Propuestas del grupo de socioeconomía, de la Universidad Nacional de Colombia, para garantizar los derechos de los trabajadores de la economía popular y la población desempleda, en el marco de la coyuntura del Covid-19

Las trabajadoras y trabajadores de la Economía Popular (trabajadores informales), quienes abastecen a la ciudad y el campo de los bienes necesarios para su subsistencia, requieren medidas urgentes frente al confinamiento decretado, bajo diversas modalidades. Sus ingresos son diarios, y un confinamiento implica no poder trabajar, y por tanto carecer de ingresos de subsistencia.

El trabajo de la economía popular (o informal) es el que satisface las necesidades vitales de: alimentación, vestido, transporte, cuidado de personas, reciclaje, reparaciones, cuidados cosméticos, entre otros. Le da a la sociedad bienes y servicios pero no recibe del Estado protección social ni  derechos sociales.

La Economía Popular es compuesta por miles de ciudadanos que se ganan la vida en las calles o en famiempresas al interior de los hogares. Actividades como la venta ambulante, peluquerías, tiendas de barrio, recicladores, costureras, sastres, cuidadoras, emboladores, trabajadoras domésticas, trabajadores de las plataformas digitales de domicilios y de transporte de pasajeros, e incluso trabajadoras sexuales, entre otros. Ellos en una eventual situación de cuarentena no podrán acceder al sustento diario y van a pasar hambre y necesidades.

Las propuestas que hace el grupo de Socioeconomía, de la Universidad Nacional de Colombia al Gobierno de Iván Duque son:

  1. Garantía del mínimo vital bajo las siguientes condiciones:
  • Ampliar el beneficio económico de las diferentes transferencias condicionadas, tales como, Familias en Acción, Jóvenes en Acción, y Colombia mayor, empleando como principal instrumento a la primera de estas.  El monto asignado debería ser de mínimo de 500 mil pesos mensuales para hogares unipersonales, y de 300 mil pesos por persona para hogares con dos o más miembros, durante el tiempo que dure la crisis de salud pública, garantizando la permanencia de ancianos, mujeres y niños en casa, iniciando a partir del mes abril.
  • Estas transferencias deben hacerse a todos los hogares y personas que lo requieran independientemente de su calificación en el SISBEN.
  • Abrir el Registro virtual/Telefónico Nacional de Población Ocupada por Cuenta Propia y desempleada, que derivan su sustento de actividades de la economía popular (informal) o no tienen empleo, para realizar una transferencia monetaria equivalente a 500 mil pesos mensuales para hogares unipersonales, y de 300 mil pesos por persona para hogares con dos o más miembros, durante el proceso de crisis de salud pública. El procedimiento de autoregistro deberá contemplar por parte del Gobierno un mecanismo de filtro en bases de datos y garantía de identidad, así como de aspectos sancionatorios bajo declaración juramentada en caso de recibir el beneficio sin necesitar de él.

Garantizar tanto para los inscritos en la base de datos de Familias en Acción como para aquellos registrados en el Registro Virtual/Telefónico Nacional de Población Ocupada

  • por Cuenta Propia y desempleada, el pago de los servicios públicos domiciliarios incluyendo la conectividad y el pago del arriendo, en los casos que corresponda, siendo este beneficio cubierto por el Estado.
  • Declarar suspendidos los pagos de créditos contraídos con entidades financieras, durante y hasta por tres meses después de regularizada la situación de crisis de salud pública, con tasas de interés cero para el período en cuestión.  

 

  1. Garantizar agua potable y saneamiento básico.

 

  • Para la población recicladora de oficio formalizada, el pago de la tarifa debe garantizarse al día, para lo cual los operadores de aseo deberán autorizar todos los pagos pendientes.
  • La población recicladora de oficio que se mantenga en la operación de aseo, deberá recibir capacitación y tratamiento especial en la medida que su actividad está integrada al saneamiento básico, contando con elementos de protección personal y claros protocolos fitosanitarios para la recolección, transporte y almacenamiento de residuos.
  • De igual manera deben realizarse intervenciones consensuadas de desinfección en las bodegas de reciclaje para su descontaminación y adecuado funcionamiento bajo estrictos protocolos sanitarios.

 

  1. Fortalecer redes de abastecimiento: 

La producción campesina, las centrales de abastos, los mercados locales y las tiendas de barrio hacen parte de una cadena fundamental en el abastecimiento de alimentos en el territorio, por tanto, se deben fortalecer las mismas, como una garantía tanto para mantener el suministro permanente de alimentos, como para hacer sostenible las posibles medidas de confinamiento, por lo que se recomienda:

  • Líneas de crédito condonables con tasas de interés cero dirigidos directamente a las personas naturales o jurídicas, que demuestren ser parte de alguno de estos eslabones.
  • Se debe garantizar el abastecimiento sin especulación, la política de control de precios tanto en los almacenes de grandes superficies (incluyendo las ventas virtuales), como en los centros de abastos, lo que es fundamental para que las tiendas de barrio sigan manteniendo un rol importante de abastecimiento. 
  • Se deben proveer todas las medidas y protocolos que garanticen la salud de las personas que participan en cada eslabón de esta cadena. 
  1. Suspensión de pagos de salud y cotización a pensión a trabajadores independientes.
  • Muchos de los trabajadores de la economía popular pagan su salud y cotizan a pensión como independientes, por lo que recomendamos un período de suspensión de los cobros de estos aportes, sin que ello acarree la desvinculación, para aquellas personas que realicen pagos sobre la base de máximo 3 salarios mínimos.

Nos enfrentamos a una crisis de salud pública sin antecedente histórico similar, sumado a la recesión económica más fuerte que hayamos enfrentado alguna vez, para ello se deben realizar esfuerzos sin precedentes. Garantizar los ingresos mínimos vitales para una vida digna son una medida económica y social fundamental. El gasto público de hoy, activa la economía en el presente, y garantiza los ingresos tributarios del futuro.

Las propuestas parten del criterio técnico y ético, así como de las medidas tomadas en el mundo, siendo conscientes que el país puede atender con medidas  inmediatas a la población más frágil garantizando su bienestar, mientras dure la crisis.  

Marzo 20 de 2020

Grupo de Socioeconomía, Instituciones y Desarrollo GSEID

Universidad Nacional de Colombia

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Jueves, 28 Febrero 2019 15:50

La esquina

La esquina

La luz que se colaba por el ancho ventanal reveló el comienzo de un nuevo día. Su mirada se posó en el techo recorriendo las grietas e imperfecciones que tal vez le mostrarían el lugar donde se encontraba. Las paredes de la mina eran angostas y en los paneles el ruido se amplificaba apabullante. Con una bocanada de aire reafirmo que no estaba bajo tierra: ya no habitaba el infierno de Potosí.

 

Los socavones habían devorado a su padre y a su abuelo que trituraban la piedra para recoger la piltrafa del cobre. Su madre empujó el pesado vagón hasta que un día sus pulmones exagües se negaron a respirar el aire malsano y rencoroso. Todo se lo había arrebatado. Incluso ese fantasma se apoderaba de sus sueños ahogándolo en la incertidumbre de no saber si era libre o estaba enterrado en vida.

 

Cruzó la frontera hacia el sur. Ahora en una ciudad que no le pertenecía le arrancaba a las calles algunos pesos, que si bien no eran muchos, le permitían el privilegio del sol acariciando su espalda y a veces una comida digna. Había vendido de todo: cigarrillos a las afueras de los salones de baile, dulces en los cinemas, agua en el cruce de los semáforos y calendarios en las rutas de los colectivos. Recorría mil veces las intersecciones y avenidas voceando las noticias de algún periódico o tratando de perder de vista a los policías que le perseguían por su doble delito: vender en el espacio público y ser un extranjero.

 

–Cuidado negro, a Claudia le quitaron toda la mercancía ayer, vos sabés, la cosa no está para bromas. La aporrearon fuerte y se la llevaron en una patrulla hasta la comandancia en el centro.


–No te preocupes, yo mido a ojo la distancia de los policías y además corro fuerte. Algo bueno me dejó el trabajo en la mina.


–El problema no es el calabozo, es que te saquen del país. Ya vez que por eso de la guerra la gente se pone delicada.


–Si te contara cuantas veces me han echado a Bolivia no me lo crees. La última me pasé seis semanas en la frontera, parece que había problemas con una gente que quería cruzar para escaparse… pero aquí estoy negro pero cariñoso.

 

La calle atestada lo recibió entre el trajín de unos y la indiferencia de otros. Sus grandes hogazas de pan entrelazadas en un canasto anunciaban el sustento del día. A su lado una mujer joven vendía agua y más allá otra ofrecía café en grandes termos. En la acera del frente las notas de un bandoneón crepitaban con nostalgia mientas un viejo entonó con voz gastada Arrabal amargo… El ruido y el movimiento de la urbe impregnaron cada espacio de monotonía. Lejos de ser un caos sin forma todo evocaba una sinfonía compuesta por sonidos opacos, voces alegres, notas musicales y el transcurrir incesante de los automóviles. La vida estaba presente en cada elemento, en la dureza del metal y los árboles que generosos daban su sombra a la mitad del pavimento.

 

–Negro corre…que se viene la policía.

 

Todos a uno recogieron sus cosas armando grandes macutos y trataron de perderse entre la multitud.

 

Las calles se apretaban como un laberinto el cual recorrió echando nerviosas miradas hacia atrás. Desandando varios trechos trató de superar una empinada acera pero dándose por vencido decidió girar por la esquina hacia el abasto principal. A lo lejos avistó un hombre a caballo… sintió que no tenía escapatoria.

 

El tercer camión casi lo golpea de frente. Era una fila casi inagotable que abarcaba toda la carretera y se extendía hasta donde permitía la mirada. En los ojos de los militares no se anunciaba la victoria. Uniformes desgastados, caras pálidas y barbas de varios días, manos temblorosas que intentaban articular un símbolo de despedida.

 

–Che negro, por favor regálanos un pan, tenemos hambre.

 

Andrés se acercó mientras su mano generosa alargaba una hogaza.

 

–Héroe, ¿de dónde vienes y a dónde vas?


–Me llamo Leonardo soy de Chivilcoy y todos venimos de las Malvinas.


–No había comida… frío, mucho frío… atacaban con bombas…yo traté de salvarlo… tenía miedo… la noche asustaba… todos venían de un infierno congelado en las Malvinas.

 

Nunca supo cuántos camiones recorrió o por qué lo hizo. Los panes se multiplicaban junto con los abrazos y las manos que le agradecían. Los nombres de provincias, pueblos pequeños y ciudades se entrelazaban con apellidos y calles donde los que volvían deseaban regresar. Lágrimas o solo silencio, ojos que perdidos en la nada daban testimonio de una guerra donde todo se había perdido desde el principio.

 

Hay cosas que uno termina de entender con el tiempo. A veces porque una nota o un libro cae en tus manos y te revela un detalle, un dato que antes parecía nimio, una epifanía que recoge las piezas que no encajaban y las llena de sentido. En ese momento podemos reconstruir imágenes y recibir una respuesta que tal vez antes nadie nos dio.

 

Recordó la jaula que llevaba los mineros a la entrañas de Potosí. Una mina que asesinaba a los hombres o los devolvía convertidos en escoria. La guerra era igual, solo los muertos o los generales se cubrían de gloria, los demás sobrevivían para repetir en sus cabezas los horrores y pasar noches enteras recordando los nombres de los que no estaban.

 

Los camiones comenzaban a perderse en el horizonte. Las sonrisas devolvieron a esa calle un poco de dignidad antes de que todo volviera al silencio. Ese día Puerto Madryn se quedó sin pan.

 

El sol se ocultó silencioso, indiferente.

Publicado enEdición Nº254
La marcha blanca de vendedores en el espacio público

Miles de vendedores salieron a la calle de la capital el 29 de febrero para protestar en contra de las medidas represivas adoptadas en su contra desde el inicio de la administración de Enrique Peñalosa. Decomiso, multas y encarcelamientos son algunos de los ingredientes de la estrategia del Alcalde para “recuperar” –a nombre de todos los habitantes de la ciudad– el espacio público, disfrutado de forma inequitativa por los ciudadanos de la capital. Derecho al trabajo, a la vida, la alimentación, salud, educación (entre otros) vs. Espacio publico. En pugna por su sobrevivencia resisten miles de trabajadores independientes y precarios de la capital. Mientras aquí aprieta, en el otro espacio público, el de los humedales y zonas verdes, cede ante los empresarias de la construcción.

El 29 de febrero Bogotá amaneció refrescada con aires de protesta. Desde cuatro puntos distintos de la ciudad partieron alrededor de 18.000 personas hacia la Plaza de Bolívar, sede de la alcaldía de la ciudad, en una concurrida marcha que tapizó de rostros populares, vestidos de blanco, y arengas reivindicativas por el derecho al trabajo y al pan algunas de sus calles más importantes. Inmensa población: según datos del Instituto para la Economía Social (Ipes) hasta junio del 2015 estaban censados en Bogotá 47.800 vendedores informales; las localidades de Suba con 1.494, y la de Chapinero con 2.284, es donde existe mayor concentración de los mismos.

La masiva concurrencia no era casual. Miles de quienes tienen que rebuscarse por cuenta propia, disimulando el desempleo y la precariedad laboral que reina en el país, sin ingresos seguros ni seguridad laboral ni seguridad social alguna, están cansados que por orden del nuevo alcalde de la ciudad –que le cumple así a los grandes comerciantes que lo financiaron– la policía no los deje ofrecer sus mercancías con tranquilidad.

Su paso fue constante, y sus voces fuertes. Una y otra vez gritaron su rechazo a las pretensiones del alcalde Peñalosa, la cual los excluye, desconociendo el derecho que todo ciudadano colombiano tiene para ganarse la vida de forma honrada, mucho más cuando el Estado no supera su incapacidad para ofrecer condiciones mínimas para la sobrevivencia de miles de familias de escasos recursos.

Según sus organizadores, esta marcha es la primera jornada multitudinaria a partir de las cuales exigen un diálogo abierto y franco al Alcalde. Por su lado el mandatario capitalino sigue insistiendo ante los medios de comunicación en que lo realizado cada día por los vendedores ambulantes es una “invasión del espacio público”, lo cual deforma e impide que Bogotá sea la ciudad que él sueña: una pulcra capital, desprovista de pobres, ojalá proscritos a la lejana periferia capitalina.

Tal vez en sus noches de insomnio, en las cuales suma los beneficios que recibe por los negocios derivados de cada una de las medidas que toma en beneficio de los más ricos de la ciudad, el Alcalde, habitante consuetudinario de ciudades gringas y europeas, olvida que en estas tierras del Divino Niño y del Sagrado Corazón de Jesús, ni el pan, ni el techo, educación o salud, han sido garantizados por el Estado, siquiera en los mínimos necesarios para conservar la dignidad de sus ciudadanos, por lo cual la urbe desde hace décadas, terminó por ahogarse chapoteando entre los legamos del neoliberalismo.

Algo que muchos no alcanzan a comprender. Cuando millones de ciudadanos han sido abandonados a su suerte por parte del Estado, al azar de las escasas posibilidades de encontrar compradores para su fuerza de trabajo poco calificada, sigue siendo legitimo, tal y como lo sostuvieron los vendedores, ocupar el espacio para ganar los recursos que les permita sobrevivir en esta selva de cemento.

El problema es complejo, los vendedores desarrollan un tipo de trabajo precario pero las condiciones socioeconómicas de muchos distan de serlo, es cierto. Además de esto en diversas zonas de la ciudad algunos tienen que pagar alquiler a parceladores de andenes para que les permitan trabajar. Sin embargo no son todos, ni siquiera la mayoría como pregona el Alcalde; mucho menos puede predicarse que los ambulantes sean los sujetos infractores, dúctiles, maleables, sin consciencia, que devela el imaginario de Peñalosa por cuenta de sus intervenciones. Son hombres, mujeres, jóvenes, padres de familia, líderes barriales, estudiantes, subvalorados ciudadanos, ponderados por la abusiva métrica de lo que entorpecen y no por aquella con que contempla lo que aportan a la sociedad.

Han prometido los vendedores callejeros una larga lucha, un prolongado pulso que puede ir calentándose ante las persistencia del poder local por negar, ignorar, despreciarlos como ciudadanos que bregan en las calles para sobrevivir, pero que deben ser reconocidos como acreedores de plenos derechos al igual que cualquier ciudadano de vestido o alpargatas en este país. Así lo entendieron instancias jurídicas cuando fallaron tutelas a favor de vendedores ambulantes, quienes a pesar del crujir de dientes de la administración distrital, retornarán con sus carros y chazas a repoblar el espacio público de la capital para seguir ganando su sustento.

Poco les falla la memoria a los vendedores. Aún lcargan nítidas en sus cerebros y retinas el recuerdo de las persecuciones, golpes, encarcelamientos, multas y decomisos que sufrieron durante la primera administración de Enrique Peñalosa ¬–1997-2000–, pero en esta oportunidad están dispuestos a defenderse, y para ello están mejor organizados y dispuestos a desplegar acciones de mayor contundencia. Siguen dispuestos a hablar, llaman al Alcalde a la creación de una mesa de concertación que permita construir soluciones entre todos, que el Distrito renuncie a la imposición unilateral de la voluntad del burgomaestre apoyada en los gases y el bolillo de sus perros del Esmad.

La larga maracha blanca ya empezó...

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Viernes, 15 Febrero 2013 06:47

¿Empleo o “rebusque”?

¿Empleo o “rebusque”?

El DANE ha dado los resultados del “mercado laboral” para el cierre de 2012, y los principales análisis se han enfocado en mirar si el desempleo ha bajado de dos dígitos. No obstante, la ocasión se presta para ir más allá: ¿Cuáles son los alcances de la política económica actual tanto en cantidad como en calidad del empleo? ¿Qué sectores son los principales generadores? ¿Permanece un desempleo insoluble y estructural en la economía nacional?

 

Empecemos por mirar el desempleo promedio de los tres últimos años. En 2010, fue del 11,8%; en 2011 del 10,8% y en 2012 del 10,4%. Es decir, luego de casi el 60% del periodo del gobierno de Santos, la reducción del desempleo es tan sólo del 1,4%. ¿Cómo se ha llegado a este porcentaje? En agosto de 2010, el número de ocupados era de 19,318 millones de personas, y 21,040 millones en diciembre de 2012, un aumento de 1,722 millones. Esa cifra corresponde a 1,517 millones de personas que, entre esos meses, se han incorporado como económicamente activas; más 205 mil adicionales que dejaron de estar desocupadas en ese periodo, las cuales rebajaron de 2,427 millones a 2,222 millones.

 

En segundo lugar, ¿cuál es el tipo de empleo creado? De los anexos de la encuesta se puede sacar que los empleados de empresas particulares han aumentado en 905 mil; los trabajadores por cuenta propia (muchos de ellos rebuscadores) en 536 mil; y los distintos tipos de ocupados sin remuneración, domésticos y en empresas, en 125 mil. Entre estas tres ocupaciones cubren, al menos, 90% de los nuevos puestos.

 

¿En qué renglones de la economía se ha incrementado? En la industria, cerca de 300 mil; en el comercio en 572 mil; en actividades inmobiliarias, 216 mil; y en construcción y servicios, 150 mil cada uno. Hay que denotar que las “locomotoras” más promocionadas, minería y agronegocio, apenas han subido en 10 mil y 62 mil, respectivamente, ni el 5% de todos los trabajos generados en los 28 meses estudiados.

 

¿Qué puede concluirse de los datos anteriores? La estrategia central del gobierno, “las locomotoras”, no ha derivado en generadores de empleo; las variables estructurales, informalidad y desempleo estructural de dos millones de personas, no se han modificado y, finalmente, no aparece una perspectiva positiva, y es peor aún si la política económica, que tiene como eje la inversión extranjera, se presenta como inamovible. Por ahora, Santos, más que creador de puestos de trabajo, es un promotor del “rebusque”.

 

Por Aurelio Suárez Montoya, Bogotá, febrero 7 de 2013

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El más reciente informe del Departamento Nacional de Estadísticas –Dane- (mayo 2009), sobre desempleo en Colombia, confirma que los más pobres son los que más padecen los efectos de la crisis sistémica que en estos momentos afecta al conjunto de países del orbe.

Según el Dane, para abril de 2009 el desempleo ya afecta a 2'545.000 colombianos. Pereira es la ciudad donde más se sienten este efecto, con el 19,7 por ciento de su población sin trabajo, seguida de Ibagué con el 19 por ciento.

El caso de Pereira es especial. Capital del departamento de Risaralda –región colombiana con mayor tasa de emigrantes hacia España y Estados Unidos–  se ha visto afectada por la contracción de los envios de remesas debido a la crisis capitalista. El incremento de la delincuencia, el auge del narcotráfico en muchas de sus barriadas y la desazón entre la juventud, son parte de los signos que evidencian la coyuntura que se vive.

Disfrazando la realidad


Pero el desempleo y la pobreza que padecen los colombianos es más grave de lo informado por el Dane. En efecto, si ponemos en su justo lugar parte de la información ofrecida por este centro de estadísticas oficial, observaremos el real tamaño de la crisis en Colombia.

Según el Dane, “para el trimestre febrero-abril de 2000, los ocupados aumentaron en 506.000 hasta 18'103.000, destacándose el incremento de 255.000 de los trabajadores por cuenta propia, la mayoría en el rebusque; de 220.000 de los empleados particulares; y de 157.000 en los trabajadores familiares sin remuneración, que compensaron las reducciones en los empleados del Gobierno (60.000) y los jornaleros o peones (120.000)”.

Si traducimos al lenguaje corriente lo dicho por el Dane, tendremos que el desempleo es mucho mayor que el reconocido: “255.000 de los trabajadores por cuenta propia, la mayoría en el rebusque; (…) y de 157.000 en los trabajadores familiares sin remuneración”. ¿No son estos desempleados disfrazados?

Trabajadores desempleados producto, como dice el Banco de la República, de “"La caída de la industria, el comercio y la construcción…”. Como se reconoce por propios y extraños, la industria nacional se ha ido a menos, evidenciado en un hecho real: “El 72 por ciento de la fuerza laboral colombiana está localizada en el sector servicios público y privado”. Es decir, la gente está dedicada al comercio al por mayor o al detal, al transporte, a vender servicios, o vinculado como empleado público, muchos como soldados o policías.

El mundo del trabajo


En Colombia el desempleo está disfrazado de “informalidad”, “trabajo por cuenta propia”, “rebusque”, y otras palabras que esconden la realidad, pero ésta no miente.

El 57,7 por ciento –es decir, 10.963.000 hombres y mujeres en edad de trabajar– integra ese grupo humano que dicen está dedicado a la informalidad, esto es, la condición de trabajadores sin tipo alguno de seguridad social o estabilidad laboral. Además de ellos, existen los desempleados, que a mayo de 2009, suman 2.470.000 personas.

Así, entre otros aspectos, se caracteriza el excluyente e injusto mundo del trabajo colombiano. En él, un escaso 30 por ciento de connacionales –alrededor de 5.700.000 personas– trabaja bajo alguna modalidad contractual, pero la mayoría ligada a contratos a término fijo y bajo la forma de salario integral. De ellos, alrededor de cuatro millones devengan el salario mínimo. Muchos más (5,5 millones) laboran por fuera de la legalidad, y su mensualidad ni siquiera alcanza a esa ínfima suma de dinero. Baja remuneración que se incrementa poco para otros trabajadores, toda vez que 4 de cada 5 perciben menos de dos salarios mínimos.

Ni unos ni otros tienen con qué cubrir la canasta alimentaria mensual, la que, según el Dane, y para este tipo de familia, bordea el millón de pesos. Es decir, en términos comparativos con el valor de la canasta familiar para los estratos socio-económicos bajos, la capacidad de compra del salario mínimo legal representa un 47 por ciento, lo cual es igual a decir que ni aun trabajando dos personas por hogar se puede satisfacer los requerimientos básicos familiares.

Cifras de escándalo y dolor. Muchos de estos compatriotas, a pesar de batirse toda la vida tras unos denarios para poder garantizar su supervivencia y la de los suyos, al final de su “edad productiva” no podrán jubilarse. Muy a su pesar, y por el trabajo realizado, el salario devengado no les obliga ni les alcanza para cotizar en un fondo de pensiones. Pero además, unos y otros, todos sin excepción, desconocen hasta ahora una conquista del Estado Bienestar: la protección salarial en caso de perder el empleo.

Estos son algunos de los aspectos que ‘dibujan’ el mundo del trabajo en Colombia, y que desnudan los niveles reales que el desempleo, abierto o disfrazado, ha ganado entre nosotros.

Se trabaja y se vive en condiciones de indignidad. La crisis sistémica ahonda la problemática, pero la injusticia, la pobreza y la exclusión, vienen de tiempo atrás, son hijas de un modelo que concentra la riqueza en pocas manos y multiplica entre millones la miseria.
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