diosa nacida del sufrimiento y de la esclavitud, del dolor de las violaciones, la que tiene los ojos rojos de llorar y el machete de guerrera en la espalda. Siento un rechazo inicial, algo de repulsión por esas imágenes de la cosmogonía haitiana –la palabra "vudú" tiene para mí ecos de salvajismo, de ignorancia–, pero Nadine me hace remontar el desagrado a fuerza de simpatía. Habla un poco de francés y me pregunta si tengo pareja, cuántos hijos, me regala una botellita de agua milagrosa que llega del norte del país, de algún sitio donde asegura que se apareció la diosa. También vende klerec, un alcohol de altísima graduación que no sé si tiene algo que ver con el rito antimaleficios o los haitianos lo compran porque les gusta. No, no quiero probar el klerec, muchas gracias. Vive en Martissant desde que nació, me cuenta que este lugar era el paraíso. Pero de eso hace mucho, y ríe su diente solitario.

 

—¿Vas a ir a votar, Nadine?

 

—¿Para qué?

 

***

 

Estoy en la entrada, en el umbral de una vivienda. No dije puerta porque no hay, apenas un hueco en los bloques de hormigón tapado con una tela descolorida. Por la noche colocan una chapa y varios candados, me dice Maxine, que defiende a los pobres de los otros pobres, pienso yo. Dentro el suelo es de tierra apisonada, algunas sillas, una mesa con mantel bordado, muy limpio, dos cuadros del sagrado corazón, un par de diplomas, unos peluches sobre un mueble, figuritas de cerámica, muñecas de hace décadas. Una especie de miseria emperifollada.

 

Maxine dice que es de clase media, intelectual, agrega levantando la voz y la barbilla. En realidad Maxine no sería clase media en ninguna parte más que en África central o aquí, en Haití, pero no seré yo quien se lo diga. Me habla de la corrupción que ha empujado al país a la miseria, de la pérdida de su trabajo después del terremoto, de las posibilidades casi nulas de hacer algo con una licenciatura en letras. Habla alto, casi grita, y yo quedo hipnotizada por esa erre haitiana que es casi una ge, por toda esa fuerza de Maxine que, lo sé, se irá apagando con el tiempo. Habla de la inutilidad de los proyectos de desarrollo internacionales, de la corrupción de los gobernantes locales y de todas las autoridades, de la falta de salud y de higiene y de justicia y de seguridad y de educación. No cree en los políticos, y hoy irá a la manifestación en contra de la segunda vuelta de las presidenciales. Yo miro alrededor, nunca vi osos de peluche más tristes.

 

—¿Vas a ir a votar?

 

—¿Para qué?

 

Allá en lo alto hay un cartel publicitario enorme: "Mamá, es tu turno de hacerte mimar", dice en francés y no en créole, y una presunta madre, joven y bella, pelo lacio, sonrisa blanquísima contra la piel negro clarito, mira con amor a una imponente camioneta Bmw.

 

Grand Ravin fue un arroyo y hoy es el mayor basural en el barrio de la basura, un asentamiento dentro de Martissant, un vertedero donde comen los chanchos y las cabras y los perros, y juegan los niños. No sé si es verdad, en todo caso es un símbolo la historia de los nenes que jugaban al fútbol con un cráneo como pelota. Y es que acá hay tantos muertos por homicidio que luego son quemados, que no costaría mucho creerlo.

 

Por ejemplo, en 2005, en un estadio de Martissant y frente a 5 mil personas, la banda Lamé Ti-Manchet (el Ejército del Pequeño Machete) masacró a 50 personas, matanza que continuó al día siguiente en Grand Ravin.

 

Cuando llueve, el arroyo resucita, cobra vida, y los casos de cólera se multiplican, me dice Alice, una joven médica haitiana que trabaja en el hospital de Martissant. Cinco años después de la aparición de la epidemia, el sistema de salud haitiano carece de fondos para combatirla, de recursos humanos.

 

Alice cuenta que estudió en Estados Unidos y volvió para ayudar en su patria. Ahora piensa que es poco lo que puede hacer en medio de la desidia y la corrupción.

 

—¿No hay médicos?

 

—Dicen que hay más médicos haitianos en Montreal que en Puerto Príncipe.

 

—¿Y hospitales?

 

—Los ricos se atienden en Miami.

 

Sonríe con la mitad de la boca.

 

Está cansada de pelear en hospitales sin camas ni medicamentos, sin agua corriente, sin luz, sin letrinas. Tiene 41 años y quiere huir, está entrampada en el sitio al que quiso volver. Piensa: ¿quién se ocupará, si me voy? Y sigue un día más. "Sólo un día más", me dice desde atrás de un biombo donde se lava las manos, la cara y los dientes con agua que compró con su dinero.

 

Llegó el momento, haré la pregunta que debo hacer, la haré con vergüenza y sabiendo que no hay salida, y esperaré la respuesta.

 

Pero Alice no me contestará, ya se habrá ido.

 

El rugido de un avión tapará el silencio.

 

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Domingo, 05 Octubre 2014 11:09

El contagioso Hong-Kong

El contagioso Hong-Kong

Hong Kong no es, por su historia y por su relativo aislamiento de la China profunda, igual a ésta, pero forma parte de ella pese a su régimen especial. Todavía bajo la ocupación inglesa, entre las décadas de 1920 y 1950, en tiempos de la dictadura de Chiang Kai-Shek, tenía algún margen de libertad del que no disponía el resto de China, que el acuerdo de reunificación entre la oligarquía financiera de la ex colonia y el gobierno de Pekín restringió pero no suprimió.


Esa es la base histórica de la actual rebelión estudiantil y de la clase media más acomodada, apoyada por los sindicatos libres de trabajadores que, dicho sea de paso, no existen en la China continental. En la China moderna, desde Sun Yat-sen hasta la fundación del Partido Comunista por el profesor Chen Duhsiu en la Universidad de Pekín, las rebeliones democráticas y sociales tomaron siempre la forma de estallidos callejeros encabezados por los estudiantes (Mao Tse Tung y Chu En Lai también lo eran) y después, al desarrollarse, contagiaron a los sectores más avanzados de los oprimidos de las ciudades, grupos importantes de obreros y otros trabajadores, que extendieron y profundizaron el movimiento. De ahí el silencio de las autoridades de Pekín ante los hechos de Hong Kong, para evitar todo posible contagio.


Hong Kong es una de las ciudades chinas más prósperas, pero un quinto de su población vive bajo el nivel de pobreza, los salarios promedio son de algo más de tres dólares diarios y los trabajadores no tienen ni protección a los desocupados, ni jubilaciones, ni sindicatos, ni convenciones colectivas de trabajo. Los niveles de cultura y de información, superiores a los de China continental, chocan violentamente con la concentración de la riqueza y la corrupción de la oligarquía capitalista que gobierna la ciudad bajo el control remoto de Pekín. Eso crea una mezcla explosiva de demandas democráticas, laborales y salariales que ponen en primer plano, junto a los ritmos y las condiciones de trabajo, las diferencias sociales y la protesta contra la concentración del poder en manos de la oligarquía. Dicho de otra forma, el control democrático del gobierno de la ciudad y su autonomía.


Las reglas impuestas desde Pekín para elegir el nuevo gobierno local entre seis candidatos con el visto bueno político del gobierno central chino provocaron el estallido de los jóvenes estudiantes que la represión policial amplió y extendió. Ante la incapacidad de las autoridades chinas de hacer promesas o concesiones y ante las amenazas de mayor presión, las cosas llegan ahora a un punto de gran tensión. O Pekín hace intervenir el ejército, como lo hizo en Tiananmen, provocando una nueva matanza que dañaría gravemente el prestigio de China en un momento en que enfrenta una gran presión de Estados Unidos y los aliados de ese país en el Pacífico y en el propio Mar de China, causando también una fractura en el grupo dirigente del partido entre duros y moderados o, por el contrario, hace concesiones parciales y de última hora que podrían hacer retornar la calma por unos meses pero alentarían nuevas protestas porque aparecerían como arrancadas por las movilizaciones, las cuales podrían así extenderse a otras ciudades.


El conflicto en Hong Kong estalló cuando la economía china, que sigue creciendo, pierde ímpetu y debe enfrentar la amenaza de una gran burbuja inmobiliaria provocada por la especulación que ha creado urbes nuevas sin habitantes, mientras la vivienda es cada vez más cara en las ciudades costeras y en Hong Kong. Comienza cuando surgen problemas étnicos entre la mayoría han y las minorías, sobre todo en las regiones fronterizas como el Sin jian o Tibet. Surge sobre todo cuando miles de huelgas salvajes sacudieron el país en protesta contra las condiciones de trabajo o la brutalidad de las direcciones y, por lo general lograron sus reivindicaciones y cuando se produjeron protestas masivas victoriosas de comunidades campesinas o de pescadores contra la expropiación de sus tierras.


El feroz desarrollo capitalista, sin reglas y con gran peso del capital extranjero, ha exacerbado las contradicciones entre las regiones costeñas y las del interior, las ciudades y el campo, el centro poblado por los han y la periferia, la industrialización y el medio ambiente. Sobre todo, transformó al Partido Comunista de Mao en el protector de sus miembros multimillonarios, cuyos escándalos y cuya corrupción y lujo extremo se oponen frontalmente a la moral confuciana conservadora y tradicional promovida oficialmente desde inicios de la revolución y al estilo de vida de la mayoría aún campesina del país. Problemas como el de la vivienda, la contaminación del aire o la falta de libertades afectan además por igual a las clases medias urbanas y a los obreros, que sufren bajos salarios, condiciones de trabajo agotadoras y el despotismo de los dirigentes.


Los que en Pekín, desde el Partido Comunista, dirigen al país se dan cuenta de que están caminando por un terreno minado. De ahí, por ejemplo, la defenestración de Bo, el neomaoísta, o las diferencias permanentes entre duros y liberales pero sus privilegios y su arrogancia les niegan la sensibilidad y la flexibilidad suficientes para hacer concesiones democráticas a tiempo.


Por supuesto, las provocaciones militares y marítimas de Estados Unidos y la acción de los servicios británico y estadunidense en Hong Kong y en China continental atizan el descontento para debilitar al país más importante del grupo BRICS que, además, es el principal sostén de Putin y de Irán. Pero los problemas son chinos y sólo en China pueden tener una solución nacional, democrática y social. Hasta ahora, por el bloqueo de informaciones, el resto de China ni siquiera conoce lo que pasa en Hong Kong, que es una ciudad atípica, pero no tardará en estar informado y en reclamar sindicatos independientes, mejores condiciones de trabajo y libertades democráticas. La chispa estudiantil podría abrir el camino a los obreros y campesinos chinos.

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